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  • Rojo intenso (3): La rubia de recepción (parte 2)

    Rojo intenso (3): La rubia de recepción (parte 2)

    En su departamento de la condesa, Rosanna se desvistió frente al espejo sin prisa. Cada prenda que caía al suelo era como una memoria de lo ocurrido. Las marcas en su piel, leves, eran testigos silenciosos de una noche diferente, más abierta, más peligrosa. Y más excitante de lo que esperaba.

    Se metió en la cama sin encender la televisión. Solo su celular en la mesita de noche iluminaba el espacio. A las 2:13 am, le escribió a Ismael:

    Rosanna:

    “No dejo de pensar en cómo la tocaste… en cómo gemía por ti.”

    La respuesta no tardó:

    Ismael:

    “Y tú… besándola así, tía. Casi no puedo respirar solo de recordarlo.”

    Rosanna sonrió. No una sonrisa dulce, sino una que tenía filo. Deseo, poder, fuego.

    Rosanna:

    “¿Te diste cuenta cómo se rendía cuando le hablabas así? Cómo su cuerpo respondía a ti, pero me miraba a mí.”

    Ismael:

    “Sí… y eso me volvió loco. Era como si los dos estuviéramos dentro de ella, al mismo tiempo. Aunque solo uno… físicamente.”

    Hubo una pausa.

    Rosanna:

    “¿Te gustó verla obedecerme? Ver cómo yo dirigía todo… mientras tú la complacías.”

    Ismael:

    “Mucho. Pero lo que más me gustó… fue verte mirándome como si yo fuera tuyo mientras te masturbabas.”

    Eso la desarmó un poco. No completamente. Pero lo suficiente para que su corazón se acelerara, y sus piernas se entrelazaron bajo las sábanas mientras ella tocaba su clítoris con su mano izquierda.

    Rosanna:

    “Lucas… no eres mío. Pero me encantaría pensar que lo eres, cuando te digo ‘tía’.”

    Ismael:

    “Soy tuyo cuando lo dices. Y cuando no lo dices.”

    Ella apagó la luz. Pero no el teléfono. Lo sostuvo entre las manos, pegado al pecho, como si sus palabras le calentaran la piel más que cualquier cuerpo desnudo.

    Esa noche, no durmieron juntos.

    Pero tampoco durmieron del todo.

    El reloj marcaba las 2:45 am. La ciudad seguía callada, pero dentro de Rosanna todo ardía. Las luces apagadas de su departamento no lograban calmar el fuego que le había dejado la noche.

    Ismael no estaba con ella, pero su presencia se sentía con cada vibración del teléfono.

    Ismael:

    “Todavía puedo oler tu piel, tía.”

    Rosanna cerró los ojos. Ese mensaje la sacudió. No físicamente. En algo más profundo.

    Se acomodó entre las sábanas, sola, pero con el cuerpo aún sensible. Cada palabra que llegaba desde el otro lado de la pantalla encendía algo. Una imagen, un recuerdo, una orden que no había dado… y que quería dar.

    Rosanna:

    “¿Qué harías si estuvieras aquí ahora mismo, Lucas?”

    Pasaron apenas diez segundos antes de que apareciera la respuesta.

    Ismael:

    “Lo mismo que hice en tu oficina. Pero más lento. Mirándote a los ojos. Esperando que vuelvas a decir mi nombre.”

    Ella no respondió enseguida. Dejó caer el celular a su lado y respiró profundo. La tela de las sábanas contra su piel era apenas un roce, pero suficiente para que sus sentidos se activaran.

    Cerró los ojos y dejó que su mente viajara. A la sala de juntas. A la mirada de Vanessa. A las manos de Ismael. A su voz.

    Sus piernas se tensaron. Su espalda se arqueó. El cuerpo se convirtió en un solo punto de calor, deseo y silencio. Hasta que el nombre escapó de sus labios, ahogado, urgente.

    —Lucas…

    Fue más que un suspiro. Fue una confesión.

    Después, el cuerpo volvió a caer sobre el ahora colchón empapado. Desnudo. Silencioso. Saciado. Pero con el corazón latiendo como si apenas empezara la noche.

    Tomó el teléfono una vez más.

    Rosanna:

    “No necesito verte para sentirte dentro de mí.”

    La respuesta no llegó. Pero no hacía falta.

    Ella ya lo sabía.

    La mañana llegó con un sol brillante sobre la Condesa, como si la ciudad, en su ironía, intentara limpiar los excesos de la noche anterior con una luz demasiado honesta.

    Rosanna llegó al estudio unos minutos más tarde de lo habitual. Llevaba gafas oscuras y una blusa blanca que parecía haber sido elegida con una intención: neutralidad. Pero su andar… no podía disimularse. Era el andar de alguien que había dormido poco. O quizás no había dormido en absoluto.

    La puerta automática se abrió y lo primero que encontró fue a Vanessa, de pie junto a la recepción, ya lista, esperándola.

    Sin previo aviso, la recepcionista dio un par de pasos rápidos hacia ella, tomó su rostro con ambas manos y le estampó un beso directo en la boca. No fue breve. Tampoco excesivo. Fue exacto: firme, lleno de intención. Y completamente público.

    Rosanna parpadeó apenas cuando sus labios se separaron. A lo lejos, Ismael —que había llegado más temprano— observaba desde su escritorio. No se movió, pero su ceño se frunció levemente de excitación.

    —Buenos días, jefa —susurró Vanessa con una sonrisa.

    Rosanna se tomó un segundo, luego sonrió con esa mezcla de control y fuego que la caracterizaba.

    —Buenos días, Vane. Ve a la sala de juntas. En cinco minutos te busco.

    Vanessa obedeció, con un brillo en la mirada.

    Rosanna siguió caminando hacia su oficina. Pero en el trayecto, se detuvo frente a Ismael. Él la miró, esperando algo. Quizá una invitación. O una promesa.

    Ella solo le dijo, en voz baja:

    —Lucas… no hagas suposiciones. Solo observa.

    Y entró a su despacho, dejando la puerta entreabierta, como si fuera intencional.

    Ese día, el estudio no se llenó de trabajo, sino de miradas cruzadas, mensajes sin enviar y la sensación de que algo nuevo se había desatado… y nadie sabía cómo detenerlo.

    Vanessa llegó primero a la sala de juntas. El mismo espacio donde, la noche anterior, se había roto el protocolo… y nacido algo que aún no tenía nombre. Se sentó en la misma mesa, pero esta vez con las piernas cruzadas y el cabello recogido, como si quisiera marcar una nueva escena, más calculada, más intencional.

    Rosanna entró cinco minutos después. Llevaba consigo solo su taza de café y una sonrisa que no era ni profesional ni personal. Era suya. Era nueva.

    —¿Sabes por qué te pedí que vinieras? —preguntó Rosanna, con tono suave, pero cargado de intención.

    Vanessa se acomodó en la silla, bajando ligeramente la mirada, pero sin perder el control.

    —Para que terminemos lo que empezamos.

    Rosanna no respondió. Solo caminó lentamente hasta detrás de ella, apoyando sus manos sobre sus hombros, dejándolas descansar con suavidad. El contacto fue simple, pero suficiente para hacer que Vanessa cerrara los ojos un momento, mientras su jefa bajaba las manos para apretar sus senos.

    Desde fuera, Ismael observaba. No por celos. No por control. Observaba con esa mezcla de admiración y deseo que surge cuando uno se sabe parte de algo íntimo, incluso si no está en el centro.

    La puerta, como si tuviera vida propia, se cerró lentamente, dejando al interior solo a ellas dos.

    Ismael, sin moverse de su lugar, respiró hondo. Sabía que no necesitaba entrar. No todavía.

    Tomó su teléfono. Escribió:

    Ismael:

    “Dile que no estoy mirando. Pero que estoy pensando en ambas.”

    Minutos después, recibió solo una imagen de vuelta. No un cuerpo. No una escena. Solo dos manos entrelazadas tocando una vagina rubia, una con uñas rojas, la otra con esmalte natural.

    Rosanna y Vanessa.

    Complicidad. Poder. Y algo más.

    Rosanna no dijo nada al principio. Caminó lentamente alrededor de la mesa, observando los reflejos sobre el cristal, los sillones alineados, los pequeños rastros de la noche anterior que solo ella parecía notar. Luego se detuvo frente a Vanessa.

    —¿Estás segura? —preguntó, sin dureza, pero con autoridad.

    Vanessa asintió. Con firmeza. Su voz salió suave, pero decidida.

    —Quiero entenderte. Quiero saber cómo se siente estar cerca de ti… no como empleada. No como admiradora. Sino como parte de ti.

    Rosanna arqueó una ceja. Se acercó. Tan cerca que el aire entre ambas se volvió una sola respiración compartida.

    —No es fácil —susurró—. Acercarse a mí significa no volver a mirar igual al mundo.

    Vanessa sostuvo su mirada. Y sonrió.

    —No quiero que el mundo vuelva a ser el mismo.

    Entonces Rosanna alzó una mano y la colocó con delicadeza sobre la mejilla de Vanessa. Su dedo índice recorrió su pómulo con una lentitud que parecía desafiar el tiempo. La otra mano descendió, lenta, hasta tomar su cintura.

    El primer beso no fue fuego. Fue reconocimiento.

    Y luego vino otro, y otro. Más intensos. Más largos. El deseo no nacía del impulso, sino de la espera. De la confianza.

    Vanessa se dejó guiar, sin perder su fuerza. Se sentó en la orilla de la mesa, tal como lo había hecho la noche anterior, pero esta vez con los ojos cerrados. No por sumisión, sino por entrega.

    Rosanna colocó ambas manos sobre sus rodillas, deslizándolas con lentitud, abriendo un poco el espacio entre ellas. Pero no hizo más. Solo la observó.

    —Eres hermosa cuando dejas de fingir que no lo sabes —dijo, con una voz que era mitad orden, mitad caricia.

    Ambas permanecieron ahí, respirando la una en la otra, rozándose con la mirada y las palabras. El deseo estaba presente, sí, pero también algo más sutil: una conexión que parecía decir “esto es nuestro”.

    Desde el pasillo, Ismael podía imaginar lo que ocurría. Las paredes de cristal dejaban pasar la luz, pero no los secretos.

    Y eso era perfecto.

    La luz tenue de la tarde se filtraba a través de las ventanas, dibujando sombras suaves sobre la mesa de juntas. Rosanna y Vanessa, alejadas del mundo que las observaba, compartían un espacio suspendido en el tiempo.

    Sentadas juntas sobre la mesa, sus cuerpos se acercaban naturalmente, las piernas se entrelazaron con delicadeza, como si cada movimiento fuera un diálogo silencioso entre piel y piel frotando lentamente sus vaginas entre sí. No necesitaban palabras; la tensión palpable entre ellas hablaba por sí misma.

    Rosanna rozó suavemente la mejilla de Vanessa, quien cerró los ojos para sentir con más intensidad cada gesto, cada caricia. Sus respiraciones se sincronizaron, y el latir de sus corazones se volvió un murmullo compartido.

    En ese instante, el mundo se redujo a ellas dos, a la conexión profunda que trascendía lo físico, una danza sutil entre el deseo y la confianza, entre la fuerza y la vulnerabilidad.

    No había prisa. Solo la certeza de que, allí, en ese espacio cerrado por paredes de vidrio, habían encontrado un refugio donde podían ser auténticas, libres, y completamente presentes.

    El teléfono de Ismael vibró con una sola palabra que iluminó su pantalla: “Entra.”

    No había más. Solo esa orden cargada de significado, que lo invitaba a cruzar el umbral de un espacio donde todo lo conocido y esperado se disolvía.

    Con paso firme, Ismael abrió la puerta de la sala de juntas y se encontró con la imagen que jamás olvidaría. Rosanna y Vanessa, tan cercanas, tan cómplices, compartiendo un momento que hablaba sin palabras. Las piernas entrelazadas, las miradas profundas, la confianza dibujada en cada pequeño roce de sus vaginas.

    El aire parecía vibrar con una energía casi tangible, una corriente que los llamaba a los tres a fundirse en una experiencia única.

    Sin dudarlo, Ismael se acercó, dejando que su presencia se integrara naturalmente en aquel círculo de intimidad. Rosanna alzó la mirada, una sonrisa invitadora iluminó su rostro, y Vanessa lo recibió con la misma entrega.

    No hubo necesidad de explicaciones. Solo el entendimiento tácito de que, en ese momento, solo existían ellos, compartiendo una conexión más allá de lo convencional, más allá de las palabras.

    Ellas se acercaron al pene erecto de Ismael, los límites se desdibujaron, y el deseo, contenido hasta entonces, empezó a fluir libre, como un río cálido que los envolvía y unía en un abrazo profundo de sus lenguas chupando aquel pedazo de carne.

    Finalmente, cuando el clímax de esa unión se manifestó, su semen fue expulsado hacia los rostros y senos de aquellas candentes mujeres, un testimonio silencioso de la pasión compartida, una huella que sólo ellos podían entender.

    —¿Saben qué es lo que me gusta de esta situación? —dijo Rosanna—. Que ustedes harán lo que yo les pida, así que quiero que cojan delante de mí.

    Tras escuchar esas palabras, ellos dos se miraron en complicidad.

    Ismael se acercó despacio. No dijo nada. Se quedó de pie frente a ella, entre la penumbra y el reflejo azul del monitor que aún estaba encendido del otro lado de la puerta.

    Vanessa lo miró. Sin una palabra, deslizó su mano hacia la suya, y lo atrajo entre sus piernas, aún sentada sobre la mesa. Sus rostros quedaron a la misma altura.

    —He pensado en esto después de que tuviéramos sexo anal —confesó ella en un susurro—. En cómo sería que penetres mi vagina… sin prisa, frente a ella.

    Se besaron con lentitud. Nada apurado. Un beso suave al principio, que fue creciendo como una fogata tímida que encuentra aire. Las manos de ella enredadas en su nuca, las de él en su cintura. El ambiente era denso, pero no urgente. Era deseo con cuidado, pasión con ternura.

    Ismael se acostó en la mesa de la sala de juntas, y esperó a que lentamente ella se sentará sobre su pene. Ella en cuclillas comenzó un vaivén de arriba abajo, gritaba, gemía.

    —Oh si mi amor, sigue, no pares, te amo, te adoro, eres el amor de mi vida—confesó ella en un grito desesperado—. Préñame.

    Ismael sólo observaba como aquel par de redondas y hermosas tetas botaban al ritmo de su penetración.

    En aquella habitación. Rosanna estaba sentada sobre una de las sillas, envuelta en calor sofocante. Sostenía su celular mientras grababa, y en la pantalla frente a ella, las escenas comenzaban a intensificarse.

    No era la primera vez que veía a sus dos empleados intimar, el día anterior tuvieron sexo anal frente a ella, pero ese día algo era distinto. Tal vez era la situación, o el silencio inusual afuera de la sala de juntas a esa hora. O tal vez era él.

    Mientras la escena avanzaba, sus ojos permanecieron fijos, pero su mente viajaba a sus propios momentos íntimos, a las manos conocidas, a los labios que recordaba con precisión inquietante. Se descubrió suspirando, no por la escena, sino por lo que evocaba en su interior.

    Sentía cómo su respiración cambiaba, cómo la piel bajo su ropa se volvía más sensible.

    Pensó en su cuerpo, en el poder que aún tenía. En lo deseada que se había sentido no hace mucho. En lo libre que se permitió ser, por fin, después de tantos años de control y recato. Había algo hermoso en ese despertar. En sentirse viva.

    Y justo cuando Ismael terminó de eyacular en el interior de Vanessa, ella se levantó rápidamente y se subió a la mesa, para que en esa posición su Lucas le hiciera sexo oral, él sin dudarlo hizo lo que ella deseaba. Vanessa se levantó, pero no esperaba lo que su jefa le pidió.

    —Déjame chupar el interior de tu vagina—grito ella mientras frotaba sus senos y gemía con aquellos lengüetazos—. Deseo probar su semen en tu piel.

    Vanessa sin pensarlo se acostó del otro lado de la mesa y permitió que Rosanna le hiciera el mejor sexo oral que hasta ahora le había dado, y sabía que se debía a que estaba degustando al mismo tiempo aquel exquisito semen del hombre que amaban.

    En esta ocasión ambas llegaron al orgasmo al mismo tiempo, Vanessa bañaba la cara de su jefa, y Rosanna hacia lo propio en el rostro de Ismael. Así se quedaron algunos minutos, contemplando aquel acto, descansando de la agitación que sentían.

    Posteriormente y ya arreglados, abandonaron aquella sala de juntas, mientras el resto de sus compañeros los miraban salir, algunos con envidia, otros con confusión, y otros tantos con deseo de algún día poder hacer lo mismo en la oficina.

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  • La novia de mi padre

    La novia de mi padre

    Desde que tengo memoria el inglés siempre se me hizo cuesta arriba, me costaba entender, hablar, pronunciar… era un idioma que simplemente no me entraba, hasta que apareció ella.

    Hace tres meses mi viejo, que trabaja como ejecutivo en una compañía de seguros, decidió traer a vivir a su nueva novia a casa. Una mujer de 46 años, alta, morocha, con cuerpo de gimnasio y una energía que llena todos los ambientes.

    Es maestra de inglés, a la mañana da clases en un liceo y por la tarde se queda en casa dando clases online, desde el escritorio que mi viejo le armó en el cuarto del fondo.

    Yo tengo 22 años, estudio arquitectura, y desde que ella llegó mi inglés mejoró notablemente… aunque el motivo de mi entusiasmo no era precisamente académico.

    Desde el primer día me pareció una mujer hermosa. Tenía esa mezcla de autoridad y ternura que me volvía loco. Buenas tetas, firmes, un culo tremendo, redondo y trabajado, y unas piernas largas que no dejaban nada a la imaginación cuando usaba calzas.

    Ella va al gimnasio tres veces por semana, y se nota en cada movimiento que hace.

    Al principio traté de mantener la distancia. Es la novia de mi padre, y por más calentura que me provocara, sabía que meterme ahí era jugar con fuego.

    Lo peor era cuando por la tarde se queda sola en casa, dando clases desde su escritorio. A veces pasaba por la cocina en ropas deportivas, calzas negras bien pegadas, musculosas sin corpiño, o esos tops que le dejaban al aire esa cintura ajustada y los pezones duros marcados.

    Me hablaba con naturalidad, como si no se diera cuenta de lo que provocaba. Pero yo sí lo notaba… y lo sentía, la pija se me ponía dura cada vez que me decía algo en ese inglés tan perfecto, con ese acento suyo tan particular, tan suave, tan sensual.

    Era como si cada palabra que salía de su boca tuviera un tono sexual aunque no lo quisiera. Y eso me enloquecía.

    Más de una vez me hice la paja pensando en ella, en su culo moviéndose mientras caminaba por el pasillo, en sus tetas rebotando sin corpiño mientras preparaba café. Y lo que más me calentaba, imaginármela susurrándome cosas sucias en inglés. Eran pensamientos prohibidos. Pero también eran inevitables.

    Hace unos días empecé a notar algo distinto en ella. Era como si sus ojos buscaran los míos con una intención diferente. No era la misma mirada amable y profesional de siempre. Ahora había algo más. Curiosidad… ¿tal vez?

    Haciendo memoria, creo que sé exactamente cuándo empezó a cambiar todo.

    Fue el lunes pasado. Esa tarde ella estaba vestida con una calza roja que le quedaba pintada al cuerpo. Le marcaba todo, absolutamente todo, y encima, sin remera larga que le tapara. Solo un top negro que le dejaba el ombligo y la espalda al aire.

    Luego de que me diera clases, se fue a la cocina, se quedó parada frente a la mesada preparando un té, y yo la vi justo por detrás.

    El olor a su piel, mezclado con el perfume suave que siempre usaba, me dejó embobado.

    No podía más, me fui derecho al baño, apurado, con la verga ya dura adentro del pantalón. Cerré la puerta… o creí haberla cerrado bien.

    Cuando entré, me encontré con una sorpresa que terminó de prenderme fuego: una tanga suya colgada del toallero. Negra, chiquita, de encaje, apenas húmeda, recién usada. Me paralicé un segundo, con la respiración agitada.

    Me bajé los pantalones y agarré esa tanga con manos temblorosas. La acerqué a mi cara y respiré profundo. Tenía un olor exquisito, dulce y salado, como concha limpia mezclada con su perfume. La envolví alrededor de mi verga, y me empecé a pajear como un animal.

    No tardé en acabar. Fue tanta la leche que largué que me impresioné a mí mismo. Terminó toda sobre el piso del baño, y parte en la tanga, que me apuré en enjuagar y colgar donde estaba, tratando de dejar todo como si nada.

    Al salir del baño, algo me hizo ruido. Me pareció verla en el pasillo, de espaldas, como si justo se hubiera ido de ahí. Y entonces me cayó la ficha. La puerta no había cerrado del todo. Y ella… estoy seguro de que se asomó y que vio todo.

    Ayer jueves confirmé mis sospechas. No era imaginación mía. Ella efectivamente me había visto.

    Como todos los lunes y jueves, después de que terminaba sus clases online, venía mi turno. Me daba clases particulares de inglés en casa, una hora tranquila, a solas, sentados frente a frente. Siempre fue algo normal… hasta ahora.

    Ayer llegó al living vestida con un pantalón deportivo suelto, de esos finitos que se le pegaban al culo como una segunda piel cuando se sentaba o caminaba. Encima usaba un top blanco ajustado que dejaba asomar el bulto del corpiño debajo.

    Como siempre, los libros de estudio, hojas de ejercicios y lápices estaban esparcidos sobre la mesa. Ella de un lado, yo del otro. Intenté concentrarme en lo que decía, pero me costaba. Tenía esa voz tan firme, esa manera de pronunciar que me hipnotizaba, y esa ropa que no ayudaba en nada.

    Pasaron unos diez minutos, estábamos repasando un ejercicio de tiempos verbales, cuando me lanzó una frase que me dejó helado:

    —Tenés que ser más cuidadoso con la puerta del baño…

    La miré, sorprendido. Sentí cómo se me borraba la cara. Me puse rojo, no de bronca, de pura vergüenza. Me latía fuerte el pecho.

    —¿Eh? —atiné a decir, queriendo hacerme el desentendido.

    —El lunes —agregó, mientras pasaba la hoja del libro—. No la cerraste bien.

    Quise tapar el sol con la mano.

    —Sí, no me di cuenta… estaba muy apurado, tenía miedo de no llegar… —murmuré, como si fuera una urgencia estomacal o algo por el estilo.

    Ella se sonrió, con esa expresión mezcla de burla y dulzura. No dijo nada más por un momento, y seguimos con la clase. Intenté retomar el hilo, enfocarme en los ejercicios, pero la incomodidad me ardía por dentro.

    Cinco minutos después, cuando creí que el tema había quedado atrás, me soltó otra que me descolocó del todo:

    —La tanga negra que te llevaste al baño quedó mal lavada… tenía una mancha blanca.

    Me quedé duro. Sentí que me tragaba la tierra. No sabía dónde meterme. La miré y ella estaba ahí, tranquila, como si me estuviera hablando del clima. Pero esa mirada suya, esa forma tan calculada de soltarlo, me dejó claro que había visto todo.

    —No sé de qué me hablás —le dije, haciendo el intento más patético de disimulo.

    Ella me miró fijo, ya no había sonrisa ni juego en su cara, había una determinación firme, como cuando una profesora sabe que el alumno está mintiendo.

    —No disimules más —me retrucó—. Te vi haciéndote la paja con mi tanga.

    Me congelé, ya no había a dónde escapar, no había forma de inventar nada. Me tenía acorralado.

    —Perdoname… fue un impulso. No lo voy a volver a hacer —le dije, bajando la mirada. Me sentía como un nene chico atrapado en falta.

    Ella se quedó en silencio unos segundos. Luego me dijo algo que sonó a sentencia:

    —Soy la novia de tu padre. Estás cruzando un límite peligroso.

    El tono fue serio, pero en sus ojos… en sus ojos había otra cosa. No era solo enojo, era intriga, curiosidad viva, y lo confirmé con su siguiente pregunta:

    —¿Por qué decís que fue un impulso?

    La miré, ya estaba todo a la luz, no tenía sentido seguir escondiéndome. Y la verdad, algo en mí ya no quería esconderse más.

    —Es que me parecés muy atractiva… —le dije, con el corazón en la boca—. Desde que te vi, no puedo dejar de pensar en vos.

    Sus cejas se alzaron apenas. Quería más.

    —¿Y en qué pensás? —me preguntó.

    Me la estaba dejando servida. Y yo, jugado como estaba, me tiré al agua de cabeza.

    —Pienso en tus ojos, en tu boca, en tu cuerpo… pero lo que más me vuelve loco es tu acento en inglés.

    Ella soltó una pequeña risa, incrédula pero encantada, como si no pudiera creer lo que escuchaba, pero le fascinara al mismo tiempo.

    —¿Te calienta mi inglés? No me digas que te pajeás pensando en mí hablando en inglés…

    No dije nada. Solo asentí, tragando saliva. No había vuelta atrás. Ya no me importaban las consecuencias. Ella lo supo.

    Se levantó de golpe. Pensé que se había enojado, que iba a gritarme, a echarme, a armar un escándalo, pero no. Dio unos pasos hacia mí, con calma. Sus caderas se movían lentas, firmes. Yo la miraba fijo, sin entender bien lo que estaba pasando.

    Se acercó… pensé que iba a besarme, pero no. Fue directo a mi oído. Y en ese tono tan perfecto y elegante al mismo tiempo, me susurró en inglés:

    —I liked seeing my thong wrapped around your cock…

    Los ojos casi se me fueron de órbita. La pija empezó a hincharse al instante, como si hubiera entendido perfectamente cada palabra, más rápido que mi cerebro.

    Ella lo notó, sonrió, y sin dejar de mirarme, se acercó aún más. Su perfume me envolvió, su respiración me rozaba el cuello. Y ahí, al oído, con esa voz que ya me había hecho acabar tantas veces en soledad, me susurró otra frase. La que me desarmó por completo:

    —Do you want to fuck?

    Me tomó de la mano, no dijo una palabra más. Me guio por el pasillo sin apuro, con seguridad. Y por dentro, yo sabía perfectamente lo que estaba por pasar.

    Me llevó directo a mi cuarto, entró primero, dejó la puerta apenas entornada —por si acaso— y me miró con esa expresión suya, mitad maestra, mitad dominante.

    —Sentate en la cama —me dijo, seca, sin dejar margen a dudas.

    Obedecí al instante. Me senté en el borde del colchón, con los codos en las rodillas, mirándola de arriba a abajo, como un alumno atento esperando instrucciones. Ella se quedó de pie frente a mí, y entonces empezó.

    Primero se sacó el top, despacio, dejando que mis ojos se empaparan de cada centímetro de piel que se iba revelando. El corpiño blanco se le ajustaba perfecto, marcando esas tetas redondas, firmes, que tantas veces había imaginado desnudas. Se lo desabrochó con una mano atrás y lo dejó caer al piso. Las tenía divinas. Pezones oscuros, duros, como esperándome.

    Luego bajó el pantalón deportivo, revelando una tanga finita, blanca también, que le cortaba justo entre las nalgas. Al inclinarse para sacarse el pantalón del todo, le vi el culo completo. Redondo, apretado, trabajado. Era más de lo que me había imaginado. Era una obra de arte.

    Se enderezó, ya solo en tanga, y me miró fijo.

    —¿Te gusta mi cuerpo, pendejo? —me soltó, desafiante.

    Yo apenas pude mover la cabeza en señal de que sí. Tenía un nudo en la garganta, no podía creer lo que estaba viviendo.

    —Levantate y sacate la ropa —ordenó.

    No dudé. Me paré frente a ella y me fui sacando todo como pude, con manos torpes por los nervios. La remera, el pantalón, el bóxer… todo al piso. Me quedé ahí, desnudo, sudando, temblando, con la pija parada, dura como una piedra, apuntando directo hacia ella.

    Ella me miraba como si me evaluara, como si estuviera decidiendo qué hacer conmigo, como si yo fuera un juguete nuevo que pensaba usar a su antojo.

    —¿Qué me querés hacer? —preguntó, con una media sonrisa cargada de maldad.

    No me salió una sola palabra. Estaba tan nervioso, tan caliente, que no me salía ni una frase coherente. Ella se dio cuenta, se acercó lento, con paso firme, se pegó a mi cuerpo, sus tetas tocaron mi pecho, y su mano bajó directa hasta mi verga.

    Me la agarró con fuerza, no para acariciarla, para marcar territorio. Se me acercó al oído, y con esa voz suave, dominante, tan suya, me susurró:

    —Tranquilo… dejame a mí. La profe soy yo.

    Me sostuvo la pija unos segundos, apretándola con su mano caliente, mirándome a los ojos como si pudiera ver dentro de mi cabeza todo lo que había fantaseado con ella. Luego bajó la mirada, se agachó frente a mí… y ahí fue cuando el delirio arrancó.

    Se arrodilló entre mis piernas, y sin dejar de mirarme, juntó sus tetas con ambas manos. Me rozó la verga con ellas primero, como tanteando, provocándome, y después la puso justo en el medio, apretándola con fuerza entre esas dos bombas suaves y firmes que tantas veces había imaginado en mi cara.

    —¿Así te la pajeabas, nene? —me preguntó, moviendo lentamente sus tetas arriba y abajo, haciendo que mi verga desapareciera entre ellas.

    No le respondí. Solo gemí. Sentí el calor de su piel, la presión perfecta mientras ella me pajeaba con ese ritmo lento, húmedo, sucio.

    Aceleró un poco el movimiento, haciendo que el glande le rozara el mentón. Su respiración se volvió más agitada, y entonces, sin previo aviso, bajó la cabeza y me la chupó.

    Primero metió la punta en su boca con una delicadeza criminal. Luego empezó a chuparme la pija con hambre, mojándola toda con su saliva, haciéndola.

    Movía la cabeza con ritmo, tragándosela despacio, bajando hasta donde podía y sacándola con un pop que me hacía vibrar las piernas. Me miraba desde abajo con esos ojos cómplices. Yo la miraba sin poder creerlo.

    Después de unos minutos chupándomela, se la sacó de la boca con un hilo de saliva colgando, me la acarició con las tetas una vez más y luego se incorporó.

    Se paró frente a mí, y me la volvió a agarrar con una mano, pajeándomela lento, como si me preparara para lo que venía.

    Se me acercó al oído, su respiración caliente me erizó la piel, y con ese tono inglés que tanto me volvía loco, me susurró bien clarito:

    —Fuck me…

    No hizo falta más.

    Se dio vuelta y se apoyó sobre el borde de la cama, de espaldas a mí. Apoyó las manos y sacó bien el culo. Lo movía en círculos, meneándolo lento, provocándome.

    Yo me acerqué jadeando, al borde de estallar. Le saqué la tanga muy suave, ella seguía meneándose. Luego me ensalivé la mano y le rocé la concha con los dedos. Estaba mojada, caliente, completamente preparada. Le pasé la saliva mezclada con sus propios jugos por los labios, y después le puse la punta de la pija en la entrada. Ella gimió apenas me sintió ahí.

    La agarré fuerte de la cintura. No esperé más. Se la metí de una, hasta el fondo, con una sola embestida que hizo que se le escapara un grito agudo:

    —Ahhh fuck! Yes!

    Me quedé unos segundos ahí, sintiéndola temblar. Tenía la concha apretada, caliente, deliciosa. Empecé a cogerla con fuerza, con todas las ganas acumuladas desde el día que la vi entrar por primera vez a casa. Cada embestida era un desahogo, cada golpe de cadera era una fantasía hecha realidad.

    Ella gemía como poseída, con el culo rojo de tanto que chocaba contra mí. Y lo hacía en inglés, mezclando gemidos con frases sucias que me hacían perder la cabeza.

    —Yes baby… fuck me harder… deeper… oh my god…

    Eso me volvía loco. Su voz en inglés, tan limpia, tan perfecta, pero diciendo esas barbaridades mientras la empalaba sin piedad. Le clavaba la pija hasta el fondo y la sentía apretarme con fuerza, como si no quisiera soltarme.

    Yo la seguía cogiendo con todas las ganas. La agarraba de la cintura, después de los pelos, después del culo. No quería parar. Quería romperla.

    Y ella lo pedía todo. En inglés. Como siempre soñé.

    En un momento, con la cara roja, los pelos desordenados y la respiración entrecortada, ella se soltó de mis manos y giró el cuerpo. Se tumbó boca arriba en la cama, abriéndose de piernas con total descaro. Me miró fijo, con esa mirada que no había mostrado nunca… y me lo pidió:

    —Fuck me more… fuck my pussy, baby… don’t stop…

    Yo no necesitaba traducción.

    Me tiré encima de ella, la agarré de los muslos y volví a enterrarle la pija hasta el fondo. Las piernas bien abiertas, los talones apoyados en el colchón. La cogí con fuerza, con hambre, con los huevos apretados del placer. Cada vez que se la metía, se le arqueaba la espalda y se le escapaban los gemidos con ese acento perfecto.

    —Yes… yes… fuck… harder! —decía, apretando las sábanas con las manos.

    Mi verga entraba y salía chorreando, haciéndola gemir cada vez más fuerte. Le chupé las tetas, le mordí los pezones, le agarré el cuello con una mano, y ella no hacía más que gemir y pedir más. La estaba cogiendo con todo lo que tenía.

    Pero de pronto, me empujó suavemente hacia atrás y me dijo:

    —Now lay down…

    Me tomó del pecho y me hizo girar. Quedé boca arriba en la cama, con la pija dura apuntando al techo. Ella me montó sin dudar, apoyando las manos en mi pecho, y se la metió de una sentada, soltando un gemido profundo cuando la tuvo toda adentro.

    —Ohhh fuck… so deep…

    Empezó a cabalgarme con fuerza, salvaje, como si quisiera desquitarse de todos esos días de tensión. Subía y bajaba como loca, rebotando contra mi pelvis, con las tetas saltando y el culo moviéndose sin control. La concha me apretaba con cada embestida, y sus gemidos eran música directa a mis oídos:

    —Yes, yes… fuck me… give me that cock… fuck me hard!

    Yo la agarraba de las caderas y la ayudaba a moverse más fuerte. Ella se inclinaba, me chupaba el cuello, me mordía el labio mientras seguía cabalgando con ese ritmo desesperado.

    Después de cabalgarme como una salvaje, ella frenó de golpe, todavía con la pija bien adentro, jadeando, con el cuerpo transpirado y el pelo pegado a la cara. Se quedó quieta un momento, disfrutando del calor de mi verga clavada en su concha.

    Después se deslizó despacio, se la sacó, y se tumbó boca abajo sobre la cama, apoyó una mejilla en la almohada y separó apenas las piernas, dejando el culo bien levantado.

    Y ahí, con esa voz ronca de tanto gemir, me soltó la frase que me dejó paralizado:

    —I want you to fuck my ass…

    Me quedé unos segundos sin moverme, mirando esa escena que parecía sacada de una porno soñada: la novia de mi viejo, en mi cama, pidiéndome en inglés que me la cogiera por el orto.

    Me acerqué despacio y le escupí el culo. El escupitajo chorreó entre sus nalgas, lo esparcí con los dedos, masajeando alrededor del ojete con movimientos suaves.

    Apunté con la punta, con una mano la abrí más, y con la otra la agarré de la cadera. Le apoyé la cabeza de la pija justo en la entrada del culo, y empujé lento, sintiendo cómo me iba abriendo paso. Ella gimió fuerte, entre placer y dolor, apretando las sábanas con los dedos.

    —Ohhh fuck… yes… give it to me…

    Y se la metí. Despacio al principio, después con más fuerza. Cada centímetro que entraba me hacía gruñir, me hacía temblar de placer. El culo se la abría apenas para dejarme pasar, y yo empujaba con ganas, con firmeza, hasta tenerla toda adentro.

    La agarré de las caderas y empecé a cogerle el culo con ganas, con todo lo que venía acumulando. Cada vez que le clavaba la pija, ella soltaba gemidos ahogados, palabras en inglés, sucias, jadeantes:

    —Yes… fuck my ass… oh my god… fuck me harder…

    Yo me descontrolé. La estaba empalando sin piedad, apretándole el culo con las dos manos, sintiendo cómo me la apretaba por dentro. Su cuerpo temblaba bajo el mío, y su voz no paraba de suplicarme más. Los huevos chocaban contra ella. La pija la tenía palpitando, a punto de explotar, y ella lo sabía.

    —Are you gonna cum? —me preguntó con la voz entrecortada, mirando hacia atrás con esa expresión de satisfecha.

    —Sí… me acabo —le dije jadeando.

    Ella se deslizó hacia adelante, dejando que mi verga saliera de su culo caliente. Se dio vuelta de inmediato, se sentó sobre sus talones y con esa mirada que ya me volvía loco me lo dijo, con esa pronunciación perfecta:

    —Cum on my tits…

    Juntó sus tetas con las manos, ofreciéndomelas en bandeja. Estaban brillantes de sudor, con los pezones duros, listas para recibirlo.

    Me pajeé rápido, con los huevos a punto de reventar. La miraba a los ojos, ella no parpadeaba. Me mordí el labio y solté todo.

    Le lancé toda la leche sobre las tetas. Chorros gruesos, calientes, pegajosos. Le cayeron sobre los pezones, entre las tetas, y un poco le manchó el cuello. Ella sonrió, como si eso fuera exactamente lo que quería.

    —Good boy… —susurró.

    Y como si fuera poco, ahí mismo, me agarró la pija aún húmeda, y sin decir una palabra, se la metió de nuevo en la boca. Me la chupó despacio, como limpiándola. Pasaba la lengua por todo el tronco, por la punta, tragándose los últimos restos de mi semen.

    Esa escena, su boca chupándome la pija después de acabar, las tetas manchadas, el inglés susurrado… fue demasiado.

    Y yo ahí, desnudo, temblando, con el cuerpo aflojado, sin poder creer que acababa de cogerme a la novia de mi padre.

    Después ella se levantó tranquila, sin apuro, como si nada. Se fue a buscar su ropa y empezó a vestirse, sin hablarme, sin mirarme demasiado. Yo todavía estaba sentado en la cama. No sabía si lo que acababa de pasar era real o un sueño caliente salido de una paja.

    Mientras se acomodaba el top y se subía el pantalón deportivo, se acercó a mí, ya más seria. Se me quedó mirando unos segundos y me dijo, con esa voz suya tan clara y segura:

    —Ahora te podés pajear las veces que quieras con esto que hicimos… porque no va a volver a suceder.

    Directo, sin anestesia. Se dio media vuelta y se fue del cuarto, dejando atrás el olor a sexo, a transpiración y a esa mezcla de culpa y gloria que me iba a quedar grabada para siempre.

    Yo me quedé un buen rato ahí, en silencio, mirando al techo, tratando de procesar todo lo que había pasado. Había hecho realidad la fantasía más prohibida de todas. Y no solo eso… ella había tomado el control.

    Unas dos horas más tarde, escuché la puerta de casa abrirse. Mi viejo había llegado del trabajo. Todo volvió a su ritmo normal, como si nada hubiera ocurrido.

    Ella estaba en la cocina, preparando algo para la cena. Yo estaba sentado en el living con el cuaderno abierto, fingiendo que seguía estudiando inglés. Él entró con su voz habitual, saludando con su energía de siempre.

    —¿Cómo estuvo tu día, hijo?

    —Bien —le respondí sin mirarlo mucho—, mucho estudio.

    Después se acercó a ella y le hizo la misma pregunta:

    —¿Y vos? ¿Cómo te fue hoy?

    Ella giró la cabeza apenas, y antes de contestarle me miró a mí. Esa mirada… era exactamente la misma que me clavaba mientras me pedía que me la cogiera más fuerte. Corta, penetrante, con esa mezcla de poder y lujuria que ya conocía de memoria.

    Y con una media sonrisa en los labios, le contestó:

    —Fue un gran día… hoy un alumno tuvo su prueba de inglés… y aprobó con sobresaliente.

    Yo apreté la lapicera con fuerza, sabiendo que ese “alumno” era yo, y que esa prueba… fue una clase que nunca iba a olvidar.

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  • Hasta el lunes (3)

    Hasta el lunes (3)

    Llevaba veinte minutos sentado frente a una pantalla con gráficos del último experimento, pero lo único que podía mirar era el reloj del extremo inferior esperando a que pasaran los 30 minutos que Montse me había dado como plazo para encontrarnos.

    No pude aguantar más y cogí unas cuantas carpetas al azar y el portátil y me dirigí a la sala de juntas. Me senté en la mesa frente a la puerta y extendí algún que otro papel por la mesa.

    -¿Qué hace aquí? –preguntó mi jefa asomándose por la puerta

    -Esperar a Montse, tenemos que cerrar varias cosas del congreso de la próxima semana en Bruselas –respondí esperando haber sonado convincente.

    Ella se encogió de hombros demostrando su nulo interés por el trabajo, dudo que supiera de que congreso hablaba, pero su gesto denotó cierta extrañeza que me inquietó.

    -Perdón, Mar –dijo Montse cuando se detuvo frente a la puerta que ella obstaculizaba

    -Si, claro. Ya sé que tenéis cosas importantes que tratar del congreso de Bruselas –dijo poniendo una voz que quería aparentar seguridad, imagino que para parecer que era una jefa responsable, aunque yo seguí con esa extraña sensación.

    Se giró y dejó el paso libre a Montse.

    -Bonita falda, por cierto, mi madre tiene una igual –dijo a modo de despedida

    No sé si el comentario quería ser educado o no, pero a mi me sonó bastante faltón, aunque me hizo reparar en la indumentaria de Montse. Falda larga verde plisada, una chaqueta de punto de color morado con cos botones abrochados sobre una blusa blanca cerrada y zapatos planos. Mar tenía razón, parecía un look de una mujer veinte años mayor y no precisamente moderna. El pelo recogido en una cola de caballo y la ausencia de complementos, salvo un reloj pequeño y plateado reafirmaban su apariencia de discreción absoluto. Pese a ello mi mente se llenó con las imágenes de la noche anterior y fui consciente del cuerpo que ocultaba esa ropa gris y profesional y no pude empezar a sentir una cierta excitación.

    -Bien, ¿qué quieres saber? –dijo tras cerrar la puerta mientras se sentaba con un tono de voz que no se parecía en nada al que conocía y que transmitía seguridad y firmeza.

    -¿Por qué estás haciendo esto conmigo? –pregunté a bocajarro.

    -Lo disfruto –respondió con un leve encogimiento de hombros mientras abría su portátil para aparentar normalidad.

    -¿Es porqué te rechacé aquella noche?

    -En parte, pero tenía ganas de ponerte cachondo desde el primer día que te vi, por eso te busqué esa noche

    -O sea, que nada de lo tu chico y todo eso era verdad –respondí sorprendido por su lenguaje.

    -No, era cierto. Mi enfado con él fue una motivación más.

    -¿Y lo de la página web?

    -Es una forma de sacarme un sobresueldo y además nos gusta. Me excita saber que puedo tener a cien tíos con la polla dura, tocándose mientras me ven y a mi chico le encanta verme así.

    -No me escandaliza –contesté intentado que no se notará mi sorpresa por su confesión, aunque no pude evitar retirar la vista fingiendo buscar entre las carpetas para que ella no viera mi cara –pero creí que te gustaba compartimentar tu vida. ¿Por qué no lo has hecho conmigo?

    -Me pones, no hay más razón. Y creo que tú también eres bastante discreto, has sido amable, pero no me contado nada de tu vida ni me has intentado invitar a tomar algo ni has insistido en que te contara nada sobre mí, así que decidí arriesgarme.

    Guardé unos segundos de silencio. Procurando no pensar en la erección que comenzaba a notar presionando mi pantalón por culpa de sus palabras.

    -¿Tu chico… Javi, lo sabe?

    -Si, nos lo contamos todo.

    -¿Y no le importa?

    -No, de hecho, fue el quién me inició en esto. Empezamos a salir cuando yo tenía 20 años y me ayudo a… liberarme.

    -¿Liberarte? –pregunté intrigado.

    -Siempre he sido bastante morbosa –admitió– pero era algo que guardaba para mí. Otros chicos con lo que había estado no me dieron la confianza para dejarles entrar en mi mundo. Javi me ayudó a llevar a la realidad todo lo que siempre había deseado probar.

    -¿Bueno, supongo que eso pasa con todas las parejas no? –comenté ganando tiempo para asimilar sus palabras.

    -¿Si? ¿Has ido con tus novias a clubs de intercambio, has dejado a dos tíos follar a tu chica mientras mirabas, has buscado una sumisa para que ella haga realidad sus fantasías, has dejado a cientos de desconocidos ver como la usas…? -preguntó, aunque no esperaba respuesta, como demostró su divertida sonrisa divertida porque en esta ocasión no pude disimular como me habían golpeado sus palabras.

    -No… imagino que no

    -¿Solo imaginas, no lo recuerdas? –preguntó provocándome y pareciendo que casi se reía de mí.

    -No, no he hecho todo eso –respondí recuperando la compostura.

    -Eres prudente, eso tiene sus riesgos. Una de las veces que fuimos a un club alguien del trabajo me reconoció, por eso ahora soy más discreta.

    -¿Te despidieron?

    -No exactamente, pero cambié de trabajo y terminé aquí a modo de ascenso –dijo con tono misterioso- Ven, necesito otro expediente –exclamó de pronto sin dejarme replicar.

    Acto seguido se levantó y salió dejando la puerta abierta. Tardé unos segundos en reaccionar hasta levantarme. Cogí una carpeta para tapar mi entrepierna. No había forma de disimular lo duro que estaba, así que opté por ocultarlo. Vi como Montse giraba por el pasillo y apresuré el paso para ver como entraba en el archivo. Cuando entré ella estaba sacando un archivador de uno de los armarios.

    -Cierra la puerta –ordenó mientras volvía a colocar el legajo en su lugar.

    Obedecí y me quedé expectante. Estaba deseando que ella se acercara como la noche del parking, pero en su lugar se alejó y se sentó en un escritorio viejo al fondo del cuarto.

    -Tu ya me has visto, ahora me toca a mí. Quiero que me devuelvas el espectáculo.

    -¿De qué hablas? –pregunté esperando que su respuesta fuera otra.

    -Quiero ver como te tocas para mí. Y sé que estás empalmado detrás de esa carpeta, así que déjame verla.

    Me quedé bloqueado. Estaba tan excitado que me dolía la polla de lo dura que estaba, pero la exigencia de Montse me tenía bloqueado.

    -Vamos, estoy esperando –urgió.

    Dejé la carpeta en una de las estanterías. Efectivamente mi erección no se podía disimular. Me bajé la cremallera y me la saqué. Estaba durísima, hinchada, con el capullo rojo y brillante.

    -No está mal –apreció con una sonrisa tan lasciva que me hubiera provocado una erección si no estuviera ya en ese estado –escúpete la mano y empieza.

    Sin articular palabra hice lo que decía. Noté las venas de mi miembro latiendo cuando comencé a mover mi mano, aunque evitaba mirar su cara.

    -Mírame

    Cuando lo hice puede verla sentada en el escritorio. Se estaba desabrochando la chaqueta. Cuando acabó comenzó con su blusa, dejando ver un sujetador blanco de encaje al abrirla.

    -Me gusta que estés operado, me encanta comerme las pollas así –comentario que me provocó un escalofrío pensando en la posibilidad de sus labios rodeando mi capullo. Sigue tocándote, ya me has visto antes así que no debería sorprenderte.

    Su mirada fue increíblemente provocadora y obedecí como un autómata. Se bajo las copas del sujetador mostrando sus pechos. Las aureolas hinchadas y los pezones duros delataban su excitación. Comenzó a acariciarlos y pellizcarlos sin retirar la mirada de mi cara.

    -¿Qué pensabas anoche cuando me viste?

    -No podía creer que fueras tú

    -¿Y qué más?

    -Que me gusta tu cuerpo, no esperaba que fuera así.

    -Dime la verdad… ¿qué pensabas? –insistió mientras subía su falda y separaba las piernas para dejarme ver su ropa interior de encaje blanco.

    -Me dieron ganas de follarte

    -Esas ya las tenías –aseguró mientras se acariciaba por encima de la tela, tirando de sus braguitas que se deslizaban entre los labios de su coño- ¿qué más?

    -Que fui un idiota dejándote escapar

    -Eso también era obvio –respondió con voz susurrante y divertida mientras apartaba la ropa interior para mostrarme tu coñito y como uno de sus dedos entraba lentamente en su interior- ¿Quieres más?

    -Si…

    -Entonces dime la verdad, ¿qué pensaste?

    -Que eras una guarra –respondí sin prensar y subiendo el tono de voz, presa de la excitación. No podía razonar ni intentar buscar una respuesta más correcta.

    -Ni te imaginas lo guarra que puedo ser…

    Con una sonrisa en su cara subió una pierna sobre la mesa para mostrarme como un segundo dedo seguía al primero. Los sacó brillantes y húmedos, separándolos para que viera los hilos de flujo que pendían entre ellos. Mientras yo seguía masturbándome intentado no explotar, quería disfrutar del espectáculo. Su cara había cambiado. No era la de la mujer eficaz y seria que conocía. El brillo de sus ojos, su gesto, su sonrisa, divertida y provocadora hacían que esa ropa gris y formal, su pelo cómodo y funcional, dejaran de tener importancia para definirla.

    Se puso de pie y subiéndose la falda se bajó las bragas y se acercó a mí. Avancé hacia ella, pero me detuvo poniéndome la mano izquierda en el pecho.

    -He dicho que quería que me devolvieras el espectáculo, no que pudieras tocarme

    -Joder, vas a volverme loco

    Ella no respondió y en su lugar acercó esos dedos que hace unos segundos estaban en su interior a mi boca. Los pasó por mis labios, noté la humedad y saqué la lengua para saborear.

    -¿Te gusta? –preguntó mientras dejaba que chupara sus dedos hasta dejarlos limpios

    Asentí, mientras mi lengua aun buscaba sus flujos y nuevamente intenté acércame a ella.

    -He dicho que no –se apartó- ¿quieres que esto acabe?

    -No… quiero más

    -Aun tienes que pagar por lo que me hiciste, pero hoy te has portado bien. No te muevas y tendrás tu premio…

    Mientras terminaba la frase envolvió mi polla en sus braguitas y comenzó a apretar mi polla. El contacto me hizo estremecer. Ella me miró a los ojos y comenzó a pajearme. Lo hacía de forma suave, pero apretando mi miembro mientras con la mano libre se levantaba la falda y comenzaba a tocarse nuevamente. Sabía que no iba a poder aguantar mucho. Su mano, su respiración agitada y profunda mezclada con la mía, el olor a sexo que llenaba la habitación y su cara perversa y sonriente fueron más de lo que puede aguantar.

    -Me corro –acerté a decir

    Ella movió su mano con más energía.

    -Me encanta sentir como explota una polla –susurró inclinándose a mi oído.

    Eso fue todo lo que hizo falta para correrme. Sentí mi semen brotando, empapando sus braguitas mientras ella me apretaba la polla y noté como me temblaban las piernas.

    -Buena corrida, cuanta más leche, mejor –dijo cuando cesaron los espasmos de mi pene y mientras lo limpiaba suavemente con la ropa interior ya empapada de mi semen.

    -¿Y tu?

    -Yo voy le contaré esto a mi chico en cuanto llegue a casa para que me diga que soy una guarra y me folle como me gusta. Quiero que lo sepas y pienses en ello esta noche, antes de mandarme una foto con tu corrida -–dijo sacando la mano de entre sus muslos y recomponía su ropa.

    -¿Qué? –acerté a decir más desconcertado aun después de lo que acaba de pasar.

    -Esta noche te vas a pajear pensando en como me revienta mi chico y me mandarás la prueba. ¿Has entendido?

    Asentí mientras devolvía rápidamente mi miembro al interior de mi pantalón antes de que ella abriera la puerta.

    -Ahora voy a seguir con el congreso de Bruselas. ¿Lo cerramos lunes? –se despidió con su voz de burócrata dándome la espalda.

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  • Me enamoré de una prostituta

    Me enamoré de una prostituta

    Veo a Patricia una vez a la semana desde hace más de cinco años, incluso antes de que comenzara la pandemia. Las primeras veces el servicio fue muy formal. Nos veíamos en un hotel y ella llegaba vestida con sencillez para después meterse al baño a cambiarse. Salía con una lencería que la hacía ver muy buena. Ella tenía treinta y cinco años y yo veinticinco. Tenía un abdomen plano, nalguitas bien formadas y unos pechos que habían visto tiempos mejores pero seguían siendo toda una visión que inmediatamente me provocaba erecciones.

    Esa tarde me acosté boca arriba mientras ella me colocaba el condón con la boca. Me la mamó un buen rato hasta que no pude más y le pedí que se acostara boca arriba. Ella obedeció y la penetré de un solo movimiento. Mantuvo los ojos cerrados casi todo el tiempo. Yo acaricié sus tetas caídas y bombeé hasta vaciarme en el condón. Gruñí para hacerle saber la inminencia de mi eyaculación y gimió con profesionalismo para contribuir al efecto.

    Una vez terminado, salí de ella y ella revisó el condón en búsqueda de fisuras sin encontrar nada: toda mi semilla había quedado atrapada en el látex. Le pagué la tarifa establecida y añadí una propina generosa. Se despidió con un frugal beso en los labios y salió del cuarto.

    Poco a poco me fui ganando su confianza. Comencé a llevar una botella de vino a nuestros encuentros y a poner música, relajando el ambiente. También comencé a preguntar qué otros servicios realizaba. Me dio las tarifas para el sexo oral sin condón, el sexo anal y la oportunidad de terminar en sus tetas o en sus nalguitas. A partir de ese entonces nunca me la volvió a mamar con condón, incluso, por una tarifa adicional me permitía de vez en cuando eyacular en su boca. Después del sexo nos quedábamos abrazados platicando. Varias veces también nos metíamos al jacuzzi en el hotel para divertirnos mientras platicábamos y bebíamos.

    Así fueron pasando los años. Por aquel entonces yo tenía una nueva con la que tenía una vida sexual pésima, además de llevarnos fatal en todas las demás áreas, por eso no sentía remordimientos cuando estaba dentro de Patricia. Terminé con aquella novia porque la situación se había vuelto insoportable. Ese día fui a los brazos de Patricia, quien me consintió no cobrándome el extra por el oral al natural.

    Pensé que no pasaría, pero terminé enamorándome de ella. Durante meses sólo pensé en ella. En su cuerpo, las tetas que había aprendido a amar y cuyos pezones pertenecían en mi boca. Sabía perfectamente qué movimientos y caricias hacían que se viniera y sobre todo, se había vuelto en mi confidente y en la relación más estable y duradera que alguna vez tuve.

    Para ella, sin embargo, yo sólo era un cliente más. Un cliente generoso y competente a la hora de coger, pero un cliente como cualquier otro.

    Lo que sí sucedió fue que nos convertimos en amigos. Sin celos de por medio pero con la oportunidad de cogérmela, podía contarle mis lances amorosos en la vida real. Más bien mis fracasos.

    Ella a su vez me contaba de un novio que tenía, un hombre divorciado que en realidad no sabía a lo que ella se dedicaba.

    —Ya ves, yo te conozco mejor que él —le decía mientras la besaba. Esa era otra ventaja de la confianza y de las tarifas extras, ahora podía besarla como si fuéramos una pareja enamorada.

    —No puedo decirle a qué me dedico, me dejaría.

    —A mí no me importa a qué te dedicas, yo sólo quiero estar contigo, Patricia, ¿por qué no puedes verlo?

    —Ya, guapo, para y mejor ven, siéntate.

    Zanjaba ese tipo de conversaciones poniéndose entre mis piernas, lista para mamar y recibir mi semilla en su boca. Sabía que aunque no lo pidiera, yo siempre terminaba pagando extra por sus tratos preferenciales.

    Un día le escribí saliendo del trabajo y acordamos un encuentro en el hotel que más nos gustaba. Había salido de una junta importante que fue bastante bien y quería celebrar. Llevé vino y flores.

    —Apúrate, mi amor, me urge verte —colgué el teléfono y manejé hasta el hotel.

    Ella llegó veinte minutos después. Abrimos la botella de vino y le conté de mi victoria laboral.

    —Felicidades, amor —respondió sin mucho entusiasmo y lo noté enseguida.

    —¿Qué pasa? —pregunté mientras le besaba los hombros. Comencé a quitarle la ropa con suavidad, disfrutando cada movimiento e intercalando un beso con cada caricia.

    —Mi novio descubrió a qué me dedico y terminó conmigo —explicó.

    —Lo siento mucho, preciosa, de verdad. Pero ven, no pienses en él. Vamos a disfrutar juntos.

    Terminé de desnudarla y la acosté boca arriba. Ella alcanzó su bolsa para extraer un condón.

    —Espera —la detuve —aún no.

    La abrí de piernas y comencé a lamer su clítoris con muchas ganas. Era mi turno de consentirla.

    Su monte de venus estaba cubierto de un vello oscuro y espeso. En alguna ocasión le pedí si se depilaría para mí y lo hizo pero después de ver su coñito depilado, que lucía como un diamante, supe que prefería ese vello que la hacía ver como una mujer de verdad. Madura y caliente.

    Le comí el coño durante quince minutos. Ella estaba vuelta loca. Repetía mi nombre y se retorcía de placer. No disminuí el ritmo hasta que sentí su cuerpo contraerse en un orgasmo brutal. En cuanto se disipó la energía, me incorporé sobre ella y la penetré al natural sin decirle nada. Ella reaccionó de inmediato.

    —¿Qué haces? No traes condón. Quítate —exigió.

    —No puedo Patricia, sabes que te amo como a nadie en el mundo y ahora que estás soltera, ya no tienes que cuidarte de nadie, mucho menos de mí.

    —No, Samuel, quítate, salte de mí, ¡así no podemos hacerlo!

    —No pasará nada, Patricia, te amo, de verdad, confía en mí, —gruñí mientras comencé a embestirla. Su coño se sentía mucho mejor de lo que había imaginado.

    —No, está mal, está mal, salte, por favor —su tono cada vez era más débil.

    La tomé del mentón y la obligué a mirarme a los ojos.

    —Te amo, Patricia, siempre te he amado. Yo jamás te dejaría, no me importa a qué te dedicas ni con cuántos hombres has estado. Quiero estar contigo.

    Las palabras comenzaron a hacer mella en la mente de mi amada Patricia.

    —¿En serio? ¿No te importa?

    —Para nada, sólo quiero estar contigo. Te amo.

    Dejó pasar unos segundos en silencio pero dejó de luchar contra mi pasión.

    —Yo también te amo, Samuel. Hazme tuya.

    Nos besamos apasionadamente.

    Seguí embistiéndola y cada movimiento me llevaba al éxtasis más alto. Estaba cumpliendo mi sueño de hacer el amor de verdad con Patricia, la prostituta de la que me había enamorado. Al fin estuve al borde de la eyaculación y decidí que si tanto nos amábamos, el hombre debe eyacular en la vagina de su mujer sin importar las consecuencias. Patricia debió pensar lo mismo porque gritó con cada chorro de semen que le descargaba en el coño.

    —Así, papi, así, lléname de ti, no dejes ni una gota…

    Después de vaciarme en ella, nos quedamos abrazados un rato.

    Yo la cubría de besos. Era la mejor tarde de mi vida.

    —¿Estás bien? —pregunté después de un rato —te noto muy pensativa. ¿Te arrepientes de lo ocurrido?

    —No, mi amor, no me arrepiento, llevábamos tiempo retrasando lo inevitable. Yo también te amo desde hace tiempo, no sé por qué seguía con aquel, supongo que por el dinero, pero esto se sintió correcto. Estar contigo es lo correcto, mi Samuel. Sólo hay algo que me preocupa…

    —¿Qué es, mi vida?

    —Debido a mi oficio siempre he usado condón y nunca he estado en ningún método anticonceptivo, es posible que tanto semen dentro de mí termine por embarazarme, si sucede… ¿qué hacemos?

    —¿Qué hacemos? Pues casarnos. Jamás permitiría que algo le pasara a un hijo mío, mucho menos si es contigo. No te preocupes, amor. Esta junta de la que salí representa un contrato de varios millones y nos irá bien los próximos años…

    Patricia sólo se abrazó a mí.

    Llego el momento de vestirnos y despedirnos. Intenté pagarle pero lo que acababa de suceder era invaluable.

    —No, guapo, no quiero tu dinero, te quiero a ti —fue su respuesta.

    El viernes volví a verla. Esta vez en un bonito café, era nuestra primera cita.

    Pasamos la tarde conversando y riendo como una pareja de verdad. Fui muy feliz. A la hora del postre me dio la noticia: nuestro encuentro sin protección había rendido frutos y estaba esperando un hijo mío. Me puse de pie para acercarme a ella y la abracé.

    —Te amo, Patricia y no te va a faltar nada, te lo prometo.

    Nos casamos un mes después en una ceremonia civil. Su familia no asistió porque no soportaba su profesión, así que tampoco invité a la mía. Nos fuimos a Cancún de luna de miel y cogimos todas las noches hasta que el cansancio nos vencía.

    —Ya no tiene caso que te pongas condón, guapo, el mal ya está hecho —me decía cada vez que eyaculaba en la vagina de mi ahora esposa.

    Con el dinero del trato pudimos abrir un pequeño bar. Había sido el sueño de ambos y Patricia trabajó como bar tender antes de entrar al negocio de la prostitución. Ella administra y atiende el lugar. Yo sigo con mis negocios y vivimos tranquilamente. Nuestro primogénito nació una tarde lluviosa de noviembre y después de muchos años, por fin tengo la familia con la que siempre soñé.

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  • Pasión prohibida

    Pasión prohibida

    Cuando se vieron por primera vez encontró en sus ojos algo que no había conocido hasta el momento; desde ese instante siempre la tenía en mente, esa chica se había vuelto especial, pasó de estar en sus más ardientes fantasías a la realidad.

    Todo de ella le gustaba; era joven, sus cabellos castaños la hacían ver muy sensual, sus labios finos incitaban a los más profundos deseos, su piel blanca y tersa le encantaba sentirla junto a la suya; pero no era lo único que le gustaba, sus pechos parecían esculpidos por un artista, redondos, firmes, coronados por unos dulces pezones rosados.

    El camino que llevaba a centro de sus placeres lo había recorrido más de una vez, deteniéndose a degustar su ombligo antes de continuar su marcha.

    Lo que más le gustaba era besar el interior de sus muslos mientras la tomaba de las caderas, así podía recorrerla toda llegando a su sexo y volviendo a los muslos; su adicción a sus jugos cada vez crecía más.

    Siempre que tenía la oportunidad dedicaba un buen rato a degustar su sexo, le divertía ver como se arqueaba cada vez que chupaba sus labios vaginales y tomaba sus clítoris entre los dientes.

    El sexo era cada vez más apasionado llegando a veces al punto de la perversión; no había nada más que la hiciera feliz y se preguntaba ¿por qué tiene que ser una pasión prohibida que una mujer ame a otra mujer?

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  • Esperándote en la cama

    Esperándote en la cama

    Mientras te estoy esperando, porque te deseo sentir, tu entras a la habitación y te paras al borde de la cama mientras que yo estoy acostada y me agarras por las piernas y me jalas hacia ti, inclinándote un poco y acercándome tu rico pene, quien ya está todo despierto y también deseoso de sentir, pero entonces te retiras un poco y diriges tu boca a besarme… pero en los labios de abajo…

    Pasas tu lengua por encima del pantys y puedo sentir el delicioso calor de tu lengua, lo cual hace que me humedezca más, agarras con ambas manos y me retiras la ropa y me dejas toda lista para ti, volviendo a dirigir tu lengua a besarme, estoy mojadita, suspiras porque te gusta, suspiro porque me excitas, sigues besándome, chupando todo con tu rica lengua, te digo que lo haces muy rico y que me encanta, pero que ahora yo te lo quiero mamar a ti.

    Me levanto y te beso, me das un apretón de nalgas, te volteo y te hago sentarte, me inclino sobre ti y comienzo a besarte, te digo cuanto me gustas, que me encantas y no hay piel ni besos como los tuyos, que no hay energía como la tuya y te voy abriendo la camisa, poco a poco, con cada botón que abro te doy un beso por tu pecho…

    Voy bajando más, llego al pantalón, te quito el cinturón, abro, bajo tu ropa y tengo el tesoro en mi mano, erecto y deseoso de ser saboreado, lo miro, me encanta, te miro, sin dejar de mirarte me lo llevo a la boca, poco a poco, hasta que se vuelve un movimiento rítmico y ya me lo estoy llevando todo a la boca, hasta el fondo que casi me ahogue, el calor de mi boca te encanta, chupo, succiono, te lo mamo todo porque me encanta, a ti te gusta y te miro y te digo que quiero que me cojas…

    Y como estoy mojadita entra rico, me pones en cuatro y me lo metes, muy rico, entra y sale y me das una nalgada en ese culo porque es todo tuyo… te digo que quiero ir encima, te acuestas y me siento sobre ti, sintiéndolo completico todo adentro. Te tomo de las manos y me siento llena de ti. Me inclino hacia atrás, porque me gusta sentirlo todo y me sigo moviendo, entonces me pones de lado de espaldas a ti.

    Y me sigues dando rico y me das mordisquitos en la espalda, volteo a mirarte y me besas, pero ya el beso es diferente, un beso con un toque morbo, con mordisquitos de labios… me acerco a tu oído y te doy una chupadita en la oreja y te digo “bello ¿quieres culito”? Y tú no aguantas dos pedidas.

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  • La última vez que fui ella (2)

    La última vez que fui ella (2)

    Al otro día me propuso ir a una fiesta:

    —Dale, Alma. Solo una vez. No tenés que hacer nada si no querés —me decía Camila mientras elegíamos ropa frente al espejo.

    —¿Y si me encuentro con algo que no quiero ver? —pregunté, con media sonrisa nerviosa.

    —Entonces das media vuelta y te vas. Pero te aseguro que te va a volar la cabeza —dijo ella, ajustándose un vestido rojo tan ajustado que parecía pintado.

    Me puse algo discreto… dentro de lo posible. Un vestido negro al cuerpo, con escote sutil y un tajo en la pierna. Obvio, encima me puse un saco largo. Todavía no me animaba a mostrarme del todo.

    La fiesta era en una casa grande, moderna, alejada de la ciudad. Iluminación tenue, música envolvente, cuerpos hermosos moviéndose con soltura, como si estuvieran en otro plano de libertad.

    —Acá nadie juzga a nadie —me susurró Camila en la entrada—. Algunos son creadores, otros empresarios, algunos vienen a mirar, otros a jugar. Vos hacé lo que sientas.

    Yo asentí, medio abrumada. Caminamos entre gente hermosa, algunos con ropa llamativa, otros directamente en ropa interior, o menos. Parejas besándose sin pudor, miradas intensas que te recorrían de arriba abajo.

    —¿Querés algo de tomar? —me ofreció Camila, mientras se le acercaba una chica que la saludó con un beso más que amistoso.

    Tomé una copa de vino espumoso y me quedé en una esquina, observando. Sentía las mejillas calientes, la piel más sensible, como si el ambiente entero me rozara.

    Un hombre alto, de barba prolija, se acercó.

    —¿Primera vez? —me preguntó con voz suave.

    —¿Se nota tanto? —le dije, con una sonrisa tensa.

    —No lo digo como algo malo. Es hermoso ver a alguien descubriendo este mundo.

    —Solo vine a mirar —aclaré.

    —Mirar también es jugar —dijo él, y me guiñó un ojo antes de alejarse.

    Me quedé helada. Respiré hondo. Camila pasó a mi lado, dándome un toque con el hombro.

    —¿Todo bien? —preguntó.

    —Todo… muy intenso.

    —¿Te gusta?

    —No sé. Me confunde. Pero me excita —confesé, con un hilo de voz.

    En eso, lo vi. Marcus estaba en el fondo, vestido con una camisa negra arremangada, pantalón ajustado. No hacía nada fuera de lugar, solo observaba… pero sus ojos se clavaron en los míos y mi cuerpo reaccionó solo.

    Hubo otros intentos de seducción. Una mujer preciosa se me acercó, me elogió el perfume y me dijo que le encantaría bailar conmigo. Un hombre me ofreció “mostrarme algo interesante” en una de las habitaciones privadas.

    Yo sonreía, agradecía, pero no. Algo dentro mío me decía que no era con ellos. Que si en algún momento iba a perder el control, tenía que ser con él.

    Cuando sentí que la cabeza me ardía de tanto estímulo, salí al patio a tomar aire. Estaba oscuro, pero sentí que alguien se me acercaba. Me giré. Marcus.

    —¿Estás bien? —me preguntó, serio.

    —Sí… creo —dije, con una sonrisa cansada.

    —¿Querés que te lleve?

    Lo miré. No lo pensé. Asentí.

    —Sí. Llevame.

    El auto avanzaba por las calles oscuras. Marcus tenía una mano en el volante, la otra descansando relajada sobre su muslo. Su perfil recortado por las luces del tablero era puro control y presencia.

    Yo miraba por la ventana, todavía algo aturdida por la fiesta.

    —¿Te incomodó? —preguntó de repente, rompiendo el silencio.

    —No sé si es incomodidad lo que sentí… —respondí con honestidad—. Fue como si me hubieran sacado de mi cuerpo. Todo… tan abierto, tan libre.

    —Pero no participaste.

    —No. No era el lugar. No era con ellos.

    Me miró de reojo.

    —¿Y conmigo sería?

    Lo miré. Le sostuve la mirada por primera vez sin escapar.

    —No lo sé —dije. Pero mi voz ya no sonaba firme. Sonaba… expectante.

    Él volvió la vista al frente, pero una sonrisa leve se le dibujó en la boca.

    —Alma, vos me mirás como si quisieras decirme algo hace tiempo. Y cuando lo hacés, te arrepentís a la mitad.

    —¿Y si te dijera que sí? ¿Que quiero algo, pero tengo miedo?

    —Te diría que no tenés que tener miedo conmigo. Que no voy a hacer nada que vos no quieras. Pero si me das una sola señal… —dijo, con la voz grave— …no pienso contenerme.

    El resto del camino fue silencio tenso, cargado. Una electricidad espesa flotaba en el aire.

    Cuando llegamos al garage, bajé sin hablar. Caminé hacia el ascensor. Él me siguió. No me tocó. Ni una palabra.

    Entramos a mi piso. Me saqué el saco, dejando que mi vestido al cuerpo hablara por mí. Me giré hacia él.

    —Marcus… —dije, con la voz casi quebrada—. Necesito ayuda con algo.

    —Decime.

    —Subí conmigo.

    Él asintió, y subió los escalones detrás de mí en silencio. Su respiración era profunda, controlada, pero sentí la tensión en su cuerpo como una fuerza detrás mío.

    Cuando entramos al cuarto, me di vuelta. Lo miré.

    —¿Sabés cuántas veces imaginé esto? —susurré.

    Marcus cerró la puerta con suavidad. Se acercó despacio, como una fiera que mide cada paso.

    —¿Y en qué parte te detenías? —me preguntó, con la voz oscura.

    —En la parte donde te besaba. Y vos me agarrabas como si se te acabara la paciencia.

    Eso fue todo. En un segundo, su boca se estrelló contra la mía con una urgencia cruda, sin ternura ni permiso, solo hambre. Su cuerpo, enorme, duro, se apretó contra el mío como una muralla caliente. Sus manos fuertes rodearon mi cintura y me alzaron como si no pesara nada.

    Me sostuvo contra su pecho, sus labios aplastados contra los míos, y yo me abrí a él como si mi cuerpo lo hubiera estado esperando desde siempre. El beso fue húmedo, sucio, salvaje. Lo deseaba con una desesperación que no sabía que tenía.

    Me llevó hasta la cama sin dejar de besarme, dejándome caer con una suavidad que contrastaba con la violencia de su deseo. Se agachó sobre mí, su mirada encendida, feroz.

    —Estás tan buena, Alma… —gruñó, como si fuera un secreto que ya no podía guardarse.

    Le acaricié la cara con dedos temblorosos, mi cuerpo ardía.

    —No te contengas —susurré, jadeante—. No vine a que seas suave.

    No necesitó más. Me arrancó el vestido, literal, lo bajó de un tirón y lo dejó caer al suelo. Yo no me opuse. Me quedé en ropa interior, con la piel erizada, la respiración entrecortada y el centro palpitando de deseo.

    Su mirada me recorrió, lujuriosa, devorándome. Se agachó y empezó a besarme el cuello, bajó lento, su lengua dibujó un sendero ardiente entre mis pechos, por mi abdomen, hasta el borde de la bombacha.

    —No sabés las veces que me imaginé haciéndote esto —murmuró, con voz grave.

    Me quitó la ropa interior con los dientes, rozándome apenas. Yo me retorcí, ya empapada, jadeando.

    —Quiero sentirte —le dije, sin pudor—. Toda.

    Cuando se sacó la ropa, contuve el aliento. Su cuerpo era brutal: piel oscura, músculos marcados, el torso amplio. Pero lo que tenía entre las piernas me dejó sin habla. Era grande. Más que eso. Era intimidante.

    Él lo notó. Sonrió.

    —¿Te asusta?

    —Me calienta —le respondí, sin pestañear.

    Me abrió las piernas con esas manos enormes, firmes. Me tocó sin apuro, con conocimiento, con precisión. Cuando me penetró, lo hizo despacio, estirándome centímetro a centímetro, haciéndome gemir con fuerza, sintiendo cómo mi cuerpo se rendía, se abría, lo aceptaba.

    Era demasiado. Y era perfecto.

    Sus embestidas fueron profundas, rítmicas, implacables. Me empujaba con fuerza, sujetándome de las caderas, haciendo que lo sintiera hasta el fondo. Yo gritaba, me aferraba a él, lo arañaba, lo insultaba entre jadeos.

    No era amor. Era puro sexo. Crudo. Real. Necesario.

    Me giró. Me tomó de espaldas, de rodillas, con una mano en mi cintura y otra en mi nuca, controlándome. Yo gemía como nunca antes. Me sentía suya, usada, llena. Y lo adoraba.

    Cada estocada era una descarga. Cada vez que me decía mi nombre entre gruñidos, me corría otra vez.

    Me hizo acabar más de una vez. Me temblaban las piernas, me dolían los muslos de tanto apretarlo con ellos. Pero él seguía. Incansable. Dominante.

    Cuando terminó, me llenó con una explosión profunda, caliente, mientras enterraba el rostro en mi cuello y murmuraba mi nombre como un mantra.

    Quedamos tirados, transpirados, jadeando. Yo con la mirada perdida en el techo, aún con espasmos en el cuerpo.

    Él me acariciaba la cintura, pero yo ya había vuelto a mi eje.

    —Fue increíble —dije, sin emoción—. Eso es todo lo que quería.

    —Lo sé —respondió, sin molestarse.

    Y en silencio, me giré para dormir. Sin abrazos. Sin promesas. Solo con el cuerpo satisfecho como nunca antes.

    Volver a Buenos Aires después de ese viaje fue como despertar de un sueño que no sabía si era húmedo o pesadilla.

    Me sentía vacía. Culpable. Sucia y, a la vez, poderosa. Como si hubiera vivido algo tan intensamente que ya nada después pudiera igualarlo. Pero también sentía que no podía seguir así. Mis hijos crecían, y no quería que un día me vieran como esa mujer rota, desbordada, perdida entre excusas y mentiras.

    Entonces elegí el camino que creí correcto: volví a mi casa, cerré todas las puertas que llevaban a ese pasado, y me propuse reconstruirme. Dejé las aventuras, los deslices, los cuerpos ajenos. Le fui fiel a mi esposo. Me hice la mujer ejemplar que la sociedad adora. O al menos lo intenté.

    Pasaron seis años.

    Hasta que el año pasado, una tarde cualquiera, me llegaron unas fotos al celular. Eran de Camila. No mandó ni una palabra. Solo imágenes.

    Era mi marido. En Italia. Con una mujer. Caminaban por la costa, abrazados. Él reía. Ella también. Y no estaban solos: dos niñas pequeñas jugaban alrededor de ellos.

    Mi mundo se quebró.

    Me dolió, claro. Mucho. Pero lo que más me golpeó fue la conciencia de que yo no era la mejor persona para indignarme. Había hecho lo mismo. O peor. Lo dejé pasar. Hasta que volvió de su viaje.

    Esa noche no grité. No lloré. No rompí nada. Esperé a que los chicos durmieran y lo cité en la habitación. Solo él y yo. A solas, después de años de silencios acumulados.

    Le mostré las fotos.

    —¿Desde cuándo? —le pregunté.

    Él bajó la mirada. Y habló.

    —Desde antes de conocerte —dijo sin rodeos—. La conocí en una excursión del colegio, ¿te acordás? Vos también estabas. Te juro que no pensé que se sostendría tanto. Pero tuvimos dos hijas. Y con el tiempo… bueno, no pude dejar ninguna de las dos vidas.

    Me quedé muda.

    —¿Y por qué te casaste conmigo? —dije casi sin voz.

    —Por tu belleza —respondió sin dudar—. Y por el dinero de tu padre. Tenía miedo de que, si te dejaba, él dejara de invertir en mí.

    Me partió. Pero no terminé de caer hasta que me soltó lo peor:

    —Y sí… lo supe todo. Marcus. Camila. Todo. Hablé con ella. Le pedí que cuidara de vos. Que te distrajera. Que te hiciera bien. Pensé que… si vos también hacías tu vida, todo estaría más equilibrado.

    Me dejó sola esa noche. Ni disculpas ni reproches. Solo una verdad cruel.

    Y así me sentí: usada. Toda mi vida.

    Ya no tenía ganas de conocer a nadie. Ni de fingir. Pero algo adentro necesitaba salir. No sabía cómo sacarme esta mochila de encima hasta que entendí que escribir era mi única forma de liberarme. Así empecé a contar mis relatos, mis recuerdos, mis deslices… mis verdades. A veces, mientras escribía, me excitaba. Me tocaba. Me emocionaba. Otras veces lloraba. Porque sabía que, por más placer que hubiese, siempre volvía ese pensamiento amargo:

    —fui un objeto en la vida de los hombres que más quise.–

    Y así llego al final. No sé si esta historia me redime, pero al menos me deja en paz.

    Me despido de ustedes, mis fieles lectores. Algunos fueron compañeros, otros casi confesores. A todos, gracias. Gracias por leerme, por no juzgarme, por estar.

    Todo llega a su fin. Esta soy yo. Esta fue Alma Carrizo.

    Un beso grande.

    Y hasta nunca.

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  • Elena, mi prima consentida

    Elena, mi prima consentida

    Elena es mi prima con quien me llevo de maravilla desde que tengo 5 años, nuestras familias siempre fueron muy unidas y la menor causa era motivo de reunión, fiesta, etc., nuestra niñez prácticamente la pasamos juntos hasta que por motivos de trabajo de mis tíos nos distanciamos antes de cumplir 14 años pues ellos se fueron a vivir a otro estado al cual solo por avión era posible llegar.

    4 años después la fortuna no favoreció a mis tíos y luego de divorciarse mi tía se regresó con mi prima, al llegar, mis papás organizaron una fiesta para darles la bienvenida, cuando vi a Elena me dio muchísimo gusto pues en varias ocasiones comentamos que más que primos éramos hermanos, así nos vimos ese día como el reencuentro de 2 hermanos. Durante ese tiempo platicábamos de que nos había ocurrido a lo largo de 4 años: parejas, escuela, situaciones chuscas, pero nunca hablábamos de sexo.

    Cierto día lunes me avisaron mis papás que una semana después acompañarían a mi tía a arreglar las ultimas cuestiones del divorcio de mi tía así que estarían fuera durante 15 días pues aprovecharían para tomar unas vacaciones, y que además mi prima vendría a quedarse conmigo durante esos 15 días para que no estuviera solo.

    Elena y yo éramos los más felices pues como ya comenté nos queríamos mucho, además que solo faltaban 5 días para nuestras vacaciones de verano así que pasaríamos las dos semanitas juntitos.

    El día esperado llegó y fuimos a dejar a mis papás y a mi tía al aeropuerto, al regresar ya eran como las 10 pm así que decidimos pasar a cenar y al llegar a casa me comentó que no le gustaba dormir a solas y que si podía dormir conmigo.

    Esta cuestión no me pareció muy buena idea pues yo duermo completamente desnudo, situación que le comenté a lo que ella respondió “yo también duermo desnuda, así que no hay problema solo cuida de que si se te para apuntes a otro lado”, seguido de este comentario solo reímos.

    Empezamos a platicar de lo hasta ese momento no habíamos hablado, de sexo, me comentó que perdió su virginidad con un tipo más grande, pero que lejos de gustarle el tipo la lastimó y no duró ni 5 minutos, luego conoció a otro chavo con el que tuvo relaciones de manera satisfactoria pero no magnifica y que llevaba bastante sin sexo.

    En ese momento dejé de verla como a mi hermanita y la empecé a ver como lo que era, una mujer, con busto grande cintura regular caderas anchas y nalgas paradas, piernas bien torneadas (medidas 98—69—102) ella usaba ropa ajustada, por lo que se veía buenísima.

    Después de una larga plática de sexo nos fuimos a dormir, al llegar al dormitorio, nos empezamos a desnudar, solo que yo después de tan menuda conversación traía mi aparato en todo su esplendor, y al observarla totalmente desnuda no sé como pero más dura se me puso, sentía que iba a explotar de lo dura que estaba, ella al verme desnudo comentó:

    —Caray primo nunca había visto un palo tan grande como el tuyo, y además tan duro.

    Este comentario me ruborizó completamente, a lo que solo puede reaccionar tapándome y acostándome a dormir, después de un rato al no poder dormir ninguno de los dos por el calor que hacía no destapamos y al ver que aún la tenía paradita me dijo:

    —Mira nada más que tu amiguito sigue despierto.

    —Es que se despertó al ver lo buena que estas prima.

    —Pero primo, aunque te confieso que también me excité al verte desnudo, recuerda que casi somos hermanos.

    —Si tienes razón, por eso estoy tan apenado, pero es que no se quiere bajar.

    —Bueno primo ya pensemos en otra cosa ¿ok?

    —Ok

    Guardamos silencio un rato y cuando la creí dormida me empecé a masturbar, pero cual va siendo mi sorpresa que realmente estaba despierta, y dijo:

    —Mira nada más a lo que llegas, con una mujer caliente a tu lado y tu jalándotela.

    —Es que si no se baja.

    Y sin decir más la tomó ente sus manos y la empezó a chupar, a lamer lenta y pausadamente haciéndome gritar de placer hasta que casi me vine. Cuando sintió que iba a terminar la apretó con todas sus fuerzas para evitar mi eyaculación, yo le agradecí esa mamada chupándole, lamiéndole y succionando sus pezones, su clítoris, su pubis totalmente rapado, hasta que se vino.

    Acto seguido comencé a chupar su ano mientras le metía dos dedos, hasta que ya no pudo más y me obligó a que la penetrara. Debo decir que es la vagina más húmeda y caliente que haya probado, probamos varias posturas, pero la mejor fue cuando puso sus piernas en mis hombros, fue la penetración más profunda que haya probado, hasta que terminé dentro de ella.

    Ella estaba afónica de tanto grito, pero no me importó pues al ver que seguía parada me cambié el condón y se la metí por el culo, me fascina el sexo anal y mi prima que ya no era virgen del culo, se movía como poseída, hasta que nos vinimos juntos.

    Por la mañana me despertó una rica sensación, me la estaba mamando hasta que me vine en su boca, y ya en este camino, lo hicimos nuevamente durante un rato, después de comer, y la siguiente noche y así durante 5 días hasta que ya rosados los dos, cansados y sin fuerza hicimos una tregua de 3 días para descansar.

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  • Trío con dos chicas en la calle

    Trío con dos chicas en la calle

    En plena calle dos chicas se reían. Yo estaba trabajando y en un descanso pasé por allí y las vi. Se rieron al verme, avergonzadas. Me acerqué a ellas. Les dije: “hola”. Me dijeron: “te hemos visto y estábamos pensando que estás muy bueno”. Una de ellas, colorada y riéndose casi a carcajadas, bajaba la cabeza.

    Y me acerqué un poquito más. Sin decir nada más metí mi mano por la parte delantera del pantalón de ella, sin desabrocharle el botón. Buscando su gruta, me topé con su braga. Metí mi mano debajo de su braga y acaricié su felpudo, de pelo duro y suave. Mientras ella ya no estaba colorada. Me miraba. Y la miraba. Alcancé su vulva y comencé a meter mis dedos, notando ya su humedad.

    En plena calle, frente al teatro en el que trabajaban, bajé sus jeans y sus bragas. Yo me bajé los pantalones. No llevaba calzoncillos esta vez. La otra miraba, hasta que empezó a participar acariciándome mis pelotas suavemente.

    A la otra chica la di la vuelta, para colocarla de espaldas a mí. Estaba erecto. Ella jadeaba, ansiosa de excitación. Quería penetrarla con mi dura, larga y gruesa y venosa verga. Se inclinó hacia adelante apoyando sus manos en la valla del edificio. Entré por su coño, ya húmedo. Y emitió un leve quejido de puro placer. Se dejaba llevar. Tenía el coño dilatado y mojado.

    Mi verga, pese a ser gruesa, se deslizaba dentro. Notaba como sus nalgas se separaban cuando la penetraba. Y se volvían a juntar cuando salía del todo. La otra chica, agachada, me besaba y me comía las pelotas, mientras con una mano me las acariciaba. Estaba en el súmmum del placer con ellas. No aguantaba más y me iba a correr.

    Salí de la chica y se agachó poniéndose al lado de la otra. Sacaban la lengua, como dos pajarillos el pico de su nido, para recibir el alimento. Me corrí. Solté un gemido casi involuntario. Y eyaculé cuatro o cinco potentes chorros de semen repartidos entre sus dos caras. Parte del semen salió por encima de sus cabezas. Me fijé que más allá había una furgoneta aparcada. Y una mujer hablando por teléfono mientras miraba la escena. Me subí los pantalones y besé a mis dos chicas, sonriendo. Me despedí de ellas.

    Cuando pasé al lado de la furgoneta noté que la señora que estaba al volante, colorada, había estado masturbándose mientras nos observaba.

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  • Por fin solos (2 – final)

    Por fin solos (2 – final)

    “Por fin solos (1)”

    Raúl se despertó con los rayos del sol sobre su cara. Eso significaba que era fin de semana, ya que no había sonado el despertador. Se dio cuenta de que estaba en la cama de Sara, y recordó lo ocurrido: por fin tenían la casa para ellos solos, y tenían todo el fin de semana para dar rienda suelta a su pasión.

    Al estirarse se sintió descansado; había dormido bastantes horas tras todo el “ejercicio” realizado el día anterior. Se vistió y fue a ver qué estaba haciendo su hermana. La encontró en la cocina, fregando los platos… completamente desnuda.

    “Ah, pero… ¿decías en serio lo de que no te vas a vestir en todo el fin de semana?”

    “Buenos días, cari”, respondió Sara. “Ya hace calor, y así estoy más cómoda, así que ¿por qué no?”, dijo con una sonrisa de oreja a oreja.

    Encantado con la idea, Raúl la abrazó por detrás, hundiendo su cara en el pelo de su chica y oliendo su dulce aroma. Sara tenía una melena de pelo largo y liso, de color castaño. Junto con sus pechos, era lo que más le gustaba a Raúl de ese cuerpo.

    “Uno rápido?”, dijo él.

    “No, Raúl, hay que hacer cosas, tenemos que estudiar…”

    Raúl obedeció a regañadientes. Mientras estudiaba, a veces la veía pasar por el pasillo, y era una auténtica tortura. Tenía impulsos de abalanzarse sobre su cuerpo a cada momento. Pero tampoco le quiso pedir que se pusiera la ropa, porque era una gozada para la vista. Haciendo uso de su fuerza de voluntad, estuvieron estudiando casi toda la mañana.

    Después de unas horas a Raúl le rugían las tripas. Se levantó para preguntarle a su hermana qué iba a preparar para comer. Cuando entró en su habitación vio que estaba en el ordenador, chateando. Casualmente en ese momento alguien le abrió una conversación privada a Sara. Por sus palabras parecía el típico hombre solitario buscando ponerse cachondo con alguna chiquilla del chat. Sara lo iba a cerrar, pero Raúl le dijo que no lo hiciera, que le diera bola.

    Al principio Sara no estaba por la labor, pero poco a poco le empezaba a divertir. Como de costumbre, el desconocido le preguntó qué llevaba puesto, a lo que Sara contestó que “nada”. Él dijo que no se lo creía y le pidió que lo demostrara.

    Raúl, que leía la conversación con atención, dijo medio riéndose, “Venga, ponle la webcam…”

    “¿Estás loco? ¿No te importa que me vea así?”

    “Si es un desconocido no. Total, no te va a tocar”, respondió Raúl.

    A Sara le excitaba la idea, pero no podía evitar tener miedo. “¿Y si da la casualidad de que es alguien conocido?”

    “Pues baja la cámara y ya está”, dijo Raúl, ya con un generoso bulto en sus pantalones.

    “Ya pero… ¿y si reconocen la habitación?”

    “No digas tonterías, peque. ¿Qué probabilidad hay de que esta persona te conozca?”

    Sara dudó unos instantes, pero se armó de valor. Inclinó la cámara hacia abajo, viendo en la pantalla cómo solo se la veía de cuello para abajo. Finalmente la activó. Su corazón latía a mil pulsaciones por minuto… era cierto que nadie la iba a reconocer, pero el caso es que la imagen de su torso desnudo estaba siendo mostrada ahí fuera. Pocas personas habían tenido la ocasión de contemplar eso.

    El hombre al otro lado de la conexión le dio las gracias efusivamente, y le dijo que estaba buenísima. Con todo lujo de detalles explicaba lo caliente que estaba y cómo se estaba masturbando mirando su cuerpo. Sara no podía sentirse más sucia. Ese cuerpo que siempre tapaba con pudor, lo estaba exhibiendo a alguien así porque sí, para complacerle, sin recibir nada a cambio. Pero no le disgustaba ni mucho menos. Le encantaba gustar y excitar a los hombres, y siendo un desconocido, no pasaba nada. A él le gustaba su cuerpo, y a ella sentirse atractiva… ¿qué problema había?

    Raúl tenía la polla realmente dura de estar presenciando todo esto. Exhibir a su chica a un desconocido le ponía, no sabía bien porqué pero le ponía. Harto de la incomodidad se desabrochó los pantalones y se la sacó, y empezó a masturbarse.

    Con su rabo tan cerca de la cara de Sara, tenía impulsos de ponérsela en su boquita, y además ya se estaba cansando del tío salido del messenger, así que directamente se la puso en los labios a Sara. Esta nunca hacía ascos a la polla de Raúl, así que se metió el glande en la boca y empezó a chupetearlo y saborearlo.

    El hombre del messenger se desconectó en cuanto vio que la chica no estaba sola, y los hermanos rieron. Había sido divertido jugar con él a eso, aunque ahora su mente estaba en otro sitio. Sara estaba empezando a afanarse en la mamada, ya metiéndosela casi entera en la boca, y masturbándole con una de sus manos.

    Raúl contemplaba el espectáculo desde arriba. Las sensaciones iban llegando. Sara cada día mamaba mejor… se le estaba poniendo la carne de gallina del gusto y de ver a una tía tan buena ahí abajo, sometida y demostrando lo guarra que era.

    Después pasaron a la cama. Raúl se tumbó boca arriba, en una posición cómoda. Sara estaba de rodillas en el suelo, de forma que su cabeza quedaba a la altura perfecta. Movía la cabeza arriba y abajo afanosamente, cerrando bien los carrillos contra la polla de su hermano, sintiendo perfectamente su forma, y asegurándose bien de que él sentía también su boca húmeda y caliente.

    Raúl le guiaba la cabeza con las manos, aunque no hacía falta con una experta como Sara. Lo de ir desnuda por la casa, además de ser un espectáculo visual, era genial para el sexo: tenía disponibles todos los agujeros de su hermanita en todo momento, sin tapujos ni ataduras.

    A Sara le apetecía seguir chupando esa deliciosa polla, pero su sexo necesitaba estimulación. Se la sacó de la boca, dejando varios hilillos de saliva entre sus labios y el glande, y se subió encima de Raúl. Puso su pubis encima del pene de éste, y lo cogió para guiarlo mejor, tras lo cual se sentó encima, introduciéndosela hasta el fondo. El placer y la excitación le nublaron la mente durante unos segundos, y los pezones se le pusieron aún más duros. Cuando se recuperó de esa primera oleada de placer, empezó a subir y bajar su cuerpo, notando las sensaciones en su interior, y sabiendo las sensaciones que le provocaba a su amado hermano.

    Ambos se sentían en el cielo. Raúl elevó sus manos para posarlas sobre las tetas de Sara, que se inclinó hacia delante para que con el peso de su cuerpo, sus tetas se apretaran más contra esas manos. Después de un rato así, se inclinó aún más para poder besar a su chico. Además, así notaba más fricción en el clítoris, lo cual le estaba haciendo enloquecer.

    En la habitación sólo se oía la respiración de ambos junto con el chapoteo producido por el abundante flujo de Sara. A ratos ella expresaba su placer con palabras, “Siiiii, te quiero, cariño, fóllame, me encanta…”.

    Más tarde, Sara se sorprendió al notar el dedo húmedo de Raúl hurgando ahí detrás. Al principio sólo jugaba en círculos en su esfínter, pero después, sin duda, estaba intentando metérselo. Nunca había entrado nada en ese agujero, pero no le desagradaba la idea. Por alguna razón, cuando estaba excitada, notaba su ano como relajado, abierto, deseoso. El caso es que cuando se quiso dar cuenta tenía parte del dedo índice de su hermano ahí dentro, produciéndole una sensación extraña, incómoda pero bastante placentera.

    Para cuando llegaron al orgasmo, Sara se dio cuenta de que se había dejado meter el dedo casi entero. Incluso en el momento de correrse, su ano como que absorbía inconscientemente ese dedo. Cuando el placer empezó a abandonar su cuerpo sintió algo de dolor… el placer debía haber nublado algo sus sentidos, de forma que unos minutos antes no le molestaba ese dedo, pero ahora sí. Se incorporó, liberando sus agujeros de la polla y del dedo de su hermano, y se tumbó a su lado.

    Tras unos minutos descansando, se levantaron para ir a comer ya que se morían de hambre. Después de comer se quedaron dormidos en el sofá viendo una mala película de sobremesa.

    Durante la tarde Sara consiguió a duras penas mantener a Raúl alejado de ella. Si hubiera sido por él no habrían salido de la cama en todo el día. Pero conseguía convencerle diciéndole que cuanto más se aguantara, más le iba a gustar después. A ambos les llamaron varias veces sus amigos para quedar para la noche, y cuando les decían que no, que se iban a quedar a estudiar, no se lo creían. Pero ambos estaban encantados de quedarse en casa.

    Sara decidió pedir una pizza para cenar, ya que Raúl nunca cocinaba y a ella no le apetecía en ese momento. Se sentaron a ver la televisión en el salón mientras llegaba su pedido. Sara estaba tumbada boca arriba en el sofá y él encima de ella de espaldas. Como de costumbre, empezaron a hacer manitas y a robarse tocamientos aquí y allá.

    Entre unas cosas y otras, los hermanos se estaban poniendo bastante calientes. Habían aguantado toda la tarde sin follar, y dado el ritmo que llevaban, eso era mucho tiempo. Sara se estaba dando el gustazo acariciando el pecho y los abdominales de Raúl por encima de su camiseta. Después se la subió y siguió haciendo lo mismo, esta vez notando su piel caliente. Le hechizaba ese cuerpo. Raúl no estaba muy cachas pero sí bastante en forma, y no tenía una gota de grasa.

    Entonces, sin avisar, acopló su boca a la de su hermano, lascivamente, dándole un delicioso beso francés. Raúl acariciaba y se deleitaba con las piernas desnudas de Sara. Después cogió una de ellas y empezó a lamerla de abajo arriba, una y otra vez, apreciando su suavidad. Jugaba con su lengua en el hueco detrás de las rodillas, lo que producía en su hermana un cosquilleo muy agradable.

    Sara terminó de quitarle la camiseta. Luego se inclinó para tener más fácil acceso al paquete de Raúl, que ya marcaba un gran bulto en sus pantalones. Entonces notó los fuertes brazos de Raúl llevando su cuerpo en esa dirección, de forma que quedaron en posición de 69. Sara se afanó en desabrocharle los pantalones hasta que por fin apareció la polla semierecta que tanto deseaba. Se la metió entera en la boca sin dudarlo, notando como seguía creciendo ahí dentro.

    Por su parte Raúl lo tenía más fácil, pues tenía ya el chocho desnudo de su hermanita delante de su cara. Puso las manos sobre las deliciosas nalgas de Sara atrayéndola hacia él y empezó a chupar, directamente sobre los labios vaginales y el clítoris, sin preliminares.

    Sara chupaba enérgicamente, mientras con sus manos terminaba de quitarle los pantalones. La mamada de uno iba excitando cada vez más al otro, lo cual le hacía chupar al otro con más intensidad, y así sucesivamente.

    Entonces sonó el portero automático. Estaban tan metidos en faena que se habían olvidado de la pizza que habían pedido. Pensaron en no abrir… pero iban a necesitar reponer energías tras el polvazo que se avecinaba, así que tenían que recoger la pizza. Sara se levantó, se dirigió al telefonillo y pulsó el botón.

    Mientras, Raúl había pasado por la habitación de Sara para coger algo de ropa para que ella recibiera al repartidor. Se lo tendió a Sara y le dijo, “Toma, ponte esto”.

    “Sí hombre, ¿y por qué no abres tu?”

    Raúl bajó la mirada y se miró la entrepierna. Su tranca estaba todavía totalmente erecta. “Lo haría, pero no puedo ni ponerme los pantalones”

    Sara accedió. Cogió la camiseta y los pantalones y se los puso lo más rápido que pudo. Entonces se dio cuenta que era una camiseta ajustada, de las que llevaba cuando salía de fiesta. Si normalmente ya marcaba pecho con ella, esta vez, con lo excitada que estaba, y sin sujetador, los pezones parecía que iban a perforar la tela.

    “Pero tío, ¿tu estás loco?”

    “Bien que te gusta llevarla los sábados por la noche, cabrona”, respondió Raúl con una sonrisa, justo en el momento en el que sonaba el timbre.

    Ya no le daba tiempo a cambiarse otra vez, así que Sara se dirigió a la entrada, no sin antes echarle una mirada lapidaria a Raúl. Él sin embargo sonreía, orgulloso de lo bien que le quedaban las camisetas a su novia.

    Sara abrió la puerta. El repartidor era joven, alto y bastante delgado. Se quedó un momento parado sin decir nada, aunque después le entregó la pizza y le cobró el dinero, mirando bastante descaradamente las tetas de Sara. Finalmente se fue, con una sonrisilla en su rostro.

    Sara volvió junto a su hermano, totalmente colorada. Dejó la pizza en la mesa para más tarde.

    “Tío, qué vergüenza he pasado. No me quitaba el ojo de encima”

    “Es normal con lo buena que estás”, respondió el, acercándose de nuevo y acariciándola el pecho por encima de la ropa.

    Cuando empezó a sentir el calor de esas manos en su pecho, a Sara se le fue pasando el enfado. La escenita le había calentado más de lo que aún estaba. Raúl rozaba las ásperas palmas de sus manos contra sus pezones que estaban hiper sensibles. Después incluso empezó a pellizcarlos y retorcerlos. A Sara le temblaban las piernas. Se arrodilló ante su hermano, evitando así caerse, quedándole su polla grande y lustrosa delante de la cara. Instintivamente se la llevó a la boca y empezó a darle placer a su hermano con ella.

    Él mientras tanto se agachó y tiró hacia arriba de la camiseta de ella. Después le puso las manos en la cabeza y empezó a mover el pubis adelante y atrás, penetrando más profundamente la boca y la garganta de Sara. Le llegaba tan adentro que a veces ella se la tenía que sacar de la boca para poder respirar. En ese caso levantaba la polla con una mano y se ponía a besarle y lamerle los testículos, y a metérselos en la boca alternativamente.

    Raúl estaba embelesado. Su hermana estaba en celo, encendida… daba la impresión de que no quería darle placer a él, sino que lo único que quería era su ración de leche, y se estaba dedicando a exprimirle afanosamente ahí abajo para extraerla lo antes posible. Y probablemente no le faltaba razón.

    Sara ya se había desnudado de cintura para abajo ayudándose de su otra mano, y se estaba masturbando frenéticamente. Entonces, por fin, Raúl empezó a eyacular abundantemente en la boca de Sara, quien emitió un ahogado “mmmm” según recibía el semen en su boquita. Raúl notó como se lo iba tragando, y cómo le apretaba la polla con la boca y la mano como tratando de exprimírsela aún más.

    Parecía que ella no se había corrido aún, ya que seguía frotándose la vulva y el clítoris con sus dedos. Por ello seguía amorrada a la polla de Raúl, como queriendo seguir excitada para poder llegar al orgasmo. Para alivio de él, al rato Sara fue relajándose y masturbándose cada vez más suavemente, señal de que ya se había desahogado. Finalmente se tumbó de espaldas en el suelo. Su pecho subía y bajaba al ritmo de su respiración agitada.

    Raúl se encargó de traer unos platos y servilletas y ambos se comieron la pizza en el salón. La devoraron en pocos minutos, del hambre que tenían. Sara le comentó a su hermano que si seguían así dejaría el gimnasio, porque ya bastante ejercicio estaban haciendo.

    Esa noche también vieron juntos una buena película. Sara se sentía simplemente feliz. Sin embargo, eso mismo le producía preocupación. No quería que nada se interpusiera en su relación. Y no quería que ese fin de semana acabara.

    No le hizo falta decir nada para que Raúl notara su preocupación. Se conocían bien y estaban muy compenetrados. Así que se interesó por ella:

    “¿Qué te pasa cariño?”

    Sara tardó en responder, como si le costara hablar, “¿Por qué no puede ser así siempre?”

    “¿A qué te refieres?”, contestó él.

    “¿Por qué tiene que ser todo tan difícil? Las clases, la gente… no sé… todo. Quisiera estar siempre como ahora, juntos tú y yo…”, respondió Sara.

    “Joder peque, no te pongas metafísica ahora… Mira, yo no pienso en esas cosas, simplemente disfruta el momento y ya está. ¿Te lo estás pasando bien? Pues eso ya no te lo quita nadie”

    Sara insistía, “Ya, pero…”, y entonces notó cómo su hermano la callaba con un beso. Luego volvía a intentar hablar y cada vez que lo hacía recibía otro dulce beso en los labios.

    Al final se rindió y se dio cuenta de que él tenía razón. Raúl siempre conseguía tranquilizarla y hacerle olvidar sus neuras. Hablaba con tanto aplomo y seguridad que a veces le hacía sentir como una niña tonta. Y eso le encantaba. Se sentía totalmente segura en los brazos de un hombre así.

    Finalmente se acurrucó contra el cuerpo de Raúl e intentó dormir. Tenían que reponer fuerzas para un nuevo día de sexo filial.

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