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  • Resumen de una noche apasionada

    Resumen de una noche apasionada

    Y es que desde que conocí a Pepe y su forma de hacerme su putita me dejó extasiada… me encanta que desde el simple hecho de saber que lo voy a ver por las noches me hace estremecer, hace que mi pene, aunque no es tan pequeño, se ponga erecto y empiece a lubricar, mi cabecita se pone a volar con las mil y un posiciones en las que en esta ocasión me va a coger; me encanta que al recibirme en su casa me jale hacia él de la cintura y me bese desesperadamente, arrimándome a su miembro ya erecto y que parece que está a punto de salir de su pantalón, yo me abrazo a su cuello y me dejó querer, dejo que sus manos grandes y toscas toquen mis nalgas por encima de mi pantalón, siento su lengua recorrer mi garganta en un beso de pasión y lujuria.

    Me encanta que me abrace por la espalda y caminemos juntos, muy pegaditos hacia adentro de la recámara, yo obviamente me pegó más a él para sentir lo que me voy a comer; empezamos a jugar con las caricias y los besos al desvestirnos, obviamente soy yo la que siempre busca encontrar su verga ya hinchada para tomarla con mis manos y así, él de pie, yo me arrodilló para metérmela a la boca, mamando su falo con todas las ganas que traigo de chuparlo; mientras tanto yo termino de desnudarme y él hace lo propio, se va hacia la cama y se recuesta…

    Quiere que se lo siga mamando y desgraciadamente es algo que me encanta hacer, después de estar comiendo ese rico palo durante un buen rato y que ya está más que lubricado por mi saliva y su líquido preyaculatorio, me pide que lo monte, yo le digo que si, pero que antes se siente en la orilla de la cama porque quiero empalarme sentada de espaldas a él, quien obedece y al sentarse en el filo de la cama su gran verga bien parada me invita a clavarme en ella y comerla por completo; yo como buena putita me arrojo sobre ella y comienzo a ensartarme en su miembro, primero la cabecita la meto poco a poco, duele porque la tiene muy grande (que afortunada soy!), pero poco a poco mi culito se va acostumbrando a ella y en un momento ya la tengo toda adentro, me hace estremecer y me sorprende que ese pedazo de carne tan grande que tiene me quepa sin problemas en mi culito estrecho…

    Me gusta sentir sus manos en mis caderas y que él sea quien lleve mi ritmo al dejarme caer en su falo ardiente, trato de no venirme en esa posición porque me gusta mucho y quiero que dure mucho tiempo nuestra sesión de sexo… Después de un rato jugando de esa manera, me levanta y se acuesta por completo en la cama y me pide que lo monte, yo ahora sí con toda mi casta de amazona, me trepo en mi macho y lo cabalgó durante mucho rato, me dice que me quiere mucho y que disfruta mucho cogerme, que le encanta meterme su verga y que soy su putita únicamente; yo sin pensarlo le hago caso y sigo disfrutando de sus embestidas en mi culo, me jala hacia él para besarme sin dejar de meterme su carne hasta el fondo.

    Seguido de esto, él me pide que sea yo ahora quien se acueste en la cama, cuando esto sucede es porque sé que ya se quiere venir, me jala de las piernas y él se pone de pie junto a la cama, coloca mis piernas sobre sus hombros y me empieza a embestir, primero me da a probar la cabecita de su gorda y alargada verga, solo la puntita, la mete y la saca, lentamente, sabe muy bien que me vuelve loca esto y le pido mil veces que me la dé toda YA… Pero me hace sufrir, porque me sigue clavando poco a poco, yo trato de mover mis caderas de forma que pueda entrar todo pero se resiste, solo hasta que me ve que ya casi grito que me la meta toda es cuando sucede y me la deja ir hasta el fondo, sin compasión, y yo gustosa la recibo bien abierta para sentir como entra todo ese pedazo de carne que me hace tan dichosa, tan feliz, tan mujer…

    Sin bajar mis piernas se acerca a mi y me besa tiernamente, me dice que le encanta ver cómo me trago todo su miembro con mi culito, me acaricia el cabello, mi rostro y poco a poco sus arremetidas son más fuertes, más bruscas, él sabe muy bien que eso me prende muchísimo, que me den duro, sentir como sus pelotas rebotan en mis nalgas cada vez que me la clava hasta el fondo, sé que no tarda en venirse… Pero yo rápidamente cambio de posición y me coloco en 4, le dejo ver completamente mi culo dilatado, esperando ansiosa que me vuelva a clavar su instrumento de placer…

    Y así lo hace, se me deja venir como toro en brama, montando a su hembra en todos los sentidos y después de darme con todas sus fuerzas durante un rato por fin lo siento, me llena, me quema, mientras mis ojos saltan debido a que en el último movimiento me la metió hasta el fondo, puedo disfrutar de ese chorro de placer saliendo de su hermosa y rica verga, llenándome toda de él, haciéndome su mujer por completo, me embaraza, me preña como a la hembra que soy…

    Y yo no hago otra cosa más que gemir de placer y masturbarme para terminar rápidamente antes de que él se salga de mi, pero me dice que no me apresure, y sin sacarme su rico falo caliente y aún durísimo, me coloca encima de él, montando a mi macho nuevamente, y me comienza a coger lentamente, se incorpora un poco para besarme, me abraza y comienza a morder mis pezones, me toca mi pene y me empieza a masturbar, no tardé mucho en venirme justo encima de él y ahora caigo en su pecho, su verga aún sigue dentro de mi, bombeando ese rico chorro que me hace sentir tan mujer, su mujer…

    Al poco rato ambos estamos mirando la TV, él no deja de abrazarme a su pecho y yo, me siento protegida por mi hombre… Espero verlo pronto porque quiero ser suya nuevamente.

  • Betty la canija

    Betty la canija

    Si, veía bien el Carlos era la chavala del Súper del barrio: una chica de 19 años de apenas 1,45 de estatura, tetas como limones y un culo pequeñajo. Tenía los ojos azules penetrantes, guapilla de cara, media melena con mechas, su sonrisa era graciosa con la ortodoncia que llevaba. En principio le extrañó que se le acercara y le preguntara:

    – Buenas, cómo estás. Cuando te vayas me podrías llevar, no tengo con quien irme y ya sabes que hay 30 km.

    – Si… pe… pero vengo con dos colegas más… no sé si te incomoda.

    – No, que va, mejor – dijo con risa reciproca- cuándo os vayáis avisadme.

    – ok, en unas horas.

    Ella empezó a charlar y a tomarse copas con otros, inclusive se marcaba algún baile. Movía su culo como el péndulo de una campana, encima llevaba falda corta y camiseta que le marcaba los pezones. No tardaron en acercarse el Mauro y el Lucas hacia Carlos.

    – ¿Qué te ha dicho la del súper? es la Betty, la friki esa -preguntó apresurado Mauro.

    – Si al irnos puedo llevarla, me he quedado a cuadros, no quiero líos…

    – ¡No se te habrá ocurrido al decir que no! – exclamó Lucas -. A mi esa mujer en miniatura me putoflipa.

    – ¡No jodas que quieres enrollártela! – contesto Carlos. Nosotros con 28 y ella…

    – 19 – dijo de forma rápida Mauro – y tiene fama de folladora. Sabe lo que es un rabo.

    – El año pasado mismo, en la fiesta de la cerveza que se celebra en la playa, yo mismo y otro vimos como se la tiraba Roberto el culturista, junto al malecón de la playa el Roberto, se la clavaba en volandas. De pie y ella encima de su polla. El Roberto dijo que no pesaba ni 30 kilos. Un pasote, tíos. Muy manejable – dijo con ansia el Lucas.

    – No veas, con el pedazo de tío que es Roberto, la pollaza que gasta con esa muñequita. – dijo Carlos.

    – Fue un flipazo, además nosotros estábamos un nivel más bajo que ellos y el punto de vista era bestial. Se la tiraba en suspensión, ella se aferraba al pedazo de espalda de Roberto y enlazaba sus cortas piernecitas con la cintura. Veíamos todo el cilindro del Rober como entraba en ese coño. Brutal y flipante. Después pasó por nuestro lado, nosotros nos hicimos los tontos como quien no ha visto nada. El hijoputa se paró y se echó una soberbia meada, después nos tiró encima el condón usado.

    – Va de sobrado ese tío- dijo Carlos.

    – Porque sabe y puede – dijo tajante el Mauro – acostumbra a quedarse tangas a modo de trofeo y su cuarto está lleno de ellos.

    – No sabía que fueras tan amigo del culturista – dijo Lucas.

    – Tiene una especie de apartamento muy pequeño arriba en el piso de sus padres. Un picadero, vamos. Ese día me tenía que dar unas pesas y me lo enseñó. Por cierto, cuando entre salía la camarera buenorra de pub Masters.

    – Joder, me supongo qué…

    – Sí obviamente se la había follado. Aún estaban los condones lechados en el suelo y la mesilla llena de Kleenex.

    Entre Copa y copa pasaron unas horas, bebieron, charlaron. Entonces apareció la Betty; el pelo algo desordenado, caminaba como un pajarito, media sonrisa.

    – ¿Nos vamos? Ya son las 5 – dijo ella.

    – ¿Conocés a mis compañeros?

    – De vista en el súper y creo que tú estuviste…

    – Si, la fiesta de la cerveza.

    – Qué buena onda esa noche – contestó ella.

    – Si, noté que lo pasates de puta madre

    – Si, por qué lo dices.

    – El Roberto, ya sabes…

    – Ni puta idea – contestó ella.

    – El culturista.

    – Ahhh, el cachas. Si. Si. Un tío flipante ¿Nos vamos pues? – insistió ella.

    – Tomemos la última copa – insistió Mauro.

    Se sentaron con 3 cervezas, Carlos tenía que conducir y bebió cola. Al sentarse se veían los pequeños muslos de Betty. Al levantarse para ir al baño quedó bien patente que llevaba tanga.

    – Lo digo otra vez, será una canija pero me putoflipa. Quiero petarla esta noche – exclamó Lucas

    – No te pases, la chica solo quiere que la llevemos a su casa… – intervino Carlos.

    – ¡No me jodas, Carlos! Bastante fama tenemos de no ligar y encima ahora que tenemos la posibilidad de petarla te rayas. ¿Es que no has visto como viste de descarada? Se le ve todo el tangazo, y no sólo eso, su aliento apesta a polla, no sé si no te has dado cuenta – dijo Con esa ortodoncia que lleva me molaría que me hiciera una mamada – dijo Lucas.

    Ella volvió del baño y bebió su cerveza. Una vez más dejaba entrever sus muslos al sentarse con la falda vaquera corta. Ante esa nueva demostración de reto Lucas no pudo más y dijo:

    – ¿Te hace un canuto afuera mientras ellos terminan su consumición? – dijo guiñando un ojo a Carlos y Mauro.

    – Por mi no me importa que estén ellos, ya podemos ir de camino a casita- dijo contundente al mismo tiempo que hacía la señal de la mamada con la boca y la mano.

    Tajante y categórica en su respuesta quedaron mudos. Se levantaron y fueron hacia el viejo 4×4 de Carlos. Solicito y veloz como un rayo Lucas abrió la puerta trasera a Betty y se sentó al lado de ella pasándole un brazo por los hombros. Al llegar a la primera intersección Mauro dijo:

    – Ya está en plena mamadaca.

    Y así era: Lucas con sus pantalones bajados hasta los tobillos y un cipote bien empalmado recibía una soberbia mamada. Lucas encendió el piloto de luz del techo para no perder detalle, Carlos bajó el retrovisor para poder conducir y ver mejor lo que se cocía en el asiento trasero. Ella empezó una mamada de tanteo o perfil bajo con un tanteo de polla en mano y lametazos troncales que hicieron rugir de gozo a Lucas, el cual estaba sobreexcitado. El 4×4 era una mezcla de sonoridades hip hop del aparato de música, sonidos guturales de la mamada y gemidos de Lucas. Pasó a una succión aspirada de glande con giros de lengua en la punta y acto seguido se engulló de golpe la polla y empezó subes- bajas a tragada entera. Sólo eran 13 centímetros de polla, se la comía entera, al subir la boca se veía toda la salivación troncal como baba de caracol. Lucas ronronea y balbuceaba incongruencias.

    – Este no llega a la follada. La mama como una estrella del porno – dijo Mauro al mismo tiempo que se tocaba el cipote tieso encima de su pantalón.

    Lucas empezó a tener espasmos. Apretaba su mandíbula. No tardó en berrear como un animal. Había estallado en corrida. Dio un largo bufido. Ella escupió la lefada por la ventanilla.

    – ¿Quién me peta ahora? – preguntó con restos de semen en su ortodoncia. Éste ya está despachado.

    – Carlos te toca por preferencia, tú llevas el coche, tenías que ser el primero, pero Lucas se te ha adelantado – aclaró Mauro.

    – Tranqui, peta tú, a mí el directo me pone mucho más mirar y machacársela que follar. Que conduzca Lucas- contestó Carlos aparcando en el arcén e intercambiando los asientos.

    Cambiaron las posiciones, incluso Mauro ya volvió a sentarse en el asiento trasero sin pantalones, en calzoncillos y un enrabe total. Carlos en el asiento del copiloto para mirar y pajearse. Lucas encendió el motor y arrancó. Hubo un primer tanteo, un escaneo rápido por parte de Mauro, le quitó la camiseta y dos pequeños pechos en punta asomaron sin sostén, le quitó la falda corta, quedó en tanga, lo ladeó dejando ver un coño depilado, he hizo esta observación:

    – Me gusta ver en pelota picada lo que me voy a follar, aunque no sé si dejar el tanga, mola.

    Mauro con ella despelotada buscaba la posición ideal. Al ver que los asientos no eran abatibles, propuso:

    – Tendrás que matarte sola arriba.

    – Sin problema, pero con forro – contestó Betty.

    Carlos abrió la guantera y sacó los preservativos – marca Durex love sensitive – y le pasó dicho condón a Mauro el cual en medio del asiento trasero empalado 100% se lo enfundó. Betty a horcajadas dándole la cara a Mauro encajó el glande. Tras unos segundos de asentamiento se tiró en caída libre hacia abajo clavándose la polla – 14,354 cm – a full. A partir de ahí como sugirió Mauro empezó a matarse sola. Era un boteo intenso, constante, el coño de ella era un chof, chof, continuo, como una máquina perforadora de agua, iba arriba, abajo de forma constante y cada par de boteos rotaba en el eje de su mismo en círculo. La música atronaba en el habitáculo. Carlos tenía una visión del mete-saca impresionante, para un voyeur como él era impresionante. Betty se tiraba a full hacía abajo clavándose la estaca hasta los huevacos. Gozaba como una perra. Mauro estaba en trance. Carlos sin manías se sacó la polla y se pajeaba como un poseso. La sonoridad vaginal era patente, Lucas el cual conducía hizo la siguiente observación:

    – Para ser tan joven sabe como deslefar una polla.

    En pleno bote jinetero por parte de ella Mauro tuvo el gran detalle de abrir las nalgas de Betty. El conducto anal quedó a la vista y el mete- saca quedó en todo su esplendor. Carlos reventó en lechadaza que salpicó el salpicadero. Mauro rugió como un toro y ella aulló como una gata. Se corrieron juntos.

    Carlos a la mañana siguiente acompañó a su abuela paterna al médico la cual le preguntó que era esa mancha sobre el asiento trasero y ese globo desinflado con líquido blanco dentro así como el churretón líquido del salpicadero. Tras limpiar ese mismo día el 4×4 acompañó a su madre al supermercado donde trabajaba Betty. Al salir su madre comentó a Carlos:

    – Esa chica por muy dependienta y canija que sea es una chica responsable y respetable, se deja querer, se la ve con iniciativa y capacidad para trabajar y no una cabra loca que va con cualquiera los fines de semana. Toma nota de ella, Carlos, te lo digo como madre.

  • Mi tía y yo ¿Quién consuela a quien?

    Mi tía y yo ¿Quién consuela a quien?

    Tengo una tía de nombre Antonia, es mayor que yo por solo 6 años, tiene un físico que no pide casi nada.

    Yo soy Silvana. Pero pido que me llamen Silvia o Silvi, según el caso.

    Soy delgada, con tetas chicas, un culo redondo y piernas bien trabajadas.

    Desde los 20 años salí de casa para independizarme, logre mucha estabilidad, menos una.

    El amor. Tuve una relación con una chica muy agradable, pero ella me dejo.

    Nadie sabe que soy lesbiana, ni si quiera mi tía toña.

    Al enterarse que fracase en una relación que según ellos fue con un chico, mi tía fue a pasar unos días al apartamento que en ese entonces alquilaba.

    Ya mas repuesta, fuimos a una fiesta que hicieron unas amigas en común.

    Como era de suponerse para nosotras, cada quien iba con su pareja, por lo que en vez de ser una fiesta alegre, se convertiría en una fiesta de parejas.

    Note que Toña se puso algo triste, por lo que nos retiramos del lugar, pero antes de llegar al departamento, compramos alcohol.

    -Me quieres contar que pasa contigo tía? Le dije.

    Me confeso que se estaba divorciando de mi tío Juan, por algo que ella le confeso, pero que le daba pena decirme.

    Al convencerla que me dijera, casi me voy de espaldas.

    Bien. Su fantasía o mejor dicho curiosidad era estar con otra mujer.

    Luego de más charla sobre el tema, le sugerí que probara.

    -Pero con quien Silvia? Dijo.

    -Yo sé con quién y esta persona te tratara de lo mejor. Dije.

    Sin dejarla opinar acaricie una pierna, yendo bajo una minifalda negra, la suavidad de su piel blanca me erizaba por completo.

    Me acerque a su boca, dando un tímido beso en sus labios.

    Nos miramos unos segundos y prontamente nos fundimos en un beso lleno de calor.

    Mis manos se aferraron a sus tetas y las de ella a mis nalgas.

    Todo fue silencio.

    Nos desnudamos lentamente, la acosté en mi cama, oliendo la humedad de una vagina semi depilada, para luego clavar mi lengua ansiosa, recorriendo el entorno de la misma.

    Con mis labios jalaba suavemente su clítoris, para luego ser un poco mas ruda.

    Luego devoraba unos pezones rosados, puntiagudos, besaba también su cuello, sus labios y regresaba a su vulva.

    Toña quiso probar mis jugos; así que, hicimos lo que fue su primer 69 lésbico, rico.

    Su lengua no fue tan inexperta como supuse.

    De hecho me saco un orgasmo, el cual lleno su boca de fluidos.

    Haciendo lo propio, las dos no paramos de limpiar y sacar mas jugos.

    Como ella le gusto mi culo, me dio el mas delicioso beso negro que me hayan dado, tanto que en mi segunda explosión, caí rendida, pero mi golosa tía me abrió las piernas para seguir devorando la concha.

    Sentí desfallecer, por tan suculentas lamidas en el clítoris.

    De nuevo hicimos el 69, toña no quería perder la oportunidad de saborearme y yo no quería que parara; pues he de confesar que hacía tiempo me gustaba.

    No sé cuántos orgasmos tuvimos las dos, pero al último quedamos rendidas.

    Con el paso del tiempo ella dejo al mojigato de Juan y se vino a vivir conmigo.

    De ese momento tan delicioso las dos somos pareja, a pesar del que dirían si algún familiar se entera.

    Aquí mi confesión.

    Vladimir escritor.

  • La fiesta en colonia privada

    La fiesta en colonia privada

    Hola, soy Carly de nuevo aquí amigos y amigas, les escribiré algo que me sucedió cuando tenía 28 años (en julio de 2011 para ser exactos), un día fui a conocer a un amigo de Facebook a su departamento, pero en una colonia cerrada, con vigilancia y así, él fue por mí a un parque que estaba afuera de la colonia, yo iba ya vestido de mujer, una amiga que vivía cerca de esa colonia me ayudo y todo, volviendo al tema, iba con un pantalón de mezclilla pegado, tenis, tanga morada y bra morado, él me vio y le hice una seña, ya que me había dicho por mensaje que carro llevaba y así, me subí al carro y le di un beso en la mejilla y él me dio una nalgada, jiji, que rico le dije, él se sonrió, lo llamaré Eduardo y me dijo, espero que no me haya tardado en llegar por ti princesa, y le respondí, no te preocupes no espere mucho tiempo guapo.

    Tomamos rumbo a su casa y me explico un poco, que no me sorprenda si me chulean, que había visitas en uno de los departamentos, que un vecino tiene fiesta y que no me preocupe con el guardia de la entrada de la colonia, que no pasaba nada y así.

    Llegamos a su colonia y entramos, saludamos al guardia y le dijo a Eduardo, ya te vas a aventar otra pasa una, yo sonreí a los dos y me avergoncé, me dijo que le había dicho otra cosa, que no me pusiera así, nerviosa, en fin, ya estaba ahí en la colonia y se estaciono y fuimos a su departamento, saludamos al vecino de unos 50 años, entramos a casa de Eduardo y nos pusimos a platicar un poco, como a las 6 de la tarde se escuchó música y personas alrededor, Eduardo salió y le pidió a los vecinos que le bajen un poco, salí y le pregunte, “¿Pasa algo amor, Eduardo?”, me dijo que no y el señor me vio de arriba abajo como cuando lo saludamos al llegar, se trababa al hablar por lo que notamos que estaba bebido, le dije a Eduardo, “Te espero adentro”, el señor dijo, “hermosa, no te vayas, si quieren pasen a divertirse, en especial tu linda”, sonreí y le dije, “no lo conozco y me invita a su casa, además Eduardo es mi novio”, él señor se río como burlándose y dijo, “si te hace el sexo más rico que yo los dejo en paz, en un reto a su hombría, o cree que no puede con un hombre mayor siendo Eduardo joven, ya sé que eres travesti o algo así como quiera, se nota”, Entonces Eduardo se enojó y me dijo, vamos no pasa nada no creo que seas la única mujer ahí, entonces fuimos y yo estaba sentada y el señor a mi lado haciéndome platica y tocándome un poco, mientras mi cita iba por bebidas, de algún modo y también por lo excitada que estaba, él señor me convenció de ir a una habitación, ahí empezó a besarme, acariciarme, y a decirme putita y perrita, me encantaba todo eso y me excitaba, nos desnudamos y puso su pene en mi ano, sin penetrar ni nada, sobre todo porque aún no se ponía el condón, luego me arrodillo frente a él me puso el pene en la cara y comencé a besarlo y meterlo y sacarlo de mi boca, así estuvimos como media hora y se vino, no me pude tragar todo, cayó en mi pecho y lo tomo con se pene y lo limpie, mientras él me metía dedos al ano para lubricar y así, saco un condón de su cajón y se lo puso y le volví a hacer sexo oral, cuando creyó conveniente me volteo y me puso a cuatro patas y me empezó a meter el pene a mi ano, cuando logro meterlo por completo duró unos minutos así y acariciándome luego empezó a meter y sacar una y otra vez hasta que se vino, como cuarenta minutos después, luego terminamos abrazados en la cama y le deje mi número y me vestí y volví con mi amigo, gracias por leerme, le deje mi contacto al señor por cierto.

  • Mi cuñada se muda a nuestra casa (2)

    Mi cuñada se muda a nuestra casa (2)

    Había pasado cerca de dos semanas desde que mi cuñada y yo tuvimos un encuentro amoroso, durante ese tiempo ella cada vez que podía, jugaba a seducirme, hubo ocasiones estando presente mi esposa y aprovechando cierto descuido, rosaba mi pene con sus manos o cualquier parte de su cuerpo, en otras oportunidades si vestía con falda se quitaba las panties y mostraba sus partes íntimas.

    Ese juego la divertía sobre manera. Un fin de semana mi señora me avisa que tendrá que trabajar doble turno, debido a un percance sufrido por unas de sus compañeras. Los ojos de mi cuñada brillaron de tal manera que las palabras sobraban. Apenas pasaron como veinte minutos de marcharse mi esposa, mi amante me dice que despache a su hija mayor, para fuese a tareas dirigidas me atendería como a un rey.

    En un periodo breve de tiempo entró ella a mí habitación, sólo tenía puesto una bata para dormir sin nada debajo. Dimos rienda suelta a nuestros bajos instintos, siempre iniciábamos de la manera preferida de ella, estaba quien esto escribe boca arriba, mi cuñada se colocó en cuclillas sobre mi, abrí sus nalgas, apunté mi miembro a su hermoso ano, se fue sentando despacio hasta engullir todo, se quedó quieta un momento, luego comenzó a moverse de manera rítmica y acelerando con cada bombeo, hicimos todas las posiciones que pudimos, disfrutamos al máximo, ella se corrió bastante veces, caímos agotados. Me levanté y me duché esperando la revancha, ya que estaríamos prácticamente solos por un par de días. Todo parecía perfecto.

    Luego de la ducha salí para desayunar, allí estaba ella, pletórica por lo que habíamos vívido, también se había aseado, olía bastante bien, parecíamos dos recién casados. Como mencioné anteriormente, la situación parecía perfecto, no contamos con un pequeño detalle, su hija casi adolescente, faltaba un par de meses para cumplir trece años.

    La cuestión fue la siguiente; no le dieron clases, la profesora estaba quebrantada de salud y l envió de regreso.

    Al nosotros notar su presencia, nos invadió un cúmulo de dudas, no estábamos seguros si nos había visto, por mi parte yo no noté alguna presencia, mi cuñada tampoco sintió o vio a alguien, de lo que si estábamos seguros era que nunca cerramos la puerta de la habitación.

    Sólo pasaría un par de horas para disipar las dudas. Dejé que todo fluyera, pensé en un plan B, por si acaso. Salí de la casa para despejar mente.

    Al regresar a la casa lo primero que hice fue ubicar a la hermana de mi esposa, sólo con verle la cara supe que su hija nos había visto. Me le acerqué y la interrogué con la mirada. Ella estaba más roja que un tomate.

  • Historia de viaje de graduación

    Historia de viaje de graduación

    Era el viaje de graduación y estábamos en la piscina, tomando los drinks del día, disfrutando el sol, la vista y brisa del mar.

    Ana se acercó a mi, una compañera del salón. Al parecer las mujeres estaban probando la teoría de si todas tenemos una boobie más grande que la otra. Y yo no sabía de qué estaba hablando, solo escuché que me dijo «puedo tocar las tuyas?» Y yo le dije que si. Para mí solo fue un juego curioso, obviamente al viaje iba su novio y todos los demás compañeros, amigos y amigas de la generación. Y sinceramente ella y yo nunca fuimos muy cercanas.

    Pasaron las horas, nos encontrábamos en una piscina más privada del hotel, todos en círculos platicando y tomando. De repente y sin aviso, ella empieza a acariciarme con sus pies debajo del agua, y obvio todo esto se veía ya que el agua es transparente y su novio al lado. Estaba en una situación medio prendidona ya que yo no me rehusé a nada. Total no paso a más puesto que mis amigos me dijeron que dejara ir la situación, que ella tenía novio y que era nuestro amigo y que respetara, yo les debatí que era ella la interesada pero en fin, así fue y durante todo el resto del viaje no pasó más que esas caricias.

    Una semana después del viaje, nos reunimos todos en una piscinada. Después de varios drinks y juegos me metí a la piscina con un amigo, estábamos platicando y de repente se mete ella, se unió a nuestra conversación, ni siquiera sé que palabras usó para acercarse, pero en seguida sentí sus labios con los míos y fue que nos dimos el primer beso. Fue una situación que nos calentó y no estábamos dispuestas a dejarlo así.

    Así que inventamos una excusa para salir a una tienda cercana, nos llevamos de cuartada a mi amigo y su primo para que nos llevarán a la tienda. Durante el camino aprovechamos a besarnos en la parte de atrás del coche de mi amigo, él estaba a un lado y su primo manejaba. Ahí en el asiento de atrás ella se encimó en mi, se sentó en mis piernas, la besé, ella me besó, besamos a nuestro amigo… Llegamos a la tienda y mi amigo fue el que se bajó a comprar, sin importarnos que el primo estuviera de chófer y probablemente viendo la escena por el retrovisor, besé sus labios, besé su boobie, le subí la playera, la seguí besando, me besaba intensamente, sentí su parte íntima, eran unos besos tremendos. Y sin importar nada, nos seguimos besoteando, comiendo, fajando. Regreso mi amigo de la tienda, nos encaminamos nuevamente a la fiesta, nos dimos los últimos besos y entramos como si nada hubiera pasado.

    Me acerque a mis amigas, se dieron cuenta de que mi nivel de alcohol estaba subido de tono y decidieron llevarme a mi casa. Después de eso nunca volvimos a hablar del tema esta chica y yo. Pero sin duda forma parte de mis relatos más sexies con una mujer hetero.

  • Cierra la puerta

    Cierra la puerta

    Todo empezó en un bar abarrotado donde me tomaba un café en el descanso del trabajo.

    Por fortuna, había conseguido una mesa y, sentado en ella, repasaba en mi tablet las noticias de la mañana.

    Una voz masculina, profunda y con el típico deje de los barrios de la periferia, me interrumpió.

    “¿Puedo sentarme? ¿Le importa?”

    Alcé la vista. Un hombre de facciones rudas, cabellos grises y una pincelada agitanada en los ojos, esperaba mi respuesta.

    Vestía un mono de faena sobre una camiseta caqui de manga corta.

    Mi atención, sin embargo, fue para sus labios carnosos. Pensé que me gustaría ser besado por ellos.

    ¿Lo había visto ya en alguna otra ocasión? ¿O me estaban confundiendo mis continuas fantasías con hombres similares? Porque seguramente había imaginado ni sé las veces, que me comía la polla de alguno como él, de su pinta, de su físico… con sus labios.

    “Sí, por favor, siéntese”

    Saludó a alguien. Ese alguien le llamó Santos y con él intercambió un par de chanzas típicas de trabajadores.

    “¿Qué es eso?” me preguntó señalando la tablet cuando el otro se fue. Satisfice su curiosidad.

    Y mientras, me miraba. Los ojos agitanados atentos. Pero no a mis palabras. Me leía por dentro. Lo sé. Quería enterarse de mi deseo.

    Y yo le dejé entrar. Permití que lo conociera. No le oculté que soy capaz de besar a un hombre con unos labios como los suyos, que puedo chupar sus axilas velludas en busca del sabor de su sudor, que si comenzase a degustar su cuerpo terminaría por conocer todos los rincones, todos.

    Me callé de mis electrónicas explicaciones. Cogió la tablet.

    “Mi sobrino me regaló una. Pero no… no sé manejarme. Yo, de tierras y plantas, lo que quiera. Pero estos chismes electrónicos… no son pa mí”

    Me la devolvió. Y esperó. Juntó sus manos de trabajador de pico y pala frente a la taza del café que no tenía prisa por beber.

    ¿Me acariciarían esas manos? ¿Serían feroces en el trato con otra piel o se conducirían suavemente?

    Por mi mente cruzó la imagen de unas manos similares sofocando mis gritos desesperados por una sodomización dura y lasciva.

    En mi entrepierna noté el principio de una erección.

    “No es complicado… manejarla” -balbuceé.

    “Pero te tienen que enseñar, digo yo”

    Una palabra saltó al momento repetitiva e imprudente dentro de mi cabeza: ofrécete.

    Ofrécete, ofrécete, ofrécete…

    “Puedo enseñarle”

    Me miró.

    “No quiero molestar -dijo- Usted viene aquí a descansar un rato del trabajo, como yo. No, no quiero molestarle”

    Miró por un segundo hacia otro lado y después añadió: “Si fuera en otro momento…”

    Me lancé al vacío. Sin red. Ningún seguro. Tan solo la niebla de mi deseo.

    “¿Cuándo le viene bien?”

    Nuestros ojos se encontraron otra vez. Y me leyó aún más a fondo.

    “Esta tarde. Hacia las ocho o así. En mi casa. ¿Tendrá paciencia conmigo? No soy muy listo pa estas cosas”

    Era viernes. Yo había quedado para salir con unos amigos. Maquiné la excusa que les pondría.

    Esa tarde tomé el suburbano hasta la estación de Infantería, una barriada del extrarradio donde en mi vida había puesto los pies.

    Tras preguntar a varias personas, llegué a una casa baja y apartada. Atardecía. La temperatura era agradable esa tarde del recién estrenado verano.

    Una puerta de un color marrón sucio parecía la entrada principal. Busqué un timbre que no encontré. Golpeé con los nudillos. Repetí la acción mientras me fijaba en el entorno de espacios a caballo entre la ciudad y los descampados en los que el hambre de las constructoras no había clavado el diente todavía.

    Se abrió la puerta y Santos se presentó con unos viejos pantalones cortos de algodón, una camiseta roja bastante desgastada y chancletas.

    Poseía unos pies amplios de dedos recios y separados; y unos tobillos anchos y firmes. Pero lo que más me llamó la atención fueron sus gemelos, de una notoria musculatura.

    Me miró somnoliento.

    “Me he quedao amodorrao. Disculpe. ¿Ha dao bien con la casa?”

    “He tenido que preguntar unas cuantas veces”

    Me invitó a pasar.

    La casa parecía de otros tiempos. Los papeles pintados, los objetos, los muebles… me recordaban los años sesenta cuando yo aún era un niño.

    Tuve la curiosidad de preguntar.

    “Era de mi tía. Falleció y la heredamos mi hermano y yo. No la hemos vendido porque él quiere que esperemos por si damos un pelotazo inmobiliario. Yo no lo creo pero… ¡a qué discutir! A mí me gustaría quedármela” concluyó con lo que me pareció una cierta añoranza.

    Seguí a Santos hasta un saloncito pequeño con una librería del gusto de aquella época, un sofá de skai y una lámpara de un horripilante estilo pseudopop. El televisor era lo único del presente. Conectado a un canal de deportes, se veían las imágenes de un partido de rugby europeo.

    “Me he venido a vivir pa que no ocupen la casa”

    En la pantalla los jugadores se placaban, sin piedad, sus cuerpos cuadrados y vigorosos. Santos no hubiera desentonado entre ellos.

    “¿Le gusta el deporte este? -habló señalando el televisor- Mi sobrino juega y yo veo algún partido pa enterarme de qué va y sacarle conversación”

    “No soy aficionado -contesté- ¿Es el mismo sobrino que le regaló la tablet?”

    “El mismo”

    Me sugirió tomar una cerveza y acepté. También me preguntó mi nombre, Ginés, y desde entonces pasamos a tutearnos.

    Sacó la tablet. La encendimos ya sentados en el sofá de skai. Le fui dando indicaciones y él navegaba. Se tuvo que poner gafas de ver de cerca.

    “Mi sobrino metió en este chisme unas fotos y ahora no sé dónde están” Le guie hasta los archivos de usuario. Allí estaban las fotos. Eran del joven jugando al rugby. Un buen mozo. Se le parecía.

    “Tiene tus labios y tus ojos. No será hijo tuyo” -bromeé.

    Esculpió una medio sonrisa en sus sensuales labios.

    “Pues ya sabes cómo manejarte con la tablet”

    Dejó el aparato sobre una mesa baja de encimera de mármol y se quitó las gafas. Se recostó sobre el respaldo y estiró un brazo en mi dirección.

    Al observar su mano tan de cerca, no pude evitar que la imagen de mi boca tapada por ella en medio de una sodomización sin concesiones, se adueñase de mi imaginación otra vez. Me turbé.

    “Lo mío es la tierra -dijo- Si me pudiese quedar con la casa, aprovecharía la parte de atrás, que tiene un patio, y cultivaría un huerto. ¿Te lo enseño?”

    Accedí.

    El patio era pequeño y con un armario de obra que calificó de trastero. Me dio explicaciones. Las escuché aparentando interés.

    Pero mi único interés era él. Y a cada momento se acrecentaba ese interés al sentir su buen talante además de sus apreciables encantos masculinos de hombre maduro.

    Después tuvo empeño en guiarme por la casa. Y no le contradije. Pero al pasar por una puerta, la ignoró.

    “¿Y esta puerta?” -pregunté.

    “En esa habitación no hay luz. Se estropeó y no la he arreglao”

    Intentó seguir hacia otra estancia de la casa pero insistí: “¿Por qué no la has arreglado?”

    Me miró de una forma que no sabría explicar, como si con mi curiosidad me estuviera metiendo en un asunto quizás espinoso.

    “Hay un camastro viejo -dijo con voz pausada, incluso pesada- Mi hermano y yo dormíamos en él cuando visitábamos a mi tía”

    Se quedó mirando la puerta y su respiración se aceleró. ¿Qué ocurría?

    “¿Quieres entrar?”

    “No, por favor. No era más que… La verdad, no sé ni por qué he preguntado”

    Santos agarró la manilla de la puerta con decisión y abrió.

    Una bocanada de aire de olor rancio me golpeó.

    “Muchos días me meto en ella y me acuesto en el camastro. Pasa” concluyó invitándome a entrar.

    De repente, el temor me atenazó. Nadie sabía que yo estaba allí. Y yo no sabía nada de ese hombre, nada.

    Le miré a los ojos. Creo que captó mis dudas. Pero no procuró tranquilizarme. Todo lo dejaba a mi voluntad.

    Temerario, di un paso hacia el interior… y otro… y otro…

    Él me siguió. Se situó justo a mis espaldas.

    “¿No tiene ventana?” pregunté vigilando sus movimientos.

    “Tenía una. Pero la condenaron para construir el trastero del patio”

    “¿Nunca la ventilas?”

    “Me gusta como huele. Me recuerda a cuando sólo era un chavalote salido”

    Lo imaginé masturbándose frenéticamente hasta correrse con una abundancia inverosímil.

    “¿Eras un chavalote salido?”

    “Pues sí, mucho. ¿Quieres que te lo cuente?”

    Santos se sentó en el borde de lo que parecía un camastro y rechinaron los muelles del jergón.

    “Si quieres que te lo cuente… cierra la puerta”

    Se hizo un silencio.

    Escuché los latidos de mi corazón agitado por la incierta situación. ¿No me estaba metiendo en la boca del lobo?

    Traté de adivinar intenciones en las facciones de Santos pero, difuso en la penumbra, su rostro no me reveló nada.

    Apostando a mi deseo en detrimento de mi sentido común, retrocedí unos pasos y empujé despacio la puerta hasta que el resbalón encajó.

    La oscuridad se adueñó de la estancia y el olor a rancio se intensificó.

    “Acércate”

    A tientas, me dirigí donde Santos esperaba. Me cogió de una mano y me sentó a su lado.

    Algo de luz se filtraba por debajo de la puerta, aunque débil como la de una lejana estrella.

    “¿Qué ocurre?”

    “Nunca me he sentido cómodo en la oscuridad. Me asusta”

    “¿Estás asustao?”

    “Puede que sí”

    “¿Me tienes miedo?”

    “No te conozco”

    A su lado, comencé a experimentar un calor extraño, como una fiebre repentina.

    “¿Me tienes miedo?” -repitió la pregunta.

    Posó una mano en mis hombros y la deslizó hasta mi cuello. El tacto áspero de sus dedos me erizó la piel.

    “Decías que eras un chavalote salido”

    Por un momento dejó de acariciarme. Y yo me oí tragar con dificultad. Pero al poco, reanudó las caricias a la vez que decía: “Mi hermano y yo nos desnudábamos a oscuras cuando llegaba la hora de acostarnos. Y a oscuras nos metíamos en este catre. A mi hermano no le gustaba dormir con ropa. Ni pijamas ni calzoncillos. Y si yo me los dejaba, se enfadaba”

    Santos me atrajo hacia sí. Su cuerpo ardía.

    “Era más pequeño que yo pero tenía el doble de genio. Me dominaba. Y cuando dormíamos juntos aquí, en este cuartucho, con este olor… “

    Sus labios me rozaron la nuca en algo parecido a un beso que me provocó una corriente emocional imposible de contener.

    “¿Solo dormíais juntos aquí?”

    “Solo. A veces me decía: voy a desnudarte yo porque no me fío de que te quedes en bolas. Y me desabrochaba botón a botón”

    Sus dedos abrieron un botón de mi camisa y entraron por el hueco hasta posarse en mi pecho.

    Mi sexo se hinchó dentro de mis pantalones.

    “¿Te gustaba?” dije.

    “Me… calentaba. Pero era mi hermano. Y todo estaba oscuro. Sus manos me bajaban los pantalones y me quitaban los calzoncillos. Y después me los ponía en la cara pa que los oliese. Olor a sudor y orines. Mi olor. Y yo me empalmaba. Y él lo sabía. Sabía que me empalmaba. Y se burlaba. Eres un cochino -me decía- Te la pone tiesa la peste a meaos. Y se metía en la cama sin esperar a que yo le desnudase porque decía que yo no sabía, que lo hacía mal. Entonces, cuando me acostaba con él, le agarraba del cuello así…”

    Santos me atrapó con un brazo hasta casi asfixiarme.

    Mis peores presentimientos dieron un paso al frente. Pero no protesté y, con el miedo en el alma, esperé un desenlace.

    “Él se quejaba, me llamaba bruto y animal… Y con una mano me agarraba la polla para retorcérmela. Pero eso a mí me la ponía más y más dura y acababa por cogerle la suya y retorcérsela también. Suéltame, me decía. Te soltaré cuando tú me sueltes la minga, le respondía. Te estás meando, me acusaba porque se me escapaba esa cosa pringosa que sale cuando te pones cachondo. Entonces le apretaba contra mí y juntaba mi polla con la suya. Te voy a mear encima, le amenazaba. Él tenía el doble de genio que yo, pero yo tenía el doble de fuerza que él… y también el doble de polla. Y le paralizaba con mis brazos. Ya sabes, un abrazo de chavales revoltosos y juguetones. Un abrazo que sólo podía terminar de una manera”

    Santos guardó silencio y aflojó su presa sobre mi cuello.

    “¿Os corríais?” me atreví a preguntar. “Yo sobre él, rozando mi picha en su vientre. Y no paraba hasta “mearle” y que él también lo hiciera. Rato y rato. Pese al ruido de los muelles. Sí, rato y rato”

    La historia con el hermano, sugerente y escondida, me había excitado mucho. Y discurrí de qué manera aprovecharla para nuestro placer.

    Mientras, me embriagaba con el aroma de la transpiración de Santos cargada de hormonas de hombre.

    Tomé la iniciativa.

    “¿Quieres desnudarme? Deseo comprobar si tu hermano tenía razón o no”

    Me costaba hablar. Las palabras eran complicadas en esa habitación con una única ventana condenada.

    Me levanté y esperé.

    Al poco, sus manos de tacto calloso tocaron mi cara. Se conducía como un ciego que desea conocer el contorno de un rostro. Exploró mis orejas, mis ojos, mi nariz, mi cráneo rasurado, mi cuello, mi mentón afeitado y mis labios… En estos se detuvo y los abrió despacio con los pulgares. Se entretuvo en ellos y después entró en mi boca y sobre mi lengua. Así me llegó el primer sabor de su cuerpo, por sus pulgares que chupé con agrado.

    El rito nos llevó largos minutos.

    No es que no tuviese unas ganas locas de abrazarme a él. Las tenía y muchas. Pero no se trataba de consumar nada. Se trataba de la búsqueda de unas sensaciones mucho más básicas.

    Cuando lo estimó, desabrochó otro botón de mi camisa. Después deslizó los dedos por el fragmento que quedó al desnudo de mi pecho y buscó mis pezones. Los repasaba lenta y cuidadosamente provocándome gratas y excitantes sensaciones.

    Después, siguió desabotonando tranquilo y jugando con las yemas de sus dedos sobre mi carne.

    “¿Lo hago bien?” -me preguntó pasados unos minutos.

    “Si tu hermano se perdió estas caricias, lo siento por él”

    “Lo he desnudao así un millón de veces… en el pensamiento”

    No dijo más.

    Situado tras de mí, me pinzó los pezones. Una vez y otra. Y otra, y otra más…

    Mi placer se expandía por regueros que yo ni sabía que existieran. La única vivencia del tacto, sus palabras y el viciado aroma de aquel habitáculo, convertía la experiencia en un canto a lo inhabitual.

    Me bajó la cremallera del pantalón, que cayó hasta mis rodillas, y acarició mis muslos, primero con las yemas de los dedos, después con las uñas en el límite del arañazo.

    Mi espalda se pegó a su cuerpo, mis nalgas se juntaron con sus caderas. Solo el calzoncillo me abrigaba de una desnudez completa.

    En tal acercamiento, noté con claridad su excitación.

    Me di cuenta que se estaba quitando la camiseta y al poco estuve en contacto con su pecho velludo.

    Me atreví a llevar mis manos hasta la cintura del pantalón de algodón con el que me había recibido y descenderlos. Sus muslos potentes se juntaron con los míos y me sentí reconfortado.

    Permanecimos un tiempo de esa manera, apretados uno contra otro. En aquella habitación sin ventilación, transpirábamos sobremanera.

    Le tomé un brazo y lamí la piel degustando el sabor salado y especial del sudor.

    “Estás empapado” -le dije.

    “Tú también”

    Hizo un movimiento que no entendí porque le llevó a separarse de mi cuerpo.

    Y de repente tuve algo contra la cara, como si me quisiera asfixiar. La angustia desplazó en un segundo a todo el placer. El miedo se adueñó de mi conciencia e intenté zafarme como pude. Pero Santos me asió con fuerza y aumentó la presión sobre mi rostro con aquello con lo que me sofocaba.

    “Tranquilo, tranquilo. Y respira. Solo respira” dijo sin perder la calma.

    Atrapado, no me quedó más remedio que seguir sus instrucciones.

    Eso con lo que me tapaba boca y nariz, olía a orines, a sudor de sexo…

    Y comprendí: eran sus calzoncillos. Me los había puesto en la cara, tal como su hermano hacía con él.

    Los ojos se me llenaron de unas lágrimas que no sé si fueron de alivio tras el susto vivido.

    Ya más relajado, caí en la cuenta de que su sexo endurecido se hincaba contra una de mis nalgas.

    Además, Santos unió su rostro al mío para aspirar él también los aromas de su prenda interior.

    Y muy despacio, con los rostros de ambos ocultos bajo esa peculiar máscara, juntó sus labios con los míos, abrió mi boca con su lengua y entró en mí transmitiéndome su sabor de macho en celo.

    Después de aquel primer beso, se separó y oí crujir los muelles del jergón del viejo camastro.

    “Ven, acuéstate”

    Alcancé el lecho y en él me tumbé acompañado de un concierto de ruidos metálicos. El colchón no era de lana sino de algún tipo de material de otra época que desprendía un olor vegetal parecido al corcho.

    Las manos de Santos me acogieron y fueron bajando desde mi pecho hasta la cintura. Así descubrió que aún tenía los calzoncillos puestos.

    “¿Pa qué te dejas los calzoncillos?” -dijo con vivacidad, casi con violencia.

    Me asusté otra vez con su repentino cambio de humor.

    “Eres tú quien me los tenía que quitar” -solté en mi defensa.

    Los agarró por el elástico y tiró hasta desgarrarlos y me tomó del cuello como ya me había apresado minutos antes.

    “Ahora te voy a mear”

    Se tumbó encima de mí, pecho contra pecho, vientre contra vientre y sexo contra sexo.

    Mi corazón latía a toda prisa, alimentado de sustos y excitación. Y mi cuerpo entero temblaba.

    “Te voy a mear, Ginés”

    Mi nombre sonó por vez primera en sus labios. Y me pareció extraño, ajeno a mí. Estuve a punto de decirle “¿Quién es ese Ginés?”

    Pero en lugar de eso, me aferré a su cintura con fuerza y le dije: “Eres un guarro que se mea en la cama”

    Se quedó quieto, sin soltarme.

    “Repítelo”

    “Eres un guarro que se mea en la cama. Y si me meas, yo también te mearé”

    Me tomó la cara con una mano y al momento me plantó un beso intenso y crudo, invasivo y visceral. Y sus caderas se movieron rítmicas contra las mías, y su sexo me pringaba el vientre y mi propio sexo con la humedad que vertía.

    El jergón chirriaba y chirriaba. La oscuridad se llenó de sonidos crueles de un metal que clamaba por el fin de sus días.

    Pero yo no pensaba en nada ni en nadie. Perdido en el vaivén de Santos y en su polla camino de “mearme”.

    Ya a punto, frenó el ritmo y tomamos aire.

    “Vamos a esperar” me dijo.

    Nos quedamos quietos, sin separarnos y tumbados de costado. Su mano derecha vagaba por mi espalda. Nos contagiábamos el sudor el uno al otro.

    Le alcé un brazo para beber de su axila.

    “Parece que te conozca de siempre” me dijo.

    Busqué con mis labios sus pezones y los chupé sin prisa.

    Volvió a mover su mano derecha por mi espalda cada vez más abajo.

    Me entró entre las nalgas húmedas de transpiración y alcanzó mi culo. Lo acarició y lo penetró muy despacio con los dedos.

    Mi reacción fue besarle y apretarme a él cuanto pude.

    “Hazme lo mismo” me pidió.

    Obediente, acaricié la contundencia de sus glúteos y llegué hasta su ojete sudado y húmedo. Lo traspasé.

    Y así como yo le besé cuando me entró, él me besó a mí al hurgar hacia sus entrañas.

    Mientras jugábamos con nuestros dedos dentro de nosotros, el placer nos hacía flotar sobre la oscuridad de aquella habitación preñada de secretos. El ritmo de nuestras manos sobre los culos se animaba por momentos con nuestros sexos frotándose entre sí. Si él me llegaba profundo, yo no quería ser menos. Doblamos las piernas para facilitarnos las maniobras; y en apenas unos minutos nos encontramos entregados a un ritmo frenético con el orgasmo sobrevolándonos como ave de presa que ha localizado a su víctima. Nos besábamos, nos restregábamos, nos hundíamos los dedos sin piedad ni medida a punto de todo, el gusto a las puertas, las ganas desatadas, los vientres entregados, las pollas embadurnadas de seminal… Hasta que Santos se detuvo.

    “Aún no. Aún no” zanjó con la respiración agitada y sudando a raudales. “Aún no. Quiero más. Más”

    De nuevo acaté su deseo. Porque tenía razón. No podíamos acabar, no debíamos acabar.

    Guardamos silencio mientras nos recuperábamos de la agitación y retrocedía la amenaza del orgasmo.

    Una vez calmados, Santos habló acariciándome un brazo.

    “Mi hermano, una noche, empujó su culo contra mis partes. Él, un crío, se apretaba contra mi polla. Estábamos adormilaos, sí, pero los dos sabíamos ¿Comprendes?”

    “Sí”

    Tomé su pijo humedecido y se lo acaricié justo en el frenillo.

    “Mi cipote terminó apretando la entrada de su culo -continuó con la evocación- Además, me cogió la mano y la llevó a su polla. Quería que le hiciese una paja de esas que a él tanto le gustaban. Una paja lenta que le matase de gusto”

    No sé si por mis caricias sobre su frenillo o por la evocación de aquella historia, le manaba una buena cantidad de preseminal.

    “¿Y qué pasó?” le animé tomándole el glande con mi mano manchada de sus secreción y moviéndola tan lento como era capaz.

    “¿Qué más sucedió esa noche?” le insistí trabajando todo el glande.

    “Le pajeé como le gustaba y con mi rabo contra su culo. Y él, cuanto más gusto sentía, más se dejaba caer contra mí. Contra mi cipote mojao como nunca. Y yo, empitonao como nunca le…”

    Santos me frenó la mano de repente. Aunque algo de esperma se le escapó.

    “¡Joder, ni me he dao cuanta de que me venía!”

    “¿Te has corrido?” le pregunté.

    “Un poco”

    Busqué con la boca el semen vertido y lo lamí.

    También los huevos y la verga salvando la punta. No quería que se vertiera del todo. Esperaría.

    Me sentí feliz por tener la libertad de lamer la piel y los huevos de ese hombre en aquellas tinieblas. Y satisfecho porque me encontraba en pelotas a su lado y dispuesto a lo que quisiera.

    Cuando me sacié, me tumbé de nuevo. El se volvió hacia mí y me besó.

    “Sabes a lefa”

    “A tu lefa”

    Le di la espalda y empujé mi trasero contra su sexo. Le busqué la mano y la llevé hasta mi verga también empapada de seminal.

    “¿Quieres que te haga lo que le hice a mi hermano?”

    Guardé silencio. Pero me acurruqué cuanto pude contra él y noté la dureza de su pijo. Si no hubo palabras con su hermano, tampoco las quería conmigo.

    Santos maniobró hasta que la punta de su cipote se asentó sobre la entrada de mi culo.

    Me acariciaba los huevos y el perineo. Me los pringaba con su secreción.

    Tenía tentaciones de exigirle que me penetrara de inmediato. Pero me lo prohibí. Era su juego y sus recuerdos.

    Quise moverme y la primera presión seria de su polla se hizo efectiva. Comenzaba a invadirme.

    Juntó su cara con la mía.

    “Tienes el pijo muy duro” me dijo “Y si te la meto más… ¿se pondrá más duro? ¿Probamos?”

    Le besé como respuesta.

    Mi carne cedió otra vez con el empuje. Sus dedos acariciaban el lugar de la fricción asegurándose de que todo estaba en orden. Después se posaron en mi sexo.

    “Joder, sí; se te ha puesto aún más duro. Y se te escapa lefa. Toma, pruébala”

    Me metió los dedos untados con mi propia leche en la boca.

    “¿Te gusta, eh? ¿Te gusta lo que te doy? ¿Quieres más? ¿Te la meto más?”

    Otro impulso de sus caderas encajó su glande dentro de mí y sentí una punzada de dolor. Solté un estertor entre queja y ruego. Pero Santos me puso la mano en la boca sofocándolo. Quería silencio, como si en la casa aún estuviera su tía y pudiera oírnos.

    Mi fantasía con sus manos se estaba haciendo realidad.

    Me cogió una de las mías y la llevó hasta mi culo dilatado por la lenta penetración.

    “Acaríciame los huevos mientras te la meto”

    Se los tomé. Estaban sudados, como todo él, como todo yo.

    Comenzó a follarme despacio pero solo el tramo penetrado, sin ir más allá.

    Con una pierna enlazó las mías. Me tenía atrapado en cuerpo y deseo. “Cuéntame más de lo que ocurrió con tu hermano” dije cuando me quitó la mano de la boca.

    “Se la meneaba y él me sobaba los huevos. Entonces me tiró de los cojones como un bestia y mi picha le dio el primer puntazo serio”

    Imité la narración y le tiré de los huevos. Su polla me penetró un buen tramo. Me estremecí con el avance.

    “Qué culo más rico tienes; está caliente. Se merece más polla”

    Empujó de nuevo.

    “Quieto, Ginés; te voy a dar tanto gusto como le di a mi hermano.¿Sabes que se corrió cuando se la clavé hasta los huevos? Me llenó la mano de lefa y yo le obligué a que se la tragara”

    De repente, me la hincó por completo, feroz, traidor, desalmado. Sus enculadas me doblegaban y humillaban.

    No opuse ninguna resistencia. Pero empecé a gemir con aquella confusión de placer y daño.

    “A ti también te haré tragarte la lefa. Tu lefa y la mía”

    No sé de dónde me llegó el rotundo placer que sentí bajo su fuerza y dominio. Pero no me resistí ni me interpuse. Dejé que me poseyera por completo y me corrí entre gritos, yo que procuro asimilarme al silencio. Algo visceral y animal que vivía agazapado en mi espíritu, se soltaba y bramaba por su libertad.

    Al poco, las manos de Santos me llenaban la boca con mi semen que me tragué con ansia de hombre sometido a cruel ayuno.

    Me volvió el rostro y me besó en la boca manchada de esperma.

    A la vez, sus caderas se movieron a un ritmo vertiginoso.

    “¿Te gusta que te dé polla, eh? ¡Contesta! ¿Te gusta?”

    “Mucho”

    “¿Quieres mi leche?”

    “Sí, joder, sí”

    “Eres un guarro. Te gusta el olor a meaos, te gusta comerte la lefa…”

    “Y que me des por culo”

    “Te la voy a estar metiendo toda la puta noche… toda la puta noche…”

    Su polla comezó a sacudirse vigorosa en mis entrañas inundándolas con su lechada.

    “Toda para ti, pequeño; toda, toda…” decía en tono de placentero delirio.

    Pese al orgasmo seguía follándome con la misma intensidad. Parecía que no le bastara o que no quisiera encontrarle fin.

    Terminó subido a mis espaldas, hundiéndome en el viejo colchón de ese camastro de años pasados, sudando, partiéndome, gozándome…

    “Toda la puta noche…” seguía diciendo sin para de clavármela.

    Pero un par de minutos después, saciado y exhausto, se derrumbó sobre mi cuerpo negándose a sacarme la verga y colmándome, cuello y hombros, de besos.

    Por fin nos relajamos y dejamos que el silencio cayese sobre ambos como una acogedora sábana de tacto refrescante.

    Me quedé adormilado. ¿Media hora? ¿Quizás más?

    Cuando desperté, no sabía donde me encontraba.

    Pese a la oscuridad, distinguí el cuerpo de Santos a mi lado. Estaba de costado y parecía observarme. Alargué la mano y le acaricié el rostro rasposo por la barba ya unos milímetros crecida a esa hora de la noche.

    “Me he quedado dormido” me disculpé.

    “Yo también. Parece que nos tenemos confianza pa dormirnos así. ¿No tienes ganas de mear?”

    “Bastantes”

    Abandonó el catre y abrió la puerta. La luz del pasillo me golpeó y la odié. Incluso odié la bocanada de aire fresco que entró con ella. Fue como volver a la realidad y sus miserias.

    “Vamos” dijo desde la puerta.

    Fui tras él por el escueto pasillo sin perder de vista su estupendo trasero peludo y sus espaldas anchas.

    Entramos en el baño, no muy grande.

    “Ven; vamos a mear los dos a la vez”

    Me coloqué frente a la taza a su lado.

    “No, así no” dijo disconforme.

    Se juntó a mi espalda y me pasó el pijo por la entrepierna. Tomó también el mío y los unió.

    “Así. Ahora mea”

    No sé cómo vencí el bloqueo que me produce orinar en presencia de otra persona, pero la orina salió y la suya la acompañó.

    Los dos chorros se unían y estrellaban en la loza de la taza. Fue una sensación extraña y de alguna manera placentera.

    “Eso es. Una buena meada ¡Qué a gusto se queda uno!”

    Las últimas gotas de orina me mancharon los muslos.

    Santos conseguía que mi excitación no disminuyera.

    “¿También meabas con tu hermano?” pregunté acariciándole los muslos. “No quería el muy capullo”

    “¿Y ducharte? ¿Te duchabas con él?”

    “Hay muchas cosas que no hice con mi hermano más que en mi mollera”

    Le miré de frente. Sus facciones rudas me atraían sin remedio. Supe que no necesitaba la oscuridad para entregarme a él.

    “Dúchate conmigo” propuse.

    “Es una ducha muy estrecha” respondió señalando hacia el hueco medio tapado por una cortina impermeable con motivos marinos de colores desvaídos.

    “También el camastro lo es” repliqué acariciando su pecho. El tacto del vello de un hombre me fascina. Creo es de lo que más me gusta en el mundo.

    Abrió el grifo y el agua surtió de la alcachofa pegada a la pared de azulejos de un color azul endemoniadamente feo. Caía tibia y agradable. Entramos en el hueco y corrimos la cortina. Cabíamos muy ajustados.

    Tomé una gastada pastilla de jabón de una oquedad.

    “Quiero enjabonarte”

    Me cogió la mano que sujetaba la pastilla y la llevó a su pecho.

    “Adelante”

    Siempre había soñado con tener a mi disposición el cuerpo de un hombre como él. He tenido sexo con alguno parecido, pero siempre en condiciones urgentes; sexo rápido y de mero desahogo.

    Sin embargo, esa tarde que ya se había convertido en noche, tenía a uno listo para dejarse enjabonar. Podía deslizar mis manos por su torso velludo hasta cansarme, incluso entretenerme en un juego excitante con sus pezones, podía chuparlos, acariciarlos, morderlos, excitarlos…

    Santos se dejaba hacer. No me ponía inconvenientes. Le interesaba el juego de piel. Y yo necesitaba su piel, su satisfacción, su disfrute. Verle gozar con mis ocurrencias con el jabón me complacía casi tanto como tener su polla en mi culo.

    Cuando le levanté los brazos y tuve delante sus axilas, no las enjaboné aún. Hundí mis narices en ellas oliendo su aroma denso de horas de transpiración.

    “Si quieres volverme a follar otra vez, será con mi cara aplastada contra tus sobacos. ¿Lo harás?”

    “Apestan” me dijo.

    “Apestan a ti”

    Me miró como lo había hecho esa mañana en la cafetería, leyéndome por dentro. Y creo que supo que conmigo podía llegar hasta lugares nada comunes.

    Acabé por enjabonar también sus axilas; y continué con los brazos hasta las callosas manos de currante, las mismas que una hora antes me habían sofocado los gritos durante la dura penetración y me habían llenado la boca con mi esperma. Manos de piel curtida, dedos gruesos y uñas oscuras de tantos años de trabajo en la tierra.

    “¿Te agrada?” pregunté.

    “¿Ves que me queje? Tú sigue. Si no me gusta lo sabrás”

    Me agaché para enjabonarle las piernas… los gemelos macizos que tanto me habían impresionado, los pies anchos, los muslos de un grosor tal que de uno salían los dos míos.

    Subí al sexo con el que tanto había disfrutado en la oscuridad, y lo limpié con todo cuidado; lo mismo que los cojones, colgones y pesados, a los que colmé de besos pese al jabón.

    Después llegué a sus nalgas y entré con la pastilla por la separación.

    “Agáchate -le dije situándome a su espalda- Quiero lavarte bien”

    Volvió levemente el rostro hacia mí con intención de decirme algo. Pero no pronunció palabra.

    Apoyó las manos contra los feos azulejos, inclinó el tronco y echó la cadera hacia atrás.

    Al abrirme las nalgas vi un hermoso ojete rodeado de rizos peludos.

    La vista de esa oquedad donde yo había metido los dedos, su contorno estriado y oscuro, su perfil interno encarnado, la caída vertiginosa como entrada de volcán hacia las entrañas de la tierra… me llenó de una emoción oscura.

    Pasé mi mano en una lenta caricia.

    La repetí. El ojete se encogió por un momento, como si tuviese miedo de mi contacto. Insistí en las caricias hasta que lo vi relajado y conforme con mis devotas atenciones. Lubricados los dedos por el jabón, me atreví nuevamente a escudriñar su intimidad. Pausado, sin prisas. Para mí era un momento exquisito, casi mágico.

    Mi cauta entrada se convirtió al poco en un decidido afán de exploración hasta que di con el abultamiento de la próstata, reconocible por un tacto en cierto modo rugoso. Froté con suavidad e incluso presioné con intervalos regulares.

    Santos lanzó un hondo suspiro. Mis manejos en sus entrañas le complacían.

    Y me di cuenta que volvía a tener el pijo empalmado.

    Se lo tomé con la mano enjabonada y lo masturbé despacio. “Joder -dijo con voz llena de placer- nunca me han hecho nada así” Mi polla también andaba armada otra vez. Sin cesar de pajearle, saqué los dedos del ojete y apreté mi excitación sobre él.

    Me movían unas enormes ganas de experimentar el calor de su cuerpo y hacerle disfrutar. Si fuera posible, tanto como él me había hecho disfrutar a mí.

    El agua tibia caía sobre ambos y nos rodeaba una nube de vaho.

    Moví las caderas y mi glande rozó con suavidad el hueco que conducía a sus entrañas. Me ayudé con la mano para situarlo perpendicular a él y… me dejé caer.

    Mi polla atravesó el esfínter con suavidad, sin impedimento ninguno; en un segundo le había ensartado todo el sexo y Santos soltó una especie de sonoro soplido.

    Al momento, un calor plácido y acariciador me llegó desde la punta de la polla. Y no pude evitar entregarme a un metesaca ávido de sensaciones tan gozosas como adictivas.

    Santos se dejaba hacer y yo le quería dar todo lo mejor de mí.

    Estábamos entregados a ese polvo inesperado. Ninguno lo tenía planeado. Pero allí nos encontrábamos dándonos placer.

    El orgasmo amagó varias veces con desatarse. Lo demoré cuanto me fue posible.

    No me podía creer que estuviera poseyendo a un hombre tan viril y auténtico como él.

    “Dios, qué bueno que estás, cabrón” le dije con la mente anegada de gusto.

    “Venga, dame tu leche” me contestó.

    “Déjame que te disfrute un poco más”

    “Dame tu leche, dámela”

    Me tiró de los huevos, me retuvo así y ya no puede contenerme.

    Me corrí soltando berridos y babas, agarrándome a sus carnes como a un asidero junto a un abismo.

    “Pajéame fuerte, dále, dále”

    Le apliqué toda la velocidad de que fui capaz y Santos terminó por escupir un chorro de esperma que se estrelló contra el espantoso azul de los baldosines embelleciéndolos al instante con el blanco de la lefada.

    Acabó arrumbado contra ellos y yo contra su espalda. Le tomé del rostro y busqué sus labios sensuales.

    Me hubiera gustado hablarle de los sentimientos que me despertaba. Pero no me atreví.

    Cuando le saqué la polla, mi esperma se vertió desde su culo muslos abajo.

    Le tomé de un hombro para que se diera la vuelta y ver su rostro. Nos miramos.

    “¿Te he hecho daño?” dije rompiendo el silencio.

    “¿Y qué si me lo has hecho?” contestó.

    Su respuesta me dejó desconcertado. E inseguro.

    Santos se aclaró el cuerpo y salió de la ducha. No se secó. Se largó del baño dejando un rastro húmedo.

    Algo parecido a la desolación crecía en mi pecho.

    Me sequé con una toalla que encontré colgada de un clavo y salí del baño.

    Estaba convencido de que la cita había tocado a su fin. Me detuve en el pasillo asimilando lo más rápido que podía mi metedura de pata.

    Había tenido en mis manos un sueño y de pronto… humo de nuevo.

    El rastro húmedo de Santos se adentraba en la habitación oscura donde nos habíamos desnudado de ropa y otras cosas.

    Cuando entré, lo encontré tumbado en el catre.

    Vi mis ropas esparcidas por el suelo unidas a las suyas. Las cogí.

    “¿Te quieres ir?” preguntó con su voz tranquila.

    Nos miramos.

    Bajé los ojos. Negué con la cabeza.

    “Tengo la sensación de que no te ha gustado lo que ha pasado en la ducha”

    “¿Por qué me la has metido?” dijo sin abandonar su tono tranquilo.

    De repente pasé a sentirme como un niño a quien se invita a confesar sus pecados.

    “Lo deseaba. Fue verte el culo y…”

    “¿Te gusta mi culo?”

    “Me gusta tu culo, tu polla, tus manos, tu boca, tus ojos, tus besos…”

    Me quedé callado.

    Santos se levantó del catre y se acercó hasta la puerta.

    “Voy a cerrar. Aún estás a tiempo de marcharte. Pero si no te marchas, ya no te dejaré salir. Serás mío. Tú decides”

    Sus manos empujaban despacio la puerta dándome margen a reflexionar. No me miraba, me dejaba a mí el peso de mi decisión.

    La puerta avanzaba, mi corazón se quería escapar de mi pecho con sus violentos latidos.

    Fuera, mi vida de siempre, con amigos y encuentros esporádicos cada vez menos frecuentes y con hombres que no me satisfacen.

    Dentro… ¡quién sabe!

    La puerta ya estaba a pocos centímetros de cerrarse.

    Solté mi ropa y cayó al suelo para unirse otra vez a la de Santos.

    Y dije: “Cierra la puerta”

    Lo demás es un secreto.

  • Escorpión

    Escorpión

    Joselito lo vio llegar con el camión, esta vez era un chófer portugués. En su cabina era bien visible la bufanda colgada en su trasera del equipo Sporting de Lisboa color verde. Joselito, ayudaba a su tío en el almacén de frutas, a sus 21 años era estudiante y en vacaciones se ganaba un plus en la pequeña empresa. A veces su físico frágil -bajo, de no más de 165, rubio, imberbe, su delgadez -ya que pesaba sobre 50 k- le daban ese aire afeminado y andrógino. El tráiler iba cargado de manzanas y kiwis. Aparco dentro de la nave.

    – Hombre, si es el Escorpión – exclamó uno de los operarios de la nave- cuanto tiempo. ¿Qué tal la familia?

    – Bien, con eso de la pandemia es una puta mierda, mis gemelitas no pueden hacer la primera comunión. Aquí, en Valencia veo que bien. Spain siempre me ha gustado mucho.

    Bajó de un salto de la cabina de su Volvo: no era alto pero lo parecía, su cuello era de toro y en él un gran escorpión tatuado, así como sus brazos con nombres en los antebrazos. Pelo largo canoso atado con una coleta, barba de unos cuantos días; físico fuerte, bíceps, espalda tensados. No se quitó sus Ray-Ban verdes ni su Marlboro humeante de la boca.

    – Vaya pedazo máquina que has comprado, Escorpión.

    – Si a mis 38 años era hora de tener un acelerador potente.

    – Te gustan los camiones.

    – Llevó gasoil en mis venas- dijo con altanería.

    Empezó la descarga y almacenamiento de las cajas de frutas. Joselito subía y bajaba por la rampa del camión. Escorpión estaba en la cabina fumando y escuchando los AC/DC a todo trapo. Joselito sudaba a mares era un trabajo pesado con carretilla. Al darse cuenta Joselito tenía a Escorpión apoyado en el camión con un pitillo en la boca, sus gafas de sol, camiseta de tirantes y unos vaqueros que marcaban un buen paquete, incluso Joselito creyó ver un buen empalme del portugués que al verse observado se cogió la polla para marcarla más. Joselito se sentía cohibido.

    Escorpión miraba con ojos de lobo hambriento a Joselito, incluso se las bajó para amplificar la tensión.

    – Chaval, dame fuego.

    – – No… no fumo… no tengo – dijo Joselito más rojo que un tomate.

    – Da igual, lo he encontrado – dijo encendiendo su Marlboro con un zipo.

    – Habla muy bien el español.

    – Estuve unos años estudiando.

    – ¿En que universidad?

    – No la conocés, una privada dijo Escorpión.

    Agostinho Abrantes Alías Escorpión hablaba un español correcto debido que a sus 19 años estuvo preso 4 años en España por tráfico de sustancias estupefacientes que pasaban de Portugal a España. Según él fue un marrón que le habían cargado unos supuestamente amigos.

    Muy cansado Joselito quitaba las últimas cajas del remolque, Escorpión aún estaba apoyado en el remolque fumando con actitud achulada y dando algunos pasos largos para desentumecerse las piernas. Joselito al estar al fondo del contenedor notó un aliento en su nuca y la voz del portugués:

    – Huelo a maricón – al mismo tiempo que le daba una palmada en las nalgas – tienes un culo apetecible. Esta tarde te invito a dar una vuelta con mi Volvo. Espérame al lado de la rotonda de la salida de la carretera a las 5.

    Indeciso y habiendo quedado a cuadros ante la propuesta de Escorpión no sabía si ir o no, esa actitud arrogante y soberbia la temía y a partes iguales le molaba el físico y esa confianza varonil junto con su masculinidad.

    A las 5 en punto estaba al ladito de la rotonda esperando. El Volvo apareció y paró para recoger a Joselito. El camión dio bufidos hidráulicos y volvió a arrancar. Escorpión a una mano con el pitillo en la boca hizo un giro de 180 grados con una soberbia demostración de elegancia al volante. Sus Ray-Ban verdes una gorra con el logo de Volvo y camiseta de propaganda de aceites Shell. Vaqueros ajustados marcándole paquete. Recién duchado. Apestaba a colonia. En el salpicadero, Joselito se fijó en la barbaridad de fotos familiares – nacimiento de sus hijos, boda, padres; también un crucifijo, incluso Escorpión llevaba uno colgado de su pecho-. El claxon resonó contundente en el giro. Sonaba otra vez los AC/DC. Su coleta ondeaba en el asiento. Preguntó a Joselito:

    – ¿Qué aficiones tienes, chaval, qué te gusta?

    – La música independiente, el cine club y la literatura me encanta; Dosto, Tolstói, Proust…

    – Pues sabés chaval, mi ídolo es el gran Cristiano Ronaldo, de leer que nadie me saque del periódico deportivo y mi música son los dioses AC/DC y películas, el porno y Rambo – al mismo tiempo que daba más caña al aparato de música con el Black in Black de los AC/DC.

    – ¿Te pasas muchos días de ruta, dónde duermes? – preguntó ya tuteando a Escorpión.

    – Si, bastantes, la higiene en la áreas de servicio y dormir aquí detrás de ese contrachapado de los asientos. Mira tú mismo mi sala estar – contestó con una risotada.

    Había una pequeña entrada, Joselito se agachó y entró. Había una pequeña cama sin hacer, paquetes de tabaco, revistas deportivas casi todas con fotos de Ronaldo; condones esparcidos sin usar, y paquetes de Kleenex. Olía a macho, a lefa y a tabaco. En el contrachapado más fotos colgadas de su familia – cumpleaños, aniversarios… -. Joselito vio el percal, apenas salió el Volvo aparcó al final del polígono industrial. Los hidráulicos del camión resoplaron al parar el motor. Sin perder un segundo Escorpión abrazo a Joselito y le comió la boca. Joselito notaba la lengua húmeda con gusto a tabaco. Le dio chupones en el cuello, le lamió el agujero de las orejas. Agarraba su paquete. Joselito estaba súper excitado.

    – Pasemos a la trasera y sabrás lo que es gozar pollaza portuguesa – al mismo que se abrió la bragueta y Joselito la tanteo.

    Pasaron tras el contrachapado, apenas había sitio para quitarse la ropa. Joselito pudo ver todo el potencial del macho en todo su esplendor: pecho tatuado con el escudo de fútbol del Sporting de Lisboa, una cruz en su espalda. Depilado al completo y un buen rabazo con un anillo tensador testicular. Su físico era pura fibra. Joselito fue morreado otra vez con ganas. Escorpión propuso:

    – Montemos 69.

    Y así fue como se comieron las pollas. Joselito se atragantaba, en cambio Escorpión engullía la polla entera. Al rato Escorpión dijo:

    – Entiendo que eres maricona, tienes el agujero bien petado, así que pido culo y supongo que me lo darás.

    Acto seguido puso de frente a Joselito.

    – A los jóvenes me gusta gozaros de frente.

    Le levantó las piernas y le comió culo, huevos y polla. Metía la lengua a fondo. Joselito gozaba como un poseso, ronronea a, susurraba. Entonces Escorpión dijo:

    – Veo que estas a punto te voy a engrasar y petar.

    Cogió la vaselina, untó la zona anal, pasó un dedo, dos, tres.

    – Veo que usan tu culo, el conducto admite follada a full. Voy a encondonarme, no quiero preñar, ya tengo tres hijos.

    Cogió posición, se puso el condón, se lo lubrico, alineó su polla al culo y avisó:

    – Voy con todo, aguanta como puedas.

    Empezó con un bombeo a medio gas de escaneo anal. Susodicho mete-saca era bastante lubricado. Escorpión se dio cuenta en el acto y con un gesto de rabia embistió con cuatro bombeos a saco hasta el fondo. Sus huevos rebotaban en el culo de Joselito. Apretando los dientes dijo:

    – ¡Toma, toma, Flípala maricona! ¡Ohhh! ¿La notas, maricona? ¡¡Toma, toma!!

    – ¡Sí, sí, sí! ¡Ohhh! ¡Ahhh!- exclamaba Joselito.

    Sonaba a toda castaña la canción Thunderstruck de los AC/ DC. Joselito era enculado en tijeras. Escorpión rectificó su posición y lo puso en patitas en hombros para una follada y terminación a full. En esta postura lo ametralló a pollazos, los bombeos en suspensión hacían que Escorpión sudara a mares. Empezó a resoplar y ronronear. Se salió de culo se desencondonó y escupió una lechadaza sobré el pecho y cara de Joselito al mismo tiempo que daba un bramido de león. Con la respiración entrecortada bajo hasta la polla de Joselito hasta que se corrió en su boca.

    – ¡¡Oh!! ¡¡Ah!! ¡¡ Me corro!!! – bramó Joselito.

    Con la lefa en la boca Escorpión la escupió encima de su lechada, mezcló las dos con la lengua, se la puso en la boca y morreó a Joselito.

    Quedaron tendidos en la cama, con unos Kleenex Joselito se había limpiado su lechada de la cara y pecho. Escorpión aún llevaba restos de semen en su barba, su pene ladeado con sus testículos tensados. Le enseño vídeos recientes suyos grabados con el móvil mientras enculaba, le explicó lo que era una enculada con bombeos de retroceso, iba explicándole mientras lo visionaban. Tratabase de sacar toda la polla y empotrarla de una tacada una y otra vez. Le enseño una mamada de una puta de carretera del día anterior. Escorpión debía volver.

    Escorpión lo dejó en la primera parada de bus que encontró. Joselito se sentó en el asiento de la parada. Un señor mayor llegó, lo miró, se alejó unos metros de él como si tuviera aprensión hacia Joselito, el cual preguntó:

    – ¿Pasa algo señor?

    Entonces volvió a oír por segunda vez.

    – Jovencito, HUELES A MARICÓN.

  • Siempre quise ser cornudo y ahora lo soy

    Siempre quise ser cornudo y ahora lo soy

    Desde hace años le pido a mi señora que se encame con otro que me gustaría mucho ser su cornudo y sentirla bien usada por un macho que la haga gozar con una pija bien grande y muy gruesa ya que yo la tengo finita y chica.

    Resulta que el viernes de hace 3 semanas a la nochecita discuto muy fuerte con mi señora a tal punto que no nos hablamos a partir de esa discusión y nos fuimos a dormir sin saludarnos.

    En la mañana del sábado seguimos en la misma situación y a las 10 de la mañana me dice de muy mala forma que se iría a reunir con unas amigas a estudiar (ella es psicoanalista) y que no vendría a almorzar y que recién volvería a eso de las 17 horas, se fue sin que nos saludáramos con un beso.

    Yo en casa trabajando y acomodando toda la casa. Se hacen las 17 y nada 18 y nada a las 18:30 siento las llaves y voy a recibirla y le pido disculpas por como la había tratado el día anterior.

    Y se dio el siguiente diálogo:

    “A sí que te disculpas por cómo me trataste, bueno vení conmigo, bueno para nada. Quieres que te disculpe por cómo me trataste CORNUDO, vamos al cuarto y quiero que me chupes bien la concha que está recién cogida por un macho de verdad con una pija enorme que me hizo gozar todo el día.

    No tienes idea del machazo que me garcho una pija de 23 x 8 me dejo toda abierta y me echo 4 polvos adentro y vos cornudo inservible ni podés echarme 3 gotitas con esa pijita que porquería que tenes.”

    Se levantó la pollera y se tiró en la cama y me dice mira como esta mojada mi tanguita, sácamela cornudo.

    Me agacho y veo su tanga empapada de le leche, se la saco y su concha estaba roja, hinchada y llena de leche.

    Mi señora me agarra la cabeza y me la lleva a su concha y me dice:

    “Chúpala y déjamela bien limpia. Querías ser cornudo bueno ahora vas a ser el mayor de los cornudos no solo consciente sino también vas a ser bien obediente. Bébete todo cornudo imbécil.”

    Me puse a lamerle la concha y beberme todo lo que traía adentro. Ella agarro su celular y me saco varias fotos chupándola y me hizo también levantar la cara y sacar la lengua con toda la leche del macho en ella. Mas fotos y las comienza a enviar sin que sepa yo a su macho.

    Suena su teléfono y atiende.

    “Hola te gusta lo que ves? Te dije que el cornudo de mierda se iba a comer toda tu leche.

    A ver le pregunto: ¿te gusta el sabor de la leche de mi macho?

    Yo: si mi amor esta rica.

    Ella: ¿escuchaste? ¿Si me encantaría por dónde andas? Ahh no estás muy lejos, porque no te venís? Dale te esperamos aquí en casa con el cornudo que nos va a atender”

    A la media hora suena el timbre.

    “Anda a abrirle es mi macho se llama Santiago”

    Bajo le abro.

    Yo: Hola Santiago.

    El: Hola cornudo.

    Yo: Paula te espera arriba.

    El: Ya se boludo si me invito adelante tuyo. Espero que te comportes como un buen cornudo y nos atiendas como merecemos.

    Yo: Si claro.

    Cuando llegamos a nuestro piso mi señora está en la puerta solo con una bata puesta y al abrir la puerta se sonríe y se abraza con él y se besan como novios ignorándome por completo.

    Ella: cornudo, él es Santiago el macho que me cogió todo el día y que a partir de ahora es el dueño de esta concha. Vos solo servís para chuparla y limpiarla. Con tu pijita de mierda no me haces gozar así que a partir de hoy solo vas a poder hacerte la paja mientras miras como me coge mi macho. Anda y prepáranos algo para tomar cornudo pija chica y sin leche.

    Me fui a la cocina humillado y muy excitado por cómo me están tratando los dos y ellos en el living riéndose de mi dé como agache la cabeza y me vine a prepararles algo. Como no les había preguntado que deseaban volví a consultar y me encuentro esta escena.

    Los dos en el sofá, el con la pija afuera y mi mujer sobándola mientras se besaban y se burlaban de mi por lo bien que me comportaba como cornudo.

    Yo: Disculpen.

    El: Que quieres cornudo.

    Yo: ¿Que les preparo para tomar?

    Ella: No podés ser más que un cornudo idiota, una buena caipiroska ni se pregunta. Viniste a molestar o ver lo buena que esta la pija de mi hombre.

    El: Anda preparar y no nos molestes más. Entendido.

    Yo: Si

    Ella: Con más respeto cornudo.

    Yo: Si señor.

    El: Que señor ni señor, amo

    Yo: Si mi AMO.

    Ella: Jajaja ándate ahora cornudo, trae los tragos y te vas nuevamente, luego te llamamos para que nos limpies.

    Y así fue les llevé los tragos, me fui nuevamente a la cocina y ellos del living se fueron al dormitorio. A las 22 me llaman y mi mujer en la cama con las piernas bien abiertas y llena de leche me dice: cornudin limpiame bien la concha, bebete todo lo que me dejo adentro mi hombre.

    Me arrodillé en el piso y me puse a chuparla y beberme todo mientras ella se besaba con su macho y me acariciaba la cabeza.

    Ella: ese es mi cornudo que se porta bien y hace caso a su dueña y su amo. Ahora que ya hiciste lo que debías anda y pedí una pizza de roquefort para que cenemos y cerveza.

    Ya son 3 semanas que no duermo en mi cama con mi señora, ella cambió de macho y me convirtió en su marido cornudo sumiso humillado y me convirtió en su mucamo limpiador.

    Lo increíble es que yo se lo pedí siempre y gozo siendo tratado así.

    Me gusta en lo que me he convertido.

    Besos a todos,

    Alce Cornudo

    [email protected]

  • Mi amigo desvirga el culazo de mi mujer

    Mi amigo desvirga el culazo de mi mujer

    Esta historia ocurrió hace una semana y lo que sentí, fue una sensación de auténtico placer.

    Trabajo de camarero y después de doce horas o más sin parar, acabo agotado. Y os aseguro que aguantar a algunos clientes es bastante difícil.

    Mi mujer es enfermera en un Hospital de Barcelona y también acaba destrozada y, evidentemente, lo que necesitamos de vez en cuando es montarnos una fiesta y beber un poco y reírnos, lo cual es una terapia fantástica.

    Pero una noche, con mi amigo Eduard, se nos fue un poco de las manos.

    En casa preparamos mi mujer y yo, copiosa comida y, en cuanto a la bebida, nos bebimos entre los tres cinco botellas de blanco y cinco chupitos de limonchelo cada uno.

    Mi mujer, esa noche vestía unos tejanos y una blusa con un canalillo espectacular.

    El ambiente y la temperatura fue creciendo en intensidad y mi mujer, de golpe, me suelta:

    – si le doy un beso a tu amigo, que pasaría?

    – Pues vida, sabes que nada, vosotros hace tiempo os saludáis con un pico.

    -Ya, pero yo hablo de…

    Y ni corta ni perezosa, se levantó de la mesa y acercándose a mi buen amigo, acercó sus carnosos labios a los de él y se recreó un buen rato.

    Eduard, mientras tanto, empezó a acariciar a través de la ropa de ella, su culo, su espalda y la cintura.

    Cuando acabaron, ella se acercó a mi y me dio un morreo espectacular, sonriendo y guiñándome un ojo.

    -Te apetece cumplir tu fantasía? -me preguntó con la mejor de las sonrisas.

    -Sería el hombre más feliz de la tierra.

    Muy lentamente, en el comedor, entre platos, copas de vino y la mesa abarrotada, ella dejó que Eduard la desnudara.

    Yo estaba excitadísimo y me desnudé también.

    Mi mujer apareció ante nosotros como una joya en bruto y sus pechos de infarto, no tardaron en ser degustado por Eduard.

    Yo la iba acariciando por la espalda con ternura y sigilo, mientras Eduard lo hacía en el cuello y sus piernas.

    Ella estaba muy feliz.

    Cuando me di cuenta, Eli se agachó para mamarle la polla a Eduard, que agradeció cogiéndola de la cabeza y manteniendo en ritmo.

    Yo intentaba que me hiciera caso, pero pronto se olvidaron de mi y cogiéndola de la mano, marcharon al lecho para entregarse uno con el otro.

    Ahí, en la cama jugó con sus huevos, masajeándolos con lascivia y metiéndose todo el falo hasta donde pudo.

    – oye, tienes preservativos?

    Cuando me quise dar cuenta, se la estaba follando de locura y no tardó el primer e intenso orgasmo en aparecer del interior de mi mujer.

    – quieres probar por el culito? Es una hermosura…

    – No sé- respondió ella- hace daño?

    -Mujer, tu tranqui que se lo que hago…

    Y vamos si lo sabía.

    Pude ver la cara de orgasmo y de placer de mi mujer y como Eduard jugaba con su trasero y como lentamente iba introduciendo su gran rabo en el interior del culazo de mi mujer.

    Cuando me quise enterar, el ritmo aumentaba, ella le pedía más y más y más y él se lo daba.

    Y al final, quitándose la goma, le regaló, gritando ambos de placer, una buena descarga de leche, dejando blanco el culazo que mi buen amigo desvirgó con todo el placer del mundo.

    Quiero volver a repetir, pero por el momento iremos poco a poco.

    David Caricias.