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  • La primera vez que fue infiel

    La primera vez que fue infiel

    Buenas tardes, después de leer varios relatos por fin me animé a relatar mis aventuras, esta que les voy a contar es la primera vez que estuve con otra mujer diferente a mi esposa.

    Ella era una becaria en uno de los empresas que tenía que visitar la llamara Tania para no decir su nombre. En ese entonces yo tenía 38 años y ella 22, nos conocimos, nos caímos muy bien desde el inicio, nos comenzamos a tratar con pláticas triviales que estudiaste, de donde era etc.

    Conforme pasaban los días comencé a notar que ella se emocionaba al verme y platicar conmigo. Al principio pensé que era por la nivel organizacional que tenía, pero en una de nuestras pláticas preguntándole que si tenía novio me comento que no, extrañado le pregunte que cual era el motivo que no lo entendía siendo una chica tan hermosa y atractiva, ella me respondió sonriendo que no le gustaban los chicos de su edad que prefería los hombres mayores como yo.

    Sorprendido le pregunté que si le gustaba y me dijo que sí. Aun con la sorpresa le pregunte que por qué? Sin dudarlo me digo que le gustaba mucho mi autoridad mi forma de ser tan segura y que desearía saber si así era en la cama. Obviamente con el ego a todo lo que daba le respondí “bueno si estas segura y eso quieres pues con gusto te invito a comprobarlo”, a lo que inmediatamente me dijo que sí.

    Dicho lo anterior nos citamos en el hotel donde me hospedaba primero fuimos a cenar y durante la cena pues le preguntaba que además de lo que ya me había dicho porque le gustaba, a lo que me responde “pues me gustaron tus canas y quiero cogerte”. Terminamos la cena y nos fuimos directo al hotel.

    Al llegar a la habitación inmediatamente nos abrazamos, nos besamos y la comencé a desnudar hasta quitarle sus ropas y dejarla en ropa interior… ella aunque muy bella era de busto pequeño, pero sus pezones se pusieron erectos cuando comencé a besárselos y acariciárselos seguí besándoselos y bajando mi mano hasta llegar a su panty, metí mi mano dentro de su panti y era deliciosa la sensación de su vello mientras metía mi dedo dentro de ella, ella se arqueaba de placer mientras la estaba masturbando, cada segundo se mojaba más hasta que no aguantó y tuvo su primer orgasmo y un fuerte grito de placer salió de su boca.

    Después de eso le quité su panty y le comencé a hacer oral hasta que nuevamente no pudo más y tuvo otro orgasmo. Ya que estaba muy excitada, le pedí que me montara y vaya que cogía como toda una experta, luego la puse de a 4 y me la cogí de perrito no paraba de decir “dame dura papi dame más quiero venirme otra vez me encanta tu verga”.

    La puse a la orilla de la cama, la abrí de piernas poniéndolas sobre mis hombros, le metí mi verga de un solo golpe y solo gimió de placer ya dentro me dijo “dame tu leche por favor ya no aguanto ya quiero que te vengas dentro de mí no te preocupes me estoy cuidando te puedes venir sin problema”. Seguido bombeándole algunos minutos hasta que me dijo “ya me voy a venir” logrando venirnos los dos al mismo tiempo.

    Nos tumbamos de espalda en la cama abrazándonos, besándonos y acariciándonos, ella metió sus dedos en su vagina diciendo ·me dejaste mucha leche quiero más…”.

    Pero eso será otra historia. Comenten sobre mi historia la cual es verdadera. Iré subiendo más de mis aventuras. Saludos.

  • Mariana (Parte 1)

    Mariana (Parte 1)

    Me llamo Diego, tengo 23 años y este último año he tenido muchísimas experiencias en cuanto al sexo, muchas han sido buenas y algunas no tanto por no importa cuántas cosas vivo, nunca olvido una de mis primeras veces. Recién había cumplido mis 18 años y era una persona súper penosa. Era tan penoso que nunca había tenido relaciones con nadie, lo más cerca que había estado fue en una fiesta que retaron a una chica a besarme y solo me dio un «piquito». El punto es que era muy penoso. A pesar de mi pena, le había gustado a 2-3 chicos y chicas en mi vida pero no pasaba nada porque normalmente les gustaba a personas más o menos tan penosas como yo. Nunca supe que pasaría si me le hacía guapo a alguien que sí se atreviera a decírmelo hasta el día de la fiesta…

    Ese día fui a la fiesta, era una fiesta de despedida ya que habíamos terminado la prepa. Yo no era muy de fiestas pero le había prometido a un amigo que iría a verlo, cuando llegué, mi amigo ya estaba muy borracho y básicamente solo llegué para llevarlo a un cuarto a que se durmiera. Cuando salí de dejarlo en ese cuarto planeaba simplemente irme a mi casa a jugar videojuegos o algo así pero cuando salí un grupo de chavas me jalaron hacia la sala gritando que les hacía falta un chico para jugar y sobretodo alguien que no estuviera súper borracho y como recién había llegado, estaba 100% sobrio. Llegué con el grupo y éramos 3 hombres y 3 mujeres, entre ellos me llamó muchísimo la atención una de ellas. Su nombre era Mariana y casi nunca hablé con ella durante la prepa, era una chica muy guapa pero no era el tipo de morra que era crush de todos, morena, 1.68, ojos grandes y muy expresivos, sonrisa grande, unas pompas bastante grandes y senos medianos. De Mariana, solo sabía que era hija de una maestra y que había rumores de que estaba saliendo con un chico dos años mayor que ya estaba en universidad… pero solo eran rumores. Es curioso como cuando estás en un ambiente académico la gente puede ser muy distinta a cuando estamos en una fiesta, en la escuela nunca hablé con ellos pero en la fiesta estaban siendo muy amigables conmigo, sobre todo Mariana.

    Comenzamos a jugar verdad o reto, donde la mayoría de los retos era «tomate un shot de tal…» y cosas así por lo que en una media hora ya estábamos un poco borrachos. De repente me tocó que Mariana me preguntara:

    M: «Verdad o reto?»

    D:»mmm reto» (ya estaba medio borracho y sin pena)

    M: «Okey mmm para ti se me ocurre un buen reto» en cuanto dijo esto, volteó a ver a su amiga mordiéndose el labio inferior y me regresó la mirada y dijo «A ver, acércate Dieguito».

    Empecé a sentir que algo pasaría un poco nervioso pero el alcohol en mis venas hizo que me acercara. Me acerqué y mas o menos estando a unos 15 cm agarró mis manos, las puso en su cadera y ella puso las suyas en mi cuello y me dijo:

    D: «A ver Dieguito. Vi cómo me estabas viendo cuando te jalamos y creo que más que un reto te voy a hacer a un favor, tu reto es que nos acerquemos al punto de respirar en frente de mi, y a ver quién besa a quien primero. El primero que pierda va a hacer lo que el otro diga.»

    Yo me puse rojísimo y súper nervioso, me acerqué a ella y sentía su respiración directo en mi cara. A los pocos segundos me di cuenta que de pronto todo se había aislado y solo éramos Mariana y yo en la fiesta o al menos así se sentía. Veía sus ojos y ella ya solo tenía la mirada fija en mis labios. Cuando me di cuenta de eso y casi involuntariamente bajé las manos un poco a la parte superior de sus pompas que se sentían aún más grandes de lo que se veían con esos jeans negros apretados que traía puestos. Ahí ella se mordió los labios y dijo «Ay Dieguito, creo que tú quieres más que un beso» en ese momento perdí por completo el reto y la besé con mucha intensidad. Ella me correspondió y entre el alcohol y la euforia de estarla besando terminamos casi sin darnos cuenta metidos en el cuarto de los papás de la dueña (sus papás le habían dejado la casa sola para la fiesta).

    Ya estando el cuarto encerrados nos calmamos un poco aunque no dejamos de basarnos y en eso ella se alejó y me dijo:

    M: «No sé si hayas escuchado pero hay rumores de que estoy saliendo con alguien, en realidad estamos más en una relación abierta y espero que no tengas problema con eso»

    Yo la verdad estaba tan caliente en ese momento que casi ni escuché pero le dije «no hay pedo». En cuanto dije eso le cambió la cara a la cara más caliente que le he visto a una mujer y me siguió besando ahora más intenso que antes. Entre besos me decía:

    M: «Traes condones para que me lo metas todo?»

    D: «Ay no, yo solo venía rápido, no tenía nada de esto planeado perdón»

    Pensé que ahí se detendría pero en vez de eso me dijo…

    M: «No pidas perdón Dieguito que para eso tengo mi boquita»

    Me siguió besando, solo que ahora bajando la mano hasta mi pene, que ya estaba durísimo, en cuanto lo sintió soltó un gemido me empujó para acostarme en la cama. Ya acostado me abrió el pantalón y me dejó los calzones puestos. Empezó a chuparlo por fuera y yo estaba mordiendo una almohada para no gemir. Ella vio esto y me la quitó de la boca para decirme:

    M: «Solo yo puedo meterme cosas a la boca diego, quiero escucharte»

    Ahí me di cuenta de lo que se venía, claramente era buena. En seguida me bajó los calzones, agarró mi pene y se lo metió completo. Me dio una mamada que nunca olvidaré y cada 10-15 segundos me volteaba a ver para decirme lo sexy que me veía y dejaba salir la saliva mezclado con mi precum en su lengua roja. Después de unos fantásticos minutos me dijo:

    M: «Ya listo para acabar? o quieres que me porte mejor?»

    Yo todavía no sentía que fuera a acabar pero en ese momento al escucharla decir eso casi me explota la verga. No le respondí y solo la volteé para que me siguiera chupando y educadamente, eso hizo. Siguió unos segundos hasta que terminé en su boca a lo que dijo:

    M: «Mmmm tú sí que sabes premiar a una niña bonita»

    Y se puso a mi altura para besarme todavía con el sabor de mi propio semen en su boca lo cual fue muy kinky y me encantó.

    Eso fue más o menos lo que pasó… solo que antes de salir del cuarto, me hizo pasarle mi teléfono y me dijo:

    M: «Recuerda que tú perdiste el reto ehh, después te lo voy a cobrar».

    Pero eso será historia para otro día…

  • Logré tener a Eli

    Logré tener a Eli

    ¡Hola! Me llamo Francisco, pero me dicen Paco, tengo 25 años, soy de Ciudad Juárez. Estudié la carrera de ingeniería mecatrónica. No soy tan guapo, ni tengo un cuerpo atlético, creo que sólo soy agradable. Para comenzar con la historia, debo mencionar que trata de Elizabeth, una amiga de mi mamá. Ellas se conocieron en una escuela primaria donde mi madre es trabajadora social, y Elizabeth es la madre de 3 hijos, de los cuales 2 estudian ahí. Elizabeth siempre ha sido muy participativa en las actividades que realiza la escuela, ya que desea que la comunidad valore y promueva el estudio y la formación de buenos alumnos que construyan de su región un lugar mejor. Debido a que yo no estudié en esa escuela, mi contacto con Elizabeth sólo se ha dado las ocasiones en que he asistido a dichas actividades escolares, o cuando asiste a comer a mi casa en plan de amigas con mi madre.

    ¿Qué más se puede decir de Elizabeth? Es una mujer de 38 años, casada cuyo marido trabaja en los Estados Unidos. Viene a visitar a su familia de vez en cuando, no sé bien en qué ocasiones. Fuera del factor que es la distancia, parece ser que su matrimonio está bien. Uno podría pensar que debido a que su marido trabaja en otro país le sería fácil tener otra mujer allá, pero no ha sucedido una situación así hasta ahora. Lo poco que sé de ella se debe a las ocasiones en que viene a casa y escucho parte de sus pláticas con mi madre; generalmente viene a descansar del duro trabajo que supone cuidar dos hijos de edad escolar y una hija adolescente. Mi contacto con ella se limita a saludos, pequeñas conversaciones y despedida.

    Usualmente hago lo que muchos: veo una mujer y analizo su cuerpo. Lo que más me gusta es que tengan unas nalgas grandes y senos pequeños, me parece una gran y deliciosa combinación. Jamás se me había ocurrido analizar de ese modo a Elizabeth, y la verdad no entiendo porqué, hasta un día en que vino a casa. Quizá en esa ocasión me encontraba con mucho morbo, el caso es que se me ocurrió mirarla de la cintura hacia abajo. ¡Demonios! Quedé sorprendido al ver sus grandes caderas, así como sus grandes nalgas y muslos. Elizabeth es de piel blanca, delgada, senos pequeños, un poco cachetona y de cabello castaño. Creo que sobra decir que a partir de aquí ella llamó mucho mi atención, así que procuré de ahí en adelante acercarme más a ella, tan sólo por el morbo de observarla mejor. Para que no fuera tan evidente mi cambio de actitud con ella, comencé a comportarme de forma un tanto extrovertida en mi casa, también amable y atento, así pensarían que mi cambio es igual para con todos. Cuando Elizabeth volvió a ir a mi casa, llamó a la puerta y me apresuré a atender.

    -¡Hola, Elizabeth!

    -¡Hola, Paco! Cuánto entusiasmo tienes hoy, eh jajaja

    En ese momento le doy entrada a mi casa

    -Jaja, perdón si fue excesivo

    -No, no, tranquilo, muchacho, ya era hora de que perdieras esa seriedad siendo que los visito seguido

    -Tienes razón jaja

    -Pasa, Elizabeth! Ven a la cocina conmigo, necesito a un mejor ayudante de cocina que Paco, a este ritmo la comida será la cena – dijo mi madre en tono bromista, pero bueno, tenía razón

    -Qué cosas dices, Laura! Aquí todos nos quedamos lentos ante tu habilidad para cocinar jaja Ven, Paco, continúa ayudándonos a cocinar, quiero por primera vez no ser la más lenta en la cocina – dijo Elizabeth con tono burlón

    -Claro que sí, planeaba seguir ayudándolas de todos modos, pero ya verás que tú y mi madre me están subestimando- dije con tono bromista para no que continuara el buen rollo entre los tres

    Tanto mi madre como Elizabeth rieron y pasamos una buena tarde.

    Mi objetivo siempre fue lograr que Elizabeth se convenciera de que soy un sujeto amigable. Si nos volvíamos amigos, tendría su confianza. De ahí en adelante no dejé mi estrategia. Fui tan paciente que continué con esta actitud durante 7 meses, 7 meses en que la deseé tanto. Posterior a ello pasé aproximadamente 4 meses sin verla, pues comenzó la pandemia por la COVID-19, pero mantuvimos contacto por Whatsapp y a veces por llamada telefónica.

    Debido a la pandemia, en nuestro país los alumnos de primaria y secundaria continuaron sus estudios a distancia, por programas educativos en televisión. Noté el poco interés de muchos niños ante ese modelo y a la escuela en general. Fue ahí cuando vi una oportunidad de acercarme más a Elizabeth volviéndome el tutor de sus hijos.

    En una ocasión, después de esos 4 meses, que fuimos a casa de Elizabeth a comer, mi madre nos dejó solos a ella y a mí pues tuvo que entrar al baño.

    -Disculpa, Elizabeth, quiero preguntarte algo sobre tus hijos y la escuela

    -Claro, Paco, dime

    -¿Crees que está funcionando la educación a distancia con tus hijos en particular?

    -Ay, Paco, la verdad es que no. Al inicio era sencillo convencerlos de hacer sus tareas, pero con el tiempo han estado negados a cualquier asunto relacionado con la escuela. Además, extraño tanto organizar con tu mamá y la directora los festejos que solíamos hacer. Hemos perdido festejos tan llamativos como el desfile de primavera, que me encantaba a pesar de las alergias tan fuertes que me causaba tanto polen en el ambiente jajaja.

    -Jajaja, tienes razón, recuerdo a mi madre cada año mandándome en la bicicleta a comprar tus medicamentos, todo porque te negabas a faltar. Te pregunto esto porque si tú gustas, yo puedo ser tutor de tus hijos, tengo ya preparadas actividades para enseñarles, mis compañeros maestros me han asesorado, incluso he podido conseguir la antigua casa de mi madre para usarla de aula. ¿Cómo ves?

    -¡Paco! La verdad no creo poder aceptar, me da mucha pena, ¿qué pasaría contigo si estás buscando todavía dónde hacer tus prácticas? No quiero quitarte tu tiempo

    -Tranquila, Elizabeth, ya habrá tiempo para eso, por ahora estoy cansado de buscar, incluso pensé tomar un trabajo temporal en el mercado con uno de mis tíos

    -Si estás siendo sincero conmigo, aceptaré tu ayuda, y también tendrás tu pago, le contaré a mi marido para que me ayude con eso

    -No, no, Elizabeth, no pienses en el pago, esa situación me incomoda mucho. Te conozco desde hace años.

    -Está bien, Paco, pero por favor, lo que necesites para las clases, dime y yo lo consigo, no puedo dejar que salga de ti ni de tu madre

    -Por mí, tu ayuda para limpiar la antigua casa de mi mamá es más que suficiente

    -Muchas gracias, Paco, de verdad este gesto es muy noble de tu parte. Tu futura esposa e hijos serás tan afortunados de tenerte- dijo mientras me miraba con una gran sonrisa que ocultó al acercar su vaso y dar un trago

    -Jajaja, ¡para que eso suceda faltan todavía muchos años, Elizabeth!

    -Bueno, yo no dije que fuera pronto- dijo con una risa discreta. ¡Por cierto! Ya te he dicho que me llames Eli, mi nombre completo me parece tan serio y frío.

    -Pero si tú de fría no tienes nada, Elizabeth -dije para fastidiarla un poco, pero notaba que estábamos llegando a otro nivel, ya era claro que yo era su amigo y no sólo «el hijo de su amiga».

    Pasaron dos semanas en que me dediqué por completo a qué las actividades que tendría en las clases con sus hijos estuvieran lo más listas posible. No podría lograr esto sin mis ex compañeros bachilleres ahora normalistas.

    El sábado de la segunda semana fue el día en que Eli y yo acordamos para limpiar la antigua casa de mi madre. En ningún momento invité a mi madre, quería que sólo fuéramos Eli y yo. Quiero agradecer también a su marido que provee el suficiente dinero para pagar una niñera con horario siempre disponible que cuide a los hijos de mi futura amante. Gracias, señor Lorenzo. Continuemos con la historia.

    Se llegó el sábado y ahí estábamos Eli y yo. Ella llevaba una blusa deportiva, de licra, debajo una pantalonera deportiva también, delgada, un tanto ajustada, pero que le permitía moverse bien. Se veía tan deliciosa esa ropa, su cabello recogido con una coleta que sólo hacía imaginar que la cogía y la jalaba de ese trozo de cabello. Mi short holgado permitía disimular la erección que tenía.

    -¿Qué te parece, Paco? ¿Comenzamos ya?

    -Claro, Eli, para terminar pronto

    -¿Pronto? ¿Tienes algún otro compromiso o no te caigo tan bien como aparentas?- lo dijo con tono sarcástico, a lo que yo respondí:

    -¿Se nota mucho que estoy fingiendo?- en tono como si estuviera sorprendido

    Ambos comenzamos a reír, tomamos una escoba, y fui a cerrar la puerta de la casa ya que al meter las cosas la habíamos dejado abierta. Al cerrarla, sólo pude fantasear con que comenzaríamos a besarnos de una forma tan intensa, mientras ella se subía en mí y lo hacíamos en cualquier parte de la casa que se nos antojara.

    Eli traía una bocina y puso música, con un ritmo tan movido que era imposible limpiar sin bailar y sin cantar. Fue un momento tan divertido, reímos tanto que el tiempo pasó volando. Limpiamos toda la planta de arriba, estábamos hambrientos y empapados en sudor. Ella tan brillante con ese sudor se veía tan deliciosa, pero no era tiempo de intentar algo, lo arruinaría. Siempre me comporté como un amigo con ella. Estando sentados en el suelo descansando, conversamos un poco.

    -Ni siquiera sé qué hora es, está completamente oscuro afuera- le dije

    -Tienes razón, ya debería estar en mi casa- dijo Eli mientras jadeaba

    Me levanté, me acerqué a donde estaba ella y me senté a su lado

    -¿No extrañas a tu esposo?- le pregunté

    -Sí, sí lo extraño, pero creo que ya me acostumbré a estar sola con mis hijos. Lleva 10 años trabajando allá, no tiene muchas vacaciones y dejar ese trabajo supondría nuestra ruina, sólo dependemos de él

    Intentando usar un poco de psicología inversa le dije:

    -Tranquila, seguro cada día piensa en ustedes antes de ir al trabajo

    -No lo sé, Paco, a veces no hablamos mucho. Él siempre ha sido algo introvertido, sólo que viviendo juntos aquí eso se sentía menos, pero ahora que nos separa una distancia tan grande no es tan fácil de sobrellevar. Por eso te digo que ya me acostumbré a estar sola.

    -¿Y has intentado llamarle tú?

    -Sí, pero hablamos tan solo unos 5 minutos. Esa mujer que lo tiene trabajando como jardinero lo lleva con él a muchas casas en las que ella tiene clientes. A veces me causa inseguridad que esté con ella tanto tiempo, pero jamás dejo que esas ideas se vuelvan ciertas en mi mente.

    -No, no, no pienses eso. Mira, mejor hay que despejarnos. Antes de irnos a la casa, vayamos a comprar algo helado que estamos totalmente acalorados- aquí mi mente volvió a llenarse de morbo, pero mantuve la calma.

    Nos fuimos de la casa, subimos a su auto, llegamos a una plaza, compramos unas nieves, las comimos hablando de otro tema que no fuera su esposo. La hice reír tanto que no podía creer la conexión tan fuerte que habíamos formado. Por fin había logrado que me viera como su amigo más cercano, alguien a quien podía contarle cosas que a mi madre no podría, ya que yo la estaba conociendo de otra forma, conmigo su amistad era más joven, por así decirlo, pues mi madre es mayor que ella.

    Me llevó a casa, seguimos cantando pero con las canciones de la radio, me dejó en casa y acordamos ir al día siguiente a terminar de limpiar. Ella pasaría por mí a las 8 am.

    Se dieron las 8 am y yo ya estaba listo, imaginando qué ropa traería puesta ella. Para mi infortunio, ¡venía con sus hijos! Eso me quitó gran parte del ánimo. Sin embargo, mi madre escuchó a los niños, salió a saludarlos y de alguna forma logró convencer a Eli de dejarlos con ella. ¡La sonrisa volvió a mi rostro! Nos fuimos Eli y yo, llegamos y mientras limpiábamos, la noté pensativa.

    -Al menos el día de hoy no terminaremos hasta que esté muy oscuro

    -Sí, eso parece

    Opté por no preguntarle más cosas y dedicarme a limpiar. Lo que sea que tuviera en mente ella debía procesarlo bien. No quería interrumpirla. Subí al segundo piso para que mientras estuviera sola, pensara. Aproveché para buscar alguna película para ver más tarde ahí en la casa. Si ella no hubiera querido, por mí no habría problema, pero sería una oportunidad para estar a oscuras, juntos, por el día y la hora. Bajé y le seguí ayudando a limpiar. Planeé hacerla reír antes de terminar e invitarla a quedarse a ver la película. Mi mente deseaba que estuviera sintiendo algo por mí y que estuviera pensando en eso, que eso la tuviera pensativa.

    -¡3:30 y ya hemos terminado!- levanté mis brazos, celebrando

    Ella rio y levantó sus manos para chocarlas con las mías, luego… nos abrazamos

    Me separé de ella antes de que ella lo hiciera, para que notara que no intentaba sobrepasarme. Nos se ramos en unas sillas para descansar, y le dije:

    -¿Sabes qué sería muy bueno después de limpiar?- le pregunté

    -¿Bañarse y dormir?

    -¡Casi! Estuviste cerca de responder correctamente

    -Jajaja, entonces qué es eso que estaría tan bueno después de limpiar?

    -Ver una película.- le dije sonriendo, conteniendo la risa

    La expresión de su cara fue muy graciosa

    -¿Estás loco? Vamos a apestar toda la sala- dijo mientras reía. Era sorprendente lo hermosa que se veía. Sus ojos casi cerrados por su sonrisa, su lenguaje corporal tan indeciso, expresaba que quería levantarse de su asiento, tomar las llaves del auto e irnos, pero también se contenía, hacía un esfuerzo por quedarse sentada. Mi objetivo era convencerla, pues estar más tarde solos y a oscuras crearía la atmósfera ideal para que sus sentimientos se volvieran aún más intensos.

    -En serio me gustaría ver una película contigo, Paco, pero, me gustaría darme un baño al menos, y si nos vamos no quisiera llegar a casa y salir, sabiendo que tu madre tan atenta está cuidando a mis hijos mientras yo me divierto.

    -No te preocupes, no tendrías que ir hasta tu casa, puedes bañarte aquí.- le dije siendo tan natural para no verme desesperado. Yo notaba que era esta noche en la que por fin la besaría. Viendo sólo unas cuantas veces a su marido durante 10 años seguro la tenían también deseosa de sexo.

    -Pues… tengo un cambio en mi coche, podría bañarme aquí.

    -Mientras tú usas ese baño del pasillo del segundo piso, yo usaré el de mi habitación, aún conservo algo de ropa aquí, así podremos estar listos pronto.

    -Ok, creo que nos merecemos ese momento después de dos días de tanta suciedad que limpiamos- dijo mientras reía. Se veía feliz, se veía emocionada y nerviosa. Parecía una chica en su primera cita.

    -Paco, si quieres comienza tú a bañarte, yo tendré que ir a comprar algunos productos para el cabello, me quedó horrible.

    -Está bien, Eli, dejaré listo tu baño para que puedas usarlo- le dije en tono amable, sin verme tan ansioso, pero mi corazón y mi estómago estaban tan acelerados que era difícil mantener la calma.

    Coloqué toallas de la habitación de mi madre, unas sandalias por si gustaba usarlas al bañarse, incluso una bata. Hice un poco de tiempo para esperarla a que llegara, pero pensé que eso se vería extraño, así que subí al baño de mi habitación para bañarme. Me bañé tratando de mantener toda la calma del mundo, pero la excitación tenía mi pene tan erecto que exigía eyacular. Comencé a masturbarme pensando en ella, en su coleta de aquella vez, pues siempre he amado que las mujeres lleven ese peinado o una o dos trenzas, para sujetarlas de ahí mientras las penetro. Eyaculé en el suelo de mi baño, la tensión se alivió un poco y terminé de bañarme. Mientras me secaba después de ducharme, escuché la regadera del baño del pasillo, mi imaginación se echó a volar y mi miembro volvió a erigirse. Estando fuera de su baño, deseaba tanto abrir la puerta con sigilo para sorprenderme con la vista, pero podría echar todo a perder. Regresé a mi habitación y me vestí. Terminé de alistarme y bajé, le dejé toda la planta de arriba a ella para que se vistiera.

    Con todo lo que tardamos platicando y bañándome, ella yendo a comprar sus productos para el cabello, bañándose y alistándose, se dieron las 6 de la tarde. Nuestra vestimenta no era la gran cosa, era algo muy informal, se percibía un ambiente muy casual. En lo que pedimos algo de comer, esperamos y perdimos el tiempo jugueteando nos dieron las 8 pm. A la mitad de la película, ella se acercó a mí y recostó su cabeza sobre mi hombro. Yo recosté mi cabeza sobre la de ella. Mi corazón estaba a mil. Pasé mi brazo a su asiento lado para abrazarla. Mi mano quedó situada sobre su brazo derecho. Por el contacto que teníamos el movimiento de su cuerpo al respirar era acelerado, significaba que, ¿estaba nerviosa? ¿Estaba excitada? Hice un movimiento de mi cabeza, como si la quisiera acomodar un poco mejor, pues la tenía apoyada sobre la de ella, yo pretendía que ella pensara que quería besarla. Lo creyó. Movió su cabeza hacia atrás para verme, quedamos frente a frente y le besé. El primer beso fue lento, inmediatamente la excitación se encendió dentro de nosotros. Los besos se volvieron salvajes. Diez años lejos de tu pareja no sólo te hacen extrañar su compañía diaria, también el sexo, y yo tuve que ser su objeto de descargo sexual. Nos besamos tan intensamente, mi mano izquierda se dirigió a su muslo derecho. Comencé a acariciarlo, mis movimientos eran bruscos, estaba muy excitado. Levanté su muslo para separarlo del asiento, ella entendió que quería subirla a mí, así que rápido y sin control se giró y se puso encima de mí. Teniéndola así, jalé su cabello hacia abajo, su cuello quedó tan expuesto a mí, lo besé de forma más tranquila, sensual, pasé mi lengua desde la parte inferior de su cuello hasta detrás de su oreja. Solté su cabello, me levanté de pronto, la tomé de la mano, nos alejamos de la sala, la llevé al piso de arriba. Nos situamos en un espacio para una pequeña sala, con ventanas que daban hacia la calle principal de la cerrada. La casa estaba completamente a oscuras, la única luz era del televisor en el piso de abajo. Coloqué a Eli de forma un tanto brusca a la pared, levanté sus brazos, los aproximé entre ellos, los pegué a la pared, acerqué mi cabeza a su cuello, comencé a besarla detrás de la oreja, Eli flexiona sus piernas, estaba jadeando mucho, froté mi pene, demasiado erecto, contra sus enormes nalgas.

    -Métemelo…-dijo Eli apenas pudiendo hablar

    -Todavía no…

    Solté sus manos, me puse en cuclillas, bajé su pantalón… no llevaba ropa interior

    Comencé a besar su nalga derecha, mientras acariciaba la otra con mi mano izquierda

    E: ah, ah, sí…

    Llevé mi mano izquierda hacia su vagina y comencé a meter un dedo mientras seguía besando su nalga derecha

    E: ah siii…

    Las piernas de Eli comenzaron a doblarse, como si fuera a caer, buscaba con sus manos algo para apretar, con su boca algo para morder y ahogar sus gemidos. Decidí ir a por todo, con cada mano tomé una de sus nalgas, las separé, y comencé a hacerle sexo oral

    E: ah…

    Eli estaba luchando para que sus piernas no dejaran de responder y caerse. Mientras yo no dejaba de dar lengüetazos a la vagina de esta madura que tantas ganas le había tenido desde hace ya casi un año. Tomé su mano derecha y la llevé hacia mi cabeza para que Eli tuviera el control. Así lo hizo, tomó mi cabeza y la pegaba completamente a su sexo. Terminé por sacarle su pantalón, le quité los tenis, me levanté, la giré bruscamente, la despegué de la pared y comencé a besarla. Eli me metía su lengua lo más profundo que podía, mientras yo con mis manos detrás de ella apretaba sus nalgas tan fuerte como fuera posible. Luego de cansarme de apretarlas con toda mi fuerza, alejaba mis manos a una distancia considerable y se las azotaba tan fuerte como podía, a lo que Eli gritaba

    -Ah siii! Así! Maldito pervertido, desde cuándo querías tenerme así?

    -Hace ya casi un año- le dije con una voz apretada

    -Entonces no me equivoqué cuando pensaba que me veías tanto mi culo

    Bajé mis manos a su blusa, la sujeté del cuello con ambas manos e hice fuerza hacia afuera para romperla, lográndolo. Eli emitió un pequeño grito agudo. La tomé de la mano y la metí a mi habitación, al baño, abrí la regadera y la metí. La senté sobre una saliente de la pared del baño, abrí sus piernas con fuerza, vi su vagina en todo su esplendor, con algo de bello, sin pensarlo me acerqué. Besé sus ingles, sus labios mayores, menores, y empecé a pasar mi lengua por su vagina. Lo hice lento y fui subiendo la intensidad progresivamente.

    -Ooh, oh, oh, sí, sí, sigue

    -Te había hecho un oral el inútil de tu marido?

    -No, no, sigue, sigue, ah, agh

    Eli me pegaba a su sexo para seguirla comiendo y usó sus piernas para aproximarme aún más.

    No quiso correrse, así que me tomó de los brazos y me acercó para que la besara. La besé con mucha intensidad, nuestras lenguas se tocaban con desorden. Sujeté su cara con mi mano desde la mandíbula y luego le dí una ligera cachetada en su mejilla izquierda.

    -Eres mía, perra, eres mía!- le dije de nuevo con una voz apretada

    -Soy tuya, soy tuya, toda tuya

    Hice que se arrodillara, ella abrió su boca y dirigí mi pene hacia su boca para follársela. Se lo metí y comencé a meterlo y a sacarlo.

    -Eres buena cuando te lo meto todo

    -El inútil de mi marido…

    La interrumpí metiéndoselo, sujetándola de la cabeza, follando su boca, para sacarlo y golpearlo sobre su cara

    -¿Qué decías?

    -*Jadeando* El inútil de mi marido insistía mucho en que le hiciera orales

    -Pues ahora sólo me los vas a hacer a mí

    La levanté y la puse debajo de la regadera, ella se apoyó en la pared con sus manos

    Acomodé mi pene para metérselo. Cuando tocó su entrada…

    -Ah

    Lo fui metiendo poco a poco hasta meterlo todo

    Supuse que su marido le pedía decir palabras en inglés

    Comencé a meterlo y a sacarlo

    -Aaah, yes, yes, yes, fuck!

    -¡Ahora eres mi perra, te vas a olvidar de tu marido!

    -Lo olvidé cada noche desde que me masturbo pensan… ah, ah, sí, así

    -Pensando en quién? En quién, perra?

    Le pregunté mientras aumentaba de fuerza mis embestidas. Ella intentaba hablar, pero cada vez yo la interrumpía dándole nalgadas muy fuertes

    -Aaah sí, aagh, pensando en…

    La embestí brutal

    -¡Ah hijo de putaaa! Así, carajo

    -¡En quién pensabas, zorra, dime!

    Tomé su cabello y la jalé hacia mi

    -Pensando en ti… ¡aaah sí! ¡Qué rico me coges!

    Cerré la regadera, la sequé rápido con una toalla y a mí igual, la llevé a la cama y la empujé. Me puse encima, ella con mucha fuerza me desvío y me acostó, me dio una fuerte cachetada.

    -Hijo de puta, vas a ver quién coge a quién

    Se introdujo mi pene con cuidado, luego comenzó a mecerse encima de mí

    -¿Te gusta? ¿Te gusta, perro?

    Comenzó a darme más cachetadas, cada vez más fuertes, yo sólo dejaba que ella hiciera lo que quisiera, estaba a su merced.

    Comenzó a saltar y a dejarse caer sobre mi pene, me excitaba tanto escuchar el sonido de mi pelvis chocando con su área genital. Luego de ese movimiento comenzó a mecerse demasiado brusco, y paró a tiempo antes de correrme. La quité de encima de mí y la puse en cuatro.

    -Tus hijos no saben el pedazo de mujer que tienen como madre

    -Ni tu madre el pedazo de toro pervertido que tiene por hijo

    Antes de cogerla en 4 me le acerqué por la espalda, jalé su cabello y le dije al oído:

    -¿Sabes que comencé a hablarte el año pasado para un día llegar a tenerte así?

    -¿Quién te iba a creer que lo único que querías era darle clases a mis hijos, perro? Yo seguí con esto para llegar a ser la puta del hijo de mi amiga

    Empujé su cabeza hacia la cama y me acomodé detrás de ella, por fin había pasado la inminente eyaculación y ya estaba listo otra vez para penetrarla. Comencé a darle nalgadas tan fuertes hasta poner rojo su blanco culo. Decidí intentar algo. Cambié de posición a un 69.

    -¿No me ibas a dar en cuatro?

    Le di una cachetada

    -Obedece lo que yo te diga, perra

    Me regresó la cachetada

    Nos acomodamos. Ella comenzó a meterse mi pene a su boca, a sacarlo y meterlo. Pasaba su lengua desde la base de mi pene hasta la punta. Al llegar a la punta se acomodaba de tal modo que pudiera mover la punta de su lengua rápidamente sobre el frenillo de mi pene. Pasaba su lengua por cada rincón de mi glande.

    Era increíble, esta mujer sabía bien cuáles partes eran las más sensibles. ¿Habrá bastado con lo que la llevó a hacer su marido? ¿Habrá aprendido del porno? No lo sé, pero lo sabía hacer. Yo comencé a hacerle sexo oral. Así estuvimos dos minutos aproximadamente.

    De pronto, sujeté fuerte su culo contra mi, para que no se moviera, eso la extrañó. Comencé a acercar mi lengua a su ano.

    -¿Qué haces? ¡Por ahí no lo he hecho!

    Seguí paseando la punta de mi lengua alrededor de su ano, mientras ella decía lo mismo

    -Hagámoslo por ahí otro día, por…

    La punta de mi lengua estaba directamente en su ano, moviéndolo, viendo cómo se dilataba y se contraía

    -Ah, agh, ay sí, maldito pervertido, seguro has visto todo esto en el porno.

    Moví mi pelvis para que mi pene golpeara su cara y supiera que no le iba a contestar, más bien quería que siguiera en lo suyo

    Comenzó a chupármela muy desenfrenada. Esto la estaba excitando aún más. Llevé mis manos hacia su espalda para que supiera que la quería quieta. Se detuvo, no sacó el pene de su boca y comencé a follar su boca hasta dejarla sin aire. La quité de encima de mí, le dije que se pusiera sobre mí. Lo hizo. La besé, la acomodé para metérselo. La tuve acostada sobre mí, frente a frente, con una mano, la solté y entendió que así debía quedarse. Sujeté sus nalgas con ambas manos para que estuviera quieta y comencé a metérsela muy rápido, nuestros cuerpos hacían mucho ruido al chocar, mis manos apretaban al máximo sus nalgas.

    -Ah sigue sigue sigue

    Comencé a abofetearla

    -Sigue no pares que voy a correrme

    -córrete puta, córrete en mí, eres mía

    -ah sí, sí, ¡fuck! Así, así, así, así, maldito estúpido, fóllame fuerte

    -Maldita puta, ¡te quería follar cuando te ibas a bañar!

    -¡Te estuve esperando, maldito cobarde! sigue, sigue, sigue… ¡ah!

    -me voy a correr dentro de ti

    -haz lo que quieras pero no lo saques

    Nos corrimos los dos. Terminamos sin nada de energía, nuestros corazones latían tanto que parecían no poder más. Bien pudimos tener un infarto, quizá, jamás habíamos sentido esto. Ella salió de mi pene, se acostó a mi lado, nos quedamos dormidos cerca de una hora. Despertamos a las 11:30. Tenía llamadas perdidas de mi mamá, pero no me importó. Estando acostados platicamos un poco.

    -¿Por qué estabas tan pensativa esta tarde, Eli?

    -Estaba pensando en que siento algo por ti. Me atraes tanto, sabía que hoy terminaríamos cogiendo.

    -¿Cómo lo sabías?

    -Como te lo dije, noté que veías mucho mis nalgas desde hace tiempo. Comencé a ser obvia frente a ti, abrí toda mi confianza.

    -Pensé que no lo sabías, pero te deseaba tanto que fui más desesperado y obvio de lo que creí.

    -Reconozco que supiste ser paciente, la mayoría sólo piensa en tenerme de la noche a la mañana. Además no eres nada inútil. Tienes una carrera, metas, no eres mal prospecto.

    – Sé que la mayoría son unos idiotas, no quise serlo contigo. Eres toda una diosa. Tan hábil, tan práctica, tan inteligente, tan preciosa. ¿Qué pasará con tu marido?

    -Jaja, deja de adularme. Mi marido seguirá siendo eso, mi marido. Mi amante, eres tú.

    -Seré tu amante siempre.

    Después nos fuimos. Estoy seguro de que mi madre, nada tonta, dedujo lo que sucedió, pero no me dijo nada. Ella y Eli no han vuelto a verse, quizá después de un tiempo, pero Eli y yo seguimos teniendo disponible esa casa para nosotros. Digamos que mi madre me lo tiene permitido por una razón que no entiendo.

  • Nunca estuve solo (II)

    Nunca estuve solo (II)

    Luego de aquel primer encuentro y descubrimiento mutuo ya las cosas nunca iban a ser iguales, pero en un sentido positivo. 

    Al día siguiente fui a mi lugar a buscar mis cosas, mi lencería, mis cuerdas, no lo podía creer. Lo que por años pensé solo era algo mío ya no era más y tenía un compañero con quien compartir. La vez anterior fue mi amigo quien tomó la iniciativa, esta vez era mi turno.

    El camino de mi lugar a la casa de Alexandre fue algo especial, me latía el corazón todo el trayecto y además aún estaba con un torbellino de emociones por lo sucedido el día anterior.

    Cuando llegue deje mis otras cosas en la pieza de Alexander y habíamos acordado primeramente continuar preparando nuestros exámenes antes de la segunda sesión.

    También la noche anterior conversamos largo y tendido, en realidad se nos hizo muy corta la velada con las cosas que compartimos y también descubriendo aquello que teníamos en común. Hablamos de nuestras fantasías y deseos más íntimos. Pero con el tiempo nos iríamos conociendo cada vez más en este ámbito, completamente secreto para el resto pero todo un mundo nuevo para nosotros.

    Llegó la tarde, al fin terminamos lo que debíamos avanzar ese día. Hubo un silencio algo extraño, como que ambos esperábamos a ver quién iba a decir algo primero. Esta vez era mi turno entonces le dije que subiría, que me toca cambiarme. Se puso de pie de inmediato y supe que tanto él como yo no podíamos esperar.

    Como esta vez no era fortuito la preparación fue diferente, hasta me maquillé. Era en esta ocasión mi turno de salir.

    Él estaba sentado esperando, se veía tranquilo, nada que ver como yo la primera vez que ni supe que decir. Como ya habíamos hablado bastante en la noche ya teníamos una idea de cómo serían las cosas en esta ocasión. Alexandre ya conocía una de mis fantasías, lo que iba a cumplir en esos instantes.

    Jugué a que era la dueña de ese hogar, la mujer sola en casa. El sería el ladrón que entraba y me tomaba por sorpresa. Así comenzamos. Él bajó para esconderse en algún lugar. Me di algunas vueltas por la casa, la verdad esperando que en cualquier momento sería atacado.

    Nada paso en el primer piso, subí pensando que mejor lo esperaría allí ya que mi búsqueda había fallado y entonces en el pasillo entre las piezas me tomó, había «alguien que había entrado a mi casa y yo estaba sin compañía».

    Tenía mucha fuerza. Me llevó a la pieza principal ya que esa tenía un mueble con un espejo largo, de esa forma pude ver todo lo que estaba sucediendo.

    Me tiro sobre la cama, intente gritar pero una mordaza cubrió mi boca. Se sentó en mi espalda y primeramente me ato los brazos a la espalda, después me quito el colaless, me ató las rodillas y luego los tobillos.

    Pude ver aquello en el espejo y la verdad casi acabe de la pura emoción. Para terminar me puso una venda. Allí quedé, sobre la cama, solo con corset y ligas. Estaba atado, amordazado y vendado, completamente indefenso y a merced.

    Con solo eso el corazón me latía tan fuerte que lo sentía en mis oídos. Por unos momentos no pasó nada, hasta que sentí que me tomo las nalgas con fuerza y ya sabía lo que iba a pasar en ese instante, en la no me había comentado que le encantaría comerse un culo, precisamente eso era lo que sucedería.

    Abrió mis nalgas y sentí algo increíblemente agradable. Comenzó a lamer mis nalgas y luego mi ano. Luego a morder, eso fue increíble. Después siguió lamiendo mi ano, con mucha intensidad y de pronto introdujo su lengua, no se como lo hizo pero fue inesperado y también muy excitante.

    Se detuvo, sentí unos pasos alrededor de la cama y me quito la mordaza, estaba claro, era hora de mamar. Ese intruso quería una mamada y claro que recibió una, no fue gentil como el día anterior, esta vez yo quería que el acabara así que lo hice chupando con fuerza y en varias ocasiones mi nariz tocó su cuerpo.

    Me dijo que parara, me puso la mordaza nuevamente y dijo: «muy bien, con una mamada así va a entrar bien fácil».

    Efectivamente así fue. Me abrió las nalgas y me penetro, la primera vez hasta el fondo, completo, y de allí comenzó a taladrar, a un ritmo bien suave, me tomo las muñecas atadas a la espalda y se afirmó allí.

    Era un penetrar que no quería terminara nunca. Anteriormente ya había experimentado con cosas, tenía un consolador, pero era mi primera vez en la realidad.

    Me dijo que iba a acabar y lo sentí, vaya eso fue inesperadamente agradable. Luego era mi turno, me puso de lado, acarició mi pene y luego comenzó a mamarla, yo masculle y gemí bastante durante toda la sesión, pero esto fue algo más, era el final. Traté de decir que iba a acabar pero a diferencia de la mordaza que yo le había hecho el día anterior, el hizo una mucho mejor, puso un limón en una media larga así que quedó como un ballgag, muy bueno la verdad, y esa mordaza no me dejó hacer nada mas que babear y emitir unos ruidos.

    Acabé, en su boca. Esta vez fue mi turno y lo disfrute mucho. Siempre supe la universidad traería cosas nuevas a mi vida pero jamás imagine algo así. Y estábamos apenas experimentando y descubriéndonos. Las pro unas sesiones que tuvimos fueron de cumplimiento de fantasías y de una manera realmente increíble. La próxima vez le tocaba a Alexandre la sumisión.

  • Esteticista

    Esteticista

    A las seis de la tarde, Virginia llama a Juan, su marido, para decirle que hoy llegará tarde ya que una clienta le ha pedido cita pero que tiene que ser a última hora. Virginia le ha propuesto sobre las siete ya que desde esa hora no tenía concertado a nadie y podría salir un rato antes. Pero la clienta le ha dicho que le sería imposible llegar antes de las ocho menos diez. Aunque habla perfectamente español su acento la delata como extranjera, quizás francesa.

    A lo largo de la tarde, la esteticista atiende a varias clientas habituales de manera rápida, lo que le permite estar libre a las siete de la tarde. Se lamenta de haberle dado la cita a la misteriosa clienta pero en vista de que no hay otra posibilidad coge su libro y se pone a leer.

    Hace semanas que está enganchada al libro que le regaló por su cumpleaños su marido. Es el best seller americano “Las cincuenta sombras de Grey”. El libro erótico que estaba haciendo furor en Estados Unidos y que por lo que ha podido comprobar en primera persona esta fama está bien merecida. La historia la tiene atrapada desde el principio y su libido tras varios capítulos está a flor de piel. En alguna ocasión leyendo en su casa a solas ha tenido que masturbarse para aplacar el estado de excitación que le provoca el protagonista.

    Absorbida por la lectura no se da cuenta que son las ocho y cuarto cuando el sonido del portero automático suena devolviéndola a la realidad. Como en las ocasiones anteriores se siente muy excitada por el dichoso libro. Sus pezones se marcan a través de la tela de la bata blanca y nota como su sexo arde. Incluso diría que su tanguita blanco debe estar mojado. Tras confirmar la presencia de la clienta en el portal, acciona el botón de la puerta y aprovecha el momento antes de que llegue para refrescarse la cara y que su estado sea menos evidente.

    Por la puerta aparece la clienta y ella se le queda mirando fijamente sin moverse. La mujer es de una belleza cautivadora. Mide aproximadamente un metro setenta y cinco, tiene una melena negra y brillante a media espalda. Los ojos enormes, negros y profundos. Su nariz perfecta, los labios carnosos delimitan una boca grande con una sonrisa perfecta. Cuello esbelto y hombros redondeados. Su camisa blanca desabotonada realza un bello escote de la talla 95. Su barriga sin un gramo de grasa. Todo este análisis lo hace Virginia petrificada por la impresión que le cautivadora de la misteriosa mujer. No tiene nada que ver con las clientas habituales.

    Transcurridos unos segundos la clienta se presenta como Kadhile tendiéndole la mano. Su piel es suave como la seda. Sus manos están cuidadas a base de manicura. Virginia por fin reacciona y le pide que desea:

    -Verás necesito un rasurado integral. Antes de nada debo pedirte disculpas por haber llegado tarde, pero me ha sido imposible llegar antes. Pero no te preocupes que te recompensaré la tardanza.

    Kadhile es argelina de ahí que su acento suene a francés. Llegó hace un par de días en barco acompañada de su marido desde el Golfo Pérsico donde éste tiene negocios con varios jeques de la zona. Esta noche tiene una cena con importantes invitados con los que será necesario ser generosa…

    Virginia le indica que debe tumbarse en la camilla y desnudarse completamente de cintura para abajo. Mientras ella se acerca al mostrador para preparar todo lo necesario, por el espejo puede ver como Kadhile se va desnudando lentamente, sin dejar de mirar la no menos espectacular figura de la esteticista.

    Virginia es tan alta como la argelina pero a diferencia de ésta lleva una melena rubia con flequillo que descansa sobre sus bien perfiladas cejas, las cuales coronan unos preciosos ojos verdes que le dan un aspecto felino. Sus pómulos son prominentes y sus rasgos angulosos. Su hoyuelo en la barbilla termina de rematar una cara de modelo rusa. Su cuerpo está trabajado en el gimnasio y consigue que su pecho desafíe a la gravedad a pesar del gran tamaño de éste. Su cintura se estrecha hasta que las caderas anuncian un culo de brasileña.

    Al girarse, Virginia puede ver como Kadhile está tumbada boca arriba mirándola con media sonrisa en la cara. Sus piernas parecen dos columnas que se juntan en una vulva pequeña, ahora cubierta por un triángulo de rizos negros. La chica utiliza una tijera para recortar el vello púbico hasta una medida que permita el uso de la cera. Con una pala extiende la caliente poción sobre la zona genital de la argelina quién deja escapar un pequeño gemido, que Virginia no sabría decir si es de dolor o de placer:

    -¿Le ha dolido? –pregunta para salir de dudas.

    -No, para nada –contesta la clienta delatando su placer.

    Con mucho cuidado da un tirón de la franja de cera y la clienta vuelve a responder con otro gemido. Por dos veces repite la operación y otras tantas la respuesta fue la misma. Una vez terminada la zona del monte de Venus, Virginia le pida que abra las piernas ya que debe trabajar en el interior de los labios vaginales para rasurar toda la zona.

    Al abrirlas, la esteticista puede ver en todo su esplendor la vulva de la clienta, lo que provoca en ella una extraña sensación de excitación. Sus labios protegen una entrada rosada coronada por un grueso clítoris que a Virginia le parece hincharse por momentos. Nota como Kadhile suspira cada vez que ella se acerca a esa zona. La rubia nota como sus pezones reaccionan a cada suspiro de la morena y teme que se marquen en su bata, como antes con la lectura del libro.

    Al ponerle cera en los labios mayores le pide a la clienta que se proteja con su mano, cosa que Kadhile hace de manera muy sensual con su preciosa mano y vuelve a gemir. Virginia suspira hondo y cierra los ojos. Ya no puede aguantar más y acaricia la piel interior de los muslos de Kadhile. Ésta le coge la mano y se la dirige a su sexo. Virginia sigue con los ojos cerrados notando la suavidad de la piel de su clienta. Ahora le pide que aguante un poco antes de quitar toda la cera de otro tirón. La argelina responde con un gemido incontrolado que Virginia interpreta como verdadero placer por el dolor.

    Acto seguido la rubia se inclina sobre el sexo de la morena y lo besa con delicadeza. Notando su olor, su calor, su hinchazón por el castigo recibido. Kadhile le apoya sus manos en la cabeza y le acaricia la melena rubia. Mientras Virginia comienza a lamer de manera suave toda la zona, desde el perineo, lentamente, introduciendo la lengua, abriéndose camino en el interior de la vagina sin pausa hasta llegar arriba donde el clítoris excitado está fuera. Es gordo y ella juega con él a retenerlo con sus dientes al tiempo que le pasa la lengua para luego volver a soltarlo y seguir hacia abajo de nuevo. La argelina se ha incorporado y está con las piernas abiertas sujetando la cabeza de Virginia contra su coño. El placer que siente es indescriptible y pronto llegará al orgasmo.

    Virginia lo adivina en el momento en que Kadhile tensa sus piernas, estira sus pies como si una descarga eléctrica recorriese todo su cuerpo, ahora tumbada en la camilla. Tras los gritos de placer, los espasmos musculares la hacen llegar a un estado de relajación total. Tan solo acierta a susurrar le petit mort, le petit mort la expresión francesa utilizada para referirse a lo que acaba de experimentar.

    Virginia se incorpora y recorre el cuerpo de su clienta a medida que desabrocha la camisa blanca de ésta. Ante sus tetas morenas de pezones grandes y negros la esteticista se recrea mordiéndolos, chupándolos y succionándolos para mayor goce de Kadhile. Ésta sintiéndose en deuda comienza a desabotonar la bata al tiempo que se besan apasionadamente. La argelina saborea sus propios jugos vaginales de los labios y el mentón de la rubia, aún manchados por el viscoso líquido tras el sexo oral. Sigue bajando de la barbilla al cuello y de éste a los maravillosos pechos. Libera unas tetas blancas con un pezón de fresa que no duda en morder y arrancar un quejido de dolor de su víctima. Aun así Virginia le ofrece su otro pecho y la morena le da otro mordisco dejando a marca de sus dientes sobre la nacarada piel de Virginia. El grito de la rubia ahora es de placer. Bajándose de la camilla se van besándose hasta un sofá de piel negro donde continúan abrazadas.

    La iniciativa la lleva Kadhile, quién tras liberarla de su bata recorre su bello cuerpo tan solo cubierto por un tanga blanco de encajes totalmente mojado. Virginia se deja hacer entre gemidos. La argelina desciende hasta arrodillarse ante ella y comenzar a lamerle su sexo tan solo cubierto con una tirita de vellos rubios. Un escalofrío recorrió la columna de la esteticista al pensar que es una mujer quien le está proporcionando tanto placer. Echada sobre el respaldo y con las piernas abiertas observa como Kadhile está arrodillada y con la cabeza en su entrepierna. Acaricia su bronceado cuerpo y enreda sus dedos en su melena azabache mientras no deja de gemir.

    Antes de que llegue al orgasmo la clienta se incorpora y se sienta junto a ella. Sin dejar de besarse apasionadamente se enfrentan una a la otra y cruzan sus piernas de manera que sus sexos se toquen. Para Kadhile ésta no es su primera vez y es ella quien lleva las riendas. Frotándose una contra la otra, notando como sus vaginas intercambian fluidos y sus clítoris se excitan hasta el éxtasis con el roce entre ellos. Tras unos minutos, Virginia explota en un placer nunca imaginado por ella, acompañada segundos después por Kadhile quién ahoga su grito con un beso que dura una eternidad.

    Las dos mujeres sudorosas descansan una junto a otra mientras se miran y acarician sus cuerpos.

    Transcurrida media hora, ambas se visten y recomponen su pelo. A la hora de pagar, Virginia se niega a aceptar el dinero de su clienta que se lo agradece con un fuerte beso. Luego sale por la puerta hacia su barco y nunca más volverán a verse.

    Durante la noche, Virginia lo hace con su marido pero no le sabe igual. Ya nunca le sabrá igual.

     

  • Primer encuentro fetichista

    Primer encuentro fetichista

    Mi primer relato, leí bastantes y me animé, dejé el miedo de lado y pensé en escribir lo que creo que fue mi primer contacto fetichista, aunque sea poco es sincero y la entrada a un inmenso universo.

    Bueno a los 21 años tenía mi pareja de años, ella vivía solamente con su madre de aproximadamente 45 a 47 años aproximadamente y teníamos la suficiente confianza para convivir a cierto punto de quedarme solo en su casa.

    Recuerdo que tuvimos fiesta un viernes y el sábado nos despertamos con tremenda resaca, nos levantamos temprano porque mi novia en ese entonces tenía que salir temprano, mientras ella se alistaba nos empezamos a tocar.

    Rápidamente me pega unas lamidas al pene, yo estaba ultra caliente, el punto es que me dejó con las ganas porque se tuvo que salir, entonces apenas salió, se me vino la idea de masturbarme porque no quería quedar con las ganas me fui al baño sigilosamente, se sentía extraño tocarme en baño ajeno.

    En ese momento de nervios mientras me masturbaba y a la vez pendiente por si mi suegra se acercaba, me percaté del cesto de ropa sucia, y vi unos calzones de mi suegra, los cuales estaban con un fuerte olor, atrás emanaba un leve olor a culo pasando después adelante un olor que era la mezcla de fluidos, sudor, orina y vagina, junto con una mancha blanquecina, no dudé ni un solo instante, era la oportunidad los tomé y los olí de una manera increíble, el olor era fuerte, pero con la masturbación generó algo placentero, la cual, empecé a masturbarme de forma rápida mientras me impregnaba la cara de ese rico aroma, acabé de una manera increíble.

    Espero que les guste, es real y estoy seguro que no soy el único que lo experimentó o algún día lo hará.

    Gracias.

  • Mi novia y el metalero

    Mi novia y el metalero

    “Mi amor eres tan bella que mi amor por ti me hace desear que otros te deseen tanto como yo te deseo, te quiero tanto que si no siento celos por ti siento que no tengo motivos para luchar por ti”.

    Todo empezó una noche de viernes en una fiesta de prepa donde llevé a mi novia y ahí estaba él.

    Mi novia y yo hace tiempo acordamos que podíamos tener sexo oral con quien queramos y no contaba como infidelidad, se me ocurrió esa idea porque mi novia es preciosa y sabía que iba a tener pretendientes y lo hice de alguna forma para que se sintiera un poco libre y pudiera saciar su deseo sexual que tal vez llegue a tener con alguno que otro hombre, ella es blanca, cara de niña tierna, mejillas tiernas, labios besables, ojos hermosos y expresivos, cabello largo y lacio color café oscuro, de cuerpo ella es delgada y lo que más resalta son sus piernas torneaditas, ella y yo tenemos 19 años.

    Aquella noche entramos a la casa donde se iba a efectuar la fiesta y a lo lejos estaba el, mi amigo que tanto me cae mal, mi amigo Horse.

    Horse es un amigo con el cual me junto solo porque se junta con mis otros amigos con los que si me junto, él es un parasito de 25 años, metalero de pelo largo, delgado, alto, le dicen Horse por que tiene cara de caballo, supongo, me cae mal porque es un presumido, siempre cuando vamos a orinar le encanta presumirnos la verga por que le mide 23 cm según él, le baja la novia a quien quiere incluyendo algunos de sus amigos y aun así lo admiran, toca en una banda con amigos suyos de otros lados.

    Esa noche apenas llegamos y Horse ya le había echado el ojo a mi novia, no paraba de verla, mi novia lo notaba y ella también lo veía… un tanto incomoda, al poco rato se acercó a saludar.

    -Hola men ¿me presentas a tu novia?

    Sin ganas de hacerlo, se la presente, no quería verme inseguro celoso ante él y mi novia.

    -Claro, Ella es mi novia Isabella

    -Hola nena mucho gusto, yo me llamo Ángel pero me dicen Horse

    Diciéndole eso dándole un beso en la mejilla muy cerca de sus labios.

    -Hola Horse mucho gusto

    -Wey Por que no vienen con nosotros a tomar cervezas?

    -Claro

    Todo comenzó un día que no llego el profe a la clase, estábamos en el celular y yo estaba viendo una foto de mi novia, una foto normal donde se veía preciosa cuando de pronto por detrás Horse me pregunta.

    -Woow ¿Quién es esa chica men? ¿es tu novia?

    Afirme con la cabeza.

    -Es preciosa, deberías presentármela, a lo mejor hasta te la bajo

    Basto un descuido en el que me pare de mi pupitre un par de minutos y él había agarrado mi teléfono cuando lo vi el me lo devolvió y me dijo:

    -Perdona men pero tenía que tener la foto de tu novia en mi celular, está muy hermosa

    Diciéndome eso mostrándome la foto de ella en su celular.

    En la fiesta estaba sentado al lado de mi novia y al otro lado de ella estaba el, muy pegado a mi novia, por momentos la agarraba con autoridad por la cadera, ella se notaba incomoda al principio y me volteaba a ver tímidamente, yo no hacía nada porque no quería armar un escándalo, aparte por edad y estatura él es más grande que yo y no quería hacer el ridículo sobre todo frente a mi novia, conforme avanzaba la noche y el alcohol ella se veía más cómoda con él, por momentos ellos parecían los novios, la tomaba por la cadera, le susurraba cosas al oído y ella sonreía, hasta que por fin él se levantó y ella me dijo:

    -Amor estoy cansada ¿podrías llevarme a mi casa?

    Pff estaba aliviado en ese momento, pero justamente cuando nos levantamos y caminábamos a la salida apareció él y le dijo algo en el oído a mi novia y se fue para un cuarto.

    Mi novia con esa mirada tan tierna y esa cara tan hermosa se me acerco y dulcemente me dijo:

    -Mi amor ahorita nos vamos, espérame un poco, te quiero mucho mi amor

    Y me dio un beso muy dulce en los labios, después camino hacia el mismo cuarto donde se había metido Horse, yo la seguí pero alguien cerró la puerta, intente abrir pero tenía seguro, estaba desesperado mi corazón latía a mil, estaba celoso, fue cuando vi una ventana al lado y entonces los vi.

    Ahí estaba Horse parado frente a mi novia, la tomo por el cuello y la beso en su boca, mi novia acariciaba su cabeza y después con otra mano acariciaba su bulto, dejaron de besarse y él se bajó los pantalones, no llevaba calzón, dejo a la vista su enorme verga que vergonzosamente si era más grande que la mía, si media arriba de los 20 cm y sus huevos peludos, colgantes y grandes se recostó en la cama que había detrás, mi novia estaba agachada frente a su virilidad, lo tomo con su manita y lo miro sorprendida, alcance a escuchar lo que dijo:

    -Es muy grande, que bárbaro

    Y entonces comenzó a chuparlo, no lo podía creer, recuerdo ese día que Horse vio a mi novia por primera vez en una foto, después de tener su foto en el celular recuerdo que se sacó su verga y comenzó a masturbarse viéndola.

    -Es preciosa tu novia men, ojala un día me la presentes, te la puedo hacer muy feliz, espero que no te enojes si te la bajo… Pffff jizzed in my pants men.

    Sacudía su verga rápidamente hasta que se vino a chorros tremendos, me caía bastante mal, en ese momento pensaba que yo toleraba que mi novia le diera sexo oral a quien sea, que besara a quien sea pero si había alguien que no quería que tuviera nada con ella ese era Horse y no lo podía creer, en ese momento ella mi hermosa novia estaba chupando su enorme verga, la chupaba con ganas, con dulzura, como estuviera dando un beso en la boca, subía y bajaba su cabeza sobre su verga, lo lamia de abajo hacia arriba, de arriba hacia abajo, le daba besos, lo masturbaba todo mojado, le acariciaba los huevos, se los besaba y lamia, lo cromaba como una hembra a su macho, después solo se concentró en chupar la cabeza de la verga, subiendo y bajando su cabeza, hasta que el miro al techo y su verga exploto en una gran cantidad de semen que mojaba su tronco como si fuese un volcán en erupción, mi novia miraba sorprendida, algunas gotas cayeron sobre su cara y cuando acabo de deslecharse, mi novia lo chupo hasta dejarlo limpio, cuando acabo lo miro dulcemente y le dio unas palmaditas en su pene gozado y flácido ahora.

    -Listo me tengo que ir

    -Lo hiciste muy rico nena, tu novio debe estar muy celoso ahorita

    Ella dio media vuelta y salió para encontrarse conmigo.

    -Amor ya vine

    Me dio un beso en la boca, yo estaba celoso, bastante enojado pero por alguna extraña razón estaba excitadísimo, el hecho de saber que mi novia acababa de mamársela a ese tipo superior a mi, en cuanto a interés, en cuanto a verga y que además me cae muy mal, estaba muy celoso pero sentía esa adrenalina y estaba excitado así que recibí su beso, su boca sabia a verga y ella me besaba con mucha pasión, dejamos de besarnos y nos fuimos, en el camino estaba serio y ella no decía nada, ella estaba risueña, sonriente, como satisfecha, de repente me volteaba a ver y notaba mi enojo.

    Casi al llegar a su casa ella rompió el hielo.

    -Amor perdóname por lo de esta noche, no quería que te enojaras, no era mi intención ponerte así, yo no te fui infiel amor, no hice nada que estuviera prohibido por los dos, yo no te seria infiel enfrente de tus amigos ni con un amigo tuyo amor, amor no hice nada que estuviera prohibido por los dos, solo tenía ganas de probarlo como hombre, perdóname si estás enojado.

    Mi novia tenía razón, no hizo nada prohibido, se lo chupo como habíamos acordado, sin embargo estaba molesto, celoso, excitado y angustiado, mi novia se lo chupo a ese hombre que me cae mal, que es más interesante, tiene más pegue, tiene verga grande y es más grande de edad, lo veo como una amenaza ante nuestra relación ¿probarlo como hombre? ¿Y si le gusto? ¿Y ahora que va a hacer mi novia de ahora en adelante? ¿Y yo que voy a hacer?

    Continuará…

  • Después de la playa

    Después de la playa

    Después de la playa, con el sol aun pegando, nos volvimos a nuestro campamento que consistía en una camioneta, la carpa y una simple instalación de cocina. La verdad no hacía falta nada más, nuestro propósito solo era arrancar y estar juntos un par de días, ya ni recuerdo bajo que pretexto.

    Recuerdo nítidamente esa tarde en el desierto. No corría casi nada de viento y solo la sombra más la frescura del mar nos permitían sobrevivir. Fue entonces cuando me dijiste que querías darte una ducha, mientras yo iba a preparar algo para pasar el atardecer. Y así fui a preparar un pisco sour y algunas frutas y quesos para picotear, pero todo se interrumpió cuando te vi de rodillas en la carpa buscando tus cosas.

    Estabas con una minifalda de un tono crudo, muy claro, que permitía ver la línea del calzón de tu bikini negro. Eso sumado a tu posición, en cuatro patas, esforzándote por encontrar las cosas de baño, te hacía levantar una de tus piernas hacia atrás, dibujando perfectamente la línea que separa tus nalgas de tu muslo.

    El clima cálido me despierta un apetito voraz. Mis testículos se dejan caer con todo su peso y en un constante palpitar me hacen olvidar todo, y ahí estabas tú, en la carpa sin un alma a kilómetros de nosotros.

    Entonces dejé el limón y cuchillo sobre la tabla, todo podía esperar y nada me iba a detener. Entré a la carpa, te tomé con fuerza de las caderas y cuando empezaste a voltear tu cara, te agarré del cuello y mentón para hacerte mirar hacia adelante.

    Así seguí bajando tu minifalda, para luego empezar a besar la parte baja de tu espalda. Aun siento el sabor a mar y transpiración que emanaba tu piel con el calor de nuestro pequeño nido. Nuestras pieles estaban secas por el sol, pero rápidamente la humedad comenzó a apoderarse de nuestros cuerpos.

    Seguí saboreándote sin detenerme, me dejé caer sobre ti, tumbándote de frente, solo en bikini. Recuerdo el sabor de tus costillas, brazos, cuello, todo me estimulaba como un gran banquete mediterráneo, tanto así que sin pensarlo tomé el aceite de oliva que teníamos en un rincón y te lo rocié sobre el culo.

    Tras masajeártelo unos minutos, comencé a pasar mi lengua por este festín con sal de mar. Te arranqué el calzón y no dejé un centímetro de carne sin saborear. Entonces me miraste y dijiste en un coqueto sarcasmo, “bueno tu picoteo… comís tu no más…”

    Ante tal interpelación me vi obligado a sacarme polera y traje de baño, tomé el aceite y lo dejé caer en la punta de mi verga que estaba con una tremenda erección. Ahí te levantaste y sin decir una palabra me la estabas comiendo con un hambre que jamás te había visto. Mientras chupabas me ibas masturbando con una mano y masajeando las bolas con la otra, luego me recorrías todos mis rincones aceitados con tu lengua.

    Yo estaba de rodillas, con la espalda levantada, mientras tu agachada seguías sin soltarme un segundo, ahí seguí tirando aceite y recorriendo mis manos por tu espalda, sacándote el sostén y afirmando tus tetas que se dejaban caer. Aun veo tu piel brillante y escucho los gemidos que lograbas sacar aun con mi verga en tu boca.

    Me dejé caer a tu lado, mi hambre seguía aumentando y la simple idea de que al día siguiente nos separaríamos me impulsaba a tomar y comer todo lo que estuviera a mi alcance. Así me puse en posición de sesenta y nueve, primero oliendo e incluso escuchando tu vulva. Posé mi cara en tu entrepierna, como frotándome contra ella con la frente, la nariz y claro, mi boca. La mezcla del aceite, tus fluidos y la sal, sumado al calor que hacía, transformaron esta carpa en una verdadera olla a presión.

    Tu clítoris tiritaba ante mi lengua, que suavemente posaba sobre él y que cada par de segundos le ejercía algo de presión. Tus gemidos iban aumentando intensamente, lo que me tenía enormemente excitado. ¡Verte así de caliente era algo que había deseado y esperado por tanto tiempo!

    Luego nos pusimos de frente, los dos recostados de lado, nos miramos un poco, sonreímos otro tanto. Ninguno quería decir nada. ¡No queríamos cagarla! Te moví el pelo y lo puse tras tu oreja, bajaste la mirada como si por un segundo te llenaras de dudas, que seguro yo también tenía. Respiramos profundo, apretamos los dientes, nos volvimos a mirar y nos comenzamos a besar con un calor y sabor que solo el vértigo de lo nuestro puede provocar.

    Nos revolcamos unos minutos, ya la transpiración era mayor que el aceite y nuestros sonidos animales se dejaban salir sin resistencia mientras nuestras lenguas se recorrían en todos los ángulos imaginables. Me puse encima de ti, te volví a mirar y te empecé a penetrar lentamente.

    Me entregaste tu cuello que empecé a besar mientras seguía entrando y saliendo con el vaivén de las olas que se escuchaban desde nuestra carpa. Nos giramos, quedando tu arriba, pero siempre abrazados y manteniendo el ritmo suave que cada vez contrastaba más con nuestros gemidos y respiración.

    Cuando ya quedaba poco, empezó el descontrol final, recuerdo tu cuerpo eléctrico azotándose contra el mío mientras yo trataba de mantenerte cerca. Nos volvimos a girar, yo sobre ti, ya la velocidad se fue a las nubes, así como los gritos. Mi glande estaba en su máxima expresión y podías sentirlo recorriéndote en tu interior con fuerza.

    Me fui dentro tuyo, hasta la dejar la última gota de mi semen y aprovechando hasta el último segundo de mi erección. Era un momento feliz, que no quería que terminara, pero sabíamos que mañana debíamos volver. Nos abrazamos, tomamos pisco sour con queso y frutas y conversamos hasta dormirnos escuchando las olas.

  • Experiencia en el río (Partes 2 y 3)

    Experiencia en el río (Partes 2 y 3)

    Les di de lo que había preparado y comieron tímidamente mientras trataban de resistirse a observar mi miembro mientras yo comía al lado de ellas.

    Habíamos terminado de comer cuando la luz del atardecer comenzaba a pintar aquel sitio con tonos amarillentos y naranjas, anunciando prontamente la entrada de la noche.

    -Bueno señor, le agradecemos por la comida, con su permiso, ya tenemos que retirarnos. –dijo una mientras se levantaba recogiendo sus cosas.

    -La aldea queda a hora y media de aquí, yo les sugeriría que se quedaran… -les comentaba mientras aun desnudo me sentaba sobre una piedra y pelaba una naranja con mi cuchillo.

    Se paralizaban pensativas, sabían que yo tenía razón, pero se les hacía difícil poder considerar alguna otra opción.

    -¿Ven la mochila grande que está allí? Tengo una tienda montable, no es muy grande pero igual pueden pasar la noche allí. –les sugerí.

    -Gracias, pero de verdad no quisiéramos molestarle

    -Es cierto, creo que ya lo hemos incomodado suficiente señor –decía la otra chica apoyando a la primera.

    -Parecen demasiado tímidas para ser unas husmeadoras ¡eh! Ya déjense de tonterías, se quedarán ambas en la tienda, yo usaré el sleeping. Encárguense de montarla.

    Montaron la tienda mientras yo me ocupaba de colectar leña para la fogata. Pronto se asomaba la oscuridad y ya estaba todo preparado. Ambas chicas vestían con pantalones pescadores, blusas de tirantes que dejaban ver sus hermosas tetas mientras sus cabellos rizados y alborotados enmarcaban sus bellos rostros.

    -Bueno, con su permiso –dijeron mientras pretendían entrar a la tienda.

    -¡Alto! ¿No piensan entrar así verdad?

    -¿De qué habla señor? –pregunta la otra

    -Mírense, están completamente sucias, no van a ensuciar mi tienda, tengan. –les arrojé una barra de jabón y les señalé la poza.

    Ambas se observaron y de manera sumisa obedecieron. Así me gustan las perras, sumisas, solo necesitaban a su macho que las dominara.

    Se sumergieron hasta recostarse y comenzaron a aplicarse jabón por todo el cuerpo, lentamente acariciando sus cuerpos. Yo me deleitaba viendo aquella escena, era todo un show privado para mí solo.

    -De nada servirá que se laven si la ropa sigue sucia, ¡vamos! Afuera las prendas, a lavar antes que la noche no las deje ver nada.

    -¿Qué? Señor… Pero… usted… está…

    -¿Qué? ¿mirando? ¿les incomoda? Les parecía bien husmear hace unas horas, no creí que les molestara que las vieran. ¡Vamos! Rápido.

    -Ya le dijimos que fue un accidente, no sabíamos que usted estaba aquí. –replicaba una de ellas.

    Yo las observaba con mirada seria e imponente, cruzándome de brazos esperando que obedecieran. Al verme tan firme, no tuvieron opción más que obedecer.

    Iluminadas por los últimos rayos del atardecer se despojaron de sus blusas, dos pares enormes de tetas quedaron revotando frente a mis ojos. Las tenían casi del mismo tamaño, una de ellas tenía los pezones prominentes, de color marrón claro, sus tetas firmes caían suavemente por la gravedad y se sacudían ante el más mínimo movimiento. La otra chica, de tez más clara, tenía los pezones un poco más achatados de color rosáceos, pero igual de excitantes, sus pechos caían un poco más pero guardaban su excitante forma.

    Luego procedieron a quitarse los pantalones, vaya culos que se guardaban en esas telas. Sus glúteos eran perfección, con una cintura que les daba esa forma clásica de una pera, ensanchándose por debajo en dos bien formados glúteos respingones que temblaban por encima de unos fornidos muslos. Ambas eran lampiñas y a pesar de no estar depiladas, su vello púbico no era tan poblado, dejando ver fácilmente la comisura de sus labios mayores en su vulva.

    Dos aldeanas perfectamente hermosas bañándose frente a mí. No hace falta que te diga la enorme erección que tenía en ese momento. Ellas se enjabonaban hábilmente mientras incomodas volteaban ocasionalmente para observar mi verga.

    Comencé a masturbarme mientras las observaba y para mi deleite les ordené que se frotaran entre ellas.

    Ellas obedecieron, se frotaban sus tetas con abundante espuma, luego se giraban una por una frotándose la espalda, bajaban hasta sus culos, metían sus manos entre sus nalgas lavando la rajita de la otra, se abrazaban por detrás mientras alcanzaban la panocha de su compañera por enfrente, frotándose excitantemente.

    Parecía que comenzaban a experimentar una sensación nueva para ellas, parecían dos inocentes descubriendo la lujuria que llevaban dentro y hasta cierto punto parecían disfrutarlo, sus ojos se cerraban ocasionalmente como muestra de placer al sentir sobre ellas las manos de su compañera.

    Estuve disfrutando de aquello por un momento, hasta que decidí unirme a ellas.

    -A ver, ya fue suficiente, a lavar la ropa –les di sus prendas y las acerqué a las piedras grandes a la orilla de la poza.

    Con sus cuerpos todavía llenos de espuma, entendidamente, comenzaron a tallar sus prendas sobre las rocas, yo desde atrás observaba ese par de culos temblar como firmes gelatinas al nivel del agua. Con cada sacudida que daban sus tetas se columpiaban, brincaban balanceándose suavemente en sus cuerpos mientras yo crecía y me endurecía cada vez más…

    Me acerqué a la chica de los pezones marrones por detrás, frotando suavemente su espalda bajé hasta sus nalgas abriéndolas con fuerza, dejando asomar mi glande por en medio.

    Un gemido asustadizo se escapó de sus sensuales labios mientras el trozo de carne caliente frotándose en su culo la paralizó por completa. Su compañera continuaba tallando mientras observaba de reojo lo que pronto le acontecería también.

    Yo movía mis caderas con el movimiento oscilante de meter y sacar, lentamente, sintiendo mí verga abrirse paso entre sus carnosas nalgas calientes. Su respiración se agitaba mientras yo continuaba masturbándome con su culo sin penetrarla.

    -¡Anda! Sigue lavando –ella continuaba restregando su prenda mientras el inevitable movimiento de su cuerpo comenzó a masturbarme sin necesidad de moverme. Me quedé ahí disfrutando de aquello.

    Asomaba mis manos hasta alcanzar sus tetas y las masajeaba apretando sus pezones. Sus gemidos se hacían cada vez más intensos y la tarea de lavar sus prendas se hacía cada vez más difícil.

    Para no hacerte más largo el cuento, resumiré en decir que hice lo mismo con la otra chica. Hice lo mismo con ambas hasta arrojar una tremenda corrida entre sus nalgas, las cuales chapoteaban con cada paso que daban luego de que terminara sobre ellas.

    No llegué a consumar el acto, no quería penetrar a dos inocentes criaturas inexpertas, solo quería divertirme un poco con ellas. Así que decidí dejarlas.

    Procedieron a lavarse, le abría las nalgas una a la otra asegurándose de limpiarle bien la cantidad de semen que yo les había dejado.

    Una vez que estuvieron limpias, se secaron, saqué una frazada y se las di para que se cubrieran, ambas entraron a la tienda, desnudas, cubriéndose solamente con la misma frazada mientras yo atizaba el fuego.

    La oscuridad no tardó en cubrir la zona y pronto nos vimos iluminados solamente con la luz de la fogata. Preparé los bocadillos para la cena mientras mis dos putas esperaban en la tienda. Había llevado algo de comida, así que preparé unos sándwiches con jamón ahumado.

    Una morbosa idea se cruzó por mi mente en ese momento y riéndome en mis adentros, decidí hacerlo.

    En sus bocadillos coloqué un poco de “aderezo especial”, uno muy natural, recién ordeñado de mi verga. Una abundante porción salió para cada una de ellas. Acabé el sándwich con una rodaja de pan por encima y les di de comer.

    Devoraron el platillo hambrientas, yo las observaba comer mientras reía por dentro, pude notar que en cierto momento notaron un sabor extraño en la comida, se miraban entre ellas como preguntándose que era aquello, pero continuaron deglutiendo sin poder identificarlo. Cada una se lamía los labios limpiándose los restos de aderezo y semen que se embarraba en sus bocas. Eso me excitaba aún más. Cuando terminaron agradecieron por la comida y se encerraron en la tienda para descansar.

    Yo me quedé empacando todo unos minutos y luego acomodé el sleeping-bag a unos 3 metros de la tienda. Me recosté agotado y en un par de minutos quedé profundamente dormido.

    Aproximadamente en horas de la madrugada, cuando la oscuridad de la noche se hace más densa, desperté instintivamente para atizar el fuego y asegurar que no estuviésemos siendo acechados por algún animal del lugar.

    Todo parecía estar en orden, excepto algo que llamó mi atención. Escuchaba unos pequeños, suaves y rítmicos chapoteos, ocasionalmente acompañados con un gemido sordo que se confunde fácilmente con una respiración agitada. El sonido provenía de adentro de la tienda. Cuanto más me acercaba, podía escuchar más claramente aquello.

    Abrí sin advertencia la cremallera de la tienda y no podía dar crédito a lo que observaba…

    Parte 3

    Una de ellas devoraba la boca de la otra en un beso apasionado, ella se encontraba recostada boca arriba con las piernas bien abiertas mientras la mano de su compañera jugueteaba con su vulva masajeando su clítoris húmedo.

    Al percatarse de mi presencia se espantaron inhibiéndose por completo. Enmudecidas ante tal pillada se miraban entre ellas sin saber qué hacer.

    -¡Vaya! Pero miren nada más, quien iba a creerlo –expresaba en voz alta mientras entraba a la tienda desabrochándome los pantalones.

    Coloqué una pequeña lámpara de bolsillo en la punta de la tienda, la cual iluminaba con una luz tenue todo el interior.

    Me quité la ropa interior dejando frente a ellas mi pene morcillón esperando a sus hembras.

    La chica de los pezones marrones parecía ser la más atrevida, ella hizo el primer acercamiento, de rodillas ante mi verga, de manera tímida se atrevió a tocarla, la miraba detenidamente a detalle, la acariciaba suavemente como si se tratase de algo frágil, sus manos tibias temblaban nerviosas ante semejante trozo de carne que empezaba a inflamarse entre sus palmas.

    Finalmente fue tomando confianza, la sujetaba firmemente del tronco y apretándola jalaba hacia la cabeza, como ordeñando mi verga. Su otra mano se posaba sobre mis huevos acariciándolos dulcemente. En instantes me puse duro como una piedra, ordeñó gran cantidad de sangre hacia mi verga haciendo que se hinchara resaltando las venas y dejando mi glande enrojecido y brilloso.

    La otra chica se limitaba a observar mientras acariciaba sus pechos con sus manos y ocasionalmente se acariciaba la vulva. Aquel sitio olía a sexo y lujuria.

    Enrede mis dedos en el cabello de la que me masturbaba, y abriéndole la boca le introduje la verga hasta donde pude. Unas arcadas hicieron contraer su garganta la cual apretó excitantemente mi glande, grandes cantidades de saliva viscosa comenzó a bañar mi tronco derramándose por mis huevos hasta mis piernas.

    La puse a mamar mi verga como una puta, su pequeña mano masturbaba mi tronco mientras mantenía mi cabezota en su boca, jugueteándola con su lengua, saboreándola como un caramelo.

    Pronto le indiqué a la otra chica que se uniera a nosotros. Tímidamente se acercó y compartió con su compañera. Ésta la instruía en el ejercicio mostrándole y guiándola en cada movimiento. La otra obedecía untando mi verga también con su saliva.

    Hice recostar a la chica más atrevida, se dejó guiar por donde mis deseos la llevaran. Chupe sus tetas, que delicia, eran maravillosas, firmes, grandes, cálidas y con sus pezones bien erectos de excitación, me amamanté de ella como una cría. Sus gemidos resonaban cada vez con menos timidez.

    Restregaba mi glande en los labios de su vulva, con movimientos circulares, metiendo apenas la punta y volviendo a acariciar, ella se estremecía con vehemencia. Su piel se erizaba y sus piernas temblaban espasmódicamente.

    Para mi sorpresa, fue ella misma quien tomó de la mano a la otra chica, le indicó que se acercara a su cabeza. La tomó de sus piernas abriéndolas sobre su cabeza dejando la vagina de su compañera en su cara. La otra obedecía sumisa. Lentamente la hizo descender y comenzó a comerle la vulva con deleitoso placer.

    Estaba que no podía creerlo. Le abrí las piernas y la penetré con mi verga de un solo empujón. Aunque no era virgen, su vagina era muy estrecha, pude sentir como mi verga la estiró con esfuerzo aunque al estar tan mojada, pronto logró alcanzar el tamaño adecuado.

    Ella soltó un gemido estremecedor interrumpiendo la mamada de coño que le daba a su compañera. La seguí penetrando salvajemente hasta que un intenso orgasmo apretó mi tronco dentro de ella, sus espasmos vaginales eran acompañados por el abundante flujo que escurría entre sus nalgas. Eso me hizo estallar en un orgasmo, llenándola por completa de mi semen.

    La continué penetrando hasta que mi verga iba relajándose dentro de ella hasta no poder culminar una penetración más.

    Me tendí sobre la frazada esperado recuperar un poco el aliento. Ella guio a su compañera hasta su vulva y la puso a lamer de sus fluidos vaginales y los chorros de semen que escurrían de su vagina. La otra obedecía sumisa, devoraba placenteramente todo lo que salía del coño caliente de su compañera.

    Yo aproveché para chuparle el coño a la chica sumisa, gemía y sus piernas temblaban, le excitaba estar siendo chupeteada mientras comía semen de otro coño. Se iba poniendo cada vez más caliente. Y así estuvimos ambos por un largo rato. Chupando coño, bebiendo flujos vaginales.

    Luego de un rato pude recuperarme, mi verga comenzó a empalmarse nuevamente y quería coger a la chica sumisa. No pude evitar notar algo curioso. La chica sumisa masturbaba a su compañera introduciéndole los dedos y masajeándola por dentro. Pero a ella, su compañera no le introducía nada, solo se limitaba a acariciar su clítoris y vulva.

    Comencé a sospechar que la chica sumisa era virgen, pero no quise preguntar. Poco a poco fuimos jugando con las posiciones y los roles, hasta que la tomé a ella.

    La abracé por la cintura metiendo mi verga entre su carnoso culo como lo había hecho antes. Sus flujos vaginales tenían toda su raja bien lubricada así que entraba con facilidad. Le masturbé el coñito con las manos mientras me atrevía a meter un dedo en su vagina, cuando de pronto me detuvo, temerosa alejó mi mano de su coño.

    Cada vez confirmaba más mis suposiciones. Decidí ser gentil para tranquilizarla, la volteé para besarla dulcemente, mis manos acariciaron su rostro bajando por su cuello, apretando sus pechos, sus rosados pezones comenzaban a endurecerse, su piel se erizaba, su respiración se aceleraba acabando en pequeños gemidos silenciosos. Mis manos acariciaron su cintura terminando en sus nalgas, que grandes, firmes y carnosas montañas de placer, las amasé con lujuria mientras mi verga erecta se clavaba en su vientre presionándola contra mí.

    Todo su cuerpo temblaba nerviosa, la recosté caballerosamente, continué devorándome su cuerpo entre besos, lamidas y chupetones. La compañera atrevida se asomaba a su lado, sosteniendo su mano para acompañarla y tranquilizarla en ese momento. Ocasionalmente llevaba esa mano hasta su coño o sus pechos para darse placer.

    Por fin había llegado su momento, posé mi glande entre los labios mayores de su vulva, su coño parecía estar ardiendo, sentía sus flujos escurrir por mi glande, comencé a penetrarla suavemente, despacio, su apretado coño comenzó a expandirse con dificultad dejando pasar mi verga gorda.

    Un gemido doloroso escapaba de sus rosados labios, su mano apretaba la de su compañera y su cuerpo se estremecía de dolor.

    Me comía su boca a besos mientras introducía cada vez más mi verga, pude sentir como avanzaba hasta que algo se rompió dentro de ella, gimió de dolor. Yo introduje de golpe el resto de mi verga, sentí mi glande golpear suavemente su útero en el fondo de su vagina.

    Sus gemidos de dolor comenzaron a convertirse en gemidos intensos de placer. Saqué mi verga y continué penetrándola pero sin meterla por completo. Mi glande acariciaba su orificio, entrando y saliendo. Haciéndole temblar las piernas y derramando sus flujos en la frazada.

    Así estuvimos un rato hasta que se convulsionó en un intenso orgasmo, sus uñas se clavaron en mi espalda, rasguñándome con fuerza mientras sus caderas se movían instintivamente clavándose mi verga cada vez más profundo. Estuve a punto de estallar dentro de ella, pero logré contenerme.

    La volteé y la puse en 4, para mi deleite pude observar ese hermoso y carnoso culo ante mí, abriéndose, podía ver su ano apretadito y hermoso, su vagina más abajo se dilataba levemente escurriendo cada vez más flujos, aquello era algo hermoso.

    Acaricié su cintura hasta sus nalgas, las bofeteé fuertemente hasta dejarlas enrojecidas. Solté un escupitajo en mi glande y me propuse a penetrarla en 4.

    -Ah! Auch! Con cuidado señor, por favor, así duele. –decía, como toda principiante encorvaba su espalda dificultando el movimiento.

    Para fortuna mía, su compañera más experimentada le indicó como colocarse. Con su mano acarició la vagina de la chica sumisa, mojándole el ano con sus propios flujos, subiendo sobre su espina dorsal e indicándole cómo debía arquear la espalda. La hizo bajar las manos y los hombros hasta llegar a tocar el suelo con sus deliciosas tetas. Cuando la tuvo en esa posición, con la cabeza tan cercana al suelo, la muy puta se colocó de piernas abiertas con su coño en la boca de mi hembra sumisa.

    Esta otra entendió perfectamente la intención y comenzó a comerse ese coño delicioso. Al mismo tiempo dejando a mi merced su culo respingón, ahora sí, bien elevado y posicionado para penetrarla.

    Lengüeteé su coñito un poco y luego le ensarté mi verga hasta los huevos, un intenso grito que acabó en un placentero gemido emergió de su boca.

    La penetraba con fuerza mientras la jalaba de su cintura hacia mí, haciéndola chocar aún más fuerte. Nuestras pelvis chapoteaban con cada choque, la penetraba hasta el fondo y luego la retiraba hasta casi sacarla por completa para luego volver a penetrarla fuertemente. “clop, clop” se escuchaba ocasionalmente tras llenar el vacío que dejaba mi verga en su vagina.

    Mi glande hinchado masajeaba su punto G, dentro de ella estimulándola cada vez más. La penetré sin parar una y otra vez. Ocasionalmente me atrevía a lamer uno de mis dedos e introducírselo en el culo, al hacerlo ella gemía más.

    Su compañera quien recibía un excitante oral, se apretaba las tetas mientras me observaba follar el culo de la otra. Follamos hasta que los primeros rayos de luz comenzaron a aparecer en el cielo. Logramos llegar a un intenso orgasmo que hizo estremecernos a los tres y caímos abatidos por tanto esfuerzo.

    El coño de la virgen quedó enrojecido y dilatado, escurriendo restos de mi semen. Yo quedé tendido en la frazada abrazando a ambas aldeanas, acariciando sus culos mientras sus cabezas se posaban en mis brazos.

    Quedamos inconscientes por horas.

    Cuando despertamos era casi el medio día. Nos levantamos y nos dirigimos a la poza para darnos un baño. Aunque no bebimos nada, sentíamos como un tipo de resaca, resaca de lujuria tal vez.

    Las chicas aunque ya menos tímidas, continuaban pareciendo un poco apenadas o avergonzadas por lo ocurrido esa noche.

    Luego del baño nos sentamos a comer de las frutas que habían recolectado el día anterior. Y luego de un rato ameno, dispusieron a tomar camino de vuelta a su aldea.

    Nos despedimos con un beso apasionado, con un último apretón en esos culos preciosos y tras unas nalgadas las vi alejarse entre el sendero de la flora.

    Empaqué de nuevo mis cosas. Perdido entre la frazada encontré un collar que debió ser de alguna de las chicas, parecía algo artesanal, con una inscripción en él. No supe qué significaba, pero sigo investigando al respecto.

    Jamás pensé que un pequeño paseo terminaría en una interesante aventura como ésta.

    Gracias por tu atención.

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    Chao.

  • Como en la cenicienta…

    Como en la cenicienta…

    Muchas de las aventuras sexuales que hemos experimentado en compañía de mi esposa, han sido inesperadas, sorpresivas, improvisadas y espontáneas. La oportunidad se ha presentado y hemos tomado la decisión de disfrutar el momento. Sin más ni más. Las circunstancias, casi siempre se han dado en ambientes especiales, de fiesta, elegantes y glamorosos. Y tal vez ese sea el ingrediente que genere el atractivo y despierte el deseo de ir más allá después de haber establecido un vínculo con alguien.

    Fuimos invitados a la celebración del matrimonio de un compañero de trabajo. Se trataba de un evento especial, que se iba a realizar por todo lo alto en las instalaciones de un lujoso hotel situado a casi tres horas de viaje de nuestra residencia. La convocatoria indicaba que había que observar vestido de etiqueta para el evento principal y que debíamos confirmar nuestra asistencia con anticipación, porque estaba dispuesto el hospedaje de los invitados. Así que, previendo lo necesario, emprendimos el viaje hacia el lugar, un día sábado, temprano en la mañana.

    Al llegar al sitio nos encontramos con un estricto protocolo de identificación, recepción y acomodación de los asistentes. Por alguna razón, tal vez porque éramos una pareja casada, se nos alojó en una cabaña, un tanto alejada del edificio principal, pero bastante cómoda y con una vista hermosa a un lago y un pueblo cercano. Estaba compuesta por una gran habitación, dotada con su baño, una cama doble bastante grande, una sala de estar con chimenea, un baño auxiliar y una pequeña cocina. La chimenea, muy moderna, no funcionaba con leña sino con gas, de modo que era fácil ponerla en operación.

    Recién instalados, y dado que el evento se celebraba en la noche, nos dimos un recorrido por las instalaciones, ubicamos el salón donde se llevaría a cabo el festejo posterior a la celebración de la boda, la cual se realizaría en una capilla campestre, muy bonita, situada dentro de las mismas instalaciones. La decoración del lugar estaba muy elegante y realmente atractiva. Seguramente los padres de la novia habían hecho una inversión importante para celebrar el matrimonio de su hija con tanta pompa y gala. Y, la verdad, nos sentíamos muy a gusto en ese lugar.

    Volvimos a la cabaña y decidimos disfrutar del paisaje mientras se llegaba la hora de los eventos, así que nos sentamos en el balcón y, mientras tanto, dimos cuenta de una pequeña botella de vino que encontramos, junto con otras bebidas en la nevera. En esa actividad pudimos ver la llegada de otra gente que, como nosotros, acudía al evento. Había personas de todo tipo, colores y sabores, como dicen, autos de diferentes gamas, personas glamorosas y de elegante vestimenta, suponiendo una gran asistencia, así que el evento prometía ser de grata recordación.

    Pasado el tiempo y ya cerca de la hora, 8 pm, empezamos con el ritual de alistamiento. Cada uno de nosotros, ella y yo, dispusimos de nuestras mejores galas. Ella utilizó un vestido largo, de color negro y blanco, con un escote generoso y una abertura en la pierna, que dejaba ver el contorno de sus piernas al caminar. Por alguna razón, y no pregunté el por qué, usó un body transparente negro, con ligas para enlazar las medias, también negras, y un diminuto panty, complementado, lógicamente, con zapatos de tacón alto, que la hacían ver muy elegante. Ese proceso de arreglo resultó para mí bastante excitante, porque parecía coquetear frente al espejo, y ver cómo iba adornando su cuerpo despertó en mí deseo de abrazarla y poseerla. Además, que, muy bien perfumada, resultaba atractiva y deseable para cualquier hombre.

    Yo me vestí con un esmoquin y corbatín negro. El hombre es más sencillo en su vestir y arreglo, de modo que mi ritual no demoró tanto y bien pronto estuvimos dispuestos para asistir a la ceremonia de bodas y el festejo posterior. Ambos lucíamos elegantes y hacíamos juego como pareja. Ella se veía bastante bien para mí y, con su cabello negro suelto y bien peinado, no dudaba para nada que otros, hombres y mujeres, pusieran sus ojos en ella.

    Pasada la ceremonia religiosa, nos dirigimos todos al salón. Allí, las mesas habían sido dispuestas con los nombres de los asistentes, así que tardamos un tiempo en encontrar el puesto que nos correspondía. Se trataba de una mesa para cuatro personas, bastante alejada de la pista de baile y la tarima principal, pero, no le dimos importancia al asunto. Estuvimos solos en aquel aquella mesa por largo rato, porque nuestros acompañantes al parecer no llegaron, o asistieron a la ceremonia religiosa y no al festejo. En fin. Y lo mismo sucedía en una de las mesas que había al lado, donde un caballero, muy elegante, vestido con un esmoquin de chaqueta blanca y pantalón negro, bastante apuesto, permanecía solo.

    Yo, como siempre, sintiendo pena ajena, me atreví a preguntarle, ¿espera a alguien? No, contestó él, por qué lo pregunta, me dijo. Bueno, es que estamos solos en esta mesa porque al parecer los invitados no van a llegar y, viéndolo a usted sólo, pensé que pudiéramos hacernos compañía. No lo había pensado, reflexionó él. ¿Por qué no? ¿Y el puesto para las personas que aún no han llegado? Inquirió. Pues, hagamos una cosa, repuse, coloquemos estos nombres en su mesa y, si aquellos llegan, que se ubiquen allí y se hagan compañía. O, si hay lío, ahí vemos. Lo consideramos y vamos resolviendo. De acuerdo, dijo él.

    Rafael Loaiza se llamaba nuestro nuevo compañero de mesa. Tanto él supo nuestros nombres, como nosotros el suyo, por los letreros que habían ubicado en la mesa. El tipo resultó ser una persona jovial, alegre, de trato agradable y bastante irónica en sus comentarios, por lo cual la pasamos riendo casi toda la noche. En una de sus intervenciones afirmó, pues si a mí, que soy uno de los amigos favoritos del novio, me ubicaron por acá, en estas lejanías, imagínese a los que no son tan allegados. Como nosotros, repliqué yo. Así que fue fácil que ambos, mi esposa y yo, congeniáramos con él. Y, pasados unos cuantos minutos, parecía que los tres nos conociéramos de toda la vida.

    Vinieron las consabidas sesiones de fotos. Los novios posaron con todos en cada una de las mesas, y en algún momento llegaron a posar con nosotros, ocasión que aprovechamos para conversar un poco. Ellos estaban en su ajetreo social, de modo que fue más bien poco el tiempo para interactuar. Así que, idos ellos, no quedaba más que disfrutar del evento y las entretenciones que se habían dispuesto para los invitados. En otras palabras, teníamos la disposición de pasarla bien el resto de la noche.

    Una vez la orquesta empezó a tocar, el ambiente del salón se prendió y todo el mundo salió a bailar. Al principio, Rafael desapareció, por lo cual mi esposa y yo estuvimos bailando varias tandas de música, dispuestos a disfrutar el ambiente fiestero que había iniciado. El tipo, un hombre de contextura media, y con un poco menos de estatura que yo, tenía buena presencia, una barba cortica, bien cuidada, más bien escaso de cabello en su cabeza, pero de apariencia bastante viril. Y como comprobamos después, le caía bien a todo el mundo. Era un buen conversador y tenía un tono de voz grave, como de locutor de radio. Mientras estuvo ausente había estado dándose su vuelta de popularidad entre la multitud de asistentes, saludando a los conocidos, amigos y amigas que había por ahí, pero, sorprendentemente, pasado el tiempo, volvió a hacernos compañía.

    Al llegar a nuestra mesa y contarnos sus andanzas, yo decidí seguir su ejemplo, así que le dije a él que me iba de excursión y, a modo de broma, que se encargara de que mi mujer la pasara bien en mi ausencia. No se preocupe. Aquí estamos para las que sea, me respondió. Así que me aventuré por todo el salón, saludando aquí y allá, conversando con uno y con el otro mientras la música no paraba de sonar. Y, como después comprobaría, Rafael no perdía oportunidad y aprovechaba el tiempo bailando animadamente con mi mujer, quien, encantada y distraída, disfrutaba de su presencia. Así que todo parecía fluir sin contratiempos.

    Siendo el tal Rafael un tipo tan popular, y viendo que en otras mesas también hubo espacios vacíos, y que en muchas de ellas había personas muy familiares, me pregunté el por qué había vuelto a nuestra mesa, siendo que nosotros recién lo conocíamos. En ese instante, aquello me causó curiosidad, pero no le di importancia. Al rato volví a nuestra mesa. Mi esposa y él bailaban, así que pasó un tiempo largo antes que volvieran. Cuando lo hicieron, nos sentamos y reanudamos la conversación, como si nada, y ya los camareros estaban empezando a servir la comida, así que se dio una pausa en el jolgorio. La música se tornó más suave y todos, en sus mesas, estuvieron concentrados en degustar la comida que se servía, por lo demás exquisita.

    Recogido el plato del postre, la música bailable empezó a sonar de nuevo. Rafael, debo decirlo así, me dio permiso para bailar con mi mujer, pues para lo que iba corrido de la velada, parecía ser él su esposo y no yo. Estuvimos entretenidos y, entre baile y baile, aprovechamos también para saludarnos y conversar con personas conocidas de ambos. Incluso algunos de ellos nos invitaron a mudarnos de mesa para hacerles compañía, y prometimos que lo íbamos a considerar puesto que ya estábamos en compañía de otras personas. Y después de varios minutos de ausencia, regresamos a la mesa, que hallamos vacía.

    Nos sentamos a descansar un poco, y al rato apareció Rafael. Estuvimos charlando un rato, animados, hasta que él, viendo que yo nada de baile, invitó a mi esposa a salir a la pista de baile. Ella, por supuesto, aceptó. Así que quedé solo por unos momentos y, para no aburrirme, decidí irme de correría por el salón, charlando de nuevo con uno y otro conocido. Me invitaron a sentarme en una de las mesas y encontraron motivos para brindar, de manera que el tiempo se fue pasando, casi sin darme cuenta, por lo que emprendí regreso hacia la mesa, suponiendo que mi mujer estaría esperándome con cara de pocos amigos. Pero, para sorpresa mía, no estaban en la mesa. Supuse entonces que estarían bailando y me senté a esperarles.

    Tardaron casi una hora en regresar, y, cuando lo hicieron, mi esposa, después de acicalarse un poco el despeluque en que andaba y retocarse el maquillaje, me preguntó, ¿nos vamos? Pues sí, si tú quieres. ¿Ya te aburriste? Esta como tarde, respondió. Y ya estoy sintiendo el cansancio. Pues sí, repliqué. Estamos levantados desde temprano y yo también siento que se me está acabando la energía. Bueno, pues vamos. ¿Qué se hizo aquel? Pregunté. Porque no vi a Rafael por ahí. Habrá ido al baño, respondió ella, o quizá se fue a darse una vuelta de popularidad. Pero estate tranquilo, yo ya le dije que nosotros arrancábamos. Bueno, pues siendo así, ¡vámonos pues! Y emprendimos el regreso a nuestra cabaña, llevándome media botella de ron blanco que aún estaba por consumir.

    Entramos a la sala, que encontramos cálida y agradable, y nos sentamos un rato frente a la chimenea. No había pasado mucho tiempo cuando ella se dirigió al baño y, al poco rato, cuando salió, me dijo, ¿sabes qué? Parece que dejé mi maquillaje en la mesa. ¿Segura? Inquirí. Sí. No lo encuentro, dijo. Bueno. Fácil. Pues volvamos allá. Pues no, respondió, no es para tanto. Es solo que el maquillaje no está conmigo. Mañana echamos una mirada y lo buscamos, dije. Y si no aparece, pues lo reemplazamos, Nada de nervios por eso. Y nos quedamos allí, sentados en la sala, charlando acerca de los sucesos de la noche.

    Bueno, pregunté, y ¿cómo te fue con el Rafael? Es un picaflor, respondió ella. ¿Cómo así? ¿Por qué lo dices? Pues, porque estuvo coqueteándome toda la noche e incluso sacó excusa para que estuviéramos a solas, y me pidió que lo acompañara a su habitación con el pretexto de que quería cambiarse porque estaba bastante sudado. Yo le dije que no se preocupara y que lo esperábamos, pero insistió. Al final, acepté acompañarlo. Estuve en su habitación y lo esperé mientras se bañaba y se cambiaba de ropa. El tipo, a mi parecer, quería exhibirse, porque no mostró pudor en semi desnudarse frente a mi y vestirse una vez salió del baño. ¿Y? pregunté. Nada. Eso fue lo que pasó.

    Ah… Ahora entiendo, dije burlonamente. Llegaste despelucada porque te habías pegado una revolcadita con él ¿no es cierto? No, dijo tajantemente. Aquello no pasó de un beso. ¿Y acaso no hubo abracitos, caricias y demás? Ya tú sabes; lo normal. Y ¿no me digas que no te excitó verlo desnudo y quizá hayas pensado que podría pasar algo más? Ciertamente sí. El tipo no está mal, se ve muy varonil, pero me pareció hasta inmaduro que exhibirse fuera su manera de insinuarse. Y después estuvo tratando de seducirme y ciertamente mostró sus intenciones de estar conmigo, como más de un hombre lo ha hecho, pero le manifesté que ese no era el momento.

    ¿Y acaso no preguntó algo más? Sí. Preguntó si a ti no te molestaba que él me estuviera coqueteando. Le dije que no. Que tú respetabas mis decisiones y yo las tuyas, siempre y cuando estuviéramos de acuerdo. Supongo, me imagino, que te dijo que tenía ganas de estar contigo. Sí, me dijo. Y también me imagino que te preguntó si a ti te gustaría estar con él. Sí, dijo sonriendo. Y qué le respondiste. Que sí.

    Y, preciso, en ese momento, tocan a la puerta. Ambos nos miramos sorprendidos. Al abrir la puerta, resulta ser Rafael el visitante. Hola, ¿qué pasó? No, nada grave, dijo. Al parecer Laura dejó esto en la mesa y yo lo recogí. Pensé en hacérselo llegar mañana, pero decidí pegarme el viaje hasta aquí y entregárselo hoy mismo. No pensé que estuvieran despiertos aún. Bueno, dije, pues estuvo de buenas. Estábamos descansando un rato del ajetreo y conversando un poco antes de irnos a dormir. ¡Pase! Ella, está aquí mismo. Y usted, el príncipe azul, como a la cenicienta, hágale partícipe de sus favores. No entiendo, dijo él. Pues que le entregue lo que vino a traer. Ah, ya, contestó, dubitativo, y fue siguiendo…

    Hola, Laura, dijo saludándola y acercándosele para darle un beso en la mejilla, que terminó siendo un beso en la boca. Ella no lo rechazó. Y ambos se abrazaron, explorando sus cuerpos con sus manos inquietas, como dos novios excitados y ansiosos en su primera vez. Era evidente que ambos tenían unas ganas inmensas de disfrutarse mutuamente. A él le importó un comino que yo estuviera presenciando el acto, pues, al no ser rechazado por mi esposa, estaba claro que no había obstáculo para dar rienda suelta a sus instintos. Así que allí mismo, frente a la chimenea, Rafael no tuvo inconveniente en levantar el vestido de mi dama para tener acceso y calmar su impulso de acariciarle sus nalgas mientras continuaban besándose apasionadamente.

    Fue ella, Laura, quien, tomándolo de la mano, lo llevó hacia la habitación. Y ella, quien, sin más preámbulos, se despojó del vestido largo, de su body y sus pantis, quedando desnuda frente a él. Y el macho, a su vez, excitado ante la desenvoltura y desinhibición de esta hembra, no dudó en hacer lo mismo, despojando su ropa con una rapidez inusual. Al hacerlo dejó al descubierto un cuerpo bastante velludo. Ciertamente un tipo de hombre diferente a los que ella había tenido acceso anteriormente. Y quizá, tal vez, ese era el plato prohibido y ansiosamente apetecido. Su miembro viril se agitaba, erecto y curvado hacia arriba. Su glande, en forma de hongo, se veía reluciente por el líquido que de él emanaba. ¡Estaba excitado!

    La cosa empezó al revés de lo que acostumbro ver con los hombres que se antojan de mi mujer. En esta ocasión, Rafael, ya desnudo, se acercó a mi esposa para disfrutar de su cuerpo. Sus manos recorrieron todo el contorno de su cuerpo, y concentró su atención en masajear sus senos. Y ella, en contraprestación, enfocó toda su atención en palpar y masajear su pene, sus testículos y, sorprendentemente para mí, su otra mano acariciaba con inusitado interés su torso velludo. Su mano parecía perderse entre la espesura de ese tupido y negro vello.

    Sus miradas permanecían fijas el uno en el otro mientras sus manos inquietas deambulaban por aquí y por allá, explorando cada rincón de sus cuerpos. Laura masajeaba y masajeaba el pene de su macho, y Rafael se concentraba en apretar las nalgas de mi caliente esposa, atrayéndola hacia sí, procurando que ella sintiera la dureza de su miembro, que se mostraba urgido de encontrar alojamiento dentro de su cuerpo. Hábilmente dirigió sus manos a la entrepierna de mi dama, explorando su vagina para determinar si ella estaba tan dispuesta como él ya lo estaba. Y, ciertamente, las caricias de sus dedos en los alrededores de su clítoris la hicieron contornearse y agitar sus piernas, signo inequívoco que estaba lista. Y ya pudiera ser…

    Así que, entendiendo que ya todo estaba dado, nuestro simpático acompañante fue desplazando a mi esposa hacia la cama. Y ella, ansiosa, como estaba, rápidamente se acomodó en la cama, acostada boca arriba, y abrió con entusiasmo sus piernas para recibir al macho. Y él, con las ganas que tenía de taladrar a mi mujer, se dispuso a penetrarla. ¡Socio! exclamé, agitando en mi mano un condón. Mi esposa, al verme, dijo, ¡hay amor! Se me olvidaba. Perdón. Me acerqué a Rafael, quien tomé el condón y con rapidez increíble se colocó el plástico. Y ahora sí, listo y dispuesto, se abalanzó sobre mi esposa.

    Me excito muchísimo ver cómo este hombre se colocó encima de mi mujer y miró como su miembro la penetraba, asegurándose de acertar el agujero. También me impresionó de sobremanera la conducta de este señor, porque prácticamente no la penetró, sino que la asaltó con tal ímpetu, que parecía un león cazando a su presa. Y ella, sumisa, se sometió con evidente placer a su embestida. Yo esperé algún gesto de molestia ante tal agresividad, pero, por el contrario, aquella forma de acceder a ella pareció gustarle y excitarle aún más, porque empezó a empujar su cadera contra el cuerpo del macho en respuesta a sus embestidas. Sus manos recorrían su espalda y nalgas, también cubiertas de vello, atrayéndole con inusitado entusiasmo y excitación. Su rostro enrojeció y mas temprano que tarde empezó a gemir y a resoplar con cada embate de su macho.

    Rafael, unas veces apoyaba sus brazos en la cama, erguía su cuerpo y miraba como su pene entraba y salía del sexo de mi mujer. Por alguna razón, particularmente a mí, ese gesto me pone a mil. Y otras veces, él la abrazaba pareciendo fundir su cuerpo con el de ella. Se les veía muy compenetrados en el acto y muy cómodos el uno con el otro. Mi esposa, por su gestualidad, estaba disfrutando de lo lindo ese encuentro. Estaba en lo que estaba, ciertamente, y por la intensidad de sus gemidos parecía próxima a experimentar el mayor de sus orgasmos, porque de seguro ya había sentido varios.

    Así que, de repente, Rafael levantó las piernas de Laura, doblándolas sobre su pecho, procurando así penetraciones más profundas y embestidas más vigorosas. Hasta que, impostergable por más tiempo, ella explotó. Ayyy… ¡Qué rico! ¡Qué rico! ¡Que rico! No pares… no pares… no pares… Aaayyy… ¡Uff! ¡Uff! ¡Uff! Y acompañó esas expresiones con una contorsión descontrolada de su cuerpo, aferrándose al cuerpo del macho, queriendo retenerlo dentro de ella. Las cosas se calmaron un rato y, al sacar su pene de la vagina de la hembra, mi esposa, pudo verse la cantidad de semen contenida en su condón. La verdad que tenía su reserva bien guardada.

    El siguió allí, sobre ella, besándola y haciéndole caricias. Su pene, ya flácido, había entrado en modo recuperación. Pero ella, aún con su sexo ardiente y agitado, quería que él continuase cerca y continuaba recorriendo con sus manos todo su velludo cuerpo. ¡joven! ¿Le apetece un trago? Pregunté. Preferiría un refresco, contestó. La verdad es que tengo mucha sed, respondió. Yo también, dijo ella. ¿Habrá algo en la nevera? Pues, voy a ver, dije, dirigiéndome a la cocina, encontrando jugo de naranja y bebidas gaseosas.

    Al volver, les encontré, otra vez, besándose y abrazándose apasionadamente. Vaya, vaya, pensé. No más dar la espalda y ya arrancaron de nuevo la faena. Este Rafael resultó ser todo un semental, inagotable. Bueno, dije, esto fue lo que encontré. Escojan pues. Jugo de naranja, dijeron ambos, así que serví dos vasos y se los alcancé. Ella se sentó en la cama, recostada sobre el espaldar y él hizo lo mismo colocándose a su lado. Vea pues, dije, eso no lo han hecho ni los recién casados. ¿Qué? Dijo él. Pues una revolcada como la que usted le ha dado a ella. Y, ni le preguntó, porque de seguro lo ha disfrutado. Y ¿cómo ha sido? Le preguntó él a ella. Estuvo bien, le contestó. ¿Podría ser mejor, entonces? Me gustó. Estuvo bien. Lo disfruté mucho.

    Siguieron allí un rato. Mi esposa, entonces, se levantó dirigiéndose al baño. Y, por cosas de ella, no obstante estar vestida únicamente con sus medias y zapatos, se retocó el maquillaje, se habrá aseado su sexo y pasado una toalla húmeda por todo su cuerpo, porque lo cierto es que salió de ahí como si nada hubiera pasado. Rafael, entonces, siguió su ejemplo, sólo que él si prefirió darse un duchazo y salir renovado, para tomar de nuevo su puesto junto a mi mujer. ¿Estás cansada? Le preguntó. Un poco, contestó. ¿Y tú? También un poco, dijo, pero no quiero perder la oportunidad.

    ¿A qué te refieres? Preguntó ella. Quisiera tratar de complacerte nuevamente, si me lo permites, contestó. ¿Te gustaría? No sé, respondió ella dirigiendo la mirada hacia mí. Por mí, no te preocupes, manifesté de inmediato. La verdad, me gustaría, dijo ella, pero ¿no te parece que ya está un poco tarde? Y qué importa, respondió él. Yo quiero. ¿Puedo? Sí, dijo ella. Pero no tan afanado como antes. Bueno, contestó, estaba excitado y me dio la sensación de que así te gustaba. Pues, sí, aquello me sorprendió, y me gustó, pero pudiera ser de otra manera. Y cómo puede ser, ¿entonces? Tú eres el experto seductor, ¿cómo te imaginas?

    No más decir aquello, Rafael pareció prenderse de nuevo. Bueno, dijo, déjame averiguar. Y, colocándose en medio de sus piernas, sumergió su cabeza entre sus muslos y accedió con su boca el sexo de mi candente esposa. La faena, entonces, empezó de nuevo. Aquel lamía con fervor aquella concha y esperaba ver la reacción de la hembra, que no tardó en evidenciar las placenteras sensaciones que aquella acción le estaba generando. Ella se deslizó hacia abajo sobre la cama y él, quizá entendiendo su intención, giró su cuerpo para que ella tuviera acceso a su pene, que, a estas alturas, ya estaba de nuevo duro y erecto. Y así fue, ella tomó aquel pene en su boca y se acoplaron, en consecuencia, en un sensual 69.

    Las maniobras de la boca de ella sobre su pene, generaban en él unos sonoros mmm… que indicaban que lo estaba haciendo bien. Tanto, que él empezó a empujar su pene dentro de la boca de mi excitada mujer. Ella, con una de sus manos, presionó la cabeza de Rafael, insinuando que terminara aquello, así que él dejo de besar su sexo e, incorporándose, dijo, yo sé lo que tú quieres. ¿Sí? ¿Qué? Exclamo ella. Que te penetre como a una perra. ¡Voltéate! Aquello me pareció inapropiado y hasta tuve deseos de intervenir para detenerle, pero, ella, obediente, así lo hizo, y se colocó en posición de perrito. El hombre, entonces, se acomodó y clavó su miembro erecto en la vagina de mi mujer.

    Esta vez no caí en cuenta de alcanzarle un condón, así que este, sin más ni más, la penetró sin consideración. Y de seguro aquello propicio una sensación diferente y más intensa, porque con dos o tres embestidas de mi hombre, ella empezó a gemir de nuevo. Ay, ¡te siento rico! Exclamo ella. Me gusta así, pero hazlo suavecito. ¿Puedes? El no respondió, pero, siguiendo sus instrucciones, la embestía con delicadeza, metiendo y sacando su miembro del cuerpo de mi mujer, con delicadeza. Estaban nuevamente acoplados y a gusto, pero, pasado el tiempo en esa misma dinámica, fui yo quien me entrometí y le dije ella. Oye, ¿te demoras? No. Ya vamos a acabar, dijo levantándose.

    Rafael, algo contrariado, le dijo, Laura, me dejaste a medio camino. No. Ya verás. Ella se fue hacía el baño, y él, con su miembro erecto, la siguió. Ella se sentó sobre el mesón y abriendo sus piernas, le dijo, termina. El, entonces, la penetró y empezó a empujar vigorosa y rápidamente, como al principio. Dale hasta que acabes, le dijo, y no te preocupes, te puedes venir dentro de mí. Realmente lo deseo. Y para qué fue a decir eso, porque aquel se puso como loco a embestir a mi mujer, quien ya gemía de lo lindo y, al cabo de un rato, él pareció eyacular, pues apretó sus nalgas y empujó hasta el fondo de su vagina, quedándose inmóvil en esa posición. Se besaron de nuevo.

    Bueno, picaflor, ya está, dijo mi mujer. Has quedado complacido. Ya conseguiste lo que querías, ¿verdad? ¿Y tú no? Replicó él. También, contestó ella. Ambos dimos rienda suelta a nuestros deseos y al final, creo que todo salió bien. ¿O no? Creo que sí, dijo Rafael. No estaba muy convencido de querer hacerlo así, pero finalmente decidí correr el riesgo y no me arrepiento. Oportunidades como estas no se dan todos los días.

    ¿Cuál riesgo? ¿De qué hablas? Pregunté. Pues de lo que acaba de suceder. ¿Y qué de raro hay en lo que pasó, acaso? Pues yo le manifesté abiertamente que me gustaría tener relaciones sexuales con ella, e incluso lo insinué invitándola a mi habitación, pero ella dejó muy claro que era una mujer casada y que, si algo pudiera suceder, tendría que ser con el consentimiento de su marido. Y que, si ella accedía, tenía que ser acompañada de usted. ¿Y? Indagué expectante. Pues que no estaba muy convencido de que eso fuera a ser fácil de asimilar.

    Cuando ustedes se fueron del salón, yo me quedé dando vueltas un rato y, cuando me percaté que ella había dejado su maquillaje sobre la mesa, pensé que se trataba de una señal, un mensaje que me habían dejado, o algo así. De manera que, no voy a negarlo, se me ocurrieron muchas cosas, y, finalmente, tome la decisión de intentarlo. ¿Por qué no? Y cuando usted me abrió la puerta, y me dijo algo así que, como a la cenicienta, hágale partícipe de sus favores. Pensé, de verdad, que me estaban esperando y que las cosas se iban a dar.

    ¿Acaso tú dejaste ese maquillaje a propósito? Le pregunté a mi esposa. No, dijo ella. Cuando salimos cogí mi cartera, como siempre, y no reparé en que había algo fuera. Nada más. Entonces, ¿no lo esperabas? No, respondió. Y, ¿por qué ese encuentro como tan esperado? Me pareció, entonces, que ya habían acordado algo previamente. Para nada, dijo ella. No, la verdad, no, confirmó él.

    ¿Y? ¿Entonces? ¿Qué pasó? Cuestioné sorprendido. Pues, dijo Rafael, como yo pensé que era algo esperado, pues me atreví a actuar como lo había estado imaginando toda la noche, mientras bailábamos. Y si ella me correspondió, pues aún más. Yo estaba seguro de que ustedes ya habían hablado, de que ella lo deseaba, de que usted ya lo sabía y por eso, siguiendo las ideas que traía en la cabeza, me dirigí a ella y traté de ignorarlo a usted. Esto ha sido algo nuevo para mí.

    Bueno, dije mirando a mi esposa, ¿cuál es tu historia? ¿Qué pasó? Pues pasó lo que pasó, respondió. Los dos estuvimos compartiendo la mayor parte del tiempo esta noche y, entre baile y baile, la verdad, Rafael me interesó como hombre, y sus insinuaciones sexuales me calentaron aún más. Me sentí apreciada, deseada y, no digo mentiras, consideré que una aventura como esta se podría dar con él, pero lejos estaba de saber cuándo, cómo, ni dónde. Y, cuando apareció, realmente me sorprendió, de modo que, cuando se acercó a mí, simplemente me entregué a lo que pasaba. Y ya.

    Eso nos ha sucedido antes, me dijo. ¿O no? Pues no así, repliqué. Que el príncipe azul llegué buscando a su cenicienta para darle verga hasta más no poder, no lo había vivido antes. Es nuevo. Bueno, siempre habrá una primera vez. Y tampoco será la última. Bueno, dije yo, en tono sarcástico, mirando a mi esposa, ¿ya calmaste fiebre? Ya es tarde, respondió ella. Pero eso no fue lo que pregunté, exclamé. Seguramente él está cansado, respondió. ¿O sea que quieres más? ¿Es lo que me quieres decir? Ella solo sonrió.

    Rafael ya tenía su miembro erecto, de nuevo, escuchando esa conversación, así que se acercó a ella diciéndole, dime qué quieres que haga. Algo rápido, dijo ella. Es que, la verdad, ver tu miembro así me calentó de nuevo. Y, diciendo y haciendo, ella, allí mismo donde estábamos, apoyo sus manos sobre una silla, inclinó su cuerpo hacia adelante y expuso sus nalgas para que su semental la penetrara desde atrás. Ya la oyó, le dije a él, algo rápido, ¡por favor! Este, entonces, se colocó a sus espaldas y la penetró, empujando nuevamente con mucho vigor. Ella, no más iniciar la faena, empezó a gemir de placer, así que nuestro inagotable hombre la taladró sin cesar hasta que, próximo a venirse, sacó su miembro de la vagina de mi esposa, haciéndola girar para que ella le mamara su sexo.

    Estaba claro lo que quería aquel. Ella, así lo hizo, y le siguió la corriente, de manera que su hombre se vino en su boca. Enseguida, ella se incorporó y lo besó. Duraron abrazados un rato más y, ya, habiendo expulsado el macho su carga básica, la velada se dio por terminada. Bueno, Rafael, dijo mi mujer, la pasé muy rico. Espero que nos podamos volver a encontrar en otra ocasión. Eso mismo espero yo, respondió él. Les agradezco mucho la noche tan especial que he pasado. Y, vistiéndose rápidamente, se despidió de nosotros y se fue.

    Al quedarnos solos le dije a Laura, bueno, para no haber estado programado, parece que la pasaste muy bien. Sí, respondió ella. La verdad, no sé porque me excitó tanto estar con él, pero ya eso quedó atrás. Dejémoslo así y vámonos a dormir. Oye, pregunté, ¿te tragaste su semen? No, lo hizo él. Ciertamente llenó mi boca con su semen, pero yo se lo devolví cuando lo besé. No me di cuenta de eso, comenté. Y para mis adentros pensé en la sorpresa que se debió haber llevado el Rafael. Menuda zorra le salió su cenicienta.

    A la mañana siguiente fuimos a almorzar al comedor del hotel y nos dimos una vuelta por las instalaciones, antes de irnos, con la intención de encontrarnos de nuevo con él, pero no le vimos, y, dejando atrás el recuerdo de la noche pasada, regresamos al calor de nuestro hogar. Quien iba a pensar que aquello iba a pasar en la celebración de un matrimonio. Pero en esta vida, todo es posible…