Blog

  • Con la novia de mi mejor amigo

    Con la novia de mi mejor amigo

    Comenzaré diciendo que esta es una historia real y no me enorgullece decir que hice lo que hice, sin embargo no me arrepiento y lo volvería a hacer jajajaja.

    Cuando entré al bachillerato tuve muchos enamoramientos, o lo que en ese momento creía que era enamorarse. Cada que veía una chica linda pensaba que me estaba enamorado de ella, sin embargo sólo es una etapa en la cual uno comienza a saber que le gusta y que no.

    Aquí entra esta chica, que llamaré Karim, Karim era una chica de 1.58 m aproximadamente, muy rubia, cara bonita, tetas pequeñas y en ese entonces un par de nalgas redondas y algo grandes.

    Desde que la vi nuevamente pensé que estaba enamorado de ella, hecho que me di cuenta que no era así porque a las pocas semanas ella comenzó una relación con el que después se volvería mi mejor amigo, y yo no me sentí mal para nada, al contrario pensaba que su relación era muy tierna. Seguí mi ciclo y me volví a fijar en otras chicas.

    No pasó nada hasta casi saliendo, en el último semestre ella se comenzó a acercar más a mi, en plan de amigos y yo era feliz con eso ya que ella era muy agradable. Sin embargo, poco a poco sentí unas cuantas insinuaciones de su parte, me tomaba de las manos, se despedía de besos casi en la boca y en una ocasión mientras estábamos con otros amigos se sentó en mis piernas. Yo trataba de indicarle que esas actitudes no estaban bien, pero cuando se sentó en mis piernas no pude hacer nada, era mucha tentación sentir ese par de nalgotas sobre mi.

    Con los años esas nalgas redonditas se convirtieron en un perro culazo cómo decimos por acá, a base de ejercicio y dieta Karim se había puesto súper buena, y aunque nunca me volvió a gustar, siempre me imaginaba cómo sería tener sexo con ella. De cierto modo sentía celos por mi amigo.

    Cierto día teníamos clases de educación física, generalmente era teoría pero a fuerzas debíamos ir con ropa deportiva. Como en mi escuela no había uniforme sólo llevábamos pants o ropa floja, pero absolutamente todas las chicas llevaban leggings o pants súper pegados, así que los martes se convirtieron en el día favorito de los varones.

    Ese martes no le podía quitar los ojos de encima a Karim, ella se sentó dos butacas delante de mí y una a la derecha, así que sin necesidad de disimular mucho podía apreciar su culo durante toda la clase.

    La segunda hora para sorpresa de todos fue práctica, salimos al patio y primero debíamos de calentar. Karim se fue con sus amigas y yo me fui con los chicos, pero clarísimo vi como ella le cambió el lugar a una de sus amigas para quedar más o menos enfrente de mi.

    El calentamiento constaba de saltar en el mismo lugar, luego estirarse y sin doblar las rodillas debíamos de tocar el piso. Yo me dispuse a disfrutar la vista, nuevamente no tenía que disimular mucho, pero hubo algo que lo cambió todo; cuando ella se agachó para estirarse, me miró a los ojos fijamente, su mirada de cabeza me asustó un poco y de inmediato sentí vergüenza ya que había notado que le veía el culo, pero antes de desviar la mirada pude distinguir como ella me sonrió y guiñó un ojo.

    Todo el día siguió normal hasta la hora de salida, en ese entonces yo tomaba un camión que me dejaba a diez minutos de mi casa, entonces tenía que caminar un poco, y sabía que a Karim también la dejaba sin embargo ella tenía que caminar más.

    Cómo todos los días yo iba sólo en esa ruta, me subí al camión con audífonos y me senté viendo a la ventana, sólo para que a los pocos minutos alguien me tocara el hombro y al voltear vi que era ella sentada junto a mi.

    K: Hola jajaja, perdón, ¿te asusté?

    M: Para nada jajaja, es que normalmente nadie me habla cuando voy de regreso, ¿por qué vienes en esta ruta?

    K: Es que hoy no voy a ir directo a mi casa, voy a ir primero a la casa de mi tía y de ahí a la mía.

    La conversación duró hasta casi bajando del camión, hablamos de muchas cosas hasta que ella tocó el tema.

    K: Hoy prestaste mucha atención a educación física eh.

    M: Bueno jajaja, es que hoy la clase estuvo más interesante.

    K: Si vi, estabas muy entretenido, a ver cuando volvemos a tener otra clase así de buena.

    M: Buena tú dirás, a ver cuándo me dejas ver otra vez.

    K: Cuando tú quieras, yo siempre estoy dispuesta.

    En cuánto dijo eso le puse una mano en su pierna y nos besamos. Al separarnos me sentí mal por mi amigo, hasta ese momento me había olvidado de él, pero el sentí de culpa estaba presente.

    K: ¿Qué te parece si nos bajamos un poco antes para caminar mientras platicamos?

    Se acercó a mi oído y me susurró:

    K: Y si nos cansamos de caminar podemos descansar en el Fantasy.

    El Fantasy era un motel conocido por sus precios baratos y porque todo el mundo había echado pasión por lo menos una vez ahí, yo había ido un par de veces así que sabía que estaba como a 3 cuadras de la ruta del camión.

    M: Me cansé mucho por la clase de hoy, ¿que te parece si vamos a descansar directo?

    Un poco antes de dónde era mi parada nos bajamos y caminamos al Fantasy, era un edificio algo viejo, con habitaciones viejas pero sumamente barato.

    Ella me llevaba de la mano, pedimos la habitación y mientras subíamos las escaleras me comencé a sentir mal. Una cosa era coquetear de a mentis con la novia de mi amigo, eso me hacía sentir muy mal, yo sabía lo mucho que él estaba enamorado de ella y lo mucho que trabajaba por su relación. Ella jamás me volvió a gustar, y sin embargo ahí estaba caminando a un cuarto de un motel para cogérmela, estaba siendo una mierda de amigo, debí decirle desde un principio que ella estaba tirándome la onda.

    Tenía todos esos pensamientos en la cabeza hasta que llegamos, abrimos la puerta y estábamos enfrente de la cama, estaba a punto de decirle que mejor no hiciéramos nada cuando se abalanzó sobre mi, me dejé tumbar en la cama boca arriba y ella saltó sobre mi.

    K: Hazme tuya, acábame, hoy sólo estamos tú y yo.

    Comenzó a besarme el cuello, yo aún sentía culpa pero era muy difícil resistirme a eso. Me estaba comenzando a excitar mucho y empecé a tener una erección.

    Antes de ceder aún pude decir algo para detener eso

    M: Oye esto está mal, ¿qué pasaría con Santi (mi amigo)? No puedo hacerle esto, no PODEMOS.

    Ella tomó su celular que había arrojado a la cama, se levantó un poco y aún encima de mi me mostró su celular, lo apagó.

    K: Él nunca se va a enterar, nadie se va a enterar.

    Entonces no pude dar marcha atrás, ella volvió a agacharse y nos empezamos a besar apasionadamente. Puse mis manos sobre su trasero y las metí por debajo de sus mallas, sentía su calzón calientito.

    Ella se hizo hacia atrás y bajo mis pants con todo y boxers, se amarró el cabello con una liga que llevaba en la muñeca y para hacerlo corto me hizo la mejor mamada que había recibido hasta entonces. Abría la boca en forma de o y se la metía hasta la garganta, bajaba hasta mis huevos y de igual manera se los metía en la boca. No sé detenía, daba arcadas pero ella seguía y seguía, así hasta que ya estaba por venirme.

    K: Échamelos en la cara.

    Me senté al borde de la cama y ella se puso de rodillas, me empecé a masturbar para terminar de sacar mi leche, mi pene erecto estaba lleno de su saliva y palpitando.

    Ella cerró los ojos y con una sonrisa recibió mi chorro que le llenó la cara, los ojos y el cabello. Ella se rio y se limpió.

    K: Te vienes muy fuerte, ya quiero que me cojas.

    M: ¿Qué esperas? Quítate la ropa.

    Nos desnudamos. Ella se puso boca arriba y levantando las piernas me permitió ver su culito y su concha perfectamente rasurada, rosadita y mojada. Mientras esperaba a tener otra erección le comencé a hacer un oral, ella gemía muy rico, palpitaba todo. Ella apretaba las manos en las sábanas, y cerraba las piernas empujando mi cara contra ella.

    Cuando estaba listo me puse el condón y en esa misma posición la comencé a penetrar de misionero.

    Tenía de frente si rostro, podía ver su cara de excitación, gemía y en ese momento recordé por qué me gustaba tanto, ella era hermosa. Sus ojos brillaban, su boca pequeña gemía mientras se mordía los labios, hasta pude ver cómo su nariz se ruborizaba y estaba en un tono rojizo.

    No sólo me estaba cogiendo a una chica buenísima, me estaba cogiendo a la primera chica que me gustó. Mientras nuestros cuerpos hacían ruido, en silenció imaginé cómo hubiesen sido las cosas si me hubiera animado a hablarle antes, tal vez sería mi novia y no la de mi amigo… entonces sentí culpa de nuevo, mi mejor amigo confiaba tanto en mi, habíamos pasado tantas cosas juntos, me platicaba de sus planes para salir con ella, de lo feliz que lo hacía.

    K: Me toca arriba.

    Cambiamos de posición, me puse boca arriba y ella se montó en mi, mirándome comenzó a cabalgar, ella tenía el control. Mientras aún sentía culpa, ella comenzó a mirarme de una manera que no puedo describir. En verdad me gustaba mucho.

    K: Acábame papi, hazme tuya.

    Agarró mis manos y las puso sobre sus pechos.

    M: Eres mía hermosa, sólo mía.

    K: ¡Si! Soy tuya, soy tu perrita, puedes hacerme lo que quieras, sólo quiero estar contigo.

    Le apreté los senos y subimos la velocidad. Ella se movía muy bien, de arriba a abajo. Entonces bajé mis manos y le tomé del culo, no podía creer lo que pasaba.

    Cambiamos nuevamente de posición, ella se puso de perrito, pero bajó su parte de adelante hasta la cama y desde mi perspectiva sólo veía su hermoso culo en forma de corazón.

    Ahora yo tenía el control. La sujeté de ambas manos y las puse en su espalda. Volteé al espejo y esa imagen aún no se borra de mi mente, desde ahí ella se veía súper pequeña, pero su culo resaltaba mucho.

    Era ligera, podía moverla a mi antojo y su coño apretado se sentía delicioso. La tomé del cabello y le levanté la cara, ella se miró a otro espejo que tenía enfrente, podía ver cómo disfrutaba, cómo gemía. Luego la solté y ella nuevamente tocó la cama, la sujeté con ambas manos y aumenté el ritmo.

    K: Así más rápido, más rápido, no pares.

    M: ¿Te gusta así, perrita?

    K: No mames qué rico, más rápido más rápido, Santi destrózame el culo.

    M: No me llamo así, perrita. Dime bien.

    K: Perdón, Mario cógeme rico más rápido.

    M: ¿Quién te coge mejor?

    K: Tú, tú me coges más rico ah ah

    Así seguimos hasta que terminamos, me corrí en el condón dentro de su concha, luego nos quedamos acostados un rato. Ella me abrazo y me daba besitos en el pecho.

    Sentía mucha culpa, pero en el fondo en verdad quería que ella fuera mi novia, mi único deseo en ese momento era que pudiera andar con ella.

    No era sólo sexo por placer, era sexo con quién yo quería, sexo con amor.

    M: ¿Crees que estuvo bien?

    K: Depende de cómo lo veas, a mi me gustó y al parecer a ti también. Así que estuvo bien.

    M: Santi se sentiría mal.

    K: Santi no se va a enterar.

    M: ¿Todavía lo quieres?

    K: Lo amo, es el mejor novio que alguien podría pedir, es súper atento y muy lindo. Su único fallo es que no sabe coger.

    M: ¿Entonces no piensas dejarlo?

    K: Para nada, en verdad lo amo mucho, aunque sí quieres esto podría repetirse de vez en cuando.

    No lo pude pedir que me eligiera a mi, ella lo quería, yo sólo era un capricho. En cualquier otra situación no me hubiera importado, pero en ese momento me sentía sólo, mal amigo y como la peor persona del mundo.

    Esto se repitió en muchísimas ocasiones, con el tiempo fui perdiendo el sentimiento de culpa, ya no me importaba mucho porque poco a poco fue como si en realidad fuéramos pareja, creamos una conexión hasta el punto en que ella me confesó que sí quería andar conmigo, que lo iba a dejar. Lástima que en ese tiempo yo ya estaba saliendo con alguien más…

  • Eres un cerdo, Gedeón

    Eres un cerdo, Gedeón

    Gedeón y Raquel se conocieron en el colegio, cuando cursaban primer curso de bachiller. Era un colegio concertado, de los que te piden pagar trescientos euros al mes de manera “voluntaria” por tener a tus hijos separados de la chusma que pulula en la enseñanza pública.

    Gedeón, con sus guedejas pelirrojas y su metro ochenta de estatura disputó desde el principio el último puesto de la clase con Raquel, que era una chica morena, metro sesenta y cinco y ojos verdes que gustaban a los chicos al primer golpe de vista.

    Se estableció una rivalidad entre ellos por ser los peores de la clase y no era por falta de inteligencia natural, más bien por el espíritu de rebeldía propio de los hijos de papá que siempre lo tuvieron todo. Solo la enorme capacidad del colegio para conseguir que los peores alumnos aprobasen el curso si estaban al día en sus pagos voluntarios, los libró de un fracaso escolar temprano.

    Un sábado, en un botellón organizado en el jardín del chalet de uno de sus compañeros de curso, entre cerveza y canuto, firmaron la paz y sellaron con un beso húmedo la historia de amor que iban a protagonizar en lo sucesivo.

    Raquel era heredera de una cadena de droguerías y se sentía feliz por ello, ya que le encantaban los perfumes y no despreciaba las drogas. Gedeón era heredero de una cadena de zapaterías y no necesitaba ninguna licenciatura para que sus empleados siguieran vendiendo zapatos, así que cuando acabaron el bachiller hicieron ambos un módulo de administrativo y empezaron a trabajar en los negocios de sus padres, eso sí, empezaron desde arriba. Aprendieron los trucos para ganar dinero pero nunca dominaron el oficio.

    No era este futuro halagüeño lo único que los unía. Las ganas de disfrutar y exprimir todos los placeres que la vida les ofrecía era algo que también tenían en común y lo aprovechaban en todas las oportunidades. Los padres, que no ignoraban que tipo de hijos habían concebido, se habían preocupado de contratar buenos gerentes para sus negocios porque sabían que los hijos iban a preocuparse más de exprimir los beneficios de los mismos que de planificar su supervivencia.

    Pero si algo los identificaba era su pasión por el sexo. Desde aquel primero beso húmedo en un botellón de diseño, no había dejado de practicar, mejorar, explorar y exprimir todas sus posibilidades.

    El único libro que Gedeón reconocía haber leído completo era el Kama Sutra. Lo leía, lo repasaba y completaba lo escrito con varios videos que reproducían las posturas que el libro ilustraba. Y por supuesto, investigaba en el internet profundo cualquier noticia que le ofreciese novedades sobre tan noble actividad.

    Cuando cumplió dieciocho años, los padres le regalaron un apartamento de 50 metros cuadrados en un edificio rehabilitado en el centro de la ciudad. Lo hicieron más por perder de vista sus excesos que por méritos de aquel hijo que estaban seguros les había adjudicado el diablo.

    Y en este nido de amor, se reunían un día con otro y experimentaban todas las técnicas y los placeres conocidos y algunos quizás por inventar.

    Gedeón era imaginativo para el sexo y Raquel aceptaba con evidente placer lo que él le proponía. Cuando la hacía experimentar nuevos placeres, ella simulando un enfado, le decía:

    – Eres un cerdo, Gedeón – y se reía de buena gana mientras accedía a lo que le pedía.

    La frase “eres un cerdo, Gedeón” se acabó convirtiendo en un mantra en sus relaciones y si Raquel no se lo decía, Gedeón se quedaba con la sensación de que no la había satisfecho adecuadamente.

    No tenían intención de casarse, estaban bien así, pero cuando acabaron sus escasos estudios los padres les impusieron un matrimonio con rigurosa separación de bienes. Se habían puesto de acuerdo ambas familias y a cambio de unos jugosos ingresos mensuales, tuvieron que pasar por la vicaría. Tampoco les importó demasiado y hasta les hizo gracia, porque el día de la boda, simulando una indisposición de Raquel, se encerraron en la sacristía y consumaron el matrimonio antes de que el cura les diese el visto bueno.

    El viaje de novios lo hicieron a una de esas islas de moda en el Pacífico y allí conocieron algunas habilidades que hasta entonces no habían experimentado.

    Al cabo de seis meses de su vuelta, una tarde, después de una tormentosa sesión sexual, Raquel le anunció:

    – Estoy embarazada, Gedeón.

    Él, en plan de broma, le contestó:

    – ¿De quién?

    – Creo que de ti, cerdo.

    Y retomaron otra vez sus retozos.

    Raquel estaba embarazada de un niño y no tuvo ningún síntoma que le hiciese cambiar de vida. Ni arcadas, ni vómitos, ni pérdidas. Siguieron comiendo, bebiendo, fumando y copulando como si el embarazo no fuese algo que les afectase personalmente.

    Cuando llegó el momento parió sin aspavientos y el niño pesó cuatro kilogramos en canal. Cuando Gedeón entró en la habitación, Raquel le estaba dando de mamar y orgullosa se lo enseñó. Era un niño robusto y sano, pero Gedeón se quedó extrañado al verle:

    – Tiene cabeza de cerdo – dijo él.

    – Sí, no puedes negar que es tuyo – y se rio con ganas.

    Él se quedó pensando un rato, como si algo no le encajase. Por fin le preguntó:

    – ¿Y qué nombre le ponemos a alguien con cabeza de cerdo?

    Raquel tampoco lo sabía y se quedaron en silencio hasta que la criatura empezó a llorar.

    Igual pensaban en el nombre.

  • Infames besos, placer recurrente

    Infames besos, placer recurrente

    No sé quién te enseñó a besar, pero lo maldigo. Labios juguetones que deliran entre la perfección y el caos. Recuerdo cada instante que he pasado contigo, cada preliminar, cada penetración, cada maldito beso. Antes te deseaba, ahora no diferencio la adicción y el placer.

    El recuerdo más recurrente siempre será el segundo encuentro ¿Lo recuerdas?

    Todo se dio, estábamos en tú casa dejándonos llevar por una desbocada pasión, ese deseo que nos llevó a comernos sin pensar, deliciosos labios que se paseaban por mi cuello, te encanta lamer mi abdomen hasta llegar a mi erecto pene, y ahí, en ese lugar, eres una completa desconocida, tan perra, tan puta, tan experta.

    Saboreabas cada parte de mi, hasta tenerme en mi punto máximo, sabías que en ese momento yo perdería el control dejando a mis instintos dominar, nunca entendí el placer que te causaba.

    Tus senos se convertían en el botón que encendía el brillo en tus ojos, y la humedad en tu coño. Cuándo no aguantabas más suplicabas que te penetrará ya! no aguantabas más! siempre me gustó hacerte sufrir, así que ¡NO!

    Me dedicaba a hacerte sexo oral, cuando te venías sabía que era mi momento.

    Hundida en éxtasis la penetración se me hacía muy placentera, ver esa excitante expresión sumisa y entregada. Justo en ese momento decías una de las frases que más amo y que será perfecta para terminar este relato: «cógeme como si fueras a morir hoy, bésame con ganas, hazme… parte de ti…»

  • Alex

    Alex

    Era finales del verano del 2005, acababa de cumplir los 40, estaba en plena crisis, comenzaba a ver el final de mi vida cada vez más cerca lo que me generaba ansiedad o ataques de pánico y pensamientos relacionados con que ya quedaba poco tiempo para hacer aquellas cosas que siempre había querido hacer y no había podido, ahora sé que esos pensamientos son superficiales y constituyen una pérdida de tiempo y energía.

    Todos los días hacía mi rutina de marcha, 8 kilómetros, cruzaba por una zona verde en la que había oído que se producían encuentros de cruising cosa que nunca me había importado pero aquel día, no sé por qué, me detuve, aparcado a un lado había un vehículo, tenía las puertas abiertas, un individuo estaba sentado, completamente desnudo y otro tipo, desde el otro asiento le estaba haciendo una mamada increíble, me quedé mirando e incluso me acerqué, estaba absorto.

    -¿por qué no vienes guapo?, acércate, vamos. – el individuo que le estaba comiendo la polla al otro había levantado la cabeza y me miraba – vamos, ven.

    Di un respingo, noté que mi polla estaba dura, me había puesto cachondo mirando a aquellos dos tipos, sin contestar continué mi camino rápidamente, me daba miedo que me relacionaron con aquellos hombres.

    Yo nunca había tenido pensamientos homosexuales pero aquella noche, mientras mi mujer y mis hijos dormían busqué porno gay en Internet, vi películas y me hice dos pajas casi seguidas viendo a hombres poseyendo a otros hombres, sus expresiones, sus gemidos, sobre todo me excitaban las escenas de machos dominando a otros hombres, no tenía claro si lo que me ponía era imaginarme dando o recibiendo.

    Pasé unos días en un mar de dudas, yo lo achacaba a la crisis de los cuarenta, dejé de pasar por aquella zona de cruising e intenté distraerme con otras cosas pero mi mente volvía siempre a las escenas de aquel coche y acababa buscando porno gay en Internet, me sentía frustrado, tenía que intentarlo, tenía que probar, tenía claro que no iba a ir a donde presencié la mamada, me daba pánico que alguien del pueblo me reconociera así que busqué en páginas de contactos, contesté a anuncios y puse los míos pero a pesar de eso no pude concretar nada, con algunos llegué a intercambiar el teléfono pero nada, con otros llegué a quedar pero unas veces ellos no se presentaban y otras veces era yo el que no lo hacía, compré por Internet lubricante y un juego de plugs anales y los había ido usando hasta conseguir introducirme el mas grande, los orgasmos con ellos eran mas intensos pero no eran la solución, mientras, mi inquietud iba en aumento, el sexo con mi mujer se resentía, muy a mi pesar se me presentaban imágenes de hombres follando y eso hacía que más de una vez me retirara frustrado sin conseguir eyacular, ella comprendía que algo pasaba y yo siempre volvía a lo mismo, «la crisis de los cuarenta”.

    Un fin de semana mi mujer se marchó con mis hijos y mis suegros a la casa que tienen en la sierra, yo me quedé con la excusa de que estaba de retén en la fábrica pero en realidad lo había cambiado con un compañero, quería libertad de acción.

    El viernes me arreglé bien, el pueblo donde vivo está a diez minutos de la capital así que allí me fui, buscaba la zona de bares de ambiente, mi intención era de una vez por todas salir de dudas. Elegí uno al azar, tipo cafetería, muy tranquilo a esa hora, me senté en una de las mesas y pedí un gin-tonic.

    Iba por el segundo cuando entró un grupo de jóvenes, era evidente que conocían a los camareros y al dueño, me fijé en uno de ellos, pelo muy negro, delgado, muy blanco, ademanes amanerados, desde donde estaba me quedaba la duda de si era un chico o una chica. Estaba fantaseando sobre lo que haría con él cuando me di cuenta de que me estaba mirando, levanté el vaso a modo de saludo, le dijo algo a uno de los chicos que estaba con él, el otro joven me miró, sonrió, le dijo algo y continuó a lo suyo mientras el chico que yo había saludado vino a mi mesa.

    – hola.

    – hola, qué tal.

    – ¿puedo sentarme?

    – por supuesto, ¿tomas algo?

    – sí, un vino rosado.

    Se lo pedí al camarero y fijé mi atención en el muchacho, pelo muy negro, ojos oscuros, los tenía perfilados con lápiz negro, vestía una camiseta de tirantas blanca, un rosario negro al cuello, muy blanco de piel, no tenía sombra de barba, tenía el cutis perfecto, parecía suave, los labios eran gruesos, los tenía pintados de negro, igual que las uñas, sus manos eran delicadas, de dedos finos y largos, tenía otro rosario enrollado en una de sus muñecas, unos vaqueros muy ajustados de color negro rotos por las rodillas, la verdad es que podía pasar por un chico o por una chica.

    – me mirabas antes – me dijo.

    – sí

    – ¿te gusta lo que ves?

    – por supuesto, eres muy atractivo.

    – gracias, tú también.

    – ya claro, seguro que conoces jóvenes de tu edad más atractivos que un cuarentón como yo.

    – me gustan los cuarentones, no me van mucho los chicos de mi edad.

    – te invito a cenar, tu que conoces esto, ¿se come aquí bien o vamos a otro lado?

    – esto es perfecto, aquí se come muy bien.

    Pedimos la carta y tenía razón, se comía bien, estuvimos charlando mucho tiempo, me dijo que se llamaba Alex, por Alejandro, tenía 20 años, estudiante de enfermería, era de un pueblo de la sierra sur de Sevilla, el pequeño de tres hermanos, su padre era el farmacéutico del pueblo y no llevaba bien su homosexualidad así que con tal de que no apareciera por allí le había comprado un piso enfrente de la ciudad sanitaria y todos los meses le pasaba una generosa pensión.

    Era ya muy tarde cuando me invitó a su casa así que hacía allí nos fuimos. Nada más cerrar la puerta me besó. Yo mido 1,84 y peso 100 kilos, Alex era mucho más bajo, 1,70 calculo y no creo que pesara mucho más de 55 kilos, lo rodee con mis brazos y lo apreté contra mí, el me echó los suyos al cuello y allí unimos nuestras bocas, mordí sus labios, metí mi lengua, la entrelacé con la suya, le mordí la oreja, le besé el cuello, aspiré su aroma, el me separó, abrió mi camisa, mordió mis pezones, con fuerza, bajó su mano a mi paquete y notó el bulto que ya marcaba mi polla.

    – pasa al salón y siéntate, ahora vuelvo.

    Me senté en un sillón y allí esperé, el salón estaba decorado con gusto, muy minimalista.

    – ¿quieres tomar algo? – me preguntó Alex desde algún lugar que no pude precisar.

    – me tomaría un gin-tonic.

    – no tengo ginebra pero en el frigorífico hay una botella de vodka y tienes tónica y naranja, ¿me pones a mí uno con naranja?

    La cocina también muy minimalista, muy limpia y recogida, de una estantería tomé dos vasos, puse hielo, una generosa ración de vodka, los refrescos y volví al salón con las bebidas.

    Alex ya estaba allí, se había puesto cómodo, tan solo llevaba un pareo a la cintura, su cuerpo se veía delicado, ni un vello, sus pezones eran pequeños y rosados, sus piernas eran estilizadas y blancas, también sin un solo vello, ya digo que hubiera pasado perfectamente por una chica.

    -¿quieres? – me estaba ofreciendo un cigarrillo, por el olor, indudablemente de maría, le entregué su copa, recogí el porro y me senté en el sillón.

    Estuvimos charlando de él mientras bebíamos y nos pasábamos el porro, acababa de salir de una relación de dos años con un médico amigo de su padre que trabajaba en el hospital, se había jubilado y se había ido a vivir con su mujer a la casa del pueblo.

    – vaya, te gustan maduros.

    – ya te lo dije.

    – ¿y lo de que fuera amigo de tu padre?

    – supongo que un acto mezquino de venganza, pero ya está bien de hablar.

    Se puso de pie y se desprendió del pareo, su polla y sus huevos quedaron a la vista, una polla normal, algo más pequeña que la mía y unos huevos sonrosados, depilados, me dije que allí estaba ya, hasta el momento no había pensado que estaba con un hombre.

    Alex se acercó a mí, se agachó y me besó en la boca, mordió mis labios y yo saqué mi lengua y se la introduje hasta la campanilla, mientras, el me desabrochaba los pantalones y yo le ayudaba a que me los quitara, a veces, como en aquella ocasión, no llevo ropa interior así que mi polla y mis huevos quedaron al aire. Alex continuaba besándome, dejó mi boca y mordió mis pezones, dolor y un ramalazo de placer a la vez, con su lengua fue bajando por mi pecho y mi vientre hasta llegar a mi polla, se arrodilló entre mis piernas, la tomó con sus manos, la descapulló y con su lengua comenzó a darme golpecitos en el frenillo, mordió suavemente mi glande y se la metió en la boca hasta la campanilla.

    – uuuhhh, diosss.

    – Slurp, slurp, slurp. – comenzó a subir y bajar la cabeza metiendo y sacando mi polla, se la metía entera hasta tocar mis huevos con los labios, la sacaba, con su lengua me daba en el frenillo, recorría el tronco hasta llegar a mis huevos, volvía a metérsela en la boca.

    -Joderrrr, chiquillo, uuuh.

    Con una mano me tenía agarrado por los huevos, con la otra uno de sus dedos me estaba masajeando el esfínter y enseguida, con toda la saliva que me chorreaba por los cojones, lo introdujo en mi culo.

    -Ay Alex, madre de diosss. – lo del dedo en el culo no era nada nuevo, había hecho el 69 con mujeres que me lo habían metido también, lo de la mamada si era nuevo, jamás me habían hecho una así.

    -Joder Joder Joder Alex, me voy a correr, me corro, me corrooo. – con mis manos apreté su cabeza contra mi pubis y descargué una buena lechada en su garganta.

    -Uuuuh, madre mía, que mamada por dios.

    Alex se incorporó, el rímel se le había corrido con las lágrimas, tenía restos de mi leche en la boca, se la limpio con la mano y se la tragó, se acercó y me dio un beso.

    -Para ser tu primera vez con un hombre creí que te ibas a negar a que te besara después de tragarme tu lefa.

    -¿mi primera vez? ¿cómo sabes..?

    – por favor…

    Me miraba sonriendo, mi polla no bajaba, seguía dura, me agarró de la mano y me llevó a su dormitorio, la cama era enorme, allí me quitó del todo la camisa, de un cajón sacó un preservativo y me lo colocó.

    – quiero que me folles, pero antes, quiero ver si sabes comerte un culo.

    Se tendió en la cama boca abajo, abrió totalmente las piernas y levantó el culo dejando a la vista un ojete sonrosado, agarré sus nalgas y apliqué mi lengua queriendo follarmelo con ella.

    – mmmm, siii papi, siiii, asiii.

    Soy bueno con la lengua así que me dediqué a darle a aquel tesoro lo que pedía, Alex gemía y sacaba el culo y yo introducía la punta de mi lengua en aquella flor.

    – mmmm, follame papi necesito tu polla ya.

    No me hice de rogar, puse la punta de mi miembro en aquel agujero que parecía llamarme y poco a poco la fui metiendo hasta los huevos.

    – mmmm

    – así papi, así, aaahhh, muévete papi, muévete.

    Comencé a meter y sacar mi polla de aquel culo, tenía a Alex dominado con mi peso debajo de mí.

    – ay papi, que rico, como me follas, si, siii, sigue, sigue.

    Mi pubis golpeaba sus nalgas, cada vez iba más rápido, Alex volvía la cabeza y me besaba en la boca, nuestras lenguas se cruzaban mientras mi polla entraba y salía.

    – ay papi, ay, ay, mi culito papi, ayyy

    Incremente el ritmo, estaba empapado en sudor.

    – mi culo, mi culo papi, me corro, me corro papi, me corrooo.

    Alex se puso tenso, metí mi polla hasta los huevos, noté las contracciones de su perineo cuando eyaculaba, continué con el mete saca, estaba ya muy cerca.

    – ay papi, ay, ay mi culo, mi culo

    Note que me llegaba el orgasmo, di un último empujón y comencé a eyacular.

    – aaah ah ah

    – papi, papi querido.

    Alex volvió la cabeza y nos dimos un largo beso, saqué mi polla y me quité el condón, el chico se apresuró a limpiármela de los restos de mi lefa con la boca y nos abrazamos en la cama.

    – te has corrido sin tocarte, ¿es normal eso?

    – para mí sí, es algo que muchos se obsesionan en conseguir, no es fácil pero para mí sí, no sé por qué.

    Nos quedamos dormidos, estuve todo el fin de semana en su casa, los dos completamente desnudos, pedíamos comida, teníamos vodka y maría y follabamos como conejos, un fin de semana muy loco.

    Mantuvimos una breve relación, algunas veces Alex me recibía con lencería de mujer, no lo pasábamos mal pero yo sentía que necesitaba algo más, quería saber lo que se siente al ser penetrado por una polla y Alex no quería ni oír hablar del tema, era absolutamente pasivo, lo intentamos en una ocasión y fue imposible, su rechazo era total, eso sí, de Alex aprendí mucho, aprendí a ser cuidadoso, paciente, comprensivo, a no precipitarme, a hacer unos 69 maravillosos… Al final lo dejamos.

  • La erótica del amor

    La erótica del amor

    Cuando me siento en el coche los viernes por la tarde, dejo atrás toda una semana de una dura y agobiante vida a 300 kilómetros de mi casa, trabajando diez horas diarias o más. Como mal y de cualquier manera, limpio aún peor y además tengo que soportar a mis compañeros de piso, a Felipe que llega muchas noches a horas intempestivas y tan perjudicado por el alcohol que no evita ningún ruido y me despierta y Marcial que se trae a alguna amiga de una noche y no me deja dormir con sus juegos eróticos.

    Por eso, el viernes al mediodía cierro el ordenador portátil, apago el teléfono móvil de empresa y salgo con renovada ilusión hacia mi casa. Allí me espera mi mujer, con la que sueño todas las noches laborales de la semana. Si es mala la semana, solo, triste y lejos, no cambiaría por nada el viaje de regreso de los viernes. Todos esos kilómetros de autopista por delante, imaginando, soñando con la noche del viernes, mi preferida, mi felicidad, la justificación de las largas jornadas de trabajo de los días pasados.

    Vivo anticipadamente el regreso, las primeras horas, olvidando una semana de soledad y disfruto desde el primer kilómetro que me dirige hacia ella. Y nunca me defrauda.

    Al llegar, la música, casi siempre mi pieza preferida, el Bolero de Ravel suena tenuemente en el salón y un delicioso aroma, un inconfundible aroma a ella me reciben como una bonita bienvenida. En la habitación me esperan las zapatillas y el pijama con una indicación inequívoca de que debo ponerme cómodo.

    Y en el salón, una copa de buen vino en la mesa que hay frente la sofá. Me siento, disfruto lentamente de la bebida mientras las últimas notas del Bolero me acompañan. Se lo que va a pasar a continuación y lo disfruto anticipadamente.

    Y aparece ella, bella como una obra de arte, dulce como una confitura, oliendo como una diosa. Me relajo, sé que me va a sorprender, sé que va a encontrar alguna forma nueva de hacerme sentir feliz.

    Sonriendo me pide que me siente en la mesa de comedor y el clímax aumenta. Aunque parezca mentira, siempre encuentra la forma de satisfacerme con algo nuevo, de sorprenderme y un estertor de placer recorre mi bajo vientre.

    Y empieza la epicúrea y sensual noche.

    Hoy empezamos con el aperitivo. Galletas saladas de jengibre y sésamo y vieiras gratinadas acompañados de un vino blanco Crozes-Hermitage de 2017, muy frío.

    Primer plato. Falso Rissotto de mejillones picantes, acompañado de un Albariño Marques de Frades

    Plato fuerte. Carrilleras de cerdo con salsa de fresas. Regado con un crianza de Ribera del Duero, Protos tinto de 2015.

    No podía faltar un postre para rematar la cena. Tarta de orejones y mermelada de albaricoque todo ello regado con un caldo de la Rioja Alta, un Vivanco Dulce de 2015.

    Cada plato viene con el sello de su amor, soy consciente de que pasó todo el día cocinando para mí, y no me siento capaz de defraudarla, aunque mi estómago esté a punto de extenuación y mi paladar ya mezcle y confunda los aromas de los vinos.

    Se lo tengo que comer todo, todo. Y lo hago.

    Por la noche hacemos el amor y tengo miedo de morir, de morir de una indigestión. Pero ¿Qué puedo hacer, si la quiero?

  • Aventuras y desventuras húmedas. Tercera etapa (12)

    Aventuras y desventuras húmedas. Tercera etapa (12)

    Mari comenzó a trabajar la semana después de lo que ella denominaba “el incidente”. El tortazo a su hijo le había dolido en el alma, cada vez sentía más dolor en su mano como represalia del golpe que dio. Sin embargo, su mente se paraba más en el posible error que había cometido.

    Lo que hizo su hijo le parecía grave, tener relaciones sexuales con su tía era del todo inapropiado. Pero en el fondo tenía otro sentimiento que le dolía más. Aquella semana que empezó a trabajar, disponía de tiempo para pensar entre cliente y cliente. Estaba claro que el golpe fue desmedido y quizá el castigo de sacarlo de casa así de primeras era del todo desproporcionado. Pero es que Mari se sentía traicionada, su mente dejó a un lado la idea de que su hijo era un degenerado, porque entonces ¿qué era ella?

    Había… hecho “algo” que casi no podía admitir, la palabra sexo no surcaba por su mente y follar… muchísimo menos. Ese “algo”… estuvo bien, no lo iba a negar, incluso las dos o tres veces que lo recordó antes de dormir hizo que su piel se erizase, sin embargo, era algo que debía olvidar.

    El trabajo le daba la posibilidad de pensar mucho menos, aunque el sentimiento de culpa seguía allí, a ratos incluso olvidaba que su hijo ya no vivía con ella. La gran mayoría de su pesar se centraba en ella misma.

    Recordando el momento, en el primer instante, su cuerpo le pidió echar a su hijo de casa y lo hizo. Sin embargo no pudo con lo segundo, hablar con su hermana e insultarla como bien quería. Pero ¿por qué no? En el fondo sabía que habían actuado de la misma forma. Por momentos lo asumía con más naturalidad.

    Sentada en la mesa de la cocina, después de cenar, siempre dedicaba un rato de forma involuntaria a darle vueltas a todo de nuevo. Incluso de vez en cuando salía de su mente la opción de pedir disculpas, pero rápido se volvía a esconder, era Sergio el que debía disculparse, ella… era… la segunda.

    —Mamá, —Mari se dio la vuelta asustada, pensando que su hijo podría estar allí. Era Laura— ¿qué tal estás?

    —Bien, hija. Un poco cansada, esto de trabajar agota.

    —Sí, debe ser agotador… casualmente… vengo a lavar yo misma lo que queda de la cena. Nada de que lo hagas tú sola. —su madre se rio. Laura dejó correr el agua hasta que estuvo caliente y comenzó— Ayer hablé con Sergio, dice que está contento, que la residencia de estudiantes es cómoda.

    “¡Qué alivio!” desde que se fue, su madre no sabía que sería de él, su corazón siempre estaba agarrotado pensando en donde pasaría las noches.

    —Sí, ya me dijo. —mintió.

    —Me da pena que no este, fue todo tan repentino, no me había dicho nada de que se quisiera ir.

    —Los chicos, cariño… —Mari no sabía muy bien por donde salir— Son impredecibles, ya los irás descubriendo.

    —Pero, podría volver, me gustaría que estuviera aquí. —la mujer sintió una punzada ardiente en el corazón. Logró mantenerse serena.

    —Lo decidió él, mi vida, tenemos que respetar su decisión. —menos mal que estaba de espaldas a su hija, si no le hubiera notado la marca de la mentira en su rostro.

    —Podríamos… no sé… igual si le insistimos vuelve. Tal vez es por algo que le ha pasado algo.

    —Laura —dijo en un tono neutro, pero que sonó a autoritario—, es lo que ha querido. No le ha pasado nada, está bien. Solamente querrá soledad.

    —Vale… —el tono parecía duro. A Laura no le gustó, pero lo aceptó, seguramente su madre también le echaría de menos— Voy a cama, ya está todo limpio.

    —Gracias, cariño. Descansa.

    Laura se alejó hacia su cuarto, dejando a su madre sola mientras terminaba de comer una manzana y una pequeña lágrima solitaria le asomaba por el rostro. Estaba mejor trabajando que en casa, no podía soportar el dolor que sentía, expulsó a su hijo de su hogar, pero… tenía una razón, ¿no?

    Mientras la mujer se limpiaba aquella lágrima rebelde que brotó hasta su mejilla derecha, Laura como todas las noches hablaba con su hermano por mensajes. Era la forma de estar unidos pese a la lejanía y como de costumbre, ella le comentaba como estaba su madre… “Algo decaída”.

    Después de un rato de preguntas y risas por parte de ambos, Sergio tuvo que cortarla. Llevaba instalado una semana en su nueva habitación cuando de pronto, llamaron a la puerta, esperaba que no fuera el conserje ni nadie encargado de asegurar que Marco Gutiérrez siguiera allí. Por si acaso, cogió la fotocopia del DNI que siempre llevaba en la cartera. Mandó un mensaje a su hermana.

    —Luego hablamos, te quiero, tata. —sin darle tiempo a leer la contestación se levantó.

    —Te quiero, tato.

    Se acercó a la puerta despacio, queriendo no hacer ruido como si aquello fuera a hacer que la persona tras la entrada fuera más o menos amable. De nuevo otro golpe, sonó metálico y frío, algo que le extraño de sobremanera y abrió con dudas, sin muchas ganas de saber que producía ese ruido.

    —Mira que el cuarto es pequeño para tardar tanto en abrir…

    La figura de una mujer menuda, con el cabello corto, de color negro y puntas azuladas se erigía en la puerta. Unas gafas se alzaban sobre una pequeña nariz rodeada de pecas casi invisibles que rodeaban unos ojos verdes deslumbrantes. Se veían mucho más lindos sin el rojo de la otra vez. Lo único que cambiaba esta vez en la muchacha, era que Carolina, veía vestida.

    —Tú.

    —¡Yo! Te venía agradecer lo del otro día. —mostrándole ocho latas de cervezas, Sergio torció el rostro al verlas— Esto a los tíos os mola ¿no?

    —Lo de hace una semana dirás.

    —Bueno, no te pongas exquisito, la cosa es que he venido, y mira… —agitaba las latas delante de su cara con gesto cómico— Birras… ¿Te gustan?

    —Supongo.

    —Oye, —miró de nuevo el número trece de la entrada— ahora que pienso… antes vivía aquí el fumado ese… como… como era…

    —Marco.

    —¡Ese, ese! Parecía buen chaval, pero, joder… todos los días en la luna, creo que se le quemó el cerebro. —aspiró un poco con su pequeña nariz haciendo que las gafas cuadradas se le movieran— Todavía huele a marihuana.

    —Trato de que el olor se largue, aunque cuesta.

    —Una vez me dijo que se quedaba hasta final de curso, vamos tampoco era que hablase mucho con él, pero bueno, era un poco raro. —el joven se rio en su mente, pensando que opinaría Carolina de sí misma.

    —Sí, es una larga historia. —Sergio estaba cansado y no le apetecía mucho conversar.

    —Pues no tengo un plan mejor. ¿Me la cuentas?

    —¿Cómo? A ver, no sé, es una frase hecha, no pensaba que…

    —Bueno pues me la cuentas, así nos entretenemos. —Carol entró en la habitación sin ningún permiso, pasando al lado del joven que seguía agarrado a la puerta— No te pienses que estoy ligando ¡eh! Aquí poco se puede hacer.

    —No, no lo había… —la joven le cortó de pronto.

    —Además, no me voy liando con el primer tío que me arregla la ducha. —Carolina se sentó de golpe con su liviano cuerpo en la cama.

    —¡Guau! Chica… —soltó Sergio sin contenerse. Carol le observó intrigada— Eres muy… dios… ¿Estás siempre a tope? ¿Desayunas Red Bull o qué pasa?

    —Noooo… —estiró la palabra mientras se reía y negaba con las manos— Solo cocaína. —a Sergio apenas le dio tiempo a pillar la broma— ¡No, hombre! Soy así… no sé. ¡Anda! Cierra la puerta y vamos a tomarnos las cervezas. —Sergio seguía sorprendido, pero la hizo caso y después de cerrar la puerta se encaminó hacia la cama— No te creerías que eran todas para ti.

    Carol abrió dos latas y le pasó una a su “nuevo amigo”. El joven aunque algo dubitativo por toda la energía que desprendía la joven se sentó a su lado. Con la tele encendida creyó que los momentos de silencio se harían más llevaderos, aunque estaba más que equivocado… con Carol no había momentos de silencio.

    —¿Qué tal la uni? —le preguntó recostándose y dando un trago largo a la lata.

    —Bien, siempre me ha ido bien la verdad. Estoy al día de asignaturas y espero acabar este cuatrimestre.

    —¿Estás en cuarto curso? —Sergio asintió mientras bebía, la cerveza entró de maravilla, estaba fresca— Yo en tercero, o sea entiendo que me sacas un año. —el joven alzó los hombros, también lo suponía— En mi caso siempre se me ha dado bien, el estudio es lo mío, aunque estos meses he dado un bajón, pero bueno algo puntual.

    —Entiendo. —copió a la joven y se recostó en la cama, reposando su cabeza en un cojín del mismo modo que Carolina— ¿Llevas mucho tiempo en la residencia?

    —Desde que vine a la universidad, tres años ya.

    —¿Y tienes tan pocas nociones de fontanería? —Sergio sacó una sonrisa, esperaba que ella también lo hiciera. No sabes nunca por donde te va a salir un desconocido y menos Carolina.

    —El Bedel/fontanero/albañil y demás, es el que suele venir a inspeccionar las habitaciones. —Carol notó que Sergio se erguía sorprendido sobre sus antebrazos— ¿Esa cara? ¡Bah! Tranquilo, suele venir a finales del primer cuatrimestre, o sea que ya pasó por aquí. En mi caso, tuvo que venir por noviembre porque la persiana se rompió. No me mires así, yo no hice nada, fue sola, estaba durmiendo y bamba, menudo susto.

    —Y oye, ¿hay algo que hacer por aquí? Me refiero, no sé… fiestas o… no se me ocurre otra cosa, supongo que será de lo poco que se hace.

    —¿Aquí dentro? ¡Ni de broma! Si te pillan, a la calle. Puede que hayas venido pensando que esto es una hermandad de Estados Unidos, pero olvídate, es más aburrido que cualquier otra cosa. Sí, tienes libertad, pero hasta ahí… lo demás es un coñazo, y si tienes vecinos aburridos mucho más.

    —Supongo que tú no eres una vecina aburrida.

    —Te traigo cerveza… ¿Tú qué crees? —Ambos rieron juntos por primera vez— Entonces, ¿qué haces aquí?

    —Eso me ha sonado como si estuviera en una cárcel. —dio otro gran sorbo a la cerveza viendo que la muchacha hacía lo mismo— Bueno, nada… supongo que no importa que lo diga —pensó que contar que tenía ciertos problemas con su familia, no le haría mal. La chica era prácticamente una desconocía, pero parecía de confianza. Además, tampoco daría detalles— Problemas en casa. No quiero decir que tenga una familia conflictiva ni eso, pero ya chocaba con mis padres, vi la oportunidad y elegí esta opción.

    —No soy quién para juzgarte, o sea que si elegiste esa opción será porque es buena para ti. Y entonces… ¿Cómo fue que el fumado de Marco se largó y ahora estas tú? Pillar una de estas habitaciones así de rápido es complicado.

    —Sencillo, se iba a ir de vuelta a casa y por no hacer miles de papeles, estoy aquí en su nombre, como si no se hubiera ido, le pagué la parte proporcional y fin.

    —¡Coño! Pues le tenía yo por un colgao, pero ha sabido aprovechar la situación. No digo que te haya timado ¡eh! Habéis hecho un buen trato. Solo que me sorprende, se le veía más bien poco espabilado.

    Carol se levantó de la cama y abrió otra lata dejando la suya en el escritorio. Volvió a sacar otra de los círculos de plásticos donde estaban aprisionadas y se la cedió a Sergio. Le enseñó la suya que todavía no había terminado, pero a la chica le dio lo mismo. Se colocó mejor las gafas, dejándose caer pesadamente en la cama y recostándose de nuevo.

    —La cosa, Sergio, que ahora estás atado. Porque como te portes mal, le mando un email al comité y te ponen de patitas en la calle a la voz de ya. No sé si lo sabes, pero te tengo cogido por las pelotas. —usó un tono que el joven ya empezaba a conocer. Sus bromas siempre iban aderezadas de ese punto sarcástico que a Sergio, quizá también por las cervezas, le iba gustando.

    —Me joderías una pasta. —sonrió tímidamente y dio un trago acabando la cerveza vieja y cogiendo la nueva— ¿Tú por qué decidiste venir aquí?

    —También es sencillo, y mucho más que lo tuyo. Vivo a media hora de aquí en coche, podría ir y venir, pero mira, mis padres tienen dinero y esto es menos engorroso. Fin.

    —¿Echas de menos tu casa?

    —A veces…

    Por un momento el silencio se hizo presente, era la primera vez que Carol se quedaba sin habla y eso a Sergio le sorprendió, “parece que sí que se le agota la pila”. Levantó su cuerpo con la cerveza en el interior, no le había afectado aunque la sangre ya comenzaba a correr con prisa por su cuerpo. Miró a la joven que seguía tirada en la cama observando el techo aunque tras sus gafas se podía sentir que no prestaba atención a nada.

    —¿Sabes jugar a la consola?

    —¿Qué si sé? ¿Estás de broma? —Carol pareció activarse como si tuviera un resorte en su espalda.

    —¿Quieres que te machaque un poco? —señaló la tele del cuarto donde una videoconsola reposaba esperando que la usasen.

    —¡Estás muerto!

    Los juegos se fueron sucediendo mientras aporreaban los mandos entre gritos, empujones y tragos de cerveza. Por un momento a Sergio se le fue todo de la cabeza, su malestar, la relación con su madre, la partida de casa… todo. Solo estaba allí, en una habitación, junto a una joven que acababa de conocer mientras se bebía unas cervezas y se lo pasaba de maravilla.

    Echó un vistazo por un momento mientras Carol se mofaba de la aplastante victoria a la que le había sometido y vio sus ojos, estaba feliz, lo sintió. Por algún extraño motivo sus ojos brillaban con luz propia, ajenos a la luz que manaba la bombilla del techo, desprendían una luz de mil soles. Eran dos páramos verdes donde perderse, donde descansar, aunque por algún motivo, sintió que eso era novedad. Hasta ese momento, los había visto rojos y apagados, sin embargo ahora vivían con fuerza, como un fuego descontrolado.

    Terminaron tarde, cerca de las once y con las ocho latas de cervezas totalmente acabadas. Sergio acompañó a la puerta a su nueva amiga y ella se paró en el umbral antes de despedirse.

    —Pues estuvo bien, tenemos que repetirlo.

    —¿No te perderás de camino a casa? Puedo esperar hasta que entres, tengo tiempo. —Carol se rio de forma estridente, el alcohol la afectó en la última lata y a Sergio… en la tercera.

    —Creo que eres un poco tonto… solo un poco ¡eh! —añadió ella saliendo al pasillo— Otro día nos vemos.

    Carol se despidió con la mano, caminando despacio por la moqueta del pasillo en dirección a la puerta 16. Sergio le echó un vistazo con su personalidad ardiente que solía salirle cuando bebía. La chica no estaba nada mal, tenía un cuerpo delgado y de rostro era bonita. No era una belleza espectacular, lo que más llamaba la atención de ella, al menos para el joven, era su personalidad. Algo arrolladora y al principio llegando a ser desquiciante, pero pasando un rato largo en intimidad se había convertido en alguien muy entretenida.

    Se vio en un momento cómplice, lo habían pasado bien y podía ser un buen instante para preguntar por algo que le había hecho pensar desde el momento que la vio. En realidad no era una buena oportunidad, por muy bien que se lo hubieran pasado, apenas estuvieron dos ratos juntos. De todos modos, Sergio se lanzó.

    —Carolina, —ella se dio la vuelta. Separando con su mano el pelo que se le quedó en el rostro y dejándolo detrás de la oreja para que le llegara hasta casi los hombros— te veo una chica superfeliz. ¿Te puedo hacer una pregunta sin que te moleste?

    —¡Horror, Sergio! Si me dices eso, claro que me va a molestar —ella sonrió ante lo evidente que era su argumento.

    —El otro día, cuando salvé tu bañera, —Carol sonrió. Cuando estaba algo borracha sonreía muchísimo— vi algo que me chocó y… entendería que no me lo contaras, porque apenas nos conocemos. Pero en este rato que hemos estado me da la sensación de que eso no va contigo y por eso necesito preguntártelo. El otro día… ¿Por qué llorabas?

    La expresión de Carolina cambió por completo, abrió los ojos con una sorpresa máxima y sus labios se tornaron serios. No se hubiera esperado eso jamás, incluso antes una petición sexual que eso.

    —Yo… no… no estaba llorando… era… era el champú.

    —Recuerdo que no tenías la cabeza mojada.

    Rio al tiempo que negaba con la cabeza y andaba hacia su puerta. Abrió esta y miró desde la corta distancia a su nuevo amigo, volviendo a reírse con cierta ironía.

    —Eres muy observador, señor fontanero… Mucho.

    Se metió en su cuarto sin nada más que decir, dejando a un Sergio dubitativo, no solo por saber si había estado llorando o no, sino por si la pregunta le hubiera molestado. Se imaginaba que sí, aunque con esta chica no se podía estar en lo cierto con nada.

    ****

    El bolígrafo de Sergio recorría el papel, dejando marcada la tinta azul en los deberes encargados para el seminario. Sin embargo, su mente se hallaba muy lejos de aquel folio… bueno no tan lejos, solo a dos puertas de distancia.

    Pasó únicamente una semana desde que le preguntó a su nueva amiga por los ojos tristes que portaba cuando se conocieron. Tal vez no eran muchos días, pero en la residencia de estudiantes el tiempo pasaba despacio.

    No había mucho que hacer, solo estudiar y acudir a clases. Aquel lugar, como bien le dijo Carol, no era un hervidero de fiestas lujuriosas que se podría haber imaginado. Con tanta película estadounidense en la cabeza sobre fraternidades con letras griegas, se podría haber esperado otra cosa, de haber tenido tiempo para pensarlo. Sin embargo, era todo lo contrario… muy aburrido.

    Durante esos días, estuvo dándole vueltas a la conversación con su amiga. En verdad ya podía tratar a Carol como tal, pese a tener un inicio algo abrupto por la forma tan directa de la joven, sintió que conectaron.

    La había tomado cierta simpatía y afecto, la joven tenía algo que le llamaba la atención, no tanto en el plano amoroso o sexual, era otra cosa. “Quizá esto sea tener una amiga…” pensaba mientras giraba su bolígrafo en los dedos y miraba a una ventana cerrada con nulas vistas.

    Meditaba sobre si la había herido. Esperaba no haber reavivado unos recuerdos que la lastimaron hasta tal punto de hacerla llorar. Se sintió mal, por primera vez en la vida, pensó que tenía remediar la situación con una chica que no era su novia. En el pasado, obviamente tuvo amigas, pero nunca le había surgido un sentimiento tan fuerte de empatía hacia ninguna.

    Abrió la nevera y cogió un pack de ocho cervezas que compró el día anterior con idea de que el sentimiento de culpa pudiera aflorar, sería su pase de bienvenida, o eso esperaba. Eran cerca de las nueve de la noche y estaba claro que Carol estaría en su habitación, los planes de la residencia siempre eran dentro de las cuatro paredes.

    Levantó sus nudillos, sujetando en la otra mano las frías latas. Dos golpes contundentes fueron suficientes.

    —¿Quién es? —se escuchó al otro lado una voz medio adormilada.

    —Soy Sergio. —un saltó y después unos pasos por dentro de la habitación. Se abrió la puerta descubriendo a una Carol en pijama y con el pelo enmarañado.

    —Me has pillado en la cama.

    —Venía a devolverte esto. —mostrando las latas en el aire— Aunque si es mal momento…

    —¡Trae eso aquí! —se las arrebató y volvió a su cama. Mirando a Sergio que aún seguía en la puerta le añadió— Si no vas a entrar cierra la puerta.

    El joven pasó con calma, como si fuera la primera vez que lo hacía y el nerviosismo le invadiera. Aunque aquel pequeño temblor que tenía en todo el cuerpo se debía a que sería la primera vez que preguntaba a una “amiga” por sus sentimientos. Lo había hecho sobre todo con su tía, pero aparte de ella, no era partidario de hablar de ese tipo de cosas, ni siquiera con sus verdaderos amigos.

    —¿Qué tal, Carol? —ella no respondió, lo vio como un formalismo— He venido para preguntarte una cosa.

    La joven le miró con los ojos abiertos, prestando toda la atención a su nuevo amigo y sabiendo por donde irían los tiros.

    —¿Estás mal por lo que te pregunté el otro día? —preguntó sin titubeos— Como no nos hemos visto y eso… —a Sergio le costó un mundo soltarlo, pero una vez que las palabras fluyeron, pareció tan sencillo…

    —¿Estás pidiéndome perdón, por preguntarme si había llorado? —el muchacho alzó los hombros— Y me traes cervezas… la verdad que tienes que ser muy popular entre las chicas.

    —Pues si te soy sincero… no mucho. —nunca lo había sido, esta era la época que más sexo y amor había tenido con diferencia en su corta existencia.

    —Pues a mí con esto me ganas. —abrió dos latas, una para cada uno— O sea que, ¿vienes a pedir perdón por preguntarme eso? —asintió— ¿Cómo pensabas que me podía ofender algo así?

    —No sé… —no tenía ni idea, era lo que sentía, llámalo presentimiento…

    —Si me preguntaste algo, era porque te preocupaste por mí, ¿no? Pues me da que es casi como un halago, es imposible que me enfade. ¡¿Quién coño se enfadaría por eso?!

    Levantó la cerveza en alto y Sergio entendió rápido que buscaba brindar con él. Chocaron las latas y alguna gota salió mojando un poco la cama, los dos se sonrieron.

    —Dale un trago, que no me las voy a beber todas. Eso sí, no creas que por unas cervezas te voy a contar lo que me pasaba, con admitirlo ya te tienes que quedar satisfecho.

    —Es un comienzo. —ambos rieron mientras se miraban y escuchaban de fondo la televisión. Comprendieron simultáneamente que se llevaban a las mil maravillas.

    Carol volvió la vista a la nada, mordiéndose nerviosa el labio, pensando que quizá… algún día se lo podría contar. Su mente le preguntaba “¿por qué no? Es majo”, pero ella todavía rehusaba, la confianza es algo que hay que labrar y ella… tenía malas experiencias confiando en la gente.

    —Quizá… otro día… —acabó diciendo en un tono más serio de lo normal.

    —No pasa nada, solo que ahora me tienes que pagar las cervezas. ¿No hay problema, verdad?

    Carol se giró y le dio un leve golpe en el brazo a su amigo, ambos se volvieron a reír en la intimidad que daban aquellas cuatro paredes. Con la primera cerveza acabada y algo de chispa alcohólica en su cuerpo, Sergio se levantó a dar un paseo por las paredes para cotillear con descaro. Aprovecho que Carol estaba en el servicio.

    —¿Te gusta el manga? —preguntó según escuchó como se abría la puerta.

    —Sí, los comics en general. —anduvo hasta el estante donde observaba Sergio. Miró los que tenía y le comentó— No tengo el dinero que me gustaría para comprarme todos los que quiero.

    —Cuando trabajes y tengas tu vida “adulta”.

    —Quién sabe. ¿A ti te gustan?

    —Sé muy poco, apenas vi cuando era pequeño lo típico, Naruto, Dragon Ball, Los caballeros del zodiaco y poco más.

    —¿Quieres llevarte uno? —Carol nunca había dejado uno de sus mangas, ni siquiera a sus parejas. Incluso ella misma se sorprendió de sus rápidas palabras. Igual estaba un poco borracha.

    —Gracias, pero ahora no podría leerlo, con los dichosos seminarios… Estoy un poco hasta arriba.

    —Más adelante si quieres. Ahora… —pasó las manos por ellos y cogió el último que había en la balda— me faltan dos para terminar con esta serie. Tengo que mirar por internet a ver si los encuentro.

    Volvieron a sentarse con la primera cerveza ya terminada y Sergio se recostó en la cama como bien había hecho la chica en la suya.

    —¿Los fines de semana qué haces?

    —Depende —respondió Carolina tumbándose del mismo modo—. Algunos vuelvo a casa, otros me da pereza y me quedo. Aunque esto sea muy aburrido, me da pereza salir, luego estoy todo el día en la habitación y me arrepiento. —alzó los hombros sabiendo que era una contradicción, pero así era ella— Aquí pocos se quedan… el viernes casi todos emigran como los pájaros.

    —Sí, lo mismo me dijo Javi. Le comenté para salir o algo, pero nada, se marcha siempre, una pena.

    —Si te vas a quedar y te aburres, pues ya sabes dónde…

    De pronto algo la cortó, su móvil empezó a zumbar encima de la mesa. Con cierta pereza se levantó de la cama y cogió el parpadeante teléfono. Se colocó las gafas de ver y miró lo que la luz la indicaba, la estaban llamando. Girándose con rapidez miró el rostro de su amigo.

    —Sergio, podemos seguir otro día. —señaló el móvil— Es importante. Lo siento, tengo que coger.

    —Claro, claro.

    Se levantó con algo de pereza, pero caminó hasta la salida con algo de premura, la cara de su nueva amiga le instaba a ello, la llamada parecía demasiado importante. Al cuarto tono puso un pie en la salida y escuchó como una voz dulce y acaramelada respondió al teléfono.

    —Hola. —muy bajito estiró la última vocal, Sergio apenas podía escucharla en tan poca distancia.

    Levantó su mano para decir adiós y Carol casi habiéndose olvidado de él, le lanzó unos cuantos besos con sus manos mientras se despedía nerviosa y con rapidez, sin dejar de sonreír.

    Obviamente, Sergio se imaginó quien podría ser, aunque no era de su incumbencia, seguramente su familia o tal vez alguien más íntimo. Sin embargo lo que si meditó fue acerca de esos comics que tenía en su balda, quizá sería una buena iniciación en su relación de amistad ayudarla a comprar los que le faltaban.

    Solo conocía a una persona que supiera de comics japoneses y lugares donde se vendían. Cogió el teléfono en su habitación, mientras Carol seguía pegada al móvil hablando con otra chica, Sergio llamó a su hermana.

    —¡Tato! ¿Qué tal estás? A ver cuando vienes que tengo ganas de verte.

    —Y yo, hermanita querida. Aunque de momento complicado, pero puedes venir aquí cuando quieras.

    —Lo tomo en cuenta… igual un día que quiera salir y no dormir en casa…

    —No me metas en tus complots de borracheras…

    Ambos rieron contentos con su nueva relación que parecía nunca acabar. Una maravilla.

    —Te llamaba por una cosa, tata. ¿Tú conoces un buen sitio para ir a comprar mangas?

    —¿Mangas? ¿Tú? No te he visto con ninguno en mi vida, ¿es que hay…?

    —Es para un amigo, no empieces. —ambos rieron tras los teléfonos. Sergio prefería encubrir la verdad para no dar mil explicaciones, al final Carol solo era su amiga y eso daría pie a errores. Conocía a Laura.

    —Aquí en el pueblo hay una librería muy buena y está especializada. El primero que compré lo hice allí y ahora… es un no parar.

    —¿Me puedes pasar la dirección?

    —Claro, cuando te cuelgue te mando. No está muy lejos de casa, a cinco minutos o así de donde trabaja ahora mamá.

    La punzada la sintió dura en el estómago, Sergio con su nueva vida y sobre todo con la irrupción de Carolina, se olvidó completamente de su progenitora y también de su grave problema. Pero este seguía allí, no se había ido, su madre y él todavía no se habían vuelto a hablar y por supuesto, así seguiría siendo hasta que alguno de los dos diera el primer paso. Esto último a Sergio le parecía imposible.

    La curiosidad le pudo, quería saber algo de ella, aunque fuera lo más pequeño y su hermana sería una buena espía en la casa.

    —¿Qué tal está? —no pudo reprimir un tono seco.

    —Bien, habla mucho del nuevo trabajo, todo el rato comentando lo bien que está. Aunque… —no hacía falta insistir, Laura se lo iba a contar— creo que está triste. Ella intenta sonreír y que todo esté bien, pero noto que desde que te fuiste tiene una cara más tristona. No quiero que te sientas mal, si has querido marcharte tendrás tus razones. Podrías venir un día o algo… Sí, sé que estás muy liado y que necesitas espacio, ya me lo has dicho, pero…

    —Laura, cariño. —a la joven le encantaba que su hermano la volviera a tratar con esos apelativos dulces— Dentro de poco nos veremos, ya verás. Lo de mamá es solo una etapa, tema del nido vacío y así. Son solo unos meses y volveré a tocarte las narices, te lo prometo.

    —Eso espero, me gusta tenerte en casa.

    Esperó un momento porque la garganta se le había agarrotado. Las palabras de su hermana le habían llegado al corazón, un músculo ya tocado por saber cómo estaba su madre. Deseaba mandarla un mensaje, llamarla, pero no podía, todavía estaba tan fresco que tenía que dejar correr el agua.

    Tragó saliva o eso intentó, ya que debido a la cerveza y a esa sensación tan mala producida por la conversación, estaba seco.

    —Dentro de poco… lo juro.

    —Tomo la palabra, tato.

    —Te quiero mucho.

    —Y yo.

    A Sergio una pequeña gota salada se le comenzó a formar en el lagrimal de su ojo derecho, pero con nuevos pensamientos acerca de sus deberes, consiguió disiparla. No era momento de sentir lástima, debía centrarse en sus estudios, aunque… debía darse cuenta de que lo más importante era su vida.

    CONTINUARÁ

    ———————-

    En mi perfil tenéis mi Twitter para que podáis seguirme y tener más información.

    Subiré más capítulos en cuento me sea posible. Ojalá podáis acompañarme hasta el final del camino en esta aventura en la que me he embarcado.

  • Mi primer encuentro gay

    Mi primer encuentro gay

    Todo comenzó en 2015 cuando yo tenía 19 años, nunca me he considerado una eminencia en cuanto al físico pero siempre he tenido novias muy hermosas y culo as, así como también la atención de los hombres mayores (sobre todo).

    Ese día recuerdo que fui al dentista por el centro de Veracruz y recuerdo que iba en una calle muy grande pero solitaria. De pronto noto que un señor de 65 años de edad o más, me seguía lentamente, disimuladamente voltee a verlo y note que se me quedaba viendo. Se fui caminando y me detuve unos metros adelante con el fin de poder observar mejor, y pensé ciertamente que necesitaba ayuda en algo por lo que él me hizo una seña, de «ven». Entonces accedí, fui a donde estaba y me dijo, sígueme, entonces yo de verdad creí que si requería ayudase alguien más joven o algo para cargar algo. Entonces abre la puerta de su casa, era un tipo zaguán y entró después de él, entonces yo le pregunté, que necesitaba y me dijo, me gustaste, yo en ese tiempo andaba muy calenturiento y eso la verdad me excito mucho, tanto que tuve una erección al momento y sentí como la sangre de mi cuerpo se movía rápidamente y se calentaba.

    El señor maduro me agarra la Verga sobre el pantalón y me dice quiero verlo, y mientras me masajeaba mi bulto erecto me iba quitando el pantalón y me dejó desnudo en su patio de un momento a otro, me dice te gusta y yo lo quedé viendo muy caliente y le dije, me encanta, y como pudo, me comienza a mamar la Verga, ahí en su patio, con la calle de espalda. Me comió rico la Verga, los huevos y me manoseó, me agarro las nalgas grandes y redondas, la Verga y todo. Me llevo mas al fondo y siguió mamando e la Verga. Yo me excite mucho por saber que un hombre maduro me deseaba tanto que termine acercándome a él y lo comencé a besar como si una puta viviera dentro mí, el me comenzó a meter los dedos y yo no podía más, agarro mi Verga y se la azotó en la cara y poquito después yo me vine sobre su rostro. Recuerdo como se comía mis mecos ese señor. Después de eso, se me bajó la calentura y con mucho nervio y culpa por lo que había hecho, me puse la topa y todo y le dije ya me voy. Él me dijo, espera, te abro y cuando ya me iba, con el portón medio abierto me agarro el culo y me dijo, que rico estas, vuelve mas seguido. Y me fui. Desconcertado por lo que había hecho y por lo mucho que me había gustado. A partir de ese momento, volví 3 veces más y todas fueron ya en su cama, incluso le baile desnudo mientras él se masturbaba. Pero si gustan puedo contarles esa historia en otro relato.

    Les comento que ese fue el detonante para que aburra mi mundo sexual. Me considero una persona hetero pero me encanta sentir el deseo sexual meramente, de los hombres y tengo muchas historias sexuales que ocurrieron con hombres y en las que me exhibí completamente y me sentí puta.

    También tengo historias sexuales sobre tríos que he realizados, historias con exnovias y con maduras. Todas reales. Espero sus comentarios por si gustan que las cuente.

  • Mi esposa quiere un hijo de nuestro hijo

    Mi esposa quiere un hijo de nuestro hijo

    Para la gente Fernando (43) es publicista, educado y millonario, su esposa Nancy (36) la milf perfecta, Cristian (18) un líder universitario, pero Fernando quiere ver a su esposa de puta con su hijo, ella quiere boda y tener un hijo de su hijo… ambos quieren hacerlo público… hijo no sabe nada.

    Estaba en mi oficina cuando recibí la noticia que tanto esperaba,

    – Sandra ¿tenemos aspirinas? ¿Podría traerme un par y una botella de agua por favor?

    – Con mucho gusto, enseguida señor

    Entra a mi oficina y fue directamente a una barra de donde saco una caja con las aspirinas.

    – ¿Agua mineral o natural?

    – Lo siento, no sabía que las tenía aquí, agua mineral está perfecto, por favor.

    – Es mi trabajo y un gusto servirle.

    – Necesito descansar un par de minutos.

    – Si le va a caer muy bien

    – Por favor avísame en 20 minutos y no me pase ninguna llamada.

    – Claro que sí.

    Salió, y cerró la puerta.

    Me senté en mi escritorio y me puse a leer el correo mientras sentía como mi verga se ponía cada vez más gorda.

    ________________

    … La mesa directiva decidió que lo más conveniente sería organizar y tomar la dirección de nuestra oficina corporativa en Miami, Florida, lo cual requiere su trasladó inmediato.

    Estaba tan excitado que no aguante más y me saque la verga… Era lo que tanto esperaba,

    Una nueva ciudad donde nadie me conociera, ni a mi esposa o mi hijo.

    No pude evitarlo, mi mente se llenó de imágenes de Nancy mi esposa vistiendo mini vestidos, shorts, faldas, tacones altísimos… Estaba dispuesto a pagar y gastarlo que sea, cientos de miles de dólares para que Nancy se vea como la más puta y perfecta milf de la ciudad, para que sea la fantasía de cualquier hombre y todos quieran meterle la verga.

    Una milf con una apariencia perfecta, de actitud despreocupada, coqueta, y muy desinhibida, en resumen una puta muy adinerada que nadie salvo mi hijo Cristian puede disfrutar completamente.

    Los imagino en la alberca besándose, en un club fajando, ella bailando y mi hijo relegándole toda la verga sin que nadie se imagine que son madre e hijo.

    Intento concentrarme y escribirle a Nancy, los planes se adelantaron por meses y tendremos que tomar acciones arriesgadas.

    Abro WhatsApp y solo al ver la foto de perfil de mi esposa donde sale abraza por mi hijo me despierta imágenes nuevamente, esta vez la imagino en lencería, bailando lentamente sentada sobre las piernas de Cristian que ya tiene la verga parada y ganas de metérsela.

    Suena el teléfono.

    Debe ser importante para pasar la llamada…

    – Hola Sandra,

    – Lamento molestar, pasaron ya 20 minutos, ¿le gustaría tomarse más tiempo?

    Que rápido se fue el tiempo, fantasear me hace perder la noción del tiempo.

    – No Sandra muchas gracias, la transferencia a Miami se adelantó y tengo que arreglar algunos asuntos, por favor avisa que voy a salir para que tengan lista la camioneta, y por favor revisa la lista de tareas que hicimos para este momento y haz lo necesario.

    – Inmediatamente, y muchas felicidades por el ascenso!

    – Gracias Sandra, por favor también llama a mi esposa y envía la llamada a mi teléfono personal.

    – De inmediato, su camioneta esta lista.

    Continuará…

  • La cogida en el parque Zaragoza de Veracruz

    La cogida en el parque Zaragoza de Veracruz

    Un día, venía de una fiesta en un antro de Veracruz e iba a mi casa, el taxi me dejó cerca de mi casa y de ahí tenía que caminar unos 10 minutos antes de llegar. Sin embargo, en el camino, estaba un parque que siempre cruzaba, el parque Zaragoza, yo pasé por ahí ese día de madrugada, tipo 2 am y ya iba algo borracho peor recuerdo bien lo que pasó.

    Había un señor sentado en ese parque en una banca verde y recuerdo que se me quedó bien y me dijo buenas noches y yo dije buenas noches y seguí caminando, sin embargo, andaba caliente y después de mi primer encuentro con un hombre mayor, ya no tenía miedo de estar con otro hombre, entonces en mi mente yo quise seducir a ese hombre sentado ahí y lo que hice fue sacarme la Verga más adelante, y le hice gestos al señor como de que, ve mi Verga, el al parecer buscaba morbo y como dicen en Veracruz cotorrear y no dudo en acercarse a mi y decirme, vente para acá, aquí no se ve nada. Y ahí supe que iba a tener un encuentro mórbido con ese señor.

    El me llevó a la parte oscura del parque y me comenzó a mamar la Verga, la mamá a muy rico ese cabron y además lo hacía con tanta sutileza que incluso la mamá a mejor que alguna de mis ex novias, yo siempre he sido muy morboso y me encanta que me vean, no se por que, así que siempre me bajo los pantalones al sueño o incluso le los quito esperando ser deseado por mas personas, el señor me mamá a tan rica la Verga que solo veía como su garganta pasaba y pasaba una vez mi trozo duro. Me agarraba de las nalgas mientras me comía el pene.

    Poquito después me dijo, también tienes un rico culo cabrón, y yo le dije siii, lo quieres probar y me dijo, me encantaría mamarte el culo y yo le dije, justo esa es mi fantasía, que me coman el culo, me da la vuelta y me pone en 4 en el pasto seco del parque y que me come el culo como desquiciado, yo estaba muy excitado y comencé a temor ahí, literal, él me comió el culo como por 10 minutos y me dijo te puedo desear y yo le dije siii, me comenzó a dedear bien rico y me dio la vuelta y comenzó a mamar simultáneamente mi verga, yo ese día tuve una eyaculación muy pronunciada, pero él se encargó de limpiar cada gota de semen con su boca. Se la trababa todo ese señor.

    Me fui a casa después de eso. Desde entonces comencé a darme cuenta que en el parque ocurrían ese tipo de cosas muy seguidas y siempre me esclava de mi cuarto donde vivía, para ir a buscar morbo.

  • Carta a mi nuera

    Carta a mi nuera

    ¿Aún te acuerdas? Yo me acuerdo de que eran las doce del mediodía cuando llegué al aeropuerto de Heathrow. Me estabas esperando en la terminal. Me viste a lo lejos y sonriendo me saludaste con la mano izquierda levantada. Vestías con un jersey azul, un pantalón azul y unas botas altas. Te devolví el saludo y la sonrisa. Al llegar a tu lado, trajeado y encorbatado, me diste dos besos en las mejillas. Luego me dijiste:

    -Bien venido.

    Te respondí.

    -Bien hallado.

    Nos fuimos caminando por la terminal hacia la salida.

    Durante el viaje en taxi hasta a tu casa, donde me iba a hospedar el fin de semana, fuimos charlando de la ruptura con mi hijo. En el salón seguimos charlando…

    Estábamos sentados uno enfrente del otro en dos sillones tomando unos vinos y un chicken and chips y me decías:

    – Esta noche a ver si duermo mejor. Desde que dejé a Fernando…

    Me levanté, fui a tu lado, puse una rodilla en la alfombra, te cogí el pie derecho y te quité la bota.

    -¿Qué hace?

    Sin responder te quité el calcetín y te masajeé la planta del pie, pie que olía a coco y arándonos.

    -Creí que venía a convencerme para que arreglase las cosas.

    Metí el dedo gordo en la boca, lo chupé y te dije:

    -… Y a eso venía, pero cómo veo que no deseas que mi hijo regrese a casa quiero ver lo que perdió.

    Te hice un footjob que te dejó el coño encharcado. Te iba a hacer de todo, ya que parecías una mujer sumisa. ¿Sumisa? ¡Y un huevo! Al rato empujaste por la mesa camilla, después me tumbaste sobre la alfombra, me desnudaste, luego te desnudaste tú y me plantaste el coño en la boca, un coño depilado y mojado. Lamí tus jugos, luego tiré de ti y te lamí y follé el ojete. Te volviste a dejar hacer, pero poco tiempo, ya que cuando sentiste que te ibas a correr pusiste tu coño sobre mi polla empalmada y la clavaste hasta el fondo. Sintiendo entrar la polla por tu coño engrasado casi me corro, sin embargo, me aguanté, pues no sabía si tomabas precauciones.

    Sin sacar un solo centímetro moviste el culo alrededor a toda pastilla. Cuando vi que te ibas a correr te di la vuelta, te apreté el cuello hasta dejarte sin respiración y tu coño bañó mi polla con una corrida calentita.

    Luego de correrse la fiera apareció la gatita, gatita que se quitó de encima, se echó sobre la alfombra y me dijo:

    -Quiero que me haga el amor.

    La verdad es que me cortaste el rollo, dado que mi idea era meterte la polla en la boca para que me la mamaras y llenártela de leche y eso no entraba en lo que se llama hacer el amor, así que te dije:

    -Será un placer.

    Acaricié tu cabello, te besé en la frente, en los ojos, lamí tus orejas, te mordí en los lóbulos, besé tus piercings, te besé en la punta de la nariz, besé y lamí tu cuello, todo esto mientras acariciaba tus tetas, luego lamí tus areolas y tus pezones, te mamé las tetas, te las amasé, te las estrujé, mordí tus pezones…, te hice de las tetas un cristo, luego fui a por tu coño, besándote puse mi polla en la entrada de la vagina, te la metí, te cerré las piernas para que la sintieras más apretada y frotando mi pelvis contra tu clítoris me ibas a durar menos de lo que dura un caramelo en la puerta de un colegio. Al ver que te venías, me tuteaste:

    -¡Córrete conmigo!

    Nos corrimos juntos entre besos apasionados. Creo que gemía yo más que tú mientras mi leche y tus jugos se juntaban.

    Te había hecho el amor, pero yo soy un guarro de cojones. No te extrañó que metiera mi cabeza ente tus piernas, al contrario, me preguntaste:

    -¿Vas a hacer que me corra otra vez?

    -Voy.

    Tu coño parecía un embalse de leche y jugos. Lamí y tragué todo, después te levanté el culo y mi lengua plana lamió desde el ojete al clítoris. Empecé lento y rozando y te corriste cuando lamía aprisa y presionando. Esta vez tu cuerpo tembló y tus gemidos fueron cómo susurros, y algo le debieron susurrar a mi polla porque estaba dura de nuevo. Al verla me preguntaste:

    -¿Puedo confiar en ti?

    -Ciegamente.

    -Átame y hazme guarrerías.

    Fuimos para la cama, te até los pies por los tobillos con uno de los cordones de mis zapatos y con el otro cordón te até las manos a la espalda. Luego te puse boca abajo sobre la cama y te pregunté:

    -¿Ya te la metieron en el culo?

    -No, nunca, y no lo quiero que me la metas. Puedes jugar con tu lengua en mi culo, pero no se te ocurra meterme la polla.

    -Tranquila, no lo haré.

    Te eché las manos a las tetas al tiempo que te lamía el ojete, luego apretando tus pezones te metí y saqué a lengua de él. Te puse a cuatro patas y seguí follándote el culo. Tu ojete se abría y se cerraba intentando mantener la lengua dentro, pero la lengua, cómo es obvio, se escurría. Pasado un tiempo te froté la polla en el culo y te dije:

    -Te voy a tapar el ojete.

    Pusiste el grito en el cielo.

    -¡Dijiste que podía confiar en ti, truhan!

    Te di dos cachetes en el culo.

    -Te mentí, y no me llames truhan o te pongo el culo a arder.

    Me probaste.

    -¡Truhan!

    Metí la puntita de la polla dentro de tu culo.

    -¡No, truhan, no!

    -Si.

    Saqué la puntita, te volví a nalguear y después te follé el ojete con la lengua.

    -Así sí, ves, así me gusta mucho, truhan.

    Te gustaba que te aplaudiera el culo y te lo volví a aplaudir.

    Te volví a follar el ojete con la lengua y comenzaste a gemir, después lamí tu coño y tu ojete, volví a frotar la cabeza de mi polla en tu ojete y volví a meter la puntita. Tu culo se echó hacia atrás y la metió un poquito más, diciendo:

    -No, por el culo, no.

    La quité e hice círculos sobre el ojete.

    Estabas tan cachonda que me dijiste:

    -¡Métela de una puñetera vez! ¡¡Desvírgame el culo!!

    En el avión me habían dado con la comida un paquetito de mantequilla. Al verlo me vino a la cabeza la situación en que estaba ahora. Bajé de la cama y fui a buscarlo a mi equipaje de mano. Me preguntaste:

    -¿A dónde vas?

    -Voy a buscar el lubricante.

    De vuelta en cama pringué con mantequilla mis manos, mi polla, y tu ojete al meter el dedo pulgar dentro, luego puse la polla en la entrada del ojete, te eché las manos a las tetas y te dije:

    -Empuja con el culo.

    -No, empuja tú.

    Empujé y te entró la cabeza, el resto ya lo metiste tú de un empujón. Quité una mano de tus tetas y te metí dos dedos dentro del coño… Tiempo después, con una mano pringada de mantequilla acariciando tus tetas, con la otra metiendo y sacando los dedos del coño y acariciando con la palma el clítoris y con la polla entrando y saliendo del culo, me dijiste:

    -¡Me muero!

    Te corriste cómo una golfa y yo te llené el coño de leche.

    Al acabar me dijiste:

    -Suéltame.

    Te solté, me cogiste la polla, polla que estaba con la cabeza baja, la metiste en la boca y mamando y meneando la volviste a poner dura.

    Con ella tiesa en tu mano, me miraste y me preguntaste:

    -¿Me dejas que te ate?

    Sin querer iba a caer en tu trampa.

    -Ata.

    Al tenerme atado de pies y manos sonreíste. Estiraste el dedo medio de la mano derecho y encogiste los otros. Tus ojos se achinaron y la sonrisa se volvió maléfica. Acojonado te dije:

    -¡No!

    -¡Sí!

    No tuviste ni la delicadeza de untar el dedo con mantequilla, lo clavaste en mi culo sin anestesia. Pegué un brinco en la cama al tiempo que decía:

    -¡¡Puta!!

    -Sí, soy una puta, una puta vengativa.

    Al ver cómo tu linda cara se acercaba a mí creí que tus besos iban a atenuar la ofensa. ¡Y una mierda! Me metiste un bocado en el labio inferior que me hiciste sangre. Ya no dejaste le lamer mi sangre y besarme con lengua hasta que dejé de sangrar. Al ratito me empezaron a gustar tus besos con sabor a sangre y el dedo entrando y saliendo de mi culo. Mi polla latía cómo el corazón de un caballo desbocado cuando me preguntaste:

    -¿Quieres correrte?

    No te iba a decir que no

    -Sí.

    Gozabas haciéndome sufrir,

    -Pues te vas a correr cuando me salga del coño.

    Dejaste de besarme, sacaste el dedo de mi culo. Me diste la vuelta y me dijiste:

    -Te voy a quitar el vicio de pegarle a las mujeres.

    Lo siguiente que vi, mejor dicho, lo siguiente que sentí fueron dos trallazos en el culo.

    -¡La madre que te parió!

    Me pusiste una zapatilla marrón con piso de goma de color amarillo en los labios y me dijiste:

    -Dale un beso a Teresita para que no sea dura contigo.

    Ahora le lo puedo decir, me gusta que me calienten el culo, por eso te dije;

    -¡Dame tú a mí un beso en el culo!

    -¡Nunca debiste decir eso, cabrón!

    Te ensañaste. Ni tu misma sabes las veces que me diste.

    Cuando me diste la vuelta tenías las mejillas encendidas. Tiraste las zapatillas y subiste encima de mí. Metiste la polla en tu coño a cámara lenta y rebobinando, o sea, metiéndola un centímetro y sacándola otro centímetro, metiendo dos centímetros y sacando otros dos… Al quinto centímetro me corrí dentro de tu coño. Al sentir mi leche calentita la clavaste hasta las trancas. Ya no te dio tiempo a sacarla, te corriste con mi polla en el fondo de tu coño descargando leche en cantidad,

    Luego de soltarme te bañaste. Tenías que trabajar esa tarde.

    ¿Aún te acuerdas? Te pregunto si aún te acuerdas porque quisiera volver a estar contigo aunque ahora estés casada con un perroflauta irlandés.

    Quique.