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  • Mi mujer me enseñó (III)

    Mi mujer me enseñó (III)

    Carolina: Jorge, mira! también le traje un regalo a Cami.

    En ese momento mis latidos se aceleraron, no creía lo que estaba viviendo, mi piel se erizó, tragué saliva y respiré sorprendido.

    Jorge: No sabes lo feliz que me haces sentir, favor muéstrame de que se trata?

    La sensación era muy extraña, mi mujer no solo confirmaba la existencia de Cami, sino que la invitaba a ser participe, sentí como mi cuerpo se transformaba, nuevas emociones que eran casi placenteras me recorrían, siempre supe que uno tenía ciertos porcentajes que te definían que tan cargado estabas de algún lado del sexo, sin ninguna duda quería descubrir mucho mas de mi, ya me sentía y reconocía que tenía que enfrentarme no solo a un juego, ya que los que me embargaba era muy superior a un momento.

    Carolina: Toma, ábrelo es para ella.

    Jorge: (Con una sonrisa de sorpresa le pregunté) Que compraste?

    Al abrir la bolsa me encontré con una caja, no me imagine que es lo que era, la abrí y eran un hermosos zapatos negros con tacos medianos

    Jorge: Son lindísimos, me encantan.

    Carolina: Los vi y sabía que tenía que regalártelos, no son muy altos, estoy seguro que a Cami le quedarán perfecto.

    Me acerqué a Carolina y la besé no solo con pasión, la besé con cariño, no entendía como ella había percibido este mundo que yo claramente desconocía o simplemente lo ignoraba.

    Carolina: Vamos mi amor, estoy inquieta por estar con Cami

    Jorge: Carolina, esto es muy extraño, no sabes las ansias que tengo de estar contigo, pero quiero experimentar siendo tu amiga Cami

    Carolina: Déjame ayudarte, estoy fascinada, vamos al dormitorio, quiero transformarte, quiero verte de mujer y que me cuentes tus sensaciones.

    Nos fuimos al dormitorio, yo a esa altura excitado, no sabía por donde partir, por lo tanto, me entregue a las recomendaciones de Carolina.

    Carolina me preparo un baño, entre a la regadera muy excitado, mis movimientos eran toscos, pero entendí que debía invitar a Cami, me enjabone entero, luego deje recorrer el agua por cada centímetro.

    Salí del baño, sequé mi cuerpo sintiendo algo extraño, Carolina comenzó a colocarme una suave crema, date vuelta mi amor, déjame aplicar a tu espalda y colita, la sensación era increíble, sentía como afloraba de mi cuerpo una feminidad escondida, mi pene no dejaba de estar duro, era la dicotomía que todavía no entendía. Cuando llegó a mi cola, sin querer coloqué mis pies empinados, y Carolina se sonrió comentando, que envidiable trasero tienes, me sonreí y comencé a entender que mi mujer me invitaba a liberarme.

    Carolina: Jorge, quiero que te sientes en este taburete, voy a maquillarte y dejarte muy linda, la idea es que te sientas muy cómoda.

    Mi cabeza no dejaba de dar vueltas, fui conectando situaciones, siempre mi cola fue más femenina, mi pocos vellos en el cuerpo parece que hoy día encontraban una justificación clara, fui aceptando el juego en que Carolina me sumía, no era para mí difícil, al contrario, estaba impaciente y con ganas de ver pronto a Cami.

    Carolina con mucha destreza termino su trabajo, colocando un suave color rosado en mis labios, sentía el perfume del maquillaje en mi cara, mis labios eran ahora sensuales, mi excitación era creciente, ya sentía y palpaba que venía un gran cambio.

    Carolina: Jorge, ahora te pondrás estas lindas panties medías con este hermoso portaliga.

    Sin decir una palabra y obedeciendo, trate de disfrutar cada milésima de segundo, estire en forma sexi mi pierna y comencé a subir suavemente la media, se sentía muy delicada, era una sensación muy femenina, cuando esta llegó al muslo, continué con la otra, al ir subiendo con esta, de mi pene todavía erecto salía ese líquido que avisaba el nivel de excitación que me encontraba, sin problemas me ceñí la portaligas, Carolina rápidamente unía esta hermosa prenda ahora a mis panties medias.

    Ya era casi incontrolable lo que sentía, tenía que pensar algo distinto y controlar mi parte masculina.

    Con una voz y tono de malicia, me dijo, ahora colócate la braguita, quiero ver cómo te queda.

    Volví a sentir esa sensación, a medida que subía la suave y transparente prenda, mi cola casi en forma innata se levantaba, tal cual como lo había pensado, la braga natural entre mis nalgas se acomodaba, mi cola percibía la suavidad y protección de aquella zona tan codiciada, por delante mi pene presionaba y humedecía ese exquisito triangulo, que mojado transparentaba casi todo mi erecto y viril aparato.

    Carolina: te ves increíble, toma, colócate los tacos

    Obediente mis pies como en una mujer calzaron, inmediatamente mi cuerpo ya era ahora el de una dama, Carolina con sus tacos más altos igualaba mi estatura, me miró con deseos y comenzamos a besarnos, abrasé su cuerpo y con mis manos apretaba sus nalgas, ella hacía lo mismo con unas de sus manos, con la otra comenzaba a pellizcar mis pezones, los cuales femeninamente reaccionaron, nuestros besos apasionados mezclaban lujuria y sabores de lápiz labial, sin separarnos nos fuimos a la cama, caí de espalda y ella sobre mi me frotaba, abrí mis piernas para invitarla, mientras en mi oído me susurraba, “Cami, eres mi perra”.

    En ese momento hice un click, me acorde de todas nuestras lujurias pasadas, Carolina siempre me decía que quería que fuera su amada.

    Comenzó a lamer mis pezones y yo como buena hembra contorsionaba, luego ella se sacó el vestido quedando en su íntima y magnífica ropa erótica, mis piernas rodearon sus caderas, podía ver entre ojos como se mezclaban panties medias y bragas, yo ya era Cami y entendí que debía ahora disfrutar al máximo de ella.

    Me encantaba sentirme mujer con ella, Carolina presionaba su sexo contra mi perineo, jugaba con su clítoris contra la costura de mi braga, la cual sentía con cada movimiento como en mi ano escudriñaba.

    Era algo raro, me descubrí como Cami y por otro lado, entendí que mi mujer también tenía unas exquisitas inclinaciones sexuales.

    Me di vuelta y me posicione en cuatro, Carolina me dijo, si tuviera un pene te violaría, eso me excitó demasiado, ofrecí para su deleite mi cola, ella con sus manos separo hacía el lado la braga, luego comenzó un sabroso juego de lenguas y dedos, poco a poco incursionó en mi ano, no era solo tema de calentura la entrada, mi ano lo inundo con saliva, permitiendo una suave entrada de un dedo, por el otro lado luchaba con mi pene que estaba presionado por la braga, trataba de controlar lo ingobernable, quería disfrutar el mayor tiempo posible de esta escena apasionada.

    Ya mi ano había permito dos dedos, ella pacientemente los había invitado, con mucha saliva lubricaba y mi ano una vez más se entregaba a mi amada.

    Llego el momento del clímax, comencé a moverme invitando a mas dedos, sentir las medias, las bragas, el maquillaje y la posición de mi cuerpo me hacían una prostituta caliente en la cama, gozada por otra hembra que de ellas gustaba, la eyaculación del pene comenzó imparable, cada borbotón de semen era acompañado de cosquilleos en los pies, mi corazón se aceleraba y mi ano pedía más y más, en un momento me di cuenta que mi eyaculación había terminado, minutos después me di cuenta que seguía moviendo mi cola disfrutando de un clímax ilimitado, caí luego de lado, cansada todavía con espasmos, Carolina me abrazo y al oído me dijo, Cami eres mi novia, lo próximo será convertirte en una dama, cerré los ojos y nos besamos, luego conversamos, me dijo que saldríamos de compras, que me llevaría a su centro de estética y belleza, que a ella le gustaban las mujeres totalmente depiladas, que me transformaría en una linda dama pero una puta en la cama.

  • Fantasía humectante

    Fantasía humectante

    Era de noche, las 2 am, había terminado de estudiar para mis exámenes finales. Estaba algo cansada, pero no para dormir, sino más bien para relajarme un rato. Me recosté en la cama, esperé hasta que mi cuerpo la entíbiese un poco para estar cómoda. Llevaba solo una remera holgada sin brasier y un cómodo boyshort color negro.

    De pronto, aburrida mirando memes en las redes sociales, vi una publicidad de un “juguete íntimo” y seguidamente un video de cómo una pareja llevaba uno de esos que el novio controlaba desde una aplicación, en un lugar público. No sé por qué, pero se me erizó la piel al notar que la chica apenas podía mantenerse en pie cuando el chico comenzó a subir al máximo las revoluciones del pequeño, pero poderoso aparato.

    Desde ese momento una nueva fantasía apareció en mi mente.

    Poco tiempo después compré el mismo juguete, fui a buscarlo para que no llegase a mi casa sin que yo estuviera y mi madre lo revisara. No quería sermones conservacionistas, las fantasías son propias y no hay que dar explicaciones sobre ello.

    Una marea de nervios me inundó por completa, parecía como si fuese a buscar un kilo de cocaína o algo peor. Pero al mismo tiempo ese sabor ininteligible agridulce que aceleraba mis pulsaciones me encantó. Luego de recibir el paquete, con mucho entusiasmo, en un parque a solas, lo abrí sin antes mirar a todos lados. Ahí estaba… pequeño, pero con una forma agradable y atractiva, hasta el color me gustaba.

    Recuerdo haber sentido esta misma sensación en la niñez, cuando me compré por primera vez mi propio juguete preferido. Así que con aun más entusiasmo me dirigí a mi casa, entré directamente al baño e hice el último paso del instructivo. Con la suficiente delicadeza lo introduje dentro de mí.

    No era nada del otro mundo, una sensación poco superior a un dedo.

    Supongo que lo divertido empezaría después… me vestí para salir y fui de compras, quería revivir ese momento que vi en el video, lástima que me faltaba el novio, pero tampoco era algo tan necesario. Ya una vez en el lugar, abrí la aplicación, la configuré y comenzó a funcionar.

    Habré caminado en el supermercado unos 10 minutos, era un cosquilleo bastante placentero, pero me estaba sintiendo algo decepcionada. Quizás habría caído una vez más en publicidad engañosa, donde la chica se revuelca, pero en realidad no es tanto. Justo antes de apagarlo y sacarlo en cuanto pudiera, decidí ponerlo en su máximo nivel y caminar un poco más.

    Mientras observaba algunas cremas para la piel, una fuerte sensación de humedad se presentó entre mis piernas, acelerando mis pulsaciones y erizándome la piel, era un cosquilleo mucho más fuerte, que no me daba ningún respiro. Como si fueran mis propios dedos, pero sin darme ni un solo segundo de descanso.

    Me agache ligeramente fingiendo ver las cremas de abajo, pero en realidad eran mis piernas que comenzaban a entumecerse. El abrasante calor que subía por mi pelvis hasta quemarme por mi abdomen, trazando mis pechos como ligeros pellizcos electrizantes que culminaban en mi cuello.

    De pronto oigo una voz preguntar “¿Estás bien?”

    Tratando de mantener la compostura, contesté susurrando que sí, que solo me había bajado la presión. Temía que, si alzaba demasiado la voz, mi propia boca me la jugaría en contra y dejaría salir un gemido, una expresión del carnaval lascivo que estaba sintiendo.

    Por suerte esa persona se fue, no me di cuenta ni me importaba si habría notado que estaba pasando. Solo que yo estaba extasiada disfrutando de la realidad de mi fantasía.

    Tenía que dirigirme a pagar, antes de que fuese demasiado tarde, nunca fui de soportar demasiado los orgasmos y mucho menos en un lugar público. Cada paso que daba podía sentir como se me escapaban mojados hilos de placer de entre mis piernas.

    Llegué a la caja, comencé a poner algunos artículos y dispuesta a pagar.

    Sabía que, si no reducía las revoluciones de este juguete, me terminaría devorando desde adentro hasta explotar en un fuerte orgasmo. La vergüenza que sentía con tan solo pensarlo me estaba matando. Saqué mi celular, abrí la aplicación y casi temblando fui a cerrarla.

    La aplicación se congeló.

    Las revoluciones no cesaron, mis piernas casi no podían sostener mi cuerpo, mis uñas casi que rasgaban mi holgada pollera tratando de soportarlo. No había nada que hacer, traté de pagar como pude mientras la cajera me observaba entre cerrando los ojos y se preguntaba que me estaría pasando.

    Ya no era dueña de mis acciones, cuando traté de responder, no me expresé yo, sino mi cuerpo, soltando un gemido justo cara a cara.

    Ella me observó de arriba abajo y notó mis piernas casi echas un moño, enseguida entendió.

    Me dejó ir sin preguntarme nada.

    Despacio caminé unos metros, pero tuve que agacharme, mis piernas se retorcieron junto al resto de mi cuerpo y finalmente un fuerte clímax apareció… comencé a gritar en silencio cerrando fuertemente los ojos. Es como si el tiempo se congelase por un segundo. Todo el cuerpo tiembla, se entumece y vuelve a temblar en tan solo milésimas de segundos. Es como si quisieras que pare, pero al mismo tiempo no, a eso le sumas toda la sensación de que sea un lugar público y se intensifica a unos niveles indescriptibles.

    Al momento de volver al mundo físico agitada y extenuada, observé a mi alrededor esperando decenas de miradas acusantes, pero nadie lo hizo, todas estaban en lo suyo. La satisfacción fue doble, pude apagar el poderoso juguete y contenta como toda una señorita estilizada caminé semi empapada de mi propia fantasía hacia la salida, sin antes pasarme un dedo por la zona más mojada y llevármelo a la boca para degustar mi capricho.

  • La rebelión de mi madre (VII): Mi bóxer blanco húmedo

    La rebelión de mi madre (VII): Mi bóxer blanco húmedo

    Anteriormente: Mi madre se contacta con mi perfil falso de la aplicación de citas.

    Hablamos y trato de disuadirla de seguir hablando conmigo pero insiste en hablarme y me llega a confesar que hacía tiempo que no tenía relaciones sexuales y hace poco comenzó a masturbarse.

    La última vez, lo hizo el día domingo último que estuve en su casa, ella me vio por la mirilla de la puerta del baño mientras me duchaba, esperando ver que estuviera vestido para poder entrar y sacar su tanga roja que dejó colgando en la canilla.

    Nada de eso hizo, solo miró, hasta que la culpa la invadió por tener vista a unos metros del miembro de su hijo colgando esperando por ser enjabonado y bañado en las aguas de la ducha.

    Su mensaje final es sugerente, dice que tal vez llegó la hora de dejar la autosatisfacción para pasar a gozar con otra persona, con alguien como yo.

    Ese último mensaje me dejó helado, no sabía qué responder.

    Unos segundos largos sin escribir creí que serían suficientes para que mi madre se recatara de estar diciendo esas cosas a un «desconocido» de 25 años de una aplicación de citas, pero no.

    Insistió con un:

    «te gustan las mujeres maduras?»

    Le respondí con un «me gustan todas las mujeres, también las maduras»

    Al instante me manda una foto de ella en ropa interior, con la tanga roja que había visto en la canilla y con la cual me masturbe ese mismo domingo.

    Se la sacó en ese mismo instante la foto y sin consultar me lo envió. Era evidente que mi madre estaba a la caza.

    Pensé en bloquearla en ese momento pero un razonamiento extraño llego a mi mente: mi bloqueo no la va a disuadir de seguir buscando otros jóvenes, va a buscar a otros de mi edad y los de mi edad no van a ser tan educados como yo, van a ir a fondo, hasta esa misma noche podrían ir a tener relaciones con mi madre.

    Decidí entonces entretenerla para evitar que cometa locuras de calentura.

    Le devolví un emoji de fuego a su foto, halague su figura madura.

    La gimnasia de las últimas semanas estaba haciendo efecto en su físico. Sus piernas estaban más firmes, su barriga más plana, aunque con alguna pequeña flacidez.

    Sus tetas grandes como siempre estaban mostrando el poder de la mujer madura que se lleva todo por delante.

    Me envía una foto nuevamente, esta vez es de espalda, pero sin sostén, solo su tanga roja.

    Unas nalgas maduras con una pequeña caída, pero redondas y grandes están en primer plano, las separa la tanga roja en partes iguales.

    «me debes dos fotos» me dice

    «quiero ver cómo está tu pija ahora que viste mis fotos» escribe nuevamente.

    Comienzo a temblar de nervios, no sabía qué hacer. Pero era mejor seguirle el juego un poco hasta que se saque las ganas y no meta hombres a su casa.

    Me saco fotos con el bóxer que marca un bulto que no necesita estimulación adicional, no sé si eran las fotos, los nervios o el morbo lo que hacía que estuviese dura como una piedra.

    Sin mostrar mi cara le envío una foto de frente donde se ve bien mis pectorales, mis abdominales, mis piernas y sobre todo mi bulto con un bóxer blanco.

    «ay que rico estas nene, como me gusta saber que esa dureza es por mis fotos» responde mi madre.

    Cuando estoy por decirle que debo descansar por el trabajo, se adelanta con un:

    «me debes la otra, te puedo pedir un favor? Te darías una ducha y me mandas una foto con el bóxer blanco mojado? Si lo haces te doy un regalo»

    No sabía cómo negarme luego de lo que había comenzado, decidí obedecer.

    Abro la ducha, me mojo con agua tibia, dejo que se me humedezca bien el bóxer blanco. Se me pega al cuerpo y se transparenta. Evidentemente era ese el efecto buscado por mi madre.

    Me saco la foto y se la envío.

    Era una foto más que sugerente, se notaba claramente la forma y hasta un poco del color de mi miembro que escalaba los 20 centímetros.

    Los huevos grandes también se mostraban imponentes, se notaba bien el glande en la punta.

    «gracias bebe, me encanta eso que se transparenta, toma tu regalo» me responde mi madre.

    El regalo era un video de unos 10 segundos, mi madre totalmente desnuda, sus pechos en primer plano bajando y dando una vuelta para que vea su culo sin la tanga roja.

    Su vagina de labios grandes se veían clarísimos, estaba con una depilación casi completa, se notaba una prolijidad en sus vellos púbicos.

    El video termina con sus dedos yendo hacia su vulva, cortándose justo cuando está por acariciar sus labios vaginales.

    Todo eso lo veo mientras me seco.

    Se despide diciendo «hasta mañana bebote»

    Hago un esfuerzo enorme por no tocarme, por pensar en otra cosa, tardo tanto en dormirme que pongo una película para distraerme, termino durmiéndome a las 4 de la madrugada pero logré no masturbarme con el material de mi madre.

    Dos horas más tarde sonaría el despertador, ese día sería larguísimo, a tal punto de que cuando volví, apenas comí, me bañe y me desmayé de sueño.

    En la mañana posterior me doy con los mensajes de mi madre en la aplicación de citas.

    Al no responderle, se enoja y me putea, me trata de cagón y me bloqueó.

    En cierta forma creo que es bueno, pero de otra manera pienso que es terrible porque ahora estaría haciendo lo que hizo conmigo con otros jóvenes.

    Es un día viernes, día ideal para que se desate un desastre si es que sigue caliente.

    La llamo al salir del trabajo, está atardeciendo.

    Me atiende luego de varios llamados, dice que está preparándose porque sale con las amigas, eso me deja tranquilo por un lado, pero sabiendo lo que hacen las amigas me da terror por otro.

    Esa noche estoy impaciente, no me puedo dormir, tampoco salí a ningún lado.

    Miro historias de mi madre y de las amigas y reconozco el lugar donde están, es un Restobar conocido en buenos aires, donde tienen pista de baile y sillones para los que quieran acurrucarse.

    Sin pensarlo dos veces salgo para allá, no sé con qué sentido, pero me mata la idea de que mi madre se descontrole.

    Al llegar al lugar, veo que está lleno. Busco por todos lados con un trago en la mano, consumición obligatoria y cara para entrar al lugar.

    No está en las mesas, no está en las barras, voy a la pista de baile, hay mucha gente, hay poca luz.

    Allí por fín veo a mi madre bailando con sus amigas, ella está con una mini como nunca vistió.

    Una minifalda blanca con una remerita beige y un cinto negro que le da figura a su cintura.

    Su remera beige es escotada, pronunciada, se puede ver el encaje de su sostén que se esfuerza por sostener sus dos pechos maduros.

    Su mini se ajusta a sus piernas, en su bailar se va subiendo peligrosamente, hasta que queda al borde de sus nalgas.

    Tiene un trago en la mano, y parece que ya ha tomado varios, está algo despeinada, hay algo de sudor brillando en sus pechos y hombros.

    Solo la veo bailar, no hace mucho más, creo que exageré al ir hasta el lugar. Hace tanto calor que me pido otro trago más fresco.

    Luego de ese, me pido un whisky doble para despedir la noche y dejar a mi madre en paz. Después de todo ya tiene edad para decidir que quiere hacer de su noche.

    Cuando me estoy por ir, me choco con ella a la salida.

    «¿qué haces acá vos?» me pregunta extrañada.

    «¿qué haces acá vos?» le retruco «acá vengo yo siempre»

    Se ríe mi madre y sus amigas llegan a su encuentro, nos reímos todos por la casualidad.

    Sus amigas dicen: «menos mal que viniste, sino tu madre hacía un desastre ahí adentro»

    Mi madre se ríe a carcajadas y me pregunta ya que estaba ahí si la llevaba a su casa.

    La llevo entonces.

    En el auto sus piernas se ven más apetecibles, su mini se sube en esa posición mostrando con descuido su ropa interior.

    Al llegar a casa me pregunta si me quiero quedar, para no tener que volver a esa hora a mi departamento.

    Le digo que sí.

    Dentro de la casa se saca los tacos y comienza a caminar hacia su cuarto, mientras me indica que en mi cuarto no había puesto sábanas, las había puesto a lavar.

    Me pregunta si no me molesta dormir en la cama con ella.

    Trago saliva, y no sé qué decir, pero termino diciendo que dormiré en mi cama aún sin sábanas.

    En mi cuarto de niño, me desvisto, me quedo en boxers, casualmente unos blancos.

    Paso al baño a lavarme los dientes, y el agua de la pileta se abre con mucho más presión que en mi departamento.

    Me empapa el abdomen y la blanca ropa interior.

    Intento secarme infructuosamente.

    Dormiría sin ropa interior entonces, cuando estoy acostándome escucho que mi madre me llama.

    Me llama con una insistencia que me es preciso acudir pronto, así que voy con mi bóxer blanco mojado que intenta tapar mi desnudez.

    Al llegar al cuadro de mi madre me encuentro a mi madre solo con la ropa interior, una diminuta bombacha tanga de encaje rosa, su corpiño de encaje a tono y su remera beige atorada en su cabeza.

    Su mini estaba ya en el suelo junto a sus tacos y el cinturón negro.

    La remera beige se le había enganchado en uno de sus aros y no podía desengancharlo, quedó en tal posición que no podía hacer nada para sacárselo.

    Me acerco con cuidado, ella se ríe y me pide perdón por estar en ropa interior delante de mí.

    Intento destrabar ese aro de la prenda, pero está difícil, se ha enganchado completamente.

    Estoy tan cerca que me pego a ella y mi abdomen húmedo con el bóxer húmedo hacen contacto con su piel.

    Ella se separa y pregunta porque estoy mojado. Le cuento sobre la presión de agua de su casa, se vuelve a reír.

    El aro está incrustado en la fina tela de su remera, me dice que tenga cuidado, que es una remera cara, y que tenga cuidado con su oreja, que le duele el tironeo.

    La guio hacia la cama, que se siente allí así puedo trabajar mejor en el desenganche de la prenda.

    Está mi madre sentada en el borde de la cama, en ropa interior, con su remera cubriendo su cara y un brazo extendido. Se tienta de risa cada tanto por la situación.

    Me acerco, mis piernas rozan sus piernas, ella las abre, sabiendo que necesito acercarme.

    Con cuidado logro desenganchar la prenda de su aro, y logro sacar la remera de la cara de mi madre.

    La siguiente escena es yo, su hijo con su remera en la mano, mi madre sentada con las piernas abiertas y yo tan cerca que el tiempo se detiene.

    Lo primero que ve mi madre es mi abdomen y mi bóxer blanco mojado a escasos centímetros.

    Se le escapa una mueca, levanta la mirada y me mira a los ojos.

    Vuelve la mirada nerviosa a mi bóxer mojado y aprieta sus labios intentando contener una sonrisa.

    «te mojaste mucho parece» rompe el silencio mi madre.

    Mientras una de sus manos va hacia la tela del bóxer para testear la humedad.

    Mientras va tocando la tela desde el costado, llega lentamente hasta donde se marca mi erección.

    Allí se detiene.

    Siento la presión suave de dos dedos suyos sobre el bóxer blanco mojado que protege la desnudez de mi miembro.

    Esta noche será un antes y un después en nuestra historia.

    ********************

    ¿Qué les va pareciendo la historia? Comenten para aportar, todo sirve.

  • El celular de Alexia (Cap. 3): Reencuentro con el pasado

    El celular de Alexia (Cap. 3): Reencuentro con el pasado

    — ¿Vas a salir así? —pregunté a Alexia cuando salía de la habitación.

    La estuve esperando durante casi una hora en la sala de estar. Llevaba un vestido color negro, muy corto, con un cinturón plateado que rodeaba su cintura. La falda era acampanada, y la parte de arriba muy ceñida. Noté que no llevaba corpiño. Su pelo, que hacía poco se había teñido de rubio, estaba recogido en un rodete, y de sus pequeñas orejas colgaban dos aros de plata en forma de corazón. Las facciones de su hermoso rostro quedaban completamente expuestas. Llevaba un maquillaje sutil, y sus grandes ojos verdes brillaban como dos preciosas esmeraldas.

    Mi sorpresa no era tanto por verla inusitadamente bien arreglada, sino porque, dadas las características de la reunión a la que asistiríamos, me parecía exagerada tanta producción. Íbamos a cenar a la casa de Mauri, un amigo de la facultad. Y por lo que tenía entendido, iban a ir dos o tres chicos y chicas más, con sus respectivas parejas, por lo que era un encuentro casual, con amigos de mucha confianza.

    — Sí, voy a salir así ¿Algún problema, machirulo? —contestó Alexia.

    Sabía que era una broma, Ale me conocía lo suficiente como para saber que mi pregunta no tenía tintes machistas. Ella podía vestirse como quisiera. De hecho, me encantaba llevar de la mano a la chica más linda de la noche. La mayoría de las mujeres de la facultad ya habían ganado sus kilos, mientras que Alexia, a sus veintiocho años, no sólo se mantenía en perfecta forma, sino que parecía tener cinco años menos. Estaba orgulloso de eso. El problema era que yo, por como iba vestido, no me sentía en armonía con ella.

    — ¡Pero mirá cómo estoy yo! —le respondí. Señalando con un gesto mi vestimenta. Una remera blanca y un pantalón de jean. Prolijo, pero demasiado simple comparado con ella—. Esperame que me ponga algo mejor —agregué. Aunque en realidad pensaba que la que debería cambiarse y ponerse algo más casual era ella.

    — No seas tonto, estás perfecto —respondió Ale—. Dale, vamos que llegamos tarde.

    — Yo no fui el que tardó mil años en prepararse —dije, bromeando, aunque me sentía un poco molesto por lo que dijo. Uno de los pocos defectos que tenía Alexia era que solía cargar las responsabilidades en otros.

    Una vez que estábamos en camino, en el auto no pude dejar de acariciar sus piernas.

    — Si seguís así, cuando lleguemos no vas a poder bajar del auto de lo al palo que vas a estar —dijo ella.

    — Pero si ya estoy así —contesté. Agarré su mano y la llevé a mi entrepierna. Alexia palpó la dureza de mi miembro.

    — Últimamente andás muy alzado —dijo, sin dejar de palpar—. Pobrecito… Estamos tan cerca de la casa de Mauri, que cuando lleguemos te va a costar ablandar esta cosa.

    Alexia empezó a masajear mi sexo por encima del pantalón, con fruición.

    Abrí grande los ojos, y traté de concentrarme en el camino. No quería sufrir ningún accidente mientras mi esposa me masturbaba.

    Extendí mi brazo y apoyé la mano en su nuca. La empujé hacia mi lado.

    — ¿Estás loco? —dijo Alexia— ¡Nos puede ver alguien!

    Conozco a mi chica. Sabía que, si realmente no quería hacer nada, hubiese dicho una frase más contundente, del tipo “Ahora no, Carlos”.

    Miré la carretera. Estábamos en una avenida muy poco transitada. La casa de Mauri quedaba a unos quince minutos. Las posibilidades de cruzarnos con algún conocido no eran inexistentes, pero sí muy bajas. Empujé de nuevo la nuca de Ale.

    — Pará —dijo—. Sigamos así. Cuando estés a punto de acabar, avísame.

    Paramos en un semáforo en rojo. Vi la expresión excitada de Ale. Sus pezones se marcaban en el vestido negro. Recorrí su cuerpo con la mirada. El vestido estaba corrido hacía arriba, por lo visto, cuando la estuve manoseando, lo había dejado así. Ale estaba con el torso apoyado en el asiento, la mano izquierda se movía con maestría sobre mi verga. Bajó el cierre, y luego corrió el bóxer que llevaba puesto. Ahora mi verga hacía contacto con la piel de sus dedos. Mi sexo estaba algo pegajoso, debido a que hacía mucho calor. Vi que había seis personas que estaban a punto de cruzar la senda peatonal.

    Alexia miraba, haciéndose la distraída, por la ventanilla, en dirección opuesta a donde estaba yo, sin dejar de pajearme. El grupo de personas se fue acercando. Uno de ellos miró, durante un instante, hacia nosotros. No estoy seguro de si sería posible ver lo que estábamos haciendo, pero el movimiento de la mano de Ale nos podía delatar, por lo que ella se detuvo un momento.

    Cuando los peatones se alejaron, Ale estalló en una carcajada.

    — ¿Pensás que nos vieron? —preguntó, mientras el semáforo cambiaba a verde.

    — No creo —dije, aunque no estaba seguro—. Dale, seguí.

    Mi verga seguía totalmente dura. El miedo a que nos descubran me había excitado aún más. Ale miró a todas partes, me sonrió con complicidad y picardía. Llevó la mano a su boca, y la llenó de saliva. Luego continuó masturbándome.

    — Apurate que ya vamos a salir de la avenida —le advertí.

    — Apurate vos —retrucó ella. No obstante, empezó a masturbarme más frenéticamente.

    Puse toda mi atención en la carretera. Semejante pajeada me estaba desconcentrando sobremanera.

    — Dale, ya estoy listo —le avisé.

    Alexia miró a todas partes. Cuando corroboró que no había moros en la costa, se inclinó. Su boca succionó mi miembro. La lengua se frotaba con pasión en el glande. La eyaculación salió con potencia. Ale se quedó un rato, con el miembro todavía en la boca, mientras, lentamente, se tornaba fláccido. Yo escuchaba el ruido de su garganta mientras tragaba el semen. Después de un rato se irguió. Me dio un beso tierno en la mejilla. La miré de reojo durante un instante. Se limpiaba la boca con un pañuelo descartable, aunque no parecía haber quedado semen en ella. Luego, agarró otro pañuelo y limpió el semen que todavía brotaba de mi verga. Me levantó el bóxer y subió el cierre del pantalón.

    — Una señora en la vida, y una puta en la cama —dijo, para luego darme otro beso. Y después, como si se acabara de dar cuenta de algo, agregó— Bueno, no estamos en la cama, pero igual cuenta ¿No? —dijo, fingiendo un puchero. Guardó los pañuelos descartables en un compartimento de su cartera.

    — Claro que cuenta mi amor —le contesté, acariciando con ternura se mejilla.

    Transitamos las últimas cuadras en un agradable silencio. La casa de Mauricio era un hermoso chalet que se alzaba en una esquina de Villa Pueyrredón. Mauri fue uno de los primeros en recibirse como contador, aunque nunca ejerció realmente. Su carrera fue por el lado corporativo. Desde que era un estudiante trabajó en una multinacional, donde fue escalando posiciones. Ahora tenía un puesto muy importante, ganaba un excelente sueldo en dólares, y según tenía entendido, sobre la casa ya no pesaba ninguna hipoteca. Sentía una sana envidia hacia mi amigo. Alexia y yo trabajamos como contadores desde hacía más de cuatro años, pero todavía debíamos alquilar nuestro departamento.

    Cuando llegamos, lo primero que me llamó la atención fue que se escuchaba música a todo volumen.

    — Qué raro, tanto alboroto.

    En la vereda había varios autos, por lo que supuse que en la cochera ya no habría lugar.

    — ¿Cuántos habrán venido?

    Alexia llevó una mano a su frente y cerró los ojos.

    — Qué tonta, no te dije…

    — ¿Qué cosa? —pregunté.

    — Hoy Mauricio no sólo invitó a los mismos de siempre. Llamó a toda la comisión.

    — ¿Toda?

    Era difícil definir a “toda la comisión”, puesto que en la universidad uno tomaba clases en distintos turnos, de acuerdo a la conveniencia de cada uno, y no se recibían todos los alumnos al mismo tiempo. La carrera fluctuaba entre cinco y seis años, de acuerdo a la capacidad de cada uno, y muchas veces se hacía aún más larga. De todas formas, supuse que, los que siempre se terminaban cruzando con nosotros en alguna asignatura, eran al menos sesenta. Suponiendo que iban con sus respectivas parejas, serían muchísimas personas. Nunca me gustaron los encuentros multitudinarios. No se puede conversar a gusto, y muchas veces uno se encuentra con gente con la que en realidad no se llevaba bien.

    — Igual no creo que hayan venido todos —dijo Alexia, leyéndome la mente. De vez en cuando nos conectábamos como lo hacíamos cuando éramos adolescentes.

    — Aunque hayan venido la mitad, serían muchos —dije.

    — Tenés razón, volvamos a casa —dijo Ale.

    — No seas tonta —contesté, y después de meditarlo un rato, agregué—: seguro la vamos a pasar bien.

    Tuvimos que dejar el auto a dos cuadras, ya que no encontrábamos lugar.

    Caminamos abrazados de la cintura. Cada tanto bajaba la mano para palparle el culo. Ale tenía razón, últimamente estaba más caliente de lo normal. El Negro Rivera también estaba en lo cierto: no debía preocuparme por el hecho de que la relación necesitaba experimentar cosas nuevas. Debía disfrutar del mujerón que tenía conmigo. Lo que habíamos hecho en el auto me había gustado mucho, y parecía que a Alexia también. Podría proponerle alguna cosa aún más arriesgada, y ella me seguiría. Pocos hombres podían contar con una mujer que estaba dispuesta a casi todo en la cama, y que, además, era tremendamente bella.

    Toqué el timbre del chalet. Mauri no salió a recibirnos, sino que en su lugar apareció un hombre que me resultó conocido, pero no recordaba su nombre.

    — Bueno, bueno, ya veo que llegó la princesa de la fiesta —dijo el tipo.

    Era rubio y regordete, y estaba colorado y sudoroso. De su boca salía un fuerte aliento a alcohol, y eso que la noche apenas empezaba. El hombre agarró de la cintura a Ale y le estampó un sonoro beso en la mejilla.

    — Tanto tiempo Ali —dijo.

    De repente recordé que El Negro Rivera también solía llamar así a Alexia. De él no me molestaba, pero me parecía un diminutivo muy cariñoso que solo deberían usar las personas allegadas a ella, y a ese regordete no lo terminaba de identificar, y dudaba que fuera amigo de Ale.

    — Vos sos Carlos, ¿No? —dijo, dirigiéndose a mí—. Sergio —se presentó después, dándome un apretón de manos.

    No me gustó nada la actitud del tipo, con tanta confianza con Ale. Pero como a ella no pareció molestarla, no dije nada.

    — No tengo idea de quién es el gordito ese —le dije a mi mujer al oído, una vez que nos separamos de él.

    — Cursó un par de materias conmigo —fue la escueta respuesta de Ale.

    En la casa había decenas de personas. Si bien la propiedad era grande, la mayoría parecía estar amontonada en la sala de estar y el comedor.

    Fue grato encontrarme a tanta gente que no veía desde hacía años. A algunos incluso desde que nos habíamos recibido. Nuestro grupo íntimo era de un total de ocho personas, y luego había cinco a seis personas más, muy cercanas, con los que manteníamos buena relación, y a quienes a veces invitábamos a salir. Sin embargo la mayoría de los que saludaba en ese momento eran caras de las que creí haberme olvidado. Pero ahí estaban ahora, más grandes, más gordos en algunos casos, con menos pelo, con distintos looks…

    — ¿Te acordás cuando se tiró un pedo en el examen de cálculo financiero? —Me susurró Ale, luego de cruzarnos a Mariano Antúnez, quien nos saludó efusivamente.

    Mauricio repartía bocados en una elegante bandeja. Tan elegante como él mismo. Llevaba un traje oscuro, con una impecable camisa blanca, y unas zapatillas blancas, sin medias, que le daban un aire casual. Sospechaba que toda esa vestimenta valía más de lo que ganábamos Ale y yo en un mes.

    Cuando nos vio, dejó la bandeja sobre una mesa y se dirigió a nosotros. No puede evitar notar, mientras se acercaba, que no le quitaba los ojos de encima a Alexia. Era obvio, mi chica no solía pasar desapercibida, y esa noche estaba especialmente hermosa.

    — ¡La pareja del año! —dijo al estar frente a nosotros.

    Tomó de la mano a Alexia y las acercó a sus labios. Mauricio era el único hombre que conocía, que tenía esa arcaica costumbre de saludar a las mujeres besando su mano. Aunque no se me escapaba que era un gesto de exagerada galantería que sólo utilizaba en Ale y en algunas de las chicas más lindas de nuestro círculo. Cuando terminó con su acto de caballerosidad, vi sus ojillos verdes, que normalmente eran opacos, con un brillo pícaro. Luego me saludó a mí, con un abrazo, riéndose, como si toda la pantomima que acababa de hacer no fuera más que una broma.

    — No te pregunto cómo estás porque se te ve espectacular —le dije con cariño.

    Aprecio mucho a Mauri. Es de esos tipos con los que siempre se puede contar. Ayudó a Alexia a conseguir trabajo en una importante consultora en donde tenía contactos. A mí me ofreció varias veces un puesto en la firma donde trabaja, con una jerarquía mucho menor a la suya, claro está, pero con altas probabilidades de progreso. Sin embargo, yo preferí mantenerme como un contador autónomo. En fin, es de esos tipos con los que siempre se puede contar. Desde los tiempos de la facultad, cuando no llegaba a fecha con algún trabajo práctico, el primero al que acudía era él.

    — Ay, pero estás hecha una perra hermosa —escuché decir a una mujer, que alzaba la voz sobre la música.

    Mauri y yo giramos a ver de quién se trataba. Dos mujeres casi nos atropellan, y luego se dirigieron a Ale, a quien abrazaron.

    Se trataba de Priscila y Érica, sus amigas íntimas. Érica es una morocha de pechos generosos. Su rostro no es particularmente bello, pero tampoco es desagradable, por lo que con su voluptuoso cuerpo le alcanza para llamar la atención de cualquiera. Priscila había ganado unos cuantos kilos a lo largo de los años, pero también es atractiva.

    — Dejá de mirarlas así, que tu jermu te va a matar —me dijo Mauri al oído, mientras Alexia era llevada casi a rastras por sus dos amigas, alejándolas de mí.

    — No pasa nada, Ale sabe que me gusta mirar —le contesté.

    — Qué linda relación que tienen ustedes, loco —me felicitó, ahora levantando la voz—. La última mina con la que estuve me daría vuelta la cara de una trompada si me veía mirando un culo ajeno. Vení, vamos para allá un rato.

    Mauri agarró dos copas de champagne, y me guio hasta el patio trasero, donde había un par de colegas más.

    — Mirá, Lauty por fin salió del clóset —dijo, señalando a Lautaro, otro de los ex compañeros al que no conocía tanto. El tipo estaba en un rincón con el que supuse era su pareja, besándose.

    — No sabía que era gay —dije.

    — Si se le caían las plumas, chabón —me dijo dándome una palmada en la espalda.

    — Vos siempre fuiste mejor deduciendo cosas. ¿Te acordás que el profe Vacaro te dijo que deberías ser economista? Por tu capacidad de análisis y de predicción.

    — ¿Estará vivo el viejo Vacaro?

    — Quien sabe.

    — Como te decía, no sabés cómo admiro la relación que tenés con Ale loco. Desde pendejos eran inseparables.

    — Es increíble, aunque últimamente tengo muchas dudas…

    — ¿Dudas?

    — Sí, pero por lo visto todo era ideas mías. Ahora estamos en una segunda etapa. En cuanto a lo sexual te hablo.

    — ¿En serio?

    — Si te dijera que me la chupó mientras veníamos en el auto ¿Me creerías? —le dije, dando un trago a la bebida.

    — ¿De verdad? Bueno, Ale siempre fue muy salvaje.

    — ¿Salvaje?

    — Bueno, vos la conocés mejor que nadie ¿No? No le tiene miedo a nada, y le gusta experimentar.

    Pareció darse cuenta de que había hablado de más. Agachó la cabeza y guardó silencio.

    No me molestó en lo más mínimo lo que dijo. Además, tenía razón, yo conocía a Alexia mejor que nadie. Desde que empezamos a salir, noté que tenía una vasta experiencia sexual a pesar de ser muy joven. Solía contarme de sus romances más importantes, pero no acostumbraba a compartir sus relaciones casuales, ya que no las consideraba lo suficientemente importantes como para hacerlo.

    — Sí, es verdad, es muy salvaje —contesté, para que no se sintiera mal—. Creo que se prendería en cualquier juego sexual que le propusiera.

    Recordé el juego que me había propuesto ella misma hacía ya varias noches, cuando me pidió que la posea fingiendo ser un delincuente. Pero no me animé a contarle eso a Mauri, menos en ese momento. Lo de la mamada en el auto era algo divertido, pero lo otro todavía se me hacía un poco extraño. De repente Mauri me sacó de mi ensimismamiento.

    — Mirá, te traje un rato acá para avisarte, aunque no creo que te moleste… pero bueno… me parece que corresponde que te lo diga antes de que lo veas… Igual tranqui, no pasa nada.

    — ¿Qué pasa Mauri? , estás dando más vueltas que una calesita —dije bromeando.

    — Mirá, ¿Te acordás de Gustavo? Bueno, está acá. Lo invitó Priscila. Bueno, me avisó que venía, pero qué le iba a decir. Le dije que estaba todo bien, que lo invite.

    Gustavo, el rubio alto, el mejor alumno, que cambió de carrera al último momento. El Hombre de rostro tan bello, que ni siquiera a otro hombre podría pasarle inadvertido esa cualidad. Gustavo, el ex novio de Alexia. Había aparecido después de casi ocho años. ¿Y era amigo de Priscila?

    No soy naturalmente desconfiado, pero cuando algo huele mal, una vez que se sigue el rastro del hedor, suele encontrarse alguna cosa podrida.

    — ¿Vamos adentro de nuevo? —propuso Mauri, quizás intuyendo que yo mismo quería hacer eso.

    — Sí, dale.

    Nos sumergimos de nuevo en el bullicio de la casa. La inconfundible carcajada de Alexia se elevó por encima de los parlantes. La busqué con la mirada. El corazón se me aceleró. Estaba con sus incondicionales amigas, y una chica más que yo no tenía idea quien era. Supuse que se trataba de otra compañera perdida en el tiempo, con quien estaban recordando viejos momentos.

    — Voy al baño. Ya vuelvo doctor —dijo Mauri, dejándome solo en un rincón desde donde observaba todo el movimiento.

    No había rastros de Gustavo, al menos a simple vista no se veía. De todas formas, pensé que sería mejor acercarme a mi mujer. Si bien era obvio que estaban en una conversación de chicas, tenía todo el derecho de meterme entre ellas. Al menos la corrección política de la actualidad me avalaba. Estaba bien depositar confianza en la pareja, pero a veces era oportuno marcar territorio, y algo me decía que estaba frente a ese tipo de situaciones. No había que tentar a la suerte.

    — Cuánto tiempo Carlos —me dijo alguien, en el preciso momento en que me disponía a ir con mi esposa.

    Era una chica de baja estatura, de piel marrón. Llevaba puesto un sensual vestido largo, muy ceñido, con un tajo largo a un costado, que dejaba ver una pierna desnuda, casi tan perfecta como la de Alexia, solo que no tan larga. Su Cabello era negro y ondulado, y lo llevaba suelto. Su boca, pintada de un rojo intenso, era provocadoramente grande. Su gesto llevaba la cuota de orgullo y desdén que estaba siempre presente en ella, fuera cual fuera la situación en la que se encontraba.

    — Sofía —dije, y la saludé con un beso.

    Cuando me separaba de ella, me devolvió el beso en la mejilla. Nuestros labios quedaron muy cerca.

    — Estás igual —me dijo luego, con una sonrisa seductora.

    Me sorprendió que dedicara tanta atención en mí. Nunca fuimos muy unidos. Aunque también es cierto que la enemistad que mantenía con Alexia, jamás se había trasladado a mí.

    — Vos estás bastante cambiada —respondí.

    — Espero que para mejor.

    — Mucho mejor.

    La vi de arriba abajo. Realmente parecía que el tiempo había sido muy favorable para ella. Pero me di cuenta de que su cambio no fue tanto en lo físico, sino en lo estético. Antes vestía ropas holgadas y utilizaba colores sobrios. Ahora se veía casi tan deslumbrante como Alexia, y eso era mucho decir.

    Por encima de lo hombros de Sofía, vi una figura conocida. Gustavo se acercaba. ¿Habían venido juntos?

    En ese momento me di cuenta de que la noche recién comenzaba.

    Continuará.

  • Trío extraordinario en fiesta swinger

    Trío extraordinario en fiesta swinger

    Es una casa con gran amplitud y espacios. Todos sabemos a qué vamos allí. Hay una 50 o 60 personas distribuidas en su planta baja. La casa tiene varias estancias y mobiliario repartido en todas ellas. Algunas personas que ya conocemos y otros nuevos para nosotros. Es un lugar mucho más abierto que un club swinger normal. Hay diversidad y todo en un ambiente de respeto, de concordia, de aceptación, de permisividad. Hasta de cierto afecto. No hay espacios específicos, la integración es total. Las libertades son todas.

    Nos acomodamos en un sillón, dejando nuestras pocas cosas en él y decidimos dar una vuelta por el lugar. Vemos parejas hetero, gays y grupos interactuando entre todos. Algunos sólo charlan, otros se acercan a los que charlan y llegan a interactuar con alguno o alguna.

    Entre las cosas que suceden vemos en una barra que hay tres amigos bien conservados conversando animadamente, todos ellos desnudos, mostrando unos penes de buen tamaño, semierectos. Entonces una guapa y sexy mujer se acerca, saluda brevemente y se pone en cuclillas enfrente de uno de ellos. Le toma su pene, lo acaricia, voltea a verle y, sin perder contacto visual entre ambos, comienza a chuparlo. Él se deja hacer y se acomoda para dejarle mejor forma para que ella siga dándole sexo oral y acariciando sus piernas, testículos y yendo más allá. Poco a poco vemos como esa verga se va poniendo dura. Ya ellos dejan de conversar y sólo ven cómo ella está dedicada a masturbarlo y ponerlo duro con una mamada de primera.

    La observamos, recargados en una de las paredes y te pregunto si se te antoja acompañarla, y me dices que sí, pero no en el momento. Ella voltea a ver que las otras dos vergas empiezan a ponerse duras y extiende sus manos para acariciarlas mientras sigue en plena felación de la primera. Se acercan ellos, acortando distancias y ella no duda en chuparles alternadamente. Tú me tocas, pero no quitas la vista de ellos. Te veo deseosa de hacerlo, de unirte, de compartir esas vergas. Sé lo mucho que disfrutas chupando penes y lo mucho que te excita ver y hacerlo. Mojas tu mano y me masturbas rico sin quitarles la vista, en especial a uno que ya muestra un pene de buen tamaño y mojado por la saliva de ella, que se te hace antojable. Está guapo, musculoso, como te gustan y se ve muy varonil. Él se da cuenta y te empieza a ver. Yo te digo que ya tienes su atención. Te comento, te ruborizas un poco, y me dices que sigamos adelante hacia otra estancia. Él te mira y al hacer contacto visual contigo, solo asiente y te manda un beso. Discretamente lo correspondes a la distancia.

    Pasamos a otra estancia donde vemos parejas interactuando con otras. Algunas mujeres aprovechan para besarse y acariciarse con otras mientras cogen a sus parejas. Otras comparten un pene en pleno acto oral llegando a besarse entre ellas teniendo en sus boas ese ya duro pene, y algunas más solo se dan ligeras caricias en hombros, brazos y piernas. Observamos con mayor detenimiento algunas de las parejas y llegamos a hacer contacto visual con ellos. Es agradable e inquietante ver las personas dándose cariño y satisfaciendo sus deseos y pasiones, compartirse y estar en un entorno con alta carga sensual y sexual.

    Al pasar cerca de una amiga, que casi de pie coge su pareja, ella extiende su brazo hacia ti y te jala para acariciar tus hombros, bajar su mano hacia tus senos y tu cara. Le devuelves las caricias y se llegan a besar un poco. Ella toca tus senos y tú le correspondes, acompañando sus desplazamientos de la cogida a la verga de su pareja. Bajas tu mano hasta su sexo y tocas esa dura verga que se coge con intensidad. Subes tu mano y le das a chupar sus dedos que ella chupa con avidéz. Te separas de ella y se despiden con un último beso sencillo en la boca.

    Avanzamos a otra zona y vemos un par de parejas gays en plena acción, sobre unos sillones, al lado de tres parejas hetero. Todos ellos cogen con un ritmo intenso y hacen algunos intercambios breves entre ellos, a través de caricias y alguno que otro abrazo y acercamiento. Los dos hombres pasivos, se besan entre ellos y sus manos acarician los cuerpos de sus correspondientes parejas. Hay confianza y cercanía. Aceptación y permisividad.

    Nos detenemos para verlos, te abrazo por detrás mientras observamos sus interacciones. Aprovecho y tocó tus senos que se sienten duros de la excitación, acaricio tus hombros y tu cabello, besando ocasionalmente tu cuello. Me dices que es excitante verlos a todos interactuando, teniendo sexo placenteramente, entregándose. Podemos observar que algunos tienen una muy respetable erección y de las mujeres, todas ellas disfrutan de la forma que las cogen o ellas llevan la cogida. Vemos eventuales intercambios y disfrute de todos en general.

    Hay una pareja de amigas que no paran de acariciarse apasionadamente. Te pregunto si se te antoja alguno o alguna y me dices de una mujer que se ve muy guapa y más que nada superintensa en su forma de disfrutar todo. Te digo al oído que se me antoja verte con ella. Volteas a besarme y continuamos.

    Llegamos a una terraza que tiene una serie de camastros matrimoniales y vemos algo de acción en ellos. Algunas personas se paran de su camastro y se acercan a otro, integrándose a la actividad que se está dando en el momento. Otros sólo conversan o se masturban mientras observan alrededor. Allí la actividad es más tranquila y relajada, pero no deja de ser excitante.

    Por otra puerta regresamos al espacio donde está el sillón de 4 plazas que elegimos, donde ahora hay otra pareja ya en plena acción. Ambos estamos muy excitados y me siento en él. Entonces te paras frente a mi, flexionas tu cintura para inclinarte hacia mi y darme unas chupadas intensas, saboreando las gotas que salen de la punta de mi pene, alternando ricas lamidas de testículos con tu deliciosa mamada. Mientras lo haces, mantienes tu cadera en alto en una muestra de clara invitación al deseo y dejas ver tu muy atractivo trasero a los que están enfrente y junto a nosotros. Con tu lengua me lames a lo largo, dejando mojada mi verga. Te subes al sillón, pasas una de tus piernas sobre mi y te dispones a montar mi pene. Con tu mano lo acomodas en tu entrada y me dejas ver la expresión de tu cara conforme te lo vas metiendo hasta quedar toda ensartada.

    Por lo excitada que estás, mi pene entra todo en ti, sin mayor problema, profundamente, hasta tocar tus paredes interiores. Te encanta sentirte llenita, colmada de verga, y disfrutas de esa sensación de cogerte una verga erecta. Extiendes tus brazos a mis hombros y empiezas a moverte rico. Inmediatamente siento la forma que me mojas en cada desplazamiento, y el efecto que llega a tener todo el entorno a nuestro alrededor.

    Te acercas a mí, me pones tus senos en la boca para que los chupe e inmediatamente nos besamos. Lo que aprovecho para decirte que ya tenemos audiencia. Levantas la mirada y alcanzas a ver un par de parejas y una que otra persona sola que se han parado a escasos metros nuestros para observarnos. Tú te mueves en forma por demás excitante y aporta mucho también saberte observada mientras coges, eso te prende particularmente, y siento la forma que te mojas con mayor intensidad a cada movimiento, así como tus gemidos que denotan la excitación creciente en ti. Me estás cogiendo rico y de repente vemos que se para a nuestro lado el amigo de la barra que te había llamado la atención.

    Muestra ya una erección importante y después de saludar con un beso en la boca, lo acercas para acariciar su ya duro pene, mientras continuas montando el mío. Te inclinas hacia él y comienzas a chuparlo, lamiendo primero la punta y yendo hacia el tronco, mientras lo sujetas de la base y parte de sus testículos. Él se deja hacer y acaricia tu espalda. Mamar un pene te excita y en esta ocasión, siento como tu excitación se hace mayor y vas mojándome más cada vez. También puedo ver que tus caricias hacen que este amigo se excite mucho y ya empieza a empujar su pene en tu boca cada vez más profundamente. Tú lo recibes deseosa y lo dejas cogerte por la boca, deteniendo tus movimientos de cadera por unos momentos.

    Puedo ver como su pene, que se pone más grueso y marcado, entra y sale de tu boca mojado de tu saliva. Con tus ojos cerrados tratas de recibirlo todo dándole eventual paso a tu garganta, a la vez que él empuja un poco más dentro de ti, mientras no dejas de acariciar sus testículos y correr tus dedos hacia su perineo. El abre sus piernas para déjate llegar más atras con tus caricias.

    Lo sacas de tu boca, lo masturbas un poco más y le preguntas si tiene un condón, para que se lo coloque y que se ponga detrás tuyo porque lo quieres sentir dentro de ti, junto a mi pene. Lo saca de su empaque y te lo entrega para que tú se lo pongas en su duro miembro, lo que aprovechas para masturbarlo y mamarlo un poco, mientras lo colocas, hasta llegar a sus testículos y chuparlos de a uno por uno y provocas en él gemidos de satisfacción. Le reiteras que lo quieres detrás tuyo y sin soltarle el pene te inclinas hacia mi y con tu mano lo llevas a tu entrada, mientras me dices al oído que lo quieres tener dentro de ti para que te coja con esa verga que te gustó sentirla en tu boca.

    Él separa tus ricas nalgas y, acercando su cara, se pone a lamer tu culito, lo que te excita fuertemente, a grado tal que levantas tu cadera hacia él. Eventualmente mi pene sale de tu vagina, lo que le da la posibilidad de lamerte toda y jugar por varios minutos con su lengua en tu clítoris, con tus pompas levantadas a más no poder para que te penetre con su lengua y poco a poco la sustituye con sus dedos, haciendo que te mojes inmediatamente. Siento como te excitas por ser tocada de esa forma y sé lo mucho que lo disfrutas.

    Él lo entiende bien e intensifica el movimiento de sus dedos entrando en tu vagina vigorosamente hasta que te hace venir y le brindas un orgasmo intenso y copioso que te hace temblar de la excitación. Yo sigo debajo de ti y mi verga y testículos reciben parte de tus líquidos producto de tu corrida. Es muy excitante, ya que te deja toda temblorosa, con una catarata de espasmos y sintiendo los últimos estertores de tu corrida. Entonces, él aprovecha que doblas tus piernas y te acercas más a mi cuerpo. Te coloca su verga en la entrada de tu vagina toda mojada y te penetra hasta el fondo de golpe, comienza a cogerte intensamente.

    Todavía no te recuperas del orgasmo ocasionado por sus dedos, cuando lo sientes penetrarte profundamente con su enhiesta verga, lo que te hace gemir intensamente al ser invadida por tan rico elemento, provocando que abras tus ojos de la sorpresa. Inmediatamente él te sujeta de la cadera con ambas manos y empiezas a sentir sus embestidas, que te llegan profundamente al hacer desaparecer la totalidad de su grueso y largo pene. No hablas, gimes rico, todo es disfrute y sensaciones y él va incrementando su ritmo, el golpeteo se vuelve más intenso y provoca que tus senos se muevan al ritmo de su cogida, haciendo que tus pezones rocen con mi pecho en cada movimiento. Eso te agrada y gimes por la velocidad que toma la cogida pidiendo más con eventuales gemidos que salen de tu boca.

    Agarra tu cabello y te jala hacia él. Te hace incorporar un poco y te penetra profundamente. Estás completamente ensartada en su verga y ahora con sus manos te sujeta de los senos, apretándolos intensamente, jugando con tus pezones entre sus dedos. Por la posición que te tiene, puedo verte completamente penetrada por él y tu rostro muestra deseo y pasión. Tú te dejas hacer por él. Observa que tienes tu boca entreabierta y lleva dos de sus dedos a ella. Inmediatamente los tomas y chupas como si de otro pene se tratara, mientras te sigue penetrando con intensidad.

    Rápidamente te va haciendo llegar a otro orgasmo, empujando violentamente dentro de ti y tu respondiendo a lo intensa de su cogida. Respiras agitada, sudorosa y gimiendo con cada empujón. En poco tiempo estallas nuevamente en un fuerte orgasmo con él dentro y eso lo hace perder el control de su cogida y se corre en tu interior. Te suelta y te recuestas en mi, mientras él va terminando de correrse en ti. Saca su pene que empieza a perder su dureza y vemos el condón lleno de semen. Me besas mientras lo observamos quitar el condón y alcanzas a frotar su pene cubierto de su semen con una de tus manos. Lo disfruta y te deja acariciarle un poco. Momentos después retira, se despide con un beso breve hacia ti y nos quedamos abrazados, disfrutando de la rica cogida que recién recibiste.

    Sabemos que la noche no acaba aún.

  • Mi primera vez con Alexander

    Mi primera vez con Alexander

    Tengo 21 años, me encuentro de intercambio en Europa y he conocido a mucha gente interesante y en especial a un chico alemán, al que le eché el ojo desde que lo vi en la primera reunión de extranjeros. Su nombre es Alexander.

    La primera vez que lo vi, me pidió mi Facebook antes de acabar la noche. Una semana después, yo regresando a mi cuarto de la residencia de estudiantes y checando Facebook, veo que me ha mandado mensaje y me invita a tomar vino hasta el anochecer, solo los dos a la orilla del rio que atraviesa la ciudad.

    Sin pensarlo más, me baño rapidísimo y me pongo una blusa que deje ver mi busto y unos jeans que ajustan mi figura y salgo corriendo a encontrarme con él.

    Después de haber tomado botella y media de vino y compartido pan, es hora de despedirnos y correr hacia el metro para tomar la última ronda. Me siento súper mojada, el vino se me subió a la cabeza y solo puedo pensar en que me tome y me bese, quiero tocar su pene y sentir nuestros cuerpos calientes. Tengo la duda de si él se siente igual que yo.

    De repente se acerca a mi cara y empieza a acariciarme y empieza a decir que tengo rasgos latinos muy bonitos y sin más me toma entre sus brazos y su lengua llena mi boca. Siento su calor en mi cuerpo, sus manos a la mitad de mi espalda y su pene parece una fiera, está muy duro y lo quiero sentir en mi mano pero me contengo.

    Le devuelvo el beso apasionado y lleno de deseo, el empuja hasta la pared mas cercana y no deja de besarme, me hace sentir dominada y con más deseo por él.

    Baja sus manos hasta mis nalgas y las aprieta con cariño, sube hasta mi busto y en un solo movimiento baja mi sostén y mi blusa, deja de besarme los labios para empezar a lamer, chupar y jalar mi pezón. Paso mis manos por su cabello para hacerle saber que no quiero que pare, pero rápidamente regresa a mis labios, hago por alcanzar su pene y acariciarlo pero toma mis manos con una sola mano y los pone sobre mi cabeza, evitando que pueda moverme y por supuesto haciendo que mis pechos se vean más grandes.

    Me besa delicioso, lame entre mis dos pechos, por el cuello y hasta la oreja, se detiene. Solo puedo pensar en que quiero que me quite el pantalón, las bragas y me penetre. Pero susurra «te voy a coger hasta que ya no puedas más, pero tendrá que ser en otra ocasión, tenemos que irnos» y se aleja de mi para que pueda acomodar mi blusa y caminemos juntos a la estación de metro.

  • Primer acercamiento a mi cuñada (2)

    Primer acercamiento a mi cuñada (2)

    ¡Ya van! Se escuchó desde el interior de la casa. Una voz femenina que aún no me era familiar despertaba mi curiosidad.

    -Carmen se está bañando, mucho gusto soy Cecilia, fueron las primeras palabras que me profirió y que están firmemente grabadas en mi memoria.

    Hace 14 años inicié un noviazgo con una mujer extraordinaria, quien es ahora mi esposa.

    Por asuntos familiares, hasta ese momento solo había conocido a mi cuñada menor, Guadalupe, de quien les platicaré más adelante; y a sus padres.

    Al extender su mano para saludarme y presentarse, me fascinaron su piel muy blanca, y sus dedos delgados y finos; y me llamó mucho la atención lo pequeñas que son sus manos.

    Fue lo primero que vi, antes de levantar la mirada y encontrarme con una mujer de 20 años, en ese momento desarreglada pues no esperaba visitas, pero que aún sin maquillaje ni peinado, era muy hermosa.

    Vestía un short deslavado y viejo, una blusa de la campaña de algún político y tenía mal amarrado el cabello con una liga.

    Nada de eso me importó, pues sus ojos cafés claros con una ligera tonalidad verde me dejaron impactado.

    Con mucha discreción mi mirada recorrió su rostro, orejas y cabello; y al darme la espalda para regresar a su habitación su delgado cuerpo del que destacaban unas piernas hermosas y firmes nalgas.

    -Pasa, si gustas espera en la sala, me dijo.

    -Aquí la espero, gracias, repliqué.

    Salimos como siempre a dar la vuelta por la noche. Ya cuando la oscuridad domina y la gente en las calles escasea, mi entonces novia y yo encontramos un lugar para hacer lo que los novios hacen en la oscuridad.

    Entonces mi esposa aún era virgen y me había confesado solo haber permitido a un hombre chuparle sus enormes tetas y a otro más le había practicado un malogrado sexo oral.

    Solo llevábamos 1 mes de novios así que no podía esperar mucho de esa noche; y así fue. Unos buenos besos y mis manos sobre sus pechos, pero nada más.

    La dejé en su casa pasada la medianoche y me dirigí a la mía.

    Excitado como estaba, recurrí a mi mano para liberar lo que tocar los senos de mi entonces novia, había causado.

    Desde entonces, se dieron muchas oportunidades de platicar mucho con Ceci y con los años la confianza fue aumentando.

    Tal vez enloquecí más que nunca por ella, un año después, en que fui por mi novia quien para no variar no estaba lista y bajó Cecilia a abrir la puerta.

    Con similar atuendo al de aquella primera vez que la vi, pero a diferencia de que en esta ocasión se acababa de bañar y había bajado sin brassiere y con el cabello muy mojado.

    -Pasa, me dijo

    Entré y me senté en el sofá

    Acto seguido se sentó en el sofá de enfrente y puso la tele para ver alguna de sus novelas que ama.

    No notó, supongo, que su cabello mojado estaba mojando mucho su blusa y poco a poco permitía que sus hermosos pezones se transparentaran.

    Estaba disfrutando el espectáculo cuando sonó su celular. Era su novio que le avisaba que iría por ella en poco más de una hora.

    -Nos vemos cuñis, espero que no tarde en bajar mi hermana, me tengo que arreglar.

    Confieso que esa noche procuré hacerla muy corta y que la visita a mi novia terminara pronto, pues me urgía llegar a masturbarme con la memoria de los pezones de Ceci perfectamente marcados en su blusa mojada.

    Regularmente tardo mucho en eyacular, ya sea cogiendo o masturbándome; pero esa noche bastaron unos segundos de recuerdos para que me saliera semen por montones.

    Mi locura fue en aumento.

    Poco tiempo más tarde, una noche subí a la habitación de mi esposa a ver películas pues en el cuarto de televisión, Cecilia veía también otra película con su novio.

    Subimos y al poco tiempo, agotado por el trabajo, me quedé dormido al igual que mi novia.

    Quizá pasaron un par de horas cuando desperté espantado y viendo a mi novia perfectamente dormida decidí bajar en silencio para no despertar a nadie.

    Justo al bajar la escalera, escuché gemidos muy leves.

    Mis sentidos se avivaron y sigilosamente caminé hace el cuarto de televisión.

    La puerta estaba cerrada, por las rendijas de la puerta se apreciaba luces de televisión.

    -Alguien está viendo porno, pensé

    Decidí asomarme sigilosamente por una rendija

    No alcancé a ver mucho, pero lo que vi me hizo tener una poderosa erección.

    La piel blanca, los pies pequeños, el grosor de sus piernas y su voz eran inconfundibles.

    Cecilia estaba montada sobre su novio, cogiendo, pensando que todos dormíamos profundamente.

    Solo alcanzaba a ver los movimientos salvajes propios del clímax, esos momentos en que las mujeres enloquecen y se olvidan de todo antes de venirse. Pero solo alcanzaba a ver las piernas de su novio, las pantorrillas y pies de ella y por supuesto a escuchar sus gemidos.

    Sin más, decidí esperar al orgasmo.

    Justo cuando se estaba viniendo, regresé rápido a la habitación y cerré muy despacio.

    Habrían pasado quizá 2 minutos cuando escuché que alguien subía y entraba al baño compartido por dos de las 3 habitaciones. Pocos minutos después, alguien salió, cerró y bajó de nuevo.

    Supuse que habría sido Cecilia así que igual muy despacio, salí de la habitación y entré a ese baño.

    Revisé el cesto de la basura y abrí con cuidado el papel que parecía estar recién depositado.

    ¡Mucho semen! ¡El tipo había eyaculado dentro de mi cuñada!

    Yo no sabía que mi cuñada de entonces 21 años ya tenía sexo salvaje pero la idea me puso más loco que nunca.

    Sí, apenas pude regresé a mi casa y como antes, en segundos me corrí pensando en los movimientos de sus piernas, gemidos y el papel higiénico lleno de semen.

  • Un viaje en tren para el recuerdo

    Un viaje en tren para el recuerdo

    Terminé de trabajar muy apurado aquella tarde, apagué la computadora y pasé por el baño de la oficina. Justo salía de allí Marina, la secretaria de mi jefe que me encantaba. Me sonrió amablemente y sostuvo la puerta para dejarme pasar. Hice pis rápidamente, me lavé las manos y salí casi corriendo. Tomé el bolso que reposaba al lado de mi escritorio, saludé en voz alta y me fui.

    Tenía que tomar un tren a Barcelona para una importante entrevista laboral de la cual dependía mi futuro profesional, y este pequeño viaje me había quitado el sueño durante varias semanas.

    En la esquina de mi oficina tomé un taxi.

    – Hasta la estación Puerta de Atocha, por favor. – le dije al conductor.

    – Claro. Argentino, ¿verdad?

    – Sí, argentino pero con medio corazón español. Vivo aquí hace muchos años.

    – No se le ha borrado nada el acento. – me respondió sonriendo mientras me miraba por el espejo retrovisor.

    Le devolví la sonrisa pero no continué la conversación. El hombre era muy amable, pero yo estaba nervioso y sin ánimos de sociabilizar. Me acomodé en mi asiento y miré por la ventana. Cuánto me gustaba Madrid. De repente sentí que hacía mucho que no disfrutaba de la ciudad que me había alojado 15 años atrás. Durante los últimos años había priorizado mi trabajo ante todo lo demás, y eso me había costado una relación de más de una década que traía desde mi país natal.

    Mis pocos momentos de ocio consistían en salir a cenar o a tomar con mis amigos, vínculos que había forjado cuando era un recién llegado y comenzaba a estudiar un Máster en Finanzas. En aquel entonces tenía 25 años y toda la ilusión de quien llega a un lugar nuevo y quiere conocerlo todo. Ahora acababa de cumplir los 40 y había perdido ese hambre de descubrimiento. Sin embargo, no la pasaba mal. Disfrutaba de mi tiempo entre amigos y no me iba mal con las mujeres. Con algunas llegaba a salir varias veces, pero luego esas relaciones se tornaban insostenibles ya que toda mi energía estaba depositada en escalar laboralmente.

    De repente, mientras miraba ensimismado por la ventana de aquel auto, la voz del taxista interrumpió mis reflexiones.

    – Hemos llegado.

    – Ah, sí, disculpe. – dije mientras le pagaba y tomaba mi bolso para bajar. – Aquí tiene. Que tenga buenas tardes.

    Mientras esperaba en la estación la pronta salida de mi tren, me senté a tomar un café. Era octubre y el día estaba frío. Traté de pensar en otra cosa que no fuera la entrevista, para lograr relajarme por lo menos esas horas que tendría hasta llegar a mi hotel de Barcelona. En la noche tendría tiempo para preocuparme por la reunión del día siguiente.

    Me puse a eliminar fotos y mensajes del teléfono móvil, simplemente para mantenerme ocupado en algo relajado. Al pasar por las conversaciones de Whatsapp, vi la foto de Marina y no pude evitar detenerme a mirarla. El contenido de nuestra única conversación por la aplicación de mensajes era un “Buen día, Marina. Estoy llegando tarde, podrías avisarle Juárez por favor?” enviado hace meses, seguido de un “Claro, ya le aviso” respondido por ella.

    Con Marina no hablábamos demasiado, pero me encantaba desde que había entrado a trabajar en la empresa, hacía ya unos tres años. Desconocía su edad exacta, pero calculaba que tendría unos 35 años. Lucía unas caderas grandes debajo de una cintura pequeña, usaba unos vestidos apretados por encima de la rodilla y unos zapatos altos con los que caminaba como una modelo profesional. Por lo general no usaba escotes o eran muy sutiles, pero bajo su ropa entallada se notaban unos pechos redondos y firmes. Tenía pelo negro levemente ondulado que le llegaba por la mitad de la espalda. Me encantaba que lo llevara siempre suelto. Y su perfume… uff, su perfume. Me fascinaba pasar por su lado y oler esa fragancia. Me gustaba también su cara casi al natural, con poco maquillaje y su sonrisa perfecta.

    Seguía pensando en ella cuando el llamado de mi viaje me distrajo. Me levanté de la silla con mi bolso, tiré a la basura el vaso descartable de mi café, y me encaminé a la terminal correspondiente.

    Delante de mí vi pasar a una chica de unos 27 o 28 años que se dirigía hacia el área de los baños. Llevaba ambos brazos cargados con bolsos, bolsas y abrigos. Caminaba rápido, aunque no podía correr con todo aquel peso. Mientras la observaba noté cómo se le caía al piso la campera que llevaba atada a su mochila. Esperé un segundo para ver si se percataba de aquello, pero ella seguía su rumbo. Me desvié de la fila en la que esperaba para abordar, y tomé la prenda en mis manos. Corrí detrás de ella unos metros, hasta que la alcancé.

    – Disculpa, se te ha caído… – dije tocándole el hombro.

    La chica se dio vuelta sorprendida, y miró su abrigo en mi mano.

    – Uy, muchas gracias. – respondió con una sonrisa sincera.

    Mantuvo su mirada en mí durante un par de segundos, lo cual me pareció extraño, y luego continuó su camino hacia el baño. Yo volví a mi lugar y subí al tren. Me acomodé en un asiento del lado de la ventana y saqué de mi bolso un libro. Unos minutos más tarde ya estaba muy metido en la lectura, pero noté que alguien se acomodaba a mi lado. Levanté la vista y allí la vi… era la joven del abrigo y el baño.

    – Hola de nuevo… – le dije sorprendido.

    – Hola. No te molesta que me siente aquí, verdad?

    – No, para nada.

    Ella acomodó sus cosas y se sentó. Volvió a mirarme y cuando le devolví la mirada se presentó.

    – Soy Julia, gracias otra vez por lo de antes. Andaba a las corridas.

    – No es nada. Soy Marcos. – dije amigablemente mientras pensaba en lo linda que me sonaba (aún) la tonada madrileña.

    – Argentino?

    – Argentino… sí. – me agotaba un poco que cada desconocido que me cruzaba me preguntara lo mismo.

    – Me gusta como hablas. Aunque se te han pegado algunos modos nuestros, eh.

    – 15 años viviendo aquí son bastantes.

    – Claro. Bueno, te dejo continuar con tu lectura. – dijo mientras se ponía sus auriculares.

    Yo volví a mi libro pero tardé en recuperar la concentración. Me quedé pensando en mi compañera de asiento. Era una joven agradable y simpática. Era preciosa, además. Llevaba unas medias de nylon negras cubriendo enteramente sus piernas, un vestido rayado por encima, y un saco gris. En los pies llevaba un par de borcegos. Tenía el pelo castaño recogido en una cola de caballo, ojos color miel y unos lentes grandes con marco rojo que le quedaban muy lindos. Pero lo que más me llamaba la atención de su aspecto era el piercing con forma de pequeña argolla que llevaba en su labio inferior. Tenía unos labios carnosos y marcados, a los que aquel aro volvía más seductores aún. Noté inmediatamente que a pesar de nuestra breve e insignificante conversación, me sentía un poco atraído hacia Julia.

    No supe en qué momento me quedé dormido. Llevaba unas cuántas noches sin dormir a causa de los nervios por la entrevista, y en cuanto bajaron las luces del tren caí rendido sobre la ventana. En mis sueños estaba Marina, la secretaria de mi jefe, en una playa paradisíaca probablemente ubicada en el caribe. Hacía mucho calor y ella caminaba bajo el sol con un vestido blanco que se pegaba a su piel a causa del viento. De repente se daba vuelta hacia mí, llamándome para que la acompañara hasta la orilla. Yo me levantaba de mi reposera y caminaba hacia su lado, mientras ella me miraba fijamente. De repente, ella se quitaba el vestido y estaba completamente desnuda debajo. Sus hermosas y anheladas curvas se presentaban frente a mis ojos en la inmensidad de aquella solitaria playa. Su cuerpo bronceado, sus tetas perfectas con sus pezones rosados y erectos, su cintura llamándome, su pelo negro al viento y su sonrisa cautivante… Yo me acercaba a ella y desesperadamente la tomaba de sus caderas y la besaba con lujuria sintiendo su cálida piel rozando la mía. Mis manos comenzaban a acariciar su figura cuando un ruido me sacó repentinamente mi ensoñación.

    A Julia se le había caído una botella al piso, y ante aquel sonido me había despertado. Me sentía transpirado, la calefacción estaba alta y yo seguía bastante abrigado. Me quité la campera y vi mi enorme erección dentro de mi pantalón. Miré rápidamente a mi lado, para verificar que mi compañera no se hubiera percatado. Pero ya era tarde.

    – Veo que has tenido un buen sueño, colega.

    Yo coloqué mi abrigo encima de mis piernas para taparme, como un reflejo. No respondí, pero me sentía muy avergonzado. Me sentí vulnerable, como un adolescente que han encontrado masturbándose en su habitación.

    Evité el contacto visual con mi compañera de asiento, pero podía notar que continuaba mirándome. Luego de unos segundos, la miré, inquieto por la circunstancia. Ella sostenía su mirada en mí, como si hubiera estado esperando que finalmente la mirara también.

    – Me permites? – dijo metiendo muy lentamente su mano por debajo del abrigo que yacía sobre mis piernas mientras me miraba fijamente a la cara tratando de leer mi expresión.

    Yo no respondí, pero me giré levemente hacia ella mientras sentía que mi erección palpitaba. Ella sonrió y me acarició por encima de mis jeans ejerciendo presión sobre mi verga.

    – Espero que estuvieras soñando conmigo… – dijo pasando una y otra vez su mano por mi bulto y dejando caer mi campera al suelo.

    De repente Julia empezó a desabrochar mi pantalón. A ella no parecía importarle en absoluto que alguien pudiera estar observándonos, pero yo comencé a mirar preocupado hacia los costados buscando espectadores.

    No estaba acostumbrado a vivir ese tipo de experiencias. Mis experiencias sexuales eran bastante tradicionales, digamos, o por lo menos siempre se daban en algún lugar privado. Era de noche, las luces estaban apagadas y en aquel vagón semivacío los pocos pasajeros iban dormidos. Al notar eso me relajé y me recosté hacia atrás en el asiento mientras Julia tomaba mi duro miembro con su mano. Yo ayudé bajando un poco mi pantalón para facilitar su acceso, y ella empezó a masturbarme mientras me miraba a la cara. Se acercó a mi boca y me dio un breve beso. Me gustaba cómo sus grandes labios se acomodaban entre los míos. Sentir su piercing con mi lengua por alguna razón me excitaba aún más. Luego de besarme durante unos segundos alejó su rostro y escupió en dirección a mi pene, mirándome a través de los cristales de sus anteojos. Al sentir la humedad no pude evitar emitir un leve gemido con mis ojos entrecerrados. Ella sonrió morbosa mientras me pajeaba.

    – Desde que abriste los ojos que tengo ganas de chupártela. Me lo concedes? – me preguntó susurrándome al oído.

    El vello de mi cuello se erizó. No respondí aunque quería gritarle que sí. Moría por sentir esa boca alrededor de mi erección, pero todavía sentía pudor.

    – Me permites? – insistió con su sensual tono de voz.

    – No puedo negarme. – dije finalmente y ella sonrió victoriosa.

    Julia se arrodilló frente a mi asiento, en el pequeño espacio que había, y me bajó los pantalones y el bóxer hasta el tobillo. Sosteniendo mi pene llevó su cabeza debajo de él, y comenzó pasando su lengua caliente por mis testículos, bien despacio, leyendo mi rostro. Los saboreaba, los metía en su boca, sabía exactamente qué hacer para que me olvidara completamente del contexto en el que estábamos. Luego empezó a chupar desde allí todo mi miembro hasta llegar al glande. Allí jugó muy lentamente con sus labios, con su lengua. Quería volverme loco y lo estaba logrando. Luego de un rato se quitó los lentes, se metió mi pene en la boca y comenzó a mamarlo con deseo, primero despacio y luego aumentando la velocidad. Tomó mi mano y la llevó a su cabeza, indicando que quería que le marcara el ritmo. Comencé a hacerlo, primero con timidez y luego me dejé llevar por la excitación. La tomé de su pelo recogido y le indiqué cada vez mayor velocidad. Y de repente cuando estaba cerca de acabar, Julia frenó. La miré, desconcertado. Ella se sentó en su asiento y quitó sin apuro su calzado. Luego bajó sus medias de nylon y se las quitó. Subió los pies al asiento y con las piernas bien abiertas comenzó a tocarse por encima de su tanga negra. Agarró mi mano y la llevó a su entrepierna.

    – Quiero que tú me toques. – me dijo.

    Toqué con mis grandes dedos su ropa interior empapada, la corrí hacia un costado y comencé a tocar suavemente la ranura de su vagina mientras miraba el placer en su rostro. Metí suavemente un dedo y me miró con su boca entreabierta, jadeando con urgencia. Metí otro dedo y comencé a penetrarla con ellos lentamente. Ella gemía cada vez más sonoramente y yo pensaba en que pronto alguien escucharía. No me importaba ya. Aumenté la velocidad de mis movimientos mientras con la palma de mi mano friccionaba el clítoris de Julia. Con mi otra mano me masturbaba despacio, tratando de controlarme para no venirme todavía. Julia empezó a gemir más fuerte y su cuerpo empezó a moverse involuntariamente. Estaba por llegar al clímax. Con la mano con la que me masturbaba tapé su boca y con la otra aumenté la velocidad e intensidad en su sexo. De repente un grito se ahogó en mi mano derecha, y mi mano izquierda sintió los espasmos incesantes de su primer orgasmo. En ese momento deseé que fuera el primero de muchos.

    Julia se paró y se subió sobre mí. Yo agradecí que en el asiento de atrás no hubiera nadie, porque si no verían en primera fila nuestro show. Tomó con su mano mi pene y lo metió lentamente en su interior mientras me besaba lentamente. Yo apreté sus tetas por encima del vestido y noté que no llevaba corpiño. Apreté sus pezones por arriba de su ropa mientras ella subía y bajaba encima de mí sosteniéndose del alto respaldo del asiento.

    – Tócame – me exigió.

    Obedecí y llevé mi mano a su clítoris. Ella tiró su cabeza hacia atrás y se dejó llevar. Comenzó a saltar cada vez con más fuerza y rapidez sobre mí.

    – No vayas a venirte dentro de mí -dijo y sentí que era mucha presión para el nivel de calentura que yo estaba experimentando.

    Comencé a mover con más velocidad y presión mis dedos en su sexo y Julia gritó al venirse por segunda vez. Tuve que hacer un gran esfuerzo para no eyacular en ese mismo momento. Inmediatamente salió de su lugar y volvió a acomodarse a mis pies. Se metió toda mi verga en la boca y comenzó a chuparla nuevamente. Yo agarré fuerte su cabello desde la cola de caballo ya un poco desarmada, y apreté su cabeza una y otra vez contra mi miembro. Ella clavaba con fuerza sus uñas en mis muslos mientras se ahogaba y volvía a respirar. Los vaivenes de su suave boca contra mi pija duraron unos breves minutos hasta que le anuncié que iba a venirme.

    – Voy a acabar.

    Ella me miró a los ojos y continuó hasta que con un gemido que traté de ahogar sin éxito, exploté en su boca. Ella lamió hasta tragarse la última gota de semen. Se limpió la comisura de los labios y se sentó en su asiento mientras yo acomodaba mi ropa nuevamente.

    – Pues si no era conmigo que soñabas espero que sueñes conmigo mañana. – dijo la española riendo.

    – Después de esto, seguro que sí. -Respondí- Creés que alguien nos escuchó?

    – Seguramente, no fuimos muy silenciosos. Por lo menos no nos han bajado del tren… Quizás alguno hasta se haya echado una paja con nuestro pequeño show.

    – Es cierto – dije en broma.

    Julia miró por la ventana mientras se peinaba y entrecerró los ojos tratando de darse cuenta por dónde estábamos.

    – Ya estamos por llegar – dijo.

    – Sí. A qué vienes a Barcelona? -le pregunté tratando de generar conversación.

    – Viajo el último jueves de cada mes para pasar cuatro días con mi novio que vive aquí. – dijo y los ojos le brillaron mientras me dedicaba media sonrisa.

    Yo no supe qué responder. Justo llegó el tren a la estación y ambos nos paramos en silencio para recoger nuestras pertenencias. Nos despedimos con un simple “adiós” y cada uno se fue por su lado.

    Nunca me dieron aquel puesto para el que me entrevistaron, pero a partir de aquel día he viajado varias veces en el mismo tren que Julia sólo para repetir nuestra aventura. Marina me sigue gustando pero menos que antes, ya que ahora al verla pienso en Julia y nuestro primer polvo en aquel transporte. Julia, por su parte, me confesó que espera con más ansias esas visitas a su novio ya que nunca sabe si vendrán con sorpresa.

    Nos encontramos varias veces luego de aquel primer viaje, pero jamás intercambiamos información personal y no creo que lo hagamos nunca. Seremos para siempre la versión pornográfica de Before Sunrise.

    [email protected] / Instagram: damecandelarelatos

  • Mi cumpleaños y un GPS

    Mi cumpleaños y un GPS

    Eran las tres de la madrugada y mi marido se había perdido dos veces, lo único que se veía a través de la niebla era bosque, hacia media hora que había decidido ignorarlo, definitivamente es un inútil con la orientación, y lo peor es que andábamos escasos de gasolina, hacía tres horas que habíamos salido de casa de mi hermana, desde luego no era la mejor forma de acabar mi cumpleaños, después de andar una hora perdidos por un camino rural cosa de mi marido para atajar deslumbramos las luces de una casa.

    -¿Crees que serías capaz de dirigir el coche en dirección a esa casa?- Dije irónicamente.-Les preguntamos y por lo menos evitaremos quedarnos colgados en mitad de la nada.

    Mi marido se tragó el orgullo y refunfuñando se dirigió hacia la casa, era una casa grande y por las luces se veía que los dueños seguían despiertos, por supuesto me baje yo a preguntar.

    Toque con los nudillos pues no pude localizar el timbre, al momento se abrió la puerta apareciendo una pareja de jóvenes, un chico y una chica, se quedaron mirándome sin saber que podría hacer yo a las tres de la madrugada en un sitio como ese y encima con esa niebla.

    -Perdonar que os moleste, pero mi marido se ha perdido y la verdad andamos escasos de gasolina, ¿me podríais indicar por dónde llegar a la carretera general?

    – Estáis muy alejados de ella. No sé si con esta noche sería bueno que continuarais.

    -¿Tan lejos estamos? -Dije maldiciendo al estúpido de mi marido.

    -Ya no es por lo lejos, si no que tenéis que tomar un par de desvíos y como no acertéis os perderéis más todavía.

    -Pues no sé qué hacer. -Dije preocupada, ya me veía durmiendo en el coche.

    -Si queréis pasar aquí la noche y mañana continuáis ya con luz.-Dijo el muchacho con cierto brillo en sus ojos.-Claro mujer, no lo dudes tenemos habitaciones de sobra, pasad estamos con unos amigos.

    -Se lo pregunto a mi marido, gracias.- Por supuesto que no se lo pregunté, directamente le dije que pasaríamos la noche allí, intento decir algo pero mi cara se lo dejó bien claro, bastante había hecho ya esa noche.

    Entramos en la casa donde otra pareja estaba sentada sobre cojines en el suelo alrededor de una chimenea, el rato que había estado fuera me había quedado helada, nos presentaron era también muy jóvenes estarían entre los dieciocho años y los veinte.

    -Sentaos y tomar un poco de vino caliente, ya veréis que entráis en calor.

    La verdad que la estancia estaba bastante caldeada, mi marido pidió ir al baño, lo acompañó uno de los chicos mientras yo me quitaba el abrigo y me quedaba en mangas de camisa.

    -¿De dónde venís? -Preguntó una de las chicas.

    – Pues no te lo creerás, de celebrar mi cumpleaños. -Dije riéndome de mi mala suerte.

    -Pues vaya fin de fiesta, para celebrar tus veinte años.- Dijo uno de los chicos intentando alagarme con la edad.

    -Jaja, qué más quisiera yo, no, ya me cayeron los cuarenta y cinco, pero muchas gracias por tu halago.

    – No es ningún halago, la verdad es que no lo aparentas.-Soltó una de las chicas, la cual no dejaba de mirarme los pechos.

    Mi marido vino a despedirse pues estaba muy cansado y quería dormir, iba a levantarme para acostarme con él cuando las chicas se empeñaron en que me quedara un poco más con ellos hasta que se terminara el vino y así podríamos brindar por mi cumpleaños.

    Total que accedí pues realmente estaba muy a gusto, no sé si producto del vino caliente o del calor que daba la chimenea.

    Al momento volvieron los vasos a llenarse, una de las chicas puso música y comenzaron a bailar entre ellos, mientras empecé a sentir calor con lo cual me iba desabrochando los botones de mi camisa y sin darme cuenta estaba enseñando mi sujetador, una de las chicas se acercó y ofreciéndome la mano me invitó a bailar, al levantarme note como la cabeza empezaba a darme vueltas, cosa que hizo que me agarrara a ella por miedo a caerme, veía las caras como en una nube, unas manos comenzaron a tocarme el culo, era la chica que había bajado sus manos desde la cintura hasta las nalgas, yo seguía en las nubes cuando noté el cuerpo de un muchacho acabando de desabrochar mi camisa y en menos de diez segundos estaba bailando en sujetador, tengo un pecho mediano pero bien puesto, me di cuenta que la otra pareja se estaban besando sentados en los cojines, la muchacha comenzó a besarme el cuello cosa que hizo que la piel se me pusiera de piel de gallina, las manos del chico estaban sobre mis pechos tocándolos por encima del sujetador.

    -Que buena esta.-Le decía la muchacha al chico mientras esté acabo de desabrocharme el sujetador quedando los pechos al descubierto.

    -Mi marido.- Era lo único que podía decir, mientras sentía los labios de la muchacha chupándome los pezones mientras el chico se apañaba en desabrocharme los pantalones.

    -No te preocupes está durmiendo como un tronco.

    -Si pero si baja.-Decía intentando apartar a la chica.

    -Disfruta de tu cumpleaños, no seas tonta.- Mis pantalones estaban en mis tobillos mientras la mano del muchacho esquivo mi tanga y metiendo su mano se apoderó de mí coño. Entre los dos me tumbaron en os cojines y acabaron de desnudarme, la chica que se estaba besando con el muchacho se apresuró a quitarme el tanga y lanzarse a comérselo coño, yo estaba que no podía más cuando sentí unos golpes en la frente, era la verga de uno de los muchachos, en ese momento perdí todo el control y abriendo la boca me la metió por completo, sentía mis flujos correr por mis inglés gracias al trabajo de la chica, desapareció esta y colocándome un cojín en los riñones para que el otro chico me ensartará, comenzó a follarme despacio y poco a poco aumentó la velocidad, mientras la verga del otro me taladraba la boca, estaba llena por arriba y por abajo.

    -Ves cómo te lo estás pasando bien.-Me decía una de las chicas.-Si al final nos lo va a agradecer.-Respondió el chico que me follaba la boca.

    Sentí como mi coño se inundaba por el semen del chico y al poco mi boca recibió la descarga llenándomela, se salieron de mi dejándome aún más caliente de lo que había estado, una de las chicas ocupó el lugar del muchacho y sentándose encima mío de manera que su coño quedaba en mi boca, no dude y empecé a chupar con gula, notaba que me volvían a chupar el coño, y al rato note como buscaban la entrada de mi coño, no era una verga pues el tacto se notaba diferente, resultó ser un gran consolador, lo introdujeron y comenzaron a follarme con él, mi cara se llenó con la corrida de la chica dejándome toda empapada, me dieron la vuelta quedando mi culo a disposición de cualquiera, el muchacho que me había follado se puso de manera que pudiera mamarle su verga, unos dedos me estaban untando mi agujero negro, por suerte no soy virgen de ahí, más de un consolador a entrado, pero nunca la verga de mi marido, dos dedos ya estaban jugando en el interior de este cuando dos brazos me levantaron para sentarme en una verga y empezar a cabalgar, mientras ya tres dedos habían lubricado lo suficiente, notaba como iba entrando la verga, con mucho cuidado hasta quedar empalada por los dos agujeros, cogieron el ritmo y comenzaron a follarme, una de las chicas se puso delante quedando su coño a la altura de mi boca, con lo cual comenzó a saborearlo, había perdido la cuenta de los orgasmos que había tenido esa noche. Al final acabe llena de leche, sobre las cinco de la mañana nos fuimos a dormir, la verdad es que me ofrecieron dormir con los muchachos y no lo dude ni por un segundo, cerraron todas las puertas por dentro por si mi marido se despertaban supiera en qué habitación estaba, cosa que no ocurrió pues me levante antes que él, desayunamos y nos despedimos de ellos no sin hacerle un dedo en el lavabo a una de las muchachas.

    Desde luego fue uno de los mejores cumpleaños de mi vida.

  • Atrapado en las redes de la peligrosa viuda negra (1)

    Atrapado en las redes de la peligrosa viuda negra (1)

    Bueno, primero este es mi primer relato y tal vez acabe haciendo una jodida «serie» con esto por puro aburrimiento, dicho esto aunque no lo considero necesario me presento, mi nombre es Alexandra, pero se me conoce mejor como «Lexie», tengo 22 años, castaña-pelirroja, alta (1.76) y corpulenta en general, notables músculos en los brazos, buenos pechos, caderas anchas, gran trasero, muslos gruesos y musculosos y pantorrillas definidas, en conclusión me considero perfecta y una maldita diosa, ahora a lo que vine, como ya mencioné este es mi primer relato y está basado en una de mis tantas alocadas fantasías y un sueño en particular, dicho sueño está protagonizado por dos, yo por supuesto y el objeto principal de estos sueños, el causante de mis descabellados y sexualmente alocados pensamientos, la versión joven de Axl Rose (especificando más la de los 80’s)

    La cosa empieza algo así; lo que recuerdo del sueño es que estaba ambientado en los 80’s, yo me encontraba caminando por un barrio que creí haber visto antes, iba vestida con un traje negro de cuero muy entallado (parecido al de Natasha Romanoff/Black Widow de Marvel, pero a mi me quedaba mejor) y había terminado de matar a unos supuestos «criminales» (rivales porque al final yo también lo era) pero no es lo que importa, lo siguiente que recuerdo fue sólo más caos y destrucción causado por mí en otra calle, me estaba divirtiendo mucho, al fin que cuando estoy a mitad de cruzar un puente me lo encuentro a él, al hombre que sin ningún tipo de vergüenza admito que me provoca los más salvajes y lujuriosos deseos, al que quiero en mi habitación para mí sola, al que estimula mi cuerpo y cerebro para mis múltiples masturbaciones diarias, en fin, nos encontramos en el puente, él iba vestido también de cuero en general (porque no voy a perder el tiempo especificando vestimentas que toman una mínima participación en esto), se veía bastante sexy y en el calor del momento yo sólo me le quería lanzar encima.

    -hey!- Se limitó a decir, para luego continuar: -qué te trae por aquí? Creo que nos conocemos de algún lado.

    -no me interesa, pero ya que te veo quiero que hagas algo -le dije autoritariamente como acostumbro hablar siempre.

    -conmigo no uses ese tono niña, recuerda quién soy yo -dijo acercándose a mi tratando de parecer amenazante, le pegué un rodillazo en el estómago y dije:

    -yo contigo uso el tono que se me dé la puta gana, entendido? Ah, y abstente de llamarme niña si no quieres arruinarte la noche en todo sentido del verbo.

    -eso habrá que verlo… mujer, entonces, qué mierda querías? No tengo toda la noche

    -jaja, conmigo tendrás que tenerla si o si, sígueme.

    Nuestra conversación inicial casi termina en un altercado físico que me hubiera divertido de no ser porque iba con otras intenciones y evidentemente él también, lo atrapé mirando varias veces a mi escote y también a mi culo el cual era enfatizado por el ceñido traje que llevaba, si hubiese sido otro hombre le hubiera partido la cara literalmente, pero si de Axl se trataba tenía como propósito eso, que se excitase con lo que veía, cosa que no era difícil, lo guíe hasta mi auto, entramos y cerramos las puertas, una vez dentro ninguno de los dos dejó articular palabra al otro, pues parecía que nos habíamos leído la mente, comenzamos a besarnos de una forma bastante ruda, hambrienta y apasionada directamente, yo lo monté a horcajadas mientras él pasaba sus manos por mis muslos, subía hasta mi trasero y las bajaba de nuevo a mis muslos, luego recorrió mis piernas en general para después subir de nuevo a mi cintura, ya me había percatado de una creciente erección suya, sonreí con malicia y me froté contra él mientras él por su parte elevaba la cadera simulando penetraciones, pero no llegamos al sexo en si o del todo pues yo quería algo de una noche más no de 3 míseros minutos, nos separamos y nos miramos fijamente por unos segundos.

    -carajo, no quiero dejar esta mierda a la mitad, mujer, eres tremendamente buena en esto, mira cómo me dejaste- dijo señalando su aún evidente erección.

    -y quién mierda te dijo que se va a quedar así? vamos a terminarlo, no pasaron ni 2 minutos y mira cómo te traigo, en tu vida no vas a ver a otra como yo y te lo digo en serio Rose- dije mientras arrancaba el vehículo, durante el trayecto hablamos de cosas no muy importantes y me sonreía a mi misma mientras mentalmente me repetía; «ya cayó, es tuyo mujer, ésta maldita noche es tuya, no lo dejes ir hasta que estés satisfecha y que todo haya valido la pena» no dudaba que él haya pensado lo mismo en algún punto pero pobre, se iba a topar con una gran diferencia.

    -llegamos- dije mientras bajaba del auto a la par que él lo hacía.

    -cómo te llamas por cierto?- preguntó él como si se le hubiera olvidado.

    -Lexie, de ahora en adelante así me llamarás- dije mientras abría una puerta, era la puerta de lo que en aquel sueño era mi oficina, la cual se ubicaba dentro de una mansión que no era mía legítimamente pero estaba a nada de serlo, si moría el dueño.

    -Lexie… -repitió en voz baja, esa maldita voz me excitaba más todavía, serví dos vasos de whisky para ambientar más el momento.

    (Continuará)…