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  • Cuckold: Asturias

    Cuckold: Asturias

    Este relato es una fantasía continuando con la historia anterior.

    Tras los encuentros que tuvimos con nuestro amigo en la playa volvimos a nuestra ciudad.

    No volvimos a hacer nada parecido aunque mi mujer estaba mucho más caliente desde entonces.

    Le compré un par de pollones más de goma para su disfrute y el mío, por supuesto.

    Empezamos a grabarnos videos, sin que se le viera la cara, muy a menudo y sin que ella lo supiera lo compartía con algunos amigos que fui haciendo de las páginas de cornudos.

    Había dos usuarios, ambos un poco mayor que yo y un poco más pequeños que ella.

    Disfrutaban mucho viendo a mí mujer y me lo decían con todo lujo de detalles.

    Un domingo mientras follábamos saque nuestra cámara y empecé a grabar como me montaba la polla, tenía el coñito muy depilado y con las rodillas subidas y los brazos hacia atrás me recorría la verga despacio y se acariciaba muy fuerte el clítoris.

    En medio de ésta follada le dije que saludara a la cámara y que mandara un saludo a 2 amigos asturianos que teníamos por internet y que le encantaban sus videos.

    Esperaba que se asustaste pero se rio y chupándose los labios y abriéndose bien los labios del coño les mandó un besito y se corrió segundos después.

    Cuando estábamos tumbados me preguntó si de verdad tenía amigos en internet a los que les enviaba sus videos.

    Le dije que sí y le conté que claro está, sin que se le viera la cara.

    Cogí el ordenador y me metí en la página.

    Se quedó sorprendida de todos los tipos que contactaban al ver las fotos de su culazo.

    Le lleve a las conversaciones con mis 2 amigos. Se sorprendió para bien del tamaño de sus pollas y estuvo riéndose un rato de los nervios.

    Me dijo:

    -Venga envíales el video saludándolos, a ver si te dicen algo

    No lo dudé. Les puse a ambos lo mismo: Luna dice que os envíe esto.

    No tardaron en contestar.

    El primero con una foto. Tenía la polla larga y gruesa. Y a ella le gustó.

    El segundo tardó como una hora y nos envió un vídeo grabado con el móvil.

    De fondo se veía el ordenador y en él el video de Luna puesto en bucle y mientras, en primer plano su polla siendo masturbada por un masturbador femenino que por casualidad se parecía bastante a la forma del coño de mi mujer, al mismo ritmo que montaba ella. La diferencia era que el video que le mandamos duraba como 3 minutos, sin embargo el video que nos pasó duraba como 25 minutos. En los últimos 5 minutos se incorporó, apoyó el masturbador en la cama y se lo folló con fuerza diciendo al final: para ti Luna, todo la lefa de semana y media sin tocarme.

    Cuando miré a mi mujer estaba sudando y tenía una mano en el coño.

    -joder y dice que lleva semana y media sin tocarse. Si se llega a tocar un rato antes se pega una hora dándole. Tengo el coño he me arde de verlo.

    -Quieres tocarte mientras lo ves? Te saco los dildos?

    Me puso cara de cerda y me dijo que si son quitar su mano de su entrepierna.

    Le dio al play cogió los dildos, que yo se los saque todos y los primeros minutos estuvo mirando al detalle, solo tocándose con los dedos, creo que viendo que polla de las suyas de goma daban más el perfil.

    -Ya no puedo más-dijo y se metió una polla en la boca.

    La rechupeteó y escupió hasta que la tuvo bien mojada y entonces se la insertó en el coño y empezó a moverlo al mismo ritmo que veía en el video.

    Se puso a 4 patas con el culo mirando hacia mí y ella mirando la pantalla muy cerca. Y cuando él aceleró ella se folló igual de fuerte con el dildo, que le entraba hasta dentro.

    Cuando él se corrió me dijo que volviera a darle al play.

    -Te gustaría que me los follara a los dos?

    – Uf cariño mío si.

    – Así? Y mientras con una mano se follaba a 4, cogió otra polla de goma y empezó a mamarla.

    Escupía un montón y tragaba hasta casi darle arcadas. Paraba, me miraba y se reía.

    Se estuvo follando muy fuerte durante más de una hora.

    -Te están gustando, no? -le dije.

    -Uff tú no sabes cuánto.

    -Quieres que les propongamos una vídeo llamada por Skype? Tú te pones frente a ellos y yo te veo desde detrás del ordenador.

    -Vale. A ver cuándo pueden.

    Les dejamos un mensaje a cada uno para decirle que se conectaran sobre las 22 h y le pasamos nuestro Skype.

    Ella se dio una ducha y se puso unas de las medias con abertura que tanto le gustan y se untó bien las tetas en aceite de masajes.

    A menos 10 ya estaba ella acariciándose lentamente el coño, en la cama con el ordenador delante.

    5 minutos después ya estaba entrando la llamada de uno de nuestros chicos, el de la foto.

    Contestó:

    -hola. qué tal?

    Al verla así, dijo:

    -Uff madre mía. Que buenísima estás joder.

    Y de repente, mi mujer abrió los ojos y comenzó a reír:

    -jajaja joder buena polla tienes, en la foto no se apreciaba lo gorda y grande que es. Parecía más pequeña – dijo mientras se tocaba los labios del coño.- estamos esperando a otro chico. Nos lo vamos a pasar muy bien los 3, y el cornudo de mi marido que está mirando desde detrás del ordenador.

    En menos de 3 minutos sonó el chat del Skype. Ella le contestó y lo unió a la conversación.

    -Hola. Disfruté mucho con tu vídeo.

    -Hola Luna, y yo con el tuyo como pudiste ver, jejeje

    -Mmm si, no sabes cómo le ha gustado verte. Bueno y ahora veros. Que pollones tenéis. A mi maridito le encanta verme cerda y mirad chicos – subió un poco las nalgas y abrió las piernas, llevándose una mano al coño y abriéndose los labios – me tenéis cerdisima.

    -Joder nena, me he corrido esta tarde de lo lindo viéndote, pero voy a volver a hacerlo hasta que no me quedé ni gota. Y tú la vas a recibir toda como una buena puta.

    -Eh! De puta nada, que no cobro. Guarra si. Puta no.

    -Lo siento -dijo el chaval

    -No pasa nada, pero me gusta ser directa. Bueno y que queréis hacer.

    -Quiero verte la cara.

    -No sin antes veros la yo. Vosotros ya me visteis en el video, pero yo a vosotros no.

    Ambos enseñaron sus caras y ella quedó satisfecha y echo un poquito más para atrás el portátil, dejándose ver de cuerpo entero, desde el coño hasta el moño.

    -Bueno y que me decís os gusto?

    -Uff estás buenísima.

    -Eres una diosa.

    -Gracias chicos. Vosotros sois muy lindos y esas pollas me encantan. Están a tope.

    -La mía si.- dijo el chico de la foto.

    -A mi me vas a tener que poner un poquito más cerdo para verla a reventar.

    Ella se lo tomo como algo personal y esbozó una sonrisa.

    Se levantó se dio la vuelta y bajó de cuclillas, dejando ver su culazo, que se acarició y abrió dejando ver si ano y coño perfectos.

    -Así os gusta?

    -Así, mejor.

    No podía parar de acariciarse el coño desde abajo. Estaba muy cachonda.

    Así como estaba, echo el pecho hacia adelante y subió más el culo mirando hacia la cámara con cara de cerda y se metió 2 dedos del tirón. Entraron fluidos y empezó a separarlos dentro a la vez que iniciaba un mete-saca.

    Yo mientras estaba encantado de verla así.

    -Ahora si la tengo a tope.

    – MMM que rica joder.

    Ella se paró a ver las dos pollas que se pajeaban muy fuerte mientras la miraban.

    -joder si estuvierais aquí os la estaría comiendo.

    Cogió 2 dildos y se pudo de frente otra vez, apoyándose la base de las pollas en sus tetas. Empezó a chuparlas, con muchas babas, pasaba d la una a la otra con vicio.

    Ellos gemían viéndola. Y yo podía observar como su coño lubricaba y se abría para esos pollones por puro instinto.

    -Tenías un coño enlatado, no? -así llama ella a los consoladores masculinos.

    -Sí, quieres que lo coja? – respondió nuestro amigo del vídeo.

    -Sí, cógelo y escúpelo para que esté igual de mojado que yo -y se abrió el coño para corroborarlo- que mientras que se la chupo a nuestro compañero, me voy a meter ésta polla como si fuera la tuya, que se parecen bastante no? -dijo enseñándole a la cámara.

    -Si, esa es mi polla y éste es tu coño -dijo chupando el coño de goma y escupiéndolo.

    -Pues venga los metemos a la vez, que estoy que no puedo más.

    Y en una combinación perfecta, ella se metió la polla hasta el fondo y él se la clavó al coño.

    Estuvieron un rato follándose y centrándose uno en el otro, tanto que el otro chaval se desconectó.

    – Joder si que aguantas.

    -Hay que darme más para que me corra- dijo el riéndose.

    -ah si? Pues túmbate boca arriba y pon ese clítoris mirando a tus huevos y no se te olvide llevar el mismo ritmo que yo.

    Yo estaba a tope, no me tocaba mucho por no correrme, pero me estaba encantando el show.

    Ella se dio la vuelta y puso la polla con los huevos mirando a su clítoris y con las plantas de los pies apoyadas y mirando hacia la cámara muy despacio la clavó entera. Cogió la loción y se untó las nalgas con la a polla dentro e incluido se abrió las nalgas para enseñarle a nuestro amigo su ano prohibido, que se embadurnó de loción.

    -Prepárate. Te voy a dejar seco.

    Y empezó a montar la polla de goma con desenfreno. Se abría las nalgas, se agarra las tetas, se chupaba los dedos. Estaba desenfrenada.

    En una de éstas dijo que se corría, y él dijo que el también.

    Sin parar, mientras que ella aceleraba más para la corrida, yo le acerqué y me corrí en su ano.

    Ella al sentir mi lefa y como estaba de cerda, se corrió como una loca.

    Él tardó unos segundos más.

    -Me ha encantado tronco

    -A mi también.

    -Tenemos que repetir.

    -Si por favor.

    -Nos vemos pronto, Ciao. Un beso

    -Hasta pronto. Un beso.

    Y colgaron.

    -Joder cariño que cerda me pongo.

    -A mi me encanta.

    -Que polla mas rica joder.

    -Pues tendremos que ir.

    -Estoy deseando. Cuando nos vamos?

  • Paseo cuesta arriba

    Paseo cuesta arriba

    Ser fetichista de pies es algo de lo que me siento realmente agradecido, a todos nos gustan las vaginas, los pechos y los culos de las féminas, de manera diferente eso sí, al igual que con los pies, cada fetichista tiene sus preferencias.

    Lo bueno de esta atracción es lo interesante que se pone en verano, cuando chicas y mujeres desnudan sus extremidades al sol, con o sin tacones logran alegrar mi vista, hacer que un simple paseo por el centro de mi ciudad se transforme en un ir y venir de pies desnudos. Miro cada uno de los que creo pueden merecer la pena, algunos decepcionan, otros logran hacerme poner las manos en los bolsillos para disimular ante el público que he entrado en estado eréctil y que tengo en mi memoria cantidad de material fresco para masturbarme cuando llegue a casa. En cierto modo, me siento sucio, la mayoría de las chicas seguramente vayan con el pie descubierto de manera inocente, sin tener conciencia de que esa parte de su cuerpo hace a mi corazón batear más deprisa e intensamente para así impulsar la sangre que debe dirigirse a mi tejido eréctil.

    El fetichismo llega hasta tal punto que un día me vi persiguiendo a una chica en busca de aquello que dejaba ver su calzado. Quizás “persiguiendo” no sea la palabra, sino más bien estaba asistiendo a un caluroso concierto de rock, en primera fila, con una visión constante del show que me permitía apreciar cada detalle, puro espectáculo. Y es que nunca vi un caminar así, cada paso que aquella chica daba rebosaba sensualidad. No recuerdo cómo iba vestida, ni el color de su cabello, tampoco sabría decir si avisó como le observaba. Solo retengo en mi memoria sus sandalias de verano color violeta, limpias, de suela delgada y con un solo punto de agarre, una delgada goma que cruzaba el calzado transversalmente en su sección frontal, siendo elemento imprescindible para que al realizar el pie el movimiento típico del andar, este arrastrara consigo la sandalia y esta se mantuviera aferrada a él, eso sí, de una manera sutil, vacilante, como si dudará de su relación con aquella parte del cuerpo. A cada paso que aquella chica daba la parte trasera de su calzado se separaba holgadamente del talón de su pie y parte del cuerpo de este, hasta justo antes de los dedos. Alcanzada la altura máxima del movimiento la sandalia, nuevamente, se agarraba a la suela del pie, rápido, hasta el momento de impactar contra el suelo, cuando la presión entre ambos entes era máxima, como el sexo después de una discusión de pareja, algo desgarrador, realmente intenso y apasionado, precedido de un momento de distanciamiento y olvido que más que herir, lo que hace es exaltar los sentimientos, la necesidad carnal, todo ello a través de un pequeño titubeo, un falso distanciamiento que busca el anhelo.

    En todo caso, para mí ese momento de distanciamiento era lo que realmente me atraía, sintiéndose aquella añoranza no solo entre el pie y la prenda, sino también en mi ser de tan intenso que resultaba, y es que era una sandalia muy delgada y, sobretodo, un pie con una planta muy contorneada; el conjunto hacia viso. Las formas curvadas que de los laterales de las sandalias florecían se combinaban entre si, como círculos formados con un compás, a la perfección, sin fisuras ni impurezas. Estoy seguro que el inventor de la rueda tuvo que viajar en el tiempo y ver esta obra de alta costura para inventar lo que inventó, porque aquí la palabra circunferencia podía ser entendida sin formalidades de por medio, sin palabras, gestos ni onomatopeyas, solo ver aquel pie era suficiente para entender la magnitud de esa forma simple y todo lo que podía ofrecer si uno rompía las límites de sus sentidos.

    Entonces, la chica aturó su marcha, levantó la mirada como en busca de algo o alguien y se puso como de puntillas para así tener una mejor panorámica. Yo en ese momento me encontraba inmerso en un espacio atemporal, en una pequeña dimensión donde solo un menester era posible: el contemplar la planta de los pies de aquella chica que ahora, al estar ella en esa posición, podían contemplarse sin intermitencias, corriente continua que se transmitió al riego de mi pene, tan duro y exaltado que ya mis manos poco podían hacer para ocultar tal despropósito.

    Por completo, cautivado por aquellos dos puntos de apoyo, me fijé en cada uno de los músculos de su pie, podían diferenciarse perfectamente, estaban duros, erguidos ante un espectáculo que ni ellos mismos podían controlar, presas de su propia belleza, de piel tersa, suave y limpia, solo manchada por el color fuego del tejido debido al esfuerzo o, quizás, a la excitación a la que se encontraba sometido. Ese color ardiente traspasaba la mismísima piel para ofrecer al exterior unos tonos rosados muy femeninos que lograban esculpir esa planta como a obra de arte y adoración… si, tenía realmente ganas de adorarla, de rendir-le culto durante horas, arrodillado ante ella, yo sería la perfecta encarnación del placer en un cuerpo de hombre.

    Aquella imagen, además de ser exuberantemente asfixiante para mi pene, y mi corazón, resultaba reveladora, denotaba salud por los cuatros costados, bienestar en todo su ser, no solo limitado a los pies de aquella mujer, sino también a todo su cuerpo pensé, imaginé toda ella desnuda. Sus colores, texturas y formas debían ser perfectas, enérgicas, jóvenes pero maduras, con cada una de las partes de su cuerpo bien contorneadas pero a la vez femeninas, muy femeninas, sobretodo la vagina, que se me antojaba como una fuente inagotable de gozo para ella, por todo lo saludable que resultaba su alrededor y ella misma, por el fuerte olor que debía desprender y por la fuerza que seguro poseía, resumido todo ello en fertilidad, tan natural y salvaje que en ese cuerpo el ataque enfermizo de la menopausia tuvo que morir ante si quiera de nacer, no era posible parar todo ese fluir.

    Pero yo seguía mirando sus pies, todo lo demás eran delirantes imaginaciones mías, generadas seguramente por la testosterona de mi cuerpo, desnudo bajo la ropa, o por las feromonas que aquella fémina debía dejar en el aire, no serían pocas visto que para mi ella misma era lo más femenino que habían visto jamás mis ojos, me hacía sentir como una mentira, como un juguete, si ella era algo real, a mi me faltaba mucho ser para estar en su mismo mundo, en ese momento no atreví a verme reflejado en ninguno de los escaparates de la calle, tenía miedo de ver solo un boceto.

    Finalmente, y casi sin saber donde estaba ni que hacia yo allí, fijé mi lasciva mirada en uno de los talones de esa chica, sería el lugar por donde agarraría por primera ese pie para hacerlo mío, el lazo de un regalo que te hace soñar al imaginar todo lo que te puede ofrecer su contenido pero que, por contra, hace demorar tu sed porque precisamente el momento ese de expectativa e incertidumbre es el más álgido que puedes tener, y lo sabes. Ese talón daba sentido a todo el conjunto, excitación contenida y tristeza al ver algo tan inaccesible como sensual, toda la esencia de la mujer estaba allí, en ese pie, en esa suela caprichosamente modelada, con ese talón traicionero y esas curvas a lado y lado que te hacían perder la templanza. Mi pene llevaba ya largo rato duro, más que nunca diría, sentía deseos de eyacular al tacto de ese pie con mi glande, de agarrarlo tímidamente con mis manos y contornear con los dedos cada una de sus formas, soñaba con ser aquel que le vendió esas sandalias y que suavemente se las coloco en cada uno de sus tesoros, conteniendo una inesperada y ferviente excitación pero visualizando bien como aquella parte de su cuerpo de mujer se estremecía para entrar en el calzado, para sentir su tacto y textura, favoreciendo su sensibilidad y poder así dar cobijo a todas aquellas impresiones que debía percibir; previa compra de dicho calzado.

    Me sentía frustrado por no poder satisfacer mis más bajos deseos, en realidad, nunca lo había conseguido. Si bien ser fetichista de pies tiene sus ventajas, también tiene el gran inconveniente de ser algo muy complicado de satisfacer, realmente hay pocos pies que valgan la pena y, si bien uno se contenta con cualquier vagina mínimamente higiénica y de formas dentro del canon, con los pies es todo bien diferente. Pero bueno, no podía ser todo color de rosas, en todo caso, siempre es de agradecer tener un motivo más de excitación, no hay dos sin y tres y este ya era el cuarto, aun y así, lastima no tener más fetiches.

  • Me dejé coger por un anciano

    Me dejé coger por un anciano

    Durante mi estadía en la ciudad capital mientras cursaba estudios en la universidad viví en varios condominios y las razones del porqué me mude varias veces no son relevantes ni necesarias de exponer, aunque si veo necesario describir un poco sobre el condominio en el que sucedió la travesura, la perversión, el pecado que voy a relatar a continuación. Quedaba Ubicado en un sector de clase media, constaba de tres bloques de seis pisos, separados uno del otro por áreas verdes, estacionamiento y la garita de conserjería.

    Como habéis podido notar en relatos anteriores, soy una chica bonita, de 165 cm de estatura, cabello castaño, ojos color café, delgada, elástica. Mi personalidad es bastante simpática, carismática en ocasiones, provocativa y coqueta de un modo bastante peculiar y discreta, es decir, me encanta provocar con mucho secretismo, con complicidad y nunca de forma pública y expuesta.

    Siempre he pensado que soy yo la conquistadora, la que roba corazones, la que detona y hace estallar sensaciones en el sexo opuesto. Amo calentar a los hombres, me da mucho morbo, sobre todo si son hombres comprometidos, me gusta inducirlos a pecar, a desearme de todas las maneras en que un hombre pueda desear a una mujer.

    Estoy segura de que ahí afuera habré enamorado a un montón de hombres de todas las edades, habrán tenido sueños húmedos por el solo hecho de sonreírles en el metro, de quedármeles mirando por un momento, de simplemente pasarles por un lado y desearles los buenos días, de aceptarle un café, de coincidir en una parada y conversar plácidamente de un tema aunque no haya confianza y sean para mi unos totales desconocidos.

    Por otro lado está el selecto grupo de afortunados que han disfrutado de mi boca, de mis besos, de mis caricias, de mi piel, de mi sexo, de mi compañía, de mis ocurrencias, de mis fantasías, de las cosas locas que digo cuando quiero que me cojan o cuando ya me están clavando su alma en forma de pene repetidas veces hasta que vacían su espíritu dentro de mi en forma de ese líquido translucido pegajoso.

    Me encanta saber que les ha gustado el sexo conmigo, que desean más, que quieren quedarse, que quieren volver, que se quieren casar, que ellos pagan todo, que ellos reservan el motel, cubren los gastos, se encargan del viaje, el apartamento, que yo sería su reina, que no tendría que hacer nada por el resto de mis días, etc. El problema es que una vez que los siento tan encaprichados porque no hay otra forma de decirlo, huyo.

    Ya se les pasará, pienso, conseguirán otra amante y olvidarán mis besos, mis caricias, mi mirada, mis frases morbosas que tanto los enloquecen, mi cara de placer, mis gemidos, mi personalidad sumisa, mi culito.

    A pesar de considerarme la que conquista y no la conquistada, los hombres que han tenido la fortuna de disfrutarme probablemente vean las cosas de un modo diferente, es decir, tendrán una perspectiva totalmente contraria a la mía. Se habrán sentido los conquistadores, los que me enamoraron, los que me convencieron, incluso se habrán sentido guapos, sexys, irresistibles -aunque algunos no lo sean- y un largo etcétera.

    Les permito que recreen las cosas, las pinten y las cuenten a su manera, son hombres, se alimentan de saberse dominantes y controladores de su chica. No los confronto en aclararles que soy yo la que los busco y decido que me cogerán, simplemente disfruto del juego seductor y me alejo en el momento oportuno, además, me encanta que se sientan que me controlan y que me dominan, no me gusta hacerlos sentir inferiores pues las cosas se torcerán.

    Me encanta un hombre bien macho, decidido, directo, que sabe lo que busca y lo que quiere. Detesto a los hombres que pareciera que no saben que son hombres y andan por la vida confundidos e indecisos sobre el rol que les corresponde, esos me hacen perder el tiempo.

    Con respecto al machismo, solo me resulta excitante siempre y cuando todo quede en el contexto sexual y no traspase ciertos límites que de haberlos, corto de inmediato la relación o lo que sea que hayamos tenido. Me encanta un hombre sin timidez para besar, para tomarme fuerte de las caderas y penetrarme con ímpetu, que me propine ricas nalgadas, jalones de cabello y demás, que se haga sentir, que demuestre que él manda y que se hace lo que él diga, sabiendo medir la intensidad, sabiendo llevar un buen guion sexual pensando siempre en llevarme al placer, ese es el objetivo que tiene que tener claro un hombre que me quiera tener para él durante mucho tiempo.

    Me gusta que mi amante crea que tiene todo el control sobre mi, que me tiene comiendo de su mano y que estoy loquita por él. Pero me entrego de a poquito, sé que a los hombres de verdad no les gustan las mujeres fáciles y predecibles.

    Les encanta una mujer bien provocativa, ocurrente, coqueta, con estilo, ardiente, nunca una mujer predecible, simple, sin misterios, nunca una mujer que se entregue por completo, pues, aunque la disfrutarán, terminarán aburriéndose y buscando otra, así son, es su naturaleza.

    Solteros o casados, los hombres quieren buen sexo y desean tener siempre el control, al menos los hombres heterosexuales y bastante machos, no sé los demás.

    Adoran el sexo rudo y obsceno. Al principio aparentan timidez al respecto pero una vez te abres con ellos y los conduces sabiamente al terreno del sexo sin tabúes se abren y es entonces cuando aparece su verdadero yo, las obscenidades, las fuertes nalgadas, los intensos mordiscos y un montón de variantes. Luego se obsesionan y quieren convertirte en una esclava sexual que haga todo lo que a ellos se les ocurra.

    El problema es que no a todos les luce y no todos tienen ese talento para ser un amo. Me convertí en la sumisa de uno y con él experimenté cosas que jamás pensé llegaría a practicar dentro del sexo, incluyendo las que creí que nunca me permitiría llevar a cabo. Pero esas historias las contaré más adelante ya que son tan excitantes que merecen ser relatadas con bastante detalle.

    El afortunado en esta ocasión era Don Pedro, un sexagenario, 62 años para ser exacta. Los primeros días que nos topamos en el ascensor le saludé normalmente como suelo saludar a cualquier persona; los buenos días, las buenas tardes, nada del otro mundo. No tardaría mucho en enterarme de que era mi vecino. Yo vivía entonces en el apartamento 3 del piso 5. Hay 4 apartamentos por piso; él vivía en el 4.

    El anciano era agradable, debo admitirlo. A pesar de que siempre lucía un semblante serio, su sonrisa contagiaba, lo que se traduce -al menos para mi- en una persona que agrada a primera impresión.

    Con el transcurrir del tiempo y topándome con él la mayoría de veces en el ascensor o en el pasillo del piso 5 comenzó a ofrecerme galletas y para su sorpresa, pues creo que nunca se lo esperó, yo fui bastante receptiva.

    Así que cada 3 o 4 días si me conseguía en el ascensor me decía:

    —Ahí te tengo las galletas, preciosa

    Y yo iba con él a su apartamento a buscarlas.

    Eran riquísimas, las hacía él mismo. También se ofrecía a ayudarme en cualquier cosa que necesitara, que él sabía hacer de todo.

    El viejo me deseaba, no había otra explicación, mi «sexo» sentido nunca falla.

    Era pequeño, de mi altura, cabello corto con entradas y con pocas canas, orejas grandes y una nariz que resaltaba. Se le veía buen físico, enérgico, no era difícil adivinar que había vivido una buena vida y seguía manteniéndose en buena forma, con buen ritmo al caminar, sin aparente dificultad.

    Una vez que estuve segura de que Don Pedro probablemente fantaseaba con tenerme sentada en sus piernas mientras yo me comía una de sus galletitas, es decir, una vez que estuve segurísima de que Don Pedro me quería hacer suya empecé a ser provocativa con él.

    No se trata de que me llame la atención una persona de la tercera edad, no se trata de que cualquier anciano que se me insinúe conseguirá que yo le preste atención y a las primeras me enrede con él. Es el simple hecho de vivir una aventura loca, es un morbo que no puedo explicar, solo sucede, se presenta la oportunidad, me gusta y si todo sale bien, pues, me divierto hasta donde pueda y quiera.

    Don Pedro seguía ofreciéndome galletas, cada vez más seguido, yo le dedicaba miradas bastante sugerentes, con coquetería, necesitaba hacerle sentir que estaba dominando la situación, que aunque no se lo creyera pensara que había fuertes posibilidades de que una jovencita como yo se acostara con un anciano como él.

    La cosa fue subiendo de nivel tanto que ambos sabíamos que las galletas eran un simple pretexto para invitarme a su casa y hablar conmigo y decirme lo bella que era, el buen cuerpo que tenía, hacerme preguntas muy personales, etc.

    Un día empezó a tocarme, pues yo me presentaba con ropa sencilla que permitiera un fácil contacto. Shorts de jean, franela de mangas muy cortas y chanclas.

    Mientras hablábamos en su apartamento me tocaba por los codos y yo me dejaba, él era el que tenía que tomar la iniciativa, jamás lo iba a hacer yo. Así que cuando me tocaba yo sonreía aparentando timidez o pena aunque luego me mostraba sugerente y abierta a lo que pudiera pasar.

    Luego me escabullía diciéndole que tenía cosas que hacer.

    Así fueron pasando días y semanas, todos los días me llamaba un rato para que fuera a su apartamento. Los manoseos se incrementaron, se inventaba cualquier tema con mímicas incluidas de manera de poder tocarme mientras ejemplificaba las historias raras que contaba. Se sentía con el control y supongo que pensaría que si yo iba a su apartamento era porque me agradaba el jueguito que teníamos.

    Un día el manoseo fue excesivo y aunque lo dejé tocarme de forma ininterrumpida por varios segundos luego le dije con voz que pareciera apenada:

    —¿Qué hace?

    —Es que me gustas mucho —dijo mirándome fijamente a la cara—. Disculpa.

    —¿Le gusto? —pregunté, buscando alimentarlo de la idea, la proposición.

    —Si, preciosa, me gustas demasiado. Yo sé que no debería pero ha pasado.

    —Me tengo que ir —le dije en seco.

    Pensé que debía ser yo la que la próxima vez insinuaría algo pero de forma sutil.

    El día siguiente coincidimos en planta baja al subir por el ascensor. Yo le sonreí para que entendiera que lo del día anterior no me había incomodado, que tal vez me había dado miedo. Me saludó y me dijo que si tenía tiempo pasara por su apartamento.

    No mencionó las galletas, solo dijo eso. Le dije que iría después de bañarme.

    Eso hice, me bañé y me vestí bastante ligera y con una fragancia divina, de esas que hipnotizan. En chanclas, con un top rosado tipo pañuelo y un jean cortito con ositos dibujados por todos lados. En el piso 5 solo vivía él en su apartamento propio y yo alquilada, los otros dos apartamentos estaban desocupados para entonces, llevaban meses desocupados. Así que cuando me dirigí al apartamento del viejo Don Pedro iba de lo más relajada y vestida de forma muy provocativa, sin preocupaciones de que alguien me viera.

    Me llenó de halagos apenas entré por su puerta y vio lo sexy y provocativa que me presenté ante él además de la fragancia que impregnó su guarida, enloqueciendo por lo «rico que yo olía». Ya sentados frente a frente en su sala de estar, él en un mueble y yo en el sofá me preguntó de inmediato:

    —¿Qué opinas de lo de ayer?

    —¿De gustarle? —pregunté.

    No quería rodeos, quería que Don Pedro dijera lo que tenía que decir.

    —Si, sobre eso. De que me gustas mucho.

    Le dije que no me parecía mal que le gustase, que entendía que podía gustarle porque yo era linda y atractiva, que no pasaba nada y que no me incomodaba. Me dijo:

    —Quisiera besarte —me dijo—. Pareces un caramelito en ese short y ese topcito.

    —Pero… —dejé la frase sin terminar y miraba a todos lados como quien quiere algo pero se siente cohibida.

    —¿Pero qué? —preguntó acercándose y acariciándome una mano.

    —Nadie puede saber esto —le dije mirándole fijamente

    —No, nadie, nadie. Esto queda entre tú y yo, mi niña. Soy un hombre muy discreto. Tú lo sabes, vivo solo desde hace años y la verdad es que tú me gustas mucho, preciosa.

    —Solo un beso ¿Ok? Por curiosidad —le dije, sabiendo que mi invitación era irrechazable y que además me deseaba con todas sus fuerzas.

    Don Pedro se acercó más y con mucha sutileza buscó mi boca y me besó. Yo dejé que explorara mis labios y poco a poco fui abriendo mi boca para que nuestros labios se fusionaran y dieran lugar a un beso profundo.

    Luego interrumpí el momento echándome para atrás, tomando un poco de aire.

    —¿No te gustó? —preguntó él.

    —Si pero… —volví a dejar la frase inconclusa.

    Empezó a besarme de nuevo los labios, luego besó mis mejillas, yo cerré los ojos y él buscó mi cuello llenándolo de besos tiernos mientras yo me fui recostando completamente al sofá, él debió ponerse de pie e inclinarse hacia mí, pues aunque tenía mis ojos cerrados lo sentía bastante cerca.

    Me empezó a acariciar, me preguntaba si me gustaba, yo respondía que si a todo, Don Pedro iba lentamente, con cuidado de no hacer algo que acabara con el momento mágico que estaba viviendo.

    Empezó a despojarme del top mientras besaba mis hombros con dedicación y dulzura, no solo los besaba, también los acariciaba y me dedicaba todo tipo de halagos, con mucha paciencia y delicadeza.

    Besaba mis hombros, mi cuello, mis mejillas, mis labios, yo gemía sabiendo que con mi actitud le estaba abriendo la puerta al anciano, haciéndole creer que todo lo que me hacía me gustaba, que podía continuar desvistiéndome, que lo estaba haciendo todo bien.

    Logró bajar mi top hasta mi abdomen y mis senos pequeños y firmes le dieron la bienvenida. Los lamió encantado y totalmente incrédulo y emocionado, posó sus manos sobre ellos y los masajeó mientras los lamía, luego los besaba y chupaba.

    —Estoy en el cielo —decía—. Estoy en el paraíso.

    Fue en ese momento que logró calentarme por completo y sentí ganas de que Don Pedro me cogiera.

    Siguió masajeando mis senos y comiéndose mis pezones como si de frutas jugosas se tratasen.

    Sentí que tenía que parar aquello, no porque quería sino porque deseaba que aquel hombre me deseara más de lo que ya. Es mi forma de jugar, de seducir, sé que negarme un poquito también aviva el fuego de todo hombre y lo hace estallar cual volcán.

    Lo tomé de sus manos y le dije:

    —Ya, está bien así. No deberíamos

    Pero mi voz sonaba débil, orgásmica, jadeante. Don Pedro agregó:

    —Pero te gusta, preciosa. Déjate llevar —respondió y continuó comiéndose mis pezones.

    Le respondí que si, que me gustaba mucho lo que hacía.

    —Ahora déjame chupártela, solo eso, te la chuparé —me dijo, refiriéndose obviamente a mi vagina.

    Y mientras decía eso ya había posicionado sus manos en mi jean corto. Acerqué mis manos para ayudarle a quitármelo y se emocionó, apurándose a terminar de desvestirme.

    En cuestión de segundos quedé prácticamente desnuda frente a él que no hizo sino halagarme.

    —Chúpeme la cuquita, Don Pedro —le dije con voz suave y tierna pero sonando como toda una pervertida atrevida, con toda la intención de provocarlo, tratándole en tercera persona.

    Se inclinó, le abrí un poco las piernas y metió su cabeza dentro de ellas. Exploró un poco con sus dedos y lamía, luego empezó a chupar y a chupar toda la zona, no solo mis labios vaginales sino también mis muslos y mis pocos vellos púbicos.

    —Eres una diosa, preciosa. Estoy en el cielo.

    Don Pedro no solo me hizo gemir muy rico, me hizo llegar al orgasmo, me hizo desearle, ese viejo merecía cogerme.

    —Métamela, Don Pedro. Métamela toda —le dije, sintiéndome una cualquiera, gimiendo una vez más por haber dicho esas pervertidas palabras y deseando que ese anciano me hiciera suya.

    Lo vi desabrocharse velozmente el pantalón como si el tiempo se le estuviera terminando. Tenía un pene de buen tamaño, peludo y erecto y a pesar de que le dije que me la metiera por un momento deseé chupársela primero pero ya iba encaminado a penetrarme.

    Se despojó de su camisa, todo su pecho y abdomen peludo también además de sus brazos. Tenía buen físico pero con los matices de un hombre ya entrado en años, es decir, su físico lucía desgastado aunque sin dejar de parecerme atractivo.

    Su ropa voló por los aires de la sala de estar y yo también me despojé del top que rodeaba mi cintura.

    Se inclinó nuevamente hacia mi cuquita y la chupó un poco más mientras con una mano se masturbaba. Luego se levantó me tomó de las manos atrayéndome hacia su cuerpo y logró cargarme en brazos. Caminó hasta su habitación y como quedamos cara a cara lo besé con pasión, sabiendo que aquel hombre iba a quedar enamorado de mi.

    Me produce un morbo inmenso besar a un hombre, sentir que devoro su lengua y él la mía aunque no sienta absolutamente nada por él. Cuando llegamos a la cama me recostó, me levantó las piernas con una sola mano mientras intentaba meterme su pene y lo logró. Luego acomodó mis piernas quedando mis pies sobre su cara y empezó a penetrarme.

    Me dejé llevar, acaricié mis pezones, me mordí los labios mirando como ese viejo me enloquecía haciéndome su mujer. Me chupó los pies mientras me cogía, lamía la planta de cada pie, lamió los dedos, los chupó para luego separar mis piernas un poco y ver como su buen pene se apoderaba de mi vagina.

    —Estoy en el cielo —dijo por enésima vez—. Estoy soñando.

    Yo gemía y le hacía saber lo rico que la estaba pasando, llenándolo de confianza para que continuara en lo suyo.

    No podía creer que me estaba dejando coger de un anciano, de un viejo, viudo y solitario, pervertido. El simple hecho de quedarme pensando en la situación en la que me encontraba me llevó a un nuevo orgasmo, aunado al hecho de que el pene de Don Pedro entraba muy rico en mi vagina haciendo un buen trabajo.

    —Qué rico, Don Pedro, ya me ha hecho correr dos veces —le hice saber.

    Don Pedro apuró el ritmo, quería correrse, sabiendo todo lo que había conseguido en poco tiempo. Me penetró alocadamente buscando su orgasmo y lo consiguió.

    Jadeó como si le hubiesen dado un tablazo por el estómago dejándolo sin aire y cayó encima de mi cuerpo de forma suave y empujando su pene que continuaba escupiendo semen dentro de mi.

    Había valido la pena dejarme coger de ese viejo, lo hizo muy bien, me encantó pero tenía que salir de ahí de inmediato.

    Me levanté como quien despierta de un sueño indeseado. Fui a buscar mis prendas y él se quedó en la cama tirado sufriendo su orgasmo.

    Ni siquiera me despedí de él, me vestí lo más rápido que pude y abandoné el apartamento.

    Así soy en el sexo, así me gusta ser. Me quedo con lo bonito, el haber hecho feliz a ese anciano que por sus propias palabras me dijo al día siguiente que había sido la mejor experiencia sexual en su vida. No sé si creerle pero puede que haya sido sincero. Me quedo con la experiencia, me quedo con el saber que puedo disfrutar mi vida sexual como me gusta, sin guiarme por lo que diga la sociedad.

    Al día siguiente le fui clara al señor Don Pedro, que me había encantado pero que mantuviera distancia, que no me trajera problemas y que evitara cortejarme, pues, no estaba interesada.

    No me hizo caso y continuó con su ofrecimiento, yo fui educada, lo saludaba pero no le seguí más el juego, lo traté a distancia, con todo respeto pero dejándole en claro que jamás iba a volver a disfrutar de mi, fue una experiencia agradable y placentera como lo iban a ser otras más que se me ocurriría experimentar.

    Recuerdo que días posteriores y ante su insistencia le dije de forma provocativa:

    —Ya me cogió, Don Pedro. Pero no me va a coger de nuevo.

    No debí dar esas respuestas, pues, lo único que lograba era alimentar más el morbo del anciano pensando que yo volvería a coger con él pero soy una morbosa provocadora.

    A pesar de que creen que me van a volver a coger cuando decido que no me interesa más un hombre es porque así es y Don Pedro dejó de interesarme sencillamente porque ya viví la experiencia, repetirla no me llamaba para nada la atención.

    Pero Don Pedro no piensa como yo, si por él fuera me secuestra en su apartamento para cogerme todas las veces que pueda, de hecho pienso que debió pensar que después de ese día me iba a tener como su juguetito por un buen tiempo pero se equivocó.

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    Escrito por: [email protected]

  • Diario de una hermana

    Diario de una hermana

    -Dios, odio a mi hermano. Siempre anda causándome problemas y terminamos en peleas como la de hoy, me pegó un manotazo en el brazo y no dudé en devolverle uno en la cabeza. Deja su ropa sucia por la casa y su habitación es un asco, no soporto que viva así y crea que debemos adaptarnos a él. Nunca aporta nada a la casa, al contrario, deja todo hecho un desorden y me carga. Detesto que le sea una carga a mi madre, desde que es la única que nos mantiene, me apena que no comprenda el difícil trabajo que ella hace por nosotros y él no haga nada más que ser indeseable y repugnante. Este diario es mi único medio por desahogarme, gracias, querido diario.

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    – Hoy pillé a mi hermano hurgando entre mi ropa interior, LO ODIO, es un asqueroso repulsivo, no puedo creer que seamos parte de la misma familia. ¿En qué mierda estaba pensando cuando hizo eso? No lo quiero ver más, lo odio, es horrible por dentro y por fuera, nunca será nadie en la vida. No soporto más vivir con él bajo el mismo techo.

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    – Últimamente mi hermano no ha estado causando mucho problema, se ha encerrado en su habitación por días enteros y apenas interactúa a la hora de la cena. Sigue siendo mejor escenario al que siguiera activo haciendo estupideces y existiendo de manera odiosa. Lo he notado muy concentrado en algo, no sé qué sea, pero no me intriga tanto la verdad, es tan pesado que ya no me interesa lo que haga con su vida.

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    – Ocurrió algo extraño hoy. Estaba arreglando mi ropa para la universidad cuando mi hermano viene y me agarra la cabeza, me mira directo a los ojos, “te quieres devolver conmigo a casa hoy” dijo antes de soltarme la cabeza. No entiendo por qué hizo eso, pero no lo sé, a lo mejor he sido muy brusca con él últimamente y ha querido que tengamos tiempo juntos para mejorar nuestra relación, así que me devolví a casa junto él y nos la pasamos bien, de hecho.

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    – Comienzo a creer que estamos mejorando mucho mi hermano y yo, nos hemos devuelto juntos todos los días ya hace una semana. Disculpa que no escriba muy seguido, diario mío, pero prefiero escribir cosas relevantes para no perder tanto tiempo en esto. Por cierto, ¿te acuerdas de la cosa rara que hizo mi hermano la vez anterior? Pues lo ha vuelto a hacer, me ha dicho que me encanta pasar tiempo con él, ¡y no miente! Sigo sin saber por qué me agarra la cabeza y me mira directamente, pero quizá es su forma anticuada de demostrar que quiere mejorar las cosas conmigo.

    Durante la semana hemos jugado juntos y nos la hemos pasado charlando mucho, le he contado cómo han sido mis días y yo escucho atentamente a lo que él quiera decirme. Ah, salimos de compras ayer, aproveché para comprarme dos pares de medias bucaneras negras, ¡me encantan vestirlas! Digo, hasta mi hermano me lo ha dicho.

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    – Mi madre es tan molesta a veces, qué cargante puede llegar a ser. Hoy me ha dicho que deje de andar por la casa siempre con mis medias y que aprenda a vestirme apropiadamente, no entiendo cuál es la diferencia de usar una ropa u otra, simplemente me encanta usarlas y ya. Afortunadamente, mi hermano le ha dicho a mamá que, de hecho, ella sí aprueba que vaya así por la casa, seguramente ella solo estaba estresada porque le ha dado la razón, y no recuerdo la última vez que ella haya hecho algo así.

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    – Mi hermano me ha dicho que ordene su habitación y limpie lo que él vaya ensuciando, al principio me pareció ridículo y disgustante, pero la forma en que me miraba a los ojos solo denotaba lo tierno que era realmente. Supuse que él había sido muy agradable conmigo y, contando las veces que la hemos pasado genial, supuse que sería bueno que hiciera esto por él esta vez, ¡claro que limpiaré su habitación!

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    – Nos hemos comenzado a reunir más seguido, me refiero a mi hermano y a mí, por supuesto. Siento mucho gusto en pasarla con él, ya no peleamos y veo en mi hermano alguien atractivo, en el sentido que es buena persona, no podría tener nada más con él, somos familia y no podemos tener nada aunque quisiera, ew. Los abrazos y besos que nos hemos dado han sido solo familiares y amistosos, mi hermano es quien me termina por confirmar eso cuando me lo dice con esa voz apaciguante que tiene, sus labios contra los míos me ponen tan bien y amo cuando baja a mi cuello mientras me sostiene con sus brazos, ¿cómo pude ver a alguien repulsivo en él?

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    – Odio a mi madre, se ha convertido en una carga pesada y una molestia. Entró sin tocar a la puerta de mi hermano y me ha pillado sentado en sus piernas mientras nos besábamos. Pegó tal griterío que una bomba atómica solo haría un ruido sordo a comparación del de mi madre. ¿Qué tiene en la cabeza? ¿No tiene nada mejor que hacer? Ha tenido que ir mi hermano y decirle lo obvio de la situación, ¿no está ya algo mayor para darse cuenta de que llevamos una relación de lo más normal? Gracias, hermano mío, por decirle que no pasaba nada extraño. A mi madre le debió de haber hecho sinapsis las neuronas y se dio cuenta que, de nuevo, mi hermano tenía razón, se disculpó por gritar y salió de la habitación de lo más contenta.

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    – Es cierto, adoro estar con mi hermano y más cuando puedo acariciarlo como buen hermano que es. Estábamos sentados en el sillón cuando me vuelve a agarrar la cabeza y me dice lo mucho que me gusta que lo acaricie y que lo toque, ojalá se deje de decir tales cosas, con decir lo obvio no va a conseguir nada. De todas formas, no pude evitar sentir cierta ternura por aquellas palabras, seguramente quería una confirmación ya que quizás estaba inseguro de nuestra relación de hermanos, así que me moví hacia él y lo abracé como nunca abracé a alguien, sentir mi cuerpo contra el suyo me hizo sentir tan bien, quise besarlo en sus labios para demostrar que sí lo quiero, pero él se me adelantó y nos tendimos en el sillón por unos minutos antes de que él se fuera. Querido diario, nunca creí que podría sentirme feliz por mí así, gracias por acompañarme.

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    – Durante estos días he visto a mi madre y a mi hermano llevarse muy bien, me alegro por eso, ojalá podamos todos tener una familia estable. Mi madre abraza a mi hermano muy seguido y le besa en la mejilla cada que lo ve merodeando por la casa, o al llegar de la universidad, empiezan a tener una relación como la mía y eso me pone un tanto celosa, ¿es acaso raro? No lo creo, es mi hermano después de todo, es normal que quiera cuidar de él y generar recuerdos junto a él. Quizá deba ir ahora a mimarlo un rato, mamá está trabajando, así que podré estar con él un buen tiempo.

    *************

    – Diario mío, explícame lo que me pasa, pues hoy me ha dado la cachondeada que a toda chica joven le da de vez en cuando, y cuando empiezo a tocarme y a calentarme, no le logrado pensar en nadie más que mi hermano. Fantaseaba en que me tocaba y que me chupaba el coño hasta dejarlo mojado, fantaseaba con que me masturbaba y me dejaba ver su polla, que me dejaba tocarla y lamerla con pasión. Antes de que me diera cuenta, ya me había venido y había dejado mojado mi pantalón bajado. ¿Tendré alguna clase de problema? ¿Será normal esto entre hermanos? No lo sé, no me he interesado más en los chicos de mi clase desde que me devuelvo con mi hermano y es él con quien paso mi tiempo, a lo mejor deba fingir que nada pasó y continuar con naturalidad, si digo esto me tomarán por loca y me encerrarán en una manicomio. Querido diario, gracias por dejarme expresar con sinceridad.

    **********

    – Ok, lo admito, estoy celosa, estoy celosa, estoy celosa. Ah, escribirlo es tan desestresante, siento que me libera y puedo pensar mejor. Al llegar de la universidad, mi madre recibe a mi hermano con beso y abrazo, le pregunta cómo le fue hoy y si ella puede hacer algo por él. Por otra parte, yo quedo abandonada y dejada a un lado, y no me importa mi madre, es mi hermano de quien quiero tener la atención, él me deja por nuestra madre y luego viene cuando quiere. También es cierto que no tiene la obligación de estar conmigo, pero él sabe que me gusta estar con él, debería tener más consideración. Eso no es todo, hoy es solo la gota que rebalsó el vaso.

    Mientras me paseaba por mi casa, veía a mi hermano y mi madre acostados en el sillón besándose en frenesí, tal como mi hermano lo había hecho conmigo. Además, mi madre ha empezado ya desde hace unos días a llevar puesta solo un delantal para cubrir su lencería que lleva consigo cuando están en casa, no le he dicho nada porque me importa más bien poco, pero veo cómo a mi hermano le gusta y la abraza por detrás cuando la pilla de espaldas. Mis medias no son suficiente aparentemente, a lo mejor sí deba hablar con mi hermano de esto y tener su opinión.

    ************

    – Pero qué imbecilidades escribe una, leer esto me hace sentir una tonta insegura. Mi hermano me ha dicho lo única e irremplazable que es nuestra relación, me sentí mejor después de escuchar sus pablaras mientras lo miraba a los ojos, aunque me sentí tonta por hacerle decir algo tan embarazoso como eso. De todas formas, ya no importa, él me recomendó que me fuera de compras y que cuando llegara no me volvería a preocupar por tonteras como esas.

    Siempre tiene razón, así que volví a ir de compras después de la última vez y me he comprado las minifaldas, medias y el brasier que mi hermano me sugirió. Adoro vestirlas en casa y fuera de ella, se le ve muy feliz a mi hermano cuando me ve en estas ropas, incluso recibo las miradas de las demás personas y percibo cómo se les pone el, ay, mejor dejo de escribir por hoy.

    *************

    – Dios, amo a mi hermano. Siempre me causa tanto placer y felicidad, es un amor de persona y no quiero separarme más de él. Anoche mi hermano me llevó a su habitación y, como si fuera un mentalista, declaró que yo me sentía sexualmente atraída hacia él y que yo haría cualquier cosa que él me pidiera. Él no podía estar más en lo cierto, me había descubierto, las bragas se me empezaban a mojar al venirme a la mente las miles de fantasías que había tenido de él conmigo, no me aguanté más y me abalancé sobre él. No pareció molestarle eso, al contrario, empezó a besarme y a quitarme la ropa que llevaba puesta.

    Mi pecho desnudo y mi vagina mojada son pertenecientes a él, se adueñó de ellas en cuanto me folló en su cama. Me llevé su polla a mi boca y le di la mejor mamada que podría dar una hermana, su cara lo decía todo, lo complacía y él no tardó en venirse en mi boca. Mi coño fue tocado, masturbado y follado por su dura polla, me encantaba, no podía pensar en nadie más que en él y en mí follado toda la noche, no me importaba nada ni nadie más. No quería ver a mi ex ni a mi clase ni a mi madre, solo lo quería a él. Sentí el calor de su semen dentro de mí a la vez que experimenté un orgasmo gigantesco, mi hermano me lo hizo saber en cuanto eyaculó dentro de mí.

    Él me dijo que me fuera a descansar y que mañana nos esperaría un mejor día. Así llegamos hasta hoy, es la mañana y no quiero ir a la universidad más, decidí escribir esto antes de complacer a mi amado hermano. Escucho los gemidos de mi madre en la otra habitación, me pone tan excitada y cachonda el pensar en mi hermano follando a quien sea, solo espero que pronto sea mi turno. Querido diario, amo a mi hermano, mi madre y yo le pertenecemos, gracias por acompañarme, diario mío.

  • Una deuda pendiente

    Una deuda pendiente

    Vivíamos en Kiel, Alemania,  donde fui asignado para complementar mi preparación como piloto de helicóptero al servicio de la Marina de Guerra de mi país. Nuestra estadía allí, junto con mi esposa, representaba no solo un peldaño más en el proceso de ascenso profesional en mi carrera sino también la oportunidad de conocer otros países, convivir en otro tipo de cultura, aprender otro idioma y compartir con gente de diferentes lugares.

    Por alguna razón, las personas con las que nos vinculábamos en aquella ocasión, parejas, practicaban relaciones abiertas en sus matrimonios, de manera que, en principio, aquello nos pareció un tanto raro, pero indudablemente nos llamaba la atención. Aquello de que los miembros de la pareja tuvieran la libertad de compartir con diferentes parejas sexuales, con el consentimiento consensuado de ambos, nos resultaba un tanto difícil de aceptar, por una parte, pero, por otra, una opción de vida que nos parecía atractiva. Aquello nos despertaba curiosidad y tengo que decir que nos alborotaba la libido.

    Había actividades que superaban nuestra capacidad de sorpresa. Nunca habíamos presenciado un show de sexo en vivo, ni participado en actividades de sexo grupal, por ejemplo, de manera que ser espectadores de aquello en diferentes sitios, así como la amplia oferta de espectáculos, artículos relacionados con el sexo, vídeos pornográficos, juguetes, literatura y demás, ciertamente captaban nuestra atención. Pero, en condición de pareja joven, relativamente recién casados, aquello de las relaciones abiertas y la posibilidad de que tanto hombre y mujer se permitieran esa posibilidad en su matrimonio, definitivamente ejercía una atracción especial y nos llevaba a comportarnos de una manera diferente, más abierta y desinhibida.

    Las esposas de nuestros instructores alemanes, por citar un caso, se iban solas a vacacionar en las Islas Lanzarote, donde, al decir de algunos colegas españoles, el plan era ligar con gente del lugar, pasarla bien y dar rienda suelta a su sexualidad. Lo que más nos sorprendía era que aquello sucedía con el conocimiento y consentimiento de sus maridos. Preguntados al respecto, y curiosos nosotros de saber si el conocer de antemano que sus esposas pretendían practicar sexo con otras personas durante sus vacaciones, ciertamente nos maravillábamos con sus respuestas. ¿Por qué no? Nos cuestionaban. Cada quien decide libremente lo que hace o deja de hacer.

    Después, conociéndolos y compartiendo un poco más, ellos mismos nos confesaban que tener sexo no era lo más importante en su relación. Se valoraba más la compañía, el apoyo del uno al otro para llevar adelante un proyecto de vida y la idea de tener una familia. El sexo, por decirlo de alguna manera, se veía como un entretenimiento que se compartía en pareja. Para ellos, mi esposa, de origen latino, cabello y ojos oscuros, de buen cuerpo y piernas atractivas, era bastante admirada y asediada por los ellos, atracción bastante notoria cuando compartíamos eventos sociales.

    Más de una vez parecieron insinuársele, pero, muy inocentes, jamás nos dimos cuenta de la real intención y quizá no respondimos como ellos hubieran esperado. Había mucho respeto y para nada llegamos a sentirnos presionados o forzados a hacer algo que no quisiéramos. Lo cierto es que aquellas experiencias nos influenciaron y cambiaron en mucho nuestras actitudes con relación al manejo de los vínculos entre hombres y mujeres, especialmente en lo que a la práctica del sexo se refería.

    Se nos decía que para mantener una convivencia equilibrada en el matrimonio, la pareja debería tener diferentes tipos de relaciones: las amistades de ella, las amistades de él y las amistades de la pareja, y que tales amistades deberían atender diferentes intereses. Es decir, algunas amistades eran para compartir actividades familiares, otras para compartir intereses profesionales, otras para compartir pasatiempos y aficiones, y otras para compartir sexo, entre otras cosas.

    Aunque no muy convencidos, ambos encontrábamos algo de razón en aquello, porque no con todo el mundo se puede hablar de lo mismo y no todos comparten los mismos gustos e intereses en un momento específico de la vida. Lo cierto es que allí tuvimos miles de oportunidades para satisfacer nuestra curiosidad, hablar abiertamente de nuestras preferencias y desfogar toda nuestra energía, pero evidentemente nos faltó voluntad y decisión para pasar del dicho al hecho, de la idea a la realización, y nos abstuvimos de satisfacer muchas de aquellas curiosidades.

    Allí conocimos a Edgar, otro piloto que fue destacado conmigo durante aquel tiempo. Él estaba soltero en aquella época y andaba con nosotros, mi esposa y yo, para arriba y para abajo durante nuestra estadía. Era, por decirlo así, nuestro compañero y cómplice, un agregado a la pareja, pues compartíamos con él todas las circunstancias de nuestra permanencia en ese país, a falta de contar con un círculo más amplio de amistades. Además, creo, también, porque él era muy práctico y nosotros, tal vez inocentemente, le brindábamos la comodidad de permitirle que nos acompañara a donde fuéramos y, efectivamente podríamos decir que desde afuera podría decirse que se trataba de una convivencia permanente de tres personas. Mi esposa, él y yo.

    Con él tuvimos la oportunidad de conversar acerca de las situaciones que allí veíamos y compartir varias experiencias. Juntos fuimos a explorar el barrio Saint Pauli y su famosa calle Reeperbahn, en Hamburgo, un sitio de vida nocturna caracterizado por muchos bares, tiendas y cabarets donde se pueden apreciar shows de sexo en vivo y distintos tipos de entretenimiento para adultos. Nunca sucedió nada entre nosotros, pero el compartir este tipo de experiencias y aventuras, ciertamente elevaba la confianza que había entre nosotros, como alguna vez que, siendo conscientes que él estaba sólo, lo alentamos a que desfogara sus ímpetus sexuales en alguno de estos lugares. Nosotros lo esperamos mientras eso sucedía y, después, en sentido anecdótico, comentábamos con lujo de detalles todo lo ocurrido.

    Alguna vez, conversando los tres, salió a relucir el tema de las relaciones abiertas y los “ménage a trois” que normalmente presenciábamos en el ambiente en que nos movíamos. Pensábamos que una cosa era una relación consentida de una noche, una aventura, y otra diferente una relación de confianza y permanente. Sin embargo, mi esposa, para extrañeza de ambos en aquella ocasión, nos sorprendió afirmando que esa relación de tres podría funcionar siempre y cuando hubiera la madurez necesaria por parte de los involucrados, sin celos, sin escenas ni reclamos, sabiendo cada cual su rol en la relación, y que la mujer encontrara satisfacción en la aventura. Palabras mayores, pensé yo.

    Varias veces tuve que ausentarme por varios días, en razón de mi trabajo, y Edgar siempre estuvo disponible para asistir a mi esposa si algo se salía de control y requería de su apoyo, que a veces, simplemente, consistía en hacerle compañía. Durante estas ausencias yo hablaba con ella a diario, pero nunca jamás se mencionaba nada relativo a la especial atención que él le prodigaba cuando yo no estaba presente. Había entre ellos, digamos, una relación de amistad prudentemente distante y respetuosa, tratándose del vínculo de un hombre soltero con una mujer casada. Pero era evidente que él disfrutaba de la compañía de mi esposa y de seguro, en ese momento, habían consolidado un vínculo de mutua confianza.

    Edgar era un hombre guapo, nada del otro mundo, pero tenía una voz de tono grave, como de locutor de radio, que cautivaba a mi esposa, llegando a confesarme alguna vez que aquello le atraía, le gustaba y le despertaba un no sé qué especial, que le despertaba sensaciones placenteras. Lejos estaba yo de imaginarme el tipo de experiencias en que podría desembocar aquella confesión porque, socialmente hablando, la relación entre ellos se mostraba educadamente distante y respetuosa.

    En alguna ocasión, compartiendo los tres en un evento social, presenciamos cómo la esposa de nuestro amigo alemán, casi al final, abandonó la reunión acompañada por otro hombre. Le preguntamos el motivo y, sin preocupación aparente, nos manifestó que tal vez se había interesado en un muchacho y que seguramente iba a estar un rato con él. Extrañados y sorprendidos preguntamos, intrigados, ¿Y esto no te afecta? Para nada, respondió. Cuando llegue a casa, más tarde, sé que ella estará allí.

    De verdad, nos parecía muy civilizado comportarse de esa manera en la relación de pareja, entendiendo y apoyando, aparentemente, las necesidades del otro, por lo menos en lo referente al aspecto sexual del vínculo matrimonial. Y nuevamente, en nuestras conversaciones, salía a relucir si tendríamos la apertura de mente necesaria para permitir esas libertades dentro de nuestras relaciones de pareja. ¿Permitiría yo, preguntaba Edgar, que él, por ejemplo, se le insinuará a mi esposa y procurara tener algún tipo de contacto sexual? La sola idea, expresada así, de repente, sonaba extraña. Yo la miraba a ella, y me preguntaba… ¿Sería cuestión de que yo lo permitiera, que tú lo permitieras, o que, más bien, ambos lo permitiéramos?

    Tendría que ser algo consensuado, decía ella. Ustedes, los hombres, tienen más libertad para actuar en ese sentido. Pero, replicaba yo, un hombre puede pretender conquistar a una mujer, bien sea para una aventura de una noche, o una relación de toda la vida, sin saber que ella es casada, que tiene novio o que ya tiene compromisos. ¿Y? le cuestionaba yo. Pues en ese caso, afirmaba ella, la decisión queda bajo responsabilidad de la mujer. Es ella quien decide si la propuesta prospera o no. ¿Y de qué dependería? Le preguntaba yo. ¿De las necesidades de la mujer, del hombre, o de ambos? Pues, si las necesidades son correspondientes con el momento emocional de cada uno, hombre y mujer, bien pudiera ser que la propuesta se vuelva realidad. ¿Por qué no? ¿Acaso no es lo que ustedes hacen normalmente?

    Y es por eso se dice que el hombre propone y la mujer dispone. Ustedes intentan ligarse a una mujer a la primera oportunidad, pero es ella quien finalmente decide y dispone si aquello puede o no puede ser. Aquí, por lo visto, la mujer también está en posición de proponer, y ya verá el hombre si acepta o no la invitación. Yo creería que, por lo general, el hombre nunca se negaría a la petición de una mujer, pero pudiera estar equivocada. Por el contrario, pienso que, la mujer tiene mayores opciones de escoger con quien compartir ese tipo de aventura. Para ella estaba claro, decía, que, por ejemplo, Edgar, como hombre, podría proponerle algo a ella, pero que, dependía de ella aceptar o no.

    Nos quedamos un tiempo más en Alemania, antes de regresar a nuestro país de origen, pero, al parecer, nunca sucedió nada entre nosotros tres. Las palabras de mi esposa seguramente habían quedado flotando en el ambiente, tal vez como una invitación para que nuestro amigo se atreviera a algo, si así lo quería, pero nunca se dio la oportunidad y nosotros, tanto él como nosotros, tampoco lo buscamos. Seguimos compartiendo nuestra experiencia de viaje, tanto social como laboralmente, guardando las debidas y correspondientes distancias. De hecho, compartimos con Edgar y algunas de sus conquistas antes de nuestra partida y el vínculo de amistad pareció fluir sin contratiempos.

    Llegados de nuevo a nuestra sede, el destino nos ubicó en caminos separados. Edgar estuvo destacado en otras unidades, lejos de nosotros, y al tiempo supimos que se había retirado para emigrar y buscar nuevos horizontes en otro país. La comunicación entre nosotros, poco a poco se fue apagando, hasta no volver a saber más el uno del otro. Por ahí, eventualmente, a través de las redes sociales llegamos a conocer de sus andanzas, pero nada más. En alguna ocasión chateamos por whatsapp y quisimos saber de la vida de uno y otro, pero eran conversaciones muy livianas y superficiales.

    En algún momento fuimos a visitarle a Miami, en Estados Unidos, donde estaba radicado. Lo encontramos felizmente casado, concentrado en labrarse un futuro profesional y fortalecer su situación económica en ese país. Durante nuestra corta estadía pudimos compartir con él y su esposa, Carmenza, quien se mostró muy amistosa y amable. La relación entre nosotros no pasó de lo socialmente aceptado. Y todo estuvo bien. Tal vez, en alguna conversación, rememoramos lo vivido en Alemania años atrás, y él llego a manifestar que, si alguna vez intentara proponerle algo a Laura, por ejemplo, yo, por puro respeto de su parte, lo tendría que saber. Al fin y al cabo, en ese vínculo, era una cuestión entre él y ella, hombre y mujer, libres de decidir. Y que él pensaba que había una deuda pendiente entre los dos.

    La verdad, nunca me preocupé por saber las intimidades del trato entre mi esposa y él en aquellas épocas. Me había parecido que toso se había dado dentro de lo esperado, pero nunca pregunté qué pasaba cuando ella y él quedaban solos. Nunca me preocupó. Y tampoco nunca supe si él en algún momento llegó a interesarse por mi esposa o a proponerle algo. Tampoco ella me comentó si se había presentado alguna situación que se saliera de control y no se pudiera manejar.

    Pasado un tiempo, Edgar volvió a aparecer de vuelta en nuestro país, por motivos de trabajo. Nos visitó en Cartagena de Indias, donde vivíamos por aquellos días, y nos comentaba que, por algún tiempo, iba a estar viajando regularmente entre Estados Unidos y Colombia, y que seguramente nos iríamos a ver con mayor frecuencia. Y así fue. Cada vez que aparecía, procurábamos compartir alguna actividad durante su estadía.

    Para esa época, ya mi esposa había tenido la oportunidad de calmar su curiosidad y tener relaciones sexuales fuera del matrimonio, todas consentidas, unas presenciadas por mí y otras a solas, de manera que, ya, digamos, manejaba mejor el tema, estaba más segura de lo que quería, me comunicaba sus deseos y no se armaba enredos a la hora de decidir qué hacer al respecto. Y siempre, ante ese tipo de situaciones, volvían a mi mente sus palabras de años atrás; el hombre propone y la mujer dispone.

    Sucedió que Edgar se volvió visitante frecuente durante dos largos años. Fueron bastantes las veces que coincidimos en actividades, comidas, paseos, espectáculos, bailes y noches de bohemia. Era evidente que, cuando viajaba, le faltaba distracción y nosotros, como anfitriones en la ciudad, se la proporcionábamos, al menos en parte. Y, pasado un tiempo, alguna vez, al calor de unas bebidas, me confesó que le gustaría proponer y que Laura dispusiera lo correspondiente. No me diga que le tiene ganas, comenté en aquella ocasión. Pues sí, dijo, ¿por qué no? Recuerde que yo soy hombre. Yo propongo. Bueno, dije, y cuál es su estrategia, si puede saberse. Nada especial. Esperar la oportunidad. ¿Por qué no? Pues sí, contesté yo, ¿por qué no?

    ¿Y no le molesta que lo diga, preguntó? La verdad, no, contesté. Ya estamos mayorcitos para saber qué quiere cada uno. Eso sería un asunto entre ustedes dos, aunque no sé de dónde surge el interés, precisamente ahora. Y si algo pasara a mis espaldas, ya sería un asunto entre ella y yo. Ciertamente me disgustaría que aquello se diera a escondidas, no tanto por usted sino por ella y nuestra relación. Estoy seguro que, si algo se da, ella me lo diría. Ya tenemos experiencia previa cuando ella se encapricha con alguien y está dispuesta a llevarlo a la cama, así que no encontraría razón para que esta vez fuera diferente. ¡No! dijo él. Para tranquilidad mía, yo le prometo que lo mantendré informado.

    No es que esto se haya vuelto una obsesión y esté enloquecido por ganarme sus favores, continuó, pero, si se dan las cosas y existe alguna posibilidad, yo le confieso que me gustaría intentarlo. Ella me atrae, usted lo sabe, y hemos compartido experiencias en el pasado que pudieran facilitar y dar vía libre a esa aventura, pero, bien pudiera no pasar nada. Y si así fuera, al menos quedo con la certeza de que lo intenté y no me quedo con la incertidumbre de saber qué hubiera pasado, si es que acaso no lo intento.

    Siendo más jovencitos tuvimos el deseo, pero no nos dimos esa oportunidad. ¿Qué pasará si lo intentamos ahora? Bueno, no estoy enterado de qué situaciones se dieron en el pasado y cuál es la deuda pendiente entre ustedes. Por mí no hay inconveniente, repliqué, pero, si algo hubo en el pasado, no quisiera ser yo el último en saberlo ahora. Tenga la certeza de que nada hubo, comentó él, pero tuvimos mucha confianza y creo que hubo cosas que no nos dijimos y dejamos de vivir en su momento, y es por eso que ahora sí quisiera intentarlo.

    Después de dicho aquello, aparentemente, nada pasó. Compartimos varias veces, y ellos, en mi ausencia, tuvieron la oportunidad de estar a solas otras tantas veces, y al parecer las cosas no avanzaban en el sentido en que él quería. Hasta que un día apareció creado un grupo de whatsapp denominado “A la conquista del sueño prohibido”, cuyos miembros éramos Edgar y yo. El primer mensaje que recibo, mientras me encontraba fuera de la ciudad, decía: “Primer acercamiento”. Venía acompañado por una fotografía donde se les veía a ellos dos, sentados en una mesa de un conocido restaurante. Con cautela, respondí. Paso a paso… Y respondió: Eso intento. No me quiero dejar llevar por la ansiedad.

    Y ese mismo día, más tarde, recibí otro mensaje que decía: “Todavía hay confianza”. Venía acompañado por otra fotografía donde se le veía a él pasando su brazo por detrás de la espalda de mi mujer, al parecer muy a gusto ambos. Y comentaba: Estamos recordando lo que vivimos en Alemania. Se acuerda bien y con detalle.

    Luego otro mensaje, más tarde, decía: “Hay que ir muy despacio”. De pronto es muy evidente que me quiero acostar con ella. Es la idea, pero no quiero arruinar la posibilidad. ¿Qué paso? Pregunté e aquella ocasión. Tal vez dije algo que no debía y pareció molestarse, respondió. La invité a bailar y me aceptó.

    Y más tarde, otro mensaje, decía: “Relajados, bailando”. Y comentaba: No tanta conversación y más acción. Le gusta el movimiento. Sí, respondí yo. Con eso la conquista. Espero que sepa aprovechar las bondades de su cuerpo. Lo estoy haciendo, respondía.

    Luego, en otro mensaje, decía: ”El encendido soy yo”. Y comentaba: Desde que empezamos a bailar tengo mi verga erecta y ella pareciera no inmutarse, con todo y que me las he arreglado para que se dé cuenta cómo me tiene. Paciencia, me limité a contestar.

    Ella, por su parte, bastante menos fogosa en sus comentarios, solo acertaba a contarme que había acompañado a Edgar, que habían conversado acerca de su trabajo, sus proyectos y que pronto terminaría su trabajo. Según ella, él estaba empeñando en que su esposa pasara algunos días en la ciudad, algo que aún estaba en proyecto. Pero nada respecto a sentirse asediada por este hombre, o seguirle la corriente en el juego, o estar realmente interesada en hacer algo con él.

    Y así, a través del tiempo, con ese tipo de mensajes, acompañados de fotografías, Edgar cumplía su compromiso de mantenerme informado de sus avances, cada vez que tenían la oportunidad de encontrarse con mi mujer, especialmente en mi ausencia. Y, con el tiempo, los mensajes venían más cargados de comentarios y apreciaciones. Los reportes, por decirlo así, no hacían más que describir lo que se iba presentando en cada uno de los eventos.

    Pasó tiempo antes de recibir algo que indicara un mayor avance en las intenciones de Edgar. En otra ocasión, su mensaje decía: “Fin de semana largo”. Y comentaba: Me ha aceptado compartir todo el fin de semana. Espero sacar provecho y ver si salimos de la inercia que hemos mantenido a lo largo de todo este tiempo. La estrategia de aproximación a ella es a través del baile. Es muy física. Se logra avances a través de lo que perciben sus sentidos. Lo tengo claro, pero no sé cómo ser más específico y directo para expresarle abiertamente que me gustaría tener sexo con ella.

    Al día siguiente, otro mensaje suyo, muy temprano, decía: “Paseo swinger” Día de paseo y descanso en una finca privada, con piscina. Van otras parejas. Ella lo sabe y aceptó. Es mismo día, más tarde, el mensaje decía: “Actividades”. Y comentaba: Disfrutamos de piscina, sol y baile, sin sexo. Solo accedió a despojarse del corpiño y estar en topless durante la jornada. Se prestó para participar en el show que dispusieron los organizadores con unos strippers y le chupó el pene a uno de los muchachos, como parte del show. Eso me prendió muchísimo.

    El mensaje venía acompañado de una fotografía donde se apreciaba un grupo de personas, posando al borde de la piscina. Se veía allí gente desnuda, gente en vestido de baño y mujeres en topless, todos mezclados. A Laura se la veía en un extremo, al lado de una mujer desnuda, y a Edgar en el extremo opuesto. Y comentaba: No pareció molestarse cuando las parejas empezaron a jugar, a tener sexo y compartir entre ellas. No participamos y tampoco quise insinuar algo, esperando de ella alguna señal que nunca apareció. Me parece que no le gusta exhibirse en público. Es un buen descubrimiento. Y voy a actuar de otra manera.

    Más tarde, otro mensaje decía: “Noche de Bohemia”. Y comentaba: Me busqué un sitio apartado, más bien oscuro, donde escuchar música, bailar y hablar de lo que pasó en el día. La cosa pinta bien. Y luego, más tarde, otro mensaje decía: “Manos inquietas”. Venía acompañado por una fotografía donde se veía su mano, apoyada en uno de los muslos desnudos de mi mujer, bastante arriba de sus rodillas. Y comentaba: Me voy acercando. No lo ha impedido.

    Más tarde, sin embargo, colocaba un mensaje que decía: “De regreso a casa”. Venía acompañado de una fotografía donde se le veía a ella entrando a casa, sonriente, despidiéndose de él con la mano. Y comentaba: Debido a lo avanzado de la hora llegué a pensar que accedería a que darse conmigo en el hotel. Sutilmente lo sugerí, pero ella dijo que no era necesario, pues para eso tenía su hogar y me pidió que la llevara a casa. Hoy no se dieron las cosas como esperaba. Mañana tenemos previsto asistir a un concierto, luego una comida y, más tarde, quizá, despedir la semana tomándonos unos tragos.

    Al día siguiente, su mensaje decía: “Optimista”. Y comentaba: La recogí en su casa y la percibí muy animada. Espero que todo vaya bien hoy, aunque el programa es menos atrevido que ayer. Espero tener más suerte. El mensaje venía acompañado con una fotografía donde se les veía entrando a un auditorio. Y más tarde, en otro mensaje, decía: “Nos vamos de copas”. Y comentaba: El concierto fue de música romántica de todos los tiempos. Prefiere irse de copas. Me ha permitido caminar junto a ella rumbo a un bar, tomados de la mano, pero no me hago ilusiones. Vamos a ver qué pasa

    Y luego, como a las dos horas de aquello, envió otro mensaje que decía: “Progresando”. Y comentaba: Me siento más en confianza y más dispuesto a ir más allá. Ella me ha regalado tiernos besos y me ha permitido palpar todos los rincones de su silueta, aunque aún hay sitios vedados. Para mí terminó bien este fin de semana. En la siguiente oportunidad será la vencida. El mensaje venía acompañado con una fotografía donde se les veía bailando, con Edgar bien aferrado a las nalgas de mi mujer

    Mi esposa solo comentaba que había estado súper distraída gracias a que Edgar le había programado actividades todo el fin de semana y ella había aceptado porque se sentía muy encerrada, de modo que aquellas distracciones le habían caído bien para recargar energías. Que había aprovechado para bailar como hacía mucho tiempo no lo hacía, y que él la había complacido en todo. Comentó que habían pasado el día en una finca con piscina, pero para nada dio detalles de la actividad con las parejas swinger. Ciertamente había contraste entre los comentarios que él y ella hacían.

    En algún momento llegué a preguntarle si ella sentía que había quedado algo pendiente en su relación con Edgar, desde aquella vez que compartimos en Alemania. Me dijo que no. Pues, que a ella le parecía que, si bien habían estado juntos, y muy próximos físicamente en muchos instantes, quedaba claro que la situación de ambos marcaba distancias. Y que en aquella ocasión no había pasado nada. Bueno, pregunté, pero él si te atrae como hombre. Sí, me dijo. Pero las cosas deben estar justo en su lugar. Una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. No hay ningún compromiso.

    Pasaron varias semanas antes de un nuevo encuentro. Esta vez no hubo comentarios. Solo empezaron a llegar muchas fotografías donde se veía a Laura, mi esposa, vestida, semidesnuda y totalmente desnuda, posando en diferentes posiciones. Un escueto mensaje decía: “El sueño se hizo realidad”. Y comentaba: Finalmente, las cosas se dieron. Tal vez se decidió, porque ya esto de vuelta. Ella es toda una dama. Cuéntame, dije yo. Mejor vea su correo. Le dejé constancia. Mañana viajo de regreso a los Estados Unidos. Gracias por su confianza.

    Con mucha curiosidad fui a mi computador, abrí mi correo y verifiqué la bandeja de entrada. Ciertamente tenía un mensaje de Edgar, titulado, “El sueño se hizo realidad”. El texto que contenía el mensaje decía que muchas veces la realidad superaba la ficción, y que la experiencia había superado en mucho todos los sueños que despierto había imaginado en esa relación. Decía que quizás había sido mejor concretar la experiencia ahora y no en aquellos tiempos, donde realmente ninguno de los dos estaba claro sobre lo que se quería y que, tal vez, de haber forzado las cosas, se hubiese cometido un error.

    El video era explícito, con una duración de 01:15 minutos, grabado en la habitación de un hotel, al parecer desde una cámara en posición fija, que dominaba la mayor parte de la habitación, especialmente la cama. Empieza cuando él pone a funcionar la cámara, quedando en un primer plano, y ella, mi mujer, se observa acomodando su bolso en una silla y acomodándose en una pequeña mesa, situada contigua a la cama. El procede a sacar una botella de vino y sirve dos copas. Bueno, brindemos, se escucha decir. ¿Por qué? Replica ella. Pues porque me hayas aceptado la invitación a venir a mi habitación. Es un logro. Y ¿por qué? Dice ella. Nunca antes lo habías propuesto. Tienes razón, contestó él. Siempre lo imaginé, pero nunca lo dije. Bueno, que sea un motivo, dijo él, alzando su copa y bebiendo ambos un trago.

    Bueno, Laura, dijo, mañana me vuelvo para los Estados Unidos y va a pasar mucho tiempo antes de que nos volvamos a ver. Y en todo este tiempo siempre estuve imaginando que en algún momento pudiéramos compartir un momento de mucha confianza e intimidad. Me refiero a llevar a realizar cosas que tal vez hemos imaginado y que, por pena, por timidez, o simple respeto, nunca llegamos a mencionar. Yo quisiera tener unas fotografías tuyas, algo especial, secreto y atrevido, que quedaría tan solo entre los dos. ¿Estoy pidiendo algo inalcanzable? Preguntó él. No respondió ella. ¿Qué tienes en mente? Replica ella. Bueno, dice él, totalmente dispuesto a las consecuencias: ¿Estarías dispuesta a posar para mí? Sí, dijo ella. ¿Qué quieres?

    Tal vez, tratándose de fotografías, algo sensual, atrevido y sexy. ¿Qué sugieres? Preguntó ella. Bueno, párate, abre tus piernas, y posa para mí, como tu pienses que esas fotos deberían ser. Entonces ella apuró su bebida, se levantó de su puesto y empezó a posar en diferentes posiciones, aun con la ropa puesta. El escenario de fondo, claro está, era la cama, así que bien pronto él dijo… ¿podríamos intentar algo más atrevido? ¿Qué quieres ver? Dijo ella. Pues quisiera que repitiéramos las mismas poses, pero solo dejando tu cuerpo solo decorado con tu ropa interior. Bien, dijo ella, eso merece otro trago. No sé si esto sea una locura. Pero, sin recato alguno, poco a poco se fue despojando de su vestido, acción que Edgar no dejó de fotografiar.

    En el video, ella quedaba de espaldas a la cámara y se observa su cuerpo desde atrás, y no se aprecia su rostro. Edgar, por el contrario, queda de frente y claramente se ve el gusto que experimenta contemplándola a ella mientras posa, y la dedicación que coloca cuando dispara su cámara, una y otra vez. Ella, coqueta, desabrocha la cremallera y deja caer su vestido, dejándose ver solo vestida por una sensual lencería negra. Y así, en ropa interior, él la dirige para que se ubique en diferentes posiciones; frente a él, de espaldas a él, de lado, abriendo sus piernas, sentada en el borde de la cama, arrodillada sobre la cama, en posición de perrito, recostada sobre la cabecera de la cama con sus piernas abiertas a lado y lado… Ella, siguiendo todos sus caprichos, parece disfrutarlo.

    ¿Podríamos repetir las mismas tomas, pero sin tu brasier? Bueno, responde ella y, poco a poco, con una traviesa sonrisa, se despoja del brasier, dejando sus senos a la vista. Y ahora, siguiendo las guías de su improvisado fotógrafo, se acomoda como él indica. Bueno, dice él, ¿podemos hacer lo mismo, dejando que la cámara goce tu desnudez? Seguro, dice ella. Espero que todas las fotos salgan bien. No quisiera pasar por todo este proceso de nuevo, dijo ella mientras se fue despojando de sus pantis, quedando solo vestida con sus zapatos, su collar, sus pulseras y sus aretes. Divina, divina, dijo él. Quiero que abras bien tus piernas para deleitarme con la vista de tu sexo. ¡Súper! ¡Súper! Párate aquí, posa así, acomódate allá, de modo que hizo varias tomas con ella, su modelo, totalmente desnuda.

    Al final le pidió que se pusiera de pie, frente a él, y, dejando su cámara encima de la mesa, le dice. No sabes cómo lo he disfrutado y deseo agradecerte, dijo, acercándose para besarla. Ella lo aceptó y lo acogió sin reparos. Se observa cómo aquel empezó a besarla y a acariciar su cuerpo, especialmente sus nalgas. Así, deleitándose el uno al otro, permanecen un inmenso rato. El pareciera no avanzar en la acción, así que es ella quien insinúa que se vaya desnudando, empezando a retirarle lentamente la ropa, sin dejar de besarse y tocarse por todas partes. Y, ante esa iniciativa de ella, ahora es él quien se ve apurado para quedar igual de desnudo a ella. ¿Te acuerdas que estuvimos así, desnudos los dos, cuando fuimos a los baños turcos en Münich? Si, dijo ella, riéndose, pero aquí no hay vapor.

    A continuación, ella empezó a masajear el pene de Edgar, diciéndole, allá nos faltó hacer esto. Había mucha gente alrededor. Sí, dijo él, avanzando hacia la cama, de manera que fue inevitable que ella cayera tendida de espaldas, y, sin más preámbulos, abrió sus piernas, y, haciendo una seña con su mano, le invitaba a que se aproximara, indicando con este gesto su disposición a recibirle. El, comprendiendo lo que pasaba, sin tardanza, se apresuró a cubrir con su cuerpo el de ella y penetrarla, en posición de misionero, con mucha atención y cuidado, empujando suavemente hasta que todo su miembro desapareció totalmente dentro del sexo de mi excitada y ansiosa señora, empezando a empujar con ritmo, lentamente, sacando y metiendo su miembro en toda su extensión.

    Aunque su pene no se veía muy grande, sí parecía bastante grueso, obligando a que el sexo de mi mujer se abriera dificultosamente para acogerle. Ella, algo debió sentir porque, tan pronto se sintió penetrada, empezó a gemir con un volumen un tanto bajo, ya que Edgar no dejó de besarla mientras continuaba su faena. Sus manos acariciaban las piernas de mi mujer y ella, colocando sus manos en las nalgas de él, atraía su cuerpo hacia ella. Sus piernas, bien abiertas y levantadas, indicaban que estaba experimentando inmensas y gratas sensaciones. Sus brazos se desplazaban por encima de su cabeza y, al compás de las embestidas de él, volvían hacia sus nalgas para acariciarle. De hecho, se le veía bastante excitada.

    Laura, ¿por qué no te pones de espaldas? Quiero penetrarte desde atrás. ¿Quieres? Y ella, sin decir palabra, simplemente se acomodó siguiendo la guía de su corneador. Se colocó de rodillas sobre la cama, se apoyó en la baranda de la cabecera y expuso sus nalgas hacia atrás para que su macho la embistiera como deseaba. Él estaba encantado. Se acomodó detrás de ella, tomó su miembro entre las manos y lo apuntó a la entrada del agujero de mi mujer, quien se mostraba deseosa de tener de nuevo aquel miembro taladrando dentro de sí. Y él, respondiendo a ese gesto, empezó a empujar con mayor fuerza y vigor.

    Se escucha a Laura gemir al vaivén de las embestidas del macho, quien se esfuerza para darle y darle, con insistencia, desfogando todas las ganas contenidas después de tantos años de espera, aprovechando para disfrutar cada centímetro del cuerpo de ella, puesto a su entera disposición. Y así, después de algunos minutos, entre embestidas y gemidos, ambos parecen llegar a la cúspide de la excitación y del gozo. Aquel, de repente, retira su miembro y descarga toda su leche en la espalda de ella, quien, también excitada, retuerce su cuerpo, inclina su cabeza hacia abajo y parece desfallecer por el placentero esfuerzo.

    Él se acuesta sobre la cama, de espaladas, para descansar y reponerse del esfuerzo. Pareciera que ya cumplió su cometido y solo se concentra en recuperarse. Ella, se incorpora, se levanta, y se dirige al baño, permaneciendo allí varios minutos. Al salir, se le nota altiva, repuesta, más guapa. Es evidente que retocó su maquillaje y su peinado para salir nuevamente al encuentro del hombre que reposa en la cama. Y, llegando hasta él, comentó: Acaso, ¿ya fue suficiente? Tenía pensado que podría haber algo más, dijo ella, mientras tomaba su pene con las manos y lo frotaba de arriba abajo, procurando que despertara de nuevo.

    ¿Qué tal estuvo? Pregunto Edgar. ¿Te gustó? Si, dijo ella, mientras continuaba dedicada a su labor de estimulación. Estuvo rico. Lo disfruté mucho y quisiera extender este momento un poco más, si te parece. Mi reina, estoy disponible para ti. Solo dame un tiempito y ya esto contigo. No te esfuerces, dijo ella. Déjame el trabajo a mí. Y, diciendo esto, se inclinó sobre él para chupar su pene mientras seguía frotándolo insistentemente con una de sus manos, mientras con la otra acariciaba sus testículos, así que aquel miembro no tardó mucho en ponerse en condiciones para volver a la acción.

    Ella, entonces, se acomodó a horcajadas sobre él, permitiendo que su erecto pene penetrara profundo en su vagina. Y así, ya acomodada sobre aquel hombre, empezó a moverse rítmicamente, adelante y atrás, describiendo círculos con su cadera, a su antojo, seguramente buscando la mayor estimulación en su sexo. El, mientras tanto, se dedicaba a acariciar el torso de ella, especialmente sus senos, que amasaba con mucha intensidad. Poco a poco los movimientos de ella fueron adquiriendo velocidad, se la notaba más animosa y, una vez más, fueron apareciendo los gemidos que sugerían que aquello le estaba gustando mucho, hasta que, nuevamente explotó de placer, dejando caer su cuerpo sobre el de él, sin dejar de mover sus caderas a medida que la excitación disminuía y el ímpetu de aquel instante se apagaba.

    Así, tendida ella sobre el cuerpo de él permanecieron un tiempo. Ella, minutos después se incorporó. ¡Oye! Eso estuvo muy chévere. Creo que valió la pena la espera, ¿no crees? Para mí, ciertamente valió la pena la espera, comentó él. Bueno, dijo ella, ya no quedan pendientes ¿verdad? El ciclo ya está cerrado. Ya hicimos lo que había quedado pendiente y podemos seguir la relación en paz, sin ansiedad ni incertidumbre. ¿No te parece? Estoy de acuerdo, dijo él. Ya descubrimos qué se sentía y dejamos de fantasear. Para mi fue la culminación de un sueño. Bueno, dijo ella, espero que lo hayas disfrutado igual que yo. Ya tengo que irme.

    En el video se observa cómo ella entra al baño de nuevo y luego, al salir, y frente a él, se ve cómo se va vistiendo hasta quedar arreglada y lista. Se despide como teniendo prisa por irse y sale de la habitación. Él se acerca a la cámara y dice; ahí quedó la evidencia. Saludos…!!! Y todo concluyó.

    Como yo no estaba en la ciudad, la expectativa por conocer los detalles de ese encuentro me generaba expectativas, solo por el hecho de que Edgar me había dado su versión, pero aún no conocía de aquello por boca de mi esposa. Y estaba observando las fotografías de la sesión, cuando entró una llamada en mi teléfono celular. Era ella. Hola, amor, ¿cómo has estado? Bien, dije, ¿y tú? Bien. Pasé la tarde con Edgar, comentó. La pasamos bien. Entiendo, dije. O sea, quieres decir, que, ¿por fin cerraron el ciclo? ¿Cómo así? dijo ella.

    Pues, nada. Como Edgar ha estado interesado en compartir contigo, no solo ahora sino desde siempre, llegué a pensar que, cuando dices que la pasaron bien, el evento tuvo que ser memorable. Él no va a volver con la facilidad que se dio en este tiempo, así que, después de haber compartido tanto, imagino que la despedida tuvo que ser memorable. Bueno, dijo ella, memorable es que dejamos atrás incertidumbres. Lo normal. El propuso y yo dispuse.

    ¿Qué quieres decir? Pregunté. Pues que, después de muchos ires y venires, y muchas insinuaciones, compartimos sexualmente un ratico con motivo de su despedida. Entiendo, dije. Y, entonces, agregué, por eso dices que la pasaron bien, supongo. No te hagas, respondió. Si quieres los detalles, ya te contaré. Confórmate con saber que, sí, finalmente, y después de muchos años, tanto él como yo supimos que se sentía al estar el uno con el otro. No puedo decir que fue lo máximo, pero, en general, la pasamos bien. La pasamos rico. La deuda pendiente quedó saldada.

  • Años esperando este momento (Parte 1)

    Años esperando este momento (Parte 1)

    Siempre consideré que la palabra que mejor define mi vínculo con Agustín es “inevitable”.  Somos inevitables el uno para el otro. Existe una cuestión de química y piel que siempre nos resultó difícil de ignorar, y a veces también de manejar.

    Pero déjenme que empiece desde el principio…

    Nos conocimos de muy jóvenes. Yo era insegura y un poco tímida. Él, por el contrario, es de esas personas que deslumbran a todos a su paso. Gracioso, simpático, seductor desde siempre. Un poco ególatra, de esos que disfrutan de ser el centro de atención y constantemente actúan para lograrlo. Ídolo entre sus amigos, y a pesar de que en ese entonces no era de una belleza especialmente llamativa, era su personalidad lo que hacía que todos le prestaran atención.

    Ya desde ese entonces tuvimos siempre una tensión preciosa. De esa que te hace sentir cosquillas en la panza y ganas constantes de besarse. El problema era que él, como todo seductor, iba enamorando a más de una persona a su paso. Y mis amigas no eran la excepción. Ellas habían llegado a pelearse por él, y yo, que siempre quise permanecer fuera de los conflictos, nunca expresé mi atracción hacia su persona.

    Sin embargo, entre nosotros lo sabíamos. Nos teníamos muchas ganas, nos gustábamos mucho. Él siempre se mostró dispuesto a actuar en consecuencia, y yo siempre elegía el camino correcto, el de respetar a mis amistades y continuar deseándolo de lejos.

    Así fueron pasando los años, y nosotros siempre continuamos formando parte del mismo grupo de amigos y amigas. Nos veíamos en cada reunión, y a pesar de que cada uno pasó por distintas relaciones, siempre encontrarnos implicaba que el aire se espesara, que hubiera un calor implícito que ambos queríamos extinguir, pero no lo hacíamos.

    Incluso estando en pareja, había veces que Agustín pasaba por detrás de mí en alguna reunión y sutilmente, sin que nadie se percatara, deslizaba su mano por mi cintura suave, pero firmemente, o acariciaba mi culo casi imperceptiblemente para quienes estaban en el lugar. Nos mirábamos, sintiendo la tensión en nuestros cuerpos, él me sonreía provocador, y yo me ponía nerviosa a la vez que me subía un calor por todo el cuerpo.

    Yo fantaseaba con él constantemente, pensaba en las oportunidades que había dejado pasar, me castigaba por las veces que había podido estar con él y había optado por la opción moralmente correcta. Yo con él no quería ser correcta.

    Sin embargo, pasaron varios años en los que el vínculo fue mutando, pasando por momentos de histeriqueo y conversación explícita acerca de nuestros deseos, incluso acompañadas de fotos, y otros momentos en los que nos ignorábamos y evitábamos, sin lograr sin embargo que esa tensión desapareciera.

    Hubo un período de aproximadamente cuatro años, en los que ambos nos encontrábamos felizmente en pareja con otras personas, y deliberadamente procurábamos no avivar ningún fuego entre nosotros. Un día, él finalizó su relación y un temblor recorrió mi cuerpo al enterarme.

    A partir de ese momento, nuestro vínculo comenzó a ablandarse. A pesar de que continuaba sin suceder nada físico o sexual, comenzamos a intercambiar palabras de nuevo, a hacernos chistes, a flirtear de nuevo. El deseo volvió a arrollarme con fuerza, pero yo quería mucho a mi pareja y no estaba dispuesta a serle infiel, por muy caliente que me tuviera Agustín.

    Sin embargo, a pesar de no llevar a cabo ninguna de las cien mil cosas que quería hacerle día y noche, empecé a ceder un poco en conversaciones. A responder sus comentarios subidos de tono, e incluso a revivir nuestro excitante intercambio de fotos por chat, diciéndonos todo lo que nos haríamos si pudiéramos.

    Poco tiempo después, mi relación con mi pareja de ese entonces llegó a su fin, y luego de esos primeros días de duelo y tristeza, lo único que quería hacer era instalarme en lo de Agustín una semana, y tener todo el sexo que habíamos querido tener durante los últimos años, en todas las formas, poses y lugares fantaseadas.

    Ese último tiempo habíamos estado hablando mucho, él sin la presión ni la culpa de estar en falta con una pareja, me decía constantemente que quería verme y que fuera a su departamento, aunque sabía en el fondo que yo no iba a hacerlo y lo respetaba. Pero aun así disfrutaba un montón de tenerme prendida fuego, sabiendo que lo que más quería era estar encima de él. O debajo.

    Los primeros días luego de mi separación decidí no contárselo, ya que sabía que se pondría insistente y yo estaba todavía abrumada. Sin embargo, unas semanas después, estábamos hablando y él como de costumbre me dijo:

    -Podrías venir a mi casa, sabes que siempre estás invitada.

    Me lo decía jugando, como siempre, sólo para inquietarme, sabiendo que sostendría mi “no” de siempre.

    -Bueno, ¿cuándo? -le respondí

    Él, desconcertado, me preguntó si estaba hablando en serio, y al decirle que sí me dijo que me esperaba aquel miércoles por la noche.

    Ese miércoles me sentía un poco nerviosa, pero más emocionada. No era como cuando uno sale con alguien que no conoce, en modo cita a ciegas. Aquí estaba por ver a alguien que conocía bien, con quien tenía confianza, con quién una conversación saldría fluida, con quien ya estaría cómoda desde el principio. Pero por otro lado, se concretarían las fantasías acumuladas durante años. Años de idealizarnos se desplegarían aquella noche, y podría salir muy bien o muy mal. Sin medias tintas.

    Llegué a su departamento y al bajarme del taxi me esperaba en la puerta, ya que venía diciéndole por dónde iba. Lo saludé como de costumbre, como cualquiera saluda a un amigo, aunque sentía los nervios en mi cuerpo. Subimos, y al atravesar la puerta y quitarme el abrigo, Agustín se acercó a mí y me preguntó:

    -Ahora sí vas a saludarme como corresponde?

    Y tomando mi cara con una mano, se acercó suavemente y me besó. Toda nuestra química se vio reflejada en ese beso. Nuestros cuerpos se entendían, nuestras manos, nuestras lenguas. Nos besamos apasionadamente durante un breve lapso, firme pero no desenfrenado. Me encantaba cómo besaba, y la electricidad que corría por mi cuerpo al tenerlo cerca. Al separarnos, nos sonreímos con complicidad, y nos acomodamos en el sillón con unas cervezas.

    Allí en su sillón, con música de fondo, hablábamos y nos reíamos con la comodidad de quien conversa con alguien cercano. Cada tanto las manos de Agustín me acariciaban el muslo o el cuello, pasando su mano también por mi pelo (cosa que me encantaba).

    Luego de un rato de charla, empezó a subir la temperatura en el ambiente, comenzamos a besarnos apasionadamente, mientras nuestras respiraciones se agitaban. Sus manos comenzaban a irse por mis pechos, pequeños pero lindos y firmes. De pronto me subí encima de él, mientras él continuaba sentado en el sillón. Continué besándolo con urgencia, mientras lentamente movía mi cuerpo por encima de su jean, sintiendo su pene duro contra mi vulva. Me sentía cada vez más mojada, y sus manos se iban a mi culo por debajo de mi vestido. Empezó a tocarme por encima de la tanga, haciendo que mis ganas de sentirlo dentro de mí aumentaran. Cada vez más agitados y calientes, nuestros cuerpos se entendían. La química era innegable.

    Comencé a acariciarlo por encima del pantalón con mi mano, apretando suavemente, mientras miraba de cerca su cara de placer que me encendía cada vez más.

    -No puedo creer que finalmente hayas venido -me dijo entre suspiros de placer

    -Créelo porque aquí estoy -Le respondí mientras bajaba el cierre de su pantalón y su bóxer

    Bajé un poco sus prendas para agarrar su bellísimo pene bien duro. Tenía una verga realmente hermosa. Estética, de un tamaño ideal, tan linda que se me hacía agua la boca. Todo su cuerpo me encantaba, tenía un cuerpo atractivo, con buena musculatura pero no demasiado trabajado. Firme y atlético, pero no el cuerpo de alguien obsesionado con el gimnasio. Un equilibrio que me fascinaba.

    Comencé a masturbarlo mientras seguía encima de él con mi boca muy cerca de su boca. Mirándolo de manera sugerente lamí mi mano, y luego de mojarla la llevé nuevamente a su miembro. Al sentir esa humedad dejó escapar un leve gemido.

    -Cómo me gustas -dijo

    Sin responder, con la parte superior de mi vestido bajo, dejando a la vista mis tetas que él había estado tocando, me paré frente a él y me agaché para sacarle su jean y su bóxer. Él sacó sus zapatillas y medias ayudándose de los talones. Saqué también su remera.

    -Ven, sácate esto tú también -dijo mientras me retiraba el vestido por encima de mi cabeza.

    Quedándome sólo con mi tanga de encaje negra, y mientras él me miraba embelesado, me agaché a sus pies agarrando su verga con mi mano y comenzando a chuparla.

    Primero le pasé la lengua de abajo hacia arriba, llegando al glande. Jugué un poco con sus testículos, los lamí y apreté suavemente, mientras miraba como Agustín suspiraba y tiraba su cabeza hacia atrás, disfrutando. Me metí el pene en la boca y con bastante saliva comencé a chuparlo. Lentamente primero, mirándolo a los ojos, Saqué la lengua y la golpeé con su pene duro como un palo. Volví a chupar, succionando un poco, luego aumentando la velocidad, mientras él me agarraba del cabello y suavemente le marcaba el ritmo a mi cabeza. Cada uno de sus gemidos hacían que sintiera cada vez más fuego en mi parte baja. Cada vez me tomaba del cabello con más fuerza y me apretaba contra su verga con más fuerza, ahogándome con ella por momentos y dejándola unos segundos en mi garganta, mientras emitía un gemido más fuerte.

    -Lo que me gusta que me la chupes así

    En ese momento, me levantó bruscamente del suelo y me tiró contra el sillón, acomodándose encima de mí. Me besó con furia y comenzó a bajar por mi cuerpo, besando, lamiendo, deteniéndose en mis pechos. Sentía sus manos y su lengua sobre mí y pensaba en que me había estado perdiendo de esta sensación durante años.

    Llegó hasta mi tanga y pasó la lengua por encima de ella, saboreando la humedad que llevaba. También la acarició suavemente mirándome a la cara, disfrutando de mi cara de placer, que también reflejaba la urgencia por sentirlo dentro.

    Me quitó la única prenda que me quedaba, y comenzó a pasar sus dedos por la entrada de mi vagina y mi clítoris. Yo estaba muy agitada y caliente, y él lo sabía. Estaba jugando conmigo. Quería desesperarme hasta que le pidiera que me follara.

    Abrió mis piernas y comenzó a lamer mi clítoris despacio, y luego con mayor velocidad, y comenzó a meter un dedo por mi vagina a un ritmo perfecto. Empecé a gemir, agarrando su cabeza, rasguñando su cuello por momentos a medida que él aceleraba los movimientos de su lengua y sus dedos. Luego sentí su lengua dentro de mi vagina, entraba y salía con ella. Sabía perfectamente lo que hacía, y a pesar de no haberlo experimentado antes conmigo, sabía exactamente lo que me gustaba, de tantas veces que habíamos hablado de aquello.

    -Quiero sentirte dentro de mí ahora mismo -le dije

    Me levanté y lo senté nuevamente, acomodándome encima de él y haciendo que su verga entrara lentamente en mí. Ambos emitimos un gemido y comencé a moverme arriba suyo. Él agarraba mis tetas, las lamía, las succionaba. Yo por momentos retiraba mi cabeza hacia atrás mientras cerraba los ojos y disfrutaba de cabalgar a ese hombre que me encantaba. Empecé a aumentar la velocidad, y con una de mis manos comencé a estimularme el clítoris. Sentía que iba a llegar al orgasmo pronto, estaba muy caliente. Gemía y él me tenía tomada de la cintura con ambas manos, y empezó a marcar el ritmo de las embestidas. Él también gemía mientras me miraba y el sudor de ambos caía por nuestros cuerpos desnudos.

    -Me vas a hacer venirme -le dije

    -Quiero que te vengas -dijo mientras reemplazaba mi mano por la suya y me estimulaba

    Sentí como se acercaba el clímax, y de repente gemí más fuerte, sintiendo muy fuerte los espasmos del orgasmo.

    -Cómo me gusta verte así -me dijo mientras con más fuerza me penetraba levantando la pelvis y sosteniendo mi cintura- Creo que voy a acabar yo también

    -En mi boca -dije mientras salía de encima de él y comenzaba a chupársela con velocidad, hasta que sentí su semen caliente en mi boca y su gemido ahogado de placer mientras me tomaba con fuerza de la cabeza

    -Ah pero vas a matarme -dijo mientras se reía y yo me tiraba en el sillón al lado suyo.

    (La noche continúa… en la Parte 2)

  • Franco, Liz, Sara y Jonathan (Parte 1)

    Franco, Liz, Sara y Jonathan (Parte 1)

    En teoría, era sólo una fiesta más, no se imaginaban lo que la noche les aguardaba. Franco llegó temprano de la mano de su linda novia Liz, pequeña, figura delicada, cintura bien definida, piel latina, tetas pequeñas, pero lindas y redondas, su culo también algo pequeño, pero lo que le faltaba de tamaño, lo compensaba en forma, un culo precioso y redondo, firme y respingado. Llevaban ya casi 2 años juntos y se amaban con ese loco amor juvenil que te hace querer arrancarte la piel de la cara si lo perdieras.

    Cuando Franco saludó a su mejor amiga Sara con un profundo abrazo, Liz hervía por dentro, la odiaba, por ser la mejor amiga de su amado novio desde que lo conoció y porque sabía que aunque él nunca lo admitiría, sentía algo por ella, tenía razón, Franco no dejaría ir la oportunidad de follarse a su amiga Sara si pudiera, con su enorme y redondo culo, sus melones más desarrollados que los de Liz y su impecable piel blanca que parecía un lienzo nuevo, Franco la amaba, platónicamente, nada “en serio» pero si muy intenso, el sentimiento estaba ahí. Pero Sara tenía novio, Jonathan, mala actitud, dos o tres tatuajes por ahí y por allá, un cuerpo bien definido, algunos músculos, se la pasaba fumando, y aunque la tímida Sara no lo admitiera en voz alta, le gustaba su pose de chico malo.

    Aún así Liz saludaba hipócritamente a Sara, tenían que convivir forzosamente, además tampoco es que ella le agradara mucho a Sara, con sus desagradables gestos y su mala actitud con ella, un cordial saludo forzado por parte de ambas.

    La fiesta comenzaba de verdad, los demás llegaban a festejar el cumpleaños de Sara y ella los recibía. Cuando llegaba ese hombre algunos años mayor que la cumpleañera, con un ramo gigante de rosas, ella corría dramáticamente a abrazarlo.

    — ¿Ese es el novio de Sara? — preguntó Liz a su novio Franco con curiosidad.

    — Si — respondía Franco en seco y evitaba ver a la pareja para no que se le reventara una úlcera de los celos.

    — ¿No es algo mayor? — insistía Liz viendo atentamente a la pareja con rostro confundido.

    — 5 años mayor, creo — respondía Franco con desinterés, aunque lo sabía bien, conocía a su rival.

    — Bueno, 5 años ya son algo, aunque no demasiado, supongo — decía Liz dejando de ver por fin a la pareja.

    La fiesta se oscurecía, literalmente, los padres de Sara apagaban focos para darle un toque más excitante a la fiesta, pero vigilaban de cerca que nadie prendiera algo raro, el alcohol y el tabaco estaban bien, los invitados tenían la edad, pero no iban a permitir ninguna hierba rara.

    Pasaba ya de media noche entre risas, cervezas, cigarros, el baile y charlas aleatorias de todos los invitados, Franco pasaba el rato con Liz y algunos amigos en común con Sara, Liz se dedicaba a beber, a reírse de los chistes tontos de los amigos de su novio y a intentar que Sara platicara lo menos posible con su amado.

    Luego Liz se ponía algo «cariñosa» por el alcohol, siempre tenía ese efecto en ella, tocaba la verga de su novio cada que podía y le restregaba sus lindas nalgas despistadamente cada vez más, lo necesitaba dentro de ella, Franco estaba algo sorprendido, no es que ella fuera una santa, pero tampoco era de buscar ella misma su verga, siempre se resistía un poco, hacia que Franco se esforzará, no porque no quisiera follar con él, más bien le gustaba sentir que tenía el control y volverlo loco.

    — Deberíamos irnos ya — le decía Liz a Franco lujuriosamente, lo miraba dejándole claro sus intenciones.

    — ¿Estás segura que no llegaran tus papás? — preguntaba nervioso con su erección contra el ombligo de ella, estaban muy cerca, casi besándose.

    — Nah, llegan MÍNIMO hasta el medio día — decía ella con seguridad, sus padres estaban de visita con un tío en otra ciudad.

    — ¡Por fin! — decía Franco triunfal y tomaba el lindo culo de ella con ambas manos besándola suciamente.

    Eran jóvenes y sin dinero, ¿Recuerdas lo difícil que es conseguir un buen lugar y tiempo para follar en esa situación? Llevaban meses planeando ese día desde que Liz supo que tendría su casa sola una noche entera, 4 meses exactamente, mismos 4 meses desde su última follada, su tercer follada, iba ser una noche épica, por fin podrían tener más de un round y desnudarse por completo uno con el otro. Franco ansiaba verla en cuatro patas sin nada puesto como Dios mandaba, ella ansiaba una follada de más 4 minutos sin la ropa a medias, sin prisas ni miedo de ser descubiertos, incluso llevaba ropa interior nueva y adecuada para la ocasión debajo de sus lindos pantalones de tela ajustados.

    — Vámonos ya — decía Liz ansiosa, no podía creer que tuviera que insistir, pero no le importaba, su coño lo necesitaba, si no fuera por esa estúpida fiesta que se cruzó en el calendario hace apenas una semana, ya estarían en casa de ella follando hace horas, odiaba más a Sara cada minuto.

    — Solo tengo que darle algo a Sara — dijo Franco nervioso, Liz lo alejó de inmediato.

    — ¡¿En serio?! — decía furiosa.

    — ¡Es su regalo! —respondió nervioso.

    — ¡Pues dáselo ya! — dijo furiosa cruzándose de brazos.

    — Lo siento, te amo, nos iremos apenas le dé esto, en serio — dijo nervioso tomando la caja de la mesa, ella volteó la mirada y no respondió nada.

    Franco avanzó nervioso por la fiesta con su caja impecablemente arreglada, necesitaba irse, amaba platónicamente a Sara, pero amaba de verdad a Liz y quería su lindo trasero sobre su cara, tenía una erección espantosa que hacía que las bolas comenzarán a dolerle. Vio a Sara y paró en seco, estaba con Jonathan besándose apasionadamente ¿Que sus papás no estaban por ahí? ¡Maldita sea! ¿Cómo le daría el regalo? Necesitaba que estuviera alejada de él, volvió la mirada y Liz lo veía fijamente desde la cochera, brazos cruzados, mirada molesta, ¡Carajo!

    Caminó envalentonado, literalmente Sara no lo notó hasta que estaba frente a ella y su novio.

    — ¡Hey menso! ¿Ya te vas? — preguntaba sonriendo la linda chica.

    — Ammmm si, es que… — balbuceaba cobardemente, Sara notó la caja.

    — ¡¿Es para mí?! — decía emocionada casi arrancándole la caja de las manos, Jonathan veía a Franco de mala manera, no era precisamente su fan, sabía sus intenciones.

    — Si — decía nervioso sin dejar que Sara tomara la caja de sus manos — Ammm ¿Podríamos…? Emmm ¿Podríamos hablar en privado? — dijo intentando no lucir patético frente al mal encarado novio de ella.

    — Si, claro — dijo débilmente mirando a su novio, casi buscando aprobación, él retiró su brazo de su cintura y ella acompañó a Franco.

    Franco caminó algunos pasos para salir del rango de visión de Liz, sabía dónde estaba parada viendo todo, Jonathan veía furioso como se alejaba aquel tarado sin huevos con su novia, se levantó del sillón y salió a la cochera. Franco veía nervioso la caja, se sentía un poco ridículo, el regalo gritaba «demasiado esfuerzo» por todos lados, Sara esperaba con curiosidad viéndole, Jonathan veía a una chica empinada sin doblar las rodillas revisando una hielera, un culo precioso, nalgas redondas y respingadas.

    — ¿Podemos ir a tu cuarto? — le preguntó Franco a Sara.

    — Si — dijo con desinterés y volteando atrás buscando a su sexi novio, nada, era bueno y malo de algún modo.

    — Ahí ya no quedan cervezas — decía Jonathan acercándose a la chica sin dejar de ver su lindo culo.

    — Si, ya me di cuenta — decía Liz avergonzada levantándose de inmediato, se vieron y se reconocieron.

    — Eres la novia de… Te vi con él hace rato — decía Jonathan sonriendo un poco.

    — De Franco, si — respondía rápidamente — Tú el novio de Sara — agregaba.

    — Si, Jonathan, mucho gusto — decía cortésmente estirándole la mano para darse el típico beso de mejilla.

    — Es un regalo… — decía Franco torpemente entrando nervioso al cuarto de Sara mientras ella entraba detrás de él cerrando la puerta.

    — Menos mal que no es una bomba — respondía cómicamente y ambos reían.

    — Toma — le decía Jonathan a Liz dándole una cerveza que él mismo le abrió.

    — Gracias — decía tímidamente la pequeña Liz tomando la helada botella de cristal.

    — Acompáñame a fumar — decía Jonathan firmemente, pero con desinterés, los padres de Sara lo habían visto fumar un par de veces, pero mejor no exhibirse de más innecesariamente.

    — Si, pero… — decía Liz nerviosa volteando hacia dentro de la casa — Es que… — intentaba justificarse buscando con la mirada adentro.

    — Nuestras parejas están muy ocupadas poniéndonos los cuernos — dijo cómicamente Jonathan, Liz lo vio confundida, casi aterrada, pero al ver su sonrisa burlona ambos rieron.

    — ¿Y que es? — preguntó Sara sentándose en la cama, viéndolo y sonriéndole.

    — Es algo especial — respondía él nervioso extendiéndole la caja con ambas manos delicadamente, Sara lo arrancaba de sus manos ansiosa — Sólo… sólo no te burles — decía Franco nervioso mientras su amiga destrozaba el papel y los moños que con tanto esmero había puesto él.

    — ¿Tú fumas? — le preguntaba Jonathan a Liz ofreciéndole su cajetilla, mientras se sentaban en una banca de un lindo jardín a unos 50 metros de la casa de Sara, era una zona residencial de buen gusto.

    — Ammmm este, si, a veces — balbuceaba nerviosa viendo la cajetilla.

    — Jajaja — reía Jonathan burlonamente, Liz lo miraba confundida — Si no fumas está bien — decía retirando la cajetilla.

    — No, si fumo, pero hace 2 semanas que no, dame uno — decía rápidamente y nerviosa intentando recoger su dignidad del piso, Jonathan le dio un cigarrillo, ella lo ponía en su boca y él se lo encendía viéndola fijamente, a punto de estallar en risas, cuando ella jaló el intoxicante humo y tosió, él rio fuertemente y ella lo acompañó apenas dejó de toser.

    — Mucho papel — decía Sara riendo un poco y abriendo por fin aquel regalo que parecía una caja fuerte entre tanto arreglo.

    — No te rías — dijo Franco.

    — Aaaawwww — expresaba ternura fuertemente Sara viendo el lindo changuito de peluche dentro de la caja, Franco sonrió inconscientemente por el buen recibimiento.

    — Es porque me dices chango — dijo nervioso, las piernas casi le temblaban, mejor se sentó a lado de ella en la cama.

    — ¡Está bien hermoso! — decía Sara honestamente y abrazaba fuertemente el pequeño mono de peluche.

    — ¿Cuánto llevas con él? — le preguntaba Jonathan a Liz mientras fumaban, ella ya no tosía, pero se sentía algo mareada por el humo.

    — 1 año 9 meses, 10 meses él 17 de este mes — respondía firmemente la delgada mujer.

    — Wow lo tienes claro — dijo Jonathan riendo un poco.

    — Jajaja lo sé — dijo avergonzada — ¿Y tú con Sara? — devolvió la pregunta por cortesía.

    — 2 años — dijo él rápidamente, llevaban algunos meses más, pero no estaba seguro de cuantos.

    — ¡Me encantó! — decía Sara y abrazaba a Franco con fuerza, él alargaba el abrazo, sentir esos melones en el pecho estaba bien.

    — Es que yo te amo… — dijo Franco con la boca seca.

    — Yo también — dijo Sara honestamente.

    — ¡¿En serio?! — preguntó Franco histérico, la separó para verla a los ojos, Sara se dio cuenta del malentendido de inmediato.

    Si — dijo nerviosa — Eres mi mejor amigo — agregó rápidamente desesperada.

    — No me refiero a eso — dijo él decepcionado.

    — Franco… — dijo melancólica, Franco se acercó y la besó delicadamente en los labios, apenas un pico, ella se retiró, firme pero delicada, no quería darle alas, pero tampoco romperle el corazón — Ya sabes que amo a Jonathan — le dijo sonriendo melancólicamente, ella sabía lo que él sentía por ella, pero esperaba que jamás se lo dijera.

    — ¿Estarán cojiendo todavía? — dijo Liz cómicamente, intentando ocultar que la situación si que le molestaba.

    — Ya quisiera tu novio — dijo Jonathan riendo un poco, aunque honestamente, Liz reía nerviosa.

    — ¿Tú crees? — se atrevió a preguntar después de unos segundos en silencio.

    — ¿Tú no? — dijo cruelmente Jonathan.

    — ¿Tú por qué lo crees? — preguntó sintiéndose devastada.

    — Yo lo sé, no lo creo, lo sé — dijo él firmemente.

    — ¿Cómo lo sabes? — exigió respuesta viéndolo fijamente.

    — He revisado el celular de Sara, tu novio se la pasa diciéndole cosas… – decía él y ella desvío la mirada, él decía la verdad — Cosas sexosas y románticas, le dice “nalgona” todo el tiempo, que sus tetotas esto o aquello y luego le habla muy cariñosamente — dijo él con firmeza.

    — No me sorprende… — decía Liz devastada, se puso furiosa en un segundo.

    — Ella lo esquiva amablemente, sé que ella no está interesada, pero no deja de ser molesto — remató él, era verdad, todo, pero insistía tanto sólo para joderlo a él, estaba harto de que se la pasará coqueteando impunemente con su novia y estuviera protegido por esa aura protectora del mejor amigo.

    — Tal vez me vaya a mi casa y ya — dijo Liz furiosa tirando el cigarro — Teníamos planeado ir a mi casa… – dijo sin terminar.

    — ¿Y darse pasión toda la noche? — agregó él riendo, disfrutaba la idea de arruinarle la noche al tarado aquel.

    — Si jajaja — reía Liz avergonzada, literalmente Jonathan era un desconocido, no era fácil abordar un tema así, se puso de pie y miraba hacia la fiesta — Ya llevan un rato y nada — decía furiosa, se le torcía la boca del coraje, ella le dio la espalda, él seguía sentado y disfrutaba la vista de su precioso trasero que parecía iba a salirse de esos pantalones tan ajustados.

    — ¿Traes tanga? — preguntó lujuriosamente viendo ese precioso culo redondo y firme, no lo pensó, maldito alcohol, se arrepintió.

    — Emmm si — dijo nerviosa volteando a verlo confundida, él no dejaba de ver sus lindas nalgas, de una manera casi descarada, ella se quedó congelada, sintió que darse la vuelta de golpe o decirle que no mirara sería más vergonzoso, intentó no darle importancia al asunto — ¿Po-por que? — preguntó avergonzada porque no supo que más hacer.

    — Se nota — dijo él en seco sin dejar de ver.

    — Ah — expresó ella sin saber que hacer, se puso jodidamente nerviosa e incómoda, volteó de nuevo a la fiesta para no verlo mirando sus nalgas.

    — Ya sé que lo amas — dijo Franco derrotado, intentando sonreír forzadamente, Sara se sentía fatal.

    — ¡Además tú estás con Liz! — dijo Sara sonriendo — La súper amas y todo eso de que te complace súper rico con su boca jajaja — reía intentando aligerar el ambiente, funcionaba, Franco reía.

    — Me da unas mamadotas — decía orgulloso y ambos reían — Hasta se traga mis asquerosas corridas — decía presumiendo, todo era verdad, ellos no encontraban mucha oportunidad para follar, pero las mamadas eran parte de su dieta habitual, apenas estaban solos en la sala de Liz y sus padres arriba, ella bajaba feliz a complacerlo.

    — ¡Iuuuggg! — expresaba asco exageradamente Sara y reían — ¿Ya ves? Si yo fuera tu novia no tendrías esas deliciosas mamadotas — decía riendo.

    — ¿Tú no se lo haces a Jonathan? — preguntaba honestamente Franco, él era muy abierto con el tema sexual, Sara no.

    — ¡No! ¡Que asco! — decía honestamente y reían ambos.

    — Entonces ustedes dos… ¿No? — preguntó él cautelosamente, no quiso intimidarla.

    — Me ha follado algunas veces, pero ni de broma me voy a meter esa cosa asquerosa en la boca — dijo ella y ambos reían fuertemente, era verdad a medias, ella no le daba sexo oral, es verdad, pero habían follado más que «algunas veces».

    — Se te ven muy redondas, muy marcadas, como si no trajeras nada — dijo Jonathan nervioso, de algún retorcido modo disfrutaba ponerla nerviosa y disfrutaba más ver ese lindo y redondo culo.

    — Si, es que ammm — balbuceaba Liz nerviosa — Traigo una tanga de esas de hilo — terminó nerviosa la frase, prefirió volver a sentarse a lado de él para no «dejarlo» ver más sus nalgas, le evitaba la mirada.

    — Entonces has traído tela metida entre las nalgas toda la noche — dijo él riendo.

    — ¡SI JAJAJA! — rieron escandalosamente.

    — Afortunada tu tanga — dijo Jonathan riendo nervioso, lo pensó mil veces antes de decirlo, sabía lo que estaba diciendo, no quería decirlo, ¡Era demasiado riesgoso! ¡Que locura! Decidió decirlo aun así.

    — ¡Oye! — dijo Liz casi molesta golpeándole el hombro, pero no pude evitar reír un poco junto con él.

    — Tienes muy lindo culo — dijo nervioso, pero firmemente.

    — Ammm gra-gracias — respondió Liz nerviosa, su rostro se ponía colorado, ella no era del tipo que anduviera mostrándose, y su culo era muy lindo, pero no precisamente grande, tenías que fijarte bien para descubrir aquellas lindas nalgas, ella había recibido ese halago sólo de 3 personas exactamente, Franco, su mejor amiga Gaby y ahora Jonathan, no supo cómo reaccionar.

    — Tu novio es afortunado — dijo Jonathan, estaba jodidamente nervioso, pero lograba despistarlo, puso su mano sobre el muslo de Liz, a ella le dio un escalofrío.

    — ¿Po-por que? — preguntó Liz ingenuamente.

    — Por follarse tu lindo culo — dijo él lujuriosamente, nervioso como el carajo, acarició la pierna de Liz — Debes verte deliciosa empinada — lo dijo con el corazón a tope, se sentía en la cuerda floja.

    — Bu-bueno él no me ha visto así — respondió nerviosa intentando con todas sus fuerzas no mirar a Jonathan a los ojos.

    — ¡¿Por qué?! — preguntó él exagerando a propósito — Yo te follaria diario con ese culo — reía para aligerar el ambiente que se ponía incómodo, Liz reía un poco.

    — No hay mucha oportunidad, lugar y tiempo ya sabes — decía rápidamente ella, no dejaba de ver la mano de él sobre su muslo, quería salir corriendo, algo más fuerte mantenía su lindo culo pegado a esa banca.

    — Hoy vamos a follar por fin — decía Franco nervioso.

    — Tú me dijiste que ya habían follado — respondió Sara confundida.

    — Pero no bien, siempre con las prisas, con miedo de que sus papás bajen a la sala, ahí nomás se levanta la falda y un rapidin sobre la mesa — dijo él riendo un poco.

    — Ah ok ¿Y hoy se irán a un motel o que? – preguntaba ella con curiosidad, feliz de dejar el otro tema atrás.

    — Tiene su casa sola, sus papás llegarán como hasta medio día — decía sonriendo — Estoy nervioso — remató honestamente.

    — ¿Por qué? Se aman, todo estará bien, nomás no te corras tan rápido, métesela duro y dile que se ve hermosa desnuda — dijo rápidamente.

    — El problema es precisamente eso de no correrme rápido — dijo avergonzado y honesto.

    — ¿Duras poquito? — preguntó sin crueldad — Nomás agarra un ritmo y ya, no te a voraces — dijo tranquilamente, pero miró el reloj de su pared.

    — Han sido sólo 3 rapidines en su sala y siento que me corro muy rápido — dijo nervioso.

    — Bueno, pero es por los nervios de ser atrapados, ya verás que con tranquilidad todo estará mejor, solo no te pongas nervioso — decía Sara con seguridad — Además dices que te encanta lamerla ¿No? — Decía y reían ambos — Haz eso mucho, eso está rico — dijo sonriéndole.

    — Me encanta lamer su precioso culo y su deliciosa vagina — respondió Franco siendo sucio a propósito.

    — Jajaja pues lamela mucho, además se lo debes, dices que se la pasa chupando tu asquerosa y sucia verga — ambos reían genuinamente.

    — ¿No han follado nunca entonces? — le preguntaba Jonathan a Liz.

    — Si, o sea si, claro, muchas veces – mentía Liz exagerando el número de veces para hacerse la guay — Pero siempre a la carrera y nomás medio vestidos ahí en mi sala — dijo rápidamente, él acariciaba su muslo, se sentía bien en su pierna, se sentía terrible en su alma — ¿Tú y Sara…? — preguntó sin querer usas palabras sucias.

    — La empotro contra su cama casi diario — dijo con seguridad, era verdad — Sus padres me dejan entrar a su cuarto, solo tenemos que guardar silencio, aunque eso es difícil — dijo tranquilamente.

    —Es súper difícil no hacer ruido — agregó Liz riendo.

    — Más porque ella se pone loca con mi vergota — dijo intentando poner imágenes.

    — ¿La tienes muy grande? — preguntó nerviosa, se arrepintió de inmediato.

    — Si… La verdad si — dijo intentando aparentar tranquilidad, no dijeron nada por 3 segundos, veían la fiesta a lo lejos — ¿Quieres verla? – Jonathan rompió el silencio con la boca seca.

    — N-no — balbuceó nerviosa manteniendo su mirada en la fiesta con todas sus fuerzas.

    — ¿Se la chupas a Franco? Sara jamás lo hace — dijo nervioso intentando no desanimarse.

    — Emmm si, a veces — dijo débilmente, por alguna razón mintió de nuevo en cuanto a la frecuencia, ahora para menos, ella en serio pasaba tiempo ahí debajo.

    — ¿Y te tragas su corrida? — le preguntó Jonathan con la erección a tope, subía la mano peligrosamente cerca de su caliente coño.

    — Ammm si, sabe bien, me gusta — Liz mentía de nuevo, ella tragaba siempre, pero lo odiaba.

    Silencio total, Liz miraba hacia la fiesta rogando que regresara Franco y la sacara de esa locura, 5 segundos en silencio y Jonathan decidió apostarlo todo, abrió su zíper lo más silenciosamente que pudo, aun así Liz pudo escuchar un poco y ver con el rabillo del ojo, él sacaba su verga erecta, tomaba una mano de Liz y la ponía sobre su verga, ella no se resistió, cuando abrazo con sus dedos su falo, por fin volteó a ver, no lo creía.

    — Está enorme — dijo sorprendida, pero intentó no hacer alboroto.

    Larga y gruesa, ni siquiera podía rodearlo con su pequeña mano, no podía creer lo que veía, tan enorme y obscena con esas mórbidas venas marcadas que parecían a punto de explotar, lo apretó instintivamente y él se retorcía un poco, Jonathan subió su mano en su muslo y ella abrió un poco las piernas inconscientemente, él acarició su coño por encima de su delgado pantalón de tela, ella se retorció también, no podía dejar de ver esa horrible e imponente verga.

    — Chúpamela — dijo firmemente, ella por fin alzó la mirada, espabiló en lo que hacía y soltó instintivamente su verga, lo vio fijamente medio segundo, torció la boca decepcionada de si misma, vio hacia la fiesta — Yo vigilo — dijo él rápidamente, alzó su mano y la puso sobre la nuca de ella y la hizo descender a su verga.

    La punta de la verga estaba húmeda, Liz odiaba ese líquido viscoso, aceitoso y amargo que se pegaba en toda su boca, él la empujaba con fuerza contra su verga y disfrutaba su cálida boca, se retorcía y gemía un poco sin armar alboroto, pero lo suficiente para que ella lo escuchara y lo hiciera con más ganas. Liz disfrutaba sentir ese duro y cálido falo en su boca, era enorme y la ponía muy morbosa la idea de que fuera tan grande, lo sorbía con fuerza usando la lengua, él gemía y se retorcía, ella sentía un escalofrío placentero recorrerle todo el cuerpo. Jonathan alzaba la cara disfrutando la suave, húmeda y caliente boca de la novia del idiota de Franco bajando hasta casi 3/4 partes de su verga dura, ella sacaba la verga de su boca y descendía aún más para lamer sus bolas morbosamente sólo para complacerlo más, él se retorcía y odiaba en momentos a Sara por nunca haberle dado ese placer tan enorme.

    — Aquí se va quedar — decía Sara acomodando el chango de peluche en su peinador.

    — Se ve bien – decía Franco, realmente mirando el enorme culo redondo de su amiga y odiando a Jonathan por si poder disfrutarlo.

    — Deja de verme el trasero — decía cómicamente Sara sentándose a lado de él de nuevo, él la abrazaba dulcemente por encima de los hombros.

    — Te amo — le dijo dulcemente viéndola a los ojos.

    — Yo también… Cómo amigo — intentó no agregar esas últimas palabras para no lastimarlo, pero no pudo evitarlo.

    — Lo sé — dijo él sonriendo melancólicamente besándola en la mejilla, lo más cerca que pudo de los labios, ella lo permitió.

    — Jonathan debe estar furioso — dijo Sara viendo la puerta de su cuarto con tono cómico, pero pensándolo de verdad.

    — Liz te odia — dijo Franco cómicamente.

    — Y él a ti — agregó ella y reían.

    — No te vayas a quitar — dijo Jonathan con la voz quebrada por el placer, Liz negó con la cabeza sin dejar de abrazar con sus labios aquel enorme falo, sabía que odiaría recibir su asquerosa corrida, pero aun así lo deseaba tanto…

    Él aumentó la velocidad empujando a Liz con ritmo, literalmente follandole la boca, ella le rodeaba la verga con la lengua y sorbía con fuerza para darle más placer, era buena haciendo eso, tenía mucha práctica, él se volvía loco, movía la cadera y la empujaba con ambas manos con fuerza, la clavó lo más que pudo en su verga y comenzó a tener uno de los orgasmos más intensos en su vida, tan emocionante, tan prohibido… Se sentía tan bien la lengua de Liz abrazando con fuerza su verga, ella sentía como esa enorme verga palpitaba con violencia en su boca, daba una arcada ante la primera carga espesa, apretaba los ojos y sentía un asco abrumador, aun así no pensó ni un solo segundo en quitarse.

    Él se retorcía sin control, apretaba las nalgas y le dejaba ir otra espesa carga en la boca, “Toma eso pendejo» pensaba cruelmente en Franco mientras soltaba su espeso néctar en la boca de su novia, gimiendo tal vez demasiado fuerte, ella odiaba tanto esa textura espesa y caliente, el horrible sabor amargo, pero amaba saber todo el placer que le estaba dando, amaba escucharlo gemir y sentir como se retorcía. La verga de Jonathan se retorcía violentamente una vez más en su boca, él gemía de nuevo y otra espesa, caliente y amarga carga caía en la lengua de Liz, ella apretaba los ojos, daba arcadas y tragaba con esfuerzo ese asqueroso líquido viscoso, aun así, ella lo disfrutaba tanto…

    — Deberíamos salir ya — decía Sara levantándose de la cama.

    — No le digas esto a Jonathan, querrá alejarte de mi — dijo Franco nervioso.

    — No te preocupes, será nuestro secreto — dijo Sara sonriendo dulcemente.

    — Ok — sonrió honestamente él.

    — ¿Te gustó? — decía Jonathan recuperando la respiración, Liz ya había tragado todo, pero le chupaba la verga sólo por morbosa.

    — Si, sabe deliciosa — mentía sonriéndole lujuriosamente alzando la cara de entre sus piernas, limpiaba la comisura de sus labios.

    — ¿Que hacemos? – dijo Jonathan viendo hacia la fiesta y guardando su verga.

    — Yo me largo — dijo decidida poniéndose de pie, no sabía si se sentía mas furiosa o culpable.

    — ¿Te irás tu sola? ¿Dónde vives? — preguntó viendo hacia la oscura e inhóspita calle.

    — Ya pedí un Uber, le dices al idiota de mi novio que me fui y que no vaya a mi casa — dijo furiosa mirando hacia la fiesta.

    — ¿No me invitas a tu casa? — dijo él lujuriosamente tocándole el culo firmemente con una mano.

    — ¡No! — dijo histérica retirándose de su mano.

    — ¿Por qué? ¿Por qué sabes que te follaré mejor que él? — dijo retadoramente, ella se quedó congelada, le aterraba pensar que pudiera tener razón.

    — Ni te conozco para llevarte a mi casa — dijo el primer mal pretexto que se le vino a la mente, él volvía a acariciar su precioso culo y veía fijamente esas lindas nalgas a la altura de su cara.

    — Te follaria tan fuerte que chillarías — dijo lujurioso, ella tenía el corazón a tope y el coño goteando, Jonathan retiraba la mano rápidamente.

    — ¡Hey! — saludaba Sara a la distancia, por suerte para ellos la mesa del jardín ocultaba la mano de Jonathan, Liz los vio histérica.

    — ¿Nos vamos? — preguntó Franco a unos cuantos metros, Jonathan se levantó y fue con Sara.

    — No, yo me voy sola — dijo Liz molesta viendo su celular, evitaba la mirada de Franco.

    — Nos vemos menso — decía Sara despidiéndose de Franco rápidamente, evitando la obvia situación incómoda.

    Los mejores amigos se despidieron rápidamente, Jonathan ignoró a Franco. Él iba con su novia e intentaba abrazarla, ella se apartaba violentamente, por culpa y furia.

    — ¿Que pasa? Solo le di su regalo — dijo Franco nervioso y alcanzó a ver el inminente Uber en la pantalla del celular de ella.

    — Me dejaste como idiota como media hora esperándote — dijo mostrando su furia y despistando su culpa — No soy tu pendeja — dijo sin verlo a los ojos.

    — No seas así amor, fueron como 20 minutos — dijo intentando conciliar y le tocaba el culo, ella se sintió tan incómoda recordando como Jonathan la había tocado hace apenas unos segundos, se retiró violentamente.

    — ¡No me toques! — dijo histérica, él se quedó congelado viéndola, jamás pensó estaría tan furiosa.

    — ¡Perdón! ¡¿Ok?! ¡Te amo! — dijo histérico.

    — Ese es mi Uber — dijo con desinterés viendo un auto que se acercaba al final de la calle.

    — ¡Por favor! ¡Llevamos meses planeando esto! — dijo histérico, él la amaba, si, locamente, de verdad, estaba desesperado porque ella estaba molesta, pero también estaba histérico por pensar que su gran oportunidad de tener sexo bien y muy placentero se iría en ese Uber.

    — Hablamos mañana — dijo con desinterés alzando la mano para el auto.

    — ¡Te amo! ¡Te amo mucho! ¡Por favor! — dijo histérico como último recurso.

    — Yo también, perdón — dijo sonriéndole melancólicamente, ella en serio no podría tener sexo con él, estaba tan confundida.

    El auto se detuvo frente a ellos, el conductor confirmó el viaje y ella subía al auto rápidamente sin voltear a ver a su novio.

    Él buscó desesperadamente por la ventana su rostro cuando ella subió y la besó de lengua, ella se fue y él vio el auto alejándose maldiciéndose así mismo, él pensó que aquel amargo sabor en la saliva de su novia era por el alcohol.

  • El hermano de mi amigo

    El hermano de mi amigo

    Yo acostumbraba ir mucho a la casa de mi amigo, me sentía como en mi casa. Siempre entraba y salía como si nada y a veces hasta dejaba un par de cosas ahí.

    Un día necesitaba ir a buscar unos apuntes que había dejado en su casa, pero cuando lo llamé me dijo que él había salido a hacer unos trámites, pero justo estaba de visita su hermano que me podía atender.

    Siempre me pareció lindo su hermano, tan respetuoso y tímido, pero buen cuerpo, siempre prolijo y con olor a desodorante o perfume. Tan correcto. Él apenas tenía 19 y yo 24, pero debo confesar que más de una vez me había pajeado pensando en él. No sé qué tenía pero el pibe me re calentaba.

    Ese día que fui a buscar las cosas entré a la planta baja sin problemas porque unas chicas justo salían y me reconocieron, así que me dejaron entrar. Luego, de colgada y por costumbre fui a abrir directamente la puerta del departamento, sin golpear, y no estaba llaveada. Entro como siempre con toda la confianza del mundo cuando lo veo sentado de espaldas en la mesa y me di cuenta de lo que había hecho.

    Él, exaltado, se da vuelta a ver y rápidamente mete la mano en el pantalón encorvándose. Se estaba pajeando y yo lo había atrapado en el acto.

    Nervioso, trató de actuar con normalidad en vano, no dejaba de tartamudear cuando algo me invadió y sin pensar fui hacia él. Él trataba de cubrir su erección que, del sobresalto, ya se le estaba bajando, pero yo quería esa pija. Así que puse mi mano derecha en su hombro y me incliné hasta que mis labios rozaran su oreja y, al oído le dije:

    – No pares por mi culpa. Yo entré sin golpear

    Mientras con la mano izquierda, buscaba su pija en su bóxer. Por fin la sentía en mi mano, me lo había imaginado tantas veces.

    Los dos estábamos boquiabiertos y yo lo empecé a masturbar lentamente. Él no ofrecía resistencia y la erección estaba volviendo, así que me arrodillé junto a él y le pregunté si quería que se la chupara, él sólo asintió.

    Empecé a besarle la cabeza, luego lamía el tronco, podía sentir como se ponía bien dura y empecé a chuparle las venas. Estaba bien rica. Me la quería comer toda. El de a ratos me miraba y de a ratos tiraba la cabeza hacia atrás. Y cuando ya no aguanté más me lo metí todo en la boca hasta que hizo tope en mi garganta. La sacaba hasta la cabeza y la metía hasta la garganta. No podía dejar de cabecear y él ya no pudo evitar el participar. Puso su mano en mi cabeza y empezó a darme pequeñas embestidas con su pelvis como si me estuviera cogiendo la boca. Estuve así un rato hasta que me faltó el aire, así que envolví la cabeza en mis labios y con mi mano empecé a masturbarlo como si lo estuviese bombeando en mi boca.

    Ninguno daba más, podía sentir como me chorreaba y palpitaba la concha. Lo necesitaba adentro urgente. Así que me levanté y me saqué el pantalón. Él extendió la mano hasta su bolsillo para sacar un forro, pero lo paré:

    – Te quiero sentir bien dentro mío

    – Pero voy a explotar adentro tuyo

    – Llename la concha de leche

    Él agarró su tronco y puso la cabeza bien en la entrada de mi concha y yo me lo metí todo de una sentada. Sentí como mi concha se abrió toda de golpe y me encantó. No podía parar de montarlo, me lo metía hasta el fondo. Sentía la punzada cuando hacía tope pero no me importaba, quería que me rompiera toda. Yo no paraba de gemir y gritar. Me estremecí con el primer orgasmo pero mi concha pedía más. Me volvía loco el pendejo y quería sacarle toda la leche.

    Después de un rato, me levantó y me tiró en la mesa, me separó bien las piernas y empezó a embestirme como un animal. Sentía que me iba a desmayar del placer. Podía escuchar los golpes en casa embestida y me re calentaba.

    – Me encanta tu concha

    – Rompela bien. Es toda tuya

    – Sos una re mil puta, te gusta?

    – Sí, bebé. Me encanta la tremenda pija que tenés

    – Te voy a acabar

    – Llename la concha de leche, papi!!!

    El empezó a darme unas embestidas brutales mientras yo me estremecía cuando sentí como su pija explotaba adentro mío. Sentía cada chorro de leche tibiecita llenándome toda.

    La saco y rápido fui directo a si pija a chupar las últimas gotas para no desperdiciar nada. El me agarraba del mentón mientras con la otra mano me la ponía en la boca. Yo estaba en cuatro y él sentado en la silla. Podía sentir como me chorreaba toda la leche por la concha y bajaba por mis piernas. Él me hace seña para que me siente en la mesa frente a él y yo obedezco.

    Me mete dos dedos en mi concha y los saca llenos de leche y flujo para hacérmelos chupar. Acto seguido, se pone a lamer todo lo que chorreaba por mis piernas y mi concha.

    – Espero se repita, le digo.

    – La próxima va por el culo.

    – Esa pija me la podes meter por donde quieras.

    Y así lo hizo. Pero esa es otra historia. Desde entonces nos mandamos nudes y audios bien calientes. Y cada vez que viene le saco toda la leche.

  • Somnámbulo (Cap. 4): Cambio de planes, a Brasil

    Somnámbulo (Cap. 4): Cambio de planes, a Brasil

    Scott cubrió sus ojos con la sábana, deslumbrado por el sol que entraba a raudales a través del ventanal. El dolor de cabeza debido a la resaca lo golpeó con fuerza y por un momento se sintió desconcertado, pues no recordaba haberse sacado la ropa.

    Tras unos segundos se removió ya repuesto del golpe inicial. Se levantó y escuchó a David remover cosas en la cocina. Sin saber bien porque, así desnudo como estaba, se dirigió a donde se hallaba su cuñado.

    -Buenos días cuñado, ¿ya tienes hambre?-

    Preguntó Scott, mientras tomaba a David de los hombros y se repegaba a su cuello.

    David se sorprendió al ver a Scott desnudo en el reflejo de la cocina y más aún ante aquella conducta lasciva. -Si, en realidad sí, cuñado.-

    Scott giró a David y le habló muy cerca a la boca. -Déjame ducharme y te prepararé algo, mientras confórmate con esto.-

    Respondió Scott a la vez que le daba un fogoso beso.

    El beso fue largo y David lo disfrutó. Scott abrió los ojos asombrado y algo avergonzado sin entender porque estaba desnudo en la cocina y besaba a su cuñado.

    Scott despegó la boca y se alejó de David, mientras con sus manos cubría sus genitales. -David, yo, yo, no sé porque hice eso, no quiero que pienses que yo, y tú.-

    Dijo con la cara roja por la vergüenza.

    David avanzó hacia él y Scott retrocedió unos pasos, pero chocó su espalda contra el refrigerador. –“Somnámbulo”, “Somnámbulo Scott”, duerme ahora.-

    Repitió David el comando para llevar a Scott a trance.

    El norteamericano lo miró extrañado por un segundo, pero dejó caer los brazos pesados a los costados de su cuerpo y clavó la cabeza en el pecho, a la vez que cerraba los ojos. -Estoy somnámbulo… Mi Amo… Eres el Amo de mis Sueños… ¿Dime cómo puedo servirte y complacerte?… Soy tu esclavo, novio y amante…-

    Dijo Scott sumergido en aquel profundo sueño.

    David lo tomó de la verga que de inmediato cobró una tremenda erección. -No voy a resistirme. Quería inducirte poco a poco al trance gay, pero como estás hecho un objeto sexual, es imposible. Prefiero tenerte somnámbulo y usarte, es más rudo, mas igual de satisfactorio.-

    Contestó el fotógrafo mientras lo besaba en la boca.

    El norteamericano acarició con su lengua la cavidad de David y chupó con suavidad los labios de su Amo. -Estoy somnámbulo… Haz conmigo lo que te plazca… Yo sólo disfruto cuando estoy somnámbulo…-

    David pellizcó los duros pectorales de Scott que se irguieron al contacto. -Rómpeme la ropa, súbeme a la barra de la cocina y cógeme como jamás has cogido a alguien, esclavo.-

    Scott sujetó a David con violencia, agarró su playera del cuello y de un fuerte tirón la rasgó en tres pedazos que sin dudar arrojó a un lado. Tomó el bóxer de David y de un tirón lo rompió, para enseguida alzar en brazos a su cuñado. David se quedó fascinado con el sonambulismo alcanzado y la homosexualidad que en aquel estado se imponía sin problema. El norteamericano lo dejó caer sobre la fría barra de piedra y David se afirmó de los bordes. Scott se trepó sobre él y sin demoras comenzó a penetrarlo, mientras lo besaba, mordía y chupaba en el cuello.

    El norteamericano penetró a David de una fuerte y sola estocada, que a David le supo a gloria. El fotógrafo se afianzaba a los bordes de la barra, pues el fuerte y musculado cuerpo de Scott era un peso más que considerable. Scott empezó a golpetearlo una y otra vez, duro y rudo, al tiempo que lo mordía en el cuello y clavaba sus uñas en los hombros de David para no caerse.

    El fotógrafo se sujetó con fuerza de las manos y empujó a Scott contra su cuerpo, en el mismo momento que su cuñado incrementaba su erección y penetraba con furia el recto de David. Scott había encontrado la próstata y ante los gemidos de David, concentró su ataque en ese punto.

    -Hrrgggg, ¡NO PARES, NO PARES!, ¡TÚ ERES EL HOMBRE!, ¡MÁS DURO, MÁS RÁPIDO!, ¡ESO, ESO ESCLAVO!, ¡REPITE QUE ERES UN SONÁMBULO Y MI ESCLAVO!, ¡NO PARES DE PENETRAR, NO PARES DE COGER!-

    Gritó David presa de aquel placer, mientras veía borroso y la saliva escurría desde su boca.

    Scott gruñó complacido y lamió el lóbulo derecho de David. -Yo soy somnámbulo… soy tu esclavo… ¡YO SOY somnámbulo, YO SOY TU ESCLAVO!… ¡YO SOY somnámbulo, YO SOY TU ESCLAVO!… ¡YO SOY somnámbulo, YO SOY TU ESCLAVO!… ¡YO SOY somnámbulo, YO SOY TU ESCLAVO!-

    Gritó Scott al oído de David, al tiempo que aumentaba el ritmo de la penetración.

    El norteamericano gritó cuando alcanzó el orgasmo y David explotó al mismo tiempo, gracias a lo que derramó todo su semen por el piso de la inmaculada cocina. El fotógrafo sintió a su cuñado llenar todo su culo y desmadejarse peligrosamente sobre él.

    David reaccionó rápido, pues creyó que el sonámbulo dejaría caer todo su peso hacia un lado. –“Somnámbulo, Scott, mantente firme”, eso es, ahora baja con cuidado de encima de mí y ayúdame a bajar de la barra.-

    El norteamericano inhaló hondamente y obedeció a su Amo. Con cuidado se sujetó del borde y se puso de pie. Tomó a David y lo alzó para luego depositarlo sobre el piso de la cocina con suavidad.

    -¿Lo disfrutaste esclavo?-

    Cuestionó David, mientras acariciaba la espalda de Scott y colocaba su cabeza en el pecho del sonámbulo.

    Scott aspiró el olor del cabello de David y sin abrir los ojos respondió con voz casi inaudible. -Estoy somnámbulo… Sssi… Mi Amo… Yo soy somnámbulo… Sólo disfruto y siento placer al estar dormido… Al complacerte… Tú eres lo único que existe… Lo único que importa…-

    Respondió Scott totalmente doblegado por la mezcla de drogas y los comandos posthipnóticos.

    David lo tomó del rostro y volvió a besarlo con deseo, Scott correspondió al acto y sujetó con sus fuertes brazos a su Amo. -Soy tuyo… Soy somnámbulo… Soy tú esclavo… Amante… Tú novio… Lo disfruto… Lo disfruto…-

    -Scott no se que voy a hacer contigo. Estoy enamorado de ti, quería convertirte poco a poco en mi esclavo, tenerte despierto y que fueras mío por tu propia voluntad. Pero no me resisto a poseerte de esta manera.-

    Dijo David a la vez que se abrazaba al cuerpo de su sonámbulo cuñado.

    Scott no respondió y se limitó a estrechar a su Amo contra sí.

    David pensó entonces en lo que tenía que hacer. Había considerado un plan muy elaborado sobre como transformar a Scott en su esclavo, amante y novio homosexual, el cual básicamente consistía en mantenerlo desnudo mientras estaba despierto y activar en él, una serie de conductas que lo indujeran a cogérselo de forma natural, pero en cierta manera por su propia voluntad. Y durante las noches utilizar su cuerpo y así doblegar su subconsciente. No obstante, ahora se daba cuenta que los meses en los que Scott había sido sexomne con su hermana, dispararon increíblemente su lívido, y gracias al último coctel de drogas, junto con sus técnicas hipnóticas, Scott era ahora un sumiso homosexual en su estado de sonambulismo.

    David soltó a su cuñado y caminó hacia su habitación. -Scott, ven conmigo, habrá un cambio de planes. Lo lamento por mi hermanita, pero tú eres ahora mío. No te voy a dejar despertar otra vez y sí lo hago, me aseguraré de que seas mi total esclavo.-

    Sentenció David presa de la lujuria.

    Scott caminó detrás de su Amo con los ojos cerrados. -Estoy somnámbulo… Yo sólo disfruto cuando estoy somnámbulo… Cuando estoy dormido… Quiero estar dormido y somnámbulo… Bajo tú poder mi Amo de los Sueños… Quiero estar dormido… Somnámbulo…-

    David se volvió y lo besó en los labios. -¿Sabes cómo me calienta el escucharte decir algo como eso esclavo?, ¡que disfrutes tener sexo y estar dormido, estar sonámbulo. ¿Quieres que te despierte?-

    Preguntó David, mientras caminaba hacia atrás y llevaba a Scott hacia su recámara.

    -No… No, mi Amo… No, mi Amo de los Sueños… Me complace estar dormido… Ser somnámbulo… Ser tu esclavo… Tu amante… Tu novio… Estar somnámbulo y dormido… Me complace… Mantenme dormido… Somnámbulo… Bajo tu poder…-

    Admitió Scott totalmente subyugado por las drogas y la hipnosis de David.

    El fotógrafo pensó entonces que debía trabajar más con Scott, probar en él nuevas drogas y otros métodos de hipnosis, lograr tenerlo completamente sonámbulo y por siempre. Sin embargo, eso no podría hacerlo en Estados Unidos. Se lo llevaría a su finca en Brasil y allí gozaría de él. Meditó acerca de todas las repercusiones, no obstante, nadie sabía de su finca en Brasil y de todos modos la había comprado con un nombre falso. Su insufrible hermana armaría un escándalo, pero acababa de pensar en un magnífico plan.

    Condujo a Scott hasta la alcoba y lo sentó en la cama. Rebuscó entre su equipaje y sacó un frasco de la misma droga que le había suministrado el día anterior. Le añadió un polvo blanco, el cual mantendría sonámbulo a Scott por tiempo indeterminado hasta que él le administrara un antídoto. Gracias a su instrucción Posthipnótica eso no debería ocurrir, no obstante, no quería arriesgarse. Su plan anterior no incluía sacar a Scott del apartamento o de un espacio controlado, pero estaba decidido. Se llevaría a su cuñado a Brasil y allí lo convertiría en su pleno esclavo, o sí, claro que sí.

    -Esclavo, bebe esto, bébelo despacio.-

    Indicó David, mientras le colocaba el frasco en la boca.

    Scott acató la instrucción. Abrió sus masculinos labios de manera sensual y chupó lentamente el morado líquido. Mientras sorbía cada uno de sus músculos se tornaba más y más rígido y su expresión se volvía más ausente. Scot dejó caer el frasco, el cual rodó por el suelo y su cabeza cayó pesadamente sobre su pecho y los brazos a los costados de su cuerpo.

    David escuchó su respiración profunda y cadenciosa y se aproximó al rostro de Scott. Le alzó la cabeza y la inclinó hacia atrás. El cuello se mantuvo rígido y la gruesa vena carótida palpitó de color azul. -¿Cómo te sientes esclavo?, ¿Puedes hablar?-

    Inquirió David por ver los efectos de la droga soporífera.

    -Ssssii. Amo… Me siento bien… Dormido… somnámbulo… Dormido… Somnámbulo…

    Repitió Scott con voz gutural.

    -¿Qué tan dormido te sientes?-

    Inquirió David a la vez que lo observaba detenidamente.

    Scott sin mover un músculo a parte de sus labios, respondió con voz ausente. -Mucho… Mi Amo… Estoy somnámbulo… Dormido… Dormido… Me gusta estar… Dormido… Me gusta estar dormido… Estar… Dormido…-

    David sonrió complacido y excitado. -Abre los ojos, ahora.-

    Ordenó el fotógrafo.

    Scott alzó los párpados, aunque en ningún momento movió otro de sus músculos, inclusive continuaba con la cabeza inclinada hacia atrás. Sus ojos estaban totalmente teñidos de carmesí, mas sin ningún tipo de vida.

    -No sabes lo guapo que te vez. Sonámbulo, sin voluntad, totalmente a mi merced, desnudo y ajeno a todo. ¿Quién tiene poder sobre ti esclavo?-

    Preguntó David, mientras clavaba la mirada en los ojos rojos de Scott.

    El norteamericano respondió sin inflexión en su voz. -Sólo tú, mi Amo… Sólo tú, eres el Amo de mis Sueños…-

    David quiso probar el sonambulismo de su cuñado y lo difícil que resultaría romperlo. -Esclavo, vamos a darnos una ducha. Después te vestirás y luego limpiarás la cocina. Tira mi ropa a la basura y cuando termines, siéntate en la mesa del comedor, aguarda hasta que yo te ordene algo nuevo. Ponte de pie, vamos a la ducha.-

    Indicó el fotógrafo.

    El norteamericano obedeció y se colocó de pie, aunque en ningún momento bajó el rostro. Tomó a David del brazo y lo condujo a la ducha de su propia alcoba. El fotógrafo observaba fascinado aquellas reacciones autómatas, no obstante, le pareció extraño que no bajara la cabeza, con lo que comprobó que, en ese trance Scott únicamente haría lo que él le ordenara.

    -Esclavo, puedes bajar la cabeza. Igual, si experimentas alguna necesidad física, tienes permiso para satisfacerla. Sólo debes hacer lo que yo te diga, únicamente lo que yo te diga.-

    Indicó el fotógrafo.

    Scott inhaló profundamente antes de bajar el rostro. -Sssi… Mi Amo… Estoy somnámbulo y haré todo lo que digas… Lo que tú digas… Únicamente lo que digas…-

    Aceptó aquel comando de sumisión.

    El sonámbulo y David entraron en la alcoba del norteamericano y de la insufrible hermana. David observó la gran cantidad de ropa de aquel macho y pensó en que sería una lástima dejar todas aquellas camisas, geans, e inclusive ropa formal con la que el norteamericano se veía tan bien. Pero su plan debía ser lo más discreto posible y mientras su sonámbulo cuñado abría la puerta del baño, David formulaba en su mente todos los pasos a seguir.

  • La revancha (08): El final (Primera parte)

    La revancha (08): El final (Primera parte)

    Los metros van pasando, poco a poco, el dolor y el cansancio hacen mella en vosotras, te cuesta respirar, te falta aire para tanto esfuerzo, Zuleia empieza a cojear, pero sigue corriendo delante de ti, vuestros pechos no dejan de moverse, los cascabeles os golpean y las tetas rebotan una y otra vez contra vuestros cuerpos, las heridas, los cortes, los azotes mojados en sudor os escuecen cada vez más, tus piernas también flaquean, y Nuria decide reducir un poco el ritmo, Yoha ve que Zuleia tampoco está demasiado bien, y simplemente mantiene la ventaja que te lleva. En las gradas la gente corea vuestros nombres, os sigue empujando con su aliento, orgullosos de vosotras, de cómo seguís adelante, envueltas en babas y sudor, con heridas sangrando por todo el cuerpo, con un cansancio que os agota a cada paso, y a pesar de todo, aquí estáis corriendo, luchando, demostrando que seguís siendo las mejores potrillas que cualquier amo pueda desear.

    El roce del hierro en tu coño, se vuelve cada vez más doloroso, más intenso, ni la pomada, ni la grasa evitan que vuelvas a mojar de sangre tus muslos, no es mucha pero cada paso es un infierno, un grito, un llanto apagado en tu mordedor. Apenas si habéis hecho un kilómetro, aquí empezó todo, aquí se apartaron vuestras compañeras, y aquí os lanzasteis a esta aventura increíble, a este reto salvaje y cruel que sigue adelante. Poco a poco vas recuperando algo de fuerza, algo de aliento, También Zuleia está algo mejor, Yoha la espolea, y tú corres tras ella, la gente se levanta de sus asientos y ruge satisfecha con el espectáculo. Yoha sigue azotando a su hembra, quiere desengancharse de ti, quiere avanzar y asegurar una victoria cada vez más cercana.

    Su sulkie empieza a alejarse, apenas unos metros, pero esto anima a Yoha, que sigue golpeando a su yegua, Nuria no está dispuesta a rendirse y tú tampoco, su látigo te hace correr otra vez al límite, ninguna guarda nada para el final, las dos lo dais todo en cada paso, en cada zancada. Por los altavoces se oyen vuestros gruñidos, vuestra respiración agitada, mientras vemos las caras afiladas por el cansancio, empapadas de sudor, tensadas por un dolor que no cesa y que martiriza cualquier rincón de vuestros cuerpos

    Tras cruzar el primer kilómetro, sigues corriendo con todo tu ímpetu pero empiezas a dudar que puedas coger a tu rival, entonces ves que vuelve a cojear, su pie marca con sangre cada paso, se le ha vuelto a abrir la herida de la planta del pie, tú estás igual de mal, pero con un último esfuerzo consigues agarrarte nuevamente a ella, que al ver que no ha conseguido deshacerse de ti, reduce un poco la velocidad. Te tiemblan las piernas, tus muslos cada vez están más ensangrentados. También los de ella empiezan a dejar ver un hilo rojo bajando, sin duda su coño esta tan irritado y dolorido como el tuyo, comprendes que no ganará la más rápida, o la más fuerte, sino la que sea capaz de asimilar y superar un dolor que crece por momentos.

    Y los metros pasan lenta, muy lentamente, desde una de las gradas las amigas de Nuria os miran, os animan, admiran vuestro tesón y vuestro esfuerzo, aunque la mayoría no lo entiendan. Tan solo Joanna desnuda y con su collar de sumisa te comprende y te envidia. Recuerda cuando esta mañana ha entrado al recinto, allí cada persona podía elegir, entre ser vainilla y simplemente ir como siempre, ser amo o dueña y vestirse de cuero con una correa y una fusta que les daban en la entrada, o bien elegir ser sumiso o sumisa, entonces lo único que llevarían era un collar en el cuello con una argolla de hierro. Joanna mientras esperaba en la cola, sentía un nudo en la garganta, no diría nada, volvería a ser tan vainilla como el resto de amigas de Nuria, pero cada vez que alguien elegía el collar, mientras le desnudaban y rodeaban su cuello con el collar de cuero, ella sentía un calambrazo de envidia, de deseo, imaginarse desnuda y esclava entre tanta gente, entre tantos desconocidos, era su mayor sueño, hoy el camarero de ayer no está, pero ella no puede evitar disimuladamente acariciarse una y otra vez mientras ve como desnudan a hombres y mujeres que sumisos y dóciles se exhiben ante los demás esperando y deseando un amo que engarce su correa al collar de sus cuello. Justo delante de Joanna, iba Luna, otra de las amigas de Nuria, al llegar a la entrada, pidió la fusta, el cuero y la correa, altiva y segura se quitó su vestido y pego a su piel aquel uniforme de ama, luego miro a Joanna como nunca la había mirado y se apartó un poco para ver que hacia ella.

    Llegó su turno, tragó saliva, estaba caliente, cachonda, increíblemente excitada y mojada, y en un arrebato de sinceridad, bajo la cabeza y eligió el collar, fue la misma Luna quien la desnudo, sus pechos, sus nalgas, toda ella exhibida a los ojos de quienes la quisieran mirar. Luego le coloco el collar, engarzo la correa en su anilla, y tirando de ella, la llevo con el resto de chicas. Por el camino no se dijeron nada, tan solo algunos tirones de su correa, le recordaban a Joanna su condición, pero lo que tuviera pensado hacerle, lo sabría más tarde, ahora todas querían ver la llegada de las yeguas al último tramo de su carrera. Todas chillaron de emoción, cuando como una exhalación aparecieron los dos sulkies, cuando entre sudor, sangre y gruñidos, tú y Zuleia pasasteis galopando en un instante por delante de ellas.

    Poco a poco se acerca el poste donde habréis de girar, cada vez es más evidente la cojera de Zuleia, también tú vas renqueando, la sangre moja ya vuestras patas, vuestro culo. Vuestros pecho doloridos siguen moviéndose y golpeándose con los cascabeles que lleváis en vuestros pezones, pero cada nuevo dolor, cada nueva herida, os endurece aún más, os hace confiar más en la victoria, ambas sabéis que la otra esta tan castigada como tú. De pronto Zuleia vuelve a acelerar, vuelve a ser la gacela invencible, quiere girar y enfilar en cabeza la recta final, tu intentas seguirla, pero vuelves a perder unos metros, los suficientes para que ella gire y se lance a por estos tres últimos kilómetros.

    Poco a poco vuelves a pegarte a ella, pero el ritmo no decrece, Yoha y Nuria os chillan, os azotan, sacan este instinto guerrero que lleváis dentro. Agarras con todas tus fuerzas las barras de madera, muerdes el cuero clavado en tus dientes, solo ves la parte trasera del sullkie de tu rival a centímetros de tu rostro. Yoha sigue azotando a su hembra, por mucho que la haga correr no consigue desembarazarse de ti, apenas unos metros que recuperas al instante.

    Pasáis ya la señal que marca los dos últimos kilómetros, ya intuís la llegada, una nube de fotógrafos espera que la carrera “de las mamas” llegue a su desenlace. El ambiente se vuelve atronador, con cada ataque de Zuleia, con cada respuesta tuya, pero a pesar de la adrenalina, de la emoción, de la rabia sabes que en alguno de estos ataques te vas a quedar y no podrás recuperar la posición. Ya veis la línea del último kilómetro, otra vez ataca Zuleia y otra vez recuperas tú.

    Desde mi lugar os miro, aún es pronto, Nuria tiene que pensar, relajarse y esperar al momento, no importa que tu gruñas, berres o muerdas,, quien manda es ella, y quien ganará o perderá la carrera será ella.

    No queda nadie sentado, todos están en pie, gritando, animando, coreando vuestros nombres, los drones muestran vistas aéreas de vuestros sulkies. Ya estáis a menos de quinientos metros, otro ataque de Zuleia, otra recuperación tuya, pasáis la línea de los cuatrocientos, el galope se hace más intenso, más veloz, la adrenalina y la ilusión han anestesiado cualquier dolor, cualquier sufrimiento, justo en el punto de los 300 metros, tras las vallas, vuestras compañeras os animan, os gritan, os envían toda su fuerza, allí están María Guadalupe, Xen, Hanna, y todas las demás, incluso Lidia ha dejado su trabajo en la grabación y Vane también ha corrido hacia vosotras, están las ocho, compañeras y amigas que hoy también están reviviendo unos recuerdos de hace veinte años.

    A falta de trescientos metros, un nuevo ataque de Zuleia te desengancha por unos momentos de ella, aún no es el momento, pero Nuria no puede esperar más, notas como mueve tu bozal a derecha y a izquierda, y al instante el látigo golpea tu hombro izquierdo, luego tu nalga izquierda, es la señal. Tensas aún más tus dientes, tu cuerpo, y te lanzas hacia adelante, Yoha ve que vuelves a llegar junto a ellas, faltan apenas 200 metros, pero esta vez, no te paras, giras a la derecha, y galopas como nunca, tu empuje, tu rabia, sorprenden a Zuleia cuando te ve adelantarla, cuando ve como Nuria de pie, azotándote se pone en cabeza. No me gusta, es demasiado pronto, solo tenéis una oportunidad y aún no era el momento, ojalá me equivoque.

    Con la vista fijada en la línea de meta, corres como si tuvieras 20 años, Yoha azota a su yegua, que no necesita ningún estímulo, sus zancadas también la devuelven a su juventud, largas y rápidas, vuelve a ser la gacela africana, estáis a menos de cien metros de la llegada, por tu izquierda Zuleia está recuperando terreno, oyes el cascabelear de sus tetas cada vez más cerca, Yoha y Nuria de pie no dejan de azotaros, de gritaros, es un final eléctrico y brutal, a 50 metros, la cabeza de Zuleia llega ya a la altura de Nuria, que sigue espoleándote. Las dos estáis agotadas solo la tensión y la adrenalina lanzan vuestras patas hacia adelante. Dándolo todo, vaciándote a cada metro, vuelves a ser la potrilla salvaje e impulsiva de cuando corrías bajo mi látigo. El sudor brilla en toda vuestra piel, los gritos de la gente son ensordecedores, las cámaras de los drones os muestran desde el aire, y los primeros planos de vuestras caras, llenan las pantallas.

    Como una exhalación pasáis por la señal de 40 metros, 30 metros, 20 metros, 10 metros, competís cabeza con cabeza, apenas unos centímetros os separan, ninguna mira a su rival, toda vuestra fuerza, vuestra energía está en estas patas castigadas, que más que correr, vuelan sobre esta pista de tierra. Y con apenas unos centímetros de diferencia, atravesáis a toda velocidad la línea de meta, la revancha ya tiene ganadora, la afición de quien ha ganado estalla en gritos y aplausos, los que animaban a la que ha entrado segunda, aplauden su esfuerzo y su valor con el mismo ímpetu, y un tirón en vuestras correas os hace parar, la carrera ha terminado.

    (Continuará)