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  • El regalo. Un antes y un después (Vigésima novena parte)

    El regalo. Un antes y un después (Vigésima novena parte)

    Mientras de los cajones del armario tomaba un sujetador negro semi translucido y de encaje en las copas, estando solo con mis braguitas puestas, miraba que falda ponerme encima, apresurada para salir al encuentro de Hugo. Martha con mi móvil aún en su mano, recibió por fin la notificación de la ubicación de su esposo.

    —Vaya, debí imaginarlo. Está en un hotel, bastante cerca de la oficina. ¿Lo conoces? —Y de nuevo aquel escalofrío erizó los vellitos por detrás en mi nuca y antebrazos.

    —¡Sí señora! Ya sé dónde está. Martha… ¿Qué te parece si me coloco esta falda? Hummm, creo que me queda algo corta. Es eso o que me engorde. ¡Jajaja!

    —Te queda muy bien mujer. Hugo no se podrá quejar de tener a dos hermosas mujeres a su lado. —Me respondió sonriente y mucho más calmada.

    —Y no te olvides de Rodrigo, a él también le debemos gustar. A propósito Martha… ¿Dónde dejaste a mi marido? —Y es que por las prisas por ducharme y vestirme, los dejé a los dos, muy juntos bebiendo y fumándose otro cigarrillo en el balcón.

    —Ahhh, pues me dijo que mientras te duchabas él también se iba a bañar. ¿Voy y miro? —Nahh!, déjalo. Ya es un hombre hecho y derecho. Puede ducharse solito. A no ser que quieras ir a secarlo. ¡Jajaja! —Y Martha riéndose apenada, me ayudó a subir la cremallera de la minifalda blanca respondiéndome con voz baja…

    —¡Ufff! Silvia, la verdad que me gustaría pero no tenemos tiempo. —Y tomando del armario dos de mis blusas, escogió una y me dijo…

    —Creo que combinaría bien ese coqueto sujetador con esta blusa de organza negra. ¡Pufff! Mujer, si no lo convences hablando, al menos lo vas a enloquecer con este look. —Y yo terminando de asegurar el tercer botón, mirándome al espejo del tocador, tomé del cofrecito donde guardaba las joyas, la cadena de oro con el ángel alado para lucírselo a él.

    —¿No crees que se están tardando demasiado? ¡Puede que Silvia no haya logrado convencerlo! Rodrigo… ¿Y si están ya…?

    —Tranquila preciosa y dales tiempo, que para tu esposo no debe ser fácil tomar esta decisión. Y si están los dos anticipándose, que espero no sea así, para ellos puede ser su comienzo y para nosotros dos, pues no debe ser un amargo final. Fresca Martha, si pasa pues que le vamos a hacer, si ya lanzamos las cartas y la partida está sobre la mesa por definirse, el que tenga la mejor combinación se lleva lo apostado y créeme algo… ¡Todos sabemos lo que podríamos perder!

    —¿Pero y si Hugo no quiere apostar? Puede que a mi esposo no le interese jugar. ¿No lo crees? ¿Y en su cabeza solo tenga la idea de alejarse de mí y planear de paso, irse con tu mujer también? — ¡Dudas! Tan solo eso teníamos los dos en aquella desesperante espera a la madrugada.

    —Puede ser una posibilidad preciosa, pero sí aceptó verse con Silvia en el hotel y hablar, es una puerta abierta, una oportunidad que no resistirá. También Martha, piensa que para nosotros dos, sea la vista de una salida a todo esto y para ellos, a la vez, la de su entrada. ¡Ahhh, mira!… ¿Los ves? Ya están saliendo y tu esposo trae las maletas. ¿Tantas? Ok, eso es una buena señal. ¿No lo crees mujer? ¡Observa! Ya le están entregando las llaves de su auto. —Y la preciosa Martha, acarició con suavidad mi mano y sonrió.

    El automóvil negro ya cargado de maletas y de esperanzas, dio la vuelta y deslumbrándonos con la luz de los faros se detuvo a nuestra derecha, justo al lado del lugar que ocupaba Martha y Silvia, bajó por completo la ventanilla para decirnos muy donosa y sonriente…

    —Y bien, ya está todo hablado. Así que somos todo oídos. ¿Para dónde vamos? —Nos preguntó y en su voz se percibía tranquilidad y la alegría.

    Yo tenía en mi muñeca la manilla de cuero con la dorada herradura y en el bolsillo interior de mi chamarra de cuero, la que no había entregado a Silvia. Pero no creí oportuno dirigirnos los cuatro a aquel lugar, sin antes hablar. Tanto mi esposa como Hugo se podrían asustar al conocer lo que ocurría dentro de ese local.

    —¡Pues no se mi amor! –le respondí casi a los gritos–. De pronto, lo mejor será dejar las maletas en su casa. ¿No lo crees? Pregúntale a él que quiere hacer. Igual tengo mucha hambre, así que después podríamos salir a ver que encontramos o nos pedimos algo a domicilio. ¿Qué opinas tu Martha? —Y el precioso fulgor de aquellos ojitos de miel se fijaron en los cafés míos para responder…

    Y el rostro de Hugo apareció de repente por delante del torso de mi esposa, para decirle a Martha con su voz grave que fuéramos a su casa. Y simplemente el auto negro emprendió su camino y yo a prudente distancia los seguí. Mi esposa con él y la suya junto a mí.

    —Cariño en casa tenemos algunas cazuelas de mariscos listas para calentar. Solo será cuestión de ponerlas en el horno si quieres. La verdad que yo tampoco he comido nada y por lo visto esos dos, mucho menos. ¿Te parece? —Me encanta esa idea preciosa y a Silvia estoy seguro que también le agradará–. Le confesé acariciando su mano izquierda, terminando por confirmar su apetitoso ofrecimiento.

    —¡Bienvenidos! —Nos dijo Hugo subiendo un poco el tono de la voz.

    —Gracias, ciertamente es un chalet muy impresionante, con un estilo bastante vanguardista. —Le respondí con sinceridad e impresionado por el bonito panorama de los jardines iluminados.

    —Si Rodrigo, la escogí por las vistas y la parcela de 900 metros cuadrados. De construcción son 600 metros. ¿No es así Martha? —Pero ni la dejó responder, cuando prosiguió vanagloriándose de su elegante hogar como queriendo impresionarme. Era eso o… ¿Pensó tal vez que yo meditaba en adquirirla?

    —Cuenta con amplios jardines, piscina climatizada y un porche espectacular. En el sótano se ubica el garaje para cuatro automóviles, la despensa, una pequeña bodega y la estancia de lavadero y el servicio. Aquí en esta planta baja, se encuentran distribuidos un salón de dos ambientes, el comedor, la cocina y el aseo. Y en la primera planta, disponemos de cuatro habitaciones y tres baños. La planta superior la adecuamos para varios usos, un pequeño gimnasio y la terraza. —Ya veo, es sumamente amplia y se antoja muy acogedora–. Le respondí y con una sonrisa maliciosa dibujada en mi boca, le pregunté…

    —¿Y el dormitorio para la mascota? —Le dije claramente por molestar–. Y Hugo girándose, me miró un tanto extrañado y dudó unos segundos antes de responderme, eso sí antes de hacerlo, mirándome de soslayo.

    —Nunca hemos tenido una. Son un pequeño complique. —Y prosiguió adelantándose a nosotros con sus dos maletas grandes a rastras, las otras dos más pequeñas las llevaba una Martha y la otra, mi mujer.

    —¡Están en su casa! Martha podrías por favor, ofrecerles algo de beber mientras dejo mis cosas en… —Y se quedó mudo, meditando la continuación. Silvia, guiñándome un ojo se anticipó a su respuesta y le dijo levantando la voz para que a todos nos quedara perfectamente claro.

    —¡Ven cariño! Te acompaño hasta la alcoba principal y te ayudo a acomodar de nuevo la ropa en tu vestidor. —Y Hugo no tuvo más remedio que dejarse conducir por mi esposa hasta el segundo nivel. Con bastante familiaridad se encaminó, en un recorrido para mi esposa… ¿Ya conocido?

    —Rodrigo, cielo. ¿Qué les gustaría beber? —Me preguntó Martha cariñosa y tomándome de la mano, me condujo hacia la cocina para buscar en los estantes superiores, el licor deseado para tomar. ¿O calmar los nervios de los allí presentes?

    —Preciosa, que tal si mientras tu esposo y mi mujer, se entretienen acomodando la ropa en la habitación de ustedes dos, tu y yo calentamos las cazuelas porque la cuestión ahora es de hambre y… ¿De paso nos preparamos unos coctelitos y tomamos valor para lo que se nos viene encima? —Le expresé a Martha, abrazándola por la espalda y mordisqueando su oreja derecha.

    —¡Me parece perfecto, precioso!… Debe estar muy hambriento mi guapo caballero sin armadura. —Me respondió sosegada, a la vez que con su brazo derecho extendido hacia atrás, hundía en mi melena los dedos de su mano para revolcar mis cabellos, mientras se reía por su infantil y cariñosa broma.

    —Hummm… ¿Piña colada para las niñas? —Le dije a Martha que se encontraba con medio cuerpo dentro del refrigerador, buscando las cazuelas.

    Mientras tanto yo recogía del elevado estante, una botella de Ron blanco y la otra sin destapar, con licor de coco.

    —Y un refrescante Manhattan… ¿Para tus dos hombrezotes? —Me miró risueña, un destello del ojo diestro con aquel color de la miel pude observar, e instantes después, me sacó la punta de su lengua moviendo la cabeza de izquierda a derecha y luego al revés, a modo de burla, sin quitar su mano de la perilla que graduaba la temperatura del horno.

    Y también me hice del whiskey, una botella 12 años ámbar de la que me antojé por probar. De igual forma, tomé una de un famoso vermut rojo y el amargo de Angostura por igual.

    —Pero dime algo preciosa… ¿Te has quedado en modo «Mute»? —Le pregunté a aquella hermosa mujer, que en silencio solo me miraba embelesada y con admiración, para posteriormente regalarme su bonita sonrisa y acercándose a mí, como acechando a una presa, –sin esperármelo– me besó con bastante pasión, pellizcándome de paso, la nalga izquierda.

    —Eres un colombiano muy seductor. ¿Lo sabias? —Terminó Martha por decirme al oído después de aquel delicioso beso y yo solo le respondí…

    —Hummm… Eso debe ser porque me encanta el timbre de la voz en las mujeres españolas, pero mucho más de aquellas que son unas madrileñas preciosas y además bien casadas. —Y le devolví el beso, más profundo e intenso y en vez de pellizco, a dos manos apreté con bastante decisión y firmeza, ese redondo culo «Made in Spain», restregando mi duro paquete latinoamericano contra su abultado y bien formado, Arco de la Victoria.

    —Precioso, mientras se calienta la cena, voy a darme una ducha y ponerme ropa más cómoda. Estás en tu casa y en el refrigerador podrás encontrar los ingredientes que necesites para que puedas terminar de preparar tus cocteles. En seguida regreso, de paso miro en que andan esos dos. —Y se dio vuelta Martha, dejándome allí solo en la amplia cocina.

    Dentro de la coctelera de cristal, coloqué zumo de piña, un poco de crema de leche, hielo picado y como no ubiqué por ninguna parte los clavos de olor, utilicé un poco de canela en polvo. Agité repetidamente con firmeza y… ¡Voilá! Busqué las copas en la vitrina y hallé unas altas que eran perfectas para verter en cada una el coctel y terminé la decoración con unas rodajas de piña que encontré frías dentro de una bandeja de poliestireno blanco al fondo del refrigerador.

    Aunque permanecí ocupado junto al mesón de mármol gris, buscando que las rodajas de piña quedaran centradas y equilibradas en el borde de las copas, intentaba en vano escuchar algo de lo que ocurría en aquella casa, estando Silvia, Martha y Hugo en la misma habitación. No lo voy a negar, en aquella casa ajena me encontraba nervioso pensando de qué manera y con cuales palabras podría afrontar la necesaria conversación con el hombre que sería el próximo amante de mi mujer.

    —¡Mi amor, pero rico se ve eso! ¿Dónde aprendiste a prepararlo? —Era Silvia que llegaba acompañada solamente por Hugo, quizás diez o quince minutos después.

    —Seguramente tu esposo trabajó alguna vez sirviendo copas en algún bar. ¡Jajaja! —Ese fue el comentario de Hugo a modo de broma para aliviar la tensión entre los tres, –pero que a mí me sonó algo despectivo– quién colocando sus dos manos sobre los hombros de mi esposa, se mostraba ante mí sonriente, orgulloso y sintiéndose de repente, todo un campeón. —Silvia, se dio la vuelta y mirando a Hugo con seriedad, le aclaró que yo jamás había laborado en ningún bar y se hizo a mi lado abrazándome por la cintura y apartándose de él.

    —Hugo, para algo debe servir internet. No solo para postear fotos y estados anímicos, ufanándose de los viajes y las nuevas relaciones amorosas ante las amistades. —Le respondí y enseguida agregué…

    —Entre cosas Hugo… ¿Prefiere su Manhattan Dry o Medium? ¡Sí! Creo que el Medium nos vendrá mejor para lo que usted y yo tendremos que hablar, que como comprenderá, será una conversación larga y tendida. —Y sin dejarle opinar serví a partes iguales en las dos copas de Martini, decorándolas con una cereza y la consabida rodaja de verde limón en cada una.

    Cuando estiré mi brazo por encima del mesón para entregarle su coctel, Hugo había perdido de improviso su burlona suficiencia y algo de sudor pude observar, que se esparcía por los surcos de su frente.

    —Mi amor ten. ¡Este es el tuyo! Y ojalá disfrutes mucho de esta piña colada que les he preparado con mucho amor. –Y la besé en la boca, justo en frente de él–. ¡Ahhh! Y por favor llévale a Martha este otro, mientras que Hugo me acompaña al porche para hablar y conocernos mejor mientras me fumo un cigarrillo. —No le molesta ¿Cierto Hugo?–. Y dando el primer sorbo a su Manhattan, con un movimiento cabizbajo asintió y en el pálido gris de sus ojos pude percibir su turbación.

    —¡Hombre!… ¿Sabe una cosa? —Le dije chocando suavemente el cristal de mi copa contra la de él–. Somos un par de tipos afortunados. —Y bebí un trago corto, apenas para humedecer la resequedad de mis labios. Proseguí con mis meditadas palabras, tomando antes un cigarrillo de mi cajetilla nueva y con mi zippo plateado, dándole un ardor de vida.

    —Tenemos un par de hermosas mujeres, inteligentes y educadas, que nos aman con locura y han decidido formar con nosotros dos hogares, regalándonos con sus dolores, unos hijos maravillosos. —Y Hugo chocando su copa contra la mía, brindó pero mirando a lo lejos, el oscuro panorama del amplio jardín de su casa, posteriormente sin mirarme me respondió.

    —¡Pero a mi Martha me traicionó! Silvia para nada se le parece. Ella es tan diferente… —Y calló. Bebió un buen trago de su Manhattan y empezó a caminar por el porche, agachando su cabeza, removiéndose con seguridad dentro suyo, tantos sentimientos encontrados.

    —Mire Hugo, para serle muy franco, y no sé si Silvia ya lo puso al tanto de que yo conozco muy bien su historia, pero sí, ya se sobre su problema con ella y sí, Martha estropeó terriblemente su relación, pero tenga la plena seguridad de que es la más interesada en conseguir que usted, perdonándola, fortalezca su matrimonio de esta manera tan inusual y que por lo que tengo entendido, su amigo americano frustró por ser un tipo abusivo. —Y el esposo de Martha se detuvo justo al lado de una de las sillas blancas de metal, ornamentadas con dorados pétalos de flores en el tapizado añil. ¡Más no se decidió a sentarse allí!

    —Rodrigo, para serle sincero, debo admitir que siento algo intenso por su esposa. Solo fue surgiendo con el paso de los días y lamento haber sido el causante de los problemas que usted ha tenido con ella. Sé que pensó que Silvia y yo habíamos permanecido juntos esa noche en Turín, y que debido a ello usted tomó la decisión de acostarse con una amiga suya y que había intentado tener algo antes con otra mujer. Eso defraudó mucho a mi áng… a Silvia. Le dolió su traición y fue en gran parte, culpa mía. Discúlpeme. —Y me estiró la mano esperando que con la mía, se la estrechara. ¡Y lo hice!

    —Gracias por su sinceridad y le acepto las disculpas. Yo también mantengo con Martha una relación de amistad que me ha permitido conocerla más a fondo. Su esposa es una mujer admirable, elegante y bella, con un cuerpo de infarto. Sí Hugo, y no me abra así esos ojos que no le voy a echar gotas para su ardor. Así como usted pudo disfrutar la desnudez de Silvia, yo también aprecié la figura curvilínea sin ropa de la suya. Estamos a mano. Jajaja. Y tranquilo que ni siquiera la rocé, más si nos hemos besado, aunque para ser claros, la primera vez los dos estábamos ya muy pasados de tragos. Otra feliz coincidencia. ¿No cree usted? —Hugo asombrado por la revelación, finalmente se sentó, apartando por la base un poco, la redonda mesa con los pies.

    —¡No la abandone Hugo! No lo haga como alguna vez yo casi pierdo a Silvia. Mi mujer, la que usted tanto admira, apoya y sé que la quiere, me traicionó una vez. Dolió mucho y confundido por el rencor, sencillamente no luché como debía y la deje irse para caer en brazos de un hombre que la engañó. Ya ve Hugo, cómo en esta vida y en apartados lugares, son tan similares las alegrías y por supuesto el dolor. Usted y yo hemos estado en la misma posición y además, estoy al tanto de todo lo que ha sucedido entre mi esposa y usted. Si quiere por mí no se preocupe y trátela como lo que es para su corazón. ¡Un ángel que se le apareció! —Y el hombre por fin se sonrió y giró la cabeza para admirar el suave contoneo de esas dos encantadoras mujeres que se acercaban a nosotros. Silvia me tomó de la mano y mirándome coqueta, me robó de los labios la mitad del cigarrillo, entre tanto Martha cautelosa, se acomodó a la izquierda de su marido en la otra silla.

    —Hugo estamos aquí no para ponerle fin a nuestras relaciones, sino a dar comienzo a algo que para los cuatro va a ser nuevo y al igual que Martha, Silvia y usted, yo también tengo miedo de lo que se vendrá para todos después de que suceda lo que entre todos, vayamos a emprender. No se puede olvidar lo pasado, pero de ello es mejor aprender para no cometer los mismos errores y botar a la basura tantos años de unión. He hablado desde hace varios días con su esposa, y créame que lo que Martha más añora es poderle brindar a usted, más años de felicidad. —Martha estiró su brazo con la mano abierta sobre el vidrio laminado de la mesa circular; la mirada a su esposo descendida en espera de una decisión, los ojitos de miel algo aguados y un leve temblor en su labio inferior. Hugo la miró. Se la acarició primero y luego de unos segundos, entrelazaron sus dedos. ¡Martha le sonrió!

    —¡Hombre!… Pero si quiero que quede bien claro algo y de varón a varón le digo que espero que usted no se tome esto como una competencia de relevos pornográficos o una maratón de sexo desaforado. ¡No! Aquí usted y yo, Martha a su vez con Silvia, no estamos para competir por ver quién lo hace mejor y consigue sacarle mas gritos, mas gemidos o los mejores orgasmos a la pareja del otro. Olvidémonos todos de los temores, nos vamos a relajar. Vamos a intentar querernos y amarnos, hagámonos despacito y rico disfrutando de esta velada. ¡Animo! Vamos a ser quienes ilustremos el Kama Sutra en una despejada madrugada en Madrid. —Y todos sonreímos, aunque con algo de intriga en nuestros rostros.

    —¡Ohhh! Las cazuelas deben estar ya listas. Silvia… ¿Me acompañas y arreglamos la mesa para alimentar a este par de hombres hambrientos? —Dijo de repente Martha, recordando la prometida cena y mi mujer abrazándome, me obsequió un inicialmente beso con sabor a tabaco, una sonrisa amplia y la acostumbrada palmada fuerte en mi trasero cuando Silvia, pretendía iniciar alguna travesura para irse luego detrás de nuestra bella anfitriona, que se había cambiado el atuendo, colocándose unos leggins blancos bastante ceñidos al cuerpo y un top rosa de algodón, ataviando sus pies con unas zapatillas rosadas para hacer deporte. Muy casual y sin embargo, bastante atractiva la visión para el café de mis ojos, al observar sin recato una fina tira que se transparentaba disipándose en el medio de aquél par de hipnotizantes nalgas.

    —Rodrigo… ¿Usted está seguro de que quiere verme amar a su esposa? Es que yo no me siento capaz de hacer algo con Silvia estando usted y mi mujer presentes. Tengo… ¡Miedo de no poderlo hacer! ¿Qué tal que yo no pueda hacerla sentir y que por el contrario a lo que he pensado, le falle a Silvia como lo he hecho con Martha? ¿Y usted si le haga gritar de placer a mi mujer y eso me termine por afectar aún más? —Me habló Hugo casi entre susurros, aferrando con fuerza a su copa ya consumida de aquel coctel que le preparé, tan bajo me lo dijo, como para que ninguna de las dos mujeres ocupadas en la cocina, lo pudieran escuchar.

    —Usted olvídese del pasado y lo que no ha hecho con su mujer. —Le respondí con sinceridad–. Y de improviso llegó a mi mente el sonido de aquellas palabras que Almudena me había dicho cuando nos conocimos en su casa… «Pero solo sí al buscarlo, entregas». —Hugo, mejor dedíquese a gozar con naturalidad esta velada junto a esas dos preciosas mujeres y trate con pasión y mucha dulzura a mi amor, que yo haré lo mismo con la suya.

    Y me senté junto a él con la intención de ofrecerle mi confianza, el intranquilo sentimiento que habitaba en mi interior aquella madrugada, de participarle del cuerpo de la mujer que más yo amaba.

    —Los dos nos vamos a encargar de brindarles placer, uno que será compartido a cuatro manos si ellas quieren y el ambiente desinhibido lo permite. Sea como es o como se lo había imaginado aquella noche en el bar cuando me presente en su famosa terapia de improviso, pero actúe mejor. —Y fue Hugo quien haciendo un tamborilero sonido con sus dedos sobre el cristal, me miró y se puso en pie para comenzar de nuevo con su procesión, a pasos lentos a mí alrededor.

    —Estoy con los mismos nervios a flor de piel como seguramente estarán nuestras esposas y usted también. Pero tenga en mente, que si Silvia está aquí es por usted y junto a usted, ella desea darme algo de un desconocido placer a mí. —Y aquella voz retumbando en mi cabeza… «Cuando causamos gozo en otras pieles» –. Ella es mi esposa, mi mujer, la única que he amado y amaré por el resto de mis días, así que usted tan solo la podrá querer, ya que es lo que más desea. Pero no se enamore porque no pienso perderla. —Hugo parecía no escucharme y sencillamente se debatía entre continuar o detener todo aquello.

    —Y sé muy bien que Martha es la suya, su esposa y la madre de sus hijos. La mujer que en sus entrañas Hugo, es muy amada por usted. No es cuestión de rotarnos sus cuerpos como hienas devorándose la carroña, hasta saciar el hambre de nuestras ganas sino de quererlas, hacerlas sentir especialmente deseadas por ser ellas dos, nuestras entrañables compañeras y amigas, confidentes y próximamente… ¡Nuestras deseadas amantes! —Y Hugo se detuvo, con sus brazos cruzados hacia su espalda, la mano izquierda reposando sobre la diestra y una mirada de pavor que me estremeció. ¡Todo podría irse a la mierda en un instante!

    —¿Por qué usted ama a Martha no es verdad? Y comprendo que mi esposa le ha movido el piso por su manera de ser con usted, la admira por su compromiso laboral y su corazón ahora la quiere por las horas que ella le ha dedicado a escuchar sus penas y tratar de amainar con sus palabras y compañía esa desilusión. Hugo… Sé que la desea, pero Silvia no es una moneda de trueque entre Martha y usted. Es el puente, la conexión que usted debe encontrar de nuevo con su mujer, mientras besa, acaricia y hace sentir placer a mi mujer. —Y Almudena aunque ausente en aquella velada, permanecía presente en mi pensamiento… «Egoísta emoción, aunque sea alcanzando nuestro clímax por medio del arrebatamiento en otro ser».

    —La verdad Rodrigo es que sí. Martha es el amor de mi vida, aunque haya causado tanto dolor a mi corazón. —Y me colocó su mano sobre mi hombro derecho, apretando con sus dedos un poco para acentuar el mal que Martha había causado en él. El temor que debía combatir Hugo, deseando hacerle el amor a mi mujer.

    —Buena sesión de sexo vamos a tener, pero se trata más de comprendernos y aprender lo que podamos para mejorar en nuestra propia intimidad. Hugo, comprenda que hemos venido aquí para ayudarle a superar sus miedos, como parte activa de su rara terapia. Estamos aquí para lograr encontrar la solución a nuestros temores. Los suyos, los de Martha y por supuesto los de Silvia y los míos por igual, dejar atrás los malditos celos y el temor a perderlas, porque Hugo, no las vamos a poseer pues no son propiedad de nadie. Nos compartiremos nuestros cuerpos con mucho sentimiento. —La boca de Almudena, el movimiento de sus labios al pronunciar… «Expuestos a perderlo todo en un ínfimo instante»–. Son mujeres, las que decidieron un día, compartir nuestros caminos y son dos personas con sentimientos como nosotros dos y Hugo, tampoco somos exclusivos de ellas, pero si somos su complemento, la pieza faltante para ser felices en esta vida.

    —Está servida la mesa, ya pueden pasar si gustan. —Gritó desde el comedor Silvia, terminando de colocar las copas de vino blanco en cada uno de los puestos que ocuparíamos, reclamando allí nuestra presencia.

    La mesa rectangular de seis puestos, con su alisado mantel blanco bordado y colgando apenas medio metro de los bordes, un llamativo arreglo de blancas flores naturales, compartiendo su espacio en el centro, con un antiguo candelabro de dos brazos de fina plata y estilizadas velas amarillas ya encendidas. Las servilletas de tela adornadas con su respectivo servilletero en el extremo izquierdo junto a los tenedores. Copas de vino tinto, una jarra de cristal con agua y otras colmadas de vino blanco. Aquello parecía más un buffet profesional que una simple comida de cuatro hambrientas personas y era algo que por lo visto a Martha y Silvia les encantaba realizar, pues entre las dos se veía una buena camaradería, se sonreían y cuchicheaban al oído algo que ni él o yo pudimos escuchar.

    Hugo se acomodó en el frente, –supuse que era su lugar habitual– tras de sí un amplio ventanal y bajo este, una preciosa chimenea moderna con las llamas azules, tímidamente surgiendo en medio de las irregulares piedras blancas y proporcionando una agradable temperatura en aquella estancia. Martha a su lado derecho y en el otro extremo yo y de igual manera, a mi diestra se ubicó Silvia. Todo muy bonito y elegante, sin embargo mucho silencio reinaba en el ambiente.

    —¿Les parece si amenizo nuestra encantadora afonía con algo de música, como para ir relajando el espíritu? Es que al parecer, aún tenemos todos encalambradas las lenguas. —Y me dirigí hasta el tocadiscos y revisé con atención los Lp’s que allí en el estante inferior había.

    Música clásica que no era lo ideal, flamenca que me encanta pero por supuesto no primordial para aquel momento, grupos de rock en español que desconocía, hasta que por fin di con algo que me gustó. Tomé el circular vinilo y lo coloqué con esmero. Y me devolví hasta mi lugar de comensal.

    —¡Esto se ve apetitoso! Espero que les agradé la música ambiental y Sade entonó las primeras frases de «Hang On to Your Love»…

    … In heaven´s name why are you walking away

    Hang on to your love

    In heaven´s name why do you play these games

    Hang on to your love

    Take time if you´re down on luck

    It´s so easy to walk out on love

    Take your time if the going gets tough

    It´s so precious…

    Recuerdo que mi padre, antes de abandonar el familiar nido, siempre nos decía que en la mesa no se hablaba mientras se comía, pues era de mala educación. Pero yo necesitaba, –siendo maleducado– hablar de algo para derrotar mis propios nervios, pues Hugo se concentraba en mirar su cazuela, Martha servía con demasiada parsimonia, agua en un vaso y Silvia de reojo observaba el movimiento de los demás, mientras llevaba a su boca un pequeño bocado de los deliciosos mariscos.

    —Cuando se entere Almudena de que estuvimos en estas le va a dar un «patatús». —Terminé por abrir mi boca y soltar esa perla, encomillando la última palabra con dos dedos de ambas manos. Y me reí. ¡Solo! Hugo levantó las cejas y frunció el ceño. Martha casi se atora con un camarón y Silvia me miró perturbada, dejando de saborear una almeja. ¡Yo y mi bocota!

    Como nadie dijo nada, decidí callar y concentrarme en devorar mi cazuela.

    Al terminar de cenar, Rodrigo y Martha se encargaron en la cocina, de lavar y secar la vajilla. Hugo se dispuso a servir una nueva ronda de los cocteles que mi esposo había preparado y yo, me fui hacia el porche para encender uno de mis mentolados y meditar. Me había besado con Hugo en su alcoba, a espaldas de Martha y de Rodrigo. Fue un acto impulsivo, pues ya en la habitación del hotel donde Hugo se había hospedado, lo había intentado y yo se lo negué, aduciendo que no iba a hacer nada a espaldas de nuestras parejas.

    Pero es que esa vez mientras en el vestier yo colgaba sus camisas, quizás por los nervios y de pensar en que finalmente mi jefe iba a poder estar conmigo como lo había soñado, desobedecí a la razón y me pudo la tentación. Y ese beso fue mejor que la última vez en el parque. Ya estando abrazados y Hugo con sus brazos descolgados a mis costados, con sus dos manos acariciaba con deseo mi culo y Martha nos sorprendió en esas. No dijo nada, simplemente tomó algo de ropa y se dio vuelta para ingresar al baño. Dejo entreabierta la puerta y luego solo escuchamos como caía el agua de la regadera. No hicimos nada más, terminar de colgar sus vestidos y salimos de allí

    Estuvo mal lo sé, y temía que ella le contara a Rodrigo y finalizáramos en una nueva discusión, separados. ¡Siempre juntos! Recordé mis palabras, un compromiso. Y me estremecí por haber traicionado mis propios ideales y de paso a ella y a mi esposo. Un beso, tan solo eso pero ese beso podría dar al traste con la velada y mi relación.

    —¿Así está bien mi ángel? ¿O deseas algo más? —Me preguntó Hugo llegando por detrás sin que me hubiera dado cuenta de su llegada, con mi coctel en una mano y en la otra su Manhattan. De pasó me fijé en Martha que se reía aún en la cocina y apartaba su cara hacia un lado, debido a que Rodrigo de manera bromista la salpicaba con el agua que escurría entre sus dedos. ¡Ellos tenían también mucha química! Fluía el cariño con tanta naturalidad que pensé que si Hugo y yo no existiéramos, ellos dos formarían también una bonita pareja. ¡Sentí celos!

    —¿Qué te ocurre? ¡Estas pálida! ¿Te sientes bien? —Me preguntó Hugo, tomándome por el antebrazo. —Debe ser que quede muy satisfecha pero no te preocupes que en un momento se me pasará–. Y me senté en una silla, fumando mi cigarrillo lentamente.

    —Hugo, no quiero que te vayas a enamorar de mi después de… De lo que suceda más tarde entre los dos. Si siento, si noto algo o si me entero de que tu relación en vez de mejorar empeora con todo esto, no me volverás a ver. ¡Lo juro! Me gusta saber que me aprecias, pero soy la mujer de ese hombre que ves allí y lo amo por encima de todo. A mi quiéreme pero a Martha… ¡A ella amala! Y prométeme que harás tu mejor esfuerzo para volver a estar con Martha, a partir de ahora, mucho mejor que antes.

    —Prometido Silvia. Tienes un buen hombre a tu lado. Sé que te adora y no voy a interferir en su matrimonio. Rodrigo me ha dejado muy en claro que Martha es especial y yo tan solo, lo había olvidado. Sin embargo ángel mío, esta situación me tiene bastante nervioso. ¿Qué hacemos ahora? Cada uno por su lado o…

    —Bueno parejita, que tal si empezamos por mover el esqueleto, mientras vamos aflojando lo demás. ¡La lengua, por ejemplo! ¿Te parece mi amor? —Y Rodrigo agachándose me dio una pequeña mordida en el cuello y abrazándome, me levantó de la silla para invitarme a bailar.

    —¿Esta música se baila? —Le pregunté.

    —Por supuesto mi vida, es algo lenta pero por algo hay que empezar. A Martha le trae bonitos recuerdos. —Y me guiñó un ojo de manera cómplice.

    Y es que quien había elegido aquella balada americana había sido Martha, y fue ella al encuentro con su esposo que se quedó en el porche, mirándonos. Martha estiró sus brazos hacia el lugar donde se encontraba de pie Hugo y con sus dedos índices, sensualmente comenzó a incitarlo a bailar con ella. Hugo no se movía aunque si le sonreía.

    —Vamos mi amor, ordénale bailar con Martha y que no la desaire así. —Me dijo al oído Rodrigo.

    —¿Hugo? Cariño… ¿No pensaras dejar bailando sola a tu mujer no es verdad? —Y efectivamente, me hizo caso y aunque se movía más alguna momia del museo egipcio en Turín que él, al menos perdió la pena y se balanceaba graciosamente alrededor de Martha.

    En cambio a mí, Rodrigo me tomaba de la cintura con sus dos manos y al ritmo lento de la canción, acompasaba las rítmicas notas con el subir y bajar de mis caderas mientras mirándome con dulzura, me enviaba besitos por los aires hasta que me acerqué, lo abracé, nos detuvimos un instante y…

    —Mi amor, nos besamos con Hugo mientras acomodábamos su ropa y Martha nos vio. Lo siento. —Confesé, bajando de inmediato mi cabeza, mirando las fibras blancas del tejido en la alfombra.

    —No te preocupes por eso mi vida. —Me dijo Rodrigo levantando mi rostro al tomarme con sus dedos del mentón. —Martha y yo hicimos lo mismo pero en la cocina. Es solo un beso y no tiene mayor importancia ante lo que vamos a hacer más tarde. ¡Te amo! ¿Y en el hotel también pasó? —Terminó por preguntar mi esposo.

    —No mi amor, te lo juro. Hugo tenía toda la intención pero yo le dije que no. Que debíamos esperar a estar todos reunidos. —Y entonces la canción terminó y Hugo se acercó esta vez hasta el tocadiscos y colocando una canción también suave y en el idioma que yo no entendía, extendió su mano hacia mí y con una palmada en la espalda de Rodrigo, me llevó con él hacia el centro del salón.

    Su brazo izquierdo alrededor de mi cuello y el derecho abarcando por completo mi cintura. Mis senos apretados contra su pecho, su respiración meciendo suavemente un mechón de mis cabellos al reposar su cabeza sobre el lateral de mi cara. Cercanos sin mirarnos a los ojos, así que me deje guiar por él y cerré mis parpados unos instantes. Mientras tanto, cuando en un giro trastrabillé con la alfombra y los abrí, pude observar como Rodrigo y Martha se reunían fuera a un costado de la mesa circular, mi esposo encendiendo un cigarrillo, sostenido entre sus labios y ella, muy cerca de él abrazándolo con sus dos brazos entrecruzados y bailando también como una pareja de enamorados lo hacen, mirándose a los ojos fijamente y con deseo.

    Tan pronto terminó la canción, Hugo me besó tímidamente en la boca y me llevó caminando hacia atrás hasta dar mi espalda contra el vidrio frio de aquella puerta de cristal que daba hacia el porche, inmediatamente voltee mi cabeza hacia donde Martha y mi esposo permanecían con el vaso de whisky escocés y la copa de piña colada sobre el vidrio de la mesa, cruzándose los brazos de un cuerpo al otro, las manos acariciando la piel que encontraban, compartiendo de una boca a la otra, el mismo humo azul de un cigarrillo rubio. ¡Queriéndose!

    Al escuchar el seco golpe, los dos se quedaron fuera observando aquella escena. Hugo levantó mis manos y las dejó allí arriba, aprisionadas las muñecas solamente con su izquierda. La derecha empezó un viaje por mis cabellos, para después de rozar mi mejilla, tomar posesión de mi quijada y acercar sus labios cerca de los míos. Y empezar con su lengua a recorrer el interior de mi boca. La mano pronto la dejó resbalar por el cuello hasta llegar a mi pecho, estrujando con vehemencia mi seno izquierdo por encima de la delgada tela negra de mi blusa y todo ese costado lo recorrió despacio, como constatando con sus dedos, costilla tras costilla, la firmeza de la piel por debajo de la seda.

    Su beso se hacía más intenso y yo se lo correspondí con ganas y mi boca a medio abrir. Nuestras lenguas se compartían la saliva entre jadeos y suspiros de los dos, luego mi querido jefe, mi nuevo amante, la hizo descender de afanosa manera hacia mi cadera y rodeando la nalga de ese mismo lado, apretó con fiereza primero el cuero de la falda para posteriormente meterla por debajo, levantándola de medio lado por la abertura y casi por completo introducirla en el medio de mis nalgas, apartando el hilo de mi tanguita negra y sacándola luego de haber alcanzado a humedecer sus dedos con los flujos de mi lubricada vagina. En un rápido movimiento levantó su brazo y sin aflojar la tirantez de su otra mano, atenazando las dos mías, llevó luego aquella con la que ya había hurgado en mi interior, hasta mi boca para darme sus dedos a lamer y chupar. Y luego de ensalivarlos yo, el con su lengua los terminó de empapar y ya por delante, busco la manera de acceder por el talle de la minifalda hasta mi vulva, que estando henchida por la expectativa de ser pronto explorada, intentó con poco éxito meter un dedo hasta que yo se lo facilité, tomando aire y oprimiendo mi vientre lo más que pude para ahí sí sentirlos ingresar. Uno, dos dedos más, cuando arquee por la excitación mis piernas para facilitarle el acceso a mi interior.

    Su manera hosca de acariciarme, abrir los labios de mi boca para morder los míos con algo de torpeza y hacerme sentir suya con su esmerado esfuerzo, me hizo gracia debido a que tal vez intentaba Hugo, impresionar más a nuestros dos cómplices espectadores, que al cuerpo deseado de la mujer que mantenía él, atrapada entre el frio cristal y el calor excitante de su respiración agitada sobre mi rostro y de su verga tiesa oprimiéndose contra mi vientre. Pero sí, me gustó y más aún imaginando como a través del cristal, Martha y Rodrigo, podrían haber observado la desnudez de mis nalgas aplastadas contra el cristal y una mano nueva que las palpaba ágilmente ante su presencia.

    Hugo intentó ser a la vez romántico y seductor. A la primera idea no le pegó mucho en verdad, pero a la segunda por supuesto que sí. Me encantó su brusca manera de estamparme contra el cristal para besarme y toquetearme; estuve al momento excitada por aquel primer beso apasionado y ya no ocultado antes los ojos de su esposa o los de Rodrigo. Y para ser franca, yo me encontraba encantada con la idea de ser compartida, siendo deseada por dos hombres, querida por uno y amada por el otro. ¿Y Martha? ¡Mierda! No reparé en ella en un principio y de manera egoísta me dejé llevar por hacer sentir cómodo a su esposo, a pesar de que ella junto a mi marido, compartieran aquella erótica iniciación.

    Pensaba en cómo iba a continuar aquella velada. ¿Cuándo empezaríamos? ¿Dónde lo haríamos? Y por supuesto, como sucedería nuestro íntimo encuentro y quien de todos, sería el indicado para oprimir el botón de aquella esperada explosión de entregada pasión. Pero tan pronto como hice el esfuerzo por bajar mis brazos y liberarme, Hugo me soltó y se apartó de mí un paso atrás, algo temeroso de mi reacción y obviamente de la de su esposa y de Rodrigo, que ya ingresaban al salón. Pero yo decidida, pasé mis brazos por sobre su cuello a modo de un tierno candado y me lancé a comerle su boca, deseosa de probar otra vez sus labios, mordiéndoselos despacio.

    Con mi esposo casi al lado y Martha abrazada a él, yo fui estirando con mis dientes la fresca y húmeda carne que tenía en frente de mi boca. Una vez arriba, extensa en segundos y dos más corticos en el labio inferior. Mi aliento soplando hacia su interior y de esa cavidad mi lengua extraía saliva, lengua y Hugo a su vez, me devolvía con ansias su resuello.

    Cuando Martha y yo dirigimos nuestras miradas hacia el lugar de donde provino el golpe que habíamos escuchado, ninguno de los dos nos turbamos por aquella visión de su esposo metiéndole la mano por debajo de la minifalda de cuero blanco a mi mujer, tan solo permanecimos allí por breve instante tomados de nuestras manos mientras en mi boca apretada por mis dientes, se mantenía cautiva la colilla de un cigarrillo que compartido con ella, estaba próximo a expirar. ¿Y mis manos? Estaban las dos ocupadas, una pérdida por debajo del rosado top, teniendo como prisionero su pequeño y endurecido pezón y la otra frotando con la palma, la curvatura de un pubis liso, cálido y anegando de su viscoso néctar, los labios de su vulva.

    —Hace frio corazón, ven. ¡Entremos ya! —Me dijo con su voz de mujer consentida y excitada, arrastrándome de la mano hacia el interior del salón. Silvia seguía de pie junto a Hugo, pero ya no sorprendida como antes, sino ahora ya una amante liberada; se fundía en un emocionado beso con su jefe, entre cerrando los párpados ella, cerrados por completo los de él, aferrado con sus fuertes brazos a las nalgas de mi esposa.

    Aproveché para acercarme al elegante equipo de sonido japonés con su tocadiscos de última referencia y los altos y anchos altavoces, uno a cada lado y distribuidos por aquella estancia en medio del sofá blanco y las tres poltronas, los otros dos, mucho más delgados y estilizados. Revisé con cuidado los vinilos que se encontraban acomodados en el estante y ninguno fue de mi agrado, así que sin dudarlo, conecté por bluetooth mi teléfono al equipo y escogí la carpeta de música variada, un tema de Otto Serge y Rafael Ricardo, «Señora» e invité a la preciosa madrileña bien casada, a bailar conmigo aquel vallenato que alguna vez le había dedicado a mi esposa, cuando era aún la novia de mi mejor amigo.

    Martha intentaba seguirme el paso, dándole yo, vueltas a la izquierda despacio y mi mano sobre su cadera para guiarla. La fui atrayendo hacia mí, pegando mi pecho contra sus redondos senos y mi muslo furtivamente lo dejé en el medio de sus piernas al dar el paso. Y la besé con ganas. Me besó con deseo, nos besamos con fogosidad. Ya Hugo y mi esposa habían dado la orden de salida y continuamos. ¿O fuimos Martha y yo, los que lo iniciamos? ¡Una vez untado el dedo, untada la mano!

    Luego otro vallenato, bailando más cerca de mi esposa con su jefe, girándonos lentamente pero sin apartar ni las bocas ni quitar las manos de donde las teníamos acariciándonos. Y Silvia que nos observaba con detenimiento, me sonrió y estiró su mano, más no para tomar la mía sino por el contrario, para acercar a Martha junto a ellos y como lo habíamos hecho anteriormente, los tres se besaron y yo me quedé a un lado, detallando la unión de labios, lenguas, humedad y respiraciones entre cortadas.

    Fue Martha la que reparó en mi apartada soledad de espectador y jalando a mi esposa con ella, se acercaron las dos sonrientes para comernos las bocas también, mientras Hugo nos observaba y en sus ojos grises por fin pude percibir un brillo, el de la excitación por haber sellado así, el excitante trato. ¡Todas para uno y uno para todas!

    Martha volvió a mis brazos pero después de mirarme coqueta, se dio vuelta y por la espalda de mi esposa, adelantó sus brazos para perderlos en el medio de aquella bailarina pareja. En un santiamén, la tela de los laterales de la blusa semitransparente de Silvia se abrieron a los costados y los dedos de Martha terminaron la labor de vencer la timidez, pinzando con ternura la gasa y por los brazos la deslizó. Faltaba liberar las manos de aquellas arrugadas mangas y con la colaboración final de su esposo, mi mujer quedó cubierta apenas por su sostén, semidesnuda para él.

    Yo me acerqué también y besando por un lado el cuello de mi esposa, con una sola mano bajé la cremallera de su minifalda de piel sintética y sacándosela por los pies, con cuidado la acomode sobre un brazo del sillón cercano. Hermosa visión del culo de Silvia para mí, le obsequié un beso húmedo en cada redondez de carne suave y bronceada. Silvia se dio vuelta y me abrazó, para en medio de un amoroso beso, seguir bailando conmigo otro vallenato, ella apoyando su cabeza de medio lado y yo apasionado saboreándome la humedad de sus labios.

    Celestial fue aquel momento en que sentí las manos de Martha acariciar mis mejillas, abrir mis ojos para verla acercar su boca a la mía y degustar la humedad de mi lengua, absorbiéndola con ansiedad y luego Silvia, –con Hugo por detrás desabrochando su brassier– con decisión liberó el torso de Martha de aquel rosado top, sacándoselo por encima de la cabeza. Los cuatro rosados pezones embravecidos a mi visual alcance, el derecho de Martha contra mi costado izquierdo y el zurdo de mi esposa, un poco más debajo de mi tetilla derecha, excitándome tan pegadas a mí, el izquierdo de Martha refregándose contra el diestro de Silvia, intentando seguir con nuestro acompasado baile pero con verdaderas ganas de iniciar ya, algo más. Luego di la vuelta a Silvia, enfrentándola con su jefe, entregándosela por fin con mi consentimiento, para que se deleitara con sus turgentes tetas liberadas, el gris de sus ojos, hasta que con su velluda mano, hizo posesión de aquella suave piel y se besaron con ansias.

    Olvidándome de Silvia un instante, con mis celos ya sometidos y el pudor disipado entre los cuatro, introduje mis manos por el talle alto del firme vientre y a cada lado de sus caderas, me arrodillé ante Martha, jalando hacia abajo el licrado leggins albo y sin apuro, poco a poco, mirando el acaramelado color de sus ojitos de miel, la despojé por sus tobillos de aquella frontera. La última, su tanguita blanca perfumada de su aroma de mujer excitada, la dejaría yo para después. Ahora sí, nuestras mujeres estaban en igualdad de condiciones y de natural desnudez, dispuestas ellas y con muchas ganas los dos.

    Silvia empujó a Hugo hacia el sofá, desabotonándole la camisa azul y Martha a mí me obligó a sentarme en un sillón, –encorvada un poco– liberándome de la prisión del cinturón de mi pantalón. Las dos empeñadas en desvestirnos, para que esa madrugada en aquella calurosa sala, todos quedáramos en la misma situación.

    —¡Bueno, bueno! Creo que ya es hora del postre. —Dijo Martha, besando a mi esposa en la mejilla y comentándole entre risas al oído algo. Tenían en mente algún complot y no precisamente de una receta de cocina se hablaban las dos.

    Continuará…

  • Aquel verano del 96 (La limpiadora. Relatado por ella)

    Aquel verano del 96 (La limpiadora. Relatado por ella)

    Hoy mi marido cumple 75 años, 2 más que yo, llevamos 42 felizmente casados. Nos hemos querido, tenemos 2 hijos. Hemos sido un matrimonio feliz y bien avenido. Hemos sido la envidia de muchas parejas amigas. Nunca hemos sufrido una crisis por infidelidad aunque en estos momentos, en que mi marido hace un brindis por la vida tan feliz que hemos tenido, no puedo dejar de recordar aquel verano del 96.

    Llevaba varios años trabajando como gobernanta de limpiadoras en una inmobiliaria. Entre junio y agosto, los turistas alquilaban los pisos de aquella empresa inmobiliaria. Mi misión era organizar el equipo de limpiadoras para que los pisos estuvieses limpios cuando entrasen los inquilinos. En 1995 entró a trabajar un joven como chico de los recados. El chaval, de 21 años, hacía de todo. Desde recepción clientes hasta funciones administrativas, pasando por recados de todo tipo.

    Yo, entonces, llevaba casada con mi marido alrededor de 18 años, era madre de dos hijos adolescentes y la rutina hacía tiempo que lo inundaba todo en nuestra relación de pareja. Pedro, mi marido, había empezado el declive físico que marca la cincuentena. La alopecia se había apoderado de su coronilla y la grasa de su barriga. Le quería, pero hacía tiempo que la atracción física se había esfumado. Por eso la aparición de aquel joven con un físico definido por el entrenamiento de su equipo de baloncesto, su belleza juvenil y su personalidad fueron una bocanada de aire fresco.

    Desde que le conocí comencé a fantasear con él. Me masturbaba pensando que era él quien me tocaba. Incluso cuando lo hacía con mi marido, prefería hacerlo con la luz apagada para poder imaginar que me follaba Alejandro, el chico de la inmobiliaria. Pero fue en el segundo año cuando nuestra relación se estrechó más. Yo empecé a mirarle el culo, redondo y duro, y hacía bromas sobre su físico que él no dudaba en seguir. Todo esto fue provocando una tensión sexual entre nosotros que hacía que yo estuviera todo el día caliente. Incluso cada día deseaba ir a la oficina solo por ver a aquel niñato que me tenía muy burra.

    Fue en la segunda quincena de julio cuando todo se precipitó. A día de hoy todavía no comprendo como tuve el valor de provocar aquella situación y lanzarme a por un niño que bien podía ser mi hijo, De hecho, Alejandro tenía 22 años y mis hijos contaban con 17 y 15. Pero aquella situación me tenía totalmente excitada. Así, una tarde le propuse que me ayudara a colgar una cortina en uno de los apartamentos.

    Reconozco que aquello fue una encerrona. En un estrecho hueco junto a una cama de matrimonio coloqué una silla y le dije a Alejandro que me ayudase a subirme. Luego tendría que sujetarme para evitar que cayera. Me subí lentamente y muy cerca del chico. Hice pasar todo mi cuerpo por delante de la cara de él. Sabía que mis grandes tetas eran objeto del deseo de aquel joven. Alguna vez había bromeado sobre eso.

    Durante minutos estuve subida a la silla manipulando el cortinero. Mientras, Alejandro me sujetaba con sus manos a la altura de las caderas. Esa sensación estaba provocando que mi coñito se empapase de flujo caliente. Mi excitación iba en aumento. Hacía demasiado que no me sentía así. Sentía como mis pezones se retorcían sobre sí mismos de puro placer, como mi clítoris palpitaba convirtiendo mi sexo en un volcán en erupción.

    Por fin decidí que ya no había marcha atrás. Comencé a descender lentamente haciendo que mis tetas pasaran muy cerca de la cara del chico hasta que quedaos frente a frente. A pocos centímetros de sus labios carnosos no pude resistirme y acerqué los míos a los suyos. Un beso apasionado fue el preludio de un abrazo sobre al cama de matrimonio en aquella casa anónima.

    En medio de una pasión desatada comenzamos a desnudarnos. Reconozco que estaba ansiosa por tener sexo con aquel chico 25 años más joven que yo. Nunca le había sido infiel a mi marido y nunca más lo he vuelto a ser. Pero en aquel momento, el morbo que me producía aquella situación era incontrolable. Ante mí un niñato de 22 años, con un cuerpo definido y fibrado por las horas de entrenamiento de baloncesto y con una polla desconocida para mí. Como digo era la segunda que iba a probar en mi vida.

    A mis 47 años mi cuerpo había envejecido de manera irregular. Con dos partos, tenía una acumulación de grasa abdominal y algo de celulitis. Pero mis tetas tenían un tamaño extraordinario que siempre habían tenido mucho éxito entre los hombres. Por eso cuando me quité el sujetador y liberé mis pechos aquel niñato se quedó boquiabierto. Se abalanzó sobre mí a comerme las tetas. Agarrada a su nuca, presionaba su cabeza contra mi pecho. Era la primera vez que me devoraban las tetas con esa pasión casi adolescente. Mi marido era de otra época y sus polvos nunca fueron tan morbosos.

    Aquel niñato me estaba comiendo con voracidad. Me mordió los pezones gordos, los succionó y me las mamó como si lo necesitara para vivir. Me estaba llevando a la locura. Comencé a buscar el cinturón de su pantalón para quitárselo. Ansiaba comerle la polla a aquel niñato.

    Alejandro se puso de rodillas y terminó de desnudarse. Como una loba me lancé a por ese pollón de veinteañero que tenía ante mí. De un grosor considerable, tenía las venas muy marcadas, El capullo gordo y rojo me provocaba a que se lo mordiese. Hacía meses que no se la comía a mi marido. Por eso, cuando la tuve delante no puede evitar engullirla hasta la campanilla. Me la tragué hasta la campanilla mientras jugaba con la lengua. El chico gemía y se derretía con la impresionante mamada que le estaba dando una limpiadora pureta como yo.

    Sentía cada vena de aquel rabo moverse dentro de mi boca. El calor que desprendía y el sabor salado a sexo juvenil. Ayudada por mi mano para pajearle, aceleré el movimiento de mi cabeza a lo largo de la verga del niñato aquel. Cuando comenzó a tensar su cuerpo anunciando su orgasmo me ordenó parar. Me tumbó boca arriba y me terminó de desnudar. Sin cuidado agarró mis mallas llevándose por delante mis bragas también.

    Totalmente desnuda, le miraba a los ojos. Los suyos estaban clavados en mi coño peludo, cubierto de rizos negros. Me acaricié con dos dedos provocándole aún más. Alejandro no lo dudó y se lanzó sobre mi entrepierna. Abrí las piernas y dejé que el niñato me comiese el coño. Llevaba meses sin recibir sexo oral y aquello fue como una explosión en mi cabeza. El niñato llevaba su lengua desde el agujero de mi culo hasta la pipa de mi coño. Lo sentía inundado de flujo caliente que bajaba por mis glúteos.

    Alejandro movía la lengua por cada rincón de mi sexo para terminar en el clítoris. Lo mordía, lo trillaba con los dientes, lo succionaba. Yo estaba desatada, me sentía como una puta y eso me excitaba de manera casi salvaje. Hacía mucho que no tenía sexo y ahora lo quería muy sucio y duro. Insultaba a aquel niñato veinteañero. Quería demostrarle lo que era una mujer de verdad y no la novia frígida y estrecha con la que salía. Me agarré a su cabeza y le obligué a no separarla de mi coño:

    -Come cabrón, come.

    Cuando Alejandro comenzó a meterme los dedos en el ojete mi cabeza ya no atendía a razones. Me sentía como una perra en celo. Una puta caliente dispuesta a entregarle a ese joven que podría ser mi hijo todo lo que me pidiese:

    -¿Te gusta, zorrita?

    -Méteme la polla, niñato.

    -¿Quieres polla? ¿Quieres esto?

    Con cada insulto mi coño producía más flujo. Aquel niñato se meneaba un buen trozo de polla erecta, con las venas muy marcadas que me ponían muy caliente.

    Por fin Alejandro me clavó la polla de un golpe de cadera. El puntazo me incrustó la polla en lo más hondo de mi vagina que hizo que me retorciese de gusto. Hacía mucho que no me follaban de esa manera. Mi marido hacía mucho que no estaba a la altura de mis necesidades como mujer. Con cada golpe de cadera la polla se abría camino dentro de mi coño. Yo no podía parar de gemir y de gritar. Me agarraba a aquel cuerpo joven y vigoroso. Clavé mis uñas en el culo de Alejandro. Necesitaba que me follara más fuerte, más adentro. Él me comía las tetas sin dejar de follarme duro.

    Mis tetas lo volvían loco por eso no me sorprendió cuando paró y se colocó sobre mi. Quería una cubana entre mis tetas y eso me excitaba muchísimo. Se sentó sobre mi abdomen y agarrando mis tetas colocó su polla entre ellas. A lo largo de mi vida había hecho alguna que otra cubana. Mi marido solía correrse sobre mi cara cuando se las hacía. Pero ahora, un niñato desconocido al que le doblaba la edad estaba haciéndose una paja con mis enormes melones. El morbo había hecho presa de mi y me tenía obnubilada, no podía pensar de manera lógica. Hacía mucho que no disfrutaba de una sesión de sexo como aquella y menos de algo tan prohibido. Alejandro había sacado mi lado más oscuro. A la puta que toda mujer lleva dentro. Mis peores instintos salieron a relucir:

    -Pégame niñato. Pégame en la cara.

    Alejandro, se mordió el labio inferior y me miró como a una guarra. No se lo pensó y me dio una hostia justo antes de correrse. Sentía que la cara me ardía al tiempo que un buen lechazo cruzaba mi cara. Mi imagen debía ser casi humillante y solo de imaginarme me excitaba:

    -Sí, joder. Soy muy puta.

    Me sentía más excitada que nunca. Me sentía la puta de un niñato que abusaba de mí. La adrenalina de lo prohibido corría por mis venas provocándome espasmos de placer desde mi vagina hasta mi cerebro. Cuando varios chorros de semen manchaban mi cara, mi boca, mi cuello y las tetas. Alejandro acercó su capullo a mi boca y terminé de succionar para limpiárselo bien.

    Llegamos una hora después a la oficina donde entre ambos enlazamos una historia como coartada. Por la noche, aún me sentía excitada y busqué a mi marido. Este estaba un poco cansado y no quiso follar. Fantaseaba con que se comiera las tetas y el coño que pocas horas antes había llenado de lecho otro hombre. Acabé masturbándome con mi fantasía.

    Durante el resto de los días mi excitación con aquel niñato fue en aumento. No perdía la oportunidad de hacer bromas sexuales y hacer coincidir con él. Una tarde mi excitación era tremenda. Me las busqué para conseguir que me llevara a casa y tener la oportunidad de conseguir algo con él. Al final de la jornada pedí que me llevaran, su compañera no podía (algo que yo sabía previamente porque me había dicho que tenía prisa) y Alejandro se ofreció, como no podía ser de otra manera.

    Me subí a su coche y partimos en dirección a mi casa. Poco antes de llegar le pedí que se desviara por un carril de rural. Estaba ansiosa de sexo con aquel niñato, prácticamente de la edad de mis propios hijos. Podría pasar por un amigo de ellos. Yo podría ser su madre.

    Paró el motor y nos miramos. Yo traté de justificar mi comportamiento aunque me sentía tan excitada que no veía la hora de que se lanzara a por mi. Alejandro me comentó que me veía como una casada aburrida. No pudo aguantar más y me besó. Me metió a lengua y comencé a manosearle hasta alcanzar su cinturón. Me sentía desatada.

    Liberé su polla y me recreé. Era perfecta, joven, gruesa, vigorosa, dura, apetecible. No me lo pensé y acerqué mi cabeza a su entrepierna. El olor a sexo de aquel rabo joven me tenía loca. Lamí con mi lengua el tronco antes de abrir la boca y comenzar a engullir cada centímetro de polla joven. El tipo se embruteció y comenzó a insultarme:

    -Como perra, come.

    Cada insulto de aquel niñato hacía que mi libido se desbordase. Pensar que Alejandro le era infiel a su novia de 19 años con una pureta de 47 como yo. Que me tratase como a una zorra porque su chica no se lo permitía era algo superior a mi. De repente me agarró por la melena y comenzó a follarme la boca. Me la incrustaba hasta más allá de la campanilla. Acomodada de rodillas en el asiento del conductor Alejandro disfrutaba de mi mamada al tiempo que me pellizcaba los pezones. Me provocaba un placentero dolor cuando me los retorcía y me obligaba a tragarme toda su polla. Me sentía usada por aquel niñato de 22 años. Me obligaba a darle placer oral y yo me excitaba con esa obligación. Me sentía como una puta de carretera haciéndole un servicio a un joven vicioso en su coche. Sobre todo cuando se corrió y sin permitir que me la sacara de la boca tuve que tragarme su abundante y espesa corrida. Engullí su viscosa leche caliente sin rechistar mientras él me definía de manera insultante como una puta guarra, una zorra caliente y una perra en celo. Algo que encajaba perfectamente con mi propia percepción.

    Estuvimos cinco minutos callados en el coche antes de continuar nuestro camino hasta mi casa. La despedida fue fría. La situación no daba para demasiado más. Era una pureta como yo, casada y aburrida de la rutina del matrimonio liada con un niñato de 22 años que podría ser mi hijo. Salí del coche sin mirar atrás. Pero pude oír como Alejandro seguía su camino.

    A lo largo del mes de agosto estuve intentando poder quedar con el niñato de la agencia inmobiliaria pero por distintas causas no pudimos. Yo estaba deseosa de follármelo y supongo que él también. Así que en la última semana de agosto se cuadró todo. Un fin de semana antes de que todos los turistas abandonaran los alquileres conseguimos quedar. Aprovechando que mi marido tenía turno de noche y mis hijos se iban de fin de semana a un camping quedé con Alejandro.

    A las 11 de la noche mi joven amante llamó a la puerta de mi casa. Me apresuré para que nadie lo viese entrar. Inmediatamente después de cerrar la puerta me abalancé sobre él y besándonos nos fuimos al dormitorio. Nos tiramos en mi cama matrimonial como dos adolescentes en pleno baile hormonal. Casi sin darnos cuenta estábamos desnudos.

    Alejandro se mostró como un amante complaciente. Mientras me masturbaba recorría con sus ardientes labios mi boca, mi cuello y mis tetas. Me las devoró como un animal hambriento mientras yo suspiraba. Sentí como su mano se abría camino entre mi mata de vello púbico, separando mis labios vaginales e introduciéndose de manera excitante. Hacía mucho que nadie me tocaba con tanta pasión y morbo. Mi mente pensó en como se follaría Alejandro a su novia y en que esa noche el que lo llevaba al límite de su excitación era yo y no una jovencita de 19 años.

    Me metió dos dedos en el coño y con el pulgar masajeaba mi clítoris. Mi excitación me impedía articular palabra. Lo único que acertaba era a producir sonidos guturales de placer infinito mientras agarraba su nuca y le ofrecía mis pezones erectos de excitación. Cuando el orgasmo me invadió mordí su cuello hasta dejarle un moratón.

    Sin darme tregua, Alejandro se colocó sobre mi que, en la postura del misionero, abierta de piernas recibí un primer puntazo de su polla muy fuerte. La fuerza de aquel niñato era descomunal en comparación con mi marido. Era descomunal, hacía mucho que no estaba acostumbrada a semejante follada. Mis gritos de placer se complementaban con el sonido de nuestros cuerpos sudorosos chocando uno contra otro, produciendo el característico ruido de una gran follada. Un grito fue el preludio de una abundante corrida.

    Alejandro inundó mi ardiente coño con una exagerada lechada caliente. Los últimos empujones hicieron que mi coño se bosase de semen y éste comenzase a salir manchando mis glúteos y las sábanas. Era la primera vez que un semen diferente al de mi marido manchaba nuestro lecho matrimonial. La situación me excitaba cada vez más. Era la primera vez que le ponía los cuernos a mi marido y lo hacía con un joven amante que podría ser uno de nuestros hijos.

    La capacidad de recuperación del veinteañero era sorprendente. Acostumbrada al sexo previsible con mi marido, en el que rara vez lo hacíamos dos veces la misma noche, aquel niñato ya estaba otra vez dispuesto para otra sesión. Nuestros cuerpos se veían perlados por cientos de gotas de sudor. El torso lampiño y definido de Alejandro era demasiado tentador. Comencé a lamer sus pezones mientras acariciaba su polla que comenzó a reaccionar al tacto de mis manos.

    Alejandro se colocó de rodillas entre mis piernas de nuevo. Ante él me mostré como una mujer sedienta de sexo. Con las piernas abiertas para que pudiera ver la dilatación de mi raja vaginal y agarrándole las tetas no dejé de mirarle de manera provocativa. El me dio golpecitos con su glande en el clítoris haciendo que escalofríos recorrieran mi columna vertical hasta mi cerebro. El grosor de aquel rabo joven me ponía muy perra.

    Por fin me colocó a cuatro patas. Sus manos agarraron mis caderas y moví el culo para excitarlo. Nunca me había sentido tan excitada y tan puta. Sentía como palpitaba mi clítoris y mi coño manaba flujo en abundancia. Estaba preparada para que aquel macho joven me poseyese con su dura polla de semental. De un golpe seco, el niñato me la clavó hasta el fondo:

    -Sí joder, fóllame como a una perra.

    Aún me estremezco al recordar el nalgazo que me dio y me dejó marcado el culo con sus dedos. Inmediatamente empezó a follarme sin compasión, como se follaría a una puta. Me agarró del pelo, mis tetas se bamboleaban al ritmo que marcaba su cadera empujando su polla contra el fondo de mi vagina. Tenía el coño abierto de par en par por el grosor de su nabo y el cabecero golpeaba la pared por la fuerza de sus embestidas. Sentía como llegaba hasta mi cerviz.

    Aquella sesión de sexo prohibido sacaba lo peor de mí. Mi lado más oscuro y morboso. Me sentía como una zorra pervirtiendo a un joven veinteañero. Yo misma me sorprendo a día de hoy por lo que le propuse:

    -¿Quieres darme por culo, niñato?

    Por supuesto Alejandro accedió encantado.

    Alargué mi brazo hasta la mesita de noche y saqué del cajón un pequeño bote de vaselina que guardaba allí. Yo misma me lubriqué el ojete. Me unté la vaselina y me introduje un par de dedos. No era virgen pero hacía muchos años que no me sodomizaban.

    Me abrí las nalgas con las manos, coloqué mi cabeza en el colchón y le ofrecí una maravillosa visión de mis agujeros dilatados. Alejandro me agarró por las caderas y llevó su capullo hasta la entrada de mi culo. Haciendo fuerza logró atravesar mi esfínter. Grité de dolor antes de que el niñato comenzase a penetrarme hasta el fondo. Mordí la almohada cuando comenzó a acelerar contra mi culo. No pude evitar acariciar mi clítoris cuando sentí que la polla de aquel semental se abría paso en mis entrañas. Cada vez más fuerte, cada vez más adentro. Me estaba dando una enculada antológica.

    -Párteme el culo, niñato. Pártemelo, joder.

    Alejandro aceleró de manera casi imposible. Como si quisiera reventarme, sentía que su polla entraba de manera excitante en mi recto. Noto que mojo las bragas solo de recordar como me partió el culo aquel jovencito. Alcancé un orgasmo bestial en el momento en que sentí que el tío descargaba una gran cantidad de lefa dentro de mi intestino. Otra abundante corrida de Alejandro me llevaba al orgasmo. Cayó de bruces sobre mi espalda. Yo estaba totalmente relajada. Era el segundo orgasmo que alcanzaba aquella noche. Y la primera vez que me daban por culo en muchos años. Estaba en la gloria cuando no sé muy bien que sucedió.

    De repente Alejandro comenzó a vestirse y se marchó sin decir palabra. A los pocos días se largó de vacaciones y nunca más supe de él. Ahora, recuerdo esto, en medio del brindis de mi marido por su 75 aniversario. Habla de nuestra relación de fidelidad, por supuesto nunca le he dicho nada de aquel mes de agosto en que le puse los cuernos con un veinteañero. Como dice Sabina; hay caprichos de amor que una dama no debe tener.

  • La entrevista de trabajo

    La entrevista de trabajo

    Sheila decide hacer un alto y parar en un hotel de carretera.  La idea inicial era hacer el recorrido Valencia-Sevilla de un tirón, pero ahora reconoce que ha salido demasiado tarde y no podrá aguantar todo el trayecto conduciendo. Aún le quedan dos horas largas de viaje y empieza a tener dificultades para mantenerse despierta, por consiguiente, la decisión más sensata es la de hacer noche en un hotel y ya mañana continuar.

    La recepción es pequeña, y mientras se registra echa un vistazo a su alrededor comprobando que el sitio merece la pena, de modo que cuando termina el registro coge su equipaje y enfila hacia la habitación que le han asignado. Tiene que subir a pie, ya que el ascensor se ha roto, según le comunica el conserje, sin embargo, el cartel que hay en la puerta está lo suficientemente raído como para indicar que lleva ya algunos meses averiado. Al llegar arriba cruza un largo pasillo de paredes altas con aspecto poco lustroso. Algunas baldosas y zócalos están rotos, y eso le lleva a pensar que la calificación de hotel quizás es demasiado pretenciosa. Lo que aparentaba ser un lugar medianamente aceptable está resultando ser un cubil. No hay televisión, tampoco nevera, aunque piensa que por el precio por noche tampoco puede exigir más. Hasta ahí todo en orden, ahora bien, cuando intenta darse una ducha, el agua caliente se niega a salir, por lo que decide bajar y avisar al conserje.

    —La caldera está rota, —le informa.

    —Podría habérmelo dicho antes, ¿no le parece? —se queja lanzándole una mirada disconforme, no obstante, se queda con eso y con su indignación. Seguidamente vuelve a subir las escaleras y regresa al cuchitril de habitación que le han asignado.

    Después de una ducha más que refrescante, se acuesta confiando en que no haya vida silvestre en la habitación, pero esas preocupaciones no son inconveniente para que el cansancio la venza en pocos minutos y el sueño envuelva su zozobra, un sueño que es interrumpido en su fase REM debido al traqueteo de la cama en la habitación contigua, unido a los gritos desenfrenados de sus ocupantes, y por ello maldice una vez más su mala suerte. Está por bajar de nuevo a recepción y poner una reclamación por todos los contratiempos con los que se ha encontrado. Pensándolo bien, tendría que haber seguido su camino hasta Sevilla.

    Se levanta en un arrebato de la cama para decirle al conserje que ponga orden o les llame la atención a sus indiscretos vecinos, pero recapacita y reconoce que esos contratiempos van incluidos en el precio irrisorio por noche y desiste del intento, por lo tanto, vuelve a la cama e intenta ignorar lo que ocurre tras las paredes, aferrándose al cansancio.

    Dado el poco éxito obtenido, enciende la lamparita y opina que es mejor repasar su carpeta para la entrevista de trabajo que tiene por la mañana, en vista de que comprende que intentar dormir es tarea inútil, a sabiendas de que el insomnio repercute al día siguiente en su rendimiento. La falta de descanso, unida a sus problemas conyugales son un caldo de cultivo para que la entrevista acabe en desastre y eso le preocupa enormemente.

    Repasa mentalmente una y otra vez sus puntos fuertes y todo aquello con lo que cree que puede deslumbrar a su entrevistador. A su vez, los ruidosos vecinos parecen incansables en una batalla carnal que parece no tener fin, y después de sobrellevar estoicamente los estridentes gemidos y bramidos, las manos de Sheila dejan a un lado sus notas e inician un paseo por su anatomía, al mismo tiempo que empieza a fantasear intentando materializar a un amante imaginario follándola salvajemente igual que a su vecina de habitación.

    El distanciamiento cada vez mayor con su marido ha propiciado que la actividad sexual de ambos se vea mermada, al igual que lo está cada vez más su relación, de tal manera que la falta de sexo, unida al incesante trasiego en la habitación contigua ha conseguido excitarla eludiendo, tanto el cansancio, como la indignación.

    Una voz al otro lado del tabique está pidiendo a gritos que le reviente el culo, y los ojos de Sheila se abren como platos, mientras que sus oídos se agudizan para escuchar cada demanda y cada gemido de su afortunada vecina. No debe faltarle mucho para disfrutar de su premio, piensa, y como si fuese ella a la que están fornicando, Sheila intenta coordinarse con la pareja, al tiempo que escucha cada frase, de tal modo que después de veinte minutos maltratando su coño, —cuando parece adivinar que la mujer está a punto—se corre entre espasmos, conjuntamente con el dúo dinámico. Levanta sus caderas en busca de una polla imaginaria y exhala un gemido liberador que es amortiguado por los berridos de los dos amantes. Segundos después el silencio vuelve a adueñarse del lugar y la ansiada paz regresa abrazando a Sheila y sumiéndola en un merecido sueño, si bien, demasiado corto para su gusto.

    Son las cinco de la mañana y vuelven a escucharse unos murmullos que consiguen perturbar el ligero dormitar de Sheila. La puerta de la habitación de al lado se abre, y por más que espera que se cierre de nuevo y vuelva a reinar el silencio, las risas continúan, evidenciando una falta de ética vecinal.

    Sheila, enojada, se levanta de la cama, se coloca una camiseta larga y abre la puerta dispuesta a maldecir, si hace falta. Al asomarse observa a un hombre completamente desnudo pagándole sus honorarios a la prostituta que en ese momento le guiña un ojo a ella sin ningún recato, y tras la muestra de descaro, se aleja por el pasillo dichosa y satisfecha. A su vez, las miradas de Sheila y del hombre se encuentran, y en cada una de ellas un torbellino de pensamientos se agolpan calibrando la situación.

    Esos breves segundos son suficientes para que Sheila contemple al hombre maduro que muestras sus vergüenzas sin ningún pudor, a decir verdad, parece querer exhibir sus atributos ante la joven que lo mira, pero tras el rubor que le provoca la situación a ella, cierra la puerta y regresa de nuevo a su cama para intentar dormir las pocas horas que le quedan, si bien, la imagen del hombre desnudo de aspecto tosco empieza a deambular por su cabeza. Admite que no es atractivo, en realidad, es más bien, todo lo contrario. Por su constitución, supone que puede ser el conductor del camión que hay aparcado en el parking del hotel. Quizás si no tuviese esa protuberante barriga… —piensa ella—, pero el exceso de vello en el cuerpo también la echa para atrás. Entretanto recuerda la sesión de sexo que se ha marcado con la prostituta y se convence de que, pese a su aspecto, ha conseguido que la mujer arañe el suelo durante una hora seguida, al fin y al cabo, con el calibre que colgaba de sus piernas, ¿cómo no iba a gozar?, —opina, mientras empieza a evaluar que la falta de sexo está haciendo estragos en su gusto por los hombres, pero también en su forma de pensar. Con treinta y dos años y sin la carga de hijos, su cuerpo está en plena vorágine. Está claro que sus días de mujer casada están contados, mientras tanto, la masturbación es su aliada en esos momentos de calentón.

    Su mano se pasea por sus bragas y piensa que ya será más reflexiva mañana. Ahora lo que le apetece es masturbarse otra vez. Los dedos incursionan dentro de la fina tela para masajear el pequeño nódulo del placer. Cambia de mano y utiliza el dedo de su mano izquierda para así poder introducirse dos dedos de la otra mano. Cierra los ojos y recapitula lo ocurrido unas horas antes. Calibra cada frase y cada gemido, intentando materializarlo en sus carnes. Fantasea con el rudo camionero poseyéndola de todas las maneras imaginables. Su dedo corazón fricciona el rígido botón aceleradamente, al mismo tiempo que levanta su pelvis y echa la cabeza hacia atrás buscando un orgasmo que parece querer resistirse. No lo consigue, aun así necesita correrse.

    ¿Y si…?

    La idea de llamar a la puerta de su vecino empieza a tomar forma, pese a no gustarle físicamente ese individuo, de todos modos, Sheila lo que necesita ahora es una polla que aplaque su ardor, independientemente de quien sea su dueño, además, el badajo que le ha quedado grabado a fuego en su cabeza promete placenteras sensaciones.

    Sheila se recoloca las bragas, se levanta de la cama y estira su camiseta, seguidamente coge la llave y sale de la habitación convencida de que es tarea fácil. No tiene por qué preocuparse por su conducta, ya que no conoce de nada a ese hombre y nunca más volverán a verse. Cuenta hasta tres antes de llamar, a continuación respira hondo y se encomienda a Dios, pensando después, que Él solo puede reprocharle su actitud.

    El hombre rudo abre la puerta conforme Dios lo trajo al mundo y una fugaz mirada se posa en el péndulo oscilante que luce el camionero. Por su parte, su vista repasa los atributos de la treintañera que acaba de caerle del cielo. Unos pechos pequeños se insinúan debajo de la camiseta con unos duros pezones intentando perforarla y unas esbeltas piernas soportan una figura realmente deseable.

    —¿Has venido a que te folle?, —le pregunta el hombre sin remilgos, y ante su interpelación, Sheila se ruboriza, sin embargo, ¿para qué engañarse? Es precisamente a eso a lo que ha ido. El silencio por respuesta de la joven es interpretado por el rudo hombre como un sí, por consiguiente, la coge del hombro, la anima a pasar y cierra la puerta. Al entrar, un intenso olor a humanidad golpea sus fosas nasales confirmándole la intensa sesión de sexo que hace unas horas ha tenido lugar allí. Unos rodales de un tono más subido en las sábanas ratifica el derroche de fluidos de ambos amantes.

    —Menuda zorrita estás hecha, —le suelta sin ningún reparo, y ella un poco molesta por sus ordinarios comentarios, le amonesta.

    —¿De qué vas?, —pregunta desconcertada ante tanta insolencia, empezando a calibrar que intentar razonar con él puede ser lo mismo que hacerlo con un besugo, pero el camionero hace caso omiso a su reproche y sin ningún preámbulo le mete la mano en el coño, y Sheila responde con un pequeño respingo.

    —Chiquilla, estás empapada. Por lo que veo tu marido no te atiende como es debido y por eso acudes a mí.

    —No estoy casada, —miente antes de percatarse de que su anillo la delata.

    —No me engañes cariño, vas a tener tu ración de polla igualmente, —asegura el hombre, mientras Sheila nota el enorme dedo adentrándose en su raja, de tal manera que los soeces comentarios se disipan a medida que los dedos van trabajándole el coño.

    —Lo que hay que ver, —añade—. Resulta que el pobre cornudo cree que te hace feliz en la cama y no sabe que a su mujercita le va la marcha y necesita otros alicientes más desmedidos para contentarse, —continúa al mismo tiempo que coge la mano femenina y la posa en su polla que ya va ganando firmeza. Con ella en la mano, Sheila empieza a masturbarlo agitando la mano con tímidos movimientos, al mismo tiempo que goza con los dedos del individuo que parece recién salido de las cavernas, y como tal, le quita la camiseta, la coge en brazos y la lanza bruscamente encima de la cama, por lo que Sheila queda tendida, de piernas abiertas y a la espera de que la penetre, mientras observa como el fulano la contempla con lascivia, a la vez que se frota una verga que ahora, en plena erección podría ser capaz de abrirla en canal.

    —¡Pídeme que te folle!, —le ordena, por el contrario, Sheila no está acostumbrada a esa jerga irreverente de la que hace gala el hombre de cromañón, y es incapaz de articular palabra. Salió de su habitación muy decidida y ahora parece una tímida colegiala sin saber qué decir ni qué hacer. Nunca ha vivido una situación semejante en la que sienta cierto rechazo, y a la vez, una atracción animal.

    —¡Pídemelo o te largas de aquí a toda leche conforme has venido, zorra!

    Sheila está a punto de marcharse. No quiere seguir escuchando semejante avalancha de improperios hacia su persona, pero en el fondo quiere quedarse y que la haga gemir igual que a la prostituta.

    —Es tu última oportunidad, —le advierte el fulano balanceando su miembro y mostrándoselo en todo su esplendor.

    —¡Fóllame!, —le pide finalmente, claudicando ante su arrogancia. Lo que quiere es echar un buen polvo. Sabe que no lo volverá a ver, y si con ello tiene que aguantar sus impertinencias, cree que merecerá la pena.

    —¿Lo ves? No ha sido tan difícil, cariño.

    El fulano le abre las piernas y contempla su sexo abierto y enteramente a su disposición.

    —Qué buena estás cabrona, —afirma mientras posa el glande a la entrada de la raja. Sheila está preparada para recibirlo, en cambio él cambia de tercio y se arrodilla delante de su cara colocándole la polla en la boca. Sheila se siente frustrada. Desea que se la clave, pero no le queda otra que abrir la boca y acoger el puntal que quiere abrirse paso hacia su gaznate.

    —Por lo que veo eres una auténtica putilla mamando pollas, —afirma el fulano mientras coge su cabello y empieza a follarle la boca.

    Sheila no puede contestar con la boca llena, pero mueve su cabeza afirmativamente a la vez que unos sonidos guturales escapan por su boca. Parece que el lenguaje tan grosero que en un principio la incomodaba, la está excitando cada vez más, de modo que sigue aplicada en su tarea de mamona, zampándose el pedazo de carne, mientras ingentes cantidades de saliva resbalan por la comisura de sus labios. Por un momento, el energúmeno saca el puntal y le profiere contundentes golpes en las mejillas y en la nariz, por ende, Sheila abre la boca intentando capturar de nuevo la polla que empieza a hacerle perder el norte, pero al parecer, siempre, contrariamente a sus deseos, su amante decide que es el momento de clavársela y se posiciona para ello, le abre las piernas, posa el glande a la entrada y con un contundente y firme golpe de riñón se la hunde por completo en la babosa raja. Sheila exhala un gemido al sentir el garañón caliente hundirse por completo en su coño, y la sensación de sentirse completamente llena es indescriptible. Siente que no queda resquicio por llenar. Ahora el hombre que parecía un patán empieza a mover sus caderas iniciando un movimiento basculante en el que la verga se le incrusta a Sheila hasta el tuétano para volver a salir en un repetitivo movimiento de vaivén. Ella se abre completamente para él y sus piernas se enroscan en su espalda como brazos de pulpo. Los jadeos no se hacen de esperar con las fuertes acometidas que el cafre de su amante le está propinando. Él es consciente del placer que le brinda y por ello su ego va en aumento cada momento que pasa.

    —Tu marido no está a la altura para complacer a una mujer como tú, por lo que veo.

    —¡Deja a mi marido en paz y fóllame fuerte, cabrón!, —grita jadeante, totalmente desinhibida…

    —Menuda puta estás hecha. Cuando llegues a casa recomiéndale que haga ejercicios de cuello para que pueda soportar la cornamenta que su querida mujercita le está poniendo.

    Unos vecinos golpean la pared reiteradas veces ante la batalla que está teniendo lugar de nuevo en aquella habitación que parece destinada al placer. Por suerte para Sheila, ésta vez es ella la que está al otro lado, de tal manera que ya no ve las cosas del mismo modo. En este momento es ella la gritona y la que, según su criterio de hace unas horas, debería tener más modales, lo que pone de manifiesto que las cosas no son siempre blancas o negras, sino que también tienen sus matices de gris, por tanto, dependiendo del prisma en el que se miren, serán de un tono u otro.

    Como en una sincronización ensayada, se dan la vuelta y se recolocan al revés, de tal modo que Sheila empieza a cabalgar sobre la estaca de su amante, a la vez que éste se aferra a sus prietas nalgas. Ella se contorsiona y se retuerce buscando recorrer y sentir cada centímetro del pistón que percute en su coño, pero una vez más, el fulano vuelve a cambiar de tercio. Se levanta, se pone en pie sin sacársela, la coge en brazos por debajo de sus nalgas, mientras ella se engancha a su cuello, de forma que la levanta y la baja en el aire con la fuerza de sus brazos. Sus piernas se enroscan nuevamente igual que una serpiente envuelve a su presa. Sheila gime de placer al sentir como el cipote invade una y otra vez su ser, pero es él quien lleva las riendas de la cópula y cuando se cansa de la incómoda posición la recuesta en una desvencijada cómoda, le abre las piernas completamente, las engancha a sus hombros y la vuelve a penetrar, jodiendo igual que dos amantes que hayan estado dos años sin verse y ahora se reencuentran, y eso no conduce a otra cosa que a fornicar como posesos.

    —¡Fóllame!, —pide a gritos Sheila mientras su amante la penetra con vehemencia.

    —Estoy follándote, zorra.

    Ella avanza entre gemidos de placer que se corre y los suspiros se convierten en alaridos durante el orgasmo interminable. Ni ella misma se reconoce en ese momento, y cuando remite el clímax, es su amante el que empieza resoplar como un toro y a proferir toda clase de insultos mientras el potente orgasmo invade todo su ser y aloja toda la corrida en su interior.

    —Menudo polvazo, —dice completamente satisfecho—. Parecías una remilgada y follas mejor que la puta, —añade mientras se enciende un cigarro.

    —Eres un hijo de perra, —le recrimina ella, pero a sabiendas de que ha sido el mejor polvo que le han dado en años.

    —Pero bien que te gusta, —le confirma al mismo tiempo que le ofrece una calada. —¿Sabes que estás muy buena?, —pregunta pasándole el cigarro.

    —Gracias por el piropo.

    —No es un piropo. Estás de escándalo. Tu marido debe ser un imbécil ¿no?

    —Voy a separarme.

    —¿Tan buena impresión te he causado?

    —Menos lobos, caperucita…

    —Quiero metértela por el culo.

    —¿Pero cómo eres tan cabrón?, —se queja.

    —¿Tu marido no te da por el culo?

    —¿Y a ti qué te importa?

    —Ya veo que no, —afirma convencido—. ¡Déjame darte por el culo y verás como lo gozas.

    —Va a ser que no, —dice convencida.

    —No te arrepentirás, —insiste él, en cambio ella no lo tiene tan claro después de haber sentido semejante calibre en el coño, por tanto, pretender que eso entre en el estrecho agujero son palabras mayores.

    —¡Déjame prepararte y verás como lo gozas!, —le repite empecinado. —Si en algún momento no te gusta y me dices que pare, lo haré, ¿de acuerdo?, —le dice a modo de consuelo y Sheila asiente sin convicción, aunque con cierto morbo de probar un buen polvo por el culo.

    —¡Vamos allá!, —le dice entusiasmado mientras se incorpora. —¡Date la vuelta!, —le pide.

    Sheila se da la vuelta y respira hondo posando su mirada en el amenazante miembro. Piensa que la va a partir en dos. Él se levanta un instante y se aproxima a su maleta para sacar un tubito de gel lubricante con el que se empieza a embadurnarse el falo.

    —Ha llegado el momento de probar tu culazo.

    El comentario consigue asustarla todavía más.

    —¡Hazlo con cuidado, por favor! —le ruega.

    —No te preocupes cariño. Vas a gozar como nunca.

    Comienza a embadurnarle el agujero con el gel y le mete primero un dedo, dilatando poco a poco el orificio, después introduce dos, tomándose su tiempo, a continuación añade un tercero y la presión aumenta, pero no le duele. Está dilatando bien y empezando a gozar con aquella práctica. Vuelve a embadurnarse con gel la verga considerando que ya está a punto para incursionar en el incipiente orificio.

    —¡Levanta la pierna! Voy a empezar a presionar y va a ir entrando poco a poco. Relájate y verás cómo gozas.

    Ella le hace caso y, contrariamente a lo que pudiera parecer, está siendo de lo más delicado y eso le ayuda a relajarse. Nota que la cabeza presiona el agujero y empieza a meter la punta causándole un dolor agudo que hace que se queje, pero él intenta tranquilizarla diciéndole que todo va bien y que aguante un poco, pues pronto empezará a disfrutarlo, como si hubiese estado toda la vida dando por el culo a mujeres inexpertas en ese campo. A su vez, Sheila no sabe el trozo que tiene dentro ya. A ella le parece tener una jodida barra de hierro, y acerca su mano para calibrar lo que tiene metido y lo que aún queda por meter, comprobando que no ha introducido ni la mitad. Ahora ya no penetra, ahora inicia el movimiento de entrar y salir para ir adaptando el agujero a su diámetro. Con cada empujón cierra los ojos mientras muerde la almohada y se le escapan los gritos y jadeos, en su mayoría de dolor, un dolor al que acompaña en parte un extraño placer. Va aumentando el ritmo y a la vez penetra un poco más el intruso en el estrecho orificio. Los jadeos y los gritos se intensifican al mismo tiempo que las sensaciones, sin embargo, llega un momento en el que, sin saber por qué, se da cuenta de que ya no grita por el suplicio que supone semejante polla invadiendo sus entrañas, ahora lo hace por el placer, a pesar de que un ligero y punzante dolor continúa persistiendo.

    Sheila empieza a gozar con aquella práctica y jamás creyó que fuese posible hacerlo con el sexo anal. Debería haber sido más paciente cuando lo intentó su marido hace años, o quizás él no tuvo la maestría de su amante, o tal vez, en aquel momento no sentía el morbo que siente ahora. Vuelve a pensar en su marido, pero no hay remordimientos. Sabe que sus días juntos están contados, incluso se lo imagina sentado de espectador entretanto su amante le rompe el culo.

    —Ya la tienes toda dentro. ¿Estás gozando?

    Un “sí” eufórico se escapa de su boca y es lo suficientemente elocuente para responder a su pregunta.

    —¿Ves como eres muy puta? ¿O quieres que te la saque?

    —¡No me la saques! ¡Fóllame! ¡No pares! Me das mucho gusto.

    —Pero qué zorra que eres.

    —¿Tu marido no te da por el culo como te mereces, verdad, cariño?, —le dice completamente desatado por la lujuria.

    Su amante le sujeta la pierna en alto, haciéndolo de lado e intensificando el ritmo progresivamente, consiguiendo que vaya gozando de forma gradual. Valida con ello que es todo un profesional y lo estaba haciendo de fábula. De pronto nota que se la saca entera y nota un gran vacío. Él vuelve a embadurnarse el miembro con el gel lubricante.

    —¡Levanta el culo! Quiero que la sientas entera.

    Sheila obedece mostrándole su divino trasero y poniéndolo a su disposición. Tiene los codos apoyados en la cama esperando que se la vuelva a ensartar, y no tiene que esperar mucho para sentir todo su potencial en el esfínter. Esta vez sí que le hace daño y se queja cuando entra lentamente, pero sin hacer paradas, sin embargo, él obvia sus quejas y sigue embistiendo hasta que el goce regresa bajo las acometidas del martillo pilón. Se aferra a sus caderas, acelerando los movimientos y tornándose cada vez más salvaje, mientras profiere toda clase de groserías. Se agarra a su cabello con las dos manos, formando dos trenzas como si fueran las riendas de su yegua. Sheila goza del energúmeno que arremete en su retaguardia. Un sinfín de sensaciones extrañas refuerzan la posibilidad de tener un orgasmo de esa manera, y cada vez está más segura de alcanzarlo si el energúmeno de su amante sigue embistiendo de aquel modo, e intenta alcanzarlo retorciendo sus caderas.

    El hombre intensifica unos movimientos que cada vez son más enérgicos, mientras le susurra al oído las más infames groserías, mientras tanto, Sheila mueve el trasero al compás de los embates.

    —Hoy volverás a casa con el culo complacido. ¿Te gusta la follada que te estoy dando, puta?

    —Me encanta, —responde entre jadeos—. Estoy muy caliente y quiero correrme. Nunca lo he hecho por ahí.

    —Vamos a tener que darle unas clases intensivas al pusilánime de tu marido. Voy a hacer que te corras, zorrona.

    Vuelve a ponerla con el culo en alto y a cogerla del pelo, estirándole la cabeza como si fuese un jinete intentando frenar a su yegua. La polla golpea su ano repetidas veces con gran ímpetu, y vuelve a sentir la sensación de que puede correrse. Siente muchas ganas de hacer pis, dado que la verga en su interior presiona su vejiga. Está a punto de culminar, puede sentirlo. Aunque el orgasmo se resiste, está segura de que puede lograrlo. Un poco más y lo conseguirá.

    —Voy a correrme en tu culazo, cabrona, —grita el salvaje.

    Acto seguido un orgasmo diferente irrumpe en su esfínter transitando por sus terminaciones nerviosas para disfrutar de una sensación completamente nueva. Seguidamente, percibe como el semen impacta, lechazo tras lechazo en su interior hasta que remite la corrida. Cuando su amante extrae la verga del ano, su esencia se le escapa a borbotones del pequeño orificio, convertido ahora en un bebedero de patos. Sheila está exhausta y se queda tumbada e inerte un momento junto a los fluidos de ambos.

    Ahora quiere dormir. Está exhausta, pero todavía le quedan dos horas de viaje y tiene que arreglarse, por consiguiente, se levanta, se coloca las bragas y la camiseta y se despide del extraño del que ni siquiera conoce su nombre.

    —Ha sido un buen polvo, —se despide, al tiempo que cierra la puerta y se dirige a su habitación.

    El hombre se sonríe más que satisfecho.

    Todavía nota ligeros pinchazos en su ano mientras conduce hasta Sevilla, pero reconoce que, tanto las contrariedades, como la insolencia de su amante han merecido la pena. Ahora se encuentra motivada y con la energía y entereza necesarias para afrontar la entrevista de trabajo.

    La secretaria le pide que espere, y al cabo de unos minutos le manda pasar al despacho. Sheila golpea tres veces en la puerta antes de abrir, a continuación atraviesa el umbral y se queda atónita cuando contempla sentado en su despacho al hombre trajeado que va a ser su futuro jefe y reconoce al supuesto patán que hace unas horas le ha roto el culo. Sheila permanece con ojos como platos, y una pícara sonrisa se dibuja en los labios de su futuro jefe.

  • Mejores amigos comparten a una hermosa colombiana

    Mejores amigos comparten a una hermosa colombiana

    Tomás estaba saliendo de la guardia del hospital donde hace las residencias de medicina. Eran las 20 s de un martes de tormenta y estaba tan cansado que lo único en lo que pensaba era en ir directo a su casa, tomar un baño y tirarse en la cama a mirar alguna película poco interesante.

    Iba caminando con su paraguas abierto, pensando en que esperaba que Julián, su mejor amigo, le hubiera dejado en condiciones el departamento.

    Julián estaba hospedando en su casa a su mamá que era de un pequeño pueblo en las afueras de la ciudad y había viajado a la Capital para hacerse un tratamiento médico. A él no le molestaba vivir con su mamá temporalmente, pero sí le molestaban las limitaciones que su visita implicaban. Estaba saliendo recientemente con Sara, una colombiana divina que había conocido en un bar, pero no podía llevarla a su casa con su madre ahí. Es por eso que desde que ella estaba instalada en su casa, Julián pasaba mucho tiempo en la casa donde Sara convivía con otras dos amigas también colombianas.

    Ese martes Julián y Sara tenían franco en sus trabajos, pero no podían estar en la casa de ella ya que había obreros trabajando. Julián, sabiendo que Tomás iba a estar de guardia durante todo el día, le pidió que le permitiera llevar a su chica a su departamento para pasar ahí una jornada intensiva de sexo mientras él trabajaba.

    Tomás no dudó en acceder, aunque le pidió que tuviera consideración en algunas cosas como no dejar la casa llena de fluidos y manchas, cambiar las sábanas antes de irse, etc. No le gustaba la idea de llegar cansado a su casa y encontrar todo como si fuera una habitación de hotel barato.

    Tomás volvía a su casa y pensaba en el contraste entre su estresante martes laboral y el martes desenfrenado de su amigo.

    Llegó al edificio aliviado, tenía las zapatillas mojadas y frío en el cuerpo. Cerró el paraguas y entró, subió al ascensor y apretó el piso 5. Abrió la puerta de su departamento y para su completa sorpresa encontró a Julián y a Sara teniendo sexo sobre la mesa del living. Se congeló y tardó unos instantes en reaccionar. Su amigo y la acompañante lo miraron agitados, frenando el acto, aunque no parecían incómodos ni confundidos. Parecía que hubieran sabido que Tomás iba a volver pero que no les hubiera importado lo suficiente para interrumpir su tarde de conejos.

    – Uhhh, perdón. Vuelvo en un rato.

    – No, Tomi, ven. – Dijo Sara sonriéndole provocativa

    Sara era una morocha latina hermosa. Parecía salida de una película. Unas tetas grandes y naturales, preciosas. Un culazo, y unas piernas fuertes y fibrosas. Que lo estuviera llamando le nubló la mente. ¿Había entendido bien? ¿Lo estaba invitando a pasar al departamento mientras ellos terminaban? ¿Iban a interrumpir debido a su llegada? ¿Lo estaba invitando al acto? No le quedaba claro y tampoco podía preguntar.

    Tomás estaba en el medio de estos pensamientos cuando vio que Sara le tendía la mano, invitándolo a acercarse a ellos. Tomas miró a su amigo, como queriendo descifrar si él estaba de acuerdo, si aprobaba su presencia o si quería que se fuera. Julián también tenía una media sonrisa divertida en su rostro, estaba disfrutando de su nerviosismo.

    Tomás entró y cerró la puerta detrás suyo. Sara, desnuda, se acercó a él a darle la bienvenida.

    – Por fin llegas, estaba muy ansiosa por conocerte – le dijo tomándolo suavemente de la nuca y poniéndose en puntitas de pie para besarle la boca.

    Tomás se tensó, no respondió al beso pero tampoco se quitó. Miró de reojo a su amigo, y este asintió, como invitándolo a seguirle el juego a su chica.

    En ese momento Tomás tiró el paraguas mojado al piso, revoleó las llaves arriba de la mesa, y comenzó a besar apasionadamente a Sara.

    – Ahora sí… – dijo ella

    Él comenzó a distenderse, y a medida que se iba sintiendo más cómodo se iba soltando. La tomaba de la cara mientras la besaba, pasaba su mano por la cintura desnuda de ella, por sus tetas, su culo. Empezaba a sentir el calor en el ambiente. No podía creer estar besando a la chica de su amigo, con él ahí desnudo.

    Tomás notó que Julián se acercaba a ellos con una visible erección. Se puso detrás de Sara y apoyó su cuerpo al de ella, sosteniéndola de la cintura y besándole el cuello, mientras ella continuaba besando cada vez más desenfrenadamente a Tomás.

    – Estás muy vestido tú, nos sentimos en desventaja contigo – dijo la colombiana mientras le quitaba la remera y acariciaba su abdomen lentamente.

    Tomas se quitó las zapatillas y las medias empapadas de lluvia, y sintió la mano de Sara acariciándole la bragueta con deseo. Ella lo tocaba mientras giraba la cabeza para besar a Julián que seguía manoseándola desde atrás.

    Tomás ya tenía la verga dura, y el morbo de que estuviera su amigo y de que ella fuera su novia, lo volvía loco.

    – Me vas a matar, morocha – dijo Tomás mientras desabrochaba su pantalón y lo bajaba junto con su bóxer

    – Vos viste lo buena que está, amigo? Mirá este orto. – dijo mientras le daba una fuerte nalgada y ella comenzaba a masturbar a Tomás

    – Ustedes tienen unas vergas hermosas. Se me hace agua la boca. – dijo mientras se arrodillaba entre ellos, teniendo un pene en cada mano

    Los masturbó durante un momento, mirándolos desde el piso a las caras, viendo el placer en sus rostros, y después escupió una pija y luego la otra.

    – Ufff, bebé – dijo Julián

    Sara comenzó a chupar los dos miembros simultáneamente, comenzando por el de Tomás, quien tiró su cabeza hacia atrás y emitió un leve gemido. Fue intercalando entre las dos vergas, lentamente, mirando a los amigos a los ojos llenos de lujuria. Pasaba la lengua con ganas, deteniéndose en los testículos, subiendo hasta la punta, metiéndose la verga de uno y del otro hasta la garganta, lubricándolas bien con su saliva.

    Llegó un momento en que Tomás estaba muy caliente. Tomó de la cabeza a la joven y comenzó a penetrarle con fuerza la boca.

    – Discúlpame amigo, pero vos ya cogiste toda la tarde. – dijo con la respiración agitada

    Julián rio y contempló la escena. Su amigo ahogando a su chica, cogiéndole la boca con furia, gimiendo. No sabía por qué pero estaba disfrutando demasiado del morbo de la situación. Se agachó desde atrás y tocó el sexo de Sara. Estaba empapada. Comenzó a meterle dedos lentamente, y ella gemía como podía con el pene de Tomás que casi le impedía respirar.

    – Te voy a llenar toda la boca de leche – le dijo mientras seguía embistiendo la hermosa boca se Sara cada vez con más violencia, hasta que ella sintió el líquido caliente en su boca

    Sara se tragó todo y Julián la levantó del suelo, la hizo parar y la besó, saboreando los restos de semen de su amigo. La dio vuelta y la puso contra la mesa, apuntando el culo hacia él.

    – Mirá lo mojada que estás – dijo mientras jugaba con su glande en la entrada vaginal de ella.

    Movía su verga por la entrada del agujero pero no la penetraba. Estaba esperando que ella le rogara.

    – Por favor, métela ya. Te quiero dentro.

    Julián la penetró y ella gimió alto, mientras tanto Tomás acariciaba y contemplaba su enorme culo, lo apretaba, pasaba su mano por su ano. No podía creer esa perfección.

    Se chupó el dedo y comenzó a meterlo suavemente por el culo de Sara, mientras su amigo seguía garchándola. Ella disfrutaba cada vez más.

    – Ayyy uff, me encantan tus dedos en mi culo- le dijo ella

    La pija de Tomás estaba recuperado su erección, y ahora le metía dos dedos en el culo, que entraban y salían sin dificultad. Tomó un envase de lubricante que había sobre la mesa, que probablemente había usado la pareja más temprano, y colocó una buena cantidad en el culo de la morocha. Continuó metiendo y sacando los dedos, hasta que tuvo la verga dura como una piedra.

    – Vení que te quiero coger ese orto – le dijo

    Tomás se sentó en el sillón y ella se sentó sobre él dándole la espalda, mientras lentamente iba entrando el pene de Tomás en su culo. Ambos gemían, mientras Julián miraba masturbándose lentamente, esperando poder continuar con su chica.

    Una vez que Sara comenzó a moverse con ligereza en la verga de Tomás, se recostó para atrás, poniendo su nuca muy cerca de la cara de Tomás, y Julián volvió a penetrarla de frente. Esa doble penetración la hacía gozar como perra. Gemía como loca y Tomás pensaba en el festín que se estarían haciendo los vecinos con tanto show.

    Sara se masturbaba el clítoris, Tomás movía su pelvis para arriba con ritmo, dándole fuerza a las embestidas en el culo de la colombiana, y Julián la garchaba con fuerza mirándola a la cara y tomándola del cuello.

    Los tres chorreaban sudor, sus gemidos se mezclaban.

    – Cómo me vas a hacer acabar, hija de puta – le dijo Julián y después de un par de embestidas acabó dentro de su novia

    Salió de su vagina, y comenzó a tocar su clítoris.

    – Ahora quiero que te vengas vos. Así que te gusta la pija de mi amigo en el culo eh?

    – Pfff, me encanta – dijo entre jadeos y gemidos

    Julián comenzó a tocarla mientras Tomás le daba por el culo con furia, y luego se arrodilló en el piso y comenzó a estimularla también con su lengua. Se la chupaba con devoción. Sara no tardó mucho en explotar en un orgasmo celestial y Julián se chupó los dedos llenos de sus jugos. Tomás tomó a Sara de la cintura y la acomodó, poniéndola en cuatro sobre el sofá. Se puso detrás de ella y continuó dándole por el culo abierto, dándole fuertes nalgadas y tirándole con fuerza del pelo. Aumentó la frecuencia y con un grito profundo y viril acabó dentro de su culo. El semen rebalsaba y los tres estaban exhaustos.

    Recién en ese momento Tomas fue consciente de que venía de una guardia de 24 horas y de que estaba cansado desde antes de llegar.

    Se tiraron los tres en el sillón, agitados, y se empezaron a reír a carcajadas.

    – Tenés absolutamente mi bendición como cuñada – le dijo Tomás a Sara bromeando y miró a Julián que sonrió con picardía

    – Invítame más seguido que todavía no has visto nada – respondió ella

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  • Gran despedida de soltera

    Gran despedida de soltera

    Miriam, una mujer joven de unos 26 años, morocha pulposa, de carita picara, muy bonita y de una voz muy dulce. Otro regalo que el bendito chat me dio.

    Después de charlar por una semana a través de whatsapp. Se iba a dar el primer encuentro, hasta acá yo no sabía que ella estaba en planes de casarse. Sí que tenía pareja.

    En las charlas de whatsapp tocamos todos los temas, pero había uno que ella traía muy recurrentemente… tríos.

    A modo de chiste le dije “tengo un amigo… Andy, de unos 40 y pico”. Yo riéndome. A lo cual ella me responde. “A ver, mandame foto”, sentí un escalofrió me bajo por toda la espalda.

    -Fachero el vete… -dice.

    Como desesperado llamé a mi amigo y le conté las buenas nuevas, ahí nomás armé un grupo de whatsapp para nosotros tres. Mi amigo casado, yo casado y ella juntada. Una hermosa combinación.

    En las charlas ella se animaba a mandar fotos en tetas, cola entangada… hasta un video tocándose. No tenía problemas.

    Una semana después pusimos fecha, Andy y yo manejamos por una hora para llegar hasta zona norte. En el camino pensábamos… será cierto? No será una trampa para secuestrarnos? y reíamos. Hasta que la vimos parada en una esquina una fría tarde de invierno. Con una campera que no dejaba ver casi nada.

    Hasta ese momento jamás nos habíamos visto la cara en persona. Detuvimos el auto, nos bajamos y la saludamos y amablemente la invitamos a subir a lo cual accedió.

    Compramos algo para tomar… íbamos haciendo chistes todo muy divertido. Ella sentada adelante, mi amigo manejando y yo en el asiento trasero. Hasta que la invito a pasarse conmigo. Lo hace riéndose muy cómplice.

    Sentados atrás nos besamos e instantáneamente pone su mano sobre mi miembro ya duro. “Epa!” dice ella. La saco y rápidamente se lo mete en la boca, haciendo unos ruidos exquisitos y fuertes, “¿qué está pasando?” pregunta Andy y mira por el retrovisor. “nooo –dice- espérenme”.

    Ella ríe y la chupa aun con más ruido. Faltaban solo cuadras para llegar al hotel.

    Dudábamos que nos dejaran entrar a los tres, por lo cual ella volvió al asiento delantero y yo me tapé con su campera en el asiento trasero.

    Solo faltaban dos cuadras y ella ya se la estaba mamando a mi amigo también…

    Una vez dentro del hotel, les pido que se adelante que yo me quería dar una ducha. Cuando cierro la lluvia escucho fuertes gemidos que venían de la habitación. Mi excitación era incontenible. Y al acercarme a la cama y ver esa escena me causó una sensación difícil de explicar. Una explosión sensorial. El acostado desnudo, ella en cuatro sobre la cama, en tanga con un vestido de colegiala, chupándosela a full.

    Me apresuro y me pongo detrás suyo le beso la cola y le corro la tanga .a lo cual ella reacciona entregándome aún más su cola. Me pongo el preservativo y la penetro con fuerza, ella completamente mojada, a lo cual exclama… que lindo un trio por dios…

    Minutos después cambiamos posición y Andy va aún más lejos penetrándola analmente. Gritaba como loca… le encantaba… pedía leche… leche… a lo cual no aguanto y le lleno la boca. La miro a los ojos buscando una mirada cómplice, pero ella no me mira. Solo La saborea, veo como gotas bien espesas caen de su boca. Me la limpia toda mientras Andy seguía penetrándola con dureza por detrás…

    Me levanto, los dejo seguir y voy a ducharme nuevamente y al volver enciendo un cigarrillo y me siento junto a la cama solo para ver como él ahora la cogía en posición misionera… ella con las piernas flexionadas mientras él la besaba apasionado. Me causo un no sé qué ya que seguramente aun tenia rastros de mi semen en su boca. Fume todo el cigarrillo, tome unos tragos de cerveza y el la seguía bombeando.

    Cuando él se pone frente a ella para darle leche en la cara yo me pongo detrás de ella para comenzar a cogerla nuevamente. Quería que ella no pare de disfrutar, se lo merecía por ser tan putita con nosotros. El llena su boca de leche y más me caliento y más duro le daba por detrás. Ahora acabo adentro de ella. Me tiro encima y noto nuestra transpiración. Hacía calor en la habitación.

    Tomamos un descanso mientras ella se va a duchar y nos quedamos Andy y yo acostados mirando el espejo en el techo, desnudos riéndonos como chicos… no podíamos creer lo que estábamos viviendo.

    Apenas ella sale de la ducha la miró con detenimiento, 1.65 rellenita, unas tetas increíbles y pezones enormes. Estábamos esperándola de pie… y ella dice… ya se lo que quieren. Y automáticamente se arrodilla para chupar pija, como le gustaba eso… primero una después otra, al final las dos juntas. La acostamos boca arriba para que Andy le chupe la concha y yo le coja la boca al punto de ahogarla. Le encantaba.

    Nuevamente en 4 le dimos. Fueron 3 horas de darle casi sin parar. Solo para llenar su boquita carnosa una vez más de leche.

    Hasta que se hizo la hora de dejarla en su trabajo donde supuestamente hacia horas extras. Nos besó apasionadamente a ambos en el auto y por mensaje al otro día nos dijo “chicos fue increíble mi mejor experiencia lejos, no tengo por qué mentirles. Pero en un mes me caso, así que mejor la cortamos acá. No me manden más mensajes. Besitos a los dos…”.

    Estábamos tristes y felices a la vez. Volvimos shokeados realmente y hablamos del tema por dos semanas quizás.

    Ahora cada tanto entro a su Facebook para ver sus fotos de casada, y recordar con detalle aquella tarde sublime.

  • Aventuras y desventuras húmedas: Segunda etapa (Fin)

    Aventuras y desventuras húmedas: Segunda etapa (Fin)

    Carmen todavía era reacia a vender la casa de su madre y seguía yendo de vez en cuando a adecentarla. Se mantenía bastante bien y estaba para entrar a vivir, salvo por los muebles, que obviamente estaban pasados de moda, como diría su marido, “las casas de antes no son como las de ahora”… ¡Qué antiguo!

    Sin embargo el estado de la casa poco importaba. Lo único relevante para la mujer en ese momento, era la buena decisión de no venderla, al menos por el momento. Disfrutarla con su sobrino ya valdría la pena.

    Subieron al segundo piso sin parar en el primero. Sergio siguió a la mujer, observando el movimiento de su trasero mientras subía cada escalón. Volvía a estar en plena forma, algo que no se hubiera imaginado después del largo orgasmo que había sufrido en el coche. Con el golpeteo de la lluvia y el calor que hacía allí dentro, si no llega a ser por la insistencia de la mujer, se hubiera dormido.

    Llegaron a la pequeña sala que había arriba y allí Carmen sin mediar palabra empujó a su sobrino al sofá tirándose después encima.

    —Me gustaría hablar contigo de muchas cosas. —la mujer comenzó a besar con lentitud y dulzura el cuello del chico— Pero no puedo aguantarme, cariño.

    —Hablamos después… o de mientras… estoy listo para lo que me des.

    —Mi vida… no sabes lo que te he echado de menos. ¡No lo sabes bien!

    La mano traviesa de Carmen bajó a comprobar lo que se imaginaba, de nuevo su sobrino tenía un pene de lo más duro que golpeaba su pierna. Sentir de nuevo la pasión que provocaba en el joven la hizo sonreír de orgullo. Le mordió el labio llena de un calor que necesitaba soltar como fuera.

    —He traído dos cositas. —le dijo después de meter una mano por la camiseta y quitársela— Una es un lubricante, no quiero que por algún motivo nos hagamos daño y tengamos que parar. La otra es un juguetito…

    —¿Cuál?

    Sergio se sentó en el sofá mientras que agarrando a su tía de sus glúteos la colocada a horcajadas encima de él.

    —Me compré hace poco un succionador de clítoris, ¿has escuchado sobre eso?

    —Sí —Sergio sujetó con cariño el rostro de Carmen y atrayéndola hacía el suyo, le dio un beso tan lento como profundo.

    —Sergio… —soltó Carmen perdiendo la cordura— ¿Vas a utilizarlo conmigo?

    —Tía, tú pide, que yo obedezco.

    Otro beso en medio de aquella sala olvidada por el tiempo donde tantas tardes pasó la joven Carmen. Ahora no era tan joven y lo que allí estaba haciendo sería de lo más reprobable para sus padres, pero poco se acordaba de ellos mientras la lengua de Sergio buscaba la suya.

    El joven de nuevo ansioso por el nuevo levantamiento de su pene, abrió el abrigo de la mujer dejándola únicamente con la camisa. Las fuerzas renovadas de Sergio le hacían volver a ser el carnívoro que había sido todo el camino hasta el pueblo, hambriento de carne humana, la carne de Carmen.

    Posó cada mano en la parte inferior de cada seno de su tía y apretó el uno contra el otro con los ojos cerca de secarse debido a que no pestañeaba. Eran tan perfectos, que al joven le sorprendía que aquello pudiera ser real.

    Introdujo su rostro entre ellos y los besó con ganas para después comenzar a pasar su húmeda lengua por el medio. Carmen le azuzaba para que siguiera, cogiéndole del pelo de la nuca y guiándole para que aprendiera como si fuera su cachorro.

    Como buen caballero, o eso es lo que Sergio creía, arrojó literalmente a su tía contra el sofá, quedándose esta tumbada y mirando a su sobrino con el pecho encendido. Con manos ágiles asió el pantalón de la mujer y tiró hacia abajo, tanto el vaquero como la ropa interior descubrieron un sexo totalmente rapado y mojado.

    No había tiempo para comentarios, ninguno de los dos estaba para hablar, lo mejor era primero quitarse el terrible fuego que les quemaba y después… seguir más tranquilos. El joven arrancó las botas de cada pie arrojándolas por la sala mientras el pantalón quedaba colgado de uno de los tobillos.

    Sin pensar que era lo que quería su tía, se arrodilló en la alfombra que tantos años tendría. Abrió las piernas de la mujer, exponiendo un sexo que ya había humedecido la piel de alrededor e incluso cierta parte del trasero.

    Carmen fue a decir algo, quizá algún comentario ingenioso o simplemente para ordenar un simple “cómemelo”. Sin embargo no le dio tiempo, en un instante, la boca de Sergio había desaparecido porque estaba lamiendo su sexo. La lengua había hecho contacto con un duro clítoris que le llevaba esperando desde la última vez.

    La mujer jadeó y gimió en un sonoro tono que recorrió toda la casa, el saber que estaba sola la iba a hacer desatarse. Los primeros lametazos la hacían mover las piernas sin parar, algo que se ocupó Sergio de detener, agarrando sus muslos con ambas manos. El sexo oral del muchacho era perfecto, Carmen recostada en el sofá disfrutaba del placer que siempre le proporcionaba el joven. Notaba como la lengua se introducía en su interior, llevándose unos fluidos y dejando otros, para de seguido masajear su clítoris de forma sublime.

    Acarició la cabeza del joven con una mano mientras con otra se acomodaba en el sofá. Sergio cogió la mano que rondaba en su pelo e hizo que se aferrara a los mechones que tenía más cerca. Carmen lo entendió a la primera y sujetando bien el pelo de su sobrino, le guio como ella quería.

    El tiempo que Sergio estuvo de rodillas fue excesivamente corto. Quizá apenas unos minutos antes de que su tía comenzase a hiperventilar, que las gafas se le movieran y que sus piernas temblasen furiosas. El orgasmo llamaba a la puerta, un buen orgasmo, no como los que ella misma había logrado en estos meses… solo satisfactorios.

    Este sí era bueno, tan bueno que se mordió el labio superior y miró a su sobrino que seguía desempeñando su labor mientras la miraba fijamente. Soltó su mano para que Sergio obrase como mejor quisiera, pero de nuevo el joven la obligó a agarrarle de su cabellera para que no se moviera.

    Sus labios dibujaron un círculo por donde gemidos más cercanos al mundo animal se escapaban. Como bien quería su sobrino, al notar la explosión en su vagina, apretó la cabeza que tenía bien aferrada contra su sexo, al tiempo que notaba como una lengua se introducía muy hondo. El orgasmo llegó e incluso su trasero se levantó en semejante placer electrizante, dejando únicamente quieta la mano que seguía ahogando al muchacho.

    Se sosegó después de medio minuto de sollozos y débiles gemidos. El pecho se le movía de forma loca arriba y abajo, mientras su joven amante besaba con dulzura su sexo. Sus labios contactaban con la vagina de su tía y al separarse, los fluidos se le pegaban formando lianas infinitas que limpiaba con su lengua. Para Carmen aquello era la definición de erotismo.

    —¿Vas a querer descansar? —el joven de pie, con alguna gota bordeando su barbilla la miraba desafiante— ¿Ya estás… vieja?

    La mujer todavía tirada en el sofá sonrió con mucha malicia, en verdad sabía cómo picarla y con la respiración todavía a medio recuperar le soltó como pudo.

    —Niñato… cabrón…

    Se sentó en el sofá y bajó los pantalones de su amante descubriendo un pene tan grande como en el coche, siempre que lo veía le impactaba y… le encantaba.

    —Siéntate.

    Las palabras de Carmen eran órdenes para el chico que obedeció mientras esta se sentaba encima de sus piernas. La penetración se sucedió con suma rapidez, acoplándose un sexo al otro de forma tan natural que parecían miembros reproductores gemelos.

    Las manos de Sergio apretaron fuertemente la cadera de la mujer mientras esta se movía sin parar. Gracias al ejercicio que hacía en la bicicleta, Carmen aguantó un buen rato “montando” a su sobrino, mientras este sacaba los pechos de la mujer. Sergio ni se le ocurrió perder la ocasión de deleitarse con aquellos senos que le tenían enamorado, e introduciéndolos en su boca, saboreó ambos pezones como si fueran caviar.

    El tiempo se detuvo para ellos, pasaron en esa misma posición tanto tiempo que se hubieran sorprendido. Sin embargo, les importaba muy poco, era la forma en la que querían estar y si de ellos dependiera, lo harían por toda la eternidad.

    Carmen logró un relajado orgasmo en esta ocasión, uno que le dejó tumbada sobre su sobrino mientras este respiraba con dificultad. Estaban los dos agotados, tanta tensión era demasiado y decidieron que sería un buen momento para hacer un alto y picar algo de lo que Carmen había preparado el día anterior.

    Pero poco tardaron en quedar satisfechos, porque en el tema sexual para nada lo estaban. Carmen dirigió a su hijo a la que una vez fue la cama de sus padres, antigua, con el cabecero enorme y de madera, donde los muelles estaban más viejos que la propia casa. Pero para lo que la querían, servía de maravilla.

    —Vete desnudándote, ahora vengo.

    Sacó de su enorme bolso que más parecía una mochila, una caja donde indudablemente estaba el juguetito del que habló a su sobrino y otra con el lubricante. Dejó allí los accesorios que tenía ganas de usar y cogiendo su gran bolso se fue dirección al baño.

    Sergio empezó a quitarse la ropa, quedándose en pocos segundos como vino al mundo. Se introdujo en la cama que había dormido alguna vez cuando era pequeño y sus abuelos vivían. Esperó con muchas ganas a que su tía favorita hiciera acto de presencia tumbado sobre el mullido colchón. Mirando al techo, el empalme que cargaba era más que evidente y bajo las sabanas un pene de dieciocho centímetros y otros tantos de grosor rogaba por ser usado.

    Escuchó unos pasos, su tía se acercaba. La vieja persiana casi bajada al máximo dejaba entrar la luz necesaria para poder ver nítidamente aunque lo que predominaba era la oscuridad. Era el ambiente perfecto, incluso el viento huracanado del exterior le daba un aire de secretismo que al joven le encantó.

    —¿Estás listo?

    Su tía con una mano apoyada en la puerta le miraba con unos ojos centelleantes. Había vuelto del baño únicamente con un conjunto de lo más picante que activó los últimos nervios del joven. Las medias sedosas le llegaban hasta el muslo, estaban sujetadas por un ligero en el cual ni siquiera había braga, ya que Carmen la tenía en su mano izquierda.

    Sergio reconoció el sujetador y las bragas de color rojo al instante, eran las mismas que usó la primera vez que tuvieron relaciones, mientras su madre dormía la mona a escasos metros. El color rojo estaba sacado del mismo infierno, similar a los labios de la mujer que comenzaba a andar hacia la cama.

    Sus preciosos y prefectos senos, se mecían a cada paso debido al contoneo de unos tacones de aguja fina. Estaba espectacular, de revista… tanto que Sergio no podía decir nada que mejorase el silencio.

    —Si te portas bien, te las llevas de regalo —añadió Carmen al lado de la cama mientras se señalaba su ropa interior.

    La mujer se subió a la cama mientras Sergio contemplaba como esta había decidido darse un poco de maquillaje en el escusado. Hizo desaparecer las tres o cuatro arrugas que tenía y de propina, dio un sombreado sobresaliente a sus ojos.

    Sergio la atrajo para sí, tumbándose la mujer sobre el pecho caliente de su sobrino. Ambos se metieron dentro de las sabanas, la casa era fría y aunque estuvieran ardiendo, tampoco podían cometer imprudencias.

    Los besos comenzaron a fluir, ambas lenguas se fundían en un baile húmedo que no tenía fin. Sergio abrazaba a su tía, aunque sin saber muy bien dónde meter unas manos que querían abarcar más de lo que podían. Rozaban su trasero, agarraban su cintura, acariciaban su rostro e incluso apartaba el cabello rubio de su tía que se les metía entre sus labios.

    Poco a poco lo inevitable sucedió y el pene de Sergio escuchó la llamada del sexo opuesto. Prácticamente sin quererlo, los sexos se unieron de la manera más natural y sencilla posible, para que otra vez pudieran retomar el coito.

    Una vez sus miembros se habían acomodado Sergio la giró y decidió comenzar esta vez arriba. Su tía se había dado una buena sesión de ejercicio en el sofá y ahora le tocaba al joven demostrar la vitalidad de la juventud. Al menos un rato, no podía dejar todo el trabajo a la “vieja” de Carmen.

    Las manos de la mujer rodearon suavemente el cuello de su sobrino mientras las piernas haciendo todo lo contrario se abrían ante las primeras acometidas del joven. Con pausa comenzaron un sexo más relajado que de costumbre, con penetraciones más tranquilas, pero mucho más profundas.

    Ambos se miraban en la leve oscuridad que les envolvían, mientras lo único que se movía era las mantas que tapaban los cuerpos de los amantes. La ventana rugía furiosa por el viento del exterior, pero entre ambos solo había calma y mucho amor.

    Sus frentes se empezaron a juntar y ninguno rompió el silencio que derramaba amor a cada segundo. Solo al de un buen rato la mujer abrió tanto los ojos como la boca de forma exagerada. Había notado en las últimas entradas que estaba a punto y que de nuevo, otro orgasmo se avecinaba, su sobrino en un día le traía la cuenta de todo un mes.

    Cerró los ojos mientras Sergio no paraba en su lento movimiento y echó la cabeza para atrás mientras las venas del cuello se le inflamaban de forma grotesca. Un leve suspiro y el temblor de piernas le hicieron saber al joven que la preciosa dama había llegado, que el orgasmo había salido y con un tierno beso en los labios, se detuvo.

    —Me tienes pillado el punto —le comentó en un susurro cuando se recuperó.

    —Lo mismo podría decir —respondió Sergio besándola en el cuello.

    —Déjame arriba, cielo.

    Cambiaron de posición y Carmen se introdujo el pene de su sobrino de nuevo en su delicada vagina. Le costó al principio, porque su interior estaba todavía muy sensible, pero al de unos minutos comenzó a notar que podía moverse sin ningún problema.

    El sexo pasó en unos cuantos minutos de ser amoroso a convertirse en algo mucho más apasionado. Las caricias habían dejado paso a los fuertes agarres. Sergio apenas movía sus dedos de aquellas dos nalgas que le aplastaban, las sujetaba como si sus manos fueran las garras de un águila y Carmen posaba sus uñas en el pecho del joven hasta casi herirle.

    Mientras el tiempo transcurría y el sol se ponía tras el manto casi congelado del pueblo, el sexo se iba intensificando. Sergio ya había soltado algún que otro cachete a las nalgas de su tía que rebotaban agradecidas. Carmen agarraba al joven que tenía postrado en la cama con una fuerza leonina mientras movía su cadera sin parar en movimientos rápidos y fuertes.

    —Carmen, date la vuelta —pidió Sergio con la respiración acelerada.

    —¿Cómo? —contestó deteniéndose por un momento.

    —En la misma posición, pero mirando para la ventana. O sea al revés.

    La mujer asintió y se puso como su sobrino requería. Sintió de nuevo los dieciocho centímetros de Sergio dentro de su cuerpo cuando se sentó encima de su pene. Aquella postura le proporcionaba más placer y moviendo el trasero comprobó, que no solo era un poco mejor… sino muchísimo más.

    Sergio trató de alcanzar el lubricante que estaba en la mesa. Se le había ocurrido una idea al tiempo que observaba el trasero de su tía subir y bajar. No sabía si la mujer estaría por la labor, pero su curiosidad era tal que se atrevió a preguntar.

    —¿Carmen te fías de mí?

    —¿Qué? —la mujer miró hacia atrás colocándose totalmente erguida y notando que el miembro se le incrustaba en las entrañas— ¿Qué quieres?

    —¿Me dejas ponerme un poco de lubricante en el dedo y darte más placer?

    Carmen entrecerró los ojos sin entender que podía querer su joven amante. Sin embargo se mantuvo en silencio viendo como su sobrino vertía una cantidad considerable en su dedo gordo y después con un gesto le decía que se volviera a poner como unos segundos atrás. La mujer con el trasero lo más respingón posible, notó de pronto un dedo muy cerca de una zona que jamás había experimentado.

    —Tú me dices si quieres o no… —le comentó Sergio al ver que Carmen se había vuelto a girar.

    —¿Lo vas a meter? —vio como el joven asentía y ella resopló sin saber si aquello le gustaría. Pero… ¿Por qué no probar algo nuevo?— Con mucho cuidado… ¿Vale?

    No lo dijo del todo convencida, sin embargo se aventuró a un nuevo estímulo, dejando abierta la posibilidad de algo que nunca se había planteado “sexo anal”.

    —Solo te lo masajeo, lo meto si me lo pides.

    Sergio que solo había visto algo así en sus películas comenzó a masajear el ano de su tía mientras esta seguía en su tarea sexual. Prosiguieron un rato en aquella posición, hasta que Carmen, debido a la doble estimulación, comenzó a sentir un escalofrío muy agudo en su espalda y sorpréndeteme alcanzó otro orgasmo.

    —Pa… Pa… Para, mi vida. —Sergio detuvo el masaje y el leve movimiento de cadera— Tengo que reposar.

    Se tiró en la cama sacando de su sexo el pene que tanto amaba y que ahora se encontraba cubierto de sus fluidos.

    —Estar contigo es lo que mejor me sienta del mundo.

    —No exageres…

    A Carmen le costaba hablar, la respiración se le había acelerado de sobremanera y sus pechos subían y bajaban furiosos dentro del sujetador.

    —Ojalá te tuviera al lado de casa.

    —Nada… mejor que no —Carmen se levantó bañada en una leve capa de sudor y viendo que su sobrino estaba igual. Daba lo mismo la temperatura del exterior, ellos ardían— No podría seguir este ritmo a diario.

    —Estás un poco… —Sergio rio maliciosamente mientras su tía cambiaba el gesto de su rostro.

    —Ni se te ocurra decirlo.

    Con una cara envuelta en una máscara de ira Carmen agarró el durísimo sexo de Sergio. Con sus dedos lo rodeó y lo agarró con fuerza para no escuchar la palabra vieja de los labios del joven. Este se estremeció y se rio para pedir perdón al instante, algo que su tía le devolvió metiéndose los dieciocho centímetros en su boca.

    —Solo me faltarías tú allí —siguió Sergio mientras su tía tumbada en la cama le pasaba la lengua por su sexo—, sería perfecto. Últimamente las cosas me van muy bien, en casa, en los estudios…

    —Sigue así —Carmen hablaba mientras sus labios húmedos seguían tocando la carne de Sergio— ¿Mi hermana está algo más alegre?

    —Sí. —pensar en Mari mientras su hermana le besaba su obelisco era algo de lo más retorcido… y que a Sergio le ponía a rabiar— Fuimos un día al cine y todo.

    —¿Solos?

    —Sí, no tenía con quién ir y la invité. —el pene de Sergio desapareció hasta la garganta de Carmen mientras sus ojos azules, idénticos a los de Mari no le dejaban de mirar— Lo pasé de maravilla y creo que mamá disfrutó como una enana.

    —Si yo viviera cerca, ¿también me invitarías al cine?

    Sergio agarró su pene por la base, haciendo que Carmen soltara las manos de este y se lo dirigió hacia sus labios, para después con una pícara sonrisa añadirla.

    —A ti, tía, te invito a esto. ¿No es mucho mejor?

    Carmen lamió con fuerza, sacando toda la lengua de la boca y dejando un rastro de saliva ardiente por todo el glande. Se había calentado en un momento y Sergio… también. Sobre todo después de pensar en su madre, llevaba una temporada con cierta sensibilidad hacia ella y recordarla mientras lo hacía con su tía no era lo más adecuado. Aunque… se parecían tanto.

    El pene salió de la boca de la mujer, que se lo había introducido para succionarlo con ganas. Echó la cabeza hacia atrás al sacarlo, haciendo que su cabello volara y el sexo duro de su sobrino temblara.

    —Joder… ¡Qué polla tan rica!

    Aquella frase, llena de erotismo y lujuria activó mucho más a Sergio que todavía seguía tumbado en la cama. Se levantó rápido y mientras su tía esperaba observando cuál sería su siguiente movimiento, el joven se puso a su espalda.

    —Agacha el cuerpo, Carmen.

    La voz de Sergio sonaba algo ansiosa y su tía al ver las intenciones de su sobrino le pasó el lubricante.

    —Échate bien, que con las ganas que llevas a ver si me lo vas a destrozar.

    Cada uno de los dieciocho centímetros de Sergio, quedaron impregnados de un líquido y un olor que costaría quitar con solo una ducha. No obstante poco importaba, lo único que era relevante, era meterla en el agujero.

    En la posición del perrito, Carmen sintió como de golpe la llenaba entera. Tantos meses de espera la habían hecho olvidar la sensación y apretó los dientes sintiendo tal magnitud. Sus manos se aferraron a las sabanas y reprimió un grito para no asustar al chico.

    Ya no había medias tintas, la penetración era rápida desde el principio. Carmen sentía placer, un gusto casi insano que la hacía pensar si en verdad aquello no era dolor. Sin embargo no puso trabas, aguantaba las acometidas de un joven que se había encendido como nunca.

    Las manos de Sergio apretaban con fuerzas las enrojecidas nalgas de su tía, mientras esta, centímetro a centímetro avanzaba hacia el cabecero por los implacables golpes de cadera de su sobrino.

    Acabó por agarrarse a este con una mano mientras la vieja madera sonaba de manera estrepitosa. El cabecero golpeaba contra la pared al tiempo que Carmen comenzaba a gemir cada vez más alto. El rugir de los viejos muebles acompañaba el incesante golpe de la madera contra la vieja pared. Todo aquello se unía en una sinfonía perfecta tanto con el golpeteo de los genitales de Sergio contra el clítoris de la mujer, como con los gritos de esta que cada vez eran más exagerados. ¿La tempestad del exterior? Era el mero canto de un grillo en medio de un concierto.

    —Tía —gritó Sergio sumido en una lujuria salvaje—, te voy a meter el dedo.

    —¿Cómo?

    —En el culo. —“joder” pensó Carmen. Aunque no le dio tiempo a mucho más, porque un dedo gordo y frío de lubricante ya estaba tocándola.

    —Mete poco a poco, yo te mando.

    La mujer fue diciendo, “más” a cada poco, dejando que unos milímetros la horadasen lo que nunca había sido profanado. Sin darse cuenta, con el último más, Sergio la contestó.

    —No hay más, está todo.

    —Madre mía… —susurró la mujer roja de lo caliente que estaba— espera. —alcanzó su succionador de clítoris sabiendo que era el momento correcto y lo accionó— Sigue… mi vida, ahora sigue hasta que yo te lo ordene.

    El juguete encendido comenzando su labor, mientras Sergio proseguía en su inagotable sexo. La penetración vaginal, más el descubrimiento del masaje anal y el succionador trabajando en su clítoris, estaban haciendo que Carmen sintiera más placer que en toda su vida.

    Hizo un movimiento nervioso con la mano, rozando el ansia, para que su sobrino se moviera más rápido. Este lo hizo mientras las gotas de sudor le recorrían el cuerpo y caían de su cara a la espalda de la mujer. El cabecero estaba a punto de reventar, ya fuera este o la pared. Los muelles aguantaban por algún azar caprichoso del destino.

    Sergio estaba llevado por un éxtasis monumental que le hizo darle una cachetada tan fuerte a su tía que gritó. Esa le había picado y quizá dolido un poco, pero era lo que necesitaba en ese momento y no le importó, porque el orgasmo ya estaba.

    —Sí, sí, sí…

    Comenzó a gritar como alma que lleva el diablo y dejó caer el succionador mientras sonreía de forma apasionada. Sergio sacaba el dedo del interior de la mujer y agarraba de la cintura con fuerza para usar sus últimas fuerzas en aquellos envites. Las manos de la mujer se posaron en el cabecero que no paraba de sonar, esta vez acompasado con el chocar de genitales de Sergio.

    Al final ocurrió, con una mano empujó a su sobrino con violencia sacándole de su interior, quedándose ella sola apoyada en el cabecero y moviendo su cadera todavía por la inercia del coito. Con las piernas abiertas comenzó a fluir todo de su cuerpo, tanto que los muslos se le comenzaron a mojar a la par que temblaban.

    Carmen que seguía moviendo su cuerpo por la mera inercia que había tenido todo aquel rato, no se dio cuenta de que seguía golpeando el cabecero contra la pared. Al final la vieja madera no aguantó más y crujió a la vez que la tía soltaba el grito de placer más sonoro de su vida.

    El clímax era espectacular, el mejor orgasmo de su vida, ante la atenta mirada de Sergio que veía como el cabecero antiguo caía y su tía era poseída por el placer sin parar de moverse. Sus ojos en blanco, su cuerpo del todo tenso y una fina capa de humedad que recubría su cuerpo la hacían la diosa que su sobrino sabía que era. Si alguien la hubiera visto, pensaría que estaba sufriendo un ataque epiléptico, pero el ataque lo estaba sufriendo en su órgano reproductor.

    Al final, desfallecida sucumbió al cansancio. Cayó en la cama sin reparar ni siquiera que la cama de sus padres había sido rota, ni que su sobrino aún esperaba ser “ordeñado”. Le daba lo mismo, ella estaba surcando el nirvana.

    Los minutos pasaron y el temblor cesó, menos mal, todavía algún que otro espasmo le hacía palpitar sus piernas sin parar mientras gemía en susurros. Carmen se incorporó limpiándose un poco de saliva que había escapado en su momento de máximo placer y lanzó una ojeada a su sobrino totalmente feliz y con un gesto de leve vergüenza.

    —Estuvo… bien…

    Ambos rieron y la mujer quedó rendida en la cama sin mirar a su sobrino, solo con la vista fija en el techo y descansando de un orgasmo que la había “matado”.

    Sergio aprovechó a ponerse de pie y salir un poco de la habitación. Tenía que andar, las piernas se le habían entumecido de tanto ejercicio. Cogió el móvil y vio una llamada de su madre “mierda, se me ha olvidado pegarla un toque”.

    Salió al balcón comentándole a su tía que iba a hacer una llamada, Carmen ni siquiera le escuchó y si lo hizo, no estaba para enterarse. El joven marcó el número y después de dos tonos su madre contestó.

    —Espero que solo sea que se te ha olvidado y que no te haya pasado nada.

    —Lo siento, mamá. —pidió perdón aunque la voz de su madre sonaba más a broma que a reproche— Con deshacer la mochila, el comer y eso, se me fue. Por cierto, muy rico el bocata.

    —Gracias, cielo, y no pasa nada. ¿Te lo estás pasando bien?

    Sergio abrió el balcón, sin reparar en el temporal que arremetía en el exterior y salió tal como estaba, totalmente desnudo, por lo menos se ventilaría. En la calle nadie le podía ver, lo que tenía enfrente era un almacén de patatas abandonado y quizá algún vecino pudiera observarle, si es que quedaba alguno por aquellas viejas casas. Además, ¿Quién iba a estar en la calle con semejante clima?

    —Me lo estoy pasando de cine. Necesitaba salir un poco y despejarme.

    —Has tenido un mes duro, con lo de Marta y los estudios. —la voz de Mari sin saber por qué le gustaba, parecía que no hablara con su madre, sino con una amiga.

    —Aunque también he tenido muy buenos momentos, sobre todo cuando fuimos al cine.

    —Fue fantástico.

    Carmen apareció por detrás del joven y escuchando la voz de su hermana se mantuvo en silencio. Rodeó el cuerpo de su sobrino con sus brazos y besó lentamente su cuello.

    —Mamá, he pensado en una cosa. —Carmen le cogió la mano que estaba libre y le metió de nuevo en la casa cerrando el balcón— Me acuerdo de que me hablaste de que querías ver el rey león.

    —Sí, el musical.

    —Pues he pensado en algo… —su tía le sentó en una silla. Arrodillándose delante de él, la mujer con todo el descaro y sin avisar, se apartó el pelo de su rostro y por a saber qué vez… volvió a meterse la polla de Sergio en la boca— Si tú quieres claro…

    Sergio no podía sacar los ojos de la felación que su tía le hacía, quería poner toda su atención, pero en el teléfono esperaba su madre.

    —¿Sergio?

    —Perdón. —apretó los labios para quitarse el placer que le venía— ¿Quieres que vayamos juntos?

    —Pues… Sí, claro. —a Mari, a kilómetros de distancia el corazón se le empezó a acelerar— Ya cuando vuelvas si quieres miramos para este verano.

    —No —contestó con rapidez Sergio mientras el calor en sus genitales se amontonaba y su tía lamia sin parar su prepucio—. Lo voy a mirar este mismo fin de semana y si se puede, vamos el siguiente.

    —Bueno, no sé… ¡Qué leches! Vale… Me gusta la idea. —Mari se sentía más hablando con su amante que con su hijo. Notaba cierta culpabilidad, pero a la vez una insaciable sed por estar a solas con Sergio.

    El muchacho se levantó sin poder aguantar más, se colocó delante de su tía y mientras le sacaba el pene de la boca, se comenzó a masturbar delante de ella que seguía arrodillada.

    —Pues hecho. Lo gestiono. —su respiración comenzó a ir cada vez más rápido, como la mano que subía y bajaba la piel— Hablamos mañana. Te aviso cuando salga.

    Carmen esperaba paciente mientras aquella situación le hacía perder el norte. El morbo se le salía por los poros al tiempo que veía como su sobrino iba a eyacular sobre ella y hablaba con su hermana por teléfono. Posó su mano en los genitales del joven acariciándolos mientras movía los labios diciéndole en silencio “córrete”.

    —Vale, mi vida. Gracias por acompañarme.

    —Gracias a ti por ser mi compañera.

    Sergio apartó un poco el teléfono de su oreja y aceleró más su frenética masturbación. Colocó el pene muy cerca de los elevados pechos de su tía y unos disparos comenzaron a salir como locos. No fue igual que en el coche, pero Carmen a cada uno que notó, se estremeció de placer.

    Con los ojos cerrados el muchacho cayó sobre la silla con fuerza mientras volvía el teléfono a su oído y lograba escuchar las últimas palabras de Mari.

    —Nos vemos mañana. Te amo.

    Con la mirada algo borrosa y tragando saliva debido a una garganta agarrotaba, Sergio abrió los ojos, viendo como su tía con todos sus fluidos por el pecho, comenzaba a limpiarle su miembro.

    Se humedeció los labios y pensando en lo mucho que se asemejaban ambas mujeres, pensó que los momentos tan íntimos con su tía, ojalá los tuviera con su madre. Con aquel último pensamiento y notando como la lengua de Carmen le limpiaba los últimos rastros, contestó a su progenitora a cientos de kilómetros de distancia.

    —Te amo.

    FIN SEGUNDA ETAPA

    ———————————

    Antes de nada, os quiero agradecer a todos haberme seguido en esta aventura (y desventura), a los que habéis leído, comentado, puntuado y a los que llegarán. Siento un logro llegar tan lejos con una historia que jamás me hubiera imaginado ni poder escribir, aunque también es vuestra, de los que me dais alas para seguir.

    En este mes de agosto, la historia (como yo) coge vacaciones, espero poder retomarla a finales de septiembre o a principios de octubre, la espera no será larga. Si puedo, espero acabar algún que otro relato que tenga escrito a medias, para que podáis disfrutarlo y no dejar sin novedades la cuenta.

    Ya con la vuelta, toda la historia terminará, con una tercera etapa que cerrará la historia de Sergio. Empezará sin titubeos, dentro del coche camino a un viaje con su madre que a saber en qué acaba, aunque no solo será eso, habrá muchas cosas más.

    Sin más que decir me despido hasta la próxima, un placer que me hayáis leído y espero volver a leernos pronto. Dejadme escrito que os pareció esta segunda etapa en general y si os animáis, comentarme que esperáis de la tercera, os leeré y contestaré lo antes posible. Si queréis más información, en mi perfil tenéis mi Twitter, donde iré subiendo más información.

    ¡¡¡Saludos!!!

  • Como conseguí coger con mi papá (Parte 1)

    Como conseguí coger con mi papá (Parte 1)

    Hola a todos, ha pasado un rato desde mi último relato y tal vez les puede parecer raro que haya cambiado la categoría del relato pero es algo que estuve pensando en publicar o no, pero al final dije, qué más da. Por un lado mi sugar ya no está conmigo o bueno cerca de donde estoy, en el último relato mencioné que había salido de viaje por asuntos familiares, sin embargo me ha contado en su último mensaje dijo que ya no podría regresar a mi ciudad, lo cual me puso triste realmente, pues es el que mejor me cogía. Así que me tuve que conformar con los chacales de por mi barrio, pero no me importaba, un palo es un palo, seguí cogiendo con Miguel y Luis, unos chavos con los que hice un trío hace tiempo en la azotea de mi casa, continué frecuentando los glory hole y eso me satisfacía en cierta forma.

    Algo que no mencioné en relatos anteriores es que hace aproximadamente 4 meses mi mamá me reveló que mi padre había llegado de los Estados Unidos, y que asentó con su nueva familia en una colonia algo retirada de donde vivíamos, su nombre es Guadalupe, ella le dice Lupe, y que trabajaba en un taller, pues es mecánico, me dijo todo de él, que se había revolcado cuando todavía estaba casado, y que por ahí tengo medios hermanos, y que pues ella se había contactado con él. Eso me dio de que pensar, pues en el tiempo que tengo con vida jamás lo había visto, pues nos abandonó cuando yo aún no nacía, obvio yo no estoy enojado con él, ni tengo nada en contra, no podría reprocharle nada, pero sin embargo entro en mi la curiosidad como siempre, mi mente se llenó de escenas incestuosas con un hombre sin rostro, pues hasta hace unos cuantos meses mi padrastro me había cogido una que otra vez, pero no le interesó demasiado.

    Hace dos semanas salí de viajé a Mapimi para dar un paseo al puente de Ojuela, y a varios lugares de interés, la ida fue normal pero para el regreso quería algo de acción, así que cuando subimos al camión me senté a un lado de un señor de unos 30, con barba, todo gordo pero no tanto, el comenzó a acomodarse el paquete, y se me quedó viendo cuando lo observaba así que me dice: ¿qué? ¿te gusta? yo haciendo un ademan con la comisura de la boca como de antojo, le susurre: fíjate que sí, ¿quieres que te la chupe? incrédulo, comenzó a voltear para todos lados, y para nuestra suerte estábamos sentados hasta atrás, por lo que no se veía lo que hacíamos, así que el don se bajó la bragueta y solo saco su pene, ya lo traía parado, yo sin pensarlo me baje a darle su mamada, que bien que nos hacía falta algo de acción, luego de unos minutos me dice que se viene, a lo que solo me limite a cerrar la boca y dejar que todo entrara y que no nos mancháramos de semen.

    Rápido se guardó su cosa y continuamos con el viaje, luego de unos días, recibí un paquete de mercado libre, se me hizo raro porque no pedí nada, pues resulta que era de mi sugar, como no traía datos no recibía mensajes de whatsapp y había uno de Antonio, despidiéndose de mi por todo el placer que le di y me dio, y como último regalo pues un dildo de 22 cm de largo x 4 cm de ancho, un pene precioso, venosa, de color piel, con ventosa para adherir a cualquier superficie plana. Yo estaba encantado con mi nuevo regalo, esa noche lo usé hasta cansarme, lo cabalgaba recordando cuando lo hacía con mi sugar,

    Luego de unos días, me seguía la idea de hacerlo con mi papá, no se porqué, pero el morbo que me daría hacerlo con mi propio padre era algo que no me podía sacar de la mente, por lo que le hice unas preguntas a mi mamá para dar con el paradero de mi papi, jeje. Como en que taller trabaja, en que colonia, etc. y así sabría dar con él, y ver que pasaba, me enteré que es camionero personal y que se dedica a llevar a gente a otros estados, para turistear y cosas así, de vez en cuando va a un rancho cerca de ahí. Al día siguiente pude verlo a lo lejos, como hay un parque cerca de su taller ahí estuve un buen rato en la mañana, y tengo que decir que el parecido que tenemos es indiscutible, delgado, moreno, algo bajo de estatura en comparación conmigo, con bigote solamente, cabello corto como yo, todo sucio, lleno de grasa.

    Vino hasta mi y sentó a mi lado, comenzó a hacerme platica, no sabía como reaccionar; me dijo que si me acababa de cambiar a la colonia, le dije que no, que andaba de paseo por la zona, se le hizo raro que anduviera por aquí, nunca me había visto antes, parecía un buen sujeto, me cayó bien, y digo yo soy tímido pero también soy buena onda. No me quedó de otra mas que decirle cual era mi intención, obvio mintiendo de por medio y sin decir quien era en realidad, aparte de que traía cubre bocas y evitaba que me reconociera o que se le hiciera conocido mi rostro, pero prácticamente tenia a mi padre frente a mi, después de 27 años de nunca conocerlo. En cuanto a mi intención quedo clara, le dije que iba a verme con un chavo para que me diera unos buenos arrimones, y él se sorprendió porque dijo que no me veía pues del otro bando, o sea gay, porque obvio uno que otro conoce a gente así y no lo ocultan, pero yo por lo menos no me hago notar tanto así.

    Continuamos platicando y él se esperó a que llegara el supuesto chavo que me iba a coger, le platique algunas cosas, y en un momento le dije que ya no se iba a aparecer el chavo por lo que me iba a retirar a lo que me detuvo y me dijo que si no tomaba, a lo que le dije que no me gustaba la cerveza, nos fuimos a su camión, de esos personales que traen vidrios casi polarizados y con cortinas, seguimos con la plática, se empezó a interesar por lo que hacía, le conté a detalle todo, sobre mi sugar, incluso le mostré mis plugs, que siempre los traigo en mi mochila, y pues paso lo que tenía que pasar, me dijo que me lo pusiera, y eso hice, el cerro la puerta del camión para evitar molestias, y él se sentó en el último asiento de en medio mientras yo en el pasillo comencé a desnudarme y a ensalivar mi ano para introducir mi plug de 4 cm, entraba con mucha facilidad, mi papá estaba sorprendido, luego se lo presté y le dije que me lo metiera para que viera mas de cerca y sintiera como entra, le fascinaba, me tocaba las nalgas y comenzaba a introducir un dedo y a sacarlo, me estaba calentando demasiado, no podía creer que había encontrado a mi papá y que lo primero que hiciera fuera meterme los dedos, tenía miedo al mismo tiempo, si descubría quien era iba a armarse en grande, o si mi mamá lo trajera a la casa un día de estos ¿que pensaría? ¿le diría? ¿le diría que se había cogido a su propio hijo? todo eso me empezó a dar vueltas en la cabeza mientras mi papá metía los dedos en mi culo, estaba con la adrenalina al 100, por lo que me aseguré que si fuera mi padre y no otro desconocido, aunque por la apariencia podía deducir que era el mi papá, le pregunte como se llamaba, a lo que respondió que sus amigos le dicen Lupe, ahí supe la verdad.

    Pensé si ya era suficiente, obvio ya le había dicho que un chavo iba a cogerme y no quería que se quedara con la impresión de que alguien mas tenía que cogerme, pero ¿como me saldría de este problema, o continuaría lo mas que pudiera, le revelaría quien soy o simplemente sería una anécdota más para contar y revivir de vez en cuando, o el suceso me marcaría los siguientes días? ¿como lo manejaría? ¿me rechazaría?

    Muchas preguntas inundaron mi mente mientras la escena comenzaba a cambiar de rumbo, de repente escuche su cinturón, comenzaba a desabrochar y yo sinceramente no quería voltear, en un momento pensaba en dar la vuelta, quitarme el cubre bocas y decirle que era su hijo, y que ahí parábamos, pero reuní el valor para lo que vendría a continuación…

    Contáctame por telegram: @Km4zh0.

  • Leslie y Jorge (Parte II)

    Leslie y Jorge (Parte II)

    La noche transcurría a la par de las copas de un buen vino. Jorge no dejaba de platicarle a Leslie un sinfín de planes y proyectos. Leslie fingía prestarle toda la atención, seguía ausente con pensamientos de su pasado. En eso; Jorge encendía un cigarro y se disponía ir al sanitario. Leslie le esperó en aquella banca a la intemperie donde ambos bebían un exquisito vino para celebrar su aniversario.

    Leslie seguía atrayendo pensamientos de una experiencia que había tenido con un hombre menor que ella, de pronto recordaba cuando aquel joven la contorsionaba en varias posiciones, de como otro hombre que no era su esposo la hacía suya. Leslie veía en su pensamiento cuando el joven la ponía bocabajo y la montaba desde arriba, de cómo sus glúteos sentían el cuerpo de aquel Joven mientras este le penetraba su vagina y le restregaba todo su cuerpo.

    Luego, veía como el hombre la penetraba en posición de misionero, y le infundía descargas de su pene, posteriormente su pensamiento reproducía cuando el hombre la penetraba en posición de cuchara y finalmente en posición de perro, ambos arrodillados y él penetrándola insistentemente mientras sus manos le sujetaban la cintura, se veía cerrando sus ojos al recibir cada embestida, cada estocada de carne de aquel joven… Para cuando llegó Jorge ella ya estaba húmeda de todos los recuerdos que se le venían a la mente, y cerraba con el ultimo pensamiento: ella se mojaba y aquel hombre joven la llenaba de su semen en su vagina, de que todo el esperma de aquel hombre joven se depositaba en su interior, una lluvia prohibida que quedaba para siempre marcada en sus recuerdos.

    Al poco tiempo, Jorge y Leslie se fueron a su habitación a refrendar su relación. Leslie había probado alguna vez el pene de otro hombre, nunca se lo reveló a Jorge, y Jorge le creyó, pero su cuerpo había probado otras caricias.

  • Mi mejor amigo, mi padrastro, comparte a mi madre conmigo 1

    Mi mejor amigo, mi padrastro, comparte a mi madre conmigo 1

    Apenas empezaba todo la locura del Covid hace un año. Llegué como cualquier otro día a trabajar a la fábrica. Nos regresaron a todos a casa. Dios, se sintió tan bien cuando supe que me pagarían mínimo 2 semanas sin ir a trabajar. Eran las 9 de la noche, normalmente entraba a las 7 y salía a las 7 de la mañana. Un turno de 12 horas. Llegué a mi casa, muy silencioso. Mi madre seguramente había llegado ya del gym, no quería despertarla. Subí a mi habitación… y en el proceso, vi una playera de hombre tirada junto a unos zapatos en el pasillo.

    La puerta de mi madre estaba abierta y la luz prendida. Pude escuchar voces viniendo de ahí. Mi mente instantáneamente se movió a pensar en que, quizá, alguien del gym la había acompañado a casa y ahora estaban compartiendo cama. Mi pene durísimo, pensar en mi madre siempre me hacía sentir excitado… 7 años soltera, una mujer con un cuerpo tan hermoso. Era lógico que tenía sexo, debía tener sexo seguido, pero nunca pensé que lo hiciera en la casa. Tenía que verla, tenía que ver esa diminuta cintura, ese tonificado abdomen, su culo enorme y sus hermosas tetas. Parecía que mi pene iba a romper la mezclilla de mi pantalón y de sólo pensarlo sentí cómo el líquido preseminal cubría mi glande.

    Me asomé al interior y la vi. Sus piernas abiertas, ella tocando sus hinchados y rojos labios vaginales. Vi sus ojos grandes y hermosos ojos verdes mirando hacia el lado izquierdo de la cama, sus blancas mejillas ruborizadas y sus pezones duros con las areolas coloradas. Me moví un poco más para ver a la persona que estaba observando. Parado junto a la cama, viéndola y masturbando su enorme pene con ambas manos, estaba mi mejor amigo. Caleb estaba completamente desnudo, al igual que ella.

    -Dime que hoy es el día -Le dijo Caleb a mi madre, su cuerpo moreno estaba más definido de lo que pensaba. Su abdomen muy marcado mientras le daba jalones a su vergota. Dios qué pene tan grande, pensé en cuanto lo vi. Hoy sé que mide 22 centímetros de largo y tiene un ancho parecido al de una lata. Lo envidé mucho, pero no puedo negar que me excité aún más al saber que era él. Era algo doloroso a la vez que excitante. Mi propio amigo y mi mamá…

    Misma edad que yo en aquel entonces. 21 años. Mi madre nos había cuidado mucho a ambos durante nuestra infancia. Ella sabe cómo le gustan sus huevos, las quesadillas, qué ponerle y qué no ponerle a sus sándwiches, qué comida hacer cuando viene a visitarnos. Por la forma en la que nos criamos, con Caleb regularmente en nuestra casa mientras su mamá trabajaba, era como un hermano para mí… y pensaba que como un hijo para mi madre.

    -Sabes que no podemos hacer eso, bebé -Mi madre le respondió mientras seguía masturbándose viendo directo al pene de Caleb.

    -No es justo -Caleb empezó a apretar sus huevos con fuerza.

    -Puedo mamártela si quieres.

    -Quiero sentirte, Annie… déjame penetrarte hoy. Llevas muchos añitos sin dejar a un hombre dentro.

    Caleb se acercó a la cama y gateó hasta estar encima de mi madre.

    -No traes ni condón puesto -Le respondió mi madre, cubriendo su vagina con una mano sin dejar de masturbarse.

    Caleb le puso un brazo en el hombro y acercó su pene a la mano que cubría la vagina de mi madre. Empezó a besarle el cuello, bajó después a sus pechos y beso con suavidad una de las firmes y hermosas tetas de mi mami, acercándose poco a poco al pezón. Cuando empezó a mamar pezón, mi madre empezó a gemir como no lo había hecho hasta ese momento. Sus ojos cerrados y la mano desocupada en el cabello negro de Caleb, acariciando su cabeza con cariño.

    -¿No crees que ya me lo he ganado, amor? -Preguntó Caleb, dejando el pezón y subiendo a darle un apasionado beso en la boca a mi madre.

    Dios… se veían perfectos juntos. Creo que es momento de describirlos a más detalle a ambos.

    Mi madre mide 1.65 centímetros de altura. Es de piel blanca y cabello castaño claro un poco por debajo de los hombros. No podría describirla de otra forma que no sea hermosa. Ojos verdes, nariz delgada y respingada, una boca chiquita con labios delgados, pero con una forma muy hermosa, sus orejas son un poco grandes y sobresalen de entre su cabello a veces. Bra 32f naturales, llegué a comprar varios bracieres para ella antes de todo esto. La última vez que la ayudé a medirse tenía 106 de cintura y 62 de cintura. Un culo digno de ser alabado. Un lunar justo en medio de su nalga izquierda. Su cuerpo es atlético, su abdomen está definido y sus piernas también, aunque sus brazos son un poco más flácidos, la verdad.

    Caleb mide 1.75 de altura. Su cuerpo es atlético y asiste al mismo gimnasio que mi mamá. En lo que a mí respecto, creo que es un hombre atractivo. Su cuerpo está muy definido, tiene nalgas grandes y una mandíbula bien marcada. De los dos, diría que su cuerpo es el más trabajado, aunque es cierto que yo tengo los hombros más anchos y mi complexión es más musculosa que la de él. Tiene ojos marrones, su piel es morena y tenía el cabello corto en aquel entonces.

    Mi madre disfrutó el beso y cuando se separaron sus labios, ella le robó uno más, aunque rápido.

    -Mmmm… no podemos…

    -Soy un buen hombre -Caleb empezó a hablar en un tono más serio-. Siempre cuidé a José Manuel en la escuela, intentaba ayudarlos a los dos siempre que podía… a él con sus tareas y a ti en la casa. Recuerdo cuando te dejó tu pendejo esposo, Anna. ¿Te acuerdas que lloraste horas y horas conmigo? Me dijiste que ni tu familia quería verte… y José estaba enojado contigo. Y te dormiste llorando a mi lado en ese sillón.

    -¿Y crees que eso te da derecho a cogerme o qué? -Mi madre respondió enojada y se arrastró fuera del alcance de Caleb, que se quedó arrodillado en la cama.

    -No es eso, Annie… sólo digo que he hecho todo eso porque de verdad me importas… llevas toda mi vida importándome.

    Se puso de pie en la cama. Su pene realmente era grande, pude verlo claramente ahora y parecía más grande que cuando sus manos o las piernas de mi madre lo cubrían. Caminó hasta mi mamá y ella, sin responder nada, lo metió en su boca.

    -Y me gusta mucho que seamos más cercanos ahora… pero… -se le salió un gemido- quiero que me aceptes de verdad.

    La empujó y la hizo caer de espaldas en la cama.

    -Te amo, Anna. Amo estar contigo… amo a tu hijo y quiero…

    -Yo también, Caleb, yo también… pero no creo poder… no sé, yo te vi crecer.

    -Y por eso mismo te amo más de lo que jamás amaré a otra mujer.

    Mi madre guardó silencio, simplemente se quedó tirada en la cama, desviando la mirada. Caleb se colocó nuevamente encima de ella y, cuando acercó su pene a los labios, rápidamente ella se cubrió con una mano.

    -Cada que cogía con Karolina… pensaba en ti -Karolina era la ex de Caleb-. Pensaba en ti cada vez que me masturbaba conforme iba creciendo. Pensaba en ti cada vez que veía algo romántico, en cómo reaccionarías si yo pudiera hacer algo así por ti.

    -Oh, Caleb -Mi mamá le pasó un brazo por encima del cuello- No creo estar lista para esto nunca.

    -Déjate llevar. Tú me dijiste que desde que Alex te dejó no habías tenido a un hombre dentro… ¿Para qué buscar en otro lado si puedes tener a alguien que te ama? Déjame hacerte feliz.

    Mi madre retiró la mano que cubría su vagina.

    -Alex lo tenía chico… así que hazlo lento, por favor -Le dijo a Caleb, desviando la mirada.

    De verdad lo iba a dejar hacerlo… No pude ver cómo el pene entraba, pero pude escucharlo. Un grito ahogada y después varios bufidos.

    -Tranquila, amor, tranquila, ya vamos por la mitad -Dijo Caleb mientras sus caderas se hundían entre las piernas de mi madre.

    -Oh Dios, de verdad estás muy grande… ¿cuándo creciste tanto? -Preguntó mientras empezaban a besarse.

    Podía escuchar pequeños lamentos entre beso y beso. Le dolía, la estaba lastimando, pero la forma en la que recorría el cuerpo de Caleb con las manos, los gemidos, los besos y por cómo movía las caderas, supe que mi madre estaba gozando del pene de mi mejor amigo, de alguien a quien consideraba mi hermano. Eyaculé. Ni siquiera toqué mi pene, no lo había sacado de mi pantalón, simplemente sentí cómo la viscosidad, el calor y la humedad se acumulaban en mi ropa interior. Saqué mi pene y, frustrado, furioso, llorando y envidiando a Caleb, empecé a masturbarme con fuerza. Pesadas gotas de mi esperma caían en el suelo. Lo odiaba. Estaba cumpliendo mi sueño. Se suponía que era mi mejor amigo y aun así, se estaba follando a mi madre. Y a pesar de eso, nunca dejé de verlos. Nunca dejé de gozar la forma en la que sus caderas se movían, metiendo y sacando su vergota de los interiores temblorosos de mi madre.

    Ella gritaba, gemía, lloraba y se reía, lo besaba, sudaba, se quedaba callada y lo veía, todo en su forma de comportarse denotaba placer y amor hacia Caleb.

    -Oh Dios santo -Dijo mi mamá- oh Dios bendito… nunca -las palabras se le cortaban- creo que me voy a venir.

    Caleb lo sacó en cuanto dijo eso y, jalándola bruscamente, la obligó a arrodillarse en la cama y, tomándola desde atrás, la penetró sin piedad.

    -Así vas a sentirlo más rico.

    La tomó de los brazos, se los puso tras la espalda y empezó a moverse más rápido. Parecía que mi madre se estaba volviendo loca. Sus caderas se movían furiosas, como queriéndose alejar de Caleb, pero él siempre la mantenía firme de los brazos, manteniéndola en la misma posición mientras hacía tronar sus nalgas a cada movimiento. El «Clap, clap, clap» era acompañado por un sonido húmedo, sucio. Ambos sudorosos, sus cuerpos reflejando la luz del foco que tan bien iluminaba la habitación.

    -¡Ay, ay, ay, no mames, no mames!

    Mi madre empezó a gritar y a soltar sus caderas sin dejar de contorsionarse a la vez que su rostro dibujaba una sonrisa y un lamento a la vez. Sus cejas indicaban que le dolía, pero sus labios curvados que le gustaba y, antes de que sus brazos tocaran el colchón cuando Caleb la soltó, pude ver cómo una cascada de corrida caía sobre el forro negro de la cama y ella se arrastraba lejos de Caleb, su pene palpitante mientras ella se colocaba en el otro lado de la cama.

    -Oye… qué rico te mueves -Le dijo mi madre Caleb, su vagina aun soltando gruesos chorros de fluidos.

    Caleb no dijo nada, pero se acercó rápida y bruscamente e insertó un dedo en la vagina de mi madre y, haciendo suaves movimientos, nada rápidos, alargó aún más el orgasmo que recién le había dado.

    -Sácalo, hermosa, dámelo todo.

    Mi madre hizo eso. Sus caderas se contraían al son de su mano y más y más chorros salían de su coño, bañando el brazo de Caleb y dejando una cada vez más grande mancha de humedad en la cama.

    -Mételo, mételo -Le dijo a Caleb, agarrando su miembro del glande.

    Él le hizo caso al instante y de entre los labios y su pene, salían cascadas de corrida. La estaba follando a la vez que la hacía correr.

    -Ya casi, Anna. Ya casi me vengo, preciosa.

    -No lo saques, hazlo dentro.

    -Oh, mi amor -Caleb la beso y la rodeó con los brazos. Ahora ella soportaba el peso de ambos y sus cuerpos estaban más juntos que nunca. Pude ver las piernas abiertas de mi madre, su vagina recibiendo el ancho y venoso monstruo de Caleb y cómo éste se movía arriba y abajo, haciéndola gritar a cada embestida hasta que, inevitablemente, ambos dejaron de moverse y él, con su pene tan dentro de ella que sus testículos tapaban mi visión de su vagina, empezó a eyacular dentro.

    Los huevos se le contrajeron mucho y, después de estar un rato así, se le quitó de encima a mi madre y, con su verga aún semi erecta, la jaló y la puso encima de él. Podía ver el ano de mi mamá, rojito, chiquito, hermoso… y cómo gruesos hilos de esperma de deslizaban fuera de su vagina mientras masturbaba con rapidez el pene palpitante con una mano, su prepucio cubriendo parcialmente el casi morado glande a cada jalón. No dijeron nada. Beso, caricia, jalón y chupón, eso fue lo único que hicieron durante uno o dos minutos en los que Caleb volvió a eyacular antes de perder la rigidez en su pene.

    -Perdón – Se disculpó, intentando recuperar la erección apretando la base de su pene.

    -¿Por qué perdón? -Mi madre apoyó ambas manos y la cabeza en su pecho, una hermosa sonrisa en su cara-. Ese ha sido el mejor sexo que he tenido en mi vida.

    -¿De verdad?

    -Te lo juro.

    Se besaron durante un par de minutos. Su respiración acelerada.

    -Creciste mucho -Le dijo mi mamá a Caleb, sosteniendo su flácido pene y haciéndolo «bailar».

    -¿Te gusta que haya crecido? -Preguntó dándole un fuerte pellizco en un pezón.

    Ella respondió retorciéndole las bolas. Ambos rieron.

    -¿Puedo quedarme a dormir? -Preguntó Caleb.

    Ella lo volteó a ver, le acarició la cara y tomó el celular de la mesita de noche.

    -Voy a poner la alarma a las 6:30, para que nos dé tiempo de desayunar antes de que te vayas.

    -¿A qué horas sale José Manuel de la fábrica?

    -No hablemos de mi hijo… pero a las 7.

    Caleb la nalgueó mientras ella configuraba la alarma.

    -Nuestro hijo… o mi hijastro.

    Ella le dio una fuerte palmada en la verga y después otra en el pecho.

    -No me estés toreando, Caleb…

    Parecía que le había hecho enojar de verdad.

    -Mira a quién despertaste.

    El pene de Caleb empezaba a palpitar… iba a ponerse duro otra vez. El suelo y la pared frente a mí estaban bañadas en las corridas más grandes que había soltado en toda mi vida. Mi pene dolía… y ellos iban a hacerlo otra vez. Mi madre dejó el celular en la mesita otra vez y esta vez, ella montó a Caleb. Los vi tener sexo otra hora y media hasta las 11… Vi cómo una y otra vez ella lo cubría con fluidos, cómo de su vagina se escapaban las corridas con las que Caleb la llenaba. Una y otra vez ese pene monstruoso se ponía flácido sólo para recuperar la dureza a los pocos minutos, momentos durante los cuales escuchaba palabras dulces de ambos lados. Declaraciones de amor, alabanzas a un cuerpo a otro, halagos mutuos…

    Cuando por fin apagaron la luz, me quedé ahí, junto a la puerta y cuando mis ojos se adaptaron a la oscuridad vi a Caleb acostado con mi madre dormida sobre su pecho. Lo envidié tanto. Caminé hasta la cocina y, usando desinfectante y servilletas, limpié todo el esperma seco del suelo y la pared. Ellos siguieron dormidos. Caminé fuera de mi casa y me masturbé varias veces en el patio. Lloré mucho, lloré porque mi hermosa madre no había tenido sexo en años, porque yo pensaba que de vez en cuando quizá ella… y me dolía pensar que, después de mi padre, Caleb era el que lo había logrado y no yo. Eyaculé una y otra vez mientras pensaba esto. Y, cuando me di cuenta que eran las 2 de la mañana, me subí el pantalón, caminé hasta un parque cercano y pasé la noche viendo vídeos, pensando en lo que había pasado.

    No quería hacerlo, pero mi mente me llevaba a ello.

    Cuando llegó la mañana, dejé que pasaran las horas y llegué a casa hasta las 8. Mi madre me recibió con un beso en la mejilla, pensé en que aquel asqueroso pene recién había estado en su boca, pero no lo evité, no quería que sospechara. Olía a perfume y se veía contenta. La ropa de cama en la lavadora y como si nada hubiera pasado.

    Me eché en mi cama y dormí.

    Esa noche pasaron dos cosas: mis medias hermanas habían sido concebidas… y Caleb y mi madre habían formado un lazo que terminaría en matrimonio. Sin saberlo, esto me llevaría a cumplir mi sueño y poder estar con ella, aunque fuese solo en ano y sin el amor que había imaginado en mis fantasías adolescentes.

  • Con la maestra de zumba (Parte 2): Final

    Con la maestra de zumba (Parte 2): Final

    Una vez que Marcela aceptó, comenzamos a planear nuestro encuentro, para ella no era muy fácil darse un tiempo ya que como mencioné anteriormente con su esposo, sus hijos y las clases de zumba ni le quedaba mucho tiempo para ella, tuve que ser paciente y esperar por un par de semanas y finalmente me mencionó que en una de sus clases acudiría otra maestra al mismo tiempo que ella por lo cual podría pedirle el favor de salirse antes y tener la cuartada perfecta para que nadie sospeche, finalmente el día llegó y estaba emocionado de verla, me dijo que acudiría al encuentro con su ropa de clase para no levantar sospechas con la excusa de que iría al centro a realizar algunas compras, nos citamos en un parque al cuál llegué aproximadamente unos 20 minutos antes, ese parque lo elegí estratégicamente ya que está a 5 minutos caminando de un hotel, por lo cual no hacía falta trasladarnos tanto, además de que por ese entonces yo no tenía automóvil.

    En el momento en que llegó ella llevaba un top amarillo que resaltaban mucho sus tetas y unas mallas negras pegaditas que marcaban tanto sus nalgas, así como el triángulo de su concha bien definido. Al verla llegar lo primero que hice fue saludarla, la verdad la noté muy nerviosa y ahí fue cuando me di cuenta que efectivamente no mentía cuando dijo que era la primera vez que le fallaba a su esposo, lo cual me hizo sentir algo especial si les soy honesto, lo primero que dije para romper el hielo fue

    Yo: Dime qué ya no tienes la idea de presentarme a tus hermanas?

    Marcela: jajaja, no definitivamente eso ya no pasará.

    Yo: Perfecto, porque a la única que quiero conocer es a ti.

    Después de esto estuvimos platicando por alrededor de 10 minutos de algunas trivialidades, esto con el fin de que poco a poco se le fueran quitando los nervios, situación que conseguí ya que en algún punto ella fue la que me mencionó lo siguiente:

    Marcela: No puedo tardarme tanto, nos vamos ya?

    Yo: Si claro, de hecho conozco un lugar muy cercano de aquí y podemos irnos.

    Hasta ese momento no había intentado besarla ya que hubiéramos llamado más la atención de las personas que pudieran pasar, por lo cual la situación se volvía aún más deseada ya que al ingresar a la habitación del hotel ni siquiera nos habíamos dado nuestro primer beso.

    Caminamos por 5 minutos hasta llegar al hotel y rápidamente pague la habitación a la cual ingresamos, la habitación realmente estaba muy bien, tenía un espejo grande en una de las paredes y una cama muy amplia en la cual ella se sentó y se tapó un poco los ojos como mostrando remordimiento.

    Marcela: Te juro que es la primera ocasión donde voy a hacer esto, se que no es correcto, pero realmente siento algo muy especial cuando platico contigo.

    Yo intenté calmarla con algunas palabras.

    Yo: Tranquila, solo te sentirás así al principio, pero lo más importante es que ambos deseamos que esto pase, nos merecemos este momento, la espera ha sido larga y vamos a olvidarnos del mundo solo por este momento, después ya cada quien vuelve a sus vidas.

    En ese momento ya no dije nada y me acerco a besarla poco a poco, los besos se fueron prolongando al momento de tomar confianza y meter poco a poco lengua, su boca y la mía llegó un momento donde parecía se entendían desde hace mucho, poco a poco empecé a tomar sus pechos con mi mano derecha mientras continuaba besándola, mi mano bajo a su trasero el cual se sentía muy firme, mientras ella me tocaba la verga por fuera del pantalón, en ese momento toqué su conchita con mi mano por fuera de la malla, a lo cual ella exclamó algunos gemidos en mi oído, después de algunos minutos de estarla calentando, empecé a meter mi mano por dentro de su malla para tocar más libremente su conchita, la cual ya se encontraba muy mojada y ella continuaba gimiendo, pero me besaba desesperada al mismo tiempo.

    Continuaron pasando algunos minutos más así mientras íbamos desvistiéndonos, la verdad no me importó para nada que ella viniera un poco de hacer ejercicio por la clase se zumba, ya que ese pedazo de hembra no se conseguía diariamente, en el momento en que quedamos desnudos me acerque a su concha para empezar a chuparla a lo que ella respondió.

    Marcela: No, espérate, hice algo de ejercicio hace ratito y sudé.

    Yo: Estás loca si crees que no probaré está delicia.

    A lo cual proseguí a chuparle su conchita, mientras la chupaba ya bien mojadita al mismo tiempo le metía dos dedos combinando mi lengua con mis dedos ella gemía cada vez más fuerte ya sin importarle quién nos escuchara, estuve por varios minutos haciéndole oral y en ningún momento su olor me disgusto, al contrario, me ponía más calienta y con ganas de cogerla, antes de empezar a coger, ella me empezó a chupar la verga y lo hacía de una manera muy especial ya que se metía desde el tronco hasta los huevos, mientras me succionaba me miraba a los ojos y me preguntaba si me gustaba a lo cual yo le respondía que nunca me habían mamado la vega así, estaba a punto de venirme cuando le dije que para porque necesitaba sentirla y me respondió dándome besos muy apasionados, yo la acomode boca abajo y me subí entre sus piernas, las cuales abrió esperándome deseosa de ser embestida, no sin antes preguntarme si traía condones y le dije que si, pero que no quería usarlos.

    Yo: Quiero sentirte al natural, puedo?

    Marcela: No lo sé, sería algo peligroso.

    Yo: Voy a tener cuidado, lo prometo.

    La verdad estábamos tan calientes que ninguno de los dos estaba pensando claramente de lo que estábamos a punto de hacer, digo como ella siendo una mujer casada iba a aceptar recibir una verga al natural de un joven que conocía por primera vez; sin embargo la calentura ganó y solo abrió sus piernas para recibirme, una vez que entre soltó un fuerte gemido.

    Marcela: Así, papito!!!

    Mi verga entro muy fácilmente ya que por el juego previo su conchita estaba súper mojada.

    Continúe con el mete y saca mientras ella seguí gimiendo.

    Marcela: Así, papito! Dame!

    Yo: Así te gusta?

    Marcela: Si! Dame bien duro papito!

    Yo aumentaba el ritmo de las embestidas y ella cada vez aumentaba más sus gemidos en mi oído, la verdad hubo momentos donde tenía que bajar un poco el ritmo ya que entre sus gemidos y el ver cómo nuestros sexos se mezclaban y el ruido que hacían por la humedad, hacía que me dieran ganas de terminar, después de eso cambiamos de posición y ella se subió arriba de mi, la verdad me di cuenta que era una experta para coger, sin duda el estar casada y tener más años que yo le daba una experiencia muy amplia, ya que me cabalgaba muy rico, sus tetas rebotaban mientras ella se sentaba una y otra vez en mi verga que se encontraba bien hinchada del deleite de probar su rajita que ya se encontraba toda dilatada para esos momentos, ella continúa gimiendo y estuvimos asi y por varios minutos hasta el momento donde le dije que le quería dar de perrito.

    Para ese momento nos fuimos a un silloncito que se encontraba dentro del cuarto enfrente de espejo y ahí me empecé a dar duro y hablándole con las confianza y más suciamente.

    Yo: Así te gusta putita? Te gusta mi verga?

    Marcela: Si! Me encanta tu verga papi! Dámela todaaa!

    Yo: Te gusta como entra? Mira en el espejo mira como te cojo rico.

    Marcela: Si papi! Así síguele! No dejes de cogerme! Me encanta ser tu puta.

    En ese momento me anime a empezar a decir más cosas, no sabía realmente si lo que iba a decir a continuación iba a causar una buena reacción en ella por lo mismo de que no sentía del todo bien de su conciencia por estarle fallando a su esposo; sin embargo no me importó.

    Yo: Que te parece mi verga puta?

    Marcela: Me encanta tu verga papi!

    Yo: Te gusta más que la de tu esposo?

    Ella no decía nada y solo continuaba gimiendo, mientras yo seguía bombeando más fuera.

    Yo: Contesta! Eres mi puta o no?

    Marcela: Si papi soy tu puta.

    Yo: Entonces, cuál verga prefieres? La mía o la de tu esposo?

    Ella solo seguimos gimiendo y yo empecé con unas embestidas más fuertes y rápidas a lo que ella se estaba a punto de venir.

    Yo: contéstame putaaa, cuál verga te gusta más comerte.

    A lo que ella finalmente me contestó

    Marcela: La tuya papi! La tuya es mejor! me encanta comerme tu verga!

    Yo: Cómetela toda puta!

    Marcela: Si papi! Sígueme dando bien duro!

    Después de eso cambiamos de posición y me senté en la orilla de la cama con vista hacia el espejo, está posición la he visto en muchas películas porno y me pone muy caliente, ella se sentó arriba de mi pero de frente hacia el espejo, por lo cual la vista de nuestros sexos estaba ampliamente en el espejo, empezamos el bombeo mientras ella tenía los ojos cerrados.

    Yo: Abre los ojos puta! Mírate recibir mi verga!

    Marcela: Si!

    Yo: Vas a ser mi puta cada vez que te lo pida?

    Marcela: Si papito!

    Yo: Tu concha va a ser mía siempre? O solo del cornudo de tu esposo?

    Marcela: Será de los dos papi!

    Marcela estaba concentrada en seguirse comiendo mi verga por lo cual seguía gimiendo y ya no le importaba que estuviéramos cogiendo hablando pestes de su esposo, para ella lo más importante era seguir cogiendo y en ningún momento ninguno de los dos sentimos culpa de estar cogiendo al natural y sin protección.

    Para ese entonces Marcela se había venido una vez y cambiamos de posición una vez más, la senté en el lavabo amplio del baño y empecé a bombearla ahí nuevamente.

    La posición de nuestras caras podían ver cómo mi verga entraba una y otra vez en su concha la cual ya estaba colorada de tantas embestidas recibidas; sin embargo en ningún momento me apresuro por terminar, ella era una hembra madura que estaba cumpliendo con el cometido de ser infiel con una cogida muy intensa, continúe embistiéndola.

    Yo: Mira que bien se ve mi verga entrando.

    Marcela: Si papi se ve muy rico y se siente mejor!

    Yo: Ya voy a acabar putita.

    Marcela: Si termina papito.

    En ese momento yo estaba a punto de terminar cuando seguía con el bombeo, el ritmo que traía provocaba un sonido constante como de aplausos y una mezcla entre tus gemidos hizo que ya estuviera en cualquier momento dispuesto a venirme, a lo cual no sé si porque estaba muy caliente, pero le pregunté lo siguiente.

    Yo: te los puedo echar adentro?

    Marcela: Si! Échamelos todos adentro!

    En ese momento a ninguno de los dos nos importó el ser una mujer casada a punto de recibir semen de un joven al cuál había conocido en Facebook semanas antes, ni a mí el poder embarazar a una mujer casada, en ese momento solo éramos un hombre y una mujer cogiendo de la manera más primitiva, saciando nuestros deseos al límite, por lo cual empecé a expulsar todo mi semen dentro de su vagina a lo que ella solo respondió jalándome con sus piernas más hacia adentro de ella, mientras nos besábamos apasionadamente, nos pasábamos aire de nuestra respiración agitada a cada boca y nos mirábamos a los ojos exaltados.

    Después de varios minutos nos empezamos a vestir y ella estaba muy callada, ninguno de los dos hablaba, solo continuaba los vistiendo, salimos del hotel y empezamos a caminar hacia el parque, ella continuaba muy callada, hasta que le pregunté

    Yo: Te gustó?

    Marcela: No se notó?

    Yo: Estás molesta?

    Marcela: Si, me molestan algunas cosas.

    Yo: En específico que te molestó.

    Marcela: Me siento mal de haber hablado mal de mi esposo y de haberlo hecho sin protección contigo, ni siquiera te conozco bien.

    Yo: Pero fue algo que quisimos en el momento, no te arrepientas.

    Marcela: Pues me arrepiento, la verdad no debió pasar todo esto, mi esposo siempre me ha tratado bien y no es justo esto que le acabo de hacer, Ya no nos vamos a volver a ver.

    Yo: De plano?

    Marcela: Si, yo no puedo seguir haciendo esto, cuando te dije que nunca le había fallado a mi esposo era verdad, y no quiero seguir con esto.

    Yo: está bien, respeto tu decisión, si es lo que quieres.

    Marcela: Gracias por entender, cuando estés casado, espero no le falles a tu esposa como yo le falle al mío hoy contigo, pero si lo haces sabrás lo que siento yo en este momento.

    En ese momento ella procedió a retirarse y por la noche al meterme a revisar nuestras conversaciones en Facebook ya me había bloqueado por lo cual perdí contacto con ella, a la fecha sigo sin tener contacto con ella, no supe si se embarazo o si siguió con su matrimonio, pero lo que sé es que ese fue una de las mejores cogidas de mi vida, a pesar de que fue la única con Marcela, sin duda no olvidaré a ese pedazo de hembra.

    Fin.