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  • Nunca pensé esto de mi prima

    Nunca pensé esto de mi prima

    Hola, cambiaré mi nombre y el de las participantes del relato por razones obvias. 

    Esto pasó un día que venía de trabajar y voy llegando a mi casa que está después de la de mi tía, resulta que iba un poco feliz porque salí temprano y tendría tiempo de hacer algunas cosas que ya tenía planeado y de repente miro hacia la ventana de la casa de mi tía la cual es transparente y en ese momento no tenía cortina ni nada que la tapara, para mi suerte.

    Cuando de momento veo una persona desnuda que pasa, pero yo al estar caminando y no estar tan pegado de la casa no logro distinguir si es hombre o mujer, y pues pensé que sería mi primo el más mayor, la curiosidad me mata por ver y como dicen por ahí que lo malo siempre llama más que lo bueno, me devolví y entro a la galería de la casa de mi tía y al estar un poco oscuro afuera no me veían desde adentro y veo que mi prima sale desnuda de la habitación con la toalla en el hombro y va en camino a la cocina y yo veo ese hermoso cuerpo que para mí en ese momento era el mejor de todos, déjenme y le describo a mi prima.

    Ella es súper alta quizás tiene 1.90 de altura, es de piel súper clara aquí en mi país le diríamos blanca, es una gordibuena a pesar de su edad aclaró que ella tiene 32 años y no está casada pero antes si lo estuvo, tiene un buen trasero que se pierde cualquier pito sin querer, tiene 3 niños y ningunos viven con ella pero no aparenta tener hijos y tampoco aparenta su edad, ella se ve más joven, tiene cabello negro largo por naturaleza y es hermosa de cara.

    Continuo, ella pasó y no se dio cuenta que yo estaba en la ventana, por lo cual no se tapó ni nada ella pasó como si estuviera a cuatro paredes sin nadie que la viera, yo seguía observando ese hermoso cuerpo sin decir nada, pero para nadie es un secreto que los hombres pueden tener una erección con la más mínima cosa que le provoque morbo o excitación, y mi caso no era la excepción, ya estaba comenzando a tener una erección notable cuando de repente ella se voltea y yo me escondo sin lograr ser visto, ella no se dio cuenta de nada pero yo quería seguir viendo a pesar de estar en una riesgosa situación.

    Luego de unos segundos me dispongo a ver de nuevo y veo que ella viene de camino revisando su celular, y logre ver su parte íntima la cual estaba con un poco de vellos en todos lados, aun así me gustó mucho verla, luego de que viene camino donde mi veo que se pone a ponerle seguro a la puerta y se arroja en el sofá con las piernas abiertas y pone su celular con un video porno, (lo sé por el sonido que emitía el video), cuando pone ese video yo no podía ver porque estaba de espalda a mi el celular pero si la veía a ella tocándose su vulva la cual pude notar que era grandes labios inferiores y rosada, cosa que me prendió aún más de lo que estaba, y pues con miedo aún de ser descubierto seguí mirando y ella comienza a introducirse 2 dedos muy rápidos, en mi mente dije, (wow pero será que tiene tantas ganas de que la follen), luego de eso ella seguía masturbándose y de repente entró una llamada a su celular y ella se asustó y brincó un poco lo que causó que le diera a la mesa donde estaba el celular y este callera, pero su calentura era tanta que ella siguió masturbándose más rápido aún, ahí fue que me di cuenta que estaba por venirse y así fue, se vino a chorros como si estuviera meando después de durar 2 días tomando líquido, boto mucha leche, solo desee estar ahí dentro y poder disfrutar de su encantadora venida, ella luego de terminar se quedó en el sofá exhausta y sin fuerzas. No la culpo.

    El celular volvió a sonar de nuevo y ella no lo tomó aún y yo me dispuse a entrar y tomarle una foto a ella ya que estaba acostada de piernas abiertas y toda mojada y no respondía su teléfono supuse que estaba desmayada, cosa que aproveché y entre por la puerta del patio y luego por la cocina hasta llegar a la sala y ver ese espectáculo de cerca, ahí fue cuando tuve una tremenda erección y decidí masturbarme con tremenda imagen en frente de mi, luego de unos 10 minutos en plena acción sentí mi pene ponerse súper caliente y ya no sentía los pies casi así que supe que me iba a venir y me pegue de ella y le eché mi caliente leche en sus vellos vaginales, mi leche se quedó encima de sus vellos y yo aún no terminaba y las últimas gotas se las tiré en los senos.

    Cuando termine me subí mi pantalón y saque mi celular para tirarle las fotos que a eso fue que fui desde un principio pero dicho momento ameritaba algo primero que las fotos, cuando ya le he tirado 4 fotos decido abrirle más sus piernas para poder captar más su rosadito coño que tanto me enloquecía, cuando logro hacer esto la puerta suena, es alguien tocando, y yo me asusto y veo la ventana descubierta, ahí mismo pensé que si veían a mi prima así iba hacer un bombón así que cubrí la cortina con un cojín grande del otro mueble y la persona no logró ver nada y toco la puerta de nuevo y mi prima se movió lo que provocó que yo me asustara aún más y solté el cojín y me fui a esconder ya que no podía salir por detrás porque no sé si la persona que tocaba podía dar la vuelta y verme salir.

    Ahí fue cuando me entró debajo de la cama y varios segundos después de que la persona siguiera tocando consecutivamente mi prima se despierta y ve el cojín fuera del mueble e intenta tapar la ventana para cubrirse ella y también el desorden que tiene en la sala de su leche, ahí fue cuando la persona dejó de tocar y suena el teléfono de nuevo, por desgracia era la misma persona que estaba tocando y mi prima ve quien es por la ventana y lo deja entrar.

    Cuando yo desde abajo de la cama que le tenía vista a la sala y un poco de la galería logró ver que el tipo es el esposo de una vecina que vive al lado y veo que el entra con normalidad y ella se queda como si nada estuviera pasando, el cierra la puerta y le pregunta que porque no lo esperó, ahí fue que me di cuenta que había algo entre ellos dos, pero todo no acabó ahí, ahora es que se viene lo bueno, pero no será en este relato si no en otro, tienen que pedírmelo en los comentarios y decirme si les gustó este primer relato.

  • Mi segunda vez con Alexander

    Mi segunda vez con Alexander

    Ha pasado una semana desde que tuve una velada muy bonita con Alexander y en donde me dejó con muchas ganas de sentirlo dentro de mi. Durante toda la semana nos hemos estado mandando mensajes y hemos estado coqueteando, pero nada al 100% directo. Hoy me dijo que quiere que nos veamos para cenar, le dije que le voy a preparar un platillo típico de mi país.

    Termina mi última clase del día y corro al supermercado a comprar lo que necesito para correr a mi cuarto y empezar a preparar la cena, dejo todo a la mitad de preparación y me doy un baño para ponerme una falda con la que pueda acceder rápidamente a donde necesita, me maquillo un poco y me pongo un poco de perfume.

    De repente tocan la puerta y me mojo en segundos, tan pronto como recuerdo la noche anterior. Viene muy guapo y muy perfumado, huele delicioso. Además, trae una camisa que lo hace ver muy sexy.

    Lo dejo pasar, ponemos un poco de música para ambientar en lo que terminamos de preparar juntos la cena. Trajo consigo dos botellas de vino, y sé por dónde va el plan. Tomar una copa, la cena está lista, terminamos de cenar y la música y el vino empiezan a hacer efecto en mi entrepierna y en mis sentidos, me acerco a él y empiezo a coquetear.

    De pronto se acerca a mi tan decidido, sin miedo y con un aire muy dominante.

    -Esa falda te queda muy bien, te ves muy sexy y puede que esta noche que tenemos una cama cerca y 4 paredes que nos cubran, pase algo emocionante.

    -esperaba que dijeras eso, no tienes idea de lo mucho que lo he deseado, tal vez no te sea tan fácil llegar a mi como habías pensado.

    Más tiempo juntos escuchando música, tomando vino y riendo, hasta que vuelve a poner su mano sobre mi cara y a decir que me veo muy guapa, apenas lo dejo terminar cuando ya lanzo hacia él y le doy un beso, mientras le doy pequeños tirones de cabello, me alejo de un golpe y mis ojos paran en su pene, ahora lo puedo apreciar, ahora si hay luz a mi alrededor y me quedo sorprendida, a pesar de que sigue con pantalón, puedo ver que es un pene grande y grueso, la imagen hace que me moje más. Creo que no puedo evitar mi sorpresa.

    -te sorprendes? Te prometo que lo vas a sentir rico

    -empezamos o me vas a hacer esperar?

    Me toma de la nada en sus brazo y puedo sentir su cuerpo caliente contra el mío, poco a poco baja sus manos a mis glúteos y me da una nalgada que hace que sienta lo húmedo que se está poniendo el vacío entre mis piernas. Levanta mi falta y hace porque mi ropa interior quede entre mis nalgas.

    Me quita la blusa, pasa un dedo entre el brasier y mis pezones y se detiene un poco ahí a jugar con ellos para luego poder quitarme el brasier y dejar mi dorso completamente al descubierto, muy desesperado y emocionado toma mis pezones en su boca y vuelve a chupar, jalar y morder como la vez anterior, no quiero que pare. Mientras juga con uno en su boca, juega con su mano con el otro, justa mis pechos y los lame al mismo tiempo.

    De repente me pone de espaldas y me besa el cuello, en un segundo ya me ha quitado la falda y las bragas y su boca está entre mis nalgas y dándome nalgadas. Me sienta en una silla, abre mis piernas y lame las gotas de placer que están por escurrir por mis piernas. Es mucho placer y no puedo contenerme, no quiero que pare, quiero que me penetre y sentir ese pene suyo enorme en mi. Levanta una mano y me hace lamerle 2 dedos, para bajarlos y meterlos en mi, mueve los dedos hacia adentro y hacia afuera, en círculos a mi alrededor y no puedo evitar correrme en su mano y gritar de placer al mismo tiempo. Al momento de correrme regresa su boca a mi clítoris y lo jala con desesperación.

    Fue espectacular, quiero más pero se aleja y solo dice:

    -la próxima te penetro.

    Se levanta, se arregla el cabello. Se despide y se va, pero no sin antes darme un beso de buenas noches.

    Ya quiero verlo de nuevo…

  • Earned it

    Earned it

    Puedo notar la manera en que me observas desde el otro lado de la habitación.

    Siento la aceleración de tus latidos, el nerviosismo que recorre tu cuerpo intentando acomodarse en el sillón.

    Me anticipo a tus movimientos porque se lo que imaginas, cada segundo.

    Oigo la música de fondo y nos embriaga el aroma a violetas, se agudizan tus sentidos y los míos, excitándonos.

    Sosteniendo tu mirada hago a un lado el libro que me tenía entretenida mientras adoptas una posición desafiante sin salir del sillón. Es mi siguiente movimiento el que te invita a querer más.

    Acaricio mi cabello de la raíz a las puntas, lo coloco sobre mi hombro izquierdo y hago que mi mano, intencionalmente, siga el contorno de mi pecho, descendiendo por mi cintura, mi estómago y mis caderas.

    Miro fijamente tu boca cuando la muerdes queriendo ser quien me acaricia, pero solo te recuestas en el sillón apoyando tu mano izquierda sobre tus labios, porque lo disfrutas, como yo.

    Mis manos pasan por mis muslos, acariciando con delicadeza mis piernas hasta llegar a los tobillos y entonces vuelven a subir.

    Te levantas y lentamente caminas hacia mí estando lo suficientemente cerca para rozar mi piel.

    Las puntas de tus dedos se posicionan sobre mi muñeca derecha, recorren mi brazo erizando mi piel y llegan a mi hombro mientras que ligeramente muevo mi cabeza para que nuestras miradas se encuentren durante unos segundos.

    Se agita mi respiración.

    Me muevo para dejar mi cuello al descubierto, pero tus dedos ya no están ahí, solo siento el calor de tu respiración cuando, involuntariamente, me arqueo por el roce de tus dedos en mi espalda.

    Me entusiasmas, te deseo y solo puedo aferrar mis manos al borde del sillón.

    Cierro los ojos para grabar tus caricias en mi piel.

    Te alejas y me desconciertas, un minuto, hasta que siento tus manos en mis rodillas, subiendo hasta empujar levemente mi camisa casi abierta. Una de tus manos sigue por mi vientre, pasa por mi ombligo y acaricia el centro de mis pechos. Te detienes un momento y me observas, con mis ojos aún cerrados soy yo quien ahora se muerde los labios.

    Tu mano sigue el recorrido, acaricias mi cuello y la dejas ahí, sonrío y me besas.

    La excitación y el deseo se apoderan de nosotros.

    Se acabó el desafío esta noche, nos ganamos.

  • La señora que hace el aseo

    La señora que hace el aseo

    Mi amigo Cornelio ya nos había contado, tangencialmente, que a veces cogía con su fámula, quien ya tiene cuatro años trabajando para él.  Una de las veces que estábamos tomando varios amigos en su casa, a raíz de que uno de los amigos comentó al salir del baño. “¡Pinche Cornelio, me apantallas! tu baño y toda la casa está muy limpia, ¿a qué hora lo haces si vives solo?”.

    –En primer lugar, procuro no ensuciar tanto, y, aunque me encabrone mucho, tolero que algunos cuates vomiten cuando se emborrachan de más, como tú sabes… –contestó en clara alusión de que alguna vez eso ocurrió con quien le había hecho la pregunta– En segundo lugar, tengo una gata muy diligente que hace el aseo.

    –Sí, es gata de dos usos: es su sirvienta y su puta –se apuró a decir otro compañero, recordando que alguna vez Cornelio hacía comentarios sobre ello.

    –¡Ay, güey! Si está buena pregúntale si puede “dobletear” –exigió otro–, o dile que si tiene una hermana interesada en conseguir chamba –insistió, y todos reímos, a lo que siguieron frases consecutivas “O dos hermanas”; “¡O tres, yo también quiero una así!” que provocaron carcajadas.

    –No, ya en serio, cuéntanos cómo es, cómo la conseguiste y sobre todo, cómo la convenciste –solicité y siguieron las peticiones, cargadas de curiosidad y de morbo, pero con tono de seriedad.

    Cornelio, quien ya unas veces había dejado ver que a veces cogía con su sirvienta, aceptó contarnos, pero nos pedía discreción para que nada saliera de allí. Va el relato de cómo ocurrió, pero en boca de Cornelio.

    Cuando me divorcié de Stella, conseguí un préstamo para comprar un departamento que encontré como oferta entre los desahucios que hacía una inmobiliaria a la que le trabajamos en la compañía, y lo aparté para mí, evitando que saliera a remate y reitero: que conste que nada debe salir de esta casa, pues me puede afectar, y también a la muchacha que trabaja aquí.

    Pronto me hice cliente de una lavandería y de una planchaduría cercanas. En ellas pregunté si conocían a una persona de confianza que quisiera hacerme el aseo de la casa dos o tres días a la semana. En éste último negocio, atendido por una señora muy agradable con la que de inmediato había hecho migas cuando me mudé, me dijo “No, pero déjeme preguntarle a Rosi”, su empleada.

    –Oye, Rosi, ¿tu hermana Mary ya encontró el trabajo que buscaba? –gritó al abrir la puerta de la zona de trabajo.

    –No sé, señora, pues sólo quiere trabajar poco tiempo para atender a su familia. Quizá no lo vaya a conseguir –alcancé a escuchar.

    –A ver, ven y cuéntale al señor las condiciones que ella pide.

    La empleada salió a la recepción de clientes y me contó qué era lo que su hermana requería: llegar después de dejar a su hija pequeña en el kínder, y salir a tiempo para recogerla. Es decir, sólo podía trabajar tres horas al día, por eso no conseguía trabajo. En cambio, a mí me pareció muy adecuado a mis necesidades y le pedí los datos para contactarla. Después que hablé por teléfono con Mary, quedamos en que yo iría a su casa para hablar con ella. Así podría darme una idea de saber cómo y dónde vivía: Era en una colonia cercana, en una casa de interés social que pagaba su “esposo”, y como éste tenía otra familia sólo iba a verla eventualmente para darle el gasto (y supongo que un poco de amor), pero que ese dinero no le alcanzaba, por ello necesitaba el trabajo.

    Mary se embarazó joven y en ese entonces tenía alrededor de 26 años. Su complexión tendía a la gordura, pero diariamente caminaba y corría durante una hora para no subir de peso. No era muy agraciada con su rostro, más allá de lo que la edad le regalaba, pero tenía unas tetas normales, copa B, y en sus nalgas estaba su mejor atractivo. Cuando la vi no me emocioné ni me interesé en más, se trataba de una relación laboral.

    Además, Mary quería que sus dos hijos, el mayor ya en primaria, siguieran estudiando más allá de la secundaria que era la educación que ella tenía y sabía que su presencia en la casa era importante para lograrlo. Me pareció muy franca y con gran visión sobre lo que deseaba para sus críos, ello me cautivó, y comenzó a trabajar conmigo. Yo le pagaba el equivalente, por hora trabajada, lo mismo que un profesor cobraba para regularizar alumnos en clases particulares. Muy poco, viéndolo como profesor, pero mucho si lo viera una sirvienta, por lo que ella quedó encantada con mi propuesta y desde entonces me hace el quehacer. Incluso pronto le di llave para entrar y quitarme la molestia de estar presente cuando llegaba y cuando se iba.

    También llegué a caerle bien porque en Navidad y el día del niño no faltaba que yo adquiriera regalos para sus hijos, además de que periódicamente les regalaba libros que compraba exprofeso para cuando los traía al departamento, en vacaciones escolares porque Mary no podía dejarlos solos en su casa. Yo le aumentaba el sueldo cuando a mí me lo aumentaban, y, salvo el seguro social, yo le pagaba las demás prestaciones que marca la ley. Eso le generó fidelidad a su trabajo.

    Después de dos años de trabajar conmigo, vino la pandemia. La mandé a confinarse a su casa y le pedí que siguiera todas las indicaciones que la Secretaría de Salud marcaba y le pagaba el mes por adelantado, hasta que ella aseguró que sí podía continuar con el trabajo. Sin embargo, para asegurarme de que se expusieran lo menos posible, yo iba a recogerlos cuando una de sus hermanas no se podía quedar con los niños.

    Como hay varios días en los que no voy a trabajar a la oficina, por cuestiones de la pandemia, coincidí varias veces con las mañanas de alguno de los dos días que Mary hacía el quehacer de mi casa. Comenzamos a platicar, principalmente de las ocupaciones de sus hermanos y lo que ella esperaba para su familia. Después, ya con más confianza, me dijo que la dueña de la planchaduría la tenía como empleada ante el seguro, como si ella fuera quien laborara allí para que ella y los niños estuvieran asegurados, porque su hermana Rosi ya tenía el seguro por parte de su marido.

    También me enteré, por ella, que su “esposo” había registrado con su apellido a sus hijos, responsabilidad que me causó simpatía por su pareja, pero nunca he sabido si “la otra familia” del señor sabe de la existencia de esta relación con Mary.

    –Entonces el marido tuyo sólo va a darte el gasto… –dije socarronamente subrayando el “sólo”.

    –Sí, aunque también se queda en la noche… –afirmó dejando implícita la relación sexual y al continuar hablando la dejó explícita–, pero al segundo embarazo, pedí que me ligaran, porque no quería que me metiera “otro gol” –dijo sonriendo–. Aunque eso no se lo dije a mi marido y le sigo poniendo condón, como me sugirió la doctora del seguro.

    –¿Y te es suficiente con esas pocas visitas conyugales? –pregunté al sentir las feromonas que ella desplegaba.

    –Pues con eso debo conformarme, porque si ando con otro me quedo sin su apoyo económico –confesó sonrojándose.

    –Bueno, eso está bien pensado –asentí–, pero ¿lo harías si él no se diera cuenta? –pregunté pasando el dorso de mi mano sobre la suya.

    –¡Ay, ya tengo que ir con mis hijos! –exclamó retirándose de inmediato y tomó su bolso para marcharse –, es que mi hermana tiene que atender un asunto y me pidió que llegara a tiempo. Adiós.

    Al retirarse de improviso, me dejó sin saber si se había molestado o si podría haber algo más y simplemente había coincidido con la hora de su partida. A las dos semanas volvimos a coincidir, sin sus hijos, y quise salir de la duda.

    –¿Me dejas tomarte una foto para estrenar mi cámara? –le pregunté, mostrándole la cámara que había adquirido cuando la luz del piloto avisó que la batería estaba cargada.

    –Sí, pero ¿por qué conmigo y no con una de las amigas que a veces vienen a verlo? –me espetó a bocajarro.

    –¿Quién te ha contado eso? –pregunté suponiendo que mi vecina, la voyeur del 104, había “soltado la sopa” y a ella se lo habría contado alguna de las otras domésticas que atendían en el edificio.

    –Nadie, pero a veces me he encontrado algunas prendas de mujer, o en la basura de los baños cosas que usan las mujeres y condones usados… –dijo en tono acusador y recordé el “escándalo watergate”.

    –¡Ah, caray!, ¿ahora debo explicarte por qué tu foto y no las de ellas? –exclamé–. A ellas se las tomo desnudas, o me las envían como les guste que las vea, y tú nunca las podrás ver porque sé cuidar la confidencialidad –concluí en tono de indignación.

    –Perdón, no se enoje, no era mi intención molestarlo –dijo en tono apenado.

    –No te preocupes, tendré más cuidado cuando alguna borracha deje sus pantaletas olvidadas –dije y guardé la cámara en el estuche donde la había desempacado.

    Ella miró con desconsuelo mi molestia y viéndome a los ojos, esbozando tenuemente una sonrisa me dijo.

    –¿Entonces ya no quiere tomármela? –preguntó manteniéndome la vista y poniendo su mano sobre la mía que cerraba el estuche–, aunque no sea como se las toma a ellas… –concluyó cambiando la sonrisa por un gesto anhelante de que cambiara de opinión, y resonó en mí la acotación última que hizo.

    –¡Claro, te estaba pidiendo que la encueraras! –exclamó uno de los contertulios.

    –Sí, así lo entendí y volví a sentir el olor de mujer que quiere coger –dijo Cornelio con solemnidad.

    –¿Y qué hiciste? –exigió otro amigo para que Cornelio continuara y todos mantuvimos un silencio atento.

    Le sonreí y sin dejar de verla empecé a sacar la cámara. Ella resbaló su mano, subiéndola por mi antebrazo y lentamente la retiró para permitirme movilidad en las manos, continuó con su mirada fija, pero volvió a sonreírme.

    –¿Cómo quieres que te la tome? –pregunté volteando a ver dónde había una iluminación adecuada, pero, antes de que le aclarara si de pie o sentada, ella me contestó cambiando al tuteo y en tono gravemente cachondo:

    –Como tú quieras y las que quieras… –dijo abriendo un poco los brazos aproximándose a mí y su olor de hembra me doblegó…

    La abracé y le di un beso que ella correspondió con cierta torpeza, pero al apretarla un poco para sentir sus tetas en mi pecho, le metí la lengua que me trenzó con la suya y las hicimos navegar en nuestras cavidades bucales, recorriendo dentadura y paladar.

    Continuamos besándonos y, de las caricias tiernas, pasamos al manoseo sobre la ropa, luego bajo la vestimenta, pero pronto nos estorbó todo y nos desnudamos mutuamente. Nos fuimos a la recámara y comenzamos a coger; además, ninguno de los dos caímos en cuenta que debíamos cerrar las cortinas.

    –¡Ja, ja, ja! ¡Pinche agasajo que se ha de haber dado la vecina del 104!, ja, ja, ja –exclamó otro.

    –¿Y las fotos…? –preguntó alguien que “quería pruebas”.

    –Ésas nunca las verán, ni las de ella ni de las otras. ¿Qué tal si reconocen a alguien? No, no me gustaría que alguno me dijera “cuñado”.

    –Entonces, ahora te habla de tú –concluyó otro.

    –No, sólo cuando cogemos, o intercambiamos ternuras. Ella es muy profesional…

  • Una madura con ganas

    Una madura con ganas

    Mucho se ha hablado sobre la pérdida del deseo sexual con el paso de los años. La teoría indica que cuando estamos entrados en años, sexualmente las cosas ya no son como antes; todavía existe interés y hasta un poco de pasión, pero la respuesta del cuerpo no es la misma que en otras épocas. Sin embargo, pareciera existir excepciones a la regla.

    Mi esposa, lejos de disminuir su deseo sexual, con el paso de los años muestra vivo interés por mantener al máximo actividad y su curiosidad por experimentar los placeres derivados del sexo se han visto incrementados en extremo. Todavía tiene interés en explorar el placer que le puedan brindar múltiples posibilidades por descubrir.

    Ella encuentra una especial fascinación por los hombres de color. Le elevan el deseo en exceso. De allí que cualquier contacto sexual con alguno de ellos le proporcione los más intensos y variados orgasmos. Es evidente que su comportamiento cambia. Hay una expresión corporal manifiesta en respuesta a sus orgasmos, gesticula, grita, respira agitadamente y se comporta de manera inusual. Y eso le gusta, especialmente cuando ellos la buscan y demuestran en sus encuentros dedicación, vigor e intensidad.

    No es secreto que ella anhele tener a uno de esos jóvenes montándola y empujando vigorosamente su miembro dentro de su vagina. La sola idea le desata una inmensa excitación, humedece su vagina y la incita a pasar a la acción. Esas calenturas no son de ahora, pero se han vuelto más frecuentes con el paso del tiempo, de manera que la posibilidad de concretar citas para desatar toda la fogosidad sexual contenida vaya en aumento. Ella no pone en discusión sus intenciones, sino que se limita a comunicar la cercanía de tales eventos. Yo preferiría que el trámite fuera algo diferente, pero en cuestión de gustos no hay disgustos.

    Hace poco, un sábado en la tarde, me abordó para contarme que la había contactado un muchacho que había despertado su curiosidad y que tenía ganas de conocerlo. Y, como siempre, entendiendo en el fondo el deseo detrás de sus palabras, quise saber los detalles de cómo había ocurrido aquello. Me contó que había sido algo inesperado. Estuvo visitando un centro comercial y, por casualidad, se detuvo a contemplar la vitrina de una tienda erótica. Un hombre se situó al lado de ella, aparentemente también para curiosear lo que allí se exhibía.

    Ella estuvo detallando un conjunto de ropa interior negra que lucía un maniquí, cuando el hombre le preguntó ¿estaría dispuesta a usar una vestimenta así? Sí, ¿por qué no? Respondió ella. Perdone, era sólo curiosidad. ¿A usted le gusta? Preguntó mi mujer. Sí, respondió él. Podría regalárselo a su pareja, dijo ella. Ese es el problema, respondió el muchacho. No tengo pareja. Cuanto lo siento, había dicho ella. No se preocupe, dijo él, no es problema. Ese vestido le luciría muy bien. Gracias, respondió ella. Excuse si la molesto. Usted me llamó la atención y no quise dejar pasar el momento sin expresarle mis impresiones. Tranquilo; pierda cuidado, dijo mi mujer.

    Me llamo Carlos Alberto Chavez, soy ingeniero industrial y trabajo para el gobierno, continuó, mientras le extendía una tarjeta de presentación personal, que ella recibió. De verdad, me gustaría verla luciendo ese vestido. Y, si existiera tal posibilidad, me gustaría que me llamara y me aceptara una invitación para charlar un rato y conocernos un poco más. Esto es extraño, pero lo pensaré, le había dicho ella. Espero no haberla importunado, dijo aquel. Que pase buena tarde. Y se despidió alejándose de allí.

    Y eso hace cuanto fue, pregunté. Hace exactamente dos semanas. ¿Y? Pues, yo lo llamé, me dijo. ¿Y si era quien dice ser? Si, dijo, mostrándome su tarjeta. En ella estaba impreso Gobierno Nacional, Ministerio de Hacienda y Crédito Público. Carlos Alberto Chavez G. Oficina de Planeación. E-mail, teléfono fijo y teléfono celular. ¿Y qué pasó en esa conversación? Nada especial. Me invitó a almorzar cerca de su oficina en el centro. Eso fue el viernes de la semana pasada. Yo acepté su propuesta y fui…

    Y ¿qué pasó? Fue un encuentro muy formal y él estuvo muy atento conmigo, me confesó. ¡Me imagino! dije. Me contó acerca de su trabajo, sus antecedentes familiares y que andaba tratando de adquirir más confianza, porque había pasado muchos contratiempos en el ejercicio de su rol con otras personas, especialmente con las mujeres. Y que, en aquella ocasión, se había atrevido a dirigirse a mí para confiarme lo que pasaba por su cabeza, lo cual, aunque no pareciera, le había costado trabajo, porque generalmente él no es así. Y le creíste, comenté. Yo solo te cuento lo que me dijo, respondió.

    También le pregunté si lo de verme lucir el vestido era verdad o solo una excusa para desinhibirse y hablar directo con una mujer. Me dijo que no. Que era lo que pensaba en ese momento y que por eso lo había comentado. Y, entonces, insistí, ¿qué intenciones había detrás de aquellas palabras? Nada indebido, contestó. Lo que dije fue lo que pensé en ese momento y aún lo pienso. Me llamó la atención la mujer que estaba a mi lado y así se lo hice saber. Y ¿hay algo más? Repliqué. Pues me gustaría que nos conociéramos un poco más, si no le molesta. ¿Eso implica sexo? Pregunté. ¿Hay algo malo en eso? Contestó. No, le dije. ¿Usando ese vestido? Pregunté. Sí, me gustaría.

    Esto es una aventura tanto para ti como para mí. Y, como imagino supondrás, yo soy una mujer casada. Mi marido está incluido en la experiencia, si es que me propongo en seguir adelante con esto. Me preguntó qué significaba eso. Le dije que tú me acompañarías en lo que fuéramos a hacer y que, si no era de esa forma, no habría futuro para esa fantasía. Me dijo que confiaba en mí y que él estaría dispuesto a lo que yo le dijera, pero me pidió que le explicara cómo funcionaba eso. Simple, le dije. El encuentro sexual es entre tú y yo, pero mi marido está presente. No lo hago si es de otra manera. Okey, habría dicho aquel.

    Acordamos que nos veríamos el día de hoy, así que eso te cuento. O sea, cuestioné yo, ¿la decisión de verte con él ya es un hecho? Sí, claro. Después de todo lo que te conté, creería que es evidente ¿no? Y, en esta ocasión, ¿qué hace especial ese encuentro? Pues, la forma en que esa persona llegó a mí me pareció curiosa. Por algo pasó. Me tomó por sorpresa. El tipo físicamente no está nada mal, es agradable, tiene formación y, con esa forma de abordarme, simplemente captó mi atención. El hecho de haberse presentado abiertamente y haberme dado su tarjeta de presentación hizo que lo tuviera presente en mi cabeza a cada instante. Y ¿por qué no?

    Y, el tema del vestido, ¿en que quedó? Pregunté. Pues, dijo ella, tengo la intención de comprarlo y quería saber si quisieras acompañarme. No habiendo marcha atrás, ¡vamos! Dije. Fuimos a buscar el vestido que aquel hombre deseaba que luciera mi mujer. Se trataba de un top o brassier, con cierre en la espalda y ajuste detrás del cuello, un diminuto panty, un liguero ajustable y unas medias, todo en color negro. Le incluimos un par de botas negras, un conjunto de chaqueta tipo sastre y falda de color blanco, y los consabidos accesorios, la cartera, los aretes y el collar. De regreso a casa, ella dijo que iba a estar en el salón de belleza y que, cuando tuviera comunicación con él, me daba los detalles.

    Me llamó más tarde para comunicarme que la idea era conversar un rato antes de cualquier cosa, así que habían decidido encontrarse en un lugar llamado “theatron” donde, además de poder encontrarse en un restaurante, para hablar y romper el hielo, también se podía bailar, si así lo deseaban, en un piso ubicado más arriba. Ella llegó a casa un poco más tarde, confirmando que había estado en un profundo proceso de transformación: cabello arreglado, teñido de negro y un excelente maquillaje, que me hizo dudar si de verdad se trataba de mi esposa porque, la verdad, estaba bastante cambiada, pero muy a gusto, al decir de ella, por la idea que se había hecho en su cabeza con relación a esta nueva aventura.

    Cuando se llegó el momento de irnos, ella estuvo al tanto de obtener una memoria USB, con música que quería utilizar para amenizar el encuentro. Había grabado en ella una canción de Kylie Minogue, “Can´t get you out of my head”, que en su letra dice: “Simplemente no puedo sacarte de mi cabeza, chico; tu amor es todo en lo que pienso”. Tiempo atrás, sin saber lo que decía esa canción, y solo por el ritmo y melodía de la música, yo la había utilizado para que tuviera una de sus primeras aventuras sexuales con parejas fuera del matrimonio, y ella la había adoptado como su himno de consagración.

    Ya arreglada y dispuesta, emprendimos el camino al encuentro de su nueva aventura. Cuando llegamos al lugar, Carlos Alberto ya nos estaba esperando. Así que ellos, reconociéndose, se saludaron de manera muy formal, me presenté con él y nos sentamos los tres a conversar un rato. El frío de la noche ameritaba calentar el ambiente, así que pedimos algunos pasabocas y unos tragos de tequila. La conversación del invitado, como era de esperarse, se centró en halagar a mi esposa y su arreglo personal, pidiendo disculpas por no haber sido más cuidadoso, porque se sentía un tanto fuera de lugar a su lado. No te preocupes, le dijo ella, lo importante es que disfrutemos el momento.

    Y para lograrlo, ella ya se había anotado un punto a su favor, porque sin haber avanzado mucho la velada, aquel hombre ya se le notaba excitado con la presencia de la hembra a la que, días atrás, había retado con la posibilidad de que le luciera prendas íntimas bastante eróticas. La sensualidad que ella proyectaba hacía que no solo él posara sus ojos sobre ella sino también las personas que pasaban a nuestro lado. Y todo eso aumentaba más la tensión alrededor de la situación y generaba expectativas sobre lo que podría pasar más adelante.

    Mi esposa, en medio de la conversación, le preguntó al macho si le gustaría bailar. Le contestó que no es un buen bailarín, pero que si ella quiere él no tiene inconveniente en acompañarla. Bueno, dice ella, entonces, bailemos un ratico. ¿Te parece? Sí, contestó él, aparentemente sin atreverse a proponer algo diferente. Abandonamos el lugar donde nos encontrábamos y subimos las escaleras hacia la discoteca.

    El sitio estaba bastante oscuro, iluminado únicamente con luces de colores, que se prendían y apagaban intermitentemente al ritmo de la música, que sonaba a todo volumen. A tientas nos acomodamos en una de las mesas disponibles y, ya instalados allí, mi esposa no perdió tiempo y convidó a su hombre a la pista de baile. El hombre se comportaba bastante formal y bailaba con mi mujer guardando prudente distancia, contrario a lo que ella y la situación demandaría, pues la intención era que sus cuerpos se fueran reconociendo y ambientando para la cópula que probablemente se daría después.

    Apenas habían pasado dos tandas de música cuando ellos volvieron a la mesa. Pedimos algunas bebidas para continuar animando cuerpo y espíritu y, en medio de la escasa conversación, mi esposa me dijo, ¿será que miras a dónde podemos ir para pasar el rato? Pues por aquí está inundado de sitios, contesté. Seguramente, dijo ella, pero me gustaría que te adelantaras y te aseguraras que no vamos a llegar a cualquier parte, que sea un sitio limpio, bien dispuesto y seguro. ¡Ah, vaina! pensé para mis adentros. Estos son los gajes del oficio del marido cornudo consentidor. Bueno. Voy, miro, reservo de una vez y vuelvo. ¿De acuerdo? Sí, dijo ella, creo que es lo mejor.

    Me fui a explorar los sitios donde pudiéramos llegar. La noche era joven, así que el encargo no tuvo inconvenientes. Había varios lugares disponibles, pero elegí el más cercano a donde estábamos, casi que cruzando la calle, de manera que la calentura no fuera a enfriarse debido a la tardanza en un desplazamiento. El lugar seleccionado, llamado Jardín Real, contaba con habitaciones amplias, bien decoradas, servicio de televisión por cable, equipo de sonido, alimentos y bebidas a la habitación. En fin. Lo necesario. Allí probé la música ambiental que mi esposa quería tener como fondo en el desarrollo de su experiencia con su nueva conquista.

    Volví a la discoteca y no les encontré en la mesa. Los busqué en la pista, pero no los vi. De modo que me senté a esperar. Pude observar, sin embargo, que había una especie de cortina que independizaba ese sector de otro y resolví echar una mirada. Se trataba de una especie de reservados, tal vez ocho en total, compuesto por un espacio pequeño, una mesita y una especie de sofá en forma de media luna. No me atreví a explorar dentro de estos lugares, pero me pareció ver en uno de ellos a mi esposa, abrazada y besándose con su macho. Así que decidí volver a la mesa y esperarlos.

    No pasó mucho tiempo, cuando ciertamente los vi salir de aquel lugar y regresar a la mesa. Yo pensé que ya se habían ido, les increpé. ¿Para dónde? dijo ella. Estábamos dándonos una vuelta por ahí. Me imagino, dije. Bueno, Señora Laura, en cumplimiento a sus órdenes, dije en tono burlón, ya todo está arreglado. Puede proceder cuando lo estime conveniente. Cuando quieras podemos ir a otro sitio, le dijo ella a Carlos Alberto, ya todo está dispuesto. Yo sí lo preferiría, contestó él, aquí hay mucho ruido. Entonces ¡vamos! Dijo ella.

    Salimos de allí dirigiéndonos al Jardín Real. Me adelanté para abrir la habitación y permitirles el ingreso, y así lo hicieron, pero Carlos Alberto estaba como tímido y no se atrevía a iniciar ninguna acción, de manera que les dije que salía a buscar unas bebidas y que volvería en un rato, pero le dije a Laura que siguieran con lo suyo y que yo volvería sin molestarlos. Que le dijera a él que no se preocupara ni se estresara por eso. Así que los dejé solos y procuré demorarme un largo rato para favorecer el que ellos se desinhibieran. Antes de salir dejé la televisión encendida, sintonizada en un canal porno y coloqué la música que ella había preparado para el evento.

    Volví como a la media hora y, la verdad, la situación no había prosperado mucho. Cuando entré, ella estaba ubicada sobre una pequeña tarima, balanceando su cuerpo al ritmo de la música, habiéndose despojado de su abrigo, la chaqueta y su falda y, como él quería y deseaba, se estaba exhibiendo en ropa interior erótica para él. El, sentado frente a ella, solo se limitaba a observarla, manteniéndose totalmente vestido.

    Una vez llegué a la habitación, la escena pareció empezar a fluir. Tal vez ella me estaba esperando para hacerme partícipe de lo que tenía en mente. Entonces, bajo de la tarima, se situó en medio de las piernas de aquel y, abriendo el cierre de sus pantalones, expuso su pene, lo acarició por un rato y cuando este se empezó a endurecer, ella lo llevó a su boca para mamarlo con mucha delicadeza. A mi hombre, esa caricia pareció excitarlo, pues echaba su cabeza hacia atrás y profería unos gemidos apenas audibles, por lo cual ella empezó a succionar su miembro con mayor vigor. Su pene, entonces, creció y se endureció, lo cual alentó a mi esposa a despojarse de su pequeño panty y sentarse sobre él.

    La vista de su pene penetrando al interior del cuerpo de mi mujer disparó la virilidad de nuestro invitado que, incitado por el accionar de ella, empezó a empujar y empujar dentro de su concha. Ella respondía en reacción a los movimientos masculinos, apoyando sus brazos en los hombros de este. La fricción de los sexos pronto generó consecuencias, porque mi esposa empezó a mover sus caderas en forma circular, procurándose quién sabe qué sensaciones placenteras conforme avanzaba el contacto entre sus cuerpos. Pasados unos minutos ella decidió cambiar la posición, colocándose ahora de espaldas a él, insertando nuevamente el pene en su vagina.

    Y así, con las nalgas de ella expuesta a su vista, Carlos Alberto, más animado, la tomó por sus caderas y empezó a atraerla y alejarla, determinando la cadencia con la que su pene entraba y salía del cuerpo de la hembra. Sin embargo, el hecho de estar vestido, no lo tenía muy cómodo, de modo que, tal vez sintiendo que la excitación subía, le dijo ¡espera! Mi esposa preguntó ¿Qué pasó? Nada, dijo él, quiero quitarme esta ropa. La acción se interrumpió, y él se levantó de inmediato, desnudándose con inusitada rapidez.

    Laura se tumbó de espaldas sobre la cama, con sus piernas abiertas, esperando recibirle de nuevo. Cuando él finalmente se despojó de toda su ropa y quedó completamente desnudo, ahí si la atacó a ella con agilidad, subiéndose a la cama y montándola sin tardanza. Insertó con premura su pene en la vagina de mi esposa y, ahora sí, sintiéndose con más libertad, empezó a juguetear con ella a entera disposición. En principio empezó a contorsionar su cuerpo sobre el de ella mientras, rítmicamente, metía y sacaba su pene. Ella, conforme se incrementaba el ritmo de las embestidas, levantó sus piernas, agarró las nalgas de su hombre y empezó a presionar su cadera contra el cuerpo de aquel.

    El incremento de la excitación pronto hizo que ella estirara sus brazos hacia atrás y se entregara a las sensaciones que experimentaba, mientras Carlos Alberto procuraba hacer su trabajo con esmero y propiciarse su propio orgasmo. De un momento a otro se incorporó, colocándose de rodillas, sin dejar de bombear en la vagina de mi expectante esposa, quien seguía reaccionando a los embates del macho. El subió la velocidad y se le veía agresivo, insertando el pene dentro de ella, muy profundo, manipulando con sus manos las piernas de mi mujer. Este movimiento pareció surtir efecto, porque ella pareció sentir algo muy intenso, aunque no lo expresó como acostumbra hacerlo en otros encuentros.

    El macho aún no había llegado a la cúspide de sus sensaciones, de modo que la hizo poner a ella, boca abajo, y volvió a acceder a ella desde atrás, permaneciendo ambos tendidos sobre la cama. Ella, tal vez no se sintió a gusto en esa posición, por lo cual se colocó de rodillas, en posición de perrito, sin que el hombre dejara de bombear vigorosamente dentro de ella. Carlos Alberto incrementó la velocidad de sus embestidas y recorrió con sus manos todo el cuerpo de mi mujer que, sometida por el caballero, permitía que este continuara taladrándola con firmeza. Pasaron pocos segundos para que Carlos sintiera que el momento había llegado y, sacando su pene de la vagina, desparramó su contenido sobre las nalgas de mí mujer.

    Ambos, aparentemente cansados del esfuerzo, se quedaron tendidos un rato. Carlos, con ojos cerrados, solo atinó a abrazarla a ella reteniéndola a su alcance. Ella volteó a mirarlo y, como aquel no abría los ojos, me miró a mi como queriendo saber qué hacer. ¿Estás bien? Le pregunto. Sí, dijo él, solo necesito un poco de tiempo para recuperarme. Ah, bueno, contestó ella, permíteme levantarme que necesito ir al baño. Claro, dijo él, y permitió que ella se moviera con libertad.

    Ella fue al baño y, quien sabe por qué razón, se demoró un rato bastante largo. Al salir de ahí se le pudo ver compuesta nuevamente, arreglada y maquillada. Volvió a la cama y, sin decir una palabra, tomó el pene de Carlos Alberto entre sus manos y se propuso revivirlo nuevamente. ¿Te molesta? Preguntó. No, dijo él, continua. Al poco rato su miembro volvió a crecer y ella, nuevamente, se mostró dispuesta a recibirle.

    Ella se tumbó a su lado y él, manteniendo la misma posición, se limitó a levantar las piernas de ella, y, acomodando su pene, la penetró lateralmente. Y en esa posición realizó toda su faena, bombeando sin cesar dentro de ella. El pene del macho no era muy grande, pero al parecer el hombre sabía manejarlo y en la posición escogida parecía generar el efecto deseado. Ella empezó a contorsionar su cuerpo, gesticular y resoplar mientras su macho empujaba. Y, como en la vez anterior, al parecer ella alcanzó su orgasmo primero que él, pero no habiendo pasado mucho tiempo, Carlos volvió a sacar su pene, derramando su semen en el vientre de mí mujer.

    Contrario a lo pasado en muchas otras ocasiones, esta vez no hubo gemidos sonoros, o gestualidad excesiva, que manifestara un alta carga erótica y sexual en el ambiente. ¿Hubo sexo? Sí, ciertamente. El hombre cumplió su propósito de acostarse con mi mujer, y ya. Y ella, quizá no tan animada como en otras ocasiones, no quiso perder la oportunidad y dejar pasar la experiencia. Al parecer experimentó sus orgasmos, pero no la vi tan explosiva como en otras ocasiones. No sé para ella, pero para mí algo faltó en el ambiente que hiciera de la aventura algo más excitante.

    Después de aquello, por iniciativa de mi esposa, seguimos reunidos, charlando un rato. Carlos Alberto, entonces, permaneció desnudo. Y mi esposa, semidesnuda, como estaba, eso sí, con sus botas puestas. ¿Las cosas no fueron como imaginabas, cierto? Preguntó ella. Por qué lo dices, respondió él. Bueno, no sé, no me pareciste muy animado. ¿Será que te excitaste más con la idea que imaginaste que con la realidad? No, contestó él, para nada. Tal vez no soy muy expresivo, pero si lo disfruté muchísimo. De verdad…

    O ¿será que por estar mi marido presente te reprimiste un poco? Tal vez, contestó, no lo sé. Es la primera vez que me atrevo a hacer algo así y no sabría decir si reaccioné o no bien. Casi siempre las aventuras se dan con personas de mi edad, o muy próximas, y esta es la primera vez que me veo involucrado con una persona como usted. Pero, al final de cuentas, preguntó ella, ¿te gustó o no te gustó? Sí, dijo él. Y ¿Qué te gustó? Le siguió interrogando. Pues, todo. Tal vez me sentí un poquito menos por aquello de que era usted quien disponía y dirigía. Entonces, tal vez me quedé esperando lo que se venía e iba a pasar a cada instante.

    Y si hubieras estado con unas jovencitas ¿qué hubiera pasado? Preguntó mi mujer. Creo que lo mismo. Si se trata del acto en sí, no habría diferencia. Lo que pasa es que, para mí, por lo menos, estar con jovencitas me pone en la situación del varón experimentado que ya sabe lo que tiene qué hacer. Y hoy, por el contrario, me sentí en una posición diferente, porque, aunque es lo mismo, no sabía a ciencia cierta qué hacer. Entiendo, le dijo ella. Bueno, dejemos eso atrás y brindemos, dije yo, como para relajar el interrogatorio.

    Carlos Alberto, a pedido de mi esposa, nos confesó varias de sus aventuras y experiencias. Nada anormal. Lo propio de jóvenes con ganas de probarlo todo. Y, para rematar, ella le preguntó. Y, en conclusión, qué es lo que más te excita al tener sexo con una mujer. Muchas cosas, contestó. ¿Pero? Insistió mi mujer. Pero lo que más me estimula es ver cómo mi pene entra y sale del cuerpo de la mujer, contestó. ¿Y cual posición te permite hacer eso? Volvió a cuestionarle ella. Cuando la mujer está de pie y yo accedo a ella desde atrás, dijo. Y ¿por qué no lo hiciste? Ante lo cual se limitó a encoger sus hombros y torcer la comisura de sus labios hacia abajo. ¡No sé!

    Pero ¿te gustaría?, increpó ella. Sí, dijo él. Y ¿estás dispuesto a disfrutarlo? Sí, respondió. Entonces, cogiéndolo de la mano y levantándolo de la cama, le dijo vamos. Hábilmente le acarició su pene y delicadamente lo beso, de manera que Carlos Alberto se empezó a encender rápidamente. Su miembro no duró en crecer y ponerse duro, y ella, para garantizar mejor desempeño, se puso en cuclillas frente a él y le mamó su pene, poniendo énfasis en regalarle lengüetazos rápidos y repetidos a su glande. El hombre pareció entusiasmarse, y no frenó para nada las caricias que mi esposa le daba, no solo a su pene sino también a sus testículos, que parecían hinchados de la emoción.

    Pasados unos minutos en es labor, ella se levanta, se apoya en el espaldar de una silla, situada frente a un espejo, e inclina su cuerpo para que el macho acceda desde atrás, como le había dicho que quería. El no lo dudó y, colocándose detrás de ella, apuntó su pene a la concha de mi mujer y la penetró. En el espejo, frente a la silla, se podían ver mutuamente. Ella los gestos de él, y él la gesticulación que ella hacía en respuesta a sus movimientos. El hombre, empujaba y empujaba, y, preso de la excitación, hasta se atrevió a tomar a mi mujer por los cabellos para halar su cabeza hacia atrás mientras empujaba dentro de ella.

    La altura que le permitía alcanzar ella con sus botas calzadas facilitaba el trabajo de Carlos Alberto, quien, fascinado con la imagen que veía en el espejo, parecía motivarse más y más para mantener ensartada a mi mujer, procurándole una experiencia para recordar. Más luego, decidió tomarla por los brazos, estirándolos hacia atrás, lo cual pareció acrecentar la profundidad de la penetración y sensaciones diferentes para ella, que, a esas alturas, parecía disfrutar con los movimientos vigorosos y continuos de su amante.

    El hombre, en un momento dado, se aferró a los muslos de mi esposa y, removiendo su pene dentro de ella, arreció el movimiento y, quizá estimulado por los resoplidos que ella profería, finalmente llegó a su clímax. Eyaculó dentro de ella. No sacó su pene como lo hizo en otras ocasiones. Sus manos se dirigieron a las nalgas de él para retenerlo, pegado a su cuerpo, extendiendo el momento hasta más no poder. Allí permaneció él, de acuerdo a sus deseos, aprovechando para palpar el cuerpo de ella mientras todo acababa. Finalmente se apartó, flácido ya su miembro, dando por terminada aquella velada.

    ¿Estuvo mejor? Pregunto ella. Sí, dijo él. Me gustó mucho más. Bueno, dijo ella, espero no haberte defraudado. ¿Por qué lo dices? Pregunto él. Quizá no era la aventura que esperabas y no quise que te fueras con la sensación de haber perdido la noche. No, dijo él. Para nada. Todo estuvo perfecto. ¿Y para ti? Inquirió él. Todo estuvo bien, dijo ella. Cualquier experiencia es bienvenida y, a estas alturas de mi vida, ya no se es tan exigente. El momento se disfruta y se agradece. ¿No te parece? Sí, respondió él un tanto meditativo.

    Ella, frente a él, terminó de desnudarse, quitándose el body que mantuvo puesto durante toda la faena. Y ahora, dijo, quisiera regalarte el modelito que tanto te gustó. Pudieras regalárselo a tu pareja, cuando aparezca, o a una de tus amiguitas. Yo ya lo disfruté. Ahora es tuyo. Y recogiendo las prendas en una bolsa de plástico que le dieron en el almacén, se las entregó. Gracias, dijo él. Espera, todavía faltan las medias. Y, entrando al baño, con sus cosas a mano, dijo, espérenme un ratico que me voy a arreglar. Oímos sonar la ducha y poco rato después salió, vestida con su abrigo, y le entregó a Carlos las medías que faltaban para completar el ajuar que le había regalado. Espero haber estado a la altura de tus amigas más jóvenes y que no te olvides que las maduritas también tenemos ganas. Sí señora, no lo olvidaré, dijo él.

    Carlos entró al baño, se vistió y, una vez todos reunidos, dimos por terminado aquello y nos despedimos. Y cogimos cada uno por nuestro lado. Ya habrá otra oportunidad, dijo mi esposa, quien solamente iba vestida con su abrigo y sus botas. ¿Estuvo bien? Pregunté. Todavía tengo calentura, dijo ella, pero no veo con quien calmarla. Si quieres buscamos, le dije. No, dijo ella, dejemos así. Tal vez tú puedas hacer el cierre de la noche. Bueno, dije, ¡vamos pues!

    Cruzamos la calle dirigiéndonos hacia el parqueadero. La entrada al “Theatron” estaba atestada de gente, muchas parejas yendo de aquí para allá y de allá para acá, hombres deambulando para encontrarse con sus citas, o curioseando a la caza de alguna aventura, cuando, en nuestro camino, se nos atravieso un mulato, bastante bien parecido. Y, conociendo los gustos de mi mujer, dije, ¿que no había con quién? Ahí tienes una entretención, como las que te gustan. Está simpático fueron sus palabras, pero pareció que no había interés.

    Sin embargo, por alguna razón, el hombre reparó en mi mujer y las miradas de ambos se encontraron. Fue algo casual. El hombre siguió de largo. Sin embargo, ella, impactada por algo y dubitativa, se dio la vuelta y caminó detrás de él. Yo me quedé asombrado de su comportamiento porque, acabando de estar con un hombre joven, ¿qué estaría buscando ahora? Así que me quedé observando lo que pasaba. Ella caminó detrás de aquel hombre, alcanzándolo unos metros más adelante, cuando este detuvo su andar. Algo le dijo, pues el hombre la volteó a mirar y, cuando lo hizo, ella abrió su abrigo, mostrándosele tal y como estaba, y, diciéndole algo, se devolvió a donde yo estaba. Y él se vino detrás.

    La vi muy animada, con otro semblante. Y, cuando llegó a donde yo me encontraba, su expresión era de entusiasmo. Bueno, me dijo, ya encontré con quien. ¿Cómo? Exclame sorprendido. Creo que con este se me calma la calentura, contestó. El hombre, andando detrás de ella, al encontrarnos los tres, preguntó, ¿Tienes sitio de encuentro? Pues sí, contesté, y señalé el sitio de donde acabábamos de salir, el Jardín Real. Y ella, sin decir una palabra, le dijo al hombre ¿vamos? Sí, dijo él. ¡Tú mandas reina! Así que volvimos al lugar. Pero, cuando llegué a la recepción me dijeron que la ocupación estaba a tope. No hay sitio aquí, les manifesté. Y, por la hora, seguramente todo va a estar igual por aquí.

    ¿Entonces? Exclamé. Pues, dijo ella mirando a este hombre, ¿buscamos por ahí? Sí, dijo él. ¿Por qué no preguntamos aquí si nos recomiendan algún sitio por acá cerca? De modo que fui a la recepción para acometer el encargo. ¿Será que me pueden recomendar a dónde ir y encontrar un cuarto? Señor, me dijeron, si no le molesta, espere una media hora. Bueno, ¿pero me lo aseguran? Déjelo cancelado, denos su número celular y le llamamos cuanto tengamos el cuarto listo. De acuerdo, manifesté, pero no nos dejen esperando. Es un asunto de emergencia. Tranquilo, señor. Nosotros lo llamamos. Pierda cuidado.

    El cuarto está reservado y pago les dije, pero tenemos que esperar un rato. No hay problema, dijo aquel. ¿Por qué no nos tomamos algo mientras tanto? Sugirió mi esposa. Bueno, asentí. Busquemos algo por acá. Y, diciendo y haciendo, caminamos hasta un bar situado en la esquina de la misma calle. Todo está cerca por acá. Negocio es negocio, brother, dijo el hombre. Nos acomodamos en la barra del lugar y cada quien pidió lo que le apeteció. Ella, muy conservadora, un café, porque tenía frio; Kevin, que así se llamaba el hombre, pidió un aguardiente, y yo pedí un vodka con jugo de naranja. Y allí, instalados, charlamos un rato mientras esperábamos turno para disponer de un cuarto.

    ¿Ustedes se conocen? Pregunté. No, dijo ella. Y él, movió su cabeza de un lado a otro, confirmando que tampoco. Entonces, ¿Qué pasó? Indagué, mirándole a él. No sé, dijo. Ella me preguntó sí me gustaría pasar un rato agradable y me mostró que está desnuda debajo de ese abrigo. Y, no dudé. Le dije que sí. Y ¿qué te resolvió? Insistí. ¿Acaso no esperabas o buscabas a alguien? La verdad, no, respondió. Vivo por acá cerca y, cuando voy de camino a mi residencia, acostumbro a cruzar por acá y curiosear, ver gente y distraerme con el ambiente. Y, hoy es sábado, y, la verdad, andaba desprogramado, de modo que la señora me salvó la noche. Bien vale la pena la aventura.

    ¿Y tú? Pregunté mirándola a ella. ¿Cuál fue el revulsivo? Nada raro. Nos miramos y sentí algo. No sé. Algo me dijo que había algo en él y, pues, no quise dejar pasar la oportunidad. Por eso me fui tras de él. Pero no hay secreto. Creo que nos podemos entender y la podemos pasar bien. ¿Y qué piensa usted? Que sí, dijo. Creo que nos la podemos llevar bien y pasar un rato bien rico. ¿Y qué es un rato bien rico? Repliqué. Bueno, no sé, entiendo que ella quisiera tener sexo conmigo, y si es así, pienso que la podemos pasar bien, me respondió mirándola a ella. Y yo, afirmó ella, generalmente no me equivoco. Creo que la podemos pasar bien. Bueno, concluí, entonces esperemos la llamada.

    No tardó. El teléfono sonó casi que de inmediato. Ya tenemos cuarto disponible dijo una voz al otro lado de la línea, Gracias, contesté, ya vamos para allá. Así que emprendimos el recorrido. Ella tomó la iniciativa y caminó delante de nosotros, quienes la seguimos sin remedio. En ese trayecto Kevin me pregunta: ¿Alguna recomendación? Qué puedo decirle, contesté. Si vas a follarte a mi esposa, muéstrale respeto, sedúcela, muéstrale pasión, valora que está deseando una aventura excitante y cógetela bien. Es todo. Bien, dijo él. Ella llegó a la recepción, se anunció y recibió la llave de la habitación. Cuarto piso, nos dijo. Todavía falta camino por recorrer. Y, siguiéndola, continuamos escaleras arriba hasta llegar a nuestro ansiado destino. Abrió la puerta y entró sin detenerse. Y nosotros, detrás de ella.

    El cuarto estaba decorado eróticamente, muchos espejos, luces tenues intermitentes, tipo discoteca, y una pequeña tarima para práctica de pole dance. Al fondo, claro está, una cama grande, espejo en el techo. Y además un baño con jacuzzi. Mejor dicho, la súper habitación. Ella, entonces, se colocó sobre la tarima, abrió su abrigo, descubriéndose para los dos, y dijo, bueno, yo ya mostré mis cartas. ¿Cuáles son las tuyas? Así que Kevin se apresuró a desnudarse, mostrando un cuerpo armónico, de tipo atlético, bien trabajado y, para gusto de mi esposa, un pene bastante bonito y grande. Pon música, me ordenó ella, de modo que coloqué la USB que llevábamos y pronto una melodía suave empezó a sonar. ¡Ven! le dijo ella. Y Kevin así lo hizo.

    Al aproximarse a la tarima, ella, moviéndose al ritmo de la música, le invitó a que se aproximara y, abriendo su abrigo, lo abrazó y lo besó, gesto que fue correspondido de inmediato por el hombre, quien pasó sus manos por detrás de la espalda de ella, por dentro de su abrigo, para alcanzar sus nalgas y empezar a disfrutar a su antojo de su cuerpo. Poco a poco, al compás de la música, y en un prolongado beso, la virilidad de aquel empezó a manifestarse, y bien pronto mi esposa pudo sentir cómo crecía el miembro de aquel entre sus piernas. Ella estaba fascinada con la sensación y sus manos se concentraron en masajear el pene que ya estaba endurecido y erecto.

    Ella se despojó del abrigo, quedando tan solo vestida con sus botas negras. Y, excitada con la sensación de sentir tan magnifico pene, se puso de cuclillas frente a él y usó su boca para deleitarse con ese apetecible sexo masculino. Ella abría al máximo su boca para engullir aquel inmenso miembro. La verdad, Kevin poseía una verga de concurso, larga y gruesa, que quizá mi esposa no llegó a imaginar, pero que ahora, a la vista, la tenía excitadísima y dispuesta a lo que fuera para disfrutarla al máximo. Kevin, simplemente cedía a todos los movimientos que ella proponía, pero, era evidente que el tamaño de ese pene excedía por mucho las posibilidades que mi esposa trataba de improvisar con su boca. Así que, viéndose limitada para meterla dentro, lo chupaba, succionaba y lamía con entusiasmo.

    Sus manos, por otra parte, masajeaban los testículos de aquel, que se veían también relativamente grandes en comparación al tamaño de su pene. Se levantó, lo abrazó y lo besó apasionadamente, y él, correspondiendo, no perdía oportunidad de recorrer con sus manos todo el cuerpo de mi mujer y delinear los contornos de su silueta. En medio de ese abrazo interminable, el pene de aquel se insertaba en medio de las piernas de mi mujer, que ya sentía ganas de tener ese miembro dentro de su cuerpo, así que se dio media vuelta, apoyó sus manos en uno de los espejos, inclinó su torso hacia adelante y expuso sus nalgas. Kevin entendió las intenciones de ella y, sin más preámbulos, apunto su barra a la vagina de mi esposa y lentamente la fue penetrando.

    La reacción de ella fue inmediata, porque aquel pene la hizo gemir tan pronto entró en su interior. Así que él empezó a meter y sacar delicadamente su miembro. Ella abrió aún más sus piernas para que Kevin la taladrara a placer, sin obstáculos en sus embestidas, mientras ella contorsionaba su cuerpo. A medida que avanzaba el intercambio sus piernas empezaron a flaquear y sus gemidos eran más intensos. Aquel hombre había tocado el punto que le proporcionaba más placer, al extremo que ella ya no podía sostener la posición. Entonces, le manifestó que se detuviera un momento. El así lo hizo, retirando su miembro. ¡Ven a la cama! Dijo ella. Quiero estar más cómoda.

    Y allá, determinó que Kevin se acostara de espaldas, de manera que ella pudiera cabalgarlo a placer. Su enorme, duro y erecto pene era toda una invitación. Ella lo cabalgó, se acomodó el miembro del hombre a la entrada de su vagina y descargó el peso de su cuerpo, permitiendo la penetración a su gusto, poco a poco, lentamente, acompañando la maniobra con expresiones de placer. Y, una vez instalada sobre aquel, a sus anchas, empezó a moverse a voluntad, explorando en cada variación novedosas y nuevas sensaciones. El hombre, complacido, mientras tanto, recorría con sus manos todo su cuerpo, sus nalgas y sus senos especialmente, caricias que elevaban al máximo las sensaciones de placer.

    No sé si era la actitud del hombre, dispuesto a complacerla, la plenitud que le proporcionaba tener aquel miembro grande dentro de sí, la adrenalina que le generaba salirse de lo normal y darse esas libertades, o la emoción de sentir que podía disparar su placer cuándo y cómo quisiera venciendo todas las limitaciones. ¿Qué importa acaso si se acuesta con dos, tres o más hombres en una noche? La verdad, pensaría ella, la vida resulta corta, y ¿por qué no aprovechar las oportunidades si se presentan? Tal vez lo que estaba ocurriendo aquella noche pudiera parecer censurable, pero, ¿qué importa? Lo cierto es que la estaba pasando de lo lindo. Después de una pareja un tanto apática, el nuevo hombre era una bomba de placer.

    Sus movimientos eran más intensos, al igual que sus gemidos, proferidos sin control no censura alguna. Seguramente más de uno estuvo curioso por saber qué estaba pasando en aquella habitación. Ella se movía, se contorsionaba, gemía y, por fin, sus esfuerzos parecieron tener recompensa porque, de un momento a otro, apretó su cuerpo contra el de él, apretó sus nalgas y dejó caer su torso sobre el cuerpo del muchacho, besándolo con mucha pasión hasta que, rendidos por la faena, sus cuerpos quedaron inmóviles. Ella se quedó encima de él, con su miembro dentro, y él, solo dejaba que el tiempo pasara. Al rato, ella, un tanto recuperada, se colocó a un costado, manteniéndose al lado de él.

    Oye, dijo él, estabas muy caliente. ¡Súper! Me gusta cuando la mujer toma la iniciativa y se mueve a placer. Yo me siento bien cuando eso pasa y simplemente me dedico a ver cómo la pasa la dama. Y, por lo visto, estabas con ganas de recibir un buen mantenimiento. ¿Hace cuánto que no te dabas estas libertades? Pues, hubo alguien antes que tú, dije yo. La señora anda con su deseo sexual disparado y parece que está un tanto insaciable. Uuuyyy, replicó el hombre, pues tiene mucha energía la señora. Y ¿será que ya calmó su calentura? ¿Por qué preguntas? Dijo ella. ¿Ya estás aburrido? Para nada, contestó él. Es solo curiosidad. Y, si estás dispuesto, pudiéramos compartir otro ratico. Con todo gusto, respondió él.

    Ambos se levantaron con la intención de visitar el baño, turnándose el ingreso. Ella primero, por supuesto, y él después. Posteriormente volvieron a la cama, continuando la tertulia. El hombre, intrigado, le preguntó a ella ¿qué le había atraído de él? La verdad, cuando te vi, algo captó mi atención, contestó. Te percibí muy viril, muy dispuesto, muy sexy, muy hombre. No sé cómo decirlo. Bueno, ¡me gustaste! Y, como el tema era lo sexual, pensé que serías buena pareja y no me equivoqué. Bueno, intervine yo, y ¿por qué tú aceptaste su proposición? Y cómo negarme, respondió, más aún cuando se me expuso como Dios la trajo al mundo. Con eso no más, me calenté. Y, además, vi que no era una mujer cualquiera. Eso se nota. Por eso me animé…

    Bueno, pues anímense una vez más, porque ya va siendo madrugada, dije yo. Ella tomó la iniciativa. Rápidamente se acomodó para despertar aquel miembro con su boca, algo que sucedió muy pronto. Así que, cuando aquel miembro se endureció y emergió en todo su esplendor, ella se recostó abriendo sus piernas. Ahora te toca a ti, le dijo. Kevin se acomodó en medio de sus piernas, permitiendo que ella continuara masajeando su pene a voluntad. Y fue ella misma quien acomodó el miembro del hombre a la entrada de su vagina y coquetamente le dijo, ¡dale!

    Esa insinuación fue más que suficiente para que Kevin empujara su pene dentro de ella y empezara a moverse con gran vigor. ¡Qué cuca tan deliciosa! le decía a mi esposa, mientras metía y sacaba insistentemente su miembro, y masajeaba sus senos. Él estaba extasiado observando cómo su pene ingresaba dentro del cuerpo de mi mujer, que encantada, movía sus piernas alrededor del cuerpo del hombre y gesticulaba de placer con cada embestida masculina. El hizo malabares con ella, levantando sus piernas, volteándola hacia un costado y, finalmente, cubriéndola con su cuerpo en la típica posición del misionero hasta que ambos explotaron de placer. Te siento rico, decía ella insistentemente. Te siento rico…

    Y sintiéndolo rico culminó aquella faena. Nunca habíamos llegado a elevar el nivel de la aventura hasta esos extremos, pero, dada la situación, el ambiente y su calentura, bueno, las cosas se dieron. El hombre quedó satisfecho. Me imagino que ya fue suficiente por hoy, le pregunté a ella. Sí amor, contestó, creo ya estuvo bien. No tengo queja. Todo estuvo súper. Gracias. Menos mal, contesté, porque ya me estaba durmiendo, dije yo. Era solo una broma, porque no puedo negar la fascinación y el gusto que me causa ver a mi mujer poseída por otro macho. Sus facciones, sus reacciones y sus acciones, a veces un tanto inesperadas, simplemente me gustan.

    Y me calienta mucho ver cómo esos hombres se dedican a disfrutar de ella, más aún, sabiendo que yo estoy presente durante todo el acto. Fue una noche inesperada, excitante y libertina. Nunca la había visto a ella en esa disposición, porque antes se presumía que con encontrarse con un hombre bastaba. Pero eso no fue lo que sucedió aquella noche. La señora tenía muchas ganas y se dio mañas para calmar sus apetitos. Y ¿por qué no? Aquella noche ella y yo supimos que la intensidad de las aventuras podía ampliarse, de manera que pudiera haber sorpresas más adelante. Y así terminó aquella noche inesperada…

  • Normalidad

    Normalidad

    Y me detuve por un segundo, mientras escuchaba  tu discurso sobre «normalidad», se me hacía fascinante ver como te perdías en la simpleza de tu ser, tu inocencia esbozaba un mundo donde tus vivencias parecían sacadas de una novela de García Márquez, sin darte cuenta que tu narrativa para otros sería una sátira de Voltaire; me hablaste de tus deseos y de tu piel, de un instinto animalesco que rara vez puedes conocer, y fue en ese brillo simplón de una mirada tranquila, lo que me hizo entender, que justo en frente de mi, una intrépida  aventura me invitaba a ser su cómplice, acompañada de la dulce incertidumbre de no saber, si serás dolor o serás placer… y aunque el nerviosismo me invade, sin duda alguna, perderme entre lágrimas y orgasmos acepté, antes de arrepentirme de un actuar inerte otra vez.

  • La chica del bikini negro

    La chica del bikini negro

    Era otro tonto viaje de amigos de la universidad, solo acepté venir porque no quería pasar otro fin de semana aburrida en casa.

    Venimos a esta playa algo desolada, no hay muchas personas. No vinieron chicos guapos, solo los bobos de mis compañeros. Aun así me puse mi mejor traje de baño, un bikini negro que me va muy bien con mi tono de piel clara y mis glúteos deliciosos que me cuestan cinco días de ejercicio a la semana.

    Tomamos algo y después me fui a broncear algo retirada de los demás, no quería que nadie me molestara. Así que cuando estuve lo suficientemente lejos puse mi toalla en la arena y me recosté, ni siquiera me preocupé por el bronceador.

    Antes de broncearme la espalda vi a lo lejos algunas cosas, no estaba tan sola como creía. Escucho a alguien saliendo del mar y es un tipo musculoso muy marcada con un traje de baño que no dejaba mucho a la imaginación.

    Así que lo veo y me ve, se acerca y entonces veo a su amiguito. Y entonces se quita el traje de baño y veo su pene algo erecto y lo meto a mi boca. Se la empiezo a chupar y comienza a ponerse dura.

    Me mojo poco a poco. Entonces me sujete y me lanza contra la arena y me quita la parte de abajo de mi bikini y me penetra.

    Lo disfruto, siento el movimiento. Uno, dos. Uno, dos. Suelto un gemido suave.

    Sale de mi y me pongo en 4. Entonces me folla como en esos vídeos. Cada vez más duro y sale de mi y termina en la arena.

    Se pone su traje de baño, me pongo el mío y se despide.

    Fue algo rápido para mi gusto.

  • Tuve sexo con mi hermana por error

    Tuve sexo con mi hermana por error

    Cometí un error y tuve sexo con mi hermana.

    Comienzo por decir que somos una familia bastante grande y económicamente estable, tenemos una casa bastante grande ya que cuenta con 6 habitaciones y 3 baños. Debo comenzar diciendo que todo esto sucedió hace una semana, un día que hubo una fiesta en casa de mis padres.

    La fiesta transcurría con toda normalidad y ya en la tarde, a eso de las 7 pm, mi novia llega a la fiesta luego del trabajo. Comenzamos a pasarla chévere y a tomar algunos tragos pero a eso de las 8:30 me dice:

    -Quiero que tengamos sexo en uno de los baños.

    Le digo:

    -Me parece perfecto.

    -Voy a entrar en el baño de la planta baja ya que es un poco mas oscuro.

    -Para luego es tarde.

    -Espera unos minutos en lo que voy y luego me sigues, voy a estar en el de la derecha.

    Bajo luego de algunos 15 minutos y voy directo al baño de la derecha, cuando voy a entrar noto que la luz se ve apagada y la puerta tiene el cerrojo puesto por lo que la golpeo en dos ocasiones y rápido me abre la puerta. Al entrar solo veo su silueta, me acerco a ella por la parte de atrás ya que está mirando al espejo y comienzo a besarla por el cuello y noto que pone alguna resistencia, pero sé que a ella le gusta hacer algún tipo de drama cuando estamos comenzando, le gusta sentir que es presionada de cierta forma.

    Luego de varios besos comienza a ceder y en ese justo momento comienzo a bajar sus pantalones junto a su ropa interior para luego comenzar a meter mi mano entre sus nalgas y notar que está totalmente excitada, escucho que está gimiendo de placer y decido no perder más tiempo y saco mi pene, coloco su mano para que me toque y sienta lo excitado que estoy. En el momento que siente mi pene bien erecto, comienza a acariciarlo y a acercarlo a su vagina, una vez se inclina no lo dudo y la penetro colocando mi pene suavemente en su vagina. En el momento en el que la estoy penetrando siento que está bastante estrecha pero lejos de alertarme me excita y pienso que es la posición.

    Comienzo a bombear de forma frenética y la escucho gemir sin detenerse, mientras la agarro por las caderas comienzo a darle nalgadas y ella se excita tanto que pasa su mano sobre mi y comienza a acariciarme el cabello.

    Varios minutos pasaron cuando siento que ella está por venirse me excito tanto que siento que me vengo y en ese preciso momento subo mis manos para apretar y acariciar sus senos y ahí fue cuando todo cambio y mi mente quedo en blanco, se me corto la respiración y no puede reaccionar, en ese preciso momento noto que con quien estoy teniendo sexo no es con mi novia ya que al agarrar sus senos me doy cuenta que son bastante más grandes y redondos que los que tiene mi novia.

    Esta muchacha a la que estoy penetrando tiene la altura promedio de mi novia (5’6), tiene un tono de piel bien parecido ya que en la oscuridad puedo notar es un blanco promedio y tiene unas nalgas redondas y paradas como las de mi novia pero sus senos son notoriamente diferentes y esto me deja en shock. No logro salir del asombro y terminé eyaculando en la vagina de esta mujer ya que cuando le agarré los senos estaba por terminar. No supe que hacer y decido subirme el pantalón rápido e intentar salir del baño para irme, pero en ese preciso momento esta mujer si voltea colocándose de rodillas para chupar mi pene y escucho cuando dice en un tono muy bajo, «me encanta el sabor a pene y vagina que tienes en estos momentos, me gusta sentir el sabor de nuestros jugos mezclados» aunque sentía el mayor placer de la vida me subí los pantalones lo más rápido que pude y salí corriendo sin verle el rostro a la mujer que penetre con tanto esmero.

    Luego de subir a la planta donde estaba la fiesta me encuentro con mi novia y esta me dice:

    -Donde estabas, llevo rato buscándote por la fiesta ya que cuando fui a la planta baja me encontré la puerta cerrada con llave, fui al baño del lado izquierdo para ver si estaba abierto y luego de confirmar, intenté llamarte pero el teléfono salía apagado por lo que decidí subir a buscarte para decirte que sería el otro baño, pero no te encontré.

    -Mi amor fui al baño pero también note que estaba la puerta cerrada y te estuve buscando en los otros 3 baños pero no te encontré por lo que salí al patio para ver si estabas afuera.

    -Pues vamos en estos momentos al baño que está abierto, ahora mismo, porque tengo mi ropa interior mojada y no puedo aguantar las ganas de sentir tu pene bombeando hasta meterlo todo, quiero que me penetres por el ano también.

    -Vamos pero que sea rápido porque estoy algo cansado.

    -Si no me la metes ahora, te juro que no me la meterás en lo que queda de año.

    Me doy cuenta que no me queda más oportunidad que ir y esforzarme para no quedar mal y terminar perdiendo ese culito que tanto me gusta. El único problema es que no puedo dejar de preguntarme quién fue la mujer a la que le comí ese rico coñito, en el baño. Cuando nos dirigimos a la planta baja me encuentro a mi hermana subiendo y me quedo helado, solo atino a preguntarle:

    -Por que estabas en la planta baja.

    -Fui al baño de abajo porque el de arriba estaba ocupado y estaba muy apurada.

    -Estabas en el baño de la derecha? (Pregunta mi novia)

    -Si, por qué?

    -Nada en particular, es que fui pero tenía el cerrojo puesto.

    Mi hermana en un momento su puso muy nerviosa y le pregunta:

    -Esperaste mucho junto a la puerta?

    -No, rápido fui al otro baño porque estaba muy apurada.

    Mi novia comienza a bajar pero mi hermana al notar que me quedo paralizado y no hablo me pregunta:

    -Está todo bien?

    No logro articular palabra y trato de continuar mi camino pero en ese momento mi hermana me agarra por la mano y me dice:

    -Por favor dime que no fuiste tú?

    No supe que decir y traté de continuar bajando pero antes note como ella se llevó las manos a la boca en forma de sorpresa.

    Seguí a mi novia y rápido y al llegar al baño abrí la puerta para sorprenderme al ver que ella estaba completamente desnuda con las piernas abiertas sobre el váter y me dijo:

    -Comienza a comerte este coñito mojado que tienes aquí, cómetela hasta que me venga en tu boca porque estoy demasiado excitada.

    Tengo que confesar que me baje los pantalones y ya estaba excitado, no podía dejar de pensar en mi hermana y eso me tenía demasiado caliente. Solo puedo decir que penetre a mi novia con más ímpetu que el que tuve antes, solo imaginaba a mi hermana gimiendo y eso me tenía a mil, fue tanta la excitación que mi novia solo decía:

    -Que te metiste, jamás me habías penetrado así, rómpeme el culo, mételo y sácamelo por la garganta, maldito hijo de perra sigue y párteme en dos por favor.

    Fue tan excelente que terminamos agotados y le pedí que me chupara el pene luego de terminar.

    Ella me dice:

    -Maldito cerdo, quieres que te la chupe y saboree tu leche y la mía, donde aprendiste eso, me estás excitando otra vez.

    Ella lo hizo y mientras lo tenía en la boca me miraba de forma morbosa.

    Solo puedo terminar confesándoles que no hay día en que trate de encontrarme con mi hermana a solas para ver en que termina ese encuentro pero ella solo me evita, a un nivel en el que nuestros padres me preguntaron si le había hecho algo a mi hermana como para que no quisiera ni verme.

    Luego les comento si sucede algo más…

  • En la calle… atrás de una camioneta

    En la calle… atrás de una camioneta

    Esto pasó cuando tenía aproximadamente 20 años, la verdad no soy una experta en la cama ni en el sexo, me daba pena y miedo, hasta que conocí a la persona que de verdad me hizo gozar como ningún otro.

    Nos conocimos en nuestro trabajo y aunque éramos de áreas diferentes nos empezamos a tratar, él es un hombre alto, moreno (en lo personal me encantan morenos) con espalda ancha, unos brazos fuertes sin llegar a exagerar… y un trasero que siendo sincera me fascinó.

    Comenzamos una amistad como lo normal, empezamos a salir y desde el primer beso, uff fue magnífico, desde ese primer beso yo ya quería ser suya, ya quería que él me poseyera de una y mil formas, ah, por qué debo aclarar que tiene un instrumento que ya quería sentir dentro de mi, en ese instante al sentir que mi cuerpo se calentaba y mi vagina empezaba a palpitar, empezamos un faje y un manoseo que llevo a bajar la calentura atrás de una camioneta estacionada, nos fuimos allí porque era un lugar solitario, no pasaba gente y la verdad estaba bastante oculto, comenzamos a besarnos nuevamente, él me dijo que iba a ver las estrellas con todo lo que me iba a hacer, además de estar caliente por lo que me decía, el saber que estábamos en la calle que nos podían ver era muy excitante, saber que el en cualquier momento iba a meterme su verga era demasiado excitante.

    Después de otros calentones me volteo hacia la camioneta, puso mis manos en ella para que me recargara y me desabrochó el pantalón, al sentir su mano jugando con mi clítoris, sus dedos entrando y saliendo de mi vagina fue lo máximo, yo ya quería que me metiera su verga en ese instante quería que me hiciera suya ahí mismo en el suelo o recargada en la camioneta, para mí en ese momento solo era importante seguir sintiendo su mano… Sus dedos entrando y saliendo, irremediablemente me vine no aguante más y en ese glorioso momento se bajó a chupar de una forma salvaje y deliciosa todos los jugos, me siguió metiendo su lengua hasta que se dio cuenta que nuevamente me iba a venir fue en ese momento que de un movimiento brusco me volteo y me recargo en la camioneta, mi cara estaba pegada en uno de los laterales y antes de poder reaccionar ya tenía su verga adentro, era un monstruo, gruesa y grande la metió de una sola estocada salvaje hasta el fondo, sentí la gloria y empezó con su vaivén un delicioso mete saca que aaay, de verdad que no mintió al decirme que iba a ver las estrellas, eso fue lo más rico que había sentido en mi vida la excitación de pensar que nos verían, me hizo llegar al cielo 3 veces…

    Cuando me vine la última vez, le tome su gran verga y la metí hasta el fondo a mi boca chupe y lamí desde los huevos hasta la cabezota que me hizo gozar tanto, se vino en mi boca y parte de su leche cayó en mis tetas, terminamos y solo nos acomodamos para salir de atrás de la camioneta como si nada hubiera pasado.

    A partir de ese día ese pequeño lugar se volvió nuestro rinconcito del placer, nos seguimos cogiendo por más de 4 años atrás de esa camioneta hasta que el año pasado la quitaron de ahí, pero no hay problema buscaremos otro lugar al aire libre.

    Espero les haya gustado.

    Esta es una parte de todo los que hemos hecho…

    Seguiré escribiendo y espero disculpen si no está bien la redacción es mi primer relato

    Besos.

  • Seguía siendo infiel

    Seguía siendo infiel

    Estaba en un motel con una amiga, y bueno, al momento de salir, me he cruzado con mi ex, la cual está casada, y bueno, el acompañante con el que estaba, no era precisamente su esposo. Era obvia su cara de vergüenza mientras iba hacia el ascensor porque claramente me había reconocido.

    No pasó un día y comenzó a escribir que no fuera a contarle a nadie, ya que tenemos amistades en común, aparte ella había sido infiel conmigo (su actual esposo), por lo que era una situación complicada, le dije que era el colmo que fuera así, no tardó nada en decir que me pagaría por el secreto, que haría lo que fuera pero que no fuera a decir algo. Lo pensé un minuto y le propuse vernos en ese motel de nuevo, tener una última noche de sexo, a lo que accedió y acordamos el día del encuentro.

    Llegó bien vestida, como se lo había pedido, con su pantalón ajustado, botas largas y su blusa con escote, subimos a la habitación, le pedí que se quedará solo con las botas puestas y su ropa interior, que se arrodillara en el borde de la cama dándome la espalda. Procedí a vendar sus ojos, empecé a besar su cuello, murmurando a su oído que imaginara lo que quisiera, a pesar de todo, no quería que estuviera más incómoda de lo que ya estaba. Además, lo que venía iba a ser inusual o nuevo para ella.

    Seguí besando su cuello, su espalda y solté su brasier, dejando que cayera y descubriera sus senos los cuales en seguida comencé a agarrarlos, esos senos del tamaño justo para tus manos.

    Bajé una de mis manos para acercarme lentamente a su vagina, no sin antes pasar y sentir su plano abdomen, agarrar sus anchas caderas y agarrar con mucho deseo una de sus redondas y enormes nalgas.

    Comencé a frotar por encima de sus panties (de encaje rojo como me gusta), intensamente para que se fuera mojando poco a poco, notaba que tenía algo de prisa pero ya le había advertido que me iba a tomar mi tiempo.

    Después de sentir como se humedecía su ropa interior comencé a bajarla hasta sus rodillas, a lo que un breve hilo de sus fluidos se veía desprender desde su vagina a lo que decidí humedecer mis dedos sin introducirlos, solo pasé a su clítoris para frotarlo lentamente, mientras le decía que se dejara llevar y así poder escucharla teniendo su primer orgasmo.

    Efectivamente, después de un momento y seguir susurrando y alimentando sus fantasías sentí el temblor de sus piernas, sus intensos gemidos y sus jugos escurriendo por su vagina.

    Ya era el momento de la sorpresa, comencé a frotar su ano con mis dedos humedecidos por su vagina,, yo sabía que iba a oponerse pero le recordé que su otro agujero ya había sido usado por varios (me fue infiel y ahora fue infiel a su actual pareja), así que tomaría algo único para mí y que nadie más usaría.

    Le dije que iba a introducir un dedo para ver si estaba limpio su recto, por suerte lo estaba, aun así puse en sus manos la pera de goma con la que le hubiera hecho su enema para limpiar sus entrañas, también le dije que había llevado suficiente lubricante.

    Así arrodillada, le pedí que inclinará un poco sus caderas y nalgas hacia atrás, comencé a frotar su ano con los fluidos de su vagina y comencé a impregnar mi dedo índice con lubricante para introducirlo completamente, vi que entraba fácilmente así que lubrique un segundo dedo y los introduje lentamente mientras le preguntaba si le dolía o molestaba, solo me respondió que sentía era vergüenza pero que siguiera.

    Mis dedos entraban y salían una y otra vez de su ano (que cálido se sentía), decidí con la otra mano tocar suavemente su clítoris y de vez en cuando besaba su cuello para susurrarle el paso a seguir, que iba a introducir 3 dedos, mientras decía eso, separaba los dos dedos que estaban dentro de su ano para dilatar aún más su virgen agujero, a ella se le escapaban breves gemidos a medida que mis dedos jugaban allí.

    Apliqué lubricante en 3 dedos y comencé a introducirlos lentamente, mientras frotaba con más intensidad su clítoris, le pregunté si se sentía lista para mí pene, acercando una de sus manos a este, el cual estaba bien erecto y con su líquido pre seminal goteando, ella lo comenzó a frotar poniéndome más excitado.

    Acerqué lubricante a su mano para que dejara mi pene bien lubricado, luego le dije que apartara sus nalgas y así abrir más su bello ano, no pude evitar introducir dos dedos una vez más y separarlos para ver esa rosada abertura.

    Sin más preámbulos, acerqué mi pene a su ano, empujándolo poco a poco dentro de ella, sintiendo esa calidez y suavidad de su interior, con lo que poco a poco logré introducir todo, ella exclamó sorprendida al sentirlo todo dentro, besé su cuello y le dije que la felicitaba, que siguiera disfrutando.

    Empecé a sacar mi pene e introducirlo nuevamente, sin sacarlo completamente, fui poco a poco tomando ritmo y notando como ella acompañaba con cortos gemidos, decidí retomar tocando su clítoris, diciéndole que se dejara llevar.

    Mis penetraciones tomaban un poco más de velocidad hasta que ella me hizo una señal de mantener un ritmo, a su vez, decidió quitar mi mano de su clítoris diciendo que quería tratar de venirse sin esa ayuda (es multiorgásmica, así que podía ser posible). Efectivamente en poco tiempo volví a sentir sus intensos gemidos, el temblor de su cuerpo, luego esa corta pausa previa a un nuevo orgasmo.

    Seguí penetrando su ano, apliqué un poco de lubricante y aumenté un poco el ritmo, ella me pedía que terminara pronto porque tenía ganas de orinar, a lo que le recordé que debería dejarse llevar en esos momentos, con lo que empecé a frotar intensamente su clítoris mientras con la otra mano la acerqué a mi cuerpo, para que no pusiera resistencia, fue increíble, volvió a tener un orgasmo y tuvo su primer squirt, quede fascinado con ese acontecimiento me hizo excitar aún más y comencé a tener mi orgasmo, bombeando de semen sus palpitantes entrañas.

    Me detuve un momento, aun dejando mi pene dentro de ella, le quité la venda de sus ojos mientras le pregunté cómo se sentía, con voz temblorosa decía que se sentía a punto de desmayar. Le pregunté si definitivamente fue su primera vez por su ano y su primer squirt, con lo que me lo confirmaba asintiendo con un gesto pícaro.

    Ahí pasó el tiempo suficiente para el gran final, ella me pidió que sacará mi pene con cuidado para ir al baño y botar el semen en el inodoro, a lo que la abracé fuerte, relajé la tensión de mi pene y comencé a orinar dentro de su recto, ella quería quitarse pero le dije que sería más desagradable sacarlo así de repente, a regañadientes accedió a dejarse inundar sus entrañas mientras gemía (o balbuceaba) a medida que su vientre se iba inflando.

    Tiempo después terminé y ahora sí le dije que apretara su ano mientras sacaba mi pene lentamente, así salió, después ella respiraba profundo y miraba como bajarse de la cama, para ir al baño, caminó lentamente y notó que no iba a aguantar más, a duras penas alcanzó a quitarse su pantie para no mojarlo, mientras tanto se le escapó un chorro y luego se agachó en sentadilla para dejar salir todo.

    Así fue dejando un charco de orina y semen en el suelo, pensé que se iba a molestar, estaba preparado para una bofetada (de todos modos no la iba a volver a ver), aunque solo se quitó sus botas, me agarró del brazo y me dijo, «límpiame», fuimos a la ducha, nos bañamos, nos arreglamos y nos fuimos (ya que ella no podía tardar mucho para no levantar sospechas de su marido).

    Luego cada uno tomó un taxi por aparte y ahí fue todo, tiempo después recibí un mensaje de ella diciendo que no olvidaba ese momento, finalmente, corté todo contacto con ella, de todos modos la promesa era no volver a hacerlo.