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  • El despertar

    El despertar

    Estaba sumergido en una vorágine de placer, un torbellino de sensaciones que me consumía por completo.

    Mi cuerpo, envuelto en un catsuit de cuero negro brillante, vibraba con una intensidad eléctrica.

    El material se adhería a mi piel como una segunda carne, su superficie lisa y fresca amplificaba cada movimiento, cada roce.

    El aroma del cuero pulido se mezclaba con el almizcle del deseo, embriagándome mientras dos mujeres, con sus cuerpos voluptuosos enfundados en catsuits de cuero reflectante idénticos al mío, se apretaban contra mí.

    Sus manos enguantadas recorrían mi cuerpo, la fricción del cuero contra cuero enviaba escalofríos por mi espina dorsal, cada caricia encendiendo chispas de éxtasis.

    Mi erección palpitaba contra los confines ajustados de mi traje, el cuero acentuando su urgencia pulsante.

    Me alternaba entre ellas, embistiendo con un ritmo que se sincronizaba con sus gemidos de placer.

    Mis manos enguantadas exploraban sus cuerpos, trazando las curvas de sus pechos cubiertos de cuero, jugueteando con sus pezones endurecidos a través del material resbaladizo.

    Las besé profundamente, nuestras caras enmascaradas rozándose, el cuero de nuestras capuchas crujiendo suavemente con cada movimiento.

    Mi lengua encontró sus pliegues íntimos a través de aberturas ingeniosamente diseñadas en sus trajes, saboreando la mezcla embriagadora de su excitación y el rico aroma animal del cuero.

    La sobrecarga sensorial —cuero, sudor y sexo— me llevó al límite.

    Nuestros cuerpos se movieron en una danza frenética hasta que no pude contenerme más, alcanzando el clímax con un estremecimiento que nos dejó colapsados en una cama cubierta de pieles exóticas, sin aliento y saciados.

    Mientras mi mente se aclaraba, rememoré los eventos que me llevaron a este momento surrealista…

    Horas antes, desperté desorientado, mis sentidos registrando de inmediato una sensación inusual.

    Mi cuerpo estaba envuelto en un catsuit de cuero ceñido, su superficie brillante abrazando cada contorno con un agarre posesivo.

    El material era a la vez restrictivo y liberador, su peso una constante recordatorio de su presencia.

    Moví los dedos de los pies, sintiendo el cuero crujir suavemente a su alrededor, luego flexioné los dedos de las manos, los guantes moldeándose a mis manos como obsidiana líquida.

    Con los ojos aún cerrados, recorrí mi cuerpo con las manos, la textura lisa del cuero enviando cosquillas por mi piel.

    El traje era impecable, cubriéndome de los pies al cuello, salvo por una pieza reforzada en la entrepierna que acunaba mi sexo, amplificando cada pulso de excitación.

    Mi rostro estaba cubierto por una capucha de cuero, con pequeñas aberturas para los ojos, la nariz y la boca, la máscara presionando suavemente contra mi piel, su aroma llenando mis pulmones con cada respiración.

    Al abrir los ojos, me encontré en una cámara peculiar, una mezcla de opulencia y tecnología alienígena.

    La habitación estaba dividida en dos secciones: un salón rectangular adornado con sillas y divanes cubiertos de pieles iridiscentes y brillantes, y un área circular dominada por una enorme pared de espejos.

    Mi reflejo me devolvió la mirada, una figura en un traje Zentai de cuero negro reluciente, el material reflejando la tenue iluminación violeta de la sala.

    El traje era una obra maestra de artesanía, su superficie pulida hasta alcanzar un brillo de espejo, con circuitos sutiles incrustados en el cuero que palpitaban débilmente con energía bioluminiscente —una fusión de fetichismo y diseño futurista.

    Al pasar las manos por mi pecho, sentí una oleada de placer, el cuero amplificando cada roce, su frescura contrastando con el calor de mi piel debajo.

    Una voz femenina, suave y sintética, rompió el silencio. “Veo que disfrutas de la indumentaria que hice preparar para ti,” dijo, con un tono impregnado de diversión.

    Giré, buscando el origen, pero no vi a nadie. “¿Quién está ahí? ¿Dónde estás?” pregunté.

    “Soy Astraea, una inteligencia artificial creada por viajeros interestelares,” respondió la voz, emanando de altavoces ocultos en las paredes. “Has cruzado un portal cuántico —un agujero de gusano, en tus términos— y has llegado a un planeta lejano, muy lejos de tu Tierra.

    La energía del portal fue dura con tu cuerpo, por lo que te equipamos con este traje protector. Protege tu piel y realza tu experiencia sensorial, como seguramente has notado.

    ”Miré mi reflejo nuevamente, los circuitos del traje brillando débilmente como si respondieran a mis pensamientos. “¿Estoy… dañado?” pregunté, mi voz ligeramente amortiguada por la capucha.

    “En absoluto,” aseguró Astraea.

    “El traje es una precaución, pero parece que te queda bien. Tu reacción sugiere que lo encuentras… estimulante.

    ”Me sonrojé bajo la máscara, el cuero calentándose contra mis mejillas. “¿Dónde estoy exactamente? ¿Y por qué este traje?” “Estás en la ciudad de Lumora, en un planeta habitado por una civilización similar a la humana, en una etapa que podríamos llamar Renacimiento High Tech,” explicó Astraea. “El portal por el que cruzaste es raro, y tu llegada ha generado entusiasmo.

    La leyenda predice que quien pase por él liderará nuestra ciudad.

    En cuanto al traje, es tanto protección como un símbolo de autoridad.

    Está tejido con nanotecnología que se adapta a tu cuerpo, regula la temperatura y mejora la retroalimentación táctil.

    También he incrustado un traductor en tu capucha para comunicarte con los locales y un sigilo único para marcarte como el líder elegido.

    ”Noté un emblema brillante en mi pecho —una espiral estilizada que pulsaba con una suave luz azul. “¿Entonces esperas que gobierne una ciudad que no conozco?” pregunté, incrédulo.

    “Exactamente,” respondió Astraea. “Con mi guía, liderarás Lumora. He escaneado el dispositivo electrónico que portabas (mi teléfono celular) y he sondeado —tus deseos y tus fantasías— y sé de que eres capaz.

    En cuanto a tu recompensa… me aseguraré de que tus deseos más profundos se cumplan.

    Empezando por esto.

    ”Un panel oculto en la pared se abrió con un siseo suave, revelando a dos mujeres entrando en la sala.

    Mi aliento se detuvo.

    Eran impresionantes, sus figuras curvilíneas acentuadas por catsuits de cuero negro brillante que reflejaban el mío.

    Los trajes abrazaban sus caderas y pechos, el cuero reluciendo bajo la luz violeta, su superficie ondulando con circuitos incrustados que brillaban débilmente en sincronía con sus movimientos.

    A diferencia de mi capucha, las suyas tenían aberturas en la parte trasera, permitiendo que una cascada de cabello —una morena y la otra pelirroja— cayera libre.

    Los trajes presentaban costuras intrincadas que resaltaban sus formas, con paneles reforzados en los muslos y brazos que crujían seductoramente con cada paso.

    Alrededor de sus cuellos llevaban collares metálicos, cada uno grabado con el mismo sigilo en espiral que el mío, reluciendo con un brillo de otro mundo.

    “Son tuyas,” dijo Astraea, su voz desvaneciéndose en un susurro. “Elegidas según los deseos que obtuve de tu dispositivo.

    Están dedicadas a tu placer, entrenadas para servirte en todo. Disfruta, mientras preparo al consejo de la ciudad para tu llegada.

    ”El panel se cerró, dejándome solo con las mujeres.

    Se acercaron, sus cuerpos enfundados en cuero moviéndose con gracia felina.

    La mujer de cabello moreno presionó su mano enguantada contra mi pecho, el contacto enviando una descarga a través de los circuitos del traje, amplificando la sensación.

    La pelirroja se inclinó, sus labios rozando mi mejilla enmascarada, el cuero de su capucha crujiendo contra la mía. “Somos tuyas, mi señor,” dijeron al unísono, sus voces suaves y ansiosas, traducidas perfectamente a través del intercomunicador del traje.

    Sus manos me exploraron, los guantes de cuero deslizándose sobre mi traje, cada roce magnificado por la nanotecnología.

    Sentí cada costura, cada pliegue, mientras sus dedos trazaban mi pieza en la entrepierna, provocándome una excitación ya dolorosa.

    Las atraje hacia mí, nuestros trajes de cuero chirriando en armonía, y las besé, el sabor del cuero y su calor mezclándose en un cóctel embriagador.

    Lo que siguió fue un torbellino de pasión—nuestros cuerpos entrelazados, los trajes realzando cada sensación, desde la fricción del cuero hasta el calor de su piel debajo.

    Después de copular repetidamente, colapsamos, exhaustos, en un enredo de extremidades y cuero, la sala impregnada del aroma persistente de nuestro encuentro.

    Tras un breve sueño, desperté acurrucado entre mis compañeras, el cuero de nuestros trajes cálido por nuestra cercanía.

    El aroma del cuero y su fragancia natural me envolvió, despertando nuevamente mis sentidos.

    Ellas se movieron, notando mi vigilia, y se sentaron, sus trajes brillando bajo la tenue luz. “Estamos a tu servicio, mi señor,” dijo la mujer de cabello moreno, su voz sensual. “Pregunta lo que desees, y responderemos.”

    Tomé un momento para procesar mi situación. “Cuéntenme más sobre este lugar—y este traje. ¿Por qué no puedo quitármelo?”

    La pelirroja respondió, su mano enguantada descansando en mi muslo, el contacto enviando un escalofrío a través de mí.

    “El traje te protege de la atmósfera de Lumora, que es ligeramente tóxica para tu fisiología. Aquí, en esta cámara sellada, estás seguro para quitártelo, pero afuera, es esencial.

    Me explicaron que una vez a la semana, me bañaría y afeitaría, reemplazando el traje por uno nuevo.

    Me llevaron a un armario, cuyas puertas se deslizaron para revelar una variedad de atuendos de cuero, cada uno más elaborado que el anterior.

    Catsuits, chaquetas y botas, todos hechos de cuero negro brillante, algunos adornados con circuitos brillantes o detalles metálicos.

    Uno captó mi atención—un traje con paneles holográficos integrados que brillaban con patrones cambiantes, una mezcla de atractivo fetichista y tecnología avanzada. “Todos estos son para ti,” dijo la mujer morena, pasando los dedos por un par de botas hasta la rodilla. “Cada uno lleva el sigilo del gobernante.”

    Noté el emblema en espiral en cada capucha, brillando débilmente. “¿Cómo sabrá la ciudad que soy su líder?” pregunté.

    La pelirroja sonrió, su capucha de cuero enmarcando su rostro. “El sigilo te marca. Y nosotras, tus doncellas, te acompañaremos, atadas a ti como signo de tu autoridad.”

    Se arrodillaron, presentando dos collares metálicos —reminiscentes de los anillos de “O” de la cultura fetichista de la Tierra, pero forjados de una aleación ligera e iridiscente que zumbaba débilmente con energía.

    Cada uno tenía cadenas delgadas, cuyos extremos estaban envueltos en empuñaduras de cuero para mis manos. “Estos simbolizan nuestra devoción” dijo la mujer morena, ajustando su collar.

    “Te pertenecemos, y todos lo sabrán.”

    Dudé, luego tomé las cadenas, las empuñaduras de cuero cálidas en mis manos.

    El peso de las cadenas, combinado con el crujido de mi traje, me provocó un estremecimiento. “Necesito… aliviarme antes de salir,” dije, sintiendo una mezcla de vergüenza y curiosidad.

    “Por supuesto, mi señor,” respondieron, guiándome a una letrina elegante y futurista.

    Sus superficies eran de obsidiana pulida, y un zumbido suave emanaba de mecanismos ocultos.

    Me alivié, la pieza de la entrepierna del traje diseñada para un acceso fácil, su nanotecnología ajustándose perfectamente.

    Para mi sorpresa, la mujer morena se arrodilló, limpiando mi miembro con su lengua, la sensación intensificada por el calor persistente del cuero.

    La pelirroja usó una esponja cálida para limpiar mi trasero, luego siguió con su lengua, asegurándose de que todo estuviera impecable.

    La intimidad, combinada con la amplificación sensorial del traje, reavivó mi excitación.

    Las tomé nuevamente, los trajes de cuero chirriando y brillando mientras nos movíamos, hasta que alcancé el clímax una vez más, el placer casi insoportable.

    Al rato cuando Astraea me aviso.

    Me levanté, ajustando mi traje, el cuero asentándose de nuevo como algo vivo y dije “Vamos a ver esta ciudad,” dije, mi voz firme con una confianza recién descubierta.

    Enganché las cadenas a mi cinturón, su peso un recordatorio constante de la devoción de mis compañeras.

    Asintieron, sus collares reluciendo, y me guiaron hacia la salida de la cámara, la promesa de los misterios de Lumora —y mi rol como su líder— esperando más allá.

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  • Infiel por culpa de mi cuñada

    Infiel por culpa de mi cuñada

    Hola chicos y chicas, estoy un poco nerviosa, pero a la vez caliente de escribir esto, la verdad nunca creí hacer lo que hice, pero aun así lo que paso despertó algo dentro de mí, espero no ser juzgada y que disfruten de mi historia.

    Soy una chica casada, tengo 25 años, fruto de mi amor con mi esposo tengo una linda nena de 5 años, soy de tez morena clara, cabello largo negro, ojos cafés, soy pequeña solo mido 1,58 de altura, a pesar de tener una hija físicamente me veo bien con tetas medianas redondas y firmes, vientre plano, piernas largas y torneadas, cintura pequeña y un culo duro y respingadito.

    Mi esposo se llama Alex es más grande que yo por 2 años, el es un padre y esposo ejemplar pero debido a faltas de oportunidades se tuvo que ir para USA dejándonos con su mamá y su hermana, yo siempre he amado a mi esposo y pienso que es el amor de mi vida al igual que mi hija, pero después de 5 años alejados cualquier chica necesita sentirse querida y eso representa más que palabras.

    Todo ocurrió hace 2 años, mi cuñada (Ana) me pidió de manera muy insistente que la acompañará a un baile que se hacía en la ciudad pues ella iría con un chico que acababa de conocer, resulta que ella tenía novio, pero él estaba trabajando en otro estado, así que para no despertar sospechas entre los conocidos yo iba acompañarla y hacer el papel de chaperona, ante su insistencia decidí acompañarla después de dejar a mi niña encargada con mi suegra.

    Llegamos al baile y me presento a Agustín la verdad que él era un chico atractivo y con mucha personalidad que al verlo no pude evitar pensar en las cosas que Ana me platicaba de él, y sobre todo de su desenvolvimiento en el sexo que a palabras de mi cuñada Agustín era incansable, pero en fin a mí me tocaba ir solo como acompañante para evitar rumores, después de estar un buen rato sentada y aburrida viendo a la gente bailar, y a mi cuñada y Agustín darse unos arrimones bastantes insistentes el sueño me empezó a ganar, en eso estaba cuando Ana se acercó a mí.

    -que crees cuñis- pregunto muy angustiada, por su cara sabía que era algo malo, le hice un gesto preguntando que pasaba, ella me tomo del brazo mientras nos alejábamos de Agustín

    -Pedro (su novio) viene llegando, le dije que tenía muchas ganas de venir al baile y él se apresuró en su trabajo y de sorpresa está aquí.

    Mmm pensé e hice un gesto de preocupación -¿y ahora?

    -Pues no sé, te toca hacerme un gran favor cuñis, Pedro no sabe de Agustín y si el llegara a verme con él ni siquiera quiero saber lo que haría, por favor entretén un rato mas a Agustín mientras yo me llevó a Pedro.

    -mmm- no me pareció la idea, a regaña dientes acepte pero sin antes aclararle que estaría ahí máximo media hora y que después de justificarla, Pedro y ella pasarían por mi

    Regrese a la mesa, después de inventarle una excusa a Agustín sobre algún familiar de Ana que enfermó, me invito a bailar, no me sentía cómoda así que le dije que no, un poco molesto se levantó y desapareció entre la gente, de pronto lo observe bailando con una chica desconocida, pensé que ya estaba ahí de sobra así que me pare para irme cuando de pronto un desconocido sujeto mi mano, voltee y era un tipo mugroso y borracho que al verme sola pensó en aprovecharse y jalarme a bailar con él, forcejee con el pero debido a la escasa luz y al ruido tan intenso de la música nadie se daba cuenta de lo que ocurría.

    El tipo me jalo con más fuerza mientras decía no sé qué cosas, yo estaba tremendamente asustada cuando de pronto apareció una sobra, sin oír lo que decía le atesto tremendo golpe al borracho mientras me sujetaba de ambos brazos era Agustín, quien se había dado cuenta de todo lo que pasaba, siendo el único conocido y después del gran susto lo abrase y me solté a llorar por lo que había pasado, el me tomo de la mano y me condujo a la salida del lugar.

    Mientras caminábamos, me tranquilizaba y me cubría con su chaqueta, llegamos hasta un pequeño restaurant que se encontraba abierto, nos sentamos y pedimos dos cervezas, habitualmente no tomo, pero en ese momento quería cualquier cosa que pudiera tranquilizar mi coraje y susto.

    Luego de tranquilizarme comenzamos a hablar, la plática era muy divertida, Agustín era un tipo agradable, con un sentido del humor increíble y así pasaron 2, 3, 4, 5 y 6ª cerveza, mi cabeza me daba vueltas, cuando me pare para ir al baño recordé a Ana y le llame por teléfono

    -Hola (susurro) que paso cuñis.

    -¿Que paso Ana?, ¿Dónde estás? ¿No iban a pasar por mí?

    -ay cuñis, Pedro insistía en ir al baile, así que tuve que hacer uso de mis encantos y tú ya sabes ahorita estoy haciendo esos trabajitos.

    -Mmm ¿y ahora?

    -pues no voy a regresar, hazme un favor e invéntale algo a Agustín, yo mañana le explico por favor.

    -mmm bueno voy a pedir un taxi y a ver que le digo a Agustín- Llegue a la mesa y tome mi bolso en ese lapso había recobrado un poquito la conciencia y con un gesto cortés le dije a Agustín que tenía que irme

    -¿Como? No claro que no yo te llevo, pero ven siéntate nos tomamos la última y nos vamos.

    -no se disculpa, yo no tomo y creo que ya estoy muy mareada, quizás otro día.

    El viento me traiciono al salir, no recuerdo como subí al coche de Agustín, cuando tuve un poquito de noción lo estaba besando en la puerta de la casa de mi suegra, sus manos recorrían mi cuerpo y mi coño lo sentía súper mojado, lo detuve por un momento mientras buscaba la llave, había perdido la cordura, mis hormonas estaban a mil, lo único que quería era sentir a Agustín dentro de mi sin importar que en esa casa estaban durmiendo mi suegra con mi hija, la llave no estaba Ana seguramente se la había llevado, lo tome de la mano y camine hacia la puerta trasera.

    Al llegar a la puerta abrí con cuidado, atravesamos la sala sin hacer ruido y llegamos a mi habitación, entramos y él se abalanzo sobre de mí, nos besamos como unos adolescentes entre cruzando nuestras lenguas y mordiendo nuestros labios, sus manos se deslizaron por mi cintura hasta llegar a mi culo levantando mi falda y masajeando mis nalgas, beso mi cuello y bajo asta mi pecho, tomo los tirantes de mi vestido dejándolos caer haciendo que mis tetas quedaran al descubierto, no perdió el tiempo y acerco su boca a una de ellas, su lengua toco uno de mis pezones el cual reacciono de inmediato poniéndose durito.

    Recorrió toda la aureola de mi pezón con su áspera lengua -haaa- deje escapar mis primeros gemidos, con su mano jugaba delicada y suavemente mi otro pezón, ponía uno de sus dedos encima de el y hacia movimientos circulares, de a poco fue cada vez mas brusco puso su boca en mi pezón y empezó a morderlo y succionarlo como si quisiera arrancármelo mientras hacía lo propio con el otro pellizcándolo, jadeaba ligeramente mientras sentía su lengua recorrer mis pechos de uno a otro lado, lo tome de los cabellos y comencé a acariciarlo sin dejar que se separara de mis tetas.

    Sentí sus dedos recorriendo mis pantis mojadas el roce de la tela con mi vagina se sentía súper rico, tomo mi panti y la hizo a un lado deslizando sus dedos de arriba abajo por mi pucha totalmente húmeda, el roce de sus callosos dedos contra mi coño suave me estaba matando, sentí como lentamente entraban un par de sus dedos dentro de mi, mordí mis labios y cerré mis ojos ahogando aquel gemido profundo de placer, empezó con un lento y suave mete y saca mientras con su dedo pulgar intentaba sobarme el clítoris, yo no dejaba que se separara de mis tetas jalándolo con mas fuerza hacia ellas.

    Agustín me tenía en la gloria llevaba demasiado tiempo sin sentir ese placer indescriptible, yo jadeaba mordiendo mis labios intentando hacer el menor ruido posible aunque en algunas ocasiones no podía evitarlo, puse mi mano sobre el bulto el cual se marcaba sobre su pantalón y comencé acariciarlo, estuvimos así por un par de minutos más hasta que él se separó de mí y volvimos a besarnos, me separe de él lo tome de su camisa y se la desabroche con desesperación pudiendo ver su pecho y vientre marcado y peludo, me hinque delante de él y comencé a frotar mis manos sobre su verga por encima del pantalón, estaba durísima.

    Lo veía directamente a los ojos mientras con mis dos manos desabroché su cinturón, retire el botón de su pantalón y baje el cierre del mismo, sus pantalones cayeron al piso, tome su bóxer y se lo baje su verga salió disparada y quede impresionada al verla, era totalmente morena, peluda, venuda, cabezona, de muy buen tamaño tal vez le media unos 17 o 18 centímetros y ancha, ahí estaba yo hincada a punto de comerle la polla a alguien que hasta hace unas horas era un desconocido, tome su polla con ambas manos y empecé a masturbarlo mientras dirigía mis labios a sus velludos huevos, comencé a besarlos y lamerlos por todas partes dejándolos totalmente ensalivados.

    Entre besos subí por el tronco robusto y venoso de su verga hasta quedar enfrente de su cabezota, pasé mi lengua por todo su glande mientras acariciaba sus huevos, puse mis labios en la punta de su polla y fui introduciéndola lentamente, pude meter un poco mas de la mitad de su verga, empecé a sacarla y meterla despacio intentando introducir un poco mas con cada mamada hasta que las arcadas le avisaban a mi cuerpo que ya no podía con mas, subía el ritmo con cada chupada que le daba mientras el jadeaba del placer, sacaba su polla casi por completo y volvía a metérmela de un solo golpe.

    Él me tomo de la cabeza y empezó a cogerme la boca mientras intentaba mover mi lengua entre su verga, de repente me jalo hacia el provocando que me ahogara con su polla, me mantuvo así por algunos segundos mientras yo intentaba separarme, me retiro bruscamente de mi tarea oral y comenzó a darme cachetadas con su gordo miembro masculino y a restregármelo por toda mi cara, parecía que quería dejarme su sabor o su olor a macho, y lo repartía por todos lados, yo intentaba capturarlo con mi boca pero solo podía cruzarme momentáneamente con ese delicioso caramelo que me tenía doblegada de placer.

    Así que me conformaba de momento con darle algunos lengüetazos, me dejó volver a tomarla y como una desesperada volví a chupársela como loca, después de algunos minutos me levanto y me aventó hacia la cama, me quito las pantis y el vestido dejándome solo en tacones, abrió mis piernas y se quedó hipnotizado viendo mi panocha totalmente depilada, se acercó a mi vagina y sentí su lengua recorrer mi coño de arriba abajo, no perdió el tiempo y empezó a besarlo pasando la lengua por cada uno de mis pliegues, lamia y lamia alrededor y yo me sentía en la gloria y deliraba de placer.

    Él hacía movimientos circulares con la lengua hasta que la poso en el centro de mi pucha enterrándola dentro de mí, jugaba con la punta de su lengua era todo un experto y me estaba haciendo ver las estrellas como hace muchos años no lo hacían, el succionaba mi panocha mientras metía un par de dedos yo sentía un delicioso calor invadir toda mi puchita y aquel liquido blanco salía de mí, quería gemir y gritar como una loca pero no podía pues no quería que mi suegra se despertara, cada vez mordía mas mis labios intentando ahogar mis gemidos.

    Agustín se separó de mí y me jalo dejando mi culo en la orilla de la cama, escupió un par de veces en mi coño y dejo caer su hermosa verga encima, yo estaba ansiosa por que me la metiera, pero la froto de arriba abajo, la sujetaba y me daba pequeños golpes sobre mi vagina, ponía la cabeza en la entrada y hacia algo de presión pero en lugar de meterla solo la volvía a frotar, hasta que lo voltee a ver y le dije:

    -Dámela ya por favor.

    Él solo sonrió y coloco la cabeza de su verga en la entrada de mi vagina y comenzó a empujar suavemente hasta que por fin entró.

    -aaaah- solté un largo gemido, me la comenzó a meter lento, de a poco sentí como su verga abría mis labios vaginales con cada centímetro que entraba, la metió un poco mas de la mitad y lo detuve pues mi panocha ya no podía con mas, comenzó a moverse sacándola y metiéndola.

    -haaa joder es aaah tan deliciosa- el aumentaba el ritmo poco a poco y yo deliraba del placer.

    -es divina haaaa sigue, sigue ahhh cógeme, cógeme aaaah.

    -Que caliente esta tu coño puta.

    -haaa si mi amor tú me aaah tienes así.

    Agustín puso un par de dedos en mi boca y empecé a chuparlos, paso su mano a mi cuello y a medida que empezó a apretar, aumentaba a un mas la velocidad de sus embestidas, mas y mas y mas rápido, era todo un animal.

    -cógeme, cógeme haaaa mi amor aaaah cógeme.

    -eso te gusta zorra entonces toma, toma.

    El me daba tremendas embestidas que me hacían gemir como una perra, perdí todo control y ya no me importo nada de lo que sucediera, ni me interesaba si mi suegra me escuchaba me sentía una autentica puta y gemía como tal, yo hubiera seguido así pero el poco a poco fue bajando el ritmo hasta que se detuvo por completo, se acercó a mi para besarme mientras yo movía mi culo para que siguiera cogiéndome, saco su verga y me agarro de la cintura y me puso a cuatro patas, me acomode y abrí las piernas mucho para verme lo más sexi posible mientras vi como mis tetas colgaban como melones maduros y con la punta de los pezones totalmente erectos por lo que iba a pasar.

    Él se acercó por atrás acomodándose para penetrarme con furia, en mi habitación tenía un enorme espejo en una de las paredes donde podía ver todo lo que pasaba, mire como su enorme polla estaba totalmente tiesa y él la acercaba a la entrada de mi agujero, miraba por el espejo su cara de tremenda excitación al ver como mi panocha se abría frente a su verga sin restricciones, sentí como la enorme cabeza de su polla toco mis labios vaginales y empezó a introducirse en mi -ahhhh que rico papi.

    Se quedó quieto metiendo la mitad de su verga mientras gozaba como mi pucha guardaba y apretaba su deliciosa polla, estaba nuevamente en la gloria, el empezó a moverse y yo lo seguí, iba subiendo poco a poco el ritmo y la fuerza del mete y saca, hasta que sus embestidas se hacían fuertísimas, me estaba dando con todo mientras inundaba mi habitación con mis gemidos.

    -vamos perra esto es lo que esperabas toma, toma, trágatela se ve que hace tiempo no gozas como lo puta que eres.

    -si reviéntame, traspásame, rómpeme mi rey, dame, dame, ahhhh, ahhhh- gemía y gemía.

    Era indescriptible esa sensación de placer que invadía mi cuerpo, el empujaba y empujaba, debido al tamaño de su aparato yo temblaba ante sus embestidas, yo respiraba agitadísima y solo quería que me la metiera hasta el fondo del alma, hasta que no pudiera soportar más.

    -sigue aaah sigue haaaa

    -Toma perra todo esto es tuyo

    Perdí el mundo de vista, me retorcía y hundí mis caderas lo más que podía contra su verga, era una sensación súper rica, sentía su verga entrando y saliendo sentía su grosor en todas las paredes de mi vagina, el me tenía tomada del cabello tirando, entrando y saliendo sentía como su verga entraba cada vez mas profundo, sentí como me daba un par de nalgadas con sus manos robustas, seguía bombeándome me tomo por la cintura y me comenzó a darme unas metidas maravillosas y fuertes, volvió a tomarme del cabello y jalo, subió ambos pies a la cama quedando en cuclillas en esa pose podía sentir todo el esplendor de su verga dentro de mí.

    Sentía como dejaba caer todo su peso en mi haciendo sus embestidas aún más fuertes, sin decir nada él se separó de mí y se tiró en la cama poniendo su espalda en la cabecera, yo entendí enseguida lo que quería y me acerque dándole la espalda y me senté sobre sus piernas, el tomo mis nalgas y levanto un poco mi culo para poder penetrarme, yo me acomode mejor y se produjo el encontrón entre su polla y mi pucha una vez mas, su verga entró esta vez enterita, la sentía más profunda por mi peso aplicado y suspiré, levante mis piernas y las abrí mucho, hasta poner mis pies sobre sus piernas me recosté sobre él.

    Él agarro mis tetas desde atrás empezándolas a sobar y a pellizcar mis pezones los cuales estaban súper duros, nos acoplamos bien y empezó el movimiento.

    Esta vez yo controlaba más y levantaba mi panocha hasta sacar su polla y bajaba hasta enterrarla de nuevo, primero lo hacía despacio y luego fui subiendo el ritmo, el empujaba cada vez que mi vagina bajaba de tal manera que sentía unas terribles embestidas mientras el me apretaba las tetas, una vez más mire al espejo la escena y me pude ver completita lo que estaba haciendo y era alucinante estaba completamente desnuda y con las piernas totalmente abiertas entregando mi coño a otro hombre que no era mi esposo, me miraba mientras cogía y cogía, yo tenía una cara de auténtica puta y gemía como loca, hasta que sentí a Agustín moverse más frenético, de repente todo termino en una metida profunda.

    -vamos mi rey aaaah dame de esa leche venga, venga relléname de leche haaa- baje el coño con fuerza y sentí como su polla explotaba dentro de mí

    -ahhhh perra, recibe, recibe

    Sentí como se corría dentro de mí, y su leche se estrellaba contra el fondo de mi coño, sentía como bombeaba todo su esperma dentro, su verga era tan gruesa y yo tan estrecha que mis paredes apretaban su polla y podía sentir claramente el bombeo de su leche, el saco su verga y quedamos tendidos respirando ambos agitadamente y mirándonos con ansias, me acerque a su polla y lamí todo el semen que aun salía de su verga saboreando ese delicioso y caliente liquido hasta dejarla totalmente limpia, me acerque y me acurruque en su pecho, no sé cómo no escucho mi suegra el escándalo, ambos perdimos la conciencia y nos quedamos dormidos acurrucados y totalmente desnudos.

    -(Toc, toc) ¿cuñis? ¿Ya estás aquí?

    El ruido de la puerta me despertó sobresaltada, era Ana quien llegaba después de haber entretenido a Pedro para que no conociera a Agustín, no sé qué hora de la madrugada era, me levante entre mareos rápidamente a ponerle seguro a la puerta.

    -Ya Anita ya estoy aquí. ¿Todo bien?- Pregunte

    -si, me fue genial, mañana te cuento, susurro detrás de la puerta, oye ¿y Agustín? ¿No sospecho de nada?

    -No se creyó todo lo que le dije

    -Ok, ok gracias cuñis te debo la vida, hasta mañana, descansa

    Y ya no pude contestar nada, pues en ese momento sentí que algo se abría paso entre mis piernas, era Agustín quien me estocaba una vez más y no descanse nada, ahora entiendo porque Ana decía que era insaciable.

    Espero les guste mi historia, les agradecería mucho si me dejan un comentario para saber si quisieran que les cuente más de esta historia por la que pasé, sin más muchas gracias por su atención.

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  • Mi compadre

    Mi compadre

    Cuando iba en la secundaria tenía una amiga querida, ahora que somos grandes me pidió que fuera el padrino de su hija lo cual acepté con gusto. Por ella conocí a su marido. Un tipo guapo aunque descuidado. El típico marido renegado, se veía a leguas quien llevaba los pantalones en esa casa. Mi relación con ellos era padre y pronto me hice buen amigo del marido de mi amiga, ahora mi compadre.

    Yo vivía en Querétaro en ese entonces y ellos en CDMX. Un día me contactó mi compadre para pedirme que le diera asilo en mi casa porque tenía que ir a ver unas cosas a León, con gusto le abrí las puertas.

    Era viernes como las 8 pm cuando me avisaron de la puerta de mi privada que había llegado, veo las luces de su coche que se estacionaba y abrí la puerta para recibirlo. Trajo una botella de whisky la cual empezamos a tomar luego. Yo saqué algo de “Mary Jane” y empezamos a tomar y fumar.

    Después de unos drinks, se abrió conmigo, me platicó que tenía broncas con mi comadre, es más, me dijo que tenía como 3 años que no había tenido sexo con ella y que era muy güey para ligar, aparte de que no se quería meter en broncas. Como ella maneja el dinero, pues ni oportunidad de contratar a alguien para que le diera amor. Me confesó que ya se sentía como adolescente de tanto que se la jalaba.

    Siendo yo soltera, me comentó que le daba envidia mi vida, que podía estar con una mujer o con otra y en eso me sale directo del corazón y sin pensarlo…

    -Pues si, con mujer o con hombre, el sexo no me falta.

    Cuando lo dije, si pensé: ¡Ya la cagaste pinche Lía! Había una tensión rara en el ambiente. Me pregunto:

    -Neta compadre, ¿has estado con hombres?

    Pues ya que le decía:

    -La neta si compadre, espero no salga de aquí.

    Me comenta algo que si le dejo en shock.

    -Tú no te apures, ya que estamos en confianza, te puedo decir que a mí me encantaría estar con una trans, pero solo yo darle, me da miedo que me diga que ahora ella quiere.

    Me reí bastante y ya le expliqué que había pasivas, activas y que en mi caso era pasiva.

    -Compadre, está bien que te llamen la atención las trans, ¿pero y las travestis?

    -Pues si se ven femeninas porque no.

    Hice lo que nunca pensé y le enseñé una foto mía vestida. Algo no tan provocador pero sí llamativo.

    -¡No mames que eres tú! ¡No te pareces en nada! Si te veo en la calle, no sabría que eres tú, aparte de que te ves bonita y buenona.

    Ya no sabía si reír o que. ¡Estaba que moría de pena!

    -Entonces que opinas compadre, ¿si me veo mujercita?

    -¡La neta te ves mujer y guapa!

    -¿Te gustaría conocerla? Puedo llamarle y que venga para que la conozcas. Solo tarda como 30 minutos en llegar.

    -Me encantaría conocer a Lía.

    Le di un buen trago a mi whisky con agua mineral y le dije que le iba a hablar a Lía. Le propuse si iba a la tienda a comprar cigarros para que me diera chance. Así fue.

    Corrí al segundo piso a mi cuarto, ese día por suerte me había depilado y afeitado. Ya solo era cosa de vestirme y maquillarme. Me puse una falda holgada a medio muslo negra, una blusa negra ajustada, abajo una tanga roja de Victoria Secret, en cada copa de mi bra también rojo, mis explantes de silicona, transformando mi cuerpo en niña. Me puse la peluca, un pantiliguero igual negro y justo cuando me terminaba de cepillar el cabello, oigo que iba llegando.

    -¡Compadre, ya llegué!

    -me acomodé las chichis por encima de la ropa, salí del cuarto dando taconazos y bajé la escalera

    -Perdón (vamos a decir que se llama Rafael), Mi primo tuvo que salir, pero me pidió que te atendiera. Mucho gusto me llamo Lía.

    Mientras decía todo mi choro, sus ojos no dejaban de estar totalmente abiertos, sorprendido y descaradamente admirándome toda.

    -¡Wow! ¡Estás hermosa!

    -Gracias Rafa, porque no me invitas un drink y platicamos, pero vamos a la sala, las sillas del comedor están algo incómodas.

    -Rafa, hay mucha luz, voy a apagar algunas para ahorrar. Dejé prendida solo la luz de la escalera.

    Dejé todo en penumbra pero todo se veía perfectamente. Se sienta junto a mí retomando la plática de su esposa. Le di consejos como mujer, que la volviera a enamorar: flores, regalos, detalles; todo eso nos mata a las mujeres pero si ya quería estar con una mujer ahorita, pues que tenía a una enfrente de él. Me sonrió y me agarró el muslo justo donde empezaba la piel.

    -Tienes la piel suave

    -Es que hoy me acabo de depilar toda

    -¿Te depilas toda? Mientras lo decía, metía sus manos más adentro ya tocándome las nalgas.

    -Toda me depilo Rafa, solo el área del bikini si me dejo una rayita.

    Me levanto la falda para agarrarme mejor las nalgas en lo que me acercaba a que me diera un beso. Mi excitación subía gradualmente y él lo notaba por mi respiración. Le desabroche y le quité los jeans dejándolo solo en bóxer tipo biker que dejaba ver su erección de una verga que parecía gruesa. Me monté en él, moviendo mis nalgas por en una de su calzón, seguíamos besándonos apasionadamente mientras le desabrochaba la camisa dejando su pecho desnudo el empecé a besar. Me bajé de él para poder seguir bajando, cuando mis labios llegaron a su estómago, le bajé el bóxer, dejando ver una verga de unos 17 cm pero gruesa. Una de las más gruesas que haya visto.

    Después de unos besitos en la cabecita, me la fui metiendo poco a poco en la boca comprobando lo gruesa que estaba y pensando que la mandíbula se me iba a cansar pronto. Por más que quise no me pude tragan entera por el grosor, me ahogaba en ella, producía mucha saliva, dejándola resbaloza.

    Solo un hombre en toda mi vida había tenido el honor de preñarme, pero eso fue hace mucho tiempo, era mas joven y ese hombre fue el que me estrenó. Era un tío mío pero ya luego contaré esa historia. Hasta este punto de mi vida, solo él me había dejado toda su leche adentro hasta ese momento. Sabía que no me iba a contagiar de nada, sabía que estaba segura y yo la neta es que moría por volver a sentir el semen de mi macho preñándome y así fue.

    Una vez que me asegure que estaba lo más dura posible y lubricada por mi saliva, procedí a pararme, darle la espalda y sentarme lentamente en su verga. Abrí mis nalgas y sentí la punta en la entrada de mi panocha de Travesti. Cuando sentí que empezaba a entrar, movía las caderas para ayudar a dilatarme. No tardé mucho en comérmela toda con el culo. Estaba sentada en su regazo, empalada por la cola por tan semejante animal. Empecé muy lento moviendo las nalgas y poco a poco fui acelerando, dándome de sentones, gimiendo como una puta, actuando como una. Me pidió que me pusiera en 4 lo cual obedecí al momento ya que soy sumisa y me encanta satisfacer a mi hombre.

    Ahí en el sillón me puse como la perra que me sentía en ese momento. Recosté mi cabeza en el sillón, dejando mis manos libres para que pudiera abrirme las nalgas lo más posible. Sentí como iba entrando hasta el fondo. Me embestía como todo un hombre cogiéndose a su mujer. Yo gemía y el solo me decía lo puta que era. Mientras más me decía lo piruja que era, más me calentaba y más le pedía me nalgueara y me siguiera diciendo que era una puta.

    Me pidió que me acostara boca arriba lo cual hice. Me puse un cojín en la espalda, levantando la cadera y abriendo mis piernas. Cómo amo ver mis piernas abiertas en lencería y mi calzón abajo. Me levanto las piernas y me la metió. Con mis manos le agarraba las nalgas, jalándolo hacia mi. Mientras me la metía estando entre mis piernas, escuchaba como gemía, sabía que lo estaba gozando tanto como yo. Me tomó de los tobillos, por encima del lazo de mis tacones y me siguió penetrándome con ese pene delicioso. Yo solo pensaba en lo que mi comadre se perdía. ¡Es un buen hombre, chambeador y muy bueno en la cama! ¡No solo era el tamaño, se movía delicioso!

    Se volvió a poner los tacones de arete y aprovecha para recargarme en sus hombros y así acostada moverme, primero de forma circular y luego de arriba para abajo.

    Me volvió a abrir las piernas acostándose en mi, besándome mientras me hacía el amor. Me excitaba como me lo hacía, como me trabaran como toda una mujer, pero lo que más me prendía, era saber que me iba a dejar inundada de su leche. Algo que como comenté, solo había pasado una vez y hace mucho tiempo.

    Le pedí que me cogiera lo más profundo que pudiera, le pedí que me llenara de leche.

    -¿Quieres lechita en tu panocha amor?

    -Ay papi, quiero que me hagas un hijo.

    Cuando dije eso, vi cómo se prendió aún más. Lo abracé con brazos y piernas

    -Si papito, cogeme tan profundo que dejes todo tu semen en mi matriz y me preñes.

    Acelero sus movimientos, yo le gritaba que me preñara, que me embarazara. El grito que dio cuando se vino fue bárbaro, la explosión que sentí adentro de mí fue igual algo intenso. Sentía las contracciones de su verga mientras se venía y bárbaro fue la cantidad de semen que me dejo adentro.

    -Ya tenía rato que no te ordeñabas, ¿verdad?

    -En efecto, ya tenía rato pero creo que saqué hasta el alma jajaja.

    Se quitó de mi, me paré y en cuanto lo hice, sentí como chorreaban nuestros hijos por mis muslos.

    Fumamos un cigarro, nos acabamos el drink y se fue a dormir al cuarto de visitas. Por la forma que pasó, pensé que iba a ser solo ese encuentro y ya.

    Por fortuna, estaba equivocada.

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  • Todos en el gimnasio vieron desnuda a mi mujer

    Todos en el gimnasio vieron desnuda a mi mujer

    Tengo 39, un poco alto, moreno claro, cuerpo atlético. Mi mujer actual 34, piel clara, amplias caderas, culo delicioso y tetas pequeñas, pero con pezones rosados, buen rostro, una mujer muy atractiva, siempre con su coño rasurado.

    Desde que estaba en mis veintes me di cuenta que me gusta el exhibicionismo y me prendía mucho exhibir a mis parejas, con algunas lo confesé e incluso intenté que se desinhibieran un poco más, algunas accedían, otras no. Con mi mujer actual, ya tenemos 4 años de vivir juntos, 5 de ser pareja y aunque no se lo he dicho explícitamente, creo que empieza a sospecharlo. Ya con ese contexto, empiezo el relato, que solo de recordarlo me dan ganas de masturbarme.

    Esto sucedió hace 2 años aproximadamente, ambos nos inscribimos en un gimnasio que le quedaba a ella cerca del trabajo. Un gimnasio pequeño pero bonito, con todas las máquinas necesarias. Comenzamos a ir, yo porque siempre he sido de cuidar mi figura y ella, pese a que estaba muy bien y se mantenía, por acompañarme y tonificar su cuerpo, decidió inscribirse conmigo. Todo transcurrió normal al principio, yo le compré licras que marcaran bien su culo e incluso algunas con las que se le marcara su vulva, pero las que eran más reveladoras, ella solía usar camisas largas porque según ella “todo se le marcaba” y que no se sentía cómoda así.

    Cuando ya teníamos 1 mes, más o menos, ella estaba más entusiasmada, empezaba a sentirse y notar diferencias en su cuerpo, por lo que aproveché y le compré licras cortitas de estas de moda que resaltan los culos, se le veían exquisitas.

    A todo esto, ya ambos éramos conscientes de la cantidad de miradas que ella atraía con su cuerpo, al principio ella decía que le incomodaba un poco, pero yo siempre la animaba y le decía que en lugar de incomodarse o sentir pena, que debería de sentirse orgullosa porque si llamaba la atención, incluso de muchachos en forma, era porque de verdad estaba muy rica. Eso la tranquilizó y después de que le dije que no me molestaba, que por el contrario, me hacía sentir orgulloso, ella se soltó un poco más.

    El dueño del gimnasio, un tipo como de unos 52 años, era delgado y se notaba algo en forma, pero sin llegar a ser musculoso. Como ya teníamos 3 meses de estar yendo, ya lo tratábamos más y platicábamos a veces con él, él estaba recién terminando un curso o diplomado sobre nutrición y no sé qué más, entonces estaba en eso de querer vender productos y servicios de dietas personalizadas, de tanto insistirnos, terminó convenciendo a mi mujer, y fue gracias a eso que pasó algo que fue demasiado excitante para mí.

    Un miércoles fue cuando ya se terminaron de poner de acuerdo respecto al inicio de su nueva dieta, del control, medidas, peso, etc., todos los parámetros que él iba a necesitar para comenzar a trabajar en ella, en su “nueva mejor versión”. Quedaron para el viernes de esa semana, porque le dijo que él tendría más tiempo ese día.

    El viernes llegamos a las 5:30 de la tarde, la hora que normalmente llegábamos y él estaba en una llamada, nos pidió 5 minutos y nos dijo que ya nos atendería, que pasáramos a la oficina (la cual estaba después del escritorio de recepción, donde pasaba el instructor cuando no estaba ayudando a algún cliente). No pasaron los 5 minutos y él entró, ya sin el teléfono. Y después de saludarnos y platicar cosas triviales, procedió con su plan de nutrición y todo eso. A todo esto, yo estaba nada más aburrido y pensando que era una pérdida de tiempo, pero no quería oponerme a lo que mi mujer quería hacer, no me imaginaba que jamás olvidaría ese momento.

    Después de explicar un poco cómo sería todo el proceso, sacó una cinta métrica de la gaveta de su escritorio (voy a describir la oficina para que tengan una idea más clara de cómo era todo).

    Después de recepción, había una puerta, todo el tiempo se mantenía abierta, pero como estaba como de lado, no se veía desde el escritorio para adentro, porque había como que cruzar un mini pasillo para entrar, ya la oficina era un poco amplia, larga sobre todo, tenía una báscula casi al medio, una pizarra a un costado, en el otro lado -enfrente- habían unos lockers, supongo que para los instructores y él, y al fondo, a unos 6 metros, estaba su escritorio, con una computadora, un archivero, etc. Había, casi al costado de la báscula una repisa con trofeos, reconocimientos y adornos.

    Retomo acá el relato. Cuando se acercó con la cinta métrica, el dueño a quien llamaremos “Julio” le dijo a mi mujer que se quitara toda la ropa, mi mujer me vio como extrañada y yo solo asentí con calma, en ese momento yo sentí una punzada en la verga, se me quitó todo el aburrimiento y comencé a pensar que esto sería algo buenísimo. Mi mujer se quedó como dubitativa entonces Julio le insistió, “quítese toda la ropa, por favor, todo, todo. No se preocupe que no es mi primera clienta, estoy acostumbrado a esto, no tiene nada que no haya visto muchas veces.”

    Mi mujer reaccionó, me vio y volví a asentir, se quitó primero el top, luego el brassier, quedaron sus tetas expuestas, yo ya estaba empalmado. Julio se ofreció a sostenerle la ropa, yo tenía en las manos la botella de ella y la mía, junto con las toallas que normalmente llevábamos, por lo que resultaba más fácil para él ofrecerse a tener la ropa. Ella se apoyó en la pared y se quitó los zapatos, se quitó los calcetines y luego se bajó la licra, ese día llevaba una larga. Noté cómo Julio estaba viéndola, sentí que ya empezaba a mojarse mi verga y después Julio le dijo, también el calzón, mi mujer se lo bajó, lo dobló y lo metió en medio de la licra.

    Vi una leve sonrisa en el rostro de Julio y cómo recorrió el cuerpo de mi mujer. Tomó toda su ropa, incluso los zapatos y se los llevó hacia la silla de su escritorio, o sea, súper lejos de donde estábamos. Mi mujer me vio así como de “qué locura esto” y yo le dije que se relajara.

    Llegó Julio nuevamente y comenzó a tomarle medidas de todas partes del cuerpo a mi mujer, mientras seguía explicando y platicando, solo le dijo “con permiso” y comenzó a poner una mano por aquí, otra por allá, le levantó las tetas, le tocó el culo, tocó cerca de su vulva, la hizo abrir las piernas para tocarle la parte interna de los muslos, yo estaba con una enorme erección, pero me lograba tapar con todo lo que tenía en las manos.

    Julio le dijo que se subiera en la báscula, a todo esto, Julio tenía una libreta pequeña donde iba anotando todo, la guardaba y sacaba en uno de sus bolsillos, de repente le dijo que debía tomarle unas fotos para tener el antes y después, mi mujer que ya se notaba incómoda con todo esto, me miró y yo no le di importancia, yo por dentro estaba que quería irme al baño en ese momento a masturbarme, a todo esto Julio no encontró su teléfono, por lo que dijo “lo dejé afuera” y procedió a gritarle al instructor, lo llamaremos Luis.

    “¡Luis!” gritó, “tráeme el teléfono” mi mujer se extrañó y yo estaba más excitado porque sabía que Luis también disfrutaría viendo a mi mujer sin nada de ropa y así fue, entró con el teléfono de Julio y solo dijo “permiso” como si fuera toda la situación de lo más normal y claro, no perdió el tiempo y le dio una repasada a mi mujer, como me vio tranquilo, no dijo nada y se quedó un rato ahí, me preguntó alguna tontería que por mi estado ni le presté mucha atención y le respondí rápidamente, luego le dijo a mi mujer que vería rápido los resultados y luego le dijo a Julio que uno de los clientes estaba preguntando por unos tarros de proteína que vendían el gimnasio.

    A todo esto Julio tomó su teléfono y comenzó a tomar las fotos. Luis, antes de salir, le volvió a mencionar lo del cliente y Julio le dijo, ya lo voy a atender, que te diga de cuál es el que quiere y en ese momento, vi como Luis encendió la cámara de su teléfono y según él con disimulo, se puso a grabar mientras salía y llevaba el cel por bajo, mi mujer ni se fijó, yo sí, pero me hice el que no. Luis se salió y yo ya estaba que eyaculaba ahí mismo, pero aún faltaba.

    Julio recibió una llamada en ese momento, por lo que detuvo lo de las fotos y nos dijo casi en señas que le diéramos unos minutos, se dio la vuelta pero siempre ahí, en eso entra el cliente, un jovencito bajito y delgado, de unos 19 o 20 años, con un tarro de proteína, solo nos dijo “perdón” mi esposa solo me vio así como “¿qué está pasando?” y yo solo me sonreí, mi esposa trató de taparse un poco el coño, pero el chico no perdía detalle desde que entró y se quedó como esperando la respuesta de Julio.

    Este muchacho siempre le morboseaba el culo a mi mujer, así que ese momento debió haber sido mágico para él, no sé por qué, pero pensé que quizás Luis había informado a otros de los muchachos que llegan a esa hora sobre lo que estaba sucediendo y por eso este chico había entrado. El chico dijo a Julio, ya regreso que un amigo también quiere información pero es de otro producto y mi mujer tenía cara así como de “¿qué les pasa?” y yo solo le dije, tranquila, relájate, pero la noté que comenzaba a impacientarse.

    En eso estábamos, cuando el mismo chico entró con 3 más, todos se comían a mi mujer con los ojos, mi mujer ni siquiera se tapó, solo abrió sus ojos como platos y me vio, como esperando a que yo los sacara, supongo.

    Julio por fin terminó la llamada y se dio vuelta, en lugar de sacarlos, les dijo, ahorita veo los precios de eso, solo termino de tomarle fotos a ella que la tengo esperando ya mucho tiempo, los 4 descarados se quedaron de pie, viendo cómo julio le decía a mi mujer “ahora de lado, levante los brazos, ahora de espaldas, del otro lado, de frente, etc.” vieron todo, todito, mi mujer estaba como pensativa, ya no parecía importarle, los muchachos estaban tocándose disimuladamente el paquete y uno de ellos, estaba grabando el hijo de perra, pude notarlo, porque tenía el teléfono en esa dirección y hasta abajo, pero no dije nada.

    Solo me excité aún más. El momento cúspide fue cuando uno de ellos me dice “buen cuerpo tiene su esposa”, mientras se acomodaba la verga. Yo solo le dije que sí y le agradecí, sentía que eyaculaba ahí mismo.

    Julio terminó de tomarle las fotos y le dijo que ya estaba, que estaría monitoreando semanalmente y que estaría escribiéndole por mensajes las rutinas, dietas, etc. y que al mes, volverían a hacer control (supuse que era eso mismo y así fue). Le dijo, ya se puede vestir, mi mujer le dijo “ok” y se dirigió hasta donde estaba su ropa, todos los ahí presentes se quedaron viéndole el culo sin reparo, mientras se dirigía a donde estaba su ropa y sin más, comenzó a vestirse ahí.

    Yo me acerqué y me dijo “estos desgraciados se dieron gusto hoy, el gordito hasta me estaba grabando” y yo sorprendido le dije “¿es en serio?” y me dijo “sí, pero si ya me vieron estos en persona, qué diferencia hará si me ven otro montón de desconocidos en internet” y yo solo me reí y dije “que vean lo rica que estás”.

    Creo que después de todo, ella se había excitado, se puso primero el bra, luego la blusa y seguía desnuda de la cintura para abajo, en eso, los muchachos salían ya de la oficina y todavía se despidieron, ella sin pena alguna les dijo “adiós” con la mano y de abajo desnuda, me pidió agua y seguía así, Julio nos vio y dijo que tenía algo que atender, que nos tomáramos el tiempo necesario y salió, de pronto entró Luis con otro de los instructores, como apurados, y todavía lograron verle la vulva a mi mujer, solo saludaron como si nada.

    Mi mujer me dijo, “ahora siento que casi todos los que vienen a esta hora me conocen demasiado bien, lo bueno es que ya no me va a importar que se me marque nada, más no pudieron haber visto” y yo solo le agarré el culo. Se terminó de vestir y salimos a hacer nuestra rutina normal, claro, antes de empezar la rutina fui al baño y me masturbé, no aguantaba más.

    PD: Yo también logré tomar un par de fotos del momento, cuando Julio le tomaba medidas, mi foto de perfil es una de las que logré capturar. Le quité el fondo y los rostros para cuidar la identidad.

    Espero que les haya gustado esta anécdota, a mí siempre cuando la recuerdo me excita sobremanera.

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  • Fiesta primer trío (2): La habitación

    Fiesta primer trío (2): La habitación

    Ugo:

    —Pues vamos empezando…

    Comiencen ustedes. Yo me quedo por acá, mientras les saco unas buenas tomas.

    Narrador

    Raúl se le fue encima a Massiel sin decir palabra. Le dio un beso suave en los labios, la abrazó y enseguida metió las manos bajo la blusa. Y con destreza soltó el broche del sostén.

    La levantó un poco la blusa y mirar su senos, con hambre en la mirada, se puso a saborear sus pezones oscuros, tiernos, firmes, con esa mezcla entre ansiedad y deleite. Le acariciaba los pechos con ambas manos, los apretaba, los lamía con desesperación, como si se le fueran a esfumar.

    Ella cerró los ojos, soltó un gemido suave y se dejó hacer.

    Raúl se sentó en la cama, alzó la falda de Massiel y se metió entre ese trasero provocativo, buscando la tanga pequeña. Se la bajó con calma y se la quitó, admirando la vista como si estuviera frente a una obra de arte escondida.

    Ugo, del otro lado, no decía ni una palabra. Pero sus ojos estaban bien abiertos, casi brillaban. Pensaba para sí:

    “No hay nada como ese instante exacto en que le bajan la ropa interior a tu esposa. Ya no hay vuelta atrás.”

    Excitado, firme y expectante, Ugo sacó su verga y comenzó a estimularse mientras capturaba cada momento con la cámara, prendido con cada detalle.

    Raúl ya había dejado desnuda en la parte baja a Massiel recostada en el borde de la cama. Se hincó y se puso a trabajarle con la lengua, sin pena, sin pausa. Chupaba, succionaba, saboreaba, y Massiel se arqueaba, se retorcía, gemía bajito pero intenso…

    —Sí… sí… así… —alcanzó a soltar, con los ojos medio cerrados.

    Raúl recogía todo con la lengua, sin dejar una gota. Le metió un par de dedos y los movía en sintonía. Ella se sacudía, la cadera se le iba sola. El aire le faltaba, pero el placer la empujaba más.

    —No pares… más… más… —jadeaba entre sudor y piernas temblorosas.

    Y de pronto, vino el chorro. No fue un orgasmo cualquiera. Fue una explosión. Su cuerpo tembló y la miel se le volvió elixir. Una cosa de locos. De esas que se sienten hasta el alma.

    Ugo casi se corre, solo con verla así pero se detuvo. Sabía que aún no era su turno. Él no era como Massiel, que podía venirse varias veces. Apretó los dientes y resistió.

    Raúl se limpió los labios con la lengua, se levantó y quitó los pantalones y sacó su miembro, firme, grueso, algo más ancho que el de Ugo, pero de igual tamaño.

    Massiel, con el cuerpo aún agitado, trataba de volver en sí. Sudaba, le temblaban las piernas. Ugo la miraba con deseo, pero también con ternura… La amaba, pero la deseaba como un animal él ya sabía lo que venía lo que iba a pasar.

    Raúl sacó un condón, se lo puso sin apuro y con un par de suaves golpes en la entrepierna de ella, como quien avisa, se posicionó. No preguntó si estaba lista. Se lo metió de golpe, todo de una, sin pedir permiso.

    Ella soltó un gemido de placer.

    Y entonces empezó la danza. Adentro, afuera. Rápido, lento. Cambiando de ángulo, haciendo que se le llenaran hasta las esquinas. Ella no terminaba de recobrar el aire, pero no quería que parara.

    Ugo, ya caliente hasta el tope, se subió a la cama. Se colocó delante y sin decir palabra, le acercó su verga a la boca.

    Ella, medio cansada, pero obediente, abrió los labios.

    Y ahí estaba. Una por abajo, otra por arriba. Ella abierta, tendida, dejando que la llenaran.

    Gimoteaba, jadeaba. Se detenía para tomar aire y seguía.

    Ugo volvió a sentir que se venía. Se retiró justo a tiempo. Raúl, ya sudado, pidió una pausa. La edad le cobraba factura al final era mayor que ellos. Massiel también aprovechó para respirar.

    Ugo tomó la cámara de nuevo. No quería perderse nada.

    Massiel se acomodó en la cama. Se puso en cuatro, espalda arqueada, falda enrollada a la cintura, blusa arriba, las tetas al aire. Era un cuadro espectacular.

    Ugo la miró… y se enamoró más.

    “¿Cómo puede verse tan linda y tan sucia al mismo tiempo?”

    Como si supiera lo que él pensaba, Massiel soltó:

    —Raúl, ¡Cógeme! ¡Ándale, ya!

    La frase le reventó la cabeza a Ugo. Se llenó de pensamientos lujuriosos. Su esposa… su mujer… estaba pidiendo eso, con esa voz. No podía más.

    “Es una perra… Una puta deliciosa que necesita que la cojan”, pensó.

    Una avalancha de nuevas fantasías viciosas llegó a él.

    “Un gangbang, un bukkake… verla llena de espeso semen en la cara disfrutando, usada, rendida, un cine erótico tener sexo frente a varios extraños…”

    Pero volvió en sí al escucharla gemir otra vez. Raúl, cumpliendo con su pedido, le daba duro. La jalaba del cabello y le daba nalgadas que dejaban marca.

    —¡Sí! ¡Así! ¡Dame más! —gritaba ella cada vez que sonaba la mano contra su piel.

    Ugo grababa con mano firme. No quería que ese momento se perdiera.

    Sin dejar de grabar. Se acercó y volvió a metérsela en la boca.

    Raúl la tomo por la cintura para hacer movimientos más fuertes más firmes sus pechos rebotaban de un lado a otro sus piernas firmes y torneadas tomaba una forma irresistible.

    Los tres en acción. Ella en cuatro. Uno adelante, otro atrás.

    Ugo, viendo que Raúl ya estaba por rendirse, le dijo:

    —Déjate caer, … deja que ella haga lo suyo.

    Raúl se recostó. Con una sonrisa pícara coqueta y traviesa sostuvo la verga para introducirla en ella mientras se sentaba sobre de él.

    Ella sabía lo que venía, era su momento de brillar.

    Tenía talento para hacer un oral, pero cabalgar fue practica para convertirse en una experta.

    Y comenzó a cabalgar. Rápido, lento, de frente, de lado. Ella lo manejaba todo. Sus tetas rebotaban, su cuerpo brillaba. Gemía como loca.

    Raúl estaba al borde del clímax.

    —No… todavía no —le dijo ella—. Quiero más.

    Se detuvo. Se giró hacia Ugo, que no había dejado de grabar.

    —Quiero mi fantasía.

    Él se acercó y le susurró:

    —¿Quieres dos vergas dentro, eh?

    —Sí —respondió ella—. Las quiero.

    —Pídelas.

    —Por favor… cójanme como una puta.

    Ugo no aguantó más. Se colocó detrás de ella, se alineó y con algo de trabajo, se la metió.

    Massiel tembló.

    Una por adelante, otra por atrás.

    La sensación era única. Dolor y placer mezclados. Una presión deliciosa que no se parecía a nada.

    Y entonces empezaron a moverse. Lento, acompasado. Ella jadeaba, se mordía los labios. El placer empezaba a sobrepasar el dolor.

    —Más… denme más… —suplicaba.

    Ugo, al límite, se dejó ir. La llenó con su semilla caliente.

    Massiel tembló de nuevo. Besó a Raúl.

    Ugo se retiró, agotado.

    Raúl, todavía con energía, dejó que Massiel terminara el trabajo con la boca. Ella lo atendió con ese talento suyo… y él se vino rápido, rendido.

    Respiraron, se vistieron. Se miraron.

    El tiempo afuera era indiferente a lo que pasaba en esa habitación, parecía que llevaban horas pero habían pasado 40 minutos.

    Habían vivido algo que se les iba a quedar grabado.

    Al salir, la fiesta había terminado. Quedaban pocos. Afuera amanecía.

    Raúl los llevó a casa se despidieron con la promesa firme de repetirlo.

    Ya en la cama, Massiel se recostó rendida. Le dolían las piernas.

    —Ven, esposo… abrázame. Déjame sentirte.

    Ugo se acostó a su lado, la abrazó, la envolvió con su cuerpo.

    La miró. Esa mujer que había compartido con otro… seguía siendo solo suya. A veces compartida, sí, pero suya.

    Massiel se durmió rápido segura a su lado. Con una sonrisa.

    Se amaban más que nunca.

    Porque sabía que ese era apenas el comienzo de una aventura llena de fantasías.

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  • Mi mujer y mi vecino cogen, eso me parte el alma (2/2)

    Mi mujer y mi vecino cogen, eso me parte el alma (2/2)

    Un poco antes de la cena estaba viendo un programa de entretenimientos cuando escucho la voz de Fernanda.

    -“Me acaba de hablar Rubén, dice que lo asaltaron y golpearon”.

    -“Qué lástima, seguro que la policía, a las pocas cuadras habrá agarrado a los ladrones”.

    -“No, fue acá en el edificio”.

    -“Será alguien que aprovechó el descuido de un vecino y entró por la puerta mal cerrada, habrá que redoblar los cuidados”.

    Todo este diálogo fue sin mover la vista del televisor.

    -“Voy a ver si necesita algo”.

    -“Bien”.

    Cuando volvió ni le pregunté el resultado de la visita, aunque noté su mirada desconfiada; sin darme por enterado seguí en lo mío, pero debía estar atento a cuando se reanudaran los encuentros.

    Para la próxima etapa de la venganza compré un soplete a gas de los usados en repostería, una jeringa grande con aguja y un litro de alcohol ordinario pues nada pensaba desinfectar, ahora a esperar el momento; y eso sucedió tres días después, cuando ella me avisó que ese mediodía llegaría un poco más tarde; ya alguna vez había usado la misma excusa para, en realidad, salir un poco antes del estudio y, ya en nuestro edificio, meterse en el departamento del vecino.

    Cuando la pantalla me mostró al vecino besándola después de cerrar la puerta, apagué el ordenador, acomodé todo de manera que nada indicara que yo había estado ahí, tomé el bolso preparado y salí a realizar lo planeado.

    Ya frente a la puerta del departamento del amante, apliqué el soplete un buen tiempo sobre el picaporte hasta que un papel, al ponerlo en contacto con el metal, se encendió; rocié minuciosamente con alcohol treinta centímetros de la parte baja de la puerta, haciendo que también el líquido ingresara por debajo, luego encendí y me fui a la terraza a esperar los resultados.

    A los cinco minutos comenzó el alboroto, esperé un poco más y bajé entrando a casa como si recién llegara; el trabajo había sido exitoso, Fernanda, algo desarreglada en vestimenta y peinado, lloraba poniéndose crema sobre la extensa quemadura sobre la palma derecha.

    -“Querida, ¡qué te pasó!”

    -“Me quemé la mano en la cocina”.

    -“Vení que te ayudo con la crema, una lástima justo la derecha, esa que usás para acariciarme la pija mientras me la chupás, de todos modos, como los labios los tenés intactos la diferencia será mínima”.

    -“No sé por qué ahora me hablás así, antes nunca lo habías hecho”.

    -“Es que leí un artículo en internet que habla de las maneras de revitalizar la unión de la pareja, y dice que estadísticamente la mejor opción para salir de la rutina es tratar a la esposa como a una puta”.

    -“No me gusta, me parece ofensivo”.

    -“No importa, ya dice el escrito que oponerse es una reacción normal y, que, ante eso, se debe actuar con más fuerza, así que más tarde, cuando se te calme el dolor, me la vas a chupar zorra de la gran puta, dándote maña con la mano izquierda o te cago a trompadas”.

    Dos días más tarde las socias del estudio recibieron invitación para cenar en un restaurant elegante en festejo del brillante negocio logrado y en el que ellas habían participado. Naturalmente mi señora se preparó concienzudamente, había que agradar a todos los presentes, pero más que nada al que la llenaba de pija.

    Esa noche cuando escuché murmullos de varios en el palier, era la una de la mañana, me asomé por la mirilla y vi a las tres mujeres con Rubén y dos hombres más entrando al departamento; aún sin verles las caras era fácil identificar a mi esposa y su amante pues ambos tenían una mano vendada; al carajo el sueño, había que conectarse a las cámaras.

    Interiormente me felicité por haber hecho instalar esas cámaras, probablemente lo obtenido en esta oportunidad sería definitorio para terminar la venganza.

    Después de invitarlas a ponerse cómodas y ofrecerles algo para beber, el dueño de casa les dice que, al haber declinado la invitación para seguir la reunión en una discoteca, les agradece haber aceptado continuar en su casa los brindis festejando el éxito logrado, en el cual, ellas participaron. Luego de levantar las copas Rubén puso música invitando a todos a bailar, en ese momento María miró a sus compañeras, que mostraron caras de no estar de acuerdo, y respondió.

    -“Te agradecemos la invitación Rubén, pero ya es tarde, terminamos la bebida y nos vamos”.

    -“Chicas, hay que disfrutar el momento y cimentar la unión para futuros trabajos”.

    -“No lo dudo, pero mañana tenemos tareas y, además, nuestros maridos nos esperan”.

    -“María, hay que ser un poco más complaciente con los que te dan trabajo”.

    -“Rubén, en el trabajo, complacencia no es sinónimo de eficiencia y creo que fuimos contratadas por ser eficientes”.

    -“No estás cuidando el trabajo, podés perderlo”.

    -“No hay problema, aun cuando fueras el único cliente, que no lo sos, preferimos perderlo, que se diviertan, hasta la próxima”.

    Tres se levantaron mientras Fernanda decía.

    -“Termino esta copa y me voy, nos vemos mañana”.

    Al quedar mi mujer sola con los tres varones comienza lo atractivo; Rubén toma a Fernanda de la cintura, la hace sacar la lengua para chuparla y mientras tanto le arrolla el vestido en la cintura, mostrando a los dos espectadores sus nalgas al completo, pues el delgado trozo de tela que las separa está hundido entre ellas.

    -“Nena, espero que tus socias sepan reconocer que, gracias a tu esfuerzo, van a seguir teniendo trabajo y ganando plata”.

    Si quedaba alguna duda que la consideraba de su propiedad, fue disipada con la invitación

    -“Les sugiero que aprovechen ahora que otra oportunidad como esta es difícil que se presente, miren bien lo que van a disfrutar gracias a mí, preciosa, mostrá bien los tesoros que tenés y seguramente ellos no vieron nunca”.

    Ante esa orden, la hembra obediente, deshace el abrazo, gira y se baja la biquini a medio muslo abriendo algo las piernas para separar los labios vulvares y exhibir la mucosa interior brillante de flujo; la respuesta de los dos espectadores, aplausos y pedidos de seguir la muestra fue aceptada pues se dio vuelta y, sacando el trasero, se abrió las nalgas para dejar bien visible el ano, primero fruncido y luego ligeramente abierto al separar más los glúteos.

    Ahí caí en cuenta de la diferente actitud de los dos acompañantes masculinos, uno flaco casi inexpresivo y el otro rellenito muy extrovertido; este último, cuando el dueño de casa exhibió a mi mujer como si fuera una cosa de su propiedad hizo festejos grandilocuentes, en tanto el otro permanecía fumando y tomado un trago; ante esa postura de indiferencia, Rubén preguntó.

    -“Qué te pasa Braulio, mirá que hembra pongo a tu disposición”.

    -“Lo que ocurre jefe es que las ganas me vienen cuando una mina quiere estar conmigo, y esta que, o es demasiado puta y le gusta cualquier pija, o se ofrece por darte en el gusto, aunque pensándolo bien, podría probar ese culito”.

    Entonces el dueño de la puta estableció los turnos.

    -“Primero voy yo, que no quiero saborear semen ajeno, luego te toca a vos que estás más alterado y, mientras recargamos las bolas, vos Braulio entrás en escena, de más está decir porqué sos el último”.

    Y así fue, los dos primeros usaron la hembra por los tres lugares usuales provocándole tres buenos orgasmos que la dejaron exánime pues no le habían dado tiempo de recuperación; el gordito pareció eyacular hasta la idea de semen a juzgar por los gesto y gritos, si hubiera aguantado un poco más mientras la enculaba y frotaba el clítoris, la cuarta acabada de mi mujer estaba asegurada.

    Estando Fernanda boca abajo tratando de reponerse, entendí por qué Braulio había sido dejado para el final, en un abrir y cerrar de ojos se desnudó, dio la última pitada al cigarrillo y mostrando como si nada una majestuosa verga, se aproximó a la desfallecida para levantarla poniéndola en cuatro, hacer una estocada fuerte por la concha que goteaba y después poner el glande en el culo, comenzando, sin prisa, pero sin pausa, a barrenar el recto.

    Que no era un ingreso agradable, o algo ajustado pero soportable por una pronta adaptación, eran testimonio la cara, los quejidos lastimeros y las lágrimas, aunque quizá eso no era lo peor, lo grave es que no tenía escape pues no solo era sujetada desde la cintura por el vergudo que la envestía, sino también por sus anteriores machos servidos que, sosteniéndola de los hombros, soltaban sus carcajadas complacidos por el espectáculo.

    -“Ahora puta de mierda, con este empujón vamos a invertir el recorrido de la digestión, mi leche te va a salir por la boca”.

    Y después de semejante empujón, a juzgar por las expresiones faciales de la hembra, ojos abiertos al máximo, frente fruncida y boqueando, si no fuera por la disposición orgánica, el cogedor hubiera acertado.

    Ella tirada como trapo, intentando recuperarse después del temblor generalizado del cuerpo producto de varias corridas continuadas, tomó conciencia de que algo nuevo venía, porque uno se puso de espaldas en el piso haciendo que ella, sentada encima, se clavara el miembro en la vagina, mientras otro la tomaba del pelo poniéndole su miembro en la boca y el tercero le lubricaba el ano. Parece que eso le produjo un instante de lucidez y se tiró a un costado, dirigiéndose a su amante.

    -“Hijo de puta, estás usándome como a una cosa junto a tus amigos”.

    -“Vamos nena, la puta sos vos no mi madre, bien que te encanta”.

    -“Qué basura que sos, lo que hice con estos dos fue por darte en el gusto, pero no más, me voy”.

    -“No creo que puedas oponerte a los tres”.

    -“Si grito fuerte, diciendo que me están violando, seguro que mi marido escucha y viene, y a él se lo van a tener que explicar”.

    -“Andate putita, tenés que limpiarle los cuernos a tu esposo”.

    -“Por supuesto que me voy y lo hago con la tristeza de no haberle hecho caso, verte dos veces fueron suficientes para saber cómo sos, y me lo dijo desglosando las etapas, primero querrá seducirte, si lo consigue te gozará un tiempo, luego te exhibirá ante otros, después te va a compartir como si fueras de su propiedad y, antes de dejarte, vendrá la degradación entre varios, esto último no va a suceder, me voy”.

    Cuando Fernanda empezó a vestirse tomé una hoja en blanco y escribí el cartel que le dejaría sobre la mesa del comedor «Son las dos de la madrugada, como es casi seguro que vendrás con ese olor que me descompone, ni se te ocurra entrar al dormitorio o al baño nuestro».

    Al día siguiente hablé con un abogado amigo para preparar la demanda de divorcio, quedando en entregarme los papeles a firmar tres días más adelante. Y esa noche aceptamos una nueva invitación del vecino para cenar en su casa, mi mujer dijo no querer ir, pero aceptó mis razones de no despreciar a quien le había dado trabajo y así una buena ganancia. Y en la hora indicada fuimos llevando un buen vino y postre, siendo recibidos por el dueño de casa junto a una joven, quizá apenas llegada a la mayoría de edad, pero con un físico poderoso, que exhibía de manera ostentosa; de haberla encontrado en la calle algún aquejado de arrechera seguramente le habría preguntado cuánto cobraba.

    -“Hola Fernanda, hola Rafa, un gusto tenerlos acá, les presento a Josefina”.

    Mi señora, que habitualmente es cordial y de cara sonriente en las reuniones sociales, esta vez saludó a los dos con cierta frialdad. Como era de esperar la cena fue una demostración de su poder económico, copas distintas para vino blanco, para vino tinto y para agua; cubiertos para entrada, para plato principal y para postre; servilletas de tela blanca en un brillante servilletero de plata, mantel con encaje; es decir un derroche de apariencia.

    Comida y bebida excelente fue acompañada con la exposición de grandezas que jalonaban su trayectoria personal y profesional, naturalmente matizada con arrumacos habituales entre aquellos que no son propiamente amigos o pareja estable, sino que comparten calentura y se complacen en mostrarla pues los presentes no suponen un freno ni generan escrúpulos.

    En ella se notaba el deseo de hacerse con ese macho que era un buen partido para relacionarse por el tiempo que fuera posible, cuanto más largo mejor pues los beneficios materiales serían mayores. En él era palpable que esos gestos de anticipo del próximo desahogo en la cama, tenían una especial destinataria, Fernanda, y yo disfrutaba verla sufrir; cada abrazo, cada beso, cada incursión de la mano hacia la entrepierna de la putita de turno, que para mi señora eran refinada tortura, me significaban un placer cercano al orgasmo.

    Tuve que reprimir mi deseo de darle un fuerte abrazo a ese basura y agradecerle la contribución a mi venganza, con esa actitud de hacerle notar que había sido reemplazada, que su derecho de propiedad o exclusividad era algo totalmente dependiente de la voluntad del varón. Ahora me daba cuenta que le estaba haciendo pagar la negativa a la doble penetración y mamada propuesta en el video de la última reunión.

    Por supuesto la sobremesa fue corta, ya que mi esposa, mostrando en su cara el desagrado que la dominaba, dijo sentirse indispuesta y disculpándose me pidió irnos a casa. Naturalmente accedí, pero si ella pensaba que con eso evadía la situación desagradable estaba equivocada, yo estaba dispuesto a echar sal sobre la herida abierta.

    El silencio reinante en los pocos pasos que nos separaban de casa y mantenido durante lo previo a acostarnos lo rompí yo.

    -“Te sentís mal?”

    -“No pero ya estaba harta de una conversación intrascendente mientras ellos, en lugar de atendernos, se dedicaron a meterse mano”.

    -“Es verdad, pero no lo puedo criticar, en última instancia él es soltero sin compromiso, y ella no solo es voluptuosa, sino que parecía tener una calentura importante”.

    -“Eso te parece a vos que sos un degenerado, seguro que te gustaría montártela”.

    -“Por supuesto, mamar esas tetas y perforar semejante culo debe ser la gloria, pero esas chicas no aceptan un tipo que financieramente sea, apenas, algo más que un piojo”.

    Mientras esperaba el sueño, haciendo un recorrido por últimamente sucedido, se sentí conforme; para dar por terminada la tarea de venganza faltaba poco, ya tenía la decepción de mi mujer y la filmación de lo sucedido en la última reunión; me quedaba un último escarmiento físico al hombre, enterarla a las socias de la conducta de mi esposa y hacerle saber a los directivos de la empresa el calibre del gerente de área que tenían dentro.

    Para provocarle una buena cantidad de moretones al vecino, a modo de despedida, tuve que hacer una tarea de vigilancia que me permitiera concretar algo simple, rápido y anónimo; iba a provechar que la puerta de su departamento estaba inmediatamente al lado de la escalera y la mía justo enfrente, tres metros entre ambas; para no ser escuchado lubriqué detalladamente las bisagras y la cerradura de manera que su funcionamiento no provocara ruido alguno; el momento elegido fue su habitual regreso entre las dos y media y tres de la tarde.

    Varias jornadas observé por la mirilla y elegí un día que le vi cara de cansancio y un tanto distraído, cuando salió del ascensor, caminó hasta la puerta y empezó a buscar las llaves, salí silenciosamente me acerqué por detrás, cubrí su cabeza con una bolsa negra, lo hice girar para marearlo y por último empujarlo escaleras abajo. Con toda suerte había superado la tentación de decirle «buen viaje» y, después de comprobar que se movía, en el mismo silencio regrese a mi casa.

    El día que me entregaron las dos carpetas del divorcio la esperé, a la hora de almuerzo, con la portátil lista para mostrar las imágenes y los papeles preparados para firmar. Su extrañeza se transformó en pregunta.

    -“¿Qué es esta recepción?”

    -“Papeles del divorcio”.

    -“¿Por qué? ¿Estás loco?”

    -“No, simplemente que ya no te quiero”.

    -“Y así, ¿de golpe te diste cuenta?”

    -“Tal como lo decís”.

    -“Pero ¿cómo puede ser eso?”

    -“Sencillo, me llegó esto que ahora te muestro y, en lugar de sentir dolor por el engaño, no me importó, sino que sentí asco al ver tu degradación”.

    Sabiendo que no había vuelta atrás y que la difusión del video sería un serio traspié en su vida firmó las hojas sin poner peros. En un mes tenía que dejar la casa que yo había heredado de mis padres.

    Un par de días después recibí una llamada de María y Claudia pidiendo que fuera a verlas pues querían hablar conmigo, y que lo hiciera fuera del horario habitual de trabajo, ella me avisaría cuando ya no estuviera mi mujer. Era para preguntarme sobre el comportamiento poco común de Fernanda; sin vueltas les conté todo y la situación actual. Al tiempo me contaron que mi ex les había vendido su parte y se iría a otro lado donde tenía parientes para tratar de empezar de nuevo. Nunca más supe de ella fuera de una audiencia ante el juez.

    Hay gente que es feliz comprando, y para que su felicidad sea plena debe ser algo que cueste menos, aunque sea centavos, a lo ofrecido por otro comercio, y por ello tienen en permanente funcionamiento una especie de radar de vigilancia que les avisa de una posible oportunidad. Eso es lo que aproveché al mandar cien pen-drive conteniendo copias de lo sucedido durante la reunión en el departamento de mi vecino; el destino fue el mostrador del personal de seguridad en la planta baja del edificio sede de la empresa donde trabajaba, llevando cada uno la inscripción «Magníficas Ofertas».

    Para ver que sucedía me ubiqué donde pudiera observar; tres que pasaron sacaron uno junto con propagandas en papel, a los diez minutos parece que había corrido la voz pues sobre la superficie solo quedaban las hojas de promociones. Seguramente la noticia debe haber llegado a los superiores de los farristas porque el primer actor desapareció de escena en los días siguientes sin despedirse.

    Yo estoy empeñado en superar esa etapa triste de mi vida.

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  • Economista y prosti: Entregada a un desconocido (2)

    Economista y prosti: Entregada a un desconocido (2)

    Continuación de la Parte (1)… disculpen la falta de sexo de Parte (1) ja ja.

    Nuevamente, mi salvación fueron mis clientes, estaba loca por experimentar la entrega, y mis clientes y Tommy, me daban placer y hacían pasar rápidamente los días.

    Finalmente un jueves a mediodía recibo una llamada de mi amor: se hace el siguiente sábado en la mañana.

    Con Tommy el viernes a la noche, preparamos en lugar. Para que al entrar a mis oficinas no sospecha que sería yo la dama a entregar, cubrimos la placa de bronce de mi compañía con un cartón que decía “Vacaciones”. No extrañaría a nadie de las poquísimas personas que circulan por Ciudad Vieja un sábado a la mañana temprano.

    La cita, el sábado a las 8 y 30 am. Tommy anunció que lo esperaba con la puerta del garaje abierta para que guardara su coche muy discretamente.

    Planificamos todo, atendí clientes el viernes y el viernes a la noche dormimos y cogimos en la oficina, que como saben tiene no solo un dormitorio sino dos, uno sencillo en planta baja, y la suite subiendo una escalera.

    Llevé toda la ropa que juzgue necesaria y planificamos la entrega una vez más.

    Tommy fue a la vereda, abrió la puerta del garaje, que es suficiente para dos coches, y esperó.

    A la hora convenida, se presentó Juan. Estacionó y entraron por la puerta de calle de la oficina.

    —¡Parece una oficina! Dijo Juan. —Lo es, es la oficina de trabajo de mi esposa. Pero no te preocupes, hay mucha comodidad, ya verás, hay dormitorios por si debido a razones de trabajo debemos dormir aquí.

    ——¿Ella ya está aquí? Estoy ansioso y nervioso. —En unos minutos la conocerás… Pero me gustaría que antes, la vayas apreciando en su plenitud, en la pantalla gigante, así tienes tiempo de arrepentirte si no es de tu agrado.

    Y Tommy encendió el televisor y proyectó desde su celular un nuevo video que había preparado, en tomas sin mi rostro o pixeladas.

    Se sentaron en el gran sofá frente a la tele y comenzó la proyección. El el video se alternaban secuencias de fotos el el crucero, (¿lo recuerdan?); en Chihuahua, playa naturista; en la piscina de la casa de mis padres en Punta del Este. En todas ellas con muy reducidos bikinis, salvo las de Chihuahua en donde caminaba desnuda.

    Los videos que completaban la proyección eran de tomas desnuda, juguetona en la cama, o masturbándome, siempre sin mostrar la cara o con cara pixelada. Finalmente, una breve toma de mi suegro cogiéndome en cucharita y también analmente, pero con las dos caras pixeladas.

    —Ese no eras tú, dijo Juanjo. Pero que bien coge y la cogen. —Claro, quizás y solamente quizás, algún día sepas quién le está dando. Y quedó esa duda en el aire.

    —Entonces, ¿Te quedas? Le pregunté.

    —¡No podría pensar en irme después de ver esto!

    —Quiero que sepas que cada uno de nosotros amamos profundamente al otro, hemos sido amigos de escuela y noviecitos de secundaria, luego novios y ahora matrimonio, muy feliz. Pero nos encantan las variantes en el sexo, y ahora te presentaré a mi esposa, la señora Sofía xxx.

    Ojalá pudiéramos mostrarles la cara que dice Tommy que puso Juan José en el momento de oír mi nombre.

    Justo entonces, entré yo. Sin darle a Juanjo el tiempo de reaccionar al golpe sorpresivo de mi identidad.

    Vestía algo muy sencillo y a la vez muy lindo a mí parecer. Total inspiración griega de mi modista, basada en los “chios” de las hetairas. Pero, sabiendo el uso que yo le daría, su inspiración la llevó a modificar lo que debería ser una sola pieza hasta los tobillos, cortándolo a la altura de la cintura.

    La parte superior, muy sencilla, cruzada, se cierra sobre el hombro izquierdo con un broche que es parte de un juego de broches que traje de París. Primorosamente hechos en bronce dorado, lucen como oro, de forma un tanto circular pero con borde irregular, tienen punzonado un rostro de mujer.

    La parte inferior de mi outfit, aún más sencillo si cabe, una tela igual, que me cubre hasta los tobillos, también sencillo cierra a la izquierda, sobre la cadera, pero deja totalmente te expuesta la pierna de ese lado, por un corte en la tela, cuya parte derecha solamente te llega a mi cadera para prenderse con el broche.

    Al cuello, una cadena de oro, con un tercer medallón igual a los broches, que cae entre mis tetas. Sandalias de taco alto, ¡en época griega no existían stilettos! Ja ja

    —¡Sofia! atinó a exclamar Juanjo.

    —Ella misma, mi esposa… dijo Tommy. ¿Te molesta?

    —Les juro, al ver las fotos, yo pensaba que así debe ser el cuerpo de Sofía. ¡Y lo es! ¡Me asombran y estoy feliz!

    —Hoy será tuya, dijo Tommy mientras hacía ademán de sentarnos. Así lo hicimos, hablamos largo rato, yo abría cada vez más la abertura de la falda de mi “Chíos “ mientras nos conocíamos un poco, aprendíamos quién es cada uno, y le explicábamos a Juanjo cuanto deseábamos este momento pues “Tommy nunca me había podido entregar totalmente a un hombre que él convenciera”.

    Mi marido comenzó a acariciar mis piernas, “mira Juanjo, que bella piel tiene, dijo mientras descubría mi pierna izquierda hasta el pliegue de la ingle”, sin que se viera lencería, pues no la había.

    —Amor, dije; seguramente el caballero que me has traído desea conocerme mejor… y me puse de pie.

    Tommy hizo lo mismo, diciendo que Juanjo disfrutaría de ver a pleno lo que sería suyo minutos después.

    Me abrazó por la cintura, y levantó la falda de mi indumentaria, mostrándole mi culo sin prenda alguna. Luego la dejo caer. Desprendió el broche de mi top, y lo arrojó lejos.

    Siempre conmigo de espaldas a Juanjo me desprendió el broche de la falda y la hizo caer.

    —Mirá lo que vas a tener, dijo Tom mientras me hacía girar, es toda para vos hoy. Yo me mantuve erguida, mirando arriba, como diciendo “estoy aquí esperando que me tengas”.

    —Juanjo dijo Tommy, quiero llevarla al dormitorio para que allí sea tuya, síguenos por favor. Me tomó de la mano y subimos la escalera que lleva a la suite. Yo trataba de mover delicadamente mis caderas para atraer aún más al invitado.

    Él subía tres escalones atrás, y cuando llegamos al piso de arriba, Tommy le dijo que esperara un momento.

    En el dormitorio, bajó apenas la intensidad de las luces usando el dimer, me acosté sobre mi costado izquierdo, de espaldas a la puerta, y Tommy se cercioró de que flexionara un poco mi pierna derecha de tal modo de exponer a la vista mi concha.

    —Por favor, amigo, entra.

    Juanjo entró, seguramente me abarcó totalmente con la mirada y dijo “Quiero comer esa concha”

    Yo me di vuelta, me paré al lado de la cama y le dije: ¿y las tetas?, mientras las sacudía y el medallón entre ellas acompañaba el movimiento.

    No contestó, simplemente preguntó a Tom: ¿Puedo? Y Tom dijo: “Es tuya desde ahora”. Y se fue a sentar a una silla lateral a la cama, delante de la ventana a la calle.

    Juan no perdió tiempo. Metió su cara entre mis tetas, las acariciaba, las amasaba. Y mientras tanto yo le dije: “Amigo, estás vestido, quiero verte”. Pidió disculpas ja ja, y se desvistió.

    Que agradable sorpresa cuando se quitó el bóxer. Ya lo había visto desde que entré al salón de abajo, debía de tener la pija dura. Pero verla ahora, al desnudo fue una sorpresa. Más bien larga y sin dudas gruesa, no es enorme ni de actor porno, ¡pero es una bella verga! La cabeza cónica, perfecta para penetrar sin esfuerzo, se veía muy dura, y es de las que se curvan hacia arriba, como las esculturas de los sátiros en Pompeya.

    Me estrujaba las tetas, las lamía, pasaba a manosearme el culo y volvía a las tetas.

    ¡De rodillas! Y fue más orden que pedido. Me arrodillé y comenzó a frotarme la verga por la cara, a veces la ponía en los labios y luego la retiraba. Dos o tres veces tomó el medallón que colgaba de mi cuello y restregaba la verga en la cara grabada en el medallón.

    Mientras tanto Juanjo se dirigió a Tom:

    —¿Así te lo imaginabas Tom? ¿No te ofende ver a tu señora en manos de otro? ¿No te molesta ver como le chupan las tetas o le tocan el culo? Porque vas a ver más cosas… una faceta levemente provocadora de Juan que me gustó.

    —No, no me molesta, me gusta, es lo que les pedí… aunque no es fácil… te entregué a mi novia, a mi esposa, una dama, profesional universitaria, emprendedora y bella.

    —A quien ahora le voy a chupar la concha y me va a chupar la pija, ya lo verás.

    Se tendió en la cama y me guio a un 69. Abrí bien mis piernas y calcé mi concha en su boca, para que su lengua trabajara a gusto. Y vaya si me daba placer.

    Pude meterme la verga en la boca, disfrutando de su grosor. Comencé a chupar y a lamer, está totalmente afeitado, a veces a causa del grosor de la pija, se me escapaba saliva por la comisura de los labios, sacaba la verga de la boca, sonreía y le guiñaba un ojo a mi marido, yo sabía cuánto gozaba con este juego, y veía como abultaba su pija, que tanto amo.

    Cuando ya su oral me tenía al borde del desmayo, me levanté, giré y le di a mamar mis tetas. Las disfrutó nuevamente y con entusiasmo, el colgante de mi cuello golpeaba su cara, de nuevo amagué sacarlo y de nuevo dijo que lo dejara, también lo lamía junto a mis tetas.

    Hasta que me puso en cuatro. Se dispuso a comenzar a cogerme en esa posición, se salivaba una mano y me la pasaba por los labios de la concha y también me ensalivaba las tetas.

    —¿Querés ver de cerca como le entra? Le dijo a Tommy mientras su glande recorría sin cesar los labios de mi cuca.

    Tommy, fingiendo absoluta obediencia se acercó y miró. La verga de Juanjo entró en mi cuerpo como un rayo, su cabeza cónica era ideal para penetrar y su grosor ideal para disfrutar. Se me escapó un: ¡Ahhh que pijazo! Dicen que “en cuatro todas las vergas son buenas”, imaginen sentir una que ya es buena de por sí. Yo estaba en las nubes, mis tetas se sacudían y el colgante daba contra ellas.

    Cuando me acabó fue llegar al cielo. Lo sentí vaciar en mí su caldo de vida tibio, su miel viscosa. Siguió bombeándome uno o dos minutos y luego la sacó.

    Su pija estaba cubierta de leche y flujo y la refregó contra mis tetas y en el colgante (¿algún fetiche quizás?), lo que quedó dentro de mí, chorreaba por mis muslos.

    —¿Te lo imaginabas así Tommy? ¿No te ofende?

    —Me encanta, y quiero ver más…

    —En cuanto me recupere verás mucho más.

    Y de nuevo me llevó a chupársela. Puse toda mi dedicación, le lamí y chupé las bolas, le lamía el tronco de abajo hacia arriba y le chupaba la cabeza, luego le lamía la cabeza y volvía a los huevos. Hasta que tomé la iniciativa de lamerle el culo.

    Eso hizo que de inmediato su poronga volviera a la dureza total. Evidentemente el beso negro lo encendía, más si un dedo escarbaba un poco su esfínter.

    Me puso boca arriba y pasé las piernas sobre sus hombros. Pero algo me llamó la atención, mojaba sus dedos con saliva y me comenzó a mojar el culo, cada vez más, y jugaba en la entrada de mi esfínter con un dedo bien ensalivado. Ya no tuve dudas cuando me dijo, sujétate las piernas así puedo ponértela bien.

    Acerqué mis piernas a mi cuerpo y las sujeté.

    —Vení a ver cómo voy a culearla, fue la grosera indicación a Tommy, que se acercó.

    Por suerte estaba relajada, la conicidad del glande me decía que entraría fácil, el resto… bueno, ya se vería.

    Ensalivó su verga una vez más, no pidió gel, ni se lo ofrecí, decidida a probarlo solamente con saliva.

    Ante la mirada de Tom, puso la cabeza de la verga en mi agujero, y empujó, sin pausa, con fuerza.

    La cabeza “entró como si nada” pero el tronco costó, era más difícil y me empujaba, yo clavaba mis uñas en mis piernas sosteniéndolas, respirando por la boca.

    Cuando entró toda y sus bolas golpearon mis nalgas, un largo “ahhh“ salió de mi boca. Que la verga no fuera corta ayudó al vaivén, arrodillado, me dio pija sin pausa, cada vez más velozmente cuanto más respondía mi culo dilatándose.

    Aún tuve fuerzas para decirle “No me acabes adentro, no me gusta” .

    Siguió culeándome a placer, hasta que la sacó, un sonoro “plop” indicó que mi querido orificio se cerraba. Se adelantó por encima de mi cuerpo y comenzó a pajearse. Su gusto fue tirarme la leche en la cara y en el pecho. No me disgustó, más bien al contrario. Como otras veces, recogí con los dedos la leche de mi cara y la llevé a la boca, pero el esperma de las tetas lo levanté con mi medallón y procedí a lamerlo, mirándolo a los ojos y viendo su alegría.

    Tirados en la cama, hizo señas a Tommy de que se acercase y preguntó: —¿Estuve bien? Te pido disculpas por el tono de las sugerencias, pensé que era lo que querías, ver cómo se aprovechaban de tu puta esposa. Por eso te hablé así, no para ofenderte, y menos a Sofía.

    Eso nos reconfortó, había entendido y hasta forzado nuestros deseos, nos había hecho sentir como nadie, y ahora nos pedía disculpas y aclaraba todo. Un genio.

    Seguimos conversando, y era evidente que el tema iba a plantearse después de esa tremenda cogida… —¿Podré verlos nuevamente?

    —Mmm respondí yo, difícil, pues no sabes algunas cosas. Eres el primero a quien Tommy me entrega para que me posean gratis… Pero otros me han tenido, para mi beneficio, y lo dejé ahí, esperando que entendiera el mensaje.

    —¿Sos puta? Preguntó con cierto asombro y sin medir sus palabras. ¿Te contratan?

    —Putifina, de lo mejor y más caro, con un arancel de 2500, antes que preguntes.

    —Ufff no lo imaginaba, entonces alguna vez mi bolsillo sufrirá, dijo, resignado a pagar.

    —Sí, pero hoy ha sido gratis, y lo has disfrutado, tu pija casi parada me lo dice, le respondí mirando a su entrepierna. Ahora sabes muchas cosas que ignorabas, ¿te animas a coger nuevamente?

    —¿Lo harías? Y mirando a Tommy que sonreía: ¿Puedo? ¿No es broma?

    —Claro que puedes, te la he cedido para que la disfrutes.

    Lo único que lamento es no tener palabras (creo que nadie las tiene) para describir lo que sentimos yo o cualquier otra mujer al recibir dentro ese néctar de vida que nos dejan los hombres. Y por cierto yo también gozo mucho cuando escurre por mis muslos.

    Juanjo debía volver a su casa cuanto antes, nos duchamos rápidamente y nos besamos un poco. Pero los tres convinimos algo, lo habíamos pasado muy muy bien y nos citamos para en agosto tomar un café los tres y rememorar lo disfrutado, y nos prometimos Juanjo y yo que le compensaría lo poco que nos habíamos besado.

    Hasta la próxima. Besos

    Sofía.

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  • La pared

    La pared

    Tus pies separados uno de otro, casi 1 metro, por fuera de tus hombros, y tus pies igualmente a otro metro aproximadamente de la pared.

    Tus manos contra esta, separadas también algo más de 1/2 metros, y tu espalda…

    Tú espalda arqueada, mostrándome tu precioso culo en pompa.

    Sabías que me gusta y saliste a cenar sin bragas, de manera que fue subir ligeramente esa atrevida falda roja y casi me mareo del espectáculo, y es que yo ya estaba en cuclillas con mi cabeza a la altura de tu cadera.

    La mueves suave y sutilmente, como si estuvieses buscando mi boca.

    Mis manos agarran ambos glúteos, los separa y los vuelve a juntar, aprieta y afloja, juega con ellos, eso te encanta y hace que vayas entrando en acción.

    Mi nariz se embriaga del olor a tu sexo, que ya está ligeramente húmedo, a sabiendas de lo que le espera.

    Vuelvo a separar tus glúteos, haciendo que tus labios inferiores lo hagan también, mostrándome tus rosáceas carnes más íntimas brillando, y sin tocarlas aún, acerco mis labios, y soplo sutilmente, flojito, como si quisiese silbar una melodía, o susurrarte al oído.

    Tú sexo lo nota, te estremeces y noto cómo se te pone la piel de gallina en las nalgas.

    La atmósfera es mágica, estamos a oscuras en un callejón, pero ni notamos el frío de la noche ni los ruidos de la ciudad; solo estamos tú y yo.

    Por fin la punta de mi lengua, puntiaguda y mojada, toca tu sexo.

    Hasta ahora te habías aguantado, pero no puedes contener un “diosss”, si, con la “s” alargada hasta el infinito, mientras tú cabeza mira al cielo con los ojos cerrados.

    Mi lengua comienza a lamer, de abajo hacia arriba, como si tú coño fuese un helado derritiéndose y no quisiese dejar que cayese ninguna gota, todo para mí, y mis manos siguen amasando tu culazo.

    Cuando eso ya está completamente empapado entre tus fluidos y mi saliva, pongo la lengua puntiaguda e intento follarte con ella.

    No entra mucho, pero tú lo notas. Te encanta y por eso arqueas más la espalda, apretando tu culo contra mi cara y notando mi nariz donde la espalda pierde su nombre.

    Has separado aún más tus piernas, para abrirme la puerta de tu secreto. Ahora, con los labios bien separados, mi lengua encuentra fácilmente tu clítoris, abultado, sabroso…

    Mi lengua puntiaguda hace círculos alrededor, y luego succiono, y repetido la operación según oigo tus gemidos.

    Te empiezan a temblar las piernas, así que paro un momento, a pesar de que tú querías más.

    Vuelvo a lamer de abajo a arriba, y ahora mi lengua sube hasta tu ano. Empiezo a notar mi barbilla empapada de tus fluidos.

    Tú excitación sigue aumentando, lo noto y eso me pone y mucho.

    Mi erección empieza a molestarme debajo del pantalón, y cuando de vez en cuando metes tú cabeza entre tus brazos y miras abajo, lo ves.

    Quieres más, me pides más, así que suelto un glúteo, humedezco mi dedo índice con saliva, y empiezo a explorar tu vagina, mientras mi lengua sigue jugando.

    Mi índice entra y sale ya fácilmente, así que humedezco el medio y ahora son 2 dedos los que te están follando.

    Los junto y los aprieto contra la pared exterior de tu vagina, buscando el punto G, mientras la palma choca contra tu clítoris y mi lengua empieza a lamer tu ano.

    “Si si si” sale de tus labios, y a mí me suena a órdenes.

    Sumamos un dedo más, el anular, y tú coño empieza a gotear. Saco los dedos y me los chupo; tú sexo y un Tequila “Don Julio 70” son los elixires de la vida para mí.

    Con ese acto dejo que recuperes un poco la respiración, y que mi lengua y dedos descansen un poco, para el sprint final.

    Ahora notas en tus manos la pared helada, pero un calor inexplicable en tu entrepierna; el contraste te vuelve loca.

    Por tu espalda bajan gotitas de sudor y estas abierta a todo con tal de llegar al éxtasis.

    Entonces vuelvo a introducir el medio y el anular en tu vagina, y esta vez el índice, despacito, en tu culo.

    Ya no hay vuelta atrás y me pides claramente “fóllame así”.

    Me marcas el ritmo con tus “si si si”, tus jadeos y movimientos de cadera.

    Intento lamer lo que puedo entre tanto dedo entrando y saliendo, y los movimientos de tu cuerpo.

    Es como estar viendo fuegos artificiales y esperar la traca final, con la boca abierta y los ojos como platos ante el espectáculo explosivo y el ruido.

    Noto tus espasmos, tiemblas, gritas, te arqueas aún más desafiando las leyes de la gravedad y abres tus piernas todo lo que puedes ante la llegada del ansiado orgasmo.

    Te corres, chorreas, mi carita estaba ahí al lado y tengo que cerrar los ojos, ya no es solo la barbilla lo que tengo empapado.

    El pecho y hasta mis piernas, tu squirt ha sido épico.

    “Cabrón, mira la que me has liado” aciertas a decir cuando recuperas el habla.

    Nuestras cabezas empiezan a aterrizar en el planeta tierra otra vez y miramos a nuestro alrededor para cerciorarnos que ese momento ha sido solo nuestro, aunque poco importa ya.

    Aún notas gotas bajando por tus piernas mientras corremos hacia el coche en busca de clínex con los que intentar secar algo.

    Ya sentada en el asiento, yo conduzco aún embriagado en tu olor a sexo y fluidos, y a tu mente vuelve el recuerdo de la pared helada, y tu entrepierna, en llamas.

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  • La amiga de mi hija

    La amiga de mi hija

    Desde el miércoles mi hija me había avisado que Sofía, su mejor amiga, venía a quedarse el fin de semana con nosotras. Iban a estudiar para una prueba de Derecho, así que me lo tomé como algo rutinario.

    El viernes, a eso de las seis de la tarde, sonó el timbre. Yo había llegado temprano del laburo y estaba en el sillón. Fue mi esposa quien abrió la puerta.

    —Mi amor, vení a saludar a Sofía —me dijo desde la entrada.

    Me levanté tranquilo, sin apuro. Pero cuando llegué al recibidor y la vi… me quedé de cara.

    Sofía. Rubia, 24 años, con un cuerpo trabajado, de esos que ves en el gimnasio. Tetas medianas, pero bien formadas, llamativas. Cintura de avispa, caderas firmes. Vestía una calza clara y una remera corta que le dejaba un pedazo de panza al aire. Su perfume llenaba el ambiente, dulce y penetrante.

    Mis ojos la recorrieron enterita, de arriba abajo. No pude evitarlo. Ella, en cambio, se mostró totalmente indiferente. Ni un titubeo, ni una sonrisa rara. Como si nada.

    Mi esposa fue la perfecta anfitriona, como siempre. Tenía la cena preparada, el cuarto arreglado, todo listo. A las nueve nos sentamos los cuatro a comer. Charlas comunes, boludeces de facultad, risas. Yo hablaba poco, no podía dejar de mirar a Sofía.

    Después de la cena, ambas se fueron al cuarto. Decían que querían levantarse temprano a estudiar. Nos quedamos solos con mi esposa en el living. Pusimos una película y abrimos una botella de vino.

    Cuando terminó la película, ya eran casi la una y media. Nos fuimos al cuarto y nos metimos en la cama en silencio. Pero apenas las luces se apagaron, ella se me vino encima. Me besaba con ganas, con hambre. Me manoseaba sin pudor. Sus manos recorrían mi pecho, mi abdomen, bajaban con decisión.

    Sentí cómo agarraba mi verga, ya parada, y empezaba a pajearme con fuerza, mientras yo le metía mano entre las piernas. Estaba mojada. Le corrí la bombacha hacia un costado y le empecé a frotar el clítoris. Ella gemía bajito, con la respiración entrecortada. Se retorcía contra mi cuerpo. Le metí dos dedos sin problema. Entraron suaves.

    De un momento a otro se deslizó debajo de las sábanas. Sentí su aliento caliente bajando por mi abdomen. Y de repente, su boca me envolvió la verga. El calor, la saliva, la lengua. Me la chupaba con ganas. Me recorría desde la punta hasta la base, me succionaba, me lamía todo el tronco. Gemía entre cada chupada. Yo gemía también, cada vez más fuerte.

    Fue en ese momento que miré hacia la puerta, estaba entreabierta, y ahí estaba ella, Sofía.

    Observando. Callada. La luz tenue del pasillo iluminaba apenas su figura. Tenía puesto un shortcito mínimo y una musculosa que le marcaban con claridad los pezones duros. Una mano le sostenía un pecho. La otra estaba metida dentro de la bombacha.

    Se tocaba mientras miraba cómo mi esposa me chupaba la pija. Y yo, lejos de parar, seguí. No sé si fue la calentura del momento o el morbo, pero no hice nada por detenerme, me dejé llevar. Sofía nos miraba y se tocaba con ganas. Mordía su labio inferior.

    Mi esposa salió de las sábanas con la boca toda húmeda, me miró y se subió arriba mío. Sin decir nada, me montó.

    La puerta seguía abierta y Sofía ahí, mirando, tocándose.

    Eso me calentó como nunca. me enloquecía. Yo ya no aguantaba más. Sentía cómo la leche me subía por la verga. Y ahí, con los ojos fijos en Sofía, que se tocaba desde la puerta, me acabé.

    Cerré los ojos un momento y cuando abrí los ojos, Sofía ya no estaba. La puerta seguía entreabierta, pero el pasillo estaba vacío. Fue todo morbo

    Me desperté temprano ese sábado. Apenas abrí los ojos, lo primero que me vino a la cabeza fue lo de anoche. Las imágenes me pasaban en cámara lenta.

    Me levanté en silencio, tratando de no despertar a mi mujer. Me puse el pantalón de entrecasa y bajé a la cocina. Preparé un café cargado, necesitaba aclarar la cabeza. Me apoyé contra la mesada mientras lo tomaba, mirando por la ventana, intentando despejarme, pero era imposible.

    Con la taza en la mano me fui hacia la sala. Y ahí estaban.

    Mi hija y Sofía, sentadas en el sillón. Mi hija con el pelo recogido, cara de dormida, y Sofía con un shortcito nuevo —más corto que el de anoche— y una remera floja sin corpiño. Saludé con naturalidad, sin mostrar nada.

    —Buen día —dije con tono tranquilo.

    Ambas respondieron el saludo. Pero los ojos de Sofía… me atravesaron. Fue apenas un segundo, pero lo sentí. Una mirada directa, como si supiera que yo aún pensaba en ella. Como si ella también estuviera pensando en lo de anoche. No era una mirada común. Era fuego. Una picardía muda, como si me estuviera diciendo “te vi… y me gustó”.

    El resto de la mañana fue normal. No hubo contacto entre nosotros. No la crucé más. Cada uno estaba en la suya. Yo me mantuve ocupado, haciendo tiempo.

    Al mediodía nos juntamos todos a almorzar. La charla era liviana, sin tensión aparente. Mi esposa hablaba de salir a hacer unas compras, mi hija comentaba algo de un trabajo práctico. Yo solo asentía.

    Más entrada la tarde, mi esposa se me acercó y me avisó que iban a salir un rato, iban a pasar por lo de su madre y luego dar una vuelta.

    Asumí que se iban las tres.

    Me tiré en el sillón, puse la tele, agarré el control y me quedé medio tirado, disfrutando del silencio. Estaba cómodo. Solo en casa, o eso creía.

    Pasaron unos diez minutos, y de repente, escuché unos pasos. Me sobresalté un poco.

    Apareció Sofía en la puerta del living, me quedé helado.

    —Pensé que te habías ido con las otras —le dije, intentando disimular el sobresalto.

    —No, me quedé. ¿Te jode si me siento a ver tele con vos?

    Tenía una sonrisa tranquila, pero esos ojos… esos ojos me decían otra cosa. Se acercó con esa manera de caminar lenta, segura. Y yo sentí que algo empezaba a tensarse otra vez adentro mío.

    Tenerla ahí sentada conmigo en el sillón fue una mezcla explosiva de sensaciones. Deseo, nervios, culpa… pero sobre todo, un silencio espeso que me estaba matando. La tele sonaba de fondo, pero no escuchaba nada. Cada segundo que pasaba sin decir una palabra me quemaba por dentro. No sabía si decir algo. No sabía si tocar el tema de anoche, si fingir demencia, si actuar como si no hubiera pasado nada.

    Ella miraba la pantalla, o eso parecía. Pero de reojo notaba cómo me espiaba, y esa sonrisa… la misma que me tiró esta mañana. Pícara, cargada de intención.

    No aguanté más.

    —Perdoname por lo de anoche —le solté, casi sin pensarlo—. No me di cuenta que la puerta estaba mal cerrada.

    Ella no se inmutó. Al contrario. Giró apenas la cabeza, me miró con esos ojos celestes y sonrió de costado. Esa sonrisa me atravesó entero.

    —No te disculpes… al contrario. Qué suerte que estaba la puerta entreabierta.

    Me quedé duro. La miré, sin poder creer lo que había dicho. No me salió palabra. Solo la recorrí con la mirada, de arriba a abajo. Y era perfecta. Tenía lo justo, lo necesario para volver loco a cualquier hombre. Nada le sobraba, nada le faltaba.

    —Sé que esto está mal —me dijo—, pero no pude sacarte de mi cabeza en toda la noche.

    Me tembló el cuerpo.

    No entendía por qué. No me faltaba nada con mi esposa. Me cogía como una diosa, me complacía en todo. Y sin embargo, esa pendeja me tenía hechizado. Era su voz suave, su forma de decirlo, sus ojos, su actitud segura. Me dejé tentar.

    Mi bulto empezó a crecer. Se marcaba con claridad bajo el pantalón. No lo podía evitar, y ella se dio cuenta enseguida.

    Sin decir una sola palabra, posó la mano sobre mi entrepierna.

    Me quedé helado. Esa mano tibia, suave, apretando apenas, como tanteando el terreno.

    Debía detenerla. Lo supe. Pero fue más fuerte. No hice nada. Solo la miré a los ojos. Cinco segundos donde no existió nada más. Y ya estaba jugado.

    De repente su mirada bajó. Y con ella, su cabeza.

    Mientras descendía lentamente, su mano empezó a moverse con precisión. Se coló entre el borde del pantalón y el elástico del boxer, despacio, y ahí la encontró, dura, caliente, palpitando de morbo.

    La acarició suave, con ternura. La sostuvo firme, la sacó con cuidado. Y justo cuando su cabeza llegó a destino… yo ya no era dueño de mí.

    La miró un segundo, como si la estuviera admirando. Yo tenía el corazón latiéndome en la garganta, la respiración acelerada, y una dureza que dolía.

    Su boca se acercó, despacio, apenas abierta. Y sin más, la sentí envolviéndome la pija.

    Un calor húmedo, suave, perfecto. Me la chupó con una suavidad que me dejó sin aire. Se la metía en la boca de a poco, profunda, mojada. La lengua se deslizaba con precisión, subía y bajaba con un ritmo cadencioso que me volvía loco.

    Tenía los ojos cerrados. La mano que no me pajeaba la apoyaba en mi muslo, con fuerza, como si se anclara para seguir. Se la tragaba sin apuro, pero con decisión.

    Yo no podía ni moverme. Solo respiraba agitado, con el cuerpo tenso, con los músculos duros. Mis manos se apoyaban en el sillón, como si necesitara sostenerme. Ella seguía. Me la chupaba con una dedicación que no parecía real.

    Sentía las bolas tensarse. Me latía la pija, sabía que no aguantaba mucho más. Estaba por acabar.

    Le puse una mano en el hombro, suave, como para advertirle.

    —Voy a acabar —le dije, con voz ronca, quebrada.

    Ella apenas levantó la vista, me miró fijo con esos ojos celestes, brillantes, llenos de lujuria. No frenó. No dudó. Solo dijo, con la boca húmeda:

    —Llename la boca.

    Eso fue todo. Gemí con fuerza, y acabé de golpe. Le llené la boca de leche. Ella no se movió. No se apartó. Me lo tragó todo. Ella me miró como si nada. Con la boca llena. Como si ese momento fuera suyo.

    Ella se incorporó con total calma. No dijo nada. No hacía falta. Sus ojos me lo dijeron todo. Se acomodó el short, se pasó los dedos por la comisura de los labios y me miró una última vez antes de irse. Ya de pie, y con esa misma sonrisa que me venía quemando desde la mañana, me soltó:

    —No cierres la puerta en la noche.

    Y se fue. Esa frase me desarmó. Me dejó loco.

    A los diez minutos volvieron mi esposa y mi hija. Me recompuse como pude, aunque sentía la piel encendida. El resto del día transcurrió con una extraña normalidad. Como si nada hubiera pasado.

    Cenamos los cuatro juntos. Conversaciones comunes. Mi esposa le preguntó a Sofía sobre su vida, cómo iba la facultad, si seguía con novio. Y ahí lo dijo. Sin dudarlo. Que hacía tres años que estaba con un muchacho, y que era muy feliz.

    Me descolocó.

    ¿Cómo que tenía novio? ¿Y todo esto? ¿La mirada en la mañana? ¿El sexo oral en la tarde? ¿La frase de la puerta? ¿Qué carajo pasaba por su cabeza?

    No dije nada, pero por dentro hervía. No de bronca, sino de confusión. O de morbo. O de las dos cosas al mismo tiempo.

    Llegó la hora de acostarse. Mi hija y Sofía se fueron primero. Las escuchamos subir, reírse bajito por las escaleras. Al rato mi esposa y yo subimos juntos al dormitorio. Cuando entré, dejé la puerta entreabierta, como quien no quiere la cosa. Ni mucho ni poco. Apenas.

    Nos metimos en la cama. Ella estaba cansada. Cerró los ojos y a los diez minutos ya respiraba profundo. Dormida.

    Yo me quedé boca arriba, con el libro en la mano. Fingía que leía, pero no entendía ni una frase. Mi cabeza era un hervidero.

    Podía aparecer. O no. Podía entrar en cualquier momento, o quizás fue solo un juego. Un mensaje para dejarme inquieto.

    Pasó media hora. No había señales. El pasillo seguía oscuro. Todo en silencio.

    De tanto pensar la sangre se me fue a la verga. Sentía el pulso en la pija, dura bajo las sábanas. No hice ruido. Moví apenas la cintura. Bajé la mano. Empecé a pajearme lento. En la otra, el libro seguía abierto, pero ya no existía.

    En mi mente, una sola imagen. Sofía.

    Apenas empecé a pajearme, lo sentí. Esa presencia. Levanté la vista, y ahí estaba, parada en la puerta de la habitación.

    Descalza. Silenciosa. Como si flotara. Tenía puesta una musculosa blanca con lunares, sin corpiño, que le marcaba cada curva. Los pezones se le dibujaban duros en la tela. Abajo, un short rosado, ajustado, tan corto que le marcaba toda la entrepierna. Podía ver claramente el pliegue de sus labios, como si el pantalón los abrazara.

    Me vio con la pija dura entre las manos, debajo de las sábanas, con mi esposa dormida a mi lado. No se inmutó. Llevó un dedo de una mano a su boca, como pidiéndome silencio, mientras con la otra me hacía un gesto. Que la siguiera.

    La vi darse media vuelta y desaparecer con la misma elegancia con la que apareció.

    No lo dudé. Me levanté lo más silenciosamente posible, tratando de no despertar a mi mujer. Me puse el pantalón del pijama como pude y salí al pasillo. Estaba vacío. Oscuro. No había rastro de ella.

    Por un segundo pensé que era un sueño. Una fantasía mía. Me froté los ojos, caminé hasta el baño. Nada. Silencio total. El corazón me latía fuerte, los pies descalzos pisaban frío. Me empecé a desesperar.

    Bajé las escaleras en silencio, de a poco. Y ahí estaba, en la cocina.

    Parada frente a la ventana, iluminada por la luz de la luna. Era una imagen irreal. Su silueta, su pelo rubio suelto, ese cuerpo de escándalo recortado contra el fondo oscuro. Hermosa. Angelical. Y al mismo tiempo, puro pecado.

    Me acerqué lento, con la respiración agitada. Me puse frente a ella, la miré a los ojos, y sin pensarlo intenté besarla. Pero me detuvo.

    Me miró seria. Me preguntó si ese lugar era seguro. Si alguien podía vernos. Tenía razón. Yo no estaba pensando. Solo actuaba, dominado por la excitación.

    Le dije que el mejor lugar era el garaje. Nadie bajaba ahí. Nadie se asomaba. Estábamos a salvo.

    Ella no dudó, me tomó de la mano, y me llevó.

    Caminaba delante mío con paso lento, seguro, y yo no podía dejar de mirarla. Ese short era un crimen. Le marcaba las nalgas con una perfección enfermiza. Pequeñas, firmes, bien redondeadas. Se movían con elegancia, con ritmo.

    Llegamos al garaje, y en ese instante, el mundo se detuvo.

    Un beso profundo, con lengua, cargado de deseo contenido. La apretaba contra mí, mis manos le agarraban las nalgas, firmes, perfectas. Ella me agarraba del cuello, me tironeaba el pelo, me apretaba las nalgas también, como queriendo fundir nuestros cuerpos.

    Mis manos fueron subiendo lentamente, le pasé los dedos por los costados hasta encontrar el borde de su musculosa. Se la levanté despacio, y se la quité de un tirón. Quedó con las tetas al aire. Medianas, hermosas, redondas, simétricas, los pezones duros, encendidos.

    Le chupé las tetas con todas mis ganas. Le mordía los pezones, suave, los lamía, los tenía entre los labios como si fueran mi salvación. Ella gemía bajito, con la cabeza para atrás, completamente rendida.

    De repente se dio vuelta y se apoyó sobre el capó del auto. Esa imagen… su culo elevado, ofrecido, esperándome, me volvió loco. Me puse detrás de ella y bajé su short con lentitud, lo deslicé por esas piernas torneadas mientras me agachaba. Quería contemplarlo todo. Su culo se liberó de la tela. Me hinqué frente a ella y comencé a besarle las piernas, desde los tobillos hacia arriba, centímetro a centímetro, respirando su piel.

    Cuando llegué a su entrepierna, me detuve. La noté empapada.

    Su concha brillaba con la luz tenue que se colaba desde la cocina. Hundí la cara sin pensar, como quien mete la cabeza en un balde con agua. Era un manjar. El aroma, el sabor, la textura… todo me enloquecía. La lengua le recorría los labios, el clítoris, cada rincón. Ella se retorcía sobre el auto, se apretaba, se abría más. Sus gemidos eran suaves pero intensos, cargados de placer. Mi lengua la poseía, y mis dedos entraban en su concha con facilidad. Se los tragaba enteros, caliente, mojada.

    Estaba completamente entregada.

    En un momento intentó girarse, como queriendo devolverme el favor. pero la detuve. No quería más chupadas. Me acerqué despacio a su oído

    —Quiero cogerte —le dije con voz ronca.

    Ella me miró por encima del hombro y me soltó:

    —Metemela toda.

    Me bajé el pantalón y el bóxer, la pija me saltó como un resorte, dura, pulsando de ansiedad. Apoyé la cabeza en la entrada de su concha, y la froté despacio. La frotaba sobre sus labios, mojándola más, haciéndola vibrar. Ella se volvió loca. Se empujó hacia atrás, y la verga le entró de una, toda, sin pausa ni resistencia.

    Ambos largamos un gemido contenido, casi al unísono. La tenía toda adentro, caliente. Me recibió como si me hubiera estado esperando desde anoche.

    Empecé a cogerla despacio, saboreando cada embestida. El choque de nuestros cuerpos llenaba el garaje de sonidos húmedos. Cada vez la pija entraba más profunda, cada vez la sentía más rendida.

    Ella se incorporó, quedó parada frente a mí con la espalda contra mi pecho, y yo seguía dándosela parado. Le agarraba las tetas, le apretaba los pezones mientras se dejaba coger, callada y ardiente. Mis manos recorrían su abdomen, su cuello, su cintura. Su cuerpo encajaba perfecto contra el mío. Era una locura.

    De repente se giró, me miró con una intensidad animal y me empujó al suelo. No sentí el frío del piso. El cuerpo me hervía.

    Ella se subió sobre mí, con las piernas abiertas, y sin perder tiempo se dejó caer.

    Mi verga entró de nuevo como si fuera su lugar natural.

    Se apoyó con las manos en mi pecho y empezó a cabalgarme. Yo no me movía. La miraba. Era ella quien hacía todo.

    Movía las caderas con maestría, con un ritmo lento pero profundo, haciendo que mi pija desapareciera dentro suyo en cada bajada. La veía rebotar, sudar, gemir con la boca entreabierta. Me miraba fijo, con esos ojos azules que parecían fuego. Me estaba cogiendo salvaje.

    Yo ya no aguantaba. Sentía que me venía, que me iba a explotar todo adentro.

    Ella lo notó.

    Se inclinó un poco, con esa sonrisa de diosa impura, y me soltó una frase que me voló la cabeza:

    —No vayas a acabar… todavía falta que pruebes mi colita.

    No nos movimos del suelo.

    Apenas acabó de cabalgarme, se levantó sin decir palabra y se puso de perrito, apoyando manos y rodillas en el piso. Menea la cola de un lado al otro, provocadora, sabiendo exactamente lo que hacía. Me llamaba con ese culo perfecto.

    Me puse de rodillas detrás de ella. La vista era una locura. Tenía la cola bien levantada, las piernas abiertas, la conchita mojada aún palpitando.

    Le escupí directo en el centro. Un hilo de saliva grueso le cayó justo en el punto exacto, deslizándose suave por la ranura. La pija me latía. Se la acerqué con lentitud, apoyando la punta en la entrada de su colita, y comencé a empujar.

    De a poco. Sentía cómo se le abría, cómo me iba recibiendo centímetro a centímetro. Ella respiraba profundo, se iba relajando con cada avance. No se resistía. No apuraba.

    Cuando la tuvo toda adentro, se aflojó. Apoyó la frente contra el suelo, los brazos estirados, el cuerpo completamente entregado. La cola seguía elevada, ofrecida, abierta para mí. Y empecé a darle.

    La cogía despacio al principio, viendo cómo la pija desaparecía dentro de su culito ajustado. La imagen era brutal. Su piel se tensaba con cada embestida, sus gemidos salían apagados al principio, como si no pudiera contenerlos.

    Pero la cosa fue subiendo. Mis manos le apretaban las caderas mientras le daba con más fuerza. Las embestidas se hacían más profundas, más rápidas. El sonido de mi cuerpo chocando contra su culo llenaba el garaje. Era un eco húmedo, salvaje.

    Ella se tocaba la concha mientras la penetraba. Se frotaba el clítoris con desesperación, gemía cada vez más fuerte. Me gritaba sin gritar, con el cuerpo, con los movimientos, con esa forma en que se empujaba hacia atrás pidiendo más.

    Le cogía la cola como nunca había hecho con nadie. Cada vez más fuerte, más rápido. Los dos al borde. Ella gemía, yo gruñía. El calor del momento era insoportable. El aire denso, los cuerpos sudados, el olor a sexo llenándolo todo.

    Y de repente, sin mirar, sin detenerse, me dijo con la voz quebrada:

    —Acabame ya…

    Y fue como una orden.

    La tomé por las caderas con ambas manos, la apreté fuerte, y solté toda la leche adentro de esa colita hermosa. Sentí cómo la pija me latía con cada chorro, descargando todo, sin contener nada.

    Al mismo tiempo, ella se vino. La vi temblar, gemir con la boca abierta contra el piso, mientras sus jugos le chorreaban entre las piernas. Acabamos juntos. Sin frenos. Sin pudor. Fue perfecto, maravilloso.

    Nos quedamos un rato tirados en el piso del garaje, respirando agitados, con el cuerpo rendido, la piel sudada y caliente. No hablamos. No hacía falta. Solo escuchábamos nuestras respiraciones mezcladas con el silencio de la madrugada.

    Cuando el corazón volvió a su ritmo, nos acomodamos la ropa. Nos vestimos en silencio, sin mirarnos demasiado. La temperatura corporal bajaba.

    Caminamos por el pasillo con pasos lentos, cuidados. Yo la acompañé hasta la puerta de la habitación. Ella se dio vuelta antes de entrar, me miró apenas y dijo:

    —Que descanses.

    —Igualmente —le contesté.

    Se metió en el cuarto y cerró la puerta.

    Yo seguí hasta mi habitación. Mi esposa seguía dormida, del mismo lado de la cama, sin moverse. Me acosté con cuidado, sin hacer ruido. Me quedé mirando al techo unos minutos. El cuerpo relajado.

    No podía creer todo lo que había pasado. Todo lo que había hecho. Todo lo que habíamos compartido. Lo vivido entre esos muros.

    Y así, con esa mezcla de culpa y excitación, me fui quedando dormido.

    A la mañana siguiente, todo volvió a su curso habitual.

    Me levanté temprano. Bajé, preparé café. La cocina tenía el mismo olor de siempre. El mismo sol entrando por la ventana. En la sala estaban mi hija y Sofía, ya vestida, con la mochila al hombro, pronta para irse.

    A los pocos minutos sonó el timbre. Era el novio. El mismo al que dijo amar.

    Ella me saludó de lejos, con un gesto leve. Nada más. Ninguna palabra, ningún cruce, ningún guiño.

    La vi por la ventana mientras subía al auto. Esperaba que mirara hacia atrás. Que me regalara una última mirada. Pero no lo hizo.

    Lo que pasó ese fin de semana… quedó ahí. Murió en esas paredes.

    Mi hija, sentada junto a mí, me preguntó qué me había parecido su amiga.

    Le respondí con calma, sin dudar:

    —Parece buena persona. Inteligente. Te va a venir bien seguir estudiando con ella.

    Y era cierto.

    En parte.

    Al rato bajó mi esposa. Nos saludamos con un beso en los labios. Me preguntó cómo había dormido.

    Le sonreí y le contesté:

    —Como nunca.

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  • El uber casado (1): Mi jefe me hizo suya

    El uber casado (1): Mi jefe me hizo suya

    Son las 4.41 de la noche, tengo como una hora que llegue a casa. Fui a una “reu” con un grupo de amigos del trabajo, todos hetero que saben de mi bisexualidad, pero no que me encanta vestirme y comportarme como mujer. Sabiendo esto, solo me puse unos jeans de niña negros, ajustados levanta pompa y abajo un cachetero morado (mi color favorito). Arriba una playera y sudadera grande para cubrir hasta los muslos pero de niño. Todos estaban con sus parejas; me preguntaron si pensaba tener novio o novia pronto, bla bla bla; todos hablaban menos uno que iba solo ya que su mujer había salido de viaje y que en esa plática de mis relaciones en particular, no pronunció sílaba alguna.

    Creo que es importante regresar un poco el tiempo y contarles la historia de “él”.

    Hace unas semanas, estábamos los mismos amigos de la chamba en mi departamento. Yo, en fachas pero de niño. Fue pasando la noche y se acabaron los cigarros, me ofrecí a ir a la tienda. El amigo que iba solo, pues volvió a ir solo. Su esposa tuvo una reunión de amigas de secundaria y llegaron al acuerdo de que cada quien se iba a su respectiva reunión. Se ofreció a acompañarme a la tienda por cigarros.

    De hecho tengo que confesar que era mi jefe directo, pero neta ya lo veía más como amigo, hicimos desde el inicio buena mancuerna laboral. Con el resto del equipo éramos muy unidos también.

    Tomé mi coche, salimos, se sentía tensión en el ambiente. Por fin una pregunta, indiscreta:

    -¿Entonces eres bi?

    -Yep, mientras afirmaba con la cabeza

    -Entiendo que algunos reciben, otros les gusta dar… y así. ¿A ti que te gusta?

    En las siguientes oraciones que diré, el subconsciente neta que me traicionó.

    -Pues como sabes soy bisexual, entonces obvio con mujer activo Con Trans y TV soy Inter. Con hombre soy completamente pasiva, más cuando me visto; me siento y me encanta que me traten como mujer. Cuando acabé de decir eso si me dije: ¡¡¡que pendeja estoy!!!

    -No mames que te vistes de mujer, imagino tienes fotos. ¿Puedo ver?

    Me quedé pasmada sin saber qué decir, ¡¡¡era mi jefe!!! ¡O sea si somos amigos, pero al final es mi jefe! Abrí mi álbum buscando algo que no estuviera tan atrevido. Al final le mostré una donde ando vestida con un vestido largo azul. Cuando me vio, sus ojos casi se le salen de las órbitas.

    -¡¡¡No mames!!! Neta no te pareces nada. Si te viera por la calle no te reconocería. ¡¡¡Te ves mujer real!!!

    -¿Pero por lo menos una mujer bonita o una mujer fea?

    Exactamente cuando le hacía la pregunta, pasa a la siguiente foto sin permiso donde estoy en lencería, mostrando el camel toe que se marcaba en la tanga de animal print que use ese día para mi sesión de fotos. Lo que más le sorprendió fue el chaleco de chichis postizas debajo del top que combinaba con la tanga y que medio salían de una bata del mismo diseño.

    -¡¡¡No mames!!! No solo bonita, ¡te ves buenísima!

    Con toda la pena del mundo y siendo quien era y todo… No pude decirle más que “gracias”.

    Llegamos de la tienda, pasó como una hora cuando poco a poco se fueron retirando mis invitados hasta que nos quedamos solo mi jefe y yo. Al inicio fue plática de trabajo aunque no tardó en retomar el tema.

    -Lo que me agrada es que no eres amanerado ni nada

    -Soy discreto. Me encanta mi masculinidad, pero también amo esa parte femenina, más siendo que pues me gusta también la verga. Soy mujer y sumisa.

    -¿Cómo se llama tu yo niña?

    -Lía

    -¿Ya sales a la calle y todo?

    -Sí he salido, pero jamás desde mi casa y solo en la noche a lugares de ambiente. Se puede decir que soy de “semi-clóset”

    -Pues fíjate que si no te molesta o algo, me encantaría conocerla y es que ¡no te imagino!

    Por dentro estaba muy sacada de onda pero pues…

    -Si la quieres conocer, le llamo y llega como en 30 minutos. Mientras porque no vas por más cerveza que eso nos faltó comprar.

    Pensé que me iba a mandar a volar o decirme que otro día o algo. Acepto al momento.

    En lo que salía, fui en chinga a sacar mi ropa. En mi mente pasaban mil cosas, pero igual y en efecto solo era su curiosidad. Por cualquier cosa me vacíe y me lave por dentro con mi enema, en contraste, no me puse algo tan provocador como acostumbro cuando recibo a mis… visitas.

    Vestido negro corte A hasta medio muslo, medias negras, liguero, tanga roja y bra rojo. Obvio con chichis y peluca, maquillada y ese día por fortuna me había depilado. ¡Estaba vestida muy ejecutiva y mega linda para mi jefe! Lo cual me llenaba de nervios pero también igual solo estaba pensando cosas.

    La verdad es que él es guapo, medio gordito pero va al gym. Sí me gusta pero volvemos. Es mi jefe…

    Llegó cuando yo me estaba poniendo el último arete, respiré profundo y salí a la sala. Cuando me vio, no solo fueron los ojos los que casi se le salen, literal dejó caer la mandíbula. Mi chip había cambió de niño a niña de la misma forma que la gente bilingüe puede pensar en español y cambiarlo a inglés u otro idioma. En esa habitación había un hombre y una mujer.

    -Pues mucho gusto, me llamo Lía, mi primo (siempre procuro separar lo más posible mi lado niño de mi lado niña) me ha platicado mucho de ti.

    -¡En serio! ¿Qué tanto te ha platicado de mí?

    -Que eres un hombre trabajador, muy lindo y buena onda. Lo que olvidó mencionar es lo atractivo que eres.

    ¡Otra vez metí las 4!

    ¿O no? Ahorita Lía ya estaba al mando.

    Me agradeció mientras se sentaba en el comedor, no sin antes arrimarme la silla para que me sentara. Cómo toda una dama me senté. Crucé las piernas muy femeninamente con el objetivo de que con el paso del tiempo subiera un poco el vestido, dejando ver un poquito del liguero.

    -Pues estoy sorprendido.

    -¿Pero por qué? Tu conoces a mi primo, es la primera vez que me vez. Di una risita muy juguetona.

    -Aunque sé que somos la misma persona, procuro mantener esa fantasía. Por eso es mi primo y él ya no está aquí.

    -Tardas mucho en arreglarte normalmente?

    -Bastante. Ahorita fue rápido porque ya estaba depilada y afeitada que es lo que más tiempo me toma. La maquillada tarda pero no tanto. Vestirme tampoco y pues “montarme en mi misma” pues depende que tan abajo estén los ovarios jiji.

    -E imagino que usas ropa interior de mujer, ¿cierto? Otra cosa: No entendí eso de montarte en ti.

    -Pues procuro cuidar todos los detalles, obvio uso lencería y amo el encaje. El montarme en mi, es esconder mi paquete para que parezca de niña.

    Levanto las cejas sorprendido.

    -¡Las chichis también se te ven bien!

    -La neta es que me encantan, rebotan genial (mientras las hacía rebotar para él), aparte se siente, digo, no al 100% real pero rico.

    Entre el alcohol y la calentura, había perdido toda vergüenza ya para este momento.

    -Si quieres tócalas y dime que opinas. Se sienten reales o no.

    -¿Puedo?

    No tardé en decirle que si, cuando ya me estaba amasando mi chaleco de silicon por encima del vestido. Su atención se centraba en ellas, se notaba a kilómetros que ya empezaba a excitarse.

    -Pues se sienten bastante reales la verdad.

    Ahí es cuando ya lance el anzuelo. Ya me valía si era mi jefe o no.

    -Pues es lo que te digo. Procuro verme lo más femenina posible. También es por eso que tengo que usar copa DD. Imagínate una copa B, me vería ridícula con mi espaldota. Así mismo lo hago cuando me monto en mi misma para que se vea planito. Especialmente con vestidos ajustados. ¿Quieres verla?

    Mientras me decía que sí, yo me levantaba el vestido, dejando expuestos mi ligero, el encaje de las medias y mi tanga.

    -¡¡¡Verga, parece panocha!!!

    Creo que la calentura de los dos ya superaba cualquier vergüenza o cuestión laboral.

    -No papi, la verga me entra en la panocha jajaja. ¿Te gusto? ¿Quieres ver como se siente?

    Empezó a manosearme la flor por encima del calzón.

    -No pues sí eres toda una mujer, que bárbara Lía, ¡¡¡te ves divina!!!

    Esa primera vez que me habló por mi nombre de niña, me sentí más mujer. El hecho de que me haya tocado, me haya visto y le haya gustado a mi jefe, a mi patrón, me puso más puta.

    -Bueno y ya para que me des toda tu opinión. ¿Mis nalgas se ven como de niña con esta tanguita?

    Le di la espalda, se paró de la silla, se acercó a mi oído para decirme mientras embarraba su cuerpo en el mío, con una mano agarrándome una nalga y con la otra jugando con la tanga

    -Me encantas, solo no le digas nada a tu primo y por fis que no salga de aquí que recuerda que soy casado.

    Di la vuelta para darle la cara pegando mi “pseudo-panocha” a su paquete que ya se empezaba a sentir duro y mis brazos abrazándolo de los hombros

    -Obvio, la que come callada, come dos veces, ¿no? Aparte mi primo te adora, no te apures.

    Su lengua se adentro en mi boca y sus manos en mi cintura, bajaron hasta mis nalgas, apretándolas sobre el vestido, no tardo en subírmelo, sintiendo sus manos en mis nalgas desnudas. La sala no quedando tan lejos del comedor, me fue llevando sin dejarme de comer y manosear hasta el sillón grande… no recuerdo el nombre de este tipo de mueble.

    Me acostó boca arriba, abriendo mis piernas metiéndose entre ellas. Besándome muy apasionadamente los muslos y entrepierna. Ya era imposible tener mi “clítoris” de 16 cm escondido. Con una mano y la tanga, escondía mi verga, tratar de ser lo más mujer para él.

    -Me da curiosidad tus tetas

    -Pues que te parece si me ayudas a desnudarme y te las enseño

    Me paré del sillón dándole la espalda para que me ayudara a bajar el cierre del vestido. Me alejé lentamente hacia mi cuarto, al llegar a la puerta, lo vi a los ojos y le cerré uno de forma algo coqueta y hasta me atrevo a decir inocente.

    Había dejado luz solo para tener penumbra en mi cuarto, lo suficiente para distinguir las formas. Cuando entró, dejé caer el vestido al suelo, levanté los tacones para salir de mi outfit lo más sexy posible. Doblando las piernas, exagerando los movimientos, poniendo un tacón enfrente del otro, acercándome a él.

    -Se ven lindas tus tetas

    Me empezó a besar mientras hábilmente con una mano desabrochaba el bra, me hice para atrás y lentamente me lo fui quitando hasta dejarlas desnudas.

    -uuuffff, me imagino una rusa.

    -Ya lo he hecho, ¿quieres que te haga una rusa?

    -¿Me puedo venir así?

    Asentí con la cabeza, quitándole la playera besando su cuello y pecho, le sobaba su verga por encima del pantalón. Se sentía grande. ¡Ya me urgía verla! Le desabroche los jeans y los boxers los bajé a media nalga dejando ver una verga como de unos 17 cm y gruesa. Mi macho hizo a un lado mi tanga, dejando ver mi panocha ya desarreglada y la rayita recortada de vello púbico. Yo escupía a mi mano para lubricar su verga lo más posible y meterla entre mis piernas, simulando que me estaba dando por la panocha, frotando mi creciente verga también.

    Me senté en la cama seduciéndolo mientras se desnudaba completo. Se paró enfrente de mí, poniéndome su verga en la cara, con gusto la acepte, dándole besitos primero con mi labial rojo. Luego solo me metí la cabeza jugando con mi lengua, hasta metérmela poco a poco. No pasó mucho tiempo cuando ya la tenía en la garganta, salivando y escupiendo a los huevos para luego sobarlos.

    Sentía que esto iba a ser muy rápido, tenía que venirme pronto y que mejor manera que yo montada, ya si duraba más, pues… Es lo bueno que las mujeres somos multiorgasmicas ¿no? Jajaja

    Saqué el condón y se lo puse con la boca como me encanta hacerlo. Normalmente si me monto pregunto si de espaldas o frente. Sabiendo que mi jefe moría por las tetas…

    Me fui clavando yo solita poco a poco, moviendo el culo para dilatar más y pues: ¿A que hombre no le gusta que la vieja que se van a coger le mueva las nalgas?

    Al momento que me senté totalmente en él, empecé a moverme primero lento, subiendo el tono hasta que ya me estaba dando de sentones. Él fascinado de cómo rebotaban mis tetas como si fueran reales.

    Tuvo la decencia de decirme que ya se quería venir pero que me viniera yo primero. Mega gesto.

    Me empecé a mover a mi ritmo hasta que me vine, no le importó que le haya echado mi leche sobre él lo cual me dio pena pero pues ya no dijo nada.

    Lo prometido es deuda…

    Se quitó el condón y me pidió el lubricante. Con una sonrisa le dije:

    -Tú no necesitas lubricante, yo sí.

    Aún con su cara de “what” Me volví a meter la verga en la boca. Ya si con eso no entiende…. Jajaja. Procuraba ahogarme en ella lo más que pudiera para hacer la mayor cantidad de saliva posible.

    Me acosté boca arriba poniendo lubricante entre las tetas. Se monta en mi pecho poniéndome la verga en medio. Con mis manos aprieto mis chichis al mismo tiempo que empezó a moverse. A pesar de que no sentía nada, me excitaba el hecho de tenerlo así.

    Yo gemía mientras se frotaba hasta que me disparó su semen a mis labios, tan exacto que si le atina no le da.

    Se dio cuenta y puso cara de pena. Lo miré fijamente, abriendo la boca para lamer su semen de mis labios.

    Creo que me extendí mucho mi querido lector. Es por eso que esta historia la dividí en 2 partes. Les diré por qué es tan cierta la frase:

    Mientras unos se lo pierden, yo lo ahorro y otros me gozan.

    Ya les contaré en:

    “El uber casado (2)” (Las mujeres TV son las mejores amantes 1)

    Quería que se repitiera, fuéramos a mi casa y me vistiera full. Se puso de sangrón y pues me quedé sin nada ahí, medio tomada y bastante caliente.

    Hoy tocó Uber y pues ya lo pedí. Llego por mi, me subo y me empieza a hacer la plática el conductor: “ de la fiesta, que tal, como le fue?”

    Decidí lanzar el anzuelo y con voz fémina: “Pues fue una reunión con amigos, estuvo bien, pero no acabó como quería.”

    -“porqué, como la querías terminar”

    -“pues no pensaba llegar sola, pero se puso sangrón. Ya ni porque me puse jeans y calzón de nena que es lo que le gusta, ppppffff”

    Me veo sorprendido por el retrovisor “Entontes te vistes de mujer, wow!!! Tienes fotos de ti así?”

    Solo pensaba, creo que ya mordió el anzuelo.

    Rápido se la enseñé, una foto no tan… atrevida.

    “No quieres pasarte adelante?”

    -sip, ya mordió el anzuelo jiji

    Ya estando en el asiento de adelante, me pude ver más fotos. “Pues si te ves rica eh. Me debías que tenías calzón de mujer puesto ahorita, cierto?”

    -si, quieres verlo?

    Luego luego dijo que sí.

    Me desabroche los jeans y los bajé. Me puso la mano sobre la pierna y dice: “no, pues si quieres te puedo completar la noche”

    Obvio le dije que sí.

    Llegamos a mi casa, obvio apago la app, le dije que me diera a 10 min para ir al baño. Se quedó en la sala, yo me quité todo menos el calzón, me puse el top y liguero, bata, cabello y así salí como en las fotos. Me beso muy rico, me abrió la bata y me manoseo toda. Dejo caer la bata al piso dejándome solo en lencería. Fajamos, nos besamos todo y me hizo suya en el sillón de mi sala.

    Gracias por leer.

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