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  • La señora Isabel

    La señora Isabel

    Hola, soy Mariano, tengo 45 años, divorciado, vivo con mis hijas, os voy a relatar cómo ha cambiado mi vida de una forma inesperada sin proponérmelo, con Isabel.

    La señora Isabel es una vecina viuda de 65 años, por su forma de ser y vestir nada que me atrajera mi atención, callada con pocas relaciones con los vecinos, no tenía más relación que el saludo protocolario si nos encontrábamos por las escaleras, vivía con un hijo soltero tan parado o más que su madre, nada hacía presagiar lo que más adelante ocurriría.

    Todo comenzó de una forma casual, ella tenía la costumbre de salir a pasear todos los días a primera hora de la mañana, igual que yo, casi nunca coincidimos, hasta que cambie de ruta y empezamos a encontrarnos muy a menudo, los primeros días tan solo eran saludos sin más y cada uno a su marcha, poco a poco ya empezamos con pequeñas conversaciones y la empecé a verla más abierta, como vivimos en la misma casa, le propuse quedar a una hora para ir a caminar juntos, me dijo que se lo pensaría y ahí se quedó la cosa. Esa misma noche llamo al telefonillo para decirme a la hora que saldría a pasear.

    A la mañana siguiente, la esperé en la puerta de la casa, cuál fue mi sorpresa que al salir me dio dos besos en la mejilla, me sorprendió tanto que no supe reaccionar, durante el paseo no paró de hablar, de su vida de sus hijos y de lo sola que estaba y que se sentía, ahí comenzó a pasarme por la cabeza la idea de ayudarla a salir de esa situación, empecé a fijarme más en su cuerpo en sus enormes tetas y su hermoso culo que tenía, que ella disimulaba con amplios vestidos. Los días iban transcurriendo y cada íbamos teniendo más confianza el uno con el otro, le comenté lo de su forma de vestir, la sorpresa vino unos días después cuando apareció con un chándal ajustado, ese día los besos en las mejillas se los di yo lleno de deseo, nuestras conversaciones se hicieron cada vez más íntimas, me confesó que se matrimonio fue un desastre , su marido se limitaba a penetrarla, ella abría las piernas y cuando él terminaba rápidamente se daba la vuelta y a dormir, rutina que se repetía muy de vez en cuando, no sabía lo que era una caricia y mucho menos lo que era un orgasmo, nunca le habido sido infiel y que no había tenido ninguna relación más.

    Le tomé las manos y le di un beso en los labios, ella me apretó las manos y se puso a llorar, me confesó que era la primera vez que sentía algo especial y que no sabía nada del sexo, además que su hijo vivía con ella y casi nunca salía de casa. Los siguientes paseos ya fueron diferentes, poco a poco cuando estábamos alejados de la casa nos cogíamos de las manos, las miradas eran distintas, comenzamos con alguno que otro beso cada vez con más deseo, le enseñé a usar la lengua y cada vez eran más profundos, acariciaba sus tetas y su culo por encima de la ropa y me confesó que llegaba a casa mojada.

    Los dos teníamos unas ganas locas de follar pero quería que fuera en su casa, que se sentiría más cómoda, así que comenzamos a pensar la forma deshacernos de su hijo, tuvimos la suerte que una de sus hijas se iba con su familia a la playa y se fue con ellos.

    Llegó el día tan esperado, al subir a su casa el corazón me latía a cien por hora y mi pija comenzaba a despertarse, me abrió la puerta rápidamente para que ningún vecino me viera, llevaba un albornoz nada sexi, cerrado casi hasta el cuello, la verdad que casi me quita todas las ganas, pero me dio su primer beso y la cosa cambió, había sido buena alumna y su lengua la metió hasta la casi la campanilla, la abracé fuerte y mis manos en sus nalgas, comencé a besarle suavemente el cuello, las orejas y se fue relajando un poco y comenzaron los suspiros, estaba muy nerviosa y no sabía qué hacer, así que se dejó hacer.

    Nos fuimos al salón había preparado café, entre sorbo y sorbo miradas y abrazos, para quitar tensión comenzamos hablar de lo guapa que estaba, se había maquillado, me dijo que había dormido muy poco y que estaba muy nerviosa, la besé suavemente y comencé susurrarle en oído y chuparle el óvulo de la oreja a acariciarla por encima, ella me abrazaba torpemente , cuando estaba más relajada comenzó a sentir calor le ayudé a desabrochar poco a poco el albornoz, de repente aparecieron sus enormes tetas con sus pezones pidiendo guerra, los besé por encima del sujetador mientras mis manos iban bajando hasta encontrar sus bragas que ya estaban un poco húmedas. Ella con los ojos cerrados cada vez suspiraba más fuerte.

    Le quité el albornoz y la dejé en sujetador y en bragas, intentó desnudarme con poca fortuna y al rozarme el pene notó que ya mi pene estaba erecto, me termine de desnudar y cuando lo vio puso una cara de asombro, nunca había visto otra más que la de su marido y que la mía era más grande y gorda, me pregunto que si lo podía tocar y la acarició suavemente con temor

    La tomé de la mano y nos fuimos al dormitorio ella con mi pene en la mano y yo en su culo, la desnudé y ella instintivamente puso sus manos en su peludo coño, de nuevo me pidió perdón porque todo esto era nuevo para ella. Le quite las manos y pase mi lengua por su raja, era abultada, al sentirla tuvo un sobresalto y un gemido porque nunca le habían lamido su coño, la tranquilicé y puse encima de la cama y comencé a chuparle sus tetas y mordía suavemente sus pezones que creían cada vez más, ella se dejaba hacer solo gemía, poco a poco fui bajando hasta llegar de nuevo a su raja, le abrí las piernas para que me manejara mejor, y mi lengua comenzó besar sus muslos sus labios vaginales y a buscar su clítoris hasta que me encontré con el botoncito bien duro al que ataqué sin compasión, cada vez notaba más humedad en su cuevecita, y mis manos seguían jugando con sus pezones, pasó un buen rato hasta que comenzaron las convulsiones y un grito que casi me asusta cuando noté como se venía, toda la boca llena de sus líquidos, era su primer orgasmo.

    Salí de su coño y la bese en la boca, me abrazó hasta casi dejarme sin respiración y unas lágrimas llenaron su cara, estaba casi desencajada y a la vez sus ojos brillantes, me dijo: me has hecho mujer

    Yo le contesté

    Esto solo ha hecho más que empezar lo bueno comienza ahora

    Nos abrazamos de nuevo y tomo mi pija y la comenzó acariciar me confeso que no se la había tocado a nadie, ni a su marido, era hora de enseñarle, al principio la hacía con miedo pero poco a poco se iba soltando y más como veía que iba creciendo, si no había tocado ninguna pija menos la habría chupado pensé así que con delicadeza, le insinué que si me la quería mamar, al principio no lo tenía nada claro, primero pasó su lengua despacito, después unos besos en el capullo hasta que por fin se la metió en la boca, era torpe pero yo le animaba, tenía miedo a tragarse toda mi lechecita, con mi polla casi a punto volvimos a besarnos y a comerle sus tetas pezones incluidos y mis dedos jugando en su rajita cuando me dijo:

    -Métemela que quiero ser tuya

    Puse mi pija en su rajita y empecé a recórrela, abrió sus piernas y las puso mi espalda, me aviso que despacio que hacía mucho tiempo que nadie se la había penetrado, le metí el capullo y noté lo que me había dicho, así que poco a poco se la metía un poquito más, gemía, suspiraba hasta que estuvo toda dentro y me paré para que su coño se adaptara, mientras le seguía comiendo sus pezones, al rato comenzó a mover el culo como queriendo más, y comencé un mete y saca al principio despacio y dándole cada vez rapidez ya se la podía meter y sacar sin apenas dificultad, se movía jadeaba apretaba con sus rodillas, con sus manos en mis caderas, pare un momento y le hice poner encima para que ella se metiera mi verga y comenzamos a cabalgar ya sin inhibición metiéndosela toda hasta que grito

    – Me vengo, me vengo, sigue así métemela toda hasta los huevos, quiero tu leche dentro de mí.

    Estaba fuera de sí, todas esas sensaciones eran nuevas para ella, yo también a punto de explotar así que aceleré mis penetraciones hasta que la llene con mi semen, su chocho era una mezcla de jugos suyos y míos, los lamí y se los di a probar, cosa que le gustó. Estaba exuberante relajaba y feliz, por fin había sabido y sentido lo que es tener sexo.

    Los dos en la cama relajaditos abrazados, cuando me dijo lo feliz que se sentía que era una mujer nueva y me volvió a besar.

  • La promiscua

    La promiscua

    No lo puedo remediar, soy muy promiscua. Lo fui en mi juventud cuando empezaba a salir de marcha con mis amigos y cada vez me tiraba a alguien diferente. En aquella época tuve todo tipo de amantes.

    Recuerdo haber estado con un casado 10 años mayor que yo entonces, con el dueño del bar donde solíamos acabar, con un chico que conocí en una excursión en COU. Incluso recuerdo haber desvirgado a un par de chicos. Tíos con pollas grandes, pequeñas, normales, gordas, finas, eyaculadores precoces y auténticos sementales… Con ese currículum ya me dirán…

    Con 30 decidí sentar la cabeza. Me gustó un chico, amigo de mi mejor amiga. No estaba nada mal. Guapo, buen cuerpo, educado, y según decía poco dado a los rollos de una noche. Tengo que confesar que me encoñé del tipo. De eso ha pasado 8 años y ahora somos pareja y padres de un niño de 3.

    Pero desde hace 2 mi espíritu promiscuo ha vuelto a salir. Me es inevitable coquetear con otros tíos, siempre con cuidado de que Ángel, mi marido no sé de cuenta. Y es que él está totalmente ciego de amor por mi. Me tiene en un pedestal y no concibe que le pueda ser infiel. Pero reconozco que pasado el encoñamiento inicial mi pasión por él se apagó. Siempre le vía como un buen padre pero a nivel sexual siempre me ha ido otro tipo de hombre…

    Siempre he estado convencida de que la monogamia es una cuestión cultural antinatural. El ser humano se siente atraído por más de una pareja. Hay quien puede controlarlo y vivir siendo fiel, y otros, como es mi caso, en que se nos hace imposible. Llega un momento en que tenemos que salir a buscar algo diferente que nos permita seguir adelante.

    Esa es la explicación de lo que pasó aquella noche. Habíamos salido a cenar, mi marido, yo y una amiga… muy parecida a mí… Tras la cena acabamos en un bar de copas bailando.

    Durante una hora mi amiga Sandra había estado calibrando al personal masculino. Y en eso crucé mi mirada con un tipo al que conocía de vista. Hacía tiempo que nos mirábamos cuando nos cruzábamos. El tío era bombero, con todo lo que eso supone. Alto, fuerte y con un cuerpo de escándalo. Metido en la treintena tendría cinco años menos que yo. Junto a él un colega también de cuerpo anabolizado en un gimnasio.

    Mientras hablábamos Sandra, Ángel y yo, me las apañé para hacerle señas a mi amiga sin que mi marido se enterase. Ella lo captó enseguida. Desde ese momento comenzamos el coqueteo. Los dos tipos se fueron acercando a nosotros. No era nada extraño dado que Ángel también les conocía de vista. Una noche de alcohol es fácil entablar conversación con algún conocido con el que normalmente no hablas.

    Reconozco que hay quien puede verme como una mala persona pero estaba disfrutando del coqueteo con aquel tío sin que mi marido se diera ni cuenta. Aprovechando que Ángel fue al servicio, Sandra y yo quedamos con aquellos dos amigos para una hora después. Me las apañaría para deshacerme de mi marido.

    A la vuelta del servicio, los dos tipos se habían largado

    Sandra y yo nos pedimos otra copa y nos fuimos a la pista a bailar. Yo sabía que a Ángel no le gustaba bailar y antes o después se aburriría. Volví un momento a la barra donde estaba solo:

    -Esta quiere quedarse y yo estoy cansada, pero me ha pedido que la acompañe un rato más… ¿Si quieres vete tú y yo voy en un rato…?

    -Pues la verdad es que no me entra ni una gota más de alcohol. Así que te tomo la palabra y me voy a casa. Te espero allí.

    Nos dimos un «pico» y se largó. Yo volví a la pista con Sandra mientras Ángel abandonaba el local en dirección a nuestra casa. Ahora teníamos el campo libre. Busqué a los dos amigos con la mirada y con un leve movimiento de cabeza les hice saber que ya estábamos solas.

    Los tipos, Alfonso (el bombero) y Josemari (su amigo), llegaron hasta donde estábamos nosotras bailando y se nos unieron. Después de un rato de baile, con roces e incluso algún «pico» nos fuimos a la barra a por otra ronda. Pero el bombero tuvo la idea perfecta:

    -¿Y si nos tomamos la siguiente en mi casa?

    Por supuesto, ninguna nos opusimos. Al revés, era la mejor forma de romper el hielo. Nos metimos en su AUDI A3 y callejeamos un par de manzanas hasta una pequeña urbanización de chalets adosados. Entre risas producto del alcohol y el calentón, entramos en la vivienda del bombero. He de decir que las que estábamos pecando éramos las chicas, ya que ambas estábamos emparejadas. Sandra llevaba un año saliendo con un chico de otra ciudad, en mi caso llevaba diez con Ángel. Pero estos dos amigos no lo estaban. Alfonso estaba divorciado y Josemari lo había dejado hacía unos meses con su última chica. Ellos aprovechaban su soltería para picar de flor en flor. Y esta noche habían enganchado a dos puretas de armas tomar sin demasiados escrúpulos.

    Prácticamente sin darme cuenta me encontré sentada a los pies de la cama de Alfonso comiéndole la polla. No tenía un pollón de actor porno, ni mucho menos. Tampoco era más grande que la de mi marido. Era una polla estándar que me daba mucho morbo. Otra cosa era su cuerpo esculpido en mármol. No dudé en recorrer con mis manos su abdomen totalmente marcado con una tableta de chocolate que yo solo había visto en televisión. Tenía el cuerpo más perfecto que podía imaginar. Hombros anchos. Pectorales voluminosos. Abdominales perfectamente definidos. Bíceps de inabarcables y marcados por un tatuaje a modo de brazalete.

    El tipo me marcaba el ritmo de la mamada mientras resoplaba de gusto y me definía de manera morbosa:

    -Joder, vaya guarra comepollas que eres…

    Al oír esto, yo me empleaba a fondo, engullendo su polla entera antes de dejarla salir lentamente mirándole a los ojos. Sentía como se me empapaba el coño con mis propios jugos. Mis tetas se movían al ritmo que marcaba mi cabeza a lo largo del rabo del bombero. Mis pezones puntiagudos y rosados se retorcían sobre sí mismos por la excitación.

    Antes de correrse, Alfonso me ordenó parar. Las babas quedaron pendiendo desde su capullo hasta mis labios. El tipo me hizo tirarme boca arriba y apoyando los pies sobre el colchón en una postura que me exponía bastante. Luego se arrodilló en el suelo y llevó su cabeza a mi entrepierna. Su lengua de fuego comenzó a pasear desde mi ano hasta mi clítoris. Separando los labios vaginales, apenas cubierto por una fina tira de vellos, y hurgando en cada pliegue interior. Cada vez que roza a mi clítoris con la punta de lengua un escalofrío recorría mi columna y estallaba en un punto indeterminado de mi cerebro:

    -Come, joder. Qué boca tienes cabrón. -Me había desatado. Con las piernas abiertas me agarré a la cabeza de mi amante y me dispuse a disfrutar de una buena comida de coño.

    Comencé a oír los gritos de Sandra llegando a un orgasmo y me puse mucho más cachonda. El bombero se incorporó y se colocó sobre mí. Nos buscamos las bocas para entrelazar las lenguas en un apasionado beso. De un golpe de cadera me incrustó la polla en mi vagina abundantemente lubricada. Yo trataba de abarcar el inmenso cuerpo de Alfonso. Estaba duro, fibrado, empapado en sudor. Clavé mis uñas en sus hombros antes de descender por su cuerpo y llegar a su culo apretado y palmearle varias veces. Le alentaba a que me diera más fuerte. También le clave las uñas en los glúteos.

    En mi vida me había follado un cuerpo como aquel. Ninguno de mis amantes tenían aquel físico espectacular. Pese a mi currículum, esta era una carencia que se saludaba hoy. Alfonso se levantó y me volteó sin esfuerzo hasta colocarme a cuatro patas. Agarrado a mis caderas me penetró fuerte y profundo arrancado me un grito de placer. Con la cabeza en el colchón y apretando las sábanas con mis manos me dispuse a ser follada de manera salvaje por aquella fuerza de la naturaleza. Mi cabeza daba vueltas. La imagen de mi marido abandonando el bar de copas, el coqueteo con este tipo, su cuerpo perfecto, todo se amontonó en mi cabeza cuando le oí bufar, su cuerpo se tensó ye di cuenta que se iba a correr e iba a rellenar el coño con su leche caliente.

    Un leve roce de mis dedos sobre mí palpitante clítoris unido al calor de sus chorros de lefa en mi útero fue el detonante de mi orgasmo. El bombero me había llevado a mi segundo orgasmo de la noche. Su leche inundaba mi vagina y se salía con los últimos puntazos. Caí derrengada sobre el colchón mientras él lo hizo boca arriba a mi lado:

    -Cabrón, que polvazo me has echado… -acerté a decirle con la boca seca.

    Con mucho trabajo me logré poner de pie, me temblaban las piernas. Me dirigí al baño a lavarme un poco. Había pasado más de dos horas desde que llegamos y más de tres desde que le di esquinazo a mi marido. Tenía que volver a casa a dormir junto a él.

  • Enloquecido con mi madrastra

    Enloquecido con mi madrastra

    Mi nombre es Juan Manuel, tengo 27 años, y vivo en Córdoba, Argentina. Vivo con mi Ana, mi pareja, desde los 23 años.

    La relación con mis padres mejoró mucho cuando dejé de vivir con ellos, ya que la convivencia generaba muchos roces entre nuestras personalidades. Sin embargo, que yo me fuera de la casa también fue el detonante para que mis padres finalmente tomaran la decisión de divorciarse. Quedarse solos bajo el mismo techo hizo que tuvieran que enfrentarse el uno con el otro y asumir que su relación estaba muerta hacía ya muchos años.

    Mi madre se había mudado a un departamento no muy lejos de donde vivían como pareja, y mi padre se había quedado en la gran casa familiar.

    Yo trataba de mantener contacto frecuente con los dos, pero a veces se me complicaba, ya que trabajaba mucho y los fines de semana me gustaba aprovechar para pasar tiempo con mi novia. Además, tenía que buscar momentos para compartir con mi padre y con mi madre por separado, lo cual me requería el doble de disponibilidad. Sin embargo, yo estaba de acuerdo con su separación, por lo que trataba de encontrar el tiempo para estar con cada uno de ellos.

    Recientemente mi padre comenzó a salir con una mujer que había conocido en una reunión de amigos. Ya hacía varios meses que se veían pero él, que siempre fue muy reservado, se manejaba con cautela ya que quería asegurarse de que la relación iba en serio antes de contármelo.

    Hace poco más de un mes la conocí. Su nombre es Rosana y tiene alrededor de 50 años, un poco menos que mi padre. Es una señora de pelo castaño, no muy alta. No llama especialmente la atención, sino que es lo que uno imagina cuando piensa en una cincuentona promedio. Sin embargo, tiene cierto brillo y carisma que hace que no puedas ignorarla cuando habla o se mueve.

    Luego de habernos visto un par de veces en la casa de mi padre, Rosana comenzó a mostrar cierta cercanía hacia mí. Me contaba cosas, me preguntaba sobre mi vida, se había puesto cada vez más cariñosa, y me abrazaba al llegar y al irme.

    Lentamente esos acercamientos comenzaron a ser cada vez más intensos y cada vez más fuera de lugar. Rosana me buscaba y a mí me atraía, por lo que no podía evitar corresponderla. Ella buscaba quedarse a solas conmigo constantemente: bajaba a abrirme la puerta cuando llegaba (a pesar de tener llave, no la usaba cuando mi padre se encontraba en su casa porque me parecía mejor respetar su privacidad), me cruzaba en los pasillos, o me pedía ayuda con alguna cosa. En esas situaciones buscaba la excusa para tocarme sutilmente por encima de la ropa, me pasaba la mano casualmente por el pecho mientras me hablaba, me besaba sugerentemente en la mejilla al despedirme, etc.

    Esos intercambios con Rosana me estaban inquietando. Pensaba en ella muy seguido y me masturbaba fantaseando con ella. Incluso había llegado a tener sexo con mi novia pensando que era ella quien se encontraba allí. Esos pensamientos me daban culpa, y de vez en cuando se me cruzaba por la cabeza la idea de que mi padre era quien se acostaba con ella, y sentía rechazo.

    – Me pone muy contento que te estés llevando bien con Rosana – me dijo un día mi padre

    – Sí, parece una gran mujer. – le respondí sin saber qué más agregar

    Un día mientras me encontraba trabajando fuera de hora en la oficina (soy arquitecto), preocupado por terminar unos planos urgentes, sonó mi teléfono. Me acerqué para ver la notificación, y tenía un mensaje de Whatsapp de un número que no tenía agendado. Abrí la conversación y al ver la foto pude confirmar que era Rosana. Sentí que mi corazón latía acelerado.

    “Estuve pensando mucho en vos” decía el mensaje. Sin más. Me quedé mirando fijamente la pantalla, sin poder creer que se estuviera arriesgando a escribirme, y sin saber qué responder. No podía decirle que yo también, que se me ponía dura de sólo imaginarme cerca suyo. Era la pareja de mi padre.

    “Por qué tenés mi número?” respondí. Inmediatamente pensé que no debería haberlo hecho, pero la realidad es que quería seguir recibiendo mensajes suyos.

    “Me lo pasó tu padre para que te agendara por si algún día lo precisaba. Y bueno, ya ves, hoy lo necesité”

    Sentí que la respiración se me entrecortaba. Después de pensarlo unos minutos, decidí que lo mejor sería no responder más. Aparté el celular y traté de volver al trabajo.

    A la media hora, volvió a sonar el aparato. Rosana me había enviado una foto. Era una selfie tomada desde arriba, donde se veía su cara provocadora y sus exuberantes pechos exhibidos por su gran escote. Luego había escrito “Cuándo venís a verme? Pensás que no me doy cuenta de que vos también querés?”.

    Yo ya tenía mi mano derecha en mi bragueta, acariciando mi miembro duro. Me moría de ganas de pasar una noche con mi madrastra, pero no podía concebir la idea de hacerle eso a mi padre. Desabroché mi pantalón, bajé mis boxers y liberé mi pene hinchado. Comencé a masturbarme mientras miraba la foto de Rosana. Me imaginaba pasando mi lengua por esas tetas, pellizcando sus grandes pezones mientras ella gemía, escuchando su respiración agitada mientras me pedía que la toque, que la penetre. De repente sentí que iba a eyacular. Casi sin pensar tomé el celular con la foto de Rosana y lo acerqué a mi sexo y me vine, llenando toda su cara de semen. Me recosté en mi silla agitado, recuperando el aliento. Luego me subí las prendas y fui a limpiar el aparato, que ahora estaba todo sucio y pegajoso.

    Decidí abandonar la jornada laboral y volver a casa, ya que no me consideraba en condiciones de ser productivo. Ya era de noche y cuando llegué al departamento Ana estaba cocinando. Me saludó con un beso, y le dije que me iba a dar una ducha antes de cenar.

    En la cena mi novia me preguntó si me encontraba bien, ya que estaba muy callado y parecía estar pensando en otra cosa. Le respondí que estaba muy cansado y que había sido un día difícil en el trabajo, lo cual no era mentira. No podía decirle que fantaseaba con mi madrastra.

    Esa noche Ana quiso tener sexo, pero yo no podía conectame con la situación, así que me disculpé y le dije que mejor otro día. Ella me dijo que no pasaba nada, aunque noté que se había quedado frustrada.

    Al día siguiente me levanté más tranquilo y fui a trabajar. Logré terminar todo y al salir de la oficina me llamó mi padre. Me invitó a cenar a su casa con Ana, y me aclaró que fue idea de Rosana, que tenía pensado amasar unas pizzas. Me quedé en silencio, pensando en que era una emboscada de su novia para cruzarnos. Luego de una larga pausa, accedí. Me dijo que me esperaban a las 9 de la noche.

    Al llegar a casa le dije a Ana que estábamos invitados a comer en lo de mi padre, deseando que ella me dijera que no podía o no quería. Aunque sabía que estaba mal, quería encontrarme con mi madrastra sin la presencia de mi novia allí. Afortunadamente, Ana ya había hecho planes para cenar con sus hermanas.

    A las 9 en punto toqué el timbre de la casa de mi padre, con un vino en la mano. De inmediato vi a Rosana caminando hacia la puerta.

    – Qué puntualidad… Parece que vos también estabas ansioso por verme – dijo al abrir, bromeando de manera seductora

    – Siempre fui muy puntual – respondí evadiendo el comentario, mientras la saludaba con un beso en la mejilla

    Me sentía como un adolescente cuando está cerca de la persona que le gusta. Me sentía nervioso, torpe.

    Entramos a la casa, y al cerrar la puerta Rosana me agarró del brazo evitando que me fuera por el pasillo hacia el interior del hogar. Me atrajo hacia ella y poniéndose muy cerca de mi cara me dijo:

    – Me moría de ganas de verte.

    Sentía su aliento en mi boca, mientras me miraba fijamente a los ojos desde abajo, ya que medía varios centímetros menos que yo. Me quedé un momento mirándola a los ojos sin responder, y en un impulso pasé mi brazo derecho (en el que no llevaba el vino) alrededor de su cintura, la atraje hacia mi cuerpo, y la besé con lujuria. Nuestras lenguas se buscaban con ansiedad, sentía su saliva caliente en mi boca, mientras sentía su cuerpo tibio rozando el mío. Sentía la sangre haciendo palpitar mi verga adentro de mi ropa. Me alejé al escuchar unos pasos acercándose por el pasillo. Nos alejamos bastante, y vimos llegar a mi padre.

    – Vine a ver por qué tardaban tanto. Pensé que se habían ido – dijo chistoso

    – No, acá estamos. Me había olvidado el vino en el auto y tuve que volver a buscarlo – improvisé y me sorprendí de lo convincente que había sonado.

    – Ah menos mal, sin vino no te dejaba pasar…

    Entramos a la amplia cocina y para mi sorpresa había amigos de mi padre sentados a la mesa. Saludé y me senté en una de las pocas sillas vacías que quedaban, justo enfrente de mi padre.

    No podía parar de pensar en el beso caliente que le había dado a mi madrastra, y mis fantasías con ella empeoraban. No podía concentrarme en las conversaciones de la mesa, por lo que agradecí que no fuéramos sólo nosotros tres.

    Una vez lista la comida, Rosana se sentó al lado mío, como era de esperarse. Luego de unas copas de vino, comenzó a poner su mano de a momentos en mi rodilla, luego en mi muslo, cada vez durante más tiempo. Yo no reaccionaba ni la tocaba a ella, sólo miraba paranoicamente al resto de la gente para ver si alguien notaba lo que pasaba, pero nadie parecía estar prestando atención. Todos estaban riendo y tomando, distendidos y alegres.

    La mano de mi madrastra subía por mi pierna y comenzaba a acercarse a mi zona genital, lo cual me ponía muy caliente. La adrenalina de lo prohibido me estaba gustando mucho, y sólo quería que todos desaparecieran para tirarla sobre la mesa y desnudarla.

    Rosana llevaba su mano muy cerca de mi pene pero nunca lo rozaba. Yo estaba excitado. No podía más. Así que disimuladamente tomé su mano y la puse sobre mi bragueta. Vi cómo por un instante me miró, sin poder creer que hubiera reaccionado a lo que ella estaba haciendo. Vi que sonrió casi imperceptiblemente, y comenzó a acariciar mi bulto por encima de mi ropa. Yo estaba concentrado en que mi cara no delatara mi placer.

    – Vos fuiste alguna vez, Juani? – me preguntó uno de los amigos de mi padre, y yo me puse nervioso porque no sabía de qué hablaban. Mientras tanto mi madrastra continuaba acariciando mi verga, sin intimidarse por la situación. Le encantaba verme sufrir.

    – A dónde? – respondí

    – Al MOMA, cuando fuiste a Nueva York.

    – Ah, sí. Claro. Era turista, todos los turistas vamos al MOMA cuando vamos a Nueva York.

    Los invitados rieron y continuaron conversando como si nada pasara. Hasta que en un momento Rosana quitó la mano de mí y se paró.

    – Voy al baño – anunció – el vino ya me hizo efecto.

    Nadie respondió y todos continuaron con su tema de conversación.

    De repente sentí que el móvil vibraba dentro de mi bolsillo. Saqué el teléfono y vi que tenía una notificación de ella. Me tensé al pensar que alguien podía verlo, pero no tenía a nadie tan cerca. Abrí el mensaje y vi un video de mi madrastra tocándose en el baño, acompañado de la siguiente frase “ya estaba chorreando por tu culpa, pendejo, me tuve que venir a calmar sola”.

    Juani le respondió: “Vos me dejaste la verga como un garrote y este video no me ayuda”.

    Unos minutos después volvió Rosana y dijo en voz alta, para que todos escucharan:

    – Juani, vos que sos alto, me das una mano para cambiar la lamparita del baño? Tuve que mear a oscuras porque se había quemado.

    Yo me quedé duro, miré alrededor y nadie había encontrado nada raro ni sospechoso en ese pedido casi maternal.

    – Ya vengo – dije al resto de los integrantes de la mesa, que me miraron y no pareció importarles que me retirara

    Apenas abandonamos la cocina, Rosana me agarró nuevamente la bragueta con toda su mano y comenzó a abrirme el botón del pantalón mientras caminábamos. Llegamos al baño y me empujó dentro, cerrando la puerta silenciosamente.

    – Tenemos poco tiempo, pero voy a terminar lo que empecé, para que veas que no quiero hacerte sufrir, chiquito. – dijo mi madrastra mientras me bajaba el pantalón y el bóxer

    Se sentó sobre la tapa baja del inodoro, y con destreza escupió mi glande. Me miró a los ojos, disfrutando de mi placer y de lo caliente que estaba. Chupó mi pene desde la base hasta la punta, acarició y lamió mis huevos, y luego se metió mi verga en la boca y empezó a chuparla con ganas. Yo tiraba mi cabeza hacia atrás y respiraba muy fuerte. Retiraba el pelo de su cara, ya que lo tenía suelto, y la sostenía de él. Rosana era increíble haciendo sexo oral, mucho mejor que la mayoría de las mujeres de mi edad con las que había estado. Además ponía cara de puta y eso me volvía loco. Cuando vio que estaba por explotar, me dijo:

    – Quiero tragarme toda tu leche, nene.

    Escuché eso y comencé a embestirla por la boca a mi ritmo. Jadeando cada vez más, agarrando su cabeza, viendo cómo se le humedecían los ojos cuando mi verga llegaba a su garganta. Hasta que finalmente le llené de semen toda su boca.

    – Me tenés loca, borrego. – dijo mientras se limpiaba la boca y acomodaba su ropa.

    Yo subí mis prendas y procuré calmar la respiración para que nadie sospechara nada.

    Volvimos a la cocina y nadie pareció prestar atención a nuestro regreso.

    La cena terminó y todos los invitados fueron poco a poco despidiéndose, hasta que sólo quedamos mi padre, Rosana y yo.

    -Pudieron cambiar la lamparita? -preguntó mi padre mientras levantábamos los platos de la mesa

    – Sí, por suerte quedaba una en el cajón – dijo Rosana

    Terminamos de acomodar la cocina y sentí que ya era momento de irme a casa.

    – Bueno, pa, yo me voy a ir yendo para casa.

    – Bueno, Juani. Vamos que te abro.

    – Yo también me voy a ir yendo, amor, que quedaron las chicas solas en casa – dijo Rosana haciendo referencia a sus dos hijas de 13 y 15 años.

    – Bueno, te llevo. – dijo papá

    Yo quería estar a solas con Rosana, pero no sabía si ofrecerme a llevarla. La miré, buscando algún indicio en su cara, y ella asintió levemente.

    – Yo estoy con el auto, si querés la puedo alcanzar.

    – No te molesta? Mejor, así no tengo que sacar el auto del garaje.

    – No hay problema.

    Mi padre nos acompañó hasta la puerta y allí lo saludamos. Cuando Rosana le dio un beso en los labios me pregunté si en algún momento se habría cepillado los dientes o si todavía tendría restos de mi semen en su boca. Nos subimos a mi auto que estaba estacionado frente a la casa, y mi papá cerró la puerta recién cuando vio el auto alejarse.

    – Por fin solos – dijo Rosana

    – No te da culpa esto que hacemos?

    – Sí, un poco. Adoro a tu papá. Pero quiero esto, y si hay algo que aprendí en mi vida es que no es sano quedarse con ganas de nada. El amor por él sigue intacto, esto sólo es lujuria.

    – Sí, pero podría ser con cualquier otra persona y no con su hijo…

    – Que seas su hijo hace que sea todavía más excitante. O me vas a decir que no te calienta la idea de estar con la novia de tu papá? – dijo mientras llevaba su mano a mi entrepierna nuevamente

    – Creo que no hace falta que te responda – dije mientras miraba durante un instante la erección que se notaba por encima del pantalón

    Mientras yo continuaba manejando sin rumbo, ya que mi madrastra jamás me había dicho su dirección exacta (aunque sí sabía la zona), ella liberó mi verga y comenzó a masturbarme. Se escupía la mano y continuaba tocándome. Esa humedad me la ponía cada vez más dura.

    – Te gusta, bebé?

    – Cómo me vas a poner así. Ahora no puedo parar de pensar en metértela.

    – Yo te dejo hacerme lo que quieras. No podemos ir a tu casa ni a la mía, así que estacioná donde más te guste. – me dijo

    Íbamos por una avenida, así que teníamos que alejarnos de ahí y buscar algún lugar más discreto. Mientras yo continuaba al volante, Rosana se desabrochó el cinturón de seguridad y se inclinó sobre mí, comenzando a mamármela.

    – Ahhh, me vuelve loco que me la babees así. – le dije sosteniendo el volante con la mano izquierda y presionando a su cabeza contra mi verga con la derecha.

    Entre su lengua en mí pene, el ruido de sus arcadas, y la adrenalina de estar en el auto, estaba muy caliente. Estacioné en una callecita donde no pasaban demasiados autos, frente al portón de una casa. No podía seguir buscando lugar.

    Desabroché mi cinturón de seguridad y bajé un poco más mi pantalón y bóxer para estar más cómodo. Hice que Rosana se enderezara y la besé con pasión, con urgencia. Comencé a apretarle las tetas, las saqué de su blusa y de su corpiño. Tenía unas tetas grandes, en las cuales hundí mi cara y comencé a besarlas con dedicación, apretarlas, pellizcar sus pezones. Llevé una de mis manos hacia su entrepierna y metí la mano por dentro de su calza y su tanga. Estaba mojadísima. Nunca había estado con una persona de su edad, pero siempre había pensado que una mujer de 50 años no lubricaría así.

    – Ah mirá lo mojada que estás

    – Te dije que me tenés loca, pendejo.

    Saqué mis dedos y los chupé, mirándola bien a la cara.

    – Desde que llegué a la casa que quiero verte desnuda. – le dije mientras le quitaba la blusa y el corpiño, y ella me ayudaba quitándose el resto de sus prendas

    Yo también me saqué las mías y tiramos todo al piso. Rosana tiró el asiento del acompañante hacia atrás y me pidió que me sentara en él, para que no molestara el volante. Yo obedecí y ella se subió encima de mí. Moviéndose lentamente fue acomodándose arriba de mi verga, mientras los dos emitíamos un profundo gemido de placer. Tomándome de la nuca con las dos manos comenzó a cabalgarme, mientras sus enormes tetas rebotaban frente a mí. Yo las amasaba, las lamía, las besaba. Ella tiraba su cabeza hacia atrás y me presionaba el cuello con sus dedos y uñas. Los vidrios se empañaban y los dos gemíamos ruidosamente, sin tener que cuidarnos de que nadie escuchara.

    Mientras saltaba sobre mi pene Rosana comenzó a tocar su clítoris.

    – Meteme un dedo en el culo – pidió de repente

    Yo chupé bien mi dedo mayor y pasando mi brazo alrededor de su cadera, lo metí en su culo. Comencé a moverlo suavemente y a distinguir cómo sus gemidos se intensificaban. Rosana estaba por llegar al clímax. Verla así, a la novia de mi padre, subiendo y bajando sobre mí, sudando, gozando… Comencé a meter y sacar mi dedo de su culo con más rapidez y luego metí un segundo dedo dentro de ella. Ella gritaba y yo veía que no podía más del placer.

    – Quiero que te vengas para mí, y que la próxima vez que te vengas con mi padre pienses en mí.

    Ella me miró y de repente alcanzó el orgasmo, emitiendo un profundo grito, y al verla, yo no pude evitar venirme dentro de ella también.

    Nos miramos en silencio durante unos instantes, mientras recuperábamos el aliento. Luego ella me besó y me dijo:

    – Ahora sí me puedo ir a dormir en paz. Un polvo con el hijo de mi pareja es lo que me recomendó el doctor – dijo bromeando

    Yo me reí mientras ella se retiraba de encima de mí. Nos limpiamos con unos pañuelos, y comenzamos a vestirnos porque ya era tarde. Volvimos cada uno a su asiento y mi madrastra me dijo su dirección exacta. Al llegar, me besó apasionadamente de nuevo.

    – Espero que me vuelvas a invitar a cenar pronto. Me quedaron muchas cosas por hacerte. – le dije mientras ella abría la puerta para bajarse del auto

    – Siempre estás invitado. Yo cocino y luego vos me das el postre. – respondió mirándome a los ojos antes de cerrar la puerta

    Esperé hasta que entrara en su edificio y luego me fui rumbo a mi departamento, dispuesto a partir de ahora a darle a mi madrastra cualquier cosa que me pidiera.

  • La fiesta de graduación

    La fiesta de graduación

    Me sentía hermosa con mi vestido nuevo en camino a la graduación de la escuela. Íbamos a entrar a la universidad y nos sentíamos muy ansiosos. Mis compañeros acababan de alcanzar la mayoría de edad, traían los autos que les compraron sus padres y presumían de saber tomar alcohol.

    Mi pareja llegó por mi en un auto deportivo; se veía muy guapo con el smoking. Me abrió la puerta del auto y le di un casto beso en la mejilla.

    A mis 18 años, aún era yo virgen y no buscaba realmente iniciarme en el sexo. Muchas de mis amigas ya tenían relaciones sexuales con sus novios y platicaban de lo que les hacían ellos; tenía curiosidad pero no prisa.

    Llegamos al salón y la música y las risas se hacían evidentes.

    Mi pareja y yo empezamos bailando; nos tomamos la fotografía del baile; nos divertíamos de lo lindo.

    De repente, una de las muchachas se me acercó y me pidió que la acompañara al baño. Llegamos al retrete y comenzó a vomitar; su aliento delataba que había bebido de más. Salí a buscar a su pareja y le expliqué lo que sucedía. Él me contestó que no me preocupara, que la llevaría a su casa. Le ayude a ella a salir del baño, él se despidió y la ayudaba a caminar para llegar al auto.

    Yo me quede unos minutos en la fiesta mientras bebía un refresco. Empecé a buscar a mi pareja para que me llevara a mi casa, se estaba haciendo tarde.

    Le pregunté a uno de sus amigos y me contestó que quizá había salido un momento a fumar y quizá no tardaría.

    Salí del salón para buscarlo en el estacionamiento.

    En el estacionamiento, vi una camioneta estacionada en una parte oscura; me acerque lentamente; escuchaba jadeos y tenía miedo.

    Me puse detrás de una esquina y pude ver a algunos muchachos que cuchicheaban en la parte trasera de la camioneta. Uno de ellos se alejó un poco para ver si no había nadie y regreso rápidamente. Les aviso a sus amigos que estaban solos; otro sacó a la muchacha que estaba ebria del asiento delantero y la acostó boca arriba en la parte de atrás de la camioneta. Eran 4 muchachos y se veían muy excitados.

    Uno de ellos levantó el vestido de la joven y le quitó la pantaleta; ella parecía no darse cuenta y poco hacía por defenderse. El muchacho tenía la verga ya parada y lista; puso las piernas de la muchacha en sus hombros, se puso saliva en la cabeza de la verga y empezó a penetrarla despacio; la muchacha gimió un poco, abrió la boca y suspiró; el muchacho le bajó el strapless y sus pechos salieron; él se tumbó sobre ella y le mamaba los pechos mientras la violaba; ella solo podía gemir.

    A los pocos minutos, él empezó a bombear más rápido; los pechos de ella se movían con cada embestida de él. En un momento, él embistió y se quedó quieto dentro de ella mientras bufaba; ella desorbitó los ojos mientras jadeaba. Se salió de ella y se subió el cierre; el siguiente de ellos se bajó el cierre y violó a la muchacha; ella tenía los ojos abiertos pero sus manos carecían de fuerza para resistirse. El segundo reía mientras la violaba, manoseaba sus pechos mientras bufaba; ella gritaba que no le acabara adentro y él reía más mientras le inyectaba su semen.

    Un tercero se acomodó y la penetró una vez más; la agarraba de las rodillas mientras bombeaba; ella jadeaba y rogaba que no la dejaran preñada. Se quedó quieto y sus ojos se pusieron en blanco mientras eyaculaba dentro; ella se volteó y lloraba.

    El último se acercó mientras el tercero se subía el cierre; ya con la verga de fuera se acomodó entre sus piernas y la penetró. Ella ya no respondió, parecía resignada. Mientras la bombeaba, mojó sus dedos en el semen que salía de ella y le metió 2 dedos en el culo; ella gimió. Otro de ellos ya tenía la verga parada otra vez y se masturbo en su cara, llenándoselas de semen. El último bombeó un par de veces más y acabó dentro de ella.

    Yo me escabullí al salón otra vez.

    No sabía porqué, pero la violación de esa chica me había excitado; sentía mi pantaleta muy mojada y aún era virgen.

  • Fantasía de un señor de 44

    Fantasía de un señor de 44

    Mi esposa es una mujer muy hermosa de 36 años, la amo, es sensual y en el sexo es muy ardiente.

    He querido proponerle ir a una fiesta swinger, pero no se ha concretado, Hay ocasiones en las que cuando estamos cogiendo le he preguntado si le gustaría sentir otra verga en su interior, contesta que si, le gusta mamarme la verga, y también es de su agrado que se la meta en su delicioso ano, tiene bien depilada su pelvis, yo mismo he fantaseado con verla mamando otra verga, disfrutando plenamente del sexo.

    En una ocasión fuimos a Acapulco, nos subimos a uno de esas embarcaciones donde hacen eventos nocturnos, ahí me tocó ver como un joven que estaba haciendo su función se le quedaba mirando a mi esposa, ella lucía una blusa escotada, así que dejaba ver sus ricos encantos.

    En el baile yo podía darme cuenta que aprovechaban para poder rozarla un poco, estoy seguro que sentían sus nalgas. Regresamos al hotel algo bebidos y calientes, la besé apasionadamente mientras la desnudaba la cargue y la giré a modo de que ella pudiera mamarme la verga y yo poder saborear su ano y su capullo, mi lengua jugaba en su interior mientras ella con fuerza me chupaba la verga, seguro ella estaba caliente a consecuencia de los tocamientos en la embarcación.

    La puse en posición de perrito y la penetre con fuerza, mis manos acariciaban sus pechos, ella pedía verga locamente. Después de un rato cambiamos de posición ella montada en mi, mantenía el ritmo y el control, veía su hermoso cuerpo, mientras ella gemía con fuerza, la acomode con sus piernas en mis hombros estiradas y le metía la verga con más fuerza y rapidez, así estuvimos otro momento hasta que ella me pidió que le llenara su año de leche y así lo hice, saqué mi verga de su vagina y se la metí por su estrecho ano y bombeé hasta darle toda la leche que traía. Es rico ver a mi esposa deseada por otros.

    En fin estoy ansioso por poder realizar mi fantasía algún día.

  • Veinte años yo, él, veinte años más

    Veinte años yo, él, veinte años más

    Historia real cuando a los 20 años dejé de ser una niña y convertirme en mujer, empecé a vivir mi sexualidad de forma diferente, empecé a ser feliz y a tomar las riendas de mi vida y todo por un polvo de verano.

    Una vez más me desnudo ante todos vosotros con un relato real, un relato que aunque largo no quiero partirlo en dos, una experiencia que tuve con tan solo 20 años recién cumplidos, una etapa de mi vida en la que después de algunas desilusiones me llevaron a dedicar mi tiempo en mí, sin importarme con quien terminaría esa noche o la siguiente, una etapa de mi vida que duró apenas dos o tres años, una etapa de mi vida muy intensa sexualmente.

    Apenas había cumplido los 20 años cuando mis amigas y yo decidimos irnos 15 días fuera de la burbuja en la que vivíamos en Valencia y decidimos irnos a Jávea un pueblo precioso de Alicante con unas calas muy bonitas donde poder tomar el sol en toples sin que te encontraras con tu vecino, con tu panadero o con alguien de nuestra familia, teníamos veinte años y todavía aquello nos avergonzaba un poco, fueron unos días increíbles donde las cuatro disfrutamos de nuestra amistad y curiosamente nos olvidamos de los chicos incluso por las noches cuando salíamos a bailar en donde los teníamos que estar espantando continuamente, pero no a todos he de decir.

    Todo empezó aquel viernes por la noche, tres días todavía por delante de vacaciones antes de volver a la rutina, antes de volver a prepararnos para un nuevo año de estudio en la universidad, tres días y dos noches por delante. Aquel viernes después de arreglarnos durante bastante tiempo, imaginar a cuatro chicas, cuatro veinteañeras arreglándose en un pequeño apartamento con un cuarto de baño pequeño, pues bien al final de ponernos monas, salimos para asistir a una de las fiestas de uno de los locales de moda de aquel verano, una discoteca la cual no habíamos ido todavía, me acuerdo como si fuera ayer, llevaba un vestido azul muy cómodo y fresco para aquellas noches de calor, un vestido vaporoso que la falda me llegaba hasta las rodillas y dejaba mi espalda desnuda con unos tirantes sobre mis hombros que caían por mi espalda en forma de X para que lo sujetara en mi cuerpo, debajo de mi vestido tan solo un tanga pequeño de color negro, las piernas brillaban recién depiladas, así como mis axilas y mi sexo que ese año empecé a depilármelo por completo, mi pelo largo que caía por mi espalda, pero que continuamente me lo ponía hacia delante solo por un lado tapando uno de mis pechos con él, cosas de la edad.

    Nada más llegar dejamos el coche en una gran explanada junto a una de las playas, el gentío se agolpaba en la entrada de aquella discoteca al aire libre, chicas y chicos guapos por todas partes y al entrar las cuatro, con ganas de guerra, con ganas de terminar las vacaciones de la mejor forma posible, empezamos a bailar, a mostrar las ganas de pasarlo bien, las ganas de jugar con movimientos sensuales, mirando de reojo a todos los chicos que nos miraban y que no se perdían ni un solo movimiento de nuestros cuerpos, de giros de cabeza soltando las melenas al viento, el anzuelo estaba echado y solo faltaba que picaran el anzuelo.

    No habían pasado ni unos minutos cuando ya teníamos a nuestro alrededor a varios candidatos cada cual más guapo, cada cual más cachas y como en un cortejo cada uno de ellos revoloteó sobre nosotras mostrando todo sus atributos, espaldas anchas, músculos bien perfilados de gimnasio, morenos por el sol de la playa, sonrisas blancas, bailes provocativos, en fin todo lo que los machos alfas intentan demostrar a las hembras que cortejan, pero curiosamente a mí aquello no me llamó la atención no así a las chicas que enseguida se decidieron por sus sementales para que las cubrieran esa noche y quien sabe si al día siguiente, lo que si teníamos claro que en un apartamento de dos camas, allí no entrábamos todas así que las dos primeras que llegaran tendrían su noche feliz y las otras dos nos tendríamos que conformar con hacerlo en un coche y más tarde dormir en el sofá porque de ninguna manera nos separaríamos y lo de una orgía no se nos había pasado por la cabeza, de momento todavía claro está, quizás en otro relato.

    Ya fuera lo que fuera aquella noche no estaba dispuesta a soportar las tonterías de estos machos que solo estaban dispuestos a cubrir a la hembra posiblemente solo con la intención de su propio disfrute y no de ambos, así que me aparté del grupo y en la barra pidiendo un gin tonic, escuché por detrás las típicas palabras de “esta noche estás realmente guapa” “no bailas”, típicas palabras de cuando no tienes nada más interesante que ofrecer, pero resultó que me equivocaba, al darme la vuelta observé a un hombre de bastante más edad que yo, aunque soy mala adjudicando edades me atreví a pensar que tendría entre 38 y 42 años, un hombre muy guapo con pelo corto, ojos azules y perilla al estilo de Gustavo Adolfo Bécquer, con su perilla recortada y un bigote fino, un hombre de espaldas anchas, pectorales y abdominales que no los dioses del olimpo como más tarde pude comprobar y culto, gracias a dios muy culto con el que pasé gran parte de la noche bebiendo, hablando y porque no bailando.

    Allí estaba yo una niña de 20 años bailando de forma sensual con un hombre que me doblaba la edad, los dos en la pista bailábamos al son de la música, subiendo mis brazos hacia arriba mientras que culebreaba mis caderas con él muy pegado a mí por detrás, con sus manos en mis caderas, con sus manos casi rozando mis pechos, sentía sus manos cada vez más cerca, cada vez su cuerpo se pegaba más a mí hasta poderlo sentir rozándose con el mío, mis amigas me miraban, se reían y calentaban más y más a sus sementales, hasta que fueron desapareciendo poco a poco para luego al cabo de las horas aparecer con la ropa un poco arrugada o mal puesta.

    De las cuatro yo fui la única que no folló esa noche, quizás porque al final me acobardé por ser un hombre mayor, no lo sé, pero el destino me tenía reservada otra oportunidad, ya que al día siguiente en la misma discoteca y a la misma hora me lo volví a encontrar.

    Volvíamos al mismo plato que el día anterior con las mismas ganas de ser malas, de ser juguetonas, de ser guerreras, mismo plato diferentes actores masculinos salvo el mío que se acercó a mí como lo hace un felino a su presa, con sigilo para que esta no se espante, pero mi sexto sentido ya lo había detectado nada más entrar y la presa se convirtió en cazadora, dejando que se acercara, dejando que volviera su cortejo sin saber que yo ya había decidido el final de aquella historia, dejando que él pensara que había ganado, ese juego que las mujeres solemos jugar y por regla general ganar.

    Había anochecido cuando Julián que así se llamaba me pidió que le acompañara fuera, ya que había demasiada gente, demasiado ruido y al salir de la discoteca parecíamos un padre y una hija que habían salido de allí precipitadamente, como si el padre buscara y se llevara a su niña por desobedecerle por quizás ir demasiado provocativa, ya que él con un pantalón vaquero y camisa y yo con una falda azul muy corta por encima del medio muslo y una blusa blanca atada por un lazo dejando ver mi vientre y los botones de arriba desabrochados hasta casi enseñar mis pechos que cubría con un sujetador negro de encaje.

    Justo a la vuelta apoyados en una de las paredes encoladas de blanco de la discoteca, donde la música a todo volumen era casi un mero recuerdo, bajo aquel pequeño manto de estrellas que por la contaminación lumínica podíamos observar hablábamos de todo un poco, de la universidad, de su Madrid donde vivía orgulloso, allí bajo la atención de aquellas pocas luces celestiales nuestras manos se empezaron a tocar entrelazando los dedos, sus dedos empezaron acariciar la piel de mis brazos hasta llegar a mi cuello donde nuevamente volvían a bajar y a pesar de haber sido yo la que provocara aquel ardid, a pesar de dejar que poco a poco me fuera llevando a su terreno me sentía nerviosa, sentía como sus caricias me provocaban pequeños escalofríos en mi cuerpo y me notaba como mi sexo se iba humedeciendo al paso de sus manos que ya se atrevían a pasar por mis pechos por encima de mi blusa, Julián me miraba fijamente a los labios, deseoso de sentir los míos unidos a los suyos, un deseo compartido por ambos, pero el juego era claro, él tenía que dar el primer paso, él era el león y yo su gacela.

    Al cabo de los pocos minutos su saliva se unía a la mía, nuestras lenguas bailaban de un lado a otro dentro de mí, dentro de él, mis manos abrazando su nuca, acariciando y pasando mis dedos por su pelo y mi espalda apoyada en la blanca pared soportaba el peso de su cuerpo sobre el mío, mis pechos apretados contra su torso, mientras una de sus manos acariciaba la piel desnuda de mis caderas y la otra hacia una incursión por debajo de mi falda, notando la humedad evidente de mis bragas y metiendo sus dedos para comprobar lo mojada que estaba mi vagina, entre beso y beso sentía como su pelvis se apretaba a la mía sintiendo una gran erección de su pene por debajo de sus pantalones, mis brazos bajaron a su espalda abrazándole a la vez que una de mis piernas se abría y le rodeaba por debajo de su culo para que el roce de su pene tan duro fuera más fuerte contra mis bragas, contra mi sexo. La gente seguía pasando y a pesar del abrigo que la noche nos prestaba, de la oscuridad que nos rodeaba podían ver a dos amantes que empezaban a respirar profundamente, dos amantes que se movían al unísono con solo una intención, el sonido suave de un jadeo cuando ella sentía el pene de su amante entrar suavemente en su vagina, podía ver las miradas indiscretas, las risas al ver que habían sorprendido a una pareja en pleno acto de amor, donde él con movimientos precisos, movía su cadera hacia delante metiendo su pene y provocando los jadeos de su ambos.

    Quizás el pudor, quizás la vergüenza, pero Julián paró y metiéndose el pene nuevamente por dentro de su pantalón, me cogió de la mano y me llevó sin mediar palabra a un sitio aunque no oculto del todo, pero si más lejos de miradas indiscretas y que posiblemente todos los allí presentes estuvieran en la misma faena y así ya en su coche en la parte trasera me tumbó después de haber reclinado los asientos delanteros hacia delante dejando el espacio justo para podernos mover bien, sus dedos desabrochaban mi blusa y me quitaban el sujetador, sintiendo la suavidad de su boca en mis pezones que habían estado luchando por salir desde que salimos de la discoteca, sentía los besos en mi cuello y en mis labios, mis piernas rodeaban su cuerpo sintiendo ese pene tan duro y gordo que no hacía ni unos minutos me había llenado y me había hecho sentir simplemente con la cabeza de su pene, Julián poco a poco iba bajando dejando un resto de saliva en mi cuerpo hasta llegar a mis bragas, sentía su aliento en ellas, como me las mordía queriéndomelas quitar y queriendo saborear los líquidos que en ella se acumulaban, oliéndome como un animal, deseando que su compañera, que su hembra le diera las llaves nuevamente para poder abrir esa puerta y la respuesta llegó en forma de caricias en su pelo aplastando su boca contra mi sexo, quería sentirle de nuevo dentro de mí, quería saber de lo que era capaz aquel hombre que me doblaba la edad, quería sentir su experiencia en mi cuerpo quería que me follara, que me lamiera, que me hiciera gemir y gritar.

    No tardé mucho en sentir su pene penetrándome de nuevo, de sentir como me llenaba entera y mi vagina se iba dilatando cada vez más y más, dejando que el roce contra mis paredes calientes y mojadas nos hiciera gemir a los dos, notaba como una y otra vez su pene entraba en mi chochito apretado, su pene tan caliente, tan duro, gordo y venoso me atravesaba continuamente de arriba abajo, estaba sentada entre sus piernas con su polla bien metida en mi coño mientras que él disfrutaba de mis tetas saboreándolas una y otra vez, apretándolas así como yo apretaba al bajar mis caderas su pene haciéndome gemir de placer, empujando con mis manos apoyadas en el techo hacia abajo, la música antes histriónica de la discoteca se convirtió en música celestial en mis oídos con mis gemidos con los suyos, el movimiento de nuestros cuerpos era ahora el que hacía bailar el coche de un lado a otro como si tuviera vida propia, en esos momentos de placer, un placer al que todavía nunca nadie me había acompañado empezó a sonar el móvil, justo cuando los dos primero yo y después él, explotábamos en sendos orgasmos.

    Orgasmo, una palabra que aún no había estado en mi diccionario hasta ese día, ese día lo solté todo, ese día Julián. 20 años mayor que yo me hizo ver las estrellas ocultas hasta ahora para mí, ocultas por chicos de mi edad con poca experiencia o quizás ansiosos de llegar ellos solos a cruzar la meta, ese día supe que había más formas de follar, más formas de placer y eso que solo era el principio.

    El teléfono volvió a sonar mientras recobraba el aliento, era Sofía, que al oírme jadear, recobrando la respiración me dijo que ellas ya se iban al apartamento y al colgar Julián solo oyó “no, no me esperéis”, una vez vestidos salíamos de aquel parking sucio y polvoriento hacia ninguna dirección realmente, Julián me preguntó que si me había gustado, que él realmente había disfrutado follándome a lo que yo sin saber que decir en ese momento asentí dulcemente mirándole a los ojos, me preguntaba si me dejaba en casa o donde mis amigas a lo que de momento no tuve respuesta, hasta que rompiendo nuestro acuerdo de chicas por segunda vez esa noche me atreví a decirle “no, a tu casa mejor” sin saber si había esposa, madre o hijos con él de vacaciones y a lo que él me contesto después de largo rato sin hablarnos pensando yo que no iba a ser posible, “segura Lara, estás segura de venir a mi casa”.

    Mi respuesta no se hizo esperar y como antes mi respuesta no salió de mi boca, bueno en parte si, porque aprovechando un semáforo me agaché y abriéndole la bragueta del pantalón le saqué la polla y me la empecé a lamer sin que él pusiera oposición, sin parar hasta nuestro destino y sin bajarnos del coche hasta que no terminé, no paré de chupar, de succionar, de morderle con mis labios su pene, dulce como la miel, duro como el acero hasta que no le oí gemir de placer y sentí como llenaba esta vez de su leche mi boca.

    La puerta del ascensor se abrió en la última planta de aquel edificio, tan solo dos puertas en el rellano y una era por la que íbamos a entrar, las vistas a pesar de la oscura noche eran impresionantes, no podía dejar de mirar por el ventanal del salón cuando sentí que me llamaba desde la cocina y al acercarme me ponía en la mano una cerveza bien fría, “Y bien Lara, te gusta mi casa”, “siéntate como en la tuya, ponte cómoda y no tengas miedo”, es cierto, estaba un poco nerviosa, nunca había hecho eso, nunca me había ido con un desconocido a su casa, no sin que mis amigas supieran donde estaba, no sé, si la calidez de su voz, su sonrisa al mirarme, sus ojos llenos de confianza o que, pero reaccioné de la mejor forma posible después de haber sido mía la idea de ir a su casa y aprovechando que me dijo por segunda vez que me pusiera cómoda, dejé la cerveza en la encimera y con movimientos lentos para que él pudiera verme mejor empecé a desanudar el nudo de mi blusa, de desabrocharme botón a botón hasta que me la quité por completo.

    Él solo me miraba a la vez que daba largos tragos a su cerveza, me miraba como me quitaba el broche del sujetador y como me acariciaba los pechos pellizcándome los pezones tan sensibles aquella noche que no paraba de estar en punta, le miraba sin decirle nada, le miraba con lujuria mordiéndome los labios con los dientes, le miraba cuando empecé a desabrochar el botón trasero de mi falda y a bajarme la cremallera hasta que mi falda cayó al suelo y con dos pataditas pequeñas quitándomelos de mis tobillos y quedándose bajo sus pies, estaba allí desnuda ante él solo con mis bragas llamándole a gritos que se acercara a mí, Julián solo me observaba, me miraba de arriba abajo sin perder detalle de mis curvas, de mis largas piernas, de mis muslos, de la forma de mis bragas en mi cuerpo tapando lo justo de mi sexo y subiendo por los laterales hasta mis caderas, todo mi cuerpo hablaba de forma sensual esa noche, todo mi cuerpo estaba preparado para el pecado aquella noche y se lo ofrecía a él, una veinteañera le estaba ofreciendo su cuerpo para que él hiciera lo que quisiera con él, estaba deseando que se acercara y que me hiciera suya, estaba deseando sentir una vez más como su cuerpo penetraba en el mío, quería gritar desde ese instante, quería gozar, quería sentir nuevamente los orgasmos en mi cuerpo.

    Yo había hecho lo difícil y él solo tenía que acercarse y cuando pensaba que no lo haría dejo su cerveza y con tres zancadas se pegó a mí, empezándome a besar, supongo que el sabor de mi boca, una mezcla entre saliva, cerveza y semen no le supuso mayor problema porque no paraba de meter su lengua dentro de mí, mis manos en su cara acariciándosela suavemente, abrazándole por la nuca y vuelta a sentir su cara en mis dedos, mientras que él con más brusquedad que yo me cogía los cachetes del culo, apretándolos con fuerza, llevando sus manos a mis caderas y cogiendo por ambos lados mis bragas entre sus dedos estirándolas hasta casi romperlas, estaba realmente caliente, lo había provocado de tal manera que se estaba comportando como un animal y eso me estaba excitando más, me estaba poniendo más y más caliente, notaba como los fluidos de mi vagina empezaban a mojar mis bragas, como mis labios se inundaban con ellos, podía sentir como me bajaban por la vagina, realmente estaba dispuesta a dárselo todo, realmente estaba como una gata en celo.

    Julián se apartó de mí y empezó a lamer mi cuerpo, desde mis labios, hasta mis pechos, desde mis pechos hasta mi vientre y luego de cuclillas empezó como antes en el coche a oler mis bragas, a meter su nariz tan profunda en ellas que la tela de mis bragas se metía en mi rajita, me hacía estallar de placer y poco a poco me las fue bajando hasta que se quedaron colgadas de un tobillo cuando este reposaba en uno de sus hombros mientras que su nariz se metía en mi vagina totalmente mojada, sus dedos masajeaban mi clítoris una y otra vez, su lengua recorría la autopista de mis labios humedecidos y yo no paraba de gemir, sujetándome con una mano apoyada en la encimera de la cocina y con la otra a su cabeza, hundiéndola más en mi sexo y tirándole de los pelos, si la verdad que si me habían comido el coño otras veces, pero no como él, cada lametazo, cada penetración de su lengua, cada penetración de su nariz dentro de mi rajita, algo que realmente me encantaba y era totalmente nuevo para mí, sentía como mi cuerpo se estremecía, como me atravesaba el cuerpo desde la punta de los pies hasta la cabeza pequeños escalofríos, pequeños espasmos con los consiguientes gemidos y risa nerviosa de sentirme tan feliz, de sentirme tan deseada, de sentir tanto placer.

    Mi cabeza no se mantenía en su sitio, se movía de arriba abajo con mi boca constantemente abierta emitiendo sonidos de placer, mi rodilla flexionada sobre su hombro en continuo temblor cuando sentía sus dedos entrar dentro de mí, llevándolos tan profundo como podía, su lengua sobre mi clítoris en un baile circular, luego siendo succionado por su boca, casi mordido por sus labios, realmente estaba casi en éxtasis, con los ojos cerrados y cuando los abría totalmente en blanco con la cara desencajada de placer, Julián se levantó y volvía a besarme, ahora era yo la que bebía de él mis propios jugos, sabía a mí, sabía a sexo y sin más nuevamente sus manos sobre mis nalgas y subiéndome con fuerza me quedé suspendida sobre él, abrazándole con mis piernas por debajo de su culo, hasta que despacio con paso lento, pero firme, mientras que nuestros labios seguían unidos como uno solo me llevó a la cama echándome boca arriba.

    Veía como de pie se empezaba a desnudar, solo con la luz que venía de la cocina, casi en penumbra le veía quitarse la ropa hasta quedarse desnudo, y con una rodilla en la cama empezó a besar mis pies a la vez que me quitaba las sandalias, primero una luego la otra, sus labios sobre mis rodillas, sentía la humedad de su saliva por mis muslos, lamiendo de arriba abajo mi sexo, oliéndomelo y metiendo su nariz en mi vagina, podía sentir su respiración, podía sentir su excitación, pequeños gemidos salían de mi garganta, estaba tan excitada, nunca nadie me hizo eso y me encantaba, empezó a subir por mi monte de Venus totalmente depilado, mi vientre y próxima parada mis pechos con mis pezones esperando ansiosos ser mordidos por sus labios, poco a poco iba subiendo con sus manos ya sobre mi pelo, revolviéndolo mientras que nos empezamos a besar y empezaba a gemir en su boca al sentir como su pene tremendamente duro había encontrado solo la entrada de mi vagina y empezaba a meterse lentamente hasta el fondo, hasta sentir sus testículos chocando con mi culo.

    Nuevamente tenía su pene metiéndose y atravesando un mar de placer, placer de los dos, nuestros gemidos ahogados por nuestros besos, su cuerpo sobre el mío subiendo y bajando, resbalando por mis pechos sudorosos, mis piernas lo rodeaban por la cintura y mis manos arañaban su espalda, los primeros gritos de placer empezaron a volar por la ventana abierta, placer en ningún caso fingido como en otras ocasiones, como otros amantes, este era real, el placer me hacía gemir y gritar, temblaba todo mi cuerpo cuando le sentía entrar, cuando sentía su pene llenarme por completa, llegar tan al fondo como nadie me la había metido, rozando desde su cabeza hasta el tronco entero de su pene toda mi vagina, envuelto en un mar de fluidos que me llenaban por dentro.

    Julián se dio la vuelta despacio, arrastrándome a mí con él, sin sacarme el pene de mi coño, haciendo que empezara a montarle como una experimentada amazona, me iba guiando y yo le iba haciendo caso, me decía que me echara hacia atrás y yo lo hacía, hacia delante y yo lo hacía, que no la sacara y empujara y yo lo hacía, la sentía llenarme entera, presionando el final de vagina, queriendo entrar en el mismo útero, la había tenido en mis manos, en mi boca, sabía que la tenía grande, pero me estaba sorprendiendo lo mucho que me llenaba. Me había echado hacia atrás apoyándome con las manos en sus tobillos moviendo mi cadera hacia delante y hacia atrás viendo como su pene me entraba, como poco a poco Julián me atravesaba como una lanza haciéndome emitir los gemidos más dulces, me subía nuevamente con mis manos en mi cabello, revolviéndomelo cuando apretaba hacia abajo teniendo su polla prisionera de mi coño, moviéndome lentamente de lado a lado mientras miraba como la cara de Julián se descomponía de placer, como cerraba los ojos y los abría para lanzar sus manos a mis tetas, agarrándolas y tirándome de mis pezones tremendamente sensibles a todo lo que hacía.

    Poco a poco iba sintiendo ese ardor nuevamente, ese calor que me nacía en el vientre y descendía hasta mi vagina, esa llama que me atravesaba el cuerpo y me hacía tumbarme hacia él presionando nuestros pechos sudorosos mientras que dábamos rienda suelta a nuestras lenguas que empezaron a bailar frenéticamente, a saborear todos los gemidos, mis gemidos que iban siendo encarcelados en su boca, Julián levantó la pelvis unos centímetros y con un potente empujón hizo que me separara de su boca para poder gritar, para sentirme realmente satisfecha con lo que estaba sintiendo cuando me penetraba con tanta velocidad con tanto vigor hasta que los dos estallamos en un maravilloso orgasmo, notaba como su semen me atravesaba toda la vagina como su pene expulsaba como lava ardiente ríos de semen que discurrirían por mi interior.

    Los gemidos y jadeos fueron remitiendo cuando los besos se hicieron hueco en aquella habitación, dos, dos orgasmos en una noche, algo que sabía que existía, pero que aún no me lo habían presentado y que a partir de aquella noche, de aquella mañana cuando me despertaba a su lado, cuando de espaldas a mí me despertaba con sus besos en mi cuello y su pene penetrando mi vagina por detrás hasta que un orgasmo más me hizo ver que no había sido un sueño, que la noche anterior realmente existió, las posturas, los orgasmos, no uno, ni dos, tampoco tres ni cuatro, no sé, había perdido la cuenta de cuantas veces penetró en mi cuerpo, de cuantas posturas exploré y ya en la ducha, lavando mi sexo, una risa nerviosa salía de mis labios recordándolo todo lo que sentí aquella noche, así como lo estoy recordando ahora con mis bragas mojadas sobre la silla, con mi portátil en la mesa y mis dedos tecleando a duras penas poniendo negro sobre blanco aquella experiencia que empezó a cambiar como vivir mi sexualidad, una experiencia que ahora mismo recuerdo como si fuera ayer e intentando ahora ser más fuerte que esa fuerza tan poderosa que llena mi cuerpo de deseo, que mis manos se quieran meter por debajo de mis bragas, que mis ojos se cierren y mis dedos intenten emular el prodigio que Julián realizó aquella noche de finales del mes de agosto, ya hace cinco años.

  • ¿Quieres conocer el sabor de mi coño?

    ¿Quieres conocer el sabor de mi coño?

    Lo que os voy a contar ocurrió en una aldea de Galicia hace mucho tiempo, mirad si pasó tiempo que de aquella las mujeres consideraban que era de putas afeitar sus coños peludos y los hombres estaban orgullosos de tener pelo en el pecho.

    Era una tarde de primavera, yo estaba sentado bajo un roble fumando un Winston y contando hormigas para matar el aburrimiento. Oí una voz que me decía:

    -¿Me das un pitillo?

    Levanté la cabeza y la vi, era mi sobrina Laura. Vestía un vestido de color verde que le llegaba a las pantorrillas y calzaba unas sandalias marrones. Le pregunté:

    -¿Tus padres saben que fumas?

    Laura tenía mucha confianza conmigo y sabía que no le iba a ir con el cuento a mi hermana, me respondió:

    -No, fumo a escondidas.

    -A escondidas y marca si dan.

    -¿Me vas a dar el pitillo o no?

    -Deja que te mire bien.

    Dejó que pasaran unos segundos y después me preguntó:

    -¿Qué ves?

    -Una belleza morena, de estatura mediana, ojazos azules, cabello largo de color marrón que tiene un cuerpazo y que no debía fumar.

    -Pensé que ibas a decir alguna barbaridad. Suelta el pito.

    Eché la mano a mi entrepierna y le dije:

    -No me lo digas dos veces que lo suelto.

    Le dio la risa.

    -Ese no, el de fumar.

    -Este también se chupa.

    -Sí, pero no sale humo.

    -¿Y qué sale?

    Me dijo con retranca:

    -Vino blanco con gaseosa.

    -Para premiar tu sabiduría tendré que darte ese pitillo.

    Saqué la cajetilla y le di un cigarrillo. Me preguntó:

    -¿Me das fuego?

    -¿Quieres también que te lo fume?

    Se mosqueó.

    -¡Ay qué coño, tío! ¿Me das fuego o no?

    Saqué el mechero, se inclinó y le di fuego.

    -¿A dónde vas, Laura?

    -A marcar.

    Ir a marcar le decíamos en la aldea a ir en busca de pinos secos para luego ir a cortarlos de noche, así el dueño del pinar no te pillaba. Cómo no tenía nada mejor que hacer, le miré para las tetas con descaro, luego para la entrepierna y después le pregunté:

    -¿Y a ti ya te marcaron?

    Le echó una calada al cigarrillo y después me respondió:

    -Esas no son cosas tuyas, pero no, no me marcó nadie.

    -Si no te marcaron seguro que te marcas tu sola.

    Marchándose dijo:

    -Me voy que hoy te veo muy salido.

    -Quinientas pesetas.

    Se dio la vuelta y dijo:

    -¿Qué?

    -Que te doy quinientas pesetas por ver cómo te marcas.

    No se escandalizó por la proposición indecente.

    -Sí que andas salido, sí. ¡¿Me pagarías quinientas pesetas por ver cómo me hago una paja?!

    -Sí, y por ver cómo te corres.

    -¿Y no querrías nada más?

    -Si hubiese algo más sería porque tú querrías que lo hubiese.

    -Este no es lugar para hacerme una paja, pero mira, si se presentase la ocasión, en un lugar íntimo, la respuesta sería sí, aunque te costaría dos mil pesetas.

    Era un dineral, pero ver a mi sobrina masturbándose lo valía.

    -Las pagaría con mucho gusto.

    -Créeme, el gusto iba a ser todo mío.

    Se fue y volví a contar hormigas.

    El caso fue que la ocasión se iba a presentar el día que mi mujer fue a hacerle de canguro a una vecina que fuera ingresada en el hospital para dar a luz, ya que yo llamé a Laura para que me hiciese de comer y de cenar.

    El día que nos ocupa fui a trabajar. Al volver estaba la mesa lista. Comiendo un zanco de un pollo que había asado, me dijo:

    -Esta noche podía hacer para ti aquello que me habías propuesto.

    -¿Por dos mil pesetas?

    -Por dos mil pesetas.

    Hablamos de muchas cosas más, pero yo quiero ir al turrón.

    Daban en el reloj de la pared de la sala de estar las once de la noche cuando entré en su habitación. La luz estaba encendida. Laura estaba echada sobre la cama vestida con un pantalón de pijama blanco con flores rojas y con una camiseta blanca ceñida donde se marcaban sus grandes tetas. Puse las dos mil pesetas encima de la mesita de noche y me senté en una silla. Me sonrió y me preguntó:

    -¿Empiezo?

    Cuando quieras.

    Laura echó las manos a las tetas y comenzó a amasarlas. Me preguntó:

    -¿Te gusta lo que ves?

    -Mucho.

    -A mí también me gusta que me mires.

    No pensé que me iba a hablar mientras se masturbaba, pero me gustaba que lo hiciera.

    -Y mí me gusta que te guste.

    Bajó una mano y la metió dentro del pantalón del pijama. Viendo cómo se movía la mano allí abajo se me puso la polla tiesa. Me preguntó:

    -¿Quieres ver mis tetas?

    -Quiero.

    Laura levantó la camiseta y dejó sus gordas tetas al aire, unas tetas redondas con areolas medianas y pezones gordos.

    -¿Te gustan?

    -Son preciosas.

    Sacó la mano de dentro del pantalón del pijama y mojó con los jugos de su coño los dos pezones. Los acarició con dos dedos y después volvió a meter su mano derecha dentro del pantalón del pijama.

    -Estoy cachondísima.

    -¡Anda que yo!

    Con una mano se masturbaba y con la otra se magreaba las tetas. Al rato me preguntó:

    -¿Quieres ver mi coño?

    -Enseña.

    Quitó el pantalón del pijama. Completamente desnuda se abrió de piernas y se giró hacia mí. Mi polla se volvió loca dentro de los calzoncillos al ver su coño peludo. Me vino la diosa de la fortuna a verme cuando me dijo:

    -Puedes tocarte si quieres.

    Saqué la polla empalmada y comencé a menearla. Laura miró para mi polla y empezó a acelerar los movimientos laterales, verticales y circulares que hacía sobre su clítoris.

    Me levanté y fui a su lado. Paró de masturbarse y se puso en guardia.

    -Recuerda que es solo mirar.

    La tranquilicé.

    -Ya lo sé, pero es que quiero ver tu coño de cerca.

    Con mi cara a escasos centímetros de su coño vi cómo sus dedos entraron y salieron de su vagina unas diez o doce veces y luego cómo los movía encima de su clítoris… De su vagina salían jugos transparentes con una consistencia cómo la de la clara de un huevo que bajaban hasta su ojete y acababan en la cama. Sus dedos entraron y salieron de nuevo de la vagina. Me preguntó:

    -¿Quieres conocer el sabor de mi coño?

    -En este momento más que cualquier otra cosa en este mundo.

    Sacó los dedos del coño pringados de jugos, los puso sobre mi lengua y se los chupé.

    -¿Te gustó el sabor de mi coño?

    -Mucho.

    Acarició su clítoris con los dedos hacia los lados, verticalmente y haciendo círculos sobre él y comenzó a gemir. Vi cómo su vagina y su coño se abrían y se cerraban. No pude ver más, ya que mi sobrina me cogió por la nuca, me atrajo hacia ella y puso su coño en mi boca. Corriéndome con ella lamí su coño y fui tragando los jugos de su deliciosa corrida.

    Al acabar de correrse, sonrió y me dijo:

    -Lo siento, tío, pero no pude evitarlo.

    Obviamente me hablaba de haber cogido mi nuca, atraerme hacia ella y poner su coño en mi boca. Le dije:

    -No lo sientas, me gustó que lo hicieras.

    Siempre fui un hombre de palabra. Había pagado por mirar y no iba a intentar nada más. Guardé la polla, fui a la cocina y me eché una taza de vino tinto de esas de barro de comer el caldo. Me la mandé de una sentada. Después se dibujó una sonrisa en mis labios, no fue por el gustirrinín que me produjo el vino, no, fue porque en mi boca seguía el delicioso sabor de los jugos de su corrida. Sentí una mano sobre mi hombro, me giré y allí estaba mi sobrina, desnuda, descalza y sonriente. Me besó con lengua, me echó la mano al paquete, y me dijo:

    -Quiero que me hagas mujer, tío.

    Quería que la follara y la iba a follar, le dije:

    -Apoya las manos en la mesa y abre las piernas.

    Hizo lo que le dije. Mi lengua exploró su culo y su ojete, el ojete lo exploró en profundidad, después le froté la polla en el ojete y el coño empapado. Mientras magreaba sus duras tetas le metí la puntita de la polla en ambos orificios. Entraba tan apretada en uno cómo en el otro. Después le volví a lamer el culo y a explorar el ojete con la lengua. Laura me dijo:

    -Aceite, tío.

    -Caña es lo que te voy a dar.

    -Dame caña después, antes unta la polla en aceite para que me entre mejor.

    Al decirme lo de entrarle mejor ya fui a por el aceite. Cogí la botella de aceite de oliva virgen, unte las manos y le magree las tetas. Me dijo:

    -¡Oh, sí! ¡¡Que gusto!!

    Eché más aceite de oliva virgen y le unté las nalgas, la raja y el ojete. Le metí el dedo medio en el culo. Le entró como si fuera un supositorio. Laura exclamó:

    -¡Qué gustito!

    Le follé el culo con el dedo. Mi sobrina no paraba de gemir. Al quitar el dedo de su culo eché más aceite en las palmas de mis manos, con ellas unté la polla y después se la metí en el coño. La mezcla de flujos vaginales y aceite hizo que entrase apretada, pero de un tirón. Mi sobrina con toda la polla dentro de su coño, me dijo:

    -Mis amigas me dijeron que la primera vez duele, pero no me dolió, al contrario, me gustó.

    -Y más que te va a gustar.

    La agarré por las tetas y magreándoselas la follé sin prisa, pero sin pausa… Poco después me dijo:

    -Por tu madre, tío, no te corras dentro, no te corras dentro, pero no pares, no pares que yo, yo, yooo ya, ya, yaaa. ¡Me corro!

    Al acabar de correrse se la froté en el ojete y luego muy lentamente se la metí hasta el fondo de culo. Con toda dentro, me dijo:

    -¡Joder, parece que me entró un jabalí por el culo!

    El jabalí al ratito le llenó el culo de leche.

    Al acabar de correrme se dio la vuelta, la cogí por las axilas, la levanté y la senté en la mesa, le comí la boca, le comí las tetas, hice que se echara hacia atrás y le comí el coño. Se lo comí despacio para darle tiempo a mi polla para que se pusiese dura, y despacio mi lengua fue haciendo los mismos movimientos que hicieran sus dedos sobre el clítoris, movimientos laterales, verticales y en círculo, para después bajar a su vagina y entrar y salir de ella varias veces, y luego volver al clítoris y hacer los movimientos antes dichos. En mi séptimo recorrido y teniendo la lengua dentro de su vagina, me agarró la cabeza con las dos manos y moviendo la pelvis de abajo a arriba, de arriba a abajo, hacia los lados y alrededor se corrió cómo una loba. Fue una corrida larga y copiosa.

    Al acabar se sentó sobre la mesa y me dijo:

    -Quiero más.

    Mi polla ya se había puesto dura. Le cogí el culo, la levanté en alto en peso y se la clavé hasta el fondo del coño, le metí la lengua en la boca, la arrimé a la pared y le di caña brava. Laura con sus brazos alrededor de mi cuello chupaba mi lengua, la lamía… Yo sentía sus duros pezones y sus duras tetas bajar apretadas por mi pecho cada vez que dejaba caer el culo para que los chupinazos le llegasen al fondo del coño. Jadeaba cómo una perra y cómo una perra se corrió. Al acabar de correrse me dijo:

    -Quiero más.

    Me temblaron las piernas. De aquella no había viagra… En fin, hice lo que pude para no quedar mal.

    Quique.

  • El primo de mi marido

    El primo de mi marido

    Creo que no hice lo correcto.

    El primo de mi esposo se me hizo atractivo, es más grande que nosotros, yo tengo 23 y mi esposo igual, pero su primo tiene 28 y se me hace un chico seguro, culto y no es súper guapo, pero es bien parecido.

    Tengo que decir que en mi mente surgió esta idea de que no viví muchas cosas por embarazarme de chica.

    Mis amigas me cuentan sus aventuras y yo como casada y trabajando pues no he tenido muchas o ninguna mejor dicho.

    Pero esta vez después de varias reuniones por fin pasó.

    El primo subió por unas cajas de refresco y yo pedí una botana, pero me dijo mi suegra que subiera con el primo porque estaban arriba atrás de las cajas de refresco para que me ayudara.

    Pues entré y asusté al primo que estaba en la escalera bajando una caja. Casi se cae y me dijo que si le sostenía la escalera. Pues ahí tenía su bulto marcado de frente a mi cara. Yo lo miraba y me empecé a excitar, pero intenté no mirar mucho. El primo me pasó dos refrescos porque la caja estaba pesada para bajarla completa, yo los recibí y después me pasó otros dos. En eso noté como su bulto creció y es que yo llevaba un escote no exagerado, pero como soy de senos grandes si se veían algo y más desde arriba supongo. Se le marcaba un pene sabroso o por la situación quizá yo ya estaba delirando en ese momento.

    Y como intentando que dejáramos eso para avergonzarlo le dije “si se ve bien desde arriba?” E intenté hacerme la enojada. Pero él me dijo “si se ven bien tus amigas” y a mi se me escapó una risa y yo le dije “acá también se ve bien” y le miré ese ese paquete que ya había crecido. Y él dijo “eso que no lo has visto eh” y yo al sentirme retada, caliente y ahí le baje el cierre y cuando metí la mano me sorprendí al sentir su grosor, le desabroché el pantalón y salió un pene grueso y algo largo, sin duda no he visto muchos pero ese estaba grande y empecé a comérsela al primo, sentía toda mi boca llena y no me cabía completa y eso me calentó mucho babeaba como nunca no sé por qué, la verdad es que sigo sorprendida, pero les digo que solo había estado con mi marido y esa cabeza me llenaba la boca y yo se la jalaba con mis dos manos mientras con mi boca y mi lengua le chupaba todo, después no me existí y se la mordí de lado.

    Hasta que me dijo que iba a terminar y yo se la jale y me metí su cabeza y empecé a recibir algunos chorros gruesos y un poco cayó en mi escote, tuve que dar un trago grande de tanta leche.

    En eso escuchamos pasos, él se volteó y creo que se la guardo y yo me limpié con la mano. Era mi marido y nos preguntó porque tardábamos.

    El primo le dijo no podía bajarla, pero que si le ayudaba a bajar esas mientras y así me paso otras dos a mi y bajamos esas.

    Mi marido me preguntó porque estaba colorada y le dije que ahí hacía calor.

    Después de todo me sigo arrepintiéndome, pero tampoco puedo sacar de mi cabeza disfrutar de otro hombre o que me clave esa verga del primo de mi marido.

  • Mi sueño era Pili

    Mi sueño era Pili

    Tuve este sueño amigo, el que me esmero en describirte con detalles, pues fue increíble. Ella siempre me ha gustado mucho; si no se ha dado cuenta, la mandaré de nuevo al colegio.

    El jueves durante el almuerzo le dije que me parecía muy sensual; en realidad mi timidez me contuvo pues he debido decir… ¡muy sexual!

    Nuestra conversación después de una hora, tomó un rumbo algo erótico y por lo tanto favorable, para mi. De alguna forma u otra, después de ruegos por un buen rato, la seguí hasta su apartamento. Ya allí, yo temblaba como un perico mojado, pues sentía que se iba a dar un muy esperado primer encuentro sexual entre ella y yo, pero necesitaba controlarme y presentar un frente digno de mi. Ella, con una sonrisa me dijo −Ponte cómodo −mientras sonriendo alegremente, se despojaba de su chaqueta, revelando bajo la blusa sus deseados pechos.

    Como optimista siempre he sido, en ese momento deseé que Pili estuviera tan deseosa como yo y por un momento, esperé que su cuerpo exhalara lujuria. Estábamos en la pequeña sala y al verla dirigirse a la cocina, me interpuse colocándole firmemente una de mis manos sobre un hombro. Ella, con un gracioso movimiento, dio media vuelta y me presentó su espalda. La abracé con firmeza, besándola suavemente en el cuello, descubriendo con sorpresa, que esto era algo que disfrutaba. Ella permaneció unos segundos en silencio, con la cabeza ligeramente baja, lo que me hizo temer que fuera un gesto de desaprobación, pero inmediatamente giró y me ofreció su boca. Mi beso fue exploratorio y ella me sorprendió con un beso sensual, pero algo tibio, pues sólo sus labios tomaron parte de él y aunque intenté abrirle la boca, ella con firmeza lo rechazó.

    Nuestros cuerpos se juntaron y mientras nuestro beso se extendía, la apreté de las caderas con pasión. Sus manos se posaron casi todo el tiempo en mi cara.

    Luego del largo beso, empecé a bajar con mis labios por su mentón, por su cuello, tomando dirección hacía el bello tatuaje entre sus senos, el que, por observar con deseo durante el almuerzo del jueves, me había distraído de la rica ensalada mexicana y de mi copa de vino blanco. En ese momento, consciente de que su blusa me impedía cumplir mi cometido, me tomó de una mano, guiándome a su habitación. Ya allí, la empujé con suavidad y desabotonando la maldita blusa y el apretado sostén, alcancé mi deseada meta, el pequeño tatuaje.

    Continué bajando, primero por sus hombros, luego por su pecho, deteniéndome en sus senos. Saboreé con deleite sus bellos pezones, los que estaban algo erectos; ella mientras tanto fue quitándose el pantalón de mezclilla, con cierto esfuerzo dado lo ajustado del mismo. Cuando terminó, coloqué mis manos a los lados de sus bragas y la miré a los ojos; ella, adivinando mis intenciones, con un gesto de aprobación levantó su pelvis para ayudar mi acción.

    Me han encantado sus gruesos brazos y piernas, siempre cubiertos y ahora a mi vista, pero ellos quedaron eclipsados por la muy abundante cabellera de su pelvis. Siempre había venerado los coños bien afeitados, pero al incorporar mi torso y observar semejante paisaje, parecido a La Amazonía, empecé de nuevo a temblar como un perico mojado… y me olvidé de comparaciones odiosas.

    Me arrodillé sobre la cama a su lado y después de mirarla a los ojos por un instante, la besé nerviosamente. En ese momento me di cuenta de que ella sí era como me la imaginaba, sensual y muy apasionada. Su boca se abrió, lo que liberó mi ansiosa lengua, dándole rienda suelta a muchas semanas o meses de espera.

    Nos besamos por varios minutos y durante ellos, sentía mi corazón galopando; creí que iba a tener un desenlace de salud no deseado. Mi mente sólo pensaba en bajar; ese era el objetivo que me martirizaba, bajar y bajar. Volví a sus lindos senos, donde me demoré un buen rato y seguí hacia su abdomen; temblaba como un perico.

    Acaricié y besé el interior de sus muslos, que semejaban la más fina seda asiática, con una blancura semejante al color de una perla. Dirigí una de mis manos a su coño, acariciando suavemente su vello púbico y me aventuré a desafiar el centro de gravedad de mi sueño: su abertura, inundada de lujuria, pues estaba tan mojada, como yo mientras escribo este recuento. Traje mi mano a mi boca y me chupé los dedos, saboreando esa deliciosa miel.

    −No hagas eso! −exclamó, cerrando las piernas.

    −Ábrelas Pili! −increpé con autoridad.

    Ella obedeció sin reparo; yo, repetí la acción y con deleite, me chupé de nuevo los dedos, mirándola a los ojos. Me sentía un poco confiado, pues su respuesta a mi orden fue inmediata; me incorporé de su lado y me deslicé hacía la base de la cama, la que gozaba de un mullido tapete, como una invitación no planeada a posar mis rodillas en él. Lo siento amigo, pero tengo que repetir: temblaba como un perico.

    La proximidad de su hermosa vagina a mi cara, me permitió deleitarme con el olor más exótico del mundo, el aroma de una vulva fresca y expectante, antes de ser comida.

    La tomé de las nalgas y con seguridad halé con ambas manos hacia mi, esfuerzo desperdiciado, pues noté con mucho agrado que ella acercaba su deseada pelvis a mi boca. Como un director de orquesta famoso, dirigía mi atención ahora, a su clítoris, después, a sus labios mayores y menores: mis dedos, eran como los del Primer Violín, vibrantes, sabios y acertados, dando las notas claves de tan maravillosa sinfonía.

    −Disfrutas? −le pregunté.

    −Si. −exclamó sin énfasis.

    −Sólo sí? −respondí−. ¡No oigo nada! −le increpé.

    Por la siguiente media hora, la que pasó rápidamente, la garganta de Pili produjo sonidos que se adueñaron de la Sala de Conciertos. Pensé que hubiera debido comprar boletas para toda la temporada. Después de mi atrevida petición, no tuve que hacer esfuerzo alguno, pues el vaivén rítmico de sus caderas aumentaba su velocidad sobre mi boca, lo que me decía que estaba más confiada y menos tímida. Sentí sus manos colocándose atrás de mi cabeza, halando con fuerza y dos minutos después oí un rugido bello y erótico, que indicaba en fin del Concierto. La vi cerrar los ojos y me le aproximé para besarla y compartir el dulce elixir, esparcido sobre mis labios, con los suyos. No habían pasado ni diez minutos, cuando escuche:

    −Quiero montarme Rafa! −exclamó.

    Yo accedí feliz, me acosté y le di vía libre para subirse; ella con cierta brusquedad, me agarró la verga y literalmente se la enterró en su vagina, imponiendo un ritmo endemoniado, el que sospeché yo no sería capaz de aguantar por mucho tiempo.

    Yo deliraba viendo cómo se movían las carnes de sus caderas al rebotar sobre mí; su movimiento fue convirtiéndose en saltos de su humanidad sobre mi verga.

    −Para Pili! −grité− Me vas a hacer venir!

    En ese momento oí el estridente sonido de un timbre.

    −Esperas a alguien? −increpé.

    Me doy cuenta de que es mi despertador, carajo. ¡Son las 6:30 am y ya sonó mi alarma!

    ¡Me dirigí al baño a tratar de terminar allí el concierto, temblando como un perico!

  • El crucero (02): Paseando por el barco

    El crucero (02): Paseando por el barco

    La espera se te hace interminable, ni las caricias de tu compañero pueden calmar los nervios que te corroen, desnuda, dolorosamente estrujada, solo puedes esperar, hay decenas de cajas, pueden pasar horas hasta que os saquen a vosotros. La lengua de tu compañero sigue jugando contigo, le encanta saborearte, lamer la piel suave y dulce de una cerdita rubia como tú, mira tu pelo largo, ligeramente ondulado, tus pechos no demasiado grandes, tu sexo cada vez más mojado. Pegada a él, traviesa y coqueta le acaricias, poco a poco tus ojos se han ido acostumbrando a esta luz tenue, le miras, debe rondar la treintena, como tú el también lleva un collar de color negro, estiras un poco el cuello, hasta poder besar la punta de su verga, te gusta su tacto, su textura, sigues besándolo, tocándolo, te gusta que se excite contigo, ser tu quien endurezca su deseo, quien le haga buscar un placer prohibido que sin duda vuestros amos castigaran. Te encanta sentirte atractiva y deseada, y sonríes cuando su verga otra vez se vacía entre tus labios, Coqueta y traviesa bebes golosa esta leche caliente y espesa, te relames los labios, no quieres perder ni una gota, y tan solo algún gruñido apagado te corrobora que él también está disfrutando, que él también está gozando de este placer prohibido en esta jaula estrecha y asfixiante.

    De pronto, abren la puerta, cogen de una de tus patas y tiran hacia fuera, gruñes enfadada cuando te separan de tu compañero, estás agarrotada, tienes calambres y apenas si puedes moverte, alguien tira de tu vello, chillas de dolor cuando te arrancan algunos de tus pelos, al final consiguen sacarte, ahora es el turno de tu compañero, tiran de su rabo, aprieta los puños y los dientes, no quiere llorar, no quiere gritar, no quiere darles el placer de que le vean suplicar, lo echan al suelo, junto a ti, con una vara os van azotando para desentumeceros, ponen un barreño de agua en el suelo, y los dos metéis el hocico dentro, vas bebiendo todo lo que puedes, notas como él lengüetea junto a ti, cuando ya piensan que habéis bebido bastante, tiran hacia arriba de vuestros cabellos, mientras os ordenan que os levantéis, intentas hacerlo, pero tanto tiempo hacinada hace que te fallen las piernas, caes al suelo, y agarrándote por los pechos te levantan otra vez, giras la cara, él también lo está pasando mal, apenas si puede mantenerse en pie, al final lo consigue. Te sueltan y entre temblores consigues también aguantarte derecha. Una vez en pie, con una esponja mojada en jabón, van limpiándote, tus tetas, tu culo, ríen cuando ven los restos de esperma llenando tu cara y deciden dejarte la cara sucia, que todos vean como se ha corrido la cerda enjaulada, bajas la mirada sonrojada, mientras uno de los trabajadores, se entretiene limpiando a fondo tu sexo, su mano y la esponja mojan tu vulva, tu clítoris, luego se esmera en tus nalgas, tu culo, empiezas a gemir mientras el agua va mojándote, mientras sus dedos recorren tu zona más íntima . Otro trabajador le grita, no es hora de perder el tiempo, hay un horario que cumplir, y todos los animales han de estar exhibidos dentro de una hora como máximo.

    Agarran el rabo de tu compañero, y de un tirón se lo llevan, antes has podido ver el número que lleva rotulado en el pecho, 7.042, sabes lo que significa, cubierta siete, camarote 42, allí esta su dueña o dueño, no sabes si él ha podido ver tu número, si ha visto que tu eres la perrita del camarote 34 de la cubierta 8. Un nuevo azote te devuelve a la realidad, es tarde y hay prisa, te agarran por una de tus tetas, y tirando de ti, te sacan de esta bodega, por el camino oyes como suenan las sirenas del barco, estamos zarpando, tan solo un ligero movimiento casi imperceptible denota el movimiento del barco, y mientras tú estás en la bodega, nueve cubiertas por encima, Nuria está apoyada en una de las barandillas viendo partir el crucero, poco a poco el muelle se va alejando, la estatua de Colon, el hotel Vela, el perfil inconfundible de Montjuic, todo va quedando atrás, bebe un sorbo de su bebida bien fría y hace algunas fotos con el móvil, junto a ella, decenas y decenas de amos y amas, disfrutan de este día soleado, de la música con que el barco se despide de Barcelona, y de la ilusión de unos días donde gozar y disfrutar de todos y cada uno de los servicios y placeres que ofrece “El justine”.

    Mientras, en otro rincón de la cubierta superior, Raül y yo estamos conversando con Jacques, un importante abogado francés, nos cuenta que su esposa, Margot, desde siempre se sintió atraída por este mundo, primero le pedía algunos azotes en las nalgas para excitarse, poco a poco los azotes se convirtieron en latigazos, en cadenas y argollas donde ella estaba colgada mientras él la penetraba , luego llegó aquel club exclusivo y discreto, donde los socios podían disfrutar de ella, la insultaban, la azotaban, la follaban por cualquiera de sus agujeros, mientras ella se corría una y otra vez, y ahora para celebrar los 20 años de casados, le ha regalado este crucero, y el día exacto del aniversario, la marcará a fuego con sus iniciales, esto interesa a Raül, ya que el también aprovechará para marcar a zuleia, así que decidimos quedar esta noche, para charlar un poco y compartir las esclavas.

    Poco a poco el mar fue llenando el horizonte, Barcelona fue empequeñeciéndose hasta desaparecer y a la hora en punto, anunciaron que todos los esclavos y esclavas ya estaban expuestos, en el teatro, en algunas salas, incluso en los pasillos, durante las próximas tres horas, los cruceristas podrán ir mirando los distintos ejemplares y si alguno les apetece, todos llevan marcado el número de camarote donde están sus dueños, para contactar con ellos.

    Tú, con tu cabellera rubia y tu cara de niña traviesa, eres una de las más solicitadas, decenas de manos juegan con tus pechos, con tu vello rizado y dorado, algunos miran tu cara llena de chorreones de las corridas de tu compañero de celda, otros meten sus dedos en tus agujeros, riéndose cuando los sacan totalmente empapados, y es que la vergüenza, la humillación, aquellos desconocidos usándote una y otra vez te excitan cada vez más, y mientras una joven pareja se entretiene pellizcándote la vulva y jugando con tus pezones, al fondo ves a Nuria, acompañada de un amigo que ha conocido en cubierta, le iba a presentar a su perrita dócil y obediente, y resulta que tú has decidido follar sin permiso. Tu dueña te abofetea con todas sus fuerzas, y retorciéndote los pezones te recuerda que solo ella decide cuándo y con quien puedes follar. Tú con lágrimas en los ojos, solo puedes ladrar de forma lastimera esperando que te perdone, el chico se pone tras de ti, y de un golpe entra su verga en tu culo. Te muerdes los labios para no chillar, no lo esperabas y te duele, te duele cada vez más, pero el sigue entrándola con todo su ímpetu, sigue abriendo tus nalgas con su rabo grueso y duro. Nuria mira a su alrededor y pregunta si a alguien le apetece tu coño, al momento uno de los hombres se acerca y sin dudarlo, te ensarta hasta el fondo. Emparedada entre los dos, te mueves como una muñeca al compás de sus golpes de riñón, al ritmo de su placer, mientras tus lágrimas se funden con los restos de semen reseco de tu cara.

    No tardan en correrse, se separan de ti, notas como su leche espesa y caliente baja por tus nalgas, por tus muslos, Nuria sigue mirándote, quizás decidiendo que castigo te espera esta noche, de momento, se coge del brazo de su acompañante y se van, tú te quedas sollozando mientras no tardas en notar otras manos, otros besos, otros pellizcos y caricias en tu piel.

    Mientras, en otra de las zonas del barco, Jacques ve a nuri, la reconoce de los videos de la carrera, junto conmigo nos acercamos a ti, te arqueas todo lo que puedes, te gusta mostrar tus hermosos 44 años, altiva y sumisa, Jacques toquetea tu coño, sonríes mientras sus dedos te excitan, te hacen sentirte deseada, te encanta ver como engordas su verga, como atraes sus miradas, él nos cuenta que Margot se ha corrido decenas de veces viendo el video de tu carrera, viéndote sudar, llorar, cojear, con tu cuerpo al límite una y otra vez, mientras lo cuenta, no deja de mirarte, de tocarte, de acariciarte, empiezas a moverte, a gemir, te falta muy poco para correrte entre sus dedos, me miras sumisa implorando mi permiso, y con un movimiento de mi cabeza te lo doy, al instante empiezas a contornearte, a estrujar todo lo que puedes aquellos dedos, a gruñir, a correrte entre los dedos que te penetran y juegan contigo. Se forma un corro de gente mirándote, viendo como con la boca abierta berreas entre espasmos de placer. Jacques saca la mano de ti, y la acerca a tus labios, lames cada uno de aquellos dedos, mientras le miras sumisa y sensual. Antes de irnos animo a quien quiera a usarte por cualquiera de tus agujeros a que lo haga, y no tardas en estar rodeada de manos y vergas, cierras los ojos y sonríes mientras te entregas al placer de aquellos desconocidos.

    Seguimos paseando, y en una de las salas, vemos a Margot, aquí es Jacques quien me invita a usarla, ella está seria, excitada, asustada, en un cumulo de sensaciones que se entremezclan y la hacen sufrir y gozar a cada instante, es un paso más en su sumisión, la han enjaulado, azotado y exhibido como un animal de feria, la han toqueteado y magreado decenas de extraños y por si fuera poco siempre le han asustado los barcos. Acaricio sus labios, ella sumisa abre la boca, mi lengua recorre su cara, entra en su boca, mis manos se aferran a sus pechos, ella mira a su dueño sin saber qué hacer, Jacques tras ella, se agarra a su cintura y la penetra por el culo, lentamente, sin prisa, disfrutando de cada centímetro que va entrando en su esposa, de cada gemido de sus labios, de cada gesto de dolor, mientras, yo acaricio su vulva, toqueteo su clítoris, mordisqueo sus pezones, ella no pude evitar moverse, contornearse, mientras mi verga cada vez más endurecida va entrando en su cuerpo. Gime y se contornea, le gusta sentir a su marido detrás, y a un desconocido delante, se mueve al compás de nuestro placer y del suyo, es evidente que está gozando, que está disfrutando de cada instante, de cada nueva vergüenza e humillación, hace tiempo que ha aceptado que su placer solo le llega de los castigos y humillaciones a que la somete su marido, o quien él decida.

    Tras corrernos en Margot, su marido le da un beso en los labios, ella sonríe satisfecha y feliz, mientras ve como nos alejamos, ahora son otras manos, las que toquetean su piel. La tarde va convirtiéndose en noche, y a las 9 en punto empiezan a desmontar la exposición de esclavas y sumisos, es hora de llevar cada ejemplar al camarote de su dueño. Nuria se acerca a ti, mira cómo te desatan, como te magrean los trabajadores, mientras te ponen la correa y a 4 patas te llevan hasta el montacargas por donde te subirán hasta la cubierta 8. Aun tardan un rato en llegar, y cuando lo hacen, Nuria ya te está esperando con la fusta en la mano, asustada te encorvas ante ella, el primer azote golpea tus nalgas, totalmente empapadas con el esperma reseco de distintos amos que te han usado. Te muerdes los labios mientras ella sigue azotándote, castigándote por haberte corrido sin su permiso, tras una veintena de azotes y con tu culo y tus tetas ardiendo de dolor, se sienta en un sofá, y te dice que ahora quiere que le cuentes todo lo que has hecho en la jaula. Tragas saliva y con un hilo de voz, empiezas a explicarle como le has limpiado el culo con la lengua y como él te ha limpiado el tuyo, le cuentas como os habéis mirado para poder ir juntos en la jaula, como el miedo al castigo te ha hecho correrte una y otra vez, en una sensación extraña y a la vez excitante. Nuria sonríe y te pregunta cuál es el camarote del perrito, tú lo dices mirándola con ojos ilusionados 7042, Nuria descuelga el teléfono y marca el número, tu corazón te palpita a mil, mientras esperas que respondan, mientras temes y deseas que alguien hable al otro lado de la línea, finalmente alguien responde, Nuria le cuenta que tiene una perrita que merece ser castigada por haberse corrido con su esclavo. Tras un instante de silencio, Nuria ríe divertida, y colgando el teléfono, te acaricia las mejillas y te dice que esta noche cenaremos con los dueños del perro y decidiremos que castigo os merecéis…

    Se acerca la hora de la cena, Nuria se pone un vestido negro ajustado a su piel, tremendamente sensual, se mira en el espejo todas sus curvas se adivinan de manera evidente, sus cabellera negra cae sobre sus hombros y espalda, es joven y hermosa, y le gusta lucir su belleza. Luego termina de retocarse el maquillaje, y tras calzarse sus zapatos de tacón va hacia ti, en el suelo, azotada y mugrienta la miras, ella observa las marcas de tus últimos azotes, te levanta por las tetas y da un par de vueltas a tu alrededor, a pesar de tu suciedad, de tu piel enrojecida por el látigo, de tu cansancio y tus castigos, sigues siendo una hembra muy apetecible, está orgullosa de ser tu dueña y hoy quiere lucirte como su mejo trofeo. Oyes el click de la correa cerrándose en tu collar, es hora de salir, veremos que tal te portas con los propietarios de tu amigo, tu sonríes y bajas la mirada, mientras un tirón de tu correa, te hace seguirla hasta la puerta, fuera el ambiente es del todo animado, por todas partes grupos de amigos charlando y riendo, música, espectáculos de todo tipo, bares llenos de gente y camareros eficientes sirviendo a cualquier crucerista. Algunos miran la hoja de actividades de esta noche, otros van a cenar, y algunos simplemente pasean viendo este mar mediterráneo tranquilo y sosegado que mece suavemente el barco. Sientes un escalofrió cuando oyes los gritos de un par de esclavos a quien están azotando en una de las muchas cruces en forma de aspa que hay repartidas por el barco. Un poco más adelante ves a una hembra retorciéndose de dolor en un charco con su propia orina, mientras su dueño juega con el mando que hace estallar descargar electicas en alguno de sus agujeros.

    Tras un breve paseo llegáis ya al restaurante “Gran Marques”, donde Nuria ha quedado con los dueños del perrito que tú conoces. Alguien la llama desde una de las mesas del fondo, tu dueña sonríe y vais hacia ellos. Les miras, son una pareja de vuestra edad, a medida que te acercas ves en el suelo a una hembra morena, enroscada a una de las patas de la mesa, y junto a ella, el culo inconfundible de tu amigo…

    (Continuará)