Blog

  • Embarazoso fin de semana en Cuernavaca con Denisse

    Embarazoso fin de semana en Cuernavaca con Denisse

    El fin de semana iba a ser largo, ya que por ser día festivo el lunes tendríamos tres días y ya había planeado quedarme en el departamento el fin de semana junto con mi novia Denisse. Planeamos que ella dijera a sus padres que se quedaría en casa de una amiga, para poder quedarse el fin de semana largo en mi departamento. Ya había seleccionado un pack de películas eróticas y ropa sexy para que mi novia la usara en el departamento mientras veíamos películas y todo el día cogiendo.

    Cuando ella me dijo que su prima nos había invitado a su casa que recién había adquirido en la ciudad de la eterna primavera, Cuernavaca. Sentí que mis planes de tres días disfrutando del blanco y bello cuerpo de mi pelirroja novia no iban a ser posibles. Mi frustración de no tener a mi hembra como quería se veía en mi actitud, pero no quería contradecir los planes de la familia de mi chica, por lo que de la mejor forma decidí acompañar a mi novia a Cuernavaca.

    Saldríamos de la rutina de la ciudad en familia con los primos de mi novia. Llamaré Aníbal al primo, Marisol a la prima y Juan al esposo de ella.

    Aun me pesaba pensar que no íbamos a poder coger como quisiéramos ya que se supone que solo éramos novios de manita sudada y su familia es muy conservadora. Mi novia era una chica muy apegada a su familia de muy buenas costumbres y un poco rebelde, típico de la edad, pero ella y yo habíamos encontrado esa estabilidad emocional y nos cuidábamos mucho en todos los aspectos, aunque éramos muy calientes y siempre buscábamos la forma de excitarnos y coger.

    Habían planeado salir desde muy temprano para aprovechar el día en Cuernavaca, aunque no está muy retirado de la CDMX, por ser fin de semana feriado la salida de la ciudad es un poco complicada porque todo mundo quiere salir de la gran ciudad en puente.

    Yo vivía cerca del centro de la ciudad y los tíos de mi chica vivían pegados a la avenida de Tlalpan que es la salida a Cuernavaca, por lo que plantearon que esa noche me quedara en casa de los tíos de mi joven novia y al otro día embarcarnos rumbo a Cuernavaca en el auto de Juan. Era viernes y todo el día estuve bien caliente, como les había contado anteriormente mi plan de fin de semana sexoso se había frustrado ya que esa tarde planeaba iniciar desde viernes en la noche mi novia y yo en mi departamento para desquitar que no íbamos a poder coger como quisiéramos en ese viaje.

    Pero resulta que argumentaron que necesitamos irnos muy temprano para no complicarnos en la carretera, acepté la propuesta y ella entendió mi decepción al ver mi desanimo en la cara, ella entendió mi frustración y me dice que no me sienta mal, que ella también tenía ganas de que le metiera la verga esa tarde y el fin de semana, pero que también quería ir a conocer la casa de su prima, que ya veríamos como le haríamos para poder rienda suelta a nuestra calentura.

    Ya en casa de los tíos de mi güerita pecosa, de donde saldríamos muy temprano del siguiente día, tuvimos una tarde de platicar con su familia y llegada la noche, yo me sentía un poco incómodo pensaba en cómo desquitar las ganas inmensas de cogerme a mi pecosita.

    Estaba complicado, esa noche la casa de los tíos estaba a full ya que no era muy grande y aparte estaban los 3 hijos de los tíos, dos varones y una chica, la que estaba casada y dueña de la casa que iríamos a visitar ese fin de semana.

    No había muchas opciones para dormir ese día, pero argumentando que sería solo esa noche la que pasaremos una “mala noche amontonados” nos dijeron que podíamos acostarnos con Aníbal el primo menor de mi novia y que ocupáramos la cama de los tíos que era la más amplia de la casa y dormiríamos muy bien los tres, Aníbal aunque era más o menos de la edad de mi novia. Resignado a que no podría coger con mi güerita, opte por tomar mi lugar de la cama, ella también estaría a mi lado ya que no había más camas disponibles y Aníbal en la misma cama al fondo de su cama pegado a la pared.

    No sé qué hora era pero me sentía incómodo quizá porque no era mi cama y aparte de que nos quedamos con ropa puesta con la idea de levantarnos lo más temprano e irnos rápidamente sin pérdida de tiempo. Ese malestar posiblemente también era alimentado por mis grandes ganas de cogerme sin parar a mi güerita, sin miramientos ni límites de tiempo y ese viaje improvisado me iba a dejar con las ganas, mi verga estaba bien parada, la ropa me molestaba por contener mi falo duro aprisionado, me era incomodo tener la verga dura y bien erecta, medio dormido deje libre al prisionero, lo tenía fuera de mis ropas pero tapándonos con las cobijas.

    La calentura sexual no me dejaba dormir, estaba incómodo y más teniendo a mi güerita pelirroja y cachonda junto a mi. Esa noche que yo había planeado cogérmela y desquitar mi ímpetu llenando su rica y rosa panocha de mi flema caliente. El motivo de mi calentura estaba acostada a mi lado, sin embargo no estábamos solos ni en la cama ni en la casa por lo que no veía la forma de desquitar mi ímpetu.

    No sabía la hora de ese momento, pero por el silencio y la obscuridad de la habitación yo creo que serían las 3 de la mañana, ella aún estaba dormida cuando sintió los embates de mi chorizo picante sobre su cuerpo, ella medio abrió sus ojos y sonriendo pícaramente toco la punta de mi verga y sintió que ya la tenía fuera del pantalón, bien caliente, parada y babeando por ella, con la yema de sus dedos acarició el glande y embarro con su dedo pulgar la humedad que producía mi miembro, tratando de ser lo más discreta porque al lado de ella estaba su primo.

    Denisse: “Que rica se siente tu verga… me la das…” susurró muy suavemente y casi gimiendo a mi oído, tomando mi falo y masturbándome suavemente, mordiéndose los labios para no gemir.

    Yo: “Es toda tuya” le dije en voz baja, acomodando mis ropas para que tuviera libre acceso a mi verga.

    La bese con pasión y lujuria mientras en el silencio del cuarto, escuchábamos que su primo roncaba ligeramente dándonos la confianza de que podía meter mano entre las ropas de mi hermosa güerita. Esa noche ambos teníamos puestos ropa deportiva lo que permitía meter mi mano hasta llegar a su ardiente y ya húmeda panocha, el cual sentí su vello púbico, mientras mi mano reptó lenta suavemente hasta atravesar esa selva capilar y llegar hasta su botón del placer. Sentí la humedad de sus labios los cuales ya estaban manando líquido como siempre que la excitaba, se humedece inmediatamente. Metí mi dedo medio en su ardiente y húmeda gruta, jugando con dos de mis dedos en su interior recorriendo esa gruta ardiente, entrando y saliendo sin ser brusco moviendo mis dedos hurgando el interior de la panocha de mi hembra, mientras ella se mordía los labios al sentir mis movimientos interiores en su gruta para acallar sus gemidos. Acercando su cara a mi oído me decía:

    Denisse: “ahhh, ayy papi que rico…” en un murmullo casi imperceptible

    Yo: “Desde la mañana… me tienes así…”

    Las palabras salían sobrando por la situación, pero sabía que ella lo deseaba tanto como yo e interpretaba sus gritos silenciados, ella quería verga como siempre decía “lo que quiero y necesito es tu verga dentro de mí”, como si nos comunicamos por telepatía solo nos besamos con pasión. Cuidándonos de no alertar al primo que dormía en la misma cama, nuestras manos actuaban acariciándonos, mientras yo recorría sus caderas y masturbaba su ya húmeda panocha, ella hacía lo propio con mi pene, el cual lo acariciaba con maestría, sabía cómo manejarla para provocar una caricia de placer, sentía como su pulgar acariciaba la cabeza de mi verga que ya brotaba de la uretra aquel liquido preseminal, ella de vez en cuando se llevaba los dedos a la boca, por lo incomodo de la posición pareciera que el juego era tratar excitarnos sin casi moverse ni hacer ruido y perdía aquel que causara que nos cacharan en aquel excitante y voyerista juego sexual.

    Trataba de mover muy suavemente mi pelvis mientras ella me masturbaba mi falo. Mientras yo acariciaba su panocha y su cadera recorriendo mi mano por debajo de sus ropas, en aquella incómoda posición tenía que alternar si acariciaba su panocha o subía hasta sus tetas, las cuales también le agradaban que se las acaricia, en especial que le oprimiera los pezones le ponía más caliente, levantando su blusa con la que dormía, hasta arriba del pecho, para poder meterme lentamente mi cabeza bajo la sábana con la que nos tapamos para mamar como recién nacido de ese par de tetas, que aunque no eran grandes, si eran de un tamaño más que suficiente para ser excitantes para mi. Ese era un punto muy sensible en ella, se las mamaba intensamente hasta dejarlas rojas, su pezón era totalmente rosa y al manipularlo con mis labios y boca y causar el vacío sobre sus pezones, se ponían duros y llenos de sangre tornándose de un tono rosa rojizo, aunque en la obscuridad de la noche y bajo las sábanas no podía ver esos tonos ya sabía lo que le sucedía cada vez que se los chupaba con tal intensidad.

    Sentía su respiración agitada mientras ella acariciaba mi cabeza como si se tratara de un bebe al que estuviera alimentando de su blanco seno. Mi lengua serpenteaba de arriba para abajo jugando con aquel puntiagudo pezón, ya no aguantábamos más la situación, la situación era más que ardiente y el deseo que sentía no daba cabida a dejar mi leche en las sabanas de la cama de los tíos de mi novia, necesitaba más que eso.

    Ya no podemos seguir solo calentando el agua y no meternos a bañar, con los sentidos al máximo nos cercioramos de que no despertara alguien y que el primo siguiera dormido, procedí a dar el siguiente paso que nos dejará satisfechos a ambos.

    Con mis manos le fui colocando como quería, ella “entendió” lo que íbamos a hacer así que se acomodó dando la espalda hacia mi. Esta maniobra la hicimos lentamente para no despertar al primo que estaba a nuestro lado, nos quedamos inmóviles un rato para no ser obvios y una vez que no vimos que hubiera reacción de parte del primo, yo la tome de sus caderas y le acariciaba para que no bajará nuestra calentura, pero era más que obvio que la adrenalina de ese acto tan atrevido nos hizo perder la razón como tantas veces lo habíamos hecho, no nos importaba el lugar, así que lentamente y con ayuda de ella le baje el pantalón deportivo, el cual al ser de resorte en la cintura no fue tan complicado que mientras ella me daba la espalda y con su blanca y pecosa colita apuntando hacia mi verga y con el culo descubierto de sus ropas, en esa posición de cucharita y con mi verga de fuera, se la fui clavando lentamente para no delatarnos con nuestros movimientos. Que rica sensación con la adrenalina al máximo, me estaba cogiendo a mi novia con el primo a un lado en la casa y la cama de los tíos de ella.

    Era un poco complicado realizar movimientos en esa posición, pero lo que más lo complicaba era no ser bruscos, ya que podíamos despertar al primo, el cual parecía que no se daba cuenta de que me estaba cogiendo frente a sus narices a su hermosa y caliente prima.

    La mano que podía mover la dedicaba para pasarla por la boca de ella, la cual chupaba mis dedos como si fuera una verga y ya húmedos mis dedos con su saliva los dirigía a sus pezones para que explotara en sensaciones ricas, ya que estaba atacando sus puntos más sensibles, sus pezones y su panocha.

    Sabía que eso le estaba gustando al igual que a mi, yo estaba en la gloria, estaba parchándome a mi putita rica, después que el día anterior no habíamos podido coger y que pensaba que íbamos a tener un fin de semana sin coger, con esa acción me estaba dando por servido (al menos por ese día que íbamos a iniciar).

    No recuerdo cuanto tiempo llevábamos tal vez por ser un acto tan excitante y furtivo, lo vivimos como si fuera una eternidad, pero yo creo que fue uno de esos rapidines de los cuales te saben a gloria y los disfrutas como si fuera toda la noche. La verdad es que no podíamos tardar mucho tiempo o el primo se podría dar cuenta. De algo si estoy seguro, eso fue como si hubiéramos cogido toda la noche. Los sentidos estaban al máximo, vista, olfato, oído, tacto, y gusto, captando todo para evitar ser cachados infraganti, lo cual fue la mayor sensación que puede uno tener.

    Ella solo apretaba mi verga sin muchos movimientos, a veces presionaba su cola hacia mi pelvis y yo la movía un poco tomada de su ancha cadera, ella se ponía más en ángulo para sentir más profundo mi verga, mientras yo movía mi verga hacia adentro y fuera de su vagina, lentamente, su humedad era excesiva, ella siempre se mojaba riquísimo y mis fluidos preseminales hacían un mar de esa rica cola. Se me antojaba metérsela por el culo, pero la verdad es que no era el momento, ella solo echaba una mano hacia atrás para tomar mi cadera como para indicarme los movimientos y frenarme en caso de ver algo extraño. Con su otra mano amasaba sus senos y pellizcaba sus pezones. Cuando me emocionaba o agarraba velocidad en la cogida ella me presionaba con la mano que me sujetaba.

    La sensación de sentir cada milímetro de su húmeda panocha, el rose de sus paredes con mi miembro cada que entraba y salía de esas paredes fue sensacional, muy rico la fricción de su panocha succionando mi verga lentamente fue maravillosa, bastaron unos cuantos movimientos más y con las ganas que teníamos esa noche, hicieron que mi venida fuera de las mejore que había experimentado en la vida, mi venida fue inminente, en silencio tuvimos ese espasmo. Yo solo la jale hacia mi como si no quisiera nunca separar mi piel morena de su piel blanca, sujetándola firmemente de sus caderas, los dos apretamos nuestras manos sobre el cuerpo contrario, ella apretó sus piernas haciendo que su panocha aprisionaba mi pene mientras los chorros de esperma salían en el interior de la panocha inundada y ardiente de mi ardiente güerita. En esa salida de leche que duró unos segundos, sentimos el placer que necesitábamos para poder dormir como bebés…

    Vacié toda mi calentura contenida del día dentro de ella, así permanecimos pegados durante unos pocos minutos, aunque ya había vaciado mi leche, aún me movía levemente hasta que la flacidez llegó y mi verga salió expulsada de tan rica y húmeda panocha.

    Acomodamos nuestras ropas y la abracé, durmiendo así de cucharita. Esa noche no pudo limpiar los mecos que le vacié en su interior, así que se durmió con mi leche en su interior.

    Caí rendido y satisfecho por tan rica des-lechada, la adrenalina de que lo hiciéramos en casa de sus tíos, en la cama de ellos, con él a un lado fue algo loco y calenturiento como tantas cosas que habíamos hecho.

    Muy temprano nos levantamos para irnos al viaje con los primos de ella, así que rápido salimos hacia nuestro destino. Los dos íbamos con cara de satisfacción todo el viaje, lo cual tratamos de repetir su dosis mientras estuviéramos en casa de la prima.

    A los pocos meses el resultado de ese fin de semana en Cuernavaca y en especial la noche antes de salir de viaje, había preñado a mi hermosa güerita en la cama de sus tíos… Es por eso el título de este relato el cual espero que haya sido de su agrado, para continuar con lo sucedido después de este fin de semana. Los nombres utilizados son ficticios como saben para cubrir las identidades y hechos reales.

  • La primera chica casada y me la cogí hasta por el culo

    La primera chica casada y me la cogí hasta por el culo

    Esta experiencia me sucedió cuando era aún bastante joven. Ya había follado con mujeres mucho más mayores y con mucha más experiencia que yo, pero todas ellas eran ya divorciadas; mujeres cuyas edades oscilaban entre los 33 a 45 años. La primera mujer casada que me cogí era una chica de nombre Sandra y haciendo memoria era una chica de Guatemala y tenía 25 años.

    Las cosas se dieron porque por ese tiempo, mi madre estaba involucrada con ayudar a inmigrantes centroamericanos. Muchos de ellos eran liberados de los centros de detención de migración y organizaciones como para las que mi madre cooperaba buscaban a familiares de estos migrantes o gente que deseara ayudarlos para que estos no solo pelearan sus casos afuera de estos centros, sino que también se les ayudaba a integrarse a la vida de este país. Y es como un día aparece Sandra en mi casa.

    Al principio no le puse mucha atención y a priori me parecía una chica bastante tímida y hasta podría decir bastante simple. Solo estuvo en casa unos tres días pues habían encontrado a amigos de la misma vecindad de dónde venía Sandra y le querían dar una mano. Lo único que ellos vivían en los suburbios cerca de San Francisco y mi madre me pidió si pudiera irla a dejar a este lugar en un viaje que regularmente toma 5 horas en coche desde donde vivíamos. Recuerdo que le dije que me iría el viernes después de salir de mis estudios por la tarde, que me quedaría a dormir con unos primos que viven en la misma área y que regresaría el sábado pues el domingo tenía un partido de fútbol muy importante.

    Salimos a las 3 de la tarde calculando llegar de ocho a nueve de la noche. Como dije, aquella chica esbelta no me había llamado la atención como mujer, pero esa tarde que salíamos de la casa ella se había en algo maquillado, vestía un pantalón vaquero azul de esa marca Levi y una blusa de color celeste y se había delineado sus pequeños ojos achinados y echado un rocío brillante en los labios. Hasta ese momento nunca habíamos tenido una plática prolongada, pero a ella le gustó la música que iba escuchando y es de esa manera que quebrábamos el hielo: hablando de música. Creo que las primeras dos horas fueron así y Sandra me asistía a buscar los casets para variar la música.

    Noté que mientras hablaba gesticulaba mucho y muchas veces esa mano izquierda terminaba apoyándose y tomando mi rodilla y creo que ella misma lo notó diciendo: ¡Disculpa, creo que automáticamente lo hago siempre, pues regularmente era mi marido quien manejaba para llevarme al trabajo! – Desde ese momento cambiamos la plática y supe que tenía cinco años de casada, dos hijos de cuatro y dos años y que había dejado su país hacía casi tres meses. No sé el por qué se me vino a la mente que esta chica estaba necesitada de sexo, quizá porque yo a esa edad follaba casi todo los días y cuando pasaban dos o tres días sin acción, me sentía desesperado y pasar 3 meses sin follar es un tortura. La suerte mía que siempre tenía algunas chicas a mi disposición. Fue entonces que le pregunté:

    – ¿Imagino que te hace falta tu marido?

    – ¡Pues si… es el papá de mis dos hijos!

    – ¿Nunca le has sido infiel? -Proseguí preguntando.

    – ¡Uh… me has puesto sonrojada! Físicamente no, pero con la mente creo todos los hacemos.

    Ya teníamos unas tres horas de camino y le sugerí que pasáramos a comernos una hamburguesa y aprovechábamos para hacer tiempo y no llegar a la hora pico del tráfico de la ciudad. Seguimos con la misma plática y ella la desviaba al lado de mi moneda indagando si tenía novia, que debería tener muchas chicas detrás de mi y cosas así, en otras palabras, me hacía saber que le parecía un chico atractivo. En ese momento recordé las palabras de esta mujer madura de nombre Desiree que semanas antes me había follado y que creo tenía sus 40 años. Ella me decía algo así: -Cuando una mujer te las quiera dar te las va a dar… uno sabe con quien quiere coger y con quien no. Insinúa o ve directo y si ella quiere coger contigo, va a coger contigo. – Eso se me vino a la mente y me visualicé cogiendo con la flaca Sandra y por lo que me decía que le parecía un chico guapo, pensé ponerle las cartas sobre la mesa y ver si Desiree y su dicho tenían razón. Respiré y tomando un poco de valor le hice la propuesta:

    – Sandra, tengo algo que proponerte y tienes un par de horas para pensarlo. (eso era el tiempo que nos faltaba del viaje)

    – Si… dime. ¿Cuál es tu propuesta? -decía en tono serio.

    – ¿Qué te parece si pasamos por ahí a algún lugar tranquilo y la pasamos rico un par de horas?

    – ¿Qué es un lugar tranquilo y pasarla rico?

    – Un motel es un lugar tranquilo y la podemos pasar rico. -le dije

    – No… no sé. Yo nunca he hecho una cosa así. -me dijo.

    – Ok… esta bien. Aquí nada a pasado y disculpa si te he molestado u ofendido.

    – No Tony… no hay problema. -me dijo en tono serio y pensativo.

    Había quedado seria y ya no hablaba mucho y solo se limitaba a contestar con un si o un no. Vimos las luces de la ciudad y en minutos me salía de la autopista para ojear el mapa local, pues en esos días no teníamos esos aparatos de brújulas cibernéticas, y me estacioné en una gasolinera para ver la mejor ruta. Le calculé y le hice saber a Sandra que ya estábamos cerca y que en unos 30 minutos llegaríamos. Retomamos el camino y con los minutos fue ella quien me dijo:

    – Tony, está bien vamos.

    – ¿Vamos? ¿A dónde?

    – A ese lugar donde usted me quiere llevar.

    – ¿Estás segura?

    – Si… pero prométame que de esto nadie sabrá nada.

    – ¿Quién se podría dar cuenta de algo?

    Busqué un motel, pagué por una habitación y pasamos al interior. Le dije que iría a hacerme de unos condones y ella mientras tanto se daría una ducha. Cuando regresé, se escuchaba el ruido de una secadora de cabello funcionando, le hice saber que ya estaba de regreso y se tomó unos diez minutos más. Salió retocada de su maquillaje, sus labios delgados brillaban con ese rocío incolora, su delineador acentuaba la simetría achinada de sus pequeños ojos y salió vistiendo ese pantalón jean con una camiseta diferente que le hacía ver todavía más esbelta, o quizá era el efecto de que ahora la miraba con otros ojos. Le dije que pasaría a darme un baño y ella me dijo que no lo hiciera, que quería sentir el aroma de mi sudor, pues me aseguraba que ello le atraía. Puse la cajita de 3 profilácticos en el buró de un lado de la cama y comenzamos con un primer beso el que dio paso a muchos más.

    Yo le comencé a remover la blusa mientras le besaba el cuello, y ella me asistió a removerme la camisa. Ella quedaba con un sostén blanco que acomodaba unos pechos pequeños, pero de simetría redonda. Se los removí y así parados ambos a la par de la cama se los comencé a mamar. Sandra solo me acariciaba el cabello el cual me llegaba a media espalda. Luego con los minutos la acosté en la cama y levantó sus glúteos para poderle remover su pantalón jean. Tenía un calzón blanco estilo bikini con una textura tosca en su exterior y no me aguante por quitárselo y descubrir su conchita. Así lo hice y ella volvió a levantar sus glúteos y le removí su bikini. Yo me removí el pantalón y me quedé solo en calzoncillo, también estilo bikini. Me lancé de nuevo sobre ella y volví a retomar sus tetas y a mamarlas por un buen rato. En ese momento recordaría las palabras de otra mujer madura y de experiencia: – En el sexo todo es válido a experimentar en mutuo acuerdo y hay veces que decimos a ciertas cosas NO por pena, pero todos queremos experimentar algo nuevo y que la cama no se vuelva rutinaria.

    Bajé a besar su abdomen, el cual como imaginarán era plano, típico de una chica esbelta y alargada pues Sandra bien medía un metro sesenta y cinco. Cuando descubría su conchita, miré una rajadura de buen tamaño totalmente recién depilada. A pesar de que ella era flaca, sus labios superiores se miraban más gruesos y su clítoris era una pepa de buen tamaño y expuesto. Ella creo que intuyó para donde iba y me preguntó:

    – ¿Qué quieres hacer?

    – ¡Quiero besar tu conchita!

    – No… eso no. Nunca he hecho algo así.

    – Sandra, te dije que la pasaríamos rico y si no te gusta pues me lo dices y paramos.

    No esperé por su respuesta y le puse mi lengua caliente sobre su inflamado clítoris. Solo sentí que me tomó del cabello como para halarlo y creo haber escuchado una expresión como: ¡Ay, Dios! – Mi lengua bajó a su rajadura y comencé a pasearla y se la hundía con presión a su caliente hueco que emanaba fluido vaginal. Obviamente aquello le había encantado y Sandra solo siguió gimiendo y acariciando mi cabeza que se mantenía entre medio de sus piernas. Cuando intuí que aquello lo había superado, le puse dos almohadas debajo de sus glúteos y le pedí que elevara las piernas. Creo que eso menos que se lo esperaba y me dijo:

    – Tony, me da mucha pena.

    – Recuerda lo que dijimos: la pasaremos rico y esto no lo sabrá nadie… Sandra lo que pasa aquí nadie lo tiene que saber y solo déjate llevar y si no te gusta me lo haces saber.

    Antes a que ella tomara aquella posición yo me había levantado a abrir el primer condón. Ella me vio cuando me bajé el calzoncillo mojado de mis secreciones y vio cuando me envolví la verga con el profiláctico. Sé que le gustó lo que vio, no me lo dijo, pero estaba seguro de que le había gustado el tamaño, grosor y cómo se miraba mi verga. Nuevamente me fui a succionar su conchita mientras sus glúteos reposaban sobre las almohadas y sus piernas delgadas y alargadas se elevaban hacia el cielo de la habitación. Bajé al sur de su conchita buscando su perineo y me volvió a cuestionar:

    – Por Dios Tony… ¿qué haces?

    – Disfrutar de todo tu cuerpo. – le dije.

    – ¿Con todas tus amiguitas haces esto?

    – Espera… todavía falta.

    Diciendo esto bajé de repente a su pequeño ano y se lo comencé a sobar con mi lengua. Ella solo gimió de nuevo y apenas escuché que dijo: ¡Por Dios, me vas a volver loca! – Intuyo que le habría gustado pues solo se le escuchaba jadear de excitación y ahora mi lengua recorría desde su ano a su clítoris y con los minutos supe que estaba para explotar y todos sus gemidos, la manera que comenzó a menear su pelvis me tenía también excitado. Sabía que estaba a punto de correrse y me incorporé rápidamente y le metí cada centímetro de los 23 que mide mi verga. Fue en ese momento que me dijo:

    – ¡Que enorme cosa tienes!

    – ¿Te duele?

    – No mucho, pero sí que se siente lo grande que es.

    Pensé que me iba a decir que le había dolido, pues yo sentía lo apretada que estaba su vagina, típico de una chica delgada, pues no se la metí con tacto, pues además que sabía estaba muy lubricada, por esta conchita ya han salido un par de críos y esa fue mi lógica. Comencé a darle unos buenos embates, los cuales ella respondía con un ritmo agresivo de un agitado pelvis y a pesar de que tenía uno de esos condones gruesos que todavía tiene como bolitas en toda su superficie para supuestamente darle más estímulo a una vagina y en un ángulo satisfactorio para una profunda penetración pues Sandra seguía con dos almohadas debajo de sus glúteos, ella me lo pedía de la siguiente manera: Dame así… más, no pares… dame que me vengo. – Finalmente explotó con gemidos que le hacían fruncir los labios y cerrar los ojos y le taladré su conchita por varios minutos más y me corrí y llené el primer condón con la primera corrida que regularmente es la más potente.

    Ella salió cubierta por una toalla a limpiarse de nuevo al baño y luego yo la seguí y, en esta ocasión me metí a la regadera a darme una ducha. Realmente no sé hasta el momento el por qué hay muchas chicas que después de estar cogiendo con ellas, se cubren como si nunca se hubieran desnudado. Nos encontramos de nuevo en la cama y en esta ocasión hacíamos plática y nos envolvimos en una sábana. Estábamos recostados de lado y Sandra estaba por delante y con mi pene flácido en el momento podía sentir esos dos glúteos solidos de una chica flaca, pero, aunque era una mujer delgada tenía unas bonitas curvas y obviamente desnuda esas curvas se miran mejor. Creo que ella sintió como mi verga tomaba volumen entre sus nalgas y ella se acomodó para sentirla mejor y me dijo:

    – ¿Estás con ganas de nuevo?

    – ¡Tu trasero me ha excitado!

    – Tony, ¿te fuiste rico?

    – ¡Delicioso… súper rico! ¿Y tú?

    – ¡Uf! Me hiciste ver lucecitas.

    – ¿Quieres más?

    – ¡Uf! ¿Qué si no quiero más?

    – Entonces sigamos disfrutando.

    Mi pene estaba entre sus nalgas y se deslizaba fácil entre ellas pues mi líquido pre seminal había fluido por su rajadura que se podía escuchar ese chasquido de la fricción. De esa manera pasé varios minutos pasando mi verga por su rajadura mientras con mis manos masajeaba sus pechos y con mi boca mordiscaba su cuello. Su piel se erizaba y me decía que le daba muchas cosquillas y le pregunté:

    – ¿Qué es lo qué te da cosquilla?

    – ¡Todo! ¡Que me beses a un lado del cuello me dan muchas cosquillas!

    – Pensé que me ibas a decir que sentir mi pene entre tus nalgas.

    – También… me da mucha cosquilla.

    – ¿Pero es una cosquilla que te molesta o que te gusta?

    – Uh… no sé… las dos cosas. -me dijo.

    Por lo menos sabía que le gustaba sentir mi verga entre sus nalgas y que le provocaba cosquillas y la verdad que con las mujeres que he tenido confianza siempre me han dicho que les gusta sentir una verga entre sus nalgas. La mayoría le encuentran un placer a la penetración anal y son pocas las que definitivamente el sexo anal no es para ellas y lo mismo con el sexo oral. Me he encontrado con mujeres que les gusta dar sexo oral y no recibir y viceversa. Aquí estaba en esos años de mi juventud con una mujer casada, que ya había parido hijos y no sé si mi intento de follarle el culo se me haría realidad en ese momento, pero verdaderamente se me antojaba. Por varios minutos le estuve pasando mi verga entre sus nalgas y luego le toqué su vulva y esta estaba súper mojada, sobrexcitada y le estaba sobando el clítoris mientras comenzaba a hacerle un poco más de presión con mi verga a su ano. Creo que ella lo intuyó y me lo preguntó:

    – ¿Qué quiere hacer?

    – Estar dentro de ti.

    – ¡Pero por ahí… por mi trasero! Me estás poniendo nerviosa Tony.

    – ¿Nunca lo has hecho por ahí?

    – ¡No… nunca! ¿Eso qué no es solo de homosexuales? – Me dijo.

    – No creo. No estoy con un hombre. Se me antoja tu trasero y tú eres mujer.

    – ¿Tu marido nunca te lo ha pedido?

    – ¡No… nunca!

    – Bueno… en ese caso quiero ser el primero. Por lo menos me recordaras que yo fui el primero no solo en besar tu trasero, sino que también en estar dentro de él.

    – ¡Usted si me pone nerviosa! -terminó diciendo.

    Aquella plática se daba mientras yo seguía con mi verga entre en medio de sus nalgas y con mis dedos le sobaba su inflamado clítoris en esa posición de lado o como algunos la conocen, en posición de cucharita. No tenía condón puesto y por mi inexperiencia algunas veces mi verga se deslizó en la rajadura de su conchita y ella me decía que ahí no era. Fue como me di cuenta de que cooperaba y quizá lo hacía porque no quería que le penetrara su vulva sin condón o porque simplemente quería experimentarlo y esa sensación de lo prohibido, de algo nuevo le excitaba. Por lo flaca que era, porque nunca había sido penetrada antes y quizá más por todo, por el grosor de mi verga aquella prueba iba a requerir paciencia. A pesar de mis jóvenes años, y con la enseñanza de mujeres maduras y haberme cogido a varias mujeres por esa época, ya había desarrollado en algo la paciencia y con esa herramienta mental, me tomé el tiempo para abrirle el culo a esta chica.

    Literalmente sentí que se lo abrí, su ojete atrapó mi glande con una presión increíble. Lo había expulsado en varias ocasiones y aunque escuchaba los gemidos de dolor o de placer de Sandra, creo que esa mezcla de sensaciones de sentir mis dedos en su clítoris y mi verga en su ano, le impulsaban a seguir intentándolo. Solo me dijo con una voz un tanto recortada: ¡No la muevas mucho… déjala así! – No se la metí toda y me quedé inmóvil mientras seguía frotándole con intensidad su inflamado clítoris y cacheteando su vulva. En unos cuantos minutos noté ese movimiento de sus caderas como que quisiera ser penetrada por delante también y Sandra me comenzó a decir con una voz un tanto chillona: – ¡Me vas a hacer acabar… me vas a hacer acabar! – Abrió la boca y a la vez la cerró frunciendo sus labios y cerrando los ojos y su pelvis se movía con frenesí y el resto de mi verga se metió en su ano mientras Sandra gozaba de un placentero y segundo orgasmo. Yo no se la estaba movía mucho, pero esa presión de un culo apretado, escuchando esos jadeos excitantes hizo que también en unos minutos le dejara el culo lleno de semen. Cuando nos limpiábamos en el baño me preguntó:

    – ¿A todas tus amiguitas les haces eso?

    – ¿Te gustó?

    – ¿Se me nota?

    – ¡Espera que te ponga en cuatro en la cama, creo que te va a gustar mucho más cuando la sientas toda adentro! -le dije en forma de broma.

    – ¿Quieres matarme entonces?

    – ¡De placer solamente! -le dije sonriendo.

    Lo que me sorprendió minutos después de que nos habíamos bañado fue su petición y la conversación que hicimos. Me pidió que se le antojaba darle un beso a mi verga y me dijo que nunca había mamado una en su vida. Me decía que en su país el sexo oral era cosa de prostitutas y mucho peor el sexo anal, era un tabú al que se relacionaba al homosexualismo. Me mamaba la verga como alguien que toma botanas y continúa con una conversación y mientras seguía como decía ella, besándome el falo le preguntaba.

    – ¿Te gustó lo que has vivido hoy?

    – ¡Todo! -lo decía en un tono pensativo.

    – Entonces… ¿me dejarías que te vuelva a comer y a coger ese rico culo que tienes?

    – ¡Si ya te lo di una vez y me dejé… creo que si me dejaría!

    Aquella noche a finales de otoño usé los tres profilácticos con esta flaca chapina, aunque le dejé ir seis palos en tres horas. Por la cuca como ella me dijo le llamaban a la vulva en su tierra le dejé ir tres, en su boca me fui una vez y en su apretado culo me fui dos veces. Volvimos a coger tres o cuatro meses después en un maratón de fin de semana, pero luego le perdí el rastro. Hoy vive en España y después de tres décadas y media, nos hemos vuelto a encontrar por estas nuevas plataformas cibernéticas. ¡Que rico es volver a recordar! ¡Que rica cogida nos dimos en ese entonces!

    [email protected]

  • Sola en casa

    Sola en casa

    Estoy sola en casa, tendida en la cama y en compañía de mi novela ante las pocas opciones que ofrece la programación televisiva. Mi esposo estará varios días fuera por motivos laborales. A mí eso nunca me ha supuesto un hándicap, todo lo contrario, me gusta disfrutar de mi espacio y así desintoxicar la relación de la monotonía que se genera con los años. Desconozco si a mi esposo le ocurrirá lo mismo, y tampoco sé si me habrá sido infiel alguna vez en alguno de sus viajes. Yo nunca lo he sido, y eso que llevo en mi haber veinte años de matrimonio, que se dice pronto. Puedo decir, no obstante, que la relación es satisfactoria en casi todos los sentidos, y la verdad es que el ponerle los cuernos nunca ha entrado dentro de mis planes. Nuestras relaciones sexuales son satisfactorias, por tanto, una cana al aire no me ha llamado la atención, pero las cosas pueden cambiar en un plis plas.

    Tengo cincuenta años y no estoy en mi mejor momento físicamente, pero tampoco me quejo. La edad es la que es y una ya no puede aspirar a tener el cuerpo de una veinteañera, por mucho empeño que ponga, y menos después de haber dado a luz dos veces. En cualquier caso, mis curvas todavía están en su sitio, son sugerentes y también capaces de levantar pasiones en el sector masculino.

    Sin más preámbulos, paso a relatar mi experiencia.

    Como he dicho, estoy leyendo mi novela, y aunque no es una novela erótica, la descripción de una escena sexual entre sus protagonistas consigue excitarme, y sin darme cuenta mis dedos acarician mi pezón derecho, por lo que mi ardor se intensifica hasta el punto de que siento la necesidad imperiosa de masturbarme. No me cuesta demasiado deshacerme de los pantalones y rápidamente me encuentro con mi dedo maltratando mi clítoris, hasta que tengo que dejar el libro a un lado y centrarme en el placer que mi extremidad le está regalando a mi ávida raja. El movimiento se acelera y otros dos dedos se unen a la friega, de tal modo que mientras mi mano derecha se desliza una y otra vez por la empapada raja, el dedo corazón de la mano izquierda traza movimientos circulares en mi clítoris hasta que mi sexo empieza a convulsionar estallando en un placentero orgasmo que me deja inmóvil durante unos instantes. Me levanto de la cama y me siento en el bidet para lavarme, a continuación me pongo las bragas y me enchufo un cigarro. Sin saber exactamente para qué, enciendo el portátil y en una acción mecánica abro el programa de correo para ver si hay alguno nuevo, pero nada. Me meto en un chat en el que suelo entrar cuando estoy aburrida, sin más pretensión que la de distraerme.

    Normalmente me asaltan las ventanitas de privados con decenas de pretendientes con intenciones de todo tipo, principalmente deshonestas. Yo no suelo hacer demasiado caso cuando la gente es irrespetuosa, y elijo yo con quien hablo, pero pronto se me abre una ventana en primer plano y contemplo una imagen de los atributos de mi interlocutor y no doy crédito a lo que estoy observando. Me dispongo a cerrar dicha ventana, me pregunta si me gusta lo que veo, me dice también que si la quiero, es toda para mí. Yo no respondo, pero a continuación recibo una invitación para que acepte su cámara. Tras unos instantes de dudas, acepto la invitación, y veo un primer plano de un joven despatarrado frotándose una polla que en un primer momento no me parece real, sino una prótesis que se ha puesto ahí con la intención de impresionar, pero nada más lejos de la realidad.

    Imagino que se ha percatado de mi cara de sorpresa ante sus atributos. Es un joven de veintitrés años, excesivamente delgado, diría que un poco raquítico. No es guapo, más bien, lo contrario. No me atrae en absoluto su morfología, pero él es consciente de cual es su talento, y yo también.

    Su mano se mueve arriba y abajo del pilón de carne y mi coño empieza a segregar caldos sin contención alguna. El joven me pide que me desnude, pero no lo hago, a pesar de que me apetece. No estoy acostumbrada a semejante espontaneidad. Me pregunta si me gusta lo que veo y me veo obligada a decirle que sí. En ese punto, su ego es tan desmedido como su polla, por lo que el movimiento de su mano aumenta la cadencia mientras me observa. Vuelve a pedirme que me quite la ropa y entiendo que es lo justo. Me quito la camiseta y el sujetador y le muestro que mis tetas no han cedido todavía a la fuerza de la gravedad. Tengo los pezones duros y sensibles. Quiere follarme, me dice, y yo quiero que lo haga, le respondo. Entonces me pregunta dónde vivo para venir pegarme el polvo de mi vida. Me doy cuenta de que está hablando en serio, por el contrario, mis intenciones no apuntaban tan lejos, sino a masturbarnos mientras nos mirábamos.

    —Dame tu dirección, no tardaré— me repite. Los dos estamos en un chat de la misma ciudad, por tanto, deduce que vivimos relativamente cerca. Yo no sé qué hacer. El muchacho podría ser mi hijo, y al margen de eso, nunca he hecho una locura de semejante calibre, pero es mi coño quien habla por mí, y sin pensar las consecuencias le doy mi dirección. A continuación se levanta, pasea la polla por la cámara y contemplo un primerísimo plano de la cabezota roja con una gota de précum dedicada a mí, seguidamente enfunda con mucho esfuerzo el mazacote en sus pantalones y me escribe:

    —Dame media hora— y automáticamente en la ventana aparece un mensaje de “sin conexión”.

    El corazón me va a mil. ¿Qué he hecho? Me digo.

    Son las diez de la noche y normalmente mi marido me llama a las once para desearme las buenas noches. Es un detalle en el que caigo demasiado tarde. Quizás le diga que no me encuentro bien y me he acostado, con lo cual no tendré que dar demasiadas explicaciones. Empiezo a pensar también que el hecho de que venga el muchacho a mi casa puede acarrearme complicaciones. No le conozco de nada. ¿Por qué lo he hecho entonces? Me vuelvo a preguntar. También es mi coño quien responde la pregunta.

    Después de lavarme y acicalarme espero su llegada, pero parece que se retrasa y los treinta minutos se convierten en cuarenta y cinco hasta que oigo el timbre. Soy un manojo de nervios. Descuelgo el interfono y veo por el video portero como me sonríe. Le abro y espero detrás de la puerta a que suba los once pisos en el ascensor. Cuando se abre la puerta, mi corazón parece que se me va a salir del pecho. Me he puesto la mejor lencería que tengo y encima unas mallas con una camiseta que dibuja mis formas.

    Nos damos la mano y un beso de bienvenida. Él me contempla de arriba abajo evaluando el botín. Me dice que estoy buenísima y yo le agradezco el cumplido. Le ofrezco un café para romper el hielo, intentado ser cortés, pero al parecer él tiene muy claro a qué ha venido y no es precisamente a tomar café. Nos sentamos en el sofá y su boca busca la mía sin más preámbulos. A pesar de su juventud, parece saber lo que hace. Es como si los papeles estuviesen invertidos. Debería ser yo la experimentada y él el aprendiz.

    Su experta mano se apodera de una de mis tetas y empieza a magrearla y a sopesar la mercancía por debajo de la camiseta. Cuando parece haber comprobado por activa y por pasiva el tamaño y la consistencia de mis pechos, la mano baja en busca de otros tesoros, doy un respingo y exhalo un gemido al notar un dedo hundirse en mi mojado sexo. Parece que ha perdido la paciencia y también los modales. Me arranca literalmente las mallas y la camiseta, dejándome con mis diminutas braguitas y el sujetador por debajo de mis pechos. Me desnuda completamente y me tiene a su merced. Yo estoy muy cachonda y deseando que me abra en canal con esa tranca, pero sus intenciones son otras, de momento. Me tumba en el sofá y me abre las piernas, de tal modo que se queda un instante contemplando mi coño completamente abierto y ansioso, rezumando líquidos. El muchacho se arrodilla y se aplica a devorármelo. Ni siquiera sé cómo se llama, pienso que tampoco me importa. Lo que me importa en ese momento es el placer que me está dando repasando todos mis pliegues con su lengua. Me folla con ella, la pasea por el clítoris, después se desliza hasta el ano e incluso hace incursiones en él. Es una sensación nueva para mí, y desde luego, muy placentera.

    Me impaciento y le pido que me folle de una vez.

    —Menuda zorra estés hecha— me dice. Yo me quedo un tanto perpleja, pero a estas alturas me da un poco igual lo que diga. He sido sincera y lo que más deseo en esos momentos es que me parta en dos.

    Se pone en pie y se dispone a desabrochar su pantalón. La joroba que se le marca le da un aspecto un tanto amorfo. Entre lo raquítico que está y el bulto que se le marca en la entrepierna parece un ser informe, pero me da igual. Quiero tocarlo y paseo mi mano a través de la protuberancia intentando calibrar su envergadura. Me ayudo con la otra mano y busco el botón del vaquero para desabotonarlo, a continuación desabrocho la cremallera y seguidamente le bajo el pantalón junto a sus gallumbos, soltando una soberbia verga salta como un resorte dándome la bienvenida.

    Sabía lo que se escondía entre bastidores, pero en vivo y en directo es todavía más imponente. Deslizo mi mano a través del tronco cerciorándome de que es real. Vaya si lo es. Mi boca se abre ávida, pero todavía no me lo introduzco. Lo cojo desde la base y le doy repetidos besos en el glande, después es mi lengua la que se pasea por él y serpentea a través del cipote, mientras con mi mano me apodero de sus pelotas.

    Miro hacia arriba y contemplo su cara de placer. Si ya de por sí es bastante feo, con la cara descompuesta por el placer, lo es todavía más. Vuelvo a coger la polla del tallo y me la meto en la boca. Ni siquiera consigo albergar la mitad dentro. Él intenta alojar la tranca en mi gaznate, pero me parece una hazaña impracticable y me dedico a bascular mi cabeza haciéndole una mamada digna de la mejor profesional, prueba de ello es el lefazo que se aventura directamente hacia mi estómago. Automáticamente me deshago de la polla en una arcada, y otro latigazo de leche cruza mi cara dejándome momentáneamente ciega, y sin darme una tregua voy notando como uno tras otro, los trallazos van impactando en mi rostro hasta que poco a poco va remitiendo la corrida del joven semental.

    No veo nada. Intento quitarme el pringue con los dedos para abrir los ojos e ir a limpiarme, pero la tarea es difícil. El teléfono empieza a sonar. Sé que es mi marido y debo cogerlo. No podía haber sido más inoportuno. Logro alcanzar la camiseta y me limpio con ella, a continuación corro hasta el mueble y cojo el móvil. Miro a mi joven amante y le ordeno con el dedo en los labios que mantenga la boca cerrada. Está sentado en el sofá tocándose la verga como si no se hubiese corrido, ya que sigue exhibiendo una erección de caballo, y mientras balbuceo contemplo como mi joven amante se masturba.

    Mi aspecto debe ser bastante cómico. Aún tengo semen por la cara y en el pelo. Estoy nerviosa y preocupada por la incómoda situación, por el contrario, el chaval parece disfrutar del momento. Intento recomponerme y le digo a mi esposo que me he acostado porque no me encuentro bien, con el propósito de que cuelgue pronto, pero ha decidido que no le apetece hacerlo y está dispuesto a darme conversación para animarme. Yo no quiero ánimos, lo único que quiero es montarme encima de la polla erecta que reclama mi atención.

    —Cariño, no me encuentro bien. Voy a dormir— le insisto una vez más, y ante mi empecinamiento en colgar, se da por aludido y yo corro a montarme sobre el potro que me espera impaciente. Le cojo la polla y la meneo unos segundos. A continuación le pregunto si tiene condones, pero me dice que no, de manera que empiezo a calibrar otros riesgos, aun así, estoy tan caliente que confío en la suerte. Al margen de los riesgos de salud, yo todavía tengo la menstruación y puedo quedarme embarazada. Mi esposo está operado y en ese sentido, no tengo que preocuparme, pero ahora la situación es otra, si bien, las dudas se disipan cuando noto el tronco deslizarse dentro de mi ser. Es como una jodida barra de hierro caliente metida hasta el tuétano. Subo despacio a la vez que el joven semental se apodera de mis tetas y succiona mis pezones. Después vuelvo a bajar incrementando el ritmo poco a poco. Mis caldos se deslizan a través del mástil que va percutiendo en mis entrañas. La sensación es indescriptible y el chaval se afana para dármelo todo, al tiempo que yo me muevo como una amazona cabalgando sobre un potro desbocado. El joven me dice que si continúo así haré que se corra, pero aunque quisiera no podría parar. Quiero correrme, y lo hago gritando como una histérica, mientras el chaval me da azotes en las nalgas. Por lo general no soy una gritona cuando follo, pero ahora no lo puedo evitar. Grito sin ningún pudor en un orgasmo que no quiere abandonarme, y cuando siento las palpitaciones de la polla dentro de mí sincronizándose con las mías, noto como el semen golpea en las paredes de mi útero, incrementando con ello el placer, y tras un minuto en el que no me reconozco, me hago a un lado para descabalgar, con lo cual, la verga escapa de mi cavidad en un sonoro pedo, acompañado de la copiosa corrida. Es entonces cuando tomo conciencia de mi imprudencia. Sé que no estoy ovulando, pero la biología no son matemáticas.

    Intento no pensar en eso, y procuro apaciguar los remordimientos que ahora reconcomen mi conciencia por el placer que un joven semental me ha dispensado. Estoy completamente saciada, eso es seguro.

    Me disculpo y voy al lavabo. Sigue manando la viscosa sustancia de mi interior e intento limpiar bien mis partes íntimas.

    Aunque he disfrutado como nunca, quiero que se vaya. Estoy colmada y llena de su esencia, y no quiero complicaciones. Le diré que ha estado muy bien y nos despediremos aquí, pero cuando me giro para coger la toalla me encuentro con su polla a media molla delante de mi cara. No doy crédito. ¿Es que no llega a aflojársele nunca o es que lleva meses sin follar?

    No me apetece fornicar otra vez, sin embargo, no puedo apartar la vista del badajo que oscila delante de mi cara. Lo mueve de un lado a otro con su mano como si pretendiese hipnotizarme. Está claro que se siente orgulloso de su virilidad y por ello la exhibe satisfecho.

    —¿Te gusta mi polla? —me pregunta, y no tengo más remedio que responderle con un “me encanta”.

    Empieza a atizarme pollazos en la cara. Yo intento cogerla con la boca y él sigue propinándome vergazos en el rostro hasta que la cojo con la mano y me hago con ella. Escupo sobre el miembro y empiezo a hacerle una mamada al mismo tiempo que mi mano masturba el tronco acompasando los movimientos de la mano con los de mi boca de tal manera que se le pone duro en mi boca.

    —Eres una casada muy zorra— me dice, pero yo estoy muy ocupada para enfadarme por su lenguaje soez.

    —La mamas de fábula, cabrona— afirma.

    Su verga en la boca y sus palabras consiguen excitarme de nuevo, y mientras con una mano le trabajo la polla, con la otra le doy placer a mi raja, que vuelve a pedir guerra como en mis mejores tiempos.

    Me levanta del bidet y me apoya bruscamente en el lavabo, de ahí que ahora tenga una panorámica de ensueño de mi culo. Noto unos fuertes azotes en mis nalgas acompañados de improperios sobre mi trasero, pero, en vez de molestarme, ahora es como un halago, de hecho, me gusta.

    Posa el glande a la entrada de mi coño y sin hacer paradas me lo llena de polla, pero lejos de detenerse, inicia un movimiento de vaivén de menos a más, mientras ambos nos miramos en el espejo. Veo su cara de placer al mismo tiempo que me folla cada vez más fuerte, del mismo modo, él ve la mía sabedor de que me está dando de lo lindo. Debo tener las nalgas en carne viva de tanto sopapo, pero me encanta que me azote al mismo tiempo que me revienta el coño con inusitada furia.

    —¿Te gusta que te folle?— me pregunta totalmente desenfrenado.

    —Me encanta, —le respondo de igual modo.

    —¿Más que tu marido? —vuelve a preguntar, y no tengo más remedio que admitir que es la mejor follada de mi vida, y al mismo tiempo que su verga entra y sale implacable de mi coño, mi dedo busca el clítoris para conseguir el orgasmo.

    —¡Córrete puta! —me exige, y no tiene que repetírmelo dos veces. El clímax acude a mí y sacude mi cuerpo haciéndome gritar de placer como nunca. Él no se detiene, sino todo lo contrario. Se aferra a mis ancas y me folla con vehemencia, como si quisiera sacármela por la boca. Yo sigo corriéndome y moviendo el culo como una posesa hasta que noto que aminora el ritmo, y de nuevo siento la leche golpeando dentro de mí al mismo tiempo que noto como convulsiona su polla. Poco a poco los gritos y gemidos cesan y él extrae su miembro consiguiendo que el semen mane de mi interior como una fuente.

    Vuelvo a sentarme en el bidet para lavarme, esta vez con la intención de que sea la definitiva, de todos modos, aunque quisiera no podría seguir. Estoy molida, pero también, enormemente satisfecha, con un atisbo de remordimientos por lo que he hecho, aunque rápidamente se disipan cuando el sueño me atrapa.

    Nos hemos quedado los dos dormidos después de tanto exceso. No era mi intención que se quedara a pasar la noche, pero me he quedado dormida sin poder evitarlo, como si me hubiesen dado un somnífero.

    He dormido de un tirón como un lirón, es por eso que a la mañana siguiente no me acuerdo de que nos habíamos quedado traspuestos después de tanto meneo, y al darme la vuelta me he asustado al ver el escuálido cuerpo del chaval.

    Es cierto que no hay nada como un sueño reparador, pues la erección mañanera que presenta el muchacho ha espoleado mi sexo de nuevo y he empezado la mañana tomando una dosis considerable de leche en el desayuno para reponer fuerzas, puesto que la mañana promete ser movidita.

  • Familia completa

    Familia completa

    Llegué junto con Octavio a su casa. Nos subimos a la habitación y empezamos a coger, lo hacíamos con pasión. Él se había convertido en mi pareja, en todo sentido incluyendo el sentimental. Me estaba metiendo esa verga que desde la primera vez que la vi me había hecho humedecer como una perra. Su hijo había salido de mi vida y ahora él tomaba su lugar como mi macho.

    Me tenía con mis piernas en sus hombros y me la dejaba caer como poseído por la lujuria del sexo. Estábamos sudando, mientras gemíamos viéndonos a los ojos para elevar la excitación del momento. Me pellizcaba los pezones y me exprimía mis tetas sin piedad.

    -Te quiero pedir si me cumples algo que quiero- Me preguntó

    -Tú dime que hacer, ya sabes que soy tuya, tu puta! – dije ansiosa de que retomara su mete saca

    En ese momento él se salió de mis entrañas y su verga gruesa y venuda para acostarse a mi lado. Yo la agarré y se la empecé a estimular manualmente

    -Te voy a confesar varias cosas y espero en primera sea nuestro secreto y en segundo no me mal entiendas- dijo con su verga dura por mis caricias

    -Después de lo que hemos pasado y lo que me has visto hacer nunca lo haría – contesté

    -Tengo otros dos hijos aparte de Armando solamente que él no lo sabe porque son con otra mujer que no es su mamá – me confesó un tanto nervioso

    -No te preocupes, Jamás diré nada – dije bajando mi cabeza hacia su verga hasta que el me detuvo

    -Lo segundo que te quería pedir es algo que solo te lo puedo pedir a ti – dijo algo nervioso – me gustaría que cojan contigo, quiero que les enseñes a satisfacer a una verdadera ramera

    -Qué?! – pregunté muy sorprendida- O sea quieres que todos tus hijos me metan su verga?!

    -Ándale, ya te cogiste a uno y después a mi. Aparte a cuántos no te has cogido también?- dijo subiéndose encima de mí para meterme la verga

    Se empezó a mover lento mientras me seguía tratando de convencer de semejante perversión.

    -Ándale, deja que te cojan, son buenos muchachos – dijo empujando sus huevos hacia mis labios vaginales – yo sé que te va a gustar

    -¡Ay no sé! Ah! Ah! – me estaba mojando como una perra – cómo me voy a coger a todos?! Ah!

    -Solo son unas vergas y ya -me decía empujando su miembro con más fuerza – te has comido muchas, déjate con ellos

    La puta enferma que hay en mi tomo control de la situación – Ah! Ah! No no que hacer!

    -Sólo di que si! Es una cogida más para ti – me decía – te he visto disfrutando de 4 hombres tu sola

    -Está bien…! – lo dije chillando por la calentura de ser tan putisima

    -Ponte en 4 – en cuánto me puse él se puso un condón y llenando de lubricante mi recto y su verga, me la comenzó a meter

    -¡Ay! ¡Qué rico me enculas mi vida! Nadie me abre el culo como tú! – le decía aparentando las sábanas mientras su venuda vergota se metía en mi

    -Casi no te la meto por acá pero tengo que preparar tu culo para al rato que vengan mis hijos – Octavio

    -Abrí los ojos como plato por sus metidas y lo que me había dicho – Quieres que sea hoy?! – pregunté entre mis pujidos haciendo un esfuerzo por voltear a verlo

    -Si, al rato van a llegar les dije que yo les avisaba, estaba seguro que ibas a decir que si – contestó mi macho

    Ya solo pude dedicarme a gemir y jadear como una perra. Me estaba partiendo el culo y además me había nublado el juicio tanto morbo. Iba a ser reventada por otras vergas de esa misma línea sanguínea. Mi cabeza estaba qué me explotaba. Lo que siguió fueron 15 minutos de culeo, en los que me vine 2 veces antes de que Octavio eyaculara dentro de mí, gritando como un enfermo. Extrajo su verga desechada de mi ano goteante y me dejó jadeante con mi cara en el colchón con su leche escurriendo de mi ano desflorado.

    Lo único que pude hacer fue preguntar nombre y edad de sus edades, Héctor y Vicente, 18 y 19 años respectivamente, yo me sentí más sucia porque hacía mucho que no tenía sexo con alguien tan joven. Ya no me detenía que fueran sus hijos, ya había tenido sexo con uno y él me lo estaba pidiendo. En último caso ellos eran hombres buscando una panocha en la meter sus vergas y yo una puta con la vagina mojada y caliente.

    Octavio todavía agitado tomó su celular y empezó a escribir, supongo que les estaba escribiendo para ponerse de acuerdo.

    Me metí a bañar después de haberme recuperado de la verguiza que me había metido Octavio. Estaba debajo del agua caliente, limpiando todo mi cuerpo de él sudor, la saliva y el semen de los hombres con los que había fornicado durante ese día. Mientras lo hacía no podía dejar de excitarme pensando en lo puta que era y todo lo que me esperaba. Al salir del baño Octavio no estaba en la habitación, me fui a la cama y me quedé profundamente dormida.

    Alrededor de las 7 de la noche Octavio me despertó, lo hizo muy cariñoso como siempre. Me dijo que sus hijos llegarían en cualquier momento y me preguntó si estaba lista para recibirlos.

    -¿Ya casi llegan? – me dijo Octavio – todavía quieres hacerlo?

    -Ya quiero que me llenen de leche – le dije aparentando su verga por encima del pantalón- han de traer los huevos llenos de mecos

    -Les dije que eres una escort, no quiero tener problemas con su mamá – me dijo

    -Entonces prefieres que se cojan a una puta? ¡Hombres! – le contesté

    -Es mejor – se levantó – Dejé la otra habitación lista, en la mesa hay condones y lubricante por si te la quieren meter en el culo. La cama está tendida

    -Los espero ahí – dije levantándome a buscar algo de mi ropa interior

    Me dirigí a la otra habitación, estaban los condones en la mesa junto con lubricante. Mientras veía esto me puse la tanga y el sostén. Me recosté en la cama y al poco rato escuché voces, seguramente eran ellos. Estaba a punto de coger con hombres 7 años menores que yo, me empecé a sentir mojada por eso. Yo estaba acostumbrada a copular con hombres mucho mayores y no sabía que me esperaba ahora con unos tan jóvenes.

    Esperé casi 20 minutos más, me empezó a parecer extraño y estaba pensando en salir a ver que había pasado cuándo la puerta se abrió. Fue en ese momento cuando entraron Héctor y Vicente, ambos venían solo con toallas en la cintura, se habían bañado antes de entrar. Se veían jóvenes, aunque nada tímidos. Vicente tenía un cuerpo delgado pero muy marcado, era un joven bastante atlético, Héctor era más doble, de cuerpo un poco bofo, no tenía definición muscular.

    -A ver, enséñenme lo que tienen – dije

    Ambos no se cortaron para quitarse las toallas y quedar desnudos frente a la mujer que iban a usar como depósito de semen. Yo me quedé satisfecha con la vista de sus garrotes de carne, Octavio sólo engendra puros sementales de carne magra. Vicente tenía una verga promedio, aunque es obesa en un extremo que sólo las más putas y usadas no consideramos doloroso. Héctor tenía un pene más normal en lo grueso, sin embargo su largo era mucho más que suficiente para perforar hasta mi estómago mientras me remueve todo a su paso. Yo estaba encantada con esas viriles y venosas sorpresas.

    Me levanté de la cama y apresurada me puse de rodillas frente a estos jóvenes viriles que ya ostentaban erecciones de piedra. Los mire a los ojos mientras sonreía de manera perversa y masturbaba sus miembros, escupía en mis manos para hacer más agradable el tacto de mis caricias a lo largo de ellos.

    -Ya están listos para darme una buena sesión? No tengan compasión de mi eh, yo aguanto todo lo que me hagan – les dije sonriendo para después lamer sus glandes lentamente

    Se quedaron sorprendidos con lo hambrienta de verga que me había puesto. Yo estaba muy caliente de verdad a pesar de que Octavio me hubiera dado una ración de pene antes de que ellos llegaran. Se las empecé a chupar con hambre, como podía me las metía hasta la garganta de un solo golpe, alternaba entre una y otra dentro de boca. Era difícil comer entera alguna de las dos, la de Víctor era demasiado gruesa para mi boca y la de Héctor me causaba arcadas antes de entrar por completo. Sin embargo me encantaba ver la cara que ponían esos dos jóvenes, una cara de sentirse incredulidad y lujuria. Así me pasé hincada frente a mis jóvenes machos, estimulando sus vergas y su deseo de cogerme. Llegó el momento en el que ya estábamos bramando y con mi boca escurriendo saliva les pedí que ya me cogiera.

    -¡Ya! ¡Ya cojanme! – les dije en tono de súplica – vamos a la cama

    Me subí a la cama y me puse en 4 esperando la monta del primero. Sentí que uno de ellos se puso tras de mí, en ese momento se me erizo la piel por la lujuria que me consumía en esos momentos previos a ser ensartada por un hombre, me tomó de la cintura y justo cuándo su pene se abría paso en mi interior volteé para cruzar miradas con Héctor. Él me la dejó ir poco a poco consciente del largo anormal que tiene, disfruto al igual que yo, hacerme sentir cada sentimiento de su garrote. En algún momento mi cara se puso roja porque contuve el pujido causado por la sensación de que esa verga no tenía fin y empezaba a tocar partes que otros hombres no alcanzan.

    -Ahhh! ¡No mames! La tienes bien larga! – Salió desde mi garganta un grito contenido que solo aguardaba sentir su pubis en mis nalgas para salir

    -Ya sé – me dijo el cabron – si la aguantas?

    Me encendió su actitud soberbia de semental consumado – La tendrás larga pero estás chavo, mi amor

    -Entonces ahí te va – me dijo eso empezando a cogerme con fuerza, con la intención de darme una lección de sexo duro

    -Ah! Ahh! Ah! – Comencé a gritar cómo loca mientras era salvajemente cogida

    Era la segunda vez que tenía esa sensación de vértigo que me da cuando la cogida es muy fuerte. Yo estaba gritando mientras de manera inconsciente lleve mi mano a mi vientre y lo apreté porque sentía de manera exagerada la profundidad de sus penetraciones. Era una verga que ya estaba taladrando directamente en mi útero y él cabron lejos de calmarse agarraba con más fuerza mi cadera y penetraba con saña en mí. En eso estaba, tratando de adaptarme a esa profundidad de penetración cuándo Víctor se colocó frente a mí con su verga bien dura. Intenté mamarlo, pero me era muy difícil, solo lo masturbaba con fuerza, lo chupaba y lo lamía como podía.

    -¡Cógeme por la boca! – le pedí a Víctor consciente que no le estaba poniendo la atención que se merece

    Víctor tomó mi cabeza y mientras yo soltaba gritos sin poder cerrar la boca él comenzó a embestir en mi garganta cómo si fuera un coño húmedo cualquiera. No pensé que muchachos tan jóvenes me pudieran dar esa cogidota, aunque siendo hijos de Octavio era más fácil de entender.

    Así estuvimos cerca de 10 minutos, Héctor se salió de mí y cambió lugar con su hermano. Víctor se puso un condón y mientras nos veíamos a los ojos fue penetrándome lentamente, la sensación también fue muy fuerte aunque diferente. Con Héctor lo impresionante era la profundidad que alcanzó y lo que eso me hizo sentir, Víctor me estaba partiendo en dos, su verga era muy gruesa por lo que sentía cómo mi vagina se estiraba muchísimo para poder albergar toda esa carne. Yo estaba tan caliente sintiendo a ese jovencito que me hacía sentir repleta y muy estirada por dentro.

    -Argg! Qué pinche vergota tienes – Gruñí mientras él comenzó una follada más lenta que su hermano

    Sacaba la mitad de su pito y lo metía de un golpe de cadera muy fuerte, la sacaba poco a poco y repetía el castigo jaja. Mire otra vez al frente mientras gritaba, yo sabía que aquellos no iba a parar hasta escupir toda su leche así que me deje usar. Mientras gritaba cómo loca por la cogida de Víctor, alce la mirada y viendo a su hermano a los ojos espere que este usara mi boca para su placer. Otra vez estuve bien atravesada por los lados durante un buen rato.

    Ellos volvieron a cambiar y no me dejaron estar en otra posición por lo que yo estaba empezando a cansarme, presa del esfuerzo de la fornicación y al mismo tiempo mis músculos estaban empezando a relajarse mucho debido a los orgasmos que había estado teniendo. Yo estaba sudando mucho y a ellos los veía muy bien, no sabía que tanto podía aguantar en 4.

    -Papitos! ¡Ya quiero leche! Denme todo lo que traen en los testículos! – les grite para encender más el ambiente y provocar su eyaculación

    -¡Qué buena puta! ¡Bien que aguantas! – dijo Héctor mientras removía mis entrañas con su larga barra de carne

    -Ya hay que darle algo de leche we- le dijo Víctor a su hermano

    -Entonces déjame sacar leche – dijo Héctor empezando a cogerme a una velocidad endiablada

    Víctor tomó mi cabeza para que entre los dos me hicieran su puta con una intensidad que no podría aguantar mucho tiempo. Ellos empezaron a gritar mientras sus penes muy… muy erectos, luchaban por llegar al fondo de mi. Mi barbilla y los testículos de Víctor estaban escurriendo mucho líquido al igual que mi vagina que era estimulada por la hombría de Héctor.

    -Sglups! Sglups! Ahggg! – de mi boca solo salían sonidos incomprensibles debido a la verga de Víctor

    -Ahhh! Ya wey! – Héctor extrajo su miembro de mi útero y comenzó a masturbarlo

    Los dos se pusieron de pie masturbando sus penes hinchadísimos! No habían hecho nada extremo, pero la cogida había sido brutal. Cómo era de esperarse Héctor se vino primero, echó los primeros chorros en mi boca y los siguientes se estrellaron en mi cara. Un minuto después Víctor hizo lo mismo pero en el orden contrario.

    -No me van a sodomizar?… Yo tengo ganas de que me partan el culo con sus potentes vergas- les propuse

    -Quiero que dejen mi ano bien abiertote, rojo de tanta embestida. Si quieren lo pueden llenar de su leche y para que se les ponga más parada les propongo que me hagan una doble penetración – les decía con una sonrisa pícara

    -Ya lo has hecho? – preguntó Héctor

    -Si yo te contará todas las cochinadas que he hecho, te vienes en seco nene

    -Cuéntanos una puta – dijo Víctor

    -Una vez fui con una amiga a la casa del papá de mi novio y nos terminó dando una cogidota. Nos cogió sin condón y estuvo llenándonos de su leche, de milagro no nos embarazo… – Dije empezando a chupárselas

    -Te podemos coger sin condón? – preguntó Héctor

    -Quieren? No tienen miedo de que les vaya a pegar algo? Yo he sido bien puta y promiscua durante años

    -No importa – dijo Víctor con urgencia

    -Si me gustaría sentirlos sin gorrito… pero el pedo es que si me cogen sin condón voy a querer que me llenen de leche- dije mordiendo mi labio por la duda

    Recordé que Octavio y su hijo Armando eran los que habían empezado esto para su propio provecho, así que decidí también sacar mi propio pedazo del pastel. Yo me sentía como la reina de las putas pensando que podría ser el depósito de la leche de 4 machos de la misma estirpe, la idea me tentó a tal grado que tuve que aceptar ser esa puta… la puta de una familia.

    -Está bien, ya no se pongan condón, sólo les pido que se vengan bien adentro de mi… jaja estoy enferma – me dije eso último a mi misma

    -Te vamos a meter al muñeco – dijo Héctor muy seguro de si

    -A ver si pueden eh… quiero que me metan tanta leche que me duela el útero – dije provocadora – a su edad seguro me deben dejar bien llena

    Jale a Víctor y enseguida me monte en su verga, deje que sintiera mis fluidos directamente en la piel de su verga. Lo monté cómo una amazona llena de vigor y deseo, lo hacía viendo su mirada perdida de placer, estaba extraviado en las sensaciones que yo le ofrecía con mi sexo masturbando su miembro y mi cuerpo danzando desnuda sobre él.

    Me recargue sobre él y le pedí a Héctor que me mentira su potente verga por mi ano. Él se colocó y empezó a lubricar mi culo con su saliva, lo hacía bien, dejando en claro que no era la primera hembra que enculaba.

    -Ya métela bebé, ayer me cogieron por ahí – no podía decir que hace rato o descubrirían que su papá me había cogido también.

    Héctor abrió mi culo y lanzó escupió una vez directamente en mi ano y la otra en su glande. Se apoyó en mi nalga y me la dejó ir hasta no podía meterse más dentro de mí por la posición. Nos empezamos a mover y yo estaba ya gritando como loca, estaba sumamente caliente pensando que ya me había cogido a los 3 hijos de mi novio. Me sentía la mujer más hermosa, degenerada, rica y puta del mundo.

    Siguieron usando mi cuerpo para masturbar sus genitales durante unos minutos más, ellos me cogían desesperados, sólo era un objeto para su placer. A mi me encanta ser cogida con fuerza por hombres que me hacen sentir denigrada, sólo un cuerpo caliente para desahogar su leche y su perversión.

    -Ahhh! Ahhh! Ay! Ah! Qué rico! La tienen muy parada! Qué puta eres! Me están partiendo! Toma perra! Mmm! – nuestros gritos se escuchaban por toda la habitación y seguramente en la casa también. Ellos estaban al borde de eyacular

    -Quiero su leche en mi vagina! No terminen en otro lugar!

    -Ahí te va la mía! Toma! – grito Víctor disparando su espesa leche dentro de mí fértil útero, yo al sentir cómo era llenada me hindi en un orgasmo brutal

    Unos momentos después sentí que Héctor me jalo muy fuerte y la macana de Víctor salió de mi. Quedé en 4 escurriendo de leche cuando Héctor tomó mi culo y penetro con vigor hasta que su glande casi tocó mi matriz. Se empezó a mover con velocidad

    -También vas a llenarme de leche verdad?! – pregunté gimiendo

    -Si, te voy a llenar! – respondió

    -Dame mucha! Ahhh! Por favor déjame reventada! – grite

    Héctor me dio una estocada brutal que me hizo perder la respiración. La dejó bien adentro y un chorro de su leche se impactó directo en mi útero, al igual que lo había hecho su hermano hace un momento, el salió un poco y regresó con otra salvaje embestida. Continuo así de salvaje hasta que dejó de arrojar leche dentro de mí.

    Todos nos quedamos recuperando el aliento por unos momentos. Los volteé a ver y jugando les dije que le pidieran a su mamá permiso para no llegar a casa. Ellos contestaron que desde que llegaron le avisaron que no iban a llegar, yo les sonreí complacida… Comencé a succionar sus penes que seguían duros como al inicio.

    Esa noche no dormí con Octavio, me quedé con ellos en esa habitación, aunque no dormí tampoco. Nos la pasamos cogiendo hasta muy entrada la madrugada, esos jóvenes tuvieron mucha energía para darme verga durante horas, sus huevos eran verdaderas fábricas de semen. No puedo recordar todos los orgasmos que tuve, ni las veces que ellos se vinieron en mi. Al día siguiente, yo estaba desecha sobre aquellas sábanas, Octavio me encontró con ojeras y el cabello hecho un desastre y había condones tirados por todos lados.

    -Te amo – le dije sonriente – estoy muy cansada, tus hijos me cogieron muy duro.

    Él me ama lo sé, aunque en la intimidad me ha dejado claro que soy un instrumento para el placer sexual que usará sin ninguna contemplación.

    Sabíamos que eso jamás se iba a repetir.

  • Mi culito para el papá de mi amiga

    Mi culito para el papá de mi amiga

    Leopoldo es uno de esos hombres maduros que dan la impresión de no saber lo guapos y atractivos que son. Está casado con una mujer cuatro años mayor que él, la única mujer de su vida hasta mi aparición en escena; me le metí por los ojos y terminamos entre sabanas en contadas ocasiones.

    Además de guapo -que todavía lo es- sabe vestir muy bien, se preocupa por su apariencia y siempre huele rico, cosa que nos mata a las mujeres. Un buen perfume siempre es un plus, ténganlo presente.

    Leo -que así le digo con cariño- debe medir entre 10 o 12 cm más que yo (mido 165 cm). Su cabello corto unido a su extensa barba la que presume de diferentes formas: recién rasurada, poco poblada o muy poblada. Sea como sea, se ve divinamente guapo.

    Sus cejas también hay que destacarlas pues, las tiene hermosas. Su nariz es bella, perfilada. También se deja el bigote y lleva unos labios bien coloreados. Tiene una sonrisa encantadora y una mirada dulce provenientes de sus ojos color café igual que los míos.

    No hace falta decir que Leopoldo es un hombre que cuida bien su alimentación para estar tan rico a su edad, pues, aunque han pasado algunos años sigue estando comestible.

    Cuesta creer que en toda su vida haya tenido una sola mujer hasta mi aparición, pero le creo a todo lo que me ha contado de él cuando hemos compartido momentos íntimos.

    Es el papá de mi amiga Brenda y para entonces, él tenía 44 años y yo era una «niña», según como él solía llamarme. Tenía 21 años, un año más que Brenda.

    Yo cursaba estudios en la universidad de la capital, lejos de mi ciudad natal y de mis padres. Tenía rentado un apartamento para mi sola, iba al gimnasio de forma recurrente y me divertía cada tanto tiempo los fines de semana con amistades que había hecho durante los dos años y un poco más que llevaba en la ciudad capital.

    Mi pretensión era la de volver a tener intimidad con él en mi apartamento, pero no era algo fácil de planear y tampoco se me había presentado la ocasión, al ser un hombre casado y el padre de una de mis amigas tenía que cuidar mis pasos.

    La discreción es una de las cualidades que me caracterizan y procuro manejar bien los modos y tiempos en mis relaciones íntimas.

    Por parte de él, siempre se las arreglaba para comunicarse conmigo pidiéndome que nos volviéramos a ver. Yo lo regañaba, exigiéndole que fuera más cuidadoso al llamarme o escribirme por cualquier medio. Debía esperar que fuese yo quien lo buscara, recordándole también que era un hombre casado, que su hija era mi amiga y que lo que hacíamos estaba mal.

    Leo estaba obsesionado, yo me había convertido en la segunda mujer en su vida, su primera amante y ahora no me dejaba en paz, le excitaba lo que había estado viviendo conmigo, una relación extramatrimonial, una infidelidad que de descubrirse desataría los demonios de su mujer y muy probablemente la decepción y repudio de su hija no solo hacia él sino también para conmigo.

    Teniendo muy cuenta todos estos detalles y el riesgo que significaban para mi vida, esa noche tenía un plan bien elaborado para conseguir mi objetivo siendo realista de que las cosas podrían no salir como yo quería.

    Mi amiga Brenda no estaba en la capital, llevaba unos días ausente en un pueblito al interior del país en casa de sus abuelos maternos.

    Esa fue la clave que me llevó a idear el plan de volver a cogerme a su papá porque sí, porque desde que lo deseé me prometí que ese hombre me haría gemir todas las veces que él quisiera y que la oportunidad se presentara, así de decidida soy en el sexo.

    Llamé a Brenda por teléfono, le dije que estaba en el terminal de autobuses y que me había quedado sin dinero para irme a casa.

    Empezó a hacerme preguntas que no me esperaba como por ejemplo, de dónde venía, hacía donde había ido, qué hacía yo a esas horas de la noche y sin dinero.

    Por suerte, pude inventarme una historia y al final terminé consiguiendo lo que quería, que Brenda llamara a su papá para que me fuera a buscar al terminal de buses y llevarme a casa.

    No sería la primera vez. En anteriores ocasiones en las que visitaba a Brenda era Leopoldo el que iba a dejarme en mi apartamento, algunas veces de día me llevaba Brenda pero de noche lo hacía él. En una de esas ocasiones también tuvimos sexo en su camioneta pero lo dejaré para otro relato.

    La primera parte del plan ya estaba completada, Brenda se había creído el cuento del terminal y había llamado a su papá.

    No tardó en escribirme por whatsapp: «Ya le dije a papi que te fuera a buscar, irá lo más rápido que pueda, llámalo.»

    Y luego otro mensaje: «Ah, y avísame al llegar, porfi».

    Esperé unos 5 minutos y llamé a Leo.

    —Aló —me respondió en seco.

    Sabía que era yo, pues, me tenía en sus contactos. Entendí entonces que aún seguía en casa y que probablemente su esposa estaría cerca de él.

    —Ven a mi apartamento —le susurré

    —¿Aló? —preguntó

    —No estoy en el terminal, estoy en mi apartamento, ven —volví a susurrarle

    Le corté la llamada y fui a prepararme para la ocasión, estaba segura de que vendría.

    De su casa al terminal son como 15 minutos en auto, del terminal a mi casa son 10 y es casi por la misma ruta así que supuse que tardaría por mucho unos 30 minutos en llegar, tendríamos unos 20 minutos para nosotros, luego debía apurarse en volver a su casa para no levantar sospechas.

    Pero su mujer es exageradamente aburrida y algo tonta, a decir verdad, no creo que sospecharía que esa noche su esposo iba más que encantado a darme una cogida en mi apartamento.

    Eran las 7.33 cuando llamé a Leopoldo y las 7.50 cuando me llamaron de conserjería para avisarme que tenía visita de un tal Leopoldo Ramírez.

    Bajé a recibirlo con la idea de encontrármelo en el ascensor, pero se había tardado estacionando el automóvil.

    Como dije anteriormente, mido 165 cm. Soy delgada y elástica, de piel blanca bronceada. Tengo un buen cuerpo, medidas de 86-60-86 y peso regularmente entre 50 y 53 kilos cuando mucho, mi cabello es largo y castaño, mis ojos café.

    Iba vestida con una licra de color vinotinto, una de las que usaba para ir al gimnasio, una franelilla blanca de tirantes, ambas piezas ajustadas milimétricamente a mi figura, en mis pies unas chanclas blancas.

    Me lo conseguí en el pasillo, lo jalé del brazo y lo apuré al ascensor antes de que viniera otra persona.

    Una vez a solas dentro del ascensor e inspirada por el excitante aroma que emanaba de ese hombre le di un beso con lengua cargado de deseo, luego lo miré fijamente a los ojos.

    —¿Será que tienes ganas de cogerme? —pregunté con atrevimiento, esbozando una leve sonrisa sugerente

    —¿Por qué? —respondió él simulando inocencia

    —Te tardaste 17 minutos —respondí, propinándole una leve bofetada

    Dirigió su mano hacia mi boca y metió sus dos dedos más largos. Se los chupé mientras mirándonos fijamente continué sonriéndole.

    Había cámaras, así que el conserje de turno debió haber disfrutado la breve escena sabiendo que la película continuaría una vez que abandonáramos el ascensor.

    Anteriormente comenté que soy discreta en mis relaciones íntimas, pero no creo que ese leve momento registrado por las cámaras del ascensor me vayan a dar problemas algún día. Las probabilidades son bastante mínimas así que me permití un poco de atrevimiento público, me daba morbo saber que el conserje vería la peculiar escena morbosa entre una niña de 21 años y un hombre cuarentón y se imaginaría todo lo demás a continuación.

    Llegamos al cuarto piso entre agarrones y besos, abandonamos el ascensor, cruzamos en U hacia un pasillo donde al fondo quedaba la puerta de mi apartamento, él siguiendo mis pasos tomado de mi mano.

    Abrí, le pedí que pasara, luego entré yo y cerré la puerta.

    Quedamos de pie frente a la puerta, volvimos a besarnos mientras con ambas manos le quitaba la correa de cuero y bajaba el cierre de su pantalón de tela.

    Me agaché, le terminé de bajar el pantalón, su bóxer y me metí su pene en la boca. Puedo estar segura de que ningún hombre me hubiese detenido, adoran el sexo oral o en palabras vulgares, les encanta que les chupen la verga.

    Me olvidé de todo, solo quería sentir su pene crecer, crecer y crecer para luego continuar chuparlo con ansiedad y desesperación.

    Él sabía lo mucho que me encanta el sexo oral, tanto darlo como recibirlo pero más que todo soy de las que adora y se esmera en chupar un buen pene.

    Me encanta todo el proceso. Acariciarlo por encima del pantalón, luego desabrochárselo, masturbarlo un poco con mis manos, mis labios, introducirlo a mi boca, disfrutar la textura, la erección en todos sus niveles, chuparlo por todos lados, me encanta chupar la piel testicular, el glande, adoro estirar el prepucio, me encanta el olor, me encanta sentir al glande posándose en mi lengua, chocando la campana de mi garganta, me encanta oír cuando me produce arcadas, me encantan morder la piel, me encanta masturbarlo mientras chupo y un sin fin de opciones en el menú.

    —Me encanta chupártela —le dije casi sin aire mirándole a los ojos.

    Habrían pasado tres minutos en los que devoré su pene de todas las formas posibles, una vez que creció y alcanzó la máxima erección se me hizo complicado chuparlo y me empezaba a faltar la respiración lo que a él le pareció perfecto para dominar la situación, pues, posó sus manos en mi cabeza y adiviné sus intenciones. Uní mis manos por detrás de mi espalda y abrí nuevamente mi boca para recibir sus 17 centímetros de un pene que considero tiene un grosor a considerar.

    Esta vez él impondría el ritmo. Comenzó a cogerme la boca, poquito a poquito, tratándome bien, pretendiendo ser educado hasta que el morbo de verme sometida y humillada le venció por completo.

    Comenzaron las arcadas y las lágrimas, Leopoldo me violentaba la boca, ya me era difícil mirarle fijamente a los ojos.

    Estaba excitadísimo, se le veía en su cara, yo quería que a partir de ese momento él hiciera de mi lo que quisiera, pues me tenía al borde del orgasmo con el solo hecho de cogerme la boca.

    Continuó la violación de mi boca, produciéndome arcadas consecutivas, permitiéndome tomar aire de vez en cuando para luego hundirme nuevamente su trozo de carne.

    Pensé que en un par de minutos me cargaría hasta la cama pero eso no sucedió, siguió cogiéndome la boca a placer, disfrutaba, su cara se tornó graciosa, no había dudas de que la estaba pasando bien conmigo y que mi boca hacía un trabajo tan maravilloso que lo estaba llevando al clímax.

    Pasó más tiempo del que yo usé, no sé cuánto pero si fue más tiempo. Empezó a masturbarse chocando su glande con mis labios, supe de inmediato lo que venía a continuación así que abrí mi boca y saqué mi lengua todo lo que pude y recibí sus abundantes chorros de semen, uno tras otro salpicando mi lengua, mis labios y las comisuras, pero la mayoría de su semen entró a mi boca, mientras él sufría su orgasmo jadeando.

    Tomé su pene con mis manos y terminé el trabajo, chupándosela nuevamente mientras él disfrutaba del rico dolor que le producían mis labios succionando su miembro viril exprimiendo las últimas y tímidas gotas de leche que se habían quedado rezagadas. Me tomé su néctar como quien no abandona el envase (tipo pasta de dientes) de un chocolate hasta no vaciarlo por completo.

    Me puse de pie y me desvestí frente a él en cuestión de segundos.

    —¿Ya te vas? —pregunté dibujando una sonrisa juguetona.

    En cuestión de segundos se quitó toda la parte baja quedándose solo en medias, se me acercó, me cargó en sus manos y metió su cara entre mis tetas, las lamió, lamió mis pezones, les propinó mordiscos suaves combinados con lamidas pronunciadas, todo eso mientras masajeaba mis nalgas con dureza, como si quisiera transmitir que eran de él y de nadie más.

    Yo gemía levemente por todo lo que me hacía esperando mi turno para llevarme nuevamente su pene a mi boca con el propósito de producirle una nueva erección y me hiciera su mujer.

    Mirando hacia atrás fue caminando hasta sentarse en el sofá y me dijo:

    —Chúpamela de nuevo, para cogerte

    Palabras mágicas para una adicta al sexo oral, era lo que esperaba escuchar.

    Me bajé de él, me posé sobre mis rodillas frente a él y me metí entre sus piernas para nuevamente chuparle el pene que se encontraba un poco flácido y en camino a otra erección.

    Lo hago tan bien que en cuestión de segundos su pene volvía a cobrar fuerzas y yo encantada de saborear sus ganas de mi que fluían de su rico pedazo de carne.

    Él mientras tanto jugaba con mi cabello y me daba nalgadas.

    Entre nalgada y nalgada se dio cuenta de que llevaba un dildo incrustado en mi culito y empezó a jugar con él, logrando estremecerme.

    —¿Esto significa que quieres que te dé por el…?

    —Si —le respondí antes de terminar de formular la pregunta—. Cuando te lo pare me la metes por el culo.

    Mi voz es suave, frágil, débil, aguda y me expreso de manera encantadora, no soy vulgar al hablar, ni siquiera siendo vulgar me escucho vulgar.

    No se aguantó. Debió excitarle tanto la forma en que se lo pedí, pues, se puso de pie y me dijo que no me moviera, solo me recostara al sofá.

    Se agachó y continuó jugando con mi dildo incrustado en mi culito. Lo sacaba y lo metía, una y otra vez, yo me retorcía, estaba excitada y quería estarlo más así que me llevé una mano a mi vagina totalmente depilada para el momento, él también llevó su mano y metió su dedo gordo en ella mientras yo estimulaba mi clítoris.

    Yo gemía y deseaba ser cogida con urgencia, él jugaba con mi dos agujeros.

    De repente lo sacó y no volvió a meterlo más, giré mi cabeza y vi que se acomodaba para penetrarme.

    Lo hizo. Puso su pene en toda la entrada de mi culito y este no tardó en abrirse ante él.

    Me había preparado tan bien para el sexo anal que su grueso pene no tuvo dificultad en abrirse paso dentro de mi estrecho ano. Gemí más fuerte y él empezó el vaivén sabiendo que yo lo estaba disfrutando a plenitud.

    Empezó a culearme poco a poco, masajeando mis nalgas y propinándoles palmadas.

    Yo dejé de estimular mi clítoris y usé mis manos para abrirle mis nalgas pero él me tomó de las muñecas y comenzó a penetrarme con fuerza.

    Mis gemidos aumentaron, me encontraba recostada en el sofá, con mis manos hacia atrás sujetadas por el papa de mi amiga que me culeaba a placer.

    ¿Qué estaría haciendo Brenda? ¿Y si se le ocurría llamar para preguntar por nosotros? Algo bastante probable que no preví y recé para que no sucediera. Nadie podía interrumpirnos, no en ese momento tan delicioso para mi. Lo que si hice fue excitarme más el volver a pensar que me estaba follando al papito de mi amiga o mejor dicho, su papá me estaba rompiendo el culo, era algo que me producía un morbo inmenso, solo meditarlo lograba mojarme la panti, convertirlo en realidad era otro nivel.

    Así estuvimos un buen rato, no sé cuánto pasó, pero me corrí, pues él me cogió a distintos ritmos, lo hacía muy bien y tardaría en correrse.

    —Dame duro, Leo —le decía insistentemente

    No hacía falta que yo se lo dijera, pero me encanta decir esas cosas de vez en cuando, también me gusta usar pequeñas mentiras, pues, a ellos les fascina escuchar cosas como «me está doliendo», «suave, por favor», «me vas a matar», «para, para». Enloquecen, realmente.

    Aunque debo admitir que a veces si duele y no es agradable cuando no se detienen aunque les digas que se detengan.

    Pero eso no sucedió en esa ocasión, disfruté al máximo, me culeó a todos los ritmos y aguanté las embestidas, me mojé, me corrí y me sentí su puta una vez más.

    Cuando no pudo más se corrió dentro de mi culito haciéndome sentir nuevamente su puta aunque no me lo dijo.

    Él es un hombre muy educado y no es de palabras vulgares, adora el buen sexo y lo hace muy bien, le gusta darme por el culo, le gusta que me tome su semen, hacerme su mujer y complacerme sexualmente pero sin llegar a la vulgaridad.

    Esa es su forma de ser y a mi me encanta como él me coge, no todos los hombres son iguales y en la diversidad es donde más se disfruta.

    Después de correrse en mi culito, se quedó ahí pegado a mi como si él fuera un canino y yo su perra en celo, se acercó a mi cara, besó mis mejillas, besó mis labios y me agradeció el momento.

    Me dijo que era hermosa, que era una delicia de mujer y que le llamara cuando quisiera, que haría todo lo posible para acudir a mi con todo el gusto del mundo pero que tenía que irse.

    Nos levantamos, él se vistió rapidito y se despidió de mi con otro gran beso de lengua.

    [email protected]

  • La limpiadora

    La limpiadora

    Pocas cosas resultan más morbosas que follarse a una madura. Cuando uno es joven, una de las fantasías más recurrentes es la de montárselo con una MILF. Típica historia con la vecina pureta, tirarse a la madre de un amigo o follarse a la mujer del jefe. En mi caso no fue ninguno de esos escenarios. Tampoco fue una tía espectacularmente guapa que pasaría por menos edad. Lo mío fue diferente. Hace 25 años yo tenía 22 y trabajaba en una inmobiliaria dedicada al alquiler vacacional. Desde primeros de junio hasta mediados de septiembre, trabajaba de chico de los recados en una oficina en una playa. Junto a una compañera nos pasábamos el verano atendiendo a los inquilinos que habían alquilado los diferentes apartamentos que se repartían por aquel trozo de costa. Entre cambio y cambio de alquiler quincenal teníamos que planificar la limpieza de esos apartamentos. Y es aquí donde aparece mi pureta.

    Rocío, la gobernanta de las limpiadoras, tenía unos 47 años vividos. No era nada fea, pero el paso de los años no le habían hecho justicia. Casada con un segurata que trabajaba en el centro comercial donde teníamos la oficina, era madre de dos adolescentes de 15 y 17 años. Los más de tres lustros de matrimonio la habían llevado a un estado de dejadez física. Sus escasos 157 centímetros contenía, a estas alturas, un culo con celulitis y varios kilos de más. Pero Rocío tenía un encanto personal y unas tetas tamaño XL imposibles de pasar desapercibido para cualquier hombre heterosexual.

    Nos habíamos conocido el año anterior y este la había cogido mirándome varias veces. En aquella época yo tenía un físico bastante atractivo. Mis entrenamientos con el equipo de baloncesto me mantenían en una buena forma física. La genética también ayudaba, con una altura considerable, poseía un cuerpo bien tonificado y definido. Las piernas bien desarrolladas y un culo con bastante éxito. De manera, que Rocío había empezado a piropear mi físico medio en broma medio en serio, ante sus subordinadas y mi compañera.

    Durante los últimos días de junio la relación laboral fue muy estrecha. Ella, como jefa de limpiadoras, y yo, como chico de los recados, teníamos que coordinar muchas cosas y trabajamos codo con codo durante muchas horas. En esos días hubo miradas, bromas y algún que otro roce. En el cambio de la segunda quincena de julio, la tensión sexual entre ambos era más que evidente aunque por suerte nadie se había dado cuenta.

    Casualidad o no, Rocío necesitaba que la acompañase a hacer algo a una vivienda. Dentro de la habitación la tuve a ayudar a colocar una cortina. En un estrecho hueco me vi sujetando a la limpiadora sobre una silla. Estábamos casi juntos. Sus tetas estaban a la altura de mi cara. La opción de morderlas era demasiado tentadora. De repente, Rocío fue descendiendo hasta colocar su cara frente a la mía.

    No sabría decir quien tomó la iniciativa. Lo cierto es que en una décima de segundo estábamos besándonos apasionadamente. Ella se agarraba a mi nuca y me metía la lengua hasta la campanilla. Se le veía ansiosa de sexo. En mi caso, era más morbo que ansiedad. Llevaba seis meses saliendo con una chica de 19 años y follábamos con asiduidad. Pero las tetas de la limpiadora me tenían obnubilado. Marta, mi chica era menudita, muy guapa de cara, pero con poco pecho.

    Rodamos por la cama de matrimonio de aquella casa anónima. Nos comíamos la boca y comenzamos a desnudarnos. Mi cuerpo fibroso y juvenil contrastaba con el de aquella madura con algo de sobrepeso. Al quitarle el sujetador aparecieron dos impresionantes tetas de aureola marrón claro y pezón gordo. Sin pensármelo me lancé a comérmelos:

    -Joder, cómeme las tetas niñato.

    Se las mordí, se las chupé, se las mamé. Eran inabarcables. Mis labios succionaban sus maravillosos pezones mientras Rocío no paraba de gemir y buscar con sus manos quitarme el pantalón.

    La ayudé poniéndome de rodilla y facilitando la maniobra. Sin perder tiempo me liberé de toda mi ropa y me exhibí desnudo ante aquella limpiadora. Mi físico estaba perfectamente definido con el entrenamiento del equipo y sobre todo con mis 22 años. Ella alabó mi polla antes de engullirla como zorrita hambrienta:

    -Dios que gustazo de boca.

    Era la primera vez que me la mamaba una puerta. Y esta se esforzaba en hacerlo a la perfección. Mi polla se derretía en el interior de la boca de Rocío, que estaba desatada.

    Antes de correrme le ordené parar. La tumbé boca arriba y le bajé las mallas ajustadas junto con las bragas. Ante mi un coño cubierto por un triángulo de rizos negros del que emanaba un intenso olor a sexo. Le acaricié la mata de pelos mientras la mujer abría las piernas ofreciéndome su intimidad. Notaba el calor de su raja.

    Me lancé de cabeza a comerle el coño. Mi novia lo llevaba totalmente rasurado. Y las dos chicas con la que me había liado antes de ella también. Era la primera vez que me comería un coño peludo. Qué cosa más rica, joder. Separé los labios vaginales de Rocío para deleitarme con el manantial rosado que tenía delante. Pasé mi lengua desde el ano de la limpiadora hasta su clítoris. Saboreando el flujo que inundaba el coño y metiendo la lengua en cada pliegue de aquella vagina madura.

    Rocío no se cortó a la hora de gemir con la maravillosa comida de coño que le estaba dando. Entre sus piernas, con algo de celulitis, me esforcé en darle un placer que parecía no disfrutaba hacía mucho tiempo:

    -Come cabrón, come. A la limpiadora le iba el sexo sucio y malhablado y a mí me encantaba. Sobre todo porque a mi novia no le ponía nada que la insultara.

    Comencé a masturbarla con mi lengua al tiempo que le metía tres dedos en el coño. Su musculatura se tensaba para apretar el grosor de las extensiones de mi mano:

    -¿Te gusta, zorrita?

    -Méteme la polla niñato.

    -¿Quieres polla, zorra? ¿Quieres esto? Le dije moviendo mi polla con una erección de caballo en la que se marcaban las venas.

    Sin darle tiempo, le separé las piernas y se la hundí hasta el fondo. Un grito de ella evidenció sus carencias sexuales. Otro puntazo fuerte, seco. Un golpe de cadera duro. El ruido de nuestros cuerpos chocando comenzó a ser más uniforme. Me estaba follando a la limpiadora pureta sin compasión. Sobre ella comencé a comerle las tetas que se movían al ritmo de mis caderas como dos flanes:

    -Dame fuerte joder. Decía la pureta mientras se agarraba a mis duras nalgas.

    -Quiero correrme entre tus tetas…

    Me incorporé y subí sobre su cuerpo hasta colocarme a horcajadas sobre su torso. Ella me miraba lasciva y agarrando sus tremendas tetas. Coloqué mi polla erecta entre ellas para que la mujer las juntara. Sentí como aquellas enormes tetas de casada aburrida abrazaban mi polla. Una polla extraña para ella. Comencé a moverme mientras ella hacía lo mismo con sus manos. Aquella era mi primera cubana. Una pureta casada me estaba haciendo una paja con sus impresionantes tetas. Sentí que desde mis cojones comenzaba a subir el semen;

    -Córrete cabrón. Córrete encima de mí.

    No dejaba de mirarle a los ojos verdosos y su cara de pureta insatisfecha. Me estaba poniendo muy burro. Miraba como mi polla se perdía entre las dos enormes tetas. Estaba a punto de correrme cuando Rocío fue un paso más allá:

    -Pégame niñato. Pégame en la cara.

    Mirándola a los ojos, mordiéndome el labio inferior sentía que la corrida era inminente y le di una hostia. Le crucé la cara al tiempo que un par de chorros de semen caliente marcaban su mejilla enrojecida por mi mano:

    -¿Esos es lo que quieres, puta?

    -Mmmm, sí joder, soy muy puta.

    Cuando terminé de correrme los chorros recorrían su cara, su cuello y para terminar entre sus tetas. Le acerqué el capullo gordo y de color rojo intenso para que la pureta me lo terminara de limpiar. Lo envolvió con sus labios y succionó hasta dejarme seco.

    Había pasado más de una hora desde que nos marchamos a colocar la cortina al apartamento. Contamos una historia más o menos creíble ante mi compañera, en la oficina. Pero aquella tarde se había abierto una puerta que sería muy difícil cerrar. Esa noche, Marta, mi chica, no tenía muchas ganas de follar, pero a mi aún me duraba el calentón del polvo con Rocío. Así que conseguí que me la chupara en el coche, pero la cosa no acabó nada bien:

    -Chúpamela bien, puta zorra No pude evitarlo, el recuerdo de la cubana con la limpiadora seguía muy vivo en mi cabeza.

    -¿Qué dices tío? Ya sabes que no me gusta que me hables así. Ahora te la terminas tú.

    Me dio igual. No podía quitar de mi mente a Rocío. Me fui a dar una vuelta a la playa y a imaginar si el segurata se la estaría follando. O comiéndole las tetas que yo había bautizado como mi semen esa misma tarde.

    Los días siguieron pasando y la complicidad entre Rocío y yo seguía aumentando. Una tarde, se retrasó y llegó a la oficina a la hora de salir. Mi compañera le propició la coartada necesaria:

    -Me he venido sin coche y necesito que alguien me lleve.

    -A mi me viene fatal Rocío, voy en dirección contraria se apresuró a contestar mi compañera.

    -No te preocupes que yo te llevo. Me ofrecí sabiendo que aquello tenía alguna razón.

    Nos montamos en mi coche y salimos en dirección a la carretera que llevaba a la población de Rocío:

    -Para por aquí. Me dijo la limpiadora al pasar por un carril de tierra que se perdía en un pinar. Sin duda aquello era un picadero donde los adolescentes iban a follar.

    Paré el motor. Nos miramos:

    -Me tendrás por una puta, ¿no?

    -No. Te tengo por una casada aburrida de su matrimonio.

    -Pues sí. Mi marido es muy bueno, pero llevamos demasiados años juntos y el sexo con él no me satisface. Y contigo -dijo esto mientras me agarraba el paquete.

    No le di tiempo a seguir y la besé. Su boca sabía a chicle de menta. Le metí la lengua hasta la campanilla. Ella me correspondía ansiosa. Me mordió el labio inferior y sin dejar de manipular mi pantalón hasta liberar mi polla erecta. Bocio se separó de mi para acomodarse de rodillas en el asiento el copiloto. Miró por la ventanilla antes de quitarse la camiseta por la cabeza y exhibir ante mi sus dos melones aprisionados por el sujetador. Llevando sus manos a su espalda y sonriéndome se deshizo de la prenda para dejar al aire aquellas dos maravillas de la naturaleza. Sus pezones, endurecidos por la excitación, parecían más gordos aún de lo que eran. Luego me agarró la polla. La apretó y tiró de la piel hacia abajo para descubrir mi capullo, gordo, de piel tirante:

    -Vaya rabo que tienes cabrón.

    Rocío se inclinó sobre mi entre pierna y se introdujo mi polla en la boca. No pude evitar un suspiro de satisfacción cuando aquella casada que podía ser mi madre comenzó a comérmela. Lentamente, su cabeza descendía hasta topar su nariz con mi pubis. Sentía como mi capullo se iba acomodando a su cavidad bucal encajándose en su garganta. Sin duda Rocío era una auténtica puta-comepolllas. La agarré por la cabeza y comencé a marcarle el ritmo de la mamada. Ella se dejaba hacer.

    Introduje mi mano derecha por debajo de su torso hasta agarrar una de sus tetas y comencé a acariciarla, me centré en su pezón gordo. Se lo pellizqué y tiré de él mientras la mujer había empezado a acelerar el movimiento de su cabeza:

    -Así, joder, así puta. Me estaba embruteciendo.

    Agarré su melena y la obligué a tragársela entera. Sentí que no podía respirar y la liberé. Ella se incorporó para tomar aire e insultarme:

    -Cabrón, me vas a ahogar.

    Volvió a inclinarse y tras escupir en el capullo continuó con su mamada. Después de diez minutos sentí como su succión estaba a punto de ordeñarme. De nuevo le agarré la cabeza y ahora comencé a follarle la boca. Sin compasión moví mi cadera incrustándole la polla muy dentro. Ella puso su mano como tope para que no le golpeara la garganta evitando así una posible arcada. Por fin le anuncié que me iba a correr:

    -Me corro, perra, me corro.

    Rocío no se retiró y se tragó toda mi leche caliente. A mis 22 años, mis corridas eran enormes, pero aquella limpiadora insatisfecha no tuvo reparos en engullir toda la lefa que escupió mi polla.

    Al levantar la cabeza, algunos restos blanquecinos se salín por la comisura de sus labios. Con total normalidad los recogió con sus dedos y se los lamió. Yo estaba exhausto, derrengado en el asiento mientras ella comenzó a ponerse la camiseta. Mi polla había perdido dureza y caía, algo flácida, sobre el lado izquierdo. Rocío se acercó y me agarró los cojones con su mano:

    -Joder, niñato, vaya cantidad de leche que echas en cada corrida. Mi marido no puede generar tanta.

    Sin apenas comentar nada nos pusimos en marcha y menos de cinco minutos estaba dejando a Rocío en la puerta de su casa. La despedida fue fría, tampoco era momento de romanticismos, allí delante de la puerta de su casa con los vecinos mirando. Esperé un rato viendo como aquella mujer de 47 años se alejaba de mi coche y entraba en el portal de su casa.

    Aquella noche, con el calentón, volví a tener movida con Marta, mi chica. Yo estaba siempre excitado y aquella noche quise que se tragase mi corrida como había hecho Rocío por la tarde, pero mi novia era bastante más estrecha que la limpiadora y puso el grito en el cielo:

    -Pero ¿qué dices, joder? Qué asco. ¿Por quién me has tomado, por una puta?

    Otra bronca por culpa de Rocío. La limpiadora me había mostrado una manera de tener sexo que parece que nunca me daría Marta así que desde aquella noche nuestra relación fue de mal en peor hasta que una semana después decidimos dejarlo. He de decir que ella lo pasó mucho peor que yo, ya que en mi caso estaba encoñado con la pureta y me moría de ganas por follármela cada día.

    Durante el mes de agosto tuvimos pocas oportunidades de quedar a solas, con lo que las reservas de semen en mis huevos iban aumentando considerablemente. La posibilidad de volver con Marta y echarle un polvo era algo que había descartado desde un principio, además durante la segunda quincena de agosto me enteré que se había marchado a Ibiza con unas amigas. No me importó lo más mínimo.

    Por fin en la última semana de agosto todo se cuadró a mi favor. Con casi todo controlado, y en vista de que en pocos días se irían todos los turistas y no entraría nadie, el trabajo se hizo más relajado. Fue un viernes cuando Rocío me hizo saber que podríamos quedar. Sus hijos se marcharían a un campamento y su marido tenía turno de noche. A las 11 de la noche llamé a la puerta de su casa. No nos dimos tiempo a nada. Inmediatamente cerramos la puerta nos comimos la boca mientras nos desnudábamos camino de su dormitorio matrimonial.

    En una cama KS, nos tiramos abrazados. Ella me agarraba el culo y yo le comía aquellas impresionantes tetas. Entre suspiros y gemidos de placer comencé a masturbarla al tiempo que recorría con mis labios y mi lengua, su boca, su cuello y sus tetas. Rocío se mostraba encantada con mi entrega. Lamí con mi lengua su cuello dejando sobre su piel un camino de saliva caliente. Me detuve en sus tetas para mamar de sus pezones como si tuviese que alimentarme. Con mi mano derecha separaba sus labios vaginales barriéndome camino entre su mata de rizos negros hasta encontrar la entrada a aquella gruta caliente y húmeda que era su vagina.

    Le introduje dos dedos y comencé a moverlos en círculos mientras con el pulgar estimulaba su clítoris. Los gemidos de la mujer le impedían articular palabra hasta que tuvo un espectacular orgasmo. Cerró sus piernas entrono a mi mano que quedó atrapada en su coño. Con sus manos se agarró a mi nuca llevando apretando mi cabeza contra sus tetas y mordiéndome el cuello hasta dejarme un moratón:

    -Joder niñato, vaya paja que me has hecho cabrón. Por fin, Rocío volvió de sus éxtasis. Hacía años que no tenía un orgasmo tan intenso.

    Pero yo no me había corrido y estaba ansioso por descargar. Me coloqué sobre ella. La besé y le metí la polla en el coño de un golpe. Rocío gritó al notar como el grosor la abría en dos. Su sexo era un manantial de flujo vaginal y la penetración fue bastante profunda. Con Rocío abierta de piernas, me empleé a fondo para follármela con ganas, con ansiedad, con necesidad. La limpiadora se veía encantada de ser el objeto del deseo de un niño que bien podría ser su hijo.

    Aceleré mis embestidas contra su coño y con un grito me corrí abundantemente en el interior de la mujer. Sin condón, inundé su vagina madura con mi leche de semental joven. Quedé sobre ella. Rocío me rodeaba con sus piernas impidiendo que me saliera de su interior. Durante unos segundos no dijimos nadas. Ella apretaba la musculatura de su vagina y yo notaba como mi polla terminaba de escupir las últimas gotas de semen.

    Durante unos minutos quedamos ambos boca arriba. El calor ambiental resultaba asfixiante. Nuestros cuerpos estaban empapados en sudor. Miles de gotas perlaban mi torso cuando la mujer comenzó a acariciarme la polla nuevamente. Con mi edad, y mi estado físico, la recuperación fue casi inmediata. La limpiadora comenzó una leva masturbación que consiguió el efecto deseado. Sin duda, Rocío estaba dispuesta a tener una noche de sexo desenfrenado. Muy diferente al que al rutinario y escaso que el ofrecía su marido.

    A medida que miembro comenzaba a alcanzar una nueva erección nos comenzamos a comer la boca. Me coloqué de rodillas para colocarme entre las piernas de la madura. Ante mí una mujer de 47 años, con dos tetas de dimensiones descomunales y un coño peludo que me tenía loco. Me agarré la polla y la paseé por su raja. Con el capullo separé los labios vaginales y ella comenzó a acariciarse el clítoris.

    La coloqué a cuatro patas y continué con mis caricias sobre su coño. Ella gemía, deseaba ser follada como una perra, algo que hacía mucho que su marido no hacía según me confesó. La agarré por las caderas y le di un buen puntazo. Le clavé la polla en el fondo del coño:

    -Ay, joder, me la vas a sacar por la boca, niñato.

    -¿Y no quieres? ¿No quieres que te folle fuerte, zorra?

    Le di un nalgazo para dejarle los dedos marcados en aquel culo blanco. La volví a penetrar muy duro, sin aviso, sin compasión. Comencé a follármela muy duro. Agarrado a sus caderas le incrustaba la polla al fondo de su vagina. El movimiento era tal que el cabecero de la cama golpeaba contra la pared al ritmo de mis embestidas. Ella gemía, cuando la agarré del pelo. Sus tetas pendían de manera majestuosa y bailaban al ritmo que marcaba mi cadera. No pude evitar introducirle un dedo en el ano mientras me la estaba follando a lo perrito. Era una fantasía que siempre había tenido.

    Pero una vez más, Rocío me sorprendió:

    -¿Quieres darme por culo, niñato? ¿Quieres meterme ese pedazo de rabo por el ojete?

    -Sí, puta, Quiero darte por culo.

    Ella alargó uno de sus brazos hasta el cajón de la mesita de noche y sacó un bote de vaselina. Con dedicación lubriqué su culo con aquel gel viscoso. Con dos dedos comencé a dilatar la entrada trasera de la limpiadora. Ella agachó su torso hasta poner la cabeza en el colchón ofreciéndome una mejor perspectiva de sus agujeros. Con las manos se abrió las nalgas y se dispuso a disfrutar de una enculada. Llevé mi capullo a la entrada de su esfínter y comencé a ejercer fuerza contra él. Poco a poco, fui avanzando y penetrando el ano. No era la primera vez que a Rocío le daban por culo. Después de conseguir meterle el capullo, la penetración fue más fácil.

    Cuando la limpiadora sintió que su ano abrazaba sin problemas el grosor de mi miembro dio un suspiro de satisfacción:

    -Seguro que esto no te lo da tu novia, niñato.

    -Ella no es tan puta como tú.

    -Te voy a enseñar lo que es una auténtica bestia sexual, niñato.

    Sentía como la estrechez de aquel agujero me resultaba más placentero para mi polla. Comencé lentamente, notando como me abría camino en el interior del culo de Rocío. Ella gritaba en una mezcla de placer y dolor. La tenía a mi merced, en aquella postura de sumisión, con la cabeza en el colchón y el culo en pompa, cuando empecé a acelerar la follada de culo. La mujer llevó su mano a su clítoris y comenzó a masturbarse mientras mi ariete destrozaba su ano:

    -Párteme el culo, niñato. Pártemelo, joder.

    Aceleré hasta que la limpiadora no pudo soportar mis embestidas y cayó boca abajo, yo sobre ella. Continué penetrándola con fuerza. Quería reventarle el culo y correrme dentro. Me sentía a punto de eyacular cuando al mirar hacia la mesita de noche vi una fotografía de Rocío y su marido en algún viaje. La sensación de darle por culo a una mujer mucho mayor que yo, en su cama matrimonial y ante la mirada de su marido desde una fotografía fue lo que me faltaba para eyacular una de mis enormes corridas. Le inundé las entrañas con mi leche. Le llené el intestino con gran cantidad de lefa caliente y joven. Ella también había llegado al orgasmo con su masturbación. Caí sobre ella, sintiendo como mi polla seguía apretada por el esfínter anal de Rocío.

    Pero algo pasó en mi cabeza. No sabría decir el qué. Pero algo cruzó por mi cerebro que me hizo tener una desagradable sensación de vértigo. De repente comencé a vestirme, tenía que salir de aquella casa. No podía seguir tumbado junto a aquella mujer. Rocío no me dijo nada, pero creo que se dio cuenta de lo que me pasaba. Sin despedirnos salí de su casa. Eran las 4 de la mañana y volvía la mía.

    Nunca más volvimos a quedar. Al final del verano me fui de vacaciones con unos colegas. Nunca le conté a nadie lo que pasó aquel verano con la limpiadora madura. Y nunca más volví a ver a Rocío. Han pasado 25 años, de manera que ahora yo tengo 47 (la edad que tenía ella entonces) y la mujer 73. No logro imaginar como habrá envejecido, tampoco me interesa. Prefiero quedarme con el recuerdo de aquellas tetas y aquellos polvos que echamos el verano del 96.

  • Haciendo amigas nuevas

    Haciendo amigas nuevas

    La penumbra dejaba ver las siluetas de ambas, abrazadas, besándose y entregadas a la pasión que se había desatado horas atrás. Sus cuerpos estaban cubiertos de sudor y la excitación era muy evidente en ambas. Las caricias que se prodigaban, los besos en varias partes, se volvían más intensos en sus bocas, con ese intercambio de lenguas en pleno deseo y susurros donde se decían lo mucho que estaban disfrutando y de lo rico que era el momento.

    Todo era pasión, sensualidad, sexo desbordado y deseo. Poco a poco, ella bajaba a tus senos desnudos, tomando el primero para llevarlo a su boca, que abría ampliamente para contener lo más posible de él y succionarlo fuerte, sentir eso te excitaba. Lo soltaba poco a poco hasta tener tu pezón erecto entre sus dientes y tirar delicadamente de él, haciendo que tu cuerpo se estremeciera, tus gemidos surgieran de tu boca entreabierta y tu cabeza la inclinaras hacia atrás en clara respuesta a las sensaciones que te provocaba ella en ese momento con sus caricias orales.

    Tú le sostenías la cabeza, acariciando su cabello, la observabas con gran deseo mientras ella seguía rindiendo honores a tus muy atractivos senos, alternando uno con el otro y lamiendo cada espacio de ellos, así como el canal que los separa, saboreando tus pezones y llevándolos a su boca para mantenerlos erectos, duros. Al ver que te generaba mucha excitación, ella se dedicó a seguir chupando y lamiendo tus senos alternadamente mientras que con una mano, fue cubriendo el espacio hacia tu vagina. Ya allí pudo sentir lo muy mojada que te encontrabas producto de la excitación de todo lo que estaba sucediendo. Comenzó frotando tu monte de venus y tú le abriste las piernas para darle mejor acceso a tu sexo.

    Entonces, ella extendió su mano, juntó sus dedos, presionó con el dedo medio hasta abrirse paso entre tus labios vaginales ya algo hinchados y mojados de la excitación, hasta empezar a explorar tu clítoris y demás partes hacia la entrada de tu vagina. Todo ello te generaba torrentes de excitación y tu entrepierna le dejaba sentir mayor humedad en ti inmediatamente. De manera instintiva, comenzaste un vaivén con tu cadera al frente y atrás para sentir con mayor intensidad las caricias que te estaba propinando. Seguías sujetando su cabeza, y le besabas la frente y el cabello, pegándola a tu pecho conforme las sensaciones iban en aumento. Te tenía en sus manos y ella te estaba proporcionando placer en una forma única y deliciosa. Eventualmente separaba su cara de tu pecho y viendo como gozabas, te preguntaba si lo estabas disfrutando, a lo que sólo alcanzabas a asentir con tu cabeza, entre jadeos y suspiros, sin dejar de frotar tu pubis contra sus dedos.

    Ella veía como tu respiración se iba agitando poco a poco y aprovechaba para incrementar la intensidad del movimiento de su mano. Tú acelerabas el desplazamiento de tu cadera e ibas mojando más su mano en cada desplazamiento. Ella la retiraba por momentos para llevarla a tu boca, poniendo sus dedos mojados de tus jugos entre tus labios e instintivamente los separabas para chuparlos y lamerlos a todo lo largo, saboreando tus jugos producto de tu excitación, para luego tomar su mano con la tuya y simular un poco como si se tratara de mamar un rico pene con tu boca y lengua. Era súper excitante verlas en plena entrega.

    Ya ensalivada su mano, ella la regresaba a tu entrepierna y volvía a hurgar en ti, ahora buscando adentrarse más. Le abriste tu compás para dejarte hacer lo que ella quisiera y pasó de acariciar tu clítoris y la entrada de tu vagina a tocar tu ano, presionando ligeramente sus dedos en ese anillo cerrado. Tú suspirabas con cada caricia de ella. Recogía algo de tus líquidos y los llevaba a tu vagina y culito. Frotando con la yema de sus dedos en toda tu entrepierna. Tu expresión era de gozo y disfrute total. Ocasionalmente te besaba el cuello, tus senos, tus mejillas y en eso le buscabas la boca para enredarte intensamente en sus labios, mientras seguías siendo cogida por sus caricias en tu cuerpo.

    Sin decirte nada, sus dedos se fueron abriendo paso hacia tu vagina y con mucha habilidad, te ensartó con dos de ellos hasta sus nudillos. Al momento de sentirte invadida, exclamaste un suspiro entre de alivio y deseo y cerraste los ojos, para intensificar las sensaciones. Te empezaba a coger con sus dedos y eso provocaba una catarata de sensaciones en tu cuerpo. Arqueaste tu cuerpo para sentir más su penetración, frotando tu clítoris contra la palma de la mano con que te cogía, te empujabas y en tu boca, abrías tus labios en plena expresión de deseo y lujuria. Poco a poco, su mano fue intensificando sus movimientos y en un momento te alcanzó a meter un tercer dedo, que recibiste con un gemido de mayor intensidad y pasión, mordiendo tu labio superior en muestra de tu excitación.

    Ella se incorporó un poco, sin soltar tu cuerpo y permitió que descansaras tu espalda en el sillón donde estaba sucediendo todo. Empezó entonces a meter sus dedos más profundamente y con el pulgar a rozar la zona de tu clítoris en cada movimiento. Tú levantabas la cadera para darle más espacio de maniobra y ella aprovechaba para intensificar sus caricias en tu cuerpo. Con su otra mano tocaba tus senos, apretaba tus pezones, te acariciaba la cintura. Tus manos se sujetaban a las sabanas fuertemente, para apoyarte y poder intensificar tus sensaciones, entregando tu vagina a sus caricias, mojándola con frecuencia y apretando tus ojos, mientras tu cuerpo denotaba la creciente e intensa excitación que te estaba haciendo sentir esta amante ocasional.

    Tus senos parecían explotar rico y los pezones coronaban esa vista muy sensual. Momentos después, sus caricias te hacían llegar a un nuevo clímax, la fuerte cogida con sus dedos te provocaba un nuevo orgasmo intenso y vibrante, que se expresaba otra vez mojándola y haciéndote estremecer rico, ya un poco fuera de control y quedando momentáneamente extenuada en el sillón.

    Se acostó a tu lado y llevó su mano hacia tu boca y, entre besos en sus bocas, terminaron lamiendo su mano y con ello probando los líquidos producto de tu intensa corrida. Tu sudor era otra prueba más de las muchas sensaciones que te provocaron sus caricias.

    Pero, ¿cómo empezó todo?

    Estaban las dos en una comida de la empresa en un restaurante que frecuentaban, les tocó sentarse juntas y, aunque no trabajaban en la misma área, ya se habían visto y cruzado en los pasillos, saludándose ocasionalmente siempre con cordialidad y una sonrisa.

    La plática se fue dando durante los alimentos y rápidamente hicieron química. Las dos formalmente vestidas de oficina, en esa ocasión tú de traje sastre y blusa de tela delgada bajo el saco y ella de vestido a la rodilla y hombros descubiertos, comentaban diversas cosas de la reunión, haciendo grato el momento. Ocasionalmente ella llegaba a extender su mano hacia la tuya para aseverar algo, hacer énfasis o llamar tu atención sobre algún tema. Había buena vibra y sensaciones agradables.

    Luego te dijo ella que iba al baño y te ofreciste a acompañarle. Ya en el baño, por regresar al comedor, ella se acercó por detrás tuyo cuando estabas por terminar de lavarte las manos, descansó sus manos en tus hombros, y con sus dedos empezó un ligero y reconfortante movimiento que te hizo cerrar los ojos y disfrutar de sus caricias.

    Esa era la señal que ella necesitaba para acercar su cuerpo al tuyo. Pronto sentiste sus senos tocar tu espalda y su cara acercarse a tu cuello para depositar en él un beso delicado y sutil, acompañado de su respiración que percibía el aroma de tu perfume, mientras sus manos comenzaban a bajar hacia tus brazos extendidos que ya se apoyaban en el mueble de baño en el que te recargabas. Antes de lavar tus manos, habías desabrochado el saco que llevabas, y podías sentir el recorrido de sus cálidas palmas que llegaban a tus manos y comenzaban a ascender acariciando tu abdomen en dirección hacia tus senos sobre tu delgada blusa blanca, mientras ella te regalaba otros besos sutiles en tu cuello llegando hasta tu mejilla.

    Abriste los ojos y la imagen que tuviste frente a ti te llenaba de excitación. El espejo reflejaba a tu ocasional compañera de comida, una mujer bella y de muy buen cuerpo detrás tuyo, que te tenía contra el mueble de baño, sus brazos te rodeaban e iban acariciando centímetro a centímetro tu cuerpo, su cara perdida entre tu cabello, besando tu cuello y generándote sensaciones deliciosas, y sus manos empezando a subir hacia tus senos, que ya denotaban lo erecto de tus pezones ante asalto tan excitante a tu persona. Cerrabas los ojos y expandías tus sensaciones, sintiendo como una de sus manos empezaba a rozar la parte baja de uno de tus senos por arriba de tu ropa, haciendo que pequeños torrentes de energía se dispararan hacia tu cerebro. No era la primera vez que una mujer se acercaba a ti para acariciarte y besarte, la carga de atracción era muy intensa entre ustedes y eso hacía que ese momento fuera particularmente excitante.

    Poco después, sus manos se abrían paso entre tu blusa, jalando hacia arriba para sacarla de tu falda, y poder acariciar tu piel directamente. Volteabas a ver al espejo y ella te miraba a los ojos. Ese contacto fue electrizante, ella observaba tus reacciones y tú entregándote a sus caricias, mientras seguía besando tu cuello y se iba acercando cada vez más a tus mejillas. Sus manos recorrían la distancia hacia tus senos y podías sentirla acariciar tu cuerpo, empezando a tocarte por encima del bra de tela delgada que llevabas puesto, eso le permitió a ella desplazarlo hacia arriba rápidamente, empezar a tocar en forma directa tus pezones y apretar tus senos completamente con ambas manos, mientras en tu espalda tenías pegados sus senos firmes restregándose a lo largo de tu cuerpo.

    Sentías como iba acercando sus labios a tu boca, a través de su respiración que chocaba contra tu mejilla y los besos que te iba depositando. Eso te excitaba más, e instintivamente giraste tu cara hacia ella, para sentir tus labios al lado de los suyos, en un roce ligero, que permitió entonces dar el primer beso en esa boca de labios carnosos que se te había antojado durante la comida, mientras observabas su rostro pegado a ti. Inmediatamente, ambas bocas se abrieron en señal del deseo e intensidad del momento, con un beso con mayor pasión y entrega, donde sus lenguas empezaban a jugar entre ellas, y una de tus manos iba rodeando su cabeza, permitiéndole mejor acceso a tus senos.

    Ella aprovechaba eso para dejar una mano a cargo de dar caricias a tus senos y la otra bajaba por tu cintura hacia a tu cadera. Todo ello te gustaba, te hacía sentir deseada y era muy excitante. Percibías su contacto con el contorno de tu cintura, bajar a tus nalgas, e instintivamente las levantabas hacia ella, ofreciéndolas para ser tocadas.

    Las recorrió y pudo sentir lo ricas que están, dibujando su forma, apretando ligeramente, comprobando ese generoso y atractivo trasero que es objeto de miradas de otras personas a tu paso en todos lados. Rápido llegó a tus muslos y después de recorrerlos, tomó la parte baja de tu falda para meter su mano por delante de ti e ir subiendo hacia tu entrepierna rozando la parte interna de tu muslo. Abriste un poco las piernas, te separaste del lavabo sin dejar de sostenerte con una mano y levantaste tu cadera, pegándola a la de ella. Entonces su mano se fue adentrando a tu entrepierna, rozando tu monte de venus sobre tu ropa interior estremeciéndote al contacto de sus dedos y su cadera empezó a empujar la tuya ligeramente, hubieras deseado que fuera hombre para que te poseyera en ese momento, sin embargo lo que estabas experimentando era suficientemente excitante.

    Ella llevaba el control del momento y tú te dejabas hacer. Recargada como estabas contra el lavabo, ella jaló de tu prenda interior, bajándola a tus tobillos, levantando tus pies para sacarla. Ella la recogió inmediatamente y la guardó en la bolsa de tu saco. Entonces levantó la falda hasta tu cadera, dejando al descubierto tus glúteos en buena parte y se inclinó para besarlos y empezar a pasar su lengua entre ellos. Tú te inclinaste sobre el lavabo, levantaste tu cadera y te dejaste llevar por sus caricias.

    Sus manos separaban tus nalgas y ella enterraba su cara para lamerte toda, desde tu clítoris, la entrada de tu vagina y tu culito, que al sentir el contacto de su lengua, se contraía instintivamente provocando en ti gemidos de gozo y deseo. Inclinada como estabas, estabas totalmente expuesta a sus caricias y no tardó en mojar sus dedos con su saliva para hacer presión y meterlos en tu vagina, mientras seguía lamiendo y succionando tu culito. Eso te excitaba mucho, junto con el hecho de que ya levaban rato allí sin ser interrumpidas. Todo ello hacía que las sensaciones en ti se fueran incrementando y en poco tiempo le regalaste un orgasmo intenso, mojándole la cara y la mano que te penetraba ya con ritmo fuerte, mientras tu acallabas tus gemidos y ella te decía que le gustaba hacerte suya y que quería más contigo.

    Conforme fueron cediendo tus espasmos, empezaste a acomodar tu ropa, lavarse manos y cara, retocar maquillaje y ella te preguntó si te gustaría seguir más tarde, al terminar la comida y le decías que sí. Que la podías invitar a nuestra casa para que estuvieran más cómodas y libres para pasar la tarde noche sin interrupciones. Antes de salir al comedor, te tomó de la cara y te plantó un breve pero atrevido beso en la boca.

    Al terminar la comida se despedían de todos rápidamente, tomaban sus cosas y ella te decía que traía coche, y tú le decías que sí te ibas con ella, ya que el plan original era que yo pasaría por ti, pero que me ibas a avisar que tu llegarías a la casa por tu cuenta.

    Subían al auto y, mientras la ibas guiando hacia nuestra casa, salían algunas preguntas generales sobre ustedes. Ella te decía que era soltera, con una relación de ya cuatro años con un novio medio formal, y que aún no tenía hijos. Tú le decías que estábamos casados y vivíamos solos los dos, ya que las hijas ya vivían aparte.

    En un semáforo, ella se volteó hacia ti, jalándote para darte un beso rico e intenso y luego continuar la marcha. Mientras ella conducía, puso su mano en tu muslo y empezaba a acariciarlo hasta llegar a tu entrepierna, comenzando a rozar tus labios vaginales y el monte de venus. Le abriste las piernas para dejarle hacer y mientras tu tocabas su brazo, su cuerpo e incursionabas un poco en sus senos, por encima de la ropa, aprovechando que la noche ya había caído en la ciudad. Te decía que le gustaba que no te hubieras puesto tu ropa interior de nuevo y estuvieras así todo ese rato. En otro semáforo volvían a besarse y al arrancar ella te daba a probar sus dedos impregnados de tu sabor, que te apurabas a chuparlos y lamerlos con mucha dedicación y esmero.

    No tardó en tratar de penetrarte, pero no era lo más conveniente, así que te pidió que te quitaras el brasier y le dejaras sentir tus senos sobre la tela de tu blusa. Al hacerlo, tus pezones se dibujaban perfectamente a través de la tela de lo excitados que estaban. Eso le gustó a ella, porque así podía sentirlos de mejor forma y no paraba de elogiarte por tan rico cuerpo.

    En poco tiempo se acercaron a la casa y entraron al estacionamiento. Le decías que yo ya estaba allí y le comentabas que no sería ningún problema, e incluso que si ella quisiera, podría participar o permanecer aparte todo el rato. Ella te dio un beso muy intenso en la boca y te dijo que se irían dando las cosas.

    Bajaron del auto, se encaminaron hacia la puerta principal tomadas de la mano y, apenas cruzaron el umbral de la puerta, dejaron caer lo que traían en las manos y se fundieron en un abrazo pasional, buscando sus caras para besarse con mucho deseo e intensidad, mientras entre las caricias que se daban, retiraban la ropa que llevaban puesta, hasta quedar ambas desnudas y sólo con sus zapatos de tacón y medias. Se fueron acercando al sillón de la sala, se sentaron en él acomodándose para seguir abrazadas y no te daba tiempo de avisar que habían llegado.

    Yo estaba acomodando cosas en el cuarto de visitas, despejando la cama, entro otros menesteres, cuando escuché que un auto entraba al terreno de la casa. Rápidamente pasé a nuestro cuarto para terminar de guardar otras cosas. Tú me habías avisado que no fuera por tí a la comida y que te llevaría una amiga, que invitarías a pasar un rato a la casa. Así que yo había aprovechado mi llegada antes que ustedes para recoger cosas de la estancia, y después estaba alistando las recamaras.

    Mientras estaba en nuestro cuarto, momentos atrás había escuchado que la puerta principal se cerraba, sin embargo no escuché tu saludo. Estaba por entrar a la sala, cuando me percaté de que estabas acercándote al sillón de tres plazas, abrazada de una amiga y que entre ustedes se daban besos y caricias muy intensas.

  • Mi prima, mi puta personal

    Mi prima, mi puta personal

    Con Patricia, mi prima, nunca tuvimos buena relación. Ella es dos años menor que yo, linda, con buen cuerpo, pero con un carácter de mierda. Siempre tiene algo de que quejarse, algo que no le gusta, siempre a disgusto. Yo llegué a la Capital, hace 10 años, cuando tenía 18, para estudiar en la universidad. Mis padres compraron un departamento para que yo viva, me recibí y comencé a trabajar. Por suerte con Patricia solo me veía en las vacaciones o las fiestas.

    Una tarde recibo la llamada de mi madre pidiéndome por favor que reciba a Patricia que quería venir a buscar trabajo e irse a vivir sola, pero sus padres todavía no habían conseguido un departamento. Para no poner mal a mi madre, y con la promesa que no iba a ser por más de un mes, acepte.

    Patricia llegó un sábado a la mañana. Y lo primero que hizo fue protestar porque el departamento tiene un solo baño. Tampoco le gustaba dormir en un diván en el living. Traté de poner lo mejor de mi paciencia y no escucharla.

    Gracias a Dios durante el día no la veía por mi trabajo. Casi una semana después, el viernes, llegue al departamento con una amiga. Patricia puso su mejor cara de culo. No me importó. Fuimos a mi dormitorio y tuvimos un sexo tremendo. Ella gritaba como loca, era una máquina de gozar. Lo hicimos dos veces y luego se fue. Patricia ya estaba acostada.

    Cuando me desperté, me di una ducha, y fui a desayunar.

    “No puede ser, anoche no pude dormir con los gritos de tu amiguita. Por favor, mientras yo esté acá no traigas a tus amiguitas.” Dijo Patricia sin decir “Buen día.”

    “Patricia, este es mi departamento y soy muy libre de hacer o invitar a quien quiera. Si la flaca gritaba debe ser porque le encanta coger, le encanta el placer. Y a mí me encanta cuando se pone así. Si no te gusta, pues andate.”

    “Voy a hablar con tu mamá.” Dijo.

    La llamó y luego mi madre a mí.

    “Mamá, es muy simple. Yo vivo aquí, ella desde el primer momento se quejó por todo. Ahora pretende que yo no traiga mis amigas. Es muy fácil para mí: se calma o quedan pocas opciones: Se va ella o me voy yo. No tengo problemas en irme a lo de una amiga hasta conseguir alquilar un departamento.”

    Mi madre escucho atentamente, me mandó un beso y segundos después la llamó a Patricia, que fue cambiando su rostro sonriente a una cara seria para después llenársele los ojos de lágrimas. Cortaron y me quedé mirándola a la cara.

    “Nada, te das cuenta que me estas echando, a mí, a tu prima.”

    “No, no te echo, pero si vos no dejas de protestar por todo, si, andate, no me importa un carajo de tu vida.”

    Un rato después, fui a pasear con unos amigos y volví después de cenar. Patricia estaba mirando televisión.

    “Hola.” Dijo muy tranquila.

    “Hola.” Respondí y me fui a dar una ducha. Un rato después fui a buscar un vaso de whisky a la cocina, vestido solo con un bóxer. Patricia me miró asombrada.

    “¿Qué pasa?” Pregunté.

    “Nada, no esperaba verte así.”

    “Es mi casa.” Dije.

    “Lo sé.” Dijo y su mirada fue hacia mi bulto.

    Mientras me servía el vaso de whisky, ella no dejaba de mirarme. Fui a mi cuarto, y miré un rato de televisión y nuevamente fui por un whisky. Patricia estaba despierta. Y su mirada fue nuevamente a mi bulto.

    “Parece que nunca viste un hombre en bóxer.”

    “Si, claro que vi. No soy una tonta.”

    “Ah, pero por tu cara, parece que hace rato que no vez uno.” Dije.

    “Eh, puede ser.” Dijo nerviosa.

    Caminé hacia ella y mi bulto quedó a la altura de su cara. Patricia respiró profundo y mordió su labio inferior. Mi pija empezó a hincharse. Ella la miraba con cara de asombro. Tomé su mano y la llevé a mí bulto. Ella en vez de sacar su mano, apretó suavemente. Solté su mano y ella no dejaba de acariciarla. Baje un poco mi bóxer y mi pija saltó fuera.

    Patricia ahora acariciaba mi pija. Tomé su cabeza y la puse con sus labios sobre mi pija. Ella la empezó a besar. La tomaba en su mano y la besaba sin parar.

    “Chupala.” Dije y ella me miró fijamente. Dudó pero empezó a chuparla. Me agache un poco y me puse a acariciar sus pechos, primero sobre la remera que usaba para dormir, y luego directamente.

    “Sacate la ropa.” Ahora, sin dudar, se quitó la ropa y siguió chupando. Me masturbé un poco y acabé chorreando toda su cara. Patricia me miró y no dijo nada. Mi leche caía por su cara, y ella me miraba como esperando que le diga que hacer.

    Me fui a mi dormitorio y me acosté a dormir sin decir nada. El domingo me levanté tarde, salí a almorzar con unos amigos y cuando volví Patricia estaba con la ropa de dormir, mirando televisión. Fui a mi cuarto, me saque la ropa y volví al living. Me senté a mirar televisión al lado de ella. Tomé el control remoto y puse el canal porno. En la película, una mujer era sometida por un hombre, que la acariciaba y tocaba por todos lados.

    Sin mirarla le dije que se saque la ropa. Ella obedeció de inmediato. Le indique que me siga y fuimos a mi dormitorio. La hice acostar y me puse de rodillas para que me chupe la pija. Ella chupaba con ganas. Llevé mi mano a su concha y estaba empapada.

    “Estás muy caliente, parece que te gusta el sexo, chupar bien una pija.” Ella no dijo nada y siguió chupando.

    Separé más sus piernas y llevé mis dedos a su ano. Cuando ella los sintió me miró a los ojos con cara de terror. Me acosté y ella se puso de rodillas a chupar mi pija. La acomodé y seguí jugando con mis dedos en su culo. Ya entraban dos cómodamente. Patricia tenía lágrimas en los ojos, pero sus piernas choreaban sus jugos.

    “Subite.” Dije y ella se sentó en mi pija, subiendo y bajando. Ahora no me miraba. Estaba con los ojos cerrados. Sus manos buscaron sus pechos y se los apretaba.

    “¿Cuántos hombres te pasaste?”

    “Pocos.” Dijo sin mirarme.

    “Pero sos muy calentona, muy putona.”

    “Si…” dijo en forma casi inaudible.

    “Pues mientras estés en este departamento vas a ser mi puta. Siempre dispuesta a lo que te diga.”

    Patricia no dijo nada. Solo aceleró sus movimientos hasta llegar a un orgasmo y seguir moviéndose. Apreté sus pechos y tomé sus pezones. Mientras los apretaba le dije:

    “Metete dos dedos en el culo.” Y sin mirarme se negó con la cabeza. Apreté y retorcí sus pezones. Ella balbuceando dijo: “bueno.” Y metió primero un dedo y luego otro en el culo. Ella aumentó sus movimientos y apretaba con la otra mano una de mis manos en sus pechos. Sentí que iba a acabar y la hice acostar boca arriba, sin sacar sus dedos del culo. Acerque mi pija a su culo y le saque los dedos.

    Patricia me miraba con cara de terror.

    “Por favor, no, por el culo no.”

    Lentamente fui metiendo la cabeza. Patricia lloraba en silencio. Cuando le metí totalmente y empecé a moverme. Tomé una de sus manos y la llevé a su concha. Sin que necesite decir algo, ella se comenzó a masturbar, aunque lloraba. Mis movimientos se fueron haciendo más fuertes. Con su mano libre, se apretaba un pecho. Pude sentir como tenía un orgasmo fuerte, su cintura se arqueo, y siguió masturbándose con todo. Yo me volvía loco mirándola. La cogía por el culo con violencia. Acabe llenándole el culo de leche. Ella con un orgasmo tremendo, apretándome la pija con su culo.

    Me tiré en la cama y ella me miró.

    “Andá a tu cama.” Dije, y ella se fue.

    Desde ese día Patricia fue mi puta. Cuando los padres estaban por conseguirle un departamento, me pidió quedarse. Nunca más protestó ni se quejó por nada.

  • La madura de mis sueños (Parte II – Final)

    La madura de mis sueños (Parte II – Final)

    Os seguiré contando, como continuó ese día después de sentir que ya no podría aguantar más con esa madura del sueño.

    Los dos nos miramos fijamente queriendo seguir con el segundo asalto, sin pensarlo más, me levanté mientras masajeaba mi pene para que vuelva a tener la erección que tenía y como por arte de magia ya estaba de nuevo dura como antes, me acerque a ella le agarre del cuello y nos empezamos a besar, la levante y la dirigí hacía la cama, mientras nos besábamos, la tumbe de un empujón y sin pensarlo jugaba con sus pechos, los lamia, mordía, chupaba, succionaba como queriendo sacar de sus pechos algo, ella gemía como loca y arañaba mi nuca y espalda.

    Bajé besando su cuerpo, pasando por el abdomen y llegue a su sexo, tan mojado y rosado por dentro que parecía de una jovencita virgen, bese sus muslos jugando con sus ganas, escuchando como me suplicaba que le hiciera un oral que haga tener un orgasmo con mi lengua, mis ganas por comerme ese manjar aumentaba por momentos, ya no aguanté más y pase mi lengua por su raja, absorbiendo sus labios mayores y su clítoris, escuchar su gemidos era para mi la mejor canción.

    -Por favor no pares, aaah!, no puede que siendo tan joven lo hagas tan bien, uffff, aaah, sigue, no pares, no pares.

    Metí mis dedos buscando su orgasmo, quería trágame sus jugos, quería calmar mi sed de ella, y lo conseguí, apretó mi cara contra su sexo y note como un chorro salía casi a presión, conseguí que hiciera un squirting, trague todo lo que pude y cuando pude ponerme de pie y mirarla, fue la mejor imagen de ella, sus ojos estaban en blanco, su cuerpo temblaba como si fuera una gelatina, la abracé y puse mi mano en su pelvis ayudando a calmar ese ardor que sentía por tal orgasmo, nos besamos y cuando pensaba que iba a sentir su sexo mojado, me miro sonrió y me dijo poniéndose en cuatro.

    -Fóllame el culo, necesito que me rompas mi culo, quiero que cumplas mis deseos por favor. Y como no pedí permiso sé que lo harás rudo y es lo que quiero Amo.

    Me levanté sonriendo, pensando lo puta que es haciendo cosas que me pusiera tanto, y sin pensarlo le abrí el culo, lo mire y le hice un beso negro, penetrando con mi lengua para que ir alimentando sus ganas, ella gemía como loca y veía como salí aún jugos de su sexo, aproveche sus jugos como lubricante y con mi dedos los metía en su sexo y luego en su ano, así hasta notar que mis dedos entraban sin cadi resistencia y cuándo menos se lo esperó se la metí directamente, haciéndole daño, pero para mi sorpresa no chillo, la muy puta, me miró y sonrió y con la mirada me pedía que le dirá con todas mis fuerzas, agarre sus muñecas dejando su cabeza apoyada en la cama mirándome de reojo, llego a un momento donde nuestro sudor se mezclaba son su fluidos, ella no para de gemir tan fuerte que juraría nos estarían escuchando.

    Le azotan sus nalgas grandes que se movían como gelatina y entre gemidos escuche su voz suplicándome.

    -Quiero que te corras en mi culo aaah, quiero sentir tu leche en mi culo, quiero recordarte siempre.

    Le solté una de sus muñequera le agarre del pelo, haciendo que levante la cabeza aproveché para acercarme a su oído y con la voz entre cortada y gemidos le dije.

    -Haré algo mejor, después que me cansé se follar tu culo quiero probar tu humedad y volveré a correrme en tu boca.

    Eso hizo que volviera a tener un orgasmo como el que tuvo cuando nos corrimos a la vez, seguí en esa postura un rato más pare, se la saqué muy lento, y me tumbé en la cama haciendo que sea ella la que se pudiera encima de mi, se la metió toda y empezó a mover sus caderas casi sin levantar sus rodillas de la cama, estaba disfrutando tanto que pensaba que no podía aguantar más, entre sus movimientos y sus gemidos era todo lo que necesitaba en ese momento. Después de un largo rato follándome ese culo tan increíble y después de otro 2 squirting más supe que sería el monto de sentir que tan húmedo estaría su sexo, y se lo hice saber agarrando su cuello y tumbándola a un lado, se la saque y la puse en si clítoris, jugué con mi pene y con su clítoris, y cuando vi que consiguió otro orgasmo con solo eso la penetre sin pensarlo, en ese momento fue cómo cuándo cogen el masajeador para cabezas que son como alambres y sientes eses cosquilleo que te hacen poner los ojos en blanco, en ese momento supe que no aguantaría de lo húmedo que estaba, creó que no aguanté más de 10 minutos dentro de ella en varías posturas. La mire y cuándo vi su cara de placer, su mirada ya me indicaba que no podría aguantar más, ambos ya no podíamos más y con esfuerzo la saqué y bajándola de la cama y poniéndola de rodillas nos miramos sonriente y cuando pude articular palabra le agarre de su pelo se la metí en la boca y le dije.

    -Pedazo de puta, aquí tienes lo que siempre has querido de mí, que sepas que los días que te quedan de aquí no vas a salir, porque te seguiré follando.

    Termine de articular esas palabras y me volví a correr en su boca y para sorpresa mucha mas cantidad que antes, acabe en la cama, sin fuerza ella tumbada sin fuerzas, yo me tumbe a su lado aun sin fuerzas, nos abrazamos y perdí la noción del tiempo que estuvimos así.

    Espero que hayáis disfrutado de esta historia, como yo recordándola.

  • Cita conmigo misma

    Cita conmigo misma

    Por fin había caído la noche. Me di una ducha hirviente. Sin prisa.

    Como bata usé un vestido cruzado apenas abrochado.

    Me dejé caer en la butaca de la habitación, frente al tocador.

    La cristalera del balcón estaba cerrada, pero por la ventana entraba el olor del jazmín que trepaba fuera.

    En el quemador encendido burbujeaba el aceite con aromas de especias. No iba a hacer falta, así que lo apagué.

    Me recosté y me hundí en el butacón, con los pies encima del tocador. Cerré los ojos y todo se apagó. Ni el tráfico, ni el cansancio en las piernas, ni las vueltas en la cabeza.

    Quizás solo algo de brisa.

    Sentí caricias muy, muy suaves en el hombro. Como de alguien que apenas se atreve a tocar. El roce alcanzó también el brazo. Luego subió por la curva del cuello.

    Con mucha pereza abrí los ojos. El ramo de plumas de pavo real que tenía al lado. Me giré para ese lado, para que llegaran mejor a rozarme la piel. Les devolvía las cosquillas en los labios con besos al aire.

    Abrí solo un poco el vestido para que llegaran mejor a los pechos.

    Volví a apartarme un poco y mis manos empezaron a darme un masaje en los hombros. La piel todavía no se había secado y los dedos corrían fácilmente hacia los lados del cuello. Fue cuando los dedos amasaban mis cervicales que me acordé de ti. Me mordí el labio echando de menos cuando es con tus besos que mi cuello se mueve como un junco en el viento. Con un brazo aparté el pelo como si en ese momento fueras a aparecer, pero en vez de eso unté las yemas de los dedos en el aceite todavía cálido del quemador y seguí con el masaje.

    El agua y el aceite no mezclan bien, así que pronto las manos resbalaron hasta los senos. El primer contacto fue un agarre marcado. Luego la palma de la mano amasaba, al pasar los dedos apenas eran un roce. Apretaba un pecho contra el otro y luego los dejaba que se separaran otra vez.

    Los pezones seguían suaves y las especias en el aceite producían un punto picante en las aureolas que me hacía gemir.

    Apreté de nuevo los dos pechos entre las manos y, agachando la cabeza, lamí toda la carne que alcanzaba. Apenas llegaba a meter la lengua entre ellos, pero sentí resbalar unas gotas de saliva por el escote.

    Lamí los pezones con la puntita de la lengua hasta que se endurecieron. El mero roce del cabello con el aire me estremecía. Otra vez, me recosté en la butaca, apenas tocando los pezones con la palma de la mano.

    La respiración se me había hecho más lenta y pesada. Apreté los muslos y comencé a frotarlos uno contra el otro, sobando lo que se había despertado entre ellos.

    Abrí del todo el vestido y saqué los brazos de las mangas para desembarazarme del todo de él.

    Me llevé un mechón de pelo a la boca y lo mordí mientras regresaban a manosear mis carnes. Las bajé restregándolas del cuello por los pechos a los costados del vientre. Siguieron hasta agarrarse a las braguitas.

    Y otra vez me acordé de ti. De las manos que me aferraban a veces para hacerme sentir, bajo el ombligo, la dureza de tu verga. Otra vez me mordí los labios mientras me recorría el escalofrío de la memoria. Otras veces se asían en las caderas justo el instante antes de…

    Una mano se deslizó dentro de las braguitas para comenzar a palpar. Primero el bajovientre. Luego recorrió ambas ingles. Terminó por posarse en la curva del pubis, haciendo que las carnes de los labios se movieran como las olas del mar.

    Puse los pies encima de los reposabrazos de la butaca, las piernas separadas. Miré al espejo que tenía en frente. Miré como hipnotizada como mi mano acariciaba toda la vulva. De delante a atrás, todavía haciendo que las carnes ondularan. Un poco más de presión en donde el placer lo reclamaba. Me sentí las mejillas encendidas de placer y pasión.

    Los dedos se separaron en dos grupos. Los temblores del resto del cuerpo parecían anticiparse. Separé los labios y miré mi sexo en el espejo. El brillo rosado me hizo la boca agua. Seguí siendo espectadora de mi propio placer. La otra mano comenzó a acariciar aquella parte interna.

    La pelvis se movía en sentido opuesto a la mano sin que yo pudiera hacer nada.

    Los dedos fueron abriéndose caminos por entre los repliegues húmedos. Fue el dedo corazón el que encontró la entrada a mi cuerpo. Y se quedó ahí, en el lindar, moviéndose como el badajo de una campana.

    Mientras tanto, el pulgar se había acercado a complacer a la perla del clítoris.

    Entre jadeos regresaste a mi mente. Sentía como cuando cabalgo a horcajadas tuyas y tus manos parecen hundirse por toda mi carne a la vez. Te escuché un gemido gutural en mi oído y un temblor más intenso me recorrió el cuerpo.

    El dedo corazón comenzó a moverse en círculos que producían un sonido húmedo.

    Sofocada, me estiré para abrir uno de los cajones y sacar un collar de cuentas grandes. Lo mojé en el aceite. Mis dedos se detuvieron. Dejé caer el collar embadurnado a lo largo de toda mi rajita, desde el clítoris hasta más atrás de la vagina. Apreté otra vez las piernas para sentir las esferas masajeándome.

    Me abrí de nuevo. Cada mano agarró un extremo del collar y lo hacían deslizar arriba y abajo. A veces lo enrollaban en la entrada de la vagina o lo usaban para dar un golpecito al clítoris. Yo seguía mirando en el espejo, como si fuera otro quien me estuviera masturbando.

    Con todo el cuerpo encendido, grité cuando sentí otra descarga humedeciendo mi vagina.

    Tiré el collar.

    Los dedos de una mano recorrieron la entrada para poder seguir con su aguado masaje al clítoris.

    El corazón y el índice de la otra mano regresaron a las caricias circulares cada vez más profundas. Hasta que empezaron a deslizarse sin disimulo al interior. Acostumbrada a la medida de tu verga, tuve que hacer entrar un tercer dedo para sentirme llena.

    El mete y saca se hacía instintivamente más y más rápido. Me perdí entre los gemidos y los estertores del cuerpo. Me escuchaba a mi misma, mis gritos de placer y el sonido mojado, mojado hasta las ingles, de los dedos en mi vagina.

    Y con un último derrame de humedad me invadió el placer final.

    Jadeante en la butaca, pasó largo rato hasta que tuve fuerzas para moverme.