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  • Toda una sissy haciendo un trío con mi papi y hermano

    Toda una sissy haciendo un trío con mi papi y hermano

    Hola de nuevo a esta serie de relatos que no había podido contar en todas estas semanas que no pude acceder a mi cuenta pero ya las estoy subiendo con calma, esta vez durante un día que andaba por el centro con mi medio hermano pasamos por una tienda donde venden cosas frikis, entre ellos uniformes de colegiala japonesa, algo así como Sailor Moon o Sakura, acordamos decir que era para una fiesta de disfraces pues ya iba a ser Halloween, así que quedaba perfecta la excusa; de paso por el centro compramos unas calcetas largas y unos zapatos de esos de estudiante, negros sin tacón; no compramos maquillaje porque para empezar no me sé maquillar, ni pelucas porque no encontramos y realmente queríamos estrenar el trajecito.

    Así que ese día nos preparamos con todo, llegamos a casa y le dimos la noticia a nuestro papá y de principio se le hizo algo raro pero luego recordó que yo ya me había vestido de mujer antes y aceptó en encuentro, nos fuimos a la casa que tiene en su rancho y compramos mucha botana y refrescos para hacer tipo reunión. De pasada nos fuimos en su camión y mientras mi papá conducía yo le iba chupando la verga a mi hermano en los asientos de atrás, lo bueno era que las ventanas tenían cortinas y no se veía de afuera hacia adentro, casi lo hago venirse pero nos contuvimos, una vez que llegamos me fui al baño para vestirme de colegiala y estar preparado para cogerme todo el día, pues nos fuimos desde muy temprano para seguir la juerga todo el día y toda la noche, pensábamos en invitar mas gente pero se nos fue la onda y al final no invitamos a nadie más; en fin, mi papi y hermano estaban ya en la sala totalmente desnudos y yo en lugar de estar desnudo como era de costumbre esta vez estaba todo vestido de estudiante, debo decir que me veía muy lindo, sobre todo por el cuerpo tan rico que me cargo, tanto que hasta me coqueteaban, me decían cosas sucias, eso me prendía mas y mas, y como la falda era muy cortita deja ver mi plug que debo decir necesito comprar uno mas grande, porque el que ya uso me queda chico, a cada rato se me sale.

    Entonces ya entrados en calor comenzamos a darle despacio, primero con sus respectivas mamadas que en lo personal le he tomado el gusto por hacerlo, y las vergas que ambos se cargan son las mejores que jamas probé, la de mi medio hermano era prácticamente como chupar mi propia verga, y ni se diga de la verga cabezona y roja de mi papá, juntaban sus vergas para metermelas a la boca, me despedazaban la quijada estos cabrones, hice algo que me gusto mucho las ultimas veces que lo hacía y que había visto en un video que era sacar la lengua cuando el pene estaba por completo en mi boca y sacarla para lamer los huevos, uff que rico se sentía, sacaba mas saliva y quedaba reluciente la verga de ambos, me pasé mas o menos unos 30 minutos chupando y maniendo sus vergas, acostado y agachado, cuando ya pasamos a lo mas interesante.

    Mientras mi papá estaba sentado me subí encima de el y comencé a montarlo y mi hermano por encima de mi papá sobre su cabeza, ofreciendo su tronco a mi garganta, la sensación de ser penetrado y mamar al mismo tiempo no tiene explicación, los que lo han hecho sabrán de que hablo, luego mi hermano se bajo del sofá y se puso detrás mío y ahí mismo con la verga tiesa de mi papi comenzó a penetrarme también, estábamos en una doble penetración increíble, yo haciendo lo mismo que las monas chinas, el famoso «ahegao». Estaba en la gloría, pasamos a coger al revés, ahora mi hermano sentado, y yo dándole la espalda, mientras mi padre frente a mí, continuaron con sus dos vergas dentro de mí.

    Luego nos paramos y ahí continuamos con la doble penetración, yo con mi pierna sobre el hombro de papá y mi hermano abrazándome por detrás, nos cansamos un rato de esa posición y entonces mi hermano se recostó y yo lo monté y por detrás mi macho me seguía penetrando, sin duda la forma en la nos fusionábamos era lo mejor, de pronto mi papá se puso de pie y mientras yo seguía cabalgando a mi hermano, rápido mi papi me dijo que se iba a venir y que abriera la boca, uff me sentí estrella porno la verdad, abrí lo mas que pude e hice la mueca del ahegao y eso me encantó, sentir sus chorros de semen dentro de mi lengua era increíble, en eso me vine sobre el estomago de mi hermano, me quite y me esmeré en limpiar todo mi desastre, lamía y lamía todo mi semen hasta acabar, en eso mi hermano se quiso venir en mi cara y así lo hizo; luego de eso descansamos un rato, así nos la pasamos durante un par de horas, ellos desnudos y yo con mi traje de colegiala, no me quite nada ni los zapatos siquiera, ni el semen de mi cara.

    Ahí estábamos sentados, yo en medio de los dos, al cabo de un rato, nos quedamos viendo la tele, cuando ya recuperados sus anacondas ya estaban gruesas de nuevo, y ahí comencé a jalarles la verga a cada uno con ambas manos, su cara de excitación no tenía precio, los hacía gozar como nunca, ya era algo tarde por lo que pasamos a la habitación a seguir con la cogedera, me recosté sobre la cama y mi hermano me levantó una pierna para meterme su verga, mientras mi papá pidió que se la chupara, sus huevos quedaban en mis ojos y su verga entraba al revés, era algo incomodo pero se pudo al fin, me estaba dando un manjar impresionante, el semen que quedaba de mi hermano se pegaba a los huevos de mi jefe por lo que los lamía con emoción, luego cambiamos y esta vez me subí sobre mi hermano con las piernas juntas sobre los hombros de mi papi, no me daba llene con ambos, gemía como loco.

    Cambiamos de nuevo, ahora me coloqué al borde de la cama, con las rodillas casi en el suelo, mientras mi padre me cogía mi hermano esta vez disfrutaba de mis mamadas, me metía sus pelotas a la boca y eso le encantaba. Seguíamos cambiando de posiciones y en eso mi papi se viene dentro de mí, su semen chorreaba por mis piernas, un creampie hermoso, mientras le pedía a mi hermano que cuando se viniera lo hiciera dentro de mi garganta, algo que ya me había gustado hace unos días; estaba yo sobre mi papá cuando mi hermano ya no pudo más y me los echó adentro de mi garganta, uff era un éxtasis magnifico, sentir su lechita caliente dentro de mi pecho, el semen de mi progenitor manchó mi falda azul, y en eso me la quite y lamí las gotas de semen que aún tenía. Esa noche dormimos juntos por primera vez, yo todavía vestido de colegiala, estuve caliente toda la noche, me metía los dedos y aún sentía el semen de mi papi.

    El próximo relato será dos días después de este encuentro, una orgía con 5 chavos en un parque.

    Como siempre les dejo mi Telegram por si gustan dejarme su mensaje. @Km4zh0.

  • El sereno (Parte I)

    El sereno (Parte I)

    Una noche que regresaba del colegio a mi casa, ciertamente un poco más tarde de lo previsto porque antes había ido a tomar una gaseosa con unas amigas, vi que un hombre estaba en la entrada de mi casa. Primero pensé que podría ser mi padre o mi hermano, aunque esta figura era mucho más corpulenta y alta que la de ellos y, al no saber de quién se trataba más aun con la calle a oscuras, me recorrió un escalofrío por todo el cuerpo. Es que hace un par de meses corté con mi ex novio tras cuatro años juntos, después de aguantar meses de calvario por sus celos incontrolables y hasta amenazas de atentar contra mí. Desde entonces, más de una vez se ha aparecido en la entrada de mi casa para molestarme, ya sea cuando iba o regresaba del colegio. En fin, esa es otra historia.

    Lo cierto es que estuve a punto de marcarle a mi madre por teléfono, cuando vi que Manuel -mi hermano, pude distinguir su voz- salió a darle algo a este hombre misterioso. «Bien, no puede tratarse de Juan Pablo», pensé e inmediatamente grité ¡Manu! Mi hermano, dos años menor que yo, empezó a tomar el rol de protector desde que sucedió todo con mi ex, se podría decir que se había convertido en una especie de ángel guardián a pesar de su corta edad. Salió a buscarme y reprocharme que por qué llegaba tan tarde, que me había estado esperando en la esquina como todas las noches y nunca aparecía. Solo atiné a disculparme y explicarle que había ido a tomar algo con Ángeles y Edith, mis amigas. Por lo bajo le pregunté quién era ese señor y me dijo que era el nuevo sereno que había contratado mi familia.

    Mi padre es un ex juez que hacía un tiempo estaba retirado pues le habían iniciado un jury por un caso en que, según la Justicia, había actuado mal. Desde entonces ha recibido alguna que otra amenaza aunque siempre supuse que solo se trataba de Juan Pablo intentando molestarme a mí o a mi familia. Lo cierto es que hacía un tiempo venían con la idea de tener mayor seguridad en la casa, desde colocar cámaras -más de las que ya había- y también poner un guardia. Resultando en que era ese señor que estaba en la puerta, en la oscuridad de la noche, y que tanto me había asustado. «Mucho gusto, señorita» me dijo cuando pasé por su lado. Le devolví el gesto y entramos a la casa con Manuel.

    Ya dentro me esperaban más reproches por parte de mi madre y padre, por haber llegado tarde, y aunque intenté excusarme con que solo llegué un poco más tarde de lo habitual, se veían bastante enfadados conmigo. Son un poco exigentes y autoritarios, es verdad, pero tras haber pasado todo por lo que pasé con mi ex más el hecho de que me expulsaran de varios colegios y termine en uno público, nocturno y para adultos, se preocupaban bastante por mí. Yo ya tengo 18 años, repetí varios cursos y lejos estoy de ser independiente o madura, así que ellos me siguen tratando como si fuese una niña y creo que eso un poco soy.

    Luego de los regaños y las caras largas, les dije que quería ir bañarme antes de cenar, pero mi madre me obligó a que primero coma lo que había preparado y que, como todas las noches, me sentara en la mesa a cenar con ellos. No me quedó de otra y la verdad es que la comida estaba riquísima, mi madre es una ‘chef’ estupenda. Todo transcurrió normal y en silencio como de costumbre, hasta que el primero en levantarse de la mesa fue mi padre, ya que al día siguiente debía tener una reunión con sus abogados y quería acostarse temprano. Le siguió mi hermano que a las 7 a.m. tendría que estar en el colegio, así que finalmente quedamos solo yo con mi madre. Algo que me ponía incómoda ya que no éramos de hablar demasiado, tanto ella como yo somos de pocas palabras.

    Para sacar un tema de conversación, le comenté que me había dado miedo el señor que estaba en la puerta. «Francisco -me dijo-, es un viejito inofensivo. No sé qué tanta seguridad nos podrá dar pero eso ya es cosa de tu padre». Acto seguido me dijo que también iría a acostarse porque estaba cansada, que mañana se levantaría a lavar la vajilla. Tras un beso en la mejilla y un buenas noches, me pidió que no me quedara despierta hasta deshoras y que luego apagara todas las luces. Luego de eso fui al living y prendí la tele para despejarme un poco, hasta que encontré una serie en Netflix. Al rato vibró mi celular y era un mensaje de Ángeles, que seguía contándome su historia sobre su enamorado de siempre, con el que hacía poco habían empezado a salir. «Me mandó una foto sin ropa, Ro, me morí muerta», me dijo entusiasmada a lo que yo le pregunté sin rodeos si se le veía el pene. Me contestó que sí, que parecía enorme y que no veía la hora de tirarse encima suyo y montarle como si no hubiera un mañana. Me reí y le dije que seguiríamos hablando el día siguiente, que estaba con sueño, aunque lo cierto es que me había quedado pensando en ese pene enorme. Ni siquiera lo había visto, pero igual una sensación de calor me empezó a recorrer el cuerpo, desde los pechos hasta mi sexo.

    Inmediatamente apagué la tele, me levanté del sofá y me fui al baño para darme una ducha fría, después de todo la incipiente calentura y el clima cálido lo ameritaban. Mientras me bañaba, me sobaba los pechos y lentamente fui bajando mis manos hasta mi coñito que ya estaba bastante mojado. Como pude me agarré de los azulejos mientras me retorcía acariciando mi sexo, introduciendo uno, dos, hasta tres dedos… Pero a pesar de mis intentos no logré acabar, por lo que me puse un poco de mal humor. Salí de la ducha, me puse una toalla y fui a mi cuarto para alistarme en la cama, no sin antes ponerme la pijama -en realidad un conjunto de seda, mini short y una pequeña blusa. Antes de acostarme bajé nuevamente a la cocina para ir a buscar un vaso de agua, como todas las noches, cuando sentí que tocaron la puerta. Pegué un sobresalto del susto hasta que escuché un «disculpe, soy Francisco». Allí mismo me compuse y fui a atenderle.

    Al abrir la puerta me encontré con este hombre al que por primera vez le veía bien el rostro. Tal vez tendría unos 60 años, piel morena, bigote y pelos canosos. Era corpulento y más alto de lo que pensaba, al menos más de una cabeza me sacaría. «Disculpe la molestia, señorita. Vi que encendieron la luz y me atreví a golpear la puerta para pedirle una botella de agua fría», dijo el hombre. «Sí, cómo no» le respondí y fui a buscar una botella de la heladera, en tanto que a través del espejo del vestíbulo vi cómo este señor clavó su mirada en mi culo. ‘Viejo verde’ pensé, y luego de darle lo que me había pedido, me dio las gracias y buenas noches y yo cerré la puerta. Un tanto desconcertada por lo que había pasado, aunque ciertamente con asco y mal humor luego de que el viejo me mirara el ojete. ¡Podría ser su hija, su nieta! Sin dudas le contaría a mi madre al otro día. Fui a mi cuarto y me acosté.

    «De pronto estaba en la sala, solo con la luz del televisor prendida, recordando el pene enorme del novio de mi amiga. Me vi desnuda, sobando mis tetas y metiéndome dedos en el coño sin parar cuando de repente veo una figura detrás de mí, del sillón. Incliné mi cabeza hacia atrás y me encontré con una verga enorme ante mis ojos, mirando un poco más arriba vi la cara del viejo Francisco, el sereno, con una sonrisa lasciva y un tanto perturbadora. Intenté gritar pero la voz no me salía, estaba espantada, sobre todo cuando este señor se paró frente a mí, desnudo, lleno de vellos canosos, y agarró una de mis manos para envolverla en su pene. Mis manos, tan pequeñas, delicadas, tomando la verga de este viejo decrépito que gemía mientras me obligaba a masturbarlo, diciéndome que le encantaba mi culo y mis tetas enormes. Sentía miedo y asco, aunque pasé del terror a sentirme muy excitada, como pocas veces, como nunca; tanto así que lo masturbaba con una mano y con la otra empecé a tocarme yo, con tal vehemencia que no había experimentado antes. El hombre allí al ver mi calentura, se abalanzó sobre mí e intentó meter ese gran pene en mi coñito, yo trataba de gritar, gemir, quería sacarlo y a la vez no, hasta que finalmente me penetró».

    Me desperté exaltada y agarré mi celular para ver la hora, eran las tres y media de la madrugada. Sentí que estaba totalmente empapada, había mojado por completo el short. Así que me levanté, retiré las sábanas y me saqué el pijama, quedando solo con la blusa puesta. Me asomé luego por la ventana que daba a la calle y ahí lo vi a ese señor, estoico, mirando atento a sus lados, comprometido con su trabajo. ¿Cómo podía ser que ese mismo viejo se había metido en mis sueños y excitarme de esta manera? Quería sentir asco, lo juro, pero no podía, seguía imaginándolo sobre mí, jadeando y a punto de hacerme suya. ¿Será que me quedé pensando en la verga del novio de Ángeles? Una verga que por cierto jamás vi pero sí la cara del señor… ¿Qué clase de juego perverso y caliente estaba tramando mi inconsciente? Preguntas y más preguntas se me venían a la mente, hasta que por fin, a eso de las cinco, volví a dormirme.

    Después de tan bizarra noche, el día siguiente no sería normal. Me levanté cerca de las tres de la tarde, no había nadie en casa más que mi padre, que se ofreció llevarme al colegio ya que también él tenía que salir. Ya en el auto nos pusimos a conversar hasta que en un momento me contó que mi madre le había dicho que le tuve miedo al sereno. De pronto me puse roja como un tomate con el solo hecho de que mencionara al viejo, pues aún no dejaban de pasar por mi mente las imágenes de la noche anterior, de ese sueño húmedo tan vívido que tuve con Francisco. Nerviosa porque mi padre denote mi cara colorada, en seco le respondí que ya había pasado, que por suerte estaba Manu y que me alegraba que haya seguridad en la casa. «Es un poco grande, sí, pero el hombre tiene experiencia. Era vigilante en una empresa de seguridad hasta que se jubiló hace unos cinco años», me dijo mi padre. ¡¿Es decir que el viejo tiene 70?! Me calenté con un viejo de 70 años, no lo podía creer…

    Ya en el instituto traté de despejarme pero no había caso, seguía pensando en lo que me dijo mi padre: el sereno tiene 70 años, apenas unos pocos años menos que mis abuelos, y ¡yo me calenté con un señor mayor! Tuve intenciones de contárselo a Ángeles en el recreo pero no tuve el coraje, mi amiga pensaría que soy una asquerosa, rara o cosas así. Ella por su lado, me dijo que me notaba en las nubes, callada, así que preguntó si me había pasado algo a lo que yo le respondí que no. Que solo estaba cansada porque me había dormido tarde luego de mirar series toda la noche. No sé bien si habrá tragado el cuento, pero de seguro no se imaginaría que el sueño que tuve con un señor mayor que bien podría ser mi abuelo, me había dejado tan excitada. Es más, ¿por qué habría de imaginarse siquiera que me masturbé y terminé así de empapada? Por suerte pude esquivar bien el tema y no me hizo más preguntas. Luego de unas dos horas en el colegio, nos avisaron que saldríamos más temprano porque había faltado una profe. Ángeles me dijo que fuéramos hasta la facultad donde estudia Edith para volver a tomar algo con ella, sin embargo le dije que estaba cansada y que necesitaba ir a dormir antes de cenar. «Ok, nos vemos mañana entonces», me dijo, dio la vuelta y se fue.

    De camino a mi casa en el bus me puse a escuchar música, algo tenía que hacer para no pensar en el viejo. Tras unos veinte minutos de viaje, por fin llegué a mi casa, donde en la puerta me encontré con Francisco que también parecía que recién llegaba. Nos saludamos y entré para la casa, e inmediatamente me llegó un mensaje de mi madre diciéndome que habían salido a una cena con amigos y que Manuel se había ido a lo de un compañero de colegio. «No llegaremos tarde pero igual te dejé la cena lista en el microondas», decía un último mensaje. No bien entré a la casa, sentí una extraña sensación que me erizaba el cuerpo: saber que estaba sola, con el viejo a sólo unos pocos metros de mí, que podría venir y tomarme firme con sus manos toscas, abrazarme por detrás y que me recorra el cuerpo con su boca humedecida… Pero, ¿en qué estaba pensando? De nuevo la calentura se había apoderado de mí, como si ya no estuviese en mis cabales y en todo lo que podía pensar era cómo ese señor me hacía suya, tal como estuvo a punto de hacerlo en ese sueño. «Rosario, tenés que tranquilizarte» pensé hacia mis adentros, así que decidí ir a darme un baño, aunque también quería recostarme un rato, lo que sea para dejar de pensar en lo que venía pensando. Subí a mi cuarto, me despojé de la camisa y el corpiño, y me eché en la cama así, solo con mis medias y la falda del uniforme, contemplando el techo blanco muy propicio para reproducir una y otra vez las mismas imágenes que rondaban por mi mente.

    «Por algún motivo no había agua en el baño del piso superior, así que bajé a la sala para usar la ducha del toilette de visitas. Mientras me bañaba, advertí una sombra en el tragaluz, como si alguien estuviera observándome desnuda. Por un momento me paralicé, pero nuevamente esa sensación de calor en mis zonas más bajas se apoderaron de mi persona, así que fui deslizando suavemente mis manos por todo mi cuerpo, lentamente acariciaba mi culo para que, quién sea que estuviera tras esa pequeña ventana mirándome, se deleitara con cada parte de mí. De forma muy sigilosa pero sugerente, giré apenas la mirada para ver quién era el voyeur que me observaba y ahí estaba, era él: Francisco. Alcancé a ver sus ojos pervertidos y su sonrisa lasciva, la misma sonrisa que puso al poner mis manos en su miembro, la misma mirada que posó en mi culo aquella noche en el vestíbulo.

    No me pude contener, con los ojos cerrados y simulando enjuagarme el cabello, me puse de frente al tragaluz para exhibir mis grandes pechos apenas cubiertos de espuma, y dejando al descubierto mi sexo que inmediatamente fue presa de mis dedos inquietos. Podía imaginar a Francisco, tras aquella pared, abriéndose paso hacia su miembro, masturbándose frenéticamente mientras me veía, mientras veía cómo la dulce niña de la casa se tomaba un baño y estaba allí, desnuda y exhibiéndose ante él. Le escuchaba jadear, gemir, su respiración y su aliento empañando el vidrio de aquella ventana. Hasta que abrí mis ojos, lo miré fijamente, le sonreí y juro que fue en ese momento que escuché al viejo soltar un último gemido… Había eyaculado y yo, yo supe que ese orgasmo era mío, y que pronto esa blanca espesura emulsionaría mi cuerpo entero.»

    Un golpe en la puerta y un aviso de «Ro, ya llegué», me puso en alerta. Era Manu, avisándome que recién llegaba de la casa de su amigo, y no, no fue la puerta del baño de visitas la que golpeó, fue la de mi cuarto. No estaba en la ducha, estaba en mi cuarto, en mi cama, con la tanga nuevamente empapada, con mis dedos envolviendo mis pezones firmes, y supe entonces que todo esto había sido otro sueño. Yo estaba en mi cuarto y Francisco allí, en la entrada de la casa, con sus ojos lejos de mi cuerpo y un orgasmo distante e inexistente que jamás me regaló. Aunque esperaba, muy dentro mío, que esos sueños y esa fantasía, pronto, algún día, se hicieran realidad.

  • Con Lau

    Con Lau

    10/11/2021

    Ya estoy en casa.

    Fui derecho al baño, y me hice una buena paja. Demoraba, y entonces agarré el celular para ver tu grabación del video que me hiciste, que dicho sea de paso, fue muy cortito y algo pude ver, pero, lo dejaste sobre la silla, y filmando boca abajo.

    Pero me excitó muchísimo, pues se sentían mis gemidos del goce que me ibas dando, y también, los tuyos.

    Y, zas, pude acabar. Pero igualmente demoré como 3 minutos quizás. O más.

    En estos momentos, cierro los ojos, y «siento» tu lengua en mi lengua en mi boca. Nunca pensé en mis 60 y pico largos de mi vida, que iba a besar a otro hombre, con un poco de pasión y, sí, con cierto amor.

    «Siento» tu cara contra la mía. Tu perfume, que me quedó luego en mi cuello y en mi tapaboca.

    «Siento» tu cuerpo contra el mío.

    «Siento» en mi mano izquierda cómo crece y se endurece tu pija en ella.

    «Siento» tus dedos tocando y tratando de entrar en mi ano, mientras me besas mi cuello.

    «Siento» cómo me untas mi ano con el lubricante y juegas un poco con tu dedo en él, y el comienzo del goce por mi parte, al menos.

    «Siento» tu pija tocando mi nalga izquierda cuando me hiciste girar en la cama.

    «Siento» tu dedo «viendo» dónde está mi ano para luego «sentir» tu pija penetrándome, de a poco, pero firmemente. Primero empecé a gozar, luego a sentir dolor, pues tu hermosa pija tiene un grosor ideal al principio, pero luego, se engrosa mucho más. Y, ¡ay!, cuando entra esa parte, duele un poco más. Pero una vez toda adentro de mi culo, guau, qué goce por favor. Y al estar relatando esto, la «estoy sintiendo» otra vez. Te adoro.

    Adoro tu pija.

    Amo tu pija.

    Deseo tu pija en todo momento. Quiero que me estés cogiendo, siempre.

    «Siento» tus jadeos mientras yo estoy acostado boca abajo, levantando mi cola, para que me puedas coger con la pija lo más adentro mío posible.

    Luego, me llevas hasta los pies de la cama, me haces parar en el suelo, y mi torso tirado en la cama, te paraste detrás mío y me penetraste otra vez. Esta vez tu pija entró sin dolor ni ningún esfuerzo. Me encanta. Me encanta que me cojas de esta manera.

    «Siento» mientras me cogés de parado un goce mayor que al estar acostado. Poder tocarte los testículos y «verificar» que tu pija está totalmente dentro de mí. Y más cuando refriego mi cola fuertemente contra ti. Miro hacia la derecha y me veo en el espejo que tienes en la pared: yo parado a los pies de la cama y todo mi torso en la cama, como dije anteriormente, pero, ahora agrego que te veo a ti, cogiéndome, mientras dices, «qué rico». Llega un momento en que estoy a punto de acabar, sólo por sentirte dentro de mí pero justo la sacaste y me dijiste que te la chupara. Te quitaste el preservativo, te acostaste boca arriba, y yo de inmediato, me acosté al lado tuyo, pero mi boca a la altura de tu pija.

    «Siento» tu pija entrando a mi boca, la cual agarro con mi mano izquierda y la pajeo desde la «base» de esa tibia y sabrosa pija. La saboreo con mi lengua de arriba a abajo. Me la llevo hasta la garganta que casi me da una arcada. Y la sigo chupando, saboreando y pajeando hasta que en un momento escucho tus jadeos más cercanos unos de otros y el «ay, ay, ay… mmm… aagghhh», que es cuando sin sacarla de mi boca, empiezo a pajearte más rápido hasta que tu pija expulsa un chorro tibio, rico, delicioso; tu elixir, como yo lo llamo. Me inundaste la boca con tu leche… Como te dije, fue la primera vez que recibí la leche de una pija en mi boca. La primera vez. Me encantó. Sabrosa.

    «Siento» el primer chorro de tu elixir, casi en mi garganta, la retengo allí, mientras sigo recibiendo toda, toda, tu leche. Tu elixir de la vida, de la pasión, de la lujuria. Y te saqué toda la leche, y me la tragué toda. No dejé nada. Pero igualmente, seguí con tu pija en mi boca, chupándola suavemente, con amor, lentamente, con pasión, saboreándola, con placer.

    ¿Qué más decir? Pasión, amor, lujuria, placer.

  • La nueva librería

    La nueva librería

    Son casi las dos de la mañana en el pueblo costero de Mermaid song, las calles se encuentran basáis, a excepción de una joven skater que bien de una fiesta, que aunque no fue mala, no resulto ser lo que esperaba. La madrugada empezó con aires fríos pero el clima costero le permite a Kate llevar solo su bikini negro, un suéter negro con gorro de manga larga que apenas cubre sus pequeños pechos firmes y levantaditos, su cabello largo, ondea por el fresco aire, sus piernas cubiertas astas sus muslos por calcetas largas, sostiene su gorra mientras recorre las calles de casas con sus luces apagadas, a acepción de un local, que llama la atención de la joven quien por curiosidad se acerca al lugar, al mirar a través del ventanal del local, ve demasiadas cajas abiertas, al ver las más cercanas pudo ver que tenían libros, aquello le mato el interés, da un largo bostezo y ya estaba a punto de irse, cuando del fondo del local sale el que parece ser el dueño, no sabía si era el alcohol que había digerido o el sueño que ya comenzaba a pegarle, pero aquel hombre le resultaba bastante apuesto.

    La chica comenzó a analizar al dueño, a pesar de su vestimenta de pantalones y camisa de vestir, acompañado de un chaleco de algodón, todo el atuendo le parecía aldea un abuelo, pero el rostro del hombre se veía joven incluso le calculaba unos treinta años, con su cabello negro y largo que terminaba en una cola de caballo, la camisa y el chaleco se veía algo ajustados por la musculatura de sus brazos y pechos, sus ojos azules de Kate comenzaron descender por debajo de su cintura del bibliotecario notando que en la entre pierna del pantalón ligeramente holgado, resalta un bulto bastante significativo, Kate ya comenzaba a comérselo con los ojos.

    El hombre continuaba asiendo sus labores sin perca que lo estaban mirando, seguía haciendo inventario entre el contenido de barias cajas que tenía cerca, hasta que escucha el golpeteo del cristal de la venta, llamando su atención, el hombre se muestra bastante sorprendido al ver a Kate, que le sonreía desde el otro lado de la venta, el hombre mira su reloj y notar la hora, una vez mas escucha el golpeteo de la ventana y ve a Kate que le ase señas para que le habrá la puerta, a lo que el hombre deja sus cosas para abrirle la puerta.— buenos días… señorita. ¿Le puedo ayudar en algo? — Kate percibe un aroma agradable, que la ase sentir muy bien, más ligera y relajada, pero también deseosa, excitada.

    El hombre nota su mirada como lo recorre, pero lo ignora y cortes mente vuelve a preguntar — ¿disculpe señorita la puedo ayudar en algo? — Kate entra a la librería con andar coqueto, contoneando sus caderas. — Vaya bonito local — toma un libro cualquiera de la caja cercana. — y tiene una interesante colección, conozco a muchos amigos que podrían interesarle — El hombre antes de cerrar mira las calles para cerciorarse que estuvieran basáis, en un breve instante sus ojos resplandecieron en un fulgor amarillo, el hombre no confía en la chica. — disculpe señorita pero es muy tarde y nece… nece… necesito…— Kate tomo por sorpresa al dueño de la librería, Kate se encuentra agachada supuestamente dejando el libro en una caja del suelo, con las piernas firmes dejando arriba y en dirección del bibliotecario sus jóvenes y firmes nalgas, que amas de un hombre o mujer (si es el caso) antojarían.

    El hombre trataría de mantener la compostura, pero al ver la mirada de Kate, que lo miraba con deseo, el hombre entendió inmediatamente, acercándose firme y serio, al llegar con Kate una de sus manos se posa sobre una nalga, recorriendo lentamente la suave piel de la chica, mientras el hombre le susurra — ¿estás de acuerdo con esto?. — Kate afirmando con la cabeza, al instante siente como dos dedos entra dentro de ella, provocando un leve gemido, que comienzan aumentar conforme el hombre empieza juguetear dentro de ella con sus dedos, pero aun ve esto intrigante, podía ver como llegaba al clímax muy rápido, solo aumento el movimiento de sus dedos hasta que se vino por completo, la chica se quedó arrodillada jadeando.— diablos que buenas manos tienes.— la chica mira al hombre que le acerca sus dedos empapados. Kate comienza lamer sus propios jugos, mientras el hombre la mira intrigado con ojos de reptil. “¿Qué le pasa? Me está mirando fijamente a mis ojos y acaso no ve algo extraño, incluso su comportamiento es inusual aun para alguien como den ella” el hombre se mira al espejo mientras Kate le abre sus pantalones — ¡wow! Esta cosa es más grande que mi brazo.— pero el hombre no le presta atención aun cuando comienza hacerle una felación.

    Mira con detalle su apariencia, en el reflejo de la ventana, no sobre salía en apariencia de alguna manera, su forma humana debería pasar desapercibida y sin embargo aquella muchacha ya tenía sus intenciones mucho antes de entrar. Él la mira como está mamándole su mimbre con bastantes ganas, su boca saborea la punta como si fuera una gran paleta que apenas cabe en su boca mientras sus manos hacen lo suyo, en sus ojos puede ver el deseo desenfrenado, la inteligencia inhumana del hombre, aun trata de descubrir el fallo de su disfraz. — ¿que podría ser? — Kate deja de trabajar. — ¿ocurre algo papi? — pero el no dijo nada, simplemente tomo su cabeza, con su enorme mano que comienza a cambiar, tomándola firmemente y la dirige sus labios a su enorme miembro, mientras con la otra toma sus largos cabellos rubios, haciendo una cola de caballa, Kate apenas saboreaba la enorme punta del pene cuando de repente el enorme falo se introduce por completo hasta la raíz, provocando que se viniera tan fuerte dejando empapado sus muslos y un gran charco en el suelo, Kate siente que la punta del enorme miembro toca la boca de su estómago, sus ojos llorosos se alzan y ya no ve a un hombre si no a una criatura que comienza a follarse su garganta sin consideración, Kate no puede hacer nada más que aguantar mientras sus manos se aferran a las musculosas piernas de aquel monstro con forma de reptil.

    En la mente de Kate se cuestiona el por qué no está asustada, en vez de luchar para huir, deja que el monstruo siga follando su garganta, por cada envestida su excitación crese más y más, hasta que siente que ya está apunto de correrse dentro de ella, lo cual espera con impaciencia, el ritmo aumenta, cada vez más rápido, más rápido, más rápido hasta que se detiene bruscamente, Kate puede sentir como le está llenando su estómago al punto que siente que podría reventar.

    Cuando el termina saca su miembro de la boca de la chica seguido de un gran chorro de semen que ya no podía mantener dentro de ella. Mientras Kate se recupera, el monstruoso ser, toma una silla para sentarse en ella, solo que se desliza lo suficiente dejando sus nalgas fuera del asiento, la bestia da una palmadas a sus piernas, porrita que sigue una orden Kate se dirige lista a fornicar no sin antes darle una gran lamida al enorme miembro, después se coloca con mucho cuidado posas sus pies en las piernas del monstruo para ponerse encima del enorme falo y dejar que la penetre, pero solo pudo entrar la punta, para ella fue suficiente ya que gozaba a su ritmo, el monstruo se divierte mirándola y disfrutando sus gemidos, pero rápidamente comenzó a cansarse mientras seguía con lo suyo, el monstro acerca sus dedos en los talones de cada pie, un empujoncito y Kate sufre un resbalón y la gravedad hiso lo suyo, Kate acabo “empalada” por el enorme falo, todo su cuerpo se encontraba tenso, ella apenas y podía procesar lo que está pasando, la sensaciones que siente en ese momento eran demasiado intensas, sentía que estaba a punto de ser partida, sus ojos completamente abiertos mira el enorme bulto que es su estómago que llega hasta la boca de su estómago, la bestia mueve un poco sus caderas, provocando suelte un grito ahogado, mientras sus manos sostienen su vientre con fuerza para tratar de detener el enorme miembro que tiene dentro de ella. — ¡maldición! ¡maldición! Que pretende este maldi… ¡¡NGUHHH¡¡— nuevamente siente como el monstruo se mueve — es… es dema… demasiado… Creo ¡¡AH!! ¿Por qué se siente tan bieee… —el monstruo se levanta mientras le jala el cabello con una mano y con la otra la tiene bien agarra de su pierna — en verdad me gustaría seguir pero pronto amanecerá, así que discúlpame por ir mas rápido.— Antes de que Kate pudiera procesar. El monstruo, comienza a penetrarla con fuerza y rapidez que en unos minutos las suaves nalgas de Kate comienzan a tornarse rojas por el constante golpeteo contra el vientre del monstruo, incluso este puede sentir como el cuerpo de Kate lo disfruta.— vaya, vaya, parece ser que te encanta incluso puedo sentir los apretones y espasmos de tu dulce coño, jajaja

    El cuerpo de Kate se encuentra al límite, puede sentir como se desvanece poco a poco incluso siente que su corazón va a mil por hora mientras su mano izquierda aprieta su pequeño pecho juvenil, aquel monstruo le había provocado varios orgasmos, falta muy poco para que la pobre chica pierda el conocimiento. El monstruo mira hacia la ventana. — ya no tarda para que amanezca incluso ya hay personas en la calle, fue buena idea poner esos hechizos de ocultamiento por cualquier inconveniente, como el que causaste pequeña.

    Kate apenas y podía hablar para rogar.— AH!!! Por… por… por fa… vor… aaahhh! no… maa AH! — una fuerte nalgada y Kate ya solo puede gritar y gemir de placer, de cualquier forma la bestia tiene que aceptarlo la diversión tiene que terminar. Con más fuerza e intensidad sus embestidas a su coño se concentraban para terminar, la mente de Kate se comienza a poner en blanco, perdiendo la conciencia ya todo queda en cuanto puede resistir su cuerpo, mientras sufre los constantes orgasmos, hasta que la bestia se deja ir con todo y suelta una gran carga, el vientre de Kate comenzaba a hincharse, que parece un globo inflándose, Kate solo podía dar un grito ahogado mientras todo su cuerpo se mantenía tenso hasta que la bestia termino dentro de ella.

    Cuando la suelta Kate queda suspendida en el aire, solo la sostiene el enorme falo que aún sigue dentro de ella, para el monstruo parece una muñeca de trapo, que poco a poco va bajando conforme la erección termina hasta que cae al suelo, su cuerpo comienza a expulsar todo el semen que ya no puede retener, el monstruo la mira con atención. — aún vive…apenas, un poco más y lo más probable no la hubiera contado. — la criatura se coloca a un lado de la chica y coloca un dedo sobre su cabeza para después alzarla como si un hilo invisible la sostuviera, manipular su mente resulto sencillo a causa de las intensas emociones que sufrió, como si hubiera sufrido un corto circuito. — Dime niña ¿qué te atrajo hacia mí?— cual si fuera una de esas muñecas parlantes, Kate le responde.— Aaah… hueles taaan bien, que me calientas tanto que un quiero que folles, quiero mon… —la bestia corta el lazo mágico y la deja caer en el suelo nuevamente.

    Aquello no le pareció nada agradable al monstruo que se levanta y se queda mirando a través de la ventana, algunas personas, pescadores y trabajadores que pasan por ahí saludan al hombre que les muestra la venta sin sospechar que dentro de la tienda se encuentra una intimidante bestia pensando que hacer.— así que mi ahora, es como un afrodisiaco para las…hembras humanas, tal vez si fabrico un aceite que contra resten aquel inesperado efecto me permitiría tener una vida tranquila en este pueblo, en cuanto a ti—mira a Kate, en un charco de semen apenas respirando.— tendré que pensar en algo, no puedo arriesgarme a que las autoridades estén buscándote, además mi colega se encuentra afuera tal vez también se topó con este inconveniente quizás por eso aún no a llegado, así que, ¿Qué poder hacer contigo? Mmmm. Ya lo tengo, aun que primero tendré que arreglarte un poco.

    Barias horas la oficial de policía Riley Jamenson de cuerpo atlético y piel bronceada, con un uniforme bastante ajustado los botones de su camisa azul apenas pueden contener sus grandes y firmes senos, mientras el shot negro resalta sus muslos y gran culo que tiene. Se ajusta su gorra que cubre su cabello oscuro que termina en una cola de caballo, ella encontró a Kate cerca del parque rodeada de botellas y latas de cerveza, percibiendo el olor a semen y alcohol, nota el rojo de sus jóvenes nalgas, ella solo sonreía mientras la mueve con la punta de su bota negra. — hey muchacha despierta, vamos antes de que llames la atención. — Kate recobra la conciencia sintiendo el cuerpo desecho como si hubiera pasado toda una semana en el gym haciendo toda clase de rutina pesada.— eeeh?… donde… dónde estoy?

    La oficial la ayuda a levantarse— pues no lo sé muchacha, pero parece ser que te cogió un toro. Ven niña vamos a casa, monta su motocicleta mientras coloca mientras coloca a Kate frente de ella con cuidad. — sostente muchacha voy a llevar a casa y por cierto si tienes una de esas fiestas locas sería bueno que me invitaras jajaja.

    Fin.

  • Madura y sabrosa

    Madura y sabrosa

    Cuando yo tenía 28 años, hice amistad con una señora de 40, estaba casada con un taxista mucho mayor que ella. Platicábamos todos los días por Messenger y a veces me marcaba por las noches a mí celular, durábamos horas platicando ya que su esposo trabajaba por las noches. Nos hicimos buenos amigos, a veces cachondeábamos por teléfono, me decía que con su marido ya no pasaba nada y que ya no había amor, que eran puros problemas con él.

    Era una señora muy interesante, tenía buena plática, se desahogaba Conmigo pero era muy difícil vernos por que el señor estaba todo el día en casa, y aun que dormía casi todo el día el nomás sentía que ella saldría a cualquier mandado y rápido se levantaba para acompañarla.

    Así pasaron meses, no había la oportunidad de vernos, yo le decía que me la quería coger y ella decía que quería estar conmigo pero que era muy difícil.

    A veces ponía su cámara y me gustaba, se notaban sus buenas tetas.

    Ya había demasiada confianza, una vez por MSN le insistí que me enseñara las tetas, se desabrochó su blusa, se la quitó, también el brasier y me las mostró.

    Eran grandes, hermosas. Me gustaba su cuerpo, era algo llenita, no mucho.

    Tenía buenas piernas y nalgas.

    Se presentó la oportunidad de que tendría que ir a una clínica a visitar a un familiar y nos pusimos de acuerdo.

    Ella me dijo que si por suerte su esposo no se despertaba para acompañarla me marcaría a mí celular para vernos allá.

    Yo esperé y ella me habló, tomé el camión y me fui a la clínica a encontrarla, estando ahí le marqué a su celular para avisarle que ya había llegado.

    Me dijo en que pasillo se encontraba, fui a buscarla, me senté a su lado y conversamos un rato. Nos salimos de la clínica para tomar el camión hacía el centro de Monterrey.

    Antes de tomar el camión llamó a su casa para saber si su esposo aún dormía y no había venido a buscarla. Contestó su hija y dijo que estaba bien dormido.

    Le dijo a su hija que tardaría un buen rato por aun no pasaba a ver a su familiar.

    Subimos al camión y bajamos en el centro, llegamos al hotel, nos besamos, ella estaba sentada en un costado de la cama. Me saqué la verga para que me la chupara mientras desabrochaba su blusa y quitaba su brasier. Después la recosté en la cama, quité su pantalón pesquero y sus calzones y le di una lengüeteadas en la vagina, mamé sus tetotas, me puse el condón y se montó en m mientras yo sobaba sus tetas.

    Después la puse piernas al hombro y así me la cogí.

    Ella estaba nerviosa porque tenía miedo que alguien la hubiera visto entrar al hotel o que de repente llegará el marido. Quizá eso me excitaba más, estarme comiendo algo ajeno.

    Después de eso me seguía marcando por teléfono en las noches, platicábamos de ese momento que pasamos aunque nunca fue posible volvernos a ver. Con el tiempo dejamos de tener contacto y ya no supe más de ella.

    Pero a pesar de los años lo recuerdo como si fuera ayer.

  • Violado por la casera

    Violado por la casera

    Eran como las tres o cuatro de la tarde cuando recibí un mensaje de mi casera avisándome que más tarde pasaría por la renta y que por favor no olvidara nuestra última conversación.

    Por supuesto no había olvidado nada de ese intercambio, que tenía poco de conversación y mucho de ultimátum. He de decir que por cuestiones personales no había podido pagar en tiempo y forma y que, al ya estar retrasado tres meses, había dejado de contestar las llamadas de la señora Rocío, por lo cual se había presentado en persona la semana pasada a decirme que si el pago no estaba listo el día de hoy me echaría a la calle.

    No tenía el dinero. De hecho lo que había logrado juntar apenas sobrepasaba la mitad de lo que debía y, si lo entregaba todo, no tenía claro cómo iba a sobrevivir las siguientes semanas. En mi mente repasaba desordenadamente las cosas que le diría, variaciones francamente mediocres de líneas que ya le había dicho en ocasiones anteriores: que me comprometía, que por favor, que la próxima semana… En eso escuché tres impacientes golpes fuertes en la puerta.

    Al abrir vi a la señora Rocío que venía acompañada de Julián, su asistente que más parecía guardaespaldas o de plano matón, que secretario.

    Sin esperar a que la invitara a pasar, la señora Rocío entró con pasos prepotentes, sus tacones rojos resonando sobre el piso de mi departamento, o mejor dicho su departamento, cosa que ella no me dejaba de recordar, seguida de Julián, que en todo el rato no había dicho palabra ni modificado su expresión de cabeza Olmeca.

    La señora Rocío era una mujer extrañamente intimidante para su corta estatura. Tenía unos cincuenta años y, según tengo entendido, era abogada, aunque su forma de vestir más bien la hacía parecer secretaria: una falda roja entallada que le llegaba a las rodillas, un saco rojo quizá demasiado apretado y una blusa blanca, coronada por un collar de perlas de fantasía. No era una mujer que yo hubiera considerado atractiva, pero debo decir que siempre me llamaron la atención sus enormes pechos, que fácilmente le llegaban al ombligo, y que más de una vez me sorprendió mirando. Su maquillaje era sencillo y algo corriente: un labial rojo casi anaranjado que contrastaba con su piel morena, pestañas pintadas e involuntariamente decoradas con alguno que otro grumo de rímel aquí y allá, todo ello enmarcado por su cabellera negra alaciada.

    Procedí, una vez más, a explicar mi lamentable situación económica, a hacer promesas que no tenía manera de cumplir, pedir más segundas oportunidades, y fui interrumpido por un “A ver, ya cállate” de la señora Rocío.

    —Ya me cantaste, me dijiste, me pediste y todo muchas veces antes, —dijo en tono impaciente —ya tuvimos una conversación la semana pasada y parece que, o no entendiste lo que se te dijo, o de plano me quieres ver la cara, abusando de mi buena voluntad.

    —Señora Rocío, —intenté interceder, pero me interrumpió.

    —Nada. No hay nada que me puedas decir para conseguir otro plazo más. Así que por favor ve agarrando tus cosas que aquí Julián va a sacar todos tus muebles a la banqueta.

    —Señora, por favor… Haré lo que sea…

    Al decir eso noté que algo cambió en su mirada. Apareció una sonrisa maliciosa y un cierto brillo en sus ojos que denotaba una especie de suave crueldad lasciva.

    —¿Lo que sea? —preguntó, sabiendo muy bien que yo no tenía el poder de objetar a ninguna petición que ella me hiciera.

    —Lo que sea. —dije intentando sonar a una de esas personas que cumplen su palabra, cosa que nunca he sido.

    —Muy bien, —dijo ella, y lo siguiente que hizo fue probablemente lo que más me ha sorprendido en mi vida entera: se subió la minifalda hasta la cintura, se acostó en el sillón (el único sillón), levantó las piernas e hizo a un lado sus bragas. En esa posición, volvió a hablar con la misma prepotencia.

    —Chúpamela. Chúpamela hasta que me venga y si lo haces bien podemos ver si te concedo otro plazo para que me pagues lo que me debes.

    No sé cuánto tiempo pasó, seguramente unos pocos segundos, pero para mí fue eterno. Comprendí que no tenía ninguna otra salida y que si quería sobrevivir, no solo tenía que hacerle sexo oral a esta mujer, sino que tenía que hacerlo lo suficientemente bien como para hacerla venirse. Sin decir nada me puse de rodillas y comencé a chupar.

    Inicié lentamente dando suaves lengüetadas superficiales desde el perineo hasta la punta de su clítoris, el cual aún se encontraba oculto entre sus densos vellos negros. Repetí esto varias veces abriendo muy gradualmente su vagina con cada nueva chupada. Debo decir que olía bastante bien, como si se hubiera bañado hace relativamente poco tiempo. La seguí chupando con un poco más de constancia, a veces moviendo la lengua cerca de la entrada de su vagina, a veces centrándome un poco más en el clítoris y escupiendo un poco ocasionalmente. Gradualmente fui notando cómo su clítoris se fue poniendo duro y escuché unos leves gemidos. Me decía “vas bien, qué rico”.

    Decidí subir un poco la intensidad metiendo mi lengua en su agujero vaginal para luego continuar como lo venía haciendo pero más rápido y con más energía, ocasionalmente deteniéndome a succionar su clítoris. Entré a un ritmo en el que succionaba el clítoris mientras lo estimulaba con la lengua y luego lo abandonaba para chupar el resto de su vagina, sus labios menores y el interior de su agujero. Fui haciendo esto gradualmente con mayor intensidad, fuerza y velocidad. Me demoraba cada vez más segundos en el clítoris y las interrupciones para chupar el resto fueron cada vez más breves hasta que de pronto me encontré únicamente succionando y chupando el clítoris con toda mi energía.

    Ella gemía constantemente, tenía sus manos agarrándome la nuca y de pronto, casi como fuera de sí, me dijo “¡méteme los dedos!”. Entonces introduje mis dedos índice y medio en su vagina y los comencé a mover dentro de ella para estimular su punto G, todo mientras seguía succionando su clítoris con todas mis fuerzas. Ella se sentía como un animal, completamente perdida en el placer. Movía su cadera y no soltaba mi cabeza, sus uñas se enterraban en mi cuero cabelludo.

    De pronto escuché que dijo “ay”, y en ese momento sentí cómo todos los músculos de su cuerpo se tensaron. Sufrió varias convulsiones sin emitir ningún sonido y de pronto comenzó a gritar emitiendo los gemidos sexuales más indecentes, excitantes y soeces que he escuchado en mi vida.

    Cuando acabó de venirse, yo saqué los dedos de su vagina y me limpié sus jugos de mi boca con el brazo izquierdo. Entonces me quise parar y caí en cuenta de dos cosas. Primero me di cuenta de que tenía una erección palpitante debajo de mi pantalón y segundo, que Julián se nos había quedado viendo y se estaba masturbando.

    Julián era un tipo grande. Posiblemente medía un metro con noventa centímetros, muy musculoso y muy feo. Además, cosa que acababa de aprender, tenía un pene enorme, no circuncidado, con un glande redondo y brilloso, seguramente por haberlo lubricado con saliva.

    —Ahora te toca chupárselo a Julián. —dijo la señora Rocío, que después de haberse venido había recobrado su tono autoritario, pero ahora se la escuchaba más relajada, aunque su tono de malicia permanecía intacto.

    En un triste afán de conservar lo que me quedaba de dignidad, hice como que me rehusaba a sabiendas de que era inútil y que a estas alturas no tenía más alternativa que hacer exactamente lo que se me ordenaba.

    Entonces me puse de rodillas frente a Julián y comencé a chupar su pene enorme. Intentaba imaginar que mi boca era una vagina y trataba de cubrir, aunque fuera, el glande y un poco del tronco. Lo hacía con movimientos constantes, no muy rápido y no muy lento, mientras masturbaba la base con mi mano derecha. Al igual que lo había hecho la señora Rocío, que para este momento ya se había sacado sus enormes senos de su saco y su blusa para pellizcar sus grandes pezones con una mano mientras se masajeaba el clítoris con la otra, Julián agarró mi cabeza con su mano derecha y comenzó a bombear moviendo su cadera suavemente.

    Yo pensé que sería como con la señora Rocío y que lograría hacer que Julián se viniera y finalmente acabaría todo esto, pero de un momento a otro Julián se detuvo y me empujó hacia el sillón.

    —Quítate la ropa, —me dijo la señora Rocío. Al hacerle caso, mi pene, que seguía completamente erecto, quedó al descubierto. Ella continuó:

    —Mira nada más. Conque te está gustando. Así que te excita que te sometan y te violen. Pues si tanto te gusta, te vamos a complacer.

    Me hicieron ponerme a cuatro sobre el sillón y Julián puso su glande en mi ano. Gradualmente, haciendo presión y escupiendo en mi agujero, fue introduciendo su enorme pene en mí. Cuando finalmente entró el glande completo yo sentí que se me rompía el ano, me dolió tanto que grité y entonces la señora Rocío comenzó a darme de nalgadas.

    —¡Toma! ¡Pa que grites!

    Y Julián se comenzó a mover poco a poco más rápido y poco a poco más profundo. Para ese momento yo sentía mucho placer anal y mi pene rebotaba aun completamente erecto. La señora Rocío se colocó frente a mí y me puso sus senos en la cara.

    —¡Chúpame las tetas! ¡Chúpamelas mientras te cogen por el culito!

    Julián ya se estaba moviendo muy rápido y su enorme pene se deslizaba por mi ano como mantequilla. Yo sentía un placer intenso en todo mi interior y chupaba como enloquecido los enormes pezones de la señora Rocío. Chupaba, succionaba y mordía aquellos pezones. En ocasiones chupaba a lengüetazos grandes las enormes tetas desde la base y desde el lado hasta la punta. Todo mientras mi ano era destruido por este animal. Yo sentía una especie de fuego de éxtasis que me llenaba todo el cuerpo desde los movimientos brutales del pene de este hombre.

    De pronto sentí a Julián venirse. De un momento a otro me la metió hasta el fondo en embestidas duras y rítmicas y sentí su cremoso semen derramarse en mi interior. En ese momento comencé a venirme yo también: mi pene que había permanecido completamente erecto, de pronto comenzó a despedir chorros de semen que manchaban el sillón. Sin embargo yo sentía que me venía de todo el cuerpo, desde el ano al estómago, a las piernas que me temblaban.

    Todavía al acabar de venirnos, Julián dejó su pene unos momentos en mi ano y luego, lentamente, lo sacó dejando escapar un pequeño gemido y unas gotas de semen que gotearon de mi culo hacia el sillón.

    La señora Rocío se vistió y finalmente me dijo:

    —La próxima semana vuelvo a venir por lo que me debes. Si no pagas, ya sabes…

    Se fueron sin decir una palabra más.

    Muchas gracias a todos aquellos que se interesaron en leer este relato. Estoy abierto a sugerencias, comentarios, intercambiar ideas de relatos, etc. Si gustan contactarme, por favor háganlo a este correo:

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  • Libertad condicional

    Libertad condicional

    El empleado de ventanilla lo miró con desprecio y le entregó sus escasas pertenencias, compuestas por un paquete de cigarrillos chafado, un zippo, un billete arrugado de diez euros, una moneda de cincuenta céntimos y unas llaves. Hassan cogió uno de los maltrechos cigarrillos, abrió la tapa del zippo y prendió la llama, dio una calada, aspiró profundamente el humo y se lo echó a la cara al empleado a través del cristal con la misma insolencia con la que el funcionario le entregó sus enseres. A continuación, el vigilante lo acompañó a la salida. Hassan se detuvo allí, miró al cielo y agradeció a Alá su liberación, aspiró nuevamente el humo de su cigarro sin contemplar, ni por un momento que era a su abogada a quien le debía su libertad, y no a Alá. Todo, después de haber usado todos los resquicios legales para hacer factible la condicional. De no haber sido así, nadie le hubiese librado de los tres largos años de cárcel que la fiscalía le reclamaba por robo con agresión, en su lugar, Merche consiguió que la condena se redujera a uno, con la posterior condicional.

    Hassan dio una última calada, lanzó el cigarrillo al aire trazando un arco y después se estrelló en el suelo. Complacido, se dirigió al Mercedes aparcado enfrente. En su interior, Merche le esperaba para llevarle a casa. Hassan entró en el vehículo y se aproximó para darle un beso que ella rechazó.

    —No hagas eso, —se quejó apartándole la cara, —podría vernos alguien.

    —Está bien “fierecilla”, —dijo Hassan retrocediendo.

    —¡No me llames así! —le increpó—, y ponte el cinturón, —añadió.

    —¿A qué viene ese cabreo?, —preguntó él despreocupado.

    —Me ha costado mucho sacarte. He tenido que mentir mucho por ti. Espero que ésta sea la última vez e intentes encontrar un trabajo, o no seré yo quien siga sacándote las castañas del fuego.

    —No te preocupes “fierecilla”. Puedes confiar en mí.

    —Te he dicho que no me llames así. Y el problema es ese, que no espero que puedas llevar una vida normal, pero, por tu bien, no la vuelvas a cagar, ya no porque no saldrás del trullo, sino porque me harás quedar como una mierda.

    —Tranquila, no tienes que preocuparte por eso, —respondió Hassan sin que Merche terminase de creer sus palabras.

    Lo conocía de años y también sabía que pretender que su actitud fuese medianamente disciplinada era poco menos que pedirle a un yonqui que no se chutara. Un trabajo de ocho horas diarias, cinco días a la semana era algo que de antemano no iba a esperar de él, en cualquier caso, contaba con un lejano optimismo que le ayudase a encontrar algo legal, aunque fuesen otras las expectativas.

    Merche pisó el acelerador y el Mercedes dejó atrás la penitenciaría. Hassan se volteó para ver una vez más el edificio que había sido su hogar durante el último año y en el cual ya había estado en tres ocasiones, y tenía claro, por tanto, que no quería volver. Se puso las manos detrás de la cabeza denotando un gesto de libertad y autosuficiencia, como si el hecho de estar nuevamente en la calle hubiese sido una tarea fácil.

    —Bendita libertad, —exclamó mientras posaba su mano en la pierna de Merche a través de la falda de tubo.

    —Quita la mano de ahí, —se quejó ella apartándola cuando pretendía colarse por dentro de la tela.

    —No me digas que te has vuelto una puritana.

    —Qué sabrás tú, —dijo hastiada.

    —¡Joder Merche! Pensaba que íbamos a echar un polvo para celebrarlo, como antaño.

    —Nada de polvos, —le increpó. —Centra tus esfuerzos en intentar no volver ahí.

    —¡Joder! Qué susceptible estás. ¿Qué ha sido de la ninfómana de Merche? ¿Quién eres tú? ¿Te ha mandado ella a recogerme?

    —Esa Merche ya no existe, capullo, así que olvídalo.

    —No me digas que tu marido ya consigue que arañes el suelo, —dijo con socarronería.

    —Eso a ti no te importa.

    —¡Vamos Merche! Que nos conocemos. Para contentarte a ti en la cama hace falta algo más que un oficinista de tres al cuarto.

    —Pero… serás cabrón. Gracias a él estás en la calle, gilipollas, —le amonestó.

    Merche aparcó el Mercedes en la puerta de su casa. Nunca le gustó aquel barrio y deseaba marcharse de allí a la mayor celeridad.

    —¡Venga, baja… e intenta portarte bien!

    —¿No vas a subir? —preguntó con la esperanza de que hubiese cambiado de opinión.

    —¡No! —respondió de forma rotunda.

    —Qué desilusión, —añadió él.

    —¡Cuídate, Hassan! —se despidió con una forzada, pero sincera sonrisa.

    En el fondo apreciaba a aquel gandul e indolente personajillo, sin embargo, tenía la certeza de que sus días en la calle estaban contados. Quería pensar lo contrario, pero mucho tendrían que haber cambiado las cosas dentro de aquellos muros para que su vida virase el rumbo.

    Al entrar en casa, su marido estaba leyendo el periódico, lo dejó de lado y se interesó por la liberación de su defendido en la que él también había aportado sus conocimientos y su experiencia como letrado, pese a trabajar en bufetes distintos. Poco se imaginaba que durante tres años de litigios, Hassan se había follado a su mujer decenas de veces y la había hecho gritar placer en cada una de ellas.

    Merche tenía cuarenta y tres años, cinco menos que Félix. En los diez años de matrimonio, Hassan era de los pocos que había conseguido aplacar su insaciable y voraz apetito, pero estaba en un impasse en su vida en el que también anhelaba cierta estabilidad y dejar de lado su promiscua conducta.

    Durante el último año solamente había echado dos canas al aire: una con un compañero de oficio y otra con un niñato al que conoció en una fiesta, pero, ni de lejos, ninguno de los dos podía comparársele a Hassan.

    El hecho de no haber subido con él a su piso no era por falta de ganas, sino porque ahora que había conseguido alejarse de su vida, no deseaba meterlo de nuevo, ya que las complicaciones que le generaba superaban con creces al placer y al morbo que el marroquí pudiese proporcionarle. En cualquier caso, Merche se acostó excitada rememorando los momentos en los que la abría en canal y le arrancaba aquellos salvajes orgasmos, y con esos lujuriosos pensamientos, fue su marido quien se benefició de su enardecimiento.

    —¡Fóllame más fuerte! —le pidió mientras culeaba queriendo sentir la fiereza de los embates, en cambio, la saña con la que embestía su esposo no era la misma con la que lo hacía su amante, como tampoco lo era el calibre que percutía dentro de sus carnes, unas dimensiones que, aunque le costase reconocerlo, echaba de menos.

    Su marido empezó a resoplar adivinando la inminencia del orgasmo, le dio la vuelta y ésta se abrió de piernas para recibirlo. Félix la volvió a penetrar acoplándole las piernas en sus hombros y siguió empujando en busca de un clímax compartido que no tardó en llegar. Félix se dejó caer encima de ella extenuado y henchido de gozo, en cambio, el orgasmo de ella fue modesto, y mientras su marido permanecía sobre ella tratando de recuperar el resuello, Merche pensó que las comparaciones siempre resultaban odiosas.

    —Has estado increíble. Ha sido un buen modo de celebrar tu victoria —afirmó Félix sin imaginarse que los pensamientos de su esposa deambulaban por otros derroteros.

    —De no haber sido por ti hubiesen sido tres años, estoy segura, —matizó, al mismo tiempo que perfilaba una forzada sonrisa, seguidamente fue a lavarse y se frotó con fruición deseando que las lavativas limpiasen también su infecta alma.

    El orgasmo y el chorro de agua fría logró aplacar sus contraindicadas reflexiones, se puso el pijama con la intención de dormir, pero no tenía sueño, aun así pensó que era mejor acostarse y estar descansada y fresca para el día siguiente. Félix le abrió la colcha para que entrara en la cama y ella contempló a un marido dichoso y orgulloso de su mujer, sin hacerse una idea de que era una adultera consumada a la que le gustaban otros placeres más desmesurados.

    —Estoy orgulloso de ti, —le declaró él.

    Merche sintió una desazón, cambió de opinión y cerró la colcha.

    —Creo que voy a estudiar el caso de mañana, —se excusó considerando que era mejor esa opción que seguir interpretando el papel de buena esposa.

    —Ya lo harás por la mañana, —insistió él.

    —Por la mañana viene el cliente y todavía no tengo ningún enfoque, —añadió mientras abandonaba la habitación sin más comentarios.

    Entró en su despacho y abrió la carpeta para estudiar el informe, cuando su móvil empezó a vibrar. El número era desconocido, y dado que eran las once de la noche, dudó en si cogerlo o no, finalmente pulsó el icono verde por si se trataba de una urgencia.

    —¿Sí?

    —Hola “fierecilla”, —dijo la voz al otro lado.

    —¿Hassan? —preguntó incrédula. ¿Ocurre algo?

    —Nada, sólo quería que nos viésemos.

    —Estás como una puta cabra. ¿Cómo se te ocurre llamarme a casa a estas horas? ¿Has perdido la cabeza o qué? —se quejó entre susurros intentando que Félix no la oyera.

    —He estado pensando en que no voy a defraudarte.

    —¿Y eso no podrías habérmelo dicho mañana en hora laboral? —le amonestó nuevamente en voz baja.

    —No podía esperar hasta mañana.

    —Claro que podías. No digas gilipolleces e intenta ser sensato por una vez en tu vida.

    —Necesito hablar contigo.

    —Ahora no puedo hablar y lo sabes. ¡Ven mañana al despacho!

    —Nada de despachos. ¡Ven tú a mi casa!

    —No voy a ir Hassan, —dijo tajante.

    —Pues estaré llamándote hasta que lo hagas.

    —Está bien, —dijo hastiada sabiendo que no lo haría cambiar de opinión, y cortó la conversación.

    Si su intención era revisar su próximo caso, le fue completamente imposible. Su cabeza estaba inmersa en otras cosas y no se había dado cuenta de lo serena que era su vida durante la estancia de Hassan en prisión, hasta que salió. Con él todo era espontaneidad e incertidumbre. Nunca sabía si hablaba en serio o lo hacía de cachondeo, ni tampoco si iba cumplir a rajatabla todas sus indicaciones durante el tiempo que duró su caso. Esa incertidumbre la sacaba de quicio porque se comportaba de forma tan pueril e imprevisible que lo veía, incluso capaz, de malograrlo todo en el juicio.

    Finalmente todo salió como cabía esperar y acabó en un mal menor. Ahora lo que deseaba era alejarse de su vida y que él intentase rehacer la suya sin necesidad de tener que ejercer ella de persona responsable como si fuese su tutora. Con veintiocho años ya estaba bien crecidito para ser consecuente con sus actos y no tener que meterse en líos como hacía siempre.

    Por la mañana se dio una ducha, desayunó, se acicaló, se enfundó un traje-chaqueta y salió de casa en compañía de su marido, bajaron al parking y se dieron un beso, a continuación, cada cual cogió su coche para dirigirse hacia su bufete, por contra, Merche enfiló a casa de Hassan para ver que era aquello tan importante que no podía esperar. Aparcó el Mercedes enfrente, cosa que no le hizo ninguna gracia, sabiendo el barrio que pisaba. Tampoco le entusiasmaba deambular por allí. Llamó al timbre e inmediatamente la puerta se abrió con un sonoro “TAC”. Cerró la cochambrosa puerta y subió los tres pisos a pie. Un vecino sudoroso salió del segundo con una andrajosa camiseta que algún día habría lucido un tono blanco y se sorprendió al ver a una mujer tan distinguida en aquel antro. Su perfume le taladró la sesera y sus ojos se abrieron como los de un búho expectante ante su presa. Admiró a la fémina de porte elegante preguntándose a dónde iría e intentó soltar alguna frase lo suficientemente elocuente con la que cautivar a la morena de pelo largo y ojos marrones.

    —¿Puedo ayudarte guapa? —le preguntó.

    —No gracias, —respondió la mujer sabiendo muy bien cual era su destino.

    Pese a que nunca le gustó aquel cuchitril de piso, lo visitó más veces de las que quería recordar.

    Al llegar al tercer piso, la puerta estaba entreabierta. Cuando abrió, un chirrido resonó en el rellano, y al cerrarla el crujido resonó con más intensidad. Hassan se aproximó con su sonrisa de oreja a oreja mostrando su reluciente dentadura. Una sonrisa que en ocasiones le resultaba retorcida, pues nunca lograba adivinar sus verdaderas intenciones, ni siquiera a través del lenguaje corporal.

    Hassan apareció con unas pintas de lo más ordinarias, en contraste con el refinamiento del cual hacía gala Merche. Portaba un atuendo deportivo compuesto por unos shorts excesivamente cortos, en los cuales se evidenciaba un pronunciado abultamiento de sus genitales y una camiseta de tirantes con el logo de los Lakers serigrafiado. La camiseta estaba cortada a la altura del ombligo, mostrando un vientre plano, así como unos brazos fibrosos a los que había incorporado un nuevo tatuaje con algún tipo de simbolismo que desconocía. Unas chanclas remataban su chabacano atuendo.

    Pese a su apariencia de macarra y pendenciero, lograba ponerla cachonda.

    —¿Qué quieres Hassan? —preguntó nerviosa, queriendo marcharse de allí cuanto antes.

    —Tranquila “fierecilla”. No tengas prisa. Déjame invitarte a una cerveza.

    —Sabes que no me gusta la cerveza, y también sabes que no me gusta que me llames así.

    —Tienes razón. No me acordaba. Qué memoria la mía, —disimuló.

    —Dime qué quieres, porque espero que sea algo importante para hacerme venir aquí, —insistió la abogada.

    —No es la primera vez que vienes, —le recordó él.

    —Ya te dije que eso se acabó.

    —Es increíble que te muestres tan fría e insensible después de todo lo que hemos pasado.

    —Lo pasado, pasado está, Hassan. No quiero volver a eso. Quiero recuperar mi vida y que tú te centres en la tuya. Aunque no me creas, deseo que te vaya bien, tengas un porvenir y no vuelvas a malograrte. No desperdicies tu vida.

    —No quiero desperdiciarla, “fierecilla”, —le dijo de nuevo aproximándose a ella y cogiéndola delicadamente de los hombros.

    —Te he dicho por enésima vez que no me llames así, —le advirtió con un grito, al mismo tiempo que se desprendía de sus manos con brusquedad.

    —No sabes la de veces que te he deseado, ni la de pajas que me he hecho en la cárcel pensando en ti.

    —Esto es increíble, —balbuceó colocando los brazos en jarras—. ¿Me haces venir a este antro para decirme las pajas que te has hecho? Tengo un trabajo ¿Lo sabes? ¿Sabes que tengo otro caso esperándome en el cual debería estar trabajando en estos momentos? La vista es pasado mañana y aquí estoy sin saber por qué he venido…

    —Yo creo que sí que lo sabes.

    —No, no lo sé, —se quejó.

    —Sabes que te deseo, y sabías cuales eran mis intenciones antes de venir, aunque ahora te hagas la remolona. Ya sé que para ti soy un pobre imbécil con menos luces que un barco pirata, pero tú nunca te has interesado por mi cerebro, ¿verdad “fierecilla”?

    —Eso era antes. Ya te he dicho que quiero reconducir mi vida.

    —Déjame follarte una vez más y luego, si es lo que quieres, tomaremos caminos distintos.

    Merche ponderó la disyuntiva de volver a fornicar con él. En su ausencia había echado varias canas al aire, pero ninguna podía compararse a cuando la empalaba Hassan. Aunque su sentido común le decía a gritos que se largara y retomara su vida, su entrepierna no estaba de acuerdo con esa decisión. En el fondo sus ganas de darse un revolcón eran las mismas que las de él. Se percató del realce que formaba la pequeña prenda y exhaló un silencioso suspiro, su respiración se aceleró y sus pulsaciones aumentaron. Dejó el bolso en el suelo y se acercó a él.

    —Ésta será la última vez, —dijo mientras su mano apretaba el creciente abultamiento dentro del short.

    —Será lo que tú quieras, “fierecilla”. —respondió él presionando sus nalgas con fuerza. Merche notó como el miembro ganaba firmeza hasta alcanzar un abultamiento inusual, luchando también por escapar del cautiverio.

    —No me digas que no la deseas, —le susurró Hassan al oído.

    —Eres un cabrón, —protestó ella.

    —Pero bien que te gusta, “fierecilla”.

    Mientras las manos de Hassan desnudaban a Merche, las de ella liberaban la polla que tantas noches de duermevela le hizo pasar. La cogió como si de un mango se tratase y empezó a masturbarlo mientras él se deshacía finalmente del tanga para que sus dedos surfearan en su gelatinoso coño.

    Durante unos minutos las manos de ambos amantes se aplicaron a darse placer. Los sollozos escaparon de su boca en forma de sinfonía deleitosa por la estancia. Hassan tensó sus músculos y levantó a Merche en brazos, ella se enganchó del cuello y enroscó las piernas a su cintura dejándose caer para sentir como la barra de carne buscaba la entrada de su coño y seguidamente clavarse poco a poco. Abrió la boca y emitió un sonoro y prolongado gemido cuando notó de nuevo como la anhelada polla avanzaba y se adentraba por completo en sus entrañas. Los sollozos cedieron el paso a lamentos desenfrenados que empezaron a salir de su boca como hacía tiempo. Su semental la alzaba y la dejaba caer de nuevo y en cada descenso, la verga se le incrustaba hasta el tuétano.

    —Dime ahora que quieres seguir con tu sosegada vida, “fierecilla” —le pidió al mismo tiempo que la tumbaba en la cama sin sacársela.

    —¡Cállate y fóllame, cabronazo, —le pidió entre gritos.

    —Que zorra que eres. Te haces la ñoña y lo que quieres es que te ensarte como a un churrasco de croto.

    —¡Hijo de puta! —le increpó Merche entre jadeos, entretanto se escuchaban los sonoros pollazos que Hassan le propinaba.

    —No te veo como la casada escrupulosa que se conforma con dos polvos semanales con su marido. ¡Vamos, dime que él te folla así! —le hizo ver al tiempo que los rotundos golpes de cadera socavaban sus sentidos.

    —¡Deja a mi marido en paz y fóllame más fuerte cabrón!

    —¡Menuda puta estás hecha! Estoy reventándote el coño y sigues pidiendo más.

    Hassan aceleró el ritmo y empezó a bufar como un toro desbocado con la intención de dárselo todo, seguidamente soltó lastre en su interior gritando y resoplando, mas, con una sincronización que parecía ensayada, lo hizo Merche uniéndose a sus gritos, en tanto la leche golpeaba una y otra vez las paredes de su útero, asimismo, la cadencia de los embates fue disminuyendo gradualmente hasta que finalmente le dio un último estacazo como si quisiera entregarle hasta la última gota de su simiente.

    Ambos amantes permanecieron inertes, uno encima del otro durante un minuto mientras recuperaban el resuello. El miembro empezó a perder su rigidez y escapó del orificio con un sonoro “Plof”, igual que una serpiente abandona su madriguera ahíta de sustento. Merche intentó articular un amago de sonrisa de satisfacción mientras miraba a aquel joven indolente que tanto placer le proporcionaba. Al mismo tiempo, la leche escapó de su gruta, desparramándose en la sábana, y cuando recuperó el resuello pudo articular su primera frase.

    —¡Qué gusto, cabronazo!

    —¿Quién te quiere más que yo, “fierecilla”?, —le declaró dándole a continuación un beso que ella rechazó con la excusa de lavarse, mientras tanto, Hassan la observó al alejarse deleitándose de la visión de semejante fémina. Con movimientos gráciles se dirigió al baño y Hassan examinó la figura de la mujer madura a la que se había follado decenas de veces y reafirmó que no se cansaba de hacerlo. Merche despertaba sus más bajos instintos. Admiró como movía el culo con etéreos meneos, nada forzados, se extasió con las líneas que dibujaban sus contornos. Pese a su madurez seguía conservando una estrecha cintura de avispa que muchas veinteañeras hubiesen deseado. Cuando Merche terminó sus lavativas se mostró de nuevo conforme Dios la trajo al mundo ante sus ojos y disfrutó desde una perspectiva frontal de su silueta. Su cara de porcelana, adornada con una nariz respingona le confería un aire de niña pija, sin embargo, unas incipientes patas de gallo ponían de manifiesto su madurez. Sus largas piernas avanzaron hacia él con paso firme provocando que unos magníficos pechos, adornados con dos pequeñas aureolas rosadas, se moviesen acompasando sus andares. Toda una composición sensual que le hacía perder el norte, y ante todo aquel despliegue de sensualidad por parte de Merche, contrastaba la ordinariez de su amante. Al regresar, Hassan yacía en la cama frotándose una polla que ya estaba casi en completa erección con enérgicos meneos mientras contemplaba obnubilado su esbeltez.

    —¡Qué buena estás, Merche! ¡Mira como me tienes! —dijo mostrando su potencial.

    Merche se relamió los labios viendo su hombría y gateó en la cama con sensuales movimientos hasta su posición para apoderarse del falo que la encumbraba a las más altas cotas de placer. Lo cogió con la mano y dio dos escupitajos en el glande, a continuación fue bajando y subiendo la mano aplicándole reiteradas sacudidas, mientras con la otra mano le masajeaba las pelotas, después cogió el tronco y lengüeteó los huevos a la vez que le masturbaba.

    La cara de Hassan se descompuso de placer cuando la letrada atrapó la polla con la boca intentando acaparar más de lo que daba de sí. Salivaba en cada intento de alojar en sus fauces unos milímetros más. Hassan la ayudó presionando su cabeza, pero existía un límite imposible de rebasar y una arcada la avisó de que había superado esa frontera, de modo que se dedicó a trabajarle la porción en la que Merche se encontraba cómoda. El resto del cimbrel lo utilizó de asidero mientras se la mamaba basculando la cabeza, en tanto que las miradas de ambos se cruzaron.

    Hassan se deleitaba viendo como la abogada engullía su verga una y otra vez, sólo de vez en cuando tomaba un respiro para lengüetear el glande y abrazarlo con la boca aplicándole sonoros besos.

    —Menuda mamona estás hecha.

    Merche lo miró con la misma lascivia de hacía un año cuando deseaba que la poseyera. Soltó la polla y se incorporó sin darle tiempo a reaccionar para sentarse encima de su cara.

    —¡Cómeme el coño! —le ordenó sin tapujos.

    Su amante pasó sus manos por debajo de las piernas y agarró sus nalgas abriéndolas para simultáneamente repasarle su raja con la lengua, desde el ano hasta el pequeño nódulo. Merche empezó a jadear con el cunnilingus. La lengua de Hassan se deslizaba por cada pliegue, en tanto que iba saboreando los caldos que se precipitaban directamente en su boca.

    Las caderas de Merche se balanceaban ininterrumpidamente buscando una lengua que parecía esquiva. Encontró la nariz y se folló un instante con ella hasta que la lengua recuperó el camino extraviado. Un dedo impregnado de sus flujos se adentró en el ojete y Merche exhaló un gemido más intenso revelando un segundo orgasmo que recibió con sucesivos suspiros más intensos. Finalmente se quedó quieta, sentada sobre la cara de su amante mientras éste se deleitaba sorbiendo sus mieles.

    Unos golpecitos en sus nalgas le advirtieron de que Hassan tenía dificultades para respirar. Levantó la pierna y descabalgó de su montura viendo su cara brillante, fruto de sus caldos y no pudo contener una pequeña carcajada.

    —¡Bésame! —le pidió Hassan.

    —Sabes que no me gusta hacerlo, —le respondió.

    —Sólo por esta vez, —insistió, y Merche le dio un beso en el que apenas llegaron a rozarse ambas lenguas, puesto que rápidamente se zafó de él. Para ella los besos apasionados entrañaban algo más, y con Hassan todo se reducía a sexo puro y duro. Sexo salvaje sin prejuicios ni convencionalismos, pero también sin besos, esa era su norma y no le apetecía quebrantarla.

    —Eso no es un beso, es una mierda de beso—se quejó él.

    —Es lo que hay, —replicó ella.

    —Pues entonces te la meteré por el culo, —le rebatió mientras balanceaba la verga en completa erección. —¿No pretenderás dejarme así? —le preguntó señalando su polla en toda su magnitud.

    —No, —respondió abriendo la boca y rozando el labio superior con su lengua de forma sensual. Cogió la polla, se sentó encima y se la encaró para dejarse caer poco a poco.

    —Quiero oírte gritar mientras me pides que te reviente.

    Merche volvió a sentir todo su potencial dentro y reemprendió la cabalgada. Hassan agarró sus tetas y besó sus pezones con verdadera pasión. Presionaba, besaba, mordía y lengüeteaba con delirio, al mismo tiempo que su polla percutía en el hambriento coño. Los jadeos de Merche se hicieron notar de nuevo y Hassan se unió al concierto recitando una sinfonía que no arrojaba ninguna duda del festín que estaba teniendo lugar en aquel antro. Las rudas manos abandonaron los aterciopelados pechos para desplazarse hasta sus nalgas y un dedo se aventuró en el pequeño orificio provocando que Merche diera un respingo, sin embargo le gustaba la sensación de la pequeña extremidad estimulándole el ano, al mismo tiempo que la polla de Hassan la follaba sin cuartel. Merche intentó acelerar los movimientos con intenciones orgásmicas, en cambio su joven amante parecía tener otros planes para ella, le dio la vuelta, la puso de lado y le levantó la pierna. Merche adivinó sus intenciones. Lo conocía demasiado como para no saber lo que venía a continuación y pese a que disfrutaba del sexo anal, no quería hacerlo por el suplicio previo que comportaba hasta que el esfínter se adaptaba a su tamaño.

    Por otro lado, era consciente de que Hassan no iba a recular en sus intenciones y, puesto que aquella iba a ser la última vez, decidió echar el resto.

    Hassan buscó el pequeño orificio con la verga embadurnada de sus caldos. Al notar el glande presionando, una punzada de dolor le hizo replantearse su decisión, y en eso estaba cuando la tuneladora siguió presionando para avanzar unos milímetros más. Merche agarró con fuerza la almohada al mismo tiempo que la mordía para no gritar. Hassan ensalivó abundantemente su polla y siguió empujando pese a las quejas de ella.

    —¡Para!, —gritó temiendo que la iba a desgarrar.

    —Un poco más, “fierecilla”, —jadeó él deseando darle la follada de su vida.

    —¡No cabe! —clamó entre gritos.

    —Sí que cabe, la has tenido muchas veces, “fierecilla”, —le contradijo pensando más en su placer que en el suplicio de Merche, y siguió en su tarea de perforación.

    Un vecino se quejó y aporreó la pared reiteradas veces. El marroquí hizo caso omiso y siguió en su empeño. Por su parte, a Merche la embargó la vergüenza de pensar que pudieran saber que estaba fornicando con él. Su coche estaba aparcado abajo y en el vecindario se conocían casi todos, tan sólo había que sumar dos y dos. En cualquier caso, su preocupación inminente era la enorme polla que avanzaba hacia el interior de sus esfínteres, pero después de largos minutos de tortura vislumbró un atisbo de sensación más placentera sin que el dolor la abandonara definitivamente.

    Paulatinamente, las quejas y los gemidos de dolor mutaron en suspiros más deleitosos y Merche empezó a gozar de la sodomía. Su dedo corazón buscó el clítoris para darse más placer y Hassan empezó a empujar con movimientos más dinámicos.

    Merche movía sus caderas por inercia en busca de más placer.

    —Ves como sí que te gusta, “fierecilla”, —le dijo sintiéndose un maestro, de tal modo que la abogada tuvo que reconocer que estaba disfrutando de lo lindo.

    Mientras Hassan aceleraba los embates, Merche intensificó el ritmo de su dedo atormentando su clítoris en busca del clímax final.

    —¡Córrete, “fierecilla”, voy a llenarte de leche ese culazo que tienes, cabrona , —le pidió al mismo tiempo que unos contundentes azotes en su nalga derecha resonaron en la estancia, sirviendo de detonante para que la abogada culminara por fin la enculada entre gemidos y gritos de placer. Seguidamente, su amante la acompañó dando unos últimos y contundentes golpes de riñón, descargando su esencia en el esfínter.

    Hassan abandonó el orificio y un chorro de esperma teñido de un tono parduzco brotó del ano en un sonoro pedo.

    —Te has portado como una campeona, —le susurró al oído.

    —¡Cabrón! Me has reventado el culo, —replicó mientras se apresuraba hacia el baño.

    —Dime que no has gozado, —manifestó con orgullo.

    —Supongo que la tortura inicial es el precio que hay que pagar por el irreverente placer posterior, —le expuso sentada en el bidet.

    —Pero ha merecido la pena.

    —Sí, —contestó.

    —Eres una “fierecilla” y siempre lo serás, por mucho que quieras ocultarlo.

    —Esto se acabó Hassan, —le advirtió de nuevo mientras se vestía.

    —Me han ofrecido un trabajo en un almacén, —le anunció deambulando desnudo por la habitación en busca de un cigarro.

    —Es estupendo, Hassan. No sabes cuanto me alegra oír eso, —manifestó al mismo tiempo que se abrochaba el sujetador. —No me lo habías dicho.

    —Te dije que te sentirías orgullosa de mí.

    —Lo estoy, —le declaró a la vez que terminaba de colocarse la americana. Después cogió su bolso y le dio un piquito de despedida.

    —¿Ni siquiera ahora vas a darme un beso como Dios manda?

    Merche le dedicó una sincera sonrisa, besó su dedo índice y luego lo posó en los labios de Hassan, a continuación se marchó sin mirar atrás deseándole lo mejor al joven gandul, pero con la intención de no volver a verle.

    Subió al Mercedes sin hacer caso a las impertinencias de los dos bribones que había apoyados en la puerta fumando hierba.

    —¿Me dejáis entrar en mi coche?, —pidió con autoridad, y los dos rufianes se hicieron a un lado mientras la miraban con lascivia de arriba abajo.

    Puso el vehículo en marcha y bajó la ventanilla.

    —Y gracias por custodiarlo, —añadió al arrancar.

  • Ven y rómpeme el culo

    Ven y rómpeme el culo

    Ya le había echado los tejos varias veces y parecía no desagradarle a pesar de la tremenda diferencia de edad que había entre la bibliotecaria y yo. Ese día tenté mi suerte. Lin, la bibliotecaria, estaba de puntillas cogiendo en una estantería alta el libro que le había pedido: Otelo de William Shakespeare. Le eché una mano entre las piernas y palpé su coño, Lin giró la cabeza y ni seria ni riendo me dijo:

    -¿Encontró lo que andaba buscando, caballero?

    Al no reprenderme le eché las manos a las tetas, arrimé cebolleta y le respondí:

    -Estoy en ello.

    Dejó que siguiera sobando sus tetas. Luego se giró y me echó la mano al paquete. Le debió gustar lo que había encontrado, ya que me dijo:

    -Faltan quince minutos para cerrar. Vivo sola y mi cama es ancha.

    No iba a dejar que saliera viva de la biblioteca. La besé con lengua. Sintió en su mano la dureza de mi polla. Al dejar de besarla, le dije:

    -Más ancha es la biblioteca.

    -Pero puede venir alguien.

    -Eso le da más morbo.

    La bibliotecaria era una treintañera. No era muy alta y estaba entrada en carnes, tenía ojos oscuros, tremendas tetas con areolas rosadas, pezones gorditos y un culo fenomenal. La desnudé de medio cuerpo para arriba y le estrujé y le devoré las tetas. Devorándolas le mordí sutilmente los pezones. Lin me dijo:

    -Muérdelos con fuerza.

    Mordí con fuerza los dos pezones y Lin gimió en vez de chillar. Ahí supe que le iba la marcha. Después de lamer, chupar y morder sus pezones y a areolas, le bajé la falda y me encontré con su coño peludo. Era cómo un bollito de nata que estaba esperando para ser comido. Le eché las manos a sus gordas nalgas y pasé la punta de la lengua de abajo a arriba por la raja del coño insertándola cada vez más profundamente. La lengua se me llenó de jugos, jugos que fui tragando mientras sentía sus gemidos. Luego abrió el coño con dos dedos. Lamí los labios vaginales, primero el izquierdo y luego el derecho, chupé su clítoris y ya no aguantó más, me dio una corrida en la boca tan larga que me harté de tragar.

    Al acabar de correrse, me dijo:

    -Tengo que cerrar la biblioteca.

    Se vistió, yo cogí a Otelo del piso y luego de cerrar fuimos a su apartamento.

    Nada más cerrar la puerta, se puso de cuclillas, me bajó los pantalones y cogió mi verga morcillona. La metió en la boca y me la puso tiesa cómo un palo, y no fue de extrañar, ya que mamaba que daba gusto. Lo que tenía era poca paciencia, ya que al ratito se puso en pie, se desnudó a una velocidad de vértigo, se echó sobre la cama y cuando me vio desnudo y empalmado, dijo:

    -Ven y rómpeme el culo.

    Casi no me creía lo que acababa de oír.

    -¡¿Qué has dicho?

    -Que me rompas el culo.

    Joder si se lo iba a romper.

    -Ponte a cuatro patas.

    Al estar a cuatro patas le lamí y le folle el ojete al tiempo que le magreaba sus grandes y esponjosas tetas. Al tenerla cachonda cómo una perra le clavé la polla en el culo y le di a romper. Le iba el sexo anal, hasta tal punto le iba que se corrió cómo una cerda.

    Al acabar de gozar se la metí hasta las trancas en el coño. Aquel coño mojado si había tragado lo suyo no se notaba mucho, pues la polla entró ajustada. Con los brazos apoyados en la almohada le di leña a barrer. Lin con sus brazos alrededor de mi cuello intentaba llevarme hacia ella para besarme, pero ni un beso le iba a dar. Tiempo después vi cómo se le cerraban los ojos de golpe. Sentí su coño apretar mi coño y después bañarlo con su corrida y en ese momento sí, en ese momento la besé, pero ni se enteró de que la estaba besando ni de que me estaba corriendo dentro de ella, pues había emprendido un vuelo con las alas del placer envueltas en gemidos.

    Acababa de correrse cuando le sonó el móvil. Lo cogió y después de escuchar lo que le decían, me dijo:

    -¡Vístete que mi marido viene a comer a casa!

    -¡¿Pero no vivías sola?!

    -Cuando no está mi marido en casa, sí. ¡Vístete que es policía y si nos ve juntos nos mata!

    A cien por hora me vestí y a mil por hora me largué de allí.

    Quique.

  • Cogiendo en la obscuridad

    Cogiendo en la obscuridad

    Hola soy Jaime.

    Muchos que me siguen saben que mi esposa es Gloria. Tuvimos muchas fantasías, algunas cumplidas otras no pasaron de un relato erótico. Cómo sea con el tiempo está situación me fue desgastando. Las razones, ella inmersa en sus chat hot, orgasmos con otros tipos en línea, y cosas así.

    Desde un principio yo hice de fotógrafo, pero el entusiasmo fue poniéndose insípido considerando que la que gozaba era ella.

    Esto me llevó a considerar abrir otra cuenta y darme el gusto y tiempo en satisfacer mis propias necesidades.

    Y así fue que comencé a indagar, obvio que conocía la cuenta de Gloria, por lo que entre en una comunidad de nombre: «Cogiendo a obscuras». Allí mi Nick fue «Elfotógrafo84», que original!

    En fin yendo y viniendo contacte con una rica mujer cuyo nick era «secretlife». Tuvimos muchas charlas previas, y noté en ella a una mujer muy rica, decidida, muy muy caliente. Nos preguntamos de todo, ambos obviamente a escondidas, de nuestras familias, hijos, amigos, una vida secreta, como su nick. Todo ello ponía un morbo especial a la situación.

    Por fin una vez en sintonía decidimos encontrarnos. La condición era hacerlo bajo los códigos de la comunidad: coger a obscuras, con una máscara de látex, sin darnos nuestros nombres verdaderos, y hablando los menos posible.

    Fijamos día y hora en un sitio que la misma comunidad nos daba.

    En realidad no sabía cómo era ella físicamente, ni ella sabía de mi, las fotos estaban prohibidas, solo una descripción lo más exacta posible de nuestros cuerpos, que hacíamos by chat.

    Ese día yo estaba entusiasmado y anhelando la hora del encuentro. Yo sabía mucho de ella, cómo le gustaba coger, posiciones, zonas erógenas preferidas, etc. Iba bien preparado.

    Le dije a Gloria que tenía que hablar con mi padre y que llegaría tarde. «Ah bueno me dice Gloria, veré como me entretengo mientras» me dice. Yo sabía cómo lo haría: chateando, intercambiando fotos y masturbándose con otros tipos!! Pero bueno, yo con lo mío!!

    Por fin llegó la hora, la idea era encontrarnos en el sitio a la hora fijada, las 21 h. Llego, entro, y digo «estás?» y desde el otro lado escucho una voz disimulada «si bebé, ponete la máscara». Sigo es rica voz, y en esa obscuridad plena nos tocamos las manos, allí ella me agarra fuerte y me estira hacia ella, sin mediar palabras nos abrazamos y nos fundimos en un beso apasionado, nuestras lenguas se entre mezclaron, le dije «no sabes las ganas que tenía de tocarte, sentir tu piel, y tu aroma», pero ella solo se limita a decir, «shhh» y me besa el cuello, me chupa el lóbulo de la oreja». Yo la recorro toda con mis manos, comprobando que todo lo que me describió era cierto. Se notaba que hacía ejercicios, con unas preciosas y enormes tetas, sus manos suaves, una piel preciosa y un culo durito bien formado.

    Después ella me chupa el cuello y con una mano me toca la verga por sobre el pantalón. Me quita la camisa con fuerza y se va agachando hacia mi verga, me desabrocha todo y saca mi pija. Para ese punto yo estaba en las nubes, no podía hablar. Ella me masturba suavemente, acerca la cara y me comienza a oler toda la verga, los huevos, varias veces, parecía una perra, eso me encantó, sabía muy bien lo que hacía, se notaba que era experta. Luego despacito apoya sus labios en la cabeza y comienza a jugar con ella. Roza los bordes y con la lengua acaricia la boca de mi pija, que comenzaba a salirle pre cum. Los lamió y tragó. De a poco fue introduciendo mi pija en su boca pajeandola, la saca y me chupa los huevos uno a uno. Yo la agarro de los hombros, la levanto y hago que se acueste en la cama boca arriba. Le abro las piernas y comienzo a lamerle suavemente la vagina, por fuera primero, los labios, y de apoco empujando mi lengua hacia su clítoris. A esa altura ella estaba totalmente mojada, sus fluidos eran ricos y abundantes, tenían mucho del sabor de Gloria.

    Yo cada vez más entusiasmado, la chupo y trago todo con más intensidad. Ella gime y se retuerce con fuerzas, está por tener su primer orgasmo, y así ocurre, explota de placer en mi boca. Se retuerce tanto, que me cuesta mantener mi boca en su concha.

    Yo con la verga durísima, me subo sobre ella y se la hundo en esa sabrosa concha, ella sigue convulsionando, y yo embistiendo con fuerza una y otra vez, eso le provoca un segundo orgasmo, ella grita, curva su cuerpo tirando la cabeza hacia atrás, no deja de sacudirse, pero yo siempre sin dejar de embestirla. Parecía un potro salvaje, «siii, hijo de puta, romperme» me grita. Obvio, le rompo la concha. Le besó el cuello y le digo «te gusta putita», «sii, pero ahora la quiero en el culo, acabame ahí bebé» me dice, «si preciosa» le digo.

    Ella se incorpora, pega una exhalación y se pone de 4 en la cama, tocó su concha toda mojada y lubrico su precioso culo, por dentro y por fuera, lo lleno de fluidos para que no le duela. «ahí va bebé» le digo, «dame carajo» me reclama. Pongo la pija en dirección de su ano y la voy empujando despacio, ella ruge como leona, y yo la empujó toda, increíblemente sabroso. Todo lo que sabía de ella era cierto, una puta sabrosa por dónde la pruebes.

    Una vez dilatado el culo, que no fue mucho tiempo, comienzo a bombearla con fuerzas, ella grita de placer, y yo me voy poniendo como volcán en erupción, la embisto con mucha fuerza y le doy nalgadas más que fuertes, ella encantada «si hijo de puta, siii pégame, soy una puta, me lo merezco» me dice.

    Todo iba genial, yo sigo dándole y exploto dentro de su culo con toda mi leche, me salieron chorros y chorros de leche, tanta que salía de su culo. La pija seguía dura, y la seguía embistiendo, ella con el culo totalmente dilatado, gritaba y se descontroló tanto, que en unas de esas grita «siiii así papi, dame duro, soy tu puta, cogéme Marcelito, dame, dame».

    Ahí le digo «que? yo no me llamo Marcelito», ella solo no dice nada.

    Ahí recordé que ese era exactamente el nombre de un amigo de Gloria del chat y por el que está caliente, tanto que cuando la cojo a Gloria a ella le gusta llamarlo, yo le digo, «si mami, Marcelito te coge, te gusta?», y ella me dice «siii Marcelito soy tu puta cogéme, dame duro bebé». Un morbo que nos enciende a los dos.

    Pero ahora, y bajo estas circunstancias, no podía creer lo que escuchaba, cuánta coincidencia. Pienso un rato y me digo a mi mismo, «no, no puede ser» «ES GLORIA!!!» La muy puta hizo un encuentro en la comunidad, y dio conmigo.

    Tenía que estar seguro, y obvio que conocía cada milímetro de su cuerpo, por lo que busque una cicatriz en su costado de una operación que al tacto lo podría sentir más que seguro.

    Le digo «date vuelta preciosa, te voy a chupar la concha de nuevo»

    «Si bebé haceme acabar de nuevo, estoy con más ganas» me dice. Y eso hacemos comienzo a chuparle la concha y muy despacito le acaricio su costado. Confirmado!!! La muy puta era Gloria!!! No lo podía creer. Que hacer?!! Esto abría y cerraba muchas puertas.

    En lo que se había transformado mi esposa ya era inevitable, no había vuelta atrás. Viviría con eso!!!

    Bueno… No había de otra, con un morbo enfermizo e infernal, le seguí chupando la concha, hasta con más ganas, se la chupe y la hice acabar como para el desmayo. Gozó a más no poder. Me dijo que jamás la cogieron tan rico y que quería repetirlo, «cuando quieras bebé» le dije, «pero tú marido?» le pregunté sarcásticamente, «yo me encargo de él, no es problema» me dijo.

    Nos besamos apasionadamente, saboreé cada milímetro de su infidelidad, que está vez tenía un sabor dulce y placentero.

    Nos despedimos y fui a tomarme unas cervezas, solo para darle tiempo a mi putita a que llegara tranquila a casa. Todo un caballero cornudo.

    Después de una hora, llegó a casa, y entro como si nada

    «hola mi amor, todo bien?» le pregunto.

    «Si papi, todo bien, acá en la página todavía, teniendo sexo por chat con un tipo muy interesante»

    «Sii?, y cómo se hace llamar?» le pregunto.

    «Un tal Elfotografo84″ me cogió rico, jajaja» me dice.

    «Que bueno mami, que bueno, te calentó rico?»

    «Uff, sii, mucho, hasta me masturbé, y acabé 3 veces, jajaja, te imaginas? pero bueno estoy cansada, voy a dormir, buena noches papi, te amo»

    «Sí, me imagino mi amor, que descanses, (putita)»

    Está fue una experiencia loca, despertó en mi un morbo único en su género.

    Me encantaría volver a hacerlo, y conociendo a Gloria, es más que seguro que lo volveremos a hacer, la muy putita no va aflojar así nomás. Sé que lo voy a disfrutar mucho, de hecho la próxima vez la voy a partir en dos.

    El problema es que no voy a ser el último, ni el único.

    Deberé vivir con eso!!

    Fin

  • El intercambio

    El intercambio

    Clara y Carola caminaban juntas. Iban con sus brazos enlazados disfrutando de un alegre paseo por calle Larios. Se paraban a mirar los escaparates, bromeaban, se reían. Ambas eran de la misma edad, veintidós años; amigas desde la niñez, no se guardaban ningún secreto. Tenían el aspecto de niñas bien, por supuesto lo eran: vestían jerseys anchos sobre sus camisas y pantalones vaqueros y zapatillas deportivas de marca. Clara tenía el cabello castaño claro; Carola se teñía de rubio. Clara era la más corpulenta, es decir, era la más alta; también tenía las caderas más anchas y las tetas más grandes. Carlota tenía una figura fina, como de bailarina de esas de ballet clásico; su cuerpo era, digamos, perfecto. Las dos tenían novios:

    «Carola, ¿qué tal sigues con Armando?, lleváis…, ¿cuánto, tres años?, ¿habéis ya pensado en casaros?»; «Armando es un buen muchacho, de momento no hemos pensado en el matrimonio, ya sabes, nuestros trabajos son inestables»; «Está bueno Armando»; «¿Te gusta?, pues Adolfo tampoco está nada mal», Adolfo es el novio de Clara, «tan musculoso…, apuesto a que cuando folláis te maneja como a un peluche»; «Eso es lo que haría contigo, Carola, que eres más canija que yo». Rieron. Y Carola se imaginó en brazos de Adolfo, manejada por Adolfo. «Pues a Armando se le ve que tiene un paquete que para qué»; «Sí que lo tiene, Clara, tiene una polla que…, vamos, te rellena entera». Y Clara se imaginó partida en dos, con su chocho colmado de carne. «Oye, Carola»; «Dime, Clara»; «¿Nos los intercambiamos?».

    Intercambiarse los novios. ¡Vaya idea! Diríamos que es una original idea, o, al menos, inusual, fuera de lo común. No es irrealizable; de hecho, puede resultar fácil entre amigos, donde hay confianza y la barrera que supone que pueda haber algún conflicto ya se ha roto. No vamos a robarnos nuestras respectivas parejas, simplemente las vamos a compartir como buenos camaradas. Es eso. Un sencillo intercambio sin consecuencias.

    Adolfo y Armando así lo veían, así lo pensaban desde que eran adolescentes: «Cuando tengamos los dos novias, las compartiremos».

    «¿Y cómo lo planeamos, cómo lo haremos, se lo planteamos directamente a nuestros novios o lo hacemos astutamente?», preguntaba Clara; «Tiene más gracia si una seduce al novio de la otra, ¿no lo crees así, Clara?»; «Sí y no…, sí tiene su gracia, pero no resultará fácil»; «Tú vives sola, Clara, llamas a Armando, que sabes que es un manitas, le dices que se te ha averiado algo en casa y te lo follas», dijo Carola; «Tú vives con tu abuela, que enferma muy a menudo, le dices a Adolfo que te pase a recoger con su taxi para llevar a tu abuela al hospital, te subes tú sola y te lo follas»; «¿En el taxi?»; «¿Dónde si no?».

    Todo planeado.

    Clara recibió a Armando en camisón. Un camisón escotado y corto de color blanco. «Perdona que no esté vestida Armando, pero es que no te esperaba tan pronto»; «He venido lo antes que he podido, lo siento si te pillado haciendo algo», dijo Armando sin dejar de mirar la carne: los hombros desnudos de Clara bajo la tira del camisón, el nacimiento de las tetas, los muslos exuberantes. «Bien, ¿cuál es la avería?», preguntó Armando; «Ven, sígueme». Clara había advertido que la cosa le resultaría sencilla nada más ver como el paquete de Armando se expandía bajo el tiro del pantalón ante su presencia. En la cama no se andaron con rodeos: después de un breve precalentamiento en el que Clara chupó el gran cipotón de Armando para que estuviese muy duro y Armando acarició los labios del coño de Clara para que se humedeciese, follaron. «Despacio, Armando, me gusta despacio», daba instrucciones Clara. «hu, hi, aahh», gemía y suspiraba Clara. Armando flipaba con la novia de Adolfo: tan femenina, tan mujer, tan hembra, tan… animal. Subido sobre Clara, su cuello, sus hombros, su rostro. Follaba bien Clara: apenas sin moverse, recibía sus embistes sin inmutarse, como si un coche que tuviese una buena amortiguación no acusase los baches de un camino de tierra. Le estaba gustando a Armando, y mucho: ahí, acostado sobre un tibio cuerpo, sintiendo en la punta de su capullo más placer y más y más. «Uff, Clara, creo que voy a correrme»; «Oh, sí, córrete, Armando-oh, có-rre-te». Y Armando, apoyando las palmas de las manos en el colchón, se impulsó hacia arriba, tuvo una visión cenital del acto: vio las tetas de Clara vibrando, miró debajo el misterio de su enorme polla entrado y saliendo del pubis de Clara y no aguantó más: la tenía que partir en dos. Y empujó, sin delicadezas, empujó, fuertemente empujó. «Aahh, Armando, uhu, uhu, me viene, sigue, si-gue-aahh». «Oohh, uff, Clara», soltó con el rostro contorsionado en el momento en que se derramó en Clara.

    Carola se subió en el taxi de Adolfo, en los asientos de atrás. «¿Y tu abuela?»; ¿Mi abuela, qué mi abuela?»; «¿No la llevábamos al hospital?»; «Me llevarás a mí, tengo calentura». Adolfo miró a través del retrovisor a Carola, pero no la vio, entonces giró su cabeza y sí la vio, completamente desnuda, extendido su fino cuerpo de un costado al otro del coche, tocándose, con una mano entre sus muslos. Se preguntó Adolfo cómo se había desnudado tan pronto. Obtuvo la respuesta cuando vio en el asiento del copiloto un mono de color rojo con cremallera. Adolfo detuvo el coche en una curva de la Carretera de los Montes, marchó unos metros más para estar detrás de un pino. Carola traspasó el asiento del conductor a través del hueco de la palanca de cambios. Adolfo se admiró de la plasticidad del cuerpo de la novia de Armando y de sus armónicas proporciones: no le faltaba de nada y lo que veía era bello. Carola se subió sobre Adolfo, su culo prieto en los muslos anchos de Adolfo; luego le desabotonó la camisa y posó los labios en los fuertes pectorales, en los pezoncillos, que besaba y besaba: «Chuic, Chuic». Llevó las manos hacia abajo y desabrochó el pantalón de Adolfo: le sacó la polla venosa. Apoyó bien las plantas de sus piececitos y se elevó, para luego caer ensartada. «Aayy, Adolfo, aayy», gritó Carola. Adolfo la sujetó por la cinturita y la subía y bajaba a su antojo: «Hu, hu, ho, ho», rugía. «Ay, ay, ah-Adolfo-oh, más, más», gritaba Carola. Los cristales de las ventanillas se iban empañando conforme aumentaba la fuerza con la que Adolfo atraía a Carola sobre sí, conforme el coño de Carola era penetrado más insistentemente, con más frecuencia, por la polla de Adolfo. Hasta que por fin el semen de Adolfo salió impulsado acompañado de una fuerte exhalación al interior de Carola, que, tras convulsionarse, quedó exhausta colgada del poderoso cuello de Adolfo por sus brazos.

    «¿Cómo fue la experiencia?»; «Bien, muy bien, diría que excelente, Clara»; «Sí, estuvo bien, ahora será aún mejor, Carola»; «Sin duda, bastante mejor, Clara». Esto hablaban sentadas cómodamente, bebiéndose unas cervecitas, en la terraza de un restaurante de calle Granada mientras esperaban a sus respectivos. «¡Carola, ya estoy aquí!», dijo Adolfo alborozado; «¡Clara, ya he llegado!», dijo Armando muy contento. Y esto que ha pasado, algunos lo entenderán y otros no lo entenderán, no obstante siempre pasen las cosas y siempre pasen cosas.