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  • Trío con un amigo

    Trío con un amigo

    Mis relatos son todos reales.

    Yo siempre tuve la fantasía de ver a Pau con otro hombre y siempre le comenté a Pau eso. Intentamos intercambios, pero las cosas no se dieron. No encontrábamos el partner ideal. Fernanda fue a vivir a Buenos Aires así que nuestra vida sexual volvió a ser de a dos aunque cada tanto viajábamos a Argentina y jugábamos con Fer y recordábamos tiempos pasados.

    Pau y yo tenemos un amigo de años con una confianza total. Sabíamos que tenía ganas de vernos mientras cogíamos porque sutilmente nos los hizo saber en varas ocasiones, pero en esa época no teníamos ganas de abrir la relación. Un día mientras estábamos en la cama con Pau le comenté que tenía muchas ganas de que nos vieran cogiendo sin participar (es una fantasía que tengo) y ella se acordó de nuestro amigo al que voy a llamar Jorge.

    Jorge era de visita regular a casa de toda la vida. Esta dentro de nuestro círculo íntimo y no es raro que estemos los tres comiendo un asado o una picada. Un viernes X, Jorge vino a casa y organizamos una picada con quesos y vinos. Pau estaba muy linda, tenía unos leggings y una blusa larga que llegaba a su cola, no llevaba corpiño y sus tetas grandes se balanceaban hermosamente.

    Después de la cena y dos botellas de vino más tarde nos sentamos en el sofá y mientras charlábamos y escuchábamos música, Pau se sienta sobre mí y me abraza, me da un beso de esos calientes y nuestro amigo no dejaba de mirar. Pau vio su entrepierna y vio un bulto que asomaba y me volvió a besar. Me preguntó al oído si quería que nos vieran y le dije que sí.

    En ese momento Pau se sentó sobre mí y yo empecé a meter mano. Recorría la cola, la espalda y las tetas sobre la ropa. Nuestro amigo se estaba empezando a tocar y disfrutar del momento. Deje a Pau sin blusa y trataba de meter ese par de tetas en mi boca. En un momento Pau le pregunta a Jorge si le gustaba lo que veía. Jorge asentía con la cabeza sin emitir sonido y sin dejar de tocarse.

    Pau le dice que se acerque y sin decir nada ni a él ni a mí. Le da un beso y empieza a masajear su pija, toma su mano y la lleva a una teta. Yo estaba muy caliente, no podía creer que Pau se estaba por coger a nuestro amigo. No era lo conversado.

    Le dije a Pau que Jorge estaba muy empalmado y que tenía que empezar a chupar. Pau quedo en tanga mientras Jorge y yo estábamos desnudos. Pau tomaba una pija a la vez y la chupaba despacio y deliciosa. Se tomaba el tiempo con cada uno y cada uno besaba y lamia a Pau. Ya no aguatábamos mucho la calentura así que pedí a Jorge que penetre a Pau. Entra por favor le dije y a Pau que chupe todo que le quería llenar la boca de leche.

    Le di un beso a Pau, abrí sus piernas y metí mi pija en su boca mientras veía como Jorge la embestía una y otra vez en el sofá. No tardamos mucho en llegar. Pau estaba llena de leche. Nos levantamos y le dimos espacio a Pau para que se limpie y fuimos al dormitorio donde continuamos hasta que quedamos muy cansados los tres.

    Nuestro amigo se aseó y fue a su casa. Pau y yo quedamos y volvimos a tener un último polvo ya entre los dos solitos como volver a nuestra intimidad y quedamos dormidos.

    Ese fue el inicio de una larga aventura con Jorge que se repite cada tanto, cada vez que hay ganas.

    Espero les haya gustado.

  • Inicios de una hotwife, su segunda vez no le fue bien

    Inicios de una hotwife, su segunda vez no le fue bien

    Mi amada hotwife demoró un tiempo en volver a salir con alguien más y es que por los temas de la pandemia se complicó un poco lo de citarse con alguien, de igual manera para esos días lo mejor era cuidarse, pero ella quería volver a sentir como la follaba después de estar con otro hombre, me decía que era totalmente distinto como la manoseaba y la embestía, quería volver a sentirse como una puta, por lo que esto la llevo a tomar medidas extremas y algo desesperadas.

    Desde aquel primer encuentro con su amigo, no se habían podido poner nuevamente de acuerdo para un nueva salida, así que mi esposa decidió buscar alguien que estuviera mas disponible. En sus redes sociales de vez en cuando ponía estados subidos de tono, buscando que alguien con doble sentido picara el anzuelo y aunque varios respondieron parecía que mi esposa estaba esperando que cayera alguien más, la verdad nunca imagine con quien iba a terminar en la cama.

    Durante algunos días estuvo ocultando unas conversaciones de alguien con quien estaba organizando una salida, pero no me quería decir para «no dañar la sorpresa», resulto ser que si fue una sorpresa cuando me dijo la noche anterior que se iba a ver con un primo a almorzar y que después podría pasar algo más, esta noticia me molesto y le pregunte si estaba segura, le dije que meterse con algún familiar puede resultar algo molesto por que no entienden su posición o no aceptan después el rechazo, me dijo igual ella quería probar ya que cuando era joven le tenía muchas ganas.

    Esa noche no hubo sexo, dormimos como dos desconocidos, al día siguiente la vi como se arreglaba con una lencería muy sexy, una tanga muy muy pequeña y un corpiño tipo bralette de encaje que me gustan mucho, cuando se marchó no me quise despedir, pero le escribí a su celular: – no quiero que lo hagas, espero esto no sea para problemas entre los dos, te amo, ella me responde con una cara de enojo, sobre la hora del almuerzo la intente llamar pero el teléfono estaba apagado.

    Cuando llego a casa, la note distinta a la última vez, se sentía avergonzada por lo que había hecho, me busco pero no la quería tocar, quería verla sufrir un poco, nos fuimos a dormir igual que la noche anterior, pero a mitad de noche me desperté con una excelente sorpresa, mi esposa me estaba chupando la verga de una forma muy ansiosa, al percatarse que me desperté me dijo enseguida: «tu puta merece un castigo por portarse mal, necesito que un macho de verdad me folle como la puta que soy..», eso me puso demasiado excitado, mi puta había llegado deseosa de macho y ahora lo pedía a gritos, la tumbe en la cama y la ensarte sin pensarlo, la tenía agarrada de las manos encima de su cabeza como si estuviera amarrada, con la otra mano iba turnando su culo y sus tetas para apretarlas cada vez mas duro, hacia fuerza en sus manos para intentar soltarse pero sabía que lo hacía para que la apretara con mas fuerza, mientras la embestía una y otra vez, ella solo entre gemidos me decía: «tu si sabes como follarte a tu puta, dame mas duro que soy solo tuya…», en un momento me pidió que la pusiera en cuatro, es como mas la gusta, apoya completamente su pecho sobre la cama y empina el culo para que la penetre, mientras le jalo del cabello y le doy sus buenas nalgadas, eso la excita demasiado y la hace llegar casi que enseguida, la presión que hace en su concha es tan deliciosa que siempre me hace llegar a mi también, quede encima de ella aún con mi verga dentro terminando de llenarla con toda mi leche y así nos quedamos dormidos.

    Al día siguiente me contó algo de lo que había pasado y me prometió que no volvería a salir sin mi visto bueno, no había disfrutado para nada su salida con su familiar y estaba deseosa de un verdadero macho que la dejara satisfecha.

    Espero les haya gustado la historia…

    Chexxter

  • Secreto entre amigas: no hay vuelta atrás

    Secreto entre amigas: no hay vuelta atrás

    Mi nombre es Celeste. Maira es mi mejor amiga desde el jardín de infantes. Desde pequeñas compartimos absolutamente todo, hasta el día de hoy que tenemos 19 años. A medida que fuimos creciendo empezó a existir una tensión, pero nunca se la adjudicamos a nada sexual, sino al gran amor que nos tenemos la una por la otra.

    Sin embargo, más de una vez borrachas en algún bar nos hemos besado, bromeando, pero nunca ha pasado de allí. Siempre ha sido un juego.

    Las dos hemos salido siempre con hombres y hablamos de ellos todo el tiempo. Maira, por ejemplo, está de novia con Bautista, uno de los chicos de nuestra secundaria.

    Un día habíamos salido a una discoteca con un grupo de amigos y habíamos tomado mucho. Las dos bailábamos descontroladamente, sensuales, mientras varios de los hombres que estaban con nosotras nos miraban de arriba a abajo, queriendo comernos.

    Nosotras reíamos y disfrutábamos de sentirnos deseadas, meneábamos nuestros culos bajo nuestros cortos y apretados vestidos, que al agacharnos dejaban ver nuestras nalgas.

    Ya eran las 5 de la mañana cuando decidimos irnos. Habíamos acordado previamente que yo me quedaría a dormir en la casa de Maira para no volver hasta mi casa que quedaba bastante más lejos. Ella vivía con sus padres y su hermano, un año menor, que dormía en la habitación de al lado. Todos me conocían desde pequeña y me adoraban, por lo que nunca era un problema que yo me quedara allí, me trataban como si fuera una hija más.

    Salimos de la discoteca y borrachas como estábamos, paramos un taxi. Nos subimos en la parte trasera, y le indicamos la dirección.

    Estábamos cansadas e íbamos calladas, pero de repente mi amiga posó su mano en mi muslo y la dejó allí. No era nada muy raro entre nosotras, hasta que comenzó a acariciar mi pierna despacio, moviendo suavemente su mano, y yo sentí cómo me comenzaba a excitar un poco.

    No reaccioné. Pensé que quizás me estaba confundiendo, que tal vez estaba muy borracha, pero Maira lentamente comenzó a meter su mano por debajo de mi vestido, tocando mi tanga pequeña de encaje ya mojada, suavemente. Sonrió al sentir su humedad, y continuó tocándome. Yo abrí un poco mis piernas, disfrutando de las caricias de mi amiga, escuchando cómo mi respiración se aceleraba mientras yo recostaba la cabeza con los ojos entrecerrados.

    Pensaba que probablemente el taxista se hubiera dado cuenta de la situación y estuviera excitado presenciando esa escena, y eso me calentaba aún más.

    Mi amiga corrió mi tanga hacia un costado, y me metió dos dedos. Los metía y los sacaba con delicadeza de mi vagina lubricada, mirándome de reojo para ver cómo gozaba yo.

    De repente vi cómo con la otra mano se tocaba ella misma por debajo de su vestido. Eso me volvía loca. Siguió masturbándonos a la vez hasta que yo sentí que estaba por venirme, por lo que tomé su mano y comencé a marcarle el ritmo en el que quería que me tocara. Ella obedeció y finalmente alcancé un hermoso orgasmo, emitiendo un leve gemido que hizo que el taxista mirara por el espejo retrovisor pero no dijera nada.

    Justo luego de eso, llegamos a destino. El taxista nos cobró y bajamos en la casa de Maira.

    Al cerrar la puerta comenzamos a besarnos apasionadamente en el pasillo, nuestras lenguas se movían desesperadas, nuestras manos apretaban los pechos de la otra, habíamos desatado un monstruo que nunca hubiéramos imaginado. Y ahora sólo queríamos cogernos.

    De repente escuchamos un ruido que provenía de la cocina, así que nos acomodamos un poco la ropa y entramos. Era Marta, la mamá de Maira, que se había despertado al escuchar la puerta.

    – Hola, chicas. Cómo la pasaron?

    – Muy bien, Marta. Aunque estamos bastante cansadas. – respondí

    – Bailaron mucho, me imagino. – dijo riendo

    – Si ma, nos vamos a acostar. – dijo mi amiga dándole un beso a su madre

    Nos fuimos a la habitación de Maira, y al cerrar la puerta tomé a mi amiga y la tiré sobre la cama.

    Justo sonó su celular. Era su novio, nuestro amigo, queriendo confirmar que habíamos llegado bien.

    Ella atendió y mientras le respondía yo le quitaba el vestido y la besaba por el cuello, el pecho, sus hermosas tetas, succionando sus pezones… Ella hizo un esfuerzo por responderle serena a Bautista, y cortó la llamada.

    Quité su vestido y lo tiré al piso, así como su ropa interior.

    Comencé a tocarla suavemente con mis dedos, como ella había hecho conmigo un rato antes en el taxi. Estaba empapada, muy excitada. Lentamente comencé a meter un dedo, observando su expresión de disfrute. Luego metí otro y aceleré el ritmo. Escuchaba su respiración frenética, y alternaba metiendo y sacando mis dedos de su cuerpo, acariciando su clítoris, sus labios vaginales…

    Me encantaba ver a mi amiga gozar así. Sentía una adrenalina por todo mi cuerpo, sabiendo que su familia estaba en la casa, sabiendo que nadie sospecharía jamás que podríamos estar haciendo lo que hacíamos, sabiendo que era la primera vez de ambas con una mujer, y que encima era mi amiga de toda la vida.

    Mientras Maira disfrutaba, saqué mis dedos de su interior y mirándola a la cara los metí en mi boca. Los lamí limpiándolos de sus fluidos, y luego metí mi cara entre sus piernas y comencé a chupar todo su sexo. Ella empezó a gemir más fuerte, tratando de evitar ser escuchada. Nunca le había hecho sexo oral a una mujer, pero sabía bien lo que me gustaba que me hicieran, así que lo apliqué. Y evidentemente tuve bastante éxito.

    Pasé la lengua lentamente, primero por sus labios, luego su entrada vaginal, su clítoris. Aumenté la intensidad, guiándome por sus gemidos y sus caras, insistiendo donde notaba que le gustaba, acompañando con mis dedos… Luego comencé a penetrarla con mi lengua, mientras estimulaba su clítoris. Estuve un rato oyendo su placer, sintiendo cómo mi entrepierna chorreaba, hasta que la oí hablar luego de un largo rato sin palabras:

    – Me vas a hacer venir

    Al escuchar esas palabras mágicas intensifiqué mis movimientos, hasta que vi sus contorsiones y sentí sus espasmos en mi lengua. Mi amiga se acababa de venir en mi boca, y eso me excitó más que cualquier otra cosa que hubiera vivido antes.

    Maira quedó exhausta tirada en la cama y me acosté a su lado, todavía vestida.

    – Nunca creí que me pondrías a gozar así – dijo

    – Acabamos de arruinar 15 años de amistad?

    – Yo creo que sólo están mejorando… – dijo y comenzó a quitarme el vestido

    – Ah, veo que no hemos terminado.

    – Ni cerca

    Me desnudó y volvió a tocarme mientras se estiraba hasta el cajón de su mesa de luz. De allí trajo unas esposas de plástico, un vibrador, un dildo y un frasco de lubricante.

    Mis ojos se abrieron incrédulos, y ella rio.

    – Me voy a divertir contigo un rato antes de dormir, mi amiga

    Me indicó que me pusiera boca abajo en la cama, y yo obedecí. Ató mis muñecas con las esposas a los barrotes de su cama. Yo quedé con mi firme culo hacia arriba, a merced de mi amiga, y eso me ponía al cien.

    Ella comenzó devolviéndome la lamida en mi sexo mientras me masturbaba lentamente. Yo sentía su respiración en mi culo y eso aumentaba mi excitación. Luego de un rato, cuando yo sentía que estaba dejando un charco de fluidos en su cama, escuché que encendió el vibrador. Comenzó pasándolo por mi cuello, mi nuca, mis brazos estirados, mi espalda, el costado de mis pechos, mi cintura, hasta llegar a mis caderas y nalgas. Por cada lugar que ella pasaba yo sentía un escalofrío.

    – Levanta el culo – me dijo

    Yo hice caso y elevé mi culo, dejando el resto de mi cuerpo contra la cama. Maira empezó a estimularme con el vibrador, pasándolo por mi clítoris, jugando con la entrada de mi vagina. Yo sentía que no podía más. Hacía mucho que no me sentía tan caliente con nadie. Ella jugó un rato que me pareció eterno, buscando hacerme sufrir de desesperación.

    Yo estaba empapada y ella pasaba la lengua por mi sexo, como secándome los fluidos, pero logrando únicamente que me excitara más. Cuando no aguanté más su juego con el vibrador le dije:

    – Mételo. Por favor. Mételo.

    Ella lo acomodó en la entrada de mi vagina y lo dejó allí unos segundos, mientras yo enloquecía. Lo comenzó a meter muy lentamente. Yo me movía con la cara pegada a la sábana, gimiendo, gozando. Comenzó a penetrarme cada vez con más ritmo. Yo gemía pegada a la almohada, tratando de ahogar los gritos.

    Pensaba que el hermano de Maira estaría del otro lado escuchando, masturbándose pensando en su hermana teniendo sexo con su amiga, y eso me llevaba a las nubes.

    Maira me penetraba y yo gozaba más que con cualquier verga que hubiera conocido.

    – No pares, te lo ruego. No pares.

    Me penetró un rato más y cuando estaba cerca del orgasmo frenó.

    – Todavía no quiero que te vengas – me dijo

    Abrió el frasco de lubricante y tiró una buena cantidad entre mis nalgas, llenando mi ano de una buena cantidad de producto. Yo ya veía venir lo que iba a suceder. Me asustaba un poco, pero más me prendía.

    Empezó a acariciar mi ano con un dedo, lo estimuló lentamente, hasta que lo metió con delicadeza en mi interior. Yo sentía que veía las estrellas de placer, cada vez más. Luego de moverlo un rato comenzó a meter el segundo dedo, a penetrarme con ellos, a meterlos y sacarlos.

    – Vienes bien? – me dijo

    – Mejor imposible – dije con la respiración entrecortada

    Me abrió bastante el culo con sus dedos, hasta que agarró el dildo negro que había dejado sobre la cama y me lo metió muy despacio en su lugar. Yo gemía sonoramente, ya no me importaba mucho si me oían, aunque todavía tapaba mi boca con la almohada. Ella comenzó a penetrarme cada vez con más velocidad, y yo realmente me sentía en el cielo.

    – Por favor no pares

    Maira seguía, y encendiendo el vibrador comenzó a estimular mi clítoris, metiéndolo luego en mi vagina. Mi amiga me estaba haciendo doble penetración con una destreza que nunca hubiera imaginado.

    – Ahhh, Dios, sí, sigue. No pares. Me voy a venir como nunca.

    – Quiero ver cómo te vienes – dijo y siguió penetrándome por ambos agujeros, con los movimientos exactos que mi cuerpo precisaba

    De repente sentí que el placer aumentaba y aumentaba, y sentí el orgasmo venir, con más intensidad que antes, como un tsunami sobre mi cuerpo.

    – Me vengo, Maira – dije casi en un grito

    Finalmente tuve uno de los mejores orgasmos de mi vida (por no decir el mejor). Dejé un charco de líquido en la cama de mi amiga. No podía entender cómo me había perdido de eso tanto tiempo.

    Caí rendida, con los brazos en alto todavía ya que estaban inmovilizados con las esposas. Ella se acostó encima de mí y con su cara en mi cuello me susurró:

    – Creo que no hay vuelta atrás, Celes. Ya no me imagino nuestra amistad sin orgasmos. – y luego me dio un beso en el cuello

    No respondí y unos instantes después Maira me desató. Nos besamos, sabiendo que esa noche se repetiría muy frecuentemente sin que nadie se enterara. Sería nuestro gran secreto. Nos pusimos un pijama y dormimos bien pegadas.

    No hace falta contar lo que hicimos cuando nos despertamos, ya sobrias y sin alcohol en sangre al que culpar.

  • Desvirgando a mi prima (Parte 1)

    Desvirgando a mi prima (Parte 1)

    Buenas, antes que nada me presento, me llamo José, soy casado, pero muy calentón y morboso, tanto que siempre busco fuera de mi casa algo de sexo extra, soy de Paraguay, espero les guste mis relatos, todos los que voy a ir contando son experiencias reales.

    Esto sucedió un fin de semana, teníamos que viajar al interior del país, al cumpleaños de una tía que tenemos por esos lares, quedamos en ir toda la familia incluyendo mi prima, una morenita preciosa chiquita, de hermosas tetas y un culo durito y levantadito, en ese momento ella tenía 21 años y yo 29, sus padres no irían al cumpleaños de la tía, por lo que quedamos que yo iba a pasar a buscarla para luego ir a mi casa y de allí ir todos juntos, tengo que aclarar que trabajo los sábados hasta el mediodía y de allí pasaría por ella.

    Llegado ese sábado al medio día le aviso por whatsapp que ya iba en busca de ella, cuando llego y la recojo me quede embobado con su belleza, tenía puesto uno short súper corto y sexy y una remerita ajustada, sube al auto y vamos a la casa de mi madre a prepararme yo para tomar el viaje.

    Una vez habíamos llegado a la casa de mi madre, mi hermano, mi mamá y su marido ya estaban listos, por lo que nos dijeron que ellos ya se adelantaban y salían para no llegar tan tarde, por lo que nos quedamos solos en la casa mi prima y yo.

    Cabe mencionar que en muchas ocasiones anteriores en encuentros familiares mi prima y yo siempre cruzábamos miradas más que picantes, volviendo al relato, yo entre a ducharme mientras ella esperaba en la sala, una vez que salí de la ducha me vestí y fui junto a ella, me dijo que pasaba al baño y ya nos íbamos, por lo que yo le dije que está bien, mientras iba a preparar terere (una bebida que tomamos los paraguayos que es súper refrescante).

    Estando yo en la cocina, ella viene a ayudar y en unas de esas quedamos los dos frente a frente, por lo que sin mediar palabras me decidí y la bese, ella, para mi suerte respondió el beso, un beso súper caliente y excitante con mucho deseo, nuestras lenguas se cruzaban como si fuesen una licuadora, la bese el cuello y fui bajando hasta sus pechos, mientras con mis manos apretaba sus nalgas, ella no me tocaba solo me besaba y agarraba de mi cuello.

    Luego la lleve a la pieza, empecé de nuevo a besarla, pero esta vez ya levante su remera y chupaba sus tetas mientras con una mano bajaba por su vientre hasta meter debajo de su short y su tanga la mano y encontrarme con una concha bien depilada y súper mojada, directamente le saque todo lo que tenía abajo y me dispuse a chuparle, era sabrosa, estaba echa un mar de jugos, le lamía desde el clítoris hasta el culo, ella gemía de placer y me pedía que no pare, le metía la lengua y saboreaba todos sus jugos, tenía una concha y culo súper apretados.

    Yo estaba con la pija a reventar, me pare, puse sus piernas al hombro y me dispuse a penetrarla, para lo que la veía nerviosa y le pregunté si estaba bien y allí mi sorpresa fue que me dijo que ella era virgen aún, y que quería que yo le saque su virginidad, pero que quería hacerlo en otra parte y con más tiempo, entonces se arrodillo frente a mi y empezó a chuparme la pija, para ser la primera vez que comía una pija, no lo hacía tan mal, me chupo hasta hacerme largar y como una buena putita, tomo toda la leche, le dije que desde ese momento ella sería mi puta, a lo que respondió que hace tiempo esperaba eso. Nos alistamos para el viaje, fuimos a buscar a mi novia y de allí tomamos rumbo a nuestro destino.

    En el próximo relato les comento como la lleve a un motel y le robé la virginidad tanto de la concha como del culo!!

    Espero sus comentarios y ojalá les guste el relato, disculpen si no está bien escrito, es la primera vez que escribo, cualquier contacto o comentario pueden enviarme a [email protected].

  • Pati (Parte 1)

    Pati (Parte 1)

    Al finalizar la tarde, acompañé a mi querido amigo Alberto hasta la puerta de mi oficina.  Quince minutos más tarde, recibí su WhatsApp.

    −Carajooo Rafa, Pati está preciosa, me imagino que te la estás cogiendo no?

    −Esta noche te contesto por correo electrónico −le respondí, después de pensarlo un par de minutos.

    Hubiera podido contestarle a mi amigo −Siii Alberto, sí me la cojo! Increíble!

    Pero quería contarle mi extraordinaria historia con detalles, aunque no quería ufanarme delante de él ni subirme al pedestal de Depredador Sexual, por el que tengo fama. Esta es una copia de aquel correo.

    <Alberto, desde que Pati empezó a trabajar para mi, hace ya algo más de seis meses, me pareció muy bonita, aunque algo tímida y reservada, lo que era normal, pues apenas nos conocíamos. Por su hoja de vida, me enteré de que tiene veinticinco años, recién cumplidos. Durante la corta entrevista, le noté gestos enigmáticos, los que no me detuve a analizar, pues mi prioridad era encontrar con rapidez a alguien que me proporcionara un servicio adecuado, el que me daría tranquilidad. Sus magníficas referencias en trabajo de oficina, me dieron el sosiego necesario para ofrecerle sin dudarlo, un trabajo estable y creí, bien remunerado dentro de mis posibilidades. La contraté para trabajar el día completo, los martes y viernes. Los días restantes ella trabajaba en un almacén de abarrotes. De esta forma empezó la historia que aquí te narro y comparto.

    Después de dos o tres semanas, el desempeño laboral de Pati me satisfacía. Desde aquella época, los gestos enigmáticos a los que me referí antes, se hicieron más notorios y llegué a interpretarlos como una leve coquetería, pero sentía que era injusto calificarlos así, sin tener fundamento alguno.

    A causa de mi soledad en esta dura ciudad, tiendo a buscar seres humanos con quienes compartir conversaciones y ratos, gente que me proporcione algo de compañía. Así, ocupando mi pequeña sala, la que uso frecuentemente con clientes, esquina preferencial de mi querida oficina, un Viernes al final del día la invité a salir de su pequeño cubículo de trabajo y a compartir conmigo un descanso, durante el que planeaba conversar de variados temas, triviales y rutinarios.

    En ese entonces, había empezado a mirarla más y a observar sus características físicas, las que comenzaron a atraerme enormemente. Observé que, siendo bastante baja de estatura, tenía un bello cuerpo, unos senos pequeños, los que me imaginaba bien formados, tal vez coronados por hermosos pezones grandes y negros, mi gran fantasía, los que hubieran sido puntos focales para algún pintor famoso, además, de unas nalgas prominentes, que me habían empezado a martillar hace algún tiempo la mente, con una frecuencia maligna. Desde el principio me encantó su largo y negro pelo, sus ojos también negros, su tez morena y hasta el modo como movía sus bellas manos, las que le he elogiado mucho, a lo que ella siempre ha respondido con uno de aquellos gestos enigmáticos a los que me refiero. Enigmáticos, pues recibe mis cumplidos con la galantería de siempre, pero con frialdad. Ante cualquier elogio o cualquier detalle, se comportaba indiferente; te parecerá extraña esta mezcla, indiferencia con un aire de coquetería.

    Uno de esos iiernes al final del día, Pati se acercó a la salita y se sentó en una de las sillas. Me atreví a sacar de mi bar, una botella de Baileys; le ofrecí un trago del delicioso y suave licor, el que aceptó gustosa; como sabes, dicho licor tiene un bajo contenido de alcohol. Esto se convirtió en una especie de costumbre. Los viernes, a eso de las cinco de la tarde, muy cumplidamente, yo sacaba las dos copitas y la botella y las colocaba sobre la pequeña mesa de centro. Te cuento más Alberto, desde hace unas semanas, ella es quien, sin habérselo solicitado, se encarga cuidadosamente de dicho ritual. Debo agregarte que, por lo general, nos tomamos la botella completa, la que sin falta, me apresuro a reemplazar en un par de días.

    Nuestras conversaciones variaron mucho y con frecuencia llegaron a invadir temas levemente sexuales, los que yo abordaba y manejaba sutilmente, pues quería tomar las cosas con calma; sin embargo, ella no aparentaba sufrir alteración alguna, por el contrario, y en mi opinión, los disfrutaba con atención e interés.

    Debo confesarte que durante dichas charlas, después de pocos minutos, sentía que mi miembro estaba hecho un pantano, pues siempre he sido altamente sexual y hoy en día, a pesar de mi edad, se me altera muy fácil y frecuentemente la bilirrubina, pues me mojo sólo escribiéndote esta confesión, Alberto.

    En esas ocasiones, me preguntaba con curiosidad, si ella estaría tan mojada como yo. Lo ignoro. Muchas veces quise gritarle, −¡Pati, quítate esa puta blusa pues te quiero chupar tus lindos senos, tus bellas tetas! −las que me imaginaba como dije antes, coronadas por esos bellos pezones negros que tanto deseaba.

    Pati insistió siempre en presentarme una imagen suya, inocente y virginal, a pesar de haberme confesado y aceptado, haber tenido sexo varias veces, no sé cuantas… no sé con quien… y no quiero saberlo.

    −Me imagino que una mujer de tu edad ha tenido sexo, ¿cierto?− le pregunté.

    −Don Rafael, es mi vida privada −dijo.

    −Pati, de donde yo vengo, de California, las muchachas están activas casi desde los dieciséis años; no me digas que una mujer como tú es virgen! −exclamé.

    Sonreía con picardía, pero siempre me revelaba muy poco y pretendía ser muy ingenua, aunque se refería a ciertos episodios, los que recordaba con cierta diversión.

    Me contó varias historias, una de ellas, de una fiesta de tres parejas las que, celebrando el cumpleaños de una de las muchachas, terminaron entrando a un motel en el sur de la ciudad.

    −Me contarías qué pasó esa vez, Pati? −pregunté con gran curiosidad.

    −No don Rafael, como se le ocurre? −dijo−. Sólo sé que habíamos tomado mucho.

    Varias veces pensé pedirle que me quitara el “don”, pero era difícil, pues de vez en cuando, recibía clientes en mi oficina y esto presentaría problemas, tú sabes por qué Alberto.

    −¿Hace cuánto tiempo sucedió eso? −pregunté con insistencia.

    −Hace un año o algo así −contestó.

    Decidí seguir mi investigación.

    −Pero cuéntame, ya me dijiste que estaban allí, en el motel, cierto? Qué pasó allí? Tuviste sexo con alguno de ellos? Tenías allí una pareja, un predilecto o a tu novio?

    −No, todos éramos amigos −dijo−. Sólo sé que, después de un largo rato, casi dos horas, yo era la menos popular. Ellos, descansaban y seguían; cogían, se chupaban, cambiaban de pareja, no paraban. Eran tres hombres contra dos mujeres, muy alicorados, todos. Tenían un pequeño radio que despedía una música horrible y desde adentro, un empleado había traído la segunda botella de aguardiente. Yo, algo asustada, me quería ir a casa, pero no lo hice, pues no podía salir sola a esa hora, especialmente en esa localidad, parte de esta complicada ciudad.

    −No entiendo lo que dices; siendo tú lo que eres, siendo tan bella, cómo podías ser la más impopular esa noche? −pregunté con ansiedad−. Estaban con ropa Pati?

    −Ellos seguían tomando, casi todos desnudos, yo estaba sólo en brasier y calzones. −dijo−. Pero me quería ir a casa.

    −Pati, me muero por oirá lo de la impopularidad, por qué lo mencionas? −pregunté−.

    −Bueno, don Rafael, muy recién llegados allí, uno de ellos, Ramiro, a quien he conocido por algún tiempo, pero quien no me atrae, me persiguió, me tocó, me besó y me manoseó un buen rato, hasta que me hizo como dar ganas. Creo que a causa del alcohol, yo misma me quité los calzones.

    −Mámame la verga Pati, −ordenó−. Le hice saber que estaba totalmente loco. Nunca lo había hecho, ni lo haría ahora, menos con ese idiota.

    Ramiro trató de metérmelo sin condón, a lo que me rebelé y acabó metiéndomelo con condón. A los pocos minutos lo rechacé, pues, además de ser muy brusco, muy pronto le detecté un mal aliento horrible, de manera que, para su sorpresa, me aparté de él… y de ellos.

    −En los siguientes minutos, −continuó−, pude observar cómo, entre ellos, hacían el sexo y se cambiaban las chicas, hicieron de todo; se hacían el sexo oral, los unos a los otros. Miguel, se me aproximó y me dijo:

    −Quiero comerte, quítate los calzones! −a lo que me negué rotundamente.

    −Don Rafael, yo nunca he entendido el tal sexo oral. No permitiría que me lo hicieran, ni mucho menos, lo haría. −dijo Pati−. Cinco minutos después, me encontré sola en un pequeño asiento a un lado de la enorme cama. La fiesta se había acabado para mi.

    −Un rato después, −continuó Pati−, vi con sorpresa a Miguel, introduciéndole dedos por el trasero a Amanda, quien era la mayor de nosotras por cuatro o cinco años. Con curiosidad, oí que ella emitía altos y raros quejidos, los que no llegué a comprender; estaba bien tomada.

    −Sin embargo, cuando a veces me reúno con amigas a contar experiencias y hablar porquerías, muchas de ellas afirman que les gusta todo eso. Hablan de sus novios, dicen que hacen el sexo oral y anal, repiten una y otra vez que les encanta. A mi me aterran todas esas prácticas, no las haría y además las rechazo.

    −No sabes de lo que te pierdes Pati, −me dicen con frecuencia.

    Esa noche, cuando ella salió de mi oficina, me masturbé con furia en aquella soledad… y después de limpiar y recoger un poco, me fui a casa con mi mente alborotada y llena de recuerdos eróticos… de ella.

    Historias como esta y varias otras, me inclinaban a pensar que no era tan mojigata como se presentaba ante mi. Pero me molestaban terriblemente, me lastimaban y quisiera gritarle que me daban enormes celos enterarme de que otros idiotas inexpertos y faltos de ternura y respeto, seguramente alicorados, se hubieran acercado a su bello cuerpo, desperdiciando su belleza y sin preocuparse siquiera por darle placer alguno, pensando sólo en ellos. Que horror!

    En aquella época, como Pati sólo venia martes y viernes, cada vez que llegaba, mis ojos perforaban los suyos con un mensaje profundo, lleno de pasión y por qué no, de lujuria; ella me lo devolvía y yo lo recibía con beneplácito, creyendo que era correspondido… pero seguramente no lo era. Ojalá lo hubiera sido. Me encantaba verla llegar los martes… era como un alivio al no haberla visto por el fin de semana. No conocía sus actividades, pero me acordaba de sus historias y el sólo hecho de pensar que algún hijodeputa alicorado se la hubiera cogido y le hubiera mamado el coño… si ella lo hubiera permitido, me horadaba el cerebro.

    Hubiera querido confesarle a Pati, que una tremenda obsesión se había apoderado de mi, pues no podía dejar de pensar en proporcionarle un enorme placer, arrancándole la ropa y haciéndole el sexo oral. ¡Soñaba con enseñarle, comerla allá abajo y provocarle un orgasmo que no pudiera olvidar nunca y que le hiciera recordar mi nombre por mucho tiempo! ¿Me explico Alberto? Sin embargo, ella expresaba con frecuencia su repulsión por ese acto, al que yo me había tomado la libertad de bautizar “el Acto Sublime”, mi definición propia, hace muchos años. Ella afirmaba que nunca lo había hecho y que, además, no quisiera que se lo hicieran. Decía que no lo permitiría. Dudé dicha afirmación, pues no podía creer que los imbéciles con quienes había estado en el pasado, hubieran dejado de comerle esa fuente de placer, desperdiciando tan hermoso manjar. Mi deseado manjar!!!

    Me atrevía a pensar que cuando perforaba sus ojos con los míos, ella podría adivinar todo lo que aquí describo, pues créeme Alberto, −¡Se lo decía con mi mirada! ¡Se lo imponía! – Le decía que la deseaba tanto, que me molestaba mucho estar tan cerca a ella sin poderla tocar y besar; que su recuerdo envenenaba mis momentos de soledad; quisiera decirle que quería sentir el olor de su cuerpo y que me la quería coger hasta quedar sin fuerzas, interrumpiendo a ratos para comérmela abajo unos minutos y entonces continuar hasta terminar, levantarme a mirar y admirar su bello e incomparable cuerpo, para después, voltearla para de nuevo mirar y admirar sus hermosas nalgas, esas que me han embrujado por tanto tiempo. Pero me daba temor a causa de mi inmenso deseo, el no durar un buen rato sin venirme, lo suficiente para que ella se me corriera mientras la miraba a los ojos y disfrutaba su momento de lujuria; por eso le quería brindar mi boca antes, ¡y por qué no… también después de que se me corriera!

    Nuestras conversaciones habían tomado tonos más altos, pues ella, con una gran estrategia, me invitaba a que yo también le compartiera mis experiencias sexuales. Lo comencé a hacer con gran tacto, escogiendo eróticos pero sutiles episodios, dejando en blanco partes fundamentales de los relatos, con el fin de hacerla preguntar e indagar, es decir, haciéndola descubrirse. Me esmeré en un área que como sabes, me había confesado era no solo inexplorada, sino rechazada por ella, el sexo oral, el que como te mencioné antes, me atreví a bautizar… “el Acto Sublime”!!!

    Una de esas tardes, descubrí que este era como nuestro quinto “viernes”, hablando y conversando. Caí en cuenta que nunca le había expresado mi enorme deseo por ella y lamenté que nunca la había besado. Conceptué que debía, mejor aún, que tenía que lanzar un ataque inmediato, atrapar mi presa, ante la que me había agazapado por varias semanas… y que debía devorármela, antes de que se me escapara. Hoy era el día y así, el momento del ataque llegó.

    Durante la conversación, en un momento inesperado me le acerqué y tomándola de la nuca, le estampé un cálido beso en sus labios, el que recibió con agrado; me tranquilicé, pues todavía ignoraba cual hubiera sido su reacción ante mi ataque. Ella abrió ligeramente la boca y por primera vez sentí su pasión, lo que me animó a seguir mi invasión. La besé por varios minutos y al recibir su lengua, constaté que no estaba oponiendo ninguna resistencia, por el contrario, se había acomodado en la silla para facilitar mi accionar. Con pericia, le desabotoné la blusa y el brasier, descubriendo sus bellas tetas; qué momento tan grande, pues descubrí esos grandes y oscuros pezones, con los que había soñado tantas veces mientras me masturbaba.

    Continué escarbando su boca con mi lengua y para mi fortuna, sentí una respiración cálida y excitada. Sentí también sus brazos abrazando mi torso, lo que me indicaba mi buen camino. Lancé una de mis manos hacia su bajo vientre, hacia su tan deseado coño y sentí con felicidad, que abría sus piernas, aceptando mi ataque. Con dificultad corrí hacia un lado su calzón, para detectar que estaba muy, pero muy empantanada; la acaricié con desespero y mirándola profundamente a los ojos, me llevé mis dedos a la boca, chupándolos con deleite, una, dos y tres veces.

    −Don Rafael… no haga eso −dijo.

    −¿Patica, quisieras explorar el sexo oral conmigo? Quiero comerte, te va a encantar −le dije−. Sé que lo rechazas, pero estoy dispuesto a guiarte.

    −Don Rafael… −contestó.

    −Sé que lo deseas Patica −me atreví a decir con voz de mando−. Estaba seguro de que esta batalla estaba más que ganada, aunque a veces lo había dudado. Sabía que estaba casi dominada… y rendida a mis pies!!!

    Después de un minuto de silencio, expresé:

    −Pati, espero una respuesta. Quieres?

    −Si, don Rafael, si quiero, pero estoy nerviosa, además, que pensará usted de mi?

    Me limité a horadar sus ojos con mi mirada e ignoré su estúpido comentario.

    −Qué debo hacer? −dijo con nerviosismo.

    Por los siguientes minutos, muy seguro de mi triunfo, procedí a terminar de desvestir a esta mujer que me embrujaba, que me había tenido inundada la mente de lujuria por los últimos seis meses, la culpable de que mi verga hubiera sufrido muchos orgasmos solitarios y quien había sido la dueña de mi ser, por tanto tiempo. Mientras la desvestía, la besaba, sentía su deseada boca y mi lengua se enloquecía jugando con la suya. Descubrí para mi reposo, que no era tan mojigata como se presentaba ante mi; sentí sus manos en mi cara y nuca y su fuerte respiración me animaba a proseguir mi cometido.

    Cuando terminé de desnudarla, procedí a quitarme todo con velocidad, dejando al descubierto mi verga, que gritaba de deseo. Coloqué a Pati sobre la mullida sillita, la recosté contra la parte de atrás y para mi sorpresa, descubrí que su coño no estaba depilado, lo que me indicaba que en realidad, no era una mujer promiscua, por lo menos, eso creía yo. Mi experiencia hoy en día, es que muchas de ellas se liberan de la indeseada pelamenta, sólo por higiene y comodidad.

    Sin embargo, si me hicieran parte de una encuesta para investigar mi preferencia, no podría responder, pues para mi, un coño es un coño y me apasionan, peludos, así como depilados.

    La proximidad de su cueva de amor, su olor y su increíble humedad, me llevaron hacia un estado, que creí nunca había experimentado antes, aunque me había comido cientos de coños en el pasado. Pero este era especial! La abracé, la besé en la boca con pasión y le repetí diez veces cuanto la he deseado; mientras me comía su bella vagina, le narré cuantos videos sexuales he mirado, donde mi alborotada imaginación ha reemplazado su carita y su cuerpo con los de la actriz porno en la pantalla de mi compu, cambiando su bella vulva por la de la idiota esa frente a mi. Le dije que me he soñado lamiendo cada centímetro de su piel, chupando su sexo con pasión por horas sin parar, hasta hacerla correr varias veces, mientras me he deleitado oyendo esa sinfonía erótica emitida por sus adorables quejas repletas de pasión; interrumpí mi fogoso accionar para decirle, −Patita, ¿Si ves que te gusta? ¡Yo lo sabía! −Ella guardó silencio.

    Al final, deleité mi boca y mi ser, saboreando por largos minutos sus deliciosos jugos. Me esmeré en mi accionar y creo que sentí hacerla correr dos veces, pues su cuerpo tembló y sentí su bella vagina contraerse, pero para mi sorpresa… en silencio! Nunca sentí el deleite de oír la sinfonía erótica que yo esperaba, emitida por las adorables quejas repletas de pasión, de una mujer sintiéndose comida hasta lograr un grandioso orgasmo.

    −¿Te gustó Patita, disfrutaste? −le pregunté directamente.

    −Si, don Rafael −contestó simplemente, bajando la mirada.

    −¿Solamente si? −increpé.

    −No señor, lo disfruté mucho, pero estoy avergonzada! −Contestó, mirándome a los ojos.

    −No tienes por qué estarlo, pues estuviste divina; repetirías la experiencia Patita? −pregunté.

    −Si don Rafael, me gustó mucho, pero no hoy. Ahora veo por qué usted la bautizó “el acto sublime”. −respondió bajando la mirada de nuevo.

    No se me pasó por la mente cogérmela, pues no tenía condones y sabía que aquello hubiera sido un problema con ella. Además, conceptué que por ese día era suficiente.

    −Patita, tienes mucho que aprender, pues tu silencio… no ayuda! −respondí.

    −Estás dispuesta a cambiar? Quieres cambiar?

    −Si don Rafael, −contestó.

    −Debes entender, −le dije−, que un orgasmo sólo permite un rugido erótico o una expresión soez, no una palabra suave. No guardes silencio, déjate llevar y grita con lujuria. Además, si tienes sed de sexo… exprésalo. Esos son mis consejos, síguelos.

    Ella recostó su cabeza en mi hombro… y se sonrió. Había experimentado y disfrutado recibir sexo oral y llegué a creerle que era la primera vez que alguien le chupaba su hermosa cueva de amor. El siguiente paso sería enseñarle a darlo. Esperé a que se fuera, para desahogarme… como de costumbre.

    En el futuro, te compartiré más correos, Alberto, pero ahora estoy de prisa, pues hoy es viernes y debo salir a comprar mi botella de Baileys. Espero tu comentario!!!>

  • Serendipia

    Serendipia

    Me inicié escribiendo relatos eróticos hace varios años, cuando estudiaba en la Universidad y cayó en mis manos un juego de fotocopias de un libro con relatos de este tipo. Estaba separado por capítulos, al parecer dedicados a las diferentes mujeres con quienes convivió el autor (no tuve fotocopias de la portada o página legal donde pudiese conocer más datos). En tributo a este recuerdo, publico dos de ellos. Va el segundo.

    Esa mañana, después de dejar a tus hijos en la escuela, te dirigiste a la universidad. Habían pasado muchos años desde que suspendiste tus estudios; siempre acudiste puntualmente, hasta que tu primer embarazo imposibilitó que continuaras asistiendo. Pero un año antes de divorciarte, cuando tu hija la mayor cumplió ocho años, volviste a la escuela donde tras muchos trámites aceptaron tu reingreso. Varios de los profesores actuales habían sido tus compañeros de clase y todos ellos te brindaron su apoyo al saber que deseabas terminar la licenciatura. Los jóvenes te veían con sorpresa por tu edad, pero también con envidia pues los maestros te tenían muchas consideraciones. Nunca habías sido una alumna brillante y ahora se sumaban los años de inercia que impusieron tus tareas de madre y ama de casa. Fueron muchas las horas nocturnas (una vez que cumplías con tus obligaciones de madre y esposa) que debiste dedicar al estudio de asignaturas ya cursadas; afortunadamente tus ex compañeros de clase te brindaban asesorías personalizadas cuando se las pedías.

    Precisamente por el trato personal que te daban en sus cubículos, te percataste de que también te miraban como mujer: eras bella, bien formada y si había un exceso de carne, ésta se encontraba en los lugares que eran más atractivos para los hombres, quienes, entre explicación y explicación, miraban hacia tu escote o hacia tus piernas. El profesor ante el pizarrón del cubículo y tú, sentada en un sillón al lado del escritorio, sonreías al tiempo que “descuidadamente” cruzabas las piernas para que tu falda corta les permitiera ver tan allá como sus ojos buscaban.

    —¿Ya entendiste? —te preguntó Alejandro.

    —Sí, creo que ya —contestaste viendo hacia las notas que tenías en el cuaderno.

    —Entonces haz este ejercicio —te ordenó, escribiendo en el pizarrón un problema de mediana dificultad.

    Cuando él soltó la tiza, tú comenzaste a transcribir el problema en tu cuaderno. Él arrastró un sillón con ruedas en las patas y lo acomodó cerca del pizarrón, quedando frente a ti para disfrutar del excelente panorama que le ofrecías. “Ahora yo te enseño”, pensaste cuando de reojo miraste cómo se arrellanaba en el asiento. Después de cinco minutos y tres líneas escritas, no pudiste continuar.

    —No entiendo lo que debo hacer ahora. Ya inicié el procedimiento, pero no sé cómo seguir. Mira… —le expresaste al tiempo que tomabas el cuaderno para mostrárselo.

    Él, sin levantarse de su asiento, se impulsó apoyándose en la pared y detuvo el sillón casi frente a ti. Abriste las piernas para que sus rodillas quedaran entre las tuyas. Vio lo que habías escrito y te dio instrucciones sobre cómo continuar. Así, tan cercanos, la temperatura de ambos ascendió conforme la solución del problema progresaba.

    —¿Ya ves que sí se puede? —te animó apretándote la rodilla con su mano y tú le sonreíste.

    —Claro que sí se puede— dijiste ensanchando la sonrisa y bajaste la mirada hacia la mano que, temblorosa, te acariciaba.

    —Bueno, eso es todo por ahora. Es necesario que hagas muchos problemas. En caso de dudas, además de acudir a las asesorías con mi ayudante, puedes venir conmigo.

    —Yo prefiero contigo… —precisaste y le diste un beso en la mejilla, antes de tomar tus cuadernos. Al levantarte, pasaste tu pecho a unos milímetros de su cara y él pudo aspirar a plenitud el aroma que despedías.

    Ese semestre habías elegido tres materias, todas ellas eran obligatorias. En cada una siempre hubo quién te resolviera las dudas personalizadamente. Era común que las mujeres vistieran pantalón de mezclilla, tú contrastabas por usar falda o vestido, pero en el asiento tus posiciones eran iguales a las que cómodamente tenían tus jóvenes compañeras: poniendo uno de los pies sobre la banca de adelante, abrías las piernas, te sentabas sobre una de ellas, etcétera, como si también trajeras pantalón. Sin embargo, cuando llevabas pantalón, lo acompañabas de una playera ajustada y sin usar sostén, pero esas veces te sentabas en la fila delantera. El semestre terminó con un ocho y dos nueves, que se tradujeron a una “B” y dos “MB” respectivamente. Las calificaciones no reflejaban tanto lo aprendido como el esfuerzo que dedicaste a las materias; claro que eso no era lo que pensaban tus condiscípulos.

    Al semestre siguiente, donde llegabas a la mitad de los créditos de la carrera, incluiste obligatoriamente una materia del área de física, deberías aprobar ésta para tener derecho a continuar con la segunda mitad del plan de estudios; por esta razón era una asignatura temida por muchos; no tanto por su dificultad académica sino que, a más de la mitad, les parecía intrusiva al programa de la carrera. El profesor era menor que tú, al menos en cinco años. Desde la primera clase te diste cuenta de la gran dificultad que tenía para apartar la mirada de tus piernas, así que, para no importunarlo, te sentaste con mucha propiedad —excepción hecha cuando deberían realizar de manera individual algún ejercicio, allí no había problema en aportarle algo de distracción—. Tus primeras calificaciones fueron bajas, aunque aprobatorias; sin embargo, al tener más obstáculos en la comprensión de la asignatura, le solicitaste ayuda, que obviamente te dio invitándote a su cubículo. A la tercera sesión de asesoría, la cercanía era muy íntima cuando te guiaba en la solución de un problema.

    —Aquí debes hacer el producto vectorial antes de efectuar la integración —te precisó, acercándose por tu espalda extendió su mano sobre lo que escribías y colocó su mejilla junto a la tuya.

    Voltearon a verse y simultáneamente decidieron darse un beso.

    —Déjame seguir con esto, porque si no aprendo, seguramente me repruebas —le susurraste—. Después tendremos tiempo para otra cosa… —concluiste promisoriamente.

    Las siguientes dos veces que te dio ayuda, las asesorías terminaron desparramando muchas caricias bajo las ropas. En ambas, después que te retiraste, él se sentó queriendo precisar si sólo era un deseo, que le surgía al ver tus piernas o al seguir el movimiento de los pezones bajo tu blusa sin sostén y era acicateado por tu olor en la cercanía, o tal vez realmente se estaba enamorando de ti. Tú también estabas confusa, pues no distinguías si se trataba de satisfacer tu instinto sexual o si era una estrategia que seguía tu inconsciente para no reprobar.

    El día del último examen, al igual que la mayoría de los alumnos, empleaste todo el tiempo en resolver los problemas y tenías la seguridad de que no te iría bien. Además, habías llevado pantalón para evitar que tú misma te distrajeras en el juego que a ambos les agradaba: enseñar.

    El profesor ya se había dado cuenta de cómo el grupo resolvía el examen, pues continuamente pasaba entre las filas viendo lo que cada quien estaba contestando. Algunas veces se sentaba para descansar y veía hacia tus piernas, extrañando profundamente que no llevaras falda y las abrieras descaradamente al tiempo que le esbozabas una sonrisa que él siempre correspondía.

    —Bien, terminó el tiempo. Por favor, pónganle nombre a su examen y entréguenmelo.

    —No, profesor, denos otra hora más —clamaban tus compañeros.

    —No es posible, ya están esperando afuera los que tienen clase aquí.

    —Dígales que se vayan a otro salón, o vámonos nosotros a otra parte —insistían.

    —Lo siento mucho, no puedo esperar más, pero les puedo garantizar que quienes ya aprobaron los dos primeros exámenes no van a salir reprobados.

    Ante esa aclaración, el profesor recibió varios exámenes en alud.

    —Pero podemos mejorar la calificación si nos da más tiempo —suplicaron los más renuentes.

    —O empeorarla si no me los dan ahorita —contestó el profesor, recibiendo las últimas hojas que le entregaron de mala gana.

    —¿Cuándo sabremos nuestra calificación? —le preguntaste al tiempo que cruzaban la puerta.

    —La próxima semana —dijo encaminándose hacia su cubículo y tú lo seguiste.

    —Pensé que ibas a calificar ahorita.

    —No soy tan rápido —replicó.

    —Claro que no es inmediato, pero yo me podría esperar a que lo hicieras.

    —¿Qué no tienes algo qué hacer hoy?

    —No, al menos en tres horas —contestaste.

    —Bien, pero te invito primero a caminar un poco —actividad que él practicaba una o dos veces al día.

    —Bueno —aceptaste y él abrió la puerta del cubículo, entraron, tomó su portafolios y metió en él los exámenes.

    —Puedes dejar aquí tus cosas —te indica con voz baja acariciándote la mejilla, después de cerrar la puerta con seguro.

    Le correspondiste con un beso en su mano. Dejaste tu bolso y cuadernos sobre el escritorio. Te abrazó y su nariz comenzó a recorrer tu pelo, aspirando el aroma que lo incitaba aún más. Volteaste y se fundieron en un beso. Sin separar las bocas, las manos de ambos recorrían el cuerpo del otro, pronto se atrevieron a meter las manos bajo las ropas. Tu espalda y pecho eran recorridos lascivamente, de la misma forma en que tú metías una mano bajo el pantalón para acariciarle las nalgas y con la otra sobabas su espalda. Sentiste en tu pubis cómo crecía su erección al mismo tiempo que percibías cómo se ampliaba tu humedad. Al oír que tocaron a la puerta, se separaron. Él se arregló la camisa y abrió. Era el profesor con quien compartía el cubículo.

    —¿Están trabajando? Aquí traigo varios exámenes —preguntó al entrar, dando a entender que necesitaba ponerse a calificar.

    —Ya nos vamos. Regreso como a la una, por si alguien me busca —respondió manteniendo la puerta abierta para que salieras.

    —Hasta luego —dijiste a salir. No obtuviste respuesta, porque el recién llegado estaba entrampado en adivinar el perfume que usabas y percibió cuando pasaste junto a él. Pobre, creyó que era esencia sintética, nunca podría encontrar esa fragancia subyugante en otro envase distinto a tu cuerpo.

    Enfilaron a la salida de la escuela, atravesaron el estacionamiento lleno de autos y, después de caminar unos metros por la estrecha banqueta del circuito exterior, tomaron una vereda amplia, la cual se fue estrechando conforme la vegetación se tupía. Te tomó de la mano para evitar que resbalaras.

    —Aquí hay muchas piedras —dijiste al sentir la incomodidad de traer zapatos deportivos con suela delgada.

    —Pues sí, todo esto es el pedregal, que incluye a Ciudad Universitaria —aclaró sarcástico al ponerse tras de ti y tomarte de las caderas con ambas manos.

    —Yo pensé que caminaríamos por el circuito.

    —A mí me gusta más caminar por donde no tenga qué preocuparme de los vehículos —replicó.

    —Ya no sé dónde estamos, los árboles me tapan los edificios. ¿Estás seguro de que no vamos a perdernos?

    —Conozco bien este camino, llega a las peñas que están atrás del Espacio Escultórico —dijo para tranquilizarte.

    —Pues está muy accidentado y solitario.

    —Sí, pero me gusta por lo solitario… —te dijo entrelazando sus manos sobre tu ombligo; pegó su cuerpo para que sintieras tras las ropas qué tan parado tenía el pene y te dio un beso en la mejilla para después lamer el lóbulo de tu oreja.

    —Mhh… me está dando calor… —precisaste moviendo tu trasero sobre el bulto que le crecía más con cada caricia que le hacían tus nalgas.

    —Ya mero llegamos, caminemos otro poco más —dijo dándote un empujón con su bajo vientre, al tiempo que te detenía de las tetas.

    A los pocos minutos de caminar dificultosamente —por seguir pegados, con sus manos viajando de arriba abajo por el frente de tu cuerpo, bajo tu blusa, única prenda superior, y sobre el pantalón entallado que traías—, llegaron a unas grandes rocas de lava negra, rodeadas de matorrales. Quedaron frente a frente. Se besaron y acariciaron lo suficiente para que quitarse las ropas fuera ya una exigencia. Comenzaron a hacerlo y sus pechos pudieron sentir el roce de la piel. Después de un beso más su boca se prendió de una de tus tetas y mutuamente se desabrocharon los pantalones; te los bajó de golpe con todo y pantaletas donde se apreciaba el brillo de tu humedad, y cuando su cara pasó por tu mata lo enardeció la fragancia que despedía tu vulva. Se terminó de bajar el pantalón y casi de inmediato, de pie, te penetró cuando separaste un poco las piernas, pues estabas sumamente mojada y excitada. A los pocos segundos supiste que él había terminado: suspendió el movimiento, quedó exhausto, separo sus manos de tu excelso trasero y sentiste cómo salió flácido su miembro. Tú seguías encendida, tu lengua siguió lamiendo los vellos de su pecho, pero él ya no reaccionó a tu petición implícita. Se agachó, besó tu vientre, levemente fofo en aras de la maternidad consumada doblemente, te subió las pantaletas y después el pantalón. Te abrazó antes de que se cubrieran el torso y te dio un beso más; todo lo hizo en silencio sin percatarse del enojo que te causó la frustración Cuando sentiste más mojada la pantaleta, seguramente porque tu flujo arrastró al abundante esperma que él había descargado, hiciste una mueca de sonrisa al tener la claridad de que tú no podrías enamorarte de alguien así; él, confundiendo tu gesto, te correspondió con una auténtica sonrisa de satisfacción y te besó la nariz. Regresaron tomados de la mano por el mismo camino, callados, pero la satisfacción que resplandecía en su rostro hizo que tu enojo tardara más en calmarse.

    Ya no se encontraba el otro maestro en el cubículo cuando ustedes llegaron. Él se sentó y tú preferiste permanecer de pie. Sacó los exámenes del portafolios, miró rápidamente cada una de las hojas del tuyo y, aunque había errores evidentes que implicaban una calificación reprobatoria, sólo musitaba algunas cosas que leía y asentía con la cabeza. Al terminar de mirar tu examen escrutó la lista, vio las calificaciones anteriores, tomó la pluma y anotó “B” (bien) en el acta de examen sin darte tiempo a que preguntaras algo.

    —Pues ya pasaste —dijo sin más, llenó la boleta correspondiente y al cruzar la calificación de “B” precisó: —“B” de bien, aunque si se tratara de físico y no de física, pondría “MB”, ¡muy bien!

    Te extendió la boleta acompañándola de una sonrisa. Aunque te molestó su comentario, pues sentiste que habías pagado por la calificación ya que estabas segura de que tu promedio difícilmente alcanzaría una “S” (suficiente), no mostraste tu enojo. “Gracias”, dijiste al tomar tu bolso y los cuadernos que habías dejado sobre el escritorio cuando salieron al paseo.

    —Gracias por las clases —precisaste—, por lo que me enseñaste, por todo… —y tú misma te interrumpiste, pues te dieron ganas de ser sarcástica para mostrar la frustración que tuviste, pero preferiste reprimir cualquier comentario al respecto.

    Él se sintió halagado y se levantó para darte un último beso, pero tú, sin dejar de sonreírle, abriste la puerta y moviste la mano para acompañar el “adiós” que dijiste al salir, sin darle oportunidad de algo más.

    En esa semana, de manera esporádica, volvían tus inquietudes y, cuando te fue posible, dedicaste algunos minutos a pensar sobre lo acontecido en ese semestre. Como ya vivías solamente con tus hijos, pensabas que tal vez la falta de compañía masculina orilló a que tus coqueteos fructificaran en nexos más íntimos. Concluiste que no deberías tener relaciones formales con nadie, aunque no te negarías algún “acostón” cuando lo necesitaras, sin embargo, lo que había pasado no te garantizaba que siempre pudieras quedar satisfecha.

    Pasaron los meses y, aunque tuviste algunos encuentros sexuales con dos personas más y varios “fajes”, no fuiste más afortunada que en las mediocres relaciones que habías tenido con tu esposo. “Probablemente tu problema es de frigidez”, te dijo una psicóloga y recomendó que tomaras una terapia grupal. En ella supiste que debía existir un placer sexual más intenso y que valía la pena insistir.

    Tuviste varias proposiciones, incluso una de ellas la consideraste seriamente, pero antes de que pudieras corresponderla, la dicha llegó sin darte cuenta, donde menos lo esperabas. Así es el amor, llega de improviso… Tu vida cambió radicalmente; hiciste cosas que jamás imaginaste, barriste con muchos tabúes sin darte cuenta. No había duda, el disfrute te hacía llorar de felicidad. En las vacaciones de primavera tuvieron una semana de luna de miel y pasearon felices recorriendo varios lugares. Cuando regresaron, buscaron todos los sitios que habían formado parte de sus historias para llenarlos de amor. Él conoció la casa de tus padres, te hizo el amor en tu cama de niña, y te llevó a la que fue la suya, las impregnaron de frenesí para regocijar a los fantasmas infantiles y a las fantasías adolescentes con la humedad de su ternura, queriendo transmitir hacia su pasado esa dicha, tendiendo un puente intemporal de amor.

    Al terminar las vacaciones, regresaron tus hijos. Volviste a la escuela y al trabajo. También él procuraba no alterar de golpe la situación de tu hogar. Se veían diariamente, en ocasiones llegaba muy noche, dormía a tu lado y salía antes de que los niños se levantaran. Una noche que lo recibiste en mameluco, te lo abrió bajándote el cierre del frente mientras te besaba y, sin despegar su boca de la tuya, te acostó sobre el sofá. Te penetró eufórico, gritaste de felicidad, pero cuando él estaba a punto de venirse te separaste al escuchar ruidos: tu hija se despertó al escuchar tus aullidos de amor. Al parecer ella no se dio cuenta de la presencia de tu acompañante, porque la luz de la sala estaba apagada y, en la oscuridad, ya estabas de pie y con el mameluco cerrado, entre ella y él; en tanto escuchaba los cuchicheos de la plática que sostenías con tu hija, se preguntaba qué había pasado. La fuiste a dormir mientras él, ya repuesto de su euforia y la sorpresa, salió de tu casa. “La explicación, si se llegara a necesitar, sería que mi hija tuvo una ensoñación”, dijiste cínicamente en el grupo de terapia la siguiente tarde.

    Se esmeraban en estar juntos el mayor tiempo posible, incluso procuraban usar un solo auto. Una vez que tu amante pasó por ti a donde estudiabas, escucharon una voz que te llamaba, voltearon y vieron que alguien corría hacia ustedes.

    —Espérame, amor —ordenaste y te adelantaste a recibir al profesor de física que pedía hablar contigo.

    “Sí, después nos vemos”, fue lo único que tu amante pudo escuchar antes de que despacharas a tu interlocutor.

    —¿Qué pasó? —preguntó intrigado al ver que regresabas malhumorada.

    —Nada. ¡Pinche güey, que espere sentado pues se va a cansar…!

    Llegaron en silencio al auto. Te abrió la puerta. Cuando él subió para quedar al volante de tu carro, después de que te abrocharse el cinturón de seguridad, los recuerdos removieron aún más el enojo que sentiste aquella vez en las peñas.

    —¡Pinche güey! —repetiste.

    —¿Qué te dijo o qué te hizo? —insistió.

    —Nada, sólo quiere coger. ¡Está jodido! Hace como seis meses me llevó a las peñas, me calentó un poco, me bajó los calzones y, sin nada más, me cogió, se vino luego y ya. Me dejó toda caliente. No lo volví a buscar más. Ahora que otra vez me vio, me está invitando a volver a dar un paseo. “Sí, después”, le dije. ¡Ya mero que voy a querer otra vez…! —explicaste, entre más detalles, sin mayor recato y presa todavía del enojo que te trajo el recuerdo.

    Tu amante, después de escucharte, sonrió. Él se sentía afortunado de amarte, de haber encontrado a una mujer que lo llenaba y, también, de poder satisfacerte completamente. Antes de echar a andar el motor te besó apasionadamente, al tiempo que su mano acarició tu rodilla y fue subiéndola…

    —La verdad, yo lo entiendo, una mujer como tú no debe desperdiciarse —te susurró en el oído mientras su dedo acariciaba tu clítoris. Tu vagina comenzó a humedecerse.

    —¡Vámonos, porque aquí nos pueden ver! —exigiste riendo y le retiraste la mano que te acariciaba.

    Aunque nunca se lo dijiste, él no estaba ajeno a la búsqueda de amor que habías hecho, eran muchos los indicios para inferirlo, y hoy tenía una comprobación más; también lo percibió una mañana, a pleno sol, en tu auto, pues en ese mismo estacionamiento de la escuela donde estudiabas habían hecho el amor a petición tuya, y cuando se retiraban le expresaste: “ya te cogí donde yo quería: en mis terrenos”, como recordando algo que alguna vez hiciste o quizá dejaste pendiente. Ciertamente hubiera repetido la acción este día, pero se lo impediste. Esta vez, al salir del estacionamiento, él te dio una explicación sobre lo que pudo haberle pasado a tu profesor de física.

    —Eres tan hermosa y estás tan buena, que se calentó excesivamente, por haberte acariciado durante el camino. Así, al llegar a las peñas y tenerte para sí, se vino de inmediato, seguramente mucho hasta quedarse sin fuerzas, pues penetrarte acariciando tus nalgas es el mayor de los placeres, me consta, y por eso no tuvo tiempo de pensar en satisfacerte. Desde luego que le gustó y quiso repetirlo, lo cual no quiere decir que sólo te quiera para eso. Pero qué bueno que nadie pudo convencerte antes que yo de que le entregaras tu amor.

    Al terminar de hablar, soltó la palanca de velocidades, tomó tu mano y le dio un beso. Con la misma mano le acariciaste la cara. Te sentías dichosa por haber encontrado a alguien con quien compartir esa hermosa locura que, desde antes adivinabas, debería existir, la de dar y recibir amor y sexo, simultáneamente. En el periférico, cuando él estaba concentrado en conducir, tuviste tiempo de recorrer una a una las pocas veces que “hiciste el amor” —así, entre comillas— con otros. No pudiste evitar que salieran unas lágrimas cuando recordaste a tu terapeuta afirmar que no creía que hubieses solucionado el problema de frigidez tan rápido, «incluso aceptando que él fuera tan especial como tú aseguras», refiriéndose a quien entonces tenía un mes de andar contigo y ahora te acompañaba. Esa semana habían tomado la decisión de vivir juntos. Sí, tuviste muy buena suerte de encontrarte con tu verdadera media naranja.

  • Profesora haciendo historia (2)

    Profesora haciendo historia (2)

    Estaba en casa esperando a Bernardo. Un poco inquieta por la situación; me había cogido un alumno y eso era peligroso, pero el riesgo aumentaba mi deseo de repetir. Ansiosa de verlo y sentirlo de nuevo, temerosa de que no apareciera y muy caliente esperándolo.

    Me puse una tanga pequeña roja y un brassier rojo que me levantaba las tetas. Una mini blanca y negra dejaba ver parte de mi cola y la musculosa blanca mostraba mis pechos. Perfume fuerte, medias, porta ligas y tacos altos completaban mi imagen. Toda una puta.

    De pronto sonó el timbre, él había llegado. Fui a abrirle estaba espléndido, un jean ajustado, camiseta blanca, que macaba su musculoso pecho y camisa azul abierta. Muy arreglado y perfumado. Me convenció que su deseo por mí seguía firme.

    – Que tal profe

    – Muy bien y tú?

    – Bien… está muy sexy… me gusta verla así

    – Gracias… tú te ves hermoso.

    – Me arreglé para vos… usted. ¿Cómo van mis notas?

    – Excelentes, tan buenas como tu

    – Y tan fuertes como usted – dijo mientras me tocaba la cola

    – Querés beber algo?

    – Si, lo que usted tome

    – Es whisky… pero, tu bebes?

    -Todos los jóvenes lo hacemos

    – Si es cierto

    Le alcance el vaso temblando de ansiedad. Tomamos un trago ambos

    – Gracias profe

    – Por las notas?

    – No eso no importa… por lo de ayer, por ahora, por dejarme estar con usted… Soñé tanto con tenerla…

    – Te lo mereces, eres tan hombre. Tal vez si lo hubiera sabido antes y te hubiese comprendido… Me gustas mucho…

    – Y usted a mí- se acercó y me beso en la boca. Su lengua sabía a whisky y saliva

    – Bueno aprovechemos el momento de celebrar, aunque no te importe igualmente aprobaste el curso- Brindamos y nos servimos de nuevo.

    -Puedo preguntarte algo?

    -Si profe

    – Cómo es que te atraigo yo que soy transexual y no una de tus compañeras?

    -Es que usted me despierta una pasión única… Y ayer lo confirme… Me atraes y me calientas mucho Victoria… y no solo a mí, todo el curso la desea

    Eso me sorprendió. Todos esos jóvenes me deseaban. Era lindo saberlo y que él me lo contara.

    -Bueno, que fantasiosos son

    -Le diré que todos fantasean con estar con usted como yo lo hago… y más, creo que les gustaría…

    -Qué cosa, dime…

    -Les gustaría hacer una fiesta con usted… cogerla en grupo… no se enoje…

    -Vaya que tienen imaginación… Igual no creo que podría con ellos jaja – Trate de bromear y de disimular mi propia fantasía.

    -Gracias por confiar en mí… y gracias por ser tan apasionado…

    – Gracias- se quitó la camisa- Me beso y dijo- me gustaría conocer su cuarto

    – Ven que te guio

    Me siguió, manoseado mi cola expuesta por la mini, lo que me calentó más

    – Aquí es

    – Muy lindo, cuantos almohadones por todos lados

    – Si me gusta recostarme en ellos más que en la cama

    -Son muy cómodos, acérquese a mí

    Así recostados comenzó a besarme apretándome las nalgas, me abracé a él mientras disfrutaba de su boca y sus manos. Monte una pierna sobre él y mis nalgas se separaron, metió su mano en la raja de mi culo frotándolo, con la otra apretaba una de mis tetas. Yo le abrí el pantalón y le acaricié la pija caliente y dura. Nos manoseábamos y besábamos como tratando de tragarnos el uno al otro… Paramos para tomar otro trago.

    – Profe me gusta mucho, quiero hacer todo con usted… pero no sé si mis fantasías le gustarán…

    – Seguro me gustarán

    – No se… no me atrevo a decirle

    Abrí un cajón de la mesa de luz y saqué mi consolador-vibrador más grande y se lo entregué – Con esto ya me expuse ante ti; lo que me quieras hacer estará bien… hare todo lo que me pidas… o mejor te acompañaré en lo que me hagas

    – Solo satisfacerme

    – Como tú me pidas

    Se recostó boca arriba sobre los almohadones

    – Quieres algo?

    – Solo su cuerpo encima de mi

    Me acosté sobre él y me beso pasionalmente mientras frotábamos nuestros cuerpos

    – Me gustan tus besos

    – Me encanta tu boca siempre tibia y abierta a todo – mordió mis labios y yo pase mi lengua por los de él.

    Me siento sobre él y me quito la musculosa y el brassier

    – Mis tetas están libres para ti – me las amasa y aprieta – me gusta que te gusten mis tetas.

    – Y de quién son? – dijo estrujándolas

    – Tuyas mi amor, siempre tuyas

    – Claro amor

    – mmm Me gusta sentirte

    Me besó y me toco las nalgas, que se erizaron en sus manos. De pronto me nalgueo.

    – Ay! me gusta que me pegues así – Me da más fuerte – mmm así mi macho… quiero… duro.

    Le abrí el pantalón para frotar su verga en mis manos, mientras miraba cómo gozaba. Nos desnudamos el uno al otro y adiviné que quería algo más y no me equivoqué.

    Se incorporó, le quitó el cinturón a sus pantalones y lo amarro en mi cuello. Este cambio de actitud me excitó más. No me resistí.

    – Soy tu perra – le dije en cuatro patas

    Se puso detrás de mí y jalo la correa, yo reaccioné a su mando y giré hacia él sumisa y ansiosa con mi lengua mojando mis labios – Te obedezco.

    – Chúpame la pija perra – Me la meto en la boca y la empiezo a chupar con ganas.

    – Eso putita come tu comida

    – Soy tu puta… aliméntame – Me mete la verga de nuevo y me la hace tragar toda -mmmm Siii putita así – Yo cabeceo asintiendo. Me ahoga con su pija caliente… me babeo y me mojo las tetas.

    – Voltéate perra – me doy vuelta y le ofrezco mi culo. Me arranca la tanguita y me vuelve a nalguear fuerte – ay!, dame bien fuerte, ay! Ay! – Me sigue pegando y me gusta cada vez más.

    – ahhh así así pégame con el cinto, déjame el culo rojo- Encontró una regla y me pegó con ella, el culo me dolía y lo sentía latir caliente pero el placer era más fuerte; este muchacho era más hábil y sorprendente de lo que yo había fantaseado. Me trataba como a una puta y a mí me fascinaba ser su puta.

    – Te gusta que te pegue con una regla en tu cola guacha?

    – Siii me vas a hacer acabar de placer

    – No, te vas a aguantar mientras te froto la regla en tu culo

    – Frótame el hoyo amor por favor…

    Me froto el agujero con la regla y después con mi cepillo de pelo. Ardía, raspaba, dolía, pero me gustaba tanto lo que sentía que me ahogaba de goce, y más gozaba que a él le gustara hacerlo.

    -Te gusta puta eh? …Te gusta lo que te hago…

    Dejó el cepillo y me escupió el culo empezó a chupármelo. Me abrió las nalgas y me metió la lengua. Estaba empapada de su saliva. Agarró mi gran consolador y me lo metió en el culo mientras lo escupía y babeaba

    – Así, así ábreme el orto y escúpemelo… méteme lo que quieras… por favor no pares

    Tiró de la correa – Tu puta te lo ruega- dije.

    Yo jadeaba, gemía, daba grititos de placer y dolor – Que rico, tus gemidos que me calientan y provocan darte más duro –

    – Hazme gemir… por ti ah aj mmm agggh

    Mete el consolador más adentro, sube la potencia del vibrador y el gime de placer también junto conmigo. Sacó el vibrador de un tirón y empezó a frotar su verga en mi culo abierto.

    – Métemela por favor… no me dejes el culo hambriento

    – Ahhh te la meto de una putita, de golpe te va a entrar

    – agggg Ábreme así bien durooo

    Me coge fuerte y rápido, yo aprieto mi culo contra su verga y empiezo a frotarme la pija.

    – Eso puta muévete más – me muevo en mete y saca de su verga. Vuelve al nalgueo – Eso sigue así -me sigo moviendo y pajeándome – ay! Ay! Pégame duro-. Toma la regla y me da fuerte

    – Dame más más… tu puta disfruta de lo que le haces – Me pega más duro y jala la correa, yo suspiro de placer.

    – Vamos perra falta poco muévete

    – Más, más, no me dejes más rápido… así asíii

    Me agarra la pija y comienza a pajearme – Me gusta tu verguita, puta- mientras me aprieta las tetas.

    – Fuerte apriétalas, siii

    Vuelvo mi cabeza jadeando ahogada y lo miro de costado, como si leyera mi mente escupe mi cara y mi boca, yo me froto su escupida.

    – Acomódate ya estoy por acabar

    – Lléname de leche -me muevo más y aprieto su verga con mi culo.

    – oh siiii ya casi

    – Vente… vente con mami

    Su verga estalla de leche en mi culo, la siento caliente dentro de mí.

    Caemos de costado abrazados en cucharita. La leche chorrea de mi culo, él la junta en su mano y la frota en mi culo rojo de golpes, junta un poco más y me la da a tomar. Su leche con sabor a su verga y mi culo me gusta mucho. Así escupida y con la leche en mi boca y mis labios me da un beso profundo de lengua.

    Sólo pude decir – Tu puta está feliz.

  • Sexo a ciegas

    Sexo a ciegas

    Un regalo para mi hombre morboso.

    Él no estaba y vendría recién al otro día.

    Esa desolada tarde casi noche de tormenta alguien golpeó la puerta. Comenzaba a llover fuerte. Muy fuerte.

    Al abrir veo a un hombre de cincuenta y pico bien largos con un papel en la mano que parecía perdido.

    Y me doy cuenta que era ciego.

    Me dijo que un remís lo había dejado diciendo que esa era la dirección de un primo al que le quería dar una sorpresa visitándolo. En realidad el remisero lo engañó; lo había estafado.

    El tipo era de zona oeste y no conocía nada.

    Me dio ternura y, como se estaba empapando, le dije:

    -¡Pase, pase!

    Entonces….

    Me acordé de mi Oso y su morbo.

    Decidí prepararle un té, gustos especiales de bergamota, jengibre, miel recién extraída del culo de las abejas y lo acompañé con un trozo de tarta de arándanos con una fina crema de terciopelo sabor a lima y a lavanda… No dejaba de mirarlo, un cuerpo esbelto pasaba al metro 80, brazos largos, piernas firmes, caderas amplias y un prominente miembro que podía notarse bajo las ropas mojadas qué traía puestas.

    Fui a nuestro dormitorio, el corazón me temblaba fuerte, no podía dejar de pensar en mí hombre y en este deseo irrefrenable de verme colmada de placer, atragantándome de leche de otro pene que no fuera el de él.

    El miedo de aquel visitante sus manos temblorosas, suaves y de dedos muy largos, me convocaron a poder cobijarlo mucho más que con esa taza de té y ese manjar hecho por mis manos.

    Empezó una charla muy hermosa la cual fue transformándose en una charla íntima donde le pregunté al viajero si podía entrevistarlo para un trabajo que estaba realizando sobre erotismo y la falta de algún sentido en nuestro cuerpo.

    Él se sonrío, y dijo con voz muy suave, más que sus palabras me convence su perfume, más que su perfume me convence la lengua, cada uno de estos sabores qué mi mente interpreta, cómo así interpretó una necesidad en su lengua, la noto temblorosa también, como si su boca pretendiera decir más cosas de las que está diciendo.

    Se acercó apoyo su gran mano sobre mi rodilla despojada de ropas ya que cuando subí al cuarto me puse un bello vestido sedoso para que su tacto pudiera también sentirlo y le diera la sensación de suavidad en sus manos. También puse perfume en mi entrepierna alrededor de mis pezones en las muñecas… Le pregunté su nombre me dijo que se llamaba Óscar, y que ya no sentía miedo que en realidad lo mejor que le había pasado esa noche era transitar por la experiencia de quedarse solo en medio de la lluvia, y qué eso ocurre cuando una ninfa del placer espera sedienta de nuevo sabores en un paladar tan caliente como ese pedazo de torta que no pudo esperar enfriarse para que lo comiera. En este momento la que estaba nerviosa era yo, porque realmente me gustaba ya no era solamente un morbo sabía que lo que sentía en mi vulva era más que complacer los deseos de mi amado, que necesitaba filmar todo este escenario pero que la calentura y el desenfreno iban a ser reales…

    Sentía que mis pezones tenían que ser probados con esa fina crema, y que él tenía que seguir comiendo esa tarta sobre mí pubis poco angelical a estas alturas, ya que me sentí endemoniadamente ardiente.

    Él me preguntaba en qué pensaba, me dijo notó tu respiración acelerada y puedo sentir que el perfume que te pusiste en el pecho si hace más hermoso cuando el latido de tu corazón se acelera, realmente estar delante de ese hombre que no podía ver me mostraba en sus palabras que todo su cuerpo me miraban y entonces imaginé que sí me miraba su cuerpo sus manos su piel y sus sensaciones como me miraría su verga dura, Le ofrecí ropas de lino de mi gran amado, como sin ese gesto buscará que entre ellos dos hubiera una alquimia sexual poderosa y excitante dónde podría sentir el perfume de mi hombre la sexualidad y Óscar todo en un mismo lugar todo en un mismo momento, se levantó quedó parado frente a mí agarró el plato de cerámica japonesa, un regalo muy especial de luna de miel de mi hombre, una vajilla celosa qué elegía muy poco para usar pero esa noche era especial.

    Agarró la cuchara de plata cortó un pequeño trozo del pastel lo envió en la crema y me lo dio de comer… Abrir la boca me dijo suavemente voy a meterte cosas en la boca y quiero que lo disfrutes y ahora la que no va a ver vas a hacer tú… cierra los ojos no hagas trampas…

    Con el dedo de la mano izquierda tocaba mis labios tocaba mi lengua y con la cuchara introducía suavemente el pastel dejando caer entre las comisuras de mis labios parte de la salsa, la salsa iba directo a mi escote no lo podía evitar porque al ser alto yo subía el mentón y automáticamente todo lo que entraba en la boca que fuera líquido iba a caer sobre mis pechos.

    Comida lentamente movía la lengua para que la sintiera entre sus dedos y la comida cuando termina el bocado de pastel empecé a chupar sus dedos como si fuera su pija. Y con la otra mano empecé acariciarlo tenía una erección superlativa.

    Pantalón de lino facilitaba las cosas porque tenía una abertura donde yo podía poner lentamente mis dedos y escurrir mi mano sobre sus huevos cálidos suaves depilados como si supiera que esa noche iba a entregarse a una mujer especialista en goce especialista en erotismo y especialista en un masaje sensorial erótico que básicamente hace de que un hombre pierde la conciencia moral entre mis manos.

    Le pregunté si quería escuchar música y me dijo que no que la música para él era mis gemidos mi respiración es lo que pasaba en mi piel cuando él me acariciaba que tenía tanto tacto y tanta sensorialidad en sus manos que podía sentir hasta como los fluidos de mi vagina empezaban a escurrirse hacia mis piernas.

    Me dice abrí las piernas lentamente, y mientras yo besaba sus huevos el introducía sus dedos y yo repleta de mi semen podía sentir que me concha abrazaba sus dedos como si pidieran a gritos seguir tocándome, no sé cómo pero mi boca se abría cada vez más podía sentir la punta de la pija acariciando el fondo de mi garganta, respire profundo por la nariz y la cabeza totalmente desprovista de piel superaba mi campanilla y el movía su cadera ondulante mente para que yo sintiera todo el poder de su masculinidad mi boca mi lengua llegaba tocarle los huevos los la mía los chupaba los llenaba de baba, y él mientras me seguía masturbando ahora con las dos manos.

    En un momento al ser tan alto y yo estar sentada en un banquillo cubierto de piel el mismo que mi hombre usa para tocar su bajo, voy a sentir el aroma de su cuerpo en las ropas de lino y en este pequeño adminículo que él utiliza tan copiosamente.

    Nosotros en nuestra casa tenemos cámaras ubicadas y escondidas para que yo pueda filmarme afirmarnos y después largas noches de desvelo mirarnos y ser nosotros mismos los que nos calentamos.

    Justo el banquillo de una cámara donde si abro las piernas se puede ver perfectamente todo lo que ocurre en mi sexo mientras Oscar lame chupa me mete su lengua tan adentro qué puedo sentirla como parte de su miembro, mueve las piernas las apoya contra la pared y hacemos un 69 sentados.

    Qué manera de chuparme la concha ese hombre qué manera de hacerme gozar qué manera de refregar los huevos en mi cara la pija en mis tetas…

    En ese instante cerca mío estaba el celular con el volumen totalmente bajo era mi hombre sin dudarlo mientras Óscar me lamía la concha como si fuera la primera vez en su vida y no podía dejar de hacerlo. Tomó el celular dejando solamente la cámara visible poniéndome ropa sobre el respectiva de que en una videollamada él podría ver todo lo que estaba pasando en ese momento.

    Y ahí supe lo que si necesitaba, que él estuviera presente necesitaba que él estuviera mirando me sentí totalmente habilitada totalmente perra totalmente puta. Y podía imaginar que el salía del teléfono y si un día nosotros en un trío maravilloso.

    Yo sabía que mi hombre tenía ganas de verme repleta de leche que de mi boca saliera borbotones todo el semen posible y que en esa pija siguieron erección tan potente que pudieran metérmela en el culo y volverme acabar muchas veces.

    Gimo grito lloro de felicidad acabó lo mei íntegro…

    El gira su cuerpo atlético me toma de las caderas se arrodilla en el banquillo de mi amor… Todas las cámaras el celular daban justo a mis nalgas a mis caderas calientes se veía mi concha brillante lamida colorada llena de fuego abierta estimulada… Comienza nuevamente a chupársela pero esta vez lentamente sabiendo que mi hombre estaba mirando por el celular.

    Lo miraba los ojos me metí a la cabeza solamente dentro de mi boca y con mis manos acariciaba sus bolas su culo. Lo escupí lamía de su tronco entero él se tomaba la cabeza gritaba con una mano me sostenía la nuca y mi metía su pija hasta donde no podía más Manoseada mis tetas las apretadas… mis pezones los escupía y con la rodilla me seguía masturbando cómo me disfrutaba ese hombre como disfrutaba saber que él me miraba qué le estaba viendo como ese gran hombre alto musculoso morocho de piel suave y con lentes negros que nunca se sacó me estaba cogiendo frente a sus ojos.

    Oscar me levanta me ponen 4 empieza a cogerme el culo… Su pija era gorda venosa larga dura como si alguien la hubiera dibujado justo para esa ocasión a mí nunca me interesaron las pijas grandes ni gorda ni duras ni venosas pero para esta ocasión era ideal se tenía que ver bien tenía que hacer un hecho artístico dónde podía contemplar ese hombre que me enloquece que me hace hacer estas cosas y disfrutarlas.

    … Merecía ver todo completo todo en su máximo esplendor.

    Le digo Oscar penetrame suavemente… Quiero sentir cada cm esa pija tan dura quiero que me abras el culo, quiero sentir que llegan tus bolas a mí concha y cuando lleguen las bolas me agarres de las caderas disfrutes y vuelvas a sacarla entera y me la pongas nuevamente empezar suave profundo refrigam el habían sácala entera pégame con la pija en el en los cachetes… reflejarme la pija entre las piernas que se vea que se note que tu gran poronga no solamente me la metes en el culo.

    Refriega, dame la pija en un contorno de las piernas en las caderas en la espalda masturbarme tócame las tetas méteme la pija de vuelta. Y los dos empezamos a gemir a gritar me abrazó contra su pecho levantó las piernas y se podía ver claramente desde el pequeño silloncito desde la cámara donde mi hombre miraba como ésta pija me podía entrar en el culo ella mientras me masturbaba… Me sigue cogiendo por minutos hasta que acaba y se puede ver como la leche entre el gozo de su hija y el agujero de mi culo brotaba… corro las ropas se podía ver a mi hombre también con erección superlativa me miraba fijo como un lobo caliente un león enceguecido como si quisiera salir del teléfono para seguir cogiéndome tenía la pija dura roja casi bordo y empezó acabar al mismo tiempo que nosotros… Se puso a llorar de felicidad no podía hablar porque sabía que estaba el volumen bajo y me pidió que siga movió su cabeza y me di cuenta que él quería seguir mirando.

    Entonces me extendí en el sillón grande un sillón de 4 cuerpos tranquilamente pueden coger 6 o 10 personas. Está preparado para eso para que nuestro remanso la gente pueda sentirse cómoda.

    Hicimos el amor toda la noche no había forma de que se hombre se le bajara la pija no había forma que se ciego no me viera través de las cogidas.

    Para mirar milagroso justamente yo estaba escribiendo una tesis sobre como un cuerpo cercenado de algunos de sus sentidos podía gozar sin que dependiera de eso.

    Estaba pasando allí mismo en nuestro remanso en nuestro lugar como si todo concordar a entre el morbo de mi hombre en la necesidad De ese visitante viajero en complacerme por haberla rescatado de esa tormenta como las que se dan entre montañas.

    Al otro día llegaba mi hombre le pedí que se quedara que me hiciera el favor que él después se iba a entenderlo pero así como yo había entregado mi hogar mi cuerpo mi sensorial mis orgasmos necesitaba pedirle un favor…

    Sabiendo en mi interior que vamos a pasar unos días extremadamente sensoriales entre mi hombre y ese viajante…

    Y así fue se quedó tres días y cada día de esos tres oasis de sexo donde los tres mantuvimos con intermitencias diferentes encuentros sexuales donde participa vamos los tres participábamos los dos finalmente lograr que ellos dos también podrían tener una experiencia como las que a mí me gustan donde yo quiero ver y luego sumarme.

    Así son los cuentos del remanso así son los relatos eróticos reales que sucederán porque cuando existen dos almas que se unen ningún prejuicio las puede separar.

  • Una noche de amigos en el mirador

    Una noche de amigos en el mirador

    Hola, me llamo Elisa, soy una chica de 23 años de mente muy abierta igual que de piernas…

    Soy una chica de tamaño medio, morenita, pelo negro, unos pechos grandes y un buen culo y un chocho bastante llamativo y marcado…

    Les contaré una de mis muchas anécdotas en el sexo a pesar de mi corta edad en esta ocasión les contaré una aventura que tuve con un novio que se llamaba Marlon, era un moreno alto de buen ver con un cuerpo bien formado y una verga de 23 deliciosos centímetros con el cual me pegaba unas deliciosas cogidas.

    Todo comenzó una día a las 4 de la tarde estamos en casa y queríamos hacer algo entonces el me comentó que podríamos ponernos de acuerdo con una pareja de amigos (Andrea y Diego) para hacer algo por la tarde yo le dije que si que perfecto y llamamos a nuestros amigos y quedamos para vernos a las 6 y que nosotros pasaríamos por ellos. Decidimos ir a un mirador un poco alejado de la civilización y llevar algo de licor para pasarla bien. Yo iba casual con un vestido pegado al cuerpo un abrigo y tenis y Marlon iba con un short y abrigo al recoger a nuestros amigos empezamos a tomar hasta llegar al lugar, mi amiga Andrea iba vestida con una enagua el cual resaltaba muy bien si culo y una blusa por el ombligo sin brasier dónde se podían notar sus pezones y Diego iba casi que igual que Marlon.

    Al pasar el rato eran como las 9 de la noche y Marlon y yo nos empezamos a poner románticos a besarnos y meternos mano sin importar nuestros amigos ya que estábamos ebrios y ellos empezaron en lo mismo hasta que Andrea tomo la iniciativa de llevar a Diego atrás del auto y mamar el pene eso nos prendió a nosotros lo cual yo decidí chupar el pene de Marlon y el desesperado me levanto el vestido y me empezó a follar Andre y Diego se acercaron y se unieron a nosotros los 4 estamos tan encantados y excitados que decidimos cambiar las parejas yo quedé completamente extasiada al sentir el delicioso pene de Diego en mi vagina fue delicioso Marlon estaba chupando las tetas de mi amiga y eso me excitaba aún más fue una deliciosa orgía dónde al final Andrea y yo nos arrodillamos ante esos penes tan ricos a recibir todo el semen fue delicioso Andrea y yo nos besamos mientras jugábamos con el semen de nuestros hombres…

    Ya los 4 estamos cansados y decidimos dormir en un hotel ya luego les contaré el desenlace en el hotel…

    Espero que les gustará mi primer relato espero que me aconsejen para mejorar en cada relato.

    Besos en sus penes y vaginas.

  • Primeriza se traga puño

    Primeriza se traga puño

    Estefany y yo llevábamos unos meses de conocernos. Fue en la universidad en donde nos conocimos y la primera charla que tuvimos duró horas. Ella y yo nos llevamos muy bien desde un principio y la confianza entre nosotros, sin razón aparente, emergió al instante.

    Tras meses de salir ocasionalmente juntos, comenzamos a bromear con temas cada vez más íntimos como la diversión y el sexo. En una oportunidad hubo una fiesta y le propuse a ella que fuéramos juntos.

    -Es que es muy tarde, a esa hora no hay bus que pueda llevarme. – replicaba ella.

    -Tranquila, si quieres puedes quedarte en mi apartamento, al lado del perro jaja

    -Cállate tonto, en serio, si fuera más temprano me quedaría.

    -Oye hablo en serio, puedes quedarte en mi apartamento, digo si no te da desconfianza.

    -Está bien, lo pensaré y te aviso.

    Estefany era una chica que sabía divertirse y aunque era una muchacha de mente abierta y atrevida, solía demostrar cierta inexperiencia o hasta inocencia en los temas sexuales, y eso ya era suficiente para ponerme muy caliente. Ella mide alrededor de 1.55 m. Piel morena clara, cabello negro, con pechos medianos pero firmes y respingados y un culo que amerita apretujarlos.

    Pasados un par de días aceptó mi propuesta. Esa noche fuimos de fiesta y nos divertimos, cuando volvimos a mi apartamento, comimos un bocadillo de media noche y nos dirigimos a la recamara.

    -Bueno, creo que ambos somos lo suficiente maduros para compartir la cama ¿no crees?

    -Por mí no hay problema –dijo mientras se sentaba para quitarse los zapatos.

    Le ofrecí una de mis pijamas y aceptó. Para sorpresa mía, no mostró vergüenza alguna y ante mi mirada, se sacó la ropa con tal naturalidad. Se puso la pijama, le quedaba un poco floja haciendo que sus pechos y culo se vieran más prominentes entre aquella sobra de ropa.

    Procedí a quitarme la ropa también, ella me observó de manera tímida, como sintiendo un poco de pena, pero sin poder evitar verme. Me puso caliente ver la manera en la que su expresión cambió cuando me saqué la ropa interior, ya traía la verga morcillona y al bajar mi bóxer, saltó libremente quedando frente a ella.

    Sus ojos se clavaron fijamente en mi verga afeitada que se tambaleaba de un lado a otro mientras me colocaba el pijama. Su carita inocente y asustadiza era excitante, se mordía suavemente los labios mientras yo guardaba mi verga dentro del pans.

    Acomodé las cobijas y ella se acurrucó entre las almohadas, apagué las luces y me recosté a su lado. Era excitante, la manera en la que no hablábamos palabra alguna sobre el tema, aunque ambos sabíamos perfectamente cómo iba a terminar aquella situación.

    Coloqué mi brazo bajo su cabeza y ella se recostó en él, llevó su mano libre a mi pecho y yo bajé la mirada para besarla. Nos fundimos en un beso apasionado y excitante.

    Su respiración se agitaba gradualmente mientras mi verga se endurecía levantando las sábanas. Me coloqué sobre ella y comencé a quitarle la pijama, ella llevaba ropa interior de encaje, con un tanga que se introducía sensualmente entre su culo. Fue una lástima escuchar como la tela se rompía entre mis manos que la arrancaban de ella salvajemente.

    Su inocente timidez y asombro ante lo desconocido me excitaba haciéndome perder la cordura.

    Tomé su mano y la llevé hasta mi verga, ella se dejaba llevar, comenzó a acariciármela y a masturbarme lentamente, podía sentir sus pequeñas manos apretando mi verga inflamada y dura.

    Succioné sus pechos como una cría hambrienta, sus pezones eran tan suaves y deliciosos, su piel aterciopelada se erizaba mientras con mis manos masajeaba su vulva y el clítoris, derramando gran cantidad de flujos sobre la rajita de su culo. Introduje un dedo y masajeaba su punto G desde dentro mientras me comía el resto de su cuerpo centímetro a centímetro. Luego introduje dos, luego tres… y con 3 dedos masajeaba dando pequeños círculos y presionando suavemente mis dedos, como llamándola hacia mí.

    Uf, me quedo corto al tratar de describir los gemidos de Estefany, eran de esos gemidos excitantes que casi se apagan en sollozos. Sus uñas se enterraban en mi espalda mientras ella se estremecía de placer perdiendo el control de su propio cuerpo.

    Luego de un buen rato, al sentir su mayor excitación, abrí sus piernas, masajeaba mi glande enorme sobre su clítoris y por toda la periferia de su vulva, y poco a poco fui introduciéndola toda en ella.

    Ella ardía por dentro, y a pesar de una inocente estrechez, la cantidad de flujo permitía que mi verga entrara sin mayor dificultad. Ella gemía intensamente mientras la penetraba una y otra vez. Alternaba mis movimientos lentos y rápidos, suaves y fuertes, según notara la excitación en su rostro, era como un lenguaje no verbal en el que nuestros cuerpos se comunicaban.

    Sus tetas brincaban bruscamente tras cada embestida, ocasionalmente le preguntaba si se encontraba bien, si estaba cómoda o si lo estaba disfrutando. Ella ni siquiera podía escucharme, estaba extasiada, como en otra dimensión, jadeos, gemidos y contracciones eran las únicas respuestas que podía darme. Y para mi eran más que claras.

    Logré darle dos orgasmos, uno pequeño y el segundo más intenso y prolongado. Lo supe al sentir como su vagina se contraía fuertemente exprimiendo mi verga y ella se convulsionaba de manera sensual, toda su piel se erizaba, su abdomen se endurecía y sus piernas temblaban de manera sutil.

    Estuve a punto de eyacular pero me contuve. Quería darle todo ese semen de bocadillo.

    -¿Alguna vez te han hecho un oral? –le pregunté

    -No –respondió jadeante y temblorosa

    -Pues hoy es cuando –dije, mientras acomodaba sus piernas y sus caderas a la orilla de la cama.

    Alcé sus piernas y me arrodillé en el suelo frente a su vulva, podía comerme esa panocha cómodamente de esa manera.

    Comencé a recorrer toda su raja con mi lengua, desde su culo hasta la punta de su clítoris, lamía babeantemente introduciendo mi lengua cuanto podía en su vagina. Me encantaba el sabor de su concha, pude haber comido y bebido de su vagina toda la noche, pero quería continuar.

    Comencé a masturbarla con mis dedos, como anteriormente había descrito, tres dedos masajeando dentro de ella mientras mi lengua era un torbellino sobre su clítoris. La pobre chica se estremecía, gimiendo, con pequeños gritos apagados, me tomaba del cabello con su mano y guiaba mi cabeza cuando quería que presionara o me moviera de alguna manera en especial, y yo obedecía.

    El morbo solo iba aumentando en mi cabeza y lograría mi cometido. Sutilmente aprovechándome de su excitación, comencé a introducir el cuarto dedo en su vagina. Sentí como iba expandiendo poco a poco su cavidad.

    -Aaahhu!! –exclamaba excitada

    -¿Qué pasa?

    -Despacito, por favor, despacio… aaah! Aah!

    Podía sentir la viscosidad de sus paredes vaginales en la yema de mis dedos, la acariciaba toda por dentro y masajeaba su punto G mientras continuaba. Su concha se estiraba cada vez más con el ensanchamiento de mi mano al entrar cada vez más.

    La masturbé con 4 dedos hasta sentir que se acostumbraba al tamaño, luego introduje con más fuerza hasta llegar a los nudillos.

    -Aaaah, aaaah, aah, ayayay! Aaahy

    -Qué pasa?

    -Aaay duele, duele, suave dale suave

    Trataba de sujetar mi mano para detenerme, pero en realidad no ponía resistencia alguna, sus manos y piernas temblaban como mezcla de placer, dolor y nerviosismo por aquella hazaña que ni ella misma creía estar haciendo.

    Su vagina fue adaptándose al tamaño, yo la sacaba lentamente y la volvía a introducir, lubricándola cada vez más. Decidí dar el paso final y asomé el pulgar a su vagina. Introduje la punta expandiendo su vagina hasta su máximo límite.

    -AAHY AAHY! Espera, espera, ya no… no puedo… aah, ah! No puedo más, aah! Puedo sentir tu mano dentro, aahy!

    -Tranquila, respira, relájate…

    Sacaba e introducía sin parar. Comencé a empujar más fuerte dentro de ella, pero lentamente. El nudillo del dedo pulgar logró deslizarse dentro de su vagina, la parte más ancha de mi mano ya estaba dentro, con la punta de mis dedos podía sentir el fondo de su vagina, y comencé a masajearle el útero suavemente.

    Esto hizo que ella se estremeciera mientras continuaba gimiendo y temblando en una mezcla de dolor pero excitación.

    -AAAH! Doni! Carajoo! Siento tu mano entera adentro… AH!

    -¿Quieres que pare?

    -Aah aah!, uuf… uuuff… aah!! Esque duele, pero se siente ricooo aah! Aah!

    -Dale, disfrútalo, si quieres que me detenga solo dime…

    -No! Aah! Sigue sigue! Aah! Ah!

    Mi excitación estaba a mil, escucharla decir eso solo me hacía perder más el control, me masturbaba con la otra mano mientras la penetraba, finalmente sentí una enorme eyaculación correr por mi verga y la eché en la mano que le estaba introduciendo a mi chica, lubriqué toda mi mano con mi semen. Comencé a empujar cada vez más rápido y más fuerte dentro de ella, hasta que súbitamente, mi mano se deslizó entera dentro de ella.

    Podía sentir la apertura de su vagina apretando en mi muñeca. Mi mano estaba sumergida en una caliente y viscosa cavidad de flujos y paredes vaginales.

    -Aaaaahhh!! Mierdaa!! Me vas a romper! Aaah!

    -Tranquila, ya la saco.

    -Ahh! Noo! No! Espera, aaah! Solo… no te muevas, espera… Aaauuh!

    Podía sentir su vagina contraerse apretujando mi mano, su cuerpo se contraía en un intenso orgasmo, quizás el más fuerte que jamás hubiese tenido. Sus manos casi rompen las sabanas, mientras ella miraba atónita cómo su panocha albergaba mi mano entera dentro de ella.

    Su vagina escurría flujos viscosos y transparentes en abundancia, mismos que se deslizaban en su culo hasta su ano, cayendo sobre mi cama.

    -Aah! Ah! Ok ok, sácala, pero despacio, con cuidado, Aaah! Aauch Asi asi… aaah! Ooh mierdaa!!

    Yo deslizaba lentamente mi mano extrayéndola de dentro de ella. Finalmente salió… ella calló rendida y exhausta sin moverse, estaba empapada de sudor y flujos vaginales, su vulva enrojecida y un poco irritada se ventilaba palpitante al mantener sus piernas abiertas.

    Habíamos cumplido una de nuestras fantasías, la satisfacción era enorme. Sequé mi mano con una toalla y me arrodillé nuevamente frente su vulva, hermosa, pobrecita, reventada por la excitación y el deseo.

    Me limité a besar su vulva suave y delicadamente, mientras con una toalla húmeda refrescaba y consolaba mi delicioso paraíso.

    Estefany no dijo más, estaba tan exhausta que quedó dormida al instante, yo la acomodé en la cama, la arropé y me recosté abrazándola plácidamente.

    Dormimos hasta la tarde del día siguiente. Sentía dolor en su parte luego de tan salvaje noche, me encargué de que no se levantara de la cama en todo el día, mimándola, consintiéndola y sobre todo llenándola de besos.

    Esa noche experimentamos con un par de cosas nuevas, pero ya me he extendido demasiado en este relato, espero poder contarles más en el próximo.

    Espero que te haya gustado, si es así, déjame tu valoración y tu opinión en los comentarios.

    Gracias