Blog

  • Mi primera vez con un sugar

    Mi primera vez con un sugar

    Entré a una aplicación de citas a mis 18, la idea era generarme un ingreso extra, pero sin tener que coger solo pensaba en lo típico que dicen… hombres maduros que buscan salir a comer y platicar…

    Al otro día recibí un mensaje de un extranjero diciéndome que si nos podíamos ver para desayunar y le dije que si que perfecto, cuando llegue a su casa les confieso me temblaba todo y cuando lo vi un hombre de 42 años alto y musculoso dije okey esto no será tan mala, llevaba un vestido corto y ajustado una chaqueta y unos tacones cundo entre a su casa le dije que sólo iba a ofrecerle compañía que no iba a tener sexo a lo que él me respondió “está bien sólo te pido que me dejes besarte el cuello para que valga la pena pagarte, y me conformo con verte desnuda”. Me quede pasmada el me vio tan nerviosa que me ofreció un trago lo tome de un sorbo y me quite el vestido quede en ropa interior y mis tacones.

    Comenzó a besarme el cuello y después paso a la boca metiendo su lengua por toda mi garganta lo mordí y le encantó ya tenía su pene erecto me quito el sostén y comenzó basarme los pechos y lo confieso nunca me había puesto tan caliente tenía mi vagina húmeda y comenzó con su pierna a rozar mi clítoris por encima de las bragas -ahh gemía fuerte quería que me la metiera así que me cargo y me tiro a la cama comenzó hacerme un oral donde llegue al cielo su lengua dentro de mi y jugaba con sus dedos, pero sin descuidar mis pechos.

    Rápidamente llegué al orgasmo ya te imaginarás lo bueno que es. Le practique también un buen oral hasta que me agarro y me puso en cuatro y me penetro como si no existiera un mañana dentro y fuera hasta que sentí su semen caliente, pero ahí no termina.

    Saco unas esposas y me las coloco amarrando mis manos a su cama y de pronto hizo una llamada y entró otro hombre maduro me abrió las piernas y comenzó a metérmela por la vagina era tan grande que gritaba cada vez más fuerte hasta que volvió el primero y se acostó debajo de mi y empezó a metérmela por el culo sentía dos pollas dentro de mi gritaba de la excitación tan grande que tenía acabo también dentro de mi se levantaron y se vistieron dejándome con las piernas temblando.

    Me quitaron las esposas y me dejaron el dinero en la cama 5,000 dólares.

    Ahora díganme ¿ustedes lo harían por ese dinero?

  • Lactado por dos hermosas chicas

    Lactado por dos hermosas chicas

    Decirles que fue una experiencia única el beber leche materna de dos mujeres al mismo tiempo.

    Ocurrió el sábado 29 de febrero en la ciudad de Monterrey.

    Como se dio esto? Hace 2 años atrás: comencé comunicación con una chica en mi trabajo; a quien yo brindaba soporte técnico. Ella en Monterrey y yo en Querétaro.

    Comenzamos a tener cierta amistad y poco a poco tomar confianza para hablar de gustos, aventuras y fantasías. Ella se identificaba conmigo porque conversábamos abiertamente y en su caso no tenía esa apertura con su esposo.

    Llegó el momento en que me comenta:

    -Sabes? Estoy embarazada. Y tengo más inquietudes eróticas. De experimentar relaciones más ardientes. Siendo ese estado muy especial me decía y comprendía perfectamente por ya tener experiencia relacionada con otras mujeres.

    Ya sabía de mi gusto por la lactancia erótica y estaba plenamente dispuesta de amamantarme.

    Sucedió un encuentro entre ella y yo al visitar Querétaro por 3 días, tendría una capacitación en la empresa y acordamos el vernos y tener momentos de intimidad.

    Fue en verano y al conocernos me impacto el tamaño de sus senos. Era un atributo que a ella le encantaba provocar a los hombres.

    Esos tres días me di un gran festín de sus bellos pechos. Ella le encanto el estímulo recibido en ellos. De hecho me agradeció el poder hacer que tomaran una forma distinta sus pezones. Ya que su esposo no le llamaba la atención. Y una recomendación médica era que se ejercitaran sus ubres para el momento de lactar le favoreciera.

    Mi amiga quedo emocionada de lo hermosa que podría ser la lactancia erótica. Para mala fortuna para ella y buena suerte para mi; su esposo se mostró totalmente desinteresado.

    En ese lapso de embarazo comencé comunicación con AnaLilia. Una chica de San Nicolás de los Garza. Recientemente había dado a luz.

    Dentro de la mismo gusto por lactar a un hombre; surgió esa inquietud de dar una variante a esa relación.

    Ella misma se ordeña y bebe de su leche materna; sin embargo la fantasía de beber el néctar de una mujer era una fantasía a experimentar.

    Le manifesté esa posibilidad de estar en una relación de amamantamiento entre 2 mujeres y yo. Fascinada.

    Los 3 estábamos dispuestas. Fue así como estuvimos planeando las fechas y horarios y se realizó este 29 de febrero.

    El encuentro se realizó en el departamento de Ana Lilia. Ella mama soltera. Quien vivía sola y solo visitaba a sus tíos en la ciudad. Mi otra amiga me ha pedido el anonimato al ser casada y su esposo es un importante personaje en la sociedad de Monterrey.

    Fue tan lindo el que primero llegara al departamento de Ana Lilia. En su sofá me estaba alimentando con su seno izquierdo.

    A los 10 minutos me llamo al celular. Ya estaba ahí. Le proporcione el número del departamento. La puerta estaba sin seguro y podría ingresar inmediatamente.

    Abrió la puerta y nos dijo que fue emocionante para ella verme prendido a un seno lactante. Fuera del escote y su impresión fue emocionante, tierna y muy erótica.

    Nos levantamos del sofá y Ana Lilia y yo la saludamos. Anita tenía el pezón del seno izquierdo con un punto blanco de leche y escurriéndole mucho.

    -Bueno pues Lili me está alimentando. Que te parece si mi amiga y yo nos prendamos de ti? Seria lactancia en tándem adulta.

    -Siii. Fue así. Saco su seno derecho para mi amiga y yo aun en el izquierdo. Nos prendimos y mi amiga hacia una pausa y expresaba que era delicioso. Anita estaba al igual fascinada. Vaciamos su leche en menos de 10 minutos.

    Ahora fue el turno de mi amiga amamantarnos a Anita y a mi. Sus senos 40 c saliendo de su blusa escotada nos impactaron por igual por su tamaño y belleza.

    Pasaron 13 minutos y logramos beber casi toda de su leche materna. Hizo una pausa para amamantarnos al llamarle un familiar. Mientras tanto mi amiga y yo veíamos como crecían sus pezones de nuestra succión. La humedad de su areola y pezón era tan fascinante.

    El siguiente juego fue el alimentarme de las 2 bellas chicas. Wow de verdad era algo extraordinario. Era un pendiente que tenía en mi gusto y experiencias con chicas lactantes. Tener 2 pechos al mismo tiempo para mi. Con tantísima leche materna para mi.

    El golpe de leche materna es tan excitante. Tomaba en ciertas posiciones las ubres de las 2 chicas y succionar leche de ambas al mismo momento es otra variante sumamente excitante.

    Fueron 3 horas de una relación de lactancia erótica sin igual. Para los tres.

    Ver entre ellas mismas beber de su leche materna. Es increíble.

    La lactancia erótica tiene muchos matices y juegos eróticos muy sensuales. Ser agradecido a la vida y a las personas que me han brindado de conocer esos toques únicos.

    He tenido la fortuna de en ciertos días ser amamantado por 2 chicas lactantes, pero en diferentes horarios y lugares. Pero esta fue mi primera experiencia en ser lactado por 2 mujeres en el mismo momento.

    Ser respetuoso y discreto abren muchas oportunidades.

    La vivo a plenitud. Siendo grato que al igual ellas y un servidor disfrutamos cada relación de amamantamiento.

    No a personas con poco criterio o con actitudes de niño. Evito personas que así de fácil me piden sus datos para contactarlas. Sin que conozcan su situación personal, familiar, si son estudiantes.

    Si ellas desean experimentar con otras variantes o personas; ellas mismas publicaran o, me pedirán que les ayude a realizar sus fantasías.

    Entiendan esto por favor. No es siempre sencillo tener esos momentos. Y cuando se dan debemos respetar. Y en verdad esto brinda más oportunidades a futuro.

    Iré plasmando poco a poco más lindas experiencias.

    Les saluda desde Querétaro, México; su amigo Paul.

  • Mi primera salida del closet un día alocado y excitante

    Mi primera salida del closet un día alocado y excitante

    Hola amigos les contaré mi primera aventura de nena. Fue una noche deliciosa en la que mi primera salida del closet terminó en ser violada y poseída por tres hombres desconocidos y como me veo forzada a pasar el día completo de nena por no poder regresar a mi casa a tiempo y para poder comer me tuve que prostituir, fue un día súper agotador alocado y excitante espero les agrade.

    Comencé a vestirme hace años, usaba la ropa de mi hermana a escondidas, así fue cuando descubrí el placer de la masturbada y lo delicioso que era el dedearse y más tarde a penetrarme con objetos, pero nunca salí del closet en este entonces vivía con mi familia en Orizaba Veracruz.

    Algunos años después al terminar mi carrera decidí viajar a México DF a vivir con un tío que tenía la misma carrera que yo y me ayudaría a comenzar a trabajar y levantarme profesionalmente.

    Él era muy estricto nunca congenie con el solo lo soportaba él era homofóbico.

    A pesar de eso al trabajar poco a poco fui comprándome discretamente cosas de mujer. Zapatillas, blusas, vestidos, peluca, maquillaje, tangas, pestañas y medias. Tarde como medio año en completar mi guardarropa con lo básico para una chica sensual.

    Me sentía a gusto con mi apariencia pero de tiempo atrás ya deseaba mas, deseaba que alguien me viera, y por que no conocer a algún hombre que me hiciera suya y me hicieran sentir mujer completa, pero al mismo tiempo sentía miedo.

    Investigue por internet lugares para chicas tv y encontré un lugar cercano a cuatro estaciones del metro de mi casa, pero no me atreví a ir de chica sin conocer el lugar primero. Así que primero fui normalmente de hombre a conocer el lugar, fui temprano y no había mucha gente, de echo apenas iban llegando algunas personas, me agrado el lugar pude distinguir a algunas chicas trans en toda confianza así que me fui de regreso a mi casa, pero a la próxima semana planee ir completamente transformada en Susana.

    A la próxima semana el sábado en la tarde mientras me bañaba me depile completamente y me aplique crema en todo el cuerpo, soy alta como 1.80 de cuerpo robusto pero en ese entonces depilada mi piel se veía hermosa. En la noche después de cenar mi tío se fue a su cuarto y yo al mío, me vestí lo mas sensual que pude, una minifalda azul cielo cuadriculada, una blusa escotada azul marino, un suetercito azul marino también, medias de red negras me maquille lo mejor que pude aunque no tenía mucha experiencia y unas zapatillas rojas que no se me veían mal a pesar de no combinar con mi ropa pues con lo sensual que se me veían mis piernas y mis uñas pintadas se veían riquísimas, cualquiera las querría en sus hombros, eso lo sabía y lo permitiría o eso deseaba, con esto les digo cuidado con lo que deseas por que se te puede cumplir.

    Me gusto lo que vi en el espejo y me calenté, eso me dio el valor de salir de mi casa ya cerca de las doce pm, a esa hora ya no alcanzaba metro así que me fui a la discoteca llamada el histeria caminando, se sentía rico el aire corriendo bajo mi falda y sentirlo en mis nalgas, que sensación.

    En casi una hora llegue me sentía muy nerviosa pero la calentura iba venciendo esos nervios poco a poco eran como cuarto para la una am, al entrar ya había mas gente que cuando fui por primera vez de hombre, aun temerosa busque un lugar disponible solo y alejado del bullicio, al pasar entre las personas vi un trio de hombres sentados y platicando entre ellos, uno de ellos me observa como desnudándome sonríe y me pide que me acerque, le sonreí pero temerosa aun le dije con la cabeza que no y me pase de largo, me senté en un lugar vacío unos metros mas adelante observaba a los que bailaban mientras me tomaba algunas cervezas, unos minutos mas tarde el hombre que me llamo al principio estaba junto a mi pidiendo permiso para acompañarme, le dije que si y se sentó a mi lado, platicamos un buen rato la verdad ya no recuerdo de que hablábamos, luego sentí que se acercó mas a mi y puso su mano sobre mi pierna, yo andaba algo cachonda y no icé nada para quitar su mano de allí, entonces comenzó a moverla acariciando mi pierna y sentí como se acercó mas y la deslizo hacia mis nalgas bajo mi falda, eso me calentó mas después acerco su rostro y se inclinó para besarme y le correspondí el beso mientras sentía como me calentaba mas manoseándome toda con ambas manos. Después de un rato así él se levantó y jalando mi mano me hizo seguirlo, suponía a donde me llevaría pero ya estaba caliente y lo seguí, me llevo al segundo piso de la discoteca, era una como un balcón grande con sillones y mesas alrededor de la discoteca con vista a la pista de baile abajo, estaba algo obscuro y observe algunas parejas alrededor la mayoría hombre con chica trans en plena relación sexual. Ya había visto ese lugar previamente y estar ahí con un hombre calenturiento termino de excitarme, así que no me negué a nada, me jalo hasta un sillón y se sacó el pene ya bien duro no dude en hincarme frente a su rico paquete y llevármelo a la boca, era la primera vez que mamaba verga y lo hacía lo mejor que podía, note que a él le gustaba por sus gemidos y porque decía que rico putito sigue así que rico la mamas.

    Como quería que me dedeara me levante y me incline sobre el sillón para continuar mamándole el pene dejando mi colita al alcance de su mano, de inmediato comenzó a sobarme las nalgas deslizando su mano bajo mi falda y luego bajo mi tanga, cuando sentí un dedito sobando mi entrada me súper calenté mas y mas cuando sentí empujar y abrirse paso dentro mío que rico fue, así estuvimos como unos seis minutos cuando escucho que mi hombre (Mario lo llamare) decir vengan compadres prueben a este putito que está bien sabroso, me levante y voltee y vi a los dos hombres con los que estaba hablando cuando llegue a la discoteca, estaban parados observando tocándose el pene sobre sus pantalones, no tardaron en bajarse el zíper y sacarse los penes aun en crecimiento, yo estaba tan excitada que me gire y comencé a mamarles el pene a ambos (Fernando y julio los llamare) crecieron rápidamente en mi boca mientras Mario me daba el beso negro, era delicioso sentir su lengua entrando en mi colita, luego se incoó atrás de mi y sentí su gran pene rosando mi entrada, me sentí en una nube que delicioso, apunto su pene a mi entrada y comenzó a empujar con fuerza, comenzó a entrar me dolía mucho pero la excitación reinaba, y al contrario empujaba mi colita para atrás ayudando la penetración hasta que sentí su cuerpo rosando mis nalgas, supe que la tenía adentro toda, baje mi cabeza y me encanto ver sus piernas velludas atrás de las mías y 4 testículos en fila, estaba siendo penetrada por un pene delicioso que rico.

    Me comenzó a bombear lento al principio pero fue acelerando y me llevo al cielo, me penetro como 10 minutos hasta que se vino adentro mío, sentí su leche llenándome por dentro que rico fue, luego el cansado se alejó un poco y se sentó en el sillón a observar, entonces Fernando se coloca atrás de mi y se dispuso a penetrarme también mientras julio me seguía penetrando por la boca, Fernando y julio no tenían el pene tan grande como Mario pero Fernando me cogió delicioso, tardo un poco mas que Mario, tardo como 13 o 15 minutos en venirse y también se vino adentro de mi colita, julio también se vino en mi boca al venirse empujo con fuerza contra mi cabeza y casi me ahogo y tuve que tragar todo, fue delicioso yo también me vine sobre el sillón, los tres quedamos tendidos en los sillones descansando.

    pero la relación sexual de los cuatro no termino ahí, durante algunas horas mas los tres siguieron cogiéndome bien rico, en una ocasión recibí una dolorosa y muy deliciosa doble penetración, después de eso ya con el culo lleno de leche y con leche también en mi cara caímos rendidos los cuatro sobre los sillones, ni cuenta me di cuando me quede dormida de lo agotada y satisfecha que estaba, horas después un dolor intenso en mi colita me despertó, me di cuenta que mis piernas estaban en los hombros de un hombre grande y no de edad, estaba vestido de traje, era de seguridad del lugar, violentamente me había penetrado y estaba bombeando mi culo como desesperado, solo me deje querer, mientras me cogía observe alrededor, vi que las luces de la discoteca estaban encendidas, ya no había música ni en la cabina de los dijeys había nadie, solo era el de seguridad y yo, de pronto me la saco, me jalo y me levanto del sillón, me giro y quede empinada frente el sillón, sentí como apunto su pene a mi colita de nuevo y de un solo empujón la metió asta adentro sin piedad para continuar cogiéndome, siguió bombeando rápidamente hasta que de pronto sentí como se ensancho su pene, detuvo las embestidas jalándome con fuerza de las caderas hacia el metiéndome su pene lo mas adentro que pudo, y sentí como inundo mi colita de su deliciosa leche, se sintió increíble, al sentir los chorros de leche adentro de mi también me vine muy deliciosamente.

    Descansamos un rato y me dijo que la discoteca había cerrado desde hace como dos horas, incluso los de limpieza ya se habían ido, que tenía que salir del lugar que el también ya se iba y tenía que dejar cerrado, le pedí que me dejara ir a lavarme y maquillarme al baño pues estaba toda sudada y llena de leche en mi cara colita y piernas, estaba toda embarrada de leche, me dijo que si y me fui a lavar, maquillar y perfumar, en el baño me fije en mi bolso y ya no estaba mi cartera, mi celular aún estaba pues era de los económicos de 200 pesos, alguien me había bolseado mientras dormía, afortunadamente aun tenia algunas monedas en un bolsillo, como 20 pesos, el cambio de algunas cervezas que me tome, eran alrededor de las 6 am y no llevaba ropa de niño para cambiarme pues me salí vestido de nena de mi casa y tenía como hora y media para llegar a mi casa antes que se despertara mi tío, entonces salí del baño, le dije que estaba lista para salir, el me dio las gracias por la rica cogida que me deje que me diera, entonces me volvió a besar y a frotarme las nalgas con la mano, le frote su paquete sobre el pantalón y vi que ya la tenía bien dura de nuevo, me sentí con tiempo pues aún faltaba como media hora para que abrieran el metro, entonces saque mi lubricante de mi bolso y lo deje a un lado, me agache y le saque su pene del pantalón y lo comencé a chupar, a él le encanto, luego él se acostó en el piso y me pidió que lo montara, me aplique lubricante me quite la tanga y lo monte ensartándome solita, lo cabalgue siguiendo el ritmo que el imponía con sus manos en mis nalgas, así seguimos un rato hasta que me pidió que me levantara me jalo hasta la barra del bar y me empino sobre el mostrador, me la volvió a clavar con fuerza, la tenía enorme y yo gozaba como loca aquella cogida hasta que el mientras bombeaba con fuerza me dijo: -que rico culito tienes putito, aprietas rico, me voy a venir donde quieres la leche putito- esas palabras me excitaron y entre gemidos le respondí diciendo, adentro papi adentro, lléname el culo de leche papi, que rico, el decir eso me súper éxito, entonces él dijo,- se ve que te encanta la verga putito pues ahí te va la leche putito de mierda que rico culito tienes- entonces el detuvo las embestidas, de nuevo me jalo de mis caderas para meterme su verga lo mas adentro que pudo y comenzó a venirse, y yo a venirme también al sentir sus chorros de leche en mi colita, me la dejo adentro un tiempo luego la saco y yo me tire en el piso cansada y súper contenta sintiendo como su leche escurría por mis nalgas, él también se sentó en una silla cerca de allí.

    Después de un rato volví a ir al baño a sacar su leche y limpiarme mi colita, me maquille de nuevo y me vestí de nuevo, después le pedí salida de nuevo y me la otorgo ahora si, me despidió de un beso y camine hacia el metro pues ya lo habían abierto, antes de subir a la estación mi celular sonó, era mi tío, me asuste pues se había levantado mas de media hora antes, le conteste inventándole que había salido en la noche con unos amigos a tomar y que estaría con ellos todo el día y regresaría en la noche, parece que me creyó y me dijo que me cuidara y colgó, pero ya no sabía que hacer pues vestida de nena ya no podría regresar a casa con mi tío allá despierto, y lo peor sin dinero para comer o lugar a donde ir.

    Me quede pensando un poco preocupada y asustada pues nunca pensé estar de nena a plena luz de día y menos en mi primer salida del closet finalmente me decidí a buscar un parque tranquilo para poder dormir un rato pues aun tenia sueño, así que transborde y me dirigí a candelaria, al parque Guadalupe victoria sobre congreso de la unión, a esa hora no había mucha gente, me senté en una banca y me dormí algunas horas.

    Me desperté alrededor de las 11 am con hambre, como ya se notaba mas gente en los alrededores y sabía que luego por los alrededores venden comida barata camine rumbo a corregidora, no sin antes retocarme el maquillaje, ya había muchos puestos y gente, solo me comí un hot dog de $10, me arme de valor para seguir adelante y llegando a circunvalación doble a la izquierda rumbo la merced, ya con mas confianza debido a las agarradas de nalga que me daba una que otra persona, a pesar de las miradas horrendas que me daban las prostis de la zona

    Poco antes de llegar a la merced siento un par de manos escapándose bajo mi falda y manoseándome las nalgas, volteo y es un tipo flaco pero alto y algo feo y barbón, yo me dejo querer pues me estaba calentando, se me acerca al oído y me dice -que rica estas putito, te gusta la verga? Cuanto cobras papi?- trate de calmarme y le respondí que gracias, que si y que 100 mas hotel, y me regateo aun así me dijo traigo lo del hotel pero solo me quedarían $75, le dije que si y le pedí los $75.

    Entonces el me tomo de la mano y me jalo hasta un hotel muy feo que estaba cerca de allí, no sé ni como se llamaba el hotel solo lo seguí, ya en el cuarto lo primero que hizo fue desvestirse y agacharme y meterme su verga en mi boca, yo sin decir nada lo hice lo mejor que pude un buen rato, la tenía mediana y me entraba toda en la boca, hasta que de pronto se ensancho un poco mas y me agarro de la nuca apretando mi cabeza contra su pene que entro mas aun y se vino en mi garganta, no me quedo de otra mas que tragar todo, cuando la saco de mi boca pensé eso era todo y me levante.

    Pero en eso el me pidió un condón y yo se lo di, mientras que se lo colocaba el yo me ponía lubricante en mi herramienta de trabajo ese día, mi colita, me empine poniendo una rodilla sobre la cama y ambas manos igual sobre la cama y el desgraciado me la metió con fuerza, la verdad comparado con la verga del de seguridad de la mañana esta era pequeña, pero aun así me dolió que di un grito de dolor, el me dijo –querías verga no maricon de mierda? Ahora aguántate mientras te cojo por el culo.

    Le dije si papa sigue cogiéndome y continúe gimiendo mucho mientras me cogía, de pronto sentí que la saco de mi colita, y casi de inmediato la volvió a meter y continuo cogiéndome y yo seguí gimiendo y pidiendo mas verga, no le di importancia al hecho que si verga la sentía diferente y con razón pues se había quitado el condón, seguí gozando hasta que sentir su leche en mi colita, fue ahí donde me di cuenta que se había quitado el condón pero ya era tarde para decir algo, me dio un beso y se fue.

    Yo me quede un poco mas para vaciar mi colita de nuevo, maquillarme y arreglarme de nuevo, también detalle mi depilado y continúe mi camino ya mas segura, comí algo mas en el camino y como las prostis no dejaban de verme feo decidí seguir caminando y me dirigí a calzada de Tlalpan, vi una esquina solita entre san Antonio abad y chabacano y me pare en esa esquina, ahí conocí una prosti unas horas mas tarde y le di bien y ella a mi y me dejo parar ahí sin problema.

    Ya no recuerdo como se llamaba pues aunque volví a prostituirme a Tlalpan algunas veces más siempre de noche y ya no la volví a ver.

    Me quede ahí el resto de la tarde pues ya pasaban de las 3 pm y tuve al menos un par de clientes mas, ellos si me pagaron los 100 que les pedí o al menos uno de ellos pues el otro solo quiso un oral en el hotel, un oral de $50, estuve vendiéndome hasta las 11 de la noche hasta que decidí que ya era hora de volver a casa.

    A pesar de aun agarrar metro quise irme a pie y en el camino ya sin cobrar me deje coger por algunos hombres en calles obscuras, es noche me di cuenta que me encantaba la verga y que lo mío era dar placer con mi boca y culo, a partir de ese día salgo ya con mas confianza y mas ahora que me arreglo mejor y busco quien me quite lo caliente dándome unas ricas cogidas, espero les haya gustado mi relato, fue largo pero excitante pienso yo espero sus comentarios y pronto subiré mas relatos, tengo ya varios años regalando mi culo y a veces prostituyéndome por gusto y algunas orgias con varios hombres, así que tengo muchos relatos excitantes que contar, hasta pronto.

  • Con quien menos lo imaginé, el macho más guapo y mujeriego

    Con quien menos lo imaginé, el macho más guapo y mujeriego

    En el relato anterior les había comentado que me había metido a jugar en un equipo de futbol interno, al final fuimos subcampeones, y aunque no era precisamente una estrella, jugaba bien y llamé la atención por lo que fui invitado a integrar un equipo que representaría la escuela en un torneo interescolar.

    Me sentía feliz, el equipo estaba integrado por estudiantes de diversas carreras, y era lo suficientemente bueno para ser titular en la mayoría de los partidos.

    Allí conocí a Arturo, era de una carrera diferente a la mía, y al principio me cayó mal, era el típico Mirrey, galán, mujeriego, que salía con múltiples conquistas y las presumía, sus padres eran de dinero y tenía auto propio, realmente era un auto compacto, nada lujoso, pero era la envidia de la mayoría de los estudiantes. Su familia era de Sonora y tenía un ligero acento norteño, no muy fuerte, solo se le apreciaba por su forma un poco más ruda de hablar, un poco golpeado y la pronunciación de la letra CH, que sonaba más como SH, no sé si me explico, por ejemplo, al saludar sonaba algo así como “musho gusto mushashos”, para acabarla era el goleador y estrella del equipo.

    Venía de Hermosillo y vaya que le hacía honor a su lugar de nacimiento, que Hermosillo era el cabrón, alto, atlético y musculoso, de piel blanca y pelo castaño, con unos ojos grandes y expresivos de color miel, Cristiano Ronaldo de joven, sin tanto músculo, me recuerda un poco su figura, pero en güero, todas las chicas de la escuela querían andar con él, sumamente popular, en los partidos o entrenamientos siempre había alguna chica en las tribunas y estoy seguro que no era para ver como jugaba el equipo.

    Cuando me lo presentaron intenté bromear con él y le dije-

    – Pensé que en Sonora solo jugaban al beisbol, ja ja

    – Todos los de Sonora practicamos el beisbol, es cierto somos buenos para dar batazos, ja ja, pero también me gusta perforar algunas porterías, al tiempo que se tocaba la polla y pude apreciar que a pesar de estar cubierta por el short y flácida era muy grande y gruesa- solo sonreí con su comentario.

    Mi posición era en el medio campo y mi función era de contención y ataque, detener los avances de los rivales, recuperar balones y surtir de balones a la delantera, y cabe resaltar que a pesar de nuestra diferencia fuera de la cancha, éramos muy compatibles en el campo y me convertí pronto en el principal surtidor de balones de Arturo, muchos de sus goles fueron producto de pases míos, y nos hicimos buenos amigos.

    Comprobé con el trato diario que mi impresión inicial era equivocada, Arturo era muy jovial y atento, le gustaba salir de fiesta y con frecuencia me invitaba, pero la verdad no me gustaba mucho ese ambiente, siempre serio y era raro que acudiera, a excepción de unas fiestas de alberca en la casa de los padres de un compañero de carrera de Arturo, otro chico con dinero, y siempre me acompañaba mi novia, más sociable que yo, por lo que podía relacionarse con los estudiantes más populares de la escuela, las fiestas eran a las afueras de la ciudad y siempre pasaba Arturo para llevarnos y traernos, casi siempre lo acompañaba alguna chica diferente.

    Los entrenamientos eran en las tardes 3 veces a la semana y los partidos generalmente los sábados.

    Los viernes tenía clases después de los entrenamientos y me tenía que duchar en los vestuarios para asearme y cambiarme de ropa, los otros días prefería solamente cambiar mi playera sudada e irme a bañar a mi departamento, algo transpirado, lo sé, tal vez era poco cortés para los otros pasajeros del metro, pero no era el único, al contrario que en la mañana, en la tarde el transporte en el metro es una mezcla de olores, no todos agradables, de muchos trabajadores, obreros o estudiantes después de una larga jornada

    Arturo siempre acostumbraba bañarse después de los entrenamientos, mostraba siempre una imagen muy pulcra, y como en todos los vestuarios había los exhibicionistas y los más recatados, Arturo indudablemente era de los primeros, se paseaba desnudo sin importarle que lo vieran, y como no, presumía su cuerpo, tenía un cuerpo perfecto, parecía una de las estatuas de mármol de algún Dios Griego, pero en lo que se refiere a sus atributos sexuales era todo lo contrario a esas figuras griegas, la naturaleza había sido muy generosa con él, tenía una verga monstruosa, aún flácida era muy gruesa y larga, en mi mente no me imaginaba cuanto llegaría a medir si estuviera erecta, con razón tenía tanta suerte con las mujeres, con esa cosa bajo sus piernas, yo lo veía de reojo, siempre en forma discreta, para no ser descubierto, pero me excitaba mucho verla. Por mi parte pertenecía al segundo grupo, era más recatado, si bien mi verga era de tamaño promedio, nada por que pudiera sentirme avergonzado, mis nalgas sabía que podrían traerme comentarios o bromas, así que siempre hacía tiempo y prefería bañarme hasta el final, ya cuando se estaban yendo todos.

    En cierta ocasión en que pensé que estaba solo en las regaderas, sentí como que alguien me miraba, giré la vista y era Arturo, se había entretenido en una llamada con alguna de sus conquistas y estaba contemplando mi cola, no sabría con certeza cuanto tiempo llevaba viéndome. Al sentirse descubierto exclamó:

    – No manches Ariel, que culito tan rico tienes.

    – No jodas Arturo- me defendí, sabía que era cierto y el comentario que le había gustado al más galán y mujeriego de toda la escuela me sorprendió y al mismo tiempo me lleno de orgullo.

    – En serio que si no supiera que eres mi amigo, no te respeto y te clavo, ja ja, mira, se me puso dura la verga,

    – Ya en serio, Arturo no chingues, dándome la vuelta para que dejara de verme el culo y no pude evitar ver su verga y no mentía su verga había crecido y era de dimensiones sorprendentes, posiblemente 24 o 25 cm de largo y muy gruesa y eso que no estaba completamente erecta, no lo podía creer, mi cara fue de sorpresa y quedé con la boca abierta. Sentí que mi cara se sonrojaba.

    Arturo se alejó riendo y solamente lo tomé como una broma, era para mí impensable que pudiera haber algo entre Arturo y yo, el más galán y macho de la escuela, con decenas de jovencitas tras él.

    Transcurrieron algunas semanas y en una ocasión nos tocaba ir a jugar hasta una escuela del Estado de México, por lo regular utilizábamos alguno de los autobuses de la escuela (había 2) pero no eran exclusivos de nosotros si no que había que apartarlos con anticipación, y había preferencia a viajes especiales como congresos o viajes de estudio y precisamente ese fin de semana había un viaje de estudios, así que teníamos que desplazarnos por nuestra cuenta, no había mucho problema porque varios compañeros tenían coche, el desplazamiento se daba de diversos puntos, dependiendo de los domicilios de los jugadores y 6 de nosotros nos juntarnos en las instalaciones de la escuela 4 de nosotros sin coche y dos con coche, un compañero llamado Toño y Arturo, llega Toño y nos quedamos esperando que llegara Arturo para viajar ambos coches juntos, pero de pronto vemos que va llegando Arturo sólo con su maleta.

    – Que pasó Arturo? y tu coche?- pregunté.

    – Disculpen, tuve un ligero accidente anoche, nada de cuidado, pero el coche se quedará un par de semanas en un taller- nos respondió Arturo

    – No puede ser Arturo, somos 6 en total y mi coche es compacto, no cabemos, respondió Toño.

    – Vamos, no me van a negar el aventón, varias veces se los he dado.

    – Ok, no te preocupes, ya vemos como nos acomodamos respondió Toño.

    Llegamos al vehículo y decidimos que el más fornido estaría de copiloto y los demás en la parte trasera, por ser el más delgado y bajito me tocó subirme al último y ya no había lugar para sentarse, por lo que me tocó ir en cuclillas agarrado del respaldo del conductor, al lado de Arturo y arrancamos el viaje, que era de alrededor de una hora.

    Mi posición era muy incómoda y ya no aguantaba, mis piernas se entumieron apenas aguanté como 20 minutos y me quejé, señalando que ya tenía las piernas entumidas pidiendo a Toño que se diera prisa, Arturo al ver mi tormento me dice que me siente en su pierna, que no sea penoso.

    – Anda Ariel, siéntate en mi pierna, ja ja, no te voy a violar, bromeó- mis compañeros sonrieron, pero no aguantaba y no me quedó de otra que sentarme en la pierna de Arturo. Era incómodo y a la vez excitante, mis nalgas apoyadas en la pierna del tipo más galán de la escuela, la sensación me ponía un poco cachondo y seguimos avanzando así aproximadamente otros 20 minutos.

    Pasado ese tiempo ahora fue Arturo quien se quejó.

    – No manches, pinche Ariel, estas delgado pero pesas, ya se me entumió la pierna, levanta el culo un poco, ya no aguanto.

    Alcé la cola y Arturo abrió las piernas, mira siéntate aquí, hay un pequeño espacio de asiento y así puedo descansar mis piernas.

    Mi cola quedó entre sus piernas, y agarrándome del respaldo intentaba sentarme en la puntita del asiento, y mantener el equilibrio, pero seguía siendo una posición incómoda, mis nalgas rozaban las piernas de Arturo y en ocasiones al frenar o acelerar era imposible que mis nalgas no fueran a rozar el bulto de Arturo, solo unas fracciones de segundo, totalmente accidental, tan pronto sentía el me apoyaba del respaldo y alejaba el culo, esas pequeñas fracciones de segundo eran suficientes para que me excitara sobremanera, y aunque los roces eran totalmente accidentales, cerré los ojos y me concentré en la sensación, tratando de sensibilizar la piel de mis nalgas para disfrutar aunque sea ese minúsculo tiempo, alcanzaba a distinguir el diámetro de su enorme bulto y que se estaba poniendo cada vez más duro, mi verga empezaba a ponerse dura también, afortunadamente llegamos al lugar del partido y rápidamente me saqué la playera para que no se notara mi turbación y me bajé, me fijé en el bulto de Arturo y seguía su verga morcillona, pero no hice ningún comentario.

    Ese partido lo ganamos 3 a 2 de visita con dos goles de Arturo, uno de ellos a pase mío y nos quedamos un rato a festejar, lo habitual era comprar algunos six de cerveza en algún Oxxo cercano y bromear y charlar por horas en lo que nos acabábamos las cervezas, Arturo estaba Feliz por los goles y colaboró pagando una ronda de cervezas extra.

    Ya estaba anocheciendo y teníamos que regresar por lo que todos nos dirigimos a los autos, en especial los que vivíamos cerca de la escuela al auto de Toño, y pregunté cómo nos acomodaríamos, Arturo se apresuró a contestar que igual que como habíamos llegado, lo cual era lo más lógico pero me ponía en una incómoda posición. Nos metimos al coche y rápidamente Arturo abrió las piernas para que me sentara en medio de ellas no sabría decir si me dio gusto o me molestó, por un lado volvería a sentir los rozones de la verga de Arturo en mi colita, pero también era un tormento tratar de disimular, y ahora seguramente sería una hora completa y no 20 minutos como en la llegada.

    Arrancamos y empezó la misma situación, pero con la diferencia que nuestros dos compañeros que iban con nosotros les ganó el sueño y en menos de 15 minutos se durmieron, yo no aguantaba las ganas de empujar mis nalgas atrás y disfrutar la sensación de la verga de Arturo y se me ocurrió fingir dormir como mis compañeros, total dormido podría simular que no me daba cuenta de la verga de Arturo, me apoyé en el respaldo del piloto, empinando la colita e imité la respiración de mis dos compañeros, poco a poco fui aflojando las nalgas y sentí más fuerte el contacto de su verga contra mis nalgas. Que rico se sentía me encantaba, la verga de Arturo cada vez se ponía más dura, e incluso percibía el calor que despedía, disfrutaba, era una sensación exquisita.

    Toño le preguntó a su copiloto si todos los pasajeros de la parte de atrás iban dormidos y Arturo simuló también dormir

    – Toño bromeó con su copiloto y le dijo no te vayas a dormir también, porque ya nos llevó la chingada, ja ja, me pegarías el sueño.

    – No, como crees, ja ja, estoy cansado pero aguanto y aquí te iré haciendo plática, ja ja, quiero llegar a viejo.

    El roce continuó algunos minutos y sentí que Arturo trataba de acomodarse tras de mí, ja ja pensé, ya la tiene tan dura y le molesta que necesita acomodársela bajo el short, y efectivamente así era pero no se la acomodó bajo el short, sino que sentí un tronco ardiente y grueso en mi espalda, tocando mi piel, el cabrón se había sacado la verga y la había introducido bajo mi playera, apoyándola en mi espalda, sentí que mi piel se erizaba al contacto y una descarga eléctrica recorría mi cuerpo, su verga dura y ardiente rozaba contra la piel de mi espalda, una caricia excitante que jamás hubiera imaginado, la cabeza de su verga me llegaba hasta casi la mitad de mi espalda y sentí que esa parte se humedecía con algún líquido caliente y viscoso, estaba saliendo precum de su verga, y usando el mismo precum lo utilizaba para deslizar su verga en mi espalda, muy suave, casi imperceptible siguiendo los movimientos del coche para no despertarme, y me encantaba, con los ojos cerrados me concentraba en la sensación, agudizando los nervios de mi espalda, después de un rato, sentí un dedo en mi espalda, frotando suavemente mi piel con la yema del dedo, despacio, sin ejercer presión, su dedo frotó los huequitos que algunos tenemos y que se forman en la parte baja de la espalda, apenas encima de mis nalgas y sentí delicioso, nadie nunca me había tocado allí y descubrí una nueva zona erógena, mi verga estaba a punto, y goteaba precum, mordía mis labios para no gemir y simular que seguía durmiendo.

    Después de frotar un rato esa zona de mi espalda, buscó mi rajita, precisamente donde inicia, donde termina la espalda y nacen las nalgas y frotó un largo rato ese lugar, al ver que seguía durmiendo humedeció su dedo, seguramente con saliva y regresó al inicio de mi rayita. Ya era el acabose, su verga dura en mi espalda goteando precum y su dedo entre mis nalgas, presionó muy suavemente y ayudado por la saliva se deslizó entre mis nalgas, me sentía en el cielo, me contenía para no empujar mi culo y delatar que no estaba dormido, entonces pasamos un bache y aproveché para con el movimiento, empinar más la colita y darle mejor acceso a mi culo, sacó su dedo y regresó más húmedo, deslizándose hasta que sentí que encontró mi orificio, un escalofrío recorrió mi cuerpo y no pude evitar suspirar y dar un ligerísimo respingo, desgraciadamente mi esfínter es muy sensible y no pude evitarlo, pero mordí mis labios, ahogando mi gemido, inmediatamente sacó el dedo de mi raja, para ver mi reacción y si despertaba.

    Seguí fingiendo dormir, y tal vez pensando que mi sueño era profundo y que iba medio borracho por las cervezas que tomé, un par de minutos después, sentí nuevamente su dedo deslizarse entre mis nalgas, muy lento, suave, hasta que otra vez encontró mi orificio y empezó a frotar la entrada.

    Que rico lo hacía sentía un placer indescriptible, oleadas de placer recorrían mi cuerpo, apenas lo podía creer la persona más viril y galán que conocía en el mundo, me estaba rozando la entrada del hoyito.

    Desgraciadamente para entonces estábamos llegando a las instalaciones de la escuela y lentamente sacó su dedo, para evitar despertarme y se acomodó la polla bajo su short disimuladamente, pero aún durísima.

    Tan pronto Toño llegó al estacionamiento prendió las luces interiores y exclamó.

    – Despierten dormilones ya llegamos.

    Así que despertamos todos (En realidad Arturo y yo solo fingimos despertar) y le dimos las gracias a Toño. Arturo bromeó:

    – Ufff lástima estaba imaginando que me estaba cogiendo a una niña riquísima que conocí en el banco, Tengo la verga durísima, pobre Ariel, creo que me desquité con sus nalguitas soñando en la chica.

    – Cabrón, tienes una boa en las piernas, no chingues y te calentaste con mi cola, la próxima ni a madres viajo así, aunque perdamos. Pervertido- respondí riendo,

    Todos rieron de mi respuesta y Arturo exclamó.

    – Perdón Ariel, ja ja, a mí me gustan las mujeres, solo estaba soñando, pero sabes, tienes nalgas ricas, si fuera puto ya te hubiera ensartado.

    – Si yo fuera puto también ja ja, se necesitan dos- me defendí.

    Todos rieron con los comentarios y bromas y nos despedimos, Arturo le pidió a Toño que lo acercara a una base de taxis para tomar alguno y los demás fuimos a tomar el metro.

    Al caminar sentía la humedad de la saliva de Arturo en mi rajita y también la humedad del precum que tenía depositado en la parte media de mi espalda y me excitaba, sentía la colita muy sensible y calientita, tan pronto llegué a mi departamento me encerré en mi cuarto y empecé a tocarme la cola recordando como lo había hecho Arturo, me hice una paja deliciosa y desquité mi calentura al otro día con mi novia, que me encontró más fogoso que de costumbre

    El siguiente lunes después del entrenamiento, se acercó Arturo y me pregunta que voy a hacer después, le comenté que saldría a cenar con mi novia pero que tenía clases hasta tarde, por lo que iría a mi departamento a bañarme y cambiarme y ver un rato la TV, para regresar después por ella. El entrenamiento terminaba a las 3 de la tarde y mi novia salía de clases a las 9 de la noche, así que tenía mucho tiempo libre.

    Me comenta que no tiene nada que hacer, que porque no lo acompañaba a su Departamento a jugar videojuegos en lo que pasaba el tiempo para ver a mi novia.

    Me extrañó un poco, jamás me había invitado y creo que tampoco a algún otro compañero, incluso en ocasiones bromeaba y decía era exclusivo para sus conquistas, que sólo lo usaba para coger, lejos estaba de imaginar que yo sería una de ellas.

    Me duché y cambié en los vestidores de la escuela, para no tener que ir hasta mi departamento, y salimos rumbo a su departamento.

    Lo que pasó después lo cuento en el siguiente relato.

    Si les gustó espero sus comentarios, mi correo es:

    [email protected].

  • El trato con El Gordo

    El trato con El Gordo

    La cosa se había puesto fea una semana antes.  Jhony me había dicho que a uno de los gilipollas que trabajaban para él le habían robado medio kilo. En un principio pensó que se lo había quedado y el tipo le estaba engañando pero después de apretarle las tuercas se convenció de que se lo habían robado. Jhony, encolerizado, ejecutó el castigo.

    Pero lo más complicado era justificar esa pérdida ante El Gordo. El gran jefe no era un personaje de trato fácil y mucho menos en situaciones límites. Jhony lo sabía, y le tenía al momento en que tuviera que enfrentarse a ese momento. 3.000 pavos era un dinero que no tenía pero había que devolverlo. El Gordo no concedía moratorias. Era aquí y ahora.

    Por eso Jhony me pidió que le acompañase. Yo aún no entendía el por qué pero estaba enamorada de él y no quería que le pasara nada. Me vestí con una minifalda y un top blanco. Siempre me ha gustado vestir de manera que pudiera lucir todos mis encantos. Así mi culito de jugadora de vóley parecía más respingón y mis tetas duras desafiaban a la gravedad de manera casi provocativa. El vientre plano y definido se adornaba con un piercing que a Jhony le gusta encantaba inundar lo de semen cuando se corría sobre mí.

    Por fin llegamos al despacho de El Gordo. Un habitáculo oscuro y húmedo al final de un antro lleno de personajes imposibles. El tipo padecía un claro sobrepeso. En su juventud había abusado de los anabolizantes y ahora, con más de cincuenta su físico era enorme.

    Dos tipos mal encarados nos condujeron hasta el gran jefe. Nos sentamos delante de su escritorio y con mirada asesina demandó una explicación. Jhony, normalmente tipo frío y convincente, tartamudeaba intentando hilvanar una excusa plausible que al Gordo comenzaba a desesperar. Mandó callar a mi novio y se puso de pie. En persona y en aquella situación su físico impresionaba más aún. Se acercó a mí y me acaricio levemente la cara con la parte externa de sus dedos:

    -Así que os robaron…

    -Así, pero te pagaré…

    -¿Cuándo?

    -No sé, dame una semana.

    -Jhony, sabes de más que no concedo préstamos….

    -Sí, lo sé.

    -Sabes que yo las cosas me las cobro al momento.

    La mirada de El Gordo se posó en mi pecho antes de mirar a Jhony. Éste le miró a los ojos antes de bajar la cabeza en lo que era una especie de aceptación. Yo no entendí nada. Cuando mi novio se puso de pie le imité pero uno de los guardaespaldas me cogió por los hombros y me volvió a sentar. El otro acompañó a Jhony fuera:

    -¿Qué coño pasa aquí? Me largo de aquí.

    -Tranquila, no te va a pasar nada. -M dijo El Gordo con media sonrisa.

    La puerta se cerró tras de mí y en aquella habitación solamente quedamos El Gordo, uno de sus matones y yo. Temí lo peor. El gran jefe se sentó sobre su mesa delante de mí. Comenzó a retirar mi melena negra azabache hacia atrás. Luego me acarició la cara. Delineándola con uno de sus dedos para terminar con su pulgar en el hoyuelo de mi barbilla. Lo acercó a mis carnosos labios y lo introdujo entero en mi boca.

    Estaba paralizada. El dedo sabía a tabaco. Me dio arcadas. Lo sacó y rio:

    -Puto gordo asqueroso.

    -Parece que la putita se rebela.

    -Gordo cabrón. -Le escupí pero no le di.

    El tipo se puso de pie y me cruzó la cara de una hostia con la palma de la mano. Noté como se me enrojecía el pómulo y unas lágrimas afloraron a mis grandes ojos negros. Le miré con rabia y asco. Yo era el pago que Jhony iba a hacerle a aquel punto traficante.

    El Gordo se puso de pie y agarrándome por la melena me levantó de la silla y me colocó frente a él:

    -A ver zorrita. Tu novio me debe 3.000 pavos y el gilipollas no tiene dinero así que te ha vestido de putita y te ha dejado como aval. Por supuesto, lo voy a ejecutar. Además, no sé por qué me da que vas a saber lo que es un tío por primera vez.

    Cogió mi mano derecha con la suya y la llevó a su entrepierna. No pude evitar palpar una polla enorme que crecía bajo su pantalón. Su cuerpo me daba asco. Sudaba mucho manchando una de esas camisas guayaberas propias de dictadores y traficantes suramericanos.

    Sin soltar mi melena, tiró hacia atrás dejando mi cuello totalmente expuesto. La diferencia de altura y fuerza le daban una ventaja incontestable. Me comió la boca metiéndome la lengua muy dentro. Luego me mordió el labio inferior y comenzó a lamer el cuello. Su saliva caliente iba desde mi barbilla hasta muy cerca de mi pecho. Dirigió su mano derecha a mi entrepierna. La metió por debajo de la minifalda y llegó a tocar el tanga que cubría mi coño.

    Hurgó con los dedos y echando la prenda a un lado se entretuvo con mi raja. Se sorprendió al comprobar que no lo llevaba rasurado:

    -Mmmm, un chochito peludo… Hace mucho que no me como uno así.

    Aunque estaba asustada tenía que reconocer que la situación era tremendamente morbosa; un traficante que me doblaba la edad, feo y gordo se iba a cobrar la deuda de mi novio conmigo mientras un matón hacía de voyeur… Mis pezones reaccionaron a mi pensamiento endureciéndose sin que el top pudiera disimularlo. Sentir el dedo de aquel baboso entrar en mi coño fue lo que terminó de derribar mi resistencia.

    El Gordo soltó mi melena y liberó mis enormes tetas. Alabó el tamaño y se lanzó a comérmelas con ansias. Sentía sus dientes trillar los pezones hasta el límite del dolor. Sus dedos seguían abriéndose camino entre mis labios vaginales, separando los vellos hasta dar con mi rajita y pasar a explorar cada pliegue interior. Sentí como su pulgar jugueteaba con mi clítoris haciendo estragos en mi libido.

    De repente el tipo me soltó y me obligó a arrodillarme ante él. Se desabrochó el pantalón y se sacó una enorme polla erecta. Me pareció impresionante. Su penetrante olor a sexo, sus enormes huevos cubiertos con una frondosa mata de rizos de la que emergía un tronco venoso de más de 20 centímetros coronado por un capullo violáceo en forma de bola.

    Entendí lo que debía hacer pero él me lo recordó:

    -Cómeme la polla, perra…

    Noté como de mi coño maná gran cantidad de flujo y mi clítoris palpitaba. Más aún cuando el matón se acercó a nosotros y me ofreció su polla también. Estaba en medio de una sórdida oficina, arrodillada ante dos extraños a punto de realizar una doble mamada. Sin pensarlo demasiado agarré aquellas dos pollas y comencé a pajearlas. Me llevé a la boca primero la del matón, mucho más normal, para luego intentar engullir la del gran jefe. Se me hizo imposible.

    El Gordo mandó al matón que se alejara. Me quería en exclusiva. Le agarré la polla y comencé a pajearlo al tiempo que llevaba mi lengua a sus huevos peludos. Me empecé a sentir como una puta. Una puta que le estaba saliendo al tipo por 3.000 €.

    Con la lengua recorrí desde los huevos hasta el capullo. Abrí todo lo que pude la boca y comencé a tragar rabo hasta que tipo con el final. Aún quedaba más de media por entrar. Empecé un movimiento de delante hacia atrás generando tanta saliva que se me salía por la comisura de los labios. Oí al narco suspirar de placer e intuía al matón pajearse ante la escena que le estaba ofreciendo.

    Antes de correrse El Gordo me ordenó parar. Tenía las mandíbulas entumecidas de la tensión generada por el movimiento y la abertura. Me levantó casi en volandas y no pude reprimir un grito de susto. Me inclinó sobre la mesa que hacía de escritorio me levantó la minifalda y dejó al aire mis nalgas, duras y redondas. El hilo dental se perdía entre mis generosos glúteos. El Gordo me dio una fuerte nalgada que dejó marcados sus dedos en mi culo:

    -Joder, puta, vaya polvazos tienes.

    Retiró el tanga a un lado y paseó su polla por mi raja. A estas alturas mis labios vaginales babeaban por una buena follada. El Gordo me incrustó su pollón de un golpe seco de cadera. Mi vagina se dilató al máximo para dar cabida a semejante intruso. A mis 22 años, era la primera vez que me metían una polla de esas dimensiones. Me sentía totalmente ocupada. Con una especie de dolor agudo que me producía un extraño placer.

    Me agarró por las caderas y comenzó a follarme sin compasión. No puede (ni quise) evitar gritar de placer al sentirme utilizada por aquel mastodonte de más de 50 años. Me follaba con rabia. Cada empujón hacía que me tuviese que agarrar a la mesa. Puede ver al matón a escasos metros haciéndose una tremenda paja.

    El morbo había hecho presa de mí. Me sentía la puta de un narco y eso me excitaba. El Gordo metió un dedo en mi ano lo que aumentó el placer en mi cerebro. De repente salió del coño dejándome una enorme sensación de vacío.

    Colocó una mano en mi espalda impidiendo que me pudiese mover. Dejó caer saliva sobre mí agujero del culo y comenzó a masajear lo con los dedos. Me intenté resistir y me revelé:

    -Cabrón, por el culo no, hijo de puta.

    -Cállate puta zorra. O crees que 3.000 pavos se pagan con lo que me has hecho…

    -Eres un cabrón, me vas a destrozar, desgraciado.

    -Las explicaciones se las pides al gilipollas de tu novio.

    En ese momento recordé a Jhony. El cabrón me había entregado para pagar su deuda. Me había dejado enanos de este narco para evitar que se lo cargaran. Era un puto cobarde. Y ahora este delincuente me iba a reventar el culo con su pollón de caballo:

    -Déjame, hijo de puta. Pégale a él…

    El Gordo me dio dos bofetadas viendo que empezaba a estar histérica:

    -A ver putita, tienes dos opciones: o te relajas y tratas de disfrutar la enculada o te resistes y sufres un desgarro.

    La verdad es que no tenía salida. Aquel mastodonte me iba a dar por culo sí o sí y lo que tenía entre las piernas era una polla descomunal. Intenté tranquilizarme y concentrarme. Noté como acercaba su glande a mi ano y presionaba contra él. Un dolor agudo empezó a inundarme. Mi esfínter intentaba dilatarse para dar paso a aquel trozo de carne. No era la primera vez que me daban por culo pero aquella polla no era normal.

    Empecé a gritar y suplicar para que parase pero El Gordo estaba decidido a cobrar hasta el último céntimo de su deuda. Un calor indescriptible en mi ojete fue el preludio a una sensación rotura. Sentía como que se me había roto cuando el capullo del tipo superó el esfínter y se alojó en el recto. Sin aviso, me dio un puntazo fuerte que me arrancó un alarido de dolor. Imagino que se oiría desde fuera y Jhony se enteraría.

    El Gordo me había empotrado su polla hasta el fondo. Hasta que sus huevos peludos toparon contra mi coño. Hasta que su barriga quedó apoyada sobre mi espalda. El matón seguía pajeandose disfrutando de mi sufrimiento anal. El gran jefe comenzó una tremenda follada que me estaba desgarrando. Incomprensiblemente mi mente estaba excitada. El roce del clítoris contra la mesa hacía que aquella enculada me estuviera llevando al orgasmo. En mi cabeza las sensaciones eran encontradas. Por un lado estaba excitada por el morbo de toda aquella situación por otro la rabia de ser entregada como pago por mi propio novio.

    Todo se aceleró. El Gordo tiró de mi melena y me obligó a incorporarme. Mis grandes tetas pendían y se balanceaban al ritmo que marcaba la polla del gran jefe. El matón se encontraba a escasos centímetros de mi cara a punto de correrse.

    Yo gritaba a medias entre el dolor y el placer cuando sentí el impacto de un chorro de lefa en la cara, muy cerca la boca. El puto matón se estaba corriendo en mi cara viendo cómo El Gordo me partía el culo. Dos, tres y hasta cuatro impactos me pringaron del líquido viscoso los labios, el pómulo y una de mis tetas. Mis pezones marrón oscuro quedaron cubiertos de lefa blanca.

    Esto hizo que el narco acelerara los pollazos contra mi culo y con un grito se corriera dentro de mis intestinos. La abundante corrida del viejo sirvió como lubricante para los últimos puntazos que hicieron qué se saliera y chorrear por mis piernas. Por mi parte tuve un orgasmo con el roce del clítoris contra la superficie de la mesa.

    Cuando el tipo salió de dentro me quedé rendida sobre la mesa. Sentí como mi ano me ardía y latía tratando de volver a su tamaño normal. Era imposible.

    El tipo salió del despacho con la su guayabera de dictador abierta, dejando ver su enorme barriga. Llevaba el pantalón abierto y su descomunal polla por fuera. Le dio orden a Jhony para que viniera a recogerme. Cuando mi novio entró en la oficina, yo seguí tumbada sobre la mesa, me temblaban las piernas y de mi culo salía una extraña mezcla de semen, sangre y heces. En mi cara, el rímel se había corrido producto de las lágrimas. Cuando Jhony se acercó me incorporé:

    -Eres un cobarde y un cabrón. El desgraciado está este me ha reventado el culo por tu culpa.

    Después de media hora. Salí de aquel antro sin poder andar ante la mirada de todos aquellos personajes de malvivir.

  • El regalo: Un antes y un después (Final)

    El regalo: Un antes y un después (Final)

    Trigésima tercera parte. 

    —¡Jajaja! Vamos a ver caballeros. Ustedes se van a quedar aquí quietecitos un momento mientras Silvia y yo decidimos que les vamos a preparar. —Nos dijo Martha muy alegre y bastante despeinada, cubriendo sus preciosas y redondas tetas con las manos abiertas y mi esposa, obsequiándonos la visión de su espalda desnuda, pasando sus brazos por detrás y extendiendo los dedos de las manos, entrecruzó solo los pulgares y moviendo los otros ocho graciosamente sobre sus dos bronceadas nalgas, tratando de evitar, –sin lograrlo del todo– que nos quedáramos extasiados Hugo y yo, admirando como una de ellas, la derecha, subía firme, rotunda y el pliegue que se formaba en la de su izquierda, aparecía encantadoramente, obsequiándonos lo que simulaba ser un ligero guiño. Sonriéndose se alejó hacia el otro nivel, despidiéndose de los dos hombres que la deseaban sin mirar a ninguno y del salón poco iluminado que se quedó huérfano de su hermosa figura semidesnuda.

    —Y bueno Hugo… —Le digo cuando nos hemos quedado solos y me acomodo justo a su lado y él cubriendo su evidente excitación con un cojín, sobre su bóxer blanco y yo tranquilo sin señales de erección, con el mío azul oscuro, uno al lado del otro en el mismo sofá. —… Cuénteme algo… ¿Cómo es ese famoso tratamiento que Almudena opina que les podría servir?

    —Pues vera usted. –Hugo bebiendo un trago de su Manhattan y yo sin tener a mano lo que más me gustaba beber–. Almudena pensó que lo mejor para los dos seria permanecer siempre juntos pero con distintas parejas, observándonos en algo que ella llama «Terapia del Espejo». Se trata de realizar exactamente lo mismo que la otra pareja vaya efectuando. Observar y replicar. Reflejos, actos iguales a lo que Martha debía realizar con nuestro amigo David y entre tanto yo con mi áng… ¡Con su esposa, hacerlo igual! —Me respondió Hugo, pero sin mirarme, manteniendo su mirada fija en la penumbra del jardín, unos metros más alla del muro divisorio del iluminado porche. Aún se sentía cohibido ante mi presencia allí y yo, aún no hallaba mi lugar en aquel salón.

    —A ver Hugo… ¡Jajaja! –Me reí fingiendo tranquilidad– Esa dichosa terapia aquí conmigo no va a poderla realizar. Porque yo no le voy a indicar a usted como debe hacer sentir a mi mujer. Yo nunca tengo un plan inicial con ella. Cuando es solo sexo, me lanzo a su boca con ganas, aprieto sus pechos con urgida fiereza y hurgó con avidez con mis dedos en su vagina, pero previamente ya la he estimulado con palabras, frases o con imágenes. El alcohol ayuda bastante, y el ambiente lo recreo, según se presenten las circunstancias. ¡Lo inesperado es lo más atrayente! Para cuando deseamos hacernos el amor es muy diferente. A veces solo coloco música ligera, suave y así mismo sin prisas voy adorándola, explorando cada poro de su tersa piel y acariciando sin apuro yo su cuerpo y ella el mío. —El hombre algo inquieto en la esquina del sofá, me miraba con expectación ante la entrega de tantos detalles y de un largo sorbo, terminó con su Manhattan.

    —Y no le pienso enseñar mis técnicas. Así como yo aprendí a deleitarla y hacerla explotar, usted deberá darse mañas para hacerlo; usando su percepción, sus ganas de ella y por supuesto toda su imaginación. Esa es su tarea y la mía con su mujer… Esa, téngalo por seguro Hugo, que ya la tengo bien visualizada. Permítame le lleno su copa y de paso si no es mucha la molestia, vi que tiene algunas latas de cerveza americana, que me encantaría beber para calmar la sed y además para usarla como… ¡Jajaja! Después con Silvia y Martha usted verá para que me van a servir. —Y Hugo me entregó la copa vacía y con su otra mano, me hizo el ademan de que podría meter las mías con tranquilidad en el refrigerador y tomar de allí lo que tanto me apetecía y me servía de paso como un buen afrodisiaco. —Tome las que desee. Al fin y al cabo esas las dejó mi amigo David aquella noche y no son de mi marca preferida–. ¡Qué casualidad! Pensé yo. —¡A mí me encantan! Le terminé por responder y enseguida me regresé para ocupar la antigua posición.

    —Pero para ello debe relajarse y olvidar de que Silvia es mi esposa y que yo con Martha también voy a estar. —Le dije a Hugo, entregándole su coctel y yo dejando en el piso sobre la alfombra, las cinco latas de cerveza y a la primera destapada ya le daba un largo sorbo–. Debemos hacer de cuenta que estamos en una reunión entre amigos y que pensar que esto no es ningún intercambio… ¡Corporal! Usted está con la mujer que tanto desea y a mí, me sucede algo similar. Despreocupémonos de todo y por supuesto créame, no sé si a mí me gustará mirar cuando Silvia y usted… ¿Si me entiende? Supongo que a usted le ocurre algo igual si me ve con su esposa. ¿No es verdad? —Y Hugo hundió entre sus cabellos, los dedos de su mano izquierda para revolcarlo una y otra vez, analizando lo que me quería responder.

    —Pues es que yo a Martha ya la vi hacerlo con otro y créame Rodrigo que no sentí ningún tipo de placer, al contrario, sentí dolor, mucha frustración y con esa técnica es precisamente como esperaba Almudena que aconteciera la otra vez y pudiera vivirlo de otra manera y lograr superarlo. —Me respondió en voz algo baja.

    —Lo que sucede Hugo, es que esas imágenes no eran para ser observadas en aquel momento y ese fue el error de Martha. Era necesario crear un contexto más íntimo, personal y erótico, para causar el efecto que ella pretendía que usted tuviera con agrado, como cuando para entrar en ambiente Silvia y yo observamos algunos videos porno, la cuestión es ponerse a tono. Pero como le digo Hugo, olvide ese video y relajémonos. ¡Eso será lo mejor! Para nuestras mujeres y para nosotros dos, por supuesto.

    Y tras decir esto, seguramente en puntas de pies y descalzas para no hacer ningún tipo de ruido, nuestras mujeres se acercaron por detrás de los dos y cubrieron ágilmente nuestros ojos a la vez, con algún tipo de pañuelo. El usado en mi era bastante suave, como la seda y desprendía el aroma con seguridad, de algún perfume exquisito, utilizado anteriormente por la elegante Martha. Quien quiera que fungiera como bella verdugo, se aseguró de apretarlo muy bien por detrás de la nuca, verificando con los delgados dedos que la tensión de la tela fuera la suficiente, entre el borde de aquel pañuelo y mis pobladas cejas. Me ajustó lo que sobraba de tela por sobre mi nariz y el extremo rozó mi quijada, causándome tenues cosquillas. ¡No! Yo no podía ver nada, la tela era larga y eficiente para privarme de la luz.

    Martha tuvo una idea genial para distender nuestra común timidez ante lo que se avecinaba. ¡Ninguno! Nadie en verdad allí aquella madrugada, tenía la menor idea de cómo proceder, ninguna de las dos con la valentía de decidir en qué segundo y durante cuantos minutos seriamos la pareja sexual del otro marido. Y en ellos dos, aunque yo notaba a Rodrigo más dispuesto, percibía a veces en mi marido como temblaba su pulso, cuando al alzar con su mano la copa para beber un trago o simplemente retirarse de sus labios el humeante cigarrillo, hablándole a Hugo algo sobre mí, se estremecía. No, ninguno de ellos con la gallardía de ceder primero, de entregar lo más preciado en brazos diferentes para ser gozadas y gozar por supuesto, las dos de ellos.

    Nadie decidía, ninguno dirigía aquella obra de teatro, nadie pendiente de los diálogos de su pareja respectiva, de pronto fijándonos más en las argumentadas miradas de aquel hombre ajeno que nos deseaba y que se disputarían de manera cariñosa, el primer asalto a nuestra deseada piel. Había que dar el paso, eso sí, sin tropiezos de última hora; sin causar algún tipo de molestia, enojo, frustración o renovado dolor. Por lo tanto, Martha me expresó entre susurros al oído, qué lo mejor sería jugar con ellos un poco, llevarlos hasta el borde de la excitación, a la cumbre de sus deseos. ¿Cómo lograrlo? Bueno, pues si ya de sal saciados estaban nuestros estómagos… ¿Qué tal si agregábamos algo de dulce sobre los cuerpos de nosotras dos para equilibrar?

    Y así fue, que ya Martha y yo semidesnudas, al igual que mi esposo y lo mismo Hugo estaban, corrimos las dos hasta la alcoba principal y de una gaveta escogimos dos foulard de seda de variados colores, lo suficientemente largos como para doblarlos una y otra, y otra vez muy bien y tras comprobar que no se podría ver nada a través de ellos, nos devolvimos silenciosas hasta el salón para pillar a nuestros esposos, sentados juntos en el sofá bebiendo y dialogando como un par de viejos conocidos. Y los sorprendimos por detrás, ajustando rápidamente la suave tela sobre sus ojos, privándoles de su visión. Yo a la vida mía y Martha… ¡Ella a su esquivo amor!

    —¡Vaya, vaya! Ya veo que no han permanecido quietecitos y han empezado a beber otra vez. ¡Niños malos! Se merecen un castigo, pero por el momento los vamos a perdonar. ¿No es así querida? —Me preguntó Martha y yo respondí… —¡Solo por ahora! Pero después se van a ganar una fuerte reprimenda en esas nalgas por desobedientes–. Y Martha continúo con la explicación.

    —Por ahora les retiraré sus bebidas pues junto a Silvia, hemos pensado que nos vendría muy bien jugar un poco. Vamos a ver cuál de ustedes dos, podrá adivinar con certeza, los ingredientes de los postres que vamos a prepararles y claro, en que parte de nuestros cuerpos van a estar servidos, eso sí, sin usar las manos, solo sus bocas y lenguas. ¡Ahhh! me faltaba lo principal… Sobre quien de las dos estará servido. ¿Les parece? —Y picaronamente se mordió el labio inferior, mirándome de manera coqueta y entre tanto, Hugo como mi esposo respondieron afirmativamente, aceptando aquel dulce desafío.

    Junto a Martha me dirigí hasta la cocina y del refrigerador tomamos algunas frutas y del estante superior algunos frascos con mermeladas y otros ingredientes. Picamos en trocitos las frutas escogidas y en una gran bandeja de plata colocamos todo en pequeños platos pandos. Rodrigo permanecía impasible pero escuchando atento nuestros movimientos, con los brazos cruzados y ladeando su cabeza para el lado derecho. Hugo por el contrario estaba inquieto, su cabeza se encontraba gacha y sus piernas, abriéndolas y cerrándolas en un perpetuo movimiento, las movía nerviosamente.

    —Ven preciosa y ayúdame a retirar todo esto de encima de la mesa. —Me indicó Martha, para que le colaborara en dejar libre la superficie de una mesita de centro de al menos un metro de largo, medio de ancho y de baja altura, forjada en fuerte metal y con una tapa superior de resistente y pesado mármol de Carrara. A su lado pero sobre la alfombra ubicó la bandeja, y se dispuso a preparar los variados platos.

    —Bueno… ¿Y el que gane de los dos que premio obtendrá? —Preguntó de repente mi esposo, y yo presta le respondí…

    —Mi amor, el ganador se lleva todo. O sea, tendrá el privilegio de tenernos a las dos antes que el perdedor. Ese, el que pierda se tendrá que conformar con sentarse a observar, sin participar y mucho menos tocarse por allí. ¡Manita quietas! Que por supuesto después, le tocara a él gozarnos. ¡Jajaja! —Y yo le di un besito en la mejilla y me aparté de él, acercándome a Martha que ya tenía listas las primeras pruebas.

    —Bueno vamos a empezar. ¿Quién va primero? —Les preguntó Martha, feliz como cuando de niños hacíamos travesuras. —¡Yo voy primero!–. Dijo Hugo levantando su mano derecha.

    —Ok, mi amor. Mucha suerte. —Le respondió Martha y en seguida me hizo estirarme boca abajo sobre la fría laja de mármol y sobre mi cintura, esparció un poco de fresas picadas y dejó caer sobre ellas, algo de crema de leche batida, causándome un leve escalofrío.

    Vi de medio lado como Martha se acercó a su esposo y le ayudó a arrodillarse a mi lado izquierdo y luego cautamente se retiró en silencio hasta hacerse a mi derecha.

    —¿Puedes inclinarte un poco Hugo? Y ya sabes nada de manos. ¡Así, así mi amor! Un poco más, baja la cabeza y abre tu boca. ¡Siiiií! Adelante, ya casi llegas… —Y Hugo posó la punta de su nariz y de inmediato sentí tibia la respiración sobre la piel de mi cadera, con su boca entreabierta dejándome percibir con el vaho si se quiere, aún más calor y sentí la humedad de su lengua recorrer unos centímetros de mi cintura, para luego seguramente atraído por el aroma, hacer una gran «O» con sus labios y absorber con bastante ruido las fresas con crema. No sobra decir que volvió con su lengua a humectar aquella frugal zona, limpiando con esmero los restos de fruta y crema que me quedaban y de paso, logrando con esa acción erotizarme bastante.

    —Bien, es suficiente mi amor. Ahora, podrías decirnos… ¿Qué postre era, donde estaba y en quién? No demores en tu repuesta por favor. —Le dijo Martha a Hugo y yo poniéndome con cuidado de medio lado, observé como la tela de su bóxer blanco se empezaba a atirantar y una leve mancha de humedad a la izquierda la oscurecía.

    —Es fácil, eran fresas con crema de leche y… estaba sobre la espalda de… ¿Silvia? —Respondió Hugo con su voz grave y una sonrisa dibujada en sus labios, que tenían en la comisura, el blanco de la crema. Me llevé la mano a mi boca para disimular mi risa.

    —¿Dudas? Debes ser preciso de lo contrario sería un punto negativo. —Le dijo serena Martha y Hugo afirmó con vehemencia… —Sí, sobre mi ángel–. Y creo que aunque estaba algo caliente, me ruboricé al escucharlo, sobre todo mencionarme de aquella manera delante de mi marido.

    —¡Perfecto! Un punto para ti mi amor. Y ahora es tu turno, mi colombiano precioso, arrodíllate con cuidado. —Ni ella ni yo le ayudamos, Rodrigo bastante decidido lo hizo solo, quedando a prudente distancia de la mesa.

    —Yo veré mi vida, no vayas a fallar. —Hablé en voz alta. Y de paso con Marta sentada e inclinada un poco hacia atrás, en su ombligo deposité un poco de chocolate líquido y sobre el espeso dulce, ubiqué una redonda cereza y tres goterones del centro hacia la parte baja de su vientre.

    Martha se estiró boca arriba sobre la mesa con cuidado, dejando caer sus largas piernas abiertas a los costados y los brazos los cruzó bajo su cuello, sosteniéndose la cabeza para poder observarlo todo y no perderse detalle alguno.

    —¡Listo! —Dije con suavidad a mi esposo–. ¡Ya puedes intentarlo! A tu izquierda un poco, eso, eso. Así, con cuidado y sin las manos. —Y con la nariz, Rodrigo olfateó como un perro de caza lo hace con su presa. Giró la cabeza a su izquierda y fue bajando lentamente el mentón. A dos centímetros tal vez de su objetivo se detuvo y sopló. No sé porque carajos hizo eso, pero el caso es que pude notar como los pezones de Martha, se endurecieron de inmediato con aquella inusual acción y los vellos dorados en sus antebrazos se erizaron al mismo tiempo.

    —¡Vamos mi amor, un poco más! Acerca tu boca–. Le insté y Rodrigo por fin puso labios y lengua sobre el plano y ejercitado vientre de la esposa de mi jefe. Pronto ubicó el lugar y con la lengua en forma de cono, fue girando despacio la cereza sin sacarla del hundido ombligo, tan solo la punta la utilizó para saborear el chocolate, –esparciendo alrededor un poco– y luego de escuchar un pequeño gemido, proveniente de la garganta de Martha, de un pequeño sorbo se llevó al interior de su boca la cereza y luego con todo el ancho de la parte superior de su lengua, lamió y relamió el chocolate que esparcí dirigiéndose presuroso hasta un lugar que seguramente mi esposo deseaba probar igual.

    —Ya está. ¡Detente, detente! —Dije yo, casi con un grito–. Y Rodrigo se incorporó echando su torso un poco para atrás, algo sobresaltado.

    —Bueno cariño mío… ¿Dinos que has probado, adónde y de quién? —Le preguntó Martha a mi esposo, limpiando con su dedo índice, algo del chocolate que quedó alrededor de su ombligo y con su otra mano, acariciándose tiernamente su pezón derecho, sin mirarme.

    Y mi esposo haciendo gala de su buen humor, graciosamente y en un rebuscado francés nos respondió…

    —¡Hummm!… Era una cerezé, en salsé de chocolaté y servidé en el ombligué de… ¡Mademoiselle Marthé! —Y entre risas de todos allí, incluido un ya más tranquilo Hugo, yo lo aplaudí y me acerqué para besar sus labios y felicitarlo por su brillante actuación.

    —Eso es… ¡Correcto Monseiur Cárdenas! —Le respondió también Martha con bastante gracia y a continuación les dijo a aquellos dos participantes…

    —Van empatados caballeros. ¿Desean continuar? —Les preguntó y mi esposo nuevamente nos dijo a las dos…

    —Estoy como Cristo colgado en la cruz. ¡Tengo sed! Me puede alguna de ustedes… ¿Dar un poco de mi cerveza? —Y yo diligentemente alcancé la lata blanca, pero en vez de acercársela, yo tomé un largo trago y lo retuve dentro de mi boca para acercarme a la suya y en su interior deposité aquel sorbo, –recordando el trago de aguardiente que me dio a beber la rubia amante de Rodrigo– aprovechando para besarlo durante unos segundos hasta que Hugo carraspeando también pidió un poco de su coctel.

    Martha tomó la copa de Manhattan y se acercó a su esposo, para decirle con tierna voz que abriera un poco su boca y sumergiendo en el líquido de aquel coctel, dos dedos de su mano derecha, los pasó empapados con suavidad por los labios de Hugo haciéndolos brillar bajo la tenue luz que nos iluminaba, proveniente de los dos focos que permanecían encendidos en el porche de su casa, para luego de darle a beber un corto trago. Ella bebió también algo de aquel coctel y así terminaron finalmente por besarse. Y en mi interior me sentí feliz por el ósculo reencuentro de aquellas dos almas tan atormentadas.

    —¿Continuamos? Les pregunté a los tres, interesada en seguir jugando y sentir esas nuevas y excitantes sensaciones sobre mi cuerpo y deleitándome con la visión de lo que Martha también podía sentir. Unos segundos después, ella se hizo de nuevo a mi lado por detrás de la mesa de mármol y preparó el siguiente postre. Mermelada de piña y un poco de yogur griego que yo esparcí horizontalmente sobre aquella pequeña hondonada, que se formaba entre su cuello y el hombro del lado izquierdo. Cauta, retiré su elegante pendiente dorado de la oreja para evitar dar alguna pista al próximo participante, y con cuidado e igual esmero, hacia la derecha aparté su cabellera castaña y un mechón largo y revolucionario, que al parecer no quería separarse de su rostro. Ese lo ubiqué por detrás de su oreja.

    —¿Listo Cariño? —Pregunté yo y tanto Hugo como Rodrigo, acostumbrados a mi cariñosa manera de llamarles así de vez en cuando, respondieron los dos al tiempo. Eso causó que tanto a Martha y por supuesto en mí, nos diera un ataque de risa.

    —¡Jajaja! A ver. Les voy a aclarar algo. Cuando me refiera a ti Rodrigo, siempre serás ¡Mi amor! o ¡Mi vida! Y en cuanto a ti Hugo, si yo soy para ti un ángel, tú serás siempre… ¡Mi cariño! ¿Comprendido? —Y los dos sin hablar, tan solo asistieron. Rodrigo se recompuso y apoyó de nuevo su torso contra el espaldar del sofá.

    —Bueno cariño mío, arrodíllate de nuevo y prepara tu paladar. —Le dije yo, mientras que Martha sentada de medio lado sobre la baja mesa, ladeaba bastante su cuello y ofrecía en aquella desnuda zona, un delicioso festín para su nuevo comensal. —Hummm, vamos cariño, levanta un poco la quijada, eso… así. Muy bien y ahora adelanta un poco tu rostro. Un poquito más–. Le indiqué y la boca de Hugo se dirigió dubitativa sobre el hombro de su esposa.

    Con bastante entusiasmo, los labios de Hugo, –cerrados un poco– erraron el primer avance, pero un momento después cambió de dirección con su boca y dieron de lleno con el espeso yogur, untándose también la punta de su nariz. Y luego sacando un poco su rosada lengua, la giró alrededor de aquella dulce mezcla y chupó con avaricia, tanto que podía escuchar su agitada respiración, absorbió lo que allí encontró, hasta dejar casi limpio por completo el hombro de su mujer y decidió seguir el recorrido hasta el cuello. Y allí lo detuve.

    —¡Basta cariño! Suficiente. —Y mi jefe con sus dos manos echadas hacia atrás, ubicó el borde del sofá y se sentó muy aplicado, bastante sonriente. Al parecer tenía muy clara su respuesta.

    —¿Y bien? ¿Qué ingredientes has probado? ¿Adónde se te sirvió? Y… ¿En cuál de las dos? —Le terminé por realizar la pregunta y Hugo totalmente confiado nos respondió sin vacilar…

    —Piña… ¡Sí, mermelada de piña! Y… ¡Yogur griego! Del que te recomienda siempre tu amiga Almudena. ¿No es verdad, tesoro? —A lo cual le contesté…

    —Vas bien cariño, pero te falta decirnos algo más. —Le insistí. Hugo se llevó un dedo a su nariz para limpiar de yogur la punta y me respondió.

    —Bueno creo que era sobre el hombro de… ¡Mi esposa! —Y Martha en seguida palmeo tres veces seguidas y le respondió que sí, que la respuesta era la correcta. Hugo respiró profundamente, sintiéndose vencedor y acomodándose con la mano derecha su verga, que permanecía morcillona y esquinada hacia el otro lado, también recostó su espalda comprimiendo el cojín.

    —Ok, ahora es tu turno precioso. —Le habló Martha a Rodrigo.

    Y aunque pensé que el siguiente postre seria servido en alguna parte de mi cuerpo, fue la misma Martha quien guiñándome su ojo derecho, se untó de bastante mermelada de mora, la corva de su pierna izquierda y yo divertida terminé por secundar su idea. Y sobre aquel dulce almíbar, esparcí un poco de queso parmesano. Si Rodrigo no conseguía adivinar, sería casi un hecho que Hugo podría disfrutar con Martha y obviamente calmar sus ganas de mí.

    —¡Bueno, estoy listo! ¿Cuál de ustedes dos va a disfrutar de mis lamidas? —Nos dijo Rodrigo manteniendo su buen humor y acomodándose con sus piernas dobladas y abiertas. Aún mi esposo no demostraba señales de excitación. «Mi pajarito» seguía bien resguardado, bajo aquella elástica tela azul, y Martha se acondicionó de medio lado, costándole esta vez un poco, mantener su pierna a medio doblar, en aquella incómoda posición.

    —¡Dale precioso, ese manjar es todo tuyo! —Le dijo con voz muy sexy Martha a mi esposo y este inclinándose un poco, iba su boca abierta y la punta de su lengua por fuera, directo a la pantorrilla de la esposa de mi jefe.

    —¡No, no! Vas un tanto desviado de tu blanco, mi amor. —Le sugerí a Rodrigo para que se detuviera y tomara una mejor decisión.

    Y así fue que volviendo como un viejo zorro a oler sobre la piel, adelantó un poco su rodilla derecha sobre la alfombra y cambió de dirección hasta dar de lleno contra la mermelada y el queso raspado. Labios morados y restos de queso qué se resbalaban por los laterales de la rodilla hacia la superficie de mármol. La lengua de mi esposo se deleitaba lamiendo lentamente la piel de Martha, dejando un rastro brillante de humedad. Se detuvo un momento a escasos centímetros de la corva de Martha, como meditando en la siguiente acción. Movió la cabeza de izquierda a derecha tal cual si estuviera perdido y volvió con la punta de su lengua a recorrer los lugares que ya se había absorbido y lamido. No habían más residuos de mora sobre la piel, pero si algo del rayado queso por el costado.

    —¿Ya? —Dijo de improviso Hugo, intrigado por la demora de mi esposo.

    —Ok, mi amor, se te terminó el tiempo. Dinos por favor tu respuesta. —Le pregunté un tanto preocupada pues notaba que Rodrigo dudaba.

    —Esta vez me la pusieron más difícil. Déjame pensar… La mermelada de mora está un poco pasada de dulce. ¿Si revisaron antes la fecha de vencimiento? No quiero morir envenenado. —Y Martha terminando de limpiarse con un pañito húmedo la parte posterior de la rodilla, le respondió a mi esposo… —No te me hagas el loco ahora, precioso–. Y Rodrigo encogiendo sus hombros continuó hablando.

    —Está bien Martha. ¡Pero que afán el tuyo mujer! Pues el queso obviamente es un parmesano por la consistencia, pero si me gustaría haber probado la mora otro más cremoso. Y déjenme decirles que esta vez se pasaron conmigo. ¿Cómo se les ocurre servirme en la axila? ¡Guacala! Espero que te la hayas lavado muy bien esta mañana mi amor. Por qué fuiste tú… ¿No es verdad Silvia?

    —Pero que mal Rodrigo. Punto negativo. ¡Vas ganando tú, mi amor! —Le dijo Martha a Hugo bastante emocionada y yo observé, la mueca de disgusto en mi esposo cuando echó hacia atrás un poco su cabeza.

    —Mi vida, tranquilo que aún te queda la última oportunidad. Mora y queso correcto, pero no fue en la axila mía, sino en la corva de la pierna de Martha. ¡Jajaja! Te logramos engañar. —Y Hugo, Martha y yo nos reímos. ¡Rodrigo no!

    —Hummm, me parece que ustedes dos… ¡Par de brujas! Armaron todo este aquelarre para quedarse a solas con Hugo. —Comentó mi esposo, medio en serio y medio en broma, pero sin levantar demasiado el tono de su voz y prosiguió con el tema.

    —En fin, creo yo que lo justo para el perdedor será obtener un premio de consolación. ¿No les parece? —Y Martha y yo nos miramos sorprendidas y sin saber exactamente que tramaba Rodrigo.

    —Bien precioso, a pesar de que ya te sientas perdedor faltando una prueba, creemos que sí, que tienes razón. Pero no sabemos cuál premio le podamos ofrecer al que pierda de entre ustedes dos. —Le respondió muy calmada Martha a mi marido–. A los caballeros… ¿Qué se les ocurre? —Finalmente les preguntó Martha.

    Entonces Rodrigo inclinándose un poco a su izquierda, para rozar con su mano a tientas, el hombro de Hugo y acercándose un poco a él, en voz baja le habló algo. Mi jefe aguardó unos segundos su respuesta y luego también girando su cabeza a la derecha, le susurro algunas palabras a mi esposo. Martha me miraba expectante y a ella, yo igual, sospechando las dos que nuestras parejas intentarían algo inusual con alguna de nosotras. Rodrigo le preguntó algo y luego Hugo intentó a ciegas estrechar la mano de Rodrigo, solo que se la extendió al aire y mi esposo, lo alcanzó pero por el antebrazo y finalmente en voz alta, los dos dijeron al unísono… ¡De acuerdo!

    —Ok. El que pierda de los dos, tendrá derecho de pedir a cualquiera de ustedes, la que deseemos escoger, algo a lo cual no podrán negarse. ¡Ninguna pondrá objeción! Si aceptan continuamos, de lo contrario dejamos esto así. —Y Rodrigo con la seguridad tal vez de verse ya perdedor, urdió algún plan para vengarse de la alianza entre Martha y yo.

    Y fue Martha precisamente, quien sin contar conmigo le respondió a Rodrigo que sí, que aceptábamos su propuesta y de inmediato me abrazó para decirme al oído… —Ya es hora Silvia, vamos a subir la temperatura de estos dos. —Y extendiendo sus delicadas y suaves manos por mis caderas, estiró los encauchados lazos del pequeño triangulo de tela negra que faltaba por retirar, sorprendiéndome, deslizándolas hacia abajo por mis muslos e inclinándose un poco, terminó por bajarlas a mis tobillos y yo, levantando uno y después el otro pie, le colaboré para quedar expuesta ante ella y a la vez, –para que negarlo– poniéndome nerviosa pues el siguiente en probar el postre seria precisamente su marido, mi jefe y… ¿Mi cariño?

    A continuación, Martha me acomodó sobre el mármol aquel, sentada en frente de los dos hombres, apoyadas mis manos a los costados sobre la mesa, doblando mis dedos contra su chato borde y con mis piernas bien abiertas, reposando mis talones sobre las fibras de la alfombra.

    —¡Bueno chicas! ¿Estamos esperando a alguien más? —Nos habló Hugo, decidido a ganarse el premio mayor.

    —¡Deja el afán cariño! Mira que estamos indecisas sobre en cual plato vas a poder degustar tu postre. —Le comenté yo, dejándolo en intrigante silencio y observando como Martha iba acomodando con paciencia de artesano en el medio de mi rajita, una, dos y hasta tres mitades de las rodajas de un amarillo banano ecuatoriano y la punta restante… ¡La fui devorando!

    Martha abriendo delicadamente con sus dedos índice y medio la hendidura de mi vulva, ya de por si humedecida por las sensuales imágenes que mi mente avizoraba, introdujo con cuidado en la entrada de mi vagina, la punta roma de una parte, y sentí ingresar dentro mío al menos un cuarto de aquella fálica fruta, quedando a la vista un poco, disponible para una hambrienta boca o la lengua golosa de Hugo. ¡Hummm!… ¿Y si deseaban sus dientes también morder? ¡Pufff! Un leve jadeo huyó de la oscuridad de mi boca, como ladrón furtivo a media noche, tan solo de imaginar lo que pronto iba a ocurrir.

    Luego Martha, con el tarro plástico repleto de miel y dominado en el centro por su mano, fue demarcando un serpenteante y empalagoso camino de gruesas líneas ámbar, desde la parte baja de mi vientre, ascendiendo luego por mi pubis convertido en un desierto de piel suave y libre de vellitos hasta llegar a las dos dunas que formaban mis labios superiores y chorreó de espesa melaza la ingle derecha, esquivando mi central abertura, para saltar en medio del abismo de mis muslos y ya en el otro, con aquel jarabe, ascender de nuevo imitando el anterior recorrido y llegar de nuevo hasta unir los caminos un poco más arriba, sobre mi Monte de Venus.

    Esparció sobre las otras tres mitades bastante miel y las colocó sin prisa sobre uno de los senderos primero una, luego otra en el adyacente y en el centro, en el comienzo de la unión de los caminos, la última. ¡Y yo muy excitada! Noté como un involuntario espasmo recorrió mi interior e inconscientemente lancé fuera el pedazo de banano. Martha con agilidad felina lo alcanzó en el aire, antes de que se precipitara sobre la alfombra. Me miró vanidosa y sonriéndose me dio un beso en la boca corto, casi inmaculado y aprovechó para introducir de nuevo aquel falo de fruta fresca que ya me hacía desear otro tipo de penetración y mantuvo su pulgar allí para que permaneciera cálido y húmedo por mis flujos, derramando desde cierta altura una mayor cantidad del espeso almíbar untándose bastante el dedo que mantenía aquella fruta esperando ser degustada. Y de espaldas a Hugo, le dijo sin nervios ni temblor en la voz, que ya podía acomodarse para proseguir.

    Hugo adelantó su rostro muy entusiasmado, quizás demasiado, y dio la punta de su nariz contra la redondeada parte baja de mi busto derecho. De inmediato Martha, ubicada ya por detrás de mí, presurosa me asió por las axilas y mi espalda encontró un tórrido apoyo sobre sus pechos, exponiéndome aún más al devorador pecado. —¡Más abajo querido! Siiiií, por ahí vas bien. —Le dijo ella a su esposo, en el casi musical tono, bajo y muy dulce de su voz.

    La boca con seguridad alentada por el aroma que se desprendía de mi sexo o el dulce característico de aquella fruta, descendió muy cercana a los poros erizados de la epidermis en mi vientre y la lengua jugosa tocó con timidez un poco a su izquierda, la mitad de la rodaja de aquel banano y su miel en el centro. Probó triunfante el camino a la diestra y con sus carnosos labios se dio a la tarea de pasearla, en un lento lamer y absorber, encontrando a medio camino hacia mi intimidad, la suave textura de la otra rodaja partida a la mitad. Se le deslizó un poco y tuvo que morderla, llevándosela al interior de su boca casi también con algo de mi piel. Delicioso pellizco que me hizo estremecer y reaccionando a su leve mordisco, levanté mis dos piernas sosteniéndolas bien abiertas y elevadas, magnificando la erótica sensación de ser alimento de su placer. ¡Rozando sin querer la rodilla de mi amor!

    Por fin volvió el músculo pastoso a apoderarse en mi ingle de la miel. La respiración agitada, sí. En Hugo soplando ardores sobre mi raja. De Martha el suyo lo sentía muy cercano a mi oído izquierdo, detallando toda la acción y nuestras reacciones…. ¡Aghhh! Gemí pues claramente en mí, el aire huía de mis pulmones, escapándose entre jadeos cortos y continuados, cuando después de mantener prisionero entre mis dientes, el labio inferior de mi boca, la entreabría para poder aspirar necesariamente y evitar un quejido más audible para los allí presentes, incluido mi esposo. Pero Hugo no saltó de inmediato de un muslo al otro. ¡No!, Sencillamente se desplomó con boca, labios, lengua y hasta su nariz en la mitad de mi gruta abierta.

    Recorrió sin prisa de arriba hacia abajo los bordes de mis pliegues, chupando de paso mi empinado clítoris brillante, rosado y usando su lengua como un cucurucho, se dio por enterado de aquel pedazo que mi vagina pugnaba por expulsar y mis músculos retenían con fuerza. Abrió Hugo aún más su boca, apoderándose por completo de la entrada; sus dientes pronto aprisionaron aquel pedazo de fruta y la sorbió, masticó y volvió a descender sobre los flujos que brotaban ya de mi abierto interior, mezclándolos con su saliva. ¡Bebió de ellos, calmando su sed y por supuesto acrecentando la mía! Segundos pasaron… ¿Un minuto o dos? Ni idea, lo que si recuerdo es que no me pude contener y enlacé su torso desnudo con mis piernas, en pasional cerrojo de requerido placer, atrayéndolo hacia mi empapada cavidad.

    Y mi cadera se adelantó entre agitaciones ya entregada y sumisa para recibir de aquella boca mi mayor placer, mientras que los dedos de Martha, pellizcaban y jalaban hacia fuera, la carne endurecida de mis pezones. Ya casi me llegaba, reconocía las vibrantes ondas, ramalazos de urgido placer obtenidos desde tan niña; aquella corriente de electricidad recorriéndome las piernas, desde los muslos hacia arriba. Tremor carnal que me indicaba que estaba por llegarme mi deseado orgasmo, pero nos olvidamos de alguien, del otro comensal y este con sus palabras que percibí como justos reclamos, nos contuvo. ¡Apartando de mí la excitación!

    —Creo que ya ha sido suficiente. ¿Pues qué carajos es lo que pasa? ¿Tanta demora? ¡Si quieren me visto y me voy! —Y es que escuchaba yo con bastante claridad, las desbocadas respiraciones en aquella sala, por supuesto no era una de ellas, la mía. Yo estaba en calma, pero imaginaba las de Martha, entrecortada la de su esposo y los gemidos por años tan conocidos por mí, de mi esposa.

    No veía, pero si sentía y olía. Escuchaba y sin ver, yo sospechaba. Era obvio que Martha y Silvia habían tomado la decisión de embelesar a Hugo, hacerlo entrar en mayor confianza asegurándose de que fuera el ganador y eso no estaba tan mal. Sin embargo también yo me sentía incómodo, raro y mi disimulada angustia no parecía haber sido tomada en cuenta. Mi situación personal dejó en algún momento de la velada, de ser primordial para ellas dos.

    —¡Alto, Hugo! Basta ya. Creo que es suficiente y Rodrigo tiene razón. Debemos escuchar tu respuesta y darle la oportunidad a él también. —Escuché a Martha hablar, un segundo después de que mi pulgar derecho empezara a introducirse por debajo de la tela que me evitaba ver. Ese comentario bastó y me detuve, apartando mi mano, permaneciendo a ciegas. Sin embargo si Hugo no fallaba en su respuesta, yo sería claramente el perdedor.

    —Ehhh, ¡Miel y Banano! Un delicioso postre servido en el vientre y en medio de tu deliciosa vagina. ¡Ángel mío! —Y su deseado ser alado, que era también mi amor entregado, respondió en seguida, aún con su respiración entrecortada y mi corazón simulando un instrumento de percusión, empezó a golpear con mayor ritmo desde el interior mi pecho.

    —Pufff… Si cariño, eso es correcto. ¡Ganaste! —Y de inmediato escuché de nuevo aplausos, risas de ellos tres y yo, retirándome aquel pedazo de tela negra de mis ojos, palmee el hombro de mi contrincante, en claro mensaje de mi aceptada derrota.

    Dejé pasar unos momentos para que mis pupilas se acostumbraran de nuevo a la mediana claridad del salón. Y me puse en pie, ante la mirada asombrada de mi esposa que sentada sobre la mesa de mármol, seguía allí estática, cubriendo con su brazo derecho la desnudez de su pechos y el izquierdo sobre la rodilla de su pierna cruzada sobre la otra; las mejillas rojas como un par de tomates y pequeñas góticas brillantes de sudor en su frente, en las aletas de su hermosa nariz y claro está, del cuello hacia abajo, en el canalillo que se formaba por la compresión del antebrazo sobre sus senos.

    Martha estaba ya al lado de su marido, sentada sobre el descansa brazos del sofá, retirándole el pañuelo azul con sus dorados arabescos, variadas formas de manchas rojas y anaranjados rombos equidistantes, que cubrieron su rostro. Y en la faz de Hugo apareció de nuevo aquella sonrisa de campeón.

    Tomé del piso la lata abandonada y de un solo trago la vacié. Las cinco que permanecían unidas por el tirante plástico, se fueron conmigo de la mano hacia la mesa circular en el porche de aquel chalet. De allí cogí un cigarrillo y por el filtro lo estampé sobre el lateral de mi zippo plateado unas tres veces, para apisonar bien el tabaco y que su enrollado sabor fuera más penetrante, más condesado el humo azul para expulsar.

    Silvia se acercó, el brazo derecho seguía allí en la misma posición pero la izquierda iba por delante ocultando del café de mis ojos, su depilado pubis. Temerosa me habló, más no con un… —¡Lo siento!–. Por el contrario a modo de trueque usó otra interrogante frase para quebrar el incómodo silencio. —¿Te encuentras bien?–.

    —Sí mi amor, no te preocupes. Déjame fumar un momento y ya regreso para continuar con la función. —Pero se lo dije esquivando su mirada, observando el titilar de las estrellas en el firmamento, en algo veladas a mi vista por el danzante humo que brotó de mi boca, hasta que sentí en mi hombro el roce continuado de sus cabellos largos y ondulados. Me abrazó por la cintura y en mi brazo aprecié la redondez de su seno, aplastarse contra mí.

    —¡Ya empezamos con esto mi vida! Ambos sabemos que tenemos que terminarlo. —Me dijo con suavidad y un pequeño beso me obsequió en el hombro. —¿Me das un poco de tu cigarrillo?–. Y entonces si me fijé en la expresión de su rostro y coloqué en el medio de sus labios, el amarillo filtro.

    Hermosa carita de muñeca, ojos brillantes y pupilas dilatadas. Con las rosadas areolas henchidas y expandidas, los pezones aún empitonados y el rubor en sus mejillas, claros indicios de su excitación. Martha y Hugo abrazados nos observaban y me sentí de repente incómodo, como fuera de lugar. Cerré mis ojos, presión en mi pecho y el fuerte latido de mi corazón. Y recordé de pronto a Almudena y su frase premonitoria… —Rodrigo, tesoro… ¡Quieras o no, sucederá!–.

    —¡Vamos dentro ya! —Le mencioné a Silvia, quien me entregó de nuevo el cigarrillo. Di una última calada y expulsé en descuidados remolinos el humo azulado. Luego lo dejé asfixiado, apagándolo contra el fondo del cenicero. Y después de un beso largo e intenso, la arropé en mis brazos mientras dábamos cortos pasos, cinco para ser exactos yo hacia adelante y Silvia de espaldas para atrás. La giré por el hombro y abrí con mis brazos los de mi mujer para dejarla allí de pie en frente de la pareja de anfitriones que ya la deseaban, estirando Martha y Hugo al tiempo sus brazos con las manos bien abiertas para recibirla.

    Y me retiré en silencio con la cerveza nueva en mi mano, hasta hacerme un lugar en diagonal, sentado en el otro sillón. Silvia en medio de los dos me miró con algo de temor. Fue solo un destello fugaz, pues ya una cabellera larga y castaña se interpuso apropiándose tal vez de su boca y la mano velluda y pesada de Hugo encontró el muslo bronceado de mi mujer y de la rodilla fue instándola a abrirse para él.

    Tembló mi pulso al levantar la lata de cerveza para pasar con un trago aquel momento de pasional entrega y cuando bebí y bajé de nuevo mi brazo derecho, vi el rostro de mi esposa con sus ojos cerrados y la boca entre abierta. Martha succionaba un pezón y la cabeza de Hugo inclinado de medio lado sobre el costado de Silvia, lamia y por el sonido que escuchaba, chupaba con ganas la vagina de mi amor.

    Unos minutos bastaron para que en medio de un beso en la boca entre Martha y mi mujer, gimiera fuerte, elongara los músculos de sus piernas y obtuviera su primer orgasmo. Triunfante Hugo se hizo con su mojada boca del otro pecho de Silvia y luego compartió su sabor, en un beso con la serpenteante lengua de Martha. ¡Y ella me llamó! Silvia con su mano abierta y dedos extendidos, me invitó a acercarme ofreciéndome un espacio entre aquellos tres cuerpos, dos desnudos por completos y el de Hugo con medio culo por fuera de la blanca tela.

    Era el momento que me temía, pero extrañamente me sentía en paz. Y fui. Martha se apartó, acomodándose por detrás de su esposo y terminó por bajar el bóxer de su esposo, dejándolo apartado a un lado, cerca del abandonado coctel. Una verga blanca, pubis bastante velludo como el azabache del amplio pecho y los brazos, surgió de la oscuridad. El glande brillante y casi amoratado fue besado, absorbido por la boca de Martha, humectando de saliva luego el tronco y mi esposa me besó, bloqueando aquella visión.

    La mano derecha se introdujo bajo el caucho ancho de mi bóxer y se apropió de lo que siempre había sido tan suyo. El calor de la palma rodeó el contorno y ascendió. Bajó luego, volvió y subió. Y su pulgar hizo pequeños círculos sobre la abertura de la cabeza, humedeciendo el alrededor de mi glande con mi propio flujo y causándome bastante gratas sensaciones, espasmos que levantaban y producían mayor rigidez en mí ariete. Su boca y la mía tan juntas y separadas para respirar. Lamí su cuello y ella se dejó hacer, mientras a nuestro lado se producía el milagro de escuchar a Hugo quejarse de placer y en el momento indicado, llamarle ¡Amor! a su mujer. —Detente mi amor, que así me vas a hacer correr–.

    Y se detuvo Martha, más Silvia abandonando mis labios de una media vuelta me abandonó, dejando la redondez de sus nalgas a mi merced, se apoderó sin permiso del miembro duro del ganador. Una velluda mano, que no era mía acarició todo su culo, rozando incluso con el dorso mi muslo y Martha de improviso, rodeando la maraña de pies y piernas extendidas, se echó encima de mí a horcajadas, y al oído muy bajo me dijo… —Por fin estaremos juntos mi noble caballero sin armadura–. Nos besamos con ganas, casi podría decirse que con algo de furia me absorbí su lengua, mordí su labio superior y empapé de saliva el alrededor de su boca.

    Luego, mientras se escuchaban mezclados en el ambiente nuestros gemidos con los sonidos de lamidas y chupadas provenientes de la boca de mi esposa, Martha apretándose los senos con sus manos me ofreció gustosa aquel par de pezones rosados, endurecidos por el alto grado de excitación en ella, por mí, por toda aquella báquica velada. Los mamé, lamí y succioné, ensalivando la circunferencia de su areola y los finos dedos de mi preciosa madrileña, retiraron afanosamente la tela que persistía en cubrir la mitad de mi verga tiesa, necesitada de una ardiente guarida y por supuesto sintiendo cargados los testículos, frotando su disponible intimidad con esperanzas de sentirme dentro suyo, pero…

    —No, preciosa, aún no puede ocurrir. —Le dije en medio de mis jadeos. —Este es tu momento, la oportunidad de recomponer tu error y remendar con hilos de morbo y sexo, la herida de haberte dejado ver de él, gozando tanto con aquel otro. ¡Anda mujer, disfrútalo mucho y cumple con tu deber! Martha… ¡Atrápalo otra vez!

    La tomé por la cintura y con firmeza la deslicé hacia mi costado izquierdo, donde mi esposa ya no estaba. Al ponerme de pie la vi estirada por completo, cubriendo con todo su cuerpo el de su afortunado jefe, comiéndose uno al otro los labios, las mejillas y congestionados sus rostros, ondulando Silvia sus caderas hacia arriba y hacia abajo, seguramente sintiendo contra su vientre la desplegada virilidad de Hugo.

    ¡Sed! ¡Calor! ¡Olor a sexo! Mucho había acontecido y yo conteniendo mis ganas, por supuesto que estaba muy excitado, pero mi palabra era hacerme a un lado y observar como el triunfador se devoraba el premio ofrecido. Y me senté en el sillón, agaché mi cabeza, tomé la cerveza en su lata, tibia bebida que me esperaba. Ninguno de ellos se enteró de mi huida. Y escuché las palabras que sentenciaban algo por mí ya previsto… —¡No tengo condones!–. Mencionó Hugo y yo le respondí…

    —¡Yo tampoco! No suelo utilizar cauchitos que me impidan sentir. ¡Piel con piel es mucho mejor! Cerré mis ojos y simplemente echando hacia atrás mi cabeza, bebí todo el contenido sin separar mis labios ni por un segundo, del perforado recipiente de aluminio.

    Debía cumplir el pacto y me permití abrir los ojos para observar lo que acontecía alrededor, exactamente en diagonal a mí. Silvia se había recostado contra la esquina izquierda de aquel sofá de piel. Solo un almohadón se interponía entre su espalda y el reposa brazos… « ¡Perderás un poco al ofrecer, pero ganarás mucho al obtener! » El rostro sonriente de Almudena hablándome como en tecnicolor y la mirada de mi amor tan vivaz, fija seguramente en los brillantes iris grises de Hugo y los brazos de mi mujer abiertos en apacible espera, casi a 180 grados, tal cual sus piernas con los talones apoyados sobre el borde del sofá, obsequiando la agradable vista de un pubis exuberante, liso y desprovisto de vellos, de labios abultados por la sangre, haciéndolos a la vista más rosados y colmados de pura excitación, tan abiertos los pétalos de su flor después de ser chupados y estirados, abiertos por la boca de él, y ella dispuesta para sentirse «otra» mujer en brazos de su nuevo amante, a punto de ser perforada por el pene que la deseaba, y yo a cuatro o cinco pasos de distancia para detenerlo todo si quisiera o por el contrario, para empujarlo por las nalgas y que diera comienzo todo y calmara su obsesión. ¿La de Hugo o la de mi mujer?

    Pude observar en su rosada abertura, el rociado brillo de la pasión fluyendo de su interior y el deseo de Silvia por sentirse arrebatada por el goce. Extraña esa sensación, recorriéndome la espalda desde la zona sacra hasta mis palpitantes sienes y… ¡Sudor frio! Lo inicial fue la consternación por la evidente y tan próxima penetración de la intimidad que creía tan mía. ¡Exclusiva!

    ¿Después que sentiría yo? ¿Dolor o alivio? ¿Un bálsamo de paz por el placer alcanzado de mi esposa a manos de otro hombre? No lo supe, ni lo quería asumir. Al ver como aquel falo blanquecino con la bolsa rosácea, pesada por los colgantes testículos, comenzaba el franco asedio al que fue mi exclusivo reino, me inquieté. Y después vestigios de… ¿Excitación? Sí, al escuchar con su característica sensualidad, la voz de Silvia pidiéndome que me acercara a ella, casi rogando por mi compañía antes de…

    Con indecisos pasos llegué hasta hacerme de nuevo a su lado y Silvia, me agarró con fuerza la mano izquierda y en medio de un beso entre ella y él, me miró como con apremio y de su boca entre susurros dejó escapar de sus preciosos labios ya sin carmín, aquellas nunca imaginadas palabras…

    —Mi amor, ya… ¡Ummm!… ¡Aghhh! Mmmm… ¡Siiiií! Lo siento intentando penetrarme. ¿Amor? ¿Quieres que lo deje? —Y yo no respondía en muda proximidad–. Mi vida déjame que me coja, que me piche ya… ¡Ufff!… Mi vida me está entrando… —¡Te amo mi vida! Eres tú mi amor–. Le respondí muy suave asimilando y mirando como con su cuerpo a mi lado, la sentía emanar sudoroso calor con tan cercana separación.

    —¡Me lo está metiendooo!… Oughhh, tan despacio y ricooo. —Y sus ojos dejaron de mostrarme el brillo marrón, tras ocultarse detrás de sus parpados que se le cerraban por el gozo y la fuerza de su mano apretando la mía, la sentí ceder. —Te amo Rodrigo. ¡Te amo mucho mi vidaaa! –. Y se fue apagando su amorosa declaración, por una boca, la lengua y las caricias de aquel ganador.

    Pulsaciones, palpitaciones y sus primeros gemidos. Batallaba mi sensación de perder al compartir. La fui soltando… ¡Liberándola de una puta vez! Era eso a lo que yo había consentido y no había marcha atrás. El placer concluyó por vencer mi cordura y mi razón dominó al sentimiento de haber perdido mi exclusividad. Jadeaba Silvia, Hugo transpiraba agitado con sus embestidas. ¿Y Martha?

    Martha se encargó aferrada a dos manos de la cintura de su esposo, empujando, ayudando a la penetración tan constante. Besaba la espalda, los hombros y su lengua se perdía de mi vista, al recorrer el cuello y la oreja derecha de Hugo. Este volteo su rostro y busco algo de aliento, una bocanada de aire que recibió de la cálida boca de su esposa. El con su verga en la intimidad de mi mujer y reconciliándose a su vez con Martha, teniendo por fin bajo el peso de su pecho, las tetas oprimidas de mi mujer y la complicidad de su esposa para acrecentar la lujuria, desbaratando con aquel sexo consensuado… ¿Las intenciones de separarse de su mujer?

    ¿Dolió? Un poco sí. Pero la tirantez en mi pene, los latidos de mi corazón percibidas a lo largo de mi verga, claramente hablaban por mí. No fue mucho tiempo, Hugo no aguantó tanto ofrecido placer, y su sueño de acostarse con Silvia, haciéndola suya lo traicionó; terminó derramándose sobre el vientre de mi esposa. ¡Silvia no llegó a su clímax! Lo pude percibir, casi hasta sentir. Sin embargo respiraba agitada sin abrir sus ojos, sin dejar de acariciar con sus manos los costados de su nuevo amante y Martha con ánimo de no hacer sentir mal a su cansado pero apenado marido, se lanzó por aquellas esparcidas gotas de simiente para humectar sus labios y terminar de cabeza, metida entre las piernas de Silvia, poseyéndola con su lengua y vi, dos dedos que entraban y salían con suma facilidad. Logró lo que su esposo no consiguió. En pocos minutos mi amor, gimió, gritó y apretó con sus muslos el torso desnudo de la mujer que la llevó a su ansiado apogeo.

    Me retiré con cautela de allí para destapar otra cerveza y beber. Serví otro par de piñas coladas, enfriándolas con algo de hielo picado; no hubo ganas ni tiempo para decorarlas, las rodajas de piñas quedaron allí apiladas en el pequeño plato. —¿Otro Manhattan Hugo?–. Le pregunté, con la intención de hacerle ver que yo estaba bien, que todos allí lo estábamos. Sonrisas por fin fluyeron en aquella sala, aunque al parecer el oxígeno escaseaba. Me acerqué a ellos como un buen camarero lo haría y en la bandeja de plata les llevé sus respectivos cocteles.

    Recompuestos los tres en el sofá me agradecieron y yo salí al porche, en busca de un nuevo cigarrillo. Había soportado más o menos bien el primer ataque a mi masculina sensación de compartida propiedad y al momento llegó a mi lado mi mujer, limpiándose el pubis y su vientre con un pañito húmedo. —¿Estás bien mi amor? ¿Cómo te encuentras?–. Me dijo preocupada, abrazándose con algo de vergüenza en su rostro de mujer… ¡Para nada infiel!

    —Sí mi amor, mientras tu estés feliz, yo me encontraré bien. Y la besé en la frente. Su boca buscó la mía pero se encontró de pronto con mi lata de cerveza. —Un trago primero para que sacies tu sed–. Le dije yo. Después de que ella bebió un trago, con algo de espuma en la comisura de su labio inferior, si la besé.

    Consumido el tabaco y casi por completo mi bebida, de nuevo ingresamos a la sala. Separé a Silvia de mi abrazo y mientras mi mujer tomaba su sitio en medio de los tres, yo de pie estiré mi brazo y con el dedo índice señalé a Martha y le dije con claridad…

    —Bueno preciosa, ahora ha llegado el momento de que me entregues el premio de consolación. ¡Ven conmigo! —Y Martha sonriente se puso en pie y sus pechos redondos y brillantes, se bambolearon como un par de pudines dispuestos a ser probados por mí.

    —¡Hagámonos por acá, preciosa! —Le dije yo, acomodando el sillón y apartando de asiento el cojín. —Ofrece tu espalda a nuestra respetable audiencia y pon tus manos sobre el espaldar. Así muy bien. Y ahora preciosa, ve preparándome el terreno, usa como tú sabes tus dedos y mastúrbate un momento.

    —Pero Rodrigo. Precioso yo no… ¡No puedo, me da pena!–. Me respondió.

    —Un pacto es un pacto. ¿O no Hugo? —Y un tanto cariacontecido, él respondió que era lo justo, mientras mi esposa meneaba con poco éxito, su flácida verga y acariciaba sus pelotas con su otra mano.

    —Entonces mi querida Martha, no te puedes negar. ¡Hazlo ya! —Le ordené en un tono autoritario. Y ella con sus piernas abiertas y sus nalgas como esplendido panorama para los que estábamos detrás, tocó su rajita con sus dedos, rozando tímidamente su rosada abertura y dio inicio con vergüenza, a la búsqueda de su propio placer.

    —Creo que necesitas un poco de ayuda, algo más de estimulación. —Entonces llamé a mi esposa–. Silvia, ven mi amor y ayuda a Martha, por favor enciéndela como tu italiana lo realizó contigo, ven y ubícate aquí. De rodillas mi vida y chupa bien toda su vulva.

    —¡No! Así no, mi amor. De espaldas a ella tú también y reposa tu nuca en el cojín. —Le ordené.

    Y Silvia como una fiel sumisa me hizo caso, acomodando su cabeza de manera que su boca y lengua quedaran debajo de la vagina de Martha y luego empezara a tirar con sus dientes, de los labios menores que se extendían fuera como delicadas y suaves corolas de aquél tulipán, pero que en sus crestas yo, podía apreciar un morado color.

    —Hugo, no te quedes solo ahí. ¿Quieres ayudarme tú también? Ven acá y prueba este arrugado y virgen agujerito de tu mujer. Ensalívalo bien para mí por favor. —Martha dio un respingo, no supe nunca si fue al escuchar mis palabras o por el esfuerzo incesante de sus dedos friccionando su clítoris o por la boca de mi esposa, horadando con su lengua aquel delicioso interior.

    Y sin rechistar, –aquel triunfador ya vencido– me hizo caso postrando su rostro en el medio de las blancas y tersas nalgas de su reconquistado amor, apartando con sus manos las carnes blancas, para besar y lamer, donde le indiqué yo.

    —Espérenme aquí un minuto mientras busco algo en la cocina. —Y dando un largo sorbo a mi cerveza, dejé la lata sin líquido en su interior, reposando sobre el gris mesón, busqué en los anaqueles algo que me sirviera para lubricar.

    ¿Aceite de cocina? ¡Podría ser! Mejor aceite de oliva, que decían que servía contra la hipertensión arterial, pero acaso… ¿Marta sufría de aquel malestar? Ni idea. Hasta que vi refundido entre varios frascos, el empaque del gel de aloe vera que sabía yo muy bien de su lubricante poder analgésico y lo tomé.

    —¿Cómo vamos con la tarea? Les pregunté a los tres y de Martha solo obtuve por respuesta un prolongado gemido y el apretar de sus dedos sobre el borde del espaldar. De Silvia su rostro feliz, y alrededor de su boca embadurnada de flujos y saliva, una sonrisa de complicidad y picardía. Y de Hugo un… —Creo que ya está bien–. Y tras decirme eso, él me cedió su lugar.

    Derramé sobre mis dedos, abundante liquido de aquel ingrediente natural, lubriqué con mi pulgar su oscurecido agujerito y luego introduje con suavidad mi dedo índice, una vez dentro Martha lo apretó. Mi otra mano bajo su cadera izquierda ejerciendo presión hacia arriba, luego dos dedos pude introducir y frotar sus paredes, entre algún ¡Ayyy! de dolor y un gemido más placentero, ella se acostumbró y colaboró echando su culo hacia atrás.

    Con mi verga humectada y lubricada, mi glande apoyado ya sobre su lubricado orificio y a punto de comenzar, le dije a mi esposa…

    —Silvia, llévate a Hugo a otro lugar por favor–. Y dándome un beso en la boca, le tomó de la mano pero sorpresivamente Hugo se opuso.

    —¡No Mi ángel! Debo estar aquí y verlo. —Y dándome una palmada por aprecio y rendición en mi hombro, terminó él por decir… —¡Es que necesito aprender a hacer gozar a mi mujer!–. Y permaneció abrazado a su ángel, que era mi también mi amor.

    Martha con un pequeño esfuerzo se empinó y parte de mi pene la penetró, quietos los dos por un momento, disfrutando de su estrechez, dándole a ella tiempo para asimilar en su mente y en su cuerpo lo que yo sin pedir, el destino me ofreció. Ella pronunciando un extendido ¡Aghhhh! y yo trenzando su melena con mi mano, finalmente le pregunté…

    —¿Cómo te sientes preciosa? —Y la mano blanca de dedos largos y finos con su alianza matrimonial destellando brillos dorados, se posó sobre mi vientre y a continuación de un gemido, me dijo…

    —Sigue precioso, que estoy muy bien. —Y proseguí con lentitud sintiendo ensanchar su interior y a la vez, latir las venas de mi verga, bombeando con fuerza mi corazón y Martha con su cadera adelantada por segundos, atrasada instantes después, en un rítmico movimiento me encendió y empujé un poco más.

    Un ahogado gemido y alguna frase que no entendí escaparon de su boca. —¿Qué dijiste preciosa?–. Pero Martha con su boca abierta no me pudo responder y fue mi esposa la que me dijo… —¡Que quiere que se lo metas ya! Todo completo, mi amor–. Y terminé por jalarla del cabello y penetrarla lo que faltaba.

    Y me uní a su agitado movimiento, con su esposo a nuestro lado observando sin perder detalle y Silvia acariciando la espalda sudorosa de una Martha ya sometida. Yo con mi boca entrecerrada, apretando dientes y abriéndola posteriormente, tan urgido de oxígeno, resbalándose mi falo ya sin esfuerzo, en aquella virginal cavidad y gruesa gotas de sudor bajando por mi cuello.

    Gemidos, jadeos, un… «¡Jueputa!, que apretadita estas» de mi parte y un mordisco de mi boca a un lado de su cuello, hasta que un —Ya me viene. ¡Ufff! Qué deliciaa… ¡Aughhh!— y que escuchamos todos allí con claridad proveniente de Martha, me hizo acelerar los embates y yo también me vine dentro del culo de aquella hermosa mujer.

    Al cabo de unos minutos de recuperación, la besó Hugo en la boca con mucha pasión y yo galante, la tomé de la cintura, levantándola del sillón por mis brazos, diciéndole que me indicara el camino hacia su baño para darnos una ducha y asearnos. Mi esposa y Hugo se quedaron atrás en encubridor silencio y ya con mi preciosa madrileña de frente y su caballero desnudo y sin armaduras, nos ubicamos dentro de la cabina, me ví descargando con suavidad los pies de Martha sobre las blancas baldosas, abrí el grifo y de la regadera un amplio chorro de agua… ¿Nos enfrió? ¡No! ¿Nos besamos? ¡Sí! ¿Lo volvimos a hacer allí también de pie? ¡Por supuesto! Mientras decía Martha con su delicada voz, siendo penetrada por mi mástil endurecido, que nos agradecía a los dos y a mí en especial, que me quería. —Yo a ti también. ¡Un lugar en mi corazón te has ganado! Madrileña preciosa–. Le respondí.

    Cuando salimos los dos del baño aún sin secarnos a pesar de tener la toalla en las manos, Silvia cabalgaba sobre Hugo, dándole la espalda, ofreciéndonos la visión de su abierta vagina, incrustándose por completo aquel blanquecino miembro y las velludas manos de su jefe, estrujaban con deseo el par de senos. Martha me miró, sonrió y me guiñó un ojo. Se adelantó hasta el borde de la cama y observó de cerca la profunda penetración. Mi esposa cegada por las sensaciones no se dio cuenta hasta que sintió sobre su clítoris la llegada intempestiva de una lengua sedienta, que le devolvía los favores. Hugo se contuvo más, mucho más de lo pensado, tanto que Silvia sudorosa, comprendió que debía dar la oportunidad a Martha de yacer junto a su amado esposo.

    Su cuerpo brillando por el sudor se apartó del que era ahora en aquella alba mañana, ya no solamente su jefe, también su amigo y su nuevo amante, para acercarse de manera sexy y plena, al hombre que amándola tanto, la esperaba con los brazos abiertos bajo el umbral de aquel baño. Y ella, mi Silvia, entró cogiéndome por la cintura, arrastrándome al interior. ¿Otro baño? ¡Claro! ¿Por qué no también con mi amor?

    Mientras refregaba su espalda, las piernas y sus nalgas, –con esmerado amor– a aquella mujer que sentía tan mía a pesar de ya ser tan compartida, acariciando con ternura los senos enrojecidos, besando suavemente las amoratadas marcas en su cuello, todo su cuerpo adorado por mis manos embadurnadas de líquido jabón, pensaba en las escenas vividas, tan presagiadas por mi amiga y cliente, la liberal Almudena.

    ¿Ahora era mi esposa y yo, Martha y Hugo como ella? No lo pude concebir, no lo quise admitir. Solo deseaba que lo nuestro no terminara como ella acabó con su matrimonio…

    …—Ofrecer libertad, agregando unos dos o tres eslabones a la cadena social que los une, atándolos tan visibles ante los demás. Desmembrando con boca y lengua, manos y dedos agitándose, en tantos cuerpos como quieras y desees mi querido Rocky. Explorando otros cuerpos, y recibiendo el beneplácito de un placer buscado en tu interior al amar y compartir lo que tanto aprecias.

    Pero yo pensaba un poco diferente, de seguro Silvia también. Con la samaritana sensación de haber brindado cariño, seguridad y confianza a pesar de las arraigadas pautas morales que no nos permitían entregarnos hacia los demás. Transgredir las normas instauradas en nuestra psique, sin someter al escrutinio familiar o público, la libertad del amor sobre la acostumbrada razón; ahora la época era otra y en nuestras fronteras se acababan de levantar las barreras que nos impedían amarnos con libertad, desobedeciendo leyes sociales, maritales pero nunca jamás, las afectivas. Liberar cuerpo y mente, tan habitualmente educados dentro de una falsa «normalidad».

    Llegó mi amor a besar mi rostro, entre remolinos aromatizados de sus cabellos, blandiendo como espada su bonita sonrisa, para cortar de tajo mis pensamientos y apartando el escudo de la desconfianza con su juvenil y amoroso atrevimiento. Me besó como si no hubiéramos nunca cruzado la línea roja, comenzando a vivirnos y a ser disfrutados. Su boca y los labios, la lengua y el sabor de su húmeda saliva, todo me supo a nuevo en aquel amanecer. El agua caía en brillantes torrentes por su espalda y se aposaba precipitada por su costado, hasta rebosarse en el espacio ahuecado que formaba mi antebrazo afirmado a la suave piel de su cintura. Mi miembro reaccionó de inmediato y Silvia solo se dio vuelta y me dijo… —Quiero que me estrenes esta otra parte de mí, que me atemorizaba ofrecer y nunca te entregué, este culito lo guardé para ti. ¡Tómame mi amor! Y házmelo como se lo hiciste a ella–.

    En aquel baño ajeno rozaron mis dedos lo que antes era tan prohibido y tan alcanzable a su vez. La cálida suavidad de su interior, la estrechez virginal de mi vida y los dos tan unidos, rompiendo prejuicios y de paso nuestra moral compostura; por supuesto la tan requerida y acostumbrada fidelidad de no presionar a Silvia, si ella no quería… «Porque en el dolor, también hallarás la cúspide de un clímax que después no querrás abandonar». —Y fue mi amor, completamente mía–.

    —Vamos a entregarnos de a pocos y amarnos bastante, aunque estando tu y yo entre multitudes, a la distancia siempre, siempre… ¡Nos reconozcamos! —Le dije yo y la besé mientras secaba su cuerpo y ella el mío con la otra esquina de la misma toalla blanca.

    —Todos aquí hemos sido víctimas de las consecuencias. Y a pesar de todo mi amor… Los cuatro tan causantes de un renovado placer. ¿Y el amor? ¿Me amas aún? Porque yo mi vida… ¡Siento que te adoro más! —Me respondió antes de abandonar el baño.

    Y lo que estaba escrito y tan visual ante el mundo, en medio de los dos por tantos años, ese «Tú y yo» se marchó, dando paso a un «Nosotros». Y nos fuimos a la sala en puntas de pies para no perturbar, dejándolos allí durmiendo abrazados, muy serenos. Martha se veía hermosa, abarcando con su brazo izquierdo el velludo y ancho tórax del hombre que compartía sus días y Hugo roncando boca arriba, respirando ya sosegado después de batallar sexual y mentalmente para superar aquella dura prueba.

    Ya listos para marchar me acerqué hasta la mesa de mármol, indecente la superficie con restos de los postres, las piñas coladas a medio consumir, los dos vasos de Manhattan a los costados del blanco sofá de piel y en el suelo cerca del sillón, las latas usadas que yo me bebí.

    Allí sobre ella, posé como ofrenda de agradecimiento, la caja nueva de condones sin usar que mantuve oculta en la velada. ¡Si iba a ser todo, pues que fuera completo!

    —¡Te amo mucho, vida mía! —Me dijo Silvia asegurándose el cinturón en la silla del copiloto–. ¡Y yo te adoro hasta el infinito y mucho más! —Le respondí inmediatamente, sonriéndome y acariciando su mejilla.

    —Eres y serás por siempre mi preciosa Emmanuelle. Pero mi amor, mañana iremos temprano al salón de estética para oscurecer tu cabello. —Le comenté con seriedad.

    —¿Por qué mi vida? ¿No me veo bien así?–. Me preguntó angustiada. Y yo le respondí…

    —¡Te lo cambiaste para él, Silvia! Y acabamos de dar los pasos de lo que aquella noche no sucedió. Ahora quiero verte como eras antes mi vida, con el color castaño del cual me enamoré.

    Y la besé con ternura, un beso corto y esperanzado en ser siempre yo para mi amor, su imperecedero amor. Recogimos a nuestros hijos y ya en nuestro hogar, acompañados por la inoportuna visita, compartiendo como antes, ella con su madre en la cocina, Alfonso y yo distrayendo a los pequeños, nos buscábamos constantemente con la mirada. Aún no habíamos hablado nada sobre lo sucedido en aquel chalet, hasta que su teléfono vibró y sonó. El mío casi al tiempo por igual. Me mostró la pantalla de su teléfono y era Hugo que solicitaba una videollamada y en la de mi móvil, alguien que figuraba como siempre permaneció… ¡Número desconocido! Pero los dos sabiendo perfectamente quien me llamaba.

    Juntos abrazados, salimos al balcón de nuestro piso y ella a mi lado deslizó su huella para aceptar el video. Yo hice lo mismo y saludé con cariño a Martha. Ellos al igual que nosotros estaban reunidos en el amplio jardín de su hogar, él con una bata de baño gruesa y ella cubierta tan solo con una camiseta holgada de los «Lakers» a su lado, tan feliz ella y visiblemente emocionado él; con la timidez ya apartada y con ganas de saber cómo nos encontrábamos Silvia y yo después de aquella erótica velada. Una invitación a almorzar que tuvimos que rechazar por estar en casa mí querida suegra y su esposo, pero que sin dudarlo, dejaríamos apartada alguna mesa y unas cervezas en un desconocido bar, de pronto para complementar, una amplia cama para algunos días después.

    Y hablando de días… Ocho días después, más exactamente un viernes, abrí con cuidado la puerta de nuestro piso, acompañado por mi rubia tentación. Silvia muy bien arreglada como si fuésemos a salir a festejar por ahí y feliz por nuestra llegada, ya que previamente lo habíamos acordado y esa noche si nos esperaba. La nerviosa era la rubia, la castaña permanecía serena. El domingo próximo seria la boda. Había prometido Paola un regreso después de entregar junto a mí, su regalo a mi esposa y yo lo anticipé. Y por supuesto que un obsequio se paga también con otro y esa era Silvia, que deseaba estar con mi rubia compañera y junto a mí, devolverle con ganas y la experiencia ya obtenida en Turín y en aquel chalet, una cálida y sexual despedida de soltera.

    —Y esa es nuestra historia mi apreciado Thomas, lo que ocurrió para estar ahora aquí disfrutando de este ardiente sol, de las playas tan maravillosas y de la grata compañía de esta preciosa madrileña. —Y Martha abrazándome con mayor fortaleza, me besó con ansías y sin remordimientos delante de nuestro teutón anfitrión, recostados sobre una amplia colchoneta a rayas azules y blancas, en la cubierta superior de popa del lujoso yate alquilado y que anclado en el puerto esperaba por los demás para irnos a una playa escondida por Puerto Plata, durante tres días y sus dos noches, anclados en altamar.

    —¿Y dónde están sus parejas? —Me preguntó Thomas intrigado por la tardanza. —¡Ahh! Pues Silvia y Hugo se fueron a dar una caminata en compañía de la Mechas y su esposo, ya que deseaba darles un pequeño recorrido por playa Bávaro. Pero ya están tardando demasiado. ¿Los llamamos precioso mío? —Me preguntó inquieta Martha y yo levanté del piso de aquella embarcación mi teléfono, que permanecía en silencio sobre mis blancos shorts adquiridos en un local chino, para marcarle al de mi esposa, cuando ya puesto en pie, Thomas agitó su brazo en el aire y era su efusivo saludo para aquel cuarteto de bronceados turistas que ya se acercaban por la pasarela flotante de madera, unos metros más allá. Hugo tomando de la mano a Silvia que venía preciosa con su bikini negro y el pareo translucido ceñido a sus caderas, ondeando por la brisa, acompañados por la mujer de Thomas y obviamente por su «oficial» marido.

    Le ayudé a mi preciosa esposa a subir a bordo y una vez puestos sus pies sobre la cubierta, Silvia me abrazó; nos besamos y me pidió que nunca le soltara de la mano. Su miedo al agua aún no lo superaba y el ir y venir de babor a estribor, tampoco ayudaba a apaciguar su temor. Solo yo a su lado y al nuestro, ellos dos.

    … Dos años y unos meses después, una mujer que no reconocí, se acercó a mi escritorio y tan solo al responderle afirmativamente que yo era a quien buscaba, me entregó en una bolsita de regalo, tres bombones de chocolate envueltos en un dorado papel, de los mismos que solía yo regalar a mis clientes cuando los visitaba. Había dejado esa dulce costumbre hacia muchos meses ya. Dentro del bonito empaque, una nota con una letra conocida y aquella dirección desconocida. Era un jueves creo, a comienzo de abril cuando a medio día, papel en mano, caminando despacio y al girar en una calle encontré la dirección indicada. Bonita la casa de dos niveles, techos empinados a dos aguas y una amplia fachada revestida de ladrillos naranjas y brillantes por el barniz. Barrotes blancos resguardando de ladrones las ventanas. En una de ellas, en el segundo piso un fugaz movimiento de un velo blanco.

    —¡Anda nene! Sigue que estás en tu casa!–. Escuché con alegría aquella voz tan familiar. —Empuja la puerta que la dejé entreabierta… ¡Y ajá! No te quedes ahí fuera Rolito precioso–. Y con un leve empujón, abrí el ocre portón, para encontrarme con un pequeño recibidor y un gran espejo adosado a la frontal pared. Una amplia sala bajando un nivel, decoradas con festones las paredes color marfil, globos y tiras de colores pendiendo del anguloso techo de listones de madera lacada y en frente mío, una hermosa pequeña rubia, diminuta versión de aquella querida tentación, que se me quedó mirando fijamente, sin temor pero callada.

    Dorados sus cabellos, con sedosos rizos que le caían con mucha gracia por el frente de su carita sorprendida y de un verde intenso le brillaban sus ojitos, iguales a los esmeraldas de su madre, sin embargo la forma y el color de sus cejas y pestañas, eran muy diferentes. Por saludo le obsequié mi sonrisa, arrodillándome en frente de la pequeña niña, tomé del bolsillo de mi chaqueta de paño, un pequeño dulce por presente que tenía forma de cono, envuelto en un brillante papel aluminizado. La rubia miniatura no lo quiso recibir y asustada, salió corriendo en busca de su protectora madre que se encontraba en la cocina, gritando dos veces… — ¡Mamá, mamá! —

    Casi que enseguida, por la puerta a mi espalda sale mi rubia tentación, carente de maquillaje y su melena dorada que en tantas ocasiones tan bien peinada la mantenía, sin embargo esa tarde la tenía trenzada y apartada hacia un costado, cayendo por delante de su pecho. Con la niña en brazos, la sonrisa fresca de siempre y que nunca olvidaré, me estampó un delicado beso en la mejilla, a modo de bienvenida.

    Raro sentimiento ese de un reencuentro entre dos personas que tanto cariño se entregaron. La blanca mano de Paola, se hizo con el bombón que le había ofrecido a su hija y se lo entregó. Por fin la chiquilla lo acepta y me sonríe con su infantil timidez. ¡Hermosa y sonrosada! ¡Pequeña y vivaz! Obviamente después de algunos minutos por fin entra en confianza conmigo.

    —¡Agatha! Da las gracias a mi amigo. Se llama Rodrigo pero para las dos, le llamaremos como a él más le gusta. ¡Rocky!… ¿Roti? —Y la criatura por fin se dejó alzar en mis brazos. —¡Y ajá Cachaco precioso! Sostenla un poco mientras le preparo su biberón. Anda no te quedes ahí, me dice reclamando mi atención. ¡Acompáñame!–. Me ordenó Paola, dándose de nuevo la vuelta para dirigirse al fondo de la cocina

    Ya junto al mesón del fregadero, sosteniendo el leve peso de Agatha en mis brazos, observé su angosta espalda y las caderas anchas, el largo de sus piernas y los pies calzados simplemente por unas sandalias abiertas del color de la arena y de tacón muy bajo. El vestuario de mi rubia tentación no era el que yo me imaginaba, hermosa aún pero ya con su porte de una habitual ama de casa. Paola se dio la vuelta y me miró con la seriedad en su rostro de Barbie, dándome a entender que sucedía algo más de lo cual no estaba enterado.

    Con el biberón batiéndolo de arriba abajo y de un lado para el otro, intentando enfriarlo en su mano, se me acercó para tomar en sus brazos a la pequeña doble suya. — ¡Es muy hermosa, igualita a ti! –. Le dije con sinceridad. Paola un poco entristecida y pálidas sus nacaradas mejillas, bajó levemente su cabeza y entornando el verde esmeralda de sus ojos, me dijo con mucha suavidad, justo en mí oído derecho, rozándolo levemente con sus carnosos y rosados labios, como para que Agatha no se enterara… ¡Es tu hija Rocky! Pero rolito hermoso… ¡Tú nunca podrás ser su padre! Y dos o tres lágrimas empezaron un recorrido desde sus párpados, bajando por sus ojeras y alcanzando sus pómulos, hasta que las detuve antes de que cayeran, con mi dedo índice estorbando su camino hacia las mejillas, mientras mi corazón latía perturbado.

    —Espérame aquí Rocky, mientras se la entregó a Carlos que la espera arriba y se encargará de cuidarla un rato. ¡Tan solo tendremos tres horas! «Rolito» precioso, para que me obsequies otro regalo antes de qué regrese a esta casa, mi suegra.

    Esta es la historia de un comienzo de libertad consensuada, de las «Nuevas Sensaciones» obtenidas por una pareja que algunas veces separados, siempre permanecieron unidos por «lo tuyo es mío» y «lo mío todo de ti». Tan pendientes ambos del bienestar y del placer del otro, durante muchos, muchos años, hasta que un día sin pensarlo, todo aquello terminó.

    «El pasado es lo que recuerdas, lo que imaginas recordar.

    Lo que te convences en recordar o lo que pretendes recordar»

    -. Harold Pinter.

    — ¿Es el fin? —

    Todos los derechos reservados.

    Queda prohibida su reproducción parcial o total.

    Bogotá – Colombia.

    Julio 20 del 2021

  • El desvirgamiento de Puri

    El desvirgamiento de Puri

    Dicen que segundas partes nunca fueron buenas, pero voy a intentar que lo sea la segunda parte de:  «Folla mi culo despacito que quiero correrme.»

    Puri estaba echada en una hamaca. Vestía una blusa azul y un pantalón corto de color blanco. La blusa la tenía abierta y mostraba sus bellas tetas, unas tetas con areolas rosadas y pequeños pezones. Los pantalones los tenía bajados hasta los tobillos. Dos de los dedos de su mano derecha entraban y salían de su coño, acariciaban el clítoris y volvían a entrar y a salir. Por el interior de sus largas y delgadas piernas comenzaban a bajar jugos que salían de su vagina. Sentada en otra hamaca estaba yo masturbándome con las piernas abiertas y las bragas sobre el tobillo de mi pierna derecha… En realidad estaba con las piernas abiertas y las bragas sobre mi tobillo derecho pero sentada en la taza del aseo de mi casa. Mi imaginación volaba. Puri me pedía que le dijera palabras fuertes. Le llamaba puta, come coños, lame culos, perra, zorra… Ella dejaba la hamaca y me abofeteaba, me escupía en la boca, me cogía la cabeza y me restregaba la boca contra sus tetas, contra su coño… Me monté una película tan bien montada que acabé corriéndome cómo una cerda. Al acabar chupé mis dedos mojados con los jugos de la corrida, limpié el coño con papel higiénico, subí las bragas, tiré de la cadena y fui a hacer las camas.

    Eran las cinco de la tarde cuando fui a la taberna a comprar unas patatas. Allí había varias mujeres, entre ellas estaban mi tía Miriam y Puri, una iba a comprar champú y la otra iba a comprar huevos. Puri le estaba preguntando al tabernero:

    -¿Tienes huevos, Simón?

    El tabernero, que era un cachondo, le respondió:

    -Dos.

    -¿Nada más?

    -Si tuviera tres sería un fenómeno.

    -Déjate de bromas y dame media docena de huevos.

    -Acabé los huevos, Puri.

    Mi tía Miriam, que estaba al lado de Puri, le dijo:

    -Ven a mi casa que tengo huevos de sobras.

    -¿A cómo los tienes?

    -Baratos.

    Me olí el lío y le dije a mi tía:

    -Yo también venía a comprar media docena de huevos.

    -Pues cuando me despache Simón vamos a cogerlos.

    Poco después estábamos en el gallinero de mi tía. Puri y yo estábamos inclinadas cogiendo los huevos cuando el gallo me saltó al culo y me dio un picotazo. Mi tía espantó al gallo, pero yo ya me había caído de culo encima de la mierda de las gallinas y conmigo había arrastrado a Puri. Apoyamos las manos para levantarnos y las pusimos perdidas. Mirando para mis manos, las sacudí, puse cara de grima y dije:

    -¡Qué asco!

    Limpiando las manos a la pared, nos dijo mi tía:

    -Vamos a casa y allí os aseáis.

    Puri estaba de acuerdo con ella.

    -Sí, será lo mejor, me llega la mierda al coño. ¿Tiene ducha o baño?

    -Ambas cosas.

    Fuimos con mi tía Miriam hasta el cuarto de baño, allí nos dijo:

    -Desnudaos y darme la ropa que en nada la lavo a mano y luego la meto en la secadora. Podéis usar una la ducha y la otro el baño

    Al estar desnuda, Puri, sonriendo, le preguntó a mi tía:

    -¿Nos frota la espalda?

    Mi tía Miriam me miró y me preguntó:

    -¿Y tú te vas a lavar con esta descarada cerca de ti?

    -No va a pasar nada, si me toca la pongo fina.

    Mi tía sabía que íbamos a follar, por eso en ese momento no entendí por qué no se metía en la ducha con nosotras.

    Mi tía cogió la ropa y se fue diciendo:

    -Tú sabrás lo que haces.

    Después de meternos bajo la ducha Puri corrió la mampara, abrió el agua, se mojó, me mojó, dejó la alcachofa colgada echando agua y después separándose de los finos chorros que salían a presión de ella, me dijo:

    -Enjabóname.

    Enjaboné su cuello, sus hombros, sus costillas, sus tetas… Al pasar la mano por el coño mis dedos ya resbalaron debido al jabón y a sus jugos vaginales. Me echó un brazo al cuello, una mano al culo, me apretó contra ella y me dio un besó con lengua que al acabar de comer mi boca ya tenía el coño tan jugoso cómo el suyo, después cogió mis tetas y amasándolas me las mamó como solo ella sabía hacer, luego se puso en cuclillas, cogió mis nalgas con las dos manos y lamió mi coño y mi clítoris un tiempo. Cuando se levantó nos pusimos bajo los finos chorros que soltaba la alcachofa de la ducha y nos besamos. Metí dos dedos dentro de su coño y Puri metió otros dos dentro del mío. Con el agua bajando por nuestros cuerpos nos comimos las bocas y nos masturbamos mutuamente hasta que nos corrimos cómo dos golfas que éramos… Al acabar de corrernos nos seguimos besando, y entre beso y beso, me dijo:

    -Tengo ganas de follar a tu tía.

    Le dije:

    -Es una santurrona y las santurronas follan solo con su marido.

    -Voy a intentarlo.

    -Te vas a ganar una hostia, pero ya eres mayorcita, tú sabrás lo que haces.

    Nos secamos. Salimos del cuarto de baño y Puri llamó por mi tía.

    -¡Señora Miriam!

    Mi tía contestó desde su habitación.

    -Estoy aquí, venir.

    Fuimos desnudas hasta la habitación, allí vimos a mi tía sentada en el borde de la cama. Puri le preguntó:

    -¿Ya lavó nuestra ropa?

    -Sí, está en la secadora.

    -¿Tiene algo que nos podamos poner?

    Vi que mi tía tenía dos batas de casa a su lado y dos pares de zapatillas en el piso.

    -Sí, venir y poneos estas batas y estas zapatillas.

    Puri moviendo las caderas sensualmente fue a su lado. Con el coño delante de su boca, le dijo:

    -¿Quiere probar una almejita? La tengo fresquita.

    Mi tía le respondió:

    -Tú no tienes vergüenza, jodida.

    -No, la dejé en la ducha. ¿Verdad, Tina?

    Cómo si no supiera que veníamos de follar, le dijo:

    -¡¿Sedujiste a Agustina?!

    -No, la follé, y te voy a follar a ti, tía buena.

    Puri quiso besarla, mi tía la cogió por la cintura, la echó sobre su regazo, cogió una de las zapatillas del piso y le dio en las nalgas.

    -¡Ay que dolor! Perdón señora Miriam, perdón por propasarme.

    -¡Duele mucho!

    -No te largo por propasarte, te largo por otra cosa.

    -¿Qué cosa?

    -¿Cuándo me comiste tú el coño, desvergonzada?

    Puri se dio cuenta al momento de porque le había puesto el culo a arder. Me miró y enrabietada, dijo:

    -¡Puñetera cabrona!

    -¡Ay!

    Mi tía le dijo:

    -Aquí la única cabrona eres tú.

    Aquella zapatilla negra con piso de goma del mismo color le había dejado sus blancas nalgas al rojo vivo. A Puri le quemaba el culo. Mi tía le preguntó:

    -¿Por qué me elegiste a mí?

    Le respondí yo.

    -Dice que le gustan los coños de vaca.

    -¡Ay! Miente, es una mentirosa.

    -¡Ay!

    -¿Por qué me elegiste?

    -Si se lo digo me va a pegar más.

    -Y si no me lo dices mucho más.

    -Me gusta, me gusta mucho.

    -¡Ay, me está haciendo mucho daño!

    -¿Para qué te gusto?

    Volví a meter cizaña:

    -Para presumir de que se folló a una meapilas.

    -Meapilas, eh.

    Le volvió a dar.

    Puri ya estaba hasta el coño de mis mentiras.

    -¡Cuando me suelte tu tía te voy a morder hasta en las pestañas, puta, más que puta!

    -Cuando te suelte te vamos a hacer gozar cómo una cerda, zorrita.

    Puri con el culo dolorido no daba crédito a lo que oía. Nos dijo:

    -¡Seréis putas!

    Mi tía le volvió a dar.

    -¡Calla, coño! ¿Quieres follar o quieres irte?

    No tuvo que pensarlo.

    -Follar, follar.

    La echó sobre la cama. Puri se puso de rodillas, mi tía Miriam, delante de ella, le metió la lengua en la boca y se metió dos dedos dentro del coño, yo, detrás de ella le amasé las tetas. Puri iba a besarnos a las dos. Mi tía Miriam entre beso y beso que le daba a Puri y que me daba a mí, se fue desnudando, luego, Puri, se echó sobre la cama. Mi tía le mamó y amasó una teta y yo le mamé y le amasé la otra. Al poco se echó hacia atrás y flexionó las rodillas. Mi tía le comió la boca y yo lamí su coño, un coño que estaba rodeado de una pequeña mata de vello rubio, lo lamí de abajo a arriba, muy, muy lentamente, después le metí la lengua dentro de la vagina encharcada de jugos y la moví alrededor. Puri con una lengua dentro del coño y otra dentro de su boca gozaba una barbaridad y sus gemidos así lo decían. De la lengua pasé a meterle dos dedos dentro del coño a masturbarla y a chuparle las tetas. Al rato me dijo:

    -¡Me voy a correr, Tina!

    Mi tía Miriam, a punto de correrse, ya que no dejara de masturbarse, le puso el coño la boca, Puri antes de echar la lengua fuera para que mi tía frotase su coño contra ella, me dijo:

    -Cómeme el coño, Tina.

    Le lamí el coño con rapidez de abajo a arriba y Puri en nada se corrió en mi boca.

    Mi tía estaba frotando su coño con la lengua de Puri cuando se abrió la puerta de la habitación y apareció mi tío Arturo en el umbral. Mi tía no pudo aguantarse. Los ojos se le cerraron y comenzó a correrse. Cuando abrió los ojos, aun corriéndose, le dijo:

    -¡Qué situación!

    Puri con la cara pringada de jugos y yo con unas ganas locas de correrme miramos para la puerta y vimos a mi tío Arturo con una cara de salido que tiraba para atrás. No sé de dónde salió el macho, solo sé que apareció y se comió al calzonazos.

    -¡Os voy a joder a las tres!

    Mi tía Miriam no estaba con esas.

    -De eso nada, estas se van y me jodes a mí.

    Mi tío Arturo quitándose la ropa le dijo a mi tía:

    -¡A ti lo que te voy a quitar es la cabeza de una hostia, puta!

    Mi tía por primera vez en su vida le cogió miedo a mi tío.

    -Tú mandas, Arturo, tú mandas.

    Arturo no mandó, ordenó.

    -¡Las tres a cuatro patas! O aquí van a diluviar hostias.

    Puri poniéndose a cuatro patas, le dijo:

    -Yo solo se la dejo frotar en el coño, es que soy virgen, sabe.

    Mi tía, resignada a que nos follase, le dijo:

    -A mí el culo ni tocarlo, ya lo sabes.

    A mí lo mismo le daba que lo mismo me tenía. Le dije:

    -A mí dame por donde quieras.

    Empezó lamiéndole el ojete de mi tía, que le dijo:

    -Coño, pues no está nada mal.

    Lamiéndole y follándole el culo me metió dos dedos dentro de coño. Estaba tan cachonda de hacer correr a Puri que moví el culo hacia atrás, hacia delante y alrededor y me corrí cómo una perra. Mi tía le dijo a mi tío:

    -A mi sobrina ya no la tienes que follar, a Puri la romperías, así que fóllame a mí.

    Mi tío Arturo le había cogido el gusto a mandar y a ordenar.

    -¡Cómo no te calles te rompo el culo!

    Mi tía se volvió a asustar.

    -Me callo, me callo.

    -Vete masturbando y ponte a punto para cuando vuelva que voy a por Puri.

    A Puri le encantaba sentir una lengua en su coño y en su culo, una lengua y también una polla si se la frotaban. Lo que no le gustó fue que la cabeza de la polla acabase dentro de su coño virgen, virgen de polla, se entiende.

    -¡Ay, salvaje! Esta es la casa de la tortura.

    Mi tío Arturo nada más entrar el glande se corrió dentro del coño. No pasaba nada porque era estéril, pero Puri no lo sabía y volvió a poner el grito en el cielo.

    -¡Como quedara preñada te corto los huevos!

    Apareció el macho cabrón.

    -¡¿Qué me cortas qué?!

    Puri no le tenía miedo a pesar de haberle roto el coño, ya que le respondió:

    -¡Los huevos!

    Se la clavó toda de una lenta estocada. Puri exclamó:

    -¡Hijo de puta!

    Mi tío le tapó la boca para que no se oyesen sus gritos en la calle. Mi tía y yo nos pusimos boca arriba y vimos a Puri llorando. Mi tía metió dos dedos dentro del coño y al rato se corrió cómo una burra. Yo me follé el ojete con un dedo y el coño con dos dedos más. Mi tío vio a mi tía corriéndose y a mí con los dedos dentro de culo y del coño y dijo:

    -Vaya par de putas, putas y masoquistas.

    Puri poco a poco dejó de chillar. La leche de la corrida había engrasado su estrecha vagina y más tarde ya gemía. Los gemidos dieron paso al mejor orgasmo de su corta vida. Mi tío estaba hecho un toro. Se metió entre mis piernas, me levantó cogiéndome por la cintura y me la clavó en el culo. Froté mi clítoris con tres dedos que había mojado en su boca y en menos de dos minutos me corrí cómo una perra, diciendo:

    -Toda para ti, bandido.

    Luego mi tío cogió a mi tía cómo me había cogido a mí, o sea, por la cintura, la levantó y le enterró la polla en el coño. Mi tía, que ya se había puesto de dulce masturbándose, al llegar la polla al fondo del coño y sentir la leche de mi tío saliendo a chorros, se corrió con él.

    Puri me besó, y me preguntó:

    -¿Duele mucho por el culo?

    -La primera vez sí. Te dolerá cómo cuando te la metió en el coño.

    -Entonces no duele tanto.

    Hubo sexo del bueno una hora más y en esa hora a Puri le dolió, vaya si le dolió cuando mi tío le rompió el culo… Claro que el meter y el sacar todo es empezar.

    Quique.

  • Placeres peligrosos (III): El desenlace

    Placeres peligrosos (III): El desenlace

    —¿Has leído esto?, —preguntó César, mientras leía el periódico.

    —¿El qué?, —respondió Cristina acercándose a leer el titular.

    —Un coche se ha precipitado desde lo alto de un mirador en la sierra. Parece ser que se trata de un crimen pasional.

    Cristina no contestó, cogió el periódico y se quedó leyendo la crónica. Al menos en la prensa no había indicios de que se la involucrara en el trágico suceso. Otra cosa era la investigación policial que se estuviese llevando a cabo, en cualquier caso, estaba segura de no haber dejado ninguna prueba que la implicara, ni ningún indicio por el cual se la pudiera rastrear.

    —¿Has acabado de leer?, —preguntó Alberto reclamando el diario.

    Cristina se lo devolvió, después cogió sus cosas, le dio un beso a su marido y se despidió marchándose al hospital.

    —Hoy tengo guardia, —dijo ya en la puerta, mintiendo una vez más.

    De camino al hospital sintió una extraña sensación, mezcla entre resarcimiento como venganza y animadversión a sí misma por el atroz crimen que había cometido.

    ¡Ojo por ojo! Se dijo para aliviar su conciencia, pensando que se lo merecía por haberla violado. Pensaba que al deshacerse de uno de sus violadores se encontraría mejor y sus pesadillas desaparecerían, en cambio, no era así como se sentía. ¿Era porque el asesinato no era el camino para tal fin, o porque aún faltaba una pieza para completar el puzle? La segunda opción era la que fue tomando forma durante todo el día mientras operaba.

    Como era muy habitual, se había inventado la guardia, no sabía exactamente para qué. Era ya como una costumbre, aunque no saliese a echar un polvo. Quizás necesitaba ese espacio de reflexión tras haber cometido un terrible crimen. Lo cierto es que aprovechó la ficticia guardia, y por la noche volvió al lugar donde había conocido a sus dos violadores con la intención de tantear el terreno. Entendía que las posibilidades de encontrarse con Jorge eran escasas, pero quería intentarlo.

    El camarero la reconoció al instante. No era una mujer fácil de olvidar. Le preguntó si le ponía lo mismo de la otra vez y Cristina asintió mostrando una tímida sonrisa, sin duda, sabedora de que el mozo sabía que aquella noche ella se había ido con dos de sus clientes a echar un polvo, sin embargo, su discreción profesional le obligaba a ser respetuoso y educado.

    Hubiese querido preguntarle si conocía a los dos bastardos con los que se fue esa noche, pero no quería dejar evidencias para que no la pudiesen rastrear. Pero Cristina no era una criminal profesional, era neurocirujana, de modo que el hecho de presentarse allí era más que suficiente para estar ya dejando un rastro, si es que llegaban a indagar el asesinato con su presencia allí.

    Después de dos gin tonics desistió de su aventura detectivesca y salió del local sin un destino fijo. Deambuló de noche por la calle durante dos horas absorta en pensamientos descabellados e irracionales. Alguien le piropeó haciéndole saber que tenía un polvazo, como si ella no lo supiera. En otras circunstancias, quizás se lo hubiera llevado a la cama, pero sus pensamientos estaban en otras cosas.

    La siguiente semana lo volvió a intentar, pero su suerte no cambió. Recordó que aquel día era miércoles y probó suerte, pero también sin éxito. Fue al tercer miércoles cuando su fortuna cambió. Al entrar, Jorge estaba solo jugando su partida de billar. Él la vio aparecer y la reconoció al instante. Ella también le vio, pero hizo como si no y se dirigió a la barra como era costumbre. El camarero la saludó y le sirvió su gin tonic, después siguió con sus tareas.

    Jorge dejó el taco de billar y se aproximó a ella con su habitual petulancia.

    —Hola Cristina, —saludó mostrando una cínica sonrisa que no le fue devuelta. No se tomó el gin tonic, dejó diez euros en la barra y se fue sin decir nada sabiendo que Jorge iba a ir tras ella. Ya en la calle accionó el mando, el sonido agudo rasgó el silencio de la noche y la puerta del vehículo se abrió.

    —¡Eh!, ¡Eh!, ¡Eh!… ¡Espera!

    —¿No te acuerdas de mí?

    —¿Tú qué crees?

    —¡Vamos, no te enfades!

    —No es exactamente la palabra que yo usaría, —dijo mientras se sentaba y cerraba la puerta.

    —No me digas que no te lo pasaste bien, —manifestó él al tiempo que se sentaba en el asiento del copiloto.

    —Te mentiría si te dijera que no, pero también recuerdo que acabó en violación. No sé si tú te acuerdas de eso, —declaró con sarcasmo.

    —Recuerdo que te hicimos gozar como nadie en tu vida, ¿o me equivoco?

    —No, en absoluto, pero tuvisteis que violarme luego para sentiros más machos. Yo ya no podía más, y eso creo que os lo dejé bien claro, —protestó alterada—. No eres tú sólo el que decide. Yo también tengo voz y voto. No soy ningún trapo.

    —Crees que te violamos, pero no fue así. A veces es necesario cruzar el umbral para seguir avanzando.

    —No me vengas con gilipolleces. Eres un demente. Me violasteis. Llámalo como quieras, eso no cambiará lo que es. ¿Quién eres tú para decidir por mí lo que quiero y lo que no, y para decir lo que es y lo que no es? Una cosa es disfrutar del sexo, y otra muy distinta es que me violes, pedazo de cabrón. Yo también tengo algo que decir.

    —Tú no eres una mojigata que se conforma con dos polvos de su marido a la semana. Eres una tía exigente en la cama, y tu marido no te hace gozar, por eso necesitas que te den caña.

    —Qué sabrás tú… —dijo con firmeza, pero sin convencimiento. Le costaba admitir que esa última frase era cierta. —Una cosa no quita la otra. No puedes tratarme como si fuera un trasto.

    —No. Yo no lo veo así. Una mujer que deja a su marido por la noche y sale en busca de sexo significa que lo que tiene en casa no es suficiente, o no le satisface. ¿Me equivoco? Te digo más, te gusta ser sometida y así me lo demostraste. Más aún, si crees que con tu monótona relación marital eres feliz, ¡estupendo!, pero te digo lo que va a pasar. Ya sabemos que tu marido en la cama es un cero a la izquierda, aunque tú lo sabes mejor que yo.

    —¡Deja a mi marido en paz!, —le advirtió molesta. —Crees saberlo todo de mí. ¿Quién te crees que eres? ¿Mi psiquiatra?

    —Seguro que cree que te hace feliz en la cama y lo que no sabe que a su mujercita le va la marcha y se las come a pares ¿Le dijiste que te violamos o que disfrutaste como una loca con dos pollas a la vez?

    —Eres un hijo de puta.

    —Sí, pero un hijo de puta que te hizo ver las estrellas sin ser astrónomo, —rio—. Tarde o temprano querrás viajar de nuevo al espacio, gatita. Tú necesitas un hombre de verdad que te haga vibrar, y no un oficinista de tres al cuarto. Tu marido no es ese hombre, cariño. No lo niegues. ¿O me equivoco? Si no soy yo, será otro, pero lo que está claro es que, aunque no dejes a tu esposo, buscarás a otro que te dé el placer que precisas. Aunque estés molesta conmigo, dentro de un tiempo recordarás esta conversación y me darás la razón. Eres mucha mujer para el inepto de tu esposo.

    —Posiblemente tengas razón, pero me violaste, pedazo de cabrón. Eso no era necesario. Puede que yo necesite ser sometida, como dices, en cambio, tú necesitas someter, pero lo malo es que no sabes discernir entre la sumisión que va implícita en el juego sexual y la violencia real. Desvirtúas esa sumisión y la conviertes en una imposición en la que necesitas humillarme hasta denigrarme. Intentaste anularme por completo como persona. Me injuriaste y ultrajaste, pero se acabó.

    —¿Entonces, a qué has venido aquí? Si fuera como tú dices, éste sería el último lugar donde querrías tomarte una copa, ¿no te parece?

    El argumento era más que coherente y ella lo sabía.

    —Puedo tomarme una copa donde me dé la gana, —se quejó a falta de un razonamiento mejor.

    —Cierto, pero también sé que llevas rondando por aquí varias semanas y me temo que conozco el motivo.

    —Eres muy perspicaz, aunque quizás te equivoques

    —No creo. Tú también sabes a qué has venido, —dijo presumiendo una vez más de una soberbia desmedida, mientras posaba su mano en la pierna de Cristina.

    —¡Vamos! ¡Dime que no te apetece!, —dijo al mismo tiempo que su mano se adentraba por dentro de su falda hasta alcanzar su coño y un estremecimiento recorrió su columna vertebral en una mezcla de sentimientos.

    —¡Por Dios! Si estás mojada… ¿Ves como eres muy puta, Cristina? No puedes resistirte ante un buen rabo.

    Cristina no contestó y se apresuró a desabrocharle el pantalón para extraer la polla que tanto placer le brindo semanas atrás.

    —¡Vamos, cómetela que te mueres de ganas!, —le ordenó, y Cristina no se hizo de rogar. Cogió el madero de la base con ambas manos, se lo introdujo en la boca y empezó a devorarlo como si hiciese años que no lo hacía. Intentaba con empeño metérselo todo en la boca a sabiendas que era una proeza impracticable. Su excitación aumentó y quiso sentir su virilidad.

    A esas horas no había nadie por la calle, menos aún en el parking donde estaban, por lo que Cristina decidió echar el resto. Se quitó la cazadora, se deshizo de la falda, se bajó las medias y las bragas y se sentó encima del manubrio que le llenó por completo su angustiada raja. Cerró los ojos y suspiró.

    — Eso es, ¡goza! que has estado en dique seco, le exigió, mientras ella brincaba con vehemencia sirviéndose de movimientos pélvicos, conjuntamente con enérgicas contorsiones de caderas en busca de su placer, al mismo tiempo que él cogía sus nalgas y las apretaba. Los cristales del vehículo empezaron a empañarse a causa del vaho causado por las aceleradas respiraciones, de tal manera que desde afuera no podía verse nada, eso sí, si alguien pasaba por allí, de seguro sabría lo que estaba ocurriendo en el interior del coche, puesto que el bamboleo constataba la actividad de su interior.

    — ¡Dame polla!, —pidió entre jadeos Cristina, mientras cabalgaba como una experta amazona.

    — Estoy follándote, zorra, ya no puedo más.

    Cristina anunció entre suspiros que se corría.

    — Eso es. ¡Córrete, puta!

    Los suspiros se convirtieron en alaridos de placer durante el interminable orgasmo. Después se quedó extenuada encima de Jorge sin moverse, sin embargo él seguía moviendo la polla y percutiendo en su interior como un pistón buscando su orgasmo, sin embargo, en esa posición era difícil encontrarlo. Le dio la vuelta, se agarró a sus ancas y se la volvió a meter para seguir follándola por detrás. Una fuerte palmada en una nalga le hizo un poco de daño, y una segunda todavía más fuerte cambió el tono de su piel, tornándola rojiza. Los azotes iban in crescendo, al igual que los embates que Jorge le daba. Por su parte, Cristina quería que acabase pronto y su amante no se hizo de esperar. Le dio la vuelta y puso su polla a la altura de su cara y en tres meneos el semen escapó del glande con la misma rapidez que la lengua de un camaleón alcanzaba su presa. En este caso, la presa era el rostro de la neurocirujana, quien iba recibiendo cada impacto con la misma virulencia que el anterior. El líquido resbaló formando regueros por su cuello hacia sus tetas.

    Después de someterse a sus deseos, toda la credibilidad que podrían haber tenido sus palabras minutos antes se desmoronó, pero le daba igual, nadie mas que ella iba a saberlo.

    Cristina encendió un cigarro sin inhalar el humo, a continuación se lo pasó a Jorge que, satisfecho de su conquista aspiró una profunda bocanada de humo que le hizo escupir el cigarro inmediatamente. Una tos aguda se apoderó de él impidiéndole respirar, y con cada intento de aspirar aire limpio, éste parecía ser cada vez más tóxico. Abrió la puerta y salió del coche a trompicones para respirar el aire fresco de la noche sin entender por qué con cada inhalación le parecía cada vez más nocivo. Cayó de rodillas en busca de un aire que no existía, porque por más que respiraba, el oxígeno no entraba en sus pulmones. Sus ojos aparentaban querer escapársele de las órbitas y buscó con la mirada a Cristina. Estaba allí de pie, impasible, mientras sin poder articular palabra alzó la mano hacia ella pidiendo auxilio. Fue en ese momento cuando Jorge cayó en la cuenta de lo estaba pasando.

    —No puedes respirar. ¿Notas una sensación de ardor en tus pulmones? Es lo que tiene el ácido sulfúrico. Tienes los bronquios gravemente dañados.

    Cristina cogió de la cabeza a Jorge como si estuviese consolándolo ante los últimos estertores, y le dijo impávida, como si la agonía que estaba sufriendo no fuese con ella:

    —¿Todavía crees que necesito que me sometan?, —le preguntó mientras él la miraba con ojos desorbitados sin poder contestar.

    —En fin… Dicen que fumar puede matarte, lo que no dicen es que violar también puede hacerlo.

  • Una noche de chat

    Una noche de chat

    Hola, que tal.

    Hacía tiempo que no escribía por aquí, pero he vuelto para contar lo que le pasó a mi amiga María hace unos días, en una noche loca que nunca olvidará, y que bueno, cuando me lo contó creo que yo tampoco, la verdad que es una historia de lo más peculiar y caliente que acabó muy bien.

    Mi María tiene es esas chicas que, si bien parecen tímidas, luego es de lo más lanzada, con ella nunca te aburres, es especial, tiene un don de gentes que hace que cualquier persona quiera conocerla. Es simpática, extrovertida divertida.

    En el terreno sexual nunca le faltó, desde que se la recuerda siempre tuvo a alguien, aunque no le durasen mucho, el que más le duró fue un joven fotógrafo con el que vivió cerca de 3 años, pero aparte, nadie recuerda verla más de 3 o 4 meses con la misma persona. Pero ahora, que acaba de cumplir los 50, cada vez le gusta más quedarse en casa, hacer pequeñas reuniones de amigas. Muchas noches, las pasa a solas delante del televisor.

    No le presta mucho caso, solo lo escucha de fondo, se dedica más a estar danzando con el móvil, a ver que hacen o dicen otros en redes sociales, sus fotos, relaciones, y mientras repasa de memoria cosas que le han pasado en la vida.

    Cuando llega la noche, en su habitación enciende el portátil, es el único acto antes de dormir, no tiene prisa. Se prepara una buena copa, un vaso grande con mucho hielo, ginebra y tónica de una lata abierta del día anterior. Mientras se lía un cigarrillo, el portátil arranca y mostrando timidez, abre página en privado y entra directamente en una página de chat de sexo.

    Primero entra como invitada, no se atreve a ponerse un nombre, tan solo se dedica a leer, los cometarios de todo tipo que van apareciendo en su pantalla. Casi todo son chicos q se ofrecen, algunos más tímidos y otros más salvajes, de vez en cuando, alguna chica que busca relato. Y María piensa, eso es, quiero un relato.

    Por fin se decide, y pincha en cambiar nombre… “madurita_relato”

    Comienzan a saltar privados, así todos con un hola, o hola madurita, algunos más atrevidos, tipo de sí que está cachonda, otro dice que la tiene dura que la tiene que, si le ayudo a masturbarse, hasta que uno llama su atención, uno llamado, “jovencitoxmadurita”, que se presenta con una frase que le llega directa.

    – ¿Qué harías si estuviera delante de ti, desnudo, con la polla en la mano?

    – Bueno, no sé, no me esperaba una pregunta así.

    – ¿Qué años tienes?, le pregunta.

    – 19, ¿te gusta amor?

    A María se le dibuja una sonrisa, y más cuando el chico, empieza a describirse. Moreno, pelo corto con barbita, algún pendiente, ojos verdes, es alto, mide 1.88, 80 k, por lo que parece que está en buena forma.

    Pasan unos poco minutos, ella no hace más que leer lo que le han dejado escrito, lo lee repetidas veces intentando pensar cual sería la respuesta.

    -¿Hola? ¿Estás? ¿Te has asustado?

    -Perdona, la verdad es que estaba leyendo esto que has puesto, y no sabía que responder.

    -Es fácil, solo déjate llevar y dime qué harías. Yo estoy de pie, delante de ti, completamente desnudo y con mi polla dura en la mano.

    -Mirar, observar. Eso haría.

    -Miras con deseo, con lujuria, ¿quizás asustada?

    María da un buen trago al copazo que se puso, y de seguido responde. Siente la necesidad de soltarse, de decir lo primero que le pasa por la cabeza.

    -Creo que me acercaría, aproximando la mano a medida que me apego a ti y dejándola posar sobre ese miembro.

    -Así me gusta zorrita, le respondió el chico. Agárrala fuerte y pajéame mientras me ofreces tu lengua.

    En ese momento, María se llevó una de sus manos a su entrepierna y de percató de que estaba empapadísima, en solo diez minutos que lleva de chat con aquél joven, le habían calentado como nunca recordaba, sintió como sus braguitas se mojaban, sintió como sus dedos se deslizaban suavemente y vaya si estaba mojada, al retirarlos un hilito salió entre sus dedos y el coño.

    -Vamos zorra, ponte de rodillas y chúpamela.

    Cuando leyó eso, el subconsciente le hizo llevarse un dedo a la boca. Lo chupó de la forma más sensual que pueda imaginar, abrió la boca y jugó con la punta de la lengua sobre el dedo, saboreó los juguitos que le habían salido.

    -Sí, me pongo de rodillas, delate tuya, me agarras del pelo y siento tu polla entre mis labios, puedo notar como se hincha el capullo, y haces porque entre dentro.

    -Ahora lo succiono, mirándote a los ojos. Ves como tu polla desaparece lentamente entre mis labios para llegar a lo más profundo de mi garganta.

    -Así puta, chúpala. Ummm… que delicia,

    -Te agarro del pelo y hago que te entre entera, te dan arcadas.

    Ahí fue donde María se percató de que las caricias que se hacía sobre su coñito, habían pasado a ser masturbación, se estaba rozando el clítoris con la yema del dedo, alternado con meterse dos dedos dentro y moviéndolos con ritmo.

    Estaba jadeando.

    -¿De dónde eres zorra?

    Con las manos impregnadas de sus jugos, escribió.

    -Madrid.

    -Ummm. Lame los huevos, no pares, chúpalos bien.

    -Yo también.

    Por un momento María se quedó un tanto pensativa, el chico le está describiendo como se la chupaba y al mismo tiempo pregunta de dónde era. Era como si llevase dos conversaciones a la vez.

    -Vivo en la zona centro, dijo María.

    Y siguió escribiendo.

    -Ummm. Siento tu polla palpitar entre mis labios, siento como se hinchan las venas. Me garras del pelo haciendo que acelere, ahora mi cabeza se mueve al ritmo que tu marcas. Por la comisura de los labios, siento como cae una mezcla de babas y jugos caen sobre mis tetas y me lo restriego. Me lo paso por mis tetas, bajo mi mano al coño a tocarme mientras sigo comiéndote la polla.

    -Ah. Grito de placer, mi polla está a punto de reventar, masajéame los huevos mientras me corro en tu boca.

    -Asiii. Ahhh suelto lechazos, descargo el semen sobre tu boca, tu cara, me la sigues chupando, siii, no pares, salen más chorros, estás impregnada de mi semen.

    -¿De qué parte de Madrid?

    -Centro, respondió María

    -Anda mira, que casualidad, yo también.

    -A ver si vamos a ser vecinos

    -Jajaja. ¿Te imaginas?, iría a follarte cada vez que me lo pidieses.

    -Pero oye, ¿te has corrido de verdad?

    -Sí, claro, aquí tengo la corrida encima de mi abdomen, la he dejado caer. Me has puesto tan cachondo. Como la chupes así en realidad, ufff, que diosa.

    -Pero ahora voy a por ti, no te preocupes, ahora voy a hacer que te corras muy rico, porque te estabas tocando, ¿verdad?

    -Sí, la verdad es que si, estaba con dos deditos jugando.

    -Sigue metiéndolos, nota la humedad que tienes, siéntelos.

    -Imagina que soy yo, que separo tus muslos y acerco la cabeza, poniendo los labios sobre tu coñito. Saco la lengua y paso la puntita, si despacito, haciendo que des un sobre salto.

    -Ummm, siii, siento tu aliento, tu lengua. Te acaricio el pelo mientras lames mi coño.

    – ¿No vivirás en la calle del comercio?

    En aquel momento, María se quedó de lo más sorprendida, casi sintió como se le paraba el corazón, es mi calle, joder es mi calle. Dijo con un tono de cierto miedo. Pero, ¿cómo va a conocerme?, de qué? se preguntó, dejó sus manos quietas separándolas de su entrepierna.

    -Porque yo vivo ahí. Dijo él.

    Por un momento se quedó más tranquila, sólo es una coincidencia, como va a saber dónde vivo, se respondió a sí misma. Sintiéndose de repente muchísimo más aliviada, estaba chateando con alguien que resultaría ser un vecino. O casi.

    El chico siguió escribiendo como si nada.

    -Te doy la vuelta, de un rápido movimiento te pongo a 4. Agacha la cabeza. Así, muy bien, puedo ver tu coño palpitando y como mueves tu culo, te contoneas, hasta que pongo las manos encima, separo las nalgas y paso la lengua.

    -La paso lentamente de arriba a abajo, ahora de abajo arriba, repetidas veces, lamiéndote tu coño desde atrás, subiendo hasta llegar a tu ano.

    -Comienzo a meter la lengua dentro de tu coño, al mismo tiempo, meto dos dedos. Los muevo dentro rápido, por fuera lento, acariciando.

    -Uno de dos dedos, choca contra tu culo, y siento como relajas de inmediato, paso la lengua para darte más placer mientras que empujo el dedo.

    -Siii, grita María, siento como me metes a la vez un dedo en el coño y otro en el culo, mientras sigues lamiendo, jodeeer. Me estás poniendo a mil, si sigues así harás q me corras como una perra.

    A esas alturas, María ya se masturbaba fuerte, metiéndose hasta 3 dedos, acariciando el clítoris, estirando de los pezones, estaba totalmente entregada a aquel polvo virtual. Realmente, lo estaba viviendo.

    Sus jadeos los trasmitía al chat, estaba cerca de correrse y así se lo hacía saber, ella se imaginaba en esa postura, a 4 patas, con el culo en pompa siendo comida por todo un experto.

    -siii, me corro, dios, asi asi… jodeeer, destrózame joder, me corrooo.

    -No paro de chupar, de meterte los dedos, de pasar la lengua, quiero que sigas corriéndote, más y más, que tus orgasmos se sucedan hasta que te mees de gusto.

    María comenzó a correrse, estaba teniendo un orgasmo de lo más salvaje, sus piernas temblaban, realmente estaba como si se hubiera corrido en la cara de aquel chico. Sus piernas todavía con espasmos.

    Permaneció durante unos segundos exhausta, sin aliento, con el coño todavía palpitando, impregnado de jugos, recostada en la silla, totalmente abierta de piernas.

    Cogió la copa, dio un buen trago y se puso de nuevo al chat.

    -Comercio, yo también vivo ahí

    -¿A sí? Qué casualidad, no me digas, jajaja. A ver si vas a ser mi vecina y tengo que ir ahora mismo a apagar ese incendio que tienes entre las piernas. Creo que estábamos predestinados a conocernos, y te lo voy a preguntar.

    -Tú dirás, qué quieres preguntar.

    -¿Quieres que vaya a follarte ahora mismo?

    -¿Ahora?

    Respondió rápido María, quizás demasiado.

    -Sí, por qué no.

    -uff, no sé. Esto no estaba en mis planes, ni mucho menos que un total desconocido, que podría ser de cualquier parte del mundo, que seamos casi vecinos. Me he quedado muerta. Todavía estoy asimilándolo.

    -No sé, déjame pensarlo, ahora mismo, solo puedo decir que me has dejado con las piernas temblando, he tenido una buena corrida y si sumo esto de que puede que seas mi vecino, mi cabeza explota.

    -Te lo vas pensar, eso es que hay alguna posibilidad, jajaja.

    – ¿Sabes qué? Que por qué no.

    -Oleee, dame datos y voy ya, no tardo nada.

    María le pasó los datos, que eran dos manzanas más abajo, y prácticamente no le dio tiempo a preparar nada, a estirar un poco las sábanas de su alcoba y poco más, en seguida, sonó el telefonillo, el chico, ya estaba en el portal.

    María abre sin preguntar, solo le da a la tecla de apertura y de fondo, en el silencio de la noche escucha como se abre. Solo está con unas braguitas y un top de tirantes, junto a la puerta esperando a escuchar muy cercanos los pasos y abrir antes de que sonase la puerta, quería también evitar que cualquier vecino escuchase sus escarceos.

    Oía como se acercaban los pasos, apagó la luz de la entrada y en cuanto sintió que los pasos se detenían, abrió la puerta dejándola entreabierta.

    La mano del chico la empuja lentamente, haciéndose camino para entrar, ella detrás esperando a que pase, y en ese momento, ya dentro él, cierra la puerta, enciende de nuevo la luz, y se muestra ante él.

    El chico se acerca y se besan de inmediato. Abren sus bocas y sus lenguas se buscan desesperadamente, se entrelazan mientras sus manos se acarician. Ella le recorre la espalda, clavando sus dedos. Él agarra su cintura, bajando las manos para clavar los dedos en su culo. Abren sus bocas besándose las lenguas.

    María, sin dejar de besarse dio unos pasos para atrás, dirigiendo el camino hacia su alcoba. Él la quita el top, casi arrancándolo, y la lanza sobre la cama, se la queda observando entre la oscuridad, entonces María, enciende las luces led del cabecero, en color azul oscuro. Él se pone a sus pies y comenzó a gatear hacia ella, la quita las bragas y comenzó a recorrer los muslos con la lengua.

    Fue subiendo, despacio, hasta llegar a su coño, comenzó a lamerlo, a pasar la lengua, igual que no hacía mucho se lo había descrito. Pero esta vez era real, María estaba agarrándose a las sabanas fuertemente, ese chico le estaba comiendo el coño mientras le metía dos dedos.

    Gemía y gemía, le caía sudor por la frente, el chico se reincorporó, se puso de pie y se desnudó delante de ella, quedándose totalmente desnudo con la polla en la mano.

    Ella, con una sonrisa de lo más pícara, le dice: -Esto me recuerda a la primera frase cuando nos conocimos en el chat. Que me preguntaste: Qué harías si estuviera delante de ti, desnudo, con la polla en la mano?

    Los dos se rieron y María comenzó a chuparle la polla mientras estaba sentada en la cama. Luego, tuvieron mucho sexo, de todas las posturas, en todos los lados de la casa. Sexo oral, anal. Y así estuvieron hasta que amaneció, se quedaron fundidos en un abrazo, desnudos, agotados, impregnados de sexo.

    Ahora creo que este chico, que se llama Leo, por cierto. Le visita un par de días a la semana, María luce espléndida.

    Amy

  • Como conseguí coger con mi papá (Parte 2)

    Como conseguí coger con mi papá (Parte 2)

    Hola de nuevo, continuando con mi relato anterior, me quedé ahí parado con mi padre metiéndome mano y dedo en mi culo, sin poder responder a nada; solo estático con muchas preguntas en mi mente, sin mas ni nada escuche que se desabrochaba el cinturón, ahí supe que no había retroceso, era ahora de hacerlo, yo miraba a todos lados para ver si no había algún mirón, y en eso comencé a desnudarme, el solo me preguntaba cosas, como si ya lo había hecho antes con hombres, o porque lo hacía y todo eso, le dije que me gustaba hacerlo por curiosidad mas que nada, el solo se quedó sentado mientras se jalaba la reata, entonces me hinque frente a él y empecé a meterme su verga a la boca, no sabría si le haría familiar mi rostro, una sensación inundó mi cuerpo, era algo que nunca había pensado que haría, la sola idea de que me cogiera mi propio padre, era algo, indescriptible, me recorría un miedo pero a la vez se sentía genial no se porque, el morbo que me provocaba quizás.

    Su verga estaba rica, tenía un sabor peculiar, podía ser tal vez el sudor de todo su trabajo, el me acariciaba la cabeza y me hacía atragantarme su animal, escupía saliva a su verga mientras tomaba un poco para irme introduciendo los dedos y que resbalara, como iba solo a ver si me topaba a mi papá no llevaba condones por lo que resultaba un problema en ese momento, si pensé en decirle que quería hacerlo con protección, pero en el calor del momento no me importo, en eso que la estaba jalando me sorprendió porque se vino casi de inmediato, llevaba a lo mucho 8 minutos haciéndole una puñeta y en eso se descargó en mi mano; tal vez era yo muy bueno haciendo eso o era eyaculador precoz, como sea, le dije que si continuábamos después y el aceptó, le di mi numero por si acaso el quería comunicarse y estar en contacto, obvio la primera impresión no fue mucho de mi agrado pero que mas podía hacer, para muchos hombres cuando eyaculamos lo que viene a continuación es un momento de no tener ganas de más, su verga se puso flácida y de ahí en mas ya no pudimos concretar el incesto como tal.

    Luego de dos días, no podía dejar de pensar en el momento que pasó en el camión, la sola escena en sí me provocaba excitación pero al mismo tiempo una sensación de vacío; como de que pedo, o sea que esta paso conmigo, yo no quería una relación con mi padre así, ni siquiera quería conocerlo pero al final pudo mas el morbo. Esa noche me llegó un whatsapp de mi papá, me preguntó que como estaba, que se la había pasado bien y quería que nos viéramos de nuevo; en ese momento planeaba decirle que era su hijo al fin y al cabo que no sabría donde vivía y no sería problema pero cabía la posibilidad que dejara pasar la oportunidad de coger con mi papá así que no le dije nada, solo que si, estaba bien que nos viéramos de nuevo.

    Me citó en mismo lugar, y de ahí nos fuimos a un rancho cercano, pues ahí tenía otra casa, llegamos, tomamos algo de beber, y nos pusimos a platicar, yo no dije mucho de mi vida, salvo que me había cogido de niño y eso, él me dijo que tenía 54, se había casado por segunda ocasión, que había ido a EU para mejorar su vía económica, y que regreso porque no encontró oportunidad; vino se juntó con su segunda esposa y tuvo dos hijos, por lo que tengo una media hermana y un medio hermano, luego de eso, me armé de valor y le dije quién era al fin; mis palabras exactas fueron: «mira, te tengo que decir la verdad porque no puedo con esto más, yo soy tu hijo, y pues no sé qué pienses tu». Le conté quien era mi mamá, él la supo reconocer, a mi me dio miedo en ese momento, dije en mi mente, chin ya la cagué; él se puso a hacer mas preguntas pero sin regañarme, sin reprenderme porque había hecho lo que hice ese día, le dije toda la verdad del asunto, y que no podía dejar de pensar en la situación que estaba viviendo, yo no le reproche nada de su abandono, obvio sabía que mi mamá se había metido con un casado, que podía decir. Le hice ver que lo que hacía era incorrecto pero que de cierta forma no importaba porque no lo quería, no quería que me mantuviera, no esperaba cariño de cierta forma, simplemente una cogida más, ¿porque no?

    Nos quedamos en silencio unos minutos, cuando en eso, me agacho para desabrochar su pantalón, le dije en tono burlón, «ándale papi, dale a tu hijo lo que quiere», en eso aparto las manos y dejo que continuara, saqué su herramienta morena, de unos 18 cm, cabezona, lleno de vello en sus huevos, y empecé a chupar con esmero, la sensación de morbo invadió mi cuerpo, lo estaba haciendo de nuevo, yo solo lo veía y notaba que su mirada era de que esto estaba mal pero se sentía tan bien. Continué así unos minutos hasta que decido desvestirme por completo, mi papá solo se quitó el pantalón, y ahí en el sillón me subí encima de él, no me importaba si no traía condón, de repente comencé a cabalgar esa verga como solo yo sabía hacerlo, de un momento para otro él tomaba mis nalgas y las hacia rebotar con sus piernas, me cogía con fuerza, en ratos le decía si ya se había venido; después del último «problema» que tuvo no quería accidentes, él se limitaba a decirme que si esto me gustaba, yo solo gemía y le decía que si, que me encantaba.

    Pasamos a la cama y ahí continuamos cogiendo un buen rato, me sorprendió el tiempo que duramos haciéndolo, yo todavía no podía venirme por lo que puse una almohada en el suelo cerca de la cama y ahí repose mi cabeza con mis nalgas hacia arriba para que mi papá se sentara y me cogiera en esa posición, mientras yo me la jalaba hasta que de repente me vine en mi boca, mi papá no daba crédito a lo que veía, en eso me dice: «me saliste goloso mijo». Me cogía con fuerza cada que podía, pero con suavidad tomaba mis nalgas y las apretaba, las manoseaba, luego me dijo que me los iba a echar adentro, le dije que si; sus embestidas se hacían lentas, hasta que en eso siento calientito dentro de mi, sus chorros invaden mi cavidad anal, la sensación y el morbo hicieron el momento perfecto, me quede recostado boca abajo y en eso le digo que vaya por una cuchara para tomarme sus hijos, fue de inmediato, y en eso pongo mi pecho en la cama con el culo en la esquina de la cama para presionar para que saliera su semen directo a la cuchara, cae un poco al suelo pero lo suficiente en la cuchara, y en eso me lo da de comer como si se tratara de una escena paternal cuando te dan de comer con el avioncito, mi excitación estaba a mil.

    Mi papá no lo podía creer, se sentó a mi lado y puso su brazo encima de mis hombros como orgulloso tal vez, yo lamía la cuchara hasta dejarla limpia, me baje ahí mismo sin dejar de estar sentado y continué chupando su pito para sacarle hasta la última gota, mi padre solo gemía, le gustaba la sensación, temblaba, yo sin poder creer lo que había hecho, un pregunta quedaba en mi mente, ¿aceptará lo hago o lo decepcionara? lo descubrí en ese momento, le pregunté: ¿qué te pareció? a lo que respondió que estuvo chingón, no sabía que te gustaba la acción de ese modo; me reí, le dije que si estaba bien que lo siguiéramos haciendo en ocasiones, a lo que respondió que no había ningún problema, no había pedos en que yo fuera de ese modo, obvio le dije que es como siempre curiosidad pero que aun así que gustaban las mujeres, que a lo mucho era bisexual. Quedamos se seguir frecuentando esa casa, pues casi siempre está vacía, y aquí sería nuestro nidito de sexo y locura, luego de eso seguimos platicando un poco mas cerca sobre todo, habíamos logrado crear un vínculo padre-hijo con el incesto de por medio.

    En los días consiguientes podía dormir con facilidad sabiendo que ya había encontrado a mi padre y que la cogida que me dio fue de aceptación y que sin duda alguna podía contar con él para «desahogarme».

    Como siempre pueden mandar su mensaje a mi Telegram: @Km4zh0.