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  • De noviembre a febrero

    De noviembre a febrero

    Lo conocí por el chat. Él era 12 años menor que yo. Aquel hombre joven llegó una etapa de mi vida donde yo tenía serios problemas con mi esposo debido a que este me había sido infiel, no obstante perdoné a mi esposo, y decidí darle una segunda oportunidad, pero una extraña soledad empezó a invadirme y en mis ratos libres las redes sociales comenzaron a ser una distracción. El destino hizo que coincidiera con un hombre joven; él era parte de mis amistades en la red social de Facebook, a menudo chateábamos, no nos conocíamos en persona, me agradaba platicar con él.

    En poco tiempo lo que era una amistad sana por el chat se convirtió en algo más que me despertaba nuevas sensaciones, este hombre joven comenzó a piropearme, me halagaba constantemente, me decía cosas bellas, al punto que cuando menos esperé me animaba a enviarle algunas imágenes de mi rostro cuando él me pedía, me sentía muy bien por todo lo que me decía, sus palabras me daban confort.

    Recuerdo exactamente que un lunes de una tarde de noviembre; este hombre joven y yo platicábamos amenamente por el chat; yo me encontraba sola en mi casa; mi esposo había llevado a mis hijos a un evento deportivo, y yo me había conectado a Facebook a tal grado que al poco tiempo recibí un mensaje de «hola» de este hombre 12 años menor que yo.

    En el transcurso de la plática, de pronto este hombre joven me pidió que fuera su novia «virtual», yo hice una pausa de algunos minutos y me quedé muda, no sabía que responderle; en el fondo una sensación en mi estómago me removía fibras extrañas y su petición era para mí un halago, me hacía sentir tomada en cuenta, confieso que me gustó mucho que me propusiera esto y para no hacer más extenso el relato, debo confesar que de ese mes de noviembre a febrero ya me había entregado físicamente tres veces a este hombre joven; le había entregado todo cuanto una mujer puede entregarle a un hombre; incluso con creces; no me arrepiento; fue una hermosa aventura.

    En la actualidad sigo con mi esposo; hemos podido levantar nuestro matrimonio y del hombre joven no he sabido de él en años; confieso que a veces me llama la atención saber de su vida.

    Le deseo que le vaya muy bien, llevo su recuerdo en mi corazón, nunca le fui infiel a mi esposo más que en estas tres ocasiones con aquel hombre joven al que yo le decía: «príncipe».

  • Me cogí a mi madre ebria

    Me cogí a mi madre ebria

    Luego de haberla visto con su amante y en otra oportunidad haberme cogido a su amiga ebria, mientras dormía en la misma cama que ella, cambio absolutamente la forma en la que miraba a mi madre. Ya no la podía ver como una simple madre, la veía como una hembra culona y muy deseable. Comencé a masturbarme mucho pensando en ella y deseaba volver los fines de semana a casa para poder desearla más de cerca. Sabía que estando mi padre y hermanos en casa sería imposible lograr algo, así que estaba siempre pendiente de sus viajes donde mis abuelos.

    Finalmente, supe que un fin de semana ellos viajarían. Mi madre quedaría sola. Avise que volvería a casa desde la universidad para pasar el fin de semana (así le impedía llevar a su amante a casa) y espere durante toda la semana que se volviera a emborrachar con sus amigas.

    Llegué el viernes al final del día y todo normal, una relación normal de madre e hijo, aunque en el baño me corrí pensando en ella. El sábado temprano me comentó que sus amigas irían a tomar un lonche por la tarde. Supe que era mi oportunidad. Todo el día no dejé de pensar en ella borracha, en tanga sobre su cama. Para disminuir la angustia de la espera, por la tarde fui donde unos amigos, luego fuimos al cine. Retorné a casa como a las 11 pm.

    Mi madre estaba con dos amigas bebiendo. Para mi desazón, no estaban ni siquiera mareadas, estaban demasiado normales para mi gusto. Felizmente su reunión se prolongó hasta las 2 am del domingo y en ese lapso de tiempo las 3 ya estaban ebrias, haciendo karaoke. Felizmente se fueron las dos amigas y mi madre quedó sola.

    Sentí sus pasos subiendo por la escalera, entrando a su habitación. Luego imaginé que se desnudaba y se acostaba en la cama que compartía con mi padre. En su borrachera, dejó la puerta abierta y la luz encendida. Cuando sentí que dormía por su respiración, me aventuré con discreción a ir a verla.

    La encontré durmiendo de la misma manera que cuando la acompaño su amiga. Sólo en brasiere y tanga, de costado, con su enorme culo hacia afuera. La llamé un par de veces “mamá, mamá” y no reaccionó. Prendí la luz del pasadizo y apagué la de su habitación, lo que me daba más intimidad y seguridad, aunque igual podía verla muy bien.

    Me senté detrás de ella, comencé a acariciarle el culo desnudo, pues la tanga la tenía muy muy metida entre sus nalgas. Ella no reaccionaba y me aventuré a explorar entre sus nalgas. Puse la tanga de costado y comencé a rozar su ano con mis dedos. No pude contenerme mucho tiempo y empecé a lamérselo. Ella dormida comenzó a gemir ligeramente y luego cada vez con más fuerza.

    Luego de tener mi rostro, mis labios, mi lengua entre las nalgas de mi madre, me empecé a masturbar. Pensé que con eso me contentaría, pero no me bastaba. Sus gemidos me tenían demasiado alterado para contentarme con lamerla y masturbarme mientras lo hacía. Mientras mi mente divagaba, ella comenzó a moverse en la cama, rápidamente me separé de ella y se reacomodó boca arriba, con las piernas ligeramente separadas.

    Esperé unos segundos y cuando sentí que ella seguía profundamente dormida, separé aún más sus piernas y me quedó su coño disponible, sólo cubierto con su pequeña tanga putona. Pensé quitársela, pero decidí solo ponérsela de costado. Me acomodé entre sus piernas y comencé a hacerle una sopa que estaba deliciosa por lo húmeda que se sentía su vagina. Ella volvió a gemir y balbucear un “no Mateo, no Mateo” que resultaba algo ininteligible. Mateo no es el nombre de mi padre. Eso me excitó aún más.

    Decidí penetrarla y llenarla de mi semen. Me acomodé en misionero sobre ella, pero sin tocarla, casi como haciendo ejercicios, sólo acomodé mi pene y la penetré. Así húmeda, ebria y dormida, siguió balbuceando su “no Mateo” mientras yo la disfrutaba como había soñado tantas veces desde que le vi el culo semidesnudo.

    No duré mucho, quizás unos cuatro o cinco minutos. Me vine dentro, muy dentro de ella. Luego de vaciarme pensé que si al despertar tenía rastros de semen podría hilvanar sus ideas. Revisé y todo había quedado muy dentro, sin nada que fluyera fuera de ella. Le acomodé la tanga con cuidado y me fui a dormir satisfecho.

    Al despertar al día siguiente la encontré en la cocina. Sonriente me dijo “amor, te preparé tu desayuno favorito” y me besó la mejilla. Esa mañana volvió a ser sólo mi madre.

  • Obsesión cornuda, Liz (Parte 2)

    Obsesión cornuda, Liz (Parte 2)

    No hablé con Liz ese día. Ella envió 25 mensajes y me llamó 7 veces, no estaba listo, no tenía idea de que decir ¿Que me encantó escucharlo llamarla puta? ¿Que estaba celoso por qué se tragó su esperma y no el mío? ¿Qué me sentía cachondo y a la vez celoso y furioso? ¿Qué pasaría si ella quería verlo otra vez? No tengo idea de cómo reaccionaría, empujándola más a sus brazos o explotando furioso. Mejor no hablar con ella aún.

    Al otro día en la escuela no tuve escapatoria, ella estaba al lado de la puerta de mi salón. Me vio y sonrió débilmente, pero no nos acercamos, una enorme muralla invisible nos dividía.

    – No respondiste…

    – Me ocupé demasiado con la tarea y unas tonterías de mi papá – improvisé.

    – Ok… – decía viendo el suelo – ¿Estás enojado? – preguntaba preocupada, alzando la vista.

    – Para nada, ¿por qué? – dije rápidamente, no estaba molesto realmente, sólo confundido.

    – No sé, ¿por lo de César? – preguntó viéndome preocupada, me enterneció.

    – No para nada, en serio – quise tranquilizarla, la abracé dulcemente y la besé, sonaba la chicharra para la primera clase.

    – Te amo – me decía desesperada.

    – Yo también te amo – le dije dulcemente, ella sonreía por fin, nos despedíamos.

    En clase los ruidos histéricos de ella atragantándose con la verga de César venían a mi mente, también recordaba como él la llamó puta, se me helaba la sangre y la verga se me ponía dura.

    Llegaba el recreo y ver a César platicando con Mariyan me tranquilizaba, como si nada hubiera sucedido, como si todo hubiera sido una pesadilla. Ella y yo pasamos el tiempo en el recreo como la mejor pareja del mundo, tomados de la mano y besándonos de vez en cuando, como si todo estuviera bien, me sentí aliviado, hasta que él pasó a lado nuestro, verlo fue atroz. Me sentí devastado, patético, furioso, celoso, confundido, nervioso y por alguna estúpida razón, cachondo. Por fortuna el recreo acababa y no tuve que hablarlo con ella.

    Llegaba la hora de salir y no quería verla, no soportaría estar con ella, necesitaba tiempo para pensar las cosas y no explotar, era viernes así que sería fácil evitarla el fin de semana que no nos veríamos en la escuela, le dije por mensaje que mi padre me había llamado y necesitaba ayuda en el taller, no sé si me creyó, pero me dijo que estaba bien y me fui de la escuela tan pronto como salí sin despedirme de ella en persona. Básicamente no hablamos, no hubo llamada telefónica y la charla en redes sociales fue escasa y el sábado igual, parece que ambos nos negábamos a hablar del tema.

    Fue un fin de semana difícil, habíamos hablado poco y me sentía triste, luego recordaba los gemidos de él y los histéricos ruidos orales de ella, me masturbaba como loco y me sentía basura de nuevo, el domingo decidí que eso tenía que parar. Hablaría con ella, lo arreglaríamos, no era la gran cosa, ¿cierto? y me dije a mi mismo que la recuperaría al otro día en la escuela.

    Fue inútil. El lunes ella se comportaba fría y distante, por mensajes no lograba captar su humor, en persona me quedó claro que no estaba molesta, más bien parecía nerviosa o confundida, como yo. Pero como buenos adolescentes inexpertos e idiotas, no hablamos del tema, era demasiado grande para nosotros. Cuando llegó la hora de salir de clases me moría por ir con ella a su casa, la busqué rápidamente cuando dio la hora de la salida y ella seguía evitando mi mirada y sonriendo nerviosamente.

    – ¿Nos vamos? – dije con naturalidad.

    – De hecho, tengo que ir a ayudar al local – respondía rápidamente, era común, me sentía maldecido.

    – Ok, te acompaño pequeña – dije dulcemente tomando su mano.

    Fuimos caminando al negocio, por fin parecíamos hablar más, incluso toqué su lindo trasero y la besé varias veces antes de llegar ahí, como un tarado dejé el tema difícil hasta el final.

    – No estoy enojado por lo de César – dije firmemente.

    – ¿Lo prometes? – decía preocupada, la sentí vulnerable, la abracé pegando su frente a la mía.

    – Lo juro, te amo, nada cambiará eso, ni lo del jueves – dije firmemente y le di un pico cariñoso en los labios.

    – ¿Nada? – preguntó con inseguridad.

    – Nada, pequeña – nos besamos firmemente – ¿Han hablado? – pregunté intentando aparentar tranquilidad.

    – Ammm no mucho, solo nos saludamos o así – decía nerviosa – Él quiere de nuevo, ¿tú crees? Jaja – su tono nervioso no la abandonaba y reía fingidamente, me veía esperando.

    – Jajaja está pendejo – dije firmemente y la abracé para que no viera mi cara de miedo, por fin conectábamos de nuevo.

    La despedí en la puerta del negocio de su padre, con besos y palabras de amor. Caminaba a casa feliz, me sentía tranquilo de nuevo y noté que ella había dejado su cartera en la bolsa lateral de mi mochila, ella a veces la ponía ahí porque en su pequeña mochila no cabía una cosa más, la llamé ahí mismo, no contestó y regresé al negocio. Cuando llegué me encontré con la horrible sorpresa de que no estaba, la chica que atendía el negocio me decía que ella se había ido apenas llegó porque había olvidado algo en casa, no había modo, fuimos directos de la escuela a ese lugar, me mareé, caminé lentamente a su casa, cuando llegué y vi que el candado del barandal no estaba, casi se me detiene el corazón, no tuve el valor de tocar, le envié un mensaje con trampa.

    “¿Cómo te va en el local mi amor?”

    Casi una hora y por fin contestaba diciéndome que estaba aburrida haciendo inventarios. Tenía la esperanza de que me dijera que en efecto había ido a casa por algo. Pasé una hora más en la esquina pensando, envié otro mensaje.

    “Oye, marqué al local y me dijeron que fuiste a tu casa por algo, iré a darte tu cartera, la olvidaste de nuevo en mi mochila, mensota jajaja”

    Ella tardó casi 20 minutos en contestar.

    “No, no te preocupes, me la das mañana, vine por unos formularios que necesito para los inventarios”

    No iba permitirle salirse con la suya.

    “Ya voy caminando jajaja ahorita llego en 15 minutos pequeña, no te preocupes”

    Ella leía, pero no contestaba, me escondí detrás de una camioneta en la esquina y 2 minutos después se abría la puerta y ella salía junto con César, el corazón casi se me sale del pecho, me puse furioso, quise ir ahí, gritarles y golpearlo en la cara, se me puso la verga como piedra, sudaba frío, sentí que me desmayaba… Ellos reían nerviosos y ella lo despedía con un beso en los labios, él le tocaba el culo y se iba por la otra esquina. Estaba destrozado y cachondo, no sabía que pensar, todo era mi culpa, de no ser por mí, nada de esto hubiera sucedido. 10 minutos y fui directo a tocar su puerta con la boca seca, el corazón a tope y la verga erecta. Ella abría definitivamente nerviosa, me saludaba sin verme a los ojos, le entregué la cartera y entré.

    – De hecho, voy de salida… – me decía débilmente mientras yo caminaba hacia dentro.

    – ¿Me dejas hacer una llamada? Me quedé sin saldo – dije rápidamente apegándome a mi plan.

    – Si, claro – decía rápidamente dándome su celular, era común, ella siempre tenía plan ilimitado que le pagaba su padre.

    Marqué un número en su celular, ella parecía arrepentirse de inmediato, estaba definitivamente incómoda viéndome fijamente, esperé a que mi amiga Saraí contestara.

    – ¿Bueno? – dije fingiendo no escuchar – ¡¿Bueno?! ¡No te escucho! espera – dije rápidamente y entré al baño sin darle oportunidad a mi novia de detenerme, ella definitivamente quiso hacerlo, lo vi en su cara.

    Me encerré en el baño, abrí WhatsApp y revisé al azar, no podía creerlo, era demasiado, estaba tan nervioso que mis dedos manchaban la pantalla con sudor, no sabía ni por dónde empezar, fingía tener una conversación con mi amiga en voz alta para que Liz escuchara, estaba seguro que ella estaría en la puerta. Decidí tomar capturas de pantalla, guardar el material y enviármelo todo por correo desde su celular, cuando vi el correo en mi celular, eliminé toda la evidencia del suyo. Respiré, intenté mantener la calma y salí sonriendo del baño tranquilamente, ella estaba tan cerca de la puerta que pude verla echándose atrás, cuando extendí la mano ella prácticamente me arrebató el aparato.

    – Tengo que irme – dijo nerviosa.

    – Claro, yo tomaré un camión aquí fuera.

    Salimos en silencio y sin tomarnos de la mano, ella iba con los brazos cruzados y nos despedimos fríamente en la esquina, sin besos, sin decirnos que nos amábamos. Corrí a mi casa y comencé a revisar el material, estaba emocionado de algún retorcido modo. Abrí el correo, intenté empezar en orden, lo primero eran capturas de una conversación con su amiga el día que lo vio por primera vez, el jueves.

    – ¿En serio se la chupaste? Que puta envidia jajaja – decía Samara.

    – ¡Le sabe deliciosa! ¡La tiene enorme! ¡Hasta las bolas le lamí! Jajaja.

    – ¡Que maldita envidia! ¿La tiene más grande que tú novio? ¿Te tragaste su corrida pinche Liz asquerosa? Jaja.

    – La tiene casi el doble que mi novio, neta la tiene ¡ENORME! Se eyaculó todo en mi boca jaja Obvio me tragué su corrida jajaja no quería decepcionarlo.

    – Te odio tanto jajaja – decía la amiga.

    – Casi me encuera, me quería quitar los calzones, pero no andaba depilada y me dio pena jajaja.

    ¿Esa era la única razón? ¿Evitó hacerlo por vergüenza con él y no por mí? Me sentí tan traicionado, estaba histérico, dejé de leer eso y salté a la conversación que había tenido con él ese día.

    – ¿La boca te sabe a mi corrida? jaja – decía él.

    – si jaja toda amarga.

    – jajaja ¿mañana de nuevo?

    – En serio? Es que tal vez Franco quiera venir…

    – ¿Así se llama tu novio? Deshazte de él y me comes la verga de nuevo…

    ¿Al siguiente día? Cuando yo me negué e irónicamente entonces les di la oportunidad, me sentí tan estúpido, no podía seguir leyendo, necesitaba ver los vídeos, había tantos videos… El primer video era del viernes, apenas al siguiente día cuando yo le mentí para no ir con ella a su casa. No me importó nada, saqué mi verga erecta y comencé a masturbarme, le di al play.

    El vídeo comenzaba con ella de pie y riendo, vestida con su lindo uniforme de colegiala, él grababa y Liz reía nerviosamente y comenzaba a bailar de manera sexi, algo torpe y nerviosa, se quitaba la blusa, yo estaba más cachondo que nunca en mi vida, se quitaba la falda riendo un poco y solo llevaba debajo un cachetero azul a juego con su brassier, ella no llevaba esos shorts rojos de licra de siempre, iba preparada para mostrarle algo lindo, me sentí tan celoso y patético.

    Se retiraba el brassier de espaldas y el corazón casi se me sale cuando ella se daba la vuelta y podía ver por primera vez en mi vida sus lindas tetas y sus preciosos pezones cafés, no eran para mí, y ni siquiera era en vivo, un año y medio contra 2 días de él, sus pequeñas, redondas, firmes y lindas tetas las coronaban esos perfectos y pequeños pezones cafés, ella estaba tan cerca que él extendía una mano y le acariciaba un pecho.

    Él exigía que se quitara los cacheteros dándole la espalda, ella obedecía riendo nerviosamente, se daba la vuelta y bajaba sus cacheteros lentamente sin doblar las rodillas, apuntando con su lindo trasero a la cámara, su culo era increíble, tal como lo imaginé tantas veces, algo pequeño, pero tan redondo, tan firme, tan lindo y respingado. Me sentí una mierda viendo por primera vez el precioso culo de mi novia al desnudo en un vídeo que ni siquiera grabé yo, ni era para mí, aun así, estaba dispuesto a disfrutarlo, tal vez como mecanismo de defensa o tal vez algo oscuro y retorcido dentro de mi amaba que él pudiera disfrutar el precioso culo de mi novia antes que yo.

    Ella se quedaba con su precioso culo al aire unos segundos a petición de él, César le tocaba las nalgas un poco. Ella se ponía de rodillas y él enfocaba hacia su verga, una verga enorme, ver ese enorme pedazo de carne me hacía sentir patético, larga y gruesa, una cabeza gigantesca, unas bolas enormes, algo peludo, el grueso y pálido tronco tenía las venas marcadas y estaba rojo y húmedo en la punta, una verga muy superior a la mía, la vida es tan injusta…

    Le daba una mamada profunda y él enfocaba bien la linda cara de ella y su obscena verga enorme, ella iba hasta abajo y daba unas arcadas escandalosas viendo fijamente a la cámara mientras él gemía.

    – ¿Te gusta mi verga puta? – decía lujurioso entre sus gemidos, mientras los labios de mi novia abrazaban perfectamente su verga.

    – Si – respondía con tono lujurioso.

    – ¿Te gusta más que la de tu novio? – decía con sorna, ella reía nerviosa.

    – Si… Está mucho más grande – decía lujuriosa y enseguida devoraba hasta abajo su verga, él la empujaba con su mano libre y gemía profundamente mientras ella daba una arcada y hacia una cara de asco.

    El espectáculo era de primer nivel, desnudos, ella chupando esa verga enorme, haciendo caras, dando arcadas, él la empujaba salvajemente con su mano libre y gemía profundamente llamándola puta, ella no lo detenía ni se quejaba. Ver cómo abría la boca esforzándose por abarcar esa enorme verga me obsesionaba, parecía tan desesperada y lujuriosa. La mamada subía de velocidad, él se ponía de pie rápidamente y tomaba su nuca con fuerza, gemía como histérico y pude ver la parte que sobresalía de su verga fuera de la boca de mi novia cómo palpitaba y se retorcía con violencia, ella hacia una cara de asco escandalosa, aunque parecía honesta, podía escuchar sus ahogadas arcadas por la verga de él, que gemía a todo pulmón.

    – Enseña antes de tragar – decía entre sus gemidos mientras ella apretaba los ojos y la verga de César seguía dando saltos violentos dentro de su boca.

    Sacaba su verga lentamente de la boca de mi Liz, ella abrió y pude ver su espesa y enorme corrida blanca, bastante abundante, ella cerraba la boca, echaba la cara hacia abajo, tragaba con dificultad y alzaba la cara con un gesto de asco abriendo la boca para mostrar que había tragado.

    – Que buena puta eres – decía y ella reía un poco, el video terminaba.

    No podía parar, estaba furioso, incrédulo, nervioso, emocionado y me masturbaba como loco, simplemente di play a otro video.

    Ella grababa en primera persona, estaba acostada en la cama boca arriba, con las piernas abiertas y él colocaba la cara entre sus piernas, no podía creerlo, ¡¿En serio?! ¡¿Le daría sexo oral?! ¡Maldita sea! ¡Puta perra! ¡Rogué tantas veces por lamer su coño o su culo! ¡Maldita infeliz!

    Él acercaba la cara rápidamente a su coño perfectamente depilado, no podía creer que se hubiera depilado para él, su lindo y pequeño coño se veía delicioso, César le abría las piernas por completo, hundía la cara entre sus piernas y ella gemía profundamente enseguida mientras él comenzaba a lamer, jamás la había escuchado gemir, me heló la sangre, me puso la verga dura, me aceleró el corazón. Ella gemía desesperada y sincera, le acariciaba la cabeza con la mano libre, él alzaba la vista y podía ver su lengua entrando en su coño, ella se retorcía como gusano.

    – ¡Así, así! ¡Ay César! – decía histérica y movía demasiado la cámara.

    Él le quitó el celular y lo colocaba rápidamente sobre la mesa a lado de su cama, dando un show espectacular, ella acostada con las piernas abiertas, las rodillas levantadas con los pies sobre la cama, completamente desnuda, él también desnudo y acostado con la cara hundida entre las piernas de mi preciosa novia puta. Mantenía sus manos sobre los muslos de ella para mantener descubierto su postre, la comía profundamente y ella se retorcía como gusano viéndolo fijamente con ambas manos puestas delicadamente sobre la cabeza de él. Liz gemía profundamente y podía escuchar los obscenos sonidos húmedos de la lengua y boca de César tronando en la deliciosa vagina de mi novia, ella perdía el control, apretaba más su cabeza contra su coño, cerraba los ojos y dejaba caer su nuca sobre la cama mientras se retorcía ante la lengua de él, levantaba la cadera para restregarle el coño en la cara, él tomaba firmemente su lindo trasero con ambas manos y se hundía por completo entre sus piernas, mi linda novia no paraba de gemir y retorcerse. Él sacaba la cara de entre sus piernas y ella alzaba la vista.

    – Ponte de perrito – le decía él desesperado, se me aceleraba el corazón mientras ella se levantaba y adoptaba la posición exigida, él tomaba el celular y enfocaba el precioso culo empinado de mi novia, tan empinada y entregada que podía ver su húmedo coño fácilmente, quise verla así tantas veces… Estaba tan nervioso que me sentía desmayar, él no se la follaria, ¿verdad? ¡No no no! No podía hacerlo.

    César volvía a colocar el aparato donde mismo y hundía la cara de nuevo para lamerle el coño, estaba decepcionado y aliviado al mismo tiempo de que no tomara su inocencia, él tomaba su lindo trasero con ambas manos y podía ver perfectamente como lamía de arriba abajo su coño y lengua jugueteando, ella se retorcía y gemía como loca, él subía un poco y se quedaba lamiendo entre sus hermosas nalgas, ella se retorcía un poco y reía nerviosa al sentir donde estaba él.

    – Tu culo sabe delicioso – decía lujuriosamente lamiendo de nuevo enseguida él lindo ano de mi novia mientras ella reía nerviosa.

    Él comía profundamente el lindo y respingado culo de mi novia con sus preciosas nalgas completamente contra su cara, verlo con la cara hundida en el precioso culo de mi novia y su boca metida entre sus preciosas y redondas nalgas me ponía celoso y cachondo como el carajo, quise hacerlo tantas veces, rogué tantas veces, me masturbé tantas veces fantaseando al respecto…

    Las risas nerviosas se convertían en pequeños gemidos y él parecía casi meter la lengua en el apretado y lindo culo de mi novia, tomaba el celular desesperadamente, le dio la vuelta a ella para acostarla boca arriba, comenzó a grabar en primera persona, y se sentó sobre su pecho, le ponía las bolas en la boca y ella comenzó a chuparlas enseguida, él se masturbaba con fuerza y enseguida eyaculaba sobre su linda cara. Una corrida asombrosa, tan abundante que ella terminó con la cara completamente cubierta, tan espesa que sólo escurría lentamente un poco, tenía la cara cubierta de su espesa y blanquecina corrida, un ojo cerrado y cubierto, e incluso un poco en el cabello, sonreía nerviosamente mientras él reía un poco. El vídeo terminaba.

    Revisaba a toda velocidad el material, videos y fotos, siempre desnudos por completo, ella dándole mamadas desesperadas, él comiéndole el culo y el coño suciamente, corridas en la cara y la boca de ella, incluso una en su lindo trasero a cuatro patas. El viernes, sábado, domingo e incluso ese mismo día (lunes) se habían estado divirtiendo lamiendo y saboreando sus cuerpos a mis espaldas. Por eso ella estuvo tan ausente, pasaba la tarde comiéndole la verga y dejando que él lamiera sus deliciosos agujeros. Tantos videos, tantas fotos, tantas conversaciones morbosas, me sentí tan idiota, tan patético, tan superado, tan traicionado y tan cachondo de que todo eso hubiera sucedido a partir de mi propia idea y sólo una tonta conversación en Facebook. Ellos prácticamente no se hablaban y 2 días después ella estaba desnudándose con él, tragándose sus amargas y abundantes corridas y él estaba lamiendo partes de su cuerpo que yo ni siquiera había visto nunca en un año y medio de noviazgo.

    Cuando vi la miniatura del último video grabado ese mismo día, hace sólo una hora no podía creerlo, le di al play sin pensarlo.

    Él acomodaba perfectamente el celular de perfil, toma perfectamente encuadrada hacia la cama de mi Liz. Ella esperaba desnuda y sonriendo en la cama, él se acostaba en la cama y ella se volteaba para sentarse en su cara haciendo un 69, ella se posicionaba encima de su cara y comenzaba a darle una mamada comenzando el 69. Eso me ponía más celoso que nada, ¡era tan jodidamente perfecto! El lindo trasero desnudo de ella sobre su cara, ¡mientras él recibía placer por su boca! ¡Carajo! ¡Maldita sea! ¡PUTA PERRA DE MIERDA!

    César tomaba con ambas manos el precioso culo de mi novia mientras ella se castigaba así misma introduciendo todo lo que podía de su verga, él se retorcía y alzaba la cadera para ir más profundamente. De pronto ella se levantaba y le restregaba su precioso trasero en la cara por completo sentada sobre él mientras le jalaba la verga y gemía retorciéndose sobre su cara, la vista era tan hipnótica, tan perfecta, ella desnuda sentada sobre su cara restregándole su lindo trasero, ver la cara de él completamente cubierta con el precioso culo de mi novia me hipnotizaba, ella gemía ante su lengua y movía aún más su precioso trasero, lo odiaba y admiraba tanto, fantaseé mil veces con eso.

    Estaban en un perfecto 69 complaciéndose uno al otro, algunos minutos y él daba vuelta a la posición y quedaban 69, pero él encima de mi novia, él reincorporaba medio cuerpo y dejaba de complacer con su boca a mi novia, se dejaba caer sobre la cara de ella que hacía arcadas escandalosas, él gemía y alzaba la cara al techo disfrutando mientras movía la cadera penetrándole la garganta. Él penetraba la cara de mi novia en ese “69 egoísta” y de pronto le clavaba la verga cuanto podía, gimiendo escandalosamente y ella hacia arcadas escandalosas tragando su espesa y asquerosa corrida una vez más, mientras podía ver la verga de él palpitar violentamente dentro de la boca de mi Liz.

    Salí corriendo de mi casa aún cachondo, tenía 9 mensajes de ella, le dije que iba para su casa y necesitábamos hablar, ella no contestó. Llegué y ella abrió la puerta sin decir nada, entré y ella me veía sin acercarse.

    – Necesitamos hablar – dije nervioso sin perder la erección.

    – Necesito ir al loc

    Ella intentaba hablar nerviosa y torpemente, sin verme a los ojos, la interrumpí a media frase.

    – No necesitas ir a ningún lado… Estabas con él – dije firmemente.

    Ella se quedó de piedra viéndome, analizándome, parecía triste y que casi lloraba, yo no sabía que le diría o que quería exactamente, fui ahí guiado por mi verga y por la necesidad de querer confrontarla cara a cara.

    – Ven – dije con la mayor tranquilidad que pude, se sentó a mi lado con los brazos cruzados.

    – Me dejarás… – dijo triste viéndome a los ojos y le rodaba una lágrima.

    – No – dije con tono serio, ella me vio sorprendida – Pero quiero respuestas, quiero saberlo todo y quiero que seas honesta – ella asentía y se limpiaba el rostro.

    – Claro claro, si – decía con rapidez, parecía aliviada.

    – Te gusta mucho chupársela… – dije con tono funesto.

    – … – ella bajaba la vista, sus brazos seguían cruzados, no dijo nada por una eternidad de 2 segundos – La verdad si… – dijo por fin sin verme a los ojos y se me bajaba la sangre a los pies.

    – Te desnudaste con él… – dije débilmente.

    – Lo siento, en serio… – dijo en voz baja.

    – Siempre quise verte desnuda – le dije a modo de reproche.

    – Lo sé… Perdón sólo… Sólo pasó – dijo torpemente.

    – Debiste decirme la verdad, tal vez hubiéramos podido ponernos de acuerdo, ¡no fue justo! – dije molesto, ella alzó la vista y me veía melancólica.

    – Es que será novio de Mariyan mañana, solo queríamos aprovechar el tiempo, ya sé que fui una pendeja, ¡perdón! Debí decirle que no… – decía triste y tomaba mi mano buscando conciliar, quise soltarme violentamente, fui débil y no lo hice.

    – ¿Cómo lo sabes? – pregunté con tono molesto, no quería perder el mando.

    – Me dijo hoy… – decía débilmente – Así que ya no lo veré, dijo que hoy sería la última vez, mañana le pedirá ser su novio y quiere hacer las cosas bien – decía firmemente.

    Me ponía furioso que él desechara el lindo culo de mi novia cuando quisiera, sin mucho interés ni problema, él solo quería divertirse y no se lo ocultaba ni siquiera a ella por educación y me ponía más furioso pensar que ella lo llevó diario desde el jueves buscando aprovechar cada minuto desesperadamente, me enfurecía que ella supiera que él sería novio de su amiga y no le importaba ser su entretenimiento temporal.

    – ¿Te folló? – dije con la voz quebrada, no quería preguntarlo, tenía miedo de la respuesta, en mi apuro e histeria no había visto todos los videos ni leído todas las conversaciones, podía haber sucedido y yo no saberlo aún.

    – ¡No no! eso no – decía rápidamente, no sé si me sentí más aliviado o decepcionado – Lo juro, en serio, eso no – decía rápidamente buscando mi cara con una leve sonrisa, yo asentí débilmente – Él lo pidió mucho… No sé, no me atreví… – decía débilmente.

    – ¿Por qué? ¿Lo intentó? – pregunté, ella parecía vulnerable y honesta, era el momento.

    – No sé… Por ti… – decía, pero no supe si creerle – Si lo intentó… y casi lo logra – se me heló la sangre.

    – Cuéntame – exigí histérico.

    – Ayer… estábamos desnudo en mi cuarto y él se acostó arriba de mi… – se detenía viéndome, asentí, la verga me iba explotar – Se acostó arriba de mi y lo intentó… Solo una vez y le dije que no, en serio – remataba rápidamente – Casi la mete y me dolió, le dije que no y me quité, creo que se enojó, me insistió mucho y me preguntó si era virgen, le dije que si y no me creía – me veía por un segundo – No te enfades, ¿ok? – me veía preocupada, solo negué con la cabeza – Le mostré nuestras conversaciones, donde tú me rogabas para quitarme la falda o esas cosas… – decía avergonzada.

    – O donde te pedía que follaramos y tú te negabas… – dije herido, ella asintió bajando la cabeza.

    – Solo para que dejara de insistir y me creyera, solo por eso – dijo débilmente.

    – ¿Qué dijo? – pregunté aún herido, ella me veía en silencio – Solo dímelo.

    – … Se rio un poco porque a él si lo dejé lamerme y quitarme la ropa… – dijo débilmente sin verme a los ojos – Me preguntó cuánto llevábamos y porque contigo no me había desnudado y todo eso, siguió insistiendo en follar, pero ya no lo intentó – decía firmemente, la humillación estaba completada, incluso él sabía que había llegado más lejos.

    – Esta fue la última vez – dije afirmando.

    – Si si, mañana será novio de Mariyan, incluso hoy me preguntó si en serio no quería perder mi virginidad con él – decía con seguridad, me hacía sentir jodidamente celoso que esa fuera la razón de que se alejaran y no yo.

    Nos quedamos abrazados sin decir mucho más, me fui de ahí confundido y al otro día pude ver el espectáculo cursi de como él le pedía a Mariyan ser su novia, flores y una pancarta gigante, me tranquilizó. Pasaron semanas y no hablábamos más de César, nunca los vi hablando, pasaba el tiempo y nuestra relación sanaba.

    3 semanas y volvíamos a la normalidad, con lo bueno y lo malo, lo bueno de estar bien y alegres otra vez, y que ella me diera mamadas de campeonato de nuevo, lo malo que yo no me atreviera más a pedirle que se desnudara, no iba poder soportar que ella me rechazara y no quería que ella lo hiciera a fuerzas, así que ella mantenía la ropa puesta, otra vez éramos inmaduros y evitábamos el asunto.

    Todo estaba «bien» pero seguí viendo esos videos y leyendo esas sucias conversaciones, me masturbaba como loco viendo el material una y otra vez, me preguntaba si ella hacia lo mismo y mi imaginación volaba, odio admitir que de algún retorcido modo deseaba que ella lo estuviera viendo en secreto, pero cuando revisaba su celular y no encontraba nada, me decepcionaba y aliviaba.

    Un día até cabos leyendo entre líneas esas conversaciones, parecía claro, estaba seguro que sí. Estábamos en su casa y la idea me acosaba cruelmente, no podía dejarlo pasar, no soportaba más, tenía que hacerlo, no sabía porque, pero tenía que hacerlo.

    – ¿Sabes? – dije nervioso.

    – ¿Qué? – decía con desinterés, no tenía idea, me reí nerviosamente, respiré profundamente.

    – He llegado a la conclusión de que él ya no quiso verte porque no quisiste follar con él jaja – reí nerviosamente, ella se puso nerviosa enseguida.

    – ¿T-Tú crees? – tartamudeó torpemente – No creo, fue por Mariyan – decía firmemente y parecía casi decepcionada de pronto, ella en serio creía su fachada de niño bueno.

    – Ayer leí las conversaciones de nuevo, estoy seguro – dije nervioso, ella sabía que tenía esas capturas, pero el tema era tabú.

    – ¿Aún las tienes? – preguntó casi molesta, pero proseguía enseguida – ¿En serio crees que haya sido eso? – preguntaba curiosamente, de pronto ella parecía tener una epifanía mientras veía el suelo, podía ver en su mirada que pensaba mil cosas, analizaba, la verga me crecía poco a poco.

    – Si – silencio absoluto, ella mantenía la vista clavada al suelo con esa mirada pensativa, podía sentir mi corazón golpeándome el pecho, tenía la boca seca, me humedecí los labios, respiré profundamente y lancé la bomba – Estoy seguro que si se lo pides él lo hará… – dije nervioso, ella no levantaba la mirada.

    – Pedirle… que me folle – dijo débilmente.

    – Si… – silencio absoluto de nuevo, sentí que me desmayaba – Deberías pedírselo… – dije con la respiración agitada.

    – O-Ok… – dijo torpe y débilmente, se me helaba la sangre, no podía creer que ella simplemente aceptara de nuevo, sin decirme que estaba loco u ofenderse, ni siquiera verme sorprendida, ambos aceptábamos que ella le entregará su virginidad y ni siquiera lo hablamos realmente, ella lo deseaba a él tanto que estaba dispuesta a pedírselo, me sentí tan insignificante.

    – Si, llámalo – dije nervioso y jodidamente emocionado, no podía dejar que lo pensara demasiado y se arrepintiera, creo que ella pensó lo mismo, tomó su celular y marcaba de inmediato.

    Puso el altavoz y escuchamos como daba tono… uno, dos, tres, cuatro veces, buzón de voz.

    – Márcale otra vez, tal vez lo tenía lejos – dije desesperado, ella solo asintió igual de desesperada y marcaba de nuevo.

    Uno, dos tonos… Él contestaba.

    – ¿Bueno? – respondió él y ella me vio con mirada histérica.

    – Ho-hola ¿cómo est-?

    – Oye estoy con Mariyan, no puedo hablar – decía él rápidamente interrumpiéndola.

    – ¿Ella escucha? – preguntó aterrada.

    – No, entré al baño, estamos en Burger King… Ya sabes que ya somos novios, no podemos hablar – dijo él seriamente.

    – E-Es que pensé algo – tartamudeaba torpemente – ¿No quieres venir mañana a mi casa? – dijo con tono patético.

    – No, ya sabes que ya no – respondió con firmeza.

    – Podríamos hacer eso que querías – decía rápidamente casi interrumpiéndolo, él no respondía de inmediato, ella agregaba desesperada – ¿Cómo ves? – preguntó desesperada.

    – ¿Follar? ¿Follar en serio? – dijo firmemente, condicionando más que preguntando.

    – S-si eso – casi tartamudeaba, él se quedaba en silencio – ¿César? – exigía respuesta desesperada.

    – Llego a tu casa a las 3, voy y dejo a Mariyan a su casa y voy contigo, ¿ok? – ella me lanzaba una mirada histérica, nerviosa, definitivamente emocionada.

    – Si, ok, aquí te espero – dijo rápidamente.

    – Ok, te veo mañana, me tengo que ir – dijo rápidamente.

    – Si, ¡bye! – dijo emocionada, César solo colgó.

  • Aventuras en playa del Carmen (4): Destrozada

    Aventuras en playa del Carmen (4): Destrozada

    Valentín adelantó el video para ver lo que sucedía mientras él no estaba con los demás en la playa. En una parte del video, Michelle le encargó la cámara a Naydelin, quien continuó filmando, pero en el video no hubo tomas de Gilberto ni de Michelle por más de una hora, misteriosamente no se encontraban.

    —¿Y quién era la que desconfiaba de mí? —le preguntó enojado mi primo Valentín a Michelle—. ¿Qué más hicieron? ¿Por qué no aparecían en la grabación?

    —Hermano, antes que nada te ofrezco disculpas —habló Gilberto.

    —¿Cómo pudiste? —le dijo Naydelin a Gilberto y corrió llorando hacia su habitación.

    —¿Y todavía te atreves a llamarme hermano? —respondió Valentín a Gilberto.

    —Buscamos un lugar aislado del público para coger —dijo Michelle desvergonzadamente.

    Valentín y Michelle se veían fijamente, él con coraje y ella vacilante, pero al último, la batalla de miradas la perdió Valentín, quien dudando a dónde ir, finalmente se decidió por salir de la casa. Ver al líder del grupo herido y confundido nos pasmó a los demás, añadiendo el momento incómodo de miradas feas que les hicieron a Michelle y a Gilberto.

    Posterior a eso, cada quien hizo actividades distintas de las que me perdí por meterme a mi habitación para digerir todo lo acontecido. Tres relaciones caídas en tres días y un misterioso trío no dejaban de causarme curiosidad. De ese trío, solo podía descartar a Lizeth, a Erick y a Katherin por encontrarse en otro lugar en el mismo instante; y parcialmente a Sergio por su lesión, pues él no podía correr como lo hicieron los que estaban en ese trío cuando Katherin interrumpió el momento. Fuera de ellos, podría tratarse de cualquiera, sin importar el lazo afectivo ni familiar.

    Estaba por llegar la hora en la que tenía que salir con Tiago, pero antes, pasé a la recámara de Naydelin para ver cómo estaba y animarla a salir conmigo, pero ella se veía muy mal y prefirió quedarse.

    En camino a la puerta de salida se me hizo muy raro ver en la sala a Sergio sentado en el sofá charlando alegremente con Lizeth, así como vi a Erick en la piscina animando a Katherin para que se aventara un clavado y después de hacerlo se abrazaron en el agua. Eso aunado a la infidelidad de Michelle a Valentín y de Gilberto a Naydelin… ¡Vaya intercambio de parejas que se estaban dando! Faltaba que mi primo y mi mejor amiga buscaran consuelo entre sí… pero hasta parecía que todo era planeado.

    En fin, era el tercer día de vacaciones, quería darles sentido y nada mejor que distraerme de los problemas, saliendo con alguien nuevo y atractivo como Tiago. El ardiente morenazo y yo nos vimos en la playa, caminamos sobre la arena conversando amplia y entretenidamente, escalando los niveles del contacto físico partiendo de abrazos y continuando con cosquillas, manoseo íntimo, besos en los labios, en el cuello y cuando me besó una teta me sacó un suspiro con todo y deseo.

    —¡Ahhh! Cojamos, papi.

    —Conozco un lugar fenomenal a veinte minutos de aquí.

    —¡Cojamos aquí, ya!

    Puse a Tiago a pensar mucho dónde hacerlo, incluso me sugirió los hoteles que estaban a la vista, pero yo quería algo más atrevido, así que lo tomé de la mano y corrimos hacia un muelle de concreto. Era algo tarde y ya no había mucha gente, por lo que mi idea de follar en un estrecho hueco debajo del muelle no era tan mala idea.

    El lugar se prestaba para que él se pudiera sentar y yo me pudiera poner de rodillas frente a él, le bajé el short y el bóxer para verle su enorme polla negra y comencé a chuparla rápido, sin omitir unas pasadas de lengua a lo largo de ella, desde sus huevotes hasta la punta. La tenía tan gruesa que abarcaba gran espacio de mi cavidad bucal a lo ancho y no me atreví a mamársela a profundidad, pero sí lo estimulé mucho de su glande.

    —¿Tienes apretado tu coñito? —preguntó al mismo tiempo que estiró su brazo, alzó mi minifalda, hizo a un lado mi tanga y hurgó en mi concha, mientras seguía comiéndome su pene.

    —¡Ay! Poquito, pero tu verga me lo va a expandir mucho.

    —¿Y tu ano?

    —¡Uy! Ese no lo han estrenado.

    Su pregunta me hizo sentir nerviosa, pero ansiosa por recibir mi primer anal con él. Amé cómo me estaba dedeando la concha con inserciones veloces de su dedo medio, provocando que me levantara un poco. Fue así como me senté en sus muslos y me metió su vergota en mi coñito, lo cual hizo que pegara un grito fuerte y buscara su boca para besarla y morder sus labios de lo doloroso pero extremadamente rico que sentía.

    —¿Te gusta, Nicole?

    —¡Ahhhh! ¡Ay, Tiago, me encanta! ¡La tienes gigante y muy dura! ¡Mmmm!

    Traté de propinarle sentones, pero había un estorbo y era que al brincar, mi cabeza tocaba la cubierta del muelle. Intentamos invertir la posición, ahora yo dándole la espalda y fue mucho más placentera, pero siguió siendo incómodo a la hora de brincar por no tener un soporte adecuado donde apoyarme, además de que ya había oscurecido afuera y el agua del mar ya nos llegaba a los pies.

    Rápidamente salimos de debajo del muelle, pero justo a la salida, aprovechando la oscuridad, le bajé el short otra vez a Tiago y saqué su verga a través de la abertura de su bóxer.

    —Métemela —le dije sensualmente después de darle la espalda, alzarme la falda y hacerme a un lado la tanga—. Rodéame con tus brazos y no me sueltes ni me la saques.

    Tiago hizo lo que le pedí y así caminamos por la avenida que partía del muelle en busca de un lugar dónde continuar follando. A cada paso que dábamos sentía su pene frotándose dentro de mi vagina y yo me mordía los labios del placer que estaba experimentando, resistiendo las ganas de correrme.

    Sin embargo, mis piernas comenzaron a temblarme y llevé a Tiago hacia donde había pasto y un montón de arbustos donde me dejé caer, me hice bolita y me tallé mi clítoris hasta correrme demasiado rico, como nunca antes me había venido, pero tuve que taparme la boca para que mi grito no se escuchara públicamente. Tiago solo se quedó mirándome y una vez que volví en mí, me acerqué a él, lo tomé del palo y se lo empecé a jalar mientras lo besaba en la boca.

    —Perdóname, ahora sí te acepto la ida a ese lugar que me comentaste —le dije luego de no sentir la libertad de coger como yo quería.

    Tiago solicitó un taxi y me llevó a un lujoso motel. La habitación que pidió era un paraíso para los amantes del buen sexo, estructuras coloridas, espejos por todos lados, una cama matrimonial, un potro, un tubo de bailarina, una tina amplia, en fin, el mejor lugar al que me han llevado a coger. Hallados en la pequeña sala, tomé a Tiago de su mejilla, lo besé en la boca y me puse cachonda.

    —Te debo el baile en el tubo porque no sé bailar, pero me voy a dejar despedazar por ti esta noche.

    Aun así, tuve intenciones de hacerle un bailecito en el tubo, pero solo me movía alrededor de él y me agachaba para que viera mi trasero empinado. El calor hizo que me desprendiera de mi blusa y eso provocó que Tiago se colocara frente a mí, abrazándome con el tubo de por medio y mis pechos rodeando al tubo. Tiago se agachó al nivel de mis tetas, bajó un poco mi brasier y empezó a mamármelas delicioso, a la vez que sus manos me oprimían las nalgas y hacía que mi entrepierna sintiera directamente lo frío que estaba el tubo, era algo inexplicablemente rico.

    Un rato después, Tiago me soltó y yo caminé provocativa y alegremente hacia el potro, me apoyé en mis rodillas, erguí mis glúteos y estuve a disposición de lo que él quisiera hacerme. Tan pronto, Tiago levantó mi falda, me bajó la tanga, pasó su mano húmeda con su saliva por mi pucha y me dejó ir toda su venuda y durísima polla. Ya no sabía a quién encomendarme, lo enorme que la tenía y sus intensas embestidas causaban que yo jalara aire por varios segundos y emitiera gemidos que, más bien, parecían clamores a punto del llanto.

    —Tú me permitiste destrozarte.

    —¡Y no quiero que pares! ¡Mmmm, me encanta tu verga llegando hasta lo profundo de mi concha! ¡Ay, qué rico!

    —Y eso que no entra completa.

    Estaba fascinada con esa verga, con ese hombre. Instantes después me pidió que le abriera las piernas, pero para ello cambié de lugar del potro al sofá. Ahí, en esa posición sentí realmente cómo me llegaba hasta lo profundo y cómo abarcaba todo el espacio interior de mi coño. No pude controlar el impulso de frotar mi clítoris al mismo tiempo que era penetrada y conseguí un orgasmo tras otro, perdiendo la cuenta en esa misma posición.

    Llegó un momento en el que ya estaba desubicada de tanto éxtasis. Cuando reaccioné, ya estaba en la cama, a gatas, con la espalda en pendiente, mi cara dando con la superficie y sintiendo un suave masaje en mi orificio anal, cortesía de los dedos de Tiago, pero después fue su glande el que se colocó a la entrada de mi culo. El miedo me hizo llevar mis manos hacia atrás y estirar la piel de mis nalgas a los lados, como si eso pudiera ayudar a que entrara su polla sin problema. Penosamente, no fue así.

    Tal como la alegoría del tren abriéndose paso en una cueva estrecha, sentí su miembro colosal atravesando mi culo.

    —¡Ahhhh! ¡Tssss! ¡Duele, duele!

    —Aún no va ni la cuarta parte, amor.

    —Solo no te burles si lloro.

    Tras el aviso, empecé a llorar del dolor, pero estoy segura de que eso lo provocó a empujarla más adentro.

    —¡Ahhhh! ¡Chingada madre, eso duele mucho!

    Sentí que la sacó un poco, pero después la volvió a meter aún más, aplicando más fuerza de la normal.

    —¡Ay, puta madre! ¡Ya no por favor, papi! ¡Es muy doloroso!

    —Ya entró toda, cariño.

    —¡Ahí déjala! Quiero practicar.

    Con más voluntad que fuerza, comencé a moverme suavemente de forma que entrara y saliera su polla de mi ano. Transcurrido un rato, agarré vuelo para moverme más rápido y azotarme duro contra sus muslos, habiendo disminuido un poco el dolor.

    —Listo, papi. Es tu turno, destrózame.

    Inmediatamente, Tiago empujó toda su polla hasta lo profundo y me dolió bastante de nuevo, pero quise soportar hasta donde pudiera. Aumentó la velocidad e intensidad de la penetración y yo solo me sostenía fuerte de ambos filos de la cama, intentando no decirle que ya no quería.

    —¡Ay, Tiago, no voy a poder caminar por días!

    —¡Ah, mami! No puedo correrme —gimió y dejó de penetrarme.

    Me volteé para querer chupársela, pero me acordé que la metió en mi cola y me dio asco, por lo que mejor lo invité a darnos un baño en la tina y terminar ahí.

    Le pedí que tallara mi cuerpo, pero que tuviera especial cuidado con mis partes bajas que estaban sensibles. Cuando fue mi turno, luego de enjabonarlo y enjuagarlo, lo masturbé y le mamé su pene muy intensamente hasta que me indicó que me levantara y le diera mi trasero otra vez. Afortunadamente, no decidió penetrar mi culo, sino mi coño. Ambos de pie, yo sostenida de la agarradera y él de la pared, continuamos cogiendo y él me soltó sabrosas nalgadas.

    —¡Mmmm, me encantas! ¡Qué rico coges, papi!

    —A mí me encanta tu cuerpo, estás bien buena. Tus tetas enormes y tus nalgotas me excitan mucho.

    —¿Sí, amor? Son tuyas, papi.

    Ya decía yo que hacían falta mimos para prenderlo más. Tiago avisó que se iba a venir, así que me hinqué y recibí toda su leche en mi boca y me escurrió por el cuello hacia mis pechos y mi abdomen. La corrida más abundante que he visto en mi vida, que hasta cierto punto me dio algo de asco, pero fue más grande mi satisfacción por complacerlo.

    Justo como lo anticipé, me costó trabajo caminar. Tiago me ofreció quedarme la noche con él ahí mismo, pero mi celular ya no tenía batería y no traía conmigo un cargador para poder avisarles a mis amigos. Tuve que rechazar su invitación y pedirle que me acompañara a pedir un taxi que me llevara a la casa. Sin duda fueron increíbles experiencias, que más bien eran fantasías: Mi primera vez con una BBC (big black cock o polla grande y negra), mi primer anal, mi primera vez cogiendo y corriéndome en lugares públicos, sexo a la orilla del mar, el mejor motel que he visitado, sentirme destrozada, en fin, una de mis mejores noches de sexo.

    Habiendo llegado a casa, quise disimular que no podía caminar, pero me vi igual que Katherin la noche anterior, aunque a diferencia de ella yo no estaba ebria. Para colmo, Lizeth, Michelle, Katherin y mi prima Esmeralda estaban en el comedor esperándome, sin importar que eran las dos de la madrugada. Al verme llegar, no evitaron hacerme toda clase de preguntas sobre mi salida, pero sus rostros eran como de rencor. Fui respondiendo sus preguntas y una a una se iban yendo a sus dormitorios.

    —Qué afortunada, de verdad te felicito —mencionó Katherin con escaso ánimo y se retiró de ahí, dejándome sola con Michelle.

    —Bien. El plan de mañana sigue en pie —me susurró Michelle—. Quiero demostrar que Valentín me fue infiel primero que yo a él.

    —¿Estás segura? —pregunté sarcásticamente.

    —Completamente. ¿O qué? ¿Quieres que todos sepan que te cogiste a Sergio?

    —Mira, te ayudaré sin problema y la verdad, viendo cómo se han estado disolviendo las parejas, lo de Sergio ya me está valiendo verga.

    —De acuerdo, gracias por tu apoyo —enunció sonriente y se fue, pero sospeché de su gesto.

    Caminé despacio hacia las habitaciones, sin poder evitar ver a mi primo Valentín, acostado en el sofá y con ojeras como si se la hubiera pasado llorando. Sentía que no se lo merecía, pero una no sabía si estaba pagando algo malo que hizo.

    Entré a mi recámara, caí en el colchón y me quedé profundamente dormida. Minutos después, me despertaron las pisadas de cada noche que se aproximaban aceleradas hacia la sala y quise levantarme para seguirlos otra vez, pero no sabía que había alguien en mi cuarto. De pronto, una mano tapó mi boca y evitó que gritara.

  • Conociendo a Juanita

    Conociendo a Juanita

    La fiesta a la que acudí ese sábado estaba tranquila, yo fui solo pues mi última pareja me había mandado a volar hacía un par de meses porque no acepté embarazarla y casarnos. Le dije “No soy fértil”, sólo por bromear, pero ella reaccionó furiosa: “¡Con razón no me he embarazado, no quiero un eunuco!”, me gritó y dándose la vuelta se largó dejándome solo y sumamente asombrado de su volubilidad.

    En la fiesta vi a una chica delgada, morena, de pelo lacio que platicaba con una pareja. Bueno, eso de delgada es un decir, el busto era mediano y se marcaba el canalito, sin sostén, la cintura evidente pues le seguía una cadera esplendorosa con unas nalgas estupendas y piernas bien torneadas. El vestido traía un gran escote en la espalda que invitaba a besarla desde arriba hasta el talle. “¡A ésta sí soy capaz de embarazarla!”, me dije emocionado cuando me baño con su mirada y ensanchó la sonrisa al verme que la veía embelesado.

    Sin dudarlo, me acerqué a ella y empecé a escudriñar su rostro al tiempo que la saludaba. Sus pestañas grandes, con poco rímel, el maquillaje era tenue.

    –Hola, soy Román –le dije extendiéndole mi mano; ella, sin soltarla, y antes de contestarme se despidió de la pareja con la que había platicado.

    –Perdón, pero ya habíamos terminado. Puedes decirme Juanita, así me dicen mis amigos desde niña –me contestó sin deshacer la sonrisa cautivante.

    –Gracias por la amistad. ¿A qué te dedicas, Juanita? –pregunté tratando de iniciar una plática.

    –Soy diseñadora y tengo una boutique donde vendo mis diseños, ropa de marca y accesorios diversos –contestó como si hiciera un anuncio de publicidad– ¿Y tú?

    –Ehh… yo tengo un despacho contable, me independicé hace un par de años para trabajar por mi cuenta. ¿Ya tienes contador? –le contesté y regresé la pregunta como si estuviésemos hablando de negocios.

    –No, mi negocio es pequeño y, aunque es fastidioso lidiar con los impuestos, aún puedo sola.

    –Bien, si necesitas ayuda puedes llamarme –le dije extendiéndole mi tarjeta de presentación, la cual leyó y la guardó en su bolso, extrayendo otra de su negocio para dármela.

    –Por si requieres hacer algún regalo a tu novia, esposa, amante o a alguna amiga –me dijo al entregarla.

    –Gracias, cuando tenga necesidad lo consideraré, por lo pronto no hay nadie –le dije, contestando a su curiosidad implícita–, aunque me gustaría tener a quien…

    –Sí, te pasa como a mí. No tengo contador, pero sería divino tenerlo para que me cuente las estrellas donde he depositado mis ilusiones y mis sueños… –expresó lanzándose a la arena de la aventura a la que invité con mis últimas palabras.

    En ese momento pasó el mesero con una charola de tragos y lo detuve. “¿Qué gustas tomar?”, le pregunté a Juanita. “Refresco”, contestó. Bueno, tomaremos refresco, contesté y tomé los vasos de la zona donde servicialmente me indicó el empleado. Sólo había de dos sabores: toronja y cola. Así que le pregunté a ella “¿Cuál quieres?”, “Toronja”. Se lo di y me quedé con el otro.

    –Vamos a la terraza –sugirió ella y yo asentí dando un sorbo al vaso. Ella inició la marcha en dirección a la terraza yo la seguí– ¿Te gusta la cola? –preguntó volteando justamente cuando yo miraba su trasero y se me atoró el trago, provocándome una severa tos– ¡¿Qué pasó?! –me preguntó asustada.

    –Nada, me confundí – dije después de toser otra vez–…de camino en la garganta –precisé, limpiándome con el pañuelo, pero en mi mente seguía la imagen de su soberbio culo y el sabor al refresco, que era a lo que seguramente ella hacía referencia y yo pensaba que había descubierto mi mirada libidinosa.

    –¿Y qué te ha impedido no tener a alguien? –pregunte con franca impertinencia una vez que nos sentamos a conversar.

    –Varias cosas, pero contesta primero las razones por las que no tienes a quién colmar de regalos, caricias, besos y… todo lo demás –exigió con la misma arrogancia que yo lo hice, lo cual me agradó mucho pues no se trataba de alguien que se intimidara: exigía y daba trato igual, por lo que accedí a responder primero.

    –Tenía, pero me dejó porque le dije que no podía cumplir sus expectativas.

    –Bueno, ¿las de ella eran tan altas y fuera de lugar para ti?

    –En realidad no; es más, fue una broma el haberme negado y se fue sin dejarme aclararlo. No la busqué porque reflexioné en que los problemas podrían crecer enormemente mientras avanzara nuestra unión. No me arrepiento y tomo el acontecimiento que nos distanció como una admonición de esa relación, que por cierto no tenía mayor relevancia que otras en el pasado. Y antes que preguntes qué solicitó y cuál fue la broma, te toca contestar a mi pregunta –dije como si se tratara de una contestación a un juego de ping-pong.

    Juanita intentó empezar a contestar, pero se mostró dubitativa y me lazó una pregunta: “¿Tomas alcohol?”, a lo que contesté afirmativamente, sospechando que odiaba a los alcohólicos, “¿Vino?” preguntó inmediatamente después de mi afirmación y volví a asentir. “Entonces, te invito a mi casa, porque éste no es un lugar donde deba contestarte”, dijo poniéndose de pie, quedando su culo a la altura de mi cara cuando, volteada se inclinó para tomar su bolso y no pude evitar un suspiro antes de ponerme de pie, lo cual fue tan rápido que aunado a la erección inmediata que tuve rocé sus nalgas como si hubiese tratado de hacer un movimiento descarado. Inmediatamente me disculpé, pero ella volteó despacio, se fijó en la rigidez que ostentosamente aún tenía mi miembro y con el rostro enrojecido y subiendo el tono de voz me aclaró lo siguiente.

    –A ver, fui clara en que no me parecía este un lugar adecuado para contestarte, por ello te invité a charlar en mi casa. De ninguna manera tenía otra intención que platicar, pero parece que tú buscas otra cosa. Mejor lo dejamos así –me recriminó tomando su teléfono para pedir un taxi.

    Al darme cuenta de lo que produjo mi torpeza y la lascivia que me provocaron sus nalgas tan cerca de mí, jalé su mano suavemente para evitar que continuara su llamada.

    –Juanita, por favor, escúchame antes de que te vayas –imploré con sinceridad y ella colgó la llamada mirándome con enojo, pero observando que ya no traía el montículo en el pantalón–. Fue un mal entendido de tu parte y un movimiento torpe al ponerme de pie después de ver tu hermoso trasero, ¡pero fue accidental que se juntaran ambas cosas, créeme! Por lo demás, disfruté tu presencia –expliqué de seguidilla, advirtiendo el final de nuestro incipiente entusiasmo.

    Ella se mantuvo silente observando las perlas de sudor que botaban en mi frente. Después de unos segundos, sacó su pañuelo y delicadamente enjugó mi frente diciendo “Te creo” y su expresión cambió mostrando un rostro muy tranquilo.

    –¿Te puedo llevar a tu casa? –le propuse y ella aceptó, supuse como un gesto de benevolencia hacia el arrepentimiento que mostré.

    Me indicó dónde vivía. En el trayecto platicamos sobre la razón por la que habíamos elegido nuestras respectivas profesiones y algo sobre las familias que teníamos. Al llegar al fraccionamiento donde vivía me guio hasta quedar a la puerta de su casa, en cuya cochera estaba un automóvil similar al mío. Sin apagar el automóvil descendí pidiéndole que me esperara para abrirle la puerta.

    –Gracias –me dijo al bajar sin soltar mi mano.

    –¿Cuándo podremos continuar la plática? –pregunté, seguro de que para ella todo había concluido.

    –¿Aún tienes tiempo? Podría ser ahora.

    –¡Claro que sí!, sólo déjame apagar el auto y hacerlo para atrás para no estorbar la entrada –le dije soltándome de su mano.

    Al entrar a su casa, encendió las luces y me invitó a pasar. “Permíteme tantito, voy a quitarme el abrigo y a cambiarme los zapatos, ponte cómodo, no tardo”; aproveché el momento para fisgonear en lugar de sentarme. El interior se veía bastante limpio, ordenado y acogedor, como mi casa cuando va la señora del aseo, lo que me indujo a pensar que ella también tenía una empleada doméstica. La sala-comedor era amplia. Diversos adornos de piezas artesanales, de ésos había más que de otros. En una de las paredes estaba empotrado un gran librero, la mayoría era literatura y una gran parte eran libros propios de su carrera de diseñadora de modas y de arte. Sin embargo, me llamaba la atención uno de los espacios donde había divulgación científica. También, los adornos en ese espacio del librero, que contrastaba con los que estaban en otros sitios ya que se trataba de esculturas geométricas y algunos desarrollables al estilo del escultor Sebastián, también había juguetes científicos, rompecabezas y juegos matemáticos. De inmediato supuse que vivía con otra persona de gustos diferentes o… ¿era ella una mujer de conocimientos amplios? Su regreso impidió que husmeara más.

    –¿Me ayudas abriendo una botella de vino? –dijo señalando hacia una pequeña cantina, la cual tenía una angosta cava de tres botellas por nivel, ¡pero de piso a techo! – Escoge el que te guste, mientras iré a la cocina a preparar algo de bocadillos– y desapareció por una puerta que dejó abierta después de señalarme “Allá está el baño, por si lo requieres”.

    Fui al baño, a lavarme las manos. También allí todo estaba pulcro, aunque sólo era medio baño, pero decorado con sencillez y buen gusto. Salí y me fui a ver los vinos de la cava; en cada nivel había dos o tres botellas iguales pero la variedad era mucha, me acuclillé a mirar bien los de la parte baja y de reojo descubrí que el banco de la cantina tenía unos travesaños en la parte baja del asiento, ¡era la escalera para bajar los de la parte alta! Así, con esa ayuda escudriñé la parte alta de la cava, eran vinos más fuertes, oporto y demás, entonces, caí en cuenta que el acomodo no solo se trataba de tipos de uva sino también de otras características, quedé sorprendido y fui a la cocina a pedir ayuda, porque el vino sólo me lo tomo, y no sé mucho más allá de “está rico”, “seco”, “dulce”, “afrutado” y pequeñeces así.

    –¿Listo? Yo ya voy a terminar –me dijo Juanita.

    –No, dime cuál botella quieres que abra. Yo no sé gran cosa de eso, ni maridajes. Para mí, lo que importa es la compañía –confesé, dando un toque de finura a mi comentario de ignorancia.

    –¡Eso es lo verdaderamente importante para tomar el vino! –me contestó y se encaminó a la cava donde extrajo una botella de una zona relativamente alta –éste se llevará bien con lo que preparo –dijo dándomela y se volvió a la cocina.

    Su transitar me atrajo irremediablemente, pero no se me paró mucho la verga, ¡ya había entendido que ese no era el plan de ella! Abrí el vino y olía muy bien, lo dejé airear. Al regresar Juanita con un par de platos que contenían una variedad de bocadillos, los puso en la mesa de centro en la sala junto con dos copas. Tomé la botella y serví el vino.

    –Porque aguantes mi perorata, que no será breve –dijo levantando su copa para chocarla con la mía y tomó un pequeño trago invitándome a tomar asiento –¿Sabes lo que es un o una travesti, transgénero, transexual y hermafrodita, y cuáles son las diferencias entre ellos? –preguntó dejándome pasmado y con la copa en los labios, porque no se me ocurrió un tema adecuado para abrir una conversación, y esperó mi respuesta.

    –En los tres primeros casos se trata de alguien que posee un sexo al nacer y en el último posee los dos –contesté–. El primero se viste de su sexo opuesto; el segundo se siente del sexo opuesto; el tercero lleva tratamientos, sean hormonales o químicos, y se hace cirugías para reasignar su sexo.

    –¡Vaya, vamos bien, mucha gente no sabe eso! –expresó con una sonrisa que dejaba ver su hermosa dentadura.

    –Uh, ya estoy en problemas, porque no me había percatado que no son clases ajenas ya que puede haber mezclas ellas –advertí.

    –Sí hay un gran número de posibilidades, y más cuando añadimos otros grupos: quienes gustan de las mujeres o de los hombres, o de ambos o de ninguno, cada vez hay más nombres que definen cada grupo… Pero cuando yo nací no había tanta claridad como ahora –expresó y yo puse una cara de sorpresa tremenda a la que seguramente se me añadió un gesto de duda y temor al preguntarme de cuál tipo sería Juanita, porque yo, yo sí sabía que me gustaba, ¿o no?

    –¡Mira qué cara pusiste…! No te alarmes tanto, querías saber por qué no tengo quién cuente mis estrellas y sueños, ¿o no? –dijo divertida– pues seré franca, aunque te advierto que casi nunca hablo de esto, y menos con alguien a quien acabo de conocer, pero es importante en este caso –condescendió.

    –Gracias por la confianza, pero si lo prefieres podemos dejarlo para otra ocasión –condescendí también.

    –No. Así está bien, me servirá de terapia. Cuando nací, el obstetra dijo que yo era mujer, pero cuando tocó el turno al médico pediatra les dijo a mis padres que, a reserva de más elementos y exámenes que haría durante mi desarrollo, tenía también órganos masculinos –expresó Juanita quebrando un poco la voz, lo que me dejó estupefacto. Ella se dio cuenta de mi asombro y continuó–. A los dos años, no sin muchas dificultades sobre mi comportamiento, optaron por educarme como si fuese una niña.

    –¿Y…? –empecé a preguntar, seguro de que esa era la explicación final que me daría Juanita sobre el porqué no tenía a nadie a su lado, pero interrumpió de inmediato el cuestionamiento.

    –…Y acertaron –concluyó–, aunque sólo en parte –dijo mirándome con fijeza para estudiar mi reacción–. Durante muchos años yo crecí sintiéndome niña, mis padres descansaron cuando ocurrió mi menarquía, aun así, los médicos me hicieron estudios y declararon que todo aparentaba que era una mujer fértil. En ese momento pasé a ser completamente mujer para ellos. En el bachillerato tuve novios, pero en los escarceos, cuando me calentaba mucho, por ejemplo, con los besos donde jugueteaban las lenguas y con las inevitables caricias sobre los senos o los glúteos, mi pequeñísimo juguetito se endurecía.

    –¿Tu juguetito? –pregunté espontáneamente.

    –Así le digo a mi clítoris, que se endurece y crece como el tamaño de un dedo meñique –explicó y continuó de inmediato–. El problema fue que cuando más excitados estábamos e intentaban acariciarme la vagina por encima de mi ropa, los chicos se encontraban con una protuberancia, aunque no tan notoria y grande como la de ellos, y no pocas veces sentí en mis piernas o en mis manos cómo se desinflamaba de golpe su erección y se cancelaban sus ganas de continuar el morreo.

    –Jaj, jaj, jaj… –reí, también de manera espontánea, imaginando la escena de la cara de susto de sus parejas.

    –Sí, es para reírse, y yo también lo haría si no es por lo mal que me sentía al verlos marcharse de inmediato, sólo uno con un pretexto, pero a ninguno volvía a verlo. Me evadían, no volvían a dirigirme la palabra o en su casa me negaban la comunicación telefónica. Lo peor fue que algunos llegaron a correr rumores con los compañeros de grupo que yo era hombre. ¡Me sentí destrozada y juré no volver a hacerles caso a los hombres! –exclamó antes se soltar un llanto franco que me dejó apesadumbrado.

    Lo único que se me ocurrió hacer fue tomarle la mano y acariciársela, mientras ella lloraba. Tomó un pañuelo y se sonó la nariz. Sollozó un poco antes de volver su rostro hacia mí y comenzar a hablar calmadamente porque yo me había quedado mudo. Ella entendió que mi silencio no era por el asombro sino empatía con su tragedia.

    –Ahora ya sabes por qué no tengo a alguien que me cuente las estrellas y comparta mis sueños. Pero esto que te digo es para contarte algo que he pensado desde hace un año y vi la oportunidad de comentarlo con alguien que no tuviese derivación en mi trato diario –señaló y yo me alerté pues en sus palabras intuí, afortunadamente de manera errónea, que Juanita pensaba atentar contra su vida.

    –Vamos, Juanita, yo creo que para todo hay solución –traté de reconfortarla y besé su mano como signo de apaciguamiento.

    –Sí, y de eso quiero hablar y pedirte opinión, tú que sabes de “haberes y deberes” –dijo sonriendo, en alusión a la partida doble inventada por el renacentista Luca Paccioli, y discretamente retiró su mano de la mía para tomar otro bocadillo y aumentar la distancia entre nosotros.

    –Soy todo oídos para ti – dije sin acusar recibo del distanciamiento que hizo.

    –Una de las cosas que he investigado es que por medio de una operación quirúrgica pueden reducirme el tamaño del clítoris, pero seguramente esa ablación puede traer otras consecuencias. ¿Crees que valdría la pena para no ahuyentar a los hombres, o mejor será seguir mi camino de soledad?

    –¡No, no lo hagas! –otra vez hablé con la franqueza de mi reacción inmediata –¡Podrías tener problemas mayores a los que quieres arreglar! –insistí con menor volumen, pero firme.

    –Lo sé, pero lo que no sé es cómo hacerme de una vida normal –dijo y se quedó callada esperando mi opinión sobre los “haberes”.

    –Debemos aprender a vivir con lo que tenemos, y “nunca falta un roto para un descosido” –dije con seguridad y una alegría de haberme equivocado en la posibilidad de que ella pensaba suicidarse.

    –Sí, eso puede decir alguien a quien no le pese lo que a otro le sucede, pero ¿cómo me convences que está bien vivir sola –insistió.

    –Yo no sé si sea bueno o no vivir con o sin compañía diaria, amándose y peleándose o hacer lo que a uno se le pegue la gana sin ser recriminado por su pareja. Hay mucha gente que ha podido vivir de una u otra forma hasta la ancianidad, no sé si feliz o no. Del amor no sé gran cosa pues, aunque he estado enamorado, no he tenido la oportunidad de vivir diario con otra persona a la que deba aguantarle sus olores, humores y manías, ni tampoco quien soporte mis defectos –concluí.

    –Es decir, por siempre, ¿me debo aguantar las ganas de probar si es bueno o no estar casado o soltero? ¡Bonito panorama me sugieres: dejar que la vida pase, ¡la inacción para no tener derecho a equivocarme! ¡Cero ingresos y cero gastos! ¡Ningún riesgo y ninguna satisfacción ni sufrimiento! ¿Para qué nacer si habremos de morir? –soltó en tono de sarcasmo ante mi discurso que recomendaba pasividad.

    –Bien, ya hablaste. Ahora voy a hablar yo y te contaré dos cosas. Una que no te importa, pero que me molestó y otra que es muy cara y nunca la he contado, aunque soy contador –rematé para seguir su broma sobre los contables.

    –Escucho… –dijo y sirvió más vino en las copas.

    –¡Salud por la compañía de dos desconocidos! –exclamé chocando mi copa con la de ella.

    –¡Salud!, aunque tú ya conoces mis dudas íntimas –dijo y yo apuré todo el contenido, ante su asombro, y volví a llenar mi copa antes de hablar.

    Primero le conté lo que había dado motivo a mi separación con mi última pareja, lo cual escuchó entre asombrada y jocosa. Al terminar esa primera parte me bebí mi copa completamente y le serví el residuo que quedaba en la botella. “Permíteme” me dijo y fue por otra botella igual a la que habíamos terminado, la cual me dio junto con el sacacorchos para que la abriera y se fue a la cocina. Regresó pronto con dos platos uno con paté y otro con angulas antes de volver a la cocina para traer unas galletas y jamón serrano. Al sentarse, yo me serví vino, mordisqueé un poco de jamón y pasé a contar la parte escabrosa de mis asuntos sexuales.

    –La segunda historia es para hacerte ver que hay gustos para todos, es decir “nunca falta un roto para un descosido” y aclaro que no se trata de obtener algo de ti sino de ejemplificar con mi persona. Por medio de Internet supe que existían los hermafroditas y algunas mujeres con clítoris muy grandes, incluso se erguían aparentando ser pequeños penes. Seguramente por alguna fijación a muy temprana edad, deseaba chupar un pene, pero no uno “grande, gordo, venoso y peludo” como dicen algunos sino uno pequeño y manejable con la lengua. Deseé tener una de esas mujeres como pareja, pero nunca me topé con alguien así. También vi fotos de algunos transexuales y sentí atracción por los que lucían como bellas mujeres jóvenes y tenían el pene pequeño, el cual me agradaba más cuando estaban con el pubis rasurado. Me masturbaba fantaseando estar con alguna mujer así. Eso no quiere decir que no me gusten las peludas de labios y clítoris minúsculos. Pero seguramente te podrás encontrar a alguien que no se asuste con tu juguetito y, por el contrario, le guste para acariciarlo, besarlo, lamerlo o chuparlo con verdadera excitación. Sensaciones y falta de sensibilidad que te perderías si te haces ablación. ¡Salud por que encuentres quien te ame como eres, que de eso se trata el amor! –finalicé y me tomé todo el vino que había en mi copa.

    –¡Salud! ¡Gracias porque ahora veo todo distinto! – y tomó todo el contenido de su copa.

    –Me gustó haberte sido útil –dije poniéndome de pie para retirarme.

    –¡¿Qué?! Aún no terminamos la segunda botella –reclamó.

    –¡Qué bueno!, porque aún puedo manejar –dije como excusa–, las próximas botellas las invitaré yo –dije al extenderle la mano para despedirme.

    –¡No, ni madres! Ahora nos las acabamos, sirve que nos conoceremos mejor. Y si no quieres, pide un taxi porque ya estás muy tomado –explicó con voz pastosa.

    –Mientras llega el taxi terminemos la botella –dijo al empujarme hacia el sillón donde al caer me di cuenta que el borracho era yo–. Marcas el teléfono cuando nos sirvamos la última parte que queda –concluyó y me pareció razonable.

    En la charla que siguió, platicamos sobre nuestros gustos, nuestras lecturas y otras actividades no profesionales. Hasta que, próximos a concluir con el vino, tomé el teléfono y llamé para el servicio de un taxi. “En quince minutos estará allí” fue la contestación final, la cual se la comuniqué a Juanita.

    –Tu auto estará seguro allí hasta que lo recojas, no te preocupes –sentenció para tranquilizarme–. Te agradezco el tiempo que le diste a esta desconocida y también tu gratísima compañía, pero quiero que nos volvamos a ver la próxima semana, tú dirás dónde –concluyó en tono de súplica.

    –El placer ha sido mío, Juanita, y te agradezco que hayas entendido que mis torpezas fueron involuntarias, más no así el gusto de recrearme con tu caminar –dije en franca alusión al hermoso culo que se le veía, y ella sonrió moviendo negativamente la cabeza.

    Entre agradecimientos, risas y halagos mutuos transcurrieron los minutos hasta que sonó el teléfono avisando que el taxi ya estaba esperándome. Nos levantamos y ella me acompañó a la acera dándome un beso en la mejilla que le correspondí de la misma forma.

    Al llegar a mi departamento, me sentía mareado. Le envié un texto breve a Juanita avisándole que ya estaba en casa. Me desvestí completamente y entró una video llamada de ella, la cual tomé mostrando mi rostro en contrapicada y no se notara mi desnudez. Ella se veía acostada y cobijada.

    –Me da gusto que ya estés en tu casa. ¿Por qué te ves así, contra el techo? –preguntó intrigada.

    –Porque no quiero recibir un regaño aludiendo falsamente un hostigamiento sexual mediante Internet: ya estoy listo para meterme a la cama y duermo sin ropa.

    –¡Jaj, jaj, jaj! ¡Perdón! Buenas noches –dijo y yo contesté “buenas noches” antes de cerrar la llamada.

    Dormí seguido por más de nueve horas. En el baño me masturbé recordando mis sueños, principalmente la parte en la que le chupaba el clítoris a Juanita abrazado de sus nalgas. Gocé mi sueño y también recordarlo con esa paja.

    Fui a recoger mi auto ese domingo. Estando allá, vi que no estaba el auto de ella así que sólo toqué el timbre para poder decir después que “no había nadie para avisarle que ya había ido por mi automóvil”. Pero justo en el momento de que subí a mi auto se abrió la puerta automática del garaje, Juanita llegó en su carro alineándolo a la puerta de la cochera para meterlo. Sin apagar el motor del mío bajé para, saludarla antes de que continuara su avance. Recargado en la puerta de su carro para que no se bajara, gradecí nuevamente su hospitalidad y me despedí preguntándole si le parecía bien que reservara un lugar en un conocido restaurante de postín para nuestra próxima cita. “No, no acostumbro esos lugares, prefiero que vayamos a las taquerías de San Cosme, si a ti no te molesta, claro”, replicó y acepté de buen grado prometiéndole que le hablaría después para ponernos de acuerdo. “Anoche soñé varias cosas y en la mañana decidí hacerte una propuesta que te diré después. Espero tu llamada”, me dijo en tono que picó mi curiosidad. “Bueno, hasta entonces”, le dije dándole yo el beso en su mejilla, pero ella movió levemente la cara para que las comisuras de nuestros labios se juntaran. Nos reímos y me fui al auto y ella metió el suyo a la cochera.

    “¡Ese culo va a ser mío!” dije en voz alta en cuanto me alejé de allí y pensé en que no debería mostrarme ansioso ante ella para lograrlo. Pero el destino y su devenir lo marcaba Juanita con su franqueza…

    El sábado siguiente la recogí en su casa, fuimos a cenar tacos donde ella dijo, los cuales estaban riquísimos, más acompañados de un tepache helado y no sentí malestar alguno. Nada que ver con la cena que yo había propuesto. Caminamos más de un kilómetro de regreso para recoger mi auto ya que lo dejé en un estacionamiento retirado del lugar, pensando en cruzar de ida y vuelta La Alameda Central con ella del brazo. De regreso nos instalamos en una banca frente a la fuente.

    –Cuéntame qué soñaste –la exhorté para transitar de manera natural hacia el punto de su propuesta.

    –Hubo de todo, pero lo peor fue revivir cada momento de los romances truncados por mi “amiguito” al excitarme. Todo se replicó en mi memoria, en orden y uno tras otro, hasta el último rompimiento, pero siguió uno más a quien no pude reconocer, pero que no se fue y, además, me hizo mujer; yo estaba feliz de sentirlo tan real y creo que me asusté porque desperté sudando y tallándome el sexo –yo escuché e imaginé su ápice lleno de flujo haciéndose una chaqueta con dos o tres dedos –. Me maldije por haber cerrado los ojos en mi sueño ante tanta felicidad y no haberle visto la cara al fulano que me dio esa dicha, ¡aunque fuera en sueño!–… Dijo con los ojos llorosos, pero con una sonrisa amplia.

    Me quedé en silencio, crucé las piernas para esconder mi turgencia motivada por lo directo de su relato. “¡Vaya!”, exclamé y miré hacia el reloj de la Torre Latinoamericana. Quedé acompañándola en su silencio. Al poco rato, ella me tomó de las manos, me miró a los ojos para solicitar mi atención a las palabras que vendrían, las cuales ya esperaba por su claridad acostumbrada: ahora vendría su propuesta.

    –¿Estaré tan mal donde sueño cosas así? –me preguntó, echando por la borda la seguridad de mi línea de razonamiento.

    –¡Vamos, Juanita, no estamos mal porque soñemos con fantasías sexuales! –dije, pero más bien para mí, para justificarme por haber soñado a sus nalgas mamando un penecito. Cerré los ojos y sin abrirlos continué hablando–: es usual, es más, estará muy mal quien no tenga ensoñaciones de esa índole.

    –¿Tú las tienes? ¿Son frecuentes? ¡Abre los ojos para contestarme, Román! –exclamó exigiéndome respuesta donde ella pudiera constatar mi sinceridad.

    –¡Claro que las tengo, y con frecuencia! A veces son imaginando a personas que no conozco, pero las disfruto, como también lo hago con mis pesadillas ya que mi desarrollo onírico me permite conocerme mejor y vivir más vidas, no sólo la de la vigilia. Además, trato de analizar el porqué de los sueños recurrentes o de otros cuya impronta me dura varias horas o vuelven el día menos pensado en algún momento en que una pequeñísima relación o coincidencia en un instante que me los recuerda en todo su esplendor una acción común y corriente, ya que eso me hace pensar en que tengo cabos sin atar o asuntos no resueltos.

    –¡Wow!, debiste ser analista, psiquiatra o algo así y no un simple cuentachiles de los ricos o los perseguidos por el sistema tributario. ¿Te gustan las matemáticas?

    –¡Claro, soy contador! –dije molesto, pero ella fue la que se molestó con mi respuesta.

    –Eso ni a aritmética llega, ¿cuándo has tenido que usar teoría de números en tu profesión o utilizar propiedades modulares de los números y cambios de base para atender a tus clientes? –preguntó y me quedé con la boca abierta, no por desconocer esos temas y conceptos sino porque siendo diseñadora textil y de modas su conocimiento era basto, además de darme una cachetada con su precisión sobre mi campo profesional tan limitado y el alejamiento con las matemáticas, pues ni el cálculo integral de la preparatoria lo usaba más allá de la teoría bursátil–. ¡Perdón! –dijo al ver mi gesto de asombro y molestia–, ya me desvié del tema, pero me maravilló tu explicación, a mí que difícilmente recuerdo si soñé o no, y percibí que tu mente era muy analítica, por eso mi pregunta de las matemáticas –concluyó a manera de disculpa.

    –No tengo que perdonarte, mi respuesta fue petulante, hiciste bien en llamarme cuentachiles. Hubiera sido mejor contestarte que sí me gustan las matemáticas, las biólogas, las filósofas, las químicas y, ahora, también las diseñadoras –y al terminar de hablar acerqué mi cara para darle un beso que me correspondió, sólo juntando nuestros labios, y sonrió festejando mi galantería.

    –¿Alguna vez has soñado que haces el amor con un hombre? –me preguntó a bocajarro. No podía evadirme, era claro que lo sabría.

    –Si te refieres a la penetración: no, ni de aquí para allá o viceversa. Sí me he soñado atraído o quizá enamorado de alguno a quien admiro. La única vez que disfruté abrazando, besando y suspirando enamorado con alguien, descubrí al mirarlo frente a frente que se trataba de mí mismo, y lo festejé (¿festejamos?) haciendo un placentero 69. Esa vez desperté maldiciendo no haber tenido un hermano gemelo.

    –Ególatra el señor… –dijo Juanita con sarcasmo, recargando la cabeza sobre sus dos puños.

    –Eso pensé cuando empecé a analizarlo. Lo primero que hice fue escribir con sumo detalle, lo soñado, sin omitir contradicciones o asuntos ilógicos. De mis anteriores ensoñaciones con hombres, concluí que me quiero mucho (sí abona a la egolatría), pero que en la situación de los otros casos que soñé, es porque también les guardo cariño. También encontré que estoy satisfecho con lo que soy (sea eso lo que sea). Y que tengo fijación por los penes pequeños (de 5 a 10 cm), aunque si se trata de uno más grande debe ser como el mío –concluí y esperé que enseguida ella me platicara algunos sueños con otras de su mismo sexo que le estuvieran causando alguna incomodidad, pero, otra vez, me equivoqué.

    –Sí que eres una cajita de sorpresas y no tengo la menor idea de cómo habrá de lidiar contigo quien te toque como pareja y ahora sí me queda claro que mi propuesta sólo será de mutuo beneficio y no quiero que acarree más compromiso que no romper nuestra incipiente amistad –dijo solemnemente sin dejo de alegría, o esperanza ni tristeza.

    –Tu propuesta… ¿Qué me propondrás? –pregunté temeroso porque, de acuerdo a su tono, me parecía algo superficial.

    –El domingo, después de despertar me quedé un buen rato en la cama razonando lo que soñé y sentí, conste que no digo analizando –precisó–. Llegué a la conclusión de que el hombre que soñé y no pude ver eras tú. Reviví esa última parte, pero ahora con tu rostro y añadiéndole otros detalles, como abrazos, besos, caricias y me masturbé feliz –dijo, pero ahora se notaba exultante y convencida en su tono, lo cual me desorientó.

    –Menos mal que te serví otra vez para algo… –dije sonriendo y guiñé un ojo.

    –Mi idea es que nos seamos útiles uno al otro. Yo soy virgen y con muchos deseos de dejar de serlo, pero de una manera que recuerde con felicidad toda la vida. Tú tienes la fantasía de acostarte con una mujer “buenona”, guapa, o al menos no fea, y que tenga un clítoris grande para chupárselo. ¿Qué dices? –preguntó después de hacer una propuesta que más bien me parecía un convenio cambiario de “ganar-ganar”.

    La puse de pie y me le quedé viendo de arriba abajo, le di una vuelta para mirarla como se examina un objeto que se va a adquirir, aunque sea solo por unos momentos de usufructo. Sí, ya lo sabía: era bonita; sus tetas no eran despreciables; la cintura plana al frente y el resto con las redondeces propias para sujetarla con suavidad y buen agarre; el culo era formidable; las piernas bien torneadas, ni gordas ni delgadas; también la sabía sumamente inteligente y suficientemente sensible. “Oye no me gusta que me veas como mercancía, ¡soy una persona!” dijo molesta al terminar mi inspección visual. “Y qué hermosa persona…”, dije abrazándola para continuar así nuestro camino al estacionamiento. Pero a mí seguía sin atraerme el carácter convenenciero y mercantilista como ella veía el acuerdo, acuerdo por demás no despreciable. Sólo teníamos ocho días de conocernos y saludarnos amablemente por mensajes o llamadas.

    –¿Qué respondes de mi propuesta? –insistió susurrándome la pregunta en el oído, dándome una lamida en el lóbulo al terminarla.

    –Qué lindo preguntas –susurré ahora yo y levanté su cabello para darle un beso en la nuca.

    –¡Ay, desgraciado, así no se vale! ¡Me vas a encuerar en plena calle! –Exclamó sumamente excitada.

    –Creo que tu propuesta la debemos platicar con más calma. Yo había dicho que las siguientes botellas de vino corrían por mi cuenta. ¿Vamos a mi casa a platicarlo? –le sugerí.

    –Vamos –contestó abrazando mi cintura y apurando el paso.

    En el auto prendí el aparato de sonido y nos fuimos cantando. Llegamos, metí el auto al estacionamiento del edificio. Antes de bajar del auto le dije “Déjame abrirte” y Juanita abrió los ojos manifestando sorpresa, ante lo cual añadí: “la puerta” y ella sonrió de inmediato. Ya en el departamento le señalé el baño llevándola hasta la puerta para que se lavara las manos o lo que quisiera hacer y yo me fui a lavar al fregadero de la cocina. Saqué una botella de vino rosado de la nevera, la descorché y la llevé a la mesa de la sala, junto con un par de charolas de carnes frías y una tabla de quesos que desde la mañana había preparado para la ocasión. Para terminar, calenté un pan blanco de cebolla que corté en rebanadas finas y también fueron a dar a la sala. Debido a que la noche empezaba a refrescar, prendí el calentador de la sala y el de la recámara, también quité la colcha y recorrí las cobijas (¿qué tal si yo aceptaba su propuesta?) De tal manera que, cuando ella salió del baño, todo estaba listo y la invité a sentarse. “Ahorita, déjame ver primero tus cuadros, ¿puedo?” me pidió. Contesté inmediatamente “¡Claro!” dejándole libre el paso. Momento que aproveché para sacar dos copas que me habían faltado. Desde la sala vi su recorrido en el que observaba con cierto detenimiento las obras. Prendí el aparato de sonido con música instrumental variada.

    –¿Hay alguno tuyo? –preguntó al terminar su recorrido, señalando hacia los cuadros.

    –Todos son míos, unos los compré y otros me los regalaron, pero yo no pinto –contesté respondiendo su inquietud, le quité el abrigo y nos sentamos.

    Platicamos esta vez de gustos musicales, a Juanita se le antojó bailar y bailamos. Sentía el calor de una mujer que poco a poco se ponía arrecha con la cercanía y los besos, las caricias en los brazos, en la espalda y el contacto de nuestras piernas en los giros. Ella bajó mi mano desde su cintura para que la reposara en su nalga y la otra me la hundió en el canal de su pecho y me dio un beso donde nuestras lenguas se entrelazaron. A la cuarta pieza me dijo “Sentémonos, ya me acaloré” y después de compartirnos en la boca nuestros tragos de vino continuó el morreo. Le quité la blusa y recorrí con mi nariz el escote de su pecho. Juanita se quitó el sostén para que mi regodeo creciera, pero el goce de ella creció mucho más cuando le mamé las chiches, los pezones estaban rugosos y erectos. Mientras Juanita echaba la cabeza hacia atrás para que su pecho quedara erguido, y yo no me encorvara mucho, suspiraba al ritmo de mis mamadas. Afortunadamente no traía medias y acaricié a mi gusto sus piernas. Escurrí una mano desde su rodilla, avanzando bajo la falda y sobre la tela de sus pantaletas, toqué el pequeño montículo que tenía y había sido la causa de asustar definitivamente a sus pretendientes. Con el índice masajeé el pico de su erección y juanita lanzo un grito seguido de gemidos que acusaban un orgasmo continuo y enterró sus uñas en mi espalda una y otra vez al compás de sus oleadas de placer. La nena estaba lista para ser desflorada. La besé en la boca y la cargué para llevarla a la cama sin separar nuestros labios. Con ternura la deposité sobre la sábana y comencé a quitarle las únicas dos piezas de ropa que le faltaban. Mi lengua recorría desde el periné hasta la punta de su penecito, pues ese clítoris terminaba en un notorio glande. Me desvestí sin dejar de chuparla y ella no dejaba de jadear. Me monté sobre su cuerpo y la besé, le metí las manos bajo la espalda y las deslicé hasta sus nalgas. ¡Qué banquete de caricias me estaba dando y qué receptiva estaba Juanita que besaba queriéndome comer!

    –¡Haz lo que tienes que hacer! –me suplicaba y sus piernas rodeaban a mi cintura. “Eso es lo que deben hacer las vírgenes, ¡enterrarse la verga solas, hasta el fondo!, que no haya el más ligero dolor para enturbiar su pasión”, me decía a mí mismo.

    Con mi verga, seguí el camino que había recorrido con la lengua y sentí las uñas de Juanita enterrándose en mi espalda en el momento que nuestros glandes se frotaban humedecidos con mi presemen. Bajé otra vez para hacer el mismo viaje por el camino, pero mi verga fue capturada por su deseo de ser mujer y se la clavó completamente agarrándome de las nalgas para que no pudiera salirme, me presionó más con las piernas, volvieron sus manos hacia arriba y sentí otro ardor en mi espalda provocado por sus uñas, justo cuando mi verga rompió su himen.

    Me moví cada vez más rápido, tal como me lo exigía su deseo y sus orgasmos vinieron en catarata hasta que Juanita aflojó el abrazo y quedó exhausta. Di tres viajes más y me salí para vaciar los chorros de semen sobre su vientre. Al sentir el líquido en su pelambre, el ombligo y algunas gotas en sus tetas, trató de abrir los ojos para ver lo que había ocurrido. Le bastó un flashazo para darse cuenta y sonreír, pero volvió al nirvana contemplativo de sus propias sensaciones.

    Volteé a ver su clítoris y estaba tan yerto como mi pene. Le cubrí las piernas con la cobija y la dejé dormir. Me fui al baño a curar como pude las heridas que dejaron los rasguños en mi espalda. Mientras las plaquetas hacían su trabajo recogí los trastos y apagué el calentador de la sala, luego llevé la ropa de Juanita a mi recámara y me acosté a su lado para besar sus chiches y su cara. Me di cuenta que ella había esparcido mi semen en su pecho y vientre. Me acarició la cara y dijo “Fue más maravilloso que mi sueño. Fuiste un caballero al no eyacular dentro de mí, ni tiempo tuve de solicitar que te pusieras condón”. Me besó amorosamente y me preguntó: “Oye, si alguna vez quiero tener un hijo, ¿puedo contar contigo?” Sólo sonreí y me abstuve de contestar. Dormimos un poco. Me desperté molesto cuando sentí el movimiento friccionante de sus dientes en mi glande.

    –¡Perdón! quise que sintieras tan rico como yo cuando me chupaste –dijo soltando mi pene.

    –Sí, las chupadas se sienten deliciosas, pero se hacen sin que los dientes lastimen –le expliqué y empujé su cabeza hacia mi sexo. Volvió a chupar con mejor resultado.

    –¿Así? –dijo después de darme otras tres mamadas.

    –Sí –le contesté y volví a presionar su cara contra los vellos de mi pubis. Juanita abrió la boca y se tragó todo mi pene flácido que empezó a crecer al contacto con los movimientos de su boca. ¡Cada vez lo hacía mejor!

    –Ven –le dije acomodándola en posición del 69 y nos mamamos mutuamente

    Después empecé a pasear mi lengua desde el ano a su vagina y ella se retorcía de placer, pero no soltaba mi pene. Su clítoris estaba erguido y medía tanto como mi dedo meñique. Mi sueño se transformó en realidad y chupé con sumo deleite abrazándome de sus hermosas nalgas hasta que me vine en su boca. Ella tragó mi semen y al terminar su orgasmo exclamó “¡Sí, sabe tan rico como el que probé tomándolo de mi ombligo, que me dejaste inundado!”. Después la volteé bocabajo y me puse a lamer su ano. Ella gemía cada vez que mi lengua entraba un poco y me facilitó el trabajo separándoselas con las manos para que pudiera entrar más. “¡Qué rico se siente!”, gritó y tuvo otro orgasmo. “Me vas a matar de felicidad” precisó cuando se repuso y me di cuenta que ya era hora de descansar. Apagué el calentador, cubrí con la cobija nuestros cuerpos y la abracé de frente, quedando nuestras bocas juntas y así quedamos dormidos.

    Muy de mañana, al abrir los ojos, vi su cara radiante. Volví a dormirme para despertar horas después. Al poco rato ella despertó, entreabrió los ojos y como si le hubiese impresionado algo, los abrió completamente de golpe, volteó la cara hacia mí, y al parecer lo recordó todo porque su cara se volvió a iluminar de felicidad. Sonrió, me dio un beso en los labios y dijo “buenos días”.

    –¿Te digo lo que soñé? –me preguntó sonriente agarrándome de la verga.

    –Sí –contesté acariciándole la mata en busca de que su amiguito también despertara… ¡y despertó!

    –Soñé con lo último que hicimos, con tu lengua en mi ano y que te gritaba “méteme la verga, Román” y tú me volvías a coger por la vagina, pero yo quería también por el recto y volvía a insistir “¡Por el culo, Román, por el culo!”, pero tú me hacías venir mucho y yo quedaba satisfecha.

    –¡Qué bonito sueño! ¿Y me vine en él? –pregunté.

    –No. Pero ¿qué tal si me lo metes por el ano y te vienes? –ofreció.

    –Por ahí duele, al menos las primeras veces… –le advertí.

    –No importa, quiero que también seas tú el de la primera vez –replicó.

    Le sonreí y me dije “Sí, méteselo, tiene un culo divino” entonces asentí con un gesto. Ella retiró las cobijas, se puso bocabajo y se abrió las nalgas. Yo le lamí el ano dejando en él suficiente saliva. Traté de meter un dedo y ella dio un pequeño grito de dolor. Volví con la lengua metiéndola hasta donde me lo permitían mis músculos y ahora intenté abrirlo con mi glande. Fue inútil, ni eso pudo entrar sin evitar su dolor.

    –Deja ponerte crema o aceite –le dije y me levanté por el frasco de lubricante que había estado esperando esa oportunidad hacía mucho tiempo.

    Ella vio el lubricante que traje y se volvió a poner en posición. comencé a ponérselo después de besarle y lamerle las nalgas, además del periné.

    –¡Ah, ya estás preparado para esto! Tienes lubricante a la mano… –me señaló Juanita al darse cuenta que el frasco aún tenía el sello de garantía intacto.

    –Jaj, jaj, jaj. Me gustaría decir que lo compré para usarlo contigo, pero desgraciadamente fue hace tiempo que tuve una amante tan buena de nalgas como tú y que cuando se lo intenté meter por allí ella se negó “¡No, Román, me estás violando!”, me gritó, así que me detuve y le prometí que para la siguiente tendría un lubricante. Desgraciadamente, ya no hubo siguiente.

    –Pues yo ya dije que sí, y espero que no duela tanto con eso –me contestó esperanzada.

    Le puse el aceite a Juanita como marcan los cánones: primero metiendo un dedo, luego dos y por último tres. Tuvo un poco de dolor, pero ya lo esperaba. Después le fui metiendo la verga poco a poco, deteniéndome a que se acostumbrara cuando me lo pedía, hasta que entró toda. Nunca se me bajó la erección pues sus nalgas son muy hermosas y ella aguantó para cumplirse a sí misma el ser estrenada de ahí también por el mismo hombre. Me fui moviendo poco a poco y la tensión de ella cambió a placer, hasta disfrutarlo a gritos. Flexionó las rodillas para que sus nalgas subieran y pudiera entrarle más hondo el pene. “¡Está rico, Román, vente en mí, vente!”, me gritaba y yo la complací… Sin sacársela, descansamos de cucharita hasta que se le salió. Me levanté para hacer el desayuno, pidiéndole que siguiera acostada. Le traje un jugo de naranja, unos huevos tibios condimentados como me gustan a mí y café. Puse la charola en la mesa de cama después que se acomodó y empezó a comer. “¿Así las tratas a todas?”, preguntó sonriendo. “No, pero veo que sí debería hacerlo”, contesté.

    Al terminar de desayunar, llevé los platos a la cocina y los lavé, pidiéndole antes que se metiera a bañar. “Te espero allá adentro”, me dijo. “Sí, también en el baño quiero estar adentro…”, le contesté dándole un beso en la frente. Al regresar, después de haber metido una toalla más para ella, me metí a la ducha, le enjaboné la espalda, bajé a sus nalgas y le metí la punta del jabón en el culo. Ella se agachó pidiéndome implícitamente que la penetrara por atrás, lo cual hice sin tanta dificultad. Cuando estaba bien atornillada la enderecé y le enjaboné su conchita y con dos dedos me puse a darle jalones a su pene al mismo ritmo que le daba por el culo. Seguramente los vecinos escucharon sus gritos por el ducto común de ventilación de los baños envidiándonos. Antes de salir de la ducha, la cargué de frente, con ella colgada de mi cuello y le hice el amor, o me la cogí, porque yo no quise venirme dentro de su vagina, y otra vez gritó pidiendo más.

    Desde aquella vez, hace ya un par de años, seguimos como amigos. Ella, aunque ya usa un DIU, no ha tenido suerte con otros, siguen huyéndole, pero me invita un vino y hace la cena para que “platiquemos con tranquilidad” algunos fines de semana, Yo estoy bien así, sólo salgo con alguna que otra mujer, pero sin la gracia y la inteligencia que tiene ella. Espero que cuando quiera ser madre me lo pida, pero el trato deberá ser el de vivir como familia, para recorrer ambos el otro lado de la vida que corren las parejas.

  • Mi novia me entrega el culo

    Mi novia me entrega el culo

    Y todo nos llevó aquí, estaba esperándote en ese apartamento, la loción, la corbata y mi camisa eran prendas que harían de esa noche una inolvidable, lo supe cuando llegaste solo con labios pintados y tacones.

    La gabardina era para disimular ya que debajo de ella no traías ni bragas. Esas las sacaste de tu bolso y las sumergiste en la copa de champán que estaba junto a mi, bebiste la otra de un sorbo y te decidiste a besarme y a desvestirme te enloquecían las corbatas y a mi follarte con los tacones puestos eso te daba un aire tan de puta, mi puta.

    Empezaste con una mamada de campeonato, incluso me dejaste tocarte la campanilla con la punta. Así seguimos hasta que salió tu lado de jinete y comenzaste primero una vaquera, luego una vaquera invertida, en esa posición te tome y literal realizaste un vuelo, la posición de supergirl junto con mi verga azotando tus nalgas hizo que cuando te puse en la cama no te resistieras a qué con mi mástil dejarás que te siguiera ejecutando para placer de ambos yo teniendo el control, tu disfrutando como una loca.

    En ese momento mis pulgares jugaron con el orificio de tu ano en ese momento volteaste y literal como una zorrita me miraste y levantaste ese culazo que te cargas.

    Saque mi mástil de tu concha y dejaste salir un ahhh, que me puso de ánimo para preguntarte.

    Y- Puedo follarte el culo??

    Eso lo dije mientras mi punta estaba en los pliegues del orificio

    T- Si lo preguntas claro que no!!! Jajaja

    En ese momento me moleste porque si afirmación me hacía ver débil, así que le dije:

    Y- Me darás tu culazo y de ahora en adelante te follare el culo antes que la concha comprendiste

    En ese momento metí sin contemplaciones el falo y comencé a follar más salvaje cada embestida ella sólo grito al inicio, maldijo y al final pedía más más más…

    Y- Ves como te gusta putita, ahora empieza a gatear baja de la cama

    Ella sólo alcanzo a exclamar un umhu qué con una nalgada y el chillido de la cama era lo único que se oía en el cuarto.

    Cuando llego al suelo la detuve y la gire, si espalda dio al suelo y sus tetas saltaban cada vez que yo la jalaba a mi y por la gravedad así hasta que suplico

    T- Basta, no la aguanto toda tu ganas, pero déjame descansar y en eso lo único que alcanzo a decir era un aggg que me decía que otro orgasmo llegaba a ella.

    Y- Nada de eso, me la vas a babear y te voy a dar hasta que se me vacíen los huevos putita

    En eso no pudo decir otra cosa más que hay que rico…

    La levanté y la gire para que con mis pulgares sus pezones pagarán el precio mientras con mis piernas no le di tregua hasta que se llevó a cabo lo cumplido.

    Cuando terminamos me dio un beso y reposo hasta que tuvo fuerzas de ir por su tanga y exprimirla directamente a mi boca.

    Y- Mmm… champán y tus jugos una combinación deliciosa.

    Saludos

    LJABS

  • Así lo había imaginado

    Así lo había imaginado

    Después de fantasear por algún tiempo con la posibilidad de que mi esposa tuviera relaciones sexuales con un extraño, en algún momento me confió su deseo de llevar a cabo la aventura. Vivíamos por aquellos días en Santo Domingo, República Dominicana, y tal vez, el estar rodeada por hombres de color que llamaban su atención y enterarse que muchas extranjeras aprovechaban su estadía en los hoteles de Punta Cana para revolcarse un rato con los locales, precipitó su decisión.

    No teníamos idea de cómo empezar o a quién contactar, pero ya había un objetivo a cumplir. Un viernes en la noche, después de una fiesta y con varias copas a cuestas, me desvié de la ruta a casa y la llevé a un motel. En la recepción había un muchacho mulato, fornido y bien parecido, que cautivó su atención. Llegados a la habitación le pregunté si aquel joven le había gustado y me contestó que sí. Entonces llamé a la recepción. Él contestó. Le conté que mi esposa lo encontraba atractivo y que le gustaría estar un rato con él. Me dijo que aceptaba con gusto la invitación y que no tardaría en llegar.

    Una vez colgué, mi esposa, que había escuchado la conversación, me dijo que no se sentía preparada aún. Le dije, bueno, en algún momento tendrá que suceder y pensé que ahora, relajados y un poco alicorados, era la oportunidad para empezar. Me dijo que tal vez después, en otra ocasión, pero que esa noche no iba a ser. Y yo, conociéndola, sabía que no había reversa en su decisión.

    Al rato tocaron a la puerta de la habitación. Abrí y de inmediato le dije al muchacho, lo siento por hacerlo venir, pero ella se arrepintió. No puede ser, dijo aquel. Deme la oportunidad de entrar y charlar con ella para convencerla; así que lo dejé entrar. Él llegó hasta donde estaba mi esposa, recostada en la cama, y le dijo que le diera la oportunidad de estar con ella, que no se iba a arrepentir, que él tenía experiencia y que iba a disfrutar la aventura. Además, dijo, él tenía buena dotación y, mientras lo decía, bajó sus pantalones para que ella pudiera apreciar su miembro que ya estaba erecto.

    Mi esposa no supo responder. Se vio sorprendida y no sabía quehacer ante esta situación. Sin embargo, sin decir palabra, no dejó de contemplar el pene que tenía a su alcance. Él le dijo, señora, mire como está de solo pensar que puedo complacerla si me da la oportunidad. Por favor, tóquelo para que vea que es cierto. Y ella, sin saber por qué, así lo hizo. Acarició ese pene erecto de arriba abajo, suavemente, pero al final le dijo que le gustaba mucho, que él estaba muy guapo, pero que ella no estaba preparada y que lo disculpara.

    Bueno dijo él, pero si se decide, llámeme. Le aseguro que no se va a arrepentir. Subió de nuevo sus pantalones y se despidió muy respetuosamente. Yo lo acompañé a la puerta y lo compensé con una propina de dos mil pesos dominicanos, agradeciéndole que hubiese atendido el llamado y me disculpé por haberle generado falsas expectativas. Yo entiendo, dijo, pero llámeme si ella se decide. Sí, le dije; así lo haré.

    Me causó curiosidad que, si ella ya había decidido que aquello no iba a ser, por qué diablos aceptó tocar el pene del muchacho y despertar falsas ilusiones en ambos, tanto en él como en mí. Y le pregunté, oye ¿qué pasó? Nada, contestó. Y ¿entonces? La verdad me excité estando en presencia de ese muchacho, pero me dio miedo seguir adelante. Si voy a hacerlo, dijo, tendré que estar más segura la próxima vez. Y ciertamente estaba excitada, porque cuando nos abrazamos y palpé su entrepierna, estaba bastante húmeda y dispuesta. Tuvimos sexo los dos, pero la imagen de la aventura fallida no dejó que aquello se sintiera mejor.

    En los días siguientes, y con el objetivo en mente, le propuse subir unas fotografías suyas a las páginas de contactos y ver cómo funcionaba aquello. Estuvo de acuerdo en que le tomara fotos en poses sugestivas, usando lencería, de manera que quienes vieran aquello se motivaran de alguna manera. Los comentarios que recibimos al principio no fueron de lo más favorables para llevar a cabo el proyecto, así que le dije que deberíamos tener paciencia y esperar, porque, al fin y al cabo, aquello era anónimo y cualquier cosa se podía esperar.

    Una noche, mientras consultaba qué respuestas había en el perfil creado, que anunciaba la disposición de ella, para tener un encuentro sexual con quien estuviera interesado, preferiblemente un hombre de color, apareció el comentario de alguien llamado Andrés García, quien colocaba su correo para ser contactado. De inmediato le escribí y al instante respondió. Acordamos charlar a través del chat y formalizar el contacto.

    Le conté sobre la disposición de mi esposa para tener un encuentro sexual con otro hombre que no fuera su marido, pero que sería su primera vez y no contábamos con experiencia para manejar tales situaciones. Me dijo que, la verdad, él también estaba explorando y que le llamaba la atención la propuesta. En ese momento supo que estábamos viviendo en República Dominicana y supimos nosotros que él residía en Bogotá, Colombia, de manera que cualquier cosa que proyectáramos hacer tendría que esperar a nuestro regreso. Mientras tanto se me ocurrió que Andrés podría conversarse con mi esposa, si ella así lo quería, para ir preparando el terreno. Le pedí que me mandara una foto suya para que ella le conociera y que, si él estaba de acuerdo, ella lo contactara. Y así lo hizo.

    La fotografía que mandó era de cuerpo entero, vestido, sentado en una silla, con actitud alegre y descomplicada. Se la compartí a mi esposa, mencionándole que ese podría ser un candidato para la aventura y que, para que no fuera a pasar lo mismo que en el motel, lo mejor era que ella tomara contacto con él, se presentaran, charlaran sobre el asunto y concretaran algo si es que había interés. Todavía nos faltaban seis meses para regresar, así que aquello se podría manejar con calma. Ella me contó que había encontrado simpático al muchacho, como a ella le gustaba, y que iba a hacer el deber de hablar con él en algún momento. Y no volví a mencionar el tema para nada.

    En los días siguientes seguimos con el cuento de alimentar con fotografías y contenidos el perfil creado, y revisábamos los comentarios y correos electrónicos que allí colocaban para establecer contacto, pero delegué en ella la tarea de estar al tanto y contactar a las personas que pudieran interesarle. Un día, pasado el tiempo, pregunté ¿acaso ya pasó la idea de la aventura?, porque no he vuelto a oír nada del tema. No, para nada, ya todo está arreglado. Y ¿qué es lo que está arreglado, si puede saberse? Ya me conversé con Andrés y quedamos de vernos tan pronto regresemos. Y los otros contactos, ¿qué? Por ahora veamos qué pasa con este, contestó.

    El primer fin de semana, después de regresar de nuestro viaje, ella me dijo, quedé de encontrarme con Andrés este sábado. ¿Encontrarte con Andrés? Pregunté ¿Vas a ir sola? Claro que no, contestó, él sabe que los dos andamos juntos en esto y que yo no voy a hacer nada si no estás tú conmigo. Bueno, y ¿cuáles son los detalles del encuentro? Me propuso que nos encontráramos en una discoteca del centro y que, si todo va bien y estamos de acuerdo, después podríamos ir a otro lugar. Y, ¿tú quieres ir a ese otro lugar? Inquirí. Eso lo sabremos allá, respondió. Esperemos.

    Ese sábado llegó y ciertamente terminamos en ese otro lugar, pero, dado como ella se comportó con él en aquella ocasión, siempre tuve la curiosidad de saber de qué hablaron durante seis meses y cómo llegaron a compenetrarse para que aquello fluyera como si se hubiesen conocido de tiempo atrás. Así que, ya entrado en confianza con Andrés y siendo él su corneador de planta por esos días, en algún momento tuvimos tiempo para charlar por un largo rato y, entonces, hablando de todo un poco, comenté, que mucho me gustaría saber cómo había hecho para convencer a Laura para que fuera sexualmente traviesa y hacer que se le entregara, como tan fácil, siendo que es una mujer muy prevenida hacia todo y hacia todos. ¿Cómo fue que la convenció?

    Me contó que la confianza se fue construyendo poco a poco y que el proceso tomó tiempo. Que casi todas las conversaciones que tuvieron en aquella época tuvieron que ver con la vida personal de ambos, en detalle, y que en cierto modo se llegaron a conocer bastante en ese lapso de tiempo. Ella supo que él era casado, que tenía un hijo, que tenía un negocio de cabinas telefónicas y servicios de internet en el centro de la ciudad y que, debido a que tenía ese trabajo, tenía acceso a las páginas de contactos y que, por eso, tenía la curiosidad de ver qué pasaba si se atrevía a contactar a alguien por ese medio.

    Después de esas largas confesiones, las conversaciones se centraron en saber qué era lo que él quería y esperaba de esa relación con ella. Y que él le había confesado que quería tener la aventura de tener sexo con una señora casada, estando el marido presente. Que no sabía exactamente de dónde surgía la curiosidad, quizá, tal vez, por ver los contenidos de las páginas pornográficas donde se mencionaban las aventuras cornudas, donde los maridos encuentran excitante que sus esposas tengan sexo con otros hombres en su presencia o permitan que ellas tengan aventuras sexuales extramaritales y después les compartan lo sucedido en sus encuentros.

    El, básicamente, quería ser el invitado a una de esas aventuras y por eso le había llamado la atención el anuncio que se había hecho en la página de contactos, además que le encontraba a ella atractiva y quería, por lo menos, conocerla, se dieran o no las cosas. Ella, contó, le había preguntado cuál era su motivación para tener ese tipo de aventuras, siendo un hombre casado y tener una pareja estable, a lo cual él le había contestado que quizá para tener la aventura, para correr riesgos, para sentirse más hombre, más macho y ver que podía conquistar y estar con cualquier mujer, siempre y cuando se lo propusiera.

    Y que él, a su vez, correspondiéndole a su curiosidad, le había preguntado a ella, cuál era su motivación para atreverse a tener esa aventura siendo una mujer casada y tener una pareja estable, a lo cual le había respondido que su marido había sido su primer y único hombre en su vida y que no contemplaba que el sexo fuera a funcionar igual con alguien que no fuera su pareja, pero que viendo lo que pasaba en otras parejas y lo que vivían otras mujeres, quería darse la oportunidad de experimentar y ver cómo respondía ella ante las situaciones. Que ella ciertamente encontraba atractivos y se excitaba ante la presencia de otros hombres, pero que se negaba a aceptar aquello como algo normal, pero, que, sin embargo, la mejor manera de encontrar respuestas era atreviéndose a tener experiencias.

    Y que, llegados a ese punto, ella le había preguntado qué era lo que más le gustaba a él de compartir con otra mujer, comentándole que disfrutaba mucho que ellas se mostraran provocativas y que tomaran el control de la situación, pues él prefería que ellas dijeran abiertamente lo que les gustaba y cómo querían que las cosas se dieran, porque muchas veces se pecaba por exceso o por defecto a la hora de querer complacerlas. Que el hacía su parte, pero que muchas veces los resultados no eran lo esperado y quedaba con la sensación de haber fallado con la pareja. Y que no le gustaba sentir eso. Y que tal vez, al hacerlo con otra mujer, lejos de los compromisos del matrimonio, las cosas se pudieran dar mejor para ambos.

    Ella, comentó, por su parte, le había dicho que le excitaba sentirse observada y deseada, y que casi al instante se humedecía de la emoción de verse abordada por un hombre. Ella creía que el disfrute del sexo, en parte, tenía origen en los pensamientos de cada quien, y que, si uno le ponía peros a la relación, seguramente el resultado no iba a ser igual. Ella, según le decía, vivía el momento tal como se presentaban las situaciones y trataba de disfrutar al máximo las experiencias, pero que esto realmente era nuevo, ya que había sido educada de manera muy conservadora y tradicional, especialmente en lo relativo al tema sexual.

    Me dijo que habían hablado de sus experiencias individuales, llegando a la conclusión de que esto era similar a como habían llegado al matrimonio, sin experiencia previa, sin saber cómo comportarse y qué esperar el uno del otro. Y que, así como habían procedido con sus parejas en su momento, atreviéndose a dar el paso siguiente, igual lo tendrían que hacer ahora. Y que de ellos dependía lograr un buen o un mal resultado. Y que lo importante era saber qué era lo que quería y buscaba cada cual en esta aventura. Y que así, entre confesión y confesión, habían llegado a establecer una buena comunicación.

    Bueno, y ¿qué pasó aquella noche, cuando finalmente nos conociste? Tenía nervios. No por encontrarme con ella, porque sentía que ya la conocía, sino por usted y porque no sabía cómo lo iba a tomar y a reaccionar si es que llegábamos a estar juntos aquella noche. Confieso que había esperado con ansiedad esa cita, porque me había pajeado varias veces mirando las fotos que habían colocado de ella en la página y no hallaba el momento de hacer realidad mis fantasías, que no era otra cosa que estar con ella y meter mi verga en su vagina. ¿Qué más podría pensar un hombre de tener la oportunidad de compartir sexualmente con una mujer?

    ¿Y qué pasó cuando nos encontramos en la discoteca? Como le dije, estaba un tanto prevenido con usted y por eso tardé en abordarla y entrar en coqueteos con ella. No me parecía correcto hacerlo en frente suyo y tal vez la velada se iba alargando, pero todo se compuso cuando salimos a bailar. Esa fue la luz verde para seguir adelante. Pero, cuando estábamos charlando en la mesa, yo me había dado mis mañas para meter mi mano debajo de su falda y sentir que estaba húmeda. Esta es mía, me dije. Y así fue ¿no?

    Cuando salimos a bailar, de una, la apreté contra mi cuerpo y le dije que no veía el momento de quitarle la ropa y estar con ella. Al principio ella dijo que había que tomarlo con calma, pues recién nos conocíamos, y yo le dije que llevaba seis meses masturbándome con sus fotografías, y que ahora, estando juntos, no entendía porque ella me decía que había que ir con calma. Y, le pregunté, ¿acaso tu no me deseas? Y ella le había contestado que sí. Entonces, ¿qué esperamos? Bailemos un rato y luego nos vamos ¿te parece? Sí, le había contestado; bueno, pero no esperemos tanto porque esto no va a estar así toda la noche, le había dicho a ella estrechando su cuerpo con el suyo para que sintiera la dureza de su prominente miembro en su entrepierna.

    Aprovechando la oscuridad en la pista de baile, que había mucha gente bailando muy junta, y que casi bailábamos en el mismo sitio, metí una de mis manos entre su falda para acariciar sus nalgas y sentí como su piel cambio al tacto. Al parecer nadie se daba cuenta o a nadie le importaba. Así que abrí el cierre de mi pantalón y le pedí que metiera su mano y me consintiera un rato. Y ella lo hizo. Y sentir la suavidad de su mano acariciando mi pene me puso a mil. La besé como loco, en el cuello y en su boca y, de verdad, creo que nos estábamos culeando allí mismo, pero con la ropa puesta. Y, estando en ese jueguito, me vine. Fue entonces cuando nos dimos un respiro para ir al baño y llegar a la mesa.

    No sé si usted se dio cuenta, pero cuando estábamos en la mesa, yo tenía mi mano en su entrepierna y ella la suya encima de mi miembro, por encima de la ropa. No me percaté de ese detalle, le respondí, porque estaba viendo que los dos estaban que se comían, pero ninguno decía qué era lo que querían hacer. Sí, dijo él, recuerdo que usted fue quien resolvió el silencio en el que estábamos. Yo, la verdad, no sabía qué decir, y ella, tan solo me tocaba, pero no se atrevía a decir nada. Usted habló con ella y después de eso me preguntó ¿sabe a dónde ir? Yo le dije que sí y, entonces, nos levantamos y nos fuimos. ¿Qué fue lo que le dijo a ella esa vez? Que si usted era el elegido. Ella me dijo que sí. ¿Quieres estar con él? También me respondió que sí. Entonces, ¿qué esperamos? ¡Vamos!

    Sí, lo recuerdo. Tomamos un taxi y nos acomodamos los tres atrás. Ella iba en medio de los dos. Yo ya estaba un poco más seguro de la situación, porque ella me había dado vía libre para actuar, así que recordará usted que la besé enfrente suyo mientras acariciaba sus piernas por debajo de la falda. Claro, que lo recuerdo, contesté. No pensé que las cosas fueran a darse así, pero era parte de la aventura ver qué pasaba y cómo pasaban las cosas. Y, la verdad, el trayecto al motel no fue muy largo. Estábamos cerca.

    Sí, yo frecuentaba aquel sitio con alguna regularidad y era conocido. Por eso no hubo demoras en llegar y acomodarnos y, curiosamente, aquella noche no había mucha ocupación cuando llegamos allí. Así que todo fue muy fácil. Una vez adentro, la verdad, yo no sabía qué hacer o cómo empezar. De modo que nos abrazamos no más entrar y nos besamos, continuando lo que ya habíamos empezado en la pista de baile y seguido en el taxi. Recuerdo haber soltado su falda, que cayó de inmediato a sus pies, y acariciar sus nalgas mientras seguíamos besándonos. Me solté el cinturón del pantalón y ella metió sus manos dentro para también acariciar mis nalgas. Duramos un buen rato haciendo eso.

    Después yo la empujé hacia la cama, haciendo que se sentara, y yo, parado en frente de ella, saqué mi verga para que ella la contemplara. De inmediato la tomó entre sus manos y se la llevó a la boca, y estuvo chupándola por largo rato. Ahí se me terminó de parar y, entonces, creí que ya era tiempo de hacer otra cosa, así que la levanté y terminé de desnudarla. Me costó algo de trabajo retirarle el “body” que llevaba puesto, pero ella colaboró para deshacerse de él y mientras tanto yo terminé de desnudarme.

    Nos besamos un rato más mientras nos acariciábamos estando ambos desnudos. Luego hice que se acostara boca arriba, le abrí sus piernas y me arrodillé al lado de la cama para poder chupar su vagina y estimularle el clítoris con mis dedos. Ella estaba súper excitadísima y muy húmeda, así que chupé y chupé su sexo hasta ver que contorsionaba su cuerpo y apretaba mi cara con sus piernas cuando yo iba bien profundo dentro suyo con mi lengua.

    Me incorporé, la llevé boca arriba sobre la cama y me acomodé sobre ella para besarla nuevamente, pero esta vez, mientras lo hacía, la fui penetrando. Su vagina estaba húmeda, relajada y calientica, de modo que mi verga entró suavecito y sin dificultad. Y no más empezar a empujar dentro de su cuerpo, ella empezó a gemir de lo más delicioso, y me excitó mucho que ella lo estuviera disfrutando. Recuerdo que la seguí besando mientras la penetraba y que ella acariciaba mis nalgas con sus manos, presionando para que siguiera moviéndome dentro de ella como lo estaba haciendo.

    Y yo, de verdad, estaba encantado con ella, con sus reacciones, con su actitud hacia mí, con la calidez de su vagina, el movimiento de sus caderas y el ímpetu con el que respondía a mis movimientos. Mi pene iba bien profundo dentro de su sexo y creo que a ella le encantaba y estaba extasiada con las sensaciones. Prácticamente no quería parar. Le dije que se colocara en posición de perrito, porque quería penetrarla desde atrás para poder acariciar sus senos y de inmediato lo hizo. Y así lo hice, arreciando la fuerza de mis embestidas y muy excitado porque en esa posición podía acariciar todo su cuerpo y deleitarme con sus senos. Recuerde que eso es lo que más me gusta de ella. Y ahí, en esa faena, me vine, desparramando mi semen en su espalda.

    Nos recostamos uno junto al otro, nos abrazamos y nos volvimos a besar. Y allí nos quedamos bastante rato besándonos y acariciándonos. Y mientras estábamos en eso ella, todo el tiempo, masajeaba mi pene. Creo que estaba embelesada con lo que había sentido y quería más. Le pregunté si le había gustado y me dijo que sí, pero no hablábamos mucho, sino que nos besábamos una y otra vez. ¡Imagínese esa nochecita! Una señora casada a mi disposición y loquita por tener conmigo. Lo que nos faltaba era tiempo…

    Un rato después mi miembro volvió a despertar. ¿Qué quieres hacer ahora? Pregunté. Y ella, respondió, montándome, y acomodándose mi pene a la entrada de su vagina para ser penetrada. Y así lo hizo, moviéndose con libertad y bastante intensidad. Me gustó como movía sus caderas adelante y atrás, a un lado y al otro, haciendo como círculos. Ella solita ajustaba sus embestidas a la intensidad de sus sensaciones. Gemía y gemía mientras lo hacía. Y yo disfrutaba acariciando su cuerpo, recorriendo con mis manos su silueta, sus senos, sus nalgas. ¡Muy chévere! Yo apenas contemplaba lo que hacía, porque ella era la protagonista de su propia película.

    Luego se levantó, se invirtió y volvió a montarse sobre mi pene, dándome las espaldas. Y así, se movía y se movía a gusto. Yo solo procuraba que mi miembro siguiera ahí, firme, para complacer a la señora, que seguía extasiada disfrutando su aventura. Y así, recuerdo, que pasaron varios minutos hasta que sentí que me humedeció más de lo que había sentido. Creo que ella se vino en ese momento. Se retiró y se recostó en la cama, a mi lado, pero se notaba agitada y respirando entrecortado. La faena fue intensa y tardó un tiempito en recuperarse.

    Esta vez nos quedamos tendidos, uno junto al otro, sin decirnos nada, pero yo estaba dispuesto a gozármela un poquito más. Le pregunté al oído ¿ya acabaste? Me miró a los ojos y me respondió meneando la cabeza con un sí. Bueno, pues yo aún no he terminado, le dije, colocando su mano sobre me pene, aun erecto. Déjame descansar un ratico, me dijo. Tranquila, tómate tu tiempo. Todavía está por decirse la última palabra. Sonrió, pero todavía se le notaba agitada.

    Nos quedamos allí, en silencio, por varios minutos, y me dio la impresión de que se estaba durmiendo, así que dije, yo creo que ya se hizo tarde y ustedes tendrán ganas de volver a su casa. Me dijo que sí con la cabeza. Bueno, déjame despedirte como se merece ¿te parece? Pasó mucho tiempo para que llegara este momento y no sé si se vuelva a repetir, así que no quiero que esto acabe sin más ni más. ¿Me permites que lo hagamos una vez más, de despedida? Y me respondió acomodándose y abriendo sus piernas. ´

    Agradecí el gesto acomodándome sobre ella y penetrándola despacio, poquito a poquito, procurando que se excitara nuevamente. Y ya, con mi miembro dentro de su vagina, la besé con delicadeza, metiendo y sacando mi lengua de su boca al mismo tiempo que lo hacía mi pene en su vagina, y muy pronto empecé a sentir que se humedecía y apretaba mi sexo con deseo. Yo estaba muy cómodo y excitado, así que le empecé a hablar al oído mientras copulábamos.

    Le exalté la forma en que hacía el amor, le dije que había hecho mi sueño realidad, que me había hecho sentir muy bien y que aún estaba procurando que ella la pasara lo mejor posible, que así era como la había imaginado y que le agradecía inmensamente que le hubiera dado la oportunidad de compartir esa experiencia con ella. Y, cada vez que le hablaba, sentía que ella se movía con más y más intensidad. Los dos la estábamos pasando muy bien. Y, por último, para ponerle la cereza al postre, le dije, oye, ando muy excitado y quisiera terminar dentro de ti ¿puedo? Sí, respondió, así que aceleré mis embestidas hasta eyacular, dejando su cuquita llena de mi leche.

    Y no contento con ello, seguí empujando mi sexo dentro de ella hasta que mi pene prácticamente se desinfló. Seguí hablándole, porque, de verdad, me excitó mucho estar con ella. Nunca pensé que fuera a sentir tales sensaciones con una persona con la que recién intimábamos. Fue una noche espectacular. Y no se me olvida. Y tampoco se me olvida que usted no intervino para nada e hizo que aquella aventura entre ella y yo se diera mucho más fácil. Y después, si recuerda, yo la ayudé a vestir, besándola cada vez que le ponía una prenda. Casi que volvemos a empezar de nuevo. Esa noche fue como la imaginé. Y así se dio. ¿Qué más le puedo decir?

    Yo creo que todos disfrutamos esa velada, porque pudimos cumplir nuestras fantasías. Sí, así fue, dije yo. Usted pudo cumplir su sueño, descubrió la sexualidad reprimida de mi esposa e inauguró mis fantasías cornudas. Qué más se puede pedir para una sola noche ¿verdad? Andrés estuvo con mi esposa varias veces más antes de viajar para radicarse en China, donde seguramente seguirá explotando sus dotes como corneador, pero sólo aquella vez pudimos charlar sobre esa primera vez. Su fantasía hecha realidad…

  • Fantasías de medianoche

    Fantasías de medianoche

    Buenas noches queridos lectores, vengo a contarles mi extensa experiencia en el sexo variado y afrodisíaco, desde el punto de vista de una ninfomanía. Donde el sexo llegó a ser una adición al alcance de la mano, pero donde el placer se convirtió en un esfuerzo adicional.

    La esencia de lo que quiero recordar y transmitir es el ¿Que se sintió? Siendo así los relatos que les voy a narrar una mera guía sensorial para que su imaginación perversa parta en vuelo.

    El origen, la verdad esto no se generó al primer contacto con mi sexualidad, mi primera vez la pase terriblemente mal pero la persona y yo nos llevábamos bien. El apresuró mucho el asunto y yo simplemente me quede con ganas de más. Los años pasaron y la verdad es que después de probar aquella amarga experiencia solo me quedó un enorme desierto vacío de nada de sexo en mi vida, tenía mis limitaciones personales que fui rompiendo. Haciéndome cada día más suelta y más coqueta. Llegue a un punto de cinismo total y para mi fortuna ese día que todo cambio y dio inicio a esta hambre fue con el chico con el que tuve mi primera relación.

    Nosotros estábamos en videollamada conversando de nuestras cosas, mi atrevimiento sumado a sus hormonas solo género que la conversación subiera de tema y se nos saliera de las manos. O de los pantalones mejor dicho

    Yo recuerdo estar en directo viendo como me restregaba en tono de antojar su aparato reproductor. Me sentí de muchas maneras confundida y cálida, deseada pero no me terminaba de convencer lo que veía. Entonces me di el lujo de contemplar a detalle, cada vena, el tamaño, los músculos que acompañan a la zona pélvica y al abdomen. Me decidí en ese momento que lo que veía era muy poco y aunque más de una persona se conformaría con eso. Yo no, yo necesitaba algo más, y ese fue el evento que desató todo.

    Lo siguiente que recuerdo es mi cuerpo temblando, como si recién me hubiesen exprimido mis jugos con mucha fuerza, viscosidad y calor apasionante, estrés fuera y todo lo que estuviera más lejos del charco de la sabana, la cabeza del aromático y deseable pene, que apuntaba siempre a mis labios y más profundo, que tenía la clara intención de entrar el un beso, profundo beso entre un aparato reproductor y mi lengua. Un húmedo beso con la intención de transgredir, penetrar, explotar y soltar una enorme carga de fertilidad. Guardada en unos sacos enormes, que generan miles de hormonas que están ahí, pendientes a salir solo para mi, me encanta el hecho de que el hombre esté dispuesto a derramar sobre mí, todo todo eso que tanto me gusta.

    Es una obra candente que me da pensar que soy una persona deseada.

    Mi beneficio en esto es que ustedes gocen y conozcan el placer de mis relatos.

    Recuerdo muchas cosas como él profundizar en una persona, romper mis límites más allá de las apariencias y las negatividades inculcadas, recuerdo divertirme y tener orgasmos para reír y llorar del gozo, tener sexo en la intimidad y lo animal en público, recuerdo ser impertinente, arrogante y sobre todo yo recuerdo aquella noche. En qué nos encontramos.

    ¿Cuándo será la siguiente y con qué maravilla me iré a sorprender?

    Ardo en ganas de sentirlo y vivo para probarlo.

    ¿Y tú? ¿Eres entregado a tus pasiones? ¿Relajado llegaste más lejos? ¿Dolió de placer? ¿Llegó lejos y fuiste poderoso?

  • Me feminicé a mis 64 años

    Me feminicé a mis 64 años

    Con 64 años mi mujer no quería saber nada con tener relaciones sexuales, producto de la depresión, mi verga rara vez se enerva, entonces me florecieron fantasías de mi adolescencia donde me sentía atraído por las características femeninas.

    Comencé a comprarme lencería femenina, me depile todo el cuerpo me encanta la piel suave que tengo depilado y las caricias que meda la lencería de seda y me excita cada vez más, al punto que tengo sueños donde chupo vergas y soy penetrado y amanezco mojado tomo la suave baba de mi líquido seminal y me agrada.

    Decidido el otro día, cuando estaba muy excitado, rompí mis ataduras culturales y entre a un sauna, me encanto ese ambiente lleno de lujuria, ya desnudo observe vergas divinas excitadas con su glande colorado y su tallo venoso, me acerque al que mas me gustaba y tome valor y le acaricie esa verga caliente, me miro y no dijo nada, pensé el que calla otorga, me arrodille frente a él y empecé a lamerle su verga ardiente que se enervó aun mas, eso enloqueció mis sentidos, lamia su tronco venoso con mi boquita sedienta, mis labios abrazaron su glande caliente, emitió unos jadeos que fueron para mí una melodía celestial porque me decía que le gustaba mi accionar, así que seguí disfrutando con mi boquita golosa de ese divino bocado, además haciendo realidad mi fantasía, cada vez mas excitado porque sentía que sus gemidos de placer eran más fuertes. Esa verga furiosamente excitada, tremendamente caliente, exploto en mi boca liberando potentes chorros de sabroso elixir que devore con pasión, esa crema ardiente era sabrosa y gustosa y aumento más mi excitación, mientras mi verga se babeaba de placer, me acaricio la cabeza como agradeciendo el placer brindado y se fue.

    Yo continué hurgando en ese palacio del placer, cuando de pronto viene hacia mi un persona con una verga fenomenal era enorme me arrodillé y empecé a lamerla, me dijo.

    – Te estaba buscando putito, te gusta, me encantan tus lamidas

    Y empezó a jadear, mientras yo chupaba su glande bien rojo y brillante, intentaba meter su tronco venoso en mi garganta pero me daban arcadas, era enorme y grueso. Mientras degustaba esa verga deliciosa siento que me tocan las nalgas y me dicen

    -A ver, para la colita blanquita que tenés putito, que quiero chupártela

    Gustoso accedí al pedido sin desprenderme de esa verga que me encantaba y empiezo a sentir u boca jugosa y sus manos acariciando mis nalgas, poco a poco llego hasta mi ano y con su lengüita vibrante empezó a intentar penetrarme, mientras mi verga se babeaba por el placer vivido.

    Siento que mi agujero se dilata y me mete un dedo lubricado con su saliva, por dios que placer me dio, era algo difícil de describir con palabras, luego me mete otro, hasta que dice.

    -Ya estas a punto putito, prepárate y relájate porque te voy a penetrar

    Allí sentí la cabeza de su verga empujando, poco a poco va entrando, pero me duele y él me dijo:

    Aguanta porque después sentirás un tremendo placer, además eso es lo que quieres

    El dolor no me dejaba degustar la verga que chupaba hasta que siento sus huevos apoyados en mi nalga, había entrado todo y se quedó quieto hasta que mi esfínter se acostumbró a su verga y empecé a sentir un nuevo placer y comenzó a bombear, sentía con enorme placer entrar y salir su verga ardiente, con mi esfínter sentía la rugosidad venosa de esa poronga grandiosa que me enloquecía de placer, mientras seguía chupando la otra verga, febriles sensaciones se adueñaban de mi cuerpo me estaban haciendo sentir la hembra soñada.

    Me sentí bien puta y caliente gozando a pleno, de mi pene salían chorros de semen por la excitación lograda, hasta que explota en semen la verga que chupaba y también siento las contracciones de la verga que me penetraba y siento su semen caliente en mis entrañas mientras saboreaba el néctar delicioso de la verga que acababa en mi garganta mientras gozaba de orgasmos jamás sentidos.

    Nos intercambiamos números de teléfono y salí del sauna completamente lleno de leche sabrosa y con la satisfacción del placer logrado, aun sentí que de mi culito dilatado brotaba ese semen que me había hecho sentirme hembra.

    Si te gusto la historia espero tu comentario o sino al mail [email protected] para seguir contando historias de mi nueva vida de hembra puta.

  • Follada por un amigo de mi hijo

    Follada por un amigo de mi hijo

    Me llamo Marisol y tengo 38 años, necesito contarle lo que me está pasando a alguien y no he encontrado mejor lugar que este, lo que voy a relatarles comenzó hace un par de meses, mi vida era bastante rutinaria, me casé con 22 años, muy poco después de terminar mis estudios universitarios.

    Tengo 2 hijos, Manuel como su padre tiene 16 años y Jorge tiene 13, vivimos en una de las mejores zonas y mi esposo a día de hoy es el jefe del bufete de su padre que le dejo al mando de todo cuando se jubiló hace 5 años, yo siempre he sido una mujer bastante conservadora y apenas salgo de casa sin mi esposo y mis hijos, tengo varias amigas, 2 de ellas divorciadas que siempre andan de un lado a otro, saliendo de marcha y demás pero yo siempre he considerado que me debo a mi esposo y mis hijos y además no creo que tenga ya edad para según que cosas.

    Empecé a ir al gimnasio hace ya mas de 10 años, al principio iba sola pero varias de mis amigas se fueron animando y a día de hoy solemos ir 4 amigas todas las mañanas, gracias al gimnasio me encuentro en bastante buena forma y aunque este feo decirlo considero que aparento menos edad de la que tengo, soy morenita de pelo largo, mido 1,70, 110 de pecho, de echo de joven mi pecho me acomplejaba ya que era bastante grande aunque gracias al gimnasio he conseguido que se mantenga mas erguido de lo que esperaba a mi edad. Tengo piernas grandes y un par de nalgas que ponen al 100 a cualquier hombre que las vea, grandes y redonditas.

    Un día hace 2 meses estaba en el gimnasio con mis amigas cuando me fijé que todas no dejaban de mirar hacia una zona del gimnasio haciendo comentarios del tipo

    «Hay que ver como está el niño»

    «Yo le iba a enseñar unas cuantas cosillas»

    Cuando me acerqué pude ver que estaban mirando hacia la zona de musculación donde a esas horas solo había un joven con camiseta de tirantes haciendo pesas, la verdad es que el muchacho estaba bastante bien y me lleve una sorpresa increíble cuando el joven que estaba de espaldas se dio la vuelta y se nos quedó mirando a las 4, rápidamente todas disimulamos y miramos para otro lado como si estuviéramos haciendo nuestros ejercicios habituales, yo iba a subirme en la bicicleta estática cuando escuche la voz de un chico detrás mía.

    ¿Marisol eres tú?

    Esa voz me sonaba y cuando me di la vuelta me puse roja como un tomate al darme cuenta de que el muchacho al que mis amigas y yo habíamos estado mirando no era otro que Héctor, un amigo de mi hijo Manuel desde el colegio, era un poco macarra y aunque le había visto crecer mi hijo había perdido contacto con el cuando nos trasladamos de barrio, era 3 años mayor que mi hijo y dejó los estudios para ponerse a trabajar con su padre de albañil así que la última vez que le había visto hacia fácilmente mas de un año y de espaldas no le había reconocido pues la verdad es que había cambiado bastante, era mas alto de lo que le recordaba y el joven que yo recordaba era un niño como mi hijo y el que tenía enfrente era un hombretón de 19 años.

    «Vaya Héctor cuanto tiempo sin verte» acerté a decir

    Se acercó a darme un par de besos y pude notar su pecho fuerte cuando me dio un abrazo, me contó que había empezado hacia poco en ese gimnasio porque el del barrio había cerrado hacía 3 meses y aunque ese estaba bastante lejos de su casa era de los mejores de la ciudad, estuve hablando unos 5 minutos con el hasta que me dijo que tenía que ir a ducharse porque ya llegaba tarde al trabajo, nos dimos otros 2 besos y en cuanto salió de la sala en dirección a los vestuarios mis amigas se acercaron a mi.

    «¿Conoces a ese chulazo?»

    «Que calladito te lo tenías, vaya amigos que tienes»

    «No digáis tonterías, es un amigo de mi hijo, le conozco desde que era un niño de teta» les conteste yo.

    «Pues a las tetas es precisamente donde no dejaba de mirarte tonta»

    «¿Os habéis vuelto locas?, si es un crío yo soy la madre de su amigo, lo que os pasa es que estáis muy salidas y veis lo que no hay»

    Tuve que aguantar sus comentarios jocosos durante toda la mañana hasta que nos fuimos del gimnasio, me olvidé por completo de Héctor hasta que al día siguiente me lo volví a encontrar en el gimnasio, fui sola porque mis amigas no pudieron venir y Héctor hizo varios de los ejercicios conmigo, estuvimos hablando bastante rato de su trabajo, de mi hijo, del tiempo que no nos veíamos hasta que fue la hora de irnos a duchar para irnos a casa.

    Acaba de salir de la ducha cuando escuche la voz de Héctor

    «¿Marisol estas ahí?»

    «Si, que pasa»

    «Se me ha olvidado el champú en casa, ¿puedes prestarme el tuyo?»

    «Espera ahora salgo»

    Me acerque a la puerta del vestuario y al abrirla me encontré con Héctor de frente, llevaba solo una toalla anudada a la cintura y no pude dejar de fijarme que el cuerpo era muy distinto al de mi esposo, aparte de guapo tenía un torso perfecto con unos abdominales marcados y unos brazos fuertes, le lancé el champú desde la puerta sin darme cuenta de que sus manos estaban sujetando la toalla que llevaba puesta, al ver como el bote de champú se acercaba hacia el levanto las manos para agarrarlo y al mismo tiempo que lo atrapó la toalla que llevaba puesta se deslizó hasta el suelo quedando completamente desnudo.

    De un modo inconsciente no pude dejar de fijarme en su anatomía y centrar mi vista en su aparato que aunque en estado de reposo me pareció bastante grande, Héctor agarro la toalla y se la puso en el hombro.

    «Lo siento mucho dije yo, no pretendía…»

    «No pasa nada Marisol, tampoco has visto nada que no hubieras visto cuando de pequeño iba a bañarme a vuestra piscina»

    «Si, pero es bastante más grande que entonces»

    Cuando me di cuenta de lo que había dicho casi me muero de vergüenza, noté como un calor subía por todo mi cuerpo y me debí poner mas roja que un tomate, sin darme cuenta había hecho un comentario sobre la polla de Héctor, me di la vuelta de inmediato y volví a meterme en mi vestuario acertando solo a escuchar como Héctor me daba las gracias por el champú.

    Cuando salí pensaba irme a casa sin encontrarme con Héctor, que se quedara con mi champú, lo último que quería en ese momento era encontrármelo, me moría de la vergüenza, al salir del gimnasio me encontré en la puerta con Héctor.

    «Te estaba esperando para darte el champú Marisol»

    «No, no, hacía falta» respondí yo

    «Te invito a tomar un refresco antes de que te vayas a casa»

    Iba a negarme pero antes de contestar Héctor me agarró de la mano y emprendió rumbo a la cafetería de enfrente de nuestro gimnasio, allí me invitó a un refresco, Héctor llevaba unas gafas de sol y vestía una camiseta roja ajustada y unos vaqueros que marcaban su anatomía, yo llevaba un vestido corto que enseñaba mis piernas y mi escote y cada vez me estaba poniendo mas nerviosa sobre todo porque aunque no se quitó las gafas de sol me daba la impresión de que no dejaba de mirarme el escote durante todo el rato.

    Cuando se levantó a pagar se acercó y me dijo que el vestido que llevaba puesto me sentaba fenomenal lo que me hizo confirmar que no había perdido de vista mi cuerpo durante nuestra charla en la cafetería, aunque me parecía imposible estaba empezando a pensar que ese chico coqueteaba conmigo, nos despedimos al salir de la cafetería y me fui para casa, al día siguiente no fui al gimnasio y apenas me acorde de Héctor.

    Al día siguiente era sábado y los fines de semana no íbamos al gimnasio, mi esposo estaba fuera de la ciudad por motivos de trabajo así que le di a nuestra asistenta el día libre porque pensé en comprar algo de comida preparada para mis 2 hijos y para mi.

    A eso de la 13:00 termine de ducharme, me sequé y salí del cuarto de baño en dirección a mi habitación sin nada cubriéndome ya que mis hijos estaban en la planta de abajo, iba a abrir la puerta de mi dormitorio cuando se abrió la puerta de la habitación de mi hijo Manuel, me quedé de piedra al ver a Héctor, me vio desnuda durante un par de segundos, hasta que entre en mi habitación rápidamente, a través de la puerta de mi habitación le dije.

    «¿Qué haces tú aquí Héctor?»

    «Manu me ha invitado a comer, ayer le llamé porque hacía mucho que no nos veíamos y me invitó a comer»

    «No me había dicho nada respondí yo muy nerviosa por lo que había ocurrido»

    «Pues no sé, llevo aquí unos 15 minutos, he subido a la habitación de Manu y he cogido un juego para la consola»

    «Muy bien, ahora bajo yo» contesté yo

    Estaba en mi habitación, iba a vestirme cuando me miré al espejo, estaba roja y pude escuchar mi propia respiración, para mi sorpresa pude ver como mis pezones estaban duros como piedras, al tocarme uno de ellos noté un escalofrío. No podía creerlo, que Héctor me viera desnuda me había puesto caliente, me pasé un dedo por mi vagina y no pude reprimir unas ganas locas de masturbarme, algo que no hacía desde bastantes años y que en realidad solo había practicado 3 o 4 veces en parte seguramente por mi educación conservadora, pero aquella vez no pude reprimir las ganas de tocarme y mientras lo hacía no pude dejar de pensar en el cuerpo del amigo de mi hijo completamente desnudo.

    Cuando bajé mis 2 hijos y Héctor estaban jugando a la consola, Manuel me contó que había invitado a comer a Héctor y que se le había olvidado decírmelo, le dije que llamara a la pizzería y encargara 3 pizzas para comer mientras yo iba a poner la mesa a la cocina.

    Estaba poniendo la mesa cuando Héctor entró en la cocina

    «He venido a ayudarte preciosa»

    Héctor comenzó a poner los cubiertos en la mesa cuando me soltó un comentario que me dejo helada

    «El vestido que te has puesto es muy bonito pero estabas mejor como te he visto arriba»

    Noté como volvía a ponerme colorada y no dije absolutamente tratando de actuar con normalidad mientras seguía poniendo la mesa, estaba poniendo los vasos cuando noté a Héctor detrás de mi, se pegó a mi culo mientras dejaba una jarra de agua en la mesa, me di la vuelta muy nerviosa y en cuanto lo hice me quedé a escasos centímetros de Héctor, se acercó aún más a mi y me dio un beso en los labios, atónita le separé de un empujón y le dije si se había vuelto loco.

    «No te hagas la tonta Marisol, vi como me mirabais el otro día en el gimnasio tus amigas y tú, como te quedaste embobada mirándome la polla cuando me viste desnudo en la puerta del vestuario, sé que te gusto»

    «No digas tonterías, solo eres un crío repotente» respondí

    «Un crío con una buena polla como tú me dijiste el otro día»

    Yo me limité a quedarme quieta contra la mesa sin saber que hacer lo que fue aprovechado por Héctor para bajarse hasta los tobillos el pantalón que llevaba puesto.

    «Dime que te parece mi polla, el otro día no la viste en todo su esplendor»

    Inconscientemente no pude evitar mirar su polla que en esta ocasión estaba dura como una barra de hierro, apuntaba directamente hacia mi, solo había visto la polla de mi esposo en erección y la que tenía Héctor era mucho más grande, se veía de unos 25 cm, además tenía unos huevos bastante grandes y sin ningún pelo en ellos.

    «Súbete los pantalones, mis hijos están en el salón, te has vuelto loco, soy la madre de tu amigo»

    Héctor no dijo nada, solo se acercó hasta mi, me agarró por la cintura, me separó las piernas y se apretujó contra mi sentándome en la mesa de la cocina, yo traté de empujarle pero Héctor era mucho más fuerte que yo, traté de convencerle de que era una locura, de que mis hijos podían vernos en cualquier momento, pero aquel muchacho estaba fuera de si y comenzó a acariciarme las tetas por encima del vestido, yo evidentemente trataba de separarle sin éxito, incluso pensé en gritar para que mis hijos vinieran a la cocina pero no sabía como iban a reaccionar al ver a su amigo desnudo con las tetas de su madre en sus manos.

    Comenzó a besarme sobre los labios, yo no abría mi boca pero al final consiguió meterme su lengua y enrollarla con la mía, comenzó a besarme el cuello al tiempo que me iba quitando los botones del vestido hasta que mis tetas saltaron fuera de él pues no llevaba sujetador y él siguió bajando su cabeza hasta mis tetas, las cuales agarró con fuerza metiendo su cabeza entre ellas, yo creía estar en un sueño y sería ridículo negar que estaba disfrutando con lo que aquel muchacho de 19 años estaba haciendo conmigo, me bajó los tirantes del vestido y enrolló mi vestido a la altura de mi cintura, siguió bajando su cabeza hasta llegar a mis bragas, trató de bajármelas pero yo agarré ambos lados y saqué fuerzas para pedirle que parara.

    Héctor me miró y con una sonrisa en sus labios gritó

    «Manuel, ven un momento a la cocina que tu madre y yo no encontramos las cocacolas»

    Aquello me dejó de piedra, aquel niñato estaba jugando conmigo a su antojo y la sola idea de que mi hijo me viera en aquella situación me hizo soltar mis bragas, ante aquello Héctor me susurró al oído «Eso está mucho mejor» para luego volver a gritar «MANU, déjalo que tu madre y yo ya las encontramos»

    Mi hijo solo respondió «Vale colega y date prisa que te quiero volver a ganar antes de comer»

    Héctor me bajó las bragas de un solo tirón y las dejó tiradas en el suelo de la cocina

    «Tienes el chochete un poco peludillo, la próxima vez quiero que este sin un solo pelito»

    Antes de que yo respondiera metió su cara entre mis piernas devorando literalmente mi coño, aquello era nuevo para mi, mi esposo era incluso más conservador que yo y jamás me había comido el coño, de hecho alguna de mis amigas solía gastarme bromas con aquello diciéndome que no sabía lo que me perdía y aquel día comprendí que tenían razón, sin poder evitarlo el gusto que Héctor me estaba dando me fue en aumento y yo estaba desatada, abría las piernas inconscientemente para que pudiera llegar mejor a todos los rincones de mi vagina.

    Me estaba dando un gusto fuera de lo normal, sus labios jugaban con mi coño y sus manos pellizcaban mis pezones. Se incorporó de nuevo y colocando su enorme polla frente a mi chochito y pasándola arriba y abajo por mi rajita, intentaba ir metiéndomela, pero con la poca fuerza de voluntad que me quedaba trate una vez mas de separarle de mi

    «Basta ya, te lo suplico, no hagas esto»

    Él seguía en su empeño acercando su polla lo máximo que podía a mi coño mientras yo no dejaba de tratar de separarle

    «Esto es una locura, déjame en paz, no se te ocurra metérmela o gritare»

    En ese instante venció mis defensas y me insertó de golpe casi la mitad de su polla al tiempo que me decía

    «Venga, grita ahora si quieres y que vengan tus hijos y te vean encima de la mesa de la cocina ensartada por mi polla»

    Aquel cabrón seguía con su juego y yo no podía páralo volvió hacia atrás sacando casi por entero su enorme polla, hasta introducírmela por completo. Así permanecimos unos segundos. Sentí un gusto increíble cuando estaba completamente metida y eso que parecía que no me iba a entrar, Héctor me sonrió y comenzó a moverse adelante y atrás metiéndomela con fuerza, hasta que sus grandes huevos chocaban contra mí culo. Su enorme miembro se adaptó a mi mejor de lo que esperaba y aquel cabrón me follaba mucho mejor de lo que jamás había hecho mi santo esposo, no pude evitar comenzar a jadear

    «Sii, sii, sii»

    Héctor aceleró sus movimientos y por primera vez en mis 38 años de vida supe el significado de la palabra orgasmo, de no haber sido porque Héctor dándose cuenta de lo que pasaba me metió la lengua en mi boca yo habría gritado de placer como una loca y en ese momento, enrollando mi lengua con la del amigo de mi hijo y teniendo un orgasmo maravilloso sentí como un calor inundaba mi vagina, signo inequívoco de que se estaba corriendo dentro de mi. Vació por completo sus bolas y me dejó llenita de leche.

    Héctor estuvo unos segundos quieto permaneciendo en mi interior, luego se separó y se subió los pantalones, yo bajé de la mesa como pude y me coloqué el vestido, justo en ese instante mi hijo Manuel entro en la cocina.

    «Joder, ¿como tardáis tanto en poner la mesa?, las pizzas ya están aquí»

    Aquello me hizo volver a la realidad y contesté que las dejara en la mesa y que avisara a su hermano para comer, en cuanto Manuel salió de la cocina me di cuenta de que Héctor había cogido mis bragas y sonriéndome se las metió en el bolsillo de su pantalón.

    Durante la comida Héctor no dejó de mirarme y sonreír aunque mis hijos no se dieron cuenta de nada, yo seguía muy nerviosa, me sentía terriblemente sucia y culpable por lo que había hecho y estaba deseando que mi Héctor se fuera de casa, cuando terminamos de comer Héctor y mis hijos se fueron al salón a jugar otra vez a la consola y yo aproveche para decirles que estaba cansada y que me iba a mi dormitorio a descansar.

    Llevaba unos 20 minutos en mi dormitorio dando vueltas sin parar pensando en lo que había ocurrido cuando pude escuchar como la puerta de mi habitación se cerraba, abrí los ojos y vi a Héctor en mi dormitorio.

    «Pero, ¿Qué coño haces aquí?» le pregunté asustada y sorprendida

    «Tú qué crees putilla, he venido a follarte otra vez»

    «De eso nada puta, creías que me iba a conformar con follarte una vez, a ver si te enteras, ahora eres mi puta, te follaré siempre que quiera y tú vas a gozar como no lo has hecho en tu vida» me dijo mientras bajaba sus manos y me agarraba con fuerza de mis nalgas por debajo de mi vestido.

    «Veo que no te has puesto bragas desde que te las quité en la cocina, me estabas esperando verdad putita»

    Metió varios dedos en mi coño y pudo notar como me tensaba, al sacarlos mojados se rio y me los enseñó.

    «Mira zorrita, para hacerte la estrecha estás bastante mojadita»

    comenzó a pasar la lengua por toda mi cara, intentaba besarme pero yo mantenía la boca cerrada hasta que volvió a meterme sus dedos y consiguió hacerme gemir, momento que aprovechó para meterme la lengua hasta la campanilla, como había ocurrido en la cocina antes de comer yo cada vez mostraba menos resistencia, dejó de besarme y sacó los dedos de mi coño nuevamente para esta vez bajar los tirantes de mi vestido y comenzar a sacármelo por debajo, esta vez no se conformó con arremangarlo en mi cintura sino que me lo sacó por completo y me dejó totalmente desnuda sobre la cama ante sus ojos.

    Lanzó su cabeza contra mis pechos que empezó a chupar y mordisquear con gula, al mismo tiempo con sus manos se bajó un poco los pantalones, pude notar su polla dura contra mis muslos, sacó la cabeza de entre mis tetas y mirándome fijamente y al tiempo que me sonreía guio con su mano derecha hasta mi gruta y me la clavó de un solo golpe hasta el, a esas alturas yo me dejaba hacer, lleve mis manos hasta el culo de Héctor y lo apreté contra mi, aquel muchacho era fuerte como un toro, movía su cadera arriba y abajo penetrándome por completo, me besaba con pasión como si fuéramos 2 jóvenes amantes.

    «Dime que quieres que te folle siempre que quiera» me dijo

    Yo me negué a responder, bastante humillada me sentía ya dejando que el amigo de mi hijo me follara en mi propia cama de matrimonio a escasos metros de mis hijos, me lo volvió a repetir y yo volvía negarme, en ese instante Héctor se detuvo, se puso de pie y me agarró por la cintura levantándome en brazos, yo solo pude agarrarme a su cuello, en esa posición me la volvió a meter y se encaminó hacia la puerta de mi habitación.

    «¿Qué haces?» le pregunte yo

    «Te voy a follar así delante de tus hijos»

    Abrió la puerta del dormitorio y se encaminó hacia las escaleras, yo traté de bajarme de él pero me tenía agarrada con mucha fuerza, me llevó hasta el comienzo de la escalera con la su polla clavada dentro de mi, estaba a punto de bajarlas cuando le dije lo que quería oír, estaba a punto de llorar como una niña y le susurré al oído

    «Está bien, quiero que me folles siempre que quieras»

    «Muy bien, así me gusta, pero por no haberlo hecho antes te voy a follar aquí mismo»

    Me bajó al suelo y me obligó a apoyar mis manos en la barandilla de la escalera, desde donde estábamos podía ver a mis 2 hijos de espaldas a nosotros en la planta de abajo jugando a la consola.

    Héctor se puso detrás mía y agarrándose de mis caderas me la volvió a meter de un solo golpe, yo traté de ahogar mis gemidos y de no ser porque mis hijos tenían la TV bastante alta me hubieran oído, allí mismo a escasos metros de mis hijos, casi delante de ellos Héctor comenzó a follarme otra vez.

    «Parece que tus hijos se lo están pasando bien ¿verdad? Pero nosotros nos lo pasamos mucho mejor»

    Me seguía bombeando con todo detrás mía, sentía sus enormes bolas chocar contra mis nalgas y su enorme tranca perforándome cuando escuchamos gritar a mi hijo Manuel

    «Hectorr»

    Héctor respondió sin inmutarse desde arriba y sin dejar de follarme.

    «Quee»

    «Por qué tardas tanto en pillar el juego coño»

    «Es que tu madre me ha pedido que la ayudara con una cosa»

    «Joder mama deja de entretener a Héctor»

    «Respóndele» me ordenó Héctor.

    «Si cariño, tranquilo que ya terminamos» le grité a mi hijo notando como su polla no dejaba de entrar y salir de mi coño

    «Yo tengo mucho aguante Mari, si quieres que terminemos ya tendrás que hacer algo para que me corra»

    Sabía lo que pensaba aquel cerdo, quería que se la chupara para terminar pero no pensaba hacerlo, solo se la había chupado un par de veces a mi esposo y no me gustó, pero tenía que hacer algo o mi hijo no tardaría en subir a buscar a Héctor.

    Me saqué la polla de Héctor del coño y me di la vuelta hacia él, me arrodillé y pude ver como Héctor sonreía pensando que había logrado una nueva victoria pero se sorprendió al ver como no era mi boca lo que tocaba su polla, sabiendo que tenía unas armas importantes aprisioné la polla de Héctor entre mis tetas y comencé a pajearle con ellas.

    Héctor me miró sonriente.

    «Pensaba en tu boca pero no te voy a decir que me importa que me pajees con esas tetazas»

    No tardó mucho, él mismo sabiendo que estaba a punto de correrse se comenzó a pajear furiosamente, yo iba a levantarme pero él me sujetó por la cabeza y me hizo mantenerme debajo de rodillas ante él.

    «No tan deprisa que te voy a regar esas tetas»

    No había terminado la frase cuando comenzó a correrse encima de mis tetas, hasta 6 chorros de semen impactaron contra mis tetas, unos chorros también impactaron en mis labios y tuve que pasarme su deliciosa corrida, cuando terminó Héctor me dio un beso en la frente se subió los pantalones se fue a la habitación de mi hijo, cogió un juego y bajó las escaleras como si tal cosa mientras yo me iba a mi habitación desnuda y con las tetas llenas de su semen.

    Me limpié y me duché, me estaba volviendo totalmente loca, había sido infiel a mi esposo por primera vez en mi vida y además lo había hecho en mi propia casa con mis hijos en ella y con un amigo de mi hijo apenas un par de años mayor que él, pasé el resto de la tarde en mi habitación, ni tan siquiera me atrevía a salir por no encontrarme con Héctor, a eso de las 19:00 noté que llamaban a mi habitación, pensé que sería Héctor pero la voz de mi hijo Manuel al otro lado de la puerta me tranquilizó.

    «Mamá ¿puedo pasar?

    «Si cariño»

    «Hola mamá, quería decirte que nos vamos a dar una vuelta»

    «Me parece muy bien cariño»

    Pensé que por fin me iba librar de Héctor pero me equivocaba.

    «además le he dicho a Héctor que se puede quedar el fin de semana con nosotros mama, hace mucho tiempo que no le veo y tenemos muchas cosas que contarnos, no te importa ¿verdad?»

    No sé cuánto tiempo tardé en responder pero aquellos segundos se me hicieron eternos y para mi sorpresa no pude buscar un motivo creíble para decirle a mi hijo que no así que le dije que podía quedarse sin ningún problema.

    Cuando Héctor y mis hijos se fueron salí de mi dormitorio y me di una ducha, sin saber lo que me quedaba por vivir en ese fin de semana.

    Esperen la segunda parte de mi relato y díganme sus opiniones.