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  • La tanga roja de mi hermana (Parte ll)

    La tanga roja de mi hermana (Parte ll)

    Pasó un año desde que mi hermana y yo teníamos relaciones sexuales algunas veces.

    Unos días por mantenimiento en las tuberías cortarían el suministro diario de agua.

    Era viernes en la mañana y ese día acompañaría a mi hermana a la fiesta de cumpleaños de una amiga, yo seguía dormido hasta las 2 de la tarde.

    Al poco rato mi hermana toca mi puerta y entra, me dice que me está esperando para ducharnos ya que mi mamá le dijo antes de irse que solo quedaba agua para una ducha, entonces tendríamos que bañarnos juntos.

    Yo le dije que me esperara un momento en lo que me quitaba la ropa, que me esperara en el baño a lo que ella me contesto que se ha tragado mi semen y yo le he comido el ano como para ser pudorosos estando a solas yo quedé paralizado y me dirigí al baño con ella.

    Ella se comenzó a desnudar y yo lo hice después, nos metimos a la ducha, ella abrió la llave del agua y comenzó a caer sobre nuestros cuerpos desnudos, tome el jabón corporal para empezar a frotarlo en mis manos y le dije a mi hermana que se diera la vuelta que yo la enjabonaba, ella accedió, comencé por su espalda, seguí a su cuello, luego su culo, seguí a sus bellas tetas y por último unte en mis dedos y me dirigí a su vagina comencé a masturbarla hasta que se hizo mucha espuma me detuve y lave mis manos, pero ella me dijo que me faltaba su ano, entonces volví a untar en mis dedos para enjabonar y lavar su ano, luego ella igual me enjabono y cuando llego a mi pene se arrodillo y me dijo que ese lo limpiaba con sus boca.

    Comenzó a darme una mamada deliciosa hasta que me calenté la levante le di vuelta y la penetre fuertemente, comenzó a aumentar el ritmo, ella se recargo en la pared y comenzó a gemir como loca, estábamos algo incómodos era la primera vez que cogíamos en una zona que no fuera nuestras camas, me separe me senté en el escusado y ella se sentó encima de mi y viéndome de frente, volvió a introducir mi pene en su vagina y comenzamos una cogida muy placentera, ella me rasguñaba la espalda y aumentaba el ritmo, yo besaba su cuello y sus bellas tetas, terminamos en un rico orgasmo.

    Regresamos a la ducha y tuve que levarle la vagina de nuevo ya que la llene de semen, terminamos la ducha y cada uno se fue a su cuarto para alistarse.

    A las 6 de la tarde yo ya estaba listo, toque a su puerta y me dijo que en un momento salía, cuando salió quede perplejo, se veía hermosa, en un vestido negro con tacones negros de punta y se había hecho un peinado que se veía hermosa, yo le hice varios cumplidos y pude notar que se sonrojó, se me hizo algo extraño.

    Nos fuimos a la fiesta al llegar estaba algo incómodo ya que no conocía a nadie, mi hermana saludo a sus amigos y al momento de presentarme fue como su amigo lo cual me dejo pensando yo solo no le di importancia.

    Un momento yo quede a solas con sus amigos, comenzaron las bromas hasta que uno de ellos me dijo que perdía mi tiempo con mi hermana que era la más piernas cerradas de todas sus amigas que incluso corto con su antiguo novio porque solo se daban sexo oral, ya que quería conservar su virginidad y este la engaño con otra chica.

    Me quede pensando y me di cuenta que la primera vez que tuvimos relaciones me dio la virginidad de su ano y vagina, me sentía algo confundido, hasta que ella llego me dio un beso y me dijo que bailáramos, nos divertimos, tomamos, ella cada vez me besaba más apasionada y comenzó el toqueteo normal.

    Nos fuimos a la mesa y el mismo amigo me dijo que lo disculpara a lo que yo le pregunte por qué, él me contestó que ya mi hermana le contó a sus amigas que soy su novio y que vivimos juntos.

    Fue algo súper extraño, pero nuevamente lo ignore, mi hermana se puso muy borracha y decidí ya llevarla a casa, llegamos a casa y la lleve cargando a su habitación.

    Medio consiente me dijo que me quedara a dormir, me despertó a las 8 am pero ella estaba parada frente a la cama solo en lencería, un baby doll negro, se había vuelto a arreglar el cabello y los mismos tacones, me dijo que anoche no se pudo dar pero me tenía esa sorpresa y me pidió que la hiciera mía, yo al verla así me fui a besarla y esta vez fue diferente no solíamos hablar durante el sexo, esta vez me decía que era mía, que le encanta, que la cogiera fuerte, que es mi esclava, etc., yo solo gemía, tuvimos sexo oral mutuo, solo necesite quitarle la tanga para penetrarla por ambos lados, terminamos en un misionero muy pasional y llegando juntos al orgasmo, al final ella me dijo «te amo» en el oído a lo que yo le respondí que yo igual la amaba, hablamos un rato y me confeso que aquella vez que vio mi pene algo de ella despertó y nació su deseo hacia mi, después que varias veces me descubrió masturbándome con su ropa interior en especial con aquella tanga roja y recordó la vez que la vi probándosela y supuso que yo también sentía deseo por ella, también que varias veces se masturbo pensando en que la cogiera y que incluso alguna vez busco fotos mías desnudo en mi celular, fui a mi habitación y sentía que esta vez ya no era solo una relación de hermanos.

    Pasaron los días y yo fui el que tome la iniciativa, empecé a ser más atento y a buscar el sexo más frecuente, comenzamos a hacerlo por toda la casa, salir a comer, al cine, ir a hoteles, ir de compras, me dejaba escoger su lencería, actualmente seguimos así, ambos sabemos que no es para siempre pero lo disfrutamos mientras dure.

  • Una cosplayer por novia

    Una cosplayer por novia

    Me gustan los cómics desde que yo recuerdo y ya en mi adolescencia, después de visitar varias convenciones y ver la manera de cómo mucha gente vive su pasatiempo, me animé a usar los trajes que mis héroes usaban en sus historias, los mandaba hacer o los hacía yo misma; me convertí en una cosplayer.

    Siendo una joven de 22 años, delgada, pero con bastantes curvas; algunos amigos que comparten mis gustos, me motivaron a disfrazarme por primera vez.

    Nunca he sido nerd; tengo mi trabajo en atención al cliente y nadie se imagina mi pasatiempo.

    Me encanta cómo los trajes ajustados de las heroínas de anime y superheroinas resaltan mi cuerpo y hacen voltear a todo el que me ve es una convención.

    He recibido toda clase de invitaciones de los asistentes a las convenciones; un hombre mayor que le gustaba el sexo con botargas; toda clase de nerds y geeks; pero yo tengo a mi novio y él se vuelve loco cuando estoy en disfraz.

    La primera vez que me vio en mi traje, fue una experiencia salvaje.

    Habíamos quedado de vernos para ir a comer y el pasaría por mi a mi departamento. Acababa de terminar mi traje de gatúbela y me lo estaba probando; el látex negro se adhería a mi cuerpo como una segunda piel, por eso decidí usarlo sin ropa interior; mis senos, mis pezones, mis nalgas mi vulva se marcaban de modo obsceno; la capucha, el látigo y una botas de tacón de aguja, completaban el traje; le puse un cierre en la entrepierna por motivos prácticos y que daba oculto con lo elástico del disfraz.

    Admirarme en el espejo de cuerpo entero, me estaba poniendo caliente; el imaginar la manera como me verían todos en la próxima Expo, me estaba mojando.

    Oí la puerta y vi a mi novio con los ojos desorbitados; su mirada era vidriosa, se mojaba los labios como un ente salvaje; se comenzó a mover lentamente hacia mí; el bulto en su pantalón era evidente, parecía que su verga quisiera romper el cierre.

    Le pedí que me diera un minuto para cambiarme; pero, parecía no escuchar, lo que me ponía más caliente.

    Al estar junto a mí, sus manos tomaron mis senos y los masajearon bruscamente, lo que provocó que los pezones fueran aún más evidentes. Volteé mi cara hacia un lado, sacó su lengua y lamía mi cuello y mi oreja por encima de la máscara; esa humedad, que no podía sentir por el traje, me excitaba aún más; sus manos se movían por todo mi cuerpo; el tacto del látex parecía excitarlo más… y a mí también.

    Mordía mis pezones por encima del disfraz, haciéndome temblar de deseo. Tocó mi raja y parecía sentir la humedad que yo tenía. Encontró el cierre y lo comenzó a abrir; mis labios estaban tan hinchados que sobresalían del cierre.

    Se bajó el pantalón y su verga estaba más hinchada y parada de lo que yo recodaba; líquido goteaba profusamente.

    Puso mis piernas en sus hombros; le dije no traía condón; nunca lo habíamos hecho sin condón; me vio directamente a los ojos, sus ojos estaban inyectados de pasión infrahumana; me contestó que hoy lo sentiría todo, todo.

    Le dije que no; movió la cabeza de su verga por toda mi vulva, al llegar a mi clítoris, sentí una corriente eléctrica; sus jugos se juntaban con los míos; metió la cabeza y sentí que me estaba viniendo.

    Cada centímetro que me metía, mi orgasmo se estaba intensificando; al tenerlo todo adentro sentí que golpeó el fondo de mi vagina. Me preguntó si quería que lo sacara; le gritaba que no, que me cogiera; lo sacó y lo volvió a meter de un golpe.

    Mi vagina palpitaba, estaba mareada; mi mente se nublaba; sentía que me estaba desmayando; tuve el orgasmo más intenso de toda mi vida.

    El me besaba y me acariciaba, todo lo sentía magnificado, estaba en éxtasis.

    Comenzó a bombear y yo me volvía loca; tenía un orgasmo tras otro. Mi vulva hinchada, su verga enorme; él gozaba extasiado.

    Sentí que estaba a punto de venirse; empujaba más rápido y más profundo; le pedí que se saliera; me contestó que gatúbela tendría su leche muy adentro. Tuve otro orgasmo al oír aquello. Empujó hasta el fondo y se quedó quieto; bufaba desesperado, mientras yo sentía las pulsaciones de su verga dentro de mi y su jugo ardiendo entrando; parecía como si se orinara de la cantidad que me estaba inyectando.

    Cuando terminamos, se disculpó por su deseo desenfrenado; le di un beso y le dije que también lo había gozado.

    Siempre me dice que es una suerte tener una cosplayer por novia, que puede coger con la fantasía que se le ocurra… y se le ocurrió…

  • Mi mujer y mi amigo colombiano

    Mi mujer y mi amigo colombiano

    Hola a todos, os voy a contar de la mejor manera posible el trío más reciente y más inesperado que hemos hecho mi esposa Julia y yo a día de hoy. 

    Un sábado había quedado con mi amigo Juan, para venir a casa para pasar la tarde jugando unas partidas al Fifa, mi esposa en ese momento estaba trabajando y con el paso del tiempo se hizo hora de que llegara del trabajo, mientras tanto mi amigo y yo perdimos la noción del tiempo jugando a la consola hasta que alrededor de las 20 h llegó mi esposa, cansada y abatida después de una jornada muy “cansativa” en su trabajo.

    Nos saludó y mientras se fue a dar un baño, él y yo seguimos jugando hasta que salió mi esposa Julia de la ducha y nos preguntó que si quería hacía la cena para que cenáramos, ella a todo esto salió de la ducha con un pantalón cortito para estar por casa con media nalga salidota con su culo grandote y redondito, y una camiseta de tirantes que por los lados se la salían casi las tetas no muy grandes pero bien redondas, mi amigo le observé que como todo hombre, pues se le fue la mirada en ella a la que salía de la ducha y fue a la cocina.

    Tengo que destacar que ella conoce a Juan, pero nunca tuvieron trato por circunstancias del trabajo y familia nunca hemos tenido tiempo de quedar, aparte Juan estaba saliendo con una chica con la que yo tuve en su día alguna aventura, y ella eso también lo sabe.

    Con todo esto, sabiendo que no le iba a agradar a mi esposa la visita de Juan, ni por asomo se me paso por la cabeza que terminaríamos en un trío.

    Una vez terminada la cena, los tres nos pusimos a hablar de la vida, y me sorprendió que ella estaba siendo muy amable con él, de pronto les deje a solas para tomarme una ducha rápida y salir con Juan a tomar algo en el bar más cercano y despedirle, pero no fue así, cuando salí de la ducha ya vestido para salir y todo, me les encuentro los dos muy cercanos y riéndose mucho hablando de la novia de Juan, la chica con la que tuve en su día alguna aventura, yo me quedé asombrado y decidí preguntarles de que estaban hablando. Y Julia, mi esposa me dijo:

    -Estamos hablando de qué tal esta Juan con Fulanita, porqué tú también te la follaste en su día, verdad?

    Entonces yo me quedé sin palabras porqué Juan eso no lo sabía, no me quedó de otra que afirmarlo, a lo que Juan contesto:

    -Bueno, ya te la devolveré algún día, la vida da muchas vueltas

    Entonces Julia giró la mirada intensamente hacía él, pensando yo que le contestaría algo grosero, fue todo lo contrario.

    -Ah si? Y cómo se la piensas devolver y con quien, Juan? -le preguntó Julia a Juan

    -Pues contigo, y así quedamos en paz -dijo riéndose a lo que enseguida contesto que lo decía de broma, pero Julia ya excitada le contestó que ojalá no fuera broma lo que acababa de decir Juan.

    Entonces yo le dije a Juan que si él se atrevería a follarse y complacer a mi bichota como yo la llamaba a mi esposa Julia, entonces quedó un momento de silencio, a la vez muy morboso y excitante, nos quedamos mirando los tres, y acto seguido Juan dijo:

    -Por mí… me encantaría, se la ve preciosa y tiene un culazo y tetazas que me llevan excitando un buen rato. -Exclamó Juan

    Entonces Julia, que es muy lista, se levantó y como de sorpresa dijo que se iría a la cama.

    -Bueno chicos, yo me voy a ir a la cama que estoy muy cansada porqué veo que no os decidís -se levantaba exclamándole Julia a Juan mientras me guiñaba un ojo.

    Entonces Juan y yo nos fuimos a la cocina, para despertarnos de esta realidad tan ficticia por así llamarlo, mientras fumábamos, entonces yo le dije;

    -Juan, te soy sincero, hemos tenido experiencias con otros hombres e incluso con una pareja, pero nunca llegué a imaginar que pudiera suceder contigo, pero me estoy excitando de pensarlo, qué hacemos, ¿te ánimas? -le dije a Juan.

    Mientras él muerto de risa pero de la nerviosa, me contestó:

    -Joder, pues si lo dices así yo también estoy cachondo y pienso en follarme a tu mujer como Dios manda, mira como la tengo -Dijo Juan

    En ese momento, él se sacó su vergota negra grandota y muy gruesa que me excitó todavía más al verla e imaginarla dentro de la boca o coño de mí esposa… Entonces sin dudarlo le invité a la habitación y allá qué fuimos los dos.

    Al entrar a la habitación estaba a oscuras y penetrando una pequeña luz de la ventana todavía del caluroso verano, yo me acerqué a ella, que estaba tumbada de lado y me puse de frente a ella a besarla y tocarla, cuando Juan estaba de pie al lado de la cama y con la vergota a fuera tocándose.

    -Mi amor, te vamos a dar verga los dos hasta que te llenemos de leche, quieres? -La dije.

    -¿Si? Follarme los dos mi amor, quiero vuestra leche -Dijo Julia.

    En ese momento Juan se desnudó y se tumbó en la cama junto a ella por detrás, dejando a Julia en medio de ambos, fue en ese instante cuando él la empezó a besar y tocar por detrás y los gemidos de Julia sé revolucionaron, acto seguido se volteó hacía él y empezó a besarse muy cariñosamente con él y agarró su vergota con su mano, él juntó a mí la tocaba por debajo metiéndole los dos unos cuantos dedos y haciéndola mojar enseguida.

    Yo en ese momento me levanté de la cama viendo como él se ponía encima de ella restregándole su vergota en su coño muy mojadito, besándose muy apasionadamente y ella agarrándole de la cintura empujándole hacía ella, Juan no tardó en bajarse y comerla el coño, a lo que yo me dispuse a ponerla mi verga en su boca mientras él la comía el coño, ella me chupaba la polla a mí.

    -Ufff, Juan, para que no quiero chorrear, me encanta como me lo estas comiendo, méteme la verga ya!! -Exclamó gimiendo medio bien con mi verga en su boca Julia.

    Mi amigo obedeció sus órdenes, se levantó y se puso al lado contrarío a mí, y la dejó la enorme vergota encima de su cara, gruesa y venosa, Julia soltó mi verga de su boca, para meterse parte de la verga de Juan.

    Después de una mamada con mucho líquido en su boca y verga, Juan la levantó y la puso a cuatro patas, metiéndole sin condón su vergota enorme dentro de ella, la agarró fuerte del culo y empezó a chocar contra ella tan fuerte que se quedó Julia sin respiración de lo excitada que estaba a la vez que veía como salía un chorro enorme de su coño por las penetradas ricas que le estaba dando mi amigo Juan.

    Al rato de follársela en cuatro patas, Juan se tumbó en la cama y él se dispuso a comerle la vergota, dejando su culo en cuatro para mí, y yo con todas las ganas empecé a lamerla por detrás con esos ricos líquidos que dejó ella y mi amigo de su vergota, después de lamerla el coño, me dispuse a penetrarla, a lo que ella con la verga de Juan en la boca me dijo:

    -Por favor cariño, no me la metas que quiero montarme en la verga de Juan -me dijo Julia.

    Y yo como buen cornudo me senté en un sillón del dormitorio y más encantado que nadie empecé a observar lo que más me gusta, ver a mi esposa coger con otro y yo masturbarme, y así fue cuando ella dejo de comerle la verga, se levantó y se puso encima de él a cabalgarle rico, menudos sentadones se dio Julia encima de él, hasta que agachó su cabeza hacía la suya y empezarían a besarse de nuevo apasionadamente mientras ella le movía el culo encima de su verga que poco a poco le salía el liquidillo blanco se su verga.

    Así mirándoles me saqué la leche tocándome viendo cómo ellos llegaban a correrse los dos a la vez, mi amigo Juan dejo un buen montón de leche dentro de ella…

  • A los 41 años comienzo a explorar el mundo del placer

    A los 41 años comienzo a explorar el mundo del placer

    Venía caminando a paso rápido por la avenida, crucé sin mirar y una camioneta frenó de golpe y me tocó bocina. Un tipo grandote sacó la cabeza por la ventana y me gritó: “Estúpida!”. Lo miré con cara inexpresiva y seguí caminando. Acababa de firmar los papeles del divorcio en la oficina del abogado. 22 años de casados concluidos definitivamente por un garabato en un papel. Me sentía triste pero aliviada. Hacía un año que nos habíamos separado con Marcelo, y poner finalmente ese gancho me habilitaba a hacer mi duelo y seguir adelante. Pero no podía dejar de pensar en que habían sido dos décadas de mi vida desperdiciadas. Mis mejores años, mi juventud, mi fertilidad…

    En medio de mis cavilaciones llegué a mi edificio. Vivo allí desde hace un año, desde el día en que decidí irme de la casa donde vivíamos con mi marido. Bueno, con mi ex marido.

    – Buen día – le dije al hombre de seguridad que estaba detrás del escritorio.

    No es el mismo que estaba más temprano cuando salí. El anterior debe haber terminado su turno nocturno. Hace un año que vivo ahí y todavía no recuerdo ni los nombres de esos empleados. Fue un año difícil y he pasado mucho tiempo encerrada, trabajando desde mi casa. Las pocas veces que salía procuraba interactuar lo justo y necesario con la gente, y eso incluía a los guardias.

    – Buenos días. – me respondió el muchacho con una cordial sonrisa.

    Subí al ascensor y presioné el botón del piso 4. Entré a mi departamento, tiré mi bolso y las llaves sobre la mesa y me tiré rendida en el sillón. Luego de unos segundos rompí en llanto. Todas las emociones de aquella mañana explotaron en mi pecho, y no pude contenerme.

    No sé cuánto tiempo habré llorado, pero de repente sonó el timbre interrumpiendo mi descarga emocional.

    – Si? – respondí en el portero eléctrico luego de aclararme la garganta para evitar que se notara mi congoja.

    – Hola, Moni. Soy Marcelo. Vine a traerte las cajas que faltaban.

    Mi ex marido (qué raro se siente decirlo) venía a traerme cajas de libros que jamás había ido a buscar a la casa. Se ve que él también quería un cierre definitivo y eso implicaba deshacerse de cualquier cosa que lo mantuviera atado a mí.

    Justo en ese momento tenía que aparecer? Para verme de esa manera? Con los ojos hinchados, presa de angustia.

    – Ah, bueno. Esperame un minuto que ya bajo. – respondí.

    Me lavé la cara con agua bien fría para deshinchar un poco mis ojos, me acomodé la ropa y el pelo. Me puse un poco de corrector de ojeras, y bajé. Abrí la puerta y allí estaba él, con las dos cajas enormes.

    – Gracias por traerlas, no hacía falta. Pensaba pasar a buscarlas.

    – Sí, eso me venís diciendo hace un año. No te preocupes, no me costaba nada subirlas al auto y traerlas. – respondió mientras las entraba al edificio.

    No sé si notó la hinchazón de mi cara, y si lo hizo no lo demostró.

    – Bueno, te dejo que llego tarde a una reunión – me dijo saludándome con un beso en la mejilla.

    – Gracias de nuevo. Chau. – respondí mientras cerraba la puerta.

    Contemplé las dos enormes cajas durante unos segundos pensando cómo llevarlas. Tendría que arrastrarlas de a una hasta al ascensor rápidamente, antes de que se cerraran las puertas, y luego hacer lo mismo al llegar a mi piso.

    – La ayudo a subirlas, señora? – dijo una voz irrumpiendo en mi hilo de pensamientos.

    Era el muchacho de seguridad. Lo miré y pensé en cuántas veces lo había visto, pero sin haberlo mirado realmente. Era un hombre joven, de unos 30 o 32 años, mediría 1.80 m, de contextura mediana y con una barba prolija. Tenía unos ojos marrones muy bonitos, y una sonrisa amable y cálida.

    – Me harías un gran favor. – respondí con una mueca que pretendía ser sonrisa.

    El chico tomó sin dificultad una de las pesadas cajas en sus atléticos brazos, dejándome la más pequeña a mí. Yo lo imité, aunque a mí me costaba bastante más que a él. Entramos al ascensor y presioné nuevamente el 4.

    – Creo que nunca hablamos. Me llamo Gonzalo. – dijo.

    – Un gusto, Gonzalo. Yo soy Mónica. No fui la persona más amable del mundo este último año, te pido disculpas.

    Él joven no dijo nada, sólo me sonrió. Llegamos al piso, bajamos las cajas del ascensor y abrí la puerta del departamento. Entré primero, apoyando mi caja en el piso, y detrás de mí entró Gonzalo.

    – Permiso.

    – Sí, pasá. Dejala donde puedas, no te preocupes.

    Acomodó la caja al lado de la otra y miró rápidamente el living.

    – Qué lindo quedó este departamento. Recuerdo que antes no se veía tan luminoso ni estaba tan decorado.

    – Muchas gracias. Le hice algunos cambios cuando llegué.

    – Tiene muy buen gusto.

    – No me hables de usted que ya bastante vieja me siento – le dije bromeando.

    – Perdoname, es el trato general con los vecinos. De vieja no tenés nada.

    Que me dijera eso me hizo sentir bien. Hacía mucho que una persona no me hacía un comentario agradable sobre mi aspecto. Yo acababa de cumplir 41 años y había pasado la mitad de mi vida en un matrimonio que había funcionado de cárcel en muchos aspectos. Con Marcelo nos habíamos puesto de novios en la escuela a los 15 años, y a los 19 nos habíamos casado por un embarazo que luego perdí. A partir de allí mis ambiciones cayeron en picada.

    – Gracias por tu ayuda – le dije a Gonzalo extendiéndole un billete que saqué del bolsillo de mi pantalón.

    – No, no te preocupes. Fue un placer.

    – Agarralo, por la molestia.

    – No fue molestia, al contrario, un placer hablar con vos finalmente. Otro día si querés me podés agradecer invitándome un trago. – dijo sonriéndome seductor mientras salía por la puerta.

    Yo no llegué a responder, y cuando quise darme cuenta Gonzalo ya estaba subiendo nuevamente al ascensor. Cerré la puerta y sentí unas cosquillas en el estómago.

    Para que entiendan un poco más de mí, les cuento que Marcelo fue el único hombre de mi vida. Fue mi primer novio, la persona con la que me acosté por primera vez, y a la que le fui fiel toda mi vida. No estaba acostumbrada a que la gente coqueteara conmigo, ya que durante más de 20 años fui su sombra. A todos lados íbamos juntos. Por un problema en mi útero, nunca pude tener hijos luego de aquel embarazo perdido, por lo que siempre fuimos nosotros dos de acá para allá. En mis largos 41 años jamás había vivido lo que era coquetear con alguien, y mucho menos besarme o tener sexo con otro tipo.

    Además, hacía ya mucho tiempo que había dejado de disfrutar del sexo con él. La verdad es que durante los últimos años sólo lo hacía para que no me hiciera una escena. Durante mi matrimonio son contadas las veces que había llegado a un orgasmo teniendo sexo (sí lo hacía cuando me masturbaba a solas). Marcelo era egoísta, y cuando él se venía terminaba todo. Durante mucho tiempo me había preocupado por fingir placer, pero en el último tiempo ya ni siquiera lo intentaba.

    Nuestros polvos eran siempre iguales: él encima mío, unos pocos minutos de penetración, y pum. Listo. A dormir. Por suerte, pensaba yo. Aunque me inquietaba ser consciente de que había todo un mundo del goce que yo nunca había conocido, y los años se me iban pasando.

    Es por eso que ese coqueteo con el chico de seguridad me revolvió por dentro. Me hizo sentir atractiva, mirada, interesante.

    Aquella noche me dormí pensando en Gonzalo y en la última frase que me lanzó. Yo que pensaba que lo que me iba a quitar el sueño sería el divorcio, terminé como una adolescente pensando en su “crush”. Luego de desvelarme largo tiempo fantaseando posibles escenarios, me quedé dormida.

    El sol entrando a través de las cortinas mal cerradas me despertó. Eran las 8:10 del sábado. Me quedé unos minutos dando vueltas en la cama y me sentí excitada. Física y emocionalmente excitada. Metí mi mano por dentro de las sábanas y subí mi corto camisón de seda. Comencé a acariciar mi entrepierna sobre mi ropa interior y empecé a sentirla húmeda. La corrí hacia un costado y jugué con mis dedos lentamente hasta empezar a meterlos en mi interior. Con mi otra mano acaricié mi clítoris, cada vez con más fuerza. Pensaba en Gonzalo, en cómo sería debajo de su ropa, cómo se sentirían sus manos sobre mi piel… Estaba tan caliente que unos minutos después sentí el orgasmo llegar y percibí cómo mis músculos se contraían alrededor de mis dedos lubricados. Suspiré sonriente en la cama y me levanté.

    Mientras cepillaba mis dientes y me vestía, pensaba en que quería invitarlo a cenar. Al fin y al cabo tenía la certeza de que él también quería, y eso me daba cierta tranquilidad.

    Luego de desayunar salí a la calle, ya que quería aprovechar la mañana soleada. Miré ilusionada el escritorio de seguridad, pero mi pretendiente todavía no estaba en su puesto de trabajo. Fui a la peluquería, me corté el pelo por debajo de los hombros y lo teñí de negro. Siempre había querido hacerlo y nunca me había decidido. Fui a la depiladora, a la que no había ido en meses. De repente me había entrado un impulso por verme bien, prolija, sensual. Me compré unos vestidos hermosos y unas botas altas. Sería todo esto una negación del duelo por mi separación definitiva?

    Más tarde fui al supermercado y compré todo lo necesario para invitarle la cena al guardia, si es que me animaba a proponérselo. Al mediodía volví al edificio y allí estaba él, radiante dentro de su uniforme. Noté cómo abrió sus ojos sorprendido al verme entrar tan distinta del día anterior. Yo llevaba un vestido por las rodillas que marcaba mi cintura y mi culo. No soy una mujer con un cuerpo escultural, pero sin embargo conservo unas buenas curvas que hacen que tenga cierto atractivo físico. Tengo pechos grandes, una cintura marcada a pesar de la grasa localizada en mi abdomen, y caderas grandes. Mi culo también es imponente. De rostro siempre lucí más joven de lo que soy, y tengo facciones muy lindas. Siempre me han halagado mi cara.

    – Buen día, Mónica – dijo suspendiendo lo que estaba haciendo.

    – Buen día, Gonzalo. – respondí acercándome a su escritorio. – Qué hacés esta noche?

    Gonzalo me miró fijo durante unos instantes, tratando de descifrar si mostraba interés en su vida o si planeaba proponerle algo.

    – Irme a casa, pedir comida y mirar alguna película, supongo. – dijo por fin, con una sutil sonrisa – a menos que tengas una propuesta superadora.

    Mónica sintió la sangre en sus mejillas al ruborizarse. Esperaba que él no lo notara.

    – Vos dirás si es mejor, pero pensaba invitarte a comer. Por las cajas… – noté mi nerviosismo al querer aclarar la situación, así que me callé.

    – Sí, no me olvido. Me encantaría comer con vos.

    – Te espero a las 21:00. Te parece?

    – Ahí estaré – dijo con cierta picardía en su gesto.

    Le sonreí y seguí mi camino hasta el ascensor.

    El resto del día lo pasé ordenando y dejando todo listo para preparar la cena. Cuando miré el reloj ya eran las 19, así que me di una ducha y elegí la ropa que me pondría. Elegí un vestido negro informal pero lindo, con unas sandalias de charol y unos aros grandes plateados. Me maquillé un poco y me puse perfume. Faltaba media hora para las 21 y me comía la ansiedad. Me tiré en el sillón con un libro pero no pude prestarle atención.

    Gonzalo llegó puntual. Tocó timbre y yo me levanté exaltada de mi asiento. Acomodé mi pelo y mi ropa en el espejo, y me acerqué a abrir la puerta.

    – Hola, qué puntual… – le dije sonriendo.

    Estaba muy lindo. Prolijo pero informal. Vestía una camisa negra entallada con pintitas blancas y un jean. En los pies llevaba unas zapatillas grises acordes al atuendo. En la mano cargaba dos botellas de vino agarradas de la punta.

    – Sí, se ve que estaba ansioso – me respondió devolviéndome la sonrisa.

    – Adelante.

    – Gracias, permiso. No sabía si te gustaba blanco o tinto, así que traje los dos. – dijo entregándole las botellas que traía.

    – Veo que voy a terminar borracha hoy. -dije riendo- Me gustan los dos, gracias.

    Llevé las botellas a la cocina y abrí el vino tinto. Serví dos copas y le alcancé una a Gonzalo que se había sentado en el sillón y hojeaba el libro que había dejado ahí. Cuando me vio llegar lo dejó donde estaba y tomó la copa en su mano.

    – Estás muy linda. Te lo quería decir hoy a la mañana. Me encanta tu cambio.

    – Gracias, cambio externo acompaña cambio interno. – respondí mientras me sentaba a su lado.

    – Sí?

    – Sí, ayer firmé finalmente mi divorcio después de un año.

    – Ah, no sabía… Es un tema sensible?

    – Más o menos. Es el cierre de toda una vida, estuvimos 22 años casados.

    – Cómo?! No me dan los números…

    – Sí, nos casamos a los 19, después de estar 4 años de novios. Éramos muy chicos.

    – Wow, no puedo creer. Así que estuviste toda la vida con la misma persona… Siempre me sorprenden esas historias. No sé si yo podría hacerlo.

    – No es ningún mérito, fueron más años malos que buenos. Lo único que pienso desde que me separé es que desperdicié mis mejores años con un tipo que no me satisfacía en ningún sentido.

    – Yo no creo que hayas desperdiciado nada, todavía las cosas buenas pueden llegar. – dijo mirándome a los ojos, y a mí me corrió una electricidad por todo el cuerpo.

    – Espero que tengas razón… -dije y se hizo una larga pausa- Bueno, contame de vos. No te quiero aburrir.

    – Me encanta que me cuentes, no pienses que me aburrís. Yo… qué te puedo contar. Tengo un hijo de 5 años que es mi vida. Me separé de su mamá hace tres años, pero en muy buenos términos, lo cual facilita mucho la vida de Benja. Benja es mi hijo, claro.

    – Qué lindo, me hubiera encantado tener hijos. No se nos dio.

    Se hizo un silencio nuevamente y los dos tomamos un sorbo del vino. Estábamos sentados en el sillón, inclinados mirándonos, pero a cierta distancia. Gonzalo tenía una mirada profunda que empezó a ponerme nerviosa.

    – Bueno, voy a preparar la comida. Risotto de hongos, te gusta? – dije para romper el silencio.

    – Me encanta. Pero esperá. – me dijo apoyándome una mano en la pierna para evitar que me pusiera de pie.

    Yo lo miré a los ojos, expectante. El tacto de su mano sobre mi muslo me excitaba. Pensaba en que el único que había tocado mi pierna de esa manera había sido Marcelo. Gonzalo se movió, sentándose más cerca de mí. Me acarició la cara suavemente y tomándome de la nuca se acercó a mí y me besó. Me costó un segundo reaccionar, pero le correspondí. Al ver mi respuesta intensificó el beso, comenzó a meter su cálida lengua en mi boca y nos besamos dulcemente durante unos minutos. Yo me sentía embriagada como adolescente.

    – Desde ayer que tenía muchas ganas de hacer eso, no quería esperar más. – dijo.

    Yo lo miré y lo besé de nuevo. El beso delicado se convirtió lentamente en uno lujurioso. Gonzalo comenzó a acariciar mi cuello, mis brazos, mis muslos. Yo sentía cómo mis pezones se erizaban, al igual que mis vellos. A medida que el beso se ponía más enérgico, comencé a sentir la humedad en mi entrepierna.

    – Tengo muchas ganas de mostrarte que hay cosas buenas esperándote a partir de ahora, si me dejás… – dijo cortando el beso pero sin alejarse de mi boca.

    – Me encantaría que me muestres, pero teneme paciencia. Estuve con un sólo hombre en mi vida. Sos la segunda persona a la que beso en 41 años…

    – No tenés que justificarte conmigo. – dijo y siguió besándome.

    Sus manos ahora recorrían aún más mi cuerpo. Bajaban por mi espalda, acariciaban mi cintura. Las mías, torpes, lo tomaban del cuello o los brazos, pero no me animaba a hacer mucho más. Era una cuarentona inexperta y sentí vergüenza.

    – Estás bien? Querés que paremos? – preguntó al notar mis nervios.

    – No, no quiero que paremos. Estoy nerviosa, pero es porque me gustás.

    Gonzalo bajó los breteles de mi vestido dejándolo en mi cintura. Comenzó a besarme debajo de las orejas, descendiendo por mi cuello. Mi respiración se agitaba y me sentía mojada. Bajó hasta mis enormes tetas besando mi pecho, y se detuvo ahí. Desabrochó mi corpiño y lo dejó caer en el piso. Tomó mis pechos y los besó, los presionó, los lamió. Jugó con mis pezones erectos. Su barba pinchaba mi piel y eso me excitaba.

    Mientras Gonzalo se dedicaba a mis tetas comencé a desabrochar su camisa. Me lanzó una fugaz mirada de aprobación, antes de continuar con lo suyo. Le quité la prenda, que cayó sobre el sillón, y pasé mis manos por sus musculosos brazos, su pecho lampiño, su abdomen firme. Cómo podía ser que ese hombre joven, atractivo y seductor se fijara en alguien como yo?

    Gonzalo deslizó sus manos por mis piernas subiendo mi vestido. Yo me lo quité porque ya me estaba incomodando, y a él pareció gustarle mi decisión. Se agachó y comenzó a besar el interior de mis muslos, comenzando desde la altura de la rodilla, subiendo lentamente. Yo sentía mi culotte cada vez más mojado, y los fluidos rebalsando por mis labios vaginales. Me di cuenta de repente de que estaba jadeando, gimiendo… Al llegar a mi sexo pasó muy lentamente su lengua por toda su ranura, por arriba de la tela. Luego de hacerlo me miró a los ojos, y pareció quedar conforme con mi cara de placer. Sacó mi bombacha negra y sentí cómo las piernas me temblaban. Hacía por lo menos 15 años que Marcelo no me hacía sexo oral. Gonzalo pasó sus dedos entre mis labios, y luego mirándome los lamió. Comenzó a meterlos en mi interior y yo me arqueé. No recordaba la última vez que había estado tan excitada. Ni siquiera recordaba la última vez que había disfrutado de una situación sexual.

    Gonzalo frotó mi clítoris y yo lo sentí palpitar. Luego con dos de sus dedos en mi interior, comenzó a chuparlo. Primero despacio y luego más rápido. Yo gemía con los ojos cerrados y las piernas bien abiertas a los costados de su cabeza. Me dejé llevar y de repente estaba tomándolo del pelo, tirando suavemente de él. Llevó su lengua a la entrada de mi vagina y la pasó con determinación, me penetró con ella y yo sentí cosas que jamás había sentido.

    Mi ex marido nunca había hecho ni la mitad de las cosas que él me había hecho en los últimos 10 minutos.

    Luego de unos cuantos minutos de estimularme comencé a sentir que estaba por acabar. Empecé a gemir más fuerte, más profundo, y Gonzalo aceleró sus movimientos sobre mi clítoris. Sentí una electricidad recorriendo mi cuerpo entero y estallé en un orgasmo maravilloso. Los espasmos duraron muchos segundos y me dejaron extenuada. Él pasó su lengua una última vez por mi sexo, bebiéndose mis fluidos y luego subió a besarme.

    – Me encanta verte acabar. – me dijo con sus labios rozando mi boca.

    Yo no respondí y lo empujé suavemente para que quedara él recostado sobre el sillón. Desabroché su pantalón mientras él miraba atento mis movimientos. Bajé el cierre y lo deslicé hacia los tobillos. Bajé su bóxer negro y dejé al descubierto su pene erecto.

    Su miembro me gustaba mucho más que el de Marcelo. Era un poco más grande, pero además se veía distinto. Llevaba el vello recortado prolijamente y una cabeza como las que siempre veía en pornografía, mientras que el pene de mi ex marido quedaba escondido entre su pelo enmarañado y su prepucio era bastante grande. Además, a Gonzalo se le notaban las venas grandes y azules, y eso me calentaba aún más. Comencé a masturbarlo sin mirarlo a la cara porque me daba mucho pudor. Sentía sus ojos mirando mis movimientos y me sentía intimidada.

    – Mirame – me dijo de pronto.

    Lo miré dubitativa y sentí cómo me ruborizaba.

    – Sos hermosa, creetela y mirame. Me calentás mucho.

    Haciendo un gran esfuerzo por mantener la mirada en sus ojos, pasé mi lengua por su verga. Al escuchar su gemido genuino me sentí más tranquila. Tomé confianza y comencé a liberarme. Metí su pene en mi boca y comencé a lamerlo aumentando progresivamente la velocidad.

    – Mirame. – me repitió mientras pasaba los dedos delicadamente por mi pelo negro.

    En ese momento me di cuenta de que mis ojos de nuevo miraban para abajo. Lo miré mientras metía y sacaba su pene de mi boca. Poco a poco comenzaba a perder la vergüenza y lo miraba con cara más seductora. Me desconocía. Era una Mónica que nunca había sido pero me gustaba. Y me gustaba especialmente con él. Escuchaba los jadeos salir de su boca abierta y sentía mis fluidos caer en mi entrepierna.

    En mi matrimonio nunca había podido explorar mis deseos, mi feminidad, mi placer. Comencé a darme cuenta de que durante toda mi vida lo sexual había pasado al plano del deber, del trámite, y se había alejado mucho del placer y del disfrute.

    Yo chupaba cada vez más rápido y sentía mi saliva mezclarse con sus líquidos. Miraba su cara de goce y eso me empoderaba. Me sentía sensual, me sentía erotizada. De repente Gonzalo retiró mi cabeza suavemente y dijo:

    – Quiero que me digas qué querés que te haga ahora.

    Su pregunta me desconcertó. Jamás me habían preguntado aquello ni sabía que responder.

    – Lo que quieras – dije.

    – No, ahora quiero hacer lo que vos quieras que haga.

    Lo miré asustada. No sabía cómo responderle, pero lo que sí sabía era que quería sentir su verga dentro de mí. Tomé fuerzas y dije:

    – Te quiero dentro de mí.

    Gonzalo sonrió. Seguramente no le pareció un pedido muy original, pero verdaderamente era lo que quería de él. Me recostó de nuevo sobre el sofá y abrió mis piernas. Volvió a meter sus dedos dentro de mí y al sacarlos empapados dijo:

    – Mirá cómo estás.

    Untó con mi fluido su pene y se masturbó unos segundos mirándome a la cara. Se puso sobre mí y me penetró despacio. Yo gemí al sentirlo finalmente en mi interior. Al llegar al fondo se quedó ahí unos instantes y yo emití un breve grito de placer. Comenzó a embestirme con fuerza mientras acercaba su cara a la mía para besarme. Yo gemía dentro de su boca y cerraba mis ojos. Él empezó a intensificar aún más sus movimientos, agarró fuerte mis piernas y las subió aún más. Yo clavaba mis uñas en su espalda, bajaba mis manos y lo tomaba de su duro culo, empujándolo hacia mí.

    Veía las gotas de sudor bajar por su cuello, su boca entreabierta, y sentía que ese tipo realmente estaba disfrutándome. Estar conmigo no era un trámite para aliviar una excitación fisiológica como había sido durante tantos años. De repente tenía una sed de protagonismo, quería tomar las riendas. Comencé a incorporarme del sillón obligando a Gonzalo a frenar sus movimientos.

    – Sentate – le pedí.

    Él lo hizo y yo me subí sobre él con mi cuerpo robusto y comencé a moverme encima de su pene. Él me miraba a los ojos, extasiado. Tiré mi cabello hacia el costado, dejándolo caer sobre mi hombro izquierdo, y le sostuve la mirada mientras sentía su miembro entrando y saliendo de mí. Él comenzó a besarme el cuello, a lamerlo. Acarició mis tetas, las besó, mordió y apretó nuevamente. Llevó sus dos manos a mis grandes nalgas y las tomó con fuerza mientras yo seguía saltando sobre él, cada vez más agitada, más transpirada y más mojada.

    De repente me tomó fuerte de mis muslos para sostenerme y se levantó del sillón, cargándome hasta la habitación.

    – Permiso, eh… – dijo divertido mientras entraba al único ambiente restante del departamento.

    – Sentite como en casa – dije riendo.

    Una vez en la habitación me tiró suavemente sobre la cama. Yo me arrodillé de espaldas sobre las almohadas de la cabecera, y me apoyé con ambas manos en la pared. Él se acomodó detrás de mí y comenzó a besarme el cuello, las orejas… Comenzó a bajar con sus labios por mi espalda, erizándome la piel. Muy lentamente llegó a mis caderas y besó mi culo, lo mordió despacio, pasó su lengua por mi cuerpo hasta que llegó a mi entrepierna y agachado detrás de mí comenzó a lamer mi sexo por detrás mientras separaba mis nalgas. Acarició suavemente mi ano, y eso me excitó. Yo gemía con la cara pegada a la pared y las manos también sobre ella, encima de mi cabeza.

    Luego de un rato, cuando yo ya me sentía en las nubes, tomó su pene con la mano y lo masturbó un poco, a pesar de que seguía erecto. Lo pasó por mi entrada vaginal unos segundos, mientras yo acomodaba mi cuerpo para recibir nuevamente sus embestidas. Me penetró con un movimiento rápido y firme, lo cual me hizo gemir con fuerza. Me tomó de las caderas con sus dos manos y empezó a moverse con velocidad. Escuchaba sus gemidos a mi espalda e imaginaba su cara. Él me apretaba el culo con tal fuerza que sentía cómo lo marcaba. Su respiración empezó a acelerarse y a ser cada vez más sonora. Nuestros cuerpos chocando se escuchaban como aplausos, mientras nuestros fluidos y nuestros jadeos se mezclaban. Me encantaba pensar que del otro lado de la pared habría alguien escuchándonos disfrutar de esa manera.

    – Querés que acabe afuera? – dijo Gonzalo luego de un rato.

    – No. – respondí.

    Gonzalo tiró su cuerpo sobre mi espalda y tomó con su fuerte brazo todo mi abdomen, apretándome hacia él. Pegó su cara a mi cuello y nuestros gemidos se acompasaron. Aumentó la rapidez de su penetración y de repente escuché su rugido y sentí su semen caliente entre mis piernas. Nos quedamos inmóviles unos segundos ahí, pegados, mientras nuestras respiraciones se normalizaban. Él me besó el cuello dulcemente, y salió de mi interior.

    – Vas a tener que cambiar las sábanas – me dijo divertido mientras miraba las fundas de las almohadas todas pegajosas.

    Yo sonreí, me limpié el semen con unos pañuelos que había en la mesa de luz y me recosté en la cama, dando por terminado el polvo.

    – No, vení, falta que acabes vos. Mirá lo mojada que estás… – dijo mientras me tocaba con sus dedos.

    Yo comencé a gemir de nuevo ante su tacto.

    – Sentate en mi cara. – me pidió mientras me nalgueaba cariñosamente el culo.

    Se acostó boca arriba y me guio para que me pusiera sobre su cabeza. Yo jamás había hecho eso, pero lo había visto más de una vez.

    Me senté sobre su boca de cuclillas y él comenzó a lamer mi sexo, sosteniéndome el culo entre sus manos. Yo me estremecía y me movía involuntariamente, y él me agarraba con más fuerza. Lamió mi clítoris, mis labios, mi ano. Hasta que luego de un rato de estimularme volvió a mi entrada vaginal y me penetró con su lengua. Yo sin poder evitarlo, llevé mi mano al clítoris y lo froté con velocidad, mientras sentía la cálida lengua de Gonzalo entrando y saliendo de mí. Con su dedo gordo comenzó a acariciar la entrada de mi culo, suavemente. Yo era virgen anal, pero esas caricias delicadas me llevaban al cielo. La combinación de su lengua, sus manos y las mías me estaba por hacer explotar.

    – Voy a acabar – le dije entre gemidos cuando empecé a sentir el calor en mi sexo.

    Él incrementó la intensidad y dejando brotar un grito ahogado, me vine en su cara.

    Yo no tenía mucha experiencia pero a mis ojos él parecía un experto. Sabía exactamente qué hacer y cómo hacerlo, ejercía la presión y la velocidad ideales, y me sabía leer a la perfección. No quería que esa noche terminara nunca.

    Me retiré de encima de él y me acosté boca arriba a su lado. Él se sentó, me contempló un instante, y luego se acomodó con su cuerpo sobre el mío, abrazado por mis piernas alrededor de su cadera. Me besó delicadamente los labios, acomodándome el pelo detrás de la oreja.

    – Cuando necesites ayuda para subir más cajas, contá conmigo – dijo con su boca rozando la mía y una sonrisa en los labios, y luego me dio otro beso.

    Nos quedamos ahí un rato, en una intimidad que me parecía imposible tener con un desconocido. Acariciándonos, riéndonos. Me sentía mucho más cómoda allí con el empleado del edificio, que en muchos años con mi propio marido.

    – Tenés hambre? – le dije recordando que jamás habíamos cenado.

    – Un poco, sí.

    – Vamos a la cocina que voy a hacer la famosa cena que te prometí. Para que veas que soy una mujer de palabra.

    – No lo dudo – dijo Gonzalo sonriendo – pero espero que después el postre seas vos.

    Nos levantamos y recuperamos las prendas perdidas por el departamento. Comimos y tomamos vino, hablamos de nuestras vidas, nos divertimos y volvimos a encamarnos (varias veces). Luego de esa noche nos empezamos a ver cada vez con mayor frecuencia, y Gonzalo me inició en muchas nuevas experiencias. Pero principalmente me hizo conocer una Mónica que tenía adentro esperando salir, y por eso le voy a estar siempre agradecida.

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  • Con Kim en la playa liberal

    Con Kim en la playa liberal

    La bella y atractiva Kim lleva a su amante Chris a una particular playa nudista. Chris descubrirá en esta visita veraniega hasta dónde es capaz de llegar ella en su libertinaje.

    __________

    “La playa liberal”, según Kim no era una como cualquier otra, se debían de respetar ciertos protocolos de los cuales le hablaría más adelante.

    —¡Mirá qué hermosa plasha! —dice majestuosa.

    La mayoría de las personas echaban un vistazo a los recién llegados, algunos de manera discreta, otros no.

    —Vení. —Le rodea con los brazos para besarlo.

    Chris, con sus manos aferradas a su cintura, le corresponde y sus lenguas no tardan en ponerse a bailar.

    —Mmm, ¿y ese beso? —pregunta.

    —Es para que todos los que están mirando nos ubiquen como novios.

    —¿Novios?, ¿ahora somos novios?

    Ella sólo le guiña un ojo, toman sus cosas y se ubican en un sitio. Acomodan las esterillas, las sombrillas, la conservadora con bebidas frías. También estaban los productos de rigor para el cuidado de la piel, eran las cinco de la tarde, un horario en la región ideal para estar bajo el sol.

    A Chris le sorprendió el comentario de Kim sobre eso de ser “novios”, porque no sabía exactamente cómo catalogar su relación, lo más cercano sería de follamigos. Él quiere intentar algo más serio. Piensa que ella es como un “pasaje de ida a la lujuria”, alguien que se pasea juguetonamente por los pasillos del sexo, experimentada, conocedora del camino más placentero para sí misma, pero sin descuidar jamás la cautela. Con una mujer así podría ser increíble todo lo que aprendería sobre la materia. Cuando le pidió contemplación sobre el tema, ella le respondió:

    —No creo que te agrade ser mi novio, no tenés ese “perfil” que busco.

    —No entiendo. ¿Por qué no intentas, aunque sea, ponerme a prueba?

    Se había quedado pensativa y luego le propuso la visita a esta particular playa. Chris no sospechaba, ni se enteraba, del carácter críptico que tendría el viaje, comprendía su estilo de vida liberal y no tenía problemas con ello, pero la realidad es que estaba lejos de entender a lo que ella se refería con lo de “perfil”. Kim deseaba que él, luego de la experiencia en la playa, pudiera elucubrar algo.

    La dama estaba contenta con su nueva compañía, Chris le parecía un chico agradable, guapo, un boy toy. Es además respetuoso y se dejaba llevar por sus juegos más ligeros. Se nota que el acompañamiento femenino le es habitual. En una ocasión pudo conocer a la chica con la que antes estaba, y le había resultado muy bonita. Sentía que seguían enamorados pero, por algún motivo (Kim intuía que debía ser de índole sexual), se habían dado un tiempo. Con respecto al sexo, Kim se dio cuenta enseguida que le falta práctica para llevar a cabo de manera óptima un rol activo o dominante. Deducía que tal vez Chris, en su adolescencia, por lo carilindo que es y su actitud un tanto pasiva, las chicas se le tiraban encima y le hacían lo que querían, quedando así a disposición de ellas. De todas maneras, se notaba que quería mejorar, y eso le parecía tierno pero no estaba para hacer de entrenadora.

    —Voy a tomar sol un ratito. ¿Me pasás el bronceador? —dijo ella.

    Le buscó el producto, ella cuidaba mucho de su tersa piel; antes de venir se había puesto otra crema. Con el pote en mano, se puso a observar con detalle como se desnudaba la atractiva mujer, quitándose lentamente el brazilian boyshort color negro, y la parte superior de la bikini roja. La brisa hacía revolotear su rubio y lacio cabello. Su cuerpo es escultural, una obra de arte. Se acostó boca abajo, con sus brazos como almohada, y le dijo:

    —Ponéme por todo el cuerpo. Tiene que ser rápido.

    —¿Por?

    —Porque así dicen las instrucciones, especialmente por la cola.

    Chris sonrió, no faltaban con ella las bromas con connotación sexual. Luego del ritual, se acostó a su lado para charlar.

    —Coméntame: ¿qué tiene de especial esta playa que tuvimos que dejar los móviles en la entrada?

    Por normativa de la estancia, todos los que ingresaban a la playa, de carácter privado, debían de dejar móviles y cámaras fotográficas en un casillero con seguro.

    —¿Qué te parece? —le responde.

    —Pues… De seguro para que ningún gilipollin fotografíe a las tías en tetas. —Ella asiente—. Se ve que se lo toman bien a serio. —Observó a los guardavidas, quienes también ejercían de seguratas, haciendo sus rondas.

    —Te comento bebé, en esta playa se puede coger también.

    —Uff

    —Si, te explico: la playa está dividida en zonas, a la derecha está la parte de playa nudista normal, y a la izquierda está la “zona de sexo”, ahí van las parejas, o grupos, para garchar tranquilos separados del resto.

    —Madre mía, joder con la playa liberal, eh.

    —Si, está re bueno. A veces graban porno acá.

    —¿De verdad?, ¿y ahora grabarán una? —comentó en broma.

    —Nono, te avisan en la entrada y por todos lados si eso pasa.

    —Uy, ¿y tú fuiste alguna vez a ver cómo es?

    —¡No!, ni en pedo. No quiero saber nada yo de eso, ni arrimarme siquiera. No quiero saber nada de que me graben, me saquen fotos, ni nada. Está bien que soy loca pero tampoco para tanto. Por eso me gusta acá, puedo tomar sol desnuda, tranquila de que ningún pajero me saque fotos con el celular.

    —¿Y cómo diste con un lugar así?

    —Yo conozco al dueño, es amigo mío.

    —¿Cuándo dices “amigo” te refieres a un amigo de verdad, o a un amante?

    Ella no le contesta, sólo sonríe y continúa diciendo:

    —Solemos venir con mis amigas, a veces para despedidas de soltera. Viene gente muy linda, con altos cuerpos. Acá se coge seguro.

    —Comprendo, se viene de marcha.

    —Ahora está tranqui, pero vas a ver dentro de un rato cuando empiece a caer más gente.

    Chris sabía que Kim es empresaria y solía ir de vacaciones con amigas y tal, pero no comprendía con qué contactos hay que dar para localizar lugares como estos. Ella se incorporó y miró su reloj, luego echó un vistazo alrededor.

    —¿Buscas a alguien? —preguntó él temiendo que ella haya invitado a alguien más a la fiesta.

    —No…

    Ambos se sientan, mirando al mar. Él se queda embobado unos instantes viéndole los pechos, justo el tiempo suficiente para que ella le pescara.

    —¿Te gustan?, dentro de un rato las vas a ver rebotar.

    —Opa.

    —La idea es que te saques la ropa también vos —le recuerda acariciándole la cara interna del muslo.

    —Así que venías con tus amigas aquí, eh —Intentó eludir el tema.

    Ella se ríe, sabía que se estaba haciendo el tonto.

    —Si, y te comento que más de una acá habrá quedado preñada.

    —¡Madre mía!

    Kim se levantó, le dijo que iba a darse un rápido chapuzón y luego regresaría. Él la observó con atención todo el trayecto. Notó que había también otras chicas atractivas en la zona, acompañadas por chicos fitness, pero de todas maneras su atención estaba en ella.

    —¡Qué cuerpazo te traes! —expresó Chris con auténtica fascinación cuando regresó.

    —¿Te seguís sorprendiendo de mí físico vos? Digo, ya cogimos varias veces.

    —Es que eres para jamás dejar de sorprenderse.

    —Ay, pero qué romántico.

    Ambos ríen y ella le acaricia unos momentos su cabello rubio y corto, despeinando en el proceso el copete ladeado. Se vuelve a poner la bikini.

    —¿Hey? —reclama él.

    —Hasta que no te saqués vos…

    Se quedó de pie, con los brazos en forma de jarra, mirando alrededor.

    —¿Buscas a alguien? —repite.

    —¿Estás celoso? —insinúa jocosa. —¿Te molesta que mire los chicos lindos que hay?

    —Pff —se mofó con aires—, ¿dónde?, puro maromo veo yo.

    —Ahí, mirá. —le señala en la distancia a un chico que pasaba—. Mirá esos abdominales bien marcados.

    —Pero es feo de cara.

    —¿Y aquel otro? —señala a un segundo en las cercanías que se estaba desvistiendo—. ¿Con ese culito lindo?

    —No, muy peludo.

    —Aish, vos también más delicado… —Ella continúa buscando. Le señala a uno que salía del mar—. ¡Ahí está!, de ese no me podes decir nada, lindo, buen físico y con tremenda garcha colgando.

    —De tan grande que la tiene de seguro no se le pone dura.

    —¿Querés apostar? —sugiere con picardía.

    Él se le queda mirando unos momentos.

    —No, no me interesa, estoy mirando a la chica que va allá, solita, al agua. —dice para intentar competir.

    —Ah mirá… —se vuelve a sentar a su lado—. Esa es una cosa que se me pasó decirte. Acá en el medio donde estamos, que sería digamos como una zona neutral, hay ciertos códigos. Son como señales: si una chica va al agua sola y se queda ahí tonteando, es una señal para que se le acerquen los “tiburones”. Si ella no quiere que nadie la moleste, va con el novio, o marido, o toque, guampa, lo que sea, hay de todo acá. Ese de allá debe ser el marido.

    —Te conoces todo, eh.

    —Sii —dice experta—, este lugar es vip, acá para entrar tenés que ser conocido o invitado de alguien de la casa, sino no entrás.

    —Oh wow.

    —¿Viste?, te traigo a lugares exclusivos yo.

    —Sos una genia —le responde imitando su acento.

    —Mirá, fijate —le señala la escena, un tipo se le acercaba a la chica—, uno piensa que los varones se van desnudos al agua para sentir la experiencia del mar y eso, pero no, es para apoyarle el paquete. Ahí se quedan coqueteando un rato y si hubo buena onda, se van a la zona de coger.

    —¿Y qué, le deja al marido ahí tirado? —Ella asiente—. Uff, yo no sé si dejaría que se alejen, preferiría que se quedaran cerca.

    —¿De verdad, Chris? —le dice algo seria—. Porque eso de irse a la zona se hace para que el marido no se sienta humillado porque su mujer está cogiendo con otros, en frente suyo.

    —Ahmm, bueno no sé el tío ese, pero yo no confío tanto en que todos los tíos aquí tengan códigos, alguno puede llegar a descontrolarse y tal… no sé.

    Kim se quedó algo pensativa, el futuro con Chris lo sentía algo incierto, y sólo podía especular cómo él se tomaría sus gustos más profundos… debía de averiguarlo.

    —Okey, vamos a ver qué tan bueno sos: me voy a ir solita un rato a la zona de los tiburones y después vuelvo. Acordate que los demás piensan que somos novios.

    —Para mí es un deleite verte dar falsas ilusiones a esos tíos.

    —Okey, ya vuelvo.

    —¿Y si voy contigo?

    —No, yo quiero saber si cumplís con tu palabra.

    No le dio tiempo de apelar, se fue con prisa al mar. ¡Joder!, Chris no sabía qué fue lo que ella entendió de sus palabras, pero algo le decía que las cosas se iban a poner cachondas. No le gustaba la idea de que se alejara. En otras ocasiones, había pasado que ella se “desaparecía” con unos camaradas y, como no son novios, no podía exigirle que se quedara con él. Le hacía recordar a esos amigos mujeriegos que, en las discotecas, se iban con la primera que encontraban, dejándolo a uno solo; por ello es que le había dicho aquella chapuza.

    La observaba con atención. Cuando llegó a la orilla un tío que pasaba le saludó. Antes de alejarse, pareciera ser que le había hecho un cumplido por sus pechos, porque ella los bambolea encantada. Se sumerge hasta la altura del ombligo y voltea a verlo. Un tío, el primer tiburón, se le aparece por detrás y le hace unos toquecitos en el hombro. Ella se gira y comienza a charlar con aquel colega. Chris pensó que éste también le habría alabado los pechos porque, al cabo de un rato, se podía intuir que se los estaba tocando. Otro tiburón se acerca y se posiciona detrás de ella. Unos instantes después se suma otro. Los dos últimos en llegar formaban un “muro” entre Chris y ella.

    Le inquietaba no poder ver lo que pasaba en esa reunión, estuvo tentado a acercarse, hasta que uno de los tiburones se marchó, dejando espacio para verla. Se encontraba charlando con el que se posicionó de espaldas a Chris, y con el primer tiburón pegado a su retaguardia, abrazando su cintura. Era notorio el flirteo que se estaba llevando a cabo entre los tres..

    Tiempo después se separaron. Ella vuelve sola. Los otros dos se quedaron rezagados, aprovechando para verle el trasero. Luego se marcharon.

    Se acerca con una sonrisita. Chris no sabía qué es lo que iba a pasar a continuación.

    —Te dije que te saques el short, que para eso estamos en una playa nudista —le dice Kim. Se le tira encima para quitárselo.

    —Vale, vale, pero… ¿en qué habéis quedado con esos tíos?

    Mirándose mutuamente, ambos de ojos verdes, le responde con un tono perverso:

    —Ahora, dentro de un ratito, vienen para acá.

    —Shit.

    —Les dije que estoy con mi “novio”, y los invité. ¿No era eso lo que querías?

    —Que estés conmigo, sí.

    Consiguió, a las fuerzas, quitarle el pantalón. Se quedó encima suyo, jugueteando, hasta que ella ve, por detrás de él, que se acercan los otros. Ambos tíos estaban completamente desnudos. Uno de ellos tenía el físico trabajado, con unas facciones bien marcadas. El otro era delgado, no muy fibroso pero bastante guapo.

    —Chris, te presento a mis “amigos” —acentuó—, Iván y Juan… Y sus amiguitos ahí colgados se llaman Thor y Grey.

    Se ríen los colegas de la coña y realizan los formales saludos de rigor. Se pusieron a charlar pero seguían de pie.

    A Kim se le iba la vista cada tanto hacia sus miembros.

    —Chicos, me encantan cómo se ven desde este ángulo, pero se me sientan por favor —su tono se notaba algo agitado.

    Los colegas sonrieron y se sentaron en ronda. Eran majos, muy caballerosos y galanes. Chris sospechaba de que no se trataban de chicos random, probablemente ella lo había armado todo, le creía capaz de ello, de seguro eran conocidos suyos.

    Uno de ellos, el tal Iván, le dijo a la dama:

    —Te pregunto, con todo respeto, ¿Vos venís a la playa nudista para estar vestida? Porque todos acá estamos en bolas.

    —Ay mi amor —responde mirando a Chris—, quieren ver mi culo —luego se ríe de su acting.

    De pie, en medio de la ronda, procede a quitarse la parte inferior del bikini, moviéndose como en un striptease. Ya sin ellos, mueve sensual su trasero para sus invitados, yendo de la cara de uno al otro.

    —Vieron qué culazo —dice inclinada, con las manos apoyadas en las rodillas—, bien durito —y prosigue a palmearse un glúteo.

    —¿No será operado? —le pregunta el tal Juan, más por coña que por otra cosa.

    Ella finge que está ofendida por el comentario.

    —¡Agh, par favaar! —Apoya el dorso de la mano en la frente—. Es cien por ciento herencia y mucho trabajo. Se los puedo demostrar: vamos, toquen…

    Los dos colegas, ni cortos ni perezosos, comenzaron a acariciar y apretar sus nalgas. Ella se estaba excitando, mordía su labio inferior y la respiración se le entrecortaba.

    —Si, bien durito está esto —dijo uno.

    —Todo en su lugar, firme y natural —culminó Iván, el otro.

    Ambos dejan de toquetear a la dama tras sus apreciaciones. Ella se sienta arrodillada frente a ellos, dejando descansar sus turgentes glúteos sobre sus talones. Chris la podía apreciar de lado.

    Kim también echaba un vistazo a la entrepierna de Chris. Pudo notar, algo disgustada, que, tras la escena, no se encontraba del todo erguido. Miró luego los penes de sus invitados, y dijo:

    —¿Vieron?, bien durita está mi cola… como sus vergas. —Los colegas se abren de piernas para mostrar, aún más, sus firmes erecciones. Ella le echa una mirada insinuadora a Chris y luego pregunta—. ¿Cómo hacen para mantener todo eso así de duro?

    —Con mucho ejercicio —dice Iván.

    —¿Esto? —continúa Juan agarrándose el pene—, esto se mantiene así con una dieta a base de chicas lindas, con un culo bien durito… como el tuyo.

    —¡Ahh, qué casualidad! —Kim actúa cara de sorpresa—. ¿Escuchaste amor? Yo también me mantengo a base de ejercicio.

    —¿Ah sí, cuál? —inquiere Iván.

    —Sentadillas en pijas duras, como las de ustedes —esclarece con actitud desafiante.

    —Y bueno… Hay que mantenerlas firmes entonces.

    El otro colega se empieza a poner de pie.

    —Mi amor ¿nos disculpás? —pide con cachondez a Chris— Vamos a hacer ejercicio…

    FIN

    Por Dany Campbell

  • Un trío intenso al llegar con la cena

    Un trío intenso al llegar con la cena

    Ha sido un día muy pesado, con muchas cosas en el trabajo, que extendió mi jornada un par de horas más de lo habitual. Ya camino a mi auto vuelvo a ver de nuevo tu mensaje donde me avisas que no me preocupe por pasar a tu trabajo, ya que te irás directo a la casa, aprovechando que te llevará una amiga tuya, que se quedará a cenar. Sólo me pides que pase a recoger los alimentos, que ya solicitaste, al restaurante que nos queda de camino a nuestro hogar, y del que nos hemos hecho muy buenos amigos de la pareja que es dueña del mismo, ya que somos clientes asiduos a su cocina italiana.

    Tu mensaje me descargó de la preocupación de pasar por ti, al saber que llegarías a casa y aprovecho para pasar por un par de botellas del vino tinto que te agrada para acompañar la cena. Converso brevemente con Armando mientras me entrega la comida que ordenaste y hace el cobro a la tarjeta. Pasa Alicia, su agradable esposa y nos saludamos de forma rápida, mientras se dirige a atender a los clientes que acaban de sentarse en una de las mesas. La noche está concurrida para ellos siendo martes, lo que es de agradecer, ya que tienen poco de haber comenzado a abrir estos días. Anteriormente daban servicio de miércoles a domingo, cerrando poco antes de las 20 horas, sin embargo lograron la extensión del horario de operación y ahora están abiertos hasta las 23 horas de martes a domingo, lo que les ha significado un incremento del negocio. Me despido agradeciendo que siempre nos atienden muy bien y obsequian con algún presente de postre o pan que preparan ellos mismos. Ya son compañeros de algunas aventuras.

    Subo al auto, acomodo todo en el asiento trasero y manejo los 10 minutos que nos separan de nuestra casa bajo una pertinaz lluvia vespertina propia de la temporada del año en nuestra ciudad. Al llegar a casa, encuentro el coche de nuestra acompañante, estacionado en el lugar que tenemos disponible para visitas. Bajo las cosas, entro por la puerta de la cocina, meto al refrigerador las botellas de vino y veo que está la mesa puesta para 3 comensales esperando la llegada de los alimentos.

    Me asomo a la sala y veo las luces encendidas, una bolsa de mujer que no reconozco, tu gabardina y un saco parte de un traje sastre sobre uno de los sillones de la entrada, más ustedes no están allí. Tenemos un estudio donde trabajamos y luego nos vamos a conversar ya que cuenta con una amplia mesa de trabajo, además de una salita de tele y me dirijo hacia él sin encontrarlas en ese lugar. Adelante están los dormitorios, el de visitas que está apagado y el principal.

    Percibo la luz de nuestra recamara al fondo del pasillo. Doy unos pasos con cuidado y empiezo a escuchar susurros, gemidos y comienzo a distinguir el sonido de besos, así como tu voz y la de nuestra acompañante que no se me hace conocida. Me paro en el marco de la puerta y, aprovechando que está entreabierta, puedo verlas recostadas en nuestra cama ya algo distendida. Desnudas las dos, abrazadas y sudorosas. Alegres, disfrutando del contacto de sus cuerpos. Su abrazo les hace restregar los senos de ambas, mientras las manos de cada una acarician la espalda, la cadera, los hombros, el cabello de la otra. Todo ese cuadro es muy erótico y excitante. Se ven hermosas, generosas, brillantes y destellan deseo y pasión. Ella pareciera ser un par de años menor que tú, desconozco qué edad tenga. En ocasiones se dicen algo entre susurros, que no alcanzo a escuchar, seguido de otra oleada de besos intensos, donde sus lenguas se buscan y acarician con intensidad y pasión. Mi pene refleja ya la excitación de la escena. Puedo ver tu mano bajar a su entrepierna y acariciarla, haciendo que ella gima y abra las piernas para darte mejor acceso. Trato de no hacer ruido y las observo darse cariño, despertar sensaciones y arrancar gemidos. Te veo penetrándola con tus dedos, haciéndolo rítmicamente y observo a ella disfrutando de sentirse poseída por ti. Le gusta lo que siente y te expresa cómo la coges y la haces sentir. Ella se sujeta de tus hombros y eventualmente te lleva una mano a tu cara, acariciando tu rostro y de momento lleva sus dedos a tu boca, que chupas con deseo como si de un pene se tratara, lo que te excita y la hace sentir deseada.

    Puedo escuchar cómo está ella excitada por el ruido que se emite mientras acaricias su vagina ya con intensidad, e imagino lo mojada que está tu mano. Te dice, entre gemidos de excitación, lo mucho que disfruta tus caricias, las ganas que tenía de esto y la forma que la prendes y excitas. Pide que no te detengas, que quiere más, que acelere tus movimientos y su cuerpo muestra la cercanía de un orgasmo producido por tus caricias, a través de esos temblores continuos, llegando a una intensa explosión de su sensualidad, estirando y contrayendo su cuerpo, apretando tu mano entre sus piernas y mojando todo. Es una belleza ser testigo de ello.

    Tú me ves desde la cama mientras ella sigue recuperándose. Tengo ya mi verga fuera de mi pantalón y me estoy tocando a todo lo largo, embarrando mis primeras gotas en la punta, disfrutando de la escena que ustedes dan. Retiras tu mano y la tienes llena de sus jugos. La llevas a tu boca y con tu lengua los saboreas, dándole a probar a ella también, lo que hace que se vuelvan a fundir en besos intensos y pasionales. Abro un poco más la puerta y me recargo en el marco mostrándote mi ya dura erección.

    La recuestas y le abres las piernas para saborear su vagina. Pierdes tu cara en ella, lamiendo, besando y succionando toda su entrepierna. Ella levanta sus caderas para ofrecerte su deliciosamente pequeño culito, que lames ávidamente, haciendo que ella se estremezca de la excitación. Le dices que ya estoy allí y que las observo. Ella gira la cabeza, entre espasmos de su reciente orgasmo y sólo esboza una sonrisa sensual, traviesa y divertida, mientras saluda con una mano brevemente.

    Haces señales para que me acerqué. Boto el resto de mi ropa y me acerco a la cama. Me recibes con un beso intenso, dándome a saborear su vagina y tomas mi verga, llevándola a tu boca lamiéndola rico como siempre lo haces, mojándola toda. Te gusta tener un pene en la boca y siempre haces estremecer a quien te da esa oportunidad con tus caricias orales.

    Vienen las presentaciones. Alma -le dices-, te presento a Eduardo. Eduardo, saluda a Alma, que nos acompañará esta noche. Y regresas a lamer su vagina. Ella sólo abre los ojos brevemente, y encuentra mi pene. Estira su mano, lo toma y empieza a acariciar, incorporándose para llevarlo a su boca. Levantas la cara, la observas lamiendo y metiendo mi pene profundamente y sólo dices: veo que ahora ya se conocen más y sonríes. Los dos hacemos lo mismo, mientras ella profundiza su mamada sobre mi duro pene, ahora llegando hasta mis testículos, chupando con deseo y avidez.

    Te veo frotar su clítoris y empezar a meter tus dedos en su vagina de nuevo y extender tus caricias hasta su ano, que lames y tocas intensamente, haciendo que ella se retuerza en nuestra cama. Me llamas y me acerco a ti observando cómo la coges con tus dedos y empiezas a meter tu pulgar en su culito. Ella suspira al sentir este nuevo intruso en su cavidad anal y reacciona levantando su cadera para que la puedas coger mejor. Nos besamos y te veo cogiéndola con tus dedos y haciéndola gozar.

    Me dices que quieres que la coja con mi verga, que ya se la habías ofrecido antes de que yo llegara y que su culito es materia dispuesta. Entonces me acomodo entre sus piernas sin que le saques tus dedos y con tu otra mano pasas mi pene sobre su entrepierna, frotando la punta en su clítoris que ya se aprecia hinchado, mojas la punta con tu boca y sacando tus dedos de ella, juegas un poco en la entrada. Le preguntas si la quiere y asiente moviendo ligeramente la cabeza, mordiendo su labio inferior. Pero tú quieres que te lo diga de viva voz y le preguntas de nuevo si la quiere dentro y ella sólo alcanza a contestar un sí, entre gemidos de excitación. Colocas la punta en su entrada y le frotas su clítoris haciendo que se estremezca nuevamente, mientras le preguntas si le gustó chuparla. Ella contesta apurada y la pide adentro. Me dejas en esa posición y la voy introduciendo en ella poco a poco, sintiendo como se abre paso mi verga entre sus paredes húmedas de la excitación. En pocos momentos, ya está plenamente ensartada, con las piernas levantadas, abiertas y me inclino para chupar sus senos turgentes, retadores, sintiendo sus pezones erectos y ricos. Ella inmediatamente comienza a mover su cadera buscando sentirse cogida. La dejo hacer sus movimientos y con mi mano le masajeo uno de sus senos, jugando con su pezón, mientras le lamo y succiono el otro. Tú te acercas a besar su boca y a decirle algunas cosas que no alcanzo a escuchar. Los besos entre ustedes se hacen más intensos y pasionales. Entonces, te separas de ella y ahora tú le das tus senos a chupar, lo que sin dudar, ella hace de inmediato. Yo ya voy empujando en ella y siento como está mojando mi verga con sus corridas continuas. Sacas del cajón del buró uno de los vibradores y le empiezas a tocar su clítoris con él y eventualmente lo pasas alrededor del tronco de mi verga que queda fuera de su vagina. Lo llegas a perder hasta su culito y reacciona intensamente al colocarlo allí, viniéndose en un intenso orgasmo que nos moja a ambos. Apenas terminan sus espasmos, aún con mi verga dentro, decides lamerla un poco y colocar de nuevo el vibrador, mientras que con tu otra mano, masajeas mis testículos y me dices que la llene de semen. Que es algo que ella disfruta y quiere esta noche. Irse llenita, mojada y plenamente cogida, ella gime mientras de la excitación que le produces con el vibrador y mi verga, y comienza a moverse.

    La detengo un poco. Salgo de su vagina y me acuesto en la cama, recargado en la cabecera. Mi pene está duro y erecto, mojado de los fluidos de ella. Se acercan ambas y después de besarse, se ponen a lamer y chupar mi pene y testículos en forma muy sensual. Te colocas entre mis piernas y succiona mis testículos, alternando cada uno en tu boca y con tu lengua acaricias mi perineo. Ella, hincada y de lado mío, sujeta mi pene con una mano, empieza a realizar caricias con su lengua a la punta, lamiendo a lo largo, regresando a la parte alta para devorar una gota que asoma, yo acaricio sus senos y pezones. Sus labios rodean mi pene, bajando poco a poco hasta ir recibiendo la mayor parte. Se detiene un poco y sin problema lleva mi pene hasta su garganta y lo mantiene allí por momentos. Las sensaciones son intensas para mi, al sentir a ambas dando placer a mi cuerpo. Al sacar mi verga de su boca, ella te toma del cabello, levantas la cabeza y se encuentran de nuevo para darse un beso intenso, donde sus lenguas juegan acariciando sus labios, la comisura y barbilla.

    Ella se incorpora y me monta dándome la espalda. Lo que hace que dejes de lamer mis testículos. Toma mi verga con su mano y frota su clítoris hasta colocarla, mojada de sus jugos en su ardiente entrada. Entonces va dejando caer su peso poco a poco hasta tenerla completamente dentro de ella. Te incorporas y después de besarla y jugar un poco con sus senos, mientras le dices algo al oído y le das una pequeña nalgada, te vas a recostar a mi lado, y vemos la forma que levanta y deja caer su cadera, cogiendo mi verga rico, mojándola en cada movimiento. Sus bellas y firmes nalgas, del tamaño ideal, acompasan sus desplazamientos y dejan ver su culito, que no tardas en tocar con tu dedo mojado hasta lograr meterlo en ella. Eso la hace voltear y mostrar su satisfacción y deseo de ser cogida doblemente. Empujas tu dedo en ella y reacciona gimiendo y mojando mis testículos con una nueva corrida.

    Se ve hermosa cogiendo mi verga y tú y yo nos besamos mientras te digo que ella me está haciendo llegar rápidamente con esos movimientos que hace de cadera. Le pides que siga, si quiere tener mi semen dentro de ella, e incrementa sus movimientos en respuesta, haciéndome venir intensamente. Tú y yo nos abrazamos. Sabemos que habrá más y que la noche es larga e intensa.

    De la cena no nos acordamos.

  • En el laburo

    En el laburo

    Yo tengo 32 años, y la cuestión fue con el pibe de 27.

    Mi jefa de área trajo al hijo a trabajar como operario de matriz. A mi siempre me pareció un chico lindo, yo soy gay, pero me gusta ser activo. Él tiene novia. Siempre chiste va y viene (no hablo de mi vida privada, pero mis compañeros saben que soy gay) y un día lo veo que con una regla me mira cómplice y se mide la mano con una regla, le miro y le digo opaaa «que manos grandes!» y todos sabemos lo que dicen de los hombres con manos grandes (teoría que refuto rotundamente jaja)

    En pandemia nos rotábamos para venir a laburar en la oficina, operarios venían todos los días. Los días que me tocaba ir, comíamos juntos, ya que la oficina no comía junto a los operarios, pero como él es hijo de jefa de área, obvio hizo la gestión. Cuestión que la convivencia nos iba juntando cada vez más, le tocaba la mano con mis manos frías, porque él no me creía que mis extremidades todo el tiempo estaban congeladas.

    Un día noto que su pantalón solo estaba sujeto por el cierre, porque el botón se rompió. Y le dije «ehhh vago repara tu botón» y él me dice «ehhh que mirás» y retruqué «¿cómo no mirar terrible paquete?» se sonrió y se fue. Bueno en realidad tampoco tanto, pero me pareció que se sentiría halagado y los que queremos una presa hacemos eso, o al menos yo lo hago. Siguió sin reparar su pantalón por lo que siempre le hice la misma broma, me dice «pasa que la presión de mi pija hace romper el botón», «¿Tan grande es? Hasta no ver no creo» solo sonreía y se iba a su puesto de laburo. Siempre trataba de armar algún chiste que iba dirección a su pene y no tuvo resultado. Ya para el 2021, todos debíamos volver a la oficina todos los días, y ya estábamos todos por lo que ya no era lo mismo, yo suprimí los chistes. Ah no ser cuando estábamos solos.

    Pero como es el destino, un día bajo a buscar un remito por compras de matricería y él me dice hay uno en la oficina del jefe de matricería, vamos que te lo doy. «Vamos» le dije «¿Me lo vas a dar todo en serio», se sonríe y me dice «entero!» Bueno entramos y hace como que cierra la persiana, y yo le sigo cerrando la puerta, y se empieza a reír, entonces me acercó y lo abrazo y me dice» que hacés?» mientras se reía y abría la persiana, entonces abría la puerta y me da el remito y había un mueble enorme donde me dice que el jefe tenía cabezas de los animales que cazaba (porque el viejo era cazador de animales) Me dice «te animas a tocarlos?» le dije «a esos no, pero a esa cabeza si» mientras le señalaba su verga (a todo esto ya habían comprado nueva ropa de lauro) Se ríe, peor no se va, le digo «puedo tocar?», «si!» me dice y me mandé. Se ríe y me dice, «No, puedo creer que te animaste» se va riéndose.

    Pensé que metía la pata hasta el fondo, y temí porque hablará de lo sucedido. Entonces bajé y le dije que me disculpara y me dice que no me preocupe, peor que no pensó que me iba a animar a tanto, le dije yo con vos hasta un oral me animo, se ríe y me dice dejame ver.

    Al siguiente día lo veo desde la ventana me saluda y me hace señas de vernos en la oficina del jefe matricería, planta abajo, poco concurrido antes de las 10 de la mañana. Listo a los 5 minutos los dos dentro me dice, con la luz apagada, «lo pensé y acepto» puse llave me acerqué y me arrodillé le baje el pantalón, pase mi cara por su bóxer, el gozaba, lo escuché gemir, le baje el bóxer y puse lo mejor de mí para comerle la pija, él me decía «qué rico Leo!» me encantó que me nombrara, me puso más a full, tanto que deje que me dejara su leche en la boca, que luego escupí.

    Me dijo que le gustó mucho la mamada que le hice, fue una de las mejores. Luego de esa semana, me tomé 3 semanas de vacaciones. Y cuando vuelvo, él se tomó 1 semana, así al mes nos volvimos a ver me dice entre otras cosas «cuando repetimos lo nuestro?» y arreglamos para la mañana siguiente donde siempre y así fue, yo ya estaba re caliente. Ocurrió pero sin acabar, me saca la verga de la boca y me empieza a manosear la verga, así que me bajo el cierre y saco al pija y me dice «no, que hdp» porque no es de fanfarrón, peor tengo una buena pija 17 x 6 gruesa, la del era mas delgada, y menos corta, (15×4 maso) .

    Y mi cara de estar en el cielo cuando se agacha y me empieza a chupar la pija y a diferencia de él que solo pelaba y yo hacía todo el lauro oral, yo le agarre la cabeza y se la empecé a coger, lo agarré de los pelos, y como no se opuse lo tuve así, sin acabar igual, ya transcurrieron unos minutos y no nos podemos ausentar mucho rato. Solo le pedí un pico, me dijo que no, le dije que solo sería un pico y accedió y así fue.

    Pasaron los días y le dije que me gustaría verle la cola, a él le gustaba depilarse, dice que tanto a él como a su novia le gustaba así sin pelos, la verdad a mi no me gusta depilarme, le dije si al cola también la tenía sin pelos, así que dije que la quiero ver, al siguiente día nos volvimos a ver, cuando pongo llave me doy vuelta él ya estaba bajando los pantalones, y pelando la cola, se la mordí, se la chupe, le metí lengua, él decía «que rico, Leo» Yo seguí mientras pelaba verga y se la apoyé y le tome de los pelos y le di unos chirlos, hice fuerza para penetrarlo y no se opuso, puso al cola hacia atrás. Yo estaba re caliente mal pero sabía que allí y sin gel, a un primerizo no podía cogerlo. Quedamos en arreglar de terminar lo que empezamos…

    Hoy 22/09/21 aún no pudimos concretar, un poco porque están todos ya, otro porque vivimos muy distanciados, y además hace poco convive con la novia, no pierdo la esperanza de ser el primero en clavarlo, quiero tenerlo en cuatro, sujeto de su pelo y darle tanta pija, quiero ser el primero en dejarle doliendo culo, primero despacio, y una vez dentro y acostumbrado le voy a dar tan duro que no se va a poder mover.

    Prometo contar cuando concrete. De Villa Urquiza, Buenos Aires, Argentina.

    Pd: él tiene novia, y yo tengo novio (pequeño detalle jaja)

  • Sexo en la Patagonia

    Sexo en la Patagonia

    Gracias a uno de mis hobbies al fin puedo viajar a Argentina para reunirme con unos buenos amigos, pero antes de llegar al evento en Buenos Aires, otro grupo de amigos me invita a una hermosa ciudad austral, cosa que acepto feliz porque aprovecho para conocer a una hermosa amiga que vive en ese lugar de la Patagonia.

    Llego retrasado al lugar de la reunión porque el vuelo como siempre se demoró, busco ansioso entre la gente a mi amiga, pero me distraen los amigos que me esperan, así entre saludos, cálidas bienvenidas y brindis por fin la veo, sentada cerca del fuego con unos jeans, botas, chamarra que ocultaba por completo sus maravillosos senos y gorra porque hacía frío, bebía una copa de vino, le grité, volteó al escuchar su nombre, levante y moví la mano para que me viera, se levantó y fue a saludarme, me encanta su aspecto, intelectual y sensual, detrás de esos lentes sus brillantes ojos, su sonrisa, su voz tan cercana se escuchaba maravillosa.

    La abrace muy fuerte por la emoción y porque quería sentir las formas exquisitas de su cuerpo de tentación, sin embargo la chamarra y ropa era demasiado gruesa, sólo sentí la tibieza de sus mejillas y de su boca.

    Durante el resto de la reunión disfrutamos de unos deliciosos cortes y por supuesto vinos argentinos, así como del calor de las fogatas, no podía permanecer mucho tiempo a solas con ella, ya que mis amigos constantemente interrumpían, empezó a oscurecer, el frío aumentó, la gente se empezó a reunir en grupos más compactos, algunos más se fueron, para ese momento ya podía estar más tiempo con ella, así que aprovechado el frío y las sombras pude abrazarla, besarla, sentir esas increíbles curvas debajo de toda la ropa que llevaba, besaba de una forma muy rica su lengua jugaba con la mía, nuestros cuerpos se pegaban uno al otro buscando su calor.

    Amablemente el dueño del lugar me dijo que mi habitación estaba lista para ocuparla cuando quisiera, situación que aceptamos felices, era un cuarto rústico de piedra con madera, pieles en las paredes, en el piso y la cama, había, una pequeña sala, un frigobar y una chimenea ya encendida con leños a un lado, una cocineta y un baño.

    Todo lucía excelente, el calor de la chimenea era en verdad acogedor a eso le sumamos el vino y nuestra excitación, las chamarras cayeron al suelo, nosotros al pequeño sofá cerca de la chimenea.

    Al fin pude sentir esos maravillosos senos, le quité el suéter, bajo éste llevaba un polo ajustado que dejaba admirar su hermoso torso, tenía los pezones firmes y marcados bajo las prenda.

    Me abrazó y frotó sus piernas en mi pene erecto, lo acarició también con sus manos sobre el pantalón, se separó de mi, dirigió sus pasos hacia el baño y me pidió que esperara un momento, así lo hice, estaba muy excitado y esperando.

    De pronto con su sensual voz me pidió que cerrara los ojos, obedecí, escuché sus pasos hacia donde yo estaba y su voz cuando me dijo que abriera mis ojos, ufff la vista era maravillosa, ahí estaba ella con un liguero, bra, tanga y medias, todo de color rojo, sus hermosas piernas, cintura y tetas lucían increíbles ella sonreía al ver mi cara de satisfacción, su sonrisa sexy y seductora aumentaba mientras se acercaba a mi, una vez que la tuve enfrente me preguntó si me gustaba lo que veía, le contesté que me encantaba, ella empezó a tocarse se frotaba los senos y la vagina mientras yo miraba extasiado, con gracia y cuidado se despojó del bra, después de la tanga, pude ver que ésta ya estaba mojada al igual que su vagina de la cual caía una gota de sus jugos, se dejó caer de rodillas frente a mí, desabrochó mi pantalón, sacó mi falo erecto para besarlo, después recorrerlo con su lengua juguetona y finalmente meterlo por completo en su boca, después de succionar por un momento lo puso en medio de sus deliciosas tetas aprisionándolo y besándolo, yo acariciaba su cabellera, también tocaba sus tetas sintiendo sus pezones duros, pero suaves.

    Estaba a punto de venirme así que la separé, me puse de pie mientras la besaba y me sacaba el resto de ropa, una vez desnudo la tiré sobre la cama con las piernas abiertas para besar su mojada vagina, primero metí un par de dedos pude sentir esa deliciosa calidez y humedad, empecé a besarla desde la frente, bajando por su cara, cuello, en las tetas me detuve, las recorrí todas, dando pequeños mordiscos a los pezones, descendiendo por el abdomen mientras con mis dedos jugaba con su vagina sintiendo como estaba cada vez más mojada, al llegar mi lengua a su cavidad vaginal sentí como se estremeció, más aún cuando mi lengua penetró, después de meter y sacar mi lengua unos momentos, me puse a jugar con su clítoris, movía con rapidez mi lengua rosando ese pequeño botón, lo succionaba lo apretaba todo para hacerla ponerse tensa dejando llevarse por esa explosión de placer acompañada por sus jugos que mojaron mi boca y barba.

    En seguida me abrazo y me pidió que la penetrara, cosa que hice con enorme placer, mi verga resbaló por sus mojados labios vaginales sin problema, bombeando rítmicamente acariciando sus tetas y observado su vaivén, cada vez más rápido, antes de venirme la cargué y me dejé caer en la cama para tenerla sobre mi mirando como subía y bajaba al igual que sus bellísimas tetas, cada vez más rápido y fuerte mis manos acariciaban sus nalgas y pliegues anales, incluso metí un dedo a su ano mientras seguía moviéndose, con la boca besaba y mordía esos pezones, en un instante sentí como sus piernas se apretaron al tiempo que dejaba escapar otro chorro de tibio líquido de su vagina que sentí sobre me erección, en seguida se bajó, se puso en cuatro y me pidió que le diera por el ano, con lo mojados que estábamos no hubo ningún problema, la penetré fácilmente, tener esa vista de su espalda y nalgas mojadas por sus jugos y sudor moviéndose rítmicamente era sublime, después de meter y sacar mi verga en esa posición, con un rico gemido se mojó nuevamente mientras yo dejaba salir finamente la leche contenida en un chorro caliente dentro de su apretado culo.

    Caímos los dos exhaustos y abrazados, pero muy satisfechos.

    Marko

  • ¿Me das una mamada?

    ¿Me das una mamada?

    10:46 pm ya en mi cama y recibo tu acostumbrado mensaje de whatsapp.

    “Una mamaita rica”

    Poco después te siento llegar al cuarto, oliendo a agua fresca y jabón (sabes cuánto me gusta sentir la piel fresquecita). Entonces te acomodas acostado boca arriba con tus piernas abiertas para que yo quepa cómodamente entre ellas.

    No hablas, no miras, no tocas… tu respiración comienza a agitarse.

    Digo: “¿Todo bien?”

    Ente abres un ojo y con tu sonrisa pícara dices: “Nada más pensar en el calentón de tu boca, jum”

    Me alegra escuchar eso. También me alegra ver que como siempre estás poniendo música para pasarla rico.

    Primero que todo te miro, te respiro y disfruto de lo que voy a degustar. Agarro tu miembro aún flácido y lo meto completamente en mi boca y la cierro, permitiendo a la cabeza reposar al final de mi lengua. Mis labios están arropando completamente la base de tu miembro. Entonces empiezo a sentir como comienzas a tener tu erección, con tu bicho metido completamente en mi boca y tocando mi garganta.

    “Quédate ahí, sin moverte rico… ahhh”- sale de tu boca mientras tus ojos se ponen en blanco.

    “Ahora traga… (trago lento, aguantando tu cabeza en mi garganta) que hijueputa puñeta, me encanta que tengas este bicho en la boca”- vas diciendo mientras siento tu miembro hincharse y llenarme la boca de tu pedazo de carne caliente.

    “Ahhh” -escapa de mi sintiendo mi vulva caliente, ardiente, vibrante y deseosa. Cuánto disfruto comerte y provocarte.

    Definitivamente respondes a mis estímulos, te provoca y te descontrola sentirte tan profundo en mi garganta.

    Sientes mis labios rozar tus huevos, estás completamente dentro de mi boca caliente y sabes que es lo mejor de todo… que a mi me encanta mamarte el bicho.

    Voy saliendo y sintiendo como mis glándulas salivares activan y comienza a mojarte el bicho, lubricando perfectamente para lo que sigue.

    Te miro y tu expresión facial delata el goce que estás recibiendo; ojos en blanco, boca abierta, respiración agitada y “hijueputa mama, mama, mama rico puñeta mami”- dices.

    Automáticamente comienzo a subir y a bajar alternando entre el ritmo, dirección, succión, roce con los dientes, lengüetazo y lo que me apetezca con la bellaquera que me provocas.

    A estas alturas mi vagina está completamente lubricada, lista para ser penetrada por tus ricas embestidas. Pero en esta ocasión tienes otros planes, deseas acabar en mi boca, en el fondo de mi garganta como al principio.

    Así que con calma, vuelvo a llevar tu bicho esta vez completamente erecto, hasta el fondo de mi garganta.

    Una vez adentro, me acostumbro a tu grosor, al espacio que ocupas y tus gemidos me incitan a mantenerme.

    “Si te quedas ahí me voy a venir”- dices y repites.

    “Si te quedas ahí me voy a venir”- repites una y mil veces jadeando de excitación.

    Trago un poco con tu bicho hasta el fondo, mis labios rozando tus huevos y mi lengua jugando más abajo de donde mis labios alcanzan. Mantengo la presión de tragar y comienzo a subir y a bajar. Lento, de espacio, rico y mira lo excitado que estás. Las venas de tu bicho me dicen que estás apunto de derramarme toda tu leche en mi garganta, eso me provoca no detenerme y llevarte al máximo placer. Estallas en mi garganta y yo saboreo hasta la última gota de tu leche rica.

    ¿Te gusta que te mame el bicho papi?

    ME ENCANTA

  • Mi timidez

    Mi timidez

    Durante mi niñez fui extremadamente tímido.  Cuando iba con mis padres a reuniones familiares, sudaba frío desde dos días antes de llegar; la visión de los varios niños, casi todos desconocidos, aunque había algunos primos, me aterraba; quería que me tragara la tierra.

    Más tarde, durante mi juventud, a los trece o catorce años nada cambió; los mismos niños eran ya adolescentes y las niñas y las primas ya habían crecido; yo no las entendía y además me atemorizaban.

    En esa época, oí en el radio en un programa de aficionados, una canción llamada “Mantelito Blanco”, la que era cantada por una niña con una voz angelical y sublime. Algo extraño pasó en mí; la bendita canción se me grabó, imborrable como un tatuaje en el cerebro. Cada vez que la recordaba, mi corazón saltaba como loco y deseaba por lo menos, saber el nombre de la niña que cantaba con esa dulce voz, que se estaba apoderando de mis noches; me la imaginaba delicada como una princesa y hermosa como un ángel. Hoy en día, pensándolo bien, creo que me había enamorado por primera vez. Después, como en todas las historias de amor, ella pasó al olvido, aunque todavía me acuerdo de la letra: “Mantelito blanco, de la humilde mesa, donde compartimos el pan familiar…”

    Varios años después, cuando estaba ya en los dieciocho, en una de las vacaciones familiares decembrinas, llegamos a Tolú con el nutrido grupo de amistades de mis padres, el que se componía de cuatro, a veces cinco parejas, con hijos y todo. La situación se repetía de nuevo; el grupo de seis o siete jóvenes tenían diferentes actividades vacacionales. La angustia y la timidez de que hablé antes, se apoderaban de mí de la misma forma, lo que me obligaba a marginarme de ellos. Hoy en día pienso que curiosamente, nunca se me pasó por la mente revelarles a mis padres mi grave problema. Nunca supieron de mi timidez.

    Una mañana, caminaba solo por una playa un poco retirada al hotel; era temprano y por consiguiente había marea baja. Entré al mar con las aletas y la máscara de caucho que me habían regalado de Navidad, las que tanto me envidiaban; me encantaba bucear conchitas, clavando mis manos en la blanca y tibia arena.

    Ese día, estaba entretenido con mi búsqueda de conchitas, cuando noté que se me acercaba una mujer. Creí que aparentaba unos veinticuatro años, tenía una cara muy bonita y sonreía; su pelo mojado y desarreglado le daba cierto toque enigmático a su apariencia.

    −Hola, ¿eres turista? −preguntó.

    −Si −contesté tímidamente.

    −Cuál es tu nombre? Yo me llamo Milena.

    −Yo soy Rafael, me llaman Rafa. −contesté.

    −De dónde vienes?

    −De Bogotá. −repliqué con algo de sequedad.

    No era común para mi que una mujer así me entablara conversación. Donde yo estaba parado, la profundidad del agua no era mayor y me llegaba máximo a los hombros; pequeñas olas corrían hacia la playa y volvían suavemente mar adentro; cuando lo hacían, el nivel del agua bajaba, descubriendo algo de nuestros cuerpos. Querido lector, te cuento que pude observar un par de enormes pechos que se agitaban con lentitud, los que en aquella época no estaba acostumbrado a ver.

    −Ah, eres “cachaco”! −exclamó.

    −¿Que soy qué? −pregunté extrañado.

    −“Cachaco” −contestó−. Así le decimos en la costa a los del centro del país. Yo vivo en el pueblo, aquí nací; y tú, ¿dónde te estás quedando?

    −En el Hotel Principal. −contesté muy orgulloso−. ¿Lo conoces?

    −Claro. −respondió− ¿quien no lo conoce?

    Ella se desenvolvía con facilidad, yo no. Me atemorizaba su conversación y tan inexperto era, que ella iniciaba cada diálogo, al que yo respondía con dificultad, tratando de aparentar una muy inexistente experiencia. Milena me intimidaba un poco, aunque tengo que admitir que a medida que los temas se desarrollaban, adquiría algo de confianza. Me habló de béisbol, deporte que yo nunca había practicado, pero tema único en ese pequeño pueblo de la Costa Atlántica.

    −¡Loj cachacoj no saben bailá! −dijo sin importarle lo que yo pensara.

    Yo guardé silencio, pues no sabía si alegar o asentir.

    −¿Qué son esoj extrañoj aparatoj que tienej? −preguntó con su marcado acento costeño.

    −No son aparatos. −contesté.

    Procedí a explicarle que era mi equipo de buceo, el que me habían dado mis padres de Navidad. Le mostré como lo usaba e inclusive saqué unas cuantas conchitas, para que las viera, aunque estaba seguro de que, siendo lugareña, sabía lo que eran. Había pasado más de una hora desde que se aproximó a mí y conversábamos animadamente; me había adaptado bastante bien a los varios temas, aunque siempre iniciados por ella. En el proceso de instruirle sobre la pesca de las conchitas, habíamos cerrado las distancias y con algo de agrado, mejor, de alivio, noté que me sentía un poco mejor, confiado y menos atemorizado. En un momento bajé la vista y cuando la subí de nuevo, ella me tomó rápidamente de la quijada con una de sus manos y me estampó un beso en la boca. Segundos después, cuando repitió su acción, sentí su lengua invadiendo mi boca con insistencia, algo que yo ni siquiera sabía que existía. Fueron varios segundos, durante los cuales no supe que hacer. Ella separándose de mi, me miró y viendo el gesto que creo que hice, mezcla de estupidez, pavor y sorpresa, dijo con un marcado acento costeño.

    −¡Mieda Rafa, tranquilo que no te voy a comé! −al mismo tiempo, soltó una simpática risotada, que me tranquilizó un poco.

    −Tengo que ime Rafa, ¿vas a vení mañana? −preguntó.

    −Si, seguro que si. −contesté, tomando la pregunta como una invitación.

    Esa noche pensé en sus besos; había sido una experiencia totalmente desconocida para mi, como en las películas y además en traje de baño, lo que lo hacía más emotivo. Pensé que nunca había experimentado que una mujer me besara y además… con lengua, en mi vida. Ese momento con Milena, me inundaba el cerebro, pero no podía definir si lo que tenía era miedo, alegría o terror, pues dichos sentimientos se movían con rapidez en mi mente. Definitivamente algo especial. Pensaba en sus enormes pechos, los que sentí tan cerca de mi cuerpo. Tenía sólo dieciocho años y en el entorno del colegio no había aprendido mucho, pues en dicho plantel, bastante elitista por cierto, disfrutábamos de una adolescencia extremadamente sana.

    Cuando apagué la luz, mis manos se dispararon raudas hacia abajo y con ansiedad busqué alivio, de la única forma que había conocido, por varios años ahora. Fueron tres o cuatro minutos, durante los cuales hubiera querido pronunciar el nombre de Milena, pero lo que no hice, pues mi hermano dormía en la cama contigua.

    El día siguiente, llegué al mismo sitio a las diez de la mañana; esperé hasta después de mediodía. Milena no llegó. Traté de sacar conchitas, pero se me entraba el agua dentro de la careta, el aceite protector del sol me hacía arder los ojos y me estorbaban las aletas, en fin, me di cuenta de que las conchitas me importaban un carajo. Después de esperar un par de horas más, sin sacar conchitas, me fui al hotel deambulando y pasé el resto del día con el desagradable grupo de jóvenes, obviamente sin divulgar el nombre de Milena… pero sin dejar de pensar en ella… y en sus enormes pechos.

    Esa noche, sólo y en la oscuridad, me asaltó un sentimiento indescriptible de temor e inseguridad; trataba de encontrar explicación alguna de porqué Milena no había venido a nuestra cita. Me preguntaba, −¿había sido en realidad una cita? Se me vino a la mente la niña de la canción “Mantelito Blanco”, a quien nunca llegué a conocer, pero que me acompañó muchas noches. La única diferencia entre ellas dos, era la edad, los tiernos once o doce de la niña cantante… y los sensuales veinticuatro de Milena. En la oscuridad, mis manos empezaron a jugar inquietas abajo de mi cintura y al final, encontré descanso como otras veces en el pasado… y como la noche anterior.

    La siguiente mañana llegué a la playa a eso de las nueve; mi corazón dio un vuelco cuando desde la distancia divisé a Milena, parada en la orilla donde el agua le llegaba apenas abajo de las rodillas. Cuando llegué cerca, a unos veinte metros, me saludó agitando con entusiasmo uno de sus brazos. Un enorme sentimiento, mezcla de alegría y seguridad, me hizo sonreír, aunque el brusco movimiento de sus enormes pechos no le pasó desapercibido a mi frágil mente.

    −¿Vinijte ayer Rafa? −preguntó con interés.

    −No, me compliqué. −respondí mintiéndole−. Estuve con mi familia.

    Ella no dio explicación alguna sobre su ausencia el día anterior y empezó a caminar mar adentro con lentitud, hablando continuamente sobre esto y aquello. Era evidente que ella lideraba nuestro entorno, la conversación, nuestros movimientos, todo.

    −¿Vas a buscar conchitas hoy? −inquirió riéndose con cierto tono de burla, el que al principio me molestó.

    −No son conchitas Rafa, se llaman almejas. −agregó alegremente.

    Como sabía que las aletas y la careta flotaban, me deshice de ellas y tratando de disimular mi ingenuidad, me reí con ganas y recibí su broma con agrado, pues la tomé como un intento de iniciar un buen rato. Pensé en la frustración y ansiedad que me había causado su ausencia ayer y en los tumbos mentales que me impidieron dormir la mayoría de la noche. Quería preguntarle por qué no había venido; quería preguntarle si estaba ansiosa de verme, como lo estaba yo de verla a ella. Conceptué que debía callar y olvidarme del asunto.

    Igual que hace dos días, los temas fluyeron siempre iniciados por ella; debo admitir que me sentía bien, tranquilo y lejos de mi odiada timidez, aunque un poco nervioso. Me preguntó con gran interés sobre detalles de mi vida en Bogotá, sobre mis estudios, sobre el fútbol y el atletismo, deportes que siempre me apasionaron y los que practiqué, y sobre costumbres del interior, las que le causaban extrañeza. Su interés parecía legítimo, sin embargo, yo notaba también una no muy disimulada coquetería en su trato hacía mí. Su idioma corporal, aunque no exagerado, era parecido al que había usado hace dos días cuando me besó. Mientras nadábamos, lentamente se había aproximado de tal forma, que un par de veces pude sentir su aliento cerca de mi cara. Varios minutos pasaron entre retozos y risas, pero mi inexperta mente no me daba orden alguna, por lo tanto, sólo esperé con ansiedad.

    Mientras conversaba, me miraba fijamente a los ojos; por un instante, pensé que ella estaba preparando un nuevo ataque, el que creí, era totalmente premeditado con tiempo. Minutos después, cuando me abrazó de nuevo Milena, te confieso querido lector, que mi cuerpo temblaba como una hoja al viento, lo que empeoró cuando sentí de nuevo sus labios sobre los míos. Pensé en las películas francesas para mayores de veintiún años de aquella época y traté de responder a sus besos en una forma que creía bastante inexperta. Su lengua inició de nuevo su invasión, la que te confieso querido lector, estaba deseando.

    Observé cómo las suaves olas empujaban su cuerpo contra el mío y sentí sus abultados pechos estrujarse inquietos contra mi torso. Ella me siguió besando con pasión por varios minutos, una de sus manos sobre mi nuca, trayendo con firmeza mi cabeza hacia ella, la otra en la parte baja de mi espalda, me halaba con fuerza hacía su vientre, el que movía con un erótico ritmo de cumbia.

    En un momento me sorprendí, pues Milena empezó a horadar mi boca, de aquella forma que yo ya conocía. Sentí su fuerte respiración, lo que empezó a excitarme; su lengua bailaba algún ritmo caribeño dentro de mi boca, al que traté de adaptarme. Así mismo sentí una tremenda erección, no causada por una de mis manos, como de costumbre, sino por una mujer. Por primera vez, querido lector, una mujer me causaba una pasión indescriptible, con la que yo no podía, ni sabía lidiar.

    Tomó una de mis manos y con decisión la dirigió hacia abajo entre sus piernas; ya allí, apartó su bikini hacia un lado y con fuerza aplastó mi mano contra su cuerpo. Sentí una tremenda humedad, la que creí no era causada por el agua marina; sentí un líquido resbaloso, el que no sabía qué era. Además, aquella área era considerada por un joven como yo, como algo prohibido. Perdóname querido lector por repetirte, pero mi cuerpo temblaba como una hoja al viento. Quise decirle algo, pero no me dejaba hablar.

    −¡Acaríciame Rafa, mueve tu mano con fuerza! ¡Mueve tus dedos! −ordenó con decisión.

    Yo obedecí, tratando de adivinar lo que ella quería. Iba a pedirle que me explicara, pero pensándolo bien, creí que era una estupidez. Había gente mayor y algunos niños cerca de nosotros y aunque el nivel del agua alcanzaba la altura de nuestros hombros, mi preocupación era que esos bañistas cercanos, viendo mi expresivo gesto de desconcierto y estupidez, detectaran lo que estaba allí sucediendo.

    Continué moviendo mi mano allá abajo con cierta decisión, siguiendo las instrucciones de Milena, cuando intempestivamente dijo, −¡Mírame a los ojos Rafa, mírame!

    La observé con intriga.

    Ella repitió −¡Mírame Rafa!

    Mi sorpresa fue mayor cuando sus ojos se clavaron en los míos por un largo transcurso de tiempo; me enlazó con sus brazos y sentí su cuerpo temblar lo que terminó con algo así como espasmos, acompañados con hermosos sonidos, confundidos con su intensa respiración.

    No pasaron muchos segundos, cuando sentí como una fuerte explosión, la que no pude saber si era física o mental; sentí el trastorno ese de diez segundos que sufría al final, cuando me masturbaba. Lo que sí sé, fue que después de dar un extraño y grave gemido, se me aflojaron las rodillas, lo que causó que mi cabeza se desplazara ligeramente hacia abajo, obligándome a tragar un gran buche de agua salada, el que me hizo atorar severamente. Milena, un tanto asustada, salió al rescate dándome fuertes palmadas en la espalda.

    −¡Mieda Rafa, casi te ahogaj! −dijo burlonamente− a lo que no contesté.

    −¿Nos vemoj mañana? −dijo, caminando sonriente hacia la playa, mientras agitaba su cabeza para escurrir algo del agua de su pelo.

    −Seguro, a la misma hora. −le contesté, aunque sabía que al día siguiente partíamos de vuelta hacia la capital.

    Mientras nadaba para rescatar mi equipo de buceo, el que divisé flotando a unos diez metros, me sentí como un simple idiota, pues me di cuenta y te repito, querido lector, de que acababa de experimentar ese raro trastorno que sufría al final de mis frecuentes masturbadas, aunque esta vez con la planeada complicidad de una joven y bella mujer, a la que seguirían años después… cientos más.

    Así terminó aquel inolvidable y accidentado encuentro, el que creo contribuyó algo a combatir mi exagerada timidez. Milena desapareció de mi vida, igual que la niñita de la canción “Mantelito Blanco”.

    −¿Se puede saber a qué viene esa amplia sonrisa que tienes? −me preguntó mi hermano al día siguiente, ya en el avión de regreso.

    −Oh, aventuras que tuve en la playa mientras sacaba conchitas. −contesté tímidamente, manteniendo mi sonrisa.

    De ahí en adelante, durante las frías noches de Bogotá, rutinariamente mis manos proporcionaron sin timidez y muchas veces, alivio a mi cuerpo, allá debajo de mi cintura. Así mismo, empecé a conocer mujeres y aprendí a manejar situaciones con ellas, teniendo como preludio aquel inolvidable orgasmo de Milena, en el mar Caribe de Tolú.