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  • La hospitalidad del coño de mi cuñada

    La hospitalidad del coño de mi cuñada

    Eso sucedió hace un tiempo ya, en un momento donde la economía de la familia estaba algo difícil y necesitaba mejorar mi trabajo. Fue entonces cuando surgió una oportunidad de capacitación que me permitiría acceder a un puesto mejor y más estable, el único problema es que vivo en el pueblo y debía instalarme unos días en la ciudad para ello.

    Para no afectar innecesariamente la cuenta bancaria, con mi esposa decidimos que viajaría solo, ella se quedaría en el pueblo con los niños y además llamó a su hermana, que vivía en la ciudad para ver si podía quedarme en su apartamento durante esos días, la cual accedió gustosamente.

    Con Laura, mi cuñada, siempre nos llevamos muy bien aunque nos veíamos poco nos conocemos desde hace mucho tiempo. A diferencia de su hermana, mi esposa, que es más reservada, sedentaria y poco aventurera, ella es un espíritu libre, siempre viajando por el mundo, sin echar raíces, vive sola y no se ata a nadie.

    Salí entonces con casi nada de equipaje ya que sólo serían un par de días, una mochila con pocas cosas para andar cómodo por la ciudad y no interferir mucho con su vida. Y menos mal que no traje más cosas, porque cuando salí del aeropuerto ella me estaba esperando allí, con su tradicional postura llena de confianza, una sonrisa en el rostro y dos cascos colgando del brazo.

    ─Uf, por fin llegas, ya me aburría de esperarte. ─me dice de forma burlona cómo suele dirigirse a mí.

    Nos dimos un abrazo de colegas y le digo.

    ─Dime que le estás sosteniendo eso a alguien y que has venido en el coche.

    ─Ah vamos, no seas tan fastidioso, ese coche era una molestia con el tráfico que hay aquí así que lo he vendido y me compré esa maravilla.

    Señala una moto poderosa, impecable, aunque con un par de rayones que no me dan nada de confianza que combina a la perfección con su atuendo de jeans y chaqueta de cuero, abierta para mostrar su ajustada camiseta.

    Laura siempre fue una niña mona para mí, pensando que es mucho menor que mi esposa y unos diez años menor que yo, pero ahora que andaba por sus 25 ya parece más una mujer muy atractiva, con una hermosa cabellera larga y un cuerpo que atrae miradas a donde va.

    ─¿Y tú pueden conducir ese trasto sin problemas?

    ─Claro que si pesado… aunque nunca he ido con alguien tan panzón cómo tú, así que ponte el casco si te entra en la cabezota.

    ─¡Oye! Tampoco tanta panza, que me he estado cuidando. ─le replico siguiéndole la broma.

    ─Pues la verdad es que si estás algo más follable, que pena que tú y tu esposa sean tan mojigatos.

    Su comentario me coge con la guardia baja y no sé qué decirle, sé que bromea sólo para fastidiarme, pero de algún modo insertó la idea de verla de forma sexual y en un muy mal momento, porque acto seguido ambos nos subimos a la motocicleta, tomó la autopista y salió echando leches, pasando imprudentemente entre los demás vehículos a tal velocidad que la mochila me hacía irme para atrás, así que debía sujetarme con fuerza abrazándome a su cintura, pegando mi cuerpo contra ella que se acomodaba para acelerar y empujaba su culo entre mis piernas. Acostumbrado a la vida tranquila del pueblo la velocidad y el calor de su cuerpo eran excitantes, el sonido del motor no nos permitía hablar, pero nuestros cuerpos se comunicaban y fuera de mi control mi miembro se agrandaba contra ella. Sólo esperaba que no lo note o por lo menos que no lo mencionara.

    Llegamos a su apartamento, entra al estacionamiento sin mucho cuidado, entre pitadas de los demás coches, deja la moto en su sitio y se quita el casco haciendo volar su larga cabellera. Subimos al ascensor y marca el piso de su apartamento. Yo no sabía que decir, estaba tratando de despejar la mente un poco y bajar mi exaltación, entonces ella me mira y sin ningún pudor dice.

    ─Que interesante paquete tienes ahí ¡eh! No entiendo porque siempre vosotros dos vais tan amargados.

    ─¿¡Qué!? ¿Cómo… qué dices?

    ─Anda, tranquilízate, no pasa nada. Ya sé que este culito levanta pasiones. ─responde mientras se da un par de palmadas en las nalgas.

    La campana del ascensor antes de abrir la puerta me salva, salimos y ella se adelanta un poco por el pasillo, abre la puerta pasa y la deja abierta para mi. Vive en un apartamento pequeño, pero con una muy buena ubicación, en un piso muy alto con unas vistas impresionantes a un parque, una cocina pequeña separada sólo por una barra del resto de la sala y una sola habitación. Por suerte también un gran sofá en el medio de la sala, el cual señala al decir.

    ─Su cuarto está listo señor. Y por allí está el baño, puedes darte una ducha mientras te traigo unas mantas.

    ─Si, eso me vendría bien.

    Dejo mi mochila junto al sofá y me dirijo directo a la ducha. Mientras el agua cae por mi cuerpo no puedo dejar de pensar en la sensación que Laura me genera ahora, la verdad nunca antes lo había pensado pero por alguna razón hoy fue diferente y mientras pienso en su cuerpo apoyado contra el mío mi erección regresa. Pienso en relajarme un poco allí, mientras me enjabono el cuerpo rozo mi pene, de a poco lo voy tomando con firmeza y me dispongo a continuar cuando escucho que la puerta se abre.

    ─Oye, estás tardando mucho y debo hacer pipí.

    Sólo nos separa la mampara de vidrio, que completamente empañada sólo me permite atisbar su silueta y por fortuna ella no puede ver cómo estoy en este momento.

    ─Oh si… eh… disculpa, ya salgo, dame sólo un minuto.

    ─Quédate todo lo que gustes, como si fuera tu casa… Claro que también es mi casa, así que espero no te moleste que haga pipí mientras. Sólo no espíes.

    Noto que se baja la ropa y se sienta en el váter, escucho el sonido del agua, el depósito cuando lo vacía y luego cuando se lava las manos antes de salir. Finalmente no puedo terminar lo que había empezado, pero su presencia hace que me ponga a mil y siento cómo estoy cargado, así que debo tomarme unos minutos antes de poder salir del baño, ya que debemos compartir el espacio reducido y no quería que note mi excitación.

    Al salir ella estaba en la puerta, hablando con un fornido repartidor de pizzas que nos había traído la cena. Me mira salir con toalla del baño y noto que hacen algún comentario al respecto, ella hace un ademán negando y de inmediato él se va. Laura deja la pizza en la barra y saca dos cervezas de la nevera, las destapa antes que pueda negarme.

    ─Ven a cenar que se enfría la pizza.

    ─Si, me visto de inmediato.

    ─Ah vamos hombre, he visto más que eso en las idas a la playa. Ven a comer y luego te dejo vestirte tranquilo mientras me ducho yo.

    Comemos y bebemos poniéndonos al día, pero yo no estoy nada concentrado. Estar casi sin ropa frente junto a ella me excita aún más, incluso tratando de concentrarme en la charla. Ya con la segunda cerveza sale el tema del repartidor.

    ─Te tienes mucha confianza con el chico de las pizzas ¿no? ─Le pregunto.

    ─¿Tú lo has visto? Pff, es que ya de verlo me mojo. Ya lo he invitado a pasar más de una vez, pero hoy no quería incomodarte.

    Ya vengo incómodo desde que llegué, la bebida no ayuda, pero no puedo decirle eso.

    ─Que sepas que es tu culpa que me haya quedado con ganas. Ahora voy a estar toda libidinosa y lo único disponible aquí eres tú. Puaj.

    La charla toma un giro extraño y no me resisto a seguirla por ahí.

    ─¿No me dijiste antes que estoy más follable?

    ─Más follable que antes, que aún no es follable. Además, cuanto mucho el que le tiene ganas al otro aquí eres tú.

    Es cierto que en este momento le tengo unas ganas de morir y no puedo dejar de imaginarme tirarla sobre la barra.

    ─¿Ah si?

    ─Si, vamos ¿No quisieras probar el modelo más nuevo? Es como si tuvieras sexo con tu esposa hace 10 años.

    ─Pfff, si no se parecen ni un poco.

    ─En eso tienes razón. ─se aproxima y me acaricia el brazo─ Pero imagínate todas las cosas que te haría que ella no se atreve.

    La mente me vuela por los aires, una imagen detrás de otra pasa por mi cabeza y sin poder evitarlo la toalla se abulta demasiado. No respondo a tiempo y ella lo nota.

    ─Mmmm… veo que ya te las estás imaginando.

    Me pongo de pie algo avergonzado y me alejo un par de pasos hacia atrás de ella. En el traspié la toalla se afloja y cae al piso, por un momento me quedo helado, completamente desnudo, con la polla durísimo justo frente a ella. Abre los ojos enormes y se sonríe mientras me mira de arriba a abajo.

    ─Vaya, vaya. Al final estás más follable de lo que pensaba. ─me dice con un tono muy atrevido.

    Podría cubrirme ahora mismo, terminar con esto y sólo dejarlo en un episodio incómodo, pero ya he perdido el control y decido quedarme así, de seguirle el juego y tratar de que sea ella la que se acobarde. Porque sé que sólo me está fastidiando, así que me acerco el par de pasos que me había alejado.

    ─No sé si estarás a la altura de lo que estoy imaginando. ─le digo.

    Me vuelve a mirar de arriba a abajo, se muerde sensualmente el labio inferior y recorre mi falo desde la base a la punta con su índice.

    ─¿Me estás desafiando? La verdad es que siempre me dio curiosidad saber si eras bueno follando. ─pasa el dedo que me tocó por su lengua─ además ¿Qué problema hay si todo queda en familia?

    De pronto me empuja hacia la banqueta de la barra en la que estábamos cenando, se quita la camiseta y cómo era de esperarse ya no llevaba sujetador. Me recorre el torso con las dos manos mientras se agacha, dejando de pasada que mi polla pase entre sus tetas tan suaves y disfruta cómo me endurezco más. Ya no me puedo resistir, la dejo que siga bajando hasta que sus labios tocan mi falo, lo besa de arriba a abajo y vuelve a subir, me mira directo a los ojos mientras lo mete en su boca, hace maravillas con la lengua a la vez que succiona con fuerza. La cojo del cabello y acompaño el ritmo, sus manos acarician mis muslos, dejando mi verga sólo bajo el control de su boca que la hace saltar cada vez que la suelta para tomar aire.

    ─¿Esto era lo que te imaginabas? Seguro mi hermana no te la chupa así de bien.

    La tomo del cabello y le vuelvo a meter el pene en la boca. ─No pares. ─le digo entre gemidos de gusto.

    La hace entrar más profundo, desaparecer por completo. Siento cómo la hace entrar hasta su garganta y aumenta la intensidad. Pronto siento cómo estoy por llegar al final y le jalo un poco del cabello para que se quite, pero ella sólo me mira fijo y sigue con más fuerza, aún con sus manos a mi lado.

    ─Joder, salte que me vengo. ─le dijo jadeando.

    Ella sólo me mira, no se detiene y finalmente me corro en toda su boca. Un chorro tras otro sale dentro de ella y se agarra sin dejar escapar una gota. Me retuerzo mientras mi polla palpita entre sus labios y cuando siente que ha sacado todo se pone de pie, se inclina un poco hacia atrás recostándose contra la barra, me toma de la parte de atrás del cuello, me acerca para besarme metiendo su lengua dentro de mi boca y dejando que el semen chorree por las comisuras de nuestros labio y se rieguen por todas sus tetas.

    Nos quedamos así un momento y luego ella me dice al mostrarme sus pechos bañados en mi leche.

    ─¿Te parece que estoy a la altura?

    ─Debo reconocer que esto es nuevo.

    Desabotona su jean mientras la observo, baja la cremallera exponiendo sus bragas.

    ─Espero aún tengas energía, porque ahora te toca saciarme el coño.

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    Si este relato te ha gustado y deseas saber que pasa a continuación deja un comentario. Si hay suficientes publicaré la aún más candente segunda parte.

  • Sin tabú, mi primera vez

    Sin tabú, mi primera vez

    Quiero relatar cómo fue mi primera vez, pero ante todo escribiré algunas palabras que creo conveniente acentuar, yo ya bajé por esta página mi primer relato, por la categoría amor filial, lo cual no me siento muy orgulloso por lo que hice, pero en realidad pasó, fui muy débil, la debilidad por la carne y la lujuria me dominó por completo, cometí incesto, que es de índole social, e irrumpí en la armonía de la estructura familiar causando en mi sentimientos de culpabilidad, guardando un secreto que lo llevaré conmigo hasta la tumba, si se sabe por algún motivo sentiríamos un rechazo total, deteriorando los vínculos del grupo familiar y su ambiente social.

    Para todo el mundo las relaciones sexuales entre familiares muy cercanos, ha sido históricamente prohibido, censurado y es considerado una práctica inmoral e inaceptable, pero quedé asombrado como mi relato de amor filial (quiero que me hagas el amor) fue visto por más de 30.000 lectores en menos de 24 horas.

    Mi primera vez, en ese período era muy joven, diría como en mi segunda década lo recuerdo como si fuera ayer, en ese tiempo mis padres fueron a Colombia específicamente a Medellín, fueron invitados por unos amigos para conocer a esa hermosa región, estando ahí conocieron a otra familia que estaban económicamente muy mal, y para ayudar les ofrecieron trabajo a dos de sus hijas, como ellas no tenían educación universitaria ni tener un oficio, su trabajo fueron de mujeres de servicio del hogar, ya estando en mi patria una de ellas se va a trabajar en casa de unos amigos y la más joven se queda con nosotros, la recuerdo porque es una chica muy hermosa de 19 años de edad de nombre Marina, no era muy alta como 1.66, su piel blanca tostada por el sol, sus cabellos castaño claro muy ondulado, eso si sus caderas y trasero muy bien proporcionados con una cintura de avispa, sus pechos bien paraditos del tamaño de una toronja con sus pezones rosaditos, en unas vacaciones mi familia que vive en la capital y en centro occidente nos visitan, pasaran unos días con nosotros, en una de esas se reúnen todos mis primos y preparan una salida para la discoteca y se llevan a Marina de rumba, por consiguiente yo no fui, como todas las habitaciones estaban copadas yo preste mi habitación en un primer piso de la casa, el segundo esta semiacabado porque está en remodelación, pero había un cuarto donde se guardaban chécheres y tenía una gran cama matrimonial y decidí dormir ahí, después de la rumba regresaron todos mis primos y se anexaron otros primos, todos buscando en donde caer rendidos pero las camas se hicieron insuficientes, Marina presto su habitación y tubo la gran idea de ir a dormir al cuarto de chécheres, pero se le olvido que yo dormía ahí, en esa época yo exploraba mi cuerpo y me gustaba tener a Paco erecto, bueno Paco es mi pene así le digo, como la cama es grande yo solo ocupaba una orilla nada mas, ella sin querer enciende la luz y me despierta, serian como las tres de la madrugada, pidió disculpas, pero en fin era el único lugar en la casa para dormir y había espacio, más de media cama, ella estaría un poco picada por el licor pero no borracha, se le olvido traer alguna pijama, sin pena se quita su vestido quedando solo en ropa interior, uuy, mis ojos no quitaron la mirada sobre ella, verla casi desnuda hace que Paco se ponga alerta, ella apaga la luz y se acuesta en la otra orilla de la cama, pero como vivimos en un lugar donde en realidad hace frio por las madrugadas, se le olvido buscar una cobija, ella con frio me mira, yo tengo cobija pero es individual, para compartirla tendríamos que estar bien juntitos, yo para dormir solo uso una sudadera o franela como le decimos aquí, y el interior mas nada, que mas a dormir juntitos, su cuerpo se fue calentando junto al mío, al estar tan cerca siento su olor, no tan de buen gusto, su cabello olía a cigarro pero su cuerpo a una fragancia excitante, no podía controlar a Paco, estaba tan cerca de ella que podía oler sus feromonas, eso tendría a Paco alborotado, y sin poder evitarlo lo tenía bien parado y duro, pero me quede quietecito, no me moví para nada, ella trataba de dormir pero no sabía dónde colocar su brazo que está pegado junto a mí, y sin querer toca a Paco y su reacción fue quitar su mano rápidamente, pero de nuevo siento una mano, que comienza a explorar, tímidamente por arriba del interior desde mis bolas hasta la cabecita lo acaricia suavemente, ella me dice:

    Lo tienes bien parado y tieso.

    Y seguía haciéndolo, yo sentía un cosquilleo muy rico, cuando su mano entra en mi interior y lo saca apretando un poco subiendo y bajando

    Marina me dice, para tu tamaño lo tienes grande

    Yo soy un inexperto en lo que me está pasando, y le dije que me gusta lo que me hace

    Ella me dice, esto no es nada, ya veras

    Y de pronto baja su cabeza hasta donde se encuentra Paco, abre su boca y lo mete todo, siento como lo chupa y su lengua juega con mi glande, me está dando una gran mamada

    Me dice, te gusta papi

    Yo le digo totalmente excitado, siiii me gusta mucho sigue así

    Me dejaba llevar, ella tenía el control, Marina deja de chupar, aparta la cobija, y se monta sobre mí como un jinete, sin quitarse nada echa hacia un lado el orillo de su blúmer dejando su chocha despejada, se acomoda colocando a Paco a la entrada de su huequito, y bajando suavemente Paco se pierde entrando en ese vanito, no entraron las bolas fue de verga, lo tenía todo adentro, sentía su vagina bien caliente y húmeda, ella comienza una danza de caderas meneando en forma circular como una batidora, agarrando sus toronjas, vi su rostro con la lengua saboreando sus labios, con unos ojos entreabiertos y una respiración agitada, gimiendo de placer, yo comencé a sentir un gran placer me gusta lo que siento, respiraba agitadamente, son mis primeros momentos en el sexo, ella se mueve mucho más rápido y se da duro, yo no aguanto más y por mi novatada me corro soltando mi primer chorro de leche dentro de su vagina y segundos más tarde Marina termina en un gran espasmo, fue mi primera corrida, no me comí un virgo pero me desvirgaron. Quede en esa cama babeándome, no podía creer lo que me paso, vi a Paco flácido y dormido mojado por los jugos de Marina, ella se desploma a mi lado me mira a la cara y me da mi primer beso con un pequeño aliento a licor, y me dijo

    ¿Te gusto lo que te hice?

    Le conteste, ni te lo imaginas

    Ahora tengo mucho sueño hablamos más tarde, exclamo ella

    Se dio media vuelta, se arropo y se quedo dormida

    Yo al contrario, no pegue un ojo hasta el amanecer

    Ella durmió unas pocas horas ya había amanecido, se levanto primero que todos, agarro su vestido se lo coloco y salió de la habitación pero sin antes decirme que si quería podríamos hacerlo las veces que yo quisiera, mi cara se vio como niño que le dan un regalo de sorpresa, y le dije claro que sí, lo quiero hacer muchas veces mas, eso estuvo de lujo, que verga tan buena.

    De aquí en adelante siempre conseguimos un hueco entre nuestros horarios, digamos entre mi familia porque ella siempre estaba en casa, mi horario de clases me dejaba algunas horas por la mañana, los martes, y cada dos semanas una mañana libre los jueves mis padres y hermanos en su horario siempre fue full por la mañana por las tardes todos estábamos libres excepto mi padre que trabaja todo el día, ese primer martes lo espere con ansias, el lunes me costo conciliar el sueño esperando que amaneciera rápido, llegada la mañana mamá a su trabajo, mis hermanos a la escuela y mi padre a su oficina, solo quedamos nosotros dos, solo tenía dos horas antes de irme, tiempo suficiente para un polvo, me toma de la mano y me dice

    Vamos papito que nos toca consentirnos, hoy mandas tú

    Nos dirigimos a su habitación, la muy zorra se desnuda completamente y me dice soy toda tuya, quiero que me hagas tu reina, yo aun vestido babeaba mirándola, sus tetas bien paraditas sus nalgas redondeadas y bien rellenitas con caderas grandes y su cintura de avispa, no sabía qué hacer, no tengo experiencia para iniciar una relación sexual, es mi primera vez que la veo totalmente desnuda, la primera vez fue con la luz apagada y ella no se quito su ropa interior ahora esta como dios la trajo al mundo, ella me dice empieza papito, caliéntame, toca mis tetas, ven yo te llevo, me comenzó a desnudar, quito mi camisa y pego sus ardores a mi pecho, uuy que sensación más rica Paco comienza a despertar, nos miramos y comenzamos a besarnos, primero con piquitos, chupada de labios, metida de lengua hasta convertirse en besos apasionados, Paco se encumbro, y se puso tan espigado y rígido que ninguna motor-sierra podría tumbarlo, mis manos por inercia comenzaron a tocar esas toronjas bien gallardas con sus pezones bien paraditos, ella me dijo chúpalas son todas tuyas, y como niño chiquito comencé a chupárselas metiendo sus botones a mi boca embuchando todo lo que podía glotonamente succionándolas hasta dejar sus picachos bien paraditos, mientras ella desbrochaba mi pantalón y de un zarpazo agarra a Paco y lo saca de mi íntimo por la bragueta, se agacha abre su boca y se embucha a Paco, con la mano que sostiene mi pene dirige una orquesta, aprieta, retuerce, va hacia abajo y arriba como si estuviera masturbándome, sin sacarlo de su boca, uf que gran mamada estoy recibiendo, si sigue así me corro en su boca, ella se levanta busca mi boca y me vuelve a besar, a Paco no lo tumba nadie, me toma de la mano y me lleva hacia la cama, ella se acuesta abre sus piernas y muestra ese gran resquicio, con su dedo índice estimula su clítoris, yo de curioso estire mi mano y acaricie su chocha, figure con mis dedos esos labios inferiores, ella toma mi mano y la dirige hacia su clítoris, esa pepita la tenia bien paradita, y me pidió que se la chupara, y aquí me inicie en mi primer sexo oral, porque desde que me lo pidió introduje mi cabeza entre sus piernas abrí mi boca saque la lengua y en un abrir y cerrar de ojo tenía ese clítoris en mi boca, ella con sus manos agarro mi cabeza y no me dejaba salir de entre sus piernas, esa mamada fue grande, ella se arqueaba y gimoteaba hasta que la deje bien mojada, me suelta y puedo sacar mi cabeza, ella adopta la posición del perrito, esas nalgas están bien ricas, las toco y están bien duritas, las acaricio con mis manos de norte a sur y de este a oeste, ella me dice deja de tocar y penétrame lo quiero tener adentro, me acomodo atrás de ella, con mi mano derecha aferro a Paco, y comienzo a buscar su vanidosita, claro un poco inhábil y sin mirar no la encontré a la primera pero eso sí, le eche una restregada con Paco por toda su rajita, ella con su mano entre sus piernas me da un poco de ayudita, lo agarra y lo pone justo en la entrada, y de una lance le di un empellón metiéndolo todo sin dejar nada afuera, de ella solo pude escuchar solo un, yai umm uf, ese calor que emana la vagina es una sensación que me gusta sentir y al tenerlo todo adentro no lo quería sacar y por un instante lo deje ahí para sentirlo, cuando escucho su voz diciendo menéelo y sorpréndeme, con mis manos me aferro a sus nalgas y con el mete y saca Paco rosa todas sus paredes vaginales, yo aumento el ritmo y ella comienza a gemir y clama para que le dé más duro, mi respiración esta agitada y mi ritmo no para, Marina dobla sus brazos y se entierra sobre su almohada, le doy duro para apresurar correrme, pero no sucede aun, Marina al contrario, sin avisar se tiro un gran orgasmo lleno de espasmos y estremecimientos, afloja sus piernas y cae rendida en el colchón, Paco se sale porque quede arrodillado y ella tendida, Marina da media vuelta y se coloca boca arriba, abre sus piernas y me dice ven acércate y móntate sobre mí, agarra a Paco que sigue garboso y riguroso y me lleva sobre ella lo coloca en la entrada de su vanito y al sentir ese calor vaginal de un empujón Paco se sumerge de nuevo hasta llegar al fondo, ella se mueve de tal forma que siento que Paco es doblado dentro de ese boquete, embestí lo más duro que pude, solo penetración profunda, me aferre de sus nalgas para no despegarme, Paco ya está a reventar, este soplo antes de la eyaculación es lo mejor del acto sexual, debería durar más tiempo pero solo es un instante y en un santiamén me tiro la corrida de mi vida llenando de semen el interior de esa gran vagina, no paraba de escupir leche, Marina se engancha a mí y no deja que lo saque, Paco deja adentro hasta la última gota que pudo salir.

    Magnifica mañana de un martes, lo hice como si fuera mi primera vez, recuerdo todo este momento, Marina me cogió mi primera vez ahora yo la cogí por primera vez.

    Así llego el jueves, y luego el martes, fueron revolcones uno tras otro, Marina fue una gran maestra para mí, lo que aprendí se lo debo a ella, pero nada es eterno, un fin de semana me fui con mi abuelo para ayudarlo en la finca y cuando regrese a la casa Marina ya no estaba, se había ido, le pregunte a mi madre del porque se fue y solo me dijo que le pico un bicho de querer irse y no la pudimos detener, no se tuvo más contacto con ella, así como llego se fue, para mí fue un desconsuelo, Paco y yo fuimos abandonados, ya no tenemos huequito donde gozar, me acostumbre a su olor, su voz, mirar su cuerpo bien rico, tocarlo, besarlo y penetrarlo, y sobre todo su boca colmada de Paco.

    En esta época ella debe tener 41 años, pero entre tierra y mar no hay nada oculto, y después de 20 años, en una visita para los pueblos del sur, comerciando unos toretes, entre en una tienda donde venden productos agrícolas, para sorpresa mía, la vi, era ella Marina, hermosa como siempre pero con unos kilitos de mas, ella y su esposo son dueños de la comercial, me ve y queda pasmada, no tenía a donde huir y no tuvo remedio que enfrentarme, cambia su rostro y da su mejor sonrisa, nos saludamos con un beso en la mejilla pero muy cerca de los labios, pregunto qué hace por estos lares y le comente lo que hacía, no me atreví a preguntar el porqué desapareció por mucho tiempo sin saber nada de ella, ya no me interesaba, eso quedo atrás, pero ella tenía que decirlo, y decidió contar la verdad, para mí fue cruda, para ella era la única opción, todo ese semen que deposite en su vagina durante muchos actos sexuales apasionados, si recuerdo ninguno lo eche afuera, dio su fruto y fertilizo esa semilla que lleva adentro, Marina salió preñada de mi, cuando salió de casa de mis padres se dirigió al terminal de pasajeros su plan era regresar a Colombia a su casa con su vientre lleno de huesitos, sentada en una banca de espera conoció a un par de ancianos que esperaban transporte para estos pueblos, la vieron desconsolada, ella desahogo su tristeza y preocupación a los viejos y les dijo que estaba preñada y que no tenía a donde ir, para suerte de ella estos ancianos le ofrecieron ayudarla y tomo rumbo junto con ellos, estos abuelos tenían un nieto tres años mayor que ella que cuidaba de los abuelos, era como su hijo, ella da a luz, y se casa con el nieto, ahora, ese muchacho asume a mi hijo como su hijo y le da su apellido, y tienen tres hijas mas, de las cuales dos son gemelas, Según Marina ese muchacho es el orgullo del padre de crianza, me dejo con los brazos cruzados no podía irrumpir en esta familia y decidí dejar las cosas así, en ese momento entra mi hijo o mejor dicho el hijo de Marina, joven buenmozo parecido a su padre y me lo presenta, muy cordial saluda con un apretón de mano y se retira, ya era tiempo de retirarme y me despido, estoy lejos de casa, curando en ese momento ella me agarra de la mano acerca su boca a mi oído y me dice

    ¿Sabes qué extraño de ti?

    Le conteste, no lo se

    Ella me respondió, a Paco, metió su lengua en mi oído, me dio un beso en la mejilla, me dejo su número telefónico, diciendo cuando quieras me llamas, dio media vuelta y se retiro. Yo sin mirar atrás monte en mi vehículo y me aferre a ese número, para ser sincero quisiera volver a meter a Paco en su vanito ella removió el pasado y me trajo recuerdo de esa primera vez.

    Tiempo después nos reunimos, me invito a su casa, lo que paso lo contare en otro relato, este ya está muy largo y no quiero aburrir.

    Autor: cayorouz

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  • Memorias de África (IV)

    Memorias de África (IV)

    Al día siguiente cuando me desperté, no podía moverme. Me dolía la espalda, me escocían las nalgas, tenía el sexo pringoso a pesar de las lavativas de las muchachas. Me quedé pensando en qué tipo de tortura me vería hoy. No quise salir de mi refugio, y a intervalos venían algunas mujeres a verme.

    Me traían comida, agua, y me hacían orinar apretándome el vientre como hizo la vieja aquella el primer día. Me vestían al amanecer y me desnudaban por la tarde. Creo que estuve dos días sin salir de mi refugio. Uno de los días, mientras Aifon y otras chicas me lavaban, apareció uno de los hombres. A éste no le conocía y se quedó en la puerta mirando. Era alto, musculoso, tenía un cuerpo muy bien definido, una cara redonda y una nariz chata. Por un momento se me pareció a ese Dios de ébano que todas las mujeres hemos imaginado en nuestros sueños eróticos. Llevaba el mismo tipo de taparrabos que el resto, y una especie de cuerda a modo de bandolera cruzándole el cuerpo. No dijo nada, simplemente se limitó a mirarme y a observarme mientras me lavaban.

    -¿Y a ti cómo te llamo hijo? Te llamaré Samsung. Eres grande, fuerte y joven, como los últimos modelos de ese fabricante de teléfonos -le dije mientras le miraba-. Joder María, todavía te quedan ganas de hacer chistes.

    Una tarde ya me cansé de estar recluida. Me puse los shorts y la camiseta y salí de la cabaña. Pude ver con la luz del día esa especie de plaza que hacía unas noches vi a la luz de una hoguera. La plaza donde me habían azotado y follado. La plaza donde me había corrido delante de un grupo de salvajes desconocidos con una desinhibición total. El bosque que nos rodeaba era frondoso, de un verde intenso. En un claro pude ver unas montañas, pero no reconocí el sitio. ¿Dónde demonios estaba?, ¿quiénes eran aquellos salvajes?, ¿qué querían de mí?, ¿me estarían buscando?… Hacía calor, un calor húmedo, pero que no era desagradable. Ninguno de la tribu me dijo nada, nadie me impidió moverme a mis anchas por el poblado. Me miraban pero no me prestaban atención. Cada uno a lo suyo, unos preparando la hoguera para la noche, los niños jugando, los jóvenes entre ellos hablando… A lo lejos reconocí a Aifon y al chico joven de la otra noche. Estaban desnudos y parecían venir de algún sitio de la selva. Traían hojas de plataneras y helechos. ”Cabrón, el otro día me follaste y hoy ni me miras” me dije.

    Si tengo que ser sincera, la visión de los cuerpos desnudos de Aifon, el muchacho que la acompañaba y de otros, me excitó. No me dio vergüenza ninguna. Miraba sus culos, el sexo de las chicas y las pollas de los chicos, sus cuerpos definidos y atléticos…

    Algunos me miraban y luego volvían a sus quehaceres. Caminando llegué hasta el borde de la aldea y empezaba la espesura de la selva. Nadie me siguió ni nadie me impidió que siguiera avanzando. No sé qué es peor, que te maltraten o que no te hagan ni caso y te ignoren. Volví a la choza y me tumbé en el camastro. Me despertaron al entrar y mi reacción fue taparme con las manos los pechos y el sexo sin darme cuenta que estaba vestida.

    Entre las mujeres reconocí a Aifon que se acercó a mí, y me levantó cogiéndome de las manos. Esta vez los movimientos eran pausados y acompañados de una sonrisa. Me desnudaron, pero esta vez no sentí vergüenza. Me sacaron de la cabaña y me llevaron hasta donde estaba el jodido potro. Me resistí, pero Aifon tiró de mí con esa sonrisa, que no sabía si era de amistad y confianza o de sátira. Estaba temblando y Aifon discutió con algunas mujeres y algunos hombres.

    Me cogió nuevamente de la mano y me llevó a otra parte del poblado, junto a la cabaña más grande que vi el primer día que salí. Había un extraño aparato hecho con ramas y hojas. Era como una cama de hospital, alta, pero con el respaldo más corto que las camas normales. La tapizaron con helechos y musgo como el que usaban para lavarme. No supe de qué iba aquello, pero como un corderito y sumisa, me tumbé boca abajo en esa cama como lo hice días atrás en el potro. Al ver que ya actuaba motu propio, todos se echaron a reír y me ayudaron a ponerme boca arriba. Me di cuenta de que en esa posición la cabeza y el tórax quedan más bajos que las caderas, dejando la vagina y la entrada del culo en una posición más elevada.

    En esa postura podía ver mejor a mi alrededor, pero me costaba ver mi cuerpo, sobre todo el vientre, ya que para poder verlo, debía subir la cabeza y eso me forzaba los músculos del cuello. Me abrieron los brazos y me los ataron a las esquinas superiores del camastro, pero Aifon dijo algo en su lengua. Como si estuviera segura de que mis intenciones no eran las de escaparme, me desató, llamó a otras tres chicas jóvenes del grupo y sentándose en el borde la cama, me sujetaron suavemente por los tobillos y las muñecas.

    Cuando estuve bien sujeta, se fue y al rato volvió con una calabaza llena de agua, musgo y no sé qué ungüentos que olían a hierba. Se subió a la cama y se arrodilló entre mis piernas. Pude ver su cara, sus hombros y sus pechos, que a la luz del día tengo que reconocer que estaban estupendos. Giró su cabeza y me pareció que les echó una bronca a los hombres que no dejaban de mirar, y éstos se alejaron, quedando allí las cuatro chicas que estaban en la cama, las cuales me habían soltado, Aifon de rodillas entre mis piernas, algunas mujeres más y yo. Con los dedos me pellizcó sumamente el clítoris y me masajeó la vagina mientras con un objeto que al principio no adiviné lo que era, pero que días más tarde pude comprobar que era la concha de un marisco, lo pasó por los labios de mi sexo.

    Me asusté y por instinto me contraje y me puse muy tensa, pero las chicas que me rodeaban me volvieron a sujetar por los tobillos y las muñecas. No entendía que demonios quería hacerme, una vez que consiguieron mantenerme quieta, me volvió a masajear la vagina y a pellizcarme el clítoris. Otra vez el frio de esa especie de cuchilla en los labios de mi sexo y en las ingles. Comprendí que lo que Aifon estaba haciéndome era simplemente depilándome el poco vello que me había crecido desde la última vez que pasé por el centro de belleza. Pelo a pelo, me depiló todo el pubis, los labios de la vagina, y ahora se dedicaba a inspeccionar y rematar su obra. Las dos chicas que estaban a mis pies me levantaron las piernas, doblaron las rodillas y me las pegaron al pecho. Aifon ya iba a por nota y no lo dejó hasta estar segura de que cualquier vello había sido extirpado. Esa sensación de abandono, de ser una simple muñeca a la vista de cualquiera, me volvió a inundar. No lloré, pero casi. Aifon inspeccionó las axilas, pero ahí el láser ya se le había adelantado, así que no tenía donde rascar.

    Me soltaron y Aifon se quedó sentada de rodillas entre mis piernas, sin dejar de mirarme y sonreír. Una de las chicas me masajeó el sexo y el culo con una especie de bálsamo que había traído Aifon junto con el agua y aquél horrible instrumento depilatorio. Sentí un cierto frescor y alivio, ya que me escocía mucho toda aquella zona. Las mujeres más viejas asentían con la cabeza una vez que vieron el resultado de la operación, los hombres murmuraban entre ellos, pero Aifon me cogió de la mano, hizo un aspaviento con la mano libre para alejar a los hombres, y me llevó hasta mi choza.

    Durante buena parte de la noche oí grupos de hombres venir hasta mi choza, pero Aifon y una de sus compañeras, los espantaban de allí con voz suave. De puro cansancio me quedé dormida. Antes de quedarme dormida caí en la cuenta de que había perdido la noción del tiempo, no sabía ya cuántos días llevaba allí, me sobresaltó pensar en mis amigos, en mi familia, en la gente de la oficina de Acra. Había tenido mi cabeza tan ocupada con las cosas que me pasaban, que yo me había olvidado de ellos.

  • Ainhoa, la policía local (II)

    Ainhoa, la policía local (II)

    Había llegado a casa y después de dos días, Ainhoa no daba señales de vida. Miraba una y otra vez el whatsapp, nada, ni tan siquiera aparecía como leído el mensaje que le había enviado. Le llamé en varias ocasiones; siempre el maldito buzón con su voz: “Deja tu mensaje y te llamaré en cuanto pueda, besos”. Adoraba su voz, pero también la odiaba. No soportaba su frialdad.

    Era domingo, habíamos tenido nuestra primera ración de sexo el día anterior. Todavía recordaba el frio metal en mis muñecas, la novedosa y excitante sensación de sentirme a su merced mientras follábamos. En aquel momento empecé a vislumbrar como era, sin saber dónde me estaba metiendo, pero para mí desgracia, cuando lo descubrí, ya era tarde, estaba atrapado en su telaraña.

    Ainhoa era una mujer excitante en todos los sentidos, vivía el sexo sin tabúes, de forma apasionada y libre, con un ansia devoradora. Lo mismo le daba que fuera carne o pescado y si podía ser un kilo en lugar de cien gramos, mejor. También con egoísmo, su necesidad de satisfacción no conocía límites. Todo se supeditaba a ella, a su mundo, un mundo muy particular y construido para que nadie penetrase más allá de las barreras que había fijado. Podías pasar una primera línea, pero la segunda estaba construida a prueba de bombas.

    Suena el teléfono y veo su número.

    -¡Muy buenos días Ainhoa!

    -Hola Fernando, ¿cómo estás?, ¿te gustó ayer, verdad?

    -Ya te dije que me encantó. No conocía esas sensaciones y más, contigo.

    -¿Conmigo? Fernando, a veces eres un poco pueril, pero ya te convertiré en un hombre. Te queda mucho que aprender.

    Joder con Ainhoa, siempre dominando e incluso humillando. Ese fue mi primer aviso, sobre lo que me esperaba.

    -Fernando, este fin de semana estoy sola. Vamos a ir a la ciudad, quiero que conozcas algo. Seguro que te va a sorprender.

    -Si me dices, te digo si me sorprenderá.

    -No, ya lo verás. Es una sorpresa.

    -Fernando, iremos en mi coche. ¿Dónde te recojo?

    -Me acercaré hasta tu casa y dejaré el coche allí.

    -Perfecto, hasta las 22.00 entonces, y mientras tanto, no seas malo…

    -¿Malo yo? Si soy un pedazo de pan, jajaja.

    Pensé una excusa para escaparme durante toda la noche y sin saber a qué hora volvería. Tiré mano del socorrido cliente que había venido unos días a ver la ciudad y con el que tenía que cenar y llevarlo a tomar unas copas. Todo sea por el negocio.

    Llegue a la hora, con puntualidad británica. Llamé al timbre y en un momento bajó de su casa.

    Me quedé impresionado. Era la primera vez que la veía maquillada, con su corto pelo negro engominado y sus gruesos labios, de rojo carmín, que pedían a gritos ser mordidos. Llevaba un vestido de seda rojo a la altura de media pierna, que conforme andaba marcaba la silueta de su cuerpo, con la espalda descubierta y sin sujetador. De sus pequeños pechos sobresalían sus pezones, creando un provocador relieve en su vestido. Su piernas morenas y musculosas resaltaban con el color rojo. Sus zapatos negros de tacón alto, completaban su conjunto. Iba vestida para matar.

    -¡Ainhoa estás impresionante!, ¡guapísima! No sé si podré aguantarme. ¿A dónde vamos? No iremos a una fiesta y no me he enterado?

    -Bueno, puede decirse que es una especie de fiesta. Pero todo a su debido tiempo.

    Yo, con un estilo más casual -americana de algodón ligero, camisa blanca, tejanos y zapatos negros-ante aquella abrumadora belleza me sentía en inferioridad de condiciones para ir a ese tipo de fiesta que me decía.

    Subimos a su coche, un todoterreno Toyota que ya tenía unos años y al que por le hacía falta una limpieza en su interior.

    Se puso al volante e iniciamos el viaje hacia la ciudad, nos quedaba una hora y media de autopista.

    Me costaba dejar de mirar sus preciosas y tentadoras piernas. La tela suave y sedosa se acoplaba como una segunda piel, muy cerca de sus ingles. Mi miembro estaba empalmándose de excitación, mientras ella lo miraba de reojo, de vez en cuando, esbozando una leve sonrisa, mientras conducía en silencio. No le gustaba hablar conduciendo -esta era una de sus reglas-.

    No me pude aguantar. Alargué mi mano posándola sobre su suave pierna, mientras ella no dejaba de mirar al frente, conduciendo, como si no la tuviera encima. Acerqué mi mano hacia su cálida entrepierna, bajo la suavidad de su falda, acariciando su sexo por encima de sus bragas. Sus ojos se entornaron, suspirando suave y lentamente. Aparté con mis dedos el tejido, introduciéndolos dentro de su sexo, notando su calor y humedad. Mis dedos se desplazaban en su interior con fluidez, hacia el interior de su vagina, iniciando un suave movimiento de entrada y salida. Sus gemidos eran más fuertes, removiéndose de su asiento, mordiéndose el labio inferior. Mis dedos iniciaron un movimiento más rápido y frenético, acompasado con el movimiento de su cuerpo y sus gemidos cada vez más fuertes. Su cuerpo realizó unos movimientos de contracción, con pequeños espasmos. Mis dedos notaron un mayor flujo, empapándolos. Tal como íbamos por la autopista, dio un pequeño volantazo, que nos hizo cambiar de carril, aunque rápidamente tomó el control. Nuestras caras pasaron del rojo al blanco en un momento.

    -¡Fernando, contrólate que casi nos la damos!

    -Ainhoa, eres una provocadora, con esa falda y esas piernas…

    -Si, si, pero contrólate, ya tendremos tiempo.

    Seguimos el resto del trayecto en silencio, escuchando la música de la radio.

    Entramos en la ciudad. Rápidamente nos situamos en la zona alta de la misma y aparcamos.

    -Ya hemos llegado, aquí es.

    -¿Vamos a una fiesta?

    -Sí que es una fiesta. Es un local de parejas, de intercambios. ¿Has estado alguna vez en alguno?

    -No, es la primera vez. He oído hablar de ellos pero nunca se había presentado la ocasión. También he de decirte que me da un poco de respeto.

    -Me lo suponía. No te preocupes, Fernando, tú déjame a mí.

    Era un edificio con varias plantas, rodeado de vegetación, parecía una torre residencial particular. Al entrar nos atendió una mujer joven, morena, esbelta y guapísima.

    -¡Ainhoa! ¿Qué tal? Me alegro mucho de verte. Hace tiempo que no te veía. Siempre eres bienvenida. Veo que vienes bien acompañada.

    -Sí, es Fernando.

    -Encantada Fernando, yo soy Silvia. Pasad y como si estuvierais en vuestra casa.

    -Encantado Silvia, le dije.

    Me sorprendió la acogida, muy cercana y familiar. Los primeros temores y recelos empezaron a desaparecer. Me encontraba a gusto.

    Pagamos nuestras entradas y pedimos unas bebidas en la barra de un pequeño bar, entrando a la derecha.

    El local estaba decorado con muy buen gusto. Madera en las paredes, suelo de parquet tropical, sillones blancos de piel, taburetes tapizados en piel, también blancos. Ainhoa tenía buen gusto.

    Aunque todavía era pronto, había algunas parejas distribuidas en esta especie de hall de la primera planta. Un par distribuidas en los grandes sillones de piel, que casi parecían sofás, y otra en la barra semicircular.

    En seguida Ainhoa se fijó en la pareja que teníamos al lado en la barra. Era una pareja de color. El, alto y fuerte. Ella, un poco más baja y esbelta. Los dos formaban un hermoso tándem.

    Ainhoa, en voz baja y acerándose a mi oreja:

    -Mira Fernando, que pedazo de negro.

    -Sí, no está mal, pero a mí ella me gusta más.

    Ainhoa que no se cortaba un pelo, se aproximó a ellos:

    -Hola, ¿cómo estáis?, somos Ainhoa y Fernando.

    Empezamos a entablar conversación. Eran simpáticos y muy sencillos. He de reconocer que sí, que él era un hombre imponente, de esos que encantan a las mujeres. Alto, musculoso, ojos negros y penetrantes y gran sonrisa que mostraba unos dientes blanquísimos. Ella tampoco se quedaba atrás, era guapa, con ojos negros, pelo afro-rizado y corto, labios carnosos, pechos abundantes, caderas marcadas y largas piernas bajo su vestido floral vaporoso.

    Nos pusimos al día, y en un momento nos contaron su vida.

    Los dos eran cubanos y llevaban un tiempo viviendo en la ciudad. Debían de tener unos cuarenta y pocos años. No estaban casados pero eran pareja desde que se conocieron en España. Él se llamaba Roberto y había sido boxeador en Cuba, llegando a ganar campeonatos de su país, tiempo atrás. Ahora trabajaba en un restaurante como camarero. Había tenido que cerrar el propio por el año de la pandemia. Ella,  Ana María, había sido bailarina en su país y desde que vino a España, trabajaba de profesora de danza moderna en una academia.

    Teníamos muy buen feeling. Parecía que Ainhoa y Roberto, habían conectado, porque no dejaban de lanzarse miradas cómplices. O más bien era Ainhoa quién las enviaba y Roberto las recogía y devolvía, a la vez que le daba un repaso a su cuerpo bajo su provocador vestido rojo.

    Con Ana María, tuve, también, buena sintonía, pero tampoco le ponía mucho empeño, a mí la que de verdad me interesaba era Ainhoa y al ver cómo miraba a Roberto, algo dentro de mí se encendía. No tenía muy claro si en algún momento quería compartir a Ainhoa con nadie, sin embargo ella se encontraba como pez en el agua.

    Después de un rato de conversación, Ainhoa me cogió de la mano y les trasladó un, nos vemos luego, con un guiño a Roberto.

    Me enseñó el local que parecía conocer muy bien. En el piso superior tenían una pequeña sala de cine, un cuarto oscuro y salas con camas gigantes. También jacuzzi, piscina e incluso terraza con un jardín. Estaba asombrado, parecía un hotel de lujo, pero sin habitaciones. En la última planta, estaban los lavabos, taquillas para cambiarse de ropa e incluso una especie de discoteca con taburetes, mesas y luces tenues azuladas que creaban un espacio íntimo.

    Nos quedamos en la terraza, donde había unas cuantas parejas, aunque pocas, y pedimos otra bebida. Hicimos amistad con un matrimonio sevillano que se encontraba de vacaciones en la ciudad. Un matrimonio muy simpático y dicharachero. El marido no dejaba de mirar las piernas de Ainhoa como si las estuviera radiografiando, también hay que decir que era médico. Su mujer tonteaba conmigo y de vez en cuando me dirigía alguna mirada libidinosa hacia mi paquete. La noche prometía, no sería por falta de oportunidades.

    Después de una hora, Ainhoa me volvió a coger de la mano, nos despedimos del matrimonio, y nos fuimos a la última planta, donde estaban las taquillas. Allí, nos cambiamos de ropa, quedándonos en albornoz y zapatillas, sin nada debajo. El local se había ido llenando de gente, aunque todavía debía estar a mitad de su capacidad. Había bastante ambiente. Aprovechamos para echar un vistazo a la sala discoteca, donde varias parejas bailaban. Dos chicas se estaban besando apasionadamente mientras bailaban lentamente y en un extremo había una chica joven metiéndose el pene erecto, de lo que supuse sería su pareja, en la boca, lamiéndolo como si no hubiera un mañana. Esta visión me puso a mil y empezó a sobresalir un bulto de la parte baja de mi albornoz.

    Ainhoa, miraba mi bulto y con una sonrisa sibilina, volvió a cogerme de la mano:

    -Ven Fernando, esto te va a gustar.

    Me llevó hacia otra sala, dentro de la misma planta, dónde estaban varias camas grandes y juntas, con sofás a su alrededor y luz tenue. En la sala y en una de las camas, una pareja follaba mientras en los sofás otras dos parejas los miraban y se acariciaban. Una de las parejas en los sofás era Roberto y Ana María. Se habían despojado de sus respectivos albornoces, estaban desnudos, acariciándose y mirando a la pareja de las camas. Sus cuerpos eran espectaculares. Roberto tenía un pene que quitaba el hipo y que no pasó desapercibido para Ainhoa.

    Nos sentamos al a lado de ellos, el sofá era espacioso. Nos  despojamos de nuestros albornoces, quedándonos desnudos. Comenzamos a besarnos y acariciarnos. Ainhoa me acariciaba el pene, totalmente erecto y yo sus pechos, mientras mirábamos a la pareja de las camas.

    Ainhoa volvió a coger mi mano, arrastrándome suavemente, hacia la zona de exhibición, hacia las camas.  Zona a la que me dirigía con mi pene como un mástil. Nos situamos cerca de la pareja, que disfrutaba de su exhibición ante los demás.

    Aunque me daba vergüenza sentirme observado por otros mientras estaba allí con Ainhoa, intenté no pensar mucho en ello y me dejé llevar.

    Nos tumbamos en la cama. Ainhoa en posición horizontal, yo al lado de ella. Comencé a besarle los pechos y  sus deliciosos pezones erectos, mientras con la mano le masajeaba la vulva y sus labios externos, notando ya la humedad que comenzaba a emanar del interior de su sexo. Se dejaba hacer, en un papel más sumiso del que imaginaba. Tumbada como estaba, cogió mi duro miembro con su mano, desplazándola suavemente a lo largo de él, agarrándolo y masajeándolo muy suavemente, mientras miraba a Roberto y Ana María, sentados en el sofá, acariciándose y mirándonos.

    La desplacé sobre sí misma, colocándola en posición lateral en dirección a Roberto y Ana María, pegándome a su cuerpo. De espaldas a mí, comencé a masajear suavemente sus pechos e introduje mi pene en su entrepierna, restregándolo por sus labios externos, mientras estos se abrían y lo recogían, besándolo a lo largo de su tronco. Con su mano, tocaba mi glande, apretándolo contra su clítoris. Su cuerpo comenzó a estremecerse.

    En ese momento, se levantaron Roberto y Ana María. Se dirigieron hacia nosotros, sentándose a nuestro lado. Roberto al lado de la cara de Ainhoa, con su enorme y tieso pene a escasos centímetros de su cara y Ana María al lado de mi culo. Roberto acarició suavemente a Ainhoa, sobre su hombro, como pidiéndole permiso, y Ana María también tocó mi culo. Entendieron que podían pasar a la acción.

    Ainhoa, comenzó a besar su oscuro capullo, mientras con sus manos recogía sus huevos. Introduciéndose, después, su enorme tronco en su boca, que apenas podía recoger la mitad del mismo.

    Ana María, desplazando su mano por mi culo, bajó hasta la parte posterior de mis huevos, acariciándolos y desplazando su mano a lo largo de mi pene, palpando, a la vez, los labios externos de la vulva de Ainhoa y parte de su mano, que seguía frotando mi pene contra su clítoris.

    Ainhoa se movió de su posición, desencajándose de mí, dejando un momento de lamer el pene de Roberto. Se puso de rodillas, frente a él, besándolo con lascivia, mientras con su mano comenzó a masturbarlo.

    Ana María, de rodillas y sentada sobre sus talones, me giró de la posición lateral, colocándome tumbado hacia arriba. Comenzó a chupar mi pene, introduciéndoselo todo él, en su cálida boca. Sus grandes pechos se balanceaban al son de su movimiento succionador.

    Ainhoa, sacó un preservativo de su funda, se lo colocó ligeramente en la punta del glande de Roberto e introduciendo su boca en él, lo empujó a lo largo de todo su tronco, hasta el final. Quedando totalmente enfundado. Luego, se dio la vuelta y se quedó a cuatro patas, mostrándole su sexo húmedo entreabierto. Él, cogiéndose su pene, se lo introdujo por detrás con fuerza, con un movimiento firme, hasta el fondo.

    Ver la imagen de Ainhoa penetrada por aquel semental con ese enorme pene, me excitó tremendamente, pero a la vez me enfureció. Mientras era penetrada me miraba a los ojos, provocándome.

    -¿Fernando, te gusta ver cómo me follan?

    No le dije nada, pero no, no me gustaba. Cogí a Ana María y le di la vuelta, poniéndola también a cuatro patas. Me puse, con nerviosismo y rapidez, un preservativo. Introduje mi pene dentro de su sexo, con fuerza y rabia, con un movimiento seco de mi cadera, hasta el fondo de su vagina, comenzando una salvaje penetración, con toda la fuerza de que disponía. Ella, disfrutaba de mi súbita furia, gimiendo, de forma descontrolada.

    Como si fuera una competición, Roberto, que la vio gemir y la fuerza con la que la penetraba, comenzó a penetrar a Ainhoa, con su enorme miembro, con toda la fuerza que podía. Ainhoa lo estaba disfrutando. Gemía y le pedía más.

    -Más fuerte, más adentro, reviéntame todo lo que puedas.

    Estábamos los cuatro en la misma posición y prácticamente tocándonos, de modo que Ainhoa dirigió su cara hacia Ana María y la besó. Las dos comenzaron a besarse de forma desaforada, como caníbales, comiéndose la lengua, los labios.

    La visión de los cuatro era espectacular, entrelazados por las bocas de Ainhoa y Ana María y con nuestros penes penetrándolas salvajemente.

    Ya no podía aguantar más, me iba a correr de un momento a otro. Ana María, viéndome venir, se sacó mi pene de su vagina, y dándose la vuelta, como estaba a cuatro patas, me quitó el preservativo, masturbándome con fuerza. Mi semen salió con toda la fuerza que pudo. Una parte diseminada hacia su cara y otra directamente hacia su lengua extendida, que lo recogió y se lo tragó.

    Roberto, parecía tener más aguante. Seguía penetrando a Ainhoa con fuerza, mientras ella le seguía pidiendo más.

    Los mirábamos, disfrutando del espectáculo que nos estaban proporcionando. De pronto, Roberto sacó su pene del interior de su vagina, se quitó el preservativo y comenzó a masturbarse fuertemente. Ainhoa se dio la vuelta, dirigiéndose hacia él. Ana María, también, se desplazó para situarse frente a él. Entre las dos comenzaron a lamerle su tronco, de forma alternativa. Ainhoa acabó apropiándose de él, introduciéndoselo todo lo que pudo y masturbándolo con su boca. Estaba a punto de llegar, sus gestos así lo indicaban. Ainhoa se retiró levemente, dejando que Ana María se acercase, mientras él acababa su masturbación manualmente. Su semen salió disparado hacia las caras de ambas, que se acercaron para recogerlo, besándose entre ellas con las lenguas impregnadas del viscoso líquido blanquecino, lamiendo también, los restos que bajaban desde su glande por su tronco.

    Yo estaba tumbado al lado de ellos, como un voyeur hipnotizado. Excitado y a la vez con una extraña sensación recorriendo, mi interior, como un fuego que me corroía. Al inicio quería hacer más cosas con aquel pedazo de mujer, cegado por el frenesí del momento, pero de pronto se desvanecieron.

    Ainhoa, en cambio, estaba en su salsa, parecía que el quedaba cuerda para rato.

    Le susurré, que me iba a fumar un cigarro a la terraza y que siguiera con ellos.

    Debió notar algo raro en mi cara, con su mirada escrutadora y esa media sonrisa de malicia.

    -¿Qué pasa Fernando? ¿No te gusta ver como me follan y disfruto con ese pedazo de polla dentro de mí?

    -No, no es eso, me ha encanta verte disfrutar, pero para mí hoy ha sido suficiente, le dije.

    -Entiendo… Fernando, pues acostúmbrate por qué lo verás más veces. Pero sí, tienes razón por hoy ha sido suficiente.

    Nos despedimos de la hermosa pareja cubana y dejándolos con mal sabor de boca. Ellos si tenían cuerda para rato. Subimos hacia la planta donde estaban las duchas y las taquillas. Nos aseamos y vestimos, manteniendo un incómodo silencio. Ella parecía disfrutar de mi sensación de incomodidad y por qué no decirlo, de mis súbitos celos.

    Salimos del edificio dirigiéndonos hacia su automóvil. La noche era estupenda, con el cielo ligeramente estrellado y el aire fresco, fruto de la vegetación que rodeaba el edificio. Sin embargo, todo esto inapreciable para mí. Seguía enfrascado en mis pensamientos, en esa extraña sensación que me recorría por dentro y que no presagiaba nada bueno para mí en el futuro.

    Salimos de la ciudad con fluidez, cogiendo la autopista.

    -Fernando, no te lo había comentado pero dentro de unos días vienen mis amigas Olga y Fausta, con sus parejas. Son amigas de mi época de vóley, cuando estudiábamos juntas. Te tengo preparada otra sorpresa. No sé si te gustará…

    Y con esas palabras flotando en mi mente hicimos el camino de vuelta y sin que pudiera sacarle una palabra más.

  • Me cogí a mi cuñada (Parte 2)

    Me cogí a mi cuñada (Parte 2)

    -Cuñis, puedes escribir?, preguntó Ceci por WhatsApp unas horas después de ese primer beso.

    -Sí, estoy en la oficina. Qué onda? Respondí

    -Cómo que qué onda? Contestó

    -Perdona, no he querido ser grosero ni mostrarme desinteresado, fue solo una expresión, reviré.

    -Ah, pues, podemos platicar?, escribió

    -Claro, supongo que del beso? Escribí

    -Beso? Jajaja me apañaste y ni permiso pediste, contestó en un tono ya más relajado

    -Bueno, del faje jeje. A mi me gustó mucho. Sé que te desconcertó pero tu cuerpo me dijo que le agradó, contesté

    -Obvio sí, nunca pensé que algo así pasara entre nosotros. En serio siempre me has gustado pero nunca pensé en nada más, contestó cautelosa

    -Pues a mi me encantó. Qué te parece si nos vemos mañana que trabajas, cuando salgas? Pregunté mostrándome decidido

    -Ay, cuñis, no sé, replicó

    -Bueno, cuñis, piénsalo y me dices mañana. Va? Contesté

    -Ok, te aviso.

    Pasaron las horas. Llegó la noche. Estuve a punto de escribir pero me contuve para no presionarla.

    A eso de las 2 de la mañana, seguía despierto. Ya me había masturbado lo menos 5 veces recordando sus besos, sus nalgas en mis manos y su panocha húmeda cuyo olor se impregnó en mis dedos y olí hasta que desapareció.

    De repente, un mensaje en mi celular.

    ¡Tenía que ser suyo!

    -Cuñis, no he podido dejar de pensar en ti, me dormí muy a fuerzas para dejar de pensar en lo que pasó y aunque me siento mal por mi hermana, sí quiero verte mañana. Pero cómo le hacemos para que nadie se de cuenta? Escribió

    -Bueno, yo muchas veces salgo a la consultoría a las 8 o 9 pm que es justo a la hora que sales. Puedo pasar por ti. Di en tu casa (vive con mis suegros) que una compañera te invitó a cenar y tardarás en regresar. Contesté

    -Bueno. Pero y a dónde iremos? Contestó

    -Ni tú ni yo podemos andar dando roles por ahí. Lo razonable es irnos a un motel. Contesté

    -O sea tú ya quieres… -replicó

    -Pues claro que quiero, por lo menos besarte de nuevo en un lugar íntimo. Repliqué

    -Bueno pero te aclaro que yo no tengo ni ropa sexy ni nada así y tendré que llegar a bañarme después de trabajar todo el día. No te prometo nada eh, no te vayas a molestar si no puedo. Contestó

    -Claro. Mira, yo te llevaré unos regalitos para que te sientas cómoda. Contesté

    -Bueno, te veo mañana a las 9 en el Oxxo cerca de mi trabajo. Besitos. Contestó

    -Ok, descansa. Un beso. Cerré la plática

    Acto seguido, me masturbé una vez más, ahora imaginado lo que pasaría al día siguiente.

    Desde temprano pasé a una tienda departamental y compré:

    1. Una lencería roja de dos piezas

    2. Un perfume que sé que le encantaba y no había podido comprarse por su condición económica

    3. Un jabón fino para que se bañara

    4. Una toalla igual muy fina para que se secara

    5. Condones

    6. Lubricante en base agua

    Guardé todo en la caja de seguridad de uno de mis negocios y continué mi día normal.

    A las 8 de la noche me despedí de mi esposa, argumentando que tardaría porque tenía una reunión de socios.

    Enseguida me fui a sacar las cosas de la caja de seguridad y me dirigí al Oxxo.

    Llegué temprano, me comía la ansiedad de verla.

    De repente a lo lejos la vi acercarse.

    Pantalón azul de vestir, bastante ceñido. Tacones bajos negros. Blusa blanca con el gafete de su trabajo y un ligero saco color azul a tono de su pantalón. Sus lentes que lejos de restarle belleza destacan sus finos rasgos y su cabello despeinado después de una jornada entera.

    Sin saludarme abrió la puerta del auto y se subió.

    -Hola cuñis, todo bien? Le dije

    -Sí, todo bien. Vamos. Contestó nerviosa.

    Arranqué y me dirigí al mejor motel de la ciudad. Es el mejor no solo por ser el más caro sino por ser el más discreto tanto al arribo como para ofrecer servicios. Además de que la salida es distinta de la entrada y es prácticamente imposible que te cruces con alguien saliendo o entrando pues para cualquier cosa los encargados vigilan que no haya autos en tránsito al arribar o salir.

    En todo el camino no dijo ni una palabra ni soltó su celular. Llegamos, pedí la mejor suite y llegamos al garaje. Me bajé y cerré el portón eléctrico.

    Le abrí la puerta. Se bajó y me dijo “no te prometo nada”

    Acto seguido entró al cuarto y empezó a revisar lo que había para bañarse. Estaba el clásico jabón motelero y una toalla muy limpia. Sin embargo, enseguida le dije “toma, te traje unos regalos” y extendí mi mano con la bolsa de la tienda que contenía todo lo que le compré.

    El motel tenía un detalle. La ducha era de cristal, así que podía verse todo desde la cama.

    Consciente de sus nervios le dije que me saldría para que no la viera bañarse. Con una sonrisa por la consideración, asintió con la cabeza y me salí a fumar.

    Al salir, puso seguro a la habitación y me senté en mi auto a esperar.

    Tardó cerca de 45 minutos.

    Ya habría fumado para entonces al menos unos 10 cigarros para contener la ansiedad.

    La verga la tenía durísima todo ese tiempo, sintiendo como me salía líquido seminal sin siquiera tocarme. Me preocupaba mi excitación porque sin duda, si se animaba a que la cogiera, la primera cogida no duraría nada en vaciarme.

    Pasados esos 45 minutos, escuché como quitó el seguro y abrió la puerta. Me levanté de mi auto y me dirigí a la entrada. Había apagado casi todas las luces excepto la de un buró.

    Al entrar, había apagado el aire acondicionado pues es friolenta.

    Estaba envuelta en la toalla que le compré pero en sus hombros noté los tirantes rojos de la lencería que le compré.

    Olía delicioso, se había puesto suficiente del perfume que le compré pero no tanto para opacar el olor del jabón que seleccioné para ella.

    Me senté en la cama y me quité los zapatos. Y en tanto lo hacía, ella se sentó a mi lado y me empezó a besar, sin decir nada.

  • Anécdotas sexuales (Parte 5)

    Anécdotas sexuales (Parte 5)

    Desde que tengo memoria, siempre me he cortado el pelo con la misma persona. Mi madre comenzó llevándome cuando tenía cinco años. Su nombre es Claudia, en ese tiempo por allá de 1994 tendría unos 22 o 21 años. En ese tiempo una chica delgada de tetas medianas y un culito parado y su característico cabello rojizo.

    Fui creciendo y ella iba a nuestra casa a cortarnos el cabello, nunca hubo necesidad de buscar otra opción.

    Ella se casó en el 2001 con un tipo adinerado, tenía minas y le iba muy buen, ella abrió su propio salón y le iba bien, pronto tuvo unos gemelos y se retiró un tiempo de su salón. Siempre mi relación con ella fue de lo mejor, nos teníamos mucha confianza, ella me contaba cosas de su familia y conforme crecía ella me contaba incluso cosas de su vida sexual, sin mucho detalle, pero no lo suficiente como para darme material para imaginar como se montaba en su esposo y como ordeñaba y dejaba sexo a su esposo, deseando yo ser el montado.

    En el 2012 su esposo por su trabajo se ausentaba hasta dos meses y regresaba y estaba dos semanas y después era estar fuera por tiempo indefinido otra vez. Obviamente su situación económica mejoro, pero pues Claudia se sentía descuidada en lo sexual, a veces pasaban meses sin sexo y ella era una mujer que necesitaba sentirse deseada y complacida sexualmente. En el 2015, acudí a su salón a cortarme el cabello, yo iba muy caliente, todo el día había estado viendo fotos candentes y leyendo relatos y me había calentado increíblemente. Llegue ese día temprano en la mañana, ella lucía un blusón negro y largo que llegaba por debajo de su cintura, unos mallones negros y unas botas largas, su cabello largo y su tono rojizo de toda la vida y su blusón tenía un ligero escote.

    Yo vestía un pantalón de vestir y una camisa a cuadros. Llegue, la salude con un beso en la mejilla y mientras daba un beso di un vistazo a su escote, sus pechos aun firmes y su aroma me intoxicaron y mi pene que ya venía duro, se puso aún más firme. Me senté y pregunte por su esposo (sabía que preguntar por él era como abrir la llave del grifo sexual y comenzaría a contarme cosas relacionadas al sexo con su marido, material que yo utilizaría después para masturbarme) que ya tenía 3 semanas fuera.

    Me comenzó a lavar el cabello, yo no dejaba de ver su escote, ya no disimulaba, mi mirada solo se centraba en sus pechos. Se dio cuenta y se rio «qué tanto ves mi niño?», me sorprendió no haberme dado cuenta que estaba hipnotizado, ella se me acercó y me dijo pues ya estás bien grande, diciéndolo hablando sobre mi edad y volteando a ver mi bulto en mi pantalón.

    Se rio y me preguntó ¿tienes novia? Le dije que no, coquetamente me preguntó «¿y luego que haces cuando se te pone así?» Pues me mato a pajas le contesté, «ay mi niño, tu dime cuando andes necesitado y yo te ayudo como pueda, tantos años y no me puedes pedir un favor» solté una pequeña risa nerviosa «no sabía que se podían pedir esos favores» ella puso sus dos manos en mis hombros y se arrodillo frente a mí y en una voz sensual suspiro «esos son los favores que se deben de pedir, vamos a arreglar esto, mira como andas, ni puedes pensar bien ¿verdad?» Se levantó, camino a entrada, cerró la puerta y bajo una pequeña cortina que usaba para bloquear el sol, hizo lo mismo con unas ventanas que dejaban ver al interior de la tienda.

    Se hincó y viéndome a los ojos bajo metió su mano dentro de mi pantalón, toco mi grueso pene y dijo «mi niño! Si me hubieras dicho que tenías esto entre las piernas, no habría sufrido tanto tiempo sin una verga» me bajo el pantalón, tomó una liga para el cabello y se hizo una cola de caballo y lo introdujo en su boca.

    Que sensación! Sabía lo que hacía, años de experiencia se concentraban en darme un placer increíble. Con su lengua recorría de arriba a abajo mi falo y terminaba en mi glande haciendo pequeños círculos y luego chupaba la punta con tal delicadeza que me daban escalofríos y temblaba de lo bien que se sentía.

    Estuvo unos minutos así, yo ya sentía cerca el orgasmo «baja todo lo que puedas» le dije con mi voz agitada, el placer me tenía loco. Se lo introdujo hasta donde pudo y me descargue en su garganta. Ella no dejaba de jugar con su lengua, el grosor de mi pene claramente le dificultaba meterlo todo, pero lo intentó. «Mi niño, me hubieras avisado, casi me ahogo con tanta leche» me dijo mientras con su lengua limpiaba los rastros de semen en mi pene. «¿todavía hay más lechita aquí?» Y me apretó con su mano mis huevos, «un chingo» le dije y vi su cara iluminarse con una sonrisa.

    Tomo mi mano y me tumbo en un sofá. Quito sus botas y sus mallones, y bajo un lindo calzón de encaje negro que llevaba y se introdujo mi miembro en esa mojada vagina. El calor, lo mojada que estaba y su respiración me tenían hipnotizado, en cuanto la tuvo hasta al fondo vi como pasaba su lengua por sus labios y tocaba sus pechos que ya estaban al descubierto. Se inclinó y me beso mientras ella llevaba el ritmo. Tenía una mano en mi pecho, apoyándose, me apretaba de vez en cuando el pecho con su mano, yo no dejaba de verla, no era un ritmo frenético, pero era constante y ella se aseguraba que mi pene tocara cada parte de su interior «que rica verga, mi niño» decía mientras su respiración iba cada vez más rápido, yo ya me había corrido, no le avise, ver el placer que le producía mi miembro era más placentero inclusive que el orgasmo que había tenido con ella montada sobre mí.

    Nos besábamos como amantes que no se hubieran visto en meses, ella puso sus manos alrededor de mi cuello y me apretó fuertemente, sentí su vagina tensarse, seguido de espasmos, ella estaba llegando al clímax, con mis manos en su culo apreté y empuje mi pene hasta el fondo. Me apretó aún más fuerte y tuve un segundo orgasmo, ella me daba pequeños besos mientras mi semen inundaba su vagina.

    Se puso de pie y un chorro de semen cayó en el sofá. «¿Te gustó mi niño?» Mientras con una toalla húmeda limpiaba mi pene y el sofá. No le contesté y la jale con fuerza hacía mí y la bese, en segundos mi pene ya estaba nuevamente vigoroso y palpitante. La acosté y mientras tocaba con una mano sus pechos con la otra acomode mi miembro en su húmeda cueva y empuje con fuerza. Ella grito de placer, yo estaba de rodillas, su cintura reposaba en el sofá y yo empujaba con todo mi ser, mis manos en su cintura me ayudaban a mantener el ritmo, «mas, más, más!» Gritaba Claudia mientras yo sacaba y volvía a meter mi pene, tratando de prolongar lo más posible ese acto.

    Mi pene estaba empapado, los dos sudábamos y nos besábamos, ella tomaba mis nalgas y me empujaba hacía ella, pidiendo más verga. «Destrózame la pepa, mi niño, dame esa vergota» me decía. Saque mi pene, la levante, la puse en cuatro y la introduje en su ano.

    Escuche su voz de dolor «ay! No espérate! Salte, salte, está muy gruesa para mi culo!» No me importaba, yo estaba poseído, tenía ese culo frente a mi y era mío. Sus gemidos de dolor pasaron a ser de placer, la veía tomarse fuertemente del sofá, yo bajaba el ritmo y ella volteaba a verme con una cara de «no pares, no pares». «Claudia» grité mientras apretaba sus nalgas y solo deje dentro mi glande mientras veía mi pene palpitar, lanzando chorros de semen dentro de su ano. Saqué mi glande y vi el semen comenzar a chorrear de su ano, se volteó y corrió al baño. Después de unos minutos salió y me limpió mi pene con delicadeza. «Cuando necesites descargarte ven conmigo mi niño» me dijo mientras se vestía. «Ándale, ponte la ropa» me vestí, corto mi cabello mientras hablábamos de lo que había pasado y de lo bien que se había sentido.

    Mis visitas fueron más frecuentes durante ese año, me encantó descargarme a placer dentro de su vagina apretada. La forma en que se excitaba y sus increíbles mamadas. Lamentablemente por el trabajo de su esposo, terminó yéndose a vivir a Estados Unidos y a mi solo me quedó el recuerdo de nuestros encuentros.

  • Cita en App

    Cita en App

    Hola, soy Lili, me describo soy gordita mido 1.55, me gusta mucho el sexo siempre quiero tener relaciones sexuales con mi novio que veo cada fin de semana, pero a veces no se puede. Conocí a mi novio a los 22 y sólo he estado con él, me dio curiosidad qué se siente otro pene y un día terminé en una página de citas, publiqué un anuncio y me llegaron bastantes mensajes.

    Era un hombre maduro de unos 60 años llegó por mi a Zacatenco y me llevo a un hotel por Tlalpan ahí pagando la cuenta nos metimos a bañar, y él me estaba cachondeando, una vez terminado el baño empezó a besarme toda y fue mordiendo, uff lo disfruté mucho cuando estaba muy mojada me empezó a penetrar.

    Me lo metía duro sin compasión, me sentía en el cielo, cambiamos de posición yo lo monte, creo que no había tenido sexo por mucho tiempo porque terminó rápido, me quedé con ganas de más.

    Ya no se pudo repetir porque ya era tarde, no sentí tan rico como con mi novio, pero disfrute mucho.

    Desde ahí no he vuelto a repetir, pero me gustaría mucho.

  • Armandito, camioneta, sótano en Plaza Cuernavaca

    Armandito, camioneta, sótano en Plaza Cuernavaca

    ¡Hola! Soy Alejandra, Alexa para los que ya han leído mis más de 30-35 relatos, soy mexicana de ya 26 añitos y actualmente estudio mi maestría en Contabilidad en Quintana Roo. Soy morenita clara, cabello largo negro, tengo unos senos ahora si ya medianos tirándole a grandes jaja con esta pandemia ya soy gordibuena pero siguen estando duritos en su lugar, acinturada y lo que más me gusta y me chulean son las nalgas y las piernas, modestia aparte, si tengo unas nalgas muy lindas, me veo más culona. No me siento bonita, pero si atractiva, ya que mi 1.75 de altura más unos lindos tacones pues de verdad sobresalgo a donde me paro, además ya regresé al gym ya que me hace falta pero pronto estaré en mi excelente forma y marcadita.

    Este relato paso hace unos 8 años, tenía yo mis 18 añitos, estaba en Cuernavaca con mis papas desayunando cuando recibí una llamada de mi Armandito, que aunque ya habíamos tenido nuestros quereres y habíamos cogido un par de veces, aún me gustaba limitarlo pero quería que ya ese margen fuera mínimo, además en ese entonces yo tenía novio.

    Había quedado de verse con unos amigos en Plaza Cuernavaca por la tarde, la casa de mis papas esta adelante como a 20-25 minutos todavía pasando Cuernavaca. Alrededor de las cinco de la tarde llegó en su camionetota SRT8 que tenía, negra hermosa que me encantaba. Entré a la camioneta, olía a nueva, yo llevaba un short cortito de esos a la altura de la división de la nalga con la pierna y me puse una blusita holgada cortita, cortita, que dejaba ver el top de mi bikini debajo. El vestía con una bermuda beige de constructor y una playerita azul, ambos en sandalias. Para como me vio salir sin duda no pasé inadvertida para sus ojitos que me miraban con deseo y lujuria, mientras me subí y acomodaba en el asiento notaba como me estaba escaneando de arriba a abajo, y como se detenía en mis tetas claro antes de saludarme con un beso de piquito para empezar sin pena.

    Entre nosotros siempre existió cierta tensión sexual que no terminábamos de resolver, mucha broma sexual, mucho tonteo, mucho toqueteo, habíamos cogido un par de veces, pero nada más no nos dejábamos entregar al placer a plenitud. Arrancó el motor y nos dirigimos a la Plaza, me empezó a decir lo guapa y sexy que iba, a mí me encantaba escucharlo decirme cosas lindas. No miraba, admiraba mis piernas y como mi blusita era grande holgada y solo traía el bikini pues me miraba las tetas a plenitud, aprovechaba todos los topes y lugares donde se tenía que detener por completo para chulearme de arriba abajo, mi primer y segundo objetivo los había alcanzado que era gustarme a mí y de paso a él. Mientras el manejaba note como algo crecía dentro de esa bermudas, sin duda ahí se escondía esa buena verga que él tenía. Con descaro le mire el paquete, él notaba que yo se lo estaba viendo. Antes de entrar en la autopista cuando me preguntó entre una pícara sonrisa, que si además de mirar quería tocar. Ni corta ni perezosa, me quité el cinturón de seguridad, me aproximé a él, mientras lo besaba le desabroché la bermuda, le bajé el cierre y metí la mano dentro del bóxer para encontrarme con ese pitote que ya estaba bien durito, su reacción no se hizo esperar y miraba sorprendido mi mano agarrando su verga y rápidamente volvía la mirada a la carretera. Le saqué la verga y los huevos, se la tome firmemente y con el dedo índice masajeé su glande haciendo circulitos por la punta, con mi otra mano acariciaba sus testículos, de la puntita salió una transparente y pegajosa gota de líquido y eso me indico que mi Armandito estaba muy excitado, la aproveché para esparcirla por su cabezota con mi dedo, de la puntita seguían saliendo gotas de excitación y bueno mi tercer objetivo estaba cumplido. Empecé a jalársela, la tenía dura como el acero, pero caliente y suave, seguí masturbándolo con afición a buen ritmo, ver las venas del tronco de su pito hinchadas. Deseaba meterme en la boca toda esa verga descomunal y ya se me notaba que tenía furor uterino. Cuando miré hacia afuera vi que ya habíamos salido de la autopista y nos quedaba poco para llegar a la Plaza, antes de entrar, escondí su verga por miedo a que nos vieran en semejante situación. Entramos al estacionamiento de la Plaza Cuernavaca, bajó casi hasta el sótano y se saltó tres o cuatro sitios para estacionarse, me dijo que no quería que nadie le estacionara al lado, a veces la gente te da portazos, aunque me pareció una medida exagerada lo entendí, me encantaba y me sigue encantando esa camioneta. Estábamos lejos de las escaleras eléctricas y de los elevadores, lejos de todo, había como 4 coches dispersos en todo el sitio.

    Abrí la puerta para salir cuando sentí como Armandito me regresa al asiento, lo mire y vi que ya se había bajado nuevamente la bermuda, cuarto objetivo alcanzado, su verga ya estaba semi erecta otra vez y con la punta gelatinosa. En ese momento pensé en masturbarlo rápidamente e irnos, salir de ese apuro, en cualquier momento podía llegar alguien y ver lo que hacíamos. Le agarré con fuerza el pito, él me tomó la mano y me dijo que prefería una mamada, lo vi tan seguro que empecé a darle placer con mi boca, primero la cabezota, le lamí el tronco venoso, esas gotitas le daban un sabor saladito y empecé a mamar. En mi excitación mi bikini ya no estaba en su lugar y mis tetas estaban al aire, él las tomaba con soltura y eso a mí me excitaba aún más, él se puso cómodo reclinando todo el asiento, yo tenía el culo parado dándole una mamada deliciosa. Poseída por la lujuria no dejaba de mamar ese trozo de carne con auténtica pasión y destreza, yo disfrutaba y me estremecía de lo lindo.

    De un brinco me pase a los asiento traseros para tener más espacio y estar más cómodos, yo estaba empapada y lo único que quería era tener ese animal grande y venudo dentro de mi frágil y linda panochita, me gire para quitarme el short, y él me sujetó por la cadera, metió un dedo entre mi pubis depiladito y mi tanguita para hacerla a un lado, me tomó por la cadera y me levanto un poco para darme un lengüetazo desde mi rajita hasta mi anito, me revolvía de placer, él pasaba la lengua de arriba a abajo, yo lo que quería era ya su verga dentro de mí, así que se sentó en el sillón y yo me senté sobre de él de frente dejándome caer lentamente en su animal sintiendo como entraba cada centímetro en mi panochita ardiente, quinto objetivo alcanzado, mi bikini ya no tapaba nada y mi blusa me la pase por arriba, me dejé caer por su mástil y mí resbaladiza y lubricada panocha devoró esa verga sin problemas, le puse las tetas en su cara en su pecho, él con sus manos me agarraba el culo de vez en cuando una nalgada y la otra en las tetas.

    Empecé a columpiarme mas y mas rico rápido y profundo, necesitaba ya en ese momento saciar mi necesidad de coger, empecé a hacer movimientos circulares con mi pubis con su verga hasta adentro de mí, sin duda le estaba disfrutando tanto como yo, notaba como me mordisqueaba el hombro. Estuvimos unos minutos en esa posición, escuchando coches pasar pero no me importaba si me veían o no. En ese momento Armando me sujeto por la cintura y me empezó a mover cada vez más rápido sobre su falo que estaba durísimo y a punto de convulsionarse, lanzó un gemido y seguidamente dos o tres chorros a presión de semen dentro de mí, yo continué con mis movimientos acelerando y apretando para alcanzar mi orgasmo también, sentí ese recorrido eléctrico por toda mi piel, mi vagina comenzó a convulsionarse sobre él, mi piel se puso chinita y solo alcance a morderle el lóbulo de la oreja y le deje escapar un gemidito de placer, él se vació completamente dentro de mí, tenía la sensación que la temperatura del interior de mi vagina era elevadísima, sexto objetivo alcanzado.

    Nos quedamos así por un momento y por mi sexo descendían sobre el todos los líquidos que habíamos generado con tanta pasión. Armando me levanto, me sentó a un lado y acomodo la tanga, yo me acomode el bikini y mi blusa bueno tapaba lo que tenía que tapar jaja me dio mi short diciéndome que no me limpiara que me bajar así yo tenía toda la entrepierna batida de nuestros fluidos, el muy vivo quería limpiarse y le dije que no, que los 2 o mejor sacara los kleenex, así que ambos nos pusimos la ropa sin limpiarnos y nos bajamos a la Plaza como si nada hubiera pasado, nunca encontramos a los amigos, paseamos y nos besábamos como si fuéramos novios, apestábamos a sexo, nosotros solo reíamos, que rico me cogía ese Armandito, algún día le pondré una estatua.

    Comenten mis relatos, para poder mejorar mis vivencias y pueden contactarme por Twitter e email.

  • Bien negociado (Cena de aniversario 2): Parte 1

    Bien negociado (Cena de aniversario 2): Parte 1

    Una disculpa por el retraso, pero lamentablemente todos somos susceptibles a la actual pandemia, pero aquí seguimos, como siempre en espera de sus comentarios que me estimulan e incentivan, presente lo dividí en dos partes para que se dé más fácil lectura.

    En los meses transcurridos desde que me separé de Mi Rey, tenía mi ansiada paz mental, pero con el costo de mi paz económica, el Rey quien para variar se comportaba de lo más tacaño, había bloqueado varias oportunidades de empleo, por lo cual la bendición se había mudado a vivir con mis padres, mientras me estabilizaba.

    Y aunque mi vida sexual nunca entro en crisis mi vida sentimental si, fue cuando conocí a Mi Mor, y habíamos estado saliendo, tenía cosas muy buenas, entre ellas su estatus familiar; y aquí estaba yo con la familia de Mi Mor, en baby shower de su hermana Mónica.

    Era el final del verano, una estación miserablemente calurosa en mi ciudad. El hecho de estar atrapado en un baby shower al aire libre para alguien que apenas conocía agravó mi infelicidad. Incluso con una falda holgada y una blusa ligera, sudaba libremente en el pegajoso calor de la tarde. Una gracia salvadora fue que había mucho vino (yo mismo había traído algunas botellas como «regalo»).

    Aprecié que su familia fuera tan unida, pero como «forastero», un evento tan grande y emocional como este era difícil de soportar. Probablemente había dicho una docena de palabras durante todo el día que no eran una variación hueca de «Sí, amo a los bebés». Incliné la cabeza hacia atrás y tragué los dos últimos tragos de vino que quedaban en mi copa de un solo trago.

    Y: «¿Por qué me dejo convencer de estas cosas?» -Murmuré mientras me serví otra copa rebosante y agarré un puñado de galletas.

    Caminé por el patio hacia el perro labrador del anfitrión, actualmente atormentado por dos de los muchos niños pequeños presentes. Cuando terminé mi refrigerio, la madre de los niños los llamó para que se alejaran del perro, que se derrumbó a la sombra de un árbol. Me senté en cuclillas junto a él sin delicadeza.

    Y: «Sabes, chico, tal vez deberíamos encontrar un bar agradable y tranquilo juntos»-, susurre, Jadeó felizmente mientras le acariciaba la cabeza y parecía estar de acuerdo con mi plan para la deserción.

    Suegra «¿Eleny…? ¡Eleny! ¡Ahí estás!»

    La madre de Mi Mor me había visto.

    Suegra: «¡Tiene que venir a conocer a nuestra amiga, la Sra. Pérez! ¡Su hijo y tu Mor son amigos desde el primer grado!»

    Le di al perro una palmadita de despedida en la cabeza.

    Y: «No me esperes. Sálvate tú mismo.» Susurré mientras plantaba mis pies calzados con sandalias y me paraba, caminando por el patio con mi copa de vino en la mano.

    El recipiente estaba vacío al cabo de un minuto de unirse a la conversación de mujeres mayores, cuando la Sra. Pérez saltó directamente al fondo, preguntando si Mi Mor y yo estaríamos criando a nuestros hijos en la iglesia. Un rescate a medias por parte de su madre fue todo lo que me impidió dar media vuelta y volver a casa con el resto de las ofrendas de la mesa del bar. En cambio, asentí pacientemente durante los seis minutos más largos de mi vida antes de que me excusaran. Mi ruta de escape era una línea de abejas hasta la mesa de vino.

    Mi Mor me había pedido que fuera a esta reunión de los miembros femeninos de su familia y sus amigos más cercanos y entrometidos como un favor. Dijo que me haría querer por su madre, me pondría en el favor de su hermana y me daría la oportunidad de sentir cómo encajaba con la familia más grande. Él había dicho que entendía que aún era temprano en nuestra relación, y que no me lo reprocharía si no quería asistir. Dijo que podía decir que no. Me repetí esto mientras llenaba en exceso otra copa de vino.

    Me agradó aún más el hecho de que Mi Mor estaba a salvo fuera de la ciudad en una despedida de soltero mientras yo desafiaba la manía colectiva de su familia por los bebés. Esto significaba que mientras yo soportaba el sondeo emocional de sus tías, lo más probable era que Mi Mor estuviera recibiendo un baile erótico, no quería pensar en las otras posibilidades. Este problema en realidad había hervido durante la semana anterior en nuestra primera pelea sustantiva.

    Mi Mor sabía que no me gustaban las strippers y que sentía que lo que «esas mujeres» estaban dispuestas a hacer por dinero era patético y triste. Aunque sabía que no debería enfadarme con él; no había hecho el plan para su viaje de fin de semana y, de nuevo, me había dado la oportunidad de rechazar la invitación al baby shower. Y, además, sabía que no estaba en condiciones de interpretar el papel de los celosos. Aun así, el momento me molestó.

    Y: «¿Por qué nunca puedo decirle que no a nadie?» Todavía estaba enfrascada en mi auto-interrogatorio como de viejo loco y la pregunta de «quién-estaba-haciendo-qué-con-Mi Mor»

    Cuando mi teléfono sonó en mi bolsillo con un mensaje de texto.

    Estaré en tu barrio esta noche. Hasta entonces. Lázaro siempre fue conciso, incluso vago, en sus mensajes. Tampoco preguntó nunca, sino que declaró su propia invitación en un momento que se ajustaba a su horario. No es que haya sido grosero o desagradable en nuestros encuentros, sino que los trató casi como lo haría con cualquier otra cita de negocios.

    A medida que se desarrolló mi relación con Mi Mor, mis encuentros con el Lázaro se hicieron menos frecuentes, pero más intensos. Mientras Mi Mor y mi vida sexual eran satisfactorios, el Lázaro me llevó a un nivel completamente diferente de deseo sexual. Cuando estaba con él, me convertía en una masa ardiente de lujuria rabiosa, que ansiaba ser consumida y llena hasta quedar exhausta.

    De pie en la mesa de refrigerios en el patio, mirando la pantalla de mi teléfono que marcó el rumbo de mi noche, sentí que una calidez se extendía dentro de mí y una gota de humedad se filtraba entre mis labios inferiores. Caminé por el patio hacia la casa, sin parar en el baño más cercano a la puerta trasera que usaban principalmente los invitados a la fiesta, y encontré un inodoro más privado cerca de la sala.

    Cerré la puerta con llave y me apoyé contra el fregadero, subiendo la parte delantera de mi falda para exponer el encaje de mis pantaletas. Sosteniendo mi falda con mi mano izquierda, lentamente empujé los dedos de mi mano derecha por debajo de la pretina y por mi piel suave hasta que mis dedos alcanzaron mi suave y afeitada panocha.

    Dejé escapar un pequeño jadeo al primer contacto, mojando las puntas de mis dedos entre mis labios húmedos, antes de acercarlos a mi duro clítoris. Acariciando “mi granito de amor” rítmicamente debajo de las yemas de mis dedos, mi cuerpo se agitó con pensamientos sobre la polla del Lázaro y cómo y dónde la usaría en mí en solo unas pocas horas. Tragué un gemido mientras pequeñas burbujas pre-clímax se abrían camino a través de mis terminaciones nerviosas. ¡Estaba a punto de acariciarme hasta el orgasmo en el baño de la familia de Mi Mor durante un baby shower! El tabú del acto me empujó al límite y mi cuerpo se tensó mientras me apreté para correrme.

    Suegra: «¿Eleny? ¿Estás ahí?» -La madre de Mi Mor toco a la puerta mientras hablaba- «Mónica está a punto de abrir los regalos, pero no queremos que te lo pierdas. Todo el mundo está esperando».

    Una ola de pánico ardiente atravesó mi cerebro, suavizándose sutilmente hasta convertirse en una humillación hirviente. ¿Acaba de atraparme la madre de Mi Mor masturbándome? Arranqué mi mano de mis bragas y enderecé mi ropa mientras me miraba en el espejo. Tirando del inodoro, obligué a mi voz a normalizarse mientras respondía.

    Y: «Gracias, Saldré enseguida.» Observé la pequeña ventana como una vía de escape, pero me resigné a regresar a la fiesta. Abrí la puerta y su madre, que estaba parada a unos metros de distancia, se volvió y me sonrió.

    Suegra: «Siempre hay una fila en el servicio más cercano. Me alegra que hayas encontrado otra opción». Dijo mientras se apresuraba a pasar a mi lado y entraba al baño.

    El alivio se apoderó de mí al darme cuenta de que la mujer mayor estaba simplemente ansiosa por usar el baño. Regresé al patio trasero y me serví otra copa de vino mientras me preparaba para el ritual de apertura de regalos.

    Fingí entusiasmo con rondas de gritos y vivas mientras la futura madre desenvolvía baberos y calcetines, antes de retroceder lentamente hacia el borde de la multitud alimentada por estrógenos. Sentí otro zumbido en mi bolsillo.

    Dalton: «Tienes que lucir profesional».

    Arrugué el ceño en confusión, luego, cuando me volví, encontré a la madre de Mi Mor. Murmuré una excusa para no sentirme bien y escapé a la tenue luz del atardecer.

    Y: «¿Qué quiere decir con ‘parecer profesional’?» me pregunté en voz alta en mi casa vacía mientras abría la ducha.

    Caminé hasta el dormitorio y tiré mi camiseta y falda en el cesto. ¿Era una fantasía de secretaria que quería representar? ¿Íbamos a hacer un juego de roles en una entrevista de trabajo? Llegué a mi espalda y me desabroché el sujetador, dejando que las copas cayeran casualmente de mis pechos redondos y firmes mientras empujaba mis bragas por mis piernas hasta el suelo. Me sonrojé cuando entré en el vaporoso chorro de la ducha, inspeccionando mentalmente mi guardarropa y armando un atuendo apropiadamente delicado. Arrastrando la espuma jabonosa por mi piel, limpié la irritación y el aburrimiento de la tarde. Mi cuerpo se sintió recargado en el baño caliente

    Cerré el agua y me envolví en una toalla, me paré frente al espejo mientras me secaba y alisaba mi cabello. Seleccionando un tono natural de lápiz labial, contorsioné mi boca en una exagerada «O» mientras aplicaba el bálsamo. Apreté los labios firmemente para emparejar la cobertura, luego le lancé un beso al espejo. Mis labios carnosos y atractivos en circunstancias normales, ahora se transformaron en un centro brillante y llamativo de mi rostro. Terminé aplicándome mi maquillaje.

    Pasando del baño al dormitorio, caminé hacia la cómoda y dejé que mi toalla cayera al suelo mientras abría el cajón superior y sacaba un sujetador de encaje y una tanga a juego. Me puse la fina tanga, tirando de la banda de la cintura hasta que el elástico descansó en mis caderas. Sosteniendo las copas del sujetador sobre mis pechos mientras pasaba sus correas alrededor de mis brazos, extendí la mano hacia atrás para sujetar sus ganchos traseros. La malla translúcida de las copas del sujetador se superpuso con un patrón de flores de encaje, proporcionando una vista de tentadora de mis pechos mientras ocultaba discretamente mis pezones que se tensaron ligeramente en el aire fresco de mi habitación.

    Fui a mi armario y seleccioné una sencilla blusa. Deslicé mi cabeza y brazos dentro de la blusa y abotoné la parte delantera, dejando los superiores sin abrochar, mientras sacaba una falda recta de la percha y me ponía la prenda. Metí los faldones de mi blusa en la cintura, luego abroché la cremallera en la parte de atrás de la falda. El material de la blusa se ajustaba a mi cuerpo, dando un contorno claro del encaje de mi sostén. Cuando me incliné, los botones desabrochados en la parte superior proporcionaron una vista deliciosa de la parte superior carnosa de mis senos, así como de los bordes de encaje de las copas de mi sostén.

    Después de ponerme un par de tacones de tres pulgadas y completar el atuendo con un brillante en mi cuello, caminé hacia el espejo para evaluar mi apariencia. Evalué mi reflejo; la imagen gritaba «ejecutiva lista para tomar follar», y esperaba que Lázaro estuviera complacido.

    Colgué la toalla, luego miré el reloj en la pared de la cocina. Eran ya las diez y cuarto y no había tenido noticias de Lázaro desde que salí de la fiesta poco después de las seis. Me senté en el sofá con un resoplido de impaciencia, mi cuerpo y mi mente se tambaleaban entre la excitación y la irritación. Sacando mi teléfono, revisé la marca de tiempo de su último mensaje nuevamente, luego, distraídamente, abrí un artículo de Internet para poner mi mente en otra parte.

    Finalmente, casi a las once, alguien llamó a mi puerta. Me puse de pie de un salto, pensé con demasiada ansiedad, y me dirigí hacia la puerta.

    Y: «¡Ya voy!», tratando de relajarme,

    Me detuve para mirarme en el espejo por última vez. Alisé las arrugas de mi falda, revisé mi perfil y fruncí los labios por última vez para inspeccionar mi maquillaje. Respiré profundamente por última vez y luego giré el pomo de la puerta.

    Me recibió una sorpresa al abrir la puerta. Lázaro estaba frente a mi puerta, en camiseta y jeans, con una botella de licor de aspecto barato y una extraña sonrisa en el rostro. Junto a él estaba Raúl, cada uno mirando fijamente sus teléfonos. Mi mirada se movió del Lázaro a Raúl y viceversa; Me quedé sin palabras en mi confusión y él no ofreció ninguna explicación.

    Los dos hombres miraron intencionadamente por encima de mí, luego pasaron a mi lado y entraron sin ni siquiera un «Hola». Mi boca se abrió un poco y miré al Lázaro sin comprender, buscando una explicación. Se acercó a mí, pero en lugar de saludarme, me entregó la botella.

    L: «Sírvanos algunas bebidas, por favor.» Sus palabras fueron entregadas de manera instructiva, sin preguntar, pero explicando cortésmente lo que esperaba de mí, mientras se movía para reunirse con su amigo en la sala.

    Me volví lentamente mientras cerraba la puerta y vi que Raúl se había acomodado en mi sofá mientras el Lázaro se dirigía hacia una silla de felpa.

    Fui a la cocina y serví la bebida. Desde la sala de estar, escuché a alguien, Lázaro, supuse, encender la radio en una estación de Música Urbana. Metí la mano en el gabinete sobre mi refrigerador para encontrar una bandeja para las bebidas, mis pechos tensaron la tela apretada de mi camisa mientras extendía mi cuerpo para acceder al estante alto. Con el ritmo de reggaetón flotando a través de mi casa, llevé la bandeja de cócteles. Los encontré enzarzados en un acalorado debate sobre sus planes aparentemente fallidos después de la cena.

    R: «Si tu hijo de puta, le hubieras dado una propina al gorila, tendríamos una mesa en el antro ahora mismo».

    Dijo sofá mientras se reía y señalaba a Lázaro, refiriéndose a un cabaret del centro. Dejé la bandeja en la mesa de café y me incliné para pasarles las bebidas. Ambos hombres dirigieron descaradamente sus ojos hacia la abertura desabotonada de mi blusa y el atractivo vistazo ofrecido de mis melones envueltos en encaje. Cuando le entregué al Lázaro su copa, me indicó que acercara una silla cercana y me sentara en la mesa de café frente a «nuestro» invitado mientras él respondía a las críticas en broma.

    L: «Sé que pasas la mayor parte de tus fines de semana correteando a las gatas que van a ese antro, Raúl», -con una sonrisa- «pero tenemos un asunto serio que discutir. Y aquí, con la hospitalidad de nuestra encantadora anfitriona, es un lugar donde se puede hacer». Hizo un gesto hacia mí mientras me sentaba y cruzaba las piernas, sintonizándome en silencio con la conversación.

    Por lo que escuché de sus bromas, deduje que el Raúl y Lázaro, pensado poner un negocio de comida en conjunto, habían ido a cenar a unos tacos previamente, y ahora, aquí en mi sala, los dos aparentemente estaban finalizando los términos del trato que se había particularizado antes de su llegada, aunque encontré los detalles de la transacción aparentemente sosos y aburridos.

    Me había aburrido de la conversación y dejé que mi mente decepcionada divagara sobre como llegaría a fin de mes, las opciones laborales se me agotaban y el Rey seguía en su plan. Con las piernas cruzadas, distraídamente me saqué el zapato de tacón de los dedos de los pies mientras agitadamente rebotaba la pierna en la rodilla. Respiré hondo y solté un suspiro agudo de aburrimiento, sintiendo mis pechos tensar mi blusa mientras se elevaban sobre mi caja torácica.

    Me tomó un momento darme cuenta de que su conversación había cesado y que ahora dos pares de ojos estaban fijos en mí, mi pierna desnuda, la camiseta ajustada estirada sobre mis hinchados montículos. Cada uno de ellos había terminado su bebida, y Lázaro me indicó que fuera a buscar una nueva ronda.

    Sonreí mientras me levantaba y me inclinaba sobre la mesa baja para recoger los vasos vacíos, sintiendo que ambos estiraron el cuello para volver a mirar por la abertura de mi blusa y en mi profundo escote. Mientras me enderezaba con la bandeja en mis manos y me giraba para regresar a la cocina, Raúl se aclaró la garganta para llamar mi atención.

    R: «Nosotros…, eh, Eleny, ¿verdad? Agradecemos su hospitalidad». -Dijo mientras su mirada viajaba lentamente hacia arriba desde mis pechos para hacer contacto visual conmigo por primera vez.

    Y: «Bueno, no me dieron una elección -…» Mis ojos se dirigieron al Lázaro, cuya mirada me dirigió a cambiar mi respuesta a mitad de oración a un murmullo «Ha sido un placer» antes de volver a la cocina.

    Raúl se aclaró la garganta para recuperar mi atención.

    R: «Entonces, estaba pensando que podríamos llegar a un acuerdo mutuamente beneficioso…» metió la mano en el bolsillo y sacó un fajo de billetes. Mis ojos se abrieron sorpresivamente, que tomó como una señal para continuar. «Te daré una buena propina, si regresas con las bebidas solo en tu sostén y bragas». Sacó cinco billetes del paquete y me tendió la mano. Sospechando un truco, miré vacilante a Lázaro, quien asintió con la cabeza.

    Rápidamente hice el análisis en mi cabeza: ¿que se piensa que soy?, por otro lado, el Rey no me ha dado la pensión de la bendición, y ese dinero puede ser muy útil, y es solo ropa interior, ¡básicamente lo mismo que un traje de baño! – por lo que puede ser un buen trato.

    Mis pequeños dedos se extendieron hacia la gran mano de Raúl y tomaron los billetes doblados. Los separé discretamente para confirmar que componían la cantidad prometida.

    Mientras mis invitados miraban fijamente, me dispuse a desabrochar los botones de mi blusa. La brecha de piel expuesta en mi pecho se ensanchó cuando mi camisa se abrió con el avance de mis dedos hacia abajo, llegando finalmente a la cintura de mi falda. Dejando las mitades de mi camisa colgando separadas, exponiendo los bordes de encaje de las copas de mi sostén, giré mis dedos hacia mi espalda y desabroché el corchete y la cremallera de mi falda. Sus cierres se soltaron, la prenda se deslizó libremente desde mis caderas y se amontonó en el suelo alrededor de mis pies. Me quité la falda aplastada, me incliné, la recogí del suelo y la doblé cuidadosamente sobre el respaldo de mi silla.

    Todos los ojos en la habitación se enfocaron vorazmente en la última barrera de tela que protegía mi piel. Desabroché los últimos botones de mi blusa y la tela se despegó de mi piel, revelando mi cuerpo solo cubierto en las áreas más cruciales. Me quité la blusa, doblé la blusa sobre la silla con la falda y me volví para mirar a mis invitados.

    Dos pares de ojos estaban clavados en mis pechos, ocultos por un fino encaje estampado. Me arrodillé para recoger la bandeja, luego me volví y me dirigí a la cocina. Mientras caminaba, la parte de atrás de mi tanga se metió entre mis nalgas perdiéndose dentro de mi redondo culo. Serví las bebidas y volví.

    A mi regreso, descubrí que Lázaro se había unido a Raúl en el sofá dejando un hueco al centro y le dio una palmadita al lugar abierto mientras me acercaba. Dejé la bandeja sobre la mesa y me incliné para sentarme en medio de ellos, sintiendo algunos roces de sus dedos en mi espalda y trasero mientras bajaba. Cada uno se estiró para tomar su propia bebida de la mesa esta vez, Raúl pasó su brazo alrededor de mi hombro.

    Los hombres volvieron a su sosa conversación, pero sus ojos estaban pegados al ascenso y descenso de redondos senos. La muñeca Raúl se posó en el borde de mi hombro, sus largos dedos colgaban para jugar casualmente con el delicado lazo donde se la correa y la copa de mi sostén. Mientras la habitación se volvía silenciosa y el estado de ánimo del grupo se volvía inquieto.

    L: «Así que ya está nos va ir con madre con el puesto», metió la mano en el bolsillo y saco fajo de billetes como el Raúl, «así que por que no aceptas algo más para quítate el sostén y danos un vistazo a esas tetas – ofreciéndome cinco billetes.

    Y: «Pero, si me quitara el sostén, no tendría dónde poner mi dinero…» bromeé nerviosa.

  • En la farmacia

    En la farmacia

    En la ciudad de México a la edad de 18 años tuve al gran amor de mi vida, en colegio de bachilleres nuestras miradas se cruzaban en los salones de química, él un joven alto apuesto de ojos color miel, labios gruesos delgado moreno claro, también de 18 años.

    A mis 18 años tenía una figura delgada pero bien distribuida de cabello largo, ojos grandes, bajita al lado de aquel chico que llegaba con aroma a Givenchi aquel salón de clases.

    Los fines de semana y vacaciones escolares aquel guapo joven trabajaba en una farmacia cerca de la colonia donde vivíamos, entonces un día fui a visitarlo ya que por las vacaciones no nos habíamos visto, pase a la parte de atrás a esperar que se desocupara entonces puse una canción muy bonita que se llama el amor es triste temas prohibidos, lo bueno era que no había gente entonces él fue hacía mi y me abrazo me miraba profundamente y besaba mis labios en un encuentro totalmente erótico nos acariciábamos sin control, llevaba una falda corta de mezclilla con una blusa azul de resortito que bajaba hasta los hombros, él empezó por bajar mis bragas y tocar mi humedad, despojarme del bra enseguida sin desvestirnos en su totalidad mientras la melodía continuaba erotizando el momento, el sin desvestirse solo levantó un poco la camisa y bajando un poco su pantalón sacando su parte viril penetraba lentamente mi hacía mi vulva ya mojada, los movimientos cada vez más envolventes con la música de fondo, nos adentraba al momento más sublime cargados de pasión con sus fuertes brazos me elevó sin problema alguno tomándome de las piernas para cabalgar en ese riquísimo falo que me penetraba dándome los mejores placeres y orgasmos más explosivos, lo más excitante es que la farmacia estaba abierta, pero afortunadamente nadie nos vio ni escuchó.

    Esa experiencia de galopar en un rico pene jamás la he vuelto a vivir. Es el lugar más atrevido de hacer el amor.