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  • Mi compañero de trabajo (Parte 1)

    Mi compañero de trabajo (Parte 1)

    Tenía un compañero de trabajo que me re calentaba y él lo sabía, pero yo insistía en que no era más que un molesto que se creía que todas las chicas querían coger con él. Parecía que eso a él lo desafiaba y me decía cosas como «algún día vos también vas a querer» y yo llegaba a casa toda caliente pensando en lo que me decía o en cómo se acercaba a mí. Yo siempre simulaba que no tenía ningún interés en él, pero a veces él se acercaba por atrás rozándome, nunca tocándome, como si supiera que eso era suficiente para calentarme. Una vez escuché una conversación que él y otro compañero estaban teniendo donde le contaba cómo se había cogido a una mina la noche anterior y como él hubiese querido seguir pero que ella ya no aguantaba. Tan absorta estaba en la conversación que me sobresalté cuando una compañera me saludó y ambos se dieron cuenta de que yo había estado ahí todo el tiempo. Él se levantó y me arrinconó contra la pared.

    – Estabas escuchando?

    – Como si me interesarsn tus fantasías

    – Qué fantasías? Ja, no te pongas celosa que para vos también hay.

    – No me pongo celosa por tus 5 cm

    – 5 cm. Pff, si querés saber cuanto mide lo podes averiguar cuando quieras. Apuesto a que vos tampoco vas a aguantar.

    Yo me había re calentado, no le respondí y me fui, pero esa tarde en casa me colé los dedos hasta explotar pensando en esa posibilidad.

    Al día siguiente nos habían mandado a transcribir y rellenar planillas, teníamos que tenerlo todo listo para el día siguiente y las horas de oficina no alcanzaban, así que le pregunté a mi compañera si quería ir a casa a seguir con el papeleo, pero no podía. Él en cambio, aceptó encantado aunque yo no sé lo había pedido. De todas formas, accedí.

    Fuimos a casa en su auto y cuando entramos se tiró en el sofá como si fuera su casa y me preguntó «alguna vez lo hiciste en este sofá?» No le hice caso, dejé mis cosas sobre la mesa y me puse a hacer té. Él se levantó y me llegó por detrás como siempre y con sus labios muy cerca de mí oreja me dijo: «Creo que no fue buena idea venir, tengo muchas ganas de cogerte y no lo puedo evitar. No quiero incomodarte ni que las cosas terminen mal».

    Antes de que termine de hablar tiré mi culo para atrás apoyándolo en su paquete y empecé a frotarme contra él. Él dio un paso hacia adelante poniéndome contra la mesada y apoyando todo su bulto en mis nalgas.

    – Ya está listo el té.

    Él se apartó y se sentó a la mesa. Separó sus piernas y empezó a desabrocharse el cinto. Yo serví el té y se lo llevé. Me senté junto a él y mientras yo le decía cómo rellenar las planillas y él tomaba el té empecé a masajear su pija por encima del bóxer. Definitivamente no media 5 cm.

    Sacó su compu y empezó a trabajar sin que yo me detuviera. No tardó mucho en crecer y yo no aguanté más. Cómo una desesperada me lo metí en la boca hasta el tope. Era grande, muy grande. Había metido todo lo que podía y todavía agarraba el tronco con la mano. Me arrodillé debajo de la mesa y empecé a bombearlo en mi boca con furia mientras lo escuchaba teclear.

    Luego de un rato me preguntó si yo podía seguir con las planillas, así que un poco desilusionada me levanté, él me agarró de la cintura, apartó un poco la silla, metió la mano por debajo de mi pollera y me sacó la tanga. Luego se escupió en los dedos y me los pasó por los labios de mi concha. Yo sabía lo que seguía y me ponía un poco nerviosa tener una pija tan grande dentro pero mi concha estaba por explotar así que no ofrecí resistencia. Me levantó un poco la pollera y puso la cabeza de su pija en la entrada de mi concha y de una embestida me la metió toda de golpe.

    Pegué un grito muy fuerte y él empezó a controlar mis movimientos con sus manos en mis caderas

    -Trabajá!

    Intenté teclear dos palabras pero no pude, mi cuerpo se movía sólo. Era delicioso y no podía dejar de montarlo. Acabé una vez y él seguía como si nada, dos veces, entonces me abrió la camisa y desprendió el corpiño para masajear mis tetas, tres veces, y sé paró para embestirme por detrás como una bestia. Yo tenía las manos extendidas hacia adelante sobre la mesa, la cabeza tirada hacia atrás y los ojos en blanco. Me dejé llevar, creí que se me iban a dormir las piernas y no podía parar de gemir al ritmo de las embestidas.

    -Voy a acabar, me dijo con toda tranquilidad

    – Hacelo adentro, le respondí jadeando

    Y así lo hizo. Descargó toda su leche en mí, muchísima, salía a chorros sin parar y se me escurría por la pierna.

    Estaba destruida, pero él quería seguir y así lo hicimos…

  • Engañé a mi suegro con otro hombre

    Engañé a mi suegro con otro hombre

    Hola a todos los que han seguido mis relatos hasta ahora y me disculpo por estar un tanto ausente.  También a los que me leen por vez primera y que abren este relato para leer lo que me pasó la semana pasada.

    Deben saber que he estado experimentando el sexo con hombres mayores que yo y que me hice amante regular del padre de mi novia. Si bien las cosas con él iban increíbles, hace poco tuvimos una discusión que hizo que me molestara mucho con él porque tuve que regresar del motel donde habíamos quedado de vernos, decepcionada, con mis tacones, mi peluca y los condones sin usar.

    Al día siguiente seguía mi molestia, pero continué con mi vida de varón como lo hago de manera regular. Al salir de mi casa antes de subir al carro, noté que una de las llantas traseras estaba baja. Yo no sé nada de mecánica ni de autos, por lo que pregunté a un vecino dónde lo podía llevar y me contactó con Julio, un experto en todo lo relacionado con los carros.

    Él se comunicó de inmediato conmigo y muy amablemente ofreció ayudarme, ya que me recomendaba uno de sus mejores clientes y yo agradecí la atención. Llegó a mi casa y se presentó, después quitó la llanta del carro y la llevamos a su negocio al oriente de la Ciudad de México.

    A pesar de ser algo pasado de peso, Julio me pareció muy atractivo por ser gracioso y atento y en el camino comenzamos a platicar, reír y bromear como viejos amigos. Al llegar a su negocio se comportaba con mucha seguridad y mágicamente comencé a verlo como un hombre muy varonil. En lo que esperábamos le pregunté si era casado y me respondió que no, que recientemente se había divorciado y que en sus palabras, estaba disfrutando de su nueva soltería. Con eso en mente y con el coraje que tenía, comencé a estudiar la manera de hacer algo con él, aunque fuera una mamada rápida en el baño.

    Me he dado cuenta que entre los mecánicos y en general entre los machos alfa que trabajan con las manos, hay chistes y albures de carácter sexual. Se arriman el pene, se dan nalgadas, hacen bromas de haberse follado unos a otros y muchas más del mismo estilo, entonces decidí poner atención para responder de manera juguetona a una de esas bromas. Julio hizo un comentario respecto a los labios de uno de sus trabajadores. Textualmente dijo: «Con esos labios la mama bien rico.» y todos se rieron, incluyéndome.

    Poco después mi llanta estuvo lista y abordamos la camioneta de Julio con rumbo a mi casa para colocarla en mi auto. De regreso seguimos platicando de mujeres que nos parecían guapas, de sus senos y sus nalgas, yo pensando en calentarlo un poco y poder hacer una movida.

    Cuando llegamos a mi casa comencé a coquetearle. Le dije: «¡Qué brazos tan fuertes!, Se ve que haces ejercicio.» y él sonrió. Le dije que me gustaba su corte de cabello, su camisa, y cosas que discretamente lo adulaban. Le bajé un vaso con agua cuando terminó de colocar la llanta y nos quedamos un rato platicando en el estacionamiento. Era el momento…

    – Oye, ¿es cierto lo de hace rato?, ¿Que tu trabajador la mama muy rico?

    – ¡No! Es una broma. Así nos llevamos en el taller.

    – Es una lástima. Si fueras mi jefe te la chuparía cuando me lo pidieras.

    Su cara fue una joya. (Jaja) porque se sonrojó e intentó despedirse, pero después de un poco de persuasión logré convencerlo de subir a mi apartamento.

    Realmente no hice mucho, solamente le aseguré que no diría nada y le pedía lo mismo. Le conté que yo también quería experimentar algo nuevo y que me parecía el momento perfecto para hacerlo. En menos de 5 minutos estaba de rodillas frente a él bajando su pantalón. Le acaricié la verga por encima del bóxer y noté como poco a poco se ponía dura. Terminé de parársela con mis labios; la saludé con un besito en el glande y a pesar de no ser muy grande ni muy gorda, él ponía una cara de placer mientras se la chupaba que me excitaba mucho. Se la chupé y jalé como seguro ninguna mujer se lo había hecho en mucho tiempo. Desde la punta hasta los huevos, como decimos los mexicanos. Él empujaba mi cabeza contra su pelvis, lo cual significaba que lo estaba disfrutando tanto como yo, pero llegó el momento en que tenerla en la boca no fue suficiente. Quería que me rompiera el culo.

    – La tienes bien rica, Julio, ¿Me la quieres meter?

    Sí, respondió él. Pero por alguna razón, se le bajó y no pudo.

    – ¡Mejor síguele!, casi me voy a venir.

    -¿Quieres venirte en mi boca?

    – ¡Sí, cómetelos!

    Unos segundos después, Julio explotó dentro de mi boca. Pude sentir su pene vaciándose en mi lengua y mi garganta y ver su rostro sudoroso casi me hace venir también. Sentir su leche calientita en mi boca fue lo mejor.

    – ¿Te viniste rico?

    – ¡Mucho! Tenía rato que no me la chupaban así.

    – Vale. Pues, ¿Cuánto te debo por la llanta?

    – ¿Cómo crees?, ¡No puedo cobrarte!

    – ¿En serio? ¡Pues gracias! Si algún día quieres venir por una cerveza, avísame.

    – Ok, pero ya debo irme.

    Y se fue…

    No sé si sería su primer experiencia con alguien de su mismo sexo, pero tengo la seguridad que lo disfrutó montones. Si es que no bloquea mi número, y si no me busca, le enviaré algunos nudes vestida para que se anime a visitarme, porque ese Julio me tiene que coger sí o sí.

    Les platicaré lo que pasa.

    Besitos.

  • Siento curiosidad

    Siento curiosidad

    Ciertamente, como lo expresé en otro relato, nuestra estadía en Alemania supuso que viéramos las relaciones de pareja de otra manera y nos atreviéramos a experimentar situaciones impensables para una joven pareja de recién casados, de origen latino, cuyas costumbres y cultura diferían bastante de lo que en aquella época se percibía en el lugar donde residíamos y sus alrededores. En aquellos tiempos, visitar Hamburgo y su barrio rojo era agenda obligada para los turistas procedentes de muchos lugares del mundo. Y nosotros no éramos la excepción.

    Habían pasado sólo dos meses desde nuestra llegada a Kiel, nuestra residencia por el próximo año, cuando los compañeros de comisión nos alentaron a conocer la vida nocturna y, para llevarlo a cabo, nos invitaron a visitar y conocer diferentes opciones de entretenimiento, bares, discotecas y clubes nocturnos. En una discoteca en especial, llamada “La Florida”, los jueves, principalmente, presenciábamos un aparente cambio de roles entre hombres y mujeres. Ese día el lugar era frecuentado en su mayoría por público femenino y observábamos que eran ellas quienes tomaban la iniciativa para realizar cualquier actividad.

    En el lugar se realizaban diferentes concursos, dirigidos a las mujeres, como “el busto más bello”, o “la camiseta mojada”, o “el beso más largo con alguna pareja masculina asistente”. Y veíamos como esas mujeres, sin recato alguno, participaban y parecían disfrutar del entretenimiento. Ciertamente, en ese país, hay una actitud abiertamente amplia hacia el desnudo corporal, de manera que ese tipo de juegos eran aceptados socialmente. En otra ocasión, estando allí con mi esposa, una de las visitantes, sin importar si yo estaba en pareja, me invitó a bailar. La orquesta interpretaba ritmos latinos, tal vez debido a nuestra presencia, de manera que sacábamos lo mejor de nuestro repertorio de baile cuando éramos requeridos y aquello parecía gustarles a esas damas.

    Lo ambiguo de la situación, con respecto a nuestras parejas, era que las damas se entretenían tanto con nosotros y nuestra manera de bailar, que seguían invitándonos a bailar, una y otra vez, casi sin parar. Supimos que esas damas eran de nacionalidad sueca y que visitaban el puerto. Bailar era lo de menos. Otras damas, sin reparo alguno, invitaban a algunos de los asistentes a salir del lugar para disfrutar de un encuentro sexual y, en ese sentido, nuestros amigos de piel morena, no tan blanca, o de color, eran bastante apetecidos. En ese sentido mi esposa, no tuvo que recriminarme que la dejara sola o que me la pasara con aquellas damas toda la noche.

    El espectáculo mayor, sin embargo, era visitar la ciudad de Hamburgo y su barrio rojo. Kiel quedaba a 40 minutos en tren, de modo que podíamos ir de visita a este lugar y regresar a nuestra residencia en la misma noche, aunque, para ese plan de turismo sexual, preferíamos quedarnos alojados en un hotel todo el fin de semana. Allí, en Sankt Pauli, en uno de tantos teatros donde se presentaban espectáculos de sexo en vivo, había por aquella época un show muy promocionado con el nombre de “Sansón y Dalila”. Y claro, como era la novedad, fuimos con mi esposa a presenciarlo.

    En el lugar, instalaban a tres parejas por palco, si así puede llamarse a este tipo de acomodación, compartiendo una mesa donde se ofrecía champaña u otro tipo de licores y pasabocas, a requerimiento, para ser consumidos durante el espectáculo. Sansón, era, ni más ni menos, un hombre de color, acuerpado, calvo, bastante grande y con un miembro descomunal. Su pareja, Dalila, era una mujer rubia, alta y delgada, bastante menudita, que contrastaba con su par masculino. El miembro de Sansón era casi del tamaño de uno de los antebrazos de Dalila, de allí que aquel espectáculo atrajera la atención de los asistentes, generalmente parejas.

    En su representación, los actores desarrollaban una historia donde, al final, ambos ya desnudos, Sansón sometía sexualmente a Dalila, y era esa la parte atractiva del espectáculo, porque los diálogos, en idioma alemán, nunca los entendimos. Para nosotros, sin embargo, aquello no tenía importancia. Los actores procuraban que se viera explícitamente todos los detalles del intercambio sexual y, de verdad, tanto mi esposa como yo, estábamos fascinados con aquello, porque, de donde veníamos, jamás habíamos tenido la oportunidad de presenciar algo similar. Alguna de las asistentes, pareció burlarse de lo que Sansón hacía, así que este, con señas, la invitó a que subiera al escenario. Y, lógico, ella se negó. Su marido estaba muy apenado con lo sucedido, pues todas las miradas reposaban en ellos.

    Era evidente que aquellas escenas despertaban nuestra curiosidad y calentura. Durante la presentación se podía ver cómo nuestras parejas femeninas miraban con atención el accionar de Sansón y cómo cambiaban de postura en sus asientos mientras los actores desarrollaban su rutina, que incluía sexo oral, penetración vaginal y penetración anal. A nuestros ojos eso, simplemente, era el espectáculo de los espectáculos y, después de aquello, uno salía dispuesto a explorar todas las posibilidades que el barrio rojo nos ofrecía. Como, por ejemplo, probar sexualmente a una de tantas hermosas mujeres que por allí deambulaban y abiertamente se ofrecían para tener sexo, ya que en este país la prostitución, y especialmente en este lugar, es legal.

    Era un viernes cuando llegamos al Cityhotel Monopolo, en el barrio Sankt Pauli, con la intención de quedarnos allí todo el fin de semana. Las experiencias vividas en Kiel habían despertado nuestra curiosidad y, con tanto que se hablaba de la vida nocturna en Hamburgo, decidimos irnos de excursión y confirmar si era cierto todo aquello que se nos decía. El hotel estaba situado en medio del barrio, cerca de la calle Reeperbahn, conocida también como la “milla del pecado”. Nuestro principal objetivo era presenciar el espectáculo de “Sansón y Dalila”, de modo que, muy temprano, 9 pm, acudimos allí.

    Terminado el espectáculo y bastante excitados con lo visto, salimos a caminar y, en nuestro recorrido, probamos entrar a diferentes sitios, simplemente para observar cómo se daba aquello. Así que entrábamos a los bares, pedíamos una cerveza, nos quedábamos un rato, y luego acudíamos a otro lugar. En aquellos lugares, generalmente, las dependientes atienden a la clientela en “Top less”, lo cual ciertamente era un espectáculo para mí, aunque creo que mi esposa también lo disfrutaba. En otros lugares había shows de sexo en vivo, menos elaborados que lo visto en los teatros, pero todo alrededor del intercambio sexual.

    Para nosotros, jóvenes, con poco tiempo de casados y sin hijos, aquello era toda una novedad y una invitación a la exploración. Mi esposa, un poco desinhibida, comentó que le causaba curiosidad cómo Dalila podía recibir el miembro de Sansón de la manera que lo habíamos visto y se preguntaba si aquello no le produciría ningún dolor. Pues, por lo visto, yo diría que no, apuntaba. ¿Por qué lo preguntas? Simple curiosidad, respondía. También me comentó que aquello era algo hecho para hombres, porque lo que más veíamos en los shows eran mujeres. Bueno, decía yo, seguramente hay hombres que ofrecen esos servicios, pero, me pregunto, ¿acaso será igual el número de mujeres al de hombres que demandan ese servicio? Tocaría preguntar, decía yo.

    Esa noche nos cansamos de caminar, entrar aquí y allá, visitar tiendas de artículos para sexo y otros artículos. Incluso entramos a un cine para ver qué tipo de películas presentaban. En una de estas tiendas, observando la amplia oferta disponible de consoladores, me atreví a comentar, si estás interesada, te puedo comprar uno. Pero eso es artificial, contestó ella, yo preferiría que fuera natural. ¿De verdad? ¿En serio? ¿Serías capaz? Pregunté. No sé, siento curiosidad. Y, a través de los años, aprendí que cuando ella dice “siento curiosidad” es que está experimentando mayúscula calentura. Pero en aquella ocasión su comentario, lejos de parecerme inadecuado, sirvió de excitador. Bueno, si ella se da la oportunidad, por qué no yo también, pensé.

    Llegamos muy de madrugada al hotel, pero andábamos tan excitados con el ambiente, que no teníamos muchas ganas de dormir y sí de hacer algo más. Sin embargo, como no teníamos claro qué hacer ni a dónde ir, nos detuvimos en el bar del hotel, pedimos lo habitual allí, cerveza, y seguimos conversando sobre lo acontecido aquella noche. Bueno, pero con la verdad, increpé a mi esposa, ¿te gustó Sansón? Me encantó dijo. El tipo es espectacular. Y, si él te invitara a subir al escenario, como lo hizo con aquella señora, te le medirías. Pues, en público, no me atrevería. O sea, en privado, sí. ¿Por qué no? Contestó.

    Bueno, pero concretemos, dije. ¿Cuál es tu aventura? ¿Qué es lo que quieres experimentar? Es que yo nunca he estado con un tipo de esos, respondió. Por eso te pregunto. ¿Qué sería, entonces, lo que quieres probar? Pues, si soy capaz de compartir con un hombre así. ¿Cómo Sansón? Sí, respondió. Y… ¿Qué tan intenso es el deseo? Pues, estando aquí, podríamos probar ¿No? Si tú quieres, dije. El tema es que no dominamos el idioma y, la verdad, no sé cómo hacer ni por dónde empezar.

    Se me ocurrió que, al otro día, podríamos volver al teatro aquel y preguntar, por qué no, si Sansón estaría disponible para ese servicio, o cómo funcionaba la oferta de prostitutos y dónde buscarlos, si era el caso, precisando las características del servicio que nosotros estábamos buscando. Así que, con eso en mente, finalmente, ahora sí, rendidos, nos fuimos a dormir.

    Al día siguiente, sábado, nos levantamos casi al mediodía. La mañana estaba opaca y lluviosa, así que no daban muchas ganas de salir. Decidimos quedarnos en el hotel, almorzar en la habitación y ver la oferta de canales para adultos en la televisión. Como era natural, nuestra atención se dirigió a ver películas de sexo interracial, de modo que al finalizar la tarde ya estábamos de nuevo estimulados para seguir adelante con el plan. La verdad no sabíamos ni qué hacer, con quién hablar o cómo hacer.

    Llegamos al teatro a las 9 pm, como la noche anterior, y fuimos acomodados de la misma manera junto a otras dos parejas. Eran de habla hispana, argentinos, de modo que nos pusimos a hablar; lo normal, de dónde viene, dónde están alojados, cuándo se van, etc. El show era igual al día anterior, así que me propuse averiguar si Sansón estaría disponible para una atención individual. Me levanté de la mesa, fui a la recepción y pregunté si había alguien que hablara en español, ya que no me sentía con la capacidad para expresar mi idea en inglés, y mucho menos en alemán. De ese idioma, ni idea.

    Llamaron a una muchacha joven, tal vez de procedencia española, que muy amablemente se aproximó a mí, me saludó y me preguntó en qué podía ayudarme. Le comenté que nosotros, mi esposa y yo, como pareja, nos llamaba la atención conocer a Sansón en privado. Entiendo que lo que usted quiere es que su esposa tenga sexo con él. Sí, dije sonrojándome ante lo inesperado de esa pregunta. Es su deseo. Me comentó que los fines de semana él no estaba disponible para ese tipo de servicio, debido a su trabajo. Una cita podría concretarse entre semana. Es que no vivimos aquí y estaremos tan solo hasta el domingo en la noche, le dije. Bueno, tal vez los pueda contactar con Rolando. Quizá él los pueda ayudar. Bueno, sí, respondí. ¿Dónde lo puedo ubicar? Ya mismo lo llamo. Disfruten su estadía y visítennos cuando lo deseen. Buenas noches, dijo alejándose.

    Yo me quedé allí un rato, esperando, pero nadie se acercaba. Llegué a pensar que había entendido mal a la muchacha, pero me quedé allí, de pie, observando el show que se desarrollaba en el escenario. Pasados unos minutos, escuché una voz grave a mis espaldas. Soy Rolando. ¿Me buscaba? Cuando volteé me encontré con un tipo guapo, bastante moreno, de contextura similar a la de Sansón, un tanto más bajo, pero igual de acuerpado y musculoso, con la particularidad de que hablaba español. Su acento me pareció del Caribe, tal vez de Puerto Rico, República Dominicana o Cuba.

    Bueno, dije, me parece que usted ya sabe para qué lo busco. Si, dijo sonriendo, ya supe cuál es el interés. ¿Dónde están alojados? En el Cityhotel Monopolo, cerca de aquí. Perfecto. Hoy no es posible, pero mañana puedo atenderles. Indíqueme número de habitación y hora. Bueno, no sé, ¿a qué hora le sería más conveniente? Pregunté. Mañana es domingo y no hay mucha demanda. ¿Podría ser a las 8 pm? Me conviene. El servicio tiene un costo de 300 euros. Perfecto, contesté, no hay problema.

    Puedo pedirle un favor. ¡Seguro! contestó. Me gustaría que se le acercara, le indiqué señalándole dónde se encontraba mi esposa, se le presentara y le comentara acerca de nuestra cita para mañana. Ya mismo, dijo. Y rápidamente transitó el espacio que nos distanciaba de la mesa donde ella estaba ubicada. Observé la cara de sorpresa de mi esposa cuando este hombre se sentó a su lado y le conversó durante unos minutos. Luego vi que se levantó, volvió a donde yo estaba y dijo, todo va a ir bien. Nos vemos mañana. Lo estaremos esperando, gracias, contesté.

    Salimos del lugar y, nuevamente, empezamos a caminar, repasando los sitios que habíamos conocido la noche anterior y nos propusimos recorrer otras calles para explorar y conocer otros lugares. Mientras caminábamos ella, observando una tienda de artículos para sexo, me pregunta, ¿será que una indumentaria de esas es muy costosa? ¿Por qué la pregunta? Dije. Rolando me dijo que él funciona mejor cuando la mujer se esmera por motivarlo y excitarlo, vistiéndose especial para él, y supuse que podría comprar una de esas indumentarias, para no desentonar, porque la verdad, así, como andamos vestidos, tan informales, de blue jean y tenis, no es que surja mucha excitación…

    Estuvimos mirando y probando varis modelos hasta que se decidió por una lencería negra, incluidos los infaltables zapatos negros de tacón alto, complementado, a su gusto, con aretes, collares y pulseras. La aventura ciertamente iba a resultar un tanto costosa, porque había que comprar un vestido que cubriera esa lencería. No fue tan difícil, pues se decidió por un conjunto de chaqueta y falda corta de color blanco. Lógico, complementado con un pequeño bolso negro, de correa larga, que podía colgar desde el hombro. Y, bueno, pensaba yo, para qué tanto adorno, si es poco lo que va a durar puesta la vestimenta.

    Esa noche, después de tanta compra y complacencia con la dama, me atreví a preguntar si, así como yo estaba dispuesto a que ella tuviera su aventura, ella estaría dispuesta a compartir una experiencia mía. Y ¿cuál? Preguntó ella. Pues tú vas a estar con un muchacho de estos, qué posibilidades hay de que yo esté con una muchacha de por acá. Bueno, si tú quieres. ¿Qué tienes en mente? Pues, no tengo nada en mente, porque no sé cómo se hacen las cosas aquí. Tomemos algo, por aquí, y vemos qué se nos ocurre. Y así fue. Entramos a un sitio de espectáculos, con la idea de seguir mirando y, si algo aparecía, pues, tomar la opción, sin saber realmente qué. Pero pasó el tiempo, nos entretuvimos con los shows, y ya, siendo tarde, decidimos volver al hotel.

    Al día siguiente nos levantamos algo temprano, así que decidimos desayunar y salir a realizar un city tour, ya que lo único que habíamos visto de Hamburgo era el Barrio Rojo. Pregunté en la recepción si habría un city tour disponible y reservamos el servicio. Nos recogieron a las 10:00 am. Estuvimos recorriendo la ciudad y diferentes lugares de interés, el puerto y lógico, como no, el barrio rojo, ya que figura entre las atracciones turísticas de la ciudad. Regresamos al hotel hacia las 4 pm, y, teniendo una cita en mente, la idea fue preparar el escenario para lo que iría a pasar, así que, nuevamente, y mientras llegaba la hora, nos pusimos a ver la televisión para adultos, excitando los sentidos para la esperada noche.

    Siendo las 6 pm, ella dijo, bueno, yo creo que me voy a alistar. ¿Tan temprano? Pregunté. La cita es a las 8 pm. Rolando me dijo que nos viéramos en el bar del hotel a las 7 pm., si yo no tenía inconveniente. Ok, dije, no sabía. ¿Cuándo acordaron eso? Cuando me hablo de que lo impresionara y motivara para que todo fuera bien. Bueno, ya tu sabes más que yo. Dale, entonces. ¡Arréglate!

    Tardó casi la hora en bañarse, peinarse, perfumarse y vestirse para la ocasión. Y, la verdad, se veía muy elegante para el mencionado encuentro. Así que, una vez estuvo lista, y siendo ya casi las 7 pm, bajamos al bar del hotel y nos acomodamos en una mesa a la espera de Rolando quien, muy puntual, no tardó en llegar.

    ¡Hola! ¿Cómo están? ¡Qué bueno encontrarlos! Son ustedes muy puntuales. Siempre, contesté; la ocasión lo amerita. Bueno, es que a veces se cita uno y la gente no es cumplida con los horarios y, por eso, le dije a ella que nos citáramos más temprano. De esa manera, si hay demoras, pues se cumple el horario previsto de las 8 pm. Me disculpo por haber desconfiado y les pido excusas. Bueno, dije, si no le molesta, acompáñenos a beber un trago mientras se llega la hora. O ¿tiene algún compromiso? No, está bien, respondió, conversemos un rato.

    Pedimos unas Apfelwein y, mientras las bebíamos, conversamos. Rolando resultó ser cubano y, en el ejercicio de su rol, comenzó a coquetear con mi esposa desde el comienzo, a halagar su gusto, su vestido, su forma de hablar, su inteligencia, su voz, su cuerpo, sus piernas. En fin, todo. Y como el tipo tenía el tono de voz que encanta a mi mujer y no estaba para nada mal de presencia, ella se sintió a gusto desde el principio y, si tenía algún temor o prevención, el trato de aquel y las bebidas fueron relajando el ambiente y haciéndolo más atractivo.

    Oye, nena, le decía, esta noche la vas a recordar toda tu vida. Deja que empiece a desnudarte, que me desnudes y que empieces a sentirme cerquita para que veas cómo te vas prendiendo de emoción. Prometo no defraudarte. Y, diciendo esto, colocaba la mano de ella sobre su pantalón, para que percibiera el tamaño y dureza de su miembro. ¡Déjame darte un beso! Y ahí, sin vergüenza alguna, en frente de mí, la besó como si fueran novios. Ella, por supuesto, se calentó de inmediato. Y él, continuando con la seducción, le dijo, espero que, así como besas de bien en la boca, beses mi sexo… sé que no me vas a defraudar ¿Verdad? Sí, tímidamente respondía ella.

    ¿Me invitas a tu habitación? Continuó. ¿Ya? Pregunta ella. Sí, ya, responde él. No podemos dejar enfriar el momento. Y, levantándose, la invitó a salir por delante de él, colocando ambas manos en sus caderas y caminado detrás de ella, muy juntico, de manera que debió ser inevitable que ella no sintiera su masculinidad acosándole en sus nalgas. Y ya entrados en el ascensor, los tres, Rolando se colocó de frente a ella y la besó nuevamente, y así, además acariciándola por encima de la ropa, llegamos al séptimo piso, donde estábamos alojados.

    El recorrido a la habitación fue bastante corto. Dos metros a la derecha al salir del ascensor y ya estábamos allí. Yo me adelanté para abrirles, de manera que entraron sin mayor dificultad. Rolando, de una, sin demoras, la dirigió hacia la cama. Estando de pie, al borde del lecho, Rolando, hábilmente, suelta y deja caer la corta falda al piso. Ella, con sus pies, aparta la prenda a un lado. El, entonces, le acaricia el sexo por encima de la ropa, y le dice: Nena, estás mojada, Tu sexo reclama el mío. Mira cómo me tienes. Y apresurándose a soltar sus pantalones, expone su miembro a la vista de ella y coloca una de sus manos sobre su enorme pene. Ya soy todo tuyo. No me hagas esperar más…

    Ella estuvo un tanto dubitativa. Me miró como sin saber qué hacer. Entonces dije, si sientes que no debe ser, no pasa nada. Simplemente paramos. No hay obligación. No, dijo, si ya llegué hasta aquí, es mejor enfrentar la situación. Vamos, nena, dijo Rolando. Satisface tu curiosidad y calma tu deseo. ¿No era eso lo que querías? Sí, dijo ella. Pero es que nunca antes había estado en esta situación. Es algo nuevo para mí y voy paso a paso, lentamente, mientras lo asimilo. ¿Nunca habías visto y tenido entre tus manos un miembro como el mío? No, respondió ella. Es la primera vez. Entonces, dijo él, comprueba que es una realidad y disfrútalo. ¡Tócalo!

    Ella, entonces, recorrió con una de sus manos ese enorme miembro de arriba abajo, concentrándose en la punta del pene, que tenía forma de hongo, palpitaba y se veía reluciente. Siguió frotando con una de sus manos aquel pene y, con la otra, empezó a acariciar los testículos del hombre, también bastante prominentes. ¿Te gusta, nena? Preguntó Rolando. ¿Quieres probarlo? ¡Adelante! No te inhibas. Y ella, atendiendo su invitación, poco a poco empezó a lamer la cabeza turgente de aquel sexo. ¡Vamos! La alentaba, Rolando. Lo estás haciendo bien, decía. No me equivocaba, usas bien tu lengua, nena. Sigue así… un poco más.

    Ella, totalmente perpleja con la experiencia, chupaba aquel glande con inusitada vehemencia. Y tener aquel miembro dentro de su boca al parecer le provocaba una inmensa excitación y las palabras de Rolando la motivaban a ir más allá y actuar con soltura, sin prevenciones. ¡Eso! Decía aquel mulato, así se hace. No pareces tan novata como dijiste. Tienes lo tuyo y lo sabes usar. Y ella, ante esos halagos, arreciaba la intensidad de sus chupadas. Bueno, nena, te quiero devolver el favor. ¿Me lo permites? Ella se detuvo y quedó atenta a lo que se vendría. Recuéstate en la cama, dijo él. ¿Me dejas quitarte los pantis? Preguntó, mientras procedía a retirar la prenda, dejando descubierto el sexo de mi sonrojada y acalorada esposa, que, muy colaboradora, levantó sus caderas apoyándose en sus piernas, facilitando que Rolando realizara la labor.

    ¡Vamos! Dijo, acomódate un poco más arriba. Ella, en respuesta, se desplazó sobre la cama y se recostó sobre las almohadas. ¿Así estás más cómoda? Preguntó aquel. Sí, respondió ella. Bien, abre tus piernas a los costados, lo más que puedas. Y ella, así lo hizo. Perfecto, dijo él. Se ve rico tu sexo. ¿Me lo dejas probar? Ella, sin decir palabra, asintió afirmativamente con la cabeza. Y él, sin perder más tiempo, atacó el sexo de mi esposa con su lengua, se aferró a sus piernas y empezó a comerse, literalmente, la vagina de mi mujer. Complementaba la estimulación introduciendo sus dedos, bien profundo dentro de ella, quien jadeaba, se retorcía y gemía cada vez que aquel procuraba esas deliciosas caricias.

    Estás muy excitada, dijo él. ¿Estás lista para recibir mi miembro? Sí, dijo ella. Y, deslizándose, de abajo a arriba, su cuerpo fue cobijando el cuerpo de mi mujer. Rolando apuntó su miembro a la vagina de mi esposa y, lentamente, la fue penetrando. Aquel miembro entró muy justo dentro de ella, pues los labios vaginales se veían comprimidos ante tal tamaño, pero la penetración se dio suave y sin dificultad. Ella, tan pronto se sintió invadida, empezó a gemir de la emoción. El muchacho, con práctica en estas lides, movía su miembro lentamente, adentro y afuera, mientras su boca besaba frenéticamente la boca de mi mujer, quien, excitada, agitaba su cuerpo debajo de aquel musculoso muchacho.

    ¿Cómo me sientes, nena? Te siento rico, respondía ella. ¿Quieres que siga? Sí, respondía ella como en tono de súplica. Y, por las apariencias, de verdad, lo estaba pasando súper bien. Rolando se movía a su antojo sobre ella, variando la posición de penetración y yendo más profundo en la medida que ella lo permitía. Sus piernas, totalmente abiertas a los costados, se movían al ritmo del bombeo de Rolando, arriba y abajo, como aleteando. Su cara se veía congestionada, sonrojada totalmente, y no paraba de jadear. Nena, decía él ¿la estás pasando bien? Sí, respondía ella, que no cesaba de contorsionarse debajo de su dominante macho.

    Estás muy húmeda, comentó él. Intentemos algo diferente, ¿te parece? Qué tal si te levantas y te paras aquí, al pie de la cama. Ella, sin musitar palabra, tan solo se limitó a obedecer sus instrucciones, con evidente agrado. Bueno, ¿estás cansada? Preguntaba. Un poquito, respondía ella. Tal vez el peso de mi cuerpo sobre el tuyo podría estar aprisionándote un poco. Vamos a intentar otra cosa y de seguro te vas a sentir más cómoda, espero, decía él. Bien, voltéate, inclínate sobre la cama y apóyate en tus brazos. ¿Lo tienes claro, nena? Sí, contestaba ella mientras se colocaba en la posición que le requerían. ¡Eso! Así está mejor, afirmaba. Aparta las piernas un poco. ¡Muy bien! Ya está. Y, agarrando los muslos de ella con sus manos, poco a poco, empezó a penetrarla de nuevo. Esta vez desde atrás.

    La sensación debió impactarle a ella, porque tan pronto se sintió penetrada lanzo un sonoro ufff, empezando a jadear casi desde el mismo instante en que aquel hombre empezó a bombear. El Vigor con que aquel hombre se adentraba dentro del cuerpo de mi mujer acrecentaba en cada embestida. Ella, en algún momento, pareció desfallecer. Dejó caer su torso sobre la cama, lo cual levantó más sus nalgas, invadidas totalmente por la corpulencia del macho que la taladraba incesantemente. Aaayyy, ya, ya… pronunciaba ella mientras con ambas manos parecía querer contener el empuje de su amante.

    Lo estás haciendo bien, nena. ¿Quieres un respiro? Si, dijo ella. Bueno, entonces siéntate, pero recompénsame. Quiero ver como me deleitas. ¿Te atreves? Sí, dijo ella, sin saber qué esperar, mientras se iba sentando al borde de la cama, sus piernas abiertas, su sexo convulsionando de la emoción y ella, incierta, expectante. Perfecto, dijo él. Nena, cierra tus ojos, abre bien tu boca y deléitame. Y, apenas lo hizo, aquel colocó su pene en la boca de mu mujer, quien empezó a chuparlo, pudiendo degustar el sabor de su propio sexo. Lo haces muy bien, decía Rolando, lo haces muy bien… me tienes a punto.

    Rolando retiró su sexo de la boca de ella y, masturbándose él mismo, para provocar la eyaculación, dijo, bueno nena, abre tu boca de nuevo, y ahora sí que me vas a probar. Ella volvió a abrir su boca y él, acercó su glande a los labios de ella y, tan pronto su boca se cerró sobre su pene, él se descargó, casi que al instante. Eso quizá la tomó por sorpresa y, sin saber de qué manera reaccionar, mantuvo el pene de aquel hombre dentro de su boca y no tuvo más remedio que tragar su semen. Al parecer no le dio importancia al evento, porque ella siguió chupando aquel miembro como si nada hubiese pasado.

    Él se retiró y ella abrió sus ojos, y no dejaba de mirar el sexo masculino que tenía en frente de su cara. Bueno, decía el hombre, para ser tan joven, toleras muy bien esto. ¡Qué bueno! Me anima querer penetrarte una vez más. ¿Puedo? Sí, dijo ella. Dime de qué manera, como te sientas más cómoda. Ella dijo, normal, como al principio. Perfecto, anotó él, acomódate. Ella, entonces, se recostó en la cama y abrió sus piernas para recibir de nuevo a tamaña aventura. El, sin perder tiempo, procedió a penetrarla, con firmeza y vigor varonil, apoyando el peso de su cuerpo en sus brazos, para que ella tuviera más libertad de movimiento. Ese miembro parecía no caber en el sexo de ella, pero una vez más, sin resistencia, pronto estuvo totalmente adentro.

    Juguetearon un rato más los dos. Rolando se esforzó por ponerla a jadear, sin mucho apuro, la verdad, y al poco rato estaba ella lanzando un grito agudo de placer mientras se contorsionaba, fuera de control, presa de las intensas sensaciones que estaba experimentando. Su hombre, la aventura de la noche, sacó su pene, descargando un chorro de líquido blanquecino y viscoso, que se manchó el body que vestía mi mujer. Pasado aquello la beso y, acariciando con vehemencia todo el cuerpo de ella, se incorporó mientras decía, nena, creo que ha sido todo por hoy. Si te vuelven a dar ganas, ya sabes dónde buscarme. Seguro, dijo ella. ¡Gracias!

    Rolando entró al baño de la habitación y, cuando salió, ella aún estaba acostada sobre la cama, con sus piernas abiertas, tal vez rememorando los momentos vividos hacía apenas unos minutos. Bueno, deseo que terminen de disfrutar la velada, la noche aun es joven. Creo que merezco una recompensa por el servicio, dijo, dirigiéndose a mí. ¿No es cierto? Sí, claro, respondí, procediendo a pagar lo acordado. Espero no haberlos defraudado, comentó. Creería que no. ¿Qué dices tú? Le pregunté a mi esposa. Fue una sensación inolvidable, contestó. La voy a recordar toda la vida. Esa es la idea, dijo aquel muchacho, despidiéndose: Auf Wiedersehen!

    Bueno, dije, si quieres vamos a comer, o beber algo, o a darnos una vuelta por ahí. ¿Te parece? Sí, vamos, dijo, necesito relajarme. Déjame arreglarme, que quedé hecha un desastre. Procedió a recoger su panti y dirigirse al baño, de donde salió, al poco rato, totalmente maquillada y vistiendo el mismo atuendo. ¿Vas a salir así? pregunté. Pues sí, contestó, porque será de las pocas veces que pueda lucir esta vestimenta en público. Y, además, en este sector y a esta hora, a quien le va a importar. Pues sí, dije, por qué no.

    Anduvimos por la calle principal, repasando el recorrido que habíamos hecho los días anteriores, detallando con más pausa algunos lugares, tiendas y anuncios en los teatros. Y, finalmente, entramos en un bar, que nos llamó la atención porque las camareras atendían en bikini y, al parecer, se notaba concurrido y animado. Nos sentamos en una mesa, pedimos dos cervezas y empezamos a conversar.

    Ella, de antemano, no había mencionado nada relacionado con su experiencia, de manera que, mientras empezábamos a degustar unas cervezas, me atreví a preguntar. Bueno, cuéntame, ¿cómo estuvo eso? Te vi muy confortable en medio de la faena. Yo te creía muy reservadita en esos aspectos y me sorprendió verte así, como tan desenvuelta. Sí, respondió ella, lo pasé muy delicioso y me pareció que tenía que estar a la altura de la situación, porque, si no, para qué diablos me habría metido en el embrollo. Yo también dude si iba a ser capaz, porque nunca antes lo había hecho y mucho menos estando tú presente.

    Pero, la verdad, continuó, gran parte del resultado está en la cabeza de cada uno. Yo imaginaba que aquello iba a ser lo máximo y, aunque estuvo muy bueno, tampoco fue algo que yo dijera que fue del otro mundo, pero, sí, no puedo negarlo, la presencia de ese hombre, su trato, su voz y su accionar en la parte sexual, ciertamente me excitó muchísimo. Y más me emocionó el sentirme atendida, el centro de atención, el objeto de deseo… no sé… las cosas, tal como se dieron, la situación, el lugar, la vestimenta, la pareja, influyeron para que las sensaciones fueran algo más intensas. Eso no lo puedo negar…

    Yo pensaba, por ejemplo, que no iba a poder recibir ese miembro en mi vagina y me emocioné mucho cuando vi cómo aquello entraba con facilidad. Mi sexo se dilató bastante, estaba muy lubricada, y el pene de ese hombre se insertó sin dificultad. La sensación fue bastante diferente a lo habitual. Era algo incierto, inesperado y novedoso. Y, cualquier cosa que sintiera, creo yo, se iba a magnificar. Yo también me sentí diferente, como más desenvuelta. Y cuando él entró en mí, me sentí totalmente llena y llegué a pensar que iba a sentir dolor, pero no, la expectativa se transformó en un intenso placer. No sé, la incertidumbre se transformó en seguridad y, al final, me pasó por la cabeza disfrutar las cosas como se venían presentando y ya. Creo que tal vez me liberé de prevenciones…

    ¿Dirías tú que se liberó la putita que llevabas dentro? Pues, dijo ella pensativa, si estamos hablando de tener otra actitud con relación a estar con otros hombres, y no sentirme limitada por el hecho de estar casada y comprometida en una relación monógama, sí. La verdad es que influye mucho el ambiente, lo que estamos viendo las 24 horas del día. Esto no es la realidad, muy diferente de nuestras rutinarias vidas, pero emociona, excita, libera y tal vez uno se deja contagiar y se da cuenta de lo que puede llegar a hacer si se lo permite. Al fin y al cabo, es una aventura que nos hemos permitido. Mañana estaremos enfrentados a otras situaciones y tendremos otra actitud. Por ahora, a donde fueres haz lo que vieres.

    Me contó que le había excitado mucho sentir la firmeza del pecho y musculosos brazos de Rolando y que, contrario, a lo que yo pensaba, la fascinación con el pene de aquel hombre no era el tamaño sino el sentir como crecía y palpitaba cuando ella lo tenía dentro de su boca. Eso la excitó, porque la hizo sentir con control y dominio sobre su macho. En fin, era un desborde de imágenes y sensaciones que experimentó y que, recordándolas, volvía a excitarla y desear que algo se repitiera. Y ¿Qué quieres hacer? Pregunté. No sé, algo diferente, siento curiosidad…

  • Estrenando pashmina (1)

    Estrenando pashmina (1)

    Durante dos semanas, Saúl me vio tejiendo, y pensó que era algo para mis nietas. “¿Haces un suéter?”, preguntó cuando la prenda empezó a tomar forma. “Es un pulóver”, le contesté y empecé a cantar ‘El pulóver que me diste tú, el pulóver, tiene una virtud: guarda el calor que me diste tú’, canción del italiano Gianni Meccia. “Ja, ja, es lo mismo”, dijo y luego me lanzó la etimología anglo sajona de los nombres ‘suéter’ y ‘pulóver’, además de los lugares donde se utilizaba. “…particularmente, y por eso la canción que cantas, se emplea en Italia y, de allí, vino a América por Argentina”, concluyó y tomó la prenda para sentir la textura. “¡Es cashmere!”, exclamó. “El estambre te ha de haber costado una buena suma”, dijo en un tono connotativo, como preguntando el valor. “Sí, pero vale la pena. ¿No te gustaría un suéter así?”, pregunté, poniéndolo sobre su pecho, extendiendo las mangas”. Sí, pero las mangas me van a quedar un poco cortas y está algo ancho para mí. “Es que no es para ti, así está bien…”, dije continuando mi labor. Saúl me vio a los ojos y lanzó una risa sardónica moviendo negativamente la cabeza y se retiró diciendo “pues lo vas a acabar mucho antes de que llegue el invierno”. “¡Na…!, el invierno ya llegó”, rumié para mis adentros, pensando en el hemisferio sur.

    Poco tiempo hubo para que Pablo hiciera trasbordo, apenas el suficiente para recogerlo del aeropuerto y llevarlo al hotel para echarnos un “rapidito”.

    –¡Tanto tiempo sin amarnos! –exclamé después de que nos besamos.

    –Pues aunque sea una cogida que te dé, porque en menos de tres horas tengo que estar otra vez aquí para salir rumbo a Argentina –explicó en el automóvil, además de la razón para estar con anticipación, y comentó sobre una escala técnica que el vuelo haría en Panamá– ¡Puf, lo que podrían ser diez horas de vuelo, quizá se conviertan en doce!

    –Acepto las venidas que quieras darme, mi amor –Dije metiéndonos a un hotel cercano.

    Apenas habíamos entrado al cuarto, el cual yo pagué a pesar de sus protestas, nos besamos repetidamente al tiempo que mutuamente nos desnudábamos. Ya encuerados se alejó un poco para mirar mi cuerpo, y me rodeó para verme por todas partes.

    –¡Sigues hermosísima! –Me dijo agarrando las tetas y poniéndose a mamar como becerrito.

    –Mentiroso, están más caídas –le contradije, disfrutando el placer que me estaba dando con sus manos y su boca.

    Me cargó para llevarme a la cama y allí su boca fue directamente a mi triángulo. Me abrió las piernas y olfateó los vellos antes de chuparme. Se entretuvo bastantes minutos y logró probar el flujo de las venidas que su lengua me provocaba.

    –¡Me encanta este olor y sabor de mujer hermosa que tienes! ¿Hiciste el amor en la mañana? –me preguntó, volviendo a saborear mi vagina y mirarme a los ojos, a lo cual respondí afirmativamente con la cabeza y cerré los ojos para gozar otra oleada de orgasmos– ¡Qué rico! A ver si así se me pasa algo de la sabiduría de tu marido –dijo sin remilgos, pues admira mucho a Saúl.

    –¡Me hubieras dicho, para exprimirle hasta los sesos, puto! –le dije tallando su cabeza en mi pubis.

    Me penetró de misionero, besando la boca y sujetándome un seno en cada mano para moverse con rapidez. Al sentir los viajes de su firme pene, grité de placer y lloré de alegría, viniéndome otra vez más. Pablo eyaculó tres chorros seguidos, cuyo calor me hizo gritar más y quedó exhausto sobre mí. Descansamos un poco con nuestras frentes y narices juntas, respirando el aire que salía de la boca del otro. Ya tranquilos, saqué de mi bolso el suéter que le había hecho.

    –Póntelo, quiero ver cómo te quedó –le pedí a Pablo, ayudándolo a que metiera su cabeza.

    Se puso de pie para acomodárselo bien y me modeló con él. “Se te ve muy bien, además te ayudará a soportar el frío invernal de aquel lugar”. Sonrió y volteó para verse en el espejo e hizo un gesto de satisfacción. “Ahora póntelo tú”, me pidió, “quiero ver cómo lo llenan tus tetas”. Me puse el suéter, el cual me quedaba muy bien, “Tu tórax y el mío miden lo mismo”, dije cuando se acostó y yo veía cómo me quedaba.

    “Ven a moverte arriba de mí” me dijo. Antes de montarme, tuve que chupar esa rica verga para que se pusiera rígida nuevamente. “Qué lindo se cuelga mi suéter contigo, mi amor” dijo mirando el vaivén de mis tetas moviendo el suave y acariciante tejido. Me moví hasta que me vine y me acosté jadeante sobre él. Pablo ya no se vino y volvió la flacidez a su miembro, hasta que se me salió. Miró el reloj y, dándome un beso se levantó para meterse a bañar. Volví a guardar el suéter poniéndolo esta vez en su maleta manual de viaje.

    Lo alcancé en la regadera, pero él ya había terminado. “sólo fue para quitarme el sudor, ya no hay tiempo para que te bañes, linda”. Tomé la toalla y lo sequé. Nos vestimos y salimos apresuradamente. Le indiqué que ya había puesto el suéter en su maletín, antes de darle el beso de despedida y le recordé que me avisara la hora en que nos veríamos a su regreso. Se puso el cubre bocas, bajó del auto y se metió al edificio del aeropuerto.

    De regreso, pasé al centro comercial a comprar otras madejas del mismo estambre, pues me había sobrado del suéter que le hice a Pablo y quise hacerme otro igual. Cuando llegué a la casa ya estaba Saúl haciendo algo de comer en la cocina. Lo saludé y vio que traía la bolsa con el estambre que había comprado.

    –Nena, te invito a comer, pues no alcancé a hacer algo, yo también acabo de llegar –me dijo y salimos.

    En el restaurante, me contó lo que había hecho y la razón por la que llegó con cierto retraso. Noté que cada vez que me daba un beso olfateaba mi cara, mis brazos y mi cuello. El mesero nos llevó la carta, la cual no leyó y mientras yo escogía me metió la mano bajo la falda. Cerré las piernas instintivamente. Él me miró, acercó su cara y me dio un riquísimo beso en la boca, el cual me hizo abrir las piernas y metió su mano en mi vagina. “¿Ya escogiste qué comer?, me preguntó y se llevó la mano a la nariz. “Sí, y tú”, pregunté. “También, ¿se te antoja una langosta?” contestó y lamió sus dedos. “¡Sí, eso!”, dije feliz por la opción. “A mí se me antojó jaiba, pero aquí no hay”, dijo volviendo a meterme la mano. No tuve duda que ya sabía lo que yo había hecho…

    “Por lo visto ya entregaste el pulóver, Nena”, dijo, como plática casual, mientras comíamos, pero yo me hice como que no escuche bien y comenté sobre la tercera ola de la pandemia. Saúl ya no insistió y continuó la plática con el pie que le había dado. Tomó bastante vino rosado, yo sólo probé una copa y él se terminó la botella. “Tú manejarás de regreso”, me dijo cuando le sirvieron la última copa.

    Al legar a casa, lo primero que hizo, después de lavarse las manos, fue sacar la botella de vino blanco que había dejado en la nevera al salir. La descorchó en la sala y, mientras se aireaba, llevó un par de copas.

    –¿Vas a seguir tomando? –le pregunté con preocupación.

    –Quiero que brindemos por el amor, mi Nena –dijo obligándome a sentar a su lado.

    Sirvió las copas, me dio una. “Brindo por la mujer más hermosa que ha existido sobre la Tierra”, dijo chocando su copa con la mía y se bebió de golpe su copa, ante mi azoro. La dejó y me comenzó a desnudar. Mi marido se sirvió una copa más y con cada prenda brindaba por cada uno de los hombres con quienes yo había hecho el amor, empezando por el primero, después de él: “Salud. Roberto, donde quiera que estés, descansa en paz que nosotros la seguiremos atendiendo muy bien”, dijo y me estremecí. Choqué mi copa y dije ‘Salud” sin poder evitar una lágrima y tomé todo el contenido. Él me sirvió más vino y yo estuve dispuesta a emborracharme.

    Ya sabía yo lo que seguía, se le notaba a Saúl una erección tremenda…

  • Cita con chica de Internet

    Cita con chica de Internet

    Conocí a esta chica por primera vez en persona cuando quedamos de ir a follar en su hora de descanso en el trabajo.

    Todo comenzó hace unos años, yo tenía 2 cuentas de Facebook: una personal y la otra para cotorrear. En esta segunda cuenta tenía agregadas más mujeres que hombres.

    Un día me salió como sugerencia de amigos esa chica, simpática y de bonito cuerpo. Entré a su perfil para ver más fotos pero no tenía muchas. De esas pocas me llamaron la atención algunas donde estaba vestida con minifalda y tacones o en vestido y tacones. Tengo que admitir que me excita ver vestidas así a las chicas.

    Le mandé solicitud de amistad y al poco tiempo la aceptó. Estuvimos platicando aproximadamente 1 mes hasta que por alguna razón tocamos el tema de ir a follar. Ella trabajaba cerca de la estación del metro San Lázaro en Ciudad de México así que me aventuré ir hasta allá.

    Aquella chica me comentaba que le gustaba arreglarse con vestidos y tacones, yo estaba excitado pensando en que la vería con esa vestimenta. Sin embargo, cuando llegué fue todo lo contrario. Iba vestida con un pantalón sastre que marcaba bien su culito redondo y sus calzoncitos, llevaba una blusa un poco escotada y zapatos de piso. De cualquier forma se veía muy bien.

    Pasamos rápido por unos condones a la farmacia y nos fuimos de volada a un motel que estaba por ahí cerca. Ya lo teníamos bien calculado.

    Al entrar a la habitación, ella cerró las cortinas porque había casas y edificios en frente del motel dando la vista hacia dentro. Me acerqué y la tomé de la cintura empezando a besarla muy rico.

    – Sabes algo. Soy virgen, estoy muy nerviosa. -comentó ella.

    – ¿En serio? Esto va estar muy rico. -contesté para después sonreír de una forma picarona.

    Pero la verdad es que no le creí absolutamente nada. Continuamos besándonos y nos empezamos a quitar la ropa. Cuando ella se bajó el pantalón pude ver que sus calzoncitos estaban mojaditos, eso me prendió bastante y en seguida me puse el condón.

    Se subió a la cama y me hizo señas para que la penetrara, no perdí más tiempo y me le fui encima. Sus gemidos eran tan ricos que mi pene quería explotar y sacar todo ese semen reservado para su rica vagina.

    Ella estaba muy lubricada y mi herramienta resbalaba delicioso adentro de ella. Aunque traía el condón podía sentir su cálida vagina.

    – Dámelo todo papi. -dijo ella mientras me la follaba de a perrito.

    Seguía gimiendo y yo quería sacar todo el semen pero me detenía a descansar unos cuantos segundos para después seguirla follando.

    Yo observaba en el espejo cómo la penetraba, ella se veía tan rica que me hacía estremecer todo el cuerpo.

    – ¡Más más más! ¡No pares! -gritaba ella.

    La empecé a follar más duro cuando me dijo eso, sus nalgas pegaban tanto que sonaban como chancla.

    – Qué rico me coges. -dijo entre sus pequeños gemidos.

    – ¿Te gusta? -le pregunté.

    – Sí, bebé. Me coges bien rico.

    Cambiamos entre varias posiciones hasta que la regresé nuevamente de a perrito. Yo estaba follándola con todas mis ganas mientras sus nalgas seguían sonando como chancla.

    El ritmo de la follada iba muy rápido hasta que por fin nos venimos juntos. Ella dio un pequeño grito de satisfacción, se acostó boca abajo en la cama dejando ver sus ricas nalgas y yo me acerqué a un lado de ella mientras acariciaba esas ricas nalguitas.

    Teníamos ganas de hacerlo otra vez pero ella tenía que regresar a su trabajo así que salimos del motel, ella tomó su camino y yo me fui al metro.

    Después de eso seguíamos platicando por Facebook pero de un día para otro me dejó de contestar. Aun así, lo bueno fue que no me quedé con las ganas.

  • La enfermera mamona

    La enfermera mamona

    Hace unos días, de paso por el norte del Perú, almorcé con unos amigos. En la sobremesa conversamos sobre el tema predominante en el país: el Covid y su impacto. Todos lo habíamos tenido, en mi caso relativamente grave, otro de mis amigos también en un nivel complicado. Sin embargo, lo interesante de la conversación fue la experiencia del padre de uno de ellos.

    Siendo amigos desde el colegio, conocía a su padre de las reuniones de muchos años atrás. Además, por su posición económica, cuando había que hacer algún aporte para alguna actividad de la promoción, siempre era de los primeros en hacerlo. Es uno de los padres más queridos por todos y siendo ahora muy anciano, cuando se puso mal, todos nos preocupamos. De hecho, nos alegramos cuando nos enteramos de su plena recuperación.

    Como muchos peruanos, decidió tratarse en casa. Su capacidad económica le permitía comprar el oxígeno, tener enfermera cuidándolo las 24 horas, pagar un médico itinerante y asumir el muy alto costo de las medicinas, por lo demás, escasas. En el norte del Perú, ir al hospital era casi imposible, por encontrarse en los momentos críticos siempre llenos y con un alto potencial de salir en una bolsa negra.

    Comentando sobre el tratamiento, mi amigo (su hijo), nos comentó que, para él, la causa de la cura había sido la enfermera que lo cuido de día, de 7 am a 10 pm. Una mega jornada. El resto de la noche lo cuidaba una técnica que ella había recomendado (con el compromiso de presentarse ella misma rápidamente si era necesario). Vivía a pocas cuadras así que era posible y por lo que nos comentó, no lo requirieron pues por las noches, con el oxígeno instalado, su padre dormía casi con normalidad.

    La habían contratado por un sueldo que nos pareció alto, pero que era lo usual en los momentos críticos de la pandemia. Además, le había prometido un “honorario de éxito” si el señor se recuperaba. Un honorario que nos pareció exorbitante. Allí se rio a carcajadas y volvió a afirmar que la curación de su padre no se debía ni al oxígeno ni al médico ni a las medicinas, sino a la enfermera.

    Nos mostró, en ese momento, fotos de ella y realmente era una venezolana de impacto. Un cuerpo de monumento griego y una carita morocha deliciosa. Le dijimos que con una enfermera así, cualquiera nos hubiéramos curado muy rápido. Tenía muchas fotos descargadas del Facebook de ella y tanto en traje de enfermera, como en traje de calle, era una mujer realmente notable. Todos estuvimos de acuerdo que ella curaba todo.

    Pero la sorpresa de la tarde no quedó en las fotos de la enfermera. Nos comentó minutos después, entre risas (le picaba la lengua por contarle a sus amigos, la cerveza la soltaba), que la enfermera, por recuperar a su papá (y cobrar el honorario de éxito) había hecho “de todo”.

    Pensé, pensamos, le había hecho “cariñitos” quizás algunos besitos. Pero nos dijo que no. Que mucho más que eso. Nos dijo que se le mamaba la verga a su viejo para darle ánimos y energías. Nos cagamos de risa, le pedimos se mande otra ronda de cervezas y que se deje de hablar pendejadas. Mandó por otra ronda de cervezas y tras ellas nos dijo “muchachos si ponen otra ronda, les enseño los vídeos”.

    Nos picó la curiosidad y mandamos por la nueva ronda. Pudimos ver los tres videos que tenía. Tomados con una cámara que habían instalado en la habitación de su padre, antes de contratar a la enfermera, para controlar su enfermedad durante las primeras etapas. Ella no sabía que la cámara existía y actuaba libremente. Ellos la habían olvidado.

    En una nitidez baja (lamentable) pudimos ver tres vídeos de algunos minutos. Se la veía acariciando al señor. El rostro y el cuello. Y luego, bajándole el pantalón de pijama y realizando la mamada. Unos 5 a 6 minutos de mamada, tras lo cual el viejo se veía reconfortado y ella iba al baño de la habitación a lavarse. No se oía nada, no se veía con nitidez, pero la escena era clarísima.

    Sólo tenía tres vídeos, pues cuando su papá empezó a recuperarse le comentó “ella me la mama hijo”. Tras la confesión de su padre, mi amigo recordó la cámara. Se tomó el tiempo de ver las últimas 24 horas de grabación (el tiempo que se guardaba el vídeo) y encontró el video del día anterior (donde hubo una mamada). Luego pudo conseguir dos más, de mamadas posteriores, antes que el eficaz tratamiento termine.

    Entre risas nos comentó que pago feliz el “honorario de éxito”. Cerramos la tertulia con un par de rondas más de cervezas.

  • Memorias de África (I)

    Memorias de África (I)

    Hoy hace un mes que llegué de vuelta de Ghana. Si al empezar aquel año me hubieran dicho que iba a terminar en ese país, le hubiera contestado a quien me lo hubiera comentado que estaba loco. Cuando mi jefe me dijo aquella mañana que tenía que irme allí al menos durante un año, casi me dio un mareo. ”¿Pero tenemos una oficina allí?”, me pregunté a mi misma cuando me quedé sola en el despacho. Pensé que era mejor ver el vaso medio lleno y que me alejaría de Las Palmas, que ya se me empezaba a hacer algo pequeña, sobre todo después de romper mi relación con Sergio.

    Aterricé en el aeropuerto de Accra un viernes por la noche en vuelo directo desde Gran Canaria. No llevaba mucho equipaje pues estaba previsto que a los quince días tenía que volver a Las Palmas para una reunión y comentar con mi jefe mis primeras sensaciones. Después de pasar el control de pasaportes y recoger la maleta de la cinta, salgo a la sala de llegadas donde supuestamente me esperaba un conductor puesto por la empresa. Me esperaba con un cartel y mi nombre escrito a mano.

    -Hello! I am Maria José, Frederick?

    -Puede hablarme en español señorita. Sí, soy Frederick pero puede llamarme Fredi

    -Vaya, gracias. No esperaba encontrarme con alguien que supiera hablar español aquí.

    Salimos de la terminal y el calor húmedo me dio una especie de bofetada. Fredi me llevó hasta el barrio donde residen la mayoría de los expatriados, diplomáticos y los ricos del país. Durante el trayecto Fredi me contó algunas cosas del país, como que para entenderme mejor con la gente tenía que usar su lengua nativa, el Twii, aunque para relacionarme en el trabajo y con los clientes de la empresa y hombres de negocios del país, podía usar el inglés sin ningún problema. El apartamento que me había escogido la empresa era amplio, estaba en la tercera planta de un edificio bajo. Un dormitorio, un baño, y un salón cocina bastante amplios. También tenía una terraza espaciosa y unas buenas vistas al mar… pero desde luego no era como mi pisito de soltera de Las Palmas.

    Cuando eres una expatriada en un país de éstos, te acostumbras a vivir como si estuvieras en una burbuja. Aquí no hay un Corte Inglés, un centro comercial donde mirar trapitos de marca o zapatitos monos; una terracita con las de la Playa de Las Canteras. Da igual la marca de los vaqueros que lleves, o si te pones unas gotas de j’adore o te conformas con un desodorante rolon de Mercadona… eso a la gente de aquí les da igual. Aproveché los primeros días para hacer como los animales de la sabana, explorar los alrededores de mi apartamento y poco a poco ampliar mi área de influencia. Aprendí a ir cómoda por la calle, es la mejor manera de combatir los más de 35º que hay aquí. Me atreví a meterme en los mercadillos y a vestirme casi como las mujeres del país. Como sabía que iba a ser imposible encontrar una pelu en condiciones, decidí antes de venir aquí cortarme el pelo y que mi esteticien particular (mi amiga Caro), me diera un buen repaso depilatorio. Fui conociendo gente y me creé un pequeño grupo de amigos. Salvo Fredi, eran todos expatriados, británicos, franceses, españoles y una chica canadiense que trabajaba para Médicos Sin Fronteras. Por Skype hablaba un par de veces a la semana con mi familia, y poco a poco me fui acostumbrando a ese tipo de vida.

    Aquella mañana mientras Fredi me llevaba al trabajo en su Peugeot 405 destartalado, me preguntó si me gustaría hacer una visita al interior, a conocer un lago que se llama Volta, ver animales salvajes, algo de la selva,. . . vamos una excursión de fin de semana, el domingo por la tarde estaríamos de regreso en Accra.

    -Eso sería estupendo Fredi, claro que me apunto. ¿Es seguro?, ¿no habrá por ahí gente de Boko Haram ni nada de eso, verdad?

    -¡Ja, ja, ja!, no señorita, esto es un país pacífico y estamos lejos de Nigeria que es donde está esa gente.

    Eso ya me tranquilizó. En el apartamento preparé todo para el día siguiente. Un chubasquero, unos shorts vaqueros para el calor, una camiseta, zapatillas cómodas, el repelente para los bichos y poco más, ya que Fredi me dijo que pasaríamos la noche en un campamento para turistas y allí tenían casi de todo, hasta duchas.

    Fredi fue puntual y a las 7 de la mañana ya estaba tocando al timbre. Cogí la bolsa y me subí a un viejo Toyota Land Cruiser tuneado que más bien parecía una jaula para pájaros con ruedas que un todo terreno japonés. Al salir de Acra cogimos una carretera bastante buena para lo que eran por aquellas tierras. Fredi aceleró y el aire aunque cálido, me dio en la cara. Las imágenes que salen en los reportajes de la tele se volvieron reales, ganado caminando por los arcenes, camiones y autobuses atestados de gente, pero sobre todo un paisaje verde y frondoso que casi te hace daño a la vista. Aprendí que allí el tiempo no vale para nada, que sólo los occidentales convivimos con ese trasto al que llamamos reloj. Por eso perdí la noción del tiempo y ni sé el tiempo que estuve metida en mis pensamientos mientras Fredi conducía. Cuando me desperté estábamos entrando en el campamento. Descargamos el Land Cruiser y Fredi me indicó la tienda donde pasaría la noche. Después de cenar estaba rendida, así que decidí darme una ducha rápida antes de meterme en el saco. Camino de la ducha que estaba a unos metros de la tienda escuché ruidos de ramas rotas y no voy a negar que me acojoné. Vete a saber que animales habrá ahí, pero ya que estaba fuera y con la toalla, decidí seguir con lo planeado, pero atenta a cualquier ruido por si tenía que salir a escape. Mientras colgaba la toalla en una rama que parecía puesta allí expresamente como toallero, sentí un fuerte golpe en la nuca… entonces perdí el conocimiento.

  • El Salitre

    El Salitre

    —Me voy al agua. ¿Vienes?

    —Ve tú. Yo voy en un minuto.

    Mi mujer se levanta y se dirige hacia el mar. Hace mucho calor, quizá demasiado para estar a mediados de Junio. Justo lo que andábamos buscando. Calor. Playa. Los dos solos por primera vez en más de 10 años. Los niños se han quedado con los abuelos y tenemos dos largas semanas solos ella y yo. Levantarnos a la hora que nos dé la gana, comer lo que queramos, echar siestas, salir a cenar, tomar unas copas, follar todo lo que no hemos follado en todo el año. Ese es el plan. Vacaciones al fin y al cabo.

    Me quedo mirando sus nalgas. Sus cachetes se bambolean de un lado a otro. Mi mujer tiene un tremendo culo, firme y prieto. 38 años y 2 partos después su culo sigue bien firme, sus tetas bien puestas, su cara de niña buena ha dado paso a un rostro maduro e inteligente. Su pelo negro acentúa sus facciones duras y latinas. A cualquier tío de esta playa le encantaría follársela, sin duda. Una Milf en toda regla.

    Lo mismo que yo está pensando un tipo sentado en unas de esas sillas portátiles de playa. Su mujer al lado lee alguna novela de moda entre las cuarentonas. Ella está a lo suyo y no se da cuenta como su marido le pega un buen repaso a mi mujer cuando pasa a su lado. Yo si me doy cuenta como le mira el culo. Seguro que esta noche se pajea pensando en el culo de mi mujer, o se folla a la suya mientras piensa en la mía.

    Guardo el momento en mi cabeza para sacarlo esta noche cuando follemos. Con un poco de suerte llegaremos al hotel algo achispados si nos tomamos alguna copa. Le diré como la miraban los tíos en la playa, le preguntaré si se ha dado cuenta de como le miraba el tipo de la silla el culo. Quizá acabemos follando fantaseando que el tipo se la folla aquí mismo en la playa detrás de una roca. Según la pille. A veces me sigue el juego. A veces no. Quizá me diga que no le apetece y que esta noche quiere follar conmigo y con nadie más. En plan romántico. Disimularé mi bajón y lo haremos lento. Ya me masturbaré al día siguiente pensando que se folla a cualquier tío. Buscando un vídeo en una página de una morena que se le parezca lo más posible e imaginando que es ella. Pero quien sabe, a lo mejor tengo suerte y me sigue el juego. Y echamos uno de esos polvos que tan cachondo me ponen. De esos que ya sólo echamos dos o tres veces al año.

    Pero para eso estamos aquí. Para levantarnos a la hora que nos dé la gana, comer lo que queramos, echar siestas, salir a cenar, tomar unas copas, follar todo lo que no hemos follado en todo el año. ¿No?

    En la noche vamos a cenar a un restaurante con buenas reseñas en Google. Tiene 4.7 estrellas así que nos da confianza. Además tienen una terraza con vistas al mar. Qué más se puede pedir. Después de todo el día al sol, entrando y saliendo del agua estamos hambrientos. Recién duchaditos. Guapos. Oliendo bien. Yo voy con unos shorts y una simple camiseta blanca lisa. Mi mujer se pone uno de esos vestiditos cortos de verano con tirantes en V, enseñando un poquito las tetas, lleva el pelo recogido, tienen un look juvenil, veraniego y fresquito.

    Comemos bien, bebemos vino, hablamos de los niños, del trabajo, de hacer estas escapadas solos más a menudo, de la mesa que ella quiere comprar para el jardín, de que quizá deberíamos construir una piscina en casa el año que viene… Las conversaciones de todos los días. Pero allí mirando al mar, comiendo pescado fresco, bebiendo un buen vino, sin el estrés del trabajo o los horarios de cada día. La empiezo a notar un poco achispada, yo mismo empiezo a estarlo. No pedimos postre y decidimos que nos apetece tomarnos una copa. ¿Por qué no?

    Salimos del restaurante y vamos andando por el paseo marítimo. Vemos varios chiringuitos al fondo. Música a tope, mucha gente joven e incluso colas para entrar. Ella odia este tipo de aglomeraciones y para ser sinceros, desde hace años, yo también. Supongo que estamos mayores para ciertas cosas.

    —Tomemos la copa en la terraza de la habitación.

    —Me parece bien.

    Realmente me parece bien. Ella ya va un poco tocada. Una copa más acabará de encenderla. Estando los dos solos podría salir alguna conversación subida de tono. Podré sacar el tema de como le miraba el culo el tipo de la silla de playa esta mañana, estando algo bebida ella podría seguirme el juego. Me volvería a preguntar porque me pone cachondo la idea de que folle con otros, como siempre no sabría que contestarle, con suerte acabaríamos fantaseando que ella se folla a un desconocido. Un buen y morboso polvo.

    Hace años que me conformo con eso. Sé que no va a pasar de verdad. Ella entra en el juego de la fantasía pero no lo va a hacer. En parte me frustra y en parte me alivia. Por mucho que me atraiga la idea tampoco estoy del todo seguro de si quiero que pase en la vida real. La verdad es que hasta me sorprende que me siga el rollo fantaseando. Supongo que lo hace por hartura. ¿Cuánto llevo intentando meterle la idea en la cabeza? ¿15 años? Al menos conseguí meter la fantasía en nuestra cama, le he mandado videos porno, relatos, le he pedido que chatee con otros. A todo decía que no al principio, pero poco a poco ha ido haciendo sus concesiones. No es más que un juego al fin y al cabo.

    Seguimos andando hacia el hotel, que está algo más metido en el pueblo, en una zona más tranquila. Andamos por calles estrechas, girando por aquí y por allá, ya nos sabemos el camino. En un momento dado sugiero girar por otro sitio. “Creo que por aquí puede ser más directo”. Probamos suerte. Ya casi no nos cruzamos con gente. Aquí no hay bares, ni restaurantes, o los pocos que hay ya están cerrados. Pero el destino hace que nos topemos con una pequeña terraza en una calle escondida. Un cartel de madera pintado a mano anuncia el nombre del sitio: El Salitre.

    Una pareja joven toma una copa. No hay nadie más. Es mi mujer la que sugiere. “¿Y si nos tomamos aquí la copa?“.

    Si, porque no. No va a cambiar mucho mis planes la verdad.

    Nos sentamos y esperamos unos minutos. Aparece un tipo que no tiene pinta de camarero y nos avisa que solo podemos tomar una. Que en 20 minutos cierran. Nos parece perfecto. La pareja de al lado paga y nos quedamos solos en la terraza. Ella pide un gin tonic, yo un whiskey con cola, seguimos charlando, ella está de buen humor, yo también, incluso empiezo a notar que ella está algo excitada, nos besamos esporádicamente y ella juguetea con su lengua húmeda dentro de mi boca, buena señal.

    Las copas se acaban y al poco aparece el camarero.

    —Tengo que ir cerrando pareja.

    —¿Te importa si voy al baño antes? – Pregunta mi mujer.

    —Si claro, no hay problema, está dentro.

    Mi mujer se levanta y va hacia el baño. El camarero va detrás para enseñarle donde está. Me fijo en él. No lo había hecho hasta ahora. Va mirándole el culo descaradamente. Quizá pueda usarle a él para nuestras fantasías en un ratito. Le abre la puerta a mi mujer caballerosamente, ella le sonríe y le mira con cierta timidez mientras se recoge el pelo por detrás de la oreja. Mmmm, ¿está flirteando? Cuando ella entra le vuelve a mirar el culo sin disimulo, de arriba abajo. Gira la cabeza y me mira a mi directamente. Me sonríe. Que cabrón.

    Ahora si me fijo en él. Es mayor, unos 45, tiene un punto entre hippy y marinero curtido en el mar, brazos fibrosos, piel extremadamente morena por el sol, barba tupida y algo desaliñada. El rostro algo rugoso y una nariz prominente. Lleva unos vaqueros desaliñados y una camiseta blanca que resalta su bronceado. Las mangas son extremadamente cortas y se ven las venas de sus bíceps cuando mueve los brazos. Sin duda es un tipo muy muy atractivo. Tremendamente masculino. Me sorprende no haberme dado cuenta antes.

    Mi mujer empieza a tardar demasiado. Por un segundo me imagino que el camarero se ha metido con ella en el baño y se la está follando a lo bestia. Solo de imaginarlo se me pone tiesa. También me entra cierta mala leche recordando su media sonrisa indisimulada mirándome a la cara. Esos sentimientos encontrados que siempre afloran con esta fantasía que me persigue.

    Entro en el bar. Evidentemente no se está follando a mi mujer, está lavando los vasos detrás de la barra, en el fregadero. Justo ella sale del baño.

    —Mira, si queréis os podéis tomar otra aquí adentro. Mientras yo voy recogiendo la terraza y ordenando un poco todo esto. Yo invito.

    La verdad es que me parece una propuesta algo rara pero mi mujer contesta sin pensarlo.

    —¿Seguro? A mi me gustaría si. Si para ti no es un problema.

    —Para nada. Sentaros y os sirvo lo mismo.

    Es un local pequeño. Tiene un punto hippy en la decoración, como él supongo. Dos o tres mesas con sus sillas con unos pequeños vasos ornamentados en el centro perfectamente colocados, parecen para tomar el té. Al fondo hay una pequeña zona de cojines con un gran sofá de estilo árabe. Se ven cachimbas por todos lados así que imagino que la gente viene a fumar lo que sea. Huele agradable. Una mezcla de inciensos, tabacos y quizá, un toque de marihuana. La iluminación es tenue, íntima, pero suficiente, muy agradable y relajante. Tengo que reconocer que el sitio me sorprende para bien, esperaba el típico bareto de pueblo.

    Nosotros seguimos a lo nuestro. Charlando y tomando nuestras copas. Sorprendo a mi mujer un par de veces mirando al tipo de reojo. Definitivamente le resulta más que atractivo. A mi reacción inicial de celos y cabreo le sigue un cosquilleo en mi polla. Me están entrando ganas de irnos ya para follar como conejos.

    A los 20 minutos o así el camarero nos pone otra ronda. No me lo esperaba. Pero ok. Está vez trae tres copas y se sienta con nosotros, justo a mi izquierda así que yo me quedo entre él y mi mujer.

    —Venga os invito a otra. Pero está vez me uno a vosotros. También tengo derecho a relajarme un poco jajaja.

    —Claro. – Contesta mi mujer.

    Parece que esto se alarga. Me entra un punto de cabreo. Si mi mujer sigue tomando no vamos a follar, caerá rendida en la cama. Que cagada. Pero que voy a decir. Me resigno y asiento con la cabeza.

    —Bueno presentémonos antes que nada ¿no? Mi nombre es Norbert.

    —Yo soy Verónica, encantada. – Responde mi mujer y le ofrece la mano.

    —Un placer – Le agarra la mano y se la besa gentilmente. Los dos ríen. A mi la situación me está empezando a poner nervioso. Siento que hemos caído en la tela de araña de este tipo. Pero bueno. Chorradas mías. Será el alcohol.

    —Yo soy Javier – Nos estrechamos las manos. La mía lánguida y sin fuerza. Él aprieta. Lo justo para mostrar firmeza. Sus manos son el doble que las mías. Fuertes y venosas. Me mira a los ojos directamente y yo los aparto algo intimidado. En unos segundos me arrepiento de haberlo hecho, es como si le hubiera dejado marcar territorio. Soy un capullo.

    Con todo la conversación fluye amigable y tranquilamente. El alcohol ayuda. La verdad es que conectamos rápido, parecemos viejos amigos que hace tiempo que no se ven. Hablamos de nuestros trabajos de los problemas del mundo, de la costa, la comida, lo relajante que es este sitio. Él nos cuenta un poco su vida. Hijo de madre alemana y padre español. Se divorciaron cuando él era pequeño y paso temporadas entre España y Alemania. Ha vivido en tres países diferentes. Paso unos años en Buenos Aires, en Múnich y en Madrid. Ha montado dos negocios y está dos veces divorciado. Ahora mismo está en una especie de año sabático. Se vino a la costa a pensar y replantearse la vida. Tiene un pequeño velero en el puerto en el que sale cada mañana a pescar algo. Sus empresas siguen dándole dinero así que no tiene problemas. Que erróneas son las primeras impresiones. Pensaba que era un hippy. Bueno supongo que es un hippy con dinero.

    En ese momento nos invita a la zona de sofás. Mi mujer empieza a ir bastante borracha y está a punto de caerse. Pero Norbert la agarra por la cintura evitándolo. Puedo ver como sus brazos se tensan al agarrarla. Vero le agarra el brazo a la altura del bíceps y puedo percibir como le palpa los músculos. Le sonríe y le da las gracias mientras ríen. Todo eso pasa en tres segundos. Para mi dura como 3 horas.

    Nos sentamos en los sofás. Yo al lado de mi mujer y Norbert frente a nosotros. Agarra una cachimba y la prepara.

    —¿Queréis fumar un poco? —Pregunta.

    —Si genial – Responde Vero extremadamente rápido.

    —Si os parece le pongo un puntito de marihuana, tengo una muy buena que es afrodisiaca. – Dice el hijo de puta sonriendo a mi mujer.

    —Para que luego lo paséis bien – Añade guiñándome un ojo a mi.

    Todos reímos la gracia. Aunque yo casi doy por descartado follar esta noche. Si mi mujer fuma de esa cachimba va a caer inconsciente. Aunque bueno lo mismo Norbert no está jodiendo y es de verdad afrodisiaca. Veremos. De momento todos fumamos y bebemos.

    La noche avanza y seguimos charlando, bebiendo y fumando. Norbert pone algo de música y mi mujer y yo nos levantamos a bailar. Nos estamos divirtiendo la verdad. Norbert es un tipo simpático. Le pide un baile a Vero y ella se lo concede. Sólo nos divertimos claro. Yo me siento a mirarlos bailar. Él le pasa la mano por la cintura. Ella por el cuello. La verdad es que me pone cachondo la escena, no lo niego. Veo a mi mujer muy suelta con él. Puedo percibir que el tipo la atrae. Normal. Es guapo, atlético, maduro, atractivo, tienen dinero, despreocupado y algo canalla. Seguro no tiene problemas para acostarse con millones de mujeres. Mientras miro como la mano de Norbert empieza a bajar un poco más de la cuenta, allí donde la cintura se empieza a transformar en culo, me viene a la cabeza una frase que me ha dicho Vero unas cuantas veces. Mira, si surge la situación apropiada con el tipo apropiado podría hacerlo. Esto me lo ha dicho en frío más de una vez. No en una de esas conversaciones con el calentón. ¿Y si está es la situación y tipo apropiados? Me quito la idea de la cabeza. Creo que la marihuana me está empezando a hacer pensar gilipolleces.

    Me levanto y me voy al baño. Les dejo bailando. Sólo es un baile inocente con un tío simpático, nada más. Aun así hecho un vistazo escondido desde el pasillo. A ver si pasa algo no estando yo delante. Pero no, no pasa nada especial. Pero justo cuando me canso y me doy la vuelta veo que la mano de él baja a su culo. Ella no se la quita. Se queda ahí un rato. No veo bien desde la distancia. Pero estoy casi seguro que la aprieta las nalgas con las dos manos y ella le dice algo a la oreja. Joder. Decido entrar en escena y justo se vuelven a sentar uno frente al otro. ¿Me habré imaginado lo de las manos? Estoy más colocado de lo que pensaba.

    Me siento con ellos y le pregunto a Norbert por el bar mientras pasamos de nuevo la cachimba. Mi mujer le da un buen tiento y tose un par de veces. Él me responde que el bar casi lo montó por no aburrirse, más allá de salir a pescar por las mañanas no tenía mucho que hacer. Además el bar es una manera excelente de conocer gente interesante. Como vosotros, añade.

    —Seguro que has conocido a muchas mujeres atractivas en este bar. – Suelta Vero.

    La pregunta me pilla con la guardia baja la verdad. Me quedo un poco de piedra. Vero empieza a estar bastante colocada. Se le está yendo de las manos.

    —Jajaja. La verdad es que si. He conocido a varias mujeres hermosas en este bar. No te voy a engañar.

    —Y seguro que te has follado a unas cuantas en este mismo sofá.

    Que cojones. Ahora si que creo que tenemos que irnos al hotel. En cuanto acabemos esta copa cerramos el chiringo. Pero sólo lo pienso. La verdad es que estoy callado sin decir nada. La conversación ahora es entre ellos. Yo estoy fuera.

    —¿Quieres la verdad o me invento alguna historia? Jajaja

    —La verdad, evidentemente. – Le sonríe y se vuelve a pasar el pelo por detrás de la oreja. Joder ¿qué hace?

    —Mira Vero. La verdad es que me he follado a unas cuantas en ese mismo sofá donde tú estás sentada. Mujeres de todas las edades, de los sitios más variopintos. Más de una mujer casada con ganas de probar algo nuevo. Mujeres casadas con pinta de no haber roto un plato en su vida. Esas son las mejores en la cama. ¿Verdad Javier?

    Yo ahora estoy en shock. No proceso muy bien que está pasando. Quizá es la marihuana que me hace ver todo distorsionado. Esto es solo una conversación amistosa entre amigos algo colocados. La típica charla algo subida de tono y nada más. Enseguida nos iremos al hotel y mañana echaremos un polvo imaginando que este tipo se folla a mi mujer aquí mismo.

    —Si esas son las peores jajaja.

    No sé ni porque me río. Soy el único que lo hace. Sueno bastante patético en realidad. Fuera de lugar. En verdad nadie me mira. Ellos siguen en su conversación.

    —Te voy a contar algo que no te vas a creer. Pero te juro que es completamente cierto. – Sigue Norbert. – Una pareja gringa vino aquí una noche y acabamos así como estamos ahora nosotros. Pero el marido estaba tan borracho y colocado que se quedó profundamente dormido. Su mujer y yo estuvimos follando toda la noche por todo el local, con el marido aquí al lado, roncando como un bebé. Incluso nos sentamos a echar un polvo al lado suyo. El tipo botaba en el sofá con nuestros movimientos y no había manera de que despertará. Es lo más morboso que he hecho en mi vida.

    —Nooo, jajaja, no te creo, eso es mentira.

    —Te lo juro. Es cierto.

    —Te voy a contar yo otro secretillo.

    ¿Qué cojones le va a contar ahora? Debería parar aquí esto y largarnos de una vez al hotel. Vero no tiene historias ni la mitad de locas de lo que acaba de contar este tipo. Estoy muy nervioso ahora mismo. Pero reconozco que la historia que acaba de contar Norbert me la ha puesto medio tiesa. Joder y seguro hoy ya no follamos.

    —Mi maridito aquí donde lo ves tan serio y tan educado tiene la fantasía de ver como me follan bien follada delante de él.

    Estoy en shock. ¿Qué coño le acaba de decir a este tipo que acabamos de conocer? ¿De verdad le acaba de soltar lo que he oído? No me lo puedo creer. Me quedo mudo, avergonzado, petrificado. Vero se acerca a mi y comienza a darme besitos tiernos en la cara. Por un segundo me agarra la polla por encima del pantalón. Me doy cuenta de que esta tiesa como una roca.

    —¿Verdad cariño?

    Hay un silencio incómodo. Norbert nos mira sin decir nada, pero medio sonríe con cierta malicia. Yo no digo nada, estoy mudo. Mi mujer no tiene más que añadir.

    —Tengo que ir al baño.

    Vero rompe el silencio y se dirige al baño. Nos quedamos Norbert y yo sin decir nada. Yo miro para otro lado. Me da vergüenza mirarle a la cara después de lo que acaba de soltar la borracha de mi mujer. Pero él me hace una pregunta.

    —Voy a preguntarte algo Javier. Y quiero que me contestes sólo con un Si o un No. Nada más. Sin razonamientos ni explicaciones. ¿Está bien?

    —Si, está bien. – Respondo dócilmente.

    —¿Quieres que me folle a tu mujer ahora mismo?

    Llevo viendo las señales toda la noche y no he sido capaz de asimilarlas. Por primera vez en 15 años se me presenta la posibilidad de cumplir mi más oscura fantasía. Y mi mujer, el alcohol en sus venas y la marihuana en su cabeza, parecen más que dispuestas a hacerlo. Se me revuelve el estómago. Debería decirle a este tipo que acabamos de conocer que si está loco. Parar todo esto y volvernos al hotel. Seguir en nuestro mundo de fantasías y nada más.

    Debería decir NO.

    A la vez me vienen a la cabeza las miles de pajas que me he hecho pensando en este momento, las miles de veces que le he dicho a Vero que lo haga, que se folle a quien quiera y luego me cuente los detalles. Las millones de veces que me ha seguido el rollo imaginando que otro se la folla delante de mi.

    Debería decir NO.

    Hago un repaso mental de todas las veces que lo hemos hablado, desde su rechazo en los primeros momentos a ir entrando poco a poco en la fantasía. Como según pasaban los años ella me seguía el juego. Me doy cuenta que últimamente ha confesado varias veces que ha estado tentada de hacerlo realidad más de una vez. Me doy cuenta que nunca pensé que fuera verdad lo que decía. Sólo un pasito más en nuestros juegos. Quizá si que estuvo flirteando con su profesor de Yoga. Quizá si que estuvo pensando en follárselo como hacen varias de sus alumnas casadas.

    Debería decir NO.

    Joder soy un capullo. Yo pensando que era un juego. Y aquí estamos ahora. ¿No es lo que llevo años deseando? Metiéndole la idea en la cabeza a mi mujer hasta que también ella, ahora me doy cuenta, en un momento de iluminación provocado por la marihuana, lo ha acabado deseando.

    Debería decir NO.

    Pero y si sale mal. Y si todo esto es un tremendo error. Estoy mareado. Demasiado borracho. No quiero contestar, quiero irme. Pero de mi boca sale una sola palabra como Norbert me ha pedido. Una palabra que yo no puedo controlar, sale de mis cuerdas vocales sin que pueda pararla.

    —SI.

    Mi mujer sale del baño poco después. Se coloca un poco el vestido. Me doy cuenta de lo buena que está y de la pinta de zorra que tiene ahora mismo. Con la carita en un estado de felicidad y relax que no le había visto nunca. La piel morena por el sol y brillante por el sudor provocado por el calor del local. Las tetas asomando por el escote del vestido veraniego que lleva puesto y acentúa las redondeces de su tremendo culo. Claro que Norbert se la quiere follar.

    —¿Por qué no pones otras tres copas Javier? Llevo toda la noche preparándolas yo, me merezco una recompensa jajaja.

    Le hago caso. Preguntándome ahora que. Por un momento estoy seguro que si el intenta algo con mi mujer él le va a rechazar. Claro, estoy completamente seguro. No sé porque me pongo nervioso. Me meto detrás de la barra y empiezo a servir hielo en los vasos. Agarro el whiskey para Norbert y para mi y la ginebra para mi mujer. Ella se levanta y se sienta al otro lado de la barra, frente a mi en uno de esos taburetes altos.

    —No me la cargues mucho que ya voy muy ciega.

    Norbert se levanta y se acerca a Vero por detrás. De repente le pasa los brazos por la cintura y empieza a besarle el cuello lentamente. Me tiemblan las manos mientras sirvo las copas. Ahora es cuando ella debería apartarle. Pero no lo hace. Ella le acepta. Entorna los ojos sin dejar de mirarme. Norbert empieza a subir las manos por su cuerpo, le agarra las tetas sin pudor y empieza a masajearlas. Cada teta en una mano. Las sube arriba y abajo con sus manazas, ella gira la cabeza buscando su boca, se morrean en plan guarro, sacando las lenguas y metiéndosela en la boca hasta el fondo. Un beso húmedo y caluroso. Sus cuerpos sudan. Mi mujer se contonea como una gata. Él le da la vuelta a la silla y ahora les veo de medio lado. Siguen su húmedo beso y ahora él le empieza a levantar el vestido. Le agarra los dos cachetes del culo, mete sus manazas por debajo de las bragas y le masajea con fuerza las nalgas. Ella respira entrecortada, suelta pequeños jadeos.

    —Mi marido no está inconsciente. Va a tener que ver como me follas. – Le dice Vero mientras me mira a mi a la cara.

    —No te preocupes, vamos a darle un buen espectáculo.

    Con un movimiento rápido le saca su vestido por encima de la cabeza. Le desabrocha el sujetador y lo tira a un lado. Se aparta para contemplarla unos segundos. Ahí delante suya. En todo su esplendor. Sólo con las bragas puestas y sus sandalias de tacón. Prácticamente desnuda frente a este tipo que acabamos de conocer. Con cara de puro vicio mientras se muerde el labio inferior. Bruscamente se abalanza sobre ella. Le da la vuelta a la silla y pone a mi mujer frente a mi. Con una mano le agarra por el cuello suavemente. La otra empieza a meterla por debajo de sus bragas. Le empieza a masajear el coño frente a mi. Empieza a meterle los dedos.

    —Joder estás completamente empapada zorrita. Te mueres de ganas de que te folle bien follada.

    ¿Acabe de llamarla zorrita? En la vida le he dicho cosas así en la cama. Creo que tampoco la he puesto tan cachonda como está ahora mismo. Yo sigo paralizado mirando la escena. Las copas ya están servidas. Obviamente nadie se las va a beber ya. Pero yo sigo ahí, detrás de la barra. Sin hacer ni decir nada. Mientras Norbert mete los dedos en el coño empapado de mi mujer, hablándole como si fuera un vulgar putilla.

    Ahora le mete los dedos en la boca, ella los chupa lujuriosamente como si fuera una polla. Le está follando el coño con los dedos de su mano izquierda y la boca con los de la mano derecha. La levanta de la silla y la apoya en la barra frente a mi. Le baja las bragas y se saca la polla. Enhiesta, dura como el acero. Una polla no mucho más larga que la mía, pero como tres veces más gorda. Llena de venas. Por supuesto tiene un pedazo de rabo. No me sorprende. Sin avisar y sin pensarlo se la clava en el coño a mi mujer. No necesita hacer ningún esfuerzo. Entra sola. Como un cuchillo en mantequilla derretida.

    Siempre me imagine que en una situación así antes habría una paja, una mamada, él le comería el coño… pero en apenas 5 minutos ya se la ha metido hasta el fondo. Ni siquiera empieza despacio y suave. Le da bien duro desde el principio. Oigo el chapoteo de su polla entrando en su coño húmedo, sus pelotas golpeando violentamente contra su culo en cada embestida, los gritos de mi mujer pidiendo polla desesperada. El olor a sexo, sudor y flujos invade toda la estancia y se mete en mi nariz, reconozco los olores de mi mujer mezclados con los de este macho. Tengo la cara de Vero apenas a 15 cm de la mía. Veo su cara retorcida de placer, siento sus aliento caliente y lujurioso golpeándome la cara mientras él la folla con todo.

    Me doy cuenta que me estoy magreando la polla por encima del pantalón, ya no me importa un carajo. No he estado tan cachondo en toda mi vida.

    —¿Te gusta mi polla putita? ¿Te gusta cómo te la meto? Díselo a tu marido que lo sepa. Vamos díselo!

    —Me encanta tu polla, no pares de follarme joder, me llena entera, dame duro Ahh Ahh, joder no pares…

    —No me lo digas a mi díselo a tu marido. Dile lo zorra que realmente eres.

    —Ahhh si soy una puta. Mira como me folla cariño, mira como me la mete, Aahhh joder me encanta su polla. Me voy a correr, joder no pares ahora, me corrooo, me corro, Ahhh…

    Grita como una posesa, se tapa la boca con la mano para intentar amortiguar sus gritos como si alguien pudiera oírla, viendo como grita la verdad deben estar oyéndola en toda la calle. Se corre largo, está corriéndose casi dos minutos y él no para de bombearla duro, veo como le tiemblan las piernas, como se le contrae la cara. Está a punto de llorar de placer. Este tipo sabe como manejar su polla, como follarse a una mujer.

    Ella cae rendida encima de la barra, jadeante, temblorosa, casi no se tiene en pie. Él le saca la polla de un tirón, no se ha corrido así que esto no se ha acabado. La agarra de la mano y se la lleva a los sofás de antes, donde fumábamos la cachimba, donde alardeaba de haberse follado a todas esas mujeres y donde ahora está llevando a la mía. De la mano, sumisa y entregada detrás de él. Yo por fin salgo de mi parálisis y voy detrás de ellos. Me siento en frente para poder verlo todo, no molesto, intento no ponerme por medio.

    La sienta en el sofá y él se queda de pie, con su gorda polla erecta frente a la cara de Vero.

    —Abre la boquita putilla. Saca la lengua.

    Ella obedece y el empieza a darle pollazos en la lengua. Yo sólo había visto algo así en videos porno, ni se me ocurriría habérselo hecho a mi mujer. Pero alli está ella. Recibiendo pollazo tras pollazo. Ahora se la restriega por la cara, es tan gorda que casi le cubre el rostro completamente. Ella la huele lujuriosa. La agarra y empieza a pajearle despacio. Le da lengüetazos alrededor del capullo. El levanta el tronco de su polla y ella le empieza a comer las pelotas, se las chupa y las devora, se las mete enteras en la boca sin para de pajearle mientras.

    —¿Notas mis pelotas llenas de leche? Es toda para ti, vas a sacarme hasta la última gota.

    Me doy cuenta que ella empieza a tocarse el coño mientras chupa. Conmigo nunca se toca mientras lo hace. No puedo evitar comparar cada detalle. Y siempre salgo mal parado en la comparación. Vero vuelve a chuparle el capullo. Se lo mete en la boca, mientras le masajea las bolas. Cada vez se mete más polla en la boca, no sé ni como le cabe algo tan jodidamente gordo. Empieza a mover la cabeza rítmicamente. Adelante y atrás. Menuda mamada le está pegando.

    —Joder tu mujercita si que sabe como dar una buena mamada, voy a llenarle esa boquita de leche. ¿Te deja correrse en su boca?

    —No, en las tetas o las nalgas a veces. – Respondo sumiso.

    —Pues yo le voy a llenar esa carita y esa boquita. Ya verás como le gusta.

    Justo le agarra la cabeza por detrás y empieza a moverse rítmicamente. Ya no es una mamada, le está follando la boca, cada vez más rápido, cada vez mas duro.

    —Traga polla putita, que tu marido vea lo bien que lo haces.

    Le da duro y duro y duro. Mi mujer mientras se pajea a toda velocidad, se magrea el coño húmedo y abierto mientras le folla la boca. De repente él le saca la polla de la boca y empieza a pajearse a toda velocidad frente a su cara.

    —Abre la boquita.

    Ella obedece todo lo que le dice, saca la lengua para recibir todo lo que le eche. Está bien abierta de piernas masajeándose el coño a toda velocidad, un poco inclinada hacia atrás y con las tetas enhiestas, los pezones completamente empitonados. La polla de Norbert a 5 cm de su cara.

    El primer lefazo va directo a su lengua, un buen chorro de semen que se le escurre por la boca. A ese le siguen muchísimos más, como si Norbert no se hubiera corrido en meses. Le llena el pelo, la cara, las tetas… ella recibe cada gota con gusto, se relame y se mete los dedos en la boca, juega con su leche mientras se sigue masturbando sin parar. Esta noche la he visto hacer todo tipo de guarradas, pero esta es una de las que más fuerte se quedará grabada en mi cabeza. Ella sentada con las piernas abiertas, metiéndose los dedos en el coño desesperada, con toda la cara y el cuerpo chorreando semen y sudor de otro tipo. Gritando de placer mientras se corre de nuevo, largo otra vez, eterno.

    Se acerca a mi gateando como una perra. Se relame. Se limpia un poco el semen de su cara. Pero le sigue cayendo por todas partes, un chorretón se escurre por sus tetas y gotea en mi pantalón.

    —¿No te has hecho una paja mirando cariño? ¿Es que no estás cachondo de verme así? Como siempre has deseado.

    Me agarra la polla a través del pantalón. Me muero de ganas de pajearme. Si. De correrme como un loco viendo la escena. Pero sé que me voy a sentir como una mierda cuando lo haga, así que prácticamente no me he tocado durante todo este tiempo. Aguantando estoicamente. Aunque seguro se me volvería a poner tiesa viendo así a Vero. Al menos ya se acabó y nos iremos al hotel.

    Pero entonces Norbert le agarra las nalgas desde atrás. No me lo puedo creer, le mete la polla en el coño de nuevo. Se acaba de correr y se la está clavando otra vez. Hijo de puta. Ella gime automáticamente cuando siente su polla dentro. Tiene su mano en mis rodillas y su cara a dos centímetros de mi mientras él la embiste una y otra vez. De repente le cambia la cara, cierre las ojos y se queda con la boca abierta. Norbert le está metiendo un dedo en el culo.

    —¿Te folla el culo tu marido?

    —Nooo, —jadea.

    —¿Con este culazo que tienes nunca te lo ha follado? Hay que joderse.

    No me puedo creer que se la va a meter por el culo. No le va a dejar, imposible.

    —¿Quieres que yo te la meta por el culo zorrita?

    —Si. Si joder. Rómpeme el culo.

    Ya no me queda capacidad de sorpresa a estas alturas. Cuando creía que esto había acabado resulta que todavía queda que le taladren el culo a mi mujer. Mi polla está a punto de explotar, creo que podría correrme sin tocarme.

    —Ahhh despacio joder. Duele.

    —Tranquila, ya verás como entra toda entera en tu culito.

    Veo como introduce el capullo de su polla en el culo de Vera, va despacio, poco a poco, metiendo cada vez un poquito más, la cara de mi mujer es de aguantar el dolor, se muerde los labios. Otro poquito. Y otro. Le escupe en el culo para lubricarlo. Otro poco más.

    —Ves ya está enterita dentro. Hasta las pelotas. Tienes el culo lleno de polla. Ya te lo dije.

    Ahora empieza el mete saca. Primero despacio. Cada vez más rápido según se le va dilatando. Vera ya no tiene cara de dolor, le están rompiendo el culo y le encanta. Su cara es de jodida viciosa. Mirándome a la cara apenas a dos centímetros de mi. Con semen en su pelo, en sus mejillas, aun chorreando por su tetas. Me besa. Sucio. Con lengua. Húmedo. Noto cada embestida que Norbert le da en el culo en su aliento. Cada vez que las pelotas golpean sus nalgas ella expulsa el aire caliente en mi boca. Me trago sus jadeos. Cada vez le da más fuerte, más rápido, cada vez ella grita más de placer.

    —Voy a llenarte el culo de leche.

    —Si, lléname entera, me estoy corriendo otra vez joder. No pares, rómpeme el culo, rómpeme el culo, rómpeme el culo, llénamelo de leche, si joder, si joder…

    Ella se corre largo otra vez, el explota, le llena el culo de su leche caliente. Yo no aguanto más. Aunque no me toco mi polla revienta, me corro a borbotones en la ropa interior. Justo a la vez que Norbert le llena el culo de leche a mi mujer, justo a la vez que ella se corre por no se cuanta vez esta noche.

    Después de eso cada uno se recompone como puede. Mi mujer intenta limpiarse algo en el baño y se vuelve a poner el vestido. Yo me siento asqueado con la corrida dentro de la ropa interior, pegajoso. Pero menos humillado de lo que pensaba que me sentiría. En realidad ha sido increíble. A Norbert parece que todo se la suda y fuma tranquilamente de su cachimba. En pelotas, con la polla aun chorreando con los jugos de mi mujer. Como si hiciera esto todos los días. Ella se acerca y le da un morreo de despedida. Largo. Por un momento pienso que van a volver a follar. Pero ya nadie puede más.

    Por fin salimos de allí y nos vamos al hotel, menos mal que está al lado, no sé qué pinta podemos llevar. Pasamos lo más rápido posible por recepción. Llegamos a la habitación. Vero está exhausta y no piensa ni en ducharse. Se quita la ropa y se tira en pelotas en la cama, está dormida en 5 minutos. Me siento a su lado. Se ha limpiado de pena y tiene el cuerpo lleno de semen de Norbert. De su culo sale un chorro de leche. Me empalmo otra vez. Me hago una larga paja mirando a mi esposa dormida y bien follada.

    Al día siguiente apenas hablamos del tema. Pero en la noche volvemos a beber vino. Acabamos de nuevo en El Salitre. Norbert se folla a mi mujer de nuevo de todas las maneras posibles. Y así la siguiente noche. Y todas las noches que nos quedan de vacaciones. Incluso un día Vero se va con él en el barco. Yo no voy. Pasan el día juntos. Luego me cuenta todos los detalles mientras me hace una paja en la habitación. Han estado todo el día follando. Hasta se han cruzado con un barco de pescadores y él la ha seguido follando en cubierta mientras los miraban y jaleaban.

    Las vacaciones se acaban. Volvemos a la vida real. Durante semanas follamos como locos recordando cada detalle. Los días pasan. Llega el frío. Yo creo que he abierto la caja de Pandora y le sugiero encontrar a alguien que se la folle aquí en la ciudad. Me manda a la mierda. Dice que cosas así sólo pasaran en momentos muy especiales, como en las vacaciones, en otro mundo diferente al nuestro. No aquí. Volvemos a lo de siempre. Algún que otro polvo cuando se puede y fantasear un poco con este o el otro.

    A veces la miro hablando con los vecinos, preparando la comida porque vienen los abuelos, regando las rosas de su jardín o saliendo de su oficina con algunos compañeros cuando voy a recogerla y me viene a la cabeza su imagen con las piernas abiertas masturbándose como loca llena de semen por todas partes. Y pienso. No tenéis ni idea de lo puta que puede ser. Se me pone tiesa y tengo que cambiar de pensamiento. Me volveré a hacer una paja pensando en eso en la noche.

    Ya paso la Navidad y el verano parece más cerca. No se porque no lo había hecho hasta ahora pero busco El Salitre en Google. Me sorprenden muchísimo las 5 estrellas. Leo las reseñas. Casi todas de mujeres. Algunas tienen fotos en sus perfiles, todas son atractivas de una manera o de otra. Me pregunto si se ha follado a todas. “No dejes de visitar este lugar, Norbert es un encanto, te hace sentir plena, las mejores vacaciones de mi vida…” todas hablan maravillas. Si, seguro que se ha follado a todas y cada una.

    Sigo mirando y leo una última reseña.

    “Este bar es una joya. Aquí se cumplirán todos tus deseos. Gracias Norbert. Sin duda volveremos a vernos el verano que viene. No puedo esperar”

    Es de Vero, mi mujer.

  • Soy la puta de Carlos (Mi primo)

    Soy la puta de Carlos (Mi primo)

    Soy una chica trans, debo confesar que mi primo me hizo su mujer. Me gusta vestirme muy provocativa y siempre con la ropa muy pegada, notándose mi gran culo, siempre haciendo notar mi tanga o hilo, mis tetas son pequeñas aún.

    Llegué a casa (mi primo es mi vecino) cuando bajé para abrir el zaguán, él estaba ebrio… me dijo “prima llévame a comprar alcohol”, accedí. Cuando íbamos en camino, me dijo “sabes me gustan tus piernas, y tu culo, quiero que me des una mamada”, se bajó los pantalones y me mostró su trozo enorme de carne.

    Me molesté demasiado y le dije “estás loco, somos familia” y respondió: “no te hagas la santa porque eres toda una puta, crees que no sé que eres la puta del pueblo, se las das a otros pues también serás mía”.

    Detuve el auto, quería salir corriendo, me abofeteó y me jaló del cabello, y puso mi boca en su miembro, era enorme, venoso y duro como roca, la tenía súper dura y no pude contenerme. Se la chupé como si fuera la última verga que tendría en la vida, me pidió que bajara del auto, me levantó el vestido, cuando vio mi liguero enloqueció, que me la dejó ir en seco, el dolor se volvió placer, nunca un hombre había durado tanto como él, solo pedía que ya terminara.

    Se vino demasiado que me dejó las piernas temblando, me dijo “eres maravillosa Sharon, a partir de hoy serás sólo mía”, lo besé fuimos por el alcohol, llegamos a la cuadra donde vivimos y me pidió detuviera el auto, bajamos y comenzamos a beber con unos amigos de él, la noche apenas comenzaba, yo era la única hembra en medio de 8 hombres… espero sus comentarios para Parte 2.

    (Me hacen sentir muy puta, los comentarios sucios y obscenos).

  • El regalo: Un antes y un después (Vigésima séptima parte)

    El regalo: Un antes y un después (Vigésima séptima parte)

    Habían transcurrido por lo menos diez minutos desde que mi esposo Rodrigo y Paola, –su bella compañera de trabajo– se habían marchado del piso para pasar toda la madrugada juntos. Y yo, seguía allí de rodillas, tan desnuda y devastada, llorando sin poder detener la marea que empapaba mis mejillas y respirando agitada sin conseguir la calma. Por supuesto también con tantos pensamientos como remordimientos, sobre la alfombra de mí sala de estar. Completamente sola y tan… ¡Desconsolada!

    Nunca pensé que todo fuera a terminar de esta manera. Intenté salir de caza en medio de la espesura de sentimientos, en la mitad de esas intranquilas sensaciones y simplemente no pude. Había caído en la trampa, una muy bien preparada por mi esposo y con la colaboración de su amante. ¿Pero cómo iba yo a saberlo? ¿Cómo poder adivinarlo? Rodrigo me había sorprendido aquella noche con una velada inesperada y yo, sencillamente me había hecho a la idea de que al volver a mi hogar y enfrentarme a él después de todo lo ocurrido, seria recibida por mi marido con centenares de reproches, algunos injustificados insultos o como aquella primera vez, con su dolorosa indiferencia. Nunca se me pasó por la mente aquella «amorosa» bienvenida.

    ¡Me sorprendió! Esa fue la amarga verdad. Descolocando mis pensamientos y de paso, mandando a la mierda todo el discurso que aquella tarde junto a mi amiga Amanda, habíamos preparado. Porque en sus brazos me refugié después de reconocerme que el préstamo del dinero era para quitarme en parte la preocupación de los gastos que apremiaban mi hogar, –la otra usada para mi nuevo ajuar– aunque ese nido de amor estuviera roto por las mentiras de un hombre que mi amiga, –sin conocerlo realmente– había colocado en un pedestal primero y luego ella misma con sus propios ojos y medios lo bajó de ese lugar. —Hombres, tesoro. ¡Todos son la misma mierda!–. Me dijo entregándome el dinero envuelto en un sobre de papel.

    ¡Sí! Amanda me reveló como días atrás, en aquella misma discoteca, mi esposo se había citado con aquella joven con quien compartía ella el piso y que por lo visto tuvo claros visos de una infidelidad de Rodrigo, si ella no se hubiera anticipado. Pero quedó marcado en mi corazón ese otro intento de traición. ¡Ojo por ojo y diente por diente! Infidelidad pagada con otra traición.

    Una botella de Vodka con etiqueta roja, una cubeta con hielo, rodajas de ácido limón, hojas de verde menta y solo dos vasos. ¡Dos!, no tres. Y las velas rojas que iluminaban aquella sala, creando un ambiente cálido y especial, uno que creí tan romántico. Asombrada completamente, cuando abrí la puerta del piso y supuse que todo aquello, era una forma de pedirme perdón y «hacer las paces». Porque todo tengo que decirlo, y es que Rodrigo siempre ha sido un alma noble y por sus venas fluye la sangre de un romántico empedernido. En extremo detallista y desgraciadamente para mí, muy calculador.

    Observé a mí alrededor, las tiras rasgadas del papel que momentos antes envolvió tentadoramente, aquel «inolvidable» regalo. Solitarias y dispersas como yo, adornaban en descoordinado desorden el suelo de laminado caoba y a mi lado izquierdo, –arrugada como mi alma– reposaba la fina bata de un translucido negro en el centro de nuestra sala y sobre uno de los brazos del sofá, mí tanga brasilera, poco usada y extendida al revés. Trofeos caídos y apartados de mi cuerpo por aquellas suaves manos que solo pude imaginar, mostrando explayada en aquella pequeña prenda, la humedad blanquecina del éxtasis estimulado por electrizantes ondas, a causa de aquella rosada mariposa de silicona, que permanecía en calma sobre la mesita auxiliar, simulando ser una vanidosa compañía a la botella de aguardiente sin tapar.

    Todo allí no colaboraba para apaciguar mi dolor. Me hacían mala compañía, presionando aún más el abatimiento en mi pecho e impulsando mis ganas de salir corriendo a cualquier lugar. Me levanté, recogí la bata y con ella abrigué un poco mi desnudez. Apagué las rojas velas con rabia y ardores momentáneos en las yemas de mis dedos. Y así en penumbras, me fui alejando del terreno donde no disputé la batalla, engañada me entregué. Sin comer nada, porque hambre no sentía y el malestar en mi corazón, con seguridad se hubiera encargado de apartarla. Pero con la botella de aguardiente en mi mano izquierda, los cigarrillos y el rosado encendedor en la derecha, me dirigí con pasos derrotados hacia la alcoba principal. ¡Vacía!

    Pero era mejor para mí refugiarme allí, pues en aquella sala me sentía perseguida por el fantasma de una más que segura separación. Busqué mi bolso, uno nuevo de estilo «carryall» en neopreno negro, muy ligero y práctico, que había comprado con el dinero que Amanda, –dos días antes de cumplir con el pacto– me había ofrecido como préstamo, el cual nunca llegaría a cancelar, pues cuando mi amiga se enteró del uso que le iba a dar, ella emocionada me lo entregó para que yo también consiguiera la justificada… ¿Compensación?

    —¡Rodrigo, él se fue! Hugo… Él finalmente me abandonó. —Y pude escuchar como Martha sollozaba al otro lado de la línea.

    —¡Martha!… Primero que todo cálmate. Lo que sucedió, consumado está. Y ahora tanto tú como yo, debemos enfrentar las consecuencias. ¡Tranquilízate! Dime donde estas, preciosa. ¿Quieres que te recoja? —Y Paola aferrada a mi brazo derecho, quien pudo escucharlo todo con bastante claridad, agitando con rapidez en el aire su mano derecha como si se le estuviera quemando, apretó también sus carnosos labios rojos, en coloquial gesto suyo de… —¡Erdaa, nene! Que hijueputa cagada–.

    —Me quiero morir Rodrigo. ¡No puedo seguir sin él! —Me habló entre gritos que causaron más que sobresaltos, una gran pena en mi corazón.

    —Ya voy Martha. Dime por favor donde te encuentras y espérame. Estoy con Paola y ya vamos por ti. —Le respondí apurando el paso junto a mi rubia compañera, para llegar a la SUV.

    —Rodrigo, si ven por mí, ayúdame. Estoy fuera de la casa de Almudena. Ella… ella no me escuchó. Tiene una de sus fiestas privadas ya sabes dónde e insistió en que yo participara. Pero no… ¡Yo no quiero! Ya no sé qué hacer ni a quién acudir. —Giré la llave de encendido y me puse en marcha con afán.

    —Ok, no te muevas, paso a recogerte y hablamos. —Y en la camioneta que antes era de Almudena, literalmente volé por las avenidas, las calles iluminadas y los semáforos titilantes en amarillo, que me pedían precaución pero que a su vez, me separaban de aquella doncella en apuros.

    Los faros de la camioneta ubicaron la figura de una mujer con la cabeza recostada sobre sus dos brazos, cruzados ellos a su vez por encima de sus piernas recogidas; sentada a un lado de la entrada, sobre la fría acera aquella madrugada, se abrigada Martha con una chaqueta vaquera de azul desteñido que llevaba colocada, apenas por encima de sus hombros. Un sólido bolso grande y marrón de lona con flecos largos, al mejor estilo de una bandolera del viejo oeste, pantalones de jean a juego y zapatillas blancas con las famosas tres franjas diagonales a los costados. Parquee justo a su lado y descendí para tomarla de los hombros y levantarla, solo para perderme en el brillo húmedo de sus ojos de miel. ¡Agradecida por el reencuentro!

    —Ya estoy aquí preciosa. Tranquila Martha, entra a la camioneta y hablamos. —Le dije, mientras abrazado a ella la conducía a la portezuela trasera. Mi rubia barranquillera la esperaba ya en el asiento posterior para acogerla ofreciéndole como amparo, el cálido espacio que se formaba entre la cintura y sus rodillas.

    —Y ahora… ¿A dónde vamos? —Les pregunté.

    Del interior tomé mi teléfono pensando en llamar a mi esposo para decirle… ¿Para pedirle?… ¿Qué? ¡Mierda! No sabía exactamente ni como hablarle. ¿Rogarle? —¡Vuelve mi amor!–. Pensé y continuaban anegados mis enrojecidos ojos, por el llanto. ¿Suplicarle perdón? —¡Lo siento mi vida, en serio lo lamento!–. Cavilé. Y entre quejidos, en medio de prolongados suspiros, seguían brotando gruesas y continuadas mis lágrimas, sin intenciones de detenerse ni calmar la obligada soledad, resbalando juntas desde mi mentón hasta sentirlas caer, mojar y deslizarse por los laterales de mis senos desprovistos de sus recordadas caricias.

    ¿Un trago? ¡No! Dos largos sorbos más de seguidos. Uno tras del otro. Quería que el alcohol me invadiera internamente con sus ardores, hasta hacerme claudicar la razón. Borrar con cada trago dado a esa botella de aguardiente, –entre inestables espejismos– toda la realidad. Y yo, al parecer me sobre actúe. ¡Sí! fui con él, una desafiante hija de puta. Lanzarme borracha al solitario abismo que me esperaba, en mi amplia cama matrimonial; retardar lo inevitable del día posterior. Aletargar las sensaciones, ocultar mis errores tras sus etílicos efectos, sin coordinación ni motricidad alguna. Ahuyentarme, dejarme caer al precipicio que significaría de ahora en adelante vivir sola, sin él, sin el padre de mis dos hijos. Lo amaba, sí. Infinitamente lo quería tener allí para mí, tanto como deseaba en esa madrugada, cerrar mis ojos con ganas de despertar más tarde y que todo hubiera sido una maldita pesadilla.

    Recuerdo sentarme a mi lado acostumbrado de la cama. Mis ojos aún aguados, recayeron casi por inercia, en las fotos colgadas en la pared, mi Rodrigo y yo, –sonrientes tomados de las manos– disfrutando con nuestros hijos del Parque del Retiro, a los pocos días de haber llegado a Madrid. Y volví a recaer en mis intensos sollozos. No se detenían mis lágrimas, caían y caían, humedeciendo bastante la sábana gris. Aspiré y levanté mi cabeza hasta visualizar las luces en el techo.

    Luego giré mi cabeza, buscando un poco de aliento, un apoyo necesario y baje la mirada para observar un cuadro con forma de corazón, una fotografía antigua, donde él y yo recién casados, nos besábamos con ternura y en ese beso dado la promesa de una vida entera, juntos hasta ya ancianos, morir los dos al mismo tiempo tomados de nuestra envejecidas manos. Esa foto fue de nuestro comienzo, sin tener nada, solo los dos con nuestros pequeños y nuestro amor. Desconsolada la tomé entre mis manos y la acerqué a mi pecho, pensando si acaso sería posible que se repitiera por mi estupidez y por la suya también, que Rodrigo se alejara de mí, por segunda ocasión.

    Me puse en pie porque no me hallaba a pesar de que mi cuerpo si estuviera en aquella habitación, creería que ni me sentía viva aunque respiraba estremecida, adormilada por el dolor y con la gran ayuda del alcohol. Me acerqué a la ventana de la habitación y la abrí de par en par. Sentí la brisa golpear mi rostro, mecer mi ondulada melena. ¡Refrescándome! Dejé sobre mi almohada aquel retrato y tomé con ganas la botella de aguardiente y un cigarrillo, me apetecía fumar. Observé sin mayor atención la calle, a los pocos transeúntes mucho más alla de nuestra edificación y uno que otro auto, circulando silenciosos por la alumbrada avenida. Las nubes pocas y aquella luna, –tan admirada por mi esposo– que en su cuarto creciente, parecía muy sonriente, simular burlarse tan elevada en el firmamento de mis desgracias.

    Lo había exteriorizado todo, por culpa de esa mujer de dorados cabellos. Un parlamento insinuado y descrito por mi amiga Amanda. De tanto insistirme, presionarme para imaginarme nuevamente deseada, recordar mi desaforada venganza al ver la cara abatida de Rodrigo, al dejar que mi jefe me besara enfrente suyo y dejarme desear por aquel fornido americano, para incrementar su humillación. Y entre tantos gemidos germinados, –en amplias vocales aspiradas y afirmativos si prolongados– de mi garganta, obtenidos por los finos, juguetones y delicados dedos de aquella mujer, penetrando agitadamente mi mojado interior, terminé por recordar aquella noche anterior con mi jefe, reconocido ante mi esposo y delante de todos en aquel bar, como mi nuevo amante. ¡Sublime actuación! Fatal la decisión.

    —«Rolito hermoso», a mi déjame en el hotel. —Me pidió mi rubia barranquillera, aduciendo que lo mejor para Martha y yo, era algo de privacidad al hablar.

    Estacionado aún frente al hotel le pedí a Martha que me acompañara a fumarme un cigarrillo, sentados en una banca bajo la artificial claridad de uno de los faroles de la entrada.

    —Sabes Martha… ¿No comprendo que pasó? ¿Cómo así que se fue tu esposo, después de realizar su dichosa terapia? ¿No funciono para él o para ti? —varias inquietudes que esperaban por una respuesta y dando luego la segunda aspirada a mi tabaco rubio, sentí las dos suaves manos aferrarse a mi brazo.

    —Pero… ¿Cómo así Rodrigo? ¿Acaso Silvia no te lo contó? Todo iba muy bien entre ellos dos y yo aunque nerviosa, debía permitir que pasara y me centré en intentar dejar quererme por el americano que te presenté. Aunque por dentro los celos de ver a tu mujer y a mi esposo tan compenetrados, me carcomieran el alma. —Y yo no salía del asombro con aquella declaración.

    —Hugo la dejó tan solo un momento, lo juro. Fue hasta la cocina para prepararnos unos cocteles y entonces nuestro amigo bastante excitado por la situación, besó a la fuerza a Silvia e intentó arrancarle la blusa de un tirón y se jodió todo por culpa de David. Silvia de un rodillazo en los testículos lo derribó en el salón de mi casa. Y hasta ahí nos llegó la fiesta, tu mujer estaba histérica, Hugo alterado le reclamaba en ingles a David por su abusiva actitud y yo, recordando el mensaje que me escribiste en tu tarjeta de presentación, la que pusiste sin darme cuenta dentro de mi bolso, abracé a tu esposa y la llevé para mi habitación, protegiéndola e intentando calmarla.

    —Gracias, preciosa. Le agradecí. —También guardo el que tú me escribiste la noche anterior, y aun no lo he borrado del móvil–. Y desbloqueando mi teléfono, busqué el mensaje que anticipaba lo que yo sabía que iría a suceder y entre los dos sin hablarnos, tan solo lo repasamos…

    … Van a salir este jueves por la noche. ¿Lo sabias? – 8:02 P.M.

    ¡No! Aunque lo esperaba no creí que fuera a ser tan pronto. – Doble Check azul.

    ¿Cómo te enteraste? Fue Almudena la que te lo dijo. ¿No es verdad? – Doble Check azul.

    … No y sí. Fue el mismo Hugo quien me lo confesó ayer en la cena. Está nervioso así tú no lo creas. – 8:04 P.M.

    … Él ha querido hacerlo pero no ha sabido cómo contármelo sin romperme el corazón. Hugo aún me ama. – 8:05 P.M.

    … Yo no quiero que el matrimonio de ustedes dos se rompa. – 8:06 P.M.

    Finalmente va a ser como pensabas desde un principio. ¡Ganaste! – Doble Check azul.

    … Pero tú prácticamente la obligaste. No es solo mi culpa. – 8.08 P.M.

    … Hugo se decidió a hacerlo con tu esposa, al parecer ayer después del almuerzo. – 8:08 P.M.

    … Silvia lloró y se desahogó con mi esposo. Le contó que tú la habías traicionado con una compañera del trabajo, obviamente se refería a Paola, pero también le dolió que hubieras intentado hacerlo con una amiga de una de sus compañeras. Era ella, ¿cierto? ¿La tabernera? – 8:09 P.M.

    Si, seguramente esa amiga nos vio esa noche en la discoteca. Silvia nunca me dijo nada. De hecho, llevamos varios días en que prácticamente ni hablamos. Lo esencial nada más. – Doble Check azul.

    … Está muy dolida y quiere darte tu merecido. Lo siento. – 8.11 P.M.

    … Así que finalmente Almudena le indicó a Hugo, que lo mejor para superar su baja autoestima y probarse como hombre, sería promover una cita en la cual, él aceptara verme con otro hombre y a su vez, Hugo estuviera con tu mujer. – 8:12 P.M.

    Y entonces la bendita terapia es probarse los dos a ver si su amor persiste después de saberse traicionados. ¡Que estupidez! – Doble Check azul.

    … Lo sé, y Hugo también se lo está pensando. No quiere espantar a tu mujer, cuando llegue a verme por ahí. Tal vez lo hagamos como si nos encontráramos de improviso. No lo sé. No estoy muy segura de que eso nos pueda servir. – 8: 14 P.M.

    Y con quien piensas ir tú. ¿El que se te atraviese por ahí? – Doble Check azul.

    …Es una idea loca porque ni yo misma estoy segura de poder verlo besar o acariciar a otra mujer y menos conociendo que es tu esposa. Hugo no se siente seguro con algún extraño. Hay un amigo que está de paso por la ciudad. Quizás con él se sienta más cómodo. Vamos a pensarlo bien. – 8.16 P.M.

    Esto es tan extraño para mí. Martha si tú vas con ellos… ¡Cuídamela por favor! – Doble Check azul.

    … Tranquilo Rodrigo, Silvia estará bien. Finalmente me preocupas más tú. ¿Estás seguro de esto? – 8:18 P.M

    ¡Es inevitable! – Doble Check azul.

    … Es verdad. Finalmente han decidido consumar lo que tanto has evitado y yo promoví, pero ya no a escondidas, sino a la vista de todos. Si tan solo no le hubiera hecho caso a tu dichosa idea de que yo no buscara a Silvia y hablara con ella, exponiéndole mi idea directamente, quizás podría haberte evitado este dolor. – 8:14 P.M.

    … ¡A veces es mejor no saber! No sé bien a que le temes, ni porque deseas ocultarle a tu esposa que me conoces. En todo caso, ellos piensan ir a un bar, tomar algo por ahí y después encontrarme con ellos, de pura casualidad. Almudena piensa que lo mejor es enfrentar los celos míos y los miedos de él, al vernos departir una noche con otras personas. – 8:15 P.M.

    Ya le he mentido lo suficiente. Si se entera de que siempre he estado al tanto de esta locura y no la detuve a tiempo, la voy a perder para siempre. – Doble Check azul.

    Ok, lo entiendo. Pero tengo miedo Rodrigo, quisiera que fueras tú, contigo me sentiría mejor y no con… No me siento capaz de hacer nada con nadie más pero es verdad que debo ayudar a Hugo a recobrar su hombría. Yo me ocuparé de cuidar a tu esposa y no permitiré que le suceda nada malo. Te avisaré después como terminó todo. – 8:17 P.M.

    No te preocupes por eso, solo se feliz e intenta recuperar a tu esposo cuando pasé lo que tendrá que suceder y luego sí, promete devolverme sana y salva a mi mujer. Un beso. Bye. – Doble Check azul.

    … ¡Cuanta con ello! Un beso, mi caballero sin armadura. – 8:19 P.M.

    ¡Una fantasía por cumplir! Rodrigo como tantos hombres, se moría del deseo por verme en brazos de otra mujer. Se suponía que sería un trio, tan anhelado por él. Me excitó esa idea. ¡Y sí! También Paola, al procurarme tan prolongados orgasmos, logró transportarme hacia aquellos nocturnos instantes para que me acordara, de la forma como me comporté de seductora manera, con un extraño americano, dueño de una labia jovial, amable y con divertidas ocurrencias, –pero de manos sueltas y largas– que estuvo de suerte al estar presente y se dejó utilizar sin planeárselo, para mis oscuras intenciones, a pesar de haber sido invitado por Martha, la infiel esposa de mi querido jefe. No debí dejar que pasara, no debí continuar con mi venganza.

    Me dejé llevar por el deseo, incentivada primero por el roce estremecedor de un dedo extraño sobre mis labios, luego complementado mi éxtasis por los besos de una boca con delicados y suaves labios; su femenina fragancia me embriagaba, más las expertas caricias, que con sus manos me conquistaba. Pero sobre todo, influenciada además por las brasas de una fogata que aún ardía dentro de mí, después de mi madrugada entre los brazos de Antonella y mis ganas de sentirme tan deseada por una joven mujer. Todo eso y el alcohol que también colaboró con su granito de arena para que al final, yo me decidiera a visualizar en mi mente, con los ojos vendados, situaciones ya no tan imaginadas.

    ¡Y gemí! Clamé por mayor placer, por su culpa, por su boca recorriéndome, por sus dedos apartando los pétalos de mi flor y penetrando mi mojada vagina, agradecida de su lengua explorando, procurándome tan apetecidos orgasmos y yo colaborando, tanto mental como físicamente para alcanzar mi clímax, al traer a mi mente las imágenes de aquellos dos hombres que me deseaban, excitándome con la idea de saber que mi esposo estaba allí, –al lado mío– escuchando entre mis jadeos, suspiros y electrizantes convulsiones, las convenientes confesiones de placeres nuevos, –recibidos aparentemente de otras manos– disfrutando yo, como él… ¡De un precioso y juvenil cuerpo! ¿Cómo lo iba a saber?

    ¡No! no lo pude llamar. Sin embargo al desbloquear mi móvil, en él tenía varias llamadas perdidas de Hugo, mi jefe, mi casi nuevo… ¿Amante? Y… ¿Qué pretendía él de mí? ¿Simplemente sexo? ¡Por supuesto que no! ¿Un nuevo comienzo para él, para mí? Sí, dentro de su corazón, Hugo ya albergaba la esperanza de que yo lo ocupara. Había nacido tal vez entre los dos una especie de… ¿Romance? No, al menos yo no lo sentía así. Era una sensación diferente, de cariño obviamente, una sincera amistad pero sin llegar más allá en lo sentimental, lo apreciaba y le quería, pero nunca con la pasión que yo sentía por mi esposo.

    ¿O había encontrado él, en mí, solo un refugio momentáneo? Algo más había entre su esposa y él, aquella noche. Una conexión que yo no veía tan rota. Pero la presencia de aquel americano me había descolocado bastante. Me ofendí con mi jefe por no avisarme, por no ponerme al tanto y sorprenderme. Y ese gringo abusivo confundió los papeles e intentó propasarse conmigo a espaldas de su amigo, con la primera oportunidad en la que mi nuevo «amante» se apartaba de mí. Al parecer con la esposa de Hugo, la química no fluyó o simplemente Martha, solo tenía ojos esa noche para aquel colombiano desconocido.

    ¿Cómo verle a la cara la próxima vez que nos viéramos en el trabajo? ¿Y Hugo? ¿Volvería a ser el mismo conmigo, o ya solo como mi jefe, aquel distante hombre que dirigía fríamente, la oficina? No podía calcular lo qué pensaría de mi ahora después de… De haber terminado súbitamente nuestra cita. ¡Puff! Suspiré.

    Pero no me hizo feliz saber que me había llamado y me buscaba, por el contrario, me enfurecí aún más conmigo misma. ¡Estúpida, mil veces estúpida! Me decía a gritos para mis adentros. ¡Qué gran actuación la mía! me dije ahora sí en voz alta, mirándome en el reflejo que ofrecía el espejo del angosto tocador. ¡De seguro que con ella, te hubieras ganado un «Oscar» Silvia! Pero no, no fue así, –no fui contratada para ninguna serie o telenovela– por el contrario el único papel que había conseguido, era el de una puta esposa que logró con aquel falso parlamento, la estampida del infiel esposo y con ello, la casi entrega por mi parte hacia un hombre que me deseaba, pero qué por su culpa, mi amado Rodrigo terminó yaciendo en otros brazos. ¿Otro trago Silvia idiota? ¡Sí! ¿Por qué no? Y bebí directamente de la botella.

    No, no, no. ¡Idiota! Rodrigo no era el único culpable. Yo también empecé a dejarme involucrar sentimentalmente por la situación matrimonial de mi jefe, meses atrás. Solo que nunca di el paso, ni el insistió demasiado. Su tristeza, su desencanto, su amargura y sus confesiones, al considerarme a mi digna de ser un abrigo, un respiro entre toda aquella agitación, fueron minando mi resistencia hacia él. Antes tan lejano de sus empleadas, tan elevado sobre los demás. Callado, hablando solo lo suficiente. Órdenes dadas, mandatos cumplidos. Y ya, no había más que admirar en Hugo. Mi jefe él y yo, su obediente secretaria.

    Un abrazo vespertino llegó, uno lleno de compasión, que le ofrecí una tarde ya casi a la hora de mi salida, mientras aquel hombre lloraba desconsolado, colocando su cabeza en mi pecho y mis manos acariciando su melena. Y así, sentados en el sofá de su oficina, al levantar su cabeza para apaciguar con más gestos que palabras su tristeza, sus ojos húmedos tan grises como la faz de la luna, se encontraron con el brillo abrigador de los míos. Un beso surgió ligero, casi casto y núbil. Un momento después Hugo se aferró a mí, forzando con su lengua la apertura de mis labios, serpenteando, hurgando en mi interior. Un beso tan apasionado como atrevido, que me sorprendió en un primer momento. Intenté apartarme pero la fuerza de sus brazos, rodeando mi espalda y la cintura, me lo impidió. Giré mi rostro en un vano intento por desobedecer la sensación de estúpida calentura y humedad en mi entrepierna y razonar, luchar contra lo que no podría ser ni suceder. Pero ese abrazo muy cercano, esa boca necesitada y la mía tan deseada por él, me venció y los dos nos abandonamos ya, en un beso más intenso y correspondido. Pero recapacité y me aparté de él. La imagen de mi esposo había aparecido en mi mente, representando ser una brillante línea roja que yo no debía cruzar. Y en Hugo, supongo que la de Martha, infiel pero por él, también muy amada. ¡Dos seres confundidos! Los dos tan cercanos y prohibidos.

    —Rodrigo, tengo mucho frio. —Me dijo Martha, abrazándose con mayor fuerza a mí. Por lo tanto pisé la colilla de cigarrillo y nos levantamos para meternos en la camioneta que le había negociado a Almudena.

    —Y bien, según te entiendo mi mujer no hizo nada ni con tu esposo ni con el pedante gringo ese. —Y Martha asintió con el movimiento afirmativo de su cabeza, sin decir nada más intentando por enésima ocasión contactar a su marido por teléfono.

    —Nada, Rodrigo. Nada que me contesta Hugo. Y sí, a tu pregunta la respuesta es que nada sucedió. Tranquilízate. ¿No habrás cometido alguna injusticia con ella? Rodrigo… ¿O sí? —Y yo me tomé la cabeza a dos manos, para luego golpearme repetidas veces mi frente contra el cuero del volante, hasta que Martha reaccionó y con fuerza interponiendo sus brazos, impidió que siguiera haciéndolo.

    —Soy un completo idiota Martha. Acabo de lastimar aún más a mi mujer. La humillé sin conocer la verdad. —Y ella asombrada, aun forcejeando conmigo, me preguntó la razón.

    —Es que yo creí que no solo lo había hecho con tu esposo, sino que ella me hizo creer que con el americano también. ¿Por qué me mintió? —Me pregunté interiormente–. Y yo Martha, fui a casa con una estrategia ideada por Paola para hacerla sentir mal, vengándome de una manera diferente, proporcionándole gracias a mi amiga, mucho sexo con la idea de que ella creyera que arrepentido, buscaba yo su perdón. Silvia nos dijo muy convencida que se había acostado con los dos. Que había disfrutado por igual de ambos. Y luego la dejamos entre excitada y confundida, salimos del piso con la idea de disfrutarnos unas últimas horas, hasta que con tu llamada, nos cambiaste nuestro destino. ¡No comprendo porque razón me tuvo que mentir! —Y Martha acomodándose el rebelde mechón de siempre, detrás de su oreja izquierda me contestó.

    —Debes comprender sus razones. Le fuiste infiel con Paola y además le ocultaste tu cita con aquella joven de la taberna. Es una mujer dolida, con sus sentimientos vueltos al revés por todo esto. Tú le aconsejas acostarse con mi esposo a modo de equilibrar la balanza. Hugo le insiste en dejarse querer por él y yo… Yo al igual que tú, le oculté mis verdaderas intenciones. La usamos Rodrigo y ella se siente así, desbastada y ahora humillada por la mujer que se acostó contigo. Pero no te odia, ella te ama con locura, me lo dijo estando las dos a solas. Ten paciencia con ella y ahora entre los dos, le pediremos perdón.

    —Tenemos que ir a buscarla. Al menos sabemos dónde está y desde allí seguiremos intentando contactar a Hugo. —Y arranqué con más prisa que antes.

    —Está bien Rodrigo, vamos primero allá, porque a Silvia le debemos una explicación. —Me dijo muy sincera, acariciando mi mejilla.

    —Me va a odiar cuando lo sepa. ¡La voy a perder para siempre! —Y se empezó a fraguar en mis ojos, la humedad de un llanto amargo por herir a la mujer que tanto amaba.

    Un sorbo adicional, esta vez breve, mirando la pantalla de mi móvil. Temblorosos mis dedos, tecleaban y borraban sucesivamente, mensajes con frases colmadas de erráticos sentimientos, –carentes de procedente sentido– pero con una sola razón y mil motivos para solicitar su perdón. Mi necesidad de explicarme, solo era superada por mi temor a no ser escuchada. Estaba perdiendo a mi esposo, por una estúpida venganza. Dejándole ir de nuevo, cogido de las manos de su hermosa amiga, entregándole al padre de mis hijos, mi amor… ¡Como Martha con Hugo, lo hizo a su vez conmigo!

    Me cuestioné si era posible que ya no me amara como antes, que hubiese dejado ser para Rodrigo, yo, su eterna «Emmanuelle». Y llevé de nuevo mi boca hacia el pico de la botella, pero no di solo un trago, literalmente fue un «chorro» de aguardiente el que inundó mi garganta. En seguida me tumbé boca arriba sobre la cama, con mi mano izquierda limpié los restos de alcohol de la comisura de mis labios y con la diestra, la humedad de mis ojos y de paso la de la nariz. Y sentí el inmediato efecto del licor palpitar en mis sienes. Cerré los parpados y me dejé llevar por los recuerdos. Otra calada al cigarrillo, profunda aspirada. La última, hasta consumirse entre mis dedos y en su azulado humo, transportarme años atrás.

    ¡Sí! Me vi de nuevo allá en la distante ciudad donde nos conocimos, transportándome a la antigua sensación de perderlo. Porque sí, ya la había vivido y sufrido. Le fui infiel a Rodrigo con otro hombre, cuando apenas éramos novios, en nuestra época de estudios universitarios, aquel otro también casado, con diferente estampa a mi actual jefe, mas alto y fornido, con un rostro de esos que tienen los hombres que se baten día a día en medio de las calles y se sienten poderosos, capaces de obtenerlo todo con apenas una simple sonrisa de falsa amistad y con la mirada penetrante, posesiva magia de un cruel conquistador. Y su personalidad festiva y arrasadora, atractiva para cualquier «mocosa» como yo, sin disimular que le atraían los desafíos, –yo convertida para él en uno nuevo– pero con similar historia a este matrimonio mío tan… ¡Agonizante!

    Fui la doncella tonta e inocente, qué por joven e inexperta, cayó rendida ante el embrujo de lo prohibido y de la atractiva novedad; de la complicada ansiedad por probar los placeres que me ofrecía la vida, convertidos en la apariencia ruda, varonil y con aquella mirada dominante, de un hombre que ejercía igualmente, como mi superior en aquella empresa donde apenas iniciaba mi vida laboral. Él y su moto, Rodrigo y yo andando a pie.

    Me fui envolviendo en su telaraña, me dejé confundir por sus patrañas y los consejos de mis nuevas compañeras, igualmente de una tía, mi familiar confidente. —Silvia ¡Hay que disfrutar la vida, mientras se pueda! –. Todas ellas repitiendo las mismas frases hasta anidarlas en mi subconsciente.

    Su bienvenida fue cordial, reconfortante y amistosa, atrayéndome con la hermosura de su pícara sonrisa. El galante trato y su esmerada paciencia para explicarme los diferentes procesos de facturación. Un café sobre las diez y media de la mañana fue lo primero, pocos días después una docena de donuts con Coca-Cola por la tarde, lo secundario. Y sin claridad alguna, me fui apartando de un ya alejado novio y acerqué mis afectos hacia quién me hacia la vida feliz, hablar de cosas y casos distintos, reír de nuevo pero por bromas y apuntes diferentes, cada dia de la semana y cada jueves seguidos de los viernes en una u otra discoteca. En cambio con Rodrigo era solo estudiar y trabajar. La rutina de los deberes nos fue apartando, minando nuestro amor. ¡Intenso aburrimiento! Yo pensaba solo en bailar, pasear, beber y disfrutar. Mario con sus picaras diabluras y Rodrigo, con su amor casi angelical.

    Porque ambos, Rodrigo y yo, estudiábamos en la misma universidad y el automatismo de nuestro diario vivir me nubló la razón y descuidé el verdadero amor. ¿O lo cambié? Ambos trabajábamos para ayudarnos con libros y materiales. Vivíamos cerca, aún en la casa de nuestros padres, por lo cual pasábamos muchas horas del día, juntos, yo con mis matemáticas, contabilidad y clases de informática, Rodrigo metido entre sus pinturas, planos y maquetas. Y se me fue haciendo aburrido verle solo interesado en ser el mejor de la facultad, dejamos de salir a bailar para ahorrar pensando en los gastos del semestre y solo permanecía entre los dos, el transitar desde nuestras respectivas casas, cada uno para el trabajo y en la tarde-noche, reencontrarnos con un beso en los labios, al frente de la Universidad. Como en un cuadro de Dalí, empecé a percibir como se derretía de a pocos mi juvenil amor por él. Me fui haciendo a un lado, apartándome de la diaria costumbre y ya no veía a mi amor como antes, lejano estaba ya, viviendo tan cercano.

    —¡Vive experiencias nuevas! ¡No te ates a uno solo!–. Esas fueron las frases de mi mejor amiga de la universidad, que detestaba a Rodrigo por tener una personalidad similar a la de su novio, un recién graduado arquitecto, igualmente de temperamento soñador, con más ganas de construir sin concreto sus sueños que en edificar con reales bases, la arquitectura de su propia existencia juntos.

    Esas indicaciones me elevaron las ganas de vivir una prohibida aventura. Mario, que así se llamaba aquel nuevo jefe mío, comprendió a base de mis sonrisas y de las furtivas miradas que nos ofrecíamos en aquellas oficinas, que podía actuar con mayor diligencia, más libertad y con mi pleno consentimiento.

    Después de una semana de arduo trabajo en la oficina y desveladas noches para cumplir con la entrega de proyectos y esquemas de planeación empresarial para la universidad, llegó un viernes, donde después de unos provocadores roces y un beso robado a la hora del almuerzo, al atardecer varias compañeras sugirieron salir a tomar algo por ahí. Llevaba encima muchas horas de esfuerzo y no voy a negarlo, la invaluable ayuda de Rodrigo con unos gráficos que no me salían tan bien como a él.

    Tenía una entrega final con mi compañera de estudios, donde el trabajo lo realizaron en su mayoría mi amiga y Rodrigo, abriendo espacio en sus ya complejas madrugadas. ¿Fiesta y rumba? O ¿Rutina y universidad? ¡Adivinaron, sí! Esa noche de viernes me fui acompañando a mis amigas y compañeros del trabajo y obviamente cogida de las varoniles manos de Mario.

    En mi cabeza ya giraban luces estereoscópicas, marrones, amarillas, verdes y rojas, todas ellas en mi cabeza, en plena efervescencia lumínica. Estaba mareada, me recosté sobre un brazo mirando en la mesa de noche de mi lado derecho, las fotos enmarcadas de mi familia.

    Y lloré de nuevo. Esa maldita noche de un viernes finalizando junio, me dejé seducir a conciencia por aquel hombre, –experto embaucador– besándonos ya frente a todos, debilitando mis ya reducidas defensas morales. Su palabrería, su forma de manejar mis vueltas al bailar, tomándome de la cadera unas veces, otras de la cintura y entre besos y sus roces con su bulto en medio de mis muslos, me fui humedeciendo. ¡Cediéndome¡

    El alcohol que también me desinhibe, confabuló otra vez, deshaciendo los nudos de mi cordura, venciendo mis temores a ser infiel.

    —«Me voy a separar de mi mujer». —Me decía continuamente al oído, –mientras me acariciaba sin pudor mis nalgas– para que lo vieran los demás y tan solo yo le escuchara.

    —«No comparto nada con ella. De hecho estoy durmiendo en el cuarto de mis hijos». — Y yo caí redondita en sus mentiras.

    No fui a la universidad. No presenté mi trabajo y dejé en el aire a mi compañera de estudio, con un gran cero por calificación, poniendo en peligro nuestro semestre. Pero también abandoné a mi novio. Desde esa noche y para siempre, perdería su confianza. Al menos así lo alcancé a pensar, entrando ya con Mario a un motel para parejas cercano al sitio donde nos habíamos «rumbeado». Era un hecho que consumado con sexo, Mario sería mi nuevo novio. Rodrigo era un cuento pasado.

    Mario no demoró en desvestirme con deseo. No, no hubo eróticas caricias por preámbulo, su ego de macho lo sacó pronto a relucir. Bajo mis jeans descoloridos con premura, dejándolos enrollados en mis tobillos. Mi tanguita de algodón, humedecida en la mitad del pálido azul, también fue retirada hacia un lado por sus gruesos dedos. Hurgó como pudo en mi interior, facilitando yo su labor al abrir lo que podía mis piernas. La pasión era evidente en su rostro de dominante profanador de tesoros. Levantó mi suéter amarillo y con el mi blusa blanca, jalando con fiereza mi delicado sostén, –rompiéndolo de hecho– y su boca se fue apoderando de mis senos. Lamiendo, chupando y mordiendo mis pezones hasta causarme un aguantable dolor.

    Y yo deje explorar las mías por dentro de su pantalón, tocando aquella verga endurecida, palpitante y tan tibia. Estaba tan bebida y caliente, que sinceramente no reparé en su tamaño, aunque no era pequeña al sentirla cuando me penetró, casi a la fuerza. Recuerdo que aquella primera vez con él, no sé si por el susto de vivir aquella infidelidad, comparé por breves segundos con la de mi novio y noté que no me satisfacía ni su grosor ni sus precipitados movimientos. Era eso o que ya estaba acostumbrada a otro tipo de sexo, a un cuerpo conocido, a unas manos esmeradas que me llevaban fácilmente a la cumbre, entre múltiples orgasmos. No fue una experiencia fabulosa, para nada. Mario solo me tomó, me abrió las piernas y buscó satisfacer su egoísta placer sin reparar en otorgarme el que ansié obtener de él. Tan distinto, tan brusco el cambio, que esa noche con el no llegué la primera vez y fingí. Mario se derramó dentro de mí, sin preguntar, sin importarle si me protegía o podía dejarme embarazada. ¡Gracias a Dios eso no sucedió!

    Cuando se dio vuelta a mi lado para descansar de su orgasmo, me quedé yo allí mirando al techo de aquella habitación, escuchando variados gemidos provenientes del televisor encendido, uno de mediana pantalla, donde se recreaban escenas de sexo entre una mujer y dos hombres. Me levanté para ir al baño y allí me encerré. Lave mi cara y al mirarme al espejo, comprendí que iniciaba algo nuevo, pero no tan romántico ni pausado cómo aconteció con Rodrigo. No hubo poemas ni cartas entregadas, llenas de amor y ternura para allanar el camino de la pasión, para terminar en aquella faena. ¡No! Nada de eso. Solo un capricho mío, que terminó en menos de cinco minutos. Pero volví a la cama y lo miré, –y pues a lo hecho pecho– me envolví entre los brazos de Mario, lo abracé con ternura, esperando ser retribuida con besos y caricias delicadas.

    Pero de nuevo sus dedos hurgaron mis orificios. Los dos. Abrió con fuerza mis nalgas y sin preguntar me fue penetrando, con un dedo, luego dos. Hasta que mi ano se fue dilatando con sus acometidas y luego me coloco en cuatro sobre aquella cama y puso su glande a la entrada de mi virginal orificio. Algo que Rodrigo deseaba y yo no se lo permití. Pero con Mario fue distinto, no dije nada, solo me tomó por detrás, casi como si fuese una violación, una que fue consentida, mas no disfrutada. Lo intentó pero solo al sentir dolor con sus varios intentos, me hizo entrar en razón, apreté con fuerza mis nalgas y con mis dos manos aparté de mi culo aquel intruso trozo de carne.

    Mario no se lo tomó muy bien, aunque mascullando algo entre dientes, le escuché decirme que lo dejaría para después. Volvió a besarme morbosamente y yo opté por encaramarme sobre él cabalgándolo, penetrándome lujuriosamente con su miembro, agitando mis caderas para hacerlo llegar hasta el fondo de mis entrañas. Quería mi placer, era perentorio para mí obtenerlo rendida pero feliz, uno o varios orgasmos, Mario aguantó más esa vez y pude alcanzar mi clímax, fue uno rápido, para nada trepidante. La verdad no duramos mucho, pues el cansancio y el alcohol ingerido causaron que los dos termináramos durmiendo, más de lo debido.

    Desperté sobresaltada por la mediana claridad que podía divisar por el rectángulo de la ventana. ¡Mierda, mierda! Ya casi serían las seis de la mañana. Como pude me vestí lo más rápido posible, necesitaba llegar a mi casa. Nadie sabía nada de mí desde la noche anterior. Ni donde estaba, si bien o mal, ni con quien. Y ese fue mi garrafal error. No tuve la precaución de fabricarme una coartada. Y simplemente sucedió. Mi mamá angustiada, mis hermanos buscándome en las casas de mis amigas del barrio y Rodrigo… Mi novio como siempre en su trabajo de día, presentando proyectos para terminar aquel semestre y en la madrugada, terminando sus maquetas y los planos para la presentación final. Ocupado como estaba en sus trabajos finales, supuse que no me extrañaría. ¡Ilusa! Grandísima idiota.

    El destino sabe cómo usar sus cartas, y yo no supe jugar. Le pedí a Mario que me acercara en su moto a mi casa, pero apenas llegando le dije que me dejara a una prudente distancia. Me despedí de mi nuevo amante con un beso apurado. Me encaminé con pasos rápidos, cabizbaja, perdida en mis pensamientos, meditando en el discurso que tendría que darle a mi madre por llegar al otro día. Y angustiada, completamente abstraída de mi solitario entorno, crucé por el parque, ya a poca distancia de mi casa, y no pensé en la posibilidad de lo improbable. Sin reparar en nada ni nadie, no lo vi, no me di cuenta de que Rodrigo me observaba a prudente distancia, inmerso en una profunda melancolía. Era aún temprano, no debía estar por allí, si no camino a su trabajo. No debía verme llegar a esas horas.

    Pedí perdón a mi madre por la tardanza y la angustia que causé. Me duché afanosamente y me vestí para continuar con mi día. Otro en la oficina, al lado de Mario, mi jefe. Al mediodía, hora del almuerzo, no recibí la acostumbrada llamada de Rodrigo. En la noche, al llegar a la universidad, tampoco estaba esperándome, como siempre. Pase por su facultad y de lejos lo vi, atareado con sus planos y la maqueta de la presentación final. Me quedé un momento observando aquella sustentación. Fue aplaudido por profesores y compañeros. Fue como lo soñó, el mejor. ¡Lo había logrado! Pero en su rostro no vi alegría, tan solo unos gestos de amargo éxito. No tuve el valor de enfrentarlo, de mirarle a la cara y decirle que ya lo había reemplazado. Ni el me buscó, ni yo le llamé. Se esfumó de mi vida, en prudente silencio como lo hizo al llegar una tarde acompañando al hombre que me despreció. Hasta que un día supe la razón de su desaparición y me quede literalmente de piedra, avergonzada y arrepentida, cuando me enteré por boca de una de mis cuñadas lo que Rodrigo había presenciado.

    Lo de Mario me duró lo que te demoras en soplar las velitas de la torta en tu décimo octavo cumpleaños. Una tarde, tres semanas después de mi reciente «noviazgo», después de haber sostenido relaciones sexuales esporádicas con él, tal vez tres o cuatro más, que la verdad me supieron a poco, quizás debido al alcohol que siempre fungía como actor determinante de aquella relación. A la salida cuando iba abrazada con Mario, se nos atravesó una señora alta, con un niño de unos cinco años de la mano y un cochecito para bebes de color rosado. Mario se separó inmediatamente de mí. Su esposa le cruzo la cara con dos cachetadas. Me escupió la cara y me llamo ¡Puta destroza hogares! Mario se fue tras de ella sin determinarme. Yo me quede estática, convertida en fría laja de mármol. ¡Hermosa, joven y muy solitaria! Completamente abandonada, como ahora volvía a estarlo.

    Miré hacia la mesita de noche, la botella de aguardiente me hacía caritas, me llamaba insistiendo mucho en que la ingiriera hasta dejarla vacía. Fui a tomarla con mi mano pero al fondo del piso escuché el reconocido ruido del manojo de llaves del amor mío que regresaba a su hogar, de mi esposo Rodrigo que volvía a mis brazos. Me levanté rápido, mareada por el ingerido alcohol y a tientas, golpeando mi cuerpo entre las dos paredes, corrí por el oscuro pasillo hacia la sala y entonces lo vi, a mi amor regresar ¡Había vuelto! Lo vi al encenderse la luz, pero… ¿Por qué había regresado a nuestro hogar, precisamente con ella?

    Continuará…