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  • Convivo con el enemigo

    Convivo con el enemigo

    Buenas noches, por aquí contándoles el día que terminé teniendo sexo con mi hijastro y su novia. Empiezo por lo primero, soy bisexual, me gusta el sexo libre, y un día me aproveché de la ebriedad de la nuera de mi pareja y me la llevé al cuarto para acostarla, para su comodidad la desvestí y me encontré con un cuerpo divino de mirar, le saque el sutien y empecé a besar esos pechos divinos y tentadores, y a tocarla, en ese momento ella me forzó a bajar y lamerle la chonchita lo que no me negué, tenerla en esa posición y excitada era mi sueño, me desnudé y metí a frotarme cuerpo con cuerpo, que belleza es estar tentando al diablo con una mujer curiosa del sexo.

    Estaba haciéndola llegar a su primer orgasmo, chupándola y metiéndole los dedos y entra por la puerta mi hijastro, no sabía qué hacer, quería disparar a lo que él se acercó, me agarró del pelo y me hizo besarlo, me dijo “ahora te tengo en mis manos y me vas a complacer, ahora agachate y me la chupas, quiero sexo oral de tu parte mamita”, me dijo irónicamente fue algo que nunca pensé hacer, pero estaba jugada, le desprendí el pantalón y se lo bajé, empecé a chupar y empezó a quedar más grande y divina, quería en ese momento solo disfrutar lo que estaba viviendo, desnuda de rodillas frente a mí hijastro chupándosela, dándole el mejor pete que podían haberle dado en sus jóvenes 20 años.

    Enojado con su novia aprovechó a cobrarle lo que estaba haciendo, la mandó a acostarse en la cama y me ordenó besarla, “vi que le gustaba lo que le estabas haciendo” me dijo, así que me ordenó chupársela a su novia como estaba haciendo cuando él entró, me agarró de las caderas por atrás se acercó me metió un par de veces sus dedos y me metió su pene, estaba súper excitado y estaba bombeando como loco dentro de mí y yo loca de placer de sentir todo eso, era una película hermosa de vivir, aprovechando los dos me agarraron de punto ella me besaba y chupaba los senos y él disfrutaba del momento dándome como loco hasta llegar a acabarme toda.

    Me ordenó pararme en el medio de la pieza y obligó a la novia que me chupara los restos de semen que bajaban por mi cuerpo, yo no podía creer que me extasiara tanto ver aquella hermosa mujer chupándomela, tanto que me acabé en su boca. En ese momento mi hijastro me dijo que eso que había pasado lo soñaba desde siempre, y que ahora se iba a repetir cuántas veces él quisiera, si yo no quería que se enterara su padre, quedé esclava de él y sí que ha sabido aprovecharme…

    Desde ahí dos por tres me toca complacer a los dos, pero yo no me niego, hay secretos que solo a ustedes les podré contar por aquí.

  • Los labios de quien se ama

    Los labios de quien se ama

    Los dos almohadones que amortiguaban mi deseo.

    Esos dos almohadones que desbordaban pasión.

    El contraste de tus húmedos labios con lo ardiente de nuestro besar.

    Mi boca que fue lápiz y tu cuerpo que fue lienzo.

    En esta galería de arte que está en mi cabeza.

    Están arrejuntadas las imágenes que quedaron en mí después de cada acto.

    Tu cuerpo, hasta nuevo aviso, quedó perpetuado como estatua

    en el centro de esta nueva galería de las pasiones.

    Desde la poco sutil finura de tus labios hasta la cicatriz que llevas en la espalda.

    Esa cicatriz que me decías que tenías.

    Las imperfecciones que muchas veces sólo nosotros vemos.

    Nunca me percaté de aquella cicatriz

    ya que la niebla que ahogaba cada parte de mis sentidos en ese momento

    apenas y se concentraba en tu cuerpo

    que retumbaba de satisfacción en cada forcejear.

  • ¿Desvirgar a un paciente?

    ¿Desvirgar a un paciente?

    A tus 20 años,  decides visitarme como tu sexóloga, tartamudeas, tus piernas se abren y cierran cada segundo, un cuerpo atlético, tus manos grandes y tus dedos fuertes y curvilíneos, se toman fuertemente y transpiran, le digo que se relaje y que él podía hablar de lo que quiera y como quiera, que no se sienta presionado y que empezaremos una terapia sexual que lo ayudaría a poder concretar lo que él desea, ese día por alguna razón no me pude bragas, entre paciente y paciente esperaba a un amante que no me confirmaba la hora donde llegaría para cogerme sobre el sofá donde ahora este joven está sentado, muy nervioso y casi con la voz que no puede salir de su boca por su estado de desorientación, me desprendo un botón de la chaqueta y el queda en silencio, mirándome, suspira y se sonríe.

    Debajo de esa chaqueta de seda, se podía ver el contorno de mis pezones, en el izquierdo tengo un lunar muy oscuro y la tela es rosa pálida, mi falta color azul, ajustaba mis caderas y las medias trasparentes con liga eran rosa muy tenue, tacones cercanos, caminaba rodeándolo como fiera caliente, recibía mensajes ocultos y silenciosos a mi mail, el ordenador abierto y no notaba, mi paciente, lo que llegaba mientras él hablaba… Mi amante diciendo lo que me haría y este joven me contaba su terror a tener su primer relación sexual con su novia religiosa.

    Recibía fotos de su miembro duro, de videos que hacíamos en el consultorio, y la voz del joven entrelazaba sus ganas de coger duro con su chica y yo queriendo ser penetrada por mi amante que no dejaba de excitarme.

    Por un momento dejo de llegar información caliente y sigo escuchando el relato del joven.

    De repente me dice mi amante, no llego, no iré, se me complica…

    Mi excitación no podía disimularse, y al saber que no me cogerían duro sobre el escritorio, ese joven comenzó a interesarme más de lo que debía.

    Mi vulva despedía un aroma que ese hombre no conocía, me dice, doctora disculpe, siento un suave aroma a frutos secos pero con suaves toques de mar, como si fuera algo muy poco conocido por mí, le pido que cierre los ojos, y se recueste, me siento detrás de su cabeza, y su coronilla queda delante de mis piernas, las abro y le digo, vamos hacer una visualización sexual para que te conectes con tu excitación.

    Él se relaja y yo sin que el mire, me empiezo a masturbar y los fluidos se acrecientan en mi concha caliente, él dice, siento un sonido como a jugoso,

    Como si metiera mis dedos en una fruta fresca y abriera sus gajos con ellos. Le digo imagina que haces eso pero es la vagina de tu novia, contame lo que haces y lo que ella te gustaría que haga, comienza a decir, que imagina cosas que no conoce en vivo y en directo, en eso gira la cabeza abre los ojos y me ve metiéndome los dedos, yo miraba hacia arriba, el queda atónito y mira mi vientre como si fuera los más bello que podía tener frente a su nariz.

    Doctora que hermosa concha tiene, ese aroma era lo que yo sentía, lo miro abro más la piernas, apoyo los tacos en los respaldares del sofá y el comienza a lamer mi concha como su fuera esa fruta fresca que el describía.

    Tomo su nuca y lo dirijo, él no me dice la verdad, si bien no cogía a su novia, por cómo me la chupaba, seguramente sexo oral tendrían, abría cada labio, su lengua recorría entera la entrada de mi caliente concha, me abro la chaqueta y comienzo a lamerme los pezones, lo miro y me los muerdo, los escupo y él tiene un hermoso sonido gutural de cachorro juguetón.

    Me dice, doc., mientras juega con la punta de la lengua sobre mi clítoris, nunca metí mi pija en una concha, deseo sentir mi verga dura en ella, déjeme por favor, sigo con mis pezones en mi boca y le digo, me vas a coger con ganas de hacerme mear, me vas a coger con ganas de que grite como puta en celo, me vas a coger con los huevos golpeándome el culo…

    Una cámara oculta, estaba frente a nosotros y otra detrás, la tengo para grabar mis sesiones y luego estudiarlas, pero esta vez estaba haciendo una gran película porno erótica que sería un gran regalo para mi esposo.

    Me paro, allí, frente a su florecimiento, lo observo como si fuera un tulipán, como si su pija fuera un grande y rojo tulipán, tiembla y sus pétalos se llenan de su néctar, sangre roja y líquidos que agranden en porte su tamaño, y en mi lengua la mejor jardinera para podar su virginal miembro, un cuerpo que desea más mi boca que el aire que lo mantiene vivo.

    Viene a mí, como su maestra, su gran emperatriz del sexo, que llenara su vientre de pasión y conocimiento erótico, mis susurros sobre su glande, como aliento de colibrí, lo harán sentir que la espera fue lo correcto.

    Me levanto la falta y quedo en cuquillas, abro la boca y el mete solo la punta, la beso y chupo lentamente, ese susurro oriental previo lo hizo calentar tanto que su pija está casi sobre su abdomen, lo tomo de las caderas y trago toda la pija hasta los huevos, mi lengua los puede tocar y el grita como un loco, seguí seguí seguí…

    Con mis manos acaricio sus nalgas, y voy desnudándolo, él se saca la camisa y yo le saco pantalones y medias, ya se había sacado los zapatos, yo en tetas y falta subida, medias y tacos, me dice no te desnudes, te quiero ver chupándomela vestida así, sigo chupando pija por media hora, los huevos negros tiene de tanta lamida y chupadas, me golpetea la cara con ella y rodea el contorno de mis labios, me toma las manos y me levanta, me abraza y me coge parada, mis piernas lo abrazan, me sostiene del culo lo abre y le mete un dedo, me apoya sobre el sofá y abre mis piernas, muerde mis pechos, fuerte, los chupa como deseando que salga leche, pezonea de una forma, yo acabo mucho y seguido. El sigue y me dice, puedo hacerle el culo, y a mí se me ilumina la cara, si existe algo en este mundo que me guste es una buena verga dura en el culo, me pone en cuatro y comienza a garcharme el culo, me pega me acaricia, me da pija y sé que me lo quiere llenar de leche, me toma del cabello y muerde la espalda, este pibe si así me coge por primera vez, no quiero saber cómo seguirá haciéndolo después de esto.

    Siento que se viene dentro, que escupe leche en mi culo y sale mientras me sigue cogiendo, no para y me levanta la pierna y sigue metiendo la pija en el culo con más fuerza, de repente a los 5 minutos la saca y me mira me la muestra y me apunta directo a los pezones, me llena de leche las tetas y las chupa, me resulta extraño, me encanta pero un hombre así de virgen no coge de esta forma.

    Le limpia, voy al baño me ducho y le grito, quédate allí ya voy, salgo a los cinco minutos y no estaba, se olvida el celular y suena.

    Lo atiendo y escucho Jorge Jorge, era un voz conocida para mí, digo, hola soy la psicóloga, hola doc soy su paciente, mi hermano gemelo, fue por mí a decirle que yo no podía ir a la sesión, nos vemos la próxima semana… cuelgo y me tiento de risa, guardo el celular y cierro el consultorio…

    Fue un día inesperadamente genial…

  • Si te la pone, seguro querrás repetir

    Si te la pone, seguro querrás repetir

    La vida, a veces, parece injusta. Un refrán, enunciado o sentencia que se expande a través del espacio y del tiempo exige tener un autor conocido. Ese alguien que, conociendo las leyes naturales las maneja, domina y aplica. Aquel que aúna un cierto atractivo con un velo enigmático, y así impulsa a la imaginación a buscar una solución en medio de las muchas posibles.

    <Si te la pone, seguro querrás repetir>

    En la expresión anterior, el que la pone, es José Alfredo García, es decir yo, cadete, ordenanza, ejecutivo, gerente de producción y hombre de confianza del dueño de un taller de costura que emplea a unas veinte mujeres, cifra que puede aumentar según los compromisos.

    Quién inventó y quien difundió la expresión es un misterio, la cuestión es que se propagó. La hipótesis más verosímil es que se trató de una broma salida de cauce, que con el andar aumentó su volumen y se convirtió en verdad indiscutible por obra del todopoderoso rumor. Lógicamente el beneficiado fui yo.

    Estoy en los treinta y desde los dieciocho trabajo en esta empresa, cuyo dueño es don Manuel, a quien debo casi todo lo bueno que soy y tengo.

    Por límite de edad estaba terminando mi estadía en el orfanato y, buscando trabajo, toqué a la puerta del taller. La suerte me hizo estar en el lugar y momento justos, pues necesitaban un peón de limpieza. El dueño me hizo una buena cantidad de preguntas, diciéndome al final.

    – “Voy a hablar a la institución donde estás, si confirmo lo que me dijiste, mañana empezás a trabajar. No te voy a registrar en ningún lado pues estarás a prueba los próximos dos años, y en ese tiempo tenés que terminar el secundario y trabajar. Me voy a encargar de que sigas viviendo ahí, y te advierto que si mostrás fallas importantes en cualquiera de las dos actividades te pongo en la calle en un abrir y cerrar de ojos”.

    Él siguió de cerca mi maduración, marcando pautas, orientándome en situaciones dudosas y haciéndome progresar, laboral y personalmente. Esa formación a su lado moldeó mi personalidad, que una empleada, sin saber que la escuchaba, describía por teléfono.

    – “Es robusto, cara de pocos amigos, amigo de pocas palabras, tremendamente ceremonioso y educado. Ninguna de las empleadas recuerda una mirada suya fija en trasero o tetas, y eso que abundan. Jamás se le escuchó una palabra de doble sentido o mostró un gesto de avance varonil, tan comunes en los hombres cuando están rodeados de mujeres. Parece más amargo que pedo de perro. Su vestimenta habitual es ropa de trabajo, que siempre lleva limpia y planchada”.

    Esa descripción abonaba lo suficiente la posibilidad que, la fama de semental, hubiera tenido origen en una broma, pues mi apariencia hacía suponer un montón de cosas, menos esa.

    Yo, desde la actividad elemental de limpieza, inicié un lento pero sostenido avance, tanto laboral cuanto en relación al entorno.

    Enorme era el chalet, rodeado de jardín, donde vivían Don Manuel y su esposa, con edificio destinado a los caseros, un matrimonio mayor pronto a retirarse. Al cabo de siete años, el patrón, juzgando que era confiable, dispuso que su reemplazo iba a ser yo, y para ello nada mejor que residir en una habitación de esa amplia casa que tenía ingreso independiente. Así me hice cercano al chofer del dueño, Ricardo, que había cruzado los cuarenta, tenía fama de mujeriego, y a mí, quince años menor, me contaba algunas aventuras amorosas. Pasado un tiempo, en una de esas charlas avanzó con otro tema.

    – “Hace rato que te vengo observando y veo que sos reservado, y se nota porque escuchas chismes pero no los repetís. Además evitás hablar por hablar. Tengo una propuesta para hacerte, pero antes necesito saber algo. Cómo te llevás con el sexo y las mujeres?

    – “Pienso que bien, aunque tengo poca experiencia. De vez en cuando visito alguna amiga, cuando las ganas aprietan”.

    – “Cómo estás de armamento?”

    – “Estimo que aceptable, más o menos una cuarta de largo, y pulgar e índice apenas se tocan”.

    – “Bien, esto es serio, por lo cual, tu normal discreción ahora debe ser total. Desde hace un tiempo presto servicios sexuales a tres señoras casadas que tienen necesidades insatisfechas. Todas arriba de los cuarenta, educadas, agradables y muy generosas. Últimamente estoy sintiendo el esfuerzo cuando las tres coinciden en la misma semana, sobre todo porque una de ellas insume mucha tarea para quedar satisfecha. Si te animás y consigo que acepte, me gustaría transferírtela”.

    – “Yo encantado, pero tendrías que instruirme para que no te haga quedar mal”.

    Su risa súbita me desconcertó.

    – “Vos sabes que te aprecio y que no se me ocurriría burlarme, insultarte u ofenderte de cualquier manera, por eso va mi ruego de que no te sientas incómodo por lo que voy a decir”.

    – “Yo también te aprecio, por eso no entiendo la carcajada”:

    – “Ahora me explico. La fama que tenés hace parecer una broma tu pedido de instrucción”.

    – “Pero bien sabés que es un invento de no sé quién”.

    – “Hablemos en serio. La mitad de los hombres del planeta quisieran tener y poder emplear ese capital para gozar y producir, y vos que lo tenés, no lo usás ni demostrás interés en sacarle jugo. Francamente sos un bicho rarísimo y estoy orgulloso que seas mi amigo”.

    – “Gracias”.

    – “Vos no necesitas instrucción. Sí te voy a contar algunas reglas del oficio”.

    – “La primera. Reserva. Podés ser el mejor amante del mundo, tener la pija más hermosa y grande, poseer todas las cualidades imaginables, pero si se te afloja la lengua y ella se entera, todo se va al carajo”.

    – “La segunda. Placer. Prioritariamente está destinado a la mujer. El tuyo solo tiene importancia si va asociado al de la dama”.

    – “La tercera. Higiene. Tenés que oler a hombre, pero a hombre limpio. Ningún perfume debe opacar ese aroma que vuelve locas a algunas mujeres.

    – “La cuarta. Respeto. La mujer puede decir lo que quiera sobre su familia. Vos, aun conociendo a los integrantes, no debés opinar.

    – “La quinta. Remuneración. Tocar ese tema es la mejor manera de arruinar la reunión. Su generosidad ha superado habitualmente mi deseo y mi imaginación.

    La propuesta de Ricardo a Laura fue recibida con un inicial escozor, el cual se disipó al enterarse de mi inexperiencia, y al saber que tendría la tarea de enseñarme, creció el entusiasmo, pues podría moldearme a su gusto.

    En la primera reunión nos insumió un cierto tiempo conocernos, y así ella se enteró que no tenía compromiso habiendo estado solo con tres mujeres, que siempre usaba preservativo, y que las relaciones habían sido satisfactorias para ambas partes. Luego vino la pregunta difícil, que contesté según consejo de mi predecesor.

    – “Cuál es tu idea de remuneración”.

    “No tengo, pero Ricardo me dijo que ese tema es la mejor manera de arruinar una reunión”.

    – “Y si te trampeo?”

    – “Si consigo darte placer y obtener el mío, es imposible que logres trampearme”.

    – “Puedo no pagarte después”.

    – “Sin pretenderlo ya lo hiciste”.

    – “Te resulto deseable?”

    – “Mucho”.

    – “Mi imaginación, la novedad, y los quince días de abstinencia que llevo me tienen en un estado de excitación espantosa. Harías lo que te voy a pedir?”

    – “Si está a mi alcance, seguro”.

    – “Desprendete el pantalón y clavame”

    Dicho eso se levantó del sillón, metió las manos por debajo del vestido amplio que llevaba y bajándose la bombacha la sacó moviendo los pies. Me miró fijamente con facciones serias, se puso de rodillas sobre la alfombra apoyando luego los codos, con una mano levantó el ruedo hasta la cintura y poniendo la cara entre las manos me dijo con voz suplicante.

    – “Por favor no me hagas esperar, que me muero de ganas por tenerte bien adentro”.

    Lo que tenía ante mí superaba ampliamente lo que podía imaginar. Sus nalgas levantadas mostrando netamente la hendidura que las separaba. Desde el orificio estriado del ano, a tres o cuatro dedos se ofrecía abierta de par en par la conchita, enseñando el líquido viscoso que lentamente bajaba desde el orificio y, siguiendo por el canal, bañaba el botoncito que se erguía por encima del capuchón.

    Con pantalón y calzoncillo a medio muslo me arrodillé detrás, dos dedos de una mano abrieron la entrada y ahí apoyé mi glande. Su retroceso, concretando la penetración, fue en simultáneo con gemidos, gritos y contracciones vaginales, finalizando con un tremendo orgasmo. Yo no pude aguantar semejantes estímulos sin acompañar a Laura. Así fue que me corrí profusamente en el fondo de su canal.

    En una de las citas, en su departamento pues el esposo había viajado, estaba acompañada por otra señora, Claudia, amiga desde la adolescencia. Una hermosa mujer que competía en belleza con la dueña de casa. La conversación con ambas fue muy agradable y cordial, pues las dos, con una cultura muy superior a la mía, evitaban tocar temas que dificultaran mi participación. La que más hablaba era la visita.

    – “Me dijo Laura que trabajás en un taller”.

    – “Sí, es un taller de costura, en el que hago de todo un poco, menos coser”.

    – “De quién es”.

    -“De don Manuel Bermúdez”.

    – “Ah, sí lo conozco. En otro negocio es socio de mi marido. La conocés a su señora?”

    – “Sí, es toda una dama”.

    – “Es una flor de puta”.

    – “No lo creo”.

    – “Y por supuesto, Manuel es el rey de los cornudos”.

    – “Claudia, si fueras hombre ya tendrías nariz y mandíbula quebradas, pero pegarte a vos no puedo. Solo me queda irme. Laura, te ruego me disculpes, vuelvo en otro momento”.

    – “Si te vas no esperes que te llame”.

    – “No hay problema, que sigan bien”.

    Caminando hacia la salida escucho pasos apurados y unas manos que me toman del brazo. Era Claudia.

    – “Por favor, no te vayas, esto ha sido una broma que se me fue de las manos. Con Cecilia somos amigas desde la juventud y la quiero muchísimo. A Manuel lo quiero y admiro ya que es un hombre maravilloso. A ambos los envidio por haber sabido generar una lealtad como la tuya. Y además sos un hijo de puta que me estás haciendo llorar”.

    Todo eso me lo dijo con la cabeza apoyada en mi hombro sin levantar la vista. Cuando elevó su cara para mirarme, mostrando las lágrimas que bajaban, la tomé de los hombros apoyándola en mi pecho mientras ella me abrazaba la cintura. Así estuvimos un momento, ambos cuerpos soldados y mis manos acariciando su espalda. Y en un abrir y cerrar de ojos me encuentro, con mis pies entre los de ella, sus brazos en mi cuello, mis manos en sus nalgas, ambas bocas en ávido encuentro y las pelvis embistiéndose mutuamente. De ese momento, nacido espontáneamente, nos sacó la voz de Laura.

    – “Frenen par de salidos, José vos viniste para estar conmigo y a vos Claudia te invité para que lo conozcas, no para que me reemplaces”.

    – “Tenés razón, pero su tristeza despertó mi ternura y todo lo que siguió”.

    – “Es verdad Laura, no fue intencional”.

    – “Sin embargo se movían como si hubieran practicado toda la semana”.

    Lentamente me aproximé al sillón donde estaba la dueña de casa, arrodillándome ante sus piernas que permanecían juntas, apoyando las manos sobre sus muslos, cubiertos por la falda suelta que vestía.

    – “Por favor, no te enojes, dejá que me haga perdonar”.

    Lentamente empecé a correr la falda para que el ruedo fuera dejando descubierta la piel totalmente blanca. Mi primer beso, solo de labios, fue en las rodillas.

    – “No, no sigas”.

    – “Por qué preciosa, si sabés que me encanta saborear tus piernas”.

    – “Mentira, me besás así porque sabés que me vuelve loca, lo hacés de puro perverso”.

    – “Algo de eso puede haber, pero me enloquece de gusto ver cómo te retorcés con solo besarte la entrepierna por encima de la ropa”.

    – “Pervertido, tu vocación de sádico es la que te lleva al interior de mis muslos. Soltame las manos degenerado, ¡no me corrás la bombacha!”.

    – “Qué vas a hacer si te suelto”.

    – “Bien que lo sabés desgraciado, voy a sepultar tu boca en mi conchita. Asqueroso, lamé fuerte, mordeme el botoncito, apretame las tetas, hijo de puta me corrooo”.

    Por suerte sacó las manos que tenía entrelazadas en mi nuca y pude respirar normalmente, quedando con mi mejilla sobre los vellos del pubis, mientras ella parecía desmayada. Que estaba repuesta supe porque tomándome de ambas mejillas, me llevó a juntar nuestras bocas, en un beso sin urgencias, suave, delicado, rozando lo amoroso, sencilla muestra de hembra satisfecha.

    Dos días después me avisaron que la señora de don Manuel deseaba hablar conmigo. Naturalmente concurrí de inmediato. La empleada que abrió, me hizo pasar a la sala donde me iban a recibir.

    – “La señora me dijo que va a tomar té, vos qué quisieras servirte?”

    – “Un café, por favor”.

    Tras corta espera salió la señora, pidiéndome que me sentara a su lado en el sillón grande, pues quería hablar en voz baja. Vestía una blusa suelta que caía más abajo de la cintura de la amplia falda. Ambas prendas blancas. Servido té y café dejó libre hasta el día siguiente a la empleada.

    Cuando dijo para qué me llamaba quedé paralizado. Con toda suerte ella conservó la calma y su mirada tranquila me permitió hablar.

    – “Señora, no entiendo, qué razón puede haber para que el señor Manuel acepte a un cualquiera como yo teniendo sexo con su esposa?

    – “Interrogante largo de contestar y lo voy a hacer en dos partes. Yo tengo cuarenta años, veinte menos que mi esposo. Recordarás que hace unos dos años a él lo operaron y todavía sigue un tratamiento que no sabemos cuándo terminará. Incluso alguna vez lo acompañaste vos cuando yo no podía. Era un cáncer de próstata y como consecuencia de eso dejó de estar en condiciones de tener relaciones íntimas. Buen tiempo después, cuando él vio que en determinados momentos yo sentía y reprimía mis deseos de sexo, me convenció de satisfacerme con algún profesional. En mala hora acepté, porque el contratado, al enterarse de quienes éramos intentó un chantaje. Por supuesto Manuel informó a la empresa, quienes tomaron cartas en el asunto, ofreciendo además devolver lo cobrado y una compensación por las molestias. Mi marido les dijo que con no saber más de ese tipo era suficiente. Así sucedió, y como si fuera poco el encuentro, en lugar de ser placentero me asqueó, cosa que por supuesto me callé, pues hubiera sido aumentar el dolor de mi marido. Me pude hacer entender?”

    – “Perfectamente”.

    – “Sigamos. Hace un mes Claudia me contó la relación que mantienen y la verdad es que no podía salir de mi asombro. Nunca te imaginé en eso”.

    – “Señora, el único compromiso de lealtad que tengo es hacia su esposo y hacia usted, pues lo que soy y tengo se los debo. Ignoro todo sobre ese matrimonio y jamás nombro o hago alusión al marido de Claudia a quien no conozco ni de vista. Con ella tengo una cordial relación en la que ambos obtenemos placer y además es muy generosa conmigo. Sobre su proceder no me atrevo a opinar. En esto sigo el refrán de una señora del orfanato: <Más sabe loco en casa propia que cuerdo en casa ajena>”.

    – “Es lo mismo que me dijo mi amiga ayer y por eso te hice venir. Sigo la explicación. Cuando hace poco Manuel me propuso nuevamente contratar a otro aquí, o que viajáramos a algún lado, le agradecí diciéndole que cuando fuera oportuno yo se lo diría. Mi esposo tiene muchos amigos leales, pero todos con un dejo de interés. Los que no me han desnudado con la mirada es porque ven mal o no tienen esperanzas de poder. Leal como vos, que en doce años me has mirado limpiamente, nos respetaste en todo momento, jamás un intento de aprovecharte de tu situación, no digo que no hay. Simplemente yo no conozco. Vení en mi ayuda y no me trates de usted”.

    – “Por favor, apoyate en el espaldar y cerrá los ojos. Así podremos disminuir la vergüenza inicial. No es sencillo, para quien es empleado, tener de golpe la confianza suficiente para acariciar el cuerpo de la esposa de su patrón. Imagino que vos sentirás algo parecido pues nuestra relación es larga en el tiempo, pero siempre distante”.

    – “Es verdad, pero desde el comienzo, he valorado tu proceder y eso generó un afecto sincero”.

    – “Te ruego que si algo que hago te provoca rechazo o incomodidad me lo digas. Dejame que te desprenda el corpiño y lo saque deslizando los breteles hasta los codos. Es una imagen cargada de sensualidad y casi seguro que tus pezones se endurecerán al simple contacto con la prenda. Con los párpados bajados, dejá que la imaginación te haga contemplar, como si fueras un tercero mirando, mis dedos moviéndose sobre la tela recorriendo tus pechos”.

    Miraba su cara mientras movía la mano acariciando, apretando, tironeando sus pezones, cuando note fruncido su ceño.

    – “Te incomoda?”

    – “Para nada, solo que tengo sensaciones casi olvidadas, y por cierto deliciosas. Qué excitante es el ejercicio de verme desde afuera disfrutando. Por favor quiero tu boca en mis tetas”.

    – “Vamos a complementar el trabajo de mis labios. Vení, que tus nalgas se ubiquen al borde del asiento quedando yo entre tus piernas. Así, a través de la ropa, frotá tu conchita recorriendo el lomo de mi pija, mientras atiendo tus pechos”.

    Es lo que hice, con lengua y manos, dedicado a esos globos deliciosos, sorbiendo, mordiendo apretando y retorciendo, haciendo alternancia entre leve dolor y caricia placentera. Los gemidos y sus manos en mis nalgas incrementando la presión entre los sexos me hicieron levantar la vista, para encontrar su cara desencajada, el cuello tensado y la cabeza volcada hacia atrás.

    – ¡“Las tetas, las tetas, apretalas fuerte que me corro, más, más, estoy acabandoooooo!”

    La laxitud de su cuerpo, confirmada por el relajamiento de sus facciones, me hizo pensar que el placer alcanzado había sido enorme, y me sentí feliz por ella, pero más deseoso aún de gozar en su interior. Tras corto lapso abrió los ojos mirándome con expresión de ternura.

    – “No hiciste intento de besarme”.

    – “No, no lo hice. Muchas personas le otorgan al beso una carga amorosa bastante mayor respecto del simple deseo sexual, y por eso no quise entrar en un terreno que pueda tener vedado. Prefiero pensar que permanece dentro de lo posible antes que enfrentar una negativa.”.

    – “Me cumplirías un deseo?”

    – “El que quieras”.

    – “El próximo orgasmo quiero sentirlo con tus labios cubriendo los míos mientras chupo tu lengua y, si es posible, sintiendo tu leche inundar el fondo de mi vagina”.

    – “Entonces tendremos que coordinarlo porque estoy en estado de explotar. Permitime que te prepare”.

    Ella seguía en el sillón recuperándose del orgasmo. Las nalgas en el borde, apoyando hombros y cabeza en el respaldo. Las piernas abiertas, tapadas por la falda que caía entre las dos, fue el espacio elegido para ubicarme de rodillas, mientras sus facciones relajadas contemplaban el movimiento de mis manos corriendo hacia arriba el ruedo. El desplazamiento de la prenda fue lo suficientemente lento para ir besando, alternadamente, la piel descubierta de cada muslo. Cuando hizo su aparición la bombachita, también blanca, hice que cada rodilla tocara un hombro para que mis labios pudieran hacer atrás lo que antes habían realizado delante. Esta parte de la caricia la recibió con el cuello sobre un apoyabrazo, la cabeza volcada hacia atrás, con ojos cerrados y boca abierta.

    Me di cuenta que mi boca había conseguido la maduración conveniente cuando sus manos en mi nuca parecían querer introducirme en la vagina. Después de beber con deleite sus jugos levanté la cabeza.

    – “¡Por qué parás!”

    – “Porque tengo que cumplir tu pedido. Me voy a sentar para ubicarte a caballo de mis piernas. Tenés que coordinar la penetración de mi miembro en tu conchita y de mi lengua en tu boca”.

    – “Ni loca, quien mucho abarca poco aprieta. Primero voy a deleitarme con cada milímetro de pija que vaya entrando, y lo voy a disfrutar más, viendo tu esfuerzo por no correrte. Recién cuando comience mi orgasmo te comeré la lengua”.

    – “No te conocía esa vena de maldad”.

    – “Yo tampoco, pero es una delicia tenerte en mi poder”.

    – “No quiero acabar dejándote a mitad de camino”.

    – “Abandonate, estoy igual que vos, déjate ir que seguro te acompaño”.

    Así fue. Apenas entrada la cabecita comencé las palpitaciones, expulsando semen mientras sus músculos producían contracciones semejando un ordeñe. La recuperación del esfuerzo la hicimos en la misma posición. Ambos agotados de tanto placer.

    Una semana después me llamó.

    – “Estás en tu casa?”

    – “Sí señora”.

    – “Por favor, dejá entornada la puerta, ahí voy”.

    Me senté a esperarla en el comedor de frente al ingreso. En menos de cinco minutos empujó, entró, cerró con llave y apoyó su espalda contra la puerta. Me acerqué atrayéndola hasta tenerla pegada y con su cabeza en mi hombro. Esa postura me permitió recorrer desde la oreja hasta la base del cuello con besos cortos mientras mis manos se movían por la espalda, las nalgas, los costados y su entrepierna.

    – “Esto no está bien, pero no tengo fuerzas para sobreponerme. Estoy loca de deseo. Las ganas de sentir el placer que sabés darme me han desequilibrado”.

    – “Somos dos los descontrolados”.

    Me arrodillé y, mientras levantaba el ruedo del vestido, besaba sus muslos blancos. Al llegar a su pelvis la hice tomar el vestido para tener mis manos libres y acariciar su sexo que se ofrecía desnudo. Mi boca ocupó el lugar de las manos y en poco tiempo sus quejidos aumentaron de volumen preanunciando el orgasmo. La tuve que sostener para que no cayera al suelo.

    En brazos la llevé hasta la mesa acostándola de espaldas.

    – “Así quiero tenerte para disfrutar observando tu placer”.

    La deslicé hasta que sus nalgas quedaron al borde y llevé sus rodillas a tocar los hombros. La penetración me llevó su tiempo, pues cada gesto, cada sonido, cada movimiento de párpados, ocasionaba una detención para disfrutar el instante. Llegado al fondo siguió el retroceso y así varias veces hasta que habló.

    – “Ahora, ahora hasta el final, las tetaaaas apretalas fuerteeee, acabo, acabooooo”.

    Imposible frenar mi corrida, así que la acompañe derramando toda mi leche en el conducto que tiernamente me acogía. Cuando vi que se estaba reponiendo la cubrí ayudándola a levantarse. Cuando volvió del baño ya arreglada tomó su teléfono para hablar con don Manuel.

    – “Hola querido, me dijiste que te llamara diciéndote cómo estaba. Estoy bien y satisfecha. Corporalmente disfruté, pero anímicamente disfruté más porque él es obra tuya. En todo momento se condujo con la nobleza que vos le inculcaste. Gracias mi amor “.

    – “¿Está bien don Manuel?”

    – “Seguro que no, aunque lo calle. Estas cosas siempre duelen. En este caso, la profundidad de su amor por mi probablemente atempere el dolor”.

    – “Espero que esto no me aparte de su afecto”.

    – “Seguro que no. Ahora deseo reunir fuerzas para no llamarte de nuevo ni venir acá. Manuel es el amor de mi vida y no pienso agregarle más dolor al que ya sufre por la enfermedad”.

    – “Te entiendo y creo que tenés razón”.

    Me despedí de ella con un abrazo de sincero afecto, apartándome de inmediato, pues si lo prolongaba seguramente el cuerpo me hubiera traicionado.

    Mis reuniones con las dos señoras amorosas siguieron sin alteraciones. En una de ellas con Claudia tuve que hacer un buen esfuerzo para permanecer impasible.

    – “Ayer salimos a tomar el té con Cecilia”.

    – “Qué bueno, y cómo anduvo la reunión”.

    – “Hermosa. Por supuesto, ni ella ni vos lo van a aceptar, y está perfecto que permanezcan callados. Pero la cara radiante de mi amiga indica claramente que está muy bien cogida. De ahí, a concluir que vos sos el responsable, resulta más sencillo que obtener cuatro sumando dos más dos. Como los quiero a ambos esta es la primera y última vez que toco el tema, sean felices. Ahora vení y haceme explotar de placer como sabés hacerlo.

    La enfermedad de don Manuel progresó mucho y eso lo obligaba a permanecer en cama. Algo más de un mes de la segunda y última reunión con Cecilia, el patrón me mandó llamar. Fui de inmediato y cuando me hizo sentar al lado del lecho se me encogió el corazón ante el color ceniza de su piel, que se apreciaba pegada a los huesos. La expresión de su cara era de afecto para conmigo y eso mitigó mi tristeza. Después de charlar sobre temas diversos habló sobre lo que yo temía.

    – “Hubo algún inconveniente entre vos y Cecilia, o tuvieron alguna diferencia?”

    – “Ninguna señor”.

    – “Qué raro, ayer le pregunté cómo andaban las relaciones y me dijo que no le interesaba reanudarlas. José, siempre fuiste transparente para mí. Qué pasó?”

    – “Señor, usted es el único con quien puedo no observar la norma de reserva que me enseñara. La segunda vez que nos reunimos, su señora dijo que iba a juntar fuerzas para no verme más, porque su marido era el amor de su vida. Y lo cumplió”.

    – “Ves José, porqué la quiero tanto?”

    – “Sí señor”.

    – “Me harías un favor enorme?”

    – “Delo por hecho señor”.

    – “Estoy seguro que no me queda mucho tiempo. Cuando ya no esté, los buitres se van a pelear por Cecilia. Una mujer joven, sin compromiso, hermosa y con plata es un manjar sumamente apetecible. En la medida de tus posibilidades cuidala. Cambiemos de tema. Cómo te va en ese trabajo poco común que tenés?”

    – “Bien, ambas señoras son un encanto”.

    – “A los dos maridos los conozco bien y desde hace mucho. Se pelean a ver quién es más putero. Gastan fortunas en mocosas a las que sólo les interesa su dinero. Me parece muy bien que ambas esposas gasten algo en procurar lo que en la casa no encuentran. Haceles perder el sentido de tanto placer, lo merecen. Visitame cada tanto”.

    Cumplí con su indicación de visitarlo, aunque no muchas veces, pues al poco tiempo falleció. Dos días después de las exequias nos citó a su estudio el abogado de don Manuel, quien muy previsoramente había puesto todo a nombre de su esposa evitando los largos y costosos juicios sucesorios. La gran sorpresa fue recibir los papeles que me acreditaban como propietario de la casa habitada por mí y del taller de costura. Pero eso no fue lo más importante, lo simplemente maravilloso fue recibir el abrazo de Cecilia diciéndome cuanto se alegraba de la decisión de su esposo.

    El proceso de recuperación llevó el tiempo lógico de quien pierde a un ser muy querido, compañero de toda la vida. Poco a poco fue regresando a las reuniones con sus amistades con esporádicas salidas a tomar el te o comer. Yo fui el favorecido en un almuerzo dominical. El sábado siguiente aceptó mi invitación a cenar y dentro de la charla distendida y agradable, cuyo propósito era mitigar su soledad, me soltó una bomba.

    – “Ayer me habló por teléfono uno de los socios de Manuel que alguna vez lo frené por insinuarse. El pretexto de la llamada era saber cómo estaba, pero realmente tenía otro motivo. Sus palabras fueron <Te vi almorzando con un empleado de su esposo. Debieras elegir mejor>. Le di la razón en cuanto siempre se puede mejorar y, sabiendo la respuesta, le pedí que me avisara cuando supiera de algo superior. Por supuesto me dijo que él estaba disponible. Querés saber mi contestación?”

    – “Encantado”.

    – “Le dije que en estos momentos su altura estaba al nivel de tus zapatos, que cuando estuviera por llegar a los tobillos, después de tiempo y esfuerzo, me avisara y ahí hablaríamos”.

    – “No sé qué decir”.

    – “Ni falta que hace. Me ayudarías a concretar una travesura nueva para mí?”

    – “Con todo gusto”.

    – “Por favor, llevame al orgasmo con tus caricias”.

    Mientras hablaba tomó mi mano llevándola, debajo del mantel, al centro de sus muslos descubiertos, pues el ruedo de su falda estaba casi en la cintura.

    – “Me dejás guiarte?”

    – “Encantado”.

    – “Apretame los labios como si quisieras cerrarlos y llevarlos hacia arriba, luego abriéndolos hacia abajo. Así. Más, que de esa manera el botoncito va a asomarse saliendo del capuchón. Seguí que es una delicia, ya me estoy mojando”.

    – “Y yo pienso saborear tus jugos chupándome los dedos”.

    – “De acuerdo, pero no te demores”.

    Volví a acariciar el tesoro que me ofrecía. Esta vez recorriendo con mi dedo medio la divisoria entre los labios deteniéndome algo en el clítoris, que levemente sobresalía. Ese recorrido por fuera terminó cuando ella me forzó a ingresar presionando mi muñeca.

    – “No voy a permitir tu intención de torturarme. Poné la yema de dos dedos en la entrada de la vagina. Ahora yo voy a manejar la acción. Así, en círculo recorriendo el ingreso, aunque mi conchita se muera por ser penetrada. Ya, ya, adentro que me corro. Madre santa, que placer!”

    Después de borrar algunos rastros y habiendo acomodado mi miembro, pedí la cuenta y salimos. Esa noche dormimos en casa. Primera vez en mi existencia que me despierto, al otro día, al lado de una mujer con la que hice el amor. Quedamos en no quemar etapas, que nuestra unión fuera fruto de la natural maduración, y así cada paso tendría proyección de futuro.

    Al día siguiente las llamé a Laura y Claudia pidiéndoles un momento para charlar con ellas pero no por teléfono. Ambas me respondieron que lo harían encantadas pero no estaban dispuestas a quedarse con la intriga hasta el momento de la reunión. Al no tener otra opción les expliqué que me había enamorado, y que me sentía mal conmigo mismo si mantenía la relación que me unía a ellas. Las dos lo tomaron bien, quedando en llamarme. Al rato sonó el teléfono, era Claudia diciéndome que la finalización de esa etapa ameritaba una reunión a todo lujo y sería una cena en un restaurant el sábado a la noche. Más tarde le comenté a Cristina sobre la cena y le pareció muy bien.

    Llegué unos minutos antes del horario convenido y me ubicaron en la mesa reservada con cuatro lugares previstos, lo que me llamó la atención. Si había algo que predominaba en el lugar era el lujo y la distinción. Estaba en esas cavilaciones cuando las vi llegar. Laura abría la marcha y Claudia la cerraba, en el medio Cecilia. Esto sólo podía ser iniciativa de la que venía al final.

    La reunión fue hermosa, distendida, digna de ser recordada. Fiel a su costumbre de romper toda regla Claudia hizo su intervención

    – “Cecilia y José sepan que esta comida es invitación de nuestros maridos. En la cena de anoche les pedimos permiso para pagar con la extensión de sus tarjetas de crédito. A vos amiga te conocen, pero cuando supieron que venía un hombre quisieron saber de quién se trataba. Yo respondí que era el macho que nos atendía cuando ellos estaban ausentes. Con la tranquilidad del que se cree irremplazable mi esposo preguntó si era alguien conocido. Respondí que sí y le dije tu nombre. Sabés cuál fue la reacción de estos dos inconcientes?”

    – “Ni idea”.

    – “Largaron una carcajada y después alabaron nuestro sentido del humor”.

    Inevitablemente lloré de risa.

    Ya consumidos los postres trajeron champaña para el brindis. Los motivos fueron variados en torno de la leal amistad, no faltando la intervención ingeniosa de quien llevaba la voz cantante.

    – “Mi brindis es por la desgraciada que se apropió de nuestro macho. José, por favor, alguna vez, en nombre nuestro, dale placer doloroso para que aprenda”.

    Yo levanté la copa, sin mover un músculo de la cara, con la vista fija en algún punto del espacio y diciendo interiormente <Gracias Dios mío por tanto bien gratuito>.

  • Infiel por curiosidad

    Infiel por curiosidad

    Si bien intento relatar mis historias con cierto tono erótico, todas son y serán absolutamente reales. En este caso se trata de una que me dejó un aprendizaje, las mujeres pueden ser tan básicas y elementales como los hombres en sus motivos para ser infieles.

    Durante mis años en la facultad, había una de mis compañeras de estudios que llamaba la atención de todos los hombres. Alta, pelo oscuro, tez blanca, ojos oscuros, lindas tetas de buen tamaño y paradas cuyos pezones solían notarse debajo de su ropa en verano, cintura pequeña y culo parado en forma de manzana, no demasiado grande.

    Fuimos buenos compañeros y yo jamás intenté nada con ella, sabía que varios lo habían intentado sin éxito y ella se declaraba fiel a su novio, con el que estaba desde sus tiempos de adolescente.

    Al terminar la facultad, cada uno consiguió trabajo relacionado con nuestras profesiones pero en diferentes empresas, hasta que con 24 años coincidimos en la misma compañía dedicada a desarrollo de software.

    Solíamos quedarnos hasta tarde y ser los últimos en salir (yo tenía las llaves de la oficina dada la confianza que me tenían los dueños). Teníamos mucha confianza y hablábamos de todo, incluyendo de sexo, por lo cual a veces la cosa se ponía cachonda, pero hasta ahí llegábamos, solo conversaciones y chistes subidos de tono.

    Para ese entonces ella llevaba solo 3 meses de casada y yo estaba hacia un par de años con mi novia de ese momento.

    Fue en una de esas noches de trabajo que ocurrió lo que no hubiera imaginado que podía llegar a pasar.

    Estábamos cerrando las ventanas de las oficinas y escuche que se quejó porque se había trabado la persiana. Desde donde estaba le pregunté “necesitas ayuda? Sabes que podes contar con mis manos para lo que necesites…” usando un tono insinuante que usábamos para bromear en doble sentido. Al mismo tiempo que me dirigía para esa oficina para ver si realmente necesitaba ayuda, ella salía y nos cruzamos en la puerta casi cara a cara, y sin retirarme ni hacer espacio y tomándola por la cintura le pregunté “segura que no necesitas de mis manos?”

    Por primera vez desde que nos conocíamos ella se ruborizó, bajo la cabeza y me respondió “nooo, jajajaja, salí que me pones nerviosa tarado!” pasó haciendo que nuestros cuerpos se rocen y por supuesto la dejé pasar y me reí. Cerramos la oficina y nos fuimos cada uno a su casa.

    Al otro día, cuando la vi entrar, supe de inmediato que lo del día anterior había generado algo. Ella fue a trabajar totalmente arreglada como nunca antes, su maquillaje diferente, su ropa diferente. Llevaba una camisa muy escotada y podía notar muy claramente que no llevaba sostén y un pantalón blanco súper ajustado que jamás le había visto que se encajaba profundo en su culo y le marcaba su vagina por delante.

    Durante todo el día de trabajo se mostró provocativa, cada vez que venía a mi escritorio para revisar algo juntos se llevaba la lapicera a la boca y en varios momentos se inclinó frente a mi escritorio para hablarme lo que hizo que pudiera ver sus tetas colgando debajo de la camisa.

    Cuando se hizo tarde y nadie más quedaba en la oficina, le dije si no me ayudaba a revisar algo. Ella se aproximó, se colocó junto a mi, muy pegada y jugado con la lapicera en su boca me dijo “seguro que querés revisar algo en la compu?” O lo que ya sin dudas de lo que ella quería (y yo también), le dije, “si, quiero revisar este escote” dirigiendo mi mano derecha por debajo de su camisa a sus tetas.

    No hubo resistencia alguna y mientras masajeaba sus tetas y jugaba con sus pezones nos besamos apasionadamente.

    Que hermosas tetas tenía!!! Eran de piel suave, firmes, exuberantes, pero no enormes y sus pezones estaban muy duros. Sus labios carnosos hacían que los besos fueran aún más excitantes. No tardamos nada en pararnos. La llevé contra la pared, abriendo su camisa mientras ella agarraba con fuerza mi pija totalmente dura por sobre el pantalón.

    Comencé a chuparle las tetas, pasaba con mi lengua y mi boca de una a otra dejando totalmente mojadas con mi saliva y las masajeaba. Fui bajando lentamente besando su vientre plano mientras desabrochaba su pantalón y ella se metía sus dedos en la boca. Se lo baje al mismo tiempo que su tanga diminuta y comencé a chuparle la concha.

    La tenía empapada, pude sentir el olor a sexo ni bien bajé su pantalón y sus flujos me empaparon la cara mientras le introducía la lengua y jugaba con su clítoris saboreando su sabor dulzón. Terminó de sacarse del todo el pantalón y pude apreciar ese cuerpo de tremenda hembra totalmente desnudo.

    Ella bajó e hizo lo mismo conmigo. Tomó mi pija que estaba dura como un garrote, venosa, babosa y pegando saltos de la excitación y se la metió de una en su boca completamente!

    Era una maestra del sexo oral, se la metía hasta el fondo, me pajeaba en su lengua, en sus labios y en su nariz mientras olía profundamente, se pegaba en su cara con mi pija y se la refregaba con vehemencia jadeando como puta y diciéndome lo mucho que le gustaba chupar pija.

    Cuando sintió que estaba por acabar se la metió toda en la boca y comenzó a succionar agarrándome de mis glúteos y haciendo que la coja por la boca.

    Le avisé que iba a acabar dentro de su boca y ella solo siguió haciendo el mismo movimiento y asintió con la cabeza.

    Me sentí vaciar de leche en su boca, no dejaban de salir fuertes chorros de semen dentro de su boca y ella continuaba igual trabando todo lo que salía.

    Apenas la sacó la olió profundamente, le dio un par de lengüetazos y me dijo “me encanta la leche, y el olor a sexo, déjame seguir”

    Me masturbo en sus tetas y la chupaba mientras me miraba a los ojos, lo que hizo que ni siquiera terminara de ponerse totalmente flácida que ya se volvió a poner durísima muy rápido.

    La hice pararse y la llevé al baño. La senté sobre el lavabo y me dispuse a chuparle bien la concha. Estaba decidido a regalarle un orgasmo primero para después garchar.

    Ella abrió sus piernas a 180 grados subiendo también sus pies a la mesada del lavabo y apretó mi cara bien fuere en su concha mientras yo jugaba también con mis dedos en su ano.

    Comencé a con solo un dedo pero vi que lo tenía dilatado por lo cual llegué hasta 3 dedos con los que penetraba su culo con fuerza, los metía y sacaba con velocidad hasta pasada la segunda falange (casi todo digamos) y tomaba todos su fluidos. Pocas veces había visto una mujer mojarse tanto durante el sexo. Chorreaba jugos vaginales, los cuales empapaban mi cara y goteaban junto con mi saliva en el piso.

    Sus gemidos eran profundos y continuos hasta que comenzaron a acelerase y hacerse más agudos y no tardó mucho en tener un tremendo orgasmo, con todo su cuerpo temblando y sus piernas cerrándose a los costados de mi cabeza mientras seguía sosteniendo mi cabeza casi ahogándome en su concha y con mis 3 dedos profundamente metidos dentro de su ano.

    Yo no podía más de mi excitación y ella me pidió en forma desesperada “garchame, por favor garchame ahora, dame duro”.

    La bajé del lavabo, nos besamos apasionadamente ya con ambos cuerpos desnudos, podía sentir la firmeza de sus tetas y la dureza de sus pezones contra mi cuerpo y ver ese espectáculo de culo en el espejo. La giré, ella apoyó sus codos en la mesada del lavabo mirando hacia el espejo y yo desde atrás la penetré de una hasta el fondo y comencé a bombear con fuerza como si fuera un animal.

    Ella ponía sus dedos en sus labios con su boca entreabierta y mientras jadeaba se miraba y me miraba al espejo y no dejaba de decir “ay no, que cara de puta que pongo y que cara de degenerado pones vos al garchar” y me pedía que le diga cuan puta era.

    Garchando a semejante hembra yo era lo más parecido a un animal desesperado por sexo. Gruñía, la agarraba con tremenda fuerza de sus caderas y empujaba con todas mis fuerzas en cada embate y bombeaba lo mas rápido que podía. Ella estaba totalmente entregada y se abría toda para mi.

    Tuve un momento de duda cuando recordé que no me había puesto profiláctico y ella lo notó. No llegué a decir nada, ella solo pidió “no pares, por favor no pares, garchame como puta bien fuerte como hasta ahora que acabo, llenamos de leche”.

    Eso me terminó de desconsolar. Le di mas fuerte que nunca, viendo como ella se metía sus dedos en la boca le dije las guarradas mas guarras que pudiera imaginar y la trate como puta mientras la hacía arquearse hacia atrás tirando de sus pelos y haciendo que sus tetas se vieran en el espejo bambolear ante cada penetración y agarraba sus caderas con la otra casi hundiendo mis dedos y uñas en su piel.

    Cuando sentí su contracción y su concha apretó mi pija, la dejé bien adentro y eyaculé al tiempo que ella tenía su orgasmo chorreando fluidos vaginales en el piso y con sus piernas temblando y gritando como puta.

    Totalmente exhaustos, nos lavamos como pudimos ya que no había ducha.

    Ella tenía que volver con su marido y yo había quedado en ver a mi novia (no eran tiempo de celulares aún) pero antes de que nos despidamos se dio el siguiente diálogo:

    Yo: “Disculpa pero no puedo no preguntarte esto”

    Ella: “Que me querés preguntar?”

    Yo: “me consta que muchos en la Facu lo intentaron con vos y ninguno tuvo éxito y siempre dijiste ser fiel. Que fue lo que te hizo querer garchar conmigo a 3 meses de casarte? No es que me considere feo pero convengamos que no soy un potro famoso de película”

    Ella: “no te enojes, aparte de que tenés buen lomo, la verdad, sentía curiosidad, solo eso. En mi vida solo había estado con mi esposo. Hacemos de todo, si, pero solo estuve con él y quería saber como era con otro hombre y ayer cuando nos cruzamos en la puerta e hiciste el chiste ese, me mojé toda, me fui tan empapada a mi casa que tuve que ir inmediatamente al baño cuando llegué a masturbarme y limpiarme y cambiarme la bombacha”

    Yo: “mmm interesante, creo que aprendí algo de las mujeres hoy, jajajaja, gracias por la respuesta honesta, garchas espectacular, sabélo”

    Por supuesto que seguimos siendo amantes hasta que quedó embarazada y aun estando embarazada tuvimos algún que otro encuentro sexual, pero mantuvimos nuestra amistad y nunca sentimos culpas o remordimientos aun compartiendo salidas con nuestras respectivas parejas, yo me llevaba bien con su marido y ella con mi novia.

  • La sorpresa de mamá

    La sorpresa de mamá

    Era verano y estaba de vacaciones, a mis 18 años, no tenía nada más que hacer, que estar en mi casa encerrado con mi madre por la cuarentena. Mi madre era una mujer alta de tez blanca y de buenas tetas y sobre todo un gran culo que acompañaba de unas buenas caderas. Me calentaba un montón ver a mi madre caminar y mover eso. Nunca supe de mi padre, siempre recuerdo haber vivido solamente con mi madre, pero notaba que algo en el cuerpo de mi madre.

    Una noche pasaba por el baño y escuché que se bañaba, la curiosidad y la calentura me hizo entrar silenciosamente y vi un silueta de una mujer muy sexy, eso me excitó demasiado y empecé a grabar con mi celular, en eso veo que mi madre se da la vuelta y se pone de perfil, no podía creer lo que veía, algo colgaba entre sus piernas, será posible? Mi madre es una trans?

    Esa noche no podía dormir, ya eran las 2 de la mañana y se me ocurrió Ir donde mi madre, fui y la encontré durmiendo con una pijama muy pegada al cuerpo, me acerqué a ella lentamente y no pude resistirme tocar una teta de ella, no importaba nada más, recordé a lo que vine y empecé a bajar poco a poco el pantalón de pijama de mi madre, ya estaba por ver lo que tenía y mi madre se despierta, me mira y yo la miro, no sabía qué hacer y salí corriendo hacia mi cuarto. A la mañana siguiente baje a desayunar y mi madre estaba sentada esperando para hablar.

    -Buenos días madre

    -Buenos días hijo, quiero hablar por lo de ayer y preguntarte que es lo que viste o piensas para hacer eso?

    -Madre, lo que pasa es que en la ducha vi que tenías algo entre las piernas, no dejaba de pensar en sí mi madre es una trans o si soy adoptado.

    -Hijo… Sabía que iba a llegar este día, pero no tan pronto, te tengo que decir la verdad. Soy trans, pero eres adoptado.

    -No te creo, no creo que seas trans, me estas bromeando por lo que hice ayer.

    -No hijo, no es una broma y ya no aguanto guardar este secreto, me incomoda tener guardada mi verga.

    -Como?!!! Madre por favor que dices?

    -No me crees? Pues mira

    Mi madre se desabrocho el pantalón y se lo empezó a bajar, en eso vi salir de entre sus piernas una gran verga, no lo podía creer mi madre tenía una gran verga y eso me excitaba más.

    -Qué te parece hijo? No te mentí. ¿Es más grande que la tuya? Jajaja

    -Bueno madre, la verdad es que si

    -La quieres tocar?

    No sabía que responder frente a esa proposición, estaba tan excitado que me acerque a ella y le toque la verga, sentí como gimió mi madre, tocar esa verga era como tocar un pedazo grueso de carne.

    -Ya veo que te gusta hijo, pensé que no, si deseas lo puedes meter a tu boca.

    -Está bien

    Lo agarre y me lo metí a la boca, no entraba y encima cada vez se podía más duro y grande, me llenaba completamente la boca, pero estaba tan excitado que no quería que terminara esto. Me lo saque de la boca y me fui por sus testículos, los lamí y también me los metí a la boca.

    -Ayy hijo mío!! Como te gusta mi verga, estas a punto de hacerme venir.

    Agarre su verga y me la metí nuevamente a la boca.

    -Madre estoy listo

    -Hijo no se habla con la boca llena, ahora te voy a dar tu lechita como desayuno.

    Eso me excitó mas y después de hacerle una buena mamada sentí como me inundaba la boca con su leche, quería sacarla, pero me sujeto y no me dejó.

    -Hijo te tienes que tomar hasta la última gota y me tienes que enseñar la boca.

    Me lo tome por completo y me enseñe mi boca limpia y vacía.

    -Mami ahora que hago yo con la mía?

    -Ya se, algo que nos gustara a los dos.

    Sujeto mi verga como si sujetará mi brazo y me llevó a la sala, se desnudó por completo y me dijo que me quite la ropa, mientras me quitaba la ropa veía su cuerpo, sus hermosas tetas y ese culo que entre sus nalgas colgaba su verga después de exprimirla. Me tomo la verga y se la acercó a la cara y me empezó a mamarla, después de eso me dijo que vaya por el lubricante y que lo eche por todo su culo, fui por el lubricante y me lo eche en mi verga, la mayor parte fue a su culo, estaba totalmente lubricado.

    -Dale hijo métemela, no es lo que querías? Me estuve preparando para este momento.

    Sujete mi verga que estaba muy dura y se la metí, el placer era demasiado, sentía como sus testículos rebotaban contra los míos, cada vez embestía más fuerte el culo de mi madre y ella gemía más fuerte.

    -Ay hijo de puta que rico coges, dame nalgadas, cógeme como tu perrita hijo.

    -Toma todo dentro de tu culo madre, eres mía, mi única perrita que voy a coger

    Mi primera vez en meter mi verga y era en el culo de mi madre.

    -Madre ya no aguanto, me vengo madre

    -Dale hijito córrete dentro de mami.

    No aguante mas y me corrí dentro de ella, me quedé encima de ella sin sacar mi verga, después de estar un rato arriba de ella dándole besos y nalgadas y cuando mi verga se puso flácida la saque y vi como salía mi leche de su enorme culo. Ella se paró y vi como su verga estaba erecta, se apoyó en mi, sentí como su verga estaba pegada a mi vientre y sus testículos en mi verga, me dio un beso y me dijo que me esperaba en su cuarto porque ahora le tocaba a ella. Al escuchar eso mi verga se empezó a para y vi como ella subía las escaleras a su cuarto de manera de dual y provocativa, se dio la vuelta y agarrando su verga me dijo que tenía ganar de llenarme.

    Me metí a la ducha a bañarme para ir donde ella, al salir me seque y solo me puse mi bóxer, fui a su cuarto, toque la puerta y pase adentro, al verla me excité demasiado y sentía como me palpitaba la verga y tenía ganas de sentarme sobre ella.

    Con su enorme verga y una mirada sensual me dijo:

    -Hijo bájate ese bóxer y siéntate aquí con un poco de lubricante

    -Espera mamá, tengo que mamar esa verga antes.

    -Está bien hijo, metete la en la boca.

    Me la metí a la boca mientras me quitaba el bóxer y mi madre con su mano empezó a masturbarme, con mi otra mano cogí sus testículos y los movía de un lado a otro.

    -Suficiente hijo, te quiero sentado aquí encima.

    Me eché lubricante en la cola y en su verga, la agarra con las manos y me subí encima de ella, dirigí tu verga a la entrada de mi cola y me fui sentando poco a poco, me dolía al principio, pero Luego me empezó a gustar y comencé a saltar en su verga, cada salto era más fuerte, ella solo gemía de placer.

    -Ay hijito mío que apretado lo tienes, haces que mi verga se vuelva loca dentro de ti, quiero cogerte todos los días y que me cojas tú también, ambos en la sala, cocina donde tú quieras amor.

    -Claro que si mami, tu leche será mía y la mía tuya.

    Ella dio un fuerte gemido y empezó a venirse dentro de mi, sentí como me llenaba, me quería levantar e irme, pero ella me sujeto y no dejo que su verga salga de mi colista, me hizo lo mismo que le hice yo, no tenía otra que darle besos y chuparle las tetas, de tantos besos ella por fin sacó su verga y sentí como su leche bajaba por mis piernas.

    -Hijito quiero que me la metas, pero en la sala

    -Está bien mami

    -Pero métemela ahora, aquí en mi cuarto y sin sacarla llévame a la sala.

    Se la metí nuevamente y comenzamos a caminar hacia la sala, lo más difícil era bajar más escaleras, una vez abajo la eché en el sofá y comencé con el mete y saca.

    -Ahora mi turno hijo.

    -Está bien mamá, todo tuyo mi culo.

    Agarro su verga y me la metió rápidamente, di un gemido fuerte por eso, y ella también comenzó con el mete y saca. En eso alguien empezó a abrir la puerta de la casa, quería esconderme rápidamente, pero mi madre me sujeto fuerte y empujó su verga hasta dentro como si metiera una llave a una cerradura.

    -No vas a ninguna parte sin conocer a quien te dio a luz y va a ver como es penetrado por quién la embarazo, ambos tienen el mejor culo.

    En eso abre la puerta por completo y veo entrar una mujer también alta, pero con unas tetas más grandes que la de mi madre trans, me miró y dio una sonrisa sensual y cómplice mientras mi madre trans comenzó a cogerme más duro, en ese momento sabía que lo mejor estaba por venir.

    Continuará.

  • Solicitud de trabajo

    Solicitud de trabajo

    Hace algunos años alguno de mis familiares se encontraba trabajando en el gobierno federal, y él tenía un muy buen puesto, por lo que decidí contactarlo vía correo electrónico para pedirle un muy buen puesto y colocarme en alguna dependencia, pasaron algunos meses hasta que por fin contestaron mi correo electrónico pidiéndome datos importantes, un número telefónico para contactarme, dirección, para identificarme como familiar, finalmente me llamaron para agendar una cita, me marco a mi teléfono una señorita muy amable y me agendó para un día miércoles a las 9 de la noche en oficinas al poniente de la ciudad, era un edificio del gobierno, me pedían que tenía que ir vestida de manera formal y que únicamente yo entraría a la entrevista.

    Al día siguiente de agendar la cita le pedí a mi novio que me acompañara, aunque él no entraría conmigo no quería manejar de noche sola de camino a mi casa y de regreso iríamos a pasar la noche juntos, y a pesar que tenía mucho tiempo sin hacerlo con él se lo prometí.

    Por fin llegó el día y la verdad estaba muy nerviosa, sobre qué cosas me preguntarían y si estaría apta para el puesto que demandaba ocupar, llegó la hora de arreglarme puesto que Sebastián pasaría por mí a las 7 de la noche, no sabía que ponerme y decidí ponerme una minifalda negra formal, una blusa color blanca con un saco corto y zapatillas negras, de momento llego Sebastián y me miró con mucho celo, me preguntó que si así me iría vestida, le dije que si, me dijo que podría haberme puesto un pantalón de vestir, así que reaccioné enojada, mientras íbamos camino a las oficinas íbamos muy serios puesto que me había celado y yo me había enojado por qué me había limitado en mi forma de vestir.

    Al llegar a las oficinas solo pude entrar yo, y él tendría que quedarse en el auto, puesto que no había estacionamiento para visitas, al entrar al edificio me anuncié con un guardia de seguridad y fue por mí a la planta baja una recepcionista, subimos por un elevador directo a la oficina donde sería la entrevista al llegar una secretaria me anuncio y la recepcionista regreso a su lugar, hasta que al pasar de unos minutos por fin pasé con el licenciado que me entrevistaría.

    El entrar lo saludé y me pidió que tomara asiento, estaba muy nerviosa por la entrevista, me pidió que me relajara que solo sería una charla y unas cuantas preguntas, el licenciado era un hombre muy bien parecido tendría entre unos 45 años, blanco, cabello corto y castaño claro, ojos claros, me pidió mis papeles de preparación, que le explicara que peticiones tenía para trabajar en el gobierno, que puesto y dónde quería trabajar así como los lazos consanguíneos que tenía con mi familiar. Después de una larga charla, pidió que llevarán café, y estuvimos conversando, él ya me estaba poniendo nerviosa, de pronto hizo preguntas, sobre mi vida privada, si tenía novio y cuáles eran mis gustos, yo ya estaba pensando en mi novio que me esperaba fuera del edificio.

    Al pasar unos minutos se levantó del escritorio, y camino hacia a mi, me tomó de los hombros y me dijo al oído, -estás muy hermosa como para ser de un solo hombre, puedes tener dos o varios hombres comiendo de tu mano y claro, de ti depende si necesitas un buen puesto, no de secretaria sino de ejecutiva o de jefa de área o algo por el estilo, bajó su cabeza y besó mi cuello, tocó mi cintura y yo di un gemido, no puse resistencia alguna, de pronto paso dos sus dedos por mis labios, simulando querer meterme algo más en mi boca, me dijo que si hacía un buen trabajo con él, la siguiente semana estaría trabajando, abrí mi boca y chupé sus dedos, me levanté de la silla y en ese momento se me olvidó por completo el puesto de trabajo y mi novio que esperaba fuera.

    Me tomó de la cintura y arrimó su paquete a mis nalgas, bajó sus manos por mis piernas y levantó mi minifalda, metió sus dedos en mi sexo, besó mi cuello y me volteó hacia él, ya sentía su pene muy duro y me excitaba en cada momento, no puse resistencia era un hombre muy atractivo y sabía cómo seducir a una joven mujer como yo, mientras me besaba, caminábamos hacia un sillón y me aventó hacia él, se colocó frente a mí y saco su pene frente a mi cara, yo al mirar su pene, lo miré a la cara y me dijo mientras golpeaba mis mejillas con su verga.

    -Anda, se ve que eres muy putita, chúpamela y obtendrás lo que quieres…

    De pronto yo quería empezar suavemente pero el arremetió con su verga hasta el fondo de mi garganta, sentí ahogarme, a lo que dije que sería a mi ritmo, y comencé chupando sus bolas y su tronco hasta llegar a su glande, de arriba para abajo de adentro hacia afuera, lo metía y lo sacaba, en verdad lo estaba disfrutando, ese hombre olía tan rico en todo su cuerpo que quería besarlo todo y comérmelo toda la noche, acto seguido me levantó, y me puso en cuatro, me penetro tan fuerte que casi grito, así durante algún tiempo hasta que al sentir que terminaba, me levanté e hice que terminara dentro de mi boca tragándome todo su semen y limpiando su blanco y bonito pene, porque en realidad era hermoso y exquisito, abrocho su pantalón y su camisa, me tomó de la boca y me dijo que la siguiente semana me llamaría para la firma de papeles y la contratación, al final me olvidé a lo que iba y me sentí como una puta contratada por un ejecutivo para satisfacer sus necesidades intersemanales, pero sin nada redituado, al final pasé al tocador a limpiarme y arreglarme.

    Iban a dar casi las 11 de la noche cuando salí del edificio, Sebastián estaba dormido en el coche, así que le dije que me llevará a mi casa, me dijo que teníamos planes y le dije que ya no quería, que me había hecho enojar antes de salir de casa.

    Íbamos con una cara tremenda de enojados y yo me había quedado con muchas ganas, pero no quería hacerlo nuevamente con él, vi su cara de enojo así que traté de darle una recompensa, antes de llegar a mi casa le desabroche el pantalón, bajé a besar y mamar su pene mientas el conducía, yo tocaba mi sexo y gemía mucho para prender terminar mi orgasmo, todo el camino me la pasé chupándole su verga a mi novio, hasta que metió sus dedos en mi sexo y por fin gemí muy fuerte por mi orgasmo y él vació todo su semen en mi cara y limpiarle su verga.

    Al llegar a mi casa, le dije a mi novio que ya no podía más, que ya no quería estar con él, que ya lo había engañado como él lo había hecho conmigo y que no estaba chido estar así, que sería la última vez que nos veíamos, así que al bajar del auto sentí una gran liberación porque a pesar de como terminamos nos habíamos querido mucho, y sobre todo había sido un muy buen amante.

  • Me sigues gustando…

    Me sigues gustando…

    Hace unos ocho años, mi marido tuvo que ir a un congreso internacional llevando la representatividad del colegio al que pertenece y estuvo fuera del país más de una semana. Me escribió una carta señalándome cómo me recordaba cada día. Aunque la carta es personal, le pregunté si la podía poner en este foro. Afortunadamente, el aceptó. Así que: aquí va.

    “¡Qué chichotas!”, exclamo en mi interior al ver cómo te cuelgan las grandes tetas que muchísimo te hemos chupado y magreado tanto.

    Te tomo una foto y me preguntas para qué la quiero. “Para masturbarme viéndola”, te contesto y te quedas callada y sorprendida con mi respuesta. Me acerco y al oído te cuento cómo me siguen gustando tus chiches y cuántas veces me he masturbado recordándolas, “pero ahora las veré y recordaré este momento cuando me la jale”, concluyo. (Esta foto la puse en mi portada, cuando se podía hacer.)

    Mientras beso tus mejillas acaricio tus pezones. Tomo una teta y le saco una foto al pezón y lo mamo, después mamo el otro. Sé que no soy nada original, pues viendo tu pecho no creo que a alguno de tus numerosas “parejas” (aunque algunas sólo lo hayan sido por un par de horas) se le ocurriera otra cosa.

    Pasa el tiempo, no me arrepiento de lo vivido. Pero no dejo de pensar que es triste no haber podido convencerte de que fueras discreta. ¿Qué querías probar?

    Tomando un vaso de vino, veo las fotos tuyas y aunque el vino no esté tan delicioso como olía al descorcharlo, sí se me sube muy bien y pienso en tus chiches muy sabrosas, y en el olor y sabor deliciosos de tu vagina cuando llegabas a casa después de hacer el amor con otro. Te imagino ofreciéndole el pecho a quien hoy te ha invitado a su cama, donde acostada te muestras con las tetas escurriendo hacia los costados de tu tórax, resaltando los pezones erizados que invitan a mamarlos. El galán se acerca con la boca abierta para tomar tu ofrenda y tú abres las piernas exigiendo que te penetre mientras mama. Su boca sólo suelta una teta para ir a la otra, pero se mueve sobre ti apretando las abundantes y bellas masas que lo cautivaron. El vino me ayuda a ser espectador pasivo en una imagen que parece tan real que huelo tu perfume vaginal y siento la humedad del sudor que generan, escucho los golpes de la piel que sus vientres suenan como redobles que acompañan los musicales jadeos de su deseo por fundirse. Tú inicias con el tren de orgasmos y él sigue dándote placer hasta que le es imposible contenerse y vierte su semilla en el interior de tu vientre: sientes uno, dos, tres chorros calurosos y recios, y gritan al unísono festejando el clímax de su amistad o amor, según se traten entre ustedes. Al terminar la función y sus exangües cuerpos reposan en acompasadas cacofonías de exhalaciones e inhalaciones urgentes de aire para mitigar el esfuerzo realizado, tomo apurado el resto del vino y, al dejar el vaso, no puedo evitar jalarme el pene mientras miro tu fotografía: me pienso dentro de tu cuerpo, mamando las mayúsculas bellezas que te sirven como anzuelo para atrapar amores, jalo cada vez con más enjundia hasta que explota mi amor por tu recuerdo. ¡Te amo puta, mi Nena!

  • Aventura con la veinteañera del gimnasio (Parte I)

    Aventura con la veinteañera del gimnasio (Parte I)

    Cuando llevas muchos años de matrimonio digamos que las cosas comienzan a ir cuesta abajo en la cama. Siempre he querido mucho a mi mujer, desde que la conocí supe que era la mujer con la que quería pasar mi vida. Es atenta, lista, divertida y mi mejor amiga, pero nos casamos cuando los dos teníamos veinte años y ahora, con casi cincuenta, las cosas no son lo que eran.

    Al empezar a salir las cosas nos iban muy bien en la cama. Tanto Alicia como yo siempre hemos sido muy activos sexualmente y nunca hemos pasado por periodos de sequía… hasta llegar a los cuarenta. No fue algo que notásemos al principio, simplemente se nos fueron apagando las ganas hasta llegar a un punto donde el sexo se volvió monótono, rutinario y desapasionado. Nos tirábamos en la cama los domingos y tras veinte minutos de toqueteos y un par de movimientos dábamos por concluido el tema. Para cuando nos percatamos de la falta de pasión estábamos tan embebidos por la rutina que no pudimos hacer nada por modificarla.

    La falta de apetito con mi mujer nunca ha afectado a mis deseos generales, de hecho, el no poder satisfacerme con ella solo aumentó mi libido. Me pasaba el día cachondo y pensando en todas las cosas que haría a las mujeres con las que me cruzaba, tanto en casa como en el trabajo. De hecho, mi ardor subió tanto que comencé a masturbarme como en mis tiempos de adolescente. Desesperado por reducir mis ganas me apunté al gimnasio para quemar energía y ponerme en forma.

    Digamos en confianza que no fue la decisión más brillante que tuve, aunque sí me puse en forma. ¿Por qué digo entonces que no fue una decisión brillante? Porque me pasaba el día rodeado de jovencitas atractivas, de cuerpos esculturales y con ropa ceñida que dejaba poco o nada a la imaginación. La calentura era tal que tras terminar mis ejercicios tenía que ir a una de las duchas individuales para poder cascármela a gusto, con la imagen de alguna de esas veinteañeras haciendo deporte.

    De entre todas ellas, había una que ocupaba mis fantasías con más fuerza que las demás. Se llamaba Nuria y era todo lo contrario a lo que había sido mi mujer de joven. Alicia siempre había sido rubia, bajita y de piel clara, con unas tetas rellenas y firmes, pero nada del otro mundo y un culo pequeño. Nunca había sido especialmente escultural, pero me enamoré de ella y su personalidad fue suficiente. Nuria por el contrario era una belleza de piel morena y espesa melena negra que normalmente llevaba recogido en una cola de caballo alta y firme. No alcanzaba mi metro noventa, pero sí estaría en un metro setenta y cinco más que aceptable. Sus pechos eran firmes, grandes y turgentes, su cintura estrecha de avispa, nalgas redondas y elevadas y piernas bonitas y bien torneadas.

    Solíamos coincidir ya que ambos íbamos al gimnasio por la noche. Siempre éramos los mismos cuatro gatos a esas horas por lo que terminamos estableciendo algo parecido a la amistad. Nunca pensé en que pasase de ahí, pero poco a poco comencé a quedarme más tarde de lo que debía solo para hablar con ella o acompañarla hasta casa. Era fresca, divertida, descarada y con un punto de malicia que me volvía loco. Además, la ropa ceñida que siempre usaba sumado al calor de su cuerpo juvenil y prohibido la volvía tan irresistible que al volver a casa siempre iba con una erección de caballo que no bajaba hasta que me masturbaba furiosamente en el baño. La situación llegó a tal punto que los domingos, cuando me acostaba con Alicia, era la cara de Nuria la que veía en lugar de la suya, y solo conseguía excitarme pensando en ella. Eventualmente hasta dejé de acostarme con mi mujer y debo confesar que a ninguno de los dos nos importó. Nos queríamos, pero la pasión había muerto.

    Nuria y yo, por el contrario, parecíamos cogernos confianza a pasos agigantados. Poco importaba que ella tuviese veinte años y yo cuarenta y nueve, quedábamos a tomar un café antes del gimnasio, entrenábamos juntos y después por la noche la acompañaba andando hasta casa mientras ella se colgaba de mi brazo y bromeaba conmigo como si fuese uno de sus amigos más jóvenes. Cada día esperaba con ansias encontrármela en el gimnasio y ya no me cortaba a la hora de mirarla mientras se ejercitaba.

    Los meses pasaron hasta que un día, vísperas de las vacaciones de Navidad, cuando la acompañaba hasta su casa sugirió que pasásemos por un parque cercano a su domicilio. A esas alturas ya solo pensaba en pasar más tiempo con ella, y el ceñido vaquero que se había puesto ese día hacía que verla caminar fuese una delicia, ya que sus nalgas se movían de una forma sensual e hipnótica. Paseamos cogidos del brazo por el parque, se mostraba inusualmente callada y me temí que algo malo pasase o que fuese a afear mi conducta hacia ella, ya que no cesaba de comérmela con los ojos a la mínima oportunidad.

    — Juan Luis… tengo algo que decirte.

    — Bueno Nuria, dime, supongo que somos amigos y tenemos confianza —. Ya estaba convencido de que lo que quería era pedirme que dejase de mirarla como lo hacía.

    — Sé que nuestra amistad es rara, y más por la diferencia de edad, pero… — Hizo una pausa mordiéndose el labio, sus preciosos ojos azules se clavaron en los míos y levantó esa carita de duende. — Creo que estoy enamorada de ti.

    Me quedé en silencio, completamente pasmado. Sí que era cierto que teníamos mucha confianza, pero pensaba que me veía más como a un padre o un tío soltero que como a un posible romance. Me cogió las manos y toqueteó mi anillo de compromiso, haciendo que girase en mi dedo. Miré sus manos en las mías y sentí que una erección se abría paso en mis pantalones, presionando y pulsando. Siguió hablando con voz de profunda tristeza y empezó a sollozar.

    — Entiendo que estás casado, así que no te preocupes, no intentaré nada ni haré nada. No quiero estropear tu matrimonio, así que siempre me portaré como siempre…

    No la dejé seguir. La empujé contra un banco y sentándola en él la besé con pasión. Mi polla presionaba mis pantalones y podía ver sus ojos desorbitados por la sorpresa mientras mi lengua exploraba su boca, dominante, sin dejarla decir nada ni retirarse. Enrollé su coleta en mi muñeca y sosteniéndola por ella mordí sus labios hasta escuchar un gemido y como relajaba el cuerpo bajo mi otro brazo.

    — Nuria, me encantas, me vuelves loco. Amo a mi mujer, pero también me gustas tú. —Asintió poco convencida de lo que la decía, creo que aún algo aturdida por el beso. Acaricié su nuca con mi mano sin soltarla del pelo y la besé suavemente de nuevo. — No quiero mentirte: no voy a dejar a mi mujer, pero si aceptas podemos ser amantes.

    Aguardé sin dejar de acariciarla, esperando su respuesta. Por dentro estaba muy nervioso, pero por fuera me mantenía tranquilo. Había dicho que estaba enamorada y eso a la larga podía darme problemas, pero hacía meses que no tenía relaciones sexuales con nadie que no fuese mi mano y la verdad es que no podía pensar en esas posibles consecuencias. Solo quería saber si ella aceptaría y en si acabaría teniendo ese cuerpo joven y enloquecedor a mi disposición.

    — Me parece bien… — La chica traviesa había desaparecido momentáneamente, reemplazada por una chica más tímida e insegura que me encandilaba. Me obligué a mantenerme sereno mientras me acercaba más a ella.

    — Nuria, no seríamos una pareja oficial, serías un segundo plato para mí. Tengo familia, mujer, hijos de tu edad, más o menos. No les dejaré por ti, por una aventura. Yo solo busco algo físico contigo. — Sabía que estaba tensando mucho el hilo, pero debía saber hasta dónde llegaríamos de antemano. Un beso era algo inocente, si quería más, debía saber que ella no me traicionaría al no obtener lo que quería.

    — Lo sé, me parece bien aun así. Te quiero.

    No pude contenerme más, volví a besarla y desabrochando el grueso anorak que siempre se ponía en invierno metí la mano dentro de ese interior cálido y apresé uno de sus pechos. Llevaba un grueso jersey, pero no me importó. Bajo la lana notaba sus pechos subir y bajar. Eran más grandes de lo que imaginaba, mi mano no conseguía abarcar toda su teta por lo que la apreté con más fuerza, mientras ella gemía y enredaba las manos en mi pelo. Levanté su jersey y dejé su piel morena expuesta al aire frío, subiendo la mano hasta apresar la carne suave y blanda por encima del sostén de encaje, bajé la copa hasta que su pezón quedó al aire y le acaricié con mis dedos fríos. Notaba su cuerpo temblar por la baja temperatura, pero también por la excitación, mi erección estaba en su punto álgido y tan apretada que me dolía incluso.

    — No sabes cuánto he deseado tu cuerpo, siempre que estás en el gimnasio no puedo dejar de mirarte, de desearte.

    Gimió más alto y esta vez fue su lengua la que exploró mi boca, con ansias. Acostumbrado a un sexo desapasionado y rutinario esto era como acercarse a una hoguera, ardiente y fascinante. Pellizqué su tierno pezón y lo retorcí con suavidad entre mis dedos. Era tan sensible, se erizó y endureció al instante, respondiendo a la excitación y el deseo que ambos sentíamos. Mordisqueé su cuello extasiado e inspiré hondo su aroma para que se grabase en mi mente, con el afán de poder recrearlo esta noche en la intimidad de mi baño.

    — Esta noche me correré gracias a ti, nena. Usaré tu imagen para masturbarme.

    Recuperando su afán travieso se separó de mí y se levantó el jersey aún más, pese al frío. Llevó sus manos a su espalda y soltando el cierre de la prenda consiguió sacarlo sin desnudarse, una habilidad que siempre me ha parecido sumamente erótica. Me tendió la prenda y con los sensibles pechos expuestos al aire gélido sonrió y las agarró, posando como toda una furcia para mí.

    — Sácame una foto.

    Sonriendo como un lobo saqué el móvil y me hinché a sacar fotos de sus pechos perfectos, su cara de zorra y una en la que ella misma pellizcaba sus pezones. Con cierta dulzura coloqué de nuevo la ropa en su lugar y la di un beso mientras caminábamos hasta su portal. Allí nos despedimos como siempre, entre las sombras del parque habíamos tenido intimidad, pero ahora debíamos ser prudentes, sin embargo, cuando me abrazó no pudo evitar susurrarme al oído un “te quiero”.

    Fui hasta casa casi levitando de placer. Por fin se harían realidad todas mis fantasías con esa excitante veinteañera. Nada más llegar fui directo al baño, encendiendo la ducha para crear una coartada de sonido con el agua que caía. Coloqué el móvil donde pudiese ver las fotos de sus tetas perfectas y sacando el sostén me lo acerqué a la nariz para olerle mientras me masturbaba casi con rabia, fantaseando con que la follaba y me la tiraba de mil formas diferentes. Me corrí dentro de las copas del sujetador y en un impulso maligno saqué una foto de la prenda y se la envié por WhatsApp.

    Cuando me estaba duchando recibí un nuevo mensaje. Al abrirlo pude ver una foto que me cortó la respiración y me endureció de nuevo. Nuria estaba completamente desnuda, delante de un espejo de cuerpo entero y con las piernas abiertas. Revelaba un coño perfecto, pulcro y recogido, casi virginal. Se lo abría con los dedos y podía ver como salía de él la humedad. Recibí otra foto y esta era un primer plano de ese coño delicioso, más abierto y con dos de sus dedos dentro. El tercer mensaje era un audio, bajé el volumen y unos deliciosos gemidos llenaron la ducha. Se estaba tocando, pensaba en mi y se tocaba mientras. Era toda una zorra joven y cachonda y aquello me ponía.

    Me pasé los últimos días antes de navidad en una burbuja de felicidad. Ahora solo íbamos al gimnasio día sí día no, aprovechando los días sueltos para subir aún más la calentura en las sombras de los parques de la ciudad donde el frío y la noche bastaban para tener intimidad. Ella siempre parecía dispuesta a enseñarme su joven cuerpo y yo estaba más que encantado de poder tocarla. Todas las noches la enviaba fotos de mi erección y mi corrida, siempre en el sostén que me dio el primer día, y ella me enviaba fotos, vídeos y audios en los que se tocaba, se desnudaba o se penetraba con un consolador rosa que tenía, siempre mirando a cámara sin ningún pudor. Ambos pasamos los días de navidad con la familia. Alicia y yo tuvimos sexo ese mismo día, pero después de haber probado la miel que me ofrecía Nuria las caricias de mi esposa me sabían a hiel y vinagre, aun así cumplí hasta darla un orgasmo. No mentiré, pasé dos días realmente agradables con mi mujer y mis hijos, pero ansiaba que Nuria me mandase esas fotos que ahora eran mi más preciado tesoro. El día veintiséis quedamos de nuevo en el parque de siempre, hambrientos de nuestro contacto.

    — Tengo un regalo de navidad para ti. —Canturreó en cuanto me vio llegar.

    Ese día estaba más bonita que nunca. Vestía un vestido de pana gruesa de color celeste, a juego con sus ojos, con la falda apenas unos centímetros por debajo de sus firmes nalgas y tan ceñido que era un milagro que pudiese respirar, con unas medias de color negro y unos botines negros también. En lugar del grueso anorak llevaba un elegante abrigo negro de lana y una bufanda de punto de color gris. La larga melena estaba suelta y bien cepillada y no llevaba maquillaje.

    — ¿Un regalo? Yo no tengo nada para ti, no tenías que molestarte. Te compraré mañana algo bonito.

    — No hace falta, tonto. Tú has traído un regalo especial contigo también. Sígueme.

    Me cogió de la mano y me arrastró por el parque hasta unos aseos públicos que había en el mismo. Nunca les había usado y dudaba que alguna vez funcionasen ya que un cartel de “fuera de servicio” colgaba de la puerta. Ignorando el cartel Nuria nos hizo pasar y echó el pestillo a la puerta para que nadie más pudiera entrar. Los fluorescentes estaban encendidos, algo que me extrañó mucho ya que se suponía que estaban fuera de servicio. Interpretando correctamente mi expresión de perplejidad se apresuró a ofrecerme una explicación.

    — Yo he puesto ese cartel, aunque es cierto que casi nadie sabe que están en funcionamiento. Pensé que así estaríamos solos para tu regalo.

    Comenzó por quitarse la bufanda y el abrigo, dejándoles sobre la puerta de uno de los cubículos. No sabía qué se proponía, pero la situación bastaba para calentarme. Bajó la cremallera de la espalda del vestido y se quitó lentamente la prenda, dejándola caer al suelo y revelando que no llevaba nada debajo, salvo las medias negras, a medio muslo. Totalmente desnuda salvo por los botines y las medias se acercó a mí, que estaba pasmado y boquiabierto y se arrodilló delante de mi entrepierna, desabrochándome los pantalones despacio y bajándoles hasta las rodillas junto con el bóxer que llevaba, revelando mi erección.

    — Feliz Navidad, Juan Luis. Te quiero. Quiero que me grabes mientras te como la polla por primera vez. Llevo fantaseando con esto desde la foto de mi sujetador lleno de tu corrida.

    — Guao. Nuria, ¿estás segura?

    Asintió con la cabeza y sonrió con esa sonrisa traviesa de zorrilla que siempre ponía. Acaricié su pelo y saqué el móvil desbloqueando la cámara, apunté con él a Nuria y empezando a grabar agarré su pelo.

    — Eres más guarra de lo que suponía. Te gusta ser grabada mientras actúas como una puta, ¿verdad?

    — Sí, me calienta mucho ser tu puta.

    Abriendo esa boca deliciosa se metió mi capullo en ella. Siempre he estado bien dotado, diecinueve centímetros y medio y casi cinco de ancho, pero estaba claro que mi joven zorrita tenía experiencia, porque no se amedrentó por el tamaño. Al contrario, parecía complacida mientras manejaba mi herramienta, lamiendo el capullo y retirando más la piel hacia atrás. Sin pausa alguna empezó a meterla más en su boca, tragándola hasta que su nariz pegó contra los rizos de mi pubis. Levantando los ojos hacia el móvil empujó más hasta que estuvo pegada completamente a mi cuerpo. Mi polla tocó su garganta y sentí su arcada, excitándome más aún.

    — ¿Qué pasa, zorrita? ¿Es más de lo que puedes tragar?

    Agarrando su pelo con más fuerza comencé a follarla la boca, sin piedad, moviéndome con dureza y follando su boca como esperaba follar su coño algún día. Ella me miraba y movía la lengua acariciando mi polla. Mantuve mi polla en su boca hasta que empezó a toser y las arcadas se hicieron más frecuentes y cuando la saqué enfoqué la cámara a su rostro, por el que escurría saliva mezclada con mi líquido preseminal. Hasta caer sobre sus grandes tetas.

    — Coge tus tetas y ponlas alrededor de mi polla, zorrita.

    — Mmmm… Como tú quieras.

    Su mirada era de vicio, era una diosa joven, carnal y entregada al placer. Agarrando sus grandes senos rodeo con ellos mi polla y me la masajeo mientras volvía a lamer el capullo. Su lengua cálida y húmeda rodeaba y frotaba la sensible piel de la punta de mi polla, jugaba con el agujero y lo apretaba, lo rodeaba y me volvía loco. Enredé los dedos en su pelo y la hice comerse todo el capullo, apretando sus pechos entre su boca y mi cuerpo. Movía las caderas deseando follarla la boca nuevamente y ella respondía con gemidos que me encendían más y más.

    — Suelta tus tetas, zorra.

    Las dejó caer y contemplé embobado como rebotaban. Agarré mi polla y di fuertes azotes con ella por su cara. Cada vez que la golpeaba numerosas gotas de líquido preseminal se esparcían por sus mejillas y su pelo, marcándola como la puta que era. La hice una improvisada coleta y sujetándola por ella la metí la polla hasta la campanilla, sin avisar. Sentí su arcada y cómo intentaba toser, pero eso no me detuvo esta vez, moví mis caderas más fuerte en medio de su ahogo. Mantenía sus ojos llenos de lágrimas clavados en mi pero sus manos estaban enterradas entre sus piernas. Se tocaba, se masturbaba, se frotaba y se metía los dedos. Estaba empapada y cachonda y yo solo podía pensar en follarla.

    — Joder guarra, te follaría en este mismo momento, te pondría contra la pared y te reventaría el coño.

    Sus gemidos subían de volumen e intensidad y yo me movía con fuerza. La saliva se la escapaba de la boca por las comisuras, la sentía resbalar por mis cojones y caer hasta sus pechos mientras ella se metía los dedos. No podía verla, pero sabía que estaba empapada y eso solo me ponía más. Me sentía muy próximo al orgasmo, deseaba verla con mi corrida en su cara, en su boca, pensar en eso solo me excitaba y calentaba hasta el límite.

    — Voy a correrme mi zorra, no tragues. Quiero verte como la puta que eres.

    Gemía y noté que asentía conforme. Agarrándola con fuerza sin descuidar el vídeo sentí que comenzaba a largar trallazos de lefa directamente en su boca. Me estaba corriendo como nunca en años, llenando su boca. Parte de la corrida escurría por sus comisuras y la daba un aspecto de zorra increíble. Sacando mi polla de su boca terminé de soltar los últimos chorros sobre su cara de duende. La abofeteé con mi polla y esparcí mi corrida por la cara sin dejar de grabar, resoplando como un toro.

    — Eres una buena zorra, mira a cámara y saborea mi corrida, nena.

    Obediente saboreo el semen en su boca, lo movía de un lado a otro con una expresión de vicio indecible. La di permiso para tragar y ayudándola a ponerse de pie filmé su coño, empapado y abierto lo justo como para dejarme follarla. Enfoqué sus muslos cubiertos de fluidos y como pasé mis manos por ellos hasta su raja.

    — Las zorritas buenas como tú se merecen correrse.

    Sin más aviso metí tres dedos en su coño. Los movía deprisa y acariciaba su clítoris a la vez con mi palma. Gemía y se retorcía apoyada en la pared de los servicios, apretando sus pechos cubiertos de saliva y semen y tirando de sus pezones. Sus dulces gemidos eran música para mi y me aseguraba de grabarlo todo. La besaba en el cuello y la daba sutiles mordiscos entre los besos que la estremecían más. Pellizqué su clítoris y lo retorcí sin parar de grabar. La temblaban tanto las rodillas que sabía que no aguantaría más.

    — Ah, aaah, aaaah.

    Con tres largos gemidos se corrió en mi mano, empapándola. La pasé por su pelo para limpiar parte y la hice lamer lo que quedaba de su propia corrida mientras seguía grabando. Filmé el aspecto de su coño tras terminar y por fin apagué la cámara. Tenía treinta minutos de un video magnífico. Nuria jadeaba agotada pero satisfecha. Su aspecto era el de alguna diosa del sexo, el de la más vulgar de las rameras y también el de la mujer perfecta, al menos para mí.

    — Te he enviado el vídeo, podrás verlo esta noche mientras te tocas de nuevo.

    — ¿Por qué no me has follado? — Su sincera pregunta me dejó descolocado. No pensé que quisiera ser follada en ese mismo lugar, además, yo no había llevado condones y no parecía que ella tuviese tampoco.

    — Porque este no es lugar para eso, quiero follarte en una buena cama, en un sitio bonito. Además, no llevo condones encima, ¿tú?

    — No, pero tomo la píldora. Podemos ir a pelo si tú quieres, estoy sana.

    Joder. Era una zorra maravillosa. Con esas palabras mi polla volvió a levantar por si sola. Hundirme a pelo en ese coño estrecho, húmedo y joven debía ser una delicia, pero decidido a no sucumbir la di un beso mientras la pasaba su vestido y me subía los pantalones.

    — Ahora no, mi regalo de navidad era la mamada. El tuyo será que te folle como la puta que eres. Tengo que salir de viaje de negocios después del día uno. Del dos al cinco. Si tienes vacaciones y puedes venir, te follaré esos días. Hasta podemos organizar algo especial.

    — Les tengo libres. Súbeme la cremallera.

    Iba a obedecer cuando vi el largo del abrigo, apenas un dedo por debajo del vestido. Con una sonrisa salvaje me pregunté si se atrevería a lo que se me acababa de ocurrir. Sosteniendo su delicada cintura la quité de nuevo la prenda y acaricié sus pechos por detrás, frotando sus pezones cubiertos de restos secos de semen y saliva. La puse el abrigo y haciendo una bola con el vestido conseguí embutirlo malamente en una bolsa de la compra que siempre llevaba conmigo para no tener que pagar las del supermercado.

    — ¿Te atreves a ir así?

    Con una sonrisa de suficiencia se atusó el pelo y se lavó la cara en uno de los lavabos. Salió pavoneándose y yo la seguí como un perrito faldero. Antes de sentarnos en nuestro banco de siempre se abrió el abrigo y yo la saqué fotos mientras ella posaba como la diosa fitness que era. Con los botines, las medias, el cuerpo con restos de sexo y desnuda salvo por el abrigo me había vuelto a poner firme. Me acerqué a ella y atando las mangas del abrigo la impedí taparse. A bajo cero era un castigo cruel debido al frío, pero su calentura bastó para que lo soportase mientras la toqueteaba y mordía esas gloriosas tetas. Finalmente la hice la última foto y la dejé cubrirse de nuevo. Se sentó sonriente sobre mi y abracé su delicado cuerpo contra el mío.

    — Vas a necesitar vestuario adecuado para el viaje. Mañana te llevaré de compras. Pasaré a por ti a las siete, ¿de acuerdo?

    — Tengo ropa, no es necesario que me compres nada.

    — Lo sé, nena. Pero te la compraré de todos modos. No sabes cuántas ganas tengo de verte vestida como la puta que eres.

    Pasamos un rato más de relax en el parque antes de que la dejase de nuevo en su casa. Al volver a la mía vi el vídeo completo mientras me duchaba, permitiéndome un señor pajazo en honor de Nuria. Que una chica como esa estuviera colada por mi y tuviese mi mismo nivel de deseo me parecía increíble, pero no iba a cuestionarlo.

    Al día siguiente me encargué de comprar los regalos para reyes con mi esposa por la mañana. Comimos fuera disfrutando de los escasos días de vacaciones que teníamos los dos en común y por la tarde ella fue a visitar a sus amigas. Las cosas entre nosotros eran perfectas, no sospechaba nada y realmente yo no sentía remordimientos, puesto que lo que yo tenía con Nuria era para mi algo meramente físico. Sin embargo, preferí no correr riesgos y protegí los vídeos, fotos y audios dentro del teléfono. Además, escondí las conversaciones con Nuria. Antes de pasar a por ella habíamos estado mandándonos mensajes como dos adolescentes, calentándonos mutuamente.

    A las siete pasé puntualmente a por ella con el coche de empresa, para evitar que alguien pudiese reconocer mi vehículo particular. Si el día anterior había pensado que iba guapa, hoy resplandecía. Maquillada con sutileza sus labios aparecían brillantes y carnosos. Un vestido de algodón de color vino cubría sus curvas y unas altas botas negras ceñían sus piernas hasta la rodilla. Con el mismo abrigo del día anterior y la misma bufanda, se había hecho un complejo recogido en el pelo que dejaba la parte inferior suelta y la parte superior con un trenzado casi de fantasía. Parecía un duende más que nunca.

    Al subir al coche me saludó con un beso tierno y apasionado y acarició mi cara sin afeitar. Arranqué el vehículo e incorporándome a la carretera pasé la mano por su muslo desnudo, subiendo hasta rozar su coño. No llevaba ropa interior. Cachondo por esa circunstancia separé sus labios y metí un dedo en su interior. Estaba seca y soltó un siseo cuando lo hice, pero abrió algo más las piernas y pronto comencé a notar que se mojaba. Conduje fuera de la ciudad, a un gigantesco centro comercial en un pueblo cercano donde pasaríamos desapercibidos. Además, nosotros jamás comprábamos allí y era casi imposible que conociese a alguien o alguien pudiera reconocerme.

    La dejé curiosear por las tiendas del centro y la invité a un reconfortante café caliente antes de hacerla entrar en una tienda cuyos escaparates se encontraban cubiertos por cortinas rojas con luces por detrás. Era una tienda de ropa erótica. Desde lencería hasta conjuntos pasando por los disfraces más cortos y sugerentes. Al entrar la hice quitarse el abrigo y la bufanda y los dejé en una de las taquillas que la tienda dejaba a disposición de los clientes.

    — Ven aquí, ya sé lo que te tengo que comprar.

    La dirigí hasta la sección de lencería donde elegí los conjuntos más reveladores que vi. Me gustaba que fuese sin nada debajo de la ropa, pero tenía pensado grabar más vídeos con ella y esos conjuntos sugerentes la irían de perlas. Después me dirigí a un perchero lleno de ropa transparente. Parecía algo cohibida con esas prendas tan reveladoras, y más cuando elegí todo vestidos ceñidos totalmente transparentes. Rebuscando en la percha encontré uno negro y al ver como le miraba, con esa mezcla entre deseo, picardía y timidez lo añadí al montón. Elegí tacones a juego, todos ellos de aguja y plataformas y por último me dirigí a la ropa de cuero y látex. Un llamativo vestido de cuero rojo, pensado para servir como corsé y restringir los movimientos y la respiración, llamó mi atención de inmediato. Me acerqué a caja con ella detrás y tras pagar elegí un vestido del montón de los transparentes.

    — Ve ahí detrás y póntelo, nena.

    La di una palmada en el culo y sin que ella lo viese reduje la talla del vestido-corsé, de forma que la apretase más cuando se lo pusiera. Cuando regresó sus mejillas estaban rojas y encendidas por la vergüenza pese a caminar con la cabeza bien alta. Ahora vestía un vestido de color verde botella, con una lágrima de tela transparente por delante que dejaba ver perfectamente sus pechos, sus pezones erectos y su coño depilado. Por detrás otro parche transparente con forma de U enseñaba sus nalgas y la raja de su culo.

    — Estás fantástica, nena. Cámbiate los zapatos y vamos —. La tendí unos altos tacones a juego y guardé su ropa y sus zapatos en la bolsa con lo demás. Pareció agradecida por poder ponerse el abrigo y la bufanda y más cuando la agarré del brazo y la di un beso, como recompensa.

    Caminamos por el enorme centro comercial hasta una tienda de electrónica donde compré una cámara de fotos profesional, con un foco incorporado y batería para varias horas. También conseguí un buen micrófono y una webcam con calidad HD. Al ver toda esa tecnología cambió el peso de una pierna a otra, moviéndose como si estuviera frotándose por la excitación. Acaricié su espalda sobre el abrigo y elegí un portátil grande y económico, lo justo para poder editar los vídeos y donde poder guardar todo nuestro material.

    — Aquí podremos tener todos nuestros vídeos a buen recaudo, nena. Le guardaré en mi oficina y nadie sabrá nada —. Delante de ella procuraba no mencionar a mi esposa, pero pareció gustarle la idea de tener esa garantía.

    Volvimos al coche cargados de paquetes. Antes de salir la había comprado un reloj de pulsera de plata como regalo de navidad. Había insistido en que no era necesario, pero sabía que le había gustado el detalle. No me hacía daño tener ese gesto con ella, y más porque pensaba hacerla todo tipo de cosas en la cama en tan solo unos días. Mientras conducía de vuelta a su casa decidí sacar el tema.

    — No creo que podamos vernos casi hasta el día dos, son fechas complicadas.

    — Sí, lo sé, además vienen mis padres a verme esta semana.

    — Por eso voy a ponerte deberes, nena.

    — ¿Deberes? ¿En serio?

    — Eres una zorrita pervertida, yo lo sé y tú lo sabes —. Sonrió de la misma manera que un gato que se ha comido al canario y su cara de duendecillo se iluminó. — Puesto que eres toda una zorrita pervertida, tus tareas será elaborar una lista de fetiches. Está claro que te gusta ser grabada, pero quiero saberlo todo. Y en esos cuatro días que tenemos para nosotros te haré todas las cosas que se pueda y que estén en esa lista.

    — ¿Lo dices en serio? ¿Todas las que ponga?

    — Vamos, no te hagas ahora la puritana. Envíame mañana la lista y compraré lo que nos haga falta. Pienso follarte como nadie lo ha hecho hasta ahora, nena.

    Su cara resplandecía de placer y cuando se despidió de mi con un beso pude ver que su cabecita linda iba dando vueltas a sus “deberes”. Me reí al verla subir a su casa y respirando hondo para relajarme y acomodar mejor mi erección en los pantalones volví a la mía. Estaba deseando que nos fuésemos de viaje juntos.

  • Balseros (VIII): Hormonas traicioneras

    Balseros (VIII): Hormonas traicioneras

    Me desperté sobresaltado y con frio.  Pero no abrí los ojos aun, tenía sed, comencé a balbucear bajito Jaime ¿qué hora es? Jaime, Jaime… Por fin abrí los ojos desorientado, ¡oh! Estoy en Miami. No podía creer que ya hacía casi un año que me había escapado de Cuba en aquella lancha. Eso suele suceder a menudo cuando dejas todo lo que tienes y te lanzas a la aventura. La mía era mucho más audaz, me exponía a un nuevo país, una nueva cultura, y hasta a una nueva vida sexual.

    Luego de notar una erección propia de mis casi 24 años a la hora de levantarse, salí corriendo al baño para vaciar mi vejiga que ya me dolía de tanto aguantar toda la noche. Busqué a Yovany por todo el reducido apartamento, lo encontré vacío; éste no vino a dormir anoche me dije sin menor importancia. El reloj de la sala daba las 6.18 am. Así, sin ropa interior, me puse mi pantalón deportivo y una camiseta que tomé sin mirar en una gaveta, lucia gastada y vieja, pero no le di importancia. Tampoco le di importancia a que; por muy ancho que fuera el pantalón, se me marcaba algo, ahí donde todos siempre miran con disimulo para ver lo que tienes.

    Entonces, salí a correr por el barrio que estaba desierto, era sábado, todo estaba muy tranquilo y oscuro, las lámparas de la calle aún no se apagaban. Cuando trotaba, mi pinga me iba de un lado a otro y me rozaba con la tela, primero lo encontré delicioso porque en verdad no creo recordar nunca esa sensación y luego embarazoso cuando después de unas cuadras de trote, comencé a darme cuenta de que el roce de la tela en mi glande había provocado que mi pantalón luciera como carpa de circo en medio de la calle. Me avergoncé tanto que me fui a sentar y vine a hacerlo precisamente en la esquina de aquella panadería que nos deleitaba con su aroma todas las mañanas y que, hasta ahora, yo no entendía por qué no vendía su pan al público como otras. Esto no es normal, balbuceé, pero luego le eché la culpa a los tantos días de trabajo y poco placer sexual.

    En ese mismo instante sentí olor a cigarro, al mismo tiempo que se abría una de las puertas y sin tiempo a reaccionar tenía casi delante de mí a un tipo alto y fornido con cara de malo de película y un cigarro de medio lado en la boca. ¿Qué haces aquí? casi me gritó; para preguntar luego: ¿Que escondes entre las manos? Yo todavía sentado sin me, al oír el ruido de la puerta, me había tapado mis partes íntimas. En realidad sí escondía algo y era mi erección que no podía controlar en ese momento. Lo miré fijamente como con furia, por la pena que me estaba haciendo pasar y sentí una sensación caliente en la cara entonces supe que me había puesto rojo. El hombre sin quitarse el cigarro de la boca me miró nuevamente y comenzó a reír, había avanzado unos pasos más y estaba justo en frente de mí.

    Yo, que desde hacía algún tiempo, había aprendido a apreciar un buen cuerpo y unos buenos músculos; lo inspeccioné de abajo hacia arriba. Sus piernas, no las pude ver pues las cubría un ancho pantalón blanco aunque las tenía entreabiertas, brazos fornidos y extremadamente venosos, tatuaje estilo presidio en el antebrazo derecho, manos grandes y toscas y un bulto medio pronunciado en su portañuela, su pecho, se parecía al de un torete, abultado y musculoso cubierto por una delicada camiseta blanca, al parecer gastada como la mía en el cual se podía notar abundante y esparcido vello, con unas mangas que cubrían apenas lo que cabía de sus monstruosos bíceps en ellas. Su rostro mostraba facciones árabes con rudeza masculina propias de esa raza y una protuberante y hermosa nariz aguileña, y su piel era bien blanca, aunque hablaba español a lo cubano. Me tendió la mano para ayudarme a incorporarme y yo negué con la cabeza, bajando la misma con pena, tampoco me quité las manos de mi bulto, que se mantenía enérgico luego de ver aquel animal que tenía delante de mí.

    Soltó una carcajada y me dijo: perdóname es que, así entre luces con esa barba a medio salir y tu camiseta gastada te confundí con uno de los drogadictos que de vez en cuando pernoctan por la zona, para luego agregar, tu no estás tan flacuchento ni demacrado como ellos, se te nota por el cuerpo, estas limpio y tu color es normal… por «lo otro» no te preocupes, las hormonas a tu edad son bien traicioneras. Sonreí más calmado y no pude evitar decirle: ¿Cuerpo? cuerpo el tuyo, tienes un pecho que parece el de un toro. Me ofreció una vez más su mano para poder incorporarme mientras se presentaba. Me llamo Ali, y mis amigos en la prisión me decían así mismo «El toro» dijo con una voz muy masculina y sensual y soy mitad cubano mitad árabe, pero mi familia es española, agregó.

    Yo agarré su enorme mano y por fin me puse de pie.

    -Yo creo que estos españoles se han mezclado hasta con Marcianas ¿cómo te llamas?

    -Me llamo Javier mucho gusto.

    Entonces fue cuando sin el más mínimo pudor puso cara de asombro y dijo: eso no se te va a bajar por un buen rato, al no ser que te hagas una buena paja, así que mejor entra porque la gente te puede ver por la calle, dicho eso, botó lo que quedaba de su cigarro y me abrió la puerta cortésmente.

    Me pasó a un amplio salón completamente inutilizado para luego llevarme a uno más pequeño con aire acondicionado y un baño visible.

    Haz lo que tú quieras, yo no estoy en nada, el baño está ahí a la derecha y no te preocupes que yo a tu edad me hacia 3 pajas diarias y ahora que tengo 42 no puedo dormir si no me hago una. Se arregló su bulto sin pudor alguno como antes y agregó: desde que estuve preso en cuba con todos aquellos delincuentes, no veía una pinga tan parada como esa. ¡Ahí sí que se veía todo tipo de cosas! El morbo era extremo, los continuos comentarios sexuales de Ali y el contraste con aquella voz ronca y masculina hacían que mi pinga si tocármela apenas, ya me tuviera todo el pantalón mojado.

    Me quede estático sin saber que hacer. Estamos solos, me dijo; puedes hacer lo que te plazca. Yo no te voy a molestar, tampoco a juzgar. Mi mente voló rápido y en lo único que pude pensar fue en que mi poca experiencia con hombres, ¿y hora que hago? fuera de Rogelio nunca había estado con ningún extraño. Mi ingenuidad de novato no me dejaba entender si lo que este atrevido ex – presidiario me brindaba era confianza de hombre o quería pasar un rato conmigo. Yo había oído historias de violaciones en la prisión y me aterrorizaba la idea de ser violado a mis 23 años. Aunque bien podía imaginarme a ese animal que tenía ante mis ojos, encima de mí, haciéndome el amor con permiso previo. Entonces, la erección que ya estaba bajando, volvió a aumentar por culpa de mis morbosos pensamientos. Oí una vez más que me decía con voz firme y segura: No tengas miedo que aquí no va a pasar nada que tu no quieras para luego repetirme: te dije que yo no estoy en nada, y se paró en frente de mí. En realidad no sé qué quiso decirme con eso, pero con la calentura que yo tenía en ese momento, eso me sonó como a… llénate de valor y acaba de mostrarme todo lo que llevas.

    Me quité la camiseta, el pantalón y hasta los zapatos y le deje ver al fin todo mi cuerpo ante su asombrado rostro, y comencé a jugar con mis tetillas mojándome la punta de mis dedos con mi propio lubricante que chorreaba desmesuradamente, mientras me apretaba la pinga con la otra y de vez en cuando me jugaba con mis bolas. Eso tiene que haberlo excitado, porque se quitó su camisa rápidamente y se aflojó el cinto para agregar en tono de burla: ¡vaya! si el niño me va a dar un show privado y todo. Sonrió y dejo caer sus pantalones, sin dejar de mirar como yo me acariciaba todo mi cuerpo después del incentivo que él me había dado; quedó completamente desnudo como yo, para luego advertirme: por favor no te vayas a venir ahora; a lo que yo respondí si se me sale, no importa, aquí hay más y señalé mis bolas que parecían de juguete comparadas con las de él. Su pinga, con la excitación y el morbo que reinaba en el ambiente, creció desmesuradamente como de 9 o 10 pulgadas. Me rodeó con sus musculosos brazos y me perdí entre ellos, su pecho me quedo justo en la cara y su pinga en mi ombligo. Me apretó con fuerza y me comenzó a acariciar las nalgas con gestos toscos pero placenteros luego me acarició la espalda y la nuca y sin separarse de mi cuerpo rozaba el suyo y jugueteaba con mi cabello, yo en cambio pasaba mi lengua por su velludo pecho y sentía aquel aroma tan delicioso de hombre maduro y fornido, lamia sus tetillas y hacia con mi boca todo lo que me permitía mi inmóvil posición, cada movimiento que hacía, cada caricia que me daba me excitaba aún más, pasaba su lengua por mis orejas, mi cuello y mis bíceps que yo contraje toda intención para hacerlos notar, me subió los brazos, y los aguanto con fuerza con una de sus manos, lamió mis pectorales y mis tríceps para luego lamer también mis axilas por un buen rato, y chupar mis tetillas, por último se arrodilló y me dijo: ya sé que estas a punto de venirte y se tragó mi pinga hasta sentir su garganta, la chupó par de veces y saboreo todo el néctar que provenía de ella luego paso la punta de su lengua por aquel lugar que ni yo creo recordar haber descubierto nunca en mi glande y que me hizo retorcerme de placer y perder el control de mis acciones, hasta que casi en un susurro le dije: me voy a venir. Entonces se separó rápidamente de mi para poder observar como mi leche salía en potentes chorros y alcanzaba a salpicarle su hermoso pecho. Quedé inmóvil, sin palabras mientras mi pinga todavía se veía roja y mojada. Me arrodillé para limpiar su pecho con mi boca, a lo que el ripostó con voz autoritaria: no es necesario, e hizo un ademan de ayuda para que yo me pudiera levantar del suelo donde yacíamos los dos. Tomó sus pantalones, se los puso y salió disparado a un lavamanos cercano, regresó secándose con una toalla y me dijo muy serio: vístete que en unos minutos llega el ayudante; secó las gotas de leche que habían caído en el suelo con la misma toalla, me extendió mi ropa y me dijo vete al baño y no salgas hasta que yo no te vaya a buscar. Ya allí como que no tenía ropa, pues decidí lavarme la cara y todo lo que me encontré sucio. Luego de unos minutos sentí pasos y corrí a esconderme y cuál no sería mi sorpresa cuando oí dos voces en vez de una en una acalorada discusión.

    La voz más joven decía: a mí no me gusta, yo lo he hecho nada más que para probar. La otra voz era la de Ali que le reprochaba: Si, pero bien que te gustó cuando te metí el dedo, además a mí no me vengas con ese cuento, que yo tengo tremenda calle y ¡tú tienes el culo o roto desde hace rato! Me entró ganas de reírme, pero me controlé para que aquel flaco de ojos color miel claro y piel bastante blanca, no me descubriera; era, al parecer era el ayudante y mostraba tremenda cara de angustia, tenía facciones europeas en la cara y un cabello negro como azabache que coronaba sus sienes. Bueno ¿y a que viene ese deseo de cogerme el culo o ahora? “jefecito” ripostaba el muchacho que tendría mi edad y en verdad, comparado conmigo de» culo» no tenía nada, aunque tampoco era chato. ¡No me digas jefecito que tú sabes que me molesta! Gritó mi improvisado amigo. Además, desde que empezaste el jueguito todos los sábados, siempre he tenido deseos de cogerte ese culo o rico, agregó en tono morboso y se le abalanzó encima, le aflojó el cinto y le masajeó sus nalgas que se perdían en aquellas toscas manos; en realidad mis ojos no podían creer lo que estaba mirando, al mismo tiempo que mi pinga volvía a formar la carpa de circo nuevamente en mi pantalón.

    El «jefecito» inmovilizaba a su ayudante contra el lavamanos y le pasaba la lengua por su cuello y las orejas, le agarraba las manos con fuerza y restregaba su cuerpo en la espalda del contrario; Suéltame le oí decir al flaco, tú me gustas, pero tu pinga es muy grande, eso duele mucho. Hubo una pausa, y entonces Ali, con una sonrisa pícara le dijo: eres un cobarde y siguió: ¿si fuera mas chiquita como de 7 pulgadas me complacerías? A lo mejor…, dijo el otro titubeando un poco, entonces fue cuando sin esperarlo oí mi nombre ¡Javier! gritó Ali: Sal ahora mismo de donde estés; que te voy a presentar a mi ayudante Iván.

    ¡Esto es una trampa! gritó el sorprendido muchacho aunque le brillaron los ojos al ver como yo salía de mi improvisado escondite con el torso descubierto y masajeándome mi bulto. Reparó en mi cuerpo y dijo: Parece que te gustan lo culitos tiernos nada más. Sonreí por gracioso insulto y me le acerqué para que contemplara lo que este «culito tierno» tenía entre las piernas mientras yo agregaba: Y las pingas tiernas también, ¿verdad Ali? A lo que mi «Taurino» amigo respondía: Si que la tienes tierna y jugosa jaja, para luego dirigirse a Iván y decirle: Mama flaquito que hoy vas a coger pinga por ese culo como nunca has cogido en tu vida, mientras le bajaba los pantalones dejando al descubierto unas pequeñísimas y discretas nalgas. Luego sacó una caja de condones y un tubo de algo que parecía algún tipo de lubricante. Masajeó un rato el culo de su subordinado con aquel aceite y le dio una nalgada mientras le decía: Tu ibas a ser mío hoy de todas maneras. Luego se posicionó a mi lado, completamente desnudo, mostrando orgulloso su hermosa herramienta, su pinga era blanca como todo su cuerpo y tenía inimaginables venas que parecían estallar mientras miraba la fenomenal mamada que yo recibía. Entonces el flaco ni corto ni perezoso dejó mi pinga a un lado para poder saborear el monstruo de carne que aparecía ante su vista.

    El «toro” que más bien parecía un «caballo “me extendió su mano con un condón a lo que hacía un gesto con la cabeza de que comenzara mi faena de abrir el hueco. Luego de varios masajes prostáticos con mis dedos, mi lengua y todo lo que encontré en mi cuerpo, sentí el gemir de Iván, como pidiendo un ensarte, me coloqué por fin el condón y comencé a empujar sin encontrar ninguna resistencia en mi camino. Mientras mi amigo en el otro extremo metía toda su gigantesca pinga hasta la garganta de su contrario, que parecía disfrutar de lo lindo, porque no dejaba de moverse ni un minuto.

    Mis embestidas aumentaban junto con el éxtasis y la lujuria de la ocasión al mismo tiempo que yo ofrecía mi lengua aquel hermoso torete que me besaba con aliento nicotínico. Todo aquello era divino, el verme en un perfecto trio y disfrutando un buen culo que no paraba de moverse ahora en círculos me hizo casi venirme ocasión que aprovechó Ali para cambiar posiciones y poder besarme aún más y jugar con mis tetillas, mi abdomen y mi pinga que no hacía más que saltar como si tuviera un resorte, al mismo tiempo que ponía a Iván como perrito y lo acomodaba para la estocada final. Me acerqué bien para no perderme ningún detalle y ya de paso, aproveché para mojar bien con mi boca, aquel exagerado miembro que no cesaba de producir suficiente lubricante como para otros dos huecos. De vez en cuando hacia lo mismo con aquel abierto ojete delante de mí; oyendo como su dueño seguía gimiendo de placer. Por fin entre gemidos y protestas aquella cosa monstruosa entró, y yo sin tener mucho que hacer, me dediqué entonces a chupar el instrumento del flaco que era como de 7 pulgadas, pero más delgada que la mía. Luego de un rato me incorporé para estirar un poco las piernas mientras Ali me ofrecía su espalda y sus nalgas para que acariciara y besara con placer y lujuria. Minutos después se vino encima del flaco que se contorsionaba y erupcionaba su volcán en la gigantesca mano de su amante. Por último, me miraron simultáneamente y corrieron al encuentro de mi leche que salía como si fuese mi primera vez en el día.

    Luego de lavamos como pudimos, salimos entre risas y bromas al portal del recinto donde me enteré tragándome el humo de sus cigarros que la madre de Iván era rusa y que había crecido en Cuba porque su padre era cubano, y que él y su jefe se reunían todos los sábados porque siempre quedaba algo de trabajo pendiente, me explicaron que la panadería era comercial por eso no tenía tienda.

    -Toro, creo que están perdiendo clientes, con este olor tan sabroso cualquiera vendría a comprar el producto por una ventanilla, o un saloncito. Espacio sin usar hay de sobra.

    -Es verdad Javier, no había pensado mucho en eso y esta zona está cambiando. Lo voy a tomar en cuenta.

    Estrecharon sus manos como verdaderos caballeros y me dieron varias golosinas para que las probara. No sin antes invitarme el siguiente sábado a jugar nuevamente al panadero y sus ayudantes. Acepté cortésmente siempre pensando en no volver jamás, por miedo a que me tocara a mí la siguiente vez empujarme aquel gigantesco instrumento.

    En la próxima historia Javier se ve en problemas con las autoridades locales. Entérate aquí.

    Sigue mis historias.

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    Siempre tuyo ThWarlock