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  • Rose Mary (Capítulo 2)

    Rose Mary (Capítulo 2)

    Me fui a descansar sin todavía poder creer lo que había hecho. Por mi cabeza lo único que pasaba eran las imágenes de la conchita de Rose Mary y su boca devorándome la pija y recibiendo hasta el fondo de su garganta el semen acumulado de varios días sin sexo. Fue sin lugar a dudas el mejor día de mi vida. Lo que no podía creer es que ella también lo había disfrutado y tuvo un orgasmo que la dejó extenuada en el piso.

    A la tarde ella se fue a trabajar, yo no la vi cuando salió, pero no me iba a perder el momento de su regreso. Quería ver ese cuerpo otra vez, y sobre todo quería ver su reacción al verme después de la chupada de pija que me había dado. Más o menos a las 12 de la noche paró un taxi frente al edificio y ella se bajó con su uniforme de trabajo que le quedaba tan sexy. En cuanto me vio empezó a caminar mirando al piso, sin hablar, estaba totalmente avergonzada. Al pasar le dije “Hola Rose Mary” y ella sin mirarme dijo “Hola” muy tímidamente. El solo verla me había excitado otra vez y el endurecimiento de mi pija me decía que quería más de esta rubia.

    Miré por las cámaras cuando entró a su casa, se metió en el baño y se dio una ducha de unos 20 minutos. Al salir lo hizo con un short cortito y una remera gris y se dirigió a su habitación a ver la televisión. No aguanté más, subí hasta su departamento y toqué el timbre. Abrió la puerta y me miró con la mayor cara de odio que me pudiera dar. “Que querés?”.

    – Mirá Rose Mary, te tengo que confesar otra cosa, en tu sala también hay cámaras escondidas y se grabó todo nuestro encuentro de hoy a la mañana. Mirá… – y le mostré un papel impreso con una escena grabada a la mañana, la captura de pantalla que elegí fue del momento en que ella llegaba al orgasmo y tenía metida tres cuartos de mi pija en su garganta.

    Se puso a llorar, “Por qué me haces esto??”.

    – Estás muy bien Rose Mary, y yo estoy caliente por vos. Pero te prometo que nadie se va a enterar de esto, solo quiero sentir placer con vos. Por eso te propongo esto, yo no le voy a mostrar a nadie nuestro video y a cambio quiero que hagamos lo mismo que ayer. Eso es lo que te pido.

    No paraba de lagrimear, yo la miraba y me impacientaba:

    – Decidite ya o todo Paraguay va a ver tu video.

    – Bueno… – dijo secándose las lágrimas.

    Entré y cerró la puerta

    – Esta vez quiero que sea un poco distinto, yo me acuesto desnudo en el piso y vos te desnudas en frente mí, quiero ver bien tu cuerpo hermoso sin ropa.

    No dijo nada, sabía que no tenía salida, yo me acosté en el piso (tardé 2 segundos en sacarme toda la ropa) y empecé a acariciarme la pija mientras ella cerró los ojos y se empezó a sacar la ropa. Una vez que estuvo totalmente desnuda, al igual que antes se apoyó en mi abdomen y empezó a masturbarme y darme chupaditas y lamidas cortitas. Yo ya lo tenía más fácil porque ella estaba desnuda, aparte sabía que tarde o temprano se iba a excitar e íbamos a terminar como la otra vez. Ella sabía esto y la avergonzaba y humillaba más todavía.

    Con la mano izquierda le acariciaba el pezón de la teta izquierda, y con la derecha le acariciaba el culo y la concha, esta vez ya la ponía en la posición que yo quería para tocarla mejor. Poco a poco su conchita se fue humedeciendo, y yo alternaba entre estimulaciones en el clítoris y meterle un dedo cada tanto; cada vez estaba más excitada y, como a la mañana, sus chupadas eran cada vez más intensas. Procedí a lo mismo, le pasé una pierna por encima de mi cara y la puse en posición con la conchita enfrente de mí. Empecé a devorársela y ella me devolvía el trabajo con las mismas ganas. Al igual que a la mañana, ella se estaba moviendo indicando que estaba por llegar al orgasmo, pero en ese momento decidí cambiar el juego, entonces dejé de chupársela y la moví de encima para poder incorporarme.

    Ella se quedó sin entender, frustrada por el orgasmo que no llegó todavía y le dije “Acostate”. Ella se acostó enfrente mío con la espalda sobre la alfombra y los ojos cerrados, automáticamente se abrió de piernas para que yo continúe mi trabajo oral. Ella me acariciaba la cabeza mientras le lamía el clítoris y otra vez frené para ir subiendo hasta que quedé con mi cara encima de la de ella entre sus dos piernas. Agarré mi pija le apunté y se la metí suavemente hasta que le quedó toda adentro. Al metérsela ella dio un pequeño respingo de placer que se le notaba en la cara totalmente entregada al sexo, aproveché para besarla metiéndole la lengua lo más hondo que pude, ella no fue muy receptora y trató de apartar la cara.

    Empecé a moverme lentamente y fui aumentando el ritmo mientras le chupaba los pezones. Ella cruzaba sus piernas por encima de mi cuerpo clavando los talones en mi cintura. Ya me la estaba cogiendo como a una puta, pero los dos ya estábamos demasiado excitados y ella no tardó en llegar al orgasmo. Estaba totalmente desesperada y me agarró con las dos manos de la cintura moviéndome e indicándome que aumente la velocidad para disfrutar más, yo tampoco me pude aguantar y empecé a eyacular al mismo tiempo. Los dos explotando de placer, aproveché para besarla profundamente otra vez, ahora ella no se apartó y desesperada me metió la lengua en la garganta correspondiéndome. Poco a poco nos fuimos apagando y nuestros cuerpos se fueron relajando, ella se quedó con los ojos cerrados extenuada de tanto placer, mientras que nuestros cuerpos eran una mezcla de sudor, flujos vaginales y semen (por suerte no la dejé embarazada).

    Me levanté despacio, ella se quedó acostada con los ojos cerrados, como no queriendo ver quien era el macho que la había hecho enloquecer de placer. La chica de familia, recatada, religiosa, que nunca haría algo fuera de lugar, estaba tirada en la sala de su casa desnuda, con la concha llena de leche, extenuada por el potente orgasmo que le había hecho sentir un viejo panzón y morocho como yo. Como me gustaba la imagen.

    Antes de irme quise humillarla un poco, así que le acaricié un muslo y le dije al oído:

    – Que bien que cogiste Rose Mary, se nota que te gustó mucho. Nos vemos mañana…

    Me fui a mi departamento y me acosté a dormir. Todavía no podía creer lo que había pasado, pero sabía que ahora ella tendría que corresponderme haciendo todo lo que le pida.

    Si, tenía a mi propia esclava sexual, ¡y que esclava!

  • Mi abuelo y el festín de mi senos rebosantes de leche

    Mi abuelo y el festín de mi senos rebosantes de leche

    Era un verano de lo más caluroso en Veracruz. Yo tenía poco tiempo casada con mi ex esposo. Acababa de tener a mi primer hijo. Mis senos rebosaban con la más fresca leche materna con la cual disfrutaba alimentarlo. Mi hijo era muy glotón, se la pasaba exigiendo mi pecho con llantos desesperados y yo acudía a él sin pensar. Gozaba al sentirlo tan cerca y la estimulación en mis pechos por su sensibilidad casi me llevaban al orgasmo cuando le daba de comer.

    Mi esposo en ese entonces había ido a un viaje muy importante de negocios a Houston Texas. Donde iba y venía por su trabajo constantemente. Las separaciones me ponían muy caliente porque a veces pasaban días sin que yo tuviera acción de ningún tipo, incluso en ocasiones semanas. Mis senos producían tanta leche que en varias ocasiones me vi obligada a exprimirlos porque el peso y el dolor eran muy molestos y me mantenían incomoda durante el día hasta que no me daba ese alivio de vaciarlos.

    Un día como cualquiera de ese verano recibí una llamada, era mi padre. Sonaba un poco alterado y no le comprendía muy bien lo que trataba de expresar. Cuando por fin pudo mantener la calma me explico todo con serenidad.

    -Julia, tu abuelo tuvo un accidente.

    -Pero ¿qué fue lo que paso, ¿dónde fue?

    -Ocurrió cuando tomo un taxi del aeropuerto para nuestra casa, venia de visita unos días al país.

    -Hay no dios mío, ¿y cómo está el?

    -Pues ahorita lo están revisando ya en el hospital, vente pronto mi amor para que me ayudes.

    Yo encargué a mi bebe con mi hermana en su casa y me fui para el hospital. Me angustie mucho porque yo siempre había tenido una relación cercana con mi abuelo. Me consentía mucho cuando era niña y siempre había sido muy bueno conmigo. Cuando llegue al hospital solo estaba mi padre con una cara de preocupación.

    Me acerque a él y lo abrace entre mi pecho. El me abrazo preocupado y yo le di ese consuelo que tanto necesitaba. Parece que ahorita lo están evaluando y haciendo unos análisis -dijo mi padre con el rostro desencajado-. Yo lo mire y le dije que todo estaría bien, que no tendría que preocuparse más, que cuando llegara el momento yo me haría cargo de él y lo cuidaría. El me abrazo de nuevo y en ese momento llego el doctor con una tabla preguntando por los familiares de mi abuelo. Mi padre se levantó enseguida y nos dirigimos hacia él.

    -El señor se encuentra en buen estado, tuvo algunos golpes de consideración, pero con cuidados en su casa y una dieta blanda estará bien -dijo el doctor con una voz sobria y áspera.

    – ¿Entonces hoy mismo nos lo podemos llevar? -pregunto mi padre.

    -Lo más recomendable es que se quede en observación por el día de hoy, pero yo estimo que mañana ya podrá irse a casa sin ningún problema.

    -Qué bueno doctor muchas gracias por todo -le dije y le di fraternalmente la mano.

    -Por nada es mi trabajo -respondió el médico.

    Se fue y nos fuimos a sentar a la sala de espera. Yo le acaricie el rostro a mi padre y le dije -lo ves, te dije que estaría bien, yo lo voy a cuidar y veras como se repone de inmediato.

    -Muchas gracias hija, no sabes cuánto te agradezco que siempre para mí.

    Yo le puse su cabeza en mi pecho y lo conforté de nuevo.

    Después de un día completo de estar en observación le dieron el alta a mi abuelo. Estaba algo golpeado por lo que tuvo que salir en silla de ruedas, pero al final pudo dejar el hospital por su propio pie.

    -Yo lo voy a cuidar abuelo en mi casa, se va a venir conmigo ¿está bien?

    -Si hija, muchas gracias por aceptar a este viejo en tu casa, yo sé que tal vez tengas otras cosas que hacer y yo voy a ir a incomodarte.

    -No abuelo, usted no se preocupe por nada, ahorita no estoy trabajando, así que puedo cuidarlo perfectamente, yo me puedo encargar de usted y de mi bebe muy fácilmente. Es curioso porque esta anécdota la recordé cuando entre a mi cuenta personal en fb /dradelsex y uno de mis seguidores me había preguntado que si nunca había tenido algo de manera íntima con mi abuelo, y me di cuenta que creo que nunca lo había mencionado en este foro, y supuse que sería bueno que ustedes lo supieran.

    Se subió al auto con un poco de dificultad y nos fuimos a casa. Ese día que fui a recogerlo al hospital llevaba un vestido amarillo algo escotado, uno que me gusta usar porque me resalta la figura y hace ver mis senos aún más enormes, y con la leche acumulada parecían sandias del tamaño en el que estaban. Varias veces tenía que reacomodarlas para que no se salieran de lugar y dar un espectáculo gratis. Lo gracioso era que Había sorprendido un par de veces a mi abuelo durante el camino que era largo, viendo hacia mi escote con una mirada casi penetrante. Hasta que por fin una pregunta de él me tomo por sorpresa por completo.

    – ¿Hija, y le estas dando pecho a mi nieto, o le das de esa porquería enlatada en polvo, porque esa cosa nunca es buena para los niños en crecimiento?

    -No abuelo -respondí sonriendo-. Yo no quise darle eso, pienso igual que usted. Decidí alimentarlo con leche de pecho, es más nutritiva para él y eso hará que crezca más sano y fuerte.

    -Si, que bueno que hayas decidido así hija, y no como esas madres modernas -dijo sin dejar de mirar intensamente a mis pechos.

    Yo le sonreí y traté de cubrirlos un poco, pero la leche sin ordeñar de mi pecho lo hacía imposible.

    Llegamos a casa y le dije que no bajara, que yo le ayudaría a caminar para que no cayera. Abrí la puerta y le dije que se sujetara de mi brazo con fuerza. Sentí que el aprovecho para dar pequeños rozones con sus manos a mi pecho cerca de mi brazo, pero lo deje pasar. Se sentó en el sofá cómodamente y yo le llame a mi hermana para ver si ya podía traer a mi bebe, porque ya lo extrañaba mucho y quería alimentarlo. No tardó más de quince minutos con mi hijo y paso a saludar al abuelo. Estuvimos platicando un rato los tres de buenos momentos cuando estábamos pequeñas y las travesuras que hacíamos. Reíamos y gozábamos. Un tiempo después mi hijo empezó a llorar, y a estrujar mi pecho. Ya era hora de comer para él. Mi hermana me dijo que tenía que recoger a su hijo de la práctica de futbol y se despidió de todos. Yo me senté en una mecedora que había comprado para alimentar a mi hijo porque le gustaba mecerse mientras lo alimentaba. En el momento que me saqué el pecho sentí de nuevo la mirada llena de lujuria de mi abuelo. Me sonreí un poco tratando de imaginar que sería lo que pasaría por su mente. Quise provocarlo un poco para ver cuál sería su reacción. Cuando empezó a comer mi hijo, que lo hacía de manera glotona gemí un poco al sentir su succión. El de inmediato reacciono.

    – ¿Qué paso hija, estas bien?

    -Si, no es nada abuelo, solo me mordió un poco el niño.

    -Debe estar hambriento el pequeño, pero pues quien no lo estaría con tanta comida a placer.

    -Ay si, muchas veces las tengo tan cargadas que me duelen y las tengo sensibles.

    -Si solo me puedo imaginar hija. A tu abuela le pasaba lo mismo cuando alimentaba a tu papa. Se le inflamaban mucho, pero yo le ayudaba de cierta manera.

    -Ah de verdad y como lo hacía abuelo?

    -Cuando tu papa ya no quería más la teta, yo succionaba toda la leche de tu abuela, la dejaba seca, era muy bueno para hacerlo y le daba un alivio cuando lo hacía.

    -Huy pues yo le pediría a mi esposo que a él le encanta, pero pues ahorita anda de viaje de negocios.

    -Yo podría ayudarte hija, se cuánto puede sufrir una mujer por eso porque yo lo viví con tu abuela -dijo de manera tímida.

    Mi hijo pronto se quedó dormido y lo lleve a su cuna a dormir. No dije nada ante la petición de mi abuelo. Regrese a la sala y el veía un partido de futbol soccer. Yo me senté a su lado y le dije que se recostara en mi regazo. Saque de un solo movimiento mi seno derecho y cayó sobre su rostro y como cualquier hombre lleno de deseo u lujuria y de una manera obscena comenzó a beber la leche de mi pecho pasando su lengua alrededor de mi aureola y succionando mi pezón con desesperación. La leche era tanta que fluía por su boca y mejillas. Su respiración era acelerada y violenta y sus manos apretaban mi seno de una manera inquisitiva como si quisiera exprimir cada gota de leche de él. La temperatura en la habitación comenzó a elevarse.

    La excitación se combinaba con el alivio tan celestial que me daba el vaciar mi pecho. El de inmediato se percató de la presencia de mi pecho y empezó a magullarlo de tal forma que la leche empezó a brotar también profusamente. El palpitar de mi corazón podía escucharlo en mis oídos. Violento y salvaje como un tamborileo africano. Algo que paso a continuación me sorprendió. Un enorme e hipnótico bulto hizo presencia en el pantalón de mi abuelo. Imponía respeto con su sola aparición, era magnifico y enorme. La lujuria tomo el volante en mis pensamientos y perdí toda lógica y razón. Aquella verga gruesa y grande me hacia una invitación al placer. Mi abuelo seguía mamando mis pechos como un bebe hambriento. Yo con una sola mano y de manera hábil desabroche el pequeño botón de su pantalón de vestir y baje su bragueta. Me sorprendió que no llevaba ropa interior. Saque su falo, totalmente erecto, pero aun lo cubría su pellejo, un prepucio con un olor a sexo y suciedad intoxicante. Ese aroma fue aún más motivante para mí. Escupí en mi mano y el sintió mi mano húmeda lo que le hico estremecerse, pero no dejo mi teta. Hice el prepucio hacia atrás de manera firme y de un solo movimiento. Una gran proliferación de queso de verga envolvía su glande. Tome un poco con mi dedo, estaba pegajoso y fétido. Lo probé y eso me llevo a un nuevo nivel de excitación. Comencé a masturbarlo de manera violenta mientras el mordía mi pecho. Se escuchaba mi mano golpeando en su pelvis en movimientos a toda velocidad. Una y otra vez. Él se agito y su respiración se comenzó a acelerar aún más.

    Pronto sentí como su cuerpo se estremecía y un gemido ahogado lo hizo eyacular sobre todo su cuerpo mientras se abrazaba a mi pecho hundiendo su cara y su verga explotando como un volcán. Pronto me di cuenta que se quedó dormido en mi regazo, quedo rendido pero su verga aún no estaba satisfecha y yo tampoco.

    Continuará…

  • 1. El Herrero

    1. El Herrero

    Acabo de bañarme y asearme a conciencia.

    El día de ayer fue intenso.

    Estuvimos todo el día recorriendo Puerto Vallarta y por la tarde noche, al regresar al hotel mis amigos se emborracharon a conciencia ¿El motivo?, el cumpleaños de El Herrero y la partida a España de Vicente.

    La noche fue fenomenal, hubo ambiente y fiesta a raudales, muchos chistes, bromas y anécdotas, baile y sexo… mucho sexo.

    Si bien tomé muy poco, mis amigos saben que no me gusta, me siento con una leve resaca, por la desvelada y la tarea de complacerlos a todos.

    Hay partes de mi cuerpo que resienten la tarea, por ejemplo, mi boca… todavía siento algo de irritación, el paladar necesita descanso… y mi culo… Tanto placer, tantas veces… Dirijo mi mano derecha y lo acaricio poco a poco… No siento mucha molestia, ayer se portó a la altura, dio batalla y no se rindió, mi curiosidad no aguanta e introduzco el dedo medio, poco a poco, entra fácil, lo retiro y con suavidad, chupo la punta, la lleno de saliva y la vuelvo a meter, este día será sin duda de reto, y estará listo…

    Con calma y sin abrir los ojos, me acaricio, con suavidad, poco a poco, disfruto mi piel, dicen que es muy suavecita.

    A mis 18 años y 56 kilos, parezco de 15 o 16, mi figura delgada atrae la atención.

    Son las 10 de la mañana, mis amigos estarán dormidos en la sala donde fue la borrachera, mientras aprovecho, para tomar un descanso, cuando estén al 100, el ambiente va a empezar de nuevo y con ello la exigencia.

    Así que trato de dormir y descansar.

    De pronto siento que se abre la puerta… sigo como estoy, no me muevo y trato de adivinar quién es.

    Poco a poco, se acerca a la cama y se sienta a mi lado.

    Me descubre poco a poco y al percatarse que estoy desnudo y dispuesto, resopla.

    Con sus manos empieza a acariciarme la espalda y poco a poco baja hasta las nalgas.

    Es El Herrero.

    De los 4 es el que mejor acaricia, todavía no comprendo, como sus manos tan rudas y fuertes, tan rasposas, son capaces de acariciar tan hermoso, suave… Electriza, a sus 20 años, es un gran amante.

    Vicente, cuando dedica atención a mis nalgas, las aprieta y las muerde.

    Chuy, las amasa, las lame y chupa…

    El Fierros, las jala y las separa… Como que quisiera arrancarlas, a veces pellizca.

    El Herrero, las acaricia.

    Con la punta de la lengua me recorre la espalda, desde el cuello y se detiene justo donde comienzan mis nalgas, la recorre dos… tres veces, mientras resopla con suavidad.

    Sus caricias son suavecitas, apenas tocan mi piel, circulares… Son tan electrizantes, me encienden.

    -Buenos días, me dice.

    Sin abrir los ojos, le digo.

    -Feliz Cumpleaños.

    Y entonces me besa, en los labios, suavecito, despacio, empieza a introducir su lengua… lo dejo y entonces me volteo y quedamos frente a frente, el encima de mí, me abraza con pasión y nos besamos, me entrego, total.

    Sus manos no se quedan quietas, me acarician, me someten.

    Sus 85 kilos se notan, me cubren por completo.

    Acostado como estoy trato de levantar mis piernas, trato de acomodarme en misionero, para que el disponga de mi cuerpo.

    Tarea compleja, él es físicamente muy grande.

    Toma mis piernas y las separa… me puntea con su verga…

    Se levanta de la cama y tan simple… no puedo evitarlo, ese cilindro hermoso de su verga me impresiona… largo, grueso, recto.

    -Hagámoslo como me gusta.

    Lo complazco y me volteo boca abajo, tomo el cojín más duro y lo coloco a la altura de mi abdomen, así mis nalgas quedan un poco altas.

    El busca y encuentra una crema y me empieza a acariciar las nalgas, las besa, siento los bellos de su barba y bigote, duros, me excitan.

    Poco a poco sus dedos encuentran mi culo, lo acarician, lo tantean… un dedo trata de introducirse, gimo… Él se detiene, pero al momento continua.

    Se unta un poco de crema y empieza, siento frio… Me relajo.

    Poco a poco, introduce el dedo medio, despacio… Me presiona la próstata… La acaricia, siento que el deseo me corre, no puedo evitarlo, comienzo a gemir… Espero no despertar a los demás… La presión se vuelve insistente…

    Retira el dedo y vuelve a recorrer mi espalda.

    Continua por breves momentos, introduciendo un dedo, da masaje circular a mi ano, me presiona cada vez más profundo, todo sin dejar de besarme.

    Se monta sobre mí, uff, se nota que pesa.

    Separa mis piernas y se acomoda justo en medio.

    Separa con suavidad mis nalgas y dirige su verga, acomoda su glande justo en la entrada de mi ano y presiona.

    Se unta un poco de crema y vuelve a presionar.

    Cedo.

    Todavía no logro comprender como ese enorme trozo (y todos los medianos y enormes trozos, en general) entra con tanta facilidad en mi ano.

    Siento como empieza a entrar cada centímetro… El Herrero, es muy tranquilo.

    El no mete su verga de un jalón o en etapas.

    La mete poco a poco, lo disfruta… y con él, yo… Siento como cada centímetro entra en mi culo y poco a poco me va llenando el recto.

    Cuando no puede meter más, se queda quieto, unos instantes que parecen largos, no deja de acariciarme y de pronto sus gemidos, empiezan a ser más fuertes, yo respiro con suavidad, me gusta sentirme lleno, y empieza a moverse.

    Entra y sale, en movimientos rítmicos, ya no gime… grita y con el yo, imposible no despertar a los demás.

    1, 2, 50, 100, no sé cuantas veces, el mete y saca.

    Poco a poco sus movimientos se hacen más bruscos, de pronto me abraza y me sofoca, suda, me grita.

    -Bebééé

    Y se queda quieto.

    A El Herrero, no le gustan los condones, así que su semen me llenará por completo y se derramará.

    Sus trallazos, inundan.

    Queda quieto, respira agitado y le digo.

    -Feliz Cumpleaños, mi querido Herrero.

    El solo jadea, después de un tiempo, sale poco a poco y se recuesta junto a mí, sonríe.

    Y recuerdo como llegó a mi vida…

  • Bendito entre las mujeres

    Bendito entre las mujeres

    Siendo el menor y el único hombre en casa me sentí, como suele decirse, bendito entre las mujeres. Sólo éramos mi mamá, mi hermana, un par de años mayor, y yo. Jessica, mi hermana, desde su adolescencia siempre estuvo rodeada de amigas que llevaba a casa. Cuando cumplí los dieciocho años yo no dejaba de hacerme ideas con cada una de aquellas veinteañeras. Eran para mí todas unas mujeres bien desarrolladas en cuanto a sus femeninos atributos, obviamente me incitaban fantasías que inspiraban mis chaquetas nocturnas, y más con lo que platicaban.

    Desde el pasillo podía escucharlas:

    “… ay sí, no manches, que se me empieza a venir en la boca y yo le había advertido que no lo hiciera”, confiaba una de ellas mientras las otras a coro reían.

    De ese nivel eran sus conversaciones. Se confiaban cosas bien locas, como cuándo y cómo había tenido su primera vez, y si les eran infieles a sus novios pese a que planeaban casarse con ellos. Siendo más joven e inocente que ahora me sorprendía lo que se confiaban entre ellas.

    Con el paso del tiempo procuré hacer ejercicio constante para llamarles la atención. Tenía la ilusión de hacerme el novio de alguna.

    Por aquellos días, luego de ir al gimnasio, regresaba a casa con los músculos endurecidos con deseos de que ellas los notaran. Usaba camisetas chicas y entalladas para que las amigas de mi hermana se dieran cuenta de mis mejoras, pues ya no era más aquel puberto que hacía años conocieron.

    Tras saludarlas las veía de reojo para ver si alguna me miraba, deseoso de captar su atención. Luego, más tarde, salía de puntitas de mi cuarto para escuchar sus conversaciones.

    En una ocasión las escuché hablar de los preparativos para su fiesta de graduación de la universidad. Mientras que yo apenas había iniciado mis estudios de licenciatura ellas estaban por salir y comenzar su vida profesional.

    Según lo que escuché estaban planeando festejar aquello con una fiesta sólo para mujeres, pues se proponían contratar a unos strippers para que les hicieran todo el show. No podía creerlo, imaginé que ellas iban a querer hacer de todo con ellos. Mi mente calenturienta comenzó a trabajar. Yo quería atestiguar lo que pudieran hacer aquellas licenciosas, aunque entre ellas estaría mi hermana.

    Mientras seguía escuchando sus ardientes comentarios que hablaban de lo mamados, atractivos y vergudos que deberían estar aquellos dos contratados se me fue haciendo una idea. Sabiendo para cuándo planeaban aquello le dije a mi hermana que ese fin de semana yo no estaría en casa pues me iría con unos amigos de paseo. Como sabía que ella se daría sus mañas para que mamá tampoco estuviera, y así la fiesta la hicieran en casa, le facilité el camino, no obstante justo en la mañana hice que Jessica se tomara un laxante que la obligó a no estar de cuerpo presente durante la fiesta, pero ésta sí se celebró en casa. Yo, luego de simular que me había ido, regresé a tiempo para encerrarme en mi cuarto. Previamente había colocado un par de cámaras escondidas que me mandarían su imagen directo a mi computadora, en mi recámara, desde donde podría ver lo que ocurría en la sala. Iba a ser testigo de lo que aquella noche iba a pasar entre aquellas chicas y esos machos contratados.

    En la pantalla pude ver cómo las chicas fueron llegando. Mi hermana apenas si les pudo abrir y no las atendió más pues estaba muy mal de su estómago; la pobre.

    Verlas alegres me ponía a mí más aún. Bien sabía lo que esa noche deseaban las muy perversas. Pensar que mi propia madre les tenía tanta confianza, si viera, esas sonrisas angelicales enmascaraban a todas unas diablillas tremendas.

    Cuando llegaron los dos machos esperados las muy licenciosas aparentaron inocencia pero sus sonrisas evidenciaban lo que en realidad deseaban.

    El show, como suele ser, comenzó con los bailes de cada uno de ellos. Prácticamente les embarraban en la cara y por todo el cuerpo el paquete que debajo de apretada tanga traían entre sus muslos aquellos dos profesionales. Yo me tallaba mi propia hombría deseando ser uno de ellos quienes las hacían como querían. Las amigas de Jessica se descosían demostrando de lo que verdaderamente estaban hechas. Parecían dominadas por las hormonas a tal punto que a mi juicio exponían su necesidad de que se las cogieran con la puritita actitud que exhibían. Las desconocí de plano.

    En ese instante me pregunté qué hubiese hecho mi hermana si es que hubiese estado presente.

    Pasados varios minutos de su show introductorio el tono de la fiesta se elevó hasta el punto de que ellos sacaron sus largos falos a relucir. Yo no sé cómo los lograban tener así, de verdad que en ese tiempo me sorprendieron, eran demasiado largos y gruesos. Pensé que sería cosa de operación o alguna intervención, pastillas o algo, pues no me parecían normales, además como los podían mantener todo el tiempo vigorosos. Las chicas aullaron como bestias en brama encantadas. Más de una se les arrodillo solícitas. La más atrevida tomo la hombría por propia mano y lo talló como toda una experta.

    Yo me la seguía chaqueteando mientras veía la depravación total en las amigas de mi hermana, aquellas con las que solía intercambiar alguna plática, o les daba el habitual beso en la mejilla al saludarlas, en ese momento estaban deseosas de hombre a tal grado que parecían rogar porque ahí mismo se las cogieran, ahí en plena sala de mi casa. Qué romanticismo ni qué nada.

    Uno de los hombres dijo: “¿Qué, quieren su lechita?”.

    Algunas asintieron; otras se sonrojaron y voltearon la cara llenas de vergüenza, aunque riendo sin cortarse del asunto.

    “Sí, siempre que la traigas bien calientita”, contestó la más atrevida, Ileana Zuleyma, una cabrona bien calentona quien era la que lo traía bien agarrado de allí, ya de por sí, y que no dejaba de darle sus buenos jalones como si de por sí ya lo estuviera ordeñando.

    Uno de aquellos dos dio una orden: “¡Pues ’ora, voltéense y pónganse en cuatro!”

    Luego el muy cabrón agarró a una del cabús y con una de sus toscas manos le hizo a un lado su calzón, mientras que con la otra la agarraba de la cadera. La susodicha gritó y yo no supe si fue por excitación o por miedo, pues bien sabía lo que estaba por suceder ya que, como dije, se veía muy vergudo.

    Se la dejó ir sin lubricante ni preservativo de por medio y aquella “maulló” tal cual gata atacada.

    El fulano la bombeó que daba gusto verlo. Toda ella se balanceaba al ritmo de sus machos embistes y yo no sabía si Lucía (como aquella se llamaba) se movía a consciencia o sólo era su cuerpo el que reaccionaba naturalmente a la embestida. Lo cierto es que antojaba dando ganas de chingársela así alguna vez.

    «Ya sabía que eran unas calentonas», me dije a mí mismo mientras veía a las amigas de mi hermana perder toda vergüenza en manos de los strippers. Yo me pajueleba mientras que veía a Ileana chupar verga y a Karla agarrarle los huevos al mismo hombre desde detrás. Las mujeres rodeaban a los dos como si estuviesen hambrientas de ellos. Los llenaban de caricias y besos. Eran todas unas putas, a mi parecer en ese momento.

    Ileana dejó de chupar falo y pensé que lo hacía para cederle el honor a otra de sus amigas, pero no. Ella se le puso de espaldas al macho y paró la cola como ofrendándosela. “Penétrame”, pareció decirle con la mirada.

    Mientras la penetraba ella produjo una expresión en su rostro que yo casi me vengo. No faltó quien lo siguiera besando a él, e incluso le diera sus buenas nalgadas cuando aquél ya bombeada a ritmo duro y constante, como si lo estuvieran acicateando para alentarlo en su tarea.

    Karla, que le acariciaba los huevos desde atrás, en uno de sus jalones le hizo sacar el badajo de la intimidad de la amiga, cosa que aprovechó otra y haciendo a un lado a Ileana se apropió de la hombría para sí mientras pronunciaba: “Ahora me toca a mí”.

    Las hembras estaban borrachas de placer; quien no participaba directamente miraba con lujuria y en sus ojos se les notaba el antojo que se les despertaba al ver a sus compañeras hacer aquello. Pensé que si en esos momentos fuera a la sala bien podría tomar alguna entre mis brazos y metérsela sin demasiada negativa, pero seguí mirando.

    La depravación en las amigas de mi hermana llegó al nivel de sentarse en el mismo hombre y al mismo tiempo. Claro que una sobre la verga de aquél y la otra sobre su rostro, dejando que sus femeninos labios se posaran sobre los de la boca del stripper en cuestión.

    Las chicas armaron un cachondo desmadre que duró más que yo, puedo confesarlo ahora, yo ya me había venido cuando aquellas, las últimas las más calentonas, aún montaban macho aunque sus otras compañeras ya se habían ido. Por allí quedó escupido más de un mueble con el esperma masculino y melcocha femenina. Si se usara luz ultravioleta en nuestra sala de seguro resaltarían las manchas que eran pruebas de lo sucedido allí. Pero había otra prueba, lo que tenía grabado, pensando en utilizarlo no sólo en chaquetas posteriores sino también como medio de evidenciar la calidad de las amigas de mi hermana lo guarde y aún lo atesoro.

  • La asesora legal de mi jefe

    La asesora legal de mi jefe

    Hace ya bastantes años, un amigo me “jaló” para trabajar con él en una pequeña institución pública.  Había asumido la presidencia y me llevó como gerente de administración. Era una entidad bastante pequeña, de presupuesto exiguo y condiciones de trabajo bastante deplorables.

    Como en cualquier institución pública de mi país, quien asume la dirección de la misma tiene un margen para convocar personas de su confianza. Contrató a dos personas más de su entorno para cargos gerenciales y una abogada para que lo asesore en los temas legales. La abogada que contrató terminó trabajando en una pequeña oficina cerca de la mía. La conocía pues su esposo había trabajado con mi jefe y conmigo en un trabajo previo, pero la habría visto muy rápidamente 2 o 3 veces. Su esposo no era mi amigo, pero si alguien con quien había trabajado un tiempo medianamente largo. Su oficina no tenía un baño privado, sino que debía utilizar el baño común de los trabajadores del área de administración.

    Como la conocía algo de antes, a los dos días de estar en la oficina y habiendo conocido ya el asqueroso baño común, me pidió avergonzada si podía usar el que estaba en mi oficina, que no era la gran cosa, pero era amplio y limpio. Le dije que sí, que no habría problema.

    Dos o tres semanas, un par de veces al día, obviamente cuando no había nadie reunido conmigo, me pedía el baño, ingresaba, lo usaba y se iba. Me encantaba verla irse pues tenía un culo realmente generoso, que movía muy coquetamente. Siendo abogada, siempre estaba en traje sastre, con pantalones ceñidos, que resaltaban su figura y era excitante verla salir del baño, con la cara lavada y con su coqueto “gracias ingeniero”.

    Una tarde, como de costumbre, me pidió el baño. Ingreso como siempre y seguí trabajando, esperando que salga. A los minutos escuche que me llamaba con timidez “Alonso, Alonso”. Me acerqué a la puerta y me preguntó si podía alcanzarle papel higiénico. Había entrado, se había ocupado sin percatarse si había o no. Cogí uno, le toqué la puerta y le dije que listo.

    Ella me dijo “pasa por favor”, lo que me sorprendió. Pero entré y la vi sentada sobre el inodoro, roja de vergüenza esperando le alcance el papel higiénico. Me acerqué y le pude ver las piernotas fuertes y apreciar el culo grande sobre el que estaba sentada. Me excité mucho, por verla y por la situación. Ella estaba realmente turbada. Le acerqué el papel y me retiré.

    Volví muy perturbado a mi escritorio. Luego de un par de minutos ella salió y me dijo

    – Alonso, que vergüenza

    – Tranquila, son cosas que pasan

    – Es que fue un poco incómodo, sólo mi esposo me ha visto así

    – Pues disculpa que te lo diga, pero envidio a tu esposo y mucho.

    Ella se sonrojó un poco, me agradeció y se fue. Me corrí dos veces esa noche pensando en ella. A la mañana siguiente volvió a la oficina a pedirme el baño. La hice pasar y seguí trabajando. A los instantes escuche “Alonso, Alonso”. Me acerqué a la puerta y me dijo “pasa”.

    Entré y la volví a encontrar sentada, con el pantalón abajo. Fue directa:

    – ¿Alonso, me deseas?

    – Si Lucía, no he podido dejar de pensar en ti y en tu culo

    – ¿Me quieres limpiar?

    – Si.

    Estaba demasiado excitado, ella igual, luego me lo comentó. Pero en ese momento sólo quise limpiarle el culo y disfrutarla. Pero sólo había meado. Me puse de cuclillas a su lado, cogí papel y le limpié su húmeda vagina. Busque sus labios y nos besamos. Ella con ansiedad, desesperación, me besaba brutalmente.

    Con sus manos iba desabrochándome el pantalón. Sacó mi verga y comenzó a chuparla con ansías e igual desesperación como me había besado. Estaba como poseída, su ataque era absoluto, yo sólo me dejaba llevar por su pasión y su deseo animal.

    Se puso de pie, se acomodó sobre el inodoro, casi como perra, pero en una posición algo más erguida. Me coloqué detrás, le unté saliva con mis dedos, algo absolutamente innecesario pues estaba chorreando y me la comencé a coger, ella gimió desde el primer instante y se movía afiebradamente.

    Un par de minutos así y me dijo dame por el culo. Ya no me preocupé por untarlo de saliva o trabajarlo, se la empuje sin más, y entró como si fuese una amplia vagina. Comencé a darle duro por el culo y empecé a decirle que era demasiado puta, demasiado cachera, que tenía el culo muy fácil, y eso la excitó y llegó y llegué con ella.

    Se volteó, me besó. Puso el papel higiénico en la mano y me dijo límpiame. La obedecí, le limpié el culo de semen y su húmeda vagina. Se vistió. Me volvió a besar y se fue a seguir trabajando.

  • Mi madre me coge en las vacaciones

    Mi madre me coge en las vacaciones

    Esto sucedió el verano pasado. Mi mamá es una muy exitosa profesional de Informática. Llegó al puesto de Gerente en una empresa a fuerza de trabajo y sacrificio. Tiene 43 años y un cuerpo súper cuidado. Tres veces por semana al gimnasio y otras tres a andar en bicicleta. Todo ese ejercicio es no solo para mantener su físico espectacular, sino para limpiar su cabeza de trabajo, y seguramente de no tener una pareja estable hace unos tres años. Desde hace 15 años está divorciada de mi padre.

    Yo tengo 25 años y este año me recibo de Ingeniero de sistemas, trabajo en el mismo rubro que mi madre, pero en distinta empresa. Desde hace 4 me fui a vivir solo, ya que conseguí un trabajo en esa época y me permitió independizarme. Todos los días que ella va al gimnasio nos vemos y compartimos un café al terminar de entrenar. Conoció varias “amigas”, y siempre hace bromas sobre los “cadáveres que quedaban a mi paso”.

    “Tim, tengo ganas de hacer un viaje a Bahamas en verano, vi unos resorts en las Exumas hermosos. Este año cobre un bono muy, pero muy lindo. Te invito, vamos juntos con tu pareja si querés, yo me encargo de todos los gastos mayores, estadía, pasajes y comida. Vos lo que quieras hacer por tu cuenta fuera de eso. Mi idea es alquilar dos cabañas frente al mar. Después te paso las fotos y te fijas. Pensalo y Contame que te parece.

    “Desde ya genial, pero ¿cuánto tiempo querés ir, yo solo tengo una semana?”

    “Genial, es suficiente. Miro las fotos, lo charlo con Rita y te aviso”

    “Dale”.

    Lo charlé con Rita y le encantó la idea. Le conté a mi madre, y al día siguiente, con casi seis meses de anticipación teníamos la reserva hecha.

    Faltando siete días mi novia se enfermó y decidió no viajar. Imposible modificar la reserva porque estaba todo pago.

    Volamos a Nassau y de allí a Staniel Cay. El lugar tremendo, las cabañas directamente a la playa, a 15 metros, con nuestras reposeras, sombrillas, kayaks para disfrutar. Todo lo que se puede pedir. Una chica que se ocupa de recibir y limpiar las cabañas, nos acompañó y mostró todo. En algunos momentos me miraba y sonreía seductora. Su nombre era Lía

    “Los dos se hospedan solos, porque figura una pasajera con Ud.” dijo Lía

    “Si, es mi novia, pero no viajó” le contesté

    Cenamos en el resort, nos sentamos en la playa a disfrutar la noche y charlar

    “Lástima que no pudo venir Rita, ahora estas clavado con tu vieja” me dijo mi madre.

    “Si, te faltó decir chota, arrugada y obesa” contesté

    “Gracias, es lindo escuchar eso de un hijo”. Me dijo como haciendo pucheros

    “Mamá, que no le tengas paciencia a los hombre que se te cruzan no significa que seas vieja, y mucho menos chota, arrugada y obesa. Te aseguro que Rita si te ve en malla se sentiría opacada por vos”

    “Dale, no me hagas bromas” contesto

    “Vos sabes que significa MILF, no te hagas la tonta. Vos sos una MILF perfecta”

    “Epa, fuerte lo que me decís, medio subido de tono”

    “Pero es lo que pienso”.

    Se quedó callada, pensando en lo que le había dicho.

    La mañana siguiente, cansado por el viaje, me desperté tarde. Puse la malla sobre la cama doble, y un toallón para secarme cuando saliera de la ducha. Me quedé un rato largo bajo la ducha. Me sequé un poco con la toalla del baño, la dejé colgada y salí del baño. Mi sorpresa fue grande cuando descubrí que en mi habitación estaba Lía, comenzando a limpiar.

    Tal fue mi sorpresa que no atiné a taparme. Ella me miró, sonrió y me dijo

    “Buenos días, no sabía que estaba en la ducha, perdone. Puedo pasar después, no se preocupe.” Dijo, casi sin sacar la vista de mi verga.

    “He, bueno si querés no hay problema” dije confundido.

    “A menos que necesite algo de mi parte” dijo ella sin levantar la mirada

    “Quizás que me alcances la toalla sería un buen detalle de tu parte”, le dije ya recompuesto

    La toalla estaba a solo centímetros de mi pierna, era estirarla y agarrarla

    “Si, por supuesto, un gusto poder dar un buen servicio a un cliente como Ud.”

    Se acercó hasta estar a milímetros mío, tomó la toalla y me miró sonriendo. Sin sacarme la mirada de mis ojos, comenzó a secar mi verga.

    “Secar a los clientes no está incluido en el servicio, pero en este caso, le aseguro que será mi placer hacerlo”

    Siguió y cuando estuvo bien dura, se agacho y me comenzó a chupar con ganas. De pie como estaba, solo atine a ponerla de forma de poder tocar su culo y su cancha por debajo de la pollerita del uniforme. Ya estaba mojada, y tenía unas formas de locura, como la mayoría de las mujeres del caribe. Me chupó y chupó hasta hacerme acabar en su boca. Se relamió, acomodó el uniforme y yendo hacia la puerta me dijo:

    “Espero que haya sido de su satisfacción, de no ser así luego me avisa y veo como lo soluciono.” Dijo

    “Gracias, debo meditarlo, cualquier cosa te aviso”

    Era el paraíso total, levantarse con una bella mujer haciéndome gozar con su boca, y en ese paraíso, con las cortinas corrida, viendo el azul del océano.

    Mi madre estaba sentada en la galería de su cabaña pensativa. Fui a buscarla para ir a desayunar.

    “Hola hermosa, ¿cómo está?”

    “Hola, bien hijo”

    “Que pasa, estabas muy pensativa mirando el mar, hasta podría jurar que hablabas sola”

    “Nada hijo, solo pensaba. Viste que lindo está el lugar, como en las fotos” me dijo.

    “Si, ojalá pudiéramos trabajar acá todo el año.”

    “Si, sobre todo por el servicio que dan, ¿viste que bueno? Pero descubrí que a algunos clientes los atienden mejor que a otros, hasta verifican que se hallan lavado bien sus partes, con la cara muy pegada…” dijo riéndose

    “Vos… viste, entiendo”

    “Lástima que no hay hombres para dar un servicio similar a las pasajeras” dijo, y se fue corriendo a meterse en el mar. Tenía puesta una malla enteriza que hacía que se viera espectacular.

    La seguí y me metí al mar atrás de ella. Jugamos en el mar, nos tirábamos agua, empujábamos y en algunos movimientos hubo algunos roces.

    Yo estaba feliz de poder disfrutar con ella, compartir tiempo, hacía mucho que no lo hacíamos, solo el café después del gim.

    En un momento dado ella se quedó mirando el horizonte del mar y yo la abrace por detrás.

    Puse mi cara junto a la de ella y le dije

    “Te amo vieja, gracias por estos días para compartirnos. Casi que me alegro que no haya venido Rita”

    “Y yo a vos Tim, hijo, pero sos malo, pobre Rita”

    “Es que de esa forma soy todo para vos” le dije, sin ningún doble sentido.

    Yo la seguía abrazando y nos quedamos en silencio. Sinceramente no sé cuánto tiempo pasamos abrazados. El silencio lo perturbó mi madre.

    “Tim, cuidado, me parece que o te picó algo o algo se te metió en la malla” dijo separándose

    Yo, con cándida inocencia, me miré y solamente estaba mi pene erecto por completo.

    “¿Te das cuenta que el también piensa que sos una MILF?” Le dije para retrucar su broma

    “Tim, sos un bestia, como me vas a decir eso”

    “Por medio segundo olvídate que soy Tim tu hijo, ¿No te hace sentir bien, orgullosa, deseada, que un tipo de 25 años, un pendejo como decís vos, tenga tremenda erección solo por estar apoyado en vos?

    Me miró tan seria que pensé que se había enojado, esquivándome volvió a la arena, se sentó en la reposera y se reclinó a tomar sol. Fui e hice lo mismo. Casi como susurro escuche que decía

    “Si, claro que sí”

    Fuimos a almorzar, y a caminar por el pueblo. Compramos varias cosas, tonterías, y volvimos a las cabañas. Cuando bajaba el sol, ella me dijo que no iba a cenar, pero que iba a pedir que traigan un trago caribeño con ron que nunca había probado. Se lo trajeron y le gustó mucho. Al rato yo decidí que tampoco quise cenar, solo pedí un sándwich, una cerveza y ella aprovechó para pedir otro trago.

    Cuando retiraron el servicio, ella pidió otro.

    “¿Qué pasa, nunca te vi tomar tanto alcohol?”

    “Es que es muy rico, y te juro que no se siente el alcohol”

    Desde la mañana, esas habían sido sus únicas palabras. Pero al parecer el tercer trago le dio valor para hablar

    “Como mujer es lindo que un hombre se excite con una. Sabes cuánto hace que un hombre no me demuestra su calentura así, mucho. Y una piensa que ya no tiene esa magia, y cada día es peor, y hasta no querés estar con hombres para no sentir eso.

    Y ahora, que estoy en la cima, que gano lo que nunca pensé ganar, que tengo un buen físico, que me mantengo bien, que visto y me maquillo bien, que ya no tengo que tomar pastillas, nada. Ni un solo orgasmo con un hombre en años.

    Perdoname, no sé porque te cuento esto. Al fin de cuenta le estoy contando a mi hijo mis desventuras sexuales”

    “Creo y siento que en este momento soy más un amigo. En serio. Claro, cuando nací la diferencia de edad era notoria, pero ahora, caminamos juntos y bien podríamos ser pareja. Creo que eso te da la confianza. Me vez como hombre y no como hijo”

    “Es que sos un hombre ya. Gracias, amigo, por escucharme”

    “De nada, Su.” dije, y usando por primera vez su nombre.

    Pidió el cuarto trago y yo el primero. Mientras esperábamos los tragos, fui al baño de mi cabaña. Estaba por salir cuando golpearon la puerta. Abrí y era ella con los dos tragos. Sin dejarme decir nada, entro a mi cabaña. Puso los tragos sobre una mesa y se puso de rodillas frente a mí. Me quitó la malla y respiró hondo, y comenzó a chupar mi pija. Vi que bajaba su mano y se acariciaba por su vagina corriendo la malla.

    Le baje los breteles y la parte superior de su malla, ella ayudaba con sus brazos. Sus pechos, redondos y firmes, sin una cirugía lucían un esplendor casi juvenil. Ella gozaba, por sus palabras por primera vez en años.

    La hice poner de pie, y la recosté en la cama. Levanté sus piernas, y comencé a chupar su clítoris, mis dedos buscaban su punto G, entrando y saliendo. Su respiración se entrecortaba, gemía y suspiraba. Pude sentir claramente un fuerte orgasmo. Sorprendiéndola, llevé mi lengua a su ano, jugaba con él, lo apretaba con mi lengua y lo soltaba. Cada movimiento era un gemido. Cuando fui a meter un dedo, ella me dijo:

    “No, nunca…”

    No intenté seguir, la respeté. Volví a su concha y le saqué otro orgasmo. Fui a besar sus pechos y pezones, y lentamente fui acercando mi verga a su concha. La fui penetrando lentamente, dejando que disfrute ese momento y no sufra dolor. Al paso se iba abriendo dejándole paso. Ella gemía y suspiraba. Mis movimientos se aceleraron, ella movía su cadera acompasadamente para seguir mis movimientos, usaba sus músculos para apretar mi verga y soltarla. Que claro que sabía perfectamente como buscar el placer propio y el de su pareja.

    Llegó a un orgasmo y me pidió subirse a mí. Se puso de espaldas a mí, tomó mi verga y la introdujo en su concha. Movía su cadera en círculos, de adelante hacia atrás, buscaba sentirse llena, pequeños orgasmos hacían que se pellizque los pechos. Cambió la forma de moverse, ahora subía y bajaba.

    Se volteó a mirarme, y se mordió los labios. Extendió su mano y tomo la mía. Se llevó los dedos a la boca y los chupó uno por uno mientras me miraba y subía y bajaba. Tomo el índice, y lo condujo a su ano. Se quedó quieta y ella lo fue introduciendo lentamente, hasta enterrarlo por completo. Nuevamente comenzó a moverse, dejando quieto mi dedo. Ella misma se penetraba con mi verga y mi dedo. Al rato lo sacó y volvió a chupar los dedos. Cuando los humedeció bien, tomó dos, y realizó el mismo procedimiento. Soltó mi mano y se movía gozando con todo.

    Sin pensarlo, golpee sus cachetes con mi mano. Ella saltó y gimió con todo y sus movimientos se aceleraron, le di otro, y tuvo el mismo efecto. Llegó a otro orgasmo y se bajó. Como hiciera yo con ella, me levantó las piernas y me chupaba la verga. Con una mano me masturbaba muy lento, y besaba mis pelotas, su lengua fue bajando lentamente hacia mi ano. Eso generaba una electricidad tremenda, mojó bien mi ano e introdujo un dedo.

    Nunca ninguna mujer y mucho menos un hombre había ni siquiera hacerlo, y fue tan rápido que cuando quise reaccionar ya estaba adentro. Me miró con mucha lascivia, me miraba mientras lamia mi verga y su dedo encontraba lo que buscaba: mi próstata. Mi verga por primera vez superaba todo tamaño, en largo y grosor. Estaba roja y fenomenalmente dura.

    Ella humedeció sus dedos y no pude ver donde los metía. Subió nuevamente y otra vez dándome la espalda. La tomó, me miró y sin dejar de hacerlo, la acercó a su ano, y fue bajando para que la penetre. Un grito ahogado con un gemido intenso marcaban que ya estaba adentro. Con movimientos lentos y continuos, logro que entre toda. Al hacerlo, y sin quitarme la mirada pidió.

    “Pegame”

    Mi reacción no se hizo esperar. Dos fuertes chirlos uno en cada nalga estallaron. Aumentó su velocidad, y pidió más y obtuvo lo que pedía. Los siguientes no los tuvo que pedir, cuando por la fuerza de mis golpes se dio cuenta que estaba por acabar, sentí como por lo menos tres dedos los metía en su concha.

    Llegamos juntos, se recostó un momento sobre mi pecho, para después girar y acostarse a mi lado.

    Ella se sentó con las piernas cruzadas, mirándome. Me hizo un mimo y comenzó a hablar.

    “Si en este momento me reventas la cara de un sopapo o una trompada, va a ser entendible. Soy tu madre y casi que te violé. Lo sé. Y… no me arrepiento. No me arrepiento porque en ningún momento te vi como a mi hijo, solo como a un flaco con el que me había calentado y el conmigo.

    Y no me arrepiento de los orgasmos que me sacaste, del placer que me hiciste sentir, ni siquiera de haber entregado mi ano por primera vez. Hasta por allí me diste placer.

    También quiero decirte que con tu charla y lo de recién levantaste mi autoestima exponencialmente. Volví a sentirme mujer. Mujer, nada menos.

    Tu golpe no llega, y puede ser por respeto. Ese que quizás sientas que te perdí, pero vos guardas hacia mí.

    Solo dos palabras me quedan: Gracias por hacer que vuelva a quererme un poco y Perdón si por egoísmo se quiebra nuestro lazo.

    Si querés decirme algo, te escucho atentamente.”

    “Su, sos una estupenda amante. No recuerdo otra que me haya cogido como vos. Espero que sea el comienzo de una nueva vida sexual para vos, probando todo lo que quieras, Open Mind, como dicen.

    Por mi parte, queda decirte que fue un gusto estar en la cama con vos, Su, y este, tu amigo Tim, va a estar siempre para vos”

    Tras eso, la acompañé a su cabaña, nos dimos un beso en la puerta y fuimos a dormir.

  • Pagándoles el alquiler a mis primos

    Pagándoles el alquiler a mis primos

    Recuerdo cada instante de esa noche. Me bañé en la bañadera, con una deliciosa agua caliente, un jabón muy cremoso, que me pasaba lentamente por el cuerpo, deteniéndome en mis senos, sintiendo mis pezones duros frente a la imagen de lo que estaba por suceder. Me depilé cuidadosamente la vagina, una vagina con poca experiencia y con muchos deseos de entregarse a esa locura. Me humedecía con gran facilidad al fantasear con mi cuerpo desnudo, dispuesta a todo. Estaba perpleja, ansiosa, asustada, excitada por la decisión que había tomado. Estaba dándole forma al gran secreto de mi vida.

    Yo tenía 19 años. Estatura media, cabello largo, ondulado, negro, ojos marrones, piel blanca, pechos medianos, sedientos, cola redonda, parada. Dejé el pueblo, para venir a estudiar y a trabajar a la ciudad. Vivía en una linda y cómoda casa, con mis primos. En ese momento, Gastón tenía 32 años y su hermano, Felipe, 28. Yo soy la prima más chica, ellos son de los más grandes. Todos crecimos en el mismo pueblo.

    Comencé la facu, con gran entusiasmo, pero no encontraba trabajo. Cada vez, más flaca mi billetera y mi esperanza de encontrar algo. Mis padres me mandaban dinero, que apenas me alcanzaba para la comida. Mis primos habían abandonado sus estudios y se dedicaban a trabajar y a divertirse con amigos. Los meses sin pagar mi parte de los impuestos, de los servicios y del alquiler, se iban amontonando en mi almanaque. Los primeros meses, mis primos se mostraron solidarios y tolerantes, pero eso se fue desgastando. La relación entre nosotros era cercana, familiar, relajada, hasta que la actitud de ellos hacia mí, se fue modificando. Me empezaron a mirar de otra manera, se acercaban más de lo normal, sin disimulo se me quedaban mirando la boca, los pechos y la cola, me preguntaban por mi vida sentimental y sexual y comenzaron a andar en boxers por la casa. Estas conductas me inquietaban, me confundían, me desconcertaban. Pero, eran mis primos, eran familia…

    Gastón, alto, espaldas anchas, fornido, macizo, morocho, ojos negros, mirada desafiante y burlona, cabello marrón, manos particularmente grandes y fuertes. Felipe, casi tan alto cómo Gastón, espaldas anchas, con un par de kilos de más, cabello y ojos marrones, trigueño. Dos hombres interesantes, llamativos. Dos hombres que en realidad no conocía y que cambiaron mi vida.

    Una tarde de mucho calor, yo estaba con un pequeño y liviano vestidito, mis primos andaban por la casa en boxers. En un momento, se pararon en frente de mí y me miraron con evidente deseo, me desnudaron con la mirada. Me sentí incómoda, nerviosa y excitada. Gastón se acercó a mí, tanto que terminé contra la pared, sus brazos de cada lado de mi cara.

    – ¿Sabes cómo nos podes pagar toda la plata que nos debes?

    – No- contesté asustada y desconcertada.

    – ¿No se te ocurre nada? – me miro los senos.

    Felipe comenzó a acercarse. Crecía el miedo en mí. Pensé que eran capaces de todo. Y no me equivocaba.

    – ¿Qué quieren? – casi no me salía la voz.

    Se miraron entre ellos. De golpe, eran dos desconocidos, mostrando un lado muy oscuro.

    – Te queremos coger entre los dos. Paganos con tu cuerpo lo que nos debes. Prostituirte para nosotros.

    Gastón comenzó a desabrochar los botones de mi vestido, Felipe me acariciaba el brazo. De golpe, fue cómo si me despertara, los empujé y me alejé.

    – ¿Qué les pasa? ¿Están locos? ¡Somos primos! – les grité indignada.

    – Mira primita, no te vamos a violar, no ahora. Vos vas a venir a buscarnos y ahí te vamos a convertir en nuestra perra. Nuestra primita más chiquita, nuestra putita rica y sumisa- dijo Gastón, mientras Felipe se acercaba a un pantalón suyo que tenía sobre una silla y le sacaba el cinturón.

    – Este cinturón tiene tu nombre perrita. Digo, primita- afirmó Felipe.

    Esas palabras me horrorizaron y fueron violenta y excitantemente proféticas.

    No me fui de la casa, me quedé. ¿Para qué me quedé? Hoy me doy cuenta, para que se cumplieran esas palabras.

    Mis primos comenzaron a llevar mujeres a la casa. Supongo que, a veces, hasta hacían tríos. Yo trataba de estar lo menos posible en la casa, iba mucho a la facu y a lo de amigos. Cuando estaba, me encerraba en mi habitación, hasta comía allí. La convivencia estaba atravesada por una graaan tensión sexual. Tenía un tsunami de emociones, sensaciones, fantasías y deseos. Se iba desdibujando la percepción que tenía de ellos cómo primos, iba creciendo la imagen de ellos cómo machos y de mí, cómo hembra.

    Una noche, no podía dormir por los gemidos de la mujer que estaba con Gastón. Eso me súper excitaba, deseaba estar en el lugar de ella. Fui a la cocina a buscar agua, cuándo me estaba volviendo a mi habitación, ella entró. Me miró sorprendida y curiosa.

    – ¿Vos sos “la primita”?

    – Soy Lili, la prima. ¿Por?

    – Gastón no deja de hablar de vos, te tiene muchas ganas. Te aviso, vas a terminar en la cama de esos dos. Te van a mal tratar, mucho y la vas a pasar muuuy bien.

    – Somos primos, imposible.

    – Mejor, nadie va a sospechar, nadie va a molestar. Te pueden usar todo lo que quieran- miré para otro lado, ya húmeda de deseos.

    – Me voy a mi habitación. Qué estés bien.

    – Primita, sos muy linda y carnosa, aprovéchalo. Vos querés que te usen, liberate, nadie se va a enterar. Además, les debés mucha plata.

    – No soy una prostituta.

    – ¿Por qué no? En un tiempo, vas a ser la prostituta de ellos, sé lo que te digo.

    A partir de ese encuentro, ya no pude defenderme de mis deseos. Dejé que las fantasías me acompañaran todo el día. Los deseaba. Adentro mío los deseaba. Me tocaba y terminaba, sintiendo la lujuria de ellos arrasándome el cuerpo y la vida. La imagen de ellos cogiéndome, me robaba la voluntad y la capacidad de discernimiento.

    Y llegó la noche de la decisión y del baño cómplice. Me bañé para ellos, me depilé para ellos. Ya no me importaba nada. Me puse una linda lencería, blanca, barata. Me sigue excitando la lencería ordinaria. Y un camisón de seda, rojo, chiquito. Sentí que estaban en la cocina. Abrí la puerta de mi habitación, los llamé. Me latía muy fuerte el corazón. Estaba muy nerviosa, no sabía ni qué les iba a decir. Tenía una mezcla de mucha vergüenza, timidez y un gran deseo de entregarme a sus instintos perversos. No sólo es que eran mis primos, nunca había estado con dos chicos al mismo tiempo. Yo estaba parada al lado de mi cama, descalza, con el pelo suelto, largo, ondulado. Sentí sus pasos acercarse y me maree un poco. Entraron. Gastón, en boxers. Felipe, en cuero y con pantalón de yin. Me miraron, se miraron, sonrieron triunfantes. Habían ganado.

    – ¿Y esto? – preguntó Felipe.

    – Les voy a pagar lo que les debo, con mi cuerpo- dije, mirando el piso, sintiendo que me iba a desmayar.

    – O sea, una prostituta. Y eso es lo que queremos. No queremos una virgencita miedosa y sosa- Gastón me observaba sobradoramente.

    – ¿Te parezco una virgencita? – repentinamente recuperé las fuerzas y la decisión. Dejé caer mi camisón, dejando que contemplaran mi cuerpo de mujer, sediento por ellos. Los senos me explotaban de deseo. Los miré a los ojos a los dos, muy segura de lo que estaba haciendo.

    Gastón, en dos pasos, quedó frente a mí, muy cerca. De adelante, agarró mi corpiño, dónde se juntan los pechos, y de un tirón, lo rompió y lo tiró al piso. Gemí de placer. Hizo lo mismo con mi tanga.

    – Ahora te empezas a parecer a una puta. A las putas se les rompe la ropa interior, a las virgencitas, se las saca – me miró los pezones erectos, pensé que me los iba a chupar, cosa que yo deseaba mucho – Acostate primita y abrí las piernas. Lo primero que voy a tocar de tu cuerpo, va a ser tu clítoris, con mi lengua. Cuándo esto termine, ya no vas a ser más la primita, vas a ser una hembra muy usada. Nos vamos a sacar todas las ganas que nos hiciste acumular estos meses. Vas a quedar llenita de leche y de marcas- tuvo el gesto de acariciarme una mejilla, pero se detuvo. Realmente, lo primero que quería tocar de mí, era el clítoris. Yo era puro deseo, estaba dispuesta a ser la esclava sexual de esos dos hombres.

    Me acosté, abrí las piernas, mostrando mi vagina suave, depilada, húmeda. Sin esperarlo, me acordé di mis padres, de mis hermanos, de mis tíos, de mis otros primos y me vi allí, desnuda para Gastón y para Felipe, me sobresaltó la vergüenza, el miedo de que se enteraran, el arrepentimiento… Hasta que sentí la lengua experimentada y perversa de Gastón en mi clítoris. Me empezó a lamer, a chupar, con suavidad, despacio, con sed. Me bebía la vagina. Gemíamos de placer.

    – Pagame cada peso con tu conchita de putita barata. A ver putita, ¿te gusta que te lama cómo a una perra?

    – Cobrate todo, haceme lo que quieras… – quería todo de ese hombre, me retorcía de placer, me abría más de piernas y le entregaba mi vagina multi orgásmica gracias a su boca y a su deseo de prostituirme.

    El respaldar de mi cama daba contra la pared. De golpe, tuve el cuerpo fornido y desnudo de Felipe encima de mi cara, las manos apoyadas en la pared, su pene erecto, grande, buscando mi boca. Me sorprendió, no tuve tiempo de reaccionar. Me empezó a coger la boca, hasta el fondo de la garganta. Se lo chupé, se lo lamí, lo succioné. Gastón me cogía con la lengua. Tenía un primo en la vagina y otro, en la boca. ¿Primos?, no, dos hombres cobrándole una deuda a una puta. Los tres gemíamos, mientras me insultaban y me prometían golpearme y violarme toda la noche. Era lo que yo quería.

    En un instante, con gran rapidez y sincronización, me acomodaron, se acomodaron y terminé arriba de Gastón, cogiéndome con su pene enorme, de manera violenta, mientras me chupaba los senos y Felipe, haciéndome la cola. El primer hombre en culearme. Felipe me penetraba, queriendo llegar al límite de mi culo, de mi dolor, de mi excitación, pegándome cada tanto, con fuerza, en las nalgas. Mi culo se iba abriendo, virgen, frente al ímpetu de esa pija hambrienta. Yo gritaba de dolor, sorpresa, excitación. Me estaban haciendo entre dos, y yo había buscado esa situación… Sentía la boca de Gastón en mis pezones, sus dientes que me marcaban, haciéndome sufrir. Su pene me violaba, mientras me decía: “¡Pagame puta barata!”. Y yo les quería pagar, toda la noche, todos los días. Quería ese momento para el resto de mi vida. Felipe descargó, con un rugido de placer, su leche en mi culo. Podía sentir cómo latía su pene dentro de mí. Se desplomó en la cama, mientras Gastón me seguía violando. Y terminó, abundante, espeso, rico, en las profundidades de mi vagina llena de fluidos. Gemimos al mismo tiempo, en éxtasis de placer.

    Quedamos los tres agotados en la cama. Por momentos, me mareaba, era demasiada excitación, demasiado placer y estaba haciendo algo que nunca imaginé que podía llegar a hacer, y menos, que me podía gustar tanto. Me adormecí. Sentí, entre dormida y despierta, que ellos iban al baño, a la cocina, que charlaban, que se reían. Yo no tenía energías para prestarles atención, estaba agotada por tantos meses de reprimir lo que estaba haciendo, lo que quería seguir haciendo. Además, me dolían las nalgas por los golpes de Felipe, me dolían los pechos, mordidos y marcados por Gastón, me dolían la vagina y el culo, cogidos con violencia. No sé si pasaron 20 minutos, o dos horas, me desperté con sed. Mi cama era de dos plazas, yo estaba del lado de la puerta, y ellos, del otro lado. Los miré y Felipe me susurró un suave: “Hola bebé”, a lo que le respondí con una sonrisa. Me levanté, ya estando casi en la puerta de la habitación, Gastón me agarró fuerte de un brazo y me hizo darme vuelta hacia él.

    – ¿A dónde vas perra? – estaba enojado.

    – A buscar agua a la cocina. Tengo mucha sed- respondí desconcertada.

    – ¿Nos pediste permiso para ir? ¿Qué te hace pensar que podés hacer lo que quieras? Sos nuestra esclava, tenés que pedir permiso. ¿Tenés sed?, tomá lechita. Dejá de hacerte la virgencita. Las putas no toman agua, toman lechita.

    Sin decir más, me pegó una bofetada que me tiró al piso. Sentí el ardor en la mejilla, y el deseo volviendo a mis pechos y a mi vagina, ya húmeda. Quedé arrodillada en el piso, contra la pared.

    – La virgencita quiere agua. La vamos a hacer bien putita a la primita virgencita. Tomá leche, tomala toda.

    Me puso el pene erecto en la boca y me empezó a apretar contra la pared. Me cogía la boca, cómo hizo Felipe. Le agarré las nalgas con fuerza. Estaba muy excitada. Estos machos sabían cómo sacar la hembra en celo que había en mí. Se lo agarré con las manos, lo masturbé, lo lamí con la lengua y con los labios, desesperada por darle placer. Gastón gemía y temblaba. Me la metió hasta el fondo de la garganta, me apretó más contra la pared y con un fuerte gemido, acompañado por un espasmo, terminó en mi boca. Me tomé la lechita que pude de ese hombre que me estaba transformando, con su cuerpo, con su lujuria, con su crueldad, en una prostituta sumisa. Gastón se alejó de mí, jadeando, me miró satisfecho de su obra y se tiró en la cama, con las piernas abiertas. Me corría su leche por el cuello. Me sentía muy usada y con la necesidad de más. Felipe se acercó a mí, me ayudó a ponerme de pie, levantó mi camisón del piso y me limpió la leche.

    – ¡Qué tetas tan violables que tenés! ¡Te voy a golpear mucho por no habérmelas entregado antes!

    Me apoyó contra la pared, hizo que levantara los brazos y los mantuviera contra la pared y comenzó a besarme con mucha ternura los pezones, los pechos, las axilas. El corazón me latía apresurado de excitación, respiraba gozando de cada contacto. El deseo de mis senos me recorría todo el cuerpo y llegaba a mi vagina estallada en jugos.

    – Castigame, castígame, por favor… – le suplicaba a Felipe, mientras su suavidad se iba transformando en pasión, me comenzó a lamer, a chupar, a morder los pechos.

    – ¿Querés ser muy castigada perrita?, mirá que puedo ser muy malo, me gusta azotar – no pude evitar un profundo gemido de placer. Me lamía el cuello, mientras sus manos recorrían y apretaban mi cuerpo.

    – Azotame, soy tu esclava y me porté muy mal con vos- lo miré a los ojos, profundamente, con la boca entre abierta de pasión.

    Levantó una ceja y me mamó las tetas, metiéndoselas en la boca todo lo que podía. Luego se alejó, sacó el cinturón de su pantalón y me lo mostró desafiante. Me corrió un escalofrío por todo el cuerpo, pero la pulsión de ser su esclava era más fuerte que cualquier temor.

    – Perrita, te voy a poner este collar alrededor del cuello y vas a caminar en cuatro patas hasta mi habitación. Te quiero azotar y ultrajar en mi cama- gemí de placer.

    Me colocó el cinturón y me puse en cuatro patas. Comencé a andar por la casa, así, desnuda, con la leche de mis primos en todos mis agujeros, en cuatro patas, arrastrando el cinturón con el que iba a ser azotada. Movía la cola, para excitarlo más. Mi andar era lento, cómo el de una gata que no tiene prisa. Felipe buscó su celular y me sacó fotos y me filmó. Yo quería llegar a su cama, y, a la vez, quería disfrutar de verme a mí misma así, tan puta entregada al morbo de mis primos.

    – Mirala a la virgencita, en cuatro patas, desnuda, por la casa. A una puta se la culea por el camino – dijo Gastón.

    Hizo que me parar y que me agarrara a la mesa del comedor, sacando cola. Se arrodilló detrás de mí y empezó a lamerme las nalgas, mientras sus enormes manos me acariciaban los pechos y la vagina. Me metió la lengua en el culo, moviéndola con suavidad y con mucha saliva. Le rogué que me culeara y lo hizo. Me violó. No paraba de meterme y de casi sacarme su pija con mucha violencia. Yo gritaba cada vez más y él lo disfrutaba. Mientras me sacudía por la envestida de Gastón, sentía el cinturón alrededor de mi cuello, qué me prometía más violencia. Estaba excitada y muy agotada. Me estaban abandonando las fuerzas. Gastón terminó con un grito de placer y se quedó un rato más en mi culo, mientras me tocaba el clítoris y me hacía terminar a mí. Terminé y Gastón me tiró al piso.

    – Seguí tu camino, en cuatro patas. Ya tenés mi leche por todos lados. Desde que apareciste en esta casa, es que sueño con este momento. Lo logramos hermano, aquí la tenemos, desnuda, en cuatro, prostituyéndola. Nos hiciste esperar mucho prostituta barata… – me pegó en la cola para que siguiera andando.

    Llegué hasta la habitación de Felipe, me acosté en su cama, boca abajo, luego de que me quitara el cinturón. Felipe se puso detrás de mí y me empezó a azotar. No lo hizo muy fuerte, pero, igual me dolía. Estaba cansada, fue demasiada excitación, demasiada adrenalina. Felipe me azotaba, y yo lo quería adentro mío. Se lo pedí. Me dio vuelta y me cogió, mientras me chupaba violentamente las tetas. También me violó y terminó adentro mío. Ya estaba, acababa de pagar mis deudas, con mi cuerpo, con mi mente. Estaba en la cama de Felipe, con él encima de mí todavía, yo con las piernas muy abiertas, sintiendo cómo se escapaba su leche de mi vagina. “Esta noche dejaste de ser nuestra primita, ahora sos la puta que más nos culeamos, sos la esclava que estábamos necesitando”. “Yo los estaba necesitando a ustedes” y me dormí.

  • Acosando al becario nuevo hasta la perdición (I-II)

    Acosando al becario nuevo hasta la perdición (I-II)

    ELIZABETH

    Un día más en la oficina, orgullosa de posarme en el asiento más alto, y qué mejor, que el de mi propia empresa, donde el sol iluminaba aquella planta del cuarto piso arrendado de un edificio ancestral, de estilo colonial, erguido con piedra volcánica y diseñado con madera en su mayoría.

    Ahí, diseñamos trabajos para plataformas en línea, imágenes de páginas web y revistas de moda. Ropa, calzado y diseño de interiores principalmente. Tenemos un pequeño estudio de fotografía, una sala donde nuestros diseñadores trabajan, y al fondo de un corto pasillo está mi oficina y la de mi secretario personal, ambas amuralladas con cristales trasparentes, desde el suelo hasta el plafón.

    Esa tarde, justamente miraba a través del vitral trasparente, al otro lado del pasillo, en la oficina del becario nuevo, donde de hecho debería estar mi mejor amiga y confidente, quien sin embargo se había mudado a Francia contratada por una respetable firma de moda. Espero que le valla muy bien, pero ahora, aquí en mi empresa, estaba ese tipo.

    En su CV decía 23 años, Mariano se llama, pero yo lo miraba solo con un niño jugando a ser adulto. Se veía que era de casa rica, era tímido y aunque sabía hacer las cosas, aún faltaba mucho para que se ganará mi confianza. A decir verdad, no me agrada mucho, principalmente por la nostalgia de haber remplazado a mi mejor amiga y no aprovechar el puesto tanto como ella lo hacía día con día.

    Yo soy una mujer de 38 años, modelo desde los 20 y empresaria desde los 28, nada es regalado. No mediré palabra, soy implacable, engreída, egocentrista y narcisista, en este negocio debes serlo si quieres progresar.

    Tengo una maestría en diseño y comunicaciones. Así como un diplomado en diseño digital empresarial, y otro más de medios digitales. Mido 1.73 m soy de cabello castaño por naturaleza, pero siempre suelo traerlo de un par de tonos más claros y ligeramente rojizo; siento que va mejor con mi tono blanco de piel, además de que combina con mis pezones rosados, casi llegando a rojo, por si queréis fantasear con ellos en este relato. Mis medidas son 88-62-86, debo tener un buen cuerpo, en este ramal empresarial la imagen lo es todo.

    Aquella mañana era un día muy peculiar, estaba experimentando uno de esos momentos donde te pones un tanto receptiva, por así decirlo. Creo que todos pasamos por eso, hombres y mujeres por igual, estoy segura que recuerdan al menos un instante en el que se sentían un tanto excitados sin saber ni por qué.

    Bueno, pues eso era justamente lo que me pasaba, Mientras tecleaba como loca en mi ordenador, afinando detallas, respondiendo correos, y corrigiendo errores, al mismo tiempo algo pasaba en mi cuerpo, no sé realmente cómo describirlo, pero era ese recordatorio de que había pasado mucho tiempo desde el último follón, y que ya va siendo hora. Ese, que siempre llega inoportuno y con aires de urgencia, demasiado intenso para ser sincera.

    Me sentía extremadamente sensible, como su estuviese hasta el tope de éxtasis en aquellos días universitarios en el club nocturno. Podía percibir cada mínimo detalle en la brisa de la tarde sobre mi piel sedienta de caricias, especialmente en mis piernas y mis pechos, rogándome por masajearlos un poco.

    De pronto la ropa me estorbaba, como si la llevase puesta por semanas sin haberla lavado. La blusa roja que vestía bajo mi chaleco negro entallado, comenzaba a ser demasiado sofocante. Y aquella falda negra ceñida a la altura de mis rodillas, me raspaba la piel, pese a la costosa calidad de sus telares.

    Inconscientemente mi mano no dominante se distraía constantemente bajo mi escritorio para acariciar mis piernas, mis muslos y un poco más allá. En ese momento volteé a ver a mi compañero sumergido en la pantalla de su ordenador. El pobre tenía trabajo como para aventar a los cielos por montones. No me miraba, pese a que bien podía hacerlo, ya que mi escritorio se encontraba de lado al suyo. Digamos que sí mi escritorio estaba direccionado al oeste, el suyo estaría viendo al sur.

    En esta perspectiva podría ver perfectamente lo que sucedía bajo mi escritorio, pues mi costado derecho le quedaba justo de frente. Muy preocupada no estaba, no es que me molestará, acostumbrada estoy a las miradas al modelar por años frente a grupos de desconocidos, en algunos casos completamente desnuda.

    MARIANO

    Mi vida nunca fue complicada en el plano económico, pero tal vez si en el afectivo. Siendo único hijo, tenía poco más de 10 años cuando mis padres se divorciaron. A esa edad todo fue muy difícil de entender, los gritos, las discusiones, las amenazas, los llantos y las maldiciones, temas recurrentes del día a día. Para mí solo eran papá y mamá, no sabía de infidelidades, de conflictos económicos ni de pugnas por la custodia que podían existir dentro de una pareja.

    Mi padre dio por finalizada la historia de aquella familia clásica, divergiendo caminos hacía la producción de cortometrajes de tv, decidido al fin, por una propuesta pendiente que hacía tiempo le rondaba en la cabeza, y que conllevaba mudarse a México, lejos de nuestra natal Argentina.

    A pesar de que nunca me faltó nada ni por parte de mamá ni de papá, tuve que hacerme a la idea de que mi padre ya no estaría presente en mi vida. Mi madre era una mujer independiente y pronto rehízo su vida, en tanto, mi padre prefirió no abrirse al amor nuevamente y solo saltar de flor de flor según se diera la oportunidad. Él siempre estuvo presente, aunque la distancia no dolía tanto ya que hablábamos mucho, y seguido me enviaba más dinero del que yo podía gastar.

    La relación entre mis padres fue mejorando con el tiempo, tal vez la distancia, tal vez la independencia, era loco, pero así se dieron las cosas.

    Cuando llegué a mi mayoría de edad y fui dueño de mis decisiones, opté por un cambio de aires, probando suerte en México. Casi nadie tiene la oportunidad de conocer nuevas culturas, otro país, otras vivencias, otras costumbres, y al menos yo no dejaría pasar ese regalo del destino. Además, le había regalado muchos años a mi madre y me sentía en deuda con papá, pues, con todo, él nunca se había olvidado de mí.

    Y ahí fui, pasados mis 20 años, con un mundo de ilusiones bajo el brazo. El reencuentro con mi padre después de tantos años fue mejor de lo imaginado. Fue cómico, porque yo no le recordaba ese acento un tanto mexicano que se le había pegado con el tiempo, estaba un poco avejentado, pero con la misma sonrisa cómplice de siempre. Él gozaba de una excelente posición económica, se codeaba con estrellas de la tv y sin dudas había encontrado su lugar en el mundo, pero a pesar de todo, le dejé muy en claro mis ideas, yo quería ser independiente, tenía mis férreas convicciones de estudiar robótica industrial, muy alejado de sus gustos del ambiente artístico, además quería trabajar por mi cuenta para ganarme mis propias monedas. Tenía mi orgullo y no deseaba sentirme un mantenido.

    Así fue como armé un escueto currículo, sin tener mucho por decir. Papá tocó algunos contactos para darme una mano en el tema, en poco tiempo estaba como becario (como lo llaman por estos lados) en una empresa de una ex modelo muy conocida en la CDMX.

    Nunca me animé a inquirir en el tema, pero siempre tuve la íntima sospecha que solamente fui contratado por ser ‘el hijo de’ y no por un penoso CV que realmente decía poco y nada. Se me hacía demasiado obvio que habría muchas personas mejores que yo para ocupar ese puesto.

    Elizabeth (ese era su nombre) me dio la oficina a un lado de la suya, separados tan solo por un estrecho pasillo y enormes vidriados que delineaban nuestros sitios de trabajo. Me advirtió que estaba ocupando un sitio donde había que llenar unos zapatos demasiados grandes, y pronto sentí una montaña de trabajo sobre mis hombros.

    En poco más de un mes, ella, la ex modelo, es decir, mi jefa, se transformaría en mi más oculta fantasía. Yo había estado en la intimidad con bastantes chicas, pero con ninguna mujer madura como ella. Simplemente era ‘una tremenda mujer’, avasallante, imponente, segura de sí misma. La veía como si fuera un gigante y a su lado me sentía insignificante.

    Cada mañana el exquisito aroma de su perfume me hacía notar su presencia, aun antes de que pudiera verla. Siempre vestía perfecta, elegante, con sus cabellos perfectamente acomodados, su rostro delineado tras un escueto y justo maquillaje. Su silueta perfecta, era como un ángel del infierno; con sus altos tacos repiqueteando por el lugar, casi siempre dibujada en esos trajecitos importados, con polleras a media pierna que invitaban a imaginar. Su voz sabía a cantos de sirenas y su mirada a pecado, sus labios invitaban a morder la manzana prohibida pero claro, yo solo era un insignificante principiante.

    Muchas veces, sin que ella lo notara, cuando estaba embebida en su trabajo, disimuladamente la espiaba por sobre mi computadora, u ordenador como lo llaman por acá, y me perdía en su perfección, sus manos llenas de anillos, donde claramente resaltaba en su anular una brillante alianza de matrimonio, hecho que me resultaba tentador.

    Me deleitaba viendo sus muslos perfectos cuando inevitablemente, al sentarse, su falda se levantaba más de lo recomendado. O cómo casualmente se acariciaba una gargantilla con su inicial pasando demasiado cerca de sus pechos. O como solía morder la lapicera con sus labios pitados con ese tono brillante. Todas esas situaciones me llevaban a imaginar cosas que nunca sucederían.

    Generalmente esas cosas terminaban de la misma manera, cuando ella levantaba la vista hacia mi lado, y yo me desesperaba por evitarla; como un niño que se ve sorprendido por una travesura, sintiendo la piel de mi rostro ardiendo en vergüenza y con una terrible erección entre mis piernas que me era imposible de evitar.

    ELIZABETH

    La relación con mi joven becario era estrictamente profesional, a veces ni nos saludábamos. Cuando él llegaba yo ya estaba en mi oficina, y ahí, no se atrevía a asomarse a menos que fuese jodidamente necesario. Bien sabía que detesto las interrupciones, especialmente para tonterías así. Lo mismo a la hora de salir. No se lo permitiré. A decir verdad, no me cae muy bien, principalmente por la nostalgia de haber remplazado a mi mejor amiga y no aprovechar el puesto tanto como ella lo hacía día con día.

    Lo que más aborrezco de él son sus miradas indiscretas, ¿qué le pasa? Es decir, ¿acaso nunca ha visto a una mujer? Nunca pierde la oportunidad para espiarme entre los escotes, intentando mirar un poco más adentro en mis pechos, como rogando porque la gravedad le apartase mi ropa de en medio, y cuando le doy la espalada, sus ojos se funden en mi trasero como perro hambriento.

    Sí entiendo, es joven, ok, y mis senos son grandes y provocadores, perfecto, tengo un buen trasero firme y bien parado, acentuado por mis vestidos y faldas entalladas. Sí, pero un poco de disimulo. La discreción no es lo suyo, es que ni estando frente a él puede apartar la mirada de mi cuerpo. Cariño mis ojos están en mi rostro no en mis pezones, por dios. Pero lo que realmente más me irrita es que no puedo dejar de hablar, ni pensar en él.

    Especialmente en este maldito día, caluroso y caliente como ningún otro. Mis manos recorrían mis piernas, sudaba en frío, temblaba y mi respiración se agitaba. Realmente necesitaba masturbarme, o en su caso un buen follón. Pero no con el becario nuevo, jamás, ni que tuviera tanta suerte. ¿O quizá?

    Feo no está, seguro, tiene un rostro muy lindo y se nota la disciplina en su cuerpo, de experiencia sé que una figura así no se consigue por casualidad. Me pregunto a qué gimnasio irá, no me gustaría topármelo un día. ¿O sí?

    ¿Y por qué no me miras? Todo el tiempo acosando mi cuerpo como el adolescente depravado que eres, y justo ahora me ignoras, ahora que necesito tus miradas, ahora que necesito sentirme deseada, ahora que estoy dispuesta y excitada. Quien sabe, quizá tendría un poco de suerte ese día.

    Pero nada, el muy cabrón tenía su total atención en la pantalla de su ordenador. Y yo, ahora me tocaba con total descaro; había desplazado mi silla de ruedillas un poco hacia atrás para exponer por completo mis piernas, las cuales abría de par en par, segura de mi inadvertencia.

    Era excitante, nunca lo había hecho, pero exhibirme en la oficina, a un joven desconocido, me estaba poniendo a mil. Sentía como mi cuerpo me agradecía aquellas caricias explicitas dopándome con todas esas drogas naturales que adormecían mi cuerpo, aligerándolo y al mismo tiempo llenándome de euforia. El coctel perfecto para cometer estupideces.

    Entonces me encaminé, desfilando como en pasarela, escuchando la sinfonía de mis tacones resonando, primero sobre el suelo alfombrado desde mi oficina, pasando al otro lado del pasillo, donde se escuchaban mis tacones estridentes en la madera natural bajo mis pies, hasta llegar a la oficina de aquel chico, quien finamente me miraba con terror al acercármele.

    -¿Cómo vas? -Le pregunté apenas atravesando la puerta siempre abierta de su oficina. -Ya terminando. -Me soltó la mentira más grande de la tarde. Nervioso, me sonrió un poco, para enseguida apartarme la mirada y continuar con su trabajo.

    Le miré con pena, sonriendo hacía mis adentros por el culposo placer de mirar el exceso de trabajo ajeno, al tiempo que me recargaba sobre un pequeño escritorio a un costado del suyo, medio sentándome, pero sin dejar de apoyar los pies en el suelo, cruzando las piernas tanto como mi ajustada falda a la altura de las rodillas me lo permitía.

    Lo observaba como si mirara una serie de tv. Casi como si no estuviese ahí físicamente. Él se ponía cada vez más nervioso, quizá pensando que le estaba presionando. Yo me acomodaba los anteojos, inexpresiva. Enseguida me reincorporé, y así cómo había llegado, me fui a supervisar el trabajo en el estudio, siempre ajetreado de modelos y colaboradores externos. Dejando al pobre chico anonadado, así cual psicópata abandona la escena del crimen.

    MARIANO

    Conforme pasaban los días y me hacía al hábito de mi nuevo empleo, esas horas en la oficina se me hacían el centro de mi vida, incluso por sobre mis expectativas de estudio que habían quedado en un segundo plano.

    Elizabeth era tan intrigante como desconcertante, por más que lo intentaba jamás podía descubrir qué pensaba realmente de mí. A veces era la más comprensiva de las jefas, pero a veces solo me trataba como un perro, y me provocaba esas sensaciones de amor y odio al mismo tiempo.

    Yo sabía que tenía que medir muy bien mis pasos, y no podía dar uno en falso. A veces mi percepción era que ella solo jugaba conmigo y se abusaba de mi inocencia, pero ¿qué podía hacer al respecto? No podía abordarla en un intento de conquista, ella tenía esposo, era mayor, y era mi jefa. Era una locura, mi locura, ella podría hacer un escándalo, incluso hablar con mi padre sobre el tema, situación incómoda por demás.

    Yo solo me conformaba con mirarla, con imaginarla, con dibujarla, es que me causaba tanta intriga…

    Fuera de mi horario laboral, solía pasar mucho tiempo con mi notebook buscando en Google sus fotos y videos de sus días de modelo, es que era perfecta, sus pechos, sus caderas, sus piernas, ella siempre había sido muy audaz, siempre jugando al borde entre lo erótico y lo porno, pero jamás había llegado a ser burda, o mostrarse como puta.

    Por eso, en mis tiempos laborales, solo podía llenarme los ojos con su perfección, solo podía imaginar, o tratar de ver en su camisa el nacimiento de sus tetas donde irremediablemente se perdía esa inicial de la bendita gargantilla. Imaginar su corpiño, o brassier como llaman por estos lados con bordados y transparencias. Ver su hermoso trasero ir de lado a lado en su andar, tratando de encontrar marcados los elásticos de una diminuto colaless perdida en la nada.

    Es que cuando ella me miraba a través de sus sexis lentes de aumento y me impartía órdenes casi a los gritos, yo solo podía verla completamente desnuda, tratando de adivinar si mi jefa se depilaba su rica conchita, cosa que me hubiera gustado saber en ese momento.

    Me hubiera gustado tanto saber cómo era su sexualidad; si se tocaba, cómo eran sus pezones, cómo era en la cama, si su esposo la complacía y hasta adivinar si tenía algún amante, o si era infiel, quería saber cómo era su auténtico aroma a mujer, por fuera de ese perfume que solía usar.

    Como esa mañana; ella estaba distendida, distinta, rara, por primera vez no la veía mover los dedos sobre las teclas de su notebook, un tanto retraída sobre su silla, sin notar que yo la observaba apenas por sobre la pantalla de mi equipo. Y esa mañana, me había asegurado de colocar mi pantalla bien contra la pared, para que nadie viera, y no pude resistir de ver las mismas fotos que veía en casa, era una locura, pero sentía en ese momento que mi verga dura podía partir el escritorio en dos.

    Cuando ella se levantó y caminó cansinamente desde su oficina a la mía deseé que la tierra me tragase. Sentir sus tacos en el piso y su perfume llenando mi espacio fue aterrador, sentí que la respiración se me cortaba, mi corazón palpitaba con tanta fuerza que parecía saltar de mi cuerpo, mis torpes dedos intentaban sin éxito cerrar la sesión de mi perfil.

    Y ella llegó, dio algunos rodeos, algo me dijo, pero estaba tan nervioso que ni atención le presté, sentí mi frente transpirada y como un par de gotas frías rodaban por mi piel. Ella se apoyó contra el escritorio, tan cerca de mí que podía sentir su fresco aliento, tragué saliva y me contuve para no intentar morderle los muslos.

    Elizabeth me regaló una sonrisa y solo se fue, dejándome de regalo la imagen de ese precioso culo que se cargaba, adivinando que sabía perfectamente como lo miraba y dejándome ese sentimiento de jugar conmigo al gato y al ratón.

    Confieso que después que ella me dejara a solas, fui al pequeño baño de uso común que disponíamos y necesité descargar toda la presión contenida, mi verga seguía dura como un mástil y mi slip impregnado en ese primer jugo de una excitación contenida. En mi imaginación di riendas sueltas a mis fantasías; es que ahí sí podía tener total control de la situación, podía ser el macho y no estar de rodillas a sus pies, en mi cabeza ella venía a increparme como acostumbraba a hacer y yo solo la tiraba sobre el escritorio para hacerle el amor como un salvaje, a la fuerza, sin rodeos, nada importaba. Yo solo tenía el control y ella era mi perra, me saciaba llenándole todos sus agujeros, su concha, su boca, su culo, Elizabeth solo gemía descontrolada, y sentía sus afiladas uñas lastimando mi espalda, yo solo ya no podía…

    Cuando terminé y la excitación había pasado, recompuse mi postura, me lavé el rostro con agua fría y me quedé un par de minutos viendo mi rostro reflejado en el espejo.

    Luego volví a mi oficina, a mi silla, tenía demasiado trabajo pendiente, como cada día, pero por alguna extraña razón ya no podría volver a concentrarme, mi mente buscaba respuestas que no encontraba, perdida en un laberinto sin salida, solo miraba a través de los vidrios, ella aun no regresaba, solo observaba su lugar, su escritorio su silla, su puesto de mando, en mi nariz aún llevaba impregnado su perfume, cerré los ojos, me sentí perdido

    ELIZABETH

    Daban las siete con cuarenta de la tarde y regresaba a mi oficina, de reojo miré al pobre chico exactamente como lo había dejado por la mañana. Aún debía poner al corriente los pendientes que le había heredado su antecesora en el puesto.

    Todo mundo se había marchado, el primer turno terminaba a las cuatro y el turno de apoyo hasta las ocho. Todos los días son diferentes y se suele rolar los horarios, excepto yo claro, que trabajo de sol a sol y un poco más. Sin embargo, aquel becario nuevo, debió terminar su jornada como mucho a las seis de la tarde.

    Retomé postura recta frente a mi escritorio y el sonido del teclado comenzaba a resonar furioso en el ahora pacifico lugar. La algarabía del medio día se había apagado. El despacho estaba vacío, ya no quedaba más que hacer, sino actividades administrativas.

    Crucé mis tobillos coquetamente tranzando uno de tras del otro, y me terminé de subir mi falda hasta donde terminan las piernas y comienzan los glúteos. Ahí donde mis medias se entallaban en mi piel con los encajes de su tela, afianzada con el broche que impedía su caída, sujeto a la lencería que rodeaba mi cintura.

    Lo miré de nuevo, y esta vez nuestras miradas se cruzaron. Pude notar cómo sus ojos se abrían sorprendido, desviándose de mi rostro hasta donde mis manos sobaban mi cuerpo. Inexpresiva, le arrebaté la mirada. Acomodé mis anteojos en mi rostro y continué con mi trabajo.

    Ya no era el morbo del momento lo que me motivaba a exhibirme, más bien era el descaro sin misericordia de seducir a aquel chico, lo que me encantaba del momento.

    Quizá quería adelantar el trabajo a rezago, pero no. Nada, ese tipo se había quedado ahí por mí, disfrutando del pequeño espectáculo que le estaba dando, seguramente creyendo que tendría suerte conmigo.

    Que equivocado estaba, y que ni crea que le pagaré las horas extras. Si no se había largado era por su propia decisión, nadie le obligaba. Pero eso sí, si quería admirarme un poco más, había que hacerle al tonto un poco más.

    Lentamente entremetía mis dedos, ahora por debajo del escote de mi blusa roja, rozando sutilmente mis suaves senos 34B, tanto como el chaleco aprisionándolas me lo permitía, con el riesgo de exhibir más de la cuenta, pues para ese conjunto, el sostén se había quedado en casa, y debajo de aquella blusa casi transparente, solo estaban mis bellas tetas desnudas.

    El reloj marcaba la vigésima primera hora del día, y aquel chico seguía ahí, firme en probar su suerte. Entonces me di cuenta que era demasiado, incluso para él, así que me puse de pie, apagué mi ordenador y me encaminé a la salida.

    -¿Terminaste ya? -Cuestioné con patanería, insinuando al mismo tiempo que era hora de irse a casa. -Recién termino la redacción para el artículo que nos encargó la revista. -Respondió al borde de un ataque de pánico, mirándome acercarme a la pantalla de su computadora para revisar su trabajo.

    Lo leí atentamente sin tomar asiento, recargándome en su escritorio para pararle la cola, sensual y sugestivamente. Para su fortuna y para mi desgracia, lo había hecho muy bien. Aunque me habría gustado reprenderle en su primera entrega, no había excusa para hacerlo.

    -Está muy bien, pero le falta más apoyo visual. -Añadí, con un plan maquiavélico entre manos. -No tengo más imágenes, habría que pedir apoyo con Gabriela, la chica de diseño. -Necesito una modelo que de coherencia a lo que se está explicando. -Insistí.

    -No creo que haya tiempo para una sesión de modelaje. -Me respondió, tímido. -¿Sabes manejar una cámara? -Por supuesto, pero… -Perfecto, apaga tu PC y acompáñame. Te espero en el estudio. -Finalicé, marchándome a paso firme y sin mirar atrás.

    Una vez en el estudio, encendí las luces, posicioné los reflectores y la cámara; recreando aquel protocolo que tantas veces había observado. Justo en el momento en que Mariano entraba. -La cámara está ahí. -Señalé. -Serán dos tomas, de cuerpo completo y de medio cuerpo para cada una. -Ordené, sin más. Alistándome para la sesión por encima en mi vida, mientras el chico programaba la cámara fotográfica posada sobre su trípode, apuntando al centro del escenario, donde yo aguardaba pacientemente.

    Enseguida el capturador comenzó su trabajo y yo con el mío. Después, el joven debutante desempotró la cámara de su base y la acercó para las tomas restantes. Al conteo de diez o quince capturas más, me alejé del escenario y me encaminé al guardarropa que estaba en un castado. Tomé un lindo vestido y salí de las sombras, posándome en medio de los reflectores.

    Manolo posicionaba la cámara de nueva cuenta sobre el trípode, al tiempo que yo me desabotonaba el estrecho chaleco frente a él. Lo disimulaba bien, pero sé que se moría de ganas por voltearme a ver, pues sabía lo que estaba a punto de hacer.

    Sus manos temblaban y sus dedos tropezaban intentando hacer las configuraciones necesarias, cuando finalmente liberaba mi torso, debelando mi linda blusa de telares carmesí, que dejaba ver mis firmes senos tras de sí.

    Mariano apuntaba el obturador hacia mí, mirando a través de éste, cómo deslizaba la cremallera de mi falda para hacerla caer a mis pies, exhibiendo mis medias a medio muslo, enmarcando mis bragas de finos encajes. Enseguida me di media vuelta, dándole la espalda a mi joven fotógrafo de turno, permitiéndole verme mis nalgas ahora a viva piel. Así me quité la blusa y sin voltear en ningún momento, me entallé el vestido y continué con el modelaje.

    Así finalizamos aquella sesión. Me había encantado, aquella sensación de poder y seducción me embriagaba placenteramente, realmente lo disfrutaba mucho. -Con esas tomas es suficiente. Envíaselas a Gabriela para que haga los retoques necesarios. -Le ordené al afortunado chico. Todavía sin creer lo que acababa de presenciar.

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  • Con la prima Elvira y sus amigas en la playa (II)

    Con la prima Elvira y sus amigas en la playa (II)

    Resulta que a la llegada a la casa de playa donde se hospedaban Elvira y sus amigas, fui recibido por Mónica quien al llevarme a la habitación que iba a usar, aproveché para seducirla y así cogérmela a mi antojo, quien me dijo que ese fin de semana la íbamos a pasar ellas 3 conmigo de lo lindo.

    Así que al regresar de la playa, vi que ya se encontraban las tres en camastros alrededor de la alberca tomando el sol, las cuales traían trajes de baños de dos piezas, diciéndome Moni “Que bueno que llegas a tiempo, para que nos pongas bloqueador a las tres” “Por supuesto, con mucho gusto” le contesté y fui por la crema, diciéndome Moni “Primero úntame a mí”, así que le pedí que se pusiera boca abajo y sin pedirle permiso le desabroché el sujetador, viendo nuevamente que tenía un cuerpo exquisito, un culito riquísimo, pensando que momentos antes acababa de coger a esa mujer a mi antojo, así que de inmediato unté la crema en mis manos y empecé por ponerle en su cuello, el cual masajeaba lenta pero intensamente, y siguiendo con su espalda y la parte posterior de brazos, viendo como el movimiento de sus manos en su cuerpo empezaba a sentir efecto puesto que su piel se erizaba, la cual sin miramientos decía “Que rico untas el bloqueador”, al llegar a la altura de su cintura y sus nalgas, metí mis manos por dentro de su calzón y le seguía estrujando esas ricas nalguitas, y aproveché para tocar y presionar un poco su ano con dos de mis dedos, lo que hizo que de inmediato volteara y emitiera un pequeño quejido casi imperceptible debido a la música que tenían puesta alrededor de la alberca.

    De ahí pase a darle una dedeada a su puchita, la cual noté se encontraba húmeda, pasar seguir por sus piernas no solo por atrás sino la parte interna, notando que la tenía bastante excitada, sin embargo cuando terminé de ponerle el bloqueador, me dice Mariela “Me toca a mí, ven manos de seda, lo bueno que Elvira ya se puso bloqueador”, lo que hizo que me riera y le preguntara “Por qué manos de seda”, “Mira como tienes a la Moni, jajaja”, y efectivamente Mónica, juntaba sus piernas lo que hacía que sus nalgas las pegara una a otra excitada, para ese entonces mi falo ya estaba empezando a despertar.

    Así que ni tardo ni perezoso, llegué con Mariela diciéndole que por donde quería que empezara la cual se recostó con la boca arriba, y me dijo “porque no empiezas de abajo hacia arriba”, la verdad que esta mujer estaba hecha un bombón, piernas blanquitas duritas por el ejercicio, unas ricas nalgas, su vientre durito (era la única que no había sido madre), unos pechos riquísimos, y una cara hermosa y pelo negro, solo un año mayor que yo, así que tome sus pies y empecé a untar la crema, tomando primeramente sus dedos, los cuales masajeaba a mi antojo, para recoger sus tobillos, y luego sus piernas las cuales estaban sabrosísimas donde se notaba una depilación bien hecha y sus pantorrillas duritas, para ese entonces noté claramente como se le ponía la piel de gallina, para seguir en unos minutos con sus rodillas, las cuales tomaba por la parte de atrás, para seguir por sus muslos internos, notando que de inmediato reaccionó a tales manoseos, volteándome a ver con unos ojos de lujuria, abriendo sus piernas, para mostrarme que sus ingles la tenía bien depiladitas y su puchita mojadita solamente cubierta por un bikini blanco con un sostén del mismo color.

    Yo estaba que reventaba de caliente, así que seguí dándome un agasajo al seguir untando sus muslos el bloqueador tanto por la cara interna como por la de frente y la de los lados, hasta que llegué a sus ingles, las cuales las embarré con mis dedos pulgares de ambas manos, notando como respiraba más profundamente, siguiendo por sus caderas y haciendo a un lado su bikini, para seguir por su estómago y llegar al inicio de esos lindos pechos, solo cubiertos por ese sostén en color blanco, hasta que le pedí que se volteara, y ahora empecé de arriba para abajo, así que le desabroche el sostén, para volver a sentir esa suavidad de su piel, mientras su cuerpo erizado por la situación me demostraba la excitación que tenía, dándome un espectáculo al parar ese lindo culo que se cargaba, mientras le decía a su oído, “Mariela, que lindo cuerpo tienes”, “gracias Paco, que bien lo haces” contestándome, mientras notaba como muy discretamente Elvira y Mónica, miraban con detenimiento el agasaje que le estaba poniendo a su amiga.

    Así que yo seguía con mi acometido, y cuando llegué a la cintura, ya sin recatos, metí mis manos sobre su bikini para seguir embarrando la crema sobre esas duritas nalgas bien formadas, notando como de inmediato ella reaccionaba apretándolas, así que hice a un lado su bikini, para darle una pasadita alrededor de su culito, notando con su respiración que estaba bastante caliente, para seguir por sus piernas y después de unos minutos terminar en sus pies, cuando finalmente me dijo “Paco, que manos tienes, ve como estoy”, y efectivamente noté como estaba su cuerpo, así que le dije “Espera un rato más y verás cómo vas a estar” retirándome y echándome un chapuzón a la alberca, notando que Mariela sin mediar palabra me siguió y se metió a la alberca, la cual se me acercó y por debajo del agua, fue directo a darme un beso pegado en la boca y con una de sus manos a tomar mi verga, la cual estaba durísima de lo caliente que estaba, diciéndome “Paquito, me tienes bien caliente” “Tú también Mariela, estas bien rica, te cargas un culazo” le contesté.

    Al vernos Moni y Elvira que estábamos a punto de besarnos, nos gritaron, “Recuerden que a las 8 empezamos a jugar a la botella”, “OK”, ambos respondimos, mientras yo la tomé por la cintura haciéndola que me diera la espalda, así que yo pegue mi verga en sus ricas nalgas, y le daba besos detrás de la oreja, notando que eso la excitaba, diciéndome “Paco vamos a mi cuarto”, “Vamos mamacita” le respondí, así que nos salimos de la alberca, rumbo a su cuarto, cuando Mónica nos dice, “No tarden mucho que después viene lo bueno”, “Lo bueno ahorita y después también” contestó Mariela.

    Al llegar a su cuarto, de inmediato prendí el aire acondicionado y la atraje hacia mí, y nos empezamos a besar muy intensamente, mientras yo con mis manos manoseaba sus ricas nalgas, haciendo presión para pegarla a mí cuerpo, sintiendo como mi verga bien parada chocaba con la entrada a su almeja, lo que hacía que ella empezará a gemir “Uff, mmm, que rico tienes tu miembro”, así en esa posición nuestras lenguas entraban y salían de nuestras bocas, llenándose mutuamente de saliva, sintiendo como ella estaba totalmente entregada en cuerpo y alma a mis caricias y besos, diciéndome “Paco, que rico besas, me gusta como lo haces”, “Así es chiquita, veras que ya viene lo mejor, quiero poseerte y comerte rico”, le contesté.

    Después de algunos 5 minutos entre besos, abrazos, caricias y todo el agasaje que nos estábamos dando, quite el nudo del sostenedor de su bañador, y empecé a besar y lamer como un loco sus lindos pechos, mientras ella suspiraba y gemía completamente y me decía “Paco, me derrites, uff, mmm, que rico”, por lo que yo de inmediato la acosté en la cama, y le quité su bikini, notando que tenía una rica chocha bien depiladita, y unos labios externos bien cerraditos, así que yo me abalancé sobre ella y con mi lengua empezaba a darle un sexo oral, mientras ella se limitaba a decir “Agg, ayy, papito que bien lo haces”, así estuve dándole un buen rato, para empezar a sentir que su almeja estaba bien mojadita, la cual ya escurrían líquidos, los cuales yo sin miramientos los saboreaba.

    Seguidamente me hinqué sobre la cama y puse sus piernas sobre mis caderas, para así tener todo su sexo frente a mí, ya estando nuestros cuerpos bien pegados, empecé con mi dedo pulgar a pasarlo por la entrada de su almeja, sintiendo que efectivamente la tenía muy estrecha, mientras ella para ese entonces, estaba que explotaba de caliente diciéndome “Paco, ya penétrame te quiero sentir dentro de mí, no aguanto más”, “Chiquita que sabrosa estas, ya voy a meterte mi verga”, le contesté, así que después de la pasada que le estaba dando con mis dedos a su vagina, acomodé mi falo en la entrada y empecé a arremeter poco a poco, puesto que sentía su abertura muy estrecha, mientras ella me decía “Despacio que la tienes bien grande, uff, mmm, grr…” así que poco a poco iba arremetiendo hasta que noté casi la mitad de mi falo dentro de su pucha, sintiendo una sensación increíble de como los pliegues de su vagina, iban cediendo ante cada empujón que le daba.

    Al estarla penetrando veía como sus pechos se expandían y desinflaban, de lo excitada que se encontraba, y como su cara me veía con ojos de compasión y de morbo, lo que hacía que yo me pusiera más caliente, así que empecé a penetrarla más intensamente hasta que sentí como la base de mi pene chocaba con la entrada de su vagina, “Augg, Paco, ya me la metiste toda, duele, pero que sabroso” me decía, mientras yo seguía con mis empujes sobre ella, así que determiné cambiar de posición y acomodé su pierna izquierda sobre mi hombro derecho, dejando completamente abierta su rica vagina, lo que provocaba que yo tuviera un mejor punto de apoyo, para seguir penetrándola más rápida e intensamente, mientras ella se limitaba a gemir intensamente.

    Así estaríamos unos 5 minutos, cuando le dije “Mariela, quiero tenerte más íntimamente, así que la acosté boca abajo y puse una almohada sobre su vientre, para tener su rica puchita a mi total disposición, acomodando mi falo bien duro y grueso a la entrada de su vagina, y yo me subí arriba de ella, así que con mis pies yo hacía palanca para empezar nuevamente el entre y saca de mi verga, mientras que besaba su oído diciéndole “Me gustas Mariela, estas buenísima, mmm”, enlazando sus manos con las mías, “Paco, que rico me estás haciendo, eres muy romántico, mm, uff”, así estuvimos unos cuantos minutos, mientras yo seguía con el vaivén metiendo y sacando mi falo, el cual lo sentía bastante húmedo, debido a los líquidos que salían de su rica puchita, hasta que empecé a sentir que no tardaría en venirme, así que le dije “Chiquita, ya casi me voy, quiero dejártelos todos dentro”, “Si Paco, déjalos dentro, me estas partiendo en dos, agg, ayy grr”, así que a los pocos minutos enlace con mayor fuerza sus manos, para sentir como mi semen llenaba esa rica almejita “Uff, Uff, me estoy viniendo, siente mi semen Chiquita”, “si papacito, que rico me estás dando, mmm” respondiéndome.

    “Paco, que rico me has hecho sentir, uff”, ante lo cual le dije “Espérate mamacita, quiero bombearte todavía”, así que me acosté boca arriba y la puse sobre mi falo hincada, así que lo acomodé y sintiendo todavía la erección que traía, la empecé a darle duro y constante, lo que hizo que ella de inmediato reaccionara ante tremenda arremetida, tomándola por los hombros, y besando y mordisqueando sus pezones, los cuales estaban bien paraditos, y su piel toda erizada, mientras me decía “Paco, me estas partiendo, estoy toda mojada, ya para que me estoy viniendo”, mientras yo sin oír suplicas, seguía dándole rápido y constante, sintiendo que su vientre se empezaba a convulsionar, mientras ella me suplicaba “Papacito, me estoy convulsionando de placer, ya para por favor, se me va a salir el corazón, uff, agg, mmm”, así estuve alrededor de unos 3 tres minutos, hasta que ya cansado de tanto darle y darle, la deje que se acostara a mi lado, viendo como su cuerpo se estremecía de placer.

    Después que terminamos, serían las 7.30 de la tarde y me dijo “Paco, me gustas mucho, nunca había sentido esto” “Eres hermosa, quiero seguirte viendo después de este fin de semana, quiero ser tu macho”, le conteste y nos fundimos en un beso muy profundo, y le dije que nos metiéramos a bañar porque ocupo descansar, así que nos duchamos y después de ello fui a mi cuarto a descansar un rato, para eso como a las 8.20 de la noche me toca a la puerta Elvira, quien me dice que me van a esperar alrededor de la alberca para lo que viene, el cual será motivo del siguiente relato.

  • Aventuras y desventuras húmedas: Primera etapa (19)

    Aventuras y desventuras húmedas: Primera etapa (19)

    En las toallas volvió a reinar el silencio, el sol había evitado las hojas de los árboles y les daba en diagonal con más intensidad. Las gotas que se deslizaban por sus cuerpos apenas tardaron en secarse. Su madre se había puesto las gafas de sol y de mientras su hijo cerraba los ojos para relajarse, sin embargo algo le perturbó, una cosa que le llamó la atención y que casualmente había visto todo el día.

    El cuerpo de Mari tumbado boca arriba seguía secándose. Siendo agosto y sobre todo con este par de días en los que había tomado el sol, había perdido buena parte de su palidez. Naciendo por toda su piel un pequeño tono dorado que la hacía resplandecer. No llegaba a estar morena, quizá en unos días lo lograría, pero el cambio de color era evidente.

    Sergio sabía por pasados veranos, que la mayor muestra de que su madre se estaba poniendo morena, eran las pecas que le salían en el rostro y alguna ya había florecido. Eran muy idénticas a las de su tía Carmen, salvo que esta, las lucía casi todo el año debido a los largos ratos que pasaba al sol. El joven la miraba con uno de sus ojos entrecerrado, no podía negar que su madre había parado el reloj del tiempo, es más, lo había puesto marcha atrás. Aquel color de piel, aquella sonrisa, su pelo cuidado… todo era una mezcla perfecta que la hacía parecer más joven y a Sergio, eso le gustaba.

    Sin embargo, el muchacho no se fijó únicamente en la piel de su madre o en las graciosas pecas que le surcaban la nariz. Con el único ojo que la miraba y con la mente medio dormida debido al calor, vio como la parte inferior del bikini amarillo que compró Carmen, caían todavía gotas traviesas que mojaban la toalla.

    Decidió subir sus ojos, recorriendo primero las costillas, algo marcadas por la delgadez de la mujer y después, parar esa mirada en una zona poco apropiada. Se sentía levitando, cerca del mundo de los sueños, sin embargo, su visión ponía atención a lo que tenía enfrente, la parte de arriba del bikini.

    Una gota descendía desde el sujetador surcando el lateral del cuerpo de la mujer, sin que ella se diera cuenta. Sergio podía ver que tras el cristal oscuro de las lentes de su madre, sus ojos estaban cerrados, no dormía, pero estaría tan relajada que no podría sentir sus ojos analizando cada centímetro de piel.

    La tela en esa parte también estaba mojada, se había pegado a la piel y la silueta de los senos desde el punto de vista de Sergio era evidentes. Un pequeño montículo coronaba la mama, un ligero bulto que sobresalía por la zona acolchada del sujetador. Ni se le ocurrió dejar de mirar.

    Durante unos segundos, quizá breves… o quizá no tanto, sus ojos se quedaron fijos en ese punto, una mínima elevación encima de una mayor. Su mente le avisó de lo que estaba haciendo, le estaba mirando los pechos a su madre, no por casualidad o cierta curiosidad, si con mucha intencionalidad.

    Dentro de su bañador, el miembro que había estado inerte bastante tiempo aquel día, de pronto pegó un pequeño salto que hizo alarmar al joven. Sus ojos escaparon de la perfección que estaba observando, tuvo que parpadear como si pudiera borrar la imagen y su cuerpo trató de fingir una normalidad que no existía.

    “Saca algún tema o piensa en otra cosa, ¡estúpido!” se dijo notando que otra leve sacudida se iniciaba dentro del bañador. Pensó en que podría decirla, por nada del mundo debía tener ese cosquilleo en la entrepierna, lo tenía que bajar. “Carmen me ha desestabilizado” se dijo convenciéndose una y otra vez, aunque ¿eso era cierto?

    —Mamá… —en la tempestad que era su mente vio buena opción seguir hablando del tema que habían tratado antes. Además que todavía le quedaba alguna duda por resolver— te apetece seguir hablando, ¿o lo damos por terminado?

    —¿Sobre lo de antes?

    —Sí… sobre todo de una cosa, es algo que me gustaría saber.

    —Dime.

    —No te enfades, por favor, ¿has tenido alguna vez dudas de estar con papá?

    Mari no contestó, el silencio llegó para quedarse unos cuantos segundos, solo se podía escuchar la suave brisa y ecos distantes de otras personas que parecían estar en otra galaxia. La mujer sopesaba la respuesta al tiempo que su hijo no percibía el menor cambio en ella. Le dio la sensación de haber hecho una pregunta sin importancia, pero bien sabía que no era así. Percibió que los labios de su madre se comenzaban a mover y un fugaz pensamiento le dijo que le pidiera perdón, sin embargo, su madre fue más rápida.

    —¿Te…? —dijo Mari tomando la palabra con firmeza— ¿Te ha contado algo tu tía?

    No hacía falta que lo confirmara, la complicidad entre ambos Mari la conocía, las únicas dudas que le quedaban a la mujer, era saber hasta qué punto habían hablado de ella.

    —Hablamos de cuando erais jóvenes…

    —Hijo, eres ya mayor y creo que puedes entenderlo. —a Sergio aquella frase le impactó como si su madre le fuera a desvelar el mayor de los secretos— Tú tienes ahora 21, yo con esa edad iba a quedarme embarazada y ya estaba casada. Eran otros tiempos, sí… aun así te lo digo para que te pongas en situación. Piensa ahora, que tú con esta edad estuvieras con una chica que conoces de hace solo 2 años… y que además, es mayor que tú… concretamente tu padre tenía 26 años cuando nos casamos.

    Sergio comenzó a pensar en la idea de ser padre y casarse, un supuesto que era tan lejano que ni siquiera se lo había planteado. Cuando oía la palabra matrimonio e hijos, lo asociaba a la treintena o más… no ahora que estaba disfrutando en la universidad. Todo aquello era más para “viejos”.

    —Una niña con 21 años —siguió su madre—, en un pueblo como en el que nos criamos, que aún estábamos algo atrasados, no es una exageración, es una obviedad… hablo en tema cultural —matizó ella—. Es normal que tuviera dudas. Sergio, —volteó la cabeza para mirar a su hijo tras las lentes y finalizó— estaba cagada de miedo.

    —Te entiendo, yo no contemplo casarme hasta dentro de bastantes años…

    —Mi situación era un poco esa, no pensaba en casarme hasta dentro de unos años, pero la presión de mis padres, pues… hizo que sucediera. Al final tu padre ya era “mayor”, entiende mayor en esos años. Por lo que al final nos casamos, pero cuando naciste tú… fue una bendición, y luego tu hermana, claro. Cuando te cogí en brazos por primera vez, supe que no tendría que haber dudado en ningún momento, elegí el camino correcto.

    —Me alegro, de esa forma existo yo. —ambos sonrieron— Mamá, lo que te he dicho antes de ayudarte a que estés feliz, lo digo muy en serio, no tomes mis palabras en saco roto. Cualquier día si quieres hacer algo o tienes un plan en mente, no tienes más que decírmelo.

    —Es que hijo… tampoco es que me apetezca mucho. Con tu padre siempre intentaba salir y hacer algo. Pero ahora con toda la semana trabajando es normal que no quiera… está cansado… entiendo perfectamente que quiera descansar…

    —No, Mari, hay que forzarse un poco, ya descansará después. El fin de semana lo pasa en el sofá, o sea que descansa lo suficiente.

    No pretendía hacer reír a su madre, pero una leve sonrisa se formó en su rostro, tuvo que tapársela para que su hijo no viera que se reía de su marido.

    —No sé… aunque no te quito la razón, todavía somos jóvenes. Si no hacemos las cosas ahora… ¿Qué las vamos a hacer con sesenta?

    —Podemos hacer un poco presión de grupo. Mira, tú le dices algo en la sala cuando estemos todos, y entre los dos… y si se anima Laura… si no está con sus cosas de preadolescente. —su madre le intentó hacer un gesto de enojo, aunque… ¿Para qué? No mentía— Hacemos que papá y tú valláis por ahí, ¿bien?

    Su madre le miraba fijamente, en verdad, ¿Cuándo se había convertido su hijo en ese chico… hombre, tan bueno y sensato? Movió su mano hasta el rostro de Sergio. Los dedos secos y calientes debido a los rayos del sol acariciaron la tersa piel de su hijo, quitando alguna gota de agua que aún resistía el calor.

    —De verdad, eres un buen hijo… —dijo en un tono muy bajo—, me cuesta mucho decirte esto, creo que lo sabes, pero… —aspiró con fuera y soltó casi sin voz— te quiero mucho.

    —Y yo. Qué raro me suena que me lo digas, mamá, no estoy acostumbrado.

    —Te tendrás que acostumbrar… debo cambiar, por ti, por mí, por tu hermana… por todos.

    Sergio se quedó pensando en lo bien que le sentaban esas palabras salidas de la boca de su progenitora, le llenaban el cuerpo y hacían que una mueca de felicidad le pintara el rostro.

    El interior de Mari gritaba de alegría, se sentía dichosa al decirle todo lo que amaba a su hijo, entonces ¿por qué le costaba tanto algo tan sencillo? No lo sabía. Sin embargo, el esfuerzo de soltar esas tres palabras le había dejado un buen sabor de boca y una sonrisa que no se le iba del rostro.

    Siguieron secándose al sol en silencio, hasta que comprobaron que no había ni una gota de agua en sus cuerpos. Casi a la vez, vieron buen momento de “levantar el campamento” y volver al pueblo siguiendo con el plan que la mujer había elaborado.

    En camino de vuelta dentro del coche, Mari seguía pensativa y mirando el paisaje, daba vueltas a su cabeza mientras su hijo conducía en silencio. Se miraba en el espejo, su imagen se veía borrosa en el pequeño cristal del copiloto, pero podía observar que su belleza no se había esfumado, seguía allí.

    El pelo negro todavía húmedo y algo encrespado caía salvaje hasta sus hombros, todavía conservaba un color muy vivo que no vestía ninguna cana. No mentía su hijo al decirla que lo tenía descuidado, sin embargo ni con esas perdía belleza su cabello, ya que lucía unos mechones frondosos que brillaban a la luz del sol.

    Levantó las lentes para verse con más precisión. Justo al hacerlo descubrió sus ojos, aquellos dos globos oculares de los que siempre se había sentido orgullosa seguían allí, aunque ella casi los había olvidado. En el espejo el azul de su mirada se reflejaba de forma intensa con un brillo propio, dos estrellas en el firmamento que habían puesto en su rostro por gracia genética. Se podía engañar si quería, pero era preciosa.

    Era una mujer bella, aunque quizá al volver a casa, esa mujer se volvería a esconder de nuevo detrás de las ojeras, los peinados rápidos y el poco cuidado. ¿Por qué se dejaba tanto? ¿Para tanto era el cuidado de la casa que no le dejaba tiempo? O ¿era ella la que no se dedicaba tiempo?

    Miró a su izquierda, su hijo conducía tranquilamente por la carretera, ajeno a los pensamientos de su madre. Le echó un ojo con disimulo, tratando de que no le pillara. Se había convertido en un hombre sin que ella se diera cuenta, en un buen hombre… nunca había esperado ver esa faceta en su hijo, siempre lo tenía como su bebe. No obstante, allí estaba, era educado, bueno y comprensible. Incluso… ¡Había hablado con él de sus problemas! “Aunque otros quedaran en mi mente, es un primer paso”.

    En su imaginación nació una idea, un pequeño soplo que pasó fugaz, pero logró atraparlo. Disimuló la sonrisa mirando hacia el paisaje lleno de una extensa porción de árboles verdes, pensando en esa mínima idea, pero que sentía como una verdad. Aunque no quería expresarla en su mente, prefiriendo no darle una forma, al final sucumbió a lo evidente “ojalá Dani se parecía a su hijo…”.

    Aparcaron cerca de la plaza del pueblo, sentándose en uno de los bares. La zona estaba medio vacía, por el pueblo aún se respetaba la buena costumbre de la siesta y más con aquel calor. Por lo que hasta dentro de un rato la zona no se llenaría de gente, podían tener… más intimidad.

    —Se va acabando nuestro día en familia… —dijo Sergio con un tono algo ausente.

    —Pero aún no ha terminado —respondió su madre con una sonrisa, mientras pedía al camarero una Coca-Cola y un vino.

    —Qué raro se me hace verte beber —Mari solo era de beber en ocasiones especiales.

    —No estoy acostumbrada, pero… estoy de vacaciones. Aunque mejor no beber como el otro día… me pasé un poco.

    Sergio casi tenía olvidado el “pedete” que su madre sufrió al llegar. Pero lo que no olvidaba y menos de una imagen muy nítida que corría por su mente. Más que recordar a su madre borracha, lo que no podía sacar de la cabeza, ni quería, era el cuerpo semi desnudo que tuvo en frente y que metió en cama.

    Su móvil sonó y lo cogió con desgana por haberle sacado de esos pensamientos. No tenía ni idea de quién podía ser, quizá algo de publicidad de alguna compañía telefónica, no recordaba haber hablado con ningún amigo.

    Al momento que vio que era de “Tía Carmen” el cuerpo se le revolvió, no se esperaba lo que vio. Su tía le había mandado una foto, una única instantánea en la que de manera explícita, aparecían tanto un pezón, como sus labios. Le había devuelto la moneda, foto por foto.

    El joven abrió los ojos de par en par y como no, su entrepierna juvenil comenzó a reclamar sangre desesperadamente. Tan absorto estaba en la foto que casi se le pasa el texto que le había escrito.

    —Te echo de menos…

    “Por dios, MI TÍA, me vuelve loco…” pensó antes de que algo le sacara de la gloriosa visión.

    —Sergio, ¿estás aquí o…? —era su madre con la copa de vino ya en la mesa mientras el camarero servía la Coca-Cola.

    —Sí, sí, lo siento. Una amiga… —soltó de pronto tan descuidadamente, “¿Cómo que una amiga? ¡Si yo no he tenido amigas en la vida!”.

    —¿Amiga? —preguntó su madre extrañada y a la vez sorprendida— No sabía que tenías amigas.

    —Si bueno, es muy reciente… hace poco que nos conocemos — “¿Qué haces? ¡Cállate!” Su mente luchaba contra sí misma.

    —¿Qué tal? —Sergio la miraba extrañado— Me refiero con tu “amiga” —entrecomilló con un gesto de manos— no te creerás que soy tonta…

    Sergio se había metido en un lío de la forma más infantil posible, de manera indirecta le había dicho que alguien le había hablado. Aunque eso era lo de menos, porque si su madre llega a ver quién le hablaba y que le había mandado, le daría un infarto. El joven no supo que decir, “quizá lo mejor será decirla que no es nada”.

    —Después de tantas preguntas que me has hecho y ahora, ¿tú no me contestas? —en aquello no le faltaba razón. ¿Cómo no contarle? Si Sergio no decía algo, quizá esa buena relación que estaban labrando se desmoronaría. Además no la mentía, el joven tenía una amiga, aunque esta era la hermana de su madre.

    —Bueno… No sé qué contarte, nos estamos conociendo…

    —¿Sí? Qué bien, ¿y vas en serio con ella, o es…? —Mari no encontraba el término para referirse a la chica. Pero Sergio la cortó mientras pensaba en posibles palabras que encajasen en una conversación de madre e hijo.

    —Todavía no lo sé, simplemente nos estamos conociendo, mamá, dame tiempo. Es muy pronto para saber hacia dónde va todo —ambos sonrieron y Mari dio un trago largo a su copa.

    —Bueno, pero déjala para otro momento, dile que estás ocupado con otra chica. —su madre le guiñó de forma cómplice, un gesto más de Carmen que de ella, algo que Sergio jamás había visto y que le dejó perplejo.

    El joven guardó el móvil y siguieron hablando de otros temas sin importancia mientras ambos se acababan primero una ronda y después otra. Pasaba la tarde mientras corría la tercera copa de vino y Sergio cambiaba su refresco a agua.

    La tarde pasó en un suspiro y terminada aquella tercera copa de vino se levantaron y fueron al coche. Habían estado de cháchara tanto tiempo… los bares se habían comenzado a llenar e incluso el sol comenzaba su lenta bajaba dispuesto a cruzar el horizonte.

    Tanto madre como hijo, llegaban bastante cansados a casa, el día había sido duro. El sol les había absorbido buena parte de las fuerzas y estaban derrotados, aunque Mari todavía tenía en el cuerpo las tres copas que se había bebido y eso le daba un plus de fuerza.

    Llamaron a la puerta de la entrada y Carmen les abrió de manera efusiva. Durante toda la tarde les había echado de menos, aunque quizá algo más a su sobrino al que abrazó con fuerza, reprimiendo las ganas que tenía de llevárselo a “otro lado”.

    —¿Qué tal os lo habéis pasado? —preguntó Carmen a su hermana.

    —Bien, ha sido más que relajante.

    —Oye… —le dijo fijándose en como los pómulos de la mujer estaban algo rojos. Se acercó para oler el aliento que emanaba de su boca— tú… ¿Has bebido? ¿Sin mí?

    —Quizá sea una nueva Mari —dijo su sobrino subiendo las escaleras para ponerse el pijama.

    —¡Vaya sorpresa! —rio Carmen haciendo que su hermana se avergonzara levemente— Vamos a cenar anda que he hecho una tortilla. Oye, si quieres, ya que vienes así… y me lo pides con tantas ganas… Podemos abrir una botella de champán, mira ¡qué buena idea has tenido, hermanita!

    —No, Carmen, de verdad, ceno y me voy a cama, estoy molida.

    —Anda, anda… —le dijo mientras la cogía del brazo— vamos a disfrutar, cariño.

    Sergio bajó de su habitación cuando las mujeres estaban en la mesa de la cocina cuchicheando, a la par que acompañaban la cena con sendas copas de champán.

    —Cariño, siéntate, lo que queda es para ti —Mari le señalaba la media tortilla que sobraba.

    —Es demasiado, no creo que me la termine…

    —Come. Que Carmen ha hecho mucho —replicó su madre.

    —Haz caso a tu madre.

    Añadió Carmen lanzando una mirada más que descarada delante de su hermana, cada vez se cortaba menos.

    Los tres cenaron en la mesa y el chico se acabó su plato a regañadientes, eso sí, después se sintió más vital, había repuesto energías. Las dos mujeres hablaban y hablaban, centrándose en cosas de la familia y cotilleos varios sin mayor relevancia. Sergio en cambio, nadaba en sus pensamientos mientras miraba el móvil sin hacer nada realmente, contestar algún mensaje ocasional y echar una ojeada a las redes sociales.

    —¿Hablando con tu amiga? —le preguntó su madre, algo que Sergio le costó entender. Su tía reaccionó antes.

    —¿Qué amiga? —sorprendiéndose realmente.

    —Mi hijo, que tiene una “amiga”. Al parecer esta hecho un Don Juan.

    —Pues no me había dicho nada.

    —Nada, no cotilleéis sobre mí, por favor…, cambiando de tema… ¿Te ha contado mamá que me ha intentado ahogar en el río?

    —Sí, sí, cambia de tema, canalla —saltó su tía con una sonrisa felina. Entendió a la primera quien era la “amiga”—. No me ha dicho nada… o sea que Mari, ¿me quieres dejar sin sobrino?

    —La verdad —Mari comenzando a reír— que nos lo hemos pasado realmente bien. Aunque luego el agua estaba un poco fría y ya nos hemos salido, el río nunca está caliente del todo.

    —Ahora una ducha y como nueva, cielo —le contestó Carmen. De pronto una luz se encendió y su mente a la velocidad del rayo caviló un plan que no se le había ni pasado por la mente— o… podemos hacer otra cosa. —la mujer creó unos segundos de intriga mientras los otros dos la miraban expectante— Mari, ¿has estado alguna vez en un jacuzzi? —ella negó con la cabeza— ¿Te apetece meterte en uno?

    No supo que decir, aunque las burbujas del champán ya le habían subido a la cabeza y no vio ningún impedimento para decir que no a esa proposición. Nunca había estado en uno y de no aprovechar el de su hermana, quizá jamás volvería a disfrutar de ese placer.

    —¿Por qué no? —ambas brindaron y rieron a la vez mientras Sergio pensaba “de vez en cuando qué raras son las mujeres…”.

    —Bueno… entonces con vuestro permiso marcho a cama que estoy muy cansado.

    —Oye, no, no, no. No puedo permitir que mi sobrino se vaya sin probar el jacuzzi.

    —No sé, Carmen, estoy realmente cansado.

    —Tranquilo, hijo, si no vamos a tirarnos toda la noche, es solo un rato. —le sorprendió que su madre dijera aquello. La Mari habitual, le hubiera dicho que lo mejor era ir a cama y descansar. Su “nueva madre” le gustaba.

    El joven movió los hombros sin saber lo que iba a hacer. Aún estaba con el cerebro algo lento debido a la comida y al cansancio, pero mientras ambas mujeres subían al cuarto con las copas de champán lo vio claro.

    Su mente rápida carburó una frase del todo real “voy a ir a un jacuzzi con mi madre y mi tía. Con esta última he tenido sexo y estará en bañador, bueno… mejor dicho, las dos lo estarán. Es surrealista”. La elección era obvia, al menos para una mente más calenturienta que de costumbre. Ir con ambas mujeres y compartir las burbujas del jacuzzi era del todo tentador, pero claro, el factor que le desequilibraba era su madre. Se propuso buscar alguna excusa, sin embargo, a su cerebro, tampoco le apetecía, lo que deseaba era meterse.

    Al tiempo que pensaba vio cómo su madre se metió en su cuarto. Sergio no lo hizo, aprovechó los pocos minutos que su madre se entretuviera, si es que tenía alguno, para ir primero donde su tía. Llegó solamente un minuto después de que Carmen traspasara su habitación, pero la mujer se había dado prisa, justo la pilló en el baño metiendo la primera pierna en el agua.

    CONTINUARÁ

    ——

    Por fin en mi perfil tenéis mi Twitter donde iré subiendo más información.

    Subiré más capítulos en cuento me sea posible. Ojalá podáis acompañarme hasta el final del camino en esta aventura en la que me he embarcado.