Blog

  • Creo que mi ex novia me fue infiel

    Creo que mi ex novia me fue infiel

    Tenía 26, soy abogado y trabajo, cuerpo atlético, moreno claro. Mi novia (24 en ese entonces) es de piel clara y tiene un hermoso culo, estudia Ingeniería en Sistemas Informáticos, por lo que es de las pocas mujeres en sus clases. Ha formado amistad y grupo de trabajo con puros hombres, por la misma razón. Ya están en el último año de la carrera y tienen un proyecto muy complejo, están trabajando en grupo, ella con 3 de sus compañeros.

    La semana pasada se reunieron en la casa de uno de ellos que vive solo, yo los conozco y he compartido con ellos, por lo que me invitaron a quedarme ese día allí, se iban a quedar dormir, porque uno de ellos trabaja y no podía reunirse temprano. El punto es que para mi mala suerte ese día yo trabajé hasta muy tarde y tuve que estar en otra ciudad, me dijeron que no importaba, que igual podía llegar a la hora que fuera, que dejarían la puerta sin seguro.

    Llegué a las 3 am estaba súper cansado, pero estaba con la inseguridad de que ella se había quedado a dormir con 3 hombres sola. Llegué y pude abrir la puerta, estaba sin seguro, ya estaba todo en silencio, pero la luz de la sala y del patio aún estaban encendidas, las apagué y sin hacer ruido me dirigí hacia la habitación principal, la cual también estaba con la luz encendida, entré y todos estaban dormidos, pero ahí sentí una punzada horrible y celos.

    Uno de ellos estaba en short y sin camisa, otro estaba en bóxer y uno estaba totalmente desnudo, pero lo peor fue mi novia, tenía puesta una camisa larga (que no es de ella) y estaba en ropa interior, su trasero estaba a la vista de todos, sus bragas rojas estaban a la vista de todos, me incomodé y lo primero que hice fue tomarle fotos por si tenía la desfachatez de querer negarlo, después quise tocar su parte íntima para ver si estaba mojada o tenía restos de semen.

    Cuando traté de hacerlo se volteó y a esto uno de sus amigos se despertó, él estaba durmiendo en un sofá (el que estaba desnudo), vi como se empezó a sobar su verga (mucho más grande que la mía) y me dijo “rico culo verdad” (noté que estaba un poco tomado) me saqué de onda y no dije nada, siguió viendo y me dijo “pensé que se lo ibas a hacer aquí, ya me estaba preparando para el show jaja” solo le dije “estás pendejo” y se rio y se volvió a recostar.

    Me acosté a la par de ella (ella estaba en la cama, dos de ellos en una colchoneta en el suelo y el otro en un sofá) pero no pude dormir. Al día siguiente le pregunté a ella que por qué estaba así que si había pasado algo y me dijo que dejara de inseguro, que qué pensaba de ella, que si iba a ser así de inseguro y no iba a poder confiar en ella que mejor lo dejáramos así. Me dijo que ellos la respetan y que no es la primera vez que la ven así, que incluso la han visto desnuda y que no piense mal de ellos. La verdad quedé desconcertado, ya no quiso hablar del tema y pues, no supe qué pensar… teníamos 3 años de relación y yo tenía planes serios con ella.

    No sabía qué hacer, me sentía incómodo, cuando le pregunté otro día que por qué la han visto desnuda me dijo que porque se ha bañado en esa casa cuando han tenido alguna exposición y que todos se cambian ahí, sin andar con vergüenzas, dijo que ellos son de confianza y respetuosos. “Incluso me han hecho que les diga quién es el que la tiene más grande, me la han mostrado y se la han puesto dura, fue una vez que me vieron desnuda que me dijeron que aprovecharían para que yo diera el veredicto sobre el más vergudo”, me contó.

    Me saqué de onda y le reclamé, le dije que no estaba bien, que eso no era normal y me dijo que yo era demasiado celoso y que me estaba “desconociendo” que no creía que yo fuera así.

    Un par de meses después de eso, terminamos, pero ahora que lo recuerdo me excita mucho y de hecho en mi actual relación, soy diferente, pero eso se los contaré en otro relato.

    Loading

  • Vida solitaria

    Vida solitaria

    Me crie en una familia que siempre me tuvo en trabajos de los terrenos, el problema para mí era que siempre había excepciones conmigo pues era el chacho de la casa, un día decidí salir de esa casa al cumplir mi mayoría de edad, cosa que así lo hice, con un poco de dinero que tenía me despedí de la familia que me tuvo desde pequeño y decidí enrumbarme a la capital con nuevos destinos.

    Pero la vida no es fácil cuando no tienes amigos, logré encontrar trabajo en un hotel en limpieza, el asunto que era que tenía que limpiar, todo lo que dejaban las parejas, cierto día entré.

    Sin darme cuenta a un cuarto que pensé que al fin se había retirado y encontré a dos gay cachando como locos, no es por menospreciar pero el activo lo tenía grande su pija que me asusté y salí como alma que ve al diablo, asustado los vi salir felices del acto, pero en mi mente rondaban ideas locas de homosexualidad, otro día entré a un cuarto pensando que no había nadie y noté a un hombre desnudo que se estaba masturbando, en verdad tenía una pija enorme.

    Me dijo limpia nomas, no te preocupes, no sé qué me pasó que me quedé, mientras aseaba el pasaba su mano rozando mi culo con sus dedos gruesos me sentía excitado ver esa enorme pija, aunque no puedo decir de mí que tenía la pija chica, me jalo del brazo y me dijo te doy 100 pesos si me lo mamas, no le dije, 200 me dijo.

    Me acerqué y lo mamé al punto que empujaba con su mano que me atoraba hasta que noté todo su pubis lleno de mi saliva, se masturbo con fuerza y me hizo tomar su leche, que me causaba un poco de asco pero al final me lo absorbía poco a poco, que lo dejé limpio.

    Me retiré y le dije que penetrada no, porque tenía miedo, me ofreció mil pesos si me dejaba penetrar, la necesidad me hizo perder la cabeza y me desnudé totalmente para ponerme en cuatro y me penetré, pero lamentablemente apareció el gerente de hotel y me encontró desnudo a punto de ser penetrado, sacó al amigo del hotel y a mí me dio mi pago por el tiempo que estuve y me despidió.

    Salí triste, reconociendo que falle a mi trabajo y fui al cuarto que tenía alquilado.

    Nunca más supe del amigo porque no intercambiamos números, ni nada, me quedé con las ganas de una buena pija dentro de mi culo.

    Loading

  • La culpa fue de mis primas (2)

    La culpa fue de mis primas (2)

    Sigue el juego perverso con mis primas que me convertiría en lo que soy ahora

    Cuando entré en el salón mis primas se me quedaron mirando fijamente. Yo esperaba que se rieran, que me hiciesen alguna broma, que se burlasen de las pintas que llevaba… esperaba que la finalidad de todo aquello fuera hacerme pasar un mal rato para obligarme a ganarme el privilegio de saborear el chumino jugoso y peludo de mi prima Rocío. Un juego un poco cruel, pero en el fondo inocente.

    No tenía ni puta idea.

    En lugar de reírse o hacer comentarios hirientes, mis primas me miraron entrar en un espeso silencio. Catalina me taladraba con una mirada indescifrable, y Rocío prácticamente se me comía con los ojos. De hecho, se lamió inconscientemente el labio inferior durante un instante y dijo con voz ronca…

    -Pero qué guapa estás…

    Me quedé helado. No sabía qué hacer. La situación era tan extraña, tan irreal, que me daba la impresión de estar inmerso en un sueño absurdo, en una alucinación.

    -Venga, no te quedes ahí parada, ven aquí que te veamos mejor…

    La voz de mi prima Catalina tenía un tono autoritario y gélido que me dio escalofríos. Y me había dicho “parada”. “Parada”, no “parado”. Reparé en que además Rocío me había dicho antes que estaba “guapa”. Por algún motivo extraño, que me hablasen como si fuese una chica me excitó. Y eso me hizo enfadar.

    -¿Parada? ¿Cómo qué parada? A ver si te meto una ostia…

    -A ver si te quedas sin probar el coño de esta…

    El rostro de Catalina permanecía impasible y su voz era tranquila y fría. Me descolocó su actitud. No sé por qué me giré para mirar a Rocío y vi que estaba con la falda y las bragas en los tobillos, exhibiendo su raja peluda y mojada con todo el descaro. Prácticamente podía oler su aroma marino y embriagador. Se me hizo la boca agua.

    -Sin probar su coño… y sin mamada…

    Catalina seguía impasible, pero sus ojos brillaban de modo extraño. Parecía estar disfrutando mucho con todo esto. Yo estaba confuso pero mi más que evidente erección era la prueba palpable de que la situación no dejaba de resultarme muy excitante.

    -Y ahora ven donde te veamos mejor, venga…

    Obedecí. Me coloqué en el medio del salón, di una vuelta para que me vieran, vi con sorpresa que mi prima Rocío se acariciaba el clítoris suavemente sin dejar de mirarme.

    -Ahora ponte de espaldas, échate para adelante que veamos qué tal ese culo…

    Obedecí. Algo en la voz imperiosa de mi prima Catalina y en el tacto suave de aquella ropa de mujer sobre mi piel me excitaba. A mi mente venía la imagen de mi tía Marcela, sus enormes tetas retenidas a duras penas por el sostén, su culazo imponente marcándose contra la minifalda cuando se agachaba para poner la mesa…

    -Muy bien, ahora levántate un poco la falda que te veamos bien el culazo…

    Obedecí. Quería impresionarlas. Quería que Catalina estuviese contenta con cómo seguía sus instrucciones. Me imaginaba que así le hablarían más o menos a mi tía aquellos golfos con los que se fugaba de tanto en cuanto, y me parecía entender vagamente por qué lo hacía.

    Estaba prácticamente fuera de mis casillas. No sabía qué me estaba pasando, pero me gustaba. El sonido de la respiración agitada de mi prima Rocío y el ruido chapoteante que hacía su coño bajo la caricia de sus dedos contribuía a darle a todo aquello un aire perverso que me fascinaba.

    -Ahora date la vuelta y ábrete la blusa.

    Obedecí.

    -Ahora ponte a cuatro patas.

    Obedecí.

    -Ahora di que eres una puta.

    Callé. Pensé en cruzarle la cara a aquella descarada, pero no lo hice. Me quedé quieto, el corazón a mil por hora, esperando no sé el qué.

    -He dicho que digas que eres una puta guarra.

    Vi que Catalina se había metido la mano dentro del pantalón desabrochado y también se estaba masturbando. Me latían las sienes con tal fuerza que creía que me iba a desmayar.

    -Que digas que eres nuestra puta zorra.

    Obedecí.

    Obedecí en todo.

    Me coloqué en todas las poses provocativas imaginables. Me incliné hacia adelante pellizcándome los pezones. Me puse a cuatro patas enseñando el culo y palmeándome las nalgas. Me chupé el dedo como si fuera una polla, o como yo me imaginaba que se haría eso más o menos. Hice un estriptis torpe para ellas. Me dejé dar azotes en el culo. Repetí con voz jadeante todos los insultos que me lanzaban.

    “Soy vuestra puta guarra”. Mientras ellas se sobaban el coño como posesas, babeando de placer y mirándome con ojos fieros.

    “Soy una zorra que voy con todos”. Mientras mi polla palpitaba pugnando por romper las bragas. Mientras me moría de la calentura sintiéndome un juguete a merced de los caprichos de aquellas dos pervertidas.

    “Estoy para que hagáis conmigo lo que queráis”. Mientras el aire viciado de la habitación se espesaba con la peste a pescado de sus coños empapados, mi presemen que empapaba las bragas y el sudor de los tres y yo me sentía a un tiempo humillada y elevada, el culo del mundo y el centro del universo, la última de las putas del arroyo y la primera de las reinas sobre la faz de la tierra.

    Es difícil de explicar pero quien probó alguna vez esa sensación sabe de lo que hablo. Y sabe que no hay nada que se le compare. Por eso, a pesar de mi vergüenza y de mi asombro, obedecí.

    Obedecí en todo.

    -Ahora vete y le comes el coño a Rocío.

    Casi me echo a llorar de la emoción.

    No era la primera vez que me comía un coño tampoco, pero le tenía tantas ganas a aquella almeja que me abalancé sobre ella como una fiera hambrienta y empecé a lamerlo y besarlo con tal ansia que casi me ahogo. Rocío se agitaba y gemía como una loca, me agarraba del pelo y empujaba su chocho contra mi cara sin dejarme apenas respirar. Los rizos de su vello púbico me acariciaban la cara y se metían por mi nariz, inundándome con el olor a marisco de su vagina, su flujo me empapaba las mejillas, la barbilla, la lengua, su clítoris estaba tan inflamado que casi parecía una pequeña polla palpitante, sus labios vaginales habían duplicado prácticamente su tamaño y estaban tan calientes como las puertas del mismísimo infierno.

    Saboreé, olí, lamí, chupé, succioné, mordisqueé y gocé cada milímetro cuadrado de aquel coño que me había tenido meses obsesionado, hasta que Rocío, exhausta tras no sé cuántos orgasmos, después de convulsionar y chillar como si se fuera a morir no sé cuántas veces, me soltó y me empujó suavemente hacia atrás, como para alejarme de sí. Quedó tendida en el sofá, desmadejada, la mirada perdida, el pecho agitado por una respiración violenta. Era la viva estampa de la satisfacción sexual, me pareció. Es una imagen que hasta el día de hoy sigue poblando mis sueños más íntimos y mis fantasías más depravadas.

    El caso es que después de aquel atracón de coño mi rabo estaba a punto de estallar. Lo tenía tan duro que me dolía. Ya no podía más. Y me debían aún parte de mi premio.

    Me levanté, me arremangué la falda, me aparté las bragas y dejé salir mi pollón enrojecido y enhiesto. Al verlo Catalina abrió unos ojos como platos. Creo que nunca en mi vida la había tenido tan gorda y tan dura.

    -Ahora quiero mi mamada.

    Era yo quien tenía ahora la voz ronca y firme. Era yo quien mandaba. Catalina se agazapó en el suelo y vino a gatas hacia mí. Se paró a escasos centímetros de mi verga, olisqueándola, midiéndola mentalmente. La agarró con mano temblorosa y me miró fijamente. Yo estaba más caliente que nunca.

    -Roci, ven, ayúdame.

    Me tumbaron en el suelo y arrodilladas una a cada lado de mí, empezaron a acariciarme la polla suavemente. Era la primera vez que cualquiera de ellas me tocaba la polla con la mano, por extraño que pueda parecer. Y la sensación era fabulosa. Aguanté la respiración. No sabía cuánto podría aguantar sin correrme.

    -Mira, es como la máquina del Tetris del bar… tú agarras la palanca… y yo aprieto los botones…

    Los dedos de Catalina empezaron a masajear mis pelotas con tal habilidad que no me cupieron dudas de que lo había hecho antes un montón de veces. Rocío deslizaba sus manos por mi polla, arriba y abajo, haciéndome retorcerme de placer.

    -Qué grande… casi no la abarco con las dos manos…

    Y tras decir eso, empezó a inclinarse sobre mí, la boca levemente abierta, la lengua asomando entre sus labios, dispuesta a meterse mi picha en la boca. Era más de lo que habría atrevido a soñar siquiera unos meses antes. A todo esto, Catalina nos miraba fijamente y se relamía, sin dejar de acariciarme los huevos con delicada precisión. Mi polla palpitaba con una violencia inusitada…

    Y no pude más. La excitación acumulada durante toda la tarde, las caricias de mis primas, sus bocas preparándose para saborearme… fue demasiado para mí, y me corrí entre espasmos, gruñendo como una bestia en celo, largando un chorretón de leche a presión que fue a pegar primero en la cara de mi sorprendida prima Rocío y luego se derramó sobre la blusa y la falda que yo llevaba puestas. Instintivamente, Rocío soltó mi tranca. Un segundo chorro, aún más fuerte, salió despedido con fuerza marcando una especie de vía láctea que manchó mi vientre, la blusa, el sostén, mi pecho y mi cara. Caí rendido, incapaz aún de procesar lo que había ocurrido, confuso pero feliz.

    Un par de días después volvimos a casa de mi abuela y organizamos un festival parecido. Yo esperaba que esta vez por fin recibiría esa mamada que mis primas me tenían prometida, pero no fue así.

    Mientras yo bailaba imitando a las zorras de las películas baratas embutido en un vestido de látex y unas medias de rejilla y mis primas se masturbaban mirándome con las bragas en los tobillos oímos un ruido en la puerta y tratamos de disimular, pero fue en vano. Mis primas intentaron recomponerse la ropa allí mismo, yo salté como un gamo al pasillo y alcancé el baño por los pelos. Allí me escondí como pude detrás de la lavadora, con la ropa de mi tía todavía puesta.

    Oí voces, creí alcanzar a diferenciar a voz de mi tía Marcela, y a mi prima Rocío que lloraba, pero no podía estar seguro. Empecé a quitarme aquella ropa antes de que me pillasen vestido de marica, pero de pronto se abrió la puerta del baño y mi tía Marcela irrumpió pillándome con su vestido en la mano y sus medias de rejilla, su sujetador de encaje rojo y su tanga del mismo color puestos.

    -Pero, ¿qué tenemos aquí? ¿Qué es esto? ¿Ahora me robas la ropa?

    Hice un esfuerzo titánico por contener las lágrimas y musité con voz nerviosa.

    -Por favor… por favor… no se lo digas a mi madre…

    Resultó que mi tía Marcela había elegido precisamente aquella tarde para volver, con el corazón roto y me figuro que el chocho y el culo más rotos todavía, a la casa de mi abuela. Y nos había pillado de marrón. No nos pidió explicaciones, que tampoco habríamos sabido darlas, y nos prometió no contar nada, pero nos exigió no volver a hacer jamás algo así y nos advirtió de que si veía cualquier tipo de relación rara entre nosotros tres lo contaría todo a la familia.

    Mi relación con mis primas Catalina y Rocío no se rompió del todo, pero nunca volvió a ser igual. Su madre las encontró dos novios del barrio, con los que se casaron en los años siguientes, pasando a verse conmigo más que nada en reuniones familiares y por supuesto, nunca a solas. Nunca llegué a saber de dónde habían sacado la idea de aquel juego perverso, ni si habían hecho antes algo similar, ni si llegaron a hacerlo más adelante. Y por supuesto, nunca volví a tener a disposición ni el culo ni ninguna otra parte de la anatomía de mi prima Rocío para resolver mis calentones y soltar el exceso de leche de mis pelotas.

    Yo fui a la Universidad, conocí otra gente, salí del círculo de la familia y el barrio que para mí habían sido mi mundo hasta entonces, y viví diversas aventuras que ya iré contando si a alguien le interesan. Muchas de ellas, como imaginaréis, las he protagonizado vestido de puta zorra y comportándome como una perra salida, y en todas ellas siempre está presente de una forma u otra el recuerdo de aquellas tardes con mis primas.

    Mi tía Marcela también se casó poco después con un exboxeador bruto pero buena gente y se quedó viviendo con él donde mi abuela hasta la muerte de esta. Nunca he dejado de sentir por ella un deseo urgente y vagamente vergonzante, ni de mirarle de reojo el escote, ni de observar su culazo cuando pone la mesa o sirve el café a las visitas, ni de cascármela pensando en ella, imaginando cómo y por dónde se la follará el cabronazo de su marido, soñando despierto con perderme en sus generosas carnes, catar el sabor de todos los jugos de su cuerpo y dejarle las tetazas bañadas de mi leche caliente y espesa.

    Alguna vez adobo dicha fantasía figurándome que su marido nos encuentra en plena cosa, me traviste con ropas de mi tía y me castiga follándome el culo con brutalidad mientras ella me planta el conejo peludo en el careto y me obliga a comérselo al tiempo que su enojado esposo me llena el ojete de tal cantidad de lefa que me escurre por los muslos como un par de riachuelos.

    Ni que decir tiene que nunca he estado ni cerca siquiera de convertir ese deseo en realidad.

    El tanga, las medias, el sujetador y el vestido con los que fui sorprendido in fraganti, nunca los devolví. Me dijo mi tía que los tirase, que ya no los quería, que prefería olvidar todo aquello que había visto, así que me los quedé, los escondí como oro en paño, y me han acompañado mucho después en otras correrías que ya iré compartiendo con vosotros si queréis.

    Aún me los pongo, a veces, cuando quedo con algún cabronazo para que me convierta por un rato en su puta guarra y me utilice para gozar a mi costa como a la perra caliente que en el fondo nunca he dejado de ser.

    Loading

  • Rojo intenso (1): Noche de copas (parte 1)

    Rojo intenso (1): Noche de copas (parte 1)

    Rosanna siempre había sido una mujer de presencia imponente. A sus cincuenta y seis años, conservaba un cuerpo que desafiaba el tiempo: curvas perfectamente delineadas, piel clara y tersa, y una melena castaña que caía en ondas suaves sobre sus hombros. En la oficina, todos la respetaban, pero pocos se atrevían a mirarla con la intensidad con la que Ismael lo hacía.

    Ismael, con sus treinta y cinco años y figura generosa, no encajaba en el molde del típico compañero de trabajo. Sin embargo, había algo en su piel clara y en esos ojos negros y profundos que despertaba la curiosidad de Rosanna. Ella, jefa y mentor, lo llamaba cariñosamente “Lucas”, mientras él, con esa mezcla de respeto y ternura, le decía “tía”.

    Era un juego de dobles sentidos, de silencios cargados, de sonrisas apenas perceptibles, que ambos habían cultivado en los largos meses de trabajo conjunto. Había una química latente, un magnetismo que ninguno se atrevía a nombrar, pero que ambos sentían tan reales como el aire que respiraban.

    Esa tarde, en la colonia Condesa, Rosanna miraba por la ventana de su departamento mientras organizaba un pequeño encuentro para celebrar un proyecto exitoso. Su mirada se posó en el teléfono, dudando por un instante, hasta que finalmente marcó el número de Ismael.

    —Lucas —dijo con una voz que mezclaba autoridad y dulzura—, ¿te gustaría venir a tomar algo conmigo esta noche? Solo tú y yo. Tengo un vino abierto y no pienso beberlo sola.

    Del otro lado, la respuesta fue una pausa, un suspiro, y luego un sí decidido.

    Esa llamada era el inicio de algo más allá de lo profesional, el primer paso hacia una noche donde los límites entre jefe y empleado, entre deseo y responsabilidad, comenzarían a desdibujarse.

    Rosanna sonrió para sí misma, dejando que la anticipación le recorriera el cuerpo. Sabía que nada sería igual después de esa noche.

    El viernes había sido largo, pero no más pesado que cualquier otro en la agencia. Entre campañas urgentes y clientes neuróticos.

    El departamento estaba impecable, iluminado con lámparas de luz cálida y una playlist de jazz sonando de fondo. Afuera, la colonia Condesa murmuraba bajo el cielo nublado.

    Ya con la segunda copa de vino en mano, ambos reían de anécdotas absurdas del trabajo. Había algo distinto en la manera en que se miraban esa noche. Las palabras fluían con ligereza, pero el aire entre ellos se volvía cada vez más denso, más tibio, más cargado.

    —Ay, Lucas… —dijo ella, soltando una risa suave—. Me está matando la espalda. Esos sillones de la oficina me van a dejar jorobada.

    Ismael la miró curioso, con esa mezcla de timidez y deseo que se le escapaba cuando estaba con ella.

    —¿Quieres que te dé un masaje?

    Rosanna lo pensó un segundo y luego, con una sonrisa traviesa, se puso de pie.

    —Sí. Pero como dios me trajo al mundo.

    Sin decir más, caminó hacia su recámara y minutos después desde ahí lo llamó.

    Ismael entró con el corazón acelerado. Ella ya estaba acostada boca abajo, envuelta solo en una pequeña tanga negra con detalles de líneas blancas y un moñito negro que contrastaba con su piel suave y clara, aquel pedazo de tela dejaba ver a detalle ese par de maravillosas nalgas que él deseó desde 10 años atrás cuando se conocieron. El contorno de su cuerpo era hipnótico. Perfecto. Irreal. Sus hombros expuestos, el cabello castaño cayendo sobre ellos, él comenzó con el masaje.

    —¿Así está bien, tía? —preguntó él, tratando de sonar casual.

    Ella sonrió, sin girarse.

    —Perfecto, Lucas.

    Sus manos temblaban al principio, pero el calor de su piel lo guio. Comenzó a masajear sus hombros con torpeza dulce. Ella cerró los ojos, dejando escapar un suspiro profundo. Y ese sonido bastó. Fue como una chispa que encendió algo entre ellos.

    Él siguió descendiendo lentamente por su espalda, deteniéndose en la curva perfecta de su cintura. Los dedos de Ismael se detuvieron justo antes de tocar sus caderas, pero ella no dijo nada. Solo movió un poco su cuerpo, dándole espacio. Dándole permiso.

    —Más abajo, Lucas —susurró.

    Él tragó saliva. Sus manos bajaron hasta rozar la tela negra de su ropa interior. Acarició sus caderas, sus piernas, y luego, con una mezcla de atrevimiento y devoción, tocó esa parte de ella que tanto había deseado.

    Rosanna suspiró de nuevo. Esta vez con un leve gemido que lo hizo contener el aliento.

    —Más fuerte… —dijo entonces, con voz baja—. No tengas miedo.

    Ella se acomodó, levantando apenas su cadera hacia él. Una invitación sin palabras. Un lenguaje solo suyo. Ismael no respondió. Solo obedeció. Y el aire en la habitación se volvió tan espeso que cada caricia, cada roce, era un poema sin palabras.

    El tiempo parecía suspendido en esa habitación donde el silencio era apenas interrumpido por el murmullo de la música que llegaba desde la sala. Rosanna seguía con los ojos cerrados, entregada al momento, mientras Ismael recorría su piel con manos temblorosas pero cada vez más seguras. El calor de ambos cuerpos se mezclaba con la fragancia sutil del vino, del deseo, del atrevimiento contenido durante meses.

    Él, sin decir palabra, se inclinó con devoción, con la admiración de quien contempla algo sagrado. La contempló un instante más, como si quisiera guardar esa imagen para siempre: la curva perfecta de su cintura, la forma redonda y firme de esas caderas que tanto había imaginado, apenas cubiertas por una tanga negra que ya parecía parte de su piel.

    Entonces, llevado por algo más fuerte que la razón —un impulso dulce y salvaje a la vez— se acercó, y posó su rostro con ternura entre ese par de nalgas que lo habían hechizado desde el primer día, lo olía como si no hubiera un mañana, presionaba su rostro como si quisiera meterse dentro de su ano.

    Fue un gesto lento, lleno de entrega.

    Ella, sorprendida, dejó escapar un gemido bajo, profundo… uno que no venía del cuerpo, sino del alma. No era un sonido vulgar ni desesperado, sino el susurro de una mujer que se sentía adorada. Su espalda se arqueó apenas, como invitándolo a más.

    —Lucas… —dijo entre jadeos—. Qué estás haciéndome…

    Ismael no respondió. Solo se dejó llevar, besando con delicadeza, como si cada rincón entre ese par de masas redondas y carnosas fueran un pétalo que merecía reverencia. No había prisa. No había miedo. Solo el lenguaje silencioso de dos cuerpos que se reconocían.

    Lentamente con su mano derecha, Ismael hizo a un lado la tanga que dividía aquel monumento que tenía frente a sus ojos, por fin podía ver los pliegues carnosos del ano que tanto deseaba lamer, y sin dudarlo, comenzó a penetrarlo con su lengua, ensalivando todo ese manjar que esa noche era suyo.

    Ella tembló ligeramente, entrecerrando los ojos. Sentía algo que no había sentido en años: un deseo sin culpa, sin poses, sin vergüenza. Un deseo que la hacía sentirse viva, deseada, completamente mujer.

    Después de un momento eterno, Rosanna se giró despacio. Lo miró con esa mezcla de dulzura y fuego que sólo ella sabía manejar.

    —Ven aquí —le dijo con voz baja, mientras lo tomaba de la camisa—. No quiero estar sola esta noche.

    Ismael asintió, conmovido, como si en ese instante entendiera que algo más grande que la lujuria los unía. Se recostó a su lado, y ella apoyó la cabeza en su pecho.

    Allí, en medio del silencio íntimo y el temblor de sus respiraciones, los dos comprendieron que lo que había comenzado como un juego entre copas, se estaba convirtiendo en algo más profundo.

    Tal vez era deseo.

    Tal vez era ternura.

    Tal vez… era amor disfrazado de atrevimiento.

    El cuarto estaba en penumbra, apenas iluminado por las luces de la ciudad que se colaban por la ventana. El silencio era espeso, y sólo se rompía con la respiración entrecortada de Rosanna, aún acostada boca abajo, y los latidos acelerados de Ismael, que temblaban bajo su piel como un tambor sagrado.

    Ella se giró despacio, mostrándose sin pudor, sin miedo. Sus ojos lo buscaron con deseo. Ismael se acercó, como guiado por algo más allá de él mismo, y sus labios se encontraron por primera vez.

    El beso fue suave al inicio, un roce tímido, respetuoso. Pero pronto creció. Sus bocas se encontraron con más hambre, como si en ese instante todo lo que habían callado durante meses saliera a la superficie. Rosanna lo atrajo con fuerza entre sus brazos. Él la tomó con cuidado, con la torpeza dulce de quien acaricia algo frágil y valioso.

    —Lucas… —susurró ella, con voz entrecortada, mientras lo besaba—. Hazme sentir viva.

    Él bajó lentamente por su cuello, dejando besos suaves en su piel clara, descendiendo con devoción hasta que sus labios rozaron la parte más sagrada de ella: sus senos.

    —Tía… —susurró, embelesado, mientras sus manos la rodeaban con asombro—. Tienes los senos más hermosos que he visto en mi vida…

    Ella soltó una risa baja, entre gemido y suspiro, mientras lo guiaba con sus manos hacia ellos. Ismael los besó con una mezcla de ternura y adoración, como si estuviera besando un milagro. Cada caricia era un poema. Cada palabra, una confesión callada.

    —Me vuelves loco, tía… —susurró contra su piel.

    Rosanna se arqueó levemente bajo él, permitiendo que sus cuerpos se encontraran con más fuerza. Había una urgencia en el aire, pero también una dulzura inesperada. Se tocaban como si fueran los únicos dos en el mundo. Como si el tiempo se hubiera rendido ante ellos.

    Ismael bajó una de sus manos lentamente, acariciando sus perfectas nalgas; resultado de tantas horas en el gimnasio, acarició su cintura, con una ternura que contrastaba con el fuego de su mirada. Ella lo miraba sin decir palabra, solo con los ojos brillando de deseo. Y en ese silencio cómplice, él entendió que todo estaba permitido.

    Se acercó más, envolviéndola en sus brazos, y siguieron besándose, explorándose, descubriéndose. Los cuerpos hablaban por ellos. No necesitaban más.

    Y en medio de susurros, de palabras entrecortadas, de sus manos perdidas entre la suavidad de su piel, él volvió a susurrar:

    —Tía… me encanta escucharte… tus gemidos me enloquecen…

    Rosanna, en un hilo de voz, le respondió:

    —Entonces no dejes de hacerme gemir, Lucas…

    Y así, entre caricias, besos y palabras suaves, la noche siguió deslizándose como un sueño del que ninguno quería despertar. Lo que había comenzado como un juego travieso entre copas, ya era otra cosa. Algo más profundo, más humano, más intenso.

    Tal vez era pasión.

    Tal vez era ternura.

    O tal vez… era el principio de algo que ninguno de los dos había esperado encontrar.

    Rosanna estaba tendida entre las sábanas blancas como una diosa, el cabello castaño desordenado, el cuerpo cubierto apenas por los rastros del deseo. Su respiración era inestable, como si el mismo aire le costara regresar al pecho. Ismael la observaba desde abajo, como si estuviera frente a una obra de arte viva, palpitante, creada solo para él.

    Se inclinó de nuevo, esta vez con decisión. Sus labios descendieron, guiados por la intuición del hambre y el cariño, por ese impulso tierno que nace cuando uno desea no solo el cuerpo, sino también el alma de quien está frente a él. Rosanna abrió ligeramente las piernas, como una flor al sol, sin palabras, solo con ese gesto que lo decía todo.

    Ismael se acomodó entre sus muslos con reverencia. Besó su depilada y deliciosa vagina con lentitud, como si cada caricia fuera una confesión sagrada. Al mismo tiempo, sus dedos los introducía en aquel orificio sagrado, la exploraban con cuidado, como si dibujara un mapa invisible con cada movimiento. Rosanna soltó un gemido ahogado, uno que no venía de la garganta sino de lo más profundo de su ser.

    —Tía… —susurró, casi en adoración—. No sabes cuánto me vuelve loco la suavidad de tu piel… el sabor de tu deseo…

    Ella se arqueó con fuerza. Estaba completamente entregada, aferrada a las sábanas como si el mundo se le escapara del cuerpo con cada nuevo roce.

    —Lucas… por favor… no pares… —dijo entre suspiros temblorosos, mientras con ambas manos presionaba la cabeza de su amante hacia el interior de su vagina.

    Él no lo hizo. Sus labios se volvieron más atrevidos, sus dedos más firmes. Todo en él era dedicación. No había prisa, solo un ritmo delicioso, un vaivén íntimo entre caricia y locura. Era un ritual silencioso, donde cada movimiento de su lengua se encontraba con un estremecimiento de ella, donde sus dedos sabían cómo jugar entre la suavidad y el fuego.

    —Me encanta escucharte así, tía… —dijo él, con una sonrisa traviesa, sin dejar de adorarla con cada parte de su ser—. Amo cada sonido que sale de ti.

    Rosanna no podía responder. Solo gemía. Cerraba los ojos, mordía sus propios labios, con el rostro encendido por el placer. Se retorcía bajo él como si su cuerpo entero fuera una ola, y él, la luna que la gobernaba.

    En ese instante, no había edad, ni oficina, ni jerarquía. Solo había dos cuerpos en sincronía, dos almas que habían esperado demasiado para encontrarse así, tan de cerca, tan en verdad.

    Y mientras ella alcanzaba ese punto donde todo deja de tener forma —el aire, el tiempo, el yo—, Ismael la sostuvo, la acompañó, y la hizo sentir, por primera vez en años, completamente viva.

    El cuarto estaba impregnado de calor, de jadeos recién apagados, del aroma tibio del deseo consumado en sus formas más dulces. Rosanna yacía boca arriba, con el rostro enrojecido, el cuerpo aún tembloroso. Su pecho subía y bajaba con lentitud, mientras Ismael la observaba en silencio, con su rostro empapado, apoyado sobre un codo, como si no pudiera creer que todo aquello estuviera ocurriendo.

    Ella entreabrió los ojos y lo miró con una mezcla de ternura, necesidad y una urgencia apenas contenida.

    —Lucas… —dijo, con voz apenas audible—. Quiero que seas completamente mío.

    Su mano lo tomó por la nuca, con una súplica cargada de amor y lujuria—. Quiero sentirte dentro de mí. Todo tú… despacio… sin detenerte…

    Ismael se quedó un momento quieto, conmovido. La besó en los labios, lento, largo, y luego descendió con el cuerpo hasta fundirse con el de ella. El silencio en la habitación se volvió sagrado. No había más sonido que el de dos respiraciones uniéndose, el roce de pieles que ya se reconocían, el pulso de un deseo que había dejado de ser ansiedad y se había vuelto entrega.

    La penetró lentamente, con una suavidad reverente, como quien entra en un templo.

    Rosanna lo rodeó con sus piernas, y ambos soltaron un suspiro al unísono. Era un vaivén casi meditativo, un ir y venir que no buscaba sólo placer, sino permanencia. Los minutos se deslizaban como agua entre sus cuerpos, tibios, sincronizados, como si sus almas se mecieran al mismo ritmo.

    Él no dejaba de mirarla. Le acariciaba el rostro, le besaba la frente, le murmuraba cosas que no se podían oír pero que ella sentía vibrar en lo profundo.

    —Tía… —susurró con voz quebrada—. Nunca imaginé que esto sería tan real…

    Ella asintió, con los ojos brillosos, acariciándole el pecho, sintiendo el peso del momento.

    —No te detengas… no todavía… —le pidió con un gemido suave—. Quédate conmigo así… hasta que el mundo deje de existir…

    Y así lo hicieron.

    Durante largos minutos —quizás cuarenta, quizás toda una eternidad—, sus cuerpos se movieron como uno solo, cada embestida una declaración, cada suspiro una promesa muda. No había prisa, ni torpeza, solo una danza pausada entre dos seres que habían encontrado en el otro algo que no sabían que buscaban.

    Y cuando al fin, casi al mismo tiempo, el cuerpo de Rosanna se tensó en un grito ahogado y el de Ismael se estremeció en lo profundo de ella, soltando su semen en el interior de su jefa, el tiempo se detuvo. Fue como caer juntos por un abismo cálido, sin miedo, tomados de la mano.

    Se quedaron abrazados, con los ojos cerrados, sin hablar, solo escuchando el tambor lento de sus corazones.

    Y en esa quietud, después de tanto, no se sintieron ni jefa ni empleado. Ni mujer madura ni hombre inseguro. Solo eran dos personas exhaustas, rendidas, unidas por algo más que el deseo: la posibilidad de que eso —ese instante— fuera el inicio de algo más grande que una noche.

    Minutos después la habitación aún conservaba el eco de sus jadeos. Las sábanas estaban enredadas, empapadas por el sudor de una pasión larga, profunda, que parecía no agotarse. Ismael permanecía junto a Rosanna, sus cuerpos pegados, aun latiendo al mismo ritmo, como si el mundo allá afuera se hubiera detenido.

    Ella lo miró de reojo, con una sonrisa traviesa dibujándose lentamente en sus labios. Su respiración era irregular, su piel húmeda brillaba bajo la luz tenue que entraba por la ventana. Y, sin decir nada, se incorporó.

    Se arrodilló sobre el colchón, de espaldas a él, y movió su cabello hacia un lado. Con movimientos lentos, intencionados, colocó sus manos sobre sus propias nalgas y las abrió para deleitar a su amante, invitándolo con el lenguaje del cuerpo. Era una danza silenciosa, una provocación delicada y poderosa.

    Ismael la observó, fascinado. El contorno de su espalda, la curvatura perfecta de su figura, el leve temblor de sus muslos… todo en ella era una sinfonía viva de deseo.

    —¿Aún tienes fuerzas, Lucas? Quiero que destroces mi ano. —preguntó ella con voz ronca, sin voltear a verlo.

    —Para ti, siempre —respondió él, avanzando hasta posicionarse detrás de ella, embriagado por el calor que emanaba de su cuerpo.

    Él colocó las manos sobre sus caderas, acariciándolas con devoción. Comenzó a moverse despacio, con la misma delicadeza de antes, pero con una nueva intensidad. Cada movimiento era más profundo, más firme, como si los cuerpos buscaran ahora fundirse de una forma aún más completa, más salvaje en su ternura.

    Rosanna gemía con fuerza contenida, con la frente apoyada en la almohada, mientras Ismael aceleraba y volvía a detenerse, marcando un ritmo casi hipnótico, como un oleaje que se construía y se deshacía sobre su espalda.

    En un momento, él la abrazó desde atrás, pegando su pecho sudado a la piel de ella. La tomó por la cintura y la atrajo hacia él, haciéndola sentir completamente envuelta, completamente suya.

    Sus manos buscaron sus senos con una mezcla de ternura y lujuria, los sostuvo con firmeza, como si a través de ellos pudiera sentir el latido de su alma. Ella se arqueó hacia él, dejando escapar un suspiro que parecía abrir una grieta en el universo.

    —Tía… —murmuró contra su oído, mientras la besaba en el cuello con una devoción salvaje—. No sabes cuánto había deseado esto…

    Rosanna temblaba. No de miedo, sino de intensidad. De sentirse así, deseada, tomada, amada en cuerpo y en sombra.

    El vaivén continuó, lento pero cada vez más profundo. Cada embestida era una palabra no dicha. Cada gemido, un pacto secreto. Y cuando el momento llegó, cuando ambos cuerpos se tensaron al mismo tiempo y se encontraron en un final glorioso, ella sentía el semen inundar aquel orifico, fue como si el universo los reclamara por un instante.

    Se quedaron abrazados. Silenciosos. Respirando el mismo aire.

    Y así, fundidos el uno en el otro, descubrieron que el deseo, cuando es sincero, no termina con el clímax. Se queda. Late. Vive en la piel, en el pecho, en la forma en que dos personas se miran después de entregarse por completo.

    Aún pegados, con el calor de la piel envolviéndolos como una segunda sábana, Rosanna de pronto se separó. Su respiración aún era agitada, y sus mejillas, encendidas como brasas vivas. Se giró para mirarlo, con los ojos oscuros y brillantes como si el deseo no se hubiera calmado, sino transformado en algo más feroz, más urgente.

    Sin una palabra, lo empujó hacia el colchón con una fuerza inesperada. Ismael cayó de espaldas entre las sábanas revueltas, con el corazón golpeando contra su pecho. No de miedo, sino de asombro. De anticipación. La vio subir sobre él con una seguridad felina, poderosa, sin una gota de vergüenza. Era una mujer en su plenitud, una fuerza que no pedía permiso, solo espacio para ser adorada.

    —No he terminado contigo, Lucas —susurró con voz baja, ronca, mientras se acomodaba en cuclillas sobre él—. Aún me perteneces esta noche.

    Y él, simplemente, asintió.

    Loading

  • Mi primera cita

    Mi primera cita

    La verdad que estaba deprimido porque perdí mi trabajo, pero también me quedé con las ganas de ser penetrado, por lo cual conocí por el internet a una persona para una cita, nos enviamos fotos yo desnudo al igual que él, tenía una pija enorme, pensé que era trucada, aunque lo deseaba y envié mi foto de mi culo de cerca que se veía enorme.

    Al final decidimos vernos y nos encontramos en un parque, al verme se sorprendió diciendo pensé que eras más llenito amor, la verdad que no me vas a aguantar, soy dotado, discúlpame pero debo retirarme, me quedé con las palabras en la boca y no pude hablar, pues solo atiné a despedirme.

    Volví a casa triste con las ganas, eran como las 7 de la noche, me dije para mí mismo, esto no se va a quedar así, pues ingrese a buscar a alguien con ganas y halle a uno que decía ser versátil, entre a la conversación y me dijo que tenía ganas solo de ser penetrado y me dijo si lo podía hacer, le dije que no había problema, me dijo que podía dormir en su casa y volver al día siguiente: acepté la propuesta y salí rumbo a su dirección en taxi.

    Era fuera de la ciudad, en una casa solitaria en la oscuridad, toqué el timbre y salió un hombre calvo que me hizo entrar a su casa, me invitó de su cena mientras conversábamos de la opción que teníamos, como inicio todo y así, es allí donde le dije que nunca me habían penetrado, pero si me he mamado pija.

    Después decidimos bañarnos y fuimos a su cuarto, era una cama amplia, me dijo que le gustaba los juegos sexuales, se desnudó aunque no la tenía grande, pero mi pija era más chica, prendió su TV y puso un vídeo gay que me puso caliente, luego se puso en cuatro y me hizo amarrarlo a la cama y vi que tenía el ano como si lo habían penetrado muchos, lo penetré, pero me dijo que no sentía nada casi.

    Trajo un frasco de aceite y me dijo que deseaba que lo meta mi puño dentro de su ano, eso me asustó pues pensé que no era posible, es así que lo intentamos y aunque se quejaba aguantaba la penetración de mi puño, hasta que lo metí el puño completo, había visto algo que no me imaginaba, ver el ano abierto me causó admiración, luego lo desaté de la cama y trajo una vela en forma de pija, y luego me amarró a la cama para meterlo en mi culo que me hizo doler.

    Lo reclamé sin aspavientos, me dijo que era el inicio, hasta que me penetró con fuerza su pija dentro de mi culo, que me hizo gritar del dolor, traté de soltarme pero estaba amarrado, mientras me penetraban con fuerza, si que me dolía a pesar que su pija era chica, me besó el cual lo cuando sentí que eyaculó dentro mío, mientras yo lloraba del dolor y el miedo que tuve, nunca me imaginé que dolía tanto.

    Me abrazó y me calmó, fue mi primera penetración, mientras estaba la pija adentro, sentía unos latidos en el ano que no aguantaba y parecía que quería ir al baño, hasta que eyaculó dentro de mi culo y al sacarlo me ardía todo, así dormimos juntos mientras me besaba la boca y me acariciaba todo con amor, hasta que amanecí con el culo adolorido, lo intentamos esa madrugada pero la verdad que me dolía el culo y le dije que para la próxima visita lo haríamos, él entendió y me dije que no había problema, esa fue mi primera penetración anal, preparó un rico desayuno y me fui rumbo a mi cuarto que alquilaba para descansar del dolor que aún persistía.

    Fue mi primera experiencia sexual, dolorosa pero rica.

    Loading

  • Rojo intenso (1): Noche de copas (parte 2)

    Rojo intenso (1): Noche de copas (parte 2)

    Rosanna lo guio dentro de ella con un movimiento lento, profundo, saboreando cada segundo como si cada centímetro de ese pene fuese una caricia destinada. Cerró los ojos un momento, soltando un suspiro que estremeció la habitación cuando lo sintió profundamente dentro de ella. Luego comenzó a moverse con ritmo firme, ascendiendo y descendiendo sobre él como una ola persistente, devoradora y hermosa.

    Ismael la observaba con devoción absoluta, sus manos recorrían sus nalgas, su cintura, ese cuerpo que durante años había imaginado sólo en sueños silenciosos. La escuchaba gemir, miraba cómo su cabello caía en desorden sobre su rostro, y no sabía si estaba en la realidad o dentro de un deseo cumplido, sentía como el semen que escurría del ano de Rosanna caía sobre sus testículos.

    El vaivén se intensificó. Cada movimiento de Rosanna era un acto de afirmación: del poder de su cuerpo, de su deseo, de la libertad que sentía al ser mirada sin juicio, solo con hambre. Era salvaje y dulce a la vez, como un incendio que no quema, pero transforma.

    En el clímax del momento, cuando ambos sintieron que el cuerpo ya no les pertenecía, sino al otro, ella se inclinó hacia él. Lo besó con fuerza, casi con desesperación. Un beso que no era solo pasión, sino historia, confesión, desahogo. Y nuevamente el semen de Ismael invadió el interior de aquella escultural mujer.

    —Te deseo desde que tenías veinticinco años —susurró contra sus labios—. Pero nunca me atreví… hasta ahora.

    Ismael se quedó inmóvil, conmovido, con los ojos fijos en ella.

    —Yo también, tía… —dijo con voz quebrada—. He amado cada día en la oficina contigo… y esas nalgas… desde que las vi por primera vez…

    Rosanna rio suavemente, sin burla, solo con ternura. Luego apoyó su cabeza en su pecho y cerró los ojos. Su cuerpo aún vibraba, pero ya no de deseo, sino de algo más cálido, más tranquilo. Como si finalmente hubiera encontrado un lugar donde descansar.

    Ismael la rodeó con los brazos, acariciándole la espalda con una mano, y con la otra le dibujó círculos lentos en las nalgas, en esas curvas que tanto había admirado desde la distancia.

    La noche seguía afuera. La ciudad, despierta. Pero en esa recámara silenciosa de la Condesa, ellos se quedaron así: fundidos, adormilados, descubriendo que el deseo, cuando se comparte con entrega real, no termina. Solo cambia de forma.

    A la mañana siguiente la luz tenue del día comenzaba a filtrarse por las cortinas entreabiertas. El murmullo lejano de la ciudad apenas se colaba en la habitación, como si respetara el silencio sagrado que quedaba tras la tormenta de la noche anterior. Rosanna se había despertado antes. Observó a Ismael dormido, con el rostro relajado, el pecho desnudo subiendo y bajando al ritmo de un sueño tranquilo.

    Sonrió.

    Se acercó a él con sigilo felino, como si el deseo la hubiera seguido hasta el amanecer, y se deslizó entre las sábanas. Con dulzura, comenzó a acariciar su pene, a despertar su cuerpo con la misma delicadeza con la que se despierta una promesa que no se ha roto. Ismael abrió los ojos poco a poco, sorprendido, pero no tardó en rendirse al calor de sus caricias, al juego húmedo y paciente con el que ella lo reclamaba una vez más que tenía aquel trozo de carne dentro de su boca, jugueteando con su lengua.

    No hubo palabras. Solo un suspiro ahogado, un temblor en los dedos, una confesión silenciosa en la forma en que él la miró mientras su cuerpo respondía al suyo. Cuando ella se separó, él quedó recostado, aun temblando, con la respiración entrecortada y los ojos fijos en el techo, mientras ella tragaba aquel liquido lechoso que inundo su garganta.

    Rosanna se incorporó desnuda, con la piel aún húmeda de deseo, caminó por la habitación como si fuera dueña del aire. Ismael la contempló desde la cama, maravillado. Cada curva, cada línea de su cuerpo, brillaba bajo la luz tenue del día. No había disfraz, no había máscara. Solo ella, tal como era: libre, plena, perfecta.

    —Tía… —dijo él en un susurro, sin contener la admiración—. Eres maravillosa. No existe nadie como tú.

    Rosanna se agachó con calma, recogiendo del suelo una pequeña prenda de encaje negro: su tanga. La sostuvo un instante entre los dedos, la acercó a su vagina para limpiarse con ella aquel líquido de deseo que escurría por sus piernas, y sonrió con una mezcla de ternura y picardía. Luego la apretó suavemente entre sus manos, como si quisiera capturar el recuerdo de la noche, el aroma, el calor, y caminó de nuevo hacia la cama.

    Sin previo aviso, le arrojó la prenda a Ismael, que la atrapó con un gesto lento, casi reverente.

    —Sé que te tocas con mis tangas —le dijo con una sonrisa traviesa, casi en un susurro—. Así que te regalo esta… para que no me olvides.

    —¿Puedo preguntarte algo? —dijo él, con una sonrisa un poco culpable.

    —Lucas, claro —respondió ella sin mirarlo, sabiendo ya que la pregunta vendría con carga.

    —¿Cómo supiste… que yo te deseaba desde hace tanto?

    Rosanna sonrió suavemente y al fin giró el rostro hacia él. Se tomó un segundo. Luego otro.

    —Digamos que… hay cosas que una mujer nota —dijo, en tono bajo—. Las miradas que duran más de lo necesario. El temblor de las manos cuando se acercan. Y… detalles pequeños.

    Ismael la miró, curioso.

    —¿Detalles?

    Ella se inclinó hacia él, su voz ahora un susurro.

    —Cada vez que venías a ayudarme con algo en la casa… mis cajones no quedaban como los dejaba. Y algunas tangas y bragas quedaban con rastros de tu semen. Lo notaba.

    Él enmudeció por un instante, pero ella lo detuvo con una sonrisa y una mano en el pecho.

    —No te estoy juzgando —dijo, firme—. ¿Quieres la verdad? Me hacía sentir deseada. Viva.

    Ismael tragó saliva.

    —¿Y… te molestaba?

    —¿Crees que si me hubiera molestado… estarías aquí, desnudo, compartiendo mi cama?

    Ambos rieron suavemente, pero el ambiente no perdió su carga. Se acercaron despacio, como si el recuerdo de lo no dicho, lo intuido y lo callado los atrajera tanto como lo vivido.

    Ismael la miró en silencio. Llevó la tela a su rostro, cerró los ojos, y respiró profundo, como si en ese aroma quedara encerrado todo lo que habían vivido. Luego la miró de nuevo, sin rastro de duda.

    —Tía… yo te amo.

    Ella no respondió de inmediato. Lo miró con una expresión suave, como si esa confesión fuera la caricia final que necesitaba para sellar algo que venía gestándose desde hace años. Caminó hacia él, se inclinó y lo besó en la frente.

    —Lo sé, Lucas —susurró—. Yo también te he llevado conmigo más tiempo del que imaginas.

    Y así, mientras el sol terminaba de llenar la habitación y la ciudad comenzaba a latir con su rutina imparable, ellos se quedaron ahí: entre las sábanas desordenadas, entre confesiones y tangas regaladas, sabiendo que lo que había ocurrido no había sido solo una noche.

    Había sido el despertar de algo real.

    Loading

  • Swinger, un intercambio fallido

    Swinger, un intercambio fallido

    Nuestro primer intento fallido de un intercambio.

    (Guía para iniciar en el swinger)

    Introducción

    Ugo

    Cuando uno se asoma por primera vez a este mundo —el de los encuentros de pareja, el intercambio, las miradas que insinúan más de lo que dicen— no hay mapa, no hay guía. Solo preguntas que te rebotan en la cabeza: ¿cómo se empieza?, ¿a quién se le habla?, ¿dónde se encuentra esa gente?.

    Narrador.

    La vida de Massiel y Ugo dio un giro después del acontecimiento con Víctor. Se destaparon verdades y pensamientos que durante años se mantuvieron reprimidas. Ugo aceptó abiertamente su gusto por los fetiches y la fantasía que siempre había tenido de abrir la relación y entrar en el ambiente swinger. Massiel, por su parte, no estaba totalmente segura. Sabía que le gustaban las miradas, los coqueteos y provocaciones pequeñas. Era parte de su personalidad tímida. Lo que había pasado con Víctor había sido un desliz no planeado y algo que claramente no volvería a pasar.

    Sabía que a Ugo le gustaban esas cosas, pues se daba cuenta cuando él veía contenido de esa índole. Pero no era fácil. Una cosa era hacer algo por una vez, y otra ser constante. El miedo a que esto se les saliera de las manos no la dejaba tranquila, por lo que cuando se tocaba el tema fuera de los momentos sexuales entre ambos, no se sentía con confianza para acceder.

    Mientras Massy montaba a Ugo en la cama, este aprovechó de nuevo para preguntarle sobre el tema. Quería convencerla.

    Ugo

    —Vamos amor, hay que intentarlo. Es lo que siempre he querido, déjame cumplir mi fantasía así como tú cumpliste la tuya.

    Massy

    —Ay amor, no lo sé… Lo que pasó con Víctor es algo de lo que no quiero hablar. Nunca debió pasar. No quiero que se salga de control, que te molestes o al revés cuando hagamos cosas. Y me da miedo, yo no soy así. Me excita la idea, pero nada más.

    Ugo

    —Pues claro, lo de Víctor no debió pasar, pero pasó y ahora mi cabeza no deja de pensar en esas cosas. No tiene por qué haber problemas, lo hablaremos, pondremos reglas. Dame la oportunidad de intentarlo. Hay que intentarlo una vez para ver qué pasa. Si no van bien las cosas, lo olvidamos y seguimos como siempre. Te lo prometo, ya no insistiré.

    Massy

    —Ok, pero solo una vez. Y si no me gusta, ya paras con eso. Tú investiga y me dices cómo va.

    Narrador

    Con el consentimiento de Massiel, Ugo no perdió el tiempo. Ya había estado buscando cómo introducirse al ambiente, así que se puso de inmediato a buscar la mejor alternativa para iniciar.

    Ugo

    —Lo he pensado bien, he entrado a varios grupos y leído algunos foros. Vamos a poner tres reglas principales:

    1. Nunca nos involucraremos de forma sentimental con nadie.
    2. Lo haremos discretamente, nadie se debe enterar. Será un secreto.
    3. Nunca haremos nada con alguien de nuestro círculo personal.

    ¿Te parece si la primera vez lo hacemos con otra pareja? Un intercambio. Así no habrá reclamos si las cosas no salen bien. Si fuera un trío con hombre o mujer y no funciona, podría haber reclamos de “tú estuviste con otra” o “con otro”. En un intercambio, ambos participamos y no habrá culpabilidad.

    Massiel

    —¿Pero lo de Víctor no te molesta?

    Ugo

    —Lo de Víctor nunca pasó, ¿ok? Yo estuve con muchas mujeres antes de ti y tú solo habías estado conmigo, así que haremos de cuenta que él fue antes de nosotros.

    Massiel

    —Ok, está bien. ¿Y ya has visto a alguna pareja?

    Narrador

    Ugo ya había buscado entre los grupos, foros y páginas relacionadas. Había encontrado una pareja interesante que, como ellos, iba empezando en el ambiente. Hablaron, intercambiaron fotos y acordaron conocerse previamente antes de poder interactuar de manera más íntima, para ver si había química y poder ponerse de acuerdo de cómo y cuándo hablar de sus gustos y fetiches.

    Ugo y Massiel los invitaron una tarde a casa: Iván y Hedi, una pareja linda, tan casual y común como ellos. Él, un tipo alto —1.80 tal vez— fornido, esbelto, más ancho que Ugo, un poco reservado, pero amable y educado. Ella, contraria a él, una chica pequeña, muy delgada y simple, rostro afilado, cabello negro. Senos pequeños y trasero nada destacable, acorde a su complexión. Chica de pocas palabras, aún más callada que Massiel.

    El día en que se conocieron no se esperaba nada más que una convivencia social: unas bebidas, una botana y congeniar. De repente, se les veía escribir en sus teléfonos y, sin más, soltaron: “La verdad es que venimos con la intención de probar y hacer algo rápido con ustedes.” A Ugo y Massy los tomó por sorpresa, pero después de platicarlo, aceptaron. ¿Qué podía salir mal?

    Fue un desastre…

    Pasaron a la habitación y comenzaron el intercambio. Fue todo incómodo. Iván cargó a Massiel para llevarla a la cama mientras le propinaba un beso. Ugo y Hedi se acomodaron a su lado para empezar lo suyo. Hedi, un poco indiferente y distraída, parecía estar más al pendiente de lo que hacía su esposo. Ugo, nervioso y con poca atracción, pues ella no correspondía a su estándar físico de mujeres. Pero aún así, decidió intentar. Mientras Iván desvestía a Massy, Ugo dejaba los pequeños senos de Hedi —coquetos y singulares— al descubierto. Ella pareció molestarse porque su esposo parecía disfrutar más de la situación que ella. Se levantó y dijo: “¿Podemos hacerlo en cuartos separados?” La tensión se hizo presente.

    Optaron por salir a la sala. Pero la flama, que apenas era brasa, ya se había apagado. Ugo no logró recuperar el libido. No pasó de un juego de manos, besos en el cuello y complacer a Hedi con la mano. Esfuerzo vago que no parecía ser correspondido por ella.

    Mientras, en la habitación, Massy se incomodó de igual manera, ya que Iván parecía un tanto más brusco. Dejó que la desnudara y le hiciera sexo oral, que no llegó a más. Él parecía estar en la misma situación que Ugo. Massy, amablemente, intentó ayudar, pero aquello no parecía reaccionar. Así que terminaron. Decidieron intentarlo en una segunda oportunidad que nunca llegó.

    Loading

  • La vida como una noche

    La vida como una noche

    Abrió sus ojos, se miró, perfecta… estaba lo mejor preparada para lo que sería después; tanga roja recién comprada, las medias caladas que se perdían por debajo de la falda y dentro de esos zapatos clásicos charolados con un fino tacón, un vestido blanco que la hacía ver como un ángel, pero que sus telas no cubrían más que lo justo y necesario escote prominente y cortos volados hacia abajo. Se miraba una y otra vez, asentía con la cabeza y se decía a si misma… hoy es mi noche.

    María sabía que esa noche sería una ganadora, una afortunada, y más allá de eso, sería una más de las que ella llamaba fáciles, cualquiera… ramera, por así resumirlo. Pero se sentía bien, estaba preparada, iba a hacer suya la noche y esperaba que la noche y un alguien más la hicieran suya.

    Quería llevarse el mundo puesto por delante… quien no, ella, cintura delineada con lápiz de dibujante experimentado, pechos perfectos, como dos pomelos maduros, apetecibles, que se coronaban con dos aureolas rosadas que sutilmente se veían a través de la delgada tela de sus atuendos; caderas que parecían esculpidas por miguel ángel, unos ojos de pureza eterna y su oscuro cabello que se confundía con la noche y que caía por sus hombros hasta la mitad de su espalda… que maravilla, que perfección… se miraba nuevamente y se decía… hoy es mi noche.

    Alzó su abrigo de la silla, era lo que más le cubría sus apetecibles atributos, busco rápidamente una cartera que le combinara con el resto del ajuar y que le permitiera el espacio a unos cigarros y a unos cuantos billetes, antes de salir perfumó su piel una vez más, se acomodó el flequillo frente al espejo y se dijo… hoy es mi noche.

    Bajó apuradamente las escaleras de su apartamento, iba tan contenta y extasiada en esta su primer cacería de hombres, de machos, de varones que la hagan sentirse toda una mujer; tan llena de un lívido freudiano que no se dio cuenta que la vida se la llevó por delante, que uno de sus tacos cayó haciendo estragos entre el mar de pétalos de rosas rojas que brotaban de ella… salpicó todo el parachoques de su vida con pistilos exhaló un último suspiro, que en el caso de haber sido ella una sádica hubiese sido perfecto, y… cerró sus ojos.

    Loading

  • Noches de masturbación

    Noches de masturbación

    Así comienzo a pensar en imágenes y literatura erótica, que hoy en día ya son parte de mi rutina, al llegar la noche mis tangas ya están muy húmedas, mi mente ha hecho la mitad del trabajo. Al llegar a mi casa, me dirijo a mi cuarto, y una vez allí mi cuerpo me pide desahogo, mis manos ruegan poder acariciar, estoy tan lista para entregarme, tan dispuesta a tantas cosas que se quedan rezagadas y frustradas, solo me conformo conmigo misma, con darme placer recreando mi mente con tus palabras.

    Escucho música, lenta y embriagadora música que me incita a liberarme, el deseo comienza a recorrer con más intensidad mi cuerpo, mientras las notas arrullan mis pensamientos, es delicioso sentir que mi imaginación es capaz de traerte a compartir conmigo este éxtasis.

    Me desvisto con la suavidad que se deshoja una margarita, por encima de la tela acaricio mi cuerpo, mi cara, mi cabello y mis brazos, mis manos se convierten en una manifestación más de tu invisible compañía, las paso por mis senos mientras hierven bajo la blusa, mi striptease solitario te llama, quiero que escuches mi corazón acelerando su latido, y mi respiración cada vez más profunda.

    La falda cae, mis muslos se guían uno al otro en un suave vaivén, abrazo mi cintura y lentamente me quito la blusa. Abro los ojos y observo mi cuerpo, el baile se me hace tan sensual hasta a mi misma y esto es motivo de continuar, hasta ahora comienzo.

    Palpo mis tangas, están muy húmedas y decido quitarlas, mientras bajo mis caderas al ritmo de la música, comienzo a sentir la desnudez en mis genitales, rozo con la punta de mis dedos me vagina y esta tan tibia y tan mojada que me encantaría resbalarte en ella. Acaricio mi vientre, mi ombligo, subo poco a poco a mis senos, y los libero del brasier. Ahora estoy completamente desnuda, soy solo yo, solo una mujer queriendo ser tuya.

    Me acuesto en el piso de mi habitación, y allí me muevo de un lado a otro, formando figuras sobre mi piel, disfruto de esta leve excitación dejándome llevar por mi imaginación. Eleve mi pierna izquierda, para acariciarla lentamente, y pensé en lo deliciosas que se sentirían tus manos recorriendo mis piernas. Después subí desde mi estomago a mis senos, mis pezones erectos, tal vez por frío o tal vez por excitación, posiblemente por la combinación de ambos.

    Repartí caricias a todo mi cuerpo concentrándome en el movimiento de mis manos que casi se movían solas. Pensando en como sería estar contigo levanté las piernas, las abrí apoyándolas en la pared y comencé a acariciar de arriba a abajo, desde mi vagina hasta mi ano. En ese momento comencé a notar que estaba muy mojada, y me dejé llevar por los pálpitos cada vez más fuertes de mi vagina, dejé que una mano continuara masajeando mis genitales. Mientras que la otra buscó mis pezones, pellizcándolos despacio estaban muy duros, deseando ser besados así que pase mi lengua por mis senos.

    Mis dedos se deslizaban fácilmente por mi orificio, fueron entrando uno tras otro, hasta que sin darme cuenta estaba disfrutando de cuatro, metiéndolos y sacándolos de vez en cuando rápido y de vez en cuando lento, la otra mano continuó con mi clítoris. Comencé a percibir cierto sonido cuando mi vagina se contraía, y reduje la velocidad para no ser escuchada por el resto de mi familia ya que la cercanía de las habitaciones es mi principal desventaja.

    Me puse en cuatro y comencé a pasar mis dedos mojados por mi ano, lo mojé lo suficiente y metí un dedo, entrándolo y sacándolo lentamente, con el mismo ritmo introduje el segundo, con mis ojos cerrados me concentré en la sensación de mis dedos, el esfínter los apretaba y los soltaba. Esta sensación me hizo sentir la necesidad de mi cuerpo de ser penetrado, esa necesidad de sentirme llena me hizo tomar mi consolador y comenzar a introducirlo en mi vagina primero.

    De cuclillas con una mano en mi mesa de noche, la otra comenzó a empujar el duro objeto, entraba todo liso por la humedad, me llegó la curiosidad de saber cual es el sabor que tiene mi vagina, y probé mi consolador empapado por mis jugos, ese sabor suave, semi espeso pero muy cálido me excito aún más, y acariciaba mi clítoris mientras comenzaba un mete y saca más firme en mi vagina.

    Me arrodillé y bajando completamente la parte de arriba de mi cuerpo con la cara tocando el piso, y mis senos excitados durísimos por el frío, comencé a acariciar mi ano con mis dedos mojados y el consolador, lo puse a la entrada, y empujaba muy despacio para sentir como se abría un camino que parece cerrado completamente, mojé mi herramienta con saliva lo empujé más duro, cuando por fin entró la punta sonreí placenteramente, mientras lo hundía todo, después lo sacaba despacio mi mano derecha continuo este ritmo mientras la izquierda no dejaba de masajear mi clítoris, la excitación estaba apropiada de mi y sentía como me llenaba la vagina y mis orgasmos se hacían cada vez más placenteros, mordiendo mis labios evitaba los gritos y los gemidos que contenidos en mi garganta intentaban ahogarme.

    Después lo introduje en mi ano, difícilmente entró pero al tenerlo adentro, el placer casi se duplicó. La mano que acariciaba mi clítoris ahora entraba sus cuatro dedos en mi vagina, necesitaba estar completamente llena, y mirando en diferentes direcciones, vi lo que sería mi improvisación de segundo consolador. El mango de mi cepillo del cabello, lo cogí y mirándolo con morbo, lo recosté en el piso, para mi sorpresa se sostuvo solo por las cerdas, y comencé a sentarme encima de él, tal y como si estuviera cabalgándote a ti.

    Subía y bajaba de él, sintiendo como se abría mi carne para recibirlo. Y el primer consolador ocupaba mi ano por completo, subiendo y bajando sobre mi cepillo introducía mi consolador en mi ano y con la otra mano, sobaba mi clítoris, estaba pensando en ti más que nunca y me sentía tan llena, tan vida, tan caliente gracias a ti.

    Después de venirme en varias ocasiones, de intentar avanzar un paso más en el placer, me acosté acariciando mis senos duros y como aún sentía la excitación en mi mente, me estiré a los largo, mi desnudez se relajó, permanecí 15 minutos más inmóvil mirando al techo, tal vez imaginando como descansar a tu lado. Mirarte a los ojos satisfecha después de hacerme el amor de muchas formas, imaginándome acariciando tu pecho sudoroso por el momento.

    Me levanté, me acosté en mi cama y tu recuerdo se acostó conmigo, sentí tu cálida desnudez entre mis cobijas, esa noche dormí más tranquila como si sintiera mi cabeza descansar en tu pecho. Yo sé que tú sentiste mi calor esa noche, me pensaste y casi no pudiste dormir imaginándome en plena masturbación tal y como lo hablamos, hasta creo que estuvo mejor que lo que dijimos, ¿tú que piensas?

    Loading

  • El placer de Lucía y su amante

    El placer de Lucía y su amante

    Noviembre finalizaba incitado con algunos asedios de calor provocando que los montevideanos salieran a sus tareas, provistos de más ropa de la que necesitarían en un intento por cubrir todas las posibles necesidades meteorológicas del día. Lucía se comunicó con José en la noche con el propósito de charlar sobre algunos temas pendientes y quedaron de verse esa noche. Tomó un baño sin prisas relajando su cuerpo. Se vistió casualmente y salió hacia la parada del ómnibus. El viaje tardó más de lo que hubiese querido. Descendió cerca de la Cuidad Vieja y emprendió el recorrido hacia el mar de dos cuadras hasta la casa de José. Las calles estaban ya semidesiertas. En el liceo cercano no había ya casi alumnos debido a la finalización de los cursos.

    Al llegar al edificio busco el número del apartamento, que ya conocía de muchas otras veces y presiono ligeramente el timbre. En ese instante se acercó a la puerta un joven vestido muy elegantemente de traje y observó a Lucía. Le gustó lo que observó y se sonrojó. Lucía también lo hizo y pensó en lo atractivo que era ese hombre. Él le dijo si quería entrar, pero ella le expresó que ya vendrían a abrirle. El cerró la puerta y la volvió a mirar. Lucía se quedó pensando en que apartamento viviría él, y si se volvería a encontrar alguna otra vez.

    Un poco después de presionar el timbre sintió que del portero salía su voz diciendo:

    —¿Si?

    —Lucía —dijo ella.

    —Ya bajo —dijo él.

    Se quedó pensando en ese hombre mientras miraba el ascensor esperando salir a José cuando el ascensor se abrió lo vio nuevamente. Alto, atractivo con sus remeras con caricaturas. Se saludaron, subieron al ascensor e intercambiaron las siempre breves palabras que cabían en el viaje ascendente hasta su piso. Él le abrió la puerta y ella entró despojándose de su abrigo que colgó en un perchero próximo y de sus otras pertenencias. Él se descalzó dejando sus zapatos como siempre alado de su puerta.

    —Quería charlar contigo acerca de algunas cosas hace días.

    Él se le acercó y la besó tan profundamente que Lucía pensó que iba a desvanecerse sobre la alfombra. Sus lenguas se enredaron formando hélices que adquirían más y más torsión. Las manos de Lucía sujetaban la espalda de José y los dedos trataban de asirse a él. Las manos de él corrían por el tórax de Lucía pasando por encima con los dedos por sus senos. Las caricias fueron interrumpidas bruscamente.

    —¿Te bañaste? — dijo él

    —Si —dijo ella

    —Yo me entretuve trabajando y no pude hacerlo. ¿Me acompañas? —dijo él y comenzó a desnudarse.

    —Te acompaño —dijo ella

    Pero quedó como detenida en tiempo. Increíblemente le costaba desnudarse e irse a bañar con él. Quizás porque sus encuentros siempre fueron tan apasionados que al unirse sus labios conducían siempre a la posición horizontal. Además de que no estaba acostumbrada a desnudarse frente a otros y su faceta tímida asomaba.

    Cuando quitó la última de sus prendas, él ya estaba en el baño contiguo al cuarto abriendo los grifos. La ropa quedó en la alfombra, sus jeans, su remera y sus sandalias. Lucía se complació viéndolo desnudo, su pene erecto, ya excitado por aquellos besos y el roce de sus cuerpos. Él la miró, contempló sus senos, su piel blanca y le extendió la mano. Ella se acercó y lo besó. Él con su otra mano buscaba el punto exacto del agua.

    —¿Te parece que está bien? —dijo él.

    —Esta tibiecita —dijo ella.

    Se metieron en la ducha y el agua empezó acorrer por sus cuerpos. Por el cuerpo de José corría sin obstáculos hasta su pubis, donde encontraban la barrera de su pene erecto y donde divergían hacia sus testículos pasando por sus piernas. En Lucía se encontraban con sus senos algunas gotas discurrían por uno y otro pecho y otras por la separación entre ambos. Algunas gotas entraban en su ombligo y llegaban hasta su pubis que se encontraba bastante depilado en esta oportunidad.

    Él la abrazó e interrumpió la ruta de las gotas descendiendo por sus cuerpos que ahora eran uno. La acariciaba tan lentamente por su cola y sus piernas, por su espalda, separaba su cuerpo del de ella y mordisqueaba sus pezones erectos, la besaba, la abrazaba nuevamente. Las manos de José tomaron el jabón y comenzaron a enjabonar el cuerpo de Lucía deslizando caricias por todo su cuerpo.

    Sus manos buscaban en su vagina, tocaban los labios mayores, abrían los menores, buscaban el clítoris, faro de la caverna donde parte de su cuerpo hallaba la gloria. Lo rodeó con sus dedos, lo halló extremadamente redondo y sobresaliente, denotando aquella excitación que José podía ver en aquellos pezones rosáceos que coronaban las montañas de su pecho.

    Las manos de Lucía buscaban cada detalle del cuerpo de José, su cuerpo bronceado, su pubis sin vellos, su pene erecto que impedía que ambos vientres se unieran sobre si mismos, sus testículos, su cola fabulosamente redonda. Su mente no podía parar de formar imágenes, elucubraciones de escenas de sexo demasiado explícitas para una película corriente, en donde su cuerpo se pegaba a de él.

    De espaldas, y ella poblándolo de besos y esos gemidos que su boca exhala cuando José se excita. En medio de esas elucubraciones dignas de un buen director de cine Lucía comenzó a sentir como una corriente ascendía por la línea media de su espalda, trepando por su columna vertebral tensando los músculos de su espalda. Sentía como sus piernas se aflojaban y caía casi sin fuerzas en los brazos de José la sostenían besándola sin cesar.

    Lucía recuperaba un poco de su tono muscular, volvía a la realidad de las caricias de José, a sus cuerpos desnudos bajo el agua y él comenzó a enjuagar su cuerpo y el suyo propio. Parecía como si su mente y cuerpo se hubieran transportado a otro lugar y ahora volvieran recuperando la visión de aquel hombre que le causaba tanto placer. Cuando ambos carecían de jabón en sus cuerpos José cerró el grifo y tomó una toalla con la que comenzó a secar a Lucía.

    José observaba a aquella mujer mientras la secaba, su cabello lacio, sus ojos marrones, aquel cuerpo de esa mujer de finales del siglo XX, con sus reminiscencias del Renacimiento, con su cuerpo nunca anoréxico, con sus senos grandes y sus pezones rosados que como focos nublaban su visión y endulzaban su boca hasta hacerlo adicto a su sabor. Con su piel blanquísima por su obstinación a no tomar sol. Aquel pubis que lograba enloquecerlo de placer.

    La detallaba con un fervor que nunca admitiría, a aquella mujer que lo hacía vibrar. La boca de Lucía que lo conducía al paraíso, la vagina que lo hacía temblar, la manera en que se excitaba y se entregaba cuando hacían el amor. Pero jamás lo admitiría, eso era demasiado para su ego.

    Se recostaron en la cama, Lucía de espaldas y él se apoyó levemente sobre ella. Al hacerlo su pene presionó su pubis, su vientre y el la besó por todo su cuerpo. Subió desde su vientre a sus senos, discurriendo sus manos hacia sus flancos. Mordía sus pezones muy suavemente, los besaba, presionaba más su pubis sobre ella, acariciaba su cabello, la besaba nuevamente. La cama nuevamente era testigo de su pasión, de aquellos cuerpos desnudos buscando el límite del placer.

    Lucía se dejaba acariciar y con sus dedos rozaba su piel, lentamente hacia abajo y arriba como si el cuerpo de José estuviera formado por cuerdas de guitarra. Solo que este juego causaba que la boca de José exhalara gemidos, jadeos. Que si fueran capaces de formar palabras dirían No pares de acariciarme así.

    José descendió por el pubis de Lucía y con sus dedos hábiles y sedientos de Lucía buscaron en su vagina. Encontraron sus labios húmedos y al adentrarse la humedad se convirtió en un hilo de jugos que emergían de su inmensidad. El clítoris redondo, abultado señalando la entrada a su vagina. Rosado y húmedo. Los bebió, los saboreó, le expresó lo dulces que estaban, utilizó su lengua como un pequeño latiguillo que arremetió contra el clítoris. Recorrió vehementemente su periné, la cara interna de sus labios, deslizo sus dedos hasta su ano en un rápido movimiento y volvió a su vagina. Le susurró al oído:

    —Estás tan tibia en tu interior que me dan ganas de meterme y quedarme a vivir dentro de ti. Podría alimentarme de los jugos que manan de ti.

    Lucía se sonrojó sabiendo que podría vivir de sus caricias, y sus besos.

    José mordisqueaba, besaba, acariciaba su vagina, su Monte de Venus labios mayores y menores, su cola, sus manos. Se apoderó de su vagina como el ebrio de su botella, deleitándose, queriendo aprovechar hasta la última gota casi desconociendo la evidente consecuencia de sus caricias. Utilizó sus dedos como penes inexistentes que se adentraban en Lucía, siguiendo su intento natural de buscar sus paredes internas, sus detalles, sus pliegues, aquellos que conocía de las innumerables travesías que habían vivido juntos, que le permitían cartografiarla tal como si los viera. Al salir lo hacían cubiertos de aquellos jugos de los que se apoderaba tal como el oso hormiguero al salir cubierto de su exquisito manjar.

    Los dedos iban a su boca y él mientras se deleitaba la miraba a los ojos, con esos ojitos tiernos llenos de placer.

    Él acercó sus dedos a los labios de Lucía y tal cual como si sus dedos fueron la llave para la cerradura, la enzima para el sustrato se abrieron permitiendo a Lucia disfrutar de los jugos de su excitación mezclado con el sabor de la piel de su amante.

    Lucía se subió encima de José. Lo miró y abrió sus piernas que se plegaron a los costados de su cuerpo. Sintió y vio su pene erecto y lo comenzó a rozar suavemente sin dejarse conquistar por el deseo de sentirlo dentro suyo. Lo rozó consecuentemente mientras lo besaba y sus pezones presionaban su pecho, mientras trazaban círculos en la piel de José. Lo dejaba excitarse, desearla, hasta enloquecer, dilatar el placer que sentirían.

    Ella dilataba su propio placer como una jovencita inexperiente que teme hacer el amor, sin saber que en ese acto radica la más bella experiencia. Él cerraba sus ojos, sentía como aquellos cuerpos rozaban, disfrutaba de aroma de placer que invadía su cama. Se dejaba llevar por las manos de Lucía que provocaban que su pene se erectara más y más. Era increíble el grado de excitación que ella causaba sobre él. José sentía que todas y cada una de sus fantasías podían ser cumplidas por Lucía que cada una sería aceptada y tomada para si, para el mutuo placer de los dos. Que esa ausencia de prejuicios los conducían a los dos al éxtasis absoluto, la noción de que el placer debe buscarse y disfrutarse.

    Ella presionó firmemente su cuerpo contra él y se movió de manera que provocó que su vagina tomara contacto con su glande y su pene penetrara en ella. Se produjeron gemidos y jadeos. Ella comenzó a moverse sobre él. Rítmicamente, buscando que todo su pene la penetrara, buscando empapado on sus jugos. Su pene se adaptó a la vagina, la vagina a su pene, como piezas perfectas en un mecanismo.

    Podía observar a Lucía moverse encima de él, haciendo que su pene penetrara en ella y saliera y el casi impávido hacia la situación solo dejando que sus cuerpos gozaran y que ella llevara la rienda de la situación, que ella buscara su propio placer, que ella dejara sumergir su pene en su interior, buscando aquellos puntos de infinito placer. El obtenía el calor de sus jugos, y las contracciones que con sus músculos Lucía presionaba su pene, como lo capturaba y lo mimaba y como enseguida lo soltaba comenzando nuevamente el rítmico juego. Él podía sentir a aquella mujer dándose placer y provocándoselo.

    Como movía su cola, como sentía la piel de su cola rozarle los testículos y como esto provocaba que miles de pinchazos muy suaves recorrieran el espacio entre sus testículos y su ano. Y volvieran como si fueran miles de hormiguitas con ese destino. Podía deleitarse con el vaivén de los senos de Lucía y sus pezones erectos que en ese momento no podía besar, y que eso hacía que aumentara el placer.

    Lucía podía sentir como la excitación de José iba en aumento y como podría venir su orgasmo en cualquier momento. Y frenó su movimiento de golpe y salió de él. José la miró sin comprender mucho porque ella dejaba de hacerle el amor, cuando comprendió que ella deseaba retardar el momento de su orgasmo. Ella había tomado el control ahora se dirigía a su pene. Lo besó, saboreando su propios jugos de él. Ese sabor mezclado y exquisito de los secreciones de ambos mezcladas, los jugos, los secreciones vaginales de Lucía ahora se mezclaban en su boca.

    Deslizó su lengua sobre el cuerpo de su pene, la llevó hasta los testículos, los beso y rodeó con la lengua y volvió a subir a su pene, apoderándose de él nuevamente. Hacía círculos en su glande, rodeaba su meato urinario, volvía a bajar mientras lo sujetaba con su mano que apenas podía tomarlo totalmente. Sabía que los deseos de José podían ser múltiples y que podía causarle placer de mil modos, pero también tenía la firme convicción basado en múltiples noches de placer que las caricias que ahora ejecutaba lo enloquecían.

    José también sabía que si existiese un premio a la persona que mejor hiciera sexo oral lo recibiría Lucía por el placer que le daba y que sabía darse. El semen no pudo contenerse por mucho rato y el rostro de Lucía y parte de su boca fue salpicado por gotas tibias con un sabor exquisito que supo deleitarse. Ambos se miraron y sonrieron sabiendo que aún faltaba gran parte de la noche para seguir haciendo el amor.

    Loading