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  • Mi novio, sus amigos y su jefe y amiga

    Mi novio, sus amigos y su jefe y amiga

    Estuve trabajando todo el día, estaba cansada. Llegué a casa y sólo quería ducharme, comer y dormir, cuando abrí la puerta escuché una conversación me quedé unos minutos escuchando, eran mi novio y sus amigos.

    Pensé que tendrían una noche fútbol y pizza, pasé frente a ellos y saludé reí sin ganas, fui a mi cuarto y mi novio fue detrás de mi. Me pregunto por mi día e invitó a bajar y comer pizza, dije que en un rato y él se fue me tire en la cama y cerré mis ojos, quedé dormida sin darme cuenta.

    De pronto escuché que se cerró fuerte una puerta y rápidamente me levanto asustada, salgo al pasillo y escucho gemidos dije es mi imaginación, fui a él living y los vi mi novio y sus amigos mirando porno completamente desnudos y masturbándose entre ellos, al instante me sentí caliente mi novio se levantó y fue a uno de sus amigos comenzó a besarlo y yo gemí del gusto, ellos me escucharon y fueron por mi. Carlos uno de los amigos de mi novio me empujó en el living, caí de rodillas mi novio fue y me dijo que me desnude, obedecí ellos tres me miraban yo de rodillas sin ropa entre tres machos calientes.

    Jorge otro de los amigos, me dijo que jugaría con migo me levanto del piso y me tiro sobre la mesa, me beso mientras apretó con mucha fuerza mis pechos, Carlos y mi novio se besaban yo solo podía gemir. Jorge me tomo de las caderas levantó mucho mis piernas y sin más me penetro el ano grite de dolor y placer, mi novio y Carlos se hacían un rico sesenta y nueve.

    Sentía a Jorge penetrarme el ano mientras con sus dedos estimula mi clítoris.

    En eso escuche a mi novio gritar lo mire y el en cuatro era penetrado por Carlos, eso puso más caliente a Jorge quien me daba más y más fuerte yo no podía hacer más que gritar de gusto, de pronto solo sacó su gran pene de mi y ordenó a mi novio tomar su semen, yo como loca me masturbe.

    Eso enfureció a Jorge que fue y me dio un golpe fuerte en las nalgas diciendo no te toques.

    Obedecí mi novio ya estaba eyaculando y Carlos también. Los tres se quedaron mirando mi cuerpo desnudo mientras yo gemía de placer y pedía por favor quiero que me penetres, los tres rieron y me llevaron a una silla, donde ataron mis manos y pies, en ese momento supe que sería sometida por los tres, me gustaba la idea, pero sonó el timbre y mi novio fue y abrió la puerta era su jefe don Manuel, un hombre de unos 65 años alto y delgado acompañado por una mujer de unos 25 años negra como la noche sin luna, hermosa con una sonrisa blanca y unos grandes ojos. Ambos sin hablar se quitaron la ropa y mientras mi novio y sus amigos besaban y tocaban a esa mujer de infarto, don Manuel me beso y sin más palabras me penetro yo sentada, atada, caliente y el con un gran pene me tomo fuerte como solo un macho con experiencia puede, sentí que estaba por acabar solo de ver a esa mujer de rodillas mientras mi novio le penetraba su hermosa vagina Carlos le penetraba su ano y Jorge se la metía en la boca, así que don Manuel me apretó contra él y comenzó a darme más fuerte hasta que ambos acabamos en un grito.

    Me soltó de la silla y dijo a él oído quiero verte con mi amiga. Ella era penetrada por tres y yo solo gateé hasta ella y toque sus pechos, tanto mi novio como sus amigos se acabaron en ella dejando su cuerpo cubierto de semen, fui y chupe cada lugar donde tenía el rico néctar y esa mujer como una perra en celo se retorcía de placer.

    Tomé sus pechos y los apreté fuerte ella gemía mi boca beso la de ella caliente rica, ella solo se dejó llevar.

    Baje mi lengua por su pecho y al llegar a su hermosa vagina comencé a meter mi lengua en ella, con mi lengua jugando en su vagina ella gemía y pedía más, chupe y mordí su clítoris y ella como una poeta grito de placer, me puse sobre ella y comenzó la más rica tijera que en mi vida hice.

    Ella era una experta y marcaba el ritmo en que nos movimos. Hasta que sentí venir mi orgasmo y en un grito ambas acabamos quedamos tiradas una al lado de la otra. Mientras los hombres nos volvían a tomar, pero eso ya es otra historia.

  • Vecina necesitada

    Vecina necesitada

    Este relato es verídico, corría el año 83, estaba en concubinato, ella trabajaba en una fábrica textil, yo había días que quedaba solo, enfrente de la casa vivía una chica que en ese tiempo tenía 20 años, estaba casada con un albañil y aparte hacia boxeo, yo tenía 25 años.

    Ella al estar sola todo el día porque el marido se iba a la mañana temprano y volvía a las 6 de la tarde, se cambiaba y se iba de nuevo al club a practicar y tomar, volvía a las 22 o 12 de la noche, se la pasaba en mi casa, a la tarde estaba mi señora, charlábamos, tomamos mate, jadiamos.

    Ella, la voy a llamar Estela; no era una modelo, pero tenía unos pechos grandes y duros, a la mañana se cruzaba cuando estaba solo y al principio le manoseaba las tetas, pero me decía que no, porque era amiga de mi señora.

    Pero venia todos los días, cuando estaba mis señora se hacia la “viva” y se hacia la gata y cuando mi señora se iba al baño, la apretaba y la apoyaba y le hacía sentir la pija redura.

    Hasta que un día a la mañana, apenas entro a mi casa, la arrincone y le metí la lengua hasta la garganta, le masajee las tetas y le apoye la pija dura, eso hizo que aflojara, porque siempre contaba que tenía poco sexo con el marido.

    Cierro la puerta con llave por las dudas, le saco la blusa y le como las tetas, así, la llevo a la cama, la siento en el borde, saco la pija y le digo que la chupe y me dice que no porque nunca la había chupado y le daba asco, por lo que le sigo chupando las tetas, bajo a la concha que la tenía depilada, se la empiezo a chupar despacio y ahí ya se entregó total, a las dos lengüetazos me acaba en la boca, casi se desmaya y le agarra vergüenza, porque era la primera vez que le pasaba y no sabía que le había pasado, que el marido nunca le había chupado la concha, porque decía que era un asco.

    La beso, le digo que se calme y disfrute, que es normal lo que le paso, despacio subo y le pongo la pija en la boca y con temor, vergüenza se la va metiendo en la boca y la saca, se la vuelve a meter, mas adentro, hasta que agarra el ritmo y se la traga toda haciendo arcadas, le voy indicando como hacerlo, después solita se traga los 20 cm.

    Yo me pongo en posición de 69 y le empiezo a comer la conchita, que estaba depilada y me volvía loco, me chupaba con tantas ganas que me iba hacer acabar, le digo” querés la lechita?” me dice” nunca tome, es un asco”, “probala” le digo, se la mando al fondo y le lanzo la leche, se la toma toda, yo vuelvo a saborear la concha y le meto los dedos en la concha y en el culo virgen, mientras ella me la deja limpita y sigue chupando y se me pone dura de nuevo.

    Le abro las piernas le apoyo la pija en la concha y me la moja toda, le digo “así, así goza, dame la lechita “y se la voy metiendo despacio porque era estrecha o la mía muy grande, empiezo el mete y saca hasta el fondo le toco la matriz, el útero, empezó a gozar y acabar mojando todo, la pongo en cuatro, se la meto hasta el fondo, pega un grito y le doy duro, con los dedos me pongo a jugar con el culito y con el mismo jugo que larga me los mojo y se lo meto de a poquito, le acabo adentro, la lleno de leche y después me acuerdo y le pregunto si se cuida con pastillas o el diu, me dice que no, pero me contesta en la nebulosa porque queda como desmayada por unos instantes, de esa vez no me la podía sacar de encima, pero ese fue el primer encuentro, vinieron más.

  • De mis vacaciones con la tía Bertha (Parte VI)

    De mis vacaciones con la tía Bertha (Parte VI)

    Pasaron un par de semanas en la casa de mi tía Bertha,  tiempo que ella aprovechó para conseguirme unas inyecciones de no recuerdo que clase de sustancia que inhibía mi de por sí escaso desarrollo masculino. Y esto llegó a provocar en mí cambios hormonales que se empezaron a sentir en mi estado de ánimo y en la forma de entender el mundo. Por ratos me sentía muy contenta, eufórica y feliz, pero había días en qué el bajón me llevaba hasta el piso.

    Con todo, ella me instruyó en todo momento, asegurándome que esa era la manera en que las muchachas sienten el llamado de sus cuerpos a la progesterona, al desenvolvimiento de sus caracteres sexuales y a su despertar a la femineidad. Cuando me veía triste, solo me abrazaba, acariciaba mi cabello y decía que era normal, a la vez que me decía cosas como mi pequeña, mi Danny, mi princesa querida. La verdad es que, ahora a la distancia, sé que la tía no era mala, y que realmente se esforzaba en conseguir de mi toda una señorita.

    Durante los primeros días, ella solía supervisar que mi edema, los tampones en mi colita y el dispositivo de castidad o la conchita del calzón estuvieran bien colocados. Pero conforme pasó el tiempo, yo misma sentía la necesidad de tener mi agujerito relleno con algo, así que finalmente era yo quién se los pedía. Y también acabé por acostumbrarme a ocultar mi pene entre mis calzones favoritos. Creo que al aparato de castidad nunca me acostumbré, porque a veces las erecciones si venían con mucha intensidad y dolían, pero al final, ella acabó por reconocer que mi pene era tan pequeño que el simulador de vagina era suficiente para esconderlo.

    Recuerdo que una mañana- que me había citado con Ricardo para salir a dar una vuelta- me estaba dando una ducha, cuando sentí tan rico sacarme el tampón -que cada vez eran más grande- que de inmediato tuve una erección. Comencé a jalarme el pene, despacio primero y después con velocidad y desenfreno, hasta que estaba a punto de eyacular bajo el agua que caía de la regadera. En eso llegó ella. Vio mi mano empuñando mi verga erecta y solo acertó a darme una gran cachetada que me tumbó.

    Empezó a gritarme que esa no era la forma en que se masturban las mujeres, que mi pito solo servía para orinar, y que mi sitio de goce se hallaba en el ano. Me golpeó en la cabeza un par de veces más, en lo que yo le pedía disculpas llorando avergonzada como una magdalena. Entonces me sacó a empellones del baño, puso una toalla en mi cuerpo y otra en mi cabeza, y mientras me frotaba con energía para secarme, decía cosas como «debí haberte dado ya un consolador, si la culpa es mía por no estar atenta de lo que mi niña requiere» y otras cosas por el estilo. Me pasó unas bragas cacheteras de encaje, mi sujetador con relleno del mismo color que los calzones, una minifalda tableada de color azul marino, pantyblusa blanca y zapatillas del mismo tono que la falda. Me ayudó a peinarme, a poner un ligero maquillaje a mi rostro y me miró como Miguel Ángel a su Capilla Sixtina. Entonces me dijo:

    -Danny, lo siento. Es que así no se hacen las cosas. O vas a querer ser una mujer o un hombre, pero medias tintas no van con tu tía.

    -Si tía. Perdóname- le dije mientras veía en el espejo a una chica increíblemente guapa- aún tengo mucho que aprender de ti. Pero si, si quiero ser una mujer.

    -¿Estás segura?- preguntó con ese aire desconfiado que poseen las personas a cierta edad- mira que esto de la belleza, de ser atractiva tiene que ver con la reacción que provocas en los hombres. Y por eso he estado entrenándote tanto, porque apenas has tocado la superficie de lo que es la relación con ellos, pero en definitiva muy pronto lo sabrás. Por eso te vuelvo a preguntar: ¿Estás totalmente segura? Porque de no estarlo, podemos dejar hasta aquí esto.

    -Si tía. Estoy segura.-respondí sin entender aún a qué me estaba metiendo con esa afirmación.

    -Ok Danny. – dijo ella orgullosa, y agregó al escuchar el timbre de la puerta de entrada- debe ser Ricardo, tu pretendiente. Aún no bajes, quiero hablar con él.

    -Pero tía…

    Ella puso su pesada vista encima de mí. Con esas miradas que cierran la conversación. Entonces bajó la escalinata y escuché cuando le abrió la puerta a Ricardo. Oí voces, el sonido de unos envases de cerveza destapándose y algunas risas. Yo estaba la mar de nerviosa cuando media hora más tarde fue ella la que me pidió que bajara. Y cuando llegue ante ellos, Ricardo me abrazo y plantó un gran beso frente a ella, al tiempo que elogiaba mi belleza y mi buen gusto con la ropa. En ese momento no entendí que estaba ocurriendo, porque él solía ser muy respetuoso frente a Bertha, pero esa tarde, parecía estar más ansioso y querendón. Y la tía solo reía y hacia comentarios sobre lo lindos que nos veíamos y la tierna pareja que éramos.

    -Pues aquí se la traigo más tarde Bertha. -comento Ricardo sin que parara de abrazarme- Vamos a dar una vuelta por ahí.

    -Si hijo. Vayan con cuidado. No se preocupen por la hora, al fin que ella está en buenas manos.

    -Si, gracias Señora Bertha- dijo el mientras le daba la mano y me llevaba hasta su coche.

    Una vez en el vehículo, Ricardo me llevo a pasear por el malecón, me llevó a comer a un restaurante de mariscos que él conocía, y sin que nos diéramos cuenta nos sorprendió la noche entre risas, entre charla y la abundante cerveza de la costa. Y él en todo momento se portaba como un caballero, abriéndome las puertas, acercándome la silla y sin dejar de mencionar lo hermosa que le parecía y lo muy enamorado que se sentía de mí.

    Todo esto de verdad me hacía sentir en las nubes, pues ya he dejado en claro que Ricardo era un hombre profundamente viril, con quien cualquier mujer se sentiría halagada y dispuesta: su altura, lo ancho de su espalda y lo fuerte de sus brazos solo eran el prefacio de lo que en él verdaderamente mostraba el signo del macho, una enorme tranca que se le notaba de lado en sus jeans color claro, a la que sin mayor disimulo se le quedaban viendo las chicas del lugar.

    Una vez que terminamos la cena, y él pagó por nuestro consumo, subimos de nuevo al auto. Yo pensé que era el momento de llevarme a casa, pero en su mente había otros planes, sobre los que habré de contarles en el siguiente capítulo.

    No dejen de hacer comentarios. Me gustaría interactuar con ustedes y saber que les ha parecido este relato, que si bien tiene parte de verídico, me he tomado licencias literarias para adaptarlo a este portal.

  • Jorge Luis, su hermano y yo (II): El juego de botella (P. 2)

    Jorge Luis, su hermano y yo (II): El juego de botella (P. 2)

    Ahora estábamos los tres completamente desnudos y sentados en aquel semicírculo,  la calentura que teníamos se notaba en nuestras vergas y en la mirada llena de morbo que teníamos. 

    El ultimo que había girado la botella había sido yo y Jorge había recibido el castigo. Así que el turno de girarla regresaba a Jorge, giró la botella y para mi suerte me tocaba poner mi primer castigo, la victima seria Hugo. Honestamente no sabía que poner pues el ambiente estaba lleno de erotismo y no quería echarlo a perder con un castigo “puramente sexual”, así que pensando dirigí mi mirada al plato de botanas y dulces que había traído Hugo y vi unas gomitas que estaban en él, inmediatamente una idea surgió en mi mente y le dije a Hugo –Jorge me va a poner gomitas en el cuerpo y tú tienes que buscarlas con la boca y comértelas mientras tienes los ojos vendados.

    Me acosté en la alfombra sobre la que se encontraban los taburetes, Jorge le estiró a su hermano una bufanda color negro, e hincándose a mi costado derecho, Hugo se vendó los ojos y Jorge tomando las gomitas las empezó a colocar en mi cuerpo. Una vez terminó le dijo a su hermano que podía empezar.

    Hugo se inclinó mientras su hermano le ataba las manos a la espalda con otra bufanda, diciéndole – Es para que no hagas trampa- Hugo se inclinó hasta que pude sentir su aliento cerca de mi abdomen, acercó sus labios a mi piel, daba pequeños besos buscando las gomitas, la primera no se encontraba muy lejos de aquella zona, Estaba tres dedos arriba de mi ombligo, cuando la sintió saco su lengua y tomándola con ella se la comió, su búsqueda siguió hacia abajo, la segunda gomita se encontraba muy cerca de mi ingle, cuando Hugo llegó a ella llenó de besos mi ingle, podía sentir su saliva humedeciendo la zona, la introdujo en su boca. Después siguió bajando hasta que encontró la goma que estaba sobre la base de mi verga, cuando la sintió, buscó con su lengua la cabeza lamiendo todo mi tronco, cuando la encontró, metió mi verga en su boca, apretaba ligeramente con los labios hasta que llegó a la base y empezó a jalar la gomita que recorrió toda mi verga hasta que logro retirarla… ya así siguió buscando el resto de las gomitas retiró la de mis pezones lamiéndolos y mordiéndolos suavemente, la de mi boca donde nuestras lenguas, tuvieron una pequeña danza, la de mi cuello el cual lleno de besos hasta que encontró la gomita…

    Ahora el turno de Hugo de girar la botella, el castigo lo iba a recibir yo, Hugo tomó una de las cervezas que estaba cerradas, le hizo Señas a su hermano para que se levantara del sillón, recostándose sobre la alfombra y quedando muy juntos, abrió la cerveza y vaciándola sobre los cuerpos desnudos de ambos agregó- tu trabajo será limpiar toda la cerveza- mientras movía la lata suavemente por sus cuerpos, haciendo que se mojara cada centímetro. Me monté sobre ellos, mis nalgas se encontraban recargadas sobre una pierna de Hugo y otra de Jorge, empecé a chupar los chorros de cerveza que escurrían por el cuerpo de Hugo, los primeros en ser chupados fueron sus pezones, mientras saboreaba la cerveza combinado con el sabor propio de Hugo, seguí bajando recogiendo los chorros de cerveza que escurrían por su abdomen, me giré hacia Jorge, empecé a recolectar la cerveza que escurrió por su cuerpo, chupé su abdomen y la cerveza que se había acumulado en su ombligo, Hugo siguió vertiendo la cerveza y haciendo una pequeña abdominal, bañó de cerveza la verga de su hermano y la suya, y volvió a acostarse mientras dejaba la lata de cerveza a un lado, me apresure a meterme la verga de Jorge a la boca para que el líquido no se escurriera más allá de los testículos, lamí cada centímetro de su verga, recogiendo aquel embriagante néctar, una parte del líquido se derramó hasta sus testículos y los lamí procurando no dejar una sola gota de cerveza provocando en Jorge unos excitantes quejidos, ahora era el turno de “limpiar” a Hugo, la cerveza ya se había derramado y empezaba a chorrear por sus huevos hacia su culo, así que empecé a lamer la zona de los testículos, chupando y absorbiendo de vez en cuando.

    Un chorro ya estaba a mitad de camino entre sus huevos y su culo, así que empecé a lamer aquella zona, Hugo soltó un quejido de placer. Una vez que terminé de recoger aquel líquido, -aún no se acaba la cerveza, ponte de pie- dijo Hugo, tomando la cerveza y dándole un trago y otro a su hermano- me lancé directo a la boca de los dos donde nos dimos un ardiente beso de tres, en el que ellos echaron la cerveza que había en su boca en la mía, mientras estábamos en ese beso, nuestras vergas se rozaban.

    Volvimos a nuestros asientos, la calentura embargaba la habitación y por mi parte deseaba continuar con aquellos “castigos” tan eróticos.

    Giré la botella y una vez más me tocó a mí poner un castigo, esta vez mi víctima fue Jorge. Yo deseaba que el erotismo siguiera, pero también deseaba más contacto, así que dije- nos vas a masturbar a los tres al mismo tiempo durante al menos 5 minutos. Puse un cronometro en el celular para que sonara en el tiempo indicado. Nos juntamos los tres y nuestras vergas se rozaban, nos pegamos tanto, que podíamos sentir la respiración del otro, Hugo me tomó por la espalda baja y yo a él y ambos abrazamos la espalda de Jorge, en realidad más que la espalda eran las nalgas. Jorge llevó sus manos al grupo de vergas y empezó a masturbarlas, primero en un rítmico movimiento ascendente y descendente, nuestras vergas se rozaban unas con otras y con la mano de Jorge que tenía dificultad para manipular las tres, por lo que en ocasiones jalaba alternadamente un par de vergas, mientras tanto nuestras manos se ocupaban de agarrar sus nalgas y de vez en cuando mi dedo masajeaba su culo, mientras tanto nuestras bocas se fundían en ardientes besos de lengua, en eso, Jorge se soltó del beso y escupió saliva sobre el grupo de vergas. Con una de las manos sobaba los huevos y con su otra mano extendió la saliva sobre la cabeza de los tres penes ya erectos. La alarma sonó, mi mano simplemente la silencio y continuamos con lo que estábamos, el juego de la botella había terminado, pero no la calentura.

    Jorge nos invitó a subirnos a la cama y quedamos hincados, mientras él seguía manipulando las vergas y nos seguimos besando, Jorge se separa y con una voz temblorosa reflejo de la calentura dijo- acostémonos pero hagamos un triángulo- nos acostamos los tres de manera que yo tenía a mi costado a Jorge con su verga a la altura de mi boca, mi verga estaba cerca de la boca de Hugo y la verga de este cerca de la boca de Jorge, así que empezamos un oral, cada uno dedicándose a saborear la verga que su vecino de cama le ofrecía.

    Degustar la verga de Jorge en este momento fue un gran placer, mi nariz se inundaba con aquel aroma a macho proveniente del sudor debido a la enorme excitación que tenía, me la metía hasta el fondo de la garganta de manera que mi nariz chocaba con sus vellos púbicos, luego la volvía a sacar, pasaba mi lengua por todo su tronco, su glande que de vez en cuando sacaba unas gotas de precum, las cuales recogía gustoso con mi lengua.

    Mientras tanto mi verga era chupada, besada por Hugo sentía como le llegaba al fondo de su garganta y como la apretaba suavemente con sus labios, después hacia unos movimientos con su lengua, que de no tener ocupada mi boca con el manjar de Jorge hubiera soltado varios quejidos de placer, luego se la sacaba le la boca y usando su lengua como pincel, recorría mi glande.

    En ese momento Hugo abandonó mi verga e incorporándose levemente dijo- ¿estoy por venirme y ustedes? – ya casi- dijimos ambos entre suspiros- aguanten -continuó Hugo- quiero hacer algo muy guarro- ambos asentimos con la cabeza. Levantándose de la cama, tomó los calzones que nos habíamos quitado y extendiéndonoslo dijo – nos vamos a poner nuestra ropa, se las voy a jalar sobre la ropa y nos vamos a venir en ellos y después los vamos a intercambiar- La idea me calentó mucho al igual que a Jorge, pues ambos nos pusimos nuestros boxers rápidamente. Una vez que los tres teníamos nuestra ropa interior, Hugo nos hizo arrodillarnos sobre la cama y empezamos a frotarnos unos contra otros hasta que ninguno de los tres aguantamos más y nos venimos casi al mismo tiempo, yo expulsé sobre mis bikers rosas unos 5 chorros calientes.

    Nos separamos y de manera casi automática los tres dirigimos las miradas a la ropa interior de los otros, en los boxers blancos de Jorge se notaba una mancha bastante abundante sobre su lado derecho. Observe como un chorrito iba escurriendo por su pierna, un deseo casi automático me hizo estirar la mano y con uno de mis dedos recoger ese hilo y llevar a mi boca aquel jugo blanco, el sabor era un poco salado y fuerte, Jorge se sonrió y me dijo al oído –eres un guarro- por su lado los trunk negros de Hugo presentaban una gran mancha al centro.

    Hugo dijo- ahora quítense la ropa, se las voy a repartir y se la van a poner- le dimos nuestras prendas a Hugo y en ese momento Jorge aprovechó la oportunidad, poniéndose de rodillas nos limpió a ambos nuestras vergas…

    Hugo me extendió sus trunks negros, y él tomó los boxers blancos de su hermano y le dio a Jorge mis bikers rosas. Le dije a Hugo- ya probé el jugo de tu hermano, ahora quiero saborear el tuyo- y llevándome su trunk a mi cara me embriagué de su aroma de macho que impregnaba fuertemente su ropa y después lamí un poco de los mecos que se encontraban ahí embarrados, pero dejando unos pocos para que cuando me los pusiera mi verga aun sintiera algo de ellos bañándola. Hugo y Jorge imitaron mis movimientos con la respectiva prenda que tenían.

    Nos pusimos la prenda del otro y nos dimos un beso de tres en el que nuestras lenguas se unieron reflejando el alivio de la calentura, pero el inicio de la siguiente fiebre de sexo

    Hasta aquí termina esta segunda aventura, apenas llevábamos unas horas juntos y ya nos habíamos corrido dos veces, ya habíamos morboseado y ahora usábamos la ropa del otro. Al parecer aun había mucho sexo y erotismo por venir en aquel largo fin de semana.

    No olvides dejar tus comentarios y si tienes sugerencias para hacer mejor mis relatos también te las agradecería. Si gustas escribirme y platicamos.

  • Me prestó a su esposa

    Me prestó a su esposa

    No creí que me fuera a aceptar el trago que le estaba ofreciendo, sobre todo por la forma en que nos habíamos conocido hoy por la mañana. 

    Llegué a la oficina de tesorería un poco después del almuerzo, era una visita rápida, solo pagar la cuenta del agua de casa y listo, luego a seguir con mi vida como cada día.

    Al entrar al edificio giré a la izquierda con rumbo al área de cajas, había algunas personas antes que yo, de los diez mostradores destinados a pagos sólo estaban en función cuatro.

    Tomé mi turno y ubique donde estaba instalado el módulo que me tocaba.

    Fue grato ver la persona detrás del escritorio

    Desde que la miré su sonrisa me cautivó, estaba sentada detrás del mostrador y parecía que atendía a cada cliente con esa sonrisa tan encantadora.

    Se miraba muy sensual en su uniforme, un saco, blusa y falda ejecutiva.

    Es una mujer en sus cuarenta y tantos años, de facciones finas, proyecta seguridad y eso para mí es algo muy sensual.

    Por fortuna para mis ojos la solo hay una impresora en la oficina, está en la parte trasera y cada vez que mandaba a imprimir algo se tenía que levantar y caminar por los papeles, por supuesto mis ojos no podían dejar de mirar su trasero. Sonreí al tratar de adivinar el color de su ropa interior, su pelo corto me hizo sonreír de nuevo pensando en la manera que podría jalarlo mientras estaba detrás de ella.

    Cuando tocó mi turno en el letrero frente a su escritorio leí su nombre en una placa: Pauletta.

    Pude notar una argolla de matrimonio en el dedo anular, guardé mis intenciones en lo más dentro de mí -aunque siempre existe la posibilidad, me miró a los ojos y preguntó cómo podía ayudarme. Guardé para mi la respuesta que pensaba en secreto y le expuse mi caso.

    Me atendió de la mejor manera, un trato cortés y muy profesional, una pequeña charla en lo que los recibos estaban listos. Al final me cobró y con la mejor de mis sonrisas me despedí de ella.

    —Puedes leer la información para ver que esté correcta.

    Yo no le hice mucho caso y solo doble el papel dándole las gracias por su atención tan puntual.

    Cuando llegué a mi automóvil noté que el recibo estaba hecho a nombre de otra persona por lo que fui de nuevo dentro de las oficinas para tratar de remediar el error.

    Me mandaron a la oficina de la encargada que luego de unos momentos me dejó solo y salió buscando a la persona que había hecho el recibo.

    Cuando volvió a entrar venía con Pauletta que estaba molesta conmigo por el regaño que le había puesto su jefa y que atribuyó que yo fui el culpable de ese regaño matutino.

    Se transformó en un instante, de pronto pasó de ser una muy atenta y cordial persona para convertirse en un segundo en un huracán cargado de furia. Una furia dirigida a mí.

    —¿No sabes leer?

    Yo sentí hervir la sangre por la forma en que ella me hablaba, pero por alguna razón sonreí y traté de contestar lo más calmado que pude.

    —Sí, sí sé leer.

    Mi calma pareció enfurecer más a Pauletta, yo solo sonreía un poco mientras ella seguía casi gritando, la verdad es que no sé porque se molestó tanto, digo un error a cualquiera le pasa y es una cosa simple de arreglar, solo hay que cancelar ese recibo y hacer uno que lo sustituya.

    Estaba enfurecido, pero eso no quitaba de mi cabeza las ganas de follarla, no se habían ido ni un segundo, al contrario habían crecido exponencialmente con la actitud de Pauletta, yo quería calmar su furia irracional en un intenso juego sobre el colchón. Pero ahora sí que estaba seguro que ella no iba a querer ni que me le acerque.

    Cuando por fin salí de ahí ya casi eran las tres de la tarde entre en un bar a media cuadra del edificio y fui derecho a la barra a pedir un trago que me refrescar a la garganta, estaba terminando mi bebida cuando ella llegó y se sentó a un lado mío, dejó su bolsa sobre la madera brillosa y volteo a verme con cara de pocos amigos.

    Yo solo le sonreí, no le pregunté no le di la oportunidad de decir que no, solo le dije:

    —Te invito un trago.

    Pauletta se contrarió un poco, pero solo dijo:

    —Gracias.

    Pedimos una segunda ronda en medio de las risas. Estaba relajada y cómoda con mi compañía, reía con mis tonterías y me contaba parte de lo que la había puesto tan molesta.

    La invité a comer, pero me dijo que estaba esperando a alguien.

    Me despedí poniendo como excusa un compromiso inventado.

    Pero ella me detuvo tomando mi brazo.

    —Mira ahí viene mi marido.

    Imaginé una escena, tal vez estaba ahí conmigo solo para darle tiempo de que él llegara y desquitar el coraje de otra manera, así que le prepare para una nueva discusión.

    Su marido apareció dentro del local, buscó con la mirada a su esposa y cuando la encontró comenzó a caminar hasta ella.

    Venía bien vestido, es de su misma edad, un tipo bien parecido y por lo que pude notar muy educado, lejos de enojarse, estuvo muy cordial, Pauletta me presentó con él y luego de algunas frases de cortesía aceptaron mi invitación a comer.

    Salimos de ahí con rumbo a una taquería que según su eslogan hace los mejores tacos de la ciudad. Pedimos de comer tacos de bistec para mí, al pastor para él, Pauletta eligió un plato surtido; carnaza, pastor, bistec y barbacoa.

    La verdad que su publicidad no mentía, los tacos son deliciosos.

    Su propuesta me tomó totalmente por sorpresa:

    —Mi esposa me contó que desde que te vio hoy por la mañana se le antojó algo contigo, ella notó cómo la mirabas y como te la comías con los ojos cada que se levantaba por algún motivo.

    Te queremos incorporar a nuestra fantasía; queremos hacer un trío y esperamos que sea contigo.

    No lo pensé, mi respuesta fue instantánea.

    Fuimos directo a la camioneta, ahora me parecía prudente el porqué la estacionó tan lejos y no en uno de los tantos lugares disponibles cercanas al local.

    Subimos los tres en el asiento posterior Pauletta marcaba el ritmo primero buscó a su marido, Charles comenzó a besar su cuerpo, pude notar como ella se estremecía cada que besaba cerca de su cuello, sin querer me daba un mapa de geografía, donde le gustaba más cada beso, cada caricia…

    Estiró sutilmente una mano hacia mí en una clara invitación para que me uniera a ellos, Charles besaba por un lado y yo por el otro, si él besaba sus piernas yo besaba sus senos, luego cuando él subía yo bajaba.

    El ruido de un auto cercano al encender el motor no nos detuvo, al contrario esa era una parte muy importante de la fantasía; la posibilidad de ser descubiertos, de que alguien pudiera nos observar solo aumento la excitación dentro de la camioneta.

    Tener sexo dentro de un vehículo es apasionante, me gusto la sensación del aquí y ahora, el instinto animal de follar sin importar nada más.

    La posibilidad y el morbo de que alguien te vea, la intimidad de escuchar los gemidos, el olor, el placer desmedido dentro de ese pequeño espacio.

    Pauletta en esos tenía su falda enroscada hasta la cintura, su blusa había quedado en el respaldo del asiento delantero, sus bragas las tenía yo, en ese momento las tenía sobre mi dura polla, antes las había llevado a mi nariz; las había aspirado con el anhelo de impregnar mi olfato con su aroma el olor a hembra es tan excitante, las había llevado a mi boca para probar los jugos derramado sobre la tela…

    Ahora Pauletta estaba montada sobre Charles, subía y bajaba sobre él mientras yo los miraba.

    Esa era parte de su fantasía, tener sexo dentro de un vehículo mientras un tercero los miraba. Más tarde Charles miraría mientras yo era quien disfrutaba en la piel de Pauletta.

    Comencé a besar sus tetas que subían y bajaban al ritmo que imprimía, pude ser testigo y partícipe de su intimidad, de su fantasía. No había mucho espacio pero eso no importaba con la calentura que traíamos.

    En un momento ella se detuvo, se aferró a las piernas de su marido, gimió de una manera que hizo endurecer aún más mi polla.

    En cierto momento Pauletta se reacomodo en el asiento, se inclinó de tal forma que ahora mi falo estaba a milímetros su boca, pude sentir la calidez de su aliento sobre mi dureza, la suavidad de sus labios mientras me besaba, la humedad de su boca mientras lo introducía poco a poco pude notar su lengua experta enredarse y acariciarme por completo. Sí, es una experta en dar placer, pude ver los ojos de Charles sobre nosotros, su mirada era de placer pude notar como disfruta ver a su esposa dar placer.

    Me miró y sonrió como diciendo: solo disfruta.

    Eso fue lo que hice mientras Charles se pasaba al asiento de adelante y arrancaba el vehículo.

    El viaje fue corto, llegamos a un motel cercano y rápidamente subimos los tres hasta la habitación.

    Pauletta por delante, me encantó admirar de nuevo ese culo, ahora subiendo por las escaleras, ahora sin los estorbos de la ropa, ahora solo con su falda enroscada por la cintura fue un lindo detalle que la dejara así, tal como la tenía unos minutos antes dentro de la camioneta. Charles fue quien la siguió.

    Cuando entre en la habitación Charles me ofreció a su esposa.

    —¡Es toda tuya!

    Quiero verla gozar.

    Luego solo se sentó en una silla junto a la puerta y se dispuso a observar.

    Tome a Pauletta por la muñeca la ayude a levantar y con mi mano la hice girar sobre su eje.

    Admire su cuerpo en esa vuelta le di un pequeño giro más y jale de ella cuando su espalda estaba frente a mí.

    Me pegué a ella de esa forma besé su cuello por atrás y acerque mi boca a su oreja, bese su lóbulo un par de veces antes de susurrar.

    —No sabes las ganas que tengo de follarte.

    La dirigí hasta la cama un leve empujón bastó para que su cuerpo cayera de espaldas sobre el colchón.

    Comencé besando la planta de sus pies, recorrí su planta dando pequeños besos que le causaban un poco de cosquilleo; sus dedos los lamí uno a uno mirando sus ojos.

    Fui subiendo por su pierna lamiendo su espinilla, mordiendo su rodilla, besando su muslo; aspire el aroma que emanaba de su entrepierna pero me fui de largo hasta bajar repitiendo los besos por la otra pierna.

    Cuando volví cerca de su entrepierna pude notar que su respiración había cambiado, ahora quería mi lengua sobre su humedad, deseaba sentir mi boca sobre sus labios.

    Ese primer beso fue magia, el sabor de sus jugos, el pequeño gemido escapando por su boca, la mirada atenta de su marido no deje de lamer, morder y succionar hasta que ella me lo exigió.

    —»Quiero que me folles»

    Sus palabras me endurecieron aún más de lo que estaba. Le di vuelta, quería penetrarla viendo su culo jale de sus piernas hasta dejar solo la mitad de su cuerpo sobre el colchón y sus piernas sobre el suelo.

    Luego la fui abriendo lentamente, empujando cada centímetro de mi verga dentro de ella, sintiendo como se abría a mi paso.

    Me quedé quieto un instante cuando mi daga desapareció por completo, su culo, su espalda, su pelo, todo es hermoso, toda esta dispuesta a divertirse.

    Comencé a moverme buscando el ángulo correcto, entraba y salía mirando sus reacciones.

    En este punto Charles ya estaba junto a nosotros, se había sentado en la cama al lado de su amada, sostenía su mano mirando sus ojos mientras yo empujada desde el otro lado. Se besaban, se miraban y sonreían, Charles le ofreció su daga y ella la tomó con su boca, lo metía y sacaba de su boca al ritmo de mis arremetidas.

    —¿Charles estas así de duro porque tengo tu polla en mi boca o porque estás viendo como me follan?

    No sé quién se corrió primero, solo sé que cuando los tres terminamos Pauletta estaba llena por ambos llena de lefa en su rostro y culo.

    Fui su juguete un juguete que sirvió a ellos como y cuando ellos quisieron.

    Un juguete que ya estaban pensando usar de nuevo.

  • Mi compañero de clase me convirtió en su zorra (Parte 3)

    Mi compañero de clase me convirtió en su zorra (Parte 3)

    A la mañana siguiente David me despertó metiéndome su verga en la boca, por la sorpresa tarde un poco en darme cuenta de que estaba pasando pero después se la empecé a chupar bien, después de unos minutos acabó en mi boca y salió de la habitación sin ni siquiera hablarme. En ese momento me di cuenta de que tenía toda la cara llena de semen, y no solo la cara sino que también las nalgas, las piernas y el pelo, aparentemente David se masturbo varias veces encima mío mientras dormía. No sé porqué, pero me encanto saber que me usó como si fuera solo un objeto dónde limpiar sus corridas.

    Me levanté y fui al comedor sin limpiarme el semen, ahí estaba David esperándome con una sonrisa burlesca y un vaso lleno de su orina al lado, ya sabía que ese iba a ser mi desayuno.

    D: Tenés el sueño pesado putita, me encantó usarte de juguete.

    Yo solo le sonríe mientras agarraba el vaso con su meo, me lo tomé sin que me lo pidiera y cuando me lo termine le agradecí. Eso lo calentó mucho y decidió que desde ese momento cada vez que él necesitara hacer pis lo iba a hacer en mi boca, yo accedí con gusto porque aunque no me gustaba el sabor me calentaba la humillación de hacerlo.

    Después del desayuno me dijo que se iba a ir a comprar unas cosas pero que iba a ser rápido y que mientras podía hacer lo que quisiera, proteste un poco porque quería que me siga cogiendo como el día anterior pero no me quedó otra opción que aceptarlo. Apenas se fue me bañé para limpiarme el seme, cuando salí me puse una bikini, está vez una negra, agarre una manta, la puse en el patio trasero y me acosté a tomar sol.

    Me quedé dormida aproximadamente una hora, cuando escuché la puerta de la casa y me levanté a recibir a David. Él llegó con un par de bolsas, de una sacó una peluca rubia larga, pero no de las que se nota que son pelucas sino de las que parecen pelo de verdad, y de la otra saco varios productos de maquillaje.

    D: Preparate que vamos a salir a dar un paseo.

    Yo me quedé en shock y le dije que no, pero el volvió a amenazarme con contar todo y publicar todas las fotos y videos que tenía de mi siendo una zorra por lo que tuve que aceptar.

    Puse un tutorial en YouTube para maquillarme ya que nunca lo había hecho. Estuve casi una hora para terminar pero para mí sorpresa logré un resultado bastante bueno, me veía mucho más femenina. Después me puse la peluca y me mire en un espejo, no podía creer lo que veía, era una chica como cualquiera y muy guapa por cierto.

    Fui a buscar ropa para ponerme y le decidí por algo un poco atrevido, de ropa interior me puse un conjunto de tanga y bra blanco, la tanga era de esas que solo son una tirita por la parte de atrás por lo que se me metía entre las nalgas rozando con mi ano haciendo que se sintiera súper rico. Arriba una minifalda color lila y una remera blanca que me llegaba hasta un poco arriba del ombligo, también agarre unas zapatillas blancas de esas con plataforma abajo, por suerte me entraban bien aunque algo apretadas.

    Salí y fui con David, apenas me vio se quedó medio embobado, se levantó y me sorprendió con un beso en la boca, me besó por un buen rato mientras me apretaba las nalgas. Cuando terminó me acomode el labial y partimos.

    El accedió a que vayamos a un lugar alejado de nuestro barrio por mi miedo a que me reconozcan, así que fuimos a la estación de tren. Mientras esperábamos a que llegará me puse muy nerviosa porque unos hombres que estaban cerca nuestro no paraban de mirarme.

    D: Tranquila, es porque les gustas.

    Pude comprobar que era verdad una vez que subimos al tren, el vagón en el que subimos estaba súper lleno por lo que no conseguimos asientos. Apenas arrancó el tren note como una mano me rozaba la cola por encima de la falda, me di vuelta y vi que era uno de los hombres que me estaba mirando antes. El hecho de que les haya gustado me calentó así que le sonreí como señal de que siguiera.

    Eso lo envalentonó y metió su mano directamente abajo de mi falda, me empezó a manosear de forma descarada mientras David me abrazaba sin saber lo que estaba pasando, o eso pensaba yo. Después de un rato el hombre cambio de lugar con uno de sus amigos y para que esté siga manoseándome. Y así siguieron todo el viaje que duró una hora durante la cual todo el grupo de amigos me pudo tocar. Cuando bajamos los mire y me saludaron con la mano.

    Apenas bajamos David me agarró del brazo y me llevo hasta los baños de la estación, entramos al baño de discapacitados y cerró la puerta con seguro. Me dio vuelta y me hizo apoyar contra la pared, levanto mi falda, bajo mi tanga hasta las rodillas y me la metió entera. Empezó a cogerme con fuerza haciéndome llorar del dolor, estuvo así unos minutos hasta que acabo llenándome el culo de semen. Me la saco y yo caí al piso, del dolor no me podía ni parar.

    D: Eso por andar de puta en el tren, ya verás como volves a tu casa por qué no te voy a pagar el boleto.

    Después de decir eso salió del baño dejándome ahí tirada con el culo chorreando semen y sin dinero para volver a mi casa. Cuando pude levantarme salí del baño para intentar buscarlo pero ya se había ido.

    Continuará…

  • Tortuosa justicia sexual

    Tortuosa justicia sexual

    La escuela puede ser una maravillosa experiencia o la peor etapa en la vida. Miles de novedades se atraviesan a gran velocidad. Se puede aprender y divertirse, pero todo tiene consecuencias. Y en una familia cuyas prioridades están centradas en generar dinero, no hay tiempo para guardar cariño y atención.

    Aun así, bajas calificaciones y un par de materias a deuda, era factor suficiente para tomar cartas en el asunto. Por ello, Luis viajaba rumbo a casa de su tía. Una diplomática profesionista independiente, Doctora en bioquímica, estricta, elegante e infame. Una poderosa dama de cuarenta y dos años, casada con un maestro financiero, pero comprometida por completo a su trabajo, en una prestigiosa farmacéutica multinacional.

    La vida pasaba en retrospectiva sobre las colinas boscosas de camino a la lujosa residencia de la tía Margot. Luis asomaba por la ventanilla del auto, un adolescente de dieciocho años, tímido y retraído, con toques de déficit de atención, pero muy inteligente, pese a los bajos números en sus boletas, consecuencia de su distraída mente y los innegables problemas familiares.

    Ansioso sobre su futuro próximo, el delgado colegial de poco más de un metro con sesenta, descendía del trasporte privado, acomodándose las gafas perpetuas en su rostro intentando mitigar un poco la miopía. Se peinaba su cabello rubio, lacio y brillante, un poco más largo de lo que debería. Una nueva vida le esperaba durante los próximos dos meses, los cuales pasaría bajo el intenso régimen estudiantil en ciencias.

    Las elegantes puertas de vitrales coloridos y alforjas doradas se abren de par en par. Mamá empeña a su retoño en manos de su exitosa hermana, bajo dos premisas. Enderezar el camino de su hijo y al mismo tiempo mantenerlo alejado para poder concentrarse en los negocios familiares en tanto se reanudaran las clases al terminar las vacaciones de verano.

    Las puertas se cierran tras de sí, y Luis carga sus maletas hasta su habitación en la segunda planta, dirección explicada por su tía, quien ni siquiera le habría saludado ni por cortesía. Engreída.

    Las escaleras estaban en penumbras, toda la casa lo estaba, cobijada bajo los gruesos telares defendiendo los ventanales de la intemperie, el polvo y la luz del día. Una vieja alfombra color vino, dotaba de un aspecto tétrico a la ya de por sí lúgubre mansión de estilo barroco de antaño. Luis llegaba a su habitación, casi como una vieja choza abandonada, aunque ordenada y limpia, dentro de los parámetros en comparación con el resto de la descuidada casa, en penumbras, que conservaba la mayoría de los muebles cubiertos por mantas, condenados al desuso.

    Esa noche algo le perturba. Una efusiva discusión le había interrumpido el sueño por eso de la media noche. El tío Gerardo había llegado de su trabajo, se le escuchaba realmente furioso. La tía lloraba intentando defender su postura con argumentos sólidos ante los oídos necios de su cónyuge.

    Pese a la corta distancia, estando su habitación a pocos metros de la alcoba de sus tíos. No se alcanzaba a escuchar el tema de aquella acalorada pelea marital, sin embargo, los gritos del tío Gerardo eran graves y agresivos, demasiado, pareciera que estaría a punto de golpearle, o quizá ya lo había hecho.

    De cualquier forma el terror se hacía presente en el ambiente, y el corazón de Luis latía descontroladamente, escuchando los desgarradores gritos de su tío y el desconsolado llanto de su esposa. Así por horas, hasta que finalmente el miedo y el cansancio le hicieron caer de nuevo sobre su almohada.

    Castigo

    Al día siguiente una serie de golpes secos a la puerta le hacen despertar a Luis. Asustado, el pobre salta de su cama con el corazón en la garganta, intentando desesperadamente apurar su mente para concebir el lugar, los recuerdos y el origen de aquel estruendoso sonido.

    -¡Ya es hora! -Exclama la sirvienta. Como puede, Luis se dispone a iniciar su primer día de su nueva vida. Desvelado, somnoliento y aún exaltado.

    Al salir de su habitación, después de haber cambiado su pijama por una camisa sin estampado, unos jeans y tenis deportivos, Luis busca a su tía quien se encontraba desayunando en el comedor, vestida con un impecable traje azul profundo, tacones altos y una blusa roja.

    Aunque estricta, la tía Margot era sin duda una mujer muy guapa, siempre elegante y recatada. Casi obsesiva con su apariencia, aun cuando no estaba arreglada para el trabajo. Tenía un cabello ondulado color chocolate enmarcándole su bello rostro, como esos que al verlos se figuran una hermosa chica en su adolescencia. De aquellas inalcanzables jóvenes de la escuela, seguramente tan arrogante y narcisista como lo era ahora. Gozando de un cuerpo envidiable, seguramente fruto de su dieta tan estricta como ella.

    En la mesa, servido estaba el desayuno, dispuesto con esmero por la sirvienta quien aguardaba en la sala por las disposiciones de la señora. –Le ayudarás a la mucama con el aseo del hogar. –Determinaba la señora Margot seriamente a su sobrino quien ni siquiera había probado vacado alguno.

    -En tanto no esté en casa no quiero que estés holgazaneando. No estás en de vacaciones. Tu madre me ha pedido que corrija tus modales y tu disciplina. Ayudarás con la comida, la limpieza y todo lo que te pida Arcelia, la sirvienta, ¿entiendes? Le establece con seriedad y tono amenazante al adolecente.

    Y sí, sin tv, ni internet, ni videojuegos y sin teléfono móvil, no había nada más que Luis pudiese hacer que barrer la casona, sacudir los muebles y preparar la comida. No podía ni salir de la casa, por dos razones. En primera por las ordenanzas de su tía, pero también porque afuera no había nada más que árboles y vegetación, pues el pueblo más próximo se encontraba a media hora en automóvil, al cual solo iba por los víveres de la despensa.

    Solo podía usar el teléfono fijo de la casa, siempre bajo la supervisión de su tía, y únicamente para atender las inquietudes de su madre y mantenerla al tanto de su estadía en aquella inhóspita mansión.

    Días pasaron y Luis no podía soportarlo más. Su tía lo trataba cual esclavo de la edad media. Servía de mayordomo, jardinero, cocinero, carpintero y hasta de albañil. No había un solo momento de descanso para el joven estudiante.

    Las lecciones de ciencias se daban cuando su tía tenía un espacio de su tiempo, generalmente los martes o miércoles por la tarde, días en que no trabajaba el segundo turno, aunque también podía ser lunes por la mañana antes de salir, pues aparentemente ese día podía llegar un poco tarde.

    Los momentos de estudio eran más bien cortos, tanta información que procesar en pocos minutos. Pero eso sí, las actividades y trabajos de repaso eran extensas fórmulas matemáticas para romperse la cabeza por horas, cuales le mantendrían ocupado el resto del día, si acaso le sobraría tiempo libre con las otras responsabilidades.

    Con esta rutina pasaría las primeras semanas con relativa normalidad, hasta aquella noche cual, como otras tantas sus tíos discutían, cualquier excusa era perfecta para desahogar el estrés de una vida fría y vacía. Luis sabía que el matrimonio de sus tíos estaba roto. El tío Gerardo casi no estaba en casa, viajes de negocio se decía, y la tía Margot ciertamente tampoco hacía mucho por avivar la relación. Estaba más comprometida con su trabajo que su esposo.

    Sin embargo aquella noche era distinta, aquellas fuertes peleas se escuchaban mucho más vivaces, los gritos se escuchaban por toda la casa, golpes y estruendos incluso. Luis se estrechaba a su puerta intentando concebir una imagen clara de esos ruidos, imaginando lo que estaría sucediendo al otro lado del pasillo en la alcoba de sus tíos.

    Temblaba aterrado, era una pesadilla, como vivir en una de esas películas de terror clase B, pero en la vida real. Seguro estaba que su tío se habría vuelto loco y estaría a punto de cometer asesinato, y el siguiente sería él, para no dejar testigos, estaba bastante claro.

    Saldría corriendo en dado caso, jamás se atrevería a confrontar a su tío Gerardo, un adulto de casi cincuenta años y más de cien kilogramos de peso. Imaginaba Luis con los nervios de punta. Pero en ese momento un nuevo grito se hacía escuchar. Era su tía Margot, aunque esta vez se trataba de un grito diferente, desgarrador pero un tanto más sexual. Un profundo alarido de su tía siendo ultrajada violentamente por su esposo, aunque de alguna manera parecía estar gozando aquella despiadada penetración que seguramente la hacía estremecer, expresando un agudo gemido de placer, tras los gruñidos dolientes en cada embestida.

    Era difícil concebir la escena únicamente a través del sonido. Bien podría ser la más despiadada golpiza o quizá podría tratase del sexo más rudo, erótico y sádico que pudiese imaginar. Los sonidos se mezclaban, entre gritos, regaños, gemidos y gimoteos. Quizá eran llantos de dolor, o de quizá de placer. Ambos seguramente.

    Desahogo

    Al día siguiente Margot amanecía con el peor humor del mundo, quizá la mucama estaría acostumbrada, pues aún ante las más hirientes reclamaciones y ordenanzas irrespetuosas, la joven Alison, ni se inmutaba, agachando la cabeza y acertando con menos de tres palabras. Pero Luis, era un chico sensible, nunca había tenido una relación con sus padres, ni para bien ni para mal, por lo que aquellos gritos y regaños inmerecidos los tomaba mucho más personales. Su corazón se aceleraba en cada subida de tono en la voz de su tía, temblaba muerto de miedo aunque supiese que no le haría daño. A veces las palabras duelen más que los golpes. Aún de aquella bella mujer quien lo único lindo que tenía era su cuerpo y su rostro, pues su actitud y sus palabras dejaban mucho que desear.

    Esa tarde era tiempo de clases, continuarían con el tema de química, la materia preferida de su tía, y la que seguro más odiaba Luis. Como siempre la cita sería en la pequeña sala que daba a una de las terrazas en lo más recóndito de la casa, la única cuyo ventanal gozaba de la luz del día. Ahí había una mesa redonda para cuatro personas, un piano y una vieja pizarra, de esas que sirven para tizas. Quizá era uno de esos lugares en los que la tía solía trabajar, ahora donde el pequeño Luis esperaba paciente con su libreta, pluma, lápiz y goma sobre la mesa.

    Entonces aparecía la Dra. Margot saliendo de entre las sombras del pasillo, caminando arrogantemente sobre sus tacones altos, medias de seda, falda entallada y saco, todo en color negro, excepto su blusa en un contrastante blanco brillante, adornada con una costosa gargantilla de oro bajo su escote de tres botones que permitía asomar su par de galanes senos estrujados por su sostén de varilla y encajes trasparentes.

    Enseguida la elegante dama, ama y señora de la casa, se posa frente a su sobrino y toma su libreta en busca de la tarea encomendada apenas el día anterior. Estoica analiza cada problema entablado buscando algún error que remarcar. Sin embargo, tras un segundo vistazo, avienta la libreta frente a Luis, azotándolo sobre la mesa. Sin acierto ni regaño. Pero Luis sabía que su tía solo se dirigía a él para reprenderle, en caso contrario quería decir que lo había hecho todo correctamente.

    Finalmente su tía toma asiento a su lado, cogiendo su lápiz para escribir la siguiente lección del tema. Intentando explicar la forma en que se desarrollaría la solución y el procedimiento para llegar a ésta.

    Concentrada en su actividad, Margot escribía y explicaba inclinada hacia la libreta, de esta forma permitiendo que su pronunciado escote debelara un poco más de lo debido; dejando ver la piel clara y suave de sus perfectos senos casi hasta llegar a sus pezones desde la perspectiva de Luis. Motivo por el cual su mirada se desviaba constantemente de los apuntes que dibujaba el carboncillo sobre el papel en manos de su tía, cada vez con menos disimulo, llegando incluso a girar un poco el cuello para mirar mejor.

    La vista era extremadamente excitante, Margot era sin duda muy atractiva, los años no le podrían haber asentado mejor, al menos en lo que a salud y apariencia se refiere. –Concéntrate Luis. –Expresa su tía al percatarse que estaba perdiendo a su joven aprendiz.

    Al final de la lección, su tía escribió una serie de ejercicios en la pizarra suficiente para ocuparlo toda una semana, exigiendo puntualidad, excelencia y respeto. Remarcando todas las actividades que tendría que realizar ese día en el jardín, los arreglos y mantenimiento de la casa, limpieza y demás.

    A partir de ese día, el tío Gerardo se ausentaría por días, algo que Margot no tomaría muy bien, ensañándose especialmente con su sobrino, dejándole más trabajo y aumentando la dificultad de los ejercicios considerablemente, tan solo para tener una fiel excusa para desahogar sus frustraciones.

    En ocasiones, cuando no cumplía las labores con la exagerada exactitud que su tía le exigía, solía castigarlo poniéndolo en una esquina de la casa con las manos estiradas hacia arriba, por horas, hasta que el chico no podía más con el dolor en sus extremidades. En otras ocasiones el castigo era más directo, golpeándole con cualquier cosa que sirviese como fuete, en las manos o en los glúteos.

    Por obvias razones Luis le tenía pavor, aunque hiciese todo a la perfección, su tía siempre encontraría algún detalle que le diera armas para desquitarse con él. Aún así el pequeño siempre le trataba con respeto, en él no existía rencor, ni valor suficiente para recriminarle nada. En su inocente mente aún creía que lo hacía por su bien, de hecho pensaba que se lo merecía.

    Con el paso del tiempo el pobre muchacho comenzaba a desarrollar una especia de síndrome de Estocolmo. Sin internet, sin teléfono móvil, ni TV, ni revistas siquiera, el chico no tenía contacto con el mundo exterior para distraerse o para fantasear.

    No había estado con amigos ni tampoco con ninguna chica desde hacía mucho tiempo. Solo tenía a la sirvienta, quien aunque no estaba nada mal, a sus veinticinco años no se comparaba con la mandamás de su tía. Ni su inocente sonrisa, ni su cabello largo y lacio, ni su juvenil cuerpo era suficiente para distraer su mente del exuberante cuerpo de Margot; de sus grandes senos, de sus prominentes caderas, sus piernas y su bien parado culo, desfilando en sus tacones altos y su traje de oficina, mostrando esos eróticos escotes y sensuales piernas forradas en esas medias de seda debajo de sus faldas.

    Sin embargo la repentina y momentánea ruptura con su esposo no le había asentado nada bien. El lunes siguiente, cuando Luis se disponía a recibir las ordenes de su tía, regaños y gritos incluidos, notó que ella se veía diferente esa mañana. Aquella poderosa mujer había desaparecido, habría cambiado sus elegantes trajes sastre por un largo camisón satinado, y sus tacones por unas cómodas pantuflas.

    Aún desalineada, la tía Margot nunca cambiaba el glamur por la desfachatez, todo lo que vestía era impecable, incluso con esos ropajes, no se veía desalineada por ninguna parte; perfectamente peinada y maquilladla esperando en el mismo lugar de estudio.

    Eran por eso de las seis de la mañana. Luis se apresuraba con su libreta en mano, había llegado un poco tarde, esperaba lo peor. Mentalizándose a recibir un severo castigo, llegaba a la cita muerto de miedo, sin embargo su tía no hizo exclamación aluna, en cambio, simplemente comenzó con la clase del día, en total tranquilidad.

    El muchacho temblaba ansioso, seguro de que su tía explotaría en cualquier momento y al mismo tiempo intentando comprender el tema del día. Pero su tía le embargaba toda la mente, no solo eran sus tersas manos pintando sobre su libreta lo único que le tenía enfocado, era también el resto de su cuerpo. Y es que aquel blusón de noche era demasiado delgado, y su tela se pegaba en sus grandes senos, marcando claramente sus pezones, dejando en claro que debajo de esta prenda no había más que su desnudo cuerpo.

    Así, una vez más la mirada de aquel iluso adolecente se desviaba una y otra vez al busto de su tía, intentando mirar a través de los encajes trasparentes en la parte superior del blusón que se dibujaba sensualmente hasta llegar a la copa de sus senos, realzando sus redondos atributos.

    En ese momento, el cuerpo de Luis comenzaba a evidenciar lo agradecido que estaba con aquel excitante espectáculo, levantando su falo bajo sus pantalones, por suerte para él, escondido bajo la mesa en el que estudiaba. Pese a ello, su tía salía de la estancia por un momento sin aviso ni explicación, muy a su estilo. Poco más tarde, retornaba con una gruesa bata encima de su camisón para retomar la clase.

    Al ver la necesidad de su tía por censurar su cuerpo ante sus miradas indiscretas, Luis sintió un profundo arrepentimiento, vergüenza y siempre miedo. Sabía que su tía se habría dado cuenta que le miraba con otras sensaciones. Aunque por otro lado, no le había reprendido. Con eso y mucho menos tenía material para sacar todo su enfado, con griteríos incluso golpes. En cambio, ahora ni se había enfadado.

    En ese momento Luis entendió que su tía atravesaba por un deprimente momento, pero a demás, ahora comprendía que el motivo de su agresividad y malhumor era el reflejo de su vida marital. Tal parecía que lo más saludable para Luis, era que Gerardo se mantuviese lo más alejado posible.

    Ese día la Dra. Margot salió bastante tarde a su trabajo, y no regresaría sino hasta pasada la media noche, cuando Luis dormía, siendo despertado por el sonido de los tacones de aguja resonando sobre las escaleras hasta ahogarse sobre el alfombrado pasillo rumbo a su habitación.

    Somnoliento, Luis intentaba reanudar su sueño, sin embargo en su mente solo se dibujaba la imagen de su tía caminando elegantemente en aquel traje gris que vestía esa misma mañana, el cual seguramente se debía de estar quitando en ese mismo instante, no muy lejos de su recamara.

    Y su imaginación volaba, recordando sus piernas forradas en lencería, la línea que dibujaban sus pechos estrujados bajo su escote, su cabello café, su olor a señora elegante, y ese tremendo culo que contoneaba al andar.

    Lentamente sentía como su pene se inflamaba levantando las cobijas de su cama, endurecido con el recuerdo de su tía en su mente. Húmedo y ardiente, deseoso de satisfacer sus necesidades sexuales de adolecente precoz. Fantaseando, excitado como pocas veces, se escucha un lejano lamento haciendo eco en la enorme casona. Exaltado, Luis se despabila un poco de su letargo intentando enfocar aquel sonido. Sin conseguirlo, se decide por salir de las sabanas a investigar.

    Lentamente camina fuera de su recamara, asustado sí, pero con la polla levantada al cien. Agudizando el oído atento al más sutil sonido, momento en que un nuevo lamento se hace presente. Esta vez el origen era claro, aquel gemido provenía de la recamara de su tía.

    Bajo la penumbra, Luis se aproximaba en completo silencio mientras aquellos quejidos aumentaban de intensidad, retumbando en las paredes desoladas de la mansión donde solo Luis y Margot habitaban esa noche.

    Frente a la puerta de la recamara de su tía, Luis escuchaba sin poder dar cabía a lo que en sus oídos se reproducía. En la completa afonía de la noche se escuchaban los sensuales y eróticos lamentos de su tía, expresando todo su placer entre quejidos cortantes y agudos gruñidos emanando desde lo más profundo de su ser.

    Y en su mente se figuraba el perfecto cuerpo de su tía retorciéndose sobre su cama, jugando con sus largas piernas envuelta en sus telas de encajes trasparentes, acariciando y complaciendo su escultural cuerpo al paso de sus manos de uñas largas, brillando con el esmalte color rubí bajo las sombras de su habitación, llegando lentamente a su entrepierna para enterrarse en su lencería y poder zacear sus más íntimas necesidades. Estimulando su madura sexualidad, húmeda y caliente. Añorando el falo de su esposo ausente, intentando reemplazarlo con sus dedos más largos curveándose para introducirse en su cavidad, cubriéndose con los cálidos baños vaginales emanando dentro de sí, produciendo aquel glorioso y excitante sonido acuoso de una buena concha mojada siendo complacida lánguidamente resonando con toda claridad, entre eróticos quejidos al otro lado de la puerta.

    Su pene se anchaba dolosamente bajo su pijama, obligando al joven voyerista a liberarlo de su prisión y concebir de paso sus ansiadas caricias, estrujándole con lentitud, intentando vincular su orgasmo con el de su tía, quien continuaba complaciéndose a pocos metros de él. Manchando sus dedos de su caliente líquido seminal lubricando su hinchado pito circuncidado, completamente extendido en su mano cual se deslizaba delicadamente por todo lo largo a punto de sucumbir, estimulado por los sonidos, su imaginación y sus caricias.

    Entonces la voz de su tía cambió, su garganta se cerraba y el aliento se escapaba presuroso por relajarle el cuerpo de la tenacidad en sus músculos conteniendo el estrés del poderoso orgasmo inminente. La tía Margot movía con rapidez los dedos de su mano derecha entrando y saliendo con desdén de su ya empapada vagina enrojecida e inflamada, siendo acompañada por los dedos de su mano izquierda acariciando y estrujando con fuerza su erguido clítoris provocándole un placer desmedido.

    De sus labios cantaban hermosas melodías excitantes, engalanadas por los acordes mojados de sus dedos bailando en todo su coño. El frío de la noche apaciguaba cualquier ruido externo. La cama chillaba un poco, la tía gemía, y su vagina chapoteaba, mientras Luis se masturbaba su larga tranca a nada de terminar, cuando la sinfonía enmudecía por unos instantes.

    La enorme mansión enlutaba, solo el viento acompañaba los feroces latidos del corazón en el pecho de Luis, hasta que de pronto, un desgarrador lamento emanaba de los pulmones de la tía Margot viniéndose profusamente en su habitación, zaceando por completo su escurridiza sexualidad desatendida por el tío Gerardo. Protagonizando un intenso orgasmo alcanzado por el de Luis, quien terminaba de jalarse el falo exprimiéndose su pegajoso contenido y vertiéndolo dentro de su ropaje nocturno, evitando así que mancharan la alfombra del pasillo.

    Tensión

    Al día siguiente el recuerdo de lo sucedido se presentaba como un sueño, como una fantasía no cumplida. Pero había sido completamente real. Aún sin poderlo creer, Luis abría espiado a su tía en su momento más íntimo y erótico. Aunque fuese solo con el sonido, era suficiente para remembrarlo con añoranza y complacencia, recreando sin cesar aquel momento voyerista bajo la fría noche.

    No había momento del día en que Luis no estuviese fantaseando con lo sucedido. Ahora no podía quitarle la vista de su tía, desnudándola una y otra vez con la mente. En la lecciones del día, Luis luchaba cada segundo por mantenerse sereno y concentrado en su estudio. Pero su olor, su simple presencia, y esos conjuntos de oficina que acentuaban toda su femenina y madura figura, era demasiada tentación como para no echarle un ojo, o ambos.

    Virgen aún, aquel momento en su vida habría despertado la sexualidad del muchacho, escondida y enterrada bajo su timidez, aislamiento, baja autoestima y miedo. Ahora no había otra cosa en la mente de ese joven, más que sexo.

    Pasarían un par de días más de aquel siniestro verano, sintiéndose a cada minuto más lejos de casa. Por la tarde el tío Gerardo regresaría, sin maletas, algo extraño siendo que supuestamente se habría ausentado por viajes del trabajo.

    Con la tía Margot ausente, Luis se desempeñaba en sus labores cotidianas, ahora con más responsabilidades que la misma sirvienta local de casa, quien prácticamente gozaba de las mañanas libres, con el pobre chico ocupado todo el tiempo.

    Gerardo acosaba a Alison, Luis los habría pillado algunas de veces en la cocina, único lugar que no frecuentaba, pues realmente no sabía cocinar. Seguro que el tío lamentaba la inoportuna estadía de su sobrino, quien no le dejaría desarrollarlo su perjurio libremente.

    Siempre le miraba sobre su hombro con odio y desprecio. A diferencia de su tía, de Gerardo ni su voz habría escuchado. Todo el tiempo se escondía en su estudio privado en una de las tantas habitaciones de la residencia, o en su defecto ni se aparecía por la mansión.

    Todo se aclararía esa misma noche, cuando la Dra. Margot regresaba de su segundo turno. Al encontrar a su esposo se libraría una desenfrenada discusión a todo pulmón. Todo apuntaba a que el tío tenía otra familia y pronto se marcharía abandonando a su aún esposa. Era un matrimonio perdido y podrido. No había más que decir.

    Tortura

    Al amanecer, la rutina esperaba a Luis, ya no hacía falta las instrucciones de su tía, él debía saber ya a la perfección sus deberes y obligaciones, cuales completaría sin el más mínimo error o lo pagaría muy caro.

    La diferencia era que ahora el tío Gerardo estaba en casa. La tensión se respiraba en el ambiente. Era como si una maldición se hubiese posado sobre en el hogar, el aire se sentía mucho más pesado y se podría jurar que la casa parecía ser mucho más oscura que antes.

    Aún así el chico se concentraba en su tarea. Una mañana como otras tantas, se encontraba estudiando los problemas numéricos que su tía Margot le intentaba enseñar. Era un tema ya antes visto, pero el estrés se había vuelto insoportable. Luis apenas dormía con las discusiones a media noche y la fatiga del inhumano trabajo en el día.

    Pero eso no era lo único que le distraía, en parte era su propia tía. Y es que ese día portaba un vestido de gruesos tirantes, color violeta, de fina tela y perfectos cortes. Sin estampado, entallado y bastante corto. Debajo, se le remarcaba una muy sensual lencería levantando su pronunciado busto casi por salirse de su escote, y a las faldas de su vestido, unas pantimedias negras de red forraban sus piernas contorneadas por sus siempre tacones altos.

    Todo eso, provocaba que la mente del niño volara fantaseando cómo se vería su tía bajo aquel vestido. Cómo sería su sostén abochornando su par de tetas estrujadas, y cómo serían las bragas que estaría usando ese día, enmarcadas por esas pantimedias a medio muslo.

    Y mientras su mente se desprendía de la realidad, bajo su cintura, su pene crecía y crecía, hinchándose sin siquiera tocarlo, convencido por su propia imaginación de hacer real sus fantasías.

    El adolecente sudaba y temblaba, su boca se secaba haciendo que tragar saliva se sintiese como beber arena. Sabía lo que le esperaría si no resolvía aquel problema matemático correctamente. No quería repetir otro día más de golpes en las palmas de las manos, jalones de orejas y bofetadas en el rostro.

    Ni siquiera se atrevía a imaginar lo que le esperaría si se enterase que la espiaba por las noches, o al saber de todos sus sucios pensamientos que se imaginaba todo el tiempo. Lleno de nervios por la prominente erección que levantaba sus pantalones a escasos centímetros de su maestra, quien le explicaba fracciones y ecuaciones.

    -Despejamos “b” y el resultado lo restamos al resultante de la primera operación. –Explicaba la Dra. Margot, en completa calma. Con la misma calma que tendría una feroz tigresa antes de cercenar a su presa. –Concéntrate Luis. –Le decía, agudizando un poco su voz. –¿Sabes qué? ¿Por qué mejor no te relajas un poco en el baño? haber si así puedes concentrarte.

    Le determina su tía, evidentemente hastiada por las reacciones naturales en el cuerpo de su sobrino. Haciendo alusión al incomodo momento que el muchacho experimentaba en sus pantalones. Dejando en claro que lo que pedía, era que se fuese a masturbar para bajarse la erección.

    Aterrado de que todos sus temores se hubiesen hecho realidad, Luis obedece. Salta de su asiento y en completo silencio, sale rumbo al cuarto de baño más próximo. -¡Rápido! ¡No tardes! –Gritaba su tía al ver la escasa prontitud de su sobrino.

    Hecho un ramillete de nervios, el corazón de Luis apenas podía dar cabida a todas esas sensaciones en su cuerpo. El aliento le abandonaba, y él, con su polla en mano intentaba hacerse venir tan pronto fuese posible, sin poder conseguirlo.

    Con los ojos cerrados, imaginaba a su tía, recorriendo todo su cuerpo, centrándose en sus partes intimas para lograr esa anhelada eyaculación, hasta que finalmente lo consiguió. Se estranguló su pene, escurriendo su contenido dentro del mingitorio, se lavo las manos obsesivamente y salió corriendo de regreso a donde su tía.

    -¡¿Crees que tengo tu jodido tiempo?! –Exclamaba su tía envuelta en rabia. –¡Ya voy tarde para el trabajo por tu puta culpa! Yo no hago esto por placer Luis. Lo hago por un favor a tu madre, porque somos familia. Un poco de agradecimiento de tu parte. ¡Por favor! ¿Tengo que hacerte entender? –No tía. Perdón, en verdad lo lamento, no se volverá a repetir.

    -Suplicaba el pequeño Luis al borde del llanto. -¡Bájate los pantalones! ¡Ya! –Ordenaba Margot llena de rabia. –No tía por favor. –¡Ahora Luis, que tengo prisa o te irá peor!

    -Sin más remedio Luis obedece, desabotonando sus jeans y deslizándolos hasta los tobillos con todo y calzoncillos, pues bien sabía que de no hacerlo solo empeoraría las cosas.

    Enseguida su tía le suelta un par de nalgadas con todas sus fuerzas, enrojeciendo al instante sus débiles glúteos. Y no conforme con ello también le golpea fuertemente en su pene con la palma de su mano.

    Sin embargo, esto último, además de un intenso dolor, también provoco que aquella erección pospuesta en el baño regresara con toda su fuerza, llenando su pene de sangre en el peor momento posible.

    Al verlo la tía Margot enmudeció, y aunque por un pequeño instante se le pudo ver un destello de piedad en su mirada, tras relamerse los labios, continuó golpeándole brutalmente en el escroto, hasta ponerle su inflado pene de tono morado, estrellando su mano abierta incesantemente, haciendo que su falo rebotase cual grueso mástil de carne.

    Satisfecha, finalmente cesó el hostigamiento. –Y quiero esos ejercicios terminados para cuando regrese. –Finiquitó antes de perderse en los oscuros pasillos, contoneando sus nalgas sobre sus tacones altos con gran arrogancia, dejando al pobre muchacho con la tranca parada y adolorida.

    Por fin Luis logra reaccionar y se viste nuevamente, sucumbiendo finalmente al llanto que desahogaba desconsolado, aún temblando y lesionado. Así habría de terminar sus labores del día, y las tareas encomendadas por su despiadada tía.

    Esa noche, tras otra enfrascada discusión, le tío Gerardo se marcharía de nuevo, esta vez con todo y maletas, para no verse más.

    Desde ese momento la cabeza de Luis daba vueltas sin control, al borde de la locura. Era una etapa muy difícil en su vida, y esa maldita estadía en aquella casa del terror lo complicaba aún más. Esa mezcla de miedo, ansiedad, sexo, excitación, estrés y cansancio, pronto acabarían con él.

    Luis barría las escaleras principales, consciente de terminar lo más pronto posible, pues esa tarde tendría cita con su tía quien continuaría el temario con uno de los más complejos bloques en química.

    En esa ocasión, Luis se esforzaría de sobremanera para disponer de toda su concentración, única y exclusivamente en el nuevo tema, intentando dejar de lado sus impuros deseos y sus molestias personales. Sin embargo, aunque en un principio había entendido un poco los procedimientos, ya por la tarde se veía sobrepasado con los ejercicios impuestos por su tía. Estos habrían sido demasiado complejos para su edad. Por más esfuerzo que desempeñaba no conseguía encontrar los resultados de aquellos problemas.

    Con la presión encima, Luis entraba en pánico. Si no conseguía resolver la tarea, una fuerte reprimenda le esperaría el día siguiente, pero, si molestaba a su tía, aquel regaño solo se apresuraría. Entonces se rindió, suspiro profundamente y emprendió camino, libreta en mano hacia la habitación de su tía en busca de su ayuda.

    A las puertas de su recamara, Luis tocó un par de veces, sutilmente, como si la puerta de madera se fuese a desquebrajar en sus manos. Muerto de miedo esperó respuesta. Y esperó. Y esperó. Pero no escuchaba nada tras el portal.

    Quizá había golpeado con demasiada sutileza y no se habría hecho escuchar. Pero Luis no se arriesgaría, preferiría un duro castigo el día siguiente y no uno ahora y otro al amanecer igualmente. Caminó de regreso por donde llegó, silenciando sus pasos cual ratón caza gatos, cuando finalmente la tía Margot atendía.

    -¿Qué demonios quieres Luis? –Preguntaba asomando la cabeza por su puerta sin dejarse ver el resto del cuerpo por completo. –Es que no logro entender el problema tía. –Le decía Luis balbuceando. –Pero no puedes ser más idiota. Es una simple ecuación de segundo grado.

    -Explota su tía asqueada y fastidiada. Habiendo encontrado con la negativa contundente, Luis se marcha a paso lento, cuando le detiene. –Anda, pasa, no tengo tu tiempo. –Le indica, abriendo la puerta de su recamara de par en par.

    Al abrir la puerta, se debela a la tía Margot con el cabello recogido y vestida con su ropa de noche. Se trataba de su camisón satinado color lila, que colgaba elegantemente desde sus firmes senos balanceándose libremente debajo, hasta sus piernas. Permitiendo ver un poco más allá con el natural baile de la tela.

    -Qué vergüenza me das. No puedo creer que no puedas hacer algo tan simple. No serás nada en la vida ¿sabes? Si fueras mi hijo ya habría perdido toda esperanza desde hacía mucho tiempo. ¿Qué esperas de tu vida si no puedes hacer nada bien? ¿He? ¡Responde idiota! –Gritaba su tía.

    Luis aguardaba en silencio, temblando y aterrado. -¿Qué es lo que no entiendes? Tienes toda la maldita biblioteca, ahí está todo –Terminaba la doctora completamente colérica. –Bájate los pantalones. –Ordenaba.

    Y Luis sabía exactamente lo que sucedería. De inmediato se desliza su pijama debelando su flácido pero largo pene rosado. Enseguida su tía comienza a golpearlo una y otra vez en todas partes, ensañándose específicamente en su falo hasta conseguir inflamarlo con el dolor y con la excitación de la mano de su tía sobre éste.

    -Anda, ya vístete. –Ordena nuevamente al terminar la bajeza. Temblando el pequeño Luis obedece. En tanto, Margot coge la libreta que su sobrino había dejado sobre su cama y comienza a revisarla sin expresión alguna.

    -Está mal. Todo está mal. ¿Cómo puedes ser tan estúpido? ¿A caso no te explico bien? ¿Yo soy la estúpida acaso? ¿Qué va a pensar tu madre de mí? Te explicaré una última vez, si no lo entiendes no sé cómo te las vas a arreglar, pero con migo ya no cuentes. Finiquitaba mientras le indicaba a Luis que se sentará en la cama junto a ella.

    Enseguida reanuda su explicación desde el inicio. Luis ponía de toda su concentración en su explicación. Su corazón resonaba con todas sus fuerzas en su pecho, no dejaba de temblar, su respiración escaseaba pero su pene no flaqueaba, erecto como roble centenario.

    -Es que no puede ser más fácil. No sé de qué otra forma explicártelo. Te lo he dicho mil veces, ahí tienes tus tablas, Luis por dios. –Continuaba explicando y regañando al muchacho, remarcando sus errores enfáticamente.

    Pero además algo le tenía especialmente irritada, no solo era el tener que lidiar con su sobrino, sino, también era por su pene. Sí por el erecto pito del muchacho cautivo bajo su pijama. Aunque Luis se concentraba únicamente en la voz de su tía y los números que anotaba en su libreta, ajeno a lo que sucedía con su cuerpo.

    -Después de sumar su masa molecular debes… ¿No sé cómo puedes soportarte tú mismo de esa manera? Al fin hombre. Me das asco. –Expresa Margot ante la sorpresa de su sobrino quien no tenía idea de lo que le hablaba.

    -Toma haz lo que tengas que hacer. Y que sea rápido. –Le dice su tía, extendiéndole una caja de pañuelos. Entonces Luis lo comprende. Tras mirarse su pene estirando la tela de su pijama, acepta los pañuelos y se encamina fuera de la habitación.

    -¿A dónde diablos crees que vas idiota? Le detiene su tía y maestra. –Solo vas a perder el tiempo. Hazlo aquí. –Le determina seriamente. Luis empalidece. No podía creer lo que su tía le estaba pidiendo, pero tampoco se atrevería a contradecirle.

    Al borde del desmayo, Luis se saca su estirado pene y comienza a masturbarse frente a su tía, quien en un principio solo le ignoraba, clavando su mirada en los apuntes del niño. Pero entonces levanta la mirada y observa los tímidos movimientos de Luis por un momento, suspira, endurece la quijada y le regaña una vez más. –¡Rápido! Estoy esperando Luis. –Le apura con voz de hartazgo.

    Luis acelera sus movimientos, estrangulando su duro falo para hacerse venir, intentando tragar tanto aire como puede para no sucumbir en el intento. La tía lo observa, sin quitarle los ojos de su inflamado pene, magullado por los golpes que ella misma le había proporcionado, relamiéndose los labios y jugando un poco con su cabello, esperando su ansiada eyaculación. Pero esta no llegaba, Luis estaba demasiado estresado y temeroso.

    Entonces, Margot comienza a deslizar lentamente el tirante derecho de su camisón por su hombro. Luis la mira. Con delicadeza recorre la prenda por su brazo hasta hacerlo caer, apenas colgando a centímetros de su pezón aún oculto tras los delgados pliegues de su prenda. El corazón de Luis explotaba en su pecho, lo sentía físicamente en su cuello, cuando su tía comenzaba a deslizar el otro tirante dejándolo caer libremente, está vez, exponiendo su par de encantadoras perlas maduras frente a los atónitos ojos de su sobrino.

    Y Luis continua complaciéndose, ahora, con la mirada fundida en los preciosos senos de su institutriz, admirando su recodes, su tamaño y sus pezones levantándose cada vez un poco más por las inclemencias de la fría noche.

    Ella disimulaba, pretendía evadir la mirada constantemente, pero no podía dejar de mirar cómo su sobrino se zanjaba su falo amoratado, por ella y para ella hasta hacerlo escupir todo su pegajoso contenido sobre uno de los pañuelos que sostenía con la otra mano, justo en el desagüe de su glande.

    -Bien. Continuemos. –Le decía su tía al verlo eyacular frente a sus ojos, al tiempo que se acomodaba los tirantes de su camisón, cubriendo de nuevo su torso.

    Aquella habría sido una de las mejores noches de su vida. Luis no daba cabía a lo que habría admirado. Aquella exuberante mujer semidesnuda frente a él, su infame y maquiavélica tía, de quien solo recibía castigos, gritos y golpes, le habría regalado el mejor de los espectáculos.

    Casi había hecho que todo lo sufrido hubiese valido la pena. Aquel magnifico orgasmo sufragado a la mirada de su tía, era sin duda lo mejor de su vida. Pero no. Ni todo ese placer se comparaba con las horas de esfuerzo, las martirizantes pruebas, tareas, trabajos y labores. No, no era suficiente.

    Verdugo

    Las lecciones de química y matemáticas se prolongarían el siguiente viernes, apenas dos días después de lo acontecido en la recamara de su maestra Margot.

    Esta vez, el pequeño esperaba paciente al arribo de su hermosa maestra, fiel a la doctrina impuesta por su tía, sobre la silla de caoba barnizada frente a aquella mesilla, de la misma madera. Escuchando sus inconfundibles pasos entacónados a medida que se aproximaba desde las penumbras del pasillo.

    Al llegar, Margot se apresura en anotar algunas fórmulas en la pizarra con la tiza blanquecina, contoneando sus exuberantes caderas, forradas en su falda roja tan entallada que casi no la dejaba caminar abiertamente. Sus medias de seda, negras. Una blusa blanca, y un saco igualmente rojo brillante.

    -De prisa, anota. –Indica su tía, siempre con la arrogancia que le caracteriza. Enseguida comienza a recitar un complejo problema, obligando al pequeño Luis a escribir tan rápido como es humanamente posible.

    Al terminar, la tía Margot toma asiento indicándole a su sobrino solo con la mirada a que realizase el cometido. A toda prisa el joven alumno se apresura a resolver su tarea del día, sin imaginar lo difícil que se pondría con el añadido de tener a su flagrante tía justo a un lado.

    Luis se esforzaba, de eso no cabía duda. Aquel problema era muy complejo, ya aún así, el joven comenzaba a desenmarañarlo con destreza. No obstante sin desaprovechar la oportunidad de espiar a su tía, quien jugaba un poco con su cabello, y su cadena de oro pendiendo de su cuello.

    Era justamente aquel collar dorado el que le arrebataba la vista a Luis, y no, no era por su brillo, más bien era por las dos redondas mamas que le rodeaban a cada lado.

    Margot lo sabía, el pequeño no había olvidado aquel espectáculo familiar que le habría regalado hacía pocos días. Ahora que le tenía nuevamente ensimismado en su pecho, la Dra. Margot lentamente comenzaba a deslizar sus uñas pintadas con esmalte intenso color rubí por debajo de su blusa, desabotonando por pura casualidad un endeble botón, y por qué no, otro más quizá.

    -¡Apresúrate! Tengo prisa y aún debo dejarte más tarea. –Le grita su tía. Pero Luis no podía concentrarse con todos esos eróticos recuerdos seduciendo en su mente, y en vivo frente a él. Cuando en ese momento su tía se quitaba el saco, colocándolo sobre el respaldo de su silla. Actuación que le habría arrebatado los ojos a su sobrino de su libreta.

    -¡¿Es que no puedes mantenerte enfocado en una tarea por una sola vez?! ¡Pero no es posible! Tienes un grave problema Luis. ¿Lo sabes no? –Preguntaba Margot, fastidiada. Luis le mira horrorizado. Sabía que un terrible castigo se vendría sobre él.

    -Debemos corregir eso ahora mismo. ¡Bájate los pantalones! –Ordenaba su tía. Luis obedece enseguida.

    Con su miembro a la intemperie, su tía le golpea hasta inflamarlo por completo. –Quítate toda la ropa. –Ordena nuevamente. Luis acata.

    -Ahora toma asiento de nuevo y termina la tarea. –Indica su despiadada institutriz.

    Como puede, el adolorido Luis reanuda sus clases temblando de frío y de miedo. En tanto, Margot comienza a desabotonar aún más su delgada blusa. Luis la observa de reojo. -¡Concéntrate en lo tuyo! –Le grita a todo plumón azotando la mesa con la palma de su mano.

    Enseguida Luis regresa la mirada a sus apuntes, intentando no levantar la vista, ni por error, mientras su tía continúa desnudando su torso hasta abrir del todo su blusa, exponiendo su apretado sostén negro de encajes. Luis se esfuerza, suda y tiembla pero no sucumbe a la tentación.

    Margot lo observa, se acomoda su larga y ondulada cabellera castaña, juega con sus pendientes, recorre sus manos sobre su pecho, y en un momento se lleva ambas manos a su espalda por debajo de su blusa. Entonces se desabrocha su intima prenda desaprisionando sus grandes senos por un momento.

    Al ver que su joven aprendiz mantenía la mirada baja, Margot se hace deslizar un poco los tirantes de su sujetador, tanto como las mangas de su blusa se lo permite, lo suficiente sin embargo para debelarle ambos aureolas bermellones frente a su sobrino, quien luchaba por no elevar la cara de su libreta.

    Pero su vista periférica le otorgaba una hermosa visión, y sabía que su tía estaba con las tetas a la intemperie justo a su lado. Suficiente para provocar en él que su golpeado pene se erguiese implacable cual globo a punto de estallar.

    Aún así Luis resistía. Distrayendo su mente de su seductora tía, con números y fórmulas. Escribiendo y haciéndose el desentendido. Sudando como si estuviese corriendo una maratón. Cuando de pronto, en su entrepierna una sedosa sensación entra en acción acariciando su magullado su pene.

    Asustado Luis baja la mirada, para concebir el pie de su tía, forrado en sus medias de seda negra, acariciando dulcemente su enrojecido tronco. -¡Apresúrate! No te distraigas. –Grita su tía.

    Luis regresa de nuevo su cabeza a su libreta y continua, sintiendo con excitante agonía el pie de su tía rozando su pene, deslizándose por sus piernas y estrujando sutilmente sus testículos.

    Pero Luis continuaba firme en su cometido. Tan firme como su polla estrangulada ahora por ambos pies de si tía, sintiendo la suave seda y el calor que emanaban de sus plantas y entre sus dedos. En tanto, sobre la mesa, Margot le miraba con atención, seduciéndole con ademanes, al recorrer sus dedos sobre sus senos al desnudo, con especial esmero al llegar al centro, en sus pezones dispuestos, estimulándolos un poco hasta levantarlos por completo.

    Al tope de estrés, Luis estaba bañado en sudor, salivaba como lagarto, la cabeza le dolía y sus músculos le temblaban inconteniblemente, todos, especialmente el largo y endurecido músculo de su escroto. Mientras sentía los dedos abrazándole, ese calor que despedía, y la textura de sus medias, hacía insoportable el sufrimiento.

    Entonces un espasmo involuntario en su escroto hace que Luis eyaculará sobre los trasparentes telares que recubrían los pies de su tía. Y ella Explota. La Dra. Margot salta envuelta en llamas, colérica como nunca.

    -¡Eres un idiota! –Grita ofendida. -¡Estúpido mocoso precoz de mierda! –Le reclama, al tiempo que le golpeaba en la cabeza cruelmente, halándole de la oreja hasta sus pies para que viera de cerca la ofensa cometida, lastimándole de verdad.

    -¡Mira idiota, me has manchado las medias! ¿No te pudiste aguantar? –Preguntaba su tía sin soltarlo de la oreja izquierda, y zangoloteándolo para lesionarlo aún más. –Lo siento tía, en verdad lo siento. No pude evitarlo. –Le suplicaba Luis bañado en lágrimas.

    -¡No llores malcriado! Ahora lavarás mis medias. Lavarás toda mi ropa. Y las cortinas de la casa. Todas ellas. –Sí tía. –Respondía el pequeño con la oreja enrojecida fundida en los largos dedos de su tía, gritándole completamente descarriada.

    -Y lo harás a mano. Desnudo. Para que aprendas a valorar lo que cuesta la vestimenta de una dama fina como yo. Finaliza la Doctora, antes de largarse a paso veloz enfurecida, con sus tachones en la mano y los pies manchados con el semen de su sobrino.

    Una inesperada amiga

    Ese día el pobre Luis se pasó toda la mañana obedeciendo el castigo de su tía. Aunque sabía que ella no estaba en casa, el pequeño se encontraba tan asustado, que no se atrevió a vestirse ni remilgar una sola de sus ordenanzas, quedando desnudo toda la tarde.

    Así, se la pasó tallando la ropa sobre un endeble lavadero a un costado del cuarto de lavado. Llorando desconsolado y muerto de frío, cuando una dulce voz se escucha a sus espaldas. -¿Estás bien? –Pregunta Alison, la sirvienta, al notar que Luis no paraba de llorar ni trabajar.

    -Sí, gracias. –Responde el joven entre gimoteos, mirando a la chica acercarse por su espalda para ayudarle a cargar las pesadas cortinas de gruesa tela, completamente cubiertas de polvo.

    -Debes sacudirla primero. –Le dice la joven mucama intentando amenizar con una sonrisa. –Me llevaré esto y lo sacudiré afuera. Finaliza cargando las pesadas telas. –Gracias. Le dice Luisentre sollozos.

    La tarde entera se pasaron en cumplimiento del mandato de la Dra. Margot. Sin embargo, Luis no habrían terminado sino hasta ya bien entrada la noche, cuando la señora de la casa ya se encontraba presente, supervisando que sus órdenes se cumpliesen al pie de la letra, ahora sin la ayuda de Alison quien habría terminado su jornada horas atrás.

    La pesadilla se prolongaría los días siguientes. Ahora Margot se ensañaba con su sobrino de la peor manera. Nunca faltaba pretexto para reprenderlo, gritarle e incluso golpearle por cualquier excusa. Especialmente en las clases de estudio, donde la maestra daba rienda suelta a sus más oscuros y perversos sentimientos, de odio y lujuria.

    Luis estaba completamente deprimido, no podía estar un segundo más en aquella casa infame. Por las noches se la pasaba desahogando su llanto, impotente, deseando nunca haber llegado ahí, y en los días no paraba de trabajar o estudiar.

    Una de aquellas mañanas, el desaventurado jovencillo regresaba de las compras para la comida del fin de semana en compañía de Alison. Descendieron del taxi y entraron a casa. Enseguida Luis se acomidió a limpiar y cortar las verduras para la cena. Ambos sabían que ese sábado, como todos, la Doctora Margot llegaría temprano y muy hambrienta.

    Luis se encontraba desconsolado y desconcertado, en su mente se dibujaban aquellas imágenes sexualmente explicitas de su tía, acosándolo, desnuda, en su ropa de oficina, obligándole a masturbarse frente a ella, y su pobre pene masacrado entre sus manos, lastimado y dañado. Sin duda era una terrible manera de comenzar a descubrir su sexualidad, apenas entrado en la mayoría de edad.

    Con aquellas imágenes en sus ojos, Luis miraba a su compañera Alison, quien ponía la cacerola sobre la estufa con agua para hervir las verduras que recién Luis terminaba de cortar. Era una linda chica, aunque tan solo era ocho años mayor, para Luis se trataba de un trecho de edad demasiado amplio para considerar cualquier intimidad con ella. Sin embargo nada comparado con los 24 años de diferencia que tenía con su tía, por lo que sin duda, era Alison la única persona con quien se sentía más identificado en su nueva vida.

    Tímido como solo él, Luis se aproximaba a paso lento con el pozuelo de verduras cortadas en cubos por él mismo, hasta donde Alison se encontraba llenando la cacerola con agua. Sus miradas se cruzaron, Alison le sonrió agradecida por la ayuda. Luis contestó de la misma forma, depositando con cuidado la comida dentro del recipiente sobre la estufa encendida.

    Su compañera se encargaría del resto. El trabajo de Luis en la cocina había terminado, sin embargo, algo lo detenía. Era una extraña fuerza que le había soldado los pies al suelo. Se había quedado encantado y enamorado por la elegante danza de la sirvienta balanceando su lindo vestido azul grisáceo bajo su mandil blanco, contoneando las caderas al acarrear agua desde el grifo hasta el estofado.

    A diferencia de su tía, Alison carecía de aquellas gruesas piernas y esas marcadas pantorrillas sobre sus altos tacones. En cambio, la chica era más pequeña, tierna y delicada. No había esos escotes mostrando sus grandes senos forrados en la más fina lencería. Ella portaba ese coqueto vestido cerrado que tan solo permitiría ver un poco su colguije dorado seguramente religioso bajo juvenil rostro perdiéndose en sus senos tan pequeños que apenas se marcaban un poco, aún bajo la delgada tela del pequeño vestido.

    Aún así, lo compensaba con su estrecha cintura y su abdomen aplanado, a diferencia del vientre distendido de su tía. Era tan delgada que deba la sensación de que se fuese a romper por la mitad, lo que la hacía ver un poco más alta de lo que era en realidad, siendo de hecho, un poco más pequeña que Luis, permitiendo así que sus manos se posaran firmemente rodeándole desde su espalda, justamente por su cintura.

    Alison se estremeció, sin embargo no dijo nada. Luis le abrazo cariñosamente, embriagándose con el dulce aroma de su cabello lacio. Entonces Alison intentó girar a sus espaldas. Pero Luis se lo impidió sujetándole con todas sus fuerzas. -¿Qué haces? –Pregunta la chica, ya un tanto asustada. Pero Luis solo estrechó su entrepierna contra los pequeños glúteos Alison sin decir palabra. Enseguida su púbero pene se inflamaba creciendo bajo sus pantalones.

    Alison lo sintió en seguida, forcejeando un poco frente a la olla hirviendo, sin atreverse a moverse demasiado en tan precaria posición. –No lo hagas Luis. Por favor. Así no. –Suplicaba con una tierna voz. Luis la besó en la nuca con tanta ternura, que por un momento Alison no opuso resistencia antes de continuar con el peligroso forcejeo.

    Luis seguía besándola cerca de su oreja derecha y en el cuello que su cabello recogido dejaba al descubierto mientras sus manos la acariciaban por su estrecha cintura. –Sé que tienes un amorío con el tío Gerardo. A la Doctora Margot no le gustaría si se enterase. –Le insinuaba pretenciosamente, al tiempo que posaba su mano derecha sobre su pequeño busto intentando pellizcarlo aunque fuese solo un poco.

    Entonces Alison no dijo más. Dejó de forcejear y se recargo firmemente sobre la estufa con ambas manos. Luis lo entendió enseguida, se bajó sus pantalones hasta los tobillos, desnudando su endurecido falo, le subió su el vestido a la sirvienta, y tras bajarle sus bragas le ensartó su virgen pene en la estrecha conchita de su mucama.

    La inexperiencia había hecho que Luis batallará en encontrar la postura perfecta para poderla penetrar, obligando a la misma Alison a ayudarle, sujetando su largo pene para enfundarlo dentro de ella, parando su culito para que no la lastimara el impúber jovenzuelo.

    Precoz cuál es, Luis eyaculaba a los pocos minutos de haber entrado en ella. Sin tiempo siquiera para salir antes de llenarla toda de semen.

    Acongojado por la depresión post coito, Luis se subía sus pantalones completamente arrepentido. –Lo lamento. En verdad lo siento mucho. No sé qué me sucedió. No quise hacerlo. No así. –Le decía al borde de las lagrimas, mientras Alison se vestía sus bragas nuevamente, sin decir palabra, al tiempo que le miraba apenada.

    Luis no era un monstruo, tan solo era un buen muchacho que se habría guardado un gran sufrimiento por mucho tiempo. En el fondo, Alison sabía que el pequeño solo quería cariño, pero no sabía cómo pedirlo, ni como recibirlo.

    Por la tarde la tensión se percibía palpable. Alison servía la cena, Luis no se atrevía a levantar la mirada. Margot no dijo nada, pero sin duda se habría percatado que algo sucedía entre los dos jóvenes de la casa, y eso la puso furiosa.

    -No quiero que vuelvas a ayudar en la cocina Luis. Este caldo me está sabiendo muy amargo. Expresa la señora de la casa. –Mañana te quiero aquí temprano Alison. Ya te puedes ir. –Finaliza, sentenciado a los amantes, y dejando bien en claro que nada pasaba desapercibido frente a sus narices. –Sí tía. –Sí señora. –Respondían a los oídos sordos de la matriarca.

    Pesadilla

    Habrían pasado cinco semanas y dos días desde que Luis arribase a aquella casa del terror, toda una vida para el pequeño marginado, sobajado desde el primer minuto. Apenas había visto la luz del día. Casi no sabía nada de sus padres, salvo las pocas palabras que podría escuchar a través del ancestral teléfono fijo al pie de las escaleras. Principalmente de su madre, pues su padrastro ni se molestaba.

    No había diferencia, Luis estaba solo, fuese donde estuviese. Solo esperaban de él lo mejor, sin poner nada de su parte. Especialmente de su tía Margot, de esa infame señora quien lo citaba en punto de las seis de la tarde, en el lugar de siempre.

    Ahí, donde Luis tomaba asiento en la misma rutina de siempre. Colocando sus instrumentos de estudio con sumo cuidado sobre la mesa. Postura recta y manos limpias. No había que hacer enojar a la señora, aunque todo fuese en vano.

    Momento preciso en que lo aborda su tía, anunciando su presencia con el siniestro pero excitante sonido de sus tacones de aguja estridentes sobre el piso de madera, haciendo eco a través del pasillo, como una feroz bestia saliendo al coliseo. Enseguida Margot le arrebata el cuadernillo a su sobrino, y sin expresión comienza a juzgarlo.

    Luis esperaba nadando en una sopa amarga de emociones, miedo y terror en su mirada. Ansiedad y depresión dentro de su alma. Miraba a su tía posada frente a él, engreída y arrogante cuál solo ella. Vestía una blusa blanca impecable, un saco color vino, y una falda del mismo tono, sin embargo un poco más corta de lo habitual, la cual ahora le permitía ver un poco mejor sus piernas revestidas por sus fieles pantimedias negras.

    Sin más, Margot toma asiento junto al muchacho y comienza a escribir sobre su libreta. Se trataba de un tema nuevo. Aunque para Luis el procedimiento para dar solución al problema le parecía familiar, su maestra se esmeraba en complicar la ecuación tanto como fuese posible. –Resuélvelo. –Ordena, sin más explicaciones.

    Atento, el adolecente se apresura con los nervios de punta, intentando coincidir con un medio que le ayudara a solucionar la tarea impuesta. Su tía le observa, poniéndole más presión al momento y aumentando el estrés del pobre muchacho.

    En la mirada de su Maestra solo había maldad, no había nada que más quisiese que hacer sufrir a su sobrino. Se regocijaba al verlo temblar de miedo, luchando por resolver un problema innecesariamente más avanzado para su nivel escolar, mientras jugueteaba con su cabello y con su collar de oro, recorriendo los eslabones dorados desde su cuello hasta su pecho, entremetiendo un poco su mano en medio de sus grotescos senos.

    Sus intenciones eran claras. Quería distraerle para concebir una genuina excusa con la cual poder desquitar toda su frustración con su desprotegido sobrino. Y él luchaba, cada segundo libraba una feroz batalla consigo mismo, con sus estudios y con su tía, quien se empeñaba en llamar su atención abriendo su saco para lucir sus atributos y cruzando sus piernas seductoramente.

    Pero Luis se mantenía firme en su labor, sin desviar su mirada del lápiz escribiendo frente a él. Entonces su tía se arrima un poco. -¿Cómo vas? –Pregunta con hipocresía, estrechando su cuerpo tanto como las sillas pegadas una a la otra lo permitían.

    Luis no respondía, disponía de toda su atención para realizar las ecuaciones necesarias, haciendo memoria y corrigiendo una y otra vez. Cuando de pronto siente la mano de su tía posándose sobre su entrepierna, acariciando su pene hasta despertarlo dentro de su escondite de mezclilla.

    Lentamente comenzaba a desabotonar sus pantalones, baja su cremallera y desliza sus calzoncillos hasta lograr sacar su largo trozo endurecido. Enseguida le sujeta fuertemente el escroto cual palanca de automóvil y desliza su mano de arriba abajo placenteramente.

    Luis resiste, sabía que no había manera de luchar contra ella, era su presa y estaba a su merced. La Doctora continuaba masturbándole bajo la mesa, impregnando de a poco sus manos con el tibio semen que comenzaba a emanar desde el glande de su sobrino extasiado por sus caricias.

    -Apresúrate Luis. No querrás terminar antes de acabar con tu tarea. –Amenazaba su maestra, susurrándole al oído con una siniestra sonrisa, estrujando con mucho más placer su viril miembro entre su mano derecha. Haciendo resbalar sus dedos con extremo placer por todo lo largo de su ahora completamente lubricado pene a punto de eructar todo su pegajoso relleno sobre la mano de su tía.

    Luis se esforzaba, sudaba y temblaba. Luchaba por concebir en su mente los pasos necesarios para despejar las incógnitas, pero era imposible. Estaba completamente excitado, y su mente no podía concentrarse, por lo que finalmente el estrés lo superó, haciéndolo relajar su escroto para dar paso a una profunda y larga eyaculación desahogada sobre los dedos de su tía, en poderosas arcadas de su pene que vomitaba todo su trasparente semen sobre ella.

    Desahogado, Luis inmediatamente retomó consciencia de sus actos, anticipando las inhumanas consecuencias, disculpándose enseguida, como rogando clemencia. –Lo lamento. Perdón tía. –Suplicaba el muchacho. Sin embargo su tía continuaba masturbándole bajo la mesa completamente desentendida de lo sucedido. –No te preocupes, está bien, está bien Luis. Pero aún no terminas tu tarea. Date prisa. –Le decía su malvada tía, con diabólica tranquilidad, sin dejar de estrujar su hastiado pene de arriba abajo, embarrando su propio semen sobre él mismo.

    Y Luis sufría como nunca. La tortura era terrible. Su sobre estimulado pene se sentía sensible a flor de piel, y su tía no paraba. -Para, tía. Por favor. –Rogaba Luis. –No hasta que termines tu tarea. –Sentenciaba su tía.

    Pero aquel problema plasmado sobre su libreta, era complejo y muy largo. Luis apenas podía concentrase muerto de sufrimiento. –Por favor tía. Lo lamento. Para ya. Me lastimas. –Suplicaba intentando desaprisionar su pene de las garras de su tía.

    Y su infame tía continuaba, no pararía hasta satisfacer sus perversos instintos salvajes. Ella si era un monstruo encarnado en ese engañoso cuerpo de diosa. Restregando sus pegajosos dedos a lo largo de su enrojecido pene lastimado. Siguió y siguió hasta que el pequeño Luis lograba cumplir con su cometido, terminando al fin con aquella tortura sexual.

    Esa noche el pobre adolecente desvaneció sobre su cama, y soltó un impotente llanto, desahogando toda frustración, sintiéndose humillado y martirizado como nunca antes en su vida.

    -HAAAAhhhh. –Se hace escuchar un desgarrador grito que resonaba en toda la mansión. Era su tía. La muy desgraciada se debía estar masturbando en su recamara. Regocijada por todo el placer que le concebía el martirio de su sobrino. Desconsolada sin su marido, ahora se complacía consigo misma, regocijada por la malicia desahogada sobre el hijo de su propia hermana, quien ahora en su recamara se ahogaba en sus propias lágrimas hasta perderse entre sus sueños con un profuso dolor en el musculo de su escroto hasta su próstata.

    Por desgracia, ese sería el primero de muchos otros acontecimientos similares que el desamparado Joven sufriría en los últimos días de estadía en aquella lúgubre residencia. Pues tan solo dos días después su tía lo citaba por la mañana en ese mismo inhóspito rincón de estudio, el cual Luis odiaba con todo su ser.

    Ese día fue terrible, las horas de estudio habían pasado a segundo plano, ya no necesitaba de excusas para acosarle y sobajarle, estaba completamente descarriada, había perdido el juicio.

    El adolecente anotaba atento las instrucciones que su tía anotaba con desesperación con la blanquizca tiza sobre la pizarra verde. Aquella ecuación era nefasta, esta vez se había excedido. Pero ya nada importaba. Era solo la excusa, lo único que esperaba Margot era que su sobrino le diese pauta para descargar su ira y frustración sobre él.

    Ingenuo, el pequeño estudiante se empeñaba en dar su mejor esfuerzo, creyendo que podría con aquel problema, extendiendo su libreta con la errónea solución ante su tía.

    -¡Está mal! Todo. ¡Todo! –Expresaba Margot regocijada en su patanería. –Es que no lo sé hacer. -¿Cómo dices? –Pregunta su tía, asombrada por la insolencia. –Aún no me ha explicado ese problema tía. -¿Cómo te atreves? ¿Dices que me equivoco? ¿Crees que ahora sabes más que yo? Ese problema es igual de fácil que todos. –Finalizaba, aventando su libreta a la mesa con tal brusquedad que ésta salía despedida por el otro extremo. -No tienes remedio. Eres una vergüenza para tus padres y para toda la familia. Das asco. Jamás llegaras a ser algo en la vida. No vales más que la alfombra en la que estas parado. –Le sobajaba su desalmada maestra sin escrúpulos.

    -¡Anda! Quieres ser una alfombra. Se una alfombra. –Ordena Margot con los ojos rojos de cólera. Haciendo que su desabrigado sobrino se tumbase sobre el suelo pecho arriba, después de obligarlo a desnudarse, justo frente a ella.

    Entonces la muy inhumana señora arrimó una silla para sentarse frente al chico, posando sus tacones altos sobre su barriga, sin ningún remordimiento. -¿Te divierte ser un alfombrilla? Ahora ya no debes pensar en nada. No más estudio. Serás el orgullo de una casa bien adornada.

    Luis estaba devastado. Había caído en lo más bajo de su depresión que jamás antes había llegado. Las lágrimas corrían por su rostro, pero aún lograba resguardar su llanto detrás de sus labios sellados con gran esfuerzo.

    Su tía seguía sentada con su característica arrogancia, descansando sus largas piernas sobre el pobre muchacho, quien no podía más que mirar las pantorrillas de su tía, forradas siempre en lencería negra, y sus zapatos altos pinchándole con el tacón sobre su abdomen.

    -¿Te sientes contento ahora? Tú lo buscaste. –Sí tía. Respondía el ingenuo joven. -¡Cállate! Los tapetes no hablan. –Explotaba enseguida su tía, al darse cuenta que había mordido el anzuelo. –Quieres utilizar tu boca para algo bueno, haz lo que los tapes hacen y cumple tu nuevo propósito.

    Amenazaba la Dra. Margot, enderezando su postura para poder colocar la punta de su zapato izquierdo sobre la boca su sobrino. –Límpialo. Es lo que las alfombras hacen ¿No? –Le obliga sin misericordia. Luis obedece.

    Lentamente comienza a besar las zapatillas negras de su tía, brillantes por el impecable y riguroso lustrado que las hacía ver como nuevas, pero nada era suficiente para la desquiciada señora. Nunca lo era.

    -Con la lengua. –Le decía, restregando su pie por toda la cara de Luis. Y no conforme con ello la infame Doctora comenzó a pisotearle por todo el cuerpo. Recorría su zapato por toda su piel expuesta cuerpo, haciendo presión en su abdomen y su pecho con la punta de su tacón, ensañándose especialmente en su entrepierna, estrujando su delicada piel íntima con las grotescas suelas puntiagudas sintéticas de su calzado.

    El sufrimiento era inaudito. Sentir toda esa violencia de los zapatos de aguja sobre su pene, su escroto y sus testículos, hacían a Luis restregarse de dolor. –Eres un buen tapete. Le decía con una desgraciada sonrisa maquiavélica en el rostro.

    -Anda Luis. Límpiame los zapatos que ya tengo que irme. –Le ordena. Y Luis reincorpora su lastimado cuerpo, se arrodilla frente a ella, y concede sus órdenes haciendo resbalar su lengua sobre el lustroso calzado femenino de su tía. –Sigue. –Le dice, levantando uno de sus pies para que le lamiera también sus pantorrillas, siempre forradas en sus medias de seda. Luis lo entiende. El sabor era desagradable, pero la textura no tanto. Olía a mujer y a lencería fina.

    Seguía avanzando desde sus tobillos, sus pantorrillas, sus rodillas y hasta sus piernas. Al llegar ahí, su tía separo sus piernas abriéndolas de par en par, mostrándole su sensual lencería roja al fondo de su falda cual se levantaba por encima de sus muslos, justo al final de sus pantimedias.

    Luis siguió, y su tía se lo permitía. Poco a poco llegaba hasta su entrepierna, al tiempo que ella se levantaba su falda para que cabeza cupiese mejor. Y Luis avanzaba, su lengua recorría la elástica tela trasparente entre sus muslos, llegando al límite de su erótica prenda donde sus piernas nacían desnudas y desprotegidas por aquella lencería.

    Su boca besa la ardiente piel de su tía, ama y señora. Lamiendo cada vez más cerca de su sexo, radiante y fogoso, cual caldera de navío a vapor, aún a la distancia. Y entonces llegó. Finalmente Luis posaba sus labios sobre la caliente vagina de su tía, chupándosela con desdén por encima de su coraza de encajes rojos. Aún así, el pequeño Luis podía palpar con su lengua todo su bien añejado coño, sintiendo bajo sus bragas los pliegues vaginales de su tía, humectándose con el paso de su saliva empapando su ropa intima.

    Y el aroma, el olor penetrante y picoso de una buena vagina caliente, amarga como su madura poseedora, pero deliciosamente excitante para el joven adolecente, quien no paraba de mamar con esmero, creyendo que así, de alguna forma saldaría deudas con su verdugo.

    -MMmmm. –Suspiraba la señora, comenzando a gemir por todo el placer que Luis le provocaba sumergido en su entrepierna. Poco a poco su respiración comenzaba a agitarse, inconscientemente contorsionaba sus caderas, provocando un vaivén que restregaba su coño en la cara de su sobrino, incitándole a que no parara y siguiera chupándosela.

    Y Finalmente Margot se perdía en su erótico placer, sucumbiendo al trabajo que le estaba haciendo Luis con su lengua. Relajaba sus piernas, arqueaba su cuello y desfallecía sobre la boca del muchacho, permitiendo que su vagina se complaciera hasta hacerse venir encima.

    Entonces, un incontrolable espasmo le obliga a fruncir los músculos de su pelvis provocando que su coño estallase en un genuino orgasmo, seguramente retrasado por todo este tiempo. En un profundo gemido la Maestra Margot concebía todo su goce, eyaculando sobre la boca del pequeño quien seguía lamiendo, bebiendo de sus segregaciones íntimas que emanaban desde las profundidades de su coño, manchando sus bragas de su tibio contenido, escurriendo hasta su falda, manchándola con de su blanquizca leche, que Luis no alcanzaba a sorber.

    Venganza

    Después de haber probado la vagina madura de su tía, ya nada era igual para el adolecente. Su mente se habría descarrilado por completo, abandonando cualquier rastro de cordura en su espíritu púbero. Sus sentimientos se encontraban completamente revueltos. Tenía el concepto erróneo de lo que era el cariño, la amistad, el amor y el sexo; todo estaba mezclado entre el miedo, la depresión y el odio.

    El muchacho creía estar enamorado de su tía, pero al mismo tiempo la odiaba con toda su alma, quería desquitarse de alguna forma, sentir que podía hacer algo con su vida, o por lo menos, defenderse.

    Deslizándose sin control en aquella cascada de emociones, Luis descendía por las escaleras bajo la eterna atmosfera sombría. El joven camina sobre la alfombra del primer piso, destinado a comenzar sus encomiendas del día lo antes posible. Momento preciso en que Alison cruza rumbo a la cocina, a su vez, dispuesta a preparar el desayuno. Luis la sigue de cerca.

    Alison enciende la estufa, Luis la asecha a escondidas aproximándose a paso lento sobre sus espaldas. La chica da media vuelta alarmada por la poca mesura de sus pasos. Por un momento sus miradas se enfrentan sin mediar palabra, como intentando deducir los pensamientos uno del otro.

    Ella camina de espaldas hasta toparse con horno de la estufa, del cual se sujeta fuertemente por la agarradera de una sola aza, temerosa de las intenciones de su acompañante. Luis continúa su trayecto, aletargando su andar a cada paso. Y al tenerla lo suficientemente cerca, finalmente se derrumba a sus rodillas explotando en un llanto desconsolado y desgarrador.

    -¿Qué sucede? –Pregunta la chica, dejando que su miedo se esfumase por completo. –Lo lamento, lo siento mucho. Discúlpame. –Ruega el joven bañado en llanto. –Tranquilo, respira. Anda levántate. -Responde Alison consolando al destrozado muchacho.

    -Sé que estás pasando por un mal momento. Por tu tía. Lo sé todo. Le dice la chica inclinándose al rostro de Luis aún arrodillado frente a ella. –Pero no debí… -Calla, no digas más. Ya ha pasado todo. –Le reconfortaba, terminando finalmente de levantarle del suelo.

    -La señora es terrible, lo sé. Solo trabajo con ella por la paga. ¿sabes? Tengo a mamá enferma y por ahora no puede trabar. –Inicia la conversación, mientras Luis recarga las manos a su espalda sobre la mesa de madera en el centro de la cocina. –El señor Gerardo y yo nunca tuvimos nada entre nosotros. Él me insinuaba, pero yo nunca le permití que me hiciera daño. Tampoco era su culpa, la señora lo estaba volviendo loco. Un poco como lo que te haciendo a ti, ahora mismo.

    Ella tiene algún trastorno con la sexualidad o algo así. Había noches en las que se la pasaban haciendo el amor sin descanso hasta el amanecer, pero en otras ocasiones ella no quería intimidad por semanas, y cuando llegaban a hacerlo, ella no lo dejaba terminar. Me lo confesó el señor.

    Luis escuchaba atentamente, intentado hilar cavos en su mente. –Seguramente por ello decidió marcharse. No lo culpo. Me sorprende que haya soportado tanto tiempo viviendo de esa manera. Sé que tiene otro amorío. Ella lo orillo a eso. –Finaliza la linda chica sin dejar un momento de apresurarse a terminar con el desayuno a tiempo, antes de que la señora bajara de su alcoba.

    -¡Luis! –Gritaba la señora Margot desde las profundidades de la siniestra casona. Enseguida el pequeño sale corriendo a toda prisa hasta el comedor donde su tía esperaba ya en su silla al frente de la mesa.

    -Hoy tendrás repaso. Vamos muy atrasados en la materia. No puedes seguir holgazaneando de esa manera. –Le reprendía su tía apenas al tenerlo a la vista. –Sí tía. Acertaba.

    Horas más tarde Luis esperaba ansioso en el mismo lugar de estudio. De ante mano sabía que esa mañana su tía sería muy dura y cruel, quien orgullosa y altanera comienza a anotar alguna ecuación sobre la pizarra.

    Al terminar Luis comienza a darle solución al problema matemático. -¿Qué pasa Luis? Estás muy serio el día de hoy. –Se le escucha decir a la señora. -¿O acaso prefieres la compañía de Alison? Esa muchacha no te traerá nada bueno. Solo te distrae de tu estudio. No quiero verte cerca de ella, ¿lo entiendes?

    Determina la Doctora mirándole seriamente. -¡Apresúrate, que aún debo dejarte más tarea! Debes ponerte al corriente. –Ordenaba su Maestra borrando lo anotado en la pizarra para conseguir más espacio donde anotar una serie de actividades y problemas complejos. –Las quiero resueltas para hoy mismo. –Determina con voz firme antes de marcharse sin volver atrás.

    Cómo era de suponer, aquellas tareas junto con sus obligaciones diarias, le arrebatarían por completo el tiempo del corto día a Luis. Estaba claro que Margot no quería que estuviese un solo minuto con su nueva amiga Alison.

    El sol caía por el horizonte, desprotegiendo la casona de concreto y madera de su calidez. La oscuridad invade cada rincón. Las luces no se encendían a menos que fuera completamente necesario. Y ahora, con Luis en su habitación, afinando los últimos detalles de su trabajo estudiantil, no había una sola recamara iluminada más.

    En eso, se escuchan unos temibles pasos haciendo eco en sobre las sombrías paredes. Aquel estridente tacón de aguja resonando a ritmo perfecto anunciaba la llegada de su tía aproximándose al dormitorio de Luis. Algo extraño, pues normalmente siempre llegaba directamente a su propio cuarto.

    Tras un breve instante que pareciera una eternidad, su tía asoma por la puerta. Enseguida la atraviesa con toda autoridad y al ver a su sobrino sosteniendo su libreta, vocifera. -¿Haz terminado ya? Más te vale que esté todo en orden. –Amenaza al tiempo que revisaba con detenimiento los apuntes de Luis.

    -Está incompleto. Debiste desarrollar completamente cada procedimiento. –Le dice Margot casi sin poder esconder una pequeña sonrisa malévola en su rostro. –Estuviste con la sirvienta de nuevo ¿no es así? –Insinúa la señora. –No, no es así, lo juro. –Responde Luis, muerto de pánico.

    -¡No me mientas! ¡A mí nadie puede engañarme! Nunca puedes controlar tus instintos. ¿A caso nunca has estado con una mujer? –Le gritaba agitando amenazadoramente su libreta casi por desojarse en sus manos.

    -No. –Responde débilmente el pequeño Luis, sin atreverse a levantar la cara en ningún momento. Omitiendo con toda alevosía su encuentro con Alison en la cocina. –¿Es eso entonces? ¿Es el sexo lo que te tiene tan distraído? Nunca serás nada si tienes la cabeza metida en estupideces mundanas como esas. Es solo coito Luis. El estúpido acto de meter tu pene en una vagina, tan simple como eso.

    Recalcaba la Doctora Margot al tiempo que se posaba sobre la cama de su sobrino, recostándose mirando al techo. –¡Anda!, ¡hazlo y déjate de tonterías! –Le ordena la elegante dama separando sus piernas cual estrella de mar sobre las cobijas.

    Luis le mira estupefacto, y aunque estaba lleno de miedo, el pequeño se estrecha a su tía justo por enfrente, como se encara a cualquier bestia salvaje, se inmiscuye entre sus gruesas piernas siempre encarnadas en aquella lencería negra, zapatos altos y faldas entalladas de oficina.

    Decidido, le sube un poco su falda color melón, tan solo lo suficiente para que su cabeza pudiese irrumpir en su entrepierna, dispuesto a darle una buena chupada como lo había hecho antes, pues sabía que eso funcionaba con ella.

    Su tía le ayuda un poco abriéndole camino para que llegase a su destino. Y ahí, sin perder la prisa, el naciente adolecente desenrolla su lengua completamente para cubrirle toda su concha escondida bajo sus bragas de encajes, cual manto rosado y húmedo que mojaba los telares de su íntima vestimenta.

    Lengüetazo tras otro, Luis terminaba de empapar sus bragas con su saliva, saboreando de paso la natural humedad secretada de su vagina a lo largo del día, en su afán por conseguir chuparle su clítoris con un mapa ciego en su mente.

    Y su tía lo gozaba, la muy zorra se complacía con el momento incestuoso, regocijándose en el pecado, sobándose sus grandes tetas con pasión, despeinando su cabello, y restregando la cara de su sobrino zambullido entre sus piernas. –Mmm. –Gemía entre sutiles quejidos complacida con el sexo oral de Luis.

    De un firme arrebato, finalmente Luis se deshace de las bragas que le obstruían el camino a su manjar, consiguiendo así, beber del amargo coño madura de la condecorada Bioquímica dama de la familia. Ahora de primera instancia al colocar sus labios directamente en los de su vagina, comiéndosela con desdén de arriba abajo, restregando su boca y lengua entre sus pliegues húmedos y carnosos, un tanto más aguados por el paso de los años vividos.

    Satisfecho con su trabajo, Luis se reincorpora, desprendiendo su boca del coño de su tía, cual tentáculo de calamar succionando a su presa, y sin perder el tiempo se desenfunda su endurecido pene, fuera de los confines de su pantalón, bajándolo hasta sus tobillos, para ensartarlo sin miedo ni piedad en la vagina de su tía.

    Ella lo gozaba con sumo placer. Después de casi un mes sin su esposo, aquel jovial pene de su sobrino se desliza en su holgada cavidad completamente lubricada con tanto placer, que la hacía estremecer intensamente, obligándola a abrirse por completo ante Luis y su hinchado pene dentro de ella, embistiendo, inexperto, sin fricción alguna.

    Sin embargo todo ese placer tenía un costo, y aquellos estímulos húmedos estrujando su pene con las carnosidades en las profundidades de su tía, pronto le arrancaban de a poco un precoz orgasmo del endeble esfínter sin experiencia del muchacho, haciéndolo eyacular en el interior de su vagina.

    Pero Luis tenía una carta bajo la manga, y haciendo gala tanto de su juventud como de su inasible apetito sexual, a grandes esfuerzos lograba prologar el vaivén de su pene estimulando la madura vagina de su tía como si no hubiese terminado aún.

    Arremetía con dureza, disponiendo de toda su concentración y esmero en complacer a su infame tía, sin olvidar aquellos momentos violentos de tortura, ahora puestos a favor, a manera de motivación para prolongar un poco más al placer que le proporcionaba a su Maestra Margot y que poco a poco la hacían sucumbir a sus necesidades sexuales.

    Ya no podía fingirlo, aquel nivel de placer estaba más allá de ella, había superado su odio y su miserable apatía. Aquella mujer que antes se regocijaba en su ego y narcicismo, ahora se complacía sumisa y entregada completamente abierta de piernas ente su víctima.

    Se agitaba y regodeaba meneando las caderas para restregarse el pene de Luis dentro de ella, duro, rudo y profundo como a ella tanto le gustaba. Poco a poco, esa misma complacencia y placer desmedido invocaba en ella ese llamado al orgasmo, haciendo levantar sus nalgas, endureciéndolas para expulsar el jugoso elixir que comenzaba a amontonarse ya en las puertas de su empapada vagina.

    Gemía, palpitaba y se estremecía. Era inminente que en cualquier momento terminaría. Por un momento el rostro de su tía se presentaba frente a él, gesticulando su goce satisfactorio a punto de venirse. Sus grandes tetas rebotaban en cada embestida bajo su blusa blanca de holanes al cuello, y ese olor intenso a perfume, maquillaje y sudor de señora. Enterrando profundamente su pene en toda su extensión hasta que finalmente la Doctora sucumbía en un fuerte orgasmo que la hacía tensar las piernas y contraer su pelvis derramando su leche sobre el pene de Luis cual finalmente podía descansar de su propio orgasmo prolongado, cuyo semen dejaba en el interior de su tía.

    Todo parecía haber terminado, el sufragio habría quedado saldado, mano a mano. Pero Margot no era así, siempre habría que tener la última palabra, y con ello, se ha de montar sobre Luis, intercambiando posiciones, ahora él recostado y ella de espaldas al muchacho acomodando sus grandes nalgas para ensartarse sobre su estimado pene enrojecido y completamente pegajoso, teñido con la blanca eyaculación de su tía y la propia.

    Así comenzaría a cabalgar de arriba abajo, desliando su trasero a sentones, aplaudiendo sobre las delgadas piernas del joven colegial exhausto, quien se esforzaba por complacerla, mirando sus redondas nalgas sudorosas haciendo desaparecer su polla dentro de su mojada cavidad, y caliente como caldera.

    Ensimismado con el glorioso espectáculo, Luis observa cómo el orto de su tía abría sus carnosidades cada que descendía sobre su pene estrujando dentro de ella. Y no pudo resistir, sabiendo lo zorra que era, ahora que la tenía por primera vez a su merced. Entonces le metió su dedo índice.

    Forcejeó un poco, pero ella estaba tan excitada que aquel enmarañado orificio de inmediato se dilato abrazando su pequeño dedo con los pliegues de su ano. Y la Doctora lo gozaba como loca, gemía y contorsionaba su cadera para masturbarse simultáneamente con aquella doble penetración.

    Sabiendo lo mucho que ella lo estaba disfrutando, Luis intuyó que sería prudente ayudarle también con su dedo medio, ensartándolo en el culo de su tía sin cuidado alguno, con pura destreza y mano firme, mientras ella se complacía de sus dedos y su pito ensartándola en cada sentón.

    En ese momento Luis sintió que se vendría otra vez. Pero ahora iría a por todas y justo en el movimiento donde su tía subía sus nalgas para envainarse de nuevo en su tranca, el astuto Luis aprovechaba para sacársela de su vagina y acomodársela en su culo, remplazando sus dedos ahora con su lubricado pene, dejando que su tía hiciese el resto del trabajo al sentarse sobre él.

    No hizo falta ningún preámbulo, su pene se deslizaba sin problema en aquel nuevo orificio estrecho y oscuro hasta desaparecer bajo el enorme trasero terso de señora. Ni tarde ni perezosa, continuando con el vaivén sucio y rudo estrellando sus nalgas en los delgados muslos sin fuerza de Luis, quien luchaba por contener su eyaculación inminente a cada instante, a cada penetración.

    Sin embargo, no era solo él quien estaría gozando, pues para su suerte, su tía Margot llegaba, llegaba al clímax máximo de su deseo, de su pasión y de su incesto frunciendo sus nalgas con todas sus fuerzas para estrujar el pene de su sobrino en lo más profundo de su culo, al tiempo que se estimulaba desmedidamente su vagina desatendida, ahora metiéndose sus dedos medios en su punto de placer, restregando de paso su clítoris con la palma de su mano, duro y fuerte.

    Duro, profundo, sucio, zagas, mojado y placentero. Subiendo y bajando, pujando y masturbándose, rápidamente la tía Margot concebía de su interior un poderoso orgasmo que le hacía gruñir como fiera, finalmente sometida a sus instintos animales, rindiéndose ante su propio sobrino. Luchando a su vez con su cuerpo para resistir el enorme placer desahogado, entre espasmos que sacudían el pito de Luis aún dentro de ella, bañándose con su tibia eyaculación en las oscuras profundidades del culo de su tía.

    Doble venganza

    Fue ese día el par de aguas definitivo que marcaría el fin de la despiadada tortura mental de su tía, en torno a un futuro más prometedor, o quizá se trataba de una oportunidad que tan solo cambiaría la aguja de la brújula.

    Los amaneceres eran más cálidos y acogedores, hasta el aire se podía sentir más ligero. El inocente Luis ya no estaba solo, ahora gozaba de la compañía de Alison, y con ella, los menesteres del día pasaban mucho más a gusto.

    Poco había cambiado en su rutina, sus obligaciones eran las mismas, y la carga de trabajo no habría disminuido ni un poco. Pero su tía en cambio era otra mujer distinta. No más gritos, no más regaños y no más tortura. Todo parecía que lo que Margot necesitaba era un buen follón, y Luis se lo habría dado con creces.

    Pero la Doctora nunca había sido conformista, siempre leal a su infame actitud de poderío y dominación, buscaba de cualquier manera controlar la situación intentando no sentirse vulnerable ni olvidada. Bien sabía sobre la relación de su sobrino con la sirvienta, y hacía hasta lo imposible por arrebatársela de las manos. Era lo único que no podía controlar, y eso, para ella, era como una larga y gruesa espina clavada en el zapato. Margot lo quería solo para ella misma, como todo en su vida.

    Desesperada, buscaba la manera de llamar la atención de Luis con sensuales atuendos, insinuaciones en las clases y coquetería sin disimulo. Pero el pequeño quien semanas atrás habría llegado con toda la inocencia de una vida sobre protectora, ahora se sentía todo un hombre.

    Ya no caía en los viejos trucos, esas voluptuosas caderas danzantes por las mañanas, y esas seductoras piernas de roble en sensuales tacones altos, ya no le hacían caer como mosca sobre miel. No le importaba más, ya había probado ese par de maduras nalgas, y había disfrutado de los confines de su aguado coño y su estrecho orto, había saboreado de sus grandes tetas y mamado de sus pezones cafés. La fantasía había sido satisfecha, y para Luis ahora había otros intereses.

    El fin de las vacaciones podía sentirse cada vez más cerca, y con ello, la tan aclamada libertad del joven adolecente. Irónicamente ahora no había prisa, los días de horrores atrás habían quedado, y Luis aprovechaba los últimos momentos de su estancia con Alison. No perdía la oportunidad de acercarse a ella para ofrecerle una tierna caricia, bien correspondida por la bella mucama quien le regresaba el cariño con una gran sonrisa en cada ocasión.

    La señora de la casa lo sabía, y se llenaba de rabia cual bestia mitológica canina que pierde el juicio a la luz de la luna. Margot lo deseaba y lo necesitaba, la envidia y su ninfomanía la carcomían, estaba hambrienta de sexo y haría lo que fuese por conseguirlo.

    Fue un día entre semana como cualquier otro, cuando Luis se besaba con su primera pareja en la vida, Alison. Los jóvenes tortolos se perdían en un amoroso beso en la habitación del estudiante. Su compañera se dejaba acariciar todo el cuerpo y Luis no mediaba prudencia para restregarla contra su cuerpo apretando su cintura y parte de sus nalgas con pasión y cariño.

    Alison le subía su camisa hasta sacársela de su flacucho cuerpo endeble de colegial, Luis hacía lo suyo despojándola de su vestido coqueto de holanes clásico. No había prisa, la señora recién había salido rumbo al trabajo y no llegaría hasta bien entrada la noche. Los deberes podían esperar. Bien medido tenían el tiempo para hacer el amor antes de iniciar con sus labores domesticas, como lo venían haciendo todos los días de esa semana en curso.

    Así, finalmente desnudos, la pareja de novios se besaban sobre la cama, entregando su amor uno al otro. Luis sobre Alison ensartándole su jovial pene con cariño y dulzura entre besos húmedos y cariñosas caricias, disfrutando más de su amor que del placer sexual implícito en aquel acto puro y sincero.

    Ambos lo disfrutaban, realmente estaban enamorados y perdidos en su caricias, cuando un par de tacones se hacen escuchar en el pasillo aproximándose rápidamente hacia ellos.

    Exaltados, el par de amantes saltaron despavoridos intentando vestirse de nuevo, pero era inútil, la señora Margot yacía postrada frente a la puerta que descuidadamente habían dejado abierta, con su clásica arrogancia y llena de furia.

    -¡¿Para esto te pago?! ¡Muchacha estúpida! ¡Zorra del demonio! –Gritaba hasta quedarse afónica, perdiendo los estribos. –Y tú, ¿Qué dirá tu madre? ¿Qué te crees que estas en un prostíbulo? –Esta casa es decente y debes respetarla.

    -Alegaba la señora, pérdida de sus cabales, y los incautados jóvenes le miraban con terror. Pero Luis sabía la razón de sus arrebatos. Observando su mirada colérica, Luis notaba cómo se desviaba constantemente a su pene todavía inflamado y perfilado habiendo sido interrumpido a pedio coito.

    -¡Les he dado trabajo, abrigo y comida ¿y así me lo pagan?! –Vociferaba la tía, mientras Luis comenzaba tímidamente a recorrer sus mano derecha a lo largo de su polla, estrujándola lentamente, como exhibiendo lo roja, hinchada y dura que se veía, brillosa por los fluidos de su amante impregnados en él.

    Margot lo evadía, pero su excitación la delataba. No podía dejar de mirarle con todo descaro su bien inflamado falo parado frente a ella, relamiéndose los labios inconscientemente al imaginárselo dentro de su cuerpo.

    Alison comprendía lo que pasaba, pero sabiendo de lo que la señora podía hacer cuando se enfadaba, no se atrevía a hacer movimiento alguno, limitándose a observar la lujuriosa escena que se desarrollaba en aquella habitación.

    -Son unos sinvergüenzas, me dan asco. –Vociferaba la dueña de la casona mientras Luis se masturbaba a sus ojos con excitante lentitud por todo lo largo de su pene, ignorando las hirientes amenazas de su tía, acostumbrado ya a todas sus ofensas.

    Discretamente Luis se estrechaba de nuevo a Alison hasta pararse a sus espaldas. Margot lo observaba, luchando contra sí misma, para fingir su enfado o finalmente sucumbir a sus instintos depravados.

    Ella buscaba con desesperación la mirada de su sobrino escondido tras los cabellos lacios de la mucama, a la que le besaba el cuello con sensualidad, al tiempo que acariciaba su esbelto cuerpo desde sus espaldas, recorriendo la palma de sus manos por su cintura y abdomen, donde dividían camino, para llegar a su entrepierna y la otra mano a sus pequeñas tetillas erizadas.

    Alison lo disfrutaba, estaba aterrada pero comprendía perfectamente el plan de Luis. Expresaba su placer frente a su señora, cerrando los ojos y dejándose consentir por las caricias de su amante quien le picaba irremediablemente con su polla parada entre sus nalgas.

    Y Margot enmudeció. Ni todo su enfado, ni toda su furia podían sofocar el enorme calor que nacía en ella ante el explicito descaro de los jóvenes tortolos seduciéndola con toda alevosía.

    -¡¿Pero qué se están creyendo? Par de cabrones! –Explotaba la dama madura jaloneando a la pobre Alison hasta apartarla de su enamorado. –Sin vergüenzas. ¡Lárguense de mi casa ahora mismo! –Gritaba. Pero Luis lograba sujetarla de su brazo derecho retorciéndolo por su espalda para inmovilizarla un poco y hacerle perder el equilibro, consiguiendo así que se derrumbara sobre la cama.

    -¡¿Qué demonios haces hijo de puta?! ¡Suéltame! –Gruñía Margot, pero Luis hacía caso omiso, montándose sobre ella a sus espaldas, restregándole su flacucho cuerpo desnudo para masturbarse sobre su trasero, entremetiendo su erizado pene en la línea que marcaba su falda ajustada, dividida por su par de ricas nalgas, manchando la fina tela negra con su babeante semen.

    Alison miraba la escena, congelada por el terror. Sus ojos se desorbitaban, temblaba, y su corazón bombeaba con fuerza. Cuando Luis comenzaba a desvestir a su tía.

    Entre jaloneos, insultos y blasfemias, conseguía subirle la fallada hasta la cintura y bajarle sus elegantes bragas hasta las rodillas, comenzando a arponear su enfilado pito entre sus muslos tratando de ensartarlo con roda prisa y ningún cuidado.

    -Aaaahhh –Gruñe su tía al sentir finalmente la polla de Luis deslizándose profundamente en su húmedo coño una vez más. –¡Cabrón de mierda! –Le reprochaba entre dientes, ahogando sus clamores bajo las cobijas arrugadas de la cama, esforzándose por desaprisionarse con desesperación, sin conseguir más nada que ensartarse todavía más la tranca de su ahora agresor, quien meneaba su cintura para complacerse con el lastimoso danzar involuntario de su tía.

    Alguna vez el maltratado Luis, conseguía esa noche, someter a su tía, revelándose contra su doctrina estricta e inhumana. –Hijo de perra. ¡Suéltame cabrón! -Gruñía la Doctora Margot, consiguiendo de alguna forma rotar de lado derecho, sin conseguir quitarse a su sobrino de encima quien continuaba embistiendo su pene dentro y fuera de ella, al mismo tiempo sujetándole las manos para evitar que pudiese desaprisionarse.

    La mujer madura luchaba con fiereza, si había algo que no soportaba era perder el poder, el no poder controlar la situación. Realmente estaba completamente colérica, sus ojos estaban al rojo vivo peleando con todas sus fuerzas para sacarse el pito de Luis dentro de ella.

    Finalmente lo consiguió, girando su cintura lograba desenfundarse de su sobrino, pero Luis no sucumbiría, era de vida o muerte. Desesperado intentaba penetrarla de nueva cuenta, ensartando su enervado aguijón cual avispón busca a su presa. Sin embargo aquellos bruscos movimientos conseguían que el pene de Luis encontrara otro camino alterno al interior de su tía, errando el agujero por el que previamente había salido, provocando un infartarte dolor al clavarse en su ano sin la cautela prudente.

    -HHHAAA. HUUuu. –Exclamaba su tía con gran sufrimiento. Luis se había percatado de su error, pero no le importaba, a ella nunca le importó, siempre lo había gozado, y ahora Luis lo disfrutaba también. Más allá del placer que le producía la angosta fricción de aquella nueva cavidad, en realidad Luis disfrutaba como su tía sufría y sollozaba en cada embestida, siendo lastimada igual que ella hacía con él.

    -¿Qué se siente? Que rico culo tienes. ¿Te gusta tía? –Le susurraba al oído mofándose con su sufrir. –Púdrete hijo de puta. –Le contestaba su tía agudizando la garganta para soportar el dolor. Al tiempo que él bajaba su mano derecha hasta su ahora libre coño para ensartarle su par de dedos medios haciendo cuneta en su interior para conseguir que comenzara a mojarse más y más, empapando sus dedos rápidamente. A pesar de todo el sufrimiento, sabía que a la zorra de su tía le gustaba de esa forma.

    -Ven, ayúdame. –Le decía a su compañera quien yacía petrificada a un lado de la cama, completamente desnuda, observando como Luis violaba a su propia tía. Alison lo comprendió de inmediato. Y aunque muerta de miedo, se armó de valor para inmiscuirse entre las piernas de su patrona hasta su coño, el cual era ofrecido por los dedos de Luis que a su vez exponían la concha de su tía separando sus labios menores, mostrando lo mojada y jugosa que se había puesto.

    -¡No te atrevas! ¡Zorra desgraciada! Te juro que haré que te arrepientas. –Amenazaba inútilmente a su sirvienta, sin poder hacer más que mirar como su larga y lacia cabellera se perdía bajo su cintura hasta sentir su caliente lengua sorbiendo directamente de su cáliz añejo estimulado masoquistamente.

    -¡Sois unos cerdos repugnantes! –Blasfemaba la señora a oídos sordos de Luis quien no dejaba de masturbarse con gran placer; estrujando su verga en su orto, fuerte y profundo. Y de Alison, chupándole la vagina con fervor y toda decisión de hacerla pagar sus ofensas a punta de orgasmos.

    Pronto, las agudas quejas de la Doctora Margot se convertían lentamente en sollozos de placer que intentaba camuflar torpemente con gritos de repudio. –Haaaa. Hay. Desgraciados. Mmmm. Huuuy. Malnacidos. Sshmmm. –Gozaba la señora entre suspiros sintiendo la inminente venida que se avecinaba.

    Aplausos se hacían escuchar al estamparse los muslos del endeble cuerpo de Luis en las grandes caderas y voluptuosas nalgas de su tía. Al tiempo que Alison se ensañaba cual sanguijuela en el coño de su señora, haciendo que se mojara más y más, escurriendo hasta su culo el cual no paraba de ser abusado por su propio sobrino.

    Los gritos resonaban, las embestidas no cesaban y Alison finalmente concebía el clítoris completamente erguido de la Doctora provocándole espasmódicos ajetreos de placer incontrolables.

    Entonces Luis finalmente sacó su pene completamente rojo y sucio del orto de su tía y se apresuró a ponerlo en su rostro luchando con su tía para que no se desaprisionara. Una vez arrodillado en la cara de su tía inmovilizando sus manos con sus rodillas, Luis le sujeto con rudeza la cabellera de su para girarle su cuello directo a su pene frente a ella. Y con su mano libre, le abrió su boca sin ningún cuidado para ensartarle su sucio pito.

    Era peligroso pero sabía que su tía era tan puta que igual se la chuparía. Y así fue, aquella engalanada y lustre dama condecorada le mamaba el falo cual estrella del porno, como toda una zorra profesional. Al tiempo, Alison aumentaba su labor en los confines de su coño, trabajando justo en su punto de placer, aquel que solo una mujer puede conocer de tal manera, para complacer a otra.

    Y ahí su tía estallaba por primera vez. Si, la muy perra lo estaba gozando, era lo que quería. Que la empotraran con crueldad y la ultrajaran sin piedad. Se saboreaba el pito de su sobrino, realmente lo disfrutaba, y de Alison, de su joven sirvienta masturbándola con destreza y extremo placer, violándola con ambas manos, una estimulándola bruscamente su interior y la otra restregándose desmedidamente en su clítoris.

    Así, finalmente Margot explotaba, sucumbiendo a todo ese placer masoquista, sodomizada por el par de jóvenes quienes a su vez disfrutaban de su maldad, desahogando los inhumanos tratos recibidos todo ese tiempo. Mirando como la desalmada señora eyaculaba entre los delgados dedos de Alison, gimiendo de placer con la boca llena del pito de su sobrino.

    Pero todo era parte del plan, no era un favor, se trataba de una cruel venganza que apenas comenzaba. Y el par seguía y seguía estimulándola sin piedad, haciéndola venirse una y otra vez, derrochando su húmedo orgasmo sobre la boca de la joven mucama, quien sin embargo, no paraba de chuparle su clítoris como si fuese un chupete.

    -¡Paren! ¡Cabrones! ¡Yaaaha! –Suplicaba la señora, entre lloriqueos y gimoteos. Sufriendo terriblemente por el orgasmo prolongado. Los golpeaba y los abofeteaba, incluso a puño cerrado, estaba realmente desesperada por liberarse. Pero Luis y Alison lograban contenerla sujetándole los brazos y piernas para inmovilizarla una vez más y seguir estimulándola sin piedad.

    Luis le acariciaba las tetas, las estrujaba con fuerza, las lamía, y chupaba a placer. Era el que más disfrutaba de lastimar a su tía. Jalándole del cabello con brusquedad, apretando con fuerza sus brazos para someterla y ahorcándola con una sola mano alrededor del cuello casi quitándole el aliento por completo.

    Alison por su parte le abofeteaba las nalgas, se divertía con el estridente sonido que producía su palma al estamparse contra los grandes glúteos de su patrona. Sonreía al ver la rojiza marca de sus dedos que dejaba tatuada después de cada golpe.

    Ambos la trataban sin respeto, como si fuese solo un pedazo de carne, tal y como ella los había tratado todo ese tiempo. Ahora eran ellos quienes se regocijaban con su sufrimiento, violando la privacidad de su cuerpo como si no valiese nada. La manoseaban, la golpeaban y la ultrajaban.

    -¿Te gusta tía? –Preguntaba Luis en tono de burla al tiempo que le metía su par de dedos medios en la empapada concha de su tía, frotándola con cruel brusquedad como si estuviese agitando una botella de refrescos para hacerla explotar. Logrando que su tía siguiese mojándose más y más, dilatando su aguada vagina para conseguir que su delgada mano entrase casi por completo en el ancho hueco que se había abierto.

    -Ya. Por favor. Lo lamento. Deténganse. –Imploraba la Dra. Margot bañada en lágrimas. Sin embargo gozando como la zorra depravada que era. –Siéntate en ella. –Le pedía a su cómplice Alison, al tiempo que él se acomodaba sobre su tía para poderla masturbar con más fuerza. Alison obedecía y posaba su coño sobre la boca de Margot callándole las blasfemias que no paraba de recitar.

    Sin más remedio, Margot comenzó a chuparle su vagina de su sirvienta, al tiempo que Luis se ensañaba con su propio coño ya completamente dilatado y aguado coño, ensartándole los tres dedos medios de su diestra mano, haciendo cuenta justo en su punto de placer, también restregando su pulgar en su erecto clítoris que asomaba rojizo en su totalidad.

    -¿Te gusta? –Preguntaba Luis con arrogancia. MMhhmm –Respondía Margot entre los labios vaginales de Alison en su boca. Sufriendo como nunca. Y entonces Luis se volvió loco, aumentando la velocidad con movimientos casi sobrehumanos restregando su mano sin piedad en el empapado coño de su tía haciendo que se estremeciera de dolor y placer al mismo tiempo. Lo había visto en un vídeo porno, sabía que era la mejor forma de hacer de hacer venir a una puta como su tía.

    Y siguió y si guio, mojado completamente su mano con las secreciones calientes de Margot que no dejaban de emanar chapoteando entre sus dedos, gimiendo complacida y gruñendo a todo pulmón, siendo silenciada por la dulce conchita de su joven mucama, hasta que no pudo más.

    Todo ese placer, toda esa frustración sexual, parafilias y perversiones, finalmente la hacían sucumbir por completo. Orgasmo tras orgasmo, Margot se regocijaba extasiada, estimulada con crueldad como nunca antes, sin embargo como tanto necesitaba. Luis hacía un último esfuerzo para arremeter con todas fuerzas, tan rápido como su mano podía moverse dentro de su tía, arrancándole un profundo orgasmo decisivo y fulminante, que la hacía eyacular a chorros en un poderoso squirting que emanaba desde lo más profundo de su ser como nunca antes, escurriendo como pistola de agua en todo el delgado cuerpo de Luis, bañándole con sus jugos sexuales en su cara y pecho. Gritando desgarradoramente, llorando, ahora de placer total.

    Satisfechos, el par de justicieros liberaron a su prisionera. Alison se bajó de su cara, y Luis acompañó a su amada. La vieja señora Margot recobraba el aliento, incapaz de reincorporarse, pues sus piernas no le respondían. En tanto el par de jóvenes enamorados, continuaron con lo que habían iniciado en privado, ahora besándose en frente de su tía, quien no tuvo más opción que salir tambaleándose hasta su habitación para descansar, completamente exprimida y complacida.

    Desde aquel día, la señora Margot jamás los volvió a molestar. Sin embargo, pocos días después, Luis regresaba a casa de sus padres, separándose de su primer amor veraniego y su despiadada tía, quien se habría quedado completamente sola, pues del tío Gerardo jamás se volvió a saber nada, y Alison habría encontrado un mejor empleo.

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  • Hoy es viernes…

    Hoy es viernes…

    Por alguna razón se tiene la idea que los viernes son un día especial. Quizá, ante la posibilidad de contar con unos días libres, sábado y domingo, el viernes brinda la excusa perfecta para emprender aventuras, aliviar tensiones, desfogar emociones o dar rienda a las más alocadas ideas y anhelos. Lo curioso es que, sin importar la situación o circunstancia que se viva, el fin de semana abre la puerta para lo improvisado, lo inesperado y lo desconocido.

    Para salir de la rutina laboral y familiar, en compañía de mi esposa, decidimos realizar un viaje de descanso a una pequeña isla situada en el caribe colombiano, bastante lejos de la capital y un lugar donde la probabilidad de ser reconocido resulta bastante incierta y lejana, lo cual da pie para que las locuras que pasan por nuestras cabezas salgan a la luz y se vuelvan realidad.

    La idea era disfrutar toda una semana en aquel lugar, aprovechando la estancia para conocer diferentes lugares, así que arribamos el lunes a primera hora, y viajar de regreso el domingo. En teoría ya teníamos coordinadas todas las actividades que iríamos cumpliendo durante la semana, de manera que lo imprevisto iría surgiendo sobre la marcha.

    Ese primer día, acomodación, lo pasamos reconociendo el hotel donde nos alojamos, las instalaciones y los sitios cercanos, familiarizándonos con el lugar, el ambiente y su gente. El clima no ayudó mucho, porque el día estuvo algo nublado y un tanto lluvioso, de manera que no daban muchas ganas de hacer nada y estuvimos contemplando la vista del mar desde el balcón de nuestra habitación, ubicada en un tercer piso, y también desde el restaurante del hotel. Era nuestro deseo que al día siguiente la meteorología nos fuera más favorable y las actividades no se fueran a malograr.

    Y así fue. El martes amaneció soleado, así que nuestra primera actividad, un tour por la isla, se desarrolló sin contratiempos. Otras parejas, quizá en el mismo plan nuestro, hicieron parte del recorrido y pudimos visitar los lugares que nos fueron sugeridos. Cada una de ellas, tal vez, evaluando el ambiente y su gente para pasarla lo mejor que se pudiera. Almorzamos en una playa, en un sitio abierto, donde la comida de mar, al decir de los lugareños, abría la posibilidad de desfogar energías, más tarde, con el llegar de la noche. Pero nada sucedió aquella noche y no vimos nada que nos indicara que así fuera.

    El miércoles nos embarcamos para visitar un acuario situado en el mismo mar. Una vez más, vimos las mismas parejas que el día anterior, que, al parecer, también hacían parte del programa. El recorrido al lugar incluía navegar alrededor de la isla, de manera que el viaje tardó algo así como hora y media. Una vez llegados allí fuimos preparados para hacer “snorkel” y ver la gran cantidad de peces de colores que había en el lugar. También se nos dio la posibilidad de bucear para explorar algo más e ir un poco más profundo.

    Allí tuvimos la oportunidad de conversar con una de las parejas. Yo entablé conversación con el marido y hablamos de lo relajante del paisaje, lo novedoso de la aventura con relación a la vida en la ciudad y temas de ese tipo. Su esposa, de cabello rubio, bastante guapa, entró en confianza con mi esposa y, según me comentó más tarde, la mujer tenía la expectativa de encontrar en la isla un hombre de color con quien tener sexo, pues esa era la expectativa que ellos habían contemplado para el viaje, y le preguntó a mi esposa, si ella sabía algo al respecto. Mi mujer dijo no saber nada y le pidió que, si esa era su idea, la mantuviera informada, porque le llamaba la atención y le agradecía inmensamente el que se lo hubiera compartido.

    Ese día, en la noche, coincidimos nuevamente durante la cena. Al habernos conocido durante las actividades del día, nos pareció apropiado compartir con ellos en la misma mesa. Y quizá, sabiendo ella del interés que le había mostrado mi esposa a su prevista aventura, y en ese momento, tal vez también su marido, nos permitieron acompañarlos. Seguramente emparejamos por estar sintonizados en la misma frecuencia de pensamiento. Lo cierto es que estuvimos entretenidos y nos reímos bastante con las ocurrencias de cada cual, y hablamos sobre las anécdotas sucedidas en este y en otros viajes.

    Terminada la cena, nos despedimos cordialmente y quedamos de encontrarnos en otro momento. Pero nada se dijo sobre la mencionada aventura y la manera como aquella pareja la pretendía llevar a cabo. Pero, la verdad, no teníamos interés de averiguar nada si no era intención de ellos compartírnoslo. Incluso llegué a pensar que SONIA, que era su nombre, le había dicho aquello a mi mujer para ver su reacción y nada más. Creí que, si hubiese existido alguna complicidad, tal vez nos hubieran hecho partícipes de su aventura. Pero, no habiendo sido así, también llegué a pensar que querían manejar el asunto en secreto. Y quizá SONIA fue imprudente al compartirlo con mi mujer. Y ¿qué? Si mi mujer era una extraña hasta ese momento. En fin.

    El día jueves teníamos programado un recorrido en un sumergible. Consistía en navegar en una especie de submarino, desde donde se podía divisar el fondo del mar durante todo el recorrido, llegando a una isla más pequeña, que funciona a manera de parque, donde almorzábamos y se pasábamos parte de la tarde disfrutando de la playa y apreciando desde allí la vista de la isla mayor, desde donde proveníamos. Curiosamente Sonia acudió sola al viaje y no tuvo inconveniente en hacernos compañía durante la actividad. Preguntada sobre la ausencia de Iván, su marido, manifestó que se levantó algo indispuesto de salud y había preferido quedarse en el hotel previniendo cualquier contratiempo. Lamentamos el hecho y seguimos con ella, como si nada durante la actividad.

    Después de regresar al hotel, ya en las horas de la tarde, Laura, mi esposa, me confesó la verdadera razón por la cual Iván no había asistido al viaje. Según lo que le había dicho Sonia, su marido había quedado de encontrarse con los muchachos que potencialmente pudieran ser su pareja para el encuentro sexual que motivaba su viaje. Su esposo, de alguna manera, los había contactado y decidiría quién pudiera ser el compañero ideal para la aventura, reservándose ella la sorpresa por la elección.

    También me contó que le había preguntado a ella el porqué de todo ese montaje para llevar a cabo el encuentro. Le contestó que no debería ser nada del otro mundo, pero que, tratándose de un negro, y la primera vez, habían preferido que fuera en su territorio, donde abundaban. Y que, al no conocer a nadie, pues tenían que ver cómo lo manejaban. Que la idea era no salir de la isla sin haber tenido la experiencia que los llevó a ese lugar. Así que Iván estaba en esas, porque a esas alturas ya las cosas deberían estar claras, dado que se regresaban el domingo.

    Finalmente llegó el viernes. Ese día teníamos programada una visita al jardín botánico, la cueva del pirata Morgan y una laguna, situada en lo alto de la isla, que también estaba incluida en el recorrido. Almorzaríamos en algún lugar de regreso al hotel y pasaríamos la tarde, o lo que quedaba de ella, en la playa. Nada especial; actividades para distraerse y pasar el día. Iván y Sonia, también asistieron, pero estuvimos apartados y, al parecer, por alguna razón, no había intención de que nos juntáramos, así que no hicimos esfuerzo para estar en su compañía. Y así transcurrió la jornada, sin interferencias en los planes de los demás y también sin compromisos.

    Después, al llegar al hotel, mi esposa me comentó que en algún momento tuvo chance de cruzar palabra con Sonia, y que ella le había comentado que estaba un tanto ansiosa porque, según Iván, su marido, ya todo estaba arreglado. Habían quedado de coincidir en el bar del Hotel y ahí, si era de su agrado el candidato seleccionado, proseguir con lo que fuera, tal vez subir a la habitación y consumar la experiencia. Al respecto, Laura le preguntó si había algún chance de conocer su pareja y que Sonia, muy abierta y desconfiada, le había dicho que se apareciera por el bar a eso de las 8:00 pm, que era la hora en que Iván había quedado de encontrarse con esos muchachos. Y no se dijo más.

    Nosotros no teníamos plan alguno, pero ciertamente mi esposa sentía curiosidad por saber en qué terminaría la aventura que aquella pareja tenía en mente. Sin embargo, al parecer, no había mucho interés en hacer algo por nuestra cuenta, porque seguramente ya lo habríamos hablado para ese momento. Estuvimos visitando los comercios de artesanías durante el resto de la tarde y, llegados nuevamente al hotel, nos tomamos unos cocteles para refrescarnos. Y después de eso, subimos nuestra habitación.

    Me causó curiosidad ver que mi esposa procuró arreglarse como para una ocasión especial, aunque no teníamos nada previsto hasta ese momento y no intuía que fuera a darse algo especial. Le pregunté el por qué la vestimenta, a lo cual me respondió que, nada raro, tan solo que quería sentirse bien arreglada cuando fuéramos al bar. Y ¿qué vamos a hacer allá? Pregunté. Tengo curiosidad por ver lo que pasa con Sonia y su aventura. Ah, ¡ya! ¿Y a qué hora es la cosa? Ella me dijo que me apareciera como a las 8 pm. Bueno, ya son las 7:30 pm. ¡Vamos! Le dije.

    Ingresamos al bar cuando Sonia e Iván también lo hacían, pero hicimos que no les vimos y nos fuimos directamente a la barra mientras ellos se ubicaron en una mesa para cuatro personas, situada en el extremo opuesto a donde nosotros estábamos. El lugar no estaba tan concurrido, quizá una pareja y dos o tres personas más aparte de nosotros, de modo que era inevitable pasar desapercibidos, tanto los unos como los otros. Y, transcurridos unos minutos después de las 8:00 pm, entraron al bar dos morenos, bastante jóvenes, de contextura atlética, bien formados, que se dirigieron directamente a dónde estaba Iván con su mujer. Los vimos saludarse formalmente, como si se conocieran, y acomodarse, en la mesa, como viejos amigos. Pidieron bebidas y empezaron a conversar.

    Era imposible no reparar en la contextura de los dos hombres, parecían basquetbolistas y contrastaban en físico en comparación a los que nos encontrábamos allí. Laura no dudo en decir que Iván tenía buen gusto y que seguramente Sonia la iba a pasar bien. Y yo, para no quedarme atrás, dije que seguramente, además de guapos, estarían bien dotados. Además, contrastaba el color negro de la piel de ambos con el color blanco, caucásico, de Sonia. Y pensé para mis adentros, que ella iba a ser atendida por los dos.

    Eran casi las 9:30 pm cuando Iván se levantó y salió del bar, tal vez al baño, quedando Sonia sola con los dos muchachos, quienes, interactuaban con ella entre risas y charla. Apenas llegó Iván, ella se levantó, y también lo hizo uno de los muchachos, quizá el más alto de los dos, quien casi de inmediato la tomó a ella del brazo y la invitó a salir del lugar. Iván se quedó, al parecer, verificando y confirmando su cuenta. Una vez lo hizo se despidió del otro muchacho y abandonó el lugar.

    El otro hombre quedó sólo en la mesa y continuó sentado allí, un rato más, terminando la bebida que le habían servido previamente. Mientras lo hacía, no dejaba de mirar hacia donde nosotros nos encontrábamos. Y, pasados unos minutos, quizá una media hora o más, se levantó dirigiéndose a donde nosotros nos encontrábamos. No más acercarse nos saludó con un hola, soy Christian. Hola, dije, ¿nos conocemos? Excuse, la señora Sonia me dijo que quizá podría servirles de guía para mostrarles algo de la ciudad, ya que, entiendo, ustedes, también como ellos, regresan el día domingo. Si, contesté. Y ¿qué nos ofreces, entonces?

    Bueno, hoy es viernes. Es el día de mayor actividad en las discotecas y bares de la ciudad. Si les parece bien podemos darnos una vuelta por allí y ver si hay algún lugar especial donde les apetezca disfrutar un rato. Miré a mi esposa, quien, sin decir palabra, asintió con su cabeza. Y la señora Sonia, ¿para dónde se fue? Pregunté. Sabe, dijo, creo que ella, su esposo y Jason tenían planes. ¿Cómo así? Repliqué. No entiendo. ¿Acaso tú no venías con ellos? Bueno, sí, contestó. El caso es que Jason me dijo que tenía una cita y me pidió que lo acompañara. Y eso hice. Entiendo dije. Y, entonces, ¿cómo resultaste aquí, con nosotros? Ella me dijo que habían acordado encontrarse con Jason y que lamentaba que yo no los pudiese acompañar, pero que quizá yo pudiera servirles de guía a ustedes y no perder la venida. Entiendo, dije.

    Bien, ¿qué propones, entonces? Hay un hotel, el Sol Caribe, que tiene una discoteca de mucho ambiente. A la gente le gusta mucho y es muy concurrida. Después hay otros sitos, digamos, más reservados, pero igual, el ambiente se lo hace cada quien, ¿no les parece? Pues, sí, dije. Entonces, adelante, guíanos. No es muy lejos de aquí, podemos ir caminando. Y, dicho y hecho, Christian tomó la delantera y empezó a caminar hacia el mencionado lugar. De casualidad, nuestros amigos y Jason también estarán ahí. No lo creo, dijo, ellos, al parecer, tenían otros planes. Bueno, y, aparte de ir a discotecas, ¿qué otro plan hay para hacer? Imagínese, nos contestó, mientras se sonreía.

    Llegamos al mencionado hotel y subimos a su discoteca. Y, ciertamente, el lugar resultaba cautivante de entrada. El ambiente estaba dispuesto con luces tipo “strober” que iluminaban de manera tenue el lugar, así que las parejas, al son del baile, podían hacer de las suyas si quisieran. Y era apenas normal imaginarlo porque, estando en un clima tropical, las mujeres casi que andaban desnudas y no era difícil para los hombres acceder a ellas y procurarse sus favores sexuales. Y, para un mirón como yo, aquello, de entrada, me gustó…

    Christian no perdió el tiempo y, después de traernos unas bebidas, invitó a mi esposa, muy educadamente, a bailar. Y ella, ni corta ni perezosa, aceptó. Al alejarse, muy animada, al parecer encantada de la situación y tomada de su mano, me dijo, hoy es viernes. Y no fue sino ver cómo aquel la estrechó con su cuerpo al bailar para darme cuenta de que aquello iría más allá de eso. Estábamos en su territorio y vaya a saber cómo terminarían las cosas aquella noche.

    Pasaron varias tandas en que ella y Christian parecían disfrutar de lo lindo, prácticamente haciendo el amor ahí mismo, en la pista de baile. El, seguramente, estaba disfrutando la oportunidad que se le presentaba y gozaba el cuerpo de mi mujer a sus anchas. Solo faltaba que la desnudara totalmente. Y Laura, indiferente a las conductas socialmente aceptadas, no rechazaba para nada las caricias que aquel hombre, aprovechándose de la situación y del lugar, le prodigaba. Eso sí, cuando se disponían a volver a la mesa, ella procuraba darse una vuelta por el baño, de modo que llegaba a mi encuentro totalmente arreglada y presentable.

    Bailé con ella varias veces, dándole un respiro a nuestro entusiasmado guía, pero no mencionó nada que me hiciera intuir que ella estaba deseando algo más, aunque yo, en mi mente, ya la veía jugueteando con aquel como tantas otras veces la había visto deleitarse con otros tantos hombres. Y con este, ¿por qué no? En una de esas tandas, en medio de la bulla de la música, me comentó lo que había sucedido con Sonia. Y según lo que Christian le había contado, el marido había contemplado la posibilidad de que Sonia tuviera sexo con ambos aquella noche, pero ella se había mostrado contraria a la idea, manifestando que prefería ir paso a paso, vivir esa experiencia primero y luego, después, ver si le animaba ir más allá. Y que por eso él había estado ahí.

    Pregunté, entonces, ¿y qué esperaba Christian ahora? De seguro quiere estar conmigo, respondió. Y tú, ¿qué quieres? Pregunté. Pues me gustaría estar con él, por qué no, si no te incomoda y estás de acuerdo. Y ¿por qué habría de incomodarme? Es que esto no lo habíamos hablado, no lo teníamos previsto, no estaba en nuestros planes. No me siento bien del todo. ¿Y por qué debería estar de acuerdo? Porque, si no te parece, o no quieres que eso pase, no importa. No ha sido la primera vez y ya habrá otras oportunidades.

    Y si estuviera de acuerdo ¿qué sigue? Bueno, pues sería buscar un sitio para estar con él. No sé dónde pudiera ser. Pues, pregúntale. Que mejor que él para decirnos dónde quiere que aquello suceda. ¿No te parece? Si para él es claro su deseo de estar contigo, la que tiene que dar la luz verde eres tú y ahí sí, que nos indique en qué lugar pudiera ser. Voy a preguntarle, dijo ella. Solo pongo una condición, dije. ¿Cuál? Respondió ella con cara de sorpresa. Que me pida permiso. No creo que haya problema por eso, contestó riéndose. Le haré saber lo que quieres.

    Siguieron bailando varias tandas más. Para mi ya era evidente que aquello, en teoría, estaba más que consumado. Después de esa conversación Christian se mostraba más atrevido que antes, acariciaba y besaba con notoria lujuria a mi mujer, especialmente cuando estaban próximos a mí, tal vez, probando si yo le reclamaba algo, pues para eso no me había pedido permiso. Y ella, gozaba del momento y de las circunstancias, y solo se reía de su comportamiento.

    Al finalizar una de esas tandas, ya avanzadas las primeras horas del sábado, como a las 2 am, al llegar a la mesa, Laura me dijo, Christian me comenta que podemos ir al hotel, que no hay problema. Lo habitual es que cargan a la habitación el costo de un huésped extra por una noche. Y yo le dije que me parecía bien, pero que lo iba a consultar contigo. Yo no tengo inconveniente por eso, respondí.

    Salimos a las 2:30 am de allí en dirección al hotel, nuevamente caminando, ya que nuestro alojamiento estaba a tan solo tres cuadras de distancia. En el trayecto, caminaba yo detrás de ellos cuando, de un momento a otro, Christian se retrasó un tanto para caminar a la par conmigo. Ella quiere llegar primero a la habitación, me dijo. Y eso ¿por qué? Pregunté. Tal vez quiere ir al baño y desea privacidad. Entiendo, respondí.

    Ella llegó al hotel unos instantes antes que nosotros y, al llegar a la recepción, Christian me dijo que ella le había pedido que esperáramos su llamada para subir. Bueno, dije, haciéndome el sorprendido, ¿de qué se trata todo esto? Pensé que ya lo sabía, dijo él. ¿Saber qué? Respondí. Que su esposa tiene la idea de estar conmigo. Pero ¿acaso no ha estado con usted toda la noche? Me explico mejor, dijo él, su esposa quiere tener sexo conmigo. Entiendo dije, y si ella y a lo dispuso, ¿qué tengo que ver en el asunto? Bueno, quería pedir su consentimiento para satisfacer los deseos de su esposa. ¡Ya! Entiendo.

    ¿Y fue ella quien se lo pidió o usted estuvo toda la noche sugiriéndoselo? La verdad, no sé si sabe, la mayoría de las continentales viene a esta isla buscando ese tipo de aventura, así que un supone que si aceptan nuestra compañía es porque ya tienen decidido lo que quieren hacer. Uno no pide nada. Simplemente, bailando y coqueteando con las damas, uno ya supone lo que viene. Y usted, dije, sonriendo ¿Qué supuso? Que ella quería estar conmigo. Bueno, respondí. Sólo una condición. ¿Cuál? Dijo él. Hágala gemir, de tal manera que se escuche hasta aquí en la recepción. De seguro no se va a arrepentir, contestó.

    Un segundo después la recepcionista, con una pícara sonrisa en su rostro, nos dice que la señora del 310 indica que ya podemos subir. Muchas gracias, respondí. Y, al llegar, a la habitación la encontramos como antes, sin cambio alguno. De manera que me sorprendió un tanto la situación y pregunté ¿cuál era el misterio de subir primero a la habitación? Para que Christian pudiera hablar contigo, me dijo. Bueno, y ahora ¿qué? Ella tomó a Christian de la mano y le dijo, ¿te parece si nos bañamos? Yo me siento bastante incómoda, sudada como estoy. Si, me parece bien, dijo él. Adelante, les dije…

    Entraron ambos al baño, dejando la puerta abierta, de manera que les observé todo el tiempo. Laura, antes que nada, acarició aquellos brazos musculosos antes de empezar a desvestir al que sería su corneador esa madrugada, principiando por despojarlo de la camiseta. Al hacerlo expuso un torso bien trabajado. Se veía que ese hombre se ejercitaba de manera disciplinada en el gimnasio. Y, posteriormente, a continuación, desabrochó su cinturón y bajó sus pantalones, dejando ver un miembro inmenso, que casi no cabía en sus manos al pretender aferrarse a él.

    Christian hizo lo propio y, dándole un húmedo beso en su boca, procedió a desabrochar su liviano vestido, que cayó a sus pies sin ningún trabajo, dejándola a ella solo con su corpiño y bragas, las cuales se apresuró a despojar para que quedaran ambos, frente a frente, totalmente desnudos. Seguramente ya se habrían besado aquella noche varias veces, pero ahora estaban los dos abrazados, totalmente desnudos, y los besos parecían sentirse diferente y excitarlos a los dos. El miembro de Christian empezó a crecer, pero Laura, tal vez un poco escrupulosa con el tema de la higiene, le sugirió que se bañaran.

    Ella abrió la llave de la ducha y ajustó la temperatura del agua. ¿Cómo te gusta el agua, fría o caliente? Pregunto ella. Como a ti te guste, princesa, respondió él. Pues para mi está bien así, dijo ella metiendo sus manos dentro del chorro de agua. Y él, haciendo lo mismo, asintió y estuvo de acuerdo. Ella, antes que nada, se puso sobre su cabellera un gorro de baño, pues no quería mojarse el cabello. Y así, ambos se colocaron debajo de la ducha. Él tomó el jabón y, sin dejar de besarla, empezó a enjabonar su torso, dedicando especial a tención a sus senos. Y ella, devolviendo el favor, hizo lo mismo, pero centrando su atención en frotar aquel inmenso pene. Después de unos instantes, ambos, por su cuenta, terminaron de bañarse y salieron de la ducha.

    Ella frente al espejo, se despojó del gorro de baño y procedió a cepillarse el cabello, y a maquillarse. Y él, después de secarse, salió del baño y, para mi sorpresa, desnudo, como estaba, salió al balcón, esperando que ella estuviera lista. ¡Claro! La baranda de seguro restringía la mirada de curiosos. Pero ¿qué curioso habría a las 03:30 am?

    Al poco rato ella salió un tanto vestida con un corpiño negro, sin bragas y montada en sus zapatos de tacón, que ella bien sabe resaltan la figura de sus piernas. Y, al llegar a la pequeña sala, se siente en el sillón. Christian entra y se dirige a ella, se acurruca en medio de sus piernas, las aparta a los lados y se dispone a llegar hasta su clítoris con su boca. Y empieza allí, con ese trabajo, delicadamente, saboreando el sexo ya humedecido de ella. Yo los estoy mirando, encantado con la escena, pero la percibo a ella un tanto inquieta, como preocupada, como queriendo decir algo. ¿Qué pasa? Pregunto. Amor, dice ella, no tenemos condones. Vaya lío, preciso en ese momento. Okey, dije, voy por ellos.

    Bajé a la recepción y pregunté si, de casualidad, ellos disponían de condones para la venta, haciendo evidente con quién estaría mi mujer en esos momentos. Y creo que, de maldad, me dijeron que no, pero que los podía conseguir en una farmacia cercana, casi una cuadra. Salí a buscarlos, entonces, aparentando tranquilidad, pero, la verdad, iba a paso rápido, pensando en lo que pudiera estar pasando entre aquellos dos mientras duraba mi ausencia. Habré tardado una media hora entre ir y volver a la habitación, que me pareció una eternidad.

    Y llegué a tiempo, pues cuando entré a la habitación, encontré la escena que había dejado a la inversa; Christian estaba sentado en el sillón y Laura, en medio de sus piernas, chupaba con gusto su pene y frotaba arriba y abajo el tronco de aquel miembro con su mano derecha, mientras que con su mano izquierda estimulaba su clítoris. Bueno, por lo que veo, no sé si todavía sirvan, dije mientras le pasaba a ella un condón de color transparente. Claro que sí, todavía no ha pasado nada, dijo. Pero va a pasar, dije para mis adentros.

    Mi llegada con los condones fue la apertura de su real encuentro sexual. Ella vistió aquel pene erecto con el condón y, sin pausa, procedió a montarse en él, embistiendo con los movimientos de sus caderas el cuerpo de Christian, que ahora sí parecía animarse. El acariciaba sus nalgas mientras ella rítmicamente lo cabalgaba, empezando a gemir con cada embestida, porque el miembro de aquel penetraba bien adentro de su cuerpo. Christian, mientras ella continuaba su faena, descargando toda la ansiedad que había guardado toda la noche, hasta ese momento, la despojó de su corpiño y empezó a amasar sus senos con inusitada pasión. Le gustaban los senos de mi mujer. Era evidente.

    Laura controlaba sus embestidas y, con cada embestida, gemía más y más a medida que se excitaba con la sensación que le generaba el roce del aquel pene dentro de su vagina, la cual parecía pequeña para tan inmenso y erecto miembro. Nunca la había visto cabalgar a un hombre de esa manera, y el sillón y la disposición de Christian lo permitían. Siguió así en interminables movimientos hasta que lanzó un gemido intenso, y agachó su cabeza para besar a ese macho, en agradecimiento por estar allí, disponible para su goce y satisfacción.

    Ella siguió retorciendo su cuerpo sobre el de él, pero ya no con tanta intensidad, así que Christian asumió el control. Le indicó que le permitiera levantarse. Ella obedeció, dejó que él se incorporara, pero se apoyó sus rodillas en el sillón y sus manos en el espaldar, por lo cual su corneador entendió que ella quería que la penetrara desde atrás, en posición de perrito. Y así lo hizo. Prácticamente, sin darle tregua ni descanso, acomodó la punta de su pene en la vagina de mi mujer y, sin demora, la penetró mientras dedicaba sus manos a explorar todos los rincones del cuerpo de mi esposa.

    Me fascinó ver que su miembro no entraba del todo en la vagina de mi hambrienta Laura. Era evidente que el tamaño de aquel tronco superaba en mucho la capacidad de esta para alojarle, pero su elasticidad le permitía ajustarse al grosor de su virilidad. Christian empujaba dentro de ella, una y otra vez, y me parecía que la excitación de ella llegaba mucho más rápido que la de él, a quien se le veía relajado y posesionado en su papel de macho corneador. Todo un macho alfa, viril y aguantador. Ella, en la plenitud de su goce, estaba otra vez gimiendo a viva voz, expresando la inmensa emoción que aquel hombre le estaba proporcionando. Y, una vez más, alcanzó su orgasmo acompañado de un profundo grito.

    Christian se retiró, sentándose en el borde de la cama. Y ella, dándose un respiro, le hizo señas de que esperase, y le diera tiempo para tomar aliento. Yo, entendiendo la situación, invité a aquel a que se tomara un trago mientras tanto. Yo le dije que no se iba a arrepentir, me dijo. No lo dudé por un instante, le contesté. Bueno, brindemos por la oportunidad de conocerle y tenerle aquí. ¡Salud! Y ¿qué hicieron mientras yo fui por los condones? pregunté, porque me imagino que no se dedicaron a conversar. No, ciertamente no, respondió él.

    Puedo contarle, le preguntó a mi esposa. ¡Cuéntale! Respondió. La invité a que miráramos el mar desde el balcón y, mientras estábamos allí, y con las ganas que tenía, le pedí que me dejara penetrarla con la seguridad de que nada iría a pasar y que no era necesario tener el condón. Así que me dejó hacerlo y pasamos un rato muy rico. ¿Cierto? Amor, le dijo. Si, estuvo rico, dijo ella. Y, entonces, ¿para qué me hicieron ir a buscar condones? dije yo. Uno nunca sabe, dijo ella. Pues sí, pero entonces, cuál era el propósito de buscar los condones si ya tenías decidido dejarlo hacer eso. No lo tenía decidido, pero me dio pena hacerlo esperar. Vea pues, dije yo.

    Al poco rato, ella misma, ya repuesta del agite, se acomodó de espaldas en la cama, esperando que su macho la embistiera de nuevo. El se acercó a un costado de la cabeza de ella, colocando su pene casi sobre su cara. Ella comprendió el mensaje y agarrando su pene flácido, se lo llevó a la boca y empezó a chuparlo con dulzura. No tardó en crecer y endurecerse y, entonces, Christian, que había estado estimulando el clítoris de mi mujer con sus dedos, se dispuso a penetrarla de nuevo. Pero esta vez, en la posición del misionero.

    Se acomodó en medio de las piernas de ella para hacerlo y, en vista que ninguno dijo nada con relación a que usara o no condón, procedió a penetrarla. Ayyy, dijo ella, el condón. Ya deja así, respondí. Espero que Christian no se vaya a venir dentro de ti, dije. Tranquilo señor, dijo Christian, yo sé cómo controlarme. Y así, con esa pequeña incertidumbre, empezó de nuevo su faena.

    Fue evidente la excitación de mi mujer al ver que yo permitiera que su macho la penetrara así, al natural, y mucho más cuando este la penetró con inusitado vigor. Sus piernas se abrieron y agitaron como las alas de una mariposa acompañando cada embestida de aquel. Sus manos se posaron en las nalgas de Christian y, apretándolas con fuerza, le insinuaban que siguiera empujando cada vez con mayor velocidad. La escena fue memorable. El atlético cuerpo de aquel hombre cubriendo el cuerpo de ella que, debajo de él, se contorsionaba de placer.

    Christian empujó y empujó hasta que más no pudo y, tal vez por la falta del condón, por fin llegó a su orgasmo, sacando rápidamente el miembro de la vagina de mi excitada esposa, como había prometido, proyectando el chorro de su espeso y blanco semen sobre su pecho. Ella, lo animó, para que llevará su miembro hasta su boca y, hambrienta de semen, chupo su miembro hasta no dejar rastro. Yo me acerque a ella para preguntarle si lo había disfrutado y, asintiendo, me besó haciéndome participe del sabor de su macho a la vez que me decía, sí, amor, estuvo rico. Muy rico. Gracias Christian. Yo también la pase bien, gracias a los dos, dijo él.

    Bueno, se ganó otro trago antes de irse, dije yo, ofreciéndole un vaso con ron. Él lo aceptó y lo bebió casi que de un solo sorbo. Esta noche estuvo agitada, dijo. Mucho voltaje para una noche. Laura tiene lo suyo y sabe utilizarlo. Se mueve rico y lo pone a uno a mil. Uno que es prudente, pero si hubiera dado chance la penetro ahí mismo, en la discoteca. ¿Así de excitante es la señora? ¿O es que usted también se traía lo suyo? Ambas cosas, tal vez, pero agradezco a los dos que lo hayan permitido. Y me gustaría que me permitiera estar con ella, una vez más, antes de que se marcharan. Pero eso sería hoy, más tarde, porque hoy es sábado. Paso a buscarlos a las 8:00 pm, les parece. Me parece bien, se apresuró a responder mi esposa.

    Después de aquello, y no muy convencidos si nos veríamos con él ese mismo día, más tarde, nos despedimos. Y ahora sí, a dormir un rato, porque había que reposar para lo que se vendría. Y, como se dijo al principio del relato, como siempre, fue un viernes especial.

  • Con Marcela y su novio, nuevas experiencias (Primera parte)

    Con Marcela y su novio, nuevas experiencias (Primera parte)

    Tanto Marcela como yo somos travestis de closet maduros que vivimos felizmente casados y que tenemos con nuestras esposas toda la confianza y libertad para disfrutar de nuestra amistad y poder realizar muchas de nuestras fantasías eróticas, en este relato les quiero contar una de las ocasiones en que compartimos nuestras fantasías, si bien nos gusta fantasear sintiéndonos más jóvenes de lo que somos, ambas tenemos muy claro que la única forma de disfrutar este tipo de situaciones es como adultas que se ponen de acuerdo y se comprometen por un tiempo en comportarse de una forma particular la una con la otra.

    En esta ocasión tuvimos la oportunidad de estar juntas en mi casa, mi esposa había realizado un viaje de trabajo un par de días antes y todavía tardaba en regresar unas dos semanas, así que a la primera oportunidad que tuvimos planeamos su viaje hasta el lugar donde vivo, el cual es un poblado pequeño a una hora de la ciudad en donde ella vive, si bien no es un viaje largo si hay un cambio de ambiente y clima característico de la vida en zonas de montaña y en mi lugar hace más frio que en donde ella vive.

    La noche anterior a su visita me la pase organizando todo en mi casa, teniendo cuidado en organizar especialmente la habitación en donde tengo organizadas todas mis cosas de mujer, a este respecto les quiero contar que en mi país se usa en algunas casas tener una habitación separada, usualmente cerca de la cocina y el lavadero, para la persona del servicio, esta habitaciones suelen ser pequeñas y con baño y en mi caso mi esposa me ha ayudado a convertirla en mi habitación de niña, aunque no deja de ser también la habitación se la muchacha del servicio, pues ese es uno de mis roles cuando estoy con ella.

    Marcela llego apenas media hora después de mi hora de salir del trabajo, llego en un bus con una maleta, yo vi que era grande aun teniendo en cuenta que apenas estábamos comenzando el fin de semana, eran poco más de las 6 de la tarde y las dos teníamos hambre, así que primero paramos a comer en un restaurante del parque, comimos tranquilas y sin afán, conversando del tiempo, las personas que pasaban y otras tonterías, cuando terminamos de comer ella me dijo que aunque estaba muy llena quería pedir un postre para llevar a casa, lo pedimos junto con la cuenta, pagamos y nos dirigimos caminando hacia mi casa, la cual solo queda a 4 cuadras del parque y como las aceras estaban buenas y su maleta tenia ruedas no tuvimos ningún problema en llegar.

    Abrí la puerta y ella entro primero, cuando la cerré fue como una orden para ambas de que nos quitáramos la ropa que teníamos puesta, quedándonos solo con la ropa interior femenina que teníamos puesta debajo, como habíamos acordado mi ropita era rosadita con blanco, muy infantil y de tela lisa, en cambio la de ella era negra y de encaje, me pidió que le indicara un baño para cambiarse entonces la lleve a la pieza de invitados junto con su maleta mientras yo iba a la mi habitación de niña a ponerme el uniforme escolar que había comprado para la ocasión según nuestros planes. Como esperaba estuve lista en dos minutos y volví a la sala a ver tv en el sillón.

    No paso mucho tiempo hasta que ella apareció, primero me dijo que su nombre era Marcela, que esta noche seria mi niñera y debía obedecerla en todo lo que ella me dijera o de lo contrario estaba autorizada para castigarme. Yo la miraba excitada de verla muy juvenil, con un vestido de flores en falda que le llegaba a las rodillas, maquillada y sentía su olor a flores desde donde estaba sentada. Ella me miro y me pregunto si había hecho la tarea, mientras movía la cabeza indicando que no, ella me pregunto por qué seguía usando el uniforme, a lo cual yo respondí levantando los hombros, entonces ella me dijo que ya veía que yo era una nena necia, pero sabía muy bien cómo tratarme para que aprendiera a ser una buena nena.

    Salió del cuarto un momento y regreso con un collar y una cadena de perrita junto con unas cuerdas, bruscamente me puso el collar y la cadena y me tiro hasta la mesa del comedor, en la mesa me amarro con las piernas abiertas y las manos hacia arriba, mientras me decía que iba a aprender a ser una nena obediente. Apenas termino de poner el ultimo nudo en mi espalda comenzó a darme nalgadas, luego levanto mi falta sobre mi espalda y siguió dándome nalgadas, se retiró un momento y regreso con látigos, correas y otras cosas con las cuales estuvo dándome una buena ración de nalgadas por más de media hora, con varias me hizo contar hasta veinte, con otras hasta cincuenta terminando con promesas de futura obediencia y sumisión, con otras solo logre contar hasta 10 antes de declararme su esclava sexual.

    Cuando termino mi castigo tenia mis nalguitas rojas y ardientes, ella me hecho una crema antes de soltarme y decime que debía cambiarme el uniforme y hacer la tarea, pues estaba tarde y solo cuando terminara podía poner ponerme la pijama para irme a la camita, fuimos juntas hasta mi cuarto donde ella me quito el uniforme y busco entre mi ropita lo que quería ponerme, me hizo probar varias pantis, dos o tres faldas y camisitas, algunos sostenes y al final me dejo con unas pantis de la Barbie y su sujetador, una camisita de flores blanca, pantimedias blancas y una faldita rosada pegada que me llegaba a la mitad de los muslos. Así regresamos el comedor en donde Marcela me entrego un cuaderno de princesas y un lapicero rosado. Abrí la primera hoja y vi que estaba marcado con mi nombre en letra muy femenina y con corazones, en la segunda página había algunos problemas de matemática del tipo “si estas con dos hombres y cada uno de ellos te hecha dos veces su lechita en el culito, cuantas veces te mojan tu culito??” o “si debes atender a 6 hombres con tu boquita y cada uno quiere que le des tres mamadas para terminar dos veces en tu boquita, cuantas veces tienes que tragar la lechita como una buena nena?”.

    Mientras revisaba y resolvía cada uno de los problemas que llenaban 6 páginas del cuaderno Marcela se cambió de ropa, esta vez se puso un pantalón de yoga, con lo que parecía una tanga, con una camisita larga que dejaba ver sus sostenes deportivos, así estuvo mirando como hacia mis tareas, las cuales también incluyeron dos páginas que debía llenar con las frases “soy una nena sissy perrita” y “soy una travesti sumisa y obediente”, después había una página que decía que debía tomarme algunas fotos en poses específicas que salían muy bien con la ropita que tenía puesta, meter un par de mis juguetes por mi culito mientras rogaba a mi niñera que me tomara fotos y por ultimo dormir con un condón lleno de leche dentro de mi culito, seguían otras páginas con frases que debía repetir. Cuando no llevaba más de la mitad de la página en la que repetía que “me encantaba ser una nena obediente, femenina y sumisa” Marcela fingió que recibía una llamada en su celular, mientras escribió ella a mi espalda simulaba que la llamaban a decirle que debía quedarse a dormir y cuidarme toda la noche.

    Cuando termino su llamada simulada, me dijo que descansara un rato que ella se iba a quedar toda la noche y me indico que la siguiera a la cocina en donde compartimos el postre que habíamos llevado, con el abrimos nuestra primera botella de vino. Cuando terminamos de comer ella me dijo que estaba muy enojada por el contratiempo, que tenía planes y deseos, y que ahora tenía que dormir cuidando a una niña malcriada, yo agache mi cabecita mientras le decía que iba a hacer todo lo que pudiera por complacerla y cumplir sus deseos. Ella me tomo sumamente de la cara y tomando nuevamente mi correa de perrita con sus manos me llevo a la mesa del comedor, en donde me volvió a amarrar las piernas para que las tuviera abiertas y luego comenzó a tocarme mi colita, esos toqueteos pasaron luego a dejar que ella se sobara toda contra mi culito, luego tomo un vibrador y levantando mi faldita solo hizo a un lado mis pantis para meterlo en mi culito, eso me puso muy caliente, también a ella que comenzó a bajar sus pantalones de yoga y sus tangas para pasar su colita por encima de mi faldita, luego la subió toda y la paso por mis pantis gimiendo mientras sentía el vibrador en mi culito.

    Así estuvimos un rato, hasta que ella bajo mis pantis y saco el vibrador para meterme de un solo golpe toda su colita por mi culito, la metió así dura y caliente haciéndome gemir y gritar como una nena, primero me la metió duro, muy fuerte, luego bajo un poco y tomando mis manos me puso unas esposas en la espalda, tomo mi correa y casi ahogándome volvió a meterme toda su colita el culito de forma muy rápida, así me siguió montando toda hasta mojarse completamente adentro de mí, yo movía mi colita lo mejor que podía y me sentía realizada y feliz, mas cada que vez que ella me lo metía bien adentro y me decía que era una puta, una mariquita sucia y una perrita en celo, tras un rato de estar así sentí como su verga se puso más dura, mucho más caliente y ella me la metía más adentro hasta que sentí como se comenzó a venir en mi culito, primero sentí un chorro tibio, luego otro y otro, yo gemía y movía mi colita entonces ella me tomo de la cadera y me lo metió lo más que pudo y con un último chorro me llenó por completo mi culito con su leche, yo con el poco aire que tenía gemía como una perrita contenta y ganosa.

    Cuando termino se venirse saco su colita lentamente de mi culito mientras me decía que me quedara quietecita, cuando salió escuche que dio un par de pasos hacia atrás y por el flash me di cuenta que estaba tomando más fotos, yo estaba volviendo en mí y recuperando mi calma cuando escuche que sonó su teléfono celular y mi corazón se puso a mil, ella contesto de forma muy coqueta y familiar, escuche que preguntaba si quien la llamaba había recibido las fotos y que le habían parecido, yo seguía apoyada en mis codos sobre la mesa, vestida de mujer, con mis piernas amarradas a las patas de la mesa y sin pantis, entonces ella paso a mi lado y tomando la correa del collar de perrita que me había puesto se puso en el otro extremo de la mesa, y mientras me miraba escuche que decía al teléfono “si papi, ella esta lista y tiene el culito mojadito como te gusta, mientras llegas la voy a preparar como te gusta para que puedas llegar a descargarte en su culito”, su interlocutor dijo algo más y ella respondió “si papi, ya vamos a estar listas y te abro la puerta”.

    Apenas termino de hablar halo mi correa y me hizo extender completa en la mesa, me mantuvo así atando la correa a una de las patas, bajo mi faldita y fue caminando hacia la puerta, yo sentía mi corazón latiendo a mí, también mi culito caliente, estaba mojada, me sentía sucia, todo gracias a que a cada paso que ella daba sentía como salía su semen de mi culito, cuando escuche que abrió la puerta contuve la respiración y me quede quieta escuchando, sentí los pasos y escuche sus besos, luego sentí como se acercaban y el con voz muy masculina me saludaba con un “hola pequeña perrita”, entonces ambos caminaron hasta donde pudiera verlos, así pude ver como mi amiga rápidamente le quitaba su ropa mientras él le decía que se diera prisa pues estaba muy caliente y a punto ve venirse por las fotos que le había enviado, ella lo desnudo y con la boca le puso un preservativo en lo que pude ver era una verga más grande y gruesa que la de Marcela.

    Cuando ella le termino de poner el preservativo con la boca él la tomo del cuello y la llevo hacia mi nalguita, sentí como se puso atrás de mí y como ponía la cabeza de mi niñera sobre mi espalda baja, entonces sentí por primera vez su toque, fue cuando puso su mano sobre mi nalga, sentí como la apretó firmemente, después siguió su otra mano abriendo mis nalgas mientras ordenaba a Marcela que escupiera en mi culito para mojarlo más, después sentí como metía su verga, como me comía toda como una mujer, me la metió toda hasta adentro, haciendo que la lechita que tenía en el culo saliera mojándome toda entre las piernas y los muslos. Él me comía así amarrada, yo intentaba fingir mi sorpresa y aunque todo obedecía a un plan que habíamos concertado con Marcela y ella había hablado con su Novio, el hecho de estar así tan indefensa y con la verga de un desconocido en mi culito me tenía súper excitada, tanto que comencé a sentir como me mojaba toda, como tenía un orgasmo y mi lechita salía toda. Él lo noto y me dio una nalgada mientras me decía que era toda una putica caliente, que le encantaba como apretaba el culito mientras me mojaba como una mujer y que se aseguraría que más tarde limpiaría con mi boquita todo el reguero que estaba haciendo.

    No tardo mucho tiempo cuando comencé a sentir como su verga se ponía como un asta dura y muy derecha, sentía como me partía toda y entonces comenzó a darme nalgadas mientras me venía en mi culito. Como tenía un condón no sentí su leche adentro, pero si cada empujón, cada embestida de su verga en mi culito, eso me hizo gemir y mover mi colita como una perrita que quiere más. Él se retiró sacando su verga de mi culito mientras le pedía a Marcela un trago. Escuche como sonaba el hielo en el vaso de vidrio y luego sus pasos acercándose, un momento después la pude ver con un preservativo en la mano lleno de semen, ella me miro mientras metía un plug pequeño adentro y me dijo “felicitaciones princesa, ya tienes todas tus tareas completas, ya solo falta que duermas con esto dentro de tu culito” entonces vi como hacia un nudito en el condón y sentí como volvía a meter el preservativo lleno de semen con el plug en mi culito, luego sentí que desamarro cada una de mis piernas y me coloco unas pantis, que después pude ver eran de hilo, blancas y con un estampado de la sirenita adelante y atrás. Luego soltó mi correa y aun con mis manos atadas a la espalda me llevo a la sala en donde me presento a su Novio, Iván.

    Lo que paso después lo contaré en la segunda parte.

  • Mi prima y una deuda de por vida (I)

    Mi prima y una deuda de por vida (I)

    Supongo que la forma correcta de empezar esto sería presentarme; mi nombre es Sebastián, tengo 21 años, de ojos marrones oscuros, cabello negro, piel blanca, 1.73 cm de altura y una complexión física normal, ni flaco ni pasado de peso. Para dar un poco más de contexto al asunto debería explicarles que soy el segundo -y más chico- hombre nacido de un grupo de tres hermanas. Mi tía mayor tuvo cinco hijas, la siguiente dos hijas y un varón, la tercera vendría siendo mi madre, que también tuvo dos hijas y a mí. Esta historia se centra en mí y en mi prima, la hija más pequeña de mi tía más grande.

    Al ser una familia numerosa, conformada de 18 personas, siempre fuimos criados juntos, ayudándonos, dándonos consejos, compartiendo fiestas, alegrías y tragedias, inclusive llegamos a vivir a menos de 500 metros los unos de los otros, pero, a pesar de crecer todos juntos y compartir absolutamente todo, mi relación junto a una de mis primas siempre fue particular. Su nombre es Belén, también tiene 21 años, es de piel extremadamente blanca, cabello castaño oscuro, unos increíbles ojos verdes que poseía casi toda su familia directa, 1.57 cm de altura y un con algunos pequeños kilos de más que, a pesar de ello, la hacían lucir espectacular. Resaltaban su pequeño y redondeado rostro, tenía un trasero bastante firme y respingón además de unos pechos bastante pequeños, pero que más de una vez le robaron un suspiro a varias personas que conocí.

    Belén y yo siempre fuimos más pegados entre nosotros que con el resto, cuando debíamos jugar siempre hacíamos equipo juntos, cuando íbamos creciendo terminamos en la misma secundaria y eventualmente, salíamos de fiesta casi de forma religiosa cada fin de semana. La confianza entre ambos era tal que a ella no le incomodaba para nada ponerse en ropa interior frente a mí, y viceversa. Esto, desde muy chicos, creó una confianza inquebrantable entre ambos y, al menos por mi parte, también creó pensamientos indebidos hacia ella.

    Cuando íbamos a la secundaria comencé a imaginarme como sería ser su pareja, si cambiaría mucho más de la relación que llevábamos; nos veíamos a diario, cenábamos, dormíamos, veíamos películas entre otras cosas. Esos pensamientos poco a poco fueron tomando tintes más sexuales y agraviados que nunca nadie jamás descubrió. Inclusive, para esa edad, parte de mi familia admitía que ambos teníamos una relación casi “romántica”, claramente en forma de chiste o ejemplo alguno, pero todo cambió de forma repentina cuando, hace dos años decidió mudarse sola, de la nada y sin empleo alguno, lo que tomó por sorpresa a toda la familia, inclusive a sus padres.

    A los 19 años tomó la decisión de irse a vivir sola a una ciudad a cuatro horas de distancia porque, según ella, necesitaba cumplir sus sueños y quedarse en familia, en nuestra ciudad, no le permitiría eso así que, sin casi despedirse, desapareció de un día al otro, llevándose consigo el mayor amor que le tuve a una persona. Y no deben confundirse, a lo largo de mi vida tuve relaciones bastante duraderas, pero ninguna causaba en mi aquel sentimiento que Belén hizo florecer en mi desde muy pequeño. Me gustaría admitir que no me dolió, que no la extrañé y no me hizo falta, pero lo cierto es que pasé unos meses increíblemente duros sin ella, mi compañera, mi cómplice en el crimen.

    Durante todo ese tiempo dejamos de hablar en absoluto, a excepción de cumpleaños o Navidades. Podíamos ver en su cuenta de Instagram como tenía un departamento lujoso, siempre iba a lugares de alta sociedad o tenia, lo que se llamaría “una vida de ricos”. También pudimos ver que abrió una clínica estética que se consolidó como una de las mejores de la ciudad, pero nadie entendió como llegó hasta ahí sin dinero, sin ayuda de su familia, sus padres o absolutamente nadie. Era un absoluto misterio para todo el mundo.

    El tiempo pasó y un día, en medio de una cena familiar, mi tía se acercó a mí. Mi tía Naomi se acercó a donde estaba sentado y pude saber que algo sucedía. La madre de Belén siempre se caracterizó por ser una de las personas más bonitas de la familia, inclusive algunos la veían más bonita que su propia hija menor. Tenía unos 1.65 cm de altura junto a sus 40 años, cabello rubio hasta por debajo de los hombros, un físico envidiable a causa de tantas horas de gimnasio que dejaban su trasero increíblemente firme y redondeado, casi como de una manzana se tratase. Sus pechos eran igual de pequeños que los de Belén, pero parecían más grandes debido a su contextura física y los ojos verdes junto a su bronceado perfecto completaban el look de madre joven.

    —Sebastián ¿has hablado con Belén estos días? —dijo mientras se sentaba a mi lado, su voz denotaba preocupación y ligera tristeza.

    —Claro que no, tía. ¿Pasó algo? Luces preocupada. —le alcancé a decir mientras me giraba para tener su completa atención mientras algo en mi interior se retorcía de los nervios, preocupación quizá.

    —Es que, he hablado con ella hace unos días y lo cierto es que con todo esto que está sucediendo en el mundo, dice que su negocio ha caído demasiado. —Hizo una ligera pausa porque sus ojos se habían llenado de lágrimas con suma facilidad, lo cual dejaba claro lo grave que era la situación.— Y dice que hasta le cuesta pagar sus cuentas. Su padre y yo le hemos enviado dinero, pero al parecer no es suficiente y sé que la está pasando mal. —Alcanzó a decir antes de que las lágrimas la abarrotaran por completo así que, sin saber mucho que hacer, lo único que mi cuerpo decidió hacer fue estirar mis brazos y darle un abrazo que duró un par de segundos.— Perdóname… Todo esto me pone muy mal, ella está allí completamente sola y me pone de los nervios. Desearía que tú estuvieras ahí, ayudándola. Siempre fueron ustedes dos contra el mundo, siempre fuiste su sostén en los malos momentos.

    Las palabras de mi tía eran como un baldazo de agua fría, un balde que me recordaba lo que sentía y también, lo que había perdido, pero, casi por casualidad, resultaba ser que en un par de días tenía vacaciones del trabajo y como todo el asunto con las restricciones se habían calmado bastante, tuve la magnífica idea de querer hacer un viaje, pero sin saber a dónde. Ahora mismo, mi destino era bastante claro.

    —Tía, justamente estuve pensando en ir hacia la ciudad unos días. Ya sabes, aprovechar mis vacaciones… Si quieres puedo ir a echarle un ojo, ver con que puedo ayudar y de paso, mantenerte al tanto. —Dije con un optimismo más que increíble, a lo que mi tía respondió con inmensa felicidad y alivio.

    Durante el transcurso de la noche, la charla en medio de la cena fue sobre mi viaje, donde me quedaría, que haría. Sobre que estaba sucediendo con Belén y sobre que debía hacer ante cualquier situación. Básicamente éramos los protagonistas sin querer llegar a serlo.

    Los días pasaron con rapidez y en un abrir y cerrar de ojos me encontraba llegando a la estación de autobuses de la Capital. Solo una mochila, un bolso de mano y mi corazón, esperando por ver a la mujer que fue más importante para mi en toda mi vida, mi prima. En la estación, el reloj marcaba las 7 de la mañana y el movimiento fuera de la misma era casi nulo, suponía que era bastante temprano para la mayoría de personas por lo que tomé asiento en uno de los cafés que estaban dentro del inmenso recinto y mientras desayunaba, decidí enviarle una nota de voz a Belén diciéndole que estaba en la ciudad, que me quedaría unos días y que, si le apetecía quedar para vernos, que la extrañaba.

    Luego de aproximadamente una hora viendo las redes sociales, desayunando y subiendo historias a Instagram, un mensaje con un número que no reconocía llegó a mi bandeja de entrada. Con una mezcla de curiosidad, intriga y temor lo leí en cuestión de segundos.

    —“¿Estás en la ciudad? Necesito verte, necesito tu ayuda. Urgente. – Belén.”

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    Esta es mi primera historia de este estilo y es la primera vez que publico en esta página. Iré subiendo los capítulos conforme el tiempo me lo permita y espero que les guste esta pequeña historia, esta aventura que he estado teniendo en mi mente durante mucho, mucho tiempo.