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  • Mi amiga la directora

    Mi amiga la directora

    Vivo en Mendoza, tengo 38 años y dos hijos. Mi matrimonio transcurre con normalidad, aunque siempre ando necesitado de tener sexo. Hasta el momento del presente relato, nunca había sido infiel a mi mujer. Con ella he practicado varias «cosas» sexuales: posiciones, juguetes, anal, oral. Pero siempre soy yo el de la iniciativa.

    Tenemos una amiga en común, Marta (nombre ficticio para no comprometer), directora de un colegio secundario de la zona. Tiene 40 años, dos hijos y se ha divorciado hace ya casi 10 años. En ese lapso no le hemos conocido parejas, pero sí nos ha hablado de varios encuentros sexuales con distintos pretendientes. Sin entrar en detalles pero siempre que pasa «algo» termina contandonos.

    Marta es una mujer atractiva, con algunos kilos de más pero bien puestos. Mide 1.70 y tiene dos grandes pechos que llaman la atención aunque no lo quieras. Hemos coincidido en vacaciones en la playa y no hay forma que esas tetas no llamen la atención. Yo trato de ser disimulado porque mi mujer anda cerca, pero la realidad es que más de una vez me he pajeado pensando en esos pechos.

    Esta historia sucedió este verano. Pandemia de por medio no salimos de vacaciones, aunque al tener piscina en casa todo se hizo más llevadero. Marta vive a unos pocos minutos de distancia y era normal que cada tanto pasara a disfrutar de la pileta y de largas charlas conmigo y mi mujer. Una tarde calurosa mi mujer salió a visitar a unas amigas. Se reunirían en la casa de una de ellas. Mis dos hijos también habían ido a casas de amigos por lo que estaba solo y tranquilo.

    Era un buen momento para ver un poco de porno y hacerme una buena paja, ya que mi mujer me tenía sin sexo hacía unos días porque «no tengo muchas ganas». En pleno «trabajo» sonó el timbre. Primero pensé en no ir, pero al final me puse un pantalón flojo y me asomé. Era Marta que venía a visitarnos y a disfrutar del fresco del agua. Mientras abría le comentaba que mi mujer no estaba, que estaba solo… pensando en que quizás se iría. Pero no, me dijo que estaba sola en su casa y que, si no me molestaba pasaba a charlar un rato y refrescarse.

    Le abrí la puerta, la hice pasar y vi de reojo como me miraba el bulto que se marcaba en mi pantalón. Estaba al palo y no había forma que bajara rápido. Nos sentamos en el jardín, ella se sacó la remera y el pantaloncito que traía y se quedó en bikini. Era un dos piezas de color negro que ya le había visto otras veces. No era tanga pero le marcaba bien el poco culo que tiene. La parte de arriba parecía explotar con sus tetas. Con la calentura que traía acumulada lejos estaba mi pija de encogerse.

    Se metió al agua bajando por la escalera. La diferencia de temperatura hizo que se le marcaran los pezones. Yo no podía dejar de mirarlos mientras hablábamos. De repente me miró la entrepierna, se tocó los pezones por encima de la tela de la bikini, como queriendo aplacarlos y dijo:

    – Parece que la soledad te mantenía ocupado…

    Me resultó muy raro ese comentario porque, si bien hablamos varias veces de temas sexuales nunca nos hacíamos referencias tan directas.

    – Bueno, a veces uno tiene que ayudarse un poco.

    – Pero mi amiga no te mantiene al día?, me respondió

    – Tu amiga no es tan sexópata como yo, le contesté.

    – Uff, no hables de esas cosas delante de los pobres, dijo suspirando.

    – Dale, ¿cómo andan tus chongos?

    – ¿Chongos? hace meses que no veo a ninguno. Desaparecen tan rápido como aparecen, me respondió Marta.

    A esta altura de la charla mi excitación se había ido por las nubes. Me animé un poco más:

    – No puedo creer que con lo buena que estás no haya nadie que te quiera dar. Decir que estoy casado, porque si no ya estaría acosándote.

    – Jajaja, me hacés reír. Para mí las parejas de mis amigas son sagradas, me respondió Marta tratando de enfriar.

    – Bueno, pero sabés que si necesitás un service, vivo cerca y queda entre nosotros. jajaja (mi risa final fue más de nervios que de broma).

    Marta salió de la pileta y buscó una toalla para secarse un poco. No encontró una en su bolso y le ofrecí una mía. La fui a buscar y cuando volví estaba de espaldas a mí, escurriéndose el pelo agachada. Su hermoso y pequeño culo estaba en todo su esplendor. Me acerqué de atrás y, al borde de apoyarle mi pija me paré y le puse la toalla sobre la espalda. Ella se incorporó y dio un paso atrás para mantener el equilibrio, quedando mi pija erecta justo entre sus nalgas.

    – Bueno, parece que la toalla viene con regalo, dijo Marta sin moverse ni un centímetro.

    – Soy solo un hombre asistiendo a una mujer hermosa, le respondí mientras la abrazaba por la espalda con la toalla hasta cruzar los brazos sobre sus tetas.

    Los dos estábamos calientes y nos estábamos prendiendo fuego. No hicieron falta más palabras. Empecé a mover mis manos con la toalla sobre los pechos. Sus pezones se pusieron durísimos, pedían más acción. Le empecé a besar el cuello por detrás y por los costados y ella comenzó a suspirar y largas pequeños gemidos. Dejé la toalla y subí el corpiño de su bikini, dejando las tetas al aire y sin sostén. Estaban firmes y enormes, no podía dejar de manosearlas, de dar pequeños pellizcos a los pezones. Mientras tanto mi pija se había acomodado en la raya del culo de Marta y nos rozábamos intensamente.

    De golpe, solté sus tetas y la giré. Sin dejarla decir nada la besé profundamente. Nuestras lenguas se encontraron mientras le desataba la bikini. Primero la parte de arriba y después la de abajo. Me aparté un segundo, quería contemplarla totalmente desnuda. La recosté en sobre la toalla en el pasto, abrí sus piernas y empecé a besar su concha. Estaba empapada y, a medida que iba metiendo la lengua aparecían nuevos sabores y más humedades. Marta sólo suspiraba, jadeaba, gemía. Después de un rato (segundos, minutos, qué importa), empezó a gemir más fuerte hasta que acabó mientras yo seguía con mi lengua en su vagina.

    Cuando terminó la miré a los ojos y empecé a besar su cuerpo desde la concha hasta su boca, haciendo escala en cada centímetro y con particular dedicación a cada pezón. Le volví a dar un beso profundo, largo, enorme, y le metí mi pija en la concha. Entró fácil gracias a la humedad. Me dijo al oído: «llename de leche total estoy tomando la pastilla». Eso me excitó más aún.

    Empecé a embestirla mientras la besaba. Nos giramos y ella quedó arriba mío. Se incorporó y me ofreció una hermosa vista de sus tetas bamboleantes mientras me cabalgaba. Siguió moviéndose sin parar hasta que le dije «te voy a llenar de leche». Me miró, aceleró y acabamos juntos. Enseguida se desplomó sobre mí sin sacarse la pija de adentro. Nos hicimos unas caricias y se salió, acostándose a mi lado boca abajo.

    Giró la cabeza y me sonrió. Fue el principio de una relación hermosa, donde seguimos encontrándonos para sacarnos las ganas de coger libremente.

  • Quiero que me la metas muchas veces

    Quiero que me la metas muchas veces

    En el verano de mí vida conocí a una hermosa muchacha muy sexy, de piernas sinuosamente torneadas, turgentes y delicadas, que siempre vestía muy coqueta resaltando un delicioso trasero, poseedor de unas nalgas sensacionales, respingonas y muy redondeadas que invitaban no sólo a contemplarlas sino a acariciarlas, besarlas y desde luego, penetrarlas; pero este portento de mujer también poseía un rostro travieso y angelical, con su pelo muy corto, de grandes y expresivos ojos y unos labios carnosos que incitaban a comerlos. Era mi compañera de trabajo y apenas contaría con unos 22 o 23 años de edad.

    Todos los días como si fuera un ritual, la veía pasar atravesando el umbral del consultorio en su parte posterior, regalándome una sonrisa, mientras yo contemplaba su armonioso cuerpecito deambulando cadencioso y sensual frente a mis embelesados ojos que no perdían ni el más mínimo detalle.

    Quién habría de decirme que esa ricura de mujer, un buen día me estaría llamando para decirme que “se estaba quemando por tener sexo” y que me apresurara a encontrarla para que nos cogiéramos desesperadamente.

    Todo eso sucedería muchos años después, en los que acontecieron muchas cosas en su vida; ya que fue novia de un médico y más tarde se casó con un camarógrafo de televisa, con quien no duró mucho tiempo, pero que tuvo una hija y del que finalmente se separó.

    Durante todo ese tiempo se fue deteriorando su belleza, dejándose subir de peso y cayendo en gran depresión, sin embargo, estos eventos habrían de permitirme tener un gran acercamiento con ella como su confidente y apoyo para la resolución de sus problemas morales y a veces económicos, pero además sirviendo de una especie de psicólogo, a través largas pláticas y estableciendo una gran cercanía y amistad.

    A veces acudía a mí en sus momentos críticos y yo la escuchaba y relajaba con algunos ejercicios de sensibilización y respiración que realizábamos en el consultorio, donde casi siempre se terminaban las sesiones con un cálido y fraternal abrazo que acallaba y menguaba sus emotivos sollozos.

    Al parecer todo esto la desestresaba y le daba confianza, al grado de compartirme su mayor secreto, que no era otro, que su frigidez, ya que a ella siempre le había sido muy difícil entregarse a un hombre y que en toda su vida no había experimentado un solo orgasmo; que podían pasar algunos meses sin que ella sintiera el deseo por una relación sexual.

    Y es que como consecuencia de la separación de su esposo ella no había podido relacionarse con nadie, aunque había tenido un acercamiento de noviazgo con un compañero sin consumarse como verdadera relación.

    Por aquellos días llegó a la clínica una coordinadora en plena madurez, pero muy atractiva que hizo amistad con ella, enterándose de su depresión y sus problemas por los que atravesaba, incluyendo su depresión, por lo que le preguntó si había probado masturbarse para relajarse de su tensión y ante su respuesta negativa, decidió enseñarle algunas formas de cómo hacerlo, con la recomendación que, para motivarse, consiguiera alguna película porno o de menos algunas fotos de desnudos masculinos y que si eran conocidos, mucho mejor, con el deliberado propósito que se excitara lo suficiente, ya que presentaba dificultades para lograrlo.

    Entonces fue ella la que me propuso si podía regalarle unas fotos para que pudiera realizar su tarea, desde luego que yo me negué a hacerlo en principio y ella reaccionó negativamente alejándose y tratando de manipular para convencerme. Por mi parte y un poco por la excitación que me causaba el asunto de las fotos, luego de sucesivos intentos porque entendiera la insensatez de poner en riesgo mi identidad, accedí con la condición de que en las fotos no apareciera mi rostro y que me prometiera no revelar el origen de ellas. Así que no muy convencido, me tome unas cinco fotos del tórax hacia abajo que coloqué en un disco compacto, que para entonces ya existían, con el propósito de que sólo ella pudiera verlas en la computadora.

    Sin embargo, meses más tarde pude darme cuenta que seguramente acostumbraba mostrarlas a sus amigas a través de una computadora portátil y que yo pude percatarme accidentalmente de ello. Ya me imagino a sus compañeras excitándose junto con ella con un pene empalmado entre la penumbra, pero resaltando sus atributos, ya que sin ser demasiado largo si lo es bastante grueso y cabezón y que modestia aparte, la hace ver como una muy buena verga

    Ya para entonces en mayor confianza, me platicaba cómo le había enseñado su coordinadora a masturbarse ya que ella no sabía hacerlo y a partir de esos aprendizajes, encontraba un desahogo sexual que la relajaba agradablemente. Ella no perdía ocasión en hablar de las fotos, diciendo que le habían gustado mucho a ella y a sus compañeras, pues resulta que, en una ocasión, según me comentó festiva, se le ocurrió imprimirlas y colgarlas en el vestidor de mujeres. Y así al entrar a cambiarse sus compañeras, hicieron un gran escándalo al verlas, por lo que le pidieron que se las mostrara todas, y que se las compartiera, sin dejar de preguntar a quién pertenecían. Ella por su parte, siempre afirmó que no les había dicho a quién pertenecían las fotos, pero casi estoy seguro que las presumió revelando la identidad, aunque siempre les quedó la duda de fuera cierto, al no aparecer mi rostro en ninguna de ellas.

    Después de algunos meses y de algunas sesiones de terapia psicológica se le veía mucho mejor y hasta bromista en ocasiones. Así que en una de tantas conversaciones intenté convencerla de la necesidad que reanudara su vida sentimental y sexual para terminar con esa depresión que tanto la agobiaba, a lo que ella provocativamente me preguntó: y ¿tú podrías ayudarme?

    – ¿Ayudarte? ¿Cómo?, contesté

    – Olvídalo, estoy diciendo tonterías

    – No, no son tonterías, estoy para ayudarte, hemos compartido tantas cosas que sólo nos ha faltado compartir la misma cama. Ja, ja.

    – No me hagas caso, replicó.

    A partir de ese día, me hacía bromas, cada vez más atrevidas con respecto al tema, hasta que un día le dije, ¿“en verdad quieres que hagamos el amor”? o más claro. “quieres coger”?

    – ¡Gulp! ¿me lo estás proponiendo?

    – Sólo si tú tienes ganas y no te causa conflicto

    – Bueno, la verdad es que si quiero contigo para que me lo hagas gentilmente y tengas en consideración a mis miedos que siempre he tenido al respecto y que me impiden disfrutar de una relación sexual completa

    Así que un fin de semana nos citamos a desayunar con la intención de terminar en la cama cogiendo, pero no resultó tan fácil pues ella ya estando desnuda frente a mí se mostró muy tensa y esquiva, ya que después de irla acariciando me confió muy en corto que ella era muy difícil de calentarse o excitarse y que había sido una de las causas por las que tuvo problemas con su fallido matrimonio. Yo le dije que no había problema y que sabría esperar hasta que se sintiera con ganas de hacerlo y que mientras tanto podríamos tocarnos y explorarnos hasta donde ella asintiera.

    Al principio, se cohibía mientras terminaba de desnudarse y era necesario estimularla con mucha ternura y caricias suaves, aunque se notaba como se excitaba al verme a mí desnudo. Así que de pronto me dijo, quiero conocer al de las fotos, descubriendo mi trusa y liberando esa verga cabezona que yacía bien parada y lista para la batalla. Al contemplarla, me dijo que le gustaba más en vivo que en fotografía y que la quería acariciar, al tiempo que la tomaba entre sus manos y poco a poco la deslizaba de arriba abajo y viceversa en sucesivos y acompasados movimientos que la iban haciendo aumentar de tamaño y destacando el rojo capullo apretado a punto de reventar, donde unas venas visibles y gruesas daban cuenta de una espectacular erección. Mientras tanto yo la besaba en sus mejillas y en su pecho hasta prenderme de sus pequeñas y dulces tetas que consentía que las mamara como un bebé hambriento y que la hacían contorsionarse con unos pujiditos muy cachondos.

    Entonces le hablaba suavemente al oído excitándola con besos en las orejitas y el cuello y chupando sus diminutos pezones muy rosados y erguidos hasta sentir como se cimbraba de emoción, prendiéndose entonces de mis labios con desesperación y jugando su lengua con la mía y explorando mi boca y mis labios con unos besos húmedos que nos terminaron de excitar hasta sentir como su respiración se volvía jadeante y entrecortada estremeciéndose y aumentando los latidos de su corazón. Al sentirla más entonada, acariciaba su cintura y sus portentosas nalgas, para terminar besándolas y recorriendo con mis manos sus delicadas sinuosidades una y otra vez hasta sentir como respingaban majestosamente. Luego acariciaba sus turgentes y maravillosos muslos, besándolos desde las rodillas para ir ascendiendo con mi boca que besara cada centímetro de su piel y llegar hasta un pubis peludo y tupido de un color negro que asilaba una conchita rosada y un botoncito todo erguido que con mis dedos le hacía rotaciones que le provocaban nuevas contorsiones por todo el cuerpo.

    Entonces ella se dejaba consentir y al mismo tiempo casi con timidez, sin dejar de besarme en la boca me cogía la verga con sus manos y la acariciaba con desesperación desde la base hasta el capullo enrojecido que respondía rápidamente poniéndose cada vez más duro. Después con la punta de la lengua lamía de abajo hacia arriba sucesivamente hasta detenerse en el “hongo” e introducirlo en su boca chupándolo muy suavemente, para prenderse de él y succionarlo como si fuera un biberón.

    Para esos momentos yo ya tenía su conchita en contacto con mis labios y mientras le hacía movimientos rotatorios con la punta de mis dedos, chupaba y succionaba su vagina bien mojada que respondía frenéticamente con espasmos sucesivos en su pelvis. Entonces la coloqué en un 69 para que mientras yo mamaba su vagina, ella pudiera mamarme el pito todo completo.

    Yo la sentía ya lista para penetrarla, sentía como cerraba sus ojos y se iba dejando llevar con el placer que la invadía, hasta que sentí como se aflojaba todo su cuerpo y aumentaba sus pujiditos hasta convertirlos en verdaderos gritos que decían: – ¡me vengo! ¡no me sueltes!

    Al tiempo que yo sentía como fluían sus jugos mojando mi cara y labios, ella apresuraba el ir y venir de mi verga en su boca hasta lograr que me vinieran sucesivos espasmos con una espectacular descarga por todo el cuerpo y una irrefrenable explosión de semen inundara su boca, hasta que poco, como un revolver al terminar su carga, fueran cesando esos disparos.

    Antes de que pudiéramos recuperarnos, se acercó a mí oído y me preguntó;

    – ¿Esto que sentí fue un orgasmo?

    – Porque es algo maravilloso y quiero sentirlo nuevamente con tu verga que ya desde ahorita me encanta

    Y sin decir más, se volvió a prender de mis labios explorando con su lengua las encías y chupándolos y mordiéndolos con ansiedad y desesperación. Yo le devolví el cumplido, mamando sus pequeñas tetas y acariciando su clítoris con mis dedos e introduciendo mi boca en su vagina, haciendo que rápidamente estuviera lista para penetrarla, cuando de pronto gritó con fuerza:

    – ¡Métemela toda!, ¿qué no te dabas cuenta que desde hace tiempo quería tenerla adentro, hasta el fondo?

    – No, no lo sabía, pensé que aún no era tiempo

    Entonces, sin mayor preámbulo emboné mi verga en la entrada de su vagina toda mojada y empuje suavemente en un ir venir acompasado, sin dejar de acariciar sus tetitas y sin dejar de besarla en su boca.

    Rápidamente ella se fue conectando, arqueando su cuerpo y cimbrándose toda al sentir mis embestidas, que ella misma las recibía empujando cuando yo empujaba y hasta vi cómo se le volteaba la mirada, señal inequívoca de que comenzaba su orgasmo. Sólo sentí como se le pusieron “chinitas” sus hermosas nalgas y me pedía que acelerara el ritmo, petición que yo retrasé para que su orgasmo se alargara.

    Sólo sentí que se aflojaba su cuerpecito y que me apretaba su vagina contra mi pene, gritando:

    – ¡No me sueltes que me vengo! ¡qué rico!. Aggh

    Entonces yo seguí embistiendo suave y lentamente, aunque ella me apresuraba, hasta que ella reiniciaba varias veces su clímax y yo terminaba explotando en su vagina, luego de sentir una descarga que me recorría de la espalda a los pies y que se acompañaba irrefrenablemente de chorros de mocos que se impactaban en su apretada y húmeda vagina.

    Después de unos minutos en los que terminó de vaciarse mi carga de semen y nos relajábamos sin dejar de abrazarnos, ella me dijo nuevamente a mí oído:

    – Quiero curarme y estar bien porque esto del sexo es maravilloso y yo no lo sabía

    – Y quiero que me sigas cogiendo y perdóname lo de las fotos, pero en verdad me excitaba tu verga y muchas veces me he masturbando con sólo verla e imaginarla y ahora que la conozco en vivo, quiero que me la metas muchas veces.

  • Mi compañero de trabajo me hace gemir

    Mi compañero de trabajo me hace gemir

    Él es un hombre de buen cuerpo, treintón, buena estatura (1.80 m.) moreno, atractivo, yo 25, delgada, bajita, poca chiche, buena nalga.

    Todo empezó cuando nos empezamos a quedar solos en el trabajo, cuando empezamos a darnos caricias yo era soltera.

    Una noche salimos a divertirnos al antro ya que nos quedamos solos y su familia vivía en otra ciudad, tomamos de más y cuando regresamos ya veníamos algo calientes, nos subimos a la recamara y empezamos a besarnos delicioso nunca alguien me había besado como él.

    Cuando me di cuenta ya nos estábamos quedando sin ropa, sentía como masajeaba mis nalgas, me encantaba cómo lo hacía, de pronto ya estábamos tumbados en la cama y empezó a chuparme las tetas algo que me excita demasiado yo ya estaba gimiendo como una puta.

    Mientras me chupaba las tetas una de sus manos me acariciaba mi conchita que ya estaba bien mojadita estaba que explotaba, enseguida empezó a darme besos por todo mi cuerpo hasta llegar a mi concha y empezó a mamar, mmm gemí como loca cuando sentí su lengua calentita la movía delicioso era un experto mamando, jugueteaba con mi clítoris que ya estaba hinchadísimo a punto de reventar, seguía mamándomela mientras me acariciaba mis pezones con las manos yo solo gemí de placer mmm le pedía que no parará…

    -Asi papi así chúpame hasta que me corra en tu boca! me encanta como me la chupas ahh siiii así!

    No aguante más y me corrí en su boca el no paro hasta que se comió todo mi líquido.

    Para compensarlo le agarre el pito y empecé a mamarle los huevos mientras lo masturbaba solo escuchaba como gemía y me pedía que siguiera mamándole las bolas de ahí me pase a su falo y empecé a chuparle la cabeza mmm qué sabor me encantaba chuparle el pito, el no aguanto más y me dijo que se venía yo solo me acomodé y el me los aventó en la cara y los pechos…

    Después les contaré más…

  • La revancha (05): Marcadas a fuego

    La revancha (05): Marcadas a fuego

    Dóciles y sumisas entráis en el recinto, todo está oscuro, apenas oís algún susurro, si hay gente está callada. Os ponen bajo el único foco encendido, iluminadas esperáis inquietas, de pronto, suenan unos cascabeles, al poco rato, otros, y otros más, en apenas un par de minutos, decenas de ellos os rodean, ocho focos se encienden al instante y en semicírculo frente a vosotras, con la manos atadas a la espalda y el bocado entre sus labios, aparecen las 8 compañeras con las que corristeis hace 20 años, no dejan de mover sus pechos pinzados, las campanillas que cuelgan de ellos tintinean una y otra vez, se te hace un nudo en la garganta, viéndolas, recordándolas, ellas siguen moviendo sus tetas, dándoos la bienvenida con sus campanillas y sus miradas. Y un atronador aplauso resuena entre el público, queréis ver quiénes son, saber quién está aquí, pero los focos solo iluminan el escenario y no podéis distinguir nada entre la penumbra de detrás de los focos.

    La ovación dura un buen rato, cuando finalmente acaba, es Eva quien sube al escenario, coge el micro y empieza a presentar a las 8 yeguas que os acompañan, 8 historias, 8 vidas, 8 pasados y 8 futuros, ninguna ha querido perderse este momento, ninguna ha querido olvidar aquella carrera donde sufrieron y gozaron lo indecible. Eva levanta la cara de Maria Gualadupe, quedo décima, mexicana, bajita, rechoncha, con sus buenos michelines, unos pechos algo caídos, la piel gastada por el sol y el campo, la venus de Willendorf del grupo, su rostro de india maya se contrae de dolor mientras Eva de un tirón le arranca las campanas, luego la desata y le quita el mordedor. Eva se acerca a Xan quedó novena, una coreana que vive en Paris, traductora de una gran empresa, hace tiempo que guardo su collar y su vida como esclava, pero hoy también ha querido estar con vosotras, Eva juega con sus pechos pequeños, mientras ella tiembla, sin dejar de tocarla va explicando cómo se corrió antes de los cinco primeros minutos de ver su video personalizado, cuando menos lo espera le arranca las campanillas y también le quita el bozal, ella escupe babas y saliva al suelo, mientras la mano de Eva se moja en su entrepierna abierta. Ahora es el turno de Carolina (octava), la “nina” mallorquina, su pelo negro azabache cae sobre su espalda, tensa su cuerpo cuando Eva le arranca las pinzas, solo un ligero temblor imperceptible, orgullosa y altiva no piensa dejar que nadie la oiga gritar, al menos no tan pronto. Sus pechos grandes y generosos son pellizcados por Eva, que explica que sigue siendo la potrilla sumisa de su dueño, el mismo que hace 20 años la trajo a la carrera. Hanna, la séptima, se endereza, orgullosa muestra sus pechos, su pelo corto apenas le cubre la nuca, sus labios carnosos envuelven su bozal, Eva la mueve por su nariz, decorada por unas pequeñas pecas, ella la mira inquieta, sabe lo que le espera. Coge aire cuando las manos de Eva se aferran a sus pinzas, y no puede evitar chillar, cuando las pinzas saltan de sus pezones. Sin dejar de mirarla, y acariciándole las nalgas, va contando que esta gallega, ha pensado y diseñado buena parte del decorado de esta fiesta. Magreando sus nalgas, dice que la inspiración le llegaba tras cada golpe, cada azote, tras cada verga moviéndose en sus agujeros calientes y húmedos, mientras colgaba desnuda y sumisa de sus argollas.

    Lidia (sexta) traga saliva, es su turno, Eva le arranca las campanillas lentamente, dejando que sus pezones se tensen al límite, ella muerde su bozal, mientras su dueña va retorciendo sus pechos hasta hacerla chillar. Agarra con fuerza sus labios vaginales y la levanta en vilo, ella se aferra a su ama, gruñe, gime, mientras su dueña explica que hasta hace poco era una de las actrices BDSM más cotizadas, ahora solo es su esclava, su amante y también su mejor colaboradora. Con un beso largo en su boca la suelta, ella respira hondo y vuelve a erguirse, a mostrar orgullosa su cuerpo de hembra madura y hermosa. La quinta es alguien distinto, sus rasgos andrógenos, no dejan claro si es macho o hembra, solo sus patas abiertas y la ausencia de verga colgando la definen como yegua. Rapada al cero, llena de tatuajes y pircings, Astrid (quinta) la vikinga del grupo, era una de las favoritas. Corpulenta, fuerte y salvaje, pero al final no pudo ni tan siquiera acercarse a las vencedoras. Sin un solo gemido resiste el dolor de sus pinzas arrancadas de cuajo. Eva muestra su coño perforado, dos aros en sus labios vaginales, entre los cuales cuelga una candado de considerable tamaño, De uno de los aros que le atraviesan los pezones, cuelga la llave para poderla usar. Se acerca el final, Eva acaricia las mejillas de Shanga, la senegalesa, ella era la gran favorita, sus patas curtidas en mil carreras, su resistencia increíble, lo tenía todo a favor, pero una caída apenas salir, hizo que tuviese que salir el veterinario a curarla, al final un poco recuperada, lejos de todas, con una pata renqueando, fue capaz de ir remontando hasta el cuarto lugar en que quedo. Ella orgullosa, deja que Eva le arranque sus campanillas sin una mueca de dolor, con su piel marcada por el látigo, sigue siendo esclava de un dueño muy exigente, además de ser directora médica de un pequeño hospital que una ONG tiene en una región inhóspita de su país. Y finalmente la argentina Vane (tercera), desde la mesa con una copa en la mano, la miro, sigue seductora, hermosa, el tiempo se ha portado bien con ella, Eva le arranca las pinzas, ella gruñe, escupe palabras ininteligible en su boca abierta y amordazada, nunca ha sabido estar callada. Un par de bofetadas la hacen callar. Pelirroja, pecosa, de intensos ojos azules, Eva retuerce sus pechos, mientras cuenta que ahora es alcaldesa de una pequeña ciudad de la pampa. Vane se retuerce un poco, la mano de Eva ahora está restregándose en su entrepierna, la esclava nota sus dedos en su vulva, en su clítoris, jugando con su deseo, sigue contorneándose, no puede evitar excitarse mientras Eva la toquetea.

    Tras terminar con Vane, todas salen corriendo hacia vosotras, os besan, os acarician, os hablan, hay tanto por decir, tanto por compartir, pero tiempo habrá para hacerlo, para revivir recuerdos e historias. Eva azota los culos de Astrid, Hanna, Carolina, la espalda de Maria Guadalupe, las tetas de Vane y Shanga, mientras les ordena que vuelvan a su sitio, todas corren a su lugar. Eva sonrie, os quita el bozal, tragas saliva, Zuleia escupe algo de babas. Os mira y os dice que hace 15 días, de rodillas suplicasteis una cosa a vuestras dueñas, se os hace un nudo en la garganta, mientras recordáis aquel momento, ha llegado la hora de hacerlo realidad. Con dificultad te vas arrodillando, el consolador en tu culo te molesta, casi te caes de bruces, pero al final lo consigues, también Zuleia está de rodillas, se acercan vuestras hijas, levantas la mirada y le suplicas que ponga en tu piel la marca de fuego que te hará suya, quieres pertenecerle como esclava, también Zuleia pide a Yoha que la marque como a un yegua. Estáis asustadas, excitadas, nerviosas, con los sentimientos a flor de piel, ellas asientes con una sonrisa. Entran unos operarios y empiezan a montar dos cruces metálicas en forma de X articuladas por el centro, Nuria te levanta, te lleva hasta la tuya, encadena tus muñecas a unas argollas en la parte superior, unos correajes aprietan tu cintura contra el hierro, giras la cara, Yoha está atando las patas de Zuleia a la parte inferior del aparato. También a ti te está atando Nuria, respiras hondo, mientras notas como inmoviliza tus piernas, tu muslos, te arranca el consolador del culo, también Yoha tira del de Zuleia.

    Cuando os tienen listas, con un mando van inclinando lentamente la parte superior del aparato hasta quedar en un perfecto ángulo de 90 grados. Doblada, tu culo en pompa, tus patas atadas, tus brazos hacia adelante, tu cara cae oculta entre tus cabellos, tus tetas colgando, Nuria tira de tus cabellos hacia atrás, los ata al aparato, quiere que todos vean tu rostro cuando el hierro marque tu culo. Zuleia gimotea mientras Yoha también va tirando de su cabellera. Eva os dice que antes de marcaros, va a subastar a vuestras antiguas compañeras, todas han aceptado pertenecer por una noche a quien más pague por ellas, y lo que se recaude se repartirá entre las ONG que ellas mismas han elegido.

    Eva tira de los cabellos de María Guadalupe, cuenta que esta campesina de Chiapas, esposa feliz y madre de 5 hijos está dispuesta a dejarse follar, azotar, atar, la perra ofrece su boca y sus agujeros a cualquier deseo de sus amos, por salvaje que sea. Lupe no puede evitar excitarse, mientras Eva magrea sus tetas o le pone su mano en su entrepierna mojada, luego azota con la fusta sus nalgas, es la señal de que empieza la puja. En una pantalla los números van aumentando hasta que se detienen, ya tiene comprador. De un tirón en su coño la echa al suelo, le levanta los tobillos que ata a sus muslos, y tirando de su collar, se la da a uno de los camareros, que la lleva hacia una de las mesas, Lupe anda con dificultad, a 4 patas apoyada en sus manos y sus rodillas, como despedida Eva le da un par de azotes en su culo. Pellizcando sus pechos, Eva trae a Xan, ella se sonroja al oír como hablan de ella, como cuenta lo suave que es su vulva, lo agradable que es azotarle las tetas o lo sensual que son sus labios abiertos engullendo una buena verga, no tardà en subir la puja, también a 4 patas se pierde entre la penumbra que hay tras los focos.

    Vosotras nerviosas, asustadas, seguís esperando, este es un nuevo castigo que no esperabais, un nuevo suplicio que se os hace eterno, mientras Eva tira de los cabellos de Carolina, la mallorquina, morena, racial, una hembra como pocas, cuenta como le gusta que decoren sus pechos con la cera de velas encendidas lo bien que engulle una verga bajo el agua, una esclava pensada para paladares refinados y castigos especiales. El látigo golpea su culo y en pocos instantes la cifra crece y crece hasta límites indecentes. Tras salir hacia su comprador, es Hanna la que se subasta, carne gallega en todo su esplendor, mojada, caliente, cachonda, gime solo con pensar en los castigos que le esperan, Eva la golpea y la puja va subiendo, al terminar a 4 patas, excitada y sumisa camina orgullosa hacia su destino. Lidia se acerca, no hace falta ninguna presentación, todos la han visto azotada hasta desfallecer, follada por decenas de amos, penetrada por vergas y consoladores brutales. Eva solo la levanta por las tetas, mientras el contador se vuelve loco, superando con mucho la oferta por Carolina.

    A medida que pasan los minutos, los nervios se convierten en un nudo en vuestras gargantas, tembláis, miras los ojos rojos de Zuleia, Eva no tiene prisa. Astrid se acerca, es su turno, un plato para sibaritas, las manos de Eva tiran de sus aros, hasta hacerla caer, intenta levantarse, una patada la vuelve a hacer caer, la coge del aro de su nariz, y la levanta en vilo, ella no puede evitar chillar, suplicar, mientras Eva entra en su culo un consolador de castigo, le ordena que se mee, ella no quiere, pero le retuerce los aros hasta que sumisa deja que la orina baja por sus patas. Luego la azota y unos números no muy altos van apareciendo, atada como el resto, se pierde tras la correa que la lleva. Shanga traga saliva, y se acerca, pelo rizado y corto, mirada de tigresa, unas tetas no muy grandes y un cuerpo escultural y fibroso marcado por el látigo, Eva la hace girar, habla de su culo, de su lomo, de su resistencia, la vuelve a girar, un azote en pleno coño hace que se retuerza de dolor, pero no grita, no llora, no se rinde, otro azote hace que se mee, y un tercero que grite, mientras no deja de subir su precio, aun sin llegar a Carolina o Lidia. Eva se acerca a la última de las yeguas, tira de la cabellera pelirroja de Vane, la exhibe, ordeña sus tetas, azota su culo, muestra sus dientes, ella con su mirada perdida me busca sin saber dónde mirar, la mano de Eva tira de su coño hacia arriba, mientras anima a pujar por esta perrita casi sin domar, ella de puntillas se muerde los labios, aprieta los puños, mientras es azotada en las tetas, la cuenta va subiendo, el contador finalmente se detiene. Como el resto de animales, con los tobillos atados a sus muslos, sigue la correa atada a su collar, nuestro camarero la trae, nerviosa, entra en la zona tras los focos, decenas de mesas, gente que va tocándola, pellizcándola, sobándola mientras se acerca a nuestra mesa, No tengo prisa, le digo al camarero que le dé un par de vueltas más, para que todos puedan magrear a la criolla. Sumisa y caliente, no puede evitar excitarse cuando tantos desconocidos juegan en su culo, en su coño, besan sus labios, mordisquean sus pezones, le azotan sus nalgas, su culo, sus patas y sus pies levantados. Finalmente el camarero me la entrega. Tirando de su cabellera la hundo entre mis piernas, empieza a engullir mi verga, justo cuando en el escenario vosotras sois las protagonistas, humillada sabe que eres tu quien me excita, es a ti a quien deseo, ella tan solo es un agujero donde vaciar el placer de verte marcada a fuego por nuestra hija.

    En el escenario, solo quedáis vosotras, delante de vuestras caras, dos hornillos, con un buen puñado de carbón al rojo vivo, Eva te acerca el hierro con el que te marcará, tú lo besas, luego lo entra en aquel hornillo para que vaya calentándose. También Zuleia besa el hierro con la “Y” de su hija, que Yoha también pone entre el carbón de su hornillo. En las pantallas repartidas por todo el local, se ven distintos planos de vosotras, nalgas inmovilizadas, tu rostro asustado, tus tetas colgando, los hierros enrojeciendo y empezando a chisporrotear, también se ve a vuestras dueñas, Nuria acaricia tu lomo, te tranquiliza sentir sus manos, la suavidad de sus dedos, Yoha juega con los cabellos de su madre, también la calma con sus besos y caricias.

    Tras una espera interminable, el hierro candente está listo. Nuria se agacha te da un beso en la mejilla, abres la boca y te pone un mordedor entre los labios, coge el hierro, te lo enseña, es de un rojo intenso, humeante, dejas de verla, ahora está tras de ti, su mano va palpando tu nalga, va eligiendo el lugar exacto donde marcarte. También Zuleia tiembla al sentir en su culo la mano de Yoha.

    Las chicas se miran, y en el mismo instante, aprietan con todas sus fuerzas el hierro contra vuestra piel, el aire se enrarece con el olor a carne quemada, vuestros chillidos se clavan en la madera que os han puesto en la boca, Zuleia se mea, tu no tardas en hacerlo, el hierro sigue quemándoos, ardiendo en vuestra piel, las cámaras no pierden detalle, medio mareada, respiras agitadamente, los segundos se os hacen eternos, lloráis, chilláis, os queréis mover, casi rompes la madera con la fuerza de tus mandíbulas, pero el hierro sigue pegado a vuestra piel, dejando imperecedera la marca de vuestra sumisión.

    Finalmente vuestras dueñas quitan el hierro de vuestras nalgas, lo devuelven al hornillo, Nuria se acerca a tu cara, te quita el mordedor, te tiemblan los dientes, todo el cuerpo, limpia tus lágrimas, tus mocos, acaricia tus mejillas, y girándote te muestra una pantalla donde una N de fuego, humeante, inflamada y roja, decora tu nalga izquierda. También Yoha besa y acaricia a su madre, mostrándole orgullosa la Y que ha dejado dibujada en su culo.

    Pasan unos minutos, atada y marcada, esperas nerviosa e impaciente, lo que te tengamos preparado, el dolor sigue intensamente vivo, quemándote, asándote. Nuria te dice que tienes visita, con el mando levanta un poco el aparato, ves a Antonio, el veterinario del barrio, a quien todos llevamos nuestras mascotas, tu también le has visitado varias veces, pero nunca como paciente. Él te acaricia el rostro, va a comprobar como estás, y si se esta noche tus dueños pueden usar tus agujeros. Sonrojada bajas la mirada, va a hacerte una revisión completa, mira tus ojos enrojecidos, te hace abrir la boca, va moviendo tus dientes, tu lengua. Estruja tus ubres, tus pezones, tira de ellos, los mueve de lado a lado, tragas saliva cuando empieza a mirar tu coño, sus dedos entran en ti, humillada y caliente solo puedes tensar tus músculos, él comenta que tienes un coño en perfectas condiciones, muy bien conservado para tu edad, incluso mojado y jugoso a pesar del castigo, saca sus dedos y los limpia en tus mejillas. Con el mando vuelven a doblar tu cuerpo a 90 grados, sigue con su inspección, se pone un guante de látex, y entra su mano en tu culo, lloras de rabia mientras él va inspeccionándote, sientes sus dedos dentro de ti. Recorre tus muslos, tus patas, todo está perfecto. Te encorvas y chillas cuando moja la marca recién puesta, con un spray desinfectante. Temblando, suplicando, llorando, dejas caer tu cabeza. El habla con Nuria…, la felicita por la hembra que acaba de marcar, muy bien cuidada y perfecta para ser usada por cualquiera de sus agujeros, aunque hoy, por precaución, prefiere que solo te penetren por la boca, nada de vergas ni consoladores en tu parte trasera, como máximo pueden toquetearte el coño con los dedos. Se pone ante ti, y te dice que abras la boca, lo has puesto caliente y ahora necesita desfogarse, al instante su verga entra hasta el fondo de tu paladar, mientras engulles, él te va contando que estos días ira controlando como vas superando las distintas pruebas a que tu ama decida someterte. Te atragantas con su corrida, tragas todo lo que puedes y el resto cae al suelo, él se limpia en tu nariz y tras despedirse de Nuria, se dirige a comprobar cómo está la yegua de Yoha.

    Poco a poco vas recuperando el aliento, el dolor se va haciendo más soportable, Eva acaricia tu lomo y os dice que esta noche no os van a castigar demasiado, ya se encargaran de satisfacer a los invitados las 8 perritas subastadas. Pero hasta la madrugada, os quedareis aquí atadas, y quien quiera, podrá usar vuestras bocas, o magrear vuestro coño. Apenas pasa un minuto, y alguien pone su verga en tu boca, agarra tu nuca y empieza a moverte, tú con la cara sucia de Antonio, lames, besas, engulles, mientras aquella verga se vacía entre tus labios. También oyes como Zuleia satisface a algún admirador, mientras tragas verga tras verga, tu cara sucia, pringosa, va llenando de semen de distintos dueños, a algunos les gusta dibujar en tus mejillas, tu nariz, tu frente y tus labios manchados de blanco, otros simplemente quieren desfogar su deseo en tu boca. Oyes gemir a Zuleia, alguien le está tocando el coño, alguien se entretiene excitándola, ella nota que se va a correr, y justo en el último instante un pellizco rompe su placer, otra vez la mano la toca, la acaricia, ella no quiere correrse, intenta evitarlo, aquellos dedos solo juegan con ella, solo quieren llevarla al límite, para pellizcarla una y otra vez. La noche va pasando, y las dos sois magreadas, besadas, abofeteadas, La oyes gemir, gruñir, jadear , por fin aquella mano ha decidido dejar que se corra, y ella como una cerda abre la boca, esperando sentir entre sus labios aquellos dedos que la han hecho gozar, o tal vez con suerte la verga que les acompaña . Sigue con la boca abierta, con ronchas blancas pegadas por toda su cara, mojando el suelo desde sus mejillas, desde sus labios. Decenas de amos han pasado por su boca, pero ella quiere al dueño de aquellos dedos, de aquellas manos, al final el desconocido la agarra por los pelos, y entra su verga entre sus labios anchos y gruesos, ella no deja de besar, de lamer, de engullir, de exprimir con su boca aquel trozo de carne gruesa, dura y larga… orgullosa, nota como se corre al momento, como su esperma golpea su paladar, baja por su garganta, lo relame, lo saborea, quiere sentirlo, disfrutarlo, olerlo, quiere más, mucho más, pero él se va, sin decir nada, ni un beso, ni una caricia, simplemente la quería usar y lo ha hecho. Igual que ella, tu también tienes las mandíbulas doloridas, la cara embadurnada con varias capas de blanco, y tu coño irritado de tantas manos que han pasado por él.

    Finalmente de madrugada, te levanto la cara, intentas sonreír mientras me miras con tu cara pringosa, acerco a Vane, para que te limpie con la lengua, yo me pongo tras de ti, notas mis manos en tu cintura, y mi verga abriéndose paso entre tus piernas, penetrándote lentamente, me encanta ir moviéndome dentro de ti, entrando, saliendo, gozando, empiezas a gemir, mientras la boca de Vane no deja de relamerte, de limpiarte. Abres la boca, ramalazos de placer recorren tu sexo, mientras yo sigo engordando mi verga dentro de ti, Vane sigue limpiándote, su lengua en tu boca, en tu cuello, en tus pechos, jadeas, gruñes y gimes, entregada a mi placer y al tuyo. Me excita ver la marca de Nuria, junto a la mía, dos nalgas, dos dueños y una sola esclava. Finalmente me corro, cierras los ojos, te encanta sentir este rio fluir dentro de ti. A tu lado, Zuleia nos mira, Vane la besa, empieza a limpiarla, acaricia su piel, juega con sus pechos, le muestra orgullosa las marcas que el látigo ha dibujado en su piel, las marcas que hoy he puesto en ella, mientras me excitabais con los hierros quemando vuestra piel.

    Llegan Nuria y Yoha, os desatan, os ayudamos a levantaros, te fallan las piernas, agarrada a mi poco a poco vas recuperando la fuerza, me gusta sentir tus pechos pegados a mí, besar tus labios, mirar estos ojos cansados y a la vez orgullosos y satisfechos. Antonio nos ha dicho que os vayamos poniendo algo de desinfectante cada pocas horas, con el spray mojo tu herida, chillas, te retuerces de dolor. Yoha moja la marca de su madre, también ella grita y aprieta sus puños. Algo más recuperadas, os llevamos hasta el establo, por hoy ya habéis terminado, ahora a dormir y a descansar que mañana os esperan nuevas pruebas con las que excitarnos. Por el camino oímos gritos, los golpes secos de los látigos, pequeños grupos disfrutando de las perritas. Pasamos cerca de María Guadalupe, abierta de piernas, con un par de consoladores inmensos saliendo de su coño y de su culo, su cara sucia, buscando alguna de las vergas que la rodean, nos mira y sonríe con sus labios empapados en semen, al momento alguien tira de sus cabellos, otra verga espera turno para vaciarse en ella. En otro rincón 4 amas azotan de forma acompasada a Shanga, que atada y abierta de patas llora mientras se muerde los labios para no gritar.

    En el establo te dejas caer sobre un viejo camastro, estás agotada, exhausta, dolorida, te doy un beso y te dejo dormir. Cuando voy a salir, Zuleia coge mi mano, sonríe, no puede tumbarse en la cama y abrirse de piernas, le duele demasiado la Y de su dueña, me acerco a ella, acaricio sus pechos, beso sus labios. La llevo a su camastro, me tumbo en él, no lo duda y se pone sobre mí, me abraza, me besa, mientras con la mano dirige mi verga a su coño, está tan caliente, que con solo penetrarla ya noto como mi miembro se desliza empapado de su deseo, pegada a mí, no deja de besarme, de buscar mi boca, mi lengua, mientras se mueve al compás de mis movimientos, mis manos recorren su espalda, llegan a su nalga, da un pequeño grito cuando toco su herida, su marca, al momento busco otros rincones de su piel. Tú en tu camastro te giras, medio dormida sonríes, contenta y satisfecha de que también cuide de tu amiga.

    Tras correrse, queda agotada sobre mi cuerpo, siento su respiración junto a mi boca, el palpitar de su corazón junto a mi pecho, el sudor de su piel. Con cuidado me levanto, y relajada y satisfecha se duerme, el día acaba y no tardará en amanecer, en empezar un nuevo día, nuevas pruebas, nuevos castigos y placeres para las dos “mamas” más sensuales y calientes que jamás he conocido.

    (Continuara)

  • Nuestra primera cita con un amigo íntimo

    Nuestra primera cita con un amigo íntimo

    Carmen es rubia, ojos claros, carita de niña inocente, delgada, un físico realmente atractivo que atrae las miradas cuando vamos al mall de compras. La verdad, es que yo mismo no comprendo porqué se enamoró de mi. A los 45 los hijos están formando su propia vida, así que el llamado nido vacío, ha sido volver a la etapa de noviazgo para hacer el amor sin límites, estaban las noches y privacidad para volver a seducirla.

    Hacia un tiempo que le había hablado de mi fantasía sexual oculta, una doble penetración. Fui sincero al decirle que la amaba, notaba cómo la miraban otros hombres, no me molestaba, al contrario, sabía la envidia que provocaba en ellos, me excitaba verla como se sonreía al darnos cuenta de esas miradas. Además de hermosa, tiene ese feeling y seducción que me atrajo como hombre desde el primer día cuando nos presentó un amigo en común. Sabes que eres la mujer que despierta todos mis morbos, me excita tu rol de hembra sumisa, te conozco como nadie, esa sonrisa cómplice cuando te das cuenta que te miran, me hacen pensar. No saben y ni se imaginan lo puta que eres en la cama. Te conté de mi fantasía oculta y te propuse hacer un trío hmh.

    Me miraste sorprendida. Antes de que dijeses algo, le pregunté: que harías si te regalo un dildo de látex, un juguete íntimo, un tercero imaginario. Esa hembra sumisa me respondió haciendo el amor, uno de esos secretos que no se imaginan los que la miran, es que ella es una puta multiorgasmica tanto vaginal y anal. Esa noche cuando le rompía el culo me dijo entre gemidos, meteme los dedos en mi vagina. Me calienta cuando me pide que acabe, al descargarme en su culito ella se corrió en un orgasmo vaginal y anal. Al cabo de un año aproximadamente decidimos darle un cuerpo de hombre a nuestro juguete.

    Contacté en una página web de citas a un hombre joven que buscaba amistad con una pareja y se ofrecía como tercero, hablamos del tema, nos envió su foto y le pareció varonil, nos invitó a su departamento que estaba a la salida del metro Santa Ana en la línea 2 del metro de Santiago. Estaba esperando esperándonos en el acceso a un lado de la boletería, llame a su celular. Es él, que te parece? Es interesante me dijo. La saludo respetuosamente y le agradeció por aceptar su invitación. Luego de una conversación intrascendente nos invitó a su departamento, ella me tomó la mano y caminamos a un edificio que estaba a la salida de la estación. Son invitados míos le dijo al conserje y subimos al sexto piso, en el ascensor le acaricie las nalgas, llevaba una falda a medio muslo y una blusa blanca con un escote pronunciado.

    Era un departamento moderno, la planta baja cocina living y comedor en un solo ambiente, una escala llevaba al baño dormitorio que era una terraza con una barandilla alta que permitía ver toda la ciudad a través de un ventanal que era del tamaño de los ambientes. Unos tragos acompañaron la conversación. Les molesta si fumo «algo» nos dijo. Para nada le respondí y subió a su dormitorio. Como te sientes? Tu decides, nos quedamos o nos vamos. Esos minutos decidían todo. Vamos a la terraza a fumar? Vamos le respondió Carmen y me tomo de la mano.

    Apoyados en la baranda del balcón, conversación y risas producto del «cigarrillo» compartido le preguntó si aceptaba una segunda copa. Quedémonos me dijo. Andrés llegó con tres copas de pisco sour, yo estaba apoyado a la baranda besando y acariciando a mi esposa, ella daba la espalda a la mampara y no se dio cuenta que estaba mirándonos. Nos miramos y acariciando sus nalgas levante su vestido, él me hizo un gesto indicándome que era un bombón. Interrumpo? Nos dijo. Con una sonrisa nos ofreció hacer un brindis por nosotros tres, Carmen se apoyó en el balcón entre nosotros dos y apoyada en mi conversamos de nuestras experiencias sexuales mientras la acariciaba y él miraba. Entremos nos dijo, donde está el baño? Le preguntó a Andrés. Subiendo la escala. La vimos subir y contemplamos sus piernas. Se asomó por la baranda y le dijo a Andrés que podría servir una tercera copa. Es muy rica tu esposa, no te ofendas, pero me tiene hirviendo.

    Al bajar la escalera me miraba, sabía que me había dado cuenta de dos detalles, se había desprendido de su colaless y de sus sostenes. Estábamos sentados en unos pisos en la barra que dividía la cocina del living, separó mis piernas y se apoyó en mi pecho. Estás cómodo con nuestra visita? Por supuesto le respondió Andrés, uds. son mis invitados. Ella le conversaba mientras le acariciaba sus senos y una mano se perdía debajo de falda. Dile que se acerque me dijo al oído. Desabroche un botón de su blusa y le pedí que me ayudara. Apoyo su cabeza en mi hombro, cerró sus ojos y entreabrió sus labios. Así amor, quiero que disfrutes como hembra, este momento es nuestro. Déjate llevar por tu rol, quiero gozar este sadismo que me provocabas.

    Andrés se encargó de desabotonar su blusa, el primer gemido de placer fue al momento de sentir los labios de Andrés en sus pechos, mi mano sintió como se humedecía su vagina. Lo tomo del pelo y le dio un beso mientras yo tomaba una de sus manos y la llevaba a la entrepierna de nuestro amigo, a medida que bajaba las escalas, también noté la erección de su miembro.

    Subamos? nos dijo Carmen. El la tomo de la mano y yo los seguí. Ella sabe que me excita verla cuando se masturba en esas noches cuando quedamos solos. Nos sentamos en la cama. Lo hablado por whatsapp estaba definido entre nosotros, sabía bien nuestras condiciones. Ella diría cuando, y en principio serían caricias íntimas, besos y sexo oral. Su rol de tercero era pasivo, que debía esperar mis indicaciones, no buscaba complacer a un desconocido, sino satisfacer la ninfomanía de mi esposa. La recosté en el lecho, comencé a besarla mientras me desvestía.

    Andrés se desnudó y pude verlo hincado a un costado de la cama, levantó las piernas de mi putita sumisa y se perdió entre sus muslos. Nuestra lujuria nos llevó al estado emocional que siempre disfrutábamos con nuestro juguete, todas esas noches donde ella gozaba como hembra y yo como macho dominante. Siempre hubo confianza plena entre nosotros para contarnos lo que nos excitaba sexualmente También como hembra su fantasía femenina era provocar, seducir y gozar la calentura de dos hombres. Te amo, gracias por hacer realidad mi fantasía, quiero verte gozar como hembra, porque así yo podré disfrutar mi sadismo. Estoy muy caliente. Andrés se puso de pie cuando nosotros nos recostamos a lo largo de la cama, la coloque de lado y levantando su pierna izquierda busqué su botón anal. Él sabiendo su rol apoyo una rodilla en la almohada.

    Estaba atardeciendo, que rico era sentir como sus paredes anales se dilataban. Despacito me dijo, doblando su cuerpo mientras la penetraba. La luz tenue de la tarde reflejaba la silueta de Andrés que apoyado en el respaldo, de pie con una pierna sobre la cama, sostenía a Carmen del pelo. Que rica eres Carmen, así mámame, Descansemos nos dijo ella, se acomodó entre nosotros dos, besos y caricias nos llevaron a tener sexo con un espectador a nuestro lado. Amor, Andrés me dijo si podía penetrarte está muy caliente. Yo también estoy muy excitada, me respondió. Adelante mi amigo, hazla gozar. Somos un matrimonio y no buscamos saciar la calentura de un desconocido, tu rol de tercero será complacerla, controlar tus deseos, no debes preocuparte de mi, se lo que buscamos como pareja.

    Me aparte, nos miramos mientras ella formaba una V con sus muslos abiertos, él se hincó y como tantas veces vi que se acomodaba nuestro juguete íntimo, ella tomo su pene y lo guio a su vagina. La bese y se entregaba como hembra a gozar su rol, oía los mismos gemidos de placer cuando se dejó llevar por las penetraciones de ese tercero, así quería gozarte le dije, puse a su lado y poniendo mi pene en su boca la tomé del pelo hasta sentir sus labios pegados a mis testículos y el roce de su garganta en cada penetración. Sexo oral total. Ese placer es solo mío.

    No sé cuánto tiempo nos turnamos para hacerla gozar. Sin haberlo acordado desde esa primera vez hubo una forma de gozar, Carmen es multiorgasmica y cuando la sentía acabar le indicaba a Andrés que era su turno. Qué extraña sensación de placer es dejarse llevar por el sadismo como macho dominante, al contemplar a mi esposa gozar como hembra de su ninfomanía. Mientras la veía gozar, oír sus gemidos, escucharla como le ordenaba a ese juguete que se lo metiera más fuerte, Carmen me miraba a los ojos y me masturbaba. Otro cigarrillo de esos que dan risa, pero que a ella la transformaban en una hembra madura, conversar la última copa, donde el tema era ella. Entre esos secretos que solo yo conocía, estaba decirle como me sentía y como había hecho gozar, eran las previas para más sexo.

    Ahora él fue al baño, ya sabía que debía estar atento a mis indicaciones, debía darnos unos minutos para estar solos con mi esposa, esos momentos eran determinantes para saber si estaba preparada para cruzar otro límite, Te amo mi amor, te siento más mía, porque sé que este placer es lo que siempre me prometiste, lo que tenías para darme como mujer, era solo para mi. Estas preparada para hacerlo? Si, me respondió. Te amo y gracias por enseñarme a ser una hembra en todo sentido. Mi fantasía sexual era ésta, tener sexo con dos hombres, es tan maravilloso gozar la calentura de otro hombre, porque puedo disfrutar cada penetración como una satisfacción íntima como hembra. Pero el placer que recorre mis entrañas nace en mi mente. Está en todo momento has estado en mi mente, y cuando te miro, sé que estoy haciendo realidad lo que más has soñado.

    Llegué en el momento justo, nos dijo Andrés al salir del baño. Recuéstate le ordeno Carmen. Estaba montada sobre mi cabalgando con mi pene perdido en su vagina. Se tendió al lado nuestro y mientras se movía sobre mi se inclinó para masturbarlo y mamarlo.

    La aparte de mi. Dos cómplices que dejaban toda norma impuesta por una sociedad pacata de lado, con la madurez de determinar lo que es correcto o no, a una edad en que nosotros somos dueños de nuestros actos, y no le debemos dar explicaciones a nadie.

    Carmen cruzó una pierna sobre la pelvis de ese juguete sexual, arqueo su torso apoyando sus manos en los hombros de Andrés, cerrando los ojos sintió su mano entre sus muslos que buscaban su vagina .Que rico fue ese movimiento cuando sintió entre sus labios vaginales ese pene erecto, gemido, caer sobre ese trozo de carne, doblarse entera hasta apoyarse en su hombro y moverse como hembra sedienta de sexo fue una sola acción. En un acto reflejo mientras se desmontó de mi, y dejando que nuestra lujuria me guiara, también me deje llevar por mi sadismo. Me hinque a su espalda y comencé a masturbarme mientras contemplaba como ella se tragaba ese pene hasta solo ver como se movía entre gemidos de placer. Junte las piernas de Andrés que las tenías separada mientras la penetraba en un baile de erotismo y placer cuando ella apoyó sus senos sobre su pecho.

    Hincado a su espalda, separe sus nalgas, la piel blanca de su espalda, su cintura ceñida y su botón anal, fue el último raciocinio de lógica que recuerdo. Despacito amor, así.

    Más adentro que rico, ella empezó a guiarnos. Se movía en forma lenta, ella, como toda hembra madura que ha sido madre, sabe que el dolor es parte de su esencia como género, y que ya madura, ese dolor se transforma el placer a medida que la dilatación le permite gozar las sensaciones dentro de su cuerpo.

    Despacito le fui enterrando mi pene en su culito, sentir sus paredes anales que abrazaban mi miembro, sus gemidos ya no eran de dolor. Así, metelo todo, muévete más rápido. Un gemido ahogado salió de su garganta, acompañado de unos espasmos que no podía controlar. Así más adentro, métanmelo todo. Si en un principio las penetraciones eran alternadas, ella se movía para que en cada movimiento gozará anal y vaginalmente cada pene.

    Así, clávenme fuerte. Más rápido, muévanse me gusta, quiero mas Fue el clímax total.

    Al mismo tiempo nosotros dos coordinamos las penetraciones. Que placer es gozar juntos un trio HMH. Esa sensación de rozar otro pene cuando pedía más, fue la primera vez que sentí el placer de una doble penetración total, ese músculo que separa las entrañas vaginales y anales, se dilataban en cada penetración y al apretar sus músculos sentí ese roce con otro pene que la hacía gemir de placer, así más quiero más gemía, me están partiendo.

    Quiero que acaben juntos nos rogó.

    La noche y su luz tenue me permitieron verla cuando reaccioné. De su vagina y ano dilatado, salía el semen de dos hombres. Te amo amor nos dijimos, un beso y descansar para regresar a casa.

  • Aventuras y desventuras húmedas: Segunda etapa (10)

    Aventuras y desventuras húmedas: Segunda etapa (10)

    —Espero que no te haya parecido mal —le comentó Alicia mientras se vestían.

    —¿El qué? —Sergio todavía sentía que vivía en otro planeta.

    —Que me haya quitado cuando te has corrido. —el joven torció el rostro, no sabía por qué le iba a molestar eso— No es que me guste, tampoco me flipa hacerlo, pero solo se lo hago a mis novios.

    —Alicia, si no te gusta, no lo hagas. ¿No crees?

    De pronto la vio como era, una niña a la que sacaba unos años y que estaba madurando, pero que todavía le quedaba mucho al igual que su a hermana. Se vio mal, muy mal, una sensación de asco le recorrió todo el cuerpo. La chica era maravillosa, estupenda, preciosa…, pero era una niña para él. Seguramente en unos años las edades no importarían tanto, pero de momento, sí que importaban.

    Se vio dándole explicaciones a Marta de lo que había hecho, incluso a su hermana, “¿Qué diría ella?” sintió un leve mareo. Apoyándose en la puerta recobró el equilibrio y vio como la muchacha con sus brillantes ojos avellana le miraba con preocupación.

    —¿Estás bien?

    —Sí, sí, mucha fiesta. Ahora… bueno… marcho.

    —¿Hablamos? —con una sonrisa que trataba de ser esperanzadora.

    —Hablamos. —salió por la puerta, para girarse de nuevo y en el umbral decirla— De momento, por favor, no digas nada.

    —Lo entiendo, no pasa nada.

    La joven se lanzó hacia Sergio y sin poder evitarlo impactó en sus labios, dándole un rápido beso. Algo que tanto le había gustado, algo que él había buscado nada más llegar, ahora le sabía mal… fatal. No puso mala cara, la chica no se lo merecía, solo le sonrió, que quizá fue peor, ya que Alicia le devolvió el gesto.

    —Hablamos entonces.

    Sergio solo asintió y caminó al ascensor. Allí dentro no se dio cuenta de nada, ni siquiera en el paseo a casa, donde el frío daba un poco de tregua y el sol ya salía por el horizonte. Solo fue consciente de sus actos cuando volvió a despertar en su cama, más calmado, menos abotargado por el alcohol y con un leve dolor de genitales.

    Alzó su cuerpo en la cama y se sentó sin querer mirar el móvil. Se sentía hecho polvo, realmente confuso. La cabeza le daba vueltas a una velocidad sideral y no tenía nada que ver la resaca. Meditó sobre lo ocurrido, sobre el coito con Alicia, se lo había pasado bien, sin embargo ¿a qué precio?

    Se puso las manos en la cara queriendo tapar las imágenes que volaban por su mente punzándole como cuervos hambrientos. No paraba de ver a la amiga de su hermana gozar y gozar, una imagen que le podría gustar en cualquier otro momento, no obstante, ahora no era así. Los recuerdos se amontonaban en su cabeza, los buenos momentos con Marta venían a la memoria con la fuerza de una cascada.

    Volvió a tumbarse en la cama sin fuerzas para levantarse, se sentía la peor persona del planeta, no entendía como se le había pasado por la cabeza hacerle eso a su novia. Intentó escudarse que ella lo había hecho primero, que aquello no era nada más que devolverle la moneda, pero ¿en verdad habían vuelto para eso?

    Se puso en pie con todas las fuerzas que pudo para dirigirse al baño. Primero sacó la cabeza de la habitación para comprobar que no hubiera nadie, la luz del baño estaba apagada, por lo que perfecto. Anduvo lo más rápido que pudo sin hacer ruido y pasó la puerta cerrándola a su paso.

    El reflejo del espejo le proporcionaba una visión de lo asqueroso que se sentía. El vientre le daba vueltas y las imágenes del coito, le revolvía los intestinos. Tuvo que agacharse en un momento, movido por todas aquellas sensaciones y un poco también por el alcohol del día anterior. Con ambas manos apoyadas en el retrete y la cabeza bien colocada hacia el agujero, vomitó con fuerza.

    Las lágrimas fluían por su rostro debido solo al vómito, porque él no se veía capaz de llorar, sintiéndose tan mala persona no se podía dar ese lujo. Tiró de la cadena y se enjuagó la boca que le supo a alcantarilla, para luego desnudarse y meterse a la ducha, tratando de lavar su conciencia. Todavía le ardía el estómago por haber echado la cena del día anterior y se dijo, ya pisando el plato de la ducha, “me merezco cosas peores”.

    El agua comenzó a caer por su cuerpo, limpiando su piel que la sentía asquerosa. Se pasó varias veces la esponja, sobre todo limpiando su pene que aún contenía el aroma a látex. Pero aquello no le proporcionaba una satisfacción, lo que hacía era únicamente entretenerle para no pensar en lo que de verdad había hecho. Vio de nuevo el rostro de Marta, la última vez que hablaron, ella estaba al borde del llanto, quizá sin ningún motivo real, aunque ahora sí que lo tendría.

    Toda la traición que sentía se apoderó de su cuerpo y golpeó la pared de la ducha, haciéndose más daño él, que las baldosas. Después, no hubo más pensamientos, ni más reflexiones. Por fin… comenzó a llorar.

    Después de unos minutos que las lágrimas disimuladas por el agua corrían por su rostro, unos golpes sonaron en la puerta. Se limpió el rostro por mero instinto, aunque nadie podría notar jamás sus lágrimas, es lo bueno de desahogarse en la ducha.

    —¿Sergio, estás ahí? —era la voz de Laura.

    —Sí —contestó tratando de poner el tono más normal posible.

    —¿Puedo pasar?

    Su hermana nunca pedía permiso, solía entrar como un elefante en una cacharrería, aquello era poco habitual. El joven pensó que igual le había escuchado llorar, que su hermana pequeña se había dado cuenta de lo que había hecho y venía a consolarle, esperaba que no fuera así.

    Le contestó que podía pasar, que no había problema. La puerta se abrió y después con suma cautela fue cerrada poco a poco.

    —Oye, Laura —saltó prestó para disculparse—. Ayer… lo del mensaje… lo siento por no acompañarte.

    —Es normal, me imaginaba que seguirías de fiesta, fue solo por probar, no me apetecía ir sola a casa y pensé que podríamos ir juntos.

    A Sergio se le clavó un puñal en el corazón. Mentir de esa forma a su hermana simplemente por un mísero coito, que además implicaba infidelidad, le dolía como una tortura.

    —Lo siento mucho, de verdad —evitó que el sollozo se escuchara tras la mampara, las ganas de seguir llorando no desaparecían.

    —No te preocupes, tato.

    “Tato”. No le llamaba así desde hacía muchos años… muchísimos. Le encantaba cuando se lo decía, notaba que lo decía con amor, con complicidad, con esa ternura que solo un hermano puede sacar, aunque… sea solo de vez en cuando.

    Se agarró el pecho con fuerza con el recuerdo muy vivido de verla sola al final de la cuesta, volviendo a casa. Era una mierda de ser humano, o eso se dijo sin parar en su cabeza, la mayor mierda.

    —Laura…

    Abrió la mampara para mirarla. Allí estaba su hermana, cogiendo el cepillo de dientes para poder limpiarse la boca aún corroída por las copas del día anterior. Sergio la vio como era, todavía una niña que se estaba convirtiendo en una mujer. Sus ojos brillaban con las bombillas del espejo y tras la fina camiseta se podía atisbar un cuerpo que cada vez tenía más curvas.

    —Tendría que haber estado para acompañarte.

    —No le des tanta importancia de verdad, otro día. —echó la pasta de dientes y se pensó si decirle algo más a su hermano— Y… ayer, me lo pasé muy bien. Pensaba que iba a ser un infierno, que te ibas a reír de mí. Pero me lo pasé de cine, no me importaría vernos otro día.

    —Si tengo la oportunidad, iré donde estés. —aunque imaginando que estaría con Alicia, le costaría horrores— Oye, acércate un momento.

    Laura torció el rostro sin saber lo que quería, sin embargo le hizo caso. Dio unos pocos pasos hasta la parte de la mampara por donde Sergio sacaba su cabeza. Uno de los brazos de su hermano salió de detrás de su cuerpo e inesperadamente se dirigió a su rostro. No se lo esperaba, Laura se quedó de lo más quieta al siguiente movimiento, que aún le sorprendió más, fue una caricia.

    —Te parece que algún día, cuando quieras, ¿hagamos algo?

    —¿Cómo? ¿Tú y yo? —Laura no podía creerse esa proposición, hacía demasiados años que no hacían nada juntos.

    —Sí. Vamos a donde quieras, incluso podemos coger el coche y hacer algo.

    —Eh… —su cerebro había colapsado ante tal petición— Bueno, no sé… o sea sí, ¿no? Sí, claro que sí.

    Laura acabó por sonreír mientras notaba la mano de Sergio acariciando su mejilla. El joven sabía que aquello no le haría limpiar su conciencia, pero al menos, se resarciría con su hermana. Tantas veces que la había insultado o pensado en que era una pesada, ahora se arrepentía por cada una de ellas.

    Quizá hubiera sido un momento místico en la ducha lo que le había hecho recapacitar, o el mero hecho de sentirse tan culpable que no quería volver a tener esa sensación en su interior. Pasó su mano hasta la nuca de su hermana y la atrajo hasta su rostro. Laura se dejó hacer sin saber que tramaba su hermano, solo veía como sus ojos cada vez estaban más cerca y le miraban de una forma penetrante.

    Sus rostros estaban muy pegados, “demasiado” pensó Laura para ser dos hermanos aunque en el último instante, cambió de posición. Sergio se elevó un poco más y posó sus labios en la frente de su hermana dándole un fraternal beso que duró par de segundos.

    Laura abrió la boca y los ojos ante tal sorpresa, sentir de nuevo los labios de su hermano sobre su piel fue reconfortante, además que en esta ocasión estaba sereno, no como unas horas atrás. Desde que tenía más o menos diez años que no se daban un beso y notar el calor en su frente sumado a ciertas gotas de agua la llenó de felicidad.

    —Te quiero mucho, Laura, quiero que lo sepas. Siento si alguna vez te traté mal.

    La joven estaba totalmente tocada y casi hundida. Aquella demostración de amor de su hermano le había pillado recién levantada y no supo responder algo tan sencillo como “y yo”. Sus labios se habían sellado y no emitían sonido, solo miraban a su hermano con unos ojos azules temblorosos.

    Sergio apartó la mano de la cabeza de Laura y volvió a cerrar la mampara después de dedicarle una clara sonrisa. La joven se quedó allí perpleja sin saber que más hacer o como proseguir con su vida. Al final consiguió darse la vuelta, dejar las cosas en el lavabo y abrir la puerta.

    —Te pareces muchísimo a mamá —dijo finalmente Sergio bajo el agua.

    Laura cerró la puerta sin despedirse y resoplando sin saber muy bien por qué, pero el corazón le daba saltos, seguramente de amor. Amor por un hermano que parecía que volvía a tener. Eso sí, ¿qué era aquello de que se parecía a su madre? Sabía que físicamente eran muy similares, pero dedujo que lo decía por otra cosa. Quizá… ¿Por lo poco que ambas mostraban sus sentimientos? Debía mejorar.

    ****

    De nuevo en su cuarto y todavía con el pelo húmedo de la ducha, encendió el móvil. Lo primero que vio fue un mensaje de Alicia que le decía “qué duermas bien”. Lo obvió con rapidez, no quería ni siquiera abrir la conversación, no por la joven, que era amable, guapa y buena, si no por el asco que le producía sentirse de esa forma.

    Miró la conversación con Marta, hacía un día que no hablaban, debía decirla algo, quizá un perdón al menos, pero cuando comprobó que estaba en línea dejó el móvil. Sintió como si su novia pudiera verle a través del teléfono, que su culpa iba a llegar en forma de mensaje y ella lo sabría. No quería que sufriera, no quería hacerla daño, pero… ya se lo había hecho.

    Decidió entrar en el ordenador, mirar la cartelera del cine más cercano y elegir una película. Ir al cine o ver películas en casa, era algo que les apasionaba a ambos, seguramente la única cosa en la que conectaban a la perfección. Poco había dónde elegir, alguna película de dibujos animados, de miedo y “dramones” como los solía llamar su novia, una semana pobre en cuanto a calidad.

    Vio el tráiler de la única que le llamó la atención, una de acción, y compró las entradas para la sesión de las diez de la noche. Su plan era algo simple, quería resarcir el momento nefasto que había cometido esa madrugada, pero tampoco le podía regalar flores, no quería que fuera sospechoso. Con aquellas entradas y una conversación para zanjar el tema del día anterior, bastaría.

    La intención del joven era enterrar bien hondo lo sucedido y seguir con su vida normal, al menos hasta que todo le explotara en las narices. Descargadas ya ambas entradas en el móvil, lo cogió de nuevo y vio el mensaje de Alicia, que aún seguía allí y tampoco se iba a ir.

    Quitó la notificación, sonriendo por primera vez en el día al pensar lo curioso que era, un día atrás, habría dado botes de alegría porque Alicia le hablase, incluso su madre lo había notado. Ahora, le daban ganas de vomitar… de nuevo.

    Se olvidó de su amante por un momento y buscó el número de su novia. Era ya mediodía y estaría más que despierta por lo que la llamó, no quería mandarla un frío mensaje. Eso sí, cuando sonó el primer tono se quedó atemorizado pensando en si notaria en su voz que la había traicionado.

    —Hola, Sergio —la voz tras el teléfono la sintió apagada, Marta aún estaba triste.

    —¿Qué tal estás?

    —Bien, bueno, no he tenido mi mejor noche, pero bien.

    —Creo que lo de ayer estuvo fuera de lugar. —en el interior, Sergio imploraba el perdón, pero no por eso, sino por su adulterio.

    —Ya… creo que… te pasaste con lo que dijiste, aunque no estuvo nada bien que dudara de ti.

    El corazón se le detuvo, no podía ser que su novia le dijera eso. Prefería mil veces que le insultara a escuchar que había hecho mal en pensar que era un infiel, un traidor… una mierda de persona. Sergio se sentía mal, quería gritarle por el teléfono lo que le había hecho, pero no pudo, solo le comentó.

    —Sí, no estuvimos bien ninguno de los dos. Quería preguntarte algo —no esperó a que contestase— ¿te apetece ir esta noche al cine?

    —Esta noche he quedado, voy a salir con las chicas.

    —Entiendo. —su mente sabía que si había hecho un plan con tanta antelación era porque estaba enfadada— ¿Quieres hablarlo ahora u otro día?

    —Mejor otro día… —en su voz había más duda de la que Sergio podía calcular— no estoy bien. Lo de ayer me hizo pensar en cosas acerca de nosotros, creo que tenemos dudas el uno del otro.

    Sergio mantuvo el silencio al otro lado del teléfono, él no tenía dudas acerca de ella, no había pensado en que le podría ser desleal. Sin embargo, tenía muchas dudas acerca de si él, podría hacerlo otra vez.

    —Entiendo por qué lo dices, hoy no te molesto más, Marta. No te preocupes, hablamos cuando quieras.

    —Bien. —el tono era muy seco— Pásalo bien, Sergio.

    —Y tú también.

    —Adiós.

    —Adiós.

    Sergio se mantuvo escuchando el pitido final del teléfono sin despegarlo de la oreja. Un simple adiós, ni un te quiero forzado de esos que creía rutinarios, ni un amago de “te quiero” o un simple cariño. Marta estaba dolida, muy dolida. Las palabras de Sergio le habían hecho daño, pensaba que todo aquello había quedado atrás, que no volverían a tratar el tema, ella estaba con su novio de forma incondicional. Sin embargo, no creía que Sergio pudiera olvidarlo.

    La habitación se convirtió en una jaula para el joven. Se asfixiaba dentro, pero también era en el único sitio donde le apetecía estar. Miraba de vez en cuando el móvil por si su novia le hablaba, pero solo le surgía en la pantalla la notificación de Alicia, que volvía una y otra vez aunque la quitase.

    Comió sin ganas, solo respondiendo a que estaba así por la fiesta del día anterior, que estaba cansado. No tardó en volver al cuarto donde se sumergió bajo el edredón para tratar de ocultarse del mundo y que siguiera girando sin él presente. Sin embargo, así no son las cosas, las situaciones hay que afrontarlas y lo primero era, al menos contestar el mensaje de Alicia.

    El mensaje seguía allí y lo abrió viendo que otra pregunta se había añadido al primer “qué duermas bien”.

    —¿Qué tal amaneciste?

    —Bien y ¿tú? —respondió Sergio mintiendo como nunca.

    —Demasiado bien… —añadió un icono que se reía y Sergio solo podía ver a una niña, su cuerpo no notaba lo mismo que antes.

    —Me alegra saberlo.

    Vio que la joven amiga de su hermana estaba escribiendo y se sentó desencantado. No quería seguir con la conversación, se sentía demasiado mal y lo peor, era lo que le decía el cuerpo, para Sergio, Alicia ya había cumplido su función. Así de cruel estaba siendo su pensamiento, la muchacha ya le había servido para sus intereses, ¿para qué hablar con ella?

    “Soy asqueroso…” pensó en el momento que volvió a mirar el móvil, viendo que el nuevo mensaje de Alicia había llegado.

    —¿Tienes algo que hacer hoy?

    Resopló al ver aquello, pasándose una mano por el cabello de forma agobiada. Pulsó rápido las teclas y evadió todo por el momento, no quería hablar con Alicia, al menos por ahora.

    —Tengo planes.

    —Comprendo. Bueno, si mañana u otro día te apetece quedar o algo, me puedes decir.

    —Ahora en enero empiezo con los exámenes —por lo menos no mentir con eso le sentaba bien— estaré atareado. Pero si tengo un hueco ya te lo comentaré.

    —¿Puedo preguntarte qué tal con Marta?

    Sergio cerró los ojos y suspiró lleno de rabia. No quería hablar más con ella y de un momento a otro, la mandaría al quinto pino, debía relajarse, la chica no tenía culpa de nada. El malo de la película, únicamente era él.

    —Mejor que no, no estamos en un buen momento.

    —Te quería decir, aunque suene algo lanzado, que si lo dejáis, no me importaría pedirte una cita.

    —Tomo nota.

    Cerró el móvil con esa frase a modo de despedida, no quería meterse en lo que podría derivar en una conversación absurda que no le traería nada claro. Ya tenía bastante con el enfado de Marta que tenía pinta de ser mucho más serio de lo que pensaba, “¿y si lo dejamos?”.

    La idea le recorrió la mente y por un momento sintió dolor, aunque era algo absurdo, había estado pensando en esa posibilidad todo el mes de diciembre. Ya no era lo mismo de antes, era rutina tras rutina, no cambiaban nunca sus planes, entonces ¿para qué seguir?

    Los planes elaborados en la cabeza están muy bien, pero llevarlos a cabo es otra cosa muy diferente y pensar que podría romper con Marta le dolía. Se vistió y salió a dar una vuelta en solitario, solo un pequeño paseo por cerca del barrio. No pensó en nada, solo en caminar, quería olvidarse de todo, no pensar. Aun así la mente le daba vueltas y le recreaba cada momento con Alicia y después, imágenes de Marta poblaban su memoria. No había hecho lo correcto, pero no debía martirizarse más, si su novia quería dejarlo, vale, lo aceptaría, y si Alicia quería algo más, le diría que sintiéndolo mucho, no. En su mente todo era muy sencillo.

    Debía alejarse de esa versión suya movida por el erotismo, había hecho una locura y dañado a una persona que quería… incluso dejó a su hermana sola para volver a casa. Volvió sobre sus pasos en dirección a su hogar, con un aire renovado, quizá en parte a que el frío del invierno le había quitado parte de la resaca. Sentándose junto a su padre en el sofá de la sala, vio que sus progenitores estaban viendo una película que daba la impresión de ser realmente mala. Su madre reposaba tumbada en el otro sofá, parecía que la película no le iba mucho porque Sergio tuvo la sensación de que estaba dormida.

    —Papá, —Dani le miró alejando la vista de la televisión— ¿esta noche trabajas?

    —Sí, entro en un rato, a las nueve.

    Mari miró hacia atrás. Estaba casi dormida y escuchar la voz de su hijo la había desvelado.

    —Qué pena, tenía dos entradas de cine, iba a ir con Marta, pero… —prefirió mentir a dar explicaciones— se ha puesto mala. Era por si la queríais aprovechar vosotros.

    —Gracias, Sergio, pero por mi imposible, el trabajo me llama.

    —¿Laura? —preguntó el joven mirando a su madre.

    —Se fue hace nada, iba a cenar por ahí.

    —Y para mí —cortó Dani levantándose del sofá—, es hora de que me vaya preparando, que en dos horas tengo que estar allí.

    —Que te sea leve, papá.

    Le comentó Sergio apiadándose de todo lo que trabajaba su padre. Este le revolvió el pelo como cuando era joven y siguió su camino. El muchacho quedó en silencio observando la película de vaqueros que estaban proyectando y después volvió la vista a su madre. Estaba tumbada de lo más tranquila mientras sus pies desnudos le salían por debajo de la manta.

    —Mamá.

    Le llamó la atención, sin saber si aquello que se le había ocurrido era una buena idea. Quizá el estar tan mal le había hecho pensar en su madre, en la única que siempre estaría para cuidarle. Mari giró de nuevo el cuello para mirarle y fijó la vista con sus ojos azules.

    —¿Quieres venir al cine conmigo?

    El silencio recorrió la habitación, solo los vaqueros que aniquilaban a los indios lo interrumpían. Mari se quedó totalmente perpleja, su hijo le estaba invitando a ir al cine, ¡con él!

    —Pues no sé, cariño, ¿a qué hora es?

    —Empieza a las diez, pero bueno con los tráileres y los anuncios pues diez minutos más tarde supongo.

    —Acabará muy tarde…

    Mari se quedó callada observando a su hijo. Como le miraba con unos ojos algo rojos que le hicieron pensar “¿ha llorado o es la alergia?”. Un sentimiento de protección la invadió y notando que su pequeño tal vez pudiera estar herido, quizá no físicamente, seguro que de una forma más emocional, terminó por decir.

    —Bueno… si es buena, me apunto.

    —Eso no te lo puedo asegurar. —ambos rieron— Aunque no tengo mal gusto. Entonces, ¿salimos para las nueve y algo? —Mari asintió, le parecía bien, el cine estaba cerca— Voy un rato a jugar al ordenador. Cuando estés lista, me avisas y marchamos.

    Sergio se marchó a su habitación y Mari se quedó viendo la misma película, pero esta vez mucho más despierta. Hacía tanto que no iba al cine, que le comenzó a provocar una leve ilusión. Debatió un buen rato mientras los indios eran masacrados, que ropa se iba a poner, cuál sería la adecuada para ir a ver una película, estaba totalmente fuera de esas cosas, ir al cine lo consideraba de… jóvenes.

    Dani la dio un beso para despedirla, algo que más que anunciarle que su marido se marchaba, era una alarma para avisarla que debía cambiarse. Fue a su habitación cerrando la puerta tras de sí. Abrió el armario y lo miró con detalle. Cada vez tenía menos ropa “moderna”, toda ropa de “madre”. ¿No era una madre?

    Le quedaba media hora hasta las nueve y en todo ese tiempo se probó varios modelitos, que aunque le quedaban bien, ninguno parecía gustarle. “Si Carmen estuviera aquí, sería más fácil” pensó la mujer recordando las vacaciones con su hermana.

    Al final se decidió por llevar unos vaqueros algo holgados, con un jersey ajustado y una chamarra de cuero negra. Con todo ello puesto se vio de maravilla, el cabello peinado en una coleta, esta vez bien hecha, le daba un tono bastante juvenil, salvo por una cosa que no le gustaba.

    El jersey de color gris, era bastante ajustado y tenía un escote pronunciado en forma de V. cualquiera que mirase podría ver sus senos apretados el uno contra el otro, no quería ir tan “descocada”. Para arreglarlo, se puso una camiseta básica blanca por debajo, tapando el exceso de pecho sin dejar ningún trozo de seno a la vista.

    Para culminar el vestido, tomó prestado a su hija, unas zapatillas All Star que le quedaban como anillo al dedo. En verdad se veía muy guapa, joven y a la moda. En el tocador de la habitación, terminó por pintarse las pestañas y después darse un toque de pintalabios, aunque poco, tampoco quería ir excesivamente preparada. Al fin y al cabo iba al cine, no a la recepción con el presidente del gobierno.

    Estaba lista y se volvió a mirar en el espejo. Su reflejo era bello, precioso, incluso ella misma lo sintió. Solo se había preparado en Navidades y un poco en Nochevieja, con ese día ya eran tres en muy poco tiempo, puede que algo estuviera comenzando a cambiar en el interior de la mujer. Cogió un bolso negro y se lo cruzó desde el hombro a la cintura, comprobó si tenía dinero para invitar algo a su hijo, le tenía que devolver el favor por la entrada.

    Cierto. Sergio la había invitado, no lo había pensado, pero tal situación en un momento le hizo sentir un escalofrío en su espalda. Salió de la habitación, la luz de la sala le hacía suponer que allí se encontraría su hijo. Anduvo con calma aunque con cierto nerviosismo, pero ¿por qué esos nervios?

    Sentía lo mismo que cuando Dani la esperaba para salir de fiesta o hacer algún plan. Ella se arreglaba, se ponía guapa y cuando llegaba donde él, sentía unos pequeños cosquilleos, como si quisiera escuchar que lo había conseguido, que estaba preciosa.

    Apoyó un hombro en el umbral de la puerta y vio a su hijo sentado en el sofá, al parecer había terminado con el ordenador. Se había puesto un vaquero, uno de los tantos que le quedaban fenomenal, “a los jóvenes todo les queda bien”. Por arriba una camiseta que tapaba un jersey ceñido de rayas con diferentes azules. Se puso de pie al verla y Sergio le lanzó una mirada de satisfacción.

    —Vaya… estás muy guapa, mamá.

    Desde sus pequeñas vacaciones los halagos de Sergio habían sido habituales, quizá en menor medida, pero siempre tenía alguno preparado para ella. Eran casos puntuales, ya fuera, por verla guapa, por ver como solucionaba un problema o simplemente diciéndola que su comida estaba sabrosa.

    —Gracias. Hace mucho que no voy al cine, me he preparado un poco… no llamaré la atención.

    —Bueno… —Sergio no reprimió una carcajada— llamarás la atención porque vas muy guapa, por nada más. —Mari sonrió— Si ya estas lista, ¿marchamos?

    CONTINUARÁ

    ——————–

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    Subiré más capítulos en cuento me sea posible. Ojalá podáis acompañarme hasta el final del camino en esta aventura en la que me he embarcado.

  • Me enseñaste a ser perra como tú

    Me enseñaste a ser perra como tú

    De mi novio aprendí, que los hombres todos son unos perros, ellos puede tener relaciones sexuales con quien quieran donde quieran. En su mente puede follarse a quien mejor les parezca. Ven y te cuento!

    Mira como terminé por tu culpa.

    Voy a contar esta historia en primera persona (la protagonista es una joven de 23 años de edad). Gina, la protagonista de esta experiencia que leerán a continuación…

    Tenía ya una relación de 4 años con mi novio, nos habíamos conocido en la secundaria, habíamos tenido sexo casual, nada sin compromiso, sino hasta hace 4 años atrás.

    Mi novio, un chico atlético, moreno, de esos que te lo hacen una vez y saben donde darte en el clítoris (bueno, al menos él es de los que saben, jajaja) muy divertido, muy abierto en lo sexual.

    Nuestra relación estaba bien, hasta que hace 1 año sus padres decidieron mudarse fuera de la ciudad (a unas 10 horas de acá).

    Antes de él irse decidimos hacer formal nuestra relación, para que así el pudiera quedarse cerca de mi cuando viniera a visitarme.

    Un día estábamos hablando como a eso de las 11 pm, mis papás ya dormían, mis hermanos también.

    El: que tienes puesto para dormir?

    Yo: mi pijama, tu sabes que no uso más que pantalones cortos o pijamas.

    El: a ver, quiero una foto de como vas a dormir?

    Yo: ok (encendí la luz para tomarme una foto) y se la envié.

    El: ufff, que rico, con una foto así, está noche me tiro una paja viento tu culito. Quiero follarte.

    Yo: jajaja, para ti es fácil masturbarte, no sé como lo haces, yo lo he intentado, pero no puedo llegar a ese éxtasis.

    El: quieres que te enseñe a tener un orgasmo con solo tu imaginación?

    Yo: Mmm, bueno, que más.

    En eso él me llamó.

    Yo: que pasó?

    El: todavía quieres tener un orgasmo con tu imaginación?

    Yo: siii, ya dimeee.

    El: Cierra tus ojos (yo los cerré) obedece e imagina cada cosa que voy a hablarte, y has silencio.

    Recuerdas a mi amigo José? Piensa en él, yo sé que él y tu tienen ganas de cogerse (no sé cómo lo sabía), ya tienes su cara? Ahora imagínate que ambos están conversando en tu cuarto, de repente él se acerca y comienza a besarte, a ti te gusta y accedes a sus besos, ahora imagina que ambos se están comiendo a besos, que él te está metiendo mano (comencé a mojarme sin querer y sin decir nada), mete tu mano en tu concha ahora (me ordeno mi novio) e imagina que él te está chupando la concha, imagínatelo con los huevos en el aire, imagínate que ahora acerca su pene en tu boca y después se lo chupas.

    En medio de eso solté un gemido, había llegado dedeando mi concha y estaba full mojada, mi pantaletas estaba mojada, tuve que cambiarla, jajaja.

    El: que carajo? Tuviste un orgasmo? Jajaja, no pensé que fueras a llegar tan rápido.

    Yo: eres un bendito loco del carajo pana, de donde carajo sacas tanta pendejadas?

    El: mándame fotos de tu concha, quiero pajearme imaginarme que te follo con mi amigo.

    Yo: eres un loco, jajaja, ya te las mando.

    Pero esto no termina aquí.

    Esta semana les doy la siguiente historia. Disfruten de esta. Comenten algo si les gustó.

  • Las video corridas

    Las video corridas

    Si recuerdan, en el relato anterior señalé que, no más de caliente, “Subí a un foro de Internet unas fotos donde me dispongo a chupársela a mi amante” y finalizaba presumiendo que no son pocos los correos donde me piden fotos y me hacen muchas preguntas pidiendo detalles y que siempre las contesto poniendo la dirección del sitio donde están mis fotos. Eso era por si alguien se calentaba como yo, obviamente le iba a ayudar…

    Pues sí tuve comentarios donde pedían que escribiera mi correo, lo cual hice y recibí varios correos donde les daba la dirección del foro donde publicamos mi amante y yo nuestras calenturas. Sólo recibí unos 30 o más y a todos les contesté dónde estaban. También hubo otros que ya lo sabían y fueron a ver las fotos nuevas y me enviaron correo pidiendo más. A quienes ya antes habíamos tenido correspondencia, les envié una foto más de las que no estaban publicadas.

    Hasta ahí, todo normal: incluidos los calenturientos de mala redacción y ortografía, pero todos muy propios en el trato, aunque no contestan a mis preguntas, ni cuentan algo de ellos, ¡Van a lo que van!

    Sin embargo, me llegó uno con el Asunto “Videocorrida”, de alguien llamado Luis, y el texto era: “Espero que te guste ver mi leche en tu cuerpo y quieras más”, con un anexo que me encantó. Era un video de 14 segundos donde Luis se estaba corriendo muy rico sobre una de las fotos más recientes que había publicado. El sonido estaba muy bajo, tuve que subirle todo el volumen para escuchar: “Mar, mira como te lleno las tetas de leche. Así, cariño, tómala, tómala. Ay, mi cielo, ay, qué bien, ay… Ve que bue (FIN, se cortaba abruptamente)”.

    Me acordé cuando mi marido y yo le hacemos «tetas con crema» a mi amante. Claro, mi esposo no lo sabe, pero mi amante sí, ¡incluso me pide ese manjar y el «tamal con leche» para chuparme y lamerme con su lengua. ¡Lo gozamos mucho!

    Me imaginé a mi marido diciendo lo que Luis decía y soltándome su leche. Mi marido, al terminar de venirse se exprime el pene cubriéndome el pezón con el prepucio y parece que lo está besando. En la mañana, para que no se me caiga la capa seca de su semen, no lo dejo que me monte y le doy los “buenos días” tomándome un rico bibi. A él le gusta mucho que se la mame, aunque no me quiere chupar a mí la panocha y muy pocas veces me mama las chiches. Después me visto, sin bañarme, desayunamos y él sale a su trabajo. Yo salgo a buscar la boca de mi amado para darle sus “tetas con crema” y pedirle las chupadas de panocha que en mi casa me niegan.

    Otra cosa que me encantó, además de la voz cachonda que se le escucha a Luis viniéndose, fue el prepucio de su pene. Me recordó a mis dos amores que no están circuncidados. Pero no es problema, cuando yo quiero verles la cabecita, se los pelo, y no resisto en chuparles el glande…

    Se dio un breve intercambio de correos:

    Mar: La verdad, me calentó ver cómo me llenabas de leche. ¡Gracias! Un beso y una lamida allí, en tu cabecita… Te mando otra foto, aunque se nota que ya me chupó una chiche mi amante antes de tomarla.

    Luis: Me hace muy feliz que te haya calentado mi video, te enviaré más. ¿Dónde te excita más la leche?

    Mar: Obviamente en la vagina y en la boca, lo sabrías si habrías leído mis relatos.

    Luis: No he leído tus relatos, te vi por primera vez el día que te escribí. Me correré en tu vagina y tú boca. (Me di cuenta que él vio el foro donde están las fotos y desconocía éste. donde publico los relatos; por lo tanto, le contesté indicándole con la dirección de este foro.) Ahora los leeré.

    Mar: ¿Sería mucho pedir que el video lo tomaras de perfil para ver cuando te sale la leche? Eso me pone a mil. A veces le pido a mi amante que se masturbe para ver cómo le sale la leche. Lo hace mientras me chupa la panocha y me suelta su semen en la cara… ¡Lindo vivirlo!

    Luis: Espero que te guste ver cómo te lleno la boca con mi leche, me es muy difícil captar el momento en que me sale la leche, pues he de estar pendiente de grabar y cuando te llega la eyaculación es casi imposible poder concentrarse, de todas maneras, intentare complacerte, espero que me envíes más cosas.

    Mar: ¡Gracias! Inténtalo, aunque no haya foto de por medio, ¡Quiero ver cómo te sale…!

    La segunda videocorrida fue sobre la foto que le mandé. Y otra vez me calentó su voz y ver ese prepucio tan antojable para mi lengua y se lo dije: “Me gusta ver tus video corridas, no sé por qué. ¿Será tu voz?, ¿será que tienes prepucio, como mis dos amores?, y se me antoja mamarlo… Saaabe, como dicen en mi pueblo. ¿De dónde eres? Te va una foto donde se la estoy jalando a mi amor. No es sólo jalada, fíjate como están ensalivados mis labios.” No me contestó la pregunta y ahí vamos.

    El sonido cachondísimo que acompañaba a esta videocorrida era: “Ay Mar, abre la boca, abre la boca aquí, así… sí, toma… toma la leche así en la boca, toda para ti, así, ay, Dios…”

    No miento si les cuento que me he hecho dos o tres pajas con cada video. Cierro bien la puerta de mi recámara y pongo mi lap top a todo volumen, con audífonos, y las paso una y otra vez hasta que me vengo. Pues no sólo me excita la voz quebrada al estarse viniendo, sino también los recuerdos de algunas videollamadas.

    Por ejemplo, cuando mi marido está trabajando fuera de la ciudad, a veces tiene oportunidad de estar solo en un cuarto (otras no) pero me pide encuerarme, ponerme tacones y caminar de ida y vuelta hacia la cámara del teléfono, mientras él se la jala. “¡Qué lindas nalgas tienes, mamita!” dice con una voz similar a la que hace Luis cuando se está viniendo y luego me muestra el pene y la mano llenos de la leche que le escurrió.

    A veces mi amante me pide que me masturbe frente a él y viceversa, le pido que se la jale para ver cómo se viene. ¡Me encanta la cara que pone! Seguramente que también disfruta viendo la mía cuando yo lo hago. Bueno, eso era antes de la pandemia, porque durante ella, varias veces lo hicimos por videollamada.

    Bien, espero que les haya gustado que compartiera el fruto de mi relato anterior.

    Besos (estoy muy caliente de contarles esto, voy a ver los videos de Luis otra vez).

  • Despertar caliente

    Despertar caliente

    Desperté sintiendo tu pene duro entre mis piernas y tu mano corriendo mi pelo. El olor al sexo que tuvimos en la noche me llegó de repente. Con tus dedos suaves, pero seguros tocaste mi cuello y empezaste a contar mis costillas, de arriba hacia abajo, siempre suave, siempre seguro. Llegando abajo acariciaste mi cadera y con tu mano grande y caliente te afirmaste de mí para acercar tu pecho a mi espalda.

    Seguiste acariciando mi cadera y comenzaste a acariciar mi glúteo, hacia el otro lado, haciendo que se abriera, y sentí tu pene más duro y caliente. Pensé que me ibas a penetrar, pero no lo hiciste, seguiste acariciando mi muslo y luego pusiste tu mano caliente dentro de mis piernas. Yo las abrí un poco porque quería lo caliente de ti, subiste tu mano por mi entrepierna y rosaste mi clítoris, me dio un escalofrío, acariciaste mis bellos y pensé que meterías un dedo dentro de mí, pero no lo hiciste.

    En cambio, me dijiste al oído, “te la voy a comer completa”, con un susurro, con una voz también caliente. Tu mano siguió subiendo por mi guata y por entre medio de mis tetas, hasta llegar a mi pecho, me tomaste fuerte y chupaste mi oreja, todo tu pecho caliente estaba en mi espalda y tu pene entre mis glúteos, siempre caliente, duro como un palo.

    Tu mano acarició mis tetas, primero suave después un poco más fuerte y cuando se pusieron duros mis pezones los acariciaste también, los apretaste un poco, sólo un poco. Y yo ya no me aguanté y me giré para besarte, te subiste arriba mío y me miraste con la mirada decidida y profunda, me sonreíste un poco y luego me besaste con enojo, me diste un beso con tus labios gordos y calientes, tu lengua entró en mi boca abierta y aun así me quemó.

    Mientras me besabas yo amarré mis piernas a las tuyas intentando acercar tu palo duro a mi vagina y te rasguñé la espalda, y los glúteos. Besaste mi cuello y te tiré el pelo. Chupaste mis pezones y gemí. Bajaste tu boca a mi vagina y sentiste mi olor, nuestro olor de la noche anterior. Pensé que ibas a comérmela toda como habías prometido, pero en cambio la abriste con tus dedos calientes y lengüeteaste mis labios. Yo quería que me la comieras toda.

    Después chupaste mi clítoris y me miraste maldadoso, yo te miré extasiada y mordí mi labio, pensé que meterías tu dedo en mi vagina pero lo metiste en tu boca, después en mi ano. Seguiste comiéndome y lengüeteándome, como prometiste, como anoche, pero yo te quería a ti, dentro de mí. Así que te tomé del pelo y te hice parar, me senté y tu palo duro quedó frente a mí, el calor se sentía en mi cara.

    Pasé toda mi lengua por él e intenté comerme la punta, pero tú ya estabas listo y yo también, así que te tiré en la cama y me subí arriba tuyo.

    Te enterré en mí y tu calor subió por mi espalda, llegó a mis tetas y se quedó en mi cara.

    Te cabalgué intentando que entraras más en mí, que me partieras en dos, te cabalgué y te cabalgué hasta que me faltaba el aire, sentí tus manos en mi cintura, en mis pezones, en mi boca.

    Mi boca abierta quería más de ti, tus manos calientes afirmaron mis piernas y miré tu cara, explotando de placer y yo también exploté, sin respirar, sin vivir, exploté.

  • El regalo: Un antes y un después (Vigésima primera parte)

    El regalo: Un antes y un después (Vigésima primera parte)

    —¡Señorita! Al andar derrama usted tanta sal que los que vamos detrás nos hacemos mojana. —Las palabras a modo de piropo, fueron pronunciadas por un alelado Federico, al ver la llegada, –como siempre tarde– de Paola a la reunión de ventas. Y es que sí, mí pesado compañero de ventas tenía mucha razón. Aquella rubia no parecía caminar sino levitar.

    Paola saludó a todos efusivamente con sendos besos en las mejillas, pero cuando se acercó a mí, tan solo se fijó en mi presencia y sin pronunciar palabra, se acomodó a mi izquierda, dejando su gran bolso de piel ocupando espacio sobre la mesa de juntas. Las preguntas de rigor realizadas por mi jefe, los informes de ventas y visitas presentados del fin de semana por aquellos que lo laboraron y yo callado sin nada que argumentar, me aburría hasta que la visión de una mano blanca por debajo de la mesa y oculta para los demás, acariciaba mi rodilla, arañaba hacia arriba con sus uñas doradas mi muslo; sin premura sus finos dedos decorados con varias argollas plateadas y cobrizas, palpaban por encima de la tela del pantalón azul, mi hombría. ¡Pufff! La rubia tentación había conseguido su objetivo. Llamar mi atención, colocarme en aprietos y la piel de gallina delatarme en un instante.

    —¿Se encuentra usted bien, señor Cárdenas? —¡Ehhh! Claro que sí, don Augusto. Le indiqué cerrando el puño y levantando mi pulgar. —La verdad jefe es que pasé un «finde» espectacular, un poco fuera de lo común es verdad, pero todo bajo control con mi familia. ¡Feliz! Gracias por preguntar. Y le sonreí.

    Aquella junta pasó para mí entre bostezos y ganas de salir corriendo por un café a la máquina expendedora. Me enteré de que no había muchos negocios concretados pero si muchas visitas al concesionario. Al terminar me dirigí hacia mi escritorio, organicé mis cosas y colgué del perchero mi saco de paño, quedándome solo con la rosada camisa y estrenando una corbata roja de seda. ¡Un café por favor! Me pedía el cuerpo así que me encaminé hasta la dispensadora para calmar mis ansías de cafeína. El sonido de las monedas despeñándose desde la ranura hasta abajo y el típico sonido del café molido, cayendo en el vaso y el líquido caliente precipitándose segundos después.

    —¡Gracias! Qué detallazo rolito precioso. —Y una dorada cabellera ocultó de mi vista el envase, para luego perderme de nuevo en aquella mirada verde esmeralda y su boca que se entreabría para dar un primer sorbo, soplando antes para no quemar el rosa claro de su lengua.

    —Buenos días se dice, al menos así me enseñaron a mí. —Le dije algo molesto a mi rubia Barranquillera.

    —¡Ajá! ¿Y tú qué, cachaco? ¿Todavía sigues enojado conmigo? ¡Jajaja! Anda nene… ¿Me invitas a un cigarrillito? ¡Ya deja la bobada Rocky y no seas tan charro! —Me contestó sonriente y con su mirada de niña mimada, palmeo mi espalda. Hummm, como negárselo.

    —Hummm, está bien. Ten, y aquí está el encendedor. Espérame afuera, donde siempre por favor, mientras espero por mi café. —Y ella se dio vuelta, sonriente y sabiéndose triunfadora se marchó, contoneando sus caderas cual reina de belleza en pasarela. ¡Por ahora!

    Un minuto después, me acerqué a mi rubia compañera, quien me esperaba iluminando mí mañana con su sonrisa; en una mano un cigarrillo consumido tan solo una cuarta parte y en la otra, el que era mi café. La cajetilla y mi encendedor no los veía así que le pregunté donde los tenía.

    —Ahhh, ¡Anda nene! están aquí metidos en el bolsillo de mi pantalón. Mete la mano, con confianza. —Y miré hacia la izquierda donde se apreciaba el bulto. Introduje un poco mis dedos con delicadeza y saqué la cajetilla primero, para posteriormente meterla de nuevo en busca de mi zippo plateado. Aproveché para rasguñar su pierna, sonriéndole muy cerca de su nacarado rostro.

    —¿Entonces no concretaste ningún negocio este fin de semana? —Le dije mientras encendía rápidamente mi cigarrillo, cuidando de no derramar mi café en aquel proceso.

    —Ninguno «rolito», pero hice buenos contactos, creo. —Dejó Paola entre sus labios el cigarrillo y metió su mano derecha en el pequeño bolsillo de su americana marrón a cuadros, para entregarme un post-it verde y con su letra cursiva, un nombre escrito más un número telefónico.

    —Mira Rocky, este cliente vino a buscarte. Me pidió que te dijera que lo llamaras esta semana para concretar una visita. —Lo tomé y la verdad que no recordaba haberlo atendido con anterioridad y por la interrogante expresión de mi cara, Paola prosiguió su ilustración. —Humm… Nene, me dijo que había venido recomendado de un cliente tuyo, una mujer. Pero no me dio su nombre.

    —Pues muchas gracias Paola. Más tarde hablo con él. ¿Y cómo estás tú? Le pregunté recordando su sesión en la «habitación del pecado».

    —¡Y ajá! Pues muy bien. Un fin de semana movidito, jejeje. —Se sonrió, apagó la colilla con la punta del zapato y cuando se iba a marchar dejándome allí solo en el parking, la tomé de su brazo y le dije…

    —Sé que estuviste donde Almudena, con tu novio y te dejaste coger por otro tipo… En fin, por eso preguntaba, pues creo que te pasaste de la raya llevando allí a Carlos para… —Paola se dio vuelta y muy seria, también ella con su voz algo alterada me respondió…

    —¡Rodrigo!… Que te quede bien claro nene, que lo que yo haga o deje de hacer en mi tiempo libre y con mi cuerpo, es cosa mía y no es de tu incumbencia. Además, para tu información, Carlos es un niño lindo, guapo y divertido, pero igualmente es una persona soberbia y demasiado engreída. Se ha portado mal con varios de mis amigos, tu incluido, así que era necesario poner los puntos sobres las íes. Quería que de una vez por todas y antes de casarnos, sepa bien con qué clase de mujer lo va a hacer. Soy una mujer que ha vivido libre y que pretende, seguir siéndolo. Si lo acepta así, lo recibiré en mi vida como esposo. De lo contrario que vaya donde su mamita a poner la queja. Ahhh por cierto… ¡Te extrañé! —Y se marchó como un ventarrón hacia el interior de las instalaciones.

    Sin nada más por decir, yo también me dispuse a iniciar mis labores, revisando mi agenda y los contactos para determinar a qué presas cazar. Revisé mis notas y la verdad era que no veía mucho por dónde empezar, sin embargo estaba pegado en una esquina del ordenador, el post-it verde como un faro al cual acercarme en la oscura tormenta.

    Con decisión marqué y al tercer beep respondió. Efectivamente era un conocido de Almudena y estaba pensando en cambiar el automóvil de su esposa y para ello quiso que le visitara en su negocio el siguiente jueves por la mañana. Acordamos la hora y me indicó la dirección y el modelo en el cual se encontraba interesado. Algo era claro para mí, Almudena se había convertido en mucho más que una clienta interesante y diferente, era más como una amiga que se interesaba por mi bienestar.

    Hacia las diez de la mañana recibí la llamada de mi esposa, informándome que esa tarde hablaría con su jefe y que por lo tanto yo debería encargarme de recoger a nuestros hijos. Nuevamente ella llegaría un poco más tarde, acompañada por el hombre que estaba con ganas de hincarle el diente. Pero por Martha primero que todo, en segundo lugar por mi esposa, para darle a entender que confiaba plenamente en ella y por mí, para quedar tranquilo si su jefe lograba hablar con su esposa y arreglaban su situación sentimental, quitándome ese «problemita» de encima, debería suceder esa conversación entre ellos dos. Sí… ¡A solas!

    Silvia había preparado mi almuerzo y con el tupper en mano, me dirigí hasta la cocina, utilizando el microondas para calentarlo. Ese medio día almorcé junto a la señora de la limpieza y María la guarda de seguridad. Ellas hablando de alguna novela y yo escuchando música con mis audífonos colocados a volumen moderado. Me llegó un mensaje al móvil, que leí con detenimiento. Era de Martha, saludándome y preguntándome como estaba. Creí justo llamarla para devolverle el saludo y de paso comentarle que mi esposa había aceptado hablar con su esposo.

    —¡Hola Martha! ¿Cómo estás? —La saludé.

    —¡Rodrigooo! Buenas tardes corazón. Yo estoy bien, gracias. Aquí feliz con mis dos hijos, terminando el almuerzo que les preparé. —Me respondió.

    —Entonces te hablo más tarde si andas ocupada. —Le comenté tratando de no ser inoportuno.

    —No Rodrigo, para nada me incomodas. Ya estamos por terminar. —Me dijo mientras al fondo se podía escuchar las risas de su hija y los gritos de auxilio de su hijo menor.

    —Bien, de todas formas solo quería darte las gracias por todo. A mi esposa le fascinó el regalito. Lo pasamos fenomenal gracias a ustedes dos. —Le conté agradecido por su atípica travesura que había dado para mi esposa y para mí, buenos frutos.

    —¡Niños! Por favor no hagan tanto ruido que estoy con una llamada. —Les llamó la atención Martha para luego responderme…

    —Me alegra mucho por ustedes dos. —Pero había tristeza en su voz. Por lo visto entre ella y su esposo seguía todo igual.

    —Bien Martha, pues solo quería comentarte que mi mujer aceptó de buena manera hablar con tu esposo. Esta tarde saldrán por ahí a tomar café y hablar un rato. Esperemos que tu marido acepte los consejos de mi esposa. Así que a cruzar los dedos. —Le hablé, dándole mucho ánimo con aquella noticia.

    —¿En serio? ¡Ohh, Dios mío qué bueno! Gracias Rodrigo, de verdad muchas gracias. Ehhh, tesoro… Debo colgar que mi niño me llama, ¿pero seguro que será esta tarde? ¿Hugo no se arrepentirá? —Me respondió, aunque yo no alcancé a escuchar ningún llamado.

    —La verdad no lo creo. Silvia cuando quiere, suele ser muy persuasiva. Igual si pasa algo nuevo y me entero, yo te llamaré para comentártelo. Un abrazo y feliz tarde. —Me despedí de Martha y colgué. Creo que con una amplia sonrisa de tranquilidad reflejada en mi rostro.

    —¿Y a donde vamos entonces? —Le pregunté a mi jefe, quien en su rostro mantenía la madurez que le caracterizaba.

    —La verdad que no lo sé Silvia, pero lejos de tantas miradas sería lo más recomendable. —Me respondió mientras caminábamos en dirección a la torre de oficinas y él de vez en cuando miraba hacia atrás.

    —Creo que dentro del coche podremos hablar con mayor tranquilidad. —Me dijo sin mirarme.

    —Pues si puede ser y de paso me acerca hasta el piso. ¡Jajaja! —Me reí por mi repentina y abusiva proposición.

    —Pero por supuesto. Vamos entonces. —Y entramos por las acristaladas puertas del edificio, guardando sensata distancia bajamos caminando por las escaleras hasta el segundo nivel del sótano.

    Ya dentro de su auto mi jefe caballerosamente se acercó para acomodarme el cinturón de seguridad y aprovechando la ocasión me besó en la mejilla y acarició mi rostro con ternura.

    —Ehhh, bueno podríamos ir hasta el parque que está cerca de la urbanización. Solemos llevar a los niños allí pues tiene algunas fuentes de agua muy hermosas que van cayendo unas sobre otras a manera de cascadas y tiene amplios espacios para que mis niños y yo, usemos nuestros patines en línea, mientras mi esposo más pendiente de nuestros hijos que de mí, corre tras de nosotros. Además, no me conoce nadie por lo que podremos caminar y hablar con tranquilidad. —Le indiqué.

    —¿Y hablando de tú esposo, Silvia? No estará él por allí. No quiero complicarte la vida, mi ángel. —Me respondió intrigado, claro que él no sabía que esa charla había sido motivada precisamente por Rodrigo.

    —Por mi marido no hay problema, ya le he dicho que él no es celoso. Por el contrario, mis vecinas, ellas si pueden ser un gran inconveniente. ¡Jejeje! Son mejores chismoseando, que el circuito cerrado de tv instalado en los bloques de los apartamentos ¡Jajaja! —Y riéndome, don Hugo puso en marcha el coche y salimos por la ruta que el ya conocía.

    Mientras tanto yo le envié un mensaje a Rodrigo, comentándole que me demoraría un poco más y que iba junto a mi jefe en camino para nuestro hogar, aunque antes terminaría la conversación en el parque que estaba a pocas calles de nuestro piso. Vi la notificación de leído y a continuación el pulgar en alto y la confirmación de que ya estaba junto a nuestros pequeños jugando. Guardé el móvil en mi bolso y entonces me giré un poco en mi asiento para hablarle a mi jefe.

    —Y bien don… Oops, lo siento, es difícil acostumbrarme. Hugo… No me ha respondido. Del uno al… —Y él interrumpiéndome, encendió el radio del auto, sintonizando una emisora de baladas americanas que desgraciadamente, yo no entendía para nada. ¡Debería estudiar inglés! Pensé.

    —No se Silvia, en serio que ahora que me haces esa pregunta, me he puesto a pensar y creo que… No he tenido mucha experiencia la verdad, así que con Martha hemos hecho lo que nos ha salido. Supongo que sí, que soy muy malo, un completo desastre por lo que he podido ver en el video. —No se martirice con eso por favor. Le respondí.

    —Mire Hugo, nunca es tarde para aprender, es solo cuestión de que usted y su esposa hablen de sus… Pues de las necesidades de ella, de las suyas también. Podrían ir juntos a… No sé, visitar a un experto en relaciones de pareja. Allí quizás los orienten, le expliquen a usted de esos temas. Es una posibilidad para superar esta situación. —Le comenté, mientras don Hugo no apartaba la vista del camino.

    El auto se detuvo en un semáforo y mi jefe, volteo su rostro hacia mí. En sus ojos había un brillo, pero causado por la humedad de un ligero llanto. Puse mi mano sobre la suya, la que mantenía él sobre la palanca de cambios y se la acaricié para darle valor; hacerle entender que no estaba solo en esto. Él me sonrió e inclinándose hacia mí, acercó su rostro al mío, en un claro intento por besarme.

    —Hugo… ¡No por favor! No hay que confundir las cosas. Me gusta cómo me trata, en serio, pero ahora lo primordial es recomponer su matrimonio y yo no me puedo convertir en nada para usted. —Le contesté colocando en el tono de mi voz, un timbre conciliador, hasta cariñoso si se quiere y para que no se sintiera incomodo por su accionar, acaricié con mi mano su mejilla y le comenté mirando el lánguido gris de sus ojos…

    —No debo ser una distracción. Al contrario, quiero ser yo quien pueda hacerlo concentrar su atención para recuperar su felicidad. Ser su mejor amiga, solo su sincera confidente fuera de la oficina, si usted quiere. Hugo, no quiero que cambie nada entre los dos. Usted se merece mi respeto y mi consideración. Es un hombre bueno y de verdad me gustaría mucho verle de nuevo feliz con su familia, junto a su esposa. Y eso incluye pasar la página de lo sucedido entre usted y yo. Cuente conmigo para lo que necesite… ¡Ehhh! Hugo, ya cambió la luz. —Le terminé por decir, haciéndolo recapacitar y obviamente, centrar su atención en la vía.

    —¡Ya estamos cerca Silvia! ¿Por dónde es? —Me preguntó y yo le indique el lugar.

    —Es por aquí a la vuelta, al fondo ¿Sí lo observa? —Le pregunté mientras pasábamos por el frente del bar de nuestros amigos y al que acostumbraba visitar con mi esposo alguno que otro viernes y que ese día empezando semana, estaba con justa razón cerrado.

    Mi jefe detuvo el auto justo al frente de una arboleda y se retiró su cinturón de seguridad y yo el mío.

    —Y bien, le comenté. ¿Bajamos y damos un paseo? —Y el sonriente desbloqueó los seguros pero me impidió abrir la puerta, evitando con su mano que la mía jalara la manija. Se bajó presuroso y rodeando por el frente del coche, llegó hasta mi costado y abrió la portezuela para tomar mi mano, ayudándome a descender del vehículo.

    —¿Le molesta si fumo? —Le pregunté.

    —¡Para nada! —Me respondió.

    Así que de mi bolso tomé la cajetilla de mentolados y con mi pequeño mechero rosa, me encendí uno y tomándolo del brazo emprendimos nuestra caminata por el parque donde a esa hora aun habían niños montando bici y una que otra pareja de novios, tomados de las manos.

    —Silvia, tengo muchas dudas, temores de volver a intimar con mi esposa. No sé si me comprendas pero es que yo la vi tan entregada, una mujer tan distinta a lo que es conmigo cuando tenemos… No sé si pueda, si yo no… —Me detuve un momento, exhale el humo hacia otra parte y lo miré directamente, interrumpiéndolo para decirle lo que pensaba yo, sobre sus miedos.

    —Hugo tranquilo. Mire, creo comprender que se encuentre usted así de dubitativo. Pero si su esposa disfrutó con ese hombre o con el otro, estoy segura de que con usted ella también lo ha hecho y lo hará. Solo hay que hablar primero, relajarse y con estoicismo, pregúntele usted que pasó. Ella debe tener sus motivos y si son como supongo, cansancio y la rutina o falta de atención por parte suya Hugo, pues trate de entenderla. Escúchela, solo eso le pido y como pareja, busquen la solución con algún especialista. Porque ustedes se aman todavía. ¿No es verdad? —Le terminé por preguntar.

    —¿Y si no soy suficiente para ella? Es que me voy a sentir a cada instante, con cada caricia mía, en cada beso… Comparado. La verdad creo que ya no hay nada para mí en ella. —Me respondió muy afligido.

    Nos acercamos hasta una banca de madera y a su lado una cesta para la basura. Contra su borde terminé por apagar la colilla y la lancé en su interior. Entonces nos dimos vuelta y continuamos nuestro camino por otro de los senderos, el que daba hacia el centro de aquel parque.

    —Hugo, si hay amor entre ustedes dos, seguramente los superaran. Pero mire que tiene que ponerle empeño, los dos deben cambiar, mejorar los preliminares, las palabras, los gestos, sus besos y las caricias. Muchos hombres creen que la penetración es lo más importante en las relaciones sexuales, pero andan muy equivocados. Nos gusta el fuego, sí. Pero también es cierto que nos encanta dorarnos a fuego lento primero, para ya encendidas, terminar por arder entre fuertes embestidas. —Soplaba una ligera brisa pero de repente se avivó y se hizo fuerte, tanto que revolcó por completo mis cabellos y entonces mi jefe con su mano, corrigió mi descompuesto peinado con sus dedos.

    —Te va bien a ti… ¿Con tu esposo? —Me preguntó don Hugo, mientras llegábamos ya a las cascadas.

    —¡Jajaja! Muy bien, no tengo queja. Pero no hablamos de mí. ¡No señor, no se me salga por la tangente! ¿Qué tal se le da a usted el sexo oral? ¿Si lo practican con su mujer? —Y entonces pude observar cómo se le subían los colores al rostro y su mano derecha la llevaba hasta su nuca para rascársela y al mismo tiempo, achinar sus ojos como si yo hubiera dicho algo malo.

    —¡Ehhh! ¡Pufff! Silvia yo creo que bien, al principio pero después pues… Lo hago para hacerla acabar y Martha no me ha revelado si lo hago bien o regular pero tan mal no creo. Jejeje. Silvia… Tienes razón en que nos faltó hablar más. —Y se detuvo mi jefe al frente de la pista de skateboarding, donde varios jóvenes practicaban sus piruetas y saltos. Se giró y colocando su mano derecha sobre mi hombro, con delicadeza y me pregunto decidido…

    —¿Te gustó como te besé Silvia? —Y entonces, ruborizadas mis mejillas, trague saliva y recordé rápidamente aquellos cortos besos, escasos de tiempo y sorpresivos, tan poco anhelados, así qué algo nerviosa le respondí…

    —Es que tampoco fue para tanto. —Y mi jefe se separó de mí un poco–. Quiero decir, que no fueron muchos los besos para saberlo con certeza. Muchos nervios y esa sensación de estar traicionando a mi marido, no me dejaron apreciarlo. Pero si, creo que no estuvo mal usted.

    —¿Segura? O lo dices simplemente para no herirme más y elevar mi ego. Silvia… ¡Te quiero besar mi ángel! —¡Qué! Humm, este hombre seguía confundido. ¿O no?

    —¡Jajaja! Por favor Hugo y… ¿Para qué? ¿Cómo una muestra de su talento? Primero el beso, ¿luego qué? ¿Sexo? ¡Es eso lo que ve en mí, en su ángel? ¿Un cuerpo para aprender y usarme? ¿Probarse que es tan capaz y hombre como el sujeto que vio sacarle orgasmos a su mujer? —Mi jefe atónito ante mis frases, con sus manos en el aire al frente mío, negaba con vehemencia, mis suposiciones.

    —No, Hugo. A mí no debe utilizarme como un experimento. Conmigo no debe probar nada. Intente mejor con su esposa, ella es a quien ama, yo solo soy su amiga incondicional. Le ayudaré en lo que más pueda, pero primero júreme… ¡Prométame que de aquí saldrá para su casa, hablará con su mujer y los dos buscaran la manera adecuada de recomponer sus vidas, por ella, a quien ama. Por sus hijos, que se bien cuánto los adora. Pero sobre todo por usted mismo, porque necesita reencontrase con el hombre seguro, confiado, sereno y decidido que dejó escondido por ahí. ¡Usted necesita ser feliz! Inténtenlo por el bien de su familia y luego si todo sale bien entre ustedes, yo… Yo le daré ese beso que ahora usted quiere, para que comparemos si es que se atreve después de tener todo arreglado, a serle infiel a su esposa conmigo y yo a mi esposo, con usted. —Don Hugo me miró sin ocultar su asombro ante mi promesa. No me abrazó, ni respondió de inmediato, solo tomó mi mano derecha entre las suyas y con firmeza, asintió con su cabeza. ¡Tres veces seguidas! Y sus ojos grises cambiaron, brillaban. Esa tarde-noche, resplandecieron.

    Lo sé, fue una promesa absurda la que le ofrecí y que de llegarse a cumplir, podría poner en jaque a mi matrimonio o al de él. Pero también yo quería confrontarlo, hacerle ver que si se esforzaba lograría tener su añorada estabilidad familiar y se olvidaría de mí. No necesitaría más a su ángel y un premio obtendría, si volvía con su esposa y comenzaban a reorganizar sus piezas rotas.

    —Está bien Silvia, lo juro, por ti lo haré. Pero antes, necesitaría un adelanto de tu oferta. —Don Hugo sonrió, más no maliciosamente, sería mejor decir que lo hizo con ternura y luego me tomó mi rostro entre sus fuertes manos y ladeando su rostro, continuó diciéndome… —Ya sabes cómo es esto. Los negocios mi ángel, negocios son.

    —¡Niñooos! Miren quien acaba de llegar. —Silvia ingresaba con su abrigo pendiendo del antebrazo y el manojo de llaves en su mano derecha. Una sonrisa leve iluminó su cara al verme con su delantal puesto.

    —¡Hola mi amor! No te demoraste mucho. —La saludé con cariño mientras la estrechaba contra mi cuerpo, he intenté darle un beso pero Silvia en ese instante volteo su cara para agacharse y recibir el abrazo efusivo de nuestros pequeños hijos. Y luego de recibir miles de besos y te amos por parte de mis chiquitines, se enderezó y me miró serena, junto al dibujo en sus labios de una expresión de picardía.

    —Mi vida, todo listo. Creo que lo entendió y va a darle una oportunidad a su mujer. —Esa disimulada sonrisa en mi esposa pasó a ser una más amplia y franca. Sin embargo escudriñé cada uno de sus gestos, el arquear de las cejas, el rubor en sus mejillas y sus labios sin pintar.

    —¡Qué bien mi cielo! Le respondí, sin exponerle el escaneo realizado a sus facciones. —Y animado por la noticia le insistí.

    —¡Cuenta, cuenta! —Tengo hambre mi amor y sed también. Tanta habladera me reseco la garganta. —Me paró Silvia en seco, mi corto momento de emoción.

    —Mi vida voy a duchar a los niños mientras comes. Te dejé servido un buen plato de pasta con atún y arroz. —Silvia me miró con su cara de resignación–. Lo sé, lo sé mi vida, soy un desastre en la cocina pero ya sabes que siempre lo preparo con mucho amor. Es el que está dentro del microondas, ahhh por cierto, en el refrigerador hay una jarra con jugo de mango, que me obsequió la señora Gertrudis. ¡Una docena de ellos! Me la encontré hace un rato, que venía de pasear a Toretto. ¡A ese cachorro en definitiva no le agrado ni un poco! Nuestra vecina se fue de compras hasta la tienda de las frutas, la nueva que abrieron por la calle que da al parque y me contó que están de oferta. ¡Ehhh! mi vida, recuérdame pasar a comprar unos aguacates para la frijolada de pasado mañana. Espero que no hayan subido de precio. —Le comenté a mi mujer mientras me llevaba en cada brazo, alzados a mis dos niños hacia la ducha.

    La procesión de bañarlos y de colocarles sus pijamas, entre gritos y sus risas, no logró hacer ceder en mi mente las ganas de enterarme de la conversación sostenida entre mi esposa y su jefecito. Por ello con rapidez los acosté y me dispuse a leer junto a mis dos hijos un nuevo cuento, entre tanto observé como Silvia pasaba hacia nuestra alcoba y después se escuchaba el incesante caer del agua en la ducha.

    Una vez vencidos mis pequeños por el sueño, apagué la luz y me dirigí a la cocina. Tomé del refrigerador una lata de cerveza y de la mesa auxiliar de la sala, mi cajetilla de cigarrillos, el cenicero de cristal tallado y mi encendedor. Silvia aún no hacia acto de presencia, de hecho mientras fumaba en el balcón, bebiendo largos tragos de aquel líquido frio, recibí una notificación en mi móvil. No apresuré mi calada ni di el último sorbo de manera precipitada. Observaba a los lejos el fulgor de las luces ambarinas de la ciudad que me había acogido desde hacía varios meses, pensando. Tejiendo recuerdos, lucidos unos momentos, en sombras algunos instantes más, pero todos ellos dispuestos para enredarme, capturarme dentro de mi propia telaraña.

    —¡Ahhh! Aquí estas. ¿Los niños se portaron bien? —Fueron las palabras de su entrada en mi espacio, disipando mis silencios con su encuentro y Silvia hermosa, envuelta en su bata de tela gruesa, tan llena de calma.

    —Los niños bien, como siempre. Le respondí. —No tenían deberes pendientes así que vimos un rato la televisión, ya sabes como son. Los dejé allí y me dispuse a preparar mi especialidad. ¿Te gusto? —Le pregunté y por respuesta su abrazo, con el aroma a manzana que desprendía su húmeda melena, alejo de mí el olor a tabaco.

    —¿Acabaste ya? Ven mi vida, vamos a la cama a descansar y hablamos. Tengo que contarte algo. —Me dijo mientras tomaba de su bolso el móvil pero sin reparar en él. Yo tomé el mío y le dejé que se adelantara, mientras yo apagaba luces, verificaba el cierre de la puerta y ventanas. Obviamente presuroso revisé el mensaje en mi teléfono. —¡Gracias! Eres un amor. Te quiero mi leal caballero sin armadura–. Y sonreí al terminar de leerlo.

    La cabeza de mi esposa, de medio lado descansaba sobre mi pecho. Su abrazo vadeándome desde mi derecha hasta posarlo sobre mi cadera izquierda me confortaba, su cercana y cálida respiración, más la suavidad de sus palabras al ir relatándome su encuentro con el esposo de Martha en la cafetería, me llenaron de alegría al saber que ya podría quitarme ese martirio de encima.

    —Estoy nerviosa mi amor. —Me expresó al terminar su historia, aparentemente.

    —¿Y eso? Qué sucede Silvia… ¿Paso algo más? —Le pregunté curioso y un poco angustiado.

    —Ese viaje… ¡Yo sola! Sabes cómo sufro con las alturas y no te voy a tener a mi lado para que me protejas. —Y sus dedos dibujaron algo en mi pecho. Letras aparentemente y un imaginario corazón que percibí en mi abdomen, trazado con sus uñas.

    —No seas bobita mi vida. Es un viaje corto. No te pasara nada malo mi amor. Sencillamente cierras tus ojos y esperas a que termine el vuelo. —Y acaricié su hombro, recorriendo el tendón de su cuello hasta alcanzar su oreja, rozando el curvilíneo hélix y entrelazando posteriormente sus cabellos aun mojados con mis dedos, masajeando suavemente su temporal.

    —¡Nos besamos! —Me dijo de improviso, sin moverse de su posición. ¡Y no! No pude percibir algún temblor en el timbre de su voz, ni siquiera un atisbo de aprensión por su inesperada confesión.

    —Mi amor, no fue nada. En serio que no. Solo lo hicimos un momento, como tú con tu amiga del concesionario, esa tal Paola. Por negocios y nada más. No te imagines cosas que no fue para tanto mi vida, tenía que hacerlo y ya, sucedió. —Mi respiración empezó a hacerse más agitada y la tensión en los músculos de mis piernas me causó incesantes temblores, que con seguridad Silvia habría podido notar. Yo no podía estar en calma, aunque lo intenté y sí, abrí mi boca y aspiré para poder decirle…

    —Y entonces solo sucedió, así como ahora me lo cuentas, todo tan de repente. —Le respondí manteniendo mi postura pero con las pulsaciones de mi corazón desbocadas. Silvia por fin cambio su colocación, cruzando sus brazos sobre mi pecho y apoyando su mentón sobre su antebrazo, estiró su cuerpo sobre el mío y mirándome fijamente, para ser honestos se mostró muy serena, bastante sosegada y natural, como si ese beso no significara nada, para ella.

    —Pues mi amor, ocurrió porque yo lo presioné para que se fuera directamente a conversar con su esposa y se dieran una oportunidad. Y logré convencerlo, pero a cambio de algo que yo le prometí. —Dejé de mirarla un instante para elevar mi vista al techo, buscando fisuras, grietas oscuras en el blanco panorama. ¡Confianza! Y mi esposa me la había dado con Almudena, y yo debía retribuirle, a pesar de que me sabía a hiel la boca por ese beso.

    —Tuve que ofrecerle algo a cambio, un… Un incentivo como tú le llamas a esos suvenires o a las ofertas que le haces a tus clientes para cerrar tus tratos. Mi vida, es que mi jefe pretendía… Él quería besarme. Insistía en continuar su fantasía conmigo, olvidándose de todo lo ya hablado, como si yo hubiera perdido mi tiempo esta tarde convenciéndolo de hacer una terapia con su esposa. Así que se me ocurrió la bendita idea de decirle que aceptaría un beso suyo al final de su terapia, solo para calmarlo, a modo de un premio. Pero mi jefe me pidió un anticipo, y fue muy corto. Eso fue todo. Lo juro. —Y me descompuse por completo, me agité y mi corazón empezó con aquel bombeo tan reconocido, tan usual.

    Me quite el cuerpo de mi esposa, corriéndome hacia el otro lado. Le di la espalda y ni le respondí ni la miré. Salí de la alcoba hacia mi improvisado cubil. Si, el sofá regalo de mi rubia barranquillera, otra vez a dormir en mi nave espacial.

    —Rodrigo, no te portes como un niño. Fue exactamente como lo hiciste con tu amiga, por sacar adelante una negociación. No quiero que te enojes, mira que he sido sincera contigo, podría habérmelo callado y ni siquiera te enterarías. Pero me prometí contarte todo, no volver a mentir, aunque por tu reacción veo que hice mal. Sigues desconfiando de mí. —¡No! Le respondí apresurado–. No es desconfianza, solo que… Silvia me parece que a ti, ese señor te gusta. Presiento que hay algo más que… ¡No quiero compartirte!

    —Mi amor… ¿Compartirme? Jajaja, pero por favor, si ese señor es casado y muy mayor para mí. No fue nada del otro mundo, en serio. —Me respondió.

    —¿Y te gustó? —Le pregunté temeroso de la respuesta.

    —¡Sí!… Y no. —Lo dijo completamente en calma, mientras que mantenía firme su postura.

    —Si me gustó porque no sentí nada raro ni extraño, fue como aceptar el beso de un amigo que se aprecia pero que no despierta ningún interés adicional o sexual si es lo que te preocupa. Y no, no me gusto porque ese señor no sabe ni besar. Va a necesitar de mucha colaboración por parte de su esposa, si es que desea en serio mejorar y ponerse a la altura de la señora Martha. —Ajá, ya veo, le respondí. Era también como una prueba para ti, para determinar porque pasó lo que pasó entre ustedes dos en la oficina y en ese hotel.

    —Fueron otras circunstancias mi vida, distintas a las tuyas. Además… ¿Por qué tú sí y yo no? ¿Cuál es la diferencia? ¿Por qué soy mujer y no debo? Mira mi vida, yo no siento nada por mi jefe. Fue solo un beso y nada más. Pero y tú… le metiste las manos a esa mujer y se besaron también después. Rodrigo… ¿Qué sientes tú por tú compañera? Supuestamente nada, eso espero. ¿O sí? —No respondí, tan solo estiré el sofá cama y me tiré allí, sin almohada y sin frazada.

    —¡Dime algo! Gritó. —Y temí que se despertaran los niños.

    —Con razón llegaste tan… Tan pensativa Silvia. Era solo hablar. ¡Maldita sea, solo hablar! —Y mi esposa de pie recostada contra el marco de madera, empezó a sollozar.

    —Entonces si no lo niegas, es porque si pasa algo entre ustedes. —Me respondió evadiendo mis cuestionamientos y se dio vuelta para dirigirse a nuestra habitación, llorando.

    ¡Hummm! Pasaba que sí, que me gustaba mucho, pero Paola era una mujer muy hermosa, atractiva y con una personalidad atrayente. Pero… ¿Y su jefe? Ese señor no me parecía para nada especial, un hombre muy corriente y al contrario de mi rubia tentación, por lo que ya sabía era tosco, frio y aparte según mi esposa, no sabía ni besar. Entonces… ¿Por qué tenía yo tanta desazón, al ver venir tan cerca ese bendito viaje? Respiré hondamente y me fui a buscarla, de nuevo.

    —No pensaste en mí, Silvia. La verdad es que a ti ese tipo te gusta. Ya no me lo puedes negar. —Y la encontré enrollada sobre sí misma en nuestra cama, dándome la espalda. Apagué las luces y me recosté a su lado, abrazándola.

    —No seas estúpido, es mi jefe solamente y estaba haciendo lo que me pediste ¡Por Dios! Entiende, no es nada, no fue nada más que un beso. —Me respondió ya llorando.

    —De razón. Le respondí. —¿De razón que? Rodrigo te estoy preguntando. ¿Con razón qué?–. Me preguntó.

    —Desde que llegaste esta noche, a mí… A mí que soy tu esposo, ni un beso me has dado. —¡Déjame en paz, Rodrigo! La verdad quiero descansar. Y que te de besitos tu amiguita.

    —No quiero los de ella, yo deseo siempre los tuyos mi amor. —Le respondí apretujándola con mayor fuerza y depositando en su mejilla un beso.

    —¿Perdón? Me respondió. —No quise besarte porque… Me sentí mal después de besarme con él. Pero debía hacerlo y en eso tú influiste. ¿Para qué me metía yo de Celestina? ¿A arreglar problemas que no son los míos? Si ellos se quieren separar pues a mí que más me da. ¡Tú insististe mi amor! Y entonces Rodrigo, si te mentía estaba mal y si te digo la verdad, pues también me va mal. ¡Vaya! Lo hice por ti, porque al besarlo yo necesitaba saber si me sentía atraída por el o era producto de mi imaginación y ya ves, él debe estar con su esposa y yo estoy aquí, contigo, con mi esposo y mi hijos. Por favor mi vida, no nos amarguemos por eso. Ni tú me vas a traicionar con Paola, ni yo lo voy a hacer con mi jefe. ¿Está claro? —Y yo pensé que sí, que todo estaba bien resuelto por los dos.

    —También estoy nervioso por dejarte ir con él. Confío en ti, seguro. Pero y tu Silvia… ¿Puede estar él, tranquilo a tu lado? —Le respondí finalmente expresándole mi temor.

    —Escúchame bien, todo el tiempo voy a tener el teléfono junto a mí. Prometo responderte siempre mi amor. ¡Por favor confía en mí! —Me dijo ya más calmada.

    —Y otra cosa. Me lavé bien la boca y los dientes, si quieres puedes darme ese beso tú, que aparte de saber besarme, tu si me haces sentir mariposas en mi vientre cuando lo haces. ¡Te amo! —Me respondió y entonces inclinándome un poco sobre ella… ¡La besé!

    Continuará…