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  • Un impetuoso conquistador y una mujer predispuesta

    Un impetuoso conquistador y una mujer predispuesta

    Estábamos mi esposa y yo en una recepción organizada por el jefe de área de ella que había asumido un mes atrás. Juana saludaba a unos compañeros cuando uno, que apareció a mi lado dice, mirándola a ella.

    – “Esa sí que es una yegua, y parece necesitar verga”.

    Tratando de quitarle hierro al comentario respondí.

    – “En algo tenés razón, mi señora es una hermosa mujer”.

    – “Está para cogérsela del derecho y del revés”.

    – “Una pregunta, vos sos imbécil todo el tiempo o parás para comer?”

    – “Me parece que te voy a dar un golpe”.

    – “Intentalo, así tengo la oportunidad de romperte algo”.

    – “Parece que ya se conocen, Manuel este es mi marido, Francisco este es mi nuevo jefe. De qué hablaban?”

    – “Manuel decía que sos una yegua, que parecés necesitar verga y que estás para cogerte del derecho y del revés”.

    A la mirada de ella el anfitrión intentó disculparse

    – “Por favor, no lo tomen a mal, fue una broma”.

    – “Claro, sos un humorista incomprendido. Querida es buen momento para retirarnos”.

    – “Por qué?”

    – “No me gusta esta reunión organizada por alguien que confunde humor con grosería y está satisfecho con eso”.

    – “Pero si esto recién empieza”.

    – “Una lástima, ¿caminás a mi lado o te llevo del cuello?”

    En adelante no volvimos a tocar el tema

    Habrían pasado dos semanas de la fiesta abortada, cuando empecé a notar un sensible aumento de llamadas telefónicas o mensajes de texto entrantes en el aparato de mi mujer. Y cuando eso sucedía, ella, disimuladamente, se retiraba para contestar o leer. Decidido a cortar de cuajo cualquier contratiempo contraté los servicios de una empresa de investigaciones por una semana. Por supuesto, a partir de ese momento evité toda intimidad matrimonial.

    Mientras tanto cambié mis costumbres diarias. La llamaba con frecuencia al trabajo, la invitaba a almorzar en el descanso del mediodía, o simplemente la iba a ver para tomar un café si tenía tiempo. Por supuesto que eso le llamó la atención.

    – “Me estás sorprendiendo, a qué se deben estos cambios?”

    – “Porque me parece que tu jefe va a tratar de acortar la distancia con vos”.

    – “No hay problema, ya sabré frenarlo si lo intenta”.

    – “No lo dudo, pero en estos casos una ayuda siempre viene bien”

    Al cabo de ese tiempo me presentaron los tres encuentros, que pudieron registrar, fuera del lugar de trabajo.

    Uno fue el martes, después del horario laboral, en un café, con una duración de cuarenta minutos. De esa filmación retuve tres cosas relevantes. La gestualidad de ella era de cierto embeleso durante la charla. Al despedirse, ya en la salida, después de mirar alrededor, le dio un rápido beso en los labios mientras él permanecía imperturbable. Finalizado eso, mientras mi mujer se alejaba, él sonreía con suficiencia pareciendo estar muy satisfecho con el encuentro.

    El segundo fue el jueves, cenando en un restaurant. Teóricamente había salido para la habitual reunión con sus amigas. Esta vez no estaban enfrentados como en el café, sino uno al lado del otro y muy cerca. Ambos de espaldas a la pared. Las caras decían lo mismo que en el encuentro anterior salvo un momento muy significativo. Ella mirando el plato con la cabeza baja y empuñando los cubiertos como concentrada en la comida. Pero una mirada atenta podía apreciar que estaba con los ojos cerrados, mordiéndose el labio inferior y con los nudillos blancos por la fuerza con que sujetaba cuchillo y tenedor. Por su parte él tenía la vista fija en su acompañante, con la mano izquierda tomando la servilleta, mientras la derecha cruzaba por debajo en dirección a la falda. Esa actuación, que mostraba total normalidad para los presentes en el local, tuvo su culminación cuando ella, apretando los puños contra la mesa, abriendo al máximo los ojos y haciendo tres o cuatro movimientos convulsivos, pasó a la relajación. La despedida en el auto, a media cuadra de casa, parece haber incluido una mamada al miembro del galán.

    El tercero fue el viernes, en el mismo café con un dato nuevo y definitorio. El comisionado había podido ubicarse cerca y grabar un diálogo. Ella le contaba a Manuel que yo la llamaba con más frecuencia o la visitaba en el trabajo para ayudarla a resistir sus avances, agregando:

    – “Pobre, no sabe que soy yo la que te busco porque me llevás al cielo en cada cogida que me das”.

    Después de analizarlo, con cierta frialdad, llegué a la conclusión que intentar remediar nuestra relación era inútil. Ella estaba entregada y él sabía cómo hacer para que el abandono fuera total. Mientras evaluaba cómo me convenía actuar renové el contrato con la empresa de vigilancia por una semana más. Debían avisarme cuando los vieran salir del trabajo, indicándome dónde estaban.

    La solución era cortar, evitando el dolor que supone dilatar el vínculo, pero tomando el tiempo suficiente para cerrarlo bien y vengarme. Y para lograr buena efectividad pensé realizar dos movimientos; el primero dificultando la relación buscando aumentar el mutuo interés, lo que les llevaría a disminuir las precauciones; y el segundo darles campo libre, favoreciendo sus encuentros. En algún momento de este último vería de iniciar la venganza.

    La primera actividad de entorpecimiento fue el miércoles siguiente. Ante el aviso del vigilador fui al restaurant donde estaban. Como ellos se encontraban al fondo del local, entré y me ubiqué cerca de la entrada. Marcaba el teléfono para simular una llamada cuando, por el rabillo del ojo, veo al alguien parado a mi lado. Al levantar la vista me doy con el consumado amante.

    – “Me estás siguiendo?”

    – “Que yo sepa no, todavía me gustan las mujeres”.

    – “Y qué hacés acá”.

    “Pienso almorzar, pero antes la tengo que llamar a mi señora para invitarla”.

    – “No necesitás llamarla, después de cogérmela la traje a almorzar”.

    – “La noticia no será buena pero si impactante”.

    – “Y no te enojás”.

    – “No veo por qué. No somos amigos, así que ni siquiera me debés algo de lealtad. La que me debe fidelidad es Juana, con ella me debo enojar”.

    – “Vení, allá está”.

    – “Hola querida”.

    – “Hola, no me dás un beso?

    – “No porque tengo cierta aprensión. Según lo que me dijo tu jefe, en la boca debieras tener saliva o semen de él”.

    – “¿Queee, de dónde sacaste eso?

    – “Textualmente me dijo: Después de cogérmela la traje a almorzar”.

    – “Esas fueron tus palabras?”

    – “Fue una broma. Comé con nosotros yo invito”.

    – “Te agradezco la invitación, pero tu comentario humoroso me quitó el apetito. Querida, venís conmigo o tenés que trabajar a la tarde?”

    La segunda interrupción se dio al día siguiente.

    – “Querido esta noche salgo a comer con mis amigas”.

    – “Me parece bien. Mi hermano me invitó a cenar, pero no me siento con ganas. Después veré”.

    Hable con Joaquín, que me seguía en edad y estaba en antecedentes, así que de inmediato se prestó a ayudarme viniendo con su auto. Yo iba a salir antes que Juana, nos estacionábamos cerca y la seguíamos. Ella salió, tomó un taxi hasta la playa de un centro de compras, donde la esperaba Manuel en su vehículo y siguieron hasta un restaurant alejado, a primera vista muy confortable y con una cómoda playa de estacionamiento. Habiéndoles dado tiempo suficiente para entrar, nos ubicamos cerca del automóvil y mientras mi hermano vigilaba, simulando ver algo en el motor, yo distribuí cuatro clavos tipo miguelito en tres ruedas y a la cuarta le corte el pico de inflado. Luego entramos, ocupando una mesa, sin mirar alrededor. Ya sentados, con disimulo, tratamos de ubicarlos. Estaban a mi espalda, ella de frente, así que seguramente nos vio ingresar. Ahí marqué el teléfono de mi mujer. La llamada fue cortada y luego devuelta.

    – “Me hablaste, ocurre algo?”

    – “Querida, llame para decirte que salí con Joaquín y me trajo a conocer una casa de comida hermosa, muy agradable. Si los platos responden a los precios deben ser buenísimos. Debieras probarla con tus amigas. Nos vemos más tarde”.

    Según mi hermano el corte de llamada fue cuando vio quién lo hacía, para luego levantarse, ir al baño y desde ahí devolverla. Poco después ambos salieron por una puerta lateral. Nosotros, satisfechos con comida y bebida salimos más tarde, observando un remolque estacionado al lado del auto averiado. De la pareja no había rastros.

    Desde ese momento y hasta el próximo jueves, con distintas excusas no le deje ni un minuto libre fuera del lapso habitual de labor. La buscaba en el horario de salida y, si me indicaba alguna demora, esperaba el tiempo necesario en el ingreso del edificio. Estimando que el período de obstaculización había sido suficiente pasamos a la otra etapa. El día habitual llegó con el anuncio esperado.

    – “Esta noche salgo con mis amigas”.

    – “Qué coincidencia, yo también salgo con una dama”.

    – “La conozco?”

    – “No sé, ni idea de quién es”.

    – “Y entonces cómo vas a salir”.

    – “Sencillo, llamo a la agencia, pido una acompañante de determinadas características y a la hora establecida viene a buscarme”.

    – “O sea que estás pagando una puta”.

    – “Cada uno se gana la vida como puede, en este caso he pedido una mujer culta y educada, pues pienso ir a ver un coro de castañuelas, luego cenar y después sin apuro a un hotel. Hasta mañana hay tiempo, no duermo acá”.

    – “Y me lo decís tan tranquilamente”.

    – “No te enojes querida, solo estoy cubriendo necesidades que cada tanto aparecen”.

    – “Y por qué no lo hacés conmigo, llevamos más de dos meses sin tener sexo”.

    – “Porque me resuena en la cabeza la broma de tu jefe, y cuando se me ocurre que, besándote, puedo encontrar saliva o semen de él se me van las ganas”.

    Por supuesto que no tenía certeza, pero era muy probable que este conquistador siguiera el patrón habitual de casi todos, considerar como gran objetivo tener sexo en la cama matrimonial. Por eso la dejé salir primero y, después de apagar las luces, conecté la alarma, y me encerré en el escritorio. La espera fue fructífera y corta, nada más que una hora y media. Los escuché hablar y subir al primer piso.

    Después de un lapso prudencial y observando el máximo silencio posible, tomé mi bate de beisbol y subí las escaleras orientado por los gemidos de mi mujer. Cuando llegué a la puerta abierta del dormitorio matrimonial, la escena era algo esperado. Ambos sobre la alfombra, mi esposa en cuatro puntos, él encaramado embistiéndola desde atrás, los dos dando la espalda a mi ubicación y expresando en voz alta lo que sentían y pensaban.

    – “¡Más fuerte, más, bien adentro, qué delicia, madre santa cómo me gusta!”.

    – “Parece que el cornudo no te da lo suficiente”.

    – “No papito, por el culo solo me das vos”.

    – “¿Qué, no lo dejás?”.

    – “No, porque se daría cuenta que otro me lo abrió y lo usa seguido”.

    El primer batazo fue en la espalda, el segundo en la cintura, y paré al sentir el crujido de los huesos de la columna. Luego lo saqué de encima de mi mujer, haciéndolo rodar al costado y llamé al 911.

    – “Acabo de darle un golpe a un tipo que estaba violando a mi esposa, ahora está desmayado pero lo voy a vigilar por si despierta antes que ustedes lleguen. Mi dirección es. . .estará la puerta abierta para que entren directamente”.

    Los policías pueden ser de todo, menos tontos. En seguida intuyeron que no había violación, pero la excusa era buena. No había ensañamiento y el inmediato llamado a emergencias hacían creíble la versión, que por otro lado mi esposa no iba a contradecir, pues hubiera sido aceptar causal de divorcio ante autoridad competente.

    Satisfecho con el futuro del amante, como usuario permanente de silla de ruedas, solo me quedaba ocuparme de mi benemérita esposa.

    Desde luego que lo sucedido no fue tema de conversación. Yo no tenía interés alguno en recibir explicaciones incongruentes, y si ella hubiera intentado hacerlo, le habría respondido con el viejo dicho: ‘No aclare que oscurece´.

    Joaquín y yo somos farmacéuticos, él dedicado a lo que específicamente son medicamentos, mientras lo mío son los complementos y la parte comercial. A mi hermano le pedí seleccionar algunos productos que tuvieran efectos secundarios de acidez estomacal y taquicardia, para quedarme con los más insípidos y simples de administrar. Cumplida esa tarea comencé a usarlos mezclados en cada comida que lo permitiera y tomara Juana. Al cabo de una semana el manjar estaba a punto. Una mañana al verla salir del baño con mala cara le pregunté si le pasaba algo. Su respuesta fue la esperada.

    – “No sé qué me pasa, pero desde ayer en el trabajo siento un fuego en el estómago, que comienza ardiendo y se va incrementado hasta que me doblo de dolor. Se calma un poco cuando vomito pero luego reaparece y para colmo el corazón pareciera galopar. Estoy desesperada, no hay hora del día que consiga alivio prolongado”.

    – “Te aseguro que lo entiendo, yo pasé por lo mismo. Quizás perdí igual cantidad de líquido vomitando que llorando. Mi corazón además de galopar se dolía. Sé perfectamente lo que se siente. Y eso me pasaba cada vez que llegaba tu aviso diciendo que te demorabas una hora más en el trabajo. También me sucedía cuando salías a cenar con tus amigas o cuando llamaba a tu sector y me contestaban que habías salido por un rato”.

    Su mirada indicaba que sabía perfectamente a qué hacía referencia.

    – “Sin embargo debo reconocer que ambos sufrimientos tienen diferente origen. El mío en tu infidelidad, pero terminó la noche en que Manuel ingreso como usuario de silla de ruedas. El tuyo nace en el veneno que desde hace una semana, más de una vez por día, te estoy administrando. Ayer fue la última dosis”.

    – “No puedo creer lo que me estás diciendo, te voy a denunciar”.

    – “No hay problema, entre materia fecal, orina, aliento y transpiración ya has eliminado cualquier rastro. Dentro de poco tiempo empezarán a fallar los órganos empezando por los riñones hasta que llegue el turno del corazón”.

    – “Sos un monstruo”.

    – “En eso me convertiste. Lástima que no pueda acompañarte al cementerio. Justo ese día tendré una diarrea que no me permitirá salir de casa. Ya tengo prevista la inscripción en la lápida, dice: ´Madre Tierra, recíbela con alegría. Así es como yo la envío´. Ahora estoy alegre, ese día mi alegría será total”.

    – “Por lo que más quieras, no me hagas eso, dame algo, no quiero morir. Seré tu esclava el resto de la vida”.

    – “No pretendo tanto, si esta tarde firmás dos documentos, te doy el remedio”.

    Naturalmente acepto, firmando el pedido de divorcio, renunciado a cualquier derecho económico y el poder para ser representada, en el tema separación, por un abogado amigo. Al término de eso le di un antiácido. Con el correr de las jornadas tomando esa pastilla se normalizó totalmente. Probablemente, temiendo un nuevo envenenamiento, se fue de casa a los pocos días. Nunca más supe de ella.

    Al tiempo, la sentencia de divorcio, me provocó un alivio inmenso, convenciéndome de que el futuro seguramente sería mejor. Los infiernos de esa naturaleza es raro que se repitan.

  • Adiestramiento sissy (II)

    Adiestramiento sissy (II)

    Si bien el término «maricón» es peyorativo, quienes nos travestimos para amarrarnos al macho vía anal, no podemos hacerlo de lado. Somos sencillamente eso, maricones y nos encanta que nos lo digan. Pues bien, si lo eres y te sientes ofendido, déjalo, no sigas. Porque esto va de eso, de maricones y de travestidos. Si sigues leyendo es porque te identificas. Bienvenido entonces, o mejor debo decir, bienvenida nena. Juntas vamos a realizarnos.

    Muchas ya me conocen. Soy Sasha Slut, una chica travesti que pretende ayudar a iniciadas en este mundo rosa y bello del travestismo, de la sissificación, del crossdresser, de la sumisión y del adiestramiento para ser las mejores putitas serviciales y ofrecidas al macho semental. Todas hemos vivido el proceso, pero muchas nos iniciamos como pasivos, teniendo sexo gay sin imaginar que luego admitiríamos sentirnos hembras. Y por eso no podemos denominarnos homosexuales, sencillamente porque no lo somos. Al aceptar nuestra condición nos vimos envueltas en dudas y prejuicios, tomamos prestadas nuestras primeras prendas femeninas y las ceñimos a nuestros cuerpos notando una excitación desbordante y característica en aquellas que nacimos chicas en cuerpo equivocado. Empezamos entonces el camino, masturbación compulsiva, tocamientos íntimos y deliciosos, dedos, objetos fálicos, vergas de látex, verduras. Y tocamos el cielo en esas rutinas diarias. Pero la duda se mantiene y es ahí donde entramos quienes ya somos putitas bien montadas para echar una mano a aquellas que aún no lo tienen claro. Y aquí estoy. Y te voy a ayudar.

    El mundo travesti es fascinante y placentero. La sensación de ser mujer y ser penetrada por el hombre no tiene descripción que se pueda entender si no se la ha vivido. El solo hecho de transformarse y verse en el espejo convertida en una adorable muñequita de uso y abuso viril, vale la pena. Más cuando adquieres seguridad y atiendes al macho con soltura y sensualidad hasta acabar destrozada y bien rellena.

    Pero eso requiere adiestramiento. Una educación integral donde te disciplines en técnicas amatorias para adorar la verga de aquellos que sí son hombres de verdad. ¿Te apetece ser adiestrada y acabar siendo la puta que siempre soñaste ser?…

    Necesitas de mi guía, voy a ser tu maestra y te vas a dirigir a mí como Ama, porque lo voy a ser en el transcurso que dure tu amaestramiento y en donde aprenderás a adorar al ser superior, a comer verga, a ser sensual, a someterte, a ser humillada, a gozar de todo cuanto él te quiera hacer, a canalizar el dolor y transformarlo en placer, a beneficiarte del dulce tormento de ser un objeto sexual, de verte en capacidad de ser una puta hecha y derecha y complacer.

    He sido la perra de tantos machos, que sé muy bien lo que les gusta de nosotras, y muchas veces de varios al mismo tiempo, soy en pocas palabras una grandísima puta siempre dispuesta y ofrecida al sacrificio del amor por la vía trasera. Mi vagina arde y la tuya será un volcán cuando te realices.

    Y lo primero que vas a hacer es escribirme un correo donde expongas con detalle todo cuánto te motiva para ser la nenaza ofrecida que quieres ser, vas a redactar tus intenciones y un acuerdo de fidelidad hacia mí y hacia tu educación. Debes ser muy formal y entregarte al cien por ciento, realizar todo cuanto te ordene, ser obediente y acatar al pie de la letra todo lo que vaya en favor de tu disciplina. Mi correo es: [email protected] No tardes cariño, realiza tus fantasías y sé la mejor de todas. Espero tu respuesta.

  • Una noche de autoplacer

    Una noche de autoplacer

    Qué gusto que estén apoyando mis relatos y haciendo ricos y muy eróticos comentarios, eso inspira mucho a seguir contando anécdotas. Aunque esta ocasión, más que una anécdota es la forma en la que yo disfruto darme placer por mi misma, no me dejaran mentir que la masturbación es una sensación súper rica y bastante erótica, así que hoy les contaré todo lo que experimento cuando me masturbo.

    Llegando la noche es el mejor momento para tocarse, después de un día duro de universidad lo primero que hago es quitarme la ropa quedándome solo en brasier y tanga. Mi lugar favorito para masturbarme es la sala (Soy estudiante en otro estado así que nunca hay nadie en casa), al no haber nadie puedo disfrutar muy rico poniendo un video porno en mi televisión con mi teléfono y usando audífonos para que los vecinos no escuchen y empieza la diversión.

    Comienzo colocando un video de mi elección, generalmente de hombres mayores con chicas jóvenes o de sexo casual, me abro de piernas y comienzo a tocarme. Una mano en mi vagina y la otra en mis pechos, hago círculos con mis dedos en mi vagina sobre mi tanga mientras me masajeo mis pechos haciendo que mis pezones se pongan duros. Ya entrada en calor me quito lo que resta de mi ropa y ahora meto mis dedos a mi boca colocando algo de saliva en ellos y los saco ahora para tocar mi vagina, mojaditos siempre se siente delicioso. Como ya he comentado en anteriores relatos, yo tengo pechos pequeños así que para sentir rico dejo caer algo de saliva en ellos y me mojo los pezones.

    Ya para este punto, ya no presto atención al video, solo en mi respiración y los propios sonidos de mi cuerpo, escuchando como se moja mi vagina cada vez que meto y saco mis dedos llenos de mis fluidos, primero lento y luego cada vez más rápido, hay veces que intento que mis gemidos no sean tan fuertes, escucharme gemir es tan excitante que muchas veces me termino viniendo y mojando todo en la sala. Pero aun no paso a lo más rico cuando me masturbo y eso es cuando incluyo juguetes a mi placer.

    Yo soy fanática de los juguetes sexuales, dildos, plugs anales, vibradores, etc. Tengo varios guardados para practicar y masturbarme, mi favorito es uno de 16 cm con textura y forma de un pene con venas, es bastante excitante para mi usarlo. Empiezo por pegarlo en una de mis paredes ya que el juguete tiene una ventosa que hace posible que se pegue y comienzo chuparlo un poco, dejando algo de saliva en él y ahogándome muy rico mientras que mi otra mano está acariciando muy rico mi vagina haciendo círculos. Sacándolo de mi boquita y pegándome en la cara con el dildo.

    Después de un rato chupándolo me voy a mi cama y como si lo montara lo pongo abajo en mi vagina metiéndolo deliciosamente sintiendo como lo abrazan mis paredes casi ahorcando el juguete y empiezo a brincar como si lo estuviera montando, sintiendo como entra y sale de mi vagina, lo hago mientras me doy unas fuertes nalgadas dejándome el culo rojo y tocándome deliciosamente mis pechos.

    Esto lo hago por unos 5 minutos hasta que siento que me vuelvo a venir, entonces me acuesto y abro las piernas, mientras me sigo metiendo mi dildo me masajeo el clítoris en cirulos y por fin viniéndome y ahora mojando mi cama, hasta ahí me masturbo, siempre termino con las piernas temblando, mi cuerpo muy caliente y mojada de todo.

    Ya por último me meto a bañar y limpiando todo incluyendo mis juguetes que me dieron una noche de mucho placer, espero les haya gustado este relato de masturbación, tengo que decir que lo escribí después de hacer todo lo que les platico, justo me acabo de terminar de bañar, espero que este hecho les excite mucho y tal vez en otro relato les cuente como es que uso un plug anal.

    Saludos, espero sus comentarios eróticos, besos a todos.

  • Mi querida putita

    Mi querida putita

    Por mi trabajo, nos fuimos a vivir a una ciudad lejana, en donde comenzamos a tener algunas aventuras de exhibicionismo. Notaba que ella no se incomodaba de enseñar los pechos o las piernas, pero no estaba seguro de que pudiera ser puta de veras.

    Algún tiempo antes, un amigo me invitó a conocer un local diferente. Y sí era diferente, había viejas con poca ropa, caminando, cogiendo y/o mamando a la vista de todos.

    Me entró el gusanito de llevar a mi casi putita. A ver qué pasaba y cómo reaccionaba. Una noche fuimos a cenar cerca y vi que se le habían subido algo los tragos, me pareció que era el momento adecuado de averiguar qué tan puta pudiera ser.

    Al terminar de cenar, alegres caminamos hacia aquel local donde había ido con el amigo, estaba lleno, y el ambiente era como lo había visto anteriormente. Sentados y tomando algo vimos que el ambiente estaba sin vergüenzas, putas enseñándose para conseguir un cliente o cogiendo. Sentados estratégicamente comencé a acariciarla besándonos, le abrí la blusa y le metí mano a los pechos, cómo no dijo nada le subí la falda acariciándole las piernas y la chucha. Silencio. Solo veía atentamente todo el local.

    Poco después estaba sin blusa ni falda, de piernas abiertas, con mis dedos explorando su coño. No tardó mucho en quedarse sin calzón. Y se inclinó para mamarme.

    Lo que no esperaba fue que el vecino que estaba de su lado rápida y repentinamente le metió la verga. Me quedé quieto esperando alguna reacción. No la hubo. Al salirse el primer picador, otro vecino se puso rápidamente en el mismo lugar y también se la cogió. ¡Los dos le metieron sus vergotas! ¡Y ella no dijo nada!

    ¡Bueno! me dije contento, mi teoría era correcta, mi querida esposita puede ser muy puta.

    Para confirmarlo esa misma noche caminó por el local vistiendo solamente los calzoncitos y la blusita abierta. En una de esas caminaditas un tipo la tomó del brazo y la llevó al baño de hombres, ella lo aceptó dócilmente. Se la cogió en uno de los boxes.

    Salió feliz a contarme:

    ¡Un tipo me llevó al baño y me metió la verga!

    ¿Y te gustó?

    Siii, me gustó mucho…

    ¡Esa fue la confirmación!

    Pasó un tiempo y comenzamos a repetir esa aventura de varias formas, al final de la historia en el curso de años se la cogieron unos 50 tipos y mamó unas 70 y tantas vergas. ¡Y siempre tan tranquila! (Sin contar los de la Facultad)

    Quiero contar aquí una de las aventuras más especiales.

    Como un año después de lo anterior ya estábamos muy habituados a ese ambiente, lo sentíamos de confianza. Una noche le sugerí que fuera a hablar con el gerente para saber si podría regresar otro día a trabajar como putita de la casa. Vestía solamente su blusita abierta, unos calzoncitos pequeños y zapatos

    El gerente la vio de arriba abajo, le dijo que sí, que llegara el día que quisiera a las 8:00 de la noche a esperar los clientes, que habitualmente empezaban a llegar como a las 10.

    Contentos decidimos que sería el siguiente viernes, escogimos una ropita sencilla, leve, fácil de quitar y cómoda, era un vestidito corto, calzones sencillos y zapatos. Todo fácil de quitar.

    Cerca del local me quedé en una cantina, para tomar unos tragos y quizás irme al cine para hacer tiempo.

    Como a las once, entré a la boite. No había mucha gente. Escogí un lugar de donde podía ver todo el local. Rápidamente la vi, sentada con otras putas, ordené una bebida y esperé. Al rato se aproximó con la plática de costumbre

    – ¡Hola! estás solo?

    – Sí

    – ¿quieres compañía?

    – (¿cómo estás cómo te sientes? le murmuré. ¿quieres salir?)

    – (hay poca gente vamos a esperar un poco…)

    – Bueno…

    Pasó algo como una hora, poco movimiento, pocos clientes ninguna de las putas estaba ocupada.

    Decidí ir al baño, y coincidí con un tipo escandaloso, que hablaba alto y que ya había notado por la poca gente del local. Nos saludamos y comenzamos a conversar pendejadas. Me invitó y acepté ir a su mesa, los dos estábamos medio aburridos.

    Al llegar vi que estaba con una puta güerosa y ruidosa, con muchas ganas de que el amigo se la cogiera, pero él no quería porque ya se la había cogido y quería carne nueva.

    Entre una plática y otra le dije: te voy a conseguir una puta nueva. Le hice señas al mesero de que llamara a mi putita, estaba distraída, el mesero me señaló otra, no, no, quiero aquella blanquita.

    Cuando ella se dio cuenta de inmediato se aproximó de la forma habitual, con una mirada interrogante para saber quién la había pedido.

    Ya juntos le dije:

    – Vas con él. Sin decir nada se encaminó al cliente y la güera se vino conmigo.

    Cómo se acostumbra en esos locales, no hubo preliminares ni fórmulas de cortesía, de inmediato le bajé los calzones a la güera y sentado se acomodó encima para que le metiera el palo. Caliente como estaba de inmediato me la chingué, viendo de medio lado como mi putita estaba sentada mamando una buena verga. Poco después el cliente ya le había quitado el vestidito parada de frente, le estaba chupando los pechos y palpando las nalgas ya sin calzones. Luego la puso de espaldas a él sentada, para cogérsela. Mi putita movía muy bien el culo. Sabía muy bien cómo hacerlo. Lo estaba ordeñando muy sabroso.

    Cuando la volví a ver, estaba apoyada sobre el banco dándole las nalgas… de nuevo.

    Yo ya había terminado con la güerota. Me dijo:

    – ¿Me pagas?

    – Aquel guey dijo que pagaba…

    – Ah bueno. Y se cambió de lugar

    Me quedé viendo lo que hacían mi puti esposita y su cliente.

    En algún momento ella estaba inclinada sobre él sentado, mamándolo. Al verla de nalgas se me antojó, se me puso la verga dura y me la cogí como estaba. Ni el cliente ni ella se inmutaron.

    Cuando me vine, mi putita también recibió la leche del tipo. Se quedó quieta unos minutos, y se enderezó con expresión de satisfecha.

    Descansando, él la sentó en sus piernas acariciándola distraídamente, y le dijo:

    – ¡Ah qué hija de puta! ¡Que puta eres!

    Asentí diciendo, siii. Ella solo sonrió contenta… Era una linda imagen, mi puti esposita encuerada en un putero, en las piernas de un tipo que se la acababa de coger. Y además había sido el show de sexo en vivo para la audiencia.

    Poco más tarde aprovechando una distracción, discretamente nos salimos como si la estuviera llevando a un hotel.

    ¡Muy felices y contentos!

  • Masaje a mi novia y final feliz

    Masaje a mi novia y final feliz

    Hoy ha venido mi novia a comer al piso, estamos solo Pedro y yo, porque Jorge se ha ido este fin de semana a su pueblo a ver a su novia.

    Hemos estado los tres en el bar de abajo de casa tomando unas cañas y nos hemos subido a comer.

    Yo no dejaba de pensar que la semana pasada Pedro se había follado a mi novia y eso me ponía cachondo.

    Lucila y Pedro estaban como si nada, hasta que Pedro preguntó si nos apetecía un porro, Lucila dijo que no, que ya sabía lo que podía pasar.

    Pedro le preguntó, ¿no te lo pasaste bien? y Lucila dijo, “por lo visto sí, pero no me acuerdo, y yo quiere acordarme de lo que hago».

    Así que dejamos lo del porro y seguimos hablando.

    A mi me estaba doliendo un poco la espalda y Pedro, que estaba estudiando 4° de fisioterapia me dijo que me podía hacer un masaje para descargar los músculos que debía tener tensionados.

    Me eché en la cama boca abajo en calzoncillos y Pedro me estuvo masajeando la espalda, y las piernas. Por lo visto la zona lumbar la tenía muy rígida. Después de la sesión, me encontré un poco mejor.

    Le pregunté a Lucila si quería ella también, que se iba quedar muy bien y dijo que sí y yo me preparé para grabarlo con el móvil, quería poder verlo de vez en cuando.

    Se quedó en bragas y sujetador y se echó en la cama.

    Llevaba unas braguitas que dejaban media nalga a la vista, estaba súper sexi y yo súper empalmado y todavía ni había empezado el masaje.

    Pedro utiliza un aceite esencial que se absorbe rápidamente, se lo echó en la espalda y empezó el masaje.

    Le dijo a Lucila que si se podía quitar el sujetador para hacer el masaje mejor, y ella se lo quitó.

    Empezó por el cuello y los hombros, y fue bajando por la columna vertebral, presionando con los dedos. Así estuvo un rato hasta que bajo al culo.

    Metía la mano por debajo de las bragas y le daba el masaje por todas las nalgas, subía de nuevo a la zona lumbar y volvía bajar al culo.

    Yo no dejaba de grabar desde distintas tomas.

    Para facilitar el masaje, le pidió que se quitara las bragas, y ella accedió sin problemas.

    Volvía a estar totalmente desnuda delante de otro hombre y yo allí mirando y grabando.

    Siguió un rato tocándole el culo y metiendo sus dedos en la raja, ella se movía suavemente gimiendo en voz baja. Cuando metía los dedos por la raja del culo, a mi me entraba taquicardia, estuve a punto de correrme en ese momento.

    Pedro estaba lanzado, ya nada de masaje terapéutico, era un tocamiento a mi novia en toda regla, y ella con cara de estar disfrutando un montón, estaba totalmente entregada y esta vez no había ningún porro por medio.

    Pedro le separo un poco las piernas y dejo a la vista su chocho. Le pasaba los dedos separando sus labios y le acariciaba el clítoris con suavidad. Ella no dejaba de contonearse y jadear.

    Llevaba sus dedos de la vulva al ano y viceversa.

    Lucila se dio la vuelta y se puso boca arriba, Pedro empezó a acariciarle las tetas y ella se moría de gusto.

    Bajo sus manos al coño y empezó a masturbarla, ella no paraba de moverse y gemir, esta vez ya en voz alta.

    Pedro se desnudó y dejo a la vista esa polla enorme que tiene. Como mi novia no se acordaba de lo del otro día se sorprendió cuando la vio e inmediatamente se la cogió con la mano.

    Pedro se puso encima de ella de rodillas y pasaba su verga por su vulva, acariciando el clítoris con la punta, pero sin llegar a metérsela

    Un momento antes de que se corriera le dijo que se pusiera de espaldas de nuevo y volvió a pasar sus dedos por el chocho hasta su ano, una de las veces, con mucha suavidad le metió el dedo gordo en el culo.

    Ella dio un respingo, pero le dejó que continuara. Estuvo un rato metiendo y sacando el dedo en el culo y a ella cada vez le gustaba más, entonces Pedro la cogió y le puso el culo en pompa, metió su cara en la raja y le lamió el ano.

    Finalmente, cuando ya no podía más, se puso el condón le lubricó bien el ano y quiso follarla por el culo.

    Pero ese ano era virgen y la polla de Pedro demasiado grande y no pudo meterla, hacía daño a Lucila y podía provocarle alguna herida.

    Ese ano hay que trabajarlo más, cosa a lo que me comprometo para que no le vuelva a pasar.

    Como no pudo ser por el culo, volvió a la vulva, pasando su polla por toda su raja, deteniéndose en el clítoris, que estaba muy excitado y erecto.

    Pedro de rodillas, la cogió por las caderas y la elevo hasta la altura de su verga, lentamente se la fue metiendo hasta el final y comenzó un mete-saca lento, para que mi novia disfrutase más, estuvo unos minutos follándola y ella estaba loca de placer.

    Yo mientras grabando todo. Ver como esa enorme polla entraba y salía en el chocho de mi novia me tenía muy excitado. Me puse a masturbarme encima de ella y me corrí al momento, toda la leche cayó sobre sus tetas.

    Luego nos dijo que su polla medía sobre unos 18 cm y sobre todo, unos 5 cm de diámetro.

    Comparando con la mía que mide unos 15 cm y 3,5 cm de grosor.

    No me extraña que mi novia se ponga como loca.

    Quedó más que satisfecha y la experiencia le gustó mucho

    Para la próxima vez, le dijimos, tiene que estar tu novia, ok?

    De acuerdo, dijo Pedro.

    Y en eso quedamos, pero ese será otro relato.

  • El patio de mi casa

    El patio de mi casa

    Cuando me mudé al piso donde vivo ahora, nunca imaginé que acabaría gustándome tanto. Es más, al principio lo compré de manera apresurada. Salía de una relación horrible y después de vender el piso donde mi prometido me la jugó con una amiga suya, me compré este sin pensarlo dos veces.

    La cosa era que no tenía donde caerme muerta, volver donde mis padres no era viable, ya no están para que su hija pequeña se metiera en casa y con mi hermano mayor, olvídate. Hubiera sido curioso compartir piso con mis sobrinos que bordean la adolescencia, sus sobacos sudados, sus granos, sus pajas… ¡Joder! Ni de broma.

    Lo dejé tal cual estaba, un poco anticuado la verdad, pero ya lo reformaría a mi gusto si seguía viviendo allí, que por lo que decía la hipoteca… así seria. Era pequeño, tenía dos habitaciones, un baño y una sala que no daba para mucho. Lo que menos me gustaba era la cocina, no por ser pequeña, tenía un tamaño normal, sino porque al ser un primero comunicaba directamente al patio interior.

    Al principio no me di cuenta de que eso era una desventaja. Podía colgar la ropa en un lugar de unos veinticinco metros cuadrados que compartía a la mitad con mis vecinos de la otra mano. No estaba mal tener esa pequeña porción más de “terreno” con respecto a los demás, sin embargo, recoger toda la mierda que tiran… eso no es gracioso.

    El primer año todavía me mosqueaba e incluso coloqué unos cuantos carteles para que los “guarros” (Sí, puse eso en el cartel) dejaran de tirar su “mierda” (también lo escribí). Sin embargo acabé por resignarme, mi vecina, una mujer muy amable que rondaba los cincuenta, me explicó que aquello siempre había sido así y no cambiarían.

    Con la única familia que me hablaba eran con mis vecinos de A, los demás, solo eran los guarros que tiraban su basura al patio. Alguno se libraría, estoy segura, pero como eso no lo sabía, pues todos cerdos.

    Sin embargo, todo eso está en el pasado, llegué al edificio con treinta y dos años… que joven era… ahora estoy al borde de los cuarenta y me parece que no he avanzado en nada. En el trabajo he prosperado, no obstante en las relaciones… un desastre. Me he resignado a no tener hijos, creo que con mis dos sobrinos ya voy contenta, no me veo con sesenta años teniendo a un adolescente de veinte. ¡Menudo horror!

    Vamos al grano, que al final no os voy a contar como tener ese patio me trajo beneficios. Aunque al principio fue de lo más extraño y me llegué a preocupar, sin embargo, todo acabó a las mil maravillas.

    El primer incidente sucedió… no lo recuerdo bien… diría que yo tendría unos 36 años, si no había cumplido ya los 37. Era un día de lo más normal, sin nada en particular. Salí al patio a recoger la ropa, recogiendo las pinzas que se les caían a los vecinos y agenciándomelas para mí. Algo bueno tenía que tener, en todo lo que llevo aquí, solo una vez compré pinzas.

    El caso es que cuando me volví a meter en casa algo me asaltó a la cabeza. Miré en el cesto donde había metido todas las prendas y estaba segura de que había puesto a lavar mi braga rosa. Rebusqué, pero no la encontré. Por si acaso eché una ojeada a la lavadora quizá la hubiera tomado prestada como en muchos casos mis calcetines… nada, no estaba.

    Era raro, recordaba haberla tirado a lavar y de pronto había desaparecido. En los cajones de mi cuarto tampoco estaba, aunque seguía creyendo a ciencia cierta que la había colgado en la cuerda. Era mi braga favorita, la que denominaba de la suerte, aunque no hacía honor a su nombre porque llevaba una temporada… que tela…

    Solo se me ocurrió una cosa y fui a la puerta de mi vecina para llamarla. Después de unos toques apareció en su cocina, no era la primera vez que la llamaba, teníamos cierta confianza.

    —Hombre, Sandra, guapa. ¿Qué quieres? —salió con sus gafas de profesora, siempre que la veía así sabía que estaría corrigiendo los deberes de los alumnos de su academia.

    —Olivia, no habrás… —miré hacia el círculo de pisos que se alzaba sobre nuestras cabezas. Nunca se sabe quién puede estar escuchando, mejor susurrar— ¿Has recogido por error unas bragas mías? Son rosas, así… muy bonitas…

    —Diría que no, siempre que te cae alguna a mi lado te la cuelgo otra vez. Déjame mirarte… —se dio la vuelta entrando a la cocina y desde dentro añadió— ¿Hace mucho que la pusiste?

    —Que va, la recogí hoy. O sea que la colgué ayer.

    —Pues… —rebuscando en su cesto con las gafas puestas, intuía que allí no estaban— No, cielo, aquí no veo nada. De todas formas la buscaré por casa, no sé igual la recogí pensando que era mía o algo.

    —No te preocupes. —estaba claro que no, Olivia controlaba su ropa a la perfección— Muchas gracias, seguramente estará en algún cajón. Hablamos, querida. —nos despedimos con las manos y me paré en seco, dándome la vuelta para decirle mientras sacaba pinzas de mi bolsillo— ¿Quieres alguna?

    Aquella fue la primera vez que pasó, una perdida inofensiva de una braga que la verdad tampoco le di mucha importancia. Era muy bonita y cómoda, además de ponérmela siempre que quería salir, pero a fin de cuentas era eso… una braga.

    No volvió a ocurrir nada similar, al menos que yo me diera cuenta. Ninguna de mis prendas llegó a desaparecer, hasta que… cumplí los treinta y nueve. Me acuerdo a la perfección, porque aquella noche salí de fiesta dejando colgada una lavadora. Obviamente hasta la tarde de aquel domingo no recogí la ropa y… otra vez me faltaba una braga. Esta vez de color rojo que ya tenía un año casi de uso, pero que me encantaba ponerme.

    Lo busqué por toda la casa, sin enlazar la perdida de esta con el anterior, habían pasado dos años como para recordar que se me había perdido mi braga de la suerte. Pero mientras estaba en la cocina tomándome un café y recuperando un poco de vida que la fiesta me había arrebatado, escuché salir al marido de Olivia.

    Miré a Fermín con un rostro ausente como colgaba la ropa, la verdad que no estaba para nadie ese día. Aunque cuando me vio tras el cristal le dediqué la mejor sonrisa que pude, seguro que fue malísima. Lo que pasó fue que ver a mi vecino allí me dio que pensar.

    No era nada raro que colgara la ropa, le había visto muchas veces haciéndolo, lo que pasa es que mi mente con una seria resaca piensa demasiado y claro, le di vueltas. Me imaginé a Fermín robándome una braga para olerla como un degenerado a la espalda de su esposa. Me reí sin poder parar, menos mal que el hombre no lo podía escuchar.

    Era imposible, era una persona de lo más amable, un buen padre de sus dos hijos y alguna que otra vez me había ayudado con cosas de la casa. Podría haber sacado típico piropo estúpido para quedar en buen lugar, pero nunca lo hizo, siempre correcto, no lo veía como un roba-bragas.

    Llamé a mi amiga Carolina para que viniera un rato a hacerme compañía, y si surgía, hablaría de ella sobre mi suposición de un roba-bragas secreto. No era muy en serio, no lo veía un problema grave, pero nos reiríamos mucho, mi amiga siempre dice chorradas y si tenía un poco de alcohol del día anterior mejor.

    —Sandra, mi vida, ponme un café y un vasito de agua, estoy muerta. —me dijo al entrar por la puerta con unas ojeras curiosas.

    —Vete a la cocina que lo tengo listo.

    —Última vez que me invitas a un chupito, ya no tenemos edad.

    —¡Si me invitaste tú, cacho perra!

    —¿Ah, sí?

    Las dos nos reímos sin parar mientras recorríamos el pasillo, sentándonos en la mesa mientras le contaba alguna cosas de la noche que no recordada. El chupito había borrado una buena parte de la fiesta.

    Seguimos durante la tarde hablando sin movernos de la cocina. Creo que nos llevamos tan bien, porque somos iguales y si seguimos así… acabaremos solteras, en el mismo piso y rodeadas de gatos. No es mal plan.

    —¡¿Y ese chaval?!

    Giré mi cabeza sin hacer caso a su sorprendido rostro, era Rober, el mayor de los hijos de Olivia que salía al patio a descolgar la ropa con un rostro similar al nuestro. Carolina nunca había visto a nadie en mi patio, era normal, no hablábamos mucho de eso, aunque si sabía que lo compartía. Fue una décima de segundo, pero se sobresaltó.

    —Es Rober, el hijo de mis vecinos.

    —Joder, lo he visto ahí y parecía que se había colado. —dando un sorbo al agua se rio de una forma que conocía— ¿Aunque tampoco te importaría, eh?

    Dándome un golpe en la mano se rio tan fuerte que creo que Rober lo llegó a escuchar. Aunque no me importaba la verdad, era un chico tímido con el que había cruzado dos o tres palabras todos estos años. Muchas de ellas eran preguntándole que si estaban sus padres o que iba a hacer buen día al subir por la escalera… lo que se dice una relación fluida.

    —No digas bobadas, que le saco casi veinte años… —que vieja me sentía.

    —Ya ves… hace poco en el gimnasio, me ligué a un yogurín, ¿te lo dije?

    —¡Pues claro que no! ¿Cómo no me cuentas eso?

    Ella se rio y yo la lancé una servilleta que convertí en una bola. La verdad que últimamente con mi abstinencia sexual las historias de mis amigas era lo único que me ponía a tono. Sobre todo estas tan picantes, como la que Carolina estaba a punto de contarme.

    —Nada, hablamos, hablamos y…

    —Eres siempre igual… ¡Sigue, mujer! —siempre me dejaba las historias a medias para que la suplicase.

    —Como me gusta cundo me lo pides así. —se volvió a reír dando un sobro al agua— Quedamos hace una semana, pero al final no pudo ser y al día siguiente… en el gimnasio…

    —¡No! ¿Te lo follaste en el gimnasio?

    —Exacto. Pin Pan. En los baños, ¡qué gusto, cariño! Me dejó para el arrastre.

    —Puta suertuda. —agaché la cabeza lamentando mi suerte.

    —Pues tu vecino no tiene mala pinta, al menos algo preparado… —mirándole fijamente— y quizá si se ducha… estaría bien.

    —Es muy tímido, no me habla nada. Su hermano pequeño una monada, pero este… olvídate.

    —Igual le gustas y por eso no dice nada, le impones.

    —¡Calla, anda! Podría ser su madre —me reí mirando hacia atrás al chico que seguía descolgando la ropa

    —Igual eso le pone.

    Carolina levantó las cejas para provocar en mí una carcajada y le dije que dejásemos ya el tema. Rober podía tener algo de atractivo aunque ni por asomo me imaginaba algo con él era muy raro, le había visto siendo un niño. Aunque algo pasó por mi mente cuando mi amiga se fue y me metí en la cama. Pensar en que le gustase, en que se hubiera fijado en mí y descolgando la ropa, todo se encaminó a una pregunta ¿Y si Rober me ha robado las bragas?

    El tiempo fue pasando y seguí con mi rutina habitual, aunque después de ese día, ponía un poco más de atención al colgar la ropa. Sentía un poco de curiosidad por descubrir al ladrón de ropa interior, creo que en el fondo lo hacía porque mi vida se estaba tornado aburrida y eso le daba un empujón.

    Las colocaba lo más cercanas a mi puerta posible, para que el individuo que las afanase lo tuviera difícil. Después de tres meses que las rojas desaparecieran, “perdí” otras blancas al colgarlas.

    Las tres tenían en común que eran de buena calidad, eso me fastidiaba porque no me robaba bragas baratas, el ladrón era un sibarita. Decidí comprobar si en verdad me robaban o seguía siendo un fallo mío, aunque con tres “perdidas” las posibilidades eran escasas.

    Me compré un tanga barato, pero bien bonito, de lo más sugerente que coloqué justo al lado de donde mis vecinos solían colgar la ropa. Lo hice un viernes a la tarde, sabiendo que la última me la habían robado en fin de semana tal vez el ladrón volvía a cometer sus mismos vicios.

    Exactamente, al día siguiente el tanga no estaba. No me dio ni asco, ni rabia, solo sentí una curiosidad que se transformó en risa. Había alguno de mis vecinos que me deseaba, o al menos a mis bragas. Todavía conservaba una buena figura, con voluminosos pechos y unas anchas caderas que hacían parecer mi cintura enana.

    Esperé un tiempo, más que nada para que no fuera escandaloso. El ladrón no sería tonto, si le dejaba otra braga en la cuerda estaba claro que no iría por ella al día siguiente. Por lo que tramé un plan para pillarle.

    Con el ajetreo del trabajo se me pasó de largo y casi en mi cuarenta cumpleaños me acordé de mi perfecto plan. En esa época ya me había dado una pequeña crisis cercana a la cuarentena y me había cortado el pelo bien corto, todavía no sé por qué lo hice, pero me acabó gustando.

    El caso es que me compré dos bragas monísimas y bien baratas, tampoco era plan de tirar el dinero. Dejé una en la cuerda y colocando una vieja cámara relativamente escondida en el patio, descubriría al chorizo.

    Al día siguiente incluso me levanté feliz. Mi juego se iba a terminar y me sentía vencedora, me daba igual si no me la habían quitado, porque de ser así, al día siguiente lo volvería a intentar. Tenía claro que quería divertirme con todo este plan.

    Visioné la cámara a la máxima velocidad. Al patio salieron Olivia, que no hizo nada y también Fermín, que tampoco tocó mi braga, pero alguien había sido… porque la ropa interior… no estaba.

    No tardó mucho en aparecer, quizá a las dos de la madrugada más o menos por la hora de la grabación. Tras las sombras de la noche una silueta se formó al fondo del patio. Alguien abría la puerta y se acercaba de forma sigilosa hacia la cuerda, se hizo espacio entre la ropa y… cazado. Rober era el que me robaba las bragas.

    Cuando lo vi… sonreí y me reí tirada en el sofá. Creo que me dio cierta satisfacción saber que podía poner a un chico tan joven y bien formado, no era un feo salido, bueno… salido igual si, pero feo no.

    Pensé en que podía hacer, quizá ir y decirle que no volviera a pasar, que aquello estaba como el culo y que además, me hacía perder dinero. Me llegué a vestir para ir a llamar a la puerta, decirle que saliera un momento a hablar con alguna excusa y contárselo en el rellano. Pero no conseguí salir de casa… no me apetecía terminar así el juego.

    Por lo que tramé algún plan, algo que me hiciera sentirme fuera de la rutina que era mi vida. Las historias de Carolina siempre me ponían los dientes largos, yo también quería vivir una aventura.

    Aquella semana no estuve para nada bien en el trabajo, casi que estaba ida, pensando en lo que podía hacer con aquel tema. Estaba claro que no le quería llamar la atención al joven y tampoco seguir dejándole mis bragas para que… ¿Qué se hacía? Supongo que pajearse…

    Al final el jueves a la mañana, mientras tecleaba a un cliente en el ordenar se me ocurrió una tontería que podía dar resultado. Llegué a casa con prisa, cogí un bolígrafo, papel y me puse a escribir. Era una pequeña nota, nada del otro mundo, pero mi corazón se aceleraba cada vez que la leía y pensaba en lo que iba a hacer con ella.

    Llegó el viernes y después de trabajar me eché la siesta. Tenía el cuerpo agitado, necesitaba dormir, sobre todo porque si mi plan salía bien, en teoría mi ladrón de bragas iría de madrugada a por ellas y debería estar despierta.

    No lo soporté, antes de cenar me metí en la ducha, me rasuré entera y… me tuve que tocar con buenas ganas, acabando en un feroz orgasmo que acabó dejándome de rodillas en la ducha. Con las piernas dobladas en el plato de ducha y el agua golpeando con fuerza mi espalda lo tenía claro, tenía que pasar algo.

    Salí a la noche a colgar la ropa, silbando una canción de la oreja de Van Gogh que me recordaba a mi infancia. Incluso la canté con un tono elevado, quería llamar la atención, que mis vecinos de patio supieran que estaba allí. Lo último que puse fue el tanga nuevo que había comprado. Apartado de todas las demás prendas y pegado a la zona más cercana a mis vecinos.

    Lo único que tenía de diferente con otros días es que dentro de la prenda, bien escondido para que solo quien lo robase lo pudiera ver, había un trozo de papel pegado con celo.

    “Rober, ven ahora, estoy sola. Dejo la puerta del patio abierta. Estaré lista en mi cama. Ven preparado, porque vamos a follar.”

    No sabía si fui muy directa al escribirlo, pero cuando dejé la puerta del patio abierta y me metí en la cama, mi cuerpo estallaba con miles de sensaciones. Incluso mi alma gritaba por tal desenfreno, estaba loca perdida por haber hecho algo como eso.

    No tenía ni idea de quien era ese joven, sí, le había visto durante años, pero apenas habíamos cruzado cuatro palabras. Sentía que era parecido a parar a un individuo por la calle y proponerle sexo. Las preguntas se arremolinaban en mi cabeza ¿valdrá la pena? ¿Follará bien? ¿Querrá venir? ¿Cómo la tendrá?

    Tuve que concentrarme en otra cosa, poniéndome una película para pasar el rato, eran todavía las doce de la noche y tenía tiempo hasta de que apareciera. Aunque no podía sacármelo de la cabeza, por puro instinto mi mano bajó hasta mi vulva. La ausencia de pelos me dejó sentir el leve rezumar de líquidos que ya salían de mi interior.

    Nunca había estado tan cachonda y además… por un chico que ni conocía. La película transcurría mientras yo no me paraba de tocar, no tenía la intención de correrme, solo quería seguir así de caliente.

    Apagué la televisión, la película terminó y eran cerca de las dos de la mañana, en teoría si tenía que pasar algo era en ese momento. Me quité mi pijama quedándome desnuda sobre una cama que parecía helada por lo caliente que me encontraba. Pensaba en cómo hacerlo, como presentarme ante él, pero todo me daba vergüenza, si le veía… me daría un infarto. De pronto en la cocina… unos pasos.

    Escuché como entraba alguien, eran unos sonidos amortiguados, de alguien que no quiere hacer ruido y seguramente venía con los pies descalzos. Mi corazón se detuvo, mi alma se heló y por un momento sentí que no había sido buena idea. Sin embargo, no había vuelta atrás.

    Había cerrado todas las puertas, solo dejando abierta la de mi cuarto y la cocina, el camino era muy claro. Por el pasillo escuché unos pasos tranquilos mientras que seguro el corazón del paseante nocturno estaba acelerado… al igual que el mío.

    No tuve de otra, no quería verle, no quería interactuar con él. Solo quería que viniera e hiciera lo que tenía que hacer. Me senté al bode de la cama, dándome la vuelta de un salto y con la cabeza dirección a las almohadas, levanté mi trasero todo lo que pude quedando a cuatro patas.

    Mi culo estaba dirección a la puerta, con un sexo mojado que relucía con la escasa luz nocturna que entraba por las ventanas. Tapé mi rostro contra el edredón, no podía mirar, estaba segura de que estaba más colorada que nunca. Entonces, los pasos se detuvieron.

    El ladrón de bragas entró en la habitación, sin decir ni una palabra escuché como se ponía a mi espalda, justo a los pies de la cama. Entre mis dos piernas abiertas sentí el caer de su pantalón que llegó a rozar con mi tobillo… me di cuenta de lo que se venía.

    No me tocó… con ninguna otra parte que no fuera su pene. Lo primero que noté mientras seguía puesta como si mi cuerpo fuera un tobogán y los chiquillos bajasen por mi espalda, fue su polla. El capullo se colocó entre mis labios vaginales, una boca que se abrió del todo al notar el calor que desprendía aquel hierro.

    No tardó, no me hizo esperar como mi amiga con sus historias, me la metió según encontró el agujero y yo… gemí de un brutal placer.

    Como buen adolescente cachondo, el coito no fue calmado, no fue incrementando el ritmo, empezó fuerte y me siguió follando fuerte. Menos mal que estaba preparada y con una lubricación excesiva por todo el tiempo que estuve calentando con mi mano el clítoris, ahora valía la pena.

    El sexo estaba siendo abrumador, notaba una potencia y una porción de carne en mi vagina que no era normal. Estaba segura de que lo de que me estaba penetrando era grande y gordo, no como la última que tuve, una polla delgada como un espagueti que me decepcionó. Da igual lo que tengas si lo sabes usar, pero si no tienes y no usas… por favor, cierra después de salir.

    Luego de las primeras entradas y tras los gemidos que aquel chico me sacaba, no podía resistirme, creo que lo excitante de la situación, unido a sus brutales sacudidas, trajo lo inevitable. Mordí el edredón apretándolo con fuerza y contraje mi gran trasero que mi amante tenía en primicia. Se me doblaron los dedos en los pies como las garras de un águila en plena caza y entonces hablé.

    —No pares, sigue. No pares… Fóllame, fóllame…

    Lo repetía como un rezo, una oración a un ídolo fálico que me sacaba el calentón demoniaco por el que llevaba poseída ni sé el tiempo. Mis palabras fueron elevándose en el aire, hasta el punto que el “Fóllame” se detuvo para dejar paso a los dulces golpes rítmicos del sexo y mis gritos de placer.

    Me corrí… ¡Vaya si me corrí! Impresionante. Rober con cierta experiencia, se detuvo cuando sintió mi estremecimiento, como mi vagina succionaba su pene y lo aprisionaba dentro sin dejarlo escapar. Después mis paredes se relajaron y todo mi ser tembló. Sentí mi cuerpo erizarse como un gato enojado y mi alma marchó a dar una vuelta por mundos de placer.

    Cerré los ojos, mientras mi labio inferior temblaba y una saliva ardiente caía hasta el edredón, dejando un pequeño charco no más grande que el tamaño de mi dedo gordo. Estaba en el cielo, en el mejor orgasmo conocido por mi cuerpo. Fue entonces que me giré, dando vuelta a mi cuello y viendo al joven vecino con su camiseta blanca de pijama y cierto jadeo erótico.

    —Sigue follándome. —le ordené una vez mi sexo se tranquilizó.

    Las acometidas siguieron y esta vez me apoyé sobre mis manos, estirando los codos y dando una horizontalidad a mi espalda. Rober ahora con sus manos en mis caderas seguía follándome con la misma pasión. Pensé en lo mal que había hecho todo este tiempo con los de mi edad, aquello era un error, debía estar siempre con chicos jóvenes y fogosos, ¡menuda energía!

    Rober seguía. Clavaba fuertemente sus dedos en mi pequeña cintura mientras golpeaba con su pene mi vagina. Notaba como mi trasero se movía adelante y atrás y mis pechos bamboleaban casi contra mi rostro. Lo bueno que al tener el pelo corto por mi arrebato… ahora con girar levemente el cuello ya veía a mi empotrador.

    Siguió por un rato, no cesaba ni un poco en su ritmo y yo quise aguantarme, querer mantener aquella lucha. Bueno lucha… en verdad solo Rober me daba, yo simplemente soportaba los golpes de su polla. Pero no pude aguantar más, el segundo se vino, no llevaríamos ni un cuarto de hora… ¡Qué digo! Quizá decir que eran diez minutos sería algo exagerado.

    —Me corro otra vez, dame, dame, dame…

    Mis súplicas se perdían en la habitación, mientras de nuevo, las palabras se convertían en gemidos que no podía reprimir. Con el patio abierto me imaginé que Olivia lo escuchase, pensando en lo bien que me estaban follando sin saber que el que lo hacía era su hijo mayor. Debo estar muy salida, porque aquel pensamiento, desencadenó el siguiente orgasmo.

    Estaba totalmente preparada, cuando el joven se inclinó sobre mí, notando su pijama contra mi espalda y en un acto impulsivo aprisionó con sus manos mis dos tetas. Lo hizo con ganas, sin reprimirse, tratando de que le entraran en la mano, algo que era imposible. Eso sí, no paró de darme en ninguno momento y con la presión en mis pechos y algo… muy poco la verdad, en mis duros pezones, me corrí.

    No fue como el anterior, fue muy bueno, pero no magnifico, simplemente mejor de lo habitual, algo de lo que no me quejo, para nada. La sacó de mi interior, sintiéndome vacía mientras jadeaba y gemía bien alto para que supiera lo que había logrado. Giré mi cabeza, estaba de pie, detrás de mí, con un pene épico del que colgaban lianas de mis flujos.

    Me sorprendí de mi misma. ¿Qué es lo que este chico me había sacado? ¿Corridas ocultas desde hace siglos? Me daba lo mismo, la imagen de tal coloso a mi espalda me hizo girarme por completo. Me dejé caer de rodillas al suelo, quedando la mitad de mi espalda sobre la cama. No me apetecía limpiar todo aquello con la boca, se veía erótico, pero no para comérmelo, por lo que me junté las tetas y le hice saber lo que venía.

    Creo que lo entendió a la primera, porque se agachó con rapidez y me la metió en mi canalillo. No me apetecía seguir con el sexo, me lo había dejado hecho polvo, y sabía que al día siguiente tendría agujetas, por hoy, no quería forzar más la máquina.

    ¡Con qué ímpetu me las follaba mientras yo apretaba mis pechos para que rozaran! Era una maravilla. Su fuerza era increíble y notaba la misma potencia que en mi sexo. Gracias a mis fluidos, su poderosa herramienta se deslizaba como en una pista de patinaje. Era increíble verla desde mi posición, parecía un tren pasando un túnel y parando antes de descarrilar cerca de mi cuello.

    Por primera vez se puede decir que interaccionamos, porque agachó su mano hasta mi pelo, moviéndome la cabeza para que… pusiera mi boca en dirección a su pene. Lo entendí a la perfección, quería una paja con mis tetas mientras le chupaba la punta, ¿Quién no querría algo así? Accedí.

    Mi lengua lamia su capullo cada vez que se acercaba y de mientras, observaba las caras de Rober, estaba a punto de reventar. El ritmo se incrementó y ya no podía lamérsela, directamente chocaba contra mi lengua sin poder hacer nada. Pero no había que hacer mucho más, la corrida se acercaba.

    El joven movido por un deseo incontrolable, se incorporó, sacando su pene de mis pechos y quedándome de rodillas como una devota esclava. Lo que no había quitado era su mano de mi pelo y con la otra agarrándose el tremendo pene… me lo metió en la boca. Sentí que aquello no cabía en interior y cuando mi garganta comenzó a recibir golpes sin parar me noté abrumada, sin embargo, estaba más cachonda que nunca.

    Traté de lamerla, dejando un reguero de baba importante mientras sentía que aquel falo engordaba entre mi paladar. Al final, un bufido animal digno de un toro me avisó de lo que ocurriría y sabiendo lo que Rober pretendía… le dejé.

    Su corrida salió disparada hacia mi garganta mientras sus manos apretaban mi cabeza ahogándome contra su polla. Nunca me habían hecho algo así, era la primera vez y en otro momento me negaría, pero… ¡Qué cachonda estaba!

    Su néctar ardiente chocó contra mi lengua y dos espesos disparos se colaron directamente en mi garganta, ahogándome ligeramente hasta que me los tragué.

    El calor me anegaba por dentro y por fuera, mi amante temblaba como un edificio a punto de caer y su pene seguía asfixiándome. Fue entonces que lo sacó. Tosí dos veces, sacando el exceso de semen, algunas gotas cayeron en el suelo, otras en mis tetas y la gran mayoría desbordó por mi labio inferior. Mi barbilla ahora era un cúmulo de semen de lo más caliente.

    Le miré directamente a los ojos por primera vez, mientras me inclinaba hacia atrás apoyando mi espalda en la cama. Con una sonrisa le hice saber que me había gustado, él hizo lo mismo mientras temblaba y gemía con un pene rojo como el infierno.

    —Ahora es cuando te tienes que largar, cariño.

    Le dije en voz baja para que nadie pudiera escucharlo, como si no hubieran oído mis gritos de placer…

    Se levantó los pantalones con dificultad y observé bajo la tela como su erección todavía no disminuía. Se marchó en silencio como había venido y yo, me quedé arrodillada gozando de su semen. Había sido de los mejores de mi vida, si no el mejor… y viéndome allí, postrada con toda su leche, tanto fuera como dentro de mí, solo pensaba en volver a repetirlo.

    El viernes siguiente le volví a dejar una nota, más o menos poniéndole lo mismo, pero añadiéndole una cosa nueva. Porque claro, lo había pensado y esos mensajes me costaban dinero en ropa interior, por lo que al final de la hoja, rezaban tres palabras.

    “Devuélveme las bragas”.

    FIN

    ———————–

    En mi perfil tenéis mi Twitter para que podáis seguirme y tener más información.

    Déjame tu opinión sobre esta pequeña historia y si te ha gustado, te invito a que disfrutes con mis otros relatos.

  • La fantasía de mi exnovia

    La fantasía de mi exnovia

    El sexo con mi ahora exnovia siempre fue muy placentero.

    Creo pertinente señalar que ella es un año mayor que yo y al momento de lo que contaré, tenía 27 y yo 26. En la cama teníamos una gran química que nos llevó a experimentar desde el sexo anal, pasando por sexo rudo (cachetadas y mordidas) hasta el exhibicionismo (en una de nuestras aventuras en el centro de la ciudad fuimos a dar a un hotel cuyas habitaciones tenían un balcón que daba a la calle principal, ya se imaginarán el resto).

    Aun así, quedaron pendientes varias propuestas que no pudimos realizar y otras de las que no estaba seguro que fueran en serio. Ambos teníamos fantasías, algunas de ellas estaban ya sobre la mesa; por mi parte quería hacer un trío mhm, pero no descarté un hmh posterior para complacerla y regresarle el favor de permitirme experimentar con dos mujeres a la vez. El problema con esto es que ella tenía más inquietud de verme coger con otra mujer y me decía que si yo la veía con otro hombre no la quería lo suficiente. Así pues, el tema quedó silenciado. Sin embargo, había una cierta fantasía que ella no aceptaba pero que siempre mencionaba y a mí me excitaba cada vez que se salía en la conversación.

    Ella al ser estudiante de maestría tenía gastos que cubrir y buscó empleo en una escuela preparatoria privada para dar clases. La aceptaron de inmediato pues necesitaban personal docente, le dieron plaza para cubrir clases de historia y ética. Al principio todo sucedió con normalidad, estaba un poco nerviosa pues era su primera vez frente a un grupo compuesto por tantos adolescentes.

    Al paso de los días me empezó a hablar de uno de ellos especialmente molesto, de esos que no faltan en las escuelas, que la miraba con imprudencia y que llamaba su atención al no hacer sus actividades y simplemente siendo un bravucón. Soy hombre y también fui estudiante, reconozco cuando se genera una cierta atracción hacía una figura de ese tipo pues a mí me gustaba mi maestra de química en la preparatoria que no era muy agraciada de rostro, pero siempre vestía con faldas lisas con las que se le miraba un voluminoso trasero, medias y tacones, muchas veces me masturbé pensando en ella y en como se sentiría tocar sus piernas enfundadas en seda.

    Sin embargo, mi ex, mientras más pasaba el tiempo me contaba que el bravucón la tenía cada vez más harta y, en cambio, hablaba emocionada de otro estudiante de unos 18 años, muy tranquilo, que era cumplido con tareas. Éste, si mal no recuerdo, estaba en el último año, era más alto que el resto y venía de una familia adinerada. Yo no sospechaba en nada fuera de lugar, creía normal que ella se entusiasmara tanto con ese estudiante pues, a comparación del resto, cumplía con sus tareas sin falta y con gran interés, participando en su clase cada que se daba la oportunidad.

    Fue después de una buena sesión de sexo en dónde me percaté que la situación con el chico ya no era tan inocente. Estábamos descansando cuando ella sacó su celular y me dijo que le gustaría que leyera un pequeño escrito que había pedido de tarea, lo consideró el mejor ensayo recibido y felicitó a quien lo escribió que no era otro que ese joven, además me confesó que al regresar de las vacaciones del puente éste le obsequio una pulsera y desde entonces la usaba.

    Fue ese momento cuando sin pelos en la lengua le pregunté qué era lo que ocurría con esa situación en particular pues, además, había notado también cierta inclinación a que usara ropa cada vez más entallada o escotada al ir a dar clases. Se quedó callada por un momento y simplemente respondió riendo que me imaginaba cosas, que ella no haría ninguna tontería porque estaba conmigo como pareja y que él tendría 18 años a lo más. Un poco dudoso le insistí «eso no quiere decir que no te gustaría hacer algo loco, ¿no crees?». Evadió mi cuestionamiento con alegatos morales y demás, concluí diciendo que esa relación de alumno-maestra no me parecía normal y antes de darme cuenta ella ya estaba encima de mí preparándose para el siguiente round mientras sonreía y decía «estás loquito».

    Pasaron unos cuantos días y las cosas seguían igual de extrañas. El clímax de este relato sucedió cuando, después de emborracharnos, discutimos por tonterías y al ser ya muy noche y ella estar más borracha que yo decidí fuéramos a mi casa. Ya ahí la recosté en la cama y, por lo molesto que me sentía, opté por dormir en el sillón que tengo en mi habitación. No habían pasado ni 20 minutos cuando sentí que me acariciaba la entrepierna y me susurro «quiero que me cojas». A pesar de que sus esfuerzos estaban convenciéndome y mi verga ya estaba a medio empalme, la mandé a dormir y le dije que hablaríamos por la mañana.

    -No quiero hablar, quiero coger, y quiero hacerlo ahorita no mañana.- dijo en voz lenta mientras su mano subía y bajaba por encima de mi pantalón acariciando mi pene.

    -Creo que deberías dormir ya. Mírate, estás borracha.- le dije.

    -Borracha pero sé qué es lo que quiero, ¿me lo vas a dar?.- y dándose vuelta puso sus nalgas frente a mi vientre, frotándose con frenesí.

    Yo ya no pude disimular más mi enojo y le dije que se moviera más rápido y que si me gustaba lo que hacía consideraría cogérmela. Entonces puso sus manos en los descansos de los brazos del sillón y aumento la velocidad pero paro de golpe.

    -¿Así o más rápido? ¿Ya me vas a dar verga?.- dijo mirándome en la oscuridad.

    -Si lo quieres tienes que buscarlo y darle una buena mamada con esa boquita de puta que tienes.

    No tardó en ponerse de rodillas frente a mí mientras me bajaba el pantalón con el bóxer puesto. Sentí como tomo mi carne con fuerza cuando lo liberó.

    -Me tiene que gustar como lo chupas para que te lo meta en el culo.

    -Quiero que me lo metas después de que te lo chupe.- dijo algo molesta.

    -Ya veremos.

    Y se puso a ello, empezando a lamer la cabeza y siguiendo por todo el tronco, subía y bajaba la mano masturbándome. Bajó hasta mis testículos y lo chupó y lamió deliciosamente. Creí que eso sería todo pero bajó aún más y me lamió el culo. Estaba viendo estrellas. Se detuvo.

    -¿Ya me coges?

    La tomé del cabello y la empujé contra el sillón con la cara viendo a la pared y sus nalgas frente a mí.

    -Te ganaste una buena cogida, perrita.- le dije al oído al tiempo que la besaba en la boca con ansia. La tomé por la cintura y guíe mi verga a su sexo que ya se sentía muy húmedo. Fue muy fácil meterla y la cogí aún con enojo pero también con locura. Se escuchaba el chocar de sus nalgas con mi vientre por todo el cuarto, el olor a sexo se dispersaba con rapidez. Estaba tan caliente que me subí por completo al sillón para meter y sacar más rápido mi verga pero sentí adicional el choque de mis testículos en sus muslos lo que me prendió a tal punto de continuar con más fuerza hasta venirme.

    Estábamos rendidos, yo aun tomándola por la cintura y el cabello y ella sosteniéndose del respaldo del sillón y mordiéndolo.

    -Vamos a acostarnos.- le dije cuando me levantaba y me secaba el sudor de la cara.

    Ya acostados la abracé por el cuello.

    -Me gustó mucho cómo me cogiste, ¿si estabas muy enojado?

    -No mucho, pero insististe demasiado. Además, puedo estar enojado pero no te dejaré mal cogida.

    Dormité un rato hasta volver a sentir el movimiento de sus nalgas contra mi abdomen.

    -¿Quieres seguir entonces?

    -No sé de qué hablas, solo me estoy moviendo. Mejor dime, ¿has pensado en alguien más mientras me coges?

    -Ummmm no, no lo creo.- Mentira piadosa. Las mujeres siempre hacen ese tipo de preguntas trampa.- ¿Tú si lo has pensado?

    -No, o no sé. Bueno, es que no sé qué pasó.

    -¿Qué pasó con qué?

    -Es que mientras me cogías me pasó por la mente que era mi estudiante el que lo hacía. No te vayas a enojar, solo quería decírtelo.

    -¡Entonces tenía razón!- le dije casi con emoción.- Lo sabía, sabía que no era normal que hablaras tanto y así cómo lo haces de él.

    -¿No estás enojado? Creí que te molestaría.

    -Quizá lo estoy un poco, pero lo entiendo. También fui a la prepa y también me gustó una maestra. Además, no lo culpo de verte con esos ojos, tienes unas buenas piernas y un culo precioso, tienes buenas tetas.

    -Tampoco creo estar muy buena. Pero gracias, creí que lo tomarías a mal.

    -Para nada. Lo veo normal.- callé por un momento mientras me pasaba por la mente llevar hasta las últimas consecuencias lo que se acaba de destapar- ¿Y es la primera vez que te pasa? ¿Qué piensas en él mientras cogemos?

    -¿Para qué quieres saber?- respondió entre confundida y ansiosa.

    -Curiosidad solamente.

    -No.

    Cuando dijo eso me levanté para ponerme encima de ella ya con una erección bastante firme.

    -Ah… ponte bocabajo.- se dio la vuelta dejándome sentir sus nalgas con mi carne.- ¿Qué más has pensado de él?

    -Me he imaginado que nos quedamos solos en el salón y que… ya sabes…

    -No, no sé, ¿qué pasa?.- puse mi miembro en su sexo nuevamente húmedo mientras le mordía ligeramente el oído.

    -Pues que me coge…

    -Ajá.

    -Pero no sabe, y le enseño. Le digo como meterme su pene.

    -Si, no debe tener mucha experiencia. Necesita que le enseñen.

    -Ajá… y cuando ya sabe por dónde meterlo no aguanta y se viene rápido.

    -Es normal. Necesita práctica.

    -Si, por eso le digo que a la siguiente oportunidad debe aguantar más, que así debe tratar a las mujeres.

    -Exacto, tiene que tener aguante. Pero tú le enseñarás lo que necesita saber, ¿no?

    -Si, le enseñaré qué hacer cuando alguien le haga una mamada.

    -¡Ah! Se la vas a chupar. ¿Así como a mí? ¿Le chuparás los testículos?

    -Si, debe saber cómo se siente para que no se venga rápido.- Para ese momento yo metía y sacaba mi verga lentamente pero con fuerza mientras ella gemía a la vez que respondía. La tenía tomada del cabello y del cuello y en ocasiones le mordía el oído y se lo lamía escuchando su respiración agitada al máximo. Se abría las nalgas para que yo pudiera llegar más hondo en ella.

    -Debe aprender muchas cosas. ¿Le enseñarás cómo se hace una rusa? ¿Vas a vestirte cómo puta para él? ¿Dejarás que se venga en tu boca?

    -Si. Voy a decirle que ponga su verga entre mis tetas y haré que se venga. Me voy a tragar todo su semen cuando lo haga. Y me vestiré muy puta para que vea que soy una perra en celo. ¿Me vas a dar permiso de hacer todo eso?

    -No veo porque no. ¿También dejarás que te coja por el culo?

    -Si, pero quiero que tú me cojas primero para que aprenda como se hace. Aunque tal vez se asuste porque no estaríamos solos él y yo.

    -Es posible, pero le diría que se tranquilice, que solo le daré esa lección y después puede hacer lo que quiera.

    -¿Dejarías que uno de mis estudiantes me coja frente a ti?

    -Solo si lo hace bien.

    -Entonces me vas a prestar, ¿no soy tu perra, tu puta?

    -Ya cállate.- la besé en la boca para meterle mi lengua y seguí metiendo y sacando, no duré mucho, estaba muy caliente. Ambos gemimos como locos cuando le dije que me venía y sentí mi leche caliente derramándose en su interior, ella aflojó los brazos. Me quedé encima suyo unos segundos más y al recostarme la abracé por el cuello de nuevo. Nos quedamos dormidos.

    Pasaron un par de semanas cuando, por motivos de la maestría, ella dejó de ir a trabajar a esa escuela. Ocasionalmente el tema de su estudiante salía mientras cogíamos o nos mensajeabamos, ella sabía lo caliente que me ponía leerla o escucharla hablar así, pero después de su salida del trabajo fue disminuyendo la frecuencia de esto.

    De las últimas ocasiones que tocamos en tema me dijo que una compañera suya se había sentida atraída por otro estudiante y que habían empezado a verse, desconozco el grado al que llevaron esos encuentros pero eso le hizo considerar que debería haberse quitado la espina de la curiosidad. Por mi parte puedo decir que si lo hacía o no tenía que decidirlo por si misma, en cierto momento de nuestra relación me sentí atraído por una mujer mucho mayor y cedí al deseo, busqué la experiencia y me pareció grata aunque la guardé para mí; si mi entonces novia decidía probar esas mieles no se lo habría reprochado.

    Que suerte tienen algunos estudiantes que han podido intimar a tal grado con sus maestras, les tengo envidia. ¿Dónde estaban esas maestras calientes cuando yo estaba en preparatoria? Quizá frente a mí pero mis hábitos ñoños de entonces me hacían pasar inadvertido para ellas.

  • Tío mañoso

    Tío mañoso

    Para festejar mi cumpleaños número 20, mis padres organizaron una salida a Tequesquitengo, en el estado de Morelos. Nos fuimos nosotros, unos compadres de mis padres y un tío, hermano de mi mamá que vive en Monterrey; y la verdad es que me dio mucho gusto que él fuera, pues vino desde allá para traer un regalo por mi cumple. Nos fuimos el sábado muy temprano, ya que mi papá había alquilado una villa para estar ahí hasta el domingo.

    En cuanto llegamos a la villa, de inmediato me metí a darme una ducha y a ponerme mi traje de baño para meterme a la piscina. En cuanto salí al patio, lista para tirarme a la piscina vi cómo me miraba el compadre de mi papá, unas miradas muy lascivas; era lógico; llevaba puesto un traje de baño de dos piezas y no es por nada, pero mi cuerpo joven y bien cuidado, quiero pensar que se le apetecía. Yo me lucía toda.

    Después de un rato todos estaban dentro de la piscina.

    Después de la comida, ya eran casi las 6 de la tarde, todos nos bañamos y nos preparamos para salir a bailar. Me vestí con una blusa de tirantes, un short de mezclilla muy ceñido a mi cuerpo, unas pantimedias de color natural y desnudas y una tanga de hilo en color blanco. Durante el tiempo que estuvimos en el antro, no dejé de bailar. Bailé con todos; con mi papá, con su compadre y el mayor tiempo me la pasé bailando con mi tío. Y por cierto, el muy cabrón de mi tío, no dejaba de tocarme las tetas y las piernas cada vez que podía, y por cierto que sabe acariciar, no se comportaba tan tosco como mi novio. Las pantimedias brillaban preciosas con la luz de la pista de baile y sentía que todo mundo trataba de mirarme las piernas. Pero no dije nada; pensé que por el espacio y los ritmos, era completamente natural.

    Al salir del bar, ya todos iban medio borrachos, excepto mi tío; él tiene 28 años y no toma. De hecho, él fue el conductor designado.

    Llegando a la villa, el compadre de mis papás sacó algunas botellas de brandy y siguieron tomando. A qué horas se durmieron? La verdad es que ni cuenta me di. Simplemente me disculpé y me fui a descansar.

    En cuanto llegué a la recámara me quité toda mi ropa, excepto las pantimedias pues me gusta sentirlas en mi cuerpo, me puse un blusón que uso como pijama y me acosté; perdí la noción del tiempo. Algo me hizo reaccionar; sentí que unas manos tocaban mis chamorros. Al principio me asusté, pero no dije nada. Esas manos se sentían muy juguetonas y desesperadas por llegar hasta el final del camino.

    Cuando una de esas manos llegó a mi entrepierna me incorporé y mi tío se asustó; él era quien me estaba manoseando. Se apartó de la cama y me pidió disculpas. Mi reacción fue decirle, no hay problema. Me senté en la cama, me quité mi pijama para que él me pudiera admirar. Se sorprendió de mi reacción; se acercó a mí y sujetándome de la cintura comenzó a mamarme las tetas. Mordía una y después la otra. Rompió las pantimedias para meter un dedo en mi panocha y al tocar mi clítoris me sacó un suspiro. Bajó su boca y me dio una mamada de panocha que jamás me la había hecho, y mira que a mi novio le encanta mamármela.

    Me acomodó en la cama, sacó un condón de su bolsillo, se lo puso en su verga y recostando sobre mí, me la dejo ir toda; la sentí enorme, traté de romper más las pantimedias del puente de algodón para no tener limitaciones… Se empujaba hacia mí mientras me sujetaba las manos. Me pidió que me re acomodara, me puso de perrito y me empujó su verga hasta el fondo de un sólo empujón. Sacaba y media su pito con gran maestría. Después de dos o tres minutos se detuvo, me apretó las nalgas y se vino. Dejó algo de semen en mis piernas que limpié con mis dedos para, posteriormente, llevarlo a los labios, se sentían babosos, como el nopal.

    Se apartó de mí, se quitó el condón, lo cerró y lo guardó en su pantalón.

    Al día siguiente nadie dijo nada. Por la tarde regresamos a la CDMX y llegando a casa, tomó sus cosas y se regresó a Monterrey.

    Espero que el próximo año venga nuevamente a darme mi regalo de cumpleaños.

    Si te interesa saber más de mí, ve a mi perfil y ahí podrás conocerme mejor.

  • Mi primera clase de sexo oral. Aprobada

    Mi primera clase de sexo oral. Aprobada

    Atrapé a los padres de una amiga teniendo sexo oral y descubrí que me excitaba más de lo que imaginaba. Yo era joven, si bien ya no era virgen, nunca le había practicado sexo oral a nadie, fantaseaba con hacerlo, pero creía que aún no estaba preparada.

    En el primer año de facultad nos habían dado como tarea para el fin de semana realizar una investigación en grupo sobre la biodiversidad de la ciudad.

    En nuestro grupo de amigas esa investigación de fin de semana significaba estar todas juntas, todo el día, durante tres días. Diversión, paseos, y comida.

    Y algo de investigación.

    La aventura comenzó ese mismo viernes en la facultad. Al terminar la clase, en el bar de la esquina, comenzamos con la organización.

    El lugar elegido para hacerlo fue la casa quinta de Juli, ella es hija única y los padres Roberto y Anahi, se irían de viaje a Europa en festejo de su aniversario.

    Como la ansiedad era grande y no queríamos perder ningún minuto de la aventura del fin de semana al salir de la facu subimos las cuatro amigas al auto de Juli, realizando paradas estratégicas en las casas de cada una de nosotras para dar avisos a nuestras familias y cargar un bolso con ropa.

    Al llegar a la quinta nos recibía un pasillo arbolado que acompañaba el camino, al avanzar hacia la casa principal los árboles se convertían en rosales que dibujaban el sendero que llegaba casi hasta la puerta principal.

    En el frente de la casa había una piscina con agua cristalina y algunas camas inflables que nos esperaba.

    La casa era de dos pisos, de estilo colonial, sus paredes eran de un color verde y sus techos de tejas rojas y un enorme parque con árboles frutales, otros añejos y altos.

    Juli dejó perfectamente estacionado el auto debajo del porche de la casa. Y al descender las cuatro fuimos recibidas por Ester y Juan, el matrimonio que cuidaba la propiedad.

    Nos ayudaron con el equipaje y se retiraron. En el piso superior había tres habitaciones con baño privado, y un pasillo con un ventanal hermoso, grande, que abría sus puertas a un balcón amplio, con una mesa y sillas que se convierten en camas. Casi instintivamente nos separamos en dos grupos y elegimos habitación.

    Aún quedaba un poco de sol, y decidimos tomarnos el resto del día para disfrutar de la pileta, la casa y organizar la investigación del día siguiente.

    Y como jóvenes que éramos corrimos en bikini por toda la casa llevándonos provisiones, bronceadores, gafas, tragos, toallas y demás cosas al solarium, para disfrutar de la pileta y del deck.

    Y mientras jugábamos en la piscina, admirábamos la belleza de Mati, el hijo de los caseros.

    Juli nos había hablado de él, nos había dicho lo bien que besaba y la fuerza en sus brazos, lo que hacía que el deseo sea mayor.

    Para deleite de nuestros ojos Mati era el encargado de mantener el parque y se paseaba entre los árboles como un stripers… o eso imaginábamos nosotras.

    Al caer la noche Ester y Juan, nos agasajaron con empanadas caseras en la cena.

    Estábamos agotadas pero era viernes por la noche y no queríamos dormir temprano, Mati cenaba con unos amigos iguales o más lindos que él y nos invitamos a unos tragos.

    La noche estaba hermosa, estrellada, los chicos tenían una guitarra y un fogón, y nosotras éramos chicas de ciudad, que amábamos el campo.

    Y al lado de ese fuego ardiendo, nos recostamos en mantas, sobre el pasto, escuchando los grillos, mirando las estrellas, nos conocimos, nos besamos.

    Que lindo que besaba!! fue un beso tierno, ardiente, excitante… pero sabíamos que aún no podíamos hacer nada.

    Me tomó de la mano y me acompañó hasta la puerta de mi habitación. Y mientras introducía su lengua en mi boca y se encontraba con la mía escuchamos sonidos que parecían gemidos y bajamos hasta la cocina.

    Estábamos súper excitados y esos sonidos solo sumaban calentura.

    Buscamos con la mirada el lugar de donde provenían esos placenteros gemidos y descubrimos a los padres de Juli teniendo sexo oral.

    Roberto, apoyado sobre la mesa completamente desnudo y Anahi, de rodillas frente a él, produciéndole placer, lamiendo y mordiendo su pene, disfrutando de eso.

    Nos quedamos observando, escondidos detrás de una columna, tocándonos mientras nos daban una clase de sexo oral y placer mutuo.

    Lo que vi esa noche fue magistral.

    Mati con una tremenda erección y yo húmeda hasta el orgasmo los observamos y aprendimos.

    En silencio nos retiramos del lugar cada cual a su habitación.

    Al día siguiente el matrimonio exbicionista viajaba a Europa y nuestra investigación de biodiversidad se ponía en marcha.

    En la mañana desayunamos todos juntos y las cuatro amigas recorrimos la quinta tomando nota de diferentes árboles y animales que encontrábamos en el camino.

    Volvimos para el almuerzo, un típico asado con ensaladas. La tarde la pasamos en la pileta. Y en la noche volvieron los amigos de Mati para hacer nuevamente un fogón. Esta vez sin adultos que ocupen la cocina.

    Bailamos alrededor del fogón, cantamos acompañados de la guitarra y nos acostamos a mirar las estrellas.

    Comenzamos a acariciarnos, le bese el cuello y toque su entrepierna que se endureció al instante. El fuego de la noche anterior aún estaba encendido, introdujo su mano dentro de mi bikini y mojó su dedo con mi excitación.

    Le pedí que me acompañe hasta la cocina mientras le guiñaba un ojo, y mientras recorría con mi lengua mis labios le dije: -necesito tomar algo.- al llegar, desabroche su pantalón desesperada, hambrienta, mientras lo empujaba hacia la mesa

    Baje su ropa interior, tomé su pene entre mis manos y recordé a la mamá de mi amiga, metiendo en su boca el miembro grande de su marido, y el placer que ella generaba.

    Y comencé a lamerlo despacio, y acompañe el movimiento con mi mano, de adelante hacia atrás, cambiando de ritmo, como había aprendido. Y observaba la cara de placer de Mati que me confirmaba mi súper desempeño. Lo mordía suavemente y gemía como lo había aprendido.

    Mati también era nuevo en el sexo oral y no pudo aguantar mi primera clase.

    El domingo a la tarde, después de haber realizado la investigación y estudiado de la biodiversidad, volvimos a nuestras casas.

    Mati era el encargado de llevarme hasta mi casa, las chicas se iban con Juli en el auto.

    Mientras manejaba, lo mire y me acordé de su cara de placer de la noche anterior, me recline sobre su entrepierna, desabroche su jeans, saque su pene y se lo cogí con mi boca. Sentí su rigidez, sentí su firmeza, lo saboree, sentí como se contraía una y varias veces mientras eyaculaba en mi boca, sentí como se ablandaba y se relajaba nuevamente ante mi segunda lección.

    Me confeso que nunca le habían practicado sexo oral.

    Le confesé que con él había sido mi primera vez.

    Fue un fin de semana en el que aprendí mucho, y no solo de biodiversidad.

  • Sexo desconocido

    Sexo desconocido

    Mi nombre es Rebeca, soy una persona muy sexual, amo coger tanto con mujer como con hombre.

    Un día estaba muy caliente y quería coger con quién sea, tenía 18 años y ya viva sola así que podía hacer lo que quisiera ya que dónde vivía en ese momento nadie me conocía.

    Estaba tan caliente que ya me había masturbado dos veces, ya había usado los consoladores, pero deseaba como loca una buena pija, pero se me pasó por la cabeza que quería una nueva, quería coger con un extraño alguien que no conocía. Lo pensé durante un tiempo y decidí que si, que no tenía nada que perder, me puse un vestido sin ropa interior y salí de mi departamento. No estaba del todo segura de lo que hacía, pero lo tenía que hacer, pero no sabía cómo.

    Descargué un App de cita y puse sexo ya sin vuelta comenzaron a llegarme miles de mensajes. Al primero que llegó le dije que si llegaba en 10 minutos cogíamos sin vuelta, al final pasaron los 10 minutos no llegó y así le estuve diciendo a las 10 personas que me mandaron primero, hasta que uno llegó al bar.

    Apenas llegó sin dar vueltas le dije “vamos a mi casa” y dijo que si. Llegamos, fuimos a mi habitación, antes de empezar le dije “lo único que quiero es que me cojan analmente hacelo como quieras, pero solo por el chiquito” (a mí me encanta que me duela, me estresa esperar a que me dilate).

    Así que cuando lo lubricó y comenzó a empujar yo me hice hacía atrás para que entre todo de una vez, comenzó a cogerme no duró mucho máximo 10 minutos. Como no me gustó le dije que se fuera, pero seguía con muchas ganas. Me bañé y otra vez lo de la App de citas y en 30 minutos llegó un hombre de bastante edad.

    Le dije lo mismo, que solo era por el chiquito y obvio no se negó. Él ya era un poco más experimentado así que le dije que no espere a que dilate que lo meta de una sola vez. Así lo hizo. Él si me cogió como quería, me jalaba el pelo, me ahorcó, me pegó y así pasaron 30 minutos. Terminó y le dije que se fuera.

    En ese momento pensé ya pasaron dos en 2 horas, cuánto podré aguantar. Seguí buscando, ese día me cogí a 9 durante todo el día y al final ya acostada busqué una amiga y terminé cogiendo con ella también (todo lo que hice y con los 9 me cuide) al día de hoy lo sigo haciendo y me encanta.