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  • De Barcelona a La Coruña, 4 pollas para mi sola

    De Barcelona a La Coruña, 4 pollas para mi sola

    Hace dos semanas en una cena con unos amigos discutíamos sobre hombres y mujeres, sobre si somos fáciles o difíciles, que si un hombre solo piensa con su pene y que si la mujer es más fría, de ahí salió una apuesta difícil de demostrar, ¿son los hombres unos depredadores sexuales? ¿Son las mujeres unas calienta pollas que a la hora de la verdad se cruzan de piernas? ¿Son cazadores o somos nosotras las que cazamos a los hombres? ¿Son tímidas o putas las mujeres? ¿Qué pasaría si una mujer intencionadamente va enseñando sus bragas en el tren, en un tren coche cama con toda la noche por delante? Y si esa mujer aparte de enseñar las bragas se le insinúa sutilmente con la mirada a un hombre, solo con la mirada ¿qué hubiera pasado?, ¿Podría una mujer follarse a unos desconocidos solo insinuándose? ¿A cuántos en una noche? ¿Y si fuera lo contrario, si fuera un hombre el que se dejara desear, el que se insinuara? ¿Depredadores o depredadoras? ¿Cazadores o cazadoras?

    Muchos de mis amigos dijeron que no pasaría nada, otros que casi nada y otros que todo, bien pues hoy yo tengo la respuesta, porque a mí también me quedo la duda, a mí también me asaltaba la duda de que hubiera pasado y os confesaré que tengo la respuesta, ya que la semana pasada hice mi primer estudio de campo, un estudio muy satisfactorio e de confesar, escogiendo una ruta de tren, una de las más larga 12 horas de tren nocturno, 12 horas para demostrar a unos y ratificar a otros lo mucho que nos gusta el sexo, a todos, sin excepción de edades, razas, credos o sexos.

    Blusa azul con dos botones desabrochados dejando ver parte de mi sujetador blanco de encaje, botas altas con algo de bacón por encima del pantalón vaquero blanco muy apretado, una goma ataba mi melena rubia acabando en una cola de caballo, poco maquillaje, lo justo para un viaje nocturno y con una bolsa de viaje pequeña me presentaba a las ocho de la tarde en la estación de Sans en Barcelona para coger el coche cama para La Coruña, mi presencia no pasaba desapercibida, notaba como los hombres se giraban a mi paso, me sentía observada por todos ellos incluso podía oír algunos de sus comentarías algo soeces.

    Con paso firme hice mi presencia en mi camarote, un pequeño habitáculo eso si muy bien repartido, una buena cama e incluso un aseo propio, deje mi bolsa y me dirigí a la cafetería del tren, allí empecé mi pequeña investigación y no tarde mucho en tener a mis primeros pacientes por decirlo de una manera suave, dos hombres con cervezas en la mano no paraban de mirarme, fijándose en mis pechos a ver si por casualidad podían ver algo más que mi sujetador, había otro más joven que me miraba de reojo con un libro en la mano y la verdad que muy guapo, pero acompañado, su novia sentada a su lado le daba algún que otro mimo, también un señor mayor, ya entrado en años, posiblemente los 65 no los iba a cumplir más, pues bien este buen señor no quitaba el ojo de mis pantalones, la sensualidad de mi figura dentro de esos pantalones apretados, unos glúteos bien duros y redondos, le notaba muy excitado tanto que se podía ver un bulto por debajo de su pantalón.

    La verdad que salí solo para tomar una coca cola y tomar contacto con los hombres que viajaban antes de cambiarme y ponerme el vestido corto y tan apretado que me había traído, tan siquiera hizo falta enseñarle las bragas, tan solo me acerque a él y podía sentir como sus ojos acariciaban mi cuerpo, debido al gentío en el vagón pude apretar mis glúteos contra él, darme la vuelta con cuidado y sentir su polla erecta contra mi vulva, solo tuve que hacerle un gesto, una mirada y al minuto salía detrás de mí sin haberme dicho nada todavía, sin apenas cruzar una palabra con él estábamos en su camarote comiéndonos a besos, no había tardado más que una hora y ya estaba con un hombre.

    Tumbado en la cama le lamía una polla enorme para un hombre de su edad, mi braga empapa por la excitación y con los pantalones a medio quitar, metía y sacaba su polla de mi boca, la intención era hacerle una mamada y nada más, pero era demasiado impetuoso, demasiado caliente y a mí me estaba poniendo más y más caliente cuando se levantó y de rodillas detrás de mí me besaba el cuello y mi espalda a la vez que me quitaba el sujetador apretando mis pechos con fuerza y pellizcando mis pezones, su polla se clavaba continuamente contra mis pantalones, queriendo entrar entre mis muslos y penetrar por mi rajita.

    Como decía no tenía previsto follar con él, pero sus manos se habían adelantado a las mías demasiado lentas para sujetarle, tumbándome boca abajo en la cama tiraba de mis pantalones bajándome con ellos también la braga, demasiado lentas mis manos o quizás no quisieron tan siquiera hacer el esfuerzo, el caso es que con mis pantalones y mis bragas en las rodillas ya me estaba metiendo su polla en mi vagina, sentía como me penetraba mientras yo buscaba un preservativo en mi bolso.

    Sus manos no paraban de recorrer mis pechos hasta hacer que me subiera a cuatro patas y como a una perrita recibía su polla dentro de mí con sus manos acompañando mis caderas hacia delante y hacia atrás, empezaba a sentir la ferocidad de sus embestidas, empezaba a gemir y no por engañarle sino porque de verdad me estaba follando tremendamente bien, con el preservativo todavía en la mano sin haber tenido oportunidad para ponérselo, saco su polla a toda velocidad y empezó a eyacular en mi espalda.

    Una hora más tarde salía de su camarote en silencio tras dejarle dormido como un niño en la cama, estoy segura de que nunca olvidara este viaje, pero sigamos mi historia, ya en mi camarote me aseaba y cambiaba de ropa, había sido un buen precalentamiento, pero ahora si iba de caza, a la caza del hombre, con un vestido negro tan corto que tenía que írmelo bajando a medida que andaba, unos zapatos de tacón altos y un pequeño tanga de color blanco casi y sin él casi, transparente.

    Me acerqué nuevamente al coche cafetería y me pedí un gin-tonic, salvo el chico joven y guapo con la besucona de su novia, los dos hombres que ahora se les caía la baba al mirarme, y dos o tres grupos más de chicos y chicas no había nadie más allí, no hacía falta que dijera nada, tan solo me senté sin cruzarme de piernas y fue algo automático, todos los hombres que estaban allí, me hubieran visto o no al entrar se giraron al unísono mirándome por debajo de la falda, todos querían ver mi sexo rasurado por debajo de aquel tanga transparente, aquella rajita húmeda que les llamaba como una abeja reina, el néctar que emanaba les hizo entrar en una competición de ver quien se llevaba el premio.

    Las chicas me miraban con desprecio, no las juzgo yo habría hecho lo mismo, pero ya había un nuevo ganador, el chico guapo de antes que no dejaba de mirarme a los ojos, su novia se había dado cuenta y me miraba con desprecio mientras que a él le montaba un pequeño espectáculo bien merecido por otra parte, de haber habría actuado igual, pero fue tonta, porque se levantó y se fue sola dejándole solo, era un experimento más o menos sociológico lo que tenía entre manos o quizás mejor decir entre mis piernas, por lo tanto no me sentí ni mucho menos mal por ella, empalizaba con ella si, pero ella se lo busco en cierto modo.

    A partir de ese momento el chico guapo no paro de recorrerme con su mirada, se entretenía en mi sexo luego en mis ojos y nuevamente en mi sexo, así que pensando que ya estaba en mis redes me levante y me fui con el disgusto para todos ellos y la alegría para ellas, serían las dos de de la mañana cuando pasaba por el pasillo estrecho sabiendo que él me seguía y al darme la vuelta, nuevamente su novia aparecía en acción, pero a los que si observe como me seguían también era aquellos dos hombres que babeaban desde que llegue y fueron ellos los que definitivamente cayeron en mis redes y yo en las suyas.

    Empezamos a conversar en el pasillo y la cosa fue a más, había conseguido un dos por uno, dos hermanos, los dos empezaron a besarme, uno el cuello por detrás y el otro los pechos, robándomelos y apretándomelos, la verdad que eso tampoco estaba en el guion, parecía que todo me estaba saliendo mal aquella noche, los dos se hacían ilusiones con follarme y hacer un trío conmigo, pero eso sí que no, no estaba dispuesta a llegar tan lejos y por otra parte pensaba que yo solita me había buscado aquella situación.

    En ese momento oímos llegar a más gente por el pasillo, por fin me los quité de en medio, era un grupo de chicos y aquel chico jovencito y guapo que venía solo otra vez, al pasar justo al lado nuestro me miró fijamente y pude entender como me decía con los labios que le buscara, ese sí, ese si era el premio que yo buscaba después de que en menos de cinco horas hubiese demostrado la fragilidad de los hombres cuando una mujer les enseña las bragas, ahora solo faltaba quitarme de encima a estos dos y buscarle.

    No sé cómo paso, quizás porque yo aquella noche estaba demasiado sensible no sé, pero el caso es que en menos de diez minutos estaba en el aseo de uno de los vagones con el tanga en el suelo y con la polla de uno de los hermanos dentro de mi ano y con la otra dentro de mi vagina y con sus manos sobre mi boca para que no se oyeran los gemidos y los gritos de placer que me estaban proporcionando los dos hermanos.

    Todo ocurrió muy deprisa, nada más desaparecer de nuestra vista los chicos, uno de los hermanos había metido sus dedos en mi vagina y los metía y sacaba de mi interior, el otro me apretaba los pechos y me acariciaba el clítoris y a dos pasos de nosotros el servicio del vagón, bajándome el vestido hasta la cintura y quitándome el tanga, uno de los hermanos se apoyó en la pared flexionando un poco sus piernas y cociéndome de las nalgas me subió en vilo, el otro hermano me abría las piernas, se metía entre medio de ellas y subiéndomelas a la altura de la cintura yo hacía tope mis pies en la puerta, este jugaba con su glande metiéndolo entre mis labios menores hasta mi clítoris, mientras que el otro lo hacía con mi ano.

    Sentí primero la penetración por detrás, abriéndose paso por mi ano que poco a poco iba entrando todo el glande y un poco más, el otro hermano empezó hacer lo propio, pero por delante, metiéndome la polla en mi coño, en una vagina tremendamente lubricada por la excitación que me estaban provocando los dos, enseguida cogieron un ritmo y metían sus pollas una y otra vez haciéndome gritar y teniendo que ahogar mis gritos tapándome con sus manos la boca, las sentía entrar y salir, me estaban destrozando las dos pollas, haciéndome gritar con tanta fuerza que ni con las manos me callaban cuando empecé a temblar, cuando mi interior se inundaba de tal manera que su polla se deslizaba ahora con tanta facilidad que parecía patinar sobre hielo al no tener tanta fricción.

    Acababa de tener un tremendo orgasmo con los dos hermanos y los dos seguían follándome ahora con más fuerza, subiendo y bajando mi cuerpo, hasta que me soltaron y poniéndome de rodillas me hicieron menearles sus penes lamiéndolos hasta que empezaron expulsar chorros de su semen caliente, sus pollas en mi boca lamiendo su leche y tragándomela hasta que no quedara ni una gota.

    En mi camarote me aseaba y nuevamente sabía que de este viaje los dos hermanos tampoco se iban a olvidar, eran las cuatro de la mañana y a pesar de haberme cambiado de vestido, del vestido putón a uno más normal buscaba aquel joven que realmente me había cautivado él a mí, buscaba desesperadamente por todo el tren, pero no lo encontraba, quizás la novia, quizás harto de esperar no lo sé, pero los vagones parecían vacíos, algunos ronquidos, algunas risas que salían de unos y de otros, hacía calor y abrí una de las ventanas del pasillo con tan solo un pensamiento aquel muchacho sin darme cuenta de que la cazadora se había convertido en presa, quizás fui yo quien me insinué al principio, pero la que le buscaba desesperadamente y se disgustaba por no encontrarlo era yo.

    Al cabo de un rato, sin darme cuenta alguien me agarro por la cintura y me beso en los hombros, fuera quien fuera no me dejo girarme, aunque yo sabía que era él por el reflejo del cristal, el viento que entraba por la ventana hacía volar mi pelo y sus manos sobre mis pechos me dibujaban, la cazadora cazada, había llegado para demostrar algo y él me demostraba que nosotras éramos iguales, solo hace falta un poco de química entre ambos amantes, simplemente el mero hecho de besar mis hombros me derretía, de acariciar mis pezones me excitaba y de meter su mano por debajo de mi braga me mojaba de tal manera que él ya notaba que podía beber de mí y sin pensarlo dos veces se agachó y de cuclillas me fue quitando las bragas con cuidado y con delicadeza a la vez que lamía el interior de mis muslos.

    Mis manos apoyadas a la altura de mis pechos sobre el cristal y mis ojos cerrados iban dando la bienvenida a los besos, mordiscos de sus labios y su lengua sobre mi vulva, pequeños mordiscos en mis glúteos y su lengua recorriéndome de arriba abajo el interior de mis labios, metiéndoselos en su boca y exprimiendo el néctar que de ellos emanaba, mi aliento dibujaba en el cristal de la ventana momentos de placer al sentir como su lengua se metía en mi vagina, sus manos apretaban mis glúteos como si estuviese amasando pan y de mi vagina salían pequeñas gotas blanquecinas de mi placer que enseguida eran recogidas por el como si se tratase de un elixir para poder seguir viviendo.

    Las cinco de la mañana y mis gemidos volvían a ser los protagonistas de un tren nocturno, las cinco y un minuto mi amante se había levantado y me había girado para besarme, sus besos con sabor a mí, con sabor a mi flujo me había dejado huérfana de deseo, sus manos y su lengua se habían ido y necesitaba que alguien ocupara su lugar, mis manos buscaban y encontraban al sustituto perfecto, un pene grande y duro se erguía como campeón para hacerme callar o quizás todo lo contrario, para que mis gritos despertaran a medio tren, pero en tal caso era mío y lo quería dentro de mí.

    No sabía su nombre ni el mío, no conocíamos el sonido de nuestra voz, tan solo nos habíamos besado, acariciado y dentro de poco intuía que follado, me había quitado los cordones que sujetaban mi vestido sobre los hombros, cayendo mi vestido a mi cintura y dejándole mis pechos para que disfrutara de ellos, lamiendo de forma circular mis areolas y volviendo mis pezones duros y muy sensibles a sus roces, su pantalón junto con su calzoncillo cayó al suelo y dándome la vuelta me apoyo sobre la puerta de mi camarote, sentía su pene rozar mi vulva, notaba golpear mi clítoris y sentía como se agachaba y la metía en mi vagina tan solo unos pocos centímetros tan siquiera su glande se hundía dentro de mí.

    Estábamos los dos hiperexcitados con las mismas necesidades, perseguíamos los dos lo mismo, el follarme y yo que me follara, un fin conjunto así que para ayudarle a que me la metiera alce mi pie derecho que subió y apoye sobre la pared justo donde empieza la ventana, ahora si, ahora su glande sin hacer ningún gesto, ni un simple empujón resbalaba dentro de mi vagina hasta la mitad de su polla, ahora empezaba a bailar hacia delante y hacia atrás, mis brazos le abrazaron al sentirme follada por él con gritos sordos mirando al techo del tren disfrutando de su pene entrando y saliendo con mi pelo volando por el viento que entraba por la ventana abierta, ya me estaba penetrando, pero no era suficiente, al levantar mi pie me había cogido con sus manos por mis glúteos levantándome un poco, levante mi otra pierna poniéndola de la misma forma, flexionando mis rodillas y apoyando mi espalda contra la otra pared del pasillo, junto a la puerta de mi camarote.

    Sus penetraciones ahora eran más profundas, más directas y rápidas, veía reflejado en el cristal como movía sus glúteos desnudos hacia mí, una y otra vez metiendo su pene que entraba como en una autopista vacía, un camino de rosas, húmedo y mojado, pero seguro, apretando con mis músculos su entrada y su salida friccionando más nuestros sexos y que el roce de su polla dentro de mi vagina potenciara tanto nuestro placer que ya no había posibilidad de gritos sordos, sino de gemidos de escándalo, no hacía falta que él flexionase sus piernas para entrar simplemente tenía que empujar al estar yo prácticamente volando sobre él recibiendo continuamente su polla.

    Empezamos las voces, puertas que se abren y cierran en nuestra dirección, los dos follábamos como si no hubiera un mañana, pero antes de que llegaran a nosotros con mi mano abrí la puerta de mi camarote, rodeando con mis piernas su cintura me metió dentro cerrando la puerta y tumbándome en la cama, los pasos se pararon justo delante de mi puerta mientras que él seguía sacándome pequeños gemidos con mi mano en mi boca, las risas del pasillo junto con los comentarios nos sacaron a los dos una sonrisa, habían encontrado mi braga en el suelo y se la habían llevado.

    Fue el momento de parar un momento, el momento de que me quitara el vestido por completo y él su ropa, el momento en que le tumbe en la cama poniéndome encima como una amazona con su polla dentro de mi vagina, con cuidado y sintiendo su deseo iba humedeciendo su pene con mi vagina, penetrando, robándome cada centímetro de mi interior a la vez que liberaba de su boca un gemido profundo con sus manos rodeándome los pechos y apretándomelos el uno contra el otro, una vez que la tuve tan dentro de mí como me fue posible me agache para besarle, para hundir mi lengua dentro de su boca, saboreando el elixir que antes se había atrevido a quitar de mis labios y de mi vagina.

    Su pene dentro de mí bailaba con los movimientos circulares de mi pelvis, casi sin salir, casi sin sacarla de su pecera, ese tiburón que nadaba alegremente por un mar cada vez más lleno de mis fluidos, mordiéndome trozos de placer, sus manos en mis caderas y elevando un poco su pelvis empezó a retirarse de mí, a meterla y sacarla aumentando la velocidad para luego descansar, para dejar que por un instante dejara de gritar, una vez más elevaba su pelvis y una vez más el tren sabía de mí, de mis gritos que podían despertar a los más dormidos, atravesando puertas y paredes.

    Estábamos los dos a punto de coronar aquella cima, en el camarote solo se escuchaba el traqueteo del tren, los chapoteos de nuestros sexos al chocar, al penetrarme y nuestros gritos ocasionales cuando empezaba a metérmela a gran velocidad, sentí como paraba, como elevaba más su pelvis levantándome y empujándola tan dentro de mí que llegaba a tocar el fin de mi vagina, sintiendo como una explosión como la de un volcán me llenaba de su semen ardiendo toda la vagina, como pintaba mi interior con ella precipitándose a gran velocidad contra mí, poco a poco empezaba a moverse y yo empezaba a tener un pequeño orgasmo, un orgasmo que se fue agrandando cuando de un empujón me giro y sin sacármela con su pene bien duro todavía se puso encima de mí, moviéndose una vez más a gran velocidad para que terminara de explotar, para que mi vientre ardiera de pasión extendiéndomelo a todo mi cuerpo paralizándome, sintiendo espasmos en mis piernas y en mi voz, que no dejaba de gritar, de decirle que me follara, gritos altos, pero poco audibles, solo al final, solo cuando mi flujo había barrido el semen de mi vagina se pusieron oír los gritos de desesperación del placer que ya se iba.

    Me sentía agotada por una noche tan intensa, tanto que no me di cuenta cuando dejo de abrazarme dejando una flor de papel en mi almohada, supongo que para despertar con su novia, mi viaje llegaba a su fin con el resultado que yo ya sabía, los hombres en el momento que se les enseña un poco las bragas correrán a por ti como una manada de lobos, pero también me llevaba otra lección.

    Que las mujeres no somos tan diferente a ellos.

  • Gladys, aun te sigo extrañando

    Gladys, aun te sigo extrañando

    Cuando yo era soltero, mi pasatiempo era conocer mujeres por el chat, para luego conocernos en persona con la intención de terminar en la cama, conocí a varias mujeres y a muchas me las llevé a la cama, a excepción de unas 3 o 4 que el momento de conocerlas en persona, resultaron ser todo lo contrario de su descripción en el chat, pues eran muy muy feas, con decirles que una luego se subió a mi carro y para pronto me pidió dinero que para comprarle la fórmula a su bebé, jeje, pues así las cosas hasta que conocí a Gladys, estuvimos platicando en el chat, muy a la ligera pero luego loa ánimos se elevaron y nos citamos primero en un café, luego a los 8 días en un bar para finalmente la tercer cita en u motel.

    Esa tercer cita nos quedamos de ver por una zona en donde hay como 4 moteles, iba yo con algo de nervio, pero a la segura que iba a tener sexo, además de que la chava si me gustó, la voy a describir, era chaparrita, morena clara, delgada, tenía buen culito y buenas chichis, de cara estaba bien, ahh y tenía vitíligo, cosa que no me importó, pues bien llegó ella en su carro al sitio de encuentro me bajé, la saludé y le dije que dejara su carro ahí en el estacionamiento de la plaza, le pedimos a un vigilante que nos los cuidara.

    Nos subimos a mi carro y fuimos a un motel casi frente a la plaza, llegamos con unas cervezas, nos sentamos en la salita a platicar y beber, y llegó el momento, me le acerqué y comencé a besarla, ella luego respondió a mis caricias y comenzó el faje, en ese momento mi pito comenzó a pararse, le quite la blusa y vi un lindo brassier negro de encaje, con unas bubis de tamaño mediano queriendo salir, ella me quitó mi camisa y luego me aflojó el cinturón y me bajó el cierre, me dejó en puras trusas mientras yo le bajé el pantaloncito, quedó solo en bra y tanga negra, en ese momento le dije, vamos a la cama, allá estaremos más cómodos, nos levantamos y ya en la cama ella me quitó mi trusa, mi verga ya estaba al mil, bien parada, la vio y me dijo, que bonito «pilín» tienes papi, y luego que vio mis testículos, también me dijo tienes unos huevotes, están enormes, y la verdad, no es por presumir, pero si tengo unos huevos muy grandes, anteriormente otras chicas ya me lo habían dicho…

    Pues ahora me tocó quitarle el bra a Gladys, saltaron un par de nenas de mediano tamaño con manchas de vitíligo, que como les digo a mí no me molestó, sus chichis tenían aureolas chiquitas, con una pezones prominente, erectos, duros, luego le bajé la tanga, y vi su hermoso pubis, depilado, limpio , coquetón, comencé a besarle sus tetas y a meterle mano en tu rajita, la cual estaba mojada ya al minuto se mojó mucho más, sentí como su clítoris se puso duro, duro, mientras le metía un dedo, luego dos en su vagina, ella se retorcía de placer y me decía tres, tres, que le metiera otro dedo, así lo hice, y a los pocos segundos me dices, ahora me toca a mí.

    Me tumbó a la cama y se fue directo a mi verga a jalármela y a mamármela, umm que delicia, ella como desesperada de no haber tenido sexo últimamente se devoraba mi verga, se la comía casi toda, luego se bajó y lamió mis huevos, después los succionó ahí se siente algo como placer pero a la vez molestia, hizo lo mismo con el testículo izquierdo, me los dejó bañados en saliva, que rico, más calor generó esas succiones que me comenzaron a colgar más, y me dice pareces toro con esos huevotes y como te cuelgan, en seguida ella se me montó y comenzó a moverse de una manera muy sabrosa, de atrás hacia adelante.

    Se montó de «vaquerita de frente», cuando echaba su culito hacia atrás, sentía que me iba a romper mis huevos, jeje, luego me dijo que quería de perrito, así lo hicimos, después de misionero, ahí, le dije que me iba a salir, me dijo que le aventara mi leche en su puchita, así lo hice le descargué mi leche dentro de su panochita depilada.

    Ya en el segundo palito comencé a mamarle su puchita, que rica, chiquita apretadita, súper, súper lista, bien depiladita, ella me puso sus manos sobre mi cabeza, luego un poco más abajo hacia la nuca, queriendo que me la pegara más a su panocha, mientras se la mamaba, su clítoris estaba duro, rosita, tirándole a rojito, y en ese momento me dijo la palabra que clásica, «MÉTEMELA!» y así fue, la pongo de perrito y se la dejo ir toda, ella solo gritó ahh, así dale, dale, pues así le di mientras le veía su culito, chiquito apretadito, y me mojé el dedo índice y se lo acerqué a su remolino, y no me dijo nada, luego se lo puse encima y quise metérselo y me dijo que no, que ese hoyito no era para eso, después ella se quitó y me dijo que quería mi leche en su boca, me acosté y ella se fue sobre mi verga bañada se sus flujos vaginales, me la comenzó a chupar al mismo tiempo con una mano desde la base hacia arriba me la jalaba y me la chupaba, yo estaba súper a gusto, y siguió jalándomela y aparto su boca de mi verga y me dijo, «me das tu leche, me das tu leche papi??», si, le dije, sigue mamándomela o jalándomela, continuó jalándomela y acariciando mis huevos, también me dijo te los voy a apretar para que me des toda tu leche, y le dije ahí viene mi leche, en ese momento ella puso su boca cubriendo mi glande y salieron los chorros de leche, sentí que me había dejado sin nada de semen

    Después de eso, descansamos y me la comenzó a sobar y a mamar, me dijo, quiero más lechita, ok, está bien le respondí, pero antes que nada quiero comerme tu panochita, la cual la tenía depilada, recién depilada, lisita, chiquita, apretadita, la puse a ella acostada boca arriba, y le dije ahí te voy!!, le separé sus piernita y me enfoqué a chuparle tu deliciosa vagina, la cual estaba muy mojada y deseos de caricias y lamidas, si clítoris, pequeñito pero muy despierto, duro buscando pelea, en cada pasada de mi lengua por ahí ella se retorcía de placer y me decía, sigue, sigue, así lo hice por unos minutos, y después ella me dijo quiero montar, así fue, se me montó se la enterró hasta el fondo, se movía muy muy bien, me dijo cuando te vayas a venir avísame, a los minutos sentí el deseo de eyacular, y me dijo échame tu leche en mis bubis y en mi cara, yo obedecí y eso hice, le cayeron dos chorros de semen en su cara y otros dos en sus bubis, ella se embarró mi semen en su cara y en sus bubi, me dijo que era una mascarilla

    Pues de ahí en adelante estuvimos cogiendo como cada 15 días, en viernes, la verdad que todas las veces que cogimos fueron muy deliciosas, y en todas las ocasiones le pedía que me diera su ano, para metérsela por ahí, pero siempre me decía que no, hasta que una ocasión, que me la estaba cogiendo de perrito, le volví a acariciar su culito le dije que me lo diera y me dijo, está bien pero despacito por favor, en ese momento me vino una descarga de adrenalina, una emoción tremenda, pedí a la recepción del motel y tubo de lubricante y unos condones, llegaron la puse de perrito de nuevo, le puse un poco de lubricante en su remolinito (ano) y le comencé a hacer círculos con mi dedo índice derecho, luego se lo comencé a meter, poco a poco, luego le puse más lubricante y le metí dos dedos, así estuve como por unos dos minutos.

    En eso, me pongo el condón (que es lo que se debe hacer el utilizar condón para sexo anal) y lo embarro de lubricante, y le avisé, agárrate que ahí te va mi verga, ella me dijo , que ya estaba preparada, entonces le acerqué la cabezo de mi verga a darle pocos empujoncitos, poco a poco y entró fácil de ahí en adelante fue entrando el resto de mi verga, mientras ella pujaba y me decía que no se la sacara, yo seguí hasta que le entró toda, y comenzó el mete y saca, mis huevos me colgaban demasiado, y comencé a escuchar el pla, pla, pla, de ellos chocando con su puchita, ella gritaba ahh y yo bien prendido como le entraba toda mi verga pues así le estuve dando y le pregunté que si le dolía me dijo que sí pero que siguiera metiéndosela, hasta que me vine, fue un palo delicioso, a partir de esa ocasión ya fue obligatorio, de todas las veces que nos veíamos el que fuera por lo menos un palo por el culito, a los días me comentó Gladys, «Que pendeja fui al no dejarte desde la primera vez que me la metieras por mi culito, es algo delicioso”.

    Luego le dije que si se le antojaba un trío, me dijo que depende si era HMH o HMH, le dije le puedo decir a un amigo, y me contestó está bien, yo ya me sentía muy animado con ese trío.

    Pasó el tiempo y seguimos viéndonos cada 15 días aproximadamente, hasta que un viernes que nos quedamos de ver, me quedé dormido y la dejé plantada, cosa que a la fecha no me ha perdonada y ya nunca más volvimos a vernos mucho menos a coger, a los 3 o 4 años me la encontré en el Facebook, me dijo que se había puesto a coger con un casado y ese la embarazó y le hizo una niña y que ese hombre no le cumplió, obviamente no le iba a cumplir.

    Al día de hoy ya me encuentro casado, me la llevo bien con mi esposa, pero no cojo tan bien ni tan rico como con Gladys.

    Gladys te extraño!!!

  • Una noche en la vigilancia (Segunda parte)

    Una noche en la vigilancia (Segunda parte)

    Después de la pequeña mañana de sexo que tuvimos con mi compañero de turno, un hombre de 48 años, morocho y muy calentón sexualmente hablando, le pedí que me prometiera que no iba a hablar de lo que hicimos. Por supuesto él me prometió que jamás diría una palabra. Tuve que creerle porque no me quedaba otra, yo ya le había hecho la paja esa mañana y no había vuelta atrás. Este hombre era muy charlatán y conversador así que solamente me quedaba esperar a que supiera guardar nuestro secreto.

    Los otros compañeros de turno eran buenas personas y tenían muy buena onda. Eran un hombre de unos 42 años, grandote como de 1,85, espalda ancha, pelo renegrido y brillante, como un negro azabache, ojos muy grandes color café y unas grandes pestañas arqueadas.

    El otro era un pibe como yo de unos 23 o 24 años. Buen físico y una muy buena verga. Lo sé porque lo vi en el vestuario de la fábrica cuando nos bañábamos a veces. Los dos maduros siempre le hacían bromas por ese atributo, las típicas bromas entre hombres: ¡Eh, loco pará! ¡A media cuadra ya sabemos que viene éste porque primero se ve su bulto pinchudo y atrás viene él! ¡Jajaja!

    El otro maduro: ¡Este es puro raíz como la mandioca! ¡¡Jajajaja!!

    Así jodían y por suerte me dejaban tranquilo a mí que la tengo muy corta, tirando a micropene ¡jeje!

    El asunto es que estos dos compañeros se quedaban a veces al terminar su turno y hacíamos un pequeño asado, con vino barato (Sí, éramos muy humildes y nuestro sueldo no era gran cosa) Pero la pasábamos bien con poco y la tranquilidad, la independencia y sumado a eso la reciente actividad sexual que yo estaba teniendo, lo convertían en un trabajo invalorable y fue un momento de los mejores que viví en mi vida.

    Así que estos dos se quedaron a hacer un asado, comimos, nos pusimos bastante borrachos, y el pibe más joven se quedó a dormir porque no quería ir borracho a su casa. Como solamente había dos colchones, él durmió en uno de los colchones, y mi compañero y yo dormimos en el colchón de dos plazas.

    Mi compañero como siempre con su desparpajo se había sacado la ropa y solamente estaba en calzoncillos slip, se levantaba cada tanto para cambiar la tele porque no teníamos control remoto. Cuando volvía el muchacho del otro turno le miraba el bulto a la pasada. Mi compañero se dio cuenta y dice: ¡Mirá cómo me ve el bulto, éste!

    Entonces yo le digo: Mostrásela si tanto la quiere ver.

    A lo que mi compañero desinhibido como era, se bajó el slip y peló la verga que estaba a medio parar.

    El otro muchacho sintió vergüenza, se quedó viendo la verga de mi compañero pero sin demasiado entusiasmo.

    Este pibe era bastante héterosexual así que supongo que veía como los hombres se miran unos a otros, más por curiosidad o para comparar tamaños que por un verdadero interés sexual.

    Por supuesto, mi compañero haciendo gala de su desparpajo se cagaba de risa y volvió a guardar su pija como si nada hubiera pasado.

    Más tarde esa noche, cuando el pibe joven estaba dormido mi compañero insistía en ponérmela, quería cogerme tapados con las frazadas. Por supuesto que yo no quería saber nada. Me moría de vergüenza de pensar que el otro se despertara y nos viera cogiendo.

    A la mañana temprano me desperté como a las seis de la mañana. Era verano y el sol ya se veía por la ventana y mi compañero me hablaba en susurros. Me dolía la cabeza por la borrachera que me había agarrado la noche anterior. Mi compañero me pedía que le toque la verga o que se la chupe por debajo de las sábanas. Su insistencia y su caradurez me entusiasmaban a mí. Se me ponía dura la verga de escuchar su insistencia y sus ganas de coger. A mí me gusta mucho coger, pero soy bastante tímido y a veces necesito un incentivo. Ese incentivo era la desfachatez de mi compañero que siempre me impulsaba a más.

    Ya decidido le digo a mi compañero que vayamos a la otra habitación. Ahí hay otra oficina con grandes ventanales donde entra mucha luz solar, hay solamente dos escritorios y dos sillones de ejecutivo. Lo interesante de esa habitación es que daba hacia un gran terreno parquizado que pertenecía a la fábrica, grandes pinos de distintas variedades, algunos árboles ornamentales, césped bien cortado, y lo más importante: cualquiera que estuviera por el parque podría ver lo que pasaba en la oficina donde estábamos a punto de coger mi compañero y yo, o al revés, cogiendo ahí podíamos ver el parque mientras practicábamos posiciones sexuales. Afortunadamente la fábrica estaba abandonada y vacía, solamente estábamos los de la vigilancia en todo ese hermoso y amplio lugar. Agarré de la mano a mi compañero adulto, casado, hétero dispuesto a cogerme en ese mismo momento, lo llevé a la oficina soleada y cerramos la puerta.

    Ya en la otra habitación empecé a manosear la verga de mi amigo por encima del calzoncillo y de a poco se iba humedeciendo el calzoncillo slip con el líquido pre-seminal que le salía de la verga. No aguantó más y se bajó el calzoncillo y me dice: ¡Mirá cómo me las estás tocando! ¡Ah, qué bueno! ¡Mirá cómo se pone, qué dura está!

    Él siempre era muy charlatán y extrovertido así que lo que sentía lo tenía que expresar. Lo decía abiertamente casi sin medir las consecuencias.

    – ¡Callate! -Le dije, haciendo la seña de silencio con un dedo sobre mis labios.

    Entonces me dice susurrando: -Date vuelta que te voy a coger…

    Hice caso como toda una sumisa que soy y me di vuelta bajándome el calzoncillo. Dejé mi cola al descubierto y él me echó un poco de saliva. Su verga no era de las más grandes, pero sí se ponía muy dura y cabezona. Una verga bien morena con la cabeza colorada, casi morada cuando la apretaba con fuerza.

    Me la fue metiendo de a poco pero siempre haciendo fuerza, sin aflojar ni un segundo. No me tenía piedad, simplemente empujaba y disfrutaba entusiasmado sin detenerse a pensar si yo estaba dilatado o no.

    Se me partía el ojete, me dolía a horrores y se me estaban cayendo las lágrimas. Me agarré fuerte de los bordes del escritorio y traté de apretar los dientes para no soltar un grito de dolor.

    Me apretaba los cachetes del culo con sus manos y me manoseaba bien.

    -¡Qué linda esta carne tierna que me estoy comiendo! -Decía susurrándome al oído. Me abrazaba de atrás y me cogía solamente moviendo su cintura. Su cuerpo se sentía tan bien frotándose contra el mío, su pelvis rebotaba contra mi cola y se sentía lo mejor del mundo.

    Su pene adentro mío estaba muy duro, me causaba dolor pero también un placer increíble.

    De repente su cabeza empezó a hincharse, a pulsar rítmicamente, se siente perfecto cuando la verga está bien dura adentro del cuerpo de uno, cuando empieza a largar la leche, a eyacular, se siente claramente y eso es lo mejor que me pueda pasar.

    Mi compañero estaba acabando adentro de mi cola, y como no podía ser de otra manera tenía que expresarlo a los cuatro vientos. Empezó a gritar de placer: -¡¡Ah, Ah, JOh!! ¡¡Mirá, ahí va, AHÍ VA!!

    Su verga estaba bien adentro mío y largando litros de leche. Cuando terminó me la sacó y estaba con un poquito de sangre…

    En eso el pibe que estaba durmiendo en la otra pieza se levantó y golpeó la puerta. Como no le abrimos nosotros, abrió él mismo la puerta y ya para eso mi compañero y yo estábamos vestidos sólo con nuestros calzoncillos y nuestras remeras. Yo me había sentado en uno de los escritorios en el sillón presidencial, y mi compañero estaba paradito derechito como un soldado al lado del otro escritorio poniendo cara de yo no fui.

    -¿Qué pasó? -Dice el pibe con una cara de dormido

    A lo que mi compañero dice: Nada, me agarró un calambre en la pata y me hizo «parir».

    -¿Y por qué están acá los dos? -Dice el pibe

    Yo le contesto: -Porque estuvimos despiertos conversando hace rato y no queríamos hacer ruido para no despertarte a vos…

    La verdad no sé si me creyó, pero no dijo más y se fue a vestir para desayunar. Luego de eso nos fuimos cada uno a su casa y no se habló más del asunto.

    Por suerte los encuentros con mi compañero continuaron más o menos un año y medio. Hasta que cada uno consiguió un trabajo con un mejor sueldo y desde entonces no nos hemos vuelto a ver.

  • Ana y su pago del alquiler

    Ana y su pago del alquiler

    El timbre sonó.  Ana miró hacia la puerta sabiendo quien era la persona que llamaba. Esta mañana, Luís, su casero, le había llamado para recordarle que se pasaría a cobrar la mensualidad y la deuda de otros meses sin pagar. Ana sabía que no tenía dinero para pagarle. Apenas habían pasado un par de meses desde que perdió su trabajo y era complicado encontrar un trabajo en este momento donde además tenía que compaginar con sus estudios.

    Ana volvió a mirar con miedo hacia la puerta, esperando que Luís pensara que no estaba pero, para su desgracia, volvió a sonar el timbre acompañado de varios golpes en la puerta. Ana se levantó, tomó una bocanada de aire y abrió la puerta. Apareció la silueta regordeta de Luís con poco pelo, medio calvo y rondando los cincuenta años. Sonrió dejando ver algunos de sus dientes torcidos para después saludar de forma burlona. Ana le devolvió el saludo.

    Luís mantuvo su sonrisa lasciva con la que siempre había mirado a Ana, parecía no importarle que casi le duplicase la edad ni la cara de desprecio de Ana cada vez que lo hacía. Desde el primer día que se había conocido como casero y rentista, Luís no había escondido ninguna de sus miradas. Ahora se deleitaba con la figura pequeña que a pesar de su tamaño tenía unas buenas curvas. La camiseta de tirantes blanca permitía poder tener una buena vista de pechos los cuales se insinuaban por debajo de la camiseta. Su vista siguió hacia abajo, imaginando las curvas y la piel que habría bajo la tela hasta llegar a su cintura donde volvió a parar para recrearse. Los shorts de color gris que llevaba Ana se ceñían a la cadera y seguro que le marcaban de una forma increíble. Luís se decepcionó al no poder comprobar su teoría sobre el culo de Ana, pero seguro se las ingeniaba para acabar corroborando. Los shorts se acaban bastante pronto y daban a paso las piernas desnudas de Ana donde no era necesario imaginar nada. Luís se podía detener y deleitarse con cada centímetro de piel blanca y disfrutar de las curvas de sus muslos. Llevó su mirada hasta sus zapatillas. No era un fetichista de los pies pero tenía curiosidad por saber si se habría pintado las uñas. Recorrer con la mirada a Ana desde arriba hasta abajo sin dejar un centímetro sin escrutar había encendido aún más a Luís que no necesitaba demasiado para calentarse con su inquilina. Además, había algo en la combinación de conjunto que incitaba a Luís a dejar volar su mente hoy más que nunca.

    Regresó con su mirada a mirar a Ana a los ojos. Se aclaró la garganta y con un hilo de voz, sin dejar de sonreír dijo

    – Son seis meses. Cinco de retrasos y uno aún vigente. Ya hemos hablado sobre la obligación de pagar las deudas. Sé que no tiene trabajo, pero necesito el dinero, esta casa tiene gastos, no se mantiene solo y no le saco ningún rendimiento.

    Luís tenía una voz particular. Algo aflautada, pero con ritmo constante y cortante. Como el de un adolescente que intenta agravar su voz para imponer pero sin llegar a conseguirlo. Sin dejar hablar a Ana, Luís siguió el discurso que ya había repetido en otras ocasiones y que Ana se casi se sabía de memoria:

    – El negocio casero es realmente duro. Me deslomo todo el día para atender a mis inquilinos. Debo mantener cada uno de los pisos, arreglar los desperfectos y reponer aquello que se rompe. Además, me tengo que hacer cargo de los gastos de la comunidad, de las revisiones periódicas y de los tributos del ayuntamiento. Cada piso es un negocio que necesita atención, tiempo y dedicación. No hay nada peor que un piso que no rente porque genera costes, pero no ingresos.

    Como otras veces, hizo una inflexión de voz, cambió la sonrisa por una expresión más grave. Torció la cabeza dándole un todo grotesco y continuó forzando la voz para sonar con un par de tonos más bajos:

    – Si hay algo peor – mascando cada una de las sílabas. Un mal inquilino. Un inquilino que se aproveche de la bondad de su casero y falle continuamente en el pago de sus mensualidades. Un inquilino, o… inquilina que no se sabe agradecer el esfuerzo que él su pobre casero realiza para poder ofrecerle un techo digno.

    La primera vez que escuchó el discurso Ana sintió algo de compasión. Hasta que descubrió, ese día como día, la mirada insinuante de Luís que podría ser feo o asqueroso, pero no era tonto y había elegido de forma meticulosa cada una de las palabras. Ana comenzó a mascullar un agradecimiento por el esfuerzo y una disculpa por no tener el dinero, pero esa tarde algo cambió en el guion. Luís dio un manotazo a la puerta:

    – ¡Ana! No hay más meses, no hay más tiempo. Se acabó la espera. Quiero mi dinero. Si quieres seguir viviendo en esta casa quiero que me pagues mi deuda ahora.

    Ana se quedó congelada. Luís siempre había sido una mezcla entre pedante y baboso, pero nunca había mostrado su lado agresivo. Sentía que esta vez sí que iba en serio, y que tenía un problema, porque esperaba poder aguantar un mes más. Ana necesitaba ganar tiempo, solo necesitaba permanecer en aquella ciudad un mes antes acabar sus estudios y poderse ir. Invitó a Luís a entrar en casa. Esperaba que un poco de dulzura y consideración fuera lo suficiente para aplacar los deseos de Luís.

    – Luís, te vuelvo a pedir disculpas. Tienes toda la razón, pero sabes que me quedé sin trabajo. La situación es complicada y necesito compaginarlo con mis estudios. Te pido un mes más. Acabaré el curso y con la llegada del verano encontraré trabajo y podré pagarte hasta el único mes que te debo.

    Luís pareció creérselo. Más calmado preguntó por sus estudios y donde estaba preguntando para obtener trabajo. Ana le fue contando cada tema con detalle, le fue envolviendo cada una de las historias para que Luís creyera que iba a cobrar algo del dinero que le debía. En el interior, Ana seguía sintiendo repulsa por Luís por la forma por la cual la miraba, aprovechando cualquier descuido de la chica para reconocer una parte de su cuerpo. La conversación llegó a un punto muerto donde Luís había aceptado de facto que debería esperar un poco más. Ana esperaba la rendición de Luís y esta estaba a punto de llegar:

    – Puedo esperar un mes más. Llevo esperando seis y podré aguantar otro. El resto de negocios van bien y me permiten ser flexible contigo.

    Ana se sentía victoriosa. Había conseguido el mes extra y después, sería libre. Si el cabrón de Luís no veía un duro, ya no sería su problema. Luís volvió a hablar. Ana esperaba la despedida con una sonrisa interior

    – Esperaré un mes, pero no te saldrá gratis – esta vez la sonrisa de Luís era diferente. Volvió a ser burlona, pero se podía vislumbrar cierta inteligencia. Como si detrás de esa frase, hubiera un plan. Quiero algo tuyo…

    Dejó la frase en el aire para volver a repasar con la mirada a Ana. En medio del recibidor, se permitió rodearla lentamente. Se quedó unos segundos mirando su culo. En silencio. El tiempo discurría lento para Ana que notaba que algo se había torcido. En cambio, Luís paladeaba cada segundo que arrancaba para poder observar a Ana, para perderse en cada una de las curvas y sus pliegues. Volvió a estar enfrente de ella, y dijo:

    – Quiero verte desnuda. Quiero que te desnudes para mi. No solo eso. Pienso tomarme tantas fotos como quiera. Cómo casero después de aguantar seis meses ver cómo te pavoneas delante de mí, merezco que resarzas por la espera. ¿Aceptas? ¿O haces maletas?

    Ana negó con la cabeza, y cuando iba darle una razón, Luís empujó por los hombros a Ana contra la pared. Notó como sus gordos brazos la levantaban lo suficiente del suelo para que estuviera incómoda y como sus rechonchos dedos la agarraban firmemente.

    – Creo que no has entendido. Dicho volviendo a marcar cada una de sus palabras. Si me dices que no, te sacaré ahora mismo del piso. Perderé seis meses, si; pero tú perderás el sueño que has perseguido este año. Me puedo permitir seis meses de tu renta, pero ¿puedes perder tú este año de universidad?

    La presión sobre los hombros de Ana disminuyó y la devolvió con cuidado al suelo. No tenía mucha elección, y pensó, que en el fondo no sería el primer hombre que tenía fotos suyas desnuda. Si un par de imágenes le permitían ganar ese ansiado mes, complacería los deseos de aquel cerdo.

    Ana cogió de la mano a Luís y lo condujo hasta el salón. Le indicó que se sentara, bajó las persianas, puso algo de música y atenuó las luces. Ana comenzó a moverse al ritmo de la música mientras Luís asistía atónito al espectáculo de sus caderas moverse. Le pidió que se acercara más para poder verla mejor y paró de pedirlo hasta tenerla a un par de metros. Ana se combinaba moviendo lentos y rápidos, se movía desde abajo a arriba y jugaba con su lengua. Vio como Luís comenzaba a sacar el móvil y empezaba a hacer fotos. Ella continuó como si no fuera la primera vez que le hacían fotos. Con una orden clara y corta, Luís pidió que Ana se quitara la camiseta. La tiró al suelo y dejó ver los pechos que tanto ansiaba ver. Eran redondos y naturales. Tal vez una 90 copa b o c. Luís no sabría decirlo pero eran más grandes de lo que se había imaginado. Acompasó su mirada al bamboleo de las tetas dejándose hipnotizar por los pezoncitos marrones. Salió de ensueño para pedirle un par de posturas que quería ver y para ordenar, otra vez con voz firme, que se quitara los shorts. Los pantaloncitos cayeron y esta vez Ana se lo tiró. Luís los recogió y los dejó a un lado mientras sus ojos hacían el viaje de ida y vuelta desde las tetas de Ana hasta el pubis que aún permanecía cubierto por un tanga blanco de encaje.

    Luís bajó sus pantalones y Ana observó cómo aparecía el pena erecto de Luís. No eran gran cosa, normal. Al igual que Luís. Ana sabía que el aspecto físico no tenía que ver con el tamaño del miembro de un hombre, pero en este caso, estaba en consonancia. Dejó escapar una sonrisa burlaba y Luís pareció darse cuenta:

    – ¿de qué te ríes? ¡Puta!

    Ana quedó un poco en shock. ¿Volvía el Luís más posesivo? No quiso darle más vueltas y quería acabar cuanto antes. Comenzó a quitarse las zapatillas cuando Luís le ordenó que se detuviese. Ella paró pero le pidió una explicación:

    – No te las quites. Te dan un aspecto de zorra barata.

    Comenzaba a salir la versión asquerosa que Ana sabía que debía existir. Un ser interior que hasta el momento se había contentado con miradas lascivas, algún comentario fuera de todo y la petición de las fotos, pero que cada segundo que pasaba afloraba más y más.

    – Quítate el tanga y lánzalo.

    Ana obedeció y lanzó sus últimos centímetros de ropa a Luís. Luís los miró, lo estrechó en su mano y lo guardó en el bolsillo del pantalón. Se podía ver entre los pantalones arrugado como sobresalía una parte del encaje de color blanco. Luís se preguntaba si los rizos rubios de Ana eran reales o se debían a un tinte. Eran reales o también se había tintado el depilado brasileño que llevaba. Los ojos de Luís ya no viajaban de arriba para abajo por el cuerpo de Ana. Estaban fijos en un mismo punto. En su coño. En ese magnífico pliego de carne femenina con el cual había fantaseado por meses. La escena tenía un aire de patetismo. Un gordo calvo de cincuenta años encargado de llevar las rentas de los pisos de sus padres sentado en un sillón con las dos manos ocupadas mientras, justo enfrente, una jovencita de veinticinco años se contorsionaba con tan solos unas zapatillas deportivas puestas esperando que el gordo aguantara un mes antes de echarla de casa o que ella se fuera sin pagar la deuda que tenía.

    – Acércate un poco más, quiero verte en primer plano

    Se acercó hasta estar a tan solo un metro. Podía notar la excitación de Luís. Dejó el móvil en el sofá y con esa misma mano buscó el culo de Ana. Ella intentó apartar la mano, pero la fuerza de Luís no le dio ninguna opción. Notó cómo sus dedos se clavaban en su nalga izquierda para continuar con dos sonoras cachetadas. Esa misma mano buscaba ahora la parte delantera pero Ana no estaba dispuesta a dejar que fuera más allá. Se alejó y fue a ponerse su camiseta. Luis se levantó detrás, y pisó la mano de Ana. Soltó un grito.

    – ¿A dónde vas? Siento tener que hacerte esto, pero no te he dicho que te pongas la camiseta y estaba harto de tu desobediencia – Levantó el pie. Ahora ya que estás en esa posición, hazme una mamada. Quiero ver si esa lengua y labios saben moverse como tus caderas.

    Se quedó quieta. Le dolía la mano e intentó levantarse para irse. El acuerdo eran unas fotos y ya el gordo seboso debería tenerlas. Comenzó a levantarse cuando notó la mano de Ana en su cuello.

    – ¿A dónde vas, putita? Si, lo veo en tus ojos desafiantes. Crees que ya me he cobrado, que eran solo unas fotos; pero como bien sabrás, los contratos están para incumplirlos, o como me gusta decir, para negociarlos si las dos partes están de acuerdo. ¿Crees que soy tonto? Que no sé qué intentas ganar un mes para después largarte sin pagar. No eres la primera ni la última que intenta hacerlo. En el fondo, sois todos unos perros; pero tú, eres una perrita muy buena.

    Soltó a Ana del cuello y le puso su pene delante. Cogió el móvil con una de las manos y comenzó esta vez a grabar. Golpeó las mejillas de Ana con su miembro, y soltó una sonora carcajada.

    – Abre la boca. No te hagas tímida. Seguro que esa boquita tiene buena experiencia. Para no tener dinero, tienes buena ropa y hay muebles que has tenido que pagar tú que no son de cualquier mercadillo. Empieza por los huevos, me gusta así – dijo mientras le ponía los huevos directamente sobre la cara.

    Comenzó como le había dicho. Primero lamió uno, luego el otro. Fue cambiando de uno al otro mientras los iba introduciendo poco a poco en su boca. Notaba como su frente chocaba con la barriga de Luís y tenía que recurrir a alguna pose rara. Su mano comenzó a manosear el pene de Luís mientras este se ponía más duro. Escucha los gemidos entrecortados de Luís con insultos hacia ella como puta, guarra o zorra. Su lengua siguió desde los huevos hasta la cabeza. Intentando cubrir todo el tronco con su lengua. En su interior, estaba intentando que Lui se corriese para que la dejase tranquila cuanto antes. Jugó con su lengua en la cabeza, no importando saborear más de la cuenta. Los gemidos de Luís habían aumentado y cada vez que miraba hacia arriba podía observar al móvil grabar la escena. Poco a poco se fue metiendo el pene en la boca. No iba a tener ningún problema con esa talla. Notaba como llegaba al fondo y volvía salir. Repitió mientras los gemidos de Luís aumentaban hasta que en unas de las veces, notó como las manos de Luís le rodeaban la nuca y no la dejaban mover la cabeza. Luís mantuvo la posición unos segundos hasta que soltó un gemido sordo. Ana sabía lo que había sucedido y no tardó en notar un líquido en su boca. Se revolvió, consiguió librarse de la presa de Luís y escupió todo lo que pudo

    – ¿no estabas acostumbrada? – Luís reía

    La dejó de rodillas sobre el suelo, mientras él se sentaba en el sillón para recuperar el aliento. Ana sabía que la situación le parecía asquerosa pero hasta ese momento, estaba cachonda. Tal vez, Luís no se había dado cuenta pero había un pequeño charco debajo de ellos que no había sido causado por él.

    -Cuando recuperes el aliento, necesito que te quites las zapatillas. Necesito una imagen de tus pies para un amigo que me la ha pedido.

    Lo miró con duda. ¿Qué amigo? ¿No habría pasado ninguna de las imágenes? La cara de Ana debió de ser suficiente clara para que Luís, tirado en sofá cansado de semejante esfuerzo, le diera una explicación:

    – Le he pasado las fotos a un amigo mío. No te preocupes no se las pasará a nadie. Mi amigo me ha pedido que si puede verte los pies. Y no me meto en las filias de cada uno. Y tengo curiosidad, también.

    Esta vez no dudó. Se quitó las zapatillas sin dudarlo y mostró sus pies a Luís. Tenía unos pies pequeños, blancos como el resto de su cuerpo. Extremadamente cuidadoso con una piel que parecía seda blanca. Se notaba la buena pedicura con cada una de las uñas perfectamente recortadas sin ningún tipo de salientes y cada una de ellas pintadas de un color diferente. Era increíble que en una mujer como Ana, los pies fueran su fuerte. A otras partes del cuerpo le podría sacar algún defecto, pero esos pies no tenían ni un desperfecto. Tomó varias fotos y se rio nada más enviarlas.

    – Dice mi amigo que le encantan esos pies. Solo por tus pies ya mereces las seis mensualidades. Necesito que vengas junto a mí, necesito algo más de ti – Amanda se levantó y se puso al lado de Luís. Aún podía notar el sudor en su piel. Me ha pedido que hagamos una videollamada, imagino que no importará. Es un buen hombre.

    No le dio tiempo a responder cuando el móvil comenzó a sonar. Luís descolgó y se pudo ver a una hombre de unos cincuenta años, pelo cano y corto, con un buen bronceado en la piel, con una sonrisa impoluta, gafas de sol y un traje azul marino. Luís y Bernardo se saludaron. Bernardo era todo lo contrario de Luís, parecía que pudieran existir en el mismo y menos conocerse y llevarse bien. Bernardo continuó la breve charla con Luís como si Ana no estuviera completamente desnuda en la cámara. Conversaron durante un rato sobre su vida y se pusieron al día.

    – Bernardo, esta es Ana. La chica de los videos y de los pies.

    – Ya veo, imagino que en persona mejorará aún más. Si nos cogieras con veinte o treinta años menos, esto sería diferente. Bernardo estaba exultante, exageradamente contento, ¿sería siempre así?

    – Es una verdadera putilla. Le cuesta entrar en calor pero después se entrega al placer con facilidad.

    – Si, seguro. Luís, veamos hasta dónde es capaz de llegar ahora. Esto último lo dijo Bernardo mientras se sacaba cuidadosa la verga del pantalón.

    Luís le dio el móvil a Ana. Le pidió que no lo quitara de su cara y que intentara gemir con fuerza para que se escuchase. Ana lo hizo, podía ver en un recuadro pequeño su cara y en la pantalla principal a Bernardo, ya con su verga fuera, y algo en la otra mano que no supo que era. No tuvo mucho tiempo para pensar cuando sintió que Luís le abría las piernas y se las levantó quedando completamente tumbada en el sofá. Luís colocó su cabeza entre ellas y con una precisión milimétrica, comenzó a lamer el clítoris de Ana. Con el primer movimiento, Ana dejó escapar un fuerte gemido. Con la lengua fue recorriendo cada uno de los pliegues del pubis, separando cada de las láminas de piel. Ana gemía y le costaba mantener el móvil enfocada en su cámara. Luís continuó jugando con su lengua mientras comenzaba a meter su primer dedo. Notaba como la humedad de la lengua recorría su clítoris y labios mientras el dedo corazón entraba y salía. Ana comenzaba a retorcerse en el sofá mientras desde el otro lado de la llamada, Bernardo la animaba a gemir acabando todas las frases en puta o putita. Después del dedo corazón llegó el anular, y Luís aumentó el ritmo. Ana gemía, arqueaba la espalda y cerraba los ojos de placer. Intentaba cerrar las piernas para empujar a Luís más adentro. El cabrón que se había corrido en su garganta, estaba cumpliendo con creces. El tercer dedo no tardó en caer y a la pregunta recurrente de Bernardo: ¿eres mi puta, Ana? Ella comenzó a responder que sí entre gemido y gemido.

    El ritmo aumentó de forma vertiginosa empujando con la mano que tenía libre la cabeza de Luís. Esos minutos de auténtico placer estaban cambiando la imagen del casero pero tampoco podía pensar mucho más. Bernardo continuaba preguntando y ella siempre respondía con un sí cada vez más entrecortado. Del otro lado del altavoz se escuchó la voz de Bernardo: “Para ya está. No hace falta que la puta acabe” y sin más espera, Luís dejó de mover sus dedos, los sacó y se volvió a poner al lado de Ana. Ella no entendía nada, estaba a punto de llegar al orgasmo, uno de los orgasmos más ricos que estaba teniendo y todo se había acabado. Parecía que había estado en un sueño y que de repente se había despertado. Pudo ver que Bernardo se había corrido y descubrió que aquello que sostenía Bernardo era una foto de los pies de Ana. Ana volvió a sentir algo de repulsa por los dos. Luís volvió a esbozar su risa burlona, sabía perfectamente lo que había hecho y ahora parecía que no iba a darle una explicación. Al final, Bernardo comenzó a hablar:

    – Muy buena putita Ana. No pensarías que te íbamos a dejar acabar. A las zorras como tú, no les damos opciones. No eres especial, tan solo una más. Realmente, eres algo más que el resto por tus pies y por lo que he visto esta tarde. Luís me ha comentado que necesitas trabajo para pagar unas deudas que tienes con él, y yo tengo trabajo que te puede interesar… en vista de tus actitudes.

    Ana aún estaba enfadada por lo que había sucedido, pero sabía que no tenía más opción.

    – Tengo un local para gente con dinero. Irás a trabajar todas las noches. No te preocupes, nada sexual. Solo bailes y algún reservado con tus pies. Lo que hagan los clientes con ellos, será secreto entre ellos y tú; pero puedes imaginar que va a pasar viendo lo que ha pasado hoy. Trabajaras tanto como te pida para poder pagar la deuda así que en este mes tendrás que hacer muchas peticiones especiales. Después podrás hacer lo que quieras con tu vida. ¿Alguna duda?

    Había vuelto a la realidad. Había vuelto al punto donde su plan para no pagar se había dado la vuelta y ahora sería solo un objeto que un grupo de cerdos podrían usar. Esa tarde con Luís se lo habían demostrado dos veces. Sabía lo que tenía que responder, y lo que debía de responder.

    Esa misma noche, Ana fue a trabajar.

  • Un pecado deseable

    Un pecado deseable

    Sábado por la mañana, voy a la casa de mi abuela para irnos, veo al precioso guardia de seguridad parado fuera de la garita, me ve, y abre la puerta para que pase.

    -Buenos días vecina

    -Buenos días vecino -le dedico una sonrisa- ¿cómo está?

    -Bien gracias

    Sigo con mi camino por las escaleras y me topo con mi abuela en el pasillo.

    -Buenos días abuela, ¿cómo está?

    -Bien mijita y tu mamá?

    -Dijo que ya viene -se me ocurre que- así que esperemos junto con el guardia más seguro.

    -Ya pues vamos

    Ya abajo de nuevo, lo veo, es tan sexy, esos brazos fuertes, esa espalda, esas manos, son el collar perfecto, mientras habla con mi abuela no dejo de mirar sus ojos, uff esos hermosos ojos negros parece que te llevan al infierno con solo verte; es un día de invierno y aun así siento que quemo.

    Él encima de mí o yo encima de él, supongo que no importa siempre y cuando me haga gritar y…

    -Mija?

    -ah… mande Abuelita?

    -Parece que volaras, ¿en dónde andas hija mía?

    -Pues -miro al guardia- en el cielo abuelita, veo como llego -le envío una mirada coqueta.

    Gracias a dios nací mujer y no hombre, siendo tan caliente no sé qué haría.

    Dicho esto mi mamá llega y nos disponemos a irnos, en el momento que me voy el guardia extiende su mano y se despide de mí, la tomo y me entrega un papel con una nota, la guardo.

    Ya sin que nadie me vea lo abro y lo que leo me da aires de victoria:

    “Mañana a las 10 am en el centro comercial se puntual”

    Al día siguiente me doy una ducha me arreglo con una falda café, blusa escotada, pelo suelto (para que me lo jale), y botines. Hoy voy muy decidida, llego al lugar de encuentro 10 minutos antes y lo veo ahí sentado, pensativo, ay que sexy, cuando mi mirada lo atrae y me distingue entre la gente se levanta de la banqueta, cruza sus brazos. Llego hasta donde él y le suelto:

    -Uy que serio

    -No creí que vendrías, quería confirmarlo y veo que estaba en lo cierto

    -Y que pensabas? He?

    -Que quieres algo conmigo

    Analizo su mirada, otra vez así, intenso.

    -Deja de mirarme así, parece que me vas a llevar al mismísimo infierno.

    Acto seguido, muy rápido me toma de la cintura y me pega hacia él.

    -¿No quieres que te lleve?

    Ay dios mío me prendo.

    -Mejor llévame a tomar un helado

    – ¿qué? ¿Un helado? ¿En este frío?

    Pongo mis manos en sus mejillas.

    -Necesito apagar las llamas de mi interior bebe -le digo con un tono chistoso.

    -jajaja está bien vamos por un helado

    Vamos apegados, demasiado diría yo, su mano se hunde en mi cintura, tanto que me duele un poco.

    Llegamos a un buen sitio y nos sentamos

    -Bien -dice- ¿qué es lo que quieres conmigo?

    -No sé cómo decirlo, quiero… a ver espera un minuto

    Saco de mi bolso esfero y papel, escribo y se lo entrego.

    -Ja ya empezamos con las notitas?

    -Solo léelo

    Lo abre, su cara es una joya. Acerca su cara a la mía y susurra:

    -¿Sexo pasional?

    -Si

    Por dios su rostro es otro, esta asombrado, ahora él está en llamas.

    Nos dejan nuestros helados y comemos.

    -Qué edad tienes eh? No quiero ir a la cárcel

    -19

    Terminamos de comer en silencio, aunque su mirada decía bastante, salimos del centro comercial y nos vamos a un lugar más apartado.

    -De acuerdo ya lo pensé y está bien, tendremos sexo

    -Pasional

    -Tendremos sexo pasional, ¿por cuánto tiempo?

    -Pues hasta que nos cansemos

    Dicho esto afirma con la cabeza y agarrada de la mano me lleva con él.

    -¿A dónde vamos?

    -A la farmacia a comprar condones

    -No los necesitamos

    -Pues yo no quiero correr el riesgo

    -Soy estéril

    Me voltea a ver algo inseguro

    -¿No me estás mintiendo?

    -Yo tampoco quiero un bebé de un hombre casado lindura

    -Okey, confío en ti, vamos

    -Por cierto, querido, si no me haces gritar voy a tener que cobrarte -lo miro de reojo, creo que logre la motivación.

    Nos dirigimos al hotel más cercano, alquilamos una habitación, ya en ella empieza la acción.

    Ni bien estamos adentro, me agarra de la cintura con una mano y con la otra me toma del cuello, posa sus labios en los míos y me besa frenéticamente, me quita la falda mientras que yo le retiro su camiseta, nos quitamos los zapatos, baja sus labios a mi cuello, entonces le quito su cinturón, aflojo su pantalón, cae y lo patea a un lado, dirige sus manos por debajo de mi blusa y manosea mis senos, me la quita desesperado, con dificultad me retira el sujetador, las mira con lujuria, me toma en sus brazos y me lleva a la cama.

    -Espera un minuto -le digo- déjame verte bien

    -¿qué tienes?

    -Tus ojos arden

    -Ahora si te llevaré al infierno

    Unimos nuestros labios en un beso profundo cargado de pasión, sus manos me toman por doquier, siento su miembro endurecerse contra mi vagina, estoy ansiosa, espere esto mucho tiempo, desde que lo vi por primera vez me imaginé esto tan juntos y ardientes.

    Sus manos presionan contra mi cuerpo, se hunden en mi piel dejando su huella, se endereza un poco para poner su ya duro miembro en mi entrada, juega con mi clítoris, solo para desesperarme más y presiona contra mi lentamente, me estremece, me saca un gemido, se acomoda para empezar a bombear, vuelve a besarme, pongo mis manos en su espalda, no puedo evitar rasguñarlo con cada penetración, en realidad la fricción me está sacando de mis casillas, me posiciono mejor para recibirlo en mi interior.

    -Ah ah aah ahh, sí sí así no pares

    Sus ojos están a medio abrir, veo su mirada es intensa, está motivado a hacerme gritar, siento su pene llegar hasta mi útero, esta partiéndome en dos, las paredes de mi vagina se abren paso con cada golpe, sus bolas dan en mis nalgas y el sonido que hace es tan excitante, sus labios bajan a mi cuello para morderme, luego a mis senos, juguetea con ellos y les da un pequeño mordisco a cada uno.

    -Ah no puedo resistirlo

    Empieza a darme más duro, no es rápido pero si preciso

    -Ah ah ah aah, que rico

    -Gime, gime más- me dice acercándose a mi a cara

    -Aah aah aah

    Lo miro directamente a los ojos, adoro esto, me encanta, también comienza a agitarse, su aliento llega a mis labios, no duda y me besa otra vez, siento su mano en mi seno derecho, manoseándolo a su antojo.

    Mi cuerpo se tensa en un delicioso orgasmo. Este pecado es lo más delicioso, en un momento te estas quemando en el infierno y al otro estas en el cielo.

    -A aah aahaah -me disparo al paraíso, esta vez hundo más mis uñas en su espalda y sin querer lo rasguño, dejando mis marcas en su piel.

    Noto también el entumecimiento de su cuerpo; tuvimos un orgasmo al mismo tiempo, presiona sus labios contra los míos aún más, cuando siento que todo su semen fluye por mi vagina, retira su boca de la mía y descansa su cabeza en mi pecho.

    -a ah -estoy cansada, apenas me queda aliento para hablar

    -oye -dice- ¿así va a ser?

    -así… cómo?

    -así de… -toma aliento, respira un poco- intenso

    Lo miro fijamente a los ojos, llevo mi mano derecha a su cabeza y la acaricio

    -Sí, así va a ser

  • Me dejo follar en el cine por desconocidos

    Me dejo follar en el cine por desconocidos

    Respiro hondo e intento que las pulsaciones vuelvan a su ritmo habitual, aunque no lo creo posible.

    La situación me sobrepasa un poco, no sé si estoy lista para algo como esto y sin embargo me veo yendo hacia la taquilla y pidiendo una entrada.

    El hombre, de unos sesenta años, con un pitillo entre los labios me mira repasándome y alza una ceja.

    Tengo los pezones duros, el escote del vestido blanco es profundo y contrasta con mi piel morena. Sé que los ve. El tejido es tan vaporoso que se transparenta.

    —¿Solo una? —pregunta con la voz enronquecida por años de darle a la nicotina.

    —Sí —confirmo mordiéndome el labio inferior. Él asiente y termina por darme la entrada, cuando voy a pagar, con su mirada puesta en mis tetas, niega.

    —A esta sesión invita la casa. —Guardo el billete y murmuro un «gracias».

    La sala es pequeña, ubicada en un callejón exento de miradas curiosas, es lo que tienen las salas X, muchas han ido desapareciendo y las que quedan, relegadas a un plano al que pocos acuden.

    El cine es viejo, está poco cuidado y en cuanto entro en la sala me doy cuenta que las butacas tienen el mismo tiempo que el hombre de la entrada.

    Está a oscuras y se distinguen varias cabezas afincadas con una distancia prudente.

    Podría haberme sentado en la última fila, pero entonces no hubiera tenido gracia. Había venido hasta aquí por mí, para cumplir una fantasía, para demostrarme que era capaz de hacerlo porque sí, porque yo era dueña de mi propia sexualidad y si eso me excitaba quería realizarlo.

    Ocupé una de las plazas centrales y respiré intentando templar los nervios, cosa poco probable. Me recliné un poco en el asiento y saboreé mis labios resecos, esperando a que diera inicio la película.

    Ni siquiera me había preocupado en ver de qué iba, al fin y al cabo era porno, no se destacaba por el argumento.

    Noté un crujido a mis espaldas, alguien había ocupado el asiento que quedaba detrás de mí. Noté un movimiento a mi derecha, no quise mirar, estaba demasiado histérica como para hacerlo. Necesitaba una inyección de coraje para no levantarme y salir corriendo.

    Un hombre se acomodó en el asiento de al lado y un minuto después tenía otro en la butaca de la izquierda. Mi corazón se había desbocado, ahora sí que ya no iba a moverme.

    Miré mis muslos. Al sentarme había subido la falda adrede, tan cerca de mi sexo que era como asomarse a un precipicio. Estaba mojada, la situación me excitaba y negarlo era de hipócritas.

    Apreté con fuerza los reposabrazos cuando la piel del hombre de mi derecha me rozó el brazo. Iba en manga corta, mi vestido se abrochaba con un simple lazo en la nuca despejada. Me había recogido el pelo en una cola alta. Hacía calor, ¿o era yo quien sudaba?

    Los gemidos no tardaron en inundar los altavoces de la sala. En la pantalla una casada insatisfecha, a quien el lampista le estaba desatascando algo más que las tuberías de casa. Un clásico, un cliché que me erizó la piel cuando el hombre de mi izquierda pasó con sutilidad la yema del dedo por el lateral de la rodilla.

    Suspiré con fuerza. Seguía sin apartar los ojos de la pantalla cuando en la parte trasera de mi cuello noté un aleteo. El hombre que estaba detrás intentaba deshacerme la lazada.

    El aire se acababa de volver denso. Mi entrepierna un lago en el que bucear y me dolían los pechos de necesidad, cuando la prenda cayó como el telón de un teatro. No pude contener el jadeo al comprender que mis pechos estaban desnudos, expuestos y que las manos que tenía detrás bajaban por mi clavícula para enroscarse como una serpiente sobre mis pezones.

    Mis compañeros de butaca, al ver mi predisposición, no se quedaron quietos. El de la derecha tomó una de mis manos, la hizo descender por su abultado vientre y la internó en una bragueta más que dispuesta.

    Su miembro era corto, grueso y envuelto en vello crespo. Mi mano lo envolvió y se puso a frotar arriba y abajo, arrancando un gruñido de aceptación.

    El de la izquierda pasó a la acción, pasó de mi rodilla y metió la mano entre mis muslos gozando de la sorpresa. No llevaba bragas, solo me vestía la necesidad de mis pliegues húmedos.

    Sus dedos no eran suaves, más bien curtidos, de alguien que ha usado las manos durante años para trabajar. Frotó mi sexo, instándome a separar las piernas y cuando lo hice insertó los dedos sin remilgos. Jadeé con fuerza, la misma que él uso para perforarme y tratar de alcanzar mi útero.

    Los pellizcos de los pezones iban ganando intensidad. El aire era cada vez más escaso y cargado de sexo. Los gemidos de la pantalla se fusionaban con los míos propios y los de los pajilleros de la sala. Una de las manos abandonó mi pecho para liarse en mi coleta y tirar hacia atrás.

    Mi cuello se torció, mi culo resbaló un poco provocando que la falda terminara por encima de mi cintura, sin cubrir mi sexo recortado que estaba siendo manoseado por aquel desconocido.

    Unos ojos oscuros se cernieron sobre los míos. Aquel hombre no me sacaba muchos años, vestía traje. Supuse que se trataba de un ejecutivo agobiado que había entrado al cine necesitando cascársela para aliviar tensiones. Quizá una mujer demasiado convencional, quizá separado o de viaje de negocios. Fuera como fuere tenía los ojos cargados de necesidad y los huevos también.

    Me pellizcó el pezón con rudeza, separé los labios para gritar y vertió un escupitajo entre ellos. Su saliva en mi boca me hizo gemir. También los dedos rugosos que me taladraban el coño dando vueltas, follándome sin piedad, con clara intención de ver cuántos dedos sería capaz de albergar.

    Mi mano se había vuelto frenética. Pajeaba a aquella polla morcillona con total frenesí.

    No había imaginado que una experiencia así, siendo poseída por tres desconocidos me pudiera poner tan perra.

    El ejecutivo murmuró en mi oreja que no cerrara la boca. La mantuve abierta, recibiendo sus cañonazos de baba cada vez que reunía la saliva suficiente. Le dio por jugar a las canicas con mis rígidos pezones, golpeando uno y otro con ritmo constante. Me escocía, me hacía temblar y sentir necesidad de más.

    El tercer dedo se incrustó en mi coño. Y un orgasmo se fraguaba en mi bajo vientre, denso pesado, activo.

    Tragué cuando mi boca estuvo tan llena de saliva que no pude contenerla más. Me puso muy perra el sentirla bajando por el esófago y aquel hombre lo sabía. Me sonrió. Y lo relamí los restos que quedaron suspendidos en mi boca, gritando al notar un cuarto dedo abriéndose paso. El ejecutivo dejó de tirar de mi coleta, con esa mano coló sus cuatro dedos en mi boca para follarla igual que estaba pasando con mi coño. Yo que de pequeña me daban arcadas hasta el palito de madera del médico.

    Ahora no me pasaba. Solo quería ser usada, sentir todo lo que me estaban haciendo, sentirme muñeca liberada y que se corrieran usando mi cuerpo.

    El hombre que estaba pajeando temblaba, sus huevos prietos me alertaron del inminente orgasmo. Me quitó la mano de los pantalones, se subió a la butaca, se bajó la ropa y el ejecutivo me giró la cara para cambiar los dedos por aquella polla sedienta de descarga.

    Mamé, sin importarme que las canas de sus huevos fueran más largas que mis extensiones de pestañas. Chupé enterrando la nariz en ellas y dejé que me la follara sorbiendo cada embestida.

    Cinco, esos eran los dedos que me habían cabido de lo receptiva que estaba. Grité con el quinto, no te lo voy a negar, pero esa mezcla de dolor y placer, de saberme usada, me entusiasmaba.

    La descarga llegó sin aviso, inundándome la garganta de leche caliente recién ordeñada. Tragué bebí de aquel pozo de regusto amargo y me recreé en el aroma a pubis que no se duchaba desde la mañana, o quizá la noche anterior. No estaba muy segura.

    Ya no sentía a mi ejecutivo sosteniéndome, solo aquella mano ahondando en mi coño y la lefa goteante. Lo extrañaba, ¿Dónde estaba?

    No tardé en descubrirlo. Cuando acabé de limpiar la polla los dedos que colonizaban mi coño me abandonaron. Sentí la pérdida de inmediato. Intenté averiguar qué ocurría y entonces le vi. El hombre del traje en el pasillo, haciéndome una señal para que fuera hasta él.

    El de la butaca seguía subido recolocándose la ropa y el otro, al que le eché un vistazo y tenía pinta de mecánico de motos, por las manos manchadas y la pinta de conducir una Harley, me instó a levantarme.

    Lo hice, tragando duro y este me bajó el vestido abandonándolo en la butaca, para hacerme caminar desnuda hasta el trajeado.

    Muchos de los ojos que habían estado fijos en la pantalla, ahora lo estaban sobre mi cuerpo.

    Caminé con la barbilla alta, notando el peso de mis pechos al entrechocar, eran grandes pesados y naturales.

    Llegué al ejecutivo quien me recibió con una caricia en el rostro, una descorrida de labios con su pulgar y uno de sus escupitajos.

    —Traga —lo hice, pero eso ya lo sabes. Él sonrió—. Quédate de pie y separa las piernas. Las manos detrás de la nuca y abre los codos para que puedan admirarte las tetas.

    Ni siquiera titubeé. Me expuse. El mecánico se arrodilló por delante y el ejecutivo por detrás. Me abrieron el coño y el culo y se pusieron a comérmelos a la vez. Chillé. Joder, si chillé, llegué a dudar si las piernas me sostendrían.

    Los pajilleros se pusieron a rodearnos para contemplar el espectáculo de porno en vivo. Los más osados llenaron mi cuerpo de caricias, pellizcos, lamidas y mordidas.

    Me dio igual su edad, físico o condición social. Aquello era lo que quería, ni en mis mejores sueños podría haber sido tan perfecto. Estaba en mitad de un holocausto zombie en el cual no se comían cerebros, sino mi cuerpo.

    Iba a correrme, cada terminación nerviosa de mi cuerpo lo anunciaba y cuando llegó el clímax lo hizo con las lenguas de mis amantes desconocidos rebañándome los agujeros y varios pares de manos retozando sobre mi cuerpo.

    Sin que los últimos coletazos me abandonaran un muchacho joven se tumbó en el suelo, me instaron a montarlo, a joderlo, mientras el ejecutivo encajaba, a su vez, su polla en mi culo y el mecánico en mi boca.

    Follé, me dejé follar y supliqué a todos los presentes que me llenaran con todo aquello que quisieran ofrecerme.

    Me moví empalada por todos mis agujeros, siendo manoseada, recibiendo descargas de semen en todo mi cuerpo. Me sentí venerada, usada, diosa del sexo, libre en mitad de una sala mugrienta, convirtiéndome en animal de deseo, codiciado trofeo.

    Grité y aullé en cada uno de mis orgasmos, festejé cada vez que recibía una muestra de afecto en forma de baño blanco o gruñido inquieto.

    Saboreé las corridas, limpie cada uno de los restos y cuando la película terminó, me sentí colmada por primera vez en mucho tiempo.

    Recogí mi vestido y abandoné la sala con una sonrisa en los labios, y rezumando semen por todos mis agujeros.

    Espero que os haya gustado el relato. Espero vuestros comentarios.

  • El regalo: Un antes y un después (Decimotercera parte)

    El regalo: Un antes y un después (Decimotercera parte)

    —Silvia tesoro, mira este vestido. ¡Vamos niña! Pruébatelo, debes renovar esos trajes viejos para que luzcas radiante la otra semana en Turín. —Magdalena me mostraba un vestido veraniego de corte en X, cuello redondo, largo a media pierna y de mangas tres cuartos con un estampado floral y delicado drapeado, colocado en un maniquí tras el cristal de un gran almacén, en el centro comercial.

    Recuerdo haber marcado dos veces seguidas al teléfono de Rodrigo para avisarle que iba a salir a vitrinear con las chicas de la oficina y me demoraría un poco. Además que los niños se quedarían con mi mama esa noche pues al día siguiente en el colegio, los maestros tendrían una reunión. Pero mi esposo no me contestó. Tal vez estaba ocupado atendiendo algún cliente, así que le dejé el mensaje en el buzón.

    —Hermoso en verdad, pero… ¡Por Dios! mira lo que cuesta. ¡Imposible por ahora! Y además aún no lo tengo decidido. Esta noche hablaré con Rodrigo sobre eso. —Le comenté a mis dos compañeras, mientras seguíamos curioseando las vitrinas en los locales contiguos.

    —Bueno pero es una gran oportunidad para ti. —De repente, Amanda tomó la vocería en aquella tarde de chicas, para exponer sus pensamientos.

    —¿En serio crees que tu esposo con lo enamorado que esta de ti, te va a negar la oportunidad de viajar? Seria todo un troglodita si obstaculiza tu desarrollo profesional y después de cruzar unas palabras con tu esposo el otro día, no me lo parece. Silvia, corazón… No puedes por ningún motivo dejar de asistir a esa inauguración. Igual «el ogro» te acompañará y no te dejará sola desamparada por allí. —Amanda no tenía idea de que precisamente, ese viaje en compañía de mí jefe, era el real inconveniente. No estaría desamparada por el efectivamente, sino todo lo contrario. ¡Perseguida!

    —Lo sé bien, muchachas. Es importante para mí y como bien dices, Rodrigo no es el problema. Mis niños me necesitan y… —No, no, no. Silvia, –me interrumpió Magdalena– los chicos se pueden quedar al cuidado de tu madre, igual no te vas a demorar, serian dos o tres días por mucho. —¡Qué! ¿Tres días? ¿Quién te dijo que serían tantos? ¡Tú qué sabes Magdalena! —Le pregunté, tomándola del brazo.

    —Nada mujer, solo conjeturo, jajaja. Es que a ver, ten en cuenta que es una inauguración y como tal, habrán grandes anuncios, bastantes brindis, música y después alguna salida para conocer la ciudad. Y al otro día seguramente acompañar al «ogro» en alguna reunión. O solo quedarte a descansar en el hotel, corazón. Pero un pajarito me contó, que estos italianos son muy dados a los grandes eventos y a promocionar por todo lo alto sus nuevas actividades, y tú Silvia querida, debes ir pensando en aprovechar tus conocimientos y las oportunidades, pensando en tu posible ascenso. ¡Vamos tesoro! que se escuchan rumores en el piso superior, ya sabes que allí se mueven los hilos de esta compañía y algo se puede oír, si sabes pegar la oreja detrás de las delgadas paredes. ¡Jajaja! —Y es que Magdalena era muy amiga de las compañeras que trabajaban para la dirección general, así que si ella decía aquello, era porque se lo habrían comentado.

    —Me parece que estamos ensillando el burro antes de tener la enjalma, les respondí. —Si eso es correcto querida, pero también dicen por ahí que cuando el rio suena… —Me respondió Magdalena con una sonrisa pícara en su rostro.

    —Por ahora, vamos a la peluquería que necesito con carácter urgente una «despuntadita» y de paso arreglarme las uñas de los pies, que estoy deseando que Rodrigo me los bese, los acaricie y los ponga luego sobre sus hombros. ¡Jejeje! —Finalicé, tomándolas a ambas por los brazos y arrastrándolas junto a mí, por el pasillo del centro comercial.

    —Buenas, buenas. ¿Será que en este «cuchitril», sirven buena cerveza y preferiblemente fría? ¡Jajaja! —Por supuesto. El caballero la quiere para beber aquí o si gusta… ¡Se la echo encima! para que pueda llevarla puesta. —Que graciosa Larita, excelente apunte, déjame tomo nota. Tú, cada día que pasa, más amable y hermosa. ¡Ehhh! Creo que mejor me la bebo aquí sentadito. Le respondí mientras le daba un beso en su mejilla.

    —Rocky, no traes buena cara. ¿Mal día? —Pues Larita, para que te digo que no, si sí. A veces uno no sabe qué hacer. ¿Por qué a veces la vida te pone contra las cuerdas y no parece haber nadie en tu esquina para lanzar la toalla? —Haber corazón, primero que todo. Ves por acá, –me decía aquella noche Lara, girándose 180 grados y señalando con sus dedos índices hacia el techo del local– algún letrero que diga… ¡Se dan consejos gratis!

    Negué con mi cabeza pero mantuve mis ojos fijos en los suyos y en mi rostro dibujada una leve sonrisa. Definitivamente esa noche, ella estaba de buen humor. —No, ¿cierto? —Me contestó mi graciosa amiga, sirviéndome un tercio de espumosa Mahou y en una pequeña bandeja, algunas rodajas de limón.

    —Y en segundo lugar Rocky, tú no eres hombre para dar la espalda a los problemas. Nos conocemos hace poco tiempo, pero siempre he visto en ti, a un hombre decidido y dispuesto a enfrentarse a lo que se venga. ¡Vamos mi niño! Tirar la toalla no es una opción para ti. Anda bebe con calma tu cerveza y dale la vuelta a la tortilla, sacude tus neuronas y piensa como solucionarlo. ¡Ahhh! Por cierto tesoro, ya que hablamos de tirar cosas, ¿Dónde mierdas has dejado a tu mujer?

    —¿Silvia? ¡Carajo! Pues Larita, no la he llamado. ¡Si lo ves! Qué haría yo sin ti. Eres la voz de la razón y mi conciencia, eres mi sensei cósmica. ¡Por eso es que te admiro! —Acerqué mis manos hasta alcanzar su cara y la atraje hacia mí y le planté un beso en su frente, –¡Muakkk!– aunque se me resistió en un principio. Y luego salí a la calle, cerveza en mano y mi teléfono móvil pegado a mi oreja.

    —¿Sí? ¿Buenas?… ¡Señorita es para un domicilio!

    —Claro caballero. ¿Qué va a pedir? —Ehh, lo mismo de siempre. Respondí.

    —Disculpe señor, pero hoy es mi primer día aquí y no le conozco sus gustos. ¿Podría ser más específico con el menú que desea? —Por supuesto. ¿Cómo estamos de pechugas?–. Le dije yo.

    —¡Pues no he tenido quejas con eso. ¡Las tengo tiernas y calienticas! ¿Le provocaría un par al señor? —Claro que sí, y adicionalmente… ¿Qué tal andamos de perniles? —Se los tengo carnuditos y adicionalmente vienen con su respectiva rabadilla. ¿Le gustaría al caballero una o dos raciones? —Me respondió.

    —Si señorita, me conformaría con dos y por supuesto que me encantaría probárselos. ¿Y de postre señorita?… ¿Qué me puede ofrecer? —Déjeme reviso el menú, señor… Humm, nos queda un postre de duraznos en almíbar, partidos a la mitad. ¿Le provoca un poco? —¡Pero por supuesto! Le confirmé.

    —¿Y se demorará el envío? Estoy como hambriento, señorita. Aquí entre nosotros, en mi casa últimamente me han tenido a dieta. —¡Pero qué maldad! Puede ser entregado en veinte minutos, ¿le parece bien? Ahh y disculpe el caballero… ¿Cómo piensa cancelar? ¿Con chorizo o salchichón? —Pues señorita ahora mismo tengo el chorizo escaso por lo tanto será mejor… ¡Cancelarle con salchichón! —Y nos echamos a reír los dos.

    —¡Jajaja!, Te amo loco mío. Oye mi amor, aquí estoy saliendo con Amanda y Magdalena del centro comercial. Y ni te alcanzas a imaginar las caras que traen por nuestra pequeña conversación. ¿Dónde estás cielo? —Me preguntó.

    —Aquí haciéndole a Lara una visita de médico en el bar. Necesitaba una refrescante cerveza fría. —Le respondí.

    —Claro, por supuesto. Aprovechas que hoy es jueves de chicas para irte al bar a mirarle las tetas a la cantinera y sabe Dios a cuantas más. ¡Genial! —Te equivocas en eso mi vida. Primero, la tabernera hoy está más tapada que culo de muñeca y segundo, no he visto mucho «material» desfilando esta noche en el bar.

    —Ok. Cielo una pregunta y no es por cambiar el tema… ¿Y los niños como están mi amor?

    —Hummm, Rodrigo del Santísimo Señor de Monserrate y Cárdenas… ¡Tú como siempre tan despistado! Solo revisa el buzón de mensajes. Obviamente ellos están bien con la abuela sobreprotectora. —Me respondió burlona.

    —¿Y cómo te fue hoy en la oficina? Silvia María de las adoratrices del sagradísimo miembro. ¿Qué sorpresitas adicionales me tienes? —Le pregunté a Silvia, tratando de averiguar detalles, sin parecer tan obvio.

    —Ya sabes, lo normal. La sorpresita te la comento en casa. Por lo demás, todo bajo control. Salimos un poco antes hoy con las muchachas, para mirar vitrinas, probar zapatos y vestidos que por supuesto no íbamos a comprar y luego una pasadita por la peluquería para uno que otro retoque de latonería y pintura. Nada más mi cielo. Ya salgo para allá. Te espero en casa mi amor, estoy muerta con estos tacones. Por cierto, me saludas a todos por allá. Y apúrate… ¡Voy a pedir pizza! —Me respondió con total naturalidad.

    —Espera Cielo, entonces… ¿Esta noche vamos a poder jugar a que si te atrapo te cómo? y luego a… ¿Dormir entrepiernados? —Le pregunté.

    —Ohhh, mi vida aún me está bajando, creo que tocará que te consueles solo con una chupadita. Lo siento. —Hummm, Vaya que poca imaginación tienes. Si los niños no están, podríamos tomar una ducha juntos y te aseguro que podríamos conseguir algo más que una mamadita.

    —Jajaja, lo miramos más tarde. Te amo. No te demores. Bye. —Chao, chao mi vida, me tomo la última y en un rato llego–. Y al terminar la llamada un comentario a mi espalda me sobresaltó.

    —Pufff, con tanta dulzura entre ustedes dos, se me ha alterado la presión arterial y creo que de solo escucharte, ya he subido dos o tres kilos. —¡Dios mío! Lara, que susto. No te sentí llegar, por poco y me causas un síncope cardíaco.

    —¡Jajaja! Rocky eres muy exagerado. La verdad es que me antojaste de una cerveza acompañada de un cigarrillo. Aprovecho que hoy hay poca clientela. —Y mi preciosa amiga, me entregó el siguiente tercio de Mahou clásica y yo le ofrecí un Marlboro rojo.

    —Se ve que las cosas en el paraíso marchan a la perfección. —Me dijo recostándose contra el filo de la puerta, dando la primera calada a su cigarrillo y el segundo sorbo a su botella.

    —Pues la verdad preciosa, entre el final del mes anterior y el comienzo de este, todo ha dado un giro y me la he pasado esquivando la serpiente, para que no me inyecte su veneno. Y de paso, pendiente de que mi Eva no decida morder la manzana. —Y ella me miró extrañada de aquella confesión.

    —¿Hay otro? ¿De dónde salió? —De su oficina. Le respondí y luego complemente la información. —La tentación la tiene metida precisamente entre aquellas cuatro paredes.

    —Pero Rocky, yo la he visto completamente enamorada de ti. ¿No estarás exagerando las cosas? —Ya me reconoció que hubo algo, y tanto tú como yo sabemos que cuando pruebas una vez y te gusta, suele suceder que continúes con la siguiente mordida. No lo sé corazón, Silvia me jura que fue un error y que no volverá a pasar. Dice que me ama con locura y me pide que crea en ella. Y quiero… ¡Deseo creerle! No es que desconfíe del todo de Silvia, tesoro. Es solo que parece existir una confabulación entre el tarot y las doce casas del zodiaco para hacerla pecar. Digamos que nos estamos esforzando por evitar echarlo a perder. Pero la verdad es que hemos estado tentados por todas partes. ¿Y este corazoncito tuyo cómo va? —Le pregunté

    —Ayyy mi niño, ni preguntes. Sola, soñando como siempre con tener una mínima posibilidad. Me gusta engañarme ya que no tengo quien lo haga personalmente. ¡Jajaja! Pero bueno Rocky, al menos ustedes tiene algo porque luchar, yo en cambio aquí en mi rutina, me hago videos creyendo en una futura posibilidad, que se esfuma a cada hora. Noche y día. Pero sinceramente Rocky, ese amor tan soñado, escasea.

    —Tesoro… ¿Quieres otra? —Me preguntó al ver que daba el último sorbo para luego lanzar la colilla unos metros más allá.

    —Gracias, tu tan divina. Pero no. Trabajo mañana y quiero estar al cien por cien. Hoy me han traicionado y me han robado un cliente en mis narices. Y por otra parte, buscando soluciones y respuestas, me han clavado en el pecho más incógnitas que me tienen al borde de la locura. —Lara me observó para luego acariciar mi mejilla. Tenía su mano fría, sentí pena por su asumida soledad.

    —Soy un idiota por confiar en las mujeres. —Ella me dio un pellizco en el brazo y luego me jaló de la oreja–. Por eso debo arrancar mañana con más ganas y continuar como siempre, trabajando como lo sé hacer mejor. ¡Solo! Ten, preciosa, quédate estos cigarrillos y guarda para ti el cambio. —Y la abracé con profundo cariño, besé su frente, posteriormente las dos mejillas y marché.

    —¡Pufff! Pero que conversación tan pornográficamente sexy, Silvia. ¿Así eres siempre mujer? —Me dijo un tanto sorprendida Amanda–. ¿Si lo vez, Magda? Deberías aprender un poquito de Silvia, a ver si así le metes caña a tu insulso matrimonio.

    —¡Vaya, vaya con la mosquita muerta! «Quien ve el pollito y lo que pía». ¡Jejeje! —Respondió de inmediato Magdalena, pasando su brazo por encima de mis hombros y apretujándome contra ella con firmeza.

    —Hummm, chicas… Algo le sucede a Rodrigo. —Les comenté.

    —Pues claro mujer, que te quiere comer esta noche, así que prepárate. —Interpeló con seguridad Amanda.

    —No es eso mujer. A ver, conozco demasiado a mi marido y cuando está nervioso o preocupado, se le sale la vena morbosa para distraer la atención. Es eso o… ¡Se trae algo entre manos!

    —Sí, sí. ¡Claro cómo no! Es obvio Silvia, lo tienes aguantando por culpa de tu periodo y ya sabemos que los hombres no soportan mucho en abstinencia. ¡Recuerda eso! Se desesperan y se trepan por las paredes si no desfogan toda su testosterona. Ni modo tesoro, te toca sacrificarte esta noche. Así que si tu conchita está en mantenimiento, pégale una buena mamada, te tragas toda su leche y luego dejas que se duerma, entretenido chupándote las tetas. —¡Buaghh! Magda, ¡Por Dios! Cómo eres de rústica para hablar. Mejor me voy ya. Gracias por la compañía muchachas. Mañana nos vemos. Feliz noche. —Y nos separamos, yo fui caminando pues estaba a pocas calles del piso.

    Nada más llegar a mi hogar y descolgar abrigo y bolso, tomé el móvil para pedir la pizza mediana de salami y relleno de ricota, que tanto nos encantaba. Fui hasta el refrigerador y tomé del Six-Pack que quedaba, una lata de cerveza. Llamé a mi madre y hablé con mis hijos mientras descalza en la habitación, me desvestía, para ponerme cómoda, enrollándome la toalla y en espera de la llegada de mí esposo.

    Unos veinte minutos después, con el gorro de baño puesto, para no estropear mi nuevo peinado, llamaron por el interfono desde la portería para avisarme de la llegada del pedido. ¡Y yo en toalla! Fuera gorro, toalla al piso y apresurada, busqué mi pijama rosada de Hello Kitty, para afanarme en ir a recibir al domiciliario. Pero de repente se abrió la puerta y el domiciliario no era otro más que mí amado esposo.

    —¡Hola mi amor! —Me saludó y dándome un beso en la boca, dejó la caja sobre el comedor y una botella de Fanta. —¡Pero qué servicio tan eficiente–. Dije yo, dándole un cariñoso pellizco en sus nalgas. —Ya lo ves. Me encontré al muchacho abajo y pues para que hacerle perder el tiempo. Por cierto mi vida, estas espectacular. Con ese corte de cabello y el peinado, deslumbras aún más. ¿Eres mi preciosa lo sabias?

    —¡Te amo mucho! ¿Si quedé bien? Me decidí por recortarlo un poco, tenía las puntas quemadas y algo de horquilla. Ummm, mi cielo, estoy cansada y hambrienta. ¿Tú no? le pregunté a Rodrigo, quien estaba alistando los platos y los vasos, para luego acomodarlos en la mesa. Yo me hice cargo de repartir los trozos y servir las bebidas. —Sí, claro. Yo también, y muchas ganas de ese postre del que me hablaste. —Me respondió risueño.

    —Y bueno mi vida. ¿Qué sucede? ¿Te pasó algo no es así? —Ahhh, cosas del trabajo mi cielo. Una señora, cliente mío que puso a cargo de las compras a su egocéntrico hijo y ese hijo de su grandísima madre, me sacó del llavero.

    —Lo siento. Pero bueno, ya llegará otro no te preocupes. —Silvia, lo que sucede es que Paola estaba allí, con ellos en una reunión.

    —¿Tu nueva compañera? ¿La que tienes bajo tu cargo? —La misma que canta y baila. Al parecer es la novia de ese joven y por supuesto, pelo de cuca jala más que guaya de acero. Ni modos. Pero me supo mal y me amargó la tarde.

    —Te entiendo, le dije yo acariciando su mano. ¿Y te sientes traicionado por tu alumna? —La verdad, se siente parecido. ¡Bahh! Ya pasará Silvia.

    —Mi vida, necesito saber si me vas a dejar viajar la otra semana. Si confías en mí, porque de lo contrario buscaré la manera de no ir. —Pues cielo ya te dije que no voy a obstaculizar tu camino, no soy tu dueño mi amor. Tampoco eres mi esclava. Ya somos adultos Silvia. Mira a tu alrededor mi vida. No tenemos mucho, es verdad, pero lo poco o lo mucho, todo esto lo hemos conseguido entre los dos. Por los niños no te preocupes que por un día que estés fuera, solicito permiso a mi jefe y me hago cargo de ellos.

    ¡Pufff! suspiré. Dejé sobre el plato la última parte de mi pizza y me levanté. Me acerqué hasta mi esposo, tomé entre mis manos su cara y atraje hacia mi pecho su cabeza. Las pulsaciones de mi corazón estaban ya aceleradas por lo que iba a contarle y que no sabía cómo lo iría a tomar. No era un día como él lo suponía.

    —Te amo precioso mío. Eres un hombre maravilloso, un buen esposo y un padre ejemplar. No necesito nada más en mi vida. —Mi esposo rodeó mi cintura con su brazo y me hizo a la fuerza sentarme sobre sus piernas.

    —Hoy me enteré de que corre el rumor por los pasillos de que probablemente sean dos días, a lo sumo tres. Ahh y una probabilidad de ascenso. Bueno al menos eso le contaron a Magdalena, sus amigas, las secretarias de la planta directiva en el piso superior. —Y me sentí elevarme entre los brazos fuertes de mi esposo. Se puso en pie conmigo alzada, me besó y nos dirigimos hacia nuestra alcoba. Allí me deposito con dulzura sobre la cama y entre nuestros varios besos apasionados, sus manos calmadas y precisas retirando cada pieza de mi pijama y yo en espera de su respuesta silenciada por el arrebato de nuestro deseo, colaboré en todo para quedar casi desnuda ante mi esposo y luego yo le advertí que lo esperaba en el baño y bajo la ducha.

    Me coloqué el gorro de baño, para luego retirar mis cómodas bragas y abrir los grifos combinando la fría con la caliente hasta lograr una agradable temperatura. Enjaboné mi cuerpo, aseándome concienzudamente el interior de mi vagina, en espera de ser acariciada por las manos de mi esposo.

    Aún tenía jabón en mi rostro por lo que mantenía mis ojos cerrados, cuando sentí a mi marido acariciar lentamente mi espalda. Luego retiró de las mías la espumosa esponja para desde mi cuello empezar a frotar con suavidad y la necesaria firmeza, mis hombros, la zona cervical, deslizándola lentamente por mis omoplatos y la zona dorsal de la parte baja de mi espalda. Se entretuvo bastante allí para luego abrazándome, compartir así la lluvia tibia de la regadera. Por delante pasó la esponja por cada uno de mis senos, enjabonando primero uno sin dejar de ejercer presión en el otro con su mano libre, rodeando con un pulgar mi pezón y luego intercambiar aquellas cariñosas caricias hacia el otro. Decidí abandonarme a aquel relajador momento, estirando mis brazos hasta apoyar mis manos sobre la pared frontal, dándole a Rodrigo plena libertad de movimiento sobre cada parte de mi cuerpo.

    Besaba el lateral de mi cuello y mordía delicadamente el lóbulo de mi oreja derecha. Yo estaba sumida en un placentero letargo, mis ojos cerrados y mis sentidos, todos puestos en el recorrido de sus labios por mi cuello y su lengua provocando leves cosquillas en el interior de mi oído. Podía sentir el roce suave de sus manos bajar de mis senos hacia el abdomen, un dedo suyo hurgando en la «O» de mi ombligo y la calidez de su pecho palpitante contra la parte alta de mi espalda. Obviamente yo acariciaba con las mías echadas hacia atrás, lo que podía yo abarcar de la redondez de sus nalgas, apretándolas un poco, rasguñándolas con imperioso deseo de ser tomada y sintiendo la presión constante de su endurecida verga contra mi cintura y el comienzo de mis glúteos.

    Luego Rodrigo se apartó un poco de mí, frotando mis nalgas, haciendo círculos sobre ellas para pasar la esponja por los costados de mis caderas y la parte alta de mis muslos, para luego deslizar entre espumas y burbujas por delante, su mano sobre mi monte de venus, creando trazos con sus dedos enjabonados, libres e inquietos, dibujando líneas imaginarias entre los largos vellos de mi pubis, subiendo un poco, bajando bastante hasta meter uno de ellos por la hendidura de mi caliente y ya húmedo coñito.

    —¡Aghhh! Mi vida que delicia. Me tienes completamente relajada y ardiendo de deseo. ¡Te amo! Te amo mucho mi cielo. —Le dije mientras que Rodrigo ya bajaba sus manos rodeando los muslos de mis piernas, por delante un poco, por detrás bastante. Llegó a ponerse de rodillas sobre los cuadritos verdes, crema y azules de la cerámica del piso de la ducha, para frotar con ternura mis pies, dedo a dedo, desde el pequeño hasta el gordo, posteriormente el empeine y luego, juguetonamente las plantas de mis pies, causando con ello nuestras risas y mi desesperada pataleta, con mis pronunciados… ¡No, no, no! de niña chiquita, obviamente ignorados por los dedos de mi amado torturador.

    —Me hacía tanta falta esto Silvia. Sentirte así, entregada y dispuesta. Tan completamente mía. ¡Te adoro vida mía! Eres todo lo que necesito para vivir. —Me dijo muy cerca de mi oído. Susurrantes palabras llenas de un amor tan perenne en mi marido, desde el primer momento que me vio, siendo aún la novia de su mejor amigo.

    Correspondiendo a aquella declaración de amor tan sublime, empujé mis nalgas hacia atrás, tomando con mi mano derecha su pene erguido, y facilitado el movimiento por el líquido jabón, se lo froté desde la base hasta la extremidad de su recta verga, bajando de nuevo, ascendiendo unos segundos después, en un semi circulo con tres de mis dedos por la parte anterior de su palpitante tronco y mi pulgar acariciando la circunferencia de su glande. Y luego lo dirigí hasta la entrada de mi vulva, apartando con la punta, los pliegues de mis labios, rozando un poco mi erecto clítoris, porque en serio lo necesitaba sentir dentro de mí. Pero Rodrigo no pensaba de similar manera.

    —Aun no mi cielo, me dijo él. —Espera un poco, quiero hacerte correr primero con mis dedos.

    Y buscó mi orificio. Pronto uno de ellos profanó la abertura, introduciéndolo un poco, para luego retirarlo y ya fueron dos los que sentí cruzar aquel íntimo umbral. Delante, firme pero delicado, hacia atrás suave y ya lubricados, empecé a jadear. Imprimió más velocidad a la vez que abría yo las piernas lo que más podía para facilitarle la penetración de sus dedos. Me tenía a punto de alcanzar el orgasmo, pero se detuvo. Los retiro de mi interior. Abrió la corredera de cristal de la ducha y se sentó sobre la tapa del retrete y hasta allí me llevó de espaldas para hacerme reposar sobre sus piernas.

    Abrazada a él, sentí sus dos manos en la parte interior de mis muslos, apartando mis piernas. Luego de nuevo sus dedos, tres, lo recuerdo bien pues los vi en primera fila. Su índice, el dedo medio y el anular se perdieron de nuevo dentro de mi lubricado chochito. Y empezó la lucha aquella de querer cerrar mis piernas debido a las ráfagas de eléctricas sensaciones en mi vagina, y de igual manera el de abrirme lo más posible para dejarme morir de gusto, por el frenético entrar y salir de sus dedos, hasta que en un instante me llegó entre espasmos y alaridos, la necesidad de orinar y se lo hice saber.

    —Oughhh, mi vidaaa, ¡ufff!… sino te detienes me… ¡Aghhh! me voy a mear.

    Pero poseído por el poder del goce que me otorgaba, completamente suya en aquella posición, su dedo pulgar alcanzó de improviso mi lubricado botoncito del placer y circulando suavemente con leve presión sobre él, ardió Roma. Me vine entre gritos y movimientos involuntarios de mis caderas, levantando mi cintura, ofreciendo la completa abertura de mi vulva a los intrusos dedos que me causaban tan inefable sensación.

    Fue un orgasmo largo e increíble, ojos entrecerrados, mis labios resecos y con mi boca abierta, tanto como mis muslos y mis manos aferradas a las piernas de Rodrigo, estremecimiento en mi vientre, calor intenso en mis pechos endurecidos, músculos tensos en mi vulva y luego la inmediata relajación de los mismos, lanzando con fuerza aquel liquido casi translucido, chorros de inusitado placer que terminó estrellándose contra la blanca cerámica de la pared una parte y salpicando la división de cristal, otro chorro adicional.

    Desmayada, desmadejada por las ganas disipadas, me dejé caer sobre el pecho de mi marido. Agitada aún voltee mi cabeza buscando la humedad de su lengua. Recibió la mía con agrado y avidez. Me giré en un rápido movimiento y sin dudarlo un instante tomé su gruesa picha completamente tiesa y me fui clavando lentamente sobre ella. No, no lo dejé mover, fui yo el jinete, la amazona elegida para domar el corcel que se alojaba candente y vigoroso en mi interior. Éxtasis, calor.

    Gemidos suyos y míos, concordantes con los eróticos sonidos provenientes de nuestros fluidos lubricantes, acrecentando nuestras placenteras sensaciones. Gotas de vapor en el espejo delante de mí, perlas de sudor resbalando en la frente de mi esposo. Su boca escapando de mis labios para morder a placer mis pezones, chuparlos, jalarlos y luego humectarlos con la punta de su lengua, circulando libre y ansiosa alrededor de mis rosadas aureolas.

    ¿Cuánto tiempo? No, no hay cronómetro que pueda tomar esa medida. No hubo reloj para contabilizar las veces que subí y bajé, tantas las veces que me empalé. Un orgasmo inicial, dos o tres corticos posteriores, pero en inacabado aumento, previendo el gran final. Sentí como temblaban sus piernas, la expansión de su pecho al jadear, y como empujaba con fuerza como si me quisiera atravesar con la rigidez de su pene a punto de explotar dentro de mí.

    —Ya casi mi vida, aguanta un poco más. —Le dije yo a un Rodrigo extasiado y agitado, qué frunciendo el ceño, aspiraba toneladas de aire, totalmente colorado, al igual que yo. ¡Yaaaa!… ¡Siiiií! Alcancé a balbucear y sentí la potencia de su pene, bombear con gran presión, los chorros de su esperma, golpeando atropelladamente las paredes de mi vagina.

    Y felizmente rendida, sudorosa, con mis ojos ya cerrados sintiendo el latir de mi corazón en mis sienes, flotaba yo en esa tensa calma posterior al orgasmo alcanzado y sin saberlo ni anticiparlo, precediendo al próximo temporal. Apoyé mi mentón sobre su sudada frente, encantada y dichosa de amarlo tanto y dejarme adorar. Fue máximo aquel íntimo momento. Hasta que los dos escuchamos el sonido de una llamada proveniente de mi teléfono móvil.

    ¡Mierda, lo había olvidado! Mi jefe que quería esa noche, volverme a ver.

    —¿Quién putas será a estas horas? —Me preguntó mi aún agitado esposo. Ni modo, lo había prometido. Cero mentiras. —Es don Hugo, mi amor–. Le confesé.

    —Y ahora… ¿Qué quiere tu jefecito? ¿Se le habrá caído el pañal? —Me dijo un tanto molesto.

    —Cielo, es que le pedí que habláramos a esta hora para poder averiguar con él, sobre el viaje de la próxima semana. Necesito confirmar si es cierto eso de los dos o tres días de estadía en Turín. Y además, muero por conocer si anoche solucionó algo con su esposa. Quiero quitármelo de encima. ¿Me entiendes? —Rodrigo no puso buena cara pero me ayudó a incorporarme y me alcanzó varias toallitas humectantes para limpiarme, pues fue su corrida tan abundante que ya empezaba a gotear.

    —Está bien, contéstale. Pero mi cielo hazlo rápido porque esto apenas comienza, vamos por el primer round. Ya que empecé, voy a terminar de darme una ducha. —Y me besó. Yo me sonreí, mientras mi mano acariciaba su mentón.

    Tomé del gabinete un tampón y me lo introduje. Ya quedaba poco para que se me pasara el periodo. Luego una coqueta braguita negra de encaje, que Rodrigo me había regalado un mes atrás. Del perchero colgaba mi bata de baño, alcanzándola, me envolví en ella. Me acordé del gorro de baño que aún permanecía cubriendo mis cabellos y lo retiré con premura. Di una ligera pasada a mi nuevo peinado con el cepillo de cerdas naturales y teléfono en mano, salí del baño hacia la alcoba e inicie la videollamada.

    —Hola jefe buenas noches, disculpe no contestarle antes pero estaba en la ducha. ¿Cómo está todo?

    —Buenas noches Silvia, no te preocupes, yo acabo de llegar al hotel después de cenar con la directora de la oficina aquí en Londres. Llueve bastante a esta hora. Oye… Está algo oscuro y no te puedo ver bien.

    —Ahhh, espere un momento. Y salí de mi alcoba, cruzando el pasillo para llegar a la sala. —¿Mejor?

    —Muchísimo. Quedaste preciosa. Sin embargo pensé que el cambio sería más extremo.

    —¿Extremo? ¿Cómo así? —Le respondí intrigada.

    —No es nada, solo que supuse que cambiarias el color de tu cabello. Pero así estas bien, me encantas y lo sabes. —Jefe por favor. Agradezco sus halagos pero no vamos a empezar ahora. Mejor, ¿cuénteme como esta todo por allá? ¿Qué tal el viaje? ¿Los traslados fueron puntuales? ¿El hotel? ¿Me lo están atendiendo bien? De lo contrario puedo contratar a otro, de hecho queda más cerca de las oficinas.

    —No, tranquila Silvia. Perfecto todo como siempre. ¿Algo que comentar de allá? —Por acá todo en orden jefe, solo que… No sé si será imprudente de mi parte preguntarle a usted pero…

    —Vamos Silvia, sabes que entre nosotros existe la suficiente confianza. Dime que piensas. ¿Qué te sucede? —Pues don Hugo, es con respecto al viaje a Turín. Estoy nerviosa y…

    —¿Tu esposo está poniéndote pegas? ¿Se molestó contigo? —Esa pregunta seguramente fue honesta, pero disparó en mi las alarmas de que mi jefe, intentara encontrar alguna fisura en mi matrimonio, por la cual pudiera escabullirse él.

    —No señor, para nada. Mi esposo confía en mí y me apoya. El siempre desea mi bienestar. —Qué bueno, pensamos igual. —Sonriente me contestó–. Silvia con respecto a eso ya te había comentado, pero por lo visto no estabas tan concentrada en nuestra conversación. —Me respondió y me acordé que la noche anterior estuve más pendiente de escuchar a mi esposo hablando con su nueva compañera que en la charla que sostenía con mi jefe.

    —En serio jefe. Discúlpeme. Me podría confirmar entonces… ¿Para cuándo seria el viaje y así poder hacer las reservas de vuelos y mirar los hoteles cercanos? —No me dijo nada, caminó hacia delante, como acercándose más a mí–. Yo tomé de la mesa la lata de cerveza que había destapado y apenas si había consumido un cuarto del contenido. Un largo sorbo, que me supo a gloria por la sed que había producido aquella desaforada sesión de sexo con mi esposo en nuestro baño.

    Don Hugo, dejó su teléfono sobre alguna repisa y lo vi dirigiéndose hasta el minibar de su habitación. Tomó de allí una pequeña botella, que supuse era de un buen escocés. La destapó y se regresó cerca de donde había apoyado su móvil. Había salido del campo de visión de la cámara pero pude escuchar el usual sonido al verter el líquido en un vaso de cristal y luego uno, dos ruidos de algo chocando, que comprendí como cubitos de hielo depositándose en su interior, agitándose tal vez por el movimiento producido por su mano. Luego lo volví a ver, más de cerca pues había tomado de nuevo en su mano el teléfono, y esta vez se ubicó en un sillón amplio, a su espalda una hermosa pintura con una escena de perros de caza y varios hombres cabalgando detrás de ellos, persiguiendo a su presa.

    —Por ahora solo te recordaré que viajaremos el jueves próximo, en la mañana. La inauguración será el viernes, pero debemos revisar antes los estados financieros, como se encuentra la liquidez de las empresas del grupo y después analizaremos su solvencia económica. Por el almuerzo y la comida no te preocupes, de seguro la familia Bianco, nos llevaran a comer. ¿Te gustan las pastas? ¿Y el vino, Silvia? Mucho vino para catar. Ellos son dueños de una famosa bodega familiar por la zona vinícola de Piamonte. Con seguridad en la tarde del sábado estarás de regreso en tu hogar. —Luego en calma, bebió un poco de su bebida.

    —Vaya jefe, entonces tendremos mucho trabajo por realizar. Me preocupan varias cosas don Hugo. Primero el idioma, no entenderlos y cometer errores. Y también el hecho de mi vestuario. No sé qué llevar para no hacerlo quedar mal. No quiero desentonar. ¿Me comprende? —Le respondí, expresándole algunas de mis preocupaciones.

    —¡Jajaja! Silvia eres como una chiquilla nerviosa ante su primera cita amorosa. Lo harás bien, como siempre. Por el idioma despreocúpate. Francesco será nuestra mano derecha allí, y cuando él no se encuentre, tendrás a tu cargo una asistente que también habla español. Además mi ángel, los números y las cifras son iguales, aquí, allá o en la china. —De nuevo aquel apelativo que me gustaba, sí, pero que no debía ser.

    —Ahora que lo mencionas, me parece recordar que en tu currículo, colocaste que habías sido modelo en Colombia. Debes saber elegir y combinar bien tu vestuario. ¿Por qué no me dejas ayudarte a escoger tu ropa? Y así de paso, me enseñas los vestidos que compraste aquel día. —Me quedé sin habla.

    ¡Mierda! Bendita la hora en que se me ocurrió escribir aquello en mi hoja de vida. Lo hice para impresionar, llamar un poco la atención. Pero aquella noche, ese tiro me había salido por la culata.

    —¡Como se le ocurre jefe! Le respondí. —¿Me está pidiendo modelarle los vestidos? Mi esposo está en nuestra habitación. ¿Qué cree usted que él se va a imaginar? ¡Ni loca! Mejor le pediré ayuda a mi madre o a Magdalena, ella tiene buen gusto y me podrá ayudar con eso.

    —Vamos Silvia, no te pido que te muestres nuevamente desnuda para mí, solo deseo ayudarte y además quiero verte lucir esa ropa. Debes verte preciosa…

    —Lo siento jefe, mi esposo me llama. —Lo interrumpí para finalizar la llamada abruptamente y no tener que darle más explicaciones–. Ese hombre no parecía cambiar sus intenciones hacia mí.

    Me dirigí hasta mi alcoba, donde Rodrigo descansaba mirando una serie en el televisor.

    —¿Y bien? ¿Qué quería el señor? ¿Se siente solito y desamparado? ¿Se le salió el chupete de la boca al bebé? —Me dijo mi marido, en el momento en que me retiraba la bata para dejarla de nuevo colgada en la percha de la puerta de nuestro baño y salía con mis tetas al aire, para acurrucarme a su lado.

    —No mi amor, pero sirvió para sacarme de la duda sobre el viaje. No te vayas a enojar, por favor. —Rodrigo se acomodó mejor, pasando su brazo izquierdo por debajo de mi cabeza.

    —Haber al mal paso darle prisa mi amor. Me muero de las ganas por saber cómo será la siguiente jugada de tu jefecito.

    —Pues mi vida, nos iremos el jueves a primera hora, trabajaremos todo el dia recopilando datos, revisando la información de las empresas del grupo. El viernes será la inauguración y el sábado ya estaré de regreso.

    —¡Dos noches Silvia! Dos noches tú a su alcance. No lo sé, en serio. Y no es por ti, te aclaro. Es por él y sus reales intenciones. No lo entiendo, con semejante mujer tan hermosa que tiene en su hogar y él buscando que merendar en casa ajena. —Ese comentario aunque valedero, no me supo bien.

    —Ya te dije que no voy a dejar que suceda nada. Lo tengo muy claro, grabado aquí, y le señalé mi frente. —¡Óyeme! ¿Y cómo sabes tú que su esposa es hermosa? ¿La conoces? ¿La has visto? —Me senté para mirar el rostro de mi esposo y escuchar con atención su respuesta–. Lo noté nervioso, y rascándose la barbilla me contestó.

    —No obviamente, como se te ocurre. Pero recuerdo tus palabras, tú me lo comentaste tras ver ese video teniendo sexo con su amante. —Me respondió con mucha seguridad, despejando mis dudas.

    —Y que más te dijo Silvia, hablaron bastante tiempo. —Me inquirió, seguramente desconfiando nuevamente de mí. ¡Sin mentiras Silvia, sin mentiras! Esas palabras hicieron eco en mi cabeza.

    —Hablamos de la ropa que debería llevar al viaje. No sé qué ponerme mi vida y él se ofreció a ayudarme en la elección de que llevar. ¡Está loco! Y me recordó que fui modelo y quería que me probara los vestidos que compré el otro día y se los fuera mostrando. ¡Qué tal el descaro! Le dije que tú estabas aquí y que como se le ocurría. Así que terminé la llamada sin despedirme.

    —¿Hice mal cierto? ¿Fui demasiado grosera? —Le pregunté angustiada por su reacción y sin embargo en su rostro se dibujó una sonrisa maquiavélica, que solo había visto en mi esposo cuando se le ocurría hacer alguna travesura y de eso, había pasado muchísimo tiempo.

    —Así que tu jefecito está muy aburrido y desea presenciar un desfile de modas. —Rodrigo en bóxer solamente, se puso de un salto en pie, y luego frotándose las manos, sonriente me soltó su estúpida idea.

    —Pues bien, esta noche me siento morbosamente, un buen samaritano. Vamos a ver cómo le alegramos el rato a tu jefecito, si tanto le gusta presenciar videos, le otorgaremos un ratico de sano esparcimiento, pero le quedará muy en claro quién es el único hombre que puede besarte, tocarte, acariciarte, disfrutar de la hermosura de tu cuerpo y hacerte con locura, el amor. —Yo no dije nada pero con mi brazo derecho estirado y mi dedo índice ondulando de izquierda a derecha le indique a mi esposo, lo malo de su brillante idea.

    —Alista tu guardarropas mi cielo, que yo voy a preparar la sala, ambientando con luces y la música adecuada, tu regreso a las pasarelas. Vamos a causarle una gran excitación, una buena motivación para que se regrese con las ganas de cogerse a su esposa y dejar de estar deseando tener sexo con la mujer ajena.

    Y casi de inmediato se me erizaron los poros de mi piel, los pezones se endurecieron de repente y un corrientazo viajó desde mi cabeza hasta mis pies. Y no era por el frio, aquella noche en Madrid, hacía una temperatura agradable.

    Continuará…

  • Oral mientras trabaja

    Oral mientras trabaja

    Hace un par de años mi mejor amigo me invitó a comer a su casa, pero no me dijo que solo estaría su hermana pequeña, él y yo, así que pedimos una pizza y comimos súper casual y nos fuimos al cuarto de mi amigo.

    Yo me acosté en la cama mientras él trabajaba y platicábamos, pero la plática empezó a ser de sexo y me empecé a poner súper cachonda así que me levanté a cerrar la puerta y me quité la blusa y me acosté en la cama.

    A él le dio igual y seguimos platicando y poco a poco me quité el bra y me tocaba por debajo del pantalón masturbándome hasta que él se dio cuenta y decidió no hacerme mucho caso, pero veía como su pantalón empezaba a apretarse del área de su pene.

    En eso le llegó una llamada por Skype, pero yo veía que de reojo me miraba como me tocaba así que me levanté y me quité toda la ropa y fui a gatas para no salir en su cámara y me vieran desnuda y fui hasta donde estaba él, poco a poco comencé a desabrocharle el pantalón y salió su verga súper erecta mientras él comenzaba a hablar nervioso en su junta, comencé por jálesela un poco, me acerqué y le escupí para que estuviera bien lubricada y se la seguía jalando mientras él no sabía qué hacer, estaba súper excitado, se la jalaba con una mano mientras que con la otra me seguía masturbando y él con su mano me tocaba las tetas.

    Me acerqué y poco a poco me metí toda su verga en mi boca y comencé a chupársela poco a poco e iba acelerando el ritmo para excitarlo más, llegó un momento en que ya no pudo y pidió a la junta que lo resolvieran en un rato y colgó.

    Se hizo para atrás, me dijo que me había portado muy mal, me aventó a la cama, me puso a en 4 y me comenzó a coger sin piedad, sentía cómo sus huevos chocaban con mi vagina y cómo entraba y salía su verga sin piedad a mi, después me volteó, me bajó de la cama y me hincó y me tiró todo su semen en la cara y después me daba cachetadas con su verga y me hacía chupársela de nuevo hasta que le quedara bien limpia para poder regresar a trabajar.

  • Mamá se está corriendo, cariño

    Mamá se está corriendo, cariño

    Mi maestro fue un viejo de ochenta años que le gustaba mamar pollas tanto o más que comer coños, ya que otra cosa no podía hacer, pues la polla no se le levantaba. El viejo en cuestión, del cual no voy a decir su nombre, daba lecciones de cómo follar a una mujer a cambio de una mamada. Los mozos más que por las lecciones iban por las mamadas. Yo le había caído bien, más que nada porque era un gamberro y le recordaba sus tiempos mozos. Recuerdo que era martes de carnaval cuando con la pica del chuzo de la vaca, o sea, una vara con una pica delante, me dibujó unas tetas y un coño, un coño con pelos y todo y me dijo los nombres de sus partes… Me dio la lección y después me examinó. Señalando un pezón, me preguntó:

    -¿Qué es esto?

    -Un pezón.

    -Señaló la areola.

    -¿Y esto?

    -La corona.

    -¿Qué se hace con la corona y el pezón?

    -Lamerlos, chuparlos y también magrear las tetas y…

    -Ya vale. ¿Esta que es?

    Señalaba el clítoris

    -La pepita.

    -¿Qué hay que hacer con ella?

    -Lamerla y chuparla.

    -¿Qué no hay que hacer con ella?

    -No hay que retirar la lengua cuando la mujer se corra.

    -¿Y?

    -¿Y qué?

    -¿Y qué más?

    -¡Ah, sí! Dejar la parte de arriba calcando la pepita y meterle la lengua dentro del agujero del coño mientras se corre.

    -¿Qué tendrías que decirle a una moza sin estrenar si cuadra que también te estrenes tú?

    -No tenga miedo. No le va a doler. Ya desvirgué a más chavalas.

    -Así, aparentar. ¿Y qué más?

    -Y que de ninguna de las maneras me voy a correr dentro de ella.

    -¿Qué no hay que hacer a una moza sin estrenar?

    -Metérsela a lo bestia.

    -¿Y con una mujer casada que tienes que hacer?

    -Dejar que me folle. Yo no sé follar, soy virgen.

    A grandes rasgos esas fueron mis primeras enseñanzas. Con el tiempo ya sabía yo más que el viejo, aunque para eso hubo una primera vez, y esa vez fue con Asunción, mi madre putativa. Por aquel entonces, o sea, hace seis meses, tenía treinta y dos años y estaba cómo un queso de tetilla. Creo que no había un chaval en la aldea en que vivíamos que no se hubiera pajeado fantaseando con ella.

    Todo empezó un día que Asunción estaba en la huerta lavando ropa en el pilón. Al enjuagar en el agua la ropa que enjabonaba y frotaba se echaba hacia delante y enseñaba los muslos de sus piernas casi en su totalidad. La estuve mirando unos minutos y mi polla se puso tiesa cómo un palo. Exponiéndome a llevar una hostia suya y una paliza de mi padre, saqué la polla, y caminado sin hacer ruido me puse detrás de ella. Cuando se echó hacia delante le empotré la polla contra el coño. Fue cómo si se la hubiese metido en el culo. Se enderezó y se dio la vuelta con la mano levantada. Al ver que era yo bajó la mano, me miró para la polla, y me dijo:

    -¿Por qué hiciste esa tontería, hijo?

    -Me calenté viendo tus piernas, es que pasó tantas ganas… ¡Cuándo perderé la maldita virginidad!

    -Ya te llegará tu hora, hijo, ya te llegará tu hora, ahora guarda esa cosa.

    -Sigue lavando y deja que me desahogue.

    -No puedo, hijo, sería una mala puta si hiciera lo que me pides.

    -Se una mala puta por cinco minutos.

    -¡¿Tú sabes lo que me estás pidiendo?!

    -Sí, un gran favor.

    Le dio a la cabeza, y después dijo:

    -Vale, te haré ese favor. Fingiré que no sé que me estás mirando.

    Asunción se dio la vuelta y se puso a lavar la ropa. La primera vez que se agachó, le aparté para un lado las bragas blancas y le froté la polla en el coño. Se incorporó y me reprendió.

    -Mira, pero no toques.

    Volvió a fregar y cuando se inclinó, le volví a levantar el vestido, le aparté las bragas y volví a frotar. Sin incorporarse, me dijo:

    -Deja de hacer eso.

    Si Asunción quisiera zanjar aquella situación, al levantarle el vestido ya no permitiría que se la frotara en el coño y con un tortazo me mandaba a pajearme a mi habitación. Yo me di cuenta de esto, pues soy muchas cosas, pero tonto no soy. Seguí frotando.

    -No sigas que mamá está muy necesitada y podría perderse.

    Sus palabras me animaron a que siguiese frotando y seguí. En poco tiempo tenía del coño encharcado entre mi aguadilla y sus flujos. Mi polla patinaba por él y ya no aguanté más. Me corrí en la entrada de su coño. Sintiendo mi leche en su coño me dijo:

    -Métela y dame duro.

    No lo pensé dos veces se la metí de un viaje en su gran coño y corriéndome le di leña… Tanta leña le di que me corrí de nuevo Cuando me dijo:

    -¡Mama se corre en tu polla, cariño!

    Su cuerpo sufrió espasmos desde que se comenzó a correr hasta que acabó.

    Esa noche un hombre que se llamaba Edelmiro y otro que se llamaba Antonio habían traído a mi padre a casa. Yo ya estaba en cama cuando Asunción les abrió la puerta. Me levanté y vi que mi padre estaba tan borracho que no se tenía en pie. Lo metieron en la cama de matrimonio y se fueron. Volví para la cama. Poco después entró Asunción en camisón en mi habitación, encendió la luz, y me preguntó:

    -¿Puedo dormir contigo? Tu padre ocupa toda la cama y a tu hermana sabes que no le gusta que duerma nadie en su habitación.

    Sabía, sabía, mi hermana Elvirita, que esa semana fuera a casa de mis abuelos, era muy suya en lo tocante a su habitación, le respondí:

    -Claro que puedes.

    -No te hagas ideas raras, hijo, es solo dormir.

    Vi que sus tetas hacían dos grandes bultos en el camisón y que en él se marcaban los pezones, lo que me dijo que no llevaba sujetado. El camisón le daba muy por encima de las rodillas, era como si estuviera pidiendo guerra.

    Apagó la luz en la cabecera, se metió en cama, me dio la espalda y me dijo:

    -Buenas noches, cariño.

    -Buenas.

    La luz de la luna se colaba entre las contras de la ventana y dejaba ver su silueta bajo la sábana. Unos minutos más tarde muy despacito levanté la sábana que nos tapaba para ver su culo. Me preguntó:

    -¿Qué haces?

    -Tengo calor.

    Quitó la sábana de encima. Cogí la polla y la empecé a menear mirado para su culo y para sus piernas.

    Al ratito me preguntó:

    -¿Estás haciendo una paja?

    -Sí.

    Encendió la lámpara de la mesita de noche y mirando para mi polla empalmada, me dijo:

    -¿Tanto te pongo?

    -Más que cualquiera chavala de la aldea.

    -¿De verdad?

    -Sí.

    -¿Haces cosas pensando en mí?

    -Sí. ¿Te molesta que las haga?

    -No, hijo, al contrario, me halaga que las hagas. ¿Te la chupo en tus fantasías?

    -Sí.

    -Quita los calzoncillos.

    Quité los calzoncillos.

    Me cogió la polla, le lamió el frenillo varias veces y después la mamó y la masturbó un par de minutos, ya que ese fue el tiempo que tardé en correrme. Al salir la leche me chupó solo la punta y se la tragó toda. ¡Fue maravilloso! Al acabar de tragar me dijo:

    -Ahora vamos a dormir, cariño.

    Apagó la luz, y se dio la vuelta. La polla me picaba y no se me bajaba. Empecé a menearla de nuevo. Asunción sintió el roce y me preguntó:

    -¡¿Otra vez?!

    -Es que ahora aún tengo más ganas. Me pica mucho.

    Se quitó el camisón y las bragas, me dio la espalda y me dijo:

    -Frótala en mi culo a ver sí te corres y me dejas dormir.

    Agarré la polla con la mano derecha, se la froté en el culo y le pregunté:

    -¿Me dejas meterte mano en las tetas?

    -Mete.

    Magreé sus tetas con una mano y froté la polla en su culo con la otra. Mi padre le debía dar bien por el agujero negro, ya que frotando la cabeza entre las nalgas se coló dentro del ojete. La saqué y seguí frotando, pero la cabeza entraba una y otra vez. En una de estas que tenía la cabeza dentro, Asunción empujó con su culo y la polla entró hasta el fondo. Le agarré las tetas con las dos manos y le follé el culo. No sé el tiempo que llevaría Asunción sin follar, lo que sé es que dos o tres minutos después las nalgas y las piernas le comenzaron a temblar y entre gemidos y en bajito, me dijo:

    -Mamá se está corriendo, cariño.

    Me corrí dentro de su culo y me puse tan tenso al hacerlo que al acabar de correrme tenía las piernas tiesas. Cuando le saqué la polla del culo, se dio la vuelta, me dio un pico, y me dijo:

    -Ahora a la que le pica es a mamá.

    Iluminada por la luz de la luna que entraba entre las contras vi sus tetas, grandes, hermosas, con unas coronas oscuras y unos pezones cómo garbanzos de gordos y su coño peludo. Le dije:

    -¿Quieres follar?

    -Sí, cariño, pero no te corras dentro otra vez que podría quedar preñada.

    -A lo mejor ya estás.

    -A lo peor querrás decir:

    -Eso, a lo peor.

    -Ven y mete, pero no te corras dentro ni mandándote yo.

    -Entendido.

    Me eché encima de ella, separó un poco las piernas y se la clavé hasta el fondo. Entró como nada. Apoyé las manos en la almohada y la follé despacio para no correrme… Al principio le entraba floja, pero a medida que la iba follando iba entrando más apretada, era cómo si el coño la chupara. Pasado un tiempo, viendo que aún la tenía lejos, la follé aprisa a ver si se corría ella y no tardó en correrse. Su coño apretó mi polla y dijo:

    -Mamá se corre en tu polla, cariño.

    Sentí cómo me encharcaba la polla con los jugos de su corrida y vi como temblaron sus nalgas, sus piernas… Tembló todo su cuerpo mientras se corría. Me costó aguantarme, pero me aguanté. Cuando acabó me corrí entre los labios y la entrada de su coño.

    Al acabar Asunción se limpió el coño con la sábana, me cogió la polla, vio que seguía dura, y me dijo:

    -¿Quieres seguir?

    -Eso no se pregunta. Dime algo que quieras que te haga.

    -¿Me haces cosas en tus fantasías antes de follarme?

    -Sí, te hago muchas cosas.

    Se levantó de la cama, le puso la llave a la puerta, volvió a la cama, se echó boca arriba, y me dijo:

    -Este es el momento de hacer realidad tus fantasías.

    Miré para sus enormes tetas con areolas grandes y grandes pezones y vi su coño rodeado de pelo negro sobre el que brillaban parte de los jugos de sus corridas y de mi leche y me tiré cómo un lobo a por sus tetas. Las agarré con las dos manos. Se las iba a devorar, pero me acordé de las enseñanzas de viejo… Le amasé las tetas, le besé y lamí los pezones y las areolas y besé, lamí y chupé las tetas por arriba, por abajo, por los lados… Jugué con sus tetas hasta que sentí sus gemidos, gemidos que eran cómo susurros. Luego bajé a su coño. Estaba abierto y era un señor coño, un coño grande. Al meter mi lengua dentro él, el coño le metió un bocado. La lengua se le escapó y al hacerlo se pringó de jugos, jugos ricos, ricos. Saboreé, tragué, la volví a meter y Asunción, entre gemidos, dijo:

    -¡Qué gusto!

    Luego lamí su coño de abajo a arriba…, después lamí y chupé su clítoris, Asunción me preguntó:

    -¿Quién te enseñó a hacer esto?

    Hice círculos con mi lengua plana sobre su clítoris, y después le mentí.

    -Leí libros prohibidos.

    -¡Benditos sean esos libros!

    Casi un cuarto de hora me llevó hacer que se corriera, pero cuando se corrió lo hizo a lo grande. Su cuerpo recorrido por el placer parecía tener el mal de san Víctor y de su coño salieron jugos para llenar una copa. Asunción perdió el conocimiento y no sintió caer mi leche sobre sus tetas, ni a mi padre llamando por ella desde la habitación de matrimonio. A oírlo le limpié la cara con una sábana y después la sacudí. Al abrir los ojos y verme, sonrió, luego oyó a mi padre llamar por ella y salió de cama a la velocidad que sale una bala del cañón de una pistola. Se puso en pie, cogió las bragas y al agacharse para ponerla y levantar un pie se fue hacia un lado y casi se cae. Se sentó en el borde de la cama, se puso las bragas y el camisón. Esperó a que mi padre la volviera a llamar para que no sintiera el ruido de la llave al abrir la puerta. Cuando la llamó abrió la puerta, salió al pasillo y le respondió:

    -¡Ya voy! ¡¡No dejas ni cagar a la gente!!

    Esta historia me la contó en la cama de su habitación un primo mío una noche que quedé a dormir en su casa después de acompañarlo al hospital donde había ingresado su padre para operarlo de una hernia discal… Poco después de contármela entró en la habitación su madre y su hermana cubiertas con un camisón, y… ¿y el resto os lo imaginas? No, mejor os lo cuento.

    Cuatro no son multitud

    Asunción entró en la habitación acompañada de mi prima Elvirita, la hermana de Juan. Venían con dos cirios en las manos. Los pusieron sobre la mesita de noche. Elvirita y Asunción se quitaron los camisones y quedaron en cueros. Elvirita se metió en cama entre su hermano y yo. Elvirita le ofreció las manos a su hermano, Juan se las sujetó por las muñecas… Asunción al tiempo que le iba pellizcando los pezones le fue dando pequeños golpes en el coño con cuatro dedos. A rato Elvirita comenzó a gemir. Asunción le metió dos dedos en el coño y con ellos dentro los movió de abajó a arriba y de arriba a abajo a toda hostia hasta que Elvirita se corrió retorciéndose cómo un muelle y jadeando cómo una perra.

    Al acabar de correrse Elvirita, Asunción le dijo:

    -Este cumpleaños no lo vas a olvidar mientras vivas

    Yo no sabía qué coño pintaba allí, pero tampoco lo pregunté, me limité a mirar y a mojar mis calzoncillos de aguadilla.

    Asunción cogió los cirios y muy lentamente derramó la cera sobre sus tetas y sobre su vientre. Cuando se la echó pensé que la iba a quemar pero Elvirita comenzó a gemir y supe que de quemar, nada. Después de embadurnarla, nos dijo:

    -Quitarle la cera de las tetas.

    Al quitarle la cera de las tetas, de los pezones y del vientre Elvirita volvió a gemir. Mi polla se estaba volviendo loca, pero más loca se iba a volver Elvirita cuando Asunción bajó al pilón, y entre lamida y lamida nos dijo:

    -Comerle las tetas.

    Le comimos las tetas, Asunción le comió el coño y Elvirita se volvió a correr cómo una zorrita que era.

    Cuando Elvirita acabó de correrse, Asunción le dijo a Juan:

    -Chúpasela a Quique.

    Ahora sabía porque estaba allí, era parte del regalo de cumpleaños de mi prima. Juan se quitó los calzoncillos, me quitó los míos, me agarró la polla y la metió en la boca. No era la primera que chupaba una polla, ya que lo hacía de maravilla. Asunción y Elvirita miraban cómo me la mamaba.

    Elvirita tenía una cintura fina, caderas generosas y largas piernas, tetas pequeñas con areolas rosadas, pezones que apuntaban hacia arriba y su coño estaba rodeado por vello castaño, que era el color del cabello de su cabeza, cabello que le caía por la espalda y le llegaba a la cintura. Asunción le dijo:

    -Besa a Quique

    El contacto de sus suaves labios con mis labios fue tan excitante que me corrí en la boca de mi primo. Lo que vino a continuación hizo que mi polla siguiera tiesa cómo un palo, y fue que Juan besó a su madre putativa con la boca llena de leche y que ella sin tragarla besó a Elvirita, luego Elvirita se echó sobre la cama, flexionó las rodillas, se abrió de piernas y con el dedo medio de la mano izquierda me señaló el coño. Metí mi cabeza entre sus piernas y comencé a comerle el coño. No sé si habían jugado antes con otro, pero estaba todo preparado. Asunción le dijo a Juan:

    -Ahora, Juanito.

    Sentí su polla frotarse en mi ojete y después cómo me la metía dentro del culo. Menos más que la tenía delgada…, o no, ya que al rato me empezó a gustar y quería que me llenase más el culo.

    Asunción se comenzó a masturbar viendo cómo le comía el coño a mi prima y cómo mi primo me daba por atrás… Antes que nadie me corrí yo, y me corrí cuando mi primó me cogió la polla y me la meneo mientras su polla entraba y salía de mi culo, después se corrió él dentro de mi culo. A continuación Elvirita se corrió en mi boca y viendo cómo se corría su hija putativa, Asunción se corrió en sus dedos…

    Al rato con Elvirita de pie, al lado la cama, Asunción nos dijo:

    -Quique, tu ponte delante de Elvirita y tu ponte detrás, Juan.

    Nos pusimos. A Juan no le dijo lo que teína que hacer, a mí sí.

    -Acaricia la cara de la cumpleañera con las dos manos -la acaricie-. Besa su frente y después sus ojos -las besé-. Besa su nariz y después su cuello. -los besé-. Besa su boca sin meterle la lenga dentro -le di un pico-. Acaricia sus tetas sin apretarlas, que tus manos resbalé sobre ellas -hice lo que me dijo-. Besa y lame su ombligo -besé y lamí. Acaricia sus caderas-. Lo hice. Frota tu polla en su coño -se la froté y estaba empapada-. Cógela en brazos y métele la puntita-. Hice lo que me dijo-. Bésala con lengua y vete metiéndola despacito.

    -¡Qué culito más rico! -dijo Juan.

    Mi polla entrando y saliendo del coño muy apretada y la lengua de Juan jugando en su ojete hicieron que se empezara a deshacer en gemidos. Al rato con sus brazos rodeando mi cuello, y después de morrearse conmigo cómo ganas atrasadas, dijo:

    -Me voy a correr otra vez, mamá.

    No me dio tiempo a darle tiempo. Sentí que me corría, la quité y me corrí fuera. Asunción me quitó de delante del coño de su hija putativa, se puso ella y le dijo:

    -Mamá quiere que le des en la boca esa cosita calentita, cariño.

    Asunción metió todo el coño en la boca y en cuestión de segundos, Elvirita sintiendo la lengua de su hermano en el culo y la de su madre putativa en el coño, descargó en su boca.

    A acabar de correrse Elvirita, Asunción estaba tan cachonda que nos dijo:

    -Voy a celebrar mi cumpleaños por anticipado. Tú vas a follarme en el culo, Juan, y tú vas a follarme el coño, Quique.

    Íbamos cómo locos a por su culo y a por su coño, pero Asunción calmó nuestras ansias.

    -Primero quiero lengua en los dos sitios.

    Se abrió de piernas. Cuando me agaché para comerle el coño vi que le colgaba de él algo que se parecía mucho a los mocos que le colgaban a un crío de la aldea cuando había frío, solo que él absorbía para arriba y los volvía a deja caer y el coño no sabía hacer eso. Los lamí y cuando pasé la lengua por el coño me encontré con muchos más, no sé con qué se encontraría mi primo, pero fijo que cómo mocos no eran. Poco después nos decía:

    -Meter.

    Metí en su coño y le di a mazo. Juan también le acribilló el ojete con su polla. Elvirita no se quiso perder la fiesta, mientras nosotros le dábamos lo suyo ella le comió la boca. Esta vez la cumpleañera tuvo que darse dedo, pero sabía dárselo, ya que cuando su madre putativa se corrió, con el culo y el coño llenos de leche, también se corrió ella

    Luego pasaron mas cosas, pero ya os conté lo más sustancial.

    P.D.

    Al acabar de escribir este relato estaba tan cachondo que me tuve que aliviar. Si en ese momento te pillara a ti, sí, a ti, a la que está leyendo esto, te follo hasta dejarte seca, fueras fea o guapa, gorda o flaca, alta o baja, rubia, morena o pelirroja, tuvieras setenta años, sesenta, cincuenta, cuarenta, treinta, veinte o acabaras de cumplir la mayoría de edad… Joder. ¡Que hambre paso de coño!

    Quique.

  • Aventuras y desventuras húmedas: Segunda etapa (2)

    Aventuras y desventuras húmedas: Segunda etapa (2)

    Entró en la biblioteca con las manos sudadas y un ligero tic en el parpado, se notaba como en su primera cita. El corazón le latía frenético notando como tamborileaba dentro de su pecho y la sangre le retumbaba en las sienes. Subió los dos pisos que le separaban de su destino, desde que descubrió que en el tercer siempre había sitio para estudiar y la tranquilidad era completa, nunca iba a otro.

    Llegó arriba sin aliento, podría haber subido en ascensor, pero se veía con fuerzas, error, estaba agotado y pensaba que en cualquier momento se pondría a sudar. Se dirigió a su mesa con el paso más firme que pudo, pero sorpresa… Marta aún no había llegado.

    Miró la hora por mera curiosidad, como si no le importase que no estuviera, pero claro que le importaba. No recordaba lo impuntual que era y lo irritado que eso le ponía “si quedas a una hora es para llegar a esa hora, si no queda más tarde”. Solía repetirlo como un mantra mientras la esperaba, aunque luego cuando llegaba, no se lo decía, solo dejaba caer algunos comentarios a modo de broma.

    Quince minutos después de la hora, ya sentado y con los libros abiertos, escuchó unos pasos. Se dio la vuelta con rapidez como las tres veces anteriores, pero esta vez sí, Marta estaba allí. Su melena rubia se movía en el aire a cada paso, se acercaba con una sonrisa de lo más dulce que Sergio recordó al instante. Al verla, no sintió otra cosa que buenos recuerdos y felicidad, seguía tan guapa como siempre. Su precioso pelo, sus ojos brillando por la luz de las lámparas y un cuerpo perfecto moldeado por la juventud.

    Intentó no sonreírla, estar lo más serio posible y mostrar cierta indiferencia, esa era su baza. Pero le fue imposible, cuando ella dejó su mochila al lado de este y se apartó el pelo del rostro, un perfume muy reconocible llegó hasta las fosas nasales del joven, drogándolo al instante. Sergio la sonrió.

    —Lo siento mucho, de verdad. —parecía que las costumbres no cambiaban. Siempre que llegaba tarde pedía disculpas, al menos era algo…— El profesor estaba dando los últimos apuntes y se pasó de la hora.

    —No te preocupes, acabo de llegar hace uno o dos minutos. —no le quedaba otra que mentir, no le hacía gracia admitir que llevaba quince minutos esperándola.

    Le volvió a sonreír mientras se quitaba el abrigo. Sergio se fijó en la camisa algo holgada de color rosa que vestía, era la primera vez que le veía con una prenda así y pensó “no le queda mal”.

    —¿Qué tienes que hacer? —su voz de lo más calmada y agradable le hacían sentir al joven muy bien y… no debía sentirse de ese modo o al menos, eso se había prometido.

    —Estadística, tengo que llevar para mañana cinco ejercicios…

    —O sea que todavía estadística, se te ha atragantado… —le cortó al hablar, nunca le gustó que le hiciera eso.

    —Bueno… creo que hemos quedado para otra cosa, no para hablar de la universidad —por una vez Sergio logró controlar sus nervios.

    —Qué corte… —su rostro cambió y viró sus ojos verdes hacia los libros que comenzaba a sacar— No tengo mucho que decir, solo quería dar la cara y…

    —Vas un poco tarde, Marta, tendrías que haber dado la cara hace bastante tiempo —Sergio por una vez habló serio y con autoridad.

    —No tengo perdón, lo que hice no estuvo bien…

    —Marta, no sé qué quieres en verdad. Mira, me dejaste —Sergio comenzó a alzar la voz debido al enfado. Se había olvidado de que estaban en la biblioteca— por tu ex… sinceramente, me da igual si tuviste algo con él mientras éramos pareja, pero que menos que ir de cara, en teoría me querías.

    —Te quería muchísimo, Sergio… pero las cosas cambiaron, fue una época mala, me equivoqué. No puedo decir más que eso, soy humana y cometo errores, uno muy grande fue aquel…

    Al escuchar unas palabras tan sinceras, el joven la miró con intriga, no comprendía a que venía todo aquello, pero ¿podría ser cierto que estaba arrepentida?

    —No creo que te excuse que tuvieras una mala época… y si me querías de verdad, eso te hace ser una mala persona.

    El último comentario sonó duro y en tono alto, logrando que dos compañeros a cinco mesas de distancia se girasen para mirar. Rápido volvieron la vista mientras Marta y Sergio no dejaban de mirarse.

    —Sergio… no me digas eso…

    Ante la incredulidad del joven, unas gotas se derramaron por el rostro de la joven. Sergio no podía dar crédito a lo que sus ojos veían, fue la primera vez que vio a Marta llorar, en toda su relación, por mucho que discutieran, jamás la había visto así. “¡¡¿¿De verdad la ha dolido??!!”.

    Unos pequeños sollozos se comenzaron a escuchar más alto y una de las lágrimas llegó hasta el libro que la joven tenía abierto. Alguien carraspeó desde el otro lado, eran los mismos de antes, haciéndoles ver que el sonido era ya más que elevado, al haber tan poca gente en ese piso, se escuchaba casi todo.

    —A ver, Marta, lo… lo siento —Sergio al verla llorar no podía sentirse peor. Con aquella frase se había pasado. Su mano por pura inercia se movió por la espalda de su ex, dudando si debería hacerlo. Aunque antes de que concretara el siguiente movimiento, su mano rodeaba la cintura de la chica atrayéndola hacia su cuerpo, Marta se dejaba hacer— cálmate, por favor. Siento si te ha dolido lo que he dicho.

    Se levantó sin poder parar el llanto desconsolado que comenzaba a aflorar en ella y con paso rápido dejando todas las cosas allí, anduvo hasta el baño de ese mismo piso. Sergio la siguió sin saber muy bien por qué, lo más sensato hubiera sido quedarse en su sitio y esperar a que la mujer se calmara. Aquella situación, de ir tras de ella, le evocó recuerdos… memorias sobre enfados y ella yéndose hacia casa mientras el joven la acompañaba para tratar de ir en paz.

    La puerta del baño de las chicas, la encontró cerrada al llegar, desde fuera el sonido a llanto se escuchaba de forma tenue y apagado, menos mal que allí no había casi nunca nadie. Con voz baja y mirando primero en el baño de los chicos que había al lado por si hubiera alguien, Sergio le comentó a su exnovia.

    —Marta, sal que no pasa nada de verdad. Estudiamos y luego hablamos, no te preocupes, pero ahora estate tranquila.

    —Sergio… —escuchó unos pasos que se acercaban a él, de pronto se detuvieron y la puerta se abrió unos centímetros por donde asomó Marta— Pasa, por favor. —viendo la cara del muchacho agregó— No hay nadie… es que no se me pasa, perdona.

    Entró en territorio prohibido, jamás había estado en un baño para chicas, era curioso lo raro que se sentía en un lugar que era prácticamente idéntico a donde solía ir a mear. Marta se había apoyado en el lavabo, veía su rostro lloroso en el espejo y en un acto de bondad o simplemente por pena, Sergio la puso una mano en el hombro.

    —Ya vale… mira, no quiero llevarme mal contigo. Te he querido mucho y has sido importante para mí. Vamos a fuera, estudiamos como dos personas normales y hablamos luego.

    —No… no puedo… necesito sacarlo —pasó una de sus manos por sus ojos para limpiarse— soy una mierda de persona. Fue un golpe muy bajo… no te puedo decir por qué lo hice, solo pedirte perdón.

    —Nunca te he tenido rencor, —no podía ser más mentiroso, pero la situación lo requería— eso ya está olvidado. Somos amigos normales y ya, no hay problema de verdad.

    —Pero yo… —Marta le miró con unos ojos que brillaban debido a las lágrimas y a las luces que titilaban sobre sus cabezas— no… no quiero ser tu amiga.

    El corazón del joven se paró y todo su cuerpo sufrió un incendio, era lo que en el fondo se había temido, no estaba allí únicamente para pedirle perdón. Por unos segundos, la miró con la boca abierta sin poder decir nada mientras la joven esperaba una contestación que no llegaba.

    Visto que no pasaba nada, Marta decidió dar un paso. Se acercó a Sergio que intentaba dar unos pasos atrás tratando de evitarla. Cuando lo consiguió, después de dos cortos movimientos, chocó con una de las puertas que daba a un retrete individual.

    —Quiero que me perdones la tremenda cagada que hice. Haré cualquier cosa… Te lo prometo, pero Sergio, me sigues gustando, nunca has dejado de gustarme. He estado pensando en ti cada día desde que lo dejamos.

    —No, no, no… —soltó por su boca que temblaba, aunque esas palabras no iban dirigidas a la chica rubia, sino a él mismo. Sabía que era débil… tenía que aguantar— Esto está fuera de lugar, te fuiste con tu ex, Marta, no quiero oír esas cosas ahora.

    —Perdóname, fue un fallo. Estaba mal, muy mal, él apareció, fue algo fugaz y de lo que me arrepiento cada día, tú eras mi hombre.

    Las manos de la joven, pequeñas y frágiles se posaron en el pecho de Sergio que respiraba con dificultad. Todo el odio acumulado, toda la bilis soltada con su tía y su madre ahora quedaba como una pesadilla lejana. El ardor de su vientre se había convertido en deseo, ante sus ojos volvía ver a Marta, la del principio, no la que le había engañado.

    Se acercó a sus labios. Sergio seguía inmóvil sin separar los ojos de aquellos globos oculares verdes que le atraían “me gusta mucho…” se decía succionado por una fuerza de la cual no podía resistirse.

    —Para… para… —suplicó Sergio colocando las manos en los hombros de la chica. Realmente la veía preciosa, ¿siempre había sido así o era cosa de ese momento? Lo ignoraba— No es así de fácil… no puedes pretender besarme como si nada, lo he pasado muy mal.

    —Dame una oportunidad, seré la mejor novia posible. Solo imagino un futuro contigo.

    Las palabras de la chica le punzaban en los oídos. Había llegado con la certeza de que Marta le podía proponer volver, una idea muy loca que rondaba su cabeza, pero que se había vuelto realidad. En casa le había sido muy fácil rechazarla, se decía una y otra vez frente al espejo “No, Marta” y antes de salir se había visto con tantas fuerzas que era imposible que cambiara de opinión.

    Sin embargo, con la chica delante y sus preciosos ojos mirándole con aquel brillo tan especial que se incrementaba por su acuosidad, sumado a la fragancia que desprendía… iba a caer. Lo único que pensaba el joven era en besarla. Ella alzó la mano hasta encontrar su rostro, lo acarició y él se dejó hacer. Sentía el calor de su mano, quizá podría creer sus palabras, darla otra oportunidad, ¿Qué diría su tía? ¿Y su madre?

    No llegó a pensarlo, los labios de Marta se habían abalanzado sobre los suyos y sin poder evitarlo… o sin querer apartarse, se juntaron en un beso que le dejó con los ojos abiertos. La pequeña barrera de negación que le quedaba sobre su exnovia se había derribado con un fuerte estruendo. Había caído con tanta violencia que el primero en abrir la boca e introducir la lengua en busca de la opuesta fue Sergio.

    La rodeó con sus brazos por la cintura, apretándola con fuerza mientras ella hacia lo mismo en su cuello. Sintió el calor, la pasión, las ganas… la falta del uno del otro por casi un año les hacía sentir un ardor irrefrenable. La boca se abría dando paso a una virulenta lucha de lenguas en la que la humedad lo era todo. Ninguno cedió, ambos siguieron por par de minutos sin parar de besarse, agarrándose con fuerza hasta que Marta soltó una de sus manos.

    Sin abrir los ojos, encontró el pomo de la puerta que tenía el chico a su espalda, ambos sabían que conducía a un retrete individual vacío. Antes de que el joven se diera cuenta, estaban dentro. Por un instante los dos labios se separaron solo para que Marta lograra poner el pestillo con cierto nerviosismo, pero instantes después ya estaba en los brazos de su exnovio brindándole los mejores besos que sabía.

    Sergio por inercia se sentó en la taza que permanecía bajada, para al momento siguiente, notar como Marta hacia lo mismo pero encima de su sexo y sin parar de besarlo. Tras el vaquero ceñido, podía notar como una parte antaño muy conocida para él, hacía de nuevo contacto con su miembro.

    La erección era inevitable y también su desenfreno. Bajó ambas manos al unísono desde la cintura a las posaderas de la chica que aspiró con fuerza al notar la dureza con la que le apretaba. Sus pómulos estaban rojos y la pasión se había adentrado en su cuerpo, las lágrimas ya se le habían secado y ahora sus ojos solamente brillaban por el amor, la pasión y el deseo que desprendía.

    Una de sus ágiles manos serpenteó hasta llegar al botón del pantalón de muchacho, que seguía palpando cada nalga pensando en si era posible que hubieran crecido. En un instante fugaz, Marta había conseguido abrir el pantalón e introducir una mano que agarró con fuerza el miembro erecto del joven. Sergio saltó al notar el agarre y como salido de un sueño le dijo.

    —Marta… —los labios de su exnovia trataron de acallarle— aquí no… que nos pueden… pillar.

    —Me da lo mismo… te he echado tanto de menos. —miró hacia la entrepierna del joven y acabó por añadir con una sonrisa que mostraba su perfecta dentadura—A ti también.

    Con eso, el muchacho se dejó llevar. Marta se puso de pie y con un temblor visible debido la ansiedad y los nervios que le provocaban el éxtasis sexual se bajó los pantalones junto con la ropa interior. Solamente una pequeña capa de vello cubría aquel órgano reproductor que a Sergio tantas buenas noches de placer le dio. Sentado en la taza del baño, esperaba rememorar esos días.

    Sin perder más tiempo, el muchacho copió a la chica que tenía en frente. Bajándose tanto los pantalones como el calzoncillo, provocó que su miembro diera dos botes la mar de graciosos contra sus piernas. Estaba tan erecto… tan duro, que no se lo podía creer, en unos segundos había adquirido el tamaño óptimo.

    Aunque a Marta no le hizo gracia los curiosos botes que daba el pene del joven. Si no ver de nuevo el mástil que tenía su exnovio y que no recordaba tanto como deseaba. Verla después de casi un año hizo que su cuerpo comenzara a hervir.

    Sentándose sobre Sergio, se introdujo lo mejor que pudo el pene. No estaba lubricada del todo, fue todo tan rápido que apenas le dio tiempo. Pero sí que estaba lo suficiente como para que de la primera sacudida, el pene del muchacho entrase casi al cien por cien.

    —Te necesitaba… —dijo al notar como aquel cacho de carne duro como el acero la atravesaba su sexo y le abría todas las paredes. Si Sergio lo hubiera meditado, no podría asegurar si se lo decía a él o a su gran amigo…

    —No hagas ruido, que puede entrar cualquiera.

    —No creo… no hay apenas gente…

    Dobló sus piernas haciendo que por fin todo lo que Sergio la ofrecía entrase tan dentro de ella como bien recordaba. Gimió sin control, algo que el joven jamás había visto y después, comenzó un coito lento, pero profundo, con un ímpetu sin igual.

    Su cadera se movía con fogosidad, pero poco a poco. Aunque cada vez que llegaba al final, imprimía una fuerza mayor para introducir todo lo que ponía del poderoso pene. Sergio colaboró a su manera, con ambas manos en el trasero de la joven ayudaba en el movimiento dejando marcados sus dedos en ambas nalgas.

    —Me voy a correr —trató de decirle Marta con los ojos a medio cerrar y la voz que se perdía en el gozo.

    Apenas habían pasado unos dos minutos. Escuchando esas palabras, Sergio entró en un estado de frenesí. Desde agosto que no tenía relaciones, cierto que las últimas que había tenido con su tía habían sido extremadamente satisfactorias. Sin embargo, todo el sexo del año se podía concentrar en esa semana, lo demás días… cada uno de esos largos días, había estado a “pan y agua”.

    Sujetó con fuerza la cintura de la mujer, no pretendía que siguiera moviéndose adelante y atrás. La elevó con cierta fuerza, la mujer lo entendió e hizo el mismo movimiento proactivamente botando en las piernas de su exnovio.

    —Es… estoy ya… —soltó Marta lo más bajo que pudo sin poder contenerse.

    El orgasmo se acercaba, estaba a punto. La espalda se le encorvó y los preciosos ojos verdes se le cerraron para abrir la boca y que el cuello se le tensase hasta casi la rotura. Sergio la miraba extasiado, sin saber cómo podía haber pensado siquiera en resistirse a semejante placer. Sintió como en el interior su pene era apretado por todas las paredes para después notar la relajación de la mujer y… la humedad.

    Marta se mordió el labio para sofocar el grito que luchaba por escapar, un grito que se guardó en su interior mientras disfrutaba del clímax perfecto, salvo porque algo la interrumpió. Alguien había abierto la puerta del baño y unos tacones resonaron contra la fría baldosa del suelo.

    ****

    Unas botas o quizá unos zapatos resonaban en el baño. Los dos se quedaron paralizados. Aunque Marta no podía sostener lo que dentro le explotaba y mientras los pasos se acercaban al lavamanos y lo accionaban, ella seguía corriéndose sobre el pene de su exnovio.

    La mano rápida de Sergio, fue hasta la boca de la mujer, tapándola por completo y haciendo que esta le mordiera presa de una lujuria y placer que de algún modo tenía que evacuar. Se sintió mejor con aquel mordisco, pasándole después la lengua por la marca, como un perro limpiando una herida. Al momento vio como el joven que tenía su pene dentro de ella soltaba sus labios y se llevaba el dedo índice a la boca para que no hablara.

    El grifo había parado y la chica que debería estar allí, recorrió la distancia hasta el baño individual adyacente. Los dos lo escucharon y en sumo silencio, Sergio la sacó del interior de Marta por pura coherencia… aunque la sensatez del joven cuando se trataba de sexo, brillaba por su ausencia.

    Haciendo el menor ruido posible, todavía con unas ganas terribles de seguir con el coito, el chico se puso enfrente de ella dándole unos generosos besos, que terminaron cuando Marta tuvo que resoplar.

    La asió por la delgada cintura girando todo su cuerpo para que la chica le diera la espalda. Después la llevó paso a paso hasta el retrete en un lento caminar a la par que silencioso. Los pantalones de ambos estaban por los tobillos y la maniobrabilidad era nula, aun así, lograron que ningún ruido llegara a los oídos de la intrusa.

    Un chorro se comenzó a oír, algo nauseabundo para ambos, pero que ahora les daba lo mismo. Sergio con las riendas tomadas, hizo que la chica colocara las rodillas en la taza y con un leve empujón en su espalda, la encorvó para que su trasero se alzara justo a la medida perfecta. Exactamente para que su pene se volviera a introducir en ella.

    No dudo al ver el húmedo sexo de su ex amante. Agarró con todos los dedos de la mano derecha su poderoso miembro y lo introdujo sin piedad. La espalda de la joven rubia se arqueó por completo mientras sus piernas pegadas vibraban por el placer. Apretó sus dientes con fuerza, el generoso miembro del joven lo conocía, pero tenía olvidado todo lo que la llenaba.

    Se dio la vuelta para mirar al chico que la sujetaba por la cintura, se veía titánico a su espalda y moviendo los labios sin hacer ruido le dijo “¡Qué grande…!”. Sergio no lo aguantó y mientras en el cubículo de al lado, la mujer terminaba de hacer sus necesidades, él comenzaba con otras.

    Marta se tuvo que llevar la mano a la boca para no gemir en voz alta. Entre sus dedos solo dejaba pasar el aire que de manera apresurada entraba y salía por los pequeños resquicios que asomaban. Sergio sin llegar a meter todo, no paraba de practicar el sexo sin llegar a hacer ruido, solamente se escuchaba un sonido acuoso inaudible para oídos que no quisieran escuchar.

    El lavamanos volvió a accionarse y después el secador. El fuerte ruido permitió al joven introducir del todo su pene de forma ruda, haciendo que Marta no pudiera evitar gemir lo más bajo que su alma la permitía. Era imposible no sentir placer al notar todos los centímetros de su exnovio en el interior, era algo que iba contra las leyes de la naturaleza. Sergio agachó un poco su cuerpo mientras la chica se alzaba para escucharle. El aliento caliente golpeaba la oreja de la muchacha cuando Sergio abrió su boca y le dijo.

    —He pensado tanto en esto…

    Sin dejar de mirarle la mujer aspiró tanto aire como pudo, estaba ardiendo igual que un horno industrial. Volver a notar el pene de Sergio en el interior era una cosa que había olvidado y necesitaba recordar. Habían sido varios meses con el otro chico, pero no se podía engañar, había echado de menos a Sergio. Esa era la realidad.

    Por fin escucharon la puerta, ambos estaban de lo más calientes, jamás lo habían hecho en un baño y menos con alguien que les pudiera pillar. El muchacho que no paraba estaba a punto de terminar y no perdía de vista el trasero de su exnovia, que ahora tenía la certeza de que había crecido. Todo el cuerpo de la joven comenzó a mecerse de adelante a atrás mientras se apoyaba en el retrete. La imagen del sexo a Sergio le volvía loco, volver a saborear la dulce mil del coito le parecía delicioso.

    —Voy a terminar —soltó en un sonido animal el joven poseído por el amor.

    —Hazlo fuera, ahora no estoy con la píldora. —el volumen de su voz se alzaba demasiado.

    —Joder, menos mal que me lo has dicho. —pensó que igual la calentura del momento le daba una oportunidad y probó— ¿Me corro en algún lado?

    —¿Cómo? —Marta jadeaba de placer.

    —Si me corro sobre ti, ¿en tu culo? —no quería tentar más a la suerte, pero hacerle lo mismo que le hizo a su tía en los senos, le hubiera encantado.

    —No, no, échalo en el baño. No me des a mí.

    Algo decepcionado, pero igualmente caliente, sacó su miembro del interior de Marta. El sonido semejante a una botella de champán descorchándose trajo consigo primero un gemido de la mujer y después un “ruido vaginal” que solía hacerle bastante gracia. Salvo que ese momento al joven no le importaba lo más mínimo. Agarró sus dieciocho centímetros lubricados por el líquido interno de la chica y se masturbó al tiempo que Marta recuperaba el aliento. El semen salió como loco disparado y su mano izquierda lo paró mientras la diestra no se detenía en el empeño de dar placer. Se estremeció de un modo que solo recordaba con Carmen y se tambaleó hacia atrás topando con la puerta mientras trataba de recobrar el aliento y sus ojos se perdían en la fluorescente del techo.

    Limpió su mano cuando se vio preparado para moverse, Marta con un rostro enrojecido le sonreía con coquetería como si no hubieran hecho nada. La joven tenía el rostro como si solo se hubiera dado unos besos de adolescentes después del instituto.

    Salieron de uno en uno, primero Sergio y en segundo lugar la chica, que se tuvo que humedecerse la nuca y después, lavarse el rostro para quitar la coloración que demostraba lo que había pasado. Mientras el joven trataba de disimular mirando sus apuntes a la espera de que su compañera de estudios regresase, vio al final como Marta atravesaba la zona de estanterías de vuelta a la mesa. Una sonrisa tonta salió en su rostro cuando se dio cuenta del extraño caminar que portaba su exnovia… de lo cual, se sintió orgulloso.

    CONTINUARÁ

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    Subiré más capítulos en cuento me sea posible. Ojalá podáis acompañarme hasta el final del camino en esta aventura en la que me he embarcado.