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  • Le rompí el culo a mi prima Blanca

    Le rompí el culo a mi prima Blanca

    Los siguientes meses fueron maravillosos. Podía disfrutar de mi prima Blanca y de mi novia Irene varias veces a la semana. Por supuesto, el sexo con Blanca era mucho más íntimo, ya que como lo he mencionado en relatos anteriores, era a pelo y siempre dejaba descargar mi semen en su coño.

    Por otro lado, con Irene la pasaba muy bien, pero utilizar un condón minimizaba las sensaciones que experimentaba.

    Un día, después de haber hecho el amor con Blanca en casa de sus padres, nos quedamos desnudos y abrazados.

    Mi semen goteaba de su vagina.

    —¿Qué vagina te gusta más, la mía o la de Irene? —atacó sin previo aviso.

    Yo estaba muy relajado; Irene tenía la regla y esa semana no tuvimos sexo, así que tenía que desahogarme con mi primita, como en los viejos tiempos.

    Pensé en el coño de Irene, su piel morena y su vello bien recortado. Mi verga comenzó a reaccionar y por fortuna, mi cerebro también.

    —La tuya, primita, por siempre la tuya. Recuerda que sólo estamos con nuestras parejas para guardar las apariencias —contesté acariciando su clítoris con mi dedo. Usé mi propio semen como lubricante y seguí masturbándola para distraerla de cualquier posible tema de discusión.

    Tuve éxito. Blanca comenzó a besarme con pasión y en menos de un minuto, ambos estuvimos listos. Me puse encima de ella y la penetré de un solo empujón. Puse mi mano sobre su cuello y apreté un poco. A Irene le gustaba que hiciera aquello y yo moría de ganas de ponerlo en práctica con Blanca.

    —¿Qué haces? —dijo débilmente con mi pulgar y mi índice apretando su cuello, cortando el flujo de aire.

    —¿Te gusta, primita? —le dije al oído y después la besé con desenfreno. Quería que supiera que no estaba en riesgo su vida.

    —Eres un cabrón, pero…sí, sigue, primo. Soy tuya.

    Seguimos cogiendo un buen rato que ella aprovechó para arañarme la espalda con fuerza, hasta hacerme sangrar. El dolor cumplió su propósito y volví a descargar mi semilla en su coño.

    —¿Por qué me arañaste, prima? Si no sano a tiempo, Irene podría darse cuenta de que le estoy siendo infiel…

    Supe que había cometido un error en cuanto pronuncié aquellas palabras.

    —¿Qué dijiste? No le estás siendo infiel a ella. Cuando te la coges, me estás siendo infiel a mí. Eres mío y sólo mío, Enrique —chilló mi prima y se puso sobre mí pero no de una manera seductora. Comenzó a golpearme el pecho y la cara con sus puños cerrados. Estaba enojada de verdad.

    —¿Pero qué me estás diciendo? Si también te coges a Samuel cada vez que puedes, eres una putita que está buscando verga en otros lados cuando deberías estar sólo conmigo.

    —Cállate, no soy ninguna puta. Y tú no deberías buscar tanto a Irene, si esta vagina también debería ser suficiente para ti. Te amo…¿por qué no lo puedes ver? —dijo pasando del coraje a la tristeza en segundos. Se echó sobre mí y me abrazó —no soporto la idea de imaginarte con nadie más, quiero estar sólo contigo, casarme contigo, tener hijos contigo. Maldito sea este mundo que no nos deja estar juntos…

    Sus palabras me conmovieron, yo me sentía igual y habíamos dejado que nuestras relaciones falsas cobraran demasiada importancia. La verdad es que estaba desarrollando sentimientos reales por Irene y estoy seguro de que Blanca también, eso era lo que nos hacía sentir culpables, no tanto el sexo que ni siquiera podía ser clasificado como infidelidad. La abracé y besé con ternura.

    —Yo deseo lo mismo y vamos a lograrlo, pero mientras debemos mantener la calma y sobre todo, las apariencias —dije en el tono más apacible que pude —¿me amas?

    —Con todo mi corazón, primo —respondió hecha un ovillo junto a mí.

    —Y yo a ti, Blanca, mi amor.

    Una vez más mi verga comenzó a reaccionar al cuerpo de mi prima. Una idea cobró fuerza en mi mente.

    Bajé a sus tetas y las lamí hasta que sus pezoncitos se pusieron duros en mi boca. Ella abrió las piernas para recibirme, pero era tiempo de experimentar algo más.

    —Voltéate —ordené con un susurro en su oído.

    Se acostó bocabajo y se relajó.

    —Ay mi vida, tú sí sabes cómo hacerme sentir mejor —dijo con placer.

    Besé su cuello, sus hombros y su espalda. Fui bajando lentamente y besé sus nalguitas. Le di un par de mordidas a las que reaccionó contrayéndose.

    —Ay, Enrique, qué delicia.

    La tomé de la cadera y la guié para que se pusiera en cuatro.

    Pasé mi verga erecta entre sus nalguitas y apunté a su vagina. Entré en ella para lubricar mi verga con sus fluidos. Bombeé un par de veces y la volví a sacar. Loco por poseer completamente a aquella mujer, sin decir nada le abrí las nalgas. Coloqué mi glande sobre su ano y antes de que pudiera reaccionar la tomé de las caderas y le metí toda mi verga en su ano virgen.

    —Enrique, ¿qué haces? —gritó con dolor —salte, me lastimas, cabrón, suéltame.

    Resistí sus intentos por liberarse y seguí cogiéndola así.

    —Te amo, y tú me amas a mí, me moría por intentar esto contigo. Poseerte toda, romperte el ano, ser el primer y único hombre en penetrar tu culito. Te amo, te amo, te amo —repetí con cada embestida.

    —Me duele, Enrique, me duele mucho, salte —sus súplicas eran cada vez más débiles, estaba disfrutando también.

    —Ay, dios mío, sí —aceptó finalmente.

    Su culo estaba muy apretado y no tardé en terminar. La cantidad de semen fue moderada pero el orgasmo fue brutal. Seguí sometiéndola, haciendo que se acostara boca abajo de nuevo y yo sobre ella.

    —Ahora sí eres completamente mía —le dije al oído mientras acariciaba su pelo.

    —Este culito será tuyo para siempre, igual que yo —respondió sonriendo.

    Pasamos un buen rato así hasta que reaccioné y le pregunté a Alexa la hora, era tarde. Me vestí, mis tíos podrían llegar en cualquier momento.

    Como quería despedirme de ella como mi mujer, lo hice antes de que llegaran sus padres.

    Llegando a mi casa le escribí a Irene. Se la estaba pasando bien en la playa con su familia.

    —Te extraño —escribí.

    —Yo también, guapo, pero sólo serán unos días…y cuando vuelva, tú y yo vamos a desahogar estas ganas tremendas.

    —No puedo esperar —respondí.

    Y era cierto, amaba a Blanca y ya llegaría el momento de estar solo ella y yo, pero mientras tanto, aprovecharía para disfrutar del cuerpo de Irene todo lo que pudiera.

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  • Su esposo casi nos descubre (1)

    Su esposo casi nos descubre (1)

    He leído muchos relatos y al fin pude contar el mío, primero describiré a Mónica, alta de 1.75, de piel blanca, pechos medianos, cintura pequeña y unas piernas largas que terminan en un trasero firme y redondo.

    Yo de 1.80 de complexión robusta, sueño entrenar seguido, así que tengo marcados los músculos

    Conocí a Mónica en un cumpleaños de mi sobrina, entre miradas y platicas nos fuimos conociendo y todo iba genial hasta que me dijo que era casada y que no era su sobrino si no su hijo, le dije que no me importaba que no buscaba nada romántico y que podíamos ser amigos,

    Los meses pasaron y entre platicas muy tontas la invite a salir, primero pensé que diría que no, pero sin mucho pensar solo puso, el sábado estoy libre, llegó el sábado y aunque no esperaba que pasará nada, el simple hecho de verla me la ponía dura, llegó el sábado y al llegar a su casa le mandé mensaje, ella salió con un pantalón de mezclilla pegado, una blusa color con un escote discreto, yo seguía en mi carro cuando voltea, besa a su esposo y se sube a mi carro,

    Llegamos a un bar, al parecer ella quería mucho ir ahí pero su esposo no quería, al principio tomamos y bailamos, yo no perdía oportunidad de tocar su trasero al parecer ella lo notaba pero no le dio importancia, tomamos mucho a lo cual le dije que pediría un taxi ya que no manejaría en ese estado, solo me comentó, son las 11 podemos quedarnos en el carro hasta que se te baje y nos vamos.

    Estuvimos por más de una hora platicando, y sin darme cuenta le dije lo mucho que me gustaba, ella me dijo que la pasa increíble conmigo pero que está casada, yo le dije que lo sabía y que lo respetaba, y que sería la última vez que saldríamos por respeto a su esposo,

    Maneje hasta su casa y le dije:

    -la pasé increíble

    -yo también, pero quiero darte algo ya que todo esté tiempo has sido muy bueno conmigo

    -y que quieres darme

    -tu dime qué es lo que quieres, si puedes te lo daré

    Yo no sé si fue el alcohol o que la veía muy dispuesta a hacer lo que quiera pero no dude en decirle

    -si es la última vez que nos vemos déjame probar tus labios.

    Ella comenzó a reír y se acercó a mis labios, yo la detuve y le dije -que haces-ella extrañada solo me mira raro,

    -quiero una mamada…

    Su cara de felicidad paso a enojo en cuestión de segundos,

    -no puedo hacer eso, un beso es una cosa pero esto

    -si no quieres no tienes que hacerlo, pero… Mónica, dijiste que cualquier cosa.

    Mónica pasó saliva miro a todos lados y dijo:

    -sácala, pero esto no se repetirá

    La saque y su mirada no podía creer lo que veía, me confesó que era un poco más grande que la de su esposo, cuando bajo lo chupo y lo metió completo en su boca, cuando lo saco me dijo:

    -a mi esposo no le gusta que haga esto

    -que se la chupes a tu amigo en el carro fuera de tu casa

    No me contestó pues estaba ocupada, movía su cabeza de arriba abajo sacaba su lengua y recorría todo mi pene, yo me sentía increíble, aproveche la situación para tocar su trasero, a lo que ella me dijo que eso no era parte del trato, por un momento se detuvo y se disculpó que ya estaba cansada, que no estaba acostumbrada, y que su marido no duraba tanto, el hecho de que mencionara a su marido me excitaba mucho, cuando lo metió de nuevo en su boca su celular sonó, ella dudo en contestar al ver el número de su marido, pero la convencí porque si no sospecharía,

    -bueno -no tuvo tiempo de decir otra cosa cuando mi pene se metió en su boca, su marido le pregunto que donde estaba, y ella le contesto que cerca.

    Al momento de colgar me dijo:

    -no creo que te vengas rápido si solo es con mi boca, si tienes un condón me lo puedes meter.

    Yo le dije que si, que se volteara en lo que me lo ponía, abrí la puerta del carro y ella se acomodó sacando su trasero, yo no podía creer que esto estuviera pasando, baje lentamente su pantalón y descubrí que llevaba una tanga color rojo, eso me éxito más, ya que vi como desaparecía entre sus nalgas, puse mi lengua en su vagina y comencé a lamer, ella solo me dijo que teníamos poco tiempo.

    Me levanté y azote mi verga contra su culo.

    Y la metí, ella solo contigo su gemido, y me dijo si es más grande.

    Sus gemidos al principio eran leves, sin ruido pero conforme pasa a el tiempo su volumen subió, no paraba de decirme -que rica verga, cógeme hazme venir,-yo solo le decía -que puta eres, pero eres mi puta, en dos ocasiones tuve que parar pues ella se vino en un orgasmo que gritaba, “mírenme me están cogiendo”.

    -estoy por venirme -le dije

    -hazlo dentro… ah… de todas forma, mmm, tienes el condón puesto, ay

    Subí el ritmo de mi embestida y cuando estaba por venirme solo veo que de la puerta de su casa sale su marido, me miro y camino hacia donde estábamos, yo no quería parar así que le di tan duro como pude y comencé a venirme dentro de ella…

    Al poco tiempo ella ve que su marido está cerca del carro, me dice buenas noches, y Mónica, yo quería derramar todo mi semen dentro de ella, así que lo mire y conteste el saludo, salgo de dentro de la vagina de Mónica, maldiciendo por no poder estar más tiempo dentro de ella, finjo tirar las llaves para levantar mi pantalón y darle tiempo a ella de que se acomode, se apresura y sale del otro lado, besa a su marido y le pide un suéter en lo que se despide de mi, su marido se da media vuelta.

    -no traías condón o si- me dijo

    -no tenía y en mi mente solo estaba cogerte.

    -solo espero que mi esposo no quiera tener sexo o esto será un problema

    -está bien sé que lo arreglarás

    Me acerque y le di un beso en los labios, y toque su trasero, ella correspondió el beso y apresuradamente volteo hacia su marido, subí a mi coche y me marche.

    Al día siguiente solo me mandó un mensaje que decía, todo está bien, no se dio cuenta a pesar de que tenía toda mi ropa interior manchada de tu semen, me tuve que dormir así, y está mañana aún tenía un poco dentro.

    No supe de ella hasta dentro de un mes…

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  • Mi amiga del gym

    Mi amiga del gym

    En el gimnasio donde voy conocí a Eliza, todos de cariño la conocen como Isa, es muy alegre de pelo chino, unas tetas grandes y un trasero de igual magnitud.

    Al principio ella mantenía una distancia conmigo tratándome muy profesional, pero, eso cambio cuando descubrió la infidelidad de su esposo, ella no dijo nada pero estaba pensando como desquitarse,

    Yo la veía pues con los mallones que tenía se transparentaba su tanga, ella notaba que la miraba, y me pidió ayuda para el peso que tenía, mi sorpresa fue que al bajar y subir ella tocará mi pene con su culo, y ahí fue cuando me lo dijo:

    -Tú me vas a ayudar

    -claro, si puedo lo hago

    Ella tomó mi mano y entramos a un cuarto que parecía una bodega vieja, pues estaba todo el equipo roto o en reparación, se amarró el cabello y me explico todo, saco mi pene y comenzó a besarlo, primero lento después con su lengua, metía y sacaba mi verga de su boca, el sonido de ella mamándola era increíble, yo comencé a venirme y ella lejos de apartarme chupo más fuerte y se comió una gran parte de mi semen, abrió la boca y me dijo:

    -no pude con todo -lo puso en su mano, y después lo trago

    Dejando una cantidad considerable en sus labios.

    Salimos juntos, al salir le dije:

    -para la próxima me voy a venir dentro de ti, prepárate

    -ya me desquite no hay próxima.

    La vi y le sonreí, -solo prepárate.

    Al salir estaba su marido con ella, se acercó y lo beso, él se tocó los labios y ella le dijo que era su nuevo bálsamo, el solo dijo sabe horrible.

    Ella solo le dije es el precio de ser bonita y volvió a besarlo.

    La siguiente semana al entrar la vi, agachada con las nalgas hacia arriba, pase y toque su trasero, dándole una nalgada que casi la tira, le dije que ese día me la cogería, ella pareció gustarle la idea, aunque no lo dijo, a media rutina me pide ayuda para que lleve una de las máquinas al área roja, el cuarto donde días atrás me la había chupado.

    Deje la máquina y la tomé por la espalda, ella se resistió al principio ero después me dijo que solo la chuparía de nuevo, bajo y me la chupo como nunca, pero yo resistía en venirme.

    Ella se levantó para marcharse cuando la detuve y puse mi mano en su vagina.

    -porque estás tan mojada.

    -es sudor del ejercicio.

    Baje su pantalón y traía una tanga negra, la hice a un lado y metí mis dedos, ella solo soltó un gemido.

    Puse mi verga a la entrada de su vagina y empecé a meterlo dentro.

    Ella solo gemía y decía que despacio, que era del mismo tamaño que la de su marido pero era más gruesa la mía.

    Yo empuje toda de un solo golpe y le dije:

    -así de mojada como estás y entro muy fácil.

    Le temblaban las piernas al parecer se corrió en cuanto la metí, empecé a meter y sacarla con fuerza, y ella solo contenía sus gemidos, se volteó y me dijo siéntate y se subió, comenzó a mirarme, y a decirme que ella no era una puta, que iba a denunciarme, que me corriera dentro de ella para tener pruebas, la levante y cumplí su deseo, me corrí tanto dentro de ella que cuando la saque un mar de semen salía de su vagina, la cual no podía ser contenida por su tenga, la baje y le dije:

    -límpiamela con esa boquita que no es de una puta

    Ella solo obedeció y comenzó a chuparla, me corrí de nuevo en su boca.

    -la próxima vez te romperé el culo.

    Saque mi teléfono y puse mi verga aun lado de su cara y le tome una foto, ella solo sonreía.

    Cuando salimos nos reportaron que habían tenido sexo en el almacén que si sabíamos algo avisáramos.

    Ella me miró y dijo yo estuve todo el tiempo con él, así que nosotros no hemos sido, me sonrió y se fue.

    -Espero con ansias la próxima -me dijo.

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  • Las aventuras de Dick y Jane (2): Mi cumpleaños

    Las aventuras de Dick y Jane (2): Mi cumpleaños

    Luego de ese encuentro enviado en mi primer relato, no hubo más encuentros sino hasta el día de cumpleaños, un par de meses después.

    Llego el día de cumpleaños y como todas las mañanas despertó temprano, tomé una taza de café y fui al baño, me di una ducha, me vestí para irme a trabajar, mis padres me felicitaron y salí camino a trabajar, llegué a mi lugar de trabajo, comencé mis labores y todo iba normal, la rutina de mis mañanas.

    A mitad de mañana me llego al WhatsApp un mensaje de mi ex esposa, no me extrañaba ese día porque seguramente era para felicitarme, mi sorpresa fue que al ver el mensaje era una foto de una sola vista, bueno en realidad fueron varias fotos así.

    Ufs admito que el corazón se me acelero mucho, los segundos parecían horas, veía mi teléfono pensando en abrir aquellas imágenes, ya suponía como serian y de solo pensarlo comencé a tener una erección descomunal, si una erección y ni siquiera había abierto las imágenes, me retire del sitio donde me encontraba, fui a un lugar más privado, encendí un cigarrillo y abrí la primera foto.

    Dios mío, que espectáculo, estaba mostrándome esas nalgas que ella sabía me volvían loco, tenía un hilito negro que le quedaba brutal, resaltaba aún más la forma tan divina de ese culo, abrí otra foto y esta vez era de frente, mostrándome como le quedaba aquella pantys por delante, su cuca se veía espectacular. Mi mente ya andaba volando, quería estar de nuevo con la mujer más hermosa, culta, divina y sádica, ¡Si sádica! con la que he estado en toda mi vida.

    Al abrir las otras fotos me quede impactado al verlas. Se estaba metiendo un vibrador (vibrador que le regale cuando vivíamos juntos). Jugaba con él. Se lo metía en la boca, luego en su cuca masturbándose rico, aquellas fotos eran candela pura.

    Comenzamos a chat y me dijo que quería era meterse mi guevo, sentir ese pedazo de carne en su boca y en su cuca, sus mensajes denotaban que estaba super excitada con muchas ganas de estar conmigo, hacer el amor, cogernos como solo nosotros sabíamos hacerlo, me dijo, “Ven te necesito aquí conmigo negro, quiero tenerte aquí, estoy muy mojada”. Ufsss el mejor polvo de mi vida me estaba pidiendo que fuera a su casa a hacerle el amor, a cogerla como le gustaba, le gustaba que la hiciera sentir como una reina pero a su vez como la más perra del planeta tierra.

    Le respondí que me encantaría ir a su casa pero que no podía pedir permiso ya que donde trabajo son muy estrictos para los permisos. Ella insistía en que tenía que ir ahora mismo. Me estaba dando una orden “Ven a cogerme ahora mismo” yo estaba a mil, ya mi guevo estaba babeado de líquido pre seminal, una cosa loca.

    Me envió ahora un video ufs se estaba masturbando con el vibrador en varias posiciones, se movía exquisita, se agarra los senos mientras montaba aquel vibrador, tenía su cuca super mojada por el éxtasis que estaba sintiendo en esos momentos, yo no aguantaba más, quería ir a su casa corriendo, sentía que iba a soltar una carga de leche con solo ver sus fotos y videos, se veía demasiado hermosa, rica, divina. En un mensaje me indico que había acabado y tenido un orgasmo intenso, sabroso, pero que aún tenía muchas ganas de estar conmigo, que fuera de inmediato porque de lo contrario más nunca iba a estar con ella, ¡era en ese momento o más nunca!

    A mí se me olvido trabajo, se me olvido todo. Llame a un conocido y me vino a buscar en moto, mi trabajo queda a unos 5 minutos de su casa en moto. No le avise a ella que iba camino a su casa para llegarle de sorpresa. Iba con el corazón acelerado, esta vez no tuve que pedirle las llaves de la reja porque estaba abierta gracias a Dios, subí super rápido a su apartamento y toque la puerta.

    Cuándo abrió la puerta se notó sorprendida al verme allí, pero a su vez mostro una cara de felicidad, me dijo “que haces aquí si no puedes pedir permiso en tu trabajo”. Le dije que me había escapado ya que no soportaba ver esas fotos y videos que me estaba enviando y me arriesgue a escaparme unos minutos por ella. Nos abrazamos de una manera muy bonita, me dio un besito en la boca y me llevo directo a su habitación, tenía puesta un pijama largo que usa para dormir que le quedaba lindo, era tipo licra pegado al cuerpo, de color beige con dibujitos marrones y rosados, le resaltaba ese culito paradito.

    Ya en su cuarto nos comenzamos a besar de manera apasionada, ambos estábamos más que excitados por el chat que estábamos teniendo hace pocos minutos.

    Le quite una camisita tipo sostén que tenía y deje al aire libre esos sabrosos senos que tiene, yo estaba a mil, comencé a mamarle las tetas despacio, con amor, con ganas, ella gemía me decía “Que rico papi, si sigue así” se mordía los labios, arqueaba su cuerpo, me desabrocho el pantalón y comenzó a acariciarme el guevo sabroso con mucha ternura y ganas a la vez, ya no podíamos con la excitación que ambos teníamos, le baje al mono y wao estaba bastante mojada ya que había tenido un orgasmo mientras se masturbaba con el vibrador.

    Se sentía muy mojada y caliente su cuca, increíble como le palpitaba, coloque uno de mis dedos debajo de su clítoris e hice presión hacia arriba y de esa manera sentía clarito como su cuca palpitaba muchísimo, como soltando corriente ufs me encantaba sentir eso, cuando le aparte el pantys a un lado intente metérselo y me dijo “Hoy me cojes por el culo” se puso solita en cuatro en el borde de la cama, se arrimó el pantys y se puso como toda una puta experta en la materia. Ufs se veía más buena de lo que estaba con ese hilo negro chiquitico.

    Me arrodille frente a ese hermoso culo y se lo empecé a mamar, le abrí sus nalgas y le mamaba ese culo sabroso, sabia a gloria, ella arruchaba las sábanas de tanto placer, gemía y se movía suavemente.

    Mientras le pasaba mi lengua dentro de su culo, con mis dedos le estaba masturbando su cuca. Dios santo que momentazo estábamos viviendo, mi guevo no dejaba de botar líquido, me quite liquido pre seminal y se lo coloque en su culito para lubricar un poco, también sus flujos los use de lubricador, nuestros fluidos juntos en su culo, esos olores era una combinación perfecta.

    Ella ya no aguantaba más y me decía “mételo negro anda cógeme, hazme sentir amada, querida, hazme tu puta una vez más papi anda”, con esa voz que pone cuando esta excitada que me mata, ella tenía la cara roja, se mordía los labios, cuando le coloque mi pipi en la entrada de su culito, estaba apretadito (no era virgen ya la había cogido por ahí antes) se lo metí poco a poco con amor y cariño, metía un poco, lo sacaba, ella se quejaba un poco por el dolor, pero el placer que sentía era mayor al dolor.

    Hasta que se lo metí completo ufs ella pego un grito de dolor y placer, agarro las sábanas con más fuerzas, la vi, así en cuatro paticas, gimiendo pidiendo guevo, comencé con mi meneo dándole embestidas duro, le comencé a dar nalgadas un poco fuerte, “ahhh si mami que rico, toma tu guevo mal parida puta” respondía “Si papi dame duro así así, márcame las nalgas, rómpeme ese culo” que rico ambos gemíamos como locos, de nuevo estábamos perdidos en un encuentro sexual épico, polvo por el culo de campeonato.

    Se saco su guevo solita del culo y comenzó a darme una mamada, era la mejor en eso también, me mamaba solo la cabecita ya que ella sabía que me encantaba como lo hacía, luego se lo metía completo en la boca, me miraba con cara de putica, las venas de su frente se le brotaban cuando se lo metía completo en la boca, los ojos se le ponían rojos, llorosos, le daba en sus cachetes con mi pipi y a ella le gustaba sentir su pedazo de carne en la carne dándole golpecitos.

    Se puso en cuatro de nuevo, esta vez la agarre por los cabellos y acerque hasta a mí, la tenía prensada allí cerquita, me acerque a su oído y gemía, le decía lo rica y hermosa que estaba mientras la seguía cogiendo duro y sabroso, se puso como una perrita en celo porque estaba por acabar “dale más rápido negro dale dale dale” se vino en un orgasmo intenso, sus piernas temblaban, aquella mujer era un espectáculo único.

    Comencé a darle mas fuerte aun para venirme yo también, ella movía su culo increíble, tiene un meneo de nalgas bastante bueno, el mejor diría yo… me decía “papi lléname el culo de leche caliente anda, dame mi leche”, al escuchar eso no pude aguantar más y ah Dios mío comencé a acabar chorros y chorros de leche dentro de su culo, caí sobre ella en la cama aun con mi pipi dentro de su culo, lo saqué y sentía como el semen escurría por sus muslos y los míos. Ella tenía cara de satisfacción, yo también obviamente, pues nos habíamos pegado un polvazo divino.

    Al recuperarnos de ello nos abrazamos y nos dimos unos besos tiernos bien bonitos llenos de mucho amor, de amor de verdad, de amor eterno, ella bajo su manito hasta sus muslos, tomo un poco de mi leche, se la unto en la boca, se lo saboreaba, se me acerco y nos besamos aun con mi semen en su boca, nos gustaba darnos besos asi después de acabar.

    De repente pensé “Mierda mi trabajo” jajaja me vestí rápidamente me despedí de ella y llame al motorizado para que me fuera a buscar, gracias a Dios no hubo de que preocuparse en el trabajo todo salió bien.

    Déjenme saber sus comentarios. Pronto les relataré otra de nuestras aventuras.

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  • Un nuevo ambiente (prólogo)

    Un nuevo ambiente (prólogo)

    Ugo:

    Después de la confesión de Massiel, algo se rompió entre nosotros, pero no de la forma que la gente cree. No fue un quiebre, fue más bien un clic, un jalón.

    Dejó de ser mi esposa perfecta para ser mía de otra forma: más cruda, más abierta, más sucia cuando se tiene que ser — pero siempre conmigo ahí.

    Seguimos siendo los mismos de siempre. Ella se levanta antes que yo, se baña rápido, desayuna de pie y se va a trabajar. Yo recojo la ropa sucia, paso el trapeador, reviso la cena, cuido a la niñas.

    Pero hay días, los buenos días, donde nos cruzamos una mirada y ya sabemos: esa confesión abrió la puerta. Lo hablamos bien. Ella prometió no volver a ver a Víctor.

    Yo le prometí no cerrarle la puerta a nada que quisiera intentar — siempre que sea conmigo mirando, oliendo, sintiendo.

    Narrador

    No se hicieron promesas de fidelidad de cuento. Se hicieron promesas de ser honestos, de ensuciarse juntos cuando el momento lo permite.

    Así empezó todo: reuniones pequeñas, parejas igual de comunes, sin pretensiones. Gente de barrio, de trabajos sencillos, que por la noche se quitan la vergüenza un rato y la comparten.

    Massiel descubrió que no solo le gustaba el morbo de un hombre mayor mirándola. Descubrió que una mujer, con lengua suave, podía hacerle cosas que ningún maestro cincuentón le hizo.

    Ugo aprendió a mirar sin tragarse los celos. Aprendió a sostenerla firme, a recordarle que siempre vuelve a ser suya.

    Ahora, cuando Massiel se arregla para esas salidas, él se sienta en la cama y la ve peinarse: bata abierta, brasier flojo, tanga discreta. Justo lo suficiente para saber que, cuando vuelvan, lo que se quedó a medias afuera se termina dentro.

    Massiel:

    “Me acuerdo la primera vez que fuimos a uno de esos lugares… Iba temblando. Pensaba que todos iban a verme como la esposa puta que engaña a su marido o él como el tonto cornudo. Pero no fue así. Ahí nadie pregunta. Nadie juzga. Todos miran, algunos se atreven a tocar. Yo, mientras, me quedo callada, sentada cruzada de piernas, no bailo, no exhibo un show (-no soy ese tipo de chica-). Me puse una blusita negra, sin brasier, una falda que a ratos se subía. Ugo me miraba fijo y otros me miraban las piernas. Sabía que ese era el trato: dejarme ver… y dejarlo ver a él.”

    Ugo:

    No soy un santo. Nunca quise serlo. Me gusta verla jugar, pero solo conmigo ahí. Me gusta verla ponerse roja cuando alguien le roza la cintura sin querer.

    Ese primer encuentro fue con una pareja normal, como nosotros. Dos personas igual de comunes. Charlamos tonterías: trabajo, hijos, deudas. Bebimos unas cervezas y reímos.

    Hasta que ella —la otra esposa— puso su mano en la pierna de Massiel. Vi cómo Massiel tragó saliva, me miró, abrió apenas la pierna. Esa fue la señal: estaba bien, seguíamos firmes.

    Narrador

    Desde entonces, nada volvió a ser igual. A veces solo miran. A veces hay manos que rozan. A veces una lengua. A veces todo, pero sin forzar nada. Después vuelven a casa, y Ugo la toma como si reclamara su lugar.

    Massiel aprendió rápido: una fantasía bien contada, aunque sea en susurros, vale más que un engaño. Ugo lo sabe. Así que ahora, cuando ella vuelve de su escuela, a veces se sienta en sus piernas y, roja, le susurra cositas que hizo o que quiere hacer… si él quiere.

    Y él siempre quiere. Porque el control, aunque lo comparte, siempre vuelve a él.

    Segunda parte: Inicio.

    Ugo:

    Se acomoda mejor sobre mis piernas. Sus manos frías en mi cuello, su voz cada vez más bajita:

    —Hoy, en la escuela, volví a sentir esas miradas…

    Víctor me mira con ganas cuando cree que no me doy cuenta, pero sé que lo hace. No intenta nada más. Sabe que fue de una sola vez.

    Pero esas miradas… me prenden.

    Y luego, el transporte, el metro a reventar. Los hombres, roces, empujones. Nunca falta el morboso que se arrima.

    No debería gustarme… pero me gusta.

    Me recuerda a las reuniones. Donde no hay pretexto para rozarme, donde estás tú para mirarme… y para cuidarme.

    Ugo:

    Le paso la mano por el muslo, despacio. Noto cómo se estremece.

    —¿Y qué piensas cuando pasa? —le pregunto, más cerca de su oído—. ¿Qué recuerdas de esas reuniones?

    Massiel:

    Suspira. Su voz es apenas un hilo.

    —Todo. Todo me gusta. Pero siempre es igual: intercambios. Nunca puedo estar con ellas porque estoy con ellos.

    Hace una pausa. Se ríe bajito, se tapa la boca.

    —Tengo tantas ganas de verte con otra mujer…

    Ugo:

    Me río, le levanto la cara con dos dedos.

    —¿Eso es lo que quieres?

    Massiel:

    —No sé… es solo una fantasía. —Baja la mirada—. Pero no es lo único que pienso. Hay algo más… Me daba pena decírtelo. Después de lo de Víctor…

    No sabía si te iba a molestar.

    Ugo:

    —Dímelo, amor.

    Massiel:

    Suspira.

    —¿Recuerdas a Raúl?

    El señor, el single de las últimas reuniones.

    Ugo:

    Claro que lo recuerdo. Siempre discreto, educado. Buen tipo.

    —Sí. ¿Qué pasa con él?

    Massiel:

    Se muerde el labio. Se aprieta más contra mí. Siento su respiración caliente.

    —Pues… pienso en él.

    Me lo imagino encima de mí… con nosotros. Me da pena, porque no sé si te molestaría. Él es single…

    Ugo:

    Le beso el cuello, despacito, sintiendo cómo respira.

    —Para nada. Lo de Víctor fue otra cosa. Pero esto… es distinto.

    Tú sabes que siempre he sido morboso. Un trío con otro hombre… es algo que siempre he querido.

    Ella se ríe suave. Se cubre la cara.

    —No te burles —me dice.

    —No me burlo. Lo quiero —le digo—. Pero lo hacemos bien. Lo hablamos, lo planeamos. Sin secretos.

    Narrador

    Y así fue. Se quedaron ahí un rato más, ella sentada, él escuchando cada idea, cada fantasía.

    Platicaron de todo: qué querían, qué no. Massiel pidió algo que nunca se había atrevido a decir: una doble penetración, como en los videos que miraba sola.

    Ugo pidió grabarlo. Solo para ellos. Para verlo después, cuando la cama de casa se quedara demasiado tranquila.

    Esa noche, cuando Massiel se durmió, Ugo entró al chat del grupo. Un chat pequeño: algunas parejas, un par de singles, todos conocidos.

    Gente como ellos: comunes de día, sucios cuando cae la noche.

    Ahí se organizan las reuniones, las fiestas, las reglas. Nadie se mete con nadie sin permiso. Todo claro, todo limpio, todo sucio donde importa.

    Ugo escribió directo a Raúl.

    “¿Te interesa un trío con nosotros?”

    Raúl respondió rápido: “Sí. Me encantaría. Dime cuándo.”

    A la mañana siguiente, mientras recogían la ropa y la casa olía a café, lo hablaron de nuevo: sin secretos.

    Se había organizado una fiesta una noche de Halloween. Fiesta de disfraces. Nada elegante. Una casa cualquiera. Música fuerte, luces bajas, chicas disfrazadas.

    Ellas prometieron un disfraz atrevido, descarado.

    Todos del grupo sabían, todos esperaban. Porque así funciona: unos miran, otros participan, otros solo fantasean.

    Massiel volvió a reírse, roja, cuando Ugo le dijo: “Esta vez lo grabamos todo, para que cuando vuelvas a contarme… me lo cuentes mirándome a los ojos

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  • Ofrecí a mi novia a un dotado porque tengo parálisis

    Ofrecí a mi novia a un dotado porque tengo parálisis

    Ya haber perdido la movilidad de la cara había sido algo muy doloroso. Más considerando que tengo 32 años. A esta edad tampoco es que me la pase de fiesta en fiesta, pero si salir con amigos y con mi novia se volvió en una experiencia vergonzosa y casi humillante. A veces me lamento que mi Sandy no me haya dejado desde mi parálisis.

    Ella siempre me anima y me ha apoyado mucho con mis terapias faciales. Aunque he recuperado mucha movilidad no es lo suficiente para ser normal de nuevo. Tengo la boca ligeramente chueca como si chupara un popote y mi ojo izquierdo esta ligeramente caído. Aunque no son exagerados estos rasgos si son lo suficiente para que cualquiera lo note con facilidad, además de mi clara dificultad para hablar.

    A pesar de esto Sandy nunca se ha avergonzado de mí y siempre me ha defendido. Ella no tolera bromas sobre mi condición y aunque me hace sentir afortunado y orgulloso eso también me pesa mucho. Nuestro circulo social ha cambiado mucho debido a eso. Incluso empezamos a hacer ejercicio juntos, aunque ella hace más que yo. A veces le pongo alguna excusa para no ir. Ahí es donde empieza todo.

    Sandy es muy amigable y les habla a todos manteniendo sus límites. Así que nunca he tenido tema ni he visto nada raro, incluso me deja ver su celular o no tiene tema con los mensajes incluso a veces me pide que responda algunos, total confianza. De hecho todo parece bien ¿no? Pero no he podido superar esta condición que tengo, aunque no soy un macho alfa ni presumo de serlo si era normal y ahora me siento juzgado, siento que no merezco el amor de Sandy.

    Ahí conocí a Marco, en el gimnasio. Es un chico normal, bien parecido, serio casi no habla con nadie más que con el coach y alguacilillas que otra vez se dirige a alguien para ayudarle con su postura. Pero más bien parece que es selectivo porque no ayuda a todos, aunque pareciera que no le importa a quién no lo hace con todos. Las veces que he estado ahí suele platicar con Carlos, el de recepción, he escuchado que hablan de libros y cosas de filosofía y psicología, se ve que es un tipo listo o eso parece.

    Ya después supe por Carlos que es programador y yo igual. Todo esto a través de las veces que he ido, y contra mi voluntad ya que también se cosas de otros del gimnasio así como seguro saben de mi o eso creo porque Sandy seguro ha platicado algo de mí.

    En alguna ocasión estaba ya cansado y le dije a Sandy que quería irme. Ella replico algo fuerte que aún faltaba un ejercicio y yo lo hice como de mala gana. Marco estaba ahí y noto se me dificultaba un ejercicio. Entonces me dijo modificará un poco el ejercicio para que ganará fuerza, lo hice y funcionó. Me enseño un par de variantes más, en eso Sandy se acercó sonriente y le dijo que iba empezando, Marco respondió que eso veía. En ese entrenamiento platicamos un poco más y fue agradable, serio, neutro parece un tipo que se toma todo con la importancia que merece cada cosa.

    Ese día nos despedimos y Sandy me pregunto que tal me había ido si tenía un amigo nuevo, le dije que si y bueno ella pareció agradarle, parece que me trata como un niño, a veces siento eso que me trata como tonto y siento que me tiene compasión. Esa noche hicimos el amor, literal, yo la trato lindo, siempre lo hemos hecho, peor incluso en esa situación mi boca me juega malas pasadas, los besos han cambiado. De hecho, he notado que ella cierra más los ojos que antes, parece que mi ojo caído ya no le excita.

    Lo hacemos muy rico y siento que se moja, pero no ha llegado al orgasmo, aunque ella dice que si pero de otras formas. Ella es menuda mide 157, delgada, cabello castaño oscuro, blanca, su rostro en anguloso y bonita, dicen que se parece a la de “Stranger Things” aunque no tanto. Sus senos son pequeños de areolas cafés grandes y sensibles, no tiene caderas, pero por el ejercicio se le han parado su nalgas sin ser exageradas. Termine en sus senos de forma abundante, ella gemía muy rico y se embarraba mi leche por todos lados con una mano y con la otra se tocaba hasta que termino y yo me la jalaba aún flácida. Dormidos muy tranquilos.

    Así pasaron algunas semanas y yo seguía conversando con Marco, no era mentirá tenía buena conversación y en veces parecía no poder seguirle el ritmo, pero él regresaba a una conversación normal. Incluso quedamos un par de veces de salir a beber algo. Nos hicimos algo como amigos. Sandy estaba contenta. A medida que avanzo nuestra amistad yo invitaba a Sandy con nosotros y aunque ella se mostraba reacia pronto le agrado mucho, salíamos a jugar juegos de mesa muy divertidos que no conocíamos. Aunque nunca note nada entre ellos si veía como Sandy se divertía y nunca la había visto tan risueña.

    En otra ocasión salimos a bailar, aunque yo la verdad no sé, pero tuve la idea y por alguna razón estaba haciendo todo para que ellos convivieran más. Esa noche la vi bailar muy cerca de él, vi como su senos se restregaban en Marco, esas vueltas, el rostro rojo de Sandy y agitada. Notaba como ella reía y me miraba después a mi sentado como imbécil y ellos ahí bailando. Los perdí de vista, mi corazón dio un vuelco, pensé seguro se perdieron entre la multitud, después pensé, ¡no! Ya paso varios minutos una canción dos, después me levante y fui a buscarlos.

    Estaban en la terraza, ella tenía calor, pero yo mire sus pezones muy grandes marcados en su blusa. Vi su boca roja, vi su cabello despeinado. Marco debió notar mi sorpresa y me tranquilizo cambiando de tema. Esa noche transcurrió normal a partir de ahí y decidimos irnos. De nuevo puse todo como más temía, pero algo me impulsaba, insistí en que Marco me llevará a mi casa primero y después a ella para dejarlos solos. Funcionó.

    Aunque esa noche no supe nada más así pasó una semana y yo moría por saber si había pasado algo, en mi mente Marco ya se la había cogido de varias formas, en el auto, en el baño esa vez, fuera de su casa, en casa de sus padres, me masturbe tanto sólo de pensarla con su cuerpo delgado y siendo embestida por Marco, con sus pequeñas tetas y sus nalguitas paradas. No podía más con todo esto. Así que decidí explorar si a ella le gustaba alguien más, si le gustaba Marco.

    En una noche estábamos muy excitados, nos decíamos cosas que nos queríamos hacer y nos tocábamos. Como la vi muy caliente le empecé a decir que fingiera que era otro y ella se sacó de onda, pero aceptó. Me dijo “¿quién quieres ser,?” yo le dije que no sabía que ella eligiera, y bueno no me dijo.

    No quería cortar todo así que continuamos y yo le sugería cosas le decía que imaginara que estuviéramos en el gym, que la recargaba en las barras, que le pusiera sus nalgas entre la barra y ella se calentaba más y más, la sentía desesperada, en medio de todo le dije “elige a alguien quien quieres que sea yo el coach, ¿Carlos? ¿Marco?”. Ella estaba perdida jalándomela y besando el cuello y yo le metía los dedos y le besaba sus botones cafés y le apretaba las nalgas, ella dijo “Quien sea quien sea”.

    Yo no quería forzar, pero me atreví a más con temor, le dije “que seas una facilota”, ella repetía “si si que te doy las nalgas”. “Que tu solita me restriegues tus nalguitas”, ella empezó a bajar por mi abdomen y me apretaba más y más, yo la tenía muy dura porque en mi mente era Marco quien la iba a coger, ella repetía “si si y te la voy a mamar toda”, entonces le repetí “dime dime quien quieres que sea dime”.

    Ella se detuvo justo frente a mi verga agitada, le dije “es un juego da igual quien sea” y me dijo “Marco” mientras se metía mi verga en la boca. Sentí una corriente intensa en mi cuerpo desde los pies que me hizo apretar las piernas y solo tome a Sandy del cabello y la presioné contra mi verga que empezó a escupir leche como nunca, sentía que me meaba, veía entre nubloso su mirada sorprendida y excitada, tragaba leche y se le escapo algún disparo en su mejilla. Yo seguía en el viaje mientras ella limpiaba mi verga. No volvimos hablar de eso en días.

    Pasaron los días y ahora era ella quien se escribía con Marco, la notaba reírse, sonrojarse e incluso ya quedaba de ir con Marco al gym y me decía a mí. Notaba como me querían incluir, pero también ellos se reían y me miraban mucho. Empecé a sentir una especie de placer de eso, pero también celos y algo de rabia, una combinación rara. Los notaba más cerca e incluso a veces él la tocaba para ayudarle con algo, eso si muy discreto y lo agradezco, pero en el fondo si quería que supieran que era un cornudo y que ella era muy puta. En el fondo así lo sentía, aunque lo estuve negando mucho tiempo.

    Un día como esos fuimos a su casa a coger, sólo que esta vez repetimos la fórmula, empezamos a calentarnos, y ella me dijo “imagina que estamos en un auto”, yo le seguí el juego, me decía, “¿Está bien que hagamos esto? Yo tengo novio”, me prendió mucho eso, le dije “Si, si está bien”, como un tonto por mi excitación, “¿y si se entera?” me dijo, yo le dije que no lo iba a saber que era un tonto, “Si si es un pendejo ni lo sabrá ¿verdad?”.

    Sentí algo de rabia, pero mi verga estaba muy dura, sólo le repetí, “¿Quién quieres que sea?”, ella de inmediato dijo “Marco”. “Así que te gusta ponerle los cuernos a Rodrigo”. Ella decía “Si, si, me gusta ser una sucia él me trata como princesa”, en eso le escupí en la cara y se sorprendió, pero bajo como rayo a mamarla y en dos o tres minutos me había corrido por las palabras que me estaba diciendo y yo a ella.

    Le pedí perdón por hablarle así y decirle cosas de esa forma. Ella me dijo que le gustaba y yo solo asentí. Ella me pidió perdón por decir que Marco y yo le dije que no había problema. Noté su confusión y me dijo que había notado como me excitaba mucho cuando lo mencionábamos. No quise ocultarme más así que le dije que si. Ella con toda la ternura que antes no había demostrado me dijo si me gustaría verla con otro, con Marco.

    Yo tragué saliva y muy humillado le dije que si. Ella acarició mi rostro y me dijo que no me juzgaba que siempre podríamos jugar así. Ya era tarde para echarse para atrás así que le dije que si no quería que fuera real yo no tendría problema. Vi su rostro desfigurarse. Le dije que estaba bien que me había propasado. Ella dijo que estaba bien sólo no quería herirme. Esa noche no puede dormir no sé como había llegado tan lejos no sé por qué o como todo había crecido tan rápido.

    Algunos días después me invitó a su casa a cenar, pero mi sorpresa fue que Marco estaba ahí, yo estaba muy nervioso. Cenamos y platicamos muy normal, pero me sentía nervioso. Después Sandy me dijo que ya me tenía que ir. Ellos se pararon y se fueron al cuarto y yo hice como cerraba la puerta. Creo que ya lo tenían hablado porque fue muy rápido y nada creíble. Empezaron a besarse en el pasillo antes de entrar al cuarto y yo desde el pasillo los miraba. Marco estaba de espaldas y ella le tocaba todo.

    —Que rico estas Marco, mira nada más —le tocaba las nalgas los hombros le acariciaba la cara.

    —Y tú que putita estas, mira que ponerte ese vestido sin sostén —le amasaba sus pequeñas tetas que ya traiga los pezones a reventar.

    Marco le sacó el vestido completo y Sandy solo llevaba una tanga negra.

    —jaja sabía que usabas tanga por como se te metían los leggins en las nalgas

    —¿Estas nalgas?

    Ella se giró y se las apretó y la abrió para él. El cabrón se agachó y empezó a comerle el culo, Sandy solita se abría las nalgas y Marco hundió su cara, Sandy gemía y llevo su mano hacia su cabeza para hundirla más, eso me provocó una super erección, no quería hacer ruido.

    Después él la volteo y la empujó al cuarto, pero ella se resistió y empezó a frotar su culo contra sus pantalones, él le tomaba de las tetas pequeñas le escupía en la espalda y ella gemía, la estaba desconociendo, no sabía que le gustaba todo eso, de pronto le da una nalgada fuerte que se escuchó en todo el departamento, Sandy gimió dando un paso hacia a delante, lo miro y le dijo “dame otra,” Marco le dio otra igual o más fuerte, ella repitió “dame otra puta infiel”.

    Marco le dijo “Eres una zorrita infiel desde que te vi” y le dio otra. “Desde que me la tocabas al bailar”, le dio otra ella gimió diciendo que sí, a mí se me paro el corazón, “desde que la mamaste en el auto puta infiel como no te cabía en la boca”. “No no no me cabía en mi boquita pequeña” dijo como haciendo puchero y recibíoslas otro azote, se arrodilló y muy hábil le saco la verga, saltó un trozo enorme negro, grueso, se veía venoso.

    Sandy respiro hondo y Marco se rio, yo llevé mi mano a mi pantalón y apreté mi verga, Sandy tomo con ambas manos su verga y aun sobraba verga y se la metió a la boca, en ese momento me corrí, ahogué mi gemido y solo me hice hacia atrás intentando no hacer ruido. Se marcó tanta leche en mi pantalón que sentí caliente en mi pierna como si me hubiera orinado. Se escuchaba como Sandy tenía arcadas y la saliva hacia lo suyo.

    —Uy la mamas más rico que en el auto jajaja —se escuchó una bofetada, me asome de nuevo.

    Se habían metido al cuarto y Sandy dejo emparejado, le dijo a Alexa que apagara las luces de la sala y yo entre la oscuridad del pasillo veía como Marco la empinaba en nuestra cama. Se tomó su tiempo, le apretaba sus nalgas suaves pequeñas pero carnosas. Le escupió y se desvistió, estaba ejercitado y tomó su verga y la apunto a sus nalgas de Sandy, Sandy dio un respingo.

    —Jaja tranquila iré despacio al principio

    —Es que … es que no traes condón tampoco

    —jajaja así te voy a coger putita —le dio una nalgada fuerte y se calló.

    —Ay ay espera —le ponía la mano en el abdomen como podía— me duele ay ay Marco Marco despacio

    Yo tenía de nuevo una erección veía sus nalgas blancas carnosas con esa verga y se veía desproporcionado, no pensaba que le cabria tanta verga a Sandy. Con la mitad a dentro Marco metía y sacaba lento aferrado a sus nalgas.

    —Ya ya se siente más a mi tamaño jaja parecías virgen Sandy ¿o debo decir mi putita?

    —Si si dime putita… putita infiel ya dame más más métela más que sé que tienes ahhh ayyy cabrón

    Se la clavó de una veía sus manos apretar las sábanas y como se levantó de puntitas, sin darme cuenta me estaba tocando y me vine de nuevo. Ya no aguantaba más. Empezó a bombearla fuerte. La sostenía de las caderas, en cada embestida la empujaba, la cama chocaba contra la pared, Sandy recibía cada empujón y yo veía de perfil como su verga completa entraba y salía de mi Sandy, ella gemía faltándole el aire y se corrió temblando las piernas, se escurrió y soltó un grito muy rico de alivio como de contención, Marco siguió bombeándola, pero Sandy se tiró al suelo sin poder más y estaba temblando.

    —Marco, Marco que rico, me siento bien abierta —decía exhausta

    Marco la ignoró y la levantó, la aventó boca arriba la abrió de piernas y empezó a metérsela ella soltó un grito de dolor que pronto se convirtió en placer, gemía como nunca, sus piernas estaban más abiertas que nunca, ella misma las sostenía temblándole y perdida, solo recibía verga, Marco parecía cogerse a una muñeca. No podía creer que su verga la abriera. Se veía como una trozo de carne negro entraba grueso como si fuera un brazo y la vagina de Sandy se veía muy abierta, encharcada.

    —Sigue sigue, no me han cogido así sigue

    —¿no te coge así el deforme de tu novio? Jajaja

    —No no no sabe coger, quiero que me tú me cojas

    —jajaja y tú de puta infiel jajaja

    —Si si soy pégame

    Marco empezó a cogerla como animal, se hizo hacia adelante y la empezó a cachetear, le dejó el rostro rojo y las tetas mientras le escupía, en eso ella empezó frenética se corrió de nuevo, Marco seguía cogiéndola, ella se quería apartar, pero él no la dejaba y la cacheteó de nuevo ella siguió y parece que terminó de nuevo con ese golpe. Marco se subió en ella empezó a terminar gruñendo, le aventó tanta leche que ella se la iba quitando y comiendo como podía con movimientos torpes en el cabello en su cara derretida y Marco seguía jalándosela.

    —Cuando te vea en el gym vas a ignorar al pendejo de tu novio y solo me vas atender a mi putita.

    Ella no reaccionó, solo movía la cabeza.

    Me fui todo sucio.

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  • La última tarde

    La última tarde

    Una tarde decidiste traerte a un amigo y compartirme con él. Y yo me dejé hacer como siempre…

    Ahí estaba yo, a cuatro patas sobre la cama, chupándote la polla mientras tu amigo me daba por el culo, con la luz de la tarde de finales de invierno entrando por el espacio que le dejaba la persiana a media asta. Tú jadeabas, y mirabas de vez en cuando hacia la ventana, complacido en tu retorcido sentido del humor de que a escasos veinte metros de nosotros, en el bloque de enfrente, tu mujer veía la tele tranquilamente sin saber, me imagino, que estabas dándote un homenaje con la boca de ese vecino gordo de enfrente que lleva esas pintas tan raras.

    Tu polla estaba muy dura en ese momento, sentía el perfil abultado de sus venas, notaba su palpitación que se acompasaba con tu respiración pesada y jadeante. Tu glande sabía a una mezcla vaga de sudor, gel de baño, semen reseco y orina, y aun así yo lo lamía con deleite mirándote a los ojos para luego cerrar mis labios pringosos de saliva y de presemen sobre él y deslizarlos por todo el tronco de tu miembro hasta acariciar con ellos tus cojones peludos y desparramados.

    La polla de tu colega, no muy grande pero sí terriblemente dura, entraba y salía de mi ano haciendo un ruido resbaladizo, sus manos crispadas agarrando sus caderas, sus huevos gordos y duros chocando contra los míos. De vez en cuando la cabeza de su tarugo acertaba, por casualidad supongo, a golpear contra algún punto especialmente sensible de mis entrañas (¿la próstata quizá?), haciéndome dar pequeños respingos.

    Hubiese gemido de placer en los momentos en que eso ocurría, pero tú, que eres un cabrón, no me lo permitías: cuando notabas que mi cuerpo se sacudía con una ráfaga de placer empujabas tu rabo dentro de mi boca lo más profundo que podías, ahogando mis suspiros y haciendo que se me escapasen hilillos de baba que caían por tus pelotas y manchaban las sábanas de mi cama.

    Sonreías, con esa sonrisa tuya condescendiente y afilada que tan poco me gusta. La misma sonrisa con la que nos habías obsequiado minutos antes, a tu amigo y a mí, mientras te comíamos la polla a dúo, con esa torpe ansiedad que hacía que nuestras lenguas se estorbasen y nuestras caras chocasen en un par de momentos. Te habían llamado por teléfono en ese momento y te habías dado el lujo de contestar y hablar como si nada con alguien (¿tu hija?, ¿tu hermano?, ¿un socio?) mientras nos mirabas ahí, arrodillados frente a ti, pasándonos tu rabo de una boca a otra, lamiéndote los huevos, besuqueando tu capullo.

    Conociéndote, no me sorprendería que hubieras programado la llamada para ese preciso instante solo para hacer ese número. Igual que estoy casi seguro que tu mentado amigo era en realidad un chapero al que habías pagado para que viniera a hacer un trío con nosotros dos. Después de todo, un chaval de unos treinta años como él, al que además no había visto nunca, ni de pasada, por el pueblo, difícilmente se haría amigo de un cincuentón sabelotodo y arrogante como tú.

    A saber, siempre fuiste un hijo de puta retorcido. Por suerte para ti, en todo caso, me atraías de una forma fatal e irremediable que me mortificaba y me excitaba a un tiempo.

    Desde que habías empezado a tirarme los tejos por la app con esa mezcla tan tuya de falsa simpatía y auténtica arrogancia, había algo en ti, no sabría decir qué, que me excitaba terriblemente. Cuando al fin dejé de resistirme a esa sensación y te dejé venir a verme a mi casa, con discreción, claro, eras casado, y te vi allí, calvo, bajito, más bien feo, vestido con ese aire de rico de pueblo y con esa sonrisa tuya que tanto detesto, estuve a punto de sacarte de allí a ostias, pero te lanzaste casi literalmente sobre mí y empezaste a sobarme y a lamerme los pezones con un ferocidad ansiosa que me desarmó. Recuerdo que me pregunté cómo habrías averiguado tan fácilmente mi punto débil. Sigo sin saberlo, pero el caso es que lo hiciste.

    Y desde entonces, yo siempre estaba cuando te apetecía echar un polvo, o que te mamaran la polla. Siempre a tu disposición, contando las horas y los días. Siempre discreto, paciente, esperando que quisieras venir a disponer de mí a tu antojo. Incluso cuando tenías un gatillazo o te corrías en medio minuto dejándome con las ganas yo me sentía extrañamente feliz de tenerte a mi lado, diciéndome toda clase de tonterías más falsas que un billete de Mortadelo, allí acurrucado junto a ti con mi cara manchada de tu esperma reposando en tu pecho velludo, sintiendo los latidos de tu corazón mientras tú me decías que me querías y que yo era tu mujer. Sintiéndome vacío cuando te ibas de mi lado. Hocicando como una perra en celo en busca de tu olor en mis sábanas.

    No sé qué me hiciste, pedazo de cabrón, pero me tenías a tus pies. O será que en el fondo me va la marcha más de lo que me gusta reconocer y por eso me dejaba liar por ti cuando tenías ocurrencias como la de presentarte en mi casa por sorpresa con un supuesto amigo para compartirme con él.

    Como aquella tarde.

    Yo, como ya dije antes, estaba a cuatro patas con tu polla en la boca, y al cabo de unos minutos las embestidas de tu amigo se hicieron más rápidas, más violentas, más rudas. Sus gruñidos se hicieron más roncos, su respiración se entrecortaba.

    -Ya no puedo más… ya… no puedo… másss… aaaah…

    Y sentí cómo sus dedos se tensaban en mis caderas, su verga se sacudía convulsionando dentro de mí y su leche caliente se derramaba en mi interior. Supongo que también fue idea tuya que me follase a pelo a traición, y hubiera debido arrancarte la polla de un mordisco por cabrón, pero solo alcancé a sacármela de la boca y decir con voz ronca:

    -Córrete en mi culo, que me encanta…

    La facilidad con la que me convertías en una puta arrastrada me sigue asombrando a día de hoy. El amigo, una vez me hubo dejado su lefada dentro, se vistió y se fue apresuradamente porque según dijo tenía cosas que hacer. Supongo que como había acabado el trabajo por el que le habías pagado, no tenía más que hacer allí. Le acompañé a la puerta, desnudo, y le despedí con un beso apresurado.

    Cuando volví a la habitación estabas de pie, tu silueta rechoncha recortándose contra la tenue luz de la tarde, tu polla más dura que nunca señalándome, su cabeza pringosa y brillante de mi saliva y tu líquido preseminal; me mirabas con ojos turbios y ardientes, tu pecho subiendo y bajando al ritmo de tu agitada respiración. Eras, más que un hombre, un animal en celo, y esa brutalidad que emanabas en momentos como aquel me llenaba de excitación: yo era tu presa, tu juguete, y me gustaba serlo, a qué negarlo a estas alturas. No tuviste ni que hablar para que yo me arrodillase a comerte la polla.

    Sabía lo que deseabas, y yo deseaba más que nada complacerte. Menos mal que no se te ocurrió en aquel momento pedirme que te chupara el ojo del culo, ni hacer que te besara los pies, porque lo hubiera hecho. Lo hubiera hecho, maldita sea, y encima lo hubiera disfrutado. Habría aceptado que te me meases encima y te hubiera dado hasta las gracias, así de desquiciado me tenías.

    Te miré la cara y vi que gozabas de la mamada que te estaba pegando, empezaste entonces a contarme no sé qué asquerosidades de cómo y dónde habías conocido a tu amigo y de otras andanzas tuyas que no reproduciré. Recuerdo que me diste asco, pero ese mismo asco me excitó de una forma monstruosamente irresistible. Necesitaba sentirte dentro. Necesitaba que me mancillases más todavía.

    -¿No quieres follarme?

    -¿Quieres que te folle, mi amor?

    -Sí… lo estoy deseando.

    -Pídemelo, zorra mía.

    -Fóllame amor mío…

    -Pídemelo por favor…

    -Por favor fóllame… rómpeme el culo…

    Te gustaba que te suplicase. Te encantaba verme a mí, que hubiese podido borrarte de la faz de la tierra de un sopapo, convertido en una zorra sumisa que te rogaba que me follaras, que te corrieras en mi cara, que me dieras azotes en el culo. Y yo, aunque ahora me dé reparo recordarlo, estaba feliz de darte ese gusto y de que me utilizaras como se utiliza a una muñeca hinchable o a un pañuelo con el que se limpia uno la lefa después de correrse.

    Cuando consideraste que te hube suplicado lo suficiente me hiciste poner a cuatro patas sobre la cama, te pusiste un condón (tú sí te protegías, cabronazo) y me metiste la polla entera de golpe. Ya tenía el culo abierto por la follada que me acababa de dar tu amigo y me entró hasta los cojones fácilmente. La recibí con un chillido de placer, el vello se me erizó, y noté que se me caía levemente la baba. No es que la tengas muy grande tampoco, pero no sé cómo lo hacías que siempre que me la metías acertabas a clavarme la cabeza de tu rabo en un punto que al ser estimulado hacía que se me aflojasen las piernas y se me nublase la cabeza.

    Me follaste sin miramientos, ayudado por la lubricación extra del esperma de tu amigo que ayudaba a tu rabo a deslizarse dentro y fuera de mi ano, dejando correr por mis muslos venillas de leche aún caliente. Me azotaste el culo con saña, y yo te pedí más. Me pusiste de pie y me follaste frente al espejo tirándome del pelo. Me tumbaste patas arriba y me follaste como se folla a una mujer, mientras me apretabas el cuello con las manos y te relamías.

    Cuando se te aflojó la polla te la volví a comer, recién salida de mi culo, hasta revivirla, y luego me senté en ella y te cabalgué con rabiosa pasión mientras me estrujabas las tetas y me llamabas “puta mía”. Me jodiste en todas las posturas que se te antojaron hasta cansarte, y luego caíste sobre la cama como un fardo, sudoroso, jadeante, visiblemente feliz de haber hecho conmigo lo que habías querido, como siempre.

    Yo me recosté con la cabeza en tu pecho, abandonado a la caricia de tu vello en mi cara, al sonido rítmico de tu respiración, a la sensación de dolor palpitante de mi ano, a la cálida felicidad que me daba estar así junto a ti, acurrucados en el aire caliente y viciado de la habitación. Me besaste, me prometiste no sé cuántas cosas, me pusiste cachondo otra vez y cuando yo ya estaba pidiéndote la repetición de la jugada te fuiste porque se te había hecho tarde y tu mujer podía mosquearse. Te despedí con un beso largo y desesperado, y cuando cerraste la puerta y te fuiste sentí, quién sabe por qué, que una parte de mí mismo se iba detrás de ti para no volver.

    No quedé más contigo. No quise. Me suplicaste, me atosigaste, me obligaste a amenazarme con chotárselo todo a tu mujer antes de soltar la presa. Lo gané en tranquilidad, pero desde entonces cada vez que quedo con un tipo casado, algo mayor que yo, que queda conmigo en secreto y con prisas, no puedo evitar portarme como una zorra en celo dispuesta a aceptar de buen grado cualquier cerdada. Así que cuando se presentan en mi casa con un travesti chapero para hacer un trío o se van dejándome con el culo abierto y la cara pringada de lefa o de meada no puedo evitar acordarme de ti. Y no sé si maldecirte o darte las gracias.

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  • Mi mujer y mi vecino cogen, eso me parte el alma (1/2)

    Mi mujer y mi vecino cogen, eso me parte el alma (1/2)

    -“Rafa, mi amor, acordate que esta noche tenemos reunión”.

    -“Sí querida, no me olvidé, lo que no recuerdo es dónde nos toca”.

    -“Es en la casa de María”.

    Tres matrimonios tenemos una amistad de varios años, aunque las mujeres nos llevan ventaja pues la relación entre ellas viene de la facultad y nosotros nos agregamos al emparejarnos. María, casada con Marcelo, Claudia con Carlos y yo Rafael con Fernanda, todos hemos cumplido los treinta y todavía no llegamos a los cuarenta.

    La relación de amistad de las damas está reforzada porque también comparten actividad laboral; tienen un estudio de traducción y son muy buenas en lo suyo por lo cual clientes no le faltan. Escritos en el soporte que sea o verbal y simultánea, afrontan la tarea con excelencia; el fuerte de las tres es el inglés y a poco de empezar vieron que convenía diversificar algo para ampliar la oferta y esa ampliación era incorporar otro idioma cada una por lo cual, a elección, aprendieron francés, italiano y alemán.

    Los varones teníamos actividades que nos permitían un buen pasar y lo mejor era que nos podíamos relacionar agradablemente pues en lo importante, en lo sustancial, no existía disenso y eso permitía aceptar de buen grado las naturales diferencias.

    En el edificio donde vivimos hay tres departamentos por piso, cada uno con diferentes comodidades, el más grande es de cuatro dormitorios y todos los espacios muy amplios con buena luminosidad, el que le sigue tiene dos dormitorios y un poco menor amplitud, y por último el más chico que tiene un dormitorio con un estar que también oficia de cocina-comedor, por supuesto que para un soltero es más que suficiente.

    Nosotros ocupamos el mediano y durante algunos meses los otros permanecieron libres pues el matrimonio de edad que habitaba el grande se cambió a uno más reducido y acorde a ellos dos, que ya estaban solos pues los hijos habían formado su propia familia y vivían en otro lado. Nos dimos cuenta que a corto plazo iba a ser nuevamente habitado cuando llegó una mudanza y empezó a descargar.

    Al nuevo lo conocimos por pura coincidencia al encontrarnos en el palier, nosotros llegando y él saliendo.

    -“Parece que somos vecinos, yo soy Rubén y hace pocos días que ocupo el departamento”.

    -“Hola, un gusto, mi señora es Fernanda y yo Rafael, ¿sos nuevo en la ciudad?”

    -“Sí, me trasladaron en la multinacional donde soy gerente de área y aproveché la oportunidad de que esta propiedad se ofrecía a buen precio y la compré, espacio me sobra porque soy soltero”.

    -“Bienvenido, espero que la pases bien”.

    -“Gracias, hasta luego”.

    El recién llegado es un tipo de nuestra edad, buena pinta y de porte cuidadoso, su vestimenta se nota de buena calidad, luce un reloj de marca, y en la otra muñeca lleva una pulsera dorada igual de gruesa que la cadena colgada en el cuello.

    -“Qué te pareció el nuevo vecino, Rafa?”

    -“En general bien, pero hay algo que me hace ruido”.

    -“Típico de los hombres, ante un ejemplar bien pintón en seguida le encuentran algún defecto para salir mejor parados en la comparación”.

    -“No creo que este sea el caso, en el poco tiempo que hablamos me pareció un tipo de muy buena pinta, educado y culto, así que nada en concreto puedo objetar, quizá eso que me hizo ruido y no puedo identificar, sea algo insignificante y circunstancial”.

    -“Pienso que podríamos integrarlo al grupo de matrimonios para que no se sienta solo”.

    -“Por el momento me parece prematuro, no lo conocemos más que del saludo, además debiéramos consultarlo con el resto”.

    Unas semanas después de ese diálogo se me hizo la luz.

    -“Querida, ya encontré lo que me hacía ruido del vecino y ahora sé a qué atribuirlo”.

    -“Veamos a dónde te llevó la pesquisa”.

    -“Rubén es el típico mancho aparentador, el tipo que busca resaltar, que enumera sus méritos para sentirse por encima del resto, y si se trata de mujeres encandilarlas para que terminen en su cama”.

    -“Estás exagerando y no quiero pensar que es envidia”.

    -“Te aseguro que no; cuando nos presentamos él dijo que era gerente de área en una multinacional y que el departamento lo había comprado; todo lo que usa es de marca conocida, su pulsera y la cadena que usa al cuello son de oro y groseramente gordas, sus logros los mide en dinero y no en mérito o esfuerzo. Pongamos un ejemplo cercano en el otro extremo, vos no te presentaste como una excelente traductora, de entre las mejores del ramo, que más de una vez hiciste de perito para la corte de justicia o al servicio del ministerio del exterior. Es así querida, hace memoria de lo que son sus charlas o de lo que muestra”.

    Así fuimos adquiriendo confianza producto de frecuentarnos por mayor regularidad, naturalmente era él quien iniciaba los acercamientos producto de su soltería; como solía viajar con cierta frecuencia nos dijo de dejarnos una llave de su departamento para caso de emergencia, ya había sucedido que a un vecino ausente se le inundó el departamento por rotura del flotador del depósito del inodoro, obligando al administrador a recurrir a un cerrajero. Algo después recibimos una invitación.

    -“Rafa este sábado Rubén nos invitó a cenar”.

    -“Perfecto, ¿qué ofreciste llevar?”

    -“Un postre que voy a hacer”.

    Ese día nos recibió especialmente elegante y algo que me llamó la atención fue el dorado de su piel a pesar de estar saliendo del invierno; eso no podía deberse a que trabajaba al aire libre sino al prolijo cuidado de su aspecto, que probablemente incluiría una cama solar.

    En esa comida al enterarse de la actividad de Fernanda le dijo que era común, para la empresa donde trabajaba, requerir los servicios de traducción cuando debían viajar o recibir extranjeros que no fueran de habla castellana, por lo cual la tendría en cuenta.

    Poco contacto necesité para darme cuenta que el fulano era un superficial importante, su vestimenta, adornos, arreglo corporal, gestos, conversación y opiniones, confluían en una dirección, hacer crecer su ego y disfrutar todo lo posible, sin escrúpulos, sin límites, sean los que fueren.

    Tiempo después se concretó el pedido de realizar una traducción simultánea con unos clientes de habla inglesa, con quienes además tenían previstas actividades sociales; en este caso el requerimiento fue para cubrir también ese tiempo pues, según ellos, en esas reuniones solían espontáneamente limarse detalles controvertidos, llegándose más rápido y mejor a los acuerdos del negocio que tenían entre manos.

    Y como la información es poder, la mente tortuosa de los negociadores locales les hizo pensar que un medio apto, para estar al tanto de todo, era que algún participante en las reuniones informales simulara estar en pareja con una de las traductoras sin dar a conocer esa aptitud y así, de escuchar algo atinente, se los hiciera saber más tarde. Y por razón de cercanía y mayor confianza la elección recayó en Rubén y Fernanda.

    No fue algo que sucediera a mis espaldas, al contrario, mi mujer me lo contó como algo ingenioso de parte de la empresa además de la importante retribución que recibiría por prestarse a la simulación. Ellas en general distribuían en partes iguales los ingresos específicos de traducción, pero cuando la contratación implicaba un esfuerzo o dedicación adicional, se cobraba por aparte y lo recibía la socia que había realizado esa tarea extra.

    -“No dudo de la ingeniosidad para tener la mayor información posible ni lo rentable de la retribución que vas a recibir, sí tengo reserva sobre tu labor de acompañante, no por vos, sino por Rubén”.

    -“No veo por qué”.

    -“Mirá, los personajes como él son de desconfiar en relación con las mujeres, esos tipos sin compromiso, ciertamente pedantes, tratan de llevarse a la cama toda aquella que se les cruce. Vos sos una hermosa mujer, pero aún si fueras poco agraciada lo mismo te tiraría el anzuelo, la cuestión es conseguir un nuevo trofeo para alardear, por supuesto con alguna imagen que lo atestigüe”.

    -“Lo decís con tal seguridad que parecieras tener experiencia en el asunto”.

    -“No me da el cuero para eso, pero conocí algunos que se pavoneaban como si fueran héroes. Te voy a contar algo más, pero de manera cruda. Tienen la progresión habitual de cualquier levante, pero una vez que te llevaron a la cama y consiguieron hacer uso de tu boca con tragada de semen incluida, penetración de concha y culo sin tomar la debida precaución avanzan con exhibirte, tomarte en público y compartirte con dos o tres en simultáneo”.

    -“Me parece que estás exagerando”.

    -“Puede ser, pero seguro que poco, y lo más triste es que pasada la novedad, cuando ya no saben qué probar, abandonan a la mujer como si fuera un pañuelo descartable usado. Y, como nada serio los liga, en cuatro o seis meses se termina la cosa. Te digo más, esta gente cuando una mujer dice «no» ellos lo toman como un «sí» convencidos que, fingiendo pudor, la hembra se resiste un poco; la manera fácil de que entienda es que se lo diga un hombre en nombre de la mujer, y eso de manera tajante; en resumen, si no querés tener un problema te sugiero que, ante la mínima insinuación digas «no» y me avises de inmediato”.

    -“No te preocupes que seguro voy a saber gestionar cualquier avance”.

    -“Te ofrezco mi ayuda porque mi matrimonio vale mucho, y la historia es testigo de magníficas fortificaciones que sucumbieron a un perseverante asedio sin necesidad de ataque”.

    Llegado el día, la traducción simultánea fue realizada por María y, a la noche, concurrió también Fernanda; en el momento de ir a una discoteca terminó la tarea de la primera comenzando la actividad de mi señora.

    Eran las dos y media de la madrugada cuando escuché la llegada del ascensor y luego la puerta corrediza cerrarse; pensé que era mi esposa, pero al demorarse la apertura de nuestro ingreso me levanté a ver por la mirilla; era ella hablando en voz baja con Rubén que la tenía tomada de la cintura, al parecer tratando de que aceptara entrar a su departamento pues ella negaba con la cabeza y parecía decir «no, es tarde», lo que no impedía ser besada, estrujadas sus tetas y acariciada en la entrepierna; que se encontraba al borde de la claudicación era evidente porque una mano la tenía dentro de la bragueta del macho y la movía con ganas.

    Cuando el miembro hizo su aparición de la mano de mi mujer y él le hacía bajar la cabeza en esa dirección, metiendo la llave en la cerradura hice como que abría la puerta, pero la saqué, la desesperación de ambos se manifestó de manera diferente; él la soltó como si quemara, abrió la puerta de su vivienda, entró y cerró; ella arregló su aspecto como pudo y lentamente caminó hacia nuestro departamento; yo satisfecho de haberles arruinado el encuentro me volví a la cama con el corazón tristísimo y lleno de bronca; ahí el entendimiento, seguramente por un milagro, trabajó al margen de los sentimientos y planeó el comienzo de la venganza, para lo cual hice un esfuerzo de imaginación y movimiento de mano para recibirla con la pija bien parada y dura.

    Cuando llegó al dormitorio me encontró recostado sobre un almohadón mirando un canal deportivo.

    -“Hola querido, qué raro encontrarte despierto a esta hora”.

    Su frase tenía la entonación de quien no goza de tranquilidad, como esperando una contestación desagradable, algo comprobable, pues no se acercó a darme el beso habitual cuando nos reencontrábamos, sino que siguió camino al baño. Cuando volvió lo hizo con el camisón largo colocado y se metió a la cama dándome la espalda.

    -“Querida, estuve mirando una porno, así que estoy con ganas”.

    -“Semejante porquería, que además de ordinaria seguramente es barata, pues no se les cae una idea y donde todo se reduce a desnudez, chupar y meter”.

    -“Esta vez tenía cierta línea argumental, una casada se lía con un conocido en la discoteca, bailan y franelean, pero ahí no podían avanzar y ella ya tenía que regresar; él se ofrece para acompañarla y en el palier la tenía a punto caramelo cuando un vecino que llega los hace quedar con las ganas. Cuando entra lo despierta al marido adormilado y se echan un polvazo con culo incluido.”

    -“No es muy original”.

    -“Es verdad, pero la mina es muy buena actriz o la calentura era real porque gozó como una yegua, y eso me motivó a esperarte”.

    -“Hacete una paja que yo no tengo ganas”.

    -“Entonces voy a hacer como el actor, que al principio la fuerza un poco, pero en seguida la hembra agarra el tranco”.

    -“Ni se te ocurra”.

    No había terminado de hablar cuando, tomándola de las nalgas la levanté para ponerla en cuatro, llevar su camisón a la cintura, correrle la bombacha y entrar al completo de un solo golpe; ningún ademán cariñoso, menos aún un beso, ni una palabra afectuosa, solo fuertes embestidas.

    Si en ese momento no estaba bien lubricada, después de la metida de mano en el palier, era que se había lavado en el baño, cosa de la que me alegré pues no deseaba hacerla gozar; sus ayes y lágrimas fueron el mejor estímulo para pistonear aunque sin sentir placer pues me hallaba anímicamente devastado; cuando empezó a mejorar el deslizamiento en la penetración saqué la pija de la vagina, apunté hacia el orificio estriado y di comienzo a la entrada por el recto sin dar tiempo a la adaptación, simplemente forzando los esfínteres.

    Ahí, después de unos cuantos bombeos secos, y resonando en mis oídos la hermosa música del llanto, simulé las contracciones de la corrida, saqué el miembro y, sin decir una palabra fui al baño a lavarme. Al regresar a la cama ella estaba en posición fetal dándome la espalda y sollozando.

    -“Querida, no fue un buen polvo porque estabas demasiado tensa, pero igual gracias, me saqué las ganas”.

    Y me arrimé como para darle un beso en la mejilla, pero interrumpí el movimiento cuando casi la tocaba.

    -“Nena, tenés un olor raro en el cuello, espero que no sea, pero parece saliva, como si alguien se hubiera ocupado de chupártelo a conciencia; es repugnante así que ándate a dormir a la otra pieza”.

    Al día siguiente, mal dormido a pesar del somnífero tomado, al levantarme la encontré en la cocina comedor desayunando, me preparé un café y me ubiqué frente a ella que se mostraba con unas leves ojeras; eso hacía pensar que su noche no había sido mejor que la mía.

    -“Lo que me hiciste anoche fue una canallada”.

    -“Es verdad, y te pido perdón, pero la calentura me desbordó”.

    -“Pero además me echaste de la cama”.

    -“También es verdad, pero el olor en tu cuello me generó un pensamiento insoportable, que a su vez me representaba tu imagen siendo besuqueada por un tipo que además te metía mano, pues vos te entregabas mansamente”.

    Ruborizada y con la cabeza baja esgrimió su defensa.

    -“Pero eso está solo en tu cabeza”.

    -“Sí, pero asociado al olor que percibía, y espero que te lo hayas quitado, lo mismo debieras de hacer con la almohada, porque ya sabés qué sucede si lo vuelvo a sentir”.

    -“Estás paranoico de celos”.

    -“Si fuera así es porque te quiero y no acepto compartirte; cambiando de tema, ¿cómo te fue anoche en la simulación de pareja con Rubén?”

    Nuevo rubor y mirada huidiza al contestar.

    -“Bien, aunque la reunión fue algo prolongada”.

    -“Se mantuvo tranquilo o mostró la hilacha?”

    -“Nada raro, cada uno en su lugar”.

    -“Entonces me alegro de haberme equivocado, así que lo voy a registrar para recordarlo”.

    Y buscando mi agenda escribí en su presencia «Hoy, 16 de abril dejo constancia de mi equivocación al presumir que Rubén, de darse la oportunidad, trataría de intimar con Fernanda».

    -“Parecés un viejo maniático”.

    -“Puede ser, pero a veces la memoria falla, ojalá que todo siga así”.

    No era razonable pretender mayor certeza para afirmarme en la convicción de ser un cornudo; había que seguir con el remedio. A mi primo y socio en el negocio le pedí desentenderme de todas las ocupaciones hasta tanto atisbara un principio de solución del problema que había puesto patas para arriba mi vida. Dos cosas debía decidir, qué hacer y cómo llevar a cabo lo pensado.

    Decidido a reunir pruebas concretas hablé con Marcelo, que es dueño de una empresa de vigilancia electrónica, le conté lo que me pasaba y si era factible instalar, muy disimuladas, unas cámaras que me permitieran ver y escuchar, remotamente, lo que enfocaban. Su respuesta fue afirmativa, solo quedaba mirar el lugar para determinar cómo hacerlo.

    Una semana después apareció el vecino para avisarnos que viajaba por unos días y pedirnos que en ese lapso le viéramos, de vez en cuando, el departamento. Casi, casi, doy un salto de alegría pues era la oportunidad que estaba esperando, así que apenas pude lo llamé a mi amigo para iniciar el trabajo, que convenía hacerlo cuando mi mujer estuviera en el estudio.

    Esa noche, mientras esperaba el sueño caí en cuenta que debía vigilar no solo la vivienda del vecino sino también la mía, si bien era menos probable, no había que descartar que decidieran usar el dormitorio matrimonial; ese lugar suele ser un trofeo preciado para alimentar la egolatría del macho corneador.

    Hecha la instalación prevista, comprobé la correcta recepción en mi ordenador, ahora tocaba esperar los resultados, eso sí con la firme convicción de vengarme bien de los dos, sin ninguna urgencia, tomándome el tiempo necesario para que la cosa fuera efectiva, aunque eso supusiera prolongar el sufrimiento.

    Antes las imágenes que me torturaban eran producto de mi cabeza y sobre esas elaboraciones no podía basar mi actuar, ahora yo estaba viendo, sentado en el comedor de casa, lo que mostraba la cámara instalada en el living de Rubén, donde ella acababa de llegar y el macho la recibía con los brazos abiertos para besarla en boca, cuello y orejas, mientras una de sus manos entraba por debajo del vestido buscando la grieta entre los muslos. Habiéndole incrementado lo suficiente la calentura que ya traía, sacó el miembro y presionando desde los hombros la hizo arrodillarse para la consabida mamada que, en poco tiempo, puso al macho en ebullición; de ese estado la sacó mi llamada.

    -“Hola mi amor, te escucho”.

    Ella sabe, porque es mi costumbre, que nunca llamo por entretenimiento o cortesía de baja calidad, sino cuando hay algo de cierta importancia de por medio, por esta razón se cuida de pasar por alto mi llamada; ya una vez le sucedió que por no atender en el tiempo razonable se perdió un hermoso viaje pues necesitaba su número de documento para hacerlo constar en la reserva, en esa oportunidad intenté dos veces con un intervalo razonable, al no ser atendido no hubo una tercera, cosa que se lo hice saber.

    -“Hola querida, estoy en casa y necesito que cuando regreses me compres un pendrive de buena capacidad.

    Si mal no recuerdo hoy llega Rubén, así que en seguida iré a ver cómo está el departamento, ahora corto porque se me acaba la batería y lo pondré a cargar, por diez minutos estaré sin teléfono”.

    Uno de los tantos espectáculos maravillosos de ver es la desesperación del tramposo, intentando salir del brete a punto de ser enganchado con las manos en la masa. Y eso mismo le paso a mi esposa que, después de decirme «mi amor», trataba de arreglarse y salir pitando para caminar los quince pasos que la separaban de nuestra vivienda. Dos minutos después se abría la puerta y entraba.

    -“No me diste tiempo a contestar que ya estaba llegando”.

    -“No hay problema nena, en otro momento será”.

    Y sabiendo lo que iba a encontrar me levanté para tomarla de la cintura y besarla, pero por supuesto frené antes de hacerlo.

    -“La putísima que la parió, de nuevo ese olor repugnante en tu cuello, pareciera que falta un buen lavado, caminá hacia el baño y desnúdate que te voy a lavar yo”.

    -“Cómo se te ocurre, no lo voy a hacer”.

    Fui a la cocina, busqué la esponja de lavar vajilla que tiene un lado de fibra dura, regresé, la tomé del pelo y, ya en el baño le arranqué la ropa, haciéndola entrar desnuda en la bañadera, largando luego el agua; me desvestí quedando en calzoncillos e ignorando su llanto, me dediqué a pasarle jabón por el cuello empleando la esponja abrasiva; terminada la tarea, secado y vestido reanudé lo que estaba haciendo antes de su llegada. Al rato se acercó.

    -“Es la segunda vez que me maltratás”.

    -“Es verdad, porque es la segunda vez que traés ese olor que me saca de quicio”.

    -“Por favor, andá a la farmacia a comprarme una crema que me calme el ardor en el cuello”.

    -“No preciosa, lo único que falta es que yo tenga que solucionar tus problemas”.

    Y llorando, presumo que de impotencia, se puso un pañuelo tapando esa zona y salió. Era la oportunidad de comenzar el ajuste de cuentas con el que se creía El Barón de la Poronga; me vestí con ropa negra holgada, un pasamontaña con relleno arriba que me hacía unos veinte centímetros más alto, guantes apropiados y la manopla de acero; fui a la puerta del departamento toqué timbre y al abrirme, sin decir una palabra le di dos trompadas en el pecho que lo hicieron caer de espaldas, ahí una patada en las costillas, luego cerré la puerta y regresé a casa; menos de diez minutos me había llevado la tarea.

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  • Horas extras

    Horas extras

    Nunca me animé a hacer nada con ella. Florencia era de esas mujeres que te descolocan apenas entran a un lugar: siempre bien vestida, seria, con ese andar firme y la mirada que no regalaba nada. Yo la miraba de reojo en cada reunión, cada pasillo, cada pausa del café. Y aunque siempre mantuve la distancia, por dentro me moría por tenerla, por olerla de cerca, por meter la cara entre esas piernas que más de una vez me quitaban el sueño.

    Ella sabía que me gustaba. Se notaba. Me pescó más de una vez bajándole la vista. Pero siempre se hacía la indiferente. Hasta hace poco.

    Hace una semana me enteré que cortó con el novio. Bah, más bien lo echó a la mierda. El tipo le metía los cuernos con una mina del gimnasio. Desde entonces, noté que algo cambió. Se vestía más provocativa, caminaba distinto, como con un fuego nuevo, y por momentos, parecía que me buscaba.

    Ese viernes, nos tocó quedarnos hasta tarde para terminar una presentación. Eran casi las ocho y ya no quedaba nadie en la oficina. La mayoría de las luces estaban apagadas, solo teníamos nuestras computadoras encendidas y la ciudad encendida detrás del ventanal.

    Yo estaba concentrado en la pantalla cuando la escuché hablar, desde su escritorio, en voz baja.

    —¿No te dan ganas, a veces, de mandar todo a la mierda y hacer algo que no deberías?

    Levanté la vista. Me estaba mirando. No sonreía, pero sus labios estaban apenas entreabiertos, como si me invitara a acercarme.

    —¿Qué tipo de cosas? —le seguí el juego.

    —No sé… algo impulsivo. Algo que sabés que te va a hacer bien aunque esté mal.

    Me acomodé en la silla. Me palpitaba el pecho. Algo en su tono me revolvió la sangre.

    —¿Estás hablando en general… o me estás diciendo algo a mí?

    Se levantó despacio y vino caminando hasta mi escritorio. El sonido de sus tacos en el piso flotaba en ese silencio tenso. Tenía una camisa blanca abrochada hasta donde empezaban sus tetas y una falda ajustada que le marcaba las caderas como un crimen.

    —¿Vos qué pensás de mí? —me dijo, parándose al lado mío—. Se sincero.

    La miré. Tenía el pelo suelto, los labios con un leve brillo, y los ojos cargados con algo nuevo… algo que me estaba volviendo loco.

    —Pienso… que sos una mujer increíble. Hermosa, inteligente. Y que me gustás hace mucho.

    Ella se mordió el labio, bajó la mirada apenas y luego volvió a clavarla en mí.

    —¿Y por qué nunca hiciste nada?

    —Porque estabas con alguien. Y porque no quería arruinar lo poco que hablábamos.

    —Bueno… ya no estoy con nadie. Y hace días que no dejo de pensar en algo.

    Se apoyó en el borde del escritorio, cerca mío. Yo podía ver la línea de sus muslos cruzados, la tensión en sus manos, ese perfume dulce que siempre usaba pero que ahora me parecía más denso, más húmedo.

    —¿Qué venís pensando?

    —En vos —me soltó, casi como una confesión—. En lo que me mirás. En lo que no decís, pero se nota. En lo que podrías hacerme… si te animaras.

    Sentí la pija empezar a endurecerse, traicionándome. Ella lo notó. No dijo nada, pero bajó la vista por un segundo, y una sonrisa cómplice se le dibujó en los labios.

    —No deberíamos estar hablando así… —dije, intentando mantener algo de compostura.

    —No —respondió, suave—. Pero yo no quiero llegar a casa sola otra vez, con la cabeza llena de bronca y ganas. Quiero sentirme deseada. Quiero que alguien me haga olvidar todo.

    Me quedé helado.

    —¿Estás diciendo que…?

    —Sí. Quiero hacerlo con vos. Acá. Ahora. En esta oficina que siempre fue tan aburrida. Quiero romper la rutina.

    Yo no podía creer lo que estaba escuchando. La calentura me nublaba la cabeza. Me debatía entre la duda, el miedo a cruzar esa línea… y el instinto.

    —Flor… esto es una locura.

    Ella se acercó más. Se subió a mi falda con las piernas abiertas, sentándose sobre mi pija dura, con la mirada fija en mis ojos.

    —Entonces volvete loco — me susurró al oído rozándome los labios—.

    Y ahí… ahí perdí el control.

    La calentura me dominó por completo. Le agarré la nuca y la besé con una desesperación que tenía guardada hace meses. Ella me respondió igual, con lengua, con hambre, como si lo hubiera estado esperando desde hacía mil días.

    Mis manos se metieron bajo su camisa. Sentí la piel caliente de su cintura, el corpiño apretado, los pezones marcándose fuertes. La desabroché con furia, uno por uno los botones, y la camisa se abrió como si lo estuviera pidiendo. Tenía un conjunto negro, encaje fino, tetas perfectas, firmes.

    —Haceme tuya, por favor —me dijo al oído, mientras me mordía el cuello.

    La bajé de mi falda y la di vuelta, empujándola contra el escritorio. Le levanté la pollera, y la tanguita negra ya estaba corrida, mojada. Le pasé dos dedos por la concha y me miró por encima del hombro, con los ojos brillosos.

    —¿Ves lo caliente que estoy?

    —Me encantás, Flor.

    Me arrodillé detrás de ella, le bajé la tanga y le abrí las piernas. Le metí la cara de una, le pasé la lengua de abajo hacia arriba, bien lento, sintiendo cada pliegue de su concha mojada, tibia, deliciosa. Ella soltó un gemido ahogado, se apoyó con fuerza en el escritorio.

    —Seguí… chupame toda la conchita, que te vengo soñando hace días —me rogó.

    Se la chupé como si no hubiera comido en días. Le metía lengua, le apretaba el clítoris con los labios, se la saboreaba toda. Ella se movía contra mi cara, me decía que no pare, que la vuelva loca. Y justo cuando empezó a temblar, se vino con un gemido largo, descontrolado.

    —Ahora me toca a mi —dijo jadeando, dándose vuelta, con la cara roja.

    Se arrodilló frente a mí, me bajó el pantalón y la pija me saltó como un resorte, dura, venosa, caliente. Me la agarró con una mano y me miró sonriendo.

    Se la metió en la boca. La chupaba lento, profundo, haciendo ruidos húmedos, mirándome desde abajo. Me acariciaba los huevos, se la metía hasta el fondo. Me tenía agarrado de las piernas como si no quisiera que me vaya. Me estaba enloqueciendo.

    —Pará, Flor… si seguís así me voy a venir en dos segundos.

    —Todavía no, pichón… —me dijo—. Primero metémela toda.

    La levanté y la cargué sobre el escritorio, le abrí las piernas y le apoyé la cabeza de la pija en la entrada.

    —Dámela… dámela toda, la puta madre.

    Se la metí de un saque. Estaba tan mojada que la pija entró entera hasta el fondo. Ella soltó un grito ahogado, me envolvió con las piernas, y empezamos a cogernos como dos animales. Le clavaba la pija con fuerza, ella me arañaba la espalda, me chupaba el cuello, me pedía más, más fuerte, más profundo.

    —Cógeme fuerte —me decía entre gemidos— Así… así!!!

    La di vuelta y la apoyé de nuevo contra el escritorio. La agarraba de las caderas y se la metía con toda la fuerza, el ruido de la piel chocando se escuchaba por toda la oficina.

    —¡Así! ¡Así! ¡Cogeme!

    Se la saqué, me agaché, le escupí el ojete y le pasé el dedo, despacito. Ella se tensó un poco, pero no dijo que no. Al contrario, miró para atrás y me soltó:

    —Hacelo… hacelo ya, me calienta.

    Le escupí otra vez, le abrí el orto con los dedos y le apoyé la pija en la entrada. Empujé lento, sintiendo cómo se le abría. Ella apretaba los dientes, aguantando, hasta que entré del todo.

    —¡Ahhh sí! ¡Cógeme asiii!

    Le bombeé el orto con fuerza, agarrándole las tetas desde atrás, sintiendo cómo entraba una y otra vez en esa cola perfecta. Era una bestia, hermosa, completamente entregada.

    —¡Me estoy por venir, Flor…!

    —No adentro —jadeó—.

    Le saqué la pija, me pajeé un par de veces mientras ella se arrodillaba frente a mí y apretaba sus tetas con las manos.

    —Acabame encima… llename las tetas.

    Y acabé. Con un gemido profundo, le descargué toda la leche en las tetas, una, dos, tres chorreadas calientes que le cayeron por los pezones, por el escote, por el cuerpo. Ella se la frotaba, se la esparcía, y me miraba con una sonrisa sucia.

    —¡Que rico! Ahora sí… que se joda el boludo de mi ex.

    Nos quedamos ahí unos minutos, sin hablar, respirando fuerte, rodeados del olor a sexo, a sudor y perfume mezclado. Flor seguía en cuclillas, con mis gotas secándose en sus tetas, mientras se pasaba los dedos por encima, sonriendo con los labios entreabiertos.

    Me acerqué despacio, le di un beso en la frente, y ella cerró los ojos. No necesitábamos decir nada. No era amor, no era promesa, era solo ese momento… ese desahogo animal que nos debíamos los dos.

    Se vistió en silencio, sin apuro. Yo me subí el pantalón, todavía con la respiración entrecortada. Cuando terminamos de acomodarnos, apagamos las computadoras, y antes de salir del edificio, ella se frenó en la puerta. Me miró, seria, pero con una chispa en los ojos.

    —Esto… se queda entre nosotros —me dijo.

    —Hasta el lunes —susurró, mientras la puerta se cerraba y desaparecía de mi vista.

    Me fui caminando a casa, todavía con la piel caliente. Sabía que no iba a poder sacármela de la cabeza en todo el fin de semana.

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  • Rojo intenso (2): Secreto en la oficina (parte 1)

    Rojo intenso (2): Secreto en la oficina (parte 1)

    El lunes por la mañana, las luces blancas del estudio de diseño llamado Crimson & Hues, zumbaban levemente, como si quisieran recordarles a todos que ya no era fin de semana. Las pantallas brillaban, los teclados repiqueteaban, y los clientes escribían correos llenos de urgencia artificial.

    Ismael estaba sentado frente a su computadora, con los audífonos puestos, pero sin escuchar música. Solo estaba… pensando. Recordando. Sintiendo aún en la piel el tacto de la noche del viernes. La forma en que Rosanna había gemido su apodo. La mirada de ella cuando le regaló aquella tanga, aquella prenda que ahora él guardada en una bolsa sellada dentro de su cajón más íntimo en su casa.

    El sonido de tacones lo sacó de su ensoñación.

    Era ella.

    Rosanna caminaba entre los escritorios con su porte habitual: erguida, elegante, inalcanzable. Vestía una falda entallada color vino y una blusa de seda negra. Ningún otro del equipo podía imaginar lo que había ocurrido apenas unas noches antes. Nadie, excepto él.

    Sus miradas se cruzaron.

    Ella no sonrió. Pero sus ojos… sus ojos hablaban.

    Un mensaje rápido en su computadora apareció:

    Rosanna: Entra a mi oficina en 5 minutos. Trae el diseño de la campaña.

    Pero ambos sabían que no era solo por eso.

    Cerró la puerta detrás de él. Rosanna estaba de pie junto a la ventana, dándole la espalda, como si contemplara el horizonte más allá de la ciudad.

    —¿Tienes el archivo? —preguntó, sin girarse.

    —Sí, tía, para ti tengo todo —respondió él, en voz baja pero firme.

    Ella sonrió. Se giró con calma, cruzando los brazos.

    —No digas eso aquí —murmuró, con una chispa peligrosa en los labios—. O me vas a obligar a besarte frente a todos.

    Ismael bajó la mirada, conteniendo una sonrisa. Era una mezcla deliciosa entre incomodidad y deseo. La tensión entre ellos era como un hilo delgado que podía romperse o enredarlos más con solo un gesto.

    —¿Y qué va a pasar con esto? —preguntó él, señalando el espacio entre ambos—. ¿Con lo que pasó?

    Rosanna caminó hacia él con paso lento. Colocó una mano en su pecho, suave, firme.

    —Eso depende… —susurró—. ¿Te asustas si esto no fue solo una noche?

    —No —respondió él, sin dudar—. Me asusta que lo haya sido.

    Ella asintió, en silencio. Lo observó con ternura, como si lo estuviera viendo con otros ojos. O con los mismos de siempre, pero ahora sin barreras.

    —Te deseo incluso aquí, entre estos escritorios. Pero hay que tener cuidado. No quiero perderte por un error.

    —Tía… —dijo él, con voz quebrada—. Si tú eres el error, no quiero tener la razón nunca más.

    Rosanna rio suavemente, le tomó la mano, y la apretó con fuerza.

    —Nos veremos esta noche, Lucas —dijo—. En mi departamento. De nuevo.

    —¿Con vino?

    —Con algo más fuerte.

    Y así, mientras él salía de la oficina con el corazón latiendo como si fuera el primer día, ella se quedó sola un momento, mirando la ciudad por la ventana.

    Sonriendo.

    Deseando.

    Planeando.

    Porque el fuego que habían encendido… apenas estaba comenzando.

    Pero ese mismo lunes. Minutos después, Rosanna intentó continuar con su día. Intentó. Abrió correos, revisó una cotización, firmó una orden de producción. Pero nada de eso lograba alejarla del recuerdo de esa madrugada: los suspiros, el calor de Ismael fundido en su cuerpo, su voz susurrándole “tía” al oído mientras la penetraba.

    Se quitó los lentes, cerró los ojos y respiró profundo. Su cuerpo aún ardía.

    Lo deseaba.

    Lo deseaba con una urgencia que rozaba lo peligroso.

    Y entonces lo hizo. Marcó desde su teléfono interno con solo dos teclas. Dos segundos después, la voz de Ismael respondió, suave, paciente.

    —¿Sí?

    —Ven. Ahora —dijo ella. Sin más. Sin justificación.

    La puerta se cerró tras él.

    Ismael dio dos pasos y la encontró de pie junto a su escritorio, con las mejillas sonrojadas y los labios húmedos, como si acabara de salir de un sueño caliente. Ella no dijo nada. Solo lo miró, con los ojos encendidos.

    —¿Pasa algo con la campaña? —intentó él, a medias, sabiendo la respuesta.

    Rosanna se acercó y lo empujó contra la pared, con fuerza, con hambre.

    —Sí. Pasa que no puedo concentrarme. Pasa que desde que llegaste no dejo de imaginarte… dentro de mí otra vez.

    Ismael se quedó quieto. Su respiración se aceleró de golpe.

    —Tía…

    —No digas mi apodo ahora… o me voy a derretir aquí mismo.

    Ella lo besó con una mezcla de rabia contenida y ternura. Lo besó como quien está cruzando un límite que ha querido romper durante años. Su mano lo tomó por la nuca, sus dedos buscaron el calor bajo su camisa, y su cuerpo se pegó al de él como si lo necesitara para poder respirar.

    —Cierra la puerta con seguro —murmuró al oído—. Nadie entra hasta que yo diga.

    Ismael obedeció. Temblando. Encendido.

    Cuando volvió hacia ella, Rosanna ya estaba quitándose la blusa, los botones soltándose uno a uno, revelando la lencería oscura que había elegido esa mañana sin saber —o tal vez sí sabiendo— que terminaría así. Su cabello caía desordenado sobre los hombros, y sus ojos brillaban de pura lujuria.

    —Tócame como anoche —susurró—. Haz que olvide que esto es una oficina. Hazme olvidar mi nombre, Lucas…

    Y así, en ese rincón secreto del estudio, entre bocetos, ideas y campañas, Rosanna y Ismael volvieron a entregarse al fuego que no habían podido apagar. Allí, sin camas ni velas, sin música ni vino, solo el uno al otro, sus cuerpos volvieron a hablar en su idioma secreto.

    Y el mundo, otra vez, se desvaneció a su alrededor.

    El clic del seguro en la puerta fue como un disparo invisible que rompió toda resistencia.

    Rosanna se lanzó sobre él sin dudar, con una energía que no era rabia, sino lujuria acumulada, retenida por años. Sus labios buscaron los suyos con una desesperación silenciosa, como si los minutos que habían pasado desde la última vez hubieran sido siglos. Lo besaba como quien necesita respirar. Como si él fuera el oxígeno que la mantenía viva.

    Ismael la sostuvo de la cintura y la apretó contra sí. Sus cuerpos se reconocían ya sin miedo, con hambre.

    El escritorio tembló cuando ella lo empujó ligeramente hacia atrás y se sentó sobre él, con las piernas abiertas, con la blusa desabrochada mostrando el temblor de su pecho bajo el encaje. La falda se había subido sin cuidado alguno. Ella no parecía pensar en nada, solo en el momento, solo en él.

    —No sabes cuánto te necesito ahora mismo… —susurró entre jadeos, aferrándose a su camisa, arrancando botones sin paciencia.

    Los gemidos comenzaron a llenar la habitación. Al principio suaves, como suspiros apenas contenidos… pero fueron creciendo. Se volvieron más agudos, más sinceros. Rosanna no se cuidaba. Ya no había jefa, ni protocolos, ni jerarquías. Solo una mujer completamente rendida al deseo.

    Ismael la penetraba de manera salvaje, le besaba el cuello con fuerza, acariciaba su espalda, sus imponentes nalgas. Ella se inclinó hacia atrás, arqueando el cuerpo con los ojos cerrados, dejando escapar un grito suave que rebotó contra las paredes.

    —Lucas… más… no te detengas… —dijo en voz entrecortada.

    Los sonidos eran inevitables: respiraciones agitadas, el roce apresurado de la ropa, las palabras dichas sin pensar, gemidos que se mezclaban con el crujido de la madera del escritorio, y de vez en cuando, una exclamación de ella —un grito— que no era de dolor, sino de un placer tan hondo que la rompía por dentro.

    —No te imaginas… cuántas veces me imaginé esto —dijo él entre jadeos—. Aquí. Contigo. Escucharte así…

    Ella soltó una carcajada breve, ahogada por el vaivén de su propio cuerpo que lo reclamaba todo.

    —¿Y así me imaginabas, gritando tu nombre? —susurró, rozando su boca con la de él—. Pues escúchame bien, Lucas…

    Y volvió a gemir, sin contenerse.

    La escena se volvió un torbellino silencioso entre cuatro paredes selladas. Afuera, los empleados seguían trabajando. Nadie sospechaba. Nadie escuchaba.

    O eso creían.

    Minutos después, los dos quedaron quietos, respirando como si hubieran corrido una maratón emocional y física. Rosanna aún estaba sobre él, con el rostro hundido en su cuello, sudor en la frente, las piernas temblando. Ismael tenía las manos en sus nalgas, como si no quisiera soltarlas nunca, mientras su semen se disparaba en el interior de aquella hermosa mujer.

    —Esto ya no es solo lujuria, ¿cierto? —preguntó él en voz baja.

    —No —respondió ella, besándole el cuello suavemente—. Esto ya es algo que no se puede frenar.

    Se acomodó la ropa lentamente, al igual que él, sin soltar del todo la intensidad del momento. Antes de abrir la puerta, le susurró al oído:

    —Esta noche, en mi casa. Otra vez. Pero esta vez… no vamos a dormir.

    Y con una última sonrisa traviesa, volvió a su silla, cruzó las piernas y abrió su computadora como si nada hubiera pasado.

    Pero ambos sabían que algo había comenzado. Algo demasiado grande para esconder por mucho tiempo.

    La puerta se cerró con el mismo chasquido metálico, pero todo era distinto.

    Esta vez no era la incertidumbre lo que latía entre ellos. Era la necesidad. La certeza de que el otro estaba ahí por decisión, por deseo… por algo que había estado escondido bajo años de trabajo, miradas furtivas y silencios compartidos.

    Cuando Ismael llegó al templo de su amor, Rosanna lo recibió sin palabras. Vestía una bata delgada, translucida, que dejaba ver la aureola de sus pezones, esta era apenas sostenida por un listón en la cintura. El cabello suelto, la piel brillante por el calor del vino y la ansiedad. Ismael, parado en la entrada, la observó como si fuera la primera vez, como si el mundo girara solo para alinearlo con ella.

    —Pasa —fue lo único que dijo.

    Y él obedeció.

    En cuanto se acercó, Rosanna lo abrazó con fuerza. Esta vez no lo empujó. Esta vez se sostuvo en él, con la mejilla contra su pecho, respirando hondo, como si lo hubiera esperado todo el día y al fin pudiera calmarse. Ismael le acarició la espalda, y por unos minutos, solo fueron dos cuerpos abrazados en el centro de una sala silenciosa.

    —¿Estás bien? —preguntó él, rompiendo el silencio.

    Ella lo miró a los ojos y le acarició la barba con los dedos.

    —Estoy mejor ahora. Pero… me vas a hacer sentir aún mejor.

    En la habitación, la bata ya estaba sobre el piso.

    Rosanna lo llevó hasta su cama, lo sentó en el borde y se subió sobre él lentamente, mirándolo desde arriba, su vulva envolvió su pene como si se tratara de un trono reservado solo para ella. Se movía con calma, con poder. Sus labios rozaban los suyos apenas, como un juego peligroso, como si quisiera provocarlo sin dejarlo caer aún.

    —Esta noche no hay prisa —dijo—. Esta noche quiero saborearte, Lucas. Quiero que grites como yo grité hoy.

    Él tragó saliva. La tensión le recorría la espalda. Sabía que ella lo estaba desarmando con cada palabra.

    —Tía… —murmuró.

    Ella sonrió.

    —Dímelo otra vez.

    —Tía… te deseo tanto que me duele.

    —Entonces, desahógate conmigo —susurró ella—. Esta cama es nuestra confesión.

    Se besaron largo, con lentitud, mientras sus cuerpos se alineaban, encajaban, se buscaban en una sincronía que ya no tenía vacilación. Los movimientos eran profundos, firmes, pero también cuidados. No había torpeza. Solo una intensidad contenida que iba creciendo como una tormenta.

    Y cuando los gemidos empezaron a escaparse —suaves, prolongados, sin control—, cuando los nombres salieron entre jadeos, cuando la respiración se volvió un idioma compartido… comprendieron que ya no podían llamarle “aventura” a lo que estaban viviendo.

    Ismael le acariciaba las nalgas con devoción. Ella le mordía el hombro suavemente. El vaivén de sus cuerpos llenaba la habitación, mezclado con frases rotas, suspiros y promesas que aún no sabían que estaban haciendo.

    Cuando llegaron al clímax, juntos, fue como la primera vez. Explosivo. Sagrado. Casi místico.

    Rosanna se quedó encima de él, apoyando su frente en la de Ismael. Sus dedos dibujaban círculos en su pecho desnudo. Él la rodeó con los brazos, besando su frente, el cuello, sus clavículas húmedas de deseo.

    —¿Y ahora qué? —preguntó él, sin miedo.

    Ella tardó en responder. Cerró los ojos, respiró hondo, y luego dijo:

    —Ahora… ahora quiero seguir viéndote cada noche. Hasta que dejemos de fingir que esto es solo físico.

    Ismael sonrió.

    —¿Y en la oficina?

    —Seguimos fingiendo.

    —¿Y si nos descubren?

    Rosanna lo besó con dulzura.

    —Entonces que sepan lo que es amar con el cuerpo… y con el alma.

    La noche se extendía infinita en el departamento de Rosanna. Las luces tenues apenas dibujaban las siluetas de sus cuerpos entrelazados, descubriéndose y redescubriéndose sin prisa, como si el tiempo no existiera.

    Ella, con la confianza de quien sabe lo que quiere, se acomodó con delicadeza, pero con firmeza, invitándolo a explorarla de una forma más profunda. Sentada con gracia y decisión, guio a Ismael hacia ese refugio íntimo donde sus cuerpos hablaban un idioma sin palabras. Su aliento cálido se mezclaba con sus suspiros, y él, entregado, respondía con la misma devoción, recorriendo con su lengua cada rincón de su vagina, despertando en Rosanna un placer lento pero poderoso.

    Los gemidos y susurros se entrelazaban en la penumbra, una melodía de deseo que parecía llenar la habitación. Ella apoyaba sus manos en sus hombros, su respiración acelerada, mientras él la adoraba con paciencia y pasión, sin prisa, pero sin pausa, explorando con cariño y lujuria.

    Entre caricias, besos y miradas ardientes, sus cuerpos encontraron nuevas formas de acercarse, de fundirse. Rosanna se dejó llevar, su piel brillaba de emoción, su voz quebrada por la intensidad del momento. Ismael la sostenía con ternura, mientras ella lo guiaba, jugando entre poses y movimientos que despertaban en ambos una pasión que no conocía límites.

    La noche fue un vaivén constante entre el deseo contenido y la entrega total, una danza donde cada roce era una promesa, cada suspiro un secreto compartido. Sin prisa para dormir, sin intención de terminar, solo ellos, sus cuerpos y ese fuego que los consumía dulce y salvajemente.

    La habitación parecía respirar al ritmo de ellos. Cada movimiento, cada suspiro, era una nota en la sinfonía que componían juntos. Rosanna se dejó llevar por la marea de sensaciones, sus dedos trazando senderos sobre la piel de Ismael, explorando con confianza y entrega. Él respondía con besos profundos, caricias que hablaban sin palabras, fundiéndose en un lenguaje que sólo ellos entendían.

    Ella cambió la posición con gracia, deslizándose suavemente sobre él, mirándolo con ojos llenos de fuego y ternura. Sus cuerpos se movían en perfecta sincronía, como si hubieran ensayado cada gesto en el silencio de sus deseos más íntimos. La luz tenue bañaba sus formas, acentuando la belleza de cada curva, cada mirada cómplice.

    Entre ellos no había prisa, sólo la urgencia dulce de saberse, de tocarse, de perderse. Rosanna se inclinó hacia adelante, apoyándose en sus manos mientras sus cuerpos seguían el compás de una pasión que crecía con cada instante. Los susurros se mezclaban con los gemidos, llenando la habitación de una melodía que parecía eterna.

    Ismael la sostuvo con firmeza, mientras ella lo guiaba con movimientos llenos de poder y suavidad. El deseo se manifestaba en cada roce, en cada caricia, en cada aliento compartido. Los límites se desdibujaban, quedando sólo ellos dos, envueltos en un espacio donde el tiempo se detuvo y la pasión se convirtió en la única verdad.

    Cuando finalmente, exhaustos pero radiantes, se detuvieron, sus cuerpos aún temblaban de la intensidad. Rosanna apoyó su cabeza en el pecho de Ismael, escuchando el latido firme que les recordaba que estaban vivos, que estaban juntos.

    —No quiero que esta noche termine nunca —murmuró ella con una sonrisa suave.

    Él la abrazó con ternura.

    —Ni yo, tía. Ni yo.

    Y así, sin necesidad de más palabras, se dejaron envolver por el silencio cálido de una noche que quedaría grabada en sus pieles para siempre.

    El sol apenas comenzaba a asomar cuando Rosanna e Ismael, todavía entrelazados, comprendieron que el sueño había decidido no visitarlos esa noche. Sus cuerpos, aún vibrantes por la intensidad de horas de pasión, estaban cansados pero felices, sus pieles brillando con el sudor de una entrega completa.

    Ella se estiró lentamente, apoyando su cabeza en el hombro de él, sonriendo con esa mezcla de cansancio y satisfacción que solo da el amor vivido sin reservas.

    —¿Dormir? —susurró él, con voz ronca—. Creo que olvidamos cómo se hace.

    Rosanna rio suavemente y le tomó la mano.

    —¿Y si nos damos una ducha juntos? —propuso—. Para despertar, para seguir sintiéndonos.

    Ismael asintió, encantado con la idea. Se levantaron con cuidado, aun rozándose, con la piel cálida y los cuerpos anhelantes de agua y de ese contacto que se negaba a terminar.

    En el baño, el vapor comenzó a llenar el espacio, envolviéndolos como un abrazo líquido. Rosanna abrió la llave, y pronto el agua tibia comenzó a deslizarse por sus cuerpos, mezclándose con las caricias y los suspiros.

    Él la sostuvo con firmeza mientras sus manos recorrían cada curva, cada rincón, acariciando con una ternura que contrastaba con la pasión de la noche anterior. Ella cerró los ojos, dejando que el agua y sus dedos fueran una caricia prolongada, un suspiro compartido.

    Entre gotas y risas suaves, sus labios se encontraron una vez más, cálidos y urgentes. El agua hacía brillar cada línea de su piel, acentuaba el brillo en sus ojos, el temblor en sus manos. Rosanna se apoyó contra él, y él la rodeó con los brazos, protegiéndola del frío del amanecer y dándole calor con su cuerpo.

    El baño se convirtió en un santuario donde el deseo y el cariño se entrelazaban en cada gesto, en cada roce. No había prisa, solo el tiempo detenido, y dos almas que seguían descubriéndose con la misma fascinación de la noche anterior.

    Finalmente, después de un último beso que parecía prometer infinitas mañanas así, se separaron con una sonrisa cómplice. Salieron del baño, envueltos en toallas y una nueva intimidad que iba mucho más allá del cuerpo.

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